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Carta de Roma 1884: El Evangelio de Don Bosco

Carta de Roma 1884: El Evangelio de Don Bosco

26 de febrero de 2020
Don Pascual Chávez V., SDB

 

A modo de introducción

 

He pensado tomar, como tema de retiro de este Miércoles de Ceniza, la carta de Roma del 10 de mayo de 1884. Me parece, también por la carta del Rector Mayor, para convocar el Capítulo General XXVIII, iluminadora y estimulante, porque a nivel de Congregación queremos hacer surgir la voluntad de dar una respuesta carismática a los jóvenes de hoy, especialmente a los más pobres y a los excluidos. Para eso son necesarios salesianos preparados y dispuestos a trabajar con la mente, el corazón y las manos de Don Bosco en la Iglesia y en la sociedad, y que acompañen a los jóvenes en el mundo del trabajo, en el universo digital, en la defensa de la creación, etc.[1] Todo esto se convierte en una referencia a nuestros orígenes. La carta de Roma es el "Evangelio de Don Bosco", respira el aire de los comienzos, que siguen siendo "normativos" y no simplemente "anecdóticos", e invita a la conversión espiritual (a Dios), pastoral (a los jóvenes), estructural (haciendo que nuestras presencias sean más evangelizadoras para llevar a los jóvenes a Cristo y a la Iglesia).

El peligro de hoy, como ayer, por el que Don Bosco escribió esa famosa carta, es la pérdida de la presencia física de los salesianos entre los chicos, de la capacidad casi connatural de comprender su cultura, y de un amor transparente, familiar y bueno que revela a Dios y los conquista a Dios. Se trata de un testamento espiritual, tan vibrantes y sinceros son los tonos. Y lo hace para recomendar, precisamente, la presencia entre los jóvenes (redescubrir la asistencia salesiana), la familiaridad del pasado (el acompañamiento), la que debe recuperarse absolutamente, la que se cultiva especialmente en los recreos, en los tiempos libres, en estructuras abiertas, estando en medio de los jóvenes, compartiendo su vida y tomando sus sueños en serio, día tras día (una pastoral juvenil y vocacional rejuvenecida). Se trata de elementos que están ampliamente desarrollados, todos ellos, tanto en el Documento final del Sínodo sobre los Jóvenes como en la carta apostólica postsinodal Christus vivit[2]. Todo esto requiere un salesiano en un estado de formación permanente, en misión, compartida con los laicos.

Pues bien, como señala el don Caviglia, “la carta del 10.05.1884 no trata nada más que de la vida de los salesianos en el recreo. Había corrupción en los jóvenes, desorden en los hermanos, todo dependía de la vida del patio. Esta vida tal como es en los Oratorios festivos, donde constituye la esencia exterior de la obra, es la que puso en la mano de Don Bosco los corazones de los jóvenes. Todo nació de la vida del patio, es decir, donde el joven se libera de las restricciones reglamentarias. Por tanto, a Don Bosco y a los salesianos auténticos se les debe ver no enmarcados en las esquinas, con el aire de un consejero escolástico, sino con los chicos en el medio del patio. Este es el gran secreto, porque el chico olvidará todo: la escuela, las explicaciones, pero no olvidará lo que ha dicho o hecho en el patio, la bondad, la hermandad, ese de corazón a corazón. Hay muchos profesores en el mundo, pero superiores que estén medio de los jóvenes son pocos en este mundo, y los jóvenes no los olvidan nunca.

Don Bosco quiere que vivamos con jóvenes y no puede concebir salesianos que, mientras los jóvenes están en libertad, estén en otro sitio. Todo el personal, comenzando por el director, debe estar entre los jóvenes; lo dice en una nota sobre el sistema preventivo: el director esté en medio de sus jóvenes..."

De ahí el valor del "patio" entendido como categoría comprensiva de todas las actividades que colocan al joven en clima de espontaneidad, favoreciendo su protagonismo y su libre expresión: porque es allí donde se manifiesta como es, abriendo así la puerta de la interioridad, disponible para recibir los estímulos que le son ofrecidos; siempre con la condición de que allí se encuentre el educador que, protagonista con él y espontáneo como él, revela su propia interioridad dejando fluir los bienes vitales que lo han hecho adulto, creyente, educador. Y es en este punto que se desencadena la comunicación educativa, del educador al joven y del joven al educador, realizándose es prodigio que es, en ambos, enriquecimiento de humanidad.

Patio de ayer y de hoy: es allí donde está o cae la pedagogía salesiana y con ella la misión; de allí surge uno de los mayores desafíos para educar hoy: en la familia, en la escuela y en cualquier otra institución de educación formal, no formal, informal.

 

Carta de Roma 1884: El Evangelio de Don Bosco

 

Recojo de la introducción de Pietro Braido a esta famosa carta de Don Bosco: "En varios documentos, el texto de la carta en la redacción más amplio está precedido por una nota de crónica de Giovanni Battista Lemoyne... Vale la pena reproducir en su totalidad la importante información:

"Don Bosco, en esas noches en que se sentía mal, había hecho uno de esos sueños que marcan época. En varias ocasiones se lo contó a don Lemoyne y luego lo hizo poner en borrador y leerlo corrigiéndolo... Como se refería, especialmente, a los miembros de la Congregación, fue necesario un nuevo trabajo para poder leerlo en público en presencia de todos los jóvenes del Oratorio. Esta carta fue enviada el 10 de mayo. Leída en público por Don Rua, tuvo un gran efecto. Fue para el Oratorio cono la señal de una reforma. El primer efecto de este sueño fue que Don Bosco conocía el estado de tantas conciencias, incluso de algunas que parecían buenísimas, de modo que algunos fueron sacados de la casa".

Pietro Braido, al final de una larga exposición crítica, escribe que la "forma larga" de la carta se transmitió en una versión doble: la avalada por don Ceria en las Memorias Biográficas, y la menos familiar, pero más cercana a los manuscritos originales, de don Lemoyne, publicada en las Actas del Capítulo Superior de 1920 (cf. SPS p. 274-284).

Esta última es la que aparece en las Constituciones y Reglamentos de la Sociedad de San Francisco de Sales, pág. 235-242 (Editorial CCS, mayo de 2010), lo que le da un valor paradigmático. Este es el texto que reproduzco.

Roma, 10 de mayo de 1884

 

Mis queridos hijos en Jesucristo:

 

Cerca o lejos, yo pienso siempre en vosotros. Uno solo es mi deseo: que seáis felices en el tiempo y en la eternidad. Este pensamiento y deseo me han impulsado a escribiros esta carta. Siento, queridos míos, el peso de estar lejos de vosotros, y el no veros ni oíros me causa una pena que no podéis imaginar… Con todo, aunque falten po­cos días para mi regreso, quiero anticipar mi llegada al menos por carta, ya que no puedo hacerlo en persona. Son palabras de quien os ama tiernamente en Jesucristo y tiene el deber de hablaros con la libertad de un padre. Me lo permitís, ¿no? Y me vais a prestar atención y poner en práctica lo que os voy a decir.

He dicho que sois el único y continuo pensamiento de mi mente. Pues bien, una de las noches pasadas, me ha­bía retirado a mi habitación y, mientras me disponía a entregarme al descanso, comencé a rezar las oraciones que me enseñó mi buena madre. En aquel momento, no sé bien si víctima del sueño o fuera de mí por alguna distracción, me pareció que se presentaban delante de mí dos antiguos alumnos del Oratorio.

Uno de ellos se acercó y, saludándome afectuosamente, me dijo:

—Don Bosco, ¿me conoce?

—¡Pues claro que te conozco! —le respondí. —¿Y se acuerda aún de mí? —añadió.

—De ti y de los demás. Tú eres Valfré, y estuviste en el Oratorio antes de 1870.

—Oiga, continuó Valfré, —¿quiere ver a los jóvenes que estaban en el Oratorio en mis tiempos?

—Sí, házmelos ver, le contesté; me dará mucha alegría.

Entonces Valfré me mostró todos los jovencitos con el mismo semblante, edad y estatura de aquel tiempo. Me parecía estar en el antiguo Oratorio en la hora de recreo. Era una escena llena de vida, movimiento y alegría. Quién corría, quién saltaba, quién hacía saltar a los demás; quién jugaba a la rana, quién a la bandera, quién a la pelota. En un sitio había reunido un corrillo de muchachos pendien­tes de los labios de un sacerdote que les contaba una historia; en otro lado había un clérigo con otro grupo ju­gando al burro vuela o a los oficios. Se cantaba, se reía por todas partes; y por doquier, sacerdotes y clérigos; y alrededor de ellos, jovencitos que alborotaban alegremen­te. Se notaba que entre jóvenes y superiores reinaba la mayor cordialidad y confianza. Yo estaba encantado con aquel espectáculo. Valfré me dijo:

—Vea, la familiaridad engendra afecto, y el afecto, con­fianza. Esto es lo que abre los corazones, y los jóvenes lo manifiestan todo sin temor a los maestros, asistentes y superiores. Son sinceros en la confesión y fuera de ella, y se prestan con facilidad a todo lo que les quiera mandar aquel que saben que los ama.

Entonces se acercó a mí otro antiguo alumno que tenía la barba completamente blanca y me dijo:

—Don Bosco, ¿quiere ver ahora a los jóvenes que están actualmente en el Oratorio? (Era José Buzzetti).

—Sí, respondí, pues hace un mes que no los veo.

Y me los señaló. Vi el Oratorio y a todos vosotros que estabais en recreo. Pero ya no oía gritos de alegría y can­ciones, ya no veía aquel movimiento, aquella vida de la primera escena.

En los ademanes y en el rostro de algunos jóvenes se notaba aburrimiento, desgana, disgusto y desconfianza, que causaron pena a mi corazón. Vi, es cierto, a muchos que corrían y jugaban con dichosa despreocupación; pero otros —no pocos— estaban solos, apoyados en las colum­nas, presos de pensamientos desalentadores; otros anda­ban por las escaleras y corredores, o estaban en los bal­cones que dan al jardín para no tomar parte en el recreo común; otros paseaban lentamente por grupos hablando en voz baja entre ellos, lanzando a una y otra parte mira­das sospechosas y mal intencionadas; algunos sonreían, pero con una sonrisa acompañada de gestos que hacían no solamente sospechar, sino creer que san Luis habría sentido sonrojo de encontrarse en compañía de los tales…

—¿Has visto a tus jóvenes? —me dijo el antiguo alumno. —Sí que los veo, contesté suspirando.

—¡Qué diferentes de lo que éramos nosotros antaño!, exclamó aquel viejo alumno.

—¡Por desgracia! ¡Qué desgana en este recreo!

—De aquí proviene la frialdad de muchos para acercarse a los santos sacramentos, el descuido de las prácticas de piedad en la iglesia y en otros lugares; el estar de mala gana en un lugar donde la divina Providencia los colma de todo bien corporal, espiritual e intelectual. De aquí la no correspondencia de muchos a su vocación; de aquí la ingratitud para con los superiores; de aquí los secretitos y murmuraciones, con todas las demás consecuencias de­plorables.

—Comprendo, respondí. Pero ¿cómo reanimar a estos queridos jóvenes para que vuelvan a la antigua vivacidad, alegría y expansión?

—Con el amor.

—¿Amor? Pero ¿es que mis jóvenes no son bastante ama­dos? Tú sabes cómo los amo. Tú sabes cuánto he sufrido por ellos y cuánto he tolerado en el transcurso de cuaren­ta años, y cuánto tolero y sufro en la actualidad. Cuántos trabajos, cuántas humillaciones, cuántos obstáculos, cuán­tas persecuciones para proporcionarles pan, albergue, maestros, y especialmente para buscar la salvación de sus almas. He hecho cuanto he podido y sabido por ellos, que son el afecto de toda mi vida.

—No hablo de ti.

—¿Pues de quién, entonces? ¿De quienes hacen mis veces: los directores, prefectos, maestros o asistentes? ¿No ves que son mártires del estudio y del trabajo y que consu­men los años de su juventud en favor de quienes les ha encomendado la divina Providencia?

—Lo veo, lo sé; pero no basta; falta lo mejor.

—¿Qué falta, pues?

—Que los jóvenes no sean solamente amados, sino que se den cuenta de que se les ama.

—Pero ¿no tienen ojos en la cara? ¿No tienen luz en la inteligencia? ¿No ven que cuanto se hace en su favor se hace por su amor?

—No, repito; no basta. —¿Qué se requiere, pues?

—Que, al ser amados en las cosas que les agradan, parti­cipando en sus inclinaciones infantiles, aprendan a ver el amor en aquellas cosas que naturalmente les agradan po­co, como son la disciplina, el estudio, la mortificación de sí mismos, y que aprendan a hacer estas cosas con amor.

—Explícate mejor.

—Observe a los jóvenes en el recreo.

Observé. Después dije:

—¿Qué hay que ver de especial?

—¿Tantos años educando a la juventud y no comprende?

Observe mejor. ¿Dónde están nuestros Salesianos?

Me fijé y vi que eran muy pocos los sacerdotes y clérigos que estaban mezclados entre los jóvenes, y muchos me­nos los que tomaban parte en sus juegos. Los superiores no eran ya el alma de los recreos. La mayor parte de ellos paseaban, hablando entre sí, sin preocuparse de lo que hacían los alumnos; otros jugaban, pero sin pensar para nada en los jóvenes; otros vigilaban de lejos, sin advertir las faltas que se cometían; alguno que otro corregía a los infractores, pero con ceño amenazador y raramente. Ha­bía algún Salesiano que deseaba introducirse en algún grupo de jóvenes, pero vi que los muchachos buscaban la manera de alejarse de sus maestros y superiores.

Entonces mi amigo continuó:

—En los primeros tiempos del Oratorio, ¿usted no estaba siempre con los jóvenes, especialmente durante el recreo? ¿Recuerda aquellos hermosos años? Era una alegría de paraíso, una época que recordamos siempre con cariño, porque el amor lo regulaba todo, y nosotros no teníamos secretos para usted.

—¡Cierto! Entonces todo era para mí motivo de alegría, y en los jóvenes de estusiasmo por acercárseme y quererme hablar; existía verdadera ansiedad por escuchar mis con­sejos y ponerlos en práctica. Ahora, en cambio, las conti­nuas audiencias, mis múltiples ocupaciones y la falta de salud me lo impiden.

—De acuerdo; pero si usted no puede, ¿por qué no le imitan sus Salesianos? ¿Por qué no insiste y exige que traten a los jóvenes como los trataba usted?

—Yo les hablo e insisto hasta cansarme, pero desgracia­damente muchos no se sienten con fuerzas para arrostrar las fatigas de antaño.

—Y así, descuidando lo menos, pierden lo más; y este más son sus fatigas. Que amen lo que agrada a los jóve­nes, y los jóvenes amarán lo que les gusta a los superio­res. De esta manera, el trabajo les será llevadero. La causa del cambio presente del Oratorio es que un grupo de jó­venes no tiene confianza con los superiores. Antiguamen­te los corazones estaban todos abiertos a los superiores, a quienes los jóvenes amaban y obedecían prontamente.

Pero ahora, los superiores son considerados sólo como tales y no como padres, hermanos y amigos; por tanto, son temidos y poco amados. Por eso, si se quiere formar un solo corazón y una sola alma por amor a Jesús, hay que romper esa barrera fatal de la desconfianza y susti­tuirla por la confianza cordial…

—¿Cómo hacer, pues, para romper esta barrera?

—Familiaridad con los jóvenes, especialmente en el re­creo. Sin familiaridad no se demuestra el afecto, y sin esta demostración no puede haber confianza. El que quiere ser amado debe demostrar que ama. Jesucristo se hizo pequeño con los pequeños y cargó con nuestras enferme­dades. ¡He aquí el maestro de la familiaridad! El maestro al cual sólo se ve en la cátedra es maestro y nada más; pero, si participa del recreo de los jóvenes, se convierte en un hermano. Si a uno se le ve en el púlpito predicando, se dirá que no hace más que cumplir con su deber, pero, si dice en el recreo una buena palabra, es palabra de quien ama…

El que sabe que es amado, ama, y el que es amado lo consigue todo, especialmente de los jóvenes. Esta confianza establece como una co­rriente eléctrica entre jóvenes y superiores. Los corazones se abren y dan a conocer sus necesidades y manifiestan sus defectos. Este amor hace que los superiores puedan soportar las fatigas, los disgustos, las ingratitudes, las mo­lestias, las faltas y las negligencias de los jóvenes. Jesucristo no quebró la caña ya rota ni apagó la mecha humean­te. He aquí vuestro modelo. Entonces no habrá quien trabaje por vanagloria; ni quien castigue por vengar su amor propio ofendido; ni quien se retire del campo de la asistencia por celo a una temida preponderancia de otros; ni quien murmure de los otros para ser amado y estimado de los jóvenes, con exclusión de todos los demás superio­res, mientras, en cambio, no cosecha más que desprecio e hipócritas zalamerías; ni quien se deje robar el corazón por una criatura y, para adular a ésta, descuide a todos los demás jovencitos; ni quienes por amor a la propia como­didad, dejen a un lado el gravísimo deber de la vigilancia; ni quien por falso respeto humano, se abstenga de amo­nestar a quien necesite ser amonestado. Si existe este amor efectivo, no se buscará más que la gloria de Dios y el bien de las almas. Cuando languidece este amor, es que las cosas no marchan bien. ¿Por qué se quiere sustituir el amor por la frialdad de un reglamento? ¿Por qué los supe­riores dejan de cumplir las reglas que Don Bosco les dictó? ¿Por qué el sistema de prevenir desórdenes con vigilancia y amor se va reemplazando poco a poco por el sistema, menos pesado y más fácil para el que manda, de dar leyes que se sostienen con castigos, encienden odios y acarrean disgustos, y si se descuida el hacerlas observar, producen desprecio para los superiores y son causa de desórdenes gravísimos?

Esto sucede necesariamente si falta familiaridad. Si, por tanto, se desea que en el Oratorio reine la antigua felici­dad, hay que poner en vigor el antiguo sistema: El supe­rior sea todo para todos, siempre dispuesto a escuchar toda duda o lamentación de los jóvenes, todo ojos para vigilar paternalmente su conducta, todo corazón para buscar el bien espiritual y temporal de aquellos a quienes la Providencia ha confiado a sus cuidados. Entonces los corazones no permanecerán cerrados ni reinarán ya cier­tos secretitos que matan. Sólo en caso de inmoralidad sean los superiores inflexibles. Es mejor correr el peligro de alejar de casa a un inocente que quedarse con un escandaloso. Los asistentes consideren como un gravísimo deber de conciencia el referir a los superiores todo lo que sepan que de algún modo ofende a Dios”.

 

- Algunas condiciones para la relectura de la carta

 

Antes de recuperar sus elementos más significativos, es importante ver cuáles son las condiciones[3] para poder releer la carta en la actualidad:

En primer lugar, es obvio que la nuestra no puede ser una repetición servil de lo que hizo Don Bosco. Debemos tener el coraje de hacer, en las cambiantes condiciones históricas actuales, lo que Don Bosco realizó en su tiempo. Hizo de la educación al servicio de los "jóvenes pobres, abandonados o en peligro" una elección de vida. Y hoy, nunca como antes, estamos llamados a hacerla o renovarla, porque es urgente hacer un pacto global educativo[4] si realmente queremos hacer el bien a los jóvenes y transformar la cultura imperante y, por tanto, la realidad social.

Una segunda condición es una relectura en clave educativa del contexto y de la condición juvenil actual. Nuestro mundo conoce, y a menudo soporta, fenómenos que Don Bosco ni siquiera remotamente podía imaginar: la irrupción en la vida de todos los medios de comunicación, computadoras, teléfonos móviles; la aceleración vertiginosa del cambio y de la innovación en todos los niveles de la existencia privada y pública, el pluralismo; la crisis de los sistemas de significado y las agencias de consenso social; la crisis de los valores y de las certezas éticas tradicionales; la complejificación creciente de la existencia individual y social; la tendencia a la homogeneización cultural a la que conducen el mercado internacional y las exigencias del consumo; la despersonalización y la subjetivación extrema de los patrones de comportamiento individual y social; el aplastamiento de los pensamientos y de las perspectivas sobre el presente con la consiguiente dificultad para una buena memoria del pasado y para proyectos de futuro a largo plazo; la secularización de la vida familiar y social; y así sucesivamente. Y muchos otros elementos positivos que caracterizan a los jóvenes de hoy. (cf. el tercer capítulo de la exhortación postsinodal Christus vivit)[5].

Esto requiere que percibamos las novedades del momento histórico que estamos viviendo, los nuevos problemas, los nuevos compromisos, las nuevas responsabilidades que apelan a la conciencia de los ciudadanos y a la fe de los creyentes. Más específicamente, significará comprender las necesidades históricas, las exigencias, las aspiraciones y las expectativas frustradas, que piden ser escuchadas y no ser más tarde zaheridas; tanto en general como en particular en la condición juvenil. Estos tienen valor como indicaciones para "un ser de más", "un más de vida", "un más de humanidad", "una mejor calidad de vida" de todos y de cada uno: una buena vida y en plenitud (cf. el quinto capítulo de la Exhortación sobre lo que cambia la juventud cuando es iluminada por el Evangelio)

A nuestro nivel salesiano requiere el coraje de involucrarse, es decir, de vivir entre los jóvenes, sin servirse de defensas frágiles y falsas, dictadas por el miedo a perder la cara y la dignidad; de renovar ciertas tradiciones educativas de diálogo y de escucha de las voces que provienen del mundo juvenil, tal como lo es hoy, para bien o para mal, con sus características propias; de mantenerse en la frecuencia de onda de las aspiraciones y de los problemas que expresan y proponen los jóvenes de hoy en día, para estudiarlos con seriedad y pasión, y para buscar con ellos traducir las ideas en términos operativos. (cf. el capítulo siete de la exhortación dedicada a la "pastoral juvenil").

Acoger a las personas por lo que son, "en el estado en que se encuentran" y por lo que cada uno de ellos puede ser, acostumbrándose a articular y calibrar las propuestas y las intervenciones adaptadas para el chico y la chica, y para las situaciones particulares. Se trata de buscar ese raro equilibrio entre propuestas radicales de sentido y el respeto por la dinámica personal y colectiva que cada uno necesita para alcanzarlas.

Yendo al futuro, al otro, al más allá, a más. Es necesario saber ir más allá de la superficie de lo real y alcanzar esos niveles profundos de la vida donde nacen las necesidades, brotan las aspiraciones y florecen los sueños; donde se fuerzan los límites del presente y nos aventuramos en la imprevisibilidad del futuro. Implica superar la pasividad y el fatalismo, buscar el bien común, ir más allá del "todos los hacen así" o del "siempre se ha hecho así" o del "tenemos la verdad". (cf. los dos últimos capítulos de la exhortación sobre la "vocación" [8] y el "discernimiento" [9]).

Veamos ahora los elementos más significativos de la carta:

 

1. Saber utilizar el lenguaje del amor

 

Pero ¿cómo reanimar a estos queridos jóvenes para que vuelvan a la antigua vivacidad, alegría y expansión?

—Con el amor.

—¿Amor? Pero ¿es que mis jóvenes no son bastante ama­dos?

—Lo veo, lo sé; pero no basta; falta lo mejor.

—¿Qué falta, pues?

—Que los jóvenes no sean solamente amados, sino que se den cuenta de que se les ama.

 

Por tanto, no basta amar, necesitamos juntos saber usar el lenguaje del amor, sin el cual no es posible una comunicación educativa válida. Es, sin duda, el significado más transparente de la carta, enunciación del gran principio que podríamos llamar la "visibilidad del amor". Hoy estamos en la cultura de la visibilidad: lo que no aparece no existe; pero es una visibilidad que oculta, si no anula, el ser de la persona; es una visibilidad mortífera; sin embargo, hay una visibilidad vital y vivificante, que es la de la caridad; no en vano, desde los textos del Nuevo Testamento, el amor se ha asociado con la luz, irradiación de la Luz misma que es Dios. Por tanto, es necesario verificar, aprender, inventar los lenguajes del amor, para que se manifieste fuera y se convierta en don, invitación, propuesta. Ciertamente la raíz debe estar en el corazón, muestra de verdad y de eficacia. Pero no basta: los lenguajes también son un dato cultural sujeto a la evolución del tiempo. ¡No aprendemos de una vez por todas! El lenguaje del amor es siempre el tema del "estudio asiduo" en el sentido que Don Bosco daba a esta palabra: preocupación, compromiso, pasión. Y nuestra cultura también se caracteriza por una desatención a los lenguajes del amor, peor aún, por una distorsión de los lenguajes naturales del amor, los sexuales, afectivos, amistosos; para que surja una profunda desconfianza entre los jóvenes: el amor es imposible, el amor es una fábula, el amor es una rareza que compete a unos pocos privilegiados.

El salesiano debe ser un apasionado cultivador de los lenguajes del amor; una lección que aprende no solo escuchándose a sí mismo sino también escuchando al otro: sus necesidades, sus sensibilidades, sus posibilidades de expresión y sus capacidades de recepción. Hoy es este -me parece- el desafío fundamental del educador: hacer entender que ama de verdad, que ama para siempre, que ama todo lo humano que aparece ante él y que se revela y modifica con el paso del tiempo; demostrar que ama incluso ante el rechazo, el olvido, la distorsión o el uso especulador; y convencer así al amor, o sea es dar a luz la convicción interna de que se es digno de amor y, más aún, que se es capaz de amar (y es la percepción del propio valor inalienable, es el fundamento de la propia dignidad, es la raíz de toda auténtica esperanza); y hacer intuir (pero esto también es gracia) que hay una Fuente, que es para mí y para ti, siempre abierta y disponible, nunca agotable en su inexhausta riqueza.

 

2. Comprender a los jóvenes.

 

No, repito; no basta.

—¿Qué se requiere, pues?

—Que, al ser amados en las cosas que les agradan, parti­cipando en sus inclinaciones infantiles, aprendan a ver el amor en aquellas cosas que naturalmente les agradan po­co, como son la disciplina, el estudio, la mortificación de sí mismos, y que aprendan a hacer estas cosas con amor.

 

Por tanto, hay un elemento de racionalidad que debe intervenir, que es una necesidad de conocimiento que debe tomar y guiar al educador salesiano: y es conocer a los jóvenes, comprender las situaciones, las preguntas, las necesidades de saber hacerlas frente. Se requiere una amplia gama de conocimientos científicos y técnicos para interpretar la serie de los valores concretamente disponibles y asimilables por los jóvenes para un crecimiento válido en el presente y en la perspectiva futura. Demasiados educadores insisten en lo negativo, lo problemático, lo irracional, lo moralmente inaceptable; para dar fe así de los "no" que se debe reiterar con firmeza (alternando, a menudo, con laxismo) en lugar que los "sí" propuestos con inteligencia (razón), intuición (amor) y coraje unido a prudencia. De ahí la enemistad, la distancia de seguridad, la no escucha con una creciente divergencia del natural foso generacional; la relación se vuelve funcional e institucional (cuando todavía existe) o se rechaza abierta o sutilmente, con todo ese patrimonio de valores que el salesiano tiene en sí mismo y que le gustaría (más que debería) transmitir, si se quiere y se interpreta como educador.

Comprender la cultura juvenil funda el compromiso para la continua formación que permite eliminar las inevitables distancias entre nosotros y los jóvenes. Es esa competencia pedagógica la que, al unirse con la simpatía y con la asidua relación, permite vivir en sintonía con los jóvenes identificando las formas de penetrar en los corazones y conquistar a la vida y al gozo. Me parece que esto sea un aspecto bastante deficiente en ciertos ambientes salesianos; basta captar la superficialidad con la que se comentan las conductas juveniles: no trasluce el deseo de intus legere, de leer adentro y más allá del dato; o basta con mirar la dificultad que tenemos para delinear objetivos y para diseñar itinerarios que se atengan lo más posible a las dificultades concretas y a las posibilidades no “de los” jóvenes, sino de "estos" jóvenes. Porque sigue siendo cierto que si no conoces "lo que les gusta a los jóvenes", es decir, lo que pasa en su mundo interior como interés, atracción, deseo, sueño, difícilmente percibirán el valor de las metas educativas que proponemos y que guardan relación con el compromiso, el esfuerzo, la dedicación (¡todos los ingredientes del verdadero amor!) precisamente los que Don Bosco sugiere cuando habla de estudio, disciplina, mortificación ... " y que aprendan a hacer estas cosas con amor".

 

3. Dar importancia a la felicidad

 

"Muy queridos hijos en Jesucristo:

Cerca o lejos, yo pienso siempre en vosotros. Uno solo es mi deseo: que seáis felices en el tiempo y en la eternidad. Este pensamiento y deseo me han impulsado a escribiros esta carta.

Son palabras de quien os ama tiernamente en Jesucristo y tiene el deber de hablaros con la libertad de un padre. Me parecía estar en el antiguo Oratorio en la hora de recreo. Era una escena llena de vida, movimiento y alegría.

 

Para amar de verdad es necesario no perder nunca de vista el fin último, la más íntima vocación de cada uno, que es la llamada a la felicidad representada simbólicamente por la comunidad ideal soñada por Don Bosco. Y para Don Bosco, la felicidad es una vía privilegiada para la evangelización ("que seáis felices en el tiempo y en la eternidad"). Un estudio reciente titulado "Dios y la felicidad" nos ayuda a entender esto: "En el instante pleno de un momento feliz, brilla repentina e inesperadamente en la realidad de la vida una realidad superior. Una dimensión dotada de un sentido incondicional irrumpe en la conducta del hombre marcada por tantas contingencias. En el momento de esta felicidad, el hombre se sabe al seguro en una buena realidad que lo mira con benevolencia y experimenta su vida como una vida buena y satisfactoria. Solo en este momento se despierta propiamente a la realidad; una realidad que supera siempre lo que él imaginaba como felicidad y, por tanto, pone su aspiración a la felicidad bajo una nueva luz. Se trata de una experiencia de la trascendencia que puede ser descrita como un manifestarse del bien. En esta manifestación está la respuesta a la pregunta de la fuente en base a la que el hombre conoce esa dimensión infinita de la realidad. ¿Por qué se siente tocado por una esfera trascendente?

En el vasto panorama de la experiencia religiosa, la experiencia vivida de la felicidad instantánea es un momento posible en el que la trascendencia se manifiesta al hombre. En el caso de la experiencia de la felicidad se siente gozosamente dirigir la palabra e interpelar en alguna parte; percibe, siente, presagia algo que supera la dimensión de la realidad de su vida. Esta irrupción de la trascendencia no se presenta necesariamente como una experiencia religiosa, sino que se presta a una interpretación religiosa y, en particular, a una interpretación religiosa específicamente cristiana. El sentimiento radiante por un momento de estar a salvo en la realidad se remonta, en una tal interpretación religiosa, a un fundamento personal. La experiencia de la trascendencia se interpreta, así, como una experiencia de Dios. Cuando el bien se manifiesta como lo hace en momentos plenos, esta manifestación es una forma del encuentro con Dios. Dios se manifiesta en la felicidad del momento para la conciencia humana, y esto no queda sin consecuencias.

La experiencia del instante pleno es un momento dotado de una profundidad existencial; al hombre se le revela un conocimiento que concierne a su vida y que lo conmueve profundamente. En esta profundidad existencial se encuentra el vínculo de conexión, en el que la felicidad instantánea se vuelve importante para la aspiración del hombre a la felicidad. En la satisfacción de un momento el hombre experimenta que tal satisfacción es de naturaleza diferente de lo que se había imaginado. Por supuesto, puede suceder que los deseos y los planes hechos realidad sean inferiores a las expectativas precedentes... Él presagia que el éxito de su vida es algo más que la realización de sus deseos; siente que su vida es buena sin su concurso; experimenta de una manera existencialmente profunda que su felicidad es más grande que él, más grande que sus planes, sus deseos, su acción, y esto es precisamente lo que transforma su deseo"[6]. Si para Don Bosco la felicidad es un camino que abre a Dios, el salesiano debe lidiar bien con esta realidad. Deja de amar el que no está buscando la felicidad propia y ajena. Y esto, hoy, es un problema serio, dado el gran malentendido que la cultura arroja sobre la felicidad; dado el eclipse de la serenidad, del gozo de vivir, de simplicidad que hace gustar las cosas pequeñas; dada la propagación de síndromes depresivos, trastornos de la relación, huidas de lo real, compensaciones neuróticas; dado el oscurecimiento de la esperanza y la inquietud por la historia que genera pesimismos, actitudes defensivas, rechazo de vivir y de gozar. Si no está enamorado de la felicidad, ¿cómo puede el salesiano despertar esta energía latente en cada joven, educarla y orientarla a la fuente misma de la felicidad, que es el Dios de la alegría?

 

4. Estar presentes

 

Familiaridad con los jóvenes, especialmente en el re­creo. Sin familiaridad no se demuestra el afecto, y sin esta demostración no puede haber confianza. El que quiere ser amado debe demostrar que ama. Jesucristo se hizo pequeño con los pequeños y cargó con nuestras enferme­dades. ¡He aquí el maestro de la familiaridad!”

 

Por lo tanto, la atención a las necesidades no menos que a los fines se convierte en presencia total, representada emblemáticamente por los educadores como el alma del recreo; nosotros lo llamaríamos alma de la coexistencia pedagógica. Es la aplicación obvia del principio de visibilidad, no retórica, del amor. No es suficiente "estar para", es necesario "estar con" los jóvenes. La distancia entre nosotros y los jóvenes es ciertamente cultural cuando es geográfica, es decir, cuando nos distanciamos de ellos porque ya no estamos en medio de ellos. Existe el riesgo de que la dificultad de comprenderlos y de seguirlos en la discontinuidad de sus gustos y actitudes, la necesidad de garantizar roles directivos y organizativos, la edad y los achaques, la enorme cantidad de trabajo, tantos factores que poco a poco quitan el deseo y extinguen el compromiso de estar con ellos, en medio de ellos. Se derrumba ese concepto base de que la asistencia salesiana es entendida no tanto como ejercicio de vigilancia, sino como un intercambio cordial, pero al mismo tiempo vigilante y afectuoso que crea un vínculo de familiaridad entre educador y educando que permite esa ayuda y ese apoyo que siempre son necesarios para un camino saludable de crecimiento hacia la madurez (una función de apoyo específica de toda educación verdadera).

Pero estar con los jóvenes significa estar allí no solo y no tanto físicamente cuanto cordialmente, arriesgándose en el intercambio dialogal. Y dialogar no significa el simple conversar con otra persona para exponer sus convicciones; ni siquiera es discutir para afirmar y defender las propias posiciones. El diálogo es esa práctica discursiva en la que pensamos juntos para buscar un acuerdo sobre un tema determinado. El diálogo es una relación de confrontación sincera con los jóvenes que nos son confiados y el principio ético que lo inspira es la capacidad de cooperar. La verdad que nos enseña es que antes de entablar un diálogo con los jóvenes, estamos llamados a cultivar un profundo diálogo interno con nosotros mismos. Lo que más debemos temer no es el desacuerdo con los jóvenes, sino el desacuerdo con nosotros mismos. Estar con el otro nace de ese "secum stare" de estar consigo mismo que hace posible asumir la gramática de la comunicación, la que Manzoni resumía en cinco verbos: observar, escuchar, comparar, pensar, hablar[7]. Observarse para poder observar, escucharse para saber escuchar, pensar para poder pensar, hablarse para poder hablar. Son las claves para estar presentes no solo a la realidad física sino también y, sobre todo, a la realidad humana. No basta estar físicamente en medio de los jóvenes si uno no se califica para la capacidad de contacto con esta realidad suya; esta es quizás la primera y principal ascética del educador. Solo de una cultivada interioridad nacen capacidades y voluntad de dialogar con los jóvenes, para alejarlos de la superficialidad que los marchita e invitarlos a la profundidad que los constituye, gracias, precisamente, al intercambio, a la confrontación, al diálogo.

 

5. Superar los formalismos

 

Entonces todo era para mí motivo de alegría, y en los jóvenes estusiasmo por acercárseme y quererme hablar; existía verdadera ansiedad por escuchar mis con­sejos y ponerlos en práctica. El que sabe que es amado, ama, y el que es amado lo consigue todo, especialmente de los jóvenes. Esta confianza establece como una co­rriente eléctrica entre jóvenes y superiores. Los corazones se abren y dan a conocer sus necesidades y manifiestan sus defectos.

¿Por qué se quiere sustituir el amor por la frialdad de un reglamento? ¿Por qué el sistema de prevenir desórdenes con vigilancia y amor se va reemplazando poco a poco por el sistema, menos pesado y más fácil para el que manda, de dar leyes?

El supe­rior sea todo para todos, siempre dispuesto a escuchar toda duda o lamentación de los jóvenes, todo ojos para vigilar paternalmente su conducta, todo corazón para buscar el bien espiritual y temporal de aquellos a quienes la Providencia ha confiado a sus cuidados”.

Si alguna vez el reglamento y la disciplina, mal entendidos y mal gestionados, pudieran crear frialdad y distancia entre educadores y jóvenes, hoy es exactamente lo contrario. Hay una familiaridad que no tiene nada que ver con lo que Don Bosco quiso decir porque es descuido, dejarlo ir, juvenilismo, pérdida de gusto, falta de respeto. Pero es una forma de indiferencia que proviene de la misma raíz: facilitar las cosas ahorrando esfuerzo educativo. De esta manera, se crea una distancia nueva y no menos funesta porque la relación educativa se altera al privar a los jóvenes de la función de guía y del papel necesario de autoridad que necesita para su crecimiento. Si faltan significativas figuras de referencia, el proceso de identificación y, por tanto, el proceso de maduración se ven comprometidos. Tampoco son suficientes las relaciones grupales: formar un grupo solo para gritar, pasarse las tareas, para comer una pizza, priva a los chicos de experiencias, confrontaciones, historias, decepciones, esperanzas. Las potencialidades que los chicos tienen dentro son enormes, pero están enterradas bajo la confusión de los sentimientos, de los instintos, de las rabias, de los sueños. Esta enorme confusión se amplifica en parte por la debilidad de las figuras paternas.

Por lo general, las nuevas generaciones para hacerse espacio deben afrontar a los padres dialogando, discutiendo, incluso peleando. Esta rebelión contra los padres es terapéutica, liberadora y rescata a los hijos de la infancia y de los autolesionamientos sin sentido. Pero asistimos a una crisis muy extendida de verdadera paternidad, es decir, de una potestad y de una autoridad que interviene cuando es necesario. A los ojos de tantos hijos, los padres ya no son un muro sino una suave almohada. Para estos muchachos nosotros, los salesianos, tenemos que asumir la paternidad en su función de seguridad, pero también de interdicción en orden a bienes vitales y a valores que consideramos humanizantes para nosotros y para ellos. Si los adolescentes son torrentes en crecida, no les ayudaremos a descender hacia océano rebajando las orillas, sino elevándolas y reforzándolas. Pensamos en el valor de las reglas, del límite hasta la prohibición; tarea laboriosa porque a veces implica el conflicto, el rechazo, la represalia; pero será posible y saludable si se da ese paso decisivo del "me quiero bien" al "quiero mi bien" hasta el "también es bueno para mí". Y esto es posible solo si la relación personal y el ambiente educativo son altamente positivos, lo que Don Bosco llamaba "espíritu de familia".

 

6. mpartir la acción

 

Se notaba que entre jóvenes y superiores reinaba la mayor cordialidad y confianza. La familiaridad engendra afecto, y el afecto, con­fianza. Esto es lo que abre los corazones, y los jóvenes… y se prestan con facilidad a todo lo que les quiera mandar aquel que saben que los ama... El amor lo regulaba todo, y nosotros no teníamos secretos para usted…

Antiguamen­te los corazones todos estaban abiertos a los superiores, a quienes los jóvenes amaban y obedecían prontamente”.

 

En las dos direcciones, el amor se convierte en: encuentro, confianza, laboriosa colaboración cordial. Si no se llega a esta colaboración (indicada por don Bosco con la cifra de la obediencia), a esta implicación de los jóvenes en la responsabilidad educativa, a este protagonismo guiado, fruto de apertura y confianza, esto puede significar que el dinamismo del amor está atascado y el joven se aleja por falta de confianza. Uno de los parámetros para describir la actual condición juvenil es de la confusión o el de la incertidumbre; elementos que forman esa precariedad que provoca molestias. Pero la única forma de salir de la incertidumbre y la confusión es la decisión de cada individuo de ser él mismo, mediante la asunción convencida de su propia libertad y, por tanto, de su propia responsabilidad: contar, ser reconocido, poder expresarse; y, por tanto, justificarse ante los demás de lo que uno es, lo que hace, lo que se proyecta, lo que sueña.

El acompañamiento educativo sabe captar esta expectativa, siempre frágil y contradictoria, para favorecer los movimientos juveniles de concientización y compromiso, las iniciativas de sensibilización y de movilización, el deseo de estar presentes y activos en el propio entorno. Cuando, por otro lado, el deseo de ser y de hacer está en crisis, para dejar sitio a un mundo de apariencias, de falta de memoria, de olvido de sí mismo, cuando las nuevas generaciones no se sienten ayudadas ni estimuladas para actuar con responsabilidad, tiende a predominar el miedo a no estar a la altura de las expectativas, la ansiedad de no hacer frente a la competición, la tendencia a confundirse en la masa, a no exponerse, a no intentarlo. Se crea una condición generalizada de apatía y de desmotivación que abre la puerta incluso a las derivas más devastadoras (si "yo no valgo", porque nadie me ha dado la oportunidad de medirme conmigo mismo y con la realidad, entonces, me voy). El salesiano favorece el protagonismo juvenil precisamente porque pone en juego los valores esenciales de la identificación y la planificación de sí mismo, al tiempo que favorece una socialidad que se vuelve paradigmática creando una mentalidad y generando estilos de vida, para que ese honrado ciudadano vaya de la mano con el buen cristiano[8].

 

Conclusión

 

La carta-sueño de Don Bosco escrita en Roma en mayo de 1884 deja en claro la dialéctica entre presencia del carisma y obra de servicios educativos o sociales. En Valdocco, ciertamente, había una obra, conocida y respetada por todos en Turín, floreciente, con cientos de chicos y decenas de salesianos, pero en ese momento la presencia del carisma languidecía en sus elementos fundamentales. Por el contrario, muchos años antes, en el atrio del cementerio de San Pietro in Víncoli o en los Molinos del Dora o en los prados de Valdocco, aún no había una obra, pero ciertamente había una "presencia" de vida, de energía carismática. Pensemos con emoción en las presencias salesianas ocultas y heroicas de los hermanos de Europa del Este o de otras partes del mundo, cuando no era posible manifestarse en obras.

Por eso es urgente hacer de nuestras obras verdaderas presencias. La presencia se refiere a algo más que se hace presente. ¿Y cuál es este algo más? Es la misión apostólica a la que Dios nos envía y el carisma específico de la Congregación con la que lo llevamos a cabo. Eso para tener continuidad y estabilidad en el tiempo, para tener visibilidad y expresión, debe encarnarse en una obra, en obras concretas, visibles, reconocibles.

Sin embargo, si esto es cierto, no es obvio que una obra religiosa, por el solo hecho de existir, haga presente el carisma, ni que la vitalidad del carisma se mida por la permanencia de las obras. Las obras pueden continuar funcionando con un movimiento de inercia, perdiendo progresivamente capacidad propositiva y significatividad; pueden brillar de gloria pasada como estrellas cuya luz aún es visible, pero que han agotado su energía hace mucho tiempo; pueden tener una gran historia que contar, pero ya no tienen una palabra que decir en el escenario social y eclesial de hoy. Es por eso que, en vista de ser Salesianos para los jóvenes de hoy, necesitamos absolutamente una conversión personal, pastoral y estructural.

Los elementos que caracterizan la presencia corresponden a los tres aspectos fundamentales de la vida consagrada:

  1. En primer lugar, las personas de cada uno de los consagrados, "el tono de su vida, aquello en lo que creen y por lo que se juegan, sus elecciones frente a las alternativas que presenta nuestra cultura, lo que se proponen ser y lo que pueden comunicar"[9]. ¡Somos consagrados y no trabajadores sociales!
  2. En segundo lugar, "la vida de la comunidad: su estilo de relaciones, su capacidad de acogida, participación e implicación en el contexto, su cercanía con la gente, las manifestaciones de la elección de Dios que puedan ser interpretadas por el pueblo. De hecho, la comunidad se sitúa como signo de la fraternidad, de la comunión eclesial, de la presencia de Dios en la familia humana”[10].
  3. En tercer lugar, "el tipo de servicio que se pretende ofrecer, la mentalidad con la que se presta, la colocación en un contexto cultural y social, los medios”[11]. La nuestra no es filantropía, sino la revelación de que Dios es amor.

 

Todo esto está en armonía con "los criterios de la acción salesiana", tal como se presentan en los artículos 40-44 de las Constituciones salesianas, y por eso debería hacernos conscientes y convencidos de qué actividades y obras tienen un valor instrumental. Ellas no son el fin al que sacrificamos hombres y recursos. Ellas, en su pluralidad de formas (oratorios, escuelas, centros de formación profesional, universidades, internados, parroquias, residencias misioneras, medios de comunicación, etc.) son un medio para responder a las necesidades concretas de los jóvenes, especialmente de los más pobres. Ninguna obra tiene un valor absoluto en sí misma. Todas tienen sentido en la medida en que tengan como punto de mira la salvación de los jóvenes, según el testimonio de Don Rua sobre Don Bosco (Const. 21), para indicar que las actividades y obras, en última instancia, debieran ser presencias, multiformes y vivas de Don Bosco y de su pasión apostólica, compartidas hoy por un vasto movimiento de laicos (Cf. CG 24,39) y realizadas con nuevos modelos de gestión (CG 26,100).

En resumen, volviendo a la inspiración original de Don Bosco, la que recuerda en la carta del 10 de mayo de 1884, quiere decir que cada salesiano debe extraer agua pura de la fuente. Hacer nuestras, una vez más, sus elecciones prioritarias y su pasión apostólica nos hacen ser lo que debemos ser: salesianos de Don Bosco; nos da una identidad clara y un rostro reconocible en la Iglesia y en la sociedad como Congregación para los jóvenes, y hace que nuestra misión sea válida y significativa, y que nuestra propuesta vocacional sea coherente y viable.

El Testamento espiritual de nuestro Padre es explícito a este aspecto: "El mundo nos recibirá siempre con agrado mientras nuestras preocupaciones se dirijan a los indígenas, a los niños más pobres y en mayor peligro de la sociedad. Este es para nosotros el verdadero bienestar, que nadie envidiará ni vendrá a robarnos".

La atención a los últimos, a los más desfavorecidos, marginados y excluidos, puede convertirse para que cada hermano, en un gran recurso para redescubrir "el amor del tiempo de la juventud" (cf. Jer 2,2). Como para Don Bosco, los jóvenes pueden llegar a ser los dueños, los guardianes, los regeneradores de nuestro corazón y devolvernos a una paternidad madura y fecunda.

Pero la atención a los más pobres también puede renovar, significativamente, el rostro de una Inspectoría, si se convierte en "una sensibilidad institucional que, poco a poco, implica todas las obras" y no solo a "un sector en particular, identificado con alguna obra especial o animado solamente por algún hermano particularmente motivado”[12].

La carta de convocatoria del Rector Mayor con el tema: "¿Qué salesianos para los jóvenes de hoy?", más concretamente, quiere ponernos en sintonía con el proyecto de Iglesia del papa Francisco y, por tanto, tener el coraje de hacer nuestro su sueño de una "opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras, que la pastoral ordinaria en todas sus instancias sea más expansiva y abierta, que coloque a los agentes pastorales en constante actitud de salida y favorezca así la respuesta positiva de todos aquellos a quienes Jesús convoca a su amistad"(EG 27)

El episodio de Emaús, tiene razón tomado como modelo de acercamiento a los jóvenes y de acompañamiento para llevarlos a un encuentro personal con Cristo y hacerlos redescubrir a la Iglesia como Madre en el Documento final del Sínodo sobre Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional[13], es muy actual, precisamente por esta contemporaneidad con nuestra situación espiritual. De hecho, hoy los jóvenes comparten pocas cosas con esos discípulos, pero tal vez ninguna tanto como la frustración de sus sueños, el cansancio y el desencanto en el discipulado; seguir a Jesús, piensan a menudo, no merece, no vale la pena: un muerto, un ausente, no vale su vida. ¡Nuestra misión es, precisamente, anunciarles que Cristo está vivo, que Cristo los ama, que Cristo los salva!

Todo esto requiere conversión personal (a Dios), conversión pastoral (a los jóvenes) y conversión estructural (haciendo que nuestras presencias sean más evangelizadoras para llevar los jóvenes a Cristo y a la Iglesia), pero está en perfecta armonía con el espíritu de Don Bosco, que daba mucha más importancia a la identidad, la vitalidad y la fecundidad del carisma que a la supervivencia de las obras.

Parafraseando una cita de Joel 3, 1, muy querida por el papa Francisco y, de hecho, tomada en el Documento final del Sínodo[14], podemos concluir, parafraseándola:

 "¡Solo si nosotros, adultos y ancianos, soñamos, los jóvenes podrán profetizar!"

A María Inmaculada Auxiliadora confiamos este importante y significativo desafío de hacer presente atractivo y fecundo el carisma salesiano hoy.

 

Turín, 26 de febrero de 2020
Don Pascual Chávez V., SDB

 

[1] Cf. A. Fernández Artime, ¿Qué Salesianos para los jóvenes de hoy? Carta para convocar el Capítulo General 28º, ACG 427, Turín, 24 de mayo de 2018.

[2] Cf. Rossano Sala, Fuori, dentro, dietro il Sinodo. Intervista PNG Sett-Ott. 2019 (Original: Misión Joven 510-511, 2019, 5-16).

[3] Cf. Carlo Nanni, Il Sistema Preventivo di don Bosco, LDC 2003.

[4] Cf. Mensaje del Santo Padre Francisco para el lanzamiento del Pacto Educativo, Vaticano, 12 de septiembre de 2019.

[5] Cf. Exhortación apostólica postsinodal Christus vivit, Loreto, 25 de marzo de 2019.

[6] Jörg Lauster, Dio e la Felicità – La sorte della vita buona nel cristianesimo, Ed. Queriniana 2006, 184-186

[7] Alessandro Manzoni, I promessi sposi, Cap. XXXI " Si potrebbe però, tanto nelle cose piccole, come nelle grandi, evitare, in gran parte, quel corso così lungo e così storto, prendendo il metodo proposto da tanto tempo, d’osservare, ascoltare, paragonare, pensare, prima di parlare. Ma parlare, questa cosa così sola, è talmente più facile di tutte quell’altre insieme, che anche noi, dico noi uomini in generale, siamo un po’ da compatire [Se podría, sin embargo, tanto en las cosas pequeñas, como en las grandes, evitar, en gran parte, ese camino tan largo y tortuoso, adoptando el método propuesto hace tanto tiempo, de observar, escuchar, comparar, y pensar, antes de hablar. Pero hablar, tan sólo eso, es mucho más fácil que todas las otras cosas juntas, tanto, que también nosotros, digo nosotros los hombres en general, somos un poco dignos de compasión]".

[8] Cf. Giannantonio Bonato, Lettera ’84, conferenza per professori.

[9] J.E.VECCHI, Ridisegnare le presenze: criteri, prospettive, ristrutturazione, en USG, Per una fedeltà creativa. Rifondare, Atti 54° Conventus Semestralis, Roma, 1998, p.86.

[10] ID., ibidem.

[11] ID., ibidem.

[12] P. CHAVEZ VILLANUEVA, Discurso del Rector Mayor en la clausura del CG 26, Editorial CCS, Madrid 2008, p. 206.

[13] Documento Final del Sínodo de los Obispos sobre “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, Vaticano, 20 de otubre de 2018, 4.

[14] Ibídem, 1.