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La prioridad de la misión salesiana entre los jóvenes de hoy_Rossano Sala

La prioridad de la misión salesiana entre los jóvenes de hoy

Rossano Sala sdb

Os deseo, a todos y a cada uno de vosotros, una buena jornada.

Vamos a vivir juntos tres mañanas de espiritualidad, marcadas por los tres argumentos principales de nuestro Capítulo General. Son mañanas de "espiritualidad" y, por tanto, no se trata de “producir” nada en particular. En cambio, estamos llamados a hacer lo más importante, es decir, crear el clima espiritual necesario para afrontar los desafíos de nuestro Capítulo General. Estamos llamados a hacer concreta, continua y habitual esa apertura a la acción del Espíritu, sin la cual ningún acto posterior se extraerá de su propia fuente y, por tanto, no dará los frutos esperados.

No estamos reunidos aquí para hacer marketing pastoral y menos todavía para planificar nuestra acción educativa. Y, ni siquiera, principalmente para producir un documento o para hacer elecciones. Nuestra tarea prioritaria es escuchar la voz del Padre, dejarnos guiar por su Espíritu y entrar en los sentimientos de su Hijo. Estamos llamados a vivir la actitud de María, para luego poder activarnos como Marta: "María, sentada a los pies de Jesús, escuchaba su palabra" (Lc 10, 39).

Con la conciencia de que todo progreso solo puede provenir de una disponibilidad renovada para la acción del espíritu, buscamos en esta primera mañana entrar de puntillas en el primer núcleo sobre el que tendremos que deliberar en las próximas semanas: La prioridad de la misión salesiana entre los jóvenes de hoy. No será una tarea fácil, porque necesitaremos una mirada atenta a los jóvenes de hoy y una mirada profunda a la esencia de la misión salesiana: solo así podremos identificar realmente unas pocas y articuladas prioridades capaces de restaurar el vigor de nuestra acción educativa y pastoral con y para los jóvenes.

Como se sugiere el Instrumento de trabajo de nuestro Capítulo General, he elegido afrontar este primer núcleo de la misión dejándome inspirar "sobre todo, por los pasajes del Evangelio en los que Jesús se encuentra con los jóvenes y en los pasajes de las Memorias del Oratorio en los que Don Bosco, al comenzar su obra, identifica las prioridades de la misión". Así que buscamos, desde el principio, "los criterios inspiradores" de la acción de Jesús y "las razones profundas" de las opciones vocacionales de Don Bosco.

 

1. Los criterios inspiradores de la acción de Jesús respecto a los jóvenes

Como bien dice el artículo 11 de nuestras Constituciones salesianas, "el espíritu salesiano encuentra su modelo y su fuente en el corazón mismo de Cristo, apóstol del Padre". Y continúa diciendo que

al leer el Evangelio, somos más sensibles a ciertos rasgos de la figura del Señor: su gratitud al Padre por el don de la vocación divina a todos los hombres; su predilección por los pequeños y los pobres; su solicitud predicar, sanar y salvar, movido por la urgencia del Reino que llega; su actitud de Buen Pastor, que conquista con la mansedumbre y la entrega de sí mismo; su deseo de congregar a los discípulos en la unidad de la comunión fraterna.

Por tanto, me ha parecido útil y necesario poner a vuestra consideración algunos encuentros de Jesús con los jóvenes, para que realmente podamos ponernos en sintonía con la actitud, el estilo y el método del "primer y más grande evangelizador" (cf. Evangelii gaudium, 12; Evangelii nuntiandi, 7). Me gustaría tomar en consideración cuatro encuentros que han sido puestos en valor en el camino sinodal de los últimos tres años, dejando también que cada uno de vosotros se sienta libre para que considere otros encuentros entre Jesús y los jóvenes narrados en los evangelios que consideres significativos para ti y para el camino de Capítulo General que estamos comenzando.

1.1.    La prioridad de la misión: la atención de Jesús por los jóvenes más pobres y abandonados.

Jesús vino para que todos tengamos vida y la tengamos en abundancia (cf. Jn 10.10). Por esta razón, Jesús no tiene miedo de encontrarse con jóvenes que viven en una situación de degradación y muerte, para darles vida, gozo y esperanza. El papa Francisco, en el n. 20 de la exhortación apostólica postsinodal Christus vivit, dirigiéndose a los jóvenes, ha afirmado: "Si has perdido el vigor interior, los sueños, el entusiasmo, la esperanza y la generosidad, ante ti se presenta Jesús como se presentó ante el hijo muerto de la viuda, y con toda su potencia de Resucitado el Señor te exhorta: «Joven, a ti te digo, ¡levántate!» (Lc 7,14)”.

Si observamos cuidadosamente ese pasaje (cf. Lc 7, 11-17), lo que realmente marca la diferencia es la compasión de Jesús, la escucha empática de una situación trágica, que pone su corazón en movimiento y lo dispone a la acción. Un hijo único de una madre viuda: "Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores» (Lc7,13). Jesús sufre realmente con esta madre, entra en esa situación y la hace suya. Actúa con misericordia porque tiene un corazón vivo y profundo.

Preguntémonos: ¿cuántos jóvenes han perdido el vigor interior, los sueños, el entusiasmo, la esperanza y la generosidad? ¿cuántos jóvenes están vivos, pero en realidad están muertos bajo los escombros de una sociedad que mata sus sueños y sus expectativas? Nosotros, como Jesús, estamos llamados a dar más al que ha tenido menos de la vida. A hacer gestos y acciones de esperanza, especialmente para aquellos que han perdido toda esperanza y que han dejado de soñar.

Otro episodio similar fue bien comentado durante la Asamblea sinodal y nos ayuda a reconocer las intenciones de Jesús, hombre de gran libertad interior y, por lo tanto, capaz de autoridad auténtica. Se trata del episodio del epiléptico endemoniado (Cf. Mc 9,14-29), que nos ayuda a reconocer cuán verdaderamente el poder de Jesús está al servicio de la vida plena de cada joven. Conviene que escuchemos de nuevo el n. 71 del Documento final del sínodo:

Para cumplir un verdadero camino de maduración los jóvenes necesitan a adultos con autoridad. En su significado etimológico la auctoritas indica la capacidad de hacer crecer; no expresa la idea de un poder directivo, sino de una verdadera fuerza generadora. Cuando Jesús se encontraba con los jóvenes, en cualquier estado y condición que estuvieran, también cuando estaban muertos, de un modo u otro les decía: “¡Levántate! ¡Crece!”; y su palabra realizaba lo que decía (cf. Mc 5,41; Lc 7,14). En el hecho de la curación del epiléptico endemoniado (cf. Mc 9,14-29), que evoca tantas formas de alienación de los jóvenes de hoy, queda claro que Jesús no le estrecha la mano para quitarle la libertad sino para activarla, para liberarla. Jesús ejerce plenamente su autoridad, sin ser posesivo, ni ejercer manipulación ni seducción: lo único que quiere es que el joven crezca.

Aquí hay cosas importantes que nos implican muy de cerca: estamos llamados a reconocer las diferentes formas de pobreza y alienación de los jóvenes de hoy; a verificar si el ejercicio de la autoridad que nos fue otorgada es realmente correcto; a salir de cualquier forma de abuso (de poder y autoridad, administrativo, de conciencia y sexual); a situar nuestra acción educativa en la lógica de la liberación de la libertad de los jóvenes y no de su encadenamiento a nosotros mismos.

 

1.2. El estilo y el método de la misión: Jesús en camino con los discípulos de Emaús

Pongo en el centro de esta primera parte el texto que más ha inspirado el camino sinodal, el de Jesús caminando con los discípulos rumbo a Emaús. Quizás allí no se habla directamente de jóvenes, porque los dos discípulos son probablemente adultos, pero es cierto que este episodio realmente ha dado forma al camino de la Iglesia con y para los jóvenes de hoy a lo largo de todo el camino sinodal. De hecho, en el n. 4 del Documento final se dice que

hemos reconocido en el episodio de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35) un texto paradigmático para comprender la misión eclesial en relación a las jóvenes generaciones. Esta página expresa bien lo que hemos vivido en el Sínodo y lo que quisiéramos que cada una de nuestras Iglesias particulares pudiese vivir en lo que concierne a los jóvenes. 

Os invito, sobre todo, a meditar sobre las actitudes y el comportamiento de Jesús.

En primer lugar, camina con los dos discípulos que no han entendido el significado de su historia y se están alejando de Jerusalén y de la comunidad con tristeza. El primer paso que Jesús nos enseña a hacer es el de la escucha empática, es el de entrar en los sentimientos de estos discípulos decepcionados, el de hacerlos propios, el de buscar razones. A veces, los jóvenes nos dicen que estamos en una "deuda de escucha" con ellos, que nos cuesta ponernos frente a ellos con una apertura auténtica respecto a sus preguntas reales y a sus situaciones concretas. Jesús nos invita en primer lugar a escuchar. Y no solo: nos invita a caminar con los jóvenes. Jesús, ante todo, quiere estar con ellos, sin preocuparse por la dirección del camino. Está interesado en no abandonarlos, en permanecer cerca de ellos, en crear una relación de proximidad.

En un segundo momento Jesús toma la palabra. Se hace diálogo y anuncio. Con afecto y energía, les ofrece las claves correctas para interpretar lo que han vivido y lo que están viviendo. No tiene miedo de hablar de la cruz, que es el corazón de su revelación: totalidad de donación por la vida de todos, realidad incomprensible para aquellos que tienen un corazón duro, aparente debilidad de Dios que revela el máximo de su amor. Los discípulos están llamados --a través de los gestos de la última cena-- a entrar en el sentimiento de Jesús, a convertir sus posiciones, a abrazar la lógica de Dios, que es impactante y envolvente al mismo tiempo.

Y Jesús, como todo verdadero educador, a un cierto punto desaparece de su vista con señoría y elegancia, poniendo a los dos discípulos ante su conciencia y responsabilidad. Es importante tener en cuenta que Jesús no envía a los discípulos de regreso a Jerusalén, sino que son ellos los que eligen regresar al corazón de la comunidad para compartir con ellos la alegría del Evangelio. La presencia de Jesús les ha permitido ser, verdaderamente, ellos mismos, es decir, discípulos misioneros de esa buena noticia que cada joven está llamado a recibir y a dar.

 

1.3. La prioridad en la misión: Jesús invita a los jóvenes al don total de sí mismos

Uno de los episodios bíblicos que fue citado y comentado con mayor frecuencia durante el camino sinodal fue sin duda el del "joven rico" (cf. Documento preparatorio, II, 1; Instrumentum laboris, n. 84; Christus vivit, nn. 17-18.251). En este episodio (cf. Mt 19,16-22; Mc 10,17-22), destaca, por encima de todo, el amor de Jesús: "Jesús, mirándolo, lo amó" (Mc 10,21). Un amor que desconcierta y sorprende, indicando el camino de la amistad como la “vía real” de un Evangelio que no quiere siervos, sino amigos (cf. Jn 15,15). Un Dios que ama y que, por tanto, llama: de hecho, no hay amor que no sea personal y personalizante: el amor siempre es amor por una persona concreta, por una persona que está llamada a entablar amistad y a compartir una misión. Por eso en los evangelios el amor siempre es seguido, lógicamente, por una llamada por nombre y también por una llamada que cambia el nombre.

Por esta razón, dirigiéndose a los jóvenes durante la Reunión presinodal (19-24 de marzo de 2018), el papa Francisco se expresó así: " Dios ama a cada uno y a cada uno dirige personalmente una llamada. Es un don que, cuando se descubre, llena de alegría (cf. Mateo 13, 44-46). Estad seguro: Dios confía en vosotros, os ama y os llama. Y de su parte no fallará, porque es fiel y cree realmente en vosotros”. La "pastoral juvenil" de Jesús es inmediatamente concebida y actuada en una clave vocacional y orientada al don total de sí mismo: al joven rico Jesús le propone pasar de la lógica del tener a la del ser; pasar de la lógica cerrada y cómoda del proyecto a la lógica abierta y arriesgada de la vocación, de la lógica de guardar para sí mismo a la de dar generosamente.

Si pensamos bien en ello, se trata del significado pleno y profundo de la educación, que solo así muestra su núcleo generativo: muchas veces, cuando pensamos en la educación, inmediatamente vamos a su sentido mayéutico y socrático, al del educere como "sacar del interior" del joven algo que ya está dentro de él, pero que está como adormecido y pasivo, para sacar los talentos que ya posee. Pero Jesús, que es mucho más que Sócrates, profundiza aún más, sin negar esta dimensión mayéutica de la educación: quiere sacar al joven de sí mismo, quiere ayudar al joven a salir de su egocentrismo, para invitarlo a ir hacia los otros, hacia el Reino que viene, hacia la lógica del Evangelio, que es dar vida para que todos tengan vida. Por tanto, educere nos dice, ante todo, que debemos salir de nosotros mismos, de nuestras clausuras, que debemos derribar nuestros muros internos que nos aíslan de los demás. Jesús sabe mejor que nadie que de narcisismo se muere y empuja a este joven a salir de sí mismo para convertirse en don para los demás.

El papa Francisco da en el blanco cuando trata de empujar a cada joven al éxtasis de la vida (concepto muy querido para nosotros este del "éxtasis de la vida", porque proviene directamente de san Francisco de Sales: cf. Tratado del Amor de Dios, VII, 6-8): "Ojalá vivas cada vez más ese ‘éxtasis’ que es salir de ti mismo para buscar el bien de los demás, hasta dar la vida" (Christus vivit, n. 163). ¡Es el éxtasis de la caridad, del amor como don de sí mismo! Este pensamiento es fuerte y propulsor, que luego viene desarrollado en el número siguiente:

Cuando un encuentro con Dios se llama “éxtasis”, es porque nos saca de nosotros mismos y nos eleva, cautivados por el amor y la belleza de Dios. Pero también podemos ser sacados de nosotros mismos para reconocer la belleza oculta en cada ser humano, su dignidad, su grandeza como imagen de Dios e hijo del Padre. El Espíritu Santo quiere impulsarnos para que salgamos de nosotros mismos, abracemos a los demás con el amor y busquemos su bien (Christus vivit, n. 164).

Es evidente que no solo los jóvenes están llamados al "éxtasis de la vida". Cada comunidad cristiana, cada Iglesia local y la Iglesia en su conjunto deben dejarse reformar por este tipo de éxtasis, que no tiene nada que ver con formas extrañas de espiritualismo.

También nosotros, como Congregación Salesiana, durante este Capítulo General, debemos sentirnos llamados a abrazar un estilo pastoral caracterizado por este tipo de éxtasis, porque está en la raíz de la vida de Don Bosco, que no se ha guardado nada para sí, sino que se ha entregado totalmente por el bien de los jóvenes: "Yo por vosotros estudio, yo por vosotros trabajo, yo por vosotros vivo, por vosotros  estoy dispuesto incluso a dar mi vida" (Constituciones salesianas, art. 14).

Precisamente ahora debemos volver a Don Bosco, y así vamos hacia la segunda parte de la meditación.

 

2. Las razones profundas de las opciones vocacionales de Don Bosco

Si, por una parte, el Instrumento de trabajo de nuestro Capítulo General nos invitaba a dejarnos inspirar "sobre todo por los pasajes del Evangelio en los que Jesús se encuentra con los jóvenes", por otra, nos insta a revisar los "pasajes de las Memorias del Oratorio en los que Don Bosco, al comenzar su obra, identifica las prioridades de la misión". Aquí también las opciones podrían ser muchas, porque el texto de las Memorias del Oratorio es rico en episodios en los que inspirarse para identificar hoy las prioridades de la misión entre los jóvenes.

He decidido destacar tres puntos de partida donde Don Bosco, a través de un trabajo de discernimiento auténtico en el Espíritu, identifica las prioridades de la misión entre los jóvenes de su tiempo: el primero es el encuentro con los jóvenes encarcelados y el nacimiento de la primera idea de oratorio; el segundo es el sueño de la pastora o de las tres paradas, que Don Bosco  reconoce como un programa para sus decisiones vocacionales; el tercero es el careo con la Marquesa de Barolo y la definitiva opción vocacional prioritaria de Don Bosco por los jóvenes pobres y abandonados.

 

2.1. La primera idea del oratorio: la sabiduría de Don Cafasso y el encuentro con los jóvenes encarcelados.

Sabemos que, después de la ordenación sacerdotal, el joven Juan Bosco no se lanzó de lleno en la actividad pastoral, sino que estuvo durante tres años en el Convictorio eclesiástico (1841-1844). Años de profundización de la teología moral en la actividad académica, tiempo de experiencias pastorales específicas diseñadas y pensadas para los estudiantes, años de cercanía a figuras espirituales de imponente estatura. Don Bosco dirá, recordando esa hermosa experiencia que moldeó su corazón pastoral, que mientras en los seminarios se estudia el dogma y la especulación, en el Convictorio "se aprende a ser sacerdotes". Don Bosco completó aquí el programa regular de estudios de dos años y luego, bajo el sabio consejo de Don Cafasso, estuvo un tercer año más. En estos años, según las Memorias del Oratorio, comienzan las primeras experiencias oratorianas de Don Bosco, sus primeras "experiencias pastorales" que maduran poco a poco para convertirse en una escuela de santidad para los jóvenes y para los educadores.

Lo primero que emerge de esta historia es que, como siempre, Don Bosco no actúa solo ni por su cuenta, sino que siempre tiene un guía como referente: «Don Cafasso –desde seis años antes, mi guía– fue también mi director espiritual y, si he realizado algún bien, se lo debo a este digno eclesiástico, en cuyas manos deposité todas las decisiones, aspiraciones y acciones de mi vida». Sigue a su maestro, viviendo con confianza las experiencias que este santo hombre le hace vivir. Y por esto también va a las cárceles:

Empezó por llevarme a las cárceles, en donde aprendí enseguida a conocer cuán grande es la malicia y miseria de los hombres. Me horroricé al contemplar una muchedumbre de muchachos, de doce a dieciocho años; al verlos allí, sanos, robustos y de ingenio despierto, pero ociosos, picoteados por los insectos y faltos de pan espiritual y material. Esos infelices personificaban el oprobio de la patria, el deshonor de las familias y su propia infamia. Cuál no sería mi asombro y sorpresa al descubrir que muchos de ellos salían con el propósito firme de una vida mejor y, sin embargo, luego retornaban al lugar de castigo de donde habían salido pocos días antes (Segunda década, 11).

Ve la malicia y la miseria de los hombres, se asombra por la salud y el ingenio de estos jóvenes, se horroriza de verlos inactivos y picoteados por los insectos. Se conmueve ante la infelicidad de esos muchachos, que eran como ovejas sin pastor, sin que nadie pudiera reunir a este rebaño disperso. Y estudia la cuestión, se da cuenta de que había buenos propósitos en ellos, pero sin que nadie los acompañe fuera de la cárcel. Y piensa, y reza. No improvisa soluciones apresuradas, sino que se pone en auténtico discernimiento.

Y aquí vemos cómo el Convictorio eclesiástico no solo era un lugar de experiencia pastoral, sino también de reflexión pastoral sobre la realidad encontrada. Don Bosco busca con paciencia y encuentra con inteligencia las razones del fracaso de y también la solución:

En circunstancias así, constaté que algunos volvían a aquel lugar porque estaban abandonados a sí mismos. ¿Si estos muchachos tuvieran fuera un amigo que se preocupara de ellos, los asistiera e instruyese en la religión los días festivos, quién sabe –decía para mí– si no se alejarían de su ruina o, por lo menos, no se reduciría el número de los que regresan a la cárcel? Transmití mi pensamiento a Don Cafasso; con su consejo y ayuda, me dediqué a estudiar cómo llevarlo a cabo, dejando el éxito en manos del Señor, sin el que resultan vanos todos los esfuerzos de los hombres.

Y aquí tenemos una primera conclusión: el joven sacerdote piamontés encuentra algunos caminos pastorales transitables, se confronta con su guía espiritual y sigue sus consejos, se pone a estudiar y pone su compromiso en manos de Dios, el único que puede hacer fructífera cada acción humana. Así se creó la primera idea de "oratorio salesiano" en el corazón de Don Bosco. No de otra manera: ¡este es un método que tenemos que asumir!

 

2.2. El programa de la misión: el sueño de la pastorcilla o de las tres paradas

En el centro de la escucha del carisma de esta mañana tenemos un sueño importante. Me parece que este sueño importante está justo en el centro entre dos grandes momentos en la vida de Don Bosco: el inicial del sueño de nueve años --al que Don Bosco siempre ha dado una importancia central en su historia vocacional-- y el final de la misa celebrada, entre lágrimas, en el Sacro Cuore de Roma, donde vuelve a pensar en ese primer sueño y lo ve realizado en todo su camino existencial. Creo que el sueño de la pastora – conocido también como el de las "tres paradas"-- intensificación y especificación del de los nueve años, tiene el mismo significado que tuvo el pasaje de los discípulos de Emaús en el camino sinodal: es decir ha dado el estilo y el método a todo el camino recorrido. El propio Don Bosco, volviendo a él, dice que sirvió como "programa" para las deliberaciones posteriores.

Todo en esos momentos era incierto: efectivamente, más allá de un Don Bosco seguro de sí y de los diseños de la Divina Providencia, los textos de ese período de su vida nos presentan un gran esfuerzo para reconocer los diseños de Dios. Don Bosco, como María y como todos los discípulos del Señor, tuvo que caminar en la fe, que solo ve cuando se pone en camino con abandono y disponibilidad. La noche anterior a la comunicación del enésimo traslado del Oratorio, esta vez en Valdocco, Don Bosco se va a la cama con el corazón inquieto: y "aquella noche tuve un nuevo sueño, que parece un apéndice del de I Becchi cuando andaba por los nueve años".

Comienza con una muchedumbre de animales de toda raza que asustaba y hacía huir a Don Bosco, mientras que una Señora le indicaba que continuara con ellos, mientras ella se ponía al frente. Luego, tres estaciones o paradas y "en cada parada muchos de aquellos animales se transformaban en corderos cuyo número aumentaba cada vez más” El primer paso es claro, muy similar al primer sueño: "las cuatro quintas partes de los animales se habían convertido en corderos".

Aquí hay un nuevo problema: hubo varios pastorcillos que vinieron, pero inmediatamente se fueron:

Entonces ocurrió algo maravilloso: muchos corderos se transformaban en pastorcillos y, al crecer, cuidaban del resto del rebaño. Como aumentaba sobremanera el número de los pastores, éstos se dividieron y marcharon a otros lugares para recoger a más animales extraños y guiarlos a nuevos apriscos.

Sigue en el sueño la visión de la Iglesia con la inscripción Hic domus mea, inde gloria mea y la promesa de comprender todo lo que estaba sucediendo en el sueño con el paso del tiempo. La conclusión de esta historia es profunda e importante: «Permanecí ocupado en el sueño casi toda la noche; fue acompañado de muchas particularidades. Entonces poco comprendí del significado, pues no le concedí gran crédito; poco a poco, a medida que las cosas se iban realizando, fui entendiendo. Y más: junto a otro sueño, en lo sucesivo, sirvió de programa para mis decisiones».

En este sueño está la clave vocacional del compromiso pastoral de Don Bosco, está el comienzo y la esencia de la Congregación y de la Familia Salesiana: la vocación de Don Bosco se convierte para nosotros en una convocatoria renovada para el bien de tantos jóvenes. De lobos, a corderos, a pastores: ¡este es el camino vocacional que nos espera!

Por encima de todo, hay, y una vez más, un Don Bosco que se pone tras la obediencia a María que, como en el sueño de los nueve años, es sin duda la verdadera Maestra del camino. ¿Cómo podemos ser salesianos de Don Bosco sin una confianza renovada en María, sin ponernos de nuevo tras Ella con humildad y sencillez, sin reconocer que "sin María Auxiliadora, los salesianos no somos nada", como bien afirmaba el protomártir salesiano Luis Versiglia?

Finalmente, está Don Bosco que se deja guiar por el espíritu, que en su existencia se ha expresado muchas veces a través de los sueños y las visiones, de los que aún hoy tenemos una necesidad urgente. ¡No renunciamos a soñar a lo grande, especialmente en tiempos de crisis, no renunciemos a inventar caminos nuevos, porque en un "cambio de época" como el nuestro es lo que Dios y su Iglesia esperan de nosotros!

 

2.3. La elección irrevocable: dar la vida por los jóvenes, hasta el último aliento

Un tercer y último episodio que deseo poner a vuestra atención es el dramático y decisivo diálogo entre el joven Don Bosco y la marquesa de Barolo, a cuyo servicio estaba en ese momento.

Notemos, ante todo, que esta santa mujer está sinceramente preocupada por la salud y la misión de Don Bosco entre los jóvenes, tanto que se siente obligada a llevarlo a una opción precisa, porque "no es posible que pueda continuar con la dirección de mis obras y de la obra de los muchachos abandonados; y más ahora, que su número ha crecido desmesuradamente". La propuesta de la marquesa es bastante clara: le pide a Don Bosco que "suspenda toda ocupación con los niños".

Repito, la preocupación de la marquesa es sincera, en cuanto que

no puedo tolerar que usted se mate. Tantas y tan variadas ocupaciones, se quiera o no, van en detrimento de su salud y de mis instituciones. Además, las habladurías que corren sobre su salud mental, la oposición de las autoridades locales me obliga a aconsejarle [...] A dejar la obra de los muchachos o la del Refugio. Piénselo usted y ya me responderá.

Todos los motivos están contra Don Bosco: su salud, la falta de medios, los rumores sobre su supuesta locura, la falta de colaboradores, la oposición de las autoridades. Pero sabemos que el Evangelio, en los momentos decisivos, no es razonable, ¡pero es amoroso! Don Bosco, en realidad, ya había orado y pensado en ello, y su respuesta es tan clara como el agua y dura como un diamante:

Mi respuesta está ya pensada. Usted tiene dinero y encontrará fácilmente cuantos sacerdotes quiera para sus instituciones. No ocurre lo mismo con los chicos pobres. Si en este momento me retiro, todo acaba en humo; por tanto, como hasta el presente, seguiré haciendo lo que pueda en el Refugio; cesaré oficialmente en el cargo y me entregaré de lleno al cuidado de mis muchachos abandonados. 

La motivación vocacional está dictada por el amor a los jóvenes: si Don Bosco no se ocupase de los pobres niños, nadie más lo hará en su lugar. Esto muestra la singularidad y lo insustituible de la vocación, que debe ser honrada en primera persona del singular y en primera persona del plural, porque cada vocación auténtica siempre se convertirá en una convocatoria. La motivación vocacional de Don Bosco es clara: si él no asume este compromiso --que en la oración ha reconocido como una exigencia de Dios para su vida-- los jóvenes quedarán realmente abandonados a sí mismos. Esta es su vocación, y de nadie más. Este es su llamada singular e irrepetible, que tiene el deber de aceptar hasta el final, ¡cueste lo que cueste!

Todo el resto del diálogo es una consecuencia lógica de esta posición vocacional irrevocable. Don Bosco tendrá, como bien profetiza la marquesa de Barolo, problemas de supervivencia material, tendrá la salud arruinada, estará lleno de deudas, tendrá dificultades con las autoridades civiles y eclesiásticas, y así sucesivamente. Las diversas amenazas y ofertas de esta mujer no valen nada ("no le daré ni un céntimo para sus muchachos [...] Seguiré pasándole la paga, y se la aumentaré si quiere").

Don Bosco no tiene nada más que decir sino repetir lo que ya dijo: « Ya lo he pensado, señora marquesa. He consagrado mi vida al bien de la juventud. Le agradezco sus ofrecimientos, pero no puedo alejarme del camino que me ha trazado la divina Providencia». El resultado es un despido: "¿Así que prefiere usted sus vagabundos a mis institutos? Si es así, queda despedido desde este momento». Después de un breve diálogo, deciden cerrar todo en tres meses: " Acepté el despido, abandonándome a lo que Dios dispusiera". Y luego el episodio termina, lógicamente, con Don Bosco considerado loco: ¡renuncia a una vida cómoda y segura para tirarse a la calle con sus hijos!

Aquí tenemos a un Don Bosco que, como los dos discípulos de Emaús, elige estar del lado del Señor, arriesgarse y atreverse a mantener la fe a la vocación recibida de las manos del Señor Jesús, que actuó a través de la mediación de María. Al igual que esos dos misteriosos caminantes, también Don Bosco entra en la noche para permanecer del lado del Señor y de los jóvenes pobres y abandonados. Noche que, bien sabemos, se manifestará en su vida de muchas maneras: incomprensiones dentro y fuera de la Iglesia, cansancios físicos y dificultades económicas, abandonos y malentendidos, y mucho más.

Pero nada ha podido realmente desviar a Don Bosco de su vocación recibida: "Tengo prometido a Dios que incluso mi último aliento será para mis pobres jóvenes" (cf. Constituciones salesianas, art. 1). Esto es lo que Don Bosco prometió e hizo; esto debería sucederle también a cada hijo digno de un tan gran padre; esto se volverá a prometer ante Dios y se reafirmará en los hechos también en nuestro Capítulo General 28º.

 

Salesianos de don Bosco

Capítulo General 28°

Jornadas de Espiritualidad

19 de febrero de 2020

LA PRIORIDAD DE LA MISIÓN SALESIANA ENTRE LA JUVENTUD DE HOY

Textos de oración y meditación.

 

1. LOS CRITERIOS INSPIRADORES DE LA ACCIÓN DE JESÚS

 

La resurrección del hijo de la viuda de naín (Lc 7,11-17)

11Poco tiempo después iba camino de una ciudad llamada Naín, y caminaban con él sus discípulos y mucho gentío. 12Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. 13Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». 14Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!». 15El muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre. 16Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo». 17Este hecho se divulgó por toda Judea y por toda la comarca circundante.

 

La curación del epiléptico endemoniado (Mc 9,14-29)

14Cuando volvieron a donde estaban los demás discípulos, vieron mucha gente alrededor y a unos escribas discutiendo con ellos. 15Al ver a Jesús, la gente se sorprendió y corrió a saludarlo. 16Él les preguntó: «¿De qué discutís?». 17Uno de la gente le contestó: «Maestro, te he traído a mi hijo; tiene un espíritu que no lo deja hablar; 18y cuando lo agarra, lo tira al suelo, echa espumarajos, rechina los dientes y se queda rígido. He pedido a tus discípulos que lo echen y no han sido capaces». 19Él, tomando la palabra, les dice: «¡Generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo». 20Se lo llevaron. El espíritu, en cuanto vio a Jesús, retorció al niño; este cayó por tierra y se revolcaba echando espumarajos. 21Jesús preguntó al padre: «¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto?». Contestó él: «Desde pequeño. 22Y muchas veces hasta lo ha echado al fuego y al agua para acabar con él. Si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos». 23Jesús replicó: «¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe». 24Entonces el padre del muchacho se puso a gritar: «Creo, pero ayuda mi falta de fe». 25Jesús, al ver que acudía gente, increpó al espíritu inmundo, diciendo: «Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando: sal de él y no vuelvas a entrar en él». 26Gritando y sacudiéndolo violentamente, salió. El niño se quedó como un cadáver, de modo que muchos decían que estaba muerto. 27Pero Jesús lo levantó cogiéndolo de la mano y el niño se puso en pie. 28Al entrar en casa, sus discípulos le preguntaron a solas: «¿Por qué no pudimos echarlo nosotros?». 29Él les respondió: «Esta especie solo puede salir con oración».

 

Jesús caminando con los discípulos a Emaús (Lc 24,13-35)

13Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; 14iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. 15Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. 16Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. 17Él les dijo: «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?». Ellos se detuvieron con aire entristecido. 18Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?». 19Él les dijo: «¿Qué?». Ellos le contestaron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; 20cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. 21Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. 22Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, 23y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. 24Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron». 25Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! 26¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?». 27Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. 28Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; 29pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. 30Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. 31A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. 32Y se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». 33Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, 34que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón». 35Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 

El joven rico (versión de Mateo: Mt 19,16-22)

16Se acercó uno a Jesús y le preguntó: «Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?». 17Jesús le contestó: «¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». 18Él le preguntó: «¿Cuáles?». Jesús le contestó: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, 19honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo»20El joven le dijo: «Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?». 21Jesús le contestó: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme». 22Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico. 

 

El joven rico (versión de Marcos: Mc 10,17-22)

 17Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». 18Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. 19Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre». 20Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud». 21Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme». 22A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico.

 

2. LAS RAZONES PROFUNDAS DE LAS OPCIONES VOCACIONALES DE DON BOSCO

 

Textos tomados de: Memorias del Oratorio de S. Francisco de Sales de 1815 a 1855, en Instituto Histórico Salesiano, Fuentes Salesianas. Don Bosco y su obra, Madrid, Editorial CCS 2015, 1058-1180.

 

Memorias del Oratorio, Segunda década, 11 (pp. 1112-1114)

Residencia eclesiástica de San Francisco de Asís

Terminadas las vacaciones, me ofrecieron tres empleos para escoger uno de ellos: preceptor en casa de un señor genovés, con la paga de mil francos al año; capellán de Morialdo, en donde los buenos campesinos, por el vivo deseo de tenerme con ellos, doblaban la paga de los capellanes anteriores; vice párroco en mi pueblo. Antes de tomar una decisión definitiva viajé a Turín para pedir consejo a don Cafasso, quien –desde hacía varios años– era mi guía en las cosas espirituales y temporales. El santo sacerdote lo escuchó todo: ofrecimiento de buenos estipendios, insistencia de parientes y amigos y mis buenos deseos de trabajar. Sin dudar un momento, me transmitió estas palabras: «Necesita estudiar moral y predicación. Renuncie, por ahora, a toda propuesta y venga a la Residencia eclesiástica». Seguí gustoso su sabio consejo y el 3 de noviembre de 1841 entré en dicha Residencia.

La Residencia eclesiástica se puede considerar un complemento de los estudios teológicos, pues en los seminarios se estudia sólo la dogmática especulativa. De la moral, únicamente se analizan las cuestiones controvertidas. Aquí se aprende a ser sacerdotes: meditación, lectura, dos conferencias diarias, lecciones de predicación, vida recogida, todas las comodidades para estudiar y leer buenos autores, configuraban las ocupaciones en las que cada cual debía aplicarse solícitamente.

Dos hombres célebres dirigían, en aquel tiempo, este provechoso instituto: el teólogo Luigi Guala y don Giuseppe Cafasso. Guala era el fundador de la obra. Hombre desinteresado, rico en ciencia, prudencia y valor, se entregó todo a todos en la época del gobierno de Napoleón I. Con el fin de preparar a los jóvenes sacerdotes para la vida práctica del sagrado ministerio, una vez finalizados los cursos del seminario, fundó aquel magnífico semillero que tanto bien reportó a la Iglesia contribuyendo, especialmente, a extirpar algunas raíces de jansenismo que aún se conservaban entre nosotros.

Respecto a las disputas, destacaba sobremanera la del probabilismo y probabiliorismo. A la cabeza de este último se encontraban Alasia, Antoine y otros autores rigurosos; su práctica puede conducir al jansenismo. Los probabilistas seguían la doctrina de san Alfonso –ahora proclamado doctor de la santa Iglesia–, cuya autoridad viene a ser la teología del Papa, pues sus escritos han sido reconocidos por la Iglesia para enseñar, predicar y practicar, no existiendo en ellos nada que merezca censura. El teólogo Guala se situó con firmeza en medio de las dos corrientes y, colocando en el centro de ambas la caridad de nuestro Señor Jesucristo, logró acercar los dos extremos. El caso llegó a tal punto que, gracias al teólogo Guala, san Alfonso se convirtió en el maestro de nuestras escuelas con ventajas –ansiadas por mucho tiempo– de las que actualmente se experimentan sus saludables efectos.   

El brazo derecho de Guala era don Cafasso. Con una virtud a toda prueba, su prodigiosa calma, su perspicacia y prudencia logró que desapareciera la aspereza que aún quedaba entre algunos de los probabilioristas contra los seguidores de San Alfonso.

Una mina de oro escondía, por su parte, el sacerdote turinés, teólogo Felice Golzio, que también era un residente. Hizo poco ruido en su modesta vida; pero con su trabajo incansable, humildad y ciencia suponía un verdadero apoyo o, mejor dicho, el brazo derecho de Guala y Cafasso. Las cárceles, hospitales, púlpitos, los centros benéficos, los enfermos en sus propias casas, ciudades y pueblos, palacios de los grandes y tugurios de los pobres experimentaron los saludables efectos del celo de estas tres lumbreras del clero turinés.

Conformaban el trío de modelos que la divina Providencia me colocaba delante; solamente de mí dependía seguir sus huellas, su doctrina y virtudes. Don Cafasso –desde seis años antes, mi guía– fue también mi director espiritual y, si he realizado algún bien, se lo debo a este digno eclesiástico, en cuyas manos deposité todas las decisiones, aspiraciones y acciones de mi vida. Empezó por llevarme a las cárceles, en donde aprendí enseguida a conocer cuán grande es la malicia y miseria de los hombres. Me horroricé al contemplar una muchedumbre de muchachos, de doce a dieciocho años; al verlos allí, sanos, robustos y de ingenio despierto, pero ociosos, picoteados por los insectos y faltos de pan espiritual y material. Esos infelices personificaban el oprobio de la patria, el deshonor de las familias y su propia infamia. Cuál no sería mi asombro y sorpresa al descubrir que muchos de ellos salían con el propósito firme de una vida mejor y, sin embargo, luego retornaban al lugar de castigo de donde habían salido pocos días antes.

En circunstancias así, constaté que algunos volvían a aquel lugar porque estaban abandonados a sí mismos. ¿Si estos muchachos tuvieran fuera un amigo que se preocupara de ellos, los asistiera e instruyese en la religión los días festivos, quién sabe –decía para mí– si no se alejarían de su ruina o, por lo menos, no se reduciría el número de los que regresan a la cárcel? Transmití mi pensamiento a don Cafasso; con su consejo y ayuda, me dediqué a estudiar cómo llevarlo a cabo, dejando el éxito en manos del Señor, sin el que resultan vanos todos los esfuerzos de los hombres.

 

Memorias del Oratorio, Segunda década, 15 (pp. 1120-1121)

Un nuevo sueño

El segundo domingo de octubre de aquel año (1844) debía anunciar a mis muchachos que el Oratorio pasaría a Valdocco. Pero la incertidumbre del lugar, de los medios y personas me mantenía realmente preocupado. La víspera, fui a la cama con el corazón inquieto. Aquella noche tuve un nuevo sueño, que parece un apéndice del de I Becchi cuando andaba por los nueve años. Estimo oportuno exponerlo con detalle.

Soñé que me hallaba en medio de una muchedumbre de lobos, cabras, cabritos, corderos, ovejas, carneros, perros y pájaros. Todos juntos hacían un ruido, un alboroto o, mejor, un estruendo endiablado capaz de asustar al más intrépido. Quería huir, cuando una señora –muy bien vestida como una pastorcilla– me indicó que acompañase y siguiera al extraño rebaño, en tanto que Ella se ponía al frente. Vagamos por distintos parajes; realizamos tres estaciones o paradas. En cada una, muchos de aquellos animales se transformaban en corderos cuyo número aumentaba cada vez más. Después de mucho andar, me encontré en un prado, donde los animales retozaban y comían juntos sin que los unos intentasen hacer daño a los otros.  

Agotado de cansancio, busqué sentarme junto a un camino cercano, pero la pastorcilla me invitó a proseguir el camino. Tras otro breve trecho de camino, estaba en un vasto patio, rodeado de pórticos, en cuyo extremo había una iglesia. En ese momento advertí que las cuatro quintas partes de los animales se habían convertido en corderos. Su número se incrementó enseguida muchísimo. Llegaron varios pastorcillos para cuidarlos, pero permanecían un breve tiempo y se marchaban. Entonces ocurrió algo maravilloso: muchos corderos se transformaban en pastorcillos y, al crecer, cuidaban del resto del rebaño. Como aumentaba sobremanera el número de los pastores, éstos se dividieron y marcharon a otros lugares para recoger a más animales extraños y guiarlos a nuevos apriscos.

Quería marcharme de allí, porque me parecía que era hora de celebrar la misa; pero la pastora me sugirió mirar hacia el mediodía. Al observar, contemplé un campo sembrado de maíz, patatas, coles, remolachas, lechugas y muchas otras verduras.

—Mira otra vez, apuntó, y observé de nuevo. Entonces divisé una estupenda y alta iglesia. Una orquesta, música instrumental y vocal me invitaban a cantar la misa. En el interior de aquella iglesia había una franja blanca en la que estaba escrito con caracteres cubitales: Hic domus mea, inde gloria mea.

            Siempre en sueños, quise preguntar a la pastora en dónde me encontraba, qué significaba aquel andar y detenerse, con la casa, la iglesia y, más adelante, con otra iglesia.

—“Lo comprenderás todo cuando, con tus ojos físicos, veas realizado cuanto ahora contemplas con los ojos de la mente”.

Pareciéndome que me encontraba despierto, dije: «Yo veo claro y veo con los ojos materiales; sé adónde voy y qué hago». En aquel momento sonó la campana del Ave María en la iglesia de San Francisco y me desperté.

Permanecí ocupado en el sueño casi toda la noche; fue acompañado de muchas particularidades. Entonces poco comprendí del significado, pues no le concedí gran crédito; poco a poco, a medida que las cosas se iban realizando, fui entendiendo. Y más: junto con otro sueño, en lo sucesivo, sirvió de programa para mis decisiones.

 

Memorias del Oratorio, Segunda década, 22 (pp. 1133-1135)

Despido del Refugio – Nueva acusación de locura

Las numerosas cosas que se decían sobre Don Bosco empezaban a inquietar a la marquesa Barolo, tanto más que el municipio de Turín se mostraba contrario a mis proyectos.

Un día, se acercó ella a mi aposento y empezó a hablarme en este tono:

–Estoy muy contenta de los cuidados que se toma por mis institutos. Le agradezco que haya trabajado tanto para introducir en ellos cantos religiosos, el gregoriano, la música, la aritmética e incluso el sistema métrico.   

–No tiene por qué agradecérmelo. El deber de los sacerdotes es cumplir con sus obligaciones. Dios lo pagará todo. No se hable más de ello.

–Quería expresarle que siento de verdad que las múltiples ocupaciones hayan quebrantado su salud. No es posible que pueda continuar con la dirección de mis obras y de la obra de los muchachos abandonados; y más ahora, que su número ha crecido desmesuradamente. He venido para proponerle que se ocupe sólo de lo que realmente es su obligación, es decir, la dirección del Hospitalito; no ir más a las cárceles ni al Cottolengo y suspender toda ocupación con los niños. ¿Qué me dice?

–Señora marquesa, Dios me ha ayudado hasta ahora y no dejará de ayudarme en adelante. No se preocupe de lo que deba hacer. Entre don Pacchiotti, el teólogo Borel y yo lo realizaremos todo.

–Pero no puedo tolerar que usted se mate. Tantas y tan variadas ocupaciones, se quiera o no, van en detrimento de su salud y de mis instituciones. Además, las habladurías que corren sobre su salud mental, la oposición de las autoridades locales me obliga a aconsejarle...

– ¿Qué, señora marquesa?

–A dejar la obra de los muchachos o la del Refugio. Piénselo usted y ya me responderá.

–Mi respuesta está ya pensada. Usted tiene dinero y encontrará fácilmente cuantos sacerdotes quiera para sus instituciones. No ocurre lo mismo con los chicos pobres. Si en este momento me retiro, todo acaba en humo; por tanto, como hasta el presente, seguiré haciendo lo que pueda en el Refugio; cesaré oficialmente en el cargo y me entregaré de lleno al cuidado de mis muchachos abandonados.

–Pero ¿cómo podrá vivir?

–Dios me ha ayudado siempre y seguirá haciéndolo en adelante.

–Pero usted tiene mala salud, su cabeza no le rige; terminará endeudándose y recurrirá a mí; le aseguro desde este instante que no le daré ni un céntimo para sus muchachos. Ahora acepte mi consejo de madre. Seguiré pasándole la paga, y se la aumentaré si quiere. Váyase a pasar uno, tres o cinco años a cualquier parte y descanse; cuando esté perfectamente restablecido, vuelva al Refugio y será siempre bien recibido; de lo contrario, me coloca ante la desagradable necesidad de despedirlo de mis instituciones. Piénselo seriamente.

–Ya lo he pensado, señora marquesa. He consagrado mi vida al bien de la juventud. Le agradezco sus ofrecimientos, pero no puedo alejarme del camino que me ha trazado la divina Providencia.  

– ¿Así que prefiere usted sus vagabundos a mis institutos? Si es así, queda despedido desde este momento. Hoy mismo le buscaré un sustituto.

Le hice ver que un despido tan precipitado podría inducir a suponer motivos poco honrosos para ella y para mí; era mejor obrar con calma y guardar entre nosotros aquella misma caridad de la que ambos hemos de rendir cuenta ante el tribunal del Señor. 

–Entonces, concluyó, le daré tres meses; acabados, dejará a otros la dirección de mi Hospitalito.

Acepté el despido, abandonándome a lo que Dios dispusiera.

Entre tanto, se consolidaba cada vez más el rumor que Don Bosco se había vuelto loco. Mis amigos estaban pesarosos; algunos reían; pero todos se mantenían alejados de mí. El arzobispo dejaba hacer; don Cafasso aconsejaba contemporizar; el teólogo Borel callaba. De este modo, todos mis colaboradores me dejaron solo en medio de unos cuatrocientos muchachos.

En aquellas circunstancias, ciertas personas respetables se propusieron cuidar de mi salud. «Este Don Bosco, decía una de ellas, tiene ideas fijas que le llevarán inevitablemente a la locura. Quizá le resulte bien una cura. Llevémosle al manicomio; allí, con las debidas atenciones, se hará cuanto sugiera la prudencia».

Dos se encargaron de recogerme con una carroza para conducirme al manicomio. Ambos mensajeros me saludaron cortésmente. Tras interesarse por mi salud, por el Oratorio, por el futuro edificio y la iglesia, lanzaron un profundo suspiro y pronunciaron estas palabras: «Es verdad».

Me invitaron a continuación a dar un paseo con ellos. «Un poco de aire te hará bien. Ven, tenemos precisamente la carroza. Iremos juntos y dispondremos de tiempo para conversar». Me percaté entonces del juego y, sin darme por enterado, los acompañé hasta el carruaje. Insistí para que entraran ellos primero a tomar asiento en la carroza y, en lugar de subir yo también, cerré deprisa la puerta y dije al cochero: «Partid a toda velocidad al manicomio, en donde aguardan a estos dos eclesiásticos».