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Formación en la afectividad y en la castidad

DOCUMENTOS DEL DICASTERIO POR LA FORMACIÓN

 


FORMACIÓN EN LA AFECTIVIDAD Y EN LA CASTIDAD

 

2.1 FORMACIÓN EN LA AFECTIVIDAD Y EN LA CASTIDAD1

Don Francisco CEREDA, Consejero General de la Formación

En la “Carta Pastoral del Papa Benedicto XVI a los Católicos de Irlanda” encontramos expresadas algunas causas que han conducido a la situación actual de la Iglesia respecto a los abusos sexuales de menores. El Papa se expresa así: “Solamente examinando con atención los muchos elementos que dieron origen a la presente crisis, es posible inducir un diagnóstico claro de sus causas y encontrar remedios eficaces. Entre los factores que han contribuido a ello, podemos enumerar con certeza: procedimientos inadecuados para determinar la idoneidad de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa; insuficiente formación humana, moral, intelectual y espiritual en los seminarios y en los noviciados… Es necesario actuar con urgencia para afrontar estos factores” (núm. 4). Esta urgencia es imprescindible también para nuestra formación.

En la “Ratio” y en “Criterios y Normas para el discernimiento vocacional salesiano”, encontramos ya algunas orientaciones que pueden ayudar a prevenir las situaciones enojosas que han puesto en evidencia la actual crisis de la Iglesia y de la Congregación. Estas orientaciones no están dirigidas principalmente a la superación del problema de los abusos sexuales de menores, pero su aplicación ayudará a ofrecer una formación más sólida y un discernimiento más cuidadoso. Se refieren a la madurez afectiva y sexual, a la formación para la castidad consagrada, al sostenimiento fraterno de la comunidad, al discernimiento sobre la idoneidad de los candidatos. A la luz de esta nueva situación, son orientaciones que requieren una aplicación menos genérica y más cuidadosa, concertada y urgente.

 
1. Madurez afectiva y sexual

En los números 63-65 de la “Ratio”, se describen las motivaciones, los contenidos, los procesos y los medios necesarios para ofrecer a los formandos un camino de maduración afectiva y sexual. Dentro de la Congregación, la atención en este ámbito de formación humana resulta a veces deficiente. En flagrante paradoja, en una cultura casi generalizada que exalta los afectos, las emociones y la sexualidad, hay un silencio educativo y formativo, que deja a jóvenes y a hermanos sin puntos de referencia.

Ante todo, es necesario que los formandos adquieran un buen conocimiento de sí mismos y que estén dispuestos a dejarse conocer por sus formadores, incluso en el vasto campo de las emociones y de los afectos. La formación inicial debe introducir a los candidatos y a los formandos en un verdadero “aprendizaje emocional y afectivo”. No puede ser desconocida la fuerza positiva de los afectos, así como no puede ser descuidada su fuerza rompedora. La afectividad madura del salesiano se expresa sobre todo en el espíritu de familia, en la amabilidad (amorevolezza), en la amistad, pero no puede ser ejercida sin una disciplina de los sentimientos, de los pensamientos y de los hábitos.

Al mismo tiempo, es necesario considerar que los afectos poseen una connotación sexual y se expresan a través del lenguaje de la sexualidad; por tanto, es importante conocer y dominar este lenguaje. Ante una cultura prohibicionista o permisiva sobre la sexualidad, es necesario responder prontamente con una formación atenta. A este respecto, la “Ratio” ofrece una orientación precisa, que ha de ser aplicada: “Desde los primeros años de la formación, con el diálogo personal y el acompañamiento de toda la experiencia formativa, debe asegurarse una educación personalizada de la sexualidad, que ayude a conocer su naturaleza verdaderamente humana y cristiana, así como su finalidad en el matrimonio y en la vida consagrada”2 ; que lleve a la estima y al amor de la consagración y que haga ‘crecer en una actitud serena y madura respecto a la feminidad’”3 (FSDB 112).

En consecuencia, en cada Región de la Congregación, por medio de la Comisión Regional de Formación, y con ayuda de psicólogos y moralistas, como parte de la formación humana, debe prepararse un itinerario de maduración afectiva y sexual, que ha de realizarse desde el aspirantado o prenoviciado hasta la formación específica. En este itinerario deben determinarse objetivos, procesos, contenidos, instrumentos; no deben omitirse los aspectos psicológicos de la afectividad y de la sexualidad, incluidas sus patologías. Pero existen otros aspectos de la formación humana que han de estar presentes y que se relacionan con la formación afectiva y sexual, como, por ejemplo, la formación en el equilibrio psíquico, en la capacidad relacional, en la libertad responsable. Sin un itinerario que prevea etapas, verificaciones y acompañamiento, no es posible una maduración.

Los formadores son cada vez más conscientes de la debilidad de nuestro camino formativo en lo que se refiere a la maduración afectiva y sexual de los formandos. Si a esto se añade la desorientación ética de la sociedad y el relativismo de la cultura, se puede vislumbrar con facilidad en los formandos una escasa capacidad de valoración moral de la afectividad y de la sexualidad y, por tanto, una formación débil de la conciencia. Por esta razón, en las primeras fases del prenoviciado, noviciado y posnoviciado, es necesario asegurar también una presentación sistemática de la visión de la moral cristiana, con atención a la moral sexual, inspirándose , por ejemplo, en la integridad del tratado del “Catecismo de la Iglesia Católica”4 .

Para ofrecer una ayuda a los formandos en su maduración, es necesaria la preparación y, por tanto, la formación de los formadores. Deben contribuir con su aportación a la formulación del itinerario de maduración afectiva y sexual. Deben empeñarse en formarse según las exigencias de dicho itinerario, incluso valiéndose del intercambio de experiencias y del acompañamiento como equipo de un supervisor. Debe asumirse este programa en las comunidades de formación inicial, y los formandos han de estar dispuestos a un camino personalizado. Para esto, sobre todo en el aspirantado y en el prenoviciado, hay que valerse de la ayuda de psicólogos, tanto para el “training” (entrenamiento) de grupo como para el “counseling” (decisión) personal.

En fin, los itinerarios de maduración afectiva y sexual deben prever una parte reservada para la formación permanente, que, además de iluminar las diversas situaciones actuales, refuercen la capacidad de discernimiento, abran a la participación profunda entre hermanos, ayuden a la superación de ataduras, dependencias e inmadurez afectivas que a veces están presentes incluso en la edad adulta, y favorezcan una praxis educativo-pastoral actualizada con los jóvenes. La maduración afectiva y sexual del hermano no se acaba en la formación inicial. Los retos educativos y pastorales interpelan también cada estación de la vida y exigen preparación; por esto, no debemos tener miedo de presentar a los hermanos estos temas, comprendidas también la complejas situaciones referentes a la pedofilia, la efebofilia y los abusos sexuales de menores.

 
2. Formación en la castidad consagrada

La maduración afectiva y sexual, que es parte de la formación humana, es una premisa indispensable para la formación en la castidad consagrada, que pertenece fundamentalmente a la dimensión espiritual. La castidad de la persona consagrada tiene su modo peculiar de vivir la madurez afectiva y sexual. Sin una buena maduración afectiva y sexual, no puede existir una alegre y fecunda vida de castidad. La “Ratio” dedica los números 96-97 a la formación en la castidad: merecen también un conocimiento y una aplicación práctica.

En particular, la “Ratio” indica una orientación operativa acerca de la formación en la castidad consagrada: “Los hermanos, oportunamente ayudados, asuman responsablemente la ascesis que comporta la castidad consagrada”5 . Afirma específicamente: verifiquen si las actitudes y los comportamientos hacia los demás, varones y mujeres, y hacia los jóvenes, son coherentes con las opciones de la vida religiosa salesiana y con el testimonio que le es propio6 ; acojan las eventuales correcciones fraternas7 ; sepan hacer un uso equilibrado del tiempo libre, de los medios de comunicación social y de las lecturas8 ; y sean prudentes en hacer visitas y en participar en espectáculos9 (FSDB 113).

La castidad imprime un estilo original en nuestra capacidad de amar y es signo del poder de la gracia sobre nuestra fragilidad. Por esto, la formación en la castidad requiere un amor vivo a Dios y una intimidad relacional con el Señor Jesús. Por esta razón, toda la formación debe estar centrada en el amor al Señor Jesús, en su seguimiento, imitación y amistad. Sin la oración no puede haber castidad, porque falta la relación fundamental de amor con Dios y con Jesús. Nuestra capacidad de amar requiere profundidad e intimidad; para el consagrado, esta profundidad e intimidad se expresan en la relación con el Señor Jesús y particularmente en la oración.

A la luz de estas consideraciones, el itinerario de maduración afectiva y sexual, propuesto más arriba, debe estar integrado con los aspectos referentes a la castidad; por tanto, se puede hablar de itinerario de formación en la afectividad y en la castidad. En el centro de la formación en la castidad se encuentra la experiencia del amor: amar a Dios con todas las fuerzas, educarse en un amor generoso hacia los demás, integrar la necesidad de amar y de ser amados, ser conscientes de la propia fragilidad, invocar la ayuda de Dios, practicar la custodia del corazón. La presentación de la belleza de la castidad contrasta con un clima cultural tal vez obsesivo, corrige una visión unilateral del amor y favorece su visión positiva.

En la formación permanente no deben faltar intervenciones que expongan la belleza de la vida consagrada y la fascinación por el seguimiento de Jesús; que presenten la castidad con las connotaciones propias de nuestra tradición espiritual y de la ascética salesiana; que recuerden la vigilancia y la custodia del corazón: que reaviven la conciencia de que “tenemos un tesoro en vasos de arcilla” (cf. CG26, 22).

 
3. Sostén de la vida fraterna en comunidad

En la orientación operativa del número 113, la “Ratio” añade un elemento particular, que merece un comentario específico. Dice así: “Para favorecer el don de la castidad salesiana, la comunidad cultive un clima de fraternidad y de familia entre los hermanos y en las relaciones con los jóvenes”10 .

El Rector Mayor repite con frecuencia que “un hermano vive donde es amado”; puede habitar físicamente en una comunidad, pero solamente se siente bien allí donde encuentra relaciones significativas y comprensión, donde está rodeado de estima y afecto, donde halla amistad y colaboración. Tal vez las relaciones en comunidad son frías y distantes, o son funcionales y centradas en el trabajo; otras veces no existe verdadera comunicación; otras veces incluso en comunidad experimentan soledad y abandono; a veces hay individualismo; cada uno organiza su propio tiempo libre y, cuando no existe el trabajo, se huye de la comunidad. Además, cuando la comunidad es demasiado pequeña y no está asegurada la consistencia cuantitativa y cualitativa, cuando desempeña un trabajo no proporcionado a sus propias fuerzas, cuando no sabe encontrar espacios de participación fraterna, entonces es más fácil ser dominados por el estrés y quemados por la acción.

En este caso, se trata de construir comunidades fraternas, que superen las formalidades de las relaciones y en las que cada uno se sienta acogido; entonces es difícil que se busquen evasiones. La comunidad se convierte en la propia familia y ayuda al hermano a madurar el don de sí. También en el tiempo libre se está a gusto en comunidad; no cuesta nada rezar juntos; se experimenta cercanía en las alegrías y en las dificultades. La comunidad es el primer lugar donde se maduran los afectos y se vive la plenitud de la castidad, amando a Dios y dándose a los hermanos. Esto contribuye también a la custodia del corazón. No tengamos miedo de dedicar tiempo a construir la fraternidad; de aquí procederán la alegría de vivir y la eficacia del testimonio en medio de los jóvenes y de los laicos.

En todo esto juega un papel fundamental el Director. Hay que prestar atención a la elección y preparación de los Directores. Deben ser personas capaces de crear fraternidad, de construir relaciones, de favorecer una intensa vida espiritual. Su primera ocupación debe ser el cuidado de los hermanos y la construcción de la comunidad. Con los hermanos deben mostrar cercanía, capacidad de escucha, interés. Deben saber hablar a los hermanos de afectividad, sexualidad y castidad con apertura y de manera positiva como don Bosco; deben presentarles nuestra función de educadores de los jóvenes en la castidad y deben ponerles en guardia contra los peligros, como, por ejemplo, la pornografía; deben sugerir la práctica del Sacramento de la Reconciliación. Los Directores deben ser vistos como padres, hermanos y amigos; deben hacer de guías espirituales, favorecer el coloquio con los hermanos, ser capaces de acompañamiento personal.

Hay que tener en cuenta una condición formativa necesaria que permite fácilmente la construcción de la fraternidad en comunidad; se trata de cuidar desde el principio del camino formativo la capacidad relacional de los hermanos. La “Ratio” presenta este aspecto en la formación humana en los números 66-67 y ofrece también la siguiente orientación: “Cada salesiano desarrolle sus capacidades de comunicación y de diálogo11 , cultive la confianza en los hermanos, esté dispuesto a aceptar las singularidades y a superar los prejuicios; participe activamente en los encuentros comunitarios, cumpla con precisión los cargos que se le han encomendado y aprenda a trabajar en corresponsabilidad para contribuir a la convergencia fraterna y operativa”12 .

 
4. Discernimiento sobre la idoneidad vocacional

Para favorecer una madurez afectiva y sexual orientada a la vida de castidad, es imprescindible discernir si los candidatos poseen la idoneidad para vivir la castidad consagrada. Por esto, es necesario conocer bien y aplicar luego coherentemente “Criterios y Normas para el discernimiento vocacional salesiano”, sobre todo el capítulo segundo, en el que se presentan los criterios de idoneidad de los candidatos a la vida consagrada salesiana. En este campo hemos de hacer más.

La idoneidad es un requisito que hay que verificar como condición previa al inicio del camino formativo y no es un objetivo que haya de conseguirse durante el camino formativo mismo. No se puede pedir a la formación que haga idóneo a un candidato que aspira a la vida consagrada salesiana; en cambio, la formación debe verificar si a la aspiración subjetiva corresponde una capacidad objetiva real de vivir la vida consagrada. En particular, hay requisitos positivos y contraindicaciones absolutas o relativas (CN 38-40), descritas magistralmente en “Criterios y Normas” sobre la madurez afectiva y sexual y sobre la castidad (CN 65-79). Con frecuencia, estos criterios no son conocidos por los candidatos y, a veces, ni siquiera por quien, junto con el candidato, tiene la responsabilidad de realizar el discernimiento; además, en alguna ocasión son aplicados con superficialidad o son dejados de lado.

El discernimiento sobre la idoneidad debe ser realizado en el aspirantado y en el prenoviciado, como máximo en el noviciado antes de la profesión. Si estas primeras fases se realizan con atención y con formadores preparados, me parece que es tiempo suficiente para valorar la idoneidad. Es verdad que en algunos casos ciertas situaciones no son conocidas y comprendidas inmediatamente, sino sólo más tarde; estos casos deben constituir una excepción y, de todos modos, deben ser resueltos antes de la profesión perpetua.

Naturalmente, con la ayuda de expertos en psicología, es más fácil reconocer los desarreglos de la sexualidad, la orientación sexual de los candidatos, las barahúndas relacionales…; en cambio, no es sencillo hacer un diagnóstico sobre la pedofilia (CN 75). “Hoy en día, resulta muy difícil a todos descubrir con precisión a un potencial pedófilo futuro: demasiados elementos quedan oscuros y requieren ulteriores estudios y búsquedas. A veces sólo sale a luz después de que se haya verificado y certificado un caso de abuso”13 . Esto es debido también a una cultura confusa respecto a la pedofilia, que con frecuencia no ha podido encontrar una investigación y un tratamiento adecuados, por ser considerada como expresión de libertad sexual, que hay que defender contra pasibles ‘discriminaciones’ y ‘represiones’”14 . Por tanto, la psicología no posee instrumentos suficientes para esta valoración, pero es necesario actuar mejor para realizar el “screening” (filtro) de los candidatos, hablando también abiertamente del problema15 .

Hoy es necesario prestar atención, en particular, a las experiencias pasadas de los candidatos (CN 75) y al contexto familiar (CN 55-58). Han sido ayudadas y sanadas algunas situaciones de candidatos sobre los que se ha descubierto la circunstancia de haber sufrido abusos, sobre todo en el ambiente familiar; otras, en cambio, estaban tan arraigadas que han resultado incurables. En términos más generales, las experiencias pasadas y las situaciones familiares pueden en algunos casos dejar heridas profundas, algunas curables, otras, en cambio, irreversibles; sólo tratándolas, algunas situaciones pueden ser superadas o, por el contrario, pueden conducir a un juicio de no idoneidad para la vida consagrada salesiana.

No nos dejemos desanimar por las situaciones que hayan aparecido en nuestras Inspectorías, que en algún caso resultan complejas y difíciles. Por el contrario, emprendamos con urgencia y con visión de largo alcance una acción formativa que sea propositiva y preventiva. Aun en la dificultad, Dios nos ofrece una gran oportunidad de conversión y de renovación. Éste es un tiempo de gracia16 .