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PASCUAL CHÁVEZ |
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MENSAJES DE EL RECTOR MAYOR EN EL B.S. - EDUCAR CON EL CORAZÓN DE DON BOSCO |
Dessins BS |
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El desarrollo del hombre pasa necesariamente a través de la cultura, entendida como una manera
de relacionarse con el mundo, con los demás, consigo mismo, con Dios; pero también como
encuentro con un patrimonio objetivo de conocimientos, bienes y valores, y como proceso personal de
asimilación, reelaboración, enriquecimiento. Por tanto la cultura no es un patrimonio
aceptado por todos: tenemos que vérnosla con sociedades siempre más complejas,
post-ideológicas y multiculturales, con toda la carga de ambigüedad que este último término evoca. ■ La educación salesiana está fundada en una escala de valores que brota de
una particular concepción del hombre: la maduración de la conciencia a través
de la búsqueda y la adhesión a la verdad; el desarrollo de la libertad responsable y
creativa a través del conocimiento y la elección del bien; la capacidad de relación
y solidaridad fundadas en el reconocimiento de la dignidad de la persona; la habilitación a
las responsabilidades históricas, fundada en el sentido de la justicia y de la paz. Las obras
salesianas son ambientes de educación y de cultura, en donde se ofrece un conocimiento que a
los jóvenes los haga conscientes de los problemas del mundo, sensibles a los valores y
constructivamente críticos; en donde los jóvenes adquieren actitudes que les permiten
actuar como hombre libres y con capacidades que los hacen competentes y eficaces en la acción. ■ Durante muchos siglos la fe cristiana ha inspirado en Europa la reflexión de los pensadores,
las obras de los escritores, las creaciones de los artistas y las composiciones de los músicos.
Con grande temeridad (¿o cinismo?) hoy se pretende negar las raíces cristianas de la cultura europea.
Desde demasiado tiempo falta una presencia-testimonio eficaz de católicos en los varios ámbitos
de la cultura. Faltan políticos, escritores, profesores, médicos, poetas, juristas,
periodistas realmente católicos. |
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El card. Tonini repetía, a los jóvenes reunidos para la ‘Confrontación 2001’: “Antes somos hombres y después ciudadanos”. La vida nos hermana, nos hace semejantes y debe poder ser vivida con la misma dignidad en todo rincón de la tierra. El derecho a una "vida digna para todos" debe ser la idea-fuerza que lleva a esmerarse en la educación de las nuevas generaciones. La defensa de la vida es el eje que rige los actuales recorridos y las diversas búsquedas intercomunicantes en las varias situaciones sociales, políticas y culturales. La lucha por la defensa de la vida debe ser un puente que junta los reducidos límites de supervivencia de las grandes masas empobrecidas con los amplios horizontes de vida más humana y de mejor calidad de que gozan unos pocos. Estos ideales no pueden no hallarse presentes en los compromisos educativos, para no olvidarnos que somos hombres y que la especie humana debe ser la primera en ser protegida. En 1948 en las Naciones Unidas tuvo lugar la proclamación de los Derechos Humanos. Algunas poblaciones ni siquiera han oído hablar de ellos. Otras no los conocen simplemente porque sus gobiernos son los primeros en ignorarlos y hollarlos. ¿Cómo podemos hablar del derecho a la vida, si las sociedades más desarrolladas son las primeras en inmolar la vida inocente con leyes que aprueban el aborto? ¿Cómo hablar de educación al respeto de los derechos humanos, cuando hay masas de niños y adolescentes que no gozan ni siquiera del derecho a la educación? En Noviembre de 1989 se proclamaron en Nueva York los Derechos del Menor. El 2º artículo afirma El derecho a no ser discriminados: “La totalidad de los derechos deben ser aplicados a la totalidad de los niños sin excepción, y es obligación del Estado aplicar las medidas necesarias para protegerlos de cualquier discriminación”(Derechos del Menor, art.2°.) ¿Qué decir entonces de las minorías étnicas? ¿De los millones de “muchachos de la calle”? ¿De los niños que mueren de hambre? ¿De los menores vendidos o explotados sexualmente? ¿Dónde está el derecho al juego para demasiados niños trabajadores? Nos aseguran que la humanidad dispone de recursos suficientes para que todos los habitantes del globo puedan vivir con dignidad. Pese a ello las estadísticas confirman que la diferencia Norte/Sur aumenta cada año, y mientras pocos nadan en la abundancia, una grande masa de indigentes logra a duras penas sobrevivir. Es conocido que los intereses económicos fijan las prioridades de la sociedad materialista y que la publicidad es la vara mágica usada por la insaciable avidez de las multinacionales. Solo las sociedades agresivas y competitivas subsisten y el mismo estilo ha entrado también en las entidades y asociaciones educativas. ¿Qué hacer? La educación debe ser cada vez más una ventana abierta hacia la realidad mundial y un motor de transformación de la humanidad. Por esto en las aulas se debe escuchar la voz de quienes no tienen voz, percibir el hambre, la sed, la desnudez de los innumerables pueblos olvidados; hacer conocer los esfuerzos de tanta gente comprometida en las grandes causas de la dignidad de la mujer, de la paz, del respeto de la creación.... Por suerte, desde situaciones e instancias diversas (ONG, Voluntarios…), se comienza a converger en la defensa de la vida, del ser humano y sus derechos, de los pueblos y sus derechos, del planeta y sus derechos. Nuestras prioridades, por tanto, deben ir a la formación de personas realmente libres, críticas, comprometidas socialmente, que hallan sus motivaciones en el Evangelio. ¿La educación está perpetuando el viejo sistema competitivo o abre caminos hacia la corresponsabilidad, la solidaridad, la justicia social? No estaría mal fijar algunos criterios si queremos hacer que la educación represente un dispositivo eficaz de mejoría de la sociedad. Primero: una mentalidad crítica como instrumento para analizar la realidad. Segundo: el alternar que debe permitirnos establecer una relación óptima con los demás. Tercero: el respeto de la Declaración de los Derechos Humanos que puede constituir punto de referencia para todos los educadores. Cuarto: el compromiso para que dichos criterios no sean únicamente declaraciones de buena voluntad. Promover los derechos humanos es camino salesiano. El Sistema Preventivo quiere colaborar con muchas otras agencias en la transformación de la sociedad, trabajando para el cambio de criterios y de visiones de la vida, para el desarrollo de la cultura del otro, de un estilo de vida sobrio, de una actitud constante de participación gratuita y de compromiso por la justicia y la dignidad de toda persona humana. La educación a los derechos humanos, en particular de los menores, es el camino privilegiado para realizar en los diversos contextos este compromiso de prevención, de desarrollo humano integral, de construcción de un mundo más ecuánime, más justo, más sano. |
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El Oratorio se inserta así en la economía de la salvación como respuesta a
una vocación divina, no como obra brotada de la buena voluntad de una persona.
Pero tuvo que superar muchos obstáculos: dificultades para reunir a los jóvenes,
falta de recursos económicos y de locales adecuados, necesidad de una nueva estrategia
pastoral y de una inédita propuesta de formación como respuesta a la inmigración
que en diez años había visto aumentar la población de Turín del 17%.
(F.MOTTO, “Ripartire da Don Bosco”, LDC 2007, p.76.) EL INSTRUMENTO OPERATIVO El PEPS es la mediación histórica y el instrumento operativo de la misión salesiana,
la manifestación de la mentalidad hecha proyecto que debe guiar el desarrollo de la misión
en las diversas obras, la guía del proceso para encarnar la misión en un contexto determinado,
la propuesta y la formulación exacta del tipo de hombre que se quiere formar. En el centro se
halla la persona del joven, visto en la totalidad de sus dimensiones (corporeidad, inteligencia,
sentimientos, voluntad) y de sus relaciones (consigo mismo, con los demás, con el mundo y con Dios). EL OBJECTIVO DEL PEPS Las esperas de los jóvenes se presentan diferenciadas. Muchos se encuentran alejados de la fe casi sin saberlo. Otros viven una religiosidad débil, con una práctica religiosa ocasional. Pero en todos es posible notar una necesidad de verdad, de liberación, de crecimiento humano, y el deseo, aunque sea implícito, de un conocimiento más profundo del misterio de Dios.Por tanto, en la perspectiva de una educación que evangeliza y de una evangelización que educa, el objetivo del PEPS es que el joven llegue a la síntesis fe-cultura en su propia vida: madurar una fe que constituya el valor central de la persona y de su visión del mundo, sea abierta a todos los desafíos culturales, esmerada en traducir en la praxis la propia elección de valores; que estimule y ahonde los procesos de promoción de las personas según el modelo del Evangelio. Realmente el PEPS es la expresión del Sistema Educativo de Don Bosco en este tiempo, la mediación histórica y el instrumento operativo a través del cual Don Bosco quiere manifestar su pasión por la salvación de la juventud y realizar el sueño de hacer de cada joven “un honrado ciudadano y un buen cristiano”. |
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Fundamental para la realización del Proyecto Educativo Pastoral (PEPS) salesiano es
la Comunidad Educativo-Pastoral (CEP): un grupo que “integra a jóvenes y adultos,
padres y educadores, de modo que pueda convertirse en una experiencia de Iglesia,
reveladora del plan de Dios”.( Constituciones SDB 47) Desde los primeros tiempos en torno a Don Bosco se ha venido constituyendo esta comunidad familiar, en la cual los mismos jóvenes eran protagonistas y responsables. En ella se vivía un ambiente impregnado de los valores del Sistema Preventivo, con características espirituales y pastorales bien definidas, objetivos claros y una convergencia de roles pensados y coordinados en función de los jóvenes. La complejidad de las situaciones sociales, culturales y religiosas de los jóvenes de hoy exige la existencia y el buen funcionamiento de dicha comunidad para hacer posible la acción educativa. Educar es un hecho social, fruto de la convergencia de personas, intervenciones, calificaciones, según un proyecto participado. El sistema salesiano exige un intenso ambiente de participación y de relaciones sinceramente amistosas y fraternas, que hace de la participación de valores de la espiritualidad salesiana la fuente de la comunicación y de la participación a la misión. En este sentido la CEP no es solamente sujeto sino también objeto de la Pastoral y por lo tanto exige un empeño constante de formación de parte de todos sus miembros. Lamentablemente con frecuencia el joven se siente perdido y disperso, constatando que lo que se respira en la calle, en la familia, en la escuela o en el centro juvenil no va siempre en la misma dirección ni persigue los mismos objetivos educacionales. La CEP no es una nueva estructura sino una comunidad de personas, un espacio educativo en donde se participa de un conjunto de valores vitales que constituyen una identidad participada y cordialmente querida. Se llama educativa porque coloca al centro la preocupación por la promoción integral de los jóvenes, la maduración de sus potencialidades en todos los aspectos: físico, psicológico, cultural, profesional, trascendente. Y se llama pastoral porque se abre a la evangelización, camina con los jóvenes, realiza una experiencia de Iglesia, donde se experimentan los valores de la comunión humana y cristiana. En un mundo secularizado y laico, la CEP quiere ser una comunidad cristiana de referencia, fermento en el territorio, en la cual se pueda proponer, vivir y celebrar la fe. A más de la comunidad salesiana (garante de identidad y de comunión), y de los jóvenes (se trabaja para ellos, en medio de ellos, con ellos y por medio de ellos), los padres le pertenecen como primeros responsables de la educación. La familia, en efecto, debe ser considerada el ámbito educativo y evangelizador fundamental y primario. En este sentido se vuelve objeto de la preocupación educativa y pastoral de la misma CEP. Hay también muchos laicos involucrados por razones diversas en la comunidad educativa, entre ellos ante todo los miembros de la Familia Salesiana que operan en el territorio. Colaboran, en niveles diversos, en la preparación del proyecto educativo, que resulta ser el centro de convergencia de toda actividad: ellos colaboran en el mismo proceso educacional. Mantener profesional y pedagógicamente al día, espiritualmente motivados, a cada uno de los miembros y de las categorías que intervienen en el proceso educacional constituye una de las principales preocupaciones de la CEP. La formación permanente del educador es una exigencia fundamental. Es necesario invertir tiempo, recursos y personas en la formación de los agentes educativo-pastorales. La CEP es un organismo vivo, sujeto y objeto de educación y de pastoral, laboratorio donde confluyen y se cruzan las urgencias y los desafíos de la cultura, las ansias y las esperanzas de los jóvenes y donde se trata de encontrar, crear, soñar soluciones. Ante tantas delusiones, ella debe atestiguar que la educación es hoy el mejor camino para transformar la sociedad, formando las nueva generaciones y convenciéndolas que la paz, la solidaridad, la justicia, el respeto de los valores humanos y de la creación son posibles; convenciendo a los jóvenes que Dios tiene un sueño para cada uno de ellos y que descubrirlo y realizarlo significa llenar de sentido su propia vida. |
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Es curioso que cuando el señor Pancracio Soave trata con Don Bosco, en nombre
de José Pinardi, se presenta ofreciendo un terreno para un ‘laboratorio’.
Don Bosco aclara que está buscando un ‘oratorio’, pero se queda en
esos terrenos, con el galpón, y hará de Valdocco un verdadero y auténtico
laboratorio en donde inventa, prueba, corrige y pone en práctica sus ideas pedagógicas,
su Sistema Preventivo. El Oratorio llena literalmente la existencia de Don Bosco. Tiene sus primeras expresiones en los juegos y reuniones dominicales de los prados de los Becchi y la ‘Sociedad de la Alegría’. Se desarrolla luego en sus primeros años de sacerdocio. En Valdocco florece en multiplicidad de propuestas y estructuras educativo-pastorales. Volviendo a leer, a la luz de la fe, el camino pastoral de Don Bosco, las “Memorias del Oratorio de San Francisco de Sales”, se descubre que en el encuentro con los jóvenes del Oratorio se pusieron los cimientos de un proyecto, crecieron las obras, maduró un estilo [1]. Por ello, las iniciativas de Don Bosco se llamaron al inicio ‘Obra de los Oratorios’, y la casa madre salesiana, incluso tras las sucesivas transformaciones, conservó el nombre de ‘Oratorio de Valdocco’. Pero ¿en qué consiste lo típico de esta experiencia oratoriana? El Capítulo General 21 de los Salesianos responde: la relación personal de ‘amistad’ del salesiano con el muchacho y la ‘presencia’ fraterna del educador entre los muchachos; la creación de un ambiente que facilita el encuentro; la posibilidad de diversas actividades de tiempo libre; el sentido misionero de las ‘puertas abiertas’ a todos los muchachos que quieren entrar; la apertura a la ‘masa’ con atención a la persona y al grupo; la formación progresiva de toda la comunidad juvenil mediante la pedagogía de la fiesta; la catequesis vocacional sistemática, el compromiso de solidaridad, la vida de grupo... a fin de llevar a la formación de una fuerte personalidad humana y cristiana[2]. Don Bosco está profundamente convencido de ser llamado por Dios al ministerio de pastor de los jóvenes; se siente, en consecuencia, inspirado y guiado por Él. Al mismo tiempo es sensibilísimo a los llamados contingentes de la historia y atento a la situación concreta de sus jóvenes. Por tanto en el Don Bosco del Oratorio, más que al gestor brillante, descubrimos al genial creador que sabe leer situaciones y darles respuesta, movido por la caridad pastoral. La gradual evolución histórica del Oratorio de Valdocco en sus más diversas y múltiples vicisitudes lo testimonia en forma ejemplar. La típica experiencia vivida por Don Bosco con los jóvenes de Valdocco es propuesta como modelo permanente y criterio fundamental para discernir y renovar, en fidelidad dinámica, todas las actividades y obras salesianas. Evidentemente no se trata de reproducir la experiencia así como es –las coordinadas geográficas, históricas, culturales no son las mismas – sino de considerarla como la matriz, la síntesis, la cifra que resume las geniales creaciones educativas y apostólicas del santo Fundador: el fruto maduro de todos sus esfuerzos[3]. ¡Bien expresa esta realidad creativa del primer Oratorio el último film sobre Don Bosco![4] De sus jóvenes salen los primeros sacerdotes salesianos, los primeros salesianos coadjutores, los primeros misioneros salesianos, el primer obispo y cardenal salesiano, el sucesor de Don Bosco, el primer joven santo. Con semejantes frutos, ¿es acaso posible concebir un ‘laboratorio pedagógico y pastoral’ mejor? Es preciso, también hoy, referirse al Oratorio dando a tal palabra plenitud de significado en el hechizo de los primeros tiempos. El Oratorio representa, en efecto, el paradigma de cualquier obra que aspire a ser contemporáneamente: casa que acoge y familia, especialmente para quienes carecen de ella; parroquia que evangeliza y nos presenta a Jesús como Camino, Verdad y Vida, que cuenta con nosotros y es capaz de llenar de sentido nuestra existencia; escuela que encamina a la vida y es accesible a quien en otras partes hallaría dificultades; patio para hallarse entre amigos y vivir esa alegría que es propia de un joven sano[5]. Son términos, éstos, de gran significado imágenes evocativas que indican sensibilidades, actitudes, convicciones, programas, estilos de presencia. La cultura hodierna necesita del carisma salesiano; la misión tiene sus urgencias; el campo de acción es grande e inmensa la patria juvenil. Las nuevas preguntas urgen y la respuesta no puede faltar. Pero la inventiva ciertamente no puede realizarse a cualquier precio y en cualquier forma. En el discernimiento se exige inteligencia para evaluar las situaciones y corazón esforzado para ser constantemente fieles a este ‘criterio oratoriano’, convencidos que en Valdocco nuestro Padre halló la realización de su pasión para la salvación de los jóvenes. Más aún, “podemos afirmar que Don Bosco es perfectamente consciente de que en el oratorio responde con fidelidad a la llamada de Dios, y así cumple el objetivo de su vida” [6]. |
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Conocemos los orígenes de la obra salesiana. El mismo Don Bosco describe a los primeros oratorianos: “El Oratorio se componía de picapedreros, albañiles, estucadores, adoquinadores, canteros y otros que venían de pueblos lejanos. Particularmente los últimos, como no conocían dónde se encontraban las iglesias ni conocían a compañeros, estaban expuestos a peligros de perversión”[2]. Los destinatarios del carisma de Don Bosco son por tanto los jóvenes más necesitados, los de ambientes populares, del mundo del trabajo. En su carta circular “Sintió compasión de ellos” Don J. Vecchi llama la atención al nuevo escenario del compromiso educativo de los salesianos: “Los factores económicos, sociales y culturales están determinando una nueva configuración de la sociedad. Varían pues, al menos parcialmente, las urgencias de nuestra misión: los sujetos que preferir, los mensajes evangélicos que difundir y los programas educativos que poner en práctica”[3]. Las antiguas y las nuevas pobrezas juveniles son un desafío constante a la creatividad del carisma y lo vuelven actual. Con frecuencia la televisión ofrece imágenes, dimensiones y efectos de la pobreza, como el hambre, el éxodo de miles de prófugos víctimas de conflictos étnicos, discriminaciones religiosas, guerras de intereses. Y, continuando, la inmigración precaria a la ciudad que se transforma en marginación urbana, el trabajo de los niños, la situación de la mujer, la explotación sexual del menor, los niños soldados, etc. Es un cuadro de tintes oscuros y, pese a ello, incompleto. La atención para los “últimos” está siempre presente en el horizonte de nuestros proyectos, entendiendo como últimos a los jóvenes en peligro, la pobreza económica, cultural y religiosa, a los pobres en el nivel afectivo, moral y espiritual, a los que sufren a causa de problemas familiares, a los jóvenes que viven al margen de la sociedad y de la Iglesia[4]. La primera respuesta es el trabajo educativo con estos jóvenes. El carisma salesiano sigue escribiendo páginas gloriosas de historia iniciando amplios proyectos sociales de prevención y asistencia en todos los continentes: en los campos de refugiados, con los muchachos de la calle, en el rescate de los niños-soldado y de los muchachos explotados sexualmente, en los múltiples programas en favor de los emigrados. La fuerza educativa del Sistema Preventivo se muestra eficaz en recuperar a muchachos mal encaminados y en prevenir elecciones peores cuando ya se ha comenzado a recorrer senderos equivocados. Debemos, con todo, evitar cierta “moda pauperística”, que se vuelve demagogia y nos lleva a hablar de los pobres sin actuar en favor de los pobres. No es posible educar a los valores de la compasión y de la solidaridad con una óptica de satisfechos y de poderosos, y ni siquiera de neutralidad. Para educar a la solidaridad y a la justicia hará falta adoptar la posición social de las “víctimas”. La Iglesia ha visto siempre en los pobres “un lugar teológico de encuentro con Dios”. Tras una lectura evangélica de la realidad del continente latino-americano la Conferencia de Puebla afirma “la necesidad de conversión de la Iglesia a una opción preferencial por los pobres, en vista de su liberación integral”[5]. La aceleración de lo tiempos, el ritmo vertiginoso con que se suceden los acontecimientos puede llegar a anestesiar nuestra sensibilidad o la de los jóvenes. Será necesario buscar los “medios pedagógicos adecuados” para mantener el corazón constantemente abierto al grito de la vida que busca sobrevivir con dignidad. Es aquí donde la educación debe decir su palabra crítica como instrumento de análisis de la realidad y para eliminar todo lo que no parece justo. Delante de un mundo individualista y no solidario, la educación debe tender a superar la indiferencia y a despertar sentimientos de interés para los temas sociales, a favorecer el conocimiento del mundo que nos rodea y aprender a evaluarlo críticamente, a sentirse responsable y protagonista de lo que sucede, participando a la elaboración de respuestas que superen el recurso a la violencia. La pobreza y la marginación no son un fenómeno solo económico, sino una realidad que toca la conciencia y un desafío a la mentalidad de la sociedad. Por esto la educación moral y el trabajo pedagógico se presentan como algo realmente urgente frente a una sociedad en que los grandes problemas de la humanidad y los principios que regulan las relaciones entre personas y Países, y con el ambiente natural, exigen nuevas orientaciones éticas y morales, aún más que soluciones técnicas y científicas. |
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Todos conocen la situación de la cultura europea y las dificultades que encuentra la Iglesia
para evangelizar a las nuevas generaciones. Hablar de religión/es en la Europa de hoy es realmente algo complejo. Frente a las cifras de pertenencia oficial tenemos la praxis personal y la práctica social
(bautismos, matrimonios…), las creencias más profundas, toda una tipología de
la experiencia religiosa vivida, que va del creyente convencido y coherente al ateo más radical.
Evidentemente los sondeos y las estadísticas no son la última palabra acerca de
la vivencia religiosa de nuestros contemporáneos, pero no podemos ignorarlos.
Los semáforos en Europa están parados en el rojo. Son muchos los artículos,
los ensayos publicados en estos años acerca del hecho religioso. En general son pesimistas. El Sínodo para Europa – octubre de 1999 – afirmaba que “el predominio cultural del marxismo ha sido sustituido por un pluralismo indiferenciado y fundamentalmente agnóstico o nihilista. (…) Es grande el riesgo de una progresiva descristianización del continente, hasta el punto de formular la hipótesis de una especie de apostasía del continente” [2] . Es evidente que, ya sea la práctica religiosa como las creencias, son más débiles entre los jóvenes, los cuales viven siempre más alejados de la fe. “Se trata de una faja de la población… más herida por la secularización ambiental”[3] . La evangelización se hace cada vez más difícil a causa de esta secularización de los ambientes. La ignorancia religiosa y los prejuicios que cada día los jóvenes absorben de ciertos medios de comunicación han alimentado en ellos la imagen de una Iglesia/institución conservadora, que va contra la cultura moderna, sobre todo en el campo de la moral sexual; por tanto todas las ofertas religiosas son automáticamente desvalorizadas, relativizadas. El drama es la ruptura existente en la cadena de transmisión de la fe. Los espacios naturales y tradicionales (familia, escuela, parroquia) se revelan ineficaces, crece la ignorancia religiosa en las nuevas generaciones, y... continúa la emigración silenciosa extramuros de la Iglesia. La ignorancia religiosa es casi absoluta. No es fácil definir la imagen que los jóvenes tienen de Dios, pero ciertamente el Dios cristiano ha perdido la centralidad frente a un Dios mediático que lleva a la divinización de las figuras del mundo del deporte, de la música, del cine. Los jóvenes sienten la pasión por la libertad y no se detienen ante los portales de las iglesias: piensan que la Iglesia sea un obstáculo para su libertad. Frente a esta situación, ¿qué educación ofrecen las instituciones escolares y eclesiales? ¿Por qué la pregunta religiosa ha sido borrada del horizonte vital de los jóvenes? Juan Pablo II ha convocado la Iglesia a una nueva evangelización lanzada con nuevo ardor, nuevo método y nuevas expresiones. Adolescentes y jóvenes son generosos por naturaleza y se entusiasman por las causas que valen. ¿Por qué Cristo ha dejado de ser significativo para ellos? La Iglesia debe aprender los lenguajes de los hombres de todo tiempo, etnia y lugar... evidentemente, tiene un “serio problema de lenguaje” que no le permite expresar en formas adecuadas la salvación que Cristo ofrece. En el fondo se trata de un problema de comunicación, de inculturación del Evangelio y de educación a la fe. La educación salesiana parte de la situación concreta de la persona, de su experiencia humana y religiosa, de sus angustias y ansias, de sus gozos y esperanzas, privilegiando el testimonio en la transmisión de la fe y de los valores. ‘Evangelizar educando’ significa saber proponer la mejor de las noticias (la persona de Jesús) adaptándose y respetando la condición evolutiva del sujeto. El joven busca la felicidad, el gozo de la vida y es capaz de sacrificarse para alcanzar estos objetivos, si le mostramos un camino que convence y nos ofrecemos como capaces compañeros de viaje. Los jóvenes estaban convencidos que Don Bosco los quería, que deseaba su felicidad aquí en la tierra y en la eternidad. Por esto aceptaban el camino que él les proponía: la amistad con Cristo. Don Bosco nos enseña a ser al mismo tiempo educadores y evangelizadores. Como evangelizadores conocemos y buscamos la meta: llevar los jóvenes a Cristo; como educadores debemos saber partir de la situación concreta del joven y encontrar el método adecuado para acompañarlo en su proceso de maduración. |
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Para Don Bosco la instrucción religiosa era la base de cualquier educación.
Aunque algo reductiva, tal vez la fórmula que mejor expresa su pensamiento es:
honrados ciudadanos y buenos cristianos. Es decir, los valores de nuestra santa religión
deben inspirar y orientar el desarrollo de las potencialidades del joven hasta cuando
llegue a ser persona. Pero en el contexto de la evolución de las sociedades modernas no
resulta claro que educación y evangelización deban proceder unidas e interactuar.
“Hoy día se tiende a presentar el hecho educativo, predominantemente,
de forma laicista” [2]. Es fácil interpretar “la profesionalidad de los educadores” reduciéndolos al nivel de simples docentes. Muy a pesar nuestro el peligro de la fractura entre papel cultural y tarea pastoral no es imaginario. Educar y evangelizar son dos acciones diferentes de por sí, pero la misma unidad de la persona del joven exige no separarlas. La actividad educativa se coloca en el ámbito de la cultura y pertenece a las realidades terrenas; se refiere al proceso de asimilación de un complejo de valores humanos en evolución, con una meta específica y una legitimación intrínseca que se puede instrumentalizar. Su finalidad es la promoción del hombre, es decir, que el adolescente aprenda el oficio de ser persona. Se trata de un proceso que se verifica a través de un camino de crecimiento largo y gradual. “Más que tender a imponer normas, procura hacer cada vez más responsable la libertad y desarrollar los dinamismos de la persona, apelando a su conciencia, a la autenticidad de su amor y a su dimensión social. Es un verdadero proceso de personalización, que debe madurar en todo individuo”[3] . La educación no puede reducirse a simple metodología. La actividad educadora está vitalmente ligada al desarrollo del individuo. “Es una especie de paternidad y maternidad, como si se tratara de una generación humana compartida para el desarrollo de valores básicos, tales como la conciencia, la verdad, la libertad, el amor, el trabajo, la justicia, la solidaridad, la participación, la dignidad de la vida, el bien común, los derechos de la persona. Precisamente por eso, procura también que se evite lo que degrada y desvía: las idolatrías (riqueza, poder, sexo), la marginación, la violencia, los egoísmos, etcétera. Se dedica a que el joven crezca desde dentro, a fin de hacerse hombre responsable y actuar como un ciudadano honrado. Educar quiere decir, pues, participar con amor paterno y materno en el crecimiento del sujeto a la vez que se cuida también, para ello, la colaboración con otros, pues la relación educativa supone varios agentes colectivos. En cambio, la evangelización por sí misma se ordena a trasmitir y cultivar la fe cristiana; pertenece al orden de aquellos acontecimientos de salvación que provienen de la presencia de Dios en la historia y se dedica a hacerlos conocer, a comunicarlos y hacerlos vivir en la liturgia y en el testimonio [4] . Puntualizadas estas diversidades, diremos que en todas las situaciones debemos considerar fundamental e indispensable la relación mutua entre maduración humana y crecimiento cristiano. En su discurso al CG23, Juan Pablo II decía: “Habéis elegido bien: la educación de los jóvenes es una de las grandes cuestiones de la nueva evangelización” [5] . Y el entonces cardenal Ratzinger recordaba, en el encuentro de la Inspectores de Europa, que a los salesianos les tocaba seguir siendo “profetas de la educación”. Por esto nosotros hablamos de “evangelizar educando y educar evangelizando”, convencidos que la educación debe tomar inspiración del Evangelio y que la evangelización exige adaptarse a la condición evolutiva del educando. Nuestro modo de evangelizar tiende a formar la persona madura en sentido pleno. Nuestra educación tiende a abrir a Dios y al destino eterno del hombre. Para ser evangelizadora, la educación debe tomar en consideración algunos elementos: la prioridad de la persona con relación a otros intereses ideológicos o institucionales; el cuidado del ambiente, que debe ser rico de valores humanos y cristianos; la calidad y coherencia evangélica de la propuesta cultural que se ofrece a través de programas y actividades; la búsqueda del bien común; el compromiso hacia los más necesitados; la pregunta acerca del sentido de la vida, el sentido trascendente y la abertura a Dios; el ofrecimiento de propuestas educativas que despierten en los jóvenes el deseo de crecer en su propia formación y en el compromiso cristiano en la sociedad y a favor de los demás. El educador cristiano con estilo salesiano es aquel que asume la tarea educativa considerándola una colaboración con Dios en el crecimiento de la persona [6]. |
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La formación es, por tanto, la primera exigencia de nuestra vocación
y misión, porque hay que estar en forma – desde el punto de vista educativo,
religioso y pastoral – frente a cualquier situación en que puedan encontrarse
los jóvenes. Para que el servicio educativo sea de calidad, es indispensable
investir en personas, recursos y tiempo que preparen a los agentes; y hace falta formar
no solo su mente e inteligencia, sino también su corazón. Por ello,
como educadores debemos valorizar nuestra vocación en toda su dignidad. Hay que estar realmente en
forma para enfrentar la “problemática educativa” como desafío a
la capacidad profesional y no como disculpa que nos bloquee, renunciando a las tareas educativas.
La “calidad” de la vida cotidiana debe ser la plataforma privilegiada de la formación. ☻ Para quien hace el educador por vocación, la acción educativa es “el lugar privilegiado del encuentro con Dios”[2] . No se trata, por tanto, de un momento marginal en su vida. Estar con los jóvenes es el espacio espiritual y el centro pastoral de la vida del educador según el corazón de Don Bosco. Si este centro de unidad se desintegra, queda abierto el espacio a los protagonismos, a los activismos y a las intuiciones que representan una tentación insidiosa para los institutos educativos. La caridad pastoral es el motor de una espiritualidad que es fruto de esfuerzo, entrega, reflexión, investigación y cuidado continuado y atento, pero ahonda sus raíces en la unión con Dios (como si viera lo Invisible), se traduce en oración y acción, en mística y ascesis. De esta forma sirve para la santificación así del educador como de los jóvenes. Jesús quiere compartir con ellos su vida, y el Espíritu Santo se hace presente para construir la comunidad humana y cristiana. Educadores y jóvenes coinciden en el mismo camino de santidad. Por esto se debe aceptar el desafío de ser, mediante la educación, misioneros de los jóvenes de hoy. El servicio que ofrece la educación salesiana es completo e integral, porque toma en cuenta todas y cada una de las dimensiones de la persona, buscando el bien total del joven “aquí y para la eternidad”, al honrado ciudadano y al buen cristiano, así como se expresa en el trinomio: Salud, Sabiduría, Santidad. Este servicio educativo vale para todos. Está pensado para la masa y para el individuo particular, para cualquier ambiente o situación educativa, puesto que los principios y las técnicas que lo rigen pueden ser practicados por educadores comunes que posean – eso sí – una profunda personalidad cristiana y sean dotados de grande caridad pastoral hacia los alumnos. ☻ Don Bosco, hombre práctico, sabía que la bondad de cualquier método educativo se mide por la capacidad de motivar a los desalentados, recobrar a los que han botado la toalla, ofrecer a la sociedad, como honrados y competentes profesionales, los muchachos que él recogía por calles y plazas, expuestos a los peligros propios de una gran ciudad. Su método prepara hombres para una vida profundamente humana mediante una profesión, útiles para sí y la sociedad. Don Bosco era educador siempre: en el patio, en el comedor, en la clase, en el laboratorio, en la capilla. De allí que la propuesta educativa salesiana no esté limitada a ciertas estructuras. El hecho educativo es una relación entre personas y esto es posible tanto en ambientes educativos institucionales como en el tiempo libre de los jóvenes. Alma y cuerpo, individuo y sociedad, cultura y salud física: todo es tomado en cuenta en esta concepción educativa, adecuada a todo ambiente, a todo contexto geográfico, social, religioso, a cualquier tipo de sujetos y especialmente a todos los educadores que tiendan sinceramente al bien de los jóvenes. Podemos concluir diciendo que el servicio educativo y pastoral se realiza en una pluralidad de formas, determinadas por las necesidades de las personas a quienes nos entregamos. Sensibles a los signos de los tiempos y atentos a las exigencias del territorio y de la Iglesia, renovamos nuestras estructuras con creatividad y flexibilidad constantes, tratando de ser en todas partes misioneros de los jóvenes, portadores del Evangelio a la juventud de hoy. El educador salesiano es siempre hijo de ese Don Bosco que se declaraba pronto a cualquier cosa, también a “quitarse el sombrero ante el demonio”[3] , con tal de salvar el alma de sus jóvenes. |
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uál es este original sistema educativo? La praxis de Don Bosco es un
arte pedagógico-pastoral, habiendo él traducido la ardiente
caridad de su ministerio sacerdotal en un proyecto concreto de educación
de los jóvenes en la fe: la pedagogía es un arte que exige talento.
No se trata de fórmulas estáticas o mágicas, sino de un conjunto
de condiciones que a la persona la enriquecen de paternidad y maternidad educativas.
La primera de estas condiciones es conocer la propia época y saberse adaptar a ella.
A continuación vienen algunas características, entre las cuales: a.- Creatividad de artista para conjugar el empuje pastoral con la inteligencia educativa. Se trata de un tipo de pasión apostólica que se siente llamada en causa por el actual clima de secularización. En Don Bosco el principio metodológico que lo empuja a obrar como auténtico artista es su actitud de amabilidad: construir confianza, familiaridad y amistad. El sistema preventivo posee una fuerte dosis de carisma, de “llamada vocacional” y conlleva la mística de la caridad pastoral (la pasión del Da mihi animas”) y la ascesis del “hacerse amar” (“no basta amar a los jóvenes. Ellos deben sentir que son amados”). b.- En relación de solidaridad con los jóvenes. Dar el primer paso, “ir a los jóvenes” es “la primera y fundamental urgencia de la educación”[2] . El joven es sujeto activo en la praxis educativa y debe sentirse realmente implicado como protagonista en la obra que se quiere realizar. Sin su libre colaboración nada se construye. Es ésta la experiencia de Don Bosco con los muchachos; él no actuaba conquistándolos, sino compartiendo con ellos las responsabilidades. Una solidaridad educativa hoy es más necesaria que nunca, puesto que las varias agencias de educación no siempre sintonizan con las exigencias formativas del joven. c.- Con la mirada puesta en el Hombre nuevo. La finalidad a la cual tiende la educación salesiana es configurar al Hombre nuevo (Cristo) en cada joven. Esto no lo toma en consideración la educación laicista. Para un educador salesiano Cristo es la mejor noticia que se puede dar a un joven: nos revela a Dios como Padre y nos dice que en Cristo somos hijos de este Padre. No hay dignidad mayor ni mejor noticia que se pueda transmitir. Sólo Él es el Camino, la Verdad y la Vida. El evento/Cristo no es simplemente expresión de una formulación religiosa, sino un hecho objetivo de la historia humana. Toda persona tiene necesidad de Él y a Él tiende, aunque no lo sepa. La búsqueda enfermiza de eficacia y el relativismo religioso son dañinos para la personalidad de los jóvenes. d.- Mediante un trabajo de carácter preventivo. Prevenir es el arte de educar en positivo, proponiendo el bien en forma atrayente; es el arte de hacer que los jóvenes crezcan desde adentro, con libertad interior, superando formalismos exteriores; es el arte de adueñarse del corazón de los jóvenes, para que caminen con alegría obrando el bien, corrigiendo desviaciones, preparándose al porvenir. e.- Soldando, en un solo haz luminoso, razón religión y amabilidad que entran “juntos” en tensión. Estos tres valores no son meramente humanos, ni solo religiosos, ni unicamente afectivos y actúan juntos, en un clima de bondad, trabajo, alegría y sinceridad. Evidentemente la práctica del sistema preventivo se vuelve, para el educador, una espiritualidad exigente. No es posible practicarla sin una caridad pastoral bien probada y una pasión apostólica auténtica. Estamos hablando de santidad pedagógica, atrayente pero profunda, que se identifica con la alegría, obtenida a fuerza de servicio a los jóvenes, sacrificio, trabajo y templanza (coetera tolle). f.- Con un compromiso creativo en relación con el tiempo libre del joven. “La vida de grupo es un elemento fundamental de la tradición pedagógica salesiana” [3] . En Chieri Juanito Bosco fundó la “Sociedad de la Alegría”; Domingo fundó la Compañía de la Inmaculada; Miguel Magone pertenecía a la Compañía del Santísimo... A través de las asociaciones se llega a los ambientes y a cada una de las personas dentro del grupo. Naturalmente hace falta estar siempre dispuestos a ofrecer el debido seguimiento personal, en especial a los animadores y a los responsables. |
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Lo expresó con fórmulas sencillas que los jóvenes podían comprender y hacer propias: buenos cristianos y honrados ciudadanos, sabiduría salud y santidad, razón y fe. Para no caer en el maximalismo utópico comenzaba allí donde era posible, según las condiciones del joven y las posibilidades del educador. En su oratorio se jugaba, uno era acogido, se creaban relaciones; se recibía instrucción religiosa, se alfabetizaba, se aprendía a trabajar, se daban normas para un comportamiento civil, se reflexionaba sobre el derecho que regulaba el trabajo artesanal y se trataba de mejorarlo. ◙ Es queja recurrente de los jóvenes que hoy puede haber una instrucción que no toma en cuenta los problemas de la vida, una preparación profesional que no asume la dimensión ética o cultural, una educación que no ahonda los interrogantes de la existencia cerrándose en lo inmediato. Si vida y sociedad se han vuelto complejas, el sujeto sin mapa y/o brújula está destinado a perderse o a volverse dependiente. La formación de la mente, de la conciencia y del corazón son necesarias como nunca. Pero el punctum dolens de la educación hoy es la comunicación: entre las generaciones por la velocidad de los cambios, entre las personas por el aflojarse de las relaciones, entre instituciones y destinatarios por la diversa percepción de las respectivas finalidades. La comunicación es confundida, estorbada, expuesta a la ambigüedad por el excesivo ruido, por la multiplicidad de los mensajes, por la falta de sintonía entre emisor y receptor. De allí la incomprensión, el silencio, la escucha limitada y selectiva (con el zapping), los pactos de no agresión para mayor tranquilidad… Así es difícil aconsejar actitudes, recomendar comportamientos, transmitir valores. Y también esto ha cambiado no poco desde los tiempos de Don Bosco. Con todo, de él nos llegan indicaciones que, en su sencillez, triunfan, si se halla el modo de ponerlas en práctica. Una de dichas indicaciones es: “Se obtiene más con una mirada de afecto… que con muchos reproches”. ◙ Hay una palabra, no muy usada hoy, que sintetiza lo que Don Bosco aconsejó acerca de la relación educativa: amabilidad. Su fuente es la caridad, por la cual el educador descubre el proyecto de Dios en la vida de cada joven, hace que también el joven tome conciencia de él y lo lleve a cumplimiento con el mismo amor liberador y magnánimo con que Dios lo ha concebido. Esto engendra un afecto manifestado en medida de joven. Va madurando así, no sin dificultad, una relación que merece ser cuidada, cuando promete una traducción de las intuiciones de Don Bosco a nuestro contexto. Es una relación señalada por una amistad que crece hasta la paternidad. La amistad va aumentando con gestos de familiaridad y de ellos se alimenta. A su vez provoca confianza, que es todo en educación. La amistad tiene una manifestación muy concreta:la asistencia. Es inútil querer deducir el alcance de la asistencia salesiana del significado que el diccionario da a la palabra: se trata de un término acuñado en el interior de una experiencia y cargado de significados y aplicaciones originales. Es presencia física allí donde los jóvenes se encuentran, entretienen o proyectan. Es fuerza moral con capacidad de comprender, estimular y despertar. Es también orientación y consejo según la necesidad de cada uno. ◙ La asistencia alcanza el nivel de la paternidad educativa, que es más que la amistad. Es una responsabilidad afectuosa y autorizada que ofrece guía y enseñanza vital y exige disciplina y compromiso. Es amor y autoridad. Se manifiesta “en saber hablar al corazón”. No hablar mucho, pero directo; no agitado, pero claro. Hay, en la pedagogía de Don Bosco, dos ejemplos de este hablar: las buenas noches y la palabra personal que dejaba caer en momentos informales, de recreo. Dos momentos cargados de emotividad, que se referían siempre a sucesos concretos e inmediatos y entregaban una sabiduría cotidiana para enfrentarlos, enseñando el arte de vivir. He aquí por qué Don Bosco alcanzó la santidad siendo educador; he aquí por qué logró educar a jóvenes santos como Domingo Savio. Hay una relación entre santidad y educación. |
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Hablar de educación salesiana me lleva a hablar ante todo de Don Bosco, que “realiza su santidad personal en la educación, vivida con celo y corazón apostólico, y que simultáneamente sabe proponerla, como meta concreta de su pedagogía” (JP 5). Don Bosco alcanza la santidad siendo un educador santo. Pío XI no dudó en definirlo “educátor prínceps”. ◙ Una feliz mezcla de dones personales y circunstancias convirtieron a Don Bosco en el Padre, Maestro y Amigo de la juventud, como lo ha proclamado Juan Pablo II, por su capacidad innata de acercarse a los jóvenes y ganar su confianza, el ministerio sacerdotal que le dio un conocimiento profundo del corazón humano, una fuerte experiencia de la eficacia de la gracia en el desarrollo del muchacho y un g enio práctico capaz de llevar las inspiraciones iniciales a un desarrollo completo. A la raíz de todo está empero la vocación: para Don Bosco el servicio a los jóvenes fue la respuesta a la llamada del Señor. La fusión entre santidad y educación ─por lo que se refiere a compromisos, ascetismo, expresión del amor─ constituye el rasgo original de su figura. Él es un santo educador y un educador santo. De esta fusión tuvo origen un “sistema”, conjunto de intuiciones y prácticas que puede ser expuesto en un tratado, narrado en un film, cantado en un poema o representado en un musical; se trata, en efecto, de una aventura que ha involucrado a colaboradores y ha hecho soñar a los jóvenes. De este sistema se apropiaron sus seguidores, para quienes la educación es también una vocación: ellos lo han llevado a una grande variedad de contextos culturales, traduciéndolo en propuestas educativas diversas, según las situaciones de los jóvenes destinatarios. ◙ Cuando volvemos a estudiar la vicisitud personal de Don Bosco o la historia de sus obras, nacen preguntas: ¿Y hoy? ¿Qué fuerza tienen hoy las intuiciones de él? ¿Cuánto pueden ayudarnos, a nosotros, las soluciones usadas por él (el diálogo entre generaciones, la transmisión de valores, etc.) para resolver las que se nos presentan como dificultades insuperables? No me detengo a enumerar las diferencias que corren entre el tiempo de Don Bosco y el nuestro. Las hay, y no pequeñas, en todos los campos: en la condición juvenil, en la familia, en la forma de vida, de pensar la educación, en la misma práctica religiosa. Si resulta ya difícil comprender una experiencia del pasado para finalidades de reconstrucción histórica, mucho más arduo será quererla traducir en un contexto totalmente diverso. Pese a ello, estamos convencidos “que lo acaecido con Don Bosco es un momento de gracia, colmado de virtualidad; que contiene inspiraciones para padres y educadores; que encierra sugerencias ricas de desarrollo, como yemas que esperan abrirse” [1]◙ La educación, sobre todo de los muchachos menos favorecidos, non es trabajo de empleados sino vocación. Don Bosco fue un pionero carismático que superó legislaciones y praxis. Creó el sistema preventivo, empujado por un neto sentido social, pero a través de una iniciativa autónoma. Hoy la exigencia no es diversa: poner en acto las energía disponibles, favorecer vocaciones y proyectos de servicio. La eficacia de la educación descansa en su calidad, comenzando por la del educador, del clima educativo, del programa y de los objetivos fijados de antemano. Lo complejo de la sociedad, la cantidad de visiones y mensajes ofrecidos, la separación de los diversos sectores en los cuales se desarrolla la vida, han traído tendencias y riesgos también para la educación. Uno es la fragmentación de lo que se ofrece y de la manera con que es recibido. Otro es la selección según las preferencias individuales. El optional ha pasado del mercado a la vida. Todos conocen las polaridades difícilmente conciliables: ganancia individual y solidaridad, amor y sexo, visión temporal y sentido de Dios, aluvión informática y dificultad de evaluación, derechos y deberes, libertad y conciencia. Evidentemente la gracia de unidad en el corazón del educador y la santidad personal ayudan enormemente a superar estas y otras tensiones presentes en el campo educativo. [1] Braido P., Prevenir no reprimir. |
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