Rector Mayor de 1996 a 2002
Juan Edmundo Vecchi Monti nace en Viedma (Argentina)
el 23 junio 1931, séptimo y último hijo de una familia de emigrantes
italianos que entre 1898 1906 se trasladó desde Emilia Romagna (Italia)
a Argentina en una época en que la emigración hacia América
era el sueño de muchos italianos que querían encontrar trabajo
y tranquilidad en tierra extranjera, vista la pobreza de la propia patria.
El padre, Albino Vecchi, original de Boretto (Reggio Emilia), y la madre Maria
Monti, de Montescudo (Forlí), se conocieron en Argentina y allí
se casaron.
Es sobrino del venerable Artémides Zatti, salesiano coadjutor a punto de ser BEATOSficado.
Juan conoce a los salesianos en Viedma y decide seguir su vocación salesiana. Hizo los primeros votos en Fortín Mercedes, el 29 de enero de 1947 y realizó los estudios de teología en Turín-Crocetta donde fue ordenado sacerdote en 1 de julio de 1958. En aquel mismo año consigue la licencia en teología también en Turín. Vuelto a Argentina es director en Viedma desde 1965 a 1972.
En este año comienza su largo servicio a la Congregación como miembro del Consejo General (cerca de 30 años). Desde 1972 a 1978 es Regional para América Latina zona Atlántico; desde 1972 a 1990 es Consejero General para la Pastoral Juvenil; desde 1990 a 1996 es Vicario del Rector Mayor; y finalmente desde el 20 de marzo de 1996 es el octavo sucesor de Don Bosco.
Será recordado como el innovador de la pastoral juvenil y también por sus notables dotes de gobierno, capaz de acoger y escuchar teniendo, sinceramente, en cuenta las opiniones, las sugerencias y las exigencias de cada uno. Fuerte sentido de paternidad y de fidelidad al carisma originario del fundador y también competente líder animador del trabajo en equipo, sensible y abierto a los signos de los tiempos.
Rector Mayor a partir del CG24, el capítulo de los seglares, don Vecchi ha creído siempre en ellos y ha incrementado la relación de confianza y de participación con los millares de seglares que toman parte, de distinta manera, en la misión de Don Bosco de servir a los jóvenes. Notable también por su sensibilidad postconciliar, en continuidad con su predecesor don Egidio Viganó, ha creído en una "Iglesia-comunión" y en una "Iglesia-misión" al servicio de los pobres, en una Congregación encarnada en todas las culturas inclinada hacia los más pobres y marginados de cada continente. Pero a diferencia de don Viganó, en don Vecchi ha sobresalido el aspecto antropológico y educativo sobre el teológico y espiritual, aun manteniendo alta esta característica de su personalidad (véanse las múltiples cartas y publicaciones sobre este tema). Quien lo ha conocido puede dar testimonio del gran impulso espiritual que lo ha animado y lo ha hecho entusiasta y optimista.
Don Vecchi ha sido, sin duda, el rasgo de unión más sólido
y unido entre la espiritualidad convencida y testimoniada, y la acción
pastoral entre los jóvenes, coherentemente salesiana, convencido de
que solamente se puede transmitir a Cristo a los jóvenes, si uno es
místico, si se cree en Aquél que da ánimo e identidad.
Don Vecchi ha añadido siempre al binomio espiritual y pastoral, el
testimonio de la vida religiosa y comunitaria salesiana. Comunidades fidedignas,
espirituales y comprometidas pastoralmente, son la manifestación fructífera
de aquel amor de Dios a los jóvenes del que los salesianos profesan
ser "Signos y portadores". Don Vecchi ha creído siempre en
esto hasta el punto de que el tema del CG25, por él convocado, ha puesto
en estrecha relación los tres componentes: testimonio de la espiritualidad,
vida comunitaria y acción entre los jóvenes.
El octavo sucesor de Don Bosco ha sido también hombre de comunicación, ámbito pastoral en el que ha creído fuertemente y al que ha dado un gran impulso. En el programa de su sexenio como Rector Mayor la dimensión de la comunicación ha atravesado transversalmente todos los ambientes y se ha concretado, entre otras cosas, en la renovación y el relanzamiento de las 52 ediciones del Boletín Salesiano.
Don Vecchi fue, sin duda, un gran trabajador, un hombre de fe, espejo fiel de la lectura carismática de Cristo que el Espíritu Santo confió a Don Bosco. Hombre de escucha, atento a la cultura moderna, creyó en la posibilidad del encuentro entre fe y cultura, laicidad y religiosidad. Con gran capacidad de captar el núcleo de las cuestiones, pero respetuoso con los puntos de vista de los demás, fue un animador con ideas claras, abiertas, compartidas, capaz de trazar, con optimismo, nuevos horizontes y de dar impulso a un nuevo proyecto establecido.