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ACG 426 - Formazione dei Formatori (Don Ivo Coelho)

LA FORMACIÓN DE LOS FORMADORES

Ivo Coelho, SDB

Consejero general para la formación

Para ACG 426 (2018)

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1. Preparar formadores y no solo docentes - 2. El modelo de formación - 3. Consideraciones concretas sobre la formación de los formadores - NOTE

La formación – dice S. Juan Pablo II en Vita Consecrata – es “una participación en la acción del Padre que, mediante el Espíritu, infunde en el corazón de los jóvenes y de las jóvenes los sentimientos del Hijo” (VC 66). Mientras que el Padre es el “formador por excelencia” y la principal responsabilidad de la respuesta corresponde totalmente a aquél que es llamado, Dios quiere servirse de instrumentos humanos en la tarea de la formación, “poniendo al lado de los que Él llama algunos hermanos y hermanas mayores” (VC 66).

Esta carta quiere prestar atención no tanto a quien está en formación, sino más bien a la persona del formador, a la luz del camino que la congregación ha llevado desde el Concilio Vaticano II en adelante, por el que somos todos ahora más conscientes de que es la misión la que da a toda nuestra existencia su tono concreto; que la formación es un proceso que dura toda la vida; que la comunidad educativo pastoral es el sujeto de la misión, compartida con tantos laicos y miembros de la familia salesiana, con un claro papel de la comunidad religiosa salesiana en su interior; en definitiva – con el camino abierto por los últimos capítulos generales – que nuestra identidad es la de ser personas consagradas, que  viven su vocación en las dos formas de salesiano laico y salesiano sacerdote.

1.     Preparar formadores y no solo docentes

El reconocimiento de la necesidad de formación para los formadores está bien documentado en el magisterio de la Congregación, a partir de R 78, que dice: “Tengan las comunidades formadores un Director y un equipo de formadores especialmente preparados, sobre todo en lo referente a la dirección espiritual…” En la línea de Potissimum institutioni (1990), Pastores dabo vobis (1992), Directrices sobre la preparación de los formadores en los seminarios (1993), Vita consecrata (1996), y probablemente también La colaboración entre institutos para la formación (1998), la tercera edición de nuestra Ratio (2000) retoma el tema de la formación de los formadores y lo propone de diversos modos.[1] Como afirma Directrices en 1993, “no basta el sentido común sino que es necesaria una mirada atenta y afinada mediante un buen conocimiento de las ciencias humanas para ir más allá de las apariencias y del nivel superficial de las motivaciones y de los comportamientos, y ayudar al alumno a conocerse a fondo, a aceptarse con serenidad, a corregirse y a madurar ...”[2] El mismo documento hace una útil distinción entre una fase inicial y una fase sucesiva en la formación de los formadores (48-71), y Vita Consecrata ha insistido en la creación de “estructuras adecuadas para la formación de los formadores” añadiendo que estas estén “posiblemente en lugares que permitan el contacto con la cultura en la que será ejercido después el propio servicio pastoral” (VC 66).

En una importante carta de 2009, “La formación de formadores de la formación inicial”, el consejero para la formación, Don Francisco Cereda, ha hablado de la necesidad de una elección muy cuidada de los formadores y de su formación; ha definido la tarea de los formadores (ayudar a la transformación, acompañar, favorecer el primado de la vida espiritual, comunicar el carisma de Don Bosco, trabajar en equipo); y ha ofrecido una lista de oportunidades para la formación de los formadores a nivel personal, local, inspectorial y mundial[3]. Las mismas orientaciones han sido repetidas con ocasión de la revisión de la consistencia cuantitativa y cualitativa de la comunidad formativa y de la Evaluación y orientaciones sobre la formación intelectual en la formación inicial[4].

Se constata que “hoy en la Congregación la mayor parte de los formadores no ha recibido, y actualmente no recibe ninguna o escasa preparación específica para la formación. Frecuentemente las inspectorías preparan los formadores, haciéndoles obtener un título en algún campo particular de estudio; tal cualificación es necesaria para la cultura personal del formador y como preparación para su papel docente, pero no es suficiente para su tarea formativa”[5]. Diez años después, la situación no parece haber cambiado. En “Vocación y Formación”, don Pascual Chávez habla de la necesidad de “preparar formadores y no solo profesores”[6]. Podemos decir que la preparación de los formadores no es todavía una praxis sistemática en la congregación.

2. El modelo de formación

El objetivo que tenemos delante nos hace escoger el recorrido a seguir. La formación de los formadores depende mucho del objetivo, el tipo de formación que deseamos, para el que queremos tener guías bien preparados.

El objetivo de la formación para la vida consagrada propuesto en Vita Consecrata no es ni una simple conformidad exterior ni un conjunto de actitudes y capacidades para hacerlas propias, sino más bien la alta meta de “asumir los mismos sentimientos (phronein) de Cristo” (Fil 2, 5).  Es configuración con Cristo, revestirse de Cristo (Rom 13, 14), dejando que Cristo se forme en nosotros (Gál 4, 19), compartiendo la total entrega del Hijo al Padre y a sus hermanos y hermanas, llegando a ser su memorial viviente  hasta el punto de compartir también sus concretas opciones de vida (VC 22, 66).

El objetivo de la formación salesiana, podremos añadir, es la configuración con Cristo Buen Pastor tras las huellas de Don Bosco.

Un auténtico objetivo educativo se ha de transformar en método. ¿Cuáles son las consecuencias operativas del objetivo de “asumir los mismos sentimientos de Cristo”?

Se repite con insistencia que la formación es ante todo obra de Dios. ES el Padre quien llama y quien, a través del Espíritu, plasma los sentimientos del Hijo en el corazón de los jóvenes. Pero Dios respeta nuestra libertad, y por tanto, la formación; lejos de ser una empresa “en un único sentido”, necesita nuestra respuesta a la llamada de Dios. Inserta en la formación hay una dinámica de llamada y respuesta, un diálogo entre dos libertades y dos amores. La formación es una obra divina en la que estamos llamados a colaborar. Tanto es así, que nuestras Constituciones ven la formación como respuesta a la vocación (C 96).

Precisamente dentro de esta dinámica de llamada y respuesta es donde los formadores encuentran su lugar.

Un primer punto que se sigue de esto es que la formación implica una dinámica de libertad. “Se si debe formar el ‘corazón’, en el sentido bíblico y pleno del término, para que el joven tenga los mismos sentimientos del Hijo y descubra la belleza del seguimiento, entonces el proceso educativo se convierte en formación a la libertad (VC 66)”[7]. La gracia incide sobre nuestra libertad, pero no la anula nunca – menos la gracia más potente: porque la gracia es amor, y la libertad es un elemento constitutivo del amor: sin libertad no hay amor ni ninguna posibilidad de una respuesta amorosa.

En efecto, si el objetivo de la formación fuese tan sólo la preparación para cierto tipo de apostolado o un cierto estilo de vida, o buscara solamente la posesión de ciertas cualidades virtuosas en vista del ministerio, entonces la metodología pedagógica podría ser diferente y con otro criterio (por ejemplo, el fortalecimiento de la voluntad, la capacidad para la ascesis y la renuncia, la preparación para el apostolado), pero si se debe formar el “corazón” con el cual el joven tenga los mismos sentimientos del Hijo, entonces no puede existir otro camino posible que el de la libertad. El corazón del hombre puede y debe ser educado y evangelizado, purificado y liberado con todo el sufrimiento que ello conlleva, hasta el punto de experimentar esas actitudes en forma siempre más natural y casi  connaturalmente, gracias a una sabia disciplina, casi por connaturalidad hacia aquellos sentimientos. No hay una educación auténtica para la consagración al reino que no tenga que pasar por las fases negativas y positivas, ascéticas y místicas, de una formación a la libertad -en concreto- como conciencia de los propios condicionamientos internos, incluso inconscientes, y la capacidad de ser cada vez menos dependientes (libertad de); la libertad como un don recibido de Dios en Cristo y continuamente revitalizado por el don de los sacramentos y de la nueva vida en Cristo (libertad “en”) y la libertad como riqueza de la vida interior y del amor por Dios, como consecuencia de la calidad de los deseos y la fuerza para perseguirlos (libertad "para ")[8].

Un clima de auténtica libertad ayuda al joven salesiano en formación a superar sus resistencias interiores y los miedos, lo hace gradualmente consciente de sus motivaciones profundas – nunca unívocas -, habilitándole a reconocer y expresar lo que de verdad motiva sus opciones, tanto a sí mismo como a quien le acompaña en el camino. De este modo, a los pasos externos de adhesión a la vida salesiana que marcan el recorrido de la formación inicial – primera profesión y renovación de votos – corresponderá una adhesión interior cada vez más auténtica y sincera.

La educación para la libertad debería ser el método de la formación para la consagración. Por eso, si se puede definir el sistema preventivo como una pedagogía de la libertad, podremos decir que el sistema preventivo es, de hecho, el método de la formación[9]. En este contexto podemos recordar la ya famosa conversación del Papa Francisco con los superiores Generales en 2013:

Los problemas no se resuelven simplemente prohibiendo hacer esto o aquello. Son necesarios dialogar y contrastar. Para evitar problemas, en algunas casas de formación, los jóvenes aprietan los dientes, procuran no cometer errores, siguen las reglas sonriendo mucho, esperando el día en el que se les diga: Muy bien has terminado la formación’. Esta es hipocresía fruto del clericalismo, que es uno de los males más terribles.... Yo lo sintetizo en un consejo que una vez recibí cuando era joven: "Si quieres seguir adelante, piensa claramente y habla de manera confusa". Esa fue una clara invitación a la hipocresía. Tenemos que evitar eso a toda costa[10].

En segundo lugar, la formación implica una dinámica de atención a la experiencia. Según nuestras Constituciones, la formación es una cuestión de “vivir la experiencia de los valores de la vocación salesiana” (C 98). Si Dios está plasmando en nosotros los sentimientos del Hijo, cuanto más atentos estemos a este trabajo suyo, mejor podremos corresponder y colaborar con Él. Un buen formador sabe cómo dirigir la atención del joven en formación hacia la acción de Dios en su vida, habilitándole para aquella permanente apertura al discernimiento (docibilitas) que permite descubrir en todo lo que se vive una oportunidad de crecimiento y de formación. Esta es la base de todo lo que nuestras Constituciones tienen que decir sobre formación, y dado que ya hemos hecho una reflexión al respecto en ACG 425 sobre la formación que es permanente, ahora nos detenemos aquí[11].

En tercer lugar está la dinámica de la belleza, la via pulchritudinis (EG 15, 167). La colocación de la formación en el seno de la Trinidad hace la vida consagrada partícipe de la belleza de Dios mismo. En la exhortación apostólica de 1996, la belleza se convierte en una clave de lectura de la vida consagrada. La pastoral vocacional y la formación deben saber comunicar la belleza de la sequela (VC 64, 66). El joven de ser formado para ver y gustar lo bello (y no solo lo santo y lo debido) – la belleza, la fascinación y el esplendor del Señor que llama y de la vida a la que estamos llamados. Es la belleza de su modo de vivir que vuelve irradiante la presencia del formador. Aquí está toda la dinámica del ejemplo, del testimonio. Como el joven Don Bosco ha aprendido en la escuela de Don Cafasso, solo el fuego enciende otro fuego[12]. Belleza que atrae y que comunica el gozo del Evangelio: el magisterio del Papa Francisco se mueve constantemente en estas coordenadas y es interesante que al mirar a la vida religiosa la referencia al gozo se haga en él todavía más directa e insistente. Si es verdad para todos, lo es con mayor razón para un formador.

Así, el objetivo de la formación salesiana – la configuración con Cristo buen pastor – se transforma en un método; un método que implica una dinámica de libertad, de aprendizaje experiencial de la dinámica de la belleza. Este objetivo y este método guiarán la preparación de los formadores.

Otros dos aspectos. Tenemos que evitar asumir la idea – tan natural para la cultura moderna del atomismo individualista – de que la formación es un proceso únicamente cara a cara, individual. El sujeto de la formación es la comunidad: esto es propiamente lo que debe ser. Creemos en un Dios Comunión, y la formación es un proceso profundamente trinitario, en el que estamos llamados a colaborar. Es muy significativo que todos los recientes documentos del Magisterio insistan en la unidad del equipo formativo[13], y es bajo esta luz que se puede entender la insistencia de Don Cereda en el hecho de que el papel fundamental de la guía espiritual personal no debería de ningún modo minimizar la necesidad de un equipo de formadores[14]. Es en el contexto de la comunidad y de un equipo de formadores unido que tiene lugar el momento indispensable del coloquio con el director y el acompañamiento espiritual personal. En el contexto de la formación al sacerdocio, en efecto, la nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis insiste al decir que la formación “tiene un carácter eminentemente comunitario desde su origen”[15].

Para nosotros, salesianos consagrados la comunidad es elemento esencial de nuestra identidad (C 3). Si la misión salesiana es confiada a la comunidad y no a individuos (C 44), esto sirve con mayor razón para la delicadísima misión de formar jóvenes salesianos. Sin un sano ambiente formativo, la aportación también muy valida de cada formador a nivel individual puede acabar frustrada. Se ha de prestar mucha atención y cuidado a la formación del equipo formativo a todos los niveles: mundial, inspectorial y local.

Y en esto tenemos que insistir igualmente en el hecho de que la comunidad se expande en círculos concéntricos. La comunidad religiosa salesiana es núcleo animador de la comunidad educativo pastoral y de todos los que comparten la misión de Don Bosco – miembros de la Familia Salesiana y laicos que llevan adelante con nosotros la misma misión. Este modo de entender y la praxis que se sigue no son todavía compartidos plenamente en la vida de la congregación: existen notables diferencias de planteamiento y de intensidad. Se hace, por tanto, aún más urgente encontrar modos eficaces para integrar en los itinerarios formativos este modo de ser comunidad, comprometiéndose con buenas prácticas y formando convicciones, reflexionando sobre experiencias educativo-pastorales llevadas a cabo junto a quienes comparten la misma misión, y planificando itinerarios formativos comunes.

Podremos insistir además en la especificidad que lleva la vida consagrada a nuestra vocación. Desde hace demasiado tiempo nos hemos conformado con pensar en la formación sacerdotal y religiosa como “bastante parecidas”. El sacerdocio salesiano y el sacerdocio religioso son dos estados diversos de vida dentro de la Iglesia. “A diferencia del ministerio ordenado que tiene una consistencia institucional supra-personal, gracias a la cual es válido también el ministerio de un sacerdote indigno, la vida consagrada consiste en su totalidad en la cualidad de la respuesta amante de los que la viven”[16]. Esta diversidad tiene una influencia decisiva en el modo en que se configura en las respectivas vocaciones el itinerario de configuración con Cristo y el crecimiento en la santidad. El descuido de lo que es típico de nuestra identidad primara como religiosos lleva a un genericismo en la formación y consecuentemente también en el modo de vivir la vida consagrada, situación que lamentablemente es bastante frecuente. Una de las tareas más urgentes que tenemos por delante es encontrar modos eficaces de ser guías en la formación de religiosos salesianos, que al mismo tiempo son sacerdotes.

3. Consideraciones concretas sobre la formación de los formadores

a) En primer lugar tenemos que reconocer con respecto a la formación inicial que existe una gran diversidad en las regiones de la congregación. Tenemos numerosas casas de formación “clásicas” en su tipología, pero hay también un número creciente de casas más pequeñas donde con frecuencia se encuentran diversas etapas de formación inicial en la misma comunidad. Con la disminución numérica y de recursos hay regiones que en este momento llevan adelante con seriedad y no sin dificultad la reorganización de sus casas de formación. En este contexto se encuentra frecuentemente el temor por parte de las inspectorías de “quedarse sin ninguna casa de formación”. Sin embargo, esto no es así, ya que casi todas las inspectorías tienen su propio prenoviciado; y luego, en todas las inspectorías está la fase del tirocinio, que es importantísima en el arco formativo y no se debe ni olvidar ni descuidar. También, así como la formación dura toda la vida, cada director de comunidad es formador y custodio del carisma. Por tanto, ninguna inspectoría se puede eximir de la tarea de preparar formadores. Por esta razón se ha pedido recientemente a todas las inspectorías que tengan un plan de cualificación para preparar hermanos en las áreas más relevantes para nuestro crecimiento carismático y para la tarea de formadores.

b) Es necesario un intenso trabajo de concientización con respecto a la formación de los formadores. Este tipo de formación debe llegar a ser sobretodo creación de mentalidad, cultura, para después hacerse sistemática y eficaz. Sin duda que los inspectores y los delegados de formación tienen una tarea fundamental en este campo. Pero no es menos importante la convicción de parte de aquellos que están directamente implicados en el servicio de formadores, y que, como ya hemos dicho, no tenemos que olvidarnos de los directores de las comunidades donde hay tirocinantes, y en definitiva todos los directores de las comunidades locales.

c) Elementos fundamentales. Si los formadores deben ayudar a los formandos a asumir los mismos sentimientos de Cristo, ellos mismos en primer lugar están llamados a ser verdaderas imágenes, iconos vivientes de Cristo. Y si nuestra vocación específica en la Iglesia es seguir a Cristo como salesianos consagrados sacerdotes y coadjutores, los formadores deberán cuidar ante todo el propio crecimiento personal en Cristo, en el espíritu de Don Bosco, como personas consagradas.

En tal formación de formadores podemos distinguir tres componentes: contenidos, capacidad, y la misma persona del formador.

En cuanto se refiere a los contenidos, podemos presumir que la mayor parte de los formadores haya tenido una sólida formación filosófica y teológica. Pero se debe insistir en un buen asentamiento en el carisma salesiano. La Universidad Pontificia Salesiana, UPS, ofrece varias posibilidades para una sólida base teórica y metodológica, junto con la profundización de métodos y competencias útiles, tanto en la Facultad de Ciencias de la Educación como en la Facultad de Teología.

Con respecto al aprendizaje de las capacidades, tenemos buenos cursos, tanto en nuestra Universidad como en otros lugares. Los cursos que ayudan a desarrollar y afinar la capacidad de escucha feedback, acompañamiento, etc. son preciosas posibilidades de formación para el formador.

d) Sobretodo hace falta atención a la persona del formador. Las Directrices de 1993 exigen un tiempo “de formación prolongado y de recuperación radical de las temáticas educativas” y añade:

Esos períodos de formación pretenden favorecer un esmerado examen de la personalidad misma del formador, de su trabajo ministerial, y de su modo de concebir y vivir la propia misión educativa.

Períodos de formación de este género deberían incluir cursos bien seleccionados y expresamente programados, tanto en el campo de las ciencias eclesiásticas como en el de las ciencias humanas, junto con ejercicios prácticos dirigidos por un supervisor y sometidos con él a atenta revisión crítica. Así, el formador podrá adquirir un conocimiento más profundo de sus capacidades y aptitudes, aceptar más serenamente sus limitaciones, y actualizar y perfeccionar los criterios en que se inspirará su propia actividad.

En los programas de formación permanente de ese alcance, deben preverse períodos largos de renovación espiritual, (mes ignaciano, ejercicios espirituales, tiempos de desierto), para permitir al formador examinar de nuevo su propia misión en sus conexiones y raíces espirituales y teológicas más profundas[17].

Tenemos aquí elementos valiosos: valorización y elaboración de la experiencia personal, pastoral y de formación; ejercicios prácticos acompañados de supervisión; periodos de renovación espiritual.

Podremos insistir en particular en el área del crecimiento afectivo y psicológico. Los formadores tienen que aprender a reconocer y gestionar las propias emociones, prestando atención y tratando los propios problemas, incoherencias, comportamientos auto-destructivos y tendencias sexuales inmaduras, mejorando al mismo tiempo sus puntos fuertes y sus competencias.

Hay pocas cosas tan capaces de regenerar vida como lo hace el contacto con un formador sano y libre. Es la dinámica de la belleza que se despliega: “El hombre contemporáneo escucha con más agrado los testimonios que los maestros, y si escucha a los maestros lo hace porque son testigos”, dice el beato Pablo VI (EN 41). Por el contrario, un formador cuya vida no está bien integrada puede hacer un daño enorme a los formandos. Favoritismos, posesividad, rivalidad, venganza, búsqueda de favores sexuales, pueden dejar en los formandos heridas que duran toda la vida[18]. Podría ser un buen ejercicio para los formadores confrontarse ante las quince enfermedades enumeradas por el Papa Francisco en su mensaje de navidad en 2014 a la Curia Romana[19]. En la medida en que los formadores son personas sanas, integradas y libres, se convierten en “puentes, no obstáculos” (PDV 43) para los formandos en su camino hacia Dios.

Nuestra tradición siempre ha insistido en una adecuada experiencia pastoral (C 104), y esto es maravilloso,  siempre que el formador haya sido ayudado a aprender de estas experiencias, en forma de vivir haciendo “experiencia de los valores de la vocación salesiana” (C 98). La misión, como decía Don Pascual Chávez, es la “casa” y la “causa” de la formación.

Inmerso en el mundo y en las preocupaciones de la vida pastoral, el salesiano aprende a encontrarse con Dios a través de aquellos a los cuales es enviado (C 95). La formación consiste fundamental y principalmente en este aprendizaje. La meta consiste en encontrar a Dios en la vida que se lleva adelante mientras se vive la llamada… Donde falte esta conciencia de estar haciendo delante de Dios lo que Él nos ha confiado, no podrá haber formación alguna, aunque se pasen muchos años en estudios o en las así llamadas casas o etapas de formación[20].

e) Los formadores deben comprender el Sistema Preventivo como una pedagogía de la libertad. Sobretodo en las culturas en las que la jerarquía y la autoridad son importantes, los equipos de formadores deberán tomar conciencia de su modelo operativo de formación y adoptar medidas para cambiar, de modo que la formación pueda verdaderamente llegar al corazón de cada persona, superando el conformismo exterior que se limita a condicionar los comportamientos (con frecuencia sólo durante el tiempo en el que el control externo permanece con fuerza).

En este contexto el periodo del tirocinio – que desde el punto de vista salesiano es la fase más característica de la formación inicial (FSDB 428) – es igualmente una fase extremadamente significativa e importante para la preparación específica, aún remota, de los formadores. Quien no hubiera alcanzado en modo satisfactorio los objetivos típicos de esta etapa sobretodo en cuanto concierne al conocimiento y la práctica del sistema preventivo (C 115), no estará en grado de llegar a ser un buen salesiano formador.

Uno de los elementos clave para la formación de los formadores será por tanto la valoración de la propia experiencia del tirocinio, revisando la valoración global de la misma pedida por la Ratio (“Al término del tirocinio se haga una evaluación global de la experiencia por parte del Inspector, de la comunidad y del hermano”) (FSDB 444). Obviamente es de gran ayuda si este tipo de escrutinio global se ha escrito y archivado. Las comisiones regionales e inspectoriales de formación deberán verificar y asegurar esta praxis. Esta valoración será el primer elemento en la selección de los formadores.

Todo intento de acelerar el tirocinio o por impulso de la prisa por recibir la ordenación o por el “privilegio” concedido a algún hermano particularmente brillante desde el punto de vista académico, es rechazado.

Por esta misma razón los directores de comunidades en las que están presentes tirocinantes se ha de considerar formadores de primer nivel. Todo lo que se dice sobre la formación se aplica ante todo y sin reserva a ellos, que deben ser guías formativos bien preparados para su tarea. Los inspectores tienen una responsabilidad sagrada a este respecto y el deber de estar seguros de que las comunidades que reciben tirocinantes sean ambientes formativos sanos y de calidad. Lo mismo se debe decir de modo análogo del quinquenio, tanto para los salesianos coadjutores como para los salesianos sacerdotes.

f) En nuestras sociedades y comunidades cada vez más multiculturales, los formadores tienen que cuidar las propias actitudes ante las diferencias culturales, de manera que se pueda promover la formación en la interculturalidad. Como dice A vino nuevo, odres nuevos: "El objetivo de la vida consagrada no será el de mantenerse como estado permanente en las diferentes culturas que encontrará, sino el de mantener permanente la conversión evangélica en el corazón de la construcción progresiva de una realidad humana intercultural”[21]. Las estructuras interinspectoriales o internacionales para la formación de nuestros jóvenes exige formadores que estén verdaderamente convencidos de que

el cristianismo no dispone de un único modelo cultural, sino que, `permaneciendo plenamente él mismo, en la total fidelidad al anuncio evangélico y a las tradiciones eclesiales, llevará también el rostro de tantas culturas y tantos pueblos en los que ha sido acogido y se ha enraizado’. Esto conlleva la capacidad y la humildad de no imponer un sistema cultural, sino fecundar toda cultura con la semilla del Evangelio y de la propia tradición carismática evitando cuidadosamente la `vanidosa sacralización de la propia cultura’ (A vino nuevo, 37).

En la práctica, gran parte depende de la persona del formador: cuando un formador tiene fortaleza interior, y se ha dedicado seriamente a prestar atención a sus reacciones ante el que es diferente a él mismo, estará por esta actitud ya en posesión de un puente abierto hacia el otro.

g) Dado que nosotros – y en particular nuestros hermanos jóvenes – vivimos en una nueva era mediática, en la que la tecnología está creando y transformando visiblemente la cultura, los formadores deben estar en grado de comprender y relacionarse con personas que son ciudadanos del continente digital.

h) La `preparación remota´ de los salesianos formadores en definitiva es su formación inicial en su conjunto, en particular una buena experiencia de tirocinio y dos o tres años de experiencia pastoral en el quinquenio bien acompañada. El mínimo indispensable para la `preparación próxima’ de los formadores salesianos debería consistir en (1) un curso breve que toca la persona del formador; (2) un curso breve de salesianidad, que incluya el repaso de la propia experiencia educativo-pastoral durante el tirocinio y el quinquenio, y una efectiva apropiación de la Ratio – su espíritu, más allá de las normas - ; y (3) un curso breve para la adquisición de habilidades de base como la escucha, el feedback y la elaboración de la experiencia (‘processing’). Para los directores, maestros de novicios y encargados de prenoviciados, se debería añadir (4) un curso serio de preparación al ministerio del acompañamiento espiritual. 

Mientras que la formación de formadores no exige necesariamente una licencia o un doctorado, las licencias en la UPS en la formación de los formadores en las Facultades de Ciencias de la Educación y de Teología permanecen como ofertas válidas. Muy apreciado por un número creciente de religiosos y de sacerdotes diocesanos es el curso semestral de la UPS para la formación permanente de formadores.

i) Para la salesianidad, tenemos cursos más breves en nuestros centros de formación permanente (Quito, Parañaque - Manila, Berkeley, Bangalore) y cursos más extensos en la facultad de teología de la UPS.

Mientras que todos los formadores deben hacer al menos un curso breve de salesianidad, tenemos que insistir en que cada inspectoría tenga uno o dos expertos en salesianidad con una licencia o un doctorado en la UPS.

j) La preparación de acompañantes espirituales es uno de las grandes tareas que la congregación tiene que afrontar hoy, y está bien expresada en el aguinaldo de este año 2018, “Cultivemos el arte de escuchar y acompañar”, plenamente de acuerdo con el camino sinodal que está haciendo toda la Iglesia sobre “los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”[22]. El elemento principal e indispensable es el camino de dirección espiritual con el que el formador cuida del propio crecimiento[23]. Un curso práctico sobre el acompañamiento espiritual mejorará lo que se aprende ante todo personalmente haciéndose acompañar por un guía. Además de las oportunidades de las que se puede servir en los diversos contextos eclesiales, de los centros de la Congregación (España, Quito, Bangalore) que ofrecen estupendas aportaciones en este campo, tenemos la intención de instituir una Escuela de Acompañamiento Salesiano[24] como uno de los frutos del proceso sobre el acompañamiento espiritual salesiano llevado adelante por los dicasterios de pastoral juvenil y formación.

k) Existen además varias iniciativas para la formación permanente de los formadores a nivel inspectorial, regional y mundial. Sin restar valor y utilidad a nada, estas propuestas no sustituyen la necesidad de una formación inicial de los formadores (cfr. PDV 66).

l) Invito a las comisiones inspectoriales y regionales de formación a ofrecernos sus reflexiones y sugerencias sobre los diferentes puntos expresados en estas orientaciones. De manera particular: (1) cómo formar religiosos salesianos que también son sacerdotes; (2) cómo hacer que las experiencias pastorales del tirocinio y del quinquenio puedan llegar a ser un elemento integrante de la preparación de los formadores; (3) cómo hacer que la misión compartida con los laicos y con la familia salesiana – en particular con la comunidad educativo pastoral – sea un elemento integrante de la formación inicial.

m) Finalmente, esperamos un cambio en las líneas de gobierno: no se hará ningún nombramiento de formadores en una casa de formación inicial sin una formación específica previa; se hará una modificación en este sentido en los módulos para el nombramiento de directores (especialmente de las comunidades formadoras) y de los maestros de novicios (F19 y F20); y se introducirá un nuevo módulo para el nombramiento de los encargados de prenoviciados.  

*

Cuando Juan Bosco recién ordenado sacerdote fue a pedir consejo a Don Cafasso sobre la elección para su ministerio sacerdotal entre las tres que se le presentaban (vicepárroco en Castelnuevo, capellán de Murialdo, instructor de una noble familia en Génova), don Cafasso – al final de una serie de encuentros en los que hay que notar la atención que daba a la experiencia interior – sugiere a su paisano neosacerdote dejar a parte todas estas posibilidades e ir a la Residencia Sacerdotal para realizar otros tres años de formación, que serán la `matriz’ de todo aquello que Don Bosco será y hará el resto de su vida.

Invertir en formación para nuestra Congregación es carismáticamente el modo más provechoso y más santo de emplear los mejores recursos disponibles. Si este sigue siendo el mensaje que ofrecemos al mundo y a la Iglesia dedicando nuestras vidas y nuestros recursos a la formación de los jóvenes e implicamos a todos los que podamos en el mismo dinamismo apostólico, tanto mejor llevaremos en el corazón la formación de quien cuida de las nuevas generaciones de Salesianos.

“Nadie sabe cuánto bien hace el bien que hace”: estas palabras de nuestro padre adquieren toda su plenitud de significado si las aplicamos al acompañamiento de un candidato, de un novicio, de un hermano joven. Ahí está en desarrollo un potencial de vida sin límites, confiado a quien está un poco más adelante en el camino de la vida salesiana. No podemos por menos que dedicaros lo mejor de nosotros mismos como hermanos, inspectorías y congregación.

***


NOTE

[1] Cfr. FSDB (online 2016), nn. 237-239, 246, 384-286, 416, 489, 547-548, 571. Vale la pena notar el hecho de que no hay una sección enteramente dedicada a la formación de los formadores.

[2] Congregación para la Educación Católica, Directrices sobre la preparación de los formadores en los seminarios (1993) 57. Cfr.  FSDB (2016) 237.

[3] F. Cereda, “Formación de formadores de la formación inicial”, ACG 404 (2009), sección 4.

[4] Valutazione e orientamenti circa la formazione intellettuale nella formazione iniziale. Valutazione e orientamenti approvati dal Rettor Maggiore e dal Consiglio generale, Roma, 25 luglio 2012.

[5] F. Cereda, ACG 404, sección 3.

[6] P. Chávez, Vocación y formación, ACG 416 (2013) sección 1, p. 10.

[7] A. Cencini, “La formazione oggi: Ministero e mistero,” en http://www.ofmconv.org/x/CENCINI.htm#N_13_.

[8] A. Cencini, ibid.

[9] C 104 pide formadores “capaces de diálogo”. C 112 pide que el maestro de novicios “tenga facilidad para las relaciones humanas y capacidad de diálogo; por su bondad inspire confianza a los novicios”.

[10] “Svegliate il Mondo”, Colloquio di Papa Francesco con i Superiori Generali, La Civiltà Cattolica 2014 I 3-17 3925 (4 gennaio 2014) 10-11.

[11] Cfr. I. Coelho, “La formazione es permanente,” ACG 425 (2017) 25-37.

[12] Cfr. G. Cafasso, Esercizi spirituali al clero. I: Meditazioni, 641-642.

[13] Cfr. p.e., OT 5; PI 32; PDV 66; Direttive (1993) 29-32.

[14] F. Cereda, ACG 404, 66.

[15] Congregación para el Clero, El don de la vocación presbiteral: Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, Roma 2016, introducción, sección 3.

[16] Andrea Bozzolo, “Salesiano prete e salesiano coadiutore. Spunti per un’interpretazione teologica”, in Sapientiam dedit illi. Studi su don Bosco e sul carisma salesiano, (Roma, 2015) 335.

[17] Congregación para la Educación Católica, Directrices sobre la preparación de los formadores en los seminarios (1993) 70-71.

[18] Cfr. Sínodo de los Obispos, XV Asamblea General Ordinaria, Los jóvenes, la fe, y el discernimiento vocacional. Documento preparatorio (Città del Vaticano: Libreria Editrice Vaticana, 2017) III.2: Las figuras de referencia.

[19] Francisco, “La Curia Romana y el Cuerpo de Cristo”, Presentación de las felicitaciones navideñas de la curia romana, 22 dicembre 2014, en https://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2014/december/documents/papa-francesco_20141222_curia-romana.html.

[20] Chávez, “Vocazione e formazione,” ACG 416, 26.

[21] Congregación para la Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, A vino nuevo, odres nuevos  (2017), 40.

[22] Ángel Fernández Artime, Signore, dammi di quest’acqua’ (Gv 4,15). Coltiviamo l’arte di ascoltare e di accompagnare. Presentazione della Strenna 2018, Roma, 16 luglio 2017.

[23] Congregación para el Clero, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros (nueva ed. 2013) 73.

[24] Cfr. F. Cereda, ACG 404, 80 (sección cuarta).