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La Pastoral Juvenil Salesiana

PASTORAL JUVENIL - DOCUMENTOS


“ES EL TIEMPO FAVORABLE”

1. LAS VOCACIONES: UN ASUNTO QUE NOS HACE PENSAR - Un momento fecundo. - En sintonía con la Iglesia. - La orientación vocacional en nuestra renovación pastoral. - Una nueva relación.
2. LA COMUNIDAD SALESIANA: ESPACIO DE EXPERIENCIA Y PROPUESTA VOCACIONAL. - La lógica del “Ven y ve”. - La fuerza vocacional de la vida de la comunidad. - La acción pastoral de la comunidad. - Acompañar. - Algunas áreas de especial atención. - El ángel anunció a María.


Roma, 8 de septiembre de 2000
Fiesta de la Natividad de María

Queridísimos Hermanos:

Me es imposible comenzar esta carta sin deciros una palabra muy sentida de agradecimiento por vuestra cercanía fraterna y por la oración, con ocasión de la prueba que el Señor ha dispuesto para mí.
Él ha querido que de todo ello resultase una mayor unión fraterna en la Congregación y en la Familia Salesiana y un conocimiento por parte de todos de nuestro hermano coadjutor Artémides Zatti, para cuya beatificación ya se han cumplido sustancialmente todas las condiciones. Así que pronto lo veremos en los altares.
Esta carta mía quiere continuar el tema capitular sobre la presencia y sobre la vida de la comunidad salesiana y serviros de ayuda para vuestras reflexiones en los Capítulos Inspectoriales y, más tarde, en el Capítulo General.
Ya habíamos señalado tres dimensiones en las que la comunidad salesiana debe cualificarse y presentarse visiblemente en el ambiente: la vida fraterna, el testimonio de los valores evangélicos, la acogida de los jóvenes y de los pobres.


LAS VOCACIONES: UN ASUNTO QUE NOS HACE PENSAR

Entre las materias, ante las que la Congregación se ha mostrado muy sensible en el momento de la consulta sobre el tema del próximo Capítulo General, estaba también el de nuestra capacidad de suscitar vocaciones. Y no sin razón. Siempre ha sido considerado como un punto significativo de nuestro testimonio y, por eso, se insistió en él abundantemente, de muy diversas formas, en el CG24: nuestra formación para un discernimiento vocacional; la promoción vocacional unitaria en la Familia Salesiana; la comunidad salesiana capaz de promover la vitalidad del carisma y el dinamismo vocacional, porque lo vive con profundidad, de modo consciente y con radicalidad; la recomendación de un acompañamiento que proponga insistentemente las motivaciones vocacionales en la CEP. Era, pues, una materia propuesta a la atención, que convenía volver a tenerla en cuenta.
Con mayor claridad y determinación, el CG23 había puesto el área vocacional como una de las áreas de trabajo que nunca debían faltar en nuestro camino de fe con los jóvenes y como una dimensión característica de la Espiritualidad Juvenil Salesiana.

Dentro del tema del CG25, que se refiere específicamente a la vida y misión de nuestras comunidades, queremos examinar las condiciones de vida y de acción que pueden favorecer una experiencia gozosa y animadora de la vocación, una existencia que sea testimonio y profecía, un ambiente que sea llamada vocacional para todos los que se sintieran atraídos por el espíritu y por la misión de Don Bosco.
De hecho, la preocupación vocacional ha sido una de las pistas que han llevado a la elección del tema del Capítulo. En cierto modo, la crisis de las vocaciones a la vida consagrada, que estamos experimentando en gran parte de la Congregación y de la Iglesia, es “una profilaxis” saludable, en el sentido que nos obliga a revisar la calidad de nuestra vida personal y comunitaria, el significado de nuestras estructuras y de nuestra organización, la posibilidad de ser aún hoy significativos y capaces de ofrecer propuestas.
Los jóvenes tienen necesidad de testigos, de personas y ambientes que muestren, con su ejemplo, las posibilidades de proyectar su vida según el Evangelio en nuestra sociedad. Este testimonio evangélico constituye el primer servicio educativo que ofrecerles, la primera palabra de anuncio del Evangelio.
Esta carta quiere ser una aportación a la revisión que las Inspectorías deben realizar; quiere ofrecer algunos elementos de iluminación para animar lo mucho que ya se hace, estimular a cada una de las comunidades y a cada hermano a comprometerse en personalmente en el testimonio y en la propuesta vocacional, y a abrir horizontes para que nuestra pastoral no se limite a propuestas genéricas y superficiales de compromiso vocacional, ni se reduzca sólo a buscar fuera de nuestros ambientes, candidatos para la vida salesiana.

El tema de las vocaciones ha sobresalido con frecuencia, como primer interrogante o como preocupación, en los diálogos que he tenido con los hermanos durante mis visitas: y no sólo por el miedo de desaparecer en amplias regiones del mundo norte-occidental, en las que todos los años se constata la disminución, el envejecimiento y la escasez de entradas; sino, tal vez, porque en la infecundidad vocacional se manifiesta claramente, tanto la débil fuerza de atracción de nuestras comunidades, como el nivel modesto de profundidad de la vida cristiana que proponemos a los jóvenes.
Las preguntas de los hermanos se dirigían siempre, de forma muy particular, a la fecundidad vocacional en cada parte del mundo: a las posibilidades de tener todavía vocaciones para la vida consagrada en los ambientes así llamados fuertemente secularizados y de bienestar, marcados por la libertad, por las múltiples oportunidades para los jóvenes, por los proyectos de vida terrenos; a las condiciones exigidas para asegurar la autenticidad y la perseverancia en los contextos donde se vive la religiosidad popular, o donde existe una condición demográfica todavía numerosa, o donde las perspectivas de vida para los jóvenes son limitadas. Muchos han pedido que se incluya, para el próximo Capítulo, esta perspectiva en la reflexión sobre la comunidad.
Esto, por otra parte, está en línea con lo que afirman nuestras Constituciones, que ponen la promoción de las vocaciones entre las finalidades de nuestra misión: “Fieles a los compromisos heredados de Don Bosco, somos evangelizadores de los jóvenes, especialmente de los más pobres; tenemos cuidado especial de las vocaciones apostólicas”.
Lo confirma el artículo 28, en el capítulo que trata de nuestros destinatarios principales: “Como respuesta a las necesidades de su pueblo, el Señor llama, continuamente y con variedad de dones, a seguirlo por el servicio del Reino. Estamos convencidos de que hay muchos jóvenes ricos en recursos espirituales y con gérmenes de vocación apostólica. Les ayudamos a descubrir, acoger y madurar el don de la vocación seglar, consagrada o sacerdotal, para bien de toda la Iglesia y de la Familia Salesiana. Con idéntica solicitud cultivamos las vocaciones adultas”.
Todo salesiano es, por lo tanto, un descubridor y acompañador de vocaciones. Toda comunidad tiene ésta entre sus finalidades principales. Hay que someter a una evaluación si semejante "dictado" constitucional orienta la acción de cada comunidad en las diversas Inspectorías y si inspira la acción de cada hermano. O si, por el contrario, estamos tan poco instruidos y atentos acerca de la vocación y de los caminos que hacen posible una decisión evangélica, que no somos capaces de llevar “nuestra pastoral” a su punto de madurez.

Esto recoge la experiencia y la preocupación de Don Bosco. En él, el pensamiento de las vocaciones era constante y operativo. Basta recordar dos hechos. El primero es la iniciativa de crear el sector de estudiantes de Valdocco, precisamente para favorecer a los que, por bondad de ánimo y capacidad intelectual, daban señales de vocación al estado eclesiástico. Compromiso de estudio, pero, sobre todo, intensidad en la vida de piedad y relación con el mismo Don Bosco, debían llevar a madurar los gérmenes que se habían revelado en los primeros encuentros.
El segundo hecho es la cantidad de sacerdotes y religiosos salidos del Oratorio, de los que el mismo Don Bosco presenta con gozo y con orgullo la estadística, como señal de la buena formación cristiana de sus jóvenes. Transcribimos de las Memorias Biográficas: “Efectivamente, en 1883, yo mismo, junto con Don Francisco Dalmazzo, oí exclamar a Don Bosco: - Estoy satisfecho. He mandado hacer una cuidadosa estadística y resulta que han salido de nuestras casas y están trabajando en sus diócesis más de dos mil sacerdotes. Gracias sean dadas al Señor y a su Santísima Madre, que nos proporcionaron medios abundantes para hacer tanto bien.
Pero sus cálculos no eran definitivos. Antes de su muerte, quinientos jóvenes más se unieron al clero diocesano, y, después de muerto, otros cuya vocación había él despertado, eligieron la senda del sagrado ministerio. Añadamos los muchos que pasaron de sus casas filiales al Seminario. Recordemos también a los que, aconsejados por él, entraron a repoblar los institutos religiosos: casi no hay orden ni congregación, en Italia, donde no haya sacerdotes que un día fueron alumnos de Don Bosco. Tampoco se le puede negar el mérito de haber contribuido, con varios medios, a aumentar con nuevas fuerzas el ejército del Catolicismo. Puede decirse que, debido a su ejemplo, y tal vez a sus instancias y a su cooperación, se abrieron y se mantuvieron los seminarios menores. Muchos directores de éstos, y de los seminarios mayores, fueron a consultarle y aprendieron de él el modo de educar a los alumnos con amable y paternal asistencia, con la piedad y, especialmente, con la comunión frecuente, condición indispensable para perseverar en la vocación; y de ello obtuvo muchas ventajas el clero de las diversas diócesis (...). Nos reservamos otras pruebas de nuestra afirmación para el curso de la historia, de las cuales, unidas a las presentes, podemos deducir que no andan muy lejos de la verdad quienes aseguran que Don Bosco formó unos seis mil sacerdotes”.

De la escuela de Don Bosco salieron un Rúa, un Cagliero, un Domingo Savio y muchos más. Los salesianos hoy están convencidos de que la fecundidad vocacional, en los diversos contextos, cuidando debidamente la pastoral y el camino de formación cristiana, aquilata su capacidad para comunicar un conocimiento suficiente y un amor a Cristo que impulsan a la imitación y al seguimiento. Y, por otra parte, se nota cuán lejos están del planteamiento salesiano los que piensan que las vocaciones hay que buscarlas en otros contextos, o a través de la acción de personas encargadas particularmente de esta tarea, mientras que las comunidades deberían dedicarse sólo a “servicios”, aunque fuera también a favor de los más pobres.

Un momento fecundo
Hay muchos puntos de los que se puede partir para comprender adecuadamente el hecho vocacional. En la Sagrada Escritura encontramos paradigmas donde se ve bien la parte de Dios, que nunca falta, y las condiciones de la respuesta del hombre o de la mujer.
La Biblia tiene páginas para los tiempos vocacionalmente difíciles o de esterilidad. En ellos, Dios, garante de la salvación, habla directamente al corazón de las personas para asegurar la memoria de su alianza. Me gusta recordar el episodio de Samuel. Él, en un momento de decadencia de la institución religiosa, en que la atención del pueblo estaba concentrada en el esfuerzo bélico, cuando incluso se había olvidado la figura de los profetas, recibe directamente, durante la noche, la llamada de Dios. Los modelos de identificación no existían; las demandas y las urgencias del pueblo no eran precisamente las religiosas. Y, sin embargo, Dios habla al corazón del joven directamente, para hacerle su testigo y portavoz.
En esta carta, deseo llamar vuestra atención sobre el hecho de que tal vez estamos viviendo una fase de posibilidades vocacionales privilegiadas, a condición de que nuestro amor por Jesús logre expresarse y comunicarse.

En el contexto del Jubileo, hemos vivido dos acontecimientos que nos han hecho pensar en la apertura interior de los jóvenes a Jesús y en la fuerza que tiene la figura y el proyecto de Cristo sobre ellos.
El primero, en orden de tiempo, ha sido el Forum 2000 del Movimiento Juvenil Salesiano. Mientras me encontraba en el Colle Don Bosco, un joven ha dirigido al Rector Mayor una pregunta explícita: “Del Movimiento Juvenil Salesiano y en particular de los animadores, ¿no salen vocaciones para el sacerdocio y para la vida consagrada?”.
La respuesta del Rector Mayor fue ésta: ciertamente han madurado vocaciones; pero también es verdad que esta dimensión de la espiritualidad juvenil salesiana no ha sido cultivada suficientemente: del anuncio a la propuesta, de la invitación al acompañamiento personal de los que demuestran aptitudes, señales o primeros deseos. En su mensaje para el camino del MJS en el 2000, el Rector Mayor ha querido incluir precisamente este aspecto. Podéis leerlo en este mismo número de las Actas.
El segundo acontecimiento ha sido la Jornada Mundial de la Juventud de Roma. En la homilía durante la celebración de la Eucaristía, el Papa ha exhortado a los jóvenes a pensar también en la posibilidad de entregar toda la propia existencia para el ministerio sacerdotal y para la vida consagrada: “¡Ojalá que pueda haber siempre en cada comunidad un sacerdote que celebre la Eucaristía! Por eso pido al Señor que broten entre vosotros numerosas y santas vocaciones al sacerdocio”. Y, más adelante, insistía aún: “Que la participación en la Eucaristía fructifique, en especial, en un nuevo florecer de vocaciones a la vida religiosa, que asegure la presencia de fuerzas nuevas y generosas en la Iglesia para la gran tarea de la nueva evangelización”.
Las conversaciones individuales con los jóvenes han hecho ver cómo el pensamiento de seguir a Cristo radicalmente se hace presente en sus almas. Pero muchas veces los encuentra impreparados para dar una respuesta y, según lo que ya otras veces se ha comentado, los encuentra inseguros frente a las posibilidades reales de hallar espacios a la medida de sus esperanzas, en los que expresar semejante vocación durante toda la vida.
Es verdad: la juventud presente en los dos acontecimientos no representaba a toda la juventud del mundo, ni siquiera a la católica. Estaban, especialmente en el Forum 2000, jóvenes escogidos. Pero precisamente éstos son los jóvenes que ofrecen un espacio de diálogo vocacional comprometido y han confesado que tal diálogo no siempre se ha tenido con ellos.
Tal vez estemos viviendo un “tiempo nuevo”, en el que es determinante una adecuación de la pastoral vocacional en términos de imagen, de lenguaje y de propuesta.
No quiero repetir aquí la doctrina teológica sobre la vocación y ni siquiera describir las condiciones sociológicas y religiosas de ciertas zonas en las que parecen concentrarse las dificultades. Las hemos escuchado suficientemente. Se ha dicho, con razón, que hay que pasar del análisis a las propuestas.
Hay un fenómeno que nos debe hacer pensar. En zonas consideradas difíciles conviven juntos comunidades, centros de espiritualidad o movimientos eclesiales que atraen fuertemente; y otras comunidades y obras que no logran provocar deseos de unirse a la experiencia que los jóvenes tienen delante de sus ojos.
También en las áreas todavía fértiles se da una diferencia entre los “tipos” de jóvenes y muchachos que se sienten atraídos por nuestra vida y la que ellos viven una vez que se insertan en las comunidades: se trata de autenticidad de motivaciones, de formación espiritual cristiana, de proyecto de vida en Cristo, de fe interiorizada.
Debemos pensar seriamente en este aspecto. Efectivamente, las vocaciones representan el principal problema de la nuestra, como de otras Congregaciones y Órdenes religiosas. Campos de trabajo los hay en abundancia, en todos los continentes: la cosa más fácil es individuarlos y enumerarlos. Se ha comenzado y va creciendo la colaboración de los seglares, para responder a las urgencias de los numerosos frentes. La dinámica de animación se ha extendido. Pero sin personas que testimonien hasta el fondo el carisma, ¡no hay nada que hacer!
“Rogad al Señor, porque la mies es mucha, pero los obreros son pocos”. Esta expresión de Jesús, siempre verdadera, se aplica más que nunca a nuestro momento histórico.
El Señor nos está dando una nueva oportunidad, pero al mismo tiempo nos pide una purificación, un poner de relieve lo esencial, una capacidad de entrar en contacto vivo con Cristo, más que quedarse sólo en amistades personales o prestaciones de servicio.

En sintonía con la Iglesia.
Sobre la pastoral vocacional en Europa hubo un congreso en Roma del 5 al 10 de mayo de 1998. Previamente se había difundido un documento de trabajo que mostraba, del modo más objetivo posible, la situación cuantitativa y cualitativa de las vocaciones; pero también la conciencia vocacional de las Iglesias y las modalidades de pastoral y de propuesta vocacional que éstas han ido desarrollando.
El documento se detenía naturalmente en las condiciones humanas, sociales y religiosas de los jóvenes; pero recogía también las señales positivas, los recursos actuales, los gérmenes de una estación nueva que exige un cuidado inteligente por parte de todas las comunidades, particularmente de los educadores.
Al concluir los trabajos se publicó una relación final verdaderamente nueva y rica de propuestas.
Un trabajo semejante se ha hecho en América; y, al final de febrero, la Congregación para la Educación Católica publicó un número de la revista Seminarium sobre la situación de las vocaciones en el futuro, para el cual se pidió al Rector Mayor de los Salesianos un artículo titulado “Pastoral juvenil y orientación vocacional”; señal de que nuestra experiencia es apreciada.
Por nuestra parte, hemos dedicado un largo tiempo de estudio a la Ratio, que comprende también el prenoviciado y los criterios de discernimiento para la aceptación.
Diría que es inútil disimular: ¡el problema vocacional es un problema que quema! A pesar de esto, la intención general de los congresos es “promover la esperanza”. Tal es el tono de los documentos previos; tal fue también la tónica de los congresos. Tenemos confianza de que el Señor continuará suscitando profetas y hombres según su corazón.

También la Unión de los Superiores Generales de las Órdenes y Congregaciones religiosas ha querido enfocar una reflexión sobre las posibilidades y condiciones para proponer hoy la vocación y madurar a los candidatos para la vida consagrada, en particular allí donde la dimensión religiosa parece tener poquísima relevancia social, a merced de la elaboración subjetiva.
Con todo esto, se ha obtenido una visión general de las nuevas condiciones en las que las vocaciones nacen y se desarrollan. En alguna parte se vive la prueba de la esterilidad, como la de Sara o también de Ana, madre de Samuel. Pero ¡no es aceptable decretar la propia extinción y programar simplemente el traspaso de la propia herencia carismática a otros, por ejemplo a los seglares, y quedarse, en lo que se refiere a la propuesta de vida cristiana y de sequela Christi, en la cultura secular!
Si Cristo ha sido para nosotros sentido y camino, si nuestra experiencia con Él ha sido feliz, es mejor, como hizo Abrahán, pedir un hijo que asuma la descendencia y trabajar para suscitarlo. Es necesario, se ha dicho, convocar y aún provocar, volviendo a presentar, en su realidad paradójica, los recorridos de una existencia conforme al Evangelio, como las bienaventuranzas, la cruz, la libertad de realizarse en Dios.

La orientación vocacional en nuestra renovación pastoral.
A lo largo de estos años, la Congregación ha desarrollado una reflexión sobre la educación de los jóvenes en la fe. Ha determinado en la orientación vocacional su dimensión fundamental y cualificante. Queremos ayudar a los jóvenes a colocarse frente al propio futuro en actitud de disponibilidad y generosidad; queremos predisponerlos a escuchar la voz de Dios y acompañarlos en la formulación de su propio proyecto de vida.
En este compromiso vocacional privilegiamos algunos aspectos que se apoyan y se completan recíprocamente: la orientación ofrecida a todos los jóvenes dentro del proceso educativo; la constante atención para descubrir y acompañar, con iniciativas diferenciadas y apropiadas, vocaciones de particular compromiso en la sociedad y en la Iglesia; la atención especial a las vocaciones de servicio a la Iglesia (vocaciones para las diócesis, para otros institutos religiosos) y de la modalidad (vocaciones misioneras, incluso seglares); una responsabilidad particular hacia el carisma salesiano en sus múltiples formas, mediante el discernimiento y el cultivo de los gérmenes de vocación salesiana, tanto consagrada como laical, que se manifiesten en los jóvenes.
Estamos convencidos de que regalamos un gran tesoro a la Iglesia cuando procuramos una buena vocación. No importa que esta vocación vaya a la diócesis, a las misiones o a una casa religiosa. Es siempre un recurso que se pone a disposición de la Iglesia y del Reino.
La situación no es fácil. El Congreso “Nuevas vocaciones para una nueva Europa” ha señalado algunas causas o raíces de la dificultad: una cultura pluralista compleja, sin fundamento, que tiende a producir en los jóvenes una identidad frágil; una cultura de la distracción, que corre el peligro de sumergir o anular los interrogantes sobre el sentido de la vida; una mentalidad que lleva a pensar que las posibilidades de la vida deben consumarse de prisa; el nomadismo en las ideas y en los compromisos, que no se preocupa de las referencias orientativas definitivas. Pero es en este contexto donde el Evangelio debe ser comunicado y ofrecido como norma y camino.
En tales circunstancias nosotros tratamos de vivir con una actitud de fe serena, de esperanza y sin culpar a nadie. A Abrahán, cuando estaba triste porque no veía realizarse el don de la descendencia, Dios le dirige la invitación de salir de su pequeña cabaña para ponerse bajo la gran tienda del Señor, el cielo; y, con aquel horizonte más amplio, interpretar y creer en la historia que Dios, fiel a sus promesas, le está preparando.
Esta actitud de esperanza debe también guiarnos en la lectura de los signos de los tiempos: la carencia de vocaciones (un mal) se puede tomar como invitación a una purificación de las intenciones, a reconocer la necesidad de centrarse en lo esencial de la vida consagrada y de nuestra específica vocación en la Familia Salesiana.
Cuando rezamos al Señor de la mies, es importante que lo hagamos movidos más por su Reino y por el deseo de que se cumpla su voluntad, que por la necesidad o la angustia de tener sucesores para cada una de nuestras obras actuales, que ocupen nuestro puesto en los muchos proyectos apostólicos que estamos animando.

Mientras tanto, entre los jóvenes, en la Familia Salesiana, entre la gente, difundamos una cultura vocacional. Éste es un término lanzado por el Papa. Sucesivamente ha sido profundizado también por nosotros. Se trata de promover una forma de vivir y de plantear las opciones personales ante el futuro, según un conjunto de valores como la gratuidad, la acogida del misterio, la disponibilidad para dejarse llamar y comprometer, la confianza en sí mismo y en el prójimo, el coraje de soñar y desear a lo grande. Junto al esfuerzo de contención, hay propuestas y experiencias educativas en la línea de los valores propuestos.
Esta cultura es hoy el primer objetivo de la Pastoral Vocacional, y tal vez de la pastoral en general, afirma el documento conclusivo del Congreso sobre las vocaciones en Europa.

Una nueva relación.
A través de este camino de reflexión y de las experiencias en curso, se percibe una disponibilidad de los jóvenes todavía viva para la experiencia de Dios y se descubren nuevas dimensiones y nuevos elementos, importantes para el nacimiento y el crecimiento de las vocaciones.
Se descubre, sobre todo, el nuevo sujeto destinatario e interlocutor principal de la cuestión vocacional: es, sobre todo, el adolescente adulto, sea por el alargamiento de la obligación escolástica, sea por la mayor edad en que se decide el estado de vida. Para nosotros es importante introducir elementos vocacionales en todas las edades; pero tenemos un espacio privilegiado entre los animadores, los voluntarios, los jóvenes colaboradores, los universitarios, los alumnos de los últimos cursos.
Esta novedad lleva consigo otra que nos afecta muy de cerca: el tema de la vida cristiana y la orientación vocacional para estos adolescentes adultos es mucho más exigente y específico. Éstos no entran en un equipo de trabajo o de servicio. Si se trata de hacer un trabajo laical, aún gratuito, saben que pueden disponer de otros espacios y estructuras de voluntariado. Es la visión y el sentido de la vida lo que determina su orientación. Sólo si son atraídos por Jesús y han aceptado la vida que Él propone, se deciden a seguirlo.
Estamos, se ha dicho, en una época “salvajemente religiosa”. Es necesario hacer sentir a los jóvenes la gran novedad de Jesucristo, el más allá, y no sólo el placer de la gratuidad a tiempo limitado. Es inútil, para la llamada vocacional, la clandestinidad religiosa del grupo que se ha constituido en el nombre de Cristo. Es mejor que declaremos, abiertamente con palabras y obras, cuál ha sido nuestra opción y la alegría con que la vivimos.
En el libro de los Hechos leemos que, mientras la comunidad de los seguidores de Cristo ofrecía los nuevos signos típicamente cristianos, el Señor orientaba hacia ella a los que debían ser salvados. Las dos cosas son necesarias y complementarias: la voz o gracia del Señor y los signos de la comunidad.

Algunas constantes que aparecen en las conversaciones de que os hablaba antes, presentes también en las experiencias hechas por las Inspectorías, pueden ayudar también en la reflexión sobre la capacidad vocacional de nuestras comunidades. Veámoslas.

1. La vocación es una atracción. Si el carisma y la vida de los que hoy son sus portadores y representantes no es, por así decir, fascinante, decaen las condiciones para suscitar seguidores. Esto ya había sucedido con Jesús. Los apóstoles quedaron unidos a Él por una admiración no común; habían percibido la bondad que salía de Él y por eso le preguntaron: “¿Dónde vives?”. Y se fueron a estar con Él.
En la reunión de los Superiores Generales, diversos Institutos presentaron experiencias de comunidades abiertas y acogedoras, fronteras de misión audaces y nuevas, experiencias de vida consagrada que expresaban el primado de Dios, que habían suscitado interés en los jóvenes.
Vuelvo a insistir sobre la autenticidad y el carácter comunitario de las experiencias de Dios, particularmente cercanas a los jóvenes “religiosos” de hoy, aunque deben comprender las condiciones cotidianas de nuestra relación con el Padre a la luz del acontecimiento de la Encarnación, liberándose de la fascinación momentánea de lo extraordinario.

2. La vocación es una llamada y una gracia; está fuera de nuestras posibilidades el inspirarla y hacerla nacer. La iniciativa es de Dios. Es una constante en las vocaciones bíblicas y lo repite Jesús: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido”. Es necesario orar y trabajar, acoger y dar gracias, aún sólo por una vocación, observar y descubrir. En este sentido no nos lamentamos, pero nuestro corazón se vuelve agradecido al Señor por los casi 500 jóvenes que también este año han entrado en nuestros noviciados.

3. La vocación es un camino estrechamente unido a la maduración en la fe, en un diálogo con Dios que dura toda la vida. La condición fundamental para que surja es desarrollar la vida cristiana en todos los aspectos: verdad, costumbres, oración. Han desaparecido casi las vocaciones de carácter “sociológico”. Una fuerte personalización de la fe y una vida interiormente unida a Cristo son indispensables para que maduren propuestas según la palabra del Señor. ¿Recordáis el diálogo del joven rico con Jesús? Pues bien, no basta ser honestos. Se trata de captar dimensiones misteriosas de nuestra existencia.

4. Cada uno experimenta esta llamada, porque Dios tiene un proyecto para cada persona. Es necesario que todos se hagan conscientes de ello. A nosotros nos toca ayudar a cada uno a desarrollar su vocación con un programa apropiado: para la vida laical, para el sacerdocio, la vida consagrada, la secularidad consagrada. Es verdad, de todos modos, que el acompañamiento hacia el sacerdocio y la vida consagrada constituye un aspecto específico, y no hay que diluirlo todo en un discurso genéricamente vocacional.

5. Es necesario un trabajo directo y explícito para las vocaciones de particular consagración o servicio. Espontáneamente no surgen, ni siquiera de los ambientes religiosos. Son poco conocidos los modelos de vocaciones eclesiales, aún entre los jóvenes catequizados. Por eso, las Diócesis y nuestras Inspectorías organizan un servicio de animación. Y se ve que, donde tal servicio funciona, las cosas van mejor, siempre que las comunidades no deleguen en él lo que, en cambio, ellas pueden y deben hacer. No hay que caer en el genericismo y no distinguir ya los diversos tipos de llamadas que Jesús mismo ha hecho.

6. Cada comunidad y en ella cada persona debe estar profundamente comprometida, según las propias posibilidades, en descubrir y ayudar a las vocaciones. El esfuerzo de un “reclutador” o encargado o delegado es absolutamente insuficiente y no ofrece garantías respecto de la cantidad y la autenticidad.
Más allá de la inadecuación para obtener un resultado deseado, está en juego la continuidad de la misión de la comunidad y de cada hermano. Cada comunidad representa a Don Bosco en el contexto donde vive y actúa, y tiene como fin prolongar su carisma y su misión. Es una coartada decir que nuestra misión podrá pasar a los seglares o programar la propia extinción, aún con motivaciones religiosas.
Dios dirá cuál será nuestra suerte, pero es importante que en ella no influya ni nuestro descuido, ni decisiones equivocadas, como puede ser la de renunciar a proponer a los jóvenes formas de intensa vida cristiana y de seguimiento radical de Cristo.

7. Los jóvenes sienten la necesidad de una experiencia directa y de contacto con las realidades de contenido vocacional. En este sentido juega un papel importante el ambiente donde se compromete el joven: puede encontrar modelos, gustar valores y amistades y, sobre todo, ejercitar responsabilidades que son típicas de las vocaciones eclesiales. Nuestras parroquias, escuelas, oratorios, grupos de voluntariado, deben constituirse como comunidades donde se experimentan ministerios al servicio de una misión y se ayuda a un encuentro con Jesús.

8. Muchas vocaciones, como se ha dicho, maduran a una edad más alta y esto significa un período de acompañamiento más largo. Efectivamente, se debe comenzar con una catequesis de fondo vocacional ya en la niñez y en la adolescencia. Pero no hay que abandonar el trabajo cuando los jóvenes han pasado a la universidad o a ambientes equivalentes. La media de edad de los que entran en el noviciado está oscilando entre los 21 y los 27 años.
Además de ser más largo, el acompañamiento debe ser más consistente, por lo que se refiere a la fe y a la práctica cristiana. Debe corresponder al desarrollo intelectual del joven, a las preguntas que le ponen la vida y la sociedad. Dos Encíclicas de Juan Pablo II - la Veritatis Splendor y la Fides et Ratio - dan una idea de las cuestiones de mentalidad y de costumbres sobre las cuales el joven oye las más variadas opiniones, expresadas con extrema seguridad y en nombre del derecho de la persona a pensar y a expresarse.
Son ámbitos donde es necesario el acompañamiento. Es claro, en efecto, que mentalidades y costumbres, si no son iluminadas y orientadas por el Evangelio, impiden las decisiones vocacionales siguientes y obstaculizan el camino que se ha de emprender. Por esto, en el documento conclusivo del congreso sobre las vocaciones en Europa, se acumulan indicaciones sobre una orientación cristiana terminante: presentar a Cristo como proyecto del hombre, invitar a su sequela (seguimiento), cultivar el primado del Espíritu, favorecer el radicalismo evangélico como profecía, ofrecer dirección espiritual.

9. La referencia a un ámbito comunitario es indispensable. Nadie tiene vocación para la soledad y el aislamiento. Por eso, a las iglesias locales se les recomienda organizar la comunidad como una articulación rica de ministerios o servicios para la misión.
También nosotros, en los últimos tiempos, hemos podido sacar conclusiones útiles, constatando el porcentaje de jóvenes llamados que han hecho la experiencia de la comunidad educativa salesiana, del grupo, de una comunidad juvenil, en un servicio de voluntariado.
Al contacto con el ambiente educativo se está añadiendo hoy la experiencia de vida en la comunidad salesiana para jóvenes que han hecho ya un cierto camino.
Se sigue el criterio: “Ven y ve”. Durante un tiempo breve o medio, estos jóvenes participan en la oración, en la programación y realización del trabajo, en la vida fraterna. Es superfluo decir que se trata de comunidades escogidas, que se demuestran aptas para esta acogida. Pero, en no pocas Inspectorías, se ha tratado de multiplicarlas. El ideal es que toda comunidad pueda ser espacio de experiencia vocacional.

10. En el camino de fe hay experiencias que son particularmente reveladoras de las características y exigencias de las vocaciones, y que ayudan a madurar más rápidamente las capacidades vocacionales: podemos incluir en éstas el compromiso en un trabajo pastoral, el aprendizaje de la oración, la fe meditada nuevamente, el voluntariado, los ejercicios espirituales. En tales experiencias se siente de manera más inmediata la dimensión religiosa. Se llaman experiencias “fuertes”, precisamente por su intensidad, y no deberían faltar en un programa vocacional.

11. En muchos casos es necesaria la invitación explícita. El ambiente social no sugiere una vocación religiosa. La importancia y el significado social de ella hoy es escaso; los modelos de referencia para imaginar cómo será la propia vida en un futuro largo son confusos, cuando no desalentadores. En alguna parte, la Iglesia, considerada como institución, es presentada como heredera de un pasado de sometimiento intelectual y moral.
El joven puede tener deseos de comprometerse, pero se orienta hacia los movimientos y las causas hoy más subrayadas: la paz, la ecología, los pobres. Será siempre la fascinación de Cristo lo que determina otra orientación. Y aquí está nuestra prueba de pastores-educadores de jóvenes.
El joven, además, con frecuencia, no llega a la conclusión de que él tiene las condiciones para una vocación de especial servicio o consagración. Los discípulos se sintieron fascinados por Jesús. Pero, para comprender que podían ponerse en su seguimiento, debieron escuchar la invitación: “¡Sígueme!”.
En las conversaciones con nuestros hermanos jóvenes, vemos que casi todos han encontrado a alguno que les ha hecho una propuesta, que ha pronunciado la llamada. Hay que pensar cuántos de ellos no habrían venido sin esta invitación providencial, y cuántos efectivamente no han entrado porque nadie les ha hecho la llamada, o al menos la pregunta.

12. El acompañamiento o dirección espiritual resulta necesario. Lo afirmaba ya el congreso vocacional de 1982, recordando una afirmación de Pablo VI: “No hay vocación que madure, sin un director espiritual que la acompañe”.
Podemos también tomar la expresión “Director espiritual” no de forma técnica, sino abierta, refiriéndonos a quien es capaz de acompañar; con tal de que este acompañante conozca la historia del sujeto y las exigencias de la vida espiritual, y sea capaz de llevar a los jóvenes hacia nuevas metas en la vida de gracia. Y aquí, tal vez, tenemos otro punto débil: nuestra capacidad de mostrar, entusiasmar, indicar los pasos y las condiciones, invitar para que se asuman metas más exigentes, sanando lo que no es conforme con Dios y ayudando a asumir todo lo que contribuye a hacerle sitio en la vida; revisar periódicamente el camino hecho. Tenemos necesidad de acompañantes espirituales que sean, no sólo comprensivos, sino capaces de proponer, expertos en la vida espiritual.
Todo esto ha sido repetido también en el documento conclusivo del congreso sobre las vocaciones en Europa, al que ya he aludido. El joven siente la necesidad de confrontar muchos puntos de la fe con tantas ideas y propuestas que le vienen de su contexto. Tiene necesidad de un interlocutor. Tiene necesidad de esclarecer aspectos de la moral cristiana. Tiene necesidad de apoyo y orientación. Sobre todo, no teniendo experiencia del camino de la gracia y de las posibilidades que tiene la vida en Cristo, tiene necesidad de alguien que le abra estos horizontes.
Está demostrado que, alrededor de algunos directores espirituales, de algunos cenáculos o casas de retiros, de algunas experiencias de fe, están naciendo candidatos para la vida sacerdotal, consagrada, laical.
Nosotros nos encontramos en la situación de todos. En algunas partes, vivimos la prueba de la infecundidad. Pero tenemos un campo privilegiado en nuestros destinatarios: los jóvenes. Desarrollamos una actividad adecuada para el argumento vocacional: la educación. Poseemos ambientes que pueden ofrecer estímulos interesantes: las comunidades educativas. Podemos también extender las ofertas de compromiso y de trabajo apostólico más allá de nuestras obras.
El MJS del 2000 debería expresarse en grupos de voluntariado, de oración, de reflexión de fe, de profundización cultural. Todo esto podría ser un campo fértil para el interrogante vocacional. Si no nos es dado recoger, tratemos al menos de sembrar abundantemente.


2. LA COMUNIDAD SALESIANA: ESPACIO DE EXPERIENCIA Y PROPUESTA VOCACIONAL

Sin pretensiones de ser completos, examinados a vuelo de pájaro la situación de las vocaciones y algunas sugerencias generales de pastoral, nos referimos más directamente al tema que será objeto de nuestros Capítulos, para reflexionar sobre qué elementos de la comunidad pueden resultar llamadas vocacionales.

Cuando pensamos en el origen de nuestra Congregación y Familia, de dónde partió la expansión salesiana, encontramos sobre todo una comunidad, no sólo visible, sino incluso singular, atípica, casi como una lámpara en la noche: Valdocco, casa de comunidad original y espacio pastoral conocido, extenso, abierto. Allí llegaban, por interés o por curiosidad, personajes del mundo civil y político, obispos de todo el mundo, cristianos fervorosos y eclesiásticos que veían en ella un despertar religioso.
En aquella comunidad se elaboraba una nueva cultura, no en sentido académico, sino en la dirección de nuevas relaciones internas entre jóvenes y educadores, entre seglares y sacerdotes, entre artesanos y estudiantes; una relación que repercutía en el contexto del barrio y de la ciudad. Y, según lo que leemos, tal cultura despertaba interrogantes, que llegaban hasta poner en duda la salud mental de Don Bosco.
Además, allí tenían lugar nuevas experiencias educativas: ejemplos conocidos de todos son el pensionado para jóvenes que iban a trabajar a la ciudad, la enseñanza de artes y oficios, el tipo de vida que allí se había instaurado.
Todo esto tenía como raíz y motivación la fe y la caridad pastoral, que trataba de crear dentro de la casa un espíritu de familia, y orientaba hacia un afecto sentido al Señor y a la Virgen.
El término “Religión” en el trinomio del Sistema Preventivo no era meramente formal. Comprendía la invitación a emprender una vida en Dios, como nos recuerda el episodio de Miguel Magone llorando, hasta orientar por los caminos de la santidad a los jóvenes capaces, como nos lo hace ver la conversación entre Don Bosco y Domingo Savio.
Esto suscitaba en los jóvenes deseos de pertenecer a una comunidad tan singular y trabajar en una obra tan original. La palabra oportuna de algún salesiano, o del mismo Don Bosco, ayudaba luego a madurar la decisión.
Así la Congregación Salesiana se componía al comienzo, en gran parte, de “oratorianos”, personas que habían hecho, con Don Bosco y en su casa, la experiencia educativa.
¿Serán nuestras comunidades de hoy capaces de provocar un fenómeno semejante, si bien en menores proporciones?

En este trabajo de Don Bosco por las vocaciones, aparecen algunos elementos importantes que pueden iluminar nuestra reflexión, aunque su lenguaje tiene que ser interpretado en el contexto de su época cultural y teológica.
Él se preocupa espacialmente de hacer surgir y desarrollar los gérmenes vocacionales en los jóvenes. No se queda a la espera casual, sino colabora activamente para hacer sentir el don de Dios.
Construye, con variados medios e intervenciones, un ambiente apto, en el que la propuesta vocacional pueda ser acogida favorablemente y llegar a la maduración; elemento central de este ambiente era el espíritu de familia: sentirse querido, sentirse en casa y valorizado.
Promueve un intenso clima espiritual que guía a la relación personal con Jesús, a la frecuencia de los sacramentos, a la devoción a María, a la oración, y que lleva a arraigar cada vez más en el corazón y en la vida la adhesión personal al proyecto de Dios. En ésta línea van también las breves recomendaciones para favorecer las vocaciones.
Ayuda a purificar y madurar las motivaciones de la opción del estado de vida, centrándolas en la gloria de Dios y en la salvación de las almas, a través de experiencias de compromiso generoso y entusiasta por la salvación de los jóvenes.
Don Bosco se dedica, además, a ser el animador y el guía espiritual de los jóvenes llamados, de modo especial a través de la confesión, pero también facilitando diversos encuentros y coloquios con ellos. En este ministerio, uno de los rasgos que más llama la atención es su gran prudencia en el discernimiento, que sabe orientar a los candidatos con realismo y conciencia de las exigencias espirituales.
Pone siempre en la base la convicción, profundamente arraigada, de que todo éxito en el campo vocacional hay que atribuirlo a Dios y a la materna protección de María Auxiliadora. Por eso, recomienda a todos una constante y ferviente oración por las vocaciones.

El intensísimo trabajo que Don Bosco llevó a cabo a favor de las vocaciones, del que ya se ha hablado, subraya su sentido de Iglesia y una confianza abierta a las sorpresas ante la generosidad de los jóvenes. Nos permite comprender su insistencia para que todos trabajen de común acuerdo y se sacrifiquen para procurar a la comunidad eclesial los grandes tesoros que son las vocaciones.

El movimiento vocacional hoy no es diverso, aunque reconocemos que es menos sentido por la misma comunidad cristiana. Cada uno va a donde se siente atraído. Ciertamente no será por nuestra organización, ni por nuestro servicio o trabajo, el que hoy los jóvenes se sientan fascinados por una vida consagrada, sino precisamente por la intensidad de la dimensión religiosa. “El Señor orientaba hacia la comunidad a los que quería salvar”, como ya hemos recordado, dicen los Hechos de los Apóstoles. Hay una coincidencia entre los signos que pone la comunidad, el del reunirse para la fractio panis, del poner las cosas en común, y la voz que Dios hace resonar en el corazón de las personas que son miembros potenciales de tal comunidad. Es el perfil del camino vocacional.
Resultará inútil que nosotros ofrezcamos comunidades laicas o seculares a jóvenes que buscan el sentido y la experiencia cálida de Dios, a los que han comenzado a gustar el Evangelio y desean vivirlo con mayor intensidad. ¡Es necesario ofrecerse como lugar de experiencia del Evangelio!


La lógica del “Ven y ve”
La cultura actual es muy sensible a los signos y a los testigos, a las pruebas y a las experiencias; poco a las palabras y a las promesas.

Hoy la propuesta vocacional se realiza en el estilo evangélico del “Ven y ve”. Éste ha sido también el camino recorrido por Don Bosco, como decíamos. Él quería mostrar a los jóvenes una forma de vida cristiana que los hiciese felices. Para esto procuró que en el ambiente del Oratorio reinase una gran alegría y un estilo de familia que atraía los corazones de los jóvenes.

Objetivo importante es construir una comunidad salesiana que haga visibles los valores de la vida religiosa encarnados en los hermanos, y ponga de manifiesto las motivaciones de las opciones y de los compromisos de la educación; una comunidad donde se sienta la alegría de la fraternidad y del espíritu de familia, que sepa comunicar su experiencia con la propia vida, además que con las palabras; una comunidad capaz de envolver en un clima, pero aún más en una historia, porque narra eficazmente sus gestas, sus encuentros con misioneros, y comparte sus momentos de oración, da testimonio con experiencias significativas y con actividades apropiadas y, sobre todo, con el tono de su vida.
En otros tiempos se decía que la ruina de una comunidad llega cuando cae en la relajación. Hoy se afirma que estamos en tiempos de místicos y de profetas, y que hace falta mucho más para asegurar el futuro de la vida religiosa. Después del Vaticano II, en general, las Congregaciones han hecho esfuerzos de renovación doctrinal, estructural y operativa; pero no por ello los jóvenes se sienten atraídos. El problema no está tanto en la fidelidad y en la serena coherencia, cuanto en ese “más” que atrae; no en lo normal y honesto que sirve para poder conservar las cosas como están, sino en ese “más” que está incluido en la profecía, en la significatividad, en la radicalidad; o en lo que se puede llamar la “experiencia cálida”, de la cual surgen intuiciones y voluntad de comprometer la vida.


La fuerza vocacional de la vida de la comunidad.
Es fácil constatar que la vida consagrada, en algunas partes, ha perdido visibilidad, o por la fuerza de la secularización del ambiente, o tal vez por la voluntad misma de los que han pensado no exponerse como “hombres religiosos” y han apostado sólo por el valor “humano” de su opción.
Los mismos cristianos no siempre comprenden el alcance de la consagración y, peor aún, no perciben el sentido y el valor de la vida consagrada. Muchas veces ésta queda reducida a una mayor disponibilidad para el servicio a los demás; desaparece su testimonio del primado de Dios y su sentido profético.
También éste ha sido un punto de interés en la reflexión sobre la vida religiosa: se pregunta cuál es la aportación del testimonio y la acción específica de un consagrado/a en el ámbito de la salud, de la educación, del servicio social, en comparación con lo que hacen honestos “seglares”.
La Exhortación Vita Consecrata afirma repetidas veces la urgencia de hacer visible la vida consagrada: “Su estilo de vida debe transparentar también el ideal que profesan, proponiéndose como signo vivo de Dios y como elocuente, aunque con frecuencia silenciosa, predicación del Evangelio”.
“Los jóvenes no se dejan engañar: acercándose a vosotros quieren ver lo que no ven en otra parte. Tenéis una tarea inmensa de cara al futuro: especialmente los jóvenes consagrados, dando testimonio de su consagración, pueden inducir a sus coetáneos a la renovación de sus vidas. El amor apasionado por Jesucristo es una fuerte atracción para otros jóvenes, que en su bondad llama para que le sigan de cerca y para siempre. Nuestros contemporáneos quieren ver en las personas consagradas el gozo que proviene de estar con el Señor”.

En la reunión de los Superiores Generales de mayo de 1999, nos hemos interrogado sobre la capacidad de los jóvenes para comprender cómo la nuestra es una sequela Christi. Sobre todo, hemos reflexionado sobre modalidades o formas de vida que pueden suscitar en los jóvenes la imagen de una existencia evangélica. Efectivamente, se ve que la solemnidad institucional, o el sucederse normal de los días, no les dice mucho a ellos. He aquí algunos elementos, que deberían distinguir a nuestras comunidades y hacer visible su vida consagrada.

Mostrar el gozo de la fraternidad y del estilo de familia.
El clima de familia, de acogida y de fe, creado por el testimonio de una comunidad que se da con alegría, es el ambiente más eficaz para el descubrimiento y la orientación de las vocaciones. Tal testimonio suscita en los jóvenes el deseo de conocer y seguir la vocación salesiana. Esto dicen nuestras Constituciones.
Es preciso hacer más visible el hecho de ser comunidad religiosa que vive y que trabaja unida. Con frecuencia, los jóvenes no encuentran una comunidad de personas, sino salesianos que trabajan individualmente.
Conviene recordar que la misión salesiana no es nunca un hecho individual o privado, sino siempre expresión de una comunidad. Don Bosco mismo pensó, enseguida, en un grupo de colaboradores y se preocupó mucho de la unidad de su Congregación. También hoy los jóvenes tienen necesidad de ver a Jesús a través de una comunidad visiblemente unida, fraterna y feliz. Esto requiere cuidar las relaciones personales y la comunicación fraterna.
En un mundo dividido y lacerado, en una sociedad de masas donde las personas muchas veces son tratadas como números, el testimonio de fraternidad evangélica que ofrecen nuestras comunidades puede resultar cada vez más significativo.

b. Testimoniar la alegría de la vocación.

“Nadie os quitará vuestra alegría”, dice Jesús. Estamos llamados a vivir y a comunicar la experiencia de un don recibido: “Tú me has seducido, Señor, y yo me he dejado seducir”, “He sido conquistado por Cristo Jesús”. “Vidimus Dominum”. Hemos tenido una experiencia de encuentro, descubrimiento, “visión” del Señor.
“La vivacidad de esta experiencia no debe disminuir con el crecimiento de la edad o con el arraigo de las costumbres. Está llamada, más bien, a madurar y llenar la vida. Si cayese, la vida religiosa perdería su motivación y se arrastraría en el funcionalismo, es decir, en el simple cumplimiento fiel de los propios deberes. Nos sucedería a nosotros lo que sucede a los matrimonios cansados, que siguen conviviendo en paz, pero sin que de tal convivencia se esperen novedades ni felicidad”.
Debemos examinarnos para descubrir si algún cansancio, alguna desilusión, nos ha quitado, si no la voluntad de vivir seriamente la consagración, tal vez la convicción y la iniciativa de proponer nuestra vida a otros de manera eficaz. Este gozo y entusiasmo nos debe llevar a superar, en nuestra vida ordinaria y en nuestras relaciones con los jóvenes y con la gente, la ley del mínimo esfuerzo o del aplanamiento, y a proclamar los motivos de satisfacción, de alegría, de esperanza, más que los de descontento, de malhumor y de desaliento.

c. Manifestar, en nuestra forma de vivir, el valor humano y educativo de los consejos evangélicos.

Hoy se insiste en el significado antropológico de consejos: no limitan la persona, sino que abren un campo más amplio a sus aspiraciones y energías. “La elección de estos consejos, - leemos en la Exhortación Vita Consecrata - lejos de ser un empobrecimiento de los valores auténticamente humanos, se presenta más bien como una transfiguración de los mismos... Así, aquellos que siguen los consejos evangélicos, al mismo tiempo que buscan la propia santificación, proponen, por así decirlo, una “terapia espiritual” para la humanidad, puesto que rechazan la idolatría de las criaturas y hacen visible de algún modo al Dios viviente”.
Esto exige de nosotros un esfuerzo para vivirlos, no sólo con coherencia y verdad, sino también en diálogo atento con la cultura actual, de modo que aparezca con claridad su valor humanizante, particularmente frente a los jóvenes.
Nuestras Constituciones subrayan en los votos este valor educativo: “La obediencia conduce a la madurez haciendo crecer la libertad de los hijos de Dios”. “El testimonio de nuestra pobreza, vivida en la comunión de bienes, ayuda a los jóvenes a vencer el instinto de posesión egoísta y les abre al sentido cristiano del compartir”. “La castidad nos hace testigos de la predilección de Cristo por los jóvenes, nos permite amarlos sinceramente, de modo que se den cuenta de que son amados, y nos pone en condiciones de educarlos en el amor y la pureza”.
¿Cómo traducimos, en la realidad, de nuestra vida comunitaria, estos valores?. ¿Qué hacemos para convertir en contenidos educativos originales los consejos evangélicos? Si los religiosos, en las obras educativas, en la confrontación con los seglares, tuviesen sólo una mayor disponibilidad de tiempo o la posesión de las estructuras, bien poco de sustancial aportarían. La pregunta recurrente sobre el valor específico de su presencia en la educación, estaría justificada. Es deber nuestro, de cada uno y de la comunidad, hacer que nuestra sequela Christi se convierta en energía, lección y propuesta educativa, no genérica, sino específica: en la confrontación de la mentalidad y del uso de los bienes en una época marcada por las finanzas y la economía; a cerca de la orientación sobre la sexualidad y el amor, y del significado de la libertad, en un tiempo en que está vigente el principio del placer y de las opciones individuales; respecto de la relación con Dios en todas las fases de la vida, en un momento en que parte de la religiosidad está “desencarnada” y ausente.
Este valor profético se manifiesta también pronunciándose sobre los grandes temas de la historia humana y del mundo juvenil, interviniendo para crear opinión evangélica sobre la realidad y las situaciones. La profesión debe hacerse anuncio, sereno pero decisivo, de los bienes que el Evangelio propone para la sexualidad, la riqueza y la libertad.

d. Animar espiritualmente a una amplia comunidad educativa.

Esto quiere decir ser signos de Dios y educadores para una relación personal con Él, para jóvenes y adultos, como personas particulares y como instituciones.
La manifestación más evidente de nuestra presencia de consagrados en los ambientes educativos es la orientación de todos - destinatarios y educadores - hacia el Padre. La consagración nos invita a meditar y a realizar el evangelizar educando; fórmula en la que el “evangelizar” indica la finalidad, y la palabra “educar” el camino global preferido.
Comunidades capaces de comunicar y de compartir la espiritualidad salesiana, de crear ambientes de recia calidad evangélica, capaces de animar a los jóvenes hacia la santidad, de ofrecer a las comunidades educativas motivaciones y experiencias que animen, a pesar de las limitaciones y las dificultades: así son las comunidades que hoy pensamos, abiertas y propositivas, no desprovistas de una identidad propia ni de dimensiones visibles: exactamente como Valdocco.

Hoy muchos jóvenes y seglares desean “ver” y “participar” de nuestra vida fraterna y tomar parte con nosotros en la oración y en el trabajo. Debemos ordenarla de tal modo que sea posible rezar con los jóvenes, compartir momentos de fraternidad y de programación con los colaboradores seglares y hasta acoger a algunos jóvenes disponibles para hacer con nosotros una experiencia temporal de vida comunitaria.
Así, nuestra comunidad “se hace fermento de nuevas vocaciones, a ejemplo de la primera comunidad de Valdocco”.
Esta apertura se puede realizar de diversas maneras y con diferentes niveles complementarios: a través de un ambiente comunitario acogedor y atento a la calidad de las relaciones personales; con momentos intensos de comunión y de participación entre nosotros, aún limitando otras ocupaciones y servicios, como signo de la importancia de la vida comunitaria; hablando siempre positivamente a los jóvenes y a los seglares de nuestra vida comunitaria, de los hermanos, de los proyectos comunes. Se realiza también eficazmente: compartiendo como comunidad las preocupaciones y los proyectos de la comunidad educativo-pastoral, de la obra y de la comunidad humana del territorio; participando en los momentos más importantes de la vida de nuestro contexto, y prestando con generosidad nuestra colaboración; ofreciendo a los jóvenes y a los seglares momentos de participación, en los que participan con interés todos los hermanos; cuidando también la imagen externa de la propia obra y de la Congregación; y otras iniciativas semejantes.


La acción pastoral de la comunidad.
Nuestras comunidades, además de presentar la vida salesiana y ofrecerse como espacio de experiencia espiritual, desarrollan una acción educativo-pastoral. Merecen recordarse algunos aspectos, para no equivocar la dirección ni el objetivo.
Ayudar a vivir la propia vocación, suscitar vocaciones de especial consagración - como ya hemos indicado - es una de las finalidades de la misión de la Congregación; y es, por eso mismo, una dimensión esencial en toda presencia, proyecto o proceso pastoral; constituye el vértice de nuestra acción educativo-pastoral, y es la fuerza que la orienta, le da unidad y la cualifica. Es como el eje fundamental de todo el camino, en cada una de sus etapas.
El sujeto que garantiza tal compromiso es la comunidad salesiana, como responsable de la genuinidad del proyecto educativo; y, junto con ella, la CEP, convenientemente motivada e instruida por su núcleo animador.

Una de las diferencias entre las Inspectorías que tienen un cierto número de vocaciones, según lo consienten las circunstancias, y aquellas en las cuales se prolonga la esterilidad, es la presencia en la Inspectoría de comunidades activas que se preocupan de descubrir muchachos y jóvenes con aptitudes; de acompañarlos para que maduren y, finalmente, de llamarlos. Donde las comunidades han delegado simplemente este trabajo a un encargado, los resultados son escasos.
Donde todos se comprometen, poniendo en juego también a aquellos hermanos que están particularmente dispuestos a semejante trabajo, se va recogiendo lo poco que cada presencia puede dar. Hoy, sobre todo en el mundo norte-occidental - si bien el fenómeno se va extendiendo -, no hay lugares de donde sacar muchas vocaciones. Hace falta recoger en cada ambiente las que Dios pone en nuestro camino: diversas por la edad, condición, vivencia religiosa, historia personal, relación con la Congregación.

Esta atención vocacional es un servicio fundamental, en primer lugar, para cada joven, para que él llegue a discernir el proyecto de Dios y así realizar su vida en plenitud: en este sentido es preciso desarrollar en él la disponibilidad para asumir la vida como don y servicio, para descubrir los dones y las cualidades sembrados en él y para despertar su responsabilidad hacia los demás.
Es también un servicio a la Iglesia. Ésta se hace signo e instrumento de salvación, en la medida en que todo bautizado añade nuevas posibilidades y energías. Por eso, se debe ayudar a todo cristiano a descubrir las riquezas de la vocación a la santidad y a ser corresponsable de su misión en la Iglesia por el mundo.
Es un servicio, en fin, al carisma salesiano, herencia que hemos recibido de Dios para la Iglesia y para los jóvenes.
De su autenticidad y desarrollo somos responsables. Este carisma nos une en la Familia Salesiana, cuyos diversos grupos se enriquecen recíprocamente mediante el intercambio de los diversos modos de vivirlo, aportando lo propio original al conjunto. Con alegría tratamos de comunicar a otros las diversas formas (religiosa, sacerdotal, secular, masculina, femenina) de asumir la espiritualidad salesiana, cuidando juntos la propuesta vocacional.

De cuanto hemos dicho, se ve la estrecha relación entre Pastoral Juvenil y orientación vocacional, que se debe establecer intencionadamente y traducir en la acción.
La pastoral juvenil está desde el principio orientada a un objetivo: hacer que el creyente esté atento a la llamada del Señor y dispuesto a responderle. Hacer “vocacional” toda la pastoral es hacer de modo que cada una de sus expresiones conduzca a la persona a descubrir el don de Dios en su vida - la fe, la pertenencia a la Iglesia, las cualidades particulares recibidas, la propia vocación-misión - y la ayude a reconocerlo, a desarrollarlo y a ponerlo al servicio de la comunidad.

Siguiendo el objetivo fundamental enunciado anteriormente, el trabajo con los jóvenes en todas las presencias debe privilegiar algunas opciones.
Pongo en primer lugar la atención preferencial a las personas, más que al cumplimiento de los programas preparados, a la transmisión de contenidos intelectuales, a la preocupación dominante de la administración, o al mantenimiento de estructuras. Atención a las personas quiere decir acercarnos a ella, conocerlas, hacernos amigos de ellas, estimularlas a asumir un proyecto de vida.
Al lado de esto, se debe colocar el primado de la evangelización, dar a conocer a Cristo a los jóvenes, motivarlos para dejarse iluminar e interpelar por Él, orientarlos hacia el encuentro con Él y hacia una adhesión, cada vez más convencida, al sentido de la vida que Él revela. Esto va unido a un camino de educación unitario y progresivo, que ayude a personalizar la fe y los valores del Evangelio, como lo describió el CG23, que, a partir del encuentro con Cristo, indicaba, con abundancia de sugerencias, encaminar a los jóvenes hacia un compromiso con el Reino.
En este recorrido es importante la participación activa de los mismos jóvenes, estimulados a plantearse preguntas y a reflexionar, invitados a expresarse y a secundar el deseo de probarse y atreverse a vivir radicalmente en conformidad con el Evangelio.
Puede suceder que, preocupados por una multitud de actividades, por las estructuras, y atareados en la organización, corramos el peligro de perder de vista el horizonte de nuestra acción, y aparecer como activistas pastorales, gestores de obras o estructuras, admirables bienhechores, pero poco como testigos explícitos de Cristo, mediadores de su acción salvífica, formadores de almas, guías en la vida de gracia.
Urge hoy que en cada una de nuestras presencias se dé el primado a la evangelización, mediante una manifestación clara y explícita de las motivaciones evangélicas de nuestra acción, el anuncio significativo de la persona de Jesús, el contacto directo y pedagógicamente cuidado con la Palabra de Dios, los momentos de celebración y de oración personal y comunitaria, encuentros y comunicaciones significativas con creyentes y comunidades cristianas, o de quienes están en búsqueda del Señor.

Hay que subrayar también que la orientación vocacional de la que estamos hablando se hace teniendo en cuenta algunos criterios: no reducirse exclusivamente a recoger candidatos para un cierto género de vida, sino - sin descuidar una pastoral vocacional específica - proponerse más bien hacer un servicio de orientación a todo joven; favorecer en ámbito eclesial y civil una cultura vocacional, es decir, una visión de la vida como don y servicio, más que un deseo excesivo de realización individual, como si todo el esfuerzo personal debiera apuntar a llegar a ser algo importante; sugerir y desarrollar algunas actitudes humanas y evangélicas fundamentales para una opción responsable en la línea del servicio, como la capacidad de gratuidad y de donación, de relación y de diálogo, de colaboración y de compartir. Por último, se debe abrir el panorama vocacional de la Iglesia, incluso a través de encuentros y contactos que hagan conocer de cerca a quienes viven su cristianismo a fondo y a testigos eminentes.

Se pueden todavía repetir algunas insistencias particularmente importantes para que nuestra acción pastoral no pierda la intención, el alma y el objetivo vocacional que la deben guiar.

- Toda comunidad salesiana es la responsable primera y principal de la animación vocacional de los jóvenes con los que trabaja. Insisto en que la orientación vocacional no es sólo competencia de algunos hermanos que han recibido un encargo especial, sino una dimensión cualificante de la acción educativo-pastoral de toda la comunidad y de todo salesiano, como nos recordaba el CG23.
Los jóvenes deben experimentar la comunidad salesiana, no sólo como grupo de trabajo para un servicio en su favor, sino sobre todo como comunidad fraterna y de fe, con deseo de comunicar su experiencia singular, capaces de contagiar su vocación: ésta es la primera y la más eficaz propuesta vocacional.

- No descuidemos el rezar constantemente por las vocaciones y el desearlas. Es la lección de Jesús y su reacción ante las turbas que le seguían y ante el exiguo grupo de los apóstoles que debían colaborar con Él en la misión. Antes de enviarlos, les pide que recen al Padre para que multiplique los obreros: “Al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Y llamando a los doce apóstoles, les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia...”.
La comunidad que no reza incesantemente por las vocaciones, envolviendo a otras personas y especialmente a los jóvenes, no puede vivir plenamente el mandato apostólico de Cristo.
La Diócesis de Roma ha vivido un vuelco vocacional, que ha tenido como eje los jueves de oración por las vocaciones, en los que participaban también los jóvenes. Ciertamente el Señor nos pide que trabajemos por ellas. ¡Pero las noches de pesca sin Él resultan fatigosas y estériles!

- Luego, se tratará de saber ser propositivos. A veces tenemos un cierto pudor, una especie de temor respecto de la aceptación que podría encontrar nuestro discurso vocacional, o nos sentimos movidos por un falso respeto de la libertad de los jóvenes. Esto impide hacerles propuestas claras y explícitas, que, por otro lado, ellos reciben con abundancia, y muchas veces con escaso sentido educativo, del ambiente que los rodea. Nos perdemos en los primeros pasos de los procesos, alcanzamos una formación cristiana más bien genérica, como new age y poco personalizada, con escasos estímulos y acompañamiento para los que buscan más y tienden hacia cumbres más altas.
Escribía Don Egidio Viganò: “El testimonio silencioso y la invitación implícita no siempre bastan para despertar vocaciones. (...) Por desgracia, ha habido, y quizá persiste todavía en algunos, la duda o la negligencia de hacer abiertamente, de forma oportuna, la invitación personal. Lo contrario resulta, de hecho, un pernicioso “silencio vocacional”; cabría hablar incluso de cobardía o de inconsciencia acerca del propio ministerio, pues un joven cristiano tiene objetivamente derecho a conocer las propuestas vocacionales de la Iglesia”.
Se es propositivo también mediante el cuidado de ambientes donde se vive con claridad y con gozo el proyecto de Jesús, según las diversas opciones vocacionales, con una actitud positiva frente al mundo de los jóvenes, de los pobres y, en general, de los valores humanos; donde se hace la oferta de propuestas de espiritualidad a quien estuviese disponible, como la iniciación a la oración, a la escucha de la Palabra, a la participación en los sacramentos, a la liturgia y a la devoción mariana; donde se promueven los grupos y las asociaciones del Movimiento Juvenil Salesiano, lugares privilegiados de maduración cristiana y vocacional; y donde se hace experiencia de compromiso, gratuidad y voluntariado. No se deben descuidar el cuidado de los ministerios eclesiales, también los litúrgicos, como acólitos, animadores, lectores y guías de la asamblea litúrgica, y la invitación personal para cultivar las vocaciones a través de la participación en alguna comunidad de referencia vocacional.

- En un contexto de primera evangelización o de reevangelización, asume importancia especial la significatividad de la Iglesia y, por tanto, nuestra participación en la animación de la comunidad cristiana, que debe hacerse presente en el ambiente, particularmente entre los jóvenes. Si aparece como propositiva y cercana a los jóvenes desde el punto de vista social, cultural y religioso, también la propuesta vocacional resulta más viable. Debe, pues, sostenerse la formación y el desarrollo de un núcleo robusto de cristianos corresponsables, capaces de propuestas específicas, exigentes y profundas.


Acompañar.
El acompañamiento se ha demostrado determinante en el camino educativo y pastoral, que coloca en el centro la persona del joven. Lo es de manera singular en el sistema educativo salesiano, que se apoya en la presencia del educador entre los jóvenes y en una relación personal basada en el mutuo conocimiento e interés, en la comprensión y en la confianza.
Don Bosco fue, en esto, maestro incomparable. Las principales expresiones de su querer y saber acompañar son la búsqueda de contactos con el joven en su ambiente, el coloquio educativo, la dirección espiritual y el encuentro sacramental.
En nuestro tiempo se ha hecho sentir la urgencia de acompañar, de ser interlocutor válido, por la complejidad de los problemas que los jóvenes afrontan y por la atención personal que ellos necesitan.
Conviene, pues, ir más allá del trabajo de masas (aún siendo tan válido e indispensable) y acompañar a cada uno según el nivel a que ha llegado, sobre todo a los que manifiestan deseo y voluntad de progresar en el camino de educación en la fe. Es un reto a nuestra preparación.
Sabemos dar la catequesis; pero ¿conocemos los recorridos de la gracia para saber indicar las costumbres que hay que abandonar y las que hay que asumir? ¿Nos tomamos el tiempo necesario para orientar, no en una vaga religiosidad, sino en la vida espiritual a los que lo desean? Don Bosco supo dar a Domingo Savio indicaciones para un camino de santidad; ¿cómo nos sentimos en este aspecto?
Para evitar equívocos y para mayor tranquilidad, es bueno recordar que, cuando hablamos de acompañamiento, no nos referimos sólo al diálogo individual, sino a todo el conjunto de relaciones personales que ayudan al joven a interiorizar los valores y las experiencias vividas, a adecuar las propuestas generales a las propias condiciones, a esclarecer y profundizar motivaciones y criterios.
Así, el acompañamiento incluye el ambiente educativo que la comunidad salesiana promueve para favorecer la interiorización de las propuestas educativas y, junto con ellas, el crecimiento vocacional, la presencia entre los jóvenes, con voluntad de conocerlos y de compartir con confianza su propia vida, cuidada por toda la comunidad y por cada hermano; la promoción de grupos donde los jóvenes son seguidos por el animador y animados por los mismos compañeros.
Hay un campo importante para el acompañamiento, posible a la mayor parte de los hermanos: son contactos breves, ocasionales que muestran el interés por la persona y su mundo; la atención educativa en ciertos momentos de significado especial para el joven; los momentos de diálogo personal sistemáticos, según un plan establecido, alrededor de un proyecto de vida sencillo, pero exigente; el contacto con la comunidad salesiana, para compartir y aprender de ella la vida de oración, la fraternidad y el estilo de apostolado.
¿Qué opciones se deberían privilegiar para que en nuestras obras haya una atención especial a cada uno y oportunidades diversificadas de contacto y diálogo personal?


Algunas áreas de especial atención.
Desde hace tiempo, y después de no pocas ambigüedades en el pensamiento y en la acción, se ha afirmado la distinción entre pastoral vocacional general, es decir, para todos, y pastoral vocacional específica, es decir, la que trata de descubrir y acompañar las vocaciones de especial significado en la dinámica del Reino.
Nosotros debemos promover todas las vocaciones en la Iglesia. Pero hoy, dice el documento “Nuevas vocaciones para una nueva Europa”, hay algunas vocaciones que requieren una especial atención por nuestra parte. “En un tiempo, como el nuestro, necesitado de profecía, es prudente favorecer aquellas vocaciones que son un signo particular de ‘aquello que seremos y aún no nos ha sido revelado’, como las vocaciones de especial consagración.
Es también prudente e indispensable favorecer el aspecto profético típico de toda vocación cristiana, comprendida la laical, para que la Iglesia sea cada vez más, frente al mundo, signo de las cosas futuras, de aquel Reino que está “ya ahora y todavía no”.

- La vocación para la vida consagrada

Nuestra sociedad, y con frecuencia la misma comunidad cristiana, no posee un conocimiento adecuado de la vida religiosa, para comprender su sentido y su valor.
Nuestra forma de vivir la vida consagrada ha perdido visibilidad y en no pocos aspectos parece indescifrable. Esto resulta todavía más preocupante frente al crecimiento de la presencia de los laicos en la Iglesia y, para nosotros, en la misión salesiana. Es verdad que ellos pueden dar mucho, pero es igualmente verdad que Don Bosco quiso en el centro de su familia una comunidad de consagrados.
La propuesta vocacional salesiana, pues, requiere hoy, más que en el pasado, vivir y presentar, en la fidelidad al proyecto de Don Bosco, una figura de consagrado que sea significativa para los jóvenes y que haga emerger los aspectos fundamentales de la vida consagrada, más que los ministeriales o funcionales.
No es suficiente hablar de Don Bosco y de la misión salesiana; se debe también presentar la importancia y el valor que en el proyecto de Don Bosco tiene la vida en Dios, como punto de referencia preciso del carisma. “San Juan Bosco quiso que hubiera personas consagradas en el centro de su obra, dirigida a la salvación de los jóvenes y a su santificación... Con su entrega total darían solidez y fervor apostólico con vistas a la continuidad y para la expansión mundial de su misión”.

- La vocación para la vida laical y familiar

Con frecuencia, nuestra acción educativo-pastoral es poco propositiva desde el punto de vista de las desembocaduras vocacionales. Parece que sólo nos preocupan algunas opciones especiales de vida, como si la vida laical y familiar no se debieran considerar como una verdadera vocación.
Muchos jóvenes comprometidos y disponibles, parejas de novios y jóvenes esposos, universitarios y jóvenes obreros, nos piden ser acompañados con mayor cuidado en los momentos de su búsqueda y elección vocacional. Por eso, la Pastoral Juvenil y la animación vocacional deben presentar a estos jóvenes los diversos modelos vocacionales en la Iglesia, dando el justo valor a la opción vocacional para la vida laical y familiar. Nosotros mismos debemos valorar más el matrimonio cristiano como una verdadera vocación y comprometernos a acompañar a los jóvenes en su camino de discernimiento y maduración de esta opción.

- Los jóvenes adultos: animadores y voluntarios

Son jóvenes que comparten generosamente muchos aspectos de la misión salesiana, tienen una auténtica voluntad de servicio y están en búsqueda de un proyecto de vida significativo para ellos, aunque luego les tocará a ellos afrontar el camino de realización de su primer sueño. Es preciso ayudarlos para que la experiencia de animación o de voluntariado sea de alcance y abertura vocacional, y los estimule a pensar su vida según el Evangelio y el plan de Dios sobre ellos.
Esto requiere de nosotros el compromiso para que cada uno de ellos pueda profundizar la fe y reflexionar sobre las propias experiencias de animación, ofreciéndoles oportunidades concretas de acompañamiento personal y facilitando propuestas de momentos fuertes de espiritualidad y de vida cristiana. A veces puede suceder que estemos más preocupados por su acción de servicio que de sus personas y de su desarrollo vocacional.

- Las familias

Otra categoría de personas que me parece importante relacionar con la animación vocacional son las familias. Por causas y situaciones diversas muchas de ellas, aún siendo cristianas, tienen dificultad para comprender, respetar, animar y promover la opción vocacional de sus hijos e hijas. Muchas veces piensan en su futuro con criterios diversos, si no contrarios, a los valores evangélicos que constituyen la cultura vocacional. Por esto, es importante, por nuestra parte, conocer e interesarnos por la experiencia familiar que viven nuestros jóvenes, acompañar y ayudar a los padres en su responsabilidad de educadores de la fe, profundizar con ellos el sentido de la vocación e interesarlos en el camino educativo y pastoral que se va proponiendo a sus hijos. Existen en la Congregación ejemplos admirables de familias que se reúnen para apoyar con la oración y con el acompañamiento la vocación de sus hijos: ¡son iniciativas que hay que promover!


El ángel anunció a María
Concluyo, como siempre, con una referencia mariana.
Entre las vocaciones bíblicas, la de María no es sólo la más determinante en la historia, sino también la enriquecida con mayor luz y sencillez. La narración está construida con alusiones de la Biblia que evocan antiguas esperanzas, expresan expectativas actuales y anticipan los sueños de salvación del hombre. María, que personifica la humanidad, siente en sí todo esto y está llamada a ponerse a disposición de Dios para realizarlo.
Con frecuencia nos paramos en las actitudes y en las palabras de María. Y con razón. Ella es el icono de la Iglesia y modelo de disponibilidad.
Hay, en la Anunciación, una imagen de Dios. Una película discutida ha tratado de explorarla. Es un Dios “personal” que sigue los acontecimientos del hombre y lo salva con su amor, a través de intervenciones y de mediadores reconocibles.
Dios manda a un ángel: se comunica con María, como en muchas páginas bíblicas, a través de un mensaje y una voz que resuena interiormente antes que en el exterior. Dios nos hace conocer sus designios no sólo, y tal vez no principalmente, en momentos solemnes o con modalidades vistosas, sino en la vida ordinaria. La anunciación sucede en Nazaret, en una casa privada, a una joven prometida, que está haciendo la experiencia humana del amor, de la familia y de la responsabilidad.
Sentiremos a Dios en nosotros mismos al discurrir de la vida y en el sucederse de los compromisos. Pero también, viendo a nuestro alrededor a muchachos y muchachas, deberemos pensar que una comunicación con Dios está sucediendo en su corazón. Las mediaciones son importantes, pero, en la historia de la salvación, el Señor, muchas veces, ha prescindido de ellas, como en el caso de Abrahán, de Samuel y en el de María. Es tal vez ésta una de las experiencias del Forum 2000 y de la Jornada Mundial de la Juventud. El Señor nos había precedido en la mente y en los deseos de muchos jóvenes.
Además, Dios tiene el misterioso poder de hacer fecundo lo que, a los ojos humanos, es estéril, limitado o perdido. Y se trata de una fecundidad no común, pero preciosa, de la que provienen los hijos de Dios.
Ésta es una invitación a revisar nuestra fe en la acción y en la energía del Espíritu. Así como una virgen puede concebir, así nuestro mundo, aparentemente estéril, puede ser fecundo - por obra del Espíritu - en posibilidades que no osaríamos ni soñar.
Con frecuencia nos detenemos a escrutar el alma de María a través de su ademán y sus palabras, para descubrir algo más allá de la escena externa. Comprendemos que la cosa más importante y misteriosa acontece en su corazón y en su mente. Su conversación con el ángel, trátese de una revelación, visión, audición o sólo inspiración interior, es privada y oculta. Es ciertamente atención a la propia vida, escucha atenta, en forma de discernimiento, de lo que resonaba dentro de Ella. Es diálogo confiado con Dios acerca de su destino; es disponibilidad a la propuesta de Dios; es confiarse en Él para la realización de lo que ahora le pide, para las etapas intermedias y para el resultado final.

En toda vida hay una anunciación; es más, varias y relacionadas entre sí: proponen una novedad, dan una luz para comprender e invitan a abrirse a una esperanza.
La anunciación nos recuerda que nuestra respuesta a Dios, dócil, confiada y continua, es personal. El hombre y la mujer no producen nada que no haya sido concebido y madurado interiormente. Pensamientos, sentimientos, deseos, proyectos, acontecimientos, se han elaborado en nuestro corazón. Allí está el santuario de Dios. Desde ese santuario, María confiesa su propósito de virginidad, su disponibilidad, su confiarse a Dios.
El Espíritu no actúa por fuerza, ni mecánicamente, sino por sugerencias, diálogo interior, inspiración: se toma todo el tiempo necesario para hacer con calma, a ritmo humano, una obra completa y bien combinada.
Es también nuestro recorrido y el que ayudamos a hacer a los jóvenes. María nos conceda saber “amplificar” y ser mediadores de la palabra personal del Señor que resuena, de modo no siempre comprensible, en el corazón de los jóvenes.

Éste es el deseo que, junto a mi saludo fraterno, quiero haceros llegar: la reflexión sobre el tema del próximo Capítulo General refuerce la capacidad vocacional de cada comunidad y de cada hermano.
Con la protección de Don Bosco y de la Auxiliadora


Juan E. Vecchi.
Rector Mayor