Consejo Recursos

ACG 425 - La formación es permanente

(ACG 425 – enero-julio 2017)

La formación es permanente

Ivo Coelho, SDB
Consejero general para la formación

doc   pdf   zip

En el camino beberá del torrente,
por eso levantará su cabeza (Sal 110,7)

Un salesiano había terminado una brillante conferencia sobre la importancia del acompañamiento espiritual, intentando entusiasmar a su auditorio. Al final del encuentro, escuchó de pasada un comentario de un hermano joven: “Menos mal que ya me he hecho sacerdote. Ahora ya no necesito ningún acompañamiento”.

 

¿Es la formación algo que se cierra y concluye con la profesión perpetua o con la ordenación sacerdotal? ¿No es, más bien, algo muy diferente, que dura toda la vida? Considerando el reciente documento de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, A vino nuevo, odres nuevos,[1] la presente carta nos lleva a las Constituciones y a aquel valioso comentario a nuestras Constituciones que es El Proyecto de vida de los Salesianos de Don Bosco, para ponernos en sintonía con “la aventura del Espíritu”[2] que es la formación, y ofrecernos algunas líneas prácticas para vivirla mejor.

 

La expresión “formación permanente” se ha vuelto muy familiar en las últimas décadas sobre todo en el contexto de la vida religiosa y sacerdotal.[3] Sin embargo,  la realidad que evoca es antigua como el ser humano mismo, aunque ha sido objeto de reflexión sólo recientemente.

 

Ha sido mérito del existencialismo, sobre todo, el subrayar la historicidad del ser humano como espacio para su realización, frente a un esencialismo que tendía a considerer al ser humano como sustanciamente “ya constituido”. Sin duda, hubo exageraciones, como la famosa expresión de J.-P. Sartre: “la existencia precede a la esencia”: pero precisamente esta exageración sirvió como saludable correctivo a una manera estática de concebir la vida humana. Con mayor equilibrio se podría hablar de la identidad del ser humano como constituida en buena medida por su experiencia de vida concreta, sus proyectos y sus opciones.

 

En este contexto, el concepto de experiencia es fundamental, con sus connotaciones etimológicas, sobre todo aquellas que hacen referencia al riesgo y al peligro: ex-perior, ex-perto, periculum, etc. Sin entrar en la complejidad del concepto y de lo que indica, quisiera detenerme en dos elementos que creo que es importante distinguir: el suceder como tal (evento, acontecimiento, événement) y el impacto que ejerce sobre la persona – es decir cuanto uno aprende de aquello que le sucede. En alemán es posible hacer una interesante distinción entre Erlebnis y Erfahrung, es decir entre la multiplicidad de las ‘experiencias’ (lo vivido), y ‘experiencia’ como cuanto uno logra aprender de tantas ‘experiencias’ que va realizando. Efectivamente, se pueden tener muchas experiencias y sin embargo no aprender nada de ellas. Un hermano decía de otro que no dejaba de  “gloriarse” de sus 25 años de experiencia: “Ha tenido solo un año de experiencia que después ha repetido 25 veces”. Hacer de la vida un espacio de formación no significa correr detrás de tantas cosas (‘tener muchas experiencias’), sino más bien crecer en el arte de aprender de aquello que se vive (‘hacerse experto’). Este es un punto importante para comprender cuanto las Constituciones quieren decirnos.

 

1. Formación permanente: el significado de la expresión

 

Considerando lo que acabamos de decir, podemos preguntarnos: entonces ¿qué significa la expresión “formación permanente”? Ciertamente que no se refiere a una serie de actividades organizadas por una istitución (religiosa o profesional o de cualquier otra naturaleza) para la cualificación o actualización de sus miembros, muchos de las cuales tendrán lugar fuera del contexto ordinario de vida y de trabajo. Todavía menos se refiere a una fase que comienza después de aquella que se suele definir como “formación inicial”. En efecto, el Capítulo General 22 estudió diversas expresiones alternativas con la intención de evitar posibles ambigüedades – formación continua, formación post-inicial, etc. – y se descartaron por no ser adecuadas.

 

Para centrarnos en esta idea, intentemos prestar atención al uso de la palabra “permanente”: ¿es un adjetivo o es un predicado? Concretamente: ¿Cuál de las dos expresiones siguientes deja ver mejor lo que se quiere decir?

 

La formación permanente es… (permanente = adjetivo)

La formación es permanente (permanente = predicado)

 

Es obvio que la segunda es la que expresa mejor lo que queremos dar a entender. Es dentro de esta formación que permanece viva en todo el arco de los días – hasta el último – donde tiene su razón de ser también lo que definimos como “formación inicial”. Entendido así, se clarifica y adquiere su mejor sentido lo que la Ratio menciona sobre “la formación al servicio de la identidad salesiana”: está  claro que la formación no se refiere sólo a las fases iniciales de la vida salesiana.[4] La formación permanente, por decirlo con otras palabras, no es la continuación natural de la formación inicial. Es, más bien, la forma habitual de vivir nuestra vocación. Es un modo nuevo de comprender la vida consagrada, acogida y comprendida como la participación en la acción del Padre, que, a través del Espíritu, forma y modela en el corazón los sentimientos y actitudes del Hijo.[5] La formación dura toda la vida, hasta la hora en que nuestra existencia como consagrados alcanzará la “realización suprema”.[6]

 

2. Formación permanente en las Constituciones salesianas: análisis

 

Como ya hemos dicho, el concepto de “formación permanente” es relativamente nuevo. En nuestra congregación ha surgido explícitamente durante el CG22, en 1984, en el contexto de la elaboración definitiva del texto constitucional. La comisión que preparaba los artículos sobre la formación ha sido la única que no ha iniciado su trabajo a partir de un texto anterior (las Constituciones ad experimentum del 1971-72), precisamente porque este era un modo totalmente nuevo de entender la formación. No debemos equivocarnos por el hecho de que en el capítulo 9 de las Constituciones haya dos artículos dedicados expresamente a la formación permanente (118 y 119). Como señala El Proyecto de vida de los salesianos de Don Bosco (1986), el principio organizador de toda la tercera parte de las Constituciones era la formación permanente. [7] En otras palabras, la formación permanente es la idea madre y el criterio organizador de todo lo que nuestras Constituciones tienen que decir sobre la formación.

 

a) La formación es ante todo respuesta a una llamada: “Jesús llamó personalmente a sus Apóstoles para que estuviesen con Él” (C 96). Es importante distinguir entre llamada y elección. En este tiempo la elección se ha convertido en una de las categorías principales con las cuales se organiza la realidad, incluyendo la dimensión religiosa de la existencia. Esto tiene su lado positivo: propicia la responsabilidad personal y adquiere un profundo valor la intención con la cual se obra, pasando más allá de los límites de la aceptación ciega y de una pertenencia pasiva. Pero si se convierte en la “forma” sobre la cual se plantea el camino de la vida espiritual, su mayor límite está en situar al individuo en el centro. Llamada en cambio presupone que estamos delante de alguien que llama. Hablar de llamada es reconocer la presencia de uno que llama: es darse cuenta de que la iniciativa gratuita de Dios siempre antecede a todos nuestros planes y proyectos. La vida consagrada no es una elección que nosotros hacemos. Es una respuesta a una llamada.

 

b) La formación es nuestra respuesta a la llamada de Dios. Dice el artículo 96: “Respondemos a esta llamada con el esfuerzo de una formación adecuada y continua, para la que el Señor nos da a diario su gracia”.[8]  Podemos señalar inmediatamente dos consecuencias:

-          Se podrá entender que la formación es permanente solamente si comprendemos también nuestra vocación exactamente de la misma forma, es decir, como un permanente-continuo proceso de crecimiento. El Señor me sigue llamando cada día: “Cada mañana, despierta mi oído” (Is. 50, 4). El mártir protestante D. Bonhoeffer hace notar que la primera y la última palabra que Jesús dirige a Pedro es la misma: “Sígueme”  (Jn 21, 22).[9]

-          La vida no resulta formativa si no es vista desde el punto de vista del crecimiento vocacional. El beato J. H. Newman solía decir: “No te preocupes por el hecho de que tu vida vaya a acabar. Preocúpate mucho más de la posibilidad de que no comience nunca”. Cuando se trata de la formación, el verdadero riesgo es que para alguno de nosotros la formación no se haya iniciado realmente todavía.[10] Nuestro discernimiento podría ser inadecuado o incluso falseado, si no tuviera como criterio de base el crecimiento en la vocación, entendida como respuesta al Señor que llama. Y por el otro lado de la medalla muchas experiencias negativas y crisis, paradójimamente, pueden llegar a ser formativas, cuando la persona está en grado de afrontarlas desde el punto de vista del crecimiento vocacional.

 

c) Nuestra llamada es para seguir a Jesús en una forma específica: como personas consagradas en el espíritu de Don Bosco. Seguir a Jesús quiere decir volverse como Él, hijos en el Hijo, permitiendo al Padre plasmar en nosotros el corazón y la mente de su Hijo, con la finalidad de que vivamos y sintamos, pensemos y comprendamos, evaluaemos y juzguemos, decidamos, amemos y nos comportemos como Él. Con San Pablo podermos decir: “No soy yo quien vive, es Cristo que vive en mí” (Gál 2, 20). Seguir a Jesús como consagrados, significa ser memoria viviente suya, hasta seguir también sus más concretas opciones de vida célibe, pobre y obediente por amor del Reino, anticipando inmediatamente aquello que un dia esperamos llegar a ser.

 

d) La llamada nunca es “para uno mismo”: El Señor llama para enviar. Por lo tanto la misión es el modo en el cual se vive la elección. La formación del salesiano se orienta totalmente hacia la misión y está motivada por la misión (C 97).[11] “Sumergido en el mundo y en las preocupaciones de la vida pastoral, el salesiano aprende a encontrar a Dios en aquellos a quienes es enviado” (C 95). El objetivo es el de encontrar a Dios en medio de nuestra vida y trabajo; el itinerario para llegar, es el camino formativo. No sirve salirse de la vida ordinaria para formarse: al contrario, es necesario entrar dentro, pero de manera adecuada. Se trata de pasar del dejarnos vivir a empezar a aprender de la experiencia en el modo que nos indican las Constituciones. Si sintonizamos con este estilo, comenzaremos a vivir en un “estado permanente de misión” que es al mismo tiempo un estado permanente de formación.[12]

 

e) La formación no es solo una fase o una parte de la vida salesiana sino más bien un modo de ser que abraza la vida entera, hasta que todo – oración, vida fraterna, compromiso apostólico y práctica de los consejos evangélicos – se vuelven formativos, es decir, respuesta al Señor que nos llama (en cada momento, durante toda la vida).[13]

 

f) El artículo 119 se nos habla de la naturaleza de nuestra vida, entendida como formación: “Viviendo en medio a los jóvenes y en constante relación con los ambientes populares, el salesiano se esfuerza por discernir en los acontecimientos  la voz del Espíritu, adquiriendo así la capacidad de aprender de la vida”.[14] Y hacia el final del artículo agrega: “Se siente, además, llamado a vivir con preocupación formativa cualquier situación, pues la considera tiempo favorable para crecer en su vocación”. Ninguna experiencia es inútil o irrelevante si somos capaces de aprender. Obviamente, no bastarán nuestros propios esfuerzos, la inteligencia y la perspicacia; se requiere la fe, que nos habilita en la capacidad de “discernir en los acontecimientos la voz del Espíritu”.

 

g) Todo esto abre camino a una importante pregunta: ¿Qué papel desempeña la formación inicial? Ante todo hay que aclarar que la formación inicial NO es el princeps analogatum o la piedra de comparación de toda la formación (como se nos ha hecho creer hasta hoy). Encuentra su razón de ser en aquello que “viene después” (de otra forma no se explica el calificativo de “inicial”). Es parte de una formación que es permanente. No por nada la formación inicial tiene su peculiaridad. Tiene el mismo valor que la universidad tiene para un médico: no es un fin en sí misma, sino un tiempo privilegiado para adquirir los instrumentos indispensables en vistas de aquello que seguira después. Tomemos como ejemplo la “dirección espiritual”. Lejos de ser una práctica reservada a la formación inicial, es algo que planta los cimientos para un acompañamiento espiritual que por su misma naturaleza debe continuar durante toda la vida. Teniendo presente el texto del artículo 119 podemos sencillamente concluir que la finalidad de la parte inicial de nuestra vida entendida como formación es la de aprender a aprender.[15] Y cuando en la parte restante de la vida el aprender permanentemente continúa, la vida se vuelve formación, una respuesta que prosigue dia tras dia en el amor de Dios, el cual, miserando et eligendo,[16] jamás deja de llamar así como jamás deja de amar.

 

3. Formación permanente en las Constituciones Salesianas: la síntesis

 

Hemos considerado algunas de las características de la formación permanente así como son presentadas en nuestras Constituciones. Creo que podemos terminar con la extraordinaria síntesis que ofrece el artículo 98: La experiencia formativa.

 

Iluminado por la persona de Cristo y por su Evangelio, vivido según el espíritu de Don Bosco, el salesiano se compromete en un proceso de formación que dura toda la vida y respeta sus ritmos de maduración. Vive la experiencia de los valores de la vocación salesiana en los diferentes momentos de su existencia, y acepta la ascesis que supone tal camino.

 

Con la ayuda de María, madre y maestra, se esfuerza por llegar a ser educador pastor de los jóvenes en la forma laical o sacerdotal que le es propia.

 

Ante todo, aquí la formación viene entendida como proceso: “Hace experiencia de los valores de la vocación salesiana”. Durante las fases inciales de la formación nos familiarizamos con estos valores fundamentales, porque conocerlos no es lo mismo que “hacer experiencia de ellos”. Para estar preparados y dar el gran paso hacia la profesión perpetua no es suficiente conocer las Constituciones de memoria; se necesita haber experimentado la vida salesiana, es decir haber aprendido de la vida.

 

Además, el artículo hace ver que la formación dura toda la vida. Cuando la formación es entendida como respuesta, y cuando la misión es comprendida como epifanía, el entusiasmo y la pasión ya no tienen ni limites ni confines, porque incluso en la edad madura y en las últimas etapas de la vida el diálogo de amor entre el Señor y la persona continúa; el salesiano se hace, de manera cada vez más clara y transparente, signo y portador de su amor, vultus misericordiae.

 

Aún más, no se puede ignorar la ascesis, que forma parte de nuestra vida, entendiéndola como formación. Las rosas, que son los valores insertos en el espíritu salesiano tienen también sus espinas, como Don Bosco ha tratado de enseñarnos a través del sueño de la pérgola de rosas.

 

Vale la pena insistir en el hecho de que la formación tiene lugar esencialmente en un contexto de fe, vivido dentro del carisma salesiano: “Iluminado por la persona de Cristo y por su Evangelio, vivido según el espíritu de Don Bosco”. Ser como Don Bosco significa ser uno con Jesús, recorriendo juntos “la aventura del Espíritu” – y es impensable ser un consagrado hijo de Don Bosco sin una personal, apasionada y espléndida relación con Cristo.

 

Finalmente, debemos prestar atención a las palabras conclusivas: el salesiano, es decir, cada salesiano, es esencialmente un educador-pastor. Es un educador-pastor antes aún que ser coadjutor, o diácono o sacerdote. Un salesiano coadjutor que no es pastor, no es salesiano; y un salesiano sacerdote que no es educador no es salesiano. Nuestra eficacia en última instancia, toma vida de la relación que tenemos con el Señor, de nuestro con-formarnos con el corazón de Cristo. Porque de hecho, educamos a través de lo que somos y lo que amamos. De la abundancia del corazón es de donde nosotros hablamos, actuamos y somos, Cor ad cor loquitor, como decía San Francisco de Sales.

 

Y todo esto “con la ayuda de María, Madre y Maestra” “que nos “educa para la donación plena al Señor” (C 92). Estamos invitados a ser hijos en el Hijo, dejando que María modele en nosotros un cuerpo y un corazón como el de Cristo; dejando que ella nos enseñe a amar tal y como ha enseñado a Don Bosco (C 84) o,  podemos decirlo mejor, como ella ha enseñado al mismo Jesús.

 

4. Cómo estar en formación durante toda la vida

 

Hasta aquí hemos hablado sobre todo del “qué”. Pero se debe también observar el “cómo”, basándonos en las Constituciones y en la Ratio – dicho sea de paso que un buen “qué” es ya de por sí también un “cómo”.[17]

 

El artículo 119, ya citado, contiene algunas palabras sobre las cuales no hemos querido detenernos con anterioridad: “el salesiano se esfuerza en discernir… adquiriendo así la capacidad de aprender de la vida.” Este aprender y esforzarse se da a lo largo de toda la vida, aún cuando tenga su tiempo privilegiado durante la “formación inicial”.

 

Tanto el artículo 118 como el 119 indican cuáles son las áreas que se deben desarrollar si queremos que la vida se vuelva con seguridad un lugar formativo: “Procuramos crecer en la madurez humana, configurarnos más profundamente a Cristo y renovar la fidelidad a Don Bosco, para responder a las exigencias, siempre nuevas, de la condición juvenil y popular”(C 118). “Durante el tiempo de actividad plena, encuentra ocasiones para renovar el sentido religioso-pastoral de su vida y capacitarse para hacer su trabajo con más competencia” (C 119). Dos aspectos típicos de la formación emergen claramente del texto: proceso y responsabilidad personal. En línea con esto, quisiera enumerar algunos puntos metodológicos que tienen relación sobre todo con las fases iniciales de la formación.

 

a) La dimensión cualitativa debe prevalecer sobre la cuantitativa: el punto central de la cuestión está en aprender de la experiencia, más que en limitarse a tener muchas experiencias.

 

b) Debemos desarrollar la habilidad de aprender de nuestras experiencias, aún de aquellas que pudieran considerarse “negativas”.

 

c) Igualmente, antes que la insistencia en aprender de nuestras experiencias, con el Papa Francisco podemos aprender a detenernos ante el misterio de la vida, ante la belleza de la naturaleza, ante el misterio del otro, tanto si se trata de un joven o de un hermano nuestro o de quien comparte con nosotros la misma misión. Tengamos en consideración la permanente insistencia del papa  sobre “la mirada pastoral” y sobre la “serena atención”.[18] No descuidemos nuestra experiencia vivida. Si de verdad nos importa “aprender de”, ante todo necesitamos “aprender a” habitar, permanecer, estar ante el misterio. Deteniendo ahí nuestros pasos, nos daremos cuenta de estar en tierra santa cuando nos  encontrarnos delante de la “zarza ardiente”.

 

d) En nuestro aprender y discernir, la Palabra de Dios es el criterio hermenéutico. La Palabra es luz y fuerza, alimento para el camino (C 87). La vida salesiana deja espacio a la escucha prolongada de la Palabra de Dios,[19] a través de la lectura personal y también de la lectio divina en comunidad.

e) La formación significa también el constante volver a las Constituciones, que son para nosotros la concreción de la Palabra de Dios, y a las fuentes salesianas que contienen en sí la aventura del Espíritu vivida por Don Bosco y por tantos salesianos después de él. Podemos y debemos pensar en la formación inicial como en una iniciación en las fuentes: regresar regularmente a nuestras fuentes, para habitarlas y extraer la vida que de ellas brota.

f) Este arte de aprender requiere acompañamiento. No se aprende sin un maestro, o para ser más precisos, sin un experto (palabra que deriva de ex-perior, misma raíz de experiencia). Convienen insistir aquí en el hecho de que, como para la vocación y la formación, también el acompañamiento espiritual personal es permanente y continuo tanto cuanto dura la vida.[20] 

g) En absoluto se trata de un aprendizaje unidireccional; siempre se da en la red de relaciones que es la comunidad – sea la comunidad salesiana (C 99) o el ámbito más amplio de la comunidad educativo-pastoral.[21] “Para educar un hijo hace falta un pueblo”, dice un proverbio africano citado por el Papa Francisco.[22] El artículo 101 de las Constituciones nos recuerda que la comunidad inspectorial acoge y acompaña la vocación de cada uno de los hermanos, y cada salesiano  “contribuye, con su oración y testimonio, a sostener y renovar la vocación de sus hermanos”.

h)  Adquirimos la habilidad de dar calidad formativa a la vida ordinaria – y el formador creativo hará uso de todos los medios a su disposición para animar a aprender de la experiencia, la reflexión en clima de oración, el discernimiento espiritual como estilo de vida. Aquí quisiera insistir también en la importancia de la lectura.[23]  Estemos atentos a no correr el riesgo de infravalorar la fuerza de cambio personal inherente a las buenas lecturas, iniciando por la lectura de la Palabra de Dios y de las Constituciones, como ya hemos dicho.[24] 

i) Dejemos espacio a la ascesis inherente a nuestra vida y misión, no solo en aceptarla de buen grado sino aprendiendo de ella. Se refuerza con esto el espacio y la importancia de la meditación cotidiana, de los momentos de oración personal, del acompañamiento espiritual personal, y también del compartir espiritual, a lo que los últimos Capítulos Generales nos han invitado.[25]

 

En nuestras Constituciones y Reglamentos encontramos, pues, otros instrumentos y medios relevantes para la formación. Basta sólo recordar que cada proyecto personal de vida (R 99) es leído con claridad en la óptica de la formación como respuesta a una llamada, al servicio de las necesidades de la inspectoría (R 100). Lo mismo se puede decir con respecto de las iniciativas ordinarias y extraordinarias promovidas por la inspectoría o por grupos de inspectorías, de la Iglesia o de la sociedad (R 101), y obviamente de momentos dedicados a la renovación personal (R 102).

 

Esta breve reflexión sobre la formación permanente no puede concluirse sin decir una palabra sobre la devoción – que para San Francisco de Sales es la habilidad para encontrar a Dios en todo y para vivir con frescura y alegría, “corriendo y saltando” por el camino de los mandamientos de Dios”.[26]  

 

Recemos para que el Señor nos ayude a ser fieles cada día – a “saciar nuestra sed en el arroyo del camino” (Sal 110,7), de tal manera que nuestros corazones estén siempre orientados hacia Él, la fuente del agua viva, y para que ríos de agua viva broten de nuestro interior (Jn 7,38), para la vida de muchos.

 

 

***



[1] CIVCSVA, A vino nuevo, odres nuevos: La vida consagrada desde el Concilio Vaticano II: retos aún abiertos. Orientaciones (6 enero 2017), cfr. n. 16 y 35.

[2] Ángel Fernández Artime, Aguinaldo 2016: “Con Jesús, ¡recorramos juntos la aventura del Espíritu!”

[3] CIVCSVA, Identidad y Misión del hermano religioso en la Iglesia (2015), en la versión inglesa emplea la expresión “lifelong formation” en el n. 35, que es traducido al español como “formación permanente”.

[4] La formación de los salesianos de Don Bosco. Principios y normas (FSDB), 4° edición (online, 2016) capítulo 2, sección 2: La formación al servicio de la identidad salesiana. Cfr. https://formazionesdborg.files.wordpress.com/2016/12/ratio_2016_es.pdf (14.06.2017).

[5] Vita Consecrata 66.

[6] C 54.

[7] El proyecto de vida de los Salesianos de Don Bosco. Guía de lectura de las Constituciones salesianas (Madrid, 1987) 803-804. No queremos retomar y repetir aquí todo lo que estos textos tienen que decir sobre la formación entendida como permanente.

[8] “Responder a la llamada significa vivir en actitud de formación” (El proyecto de vida de los Salesianos de Don Bosco, 816). “La formación es acoger con alegría el don de la vocación y hacerlo real en cada momento y situación de la existencia” (FSDB 1).

[9] Pero el apóstol al que es dirigida esta palabra no es para nada “el mismo”: la sgunda vez, nuevamente en el mar de Tiberíades, es menos presuntuosoy mucho más centrado, porque su ceentro ahora es Cristo Jesús y su amor misericordioso. La transformación de Pedro hasta llegar al martirio ofrece a la teología el pundo de partida para la reflexión sobre gracia y libertad, que inicia en Agustín y recorre los siglos a través de Tomás de Aquino hasta llegar a nuestros días: una reflexión que todavía tiene que ver en todos y para todos con la formación que permanece y continúa a lo largo de todo el arco de la vida.

[10] Cfr. A. Cencini, Formazione permanente: Ci crediamo davvero? (Bologna: Edizioni Dehoniane, 2011) 131 (ed. española: ¿Creemos de verdad en la formación permanente? (ed. Sal Terrae, ISBN 9788429320596).

[11] “La formación contina se orienta según la identidad eclesial de la vida consagrada. No se trata solo de actualizarze según nuevas teologías, normas eclesiales o sobre nuevos estudios relativos a la propia historia y al carisma del Instituto. La tarea es la de consolidar, o con frecuencia también reencontrar el lugar propio en la Iglesia en el servicio a la humanidad” (A vino nuevo, 35).

[12] Cfr. EG 25, cuyos reflejos están en el GC27, 74.1.

[13] Cfr. VC 65, e CIVCSVA, ‘Caminar desde Cristo: Un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer milenio. Instrucción, Roma, 19 mayo 2001, 15.

[14] El texto inglés: “the ability to learn from life’s experiences”.

[15] La formación inicial “no puede contentarse con formar en la docilidad y en las sanas costumbres y tradiciones de un grupo, sino que debe hacer al joven consagrado realmente docibilis. Esto significa formar un corazón libre para aprender de la historia de cada dia durante toda la vida con el estilo de Cristo para ponerse al servicio de todos.” (A vino nuevo,  35).

[16] Escudo del papa Francisco, asumido de la homilía de san Beda el Venerable sobre la llamada de Mateo (CCL 122, 149-151).

[17] A vino nuevo 35 dice que no existe aún una cultura de la formación continua, y que al nivel de praxis pedagógica, no hemos encontrado todavía itinerarios concretos, en el plano individual y comunitario, que hagan efectiva la formación permanente. El documento pide también que se haga una reflexión sobre la dimensión estructural-institucional de la formación permanente: “Como en un tiempo, después del Concilio de rento, nacieron seminarios y noviciados para la formación inicial, hoy se nos llama a realiar formas y estrucutras que sostengan el camino de cada consagrado hacia la progresiva conformación con los sentimientos del Hijo (Cfr. Fil 2, 5). Seria un signo institucional extremadamente elocuente” (ibid.)

[18] Cfr. EG 51, y también 125, 141, 169; y LS 225-226.

[19] Congregación para los Religiosos e Institutos seculares, La dimensión contemplativa de la vida religiosa (marzo 1980) 20. Cfr.

http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/ccscrlife/documents/rc_con_ccscrlife_doc_12081980_the-contemplative-dimension-of-religious-life_sp.html (28.01.2017).

[20] Mientras que nuestras constituciones hablan de confiarse con sencillez a un director espiritual como una de las actitudes y uno de los medios para progresar en la castidad (C 84), y los Reglamentos piden que cada hermano “mantenga viva su disponibilidad para la oración, la meditación y la dirección espiritual personal y comunitaria” (R 99), la Ratio afirma que “ordinariamente, en la edad adulta, no es necesaria la dirección metódica requerida para el primer período de la formación.” (n. 267) Vita Consecrata (1996) dice: “Para progresar en el camino evangélico, especialmente en el periodo de formación y en ciertos momentos de la vida, es de gran ayuda el recurso humilde y confiado a la dirección espiritual, merced a la cual la persona recibe ánimos para responder con generosidad a las mociones del Espíritu y orientarse decididamente hacia la santidad.” (VC 95) Nuestros últimos Capítulos Generales introducen un cambio cuando nos invitan a caminar en la dirección de un acompañamiento permanente, desde el momento en que el objetivo e la formación es conformarse con Cristo (cfr. CG2, 62 y CG27, 67.2). El Directorio para la vida y el ministerio de los presbíteros (73/edición 2013) habla de la dirección espiritual como de una necesidad para los sacerdotes: “para contribuir a la mejora de su espiritualidad es necesario que los sacerdotes practiquen ellos mismos la dirección espiritual”.

La Nueva Ratio della Chiesa (2016) presenta el acompañamiento personal como una de las dinámicas más importantes para la formación permanente: “El presbítero no deberá aislarse; necesitará, al contrario, el auxilio y el acompañamiento en el ámbito espiritual y/o psicológico. En cada caso, será útil intensificar la relación con el director espiritual con el fin de extraer algunas lecciones positivas de las dificultades, aprendiendo a buscar la verdad en la propia vida y a comprenderla mejor a la luz del Evangelio”. (Congregación para el Clero, El Don de la vocación presbiteral. Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis,  84).

[21] FSDB, 560.

[22] Discurso del Santo Padre Francisco almundo de la escuela italiana, 10 mayo 2014.

[23] Cfr. R 99: “Cultive cada uno el hábito de la lectura…”

[24] Sobre Palabra de Dios y Constituciones como los dos polos principales de nuestra lectura formativa, cfr. El Proyecto de vida de los salesianos de Don Bosco,  833.

[25] GC27, 67.4.

[26] “Porque, así como un hombre que está convaleciente anda tan sólo el camino que le es necesario, pero lenta y pesadamente, de la misma manera, el pecador recién curado de sus iniquidades, anda lo que Dios manda, pero despacio y con fatiga, hasta que alcanza la devoción, ya que entonces, como un hombre lleno de salud, no sólo anda sino que corre y salta “por los caminos de los mandamientos de Dios”, y, además, pasa y corre por las sendas de los consejos y de las celestiales inspiraciones.” Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, parte I, cap. 1.