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Colaboración interinspectorial

FORMACIÓN - DOCUMENTOS

 

COLABORACIÓN INTERINSPECTORIAL EN LA FORMACIÓN INICIAL

 

Don Francesco CEREDA
Consejero General para la Formación

      En nuestra Congregación la colaboración interinspectorial para la formación inicial es una realidad interesante y prometedora. Efectivamente existen numerosas comunidades formadoras y centros de estudios, en los que la formación se lleva a cabo con la cooperación de varias Inspectorías, implicadas con el envío de formadores, profesores y formandos. Existen, además, diversas iniciativas interinspectoriales: la preparación a la profesión perpetua, los ejercicios espirituales para diáconos, los encuentros de tirocinantes. Hay, finalmente, una forma reciente de colaboración, que se refiere a la realización de comunidades formadoras para la formación específica de los salesianos coadjutores.

            También la formación permanente es un terreno fértil para la colaboración interinspectorial. Hay muchas formas de contacto, diversos niveles de servicio, diversos tipos de destinatarios. Hay encuentros esporádicos, iniciativas periódicas, programaciones orgánicas. En el ámbito regional se ofrecen cursos de actualización, seminarios de estudio, materiales de animación. Se verifican encuentros para delegados inspectoriales de formación, para formadores y para diversos grupos de hermanos, particularmente Directores, salesianos coadjutores, salesianos del quinquenio, tanto presbíteros como coadjutores.

            La Ratio es consciente de la incapacidad de las Inspectorías para cumplir ellas solas las funciones formativas y reconoce la necesidad de ayuda recíproca; por eso, recomienda “opciones valientes y decididas de colaboración interinspectorial” (FSDB 230). Estas notas profundizan y concretan tales opciones, con referencia solamente a la formación inicial; tales notas intentan explicitar las motivaciones que estimulan la práctica de la colaboración interinspectorial, especificar los interrogantes, evidenciar los campos prioritarios de actuación y proponer las condiciones de su realización.

 
1. Motivaciones de la colaboración


            Hoy es difícil que una Inspectoría pueda asegurar ella sola todas o casi todas las etapas de la formación inicial. A veces sucede que, con tal de tener una solución inspectorial, se hacen notables sacrificios, con resultados inciertos y opciones precarias. Por eso, es necesario reflexionar sobre las motivaciones que llevan a preferir con convicción la colaboración interinspectorial, que no puede ser una opción forzada o un mal menor; es, de hecho, una oportunidad que hay que valorizar, aunque sea un desafío que hay que afrontar.

1.1. Experiencia de la identidad carismática

            La formación inicial es una experiencia de la identidad carismática, es un proceso de identificación con la vocación, es una asunción gradual, responsable y total de los compromisos que lleva consigo. El criterio fundamental, que nos debe guiar en las opciones formativas, es el de ofrecer a nuestros candidatos y hermanos jóvenes experiencias válidas de la vocación salesiana, fascinantes y que los comprometan. Deberíamos estar orgullosos de ofrecerles experiencias significativas, que presenten las mejores condiciones formativas, de modo que ellos puedan hacer un buen camino humano, espiritual, intelectual y apostólico. La Congregación tiene múltiples experiencias y recursos formativos que ofrecer a los jóvenes. Las opciones formativas requieren un discernimiento atento sobre la calidad carismática de la experiencia propuesta. El criterio carismático está en la base de toda opción formativa y, por tanto, de la opción de colaboración interinspectorial.

1.2. Consistencia de la comunidad formadora

            En la formación inicial el formando “vive la experiencia de los valores de la vocación salesiana” (Const. 98). Pues bien, la comunidad es uno de estos valores fundamentales. Toda comunidad salesiana es ambiente de formación; pero para la formación inicial la Congregación quiere una comunidad con una fisonomía particular: una “comunidad formadora” (FSDB 222). Para este tipo de comunidad se requiere una especial atención, con el fin de asegurar las condiciones de una experiencia significativa..

            Para cumplir de modo adecuado sus cometidos, la comunidad formadora tiene necesidad de consistencia cuantitativa y cualitativa. Si la comunidad tiene un exiguo número de formandos, adolece de algunos límites: la convivencia y los cambios de ideas resultan débiles; las relaciones quedan reducidas; las expresiones comunitarias, como el compartir, el deporte, el teatro, la música, las actividades apostólicas, resultan parciales. Si, además, los formadores son insuficientes, queda generalmente disminuida su incidencia formativa, o sea resultan carentes la interacción y la relación, la animación y la propuesta, el acompañamiento y la orientación.

            A este propósito, la Instrucción sobre la formación en los Institutos religiosos Potissimum Institutioni recuerda una expresión de Juan Pablo II, que afirma lo siguiente:”Será bueno que los jóvenes, durante el período de formación, residan en comunidades en las que no debe faltar ninguna de las condiciones exigidas para una formación completa: espiritual, intelectual, cultural, litúrgica, comunitaria y pastoral; condiciones que raramente se encuentran todas reunidas en las pequeñas comunidades. En consecuencia, es siempre indispensable tomar de la experiencia pedagógica de la Iglesia todo lo que puede hacer efectiva y enriquecer la formación, en una comunidad adaptada a las personas y a su vocación religiosa” [1] .

            La Ratio reconoce la debilidad de algunas comunidades formadoras y propone la colaboración entre las Inspectorías: “En más de una situación, las condiciones indicadas para lograr la consistencia cualitativa y cuantitativa de los centros formativos son tales, que no pueden ser fácilmente garantizadas por cada Inspectoría individualmente. Es conveniente, en tales casos, que varias Inspectorías, especialmente las del mismo contexto cultural, colaboren para dar vida a estructuras formativas interinspectoriales” (FSDB 300). Más específicamente, considerando la fragilidad del equipo de los formadores, que es “uno de los criterios de los cuales depende la constitución de una comunidad de formación”, afirma que es “necesario en algunas situaciones realizar opciones valientes y decididas de colaboración interinspectorial” (FSDB 230).

            Es, por lo tanto, oportuno que las Inspectorías eviten, en la medida posible, constituir o mantener comunidades formadoras que tienen un número exiguo de formandos y de formadores. Prefieran, en cambio, unirse a otras Inspectorías con una colaboración interinspectorial, de modo que, juntas, estén en condiciones de dar la formación que, solas, no pueden ofrecer a los hermanos jóvenes.

1.3. Calidad del centro de estudios

            En la sociedad compleja y pluralista es necesario tener una mentalidad abierta y crítica, capaz de discernimiento y de diálogo. La opción de vida salesiana tiene necesidad de una profunda cultura cristiana, que ayude a madurar una fe convencida y una experiencia vocacional motivada. Educación y evangelización, en particular el diálogo entre fe y cultura, exigen conocimiento del mundo juvenil, mentalidad pastoral, competencia pedagógica, profesionalidad. La animación de los adultos implicados en nuestra misión exige competencia de orientación. Hoy es, pues, indispensable “una formación intelectual robusta y constantemente actualizada, fundada sobre estudios serios, que madure y cultive la capacidad de reflexión, de juicio y de confrontación crítica” (FSDB 124).

            En consecuencia, urge un compromiso para asegurar la calidad de la formación intelectual. Esto significa tener programas de estudio sólidos, que acrecienten la incidencia pastoral; metodologías de enseñanza y de estudio actualizadas, que promuevan reflexión e implicación; un cuerpo docente preparado, que actúe con los hermanos estudiantes. Urge también un compromiso para hacer un planteamiento salesiano a la formación intelectual; esto requiere una “sensibilidad salesiana” en el modo de afrontar los temas (cf. FSDB 160), la elección de las disciplinas que califican nuestra pastoral (Reg. 82), el “estudio de las materias específicamente salesianas” (FSDB 160).

            Por esto, la Congregación ha hecho la opción ordinaria del centro salesiano de estudios: “Entre los diversos tipos de centros de estudio, hay que preferir el centro salesiano, que ofrece una organización de los estudios con perspectiva salesiana, poniendo de relieve el carácter pastoral y pedagógico, que favorece la integración entre el proyecto formativo global y la formación intelectual y la relación entre Salesianos estudiantes y docentes” (FSDB 145). Hay, por consiguiente, una invitación explícita: “Se elija ordinariamente el centro salesiano” (FSDB 168).

            Los Reglamentos piden que “las Inspectorías que estén en condiciones de hacerlo, tengan su propio centro de estudios para la formación de los hermanos” (Reg. 84). El centro salesiano de estudios es un compromiso gravoso para una Inspectoría; “es aconsejable, por ello, y a menudo necesaria, la colaboración entre diversas Inspectorías” (FSDB 146). Efectivamente, el funcionamiento de un centro de estudios “exige, sobre todo, el cuidado de su cuerpo docente. Por tanto, se debe programar el plantel del personal y prever su preparación, estabilidad, empleo racional y necesario recambio. Es necesario hacer destacar la salesianidad como punto de convergencia y cualificar docentes para aquellos sectores culturales que caracterizan salesianamente al centro” (FSDB 146). Por esto, la Ratio dice: “Haya una decidida y seria colaboración a nivel interinspectorial para constituir centros salesianos de estudio” (FSDB 171).

            Es, por tanto, oportuno que las Inspectorías, en la medida posible, traten de constituir un propio centro de estudios, o que se unan con otras Inspectorías del mismo contexto, en el que exista ya el centro salesiano de estudios o con el que formar uno solo. Sólo “cuando no sea posible la asistencia a un centro salesiano de estudios ni siquiera a nivel interinspectorial” (FSDB 178), puede haber otras soluciones, pero debe tratarse de una efectiva imposibilidad.

 

2. Interrogantes sobre la colaboración


            Además de las consideraciones positivas, que mueven a valorizar la colaboración interinspectorial, se encuentran también algunas incertidumbres de evaluación. Hay, en efecto, Inspectorías que a veces tienen dudas acerca de la colaboración formativa. Por esto es importante afrontar los interrogantes que nacen en las confrontaciones de la colaboración interinspectorial, con particular referencia a la contextualización, a la inculturación y a la colaboración intercongregacional en la formación.

2.1. Contextualización de la formación

            La formación es una realidad contextualizada. De hecho, se lleva a cabo en un contexto particular que está determinado por muchos elementos: la condición social del territorio, la cultura y los estilos de vida de la gente, la situación de la Iglesia, la praxis de la Inspectoría. El contexto, con sus acentuaciones o con sus debilidades, ejerce notables influencias y condicionamientos en el proceso formativo.

            Nuestras Constituciones piden a cada Inspectoría que “mediante los diversos órganos de animación y gobierno, establezca el modo de realizar la formación según lo requiera el propio contexto cultural” (Const. 101). Y la Ratio añade que “esta responsabilidad requiere una actitud permanente de reflexión y de diálogo entre la identidad salesiana y el contexto cultural. Es conveniente favorecer en este campo la colaboración entre las Inspectorías de un mismo contexto” (FSDB 17).

            Pues bien, cuando se elige una comunidad formadora interinspectorial, a veces surge la duda de que se descuide la atención al contexto; se piensa que los formandos lleguen a encontrarse en una situación que no los ayude a madurar, dado que están insertos en un contexto “diverso” del de su Inspectoría. La instancia de la “formación en contexto” es justa, pero requiere una profundización.

            Hoy constatamos que la formación no puede reducirse sólo al contexto inspectorial, sino que debe tener un respiro más amplio. En efecto, el contexto local e inmediato no es el único contexto en que vivimos. Muchas veces dentro de una Inspectoría hay múltiples contextos, incluso con notables diversidades. Además, nosotros pertenecemos simultáneamente a una pluralidad de contextos. Por ejemplo, vivimos en el contexto de la comunidad salesiana local, pero también de la comunidad inspectorial y de la comunidad mundial; estamos insertos en la realidad del territorio, pero también de la región, de la nación, del continente y del mundo; formamos parte de una parroquia, pero también de una Iglesia particular, de una Conferencia y de la Iglesia universal. Muchas veces vivimos también en “contextos plurales”, en los que está presente una diversidad acentuada, como por ejemplo los contextos pluriculturales, multiétnicos e interreligiosos. La globalización y las inmigraciones son ciertamente procesos que producen la “contaminación” de los contextos.

            Aun en la pluralidad de los contextos, ejercitando el discernimiento, podemos encontrar contextos homogéneos. Si se confrontan dos contextos, descubrimos afinidades y diferencias, con aspectos positivos que valorizar y aspectos negativos que purificar. Y es que los contextos no son estáticos, sino que están en evolución. Es posible, pues, encontrar un contexto homogéneo en un grupo de Inspectorías de la misma nación o conferencia o región. Hoy, por ejemplo, se puede decir que Europa se está convirtiendo en un contexto cada vez más homogéneo; situaciones análogas se dan también en otras Regiones de la Congregación.

            En una comunidad formadora interinspectorial, por lo tanto, especialmente cuando forma parte de una misma Conferencia o Región, no se niega la contextualización. Al mismo tiempo, la comunidad interinspectorial expone a los formandos a una confrontación con situaciones diversas, creando apertura de mente y de corazón. Ella promueve la capacidad de inserción en diversos contextos mediante la apertura al exterior, el análisis de la situación, el discernimiento y la respuesta a las necesidades. Ciertamente se requiere una gradualidad de experiencias.

2.2. Inculturación de la formación

            La inculturación en la formación inicial es un proceso de personalización; se realiza cuando los valores vocacionales son asumidos, ante todo, por la cultura del formando, de modo que él transforme su mentalidad, las actitudes, los estilos de vida, los comportamientos. En este sentido la formación siempre debe ser inculturada; en efecto, sin la identificación personal con los valores carismáticos no se tiene formación. Para facilitar este proceso, generalmente la primera formación se lleva a cabo en el contexto cultural del formando o en un contexto homogéneo.

            Por otra parte, la inculturación en la formación inicial es un proceso comunitario, podríamos decir un proceso de socialización, en el que el carisma se expresa en una determinada cultura. La comunidad formadora es el principal sujeto que inicia, acompaña y verifica tal proceso. Por esto, la comunidad debe tener conocimiento, comprensión y experiencia del carisma; es preciso que la comunidad conozca la historia, la identidad, las manifestaciones. Además, la comunidad debe conocer la cultura del contexto y la mentalidad de los formandos, para que éstos sean ayudados a asumir los valores carismáticos en la propia cultura. Es, por lo tanto, una comunidad que comunica, interpreta y expresa el carisma en una cultura particular y en un determinado contexto.

            La inculturación, además, debe ir siempre acompañada de un proceso de interculturalidad. Éste abre al formando a otras culturas, lo lleva a apreciar sus aspectos positivos y a reconocer sus límites, lo conduce a evaluar la propia cultura sin absolutizarla, y por ello lo invita a asimilar y a integrar algunos elementos válidos de las demás culturas en la propia. Este diálogo o intercambio entre culturas es una experiencia enriquecedora y complementaria del proceso de inculturación. Las comunidades interinspectoriales abren a una visión más amplia del carisma salesiano; ayudan a formar el sentido de pertenencia a la Congregación, la atención a las necesidades de los jóvenes del mundo y la visión global de las urgencias de la evangelización, que son realidades que van más allá del horizonte inspectorial.

            La inculturación y la interculturalidad en la formación inicial van unidas estrechamente al carisma, a suyo servicio se ponen. Ordinariamente en las primeras fases de la formación, hasta el postnoviciado – tirocinio, deberíamos prestar mucha atención a los procesos de inculturación, o sea a las transformaciones de la cultura del formando. Esto requiere conocimiento de la persona, cercanía, continuidad formativa, acompañamiento de los procesos de cambio. A partir de la fase de la formación específica, deberíamos prestar más atención a los procesos de interculturalidad. En esta etapa los formandos demuestran haber alcanzado una cierta maduración de cultura y de fe y de poseer una suficiente apertura y sentido crítico; pueden, pues, afrontar positivamente la experiencia intercultural.

2.3. Colaboración intercongregacional en la formación

            En el contesto actual de comunión y de colaboración entre los Institutos de vida religiosa, algunas Inspectorías se preguntan si no sería mejor frecuentar centros intercongregacionales de estudios. Esto ayudaría a tener un conocimiento de los otros carismas y favorecería una pastoral de conjunto en la Iglesia. La Instrucción de la Congregación para la Vida Consagrada, titulada “La colaboración inter-Institutos en la formación”, ha profundizado la realidad de la colaboración en el campo formativo.

            La Instrucción sostiene que “cada Instituto tiene una responsabilidad primaria respecto a la propia identidad” y que “es, a través del proceso de formación como se realiza la identificación carismática”; por esto “la primera responsabilidad de la formación de los religiosos pertenece de derecho a cada Instituto” [2] .  Además, afirma que “la comunidad formadora es la instancia primaria de referencia, que ningún centro intercongregacional de estudio puede sustituir” [3] . Esto significa que en los centros de estudios en que colaboramos con otros Institutos religiosos –como, por ejemplo, en Belo Horizonte, Caracas, Melbourne, Nairobi- la comunidad formadora se asume responsablemente el compromiso de garantizar la identidad salesiana de la formación intelectual y asegura que se cumplan algunas condiciones en relación con el centro de estudio (cf. FSDB 178 y 180).

            Según la Instrucción, la colaboración entre los Institutos para la formación manifiesta una concreta solidaridad entre las familias religiosas más ricas y las más pobres en miembros y en medios; contribuye a un mayor aprecio del propio y de los demás carismas; ofrece un elocuente testimonio de la comunión a la que la Iglesia es llamada por vocación divina; es de gran utilidad para que la formación adquiera el nivel y la amplitud que la misión de la vida religiosa requiere en el contexto del mundo actual [4] . Por otra parte, ante la realidad de la colaboración existente, la Instrucción “siente la responsabilidad de ofrecer algunas reflexiones y dar oportunas directrices para la evaluación, la consolidación y el desarrollo de tales experiencias” [5] .

            Pero sería un empobrecimiento para la vida religiosa misma y para la Iglesia, si, en nombre de estas ventajas, se quisiese centralizar la formación de todos los religiosos de una área geográfica y cultural en un único centro de estudios. Las formas de la colaboración entre Institutos religiosos, aún en la formación, son diversas y deben desarrollarse; no necesariamente pasa esta colaboración a través de un centro común de estudios. Cada Instituto está llamado a enriquecer la Iglesia con la aportación del propio carisma, que no se limita a la misión, sino que incluye los diversos aspectos de la vida comunitaria, oración, práctica de los consejos evangélicos y también formación.

            Si nuestras Inspectorías, también con una colaboración interinspectorial, pueden constituir un centro de estudios con fisonomía propiamente salesiana, “abierto en la medida de lo posible también a personas externas –religiosos o seglares- como servicio a la Iglesia particular” (Reg. 84), esto es una riqueza para todos. La Ratio, en efecto, está convencida de que “los centros salesianos pueden ofrecer a la Inspectoría y a la Iglesia local un servicio cualificado de animación espiritual, pastoral y cultural: iniciativas para la actualización de los hermanos, de los miembros de la Familia Salesiana y de los laicos; prestaciones de consultoría para organismos inspectoriales e interinspectoriales; investigaciones, publicaciones, elaboración de subsidios; iniciativas varias en colaboración con organismos eclesiales y religiosos” (FSDB 146).

 

3. Prioridades en la colaboración


            Para favorecer la integración entre el carisma y la cultura de los candidatos, es importante que los primeros pasos de la formación se realicen en el propio contexto. Para ello, cada Circunscripción –Inspectoría, Visitaduría, Delegación- tiene ordinariamente el propio prenoviciado. De esta manera se asegura un mejor acompañamiento de los candidatos, un mayor conocimiento de las familias, una vinculación más orgánica con el aspirantado.

3.1. Noviciado

            El criterio de la atención al contexto y a la cultura de los candidatos vale también para el noviciado. Esto no impide que existan noviciados interinspectoriales, situados en contextos culturales homogéneos, como el de Alta Gracia para las cinco Inspectorías de Argentina; el de Gbodjome en Togo para las Visitadurías de AFO y ATE, cuyos novicios provienen de trece países de