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Fragilidad vocacional

FORMACIÓN - DOCUMENTOS





LA FRAGILIDAD VOCACIONAL:

Orientación para la reflexión y propuesta de intervención

Don Francesco CEREDA
Consejero General para la Formación
ACG 385

            Estudiando las características de las vocaciones actuales para la vida religiosa, hoy se habla mucho de fragilidad psicológica; pero parece más exacto hablar de fragilidad vocacional. La realidad vocacional, en efecto, se refiere a la existencia en su totalidad; no se refiere sólo a la vivencia y al desarrollo psicológico de la persona, sino también a la maduración humana y a la vida de fe, a los procesos formativos, a las relaciones sociales y eclesiales, al contexto histórico y cultural. Por otra parte, es preciso reconocer que hoy normalmente las dificultades para vivir los valores vocacionales surgen en el ámbito psicológico; es, pues, importante prestar una atención específica a este tipo de fragilidad. En las reflexiones que siguen se tendrán presentes diversos puntos de vista; sin descuidar la diversidad de los contextos, la situación de la fragilidad será analizada sobre todo desde la perspectiva psicológica, espiritual, moral y pedagógica.

            Las consideraciones que aquí se ofrecen se refieren a la formación inicial; pero con el prolongarse la adolescenencia y la juventud, tales consideraciones se refieren también a los años siguientes. En efecto, si el período de la formación inicial resulta marcado por la fragilidad, no lo es menos el tiempo de la asunción de las primeras verdaderas responsabilidades. Hay un fenómeno, además, en nuestra Congregación y en general en la vida religiosa, que muchas veces es señal de fragilidad: los numerosos abandonos durante la profesión temporal, que en el último sexenio para nosotros han aumentado notablemente (cfr. “Relación del Vicario del Rector Mayor al CG25” 103). Este fenómeno no se manifiesta en todas las Inspectorías con la misma intensidad; es más, algunas presentan solidez y perseverancia vocacional. Lo mismo hay que decir de algunas Congregaciones que tienen fecundidad y perseverancia vocacional, a pesar de encontrarse en el mismo difícil contexto (ACG 382, pág. 30-31).

            Este escrito va dirigido ante todo a los Inspectores con sus Consejos, a los Delegados inspectoriales de formación con sus Comisiones y a los equipos de formadores, para que reflexionen juntos, tomen conciencia de las dificultades y busquen caminos de ayuda a la nuevas vocaciones; va dirigido también a los jóvenes en formación inicial e interpela la vida de las comunidades y de las Inspectorías. Hablar de la fragilidad significa hacer una lectura parcial de la realidad vocacional actual, que, por otro lado, cuenta con numerosos recursos; en efecto se corre el peligro de evidenciar sobre todo carencias, debilidades e incapacidades. El servicio a la vocación salesiana nos pide un cuidado especial de nuestros hermanos jóvenes, prestando atención a sus dificultades y valorando sus potencialidades. Sin una acción formativa valiente e inteligente, aún las esperanzas más prometedoras pueden desvanecerse; se trata también hoy de ofrecer una propuesta formativa, modelada sobre el sueño de los nueve años: “Hazte humilde, fuerte y robusto”.

1. Raíz de la fragilidad vocacional


            La fragilidad vocacional tiene su raíz en la cultura dominante de hoy. Vivimos en un tiempo de postmodernidad: caracterizado por la complejidad, que hace que la vida sea como un laberinto sin indicaciones y provoca desorientación en las opciones; está, además, marcado por la transición, que comporta cambios rápidos con el abandono de viejos modelos y con la falta de nuevos referentes; finalmente, está inmerso en los procesos de la globalización, que conducen a la homologación de las mentalidades y al nacimiento de identidades confusas. En esta situación el nudo más problemático es la evidente separación entre la propuesta de fe y la cultura en continua evolución, que produce un relativismo acentuado con reflejos sobre la claridad y perseverancia vocacional.

            Semejante cultura débil lleva consigo algunos efectos sobre mentalidad y estilos de vida: el consumismo, que se manifiesta en la búsqueda de experiencias siempre nuevas e implica sobre todo la esfera emotiva del “me siento” o del “me gusta”; el subjetivismo, que asume la propia visual como la única medida válida de la realidad; la fruición de lo inmediato, que refuerza la percepción del “todo y en seguida”; la búsqueda de lo efímero y de la imagen, que exalta la apariencia y el eficientismo; la valorización de la antropología del hombre secularizado, que margina el modelo del hombre religioso.

            La experiencia religiosa, por eso, se convierte en búsqueda del estar bien consigo mismo y en experiencia de fuertes emociones.  En general, la formación religiosa tiene poca incidencia y no implica a la persona en profundidad. Cada uno permanece centrado en sí mismo, con la convicción de que todo se puede obtener fácilmente gracias al prestigio personal y a los medios económicos, y no con el trabajo y la perseverancia. Así, a causa del relativismo ético, no existen valores compartidos.

            Esto tiene una consecuencia en las instituciones civiles, eclesiales y religiosas, que además de ser débiles y poco atrayentes a causa de los cambios de nuestra época, no tienen un índice de agrado y de aprecio, de confianza y de referencia. También las familias, sobre todo las problemáticas y rotas, sufren el influjo de este clima cultural; éstas se balancean entre el hiperproteccionismo ansioso en relación con los hijos y la evidente ausencia en su educación, creando fuertes vacíos afectivos y falta de puntos de referencia. Finalmente, las personas, particularmente los jóvenes, revelan una situación persistente que lleva a vivir de modo fragmentado o condicionado por las modas; tal debilidad cada vez se va volviendo más inconsistencia, incoherencia, insatisfacción, inestabilidad y superficialidad.

            Nuestra Congregación se encuentra en contextos diversificados. Nos encontramos en situaciones secularizadas, pluriculturales y multirreligiosas, en las que se vive la irrelevancia de la fe cristiana o su condición de minoría y en las que, a veces, se buscan formas nuevas de religiosidad. Encontramos también contextos en los que la globalización engendra graves situaciones de pobreza y estridentes exclusiones sociales, junto con nuevas oportunidades de compartir y de solidaridad. Hay, finalmente, ambientes de complejidad y fragmentación que provocan dispersión y evasión, además de atención a las diversidades (cfr. CG25 44). Aun habiendo hoy una visión cultural que tiende a hacerse homogénea, sin embargo, en los diversos contextos la raíz de la fragilidad vocacional puede presentarse con acentuaciones diversas, que deberán ser  estudiadas en las diversas Inspectorías.

 

2. Expresiones de la fragilidad vocacional


            Las características de la actual fragilidad vocacional se manifiestan particularmente en algunas actitudes, que se desarrollan cada vez más en la persona. Aquí se presentan sólo algunas expresiones de la fragilidad de las vocaciones jóvenes; otras podrán y deberán ser individualizadas según la diversidad de los contextos.

2.1. Incapacidad de decisiones definitivas
            Se nota un anclaje en el presente, sin perspectivas de futuro y sin certezas. Se vive en el malestar, porque se experimenta el vacío, con una inevitable apatía e inseguridad. La vida de fe no motiva el arrojo hacia el futuro, es marginal, no influye en la conciencia moral. Uno se siente llevado a llenar el vacío con fuertes emociones, dando cada vez mayor importancia a intereses secundarios. Es significativa, a este propósito, la búsqueda ansiosa de reconocimientos: se desean afecto y estima, luego títulos de estudio e identificaciones profesionales, luego reconocimientos públicos y de carreras ambiciosas. Uno se siente atraído por el hoy y no se sabe si también por el mañana. La vocación en su compromiso total y definitivo se presenta como irrealizable, por lo que el individuo se siente fuera de lugar y en frecuente estado de confusión. Se ve entonces la vocación cada vez más como un hecho privado, que no sabe ir más allá de los estados de ánimo inmediatos. Se tiene miedo del futuro; no se tiene el valor de mirar al pasado; asustan las opciones coherentes y definitivas; y así se vuelve débil la capacidad de proyectar la propia vida.

2.2. Incertidumbre de identidad vocacional
            Otro núcleo de inmadurez depende de una débil identidad, de la inseguridad y de la no aceptación de sí mismo. Incluso en la vida consagrada uno no sabe  definirse y entonces se proyecta sobre “qué haces” y sobre “qué tienes”, más que sobre “quién eres”. Después de años de vida consagrada, se encuentran todavía identidades inciertas. Las propias debilidades y las alienaciones vividas se colocan en primer término. Uno se abandona entonces a las emociones. Se reducen luego drásticamente los idealas de la consagración: la primacía de Dios, el don de sí por los jóvenes, el seguimiento radical de Cristo, la vida fraterna en comunidad, la formación. En particular, la ilusión pastoral de poder coleccionar éxitos y la consiguiente desilusión tienen un peso notable en la afirmación de los aspectos inconscientes, que confluyen fácilmente en desinterés, cerrazón y ambigüedad, frecuentemente de naturaleza afectiva compensativa. Además de la falta de un auténtico sentido de pertenencia a la persona de Jesús, a la Iglesia y a la Congregación, permanecen decisivas las inmadureces personales, nunca tomadas en serio, escondidas bajo diversas coberturas y nunca afrontadas.

2.3. Búsqueda de seguridades
            Hay la tendencia a buscar en la comunidad un nido seguro o relaciones gratificantes de amistad, que colmen los vacíos personales y las inseguridades heredadas de la familia y de las experiencias de grupo. Se nota una necesidad de confirmaciones o de aprobaciones. Hay quien se apoya en la institución de modo dócil y obsequioso, para recibir reconocimientos de identidad que no sabe encontrar en sí mismo. Hay con frecuencia una lucha sorda entre la autonomía y la dependencia, a la que se añade una dosis de competitividad, de necesidad de estima, de culto de la imagen. Hay numerosas expectativas referentes a la comunidad y poca atención al don de sí. Surgen así dificultades relacionales, agravadas por la crisis que está atravesando la comunidad, la cual demuestra con freuencia poca atención a la persona y prevalente preocupación por la gestión de las obras. Se sigue de todo ello una depreciación de la vida fraterna, porque no sabe satisfacer las necesidades de afecto, de éxito, de realización. Se llega a la crítica dura, que se amplía hasta abarcar a toda autoridad, al propio Instituto, a la Iglesia y a las instituciones civiles.

            Estas expresiones de fragilidad son una invocación y una llamada. Contienen una demanda formativa. Los hermanos jóvenes viven en una cultura pluralista, neutra, relativista; por un lado buscan autenticidad, afecto, grandeza de horizontes; por otro, están fundamentalmente solos, atraídos o heridos por el bienestar, confusos por la desorientación ética. Es preciso, por lo tanto, tomar conciencia de que, junto con la disponibilidad y los recursos, la fragilidad forma parte de la vida de los jóvenes como elemento constante. El problema no es la fragilidad vocacional, que resulta ser un dato constitutivo del joven consagrado de hoy; es, en cambio, el hecho de que no se la acepta como ocasión para una ulterior maduración y no se la sabe integrar


3. Causas de la fragilidad vocacional


            Las diversas y complejas manifestaciones de la fragilidad vocacional nos han hecho determinar una fenomenología de la fragilidad. Conviene ahora profundizar el argumento, haciendo una lectura de las causas. Sin una comprensión y, por tanto, sin remediar radicalmente las causas, no se podrán superar los efectos de la fragilidad. Las cuatro causas fundamentales que aquí presentamos no pueden ser consideradas separadamente; como de costumbre, es importante un acercamiento sistemático a la comprensión de los fenómenos y, por tanto, a la búsqueda de los remedios.

3.1. Carencia de maduración humana
            Un primer núcleo de fragilidad hay que relacionarlo con la superficialidad, la dejadez y la incapacidad para afrontar con sinceridad la propia historia, con las riquezas y los límites que contiene. Faltan ambientes y formadores que estén en condiciones de comprender la compleja realidad de la madurez humana y de ayudar a los jóvenes a formarse una conciencia nueva. Demasiados problemas se van dejando sin solución y no se afrontan seriamente; los hermanos jóvenes no tienen el valor de dejarse ayudar, o se creen capaces de realizar con éxito un camino de maduración sin acompañamiento.

            Las áreas más descubiertas parecen ser las de la identidad, afectividad y sexualidad. A veces los jóvenes buscan la vida religiosa porque se sienten atraídos, pero no saben qué buscan. Además, con frecuencia ya no han  recibido de la familia  la madurez emocional de base, ni la necesaria educación afectiva. No están en condiciones de reconocer los motivos inconscientes de la propia respuesta vocacional, tanto en la opción fundamental como en las opciones cotidianas. Les faltan puntos de referencia sólidos. A veces tienen una historia de experiencias negativas, que requieren ser integradas en su historia de vida.

            Falta en ellos la misericordia para poder acoger su propia debilidad, entregarla al Señor y aceptar el consiguiente fatigoso camino de cambio. Los hermanos jóvenes sienten una gran sed de autenticidad, que no logran encontrar ni realizar en sí mismos y que proyectan sobre la comunidad y sobre la institución de modo idealista; por consiguiente sienten fuertes desilusiones y frustraciones. Sólo una decisión clara, unida a una conciencia transparente de su fragilidad y a una motivación sólida, robustece la vocación.

3.2. Falta de motivaciones de fe
            Estrechamente unida a esto está la debilidad en la fe, en la oración, en la vida interior, en el combate espiritual, en la motivación carismática, en la capacidad de testimonio; en este caso los religiosos jóvenes resultan ser, de hecho, incapaces de sostener el sentido de la vocación. A veces, la familia o la cultura no tienen tradiciones cristianas. En algunas situaciones la opción religiosa no tiene verdaderas motivaciones de fe, sino que es ocasión para salir de la condición de pobreza, para tener un reconocimiento social y para alcanzar una promoción cultural.

            Es difícil ser conscientes de las verdaderas motivaciones; pero si no se clarifican las motivaciones y si no se verifica en qué medida la fe es el móvil fundamental, cualquier dificultad puede hacer abandonar la opción vocacional. Debemos sinceramente preguntarnos si nuestros jóvenes, comenzando por la primera formación, tienen verdaderamente una vida profunda, que implica el sentido de la libertad interior, el respeto a toda persona, la formación de la conciencia, la coherencia entre pensamiento y emociones, la autenticidad de los comportamientos.

            Debemos también preguntarnos si los hermanos jóvenes hacen una auténtica experiencia de la primacía de Dios y de la centralidad fundamental de Cristo, o si no ocultan más bien un vacío espiritual, que emerge en los momentos duros. Debemos preguntarnos si han hecho experiencia de la gratuidad y si han vivido alguna vez sin recompensas inmediatas. Debemos preguntarnos si están dirigidos a un serio  proceso de interiorización, de personalización, de maduración de las motivaciones. Sin estas experiencias iniciales no florece la maduración en la fe.

3.3. Debilidad de los caminos formativos
            Los caminos de la formación inicial de estos años, tan ricos de contenidos, ayudan a bosquejar la identidad de la persona consagrada, pero no la ayudan a lograr en profundidad y a realizar la maduración. Entonces la identidad queda olvidada o continuamente puesta en discusión o desviada por experiencias dispersivas. Los caminos formativos son discontinuos; a veces son demasiado largos y poco incisivos; podemos, pues, hablar de fragilidad formativa.

            La debilidad formativa más grave está en la incapacidad de ayudar a lograr una personalización que facilite al hermano joven el apropiarse de los valores del crecimiento humano, de la fe y del carisma. Es preciso reconocer que muchas veces la formación que damos es débil, no cambia, no convierte, no llega al corazón. Muchas veces no hay tiempo suficiente para este trabajo, porque nos preocupamos más de la acquisición de conocimientos, de los títulos académicos y de la especialización profesional, que de la maduración personal.

            Hay que reconocer que en alguna parte de la Congregación, habiendo suprimido la experiencia del aspirantado, no siempre se han encontrado otras experiencias que logren alcanzar los mismos objetivos. Durante la adolescencia, el aspirantado creaba ambientes y relaciones educativos que ofrecían caminos de vida cristiana y producían una cierta simpatía hacia los valores de la vida consagrada. En algunas situaciones la experiencia del aspirantado, aún manteniéndose éste en funcionamiento, no se ha renovado en las metodologías.

            A veces los formadores de las diversas etapas no usan metodologías compartidas; no siempre son suficientes, o no están suficientemente preparados. Faltan intervenciones para potenciar los equipos de formadores y para cambiar las comunidades formadoras que siguen siendo despersonalizantes. Por todo esto, la fragilidad personal, a fin de cuentas, no se afronta nunca en serio.

3.4. Malestar de las comunidades
            Otro núcleo de fragilidad está determinado por la vida real de las comunidades, que constituye el camino formativo implícito y oculto. El escaso dinamismo espiritual y vocacional de las comunidades crea una cultura inspectorial poco estimulante y a veces incoherente con el clima de las comunidades formadoras. Las carencias en la formación permanente determinan motivaciones vocacionales pobres. La mentalidad, los estilos de vida, los modelos de comportamiento débiles de la Inspectoría engendran para todos, no sólo para los hermanos jóvenes, una “vida religiosa débil”, a la que hay que reaccionar yendo contra corriente. El modelo de vida religiosa “liberal” es, en efecto, origen de numerosas fragilidades (cfr. Carta del Rector Mayor en ACG 382, pág. 17-18).

            La falta de relaciones interpersonales vitales y estimulantes en las comunidades engendra individualismo y desafección. Las pertenencias formales a comunidades demasiado proyectadas sobre las urgencias de la actividad y sobre los ritmos de vida fatigosos, en el tentativo de afrontar todos los compromisos a pesar de la reducción de fuerzas, inciden negativamente en el comienzo y en la duración de los fenómenos de fragilidad. Esto sucede con los jóvenes, pero también con los menos jóvenes. Al sentirse más bien empleados de una empresa que consagrados para una misión, se vive cotidianamente en un estado de confusión, que produce desorientaciones cada vez más graves.

            Dos síntomas emergen particularmente en estos años: el sentido de soledad en comunidad y la incapacidad para comunicar a nivel profundo. Se tiene miedo de compartir la propia vivencia; se tienen, como mucho, relaciones funcionales y formales, sobre todo por el temor de presentar una imagen de sí no digna de la estima de los demás. Entonces, las relaciones de cercanía, exigidas muchas veces por la necesidad de comprensión y de apoyo afectivo, se buscan en relaciones externas. Y como en comunidad uno es valorado por lo que hace más que por lo que es, por una parte se deja implicar en la misión de forma parcial y, por otra, se tiende a cumplir celosamente el propio compromiso.

 

 4. Prioridades de intervención


            Conscientes del don precioso de cada vocación, la Congregación se compromete a cuidar a todo joven que Dios le manda, ayudándole a superar las inevitables fragilidades y a robustecer su fidelidad. Para ello se sugieren ahora algunas prioridades de intervención.

4.1. Cuidado de las vocaciones para la vida religiosa salesiana
            Se trata, ante todo, de cuidar los ambientes educativos en que trabajamos, de modo que sean sanos y propositivos; de este buen terreno pueden surgir sólidas vocaciones. La familia tiene necesidad de apoyo para que pueda ser lugar de maduración humana y de educación cristiana de los hijos. La comunidad parroquial puede ayudar a vivir experiencias significativas de fe; corresponde a la escuela ofrecer caminos culturales serios y estimulantes; el tiempo libre puede presentar momentos de crecimiento en el don de sí. Por esto, se desea que la mayor parte de las vocaciones para la vida salesiana provengan de nuestros ambientes, precisamente por las bases de cultura y de fe que allí se ponen, por el espíritu salesiano acogido espontáneamente y por el sentido de pertenencia allí vivido.

            Hoy el cuidado específico de las vocaciones para la vida salesiana nos pide presentar de nuevo y con modalidades nuevas el problema del aspirantado o de la “comunidad propuesta”, o de otras formas de acompañamiento vocacional continuado y comunitario; en efecto, somos conscientes de que los grupos vocacionales no son suficientes para tal fin. Se trata de tener ambientes abiertos, ofrecidos a los jóvenes durante los años de la escuela secundaria o de la universidad, caracterizados por el clima de discernimiento sobre la vocación religiosa salesiana. En ellos se puede proponer una rica experiencia humana, una seria preparación cultural y lingüística, una fuerte vida cristiana, una intensa participación en la misión salesiana; se pueden cuidar de modo particular la educación para el amor, la formación de la conciencia y el acompañamiento personal.

            Dicha experiencia es adaptable a la situación escolar de todos los países; no se debe atender y seguir a los candidatos sólo al final de los períodos escolásticos o académicos. Es mucho más necesaria para aquellos jóvenes que ya han terminado sus estudios fuera de nuestros ambientes; ninguno debería comenzar el prenoviciado sin haber pasado un período congruo como candidato. Aquí hay todo el espacio para la flexibilidad y la variedad de las experiencias, a condición de que se aseguren los formadores. En todas partes se nota hoy una atención creciente a esta realidad del aspirantado o ”comunidad propuesta”, que requiere ser estudiada en común entre pastoral juvenil y formación.

4.2. Prenoviciado
            Si el aspirantado o “comunidad propuesta” sirve como preparación, el prenoviciado es el momento fundamental para la comprobación y la profundización de la vocación, particularmente en lo referente a la maduración humana. En este período el prenovicio adquiere un conocimiento suficiente y una aceptación de sí; se hace consciente de la propia vida vivida; integra en ella las experiencias del pasado, incluso las menos felices; robustece la vida afectiva y sexual; se da cuenta de la incidencia educativa de la familia; verifica su situación de salud física y psicológica. De este modo, toma conciencia de su propia historia personal: descubre recursos y puntos débiles; asume una imagen positiva de sí mismo; construye un fuerte sentido de la propia identidad.

            El prenoviciado es también el tiempo para arraigar bien en la fe y en la vida cristiana, lo que exige una sólida catequesis, con una iniciación para la vida sacramental, para la devoción mariana y para la vida de oración. Además, es el período en el que los prenovicios hacen experiencia de la dirección espiritual y de la vida de comunidad, adquiriendo una buena capacidad de relaciones humanas y de comunicación interpersonal. El trabajo del prenoviciado exige formadores preparados; exige un programa estructurado y no dejado a la improvisación. Hoy un encargado de los prenovicios tiene necesidad de la misma preparación y experiencia que un maestro de novicios.

            Para esta etapa formativa hoy tenemos una buena propuesta, si bien su realización sigue siendo aún un poco vaga y poco definida. En algunos casos, el planteamiento del prenoviciado se parece a una anticipación del tirocinio realizado sin la debida preparación; en otros, se da un excesivo peso al estudio académico con escasa posibilidad de un trabajo serio sobre uno mismo; en otros, no hay programas adecuados o se dispersan los prenovicios en diversas comunidades. El prenoviciado requiere que sea precedido “de un serio camino de pastoral vocacional” (FSDB 349); “se puede tratar de una comunidad autónoma..., o también de un gupo de prenovicios dentro de una comunidad salesiana con uno o más hermanos responsables” (FSDB 344); al prenoviciado es admitido el candidato sólo cuando “ha hecho la opción por la vida salesiana” (FSDB 330) y quiere prepararse para ir al noviciado.

            Sin querer minimizar el impacto de las etapas sucesivas en el desarrollo de la vocación, hay una creciente toma de conciencia del papel crucial que juegan las etapas preliminares: camino serio vocacional y prenoviciado. Estas dos etapas constituyen la base de la formación. Muchos abandonos de la vida religiosa y del presbiterado, efectivamente, van asociados con una fe débil, con una maduración humana pobre, con una falta de verdadero discernimiento, con problemas de afectividad, de relaciones y de ejercicio de la libertad no resueltos en las etapas iniciales.

4.3. Metodología formativa
            No sólo en las etapas preliminares, sino sobre todo en las sucesivas, la estrategia principal para superar la fragilidad vocacional es la personalización. Se trata de actuar un verdadero y propio cambio metodológico, que la Ratio ha propuesto de forma excelente. Elementos esenciales son: la atención a las motivaciones, a las emociones, a los afectos, a los sentimientos; el proceso de identificación con la vocación salesiana; la asunción de responsabilidades en la propia formación y el proyecto personal de vida; el acompañamiento personal, la práctica del discernimiento, la inculturación formativa. De este modo la formación logra alcanzar a la persona en profundidad. Ciertamente no hay que olvidar que estamos en un campo que toca el misterio de la libertad de la persona y de la gracia del Espíritu.

Instrumento privilegiado de este trabajo es el acompañamiento personal, bien equilibrado entre espiritualidad y ciencias humanas, hecho de comprensión y de fuerte exigencia. No debe limitarse sólo a la primera formación. El acompañamiento debe ayudar a acortar distancias entre lo ideal y lo real, llevando a aceptar el pequeño paso de cada día sin rebajar el ideal. No debe crear dependencias, sino capacidad de opciones autónomas y responsables; debe habituar a la autodisciplina, a la ascesis, al espíritu de sacrificio, a la renuncia. La aceptación de un guía espiritual es un elemento decisivo en el discernimiento y en el crecimiento vocacional. En efecto, la libertad y la capacidad de abrirse a la confrontación con un guía son muy importantes en relación con la autenticidad de la vocación; mientras que la cerrazón y el miedo a manifestarse son con frecuencia índice de escasa autenticidad.

            El acompañamiento tiene necesidad de continuidad de una fase formativa a otra, lo que implica también la comunicación de informaciones adecuadas, de modo oportuno, al responsable de la nueva fase. Tiene también necesidad de otras formas, como la corrección fraterna, hecha tempestivamente antes de que sea demasiado tarde. Importantes son los momentos periódicos de evaluación personal, los “escrutinios”, en los que se implica al hermano, se le ayuda a evaluar su situación formativa personal, se le orienta y se le estimula concretamente en el proceso de su maduración, sugiriéndole también los pasos concretos de un camino de maduración y de crecimiento (cfr. FSDB 261, 270, 296).

4.4. Personalización de la experiencia formativa
            La experiencia formativa es una realidad unitaria que se refiere a la vida en el Espíritu, a la entrega apostólica, al ejercicio intelectual y a la maduración humana. Es importante vivir esta experiencia como camino de personalización.
            La vida en el Espíritu, asumida personalmente con una eficaz maduración en la fe, una pertenencia viva a Cristo, una configuración real a su forma de vida, fundamenta la experiencia formativa. Se trata de pasar progresivamente del ser siervos totalmente proyectados en las obras, a ser amigos que están con el Señor Jesús en la escucha de su Palabra y en la celebración de la Eucaristía, hasta ser unos enamorados que asumen la cruz en la fidelidad de cada día. Cristo se convierte concretamente en el centro de gravedad de las experiencias de la vida y en el punto de referencia. Es necesario favorecer el camino de interiorización, a través de la capacidad de encontrar tiempos de silencio, de la experiencia de la oración personal, del ejercicio de la lectio divina, de la adoración eucarística, de la contemplación de la cruz. Es preciso preparar para una cultura de la interioridad, haciendo más amplia, más profunda y más viva la esfera interior de cada uno, de modo que deje más espacio para la acción de Dios en el propio corazón. Es preciso investir en la vida de fe, tanto a nivel intelectual como a nivel emocional, sobre todo en el prenoviciado, noviciado y postnoviciado. En la misma línea es necesaria una formación para la oración en todas o casi todas las etapas de la formación.

            La alegría por el Señor Jesús se traduce en un amor sacrificado al servicio de los jóvenes, especialmente de los más pobres. Es importante que el salesiano joven encuentre personalmente un impulso de entrega apostólica. Cuando el sentido apostólico es débil y la misión entre los  jóvenes no es sentida como atrayente, entonces pueden surgir problemas de identidad vocacional. Cuando las relaciones con los jóvenes son sólo organizativas, cuando falta la alegría de encontrarlos y de estar con ellos, cuando no se comprende el sentido apostólico de lo que se hace, es obvio que se está creando un vacío en el corazón. Los candidatos y los salesianos jóvenes deben ser puestos en condiciones de crecer en el amor por los jóvenes, por Don Bosco, por la Iglesia y por su misión evangelizadora. Para ello no son necesarias muchas actividades pastorales; hace falta, en cambio, el acompañamiento pastoral. Si no se forma el corazón y la mente del evangelizador, mediante la reflexión sobre el trabajo apostólico, la comunicación compartida y la oración, se corre el peligro de caer en el activismo y en la exageración.

            Una aportación notable en la consolidación de la vocación la ofrece el ejercicio intelectual: “Sólo una aproximación inteligente a la realidad y una visión abierta de la cultura, anclada en la Palabra de Dios, en el sentir eclesial y en las orientaciones de la Congregación, conduce al Salesiano a una opción y a una experiencia vocacional sólidamente motivada y lo ayuda a vivir con conciencia y madurez, sin reduccionismos ni complejos, la propia identidad y su significado humano y religioso. En cambio, existe el peligro de extraviarse ante las corrientes de pensamiento o de refugiarse en modelos de comportamiento y formas de expresión ya superados o no coherentes con la propia vocación” (FSDB 124). Esto significa que, al lado de la seriedad en los estudios, hace falta otra cosa. Muchas veces los estudios no asumen un valor formativa; están desequilibrados más por el lado “académico” que por el lado vital; así no se ayuda a formar un saber unificado y una fe que reflexiona. Seguimos usando un modelo neutral: la formación intelectual no dialoga con lo profundo de la persona, no entra en el proyecto de vida religiosa salesiana ni en el proyecto personal de vida, no se hace comprensión afectiva de la realidad; hacen falta para ello no sólo profesores, sino verdaderos maestros. El estudio tiene necesidad de ser integrado en la globalidad del camino formativo.

            La maduración humana, en fin, es un proceso que se da cuando la persona se confronta en lo más profundo de su ser. Allí reflexiona sobre las experiencias hechas en el pasado, descubre la acción de Dios en la propia vida y, a la luz de Dios y de sus experiencias, proyecta su camino para el futuro. Es decir, comienza a asumir, cada vez más, responsabilidades para la propia vida; esto requiere que esté dispuesta a trabajar sobre sí misma. Aprende a gestionar su propio mundo interior, confrontando las motivaciones de su obrar, dominando sus miedos y controlando sus emociones. Desarrolla el sentido crítico para poder llegar a juicios objetivos sobre personas y acontecimientos. Se hace capaz de resistir a las presiones familiares y sociales y de tomar decisiones motivadas. Trata de formarse para el uso responsable de la propia libertad, reconociendo que el amor incluye siempre entrega y sacrificio. Ve en la aceptación del otro, en la escucha, en el diálogo, en la colaboración, en la solidaridad con quien sufre, el camino para crecer. En una palabra, la maduración humana hace de la persona un taller en el que, con la ayuda de la gracia divina y de sus mediaciones humanas, se va construyendo según el designio de Dios.

4.5. Consistencia de los equipos de los formadores
            Es obvio que semejante formación personalizada requiera la presencia de equipos cualificados de formadores que, en diálogo e interacción con el hermano joven, sepan confrontarse con sus ideas y convicciones y logren ayudarlo a penetrar las propias motivaciones y sentimientos. Por desgracia, la atención a las ciencias humanas en el acompañamiento está todavía descuidada y no valorada en su importancia. En todas partes se lamenta la dificultad de encontrar directores espirituales, formadores y profesores preparados y disponibles. Resulta entonces urgente el compromiso de encontrar tiempos y modalidades para la formación de los formadores.

            Se impone, además, la necesidad de sinergias en la formación, también para utilizar lo mejor posible a los hermanos de experiencia y para cualificarlos. La Ratio insiste con razón sobre la necesidad de asegurar la consistencia cualitativa y cuantitativa de las comunidades de formación inicial y, en primer lugar, sobre la presencia de equipos preparados, suficientes y estables, como condición para una adecuada experiencia formativa. Y añade: “Para evitar situaciones de inconsistencia, será necesario, en algunas situaciones, realizar opciones valientes y decididas de colaboración interinspectorial” (FSDB 230).

            La multiplicación de las comunidades formadoras y su fragilidad no contribuyen ciertamente a una buena formación.