Consejo Recursos

Proyecto de la Comunidad Formadora

FORMACIÓN - DOCUMENTOS



EL PROYECTO DE LA COMUNIDAD FORMADORA

El Consejero General para la Formación

 

los Reverendos Directores y Miembros de las Comunidades formadoras

A los Reverendos Inspectores y Delegados Inspectoriales de Formación

Proceso de discernimiento y de participación 

 

            “En cada nivel, la formación se debe pensar según un proyecto orgánico y unitario, vivida con mentalidad de proyecto, llevada adelante por un sujeto unitario y por la convergencia de los diversos agentes” (FSDB 211); así lo pide la “Ratio”, indicando las líneas estratégicas de metodología formativa. El proyecto es una necesidad para la comunidad formadora que, siendo un “verdadero taller de maduración personal” (FSDB 287), tiene necesidad de un plan que marque el camino que se debe seguir en el itinerario formativo.

            Estas notas pretenden ofrecer, sobre todo a los Directores y a los Miembros de las Comunidades formadoras, y también a los Inspectores y a los Delegados inspectoriales de formación, una ayuda en forma de motivaciones, condiciones y sugerencias que pueden servir para la animación de la comunidad formadora y para la formulación del proyecto formativo. Por comunidades formadoras se entienden las comunidades de formación inicial: prenoviciado, noviciado, postnoviciado, comunidades para la formación específica de los salesianos coadjutores, comunidades para la formación específica de los salesianos sacerdotes; a todas ellas va dirigido este material.

            Estas notas, además, resultan semejantes a las indicaciones que se refieren al “Proyecto de la comunidad salesiana”, porque en la formación inicial es necesario aprender cómo la comunidad elabora su proyecto; en particular se adopta la metodología del discernimiento comunitario, como ha quedado indicado por el CG25. Estas notas presentan también una especificidad propia, que hace referencia directamente a la “Ratio” y que se debe al carácter particular de la comunidad formadora y del proceso de formación inicial.

 

1. Motivaciones y finalidad del proyecto

            Hoy el proyecto reviste una importancia notable en la vida de la persona y de la comunidad. Para el joven a las puertas de la vida adulta tener un proyecto significa dar una dirección a la propia existencia, asumir responsabilidades por ella, orientar las propias energías. Así, para una comunidad formadora el proyecto ofrece muchas ventajas; es más, hoy es una necesidad. Cada comunidad formadora se encuentra en una situación diversa de otra y, por lo tanto, lo que se hace en una comunidad no se puede fácilmente trasladar a otra; es preciso que cada comunidad asuma la responsabilidad de encontrar su propio camino. Aun siendo fundamentales, las indicaciones generales no son suficientes.

            - Ante todo, el proyecto ayuda a la comunidad formadora a hacer el discernimiento acerca de su propio camino. La formación es obra de Dios. Como el Señor Jesús llamó a los apóstoles, los preparó con amor paciente y los mandó a proclamar el Evangelio (cfr. FSDB 96), así Él sigue actuando hoy mediante su Espíritu con los que escoge para la consagración apostólica salesiana. El Espíritu de Jesús “es el primero y principal agente” (FSDB 217) de su formación.
            Esto implica que tanto la comunidad como el individuo deben ponerse a la escucha del Espíritu y dejarse guiar por Él. La obra de formación es un proceso continuo de discernimiento; expresión de este discernimiento es también el proyecto de la comunidad. Así, pues, el proyecto no es en primer lugar un hecho de organización de la vida de la comunidad. Es un verdadero acto de fe en Dios, que ha convocado juntos a los miembros de esta comunidad, formadores y formandos. La comunidad se pone en actitud de apertura delante de Dios y se pregunta para qué la llama Él.
            Ahora bien, no hay duda de que nosotros encontramos una parte de la respuesta en nuestras Constituciones y en la “Ratio”, que nos ofrecen indicaciones preciosas para el tipo de salesiano que se debe formar y para el itinerario de su camino formativo. Pero éstas se quedan en el ámbito de grandes metas y líneas generales, válidas en todo el mundo. Es preciso encarnarlas en la situación concreta de cada comunidad; y ésta es la tarea del discernimiento. Una cosa es establecer en la “Ratio” que el carisma debe ser inculturado en cada comunidad y otra es determinar qué debe hacer esta comunidad concretamente

            - La comunidad logra así marcar la dirección a toda su tarea formativa. La formación es un trabajo complejo. Es múltiple y diversificado en los formandos y en los formadores, en los momentos, en las intervenciones, en los contenidos, en las expresiones (cfr. FSDB 210). Ahora bien, como las limaduras de hierro en una caja apuntan todas ellas en una dirección cuando pasa sobre ellas un imán, de igual modo todo en la comunidad se orienta hacia objetivos concretos cuando ésta tiene un proyecto. Las diversas funciones, las relaciones, las experiencias, las actitudes, las actividades, las evaluaciones que configuran la experiencia formativa, son pensadas y vividas como elementos de un único proceso, de una acción coordinada y convergente, según la finalidad de la fase (cfr. FSDB 212). De este modo, se evita que las múltiples actividades y experiencias formativas en la comunidad se dejen a la improvisación, a la fragmentación y a la acción individual de personas y grupos.

            - Este planteamiento unitario ayuda a la comunidad a reforzar la comunión entre todos sus miembros. Mediante el proyecto, la comunidad adquiere una visión de conjunto de su finalidad y de su camino y logra una convergencia alrededor de puntos clave. Habiendo tomado parte cada uno en la participación comunitaria y ofrecido la propia aportación, se consigue una mayor comprensión hacia cada uno y un mayor acuerdo con todos. Formadores y formandos se encuentran unidos en la voluntad de caminar juntos hacia la meta común, siguiendo el camino trazado conjuntamente y querido por todos. El proyecto comunitario construye la comunión entre las personas y sirve como antídoto contra particularismos e individualismos.

            - La comunidad logra, en fin, favorecer la responsabilidad de todos en el proceso formativo. La “Ratio” exige “la participación de todos en los momentos de elaboración y de evaluación del proyecto comunitario y de la programación” (FSDB 287). De hecho, ya en el prenoviciado se pide que los candidatos integren su acción en el proyecto comunitario (cfr. FSDB 340). Por tanto, los formandos no son sujetos pasivos de la propia formación. Mediante la participación directa en el proyecto, no sólo conocen la naturaleza y la finalidad de la propia fase formativa, sino, más aún, se confrontan con los elementos de su vocación, asumen personalmente los objetivos del camino y hacen propio todo el proceso formativo. De este modo los formandos se comprometen en su propia formación. Ellos sienten una cierta propiedad sobre el proyecto y se entregan al trabajo con entusiasmo para realizar lo que el proyecto propone, utilizando sus propios talentos, sus energías y sus recursos. La implicación en el proyecto ayuda mucho para personalizar su formación.
            Como veis, el proyecto comunitario pone en marcha un proceso de discernimiento de la llamada de Dios que debe vivirse en una situación específica; es un medio para el trabajo de conjunto entre todos sus miembros hacia objetivos precisos; es un instrumento eficaz para crear una visión compartida, para construir comunidad, para hacer crecer las relaciones; es una ayuda para que todo hermano se sienta valorizado y realice su propia formación dentro del ámbito de la comunidad. El proyecto comunitario no es un punto de llegada, sino un punto de partida. Mediante el proyecto, la comunidad no mira simplemente a elaborar un documento, sino que se compromete a trabajar en la formación “de modo reflexivo y convergente, promoviendo la comunicación y la coordinación, llevando adelante una acción sistemática y continua, capaz de confrontarse con la realidad y de renovarse” (FSDB 574).

 
2. Condiciones para orientar la elaboración del proyecto comunitario

            La orientación de la elaboración del proyecto comunitario requiere algunas condiciones previas, que pueden garantizar la bondad del proceso y la eficacia del producto.

            - Ante todo, es necesario cultivar algunas actitudes y vigilar sobre algunos riesgos, evitando los engaños o los halagos de todo proyecto. La comunidad no es la protagonista exclusiva del proyecto; ésta reconoce y acoge el proyecto que Dios tiene sobre ella.
            La meta de esta elaboración no es el éxito de la comunidad, sino la formación de salesianos convencidos, profundos y dichosos en su identidad vocacional, plenamente animados por la caridad pastoral y preparados para llevar a cabo la misión juvenil con eficacia y entrega. No es el perfeccionismo a lo que aspira la comunidad que proyecta, sino la propia autenticidad evangélica, consciente de ser el instrumento mediante el cual el Señor lleva a cabo a formación de los corazones de los que Él ha llamado. En la elaboración del proyecto, la comunidad no pretende el refinamiento metodológico, sino llegar a los hermanos en profundidad, partiendo de su vivencia y de la vivencia de la comunidad misma (cfr. CG25 73).
            Siendo esta elaboración un ejercicio de discernimiento, exige la primacía de Dios y deja espacio a su gracia; de este modo, se convierte en una verdadera aventura espiritual para la comunidad.. La escucha de la Sagrada Escritura y la oración son su contexto y su horizonte. La docilidad al Espíritu crea las condiciones para estar abiertos al Evangelio y a la vida, para no perderse ante las incertidumbres y los errores, para estar dispuestos a la renovación y a la conversión.

            - La experiencia nos dice, además, que el éxito del proyecto comunitario depende en gran parte, si no del todo, de las disposiciones de los miembros de la comunidad en relación con él. Si el proyecto es visto por los hermanos como una imposición de la “Ratio”, la tendencia será a retrasarlo lo más posible, o a realizarlo en el menor tiempo posible. Es obvio que este tipo de proyecto no sirve. Es, pues, importante que antes de comenzar a proyectar, la comunidad se sienta convencida de la necesidad de actuar según un proyecto (cfr. CG25 72) y lo quiera verdaderamente; la comunidad ve en él un medio importante para su realización y su crecimiento.
            Si hay dudas o falta de interés por parte de algunos, es mejor tener antes un encuentro comunitario sobre el sentido del proyecto, para tratar de esclarecer y resolver las dudas y, sobre todo, para crear la disponibilidad. Se debe llegar al punto en que los hermanos estén abiertos, si no precisamente entusiasmados, para encaminarse por este camino. La comunidad hace el proyecto, no porque está obligada, sino porque siente su necesidad; no porque lo debe, sino porque lo quiere.

            - Hay finalmente una tercera condición que se debe lograr. La elaboración del proyecto comunitario no es un ejercicio que parte de cero, sino que tiene algunas referencias fuertes. Por una parte, está nuestra Regla de Vida, que ofrece indicaciones vinculantes sobre la formación y sobre la comunidad formadora; junto a ella están los Capítulos Generales y las cartas del Rector Mayor. Por otra parte, está el texto de la “Ratio” que indica para toda la Congregación cómo debe ser la formación hoy.
           
            Por lo tanto, ningún proyecto puede descuidar estas indicaciones, si quiere ser fiel a la llamada de Dios en el momento presente. Por esto, es necesario que, antes de comenzar el trabajo de elaboración del proyecto, la comunidad formadora sepa asumir los textos indicados. Esto presupone una cierta familiaridad con las orientaciones generales de la formación, que se encuentran en la primera parte de la “Ratio” y que se refieren a la identidad vocacional, a las dimensiones de la formación y a las metodologías formativas. Se requiere, además, que todos conozcan la fisonomía de la fase formativa en que se halla la comunidad; se encuentra expuesto en el capítulo correspondiente de la segunda parte de la “Ratio” y comprende la naturaleza de la fase, la articulación de las cuatro dimensiones y las condiciones formativas.
            A estas referencias se añade el Proyecto inspectorial de formación que constituye el cuadro de conjunto para la formación en la Inspectoría. Fruto de discernimiento en ámbito inspectorial, ese proyecto identifica el tipo de salesiano que Dios llama a ser a todo hermano en la propia realidad eclesial y socio-cultural; traza las líneas operativas para el crecimiento de todo salesiano en la propia vocación. La comunidad formadora, pues, asume estas indicaciones y trata de traducirlas en la propia vida y acción.

 
3. Pasos de la elaboración del proyecto comunitario

            Los pasos de la elaboración comunitaria del proyecto son esencialmente los pasos de un proceso de discernimiento. Se presupone que se ha dedicado algún tiempo previo a la presentación y al estudio de la “Ratio”, tanto en relación con la parte general, como en relación con la fase formativa específica.

            - Creado un clima espiritual de oración, asegurada la libre voluntad de hacer el proyecto y asimilados los contenidos de los textos de referencia, el primer paso de la elaboración del proyecto es la proyección de cómo querría ser la comunidad formadora como respuesta a la llamada de Dios. Es el tiempo de soñar de modo realista. Es el momento en que la comunidad, mirando al futuro, se pregunta qué quiere Dios de ella. No se trata de describir una comunidad formadora en abstracto; es cuestión de individuar cuáles deberían ser los rasgos de esta comunidad, llamada a encarnarse “hic et nunc”. ¿Cómo vemos nosotros la finalidad de esta comunidad a la que Dios nos ha llamado? ¿Qué perfil e identidad de salesiano estamos construyendo? ¿Qué procesos de formación humana, espiritual, intelectual y educativo-pastoral debemos hacer en esta comunidad y en esta fase específica?
            Es muy importante, para dar este paso, escuchar los movimientos del Espíritu en cada uno de los miembros de la comunidad. En efecto, cada miembro está invitado a compartir con la comunidad lo que él interpreta como el designio divino para ella. Él, reflexionando delante de Dios, comparte con los demás miembros sus puntos de vista, preocupaciones y expectativas para la comunidad; comparte también sus experiencias, tanto felices como tristes, en la comunidad y sus necesidades en vista de la realización de su proyecto personal. Gradualmente, a través de las aportaciones de cada uno y del intercambio de pareceres, la comunidad se va moviendo hacia una convergencia de vistas acerca del rostro que Dios la llama a asumir.
            Bueno será recordar que en este primer paso se describe sólo cómo desea ser esta comunidad, no qué quiere hacer. Es importante que la visión que resulta de la participación de todos, no sea algo puramente intelectual o frío, sino algo que entusiasme a todos los miembros de la comunidad. Algo que los atrae y los estimula. Y, al mismo tiempo, algo realista; responde a sus deseos y a sus expectativas; indica las posibilidades que pueden resultar de los esfuerzos conjuntos y de los sacrificios de todos. Como es obvio, no sirve para nada copiar de los documentos o de los proyectos de otros; puede ser útil ver algún modelo de proyecto para esclarecer las ideas; pero le toca a la comunidad hacer el propio trabajo, que no es esencialmente la elaboración de un texto,  sino un proceso de discernimiento y de participación.

            - Una vez que se ha llegado a una “visión compartida” del futuro, se inicia el segundo paso, que es el de contemplar, en la línea de la “visión”, lo que se encuentra actualmente en la comunidad: la situación de la comunidad. Muchas veces domina la tendencia a ir directamente a hablar de los problemas; en cambio, parece mejor estrategia considerar antes los “éxitos” y los recursos de la comunidad en relación con su futuro deseado. Este modo de proceder crea un clima positivo para todo el proceso y sirve para estimular a los miembros, puesto que ven elementos ya realizados o realizables. Luego se pasa a identificar las dificultades, los elementos que tienen necesidad de ser mejorados en vista de los objetivos que se han determinado. No sirve tampoco hacer una lista interminable de todos los puntos, positivos o negativos, en sus detalles. Una buena elaboración del proyecto presupone la capacidad de individualizar los tres o cuatro puntos que son decisivos y que prácticamente determinan todo lo demás; es decir, se trata de captar también los desafíos fundamentales que provienen de nuestra situación.

            - Y así se llega al tercer paso del proceso, que se refiere a las líneas de acción. A la luz de su visión de futuro y de su actual situación, la comunidad traza su camino anual. Dichas líneas de acción se articulan según las cuatro dimensiones de la formación, con la mirada puesta en la fase formativa que se está viviendo. Cada dimensión se expresa en forma de objetivos que alcanzar, de estrategias o procesos que activar, de intervenciones para llegar a la meta (cfr. FSDB 577). Los objetivos hacen concreta la visión del futuro, expresándola en forma de metas verificables. Las estrategias o procesos son los aspectos principales que hay que cuidar para alcanzar el objetivo. Y las intervenciones son las acciones que realizar.
            En las líneas de acción es oportuno también evidenciar algunas condiciones formativas que hay que asegurar para el éxito de la experiencia. Las líneas de acción vayan también acompañadas de la programación anual, en la que se determinan los tiempos, las modalidades y las personas responsables. Cuanto más concretas son las determinaciones, mucho más posible es la eficacia.
            Es deseable que las líneas de acción sean esenciales, para no dispersar a la comunidad en demasiados frentes; sean significativas, para que produzcan un impacto notable en la comunidad; sean alcanzables dentro del año, para tener en cuenta las posibilidades reales de la comunidad.

 
4. Atenciones que se deben tener durante la elaboración del proyecto

            Hay tres atenciones que cuidar bien durante todo el proceso: el compromiso de lograr la convergencia, la función del Director y el papel del equipo de los formadores.

            - Es importante que durante el proceso se trate de llegar a conclusiones con el consentimiento, o mejor con la convergencia, de los miembros de la comunidad. Convergencia no quiere decir unanimidad, sino que cada uno de los miembros, aun cuando no encuentra que la conclusión o la decisión le satisface plenamente, sin embargo comprende que debe prestarle su apoyo. Naturalmente, llegar a la convergencia entre un grupo de personas requiere tiempo y fatiga; pero tiene la gran ventaja de superar las diferencias de opinión, de  crear una visión común de los problemas y de las soluciones, y, por consiguiente, de promover la unidad. De este modo, el proyecto resulta ser “producto” de toda la comunidad; cada uno de los miembros se encuentra en él. Y manteniéndose abierta durante todo el proceso a lo que Dios le pide, la elaboración del proyecto se convierte en un verdadero acto de discernimiento.

            - La función del Director en este proceso no consiste en decidir él solo o imponer sus ideas. Él anima a los miembros de la comunidad a ponerse a la escucha del Espíritu y de los demás y a considerar el tema o el problema desde diversos puntos de vista. Invita a cada uno a participar con plena libertad y para esto trata de crear un clima de confianza y de respeto. Ayuda gradualmente a buscar la convergencia, superando los motivos de disenso. Acompaña a la comunidad durante todo el proceso, guiándolo con gran sensibilidad y asegurando que no sea ni expeditivo ni demasiado lento.

            - En la comunidad formadora el equipo de formadores tiene su papel particular (cfr. FSDB 234-239). Tiene su experiencia, praxis formativa y reflexión, que constituyen el patrimonio de continuidad de la comunidad formadora misma. Este equipo asegura un planteamiento unitario e integral al servicio de la única experiencia formativa; tiene capacidad de propuesta y de acompañamiento. Durante la elaboración del proyecto estará atento a dar espacio a la toma de conciencia de los formandos, a la expresión de su sensibilidad y de su vivencia, a su propuesta.

 
5. Elaboración escrita del proyecto comunitario

            Ya he dicho antes que el proyecto no es, ante todo, un texto escrito, sino la convergencia de la comunidad sobre las metas a lograr y sobre las medidas a tomar para llegar a ser lo que Dios la llama a ser. Por lo tanto, la comunidad no mira tanto a la producción de un documento, cuanto a la participación de todos, a la escucha recíproca, a la participación y a la convergencia; éstos son los verdaderos frutos de la elaboración del proyecto. Sin embargo, hay necesidad de una elaboración escrita, que sea como la memoria de la comunidad. No es necesario que este escrito sea preparado por todos juntos; haciendo así, se harían pesados los encuentros comunitarios. Es preferible, en cambio, que el Director pida a uno o dos miembros que tomen nota durante las asambleas comunitarias y luego redacten el texto; éste luego se somete a la comunidad y a la aprobación del Consejo; después se entrega a cada miembro.
            En la redacción del proyecto, es importante exponer una breve ambientación histórica y geográfica de la comunidad formadora. Es útil presentar cómo está constituida la comunidad formadora. Se trata de explicitar la composición del Equipo de los formadores con la descripción de sus funciones: encargado de los estudios, encargado de la animación litúrgica y espiritual, encargado de las ejercitaciones pastorales, ecónomo, ...; como también las modalidades del acompañamiento personal, la dirección espiritual (cfr. FSDB 262) y el servicio de la Confesión. Se trata también de presentar la eventual articulación de los hermanos jóvenes en grupos de acompañamiento con su especificidad; o la articulación de toda la comunidad en comisiones de corresponsabilidad: comisión litúrgica espiritual, comisión pastoral, comisión cultural, comisión fraterna, comisión económica,... Se describen los momentos y las modalidades de la elaboración del proyecto y de la evaluación de toda la comunidad y del Equipo de los formadores. Se indican las relaciones con el Centro de Estudios.
            Las partes ulteriores de la redacción del proyecto se refieren a las tres etapas del proceso de elaboración del proyecto. El texto escrito debería indicar la llamada de Dios, la situación de la comunidad y las líneas de acción, siguiendo siempre las cuatro dimensiones de la formación para la fase específica formativa que se está viviendo. En definitiva, se trata de redactar lo que se ha alcanzado con los tres pasos de la elaboración del proyecto y de darle una forma orgánica. En apéndice se ofrece un esquema de elaboración.

 
6. Punto de referencia para el camino personal y comunitario

            Después de su elaboración, el proyecto comunitario es un punto constante de referencia al que vuelve cada miembro y toda la comunidad.

            Al comienzo del año, la comunidad formula o actualiza el proyecto (cfr. CG25 65) y lo especifica con la programación anual (cfr. CG25 74). Luego, la comunidad se pone a trabajar para actualizarlo.
            Periódicamente, mediante las “buenas noches”, la conferencia, la asamblea o cualquier otro medio, el Director recuerda a la comunidad y a cada hermano los compromisos asumidos. Es importante procurar ser concretos; lo cual puede ser fruto de la acción del Consejo de la comunidad; mensualmente él puede verificar la correspondencia entre el “camino indicado” y el “camino recorrido”.
            Toda la comunidad verifica y evalúa el camino del propio proyecto a lo largo del año y hacia el final del mismo. Reducir la evaluación sólo al final del año significa correr el peligro de no tener tiempo ni posibilidad para hacer las oportunas correcciones, remover los eventuales impedimentos y dar un impulso para el logro de las metas. De este modo el proyecto no se queda en un mero documento escrito, sino que se convierte en un medio eficaz para unificar a la comunidad y hacerla progresar en su misión formativa.
            Por su parte, cada miembro trata de armonizar su proyecto personal de vida con el comunitario (cfr. CG25 220). El proyecto comunitario se convierte así en punto de referencia para el proyecto personal de cada uno.

            El Inspector con su Consejo tiene la responsabilidad del acompañamiento y la evaluación del proyecto de la comunidad; para ello se sirve de la aportación del Delegado inspectorial de formación y de la Comisión de formación. De este modo, la comunidad aprende a caminar juntamente con la Inspectoría y es estimulada y orientada en la realización de sus pasos. El Inspector, por otra parte, verifica la conformidad del proyecto de la comunidad con el Proyecto inspectorial de formación.

* * *

            ¡Se ha dicho que no ser capaces de proyectar es proyectar que no se es capaz! La elaboración comunitaria del proyecto es un camino comprobado por la experiencia, que ayuda a realizar aquella comunidad que querríamos ver en cada una de nuestras casas de formación. Nuestra comunidad no es un “producto acabado” por el hecho de estar constituido por un cierto número de miembros, sino un edificio en construcción, una obra de arte en curso. Y completarlo es el compromiso de cada uno de nosotros con confianza, generosidad y alegría.

Don Francesco Cereda

Roma, 19 de marzo de 2003
Solemnidad de San José

 

 

EL PROYECTO DE LA COMUNIDAD  FORMADORA

Esquema de la elaboración

 

LA COMUNIDAD FORMADORA

¿Cuáles son las características de esta comunidad?

En esta  parte se describe la comunidad formadora: el contexto histórico y geográfico, el equipo de los formadores y de sus funciones, la composición y la articulación de la comunidad, los momentos periódicos de evaluación personal o “escrutinios”, los momentos y las modalidades de la evaluación comunitaria, las relaciones con el Centro de Estudios...

 
LA LLAMADA DE DIOS

 ¿Qué quiere Dios de esta comunidad en esta fase formativa específica?

  1. La llamada tiene presente la identidad vocacional y el perfil de salesiano, la finalidad de la comunidad en su específica fase formativa, las cuatro dimensiones de la formación: humana, espiritual, intelectual y educativo-pastoral.
  2. Se solicitan las aportaciones de cada uno hacia una convergencia de puntos de vista. 

 

LA SITUACIÓN DE LA COMUNIDAD

¿Dónde se encuentra la comunidad respecto de la llamada de Dios: se encuentra cerca o lejos?

  1. La situación tiene también en cuenta la identidad vocacional y el perfil de salesiano, la finalidad de la comunidad en su fase específica y las cuatro dimensiones de la formación.
  2. Se consideran primeramente los recursos de la comunidad.
  3. Se pasa luego a identificar las dificultades.
  4. Finalmente, se definen aquellos tres o cuatro puntos decisivos, o sea, los desafíos fundamentales que provienen de nuestra situación.

 

LAS LÍNEAS DE ACCIÓN

¿Qué pasos debe dar la comunidad? ¿En qué dirección, por qué caminos, con qué intervenciones?

  1. Estas líneas de acción se articulan según las cuatro dimensiones de la formación; cada dimensión se expresa  mediante

    - Objetivos
    - Estrategias o Procesos
    - Intervenciones

  2. Dichas líneas pueden ofrecer también algunas condiciones formativas, que garantizan el éxito de la experiencia.
  3. Vayan acompañadas de la programación anual, donde se determinan los tiempos, las modalidades y las
    personas responsables.