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Formación de los Formadores de la formación inicial

FORMACIÓN - DOCUMENTOS



FORMACIÓN DE LOS FORMADORES DE LA FORMACIÓN INICIAL

Don Francesco CEREDA
Consejero General para la Formación

En el pasado sexenio ha tenido lugar en toda la Congregación una evaluación de la consistencia cuantitativa y cualitativa de las comunidades formadoras. A continuación, el Rector Mayor con el Consejo General ha aprobado las “Orientaciones para la formación inicial” relativas a cada una de las ocho Regiones. Se ha dado inicio así a un proceso, todavía en fase de actuación, que está produciendo entre sus frutos una colaboración interinspectorial más convencida y un compromiso más serio en la constitución de equipos de formadores.
Al mismo tiempo se ha hecho en cada Inspectoría un estudio sobre la fragilidad vocacional, lo que ha fomentado una mayor atención a las causas y expresiones de tal fenómeno; pero el problema sigue sin resolverse. No se puede achacar la fragilidad solamente a la condición subjetiva de los jóvenes que llegan hoy a la vida consagrada salesiana; depende también de la debilidad de los itinerarios formativos y para superarla se necesitan formadores capaces de encarar los retos formativos derivados de la postmodernidad y del relativismo.
Al comienzo del nuevo sexenio habrá que dar un paso ulterior y decisivo, comprometiéndonos más y mejor en la formación de los formadores. Basta pensar que en 2008 ha habido en la Congregación 515 novicios, 220 profesos perpetuos - de los cuales 20 Salesianos coadjutores y 200 Salesianos clérigos – y 222 ordenaciones presbiterales. Las cifras dan fe de la amplia tarea de numerosos formadores implicados en la formación inicial, que dan una notable aportación a la formación de las jóvenes generaciones de Salesianos y prestan un servicio valioso, que merece nuestro agradecimiento.
Por otra parte nos damos cuenta de que, para cumplir una tarea tan importante, se impone más que nunca una buena formación de los formadores. Si pensamos, por ejemplo, en el fenómeno de los “abandonos”, descubrimos nuevos y urgentes desafíos formativos. En 2008 han abandonado la Congregación 109 novicios, 216 profesos temporales, 19 profesos perpetuos clérigos y coadjutores, 62 Salesianos presbíteros que han pasado al clero diocesano o han sido dimitidos o dispensados del celibato. Por eso, con el fin de fomentar una formación adecuada de los formadores, se dan estas orientaciones y sugerencias.

 

 

1. CONDICIONES PRELIMINARES
Todo Salesiano, por la atención al acompañamiento, por el cuidado de los procesos educativos, por su capacidad - adquirida en su labor con los jóvenes - para crear ambientes propositivos, es potencialmente un formador. La tarea formativa no es para él del todo extraña, pues encuentra en ella una cierta afinidad con el trabajo apostólico. Pero tal cometido reclama más empeño y competencia, pues está en juego la formación de vocaciones consagradas salesianas. Se trata de una gran responsabilidad, que  exige idoneidad y preparación. Compete al gobierno inspectorial y a los diversos “Curatorios” garantizar la selección de formadores aptos y la constitución de equipos sólidos. Son dos condiciones previas a toda formación de los formadores si quiere ser eficaz. Selección de formadores adecuados. Son muchas las dotes necesarias en un formador. Hoy resultan esenciales: espíritu de fe, sentido pastoral, voluntad de comunión, propensión a la colaboración, madurez humana y equilibrio psíquico, capacidad de escucha y de diálogo, atención positiva y crítica a la cultura.[1] Se necesitan, por así decir, dones de naturaleza y de gracia innatos, y al mismo tiempo actitudes que deben madurar gradualmente por medio del estudio, la confrontación, la experiencia y la vida espiritual. Todas estas cualidades son necesarias, pero los retos actuales exigen sobre todo una capacidad de comunicación que pueda alcanzar la profundidad de la persona del formando. Hay que seleccionar por tanto a los formadores con atención, sobre la base de estos requisitos. Toda Inspectoría debería tener su grupo de formadores, para constituir una especie de “escuela de pensamiento y de práctica” compartida. De hecho, solo la adquisición de una mentalidad, de metodologías, de contenidos y criterios formativos comunes, es decir, de una cultura formativa inspectorial, garantiza la cualidad y la continuidad de los procesos formativos.
Creación de equipos consistentes, estables y motivados. Otra condición necesaria para conseguir buenas comunidades formadoras y centros de estudio cualificados, es la constitución de equipos consistentes, estables y motivados de formadores y docentes.[2] En la formación inicial se da con frecuencia una mentalidad que atribuye una importancia excesiva al coloquio personal entre formador y formando. Es indudable que la guía espiritual juega un papel crucial, pero esto no debe comprometer en modo alguno la importancia del equipo de formadores. Solo juntos pueden ellos contribuir al desarrollo integral y armónico de la persona en formación, a la calidad del proyecto formativo, a la coherencia de los criterios de discernimiento. No hay que olvidar, por otra parte, que la formación depende también del clima formativo que los formadores, con su estilo de vida y de relación, saben crear. Hay que notar además que muchos prenoviciados y noviciados no tienen verdaderos equipos de formadores, dejando la formación en manos de personas singulares; en estos casos se corren peligros, sobre todo en el discernimiento vocacional. Es preciso por tanto crear equipos válidos.

 

 

2. TAREAS PRIORITARIAS DE LOS FORMADORES

1) Favorecer la transformación de la persona

Dando una mirada a las comunidades formadoras, se observa cómo una buena parte del tiempo y de las energías se emplean en conferencias, lecciones, estudios, investigaciones, exámenes. Son realidades propias de la formación, pero que con frecuencia se reducen a enseñanza o aprendizaje de simples nociones o informaciones. De este modo se dilatan ciertamente los horizontes de la mente; se aprenden cosas útiles; se adquiere una nueva visión de la realidad. Pero esto no significa que así se ayude a realizar un cambio de mentalidad en los formandos.
Es evidente que no basta adquirir nuevos conocimientos. Hace falta llegar hasta tocar el interior de la persona: hasta su corazón. “La formación deberá alcanzar a la persona en profundidad”,[3] favoreciendo en ella un cambio de actitudes, convicciones, motivaciones, afectos y sentimientos. Es necesario por lo tanto que los contenidos propuestos, los métodos utilizados y las experiencias que se hacen permitan la transformación del mundo interior de la persona y su conversión.
Se pueden ofrecer, por ejemplo, brillantes conferencias o lecciones sobre la teología de la oración, pero si no se consigue infundir amor a la oración, fomentar la participación en la oración comunitaria, impregnar el trabajo de espíritu de oración, suscitar un vivo deseo de oración personal, se puede dudar con razón de la eficacia formativa de la propuesta. No basta por tanto la información; hace falta encontrar una metodología de transformación.
Evidentemente, la responsabilidad principal de la propia transformación interior compete al formando. Él solamente puede ser consciente de las propias convicciones, releer la propia historia, escuchar la voz de su conciencia, llevar a cabo la transformación que considera necesaria para su propia vida. Por eso se puede decir, justamente, que solo la persona puede formarse a sí misma. La formación “es en último término autoformación. Ninguno, efectivamente, nos puede sustituir en la libertad responsable que tenemos como individuos”.[4]
En este proceso de transformación del formando también los docentes, que la “Ratio” llama “verdaderos formadores”,[5] tienen un papel importante. El aprendizaje exige estudio, reelaboración, reflexión y síntesis personales. Los profesores saben que las lecciones magisteriales corren el peligro de fomentar en el formando una escucha pasiva, mientras que en cambio desempeñan una función decisiva cuando implican a los participantes, ofrecen motivaciones, maduran convicciones, remueven afectos, hablan al corazón. Por eso los docentes, usando “métodos didácticos activos”,[6] ayudan al formando a confrontarse consigo mismo, a ponderar sus propias ideas y actitudes, a madurar criterios de juicio, a interiorizar valores, a adquirir una cultura coherente con el Evangelio y con la vocación consagrada salesiana.

2) Acompañar el trabajo en profundidad de la persona

Para favorecer la transformación de la persona del formando, hoy en la formación salesiana debemos privilegiar la metodología de la personalización, para la cual - desgraciadamente - no estamos todavía bien preparados. El cambio de mentalidad de formadores y formandos y la asunción de una práctica formativa coherente con tal metodología están apenas comenzando. La personalización consiste principalmente en acompañar al formando para que asuma responsabilidad en su propia formación, obrando por convicción personal y no por la influencia del ambiente, para que supere el formalismo y el miedo, sobre todo para que trabaje en profundidad sobre sus propias motivaciones, actitudes, afectos. A veces en cambio la formación resulta demasiado centrada en el control y no en el acompañamiento.
Hoy más que nunca es necesario adoptar esta metodología por parte de los formadores y formandos, dada la fragilidad vocacional, la complejidad de las situaciones sociales y los retos de la postmodernidad. Hay que ayudar al formando a entrar en sí mismo, a confrontarse con su mundo interior, a descifrar sus propios estados de ánimo y a entender de dónde proceden. El viaje hacia la propia interioridad es largo y difícil y la cultura actual no lo favorece en modo alguno; y sin embargo es el más provechoso para la formación personal. Con la ayuda de la gracia y de los formadores, el formando llega a conocerse en profundidad, a aceptarse con serenidad, a trabajar sobre las propias debilidades e inmadureces, a robustecer la propia conciencia, a asumir responsabilidad, a tomar decisiones.
Para este fin pueden servir varios medios, todos finalizados a la “gestión” del mundo interior: la oración personal, con la que el formando se abre a la acción de Dios en la intimidad de su propio corazón; el examen de conciencia cotidiano, que favorece la “confessio laudis, vitae et fidei”[7] y prepara la celebración frecuente del sacramento de la Reconciliación; la reflexión personal, con la que se interiorizan motivaciones y convicciones; la capacidad de encontrar momentos de silencio durante el día, que facilitan el recogimiento y la concentración sobre sí mismo; la autodisciplina en la organización del propio tiempo, sobre todo a la hora de acostarse y de levantarse, para reforzar la capacidad de opciones personales; la comunicación de la fe y el compartir la experiencia espiritual, que permiten valorar la propia dimensión interior; el proyecto personal de vida, con el que se asume responsabilidad en la propia formación; la evaluación de las experiencias, que ayuda a conocerse mejor y a controlar el propio progreso; el coloquio, la dirección espiritual y la celebración del sacramento de la Reconciliación, que favorece la confrontación consigo mismo en los diversos aspectos de la vida; el estudio personal, vivido también en clave meditativa, que enriquece la vivencia espiritual y pastoral. Toca al formador saber orientar al formando en la utilización de estos medios, de manera que pueda aprovecharlos para el crecimiento vocacional.

3) Fomentar la primacía de la vida espiritual

El empeño personal de transformación interior y el trabajo en profundidad, realizados por el formando, apunta a una meta, a un punto focal: “revestirse de Jesucristo”.[8] Efectivamente, “la formación consiste en llegar a ser cada vez más discípulo de Cristo, creciendo en la unión con Él y en la configuración con Él. Se trata de asimilar in forma creciente los sentimientos de Cristo, compartiendo más profundamente su total entrega al Padre y su servicio fraterno a la familia humana”.[9]
Es necesario por tanto que el formador esté enamorado de Jesús y sepa comunicar esta experiencia. Él debe suscitar en el formando la fascinación por la persona de Jesús, el deseo de identificarse con Él y de asimilar sus sentimientos. El fuego del amor a Jesús es lo que da comienzo y sostiene toda la transformación de la vida del formando. La formación humana es crecimiento hacia Jesús, hombre libre y perfecto; la formación espiritual consiste en la construcción gradual de la unión con Jesús; la formación intelectual consiste en una preparación cultural capaz e contribuir eficazmente a la misión de Jesús; la formación educativa pastoral se realiza llegando a ser buen pastor de los jóvenes siguiendo a Jesús. El centro unificador de la formación es siempre Jesús; y de esta manera se llega a ser discípulos creyentes y apóstoles creíbles de Cristo. 
Mientras, por una parte, el formando es el “protagonista necesario e insustituible de su formación”, [10] por otra es el Espíritu el formador por antonomasia de quien se consagra a Dios. Así la formación llega a ser una participación del formando en la acción del Padre que, por medio del Espíritu, plasma en su corazón los sentimientos del Hijo.[11] Esto significa que la primacía en la formación pertenece a la gracia de Dios y a la acción del Espíritu. María se ha dejado  formar por el Espíritu, con disponibilidad y obediencia, llegando a ser así la madre del Hijo Jesús; en este modelo Ella es el modelo de quien se deja plasmar por el Espíritu con disponibilidad. Precisamente el Espíritu, que actúa invisiblemente en los corazones como maestro interior, se sirve también de mediaciones humanas visibles: los formadores.[12] Por medio de ellos Él cumple la misión de formar a Jesús en quien ha sido llamado a seguirlo de cerca.
El formador por tanto, consciente de su cometido “espiritual” y sensible a los impulsos de la gracia, ayuda al formando a ser disponible y a dejarse formar por la acción del Espíritu. Le señala los obstáculos menos visibles, le indica cómo puede superar resistencias y miedos y, sobre todo, le hace ver la belleza del seguimiento del Señor Jesús. El formador acompaña al formando, viviendo a su lado en la vida cotidiana como un hermano en cordial colaboración y ayudándole a verificar el camino, a discernir su vocación y a crecer en ella.
Por eso el formador se preocupa por no obstaculizar los movimientos del Espíritu en su propia vida, para ser un instrumento dócil en la delicada tarea de la formación. Está claro que no tiene por qué tener la competencia específica de un psicólogo, sino que debe ser un hombre espiritual, experto en el camino de la búsqueda de Dios, para poder acompañar a otros en este itinerario. Pero a la luz de la sabiduría espiritual y antropológica, sabe unir la aportación del psicólogo y las ayudas que ofrecen las ciencias humanas, cuando pueden ser útiles.[13]

4) Comunicar el carisma de Don Bosco

Para nosotros Salesianos, el modo característico de configuración con Cristo consiste en nuestra identificación con Don Bosco: “Nuestra regla viviente es Jesucristo […] que descubrimos presente en Don Bosco”.[14] Para nosotros se pueden aplicar a Don Bosco las mismas palabras de Pablo: “Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo”.[15] Él fue un buen pastor; supo conquistar a todos con la mansedumbre y el don de sí; dedicó toda la vida a los jóvenes. El carisma salesiano, “al mismo tiempo que realiza una particular configuración con Cristo, trae consigo una especial sensibilidad evangélica que impregna la vida entera del Salesiano, su estilo de santidad y la realización de la misión”.[16] Las Constituciones además, que son la presencia de Don Bosco entre nosotros,[17] trazan nuestro modo de vivir el Evangelio y de identificarnos cada vez más con el Señor Jesús. También nuestro estilo de vida y de acción “encuentra su modelo y su fuente en el corazón mismo de Cristo, apóstol del Padre”. [18]
Por eso el formador nutre un afecto profundo por Don Bosco; lo estudia, lo estima, lo invoca. Posee una percepción clara de la propia identidad salesiana y un fuerte sentido de pertenencia a la Congregación. Aprecia y profundiza en la riqueza espiritual y pedagógica de la tradición salesiana. La suya es una experiencia vital y alegre del carisma salesiano.
Él infunde en los formandos su amor y entusiasmo por Don Bosco. Los lleva a asumir como propio el lema Da mihi animas cetera tolle, eco del ansia de Cristo Redentor.[19] Comunica de forma vital y atrayente la propia experiencia de vida salesiana, junto con la enseñanza de las Constituciones, de la espiritualidad salesiana, de la práctica e historia de la Congregación. Propone experiencias salesianas que fomentan actitudes y comportamientos apropiados. El estudio serio de la salesianidad, en todas las etapas de la formación inicial, exige la cualificación de los docentes. La identidad del Salesiano coadjutor y del Salesiano presbítero en formación debe también resultar cada vez más marcada por el carisma de Don Bosco.
De esta manera la labor del formador garantiza que “todo Salesiano, llamado a identificarse con Cristo como hizo Don Bosco, cultive la relación con el Fundador, asuma las Constituciones como ‘libro de vida’, se mantenga en sintonía con la conciencia carismática de la Congregación, conozca y asuma sus orientaciones, especialmente las de los Capítulos Generales, del Rector Mayor y de su Consejo, y se afiance en el sentido de pertenencia a su Inspectoría”.[20]

5) Trabajar en comunión y corresponsabilidad como equipo

Por cuanto se ha dicho hasta ahora y desde una visión global de la formación, resulta evidente que el campo de la formación es amplio y complejo y que ningún formador, por muy dotado y preparado que esté, puede pretender poder gestionar él solo y con competencia todos los aspectos de la misma. Es por tanto realmente necesario que los formadores de una comunidad formadora, impregnados de una “mentalidad y espiritualidad de comunión”,[21] actúen con un espíritu de cohesión y colaboración. Ellos trabajan en equipo, colaborando con tareas y aportaciones complementarias y “asegurando juntos un planteamiento integral y unitario al servicio de la común experiencia formativa”. [22]
Las figuras de los formadores dentro del equipo y sus funciones se relacionan generalmente con las dimensiones de la experiencia formativa: dimensión humana y fraternal, espiritual, intelectual, educativa pastoral. Son importantes, por lo tanto, las figuras del animador-encargado de la vida comunitaria y fraterna, de la vida litúrgica y espiritual, de los estudios, de las prácticas pastorales y, naturalmente, del ecónomo. Estos animadores ejercen su responsabilidad trabajando en equipo, siendo corresponsables en las decisiones y compartiendo los criterios bajo la dirección del Director.
Elementos importantes del trabajo en equipo son la programación formativa, la realización de procesos e itinerarios formativos, la reflexión sobre las experiencias, la evaluación formativa por medio de los escrutinios, el discernimiento y las admisiones. Hoy uno de los aspectos más débiles del trabajo en equipo es la poca atención o capacidad para preparar itinerarios formativos, especialmente los que atañen a la vida afectiva, a la oración, a la vida de pobreza y al estilo de vida sencilla, a los “personal media”. Y otro aspecto descuidado en el trabajo de equipo es la práctica del discernimiento; poseemos óptimos “criterios y normas”, pero no siempre se conocen y no siempre se tienen en cuenta como referencia para un serio discernimiento vocacional.

 

3. NECESIDAD  DE LA FORMACIÓN DE LOS FORMADORES
Teniendo presentes los cometidos prioritarios del formador de que hemos hablado, se constata que hoy en la Congregación la mayor parte de los formadores no ha recibido, y actualmente sigue sin recibir, ninguna o poca preparación específica para la formación. Con frecuencia las Inspectorías preparan a los formadores proporcionándoles un título académico en un campo especial de estudio; esta cualificación es necesaria para la cultura del formador y para su habilitación para la enseñanza, pero no es suficiente para su tarea formativa. En la mayor parte de los casos, después de estos estudios estos hermanos son destinados a los equipos de formadores sin una preparación adecuada.
Se advierte especialmente la falta de personal preparado en la etapa del prenoviciado, que sigue siendo la fase más delicada y difícil debido a los retos que debe encarar. Sucede con frecuencia que los que son nombrados directores o encargados del prenoviciado no tengan la debida preparación. Es verdad que la vida es maestra y que efectivamente se aprende mucho de la experiencia vivida de cada día. Pero hay que reconocer que la calidad de la formación podría ser muy superior si hubiera habido una preparación adecuada. Una insuficiencia semejante se da en la preparación de los formadores como guías espirituales. Y poca atención recibe también la formación de los formadores del tirocinio, que resulta ser por esto la etapa formativa más descuidada.
Desde hace varios años se nota en la Congregación una caída de fidelidad vocacional; son muchos los abandonos de hermanos después de la profesión perpetua y la ordenación presbiteral. Las razones de este fenómeno son diversas; está implicado en ello también el proceso de discernimiento vocacional y de formación inicial. Los retos formativos actuales son sin duda alguna nuevos e inéditos, pero también es verdad que no pocos formadores están impreparados y son incapaces de afrontarlos, sobre todo cuando se trata de ayudar a los formandos a controlar el propio mundo interior de las emociones y miedos, de las actitudes y motivaciones, y a forjar una madurez psicológica, un equilibrio afectivo, una fe robusta.
Además se tiene la impresión de que, después de tantos años de formación inicial, el resultado final del proceso formativo no corresponde a las expectativas y energías desplegadas, especialmente respecto a la solidez cultural, la profundidad espiritual, la madurez humana, la pasión apostólica. Es significativo, por ejemplo, que en las comunidades formativas se acostumbre a practicar el proyecto personal; y que, en cambio, en el tirocinio, y sobre todo después de la profesión perpetua y la ordenación presbiteral, se abandone esta práctica por parte de no pocos hermanos. No basta completar los estudios o pasar a la siguiente etapa formativa para garantizar una buena formación; se necesita por parte de los formadores una metodología adecuada para una formación personalizada, capaz de crear convicciones durables y de ayudar a los formados a asumir la responsabilidad formativa.
La formación inicial es el recurso fundamental para el futuro de la Congregación, mas para que sea eficaz es urgente invertir en la formación de los formadores. Es necesario aprender el arte de la formación y adquirir competencia para la tarea formativa; pero sobre todo habrá que cuidar a la persona del formador. Él debe conocerse a sí mismo, identificar las áreas frágiles de su personalidad, sus límites. De lo contrario corre el riesgo de proyectar sobre el formando sus debilidades y de no ser capaz de ayudarle a encarar sus limitaciones. Él está llamado a ser testigo de la madurez que pide al formando.
La formación de los formadores presenta por tanto una doble y fundamental finalidad: cuidar a la persona del formador y al mismo tiempo habilitarlo para su tarea formativa, superando una visión solo esencialista o solo funcional de su figura. Habrá que asegurar una coherente circularidad y una recíproca influencia entre el ser y el obrar del formador; si es verdad que el obrar deriva del ser también es verdad que el obrar manifiesta el ser.

 

4. MOMENTOS DE FORMACIÓN
Son varios los momentos que contribuyen a llevar a cabo la formación de los formadores, momentos que se recomiendan a todo formador, comunidad formadora, inspectoría y región. Al mismo tiempo que no hay que descuidar la formación de cada formador, hay que prestar atención también a la formación de los formadores como equipo; esto supone la adquisición de una cultura formativa comunitaria, inspectorial, regional y congregacional. Son momentos distintos y específicos que hay que coordinar, para que no haya superposiciones inútiles, pues son todos necesarios.

1) Autoformación del formador

La formación de los formadores exige ante todo que los formadores estén motivados para emprender su propia formación continua y para prepararse mejor a su propia tarea. No hablamos aquí de la actualización en la docencia, que siempre es un compromiso que hay que cumplir. Pero sin motivación, ninguna iniciativa para la formación de formadores tendrá éxito. Es necesario por lo tanto que los formadores entren en de sí mismos, valoren sus actitudes formativas y cuestionen su propia formación continua. Se observa con frecuencia que los formadores tienen diversas incumbencias; también durante las vacaciones aceptan con generosidad los múltiples servicios apostólicos que se les pide. Pero si están convencidos de la necesidad de la propia autoformación y de una mejor preparación para su tarea de formadores, deben saber reservar para sí algunos espacios, por ejemplo en vacaciones, para frecuentar algún curso o programa que pueda serles útil para su formación. No hay que olvidar que sin su testimonio personal, resulta más bien difícil motivar a los formandos para la autoformación.

2) Formación de los formadores en la comunidad formadora

También es importante que los formadores de una comunidad formadora se reúnan periódicamente, bajo la dirección del Director, para reflexionar y compartir su propio ser y obrar como formadores, los contenidos y métodos de la formación, los procesos formativos. Se aconseja elaborar una programación anual de tales reuniones, fijando fechas y temas. Son momentos distintos de los ya propios del trabajo formativo, como son la programación y evaluación de los procesos formativos, la programación anual, los escrutinios o las admisiones; se trata en cambio de verdaderos momentos de formación. Ellos sirven para que los formadores profundicen en su tarea y saquen provecho de las experiencias de los demás; sirven sobre todo para crear y reforzar el sentido de comunidad de vida y de equipo formador. Los formadores aprenden a actuar “en sintonía con la ‘mens’ y la praxis formativa de la Congregación y de la Inspectoría, tal como consta en la ‘Ratio’ y en el proyecto inspectorial; interiorizan una visión de conjunto de toda la formación como “proceso gradual, continuo, orgánico y unitario”;[23] unifican los criterios de formación y de discernimiento.

3) Formación de los formadores en la comunidad inspectorial

El encuentro anual, de al menos dos días, para el intercambio y la actualización de todos los formadores de la Inspectoría resulta igualmente provechoso. Animado por el Delegado inspectorial de la formación, este encuentro puede llegar a ser para los formadores “una verdadera escuela de formación permanente”.[24] Constituye efectivamente una óptima oportunidad para poder profundizar en temas formativos, reflexionar sobre las ventajas y debilidades del proceso formativo, para conocer la “Ratio” y los “Criterios y Normas”, promover la unidad de criterios de discernimiento vocacional y de admisión en la Inspectoría, fomentar la continuidad de métodos y acompañamiento en las diversas fases de la formación. Este encuentro puede llegar a tener a veces carácter interinspectorial, si existen colaboraciones formativas.

4) Formación de los formadores a nivel de Región

También el nivel regional tiene su importancia para la formación, ya que proporciona un válido espacio para el intercambio de los formadores de varias Inspectorías sobre los problemas del ámbito formativo y las distintas experiencias. Es una tarea que se le pide a cada Región en el Proyecto del Rector Mayor y del Consejo General para este sexenio. Ella es útil para sostener y proporcionar mutua ayuda en la profundización de los temas formativos, en la preparación de iniciativas y subsidios, en la elaboración de criterios comunes. El éxito de estos encuentros depende de la buena preparación y de una programación sistemática de los temas que interesan a los formadores. Se siente la necesidad de contar con estos encuentros anuales. En algunas Inspectorías puede participar en ellos la mayor parte de los formadores; en otras en cambio las distancias aconsejan encuentros limitados a los responsables y a los formadores de dos o tres etapas contiguas. Es conveniente que tales encuentros se organicen en forma de talleres. Se llevan a cabo bajo la responsabilidad de las Regiones y del Dicasterio de la formación.

5) Formación de los formadores a nivel de Congregación

Hemos visto que es necesario prestar atención a la identidad salesiana de la formación; de ahí que sea importante formar a los formadores allá donde esté garantizada y profundizada esta identidad. Especialmente la Universidad Pontificia Salesiana, gracias a la solicitud del Rector Mayor y a la cercanía del Consejero de la formación, procura asegurar la identidad carismática en sus propuestas de formación. Ella ofrece regularmente dos cursos específicos para la formación de formadores.
El primero es un curso de actualización que tiene lugar todos los años desde la mitad de febrero hasta finales de mayo. Se titula “Curso de formación permanente para formadores” y quiere perfeccionar pedagógica y espiritualmente a los que son ya formadores y quieren actualizar su preparación. El otro curso de “formación de los formadores”, de dos años de duración, se hace en colaboración por las Facultades de Teología y Ciencias de la Educación, para la obtención de la licenciatura en Teología Espiritual o en Ciencias de la Educación. El curso proporciona conocimientos teóricos y metodológicos científicos, pero también tirocinios prácticos, para desempeñar tareas de orientación, discernimiento, formación, ‘counseling’ y acompañamiento vocacional. Utiliza las competencias de la teología espiritual y moral, de la metodología pedagógica y de la psicología. Estos cursos dan fe de la voluntad y del compromiso de la Congregación para la preparación de sus formadores. Toca a las Inspectorías tomar conciencia de la necesidad de garantizar un personal adecuadamente preparado para las comunidades formadoras y por tanto de aprovechar estos dos cursos.
En este sexenio nos hemos propuesto también organizar una escuela para la formación de guías espirituales que, en función del acompañamiento, desarrolle los contenidos y métodos propios de nuestra tradición salesiana, actualizada según las exigencias hodiernas. Sentimos también la urgencia de preparar psicólogos salesianos que acompañen la labor de los formadores y ayuden a los formandos en su crecimiento; también para esto la UPS ofrece válidos currículos académicos de preparación de psicólogos profesionales.

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En la carta del Prefecto de la Congregación de los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, el Card. Franc Rodé, enviada al Rector Mayor después del CG26, se dice a propósito de la formación en nuestra Congregación: “Es positivo ver come se están afrontando los nuevos retos formativos y sobre todo cómo aumenta el conocimiento y la aplicación más fiel de la ‘Ratio formationis’ salesiana, a fin de que en las comunidades formadoras no exista una pluralidad de criterios, cosa nada útil para la corrección y convergencia de los juicios en el momento de las admisiones (Cfr. Informe del RM al CG26, p. 36)”.
Se dice además en esa carta: “El desafío más complejo que la Congregación tiene que encarar reclama una seria metodología formativa certera y eficaz, sobre todo en las etapas iniciales de la formación. El Magisterio de la Iglesia señala constantemente el empeño por la formación como prioritario en todo Instituto, insistiendo en que ‘ la formación deberá alcanzar en profundidad a la persona humana de modo que todas sus actitudes o gestos, en los momentos importantes o en las circunstancias ordinarias de la vida, puedan manifestar la plena y gozosa pertenencia a Dios (Vita consecrata 65). La variada presencia de culturas en la Sociedad Salesiana hace que sea más compleja, sin duda, la búsqueda y más exigente el discernimiento”.[25]
También estas indicaciones nos ofrecen una visión clara de los principales problemas que debemos afrontar en la formación inicial y al mismo tiempo estimula y fomenta nuestro compromiso por la formación de los formadores. Somos conscientes de ello y por eso tomamos en serio nuestra responsabilidad.