Don Bosco

Memorias Biograficas - vol 12

MEMORIE BIOGRAFICHE DI SAN JUAN BOSCO

VOL 12

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CAPITULO I

LA PALABRA DEL BEATO DON BOSCO AL COMIENZO DEL NUEVO AÑO

LA palabra oral o escrita, con la que en diversas ocasiones del mes de enero abrió el Beato don Bosco las ventanas de su alma a los
Salesianos, al Oratorio, a los Colegios y a los Misioneros, tiene un contenido, que nos parece hecho expresamente para dar comienzo a
este volumen.

"Quién habría podido nunca imaginar, al oír o leer lo que él decía, que aquella encantadora serenidad ocultaba a los ojos ajenos penas
punzantes y desagradables preocupaciones?

Las contrariedades de la Obra de María Auxiliadora y de la pía Unión de los Cooperadores, agudizadas en 1876, como ya hemos
referido; las continuas atenciones para hacer frente a las incesantes necesidades de cada día; las crecientes preocupaciones por las
fundaciones, que se multiplicaban y ampliaban; las amargas molestias por los malentendidos, que, bajo diversas formas, se reproducían
continuamente, eran espinas, que traspasaban sin descanso su corazón y que hoy nosotros conocemos de alguna manera a través de los
documentos. Pero eran cosas, que no le impedían hacerse todo para todos sin esfuerzo visible, sin momentos de debilidad; de suerte que
en su habitual entrega al trabajo y al ministerio, en su ((10)) participación en la vida común, en su trato y en el acento de su voz, sus
hijos nunca veían en él más que a don Bosco, al don Bosco de siempre, a su querido don Bosco. Veamos por partes estas
manifestaciones.

A los Salesianos

De ordinario hablaba con sus queridos Salesianos en la intimidad, en público y por carta.

El día primero de enero, conversando familiarmente con algunos hermanos y haciendo casi un balance de la Congregación al comienzo
del nuevo año, como lo habría hecho un hombre de negocios a sus socios en la cuenta anual sobre el estado de la hacienda, dio don
Bosco una mirada al pasado, al presente y al futuro, para mostrarles cómo
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el Señor manifestaba cada día más claro lo mucho que quería a esta Congregación.

Uno de los presentes, don Julio Barberis, tomó nota de la conversación en su pequeña crónica.

-Algunos ministros, y por más señas de entre los peores, dijo don Bosco, le habían animado y ayudado tiempo atrás a seguir adelante
con sus empresas. El conde Camilo de Cavour le invitaba a comer a su mesa y era feliz oyéndole hablar de los oratorios y sus otros
planes. Rattazzi iba de vez en cuando al Oratorio, admiraba tanto a don Bosco que le llamaba un gran hombre cuando hablaba de él; más
aún, él mismo sugirió ciertas precauciones para evitar molestias por parte de la autoridad civil. Y por aquellos mismos días, el diputado
Vigliani, Ministro de Gracia y Justicia, pedíale consejo por carta sobre asuntos diversos y lo recibía en Roma con singular deferencia. Y
lo mismo podía afirmar de muchos otros, que, aunque malos de condición y enredados en las sociedades secretas, sin embargo apoyaban
a los Salesianos. "No era esto algo maravilloso?

-Y aún lo es más, añadió, ver cómo nosotros vamos tirando hacia adelante, mientras otros Institutos se vienen abajo. No tienen
novicios;
los que ingresan, no resisten; ((11)) perseveran muy pocos. Nosotros, en cambio, cosa inaudita para el mundo de hoy, tenemos un
centenar de novicios, rebosantes de salud y felicidad, y que ofrecen las mayores esperanzas de perseverancia.

-Y no acaba aquí. Todos los que se forman en nuestra pía Sociedad adquieren un espíritu extraordinariamente bueno, y les gusta tanto,

o mejor aún, les entusiasma tanto el trabajo, que me parece no es posible que otros les superen. Todavía no son sacerdotes, y ya dan
clase, asisten, hacen sus estudios, acompañan de paseo a los colegiales, dan repaso a los atrasados, y preparan a los muchachos para la
confesión y comunión. Cuando lo considero, quedo realmente estupefacto y no paro de repetir aquellas palabras: A Domino factum est
istud et est mirabile in oculis nostris (Dios ha hecho esto; es algo maravilloso a nuestros ojos).
-Y si, partiendo del presente, calculamos lo que puede dar de sí el futuro, se pierde la imaginación. Si en pocos años y en medio de mil
dificultades, con personal jovencísimo, se hizo tanto bien en el Oratorio que ya tiene más de ochocientos alumnos; si se abrieron diez
casas tan florecientes como no hay en Italia otras, que puedan comparárselas; si, además, nos hemos extendido hasta Francia con una
casa y con dos a América, "qué será de nosotros en el porvenir? Y eso cuando sólo desde 1869, esto es, de siete años para acá, hemos
ido
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adelante con cierta seguridad, por haber sido aprobada entonces la Congregación; más todavía, cuando no hace todavía dos años que
fueron aprobadas definitivamente las Reglas. "Qué será, pues, de nosotros dentro de veinte o treinta años? Creo que habremos tendido
una red muy tupida, no sólo por Italia, sino por toda Europa y, andando el tiempo, casi por todo el mundo.

-Pero el punto capital es que no nos hagamos indignos de los favores y gracias del cielo. Mientras se conserve el verdadero espíritu, la
Congregación irá adelante a velas desplegadas.

El enjambre de clérigos, que zumbaba dentro y fuera del Oratorio, hacía decir que había allí una fábrica de seminaristas.

Hasta monseñor Zappata decía a los padres, que iban a él para aconsejarse sobre la vocación de sus hijos:

((12)) -Enviad a vuestro hijo con don Bosco unos meses; y, si no tiene vocación, él hará que le venga.

No se crea con esto que don Bosco hiciera caso omiso y no diera importancia a las precauciones que piden la prudencia y la Iglesia.
Precisamente el día anterior se le había presentado una familia, padre, madre e hijo, enviada por monseñor Zappata. Dijeron los padres:

-Este hijo nuestro quería hacerse sacerdote; daba muy buenas esperanzas, pero ahora no quiere saber nada de ello. íPobres de nosotros!

Y atormentaban al pobre muchacho para que dijese que sí. Don Bosco los reprendió, delante de su hijo, diciéndoles:

-íNo se puede imponer la vocación de ningún modo! Si él se siente con esta inclinación, ya reflexionará, rezará y será capaz de
decidirse por sí mismo a lo que ustedes desean. Pero, si no se siente inclinado a este estado, no hay que inducirle de ningún modo por la
fuerza.

Habló después confidencialmente con el muchacho y éste se marchó dejándole con la fundada esperanza de que seguiría la carrera
eclesiástica.

En otra conversación parecida, del día 7 de enero, entretenía el Siervo de Dios a los circunstantes con su tema predilecto de las
misiones. Lo ya hecho no era nada en comparación con lo que tenía pensado hacer a continuación. Aceleraba con el deseo la redención
de Patagonia. Los jesuitas y otros misioneros habían intentado en balde adentrarse, pues habían sido descuartizados por los indígenas...

-Pero nosotros, dijo, aprovechando la experiencia de los otros, tomaremos las debidas precauciones y seguramente podremos alcanzar
buen resultado. Para ello será preciso abrir un colegio en algún
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pueblo o ciudad ya algo civilizada y próxima a los lugares habitados por los salvajes, y mientras funciona el colegio para los habitantes
del lugar, procurar estudiar y conocer la índole y costumbres de las tribus vecinas. Sería algo grande y no difícil, creo yo, tener en este
colegio a alguno de los hijos de los salvajes, pues oigo decir que van a las ciudades a hacer sus compras. Si contentamos a algunos de
éstos tratándolos amablemente, haciéndoles algún regalo, nos abrimos ya un buen camino. Si, además, se pudiese tener a ((13)) uno de
éstos como guía, que hubiese pasado ya varios meses en nuestro colegio, esto podría dar cima a la obra. Pero lo que más importa es no
precipitarse, no hay que tener demasiada prisa; hay que preparar el camino, diría que, como fingiendo que no se piensa en ellos, pero
poniendo colegios en las ciudades próximas a ellos y haciéndonos conocer y amar a través de músicas, cantos, tratos y regalos.

-Mientras tanto algún sacerdote podrá comenzar a entrar por aquellas tierras durante algunos días y, poco a poco, se podrán dar pasos
lentos, pero seguros. Y, si el Señor en su Providencia dispusiese que alguno de nosotros sufriera el martirio, "tendríamos que
amedrentarnos por esto?

La casa de Patagones, desde 1879, y la de Viedma, desde 1880, desarrollaron precisamente este programa con los resultados por todos
conocidos. No faltaron en un principio asaltos fallidos, asechanzas descubiertas; y hubo también víctimas, pero de los elementos y no de
los llamados salvajes. Porque no hay que dar a este vocablo un significado demasiado crudo, pues no se trata de caníbales, sino de
aborígenes rudos, celosos de su independencia y que vivían sometidos a jefes de tribu, que no eran inhumanos.

Desde hacía tiempo acariciaba el Beato el propósito de hacer algo por las misiones de la India y de Australia. No le asustaban las
dificultades de la lengua inglesa; parecíale que, con un método práctico mejor que teórico, los suyos podrían salir de apuros. Aprender en
unos meses las palabras más necesarias y de uso más frecuente; lanzarse después a la conversación, primero toscamente, después más
correctamente, buscar por fin un maestro inglés para la pronunciación. En resumidas cuentas, era el método Berlitz, que después llegó al
apogeo de la fama. Por entonces no tenía intención de fundar un colegio en Inglaterra. Habían ido a parar al Oratorio algunos ingleses,
pero ninguno de ellos se quedó. Pocos años después vinieron otros y se quedaron. El primer colegio en la isla de los Santos se abrió en
Battersea, arrabal de Londres, inmediatamente después de la muerte del Siervo de Dios; pero ya hacía algún tiempo que habían
comenzado las negociaciones.
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((14)) La conversación sobre el aprendizaje de las lenguas para las misiones llevó al Beato a manifestar su plan, que, si entonces no fue
tenido por utópico, debióse únicamente a la ilimitada confianza que todos ponían en su palabra, pero que hoy nos prueba a nosotros su
clarividencia sobre el porvenir. Dijo así:

-Veo que pronto tendremos aquí en el Oratorio cursos organizados de diversas lenguas para las Misiones. El plan podría organizarse de
este modo. Se divide en tres categorías a los aspirantes misioneros. Los de la primera asocian a sus estudios literarios y científicos el de
la lengua española, aprendiendo también las costumbres de las misiones, donde se habla español. Los de la segunda, mientras atienden a
los estudios ordinarios, aplíquense a fondo a la lengua francesa. Los de la tercera estudien, con todo lo demás, la lengua inglesa para
prepararse a las Misiones de los países donde prevalece esta lengua. Podríanse, además, establecer estas lenguas como materias
accesorias progresivas durante los cursos de filosofía y teología. Así me atrevería a esperar que, con poco trabajo, se lograría nuestro
intento.

Las esperanzas de don Bosco se han hecho realidad en el plano mucho más amplio que ahora estamos viendo, es decir, proporcionada
al campo del apostolado misionero, que la Iglesia abrió a la actividad de la Congregación Salesiana. Las tres categorías del Oratorio se
han convertido en una numerosa sede de colegios donde los aspirantes misioneros, clérigos y coadjutores, reciben formación distinta
según los lugares a los que son destinados.

De las conversaciones privadas pasemos a escuchar la palabra de don Bosco en una conferencia pública para todos los clérigos
presentes en el Oratorio, no sólo novicios, sino también profesos. Les habló de la castidad.

Esta conferencia ha llegado a nosotros a través de dos redacciones, que no difieren más que en cosas accidentales; damos preferencia a
la del clérigo Peloso 1, que es más satisfactoria.

((15)) Parece que nuestro ejército va engrosándose cada día más. Si cada vez que vengo aquí os he de ver más numerosos, no sé cómo
va a salir del paso el demonio.

Empecemos por agradecer al Señor, que nos ha concedido terminar en su santa gracia el año 1875; agradezcámosle también el haber
comenzado en su santa gracia, como esperamos, el año 1876. Confiamos pasar bien todo este año, según mi deseo y el vuestro.

Cuando estuve aquí la vez pasada a daros la conferencia, dije algo respecto de la

1 Véase tomo XI, págs. 249-250.
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vocación y os sugerí unas reglas para conservarla 1; hoy os diré cómo conservar el fruto de esta vocación.

Cuando uno se consagra al Señor, hace donación de todas sus pasiones y de una manera particular le ofrece todas sus virtudes. Pero no
siempre pueden mantenerse éstas dentro de los debidos límites, ni se pueden guardar fácilmente, sobre todo la virtud de la castidad, que
es el centro en el que se fundan, se basan y reúnen todas las demás.

No he venido con la intención de pintaros las bellezas de esta virtud: que no bastarían muchas y muy largas conferencias durante años
enteros, ni miles de volúmenes, por muy gruesos que fuesen, para citar todos los ejemplos que de ella se encuentran en el Nuevo y en el
Antiguo Testamento, y para contar los innumerables milagros que hizo el Señor para conservarla en sus devotos.

Tampoco quiero hablaros del ayuno, de la abstinencia de un alimento más bien que de otro, en conclusión, de la mortificación de los
sentidos, que ayuda no poco a la conservación de esta virtud y a fortalecer el espíritu, no.

Todo eso lo leeréis en los libros de los santos y se os irá exponiendo en las diversas conferencias, que se os dan. Pero vosotros diréis:

-íAquí tenemos a don Bosco! Ha venido para hablar a sus clérigos en particular; él los quiere como a las niñas de sus ojos y "qué nos
dirá de bueno?

Pues os diré que la castidad es la joya, la perla más preciosa, especialmente para un sacerdote y, por consiguiente, para un clérigo, que
ha consagrado su vida, su virginidad al Señor. Ahora, en la situación en que os encontráis, necesitáis conocer ciertas cositas, que ayudan
sumamente a conservar una virtud tan bella, sin la cual un sacerdote o un clérigo no es nada; y, en cambio, con ella un sacerdote, un
clérigo lo es todo y tiene en sus manos todos los tesoros.

Vamos, pues, a hablar de estas cositas tan ventajosas y fáciles. "Cuáles son? Las iremos exponiendo un poquito y veréis su gran
utilidad.

1.° Empiezo por decir que ayuda mucho a conservar la virtud de la castidad la exacta observancia de los propios deberes. ((16)) No me
refiero precisamente al estudio, a las asistencias, a la catequesis y a los demás cargos particulares de cada uno, sino a que se haga todo
cuanto prescriben las reglas, esto es, que haya puntualidad en todo. Puntualidad para ir al comedor, a la iglesia o al descanso.

2.° Asistir a los recreos y dedicarles el tiempo establecido. Cuidad, sin embargo, de que el recreo no sea una disipación, ni una
murmuración contra una y otra regla, o bien contra un Superior, sino que sea un verdadero recreo, un descanso del ánimo y de la mente,
que estuvieron ocupados toda la mañana en el estudio; terminado el recreo, también el cuerpo quedará aliviado, irá cada uno a cumplir su
cometido, quién al estudio, quién a la meditación, quién a dar clase, etc.

Pero me diréis:

-"Qué tiene que ver el recreo con la virtud de la castidad?

Os diré que es un medio eficacísimo para guardarla. Vosotros necesariamente asistís a los muchachos, o tenéis que asistirlos. Os
ocurrirá, a veces, que veréis a uno que goza de buena salud pero anda pensativo. No habla con nadie y, si se le pregunta algo, responde
con palabras enredadas, cuyo sentido nadie comprende. Los instruidos y con carismas para conocer el corazón humano, penetran en sus
más recónditas entretelas, se dan cuenta de que por aquella mente vagan pensamientos no castos;

1 Tomo XI. págs. 429-437.

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entienden que, si aquel muchacho no es cuidadosamente vigilado, es capaz de ir a meterse en cualquier escondrijo para leer allí libros
obscenos; comprenden que en él corre muchísimo peligro la castidad.

"De dónde procede esto? Del ocio en el recreo. Al quedarse parado allí solo, su mente empezó a fabricar ciertos castillos, en los que
poco o nada había pensado hasta entonces; y, a fuerza de vueltas vino la complacencia, después el deleite, y del deleite a la obra no hay
más que un paso. San Felipe Neri, que conocía a fondo esta virtud, decía a los muchachos:

-Gritad, alborotad cuanto queráis, pero no cometáis pecados.

Por eso los muchachos cumplían muy bien este aviso.

Pero, a veces, el frailecillo encargado de la limpieza salía de su celda y al oír aquel ruido y contemplar aquel barullo por los corredores

y ver que los muchachos revolvían y rompían todo, les gritaba:

-íEh, bellacos! "Qué estáis haciendo? "No véis que lo rompéis todo, que lo estropeáis?

Pero los muchachos no le hacían el menor caso, le dejaban gritar a su antojo y seguían armando un ruido catastrófico. Tenían permiso

del director, y eso les bastaba. El frailecito, al ver que aquella turba de chiquillos no quería obedecerle, fue a san Felipe Neri, e indignado
le dijo:

-Es preciso que vaya usted a reñir a esos golfos. "No ve que van a hundir la casa?

Salió san Felipe Neri de su habitación, llamó a los muchachos y les dijo:

-íEa, muchachos, escuchadme! Estaos quietos, si podéis. íAlborotad sin meter ruido!

Los muchachos se lanzaron a más clamorosas diversiones ((17)) y el frailecito se retiró humillado y refunfuñando. Hubiera querido
pegarles para impedir aquel vandalismo.

Pero san Felipe no se cansaba de avisar formalmente a sus hermanos, diciéndoles:

-No permitáis nunca que los muchachos estén ociosos durante el tiempo de recreo.

Eso mismo os digo yo a vosotros. Caminad, reíd, alborotad, que esto me agrada. No quiero decir que vayáis ahora a jugar al marro por
que está el patio cubierto de nieve.

Dejando ya el recreo, seguid siendo puntuales en la observancia de cualquier otra regla.

Será la hora del estudio, por ejemplo. No lo dejéis nunca; es vuestro deber aprovechar todo el tiempo, hasta el último minuto, para ir
adquiriendo nuevos conocimientos. Es la hora de la merienda, exhorto a que la tomen todos los que sientan necesidad; vendrá después la
hora de ir a la iglesia; váyase a ella con devoción para dar buen ejemplo, y después, al estudio. En conclusión, cada cosa a su tiempo y
bien.

íSobre todo observancia del reglamento del Oratorio!

3.° Y "basta esto? Sí, podría ser suficiente, si se guardara todo el horario con exactitud.

Una regla que siempre he recomendado, que la recomiendo, y siempre recomendaré, es ésta: que por la noche, después de las

oraciones, hagáis lo posible para no entreteneros hablando con un compañero.

Después de las oraciones, váyase enseguida a descansar.

El que tenga la obligación de dar unos pasos más en el dormitorio para asistir, hágalo pero con discreción.

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Si en aquel dormitorio hubiere un compañero asistente, no hay que quedarse nunca charlando.
Así, pues, uniformidad en todo, especialmente en el descanso.
Recuerdo que Virgilio, en el cuarto libro de las Geórgicas, dice que las abejas, en cuanto llega determinado momento, se ponen todas
a

trabajar y en otro momento fijo empiezan todas a descansar. Dice así: Omnibus una quies, labor omnibus unus (un solo descanso, un
solo trabajo para todos).

Es preciso que esta regla se observe fielmente. No se puede decir aquí todo lo que sería menester; pero lo que puedo deciros, y debo
decir, es que gran parte de los desórdenes de fecha reciente han sucedido por culpa de algunos, los cuales, descuidando esta regla, iban a
charlar por la noche con otros; con escándalo de los mismos muchachos. Otros invitaban al compañero a beber en su celda. Y esto está
severamente prohibido.

Cada uno debe estar en su propia celda y no dar ni un paso para ir a la del otro, salvo el caso de una gran necesidad.

Hubo quien escribió cartas e hizo proyectos en estas ocasiones, que, ((18)) si bien no se oponían totalmente a la virtud de la castidad,
constituían, sin embargo, una seria dificultad. Ocasionaron graves disgustos a don Bosco, y los que los ocasionaron se vieron obligados a
salir de la Congregación. "Y por qué? Porque por la noche, en lugar de ir a acostarse, se quedaron charlando fuera de tiempo. De algunos
solamente hubo sospechas, pero de otros se tuvieron pruebas ciertas. Perdieron el honor y tuvieron que marcharse del Oratorio, por no

haber sabido guardar esta virtud.

4.° Hay otros que, además de acostarse tarde por la noche, se levantan tarde por la mañana.

-"A qué hora suena la campana?

-A las cinco y media.

-Pues bien, quiere esto decir que puedo dormir un cuarto de hora más. En otro cuarto de hora lo arreglo todo, me visto, me lavo y hago

la cama...

íPero pasa el cuarto de hora!

-"Levantarme ahora? Vaya... no... cinco minutitos más. Cinco minutitos más o menos da igual.

Y así duerme, o mejor, se deja vencer por la pereza otros cinco minutos. Pero éstos pasan y tal vez ya han pasado más de diez y más de

quince.
-"Qué hacer? íEa, vamos!... He leído en Cicerón que a los aplicados les está permitido decir mentiras... 1 y además, las mentiras no

causan daño. Diré que no me encuentro bien.

-íAy!, amigos míos, procediendo así, se da al cuerpo más de lo que le conviene.

Los que dan de comer a un potro, a un caballo: "qué le dan y cuánto? Preguntádselo y veréis lo que os contestan. Os dirán:

-Les damos un poco de heno y un poco de avena, es decir, lo necesario y no más; pues, de lo contrario, se encabritan, rompen el freno

y no obedecen a nadie.

Lo mismo hemos de decir nosotros del cuerpo. Sicut equus et mulus, como el caballo o el asno y el mulo. Si le damos demasiado
alimento, se pone terco y recalcitra. Incrassatus, impinguatus recalcitravit.

El demonio circuit quaerens quem devoret, da vueltas a nuestro alrededor buscando

1 Tal vez alude bromeando, a De Oratore, II, 67-68, donde se habla de ciertas expresiones con las que los hombres de agudo ingenio
disimulan la verdad; pero Cicerón reprueba la mentira en más de un pasaje.

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algún buen bocado donde hincar el diente y tragárselo. Y no solamente está el demonio meridiano, que asalta a los que quieren dormir la
siesta, sino también el demonio matutino del que habla el libro de Tobías.

Este demonio aparta al alma de la oración. Cuando dos oran juntos, está con ellos el Señor, y el Cordero sin mancha recoge sus
devotas oraciones y las presenta al eterno Padre, obteniendo gracias, consuelos y premios grandísimos. Por el contrario ((19)) los que
dan albergue a este demonio, se quedan por pereza en la cama, no participan, por consiguiente, en las prácticas de piedad, que hacen los
demás, y sufren la gravísima pérdida de las gracias de Dios no recibidas.

Dan además al cuerpo una alimentación perjudicial, que los hace más perezosos y, quejándose casi siempre de carecer del descanso
necesario, dan al demonio ocasión para tentarlos; por más que él no necesite que le proporcionen ocasiones, pues desgraciadamente sabe
buscárselas aun sin sugestiones. "Y un perezoso podrá resistir estas tentaciones? "Podrá mantenerse firme en la castidad? íAy! Os
aseguro que es muy difícil; o, por lo menos, si resiste, os digo que se requiere un milagro de la gracia de Dios, que impida la caída en el
pecado.

"Pero, hace siempre el Señor estos milagros? íNo, creedlo, no siempre los hace! Los hace cuando hay necesidad de ello, cuando uno
no busca la ocasión, cuando ve que, sin un milagro, aquella alma no podrá salvarse de las garras del demonio.

Alguno me dirá:

-Yo siempre he vivido así y nunca he caído.

Y yo le contesto:

-"Nunca has caído en pensamientos, deseos, acciones impuras?

Si me contesta negativamente, le diré con claridad:

-Si me dices la verdad, el Señor ha obrado un gran milagro de gracia para mantenerte en pie.

No tengo tiempo para contaros ejemplos, aunque conozco una enorme cantidad de ellos; pero os referiré uno que, ayer por la tarde, me
comunicó por carta uno que fue clérigo y que, por este motivo, salió del Oratorio.

Quería traerla aquí y leérosla; pero la he dejado sobre la mesa. Con todo os diré su contenido. Escribe así: "Una noche, después de las
oraciones, recomendaba usted encarecidamente a los muchachos que se guardaran del demonio matutino, es decir, que no se quedaran
bajo las mantas unos minutos más, después del toque de campana, para gozar de ese dulce rato en manos de la pereza.

"No quise dar crédito a sus palabras, no quise seguir su consejo y decía para mis adentros:

"-íBah! Don Bosco recurre a estas mañas sólo para que nos levantemos puntuales.

"Y por eso seguía siempre con mi acostumbrada vida perezosa. Pero, mientras tanto, en aquellos pocos minutos comenzó el demonio a
levantarse él en mi lugar y, dando vueltas a mi alrededor, me presentaba una imaginación que no era mala, pero sí indecorosa; luego me
metía en la cabeza un ligero pensamiento deshonesto, después este pensamiento se hacía más grande e impetuoso; surgía a continuación
la complacencia, más tarde el consentimiento, y por fin la acción. Cuando salí del Oratorio anduve rodando de un seminario a otro,
siempre atormentado por los mismos pensamientos, por el mismo demonio matutino, hasta que resolví poner en práctica su consejo.
Comencé entonces a vivir más tranquilo. Cuando empecé a levantarme, ((20)) luché bastante, pero al fin vencí, y el demonio quedó
derrotado.

"Ahora he perdido mi vocación y Dios sabe cómo me las arreglaré en este mundo.

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"Puede servirse, don Bosco, de mi caso como ejemplo para aleccionar a sus clérigos; dígales, si quiere, mi nombre, pues creo que
todavía están ahí algunos que me conocen; y dígales que las calamidades que me afligen, cayeron sobre mí por no haber sido diligente en
levantarme de la cama al toque de la campana, para comenzar y pasar después santamente la jornada".

íCuántos dolorosos ejemplos como este podría contaros! Pero sigamos hablando de este demonio matutino, porque pueden sacarse
muchas otras consecuencias de nuestro razonamiento y tener en cuenta todo lo que sucede, aunque poco honroso, a quien se deja
dominar por esta triste pereza.

Nuestro perezoso joven, después de decir la ciceroniana mentira, por fin se levanta.

íPero cuántas cavilaciones necesita hacer antes de saltar de la cama!

Ya está vestido.

Mas, como no basta la primera falta, dice:

-Es la hora de ir a misa; pero, si voy a misa, no me queda tiempo para estudiar la lección. "Qué hacer? Iremos al estudio, y después, si

queda tiempo iremos a misa.

Y va al estudio, donde sigue razonando:

-"Ir a misa mientras los otros van a desayunar? íY yo siento apetito, tengo verdadera hambre!... íEa, pues, dejaremos hoy de ir a la

iglesia y rezaremos mejor mañana!

Se va a desayunar. Y he aquí que de repente topa con uno, que le dice:

-"Cómo estás?

-íMuy bien!

-"A dónde vas?

-A desayunar...

-"Y no oyes misa?

-"Qué quieres? Ya es tarde.

-Hoy es jueves, "no dice el reglamento que se comulgue los jueves?

-íEs verdad, pero ya no tengo tiempo! (mejor, me faltan las ganas), comulgaré mañana.

Pues bien, preguntad por la tarde a éste cómo ha pasado el día; y, si es sincero, os contestará ciertamente que lo ha pasado mal por
haberlo emperezado con la pereza de la mañana.

5.° Hoc genus daemoniorum non eicitur nisi in ieiunio et oratione (no se echa esta clase de demonios sino con el ayuno y la oración).
Atención; no creáis que quiero deciros que estos defectos no se vencen más que con el ayuno prolongado, ítodo lo contrario! No os digo
que ayunéis; lo que os recomiendo es la templanza.

Tened cuidado especial con el vino. El que se da para la comida y ((21)) para la cena es apenas el necesario y no puede hacer ningún
daño; es más, conviene que lo toméis; después de todo no es el "barbera" 1 de Asti. Pero grabad en vuestro corazón que vino y castidad
nunca van de acuerdo juntos.

Se requiere templanza y, sin embargo, falta bastante en algunos.

Causa gran disgusto haber encontrado en las celdas o en los baúles de alguno botellas de licor o de vinos, frascos de aguardiente,
pollos, pasteles y otros manjares. Queridos amigos, para desayunar tenéis pan y leche a discreción, como para quedar satisfechos. Para

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comer tenéis cuanto se necesita para la salud y el desarrollo corporal;

1 Barbera: Vino piamontés, de color rojo y brillo intenso, áspero, de los doce a los quince grados, muy famoso por toda Italia. Barbera
de Asti, barbera de Alba, barbera de Monferrato...(N. del T.)

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y lo mismo se puede decir para cenar. No sé qué os pueda faltar. Comer a horas indebidas es propio de glotones, es cargar excesivamente
el estómago. Después, caen enfermos y van a la enfermería. Se les pregunta:

-"Que tienes:

-Se quedan sin saber qué responder y dicen:

-No me siento bien... tengo el estómago...

-íYa lo sé que tienes estómago!; pero, "qué le has hecho?

-Siento mal, aquí en el fondo.

-Sí; le contestaría yo, si no hubieses comido demasiado y a deshora, no te sentirías mal, ni te verías obligado a ir a la enfermería.

Y recuerdo ahora un desorden sucedido en estos mismos días; creo que el que lo cometió ya no está entre vosotros. El hecho es que
nuestro hombre, mientras todos los demás estaban descansando, se retiró a su celda e invitó a un compañero a merendar.

Se comieron un buen pollo y bebieron a placer; y, después de charlar hasta hartarse, se fueron a descansar con aquel peso en el
estómago y con gran peligro de un ataque apoplético o cualquier otro terrible accidente.

No sé cómo iría la castidad en aquel trance; sólo afirmo que, si la guardaron intacta, fue por una gracia especial del Señor.

Y además está prohibido en absoluto llevar a nadie a la propia celda. Y cuando van, "dónde quedan la obediencia y las reglas? "Qué es
de ellas?

6.° Otra cosa, que no acarrea ningún bien a la castidad, es la amistad; no la amistad verdadera, fraterna, sino la amistad particular que
inclina nuestro corazón hacia uno más que hacia otro. Algunos, y no son pocos, atraídos por una prenda física o espiritual de un
compañero, o de un subalterno, tienden a ganarse su amistad regalándole un vaso de vino, un pastel, un libro, una estampa u otra cosa.

De este modo se empiezan a cultivar amistades, que excluyen a los demás y preocupan la mente y la fantasía. Vienen después las
miradas apasionadas, los apretones de manos, los besos; más adelante una cartita, un regalito: "dame este gusto, hazme esto otro, ven,
vamos a ((22)) tal lugar, a tal otro". Mientras tanto, los dos amigos se encuentran atrapados en el lazo sin darse cuenta.

Jóvenes de quienes años atrás había fundadas esperanzas de buen resultado, ahora ya no están en el Oratorio o, si están todavía, llevan
una vida muy distinta de la de antes. Se les exhortó a dejarlo, a romper ciertas amistades particulares y no sabían explicarse el motivo de
tales avisos; creían que no había ningún mal en ello; pero entretanto se apartaban cada día más de los otros compañeros, de los
superiores y de Dios mismo.

Y éstos no son sucesos que haya que ir a buscarlos en la historia de la edad media; son hechos modernos, que sucedieron y suceden
todavía. Yo podría hablaros de muchísimos, que se perdieron con estas amistades, predilecciones y relaciones particulares con los
compañeros. Por eso os exhorto a ser amigos de todos o de ninguno.

Al salir del comedor, vais al recreo.

Os encontráis con un amigo o un alumno y os ponéis a pasear con él; muy bien.

Pero si llega otro, un segundo después, y luego otros más, tratad siempre a todos lo mismo que al primero.

No suceda nunca que estéis con uno, al que preferís porque es más aplicado y mejor, y tratéis a los demás de otra manera; hay que ser
padre común en todo y para todos.

Yo mismo, os lo puedo decir sinceramente, no tengo ningún preferido en casa, y

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quiero igual al más distinguido entre vosotros que al más humilde aprendiz. Todos son hijos míos y para salvarlos daría mi misma vida;
porque ellos son y deben ser todos, al decir de san Pablo, gaudium meum et corona mea (mi alegría y mi corona).

7.° Otro medio para luchar contra este enemigo de la castidad, este demonio..., siento decirlo, pero, estando como estamos nosotros
solos aquí, quiero daros un aviso que os será muy útil.

Cuando se va a los retretes, hay que procurar alejarse enseguida después de usarlos, pues es allí donde el demonio comienza a asaltar,
allí en el lugar más asqueroso.

Si uno se retira enseguida, gana mucho, porque se aparta de la ocasión de faltar a tan preciosa virtud; de lo contrario, el demonio
trabaja, trabaja terriblemente contra quien se encuentra tan solo, empieza también la fantasía a trabajar y a veces puede traer funestísimas
consecuencias.

Si antes se venció la intemperancia para guardar la bella virtud, o mejor, opusimos el ieiunium a la tentación, en este caso se debe
ejercitar la oratio.

8.° Por la noche tomad esta buena costumbre. Cuando estáis para meteros bajo las sábanas, rezad despacito una oración y veréis cómo
el demonio ya no os tentará.

-Pero, dirá alguno, yo me duermo enseguida, tan pronto como estoy ((23)) en la cama.

-íDichoso tú! -le respondo yo-. Esto es lo que yo quiero.

Otro me dirá:

-Yo, en cambio, a veces paso horas sin poder dormirme.

A éste le contestaré:

-Reza, reza siempre.

-No tengo ganas.

-Reza, esfuérzate, reza porque el Señor, al ver tanta humildad y confianza, te dará fuerza suficiente para resistir esas graves tentaciones
y hará que salgas vencedor.

Hace tiempo vino a verme el profesor Garelli, hoy Delegado Provincial de Enseñanza; y me decía a este propósito:

-"Sabe usted cómo me las compongo, para que esa fea bestia del demonio nocturno, no me ataque?

-No, repuse; "cómo lo consigue?

-De una manera muy sencilla. Apenas me meto en la cama, empiezo a contar de uno a mil. He de confesar que la cifra máxima a que
llego es cincuenta; más aún, no recuerdo haber llegado nunca a ella. Me duermo enseguida y, a la mañana siguiente, me despierto con la
imaginación y la mente tranquilas.

Otros tienen la buena costumbre de repasar mentalmente antes de dormirse un canto de Dante, un trozo de Virgilio, la última lección
explicada, o la del día siguiente estudiada aquella misma tarde. Yo apruebo esta costumbre, y alabo al que la tiene, porque así la
imaginación se cansa, y la mente, cansada y vencida por el sueño, encuentra pronto su descanso.

Tendría muchas otras cosas que deciros sobre este tema, mas por ahora basta. Son avisos que os da familiarmente un padre que os
quiere, y no como desde lo alto de una cátedra y ni siquiera como una conferencia.

Desearía que lo que os digo no lo divulgarais entre los muchachos, sino que quedara entre vosotros, como máximas exclusivamente
vuestras, y las llevarais grabadas en el corazón. Tampoco quisiera que se contase por todas partes que don Bosco dijo esto o aquello.
Aunque me importaría poco que esto se supiese.

Como veis, no son cosas de mucho valor, pero, aunque pequeñas, tienen gran importancia, y, practicadas, resultan muy útiles.

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Sobre todo no dejéis nunca las prácticas de piedad propias de la Congregación, pues son el fundamento del edificio de vuestra
santidad.

En la misa pediré por vosotros, para que podáis guardar la virtud de la castidad, y consagrarla un día a María con voto.

Pedid en la santa comunión esta gracia para vosotros, para los compañeros, para los superiores, para mí, no sea que la vaya predicando
a los demás en vano, si por desgracia no la tuviera.

En conclusión, pidámosla unos para otros de corazón y el buen Dios nos la concederá.

((24)) Dos días después de esta conferencia el Beato hizo llegar una palabra paternal a todos los socios de cada casa, haciendo votos
para que su carta fuera considerada "como escrita a cada uno en particular".

Antes de darla a conocer echemos una ojeada al Catálogo de 1876.
Encontramos registrados en él ciento doce profesos perpetuos, setenta y nueve profesos trienales, ochenta y cuatro novicios y cincuenta y
cinco aspirantes; sesenta y seis de los profesos son sacerdotes. Aparecen en él cuatro casas nuevas, que son: Niza (Francia),
Bordighera-Vallecrosia, San Nicolás de los Arroyos y Buenos Aires. No acabará el año sin ver aumentado este número. Diríase que las
contrariedades, lejos de cortar las alas de su celo, se las robustecían para más amplios vuelos. En efecto, en 1880 haría a este propósito
una confesión muy elocuente. Desde Roma el Cardenal Secretario de Estado le había comunicado "una reclamación" del Ordinario de
Turín. El Beato, al informar de ello por exigencias del oficio a su Procurador en Roma, le escribió: "Siempre que nos ponen trabas,
contesto con la inauguración de una Casa" 1. Así entonces, en medio de disgustos de esta misma clase, creaba en el Oratorio la escuela
de fuego, preludio de la sección de los Hijos de María en el Hospicio de Sampierdarena, y vivero fecundo de vocaciones eclesiásticas y
religiosas 2.

También esto sirve para demostrar cuán clara era a sus ojos la visión de su propia misión, misión que se afirmaba cada año más sin que
jamás los contrastres consiguiesen detener su desarrollo. De ahí que los amigos experimentaron una gran satisfacción al leer por primera
vez en el Anuario La Jerarquía Católica y la Familia Pontificia "el queridísimo nombre" del Beato "como Superior General" 3; lo cual,

1 Carta a don Francisco Dalmazzo, Turín, 21 de julio de 1880.

2 Véase vol. XI, cap. III.

3 Carta de monseñot Fratejacci a don Bosco, 16 de enero de 1876. No sabemos por qué capricho del compilador, llamó Curas
Salesianos, a los Sacerdotes Salesianos, contrariamente a lo que se le había escrito.
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según costumbre, no se podía ((25)) hacer sin el consentimiento de la Secretaría de Obispos y Regulares 1.

Pasemos ahora a la circular del Año Nuevo, que llevó a todos y cada uno de los socios la palabra alentadora y amonestadora del santo
Fundador.

Queridísimos Hijos míos en Jesucristo:

Terminada la visita a nuestras Casas, siento la necesidad de entretenerme un rato con vosotros, hijos queridísimos, hablándoos de
aquello que puede servir para mayor gloria de Dios y bien de nuestra Congregación.

Ante todo me satisface poderos decir que he quedado muy contento de la marcha material y moral de cuanto se refiere a la
administración interior y a las relaciones sociales externas. Se trabaja, se observan las Constituciones de la Sociedad, se mantiene la
disciplina, se reciben los santos Sacramentos, se promueve el espiritu de piedad y se cultivan las vocaciones en los que, por suerte, dan
señales de ser llamados al estado eclesiástico.

Por todo ello sean dadas gracias al Señor, a cuya bondad y misericordia se debe el poco bien que se esta haciendo entre nosotros.

Tengo también la satisfacción de comunicaros que nuestra Sociedad va tomando cada día mayor incremento. Durante el año pasado se
abrieron varias casas y se abrirán mas en el presente 1876. El personal aumenta en número y calidad, pero, tan pronto como uno es apto
para desenvolver una ocupación, la divina Providencia ofrece la oportunidad de poner manos a la obra.

"Y qué decir de las peticiones, que se nos hacen para abrir casas en todas partes? En muchas ciudades de Italia, Francia, Inglaterra; en
América del Norte, del Centro y del Sur, y especialmente en el Imperio del Brasil y en la República Argentina, en Argelia, en Nigeria, en
Egipto, en Palestina, en las Indias, en Japón, en China, en Australia hay millones y millones de seres humanos, que, sepultados en las
tinieblas del error, elevan sus voces al Cielo, desde el borde de la perdición, diciendo: Señor, envíanos operarios evangélicos, que vengan
a traernos la luz de la verdad y nos señalen el único camino, que puede conducirnos a la salvación.

Algunos hermanos nuestros, como bien sabéis, escucharon ya estas voces conmovedoras y partieron hacia la República Argentina, para
llegar a las tribus salvajes de Patagonia; pero, en todas las cartas escritas durante su viaje y desde los lugares de su misión, repiten
continuamente la misma súplica: -Enviad, enviad operarios.

((26)) Entre otras cosas advierten que la Archidiócesis de Río de Janeiro tiene dos millones de habitantes con poquísimos sacerdotes y
sólo cinco seminaristas.

Queridos míos, me siento profundamente afligido al considerar la abundantísima mies, que en todo momento se presenta por todas
partes, y nos vemos obligados a descuidar por falta de operarios.

Pero no nos desanimemos y de momento dediquemos seriamente nuestro trabajo, nuestra oración y nuestra virtud a preparar nuevos
reclutas para Jesucristo y esforcémonos por conseguirlo especialmente con el cultivo de las vocaciones religiosas; y si hiciera falta,
ofrezcamos a su tiempo nuestras mismas personas a los sacrificios que se digne pedirnos para nuestra salvación y la de los otros.

1 Carta de monseñor Fratejacci a don Bosco, 24 de diciembre de 1875.
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Mientras tanto, con el deseo de deciros algo útil para cultivar las vocaciones religiosas y conservar el espíritu de piedad de los
Salesianos y de los muchachos confiados a nuestros cuidados, os recomiendo algunas cosas, que la experiencia me ha enseñado a
considerar como muy necesarias;

1.° En todas las casas, especialmente en la de San Felipe Neri, en Lanzo, póngase la máxima solicitud para promover las piadosas
asociaciones del Clero Infantil, la Compañía de San Luis, la del Santísimo Sacramento, la de María Auxiliadora y la de la Inmaculada
Concepción.

Nadie tenga reparo en hablar de ellas, recomendarlas, favorecerlas y exponer su fin, su origen, las indulgencias y otras ventajas, que de
ellas pueden sacarse.

Yo creo que estas asociaciones pueden llamarse Llave de la Piedad, Seguro de conservación de la moral, Asiento de las vocaciones
eclesiásticas y religiosas.

2.° Libraos mucho de las relaciones, amistades y tratos de simpatía particulares, ya sea por escrito o de palabra, ya sea por medio de
libros o regalos de cualquier clase.

Por consiguiente, los apretones de manos, las caricias, los besos, el ir de bracete, o pasear con el brazo de uno sobre el cuello del otro,
son cosas rigurosamente prohibidas, no sólo entre vosotros o entre vosotros y los alumnos, sino también entre los alumnos mismos.

Tengamos profundamente grabadas en nuestra mente las palabras de san Jerónimo: Afecto con ninguno o el mismo afecto con todos.

3.° Huida del mundo y de sus máximas.

Son raíz de disgustos y desórdenes las relaciones con el mundo, que hemos dejado, y que quisiera volver a atraernos hacia sí. Muchos,
mientras vivieron en una casa religiosa, parecían modelos de virtud; fueron a casa de sus parientes o de sus amigos, perdieron en poco
tiempo la buena voluntad y, al volver a la casa religiosa, no pudieron rehacerse y algunos perdieron incluso la vocación.

Así, pues, no vayáis nunca a casa de los familiares a no ser por graves motivos, y aún entonces no vayáis sin el debido permiso y, a ser
posible, acompañados de algún hermano elegido por el Superior.

((27)) Aceptar comisiones, recomendaciones, tratar negocios, comprar o vender por cuenta de otros, son cosas a evitar constantemente,
pues la experiencia demostró que son perjudiciales para las vocaciones y la moralidad.

4.° Después de las oraciones de la noche vayan todos enseguida a descansar. El quedarse paseando, charlando o terminando algún
trabajo, es malo para la salud del alma y la del cuerpo.

Sé que en ciertos sitios, pero no en nuestras Casas, gracias a Dios, hubo que lamentar dolorosos desórdenes, cuyo origen estaba en las
conversaciones empezadas y continuadas en estas horas.

La puntualidad para ir a descansar está relacionada con la puntualidad al levantarse por la mañana, que también quiero inculcaros con
insistencia. Creedlo, queridos míos, la experiencia ha hecho conocer desgraciadamente que prorrogar la hora del descanso por la mañana,
sin necesidad, siempre resultó muy peligroso. Por el contrario, la puntualidad al levantarse, además de ser el principio de una buena
jornada, puede también calificarse de buen ejemplo permanente para todos. A este propósito no puedo omitir una calurosa
recomendación a los superiores, para que procuren que todos, especialmente los coadjutores y las personas de servicio, tengan tiempo
para asistir cada mañana a la santa misa, comodidad para comulgar y confesarse con regularidad según nuestras Constituciones.

Quisiera que la presente carta, que dirijo a todos en general, se considerase como

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escrita a cada uno en particular; y que sus palabras sonaran y se repitieran mil veces en el oído de cada uno, para que nunca se olvidasen.

Pero espero que, por el afecto que me tenéis, por el interés que ponéis en vuestros deberes, sobre todo en practicar los consejos de
vuestro Padre espiritual y amigo en el Señor, me daréis la gran satisfacción, no sólo de ser fieles a estas recomendaciones, sino que,
además, las interpretaréis en el sentido que más y mejor puedan contribuir a la mayor gloria de Dios y de nuestra Congregación.

Con esta persuasión y la esperanza de poder volver a encontrarme con vosotros dentro de poco, pido a Dios que os bendiga a todos y
os conceda buena salud y el precioso don de la perseverancia en el bien.

En fin, rezad por mí, que siempre seré en Jesucristo Nuestro Señor,

Turín, 12 de enero de 1876.

Vuestro afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

Al Oratorio

Sólo poseemos dos "Buenas Noches" dirigidas a los alumnos del Oratorio, notables las dos por su contenido y la entonación con que
las dio. En la primera, que fue el 7 de enero, la intensidad ((28)) del frío obligó al buen Padre a recomendar los medios más oportunos
para defenderse contra los efectos del crudo invierno; después dio noticias de los misioneros, y por último, con la mayor espontaneidad,
prorrumpió en un encantador discursito sobre Jesús Sacramentado y el espíritu
misionero.

Prestad atención, queridos hijos, porque voy a daros algunas normas que, si las practicáis, os irán muy bien. Cuando os encontréis en el
salón de estudio, en el comedor o en la sala de visitas, es decir, en lugares donde el ambiente es más caliente, no os abriguéis mucho; y
cuando salgáis de ellos, poneos una bufanda al cuello o un pañuelo a la boca y a la nariz, durante algunos minutos, para defenderos de
respirar el aire frío inmediatamente después del caliente, pues esto podría causaros mucho daño.

Lo mismo sucede al entrar y salir del dormitorio. Por la mañana, cuando os levantáis de la cama, procurad no salir del domitorio
durante unos minutos para no impedir la transpiración de los poros, dilatados bajo las mantas, y, si tuviereis que salir, al menos abrigaos
bien. Cuando os acostéis procurad que las mantas os tapen el cuello, pues, si el cuello y los hombros quedan expuestos al aire, poco o
nada os aprovecharía tener encima mucha ropa, aun cuando fuera un colchón. Procurad también poner encima vuestra ropa, para estar
más calientes. Esto no va para los que tienen un montón de mantas, sino para los que no las tienen. Pero aquéllos, a quienes los padres
no les han provisto, pueden decir si tienen frío o no, porque se les proporcionaría en seguida lo necesario, como ya se ha hecho a
muchos; pero no os quedéis ateridos, sin decir nada, exponiéndoos de este modo a muchas enfermedades.

Yo mismo he visto que algunos iban con ropa de verano y, al preguntarles por
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qué no se ponían la de invierno, me contestaron que por un solo motivo, a saber, porque no tenían camisetas, ni jersey, ni nada más. Si
hubiese alguno en tal estado, que lo diga y, lo mismo que se proveyó de ropa a otros compañeros suyos, también se le proveerá a él.
Mirad, son cosas pequeñas, que se descuidan fácilmente, y se pueden atrapar ciertos resfriados, ciertos constipados que después no se
curan ni poco ni mucho. Os ruego que cumpláis mis avisos, porque, lo sabéis, yo quiero que tengáis el alma bien; y digo el alma, porque
así también podréis tener bien el cuerpo. Dios mira por sus hijos.

Como ya sabéis, hemos recibido cartas de nuestros misioneros desde Río de Janeiro, primera tierra que vieron después de San Vicente,
la última isla de Cabo Verde. Cuentan muchísimas cosas curiosas; que estuvieron once días sin ver más que cielo y agua; que tuvieron
mar picada y quién más, quién menos, todos se marearon. ((29)) Refieren muchas otras cosas que ahora no os digo, pero que os las
leerán mañana después de las oraciones de la noche desde este mismo sitio. Esta carta, fechada el 8 de diciembre, la hemos recibido el
miércoles 5 de enero, de modo que estuvo de viaje casi un mes. Dicen que, cuando lleguen a Buenos Aires, nos volverán a escribir, y
esta carta ya debe estar viajando. Calculando que la escribieran el 13 o el 14 de diciembre, nosotros la recibiremos, si Dios quiere, el 14
ó 15 de este mes, esto es, dentro de ocho días.

Como ya os dije, estas cartas se imprimirán y, así, el que quiera podrá enviarlas a su casa y después, en su día, con ellas y otros
documentos relacionados con esta misión, se podrá escribir un librito, que gustará leer.

Don Juan Cagliero os agradece mucho las oraciones y comuniones que habéis hecho por él y atribuye los éxitos y facilidades tenidas y
el próspero viaje a las oraciones de los queridos muchachos del Oratorio. Dice también que el día de la Inmaculada Concepción celebró
la misa y precisamente la aplicó para vosotros y para todos los de la Congregación. Pide después encarecidamente que sigáis rezando.
Comulgad, pues, alguna vez por él y por los misioneros compañeros suyos, no digo mañana, sino a vuestra comodidad. Los que no
puedan comulgar, hagan una visita al Santísimo Sacramento e imploren del Señor las gracias que necesitan los misioneros y que les
recompense los grandes sacrificios que han hecho. íSon sacrificios muy grandes!

íSe han expuesto a los peligros de un viaje largo y peligroso para ganar almas a Dios! íHan dejado a sus compañeros y parientes, todo,
para seguir las huellas de Jesucristo y llevar su religión a aquellos lejanos países! Para todo esto se hicieron grandes sacrificios de gastos
y cosas.

Os pido, pues, yo también muy mucho, que comulguéis una vez o hagáis una visita a la iglesia y aun las dos cosas juntas.

íQué felicidad poder recibir en nuestro corazón al Divino Redentor! Al Dios que nos debe dar la fortaleza y constancia necesaria en
todos los momentos de nuestra vida. El sagrario, es decir, Jesús Sacramentado, que se guarda en nuestras iglesias, es fuente de
bendiciones y de gracias. Está expresamente en medio de nosotros para consolarnos en nuestras necesidades. Creedlo, queridos hijos, el
que es devoto del Santísimo Sacramento, es decir, el que comulga frecuentemente con las debidas disposiciones, y el que va a visitar a
Jesucristo en el Sagrario, éste tiene una prenda segura de su eterna salvación.

Otra cosa más nos cuenta don Juan Cagliero, y no quiero callárosla. Los misioneros fueron a ver al Obispo de Río de Janeiro, capital
del imperio de Brasil. Los trató estupendamente y, entre otras cosas, les dijo llorando que, en su seminario, no tiene más que cinco
seminaristas y que tiene ya más de cuarenta parroquias sin párroco y
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sin que pueda ir nadie aun de lejos ((30)) a administrar los Sacramentos a los que los necesitan. Para su inmensa diócesis necesitaría
quinientos Salesianos, por lo menos, trabajando con celo. íYa veis qué escasez de sacerdotes por aquellos países!

íAnimo! Aprovechad los dos medios que os he indicado y espero que a muchos de vosotros concederá el Señor esta gracia tan grande y
os dará la fuerza suficiente para ir después, andando el tiempo, a ejercer el ministerio eclesiástico en aquellos lugares en donde hay tanta
necesidad.

No olvidéis los consejos que os he dado para conservar la salud. Buenas noches.

En la segunda plática el Siervo de Dios tomó pie de la novena de san Francisco de Sales para dar a los muchachos normas prácticas
sobre la frecuencia de Sacramentos y la necesidad de pensar con tiempo sobre la vocación, exhortándolos por fin a ser caritativos con los
compañeros y a soportar con paciencia las incomodidades del invierno.

Mañana comenzamos la novena de san Francisco de Sales. Verdad es que hubiera debido comenzar hoy para celebrar la fiesta en el día
en que cae; mas, para mayor comodidad, la celebraremos el domingo en lugar del sábado y éste es el motivo por el que comenzamos la
novena mañana. La fiesta de San Francisco de Sales es nuestra fiesta titular, la que da título al Oratorio que, por eso, se llama Oratorio
de San Francisco de Sales. Hemos de celebrarla con la mayor solemnidad y devoción posible; por tanto, prepárese cada uno en esta
novena lo mejor que pueda para lograr que resulte de verdadero provecho para su alma.

Lo que más os recomiendo en esta novena, como generalmente en todas las demás, es lo que ahora os propongo. Tenga cada uno su
conciencia arreglada de tal modo que pueda comulgar cada mañana. En cuanto a la frecuencia de la comunión, hable cada uno de ello y
entiéndase con el confesor, y acérquese a la sagrada mesa las veces que él le indique. Pero lo que nunca hay que olvidar es mantener
constantemente la conciencia en tal estado como para poder comulgar todos los días.

Pero es bueno que os hable de un inconveniente, que ya hemos tratado otras veces. La sacristía está a menudo tan llena de muchachos
esperando a confesarse, que casi no es posible atravesarla. Hay algunos que no van con la intención de confesarse, sino de estar
calientes. Esto no sería un gran mal, pues su fin sería evitar el frío, ya que quien está frío, helado, no puede hacer nada. Pero no es éste el
motivo. Si verdaderamente hiciese tanto frío en la iglesia como para quedarse uno helado, ésos tendrían razón para obrar así, pero, como
en la iglesia hace bastante calor, no es de alabar este modo de omitir ((31)) el rezo de las oraciones comunitarias. Si alguno tuviera
realmente frío, hable conmigo, con don César Chiala o con don Antonio Sala, y ya les proporcionaremos una estufilla para llevarla
consigo a la iglesia...

Pero, aparte bromas, os diré que éste es un inconveniente y no pequeño. Ocurre, ya hace tiempo, que bastantes muchachos,
generalmente mayores, querrían confesarse conmigo, pero van a la sacristía y al verla llena, dicen:

-Hoy no puedo confesarme, vendré otro día.

O bien se ven obligados a cambiar de confesor ante el gran número de los que siempre me rodean.
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Vamos, pues, a establecer unas normas para que también éstos puedan quedar servidos y para que vuestras almas saquen más provecho
de la confesión.

Y la primera norma es ésta. No se confiese ninguno antes de los ocho días siguientes a su última confesión. Hay algunos,
especialmente de los pequeños, que vendrían todos los días. En general, téngase esta norma y entonces habrá comodidad para todos. Pero
ninguno deje pasar un mes sin confesarse; la norma ordinaria sea de diez, doce o quince días. Muchos dicen:

-íNosotros queremos ir cada ocho días! Vayan éstos cada ocho días, y hacen bien.

Pero alguno dice:

-Yo desearía comulgar a menudo, pero a los dos días de confesarme vuelvo a estar como antes y, si no me confieso, no me atrevo a
comulgar.
Yo le diría a éste:

-Si no eres capaz de perseverar en tal estado de conciencia que te permita comulgar ocho días seguidos, no te aconsejo la comunión tan
frecuente.

-Pero yo quiero enmendarme; si voy a confesarme con frecuencia, me enmendaré más fácilmente.

-No, señor, respondo yo; el tiempo que gastarías en irte a confesar por segunda y tercera vez en la misma semana, empléalo en hacer
un propósito más firme, y verás que esto será más eficaz que ir a confesarte tan a menudo, como quieres; pero siempre con escaso dolor
y poco propósito. Precisamente por eso te ha impuesto el confesor ir más de tarde en tarde, para que te prepares mejor y tengas las
condiciones necesarias. Solamente hay un caso en el que uno, según creo yo, debe ir a confesarse con más frecuencia, y es cuando el
mismo confesor, después de haber considerado bien la conciencia de su penitente, le dice:

-Ven a confesarte todas las veces que recaigas en tal o cual pecado; esto es necesario para vencer tal hábito, para desarraigarse de esa
mala acción.

Cuando haya este consejo expreso del confesor y, dado de esta manera para un fin especial, es seguro que el penitente sacará fruto.
Fuera de este caso, tomad la costumbre de ir cada ocho o diez días y también doce, y podréis, según el consejo del confesor, comulgar
también con mucha frecuencia.

((32)) La segunda norma que quería daros, para que haya más comodidad para confesarse, es ésta. Estoy conforme con que vengáis
todos a confesaros conmigo; pero veo que, en general, los más pequeños son los primeros en rodearme y, después, cuando llegan los
mayorcitos, encuentran obstruido todo el espacio y, no pudiendo aguardar tanto tiempo, se marchan. También es verdad que los
pescaditos son cosa buena y, que sobre todo si se juntan muchos se puede hacer una buena fritada; pero sinceramente os digo que,
cuando se pueden tener peces más gordos, estoy más satisfecho. Especialmente porque estos están en los años en que deben decidir
seriamente su vocación y necesitan más aconsejarse y hablar con don Bosco; deseo que éstos tengan siempre la preferencia. Es verdad
que tienen por delante todo el año para resolverse, pero sería mi mayor satisfacción que ninguno aguardara a los últimos días del año
para tomar una determinación tan importante. Entonces la deliberación sería demasiado precipitada, con el riesgo de no acertar en la
elección y de que algún fin humano hiciera caer la balanza; a más de que, cuando urge la necesidad de decidir la reflexión, no puede
actuar con serenidad y no se puede examinar tan fino un problema. Además, a mí me gusta que también los del tercero y cuarto curso del
bachillerato empiecen a pensar en su vocación. Nunca es demasiado pronto para meditar sobre nuestro provenir, y los alumnos de tercero
y cuarto curso ya tienen edad y estudios suficientes para poder tratar el asunto con verdadero provecho.

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"Y qué os propondré ahora para honrar a nuestro Santo? San Francisco de Sales, ya lo sabéis, es el Santo de la mansedumbre y de la
paciencia. Querría yo, pues, que en la novena procuraseis imitarlo en esta virtud. Querría que almacenaseis mucha mansedumbre para
que ella informase constantemente vuestro corazón y os llevara a amar a los compañeros, a no encolarizaros nunca con ellos, a no
tratarlos con palabras insultantes o despreciativas, a hacerles siempre todo el bien posible y no causarles nunca ningún daño. Y, puesto
que toco este tema, quisiera que os propusieseis especialmente que este amor a los compañeros os llevara a aconsejaros bien los unos a
los otros y nunca, como por desgracia sucede entre los hombres, a arrastraros al mal con perversos consejos.

íMirad! No hay nada que pueda causar más daño, especialmente en la edad juvenil, que los malos consejos. Hay quien estaría resuelto
a portarse bien; pero he ahí que un compañero le sugiere algo malo como, por ejemplo, no perdonar, no obedecer, no entregar un libro,
no ir con buenos compañeros, estar alejado de los Superiores, no escuchar sus avisos; resulta que el que antes tenía buena voluntad,
ahora, casi sin darse cuenta, comete el mal por el perverso consejo de aquel compañero. Por el contrario, ya podéis creerme, cuando uno
sabe dar amablemente, a su tiempo y lugar, un buen consejo a un compañero, hace un gran bien. El compañero, las más de las veces, no
está obstinadamente determinado a hacer una cosa mala; la hará, casi sin parar mientes en su malicia, pero, si una voz amiga se lo
advierte, se retira, y así hay un mal menos y un bien más. ((33)) íCuánto bien podríais haceros a vosotros mismos y a vuestros
compañeros, si durante esta novena comenzarais a practicar el consejo que os doy, y siguierais así a lo largo del año y el resto de vuestra
vida!

Me queda todavía daros una florecilla. La estación es más bien cruda y querría, como florecilla, que el frío, la humedad y las demás
molestias que sufriréis durante la novena, lo sufrierais sin quejaros, y esto para dar gusto a san Francisco de Sales. Cuantas veces os
ocurra tener que padecer algo, como enfermedades, insultos, ofensas, decid: sea por amor de Dios. El Señor estará muy contento con ello
y por la intercesión de san Francisco de Sales os bendecirá.

Y el que quisiese hacer alguna otra práctica de piedad, puede hacerla, y hará muy bien, especialmente si imita a este Santo en el
silencio y en la rectitud, hablando siempre modestamente y sin ofender a vuestros compañeros.

Acostumbro a aconsejar que en estas novenas solemnes se comulgue a lo largo de la semana con más frecuencia que en otros tiempos
del año. El que no pueda comulgar sacramentalmente, hágalo espiritualmente. Y vaya a visitar con frecuencia al Santísimo Sacramento.
Propónganse todos cumplir con puntualidad sus deberes. íBuenas noches!

A los colegios

Antes de que la multiplicidad de las obras aconsejara la uniformidad del aguinaldo, ya llegaba la palabra del Beato don Bosco al
principio de año a cada uno de los colegios, directamente o por medio de los respectivos directores. Nos quedan sólo dos de estas cartas
de felicitación del año 1876, una para Lanzo y la otra para Varazze.

A sus hijos de Lanzo les escribía así:
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A mis queridos amigos: el Director, Maestros, Profesores, alumnos y todos los moradores del Colegio de Lanzo.

Dejad que os lo diga y nadie se dé por ofendido: sois unos ladrones; lo digo y lo repito, me lo habéis robado todo.

Cuando fui a Lanzo me encantasteis con vuestra bondad y cariño; aprisionasteis las facultades de mi mente con vuestra piedad; me
quedó todavía este pobre corazón, cuyos afectos me robasteis por entero. Y ahora vuestra carta, firmada por doscientas manos amigas y
queridísimas, se ha apoderado de todo este corazón; no ha quedado en él más que un vivo deseo de amaros en el Señor, de haceros el
bien y salvar vuestra alma.

((34)) Este generoso rasgo de afecto me invita a ir ahí lo antes posible a haceros una visita, que espero no se retardará mucho. Quiero
que en esa ocasión estemos realmente alegres de alma y cuerpo y que hagamos ver al mundo cuán alegres se puede estar en alma y
cuerpo sin ofender al Señor.

Os agradezco, pues, muy cordialmente todo lo que habéis hecho por mí; no dejaré de recordaros cada día en la santa misa, pidiendo a
la divina bondad os conceda salud para estudiar, fortaleza para vencer las tentaciones y la señaladísima gracia de vivir y morir en la paz
del Señor. El día 15 de este mes, dedicado a san Mauricio, celebraré la misa según vuestra intención; hacedme vosotros el favor de
comulgar aquel día, para que yo pueda ir con vosotros al Paraíso.

Dios os bendiga a todos. Creedme siempre vuestro en Jesucristo

Turín, 3 de enero de 1876.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

A los alumnos de Varazze les expresó sus sentimientos escribiendo a su director don Juan Bautista Francesia y encargándole que fuera
él interprete.

Queridísimo Francesia:

Necesitaría mucho verte y hablarte. Pero quizás no pueda ser hasta la fiesta de san Francisco de Sales. Mientras tanto, me harías un
favor si me dieras noticias acerca del personal docente, asistente y trabajador 1, ya en cuanto a moralidad, como en cuanto a
laboriosidad, según lo pida el caso. Verdad es que aquí andamos escasos de personal, pero, si del todo necesitaras un ayudante más, ya
me las arreglaría para encontrarlo.

El clérigo Barberis me expresa su deseo de tocar (activamente) el piano y me dice que te lo recomiende. No cabe duda que si tú se lo
prohíbes, algún buen motivo tendrás. A pesar de todo, mira a ver, si con esta concesión puedes alcanzar que mejore en lo que más deje
que desear. Pero, en todo caso, haz lo que mejor te parezca para la gloria de Dios.

Quería haber escrito una carta a esos tus y mis queridos alumnos para felicitarles

1 Se refiere sin duda a los hermanos coadjutores o laicos y al personal seglar dedicado a los servicios de la Casa (N. del T.)

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las pascuas y el año nuevo. No lo pude hacer en su día y lo hago ahora. Sé tú, por tanto, intérprete de un montón de cosas buenas y
hermosas para toda esa nuestra querida familia de Varazze; di a todos que los amo en el Señor con toda mi alma, que los encomiendo
cada día en la santa misa y pido para ellos buena salud, éxito en los estudios y la verdadera riqueza del santo temor de Dios.

Y que, si quieren hacerme algo verdaderamente agradable, hagan una santa comunión según mi intención, o mejor, para una necesidad
especial, el tercer jueves de este mes.

((35)) Estaba algo preocupado y quise escribirte para desahogarme un poco. Que Dios te bendiga a ti y a todos los tuyos. Créeme en
Jesucristo.

Turín, 10-1876.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

P. S.-Hoy hemos recibido noticias desde Marsella de que llegaron el 13 de diciembre pasado a Buenos Aires nuestros Misioneros.
Hay una carta paternal para Borgo San Martino que, en realidad, corresponde a mediados de febrero, pero que tiene aquí su verdadero
puesto.

Queridísimo Bonetti:

He escrito al caballero Rho 1 en el sentido que me indicaste, recordándole las antiguas promesas, que repetidamente me hizo. Si me da
alguna respuesta ya haré que la veas. Espero que todo vaya bien.

Contando con los muchos alumnos que actualmente tiene ese colegio de San Carlos, y que probablemente aumentarán, mira a ver si es
del caso seleccionar unos diez de los más delicados y después, previo aviso a los padres, enviarlos a Lanzo, donde sobra espacio.
Convendría dar preferencia a los que son de esta zona.

Estúdialo y, a su tiempo, ya me dirás algo.

Di a Giolitto, que, como aún no es bastante malo, no lo puedo complacer. Saluda al padre Gallo, a Ferrero y a Adamo, juntamente con
todos nuestros hermanos, y rogad por este pobrecito, siempre vuestro en Jesucristo

Turín, 14-2-1876.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

Las causas de la "preocupación" a la que alude en la carta a don Juan Francesia eran, como siempre, morales y materiales.
Precisamente

1 Delegado Provincial de Enseñanza en la provincia de Turín. Siendo estudiante, conoció a don Bosco en 1840 (LEMOYNE,
Memorias Biográficas, vol. I, pág. 400).

Fin de Página 39

 

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aquel día había recibido noticia de Roma sobre cartas calumniosas "contra el nuevo Instituto", que aparecían una tras otra 1.
Comunicación muy desalentadora en el momento en que don Bosco esperaba que fuera recibida favorablemente su segunda instancia
para obtener los privilegios 2. Además, habían llegado a su ((36)) conocimiento unos manejos para que se hiciese una encuesta sobre el
plan de estudios teológicos seguido en el Oratorio. Las investigaciones se realizaron por vía confidencial; mas no por eso disminuía la
preocupación. Se encargó de ello al teólogo Negri, residente en Turín. Y éste acudió para informarse al teólogo Pechenino, que era muy
amigo de don Bosco, y se lo contó. Ese afán de despertar en Roma desconfianzas contra los Salesianos afligía profundamente al Beato.

Otra preocupación de don Bosco, y no pequeña, era la gran penuria de dinero. Sólo para pagar las provisiones al por mayor debía el
almacén del Oratorio setenta mil liras, suma exhorbitante para entonces, que era precisamente el tiempo de pensar en las compras. Las
angustias del pobre don Bosco se traslucen bastante claramente en esta su carta al abogado Galvagno, de Marene, generoso bienhechor
del Oratorio 3.

Queridísimo señor Abogado:

Cuando reciba la presente dirá enseguida V. S.: don Bosco pasa apuros y busca dinero. Y así es. Me encuentro en lo más crudo del
invierno y más de la mitad de mis novecientos muchachos llevan ropa de verano. Si, por acaso, el Señor le hubiese puesto a usted en
condiciones de poder ayudarme, sería realmente lo de vestir a los desnudos, lo cual considera el Salvador como hecho a El mismo, y nos
prepara ciertamente un buen recibimiento para cuando nos presentemos ante su divino tribunal.

Aunque yo le exponga mi grave necesidad, ruégole que solamente haga lo que pueda; yo, por mi parte, no dejaré de pedir igualmente
cada día a Dios que les conceda a usted y a su señora largos años de vida feliz y haga que sus hijos crezcan en salud y en el santo temor
de Dios, mientras con profunda gratitud tengo el honor y el gusto de poderme profesar

De V.S.

Oratorio de San Francisco de Sales, 12-1876.

Humilde servidor
JUAN BOSCO, Pbro.

1 Carta citada de monseñor Fratejacci.

2 Véase, M. B., vol. XI, cap. XXI.

3 Véase el vol. XI, pag. 117.
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Después de este breve comentario a las "preocupaciones" por las que don Bosco sentía necesidad de desahogarse, escribiendo a ((37))
su querido Francesia, comprendemos perfectamente lo que don Julio Barberis anota en su croniquita: "Don Bosco está muy preocupado
estos días y no anda bien". Pero, a renglón seguido, pone de relieve el mismo cronista que "sin embargo atiende a todo, se informa de
todo, y lo comunica a los otros; da órdenes, pareceres, consejos". Pero no le faltaba el aliento de sólidos consuelos.

-Es muy consolador, confesó a don Julio Barberis, ver que todos van adquiriendo espíritu religioso. Sí; las cosas marchan
verdaderamente bien y, mientras abunde el trabajo, las cosas marcharán siempre bien.

A los misioneros

La primera palabra, entre las muchísimas que don Bosco dirigió a sus hijos misioneros para el campo de su apostolado, se encuentra en
una cartita, cuya brevedad, que excluye toda frase ociosa, a la par que manifiesta la falta de tiempo y un gran deseo de escribir, expresa
también, si se la analiza con sosiego, todo un mundo de cosas y sentimientos. Por la manera como anuncia la muerte de la madre Galeffi,
Presidente de Tor de'Specchi, parece que el Beato escribió no tan pronto como recibió, vía Marsella, la noticia de la llegada de los
misioneros, sino después de haber recibido la primera carta de Cagliero desde Buenos Aires, el día 17 de enero.

Queridísimo Cagliero:

Un cordialísimo saludo para ti y para todos esos mis queridos Salesianos, que comparten contigo sus trabajos.

La madre Galeffi ha muerto el 13 de este mes. La condesa Callori, mamá Corsi, monseñor Fratejacci, el abogado Menghini os
acompañan con sus oraciones y buenos augurios.

Recuerda que para octubre prepararemos una expedición de treinta Hijas de María Auxiliadora y diez Salesianos; algunos de ellos aún
antes, si es preciso.

Atendida la penuria de clero en Brasil, "no será el caso de estudiar la posibilidad de una casa en Río de Janeiro?

Nuestro comendador Gazzolo no escribe ni manda noticias. Salúdalo de mi parte.

((38)) Di al señor Benítez que agradezco la bondad que os prodiga, y que mi deseo de verle es grande; por si no puedo tener este gusto
en la tierra, le cito desde ahora para el cielo. Amén.

Turín, enero de 1876.

JUAN BOSCO, Pbro.

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Fue un acontecimiento extraordinario el de la expedición de misioneros a América. Ninguna otra partida semejante había armado tanto
ruido. Don Bosco repartió a centenares la fotografía que aparece en la portada del presente volumen, para sus felicitaciones de Navidad y
Año Nuevo. Después de su llegada a Buenos Aires la Unità Cattolica abrió una sección con el título "De Turín a Buenos Aires", en la
cual, a partir del 20 de enero, comenzó a publicar una serie de relaciones, que se esperaban con impaciencia y se leían con avidez; los
números, que las contenían,
corrían de familia en familia por Turín, con lo cual iba en aumento la tirada del diario. Además, la Misión Salesiana volvió a levantar por
aquellas lejanas tierras el buen nombre del clero italiano, no siempre bien representado por allá; aquella expedición despertó en Italia, y
fuera de ella, extraordinario fervor por las misiones extranjeras; en la Congregación muchos envidiaban a sus hermanos que habían ido y
cansaban al Beato con peticiones de ir ellos también.

***

Terminaremos este capítulo de la misma manera que lo hemos comenzado, esto es, escuchando una vez más la palabra del Siervo de
Dios dicha en la intimidad. Se trata de una conversación con don Julio Barberis el 21 de enero. Afirmó un día el Beato sobre don Julio
Barberis, hombre sencillo, recto y piadosísimo:

-Barberis ha entendido a don Bosco.

El, que, hasta donde fuera posible, prefería para el gobierno hombres de sólida virtud más que intelectuales, se entretenía de buen
grado con Barberis hablando de cosas íntimas. Aquella noche, después de cenar, le habló en estos términos:

-íCuánto queda por hacer, querido Barberis, cuantísimo! Estaba yo esta tarde, como casi todos los días, sentado a las dos y cuarto en
mi escritorio; ((39)) no me he movido hasta las ocho; y, sin embargo, no he podido despachar todo. Tengo todavía la mesa cubierta de
cartas, que esperan contestación. Y no se puede decir que yo escriba despacio.
íPasan hojas y hojas por los puntos de mi pluma! Me doy cuenta de que, a fuerza de práctica y de acosarse una cosa tras otra, he
adquirido tal rapidez que dudo pueda darse mayor. Pero... hagamos lo que se pueda ad maiorem Dei gloriam, y lo que no se pueda, habrá
que tener paciencia y dejarlo correr.

Al llegar aquí don Julio Barberis lo interrumpió augurándole muchos años y buena salud, para que pudiese lograr despachar muchos de
estos grandes asuntos, y don Bosco replicó:
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-También pienso yo de vez en cuando que, si el Señor me concediese llegar a los ochenta, y aun a los ochenta y cinco, y si continuase
dándome la salud y la agilidad de mente que hoy tengo, se verían cosas que no sólo Italia, sino Europa y el mundo tendrían que darse
cuenta de ello. Pero, disponga el Señor los acontecimientos como la parezca. Yo, mientras me deje en vida, estoy de buen grado en ella.
Trabajo lo más aprisa que puedo, pues veo que el tiempo apremia y, por muchos años que uno viva, nunca puede hacer la mitad de lo
que quisiera. Hago proyectos, procuro ejecutarlos, perfeccionando muchas cosas hasta donde puedo y estoy esperando a que suene la
hora de la partida. Cuando la campana con su tan, tan, tan, me dé la señal de partir, partiremos. Quien quede en este mundo, concluirá lo
que yo haya dejado por acabar. Mientras no oiga el tan, tan, tan, no me paro.

La realidad es que don Bosco, al morir, hizo bastante más que dejar a otros concluir lo incompleto; había preparado de tal modo el
terreno a sus sucesores, que, gérmenes nuevos, animados de su espíritu, han seguido y siguen arraigando en él, sin que hasta el momento
se prevea o haya motivo para temer paralización en la fecundidad de las obras.

Fin de Página 43

 

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((40)
)

CAPITULO II

DOS SUEÑOS: LAS MURMURACIONES; TRES DEFUNCIONES

EN la segunda quincena de enero tuvo el Siervo de Dios un sueño simbólico del que dio cuenta a algunos Salesianos. Don Julio Barberis
le pidió que lo contara en público, porque sus sueños gustaban mucho a los muchachos, les hacían mucho bien y con ellos cobraban gran
cariño al Oratorio.

-Sí, es verdad, contestó el Beato, hacen mucho bien y se oyen con interés; el único perjudicado soy yo, que necesitaría tener pulmones
de hierro. Se puede decir que no hay uno sólo en el Oratorio, que no se sienta movido al oír estas narraciones; porque de ordinario estos
sueños se refieren a todos, y cada uno quiere saber en qué estado lo he visto, qué debe hacer, qué significa esto o aquello y así me
atormentan día y noche, y si quiero despertar el deseo de confesiones generales, no tengo más que contar un sueño... Escucha, hagamos
una cosa. El domingo iré a hablar a los muchachos y tú pregúntame en público. Entonces yo contaré el sueño.

El 23 de enero, después de rezar las oraciones de la noche, subió a la cátedra. Su rostro radiante de alegría manifestaba como siempre
su satisfacción por encontrarse con sus hijos. Cuando eljuvenil auditorio se fue sosegando y callando, don Julio Barberis pidió la palabra
y preguntó:

-Perdone, don Bosco, "me permite hacerle una pregunta?

((41)) -Habla, habla, replicó el siervo de Dios.

-He oído decir que en estas noches pasadas ha tenido un sueño sobre sementera, sembrador, gallinas... y que se lo ha contado ya al
clérigo Calvi. "Sería tan amable que nos lo quisiera contar también a nosotros? Crea que nos proporcionaría un gran placer.

-íQué curioso!, dijo Don Bosco en tono de reproche. Y la risa fue general.

-No me importa que me llame curioso, con tal de que nos cuente el sueño. Y con estas palabras creo interpretar la voluntad de todos,
que ciertamente le escucharán con sumo gusto.
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Fin de Página 44

 

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-Si es así os lo contaré. No quería decir nada, porque hay cosas que se refieren a algunos de vosotros en particular, y algunas otras que
te interesan también a ti, y que no gusta oírlas; pero como me lo has pedido, las contaré.

-Pero, don Bosco, por favor, si hay algún palo para mí, no me lo vaya a dar aquí en público.

-Yo contaré las cosas como las soñé; que cada uno tome lo que le corresponde. Pero antes es necesario que cada uno recuerde bien,
que los sueños se tienen durmiendo y durmiendo no se razona; por eso, si en lo que os voy a contar hay alguna cosa buena, alguna
amonestación provechosa, acéptese. Por lo demás que nadie pierda la serenidad. Ya os he dicho que al soñar por la noche yo estaba
durmiendo, pues hay algunos que sueñan también de día y algunas veces estando despiertos, con lo que causan verdaderos disgustos a
sus profesores convirtiéndose en alumnos un tanto fastidiosos.

Me pareció encontrarme lejos de aquí, cerca de Castelnuovo de Asti, mi pueblo. Tenía ante mí una gran extensión de terreno, situada
en una amplia y bella llanura; pero aquellas tierras no eran nuestras, ni yo sabía de quién fuesen.

En aquel campo vi a muchos trabajando con azadas, palas, rastrillos y otras herramientas. Uno araba, otro sembraba, éste allanaba la
tierra, aquél hacía otra cosa. Veíanse acá y acullá los capataces dirigiendo los trabajos y entre estos últimos me pareció encontrarme
también yo. Diversos coros de labradores estaban en otra parte cantando. Yo lo observaba todo maravillado y no sabía identificar aquel
lugar para mí desconocido, mientras me decía a mí mismo.

-Pero "por qué trabajan éstos tanto:

Y me contestaba:

((42)) -Para proporcionar el pan a mis muchachos.

Y era verdaderamente admirable el ver cómo aquellos buenos agricultores no interrumpían ni por un instante su labor, aplicados
constantemente a sus tareas con un ardor creciente y con una diligencia similar. Sólo algunos reían y bromeaban entre sí.

Mientras contemplaba tan hermoso espectáculo, dirigí la vista a mi alrededor y comprobé que me rodeaban algunos sacerdotes y
muchos de mis clérigos, unos muy próximos a mí y otros un poco más distantes.

Me decía a mí mismo:

-Debo de estar soñando; mis clérigos están en Turín; aquí, en cambio, estamos en Castelnuovo. Además, "cómo puede ser esto? Estoy
vestido de invierno de los pies a la cabeza; ayer mismo sentí un frío intensísimo y, en cambio, aquí están sembrando el trigo.

Y me tocaba las manos y continuaba caminando, mientras me decía:

-Pero no, no debe ser un sueño, porque lo que estoy viendo es un campo; este clérigo es el clérigo A... en persona, y aquel otro el
clérigo B... además, en el sueño "cómo iba a poder ver esto y lo otro?

Entretanto vi allí cerca, aunque aparte, a un anciano que, por su aspecto, parecía
45

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muy benévolo y sensato, entretenido en observarme a mí y a los demás. Me acerqué a él y le pregunté:
-Dígame, buen hombre, "qué es lo que estoy viendo?, porque no entiendo nada. "Dónde estamos? "Quiénes son esos trabajadores?

"De quién es este campo?

-íOh!, me respondió el desconocido; ívaya unas preguntas que me ha hecho! "Usted es sacerdote y desconoce estas cosas?

-Pero, vamos, dígame, le repliqué. "A usted le parece que estoy soñando o despierto? Porque a mí me parece que estoy soñando y no

creo posibles las cosas que estoy viendo.

-Posibilísimas, mejor dicho, reales, y a mí me parece que usted está completamente despierto. "No se da cuenta? Habla, ríe, bromea.

-Sí, pero hay algunos, añadí, a quienes les parece que en el sueño hablan, oyen, trabajan, como si estuviesen despiertos.

-No, no, deseche esa idea; usted está aquí en cuerpo y alma.

-Bien, sea como dice; y, puesto que estoy despierto, dígame de quién es este campo.

-Usted ha estudiado latín, continuó el anciano; "cuál es el primer nombre de la segunda declinación que ha estudiado en el Donato? 1

"Se acuerda aún?

-Sí que lo recuerdo, pero "qué tiene que ver esto con lo que le he preguntado?

-íMuchísimo!, replicó el desconocido. Diga, pues, el primer nombre que se estudia en la segunda declinación.

-Es Dominus.

-"Y cómo hace el genitivo?

-Domini.

-Bien, muy bien, Domini; este campo, pues, es Domini, del Señor.

-Ya comienzo a entender algo, exclamé.

Estaba maravillado de la manera de proceder de aquel anciano.

Entretando vi a varias personas que llegaban con sacos de trigo para ((43)) sembrarlo y a un grupo de campesinos que cantaban: Exit,

qui seminat, seminare semen suum. (Salió el sembrador a sembrar su simiente).

A mí me parecía un crimen arrojar aquella simiente y hacerla pudrir bajo tierra. íEra un trigo tan magnífico!

-"No sería mejor, decía para mí, molerlo y hacer con él pan o pastas?

Pero después pensé:

-Quien no siembra, no recoge. Si no se arroja a la tierra la semilla y ésta no se pudre "qué se recogerá después?

Mientras tanto vi salir de todas partes una cantidad extraordinaria de gallinas que se metían en el sembrado para comerse el trigo que

los otros habían arrojado como simiente.

Y el grupo de los cantores prosiguió cantando: Venerunt aves caeli, sustulerunt frumentum et reliquerunt zizaniam. (Vinieron las aves
del cielo, se llevaron el trigo y dejaron la cizaña).

Yo di una mirada a mi alrededor y observé a los clérigos que estaban conmigo. Uno, con los brazos cruzados, miraba a los demás con
fría indiferencia; otro charlaba con los compañeros; algunos se encogían de hombros, éste miraba al cielo, aquél reía

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VOLUMEN XII Página:

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1 Donato, así se llamaba al libro de Gramática Latina, por un tal Donato, célebre autor de gramática en el siglo V. (N. del T.)

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al contemplar el espectáculo, otros proseguían tranquilamente sus recreos y sus juegos, los otros desempeñaban alguna de sus
ocupaciones; pero ninguno hacía por espantar las gallinas y echarlas fuera. Yo me volví entonces a ellos muy disgustado y, llamando a
cada uno por su nombre, les dije:

-Pero, "qué hacéis? "No veis que las gallinas se están comiendo el trigo? "No veis que están destruyendo la buena simiente, haciendo
desvanecerse todas las buenas esperanzas de estos agricultores? "Qué recogeremos después? "Por qué permanecéis ahí mudos? "Por qué
no gritáis? "Por qué no las espantáis?

Pero los clérigos se encogían de hombros, me miraban y no decían nada.

Algunos ni se volvieron a escucharme; ni se habían fijado en el campo, ni se preocuparon de hacerlo después que yo les hube
reprendido.

-íQué necios sois!, continué. Las gallinas tienen ya el buche lleno. "No podéis dar unas palmadas, así?

Y, al decir esto, comencé a palmotear, encontrándome verdaderamente embrollado, pues mis palabras no servían para nada. Entonces
algunos comenzaron a espantar a las gallinas, pero yo me decía para mí:

-íSí, sí! Ahora que se han comido el trigo van a echar a las gallinas.

Y, mientras tanto, llegó hasta mí el canto del grupo de los campesinos, cuya letra decía: Canes muti nescientes latrare. (Perros mudos
que no saben ladrar).

Entonces me dirigí a aquel buen anciano y, entre estupefacto e indignado, le dije:

-íVamos! Deme una explicación de lo que estoy viendo; que no entiendo nada. "Qué representa esa semilla arrojada a la tierra?

-íEsta es buena!, replicó en anciano. Semen est verbum Dei. (La simiente es la palabra de Dios).

-"Y qué quiere decir el hecho de que las gallinas se lo coman como acabo de ver?

El viejo, cambiando de tono de voz, prosiguió:

-íOh! Si quiere una explicación más completa se la daré. El campo es la viña del Señor, de que nos habla el Evangelio, y puede
también representar el corazón del hombre. Los agricultores son los obreros evangélicos, que siembran la palabra de Dios especialmente
con la ((44)) predicación. Esta palabra podría producir mucho fruto en el corazón que fuese terreno bien preparado. Pero "qué sucede?
Que vienen las aves del cielo y se llevan la semilla.

-"Qué representan estos animales?

-"Quiere que se lo diga? Simbolizan las murmuraciones. Después de oír una plática que podría producir su efecto, comienzan los
comentarios con los compañeros. Uno ridiculiza un gesto, otro la voz, otro la palabra del predicador y he aquí que el fruto del sermón
desaparece. Otro acusa al predicador de un defecto físico o intelectual; un tercero se ríe de su forma de expresión y el fruto de la plática
cae por tierra. Lo mismo habría que decir de una buena lectura, cuyo bien queda obstaculizado por la murmuración. Las murmuraciones
son tanto más malas en cuanto que generalmente son secretas, escondidas y viven y crecen donde menos sospechamos. El trigo, aunque
caiga en un terreno no muy bien cultivado, nace, crece, alcanza una altura bastante considerable y produce fruto. Cuando sobre un campo
recién sembrado se abate la tempestad, el campo queda asolado y no produce mucho fruto, pero algo produce. La mies no será muy
vistosa, pero las plantas crecerán; darán poco fruto, pero alguno darán... En cambio, cuando las gallinas o los pájaros picotean la
simiente, ya no hay nada que hacer: el campo no producirá ni poco ni mucho; no producirá fruto de ninguna clase. De la misma manera,
si las pláticas, si las exhortaciones, si los buenos propósitos son seguidos de una distracción, de una tentación, etc., darán

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menos fruto; en cambio, si se sigue la murmuración, el hablar mal o cosas semejantes, no se pierde algo, sino todo por completo. "Y a
quién le corresponde palmotear, insistir, gritar, vigilar, para que estas murmuraciones, para que estas malas conversaciones no se
produzcan? íUsted lo sabe!

-Pero, "qué es lo que hacían aquellos clérigos?, le pregunté. "Acaso no podían ellos impedir tan gran mal?

-Nada impidieron, prosiguió el anciano. Unos estaban observando como estatuas mudas; otros no se fijaban, no pensaban, no veían o
estaban con los brazos cruzados; otros no tenían valor para impedir tal mal; algunos, aunque pocos, se unían a los murmuradores,
tomando parte en sus maledicencias y haciendo el oficio de destructores de la palabra de Dios. Tú que eres sacerdote, insiste sobre esto:
predica, exhorta, habla, no tengas nunca miedo de decir demasiado; todos saben que el poner en ridículo a quien predica, a quien
exhorta, a quien da buenos consejos es una de las cosas que pueden ocasionar mayor mal. Y el permanecer mudo cuando se ve algún
desorden y el no impedirlo, especialmente si se puede y se debe, es hacerse cómplice del mal de los demas.

Yo, impresionado al oír estas palabras, quería seguir mirando, observando esto y aquello, amonestar a los clérigos y animarlos a
cumplir con sus deberes. Pero vi que se aprestaban ya a poner en fuga a las gallinas. Al avanzar unos pasos, tropecé con un rastrillo de
los de extender la tierra, que haba sido dejado allí, y me desperté.

((45)) Ahora dejémoslo todo a un lado y saquemos alguna moraleja. Veamos qué le parece este sueño a Don Julio Barberis.

-Que es un garrotazo con todas las de la ley y que al que le da de lleno no lo deja bien parado.

-Cierto, replicó Don Bosco; es una lección de la que hemos de sacar provecho. No lo olvidéis, queridos jóvenes; evitad entre vosotros
toda suerte de murmuración, considerándola como el mayor de los males; huíd de ella como se huye de la peste y procurad no sólo
evitarla, sino haced que los demás también la eviten. Algunas veces, unos consejos santos, unas obras extraordinariamente buenas, no
hacen tanto bien como el que consigue impedir una murmuración o una palabra que pueda dañar a los demás. Armémonos de valor y
combatámosla valientemente. No hay peor desgracia que hacer perder su eficacia a la palabra de Dios. Y a veces basta una palabra, basta
una broma.

Os he contado un sueño que tuve hace varias noches, pero la noche pasada soñé algo que deseo también narraros. No es aún muy tarde,
son apenas las nueve y, por tanto, tengo tiempo de exponéroslo. Por lo demás, procuraré no ser muy largo.Me pareció, pues, encontrarme
en un lugar que ahora no sabría decir qué lugar fuese; ciertamente no era Castelnuevo y tampoco el Oratorio. Y llegó uno a toda prisa a
llamarme:

-íDon Bosco, venga! íDon Bosco, venga!

-"Por qué tanta prisa?, pregunté.

-"No sabe lo que ha sucedido?

-No sé lo que quieres decirme; explícate mejor, repliqué con cierta inquietud.

-"No sabe que fulano, tan bueno, tan lleno de brío está gravemente enfermo; mejor dicho, moribundo?

-No creo que quieras burlarte de mí, le dije, porque precisamente esta mañana he estado hablando y paseando con ese muchacho que
me dices está moribundo.

-íAh! Don Bosco, no quiero engañarle y me creo en la obligación de decirle toda la verdad. El joven en cuestión necesita urgentemente
de su presencia y desea verle

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y hablarle por última vez. Venga, venga pronto, porque de otra manera ya no tendrá tiempo.

Yo, sin saber adónde, marché a toda prisa detrás de aquél. Llego a cierto lugar y veo a gente triste y llorosa que me dice:

-Pronto, pronto, que está en las últimas.

-Pero "qué es lo que ha sucedido?, pregunté.

Y me introdujeron en una habitación, en la que vi a un joven acostado, con el rostro descompuesto, color cadavérico y una tos, una

respiración y un ronquido que lo ahogaba y apenas le permitía hablar.

-Pero "no eres fulano?, le dije.

-Sí, soy yo.

-"Cómo te encuentras?

-Muy mal.

((46)) -"Y cómo te veo en tal estado? "Ayer y esta misma mañana, no paseabas tranquilamente bajo los pórticos?

-Sí, replicó el joven, ayer y esta mañana paseábamos bajo los pórticos; pero, ahora, dese prisa que necesito confesarme; me queda muy

poco tiempo.

-Calma, calma; hace pocos días que te has confesado.

-Es cierto, y no creo tener culpa grave en mi corazón; pero, a pesar de ello quiero recibir por última vez la santa absolución, antes de

presentarme al Divino Juez.

Yo escuché su confeisón. Y entretanto observé que iba empeorando visiblemente y que la tos estaba a punto de ahogarlo.

-Aquí es necesario proceder a toda prisa, dije para mí, si quiero que reciba aún el Santo Viático y la Extremaunción. El Viático no lo

podrá recibir porque necesitaría más tiempo para prepararse o porque no podría tragar la forma. íPronto, los Santos Oleos!
Y, diciendo esto, salí de la habitación y mandé inmediatamente a un individuo por la bolsa de los Santos Oleos. Los jóvenes que se

hallaban presentes me preguntaron:

-Pero "está realmente en peligro? "Está en las últimas como dicen?

-Seguro, respondí, "no veis que tiene la respiración cada vez más difícil y que la tos le sofoca?

-Pero sería mejor traerle el Viático, y, así fortalecido, enviarlo a los brazos de María.

Y mientras yo me afanaba preparando lo necesario, oí una voz que dijo:

-íYa expiró!

Volví a entrar en la habitación y me encontré al enfermo con los ojos extraviados, sin respiración, muerto.

-"Ha muerto?, pregunté a los que lo asistían.

-íHa muerto, me respondieron, ha muerto!

-"En tan poco tiempo? Decidme: "no es éste fulano?

-Sí, es fulano.

-No puedo dar crédito a mis ojos. Ayer mismo estaba paseando conmigo bajo los pórticos.

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-Ayer paseaba y hoy está muerto, me replicaron.
-Por suerte era un joven bueno, exclamé.
Y proseguí diciendo a los que estaban a mi alrededor:
-"Veis, veis? Este no ha podido ni siquiera recibir el Viático, ni la Extremaunción. Demos con todo gracias al Señor que le concedió

tiempo para confesarse. Era un

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muchacho muy bueno, se acercaba a menudo a los Santos Sacramentos y esperamos que esté gozando ya de la felicidad de la gloria, o al
menos, que esté en el Purgatorio. Pero, si les hubiese sucedido a otros lo mismo, "qué sería ahora de ellos?

Dicho esto nos pusimos todos de rodillas y rezamos el De profundis por el alma del pobre difunto.

Entretanto, iba yo a mi habitación, cuando vi llegar a Ferraris 1 ((47)) de la librería, el cual me dijo acongojado:

-Don Bosco, "sabe lo que ha sucedido?

-Claro que lo sé. Que ha muerto fulano.

-No es lo que quiero decirle; hay otros dos muertos.

-"Cómo? "Qué?

-Zutano y mengano.

-Pero "cuándo han muerto? No te entiendo.

-Sí, otros dos, que han muerto antes de que usted llegase.

-"Y por qué no me habéis llamado?

-No hubo tiempo. "Usted sabe decirme cuándo ha muerto éste de aquí?

-Ahora mismo, le respondí.

-"Usted sabe en qué día y en qué mes estamos?, prosiguió Ferraris.

-Sí que lo sé; estamos a 22 de enero, segundo día de la novena de San Francisco de Sales.

-No, dijo Ferraris, usted se equivoca, don Bosco; fíjese bien.

Levanté los ojos al calendario y leí: 26 de mayo.

-íEsto sí que es grande!, exclamé. Estamos en enero y me lo dice la ropa que llevo puesta; nadie se viste en mayo de esta manera; en
mayo no estaría encendida la calefacción.

-Yo no sé qué decirle, ni qué razón darle, pero estamos a 26 de mayo.

-Pero si ayer mismo murió este nuestro compañero y estábamos en enero.

-Se equivoca, insistió Ferraris, estábamos en tiempo de Pascua.

-Esta es más gorda que la anterior.

-Sí, señor, seguro, en tiempo de Pascua; estábamos en tiempo de Pascua y fue más dichoso por morir en tiempo de Pascua que los
otros dos que murieron en el mes de María.

-Tú te burlas, le dije, explícate mejor, porque de otra manera no comprendo nada.

Abrió los brazos, golpeó las manos una contra otra, fuerte, muy fuerte. Y yo me desperté. Entonces exclamé:

-Oh, afortunadamente se trata de un sueño y no de una realidad. íQué miedo he tenido!

Tal es el sueño que tuve la noche pasada. Vosotros dadle la importancia que queráis. Yo mismo no quiero prestarle enteramente fe.
Con todo, hoy he querido comprobar, si los que vi muertos en el sueño estaban aún vivos, y he constatado que están sanos y robustos.
Ciertamente que no es conveniente que manifieste, y no lo diré, quiénes son. Con todo los vigilare y, si fuese necesario, les daré algún

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consejo para que vivan bien y los prepararé de forma que no se den cuenta; para que, si en realidad tuviesen que morir, la muerte no les
sorprenda sin ((48)) estar preparados. Pero que nadie comience a decir: "Será éste, será el otro? Cada uno piense en sí mismo.

1 Ferraris, era el coadjutor Juan Antonio Ferraris, librero.

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Que nada de esto os intranquilice. El efecto que este relato debe causar en vosotros es sencillamente el que nos sugirió el Divino
Salvador en el Evangelio: Estote parati, quia, qua hora non putatis, filius hominis veniet. Es ésta una gran advertencia, queridos jóvenes,
que nos hace el Señor. Estemos siempre preparados, porque en la hora en que menos lo pensemos puede llegar la muerte y el que no está
preparado para morir bien, corre grave peligro de morir mal. Yo me prepararé lo mejor que pueda. y vosotros debéis hacer lo mismo, a
fin de que a cualquier hora que al Señor le plazca llamarnos, podamos estar dispuestos a pasar a la eternidad feliz. Buenas noches.

Las palabras de don Bosco se escuchaban siempre en medio de un religioso silencio; pero cuando contaba cosas extraordinarias, entre
los centenares de jóvenes que le escuchaban, no se oía un carraspeo ni el más leve ruido con los pies. La impresión causada duraba
semanas y meses y, tras la impresión, se producían los cambios radicales de conducta en algunos díscolos. Después aumentaba la
clientela alrededor del confesonario del siervo de Dios. El suponer que él inventaba aquellos relatos para asustar y hacer cambiar la vida
a los jóvenes, a nadie se le ocurría, pues los vaticinios de muertes próximas se cumplían siempre y ciertos estados de conciencia, vistos
en los sueños, respondían a la realidad.

"Pero el temor producido por tan lúgubres predicciones no era una pesadilla opresora? No es creíble. Numerosas eran las posibilidades
y suposiciones que se ofrecían ante una multitud de más de ochocientos muchachos, para que cada uno de ellos se sintiese preocupado.
Por otra parte, la creencia generalmente admitida de que quien moría en el Oratorio iba al Paraíso y el hecho de que don Bosco preparaba
a los designados sin que se diesen cuenta, contribuía a desterrar de los ánimos todo temor. Además, sabemos cuán grande es la
volubilidad juvenil; de momento la fantasía se siente herida e impresionada, pero el recuerdo que tal efecto produce se borra pronto. Así
nos lo aseguran numerosos testigos de aquellos tiempos.

Una vez que los jóvenes marcharon a dormir, algunos hermanos que ((49)) rodeaban al siervo de Dios, lo abrumaron a preguntas para
saber si algunos de ellos eran los que debían morir. Don Bosco, sonriendo según su costumbre y moviendo la cabeza, les decía:

-íYa! íYa! "Queréis que os diga quién es, para hacer morir a alguno antes de tiempo?

Viendo que no conseguían nada, le preguntaron si en el primer sueño vio también a algún clérigo haciendo el oficio de las gallinas,
esto es, entregado a la murmuración.

Don Bosco, que estaba caminando, se detuvo, observó a sus interlocutores y con una sonrisa muy significativa a flor de labios, añadió:
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-Alguno, alguno había; eran pocos, pero no digo más.

Entonces le preguntaron que les dijese si estaban ellos entre los perros mudos.

El siervo de Dios respondió de una manera muy genérica, haciendo observar que era necesario estar sobre aviso para evitar las
murmuraciones y, en general, todos los desórdenes, y sobre todo las malas conversaciones.

-íAy del sacerdote y del clérigo, dijo, que estando encargado de la vigilancia ve los desórdenes y no los impide! Deseo que todos sepan
y entiendan que con la palabra "murmuraciones" yo no entiendo indicar solamente a los que cortan trajes, sino que me refiero a toda
palabra, a todo mote, toda conversación que pueda hacer frustrar en un compañero el fruto de la palabra de Dios. Además, quiero hacer
constar que es un gran mal el permanecer mano sobre mano cuando se conoce algún desorden, sin hacer nada para impedirlo o no
procurar que lo ataje quien debe y puede hacerlo.

Uno de los más inquietos dirigió al siervo de Dios una pregunta bastante atrevida:

-"Y por qué don Julio Barberis entra en el sueño? Usted dijo que había algo para él y él mismo parece que se esperaba un buen
estacazo...

El propio don Julio Barbaris estaba presente y, al principio, parecía que don Bosco se resistía a contestar. Pero después, habiendo
quedado con el Beato algunos sacerdotes nada más; y como por otra parte el interesado mostrase su conformidad, el Beato dijo:

-Es que Don Julio Barberis no predica bastante sobre este punto, no insiste sobre esto cuanto fuera de desear.

Don Julio Barberis manifestó que ni en el año pasado, ni durante el año ((50)) en curso había tratado con detención estas materias en
sus conferencias a los novicios; sintióse, pues, complacido al recibir esta observación y la tuvo presente para el porvenir.

Dicho esto, subieron todos las escaleras y, después de besar la mano a don Bosco, cada uno se retiró a descansar. Todos, menos
Barberis que, según lo acostumbrado, acompañó al siervo de Dios hasta la puerta de su habitación. Don Bosco, al comprobar que estaba
aún preocupado y que no habría podido dormir por la impresión recibida por las cosas expuestas, le hizo entrar en su despacho, cosa
desacostumbrada en él, diciéndole:

-Ya que tenemos todavía tiempo, demos algunos paseos por la habitación.

Y así continuó hablando con él por espacio de media hora. Entre otras cosas le dijo:
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-En el sueño los he visto todos y en el estado en que cada uno se encontraba: si hacía las veces de gallina, de perro mudo, si estaba en
el número de los que después de ser avisados comenzaron a trabajar o entre los que no se movieron. De todos estos datos yo me sirvo en
las confesiones, para exhortar en público y en privado, siempre que veo que mis palabras pueden hacer algún bien. Al principio no hacía
gran caso de estos sueños, pero después me di cuenta de que causan más efecto que muchos sermones, incluso para algunos son más
eficaces que una tanda de ejercicios espirituales; por eso me sirvo de ellos. "Y por qué no? En la Sagrada Escritura se lee: Omnia autem
probate: quod bonum est tenete. Veo que ayudan a hacer el bien, veo que agradan, "por qué mantenerlos secretos? Incluso he podido
observar que contribuyen a aficionar a muchos a la Congregación.

-Yo mismo he comprobado, le interrumpió Barberis, de cuánta utilidad han sido estos sueños y cuán saludables son. Incluso narrados
en otra parte, hacen mucho bien. Donde don Bosco es conocido se puede decir que son sueños suyos; donde no es conocido se pueden
presentar como una especie de parábolas. íOh, si se pudiese hacer una recopilación exponiéndolos en forma de parábolas! Serían leídos
por grandes y pequeños, en beneficio de sus almas.

((51)) -Sí, sí; harían mucho bien, estoy convencido de ello.

-Pero, tal vez, se lamentó don Julio Barberis, ninguno lo ha consignado por escrito.

-Yo, replicó el siervo de Dios, no tengo tiempo para ello y de muchos, ya no me acuerdo.

-Los que yo recuerdo continuó don Julio Barberis, son los que se refieren al progreso de la Congregación y a la dilatación del manto de
la Virgen...

-íAh, sí!, exclamó don Bosco.

E hizo referencia a varias visiones de esta clase. Adoptando después un aire grave y como turbado, prosiguió:

-Cuando pienso en la responsabilidad que pesa sobre mí en la posición en que me encuentro, tiemblo de pies a cabeza... íQué cuenta
tan tremenda tendré que dar a Dios de todas las gracias que nos ha concedido para la buena marcha de nuestra Congregación!
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((52))

CAPITULO III

LAS CONFERENCIAS DE SAN FRANCISCO

LA fiesta de san Francisco, que caía en sábado, fue trasladada al domingo. Durante la semana siguiente el Oratorio volvió a ver, según
costumbre, a los Directores de las casas, reunidos en torno a don Bosco, celebrando una serie de conferencias del martes al viernes.
Llegaron el lunes y se marcharon el sábado, de manera que el domingo siguiente pudieron encontrarse en sus propios colegios para
predicar y confesar a sus muchachos.

Las memorias de aquel tiempo nos dicen que su presencia fue portadora de consuelo y edificación. No se apreciaba en ellos el menor
engreimiento, sino gran familiaridad con los de la casa, gran aprecio recíproco, gran amabilidad con los Superiores y espíritu perfecto de
concordia y mortificación; pero sobresalía, por encima de todo, el afecto a don Bosco y la reverencia a su persona, de suerte que se
apreciaba una solicitud general por conocer sus deseos y secundarlos.

Hemos mencionado su espíritu de mortificación. No había ningún trato especial en la comida, salvo el día de su llegada para celebrarla
y honrar a los huéspedes, que don Bosco quiso invitar a comer. Pero, lo que hoy casi nos cuesta creer es que no tenían más habitación
que las pequeñas buhardillas, que todavía existen, en algunas de las cuales se hospedaban dos inquilinos. No ((53)) había otra cosa
mejor. Tampoco tenían personal destinado a su servicio, sino que, cada cual aseaba su propio tabuco. Las conferencias, que duraban
muchas horas, mañana y tarde, casi no les dejaban tiempo para salir a la ciudad y visitar a los parientes; pero la alegría reinante atenuaba
incomodidades y mitigaba el cansancio. Chistes, donaires, carcajadas atronadoras rompían la monotonía de las interminables sesiones,
como entre buenos hermanos que se quieren y disfrutan al encontrarse juntos después de varios meses de separación. El Beato se
encontraba feliz y no cabía en sí de gozo en aquel ambiente de familia. El cronista alaba su buen espíritu con estas palabras:

"En la celebración de la misa, en la preparación y acción de gracias,
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se nota un recogimiento y un sosiego tal, que indican claramente la caridad, que inflama su corazón".

"Pero, verdaderamente, tenían que tratar asuntos de mucha importancia? Recordaremos dos ideas que manifestó el Siervo de Dios en
1875. La primera fue ésta: "Sabiduría y ciencia, prever y proveer". Aquellos primeros Directores, reunidos para conferenciar sobre los
asuntos internos e íntimos de la Congregación, nos ofrecen el ejemplo de una diligente prevención, secreto de todo buen gobierno. La
otra idea de don Bosco tiene toda la apariencia de una paradoja: "No tenemos que ocuparnos en nuestras casas más que de cosas
pequeñas; lo demás corre por sí mismo".

íCuántos, en cambio, se sentirán tentados a creer que sería mejor hacer lo contrario! Sin embargo, la vida ordinaria no es más que un
tejido de cosas pequeñas, que arrastran consigo todo lo demás. Como quiera que sea, nosotros, lo mismo que en el volumen anterior,
daremos también en éste un informe suficiente de cada sesión, refiriendo algo de cada una de las cosas expuestas de viva voz, discutidas

o deliberadas.
Prueben los lectores su lectura, y después, el que se canse salte al capítulo siguiente, pues no perderá el hilo de la historia.

"No parece algo singular que en la primera reunión, presidida por don Miguel Rúa, se ocupasen los Directores del personal, es decir,
de sus destinos, como lo haría ahora el Consejo ((54)) Superior o un Consejo Inspectorial? "Qué más da? A don Bosco le gustaba
proceder paternalmente y no autoritariamente. Por eso, así como, a manera de consulta, preguntaba a menudo individualmente a algún
hermano sobre cosas que ya él había estudiado y resuelto por todos sus costados, de la misma manera le gustaba poner a discusión
medidas, para las que sin duda no necesitaba tantas luces. En conclusión, se portaba con los suyos como un padre se porta con sus hijos,
cuando han alcanzado y superado la mayoría de edad.

En el Oratorio, pues, se veía la necesidad de substituir a don César Chiala en el cargo de catequista de los aprendices. El óptimo
salesiano estaba enfermo, tanto que murió aquel mismo año. Se propuso poner en su lugar a don Juan Branda, que era prefecto en
Valsálice, aunque sólo nominalmente, pues el Director don Francisco Dalmazzo concentraba en su persona todos los poderes. Esta
circunstancia hizo que la discusión se alargase a una cuestión de orden general. La asamblea, cuidadosa guardiana de las costumbres
legítimas, recordó enérgicamente un principio valedero también hoy día:

-No se introduzcan abusos, se afirmó. Un Director no debe tener
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la facultad de interpretar las Reglas como a él le parece, dando al prefecto las atribuciones que él quiere. Cuando el Capítulo Superior
establece con él, que un determinado sujeto actúe de prefecto, tenga éste en realidad el cargo y las atribuciones de prefecto. Pues es
verdad que por ahora, mientras vive don Bosco, todos le estamos sujetos y él no tiene más que expresar un deseo para que nosotros
vayamos a porfía en cumplirlo; puede, pues, él poner, quitar, dar, aumentar, disminuir, transferir atribuciones al que mejor le parezca;
pero también es verdad que ahora es necesario dar a las cosas una orientación tal que, aun faltando don Bosco, no hayan de surgir
inconvenientes.

Esta observación trajo consigo otra no menos grave: que no era bueno que el Director asumiese el papel de prefecto, por dos razones.
La primera, porque en tal caso tenía que tomar sobre sí la odiosidad de mantener la disciplina, ((55)) con mengua para varias cosas,
sobre todo para las confesiones 1; segunda, porque, si el Director lo hacía todo por sí mismo, nadie se enteraba de lo que hacía; de
momento no cabía temer que hubiese inconvenientes, pero eran posibles para el futuro, si no se mantenía firme el principio de respetar
las atribuciones que las Reglas asignaban al Prefecto.

Se volvió al caso concreto, se discutió largo rato sobre la persona más idónea para el cargo de prefecto de aquel colegio para hijos de
familias acomodadas y, por fin, la elección cayó en don Juan Marenco, futuro Obispo y Delegado Apostólico, hombre de presencia y
trato muy señoriales.

Los reunidos pasaron después a tratar de los ejercicios espirituales.
Era costumbre hacerlos en los colegios a fines del año escolar; pero la experiencia demostraba que la época no era muy favorable para
este fin, y que era preferible trasladarlos a la segunda mitad de marzo o al mes de abril. Razonaban de la manera siguiente:

-Estos ejercicios son el medio más eficaz para romper ciertas relaciones o amistades peligrosas. Es entonces cuando el joven se
determina a emprender el buen camino, y toma firmes resoluciones, que le servirán de guía por lo menos durante el resto del año. Por el
contrario, si los ejercicios se hacen a fines del curso, ya no queda tiempo para poner por obra los propósitos hechos; y, además,
permitiéndoseles hacer por tanto tiempo lo que quieren, los males se gangrenan.

1 Al pie del Catálogo de 1875 se lee esta nota: "Pata la buena marcha de la Congregación, para mantener la unidad de espíritu y seguir
el ejemplo de otros Institutos religiosos se establece un director o confesor fijo, para los que pertenecen a la Sociedad. En Turín, el
sacerdote Juan Bosco; suplente, el sacerdote Miguel Rúa. En las demás casas, el Director de cada una de ellas, y suplemente, el prefecto,
etc.".
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Llegan después las vacaciones y se llevan el escaso fruto que la palabra de Dios ha hecho nacer.

Se pusieron de acuerdo fácilmente acerca de la fecha y se repartieron entre ellos las pláticas de los mismos. Con esto se cerró la sesión
de la mañana del martes, 1.° de febrero.

En la reunión de la tarde, don Miguel Rúa, que presidía, ((56)) comunicó el deseo de don Bosco de examinar qué clérigos podían
proponerse para las ordenaciones. Cada Director presentó los que en su casa cumplían los requisitos necesarios. Don Francisco Cerruti
sostuvo que convenía abrir la mano para las órdenes menores, concediéndoselas a los clérigos de primero y segundo curso de teología, ya
que ello resultaba muy oportuno para contentarlos y alentarlos en su misión y, además, se conformaba con el espíritu de la Iglesia, que
suele interponer largos intervalos entre una orden y la siguiente. El mismo sistema se aplicó para la admisión a la profesión religiosa.
Evidentemente las atribuciones de los reunidos no eran las mismas: los Directores tenían voto consultivo y los miembros del Consejo
Superior, deliberativo.

Terminada esta parte, don Miguel Rúa hizo una recomendación. En aquellos primeros tiempos concedíase a los Directores mayor
libertad de acción que ahora; la Congregación no podía organizarse de golpe, como ya vimos en el tomo anterior. Así sucedía que, aun
sin previo acuerdo con don Bosco, ellos despedían aspirantes, novicios o socios. No se les negaba la facultad de tomar decisiones rápidas
cuando lo exigían las circunstancias; pero se recomendaba que, por lo menos, se informara de ello al Capítulo Superior, y que esto se
hiciera pronto, no con la escueta notificación de la salida, sino también con las indicaciones de la fecha, causa y forma de despido. A
veces, se quería despedir a un aspirante coadjutor y se encontraba cómodo enviarlo al Oratorio; se rogaba que no se hiciera nunca, sin
dar previo aviso de ello a los Superiores o, al menos, sin entregar al interesado una carta con los informes necesarios y oportunos.

Lo mismo que el segundo tema no tenía nada que ver con el primero, tampoco el tercero con los otros dos. La Congregación había
tomado definitivamente su propio puesto en el mundo y tenía conciencia de haber hecho, por así decirlo, su ingreso en la historia, y que
la historia no basta hacerla, sino que también es preciso escribirla. Pues bien, el beato don Bosco, que había guardado hasta sus ((57))
garabatos infantiles, y que no destruía ni siquiera los más humildes documentos 1,

1 GIRAUDI. El Oratorio de don Bosco, Pág. 88, nota. Turín, Soc. Ed., Internazionale, 1929.
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poseía en sumo grado el sentido histórico. No nos sorprende, pues, ver que en el orden del día se incluyera también la propuesta de
nombrar un archivero de la Congregación, cuyo cometido fuese recoger las memorias y preparar la materia que, a su tiempo, pondría el
historiador en obra.

Pero, entre tanto, urgía redactar las crónicas locales. Por eso, cada director debía tomar nota de las cosas principales de su colegio, sin
omitir nada de cuanto don Bosco hiciese o dijese en sus frecuentes visitas. Y, si las circunstancias se lo impidieran, que encargasen de
ello a algún hermano, proporcionándole la manera de estar informado.
Escríbase, pues, ante todo, un resumen de la historia del colegio, indicando con exactitud el cómo y el cuándo de su fundación y todo
acontecimiento de relieve, sin excluir las circunstancias que causaron aumento o disminución del alumnado, desde el principio hasta el
momento actual.

A continuación se registrarán los hechos más salientes, a medida que sucedieron. Al terminar un cuaderno, hacerlo copiar con buena
letra en un libro grande, que no debería salir nunca del colegio, y, en cambio, enviar el cuaderno a la casa madre. íQué tesoro tendríamos
hoy, si todos hubiesen puesto manos a esta obra; si, al correr de los años, no hubiese quedado sepultado todo en el olvido; si el abandono
no hubiese dejado perecer casi todo lo poco que se había hecho! El exceso de trabajo es ciertamente una válida circunstancia atenuante,
pero no quita, ni aligera la pena, ni tampoco impide expresar el deseo y el encarecido ruego de que se piensa algo más en la historia, que
no es un vano entretenimiento de gente ociosa, sino vehículo de la tradición, escuela de la experiencia y estímulo para mayores éxitos.

Asuntos y temas relacionados con el Reglamento ocuparon el resto de la sesión. En las dos conferencias anuales y en otras
extraordinarias se había ido aglomerando en torno al Reglamento ((58)) todo un cúmulo de deliberaciones, que intentaban aclarar ciertos
puntos; pero que, por no recordarlas fácilmente, caían en el olvido, y nadie las observaba. Don Miguel Rúa examinó las actas, seleccionó
estas deliberaciones, las juntó formando un cuerpo de notas explicativas del mismo Reglamento, las dividió por capítulos, las clasificó
por materias y las presentó a la asamblea para su examen. Después de quitar, añadir y cambiar lo que se creyó conveniente, se decidió
imprimir un librito y enviarlo a todas las casas. Del acta de esta primera discusión resaltan sólo tres cosas: una modalidad, una añadidura
y una digresión.

De las normas arriba mencionadas, una serie concernía expresamente a los directores; pareció oportuno que éstas no fueran del
dominio
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publico, y se quiso separarlas del resto para enviarlas, en copia manuscrita, a los interesados, sin que en ello hubiera la más mínima
propensión a hacer algo parecido a las fabulosas Mónita secreta (amonestaciones secretas); se parece más a aquellos "Recuerdos
confidenciales" para los Directores, tan poco confidenciales hoy día, que son conocidos por lippis et tonsoribus (todos, legañosos y
barberos). Se trata de normas individuales, que no constituyen ningún corpus iuris, es decir, no tienen que ver con los deberes y derechos
del director, pero orientan y guían la conciencia para amonestar a unos y exigir a otros. En una palabra, cosas del fuero interno, en el que
nada tienen que ver los súbditos.

Para las mismas normas explicativas se propuso, entre otras, añadir una disposición sobre la correspondencia epistolar de los
hermanos. Al salir un hermano de un colegio o trasladarse a otro, no debía prestarse a llevar cartas o cualquier otra cosa, sin que se lo
encargara el director local; y, si las llevaba con el debido permiso, no las debía entregar directamente al destinatario, sino al prefecto o al
director de aquel colegio, para que las viera, si lo creyese oportuno. Y todo el que volvía a su propio colegio, no entregara nada que no
hubiera pasado por las manos del superior; por consiguiente, ningún hermano diera cartas a quien estuviera a punto de marchar a otro
destino, sino que las entregara al prefecto, remitiéndose a éste para el envío.

((59)) El tema de la correspondencia dio pie a una notable observación, a saber, que había escaso carteo entre nuestros hermanos, lo
cual debía considerarse como un defecto, ya que en las otras Ordenes religiosas se inculcaba la frecuencia de cartas, y que esto se
consideraba como un medio eficaz para obtener unidad de espíritu, conocerse bien, fomentar la verdadera hermandad, prevenir
desórdenes y remediarlos inmediatamente, si los hubiera.

Como suele ocurrir en las discusiones de semejantes asambleas, mientras se anda por las alturas, resulta fácil estar de acuerdo y hasta
entusiasmarse por una idea; pero cuando se desciende de la teoría a la práctica, entonces se duda, se vacila, surgen divergencias de
opinión.

-"Cómo proceder? "Cada cuánto tiempo escribirnos? "A quién escribir? "De qué manera?

Hubo unanimidad en reconocer oportuno que, cada socio escribiese a don Bosco o al Capítulo Superior, por lo menos tres veces al año,
con preferencia en tres ocasiones solemnes, por ejemplo, en las fiestas de María Auxiliadora y de san Francisco de Sales y en los
ejercicios espirituales en Lanzo; creyóse, además, que sería útil tomar nota de los que habían escrito, para que el conocimiento de esto
espolease a
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todos a hacer lo mismo. Pero, surgió enseguida una dificultad. Estas cartas pedían respuesta; y los miembros del Capítulo Superior ya
tenían que atender a demasiados asuntos, para que les quedase tiempo de cargarse, por añadidura, también con éste. Se cortó la
discusión, reservándose hablar de ello con don Bosco, y, en su nombre, se suspendió la discusión a hora avanzada.

Toda la conferencia de la mañana del segundo día se dedicó a examinar y ponderar las notas explicativas del Reglamento. Podra
siempre reportar alguna utilidad el conocer cómo pensaban sobre ciertos detalles de la vida practica salesiana los antiguos directores,
presididos por el siervo de Dios don Miguel Rúa, que siempre se creyó en el deber de ser portavoz e intérprete del Beato fundador. Hay
seis puntos que nos parecen dignos de consideración.

1.° Los cambios de horario. Hubo un tiempo en el que la clase de canto ((60)) se daba después de cenar; mas tarde, uno tras otro, todos
los colegios acabaron por ponerla antes de la cena. Por otra parte, siendo cosa muy sabida la importancia que el beato Padre daba a la
integridad y uniformidad del horario establecido, se quería que este cambio fuera sancionado por la autoridad. La experiencia hecha
animaba a mantenerlo. Los muchachos sacaban mas provecho a aquella hora; los maestros daban la clase mas a gusto en aquel tiempo;
con este arreglo había mas orden y se perdía menos tiempo, porque los grupos iban directamente del salón de estudio a la clase de canto

o al repaso, mientras que, después de la cena, resultaba mas difícil y mas lento juntar a los alumnos 1. Sin embargo, la dirección del
Oratorio no quiso admitir el cambio de horario, sin la previa aprobación de don Bosco.
2.° Coloquio mensual. "Convenía tratar en él cosas de conciencia?
Hoy día el Código de Derecho Canónico ha cortado por lo sano: Omnes religiosi Superiores districte vetantur personas sibi subditas
quoquo modo inducere ad conscientiae manifestationem sibi peragendam 2. La cuestión ya había sido resuelta también negativamente en

1 Los muchachos del Oratorio, al salir del comedor, iban unos al patio; otros, voluntariamente, a clases de repaso con profesores
señalados para ello, y otros a clase de canto. Como no formaban filas, se necesitaba tiempo para reunir las dos últimas categorías, lo cual
obligaba a acortar la lección, porque era preciso suspender todo a la hora convenida. Acudían a las clases de repaso los más atrasados.

2 Can. 530, & 1. (El nuevo Código de Derecho Canónico (1983) reproduce en su canon 630, & 5, las mismas palabras: "Sin embargo
se prohíbe a los Superiores inducir de cualquier modo a los miembros para que les manifiesten su conciencia". Queda, por tanto, bien
clara la norma sobre la manera de proceder de los superiores: Aunque por el canon 968, & 2, tienen la facultad de oír confesiones de sus
súbditos, no deben hacerlo si éstos no se lo piden espontáneamente, y deben respetar su libertad en lo que atañe a la manifestación de su
conciencia. (N. del T.)
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otra ocasión por los nuestros. Pero hubo acuerdo en que era bueno indagar sobre las inclinaciones y hábitos en lo que éstos no
constituían materia de confesión, porque su conocimiento redundaba también en provecho de los súbditos y de esa manera era posible
asignar a cada uno ocupaciones más conformes con sus aptitudes y saber cómo dirigirlos en materia de obediencia, si con maneras
suaves o más enérgicas. Lo mismo que en reuniones anteriores, también en ésta se llamó encarecidamente la atención de los directores
para que recibiesen el coloquio con regularidad; pues debe considerarse como un medio eficacísimo para gobernar bien los colegios.

((61)) 3.° Conferencias quincenales. Unos pensaban que eran demasiado frecuentes para encontrar materia a desarrollar o a tratar en
tan breves intervalos. Otros opinaban que el problema estaba en encontrar tiempo para lograr reunir durante el día a todos los hermanos y
en juntarlos después de las oraciones de la noche, cuando estaban cansados y no se podían abreviar.

Hubo quien propuso el ejemplo de algún colegio, donde las conferencias se daban a las cinco de la tarde, confiando la asistencia del
salón de estudio, durante aquella media hora, a alguno que no perteneciese a la Congregación; que era aquél el momento elegido en el
Oratorio para la conferencia de los novicios; "por qué, pues, no introducir la misma costumbre en todas partes? Don Miguel Rúa dijo:

-Desde luego, la conferencia a las cinco de la tarde traerá su inconveniente y será preciso confiar a alguno la asistencia del estudio.
Con todo, no me parece grave; cuídese tan sólo de no confiar este cometido siempre al mismo hermano, sino que se alternen los socios, y
el que no asista a la conferencia haga que alguno de los que asistieron a ella le cuente lo que se ha dicho. Don Bosco da mucha
importancia a estas conferencias.

4.° Ritos sagrados. Una nota ordenaba a los sacerdotes que estudiaran a fondo las ceremonias; hubo quien reprochó la prisa con que
algunos sacerdotes salían al altar y volvían de él. Dijo don Miguel Rúa:

-Es una costumbre, desgraciadamente muy generalizada entre el clero diocesano, la prisa; tal vez sólo los Filipenses guardan aquí en
Turín la gravedad que pide la santidad de la acción. Tampoco se puede acusar de este apresuramiento a casi todos los nuestros; al
contrario, parece que, excepto en los Filipenses, en ningún otro lugar se procede con más gravedad que entre nosotros. Sin embargo,
empieza a verse esta prisa en algunos miembros de la Congregación; por eso cada director debe recomendar a sus sacerdotes un porte
decoroso en los ritos sagrados. Podrá parecer cosa de escasa monta; y, sin embargo,
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edifica mucho a los fieles, además de que así lo requiere la santidad del acto. Propiamente sería cometido de los catequistas vigilar esto;
((62)) mas por ahora nuestros catequistas son demasiado jóvenes y tienen poca autoridad sobre los otros sacerdotes; algunos son todavía
clérigos. Por tanto, tome sobre sí el director esta incumbencia y procure que in incessu (a la salida) e in recessu (a la vuelta) se proceda
con toda gravedad en las ceremonias de la misa.

Hubo otra crítica, con invitación a corregirse y corregir a los demás, para aquellos que mascullaban las palabras de las oraciones a la
ida y a la vuelta del altar, al hacer la preparación o dar gracias, o al rezar el breviario. íQué manera más fea de rezar! íY qué molestia
para los que están cerca!

5. ° Publicaciones. Un artículo del Reglamento decía: "No se mande imprimir nada sin consentimiento del Capítulo Superior". Para su
observancia se vio la necesidad de designar a un miembro del mismo Capítulo, con el encargo de conceder este consentimiento. Pero que
no actuara a su arbitrio, sino que informara de ello a los Capitulares y examinara él mismo el trabajo o lo hiciera examinar por persona
competente. Se decidió reservar la última palabra a don Bosco sobre este asunto.
6.° Envío de nuestras publicaciones a las casas. Era costumbre enviar a cada colegio dos ejemplares de los libros impresos por nuestra
cuenta, pero no de los libros impresos por cuenta de autores extraños. Que se siguiera enviando a cada hermano un ejemplar de las
Lecturas Católicas; y un número suficiente de ejemplares de las obras de la Biblioteca de los clásicos a los profesores.

Puso fin a la reunión el anuncio de la conferencia general, presidida por don Bosco, a las cinco de la tarde.

Fue ésta una sesión solemnísima, en la que tomaron parte todos los hermanos del Oratorio, incluidos los novicios y los aspirantes, en
total ciento cincuenta y seis. Se reunieron en la iglesia en San Francisco de Sales. Los Capitulares y los Directores se sentaron en círculo
en el presbiterio, de cara a la asamblea. Don Bosco estaba en el medio, al pie del altar. Abrió él la sesión diciendo:

-Queridos hermanos míos, henos aquí reunidos, según la costumbre de años pasados, con ocasión de esta fiesta de san Francisco de
Sales, para conocer la marcha ((63)) sanitaria, material, científica y también moral de cada una de las casas de nuestra Pía Sociedad, que
nos será expuesta por sus directores, aquí presentes. Empezará a hablar el director de la casa más antigua y seguirán los demás, por orden
de antigüedad de las casas; a continuación, se dará el informe del Oratorio.
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Al final hablaré yo, no de una casa en particular, sino de la marcha de la Congregación y de las cosas principales acaecidas durante este
año, que fueron muchas. Tiene la palabra el Director de Borgo San Martino.

Don Juan Bonetti dijo que su colegio era demasiado pequeño para la enorme cantidad de peticiones que se recibían; que no había hasta
el momento ningún enfermo en casa; que los hermanos necesitaban freno en su trabajo, pues los mismos profesores normales querían
encargarse de los repasos por la noche; que todos estos trabajos se vieron coronados con el aumento de vocaciones al estado religioso y
eclesiástico, fruto de las florecientes Compañías religiosas. Las escuelas municipales, confiadas a los Salesianos, se habían ganado, con
sus buenos resultados, la confianza de las familias y de las autoridades locales; tenían ciento treinta alumnos. Habiendo caído enferma la
maestra municipal, nuestras hermanas (así se decía entonces), que habían abierto una casa el año anterior en el colegio, iban a dar clasea
las niñas con inmenso placer de la población, que ansiaba que la instrucción femenina pasara definitivamente a sus manos. Además, las
hermanas, con su diligencia en el cuidado de la ropería del colegios tenían muy contentos a los padres y contribuían con sus oraciones a
la buena marcha del colegio. En efecto, la frecuencia de los sacramentos, la moralidad y la aplicación florecían tanto, que era necesario
dar gracias al Señor por ello. Terminó recomendando su propia casa a las oraciones de los hermanos.

Levantóse a continuación don Juan Bautista Lemoyne, y dio un buen informe a los hermanos del colegio de Lanzo, donde todos
formaban un solo corazón y una sola alma, donde su laboriosidad era tal, que le permitía afirmar, que también en Lanzo se trabajaba y se
trabajaba mucho.

((64)) Hacía dos años que los alumnos gozaban de perfecta salud, que parecía se debía atribuir a dos precauciones, a saber, no se
permitía a los muchachos beber agua después de cenar y se les obligaba a hacer el recreo bajo los pórticos. Había doscientos veinte
alumnos internos y ciento treinta externos. Estos últimos asistían a clase en nuestras escuelas municipales y, por consiguiente, también a
las reuniones dominicales. Faltaba un lugar de recreo para el oratorio, pero pensaba en ello el arcipreste Albert, que preparaba una capilla
para este fin.
Tres sacerdotes iban a celebrar la misa en las iglesias del pueblo. El director agradecía a los Superiores la óptima marcha moral y
religiosa del colegio, por el excelente personal que le habían proporcionado.

Don Juan Bautista Francesia informó sobre su colegio de Varazze.
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Los alumnos gozaban de salud envidiable, suficiente aplicación, vivo espíritu de piedad y animadísimos recreos. La casa tenía los
alumnos que cabían, es decir, ciento treinta; había tenido que rechazar muchas peticiones. Las escuelas municipales y las nocturnas,
atendidas por los nuestros, marchaban excelentemente. En el oratorio de San Bartolomé había reunión mañana y tarde de muchachos no
estudiantes; los estudiantes externos iban a la capilla de la Asunción para el oratorio festivo. Terminó con grandes elogios de su
personal, que recomendó a las oraciones de los hermanos.

Don Francisco Cerruti habló del colegio y liceo de Alassio. Tenían aquellas escuelas municipales quinientos alumnos, de los que
ciento sesenta eran internos, ya que no cabían más en los locales. No tenía que decir sino elogios de la marcha material y moral; pero
lamentó el perjuicio que causaban las vacaciones en los muchachos. Era algo que aterrorizaba: modelos de piedad y de moral que habían
vuelto al colegio aborreciendo todo lo que sabía a iglesia... Vista la insuficiencia de los medios humanos, había recurrido a la oración y
había tenido evidencia de su eficacia; en las novenas de la Inmaculada y de Navidad había logrado despertar el fervor y poner en marcha
todas las Compañías, de modo que, por fin, florecía de nuevo la piedad con la frecuencia de los sacramentos. ((65)) Concluyó diciendo
que el espíritu de los hermanos era bueno, que los muchachos externos acudían al oratorio festivo, que los internos eran muy aplicados y
que abrigaba la esperanza de que, como el año anterior, también en el presente abrazarían algunos la carrera eclesiástica. Esperaba
todavía que, gracias a las oraciones de los hermanos, se mantendría vivo en la casa de Alassio el fuego de la caridad y del celo por la
salvación de las almas.

Don Francisco Dalmazzo tenía la satisfacción de poder anunciar que en su casa de Valsálice el número de alumnos había subido de
treinta a sesenta; pero que no se podían compensar los gastos con las entradas, debido a los sueldos que se debían pagar a los profesores
externos. La aplicación, la piedad, la frecuencia de sacramentos, las Compañías, el trabajo de los Salesianos no dejaban nada que desear;
en cuanto a salud, hasta entonces no había habido ningún enfermo.

-Sean dadas gracias al Señor, exclamó, porque probablemente este año nos prepara alguna vocación.

Don Pablo Albera contó que en Sampierdarena estaba terminado el edificio y que era tan capaz como para duplicar los ciento veinte
alumnos de entonces. Se trabajaba y se estudiaba mucho; no había motivos para quejarse de la salud, pese a la situación de la casa,
expuesta a viento continuo. El comportamiento de los muchachos y de los
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hermanos ya había devuelto al redil alguna ovejita extraviada, es decir, algún sectario de la ciudad; la población aceptaba muy bien a los
Salesianos. Algunos hermanos iban a enseñar el catecismo los domingos a varias iglesias; acudían a la casa muchos jóvenes externos, a
los que se les enseñaba la doctrina cristiana en las clases, y después se los llevaba a la iglesia para la bendición eucarística. Los Hijos de
María Auxiliadora eran treinta.

-Rezad, dijo, para que nuestra casa pueda dar frutos abundantes de caridad cristiana.

Don Santiago Costamagna, que dirigía las Hijas de María Auxiliadora en Mornese, contó a los oyentes los rápidos progresos de esta
institución, verdadero grano de mostaza, que se convertía en un gran árbol. Las hermanas pasaban ya del centenar; ((66)) había continuas
peticiones de ingreso, pero necesitaban ser ayudadas por el Oratorio para mantenerse. Aquellas buenas hijas podían servir de modelo por
su humildad y su espíritu de abnegación; se preveía que serían preciosos auxiliares también en las misiones. Desgraciadamente la salud
dejaba mucho que desear; dos de ellas se encontraban en trance de muerte. La comunión de cada mañana, podía calificarse de general.
Pasaban de treinta y cinco las educandas; y tenían también a su cargo las escuelas municipales de las niñas. Las de los muchachos
estaban confiadas a un Salesiano. Monseñor Sciandra había aprobado por aquellos días las reglas del Instituto. Por último, se encomendó
especialmente a sí mismo a las oraciones de todos.

Don José Ronchail, director de la casa de Niza, se lamentó de la pobreza de su situación. Eran entre todos nueve personas, a saber:
cinco muchachos, dos clérigos, el cocinero y el Director. Los muchachos eran tan pocos, debido a las leyes de Francia. Todo el que
quisiera enseñar un arte u oficio a un joven, antes tenía que aprender él mismo a leer y escribir en lengua francesa. El sacerdote
extranjero tenía que pasar dos años en Francia para poder enseñar latín. Cada sacerdote no podía tener más de cuatro alumnos. "Cómo,
pues, se podía admitir a más muchachos y darles clase? Para poder reunir el domingo a los chiquillos y enseñarles catecismo y para estar
autorizados a tener en casa a algunos y darles clase, los Salesianos recurrieron al Gobernador, de religión protestante, el cual les
concedió lo que pedían, tras reiteradas instancias. Se temía que los nuestros trabajaran por fines políticos, a saber, que favoreciesen a
hurtadillas las maniobras de los que fomentaban la anexión de Niza a Italia. Fueron, pues, examinados a fondo sobre este punto. Un
comisario fue a inspeccionar la casa y, como encontró a los muchachos en el patio y que el director guardaba cama,
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informó a la Autoridad de que en aquella casa no se daba clase. De improviso, a los pocos días, llegó por escrito la licencia del
Gobernador diciendo que, visto el bien que se proporcionaba a la ciudad y dada la ausencia de finalidades políticas, se concedía dar clase
y catequesis.

((67)) -En Francia, dijo don José Ronchail, se trabaja mucho los domingos, pero la ley prohíbe mandar trabajar en este día a los
muchachos menores de dieciséis años. El Gobernador está dispuesto a hacer que se observe mejor este artículo de la ley, y la población y
las autoridades están contentas de nosotros. Algunos hablan mal de nuestra casa, otros bien, y otros son indiferentes. Muchos nos han
prometido ayuda, pero no debemos confiar en los hombres, sino en el Señor. Nos recomendamos a las oraciones de todos, porque Niza
necesita mucho que se trabaje por su bienestar.

En cuanto don José Ronchail acabó, tomó la palabra el Beato.

Como ya es algo tarde, y dentro de unos minutos sonará la campana para ir a la iglesia, me limitaré a decir una cosa muy importante; y
de la casa de Turín, del Oratorio, se hablará mañana por la tarde, cuando nos reunamos a la misma hora de hoy. Lo que hoy deseo
recomendar a todos los directores es que, al volver a sus casas, enseñen a los hermanos y a los muchachos a redactar las cartas.
Desgraciadamente no se escriben bien y el que las lee y examina no da el merecido reproche al que la escribió, sino a toda la
Congregación. Y no lo digo porque en general se haya observado este defecto en las cartas recibidas, sino porque hay que prevenir los
inconvenientes.

La escritura de las cartas tiene más importancia de la que, a primera vista, parece; mucha gente se forma buena o mala opinión de la
casa sólo por esto, es decir, examinando las cartas, que salen de esta casa o de los miembros de nuestra Congregación; y la alabanza o el
reproche que se merece uno solo, las más de las veces revierte sobre toda la casa y la Congregación, como si no supiéramos enseñar a
redactar una simple cartita.

Póngase, pues, siempre atención para que las cartas estén bien por su fondo y por su forma; esto es, que lo que se quiere decir esté bien
expresado. Procuren todos evitar los errores gramaticales y las faltas de ortografía. Además, la letra sea siempre inteligible, pues sucede,
a veces, que no se logra ser entendido por la persona a quien se escribe, lo cual es una verdadera descortesía.

Se empieza una carta poniendo primero, en la parte superior, el lugar de donde se envía y la fecha, con el día, mes y año, que no debe
colocarse entre el encabezamiento y el escrito.

No se debe comenzar la carta enseguida diciendo por ejemplo: Queridísimo amigo, te comunico que etc., todo seguido en el mismo
renglón; sino que ((68)) se pone el encabezamiento en un renglón y después más abajo se empieza la carta.

También me parece muy importante saber bien el tratamiento que debe darse a las distintas clases de personas; este título de cortesía
debe colocarse por entero y no abreviado, en la parte superior de la hoja y hacia la izquierda. La fecha va más arriba
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del título, pero a la derecha, y si se pone en el fondo de la carta, entonces se colocará al lado izquierdo del papel. Cuando se escribe a
personajes distinguidos, no se debe empezar la carta en la parte superior del papel, sino que hay que dejar la primera mitad en blanco.
Asimismo, la firma debe ponerse abajo, en el fondo del papel, dejando en blanco la parte que queda entre el cuerpo de la carta y la firma,
la cual debe ponerse siempre hacia la derecha. Las palabras de despedida "de V. S. ilustrísima", van siempre a la izquierda,
inmediatamente después de la carta, y precedidas de la consabida fórmula de respeto "tengo el honor", etc.

Creo que estas y otras cositas semejantes son de mucha importancia, especialmente para los clérigos y los socios de nuestra
Congregación.

Recomiendo, pues, de nuevo a los directores que, al regresar a sus casas, insistan sobre este punto, también a los alumnos confiados a
sus cuidados. Si se observa esto cuidadosamente, acaba por ser de mucha utilidad 1.

Durante aquellos días, los directores de las casas y los sacerdotes del Oratorio rodeaban al Siervo de Dios siempre que podían. El, por
su parte, aprovechaba todas las ocasiones para oír a cada uno de los directores en particular, y darles normas individuales según los
casos.
Esto le proporcionaba una íntima satisfacción, que le compensaba de los muchos disgustos, que los lectores no ignoran.

Por la noche del 2 de febrero, segundo día de las conferencias, hubo algunos sacerdotes, que conversando familiarmente con él después
de la cena, tocaron el tema del cronista, del que se había hablado en la sesión de la tarde del día anterior. Todos se daban cuenta de la
importancia que ello tenía. Entonces expuso el Beato ampliamente su pensamiento y dijo cosas notables, que don Julio Barberis
introdujo en su pequeña crónica y que nos parece útil trasladar aquí integramente. Dijo don Bosco así:

Lo más apremiante y que convendrá hacer, lo antes posible, es que cada director escriba brevemente la historia de su colegio, desde la
fundación hasta el presente y, a continuación, que siga registrando en ((69)) forma de crónica, o por años, los sucesos más importantes
de su colegio. Al redactar la primera parte, que se refiere al pasado, debe anotarse especialmente la fecha de la fundación, el desarrollo y
sucesiva ampliación del edificio, el número de alumnos y su creciente aumento de año en año, la condición de los mismos, su bondad, su
asiduidad en la recepción de los sacramentos y la moralidad. Quién vistió la sotana cada año, quién ingresó en la Congregación. Qué
relaciones hubo con las autoridades municipales y con la población. Funcionamiento de las escuelas externas, nocturnas y oratorio
festivo, etc., anotando, por cuanto fuere ello posible, las causas que produjeron determinados resultados, los medios que se emplearon
para obtener una y otra cosa, las dificultades que hubo que vencer y cómo se vencieron.

1 Estos detalles, con las normas de la época, ponen una vez más de manifiesto la metodología práctica de la pedagogía de don Bosco.

(N. del T.)
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Y después, progresivamente año tras año, registrar todas las cosas de la manera que he dicho, el número de alumnos, la fecha de
inauguración y fin del curso, especificando detalladamente la cantidad y calidad del personal que actúa en cada colegio, etc., etc.

Año tras año, cada director hará trasladar esta crónica a otro libro mayor, con buena letra, que se conservará en el archivo del colegio,
y el original o una copia del mismo, a medida que esté terminado un cuaderno, se enviará a Turín, para que los Superiores conozcan bien
la marcha de los colegios y puedan tener una norma y una historia de toda la Congregación.

Yo he escrito ya sumariamente diversas cosas que conciernen al Oratorio, desde sus comienzos hasta ahora; es más, hasta el año 1854
he escrito muchas cosas detalladamente. En 1854 comenzamos a hablar de la Congregación, y las cosas adquieren inmensas dimensiones
y toman otro cariz. He pensado que este trabajo será muy útil para los que vengan después de nosotros, y para dar mayor. gloria a Dios, y
por eso porcuraré seguir escribiendo. En este punto, no hay que tener consideraciones con don Bosco ni con nadie.

Veo que la vida de don Bosco está del todo entretejida con la de la Congregación; y, por tanto, hablemos de ella. Es preciso que se
conozcan muchas cosas para mayor gloria de Dios, salvación de las almas y mayor incremento de la Congregación; porque, digámoslo
ahora aquí entre nosotros, las demás Congregaciones y Ordenes religiosas tuvieron en sus comienzos alguna inspiración, alguna visión,
algún hecho sobrenatural, que dio empuje a la fundación y aseguró su establecimiento; pero, en la mayoría de los casos, la cosa no pasó
de uno o pocos de estos hechos. En cambio entre nosotros, las cosas proceden muy diversamente. Puede decirse que no hay nada que no
se haya conocido de antemano. La Congregación no dio ni un paso que no fuera aconsejado por un hecho sobrenatural; no hubo cambio,
mejora o ampliación que no fuera precedida por una orden del Señor. Por eso creo que aquí hay que dejar al hombre. "Qué me importa,
pues, que se hable bien o mal de todo esto? "Qué más me da que los hombres me juzguen ((70)) de una u otra manera? Que digan o que
hablen, monta poco para mí; no seré más ni menos de lo que soy a los ojos de Dios. Pero es necesario que las obras de Dios se
manifiesten. Nosotros, por ejemplo, habríamos podido escribir todo lo que nos sucedió antes de que sucediera y escribirlo
detalladamente y con exactitud. Y algunas cosas ya las había escrito para ni norma y consuelo.

Tercer día. Don Miguel Rúa presidió la sesión de la mañana. Se reanudó la discusión sobre las notas aclaratorias del Reglamento.
Destacamos seis cosas más, dignas de mención.

1.ª La merienda de los clérigos. "Convenía dejar a los clérigos libertad para merendar, o era preferible que se abstuviesen de ello? Se
opinó que don Bosco se inclinaba al no, aunque nunca se había pronunciado explícitamente. Había dicho, en una conferencia a los
novicios, al recomendarles no comer ni beber fuera de las comidas:

-Si las ganas de comer os lo piden, podéis merendar libremente, pero...

El Capítulo dejó la cuestión en el aire, aunque observando que no había necesidad, pues la comida que se daba al mediodía era
suficiente,
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tanto más cuanto que en ninguna Orden o Congregación se acostumbraba merendar. Sin embargo, no se allanaron algunas divergencias.

2.ª El cargo de catequista. Aquí la discusión se propasó. El tema era delicado. "No debía ser el catequista director de los clérigos? "No
era la segunda autoridad del colegio? "No tenía en los asuntos espirituales la misma autoridad que el prefecto en los materiales? Por otra
parte, los catequistas de los colegios solían ser demasiado jóvenes, y ordinariamente compañeros de algunos clérigos; carecían, por tanto,
de la necesaria autoridad. Pareció preferible establecer que fuera el director quien ejerciese el cargo de catequista para los hermanos.
Claro que, de este modo, siempre había el peligro de que con el ejercicio de este cargo hubiera desavenencias entre el director y un
hermano; pero, tal como estaban las cosas, no se veía otra salida. Andando el tiempo, cuando hubiera sujetos maduros en mayor número,
se remediaría este inconveniente.

((71)) 3.ª Entrada en el aposento ajeno. Lo prohibía el Reglamento.
Así, pues, cada uno debía resolver por sí mismo el aseo de la celda, salvo el director y el prefecto, que no tenían tiempo para ello y
recibían visitas en su propio aposento. Pero el director y el prefecto habían de servirse para ello de un coadjutor y no de un alumno. En el
colegio de Valsálice, donde los criados hacían las camas de los alumnos, podían también arreglar las celdas de los clérigos, para no dejar
a éstos en situación de inferioridad ante los alumnos.

4.ª Texto de religión. Se necesitaba adoptar un manual de sólida formación religiosa para el bachillerato universitario y para el grado
superior. En aquel momento no se encontró otro más a propósito para este fin que el libro del canónigo Giovannini, el cual combatía con
sólidos argumentos los errores del día y explicaba satisfactoriamente los dogmas recién definidos.

5.ª Vestido y calzado. Un artículo decía: "Ninguno tenga más de dos sotanas y dos pares de zapatos". Algunos lo encontraron algo
restrictivo; otros, por el contrario, lo calificaban de muy conveniente para cerrar así la puerta a ciertos abusos. Lo dejaron tal como
estaba.

6.ª Libro personal de cuentas del director. Otro artículo pedía que el director llevase un libro de cuentas separado, donde anotar todos
los gastos. "No parecía un duplicado superfluo? Ya había en la administración un libro de contabilidad general de entradas y salidas, y
esto podía ser suficiente. Pero don Miguel Rúa demostró la necesidad del libro del director, para descargo de responsabilidades en las
cuentas particulares. Con esto se cerró la sesión.

Las funciones de iglesia del día anterior, fiesta de la Purificación,
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habían obligado a suspender la conferencia general; así que se reanudó en la tarde del 3 de febrero. Asistieron a ella todos los profesos,
novicios y aspirantes del Oratorio, que volvieron a juntarse en la iglesia de San Francisco de Sales.

((72)) Don Luis Guanella, director del Oratorio externo de San Luis en Puerta Nueva, fue el primero en hablar. Dijo que acudían
asiduamente a las funciones dominicales doscientos cincuenta muchachos pobres, de buen corazón. Su gran aliciente era la Compañía de
San Luis, algún regalito una vez al mes y algún paseo que ayudaba mucho para animarlos a ser buenos.

Deseaba el Director que los buenos catequistas, estudiantes y aprendices, enviados por el Oratorio de San Francisco, se ejercitaran en
explicar llanamente algunas de las principales dificultades, para estar preparados a dar las explicaciones, que les pedían los muchachos.

Don Domingo Milanesio, director del Oratorio externo de San Francisco, espetó una media conferencia. Su Oratorio abarcaba tres
clases de muchachos: estudiantes, aprendices y los que sólo iban los domingos. Los estudiantes tenían clase por la mañana y por la tarde,
los aprendices por la noche. En la iglesia se seguía con las mismas funciones que don Bosco hacía en sus tiempos. Cada domingo se
distribuían de ciento cincuenta a doscientas comuniones, gracias al celo y paciencia de algunos sacerdotes de la casa. Se atendían
especialmente la Compañía del clero infantil y la de San Luis. Cada semana se celebraba una conferencia con los catequistas y en ella se
leían y explicaban algunas normas, hijas de la experiencia, sobre la manera de conocer a los muchachos y de saber tomar a cada uno por
su lado. Dio especialmente relieve a tres cosas:

1.ª Dividir el catecismo en partes y enseñar a los más pequeños lo estrictamente necesario. Luego, ir ampliando los conocimientos de
los mayorcitos, a medida que crecían en edad e inteligencia, de forma que un muchacho, al cabo de un determinado plazo, pudiese
conocer y saber todo el catecismo.

2.ª Para lograr que se guardase silencio en la iglesia, el catequista debía moverse poco de su sitio, hablar y corregir en voz baja y, en
vez de echar de la iglesia o poner de rodillas a los revoltosos, dejarlos en su sitio y, después, ((73)) enviarlos al Superior, para que les
hiciera las oportunas amonestaciones.

3.ª También se había experimentado el buen resultado que daba reunir a los muchachos cerca de la puerta de la iglesia antes de entrar.

Pero los catequistas debían encontrarse ya en sus puestos para
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recibirlos. Al entrar en la iglesia, entonar una canción piadosa, para cubrir los inevitables ruidos.

Había ciento veinte alumnos matriculados en las escuelas diurnas, y no todos asistían con asiduidad por incuria de los padres. Pero,
desde que se ordenaron los registros, y se comunicaba a los padres las ausencias de sus hijos, ya vigilaban un poco más su conducta.
Unos sesenta se confesaban cada sábado y cinco o seis comulgaban todos los domingos.

Los aprendices de las escuelas nocturnas eran muy buenos; a principio de curso había unas cincuenta comuniones. Se les enseñaba
catecismo, lectura, escritura, aritmética y canto. Y se insistía cada semana para que acudieran a confesarse.

-Esto parece molesto, añadió don Domingo Milanesio; pero se ha comprobado que les hace muchísimo bien. En las solemnidades
principales se distribuyen hasta trescientas comuniones.

Concluyó don Domingo Milanesio su discurso con una acción de gracias y un ruego. Agradeció cordialmente a los Superiores la ayuda
material que prestaban al oratorio festivo y les rogó encarecidamente que siempre lo tuvieran bajo su directo patrocinio, ayudándolo
también con sus oraciones.

Por último llególe el turno al Oratorio interno. Había correspondido informar a don José Lazzero que hacía aquel año de vicedirector
en lugar de don Miguel Rúa. Pero, a petición del mismo, el Capítulo Superior había consentido, en la sesión del día 27 de enero, que
siguiera don Miguel Rúa dando el informe de la casa madre.

He aquí brevemente su relación, dividida en cuatro partes, ((74)) de acuerdo con los grupos de personas, que componían el Oratorio.

1.ª Miembros de la Congregación. Progresaban en el verdadero espíritu religioso y en la caridad, lo cual debía atribuirse a la mayor
regularidad en el ejercicio mensual de la buena muerte, en la meditación diaria, a las cinco de la mañana para unos y a las nueve para los
otros, en la lectura espiritual de la tarde y en la lectura constante durante la comida y la cena.

2.ª Novicios. Aquel año vivían separados del resto de la casa; todo lo tenían aparte: patio, comedor, iglesia, dormitorio y sala de
estudio.
Eran unos sesenta, número nunca alcanzado hasta entonces. Se esperaba un buen resultado. Ardían en celo por el propio bien y el del
prójimo.

3.ª Estudiantes. Eran muy numerosos y buenos. Exito de los exámenes muy satisfactorio, lo mismo en el Oratorio que fuera. Su
espíritu
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de piedad se exteriorizaba en las obras. En muchos se había alcanzado la finalidad que se propone nuestra Congregación, pues de los
cuarenta y cinco alumnos del último curso, cuarenta habían vestido sotana, proporcionando así a los Salesianos un grueso contingente
para poder extender su radio de acción hasta fuera de nuestros países. Habían contribuido eficazmente a ello las Compañías, pero la de la
Inmaculada dejaba algo que desear, en cuanto a la regularidad de las conferencias. Se la consideraba como el último peldaño para
ingresar en la Congregación.

4.ª Aprendices. Había cosas en extremo consoladoras. Más regularidad que en los años anteriores; clases muy ordenadas; catequistas
celosísimos para enseñarles las verdades de la religión, asistentes unánimes para promover entre ellos la piedad y la caridad.

-Espero, afirmó don Miguel Rúa, que se obtendrán óptimos y abundantes frutos; mas, para ello, hay que decidirse a vencer y renunciar
a la propia voluntad. Y no lo digo porque falte entre nosotros este espíritu de sacrificio, sino porque sin él será muy poca la eficacia de
nuestros trabajos y escaso el mérito y el bien que puede obtener el que los hace.

((75)) Siguiendo el ejemplo de todos los demás, recomendó la propia casa a las oraciones de la Comunidad.

Una vez terminadas las relaciones de cada uno de los directores, tomó la palabra el Beato y pronunció este, por muchos motivos,
importantísimo discurso.

De los informes de cada uno de los colegios, casas y oratorios expuestos ayer y hoy, debemos sacar motivo para alegrarnos y agradecer
muy mucho al Señor, que ha querido que todas nuestras cosas marcharan bien y quedaran cumplidos nuestros deseos. Todas nuestras
casas rebosan de muchachos, de buenos muchachos, y los hermanos están muy animados a hacerles el bien: el literario y el moral. En
todo hay siempre un mejoramiento progresivo.

Pero en lo que se ha dicho no se mencionaron varias casas de Turín dirigidas por nuestra Sociedad. No se ha hablado del Oratorio de
San José, adonde van algunos de nuestros hermanos todos los domingos y durante la cuaresma para la catequesis, sin preocuparse por la
distancia, ni por la intemperie de las estaciones. Las cosas marchan muy bien en él, gracias a los cuidados que se dedican a los
muchachos pobres, y a la actuación del benemérito señor Uccelletti, fundador, propietario, sostenedor, catequista de aquel oratorio y
solícito asistente de los muchachos más indisciplinados y más díscolos. Está también la familia de San Pedro en Borgo San Donato, y
está el taller de San José aquí cerca de nosotros, en cuyas obras también toman parte nuestros socios.

Para expresar ahora mi pensamiento sobre la Congregación en su conjunto, debo anunciar que está en alza, ya sea por la continua
fundación de nuevas casas, ya sea por el crecimiento del espíritu religioso. Esto nos debe animar a redoblar nuestros
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esfuerzos y trabajos, al ver cómo los bendice el Señor. El número de los que ingresan en la Congregación, demos siempre gracias al
cielo, es algo muy satisfactorio. Son ya trescientos treinta los socios que la componen, como se aprecia exactamente en el catálogo que
estos mismos días se está imprimiendo. Ciento doce de ellos están ligados con votos perpetuos, ochenta y tres con los trienales. Los
novicios son muy numerosos y también hay varios aspirantes.

Hay, además, otro Instituto religioso, que nos ayuda mucho, dedicado al cuidado de las muchachas, lo mismo que nosotros nos
dedicamos a la educación de los muchachos. Es el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, unido a nuestra Congregación, que cuenta
con un poco más de cien religiosas. Sumadas éstas a nuestros hermanos, se obtiene un total de cuatrocientas cincuenta personas, que
trabajan para la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas, animadas por un mismo espíritu, bajo la misma dirección y la misma
bandera. Estas Hermanas tienen, además de la casa madre en Mornese, diócesis de Acqui, otra en Borgo San Martino y este año se
preparan para emprender ((76)) el vuelo a otros varios lugares. Pronto vendrán aquí a Turín, para abrir una escuela en frente de la iglesia
de María Auxiliadora y atender a tantas muchachas abandonadas como hay por estos alrededores; muchachas necesitadas materialmente,
pues muchas veces andan todo el día fuera de casa y casi sin comer, ya que sus padres no pueden proporcionarles alimento, y
moralmente porque están expuestas a toda clase de peligros y no tienen guía, ni instrucción que las salve.Se está preparando también
para las hermanas otra casa en Alassio junto al colegio. No se puede abrir todavía, porque hay que acabar algunas obras urgentes; pero,
ciertamente se podrá abrir en el mes de marzo.

El 10 de este mismo mes abriremos otra casa en Bordighera, Torrione Valle Crosia, pueblo construido como por ensalmo y hoy muy
extendido. No había antes ni una casa en este lugar, todo él cubierto de olivos. Hace muy poco se levantaron allí algunas casas por
razones comerciales, de agricultura y de veraneo; siguieron haciéndose casas y más casas y, actualmente, es una villa muy populosa. Los
protestantes consideraron aquel lugar muy apto para sus fines, pues no había allí curas, ni iglesias, ni escuelas, y fijaron su sede
principal. Abrieron escuelas para muchachos y muchachas, asilos, colegio mixto. Repartían libros y premios de toda clase y buscaban la
manera de pervertir a aquella población, que, por falta de escuelas católicas donde colocar a sus hijos, los envió a las de los protestantes,
atraída especialmente por el dinero, los premios y los solícitos cuidados que ellos desenvuelven por su bienestar y por la enseñanza. Así
que ha sido grande el estrago causado con las falsas doctrinas en el pueblo y especialmente en la juventud. Y eran grandes las
dificultades a vencer para contener tamaño mal.

El año pasado se concertó con el Obispo que abriéramos una escuela católica y una iglesia en aquella localidad. Ya está lista la casa y
dentro de unos días irá para allá don Cibrario, destinado como director, juntamente con algún Salesiano para que se encargue de las
escuelas de niños, y algunas Hijas de María Auxiliadora para las de niñas. Enseñarán el catecismo a los muchachos y a las muchachas y,
mientras tanto, el Director podrá esparcir por todo aquel pueblo la palabra de Dios e impedir que la gente se envenene, bebiendo el agua
empozoñada del error protestante. El oratorio festivo es el fin principal que nos lleva al Torrione.

Nuestra Congregación ha avanzado más este año con el vuelo hecho a América. Allí nos deseaban y esperaban, y las últimas noticias
enviadas por nuestros misioneros nos anuncian que llegaron a Buenos Aires, donde fueron recibidos con honor y respeto y donde son
muy queridos. El trabajo a desarrollar en aquellos lugares es inmenso y
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el campo es amplio, pero no importa; se trabaja con mucho fruto. Predican, confiesan y se desviven continuamente por el bien de las
almas. Administran la iglesia de la Misericordia de los Italianos y hay junto a ella una hospedería donde podrán albergar a los ((77))
Salesianos que vayan de Europa o que tuviesen que volver a nuestras tierras. Esta iglesia es el principal centro de reunión de los italianos
y en ella se predica en italiano, por lo menos una vez cada domingo. Allí han fijado su residencia don Juan Baccino y el señor Belmonte
y, por ahora, también don Juan Cagliero, que empezó enseguida una tanda de ejercicios espirituales para el pueblo. Si todo acaba como
ha empezado, según nos cuentan en sus cartas, se espera un bien extraordinario. Los otros Salesianos, capitaneados por el sacerdote
Fagnano, se trasladaron más al norte, a San Nicolás, de donde hemos recibido noticias ayer y hoy. Tuvieron un buen viaje. Les
recibieron muy bien y les tratan magníficamente. Están visitando la ciudad, preparan la adaptación del colegio, que es muy espacioso
para nuestro fin y se perfeccionan en el conocimiento de la lengua española, necesaria para dar clase y predicar.
Allí se abre ante nuestros ojos un inmenso campo y vemos una mies abundantísima de almas.

Además, tenemos muchas peticiones para abrir casas en la misma República Argentina, en Australia, en Uruguay y Paraguay, en la
China y en la India, en las Islas de Oceanía y en muchísimos otros lugares. Hay peticiones de Francia, en donde ya hemos puesto el pie
el año pasado abriendo la casa de Niza. Y es algo fabuloso ver cómo solicitan nuestra presencia por Italia y Piamonte. En Turín mismo
se nos ofrecen nuevos campos de trabajo para mayor gloria de Dios. Mas, para todo esto se necesitan verdaderos Salesianos, animados
del espíritu del Señor y dispuestos al sacrificio.

También este año comenzó la Obra de María Auxiliadora. Aunque un poco estancada en sus principios, por varias causas, ya va en
aumento y cuando alcance, como espero, grandes proporciones, reportará mucho bien a la Iglesia.

Hasta ahora, todavía no se ha podido reunir a estos jóvenes en un local separado; pero poco a poco también esto se logrará.

Hemos hablado del número que han alcanzado este año los hermanos y de las diversas obras exteriores atendidas por nuestra
Congregación. Ahora convendrá que diga con qué espíritu se hacen en general las cosas y qué debemos tratar de hacer de hoy en
adelante, esto es, cuál es el campo de nuestro trabajo. Se trata de preparar un extraordinario número de sujetos, y tales, que trabajen
mucho, verdaderamente mucho.

Si he de decir cómo veo al presente nuestras cosas, os puedo asegurar, y lo digo con un tanto de orgullo, que estoy contento. Es tal el
continuo aumento del número que, si no tuviese gran confianza en Dios, el cual hará que las cosas marchen bien, estaría aterrorizado,
como en parte lo estoy, al ver que la Congregación crece casi demasiado aprisa. Lo que me consuela es ver cómo los socios van
adquiriendo el verdadero espíritu de la Congregación; veo realizado el ideal que yo me proponía, cuando se trataba de juntar individuos
que me ayudasen a trabajar para la mayor gloria ((78)) de Dios. En general veo un espíritu de desinterés verdaderamente heroico, espíritu
de renuncia a la propia voluntad, obediencia conmovedora.

"Y en cuánto tiempo y con qué medios se consiguió todo esto? Cuando mi pensamiento compara los tiempos presentes con los
pasados, mi imaginación queda abrumada. Hace treinta y cinco o treinta y seis años, "qué había en este mismo lugar, donde ahora
estamos reunidos? "Qué había? íNada, absolutamente nada! Yo corría de acá para allá tras los muchachos más díscolos, más disipados;
pero ellos no querían
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saber nada de orden y disciplina, hacían burla a las cosas religiosas, de las que eran ignorantísimos, blasfemaban del santo nombre de
Dios y yo no podía hacer nada con ellos. Aquellos muchachos eran realmente vulgares y groseros y armaban continuas reyertas y
pedreas. Las cosas de entonces eran más bien buenos deseos que realidades.

En este mismo lugar y por los alrededores había campos de maíz, de coles, alguna huerta, y nada más. Se levantaba en medio una
casucha, o mejor, una covacha o taberna: era pobre por fuera, pero aún más por dentro. íEra una casa de inmoralidad! Un pobre cura,
solo, abandonado por todos y peor aún que solo, porque era despreciado y perseguido, tenía la vaga idea de hacer una obra buena, aquí,
precisamente en este lugar, en favor de los muchachos pobres.

Esta idea me obsesionaba, pero no sabía cómo realizarla; sin embargo, no se apartaba nunca de mí, era como el norte y guía de todos
mis pasos y acciones. Yo quería hacer el bien, hacer mucho bien y quería hacerlo aquí. Parecía entonces un sueño el pensamiento del
pobre cura, mas a pesar de todo, Dios lo realizó, cumplió los deseos de aquel pobrecito.

"Y de qué manera dispuso que se encarnase este deseo? Apenas podría deciros cómo se hizo todo esto. Ni yo mismo lo comprendo.
Sólo sé que Dios lo quería. Veo iglesias, muchos edificios, un sinnúmero de muchachos recogidos, tantos sacerdotes y clérigos que me
rodean, tantos Directores de Casas junto a mí. "Cómo se ha hecho todo esto? Veo los grandes sacrificios que se debieron hacer; debieron
ser intrépidos los que me seguían, para no rendirse; pero después de todos aquellos esfuerzos, ahora vemos el fruto. Miles de jóvenes
reciben el pan de la palabra de Dios, están aprobadas las reglas, establecida la Congregación, son muchos los socios, se mantiene y
aumenta el espíritu. íDése gloria a Dios!

Mas, al llegar aquí, siento que me corta el paso una grave objeción:

-íSí, don Bosco! Todo marcha muy bien, pero mientras tanto la parte económica está en pésimo estado. Obras por todas partes, por
doquiera gastos enormes, "cómo se puede ir adelante todavía sin recursos? "Dónde encontrar el dinero? Corremos el riesgo de la
quiebra.

íEh! Debo responder que, si yo tuviese que mirar las cosas sólo de tejas abajo, y con lo que tengo en la palma de mi mano, me sentiría
tentando de ceñirme la cabeza con un pañuelo blanco, disfrazarme e ir a sepultarme en la soledad de la Tebaida sin aparecer más en
sociedad; porque no veo la manera de arreglar nuestros asuntos con medios humanos. Pero, estamos acostumbrados a alzar los ojos
((79)) hacia arriba y confiar en la Providencia, la cual no nos falta. "Y cómo conseguir su socorro? Por el pasado podemos calcular
perfectamente el porvenir. En el pasado nos asistió la Providencia y esperamos que nos asista en el porvenir. Nos hemos encontrado
otras veces en las condiciones que hoy nos encontramos, es más, podemos decir que ésta es nuestra permanente condición. Añadiré que
nos hemos encontrado en casos peores y "nos faltó alguna vez la Providencia? íNunca! Siempre hemos salido con honra de nuestros
apuros. Si miramos atrás, hemos de ver en el pasado una prenda de seguridad absoluta para el porvenir. "Cómo se hizo hasta el presente
para caminar? íHemos confiado ilimitadamente en la divina Providencia! íY ésta no nos faltó nunca!

Tampoco nos faltará ahora. "Cuándo y en qué podría faltarnos la Providencia? íEn un solo caso! Cuando nos hiciésemos indignos de
ella, cuando se malgastase el dinero, cuando fuese a menos el espíritu de pobreza; es decir, cuando las cosas empezasen a marchar mal
por no cumplir las obligaciones que nos impone nuestra vocación. Pero, mientras vea lo que ahora veo, cómo se hacen por doquiera
sacrificios y esfuerzos para economizar de todas las maneras posibles, y cuán grande y desinteresado es el
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trabajo, no; estad seguros de ello, la Providencia no nos faltará. No tengáis ningún miedo. Hemos puesto nuestra suerte en manos de
Dios y siempre nos condujo hasta la meta suspirada.

Sin embargo, aun cuando nos apoyamos ciegamente en la divina Providencia, recomiendo con todo encarecimiento la economía.
Ahorremos cuanto se pueda, ahorremos de todas las maneras posibles, en los viajes, en los coches, en el papel, en los comestibles, en los
vestidos. No se malgaste ni un sólo céntimo, ni un sello de correo, ni una hoja de papel. Os lo ruego encarecidamente a cada uno de
vosotros, y en especial a los asistentes, a los profesores y a todos los demás, que se esmeren por hacer y lograr que sus subordinados
hagan toda suerte de ahorros e impidan cualquier gasto que adviertan.

Al mismo tiempo, búsquense todas las maneras para promover la caridad de los otros hacia nosotros, con piadosas industrias y
exhortaciones. Dice el Señor: Ayúdate, que yo te ayudaré. Hemos de hacer todos los esfuerzos posibles; no hay que aguardar la ayuda de
la Providencia de Dios estando nosotros mano sobre mano. Ella se moverá cuando vea nuestros generosos esfuerzos por su amor.

Pero tenemos que hacer buen uso de la caridad que nos hacen los otros. No hemos de preocuparnos por hacer nuestra vida más
cómoda, sino seguir la máxima de san Jerónimo: Habens victum et vestitum his contentus ero (teniendo con qué comer y vestirme me
daré por satisfecho). Y nada más.

Si lo hacemos así, nunca nos faltará la ayuda del Señor. Mirad: si hubiésemos querido hacer el presupuesto exacto y cabal para la
expedición a América y lograr la instalación de la Congregación en aquellas tierras, habríamos debido disponer, aun procediendo con
gran economía, de cien mil liras, ((80)) y hasta de trescientas mil, de haber querido pensar en todos los pormenores y eventualidades. No
hemos hecho estos cálculos y nos limitamos a decir:

-íLo que hacemos es para la mayor gloria de Dios! Dios nos pide que vayamos, Dios quiere que partamos.

"Y qué resultó? Se rezó, se pidió la bendición del Padre Santo, y se obtuvieron los medios; no faltó nada para los que partieron, ni para
nosotros. Por esto tenemos que exclamar estupefactos: -Son hechos extraordinarios de la divina Providencia, o mejor, hechos
milagrosos, los cuales demuestran que el Señor quiere servirse de nosotros para los fines de su misericordia.

Y ahora, "qué podemos hacer nosotros para corresponder a tanta bondad de la divina Providencia? íHelo aquí! Puesto que la Sociedad
está constituida, y nuestras Reglas aprobadas, debemos esmerarnos en practicar las Reglas por todos los medios y cumplirlas bien. Mas,
para practicarlas y cumplirlas, es necesario conocerlas y, por tanto, estudiarlas. Impóngase cada uno el deber de estudiar las Reglas. Ya
no estamos en las condiciones de antes, cuando ni las Reglas, ni la misma Congregación estaba aprobada y, por consiguiente, se iba
adelante con un gobierno tradicional y casi patriarcal. Pasaron aquellos tiempos. Debemos atenernos a nuestro código, estudiarlo en
todos sus detalles, comprenderlo, explicarlo, practicarlo. Debemos dirigir todas nuestras actuaciones según las Reglas.

Cuando los Directores lleguen a sus casas, pongan la mayor solicitud para que sus subordinados conozcan mejor nuestras
Constituciones. Dése a éstas la mayor autoridad, la autoridad suprema, que realmente tienen. íSon la majestad de las leyes! Háganlas
aprender y comprender, interpretándolas con caridad y buenas maneras.

En toda circunstancia, en vez de acudir a otras autoridades, preséntese la de las Reglas:
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-Las Reglas dicen así; las Reglas resuelven la cuestión de este modo; tú quisieras hacer esto, pero las Reglas lo prohíben; tú quisieras
dejar aquello, pero las Reglas lo mandan.

Y en las conferencias, en las exhortaciones, lo mismo en público que en privado, promuévase mucho la observancia y la autoridad de
las Reglas. De esta manera el gobierno del director puede ser paternal, como se desea entre nosotros. Haciendo siempre ver que no es el
Director quien quiere esto o aquello, quien prohíbe o aconseja, sino que son las Reglas, el subalterno no podrá tener ningún pretexto para
murmurar o desobedecer. En una palabra: el único medio para propagar nuestro espíritu es la observancia de nuestras Reglas.

No hay que hacer nada, ni siquiera lo bueno, contra ellas o sin ellas; porque, si se quiere trabajar, aun con buen espíritu, pero no dentro
del ámbito determinado por nuestras Reglas, "qué sucederá? Que cada uno trabajará, supongamos que hasta mucho, pero será un trabajo
individual y no colectivo. Y, en cambio, el bien que se debe esperar de las Ordenes religiosas, procede precisamente de que trabajan
colectivamente; de no ser así, resultaría imposible lanzarse a ninguna gran empresa. ((81)) Si nos alejamos de lo que estrictamente piden
las Reglas y se sigue trabajando, uno comenzará a irse por aquí, otro por allá, para un fin bueno, pero individual; sería el principio de la
relajación; y estas obras no serían bendecidas por Dios como las primeras. De ahí procede necesariamente la necesidad de una reforma y
eso debilita mucho una Congregación, como hemos visto que sucedió a muchas Ordenes religiosas, y siempre con grandísimo
menoscabo de la salvación de las almas. "Y después? Después vienen la decadencia y la ruina total. La observancia de las Reglas es el
único medio para que pueda durar una Congregación.

El Superior lo es todo entre nosotros. Todos deben echar una mano al Rector Mayor, sostenerlo, guiarlo de todas maneras, convertirlo
en centro único de todo. El Rector Mayor, a su vez, tiene las Reglas: y no se aparte nunca de ellas, pues, de lo contrario, el centro deja de
ser único y se dobla, para convertirse en un doble centro: el de las Reglas y el de su voluntad. Es necesario, en cambio, que las Reglas se
encarnen, por decirlo así, en el Rector Mayor: que las Reglas y el Rector Mayor sean una misma cosa.

Lo que sucede con el Rector Mayor respecto a toda la Congregación, es preciso que se cumpla con el Director en cada casa. El debe
formar una sola cosa con el Rector Mayor, y todos los miembros de su casa una sola cosa con él. Y también deben estar como
encarnadas en él las Reglas. No debe aparecer él, sino la Regla. Todos saben que la Regla es la voluntad de Dios y el que se opone a las
Reglas, se opone al Superior y a Dios mismo.

Háblese siempre de este modo a los hermanos:

-Hay que hacer esto o aquello; es estrictamente necesario que cada uno se comprometa a hacer tal trabajo, porque así lo mandan las
Reglas en tal artículo; ahora es preciso que nos pongamos todos de acuerdo para hacer esto o aquello, porque las Reglas insisten en ello.

Así, pues, siempre que un Director quiera actuar y deba tomar una medida o deliberación, póngase siempre al amparo de las Reglas y
no proceda nunca por su propia voluntad o autoridad. Diga:

-Hay que hacer así porque así lo dicen y así lo quieren las Reglas.

Esta manera de proceder por parte de los Directores acarreará muchísimo bien a la Congregación.

Procúrese, además, mantener la dependencia entre el Superior y el inferior, y eso
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espontáneamente y no coacte (a la fuerza). Los subalternos deben comprometerse a rodear, ayudar, sostener, defender a su Director,
cerrar filas en torno a él y ser una sola cosa con él. No hagan nada independientemente de él, porque haciéndolo así, dependen de las
Reglas y no de él.

No quiero decir con esto que no se actúe en cada uno de los momentos, sin el consentimiento del Director; así, por ejemplo, el que
barre, no tiene que ir a preguntar al Director después de cada habitación que barre, qué otra debe limpiar; el que da clase, no tiene que ir
a preguntar al Director, cada vez que termina la traducción de un autor o de un capítulo, qué otro libro debe explicar; y asimismo, ((82))
el cocinero no tiene que ir a preguntar todos los días al Director qué plato ha de preparar para la comida o para la cena; pero, entiendo
que todos deben regularse por los avisos y las normas que ha dado el Director; y que en las cosas, que deben hacerse en general o en los
casos imprevistos, no se proceda a capricho, sino que siempre se tenga la vista puesta en el centro de unidad.

Por lo demás, en las cosas ordinarias y de cada día saben todos muy bien qué es lo que conviene a su cargo sin tener que acudir al
Superior, tanto más cuanto que cada casa tiene ya reglas fijas para el desempeño de cada atribución. Todos tienen en su poder las Reglas;
procure, pues, cada uno cumplir su deber, tal como lo pide el cargo que le fue asignado, como buen cristiano y buen religioso.

íVoy a terminar! Ha llegado el momento de tener que volver a separarnos. "Qué pensamiento os dará don Bosco, que nos sirva para
conducirnos rectamente ahora en el presente, y siempre en el porvenir? Tengo un gran pensamiento que manifestaros, muy útil para
todas las casas, que debe servir de guía, especialmente este año y siempre;
un pensamiento que, si lo seguís, hará florecer nuestra Sociedad. Este pensamiento se expresa con una sola palabra: OBEDIENCIA.

Procure, cada cual en su esfera, ser obediente a las Reglas y a los mandatos de los Superiores. Hágalo cada uno por su cuenta y
promuévase entre los demás hermanos. Incúlquese esta virtud en los inferiores, en los alumnos, en todos. Cuando en una comunidad o
Congregación reina esta virtud, todo marcha bien.

Toda la religión, decía un gran Santo, consiste en la obediencia, pues ella engendra todas las virtudes y las conserva. Seamos
obedientes y tendremos paciencia, caridad y pureza, que es muy particularmente el premio de la humildad.

Por tanto, sea la obediencia el tema de las lecturas, de los sermones y de muchas conferencias. Lea cada uno y vuelva a leer
atentamente el capítulo de nuestras Reglas, donde se habla del voto de obediencia; es más, apréndase de memoria este capítulo.

Y el punto más importante, en torno al cual debe versar nuestra obediencia, es el de las prácticas de piedad, que son como el alimento,
el sostén, el bálsamo de la virtud misma. Mande el Director que se lea bien este capítulo, procure observarlo y hágalo observar. La
obediencia, especialmente en cuanto se refiere a las prácticas de piedad, es la llave maestra del edificio de nuestra Congregación, es la
que lo sostendrá.

No quiero entreteneros más. No hace falta que diga más cosas; sólo quiero exponeros todavía, antes de terminar, otra reflexión para
que todos nos animemos a recorrer generosamente nuestro camino. Si un pobre sacerdote, sin nada y aún menos que nada, contrariado
por todos y por todas partes, pudo llevar las cosas hasta el punto donde hoy se encuentran; si, repito, uno solo hizo todo lo que estáis
viendo, y lo hizo sin nada, "qué bien esperará el Señor de trescientos treinta hombres, sanos, fuertes, de buena voluntad, ricos en ciencias
y ((83)) con los poderosos medios que ahora poseemos? "Cuánto podréis hacer apoyados en la Providencia?

El Señor espera de vosotros grandes obras; yo las veo claramente, esparcidas por
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todas partes, y podría, ahora mismo, exponéroslas una a una o, por lo menos, mencionároslas; mas, por ahora, pienso que no debo
hablaros de ello. Si alguno me recuerda estas palabras el año próximo, podré haceros ver las grandes cosas que el Señor se ha dignado
iniciar este año y especialmente una, que os llenará de estupor. Dios ha comenzado y continuará sus obras, en las que todos tendréis
parte. Estas conciernen al estado floreciente de la Congregación; y ellas, cuendo yo me encuentre en la eternidad, traerán relevantes
consecuencias para la salvación de las almas y la gloria de Dios, ayudarán al bien universal de la Iglesia, serán ocasión de gloria (sí,
dejad que diga esta palabra) para nuestra Congregación. Y en verdad, las maravillas, para cuya consecución quiere el Señor valerse de
nosotros, los pobres Salesianos, son grandes. Vosotros mismos os maravillaréis y quedaréis atónitos al ver cómo habéis podido hacer
todo esto ante los ojos del universo y para el bien de la sociedad humana.

El Señor fue quien comenzó las cosas. El quien las puso en marcha y las dio el incremento que tienen ahora; El las sostendrá al correr
de los años, El las llevará a término. Dios está dispuesto a hacer todas estas grandes cosas, que contribuirán al maravilloso aumento de
los socios. Una sola cosa nos pide, y es que no nos hagamos indignos de la bondad y misericordia que nos tiene. Mientras
correspondamos a sus gracias con el trabajo, con la moralidad y el buen ejemplo, el Señor se servirá de nosotros y vosotros os
asombraréis de que se haya podido hacer y de que podáis hacer tanto; pues, si se procede con el espíritu de dulzura y de laboriosidad de
san Francisco de Sales, el mundo debe rendirse y de ahí vendrá la gloria de Dios y el bien de la Sociedad. Y nosotros deberemos
exclamar: Omnia possum in eo, qui me confortat (Todo lo puedo con El, que me anima).

Hacia el fin de su discurso el Siervo de Dios parecía sumamente emocionado, y todas sus palabras habían adquirido una energía
extraordinaria. El anuncio de "grandes cosas" para el año siguiente impresionó al auditorio; tenemos de ello algún indicio en un
minúsculo diario de don José Lazzero, que no se conformó, en esta fecha, con escribir escueta y seca una de sus notitas de agenda, sino
que, después de escribir: "2, 3 de febrero. Conferencia en la iglesia pequeña con los informes de los Directores de las casas", sintió la
necesidad de añadir:
"Hizo la clausura don Bosco prediciendo que este año emprenderá la Congregación algo que un día reportará gloria a la misma y ((84))
provecho a la Iglesia universal". El Beato quiso referirse principalmente, como lo dirá en las conferencias del 1877, a su grandiosa
concepción de los Cooperadores Salesianos, madurada poco a poco, realizada en su forma definitiva a lo largo de este año y destinada a
un porvenir, cuya idea cabal tuvieron dificultad en formarse de buenas a primeras, quién más quién menos, sus mismos colaboradores 1.

Que era eso a lo que en realidad miraba, nos lo confirma la declaración confidencial, que hizo a don Julio Barberis el 19 de febrero.

1 Véase, vol. XI, cap. IV.
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Después de tocar ligeramente el tema de la Obra de María Auxiliadora y las famosas escuelas de fuego, ya definitivamente encaminadas,
siguió diciendo:

-Ahora estoy preparando otro asunto muy importante, la Asociación Salesiana. Hace mucho tiempo que trabajo en él, pero resulta muy
difícil establecer cosas positivas. Hace casi dos años que doy vueltas a la madeja. Ya voy a darla forma, y antes de fin de año la
publicaré. Se requerirán dos años para consolidarla.

Asunto muy importante, largos estudios preparatorios, publicación a fin de año, son todos ellos otros tantos elementos que nos prestan
la llave para captar el sentido de las palabras dichas en la conferencia.

Pero estas palabras nos suministran también una prueba para demostrar cuán infundada sea la opinión de que el origen de los
Cooperadores Salesianos se debió a una idea de don Luis Guanella, cuando éste era Salesiano. Don Bosco dice entonces, en febrero de
1876, que pensaba en ello "hacía mucho tiempo", y que "hacía casi dos años" que daba vueltas al asunto; en efecto, el primer
"Programa" para los Cooperadores se redactó en 1874; pero hay un esbozo inicial del año 1841, como ya se dijo en el volumen anterior.
Ahora bien, don Luis Guanella llegó al Oratorio en 1875. Que el mismo don Luis Guanella pudiera haber creído tal cosa, no nos extraña.
Cuando el Beato don Bosco rumiaba planes importantes, solía indagar la opinión de otros acerca de ellos, sin dejar traslucir sus propias
intenciones; ((85)) es más, aparentaba tomar en consideración lo que le decían, de suerte que dejaba en sus interlocutores la persuasión
de haberle proporcionado grandísimas luces. Era natural que el Siervo de Dios manifestara a un hombre como don Luis Guanella su plan
y quizá también que le pidiese le presentara un esbozo conforme a su manera de pensar, de forma que, después, él se imaginase que le
había sugerido la idea. "No podría también el ministro Urbano Rattazzi, después del célebre coloquio de 1857 1, haberse quedado con la
impresión de haber sido precisamente él quien le sugirió la idea de la Pía Sociedad Salesiana?

La última conferencia, que se celebró el día 4 de febrero por la mañana, y a la que asistieron solamente los Directores y los miembros
del Capítulo Superior, fue presidida por el Siervo de Dios. Ya no se trataba de discutir, sino de oír la palabra del amado Padre. Sin
embargo, se le expuso que, en las reuniones presididas por don Miguel Rúa, se habían leído y examinado las deliberaciones tomadas en
las conferencias

1 LEMOYNE. Memorias Biográficas, vol. V, pág. 495.
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generales de los años anteriores, para juntarlas todas e imprimirlas. El Beato dio su aprobación; sólo pidió que, antes de pasarlas a la
imprenta, se las presentaran a él, porque deseaba eliminar alguna expresión dura, ya advertida.

-Mientras sea posible, dijo, evítense siempre los choques y váyase adelante poquito a poco.

Después comenzó a hablar así:

Voy a decir ahora dos cosas, que me había propuesto deciros antes de que cada uno se vaya para su propio colegio; y, después, ya me
diréis lo que se acordó en las conferencias de los días pasados y me sugeriréis lo que os parece se debe hacer para mayor gloria de Dios y
bien de la Congregación.

Lo primero que deseo advertiros es esto. Dispongan los Directores que, cuando yo voy a visitar las casas, pueda hablar con todos los
miembros de las mismas, esto es, con todos los hermanos de nuestra Congregación: que no quede uno, con quien yo no pueda hablar.
Facilíteseles el conversar con don Bosco, anúnciese previamente mi llegada y el deseo que tengo de hablar con todos. Por consiguiente,
comuníquense a los hermanos las horas que se fijan para la audiencia y se exhorte en general a que, quien tuviese algo ((86)) especial
que decirme se prepare para manifestar libremente todo su corazón. Mi fin principal en estas visitas es quitar la animosidad, que algunos
pudieran tener con el Director. En estas circunstancias hablan conmigo de buena gana, descubren sinceramente su corazón y yo puedo
arreglarlo todo en paz. El Director, por su parte, quitará las causas que puedan haber producido estos descontentos, y así quedará
restablecido el orden de la caridad.

Ocurre a menudo que alguno cree que el Director le mira con malos ojos y supone que el Superior tiene algún no sé qué contra él,
mientras que el Director no tiene nada en absoluto en su contra, ni sospecha siquiera que el hermano tenga este prejuicio. Semejante
aversión, aunque a menudo no manifestada, dura meses y meses. Ahora bien, cuando yo voy de visita, si estos tales no tienen
oportunidad para hablarme, creen que el Director ha dispuesto así las cosas y se entristecen todavía más. En algunos colegios me sucedió
que, varias veces seguidas, no pude, por diversas causas, hablar con alguno, el cual me escribió después cartas realmente dignas de
compasión, que casi sobrepasaban los límites de la violencia, cuando todo había sucedido impensadamente.

En la situación en que se encuentran nuestros colegios, toda la vida de los socios está personificada en el Superior. Diría que una sola
mirada suya, puede consolarlos o entristecerlos; es preciso, por tanto, que cada uno de vosotros se esfuerce por ser afabilísimo con todos
y dar pruebas a cada uno de especial afecto.

Para que mis visitas resulten más provechosas, bueno será que se me dé una nota de los hermanos que hay en casa, para que yo sepa a
quién vi, y a quién no vi todavía. Es más, será mayor el provecho, si cada nombre de esta nota lleva su apostilla. Por ejemplo: convendría
que a fulano le hablase de esto o de aquello; éste necesita una palabra de aliento sobre tal punto; a éste hay que frenarlo respecto a tal
cosa, o amonestarlo por tal defecto. Yo procuraré proceder con prudencia y cumplir los deseos del Director, de modo que el hermano no
se dé cuenta de ello, y sirviéndome del aviso sólo cuando yo juzgue que será para mayor gloria de Dios. De este modo las visitas
resultarán verdaderamente provechosas.
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Otra cosa os diré, ahora que la recuerdo. Al volver a vuestros colegios, avisad a los hermanos que se trata de formar una nueva
expedición para las Misiones de América. Quien desee formar parte de ella que haga la petición; y el que ya la hubiese hecho, si
persevera en el deseo de ir, que la renueve. Bastará que me escriba una cartita en este sentido: Si hace falta, yo estoy dispuesto a ir a las
Misiones. De este modo se pueden proporcionar a las Misiones las personas que la Congregación cree oportuno enviar, y, al mismo
tiempo, se envía sólo a los que decididamente lo desean, sin forzar a ninguno a dar este paso. Si uno ya hizo la petición, conviene que la
repita, escribiendo, por ejemplo, la siguiente frase: Yo soy siempre del ((87)) mismo parecer.
Muchos vienen al Oratorio expresamente para tener la oportunidad de ir a las misiones y es conveniente contentarlos. Por ejemplo,
Allavena me dijo llanamente para ingresar en la Congregación:

-Si usted cree que puede servirse de mí para ir a misiones, ingresaré en la Pía Sociedad; éste es verdaderamente mi deseo.

Y vino de perlas que estuviese tan decidido para cualquier caso, pues como alguno se retiró en el momento de la partida, Allavena, sin
decir palabra, se encontró preparado.

También los clérigos pueden hacer esta petición, con tal de que estén verdaderamente resueltos. Pero nosotros iremos siempre despacio
antes de interrumpir sus estudios.

No hace falta que repita nuevos avisos para que se cultiven mucho las vocaciones al estado eclesiástico. Este es el fin principal, al que
ahora tiende nuestra Congregación. La extraordinaria escasez de clero, que se deplora cada año más, es el mayor mal que actualmente
nos amenaza. Lo que deseo deciros son unas normas o santos ardides para cultivar con provecho estas vocaciones. Investíguese, pues,
quiénes son los que se sienten inclinados hacia la Congregación, pero no se empuje a ninguno para ingresar, antes al contrario, déjese en
completa libertad al que desea entrar en el Seminario y esperemos, con tal de que sean aptos, que obtengan mucho fruto con su
apostolado. Pero, "qué se le debe responder a quien pidiere, sobre todo si el que pregunta está dudoso y se inclina más hacia el clero
secular que a ingresar en la Congregación? He aquí lo que yo creo es un gran consejo. Cuando se ve que un joven, bastante bueno en el
colegio, suele cometer alguna falta grave contra la moralidad durante las vaciones, y que, al regresar al colegio, arregla las cuentas de su
alma y durante varios meses y aun todo el curso no tiene que acusarse de nada en este punto, si éste desea ser sacerdote, el consejo que
ciertamente le daría yo, sería éste:

-Si quieres ser sacerdote y vivir en el mundo, te equivocas; no te hagas sacerdote, o bien, entra en un Congregación u Orden religiosa.

Esto es evidente; porque, si se hace clérigo y va al Seminario, "cómo resistirá durante las vacaciones tan largas y desastrosas?

Por el contrario, si está retirado, entonces puede que, con menos peligros y más ayuda de lecturas, meditaciones, sacramentos, se
mantenga fácilmente en gracia. Si, en cambio, se hace clérigo para la diócesis sucederá lo que vemos les pasa a muchos, que visten la
sotana y al poco tiempo la dejan, o que los Superiores eclesiásticos se ven obligados a mandársela quitar.

En este caso dígase lisa y llanamente en la confesión a ese joven:

-Si te gusta la vida retirada, hazte capuchino, dominico, o cartujo; ven con nosotros, haz como más te guste y así, lejos del mundo,
podrás hacer mucho bien para ti mismo y salvar almas, pero no te aconsejo el seminario; quédate más bien de seglar; un buen seglar
puede alcanzar muy bien su eterna salvación.

((88)) Yo creo que, para la vocación, son absolutamente necesarias tres cosas. Inclinacion,
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estudio y morum probitas (honradez de costumbres). Si no se tiene inclinación, es inútil todo lo demás, a no ser que, como ocurre
muchas veces, esto sea sólo por timidez; en cuyo caso se puede muy bien alentar a ir adelante. Por lo que toca al estudio, atiéndase al
resultado de los exámenes. Queda luego la honradez de costumbres. Esta es absolutamente necesaria; a no ser que uno quiera vivir en
riguroso retiro y sea siempre buena su conducta, salvo el caso en que sean las ocasiones las que lo arrastran al mal camino.

Ahora diré alguna de las industrias, que pueden ayudar mucho a cultivar las vocaciones, aunque algunas puedan parecer
insignificantes.

1.ª Frecuente recepción de los sacramentos; y no me detengo en este punto, porque todos saben lo útil que resulta. Esto es lo normal en
nuestras casas.

2.ª Es necesario mucho cariño con los muchachos y tratarlos bien. Esta bondad de trato y este cariño deben ser el rasgo característico
de todos los Superiores, sin excepción. Todos juntos lograrán atraer a uno, pero basta uno para alejar a todos. íOh, cómo se encariña un
muchacho, cuando se ve bien tratado! Pone su corazón en manos de los Superiores.

3.ª No sólo hay que tratarlos bien, sino que, a un mayorcito que ofrece alguna esperanza, debe concederle el Superior mucha confianza.
Debe, por ejemplo, tomarlo aparte y decirle:

-Mira, amigo mío, necesito que me hagas este trabajito, que me copies esta hoja (y puede ser algo sin la menor importancia y que no
necesitamos para nada), pero necesito que nadie lo sepa. Si te parece que puedes hacerlo en el salón de estudio cuando no están los
demás o cuando nadie te vea, bien; de lo contrario, vete a tal sitio, habla con tal superior que te indique un lugar y después, cuando hayas
terminado este trabajo, me lo traes.

Parece una nonada insignificante; pero el llamarlo aparte, el dar importancia a la cosa, ese no sé qué de secreto, hace que el muchacho
quede atraído irresistiblemente hacia el superior y haría cualquier sacrificio por él y apega el corazón a quien supo ganárselo de esta
manera. También ayudará, por ejemplo, tomar aparte a un muchacho y decirle:

-Necesito que me hagas estos días un favor muy grande, "serías capaz de hacer un par de comuniones verdaderamente fervorosas según
mi intención?

Contestará afirmativamente.

-Elige los días a tu gusto; pero me agradaría saberlos para que podamos unir nuestras oraciones.

-Elegiría tales días.

-Muy bien; cuando hayas comulgado las dos veces, ven a decírmelo y entonces, si puedo, te diré el motivo.

Ese muchacho queda medio conquistado con este rasgo de afectuosa confianza. Cuando vuelva, después de comulgar, ((89)) se le
podrá decir por ejemplo:

-"Sabes qué gracia tenía yo tanto interés en alcanzar?

-No.

-"Quieres que te la diga? Mira, hacía yo oraciones especiales y he querido que también las tuyas estuviesen unidas a las mías, porque
quería pedir al Señor por mi santidad y por la tuya; y que nos haga santos a los dos; que, unidos siempre, materialmente en esta tierra,
podamos un día estar juntos en el cielo. "Te gusta así? "Quieres comprometerte muy de veras para que sea así? íAnimo! Yo seguiré
rezando, para que la empresa, que hemos comenzado, siga adelante prósperamente; y tú también rezarás para este fin, "verdad?

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Pequeños ardides, pero forman parte del mecanismo que trabaja poderosamente en nuestras casas, y puede afirmarse que son las
fuentes que alimentan nuestra Congregación. Muchos jóvenes se resuelven después de estos rasgos de especial confianza que se les da.

En este momento asomó a los labios de los reunidos una sonrisa general, y repetía cada uno:

-Es verdad; así me cazó a mí... puede decirse que de este modo nos engatusó afortunadamente a todos nosotros... íOjalá pudiéramos
atrapar nosotros en nuestra red a muchos otros!

Don Bosco, después de una breve pausa, prosiguió diciendo:

4.° Contribuye también mucho el hacer bien las ceremonias litúrgicas, que demuestran el sosiego y santidad con que se debe proceder
en el estado eclesiástico, al que tal vez se sienten llamados.

5.° Contribuye inmensamente la promoción del clero infantil. Opino que es un semillero de vocaciones eclesiásticas. El que se reviste
de monaguillo, o ve así vestido a su compañero, y le gusta verle hacer bien las ceremonias, hacerlas pausadamente y tener un puesto
distinguido en el altar, no puede por menos de sentirse algo inclinado a este estado. Este espectáculo servirá, por lo menos, para romper
el hielo del que no puede ver a los curas.

Hay también algunos entre nuestros alumnos que, como oyen continuamente en sus casas hablar mal de los curas, los desprecian como
gente avarienta; y, por desgracia, pueden haber tenido ejemplos ante sus ojos. Puede que haya en algunos verdadera ojeriza contra los
sacerdotes, por no haberlos tratado nunca de cerca.

Pero cuando ven aquí a los sacerdotes preocupados por hacerles todo el bien posible y ven después a sus mejores compañeros que
tienen el privilegio de vestir de monagos, se forman un alto concepto de este estado. No hace mucho tiempo sucedió el hecho siguiente.
Un buen muchacho, verdaderamente bueno, había manifestado deseo de hacerse sacerdote en los primeros meses de su estancia en el
Oratorio. Poco tiempo después le pregunté sobre su vocación, y me dijo claramente:

-Ya no quiero hacerme sacerdote.

((90)) -"Cómo es eso?, le pregunté; tú tenías vocación.

-Pues no; ya no quiero ser sacerdote, replicó resueltamente.

Me quedé aturdido; sobre todo porque el muchacho seguía siendo un verdadero modelo de buena conducta. Entonces yo le pedí que
me dijera, por favor, qué motivo le había hecho cambiar de parecer. Después de mucho vacilar, me dijo:

-Pues mire, fulano me ha hecho ver que todos los curas son malos. No es más que hipocresía lo que aparentan. Tiene él un pariente
canónigo y le ha oído contar la vida que se llevan muchos párrocos... que admiten en su casa personas... que viven mal... Antes que ser
un cura granuja, no quiero serlo nunca, jamás. Yo quiero salvar mi alma.

Le animé a no renunciar tan fácilmente a su vocación, le demostré la absoluta falsedad de lo que le habían dicho y, sin insistir más, le
añadí:

-Haz lo posible por olvidar lo que ese perverso te contó, no pienses más en ello. Por tu parte, haz así: arrodíllate un instante ante un
crucifijo o ante el sagrario y di para ti mismo: -Si yo me encontrara a punto de morir, "qué desearía haber hecho?

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"Qué estado desearía haber abrazado para poder salvar mi alma con más facilidad y hacer el bien? Piensa en esto y después contéstame.

Aquel joven se arrodilló un rato ante un crucifijo, volvió y me dijo:

-Me haré sacerdote, sí; pero no en el mundo. íQuiero estar completamente apartado de él!

Esto era lo que yo quería.

6.° Aprovechará también mucho el conceder a un muchacho mucha familiaridad. Hacerle pasear alguna vez a solas con nosotros,
charlar, reír, escucharle; hacer que nos cúente algo de su vida en casa, por el campo, por los prados, en la viña, en la alquería, etc. Si son
tratados con esa familiaridad y preguntan sobre su vocación, hay que sugerirles que hablen de ello en la confesión, cuando se conocen
bien las cosas.

Aconsejarle también que hablen de ello con don Bosco, cuando vaya de visita.

-Piénsalo bien, se le podrá decir; madura tu decisión y acabarás por tomar una determinación definitiva; verás cómo, siguiendo el

consejo de don Bosco, quedarás contento para toda tu vida.

Cuando yo visito las casas, especialmente hacia el fin de curso, es la ocasión para concluir muchos asuntos. Yo siempre pregunto:

-"Qué te ha dicho tu director?

-Me ha aconsejado que le pregunte también a usted para estar más seguro; pero decía que él no veía dificultad alguna y que era del

parecer de que yo podría abrazar el estado eclesiástico.

-íBien! Pues yo haré el resto según lo que me parezca mejor para ti.

Otro, por el contrario, me contestará:

-Me dijo el director que no, por tal motivo.

En tal caso, si yo tuviese que cambiar el juicio del director, de ordinario tengo los medios para ello, sin que el alumno se dé cuenta de

nada. Le digo:
-Pues tú quita el motivo que el director te dijo ((91)) que estorba. "No eres capaz de darle en las narices al demonio? Mira, haz así y

asá y ya verás. Sí; ísi sigues este o estotro consejo, todavía puedes remediarlo fácilmente!

No tema nada el director por este lado; si fuese necesario cambiar de parecer, se procede muy prudentemente.

Pasemos ahora a otro punto, que me parece de la máxima importancia para encauzar a los jóvenes por el camino de la salvación. Por

desgracia, una larga experiencia me ha convencido de que es necesario que los jóvenes que llegan a nuestros colegios, hagan la confesión
general o que, al menos, les es muy provechosa.

Se puede disponer al muchacho de este modo:

-"Has hecho ya la confesión general?

-íNo!

-"No te gustaría que te fijara un momento para hacerla? Piénsalo y dime sinceramente: si tuvieras que morirte esta noche, "te parece
que no tendrías ninguna cuenta que arreglar con Dios? "Te parece que estarías completamente tranquilo?

-íNo!

-Pues bien, "cuándo quisieras hacerla?

-Cuando usted me diga.

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-íEntonces, mira! Te digo que la hagas cuando tengas intención de decírmelo todo, todo.
Después, si aquel muchacho viene a confesarse para repasar toda su vida, decidle:
-"Vienes realmente con el corazón abierto? "Con intención de contármelo todo, lo pequeño y lo grande? "O tienes algo que apenas te

atreves a decirme?

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Y, por las respuestas que dé, se sacarán las normas a seguir.

Creedme, puedo parecer exagerado; pero es mi opinión que tal vez el cincuenta por ciento de los muchachos, cuando vienen a nuestros
colegios, necesitan hacer la confesión general. Y para conseguir que se hagan bien las cosas, hay que tener caridad, y más caridad, y
muchísima caridad. Es preciso saber sacar, diría, a la fuerza, lo que no querrían decir.

Una cosa más. Cada director debe propagar en su propia casa, hasta donde sea posible, las suscripciones a la Biblioteca (de los
Clásicos) y especialmente a las Lecturas Católicas. Es verdad que esto debía haberse hecho a principios del curso, cuando los muchachos
tenían dinero; pero sirva el aviso para otros años, y eso no impide que se propaguen y se recomienden también ahora lo más posible.

Acabada esta magnífica conferencia, se entabló una conversación muy familiar, en la que aparecieron de nuevo algunos asuntos
discutidos en las sesiones ordinarias; los presentes aprovecharon la ocasión para preguntar al Beato sobre diversos temas.

((92)) Así, por ejemplo, se volvió a hablar de entregar a cada hermano un ejemplar de cada número de las Lecturas Católicas y de la
Biblioteca de la juventud italiana. No se actuaba por igual en todos los colegios;
en unos se entregaban estos libros a todos los profesos; en otros, sólo a los profesores, en algunos se daban los fascículos de la Biblioteca
a los profesores, y a los maestros los de las Lecturas. Resultaba desagradable oír a hermanos, que, al cambiar de casa, hacían
comparaciones odiosas, diciendo:

-Aquí se hace así; donde estaba antes se hacía asá.

Surgía fácilmente la sospecha de que los directores actuaban muy arbitrariamente.

"Cómo regularse? Suprimir sin más la costumbre del reparto general, pareció una medida draconiana; dar los libritos a todos los
Salesianos era una medida que, con el continuo aumento de los colegios, reportaría un gasto excesivo para la Congregación; dar a los
profesores la Biblioteca y a los maestros las Lecturas chocaba con el inconveniente de que, siendo en algunos colegios los suscriptores a
la Biblioteca más numerosos en las clases elementales que en las secundarias, los maestros no tendrían conocimiento de aquellas
publicaciones, y por consiguiente, no las podrían recomendar. Se pidió a don Bosco su parecer.

Don Bosco, en realidad, simpatizaba con la idea de la máxima difusión; sin embargo, guiándose por su espíritu práctico, propuso una
solución por grados: 1.° Donde se había introducido la costumbre de dar los libros al personal docente, podía seguirse la costumbre; pero
se tuviese el cuidado de marcar cada libro con el sello del colegio o
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Fin de Página 86

 

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de la biblioteca para indicar de este modo que los libros habían sido dados ad usum y no en propiedad; por consiguiente no podía el
profesor o el maestro regalarlos a los alumnos ni a otros, ni tampoco, al cambiar de casa, llevárselos consigo. 2.° Donde había la
costumbre de repartir los libros a todos los Salesianos, y así se acostumbraba todavía en la mayoría de las casas, se dieran a petición, sin
poner dificultades a los que los pidiesen diciendo que los necesitaban. 3.° En los años sucesivos se introdujera en todas partes la
costumbre de dar estos libros, pero sin dificultad alguna, solamente a los que los pidiesen ((93)) por razón de estudio. De este modo
quedarían eliminadas las causas de quejas y se contentaría a todos sin tanto gasto. De ordinario, se diera la Biblioteca únicamente a los
profesores de latín o de italiano.

De paso se comunicó que el número de suscriptores a las Lecturas Católicas, aunque ya era muy alto, iba en continuo aumento; por el
contrario, la Biblioteca no tenía más que dos mil, lo cual escasamente llegaba para llevar adelante la empresa; con todo se despachaba
buen número de ejemplares por separado. Se acababa de imprimir un fascículo de cartas inéditas de Silvio Péllico, con tres mil
ejemplares, que se habían agotado en el breve lapso de un mes. Dijo don Bosco:

-Mientras cuente la Biblioteca con mil suscriptores, conviene continuarla; tendremos siempre la ventaja de la venta de los ejemplares
por separado.

El Beato cerró la sesión al mediodía con las acostumbradas oraciones, augurando un feliz viaje a los directores y encargándoles saludar
a los alumnos de sus colegios de su parte, de parte de los superiores, y también de parte de los alumnos del Oratorio de Turín.

Encontramos catalogados en nuestros archivos once buenos resultados de estas conferencias a los Directores. Por tratarse de
observaciones, que si no fueron dictadas por inspiración, sí lo fueron bajo el influjo de don Bosco y durante los días de las conferencias,
que acabamos de relatar, cerraremos el capítulo copiando el documento.

"Estas conferencias con los Directores dan origen a los bienes siguientes: 1.° Autorizan estos viajes, de suerte que en ciertas
circunstancias no dan pie a los hermanos de la propia casa para sospechas, cuando hubiese que resolver alguna cuestión. -2.° La solución
de ciertos problemas se deja para esta época, con ahorro de viajes. -3.° Ponen de acuerdo a los Directores sobre diversos puntos. -4.° Los
directores demuestran con su presencia los progresos de la Congregación. -5.° Animan eficazmente a ingresar en la Congregación y
perseverar en ella. -6.° Establecen una extraordinaria fraternidad entre los Directores, que de otro modo tendrían escasa oportunidad para
conocerse.
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7.° Por ((94)) las palabras de don Bosco se va siempre adelante con gran unidad de espíritu. -8.° Se explica y se entiende cada vez mejor
el Reglamento. -9.° Se remedia juntamente algún desorden, que intentase introducirse. -10.° Es el momento en que los directores, si
tienen algo importante que proponer, lo hacen... -11.° Los informes de los colegios son escuchados con extraordinario interés y se habla
de ellos entre los hermanos a lo largo de todo el año".

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((95))

CAPITULO IV

FUNDACION DE LOS SALESIANOS EN ARGENTINA

LOS misioneros arribaron a Buenos Aires el 14 de diciembre de 1875. Del barco a la casa de su residencia provisional recibieron
pruebas continuas de que en la Capital argentina eran ansiosamente esperados.

Cuando el barco hacía su entrada en el puerto, oyeron de improviso una fragorosa detonación, semejante a la de una descarga de
artillería, que los alarmó, porque imaginaron una tétrica amenaza; pero el susto momentáneo se convirtió en gozo, tan pronto como
conocieron la verdadera causa del estallido.

-No teman, fue a decirles el capitán; es el saludo que tributan a los Misioneros Salesianos.

Apenas echaron las anclas, acercóse al barco un vaporcito, del que salió un sacerdote, que tomó la escalerilla y subió rápidamente a
bordo. Era el padre Ceccarelli, que había acudido a recibir a los Salesianos para acompañarlos a la ciudad. El ansia recíproca de
conocerse personalmente hizo que "nullo bel salutar tra noi si tacque" 1 se intercambiaran toda clase de saludos. Y con él fueron a toda
velocidad hasta el muelle.

Allí los esperaban doscientos italianos, algunos de los cuales eran antiguos alumnos del Oratorio de Turín. Los aplausos y los gritos
resonaron hasta muy lejos durante largo rato. Mientras recorrían en coche las calles, muchas personas se paraban y les saludaban con
respeto.

((96)) Al llegar a su residencia provisional 2 tuvieron la agradable sorpresa de encontrarse en ella con el arzobispo monseñor Federico
Aneyros, que los aguardaba con impaciencia para darles la bienvenida. El digno prelado los recibió con todo cariño, los abrazó uno a uno
y

1 Son unos versos de Dante en la Divina Comedia, (Purg. VIII-55).

2 "El Hotel del Globo" o "Casa de los Gobernadores", calle 25 de mayo, fue el lugar preparado para su alojamiento, merced a las
atenciones del señor Arzobispo, el señor Benítez y el padre Ceccarelli (Monseñor Fagnano, de Raúl A. Entraigas, pág. 59. N. del T.)
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se sentó en medio de ellos, preguntándoles por don Bosco y mil otras cosas, manifestando su vivo deseo de volver a verlos.

A la hora oportuna fueron ellos al palacio arzobispal a devolverle la visita.

Reunidos con Monseñor estaban los Vicarios Generales y el personal de la Curia. Su Excelencia salió a su encuentro, los presentó a
aquellos eclesiásticos y los acompañó a visitar las dependencias curiales con afabilidad y atención encantadoras; después los llevó al
salón, y quiso oírlos tocar y cantar. Repetidas veces llamó afortunadas a las diócesis donde existían casas salesianas, y daba gracias de
corazón a Dios de que le hubiera concedido a él tamaña bendición.

Todos los Superiores de las comunidades religiosas se apresuraron a visitar a los nuevos llegados con muestras de gran deferencia y
simpatía. Los párrocos no quisieron ser menos que los demás y ofrecieron amistosamente toda suerte de apoyo a los Salesianos. Entre las
personas privadas, que agasajaron cordialmente a los hijos de don Bosco, merece especial mención don Francisco Benítez. El venerable
anciano, ya conocido por los lectores, había salido expresamente de San Nicolás de los Arroyos para ir a su encuentro a pesar de sus
ochenta años 1. Humilde, caritativo, cordialísimo, se declaraba su amigo, mientras ellos entablaron enseguida tal confianza con él, que le
llamaban padre.

El eco del honroso y alegre recibimiento cruzó el Océano y llegó hasta el beato don Bosco a través de cuatro cartas que le enviaron a
los pocos días de su llegada. No eran las de don Juan Cagliero y los otros expedicionarios. ((97)) Eran de otros cuatro importantes
personajes.

El doctor Ceccarelli, después de poner de relieve la feliz coincidencia de que el mes del viaje, del 14 de noviembre al 14 de diciembre,
se correspondía exactamente con el mes mariano de allá, de modo que podía decirse que aquel viaje había sido "prodigiosamente
dirigido por María Santísima", complacíase con él por el honor rendido a sus hijos en Argentina.

El doctor Espinosa, Vicario General, le manifestaba las grandes esperanzas, concebidas por los buenos ante el celo, que ya se admiraba
en los Salesianos.

El Arzobispo, satisfecho, admirado, lleno de gozo y alegría, le comunicaba que había dado a los misioneros todas las licencias para el
ejercicio del sagrado ministerio y le prometía que encontrarían en él "un padre cariñoso e interesado por su bienestar espiritual y
material".

1 Véase, vol. XI, págs. 129-130.
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Por último, don Francisco Benítez, como no sabía italiano, pero sabía bastante latín, le escribió en esta lengua una carta henchida de
afecto, veneración y gratitud.

No es para dicha la satisfacción que al corazón del buen Padre le Produjeron testimonios tan afectuosos.

Pensaban los misioneros que no les aguardaba en Buenos Aires más que una estancia pasajera, para proseguir enseguida su viaje a San
Nicolás; pero el Arzobispo había dispuesto que establecieran también una residencia en la ciudad, y se encargaran de la iglesia Mater
Misericordiae, llamada Iglesia de los Italianos. No bajaban de treinta mil los italianos que había en la capital. Podíase considerar esta
oferta como providencial pues ofrecía enseguida a los nuestros los medios para atender a sus propios compatriotas, que debían ser objeto
principal de la Misión. Aceptaron de buen grado la propuesta y se dividieron en dos grupos, arreglándose lo mejor posible, hasta que
llegaron válidos refuerzos de Turín.

La iglesia había sido construida por una comisión de buenos italianos con ayuda de donativos populares. Compraron el terreno y
levantaron en él la Capilla Italiana con autorización formal de la Curia Episcopal, que trasladó también allí la Cofradía Mater
Misericordiae, anteriormente erigida ((98)) en la iglesia de Santo Domingo y trasladada desde allí a la calle Moreno.

Este traslado dio a la Capilla el nombre, que todavía conserva. Pero, una vez levantada la iglesia, faltábale el capellán. Los católicos
extranjeros de Francia, Alemania e Inglaterra lo tenían; en cambio los italianos, más numerosos que todos los demás extranjeros juntos,
no lograban tener un sacerdote que atendiese seriamente sus necesidades espirituales. Por eso se alegraron mucho cuando vieron
cumplidos sus deseos. Y lo demostraron en el momento de su llegada, pues la Cofradía había determinado presentarse con algunos
centenares de sus miembros para rogar a los padres que no aceptaran otros compromisos, porque ellos querían conducirlos
procesionalmente a la iglesia. Pero, siguiendo el prudente consejo del doctor Ceccarelli, se limitaron a enviar una simple comisión.

El Arzobispo, que ansiaba proveer por fin a tantas almas, escribía sobre el asunto, en la carta ya mencionada, al Siervo de Dios en
estos términos: "(Sus hijos) harán seguramente mucho bien no sólo en San Nicolás, sino también en esta capital, en donde es
convenientísimo que tengan una casa, no sólo para facilitar la comunicación con V. R., sino también porque podrían hacer aquí un bien
inmensamente mayor que el que harán en San Nicolás. Sólo aquí son unos treinta mil los
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italianos y la mayoría de los sacerdotes italianos que aquí vienen, se me opríme el corazón al decirlo, vienen para ganar dinero y nada
más. Creo, pues, convenientísimo, tomen sus hijos la dirección de la iglesia italiana que aquellos buenos hermanos les ofrecen. Así
prestarán un servicio inmenso no sólo a los italianos, sino además a los nuestros".

Don Juan Cagliero no se quedó mano sobre mano. Comenzó enseguida a predicar en la iglesia de la Misericordia, celebrando en ella la
novena de Navidad con extraordinario concurso de fieles. Sus sermones del triduo tomaron el cariz de una verdadera misión, como las
que se dan en nuestros pueblos. Ayudábale don Juan Baccino, que se quedó en Buenos Aires ((99)) juntamente con el coadjutor Esteban
Belmonte. Fue tan grande el número de los que querían confesarse que, para complacer a todos, ya que sólo eran dos los confesores, se
prolongó aquella especie de misión durante todo el octavario de Navidad.

Don Juan Cagliero adquirió gran fama 1 con sus sermones; y también el título de doctor en teología y compositor de música
aumentaban la estimación y atención sobre el Superior de los Saleses 2.

A monseñor Alberti, Obispo de La Plata, le gustaba recordar cuando hablaba con los nuestros un hecho de su niñez, que se refiere
precisamente a los inicios de los Salesianos en Buenos Aires. Había un buen número de chiquillos, que se apiñaban en la iglesia Madre
de la Misericordia para ayudar a misa y servir en las sagradas funciones, pero armaban mucha bulla en la sacristía y todo lo ponían patas
arriba; por ello los italianos de la Cofradía, molestos por su alboroto, los amenazaban a menudo diciendo:

-íAhora vienen los padres Salesianos y ya veréis cómo os harán estar quietos! íEllos os pondrán las peras a cuarto! íAcabaréis de una
vez con tanto bochinche!

A fuerza de oírles repetir siempre el mismo tema, los muchachos se habían formado la idea de que los Salesianos eran unos curas
terribles, que les iban a dar sabe Dios qué zurriagazos. Con estos antecedentes se comprende que los pobrecitos no quisieran tomar parte
en la alegría común del 14 de diciembre. Mientras numerosos italianos iban

1 El diario El Católico Argentino en el número del 25 de diciembre, publicaba un artículo titulado "El presbítero don Juan Cagliero",
en el que se leía: "El domingo pasado predicó en la iglesia Mater Misericordiae este distinguido sacerdote, superior de los anos llegados
últimamente de Europa...; es un elocuente orador, de palabra fácil, enérgica y persuasiva. El tema de su discurso fue la benéfica
influencia de la religión en el individuo, en la familia y en los pueblos y probó asimismo que el catolicismo es la fuente única de la
civilización y del progreso".

2 Saleses. Así comenzaron a llamarles. (N. del T.)
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a recibir a los misioneros, volteaban las dos campanas de la iglesia para avisar a los fieles.

-Para nosotros, solía contar monseñor Alberti, niño entonces de nueve o diez años, parecía que tocaban anunciando nuestra agonía.

((100)) Pues bien, "qué sucédio? Algunos de los más tunantes se reunieron y acordaron desatar las cuerdas de las campanas. Subieron
al campanario y, aprovechando un momento de descanso de los compañeros, desataron las cuerdas, que cayeron al suelo sin que nadie
diese con la causa. Iban llegando mientras tanto los misioneros, extrañados de no ver muchachos por el camino, ni en la iglesia. Los
muchachos estaban allí, pero estaban escondidos detrás de la gente o acurrucados por los rincones. Por fin, don Juan Cagliero descubrió
algunos y los llamó amablemente; los tomó de la mano, les regaló medallas y los trató con tanto cariño que ellos, y uno era el pequeño
Alberti, dijeron entusiasmados a los socios de la Cofradía:

-íEstos sí que son buenos y nos quieren!

Con esto quedó inaugurado el Oratorio festivo. Un oratorio, donde el heroico don Juan Baccino realizaba milagros de caridad y de
celo, no sólo con los chiquillos, sino también con los mozalbetes obreros, y preparando las primeras vocaciones de coadjutores y
clérigos. Se cuentan entre ellos, además del mismo monseñor Francisco Alberti, el óptimo párroco Angel Brasesco, el actual Director de
los Cooperadores Salesianos monseñor Carranza y el Obispo de San Juan de Cuyo, monseñor José A. Orzali.

Hay también una Hija de María Auxiliadora, argentina, sor Emilia Mathis, que guarda vivos recuerdos de aquellos días. Tenía diez
años cuando vio llegar a los primeros misioneros y era alumna de la escuela nacional. Ahora, después de asistir al imponente cortejo,
mucho más solemne, en honor de don Bosco beatificado, sintió la imperiosa necesidad de desahogar los sentimientos de su corazón y,
repasando aquellos lejanos recuerdos, escribió al Rector Mayor don Felipe Rinaldi en estos términos: "Nosotras, alumnas de las escuelas
nacionales, escuchábamos los hermosos sermones de don Juan Cagliero y don Juan Baccino, nos confesábamos con ellos, íbamos al
catecismo con mucho gusto y aprovechamiento. Nos daban muchos consejos útiles, nos animaban a ser buenas y nos enseñaban a evitar
los peligros que nos rodeaban. Ellos fueron los que nos prepararon y admitieron a la primera comunión; ((101)) ellos los que sembraron
y cultivaron en algunas de nosotras el germen de la vocación hasta hacernos llegar a ser humildes Hijas de María Auxiliadora y de don
Bosco.

"-íQué buenos son estos Padres! Nos decíamos unas a otras íQué
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bien cuidan nuestras almas! íCuánto bien nos hacen! Antes nadie se había preocupado de nosotras.

"Después, así que llegaron las Hermanas y abrieron su colegio en Almagro, el año 1878, volamos allí nosotras a alistarnos como
postulantas y novicias y fuimos las primeras argentinas que profesaron.

"Amadísimo Padre, estos dulces recuerdos se agolpaban en nuestra mente y nos hacían llorar de consuelo y gratitud, mientras
acompañábamos las filas de nuestras niñas tras la imagen del beato don Bosco".

Pero no hay que creer que todos los italianos de Buenos Aires pensasen de la misma manera. Elementos de la masonería, que
trabajaban para dominar la colonia, se habían infiltrado también en la Cofradía y, de acuerdo con sus colegas de la península lejana,
trabajaban con astucia y tenacidad para laicizar aquella religiosa institución. Pero tuvieron que habérselas con quien tenía mas coraje que
ellos y disponía de inagotables recursos. Don Juan Cagliero se dio cuenta de los manejos de la secta y, apoyado por la Curia
metropolitana, modificó el reglamento, reformó los estatutos 1, y echó al fuego los registros. Todo lo hizo a la luz del sol. Con un
discurso de ardiente elocuencia, verdaderamente italiana, purificó y defendió el nombre de la patria contra las infamias, con que en el
mes de abril anterior lo habían manchado hordas salvajes de la Boca con la pedrea contra el Arzobispo y la iglesia de San Francisco y
con el incendio del colegio del Salvador, y, para renovar el personal de la Cofradía, proclamó paladinamente desde el púlpito que todo el
que quisiese formar parte de ella, presentase personalmente la cédula de cumplimiento pascual, que sería la única entrada, la verdadera
puerta del redil de Jesucristo. Después dirigió heroicamente las elecciones del nuevo Consejo. Aquel mismo día aparecieron carteles
pegados en las paredes que decían "Muera Cagliero", ((102)) y el designado para presidente recibió un fuerte golpe en el costado, pero
éste resultó elegido y fue el señor Rómulo Finocchio, católico a carta cabal, que no tenía ningún miedo a los masones. El 15 de enero de
1876 el Arzobispo de Buenos Aires podía por fin escribir al Beato: "La bendición del Santo Padre ya produce sus frutos, porque (sus
hijos) están haciendo muchísimo bien a la población italiana de esta Capital, que es muy numerosa y está muy necesitada de buenos
sacerdotes de su patria".

Los siete destinados a San Nicolás de los Arroyos se separaron de sus hermanos el 21 de diciembre. Los acompañaban el párroco
Ceccarelli

1 Véase, Apéndice, doc. I.
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y el venerando señor Benítez. La población los recibió con entusiasmo. Cinco de ellos se alojaron en la casa parroquial del doctor
Ceccarelli y los otros dos en la del señor Benítez. Aún había que hacer muchas obras antes de que el colegio estuviese en condiciones.
Conviene contar aquí un poco de la historia del mismo.

La fundación de San Nicolás, que el doctor Ceccarelli, párroco de aquella ciudad, ofreció al beato don Bosco, carecía de bases firmes.
En las negociaciones no se anduvo el Siervo de Dios con menudencias. Su intención, de momento, era la de implantar una primera
estación en un lugar desde donde se pudiera realizar su doble ideal de emprender las misiones indígenas y ayudar a los emigrantes
italianos, faltos de toda asistencia, sin maestros y sin sacerdotes. San Nicolás ofrecía las dos posibilidades por la relativa cercanía de los
indios y por el crecido número de colonos llegados de Liguria. Había de sesenta a setenta familias de "quinteros" o arrendatarios, que
llevaban una vida patriarcal, cultivando tierras, adquiridas con el fruto de su trabajo.
Estas familias no se mezclaban con las gentes del país; concertaban los casamientos entre compatriotas, llevándose también las esposas
de Liguria, principalmente del valle del "Polcévera". Descollaban entre aquellas familias los Montaldo, con los que estaban
estrechamente emparentados los Cámpora, los Lanza, los Ponte, los Vigo, apellidos conocidos y queridos por nuestros hermanos, por los
beneficios ((103)) recibidos de ellos y por las vocaciones eclesiásticas y religiosas que brotaron en aquellas casas.

Así, pues, cuando los Salesianos llegaron a San Nicolás de los Arroyos, tuvieron la desagradable sorpresa de encontrar que el colegio
prometido y concedido por una Comisión argentina para tiempo ilimitado, no tenía muebles y se reducía a tres o cuatro salones a ras del
suelo. Al ver el padre Fagnano que la cosa iba para largo, se industrió, ayudado por los colonos y por el mismo párroco Ceccarelli, para
proveer a la comunidad de lo estrictamente necesario; y, mientras tanto, se comenzaban las primeras clases.

Menos mal que la iglesita era pasable; pero la había construido una persona privada a sus expensas, el generoso Francisco Benítez, que
fue el más grande y caritativo de los cooperadores salesianos de aquel país. Había mandado construir en ella una precioso altar tallado en
madera; había llevado de Barcelona una linda estatua, esculpida en madera, de María Inmaculada. La iglesita se llenaba cada día de
italianos, detrás de los cuales empezaron pronto a asomar los muchachos del pueblo. Las funciones se celebraban en ella como en Turín,
con misas solemnes, cantadas por un coro formado con los hijos de
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los colonos. Y, ademas, predicación continua y confesores a disposición de todos y a todas las horas del día.

Los colonos que presentaban a sus hijos para la escuela, hubieran querido dejarlos allí como pensionistas; pero "dónde meterlos?
Entonces ellos mismos se manifestaron dispuestos a levantar un nuevo edificio prestando el dinero que hiciera falta y sin interés. El
padre Fagnano, hombre de negocios y adiestrado en construcciones en Lanzo y en otras partes, comenzó sin más a construir un pórtico y,
sobre éste y sobre el edificio ya existente, levantó un gran dormitorio de sesenta metros de largo por catorce de ancho. Desgraciadamente
la escasa solidez de los cimientos y las lluvias de otoño (nuestra primavera se corresponde con el otoño de allá) hicieron que algunas
columnas cedieran y se derrumbó parte del edificio. Pero el padre Fagnano no se acobardó; ((104)) y el colegio se abrió al año siguiente
1877. La población envió enseguida a él muchachos, algunos de familias acomodadas, otros de condición humilde, como internos y
medio pensionistas. Todo programa de estudios, horario, paseos, etc., se organizó según el plan de Alassio y Lanzo. Una banda de
música estupenda alegraba las fiestas, los recreos y los paseos. Un programa impreso a cuatro columnas por una sola cara en una ancha
hoja difundió la noticia por toda la región 1. El 10 de junio escribía monseñor Ceccarelli a don Bosco: "El Colegio de San Nicolás
marcha perfectamente. Los padres Salesianos se portan muy bien, son muy apreciados en la ciudad y su nombre suena ya por toda
América del Sur" 2. El antiguo alumno doctor Guido Lavalle, Ministro del Tribunal Supremo de Justicia, en un discurso pronunciado el
2 de junio de 1929, día de la Beatificación de don Bosco, recordó con gracia a los superiores, compañeros y costumbres de entonces.

Para que sea completa la historia de los orígenes es preciso añadir que no hubo ninguna donación de terreno, ni de edificios, ni se
estipuló contrato de ninguna clase con la mencionada Comisión, en la que los nuestros habían puesto toda confianza. Dicha Comisión,
que en el primer momento había ofrecido hasta una cabaña de ovejas y otras cosas para la manutención y sustento, no dio nunca nada. La
finca, de unas tres hectáreas, pertenecía al Gobierno, que sólo cedió el uso. Quien ayudó continuamente a los Salesianos y estaba
dispuesto a hacer

1 Hemos podido encontrar un ejemplar de este primer programa y nos ha parecido útil reproducirlo en el Apéndice (doc. 2).

2 Más adelante dice: "Fagnano es incansable, Tomatis intrépido, Cassini constante, Allavena robusto, Molinari infatigable, Gioia
invencible, Scavini imperturbable en el trabajo científico, manual y religioso".
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todavía más, de no haberse visto impedido pera ello, fue el cooperador Francisco Benítez. La Comisión se disolvió más tarde, y sus
supuestos derechos sobre el colegio pasaron al Ayuntamiento, que era hostil y masónico. Haec olim meminisse iuvabit (útil será algún
día recordar
estas cosas).

((105)) Demos paso ahora a la correspondencia del Siervo de Dios, que, en escasa medida, ha podido salvarse de los azares del tiempo.
En la primera mitad de febrero llegáronle a don Bosco cinco pliegos, que contenían otras tantas cartas de hermanos y amigos. Las cartas
de los hermanos, anunciadas primero y después leídas en público, despertaban en muchos el deseo de abrazar la vida misionera. Dice a
este propósito la crónica: "El ochenta por ciento de los Salesianos está dispuesto a partir a la primera palabra de don Bosco". Retocadas
por don César Chiala, las cartas aparecían en la Unità Cattolica. El 12 de febrero escribía el Beato a don Juan Cagliero:

Mi querido Cagliero:

Hemos recibido tu carta y las que escribieron los otros Salesianos. Se leyeron con el mayor gusto y se van publicando en los diarios.
Doy gracias a Dios y pido que nos ayude a llevar todo adelante para su mayor gloria.

Ya he recibido carta de Fagnano desde San Nicolás, con noticias de su llegada y de sus actuales ocupaciones. Según él, el local del
colegio es muy reducido, pero añade que el Ayuntamiento parece dispuesto a ampliarlo y arreglarlo todo perfectamente. Ya me habéis
dicho en diversas cartas que envíe Salesianos, Hijas de María Auxiliadora, jardineros, etc., pero yo espero disposiciones concretas tuyas,
y entonces pondremos manos a la obra. Está Sammorí, que predica a las mil maravillas. Se habla de él como de un orador singularmente
dotado; le invité a predicar un sermón en la iglesia de María Auxiliadora, y todos confirmaron las voces, o mejor, la fama divulgada.
Quizá iría bien para la iglesia de la Misericordia. No dudaría un momento el aceptar. En este momento, si yo diese libertad, todos los
Salesianos volarían a Buenos Aires.

Don Domingo Tomatis ha escrito una carta a Varazze, en la que manifiesta que no está muy de acuerdo con alguno. Esta carta, escrita
a don Juan Bautista Francesia, ha causado mala impresión en aquel colegio y en Turín. Dile dos cosas: 1.° Que un misionero debe
obedecer, sufrir por la gloria de Dios y poner la mayor solicitud por observar los votos, con que se ha consagrado al Señor. 2.° Que,
cuando haya algún motivo de descontento, lo hable con su Superior o me lo escriba a mí inmediatamente, y así tendrá una norma para
actuar.

Anteayer ( 10 de febrero) se abrieron las dos pequeñas casas de Ventimiglia; don Cibrario, director; Cerruti, maestro; Martino,
mayordomo. En su lugar entró en la sacristía don Francisco Bodrato.

((106)) El número de los hijos de María Auxiliadora crece maravillosamente, y es muy prometedor. Es una obra que hemos de cuidar
con todo esmero.

Tengo muy pocas noticias del comendador Gazzolo. "Hay alguna nube?

Las Hijas de María Auxiliadora vendrán a Valdocco a primeros de marzo.
"Tenemos que preparar algunas para América?
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Presenta mis respetos al señor Arzobispo, al doctor Espinosa, al doctor Ceccarelli y a papá Benítez. Di a éste que en todas partes se
leyó su carta en latín, la leyeron también Lanfranchi y Vallauri, y se leyó públicamente en nuestras casas. Todos se hicieron lenguas de
su elegancia, estilo y pureza. Le contestaré cuanto antes. Muchísimos saludos de casa Radicati, Appiani, Fassati, Callori, Corsi,
Marengo, Margotti y un millón más de otros que te saludan, con don Mateo Picco, el profesor Bonzanino y el conde Roasenda.

Querido Cagliero, cuida tu salud y la de los demás. Os encomendamos al Señor a ti y a todos tus compañeros. Ruega tú también por
mí, que siempre seré en el Señor tu

12 de febrero de 1876.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

P. S. Dame también noticias de vuestra situación económica.
La casa de Niza se va encaminando muy bien.

Don José Ronchail es el Director, Rebagliati pianista, Perret maestro, Capellano cocinero, Enrique Güelfi guardián permanente.

Saludos de monseñor Fratejacci, del abogado y ahora canónigo Menghini, del querido Alejandro Sigismondi, del caballero Bersani y
de los cardenales Antonelli y Berardi, etc.

Omnia in nomine D. N. J. C. Amen.

El celoso misionero don Domingo Tomatis, al que siendo todavía un chaval había predicho don Bosco que compartiría con él el pan
durante muchos años, no sabía soportar el mal humor del coadjutor Molinari, maestro de banda. En realidad éste se hacía a veces
insoportable con su carácter, tanto que al año siguiente salió del Instituto. Don Bosco, que con su caridad tolerante y sapiente se ganaba a
individuos casi extravagantes, hasta convertirlos en dóciles y muy útiles, deseaba que sus hijos le imitasen en este espíritu de tolerancia.
Por eso, no satisfecho con la recomendación indirecta, escribió al propio don Domingo Tomatis una preciosa carta sobre el mismo tema.

((107)) Querido Domingo:

He recibido tus noticias y me alegré mucho al saber que hiciste un buen viaje y que tienes buena voluntad de trabajar. Sigue así. Por la
carta que has escrito a Varazze se ve que no andas de acuerdo con algún hermano. Esto ha causado mala impresión, especialmente
porque se leyó en público.

Escúchame, querido Tomatis; un misionero, que debe estar dispuesto a dar la vida para la mayor gloria de Dios, "no va a ser capaz de
soportar la pequeña antipatía de un compañero, aun cuando tuviese defectos notables? Recuerda lo que nos dice san Pablo: Alter alterius
onera portate, et sic adimplebitis legem Christi. Caritas benigna
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est, patiens est, omnia sustinet. Et si quis suorum et maxime domesticorum ram non habet, est infideli deterior.

Dame, pues, querido mío, este gran consuelo; es más, hazme este gran favor; mira que es don Bosco quien te lo pide. A partir de hoy,
sea Molinari tu gran amigo, y, si no puedes quererlo por sus defectos, quiérele por amor a Dios, quiérele por amor a mí. "Verdad que lo
harás? Por lo demás, estoy muy contento de ti, y cada mañana en la santa misa encomiendo a Dios tu alma y tus trabajos.

No olvides la traducción de la Aritmética, añadiendo los pesos y medidas de la República Argentina.

Di al benemérito doctor Ceccarelli que no he recibido todavía el catecismo pequeño de esa Archidiócesis y deseo tenerlo, para
introducir en El Joven Instruido los actos de Fe conformes con los de la diócesis.

Dios te bendiga, querido Domingo; no dejes de rezar por mí, que seré siempre en Jesucristo tu

Alassio, 7-3-1876.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

El Joven Instruido, que acababa de ser publicado en francés 1, iba a salir muy pronto traducido al español; sólo que aguardaba aquel
catecismo, que no tardó en llegar.

Aún tenemos que añadir una palabra sobre otro punto de la carta de don Bosco a don Juan Cagliero, que contiene una de esas
expresiones que el Beato no soltaba al desgaire. ""Hay alguna nube?", pregunta él con respecto a Gazzolo.

Como hemos de ocuparnos otras veces de este personaje, es necesario, desde ahora, que llamemos la atención de nuestros lectores
((108)) sobre una realidad relativamente frecuente en los azares humanos. La divina Providencia se ha valido en más de una ocasión,
hasta para realizar obras de mucha importancia, de hombres que ciertamente no buscaban la gloria de Dios y el bien de las almas, sino su
propio honor y los intereses de su causa, cualquiera que ésta fuese, o también de su propia persona. No se daban cuenta al actuar de este
modo de que otros, partiendo del polo opuesto, se encontraban con ellos y aprovechaban su actividad y dirigían sus miras a finalidades
mucho más elevadas. También en el curso de estas Memorias la verdad histórica podría obligarnos a tropezar con sombras, donde todo
parecía aureolado de pura luz; pero era la luz de nuestro Beato, que, envolviendo

1 Abbé JEAN BOSCO, La Jeuneusse instruite de la pratique de ses devoirs et des exercices de la piété chrétienne, suivi de l'Office de
la Sainte Vierge et des Morts. Pág. 511, Turín, 1876.
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ciertas nebulosas, las hacía resplandecientes. Nos hace bien creer, sin embargo, que la oración del Siervo de Dios tuvo la eficacia de
obtener luces celestes en tiempo oportuno para esta categoría de colaboradores.

Gazzolo no estaba satisfecho. Le disgustaba que, entre tantas cosas como se habían dicho de los misioneros, se hubiese hablado tan
poco de su actuación. Su propia correspondencia permite descubrir y leer en su interior 1.

Es necesario, al llegar aquí, rectificar particularmente una afirmación, y no sólo por interés de la historia. Afirma él en una carta
rotundis verbis (a boca llena), que la iglesia de la Misericordia fue "fundada y erigida" por él. La verdad es que la Cofradía le encargó de
la compra del terreno para construir en él la iglesia. Con tal ocasión hizo también un buen negocio, pues, sin defraudar a la Cofradía,
adquirió terreno suficiente para la iglesia y para sus proyectos. Sólo que, relegada la iglesia hacia el fondo, quedóse para sí las dos
parcelas laterales, que lindaban con las calles, con miras a las dos casas que él construyó después en ellas. Una la compraron más tarde
los salesianos a sus herederos, pagándola muy cara.

Por suerte, el Beato recibía comunicaciones mucho más consoladoras de otras fuentes. El Vicario monseñor Espinosa ((109)) le
escribía con la misma fecha en estos términos 2: "Sus hijos hacen un bien inmenso en la ciudad. Predican y catequizan que da gusto. Los
pobres italianos no tenían aquí a nadie que se cuidara de ellos, y ahora llenan la iglesia... Lo que haría falta es que el señor Gazzolo diese
a los Padres el terreno que tiene al lado de la iglesia. La casa que actualmente tienen es muy pequeña y no hay terreno para ampliarla".

También monseñor Ceccarelli había hecho ya la apología de los Salesianos de San Nicolás 3: "La salud de todos es excelente, la buena
voluntad de trabajar en la viña del Señor es indecible, el deseo de dejar en buen lugar al Instituto es admirable, su comportamiento es
digno de misioneros que van al encuentro del Martirio". Esta última expresión no hay que atribuirla a énfasis oratoria. Don José
Fagnano, por ejemplo, realizaba largas excursiones apostólicas, en las que hacía mucho bien, a costa de muchos sufrimientos.

Quedan dos cartas por presentar aquí, escritas por el beato don Bosco a don Juan Cagliero, y que son un testimonio más del afecto
paterno a sus queridos hijos lejanos.

1 Véase. Apéndice, doc. 3.

2 Carta del 15 de enero de 1876.

3 Carta del 25 de diciembre de 1875.
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Queridísimo Cagliero:

El canónigo Vogliotti tiene un sobrino que marcha para Buenos Aires y desea que os lo recomiende. Te envío su misma carta para que
puedas tener mayor conocimiento de él. Ayúdale en lo que puedas, sobre todo en lo concerniente a religión.

Ayer (13) hubo función de teatro: se representó la famosa Disputa entre un abogado y un ministro protestante y resultó brillante. Mino
1 cantó El hijo del desterrado con mucho éxito, pero el pensamiento de que el autor ((110)) de la música estaba tan lejos, me emocionó
profundamente; así que, durante todo el tiempo del canto y de la representación, no hice más que pensar en mis queridos Salesianos de
América.

Don Cibrario y don José Ronchail me escriben que sus casas han comenzado y marchan bien con esperanzas de verdadero incremento.

Los acostumbrados saludos para los consabidos amigos e hijos, y para los demas. Siempre en Jesucristo

16-2-1876.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

Queridísimo Cagliero:

Añado algunas palabras a lo que han escrito los otros.

Hoy se ha bendecido en casa Cattellino la capilla para las hermanas, que por ahora son siete. Sor Elisa es la Madre Superiora; también
está aquí la Madre Giusep. Todas juntas te envían muchos saludos. El teólogo Molinari, Marengo, el barón Bianco, el conde Sigismondi,
el marqués Fassati, monseñor Fratejacci, el abogado Menghini, mamá Corsi y muchos otros te envían mil saludos. Hoy se ha
determinado abrir una nueva casa para la fiesta de Todos los Santos en Trinità. Díselo a don Domingo Tomatis 2. Es un hospicio con
escuela.

El lunes parto para Roma, donde trataré varios asuntos, entre los cuales la compra de una casa. Desde allí escribiré al doctor Ceccarelli,
y a papá Benítez.

Saluda a todos nuestros queridos Salesianos y di a todos: Alter alterius onera portate et sic adimplebitis legem Christi.

Amadme y rezad por mí, que seré siempre para vosotros en Jesucristo.

Turín, 30 de marzo de 1876.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

1 Este distinguidísimo joven, natural de Comandona de Biella, vistió el hábito clerical en un instituto de Biella, abierto y dirigido por
el padre Gurgo, filipense, para proporcionar buenos sacerdotes a la diócesis. Llegado a sacerdote, quedóse allí como profesor del
gimnasio superior y vicedirector. Digno alumno de don Bosco y exquisitamente rico de dotes naturales, llevó una vida muy ejemplar.
Una cruel enfermedad tronchó su existencia en la flor de la edad, después de tres o cuatro años de sacerdocio. El Beato, que le quería
mucho, intentó, a través de don Julio Barberis, que se quedara con otros compañeros suyos en la Congregación.

2 Don Domingo Tomatis era natural de Trinità.

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A medida que la fama de los Salesianos se propagaba por la República Argentina, salvando las fronteras y se difundía también por las
repúblicas vecinas, sucedíanse una tras otra las peticiones de fundaciones que tuvieran como fin la educación de la juventud, tal y como
se verá en el curso de esta historia. El Beato, que conocía todo esto, recogía y meditaba ya sus pensamientos para poner a punto una
segunda expedición. En efecto, el 30 de marzo entregó a don César Chiala una notita, a manera de minuta, para que escribiera a don Juan
Cagliero: "En vuestras cartas nos hacéis ver la apremiante necesidad de personal; nosotros estamos llenos de buena voluntad para ((111))
enviároslo; pero es preciso que don Juan Cagliero especifique detalladamente cuántos sujetos y para qué cometidos. En las diversas
cartas lo mismo se piden dos, cuatro, que treinta misioneros... En cuanto llegue esta nota, se pensará en la expedición y la haremos
partir".

Hay una cosa de la que se hicieron apreciaciones erróneas, a saber, de la idea que pasó por la imaginación de don Bosco y que
manifestó poco después de la primera expedición de misioneros. El acarició la idea de inducir al Gobierno italiano a fundar una colonia
en el sur de Argentina, que dependiera en todo y por todo de la madre patria; era un sueño imposible de realizar, pero ajeno a todo fin
político.

Don Bosco no sospechaba que era un plan quimérico, porque creía que en aquellas lejanas tierras había extensiones ilimitadas que no
pertenecían a ningún Estado civil. En efecto, nos consta que habló de ello dos veces en este sentido. El 5 de febrero de 1876, por vez
primera, aludió a "aquellas tierras de Patagonia, todavía no sujetas a la República Argentina"; el 19 del mismo mes dijo, por segunda
vez, que había muchísimos "terrenos primi occupantis". Y formula la misma persuasión en un memorial dirigido al Ministro de
Relaciones Exteriores Melegari 1, en el que indica una zona que se extiende "del Río Negro al Estrecho de Magallanes", donde "no hay
viviendas, ni puerto, ni gobierno que tenga derecho alguno".

Autores italianos, mal informados, enciclopedias superficiales y mapas geográficos con indicaciones fantásticas, le habían inducido a
este error.

Tenían que pasar todavía unos cuarenta años para que los estudios geográficos adquirieran en Italia un nivel científico más alto. Pero,
cuando supo que no había en aquellas regiones un palmo de tierra,

1 Véase, Apéndice, doc. 5.
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adonde no se extendiese el dominio de Argentina o de Chile, naturalmente ya no dijo palabra de su empresa 1.

((112)) Empresa, de todos modos, por él concebida como el medio más eficaz para conseguir su doble intento de evangelizar y civilizar
a los indios y encauzar sabiamente nuestra emigración. El comprendía que ésta crecería cada año; veía cómo nuestros pobres emigrantes
estaban a merced de los elementos físicos y de codiciosos explotadores; él, adelantándose a los tiempos, se daba cuenta de que el
Gobierno cometía un desacierto al no interesarse por ellos; pero sobre todo le sangraba el corazón cuando leía con qué facilidad nuestros
compatriotas perdían la fe de sus padres en aquella situación de abandono.

Acostumbrado como estaba a sacar partido de toda clase de entidades y personas para lograr hacer el bien, quiso también arrancar
auxilios al Gobierno de su país para lograr tan puros ideales.

Así, pues, no sólo no merece censura, sino que ha de tributársele admiración y alabanza, siquiera por sus santas intenciones. In magnis
et voluisse sat est 2 (En las grandes cosas basta incluso haberlas querido).

1 No se debe pasar por alto que, aún en 1896, Teodoro Herzl, en su célebre obra L'Etat juif, Essai d'une solution de la question juive,
juzgaba que no era imposible el plan de obtener de las grandes potencias, para los hebreos, "La souveraineté d'un morceau de la surface
terrestre en rapport avec leurs légitimes besoins de peuple", en Palestina o en Argentina. (Véase "tudes, 5 de agosto de 1930, pág. 328).

2 PROPERCIO, Eleg. III, 1.
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((113))

CAPITULO V

POR LOS COLEGIOS Y EN EL ORATORIO

CUANDO vemos al Beato don Bosco salir del Oratorio para ir a los colegios, acuden espontáneas a la mente aquellas palabras del
Evangelio exiit qui seminat seminare semen suum (salió el sembrador a sembrar su simiente). íCómo nos alegraría, y qué bien nos
vendría ahora, tener noticias abundantes de aquellas siembras providenciales! Demostraron haberlo intuido los primeros directores, al
pronunciarse unánimemente en favor de las crónicas locales, donde registrar todo lo que don Bosco iba haciendo y diciendo a su paso
por las casas. íQué rica cosecha de ejemplos y enseñanzas tendríamos hoy, si aquellas crónicas locales no se hubiesen quedado en un
piadoso deseo! Atesorando, pues, lo poco que hemos podido escarbar acá y allá a lo largo de los meses de febrero y marzo, nos
reservamos el derecho de suplir un tantico la escasez de las casas lejanas, entrando a saco en las crónicas y croniquillas del Oratorio.

El Siervo de Dios fue llamado telegráficamente a Niza, y aprovechó el viaje del 20 de febrero al 11 de marzo para visitar los colegios
de Liguria. Iremos tras él hasta la meta, aunque no sabemos nada de la parada que hizo en Sampierdarena.

El Patronage St. Pierre estaba en vísperas de una hermosa transformación. Aquella obra no podía vivir, y menos aún desarrollarse
encerrada como estaba en la planta baja y sótanos de una antigua hilandería. Además, bajo las miradas indiscretas que espiaban cuanto
allí se hacía desde las próximas ventanas ((114)) del vecindario, sufrían una situación que sabía a esclavitud. Cuando el Director fue a
Turín para la fiesta de san Francisco, habló a don Bosco del chalet Gautier, junto a la Plaza de Armas, que estaba en venta y le parecía
que respondía plenamente a la necesidad. Era un edificio capaz, con jardín que podía convertirse en patio de recreo; situado lejos del
ruido de la ciudad, pero bastante próximo a la misma para los externos; en una posición salubérrima y encantadora. Solamente el precio
no andaba muy de acuerdo con los recursos económicos de don Bosco: íSe necesitaban cien mil francos! Pero él, a la vista de la
necesidad, no vaciló. El 3 de
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febrero encargó a don José Ronchail que escribiera a algunos beneméritos señores de Niza y se procediera a la compra; la Providencia no
faltaría.

El abate Roetti de Niza tuvo una idea genial. Anunciaban los
periódicos que monseñor Mermillod, Vicario apostólico de Ginebra, procedente de Marsella y camino de Roma, pasaría por Niza. Se
hablaba mucho del elocuente Prelado de fama mundial que sufría el destierro hacía tres años, víctima de tiranías heréticas y sectarias; iba
a la Ciudad eterna para templar su ánimo en la tumba de san Pedro y a los pies del gran Pío IX, y para promover la causa de declarar
Doctor de la Iglesia a san Francisco de Sales. Propuso el abate a los socios de la Conferencia de San Vicente de Paúl que suplicaran a
Monseñor que se detuviese en Niza para predicar un sermón de charité o, como diríamos nosotros, dar una conferencia en favor de la
obra de don Bosco. El abogado Michel, como presidente, el barón de Héraud y algunos otros socios aceptaron la propuesta, e invitaron a
Monseñor. Este, después de un intercambio de cartas y telegramas, señaló el 23 de febrero por la tarde, en el lapso de tiempo entre la
llegada de un tren y la salida del otro.

Un selecto grupo de fervientes católicos recibió al digno Pastor, que llegó a la una. La conferencia, fijada para las tres, la dio a las dos
en la iglesita de San Francisco de Paula, tan atestada de oyentes, que muchas personas ((115)) tuvieron que resignarse a no poder entrar.
Preguntó el orador en la sacristía sobre qué tema debía predicar. Al saber que se trataba de una obra en favor de los huerfanitos y dirigida
por los Salesianos, se alegró muchísimo, porque, como él mismo dijo después, era justo que el sucesor de san Francisco de Sales
predicara en favor de una obra confiada a una Congregación, que tenía por patrono al santo Obispo de Ginebra. Pocos minutos después
subió al púlpito. El noble e imponente auditorio, presidido por monseñor Solá, Obispo de Niza, aguardaba ansioso la palabra del gran
perseguido.

Monseñor Mermillod tomó como lema el texto de David: Tibi derelictus est pauper, orphano tu eris adiutor (El desvalido se abandona
a ti, tú socorres al húerfano) 1. Demostró después la relación existente entre la maternidad de la mujer y la maternidad de la Iglesia; hizo
ver cómo ésta sale al encuentro de aquélla y la socorre cuando no tiene la posibilidad de educar a la prole; terminó poniendo de relieve la
común obligación de unirse a la Madre Iglesia para mantener y educar en el bien a los pobres huérfanos, que, ayudados por la religión, se

1 Ps. X,14.
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convierten en apoyo de la sociedad, mientras que, abandonados a sí mismos, privados de los socorros de esta Madre, no se resignan de
ningún modo al estado en que la Providencia los ha colocado y, en vez de considerar en el rico a un hermano y un bienhechor, lo
consideran como un tirano, y de este modo son arrastrados al comunismo. La emoción que su palabra produjo fue tal, que las limosnas
entregadas alcanzaron la suma de cuatro mil quinientos francos. Los diarios franceses e italianos se ocuparon del caso mezclando los
elogios al conferenciante con las alabanzas al "admirable sacerdote turinés, cuyo nombre era ya inmortal" 1.

El efecto de tan gran publicidad fue una lluvia de peticiones formales de diversas partes de Francia, como Lyon, París, Annecy; pero
donde más surgió y fue tomando cuerpo la idea de una casa Salesiana fue en Marsella. El Obispo de Aix envió expresamente ((116)) una
persona de su confianza para hablar con don Bosco y obtener una fundación
en su diócesis. Don Bosco contestaba a todos que las propuestas estaban de acuerdo con sus intenciones; que las aceptaba de muy buen
grado; pero que no tenía personal suficiente y, por tanto, de momento convenía diferirlas; mientras tanto, consideraría lo que se debía
hacer.

"Asistió el Beato a la conferencia? Sin duda. Pero se cuenta que, mientras los oyentes admiraban los prodigios de su caridad, él dormía
tranquilamente: ítan seguro estaba de la divina Providencia! El mismo manifestó abiertamente esta confianza en dos circunstancias
particulares, que nos permiten conocer cada vez mejor al hombre de Dios.

El notario Sajetto, que prestaba gratuitamente sus servicios, le hizo patente que los derechos gubernativos del registro de la escritura
importaban más de seis mil francos; y don Bosco le contestó que, como no tenía más que los cuatro mil francos de la colecta, se
resignaba a apalabrar la compra. Entonces el presidente de la Sociedad de San Vicente, viendo simplemente en esto un acto de
inconsiderada temeridad, no se contuvo y le dijo que aquello era una locura.

-íHombre de poca fe!, le contestó don Bosco; ya verá usted como, dentro de tres meses, encontraremos más de dieciocho mil francos
aquí mismo y se podrá firmar el contrato. Escriba ante todo a Pío IX: su nombre a la cabeza de la suscripción, dará el golpe.

Se aceptó su consejo y, en efecto, Su Santidad envió enseguida por medio del cardenal Antonelli dos mil francos 2. Después, el
Consejo general de la Sociedad de San Vicente entregó mil; monseñor Solá

1 Semaine Religieuse de Niza, domingo 27 de febrero de 1876.

2 Véase, Apéndice, doc. 6.
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añadió otros mil, varios socios regalaron mil francos cada uno; un socio, el menos acomodado, pero tal vez el más adicto al Patronato,
vendió unas acciones, de las que sacó ocho mil francos y los puso en manos de don Bosco. Al cumplirse los tres meses se habían
encontrado dieciocho mil francos y se firmaba el contrato.

((117)) En otra ocasión más dio prueba el Beato de su ilimitada confianza en la divina Providencia. Preguntóle el mismo presidente si
no le parecía que aquella casa resultaba demasiado costosa, dado el fin al que se la quería destinar, y el Siervo de Dios le interrumpió
con energía, diciendo:

-Dios hace sus obras con magnificencia. Observe la cantidad de estrellas en el cielo, la profundidad de los abismos y la multitud de
peces en el mar, cuánta variedad de riquezas y hermosuras de toda clase en la tierra. Pues bien, ésta también es obra suya. No vayamos
con menudencias. Si nos faltan los medios para comprar esta casa tan
bonita, Dios nos los proporcionará.

Y demos ahora desde aquí un salto hacia adelante, para llegar al Oratorio en la misma noche de su regreso: así podremos saborear una
de aquellas conversaciones familiares, que don Julio Barberis tuvo la inspiración, digámoslo así, de consignar en su humilde crónica que,
en algunos párrafos ha hecho que llegara hasta nosotros casi el acento vivo de la palabra de don Bosco.

Hablaba él con algunos de sus sacerdotes después de la cena, según costumbre, de mil cosas, contestando generalmente a preguntas y
observaciones que le hacían los interlocutores. Aquella vez le preguntó uno:

-"Asistió usted al sermón de monseñor Mermillod?

-"Que si estuve? íEl Obispo de Niza me arrastró hasta su lado! Habían colocado para él un sillón en el presbiterio y quiso que yo me
sentase junto a él rodeado de todos los canónigos, de cara al pueblo.

-"Conocía usted ya a monseñor Mermillod?

-Sí que lo conocía, hacía ya mucho tiempo, y mantuvimos siempre relación epistolar. Es muy bondadoso con el Oratorio. Pasó por aquí
para visitarme, vio el Oratorio y le gustó.

-Era pequeña la iglesia de San Francisco de Paula, "no es verdad? De lo contrario la limosna hubiera sido mayor.

-Pequeña, y tan abarrotada de gente, que los que hacían la colecta no podían pasar. ((118)) A muchos no les llegó el cepo. Se dijo, y
creo que con razón, que si la iglesia hubiese sido grande, se hubieran recogido quince mil francos, y no cuatro mil. Muchos señores
hicieron después lo que no habían podido hacer entonces, de suerte que a cada
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momento veía llegar visitas y cartas con cuarenta, cincuenta y cien francos de limosna para contribuir a asegurar de forma estable la
existencia del oratorio. En Niza somos verdaderamente bien vistos. También las autoridades civiles nos protegen. Incluso el Gobernador,
que es protestante, nos favorece de veras. Habíasele presentado un correligionario para protestar contra don Bosco. Dos muchachos,
escapados del hospicio protestante, se habían pasado a nuestro Patronato, donde, según afirmaba aquel señor, se violentaban las
conciencias y se obligaba a los muchachos a hacerse católicos. Pretendía, pues, que el Gobernador sacara de ella a los dos muchachos.
Pero el Gobernador le contestó: -"Se escaparon de vosotros porque no querían seguir allí; y ahora "hacerlos volver? Sería violentarlos. Y
no permitir a don Bosco que reciba a los muchachos, que se le presentaron acompañados por sus padres y en la debida forma, eso yo no
puedo hacerlo. Váyase, váyase; allí estarán tan bien como con usted".

Y así los dos fugitivos se quedaron.

A continuación describió el Beato la nueva morada y el estado de las cosas de esta manera:

-Cuando se pueda abrir la nueva casa recién comprada, tendremos un local magnífico. Está situada en la linde de la Plaza de Armas.
Mide nueve mil metros cuadrados y tiene un patio espacioso para un millar de muchachos externos. Aprovechando bien el local, como
nosotros solemos hacer, pueden caber hasta ciento cincuenta internos. Además, hay posibilidad para ampliar el edificio. La construcción
es incluso demasiado lujosa; tiene escaleras y pavimentos de mármol blanco. Se ha comprado por noventa mil francos y enseguida me
ofrecieron otro tanto, para que vendiese el terreno del jardín sin el edificio. El gasto total llegará a los cien mil francos, contando
escrituras e impuestos, que en Francia requieren mayor gasto que aquí.

((119)) Pero, entre las limosnas que me entregaron y las que yo fui a pedir, más las que me prometieron para la fecha del pago, se ha
llegado al importe de la compra. El procurador da los pasos para levantar varias hipotecas que gravan la finca, y todo lo hace por su
espontánea iniciativa y sin interés. El y el abogado ya me han dicho que no admiten ni un céntimo por su trabajo, porque desean
cooperar de alguna manera a la fundación. íAlabado sea el Señor! Di muchos pasos, no estuve mano sobre mano; pero he podido llevar
las cosas a tal punto que ya pueden marchar por sí mismas. Diré además que en Niza nos hemos entendido para abrir otro oratorio
festivo, junto a la iglesia adonde va nuestro don Enrique Güelfi a celebrar misa.

Con acierto dijo don Celestino Durando al acabar:
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-Allá en Francia comprenden lo que verdaderamente puede hacer el bien y, cuando ven que una institución es buena, no escatiman las
limosnas.

Las cosas podían marchar por sí mismas, había dicho don Bosco; pero no excluía con esto la válida cooperación. Por eso, dos meses
más tarde escribía al Director, indicándole concretamente la manera de encontrar los medios necesarios. Es una carta, que nos revela los
principios por los que se guiaba el beato Fundador para encauzar sus obras.

"Puesto que nos hemos metido en el baile, es necesario que procuremos seguir la danza hasta el fin"; he ahí al hombre de la
constancia, que, una vez decidido a una empresa, ya no sabe de defectos ni dificultades.

"Dios quiere esta obra y no podemos echarnos atrás sin ofender su santo querer; y si nosotros cooperamos, estamos seguros del éxito":
he aquí al hombre de la santidad, que, una vez conocido el querer divino, acomete con audacia su deber, que consiste en hacer todo lo
humanamente posible para cumplir los designios de la Providencia.

Queridísimo Ronchail:

Puesto, que nos hemos metido en el baile, es necesario que procuremos seguir la danza hasta el fin; por lo tanto hay que resolver las
dificultades que se presentan para nuestro patronato de San Pedro. Por consiguiente, si el benemérito notario señor ((120)) Sajetto puede
lograr el empréstito de sesenta mil francos, todos nosotros bregaremos para encontrar los otros treinta mil necesarios para el pago al
contado de la casa Gautier. Por tanto:

1.° Dirás al abogado Michel y al barón Héraud que busquen ubique terrarum (por todas partes) cómo juntar una cosa a otra, es decir,
dinero contante y sonante, granjeándose el favor especialmente de la marquesa Villeneuve, del inglés que vive debajo del señor Barón,
del conde Aspromonte y de todos los que pudiesen favorecernos en el reparto de la beneficencia del Carnaval. Como quiera que el
Alcalde dijo repetidas veces que se interesaba por nuestro caso y que, en su calidad de ciudadano y de jefe del Ayuntamiento, también
concurriría, bueno será recordárselo, con el objeto de suplicarle su concurso a los treinta mil francos, que se deberían pagar al contado
enseguida, para efectuar una obra que ciertamente concierne a la clase más digna de atención, como es precisamente la de los niños
abandonados de Niza. "Quién sabe si el señor Dellepiane no querrá también ayudarnos?

2.° Trabaja para lograr que el señor Pirone, el canónigo Daidero y también el canónigo Bres, hagan algún esfuerzo en este caso
excepcional.

Di al señor Audoli que ponga en marcha toda su paciencia, su caridad y también su cartera.

Quizás pueda ayudarnos también el padre Giordano 1.

1 De los Oblatos de María Virgen. (Véase vol. XI, pág. 443).
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El señor Obispo añadirá sin duda algo, pero ya le escribiré yo a su tiempo.

3.° Mientras tanto, declárense bien las cosas, estipúlese el contrato fijando unos dos meses para firmar la escritura. A fines de este mes
voy a Roma y desde allí haré lo que pueda.

Quince días antes de la fecha fijada para firmar la escritura me escribirás diciendo el dinero que aun os falta y procurare enviároslo
haciendo un préstamo en Turín.

Dios quiere esta obra y no podemos negarnos a ella sin ofender su santo querer, mientras que, si cooperamos, estamos seguros del
éxito. Pero es preciso decir que el demonio meterá el rabo y nosotros nos pondremos de acuerdo para contárselo. Convendrá también
comunicar el asunto al Obispo, mas sin pedirle nada.

Saluda a los señores mencionados; recemos con fe y no nos faltará el auxilio del Señor.

Dios nos bendiga a todos; créeme en Jesucristo

(sin fecha)

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

El Beato se apresuró también a notificar al Director las gracias espirituales, concedidas por el Papa a los bienhechores de las ((121))
obras salesianas, reservándose comunicarle más tarde, tal vez desde Roma, otros favores individuales concedidos para las personas más
beneméritas.

Queridísimo Ronchail:

Te envío parte de los favores concedidos por el Padre Santo a nuestros bienhechores, para que puedan comenzar a usufructuarlos.
Rabagliati sabrá decir las palabras que deben escribirse en cada folio. Pronto te enviaré las otras gracias espirituales; pero empieza a
repartir éstos y di a todos que necesitamos su caridad. "No han hecho nada el canónigo Daidero, el señor Pirone, el señor Dellepiane,
etc.?

Estos días pasados no he podido ocuparme del dinero para la nueva compra. El lunes empezaré de firme. Pero tú búscalo donde lo haya

o haz que te lo den a la fuerza. "Qué dicen a esto el Barón y el señor Audoli?
(El original de don Bosco no lleva firma)

Al poco tiempo necesitó don José Ronchail consejo sobre un asunto delicado, que turbaba la paz de la diócesis. En un lugar apartado y
aislado se levantaba un santuario, denominado el Laghetto, que era meta de frecuentes peregrinaciones de devotos. El Obispo, como ya
vimos 1, hubiera querido confiarlo a los Salesianos; pero a don Bosco

1 Véase vol. XI, pág. 363.

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no le parecía oportuno aceptar. Sin embargo, se repetían las insistencias.

Es preciso tener algún conocimiento de la historia de aquel lugar.
Antes de la revolución francesa pertenecía a los Carmelitas descalzos.
Estos fueron expulsados durante la revolución, igual que los demás religiosos, y volvieron en la época de la restauración; pero, a
continuación, iglesia y convento pasaron a propiedad del Estado por la ley de confiscación del 1855. Una vez anexionado a Francia el
Condado de Niza, el Gobierno sacó a pública subasta aquellos inmuebles. Los Carmelitas licitaron para volver a restablecerse allí, pero
el Cabildo de Niza se opuso a ello, ofreció mayor cantidad, quedó propietario y puso al frente del santuario a un sacerdote diocesano,
que fijó su residencia en el convento y atendía a la administración del santuario, sin hacer caso alguno de las protestas de los Carmelitas.

((122)) Se encontraban las cosas en este estado, cuando se intentó tratar del asunto con don Bosco. Había grandes desavenencias en el
clero, entre el clero y los seglares y entre los mismos seglares. "Yo soy neutral, escribía Ronchail 1, y he de mantenerme así por las
circunstancias en que me encuentro; estoy como atado, y no me atrevo a hacer visitas durante el día, porque siempre hay quien se fija
adónde uno va, para colegir a qué partido se atiene, y por eso voy de noche. Parece cosa de risa, pero es algo muy serio. Se habla de ello
en la Cámara de Diputados y no sé cómo acabará... Hasta los miembros de las conferencias están divididos por esto y a mí me toca
navegar entre dos aguas, para no caer en desgracia de ninguno. Me vendría muy bien una carta suya con algún consejo a propósito". El
Beato, que no pudo contestarle enseguida, le escribió desde Roma.

Queridísimo Ronchail:

He recibido en su día las noticias que me has comunicado y te contesto desde Roma, donde me encuentro hace unos días.

Celebro que el señor Audoli empiece a entrar con alma y cuerpo en nuestro pequeño patronato. Guarda con él todas las atenciones
posibles; ruégale que te diga todo lo que necesita y proporciónaselo. Salúdale de mi parte y dile que le encomendaré de manera particular
en la santa misa, como amigo y hermano, y que pediré para él una bendición especial, cuando me presente al Padre Santo.

Apruebo todo lo referente al asunto Gautier. Sigue preparando y reuniendo dinero para el día de la escritura. Haremos un registro con
la lista de los bienhechores, que de alguna manera han ayudado a este fin; en cabeza irán el barón Héraud y el abogado Michel; y,
mientras dure ésta nuestra institución, se harán mañana y tarde oraciones especiales por ellos.

1 Carta a don Bosco, desde Niza, el 19 de marzo de 1876.
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El asunto del Laghetto me parece que se está embrollando cada día más. Tú atente a estas normas:

1.° No hables nunca expresamente de ello (ad hoc).

2.° Cuando se hable de ello, manifiéstate poco informado y con pocas ganas de hablar.

3.° Y si tienes absoluta necesidad de decir algo, limítate a decir: No leo periódicos de ninguna clase. Yo quiero a todos, necesito de
todos y no estoy capacitado para juzgar. Pero cuando la Santa Iglesia se pronuncie, yo estaré de acuerdo con lo que Ella determine, etc.

((123)) Di al párroco de San Juan de Villafranca que le agradezco el interés que tiene por socorrernos. Espero que quedará muy
satisfecho por los favores, que le comunicaré tan pronto como todo esté arreglado. Dirás lo mismo al señor Dellepiane, mi antiguo y
querido colega.

El señor canónigo Daidero tendrá la medalla que desea y con ella recibirá también muchos favores espirituales; pero yo le recomiendo
que me busque también algún ladrillo para el chalet Gautier.

En cuanto a Perret será bueno decir las cosas por su nombre y preguntarle directamente en el coloquio mensual sobre las dudas que
tiene. Si niega, muéstrate satisfecho, disimula y nosotros veremos lo que proceda hacer.

Después de la audiencia con el Padre Santo te volveré a escribir.

Quiéreme en el Señor. Saluda a nuestros queridos muchachos y a tu madre; reza por mí que soy para ti en el Señor,

Roma, 12-4-1876.

Afmo. amigo.
JUAN BOSCO, Pbro.

P. S. "Rabagliati toca el piano? "Se hacen salesianos Peracchio y el carpintero Ronchail?
Nuestro venerando don Luis Cartier 1, que pasó la mayor parte de su vida en Niza, es del parecer de que la negativa de don Bosco,
inspirada por el sentimiento de justicia, caridad y paz que siempre le acompañaron, hizo posible la vuelta de los Carmelitas al Laghetto

2. En efecto, estos religiosos no sólo recobraron sus derechos, sino que también supieron volver a entablar amistosas relaciones con el
Cabildo de la Catedral, haciendo un gran bien, hasta que la ley de 1901 contra las Congregaciones volvió a echarlos de su nido.
1 Luis Cartier (1860-1945). Es uno de los primeros salesianos franceses. Don Bosco mismo le nombró director y maestro de novicios
en Ste. Marguerite (Marsella). Fue director de Niza durante casi cuarenta años (1886-1923). Cuando la supresión de los religiosos fue
llevado a los tribunales. Suscitó muchas vocaciones salesianas y eclesiásticas. Cotonó su labor con la construcción de la iglesia de María
Auxiliadora, en cuya cripta reposan sus restos. Quedóse ciego en los últimos años de su vida. (N. del T.)

2 Carta al autor de estas Memorias, Niza, 5 de febrero de 1930.

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El Beato mantuvo la promesa hecha a don José Ronchail de volver a escribirle desde Roma después de la audiencia con el Padre Santo.

Mi querido Ronchail:

Estoy conforme con cuanto me has comunicado. Por lo tanto:

1.° Data occasione, comunica una bendición especial del Padre Santo a todos los que de cualquier manera han favorecido nuestro

patronato.

Fueron concedidos también muchos otros favores especiales, que están todavía en curso en las oficinas de las Sagradas
Congregaciones y que os comunicaré tan pronto como acabe la negociación.

((124)) 2.° Escribe a Barale 1, que te envíe cincuenta ejemplares de El Joven Instruido, en francés y finamente encuadernados, para
poder regalarlos. Tú manda imprimir una hojita como el modelo que te incluyo, para colocarla en la primera página de cada ejemplar.

Son para los bienhechores.

3.° Acepta el Patronato de San Luis y pide a Turín el personal que necesites.

4.° Y saludos especiales para el señor barón Heraud, el señor Audoli y toda la familia del Patronato.

El Padre Santo os bendice a todos. Rezad por mí, que siempre seré en Jesucristo vuestro

Roma, 22-4-1876.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

P. S. Se acerca el día de la escritura; prepara, por tanto, el dinero. Pero cuida mucho tu salud.
Y basta de Niza, por ahora. Sólo pondremos aquí cinco recomendaciones que encontramos en un papelito autógrafo sin ninguna
indicación y que no sabríamos colocarlo mejor en otra parte. Se trata de cinco normas prácticas para el buen gobierno de la casa 2. "Es
absolutamente necesario: 1.° el coloquio mensual; 2.° leer cada semana una parte de las Reglas o una parte de las deliberaciones
capitulares; 3.° distribuir los cargos. Pero cuídese el Prefecto de la disciplina y de los (preparativos) de la mesa; 4.° haya uno para la
sacristía, que sea maestro de ceremonias del clero y del clero infantil; 5.° haya uno, que dirija las escuelas lo mejor posible".

Después de la visita de Niza, la más importante fue la de Vallecrosia. Verdaderamente, más que de visita, debe calificarse de simple

1 Director de la Librería del Oratorio.

2 Son las deliberaciones tomadas en las conferencias de los Directores con los miembros del Capítulo Superior. Estas conferencias se
llamaban también Capítulos generales.

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vistazo; pero fueron importantes las comprobaciones hechas y las decisiones tomadas.

Para ganar tiempo, sostuvo una primera entrevista con el Director en la estación de Ventimiglia, por donde tuvo que pasar para ir de
Génova a Niza.

((125)) Queridísimo Cibrario:

Con verdadera alegría recibí tus dos cartas. Eso ya ha comenzado y Dios nos ayudará a continuarlo. Ciertamente es muy ardua la
empresa que tenemos entre manos, especialmente en sus comienzos; precisamente por este motivo he tenido que sacar de su puesto al
Rector de la iglesia de María Auxiliadora y ponerlo al frente de la pequeña caravana que, con la bendición del Señor, tendrá que llegar a
ser un ejército bien encuadrado. Comprendo fácilmente que el lugar es y será siempre muy reducido;
pero nosotros suplicamos a Dios que nos lo agrande.

En este momento recibo un telegrama de Niza, de donde me llaman con urgencia. El lunes, día 20, a las doce del mediodía, estaré en la
estación de Ventimiglia. Si vas allí, podremos hablar. De lo contrario, a mi vuelta pararé lo que fuere necesario.

Saluda de mi parte al profesor Cerruti, a Martino su substituto, a nuestras Hermanas y a toda la casa Lavagnino; a todos les deseo la
bendición del Señor. Ruega por mí,

Turín, 19-2-1876.

Afmo. amigo en J. C.
JUAN BOSCO, Pbro.

El encuentro se celebró, como fácilmente se colige por una frase contenida en esta otra cartita, con la que lo invitaba a encontrarse de
nuevo con él a su regreso.

Queridísimo Cibrario:
En el tren que llega a Ventimiglia alrededor de las once de la mañana, del 2 de marzo, llegaré, Dios mediante a ésa, e iré enseguida
a

visitar al Obispo para recibir órdenes y ver lo que conviene hacer.
Si puedes, ven tú también y expondrás mejor lo que merece ser tomado en consideración.
Te incluyo una carta que olvidé entregarte. Que Dios os conceda todo bien a ti y a nuestras familias de Vallecrosia.
Pide por tu
Niza, 29-2-1876.

Afmo. amigo en Jesucristo JUAN BOSCO, Pbro.

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También notificó a don Miguel Rúa su regreso a Ventimiglia, al salir de Niza. El autógrafo no lleva fecha; pero, como en él se alude a
la condición desesperada del joven Seghesio, fallecido, como resulta por los registros del Oratorio, el 17 de marzo, la carta pertenece
ciertamente a este año y fue escrita en Niza el 2 de marzo.

((126)) Queridísimo Rúa:
Salgo para Ventimiglia y espero estar en Turín el día 11 por la tarde. Pero escribiré desde Alassio o desde S. Pierdarena.
Hemos hecho el contrato. La bagatela de cien mil francos. Pero es un bonito edificio; prepara dinero.
Cuando llegue a Turín hablaremos de la iglesia de San Segundo 1. Envía a don Juan Bautista Lemoyne la adjunta.
Si Seghesio se encuentra todavía inter vivos, salúdale y dile que ruego por él.
Dios nos bendiga a todos. Amén.

Afmo.
JUAN BOSCO, Pbro.

La carta para Lemoyne también está sin fecha. Contesta humorísticamente a su petición para ir a América. Esta contestación nos
recuerda otra del mismo estilo. También don Juan Francesia había pedido por escrito a don Bosco ser enviado a las misiones. Don Bosco
dejó pasar algún tiempo, y un buen día le dijo al encontrarlo:

-"Sabes lo que ha pasado? Que he leído tu poesía...

Queridísimo Lemoyne:
Tan pronto como recibí carta, envié una bendición especial con una oración particular para Martino, que tal vez a estas horas ya

descanse en el Señor. Fiat voluntas tua.
En cuanto me pidan desde Argentina un buen poeta, pondremos en movimiento tu veneranda persona.
Cariñosos saludos para nuestros queridos jóvenes y diles que tampoco los olvido en Francia y les dedico cada día un memento especial

en la santa misa. Pero que ellos no se olviden de rezar por el pobre don Bosco, que siempre será para ellos y para ti.

Afmo. amigo en Jesucristo JUAN BOSCO, Pbro.

P. S. Hemos comprado una casa estupenda en Niza, que cuesta la bagatela de cien mil francos; así que, vete preparando la cartera.
1 Del asunto de S. Segundo se hablará en el XIII volumen.

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Lejos de sus hijos y cargado de preocupaciones, el Beato guardaba una calma y serenidad tan perfectas, que no perdía de vista las
necesidades individuales de sus hijos, doquiera se encontrasen. He aquí una bonita prueba en esta carta fechada en Ventimiglia.

((127)) Queridísimo Bonetti:

Di a Villanis que se prepare y, si el Obispo de Casale no tiene ordenaciones para el día de sitientes, ruéguesele que haga una simple
aclaración de ello y entonces se acudirá a Vigévano o a Alessandria con las dimisorias oportunas.

En cuanto a Rocca escribiré a Roma y te comunicaré la respuesta para tu norma.

Con respecto al traslado de los alumnos, haz como mejor te parezca.

Haz también lo que creas más oportuno con Giolitto y , si le pueden probar los aires de la Riviera o de Lanzo, fiat. Pero espero que no
haya llegado todavía su hora.

Vale para ti y para los tuyos. Amén.

Ventimiglia, 3 de marzo de 1876.

Afmo.
JUAN BOSCO, Pbro.

Desde Ventimiglia fue don Bosco a Vallecrosia, donde comprobó por sí mismo no sólo la necesidad, sino la urgencia de poner mano a
la construcción de la casa y de la iglesia. Las peticiones de escolaridad aumentaban de día en día. Las pobres Hermanas, para contentar a
todos, se sometían a la ímproba labor de dar clase por separado, al atardecer, a las mayores que querían adelantar mas en la escritura y en
las labores. Las niñas se escapaban de las escuelas de los protestantes. Los Salesianos también veían crecer continuamente el número de
alumnos, porque los muchachos iban de buena gana a sus clases; por consiguiente, pedían refuerzos de personal.

El director, don Cibrario, gozaba del mas respetuoso aprecio. Hasta el Obispo le tenía en gran concepto y lo señalaba a la gente
diciendo sin rodeos:

-Ahí tenéis al cura santo.

Tres personas tenían que trabajar por ocho. El Beato hacía siempre lo mismo; cuando no tenía bastante personal enviaba a las nuevas
fundaciones el suficiente para empezar. Dios bendecía los esfuerzos de aquellos pocos, hasta que don Bosco poco a poco enviaba todo el
personal necesario. Pero, mientras tanto, los primeros tenían que echar los bofes un buen rato, siempre a la espera de unos refuerzos que
tardaban en llegar; de este modo escarmentaban en cabeza propia y se hacían hombres.
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((128)) Allí todos ardían en deseos de conocer a don Bosco; hasta los protestantes estaban picados de curiosidad. En cambio don
Bosco no tuvo prisa alguna por darse a conocer. La casa daba a la calle del pueblo y el ir y venir de la gente por allí era continuo de la
mañana a la noche. Pero él fue en coche cerrado y en coche cerrado se marchó; de suerte que muy pocos lo vieron. Con esta su conducta
reservada quiso seguramente evitar todo lo que pudiese tener visos de provocación. Partió de allí con la firme esperanza de que los
nuestros, andando el tiempo, salvarían al pueblo de las garras del protestantismo; le alentaba a esperarlo el haber visto que las familias
del lugar miraban con simpatía las nuevas escuelas y que de todas partes llegaban limosnas para los nuestros.

Animado por estos sentimientos, en cuanto llegó al Oratorio, ordenó a don Carlos Ghivarello que preparara unos planos para los
edificios a construir. Sobre una superficie, de treinta metros por cuarenta, había que levantar una iglesia de discretas dimensiones, con la
vivienda para los hermanos y escuelas para los niños a un lado; y al otro la vivienda para las hermanas y escuelas para las niñas. Ambas
viviendas debían tener dos plantas, mas sin impedir los ventanales de la iglesia, cuyos muros laterales servirían así para doble fin. En el
piso superior del edificio tendría a uno y otro lado seis habitaciones, quedando destinada la planta baja para aulas, refectorio y cocina.

La puerta de entrada no debía dar a la calle principal, sino a un lado del edificio y precisamente frente al templo protestante.

-Don Bosco, exclamó don Julio Barberis que estaba presente y escuchaba estas instrucciones, usted quiere mucho a los protestantes.
Ya hace años que se afana por establecerse aquí en Turín a su lado 1; en Bordighera no quiere separarse de ellos; tendría también que ir a
Pinerolo a ponerse a su lado.

-Sí, precisamente a su lado, contestó don ((129)) Bosco. Mas aún, ahora mismo está a la venta el templo de los protestantes en Roma y
ya he encargado a alguien que entable negociaciones para la compra.

En realidad, los protestantes habían construido en Roma su templo, sacando las obras a subasta; pero, a la postre, estallaron ciertas
discordias, por lo que desecharon la idea. De aquel asunto, por lo que concierne a don Bosco, no tenemos mas noticias.

Una carta del Beato a don Juan Cagliero, escrita desde Varazze, es un precioso recuerdo de su visita a Vallecrosia.

1 Alusión a las difíciles negociaciones para la construcción de la iglesia de San Juan Evangelista, como se dirá en el volumen XIII.
Véase pág. 417 del volumen XI.
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Queridísimo Cagliero:

En el paquete de cartas que envío a ésa va una para ti. Estoy de visita por la Riviera y nuestras casas marchan de la manera más
satisfactoria. La casa de Bordighera está excelentemente encaminada. Se han arrancado ya cien niñas y otros tantos niños de las fauces
de los protestantes. Hace dos domingos que su templo no tiene más que cuatro oyentes. Toda la población se va con don Cibrario. La
furia de los herejes se lanza contra don Bosco, que anda por todas partes estorbando las conciencias.

Tienen razón.

Tal vez, antes de que recibas la presente, ya hayas contestado mi anterior. De todos modos, dame noticias concretas del estado
material, moral y sanitario de nuestras casas y de las personas. Voy a pasar el mes de abril en Roma, donde espero hacer algo para el
padre Ceccarelli.

Te escribiré desde allá. Quiéreme en el Señor y ruega por mí, que soy tu

Varazze, 12-3 (sic) 1876.

Afmo. amigo en Jesucristo JUAN BOSCO, Pbro.

P. S. -Un afectuoso saludo para nuestros hermanos.
De su paso por Alassio da testimonio una carta a don Julio Barberis. Estaba éste terminando la Historia Oriental y Griega, que le había
encargado el Beato. Y le apremiaba para que la acabara. Pero la noche del 20 de enero, en los acostumbrados coloquios de después de la
cena, le había dicho:

-Deseo repasar todos los cuadernos de tu trabajo uno por uno y luego los pasarás al profesor Lanfranchi para que los revise.

Queridísimo Barberis:

Me alegro de que hayas terminado algunos cuadernos. Comienza a entregar uno al caballero Lanfranchi, con quien ya estamos de
acuerdo; cuando termine éste o éstos, ((130)) ya le entregarás los otros. Mientras tanto se podrá comenzar la impresión. Me gusta que
vayas a predicar los ejercicios, pero...

Por lo que se refiere a Chiara, di a don Miguel Rúa que le busque ocupación en lo que parezca más necesario. En cuanto a Veronesi y a

Soldi, bien está, conforme; pero bueno será que hablemos de esto.

Saluda a Piotón, a Giovanetti y a otros, que me han escrito y cuyas cartas he leído con verdadero agrado.

Messis nostra de die in diem crescit et centuplicatur. Perfice operarios sanctos atque strenuos (nuestra mies crece de día en día y se

centuplica. Prepara operarios santos y valientes).

Que Dios os bendiga a ti, a tus aspirantes, santos y valientes, mis hijos queridos. Saluda a don Luis Guanella y a Antonio Bruno el
cocinero. Rezad por mí, que siempre seré vuestro

Alassio, 5-3-1876.

Afmo. amigo en Jesucristo JUAN BOSCO, Pbro.

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VOLUMEN XII Página: 119

A costa de repetir cosas ya mencionadas en el volumen anterior, transcribiremos aquí una nota de la crónica, que se refiere a la
ausencia de don Bosco del Oratorio durante su gira por la región de Liguria y más allá:

"Cuando don Bosco tiene que ausentarse de Turín por algún tiempo, piensa en todo asunto o proyecto. Escribió diversas cartas a don
Miguel Rúa con muchas disposiciones a tomar, a don Julio Barberis para los novicios y a don Celestino Durando para la escuela de los
Hijos de María Auxiliadora, siempre con el encargo de saludar a alguno, como si pensara continuamente en éstos y en todos los demás
de una manera particular. Escribió, como hace siempre, a muchos bienhechores del Oratorio, informándose de todo y enviando sus
saludos a muchos".

íCuánto sentimos ignorar lo que hizo y dijo al visitar las otras casas de Liguria! Suplan este silencio, siquiera en parte, las "buenas
noches", que dirigió a los muchachos del Oratorio tres días después de su regreso. Al verlo entrar, aquellos buenos chicos le tributaron
una calurosa ovación.

-íBuenas noches! íBuenas noches!, exclamó él sonriendo.

-íGracias! íGracias!, gritaron todos a la par con una nueva salva de aplausos.

Siempre que hablaba don Bosco, si alguien había encontrado algún objeto, se lo presentaba antes de la platiquita, para ((131)) que
invitara a recogerlo a quien lo hubiera perdido. Aquel día un muchacho le presentó un lápiz encarnado, que había encontrado en el patio.
Don Bosco anunció:

-íUn lápiz encarnado! Pido tres liras. "Quién lo quiere?

Después de una carcajada general, el Siervo de Dios comenzó:

Queridos hijos míos, he estado estos días visitando nuestros colegios de Liguria. íCuánto trabajo en todas partes! íHay mucho,
muchísimo bien que hacer! Y uno ya no sabe cómo salir de apuros; en todas partes piden auxilio y refuerzos.

Al ver esto, iba yo diciendo para mis adentros: -Si todos nuestros queridos muchachos del Oratorio fueran sacerdotes capaces de
realizar grandes trabajos, y verdaderos operarios evangélicos, habría puestos y tarea para todos.

Os lo aseguro, queridos míos, no me encontraría apurado para emplearos a todos. Mirad cómo bendice el Señor nuestros trabajos.
Visteis cómo hace poco más de un mes salieron del Oratorio el padre Cibrario, el clérigo Cerruti y el coadjutor Martino para ir a
Bordighera, población atestada de protestantes.

"Qué podrían hacer tres individuos solos, mejor dicho, dos, un sacerdote y un clérigo? Hacía sólo dos semanas que habían abierto las
escuelas, cuando yo fui allá.

Hay unas cien niñas en las escuelas de las hermanas y casi otros tantos muchachos en la escuela del clérigo Cerruti; casi todos ellos
iban antes a las escuelas de los
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protestantes; y los otros se veían obligados a quedarse en sus casas sin poder aprender nada, porque no había escuelas católicas. Y
después, el domingo acudían al templo protestante. Pero ahora que se abrió nuestra iglesita, ya hace dos domingos que el pastor
protestante se afana hablando a las cuatro personas que allí acuden y echa pestes contra don Bosco y sus curas, que dejan desiertos sus
institutos. Y no hay duda que, de seguir así las cosas, como yo espero, los protestantes no tendrán más remedio que declararse en quiebra
y marcharse. "Veis lo que significa tener dos o tres operarios evangélicos?

Y pensar que, sin aquellas escuelitas nuestras, sin aquella iglesita, muchas familias se habrían pasado poco a poco al protestantismo y
los protestantes habrían podido instalar en aquel pueblo un centro permanente, de donde a saber cuándo se les hubiera podido desalojar y
después de cuántos esfuerzos y trabajos. Ahora se trata de enviar allá a algún otro en su auxilio, porque Cerruti se queja de que él solo no
puede dar clase a todos; hay que dividir la escuela y, al aumentar el trabajo, hay que aumentar también el número de individuos en
aquella casa. Ahora voy a ver a quién se puede enviar.

Os digo esto, queridos hijos míos, para que os animéis, porque yo quisiera veros a todos vosotros convertidos en sacerdotes, dispuestos
a trabajar en la viña del Señor; pero sacerdotes celosos, de ésos que no piensan más que en salvar almas, de ésos que quieren prepararse
una hermosa ((132)) corona de gloria en el paraíso. Os diré también que, al volver de mi viaje, vi una cosa que me parece muy
importante para contaros, y fue que el mar estaba muy agitado. Y lo estuvo cinco días.

Yo no había visto nunca cosa semejante. Mirando desde la playa mar adentro, veíanse olas muy altas, casi como nuestra casa, que se
desplomaban formando entre una y otra como un valle muy hondo. Además, una ola acosaba a la otra rápidamente y sucedía que al
chocar una contra otra producían un estruendo semejante al estallido de dos o tres cañones que disparan a la par. El choque producía una
espuma blanca que subía muy alta hacia el cielo. Yo creo que, si entre aquellas olas, que se lanzaban una contra otra, se hubiese
encontrado un barco, habría sido lanzado tan alto que los marineros habrían tenido tiempo para morir por los aires (risas). Pero no se
veía ningún barco en el mar.

A las rocas llegaban continuamente olas gigantescas que se estrellaban con estruendo atronador y no se veía por toda la superficie del
mar hasta muy lejos más que miles de crestas de olas y estelas de espuma blanquísima. Yo me encontraba casi a trescientos metros del
mar y a menudo tuve que apartarme para no quedar mojado.

Mientras observaba este espectáculo admiraba la omnipotencia de Dios, que, cuando quiere, con una sola palabra hace que el mar
quede tan sosegado y tranquilo que hasta se puede correr sobre el mismo. Pero esta misma palabra pone todo en movimiento y en
tumulto en una extensión tan grande, que horroriza verlo. Si hubiesen ido por allí los senadores y diputados a mandar al mar que se
estuviese quieto, habríase visto hasta dónde llegaba su poder.

Pero, mirando el mar, vino enseguida a mis mentes el pensamiento de que aquella agitación de olas es semejante al estado de
conciencia de un joven que tiene el pecado en el alma. No tiene nunca paz ni tranquilidad. Dadme un joven bueno: está tranquilo y
contento, porque su conciencia no le remuerde de nada. Contemplad otro con un pecado grave en la conciencia: no está quieto ni
tranquilo; está agitado como el mar. Ya sube soberbio hacia las nubes como la ola que se levanta, ya se envilece como la ola que choca
contra otra y despide espuma con tal violencia, que dice quien se acerca a él:
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-Este no tiene su conciencia en paz con Dios.

"No es cierto que un muchacho que tiene el pecado en su conciencia, si alguien le proporciona un ligero disgusto, se enfada enseguida
y monta en cólera? "Si se le pide un favor, contesta groseramente? "Si se le reprocha un defecto, contesta con arrogancia?

Traedme un joven que haya tenido la desgracia de no confesarse bien, de haber callado algún pecado en la confesión y hasta de haber
comulgado sacrílegamente, y veréis que su conciencia es como el mar tempestuoso.

((133)) Pasa un rato de recreo, pero su risa es forzada, su alegría no es sincera; se aparta triste y se pasea solo. Los compañeros le

invitan a jugar, pero él se encoge de hombros y responde:

-íNo tengo ganas!

Va al salón de estudio, pero no puede estudiar, porque oye a la conciencia que le dice:

-íEres enemigo de Dios!

Va a la iglesia, pero no reza y está desganado, porque no tiene confianza de ser escuchado, porque oye siempre que resuena en su

corazón una voz funesta:

-íNo eres amigo de Dios!

Y, para ahogar esta voz, a veces molesta a los compañeros, habla, ríe, pero con una risa forzada. Va a comer y a cenar, busca satisfacer

la gula, se esfuerza por estar alegre, quiere apartar todo pensamiento de remordimiento, pero el corazón le dice:

-Si murieses ahora mientras tomas tu alimento, quedarías fuera del paraíso, porque te espera el infierno.

Si va a un lugar obscuro, tiembla, no se atreve a seguir adelante y se para. Llega la hora de acostarse y dice:

-Quiero echarme a dormir; al menos durmiendo me veré libre de estos pensamientos que me atormentan.

Pero, mientras tanto, en el domitorio se le ocurre la idea:

-"Y si no me despertara? "Si muriera esta noche? íLlegaría a la eternidad en desgracia de Dios!

Y, mientras se acuesta, piensa que su cama sería en el infierno un lecho de brasas encendidas. Si no se duerme, le turban los recuerdos
del pasado; si se duerme le parece, en sueños, que los demonios quieren arrastrarlo al infierno. Si se despierta de noche, le parecerá oír al
Señor, diciéndole: Hac nocte morieris et non vives (morirás esta noche y no vivirás). Veis cómo su corazón es realmente un mar
borrascoso. Todo esto que os digo no es más que poner en vuestro conocimiento lo que está escrito en la Biblia, la cual nos enseña: Non
est pax impiis (no hay paz para los impíos).

Andaba yo estos días pasados meditando estas cosas mientras miraba el mar en borrasca y me dije:

-Contaré estas impresiones a mis muchachos, porque pueden hacerles mucho bien.

Tened, pues, siempre presente que, si queréis que vuestra vida sea alegre y tranquila, debéis procurar vivir en gracia de Dios; porque el
corazón del muchacho que está en pecado, es como el mar continuamente agitado. Y más aún, si queréis tener larga vida, es preciso que
os pongáis enseguida en gracia de Dios, que os mantengáis constantemente en ella, porque el pecado es un aguijón que acelera la muerte:
stimulus mortis peccatum est. Y, como nos previene en otro lugar el Espíritu Santo, los impíos no llegan a la mitad de sus días: impii
non dimidiabunt dies suos.

He querido deciros todo esto para aumentar en vosotros el celo por hacer el bien,

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purificando vuestra conciencia, para que lleguéis pronto al sacerdocio, pero con verdadera vocación. El campo es amplio y está
preparado.

Animémonos; encomendémonos todos durante esta novena a san José y veréis como él nos obtendrá, después de vivir en paz los días
de nuestra vida, que podamos ir al cielo para gozar del Señor toda la eternidad.

((134)) El 29 de febrero terminaba el carnaval con sus representaciones teatrales, y el primero de marzo empezaba la cuaresma con las
catequesis.

De entre todas las representaciones del 1876 la crónica hace particular mención de la del jueves 17 de febrero, a las dos de la tarde, en
honor de los bienhechores del Oratorio. Asistieron muchas personas distinguidas y, entre ellas, el celebérrimo periodista teólogo
Margotti, director de la Unità Cattolica. Asistieron también en corporación los alumnos de Valsálice. Se representó la Perla escondida
del cardenal Wiseman y hubo canciones durante los entreactos. La representación gustó mucho, y fue muy aplaudida la ejecución.

Las representaciones teatrales se hacían en aquellos tiempos en el gran salón de estudio; pero no siempre a aquella hora. Si no había
muchos invitados, los muchachos se reunían a las cinco y media en las aulas y desde allí iban en fila a la representación, que empezaba a
la seis. A las nueve todo estaba terminado; cenaban, había un rato de recreo, se rezaban las oraciones e iban a dormir.

Aquel año pareció que el salón de estudio amenazaba ruina; el Beato lo mandó apuntalar muy bien, mas por nada del mundo permitió
que se dejase el teatro.

No sabiendo si se nos ofrecerá ocasión mejor, diremos aquí alguna cosa más sobre este tema. Don Bosco quería que los actores
estuviesen bien asistidos durante los ensayos, y nunca consintió que se les diese una cena aparte de los demás, después de la
representación. Con respecto a las obras de teatro, deseaba que fueran buenas, sencillas y breves; le gustaba que, a veces, toda la función
se programase a base de declamaciones o discusiones escolares con intermedios de cantos.
Ciertamente no resulta fácil encontrar obras a propósito y adecuadas a nuestros ambientes; pero él estimaba que, con una docena de
dramas, o poco más, bien seleccionados, se tenía un repertorio suficiente para un trienio; pues las obras más aplaudidas podían muy bien
repetirse durante una misma temporada. "Cuándo desagradan en los colegios las cosas sencillas? Generalmente en dos casos: cuando
están ((135)) mal representadas o cuando se ha estragado el gusto de los muchachos con representaciones muy aparatosas. Las
discusiones escolares no
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ofrecen variedades; pero él decía que se pueden hacer atrayentes mediante el artificio de la tramoya y el vestuario de los actores.

A primeros de febrero preguntó don Francisco Paglia al Beato si le gustaría que los clérigos recitaran el Cayo Gracco en el escenario,
pero con sotana, como puro ejercicio de memoria y declamación. Ellos ya habían aprendido de memoria la tragedia. Don Bosco no
quiso, y adujo diversos motivos: que no le parecía decente que los clérigos, vestidos con sotana, hicieran papeles de mujer; que
desentonaba demasiado que, mientras los muchachos habían representado el drama sacro por todos sus costados de San Alejo, fueran
ahora los clérigos con el Cayo Gracco, obra profana de cabo a cabo; que la tragedia terminaba con el suicidio en la misma escena y que,
en conclusión, no le parecía bien que los clérigos aparecieran en las tablas. Y añadió:

-El Arzobispo escribiría a Roma la misma tarde de la representación.

Con respecto al desaprobar que los clérigos actuasen de actores, su aversión se refería evidentemente al Oratorio, no a las casas para
clérigos solos, en las que siempre permitió sus representaciones.

La breve croniquita de don José Lazzero señala una novedad del año 1876; y es que, por vez primera, representaron los aprendices,
ellos solos, sin auxilio de otros elementos, la Casa de la fortuna y el sainete de la Oca. Lo hicieron tan bien que, desde entonces, su
compañía teatral siguió actuando con diversas representaciones.

Imaginamos que no desagradará a nuestros lectores conocer qué idea tenían sobre aquellas funciones de teatro los que, por su trato
largo y familiar con el Siervo de Dios, estaban en condición de reproducir fielmente sus ideas mejor que ningún otro. En la croniquita de
don Julio Barberis se lee el 17 de febrero una divagación que, despojada de inútiles redundancias, dice así: "El teatro, cuando las piezas
son selectas: 1.° Es escuela de moralidad, de vida social ejemplar y a veces de santidad. 2.° Desarrolla la mente de quien actúa y le da
desenvoltura. 3.° Produce alegría a los muchachos, que piensan en él muchos días antes y muchos ((136)) días después. La alegría que
despiertan estas representaciones decidió a algunos a quedarse en la Congregación. 4.° Es uno de los medios más poderosos para ocupar
las mentes. íCuántos malos pensamientos y malas conversaciones impide, pues atrae toda la atención y es tema de todas las
conversaciones! 5.° Atrae a muchos jovencitos a nuestros colegios, porque nuestros alumnos cuentan en las vacaciones a lo parientes, a
los compañeros, a los amigos la alegría de nuestras casas".

Era constante en el santo Educador la preocupación por ofrecer a
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la mente y a la fantasía de los jóvenes incentivos variados, que los librasen de pensar en cosas menos buenas. Lo mismo que con las
representaciones teatrales, hacía con las fiestas en la iglesia y fuera de ella; procuraba que se celebraran no sólo con pompa y alegría,
sino también a intervalos, de tal manera espaciados, que, cuando se esfumaba la impresión de una, surgiera enseguida la expectación de
otra. Con este mismo intento sabía introducir oportunamente conversaciones de hechos y fenómenos impresionantes, contaba sueños
misteriosos, despertaba el pensamiento de los exámenes. A veces distraía con sus "buenas noches", tomando ocasión de las
circunstancias internas o externas. Pero, después de la salida de los misioneros, tenía al efecto una rica mina de noticias con las cosas de
América, anécdotas, informes, que impresionaban y ofrecían materia para fantasear y hablar.

Con los mayores, valíase también de ayudas literarias para impedir la formación de esas charcas de aguas cenagosas, donde
desgraciadamente fermentan las pasiones juveniles. Y así, después de establecidas buenas relaciones con monseñor Ciccolini, árcade
general de la Arcadia, se entendió con él, desde el año 1875, para crear en el Oratorio una tertulia arcádica, que estuviese en
correspondencia con la Arcadia General de Roma. Para formalizar los actos concernientes a la fundación de una nueva tertulia arcádica
era indispensable que se hiciese la propuesta en una junta general de la Academia General de las Arcadias. Estas juntas se celebraban
muy de tarde en tarde y no parece que se llegó nunca a una decisión para la "Tertulia Arcádica de Turín ((137)) en los Salesianos". Sin
embargo, durante cierto lapso de tiempo las sesiones académicas con lecturas en prosa y en verso, bajo la dirección de don José Bertello,
constituyeron una amena y útil distracción.

Otra bonita diversión, para cuantos tenían aptitud para ella, era la música coral, que entretenía a un número considerable de
muchachos. Los compositores, que florecían en casa, con don Juan Cagliero y Dogliani a la cabeza, sin contar otros de menor
importancia, comunicaron a todos su entusiasmo, y llenaron el Oratorio de cantos y de música. La banda hacía furor en la sección de
aprendices. Aquellos benditos músicos habían dado disgustos a don Bosco, el cual, como dijimos en el volumen anterior, disolvió la
escuela, eliminó los elementos levantiscos y la renovó después, para satisfacción de todos. El año 1876 concedió al maestro Dogliani que
enseñara a tocar el piano a un grupo de alumnos que cumpliesen con determinados requisitos. En conclusión, don Bosco, como experto
educador, quería a toda costa desterrar del Oratorio el monótono sucederse de jornadas grises, que
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tanto aburren y perjudican el alma juvenil, favoreciendo la indolencia y el desarrollo de malsanas tendencias.

Añadiremos aún que rodeaba de especiales atenciones y solicitudes a los alumnos del último curso. Cuando el descontento se adueña
de los muchachos mayores, por mucho que se haga y diga, nunca se impedirá que el malhumor se extienda por toda la casa. El 13 de
marzo llamó aparte al inteligente profesor de aquéllos, don Pedro Guidazio, le pidió una relación detallada de la clase en general y de
cada alumno en particular, le preguntó por el posible resultado de cada uno y le dio en cada caso normas prácticas para guiar a cada cual
según su índole y de modo que los mejores se sintieran atraídos hacia la Congregación. Además, desde el año 1869, los alumnos de
quinto curso 1, que se distinguían por su aplicación y buena conducta, se sentaban cada domingo a la mesa de los Superiores; una notita
de la crónica nos presenta en un domingo de marzo cinco nombres, que son muy conocidos todavía por muchos de los nuestros: ((138))
Bima, Botto, Dompè, Gresino y Néspoli. Disfrutaba mucho don Bosco al ver a estos muchachos; por eso defendió con firmeza este
premio, aun cuando surgieron dificultades. Pero no se sentaban al lado de don Bosco. Sólo la noche del jueves santo, los alumnos
elegidos para el lavatorio de los pies se sentaban a sus lados durante la cena. Terminada ésta, los premiados se acercaban para saludarlo y
oír una palabrita suya que solía ser muy eficaz, sobre todo con respecto a la elección de estado. Se comprende cómo los días precedentes
hablaran los muchachos de esta fortuna, la desearan, hicieran sus planes sobre ella y la recordaran no sólo unos días después, sino
durante mucho tiempo, lo mismo dentro que fuera del Oratorio.

Hemos mencionado la catequesis cuaresmal. Los estudiantes ya tenían clase de catecismo dos días a la semana y cada domingo; pero
hacia fines de cuaresma, rendían un primer examen. El año 1876 se dio a este examen cierta solemnidad externa, invitando a
examinadores seleccionados entre los eclesiásticos de la ciudad, comprendido el párroco del lugar.

Se daba un curso especial de catecismo en cuaresma a la juventud obrera. Se cuidaban de él con verdadero entusiasmo los clérigos del
Oratorio. El año 1876 se trasladó esta catequesis de la una de la tarde a las ocho; este cambio de horario aumentó el número de
muchachos.
Era bonito ver a unos doscientos aprendices, con la cara tiznada y la blusa pringada y mugriente, apiñarse todas las tardes alrededor de
sus

1 Era el último curso del bachillerato clásico. (N. del T. ).
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catequistas, que, después de un rato de recreo, los acompañaban a la iglesia y los entretenían durante tres cuartos de hora sobre los
puntos mas esenciales de la doctrina cristiana. El Siervo de Dios, sin preocuparse de gastos ni trabajos, les proporcionaba después tres
días de ejercicios espirituales como preparación a la Pascua, durante los cuales se obtenía abundante pesca. Se prepararon sesenta de
estos aprendices para la Confirmación y fueron a recibirla en el palacio arzobispal.
Tenían de doce a catorce años y casi todos procedían de los talleres de Valdocco. Muchos se confesaron entonces por primera vez,
((139)) pero prometieron frecuentar el Oratorio. Llamó mucho la atención su buen comportamiento al ir al palacio arzobispal, durante el
tiempo que estuvieron en la iglesia y en el momento de recibir la Confirmación.

La fiesta mas solemne en este período del año escolar era la de san José. Era precedida de un mes dedicado al padre putativo de Jesús y
hacía cuatro años que se cumplía con mucha devoción. Mas, por aquel entonces, no estaba difundida esta piadosa costumbre; don Bosco
la introdujo especialmente para los aprendices, los cuales se aficionaron a ella poco a poco. Pero también los estudiantes tomaban parte.
Cada mañana aumentaba el número de las comuniones; por la tarde, antes de la bendición eucarística, en lugar del Ave Maris Stella, se
cantaba el himno Te Joseph celebrent; las lecturas públicas de costumbre en la iglesia versaban sobre san José. Muchísimos estudiantes
visitaban el altar del Santo durante el recreo de la merienda; los aprendices hacían esta visita después de la cena. Nadie los obligaba, pero
eran muy pocos los que no la hacían.

Semejante preparación disponía los ánimos a la novena, que terminaba con un triduo solemne predicado. El último día dijo el beato
don Bosco a algunos sacerdotes después de la comida:

-Verdaderamente se ve que san José nos quiere. Durante esta novena han descendido muchas bendiciones sobre esta casa. Algunos,
que acudieron a María Auxiliadora obtuvieron gracias extraordinarias por intercesión de san José. Varias de ellas tuvieron lugar en mi
propia habitación ante mis ojos. La situación económica de la casa era muy lastimosa y en esta semana he recibido grandes socorros.
Pocas semanas ha habido tan ricas en gracias y limosnas. Si hubiese dos o tres mas como ésta, no faltaría mucho para saldar todas
nuestras deudas. Casi todos los días he recibido mil o mil quinientas liras, y aún mas.

La fiesta puso en movimiento a los aprendices. La víspera se celebró una reunión, a la que se dio el nombre de conferencia, y cuyo fin
era la aceptación de nuevos socios en la Compañía ((140)) de san José.
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Además de la platiquita de ocasión, hubo cantos, piezas de música y declamación de poesías. El día de la solemnidad se cantó una misa,
compuesta para la ocasión y dedicada a don Bosco por el principiante Juan Pelazza, antiguo alumno del Oratorio. La ejecución fue
estupenda. Para la bendición eucarística de la tarde la escolanía interpretó el primer Tantum ergo del joven maestro José Dogliani, que
fue muy alabado por los entendidos. Es fácil comprender cuánto interesaban a todos, maestros, cantores y oyentes estas piezas de
música, digámoslo así, domésticas.

Al atardecer se celebró la consabida velada: ante un altar iluminado con profusión y presidido por la estatua de san José, se reunieron
los aprendices, los alumnos de las escuelas nocturnas y los Superiores.
Aquel año se celebró también en esta fiesta el día onomástico de don José Lazzero, director de los aprendices, como entonces se llamaba
a su catequista, y más tarde vicedirector del Oratorio, en lugar de don Miguel Rúa.

Para separar la parte religiosa de la otra, se corrió un telón, que ocultó el altar y la imagen, y en el cual apareció escrito: Vivan los
padres Lazzero, Bologna, Bertello, los señores Buzzetti, Dogliani, y todos los José. En la presidencia se sentaron los representantes de
las escuelas nocturnas y de los talleres, como loa al Santo y homenaje al Superior. Sin duda que la preparación de todo ello costó trabajo,
pero los frutos lo compensaron con creces. Basta leer los comentarios del buen cronista:

"Me convencí de dos cosas, a saber, que esta clase de veladas religiosas, bien preparadas, pueden ser magníficas, instructivas y
acarrear gran bien moral a los muchachos, y que ésta ha revelado un notabilísimo progreso en los aprendices del Oratorio. En otro
tiempo no se habrían atrevido ni siquiera a presentarse públicamente para leer una oración a san José, y mucho menos a arrodillarse,
como lo hicieron algunos al llegar a cierto punto de su número para implorar auxilio y perdón a Dios, merced a la intercesión de su
Santo".

Para comprender bien la última observación, hay que recordar que don Bosco aceptaba entre los aprendices a muchos pobres ((141))
muchachos de la calle, abandonados de todos, entregados por la Policía.

No hacía falta más para dejar un memorable recuerdo de la jornada;
pero don Bosco supo poner broche de oro a la fiesta. Solía don Miguel Rúa dar en este día una conferencia a los socios profesos del
Oratorio; pero estaba aquellos días de viaje por los colegios para presidir los exámenes semestrales de teología de los clérigos. Así que,
don Bosco aceptó la invitación de dar él la conferencia, después de la cena, en la
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iglesia de San Francisco, con asistencia a la misma de novicios, aspirantes y alumnos que quisiesen ir de los Hijos de María, de la
"escuela de fuego" y de los cursos cuarto y quinto de bachillerato. Se avisó solemnemente de la gran novedad en las cuatro secciones
donde se rezaban las oraciones de la noche, estudiantes, aprendices, fámulos y novicios. La noticia electrizó a la mayoría de los jóvenes.
El poder oír a don Bosco causaba siempre una gran alegría. Y asistieron doscientos cinco. Tomó como lema el texto evangélico: Messis
quidem multa operarii autem pauci. Escribe don Julio Barberis:

"Aunque con gran sencillez de pensamiento y de forma, don Bosco habló con tanto calor que fueron varios los que en los días
siguientes pidieron ingresar, y a saber cuántos lo harán después. Es admirable ver cómo don Bosco todos los años, y varias veces cada
año, sabe encontrar nuevos medios para dar a conocer la Congregación a los jóvenes y despertar en ellos el deseo de pertenecer a ella".

El mismo Barberis escribió inmediatamente al día siguiente la conferencia, valiéndose de los rápidos apuntes tomados mientras
hablaba don Bosco. Aunque él dice que reproduce más el hilo de las ideas que no las palabras, sin embargo nos ha hecho un precioso
servicio, del que queremos darle las gracias, reproduciendo su escrito al final del libro 1.

Todavía nos queda algo por recordar. Contra su costumbre de pasar las fiestas en compañía de los suyos, aquella vez ((142)) el Siervo
de Dios fue a comer a los "Artesanitos", donde celebraban por san José la fiesta más solemne. Había relaciones cordialísimas entre el
Oratorio y aquel colegio. Su director, don Leonardo Murialdo, se consideraba discípulo de don Bosco; los Salesianos iban todos los
sábados a confesar a los muchachos. Don Bosco, que se había disculpado varios años seguidos, creyó oportuno aceptar aquel año la
invitación. Exclama don Julio Barberis:

"íQué santo es el teólogo Murialdo! También él trabaja para formar una pequeña Congregación eclesiástica con el fin especial de
promover la educación civil y religiosa de los pobres aprendices e instruir en el catecismo a los ignorantes, dirigiendo oratorios festivos".
Estaba preparando la floreciente Congregación de los Josefinos.

Tres veces, en los últimos días de marzo, dio el Beato las buenas noches; son tres platiquitas salvadas del naufragio, que todavía se
leen con utilidad y deleite por el sorprendente frescor de la forma y la sabiduría del contenido.

1 Véase, Apéndice, doc. 7.
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El día 26 se presentó en el local donde rezaban las oraciones los estudiantes y la mayor parte de los hermanos, y fue recibido con gritos
de júbilo. Un joven se acercó a la tribuna y le entregó dos moneditas, que había encontrado en el patio. Una vez hecho el silencio,
anunció con humorística seriedad:

-íSon diez céntimos! Servirán para pagar las deudas del Oratorio.

Estalló una carcajada general. Después prosiguió:

Y ahora pensemos un ratito en nuestras cosas. Ante todo, mañana, después del mediodía, daremos un largo y agradable paseo (gritos
generales de alegría). Es justo; el sábado por la mañana se terminaron los exámenes semestrales y, como llovía, no se pudo ir de paseo
por la tarde.

Y, no os extrañéis, porque voy a deciros más. He planeado un paseo mucho más importante.

Deseo que un día salgamos todos juntos del Oratorio, todos, sin exceptuar a ninguno; desde el más alto al más bajo, desde don Bosco
hasta el portero y el que prepara los macarrones (risas), todos con la banda de música y cuanto pueda ayudarnos a pasar alegremente la
jornada; tomaremos un tren especial, saldremos por la mañana, al rayar el alba, e iremos a Lanzo (de nuevo aplausos y gritos
prolongados). íDejadme terminar! ((143)) Todavía no os he dicho lo más importante. Iremos a visitar el colegio de Lanzo y pasaremos
allí todo el día. El director, don Juan Bautista Lemoyne, me promete que hará lo posible para que lo pasemos bien y que el ruido de los
platos y los vasos forme una alegre armonía. Al atardecer volveremos a Turín et unusquisque redibit in locum suum (y cada uno volverá
a su lugar). Este paseo lo daremos apenas esté terminado el ferrocarril (murmullo), en el que están trabajando a toda prisa con la
esperanza de que todo esté a punto para mediados de junio. Este día de asueto, queridísimos jóvenes, servirá para aliviar y reparar el
cuerpo de los trabajos del año, pero es menester que no sea éste el único fin del paseo; íde ningún modo! Todo lo que alegra y alivia el
cuerpo debe tener por fin someterlo más fácilmente al espíritu para que pueda servir mejor a la gloria de Dios y para que nunca suceda
que el cuerpo tome la delantera al alma.

No permitáis nunca, mis queridos amigos, que el cuerpo mande; mortificadlo durante esta mitad de la cuaresma, que aún nos queda.
San Pablo nos dice lo que él hacía para lograr que el cuerpo fuera esclavo del espíritu: Castigo corpus meum et in servitutem redigo, ut
spiritui inserviat (castigo mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, para que sirva al espíritu). Al deciros esto, no es mi intención que hagáis
rigurosas penitencias, largos ayunos o que os diciplinéis como hicieron muchos santos. íAh no, de ningún modo! Vuestro cuerpo es
todavía tierno y podría sufrir con ello. Pero, "queréis que os sugiera también a vosotros una manera de hacer algo de penitencia adaptada
a vuestra edad y a vuestra condición? Os lo diré.

Consiste en un ayuno, que está al alcance de todos, esto es, guardad vuestro cuerpo y vuestros sentidos. Haced ayunar a vuestros ojos.
Se dice que los ojos son ventanas por donde entra el demonio en el alma. "Y qué haremos nosotros para impedir que entre? Cerrad estas
ventanas, cuando hay que cerrarlas. No permitáis jamás que los ojos se paren de ningún modo a mirar cosas, pinturas o fotografías
contrarias a la virtud de la modestia. Apartad enseguida la vista cuando se encuentra con objetos
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peligrosos. Otra manera de mortificar los ojos es frenar la curiosidad; nunca, jamás leáis libros que hablen contra la religión, que sean
inmorales, o aun sólo peligrosos para vuestra edad. Como ya os he dicho y repetido muchas veces, echad al fuego estos libros cuando
caigan en vuestras manos, entregadlos a vuestros Superiores, libraos pronto de esta peste. Me interesa muchísimo que cumpláis con todo
rigor lo que os estoy inculcando.

Además, hay que mortificar, hay que hacer ayunar a los oídos, no parándoos nunca a escuchar conversaciones que puedan ofender la
pureza, o murmuraciones contra ése o aquél, contra los Superiores o los compañeros.

Hacer ayunar a la lengua prohibiéndole toda palabra que pueda escandalizar, absteniéndoos siempre de decir palabras picantes contra
algún ((144)) compañero, rehuyendo hablar mal de nadie; en fin, no sosteniendo nunca conversaciones que no os atreveríais a tener ante
un superior.

Mortificar la gula, no buscando con afán lo que más agrada al paladar, sino aceptando lo que os ponen delante; no ser de los que están
siempre deseando y se industrian para obtener un plato especial, o un vaso de vino.

También podréis hacer alguna mortificación soportando con paciencia ciertas contrariedades, algo de calor, algo de frío, sin quejaros.
No digáis enseguida como hacen algunos:

-Escribiré para que me manden de casa esto y aquello.

Si no es verdaderamente necesario, aguardad algún tiempo con paciencia, esperad, obrad con calma, id despacio, sin berrinches, sin
poneros de morros, sin andar como en ascuas. Mortificaos tolerando con paz y caridad algún defectillo de vuestros compañeros, alguna
molestia en el dormitorio o en la clase. En conclusión, mortificaos, no oyendo, no diciendo, ni haciendo nada que pueda ir contra el buen
ejemplo. Obrando así, aunque sean cosas de poca monta, os servirán de penitencia adecuada a cada uno de vosotros, no os harán daño, os
harán alcanzar el fin para el cual se instituyó el ayuno cuaresmal, os ayudarán eficazmente a vencer las malas inclinaciones y a adquirir
grandes méritos para el alma.

Una cosa más quiero recomandaros todavía. Comulgad frecuentemente y con fervor. Si recibís a Jesús con frecuencia en vuestro
corazón, vuestra alma quedará tan fortalecida por la gracia, que el cuerpo se sentirá obligado a obedecer al espíritu. íBuenas noches!

El 30 de marzo se lamentó de algún desorden acaecido durante un paseo. Expuso el hecho, manifestó su desagrado con paternal
energía y exhortó a la observancia del Reglamento y al cumplimiento de los consejos de los Superiores. Se trataba de la prohibición de
guardar dinero; era una cuestión sobre la que conviene saber la prudente medida tomada por él en otros tiempos, y remachada a primeros
de enero, porque no se procedía de modo que se pudiera conseguir el fin que se pretendía. Quería don Bosco que todos los días y a una
hora determinada uno "de la casa" vendiese a los muchachos algo de fiambres, queso, etc., a poco precio; pero de modo que sólo se
pudiera pagar con "vales" 1 autorizados, y nunca con moneda corriente. Era su intención

1 Véase vol. XI, pág. 209.
130

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la de que aquella facilidad indujera a entregar ((145)) el dinero al prefecto, e impedir de esta manera toda transacción entre ellos y apagar
en ciertos sujetos el afán de comprar fuera o de importunar a los parientes pidiéndoles gollerías.

Hoy jueves, paseo y alegría; creo que todo marcha bien y estoy satisfecho. También el lunes hubo paseo y casi todo fue bien por lo que
hace a reponer el cuerpo y el espíritu, menos el chaparrón que os pilló. Pero el paseo, amigos míos, fue malo para el alma. Y no me
refiero a todos, pues, al contrario, muchos no hicieron nada que merezca reproche alguno. Sin embargo, para mi gran disgusto, he oído
decir que algunos no observaron el reglamento y no supieron portarse bien. Unos salieron de las filas y se pararon para comprar fruta;
otros fueron a beber y, si he de creer lo que se me dice, al regresar a casa hacían eses por el camino; otros compraron tabaco y fumaron.
No quiero averiguar quiénes son los que tal hicieron, pero diré: "no sabéis que está prohibido por el reglamento guardar dinero? "Qué
locura es ésa de querer hacer lo que está prohibido? Me parece que con el agudo talento que poseéis, todos podéis comprender que el
reglamento está para vuestro bien.

-Sí, dirá alguno; pero yo no guardo el dinero, sino que lo entrego a otros.

"Y así creéis cumplir el reglamento? Entregáis vuestro dinero a otros para que os lo guarden y éstos os entregan el suyo para que se lo
guardéis; de este modo creéis poder decir, cuando os pregunten, que no tenéis dinero propio, con vosotros. "Os parece que esto es
sinceridad?

-Yo no doy a nadie mi dinero, dirá otro. Lo escondo en mi baúl, y diré que no tengo dinero. Es verdad que está prohibido tenerlo; que
me registren, que no lo encontrarán. Yo sólo lo tomo cuando quiero comprar algo.

Ya veis a qué necedades llegan algunos. Estos tales podrían expresarse mejor diciendo:

-Mire; no quiero entregar el dinero, lo quiero guardar yo mismo. Por tanto, si veo que aquí en el Oratorio no se puede hacer esto, me
marcho, y vuelvo a mi pueblo.

Y yo le contesto:

-Pues márchate, y tan amigos como antes.

Pero no comprendo cómo estos tales pueden comulgar, y rezar cada día con la esperanza de alcanzar lo que piden.

-íEsto no es pecado!

Y yo repito que no comprendo cómo éstos se acercan a comulgar con una desobediencia tan grave en la conciencia. Yo suelo decir que
es mejor que no comulguen. "Qué provecho puede sacar de la ((146)) santa comunión el que va a recibir a Jesús, casi diciéndole: -Quiero
seguir ofendiéndote. Porque, en efecto, el guardar dinero consigo es la raíz de los desórdenes, que suelen cometerse en los paseos.

Quede, pues, entendido para siempre lo que ya he advertido otras veces y que es como una orden fija para la salida. El paseo, sea paseo
y no parada. Se sale del Oratorio, se va hasta donde se haya determinado llegar, y después se vuelve. No hay motivo para pararse en
ningún sitio. Cúmplase esta orden y se evitará otra ocasión de desórdenes. Si se va de paseo, no se va para pararse. De lo contrario nos
podríamos quedar en casa.

Otra cosa, que ciertamente debe cumplirse, es la de que, cuando se va de paseo, nadie salga de las filas por ningún motivo. Esta es la
norma principal de un paseo; si se cumple, quedarán eliminados todos los desórdenes. Y aquí me viene bien advertir

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que los asistentes no tienen autoridad alguna para permitir salir de las filas a nadie, por ningún motivo. Nunca se dio esta autorización,
ninguno la tiene y nunca se dará, porque sería fuente de gravísimos males. La autoridad del asistente se reduce a esto: acompañar las
filas, guiarlas al lugar establecido, velar para que nadie insulte a los nuestros y los nuestros no insulten a ninguno, y que haya orden en
todo; pero nunca,
jamas, tomarse la libertad de permitir a un joven alejarse de las filas. Y vosotros, queridos míos, no intentéis pedir este permiso al
asistente; porque entonces le proporcionáis una pesadilla, un tormento terrible que no sabría cómo quitarse de encima al que pide, al que
suplica, al que lloriquea. Ya no tendrá un momento para respirar en todo el paseo.

Concretemos, pues, el asunto en unos cuantos principios:

-El paseo no sea una parada. Nadie se aparte de las filas. Los asistentes no den nunca este permiso. Y sobre todo, no se tenga dinero,
que es la causa de todos los desórdenes.

Os he dicho que el que guarda dinero y no quiere entregarlo, no vaya a comulgar. Pero siempre hay alguno que objeta:

-"Pero, es que está prohibido por los mandamientos de Dios o de la Iglesia tener dinero? Nunca hemos leído esta obligación.

"Que no la hay? Pero yo digo: "no es acaso el Espíritu Santo quien dice: Obedite praepositis vestris et subiacete eis, obedeced a
vuestros Superiores y estadles sometidos? "Acaso no es Jesucristo quien dijo: Qui vos audit me audit, quien os escucha a vosotros a mí
me escucha? Y ícuántas otras citas de la Biblia podría traeros, que no quiero recordar ahora por no alargarme demasiado! Ahora bien, si
los Superiores creyeron muy oportuno establecer esta regla, tienen derecho a ser obedecidos, y vosotros el estrecho deber de obedecer.

"Creéis, tal vez, que se hacen las cosas por capricho? Un Superior, antes de deliberar, se pone en la presencia de Dios, examina su
conciencia, reza para que el Señor le ilumine y le haga ver si la disposición que piensa dar es para bien de sus súbditos, ((147)) examina
y pondera la cosa, y después habla según le inspira el Señor.

No sé explicarme cómo algunos no comprenden; entre vosotros no hay marmotas dormidas y todos deberíais entender bien que es el
Señor quien pone a los Superiores y les da las gracias necesarias para el buen gobierno de sus súbditos. Omnis potestas a Deo (todo
poder viene de Dios). No me explico cómo algunos no entienden que la obediencia es muy agradable a Dios; y que nunca se equivoca el
que obedece, mientras que siempre se equivoca el que no obedece. Tened profundamente grabada en vuestra mente esta gran verdad.
Muchas veces los Superiores dicen una cosa, dan un consejo y, aunque parece fuera del caso y hasta fuera de razón, sin embargo ellos
ven la marcha general de las cosas y los que los escuchan acaban bien y, en cambio, acaban mal los que no los escuchan. Sucede, a
veces, que el consejo no guarda relación o no enlaza con lo anteriormente dicho, o con lo que hay que hacer después, y dicen los
inexpertos:

-íPero esto no tiene nada que ver con lo que yo pedía!

Confiad en vuestros Superiores, seguid tranquilos su consejo sin discutirlo y acabaréis por estar contentos. Ellos tienen más edad, más
práctica, más experiencia, más ciencia que vosotros. Y además os quieren.

Os contaré a este propósito lo que le sucedió hace unos años a un estudiante del cuarto curso. Puedo decirlo tranquilamente, porque
ninguno de vosotros conoce la persona, a la que me refiero.

Un día se presentó un muchacho en mi cuarto y me dijo:
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-Vengo a que me aconseje acerca de mi vocación; estoy dispuesto a someterme ciegamente a sus sugerencias y a hacer lo que usted me
diga.

Le miré sonriendo, dando muestras de que no creía mucho en sus palabras; y él me aseguro:

-Sí, me pongo totalmente en sus manos. Dígame lo que quíera y lo haré.

-Pues bien, si es así, le dije yo, acaba el cuarto curso y después, sin más, haces en estas vacaciones el examen para tomar la sotana, y el
día de Todos los Santos se te impondrá.

-"Y a dónde tendré que ir a estudiar filosofía y teología?

-íAquí en el Oratorio!

-Pero... es que... mis padres y mi párroco querrían que yo fuera al seminario.

-Al seminario, no; si es así, no te hagas sacerdote; sigue el quinto curso, y, si no te parece bien hacerlo aquí, ve a otra parte, pero no te
hagas sacerdote. Toma otra carrera.

El muchacho inclinó la cabeza y dijo:

-Bueno, así lo haré; seguiré su consejo. He prometido obedecer y obedeceré.

Pero al pobrecito no le gustó y fue tan bobalicón que refirió por escrito todo nuestro diálogo a sus padres y al párroco. Llegaron las
vacaciones y partió del Oratorio, pero el párroco no le dejó volver. Le decía:

-"Qué diferencia ((148)) hay entre aquello y esto? "Si te basta el cuarto curso para ponerte la sotana en el Oratorio, no va a ser
suficiente este examen para el Seminario? Si tienes vocación de hacerte sacerdote, lo mismo puedes llegar a serlo aquí que allí.

Y nuestro joven vistió la sotana aquellas vacaciones y entró en el Seminario. Pero aquel año su conducta fue pésima, y, al volver a casa
por vacaciones, se la quitó. Aquello disgustó mucho a sus padres. El párroco le había colocado en el Oratorio, pagando de su bolsillo la
pensión, a lo que se había obligado. Pero el corazón del joven estaba tan encendido en rencor que fue a él, y le dijo:

-Estoy perdido por su culpa, que no me dejó seguir el consejo de don Bosco. El me lo había dicho: si vives retirado, tus cosas
marcharán bien; pero, en medio de las diversiones, te perderás; piensa cómo te portas cuanto estás en el Oratorio; aquí tu conducta es
bastante buena. íMira, en cambio, cómo te portas en las vacaciones! Las cosas de tu alma marchan siempre mal. Y es usted, señor
Párroco, quien no quiso que yo escuchase a don Bosco, y ahora estoy perdido.

Y este desgraciado fue siempre adelante, a tontas y a locas, convertido en el escándalo de todos. Riñó con el párroco, casi logró
desesperarlo y llegaron a tal punto los atropellos que el párroco tuvo que escapar de aquel pueblo por su culpa, y renunciar a la
parroquia.

Pero ni aún así deja aquel joven de molestarlo cuanto puede. Con esta tan negra ingratitud paga a su bienhechor. Este joven vive
todavía, lo encontré hace pocos días, me habló y me dijo que había equivocado totalmente su camino por no seguir mis consejos. Intenté
decirle una buena palabra; pero bajó la cabeza y no dio la menor señal de estar dispuesto a hacer lo que le dije. Este desgraciado, aquí en
el Oratorio, lejos de peligros y ocasiones, hubiera perseverado en su vocación y llevaría una buena vida.

Este hecho que os he contado, no es para hablaros de vocación. Tendremos tiempo de hablar sobre ello más tarde. Es solamente para
que veáis cómo quien sigue los consejos de los Superiores y se conduce según sus amonestaciones, acaba siempre por quedar satisfecho.
Quien, por el contrario, quiere obrar en contra de lo que le dicen los Superiores, siempre acabará mal. Porque el Señor ha puesto a los
Superiores en

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su lugar y les da las gracias necesarias para aconsejar bien y salvar a los que les son confiados; y porque quiere que los inferiores
obedezcan su voz, que El les transmite por su boca.

No piense nadie jamás que los Superiores dan buenos consejos buscando su propio interés. Aun cuando parezca que el Superior actúa
por su propio interés, podéis estar tranquilos de que no es ésa la norma que los superiores siguen. "Podéis imaginar que pongan en
peligro su propia alma ((149)) para daros un consejo, que no os indique la voluntad de Dios, sino sus propios intereses?

Descansad, pues, seguros en los consejos de los Superiores, y cuando os marquen una regla, procurad cumplirla. Os repito que no sé ni
quiero tampoco averiguar quién de vosotros ha faltado últimamente contra el reglamento de la casa, pues estoy convencido de que estáis
todos de acuerdo para no repetirlo.

Y, si queréis que os manifieste algo más, que me está muy a pecho, y fue la causa por la que algunos no obtuvieron en estos exámenes
semestrales sobresaliente de conducta, os lo diré. Son los libros prohibidos. Se otorgaron calificaciones bajas a algunos, porque quisieron
guardar algún libro que no es bueno y no lo consignaron, al dar la nota de los libros que cada uno tiene consigo. Tenedlo muy presente;
no leáis nunca libros, de cuya bondad no estáis seguros, sin pedir consejo a quien os lo puede dar con criterio justo. Los libros no
buenos, o bien los que no convienen a vuestra edad y a las circunstancias en que os encontráis y que, por lo tanto, pueden ser peligrosos
para vosotros, por amor de Dios, no los leáis. Sé que algunos, aun después de mi último aviso, siguen guardando y leyendo libros que
matan el alma y perjudican también el cuerpo. Ea, pues, entregadlos al Superior o quemadlos al instante.

Estos tres avisos, a saber, no salir de las filas cuando vais de paseo y no hacer paradas, no guardar dinero y entregar los libros malos,
grabadlos bien en la mente para poder estar contentos. Esto es lo que quería deciros esta noche. Buenas noches.

La tercera vez que habló, que fue el último día del mes, lo hizo ante los aprendices solos. La platiquita tiene más importancia de lo que
puede parecer a primera vista. La idea central es la presentación de los coadjutores y una invitación a los aprendices de buena voluntad,
para que reflexionen si no les hace al caso entrar en la Congregación como coadjutores. Nunca anteriormente se había explicado en
público con tanta claridad sobre este tema. Es probable que en la conferencia del día de san José él intentara abrirse camino; lo cierto es
que, de todos modos, la impresión que hicieron entonces sus palabras, le había preparado óptimamente el terreno.

Hace ya mucho tiempo que no nos hemos hablado a solas, aquí en vuestro locutorio, después de las oraciones. Desde la última vez que
vine a daros las buenas noches, ha habido entre vosotros muchas novedades. Entre otras la disolución y reforma de la banda de música.
Ya ((150)) os habrán dicho cuál fue el motivo de todo ello. El principal, o mejor, el único, fue que algunos jóvenes cumplían muy bien
su deber, pero muchos no hacían el papel de un buen músico, a saber, alegrar el alma de los
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hombres y hacerlos partícipes de la música que después iremos a oír en el paraíso;sino que hacían el papel del mal músico, que quiere
poner alegre al demonio. Pues bien, como yo quiero que los músicos sigan después tocando sus sinfonías en el cielo, se disolvió la banda
para que nadie continuara tocando la música en las calderas de Pedro Botero. Ahora se ha organizado la banda con mejores bases, como
espero, pues quiero que mis músicos puedan seguir después haciendo un buen papel en el paraíso.

Pero una cosa que causó inmenso daño entre vosotros, que me ocasionó extraordinario dolor, y por la que hubo que despedir a varios
de casa, fue el haber descubierto que eran ladrones, murmuradores y que hablaban de cosas inmorales. Me supo muy mal tener que
despedirlos, especialmente porque algunos, al salir de aquí, no sabían adónde ir. Y hubo que dejarlos en la calle, obligados a pedir
limosna. íPero qué queréis! Cuando uno en medio de sus compañeros no escucha la voz de los Superiores y hace el oficio de lobo
carnicero, yo no puedo, en conciencia, tenerlo aquí haciendo daño a los demás: ya sabéis que en este caso no se transige; cuando entra el
escándalo de los compañeros por medio no puedo tolerarlo. Por tanto, debéis poner atención, y los que, para su desgracia, hubiesen caído
ya en alguna de las faltas que acabo de mencionar, que no sigan, por favor, y se corrijan; es más, procuren tener muy ocultas sus
disparatadas acciones, porque de lo contrario perderían su buen nombre, el aprecio de los otros e incluso se pondrían en peligro de ser
despedidos del Oratorio.

Si hubiese alguno que no esté decidido a enmendarse, es decir, que no quiera atenerse al reglamento: "sabéis lo que le aconsejo? Que
venga a decirme que no está de buena gana en casa, y búsquese un sitio en otra parte; nosotros le daremos todavía buenos certificados. Y
así las cosas irán de común acuerdo; amigos antes y amigos después. Porque, si son los Superiores los que llegan a descubrir las faltas,
entonces éste tendrá que pasar por la vergüenza de ser expulsado del Oratorio, sufrir el perjuicio de no ser colocado en un puesto donde
pueda ganarse el pan y ver que no le dan certificados de su conducta para poder ser admitido en otra parte. Y notad que estos certificados
se piden dondequiera que uno se presente en busca de trabajo.

Pero no he venido esta noche únicamente para deciros cosas desagradables, sino también para manifestar mi especial satisfacción a los
que vienen a verme con frecuencia y no sólo en el confesonario, sino también en el patio y en mi habitación. Ya no sucede como hace
algún tiempo, que muchos miraban a don Bosco como si fuera el coco y siempre huían de él. Entonces tenía yo a mi alrededor para
confesarse una gran turba de estudiantes, especialmente los sábados por la tarde y los domingos ((151)) por la mañana; pero en cuanto a
los aprendices, ya podía yo hacer y decir: venían pocos o ninguno. Ahora, en cambio, las cosas van mejor, aunque, a decir verdad,
algunos dejan pasar todavía un tiempo notable sin venir.

Tened, pues, presente que yo estoy siempre muy contento cuando venís a verme, no sólo en la iglesia, sino también fuera de ella. Lo
que deseo es que vengáis, y no para darme a mí ese gusto, sino para que podáis recibir de don Bosco alguno de los buenos consejos, que
suele dar a los que se acercan.

Otra cosa quería deciros y es que, ayer y hoy, vinieron algunos a preguntarme si también ellos podían inscribirse y pertenecer a la
Congregación de San Francisco de Sales. A varios ya les he contestado en particular: mas, como sé que también hay otros que desearían
hacerme la misma pregunta, os respondo en pocas palabras aquí en público a todos juntos. Creo que ya sabéis casi todos qué es la
Congregación de San Francisco de Sales. No está hecha sólo para los sacerdotes o para los estudiantes, sino también para los aprendices.
Es una reunión de sacerdotes, clérigos y seglares, especialmente artesanos, que desean vivir juntos, procurando hacerse el bien entre sí

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y también a los demás. Recordad, pues, que pueden pertenecer a la Congregación no sólo los que quieren después hacerse sacerdotes,
sino que también una parte considerada de los socios se compone de seglares. Puede pertenecer a ella cualquiera que desee salvar el
alma. Por consiguiente, si hay alguno de vosotros que diga: -"Yo tengo de veras este deseo, es más, estoy viendo que, si salgo del
Oratorio, mis asuntos marchan mal y que, llevando una vida ruin en esta tierra, corro peligro de condenarme para toda la eternidad", éste
puede pedir pertenecer a la Congregación.

-"Pero, no nos faltará después lo necesario para la comida y el vestido?, preguntará alguno.

Confiando siempre en la Providencia de Dios, madre piadosa, puedo aseguraros que nunca nos faltará nada de lo que necesitamos, lo
mismo estando sanos que enfermos, en los años de la juventud y en los de la vejez. Es más, este motivo decidió ya a algunos quedarse en
la Congregación; es decir, el pensamiento de que, si cayeran enfermos en el mundo, o cuando llegasen a viejos fuera de aquí, podían ser
abandonados, despreciados, sin poder ya mantenerse ellos mismos o defender sus derechos; y que, por el contrario, estando aquí, no les
faltará. Así, pues, el que deseara encontrar un puesto seguro, donde no le falte en toda la vida el pan, la vivienda, el lecho, el vestido,
éste puede hacer la petición para inscribirse en esta Congregación. Y el que también, considerando los peligros extraordinarios de
condenación, que, saliendo de aquí, encontraría en el mundo, como son los malos libros, las malas compañías, y quisiese ((152)) decir:
-"Quiero situarme en una posición, donde nada me falte, ni siquiera para el alma", éste también inscríbase tranquilo en nuestra Pía
Sociedad.

Observad, además, que no hay distinción alguna entre los socios de la Congregación; todos perciben el mismo trato, artesanos, clérigos
y sacerdotes; todos nos consideramos hermanos, y lo mismo que como yo, comen también los otros, y el mismo plato, el mismo vino que
sirven a don Bosco, a don José Lazzero, vuestro director, a don César Chiala y a todos los que pertenecen a la Congregación, ese mismo
es el que se sirve a todos.

Alguno dirá:

-Pero "don Bosco quiere de veras que pertenezcamos a esta Sociedad? "Es de su gusto que entremos?

-Amigos míos, no piense ninguno entrar en esta Sociedad, para dar gusto a don Bosco. No; no os aconsejo que os quedéis aquí. Yo os
he dicho esto para que estéis enterados, para que sepáis exactamente cómo están las cosas, para que examinéis si os puede convenir y, el
que lo desea, sepa lo que tiene que hacer. Por lo demás, yo no exhorto encarecidamente a ninguno. Quien piense hacerlo, hágalo; y el
que no, déjelo correr.

Y también, si hubiere alguno que desease ir a América, le digo que entrando en la Congregación, tendría la oportunidad de ir. Pero,
nótese que la Congregación no envía a nadie a América, si no lo quiere, sino que deja ir a los que lo desean. Habéis visto que el año
pasado estaban aquí varios compañeros vuestros: ahora son misioneros y hacen mucho bien. Mientras estuvieron aquí no se distinguían
en nada de vosotros; eran como vosotros. Ahora están allá y viven extraordinariamente contentos. Todos conocíais mucho a Gioia, que
trabajaba de zapatero; pues bien, es noticia de estos mismos días; se ha convertido en un personaje importante y es cocinero, zapatero y
catequista. Conocíais también a Scavini el carpintero, que en otro tiempo era aquí un muchachote; es ahora jefe de taller con unos veinte
aprendices a sus órdenes, y sabemos que en el poco tiempo que lleva allá ha hecho ya muchísimo. "Y Belmonte? Parecía uno más del
montón, cuando estaba con nosotros; y ahora sabemos que hace
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muchas cosas buenas: es sacristán, músico, catequista y podemos decir que es el mayordomo de la casa de Buenos Aires. Y si queréis,
podéis añadir también a Molinari, aunque cultiva la música. Todos ellos estaban el año pasado aquí entre nosotros como simples
artesanos, y ahora son allá personas cualificadas, apreciadas y honradas. Concluyendo quien lo desee, ya sabe que el campo lo tiene
abierto, y quien no lo desee, quédese tranquilo en el lugar que ocupa.

Ahora, antes de salir yo para Roma, escribiremos en nombre de todos vosotros un saludo para el Papa, al que pediré una bendición
especial para mis queridos aprendices. Que esta bendición sirva para estimularos a perseverar en el bien, y asimismo en la salud y en
vuestros intereses materiales; pero sobre todo ((153)) os haga fuertes para resistir todas las tentaciones, que a vuestra edad os acosan y
atormentan, y os haga más fuertes que el demonio. Y de modo especial querría que, con esta bendición, os empeñarais todos,
absolutamente todos, en vencer las tentaciones que os quieren hacer caer en cosas contrarias a la virtud de la modestia; querría que
guardarais vuestros pensamientos, miradas y palabras de modo que nunca disgustéis al Señor en este punto.

Animaos y veréis que la gracia de Dios, reforzada con la bendición de su Vicario, os hará superiores a cualquier sugerencia del
demonio. Por lo demás, "qué queréis que os diga?

Suspendió entonces su discurso y con amable sonrisa paseó su mirada resplandeciente de indescriptible bondad sobre todos los
muchachos, que pendían de sus labios. En aquel momento parecía manifestarse en su rostro el alma de un padre, que ama con ternura a
sus hijos. Después de unos breves instantes de silencio, siguió diciendo:

Mientras yo esté lejos de aquí, rogad al Señor por mí, para que me salgan bien los asuntos que llevo a Roma; pues ya sabéis que,
cuando voy a Roma, es porque tengo grandes asuntos que resolver y siempre me guían allá graves motivos, que miran al bien de la casa
y, por tanto, también al vuestro. Cuando vuelva, si todo salió bien, os diré que habéis rezado con éxito y que sois buenos; de lo contrario,
os diré que sois todos unos maletas 1, incapaces de obtener con vuestras oraciones lo que yo deseaba. Pero espero que, vosotros rogando
y yo con el mazo dando, las cosas saldrán bien, sobre todo si juntáis alguna comunión con vuestras oraciones. Sí, yo creo que os
esforzaréis por comulgar alguna vez, para que prosperen nuestros asuntos en Roma.

Mientras tanto, que el Señor os dé salud, santidad y perseverancia en el bien, para que podáis vivir siempre felices.

Y ahora, si tenéis algún recado para Roma, estoy a vuestras órdenes. Si alguno quisiera escribir una cartita al Papa, yo se la llevaré;
sólo os recomiendo que la escribáis con buena letra y sin faltas de ortografía. La vez pasada llevé algunas, el Papa las leyó y me hizo
notar algún error gramatical y alguna falta de ortografía, y me dijo:

-Ya se ve que son unos aprendices los que escriben. Dirá a fulano que aquí hay que poner doble `ele' y aquí doble `erre', etc.

1 Maletas. Don Bosco empleó la palabra piamontesa sciappini, que se aplica a quien es un vulgar chapucero en su arte u oficio. (N. del

T. )
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Termino. Habéis celebrado hace poco la fiesta de san José y yo no ((154)) pude asistir a vuestra velada; pero oigo decir que para el
Patrocinio tendréis otra; para entonces ya estaré de vuelta de Roma y deseo inmensamente poder venir a tomar arte activa en vuestra
fiesta.

Dejaron tal impresión en los ánimos estas pláticas de don Bosco, a punto de salir para Roma, que, gracias a ellas, aunque estaba lejos,
casi no parecería ausente de casa.

Comunicó también su próxima salida a dos verdaderas madres del Oratorio, a las que el Beato solía dar el título de "mamá" por su
venerable edad y la santidad de su vida.

Escribió a la condesa Callori: "Mi buena Mamá: Antes de salir de viaje, le escribo este telegrama. Parto esta tarde para Roma.
Dirección, Torre de'Specchi. Estancia, tres semanas. Espero saludarla. Feliz viaje a usted y a toda la familia. Amén". Esta cartita pudo
ser un aviso para que la noble señora fuera a la ciudad a cumplir sus prácticas religiosas antes de que él se marchara.

Por medio de don Julio Barberis, envió estos renglones a la señora Eurosia Monti: "Querida Mamá: Vuestro hijo está para salir con
dirección a Roma. Saldrá mañana por la mañana a las siete; pero si vos le dejáis salir así tal como está y sin dinero, no podrá llevar a
cabo sus planes". La señora leyó la carta, escribió un papelito de respuesta y unió tres billetes de cien liras.

-Madama Monti es una buena mamá, exclamó don Bosco cuando abrió el sobre.

También había anunciado dos veces su viaje a otra señora de Roma, a la señora Matilde, la esposa del señor Sigismondi, comisionista
apostólico. Era una mujer muy piadosa y devota de don Bosco, avanzada también en años. El Siervo de Dios, como ya hemos visto,
encontraba en aquella familia romana hospitalidad cordial y provechosa, por la comodidad de tener allí capilla privada y la entrada que el
señor Alejandro tenía en los despachos eclesiásticos. La primera vez le escribió, con ocasión de la muerte de su padre.

((155)) Muy apreciada señora Matilde:

Muchas veces hemos hablado de usted, señora Matilde, y más aún he querido escribirle para asegurarle que, en medio de las muchas
molestias que he sufrido, no la hemos olvidado en nuestras oraciones comunitarias y privadas, y que seguimos rogando por usted y por el
querido señor Alejandro, su marido. Ahora que me queda un poquito de tiempo libre, en medio de nuestros interminables embrollos, lo
aprovecho con gusto para entretenerme un rato con mis benévolos y beneméritos dueños.
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Le aseguro que he sentido mucho la dolorosa pérdida de su señor padre, y que no dejé de ordenar y hacer especiales oraciones por él, a
quien Dios llamó a su lado, y por usted, por su hermana, para que el Señor tenga a bien concederles paciencia y resignación a su divina
voluntad.

Lo mismo hemos hecho con la inesperada pérdida de la llorada Madre Galeffi. Pero tuvimos la gran satisfacción de saber que estos
queridos difuntos pudieron recibir los últimos consuelos de la religión. Esperamos que, después de una preciosa uerte en la presencia de
Dios, hayan volado a gozar el premio que su divina bondad tiene preparado en el cielo a todos los que mueren en su santa gracia.

El mes de abril tengo que ir a Roma para leer un discurso en la Academia de la Arcadia el día de viernes santo. La primera puerta a la
que llamaré es ciertamente a la del número ciento cuatro, en la calle Sistina, en donde desde hace tanto tiempo tenemos una verdadera
ganga. Pero, como deseo aminorar molestias a usted y a nuestro señor Alejandro por cuanto me sea posible, ruégole me diga con toda
libertad si en esos días podrá seguir haciéndome esta caridad. De no ser así, espero nos indique alguna honesta familia adonde podamos
acudir.

Una persona de Turín tiene que ir a Roma dentro de poco tiempo y está encargada de saldar mis deudas por los gastos que hizo el buen
Alejandro con diversos rescriptos, que recibí puntualmente.

El día 10 de este mes abrimos dos casas nuevas, y el próximo mes de marzo se abrirán otras tres. Como ve, el Señor bendice a nuestra
pobre Congregación; ruegue por nosotros para que podamos corresponder a sus gracias y bendiciones.

En una carta, que acabo de recibir de la República Argentina, nuestros misioneros envían saludos cordiales para usted y su señor
marido y se encomiendan a la caridad de sus oraciones.

Don Joaquín Berto, don Juan Bautista Lemoyne, don Juan Bonetti y otros de nuestra casa les saludan a usted y a su esposo, y yo,
pidiendo para ustedes toda suerte de bendiciones del cielo, con filial aprecio y veneración tengo el honor de profesarme,

De V.S.

Oratorio de San Francisco de Sales, Turín, 5-2-1876.

Atento y s. s.
JUAN BOSCO, Pbro.

P. D. Muchos saludos para su señora hermana y el buen Luisito.
((156)) La segunda carta es de un mes más tarde, para felicitar a la señora en su día onomástico. El año anterior había cumplido en esta
misma ocasión con su "deber" personalmente; ahora, le pide que le conceda poder volver a felicitarla personalmente, pero aplazando la
fecha, y manifiesta haber recibido respuesta favorable al deseo expresado en la carta de febrero. En las pocas horas de parada en
Sampierdarena hará escribir a don Miguel Rúa que entregue a don Celestino Durando una botella del año 1815, para que la lleve consigo
a Roma. "Es para un regalo, explica el secretario, que don Bosco quiere hacer a la señora Matilde".
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Muy apreciada señora Matilde:

No podemos tener el gusto de celebrar pasado mañana en su casa la fiesta de santa Matilde, pero le ruego tenga a bien alargarnos el
tiempo útil hasta primeros de abril, y entonces cumpliré mi deber personalmente.

Pero, puedo asegurarle que no la olvidaremos ante el Señor: el 14 de este mes se celebrará la santa misa en el altar de María
Auxiliadora y nuestros muchachos comulgarán según su piadosa intención.

Que Dios la bendiga, señora Matilde, juntamente con el señor Alejandro y les conceda a los dos buena salud y largos años de vida
feliz.

Ruegue también por este pobrecito que siempre será en Jesucristo

Turín, 12-3-1876.

Su humilde servidor JUAN BOSCO, Pbro.

Le aguardaban en Roma asuntos importantes. Siempre tenía muchos en Turín y fuera de Turín.

-Una cosa tras otra todo se irá arreglando, dijo a los suyos.

La tarde que precedió a su marcha, escribió más de veinte cartas, algunas de ellas con dirección a Francia. Después de cenar, que podía
decirse era el momento de sus grandes entrevistas, tomó los oportunos acuerdos con diversos Superiores sobre muchas cosas por
resolver. Cuando terminó, le rodearon algunos sacerdotes y profesores. Recomendó al reverendo Cipriano que no alargase la misa más
de media hora, salvo el caso en que hubiese muchas oraciones; pues de ordinario convenía que la misa durase ((157)) de veintidós a
veinticinco minutos. Al clérigo Obertiglio, que le pedía permiso para ir a casa de sus padres un par de días, le dijo que se pusiera de
acuerdo con don Miguel Rúa y don José Lazzero. El no daba nunca negativas; don Miguel Rúa, por su parte, ponía muchísima atención
para impedir que don Bosco tuviera que hacer papeles odiosos. A otros dijo otras cosas. Saludó después con palabras afectuosas a cada
uno de los que le rodeaban y tranquilamente subió a su habitación.
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((158)
)

CAPITULO VI

VIAJE DEL BEATO A ROMA

EL compañero de viaje del Beato escribió un diario lacónico del mismo, reservándose quizá el cometido de ampliarlo más tarde cuando
tuviese comodidad, o de proporcionar a otro los elementos para ello. La realidad es que sus apuntes quedaron tal y como los redactó a
vuela pluma en el primer momento. Afortunadamente tenemos otras noticias, que sacamos de la correspondencia epistolar y de las
pláticas del Siervo de Dios, y que reproducimos tal y como las conservaron los testigos. Más que un orden cronológico seguimos en
nuestro relato una especie de hilo ideal, que es bastante visible, por lo que no es menester anteponer aquí especiales indicaciones para
aclararlo.

Parece extraño que don Bosco, que tanto deseaba que sus sacerdotes vieran Roma y al Papa, no facilitara su intento cambiando de
secretario cada vez que iba a la Ciudad eterna. Es verdad, pero sus muchos quehaceres en ella y la escasez del tiempo le obligaban a
servirse continuamente del mismo secretario en casa y fuera de ella. En efecto, sucedía que el Beato tenía que preparar para las
Congregaciones Romanas o para Cardenales informes escritos, que por vía ordinaria habrían requerido uno o dos meses de trabajo; él,
por el contrario, desafiando la incredulidad de cuantos le oían, se comprometía a despacharlo todo en dos o tres días. Redactaba, pues, su
trabajo a toda prisa y lo entregaba para pasarlo a limpio a su secretario, a quien tenía horas y horas clavado en el escritorio. A veces
terminaba don Bosco su redacción ((159)) a las diez de la noche, de lo que el secretario tenía que devolverle copiado en limpio a la
mañana siguiente; así sucedía que, al ir a celebrar la misa, se encontraba con el incansable amanuense tal y como le había dejado por la
noche.

Nada diremos tampoco de las caminatas que le hacía darse por la ciudad a todas las horas del día. Y para servicios tan arduos y
preciosos no había ninguno que pudiera prestarlos mejor que don Joaquín Berto.

Un asunto poco importante, que esta vez llevaba don Bosco a Roma, era un compromiso contraído allí el año anterior. Desde el año
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1874, merced a los buenos oficios de sus admiradores romanos, pertenecía a la academia de la Arcadia, con el nombre académico de
Clístenes Casiopeo, que en otro tiempo había tenido el cardenal Altieri 1 Por dar gusto al Custodio general, monseñor Ciccolini, había
prometido leer un trabajo suyo en alguna ocasión, y la ocasión se presentó. Acostumbraban los árcades tener en la tarde del viernes santo
una reunión solemne en la sala magna del Conservatorio en el palacio Altemps para celebrar la Pasión del Señor.

Así pues, el Custodio propuso a don ((160)) Bosco que fuera a leer un discurso de introducción en la sesión del viernes santo del año
1876, que coincidía con el 14 de abril. Se encargó de comunicarle la invitación el árcade monseñor Fratejacci, que le escribió una
animosa carta diciéndole: "Mi humilde y respetuoso parecer sería que aceptase esta invitación, pues su venida a Roma en ese tiempo
sería oportuna y útil desde todo punto de vista. Por otra parte, el tema totalmente religioso de la misma sería conveniente y al mismo
tiempo laudable" 2. El Beato aceptó actuar por una vez como académico; pronto veremos cómo hacen los santos de académicos.

Su aceptación se consideró "como un gran don gratísimo a todos 3".Pero don Bosco vio en ello un conjunto de preciosas
circunstancias

1 A título de curiosidad, ponemos aquí la lista y los nombres académicos de los Salesianos nombrados árcades juntamente con don
Bosco:

1. Don Juan Bonetti, Geriseo Temidense.
2. Don Juan Cagliero, Egisco Esponádico.
3. Don Celestino Durando, Mirbauro Ascreo.
4. Don Miguel Rúa, Tíndaro Estinfálico.
5. Don Pablo Albera, Vatilio Driopeo.
6. Don Juan Bautista Lemoyne, Ersindo Geresteo.
7. Don Francisco Cerruti, Mírtales Amicleo.
8. Don Francisco Dalmazzo, Celauro Grileo.
9. Don Juan Bautista Francesia, Nigacio Pirgense.
10. Don José Bertello, Podarces Pleuronio.
11. Don José Ronchail, Elcipos Corintio.
12. Don Pedro Guidazio, Fidamante Alfeiano.
13. Don Julio Barberis, Meliso Lariseo.
14. Don Juan Tamietti, Nastón Efesio.
15. Don Domingo Vota, Arclaón Eubeo.
16. Don Daghero, Anceo Palancio.
17. Don Francisco Rossi, Etilo Ortigio.
18. Don José Monateri, Licofonte Macaonio.
19. Don Scappini, Almindo Cidonio.
20. Don Juan Garino, Fidipos Ciclonio.
21. Don Herminio Borio, Agástenes Pelopídeo.
2 Carta del 5 de diciembre de 1875.

3 Carta del mismo, del 9 de enero de 1876.
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Dada su condición, sentía cada vez más la necesidad de penetrar en todos los ambientes y ganarse amigos de toda clase de personas.

Tenía además diversas y serias razones para volver a Roma; era especialmente necesaria su presencia para arrancar privilegios poco a
poco, uno tras otro, puesto que veía cerrado el camino para obtenerlos todos de una vez. Basta recordar las peticiones presentadas a fines
del año 1875. Así que, el comparecer allá, invitado formalmente y no por su propia voluntad, justificaba su viaje a los ojos de quien
vigilaba en Turín y de los que quizás desconfiaban de él en Roma. Y le facilitaba el acceso a los prelados de la Curia. La misma
circunstancia le ponía el abrigo de las sospechas de los que espiaban sus pasos en las relaciones con los hombres del Gobierno.

Llegó a Roma hacia las dos de la tarde del 5 de abril. Fue recibido por el "amado bienhechor" señor Alejandro Sigismondi, el cual le
acompañó a su casa en la calle Sistina, le asignó un cómodo apartamento, libre de todo control de extraños, en la última planta, con una
hermosa terraza que le permitía contemplar el delicioso panorama de la ciudad. Se entregó enseguida ((161)) al trabajo y comenzó al
mismo tiempo sus peregrinaciones por la ciudad para visitas de negocios más que de pura conveniencia.

Pero, antes de seguir, queremos dar una muestra del diario arriba mencionado. Estas eran las anotaciones de los cuatro primeros días:
"Día 6, jueves. Misa en casa; después, a eso de las diez, ver al cardenal Antonelli; luego, al maestro de Cámara monseñor Macchi, y a
casa. Hacia las cuatro, ir a ver a monseñor Sbarretti, secretario de la Congregación de Obispos y Regulares. (Sigue una noticia acerca del
cardenal Berardi, de la que hablaremos en otro lugar). -Viernes 7. Misa en casa, después trabajo hasta la comida. Fuimos a ver al padre
Juan Batta de Génova, en el convento de los Capuchinos, cerca de la plaza Barberini, para tratar de la compra de una casa entre San Juan
de Letrán y el Coliseo. -Sábado 8 de abril. Misa en casa, después a Torre de'Specchi; comida en casa. Después, a eso de las cuatro,
tomamos un coche de alquiler con el señor Vigliani y el ingeniero Moglia y fuimos a visitar el local entre San Juan de Letrán y el
Coliseo. -Domingo de Ramos. Todo el día en casa trabajando".

Como se ve, aquí tenemos un index rerum (simple índice) pero sin detalle alguno de las cosas.

Los asuntos romanos no absorbían a don Bosco de suerte que le impidieran llegar con el pensamiento a Turín. Tocaremos dos cosas
solamente.

Al salir del Oratorio, tenía la pena de no ver todavía el éxito de
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una gestión que le interesaba mucho. Al comienzo de la cuaresma habían sido presentados al Arzobispo dos de sus subdiáconos para las
aún lejanas Ordenaciones, que se acostumbra tener el sábado santo; pero, al recibir contestación de que aquel día no habría
Ordenaciones, se rogó a Monseñor que tuviera a bien entregar una declaración escrita para algún otro Obispo, que se prestara a ordenar a
los dos hijos de don Bosco. Pero la cuaresma avanzaba, estaba ya cerca la semana santa, don Bosco salía para Roma, y el Ordinario no
daba señales de vida. Don Miguel Rúa estaba entre la espada y la pared; podía insistir a la Curia y quizás provocar la indignación del
Superior Eclesiástico, o podía esperar con el peligro ((162)) de ver fracasar las ordenaciones y causar un disgusto a don Bosco. En
consecuencia, determinó pedir instrucciones, tan pronto como don Bosco llegó a Roma. El domingo de Ramos don Bosco encargó que se
le contestara en estos términos: "Por lo que hace a las ordenaciones de los clérigos Vota y Veronesi para el sábado santo, es voluntad de
don Bosco que se presenten a ellas. Usted disponga. Encontrará aquí unidas las dos dimisorias firmadas. Si usted juzga conveniente
enviarlos a Vigévano, debe entonces prevenir al Obispo y saber si tiene ordenaciones. Además, se necesita la declaración del Arzobispo
de Turín, de alguno de la Curia, por ejemplo del teologo Gaude, de que no hay ordenaciones en Turín el sábado santo, y enviar esta
declaración a Vigévano. Si los quiere enviar a Susa, no se necesitará la declaración, porque el Obispo de Susa ya la tiene; sólo se
necesitaría prevenir de ello al Obispo con carta de V. S. Además habría ahorro de gastos. Queda a su prudencia la determinación más
oportuna" 1.

Por fin llegó la suspirada contestación del Ordinario; llegó a la una de la tarde del viernes santo y decía así: "Los candidatos Moisés
Veronesi, de Bovisio, y Miguel Vota, de Rivarolo, no pueden obtener del Arzobispo de Turín, ni de ningún otro de su Curia, el papel que
piden para ordenarse mañana de diáconos, si en el día de hoy, 14 de abril, no se presentan al canónigo Peyretti o al canónigo Zanotti para
examinarse de dos tratados, distintos de los que se examinaron para el Subdiaconado, y además sobre el Diaconado; y presenten al
Arzobispo el certificado escrito de haber aprobado".

Los dos ordenandos no perdieron tiempo en quejas y protestas. A

1 La manera de expresarse del secretario indica claramente que don Bosco no le dijo palabra del fastidioso precedente. Había cosas de
las que don Bosco no decía a nadie más de lo estrictamente necesario. Pero ciertas frases, dictadas por él, decíanle a don Miguel Rúa
mucho más que lo que hoy parecen expresar: "Es voluntad de don Bosco... usted disponga... queda a su prudencia la determinación a
tomar".
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toda prisa corrieron a presentarse al Canciller arzobispal para ((163)) obtener la delegación de los exámenes; a toda prisa fueron en busca
de los examinadores, se examinaron, volvieron volando a la Curia para entregar la calificación y recoger el certificado del resultado
favorable; lo presentaron al Arzobispo para la declaración; se dirigieron a todo correr a la estación y salieron hacia Susa.

El paternal recibimiento de aquel santo Obispo puso paz en sus corazones; pero vieron que se caía de las nubes cuando le entregaron el
certificado del examen, puesto que el derecho de examinar a los ordenandos correspondía al Obispo ordenante y no al de la residencia.
De todos modos, recibieron las órdenes. Pero aquel sofocón acarreó una desagradable consecuencia, pues el pobre Vota, delicadito de
salud como estaba, cayó enfermo y le costó todo un año rehacerse.

No nos parece fuera de propósito mencionar un hecho, que demuestra hasta qué punto llegaba el desinterés del Siervo de Dios, al verse
obligado muchas veces a hacer gastos pesados para él, cuando tenía que enviar lejos a los suyos para recibir las órdenes sagradas. El
Economato Regio de beneficios vacantes le asignaba mil liras por año, pero como las abonaban a la mesa arzobispal, don Bosco, por
deferencia con el Arzobispo, no quiso cobrarlas nunca. Hacía, pues, veintiocho años que aquella suma quedaba a disposición del
Ordinario.

La segunda cosa que llamó la atención de don Bosco en Roma fue muy distinta. Supo que don Julio Barberis tenía que empezar a
predicar los ejercicios espirituales a los alumnos del colegio de Borgo San Martino el domingo de Ramos. Pues bien, se apresuró a
enviarle dos recomendaciones, a saber: que se ganase a los alumnos de cuarto y quinto curso para ver si, por acaso, había entre ellos
"algún ladrillo apto para la fábrica de Turín", y que observase si entre los "ex-novicios" había alguno que necesitaba ser alentado y
confirmado en la vocación. Por "ex-novicios" hay que entender aquí ciertos novicios, que interrumpían el noviciado con don Julio
Barberis en el Oratorio, y lo continuaban bajo la dirección del Director local, alternando las prácticas de los novicios con alguna
ocupación. En tales condiciones se ((164)) encontraban allí dos clérigos y dos coadjutores. "Hice cuanto pude; pero los ex-novicios me
parecieron todos ya confirmados", escribió don Julio Barberis en su crónica. En lo tocante a los alumnos, él creyó que "en pocos
colegios del mundo" se podía encontrar "más piedad, más fe, más pureza de costumbres". Por último, acerca de las vocaciones tenía que
hacer alguna observación; es más, escribió a don Bosco sobre este particular. Nos será más oportuno hablar de ello dentro de poco.
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El lunes santo por la mañana pidió audiencia pontificia. Durante los días de espera don Bosco encontró tiempo para escribir algunas
peticiones a presentar al Padre Santo. El no olvidaba nunca a los bienhechores de sus instituciones; por esto, ya que se encontraba en
Roma, quiso obtener del Papa indulgencias o favores espirituales, como testimonio de gratitud para sus amigos de América y de Italia.
Escribió, pues, ante todo una súplica en favor del señor Benítez y de don Pedro Ceccarelli.

Beatísimo Padre:

El sacerdote Juan Bosco, humildemente postrado a sus pies, tiene el alto honor de presentar a la alta Clemencia de S. S., a dos
beneméritos católicos de la República Argentina: Francisco José Benítez y el doctor Pedro Juan Bautista Ceccarelli.

El señor Benítez, hombre muy versado en las ciencias sagradas y profanas, con ochenta y un años de edad, sigue trabajando
incansablemente. Y dedica sus cuantiosos haberes al bien de la religión, que practica ejemplarmente. Siempre bien dispuesto a toda obra
de caridad, promovió la ida de los Salesianos a aquel país y, con grandes gastos, hizo construir un colegio e iglesia en San Nicolás de los
Arroyos, proporcionó el mobiliario necesario y sostiene a los siete misioneros salesianos, que tienen a su cargo la educación de los
alumnos internos y externos del colegio. Adicto como es a la Santa Sede, especialmente a la sagrada y augusta persona del Romano
Pontífice, recibiría en su vejez el mayor de los consuelos, si fuese honrado con el título de Comendador de la Orden, que a S. S., mejor
pareciere.

El doctor Pedro Juan Bautista Ceccarelli, sacerdote italiano, hizo los estudios en Roma y se trasladó a Argentina como misionero; es
actualmente párroco y vicario foráneo de la única y muy populosa parroquia de San Nicolás. Por su iniciativa y a sus expensas se
fundaron y funcionan normalmente varias escuelas y hospicios que él sostiene con mucho celo. El mismo ((165)) inició las gestiones
para la ida de los Salesianos a San Nicolás; a su cargo estuvieron las negociaciones con las Autoridades municipales estatales y
eclesiásticas. Su Arzobispo, León Federico Aneyros, alaba encarecidamente su actuación. Por su especial solicitud se confió la iglesia de
la Misericordia en Buenos Aires al cuidado de los Salesianos y tres de ellos ejercen allí el sagrado ministerio. Trabajó con mucho celo
para que se entregara a los mismos Salesianos el usufructo perpetuo del Colegio, de la iglesia pública para adultos y particularmente para
la juventud de San Nicolás que está muy necesitada de educación e instrucción cristiana. Ahora, cual padre amoroso, sigue asistiendo a
los misioneros salesianos y con ellos trabaja para fundar un colegio próximo a las tribus salvajes, para abrirse de este modo camino de
penetración en Patagonia, objeto principal de la Misión Salesiana.

Para este digno Sacerdote suplico que S. S. se digne concederle la dignidad de Capellán o Camarero de honor o cualquier otra que
fuere del agrado de S. S.

Estos dos documentos de Soberana Clemencia servirán ciertamente para animar a estos dos celosos católicos a perseverar en su trabajo
en favor de la Religión y a ser en adelante constantes protectores de la Congregación Salesiana.
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Con profunda gratitud humildemente postrado a los pies,

De S.S.

9 de abril de 1876.

Solemnidad de Ramos.

Humildísimo hijo JUAN BOSCO, Pbro.

La segunda petición era en favor del comendador Gazzolo. Se habla en ella de "sacrificios pecuniarios", aunque no los hubo por parte
del cónsul argentino. Pareció al principio que los había, pero eso se debió a que él supo encauzar la contribución de otros en favor de los
misioneros, máxime la extraordinaria generosidad de don Pedro Ceccarelli llevando la cosas de manera que parecía proceder todo de él.
Pero la sagacidad de don Luis Lasagna averiguó más tarde la realidad y se procedió con precaución. Pero, "quién podía sospechar en los
comienzos, ni aun de lejos, que hubiera ningún truco hasta en el pomposo uniforme con todas sus condecoraciones? Sin embargo, don
Bosco calmó los fogosos ánimos de alguno de los suyos y no permitió nunca a ninguno que se le tratara sin caridad y cortesía. Nosotros,
aun respetando la verdad histórica, compadeceremos las flaquezas humanas, y no dejaremos de admirar la Providencia, que, a pesar de
estas debilidades, in ((166)) sua dispositione non fallitur (no se equivoca en sus disposiciones). La mención, que aquí hacemos del
Uruguay debe entenderse en el sentido de negociaciones ya muy adelantadas para una fundación en Colón.

Beatísimo Padre:

Entre los fervientes católicos, que se distinguieron en estos tiempos por su celo hacia la persona del Supremo Jerarca de la Iglesia, creo
que se puede merecidamente señalar al señor comendador Juan Gazzolo, cónsul argentino en Savona. Por dos breves noticias obtenidas
de fuente segura y confidencial, aparecen varios actos benéficos que honran algunos de sus actos.

Remitiendo estos títulos al buen corazón de Su Santidad, me atrevo únicamente a poner de relieve el importante servicio prestado a la
Congregación Salesiana, especialmente en la misión recientemente abierta en Argentina y Uruguay. Se presentaron muchas y grandes
dificultades, que él logró resolver con solicitud, insistencia, viajes y sacrificios aun pecuniarios. Llevadas a buen término las
negociaciones, él mismo empezó a enseñar la lengua española a nuestros misioneros, los asistió, los guió a Roma y, a sus expensas, los
acompañó también en el largo viaje a América, donde estuvo con ellos hasta ver la obra evangélica consolidada y en condiciones de
producir los frutos deseados.

Ahora, Beatísimo Padre, aunque el mencionado comendador Gazzolo, como buen
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cristiano, no buscó, ni tampoco ahora busca, honores temporales, sin embargo, en atención al gobierno católico argentino que representa
en Italia, a la gran veneración que profesa a la persona de Su Santidad y al deseo de dejar a su propia familia un documento de su
adhesión a la Cátedra de San Pedro, consideraría como un precioso tesoro que la alta Clemencia de Su Santidad se dignase concederle
una condecoración del grado que Su Santidad tuviera a bien.

Ello serviría también para animarlo más y más a promover otras obras de caridad y especialmente para las misiones de Chile a
Occidente de Patagonia, para las que ya se iniciaron las negociaciones, con la fundada esperanza de que pronto lleguen a termino con
éxito.

Así los Salesianos tendrán un motivo más para profesar profunda gratitud a Su Santidad y también para aumentar el número de los
bienhechores, que nos prestan ayuda en nuestras piadosas empresas.

Con la máxima veneración y gratitud y con profundo respeto, humildemente postrado, pido la bendición apostólica.

JUAN BOSCO, Pbro.

Presentó una tercera súplica pidiendo al Papa condecoraciones para dos insignes bienhechores del hospicio de Sampierdarena.

((167)) Beatísimo Padre:

El sacerdote Juan Bosco, humildemente postrado a los pies de S. S., en su nombre y con la carta comendaticia de monseñor Salvador
Magnasco, arzobispo de Génova, y de muchos piadosos institutos, tiene el alto honor de presentar a la Soberana Clemencia de S. S., a
dos ejemplares y ricos católicos, que, desde hace mucho tiempo, son felices empleando sus haberes en fundar y sostener institutos,
especialmente dedicados a socorrer y educar a la juventud abandonada. Se llaman Angel Borgo y Juan Bautista Conti, los dos de la
ciudad y diócesis de Génova. Ellos son los que, movidos por el admirable ejemplo de S. S., se comprometieron a llevar a término el
Hospicio de San Vicente en Sampierdarena, donde está casi terminado un edificio, que cuanto antes podrá albergar a no menos de cien
niños pobres.

Para estos dos virtuosos ciudadanos se hace humilde súplica a S. S. para que se digne dar a los mismos una prueba de benevolencia
concediéndoles una condecoración de alguna orden pontificia, como pareciere bien a S. S.

Esta condecoración proporcionará ciertamente una gran satisfacción a sus respectivas y religiosas familias y les servirá de estímulo
para perseverar en sus obras de caridad, al ser bendecidos y honrados por el Vicario de Jesucristo, a quien profesan la mayor veneración.

Sumamente agradecido...

JUAN BOSCO, Pbro.

Una cuarta petición se refería directamente al hospicio de Sampierdarena. Probablemente el Beato la dejó en Roma cuando salió de
allí,

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pero resulta más oportuno juntarla aquí con las anteriores. Deseaba él obtener que los párrocos de la archidiócesis de Génova pudieran
ceder en favor de aquella casa la limosna de las misas del domingo; no la limosna de las misas celebradas en las fiestas suprimidas, que
ya estaba asignada al seminario diocesano. También surtió efecto esta última súplica al igual de las otras, si bien de una forma especial:
se concedió el favor al Arzobispo monseñor Magnasco, nominalmente a favor del seminario menor de Chiapeto y con destino a las
vocaciones eclesiásticas. Ahora bien don Bosco miraba sobre todo a los hijos de María, destinados a tener su principal residencia en el
hospicio de San Vicente de Paúl. El Arzobispo y don Bosco estaban perfectamente de acuerdo, en la cuestión.

((168)) Beatísimo Padre:

El sacerdote Juan Bosco a los pies de S. S. expone humildemente que en San Pier d'Arena, junto a Génova, se abrió un asilo para los
niños pobres que van a parar a esta ciudad desde diversos pueblos. Se empezó con unos pocos; pero el gran número de los que a cada
paso pedían pan y asilo obligaron a adquirir más terreno y levantar otro edificio. Ahora son unos trescientos los muchachos internados;
ciento treinta, ya mayorcitos, se dedican al estudio y se preparan para el estado eclesiástico; los demás se dedican a las artes y oficios.

Mas la compra del terreno y la construcción, la dotación del mobiliario y enseres, el suministro de pan y ropa a los ya internados,
obligó a contraer algunas deudas, que no se sabe cómo liquidar. Quedan todavía más de setenta mil liras que cargan hasta el momento
sobre el pobre instituto, o mejor dicho, sobre el pobre exponente.

En esta excepcional necesidad recurren a la inagotable fuente de la caridad, a Su Santidad, a quien todos proclaman padre de los
desgraciados.

El subsidio que aquí se implora depende de Vuestra Suprema Autoridad, y consiste en permitir a los párrocos de la diócesis de
Génova, a cuyo favor está especialmente destinado el instituto, que puedan ceder la limosna de la santa misa pro populo en los días
festivos de precepto en favor de este orfanato. Se limita el beneficio a la misa de los días festivos de precepto porque la de las fiestas,
que no son de precepto, ya fue destinada por el Ordinario diocesano para diversas necesidades del clero joven. Este favor, que dicen
haber sido ya concedido para otras graves necesidades, sería sólo para un trienio. Todo ha sido concertado con el Arzobispo de Génova
el cual presta de buen grado su intervención ante los señores párrocos; es más, une su oración para implorar la gracia ante Su Santidad
siempre que sea ésta la mente del Sumo Pontífice.

Con la máxima gratitud por parte del exponente y de los muchachos asilados, se aseguran las oraciones de cada día, para que Dios
conserve muchos años a Su Santidad para bien de la Iglesia y remedio de tantas necesidades, al paso que nosotros, postrados a sus pies,
imploramos la bendición apostólica

Agradecido, etc.

JUAN BOSCO, Pbro.

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El martes santo llegaban a Roma don Celestino Durando y el teólogo Pechenino. Interesa recordar ahora hechos pasados. Aquella tarde
en que don Celestino presentó a don Bosco el segundo tomo de su diccionario latino 1, el buen Padre, después de darle las gracias
añadió:

((169)) -Ahora descansa un poco; a su tiempo irás a presentar un ejemplar al Padre Santo.

Y no fueron simples palabras. Con él venía también el teólogo Pechenino para presentar su diccionario griego, editado entonces y
compilado por voluntad de don Bosco según sus criterios morales, e impreso en la tipografía del Oratorio. El Beato no los llevó consigo
en seguida, porque tenían que presidir los exámenes semestrales en los colegios de Sampierdarena y Varazze, y porque quería que
pasasen por Luca y Florencia. El doctor Pechenino se hospedó en casa de una hermana y don Celestino en la del señor Colonma,
comisionista apostólico y antiguo amigo del Beato.

El primer pensamiento de don Celestino fue ir a ver a don Bosco, a quien encontró "envuelto en los asuntos de nuestra Congregación"
2, pero sin olvidarse del Oratorio. En efecto se ordenó que comunicara a don Miguel Rúa su intención de que los ejercicios espirituales,
lo mismo los de los estudiantes que los de los aprendices, se prorrogasen hasta su regreso. Al hacer esta comunicación, el hijo de don
Bosco expresaba un sentimiento que pone de manifiesto el ánimo de aquellos hombres formados en la escuela del Siervo de Dios.

"Si he de decirte la verdad, escribió, doquiera voy me acompaña un pensamiento triste, una especie de remordimiento, que me quita las
ganas de ver todas las cosas, y es el ir rondando de un lado para otro como un zángano y encima gastando dinero, mientras ahí hay tanto
trabajo; pero me tranquiliza el pensamiento de que es don Bosco quien lo ha determinado así y a él dejo la responsabilidad" 3.

El mismo nos informa que don Bosco pidió para él al Vicariato la facultad de confesar en Roma; así, pues, el día señalado iba éste a
casa de los Sigismondi y se confesaba con don Bosco, el cual se confesaba con él después, poniéndolo como él dice, 4 "en un aprieto".
((170)) Su día de confesión en Turín era el lunes, porque en aquella mañana no solían ser muchos los penitentes de la casa y entonces, a
eso de las

1 Véase el volumen XI, en la pág. 369.

2 Carta de don Celestino Durando a don Miguel Rúa, 11 de abril de 1876.

3 Carta citada.

4 Carta a don Miguel Rúa, 18 de abril de 1876.
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ocho, aparecía don Francisco Giacomelli, quien, después de confesarse con don Bosco, oía a su vez la confesión de éste.

Mientras tanto se había ido preparando el Beato para su lectura arcádica. Fue un trabajo que debió costarle lo suyo, pues está repleto de
citas y saturado de ideas a lo largo de su notable extensión. Reinaba una viva expectación, aunque no fuera más que por lo singular del
caso de que un sacerdote piamontés, dedicado a obras de apostolado y ajeno al mundo de las letras, un sacerdote con fama de santo, se
presentara en aquel centro romano de cultura para hacer oír una composición suya a un público acostumbrado a oír a literatos
consumados y aun de gran fama.

El Siervo de Dios se cautivó la benevolencia del auditorio, sobre todo por su sinceridad. Sinceridad de lenguaje en el exordio, en el
que la modestia de las expresiones no estaba falta de sutiles valores, sino confirmada por la misma humildad del estilo, en el que era
vano esperar cualquier afán de afectación. Sinceridad en la elección del tema, que jamás hubiera pasado por la mente de ninguno para
aquella circunstancia, pero apropiado como ningún otro para la religiosidad de la hora, las "Siete palabras pronunciadas por Jesús en la
cruz", tema obvio para una alma de Dios, que no encuentra en la tarde del viernes santo nada mejor para pasar de esta manera las tres
horas llamadas de agonía. Sinceridad en todo el desarrollo, como podía esperarse de quien, siempre y en todas partes, tenía a gala ser y
mostrarse sacerdote; un razonamiento religioso de pies a cabeza y tendente sin reticencias ni eufemismos al bien espiritual de los
oyentes. Sinceridad en la conclusión, donde estalla la férvida devoción de don Bosco al Papa.

Con natural y elegante paso viene aquí a hablar de la unión de los verdaderos creyentes con Pedro y con sus sucesores, invitando a
todos a "cerrar filas alrededor del digno sucesor de Pedro, ((171)) alrededor del grande e intrépido Vicario de Jesucristo, del fuerte e
incomparable Pío IX".

Y prosigue diciendo: "En toda duda, en todo peligro, acudamos a él, que es áncora de salvación y oráculo infalible. No olvide nunca
nadie que en este portentoso Pontífice está el fundamento, el centro de toda verdad, la salvación del mundo. El que edifica con él, edifica
hacia el cielo; el que no lo hace con él, destruye y se arruina hasta el abismo. Qui mecum non colligit, dispergit. Si en este momento,
pudiera llegar mi voz hasta ese Angel Consolador le diría: Beatísimo Padre, escuchad y aceptad las palabras de este pobre hijo vuestro,
que os ama de veras. Nosotros queremos asegurarnos el camino, que nos conduzca
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a la posesión de la verdadera felicidad; por eso nos unimos todos en torno a Vos, Padre Amoroso y Maestro Infalible. Vuestras palabras
serán la guía de nuestros pasos, la norma de nuestras acciones. Vuestros pensamientos, vuestros escritos serán recibidos con la mayor
veneración y difundidos con viva solicitud entre nuestras familias, entre nuestros parientes y, si nos fuera posible, por todo el mundo.
Vuestras alegrías, serán las de vuestros hijos y vuestras penas y vuestras espinas también serán compartidas por nosotros. Y así como es
una gran gloria para un soldado morir en el campo de batalla por su soberano, de la misma manera el día más hermoso de nuestra vida
será aquel en que podamos dar los bienes y la vida por Vos, Beatísimo Padre, puesto que, muriendo por Vos, tenemos una prenda segura
de morir por Dios, que corona los momentáneos sufrimientos de la tierra con los eternos goces del Cielo".

No tenemos el original de este discurso que, bien sabe Dios, era todo un baturrillo. Podemos deducirlo de diversos borradores, que
tenemos a la vista. Poseemos en cambio la copia que él empleó, transcrita en clara letra caligráfica con infinita paciencia por el diestro
secretario don Joaquín Berto y que él retocó por su mano acá y allá. Uno de estos retoques llamó nuestra atención y es: que sustituyó
hasta cuatro veces la palabra "Salvador" ((172)) por el nombre de "Jesús" que, sin embargo, ya se repetía varias veces 1.

El efecto fue triple; bueno para los buenos, de desilusión para unos cuantos aficionados a la pura literatura, y de ignominia para algún
que otro malintencionado. Oigamos a dos testigos presenciales.

Escribe don Celestino Durando 2: "Ayer por la tarde fui a la Arcadia para oír el discurso de nuestro queridísimo don Bosco; estaba el
salón espléndidamente decorado e iluminado; era numeroso el docto concurso; no había menos de cuatrocientas personas que
escuchaban en religioso silencio el sencillo y al mismo tiempo erudito discurso de don Bosco, que fue muy aplaudido".

Y don Joaquín Berto a su vez 3: "La velada comenzó a las ocho...
Distinguidos personajes... se habían reunido allí, atraídos por la fama de quien iba a leer el discurso de introducción. Mi humilde
personilla fue introducida por el atento Custodio de la Arcadia hasta los primeros puestos, y allí estuve, desconocido y callado,
observando las impresiones

1 Para otras observaciones acerca de este discurso, que ofrecemos íntegro a los lectores (Apéndice, doc. 8), nos permitimos remitirlos a
nuestro Don Bosco con Dios, (pág. 135 de la edición española, CCS. 1984).

2 Carta a don Miguel Rúa, 15 de abril de 1876.

3 Carta a don José Bologna, 20 de abril de 1876.
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del auditorio, que estaba impaciente por contemplar personalmente al nuevo árcade. Apenas apareció en la puerta, los ojos de todos se
volvieron a él y le acompañaron con la mirada hasta el palco; cesó todo murmullo y empezó el acto. Fue escuchado con mucha atención.
Agradó su forma de razonar, sencilla y fácil, sobre las cosas más difíciles. Durante la lectura oí en medio de la muchedumbre más de un
''bravo, bien''; vi cómo, especialmente los sacerdotes, le enviaban más de un beso con la mano. Fue aplaudido repetidas veces. Al fin de
la sesión, que fue a las once y cuarto, muchos distinguidos personajes acudieron a estrecharle la mano... Es de notar que, en medio de
aquella multitud de amigos de nuestro queridísimo Papá, entre tantos admiradores del nombre y de las obras de don Bosco, no faltaban
algunos Fariseos, que, como en los tiempos del Salvador, intentaban ((173)) aprovechar la ocasión, ut accusarent eum... (para acusarle);
hombres que habían ido a escuchar a don Bosco a fin de poder sorprenderle en algo para denunciarlo al Santo Oficio... Pero el orador,
prevenido contra este lazo, podemos decir que apoyó todo su pensamiento, todas sus palabras en la autoridad de los Santos Padres, del
Evangelio y de la Iglesia. De suerte que, aquellos dos malintencionados hubieron de manifestar a alguno:

"-Don Bosco es más astuto que nosotros.

"La conclusión del discurso produjo en todos saludable impresión;
monseñor Sanminiatelli, Limosnero de Su Santidad, le dijo, una vez terminado el acto:

"-íNos ha servido de mucho a todos!" Sabemos, además, que el padre Saccheri, dominico, secretario del Indice, dijo, unos días
después, que le había gustado mucho el discurso; que todos habían podido aprender algo de él y que merecía se publicara. Sabemos
también que algunos sentenciaron:

-No ha dicho nada, no había concepto. No era para nosotros sino para los curas.

No faltó quien reprochó que su lectura durara la friolera de tres largos cuartos de hora. No había aquí nada que callar.

Al volver a casa, a eso de la media noche, encontraron la tarjeta para la audiencia del Padre Santo. Se había aconsejado el retraso de la
entrega para no molestar a don Bosco durante la preparación de su lectura. Se le fijaba la audiencia para el día siguiente a las siete de la
tarde. El ya tenía bien preparada su acostumbrada lista de cosas a exponer o pedir. Eran esta vez siete entre todas, que no vale la pena
referir, pues están expresadas en fórmulas poco o nada inteligibles.
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Preferimos acudir a la croniquita de don Julio Barberis y poner aquí un interesante intermedio.

La noche del 22 de enero de este año, cayó la conversación sobre cómo era tratado don Bosco por el Padre Santo y alguien observó que
el Papa parecía recibirlo siempre con gusto.

-Es verdad, repuso don Bosco, que yo hago todo lo posible para despacharme pronto. Hay que llevar bien preparadas las cosas que se
quieren pedir. Algunos, para una simple petición, ((174)) empiezan por contar al Papa toda la historia, y dicen y repiten y no acaban

nunca. De ordinario, el Papa los interrumpe y les dice:

-En conclusión, "qué pedís?

Yo siempre voy allí con un fárrago de cosas a pedir; pero antes, tomo buena nota de todas y me preparo. Cuando llego ante él, expongo

mi deseo en pocas palabras. Si se trata de cosas especiales, como me sucede a menudo, añado también: el Papa tal, con tal Bula, en tal
circunstancia, ya concedió tal cosa y tal otra. Entonces él despacha todo en dos palabras y después ríe, diciendo:

-Vos gastáis pocas palabras para no cansarme, pero yo gasto aún menos.

Otras veces ve que tengo mi lista en la mano y me pregunta:

-"En qué número estáis?

-En la duodécima pregunta de las que quiero hacer a Su Santidad.

-"Y cuántas tenéis apuntadas?

-Dieciocho, Padre Santo.

-Así, ya estamos para concluir.

-Aquella vez creo que con dieciocho preguntas importantes, que pedían tiempo y reflexión, en cuya exposición otro hubiera tardado
diez minutos para cada una, yo las pasé todas en diez o doce minutos. A veces, cuando yo acabo de hablar, empieza él y me hace una
serie de preguntas; en estos casos las cosas naturalmente proceden algo más despacio. Pero lo que más agrada al Padre Santo, es que yo
nunca me opongo ni insisto en alguna. "Que le parece bien conceder? íBendito sea! "No cree oportuno hacerlo? Yo no replico. Si me
pide simples aclaraciones, las expongo; por lo demás, aun cuando me pareciera muy bueno lo que pido, ya no chisto, si veo que él se
muestra poco propenso a concedérmelo.

La benevolencia con que Pío IX lo recibió, no podía ser mayor. Apenas le vio, dijo:

-Me han dicho que vuestro discurso gustó mucho y que también gustó mucho ((175)) vuestra manera de hablar. También leo con gusto
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las cartas de vuestros misioneros, que publicáis en la Unità Cattolica 1.

En el curso de la conversación el gran Pontífice llegó a preguntarle qué podía hacer él por la Congregación Salesiana. No hay duda de
que don Bosco aprovechó tanta bondad, pues tenía mucha razón para ello. Sabemos otros detalles de la audiencia, a través de sus charlas
después del regreso; aquí aprovecharemos los informes que nos proporcionan unas cuantas cartas, enviadas por el Beato al día siguiente
de la audiencia, esto es, en la solemnidad de Pascua.

Dos de ellas están dirigidas a don Miguel Rúa; una, la más lacónica, es personal; la otra, bastante difusa, estaba destinada a ser leída en
público. La tensión de los asuntos romanos, a que se refiere en la primera, concernía a las relaciones del Estado con la Iglesia, mucho
más tensas después de la reciente caída del gobierno de derechas.

Carísimo Rúa:

Hablé ayer con su Santidad, que me entretuvo casi una hora. Se declaró nuestro verdadero Protector. Está dispuesto a favorecernos y
acabó diciendo: -Decidme qué puedo hacer por vos y se hará de mil amores.

Se está tratando la cuestión de la casa en Roma; pero las cosas de Roma están tan tensas que no sé si conviene o no acometer esta
empresa. Veremos... Rezad. Puedes leer la carta adjunta a todos los jóvenes reunidos en la iglesia pequeña o en la grande o donde mejor
te parezca.

Conviene pensar en la novena de María Auxiliadora. Intenta escribir una carta de mi parte al señor Obispo de Pinerolo, y al de Alba,
los cuales probablemente no aceptarán; después deliberad entre vosotros los Capitulares y determinad a quién 2.

Necesito se me ponga al día sobre Madama Monti 3. Me enseñó varias veces su testamento, que estaba a nuestro favor. No sé si habrá

hecho otro o qué. El caballero Bacchialoni 4 está informado de todo.

((176)) Hay una tal Clara Castelli, que aspira a la herencia. Madama Monti me lo prohibió en absoluto.

Sin embargo, cuando yo llegue a casa, si las cosas están como me las enseñaron, arreglaré el asunto de modo que quedará muy

contenta:
Puedes sacar copia de la carta arriba mencionada y después, mutatis mutandis, enviarla a Lanzo y, si lo crees oportuno, también a otras

partes 5.

Saludos para Dogliani, Audisio y Maccagno el guardalmacén.

Volveré a escribir pronto.

Don Joaquín Berto, el doctor Pechenino y don Celestino Durando siguen bien;

1 Pío IX leía o se hacía leer cada día lo más importante de este diario.

2 Se trata sin duda de encontrar un Obispo para los pontificales en la fiesta de María Auxiliadora.

3 La hermana del teólogo Golzio, compañero de seminario del Siervo de Dios. Había fallecido por aquellos días.

4 Era el albacea.

5 Es la carta que sigue a continuación.

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visitan Roma; tan pronto como lleguen los diccionarios griegos 1, los presentaremos en la audiencia del Padre Santo.

Dios nos bendiga a todos y considérame en Jesucristo.

Pascua, 16-1876.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

Queridísimo Rúa:

Buenas noticias para ti y para todos los alumnos del Oratorio. Imagino que os gustara os describa la audiencia que ayer (sábado santo)
me concedió el Padre Santo a las 7 de la tarde. Duró casi una hora. Con verdadera bondad paterna leyó los saludos del marqués Fassati,
de don Julio Barberis y sus novicios, de don Luis Guanella y los Hijos de María. Después leyó todas las cartas, las cortas y las largas. La

última fue la de Garrone, en la que el Papa advirtió muchas faltas de lenguaje y de ortografía.

-Este, dijo bromeando el Padre Santo, necesita prepararse todavía un poco, antes de presentarse a examen de letras.

Preguntó si hay muchos tan buenos como Domingo Savio y yo contesté que sí:-"Son muchos?

-Creo que hay algunos, pero son muchos los que se esfuerzan por emular a aquel antiguo alumno y superarlo en virtud.

-"Hay muchos novicios?

-Sesenta y un clérigos, y treinta y cinco coadjutores.

-íEste es un milagro de la gracia del Señor! "Y los Hijos de María son muchos?

-Sumando todos los que hay en las diversas casas, un centenar; esperamos que algunos puedan vestir la sotana el próximo octubre.

-"Hay vocaciones al estado eclesiástico en las otras casas?

-Hay muchos en todas las casas, pero los de Turín aguardan a la época de los ejercicios espirituales para deliberar definitivamente.

Para entonces, espero encontrarme entre ellos.

-"Hay también peticiones entre los aprendices para hacerse Salesianos?

-Las hubo y las hay. Algunos ya fueron valientemente ((177)) a la República Argentina, muchos piden ir, otros quieren quedarse en

casa.

-A propósito de misioneros, he leído con mucho gusto las cartas de los Salesianos y bendigo al Señor que les prepara una mies tan
copiosa. Sí, en estos tiempos es una verdadera bendición del Señor. Pero, ahora que se os piden diez Salesianos y treinta Hermanas,
"cómo juntar tantos?

-Muchas Hermanas y muchos Salesianos me han hecho ya la petición para ir a unirse a sus compañeros en las vastas y salvajes
regiones de las Pampas y de la Patagonia.

-Pero en Australia, en la India, en China hay suma necesidad de misioneros; hay misiones a punto de extinguirse por falta de operarios
evangélicos. Un Obispo del Japón tiene tres millones de almas en su diócesis y sólo seis sacerdotes. "Podríais vos aceptar alguna misión
en esos países?

-Si Su Santidad bendice a nuestros alumnos y ruega por nosotros, esperamos poder aceptar dentro de poco tiempo alguna nueva Misión
por aquellas tierras. Tenemos

1 De Pechenino, impresos en el Oratorio.

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ya para este fin un sacerdote, don José Bologna, y otros que estudian inglés y saben bastante español y francés.

-Sí, bendigo cordialmente a vuestros jóvenes e invoco sobre ellos las luces del Señor para que los que tienen vocación al estado
eclesiástico puedan consumarla y adquirir la ciencia y virtud necesarias. A este fin concedo a todos una indulgencia plenaria especial
para el día en que confiesen y comulguen.

Al llegar aquí, el Papa pasó a hablar mucho de los Hijos de María y de los novicios, de los que he escrito aparte. Quiso también que le
contara minuciosamente detalles de las casas de Niza, Ventimiglia, Sampierdarena, y de la que se pretende abrir en Roma, etc., etc.,
cosas muy largas, de las que espero hablaros de viva voz cuando vuelva a Turín.

Mientras tanto vosotros, queridos jóvenes, seguid conservándome vuestro afecto y rezando por mí. El domingo in Albis yo celebraré la
misa por vosotros, y vosotros comulgad según mi intención. "Lo haréis todos, verdad? Buenas noches, queridos hijos míos, y que la
gracia de N. S. J. C. esté siempre con vosotros y os ayude a huir del verdadero mal, que es el pecado. Así sea.

Roma, Pascua, 16-4-1876.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

El Beato llevó a la audiencia, junto con las súplicas antes dichas, cuatro saludos colectivos del Oratorio, en nombre de los novicios, de
los Hijos de María, de los alumnos estudiantes y de los ((178)) aprendices.
Los tres últimos no tenían más firma que la de los representantes de cada grupo; el de los novicios, en cambio, quiso el Siervo de Dios
que fuera firmado por todos ellos, incluso por don Julio Barberis, con su calificación de "Director del Noviciado". El motivo fue porque,
entre las diversas acusaciones enviadas a Roma contra la Congregación, estaba la ausencia de noviciado. Así vería el Papa, por sus
propios ojos, los nombres y apellidos de los novicios y la firma del que los dirigía. Don Bosco en persona marcó la pauta del saludo a
don Julio Barberis, y aún después de redactado, lo repasó y modificó. Los firmantes eran noventa y seis. Aquí el Beato da cuenta de la
presentación:

Queridísimo Barberis:

Soy portador de buenas noticias y tú eres el primero en recibirlas. Ayer, las siete, tuve audiencia del Padre Santo y pude entretenerme
con él casi una hora. Se habló mucho de la Congregación y de nuestros queridos novicios; después leyó de punta a cabo su saludo con
sus firmas, y preguntó por las cualidades especiales de alguno que otro y si alguien brillaba por su extraordinaria virtud.

Hice por satisfacerle. Quedó muy contento y dijo que su número es un milagro de la bondad del Señor. Después añadió estas textuales
palabras.
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-Son renuevos de olivo, que es preciso cultivar, pero es preciso que las plantitas permitan al cultivador cortar las raíces, los brotes
inútiles y dañinos; extirpar la grama y el gorgojo que podría echarlos a perder. Vos lo comprendéis, y se lo explicaréis después a ellos
más detenidamente. Estas tiernas plantas deben crecer para sí y después dar fruto para su dueño. íAy de la planta que queda inactiva y no
da fruto! Es completamente inútil para su amo. Bendiga Dios a estas plantitas, que. El las guíe y las haga fructificar para su mayor gloria.

Tomó después la pluma y, de su puño y letra, escribió al pie de vuestro saludo: Dominus vos benedicat etc., como puedes verlo en el
saludo, que te devuelvo, porque lleva la firma del Padre Santo.

Saludos especiales para Peloso, Schiapino, Tosello, etc. Escribiré más cosas en otro momento.

Dios nos bendiga a todos. Créeme en Jesucristo.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

P. D. He recibido tu carta; y estoy de acuerdo con lo que me escribes. Es bueno que los novicios den buenos paseos.
Abramos un paréntesis para aclarar la posdata. Parece que las dos frases se refieren al mismo objeto; ((179)) pero no es así. Su "estoy
de acuerdo" es la respuesta a una pregunta que le había hecho don Julio Barberís unos días antes de Pascua. Este había comprobado,
durante su reciente predicación en Borgo San Martino que en aquel colegio se había hablado muy poco o nada de vocación a los alumnos
a lo largo del curso, mientras, a su entender, convenía informarles a fondo sobre tres puntos: 1.° que no deben decidir por sí solos acerca
de la vocación, sino con la ayuda del confesor; 2.° que los mayorcitos no deben aguardar al fin del curso para tomar una decisión, sino
considerar los ejercicios espirítuales como el momento más oportuno para el estudio del problema; y 3.° que los alumnos de los cursos
superiores deben hablar de este tema en la confesión. Don Julio era, además, del parecer de que en nuestros colegios hay que dar a los
muchachos de los últimos cursos elementales unas nociones fundamentales sobre la cuestión, pues se acercan al momento en que deben
decidirse a elegir los estudios clásicos o los técnicos. Esta era la cuestión sobre la que él deseaba conocer claramente el pensamiento de
don Bosco y le rogaba, al mismo tiempo, que viera si el caso merecía que llamara la atención general con una circular suya. La plena
aprobación formulada lacónicamente por el Siervo de Dios con su "estoy de acuerdo con lo que me escribes" se refería a los puntos que
acabamos de enumerar.

La última de las cartas pascuales, con informes sobre la audiencia
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pontificia, iba dirigida a la condesa Corsi, suegra del conde César Balbo.

Benemérita señora Condesa:

Ayer tuve audiencia del Padre Santo y pude hablarle largo rato de usted y de su familia. Recordó la antigua visita de la Delegación,
pidió noticias de la nueva pequeña familia. Y cuando le pedí una bendición especial, respondió:

-Con mucho gusto; enviádsela de mi parte a todos:

Que Dios bendiga y colme de sus favores a la condesa Corsi, de quien me habláis, manténgala firme en el espíritu y en la caridad.
Crezca su familia en salud y sea cada vez más rica en las verdaderas riquezas, en el santo temor de Dios.

((180)) Me apresuro a comunicarle esta bendición para no olvidarla. Y mientras tanto, "vendrá usted a Roma? Yo estaré aquí todavía
dos semanas.

Recibo la noticia de que murió Madama Monti. Lo siento de veras. Era una señora que nos ayudaba mucho, material y espiritualmente.
La encomiendo de todo corazón a sus oraciones. Le suplico también que rece por este pobrecito, que le asegura sus humildes oraciones,
y siempre será

Roma, Pascua 1876.

Su seguro servidor en Jesucristo JUAN BOSCO, Pbro.

P. D. Le ruego presente mis respetuosos saludos y la bendición del Padre Santo al conde César, a la condesa María, a toda la casa
Balbo y al doctor Fissore. Envíe la carta adjunta a don Miguel Rúa, pero a su comodidad.
La "antigua visita de la Delegación" necesita una aclaración.

El año 1871 los católicos festejaron el jubileo pontifical de Pío IX, multiplicando los actos de homenaje al Vicario de Jesucristo, con el
intento de desagraviarle de los ultrajes recientemente sufridos. Con tal fin peregrinaron a Roma delegaciones especiales de distintas
naciones y de las mayores ciudades de Italia. La católica ciudad de Turín, que ya se había señalado con demostraciones locales públicas,
que provocaron el furor y la violencia de la secta, envió también su propia delegación. En aquella circunstancia la antigua capital de
Piamonte mereció los honores de un halagüeño elogio del Pontífice, que, en el discurso pronunciado el 19 de junio ante todas las
delegaciones italianas, se expresó en los siguientes términos:

"De todas las partes de Italia me llegaron preciosos testimonios de adhesión, pero no toméis a mal que en esta circunstancia coloque
primero a Turín. De allí vinieron los primeros agravios y los males, que luego se difundieron por toda Italia; pero de donde vino el mal,
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vino asimismo el bien, y fueron vivas las pruebas de piedad y afecto que me llegaron de allí".

A la distancia de un lustro volvía el Papa a traer el recuerdo de las filiales demostraciones turinesas. Don Bosco había mandado
anunciar aquel año que precisamente "por estos motivos" se celebraría "con mayor pompa que en los anteriores" la fiesta de María
Auxiliadora; una llamada de la ((181)) Unità Cattólica había invitado a los fieles a la "solemne novena", predicada por el padre Segundo
Franco, jesuita. También estas funciones contribuyeron a preparar los ánimos.

De fecha algo posterior, pero de tema afín al de la anterior, es también esta otra carta, dirigida al conde Eugenio De Maistre 1.

Muy querido señor conde Eugenio:

He recibido noticias desde Beaumesnil 2 de que Mamá está gravemente enferma. He escrito inmediatamente a Turín encargando hagan
mañana y tarde oraciones

1 Puesto que los miembros de la ilustre familia De Maistre estuvieron en estrecha relación con el Beato y sus nombres se encuentran a
menudo en su correspondencia, ponemos aquí parte del árbol genealógico, que arranca del célebre ascendiente de todos conocido.

El conde Rodolfo, además de los cuatro hijos aquí indicados, tuvo otros siete: María Teresa, Manuel, Francisca, José, Carlos, Javierita
(Carmelita) y Francisca.

2 Beaumesnil es una población de Normandía, donde los De Maistre tenían un castillo.

JOSE DE MAISTRE

Rodolfo
Plan de Sieyès MontmorenConstancia
cy-Laval
Adela
conde Terray
casado con Carlota casada con el duque casada con el du
María Benedicta Eugenio Filomena
casada con el casada con el
conde
"
Manuel Benedicta Azelia
Ricci des Ferres
casado con una muerta Benedicta, marqués Fassati conde Medolago
Medolago y, Estanislao educado Estanislingresó en las
Hijas del Sagrado Corazón. Murió
en Roma en el 1924 casada con
De Menthon
ao
casó cbarón
on el

Javier Francisca Pedro y Pablo María Mauricio

señor actual del condesa de Jesuitas. en Borgo fue

castillo de Bournazel Pablo fue curado muchas Borgo Cornalense por don Bosco en secretaria de
Roma, 1867. don Bosco

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especiales ante el altar de María Auxiliadora para obtener la gracia de su curación. Fui después a la audiencia del Padre Santo (sábado
santo a las siete de la tarde) y le pedí una bendición especial, que muy cordialmente le envió y me aseguró, además, que también pediría
por élla. He escrito enseguida todo esto al señor Carlos. Como no tengo ninguna noticia, me haría un gran favor, si por acaso usted
pudiera decir me
algo.

En la misma ocasión el Padre Santo me pidió noticias de usted y señora, y de su numerosa familia y se mostraba ((182)) muy
satisfecho al oír que el espíritu católico hereditario en la santa casa De Maistre se repite en los hijos y en los nietos de la futura
generación.

Pidió también noticias especiales de la señora Duquesa y, bromeando, decía que estaba contento por tener quien le acompañara en su
octogésimo año. Concedió una bendición especial para todos y algunos favores espirituales, que me reservo comunicar por escrito a
usted, a su familia, a la del señor conde Francisco, a la señora Agostini y nominalmente a la señora Duquesa.

A primeros de mayo saldré de Roma y, en cuanto llegue a Turín, espero poder darme un paseo hasta Borgo.

El Padre Santo goza de óptima salud y despacha todos los asuntos de la Iglesia de tal modo que deja atónitos a los mismos secretarios
de la Congregación. En cambio el cardenal Antonelli hace unos meses que anda mal: si no mejora, tendrá que dejar la Secretaría de
Estado.

Le estoy muy agradecido por toda la caridad que nos dispensa. Dios le recompense en vida y después en el Paraíso. Humildes saludos
para todos. Ruegue también por mí, que, de todo corazón, me profeso en Jesucristo

Roma, 21-4-1876.

Vía Sistina 104.

Su atto. y s. s.
JUAN BOSCO, Pbro.

Después de la carta al conde De Maistre será bueno que traigamos aquí una cartita a la baronesa Ricci, ya que una está estrictamente
ligada a la otra.

Benemérita señora Azelia:

Nada más recibir su carta, pedí una bendición especial al Padre Santo, que con mucho gusto concedió para la buena abuela condesa De
Maistre. Lo comuniqué enseguida a Beaumesnil y espero que haya ayudado a la mejoría de la venerada enferma. Mucho le agradecería
que me diera más noticias.

Le pedí también una bendición especial para usted, señora Baronesa, y para toda la familia Ricci, a la que ruego respetuosamente
salude de mi parte.

Me encomiendo de todo corazón a la caridad de sus oraciones, mientras me profeso con todo aprecio,

De V. S. benemérita.

Roma, Vía Sistina 104, 21-4-1876.

Su s.s.
JUAN BOSCO, Pbro.

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((183)) Hay un detalle que queremos señalar aquí. En su correspondencia epistolar nunca emplea el Beato el calificativo "devotissimo"
1 antes de la firma. Debemos la explicación de ello a un recuerdo de don José Vespignani, de cuyos labios la recogimos nosotros
mismos, El padre Vespignani, que fue secretario de don Miguel Rúa desde fines de 1876 a buena parte del 1877, había empleado en una
carta de comunicación aquel superlativo tan corriente; pero don Miguel Rúa le sugirió que lo sustituyera por "obbligatissimo" u otro
parecido, observando que los términos devoción, devoto y devotísimo le parecían a don Bosco tan sagrados que no se debían emplear
con expresión profana. Advirtió también que rehuía valerse del adjetivo divino, atribuido a personas o cosas que nada tenían que ver con
la Divinidad.

En el Oratorio se leían en público las cartas de don Bosco, de don Celestino Durando y de don Joaquín Berto, omitiendo los puntos
que tocaban temas delicados, como las divergencias con algún personaje, conocidas por muy pocos de la casa; todavía existen en los
originales algunos trazos de pluma, que indican al lector o al copista lo que debía pasar por alto.

No son para descritos el entusiasmo y la alegría que despertaban estas lecturas. Muchos escribían sus impresiones a don Bosco; otros
enviaron saludos al Padre Santo. Los novicios escribieron un sinnúmero de cartitas dando las gracias a don Bosco y al Papa. Don Julio
Barberis, por su cuenta, escribió: "El consuelo embarga nuestra alma. Hemos dado enseguida una conferencia a los novicios y les hemos
leído su carta con las palabras, que el Padre Santo nos dirigía. Se volvió a leer en presencia de todos el saludo enviado a Su Santidad,
para que todos se confirmaran una vez más en las promesas hechas. En una nueva audiencia, dé las gracias al Padre Santo de nuestra
parte".

Entre los nuevos saludos hubo uno, que enviaron los socios de la Compañía de la Inmaculada Concepción, con treinta y una firmas;
nos es grato seleccionar y recordar los nombres de los más conocidos: Albino Carmagnola, José Gamba, Segundo Marchisio, José
Isnardi, Luis Molinari, Francisco Picollo, ((184)) Carlos Peretto, Bernardo Vacchina; todos ellos y otros más llegaron a ser Salesianos.
Con ello se ve cómo don Bosco alcanzaba plenamente el fin que se proponía con esta Compañía, que don Julio Barberis explica así en su
crónica del 23 de abril:

1 El devotissimo italiano, que precede a la firma de una carta, equivale a nuestro "su seguro servidor". Claro que no hay que olvidar
los matices o gradaciones, que caben en la expresión literaria de una palabra o de un concepto (N. del T.)
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"Se pretende ganar especialmente a los mayores y a los que tendrán que decidir muy pronto su propia vocación; pues, según el espíritu
de don Bosco, éste debe ser como el último peldaño, sin que ellos lo sepan ni lo piensen, para entrar en la Congregación; éste es uno de
los secretos del Oratorio, hacerlos pasar por varios grados de conferencias y compañías sin que se sen cuenta, para atraer a muchos de
ellos y después cambiarlos e inclinarlos al bien, siempre con cariño y casi únicamente como quien se aviene a sus deseos".

Para proseguir siempre con cierto orden, agruparemos ahora, en torno a cuatro puntos, muchas cosas que nos quedan por decir, y son:
los asuntos de Turín, los contactos con hombres de la política, las propuestas de fundaciones y los favores espirituales del Padre Santo.

Por desgracia "las molestias" de Turín perseguían a don Bosco hasta Roma. Don Joaquín Berto escribía el 10 de abril a don Miguel
Rúa: "El Arzobispo de Turín me ha dado trabajo. Nosotros construimos y él se industria por destruir".

Y don Celestino Durando remachaba el día 15: "Sigue la terrible guerra contra nuestra Sociedad; pero, con la ayuda de Dios y el favor
de Pío IX, todo se vencerá".

Y de nuevo don Joaquín Berto el 26: "Aquí en Roma, puede decirse que es conocida la hostilidad del Arzobispo de Turín en todas las
Congregaciones, las cuales advierten con bondad a don Bosco que se ponga en guardia y se apreste a la defensa".

En el "trabajo" que estas "molestias" proporcionaron al secretario de don Bosco entró muy probablemente también la preparación de
una respuesta oficial a la acusación de que don Bosco había modificado arbitrariamente varios lugares y a veces falseado incluso el texto
auténtico de las Reglas 1. Otro trabajo tuvo ((185)) para recoger elementos con los que echar por tierra los obstáculos puestos por Turín
contra la concesión de privilegios, para lo cual remitimos al lector al capítulo XXI del volumen undécimo. De todos modos suplen a esta
lectura los siguientes párrafos del Arzobispo a su abogado 2, que lo era también de don Bosco ante la Congregación de Obispos y
Regulares:

"He escrito a la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares una carta, en la que ruego se me comuniquen los privilegios que pide
don Bosco para su Congregación, porque al pedirlos temo con razón: 1.° que en ellos se aduzcan razones que contienen quejas contra
mí; 2.° que mi jurisdicción episcopal pueda ser perturbada. No tuve contestación

1 Carta de Menghini a don Bosco, 7 de febrero de 1876.

2 Carta del 2 de abril de 1876.
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y me gustaría recibirla para saber cómo conducirme, pues querría escribir al Padre Santo sobre el Particular.

"Mañana irá a Roma don Bosco para este asunto...".

El favor de Pío IX, en que confiaba don Celestino Durando, no
era imaginario. Además de lo que anteriormente se ha dicho, puede deducirse también del testimonio de monseñor Andrés Scotton. En
una audiencia privada, hablóle el Papa largo rato de los asuntos salesianos y de la lastimosa discordia, y entre otras cosas, mencionando
los esfuerzos de monseñor Gastaldi por un reflorecimiento del "rosminianismo", dijo estas precisas palabras.

-Es verdad, realmente los Rosminianos hacen mucho bien; pero, créame, amigo mío, no son afectos a la Santa Sede como lo son don
Bosco y sus sacerdotes 1.

Por aquellos días monseñor Gastaldi acarició la idea que le vino a la mente de escribir al Papa diciéndole que tenia pensado renunciar
al Epíscopado 2. Contestóle el Papa que no se lo aconsejaba; que lo pensase bien, que se aconsejase y rezara antes de tomar una
resolución. En la misma carta se quejaba de que el Papa no le quería.

-Yo no sé qué puedo haberle hecho al Arzobispo de Turín, dijo Pío IX a monseñor ((186)) Sbarretti, como no sea el haberle escrito
diciéndole que fuera más despacio en suspender.

El mismo Secretario de Obispos y Regulares observó al secretario de don Bosco:

-Por eso el Papa concedió a don Bosco la facultad que pide, ad tempus, para tres años en Italia y para cinco en el extranjero, pero sin
formular el Rescripto, primero porque las Congregaciones están todavía cerradas durante las fiestas pascuales, después para que el
Arzobispo no lo llegue a saber; sírvanse de ella tal como yo lo he firmado.

La facultad, a la que aquí se alude es la del extra tempora. Con mayores cautelas todavía y por el mismo motivo se le concedió el
privilegio de la dispensa de las testimoniales, de lo que volveremos a hablar pronto.

Precisamente entonces se enteró don Bosco del generoso intento de monseñor Galletti, obispo de Alba, para apaciguar a monseñor
Gastaldi. Sin duda debióselo decir el mismo buen Prelado, al verse obligado a dar razón de una recusación suya. Nos parece que su carta
tiene alguna importancia, y por eso la presentamos al lector.

1 Carta de don Celestino Durando a don Miguel Rúa, 2 de mayo de 1876.

2 Apéndice, doc. 9.
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Muy querido don Bosco:

Como contestación a su apreciadísima carta debo decirle con toda confianza que, al presente, no me parece oportuno y prudente por mi
parte reaparecer por Turín ante nuestro reverendísimo señor Arzobispo, como predicador de la Novena y Fiesta de María Virgen
Auxiliadora, y ademas en realidad no me atrevería a llegar a tanto.

No hace más que unas pocas semanas cuando, confiando sin duda demasiado en mí mismo y en mis pobres fuerzas, intenté defender
por escrito la causa del querido don Bosco, buscando la manera de aproximar los ánimos de los grandes Hombres de Dios, que tal vez no
están en buena armonía porque no se entienden y no se conocen; pero el Señor me humilló y no conseguí más que perturbar y disgustar
amargamente a quien hubiera querido apaciguar, enredando así más y más la madeja de una desunión más intelectual que cordial.
Bonum mihi, Domine, quia humiliasti me, ut discam iustificationes tuas. Y esto en el máximo secreto. Tal vez el Obispo de Pavía iría a
las mil maravillas para su Novena y fiesta. Le saludo in Domino.

Alba, a 28 de abril de 1876.

Su atto. y s. s.
EUGENIO, Obispo

((187)) Esta misma fecha lleva una carta del abogado Menghini, en la que se rinde a don Bosco un preciosísimo testimonio. Nótese o
recuérdese que Menghini era también el abogado de Monseñor en Roma, obligado por consiguiente a defender los intereses de éste,
siempre dentro de los límites impuestos por la conciencia y el honor. Pues bien, en una carta del 28 de abril al Arzobispo de Turín,
tratando de asuntos completamente distintos, se expresa en los términos siguientes 1:

"Don Bosco se mantiene firme y sostiene que nunca ha ofendido a su Arzobispo en sus escritos. A decir verdad, en sus escritos
dirigidos a Roma ha tenido siempre muchísima discreción, lo cual ha causado óptima impresión en algún Cardenal".

-Don Bosco se defiende, no ofende, dijo en cierta ocasión el Beato a don Juan Bautista Francesia, cuando se hablaba de quien le
estimulaba a tomar la ofensiva.

Puede cerrarse esta nueva serie de dificultades con otro incidente nacido con motivo de las ordenaciones. Don Miguel Rúa presentó a
la Curia una nota de clérigos, rogando que fueran admitidos a recibir las órdenes en las témporas de Pentecostés. No se aceptó la nota
porque faltaban ciertas indicaciones.

Don Miguel Rúa rehízo la petición, teniendo muy en cuenta las

1 El original se encuentra en casa del teólogo Franchelli en Turín.
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formalidades requeridas. Pero no bastó; la respuesta fue negativa. Resulta fácil comprender cuánto amargaban a don Bosco estas
negativas.

Aquel mes de abril contó don Bosco dos sueños o amonestaciones al secretario que, more sólito (según costumbre) los puso por
escrito. El velo que encubre su significado íntimo es tan transparente, que creemos es éste el sitio que les corresponde.

En la noche del 7 de abril, don Joaquín Berto oyó gritar a don Bosco mientras dormía:

-íAntonio! íAntonio!

A la mañana siguiente le preguntó si había dormido y le habló del grito oído. Entonces el Siervo de Dios le contó lo que transcribimos
del secretario:

"Parecióme estar en el último tramo de una escalera, en un lugar estrecho, cuando se paró delante de mí una hiena, que no me dejaba
dar un paso. No sabiendo cómo librarme de ella, pedí auxilio a mí hermano Antonio, que hacía ya muchos ((188)) años que había
muerto. Finalmente avanzó la hiena hacia mí con las fauces abiertas y yo, no viendo otro medio de salvación, le eché las manos al
pescuezo. Me sentí angustiado ante tamaño peligro, y más al comprobar que nadie acudía en mi socorro. Pero he aquí que al fin vi
descender de los montes un pastor, que me dijo:

"-El auxilio tiene que venir de lo alto; mas, para conseguirlo, hay que descender muy bajo. Cuanto más bajo se está, de tanta mayor
altura vendrá el auxilio. Este animal solamente causa daño al que le hace caso, y a quien busca el peligro.

"Y seguidamente me desperté".

Otra noche volvió a soñar e hizo el siguiente relato del sueño:

"Me pareció encontrarme en mi pueblo y vi llegar hasta allí al Papa. No podía convencerme de que en efecto fuese él; por lo que le
pregunté:

"-"Cómo así? "No tenéis la carroza, Padre Santo?

"-Sí, sí, pensaré en ello. Mi carroza es la fidelidad, la fortaleza y la dulzura.

"Pero estaba rendido y dijo:

"-Yo ya he llegado al fin.

"-No, no, Padre Santo, le dije, hasta que no estén arreglados los asuntos relacionados con la Congregación, no puede morir.

"Entonces apareció una carroza, pero sin caballos. "Y quién la arrastraría? Y he aquí que vi tres animales: un perro, una cabra y una
oveja tirando del carruaje del Pontífice. Pero, al llegar a cierto punto,
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aquellos animales no la podían mover y el Papa se encontraba cada vez mas agotado. Yo estaba arrepentido de no haberle invitado a
venir a mi casa y no haber pensado en ofrecerle algún refrigerio. Pero, me decía a mí mismo:

"-Apenas lleguemos a la casa del capellán de Morialdo, lo arreglaremos todo. Entre tanto la carroza seguía parada. Entonces levanté
una especie de eje que por la parte de atrás tocaba al suelo. El Papa al ver esto, comenzó a decir:

"-Si estuvieseis en Roma y os viesen realizar estos trabajos, seríais objeto de risa.

"Y mientras estaba entregado a mi tarea me desperté".

((189)) Durante esta estancia de don Bosco en Roma tuvo pocos contactos con los hombres del Gobierno. Sólo visitó al honorable
Melegari, Ministro de Asuntos Exteriores, el cual le recibió muy bien. El Siervo de Dios le recomendó sus misiones ya empezadas y las
que vendrían después. Recibió de él buenas promesas; pero no le concedió ningún subsidio. En el célebre encuentro que tuvo a los pocos
meses con Depretis, en Lanzo, no perdió la ocasión de volver sobre el tema. El Presidente del Consejo de Ministros prometió, dijo que
apoyaría su petición de ayuda, que daría órdenes a los cónsules, que trataría el asunto con el Ministro de Asuntos Exteriores, que
contribuiría personalmente; pero después, cuando el Beato llegó a la conclusión y le pidió socorro, tuvo como respuesta alabanzas,
disculpas y no se habló mas del asunto.

Don Bosco envió a don Celestino Durando a saludar al honorable Coppino, Ministro de Instrucción Pública, que se le mostró
sumamente cortés. Aun sabiendo que aguardaban muchos en la sala de espera para ser admitidos a la audiencia, lo entretuvo unos veinte
minutos. Le hizo grandes elogios del Oratorio y de los colegios salesianos, que él conocía muy bien. Alabó también mucho los
diccionarios, que le presentó, los hojeó, leyó el prólogo y admiró la elegancia de su latín.

"Todo me agradó, escribe Durando, pero podemos dudar si salía enteramente del corazón".

Desgraciadamente en aquellos tristes momentos del imperio sectario había siempre motivo para temer que las palabras no anduvieran
de acuerdo con los hechos. Sin embargo, don Bosco respetaba y quería que se respetaran las autoridades del Estado, pensando que
ganaba mucho, aunque sólo obtuviera cerrar la entrada de malas prevenciones contra su persona y sus obras. Este espíritu
condescendiente le valió mas de una vez para arreglar asuntos y allanar diferencias, que entorpecían la acción saludable de la Iglesia en
Italia. No estaban maduros
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los tiempos para arreglos radicales, antes al contrario, la sospecha de sus intentos para arreglar las cosas levantó clamores en los dos
campos opuestos. Muchísimos de entre los buenos se sonreían con compasión como de una ingenuidad.

((190)) Por aquellos mismos días recibió de Roma varias propuestas para fundaciones en la ciudad, en lugares vecinos a la misma y
para las misiones. Nada diremos por ahora de los padres de la Concepción, de los castillos romanos, ni de Montefiascone; hablaremos
solamente de propuestas, que, si bien no cuajaron, son una prueba más de la confianza que se depositaba en el Siervo de Dios.

Se recordará que en 1875 ya se habló de confiar a los Salesianos la dirección de un colegio en Ceccano 1. El intermediario era el
cardenal Berardi, pero la invitación procedía de su hermano. Se abandonó la idea, porque, apenas se supo, levantó un avispero; aquello
fue todo un ir y venir de sacerdotes a protestar de lo que hubiera sido una afrenta para el clero romano. Siempre hay que trasladarse a los
tiempos en que se sitúa la acción y no juzgar las cosas de otrora con los criterios de hoy. A la breve distancia del 20 de septiembre 2, los
Piamonteses no eran para los romani cives (ciudadanos romanos) más que unos buzzurri (forasteros) 3, venidos a su casa desde el norte
de la península. El vulgo se desahogaba remedando a los recién llegados; pero, en ciertos ambientes, pasaba lo que entre judíos y
samaritanos, que siempre reñían unos con otros.

Por aquellos mismos días la princesa Altieri, que apreciaba y veneraba a don Bosco, le confió que., en la reunión de la Sociedad para
los intereses católicos, se había propuesto llamarle a él a Roma para confiarle las escuelas pontificias, pero que no se quiso oír hablar de
ello, porque su presencia habría mermado la autonomía del clero romano.

Todavía en 1880 nos tocará asistir a una manifestación de este tipo y de forma más solemne. Así pues, el hermano del Cardenal,
viendo el resultado, llamó a los Escolapios; pero cuando los vio con el mísero número de siete alumnos, hubiera querido volver a
entablar negociaciones con el Beato, por lo cual rogó al Cardenal que lo intentara.

1 Véase volumen XI, pág. 151.

2 Es la fecha de la entrada del ejército piamontés en Roma. (N. del T.)

3 Dice la Academia la Crusca (o diccionario de la Academia para nosotros): "Buzzurto es el nombre que suele darse en Toscana a los
suizos, que vienen en invierno a ejercer su industria de hacer tostadas, castañas asadas, papilla de harina de castañas, etc.". Tal vez viene
del alemán Putzet, el que limpia, y en origen, limpiachimeneas.
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((191)) Pero el Siervo de Dios se echó atrás, diciendo que ya tenía demasiados compromisos sobre sus hombros.

Hacía años que don Bosco deseaba abrir una residencia en Roma;
ya habían fracasado varias tentativas y todavía fracasarían algunas

más. El Prefecto de Propaganda, después de hablarle de las misiones, le preguntó a quemarropa:

-Don Bosco, "por qué piensa en ir a tierras lejanas y no piensa en venir a Roma?

-"Y por qué no piensa Vuestra Eminencia, respondió don Bosco, en buscarme aquí un local? Yo no pido más que un cobertizo para

reunir a los muchachos.
-Si basta eso, deje el asunto en mis manos, que yo se lo encontraré. Creía que me iba usted a pedir un gran capital; pero, si se trata de

tan poca cosa, yo se la encontraré.

-Lo mismo me dijeron otros; pero, hasta el momento, todo fueron palabras y nada más.

-"Cómo? "Duda usted de mi palabra?

-No es que dude de su buena voluntad; pero tiene Vuestra Eminencia tantos asuntos entre manos, que ya no pondrá mientes en ello, se

le olvidará o no tendrá tiempo...

-Pensaré en ello, se lo aseguro.

Sucedió cabalmente lo que don Bosco había pronosticado; no se habló más del asunto.

Volvió a la carga por su cuenta la mencionada princesa Altieri y en una visita, que le hizo el Siervo de Dios, le dijo:

-Si don Bosco viene a establecer una casa aquí en Roma, cuente con mi bolsa y mi persona, que están a su disposición.

-"A fines de mes o a primeros?, preguntó don Bosco.

-íDa lo mismo!

-No, porque, a primeros, la bolsa está llena; pero, si es a últimos, como su Excelencia da tantas limosnas, se queda vacía.

-A primeros, a mediados, y a últimos.

-Si es así, de acuerdo.

Y no se crea que era puro cumplido el ofrecimiento de la ((192)) princesa, porque le escribió después, volviendo a confirmarle toda su

buena voluntad. Pero don Bosco sabía que ya socorría generosamente muchas obras, de suerte que no cabía esperar que se pudieran
obtener de ella válidos y duraderos apoyos; y de ahí su respuesta evasiva.

No menos decidido a proporcionarle un local en Roma se mostró el príncipe Mario Chigi de Campagnano; mas por entonces no se
llegó a ninguna conclusión. Don Bosco no precipitaba nunca las cosas; si

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no recibía indicaciones claras de la Providencia, iba con pies de plomo.

El cardenal Franchi, prefecto de Propaganda, le asaltó hábilmente para las misiones de Oriente. Había entonces tres vicariatos
apostólicos vacantes en China; dentro de pocos años llegarían a quince, y le decía
que, tan pronto como don Bosco tuviese preparados los operarios apostólicos, se lo comunicara, pues no tendría que gastar un céntimo
de lo suyo, ya que todo correría a cargo de la Congregación de Propaganda, y el Papa lo deseaba vivamente.

El Siervo de Dios manifestó sus deseos de poder enviar pronto a sus hijos al Extremo Oriente; pero, mientras tanto, le urgía consolidar
y desarrollar las misiones emprendidas y expuso sus planes precisos acerca de esto, tanto al Prefecto de Propaganda como al Papa. El
pedía la creación de una prefectura apostólica en Patagonia e invocaba amplios subsidios para apresurar la entrada de los misioneros en
el territorio de los indios. Eran medios eficaces establecer en los confines toda una red de hospicios, colegios, pensionados, atraer a ellos
a los hijos de los salvajes, ponerse en comunicación con sus padres y con sus caciques, capacitar indígenas para actuar en sus tribus.

El Padre Santo tomó tan a pecho los planes de don Bosco, que habló repetidas veces de ellos con el cardenal Franchi, para que los
examinase y diera su parecer. Don Bosco sostuvo un amplio cambio de ideas con el Purpurado, al que entregó una relación escrita y
refrendada con informes históricos y geográficos; pues se había dado cuenta de que casi no se tenían nociones de aquellas tierras en
Roma 1. ((193)) En cuanto al Oriente no le fue posible hacer más que promesas a largo plazo.

Don Bosco dedicó los mayores trabajos al asunto de los privilegios;
pero escasean los informes precisamente en torno a ello, porque procedía con tanta circunspección, que no comunicaba a cualquiera los
pasos que daba. Cuando vio defraudados sus esfuerzos para obtener la comunicación de los privilegios en masa, no abandonó ningún
medio para arrancar facultades especiales y numerosas indulgencias. Así obtuvo los dos Breves de aprobación para la Obra de María
Auxiliadora y para la Pía Unión de los Cooperadores, sobre los cuales convendrá volver a leer los capítulos III y IV del anterior
volumen. Obtuvo facultad perpetua al Superior General de la Congregación para autorizar a cualquiera de los suyos la lectura de libros
prohibidos. Pero sobre todo obtuvo en la audiencia del 3 de mayo que, todos los que se encontraban en los colegios de la Pía Sociedad,
estuviesen dispensados

1 Véase Apéndice, doc. 10.
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de pedir a los Obispos las cartas testimoniales. Este privilegio se extendió después, en otra audiencia del 10 de noviembre siguiente, a
todo el que quisiese ingresar en la Congregación 1. De la mayor importancia, aunque temporalmente, era también el privilegio de extra
tempora, que le facilitaba inmensamente la presentación de sus clérigos a las sagradas órdenes, sin tener que apañárselas en cada caso, y
trabajar de pies y manos para quitar los obstáculos de en medio. El Papa se lo concedió el 21 de abril casi a escondidas, como decíamos
hace poco 2. Otros favores aparecen en lista en esta carta a don Juan Cagliero.

Mi querido Cagliero:

Te escribo desde Roma y, como tengo cantidad de cosas para comunicarte, te las iré enumerando.

1.° El Padre Santo manifestó gran satisfacción por nuestra misión argentina; conmigo y con otros alabó el espíritu de Catolicismo, que
siempre se ha manifestado entre los Salesianos.

-Yo leo, me dijo, todas las cartas que envían de allá y me ((194)) gustan mucho.

Envió su Apostólica bendición para todos, animando a acudir a él para toda eventualidad.

2.° Ha concedido muchos privilegios y favores espirituales, entre los cuales los derechos parroquiales a todas nuestras casas; los
confesores aprobados en una diócesis pueden confesar en cualquiera de nuestras casas, aun en los viajes. Concedido el extra tempus.
Recibirás la lista de todo.

3.° Adjunto carta para el señor Benítez, en la que le comunico la bendición del Padre Santo, que lo ha nombrado Comendador. Se está
preparando el Breve correspondiente y saldrá a tu dirección el 15 del próximo mayo.

4.° La carta para el doctor Ceccarelli le anuncia las hermosas expresiones del Padre Santo a su favor, que le constituyen por ahora su
camarero secreto; por consiguiente, Excelencia Reverendísima.

Como si ignoraras estas dos noticias, no les darás publicidad alguna a no ser de una manera vaga. Una vez recibidos el Breve de
Benítez y el Diploma para el señor Cecarelli, ya te pondrás de acuerdo con don José Fagnano. Llevarás todo personalmente. Invitarás a la
Comisión del colegio y a los amigos del uno y del otro. Don Domingo Tomatis prepare un bonito diálogo para recitarlo en aquella
ocasión; y dos muchachos lleven en una bandeja el Breve de Comendador y en otra el Diploma; tú y Fagnano acompañaréis a los
alumnos y tomaréis, etc., y los entregaréis en sus manos. Son cosas a las que se debe dar la mayor importancia 3.

En el pliego, que contendrá los objetos mencionados, volveré a escribir.

5.° El Padre Santo habló mucho del Arzobispo de Buenos Aires: está muy contento de él y parece que tiene algún proyecto sobre su
persona. Esto le escribo a él mismo.

6.° El Padre Santo nos propuso tres vicariatos apostólicos en las Indias, uno en

1 Véase Apéndice, doc. 11.

2 Véase Apéndice, doc. 12.

3 Todo se hizo con gran solemnidad el 15 de agosto, con ceremonias religiosas y con velada pública. (Véase Apéndice, doc. 23).

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China y otro en Australia. Acepté uno en las Indias, pero he pedido por lo menos dieciocho meses de tiempo para preparar el personal
oportuno. El cardenal Franchi me aseguró que no quiere que los gastos necesarios carguen sobre nosotros.

7.° Esto comporta la necesidad de que regreses a Europa. Mira, pues, si puedes decirme qué personal es necesario, Salesianos y
Hermanas, y procuraré preparar pronto la expedición para que, puestas en orden las cosas, tú puedas regresar a Valdocco para comenzar
una casa en Roma y después darte un paseíto a las Indias.

8.° A propósito de la casa en Roma, está determinado que se abra, y tal vez a tu llegada ya puedas alojarte bajo techo nuestro. Poquito
a poco. Bougianèn 1.

9.° Como nuestros fin es intentar dar un vistazo a la Patagonia, ((195)) bueno será que te presentes en mi nombre al Arzobispo, al que
también escribo, y le digas de parte del Padre Santo si él lo juzga oportuno y qué tiempos y maneras le parecen convenientes,
considerando siempre como nuestra base la fundación de Colegios y Hospicios. Pensad siempre en ellos en las cercanías de las tribus
salvajes.

10.° Ha muerto la señora Felicidad Orselli. Teresa 2 fue a vivir con nuestras hermanas de Valdocco, que hacen un gran bien. También
murió Madama Monti. En mi ausencia le hicieron cambiar el testamento, según me escribe don Miguel Rúa.

11.° Es cosa hecha que en octubre irán nuestras hermanas a hacerse cargo del Seminario de Biella; y tres salesianos abrirán un
Hospicio en el pueblo de Trinità.

12.° Tenemos pendientes una serie de proyectos, que parecen fábulas o locuras a los ojos del mundo; pero, nada mas convertirse en
realidad, Dios los bendice de modo que todo marcha a velas desplegadas. Motivo suficiente para rezar, dar gracias, esperar y vigilar.

13.° Dame un informe de vuestro estado económico; si habéis podido aprovechar los que os llevasteis con vosotros; si habéis recibido
lo que se os envió después.

14.° Huelga decir cuántos saludos se envían para ti y los tuyos. Los cardenales Antonelli, Berardi, Sbarretti y monseñor Fratejacci,
además de los señores Menghini, Alejandro y Matilde Sigisnondi, el caballero Bersani y muchos más os felicitan y bendicen. Don
Joaquín Berto, el secretario de siempre, don Celestino Durando y el teólogo Pechenino están aquí en Roma. Han traído un ejemplar de
sus diccionarios para el Padre Santo; mañana por la tarde tendrán audiencia. Os saludan.

15.° Es mi intención que digas lo que te escribo a don José Fagnano y pro rata parte (en proporción) a todos los demás.

Saluda de mi parte a todos los amigos, parientes y bienhechores, participando a todos la bendición del Padre Santo con los muchos
favores espirituales, que serán comunicados cuanto antes.

16.° Y cuando puedas hablar a los Salesianos solos, diles lo mucho que amo en Jesucristo y que rezo cada día por ellos. Que se amen
unos a otros, que haga cada uno todo lo posible para granjearse amigos y evitar coram Domino cualquier motivo de altercados o
disgustos con otros.

17.° Esperamos siempre con ansiedad vuestras cartas. La gracia de Nuestro Señor Jesucristo esté siempre con nosotros. Amén.

1 A los piamonteses se les llama Bougianèn, gente que no se mueve, es decir, que va despacio en sus cosas y cumple el adagio de
"quien va despacio llega lejos".

2 Soltera anciana, que al principio iba con otras a remendar la ropa blanca en el Oratorio y que después pasó a vivir con algunas buenas
señoras en la residencia de las Hermanas dedicadas a las mismas labores.

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Ruega por quien siempre será para ti en Jesucristo
Roma, 27 de abril de 1876.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

P. D. A primeros del mes próximo, Dios mediante, regresaré a Turín. El mismo Padre Santo ha concedido la Cruz de Caballero a los
señores Angel Borgo y Juan Bautista Conti, insignes bienhechores de San Pier d'Arena.
((196)) A la audiencia del 3 de mayo le acompañaron el secretario y también don Celestino Durando y el teólogo Pechenino, que
llevaban consigo dos ejemplares de sus diccionarios artísticamente encuadernados. Don Joaquín Berto presentó al Padre Santo dos
saludos, uno de la Compañía del Santísimo Sacramento y el otro del Clero Infantil. El Papa les echó una mirada y, después de leer unos
renglones, los puso sobre el escritorio, diciendo:

-Mañana los leeré con más comodidad a la luz natural.
Oída la finalidad de aquellas asociaciones, exclamó:
-íBravo! Estos son medios para aumentar la piedad de los muchachos.
Dió la bendición a los tres y, después de decirles algún donaire, los despidió y se quedó con el Beato, con quien conferenció durante

casi una hora.
La tercera y última audiencia fue el 11 de mayo, a la una de la tarde. Durante la espera, monseñor Sanminiatelli dijo a don Bosco, que

Su Santidad le había enviado a la Arcadia y que después quiso enterarse de todo.
-Todo muy bien, observó Monseñor, pero la conclusión fue algo magnífica; agradó mucho y el Papa quedó satisfechísimo.
Para hablar con Pío IX estaban los cardenales Franchi y Bartolini.

Diversos personajes esperaban en la sala, entre ellos el Obispo de Barcelona.
-He aquí una flor de vuestro jardín, dijo a don Bosco el pontífice señalando al secretario.
Don Bosco habló así:
-Padre Santo, permita que le ofrezca los saludos y plácemes de toda la Congregación salesiana y dígnese aceptar las oraciones, que

hacen los Salesianos por la buena salud de Su Santidad, y para que dure muchos años.
El Papa contestó al augurio diciendo:
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-Fiat, fiat, para poder ejecutar nuestros planes.

Después bendijo a los presentes y se alejó despacito, mientras don Bosco quedándose atrás, cambiaba unas palabras con el cardenal
Bartolini, y después con el cardenal Franchi, que, por quererlo así el Padre Santo, le fijó el momento para una entrevista, con el fin de
examinar en ella sus propuestas respecto a las misiones. El Beato habló con él por la tarde y le entregó el memorial antes dicho, que Su
Eminencia prometió someter al examen de los Cardenales para hacer después relación del mismo al Papa.

((197)) Después de esta audiencia de despedida, el Siervo de Dios se preparó para partir. No hablaremos enseguida del regreso, pero
pondremos aquí, por orden cronológico, otras cartas enviadas desde Roma y que hemos podido hallar. Contienen diversos detalles que
no deben pasarse por alto, en torno a personas y cosas e incluso acerca del mismo don Bosco.

1. A don Juan Bautista Lemoyne
El 9 de abril, domingo de Ramos, había muerto en Lanzo un alumno interno, sin haber podido recibir los sacramentos y el director
estaba afligido por ello.

Mi querido Lemoyne:

He recibido tu apreciada carta, a la que no pude contestar enseguida. Te apena el alumno Arisio y tienes motivo para ello; pero,
después de lo sucedido, "de qué sirve la aflicción? Por otra parte, se había confesado muy poco antes, era bueno y, por consiguiente, hay
que excluir toda duda de que no haya muerto en la misericordia del Señor. Por lo que a ti toca, no tienes ningún cargo de conciencia; por
amor de Dios, reza por él.

En Roma he arreglado varias cosas y estoy arreglando otras; tú reza y haz rezar para que todo resulte a mayor gloria de Dios. Don
Miguel Rúa te habrá enviado una carta para ti y para esos tus queridos alumnos que tanto aprecio.

Los señores Alejandro y Matilde Sigismondi hablan de ti y de tus tertulias a cada paso, reciben tus saludos con gran gusto y
corresponden a ellos de todo corazón.

Entre tanto, comunica a esos nuestros queridos maestros, prefecto, catequista, asistentes y alumnos de todos los cursos, que he pedido
al Padre Santo una bendición especial para su salud, su sabiduría y santidad, juntamente con muchos otros favores, que les comunicaré a
mi regreso a Turín.

El próximo jueves celebraré la santa misa por todos vosotros y recomiendo que todos mis amigos comulguen según mi intención por
un asunto de mucha importancia.

La gracia de N. S. J. C. esté siempre con nosotros; y créeme todo tuyo

Roma, 22-4-1876.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

P. D. Saluda de mi parte a Bonomi y a Trione.
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((198)) 2. A don Miguel Rúa y don José Lazzero

El Beato esperaba estar en Turín para la fiesta del Patrocinio de san José, que caía en el 7 de mayo; pero no pudo. Celebraban esta
fiesta especialmente los aprendices. Gastini, externo, maestro de los encuadernadores y presidente de los antiguos alumnos, debía llevar
a estos "sus amigos" a cumplir con sus deberes religiosos en el Oratorio.

Durante la ausencia de don Bosco, además del alumno de Lanzo, habían muerto en el Oratorio tres estudiantes y un coadjutor.

El catequista de los aprendices, don César Chiala, se encontraba enfermo y no sobrevivió más que un par de meses.

Para comprender el elogio tributado al coadjutor Barale, jefe de la librería, basta saber lo que don Julio Barberis escribía de él por
aquel tiempo, a saber, que hacía el papel de seis asistentes con los aprendices.

"Hacer un cochecito" (Fare un carrozzino) es un giro piamontés que corresponde con versuram fácere, (pedir o tomar prestado) y que
propiamente significa hacer un préstamo de dinero en condiciones muy generosas; en sentido figurado podría significar hacer un negocio
malo o bueno, según el punto de vista. Pero en Turín se usa esta expresión en su peor sentido. Aquí parece que, cuando don Bosco dice
"cuántas cosas (hechas)", se refiere a negocios logrados y con "cuántos cochecitos hechos y pendientes de hacer", a negocios no
logrados según sus deseos, o ya empezados, pero onerosos.

Mis queridos Rúa y Lazzero:

1.° Poneos de acuerdo para que Gastini y sus amigos puedan celebrar la fiesta de san José en el Oratorio; pero querría dos cosas: 1.ª

que me permitan ir a comer con ellos, bien entendido que pagando mi parte. 2.ª Los que puedan, cumplan con sus deberes religiosos.

2.° Conténtese a Dogliani para imprimir el Tantum ergo y la Polca, pero a condición de que sea bueno como Barale.

3.° Tomad a don César Chiala, dadle las órdenes oportunas, enviadle a Valsálice o a cualquier otro lugar, que más le agrade y no se le

escatime nada que le pueda aprovechar o gustar.

4.° No se preocupe por el Breviario mientras yo no se lo mande expresamente.

((199)) 5.° Espero estar con vosotros el día de san José, si Dominus dederit (si Dios quiere).

6.° Parece que la muerte se aprovecha en mi ausencia; verdaderamente necesito industriarme para ir lo antes posible a veros y llevaros

en persona la bendición apostólica.

7.° íCuántas cosas, cuántos cochecitos hechos y pendientes de hacer todavía! Parecen fábulas. Ya hablaremos de todo.

Pronto comunicaré el día y la hora de mi llegada. Don Joaquín Berto, don Celestino

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Durando y el doctor Pechenino se encuentran bien, os saludan y conmigo os desean todo bien.

Saludad de mi parte a don José Bertello, a don Pedro Guidazio, a Febbraro y a José Buzzetti y creedme en Jesucristo.

Roma, 24-4-1876.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

P. D. No dejéis de saludar a Antonio Bruna.
3. A don Miguel Rúa
Las "cosas pendientes" se refieren a las gestiones para los privilegios. Con las prisas por redactar esta cartita se le escapó una
confesión reveladora, a saber, que "está hecho un azacán con el trabajo". "Frotarse las manos" se dice popularmente del que se pone a
hacer algo de buena gana; el obrero, antes de empezar con ahínco una obra se da a menudo una fricción.

Los estudiantes preparaban el Phasmatonices de Rosini, retocado por el padre Palumbo. Volveremos a hablar de ello.

Queridísimo Rúa:

Sin novedad; las cosas siguen su curso, todos nos encontramos bien. Estoy hecho un azacán con el trabajo. Rezad mucho por mí. He
escrito a Madama Bicherasio para que sea mayordoma (o cofrade mayor) en la fiesta de María Auxiliadora. Espero respuesta.

Di a Dogliani, a Buzzetti y a don José Lazzero que se froten las manos y se preparen para la música de aquel día. No olvidar la

comedia latina.

Dirás a Dompé 1 que yo quisiera que fuese un D. D. S. S. Una bonita medalla, si acierta.

Dios nos bendiga a todos. Amén

JUAN BOSCO, Pbro.

((200)) 4. Al mismo

El Beato no cesaba de buscar almas buenas, que recibían en su casa a sus Salesianos necesitados de descanso y de trato especial. El

1 Manuel Dompé, alumno del quinto curso, que mas tarde se hizo salesiano. El acertijo que viene después es uno de los consabidos
medios con los que el Beato obligaba a reflexionar y preparaba los ánimos para algún buen consejo.

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clérigo Vigliocco falleció en el mes de agosto y don José Giulitto murió en septiembre a los pocos meses de sacerdocio.

Queridísimo Rúa:

Si el estado de salud de Vigliocco permite que vaya a casa de Madama Agnelli, muy conforme. Es persona muy piadosa. Después de él
Massimelli; por último, Giulitto, que ha de preparse para la primera misa en Pentecostés, si está bueno.

Por lo que toca a Bruna, óigase el parecer de don Pablo Albera, o al menos pídase un certificado de su párroco.

Tengo un trabajo inmenso. No sé si podré ir para el Patrocinio de san José. Quién sabe si no se podrá trasladar a otro domingo. Para
entonces seguro que estaré. Pero hágase como mejor os parezca. Envíame noticias. A mediados de esta semana notificaré el día de
nuestra partida. Todos gozamos de buena salud. Rezad mucho. Saluda a don José Bertello, que todavía no me ha escrito ninguna carta.
Di a los aprendices, a los del jardincillo, que entregaré su saludo al Padre Santo y después escribiré. Dios nos bendiga a todos. Amén.

30-4-1876.

JUAN BOSCO, Pbro.

5. Al Rvdo. Perino
Era antiguo alumno del Oratorio. íQué precioso programa para el recién nombrado párroco de Piedicavallo en la comarca de Biella!
Cuando salió del Oratorio, don Bosco le había predicho que sería párroco, pero que su parroquia sería destruida. En efecto, durante su
gestión en la parroquia de Piedicavallo, los protestantes hicieron una de pópulo bárbaro.

Queridísimo Perino:

Me alegro mucho de tu promoción a párroco de Piedicavallo. Tendrás un amplio campo donde ganar almas para Dios. El fundamento

de tu éxito parroquial es: cuidar de los niños, asistir a los enfermos, querer a los ancianos.

((201)) Para ti: confesión frecuente, cada día un rato de meditación, una vez al mes el ejercicio de la buena muerte.

Para don Bosco: difundir las Lecturas Católicas e ir a comer en el Oratorio siempre que vayas a Turín. Lo demás de palabra.

Que Dios te bendiga a ti, tus trabajos y tu futura parroquia. Reza por mí, que siempre seré tu

Roma, 8-5-1876.

Afmo. amigo en Jesucristo JUAN BOSCO, Pbro.

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6. A don Francisco Dalmazzo
La ida de los alumnos de Valsálice a Roma fue en otoño de 1874 y ya se habló de ella en el volumen anterior.

La dispensa de diez meses para el diácono Miguel Vota fue concedida junto con otras dos, una de dieciséis meses para el diácono José
Giulitto, y la segunda, de diecisiete meses, para el diácono Pedro Perrot; la obtuvo monseñor Sbarretti, secretario de la Congregación de
Obispos y Regulares ex audientia Sanctissimi el 3 de mayo. El Rescripto lleva la firma del cardenal Ferrieri, que sucedió al cardenal
Bizzarri como Prefecto de dicha Congregación.

Queridísimo Dalmazzo:

El Padre Santo habló mucho del colegio de Valsálice y de los alumnos que le visitaron. Envía a todos su bendición apostólica, para los
alumnos y sus padres: bendición apostólica con indulgencia plenaria in artículo mortis; otra indulgencia plenaria a su discreción en el

curso de la vida.

De viva voz contaremos muchos episodios y muchas otras cosas graves.

Estaré en Turín a fines de la próxima semana.

Saluda al prefecto don Daghero, y a todos nuestros queridos salesianos y alumnos tuyos y míos. Dile a Vota que se ha conseguido su

dispensa de edad. Que se prepare, por consiguiente, a hacerse santo.

Saluda también a tu madre y a Molinari.

Amame en Jesucristo y créeme tu

Roma, 5-5-1876.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

((202)) 7. A don Juan Bautista Lemoyne

La carta escrita por don Bosco para los alumnos del Oratorio fue copiada y enviada al Colegio de Lanzo. Las noticias contenidas en
ella sugirieron la idea de enviar un saludo al Padre Santo acompañándolo con un donativo para el óbolo de san Pedro.

Carísimo don Juan Bautista Lemoyne:

El saludo del Colegio de Lanzo, con el donativo de cien liras para el Padre Santo, lo presenté yo mismo, y le resultó gratísimo. Como
ya era avanzada la tarde y encontraba dificultad para leerlo, le ayudé a leerlo yo, medio ciego, y lo escuchó con mucha satisfacción.
Después añadió estas textuales palabras:

-Dad las gracias de mi parte a esos buenos alumnos de Lanzo, decidles que rueguen a Dios por mí; yo los bendigo de todo corazón y
concedo, a los Salesianos

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y a todos los del colegio de Lanzo: 1.° la bendición apostólica; 2.° una indulgencia plenaria a discreción el día que reciban los Santos
Sacramentos.
Le pedí que se dignara extender estos favores también a los padres de los muchachos y de los Salesianos, al Vicario de Lanzo, (a) don
Foeri, al Vicepárroco, a los alumnos externos, y respondió afirmativamente y de buen grado.
A su tiempo os comunicaré muchas otras cosas.
Agradezco a nuestros queridos alumnos sus oraciones; yo seguiré rezando por ellos.
La gracia de Nuestro Señor Jesucristo esté siempre con nosotros.
Dios mediante, el día 16 de los corrientes estaré en Turín. Amén.
Roma, 1-5-1876.
Afmo. en Jesucristo JUAN BOSCO, Pbro.

8. A don Miguel Rúa
La "gestión para el mecánico señor Rúa" se refería al invento, ya descrito, que tanto quehacer dio después a don Bosco 1.

Muy querido Rúa:

He pedido y obtenido una bendición especial del Padre Santo para el señor Dupraz, la señora Ghilardi, la señorita Mandilla de la casa
Gonella detrás ((203)) de San Carlos. Para el retiro de Santa Ana, Viña de la Reina, el Refugio, las Magdalenas, nuestras Auxiliadoras;
para la señora Giussano, señorita Bónica. Se lo puedes comunicar, pues tal vez sacarás algún provecho, y les dices que, a mi regreso, les

entregaré nota de los favores especiales concedidos por el Papa.

A su debido tiempo he pedido también la Bendición Apostólica para el señor Valle, yerno del señor Asinara.

La gestión para el mecánico, señor Rúa, se inició desde los primeros días y esperamos contestación cuanto antes.

Todo lo nuestro marcha bien y espero salir para Turín el miércoles por la mañana. Si puedo, me detendré un día en Florencia y otro en

Génova, para enviar el diploma prelaticio al señor Ceccarelli, y el Breve de Comendador de san Gregorio a Benítez.

Estuve atareadísimo, pude hacer muchas cosas, pero no recoger dinero; así que piensa tú en ello.

Vale in Domino. Hasta más vernos.

Afmo. en Jesucristo JUAN BOSCO, Pbro.

1 Véase vol. XI, págs. 185-186.

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9. Al mismo
La "recomendación" para presentar a monseñor Macchi, maestro de Cámara, debía servir para obtener la admisión a la audiencia
pontificia. Tenemos un autógrafo del Beato con una muestra de tal recomendación concebida en estos términos: "El abajo firmante
declara conocer perfectamente a los señores Tomás Frascara y Margarita Garelli, que van a Roma para satisfacer su devoción y, como
buenos católicos y ejemplares cristianos, consideran su mayor suerte el poder recibir la bendición del Padre Santo. Razón por la cual se
encomiendan humildemente a quien puede ayudarnos en este su piadoso intento. Turín, mayo de 1876. Juan Bosco, Pbro."

Es muy probable que sea precisamente éste el original de la "recomendación" enviada por él antes de salir de Roma. En efecto "los
nombres de los dos viajeros" están escritos por otra mano, llenando precisamente los "huecos" señalados para ello.

Muy querido Rúa:

Te envío la recomendación que me pides. Llena tú mismo los huecos con los nombres de los dos viajeros; después la cierras en un
sobre dirigido a monseñor Macchi.

((204)) Comunica a los muchachos la alegre noticia. Entre los muchos favores que el Padre Santo ha concedido a nuestros alumnos y a
sus padres, a los salesianos y a sus respectivos padres, hay una indulgencia plenaria in artículo mortis con la bendición apostólica. Piense
cada uno en comunicarla respectivamente. Idem una indulgencia plenaria a discreción para el día en que comulguen.

Nuestras cosas quedarán concluidas el martes, y el día siguiente, miércoles (10), nos pondremos en viaje rumbo a Turín. Un día en
Florencia, otro en Pisa, dos en Sampierdarena y después Turín.

A partir del 9 diríjanse las cartas a Sampierdarena.

Sé que tienes mucho que hacer; consolémonos, también yo. En Turín nos consolaremos recíprocamente.

Devuelvo las cartas 1 para que don César Chiala, si puede, prepare con ellas otra para la Unità Cattolica, y aún otras más.

A mi paso por S. Pierdarena enviaré varias cosas para la República Argentina; si enviáis algo de Turín, lo juntaremos para el día 14.

Creo habértelo dicho ya:

Benítez Comendador, Ceccarelli Camarero de Su Santidad, Angel Borgo y el conde Juan Bautista caballeros. Ellos no saben nada
todavía.

JUAN BOSCO, Pbro.

1 Se refiere a las de los misioneros, enviadas por don Miguel Rúa y retocadas libremente por don César Chiala para el periódico.
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10. Al mismo
El nombre exacto del exclérigo aquí mencionado era Bodrati. El tema para don Pedro Guidazio, profesor del quinto curso de
bachillerato clásico, era uno de los Breves pontificios recién obtenidos para traducir al italiano 1.

Muy querido Rúa:

Mañana salgo para Pisa y me quedaré en Salviati hasta el lunes. Del lunes por la tarde al miércoles, estaré en S. Pierdarena. Si pudieses
estar allí el miércoles por la mañana, haríamos el viaje juntos y podríamos charlar. De lo contrario hablaremos en Turín.

Escribo a Bodratto. No sé si esta todavía ahí. En todo caso cuida que no se lleve nada de la casa y que no vista la sotana clerical fuera

de nuestra Congregación si no está autorizado para ello.

Multa facta, multa sunt opere complenda.

((205)) Cuida tu salud, la de Chiala y la de don Pedro Guidazio. He preparado para éste un tema a traducir del latín al italiano.

Dios nos bendiga a todos. Amén.

Roma, 12-5-1876.

Afmo. en Jesucristo JUAN BOSCO, Pbro.

11. A don Julio Barberis
El Beato necesitaba que se redactase una monografía sobre Patagonia, para enviarla a la Congregación de Propaganda. Era urgente,
pues se trataba entonces de erigir pronto allí una prefectura apostólica para confiarla a los Salesianos. Don Julio Barberis, que había sido
durante algunos años profesor de geografía, le pareció a don Bosco el más apto para prepararle aquel trabajo. El "autor reciente", cuyo
nombre no recordaba, debe de ser Daly, que en 1875 publicó en Buenos Aires una obra titulada: La Patagonia y las tierras australes del
continente americano.

Muy querido Barberis:

Empiezo a escribir esta carta para anunciarte un trabajo que necesito: un informe sobre Patagonia, en el que se reúna lo que pueda
saberse:

1.° Acerca de su extensión, límites, pueblos colindantes en la línea que va desde el Pacífico al Atlantico.

1 Véase vol. XI, Apéndice, doc. 6, 7 y 24.
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2.° Usos, costumbres, estatura de los Patagones y sus ocupaciones.

3.° Religión, tradiciones y, especialmente, los intentos realizados por los misioneros para penetrar hasta ellos.

Puedes ver el libro de Ferrario: Usos y costumbres de todos los pueblos en el último volumen de América; la enciclopedia de César
Cantú y un autor reciente, cuyo nombre sabré así que llegue a Turín.

Por lo demás, saluda a don César Chiala y a todos tus y mis queridos novicios; a quienes espero ver y saludar el miércoles. Dios nos
bendiga a todos. Créeme en Jesucristo

Pisa, 14-5-1876.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

Y ahora no volveremos enseguida a acompañar a don Bosco hasta Turín, sin antes haber dicho cómo anduvieron las cosas en el
Oratorio durante su ausencia. ((206)) Nos parece un pensamiento útil y oportuno salvar del olvido cuantas más noticias nos sea posible
acerca del antiguo Oratorio. Util porque siempre aprovechará poderse mirar como en un espejo en el ambiente que vivía don Bosco y de
donde sacó las primeras generaciones de salesianos; oportuno, porque hay muchas preciosas noticias que, si no se ponen a salvo lo antes
posible, resultará que, andando el tiempo, será trabajo arduo, por no decir inútil, el rastrearlas y ofrecerlas con su verdadera luz.

Don Julio Barberis, en su crónica del 24 de abril, repite una observación hecha ya en otro lugar: "El Oratorio marcha adelante
tranquilamente, aunque falte don Bosco. No es que no lo advirtamos, sino que él mismo ha colocado todo el Oratorio en un plano tal,
que pueda ir adelante sin él. Digo sin estar él presente de momento en el Oratorio;
pero no sin su persona, sin su mente". Veámoslo en la práctica.

En aquel lapso de tiempo se celebraron dos fiestas, la de Pascua y la del Patrocinio de san José y, entre una y otra, parte del mes de
María Auxiliadora que, por vez primera, se empezó el 23 de abril.

Para el cumplimiento pascual todo procedió según costumbre. Los aprendices cumplieron con el precepto pascual el martes santo; los
estudiantes el miércoles, los clérigos y los sacerdotes el jueves, después de prepararse con un triduo de predicación, sin suspender los
trabajos ni los estudios. Los alumnos externos cumplieron el precepto pascual el sábado santo, los obreros el domingo de Resurrección;
los de la primera comunión el lunes siguiente, y los pequeños, que aún no habían sido admitidos a la primera comunión, se confesaron en
un día de la semana dentro de la octava.

Además de la catequesis cuaresmal, los externos hicieron aparte
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una tanda de ejercicios espirituales con cinco pláticas diarias, a tres de las cuales era obligatorio asistir: los aprendices a las cinco y
media de la mañana, a las doce y media y a las ocho de la tarde; los estudiantes a una de éstas, más dos dedicadas exclusivamente para
ellos a las nueve y media de la mañana y ((207)) a las cuatro de la tarde. El domingo de Pascua se terminaron con la representación del
interesante drama Cristóbal Colón, original de Lemoyne.

Este trabajo extraordinario no dispensaba a los sacerdotes del Oratorio de sus ocupaciones ordinarias.

-"No pone don Bosco demasiada carne al asador?, preguntó un día la marquesa Fassati a don Julio Barberis.

Entresacamos parte de la respuesta que éste le dio, según su crónica del 2 de abril:

"Es cierto; hay mucho que hacer y trabajamos sin descanso hasta sucumbir al peso de la fatiga; sin embargo, don Bosco ve que,
mientras existe este trabajo continuo y sin descanso, las cosas marchan bien.
Todos nosotros adquirimos un espíritu extraordinariamente bueno y logramos ser útiles para muchos trabajos; y hasta el que no es apto
para grandes empresas, metido desde clérigo en el tejemaneje de los asuntos, llega a adquirir, en el desempeño de mil incumbencias, tal
destreza que, sin ese gran trabajo y sin las ocasiones favorables, no hubiera logrado nunca. Don Bosco ve también el inmenso trabajo que
hay en la viña del Señor, que otros podrían cultivar y no lo hacen; en consecuencia, en vez de dejar que no se haga nada, quiere que se
haga algo. Nos parece un error el proceder de muchos, incluso religiosos, que, si ven que no pueden salir airosos en algo, lo dejan antes
de poner sus manos en ello. Nosotros no miramos la gloria externa o a lo que otros digan. Si no se puede llegar hasta la última letra del
alfabeto, pero se puede llegar al abecé; "por qué dejar de hacer ese poco, con la excusa de que no se podrá llegar a la zeta?"

Era norma de don Bosco que, cuando no se podía llegar al todo, se hiciera al menos lo poco factible; y por eso no aprobaba la conducta
de aquellos buenos, que decían: o todo o nada. Por este motivo le apenaba, y mucho, ver que magistrados y oficiales católicos franceses
renunciaban al cargo, ante las aberraciones anticlericales de la tercera república; él hubiera querido que no abandonasen el puesto,
aunque no fuera más que para aminorar el mal, impidiendo que todo pasara a manos de los sectarios.

((208)) Permítannos los lectores seguir citando nuestra crónica. Ciertas divagaciones de don Julio Barberis traspasan los limites de la
crónica, pero nos introducen en la realidad de la vida. Sigue diciendo:
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"Por otra parte, señora Marquesa, hasta el presente se trabajó en el Oratorio a escondidas; pero, aún así, le diré que bajo el celemín se
prepararon inmensos materiales. Ahora don Bosco ve crecer a su alrededor una familia numerosísima y con un espíritu excelente en
sumo grado. Todos somos jóvenes todavía, pues hemos sido formados por don Bosco; pero, año tras año, se va aumentando en fuerza,
experiencia y número... Don Bosco va formando poco a poco personal suficiente para abrir muchas casas... Verdad es que se requiere
tiempo antes de que los clérigos estén formados; pero, entre nosotros, cuando llegan al segundo curso de filosofía, ya empiezan a
ayudarnos algo y, a la par que aumentan su capacidad, ciencia, piedad, prudencia y edad, se les ensancha el horizonte y se les va
colocando en puestos superiores..."

El primer día del mes de María Auxiliadora casi todos los muchachos comulgaron; después fue creciendo el fervor en la casa. El buen
ambiente, que solía dominar en el Oratorio, en estas circunstancias arrastraba también a los que de ordinario se mantenían al margen.
Nunca faltaban los refractarios, pero eran poquísimos; los Superiores los conocían, se los ayudaba y empujaba al bien o se los eliminaba.

Al comenzar el mes de María entraba en vigor el horario de verano: había que levantarse media hora antes, a las cinco; a la una y
media, limpieza en el dormitorio; a las dos, estudio libre y clase de canto; a las siete y media, sermón. Ya no había clase nocturna de
repaso. Por la mañana, después de misa, se iba a paseo hasta la hora del desayuno.

Reinaba, además, gran animación para los preparativos de la gran fiesta. Los cantores tenían más clases de música. Cuando se marchó
don Juan Cagliero se temió que muriera la música o, cuando menos, decayese; pero lo suplió dignamente Dogliani. También la banda se
había recuperado con unos treinta músicos. Había sido disuelta el año anterior por don Bosco, porque los que entraban a formar parte de
ella ((209)) quebrantaban la disciplina, y se reorganizó con nuevas bases. Los nuevos músicos lo hacían bastante bien. Notaremos de
paso que la disolución se hizo a la chita callando y sin armar escándalo, mediante la gradual eliminación de los muchachos. Se estrenó,
entonces también, un conjunto de doce violinistas, formado por los aprendices mayores y de mejor conducta. Cantos y música ocupaban
de este modo buena parte de los recreos e introducían en aquella estación una agradable variedad. No había el menor asomo de que
cubriese el Oratorio esa capa de plomo, que Fáber llama "monotonía de la piedad".
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Para preparar bien el ánimo de los aprendices al mes de María, su catequista organizó una velada sui generis, que se celebró en el salón
de los sótanos de la iglesia. Se apodó velada catequística. Queremos describirla. Quien hubiera bajado a aquel amplio espacio habría
visto la asamblea, presidida desde un alto palco por don Miguel Rúa, don César Chiala y otros Superiores; a un lado la banda, los
maestros de taller, algunos clérigos y coadjutores; al otro lado los muchachos, que llenaban todo el espacio; había en el centro un espacio
rectangular despejado y una mesita a un lado; estaba sentado junto a la mesita el coadjutor Barale con una bolsa, que contenía unas
papeletas con las preguntas del catecismo escritas: Avanzaban al rectángulo del centro los que iban a ser interrogados, cinco o seis por
vez, y se renovaban cada cuarto de hora. Barale extraía las papeletas y preguntaba. Los Superiores tomaban nota, cada uno por su cuenta,
de los que contestaban mejor. Al final, mientras se declamaban poesías y se interpretaban piezas de música, se hizo el escrutinio de los
votos; y, después, se repartieron los premios y diplomas de honor.

Hemos omitido un detalle. El último en ser preguntado pidió a Barale que contara un ejemplo, pues esa era la costumbre, después de la
lección de catecismo. Barale aceptó y recordó brevemente la vida de César de Bus, con claras alusiones a don César Chiala. Estallaron
aplausos al Director de los aprendices; y, como andaba siempre algo delicado, en las poesías y discursos se elevaban preces al Señor por
su curación. ((210)) Al término de la velada le ofrecieron un ramo de flores artificiales, en cuyos pétalos estaban escritos los nombres de
los que habían comulgado por él. Los aprendices derrocharon su entusiasmo por su Director o catequista. Por aquellos días fueron
muchas las peticiones para ingresar en la Conregación, y como pareció oportuno el momento, se dieron para ellos unas conferencias a
propósito. Don Bosco, que sentía la necesidad de buenos coadjutores, estuvo muy contento de ello.

Era admirable sin duda el gran interés de los muchachos del Oratorio por sus Superiores enfermos. También los estudiantes dieron
bonitas pruebas de ello. Don Pedro Guidazio se encontraba bastante mal, pero su temple enérgico y trabajador no le permitía dejar sus
clases al quinto curso. Los alumnos, apesadumbrados, iban a porfía a comulgar por él, y cada tarde, durante el recreo de la merienda, los
cuarenta que eran, se juntaban en el ábside del templo de María Auxiliadora par rezar juntos la corona al Sagrado Corazón de Jesús.
Escenas parecidas se renovaban cada año, y no sólo por un superior, sino también por compañeros o por las necesidades de la casa.
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Hablábamos ahora mismo de la insólita mortalidad. La crónica advierte el hecho y aprovecha la ocasión para describir el rito de las
exequias. "Hace dos o tres años que tenemos permiso para hacer las honras fúnebres aquí en casa. Se coloca el cadáver, en un lugar
conveniente y, a la hora señalada, se reúnen todos los alumnos y, en formación, desfila el cortejo fúnebre, precedido de clérigos con
roquete que llevan la cruz, cantando el Miserere, alrededor de los amplios patios del Oratorio. Le acompañan todos los muchachos y
clérigos; íes una función conmovedora! íLos ochocientos jóvenes rodean al compañero difunto, al mismo que poco antes jugaba con
ellos, iba con ellos a clase, al comedor, a todas partes! Terminada la vuelta a los patios, entran en la iglesia, donde se celebran las
exequias de costumbre con alguna oración oportuna. Después salen los jóvenes para ir al estudio, a la clase o al taller y el cadáver es
llevado al cementerio".

Al año siguiente, hubo un sacerdote novicio ((211)) que asistió por primera vez al traslado de los restos mortales de uno que había
fallecido en el Oratorio. Se llevó una impresión tan profunda que, más de medio siglo después, escribía: "Aquella procesión de los
muchachos, el clero cantando salmos, los socios de las Compañías de San Luis y del Santísimo Sacramento que acompañaban y llevaban
al amigo difunto, daban una impresión de piedad suave y conmovedora. Era uno de los actos de verdadera educación cristiana y
salesiana" 1.

A mediados del mes de María Auxiliadora se celebró la fiesta del Patrocinio de san José, que se acostumbraba celebrar con solemnidad
especialmente por los aprendices. "Se esperaba tener con nosotros al amado Padre", dice la crónica; pero, no habiendo llegado, se
trasladó la fiesta externa a otro domingo. Mas no se omitió la solemnidad en la iglesia. Aquel día llegó una novedad desde la calle y fue
la visita de los presidentes generales de las Conferencias de San Vicente en Italia.
Como ya ha narrado Lemoyne, florecía en el Oratorio una Conferencia de San Vicente, aneja regularmente a la de París. Su fin principal
era tomar bajo su tutela a los muchachos pobres, que iban a la catequesis; es más, los socios se prestaban a darla. Como eran internos, no
podían ir a ver a los muchachos en su casa para llevarles los socorros, según las normas de los estatutos; los esperaban, en cambio, en el
Oratorio y los socorros consistían en premios de asistencia, y sobre todo en prendas de vestir.

Así que el domingo, 7 de mayo, anunciaron su visita a la Conferencia

1 J. VESPIGNANI. Un año en la escuela del beato don Bosco (1876-1877), pág. 60. San Benigno Canavese, Escuela Tipográfica
Salesiana, 1930.
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del Oratorio aquellos señores que en comisión hacían una gira de inspección y propaganda. Se presentaron el padre Alfieri, superior
general de los Hermanos de San Juan de Dios, presidente del consejo superior en lo que fueron Estados Pontificios; el caballero Roque
Bianchi, presidente del consejo superior de Génova, apodado "el abuelo", por haber sido el introductor de las Conferencias en Italia el
1852, ((212)) el marqués Bevilacqua, presidente del consejo superior de Bolonia, el conde Lurani, presidente del consejo superior de
Milán, y los presidentes de Venecia, Florencia y Nápoles; en fin un grupo selecto de conspicuos personajes. Los acompañaban el señor
Falconnet, presidente del consejo superior de Turín, y el conde Cays, que fue presidente antes de Falconnet y que era apodado "el papá",
por haber sido promotor y consejero especial de las Conferencias en Piamonte.

La Conferencia de los nuestros se reunió a las dos de la tarde en presencia de estos señores, los cuales mostraron su satisfacción
después del acto; sólo recomendaron que, en la medida compatible con el reglamento del instituto, se observase el reglamento general.
Se alegraron vivamente al enterarse de que antiguos socios, salidos del Oratorio, habían fundado Conferencias en otros lugares y que don
Valentín Cassini trabajaba para hacer revivir en San Nicolás de los Arroyos la Conferencia decaída. Después de la reunión, los
huéspedes fueron a ver a los muchachos internos y externos en sus respectivas iglesias y visitaron el salón de estudio, los talleres y otros
locales de la casa.

Mientras tanto, todo el Oratorio estaba en movimiento con los preparativos para la fiesta de María Auxiliadora. Las relaciones diarias
de gracias enfervorizaban la piedad. Músicos y cantores ensayaban sin cesar. En la iglesia se construía el coro; se blanqueaban las
paredes de la casa; los recreos estaban muy animados. Mas no se crea que tanta barahúnda fuera en detrimento de los estudios; pues, si la
crónica dice la verdad, los profesores mantenían viva entre los alumnos tal emulación que muchas veces era necesario moderar su ardor.
También los aprendices se movían preparando la retrasada velada en honor de san José, para cuando llegara don Bosco.

Faltaba poco para su regreso, cuando de improviso hubo un accidente que causó el desconcierto en toda la casa y gran agitación en los
ánimos. Estaban los muchachos cumpliendo tranquilamente sus prácticas marianas de la tarde, cuando empezó a entrar por las ventanas
un olor acre ((213)) a quemado y se vio que se nublaba el aire de una forma extraña. La función tocaba a su fin. Al salir de la iglesia
vieron que unas descomunales lenguas de fuego aparecían y desaparecían sin parar en medio de una enorme columna de humo, detrás de
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los almacenes del Oratorio. La fábrica Tensi, entre el Oratorio y el Refugio, era pasto de las llamas; el incendio llegaba a tres metros de
nuestro edificio y el viento soplaba en su dirección. Siniestros resplandores iluminaban de cuando en cuando los edificios y los patios. El
primer pensamiento fue correr a cerrar todas las ventajas para impedir la entrada de chispas, lanzadas a lo alto y llevadas por el viento
hasta cien metros de distancia. Cada asistente vigilaba su dormitorio, haciendo trasladar las camas al lado opuesto al del fuego y
envolviéndolas en mantas empapadas en agua. Se tendieron doscientas mantas bien mojadas sobre las tejas y detrás de las ventanas,
cuyos cristales se quebraban con las llamas.

Don José Bertello, con su sangre fría y el imperio de su característica autoridad, se puso a dirigir las operaciones. Colocó sobre el
tejado a veinte jóvenes de los mayores y ordenó a otros cuarenta sirvieran continuamente agua a los primeros para echarla sobre las
mantas. Fue un milagro que cántaros y tejas caídas desde arriba no hirieran a ninguno de los que estaban abajo. Mandó que salieran de
los alrededores todos los no necesarios, los cuales corrieron a la iglesia a rezar las letanías de los Santos. Acabadas las letanías, el viento
cambió de dirección y sopló hacia donde no había edificios. Llegaron los bomberos, empezaron a lanzar con sus bombas agua a torrentes
y en un cuarto de hora dominaron el fuego por la parte que amenazaba al Oratorio.
El alboroto duró casi una hora. El daño que sufrieron los nuestros no llegó a mil liras entre tejas rotas, cristales partidos y deterioro de
ropa. Pareció que debía atribuirse a especial protección de la Virgen, que no hubiera habido desgracias.

Don Julio Barberis, que fue espectador de aquella batahola, recogió de labios de los muchachos y registró ciertas reflexiones, que, por
haber sido espontáneas e imprevistas e intercambiadas entre ellos, documentan perfectamente el buen espíritu que reinaba ((214))
entonces en el Oratorio. Las transcribimos literalmente.

"Decíanse unos a otros:

"-íYa ves lo que significa trabajar en los días festivos!

"-íYa decíamos nosotros que el Señor castigaría terriblemente aquel escándalo!

"-íQué vergüenza! íEstar entre dos casas religiosas, donde se guarda el descanso festivo, y seguir tercamente quebrantando la ley de
Dios!

"-íAhí lo tienes, ciapa l'on (en dialecto piamontés: ''toma, hombre''), por trabajar en día de fiesta!

"-íQue pague la cuenta de una vez por todas!"
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Tres días después de haberse librado el Oratorio de este peligro, el sábado 13 de mayo, despidióse don Bosco de los señores
Sigidmondi, de quienes había recibido las mas delicadas atenciones, y emprendió el viaje de regreso al Oratorio. Pero no fue todo
seguido, sino que hizo dos paradas: la primera en Migliarino, junto a Pisa, como huésped del duque Salviati, desde el 13 por la tarde
hasta el 15 al mediodía. En Génova lo esperaban don Pablo Albera, el abogado Scala, director del Cittadino, y el señor Varetto, que se
llevó a todos a comer en su casa. Al atardecer fue a Sampierdarena, donde pasó el día siguiente. Allí le dedicaron una fiestecita: se
declamaron poesías y recitaron un dialoguito, en el cual los interlocutores presentaron las cruces de caballero a los señores Conte y
Borgo, invitados expresamente y sin saber la sorpresa que los esperaba. El 17 salió para Turín.

Don Celestino Durando se le había adelantado cuatro días. Los muchachos, que esperaban ansiosamente a don Bosco y vieron a don
Celestino cuando ellos salían de la iglesia e iban al comedor, se imaginaron que también había llegado don Bosco y lanzaron un grito de
alegría. Se corrió la voz como un reguero de pólvora; se rompieron las filas y en tumultuoso tropel se lanzaron a la portería. Los que ya
habían bajado al comedor, entonces subterráneo, subieron precipitadamente y volaron detrás de los compañeros. Cuanto más ardiente era
el ansia, tanto mas amarga fue la desilusión. Pero, a la una de la tarde del 17, llegó verdaderamente don Bosco; después de un mes y
doce días de ausencia volvía a entrar en su reino. Al asomarse por la portería empezaron los músicos a tocar sus instrumentos. Todos los
muchachos, alineados a uno y otro lado, ((215)) tenían la consigna de formar hilera a su paso. "Pero quién podía contenerlos? Ya no
cabían en su pellejo y se lanzaron en masa sobre él, rodeado por la gran turba que quería verle y besar su mano. El tenía para cada uno
una sonrisa y una palabrita. Tardó mas de media hora en atravesar el patio. Entre tanto los músicos se habían trasladado a los pórticos.
Don Bosco se metió en el cuadro que habían formado, los saludó afectuosamente y fue a comer. Allí le acosaron los salesianos a
preguntas: el Papa, Roma, las misiones, los privilegios, las indulgencias... y él, con la calma y serenidad de siempre, habló durante más
de una hora. Cuando se retiró, se sentía muy cansado y tenía fuerte dolor de cabeza; sin embargo, se sentó a su escritorio para despachar
la correspondencia atrasada.

Así estuvo hasta las cinco y media; después, como no podía más, salió a pasear por la biblioteca conversando con don Julio Barberis.
Habló de Patagonia. Con estupor advirtió don Julio Barberis que conocía aquellas regiones tan perfectamente como si hubiese hecho
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largos estudios sobre la materia, al extremo de que corrigió mas de una vez los fallos y omisiones del mismo Barberis, que hacía tiempo
estudiaba con intensidad el tema. Le dijo:

-He vivido más de sesenta años sin haber oído casi nunca el nombre de Patagonia. "Quién me hubiera dicho que llegaría el momento
de tenerla que estudiar al detalle en todos sus pormenores?

Desplegó dos mapas de Patagonia y de América del Sur, se puso a observar con mucha atención, pero la cabeza no lo aguantaba y se
mareaba. Paseó un poco más y volvió a su trabajo.

Aunque este capítulo ya va siendo demasiado largo, no es oportuno separar de él tres documentos que nos parece serán su mejor cierre:
unas "buenas noches", una circular y una conferencia.

La misma noche del 17 habló a los jóvenes después de las oraciones. Dio primero la florecilla para la novena de María Auxiliadora y
después, en medio de la máxima atención, empezó a contar su viaje.

((216)) Flor para mañana: Recordaré lo que me hizo caer en pecado y me apartaré de ello. Que es lo mismo que decir: huir de las
ocasiones, que me arrastraron al pecado en el pasado. Cada uno, pues, meditará un rato cuál fue la ocasión de su vida pasada causa
deplorable de haber perdido la gracia de Dios y merecido el infierno; procuraré estar muy alejado de ella y huir. Para unos será un libro,
para otros un compañero, para alguno haber empinado demasiado el codo, es decir la intemperancia, etc.

Pero vamos a hablar de mi viaje. Fui a Roma para ver al Papa: allí he estado mucho tiempo espera que te espera a que vinierais a
verme, pero inútilmente. Vino don Celestino Durando y ímuy bien, bravo! Pero no vi a ninguno de vosotros. Basta; ahora quiero
contaros las diversas cosas que se hicieron en Roma. Sobre muchas ya escribí, vez por vez, y supongo que os las habrán leído. Esta
noche os diré que el Papa me recibió dos veces. La primera me entretuvo durante casi una hora, y la segunda, tres cuartos de hora. Así
que pude hablarle largo y tendido. Hablamos de las cosas del Oratorio, de las Hijas de María Auxiliadora y de los alumnos: de vosotros,
de quienes el Padre Santo siempre me pide noticias.

-"Y son verdaderamente buenos?, me preguntó.

-íSí, Padre Santo, lo son!

-"Y hay algunos con grandes virtudes?

-íSantidad, todos son muy buenos! íClaro que habría que hacer ciertas reprensiones a alguno!

Pero esta última observación la hice en voz baja, para que no me oyera.

-"Y qué tal andan de salud vuestros muchachos? siguió preguntando Pío IX.

-íMuy bien!

Después hablamos de las misiones, de las que está muy contento y me propuso avanzar, ir más allá de San Nicolás, entrar en las
Pampas y llegar a Patagonia, donde hay zonas tan extensas como casi toda Europa, a las que aún no ha llegado la luz del Evangelio.

Me propuso también un Vicariato en la India, donde hay amplios campos de mieses por recoger y otras misiones por uno y otro lado.
Le interrumpí diciendo:

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-Padre Santo, harían falta miles de Misioneros; mis muchachos son buenos, dóciles, animosos, dispuestos a todo, pero son muy
jóvenes y habrá que esperar a que crezcan, les salga la barba y el bigote y adquieran un caudal de ciencia y conocimientos necesarios
para ir todos a misiones. Todos estarían dispuestos a arrostrar cualquier peligro con tal de poder salvar almas. Pero hay que esperar.

-íEntonces, contestó el Padre Santo, haced que crezcan aprisa y lleguen a ser hombres hechos y derechos en un santiamén!

-Pero tenga en cuenta Su Santidad, repliqué, que el Señor nos visita muy a menudo en el Oratorio y se lleva a alguno de los nuestros.
Este año ya hubo varios que quisieron irse al paraíso y otros más se irán antes que termine el mes de diciembre.

((217)) -"Y los que mueren os causan satisfacción? "Os dejan buenas esperanzas de su salvación? "Hubo alguno que no quisiera
recibir los sacramentos?

-Puede comprender, Padre Santo, que unos muchachos que normalmente reciben a menudo los santos sacramentos, cuando caen
enfermos, piden ellos mismos confesarse y comulgar. íCuánto más en trance de muerte! Y, si por un casual no los pidiese, los mismos
Superiores, al ver su estado grave, con buenos modos le harían sentir esta necesidad; y el enfermo, nada más oír la voz de un superior
que le invitara a ello, enseguida y con gusto se dispondría a recibir los sacramentos.

De la misma manera me preguntó el Padre Santo muchas otras cosas sobre vosotros y escuchaba con tal gusto, que parecía no hubiese
en el mundo otra cosa más que Valdocco. Y me dijo:

-En estos tiempo tan calamitosos para la Iglesia vuestros muchachos pueden hacer mucho bien. Ahora, que recen por las necesidades
de la santa Iglesia tan perseguida. Recomendadles que recen por mí, para que el Señor me dé fuerza y constancia para superar todos los
peligros que debo encontrar, como cabeza de la familia de Jesucristo.

Y después de unas palabras más, nos despedimos.

La segunda vez que lo visité habló conmigo sobre las misiones, los jóvenes y los colegios. Después me concedió muchas indulgencias
para todos vosotros. Debemos dar mucha importancia a estos tesoros espirituales, que el Padre Santo nos ha concedido. Imprimiremos
estas indulgencias y se entregará a cada uno una nota con las que le pertenecen, para no olvidarlas durante el resto de su vida.

Y ahora, pasando de las cosas de Roma a nosotros, os digo que estoy muy satisfecho de encontrarme en medio de mis hijos. Yo
deseaba ardientemente estar con vosotros, y contaba los días, las horas y los minutos, mientras estaba lejos. íFinalmente ya estoy aquí!

"Qué más os diré? No es menester que os hable de las Pampas y de las Indias. No vayamos tan lejos, hablemos de cosas más próximas,
por ejemplo, de los ejercicios espirituales, que se harán después de la fiesta de María Auxiliadora, lo mismo para los aprendices que para
los estudiantes y para todos los que quieran tomar parte en ellos. Os animo a hacerlos bien, especialmente a los de los últimos cursos del
bachillerato, porque precisamente hacen los ejercicios para este fin, para decidir su vocación. Pidan mucho al Señor, para que puedan
conocer su santa voluntad, el estado a que son llamados, la carrera que deberán emprender. Sobre este tema os hablaré otras veces y daré
consejos en público y en privado.

Pero, además, deseo otra cosa. Tenemos que hacer algo ((218)) de gimnasia en el comedor. Bien está que en el patio corráis en hora
buena cuanto y como queráis pero también es bueno que cada uno tenga en el comedor una ocupación especial No digo que os pongáis
In cymbalis bene sonantibus (alegres o chispos), sino que haya
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algo más de lo ordinario, así en la comida como en la bebida, es decir, que hagamos como dice el adagio, o mejor la Sagrada Escritura:
Servite Domino in laetitia (servid al Señor con alegría). Para esto nos encomendaremos a don José Lazzero, para que él mismo escoja el
día que más le plazca para esta gimnasia. Nótese, sin embargo, que nosotros haremos que el cuerpo esté algo alegre y contento en lo que
justamente desea; pero hace falta que esté después bien dispuesto a obedecer al alma y a hacer todo lo que sea para su provecho.

Estamos ahora en la novena de María Auxiliadora y os ruego que la sigáis con fervor. Mirad: María tiene preparada para cada uno de
vosotros una gracia particular, con tal de que se la pidáis de corazón.

Tendría todavía muchas más cosas que deciros de Roma, del Papa y de las misiones; pero os las iré exponiendo poco a poco, durante
las noches que os hable; y no dudéis, os gustarán. Buenas noches.

Con fecha 24 de mayo dirigió una carta a los bienhechores de la casa de Niza, que generosamente sostenían aquella obra. En prenda de
gratitud les comunicó los favores espirituales, que para ellos había obtenido del Sumo Pontífice.

A los bienhechores y colectores de limosnas, del Patronato de San Pedro en Niza.

La piedad que vosotros, caritativos colectores, habéis manifestado en favor del Patronato de San Pedro, recién fundado en esa ciudad,
me ha conmovido realmente, y me hacía suspirar una ocasión propicia para daros siquiera una pequeña muestra de mi profunda gratitud.
Esta ocasión no tardó en presentarse, el día 3 de este mes, cuando me encontré en presencia del bondadoso Pontífice, el glorioso Pío IX.

El, pues, escuchó con paternal complacencia la exposición de las obras de celo, que vosotros prestáis al naciente instituto, que ya había
sido objeto de su inagotable beneficiencia, y de muy buen grado concedió los siguientes favores espirituales:

1.° La bendición Apostólica con indulgencia plenaria para el momento de la muerte a todos los que, con su caridad, concurren a fundar

o sostener ese patronato, que pretende favorecer y mejorar la clase más digna de atención de la sociedad civil. Estos favores se extienden
a las respectivas familias de los bienhechores.
((219)) 2.° A usted en particular, benemérito Señor..., Su Santidad le concede, con decreto de mayo de 1867, indulgencia plenaria
todas las veces que se acerque a recibir el sacramento de la santa comunión. A los sacerdotes les concede la misma indulgencia todas las
veces que celebren la santa misa.

3.° Estas indulgencias a manera de sufragio son aplicables a las almas del Purgatorio, excepto la de in artículo mortis, que es
puramente personal, y sólo se puede lucrar cuando el alma pasa de esta vida a la eterna.

4.° El clemente Pontífice dispensó otros favores, que le serán comunicados tan pronto como se compile la lista de los mismos y se
imprima.

Celebro poderle rendir de este modo un pequeño tributo de agradecimiento; le suplico tenga a bien seguir protegiendo y sosteniendo el
Patronato de San Pedro, al tiempo que le aseguro por mi parte que con los jovencitos beneficiados invocaré cada
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día las bendiciones del cielo sobre usted y todos sus allegados, profesándome con respeto,

De V.S.B.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

Dio una conferencia el 4 de junio, solemnidad de Pentecostés, y la dio después de las oraciones de la noche, en la iglesia de San
Francisco. Asistieron a ella profesos, novicios y aspirantes. Eran las diez cuando empezó; resultaba una hora incómoda para estas
reuniones.

El quería cambiarla, y ya había dicho que sería mejor pasarla a las seis y media de la tarde, tiempo en el que, por estar los muchachos
en el estudio, bastaba un solo clérigo o sacerdote para asistirlos. Pero en aquella ocasión, como había que repetir el Phasmatonices en la
sala de estudio transformada en teatro, los jóvenes estudiaban en las aulas, de suerte que se requerían siete asistentes por lo menos. Por
eso fue necesario, una vez más, dar la conferencia general a aquella hora de la noche.

Se reunieron ciento setenta. El Beato estaba cansadísimo, hablaba con dificultad y tan bajito que se temía le pudiera faltar la voz de un
momento a otro. Su cabeza parecía aún más cansada que su cuerpo.
Habló en estos términos:

Es bueno, mis queridos hijos, que nos reunamos de vez en cuando, para darme a mí la satisfacción de manifestaros ((220)) mis
pensamientos y mis deseos, y para que también vosotros podáis tener el gusto de oír la voz de un amigo cariñoso, de vuestro querido
padre, que tanto os ama. Hubiera querido reuniros más veces, especialmente antes de ir a Roma o inmediatamente después de volver de
allá; y sería bueno que nos reuniéramos con frecuencia, pero unas veces falta el tiempo y otras, digámoslo también, falta la salud... Y,
por eso, sólo hacemos lo que podemos.

Esta noche necesito comunicaros la verdadera finalidad de mi viaje a Roma y los resultados que se han obtenido. Os diré, ante todo,
que en Roma somos francamente bienquistos y que hemos sido recibidos óptimamente. Yo fui allí para obtener que la Santa Sede
concediese a nuestra Congregación los privilegios necesarios para poder trabajar libremente y con provecho por las almas; y se ha
obtenido mucho más de lo que se podía esperar. Todo lo que pedí fue concedido. Sinceramente os digo, que yo mismo estoy asombrado
al ver cómo nos colma el Señor de bendiciones, y casi diría nos abruma con sus gracias.

Para no decir ahora todo, he aquí algunas de las cosas principales obtenidas:

1.° Facultad para todos los directores de nuestras casas, no sólo para tener y leer libros prohibidos, sino también para conceder esta
misma facultad a cualquiera de sus súbditos. Por lo tanto, si un socio de la Congregación necesitase consultar un libro prohibido, podrá
hacerlo sin incurrir en ninguna pena espiritual.
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2.° Facultad al director de cada casa para bendecir medallas, rosarios y aplicar las indulgencias.

3.° Facultad a todos los sacerdotes para dar la bendición papal con indulgencia plenaria in artículo mortis.

4.° Con respecto al altar privado, privilegiado, etc., ya se obtuvo el año pasado.

5.° De hoy en adelante cualquier sacerdote de los nuestros, aun de nacionalidad extranjera, aprobado para confesar en una diócesis,
puede confesar y celebrar sin necesidad de más licencias en cualquier casa, colegio, hospicio de nuestra congregación; por ejemplo, si
viniese aquí a Turín un sacerdote de Génova, podría libremente ejercer todas las funciones sacerdotales en nuestras casas, aquí y fuera,
en los Oratorios festivos de San Luis y de San José.

6.° El Papa nos concedió también el derecho de poder hacer ordenar extra tempus, de manera que, si hubiese alguno que necesitara ser
ordenado de sacerdote y no fuera el tiempo de las ordenaciones, bastaría enviarlo a un Obispo y en tres domingos, sin necesidad de
escribir a Roma para las dispensas, le tendríamos sacerdote; con tal de que, evidentemente, posea las cualidades necesarias.

7.° Cada una de nuestras casas tiene los derechos parroquiales dentro de ellas; por consiguiente, autoridad para predicar, administrar
los sacramentos, llevar el Viático, hacer las exequias y todos los demás derechos, que pertenecen a las parroquias en cualquier tiempo y
lugar. Añadid a estos favores los ((221)) ya conseguidos otras veces y pensad cuán preciosos son. En conclusión, nos concedió
indistintamente todos los derechos que gozan las otras Congregaciones.

Añadid las indulgencias. En esto el Padre Santo fue generosísimo y no las concedió barún 1, con profusión. Se nos concedieron todos
los privilegios que tienen los Terciarios de San Francisco de Asís, y a nuestras iglesias todos los privilegios que tienen las iglesias
franciscanas, incluida la indulgencia de la Porciúncula. Y notad con cuántas otras indulgencias ya fuimos enriquecidos. Indulgencia
plenaria cuando uno da su nombre a la Congregación, cuando se hacen los votos trienales, los votos perpetuos, cuando se hacen los
ejercicios espirituales y cuando se renuevan estos votos al final de los mismos. Además plenaria para todos in artículo mortis.

Hay indulgencia plenaria todas las veces que hagamos el ejercicio de la buena muerte, es decir, una vez al mes; indulgencia plenaria en
todas las fiestas de la Virgen, que son más de treinta, en todas las fiestas de Nuestro Señor y de los apóstoles; asimismo, muchas otras
indulgencias plenarias en muchísimas circunstancias que, por brevedad, omito y más que nada la indulgencia plenaria para todos los
socios de la Congregación, cada domingo que confiesen o comulguen, y cada vez que comulguen.
Todas estas indulgencias se imprimirán en un manual a propósito, y se entregará a cada uno un ejemplar, para que conociéndolas y
poniendo la necesaria atención, podamos participar de tan gran tesoro de la Iglesia.

Demos grande importancia a estos tesoros, que tan pródigamente nos dispensó el Sumo Pontífice. Yo creo francamente que en cuanto a
indulgencias y favores espirituales, ninguna Orden religiosa o Congregación ha sido tan favorecida como la nuestra, que está todavía en
sus comienzos. El Papa concedió, además, a algunos de nuestros bienhechores el título de comendador, de caballero, de monseñor, etc.

Se acabaron también en Roma las gestiones para la Obra de María Auxiliadora, en la que el Papa tiene puestas grandes esperanzas, y
para la de los Cooperadores,

1 Barún. Término piamontés, para decir ''a porrillo''.
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cuyo reglamento se está imprimiendo y que pronto llegará a conocimiento de todos. El Padre Santo contempla con mucho agrado estas
obras nuestras y nos quiere tanto y se cuida tanto de nosotros que parece increíble. íCuántas otras cosas tendré que contaros a este
respecto! Mas por hoy ya es bastante. Apenas me presenté ante él, me dijo la mar de alegre:

-Sabed que estoy muy contento; sé lo que trabajan vuestros hijos, hago que me lean siempre las cartas de vuestros misioneros en
América, publicadas en la Unità Cattolica; veo que hacen mucho bien y experimento mucha alegría con ello.

Le pedí que, para resolver nuestros asuntos eclesiásticos en Roma, nos nombrase un Cardenal Protector, que defendiera ((222))
nuestras causas ante la Santa Sede, como tienen todas las Ordenes y Congregaciones, y me respondió sonriente:

-Pero "cuántos protectores queréis? "No os basta uno?

Así me daba a entender, que quiere ser él nuestro Cardenal protector. "Aún queréis otro? Al oír palabras de tanta bondad, le di las más
cordiales gracias y le dije:

-Padre Santo, diciendo eso Vuestra Santidad, yo no busco ningún otro defensor.

Después de hablar de muchas otras cosas, que concernían a las misiones, nos ofreció en las Indias varios Vicariatos Apostólicos los
cuales, por falta de operarios evangélicos, están a punto de extinguirse. Me ofrecía doce, en los que harían falta un Obispo y sacerdotes.

Y yo decía para mis adentros:

-Padre Santo, mis sacerdotes son todos muy jóvenes y, para estos asuntos, se necesitarían otros sujetos más entrados en años; sin
embargo es preciso que sepa que los más jóvenes, si no fueran capaces para otras cosas, son los que siempre salen mejor del paso en el
comedor...

Pero, como el Papa insistía en que yo aceptase uno de aquellos Vicariatos, pensé un momento la propuesta y le dije:

-Santidad, puesto que así lo queréis, acepto, pero necesito veinte meses de tiempo para preparar el personal necesario. Y los veinte
meses empezarán a contar desde el momento en que me envíen los documentos relacionados con aquel Vicariato.

El Papa lo aprobó e hizo pasar el proyecto al cardenal Franchi, Prefecto de la Congregación de Propaganda, por medio de su secretario.
Aquél, después de reunir en consulta a otros cardenales, dispuso que se me enviaran tales documentos lo antes posible.

Así pues, los que quieran ir a las Indias, tienen todavía veinte meses de tiempo. Pero tened en cuenta que estos meses no empiezan a
contarse ahora, sino desde el momento en que me sean enviados los documentos necesarios para este fin. Estos no llegarán seguramente
antes de septiembre. Tenemos, pues, dos años para prepararnos y en cuanto podamos encargarnos también de otros Vicariatos; allí están
ya preparados y esperando.

Pasando ahora a hablar de la Congregación, debo deciros que crece en ella el verdadero espíritu religioso, que como veis se multiplican
los socios, que crecen siempre en ellos las ganas de trabajar y asimismo aumenta la mies. Tan pronto como uno está capacitado y sabe
hacer algo, la divina Providencia le ofrece el puesto, donde tendrá oportunidad para sacar partido de su talento y de los conocimientos
adquiridos. íCuántos hay, por el contrario, que salen del seminario con los estudios terminados y no saben qué hacer ni adónde ir!
íCuántos comienzan una empresa y no saben llevarla a cabo! íCuántos comienzan con la mejor buena voluntad, mas, por diversas causas,
son apartados de su fin, que sin embargo buscaba ((223)) la gloria de Dios, y ven que su ministerio resulta infructuoso por las
maledicencias y las calumnias lanzadas

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contra ellos, y muchos, víctimas de la violencia, se ven obligados a desistir de la obra comenzada, y a huir del campo donde habían
llevado adelante sus trabajos! Lo mismo sucede con otras órdenes religiosas. Nosotros, por el contrario, vamos creciendo y en todas
partes son deseados y llamados los salesianos. Es algo que asombra; no se nos opone ningún obstáculo, ninguna dificultad. El Señor
quiere evidentemente confundirnos con sus dones. Repito que es algo que nos deja atónitos.

Es, a no dudarlo, el Señor quien nos quiere bendecir. El mismo quiere animarnos y enseñarnos el camino, y nosotros tenemos que
buscar cómo darle las gracias y corresponder dignamente a los muchos favores que se dignó concedernos.

Hablando yo con el Papa sobre Patagonia, le dije cómo se podría intentar acordonar Patagonia con una serie de colegios y separarla del
resto de América e internar en ellas a muchos hijos de los salvajes, los cuales, llegados a sacerdotes, podrían ir a convertir a sus padres,
hermanos y amigos. Después le di informes más detallados de nuestra misión y en particular: 1.° cómo en nuestro colegio de San Nicolás
ya se han aceptado jovencitos de familias salvajes, algunos de los cuales manifiestan una vocación decidida al estado eclesiástico; 2.°
cómo ya se está construyendo y preparando una casa en la última ciudad de la República, cerca de los confines de los patagones,
exactamente en territorio de los salvajes 1.

El Padre Santo manifestó una extraordinaria alegría al oír estas noticias, y, alzando las manos al cielo, exclamó:

-íBendito sea Dios! De este modo Patagonia evangelizará a Patagonia. Así se podrá olvidar el inconveniente de enviar misioneros a
lugares de lengua, usos y costumbres completamente diferentes. Tan pronto como se disponga de algunos sacerdotes de las familias de
los salvajes, creo que la conversión de Patagonia estará asegurada.

Os he mencionado estas cosas sólo brevísimamente, omitiendo muchísimas más. Aunque no os contara más que las principales, cada
uno de los puntos que he tocado necesitaría horas y horas de conversación, que ahora no puedo hacer.

Pero, antes de dejaros esta noche, tengo todavía que deciros dos palabras importantes. Nos protege el Padre Santo; todos nos aprecian;
se nos colma de gracias y favores, de privilegios de toda clase. Que esto sea también para nuestra gloria; pero tened en cuenta que el
Señor se servirá de nosotros mientras correspondamos a su querer y seamos merecedores de su favor. ((224)) En este momento tengo que
animaros mucho, muy mucho, a ser verdaderos salesianos. Debemos dar frutos de toda virtud, adornando con ellas nuestro corazón. Por
consiguiente, lo más importante que todos debemos hacer es estar siempre unidos con los vínculos de la perfecta obediencia. Sí, queridos
hijos, obedeced; y esta obediencia no sea sólo para las cosas que día tras día nos mandan los Superiores, sino obediencia a todas las
reglas y una obediencia pronta, espontánea, non coacte, sed sponte, y alegre. No hacer nunca nada contra ella. No suceda nunca que
alguno de nosotros obedezca, como dice el Apóstol, de modo que tengan que llorar los que deben mandar. Deseo, pues, que todos los
salesianos sean obedientes por amor a Nuestro Señor Jesucristo.

Una cosa más, y quisiera que se prestara a ella especial atención. Lo que debe distinguirnos de los demás, y ser el carácter de nuestra
Congregación es la virtud de

1 La palabra "salvajes" aquí y en otros lugares debe entenderse cum granulo salis, con su grano de sal, es decir, con prudencia y
reflexión. No todos los aborígenes, ni siquiera la mayor parte de ellos, vivían en estado salvaje o eran todavía infieles en Patagonia. Esto
explica cómo tan pronto se encontraron hijos de los patagones que daban esperanzas de llegar al sacerdocio.
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la castidad; que todos nos esforcemos para poseer perfectamente esta virtud y para inculcarla y plantarla en el corazón de los otros. Para
mí creo que se puede aplicar a esta virtud lo que se lee en la Biblia: Venerunt mihi omnia bona pariter cum illa. Con ella se tendrán todas
las demás virtudes; ella atrae a todas. Donde ésta no está, desaparecen las demás; es como si no existieran. Ella debe ser como el quicio
de todas nuestras acciones.

Debemos tenerlo profundamente grabado en la memoria: trabajemos de todas las maneras por ser de buen ejemplo a nuestros
muchachos; no suceda jamás en nuestra vida que un joven sea víctima del escándalo por parte de uno de la Congregación. No suceda
nunca que un salesiano pierda la virtud de la modestia y sirva de obstáculo a los demás con las palabras, los escritos, los libros, la
acciones. En los tiempos en que vivimos necesitamos una modestia a prueba de bomba y una castidad intachable.
Si amáis esta virtud tan delicada, tan primorosa, eritis sicul angeli Dei, seréis como ángeles. Los ángeles aman a Dios, le adoran, le
sirven. Amando esta virtud, vendrá a vosotros el santo temor de Dios, la paz del corazón; no habrá ya amarguras, ni remordimientos de
conciencia, sino un gran entusiasmo por todo lo que mira al servicio del Señor, y estaréis dispuestos a sufrir cualquier cosa por El. Si
poseemos esta virtud, estaremos seguros de que vamos por el recto camino, de que cada una de nuestras acciones, hasta la más pequeña,
será grata a Dios, sacaremos méritos inmensos de todo y estaremos seguros de llegar al premio inmortal de la patria celestial, al pleno
gozo de Dios.

Esforcémonos, pues, por alejar de nosotros hasta los pensamientos que puedan empañar esta virtud: toda mirada, toda caricia con
nosotros, con los demás; puesto que, lo repito, todos los otros bienes nos vendrán subordinados a esta virtud. Y lo que más ayudará para
poder guardarla celosamente es la obediencia en todo. Estas dos virtudes se complementan la una con la otra; quien guarda la exacta
obediencia, éste tiene la seguridad de guardar también el tesoro inestimable de la pureza.

((225)) Pidamos fervorosamente al Señor que nos la dé y nos la concederá, ya no necesitaremos nada más. Practicándola nos vendrá
del cielo todo bien, todo consuelo. Esta será el triunfo de la Congregación y la manera de agradecer a Dios tantos favores como nos ha
concedido.

Demos una ojeada final al diario de don Joaquín Berto. Vemos en él que don Bosco tuvo durante su estancia en Roma tres audiencias
pontificias; visitó a diez Cardenales, a diecinueve Prelados menores, a trece personas o comunidades religiosas, a doce seglares de
diversa categoría; fue dos veces a ver un local que pensaba comprar, pero que no adquirió, y sólo a dos iglesias, la pequeña de San
Benito y la recientemente restaurada de San Andrés "alle Fratte"; aceptó siete invitaciones para comer.

Qué negocios trató en sus visitas a Cardenales y Prelados, que duraron hasta dos y tres horas, no nos es posible saberlo a través del
esquemático diario. El Siervo de Dios guardaba habitualmente absoluta reserva sobre sus relaciones. Dijo en cierta ocasión que nunca se
sabrá todo lo que él hizo en Roma; en otra, después de su último viaje
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a París, dijo que en esta ciudad tuvo que resolver casos de tanta importancia que uno sólo de ellos hubiera justificado su viaje de Turín a
la capital francesa.

En sus cartas y en sus pláticas sólo manifestaba lo que podía producir buenas y saludables impresiones. Su conferencia del 4 de junio,
ya sea por lo que contó, ya sea por su manera familiar de hacerlo, como el padre que cuenta a sus hijos las glorias domésticas, causó un
efecto mágico en el ánimo de todos los que la oyeron, y los enardeció de entusiasmo.

En cuanto se esparció la noticia de su regreso, fueron muchas las personas de consideración que acudieron a ver a don Bosco. No
siempre eran visitas de pura cortesía; puede calcularse, al menos por algunas de ellas, que se desarrollaron en presencia de hermanos. El
día 18 se presentó monseñor Durio, canónigo de Novara; era un hombre de letras, con fama de algo liberal. Llegó hacia el final de la
comida y, como de costumbre con los que llegaban a aquella hora, fue recibido en el comedor; se entretuvo ((226)) bastante tiempo con
el Beato, paseando bajo los pórticos. Un poco más tarde llegó el obispo de Susa, el cual estuvo hablando con el Siervo de Dios, algo más
de tres horas. Debían ser asuntos graves, porque don Bosco solía ser expedito en el despacho de las cuestiones, lo mismo a la hora de
tomar deliberaciones, que a la de dar consejos. Por causa de esto y pese a la promesa de alguna visita y la necesidad de resolver algún
negocio, tuvo que renunciar a ello por aquella tarde.

También el 19 se presentó, acabada la comida, el doctor Bacchialoni, profesor en la Real Universidad, que era muy amigo del Beato.
Durante la ausencia de don Bosco había fallecido la benemérita señora Eurosia Monti, dejando buena parte de sus haberes al Oratorio y
nombrando albacea a Bacchialoni. "Quién no esperaría que don Bosco se apresurase a darle audiencia? En cambio, después de tomar
café, comenzó a hablar con él y con todos los presentes de Patagonia y de la satisfacción del Papa por aquellas misiones, dedicándose a
hablar de geografía, de posición astronómica, de condiciones físicas, de historia del descubrimiento, de intentos misioneros, de los
habitantes y de sus usos y costumbres, de sus planes, alargándose casi una hora y con todo lujo de detalles, como si no hubiese hecho
nunca otra cosa más que dedicarse a estudios patagónicos. Puede muy bien darse que aquel señor supusiese a don Bosco ansioso por
conocer el testamento, sobre todo por las sorpresas en él introducidas a última hora y que ya habían sido notificadas a don Bosco; pero,
ante esta hipótesis, tuvo el profesor amplia oportunidad para darse cuenta, si todavía no se había percatado
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de ello, de cuán desasido tenía don Bosco su corazón de los bienes de la tierra.

El cronista no se fija en esto; pero en compensación nos regala esta observación: "Lo admirable es que, cuando don Bosco quiere hacer
algo, parece que no tenga otra cosa que hacer, cuando por el contrario le esperan mil cosas más; él indaga sobre lo que está haciendo,
escudriña, investiga, habla de ello, pide pareceres, añade a sus conocimientos los de los demás. En los recreos no habla de otra cosa,
quiere que los demás se compenetren de sus ideas y entabla con ellos ((227)) animada y útil conversación... Sin embargo, tan pronto
como se encuentra en su estudio, abandona enteramente la idea dominante, que antes lo tenía absorto, y con toda tranquilidad da curso a
cien otros negocios diversos".

Cuando terminó el tiempo del recreo quedóse a solas con el profesor, y entonces pudo hablarle del enredo por el que había ido. Y anota
de nuevo el cronista: "Don Bosco quiere que vayan a parar a él todas las cosas. Ninguno de sus sacerdotes, salvo un poco don Miguel
Rúa, se inmiscuye nunca en los asuntos".

A las seis de la tarde salió por primera vez del Oratorio para ir a visitar a la condesa Callori convaleciente; pero no fue solo. Como
solía hacer, cuando quería hablar pausadamente con alguno de la casa, llevóse consigo al coadjutor Pelazza, jefe de la tipografía, y al
coadjutor Barale, jefe de la librería, y fue hablando con ellos sobre temas editoriales. Iba reanudando poco a poco en el Oratorio sus
contactos individuales de confesor, padre y amigo, interrumpidos por la ausencia, y difíciles de substituir por nada ni por nadie.
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((228)
)

CAPITULO VII

EN LA NOVENA Y FIESTA DE MARIA AUXILIADORA

PREDICO aquel año la novena de María Auxiliadora el reverendo Fogliano, piadosísimo sacerdote de Biella, que gustaba mucho a don
Bosco. Picados por la curiosidad de saber cuáles eran las dotes, que tanto encomiaba el Beato en el predicador, trabamos conversaciones
sobre él con el llorado padre Caracciolo, superior de los Filipenses en Turín. En cuanto oyó su nombre, aunque sin saber la intención del
que lo había pronunciado, exclamó:

-íAh, don Fogliano! íLo recuerdo, lo recuerdo! Le oí predicar cuando yo era un muchacho y le oí con mucho gusto, porque exponía
claramente la doctrina, presentaba ejemplos bonitos, los contaba con arte, y hablaba despacio como don Bosco.

Era precisamente ése el método de predicación que don Bosco quería.

Un día se comentaban aquellos sermones. Y don Bosco manifestó su satisfacción porque, como él dijo, siempre había en ellos la
narración de alguna gracia obtenida por intercesión de María Auxiliadora. Y añadió que un día, estando en Roma, entró casualmente en
una iglesia en la que se estaba acabando el sermón y oyó al predicador que nombraba a don Bosco y narraba uno de los hechos
publicados en su libro María Auxiliadora, con la narración de algunas gracias.

-Aquí en Turín, observó don Julio Barberis, se habla poco de estos hechos, que se pueden considerar como cosa nuestra; y, sin
embargo, me parece sería conveniente que ((229)) se divulgasen más, cuando se habla y se predica. Tenemos un tesoro y no lo ponemos
a la vista del público.

íNi soñar con sacarlo a la vista!

Aquel opúsculo levantaría la tempestad descrita en el capítulo XIX del undécimo volumen. Puesto que el hecho narrado por el
predicador romano pertenece a la biografía de don Bosco, es oportuno exponerlo ahora que se presenta la ocasión.

Fue a ver a don Bosco un médico famoso en su arte, pero descreído, y le dijo:
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-Oigo decir que usted cura cualquier género de enfermedades.

-"Yo? íNo!

-Sin embargo, me lo han asegurado, diciéndome incluso el nombre de las personas y el género de enfermedad.

-Le han engañado. Se me presentan, es verdad, personas deseosas de obtener semejantes gracias, para sí mismas o para sus conocidos,

por intercesión de María Auxiliadora, haciendo triduos o novenas u oraciones, con la promesa de cumplir alguna obra buena, si obtienen
la gracia; pero en estos casos las curaciones se efectúan por obra de María Auxiliadora, y no ciertamente por virtud mía.

-Pues bien, cúreme también a mí, y yo también creeré en estos milagros.

-"Qué enfermedad le aqueja?

El doctor padecía de epilepsia. Hacía un año que eran tan frecuentes los ataques que no se atrevía a salir de casa sin ir acompañado.
Las medicinas no servían para nada. Sitiéndose empeorar cada día más, iba a don Bosco con la esperanza de obtener finalmente la
anhelada curación.

-Bueno, le dijo don Bosco, haga usted también lo que los otros.

Arrodíllese, recite conmigo algunas oraciones, dispóngase a limpiar el alma con los sacramentos de la confesión y comunión, y verá

cómo la Virgen le consolará.

-Mándeme otra cosa, porque no puedo hacer lo que me dice.

((230)) -"Y por qué?

-Porque sería una hipocresía. Yo no creo en Dios, ni en la Virgen, ni en oraciones, ni en milagros.

Don Bosco quedó consternado. Sin embargo, merced a la gracia de Dios logró que el incrédulo se arrodillara e hiciera la señal de la

cruz. Después se levantó y dijo:

-Me asombro de haber sabido todavía hacerla después de cuarenta años que no la hacía.

Prometió además que se prepararía para confesarse.

Y cumplió la palabra. En cuanto se confesó, tuvo la impresión de estar curado. En efecto, ya no se le repitieron los ataques epilépticos,
mientras que antes, al decir de sus familiares, eran tan frecuentes y terribles que hacían temer un fatal desenlace. Algún tiempo después
fue a la iglesia de María Auxiliadora, se acercó a la sagrada mesa y no quiso ocultar su satisfacción por haber vuelto de este modo de la
incredulidad a la fe.

En la tarde que precedió al triduo, don Bosco estuvo durante mucho tiempo confesando, por lo que fue tarde a cenar. Advierte aquí el
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cronista que su refección era "una especie de cena", que consistía, las más de las veces, en "un plato de sopa y un vasito de vino". Se
entretuvo después, hasta eso de las once y media, hablando de la gran fiesta que se acercaba y de la Patagonia.

El primer día del triduo, domingo, hubo una doble alegría; junto con el Patrocinio de san José, cuya solemnidad exterior, como ya se
dijo, había sido trasladada, se celebró también el regreso de don Bosco. Sirvióse la comida en la biblioteca; sentáronse a la mesa, además
de los jefes de taller, varios invitados más, entre los cuales estaban los profesores Pechenino, Terreno, Allievo, Lanfranchi y
Bacchialoni. Y se lee en la crónica: "Estas comidas de familia hacen mucho bien". Se daban con relativa frecuencia, precisamente
porque contribuían mucho a mantener relaciones amistosas con distinguidos personajes, máxime eclesiásticos y profesores. A estos
últimos hacíanseles especiales invitaciones, cuando se trataba de seleccionar los autores para la Biblioteca de la juventud ((231)) italiana.
Estas comidas se preparaban sin regatear gastos, de suerte que, aun sin ostentación ni derroche, los convidados quedaban satisfechos.

Aquella tarde presidió don Bosco la velada de los aprendices que se había trasladado junto con la fiesta litúrgica, porque se deseaba
que asistiera a ella el padre querido. Se intercalaron números musicales y poesías, que agradaron mucho, con unos graciosos diálogos,
cuyos interlocutores representaban los diversos oficios de la casa. Comenzaron los zapateros. Apareció uno con un par de zapatos rotos
en la mano y se encontró con otro que llevaba un par de zapatos nuevos. Se saludaron y, después, el primero fue explicando con los
términos apropiados italianos cómo se remiendan los zapatos. Vio luego los zapatos nuevos del otro y preguntó detalles sobre los
mismos. El segundo zapatero se los fue dando. Hasta que, por suerte, llegó un tercero, que hizo más vivo y chistoso el diálogo,
llevándole a una conclusión. Un segundo grupo representaba a los sastres y un tercero a los cerrajeros, y así sucesivamente. El
pensamiento moral daba el tono a cada diálogo, invitando al perezoso a trabajar mucho, determinando al negligente a poner más atención
y decidiendo al parlanchín a ser más moderado en el hablar. Los sentimientos cristianos iban brotando por uno y otro lado prestando
colorido al diálogo. Así, por ejemplo:

-Ea, más le tocó sufrir a san José cuando huyó a Egipto, que no a ti.

-íHabría que ver lo que tuvo que sudar!

-Jesús obedecía a san José más deprisa de lo que lo hacemos nosotros.
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Y siempre acababan con una oración al Santo, arrodillándose ante su imagen.

Quedó don Bosco tan satisfecho, que, al cerrar el acto, habló como rara vez lo hacía:

-Me gustaría que todos los días se hicieran veladas así, con diálogos parecidos a los de hoy. Yo procuraría, dentro de mis posibles,
asistir a todas. Me gustan más que ninguna otra. Repetidlas más veces y yo me daré el gusto de estar entre vosotros.

Después recomendó a don José Lazzero que se guardaran aquellos diálogos, para repetirlos en otras ocasiones.

Aquel mismo día tuvo una contrariedad. Deseoso ((232)) de que los alumnos de Alassio fueran al Oratorio para la fiesta de María
Auxiliadora, había pedido al Director General de los Ferrocarriles del Norte de Italia que les concediera una rebaja del setenta y cinco
por ciento, para la ida y para la vuelta; pero se lo negaron, porque ya disfrutaban del cincuenta por ciento y eso era bastante.

La situación de la Iglesia y del Papa se hacía cada vez más dura en toda Italia, y por ello los buenos sentían la necesidad de redoblar
sus oraciones a la Santísima Virgen para implorar su poderosa ayuda. El 1876 el cardenal Patrizi, Vicario de Su Santidad en Roma,
animó a los fieles con una Invitación sacra especial a celebrar con fervor el triduo y la fiesta de María Auxiliadora en la iglesia de Santa
María sobre Minerva, regentada por los Dominicos. Tras describir las aberraciones de los impíos, se dirigía a "los Romanos", que eran
"verdaderos católicos por la fe y por las obras", diciéndoles: "Este es para nosotros el momento oportuno para rezar y arrepentirse,
implorando el auxilio de María Santísima, cuya fiesta, bajo el título de Auxilium Christianorum, está próxima. Esta circunstancia nos
recuerda su patrocinio, que nunca faltó a la Iglesia ni al Pontificado Romano". Enumeraba a continuación las prácticas piadosas del
triduo, publicaba las indulgencias especiales concedidas por el Padre Santo, y concluía diciendo: "Sirva esta oración de leve reparación a
las gravísimas injurias y blasfemias que con horror de todos se lanzan diariamente contra María Santísima".

En las memorias del tiempo encontramos otro documento firmado por el marqués Andrés Lezzani y fechado: "En Roma, el día 24 de
mayo, consagrado a María Inmaculada bajo el título de Auxilio de los Cristianos, 1876". Era una norma, con la que la juventud católica
romana proponía a todos los católicos italianos celebrar el día 17 de enero de 1877 el quinto centenario del regreso de los Pontífices de
Aviñón. También la Unidad Católica, heraldo de los católicos italianos,
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hacía un llamamiento en el mismo tono, recordando que en "tan hermoso día" por todo el mundo católico se renovaba ((233)) la alegría
experimentada por los Romanos, cuando el 24 de mayo de 1814 el Papa Pío VII ``después de cinco años de prisión'' había vuelto a Roma
como Pontífice y Rey".

Esta fiesta anual se hacía cada año más popular en Turín y se celebraba cada vez con más fe y piedad. El Beato contemplaba una
extraordinaria afluencia de gente. Muchos entraban en la sacristía para recibir la bendición de don Bosco, según decían ellos; y para
recibir la bendición de María Auxiliadora, según decía él. Unos daban gracias a María Auxiliadora por los favores recibidos, otros le
suplicaban favores que esperaban recibir, y eran muchos los escuchados. En dos opúsculos de las Lecturas Católicas, correspondientes al
mes de mayo de 1877 el uno, y el otro a mayo de 1878, se leen hasta cincuenta y nueve relaciones de gracias recibidas en 1876; pero
ícuántas otras hubo que no se encuentran registradas en ellos!

Narraremos una en la que participó don Bosco. El señor Mazzucco de Turín, de ochenta y dos años de edad, se puso enfermo de tanta
gravedad que el médico declaró imposible su curación. Su hija Marcelina, angustiosamente afligida, fue a la iglesia de María
Auxiliadora, rezó a la Virgen y pidió a don Bosco una bendición para su padre. Don Bosco condescendió de buen grado a su petición y
le dijo al despedirla:

-La bendigo a usted por su padre. A partir de hoy hasta la fiesta del Corpus rece cada día tres padrenuestros, avemarías y glorias en
honor del Santísimo Sacramento, y una salve a la bienaventurada Virgen María, y tenga usted la seguridad de que la Virgen le obtendrá
la gracia.

La hija volvió a casa contenta; pero, como no se veía la suspirada mejoría, volvió a presentarse hondamente afligida a don Bosco, el
cual le contestó:

-Pero aún no se ha acabado el tiempo de nuestras oraciones; queda todavía la novena del Corpus, que empieza hoy mismo. Recemos,
pues, con fervor y esperanza. Tenga confianza; y después deje hacer a la Virgen.

Tal como él lo había anunciado, así sucedió: ((234)) el día del Corpus por la mañana el anciano se encontró perfectamente curado.

El Oratorio se encontraba, como solía decirse en la jerga familiar, en Terracina, esto es, con los mayores apuros económicos 1. Hacía
mes

1 Terracina, población de Italia, al SE de Roma, junto al mar Tirreno, políticamente unificada
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y medio que don Bosco no limosneaba por Turín, y en Roma no había tenido tiempo o había considerado inoportuno el hacerlo. Y, sin
embargo, le tocaba resolver la situación. Reanudó sus salidas la antevíspera de la gran fiesta de María Auxiliadora por la mañana; a eso
de las diez fue a buscarle con su carroza el barón Bianco de Barbania.

Era el Barón un magnífico ejemplar de caballero. Pertenecía a una de las familias más nobles del Piamonte, era alto de estatura y de
recia constitución, de carácter jovial y franco, sin pelos en la lengua con quienquiera que fuese, y tenía la más sincera amistad con don
Bosco.
Aquella mañana se llevó sin duda de paseo al Beato, el cual no volvió a casa hasta muy tarde y no con las manos vacías.

"Quién podría describir la creciente animación en casa al aproximarse la gran fiesta? La banda de música y los coros prolongaban sus
ensayos hasta de noche. Los maestros de ceremonias ensayaban al clero infantil en las horas del recreo, y en otros tiempos adiestraban al
numeroso grupo de clérigos para ejecutar bien sus papeles en las sagradas funciones. Secretarios improvisados escribían direcciones en
sobres, que contenían cartas de invitación, y se enviaban en su gran mayoría a personas de consideración y a los bienhechores. Además
un ir y venir de pintores, de obreros del gas, de decoradores de la iglesia, de carpinteros, que armaban mesas petitorias. Don Miguel Rúa
reunió repetidas veces en conferencia a los Superiores del Oratorio, para disponerlo todo de antemano y así evitar los posibles
desórdenes que pudieran surgir. Advierte la crónica: "Siempre que hay que celebrar una fiesta o hacer algo importante, nos reunimos en
capítulo o conferencia, como se la quiera llamar". A estas sesiones se invitaba también a los coadjutores, que tenían competencias e
incumbencias notables.

Después de lo dicho hasta aquí, huelga añadir que en la víspera la alegría de los muchachos rayaba en frenesí. Aquella ((235)) tarde
debía haber lectio brevis, y, a duras penas, si se pudo hacer brevíssima.
Llegaban Directores y representantes de los colegios; llegaron también monseñor Masnini, secretario del Obispo de Casale, y el cónsul
Gazzolo, recién vuelto de América. La presencia de muchos sacerdotes seculares y la noticia de que habían venido algunos señores
suizos con el único fin de cumplir sus devociones religiosas en la iglesia de María

después de 1870. En la intención humorística significaba que las condiciones económicas andaban por los suelos: referencia al estado,
desastroso económicamente, en que se encontraba el recién estrenado reino de Italia en sus primeros decenios.
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Auxiliadora, hizo que el buen cronista escribiera: "No me extraña que, a la vuelta de pocos años (esta iglesia), se convierta en centro de
grandes peregrinaciones".

El Siervo de Dios concedió audiencia a una muchedumbre de personas, sin lograr despacharlas antes de la una de la tarde. Un
telegrama de Génova le avisaba de que dos nobilísimas damas llegarían a las dos y comerían en el Oratorio. El las aguardó, siempre
tranquilo y afabilísimo.

Fue a cenar cuando acabó de confesar, que fue muy tarde. Allá le estaba esperando Gazzolo. El cónsul argentino había leído en la
Unidad Católica las cartas de los misioneros; también había seguido sus pasos en otras publicaciones análogas; pero había quedado mal
impresionado y necesitaba desahogarse. íSe hacía poca mención de él!

Ya se lo había manifestado a don Juan Bautista Francesia; pero no le bastaba.

Así que lo vio don Bosco se descubrió, lo abrazó y lo besó. íNunca se le había visto permitirse tales demostraciones! Después le sentó
a su lado, le dedicó los más amables títulos, atribuyéndole todo el mérito de la empresa tan felizmente lograda y, aunque rendido de
cansancio hasta no poder más, prolongó la conversación más de una hora. No consintió nunca don Bosco que nadie se despidiese de él
con una gotita de amargura en el corazón.

El día de la fiesta comenzaron muy temprano las misas y las comuniones, que duraron hasta cerca de las diez. Los alumnos de
Valsálice asistieron a la misa de comunión general. La música, observa la crónica, "fue menos ruidosa que en años pasados, pero se
ejecutó con más exactitud". ((236)) La escolanía creada y formada por don Juan Cagliero se lució también en ausencia del maestro, por
lo bien que había sabido adiestrar a los alumnos y prepararse un excelente sustituto con Dogliani. Es digno de notar lo que se lee en la
Invitación a la fiesta: "En el Himno ha querido el autor evocar con notas musicales la célebre victoria de los Cristianos en Lepanto con la
ayuda de María Auxiliadora". En efecto la dramática ejecución fue llamada sin más por el pueblo la batalla de Lepanto. Era el estilo de
música religiosa de entonces. Toda la música fue repetida el día 25, solemnidad de la Ascensión, con una afluencia de gente aún mayor y
con un número de comuniones algo menor, ya que era día festivo.

Don Bosco, apenas terminó su misa, se vio rodeado por unas cincuenta personas, que querían ser bendecidas, y lo entretuvieron una
hora y media. Estaba tan cansado por el ajetreo de los días anteriores,
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que cuando se vio libre ya no podía más y hasta hablaba con dificultad; pero caminaba tranquilo y sereno. Quien le observó de cerca en
aquellos días no pudo contener la admiración al ver cómo sabía tomar parte en todas las conversaciones, mantenerlas vivas y animadas y,
lo que más cuenta, encaminar a buena parte, hasta temas frívolos, como maestro que era en el arte de encauzar a su gusto cualquier
conversación. Sus narraciones parecían espontáneas y surgidas por las palabras de los otros, cuando, por el contrario, eran intencionadas
expresamente para encarnar las ideas, que él deseaba grabar profundamente en el ánimo de los oyentes. Nadie se daba cuenta de este su
arte, que recordaba al antiguo prestidigitador, que poseía el secreto de atraer y dominar los espíritus para producir en ellos efectos
saludables.

Pero no discurrió sin nubes la solemne jornada. En las funciones de la mañana había celebrado el ya nombrado monseñor Masnini. Se
había invitado al Arzobispo y no aceptó; se le pidió permiso para invitar a algún otro Obispo y no lo concedió. Pero el pueblo, que nada
supo ((237)) ni pudo sospechar, no advirtió la ausencia de un Obispo, porque el celebrante, vistiendo el hábito morado y haciendo uso de
la palmatoria, cándidamente fue tenido por obispo. Pero la cosa no salió bien librada; en efecto, llegó al punto la fulmínea prohibición de
que se repitiera aquella intervención del prelado en las vísperas. Y al día siguiente llegó una carta dirigida al "Señor Prefecto de la Casa
del Oratorio de don Bosco", en la que se decía: "Su E. Rvma., el señor Arzobispo me encarga advertir a V. S. muy Rvda., el vivo
disgusto que experimenta al saber que ayer en la iglesia de María Auxiliadora se permitió celebrar solemnemente a un sacerdote
extranjero y además con hábitos prelaticios, sin haber obtenido antes permiso explícito del señor Arzobispo, según está prescrito para no
contravenir las leyes eclesiásticas; y tanto más cuanto que va contra la constante costumbre de esta Archidiócesis, que un eclesiástico, no
obispo, use en la celebración de los ritos sagrados, solemnes o no solemnes, ningún hábito prelaticio, como consta por el hecho de
algunos sacerdotes de esta Archidiócesis, condecorados con el título de Monseñor y más o menos con los honores anejos a este título,
que no lo usan nunca porque les falta el permiso del Arzobispo. Por esto recuerda Monseñor a V. S. y a sus hermanos (que) melior est
obedientia quam victimae: (I Reg. XV, 22) y espera que de hoy en adelante no tendrá que dar esta queja a V. S.".

Para decir todo lo que se refiere a este litigio, debemos añadir todavía que monseñor Santos Masnini, por deferencia a la autoridad,
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se había presentado a pedir el permiso, pero no se le concedió audiencia 1.

Corre pareja con este documento una ordenanza del 2 de junio, en la que se notificó a don Bosco "que ninguno de los sacerdotes recién
ordenados de esa Congregación (salesiana) y domiciliado en sus casas, sea enviado a celebrar la primera misa, ni las siguientes, por lo
menos durante los primeros quince días, en ninguna de las parroquias de la Archidiócesis de Turín".

((238)) Mientras recibía don Bosco estos "disgustos", un Obispo del Sur de Italia rogaba al Ordinario de Turín que le transmitiera en
su nombre las palabras de aprecio. Se trataba del Obispo de Santa Agueda de los Godos, el cual habiéndose enterado por el Obispo de
Castellamare "de que el ilustre sacerdote don Juan Bosco había publicado un compendio de Historia Eclesiástica", y no conociendo la
dirección de "dicho celoso sacerdote", rogaba a su Arzobispo que le enviara, por el momento, al menos veinte ejemplares, ya que era su
intención animar a sus sacerdotes jóvenes a leerlo y difundirlo en la diócesis. El Arzobispo cumplió puntualmente el encargo por medio
de su secretario.

El fervor de piedad, que inflamaba a todos durante la novena de María Auxiliadora, influyó saludablemente en el ánimo de un
protestante, huésped del Oratorio, y maduró su deseo de conversión. Es una historia interesante, que nos proporciona la ocasión de
conocer una nueva faceta del multiforme celo de don Bosco.

Guillermo Hudson, hijo de padres protestantes y educado en el calvinismo, fue a Suiza para estudiar lenguas modernas. Frisaba los
veinte años. Las acusaciones que allí oía continuamente contra el catolicismo despertaron en él la curiosidad de conocer más a fondo la
doctrina católica. Cuanto más estudiaba el problema, más fuertes eran las dudas que le acometían en torno al valor del protestantismo.
Dios, en su bondad, hizo que contrajera amistad con un ferviente católico, al que confió sus dudas religiosas, manifestándole también la
intención de ver la práctica del catolicismo en Italia. Empezaron a buscarle aquí una familia, donde pudiese colocarse como preceptor;
pero, carta va y carta viene, no se llegaba a ninguna conclusión. Entonces el amigo le habló de don Bosco, diciéndole que seguramente lo
recibiría. Escribió, pidió las condiciones, fue, e ingresó en el Oratorio. Aquí lo esperaba la gracia de Dios.

1 Monseñor Masnini, envió desde Casale pocos días después sus justificaciones. (Véase, Apéndice, doc. 14).
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Pero no fue una victoria repentina; más aún, después de las dos primeras ((239)) semanas de entusiasmo y buena voluntad, recayó en
su indiferencia; olvidando el motivo que le había llevado al Oratorio y conformándose únicamente con aprender otra lengua, se engolfó
en el estudio del italiano, sin cuidarse ya de cosas de religión. Pero don Bosco, que lo había estudiado de cerca, abrigaba buenas
esperanzas, evitando sin embargo precipitar el asunto. El 28 de marzo, hablando de él con don José Bologna, prefecto externo, le dijo:

-Yo le he hablado claro y le he dicho que aquí nadie le obligaba a cambiar de religión y que seguiríamos tratándole con toda caridad,
cualquiera que fuese su decisión; que, si se hacía católico, le consideraríamos como hermano y nada le faltaría mientras estuviese con
nosotros; pero que, lo mismo que ya había dicho a otros se lo repetía a él, que si salía del Oratorio yo no me obligaba a nada, en
absoluto. Y dije eso para que no se quejase después, diciendo que los católicos lo habían abandonado: en tal caso él mismo haría su
elección y volvería a las condiciones de antes. El joven escuchó mis razones y me contestó en tales términos que me dejaron
completamente satisfecho. Ahora tú, Bologna, síguele los pasos para que aprenda bien el catecismo y asista asiduamente a las oraciones
que se rezan en común, y dale las explicaciones que te pida.

Los hechos dieron la razón a don Bosco: la gracia de Dios sacudió al joven de su letargo y se rindió. Sucedió una mañana de la novena.
Estaba él solo en una aula, tocando el violín, cuando sus ojos se detuvieron en la estatuita de María Auxiliadora, colocada en un
altarcito. La había visto otras veces, pero sin poner atención en ella; en cambio en aquel momento se agolparon a su mente unos
pensamientos nuevos. Duda y certeza, fe e incredulidad se alternaban apremiando una tras otra su espíritu agitado, hasta que se hizo esta
pregunta:

-"Pero por qué tanto amor, tanta devoción, tantas oraciones, tantos sermones, tantos libros, tantas promesas por María Santísima?

Durante algunos días rezó y meditó; cada vez le parecía más atrayente la piedad hacia la Virgen, por la que se sentía ((240)) invitado y
casi empujado a hacerse católico y devoto suyo. Por fin, fue a hablar con don Bosco, le descubrió su estado de ánimo y le manifestó su
intención de ser bautizado cuando él quisiera. El consentimiento no se hizo esperar. Entonces se preparó con toda seriedad hasta que
llegó el día suspirado. Monseñor Gastaldi concedió a propósito a don Bosco las necesarias facultades con un rescripto 1.

1 Véase Apéndice, doc. 15.
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El neófito recibió el santo bautismo el día 4 de junio y escribió: "Hoy, hoy mismo se borraron todos mis pecados, hoy he renacido en
las aguas del santo bautismo y me he hecho fuerte e intrépido, dispuesto a levantar mi frente serena e impávido ante todos los infieles,
cismáticos, herejes y paganos, que me hagan frente. Hoy me reconoció la Santísima Virgen como hijo suyo, hoy he prometido amarla e
invocarla como Madre mía tiernísima; hoy recibí a su Jesús y prometí seguirlo a costa de cualquier peligro. Con la gracia de Dios me
mantendré firme en la fe católica, unido estrechamente al Vicario de Jesucristo, el infalible Pío IX, y elijo la más cruel de las muertes,
antes que apartarme lo más mínimo de las promesas que hoy hago" 1.

Y no era humo de pajas. Fue a América, alcanzó allí una buena posición y quiso entrar como profesor de literatura inglesa en un
colegio católico irlandés, para cuyo fin necesitaba un certificado de su conversión al catolicismo. Lo pidió por medio de un tío suyo, el
cual escribió el 17 de noviembre de 1892 a don Miguel Rúa desde Brunswick, recordándole que, "bajo la dirección del santo don Juan
Bosco", su sobrino se había "convertido al catolicismo sin coacción de ningún sacerdote o religioso" sino después de haber tenido "una
visión".

Eran frecuentes los casos de protestantes, que iban al Oratorio para convertirse; y, aunque no todos volvían al redil, siempre sacaban
mucho provecho. Este tema de protestantes y conversiones nos induce a recordar aquí ((241)) un pequeño detalle, que ayuda a conocer el
espíritu de don Bosco. Un protestante de Florencia pidió a fines de marzo hacer la abjuración en el Oratorio y quedarse en él; pero el
tono de la carta daba pie para temer que actuaba por interés, y que ocultaba algún engaño. Por tal motivo don Miguel Rúa, que fue el
encargado de contestarle, empleó un lenguaje algo fuerte. El protestante volvió a escribir al Beato con cierto resentimiento y dándole
seguridad de su buena intención. Entonces don Bosco le dijo a don Miguel Rúa, mientras paseaba con él después de la comida, y tras
manifestarle su parecer acerca de diversos asuntos:

-A los novatos en materia de religión e incapaces de hacer un acto de virtud, cuando reciben una ligera ofensa, hay que contestarles
siempre con bondad, aun cuando se tema con fundamento que llevan segundas intenciones o que quieren engañar.

Después le esbozó por entero la carta de respuesta, para lo que era admirable; siempre que ordenaba escribir a una persona de
consideración,

1 Unità Cattolica, n.° 136, 10 de junio de 1876.
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indicaba al instante los conceptos, la manera de desarrollarlos y hasta la expresiones.

Apagados los ecos de las fiestas, volvió el orden y tornó la regularidad al Oratorio. Don Miguel Rúa, según su costumbre, reunió a
todos los que habían estado al frente de algo, para que cada uno expusiese los inconvenientes que había encontrado y sugiriera los
remedios para el porvenir. Se compiló como de costumbre una breve memoria, para ser leída en mayo de 1877.

Bastaría este detalle para tapar la boca a quien, mirando las cosas desde fuera y viendo métodos tan diversos de los acostumbrados,
murmuraba de desorden. Movimiento, incluso agitación, pero siempre bajo la mirada observadora de los Superiores inteligentes, celosos
y amados, que dominaban aquel aparente barullo, regulando alegrías y previniendo jolgorios. De las observaciones consignadas en la
memoria, entresacamos solamente estas dos:

"3.° Conviene estudiar la manera de asistir a los muchachos en la iglesia, clase por clase, y que, al señalarles el puesto en la víspera,
esté presente algún superior.

"4.° Don Bosco manifestó el deseo de ((242)) que se dejase ir a los forasteros a la sacristía, al coro, de modo que todo estuviese lleno
de gente".

Una cosa más. Desde Borgo San Martino, pueblo de las fresas, don Juan Bonetti había enviado a don Bosco para la fiesta de María
Auxiliadora un regalo de este dulce y oloroso fruto de la estación; este envío se convirtió en tradicional y siguen haciéndolo todavía los
directores de aquel colegio. El Beato se lo agradeció con una carta, en la que, aprovechando la ocasión, enviaba una buena palabra para
todos y daba por último una importante noticia de la agradable fiesta.

Queridísimo Bonetti:

Muy bien por tu carta. Las fresas resultaron más sabrosas por su pequeña cantidad; y fue muy grande su significado. Ya veremos. Me
ha escrito el clérigo Anzini 1; dile que puede hacer como escribió y que yo estoy de acuerdo, porque pronto llegará a hacer milagros.
Salúdale de mi parte.

Para junio espero darme un paseo para entretenerme unos días con mis queridos hijos de San Martino, de quienes tanto he hablado al
Padre Santo y con quienes espero consolarme, pues estoy convencido por lo que me dices, de que encontraré a la mitad santos y a la otra
mitad en camino de serlo.

Porque te digo que la más consoladora noticia que me das es la de que nuestros muchachos son estudiosos y virtuosos.

1 Véase Volumen XI, pag. 297.
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Entre tanto di a mi amigo Adamo 1 que el tiempo de los calabacines se acerca y tan pronto como pueda prepararme un plato de ellos,
que me lo escriba e iré enseguida a veros.

A Tamietti, que no estoy satisfecho de él, mientras no se haya hecho con las tres eses 2, pero todas mayúsculas. Salúdalo
cariñosamente.

A todos los sacerdotes, clérigos, asistentes, etc., les deseo los dones del Espíritu Santo 3, especialmente la fortaleza.

((243)) A los del 4.° y 5.° curso de bachillerato diles que les aprecio mucho, que estoy satisfecho de las buenas noticias que de ellos
me dieron, que les haré un regalo y deseo charlar con cada uno sobre su vocación.

A los demás alumnos les deseo que lleguen a ser todos ricos; pero, son palabras de Pío IX, ricos con las verdaderas riquezas del Santo
Temor de Dios.

Escribo telegráficamente; tú añadirás lo que falta para completar mis pensamientos. La fiesta de María Auxiliadora resultó
brillantísima; hubo muchos milagros, que, si no los cuenta Giolitto 4, los contaré yo mismo. Hemos rezado también por ti, por las
Hermanas y por todo el colegio. Amén.

Una de las gracias extraordinarias fue la curación repentina de la novicia Laurentoni en Mornese 5.

Dios nos bendiga a todos y rezad por mí. Tuyo en Jesucristo

Turín, 26-5-1876.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

1 Era el cocinero del colegio, buen hombre a quien le venía como anillo al dedo el apodo piamontés de "calabacín" (en el sentido de
persona ignorante).

Antes de la supresión de las Ordenes religiosas había sido lego capuchino. Se gloriaba de saber preparar los calabacines de diecisiete
maneras diferentes; pero, parece que abusaba demasiado de su ciencia, preparando calabacines y más calabacines y siempre calabacines.
Ello originaba el malhumor de todos y después el estrago nocturno de las inocentes cucurbitáceas, pro bono pacis de buen grado
autorizado. De ahí se comprende la intención de don Bosco en el cumplimiento que le dedica.

2 Santidad, Sabiduría y Salud.

3 Estaban en la novena de Pentecostés (4 de junio).

4 Crónica de don Julio Barberis (23 de mayo): "De Borgo San Martino vino Giolitto para representar al colegio. Es subdiácono.
Enfermizo y demasiado cansado por el mucho trabajo; ahora está en absoluto descanso por orden de los médicos y pudo sin
inconvenientes abandonar el colegio".

5 Véase más adelante, pág. 255.

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((244)
)

CAPITULO VIII

MODALES Y LENGUAJE DEL BEATO EN ALGUNAS OCASIONES

EL término "algunas" del título supone un límite, que no debemos dejar tan indefinido. Este término restrictivo pretende señalar
determinados momentos; puesto que nosotros, sustancialmente fieles al sistema cronológico del primer biógrafo, nos proponemos ahora
recoger poco a poco, de febrero a junio de 1876, ciertas ocasiones merecedoras de ser señaladas en una historia tan detallada como la
nuestra.

Una de las cualidades que se admiraban en don Bosco era su extraordinaria destreza para llevar una conversación a cosas de utilidad
espiritual, y otra, su franco desparpajo para decir ciertas verdades algo duras, sin ganarse la antipatía que suele acompañarlas.

Dio buena prueba de ello el 19 de febrero. Acostumbraba ir una vez al año a comer en casa de las Bonnié, dos ancianas solteras que
vivían en Turín. Aquel día le acompañaron don Miguel Rúa y don Julio Barberis. Al llegar a los postres se presentaron para visitar a las
dos hermanas unos parientes lejanos, que no andaban muy de acuerdo con ellas en materia de religión. Eran éstos los señores Tovaglia,
marido y mujer, riquísimos y sin hijos; pero que no daban nunca ni un céntimo de limosna y tenían una mal encubierta antipatía por las
cosas de iglesia. Entraron en el salón y no tardó en ir ((245)) también allí don Bosco, seguido de sus dos compañeros. Después de los
primeros cumplidos, poco a poco se empezó a hablar de cierto señor Turletti, persona muy conocida por Tovaglia.

-íVerdaderamente, éste es un buen señor!, exclamó el Beato.

-Sí, por cierto, contestó el otro. Es muy raro encontrar familias como la suya en estos tiempos.

-A la verdad es satisfactorio encontrar tales familias y de tanta piedad. Frecuenta la iglesia, se acerca a los sacramentos, va a los
sermones, a pesar de sus muchos quehaceres.

-Y en casa, añadió el señor Tovaglia, es afable con todo el mundo;
recibe a todos cortésmente y, si puede hacer un favor a alguien, lo hace.
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-Y además, insistió don Bosco, practica hasta el escrúpulo lo que dicta el Señor en el santo Evangelio: Quod superest date pauperibus,
aunque tiene una familia numerosa y, después de todo, no es en modo alguno el rey del oro. Lo mismo que cuando vivía en Florencia,
también ahora, en cuanto tiene un poco de dinero, viene al Oratorio y me dice:

-Don Bosco, usted se encontrará en apuros ahora que se acerca el invierno; tendrá que comprar calcetines para sus muchachos; tome y
compre una docena a mi cuenta. Una vez me dijo: -Necesitará comprar camisas; tome, compre una docena a mi cuenta. Parece que el
invierno va a ser muy crudo este año, volvió a decirme; necesitará comprar camisetas de punto para abrigar a sus muchachos; tome,
compre unas cuantas a mi cuenta. Y así, de tanto en tanto, me le encuentro allí con alguna oferta. Cierto día temí que se excediera y
dejara faltar lo necesario a su familia, y le dije que, pese a mi gran necesidad, procurara no propasarse en sus limosnas. íBravo, don
Bosco!, me contestó. "Acaso solamente usted con los suyos quiere ganarse el paraíso? Si no lo hago así, "cómo practicaré lo que dice
Jesucristo: Quod superest, date pauperibus? Le observé que esto es sólo un consejo, no un precepto. Y él me insistió: -Sea consejo o
precepto, yo sé que con aquellas palabras del ((246)) Señor: Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que se salve un
rico, no se juega, y quiero salvarme; por eso necesito despegar cada vez más mi corazón de las cosas de esta tierra. Desgraciadamente
estoy viendo que quien se pierda en cálculos para sí, siempre encuentra que debe gastar para sí mismo y no le queda nada superfluo para
los otros. Cuanto más necesario cree tener que gastar para mantener su posición, para el presente y el futuro, siempre tiene algo que
hacer y gastar, ora acá ora allá. Pero todas estas necesidades son pretextos que proceden de tener el corazón apegado a las riquezas. Ante
semejantes observaciones no insistí más, y reconocí siempre en él al hombre de gran corazón y muy bien formado en asuntos religiosos.

-íCierto, cierto! Como que de joven estudió para cura. Es más, creo que estuvo en el seminario.

-Desconocía este detalle; pero siempre vi en él un santo varón, desinteresado y muy instruido.

Hablóse después de los misioneros salesianos, que tanto trabajaban y tanto bien hacían en América, donde había muchísima escasez de
buenos sacerdotes. Se dijo que hacía falta enviar allá a muchos otros sacerdotes para que enseñaran a aquellas gentes los caminos del
cielo.

-Mas para esto, observó don Bosco, se requieren muchos gastos, porque es un asunto muy serio.
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-Y faltan además los hombres a propósito, observó la señorita Bonnié.

-Sí, continuó don Bosco, también escasea el personal. Pero, si se cuenta con medios económicos, ya se pueden formar más jóvenes con
este fin y después enviarlos. Ahora mismo tendremos que preparar una nueva expedición; "pero cómo lograrlo? Sentimos todavía los
efectos de la primera, que nos costó la friolera de treinta y seis mil liras. Comprenderán ustedes muy bien que para un pobre cura sin
medios, que sólo cuenta con la caridad pública, es una carga aplastante. Afortunadamente, la divina Providencia, cuando quiere una obra,
((247)) mueve el corazón de alguna persona y hace que se lleve a cabo. Todos nosotros estamos en manos de la divina Providencia.

La conversación vino entonces a parar al reciente suicidio de cierto caballero, un tal Monti. Tovaglia calificó de gran cobardía el no ser
capaz de soportar las calamidades de la vida.

-Donde no hay religión, interrumpió uno, es lógico que suceda esto; no hay que extrañarse.

Y se siguió hablando de la muerte.

Pero aquella conversación en torno a la muerte no le gustaba a la señora Tovaglia; decía que no era un tema para hablar mucho de él,
aunque tampoco había por qué temerla; cuando llegase, claro está que sí; pero antes, no era del caso dejarse impresionar demasiado.

-Es verdad, repuso don Bosco. Muchísimas veces le oí repetir al santazo de don José Cafasso, sacerdote ejemplarísimo de Turín, este
consejo: que estuviésemos siempre preparados para morir, como si cada día fuera el último de nuestra vida; pero después no dejarnos
asustar por la muerte, no tener miedo. Cuando uno tiene la conciencia limpia, porque no ha cometido pecados o ya se los ha confesado
bien y ha hecho la correspondiente penitencia, "qué debe temer éste de la muerte? Solamente los que viven mal y no se acercan nunca o
muy de tarde en tarde a los sacramentos, tienen motivo para temer a la muerte. Estos tiemblan al pensar en ella, porque les remuerde la
conciencia. En el santo Evangelio se lee muchas veces el pensamiento de estar bien preparados: Estote parati, nos dice el Salvador, quia,
qua hora non putatis, Filius hominis veniet. Venit tamquam fur, etcétera.

Al despedirse invitó el Beato con amables maneras a los señores Tovaglia a visitar el Oratorio, que nunca habían visto. Aquellos
señores, que no iban nunca a los sermones, írecordarían mucho tiempo aquel encuentro!

Cuando hallaba por casa a uno nuevo, no se conformaba con responder
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al saludo, sino que le hacía enseguida preguntas, recordando cosas del alma o invitándole a ingresar en la Congregación ((248)) o
animándole al bien, cualquiera que fuese con quien se encontraba. En el mes de marzo le sirvió el café un camarero, que frisaba en los
treinta años, y que sólo hacía unas semanas se encontraba en el Oratorio. Don Bosco le miró un instante de pies a cabeza y después le
preguntó:

-"Cómo os llamáis?
-Pesce.
-"De dónde sois?
-De cerca de Mondoví.
-"Qué hacíais antes de venir al Oratorio?
-Era camarero en el colegio de Mondoví. Tengo aquí el certificado de buena conducta, firmado por el alcalde y por el canónigo Ighina.
-Leedlo, por favor.
El camarero lo leyó bastante bien. Y don Bosco prosiguió.
-"Habéis venido para quedaros o hasta encontrar un puesto mejor?
-íLa verdad es que me quedaría aquí...
!
-"De momento estáis contento aquí o no os parece que sea éste vuestro sitio?
-No me desagrada; pero me gustaría me enviaran a alguno de los otros colegios. Turín no me parece mi sitio.
-"En qué menester querríais ocuparos?
-En lo mismo que hago ahora; camarero, refitolero o cosa parecida.
-Si no deseáis más que eso, tenemos otros colegios y os podemos mandar a otra parte. Pero me gustaría saber, si queréis ganar dinero
o

si habéis pensado para vuestros adentros: con tal de que no me falte lo necesario para el cuerpo y para el alma, yo me quedo. Porque si
habéis venido para ganar dineros éste no es vuestro sitio.
-íBah, eso a mí no me importa, pues estoy casi solo en el mundo!

-Pues bien, mirad; si deseáis que no os falte nada para el cuerpo ni para el alma, lo mismo estando sano que enfermo, ((249)) esto es, si
deseáis obtener una buena posición en esta vida y en la otra, quedaos en hora buena, pues, por lo que de mí depende, esta posición os la
proporciono de buen grado y podéis estar tranquilo. Pero es menester que os resolváis y digáis: íyo quiero realmente salvar mi alma!
"Qué decís a esto, Pesce? "Os gusta estar bien en este mundo y en el otro?

-Sí, me gusta... Casi, casi... Basta, por ahora estoy contento.
-Pues bien. Aquí está don Julio Barberis. Le encargo a él que os

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hable. Poneos de acuerdo con él. Yo estoy muy contento, si puedo haceros algún bien.
También los de la casa raras veces pasaban a su lado sin oír una palabra amable. Una tarde se encontró, uno tras otro, a seis y a cada

uno le dijo lo suyo. A don José Monateri:

-íOh, don José Monateri quiere que don Bosco quede pasmado a la vista de los prodigios y milagros que él hará! "Verdad?

A un clérigo apellidado Podestà:

-Tremunt Potestates. Potestas et imperium in manu eius.

Y con estas palabras una caricia y una sonrisa. Al clérigo Ghigliotto, el de Varazze:

-Pero tú aún no me has hecho la confesión de tu vida futura. Tienes que elegir un día y decirme todo lo que vas a hacer de hoy en

adelante.

Al coadjutor José Rossi:

-He aquí al conde Rossi; el gran amigo de don Bosco.

-íQué ganas tiene de bromear don Bosco!, exclamó Rossi.

-"Yo ganas de bromear? "Acaso no te gusta más que te haya dicho esto, que si te hubiera dado un pescozón?

Al clérigo Bodrati, destinado a dar clase a los de la escuela de fuego:

-Prepárate, quiero proporcionarte tantos alumnos como para dejarte pasmado; y tú, con tu mano maestra, harás de ellos unas plantas

elegidas de la viña del Señor.

A otro clérigo:

-íDame carta blanca para hacer yo lo que quiera! Ahora iremos a América para ayudar a don Juan Cagliero. Tu convertirás la

Patagonia.

Quien no tuvo la suerte de conocer a don Bosco, no puede figurarse el bien que hacían estas palabras y esta manera de tratar al que era
objeto de ellas.

((250)) Había que ver a nuestro Padre, cuando se entretenía conversando con alguien que no pensaba como él en las cosas que se iban a
emprender. No rebatía la opinión contraria a la suya, sino que escuchaba con bondad; hacía ver que tomaba en consideracion el parecer
de la otra parte, daba buenas esperanzas, dejaba en fin al interlocutor con la impresión de que entre él y don Bosco no había disensión.
Pero en la práctica, el Beato ponía su afán en hacer lo que se podía y no lo que se hubiera querido, sin apartarse ni un ápice de lo que
había determinado y pensado con su propia cabeza, no con la de cualquier otro. La amplia libertad que concedía para que le dieran y
prodigaran sugerencias no carecía de intención: le servía y mucho para conocer
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mejor la naturaleza de la cuestión, las dificultades que podía encontrar y los medios para actuar.

Esto se vio en sus largos coloquios con Gazzolo. Don Bosco le hablaba de la necesidad de evangelizar la Patagonia, poniéndole
también por delante el deseo del Padre Santo; pero el otro prestaba oídos de mercader y batía y rebatía la conveniencia absoluta de
limitar todos los esfuerzos a Buenos Aires, abriendo allí una gran casa como la de Turín y tomando a su cargo la iglesia de los italianos.
Don Bosco no intentó disuadirlo de aquella idea; le oía, intercalando alguna observación y adelantando alguna duda, pero sin
contrariarlo; y después fue realizando con tiempo y sin prisas los planes que él tenía.

Ahora tenemos que seguir a don Bosco durante un breve viaje fuera de Turín. El 31 de mayo, acompañado por don Julio Barberis, fue
a Villafranca de Asti para visitar al reverendo Messidonio, ex alumno del Oratorio y gravemente enfermo desde hacía mucho tiempo.
Los encuentros que tuvo al ir y al venir son cosas de suyo bastante ordinarias; pero lo ordinario de don Bosco se sale de lo ordinario
corriente.

Salió a las ocho de la mañana. Había estado confesando hasta el preciso momento de la partida, de modo que no tuvo tiempo ni para
tomar una taza de café. Subió al tren y se encontró de manos a boca con ((251)) un sacerdote, antiguo amigo suyo, don Dassano,
coadjutor en Cambiano. Entablaron enseguida una conversación afectuosa y santa. Lo invitó a asistir a la comedia latina, que se
representaría al día siguiente en el Oratorio, pero el buen sacerdote se disculpó diciendo que tenía que atender a unos enfermos. El Beato
le felicitó por el cuidado que prestaba a los enfermos, recordó una enseñanza del doctor Luis Guala, fundador de la Residencia
Sacerdotal de Turín: "El sacerdote que quiera tener el confesonario atestado de penitentes, prodigue sus cuidados a los enfermos; puede
asegurarse que la caritativa asistencia prestada a uno solo, atraerá a toda la familia al confesonario".

Del celo por los enfermos pasó la conversación al tema del consuelo que debe prodigarse a la familia del difunto. A un cierto punto
exclamó el reverendo Dassano, poniéndose triste:

-También nuestra familia se extingue con nosotros. No quedamos más que mi hermano, el Superior de los misioneros en Chieri y yo.
íMuertos nosotros, adiós! íLos Dassano habrán acabado! No nos queda ni un sobrino, a quien dejar nuestra pequeña hacienda.

-Si desea un heredero, replicó el Beato sonriendo, si está realmente preocupado por falta de herederos, yo le proporcionaré cuantos
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quiera. Le aseguro que su patrimonio quedaría muy bien colocado y íde qué manera! Hace poco el barón Catella desahogaba conmigo su
pesar por no tener a quién dejar su herencia. íDéjelo a mi cuidado, le dije, y ya verá como a la vuelta de pocos días su hacienda producirá
el ciento por uno! Lo convertiremos todo en panecillos para nuestros muchachos y compraremos sábanas, camisas, chamarretas... Y
usted, amigo Dassano, a ver si acierta cuánto hubo que gastar últimamente para comprar un par de sábanas para cada uno de los de casa.
Son sumas fabulosas, créame, que nadie adivinaría.

-Seiscientas u ochocientas liras, contestó el reverendo Dassano, creyendo decir mucho.

-íEscuche, escuche! Una sábana cuesta unas ocho liras. Compre para ochocientos y saque la cuenta; son de ((252)) doce a catorce mil
liras. Añada lo demás que hay que proveer, pantalones, medias, camisas, y usted verá.

Tenía don Bosco el arte de hacer patentes las necesidades económicas del Oratorio, sobre todo cuando se encontraba con personas
adineradas, hablando de mantas, ropa y pan, según las personas y la estación del año, y haciendo sobre ello cálculos sencillísimos, que
arrojaban insospechadas y aterradoras sumas. Pero tenía la precaución de no entablar semejantes conversaciones de golpe y sin
preámbulos o como quien pedía socorro y ayuda; él más bien solía tomar la ocasión y punto de partida de las palabras de su interlocutor
y lo llevaba paso a paso hasta dar con el tema, como una conclusión natural del razonamiento.

Al llegar a Cambiano el sacerdote bajó y, como don Bosco se quedó sin poder seguir su conversación, se puso a corregir los cuadernos
de historia antigua, escritos por don Julio Barberis, que le había entregado el día anterior; de vez en cuanto le hacía notar expresiones
poco acertadas, hipótesis menos seguras y otros defectos, y no dejó aquel trabajo hasta llegar a la estación de Villafranca.

Allí se vio lo mucho que querían y veneraban a don Bosco los sacerdotes del pueblo, todos los cuales salieron a su encuentro, con
profusión de demostraciones de gran respeto. Especialmente el cura-párroco, que sobrepasaba los sesenta, no cabía en sí de gozo y no
cesaba de hablar de don Bosco, del Oratorio, de Buenos Aires, en plan de admirador bien informado y sincero. También lo
acompañaban, con el mayor respeto, el vicario y el maestro municipal, sacerdotes muy corteses los dos.

Con ellos entró el Beato en casa de don Messidonio, donde estuvo hasta las cuatro en conversación animada y variada. Dio a conocer a
los presentes la obra de María Auxiliadora: tema muy oportuno, pues
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ellos podrían enviarle buenos hijos de María. Y, como si lo hubiese hecho de intento, un criado del párroco, libre ya del servicio militar,
manifestó a don Bosco su ardiente deseo de estudiar para hacerse sacerdote. Don Bosco ((253)) le escuchó y animó, pero no quiso
decidir nada en el acto. El mismo cura parroco habló de otros dos feligreses ya mayores y llenos de buena voluntad y también para ellos
dejó el Beato la decisión hasta que llegase el momento de las aceptaciones. Estaba entonces pendiente la gran cuestión, de si se debía
cerrar la sede de la escuela de fuego en el Oratorio y trasladarla a la obra de Sampierdarena.

Después salió a colación el instituto de las Hijas de María Auxiliadora y explicó el fin de esta institución, describió su vida y su
continuo progreso. Una joven que ya había oído hablar de ellas y que se sentía atraída a aquella Congregación fue aceptada en el
momento, al paso que algunas otras, dos de las cuales eran educandas, mostraron su deseo de ir a Mornese.

Por fin, durante la comida, un padre de familia presentó al Beato a un hijo suyo, que había pedido ingresar en el Oratorio. Como el
parroco daba óptimos informes de él y el maestro lo recomendaba encarecidamente, don Bosco lo aceptó sin mas formalidades.

Aún no había dicho nada sobre los Cooperadores, su tema de viva actualidad por entonces. Introdujo la conversación suave y
discretamente, hizo ver cuanto se interesaba por la obra el Padre Santo, dio una idea del apostolado que esta institución estaba destinada
a ejercer en la Iglesia, ponderó los favores espirituales recientemente obtenidos para ella, y ya le fue fácil pasar a contar otros favores,
que le había concedido Pío IX en su último viaje a Roma. Aquí se puso de manifiesto la habilidad de don Bosco para dar a cada cosa su
justo valor. Había pedido en Roma, según su costumbre, indulgencias especiales, entre las cuales una indulgencia plenaria para todos los
bienhechores del Oratorio cada vez que comulgaran o celebraran. Ahora bien, volviéndose al cura parroco, que merecía como el que mas
ser contado entre los bienhechores, le dijo que en Roma se había acordado de él y que para él había pedido al Papa indulgencia plenaria
cada vez que hubiese celebrado la misa. Lo mismo hizo con don Messidonio, añadiendo que para él y su familia había obtenido también
otra ((254)) para ganarla in artículo mortis. Se comprende la agradable impresión que debió causar en ambos el saber que don Bosco se
hubiera acordado y ocupado de ellos. Lo que había pedido colectivamente, don Bosco lo presentaba a cada uno como favor personal, sic
totum omnibus, quod totum singulis.
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El pobre don Messidonio se deshacía por consunción; el mal había llegado a su última fase y ya no le permitía dejar la cama. Al
despedirse de él el Beato, quiso el enfermo, en un supremo esfuerzo, levantarse, diciendo que quería acompañarlo a Turín para ingresar
en la Congregación, que era su único pensamiento desde hacía mucho tiempo.

Don Bosco, sin alterarse lo más mínimo y sin contradecirlo, le habló así:

-Desde este mismo momento te acepto y, nada más llegar a Turín, te inscribiré en el número de nuestros hermanos. Tú, tan pronto
como puedas levantarte, aunque no estés perfectamente curado, puedes venir al Oratorio y te recibiremos con los brazos abiertos. No
tendrás que hacer más que enviarnos recado la víspera para que te preparemos la habitación. Mira, haz así: cuando empieces a levantarte
y puedas moverte algo libremente, ensaya a ver si puedes ir tú solo hasta la estación del ferrocarril. Tan pronto como puedas dar este
paseo, que es de sólo un kilómetro, me basta; te espero entre nuestros hermanos de Turín.

Todos los presentes, incluido don Bosco, estaban convencidos de que se requería un milagro de primer orden para curar al pobre
tuberculoso.

Pero don Bosco fue muy afortunado en la manera de consolarlo;
y para su mayor consuelo le aseguró que rezaría con sus muchachos por él.

Nos lo encontramos de nuevo en el tren. El gran dolor de cabeza no le permitía trabajar, pero no le era lícito pasar el tiempo
inútilmente. Habló de los novicios; repasó los nombres de los alumnos del cuarto y quinto curso del bachillerato, señalando las
cualidades de cada uno y quién era apto para la Congregación y quién no; razonó en torno a casas abiertas y por abrir y enseñó la manera
de conquistar a los muchachos. Y se le ocurrió una bonita ((255)) observación:

-Actualmente nuestros alumnos parecen otros tantos hijos de familia, todos ellos pequeños dueños de casa; hacen suyos los intereses
de la Congregación. Y dicen "nuestra iglesia, nuestro colegio de Lanzo, de Alassio, de Niza"; todo lo que pertenece a los salesianos, lo
llaman nuestro. Mientras se dé oportunidad para hablar de Misiones, de casas, de asuntos espirituales, se interesarán por ello como si se
tratase de sus propias cosas y a ellas apegarán el corazón. Además, oyendo siempre decir que hace falta ir a tal lugar, que está abierto el
camino para aquel otro, que se nos llama desde tantos sitios, de Italia, de Francia, de Inglaterra, de América, les parece ser los amos del
mundo.

Aquella fase de la conversación se cerró poniendo de relieve el
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espíritu propio de la Sociedad Salesiana, que es actividad, sin enfrentarse nunca con los adversarios, sin obstinarse tercamente en trabajar
donde no se puede hacer nada, sino ir adonde puedan emplearse útilmente las fuerzas.

Don Julio Barberis disfrutaba y atesoraba aquellas enseñanzas; pero no cejaba el dolor de cabeza de don Bosco. Al llegar a Turín, el
Beato lo llevó a tomar un café en una cafetería pública, entrando en ella por una puerta lateral. Y anotaba el cronista:

"Esto demostraba el espíritu de la Congregación; ni delicadezas, ni comodidades; pero cuando la necesidad lo pide, procédase con
libertad". A aquella hora el lugar estaba desierto. Don Bosco se puso a hablar de los aprendices del Oratorio.

-Creo que ahora marchan bien, tan bien que ningún colegio, es más, ningún seminario puede aventajarlos en materia de moralidad.
Cuando yo era seminarista, y todos éramos ya mayores, yo veía cómo marchaban las cosas: no iban como van ahora entre nosotros.

Al salir de la cafetería comenzó a hablar de las señales de vocación.
Volvió a decir cosas que le gustaba repetir en privado y en público.

-He aquí una señal segura para saber si un muchacho está hecho para la Congregación, si se le debe aconsejar que entre en ella, si hay
motivo para pronosticar su perseverancia. Cuando un muchacho es muy sincero en la confesión, ((256)) se confiesa constantemente con
el mismo confesor y lo primero que hace, al volver de vacaciones o después de alguna ausencia de su confesor, es ir enseguida a abrirle
su corazón enteramente, éste es un óptimo indicio de que se quedará en la Congregación. Y también, cuando se ve un muchacho que se
porta bien en el Oratorio y, cuando vuelve a su casa, tiene graves caídas, pero después, al tornar al Oratorio, arregla de nuevo las cosas
de su alma y marcha bien todo el año y vuelve a recaer en las vacaciones siguientes, creo poder decir sincera y claramente: -Este, si entra
en Congregación, hágase sacerdote; pero no abrace en absoluto el estado eclesiástico, si tiene intención de vivir fuera de la
Congregación. Porque, si ahora se deja arrastrar desgraciadamente al mal, en el breve tiempo de unas vacaciones, "qué hará cuando con
toda libertad disponga de sí mismo? íY no se diga que entonces tendrá más fuerza de voluntad! Yo, en cambio, contesto que tendrá más
peligros. La experiencia me ha dado a conocer que, los que no se mantienen en el recto camino durante las vacaciones, tampoco se
mantendrán en él después como sacerdotes en medio del mundo.

Aún tuvo dos últimos encuentros desde la estación al Oratorio. Primero se le juntó el teólogo Giuganino, vicario de la parroquia de
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San Carlos. Don Julio Barberis, al darse cuenta de que hablaban de un tema serio y delicado, se creyó en el deber de apartarse y los
siguió detrás leyendo. Al pasar delante del colegio de los Artesanitos, se encontraron con el Director de aquella obra, el teólogo
Murialdo, el cual le acompañó hasta casa. Su conversación giró sobre la llamada "Mole Antoneliana" 1, o sinagoga de los hebreos.
Estando en desacuerdo la comunidad israelita, por motivos económicos, sobre aquel edificio todavía sin acabar, no encontró mejor
medio de salida que deshacerse de él. Se hizo a don Bosco la propuesta de comprarlo, después de que el Municipio había decidido
terminar a sus expensas la parte exterior. Comentaba con el teólogo Murialdo las maneras más oportunas para llegar a la adquisición y el
empleo que se podría dar a aquel edificio. Sólo en septiembre, se le hizo una proposición formal por el mismo ingeniero ((257))
Antonelli 2, que se ofrecía a ser intermediario entre él y la presidencia de la administración judía. A don Bosco le hubiera tocado abrir
las negociaciones con la entrega de doscientas cincuenta mil liras. Pensaba el ingeniero que el negocio era conveniente y la buena
acogida por parte de los judíos parecía segura. El Beato envió a ver, estudió el asunto desde todos los puntos de vista, se convenció de
que no podía sacar partido conforme a sus planes para hacer de la "mole" una iglesia, y renunció a ello definitivamente.

Los encuentros en los que mejor se admiran ciertas posturas características de don Bosco, serán siempre aquéllos en los que él se
encontraba frente a personas, que, por su manera de pensar, le eran diametralmente opuestos. Tal fue su encuentro con el caballero
Provera en San Salvatore de Monferrato. Atravesaba el pueblo el Siervo de Dios con algunos señores a su lado, entre los que se
encontraba el párroco, y hablaban de la bondad de sus habitantes, que tanto veneraban a don Bosco y tanto deseaban tener un colegio
salesiano en la población.

-No hay más que uno, dijeron al Beato, que se opone a don

1 De Alejandro Antonelli (1798-1888), arquitecto, autor de la famosa Mole Antoneliana, cuya aguja se eleva a ciento sesenta y ocho
metros. (N. del T.)

2 Véase Apéndice, doc. 16. La Unità Cattolica en su n.° 226 (29 de septiembre) publicaba un artículo de cierto judío que, después de
hacer la historia del templo, proponía su compra a los católicos (véase Apéndice, doc. 17). En la introducción del artículo escribía el
diario: "Quien llega por vez primera a Turín queda grande y dolorosamente sorprendido al ver la ciudad del Sacramento y de la Virgen
de la Consolación dominada por una sinagoga judía, que se levanta atrevidamente al cielo y parece desafiarlo como la torre de Babel.
Pero aquella sinagoga o templo israelítico, como lo llaman, es semejante al pueblo judío, que no puede recuperarse, ni morir. Desde hace
algunos años el famoso edificio está paralizado en este punto y no se sabe cómo llevarlo a término. Por todas partes surgen obstáculos y
el templo queda siempre allí sin poder acabarlo ni destruirlo".
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Bosco, el caballero Provera, el más rico del pueblo, que hace muchos años no pisa la iglesia y probablemente es masón.

Acababan de pronunciar estas palabras, cuando, de repente, lupus in fábula, vieron al caballero avanzar Por la misma calle:

-íHe ahí al "tragacuras"! salió diciendo uno de la comitiva.

Don Bosco dejaba hablar. Cuando estuvieron cerca, le saludó quitándose el sombrero. El caballero respondió al saludo y se paró.

Después, como se suele hacer entre personas que saben guardar las formas, se dieron la mano, ((258)) y se intercambiaron las palabras de
recíproco aprecio, que expresan el mutuo placer de conocerse.

-Me dicen que vuestra Señoría es el caballero Provera.

-Para servirle.

-Es un nombre de los más honrados y queridos entre nosotros, porque nos recuerda a un santo sacerdote de este mismo apellido, que
nos ayudó muchísimo en Turín y edificaba a todos con sus virtudes. "Pertenece usted acaso a la familia de los Provera de Mirabello?

-Sí, por cierto. Mi abuelo vino aquí desde Mirabello y pertenecía a esa familia.

La conversación se prolongó unos minutos por este estilo y con tal cordialidad que el caballero invitó a don Bosco a pasar por su casa
y tomar allí un refresco. Los que acompañaban a don Bosco se apresuraron a decir:

-íAhora no podría ir; lo esperan con tantas ansias acá y allá!

Pero don Bosco pidió disculpa a sus celosos amigos y acompañó al caballero hasta su casa, donde, siempre con el mayor miramiento,
le contó diversos hechos amenos, que le alegraron mucho. Al despedirse, mostrándose deseoso de su amistad, le dijo llanamente:

-Bueno, señor; en este momento mi intención es ponerme bajo su protección. Le encuentro tan bondadoso conmigo que me atrevo a
pedirle un favor. Le diré francamente que he venido a San Salvatore para ver si encuentro una casa apta para abrir en ella un colegio; y
yo deseo que este colegio esté bajo su protección y necesito su apoyo y ayuda.

-Figúrese, don Bosco, contestó el caballero encantado con tan exquisitas maneras; será para mí el mayor gusto. Es más, puesto que
usted me ha hablado con tanta llaneza, también llanamente y con el corazón en la mano, le haré una oferta. Visite y examine esta mi
casa. Si puede servir para su fin, se la cedo al instante.

Don Bosco le dio las gracias, se disculpó diciendo que, de momento, no podía aceptar un ofrecimiento tan atento y lo dejó satisfecho
del encuentro.
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((259)
)

CAPITULO IX

MISIONES Y MISIONEROS

DOS eran los blancos de tiro a los que apuntaba don Bosco con su expedición de misioneros; atender al bien espiritual de los emigrantes
italianos e intentar llegar a los indios de las Pampas y de la Patagonia; ya se estaba disparando sobre el primero; para el segundo estaba
todo por hacer y el Beato pensaba constantemente en él. Desde distintos puntos llegaban proposiciones, que parecían responder a aquel
intento y que también servían para demostrar la gran consideración en que eran tenidos los primeros salesianos que pusieron su pie en
América.

El Arzobispo de Buenos Aires habría querido confiar a los salesianos una parroquia en Carmen de Patagones, la última de su vastísima
diócesis hacia el sur, lindante con el norte de Patagonia; un hospicio allí podía llegar a ser el centro de atracción para los indios del Río
Negro.

El genovés Antonio Oneto, comisario de la Colonia galesa, así llamada porque se componía de colonos oriundos del país de Gales,
trataba con don Juan Cagliero para que enviase dos salesianos, que se establecieran por aquellos parajes y se dedicaran a los indios del
Chubut. Poseemos una larguísima carta del primero de marzo de 1876, en la que este señor describe el estado de la Colonia y las
condiciones del país, y proporciona a don Juan Cagliero importantes noticias:

"Cerca de los manantiales del río, precisamente a los pies de las estribaciones de la Cordillera, hay una región fertilísima, ((260))
ocupada por indígenas de la familia de los pamperos. A mediados de febrero, estuvieron aquí cuarenta y un individuos de aquel pueblo o
tribu, con su jefe o cacique, que se llama Foyel, para vender pieles de guanaco o de zorra. Son gentes semicivilizadas y me parece que no
quieren delitos sangrientos. He expuesto al cacique las buenas intenciones del Gobierno Argentino respecto a ellos; le pregunté si
recibiría de buen grado a los misioneros católicos en sus tierras y él me contestó afirmativamente. Esta tribu es numerosa y tiende a
abandonar la vida nómada. Desde su tierra hasta la colina del Chubut emplearon trece días, que a razón
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de veinte millas diarias, serían doscientas sesenta millas, es decir, que no están situados propiamente al pie de la Cordillera, como
declararon. Muchos de ellos hablan castellano y se alimentan, con relación a su condición, bastante bien.

"Tenemos aquí, a cincuenta o sesenta millas de la Colonia, una tribu nómada, de raza patagónica. Su jefe es un tal Chicuechán y es una
óptima persona. Ganándose a este jefe, se podrían hacer muchas cosas. Es caritativo y ha socorrido ya con víveres a la Colonia galesa.
Vengan dos de sus padres y haremos maravillas y el Chubut será conquistado para la fe y la civilización por los descendientes o estirpe
del descubridor del Nuevo Mundo. Animo, fe, y venceremos.

"El Gobierno es favorable; la esposa del Presidente es católica a más no poder y también lo es el distinguidísimo señor Juan Dillón,
Comisario General de inmigración. Además, la ley de inmigración se expresa así en el artículo ciento tres: El Poder Ejecutivo procurará
por todos los medios posibles el establecimiento en las Secciones de las tribus indígenas, creando misiones para traerlas gradualmente a
la vida civilizada, auxiliándolas en la forma que crean más conveniente y estableciéndolas por familias en lotes de cien hectáreas, a
medida que vayan manifestando aptitudes para el trabajo.

"En breves palabras, como usted ve, todo es favorable y a ustedes también les es favorable la ocasión para distinguirse como Sociedad
nueva, o ((261)) nueva Congregación, que demuestre con los hechos, que la Sociedad de San Francisco de Sales, con el caritativo don
Bosco, como guía y maestro de la misma, supo en pocos años redimir para la civilización a las tribus entre el Deseado, el Chubut y el
Río Negro".

Los habitantes de la Colonia, dado su origen, eran de religión protestante, y estaban divididos en cuatro sectas, con cuatro ministros
para ochocientas personas. El señor Oneto se ofrecía a facilitar a los salesianos 1 por todos los medios el camino y la misión.

El mismo Gobierno Argentino proyectaba fundar una colonia en las cercanías del último rincón meridional de la región patagónica,
cerca del río Santa Cruz; suministraría también a los misioneros medios suficientes para reunir y civilizar a los patagones de aquellos
lugares. El 3 de julio escribía don Juan Cagliero desde Buenos Aires a don Bosco:

"Todos estos indios se dejan amansar fácilmente, pero son también muy suspicaces y entonces matan inexorablemente. Como quiera
que sea, prepare personal para los patagones, y los destinados prepárense

1 Véase Apéndice, doc. 18.
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ya desde ahora con un gran caudal de paciencia, estudio, prudencia y valor. Con los indios, si no se procede cautamente, se destruye en
un día el trabajo de muchos años. Si el misionero les habla de sumisión a Buenos Aires, lo matan; si los amenaza con la fuerza, lo matan.
Para poder hacer el bien en una tribu hay que hacerse amigos del cacique, haciéndole regalos y civilizándolo con las buenas maneras y
con la religión, poniéndole en contacto con algún buen cristiano; después ya se le puede hablar del Gobierno para obtener favores, pero
nunca para someterse a él. El resto lo hará la Providencia".

El Arzobispo deseaba valerse de los misioneros salesianos también para crear una obra de gran utilidad en Dolores, al sur de Buenos
Aires, al otro lado del Río Salado; las personas más distinguidas del lugar apoyaban aquella fundación. En un principio se creyó
erróneamente que Dolores era "la última ciudad del lado de Patagonia y muy avanzada hacia los salvajes" 1. ((262)) Había, por el
contrario, una distancia enorme. Este error nos explica la insistencia con que el Beato espoleaba a don Juan Cagliero para que preparara
pronto aquella estación. También desde Córdoba, en el corazón de Argentina, pedían la apertura de un colegio salesiano. El señor
Poulsón, profesor en la universidad de aquella ciudad, dijo e hizo cuanto pudo para arrancar a don Juan Cagliero la ansiada aceptación.
Pero no fue posible ir a Córdoba hasta 1905.

Por lo dicho hasta aquí resulta fácil entender esta carta, que el Beato escribió a don Juan Cagliero a fines de mayo.

Queridísimo Cagliero:

Todavía no me han llegado los Breves 2 de Roma. Solamente tengo el del doctor Ceccarelli, que deseo juntar con el del señor Benítez,
que debe llegar de un día para otro. Tal vez hoy mismo.

Te comunico lo que me pidió el Padre Santo, que está muy animado para intentar algo en la Patagonia y las Pampas. El Padre Santo
quiere dirigir él mismo esta empresa y dice que no se escatimen esfuerzos para abrir cuanto antes un colegio y hospicio en Dolores.

El comendador Gazzolo hace una relación oficial suya a la Santa Sede, pero toda ella fundada en el proyecto que te incluyo, que
conviene conozca don José Fagnano, para ir todos nosotros de acuerdo y que no se alteren las bases sin nuestro previo entendimiento.
Tan pronto como yo reciba una conclusión de Roma, te la comunicaré.

El mismo comendador Gazzolo me devolvió los doscientos francos en oro que tú le habías regalado y dos mil francos más. El juzga
conveniente concluir cuanto concierne

1 BARBERIS, La República Argentina y la Patagonia, pág. 114. Turín, Tip. Salesiana 1877.

2 Para las condecoraciones pontifícias.
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a la iglesia de la Misericordia y está dispuesto a ceder su terreno por cualquier ofrecimiento que quiera hacerle don Bosco. Dime después
cuánto puede valer cada metro.

Insiste en la necesidad de una nueva expedición y he calculado preparar una docena compuesta de cinco sacerdotes, tres seglares, pero
maestros idóneos para la enseñanza, y cuatro capacitados para la cocina, la sacristía, las cosas de casa y también la huerta.

Dos de los sacerdotes para la iglesia de la Misericordia, dos para San Nicolás ((263)) y uno para lo que se necesite. Don Ricardo
Bazzani 1 sería capitán civil y don Francisco Bodrato capitán salesiano. "Qué te parece?

La fiesta de María Auxiliadora se celebró con mucha devoción, mucho concurso, muchas gracias. El vino de Mendoza alegró la fiesta:
aplausos prolongados a los misioneros salesianos. Se les dedicó un mensaje de agradecimiento que don César Chiala te enviará. Todos
me dicen que Sammorí sería un excelente predicador en cualquier parte.

Otras cosas para otra vez. La nueva expedición saldría a últimos de septiembre próximo; instalada ésta, tú volverías a Valdocco para...
(sic)

El señor Gazzolo da por cosa hecha que el Presidente de la Sociedad de San Vicente de Paúl pone ochenta mil francos a tu disposicion
para una construcción o casa para aprendices pobres; dime algo sobre ello.

Me dice también que estás muy cansado y que tu salud no marcha muy bien; cuídate de ti y de los otros, y en todo caso, "lía los
bártulos" 2 y yo procuraré enviarte inmediatamente un sustituto.

Saluda a todos nuestros amados hijos y créeme siempre en Jesucristo

30-5-1876.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

Disipado el sueño momentáneo de una colonia italiana en tierra libre, dado que no existían tierras libres más que en la fantasía de
escritores europeos mal informados, el Beato iba en busca del lugar, donde crear un centro seguro para desarrollar una actividad eficaz
para salvación de pamperos y patagones, sobre todo con la institución de una Prefectura Apostólica. Baste recordar que esto era lo que
pretendía con su memorial de mayo al cardenal Franchi, Prefecto de Propaganda. Precisamente este memorial es el "proyecto" a que
alude la carta precedente.

En cuanto a la relación, a la que Gazzolo sencillamente prestó su nombre, no encontramos en ella nada nuevo, de suerte que no merece

1 Don Ricardo Bazzani de Módena, capellan del hospital de San Nicolás, fundado por monseñor Ceccarelli, había vuelto a Italia hacía
unos meses. Don Bosco esperaba que él y don Francisco Bodraio podrían guiar la nueva expedición.

2 "Intasca i burattini". Forma donosa que se emplea en el Piamonte en lugar de "hacer la maleta y ponerse en viaje".
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la pena traerla de nuevo aquí. Pero no debemos pasar por alto la conveniencia de que el Papa recibiese por conducto oficial informe
((264)) de lo que se había hecho, para que viese cómo se habían llevado las cosas con toda seriedad, y para que siguiera prestando su
favor a lo mucho que quedaba por hacer. No tomen a la letra los lectores el regalo de don Juan Cagliero a Gazzolo y la restitución de éste
a don Bosco: es una pura fórmula diplomática para advertir que el cónsul argentino reembolsó los gastos del viaje, que le había
anticipado don Juan Cagliero. Cómo ejecutó este acto, no lo sabemos.

Pero estamos mejor informados sobre el asunto del terreno o, mejor, terrenos, ya que eran dos, como en otro lugar decíamos. Don Juan
Cagliero, para contestar a don Bosco acerca del valor de los mismos, pidió a una persona competente y desinteresada que hiciera la
valoración; y ésta declaró que los dos trozos de terreno podían valer unos dieciocho mil pesos, moneda corriente equivalente a la lira
italiana. Así, pues, don Bosco le hizo este ofrecimiento, pero a Gazzolo le pareció irrisorio; y pidió por su parte un mínimo de cuarenta
mil liras italianas, por una serie de razones que no le costó ningún trabajo a don Juan Cagliero deshacer 1. No fue posible nunca
encontrar la solución de ese pleito para llegar a un acuerdo.

Exageraba un tanto Cagliero al escribir entonces a don Bosco que él, siguiendo sus recomendaciones de ocuparse de la Patagonia,
había casi olvidado a Buenos Aires; en efecto, estudiaba los preparativos para fundar en esta ciudad una escuela de artes y oficios,
tomando como modelo la del Oratorio. El doctor Eduardo Carranza, presidente de las Conferencias de San Vicente de Paúl, en una
reunión de estas Conferencias, celebrada en 1880 en presencia del Nuncio Apostólico monseñor Matera, expuso con toda gracia los
primeros orígenes de la Obra 2. Un día del año 1876, dijo él en substancia, dos hombres caminaban por la calle principal de Buenos
Aires, meditando sobre una gran obra en favor de la juventud pobre y abandonada, que hormigueaba por las plazas y ((265)) suburbios
de la capital. Los dos pensaban en un asilo u hospicio; pero ninguno de los dos poseía los medios suficientes para ello. Uno de ellos,
sacerdote, venía de Turín, enviado por el Fundador de una nueva Institución destinada a socorrer a la juventud que está en peligro y traía
consigo maestros de artes y oficios y también algún sacerdote muy bien dotado, capacitado para dirigir un instituto; pero no tenía dinero,
ni casa para llevar a efecto su gran

1 Carta de Gazzolo a don Juan Cagliero, del 13 de febrero de 1877 y carta de don Juan Cagliero a Gazzolo, del 20 de marzo de 1877.
Apéndice, doc. 19.

2 Escribimos ateniéndonos al testimonio de don José Vespignani, que asistió a ella.
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proyecto. Este sacerdote era don Juan Cagliero. El otro era él mismo, presidente de las Conferencias, que había recibido un legado de
una buena señora, para la fundación de un internado para muchachos pobres. El capital no bastaba para la construcción de un edificio y
el mantenimiento de los huérfanos, pues no eran más que unos seiscientos mil pesos de la antigua moneda, equivalentes a casi sesenta
mil liras italianas; sólo se podía alquilar una casa para comenzar la obra. Quiso la Divina Providencia que estos dos hombres se
encontraran, se dieran la mano, y dijeran a una voz:

-íPues bien, comencemos en el nombre del Señor!

Y efectivamente comenzaron. Se alquiló una casa bastante cómoda en la calle Tacuarí y San Juan, cerca de la parroquia de la
Concepción.
Los primeros veinticinco huérfanos se tomaron del asilo que administraban las Hermanas del Huerto, en la calle Méjico; sus padres
habían sido víctimas de la fiebre amarilla, que había atacado a Buenos Aires en 1871. Habían llegado ya a una edad que no permitía a las
buenas Hermanas seguir educándolos: y ellas lo remediaban, mientras tanto, con hombres a sueldo que les enseñaban algún oficio útil.
Otros veinticinco muchachos fueron repartidos entre las familias pobres asistidas por las Conferencias. Así empezaron los talleres de
sastres, zapateros, carpinteros y encuadernadores, organizando las escuelas según el sistema salesiano, con banda de música, canto y
todo lo demás. Las cosas se encaminaron sobre la base de un convenio muy defectuoso 1, que con el andar del tiempo necesariamente
había de dar origen ((266)) a serios inconvenientes. La dirección de la Escuela de Tacuarí sería confiada a don Francisco Bodrato, el cual
regiría al mismo tiempo la iglesia Mater Misericordiae y además una parroquia, de la que pronto hablaremos. Entretanto actuaba, como
brazo derecho de don Juan Cagliero, el incomparable don Juan Bautista Baccino, a cuyo celo y sacrificio deben mucho las obras
salesianas de Buenos Aires, pues a él se debe que, desde su comienzo, tuvieran una estabilidad precursora de su duración.

El incansable Cagliero puso manos a otra empresa. Apenas llegaron los salesianos a Buenos Aires, quedaron atónitos ante el
deplorable espectáculo que ofrecía un barrio de la ciudad, denominado la Boca y poblado por ligurinos. A estos italianos se atribuía la
sectaria manifestación, que había tomado por blanco preferente de su odio sectario a los jesuitas, incendiando el gran colegio del
Salvador 2. Don Juan

1 Véase Apéndice. doc. 20.

2 Véase Tomo XI, pág. 130.
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Cagliero, que predicaba a los italianos en la iglesia de la Misericordia, tronaba contra la deshonra que por ello caía sobre el nombre de
Italia.
Su ardor apostólico le llevó a algo mucho mejor; quiso ver con sus ojos lo que era aquella Boca, de la que tan mal se hablaba. Se llenó
los bolsillos con medallas de María Auxiliadora, de las que se habían provisto abundantemente en Turín; atravesó a solas los prados, que
en aquel entonces separaban el arrabal de la ciudad. Enseguida vio una nube de golfillos y galopines que correteaba entre aquellas
casuchas de madera y que quedaron como viendo visiones al divisar a un malaventurado, contra quien armar jarana. Pero ícuál no fue su
sorpresa al oírle decir frases cariñosas en su dialecto genovés y verle salir a su encuentro sonriente, alegre y festivo! Don Juan Cagliero
aprovechó el momento oportuno, sacó un puñado de medallas, las lanzó lo más lejos que pudo y, mientras ellos corrían a alcanzar lo que
creían monedas, desapareció, dio a toda prisa la vuelta al puerto y recorrió las calles principales, sembrando medallas. Los muchachos
las recogieron, las llevaron a sus casas y se las enseñaron a sus madres, a las abuelas, a las hermanas, a los hermanos. Por los patios y
casuchas no se hablaba más que ((267)) del cura, del cura de las medallas. Pero el cura, después de la primera aparición, había
desaparecido.

Al día siguiente se presentó don Juan Cagliero al Arzobispo y le dijo:

-Monseñor, ayer di un paseíto estupendo. Estuve en la Boca y he recorrido el barrio a lo largo y a lo ancho.

-Ha cometido una grave imprudencia. Yo no he ido nunca y no permito que ninguno de mis sacerdotes vaya allí, porque sería
exponerse a graves peligros, incluso a ser apedreados.

-Pues yo tengo precisamente la tentación de volver para ver el efecto de mi primera visita. "No sabe, Monseñor, que he sembrado... y
ahora tengo que ir a recoger?

-íGuárdese mucho, no se exponga a ningún peligro!

Cagliero sin alterarse, se despidió. Dos o tres días más tarde volvía al mismo lugar y por las mismas calles. Los muchachos corrieron
tras él, gritando en dialecto genovés:

-íEl cura de las medallas! íEl cura de las medallas!

Se renovaron las antiguas escenas de don Bosco:

-Vamos a ver: "quién es el mejor?... "Y el más malo?... "Sabéis hacer la señal de la Cruz?... "Quién sabe el Avemaría?

Se esforzaban por demostrar que sabían algo. Muchos llevaban la medalla al cuelo y querían más para llevarlas a sus casas. Don Juan
Cagliero escuchaba, repartía medallas y soltaba donaires a uno y a
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otro. En fin, la segunda vuelta resultó un pequeño triunfo; hombres y mujeres se asomaban a la puerta de sus tugurios para ver al cura,
que se había ganado el afecto de aquellos pilluelos y prometía ya un amplio patio con muchos juegos, cantos, músicas y alegría
universal.

Cuando el Arzobispo oyó a don Juan Cagliero contar lo que había pasado en la Boca, quedó admirado y, rebosando de alegría, díjole
en un arrebato de entusiasmo:

-Puesto que es usted tan pertinaz en querer ir a la Boca, le daré aquella parroquia, donde hasta el día de hoy no fue posible establecer el
ejercicio del culto y del sagrado ministerio.

Don Juan Cagliero le dio las gracias diciendo:

-Precisamente don Bosco nos ha enviado para estos nuestros italianos e hijos de italianos. ((268)) En nombre de nuestro Fundador y
Padre doy gracias a Su Excelencia y comunicaré a Turín el precioso regalo que nos quiere hacer.

El Arzobispo cumplió su palabra. Don Francisco Bodrato, que capitanearía la segunda expedición de misioneros y quedaría como
superior de la misión, después de la partida de don Juan Cagliero, asumiría también el gobierno de la parroquia de San Juan Evangelista
en la Boca, realizando en ella la prodigiosa transformación que más tarde admiraremos. La escuela del beato don Bosco pobló con estos
gigantescos trabajadores las primeras instituciones salesianas; algunos son muy conocidos, muchos otros se desgastaron en el silencio,
pero todos son igualmente dignos de eterna memoria y generosa imitación.

La palabra paterna de don Bosco llegaba de tanto en tanto a Cagliero con noticias, instrucciones y alientos. El 29 de junio le escribía
en estos términos:

Mi querido Cagliero:

1.° Comienzo dándote noticias de tus parientes. Ha venido aquí tu madre y después tu hermano: también ellos están ansiosos de ir a
América, pues es muchísimo lo que disfrutan con tu misión. Todos gozan de buena salud. Un sobrinito tuyo estuvo enfermo de los ojos;
pero, al cabo de un mes de ser atendido por el doctor Sperini, curó perfectamente.

2.º Ayer por la mañana expiró, en Feletto, el querido don César Chiala, dejando a todos una amarga pena. Es una desgracia para
nuestra Congregación, aunque la temíamos desde hacía mucho tiempo; sin embargo, causó en todos profundo dolor. Estaba a su lado su
madre. El día anterior a su fallecimiento, anteayer, estuvo levantado. Los pulmones funcionaron hasta lo último.

3.º Te envío los diplomas para Benítez y Ceccarelli; si es posible, entregádselos
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con solemnidad y dad al acto toda la importancia que se merece, de la manera que te dije en mi carta desde Roma. Ya fue prevenido el
señor Obispo; pero bueno será que tú mismo le informes. Y estaría también muy bien que estuvieran informados de ello los diarios
buenos.

4.° El marqués de Spínola, ministro italiano en Buenos Aires, es portador de un solideo y de esta carta para vosotros. Es buen cristiano
y buen católico; puedes hablar con él confidencialmente. Su fin es hacer el mayor bien que pueda. Desea promover las escuelas de los
italianos. Decidle lo que hacéis en Buenos Aires, en San Nicolás y lo que os proponéis hacer. Está encargado por el Gobierno de prestar
ayuda económica, si hace falta. Tú insiste para que empiece a ayudarnos ((269)) en los pasajes y en tener locales destinados a escuelas y
hospicios. Bueno será prevenir también al Arzobispo de que, cuando haga falta, puede fiarse de la honestidad y catolicidad del señor
Ministro.

5.° El Padre Santo deseaba vivamente un ensayo tal como lo ideamos nosotros, para llegar a las Pampas y a Patagonia. Yo creo que
una casa en Dolores sería muy oportuna. Otra en Córdoba y todavía más cerca de los salvajes.

Entretanto esta semana escribo al Obispo de Concepción, en Chile 1, para ver si se pueden hacer otras instituciones por aquellas
tierras. íEsto es lo que quiere de nosotros el Señor en este momento! Casas y colegios de humilde condición, internados donde sean
aceptados los salvajes o semisalvajes, si pueden alcanzarse. Gran esfuerzo por cultivar las vocaciones.

6.° Estoy preparando una docena de salesianos, entre los que habrá no menos de cinco presbíteros con Sammory, Fassio y don
Francisco Bodrato a la cabeza. "Hay esperanza de obtener los pasajes, por lo menos la mayor parte?

7.° Nuestras monjas ya llegan a ciento cincuenta; habrá que predicarles dos tandas de ejercicios espirituales. Tendremos casas en Sestri
Levante, Trinità de Mondový, Biella, etc., etc. íQué movimiento!

Este año se impondrá la sotana salesiana a setenta y cinco clérigos, por lo menos. Las vocaciones llegarán a doscientas en total.

Espero noticias del Hospicio en Buenos Aires, de los Oratorios, del Colegio en Montevideo.

Da noticias mías a don Juan Bautista Baccino, a don Esteban Belmonte y a los otros 2, a los que esta vez me falta tiempo para escribir.

Suspiro por el momento de tu regreso.

Dios nos bendiga a todos, y creedme siempre en Jesucristo

Turín, San Pedro, 1876.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

P. D. Ya puedes preparar una casa de noviciado en América; tengo iniciada la negociación en Roma y creo que no tendremos
dificultades.
1 Véase más adelante, pág. 239.

2 Son palabras castellanas en el mismo original de don Bosco.

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Acertó don Bosco al suponer que no encontraría dificultad alguna en Roma para la negociación de la apertura de un noviciado. No
existía todavía una casa destinada a este fin, ni se podía improvisar; pero, mientras tanto, la actuación de los nuevos apóstoles despertaba
simpatías por su estilo de vida religiosa y excitaba peticiones para hacerse salesianos. "Se podría pretender que los postulantes vinieran a
Europa para hacer aquí el noviciado? "O había que dejar morir esos preciosos gérmenes de ((270)) vocaciones? Este era el motivo que
inducía a don Bosco a pedir la apertura de un noviciado, pero no designaba una casa determinada; él miraba más que nada a la facultad
en sí misma, que le permitiera hacer el bien en espera de lo mejor y de lo óptimo. Se tiraría, pues, adelante durante algún tiempo, como
se había hecho durante muchos años en el Oratorio, gracias a las excepcionales facultades concedidas por Pío IX al Fundador.

Nos decía el venerando don Luis Cartier que, en sus tiempos, hacer el noviciado esencialmente quería decir confesarse con don Bosco
y hablar a menudo con él. Lo cierto es que ningún maestro de novicios legalmente constituido había logrado nunca, por aquel entonces,
plasmar religiosos tan cumplidos como los que formó don Bosco, dotado no sólo de raras aptitudes formativas, sino también de carismas
especiales. Todas las formalidades canónicas entraron en vigor más tarde, cuando estaban sólidamente puestas las bases, y el espíritu de
don Bosco, ya bien definido y comprendido, actuaba por medio de sus hijos mayores.

La súplica dirigida al Papa estaba formulada en estos términos:

Beatísimo Padre:

La bendición que S. S. se dignó impartir a los misioneros salesianos, antes de su partida para la República Argentina, dio sus buenos
resultados en favor de las almas. Por las últimas noticias enviadas desde allá el primero de junio y recibidas aquí en el primero de julio
de este año, sabemos que ya se pudieron establecer cinco casas o institutos en América del Sur. Un colegio de Montevideo, la iglesia
Mater Misericordiae de los italianos en Buenos Aires; un hospicio para niños abandonados en esta misma capital; un colegio en San
Nicolás de los Arroyos, que cuenta ya con más de cien alumnos. Junto al colegio se inauguró una iglesia pública a la que acude mucha
gente para escuchar la palabra de Dios, oír la santa misa y recibir los santos sacramentos de la confesión y comunión.

En relación a propósito someteré a la alta Sabiduría de S. S. lo que me parece útil emprender para avanzar hacia los salvajes e intentar
la difusión del Evangelio entre ellos.

Al presente es necesario, ante todo, fundar una casa de noviciado. En los cinco meses que llevan los salesianos por aquellas regiones
encontraron algunos jóvenes, que han manifestado deseo de abrazar el estado eclesiástico, y fueron aceptados en
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la Congregación Salesiana siete de ellos a petición de los mismos. ((271)) Su deseo es hacerse salesianos e ir, como ellos mismos dicen,
a predicar a los salvajes. Mas, por ser demasiado largo el viaje para venir a Europa a hacer el noviciado, suplico a V. S. tenga a bien
permitir que se abra allá una casa de noviciado, conforme a las Constituciones Salesianas aprobadas por S. S.

Como quiera que los lugares y las personas, con las que se vive, pueden aconsejar el traslado del noviciado o la apertura de una o mas
casas sucursales, suplico a V. S. conceda que esta casa o casas se puedan abrir en la ciudad o pueblo donde la salubridad, la facilidad de
los medios materiales y morales indiquen ser más conveniente para la gloria de Dios.

Beatísimo Padre, seguid dispensando Vuestra protección y Vuestro apoyo a esta misión que se proyectó y comenzó bajo Vuestros
auspicios y consejos, y que nosotros estamos seguros de que, con la ayuda de Dios, se cosecharán grandes frutos.

Los diez misioneros que ya están en América y los doce que se preparan para ir en la segunda mitad de septiembre, aseguran a Vuestra
Santidad que ofrecen de buen grado su vida trabajando por Vuestra Santidad, es decir, por la religión de Jesucristo; y, humildemente
postrados, se encomiendan unánimes a las oraciones de V. B. e imploran la bendición apostólica,

De V.S.

Seguro servidor y humilde hijo JUAN BOSCO, Pbro.

Pocos días después de haber enviado esta súplica, volvió a escribir a don Juan Cagliero, porque su pensamiento y su corazón estaban
constantemente con sus misioneros y sus presentes y futuras misiones.

Queridísimo Cagliero:

Todo sigue su marcha. Se ha hecho la petición al Padre Santo para un noviciado en América y no hay dificultades. Se preparan veinte
salesianos que saldrán en octubre próximo circum circiter (poco más o menos).

No pierdas de vista a Dolores, donde, según creo, interesa al Gobierno se abra una casa según el modelo de la de Turín o San Pier
d'Arena; trátalo de manera positiva con el señor Arzobispo y con el querido monseñor Ceccarelli. El Padre Santo toma muy a pecho este
asunto.

En la próxima carta tendrás escrita la bendición del Papa para el Colegio Colón, que será algo estupendo.

Tú eres músico y yo soy poeta de profesión; por eso nos arreglaremos para que las cosas de las Indias y las de Australia no entorpezcan
las de Argentina, donde tú permanecerás hasta que todo esté arreglado y juzgues de acuerdo con tu alta sabiduría, poder volver a
Valdocco sin molestias. ((272)) Muchos y cordialísimos saludos para el doctor Carranza, y dile que tengo una cosita para enviarle, la
cual, como a buen cristiano que es, le gustará mucho. Haz cuanto puedas para atender a los muchachos pobres, pero prefiero, si fuera
posible hacerse con ellos, los que proceden de los salvajes; y si por casualidad fuera posible enviar algunos a Valdocco, los recibiría muy
gustoso.
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Tenemos en Turín al cardenal Berardi; en cuanto termine esta carta, voy a hacerle una visita y le hablaré también de los del otro
mundo.

No sé dónde te encontrará esta carta; pero estamos de acuerdo en que saludarás a nuestros conocidos y amigos e hijos, como si los
nombrara a todos uno por uno en particular.

Haz que podamos tener con tiempo los pasajes; mas, si puedes conseguir que se nos envíe el dinero en efectivo, es mucho mejor; pues
así podremos actuar más fácilmente.

Cuando veas a Tomatis, dile que para los Santos habrá una casa salesiana para niños en Trinità, su patria.

Dios nos bendiga a todos y créeme en Jesucristo tu

Turín, 13-7-1876.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

P. D.-Para octubre irán las Hijas de María Auxiliadora a atender y cuidarse del Seminario de Biella.
La prontitud de una respuesta favorable demuestra lo bien recibida que fue en Roma la petición para abrir un noviciado en Argentina.
El cardenal Franchi, Prefecto de la Sagrada Congregación de Propaganda, obtenía a don Bosco el 6 de julio ex audientia Sanctissimi, "la
facultad de erigir otro noviciado... en la República Argentina, previo consentimiento del Ordinario del lugar" 1. En la comunicación
enviada al Beato se señalaban las consabidas condiciones requeridas por la canónica erección definitiva. Don Bosco quedó
satisfechísimo. Al participar la alegre noticia a don Juan Cagliero, improvisó otro documento muy elocuente de sus múltiples solicitudes
por las Misiones y misioneros.

Queridísimo Cagliero:

He recibido tu última, que fue leída y releída. Estas cartas, que en su mayoría se publican en todos los periódicos, hacen mucho bien a
nuestros salesianos y a todos.

((273)) Al hablar con los nuestros di y recomienda que no se omita nunca el ejercicio mensual de la buena muerte. Es la llave para
todo.

Estoy preparando la expedición de otros veinte héroes para el otro mundo; si es preciso enviaré todavía más, y espero que quedarás
satisfecho, pero necesito que me fijes el momento oportuno para la salida. Si se llega a una conclusión con lo de Villa Colón mandaré
como Director a don Daghero, don Juan B.ª Tamietti, don Luis Lasagna, o don Domingo Belmonte, todos ellos doctores en letras y el
último doctor en filosofía. Todos están ya bien dispuestos.

1 Véase Apéndice, doc. 21.

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En general recuerda siempre que Dios quiere nuestros esfuerzos en favor de los pamperos y de los patagones y de los niños pobres y
abandonados.

Todavía no he recibido la respuesta del señor Arzobispo; el cardenal Franchi la espera con mucha ansiedad; pero a su buen querer.

Te envío algunos ejemplares de los Cooperadores Salesianos, que acaba de salir a la luz. Léelo y después lleva un ejemplar a S. E. el
Arzobispo; dile que deseo que figure él el primero después del Padre Santo entre los Colaboradores Salesianos, pero que no quiero hacer
nada sin su beneplácito.

Después del Arzobispo vendrá su Vicario General; luego el doctor Espinosa, Carranza, monseñor Ceccarelli, el señor Benítez, etc. Si
hacen falta libritos, comunícamelo.

Nota: todas las indulgencias allí anotadas pueden lucrarlas también todos los salesianos.

Amplia facultad de Roma para abrir noviciado, estudiantado en América, en cualquier lugar, pero de consensu ordinarii Dioecesani;
como lo verás por el decreto que adjunto.

No olvides que en el caso de enviar los pasajes, se envíe con preferencia el dinero; nos resulta muy ventajoso y presentamos mucho
mejor nuestra razón.

íQueridísimo Cagliero, cuánto quehacer! Otros te escribirán más cosas.

Salúdame cordialísimamente a Baccino, y dile que estoy muy satisfecho de él, y que siga adelante.

Bazzani está aquí en mi habitación mientras escribo. Te envía sus saludos y espera la orden para acompañar a los salesianos a América.

Pienso que uno de los que están en San Nicolás, y que sepa bien el español, podría trasladarse a Montevideo para el futuro colegio en
proyecto.

La gracia de Nuestro Señor Jesucristo esté siempre con nosotros, y saluda a todos nuestros hermanos y amigos; y, si por acaso,
ocurriese que pudieras enviar a Europa una decena de pamperos y patagones o algo parecido, envíalos en hora buena.

Créeme todo tuyo en Jesucristo

Turín, 1.º de agosto de 1876.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

((274)) En la carta incluyó un oficio, en el que comunicaba la bendición del Papa para la primera fundación salesiana fuera de
Argentina. Cuando lo hayamos referido, será el momento para hablar de la nueva obra que ya hemos ten ido ocasión de mencionar varias
veces.

El Padre Santo experimentó una gran alegría al recibir la noticia de un colegio católico en Uruguay; agradeció mucho que se llamara
colegio Pío; y envía su bendición Apostólica a la obra, a quienes la promueven y a todos los que colaboren en favor de la misma. El
cardenal Berardi, que me lo comunica, añade: Su Santidad mostrará cada vez más su satisfacción; cuando esté en marcha el colegio,
concederá todos los favores espirituales que se consideren oportunos para la mayor gloria de Dios.

Turín, 1 de agosto de 1876.

JUAN BOSCO, Pbro.

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La breve parada de los primeros misioneros en Montevideo, guiados por don Juan Cagliero, produjo sus frutos; las autoridades
eclesiásticas de la capital atesoraron las noticias que él les dio sobre la Congregación; las noticias posteriores de las fundaciones en
Buenos Aires y en San Nicolás les confirmaron su buen concepto de los salesianos: y, por eso, ya en los primeros meses de 1876, la
Curia Episcopal de Montevideo empezó sus negociaciones para llevar allí a los hijos de don Bosco.

El Uruguay, recientemente separado de la República Argentina, iba camino de constituirse en Estado. La jerarquía eclesiástica estaba
representada allí por un simple Vicario Apostólico en la persona de monseñor Vera, prelado muy celoso, que trabajaba febrilmente para
hacer florecer en el país la religión católica, fundando hospitales, orfanatos y escuelas. Se echaba muy de menos la carencia absoluta de
colegios para la educación cristiana de la juventud, lo cual se quiso remediar a través de los salesianos. Se vio el cielo abierto ante la
posibilidad que se presentó de adquirir un inmueble magníficamente situado, y como hecho expresamente para el fin apetecido. Aquello
pareció una disposición de la Providencia, para conjurar la inminente amenaza de que ((275)) los protestantes invadieran el campo,
aprovechando los medios de que suelen disponer.

Los hermanos Cornelio, Adolfo y Alejandro Guerra habían fundado en 1868 una Villa o población con el nombre de Villa Colón, o
Ciudad de Colón. Más tarde, en 1873, la población con sus terrenos pasó a propiedad de la Sociedad Lezica, Lamis y Fynn, en
Montevideo, fundada en 1866 para abastecer de agua potable a la capital; esta empresa tuvo un éxito completo con la inauguración del
acueducto en 1871. Pero la situación económica de la Sociedad quedó tan afectada con ocasión de los trastornos políticos uruguayos de
1875, que tuvo que liquidar sus bienes y disolverse.

En aquel entonces púsose en relación el señor Fynn con monseñor Vera y con su secretario don Rafael Yeregui, hermano del futuro
primer Arzobispo de Montevideo, y ofreció a don Juan Cagliero, en nombre de la Sociedad, la iglesia dedicada a Santa Rosa de Lima
con el colegio anejo, poniendo como condición que los salesianos rigieran dicha iglesia y sostuvieran el bachillerato elemental y superior
en el colegio mismo, según los reglamentos y programas de la Pía Sociedad Salesiana 1. La cesión de los edificios y terrenos se firmó el
24 de mayo de 1876; después de lo cual el beato don Bosco buscó diez salesianos

1 Véase Apéndice, doc. 22.
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para enviarlos al Uruguay con la próxima segunda expedición de misioneros.

Don Bosco actuaba en las misiones como en todo: no paraba nunca, ampliaba sus planes a medida que las obras emprendidas tomaban
consistencia y daban esperanzas de estabilidad. Por eso le vemos lanzar la mirada allende la cordillera para buscar un punto de apoyo a la
evangelización de los indios. Hay una carta suya, de julio de 1876, al Obispo chileno de Concepción pidiéndole consejo y ayuda para
este plan. No lo nombra, pues no sabe siquiera quién es, y le escribe en latín, porque ignora cuál es la lengua del país. Tiene el mismo
estilo de sus muchísimas cartas en italiano, ((276)) que los lectores conocen muy bien 1. Hecha su propia presentación y la de la
Congregación, le propone su idea de intentar llegar hasta los salvajes de aquellos países. Le pregunta, por consiguiente, si hay
probabilidad de buenos resultados y dónde convendría instalar el punto de partida y cuáles podrían ser las disposiciones del Gobierno
frente a la empresa, y pide además al Prelado que se sirva interponer sus buenos oficios. No sabemos la suerte que corrió esta carta; pero
la respuesta no podía ser alentadora, dado que ya prestaban sus cuidados los padres capuchinos a los indios de la Cordillera, en aquel
punto. La ciudad de Concepción recibió la primera fundación salesiana de Chile en 1887, cuando aún vivía el Beato.

En San Nicolás se pudo celebrar la solemne inauguración del Colegio el día de la Anunciación. Asistieron todas las autoridades
civiles. El señor Arzobispo celebró allí la misa, y lloró de emoción al ver a tantos muchachos acercarse a la sagrada mesa. Nunca se
había visto nada semejante por aquellas tierras. Don Juan Cagliero, que acudió allí bastante tiempo antes, preparó estupendamente la
música. Las fiestas duraron dos días en un ambiente de gran entusiasmo popular. Después de las ceremonias religiosas del día 25
celebróse la fiesta cívica el 26, con un grandioso acto académico, presidido por el Arzobispo, acompañado por los ciudadanos más
distinguidos.

Cantos, piezas de música y declamaciones formaron la parte alegre; la parte seria consistió en discursos. El de don Domingo Tomatis,
presentado oficialmente por el octogenario señor Benítez, el miembro más influyente de la Comisión que había preparado la llegada de
los salesianos 2; el de monseñor Ceccarelli, factotum de la empresa; varios

1 Véase, Apéndice, doc. 23. En ella se menciona la fundación de Dolores, para donde se tuvieron reiteradas peticiones en el decurso de
los años; pero adonde nunca fueron los Salesianos. Esta fundación, tan reclamada por varias partes, podía considerarse entonces como
cosa hecha.

2 Este simpático anciano, tan caritativo con los salesianos, profesaba profunda veneración a don Bosco a quien escribió otra carta en
latín a primeros de abril. (Véase Apéndice, doc. 24).
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discursos de personajes notables y el discurso de clausura ((277)) del Arzobispo. El buen Pastor felicitó al pueblo Arroyero, por haber
levantado un templo para la enseñanza y educación cristiana de la juventud y dio las gracias a los salesianos proclamándolos "su
vanguardia para hacer el bien y salvar las almas". Los muchachos, que habían sido la alegría y consuelo del Arzobispo durante los dos
días, le ganaron las simpatías de la población, acompañándole con sus "vivas" jubilosos cuando iba a embarcarse en el puerto del
Paraná.

Los salesianos de San Nicolás no limitaron su trabajo al colegio y a la ciudad. El director don José Fagnano y sus hermanos se habían
conmovido en las excursiones de los primeros días, al darse cuenta de la miseria moral y el abandono religioso en que vivían tantos
italianos diseminados a enormes distancias por aquel inmenso campo. Por eso, desde el primero de junio, se aceptó la misión de las
estancias o haciendas, que, con incalculables incomodidades, visitaban los nuestros de vez en cuando, para llevar hasta ellas los
beneficios de su ministerio sacerdotal.

Un hecho singular despertó en muchos de la ciudad y del campo la fe adormecida. Entre los recuerdos, que don Bosco dio a los
misioneros, sobresalía éste: "En cualquier grave necesidad que os encontréis, acudid a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora y
tened la seguridad de que vuestras esperanzas jamás quedarán frustradas". Se acordaron de él los hermanos de San Nicolás en un
momento muy oportuno.

Está aquella zona sujeta al terrible azote de las langostas. Caen encima de repente en densos nubarrones y destruyen en pocos días la
cosecha del año y dañan la de los años siguientes. Hacía ya tres años consecutivos que se repetía el desastre, y comía la miseria a los
habitantes. También el año 1876 llegó la noticia de que la plaga asolaba algunas localidades próximas. Cuando los salesianos vieron el
pánico general pensaron invitar a los pueblos a ponerse bajo la protección de María Auxiliadora; y publicaron un triduo solemne en su
iglesia. No faltaron quienes, alardeando de espíritus superiores a toda superstición, hacían burla de las beaterías de la gente sencilla;
pero, especialmente los italianos acudieron en masa. Tres días después llegó la ((278)) langosta; en media hora se cubrió el campo y la
ciudad; árboles, prados, calles, casas y paredes, todo desapareció bajo una capa del color rojo grisáceo de las hormigueantes langostas.
La cantidad superaba con mucho a la de las invasiones anteriores; si se hubiesen detenido un par de días, no habría quedado en todo el
territorio ni una hoja de árbol, ni una brizna de hierba. El escarnio de los escépticos se hizo más insultante; pero los fieles redoblaron sus
plegarias y añadieron sus
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promesas. Al día siguiente, cuando menos se esperaba, el funesto ejército reemprendió el vuelo hacia otra parte. Quedaba todavía una
retaguardia que podía producir daños enormes; pero cayó aquella noche una tromba de agua y sopló un viento helado que las ahuyentó.
El daño fue mínimo, de suerte que la vegetación se recuperó con vigor; es más, la cosecha de aquel año fue prodigiosa. Una colecta para
la iglesia de María Auxiliadora produjo en un abrir y cerrar de ojos la cantidad de cincuenta mil pesos, equivalente por entonces a diez
mil liras italianas; a tanto llegó el agradecimiento de aquella buena población. Resulta fácil imaginar el efecto causado por el feliz
suceso.

Como se acercara la fiesta onomástica de don Bosco, los salesianos de San Nicolás y sus alumnos enviaron al Padre lejano saludos
muy afectuosos. Don Bosco respondió así a los alumnos:

Queridísimos hijos:

Con gran satisfacción de mi corazón he recibido vuestros saludos, vuestros augurios; y bendigo a Dios que envió a don José Fagnano y
a los demás salesianos para abrir ese Colegio, donde espero que aprenderéis, a la par de la ciencia, el santo temor de Dios. Me dicen
vuestros Superiores que sois muy buenos y esto me consuela mucho. Seguid por el camino de la virtud y siempre tendréis la paz del
corazón, la benevolencia de los hombres y la bendición del Señor.

Ahora os quiero dar una buena noticia. Cuando fui a Roma, hablé mucho de vosotros al Papa, que se alegró al informarse de vuestra
buena conducta.

Después me dijo:

-Envío con mucho gusto la bendición apostólica a vuestros alumnos del Colegio de San Nicolás, a los internos y a los externos, les
concedo una indulgencia plenaria in artículo mortis ((279)) y otra indulgencia plenaria para ganarla el día que quieran. Este favor se
extiende a todos sus parientes, hasta el tercer grado inclusive.

Vosotros podéis pedir explicación de este favor a vuestros superiores y después comunicadlo a vuestros padres y parientes.

Que Dios os bendiga a todos, queridos hijos míos. Estad alegres, pero huid la ofensa de Dios, frecuentad la santa Comunión, enviadme
alguna carta y rezad por mí, que seré siempre para vosotros en Jesucristo.

Turín, 1.º de julio de 1876.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

"Hace quince días que don Bosco no sabe hablar más que de las misiones y de la Patagonia", escribe don Julio Barberis en su crónica
el 12 de agosto. El Beato se industriaba para resolver el problema misionero en todos sus aspectos. Así la cuestión del clero indígena,
que hoy se presenta más urgente e importante que nunca, preocupaba
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ya su mente, cuando se encontraba escasamente en los umbrales de su actividad misionera: ya desde entonces se propuso la creación de
este clero como un objetivo a alcanzar en el más breve plazo posible;
creyó poder lograrlo en siete años.

Anhelaba, por tanto, el día en que se dispusiese de sacerdotes indígenas para enviarlos a los infieles del país, considerando aquella
fecha como digna de fijar época en la historia de las misiones. Y para formar indígenas parecíale óptimo partido el tomado por él, de no
lanzar sin más a los suyos en medio de los salvajes, con grave peligro para ellos, sino implantar estaciones o casas en los lugares
limítrofes; es más, preveía que, andando el tiempo, se haría lo mismo en todas partes. Ningún sacerdote privado estaría ciertamente en
condiciones de lograrlo, pero una Congregación religiosa tenía los medios. Y ponía el ejemplo de monseñor Comboni, que se esforzaba
por practicar este sistema en el centro de Africa, pero "de qué le servía si estaba solo? Porque resulta que, en semejantes casos, aquéllos
a quienes se confían jovencitos para educar, no emplean métodos a propósito, no tienen espíritu para ello o no están capacitados; y
además, hay que acudir muchas veces a personas ajenas a la misión. "Y los enormes gastos que para ello se requieren? ((280)) El
opinaba que, para formar algún sacerdote, era necesario reunir una cincuentena de muchachos en un seminario menor y proveerles de
todo. Una persona sola nunca llegaría a tanto. "Pero nosotros, dijo, y lo he visto en el sueño, sabemos que el que esté rodeado de un
buen grupo de jóvenes va adelante y puede hacer un gran bien".

En esto precisamente fundaba sus halagüeñas esperanzas de un feliz porvenir de sus misiones, a saber, en dedicarse los nuestros a la
juventud pobre: "el que marcha por este camino, afirmó el Beato, ya no da marcha atrás". Se refería después a ciertos religiosos, que en
otro tiempo dieron mucho que hablar de sus misiones en China, donde realmente hicieron muchísimo bien; pero él estaba convencido de
que, si hubiesen tenido por mira otra cosa más, a saber, si se hubiesen dirigido a la masa del pueblo mediante la educación de la juventud
pobre, nunca habrían tenido que retroceder en su apostolado.

En la obra de las Misiones, como en cualquier otra empresa, el Beato no separaba nunca de las providencias humanas la más absoluta
confianza en el auxilio divino. Son palabras pronunciadas por él en aquellos días, las siguientes, recogidas por don Julio Barberis:
"Confiamos en el Señor. Hacemos en esra empresa lo mismo que en todas las demás. Ponemos toda nuestra confianza en Dios y de El lo
esperamos todo, pero, al mismo tiempo, desplegamos toda nuestra actividad. No
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hay que descuidar medio alguno, no hay que escatimar trabajo, no hay que omitir santos ardides, no hay que reparar en gastos para lograr
el éxito. Hay que hacer todo lo que sugiere la prudencia humana. Hay que tomar las posibles medidas de seguridad para no poner en
peligro la vida en manos de los salvajes. Es verdad que para quien muere mártir, la muerte es una fortuna, porque vuela derecho al
paraíso; pero entretanto se malogra la conversión de millares de almas, que se hubieran podido salvar, teniendo mayor precaución.
También es verdad que la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos; pero esto quiere decir que, si no se puede hacer de otro
modo, antes que renegar de la fe, tenemos que estar dispuestos a dar la vida y mil vidas, sin miedo a que, ((281)) faltando nosotros, tenga
que sufrir detrimento la buena causa. En este caso suplirá el Señor. No tendríamos que dar marcha atrás por esto".

Don Bosco hablaba de este tema hasta con los muchachos jóvenes. En efecto, catorce años antes, describiendo en un sermón los
ardides empleados por San Atanasio para escapar de las insidias de los perseguidores, concluyó diciendo:

-Querría que todos vosotros llegarais a ser santos de este temple. Sí, queridos míos, esforzaos en serio por llegar a ser santos; pero de
estos santos, que, cuando se trata de hacer obras buenas, saben buscar los medios, no temen la persecución, ni escatiman trabajos; santos
sagaces que buscan prudentemente todas las maneras para lograr su intento.
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((282)
)

CAPITULO X

EL ESPIRITU DE MORNESE

EL beato don Bosco invitaba a sus hijos a bendecir la Providencia, pues reconocía que era obra de su mano la consolidación y el
admirable desarrollo del Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, aun en medio de muchas y serias dificultades 1. Prueba palmaria de
esta intervención divina era el hecho de que, aunque faltaran fuentes de ingreso, no faltaba, sin embargo, el pan de cada día. Si se mira
de tejas abajo no hay una familia tan numerosa que se mantenga sin una base económica adecuada, que permita mirar con tranquilidad el
porvenir. En otros Institutos femeninos se cuenta, al menos, con la dote de las postulantas, para remediar las necesidades de los
noviciados; pero aquí, por el contrario, el noventa por ciento de las jóvenes, que pedían ser admitidas, no contaba con bienes
patrimoniales; y muchas se presentaban hasta sin equipo personal. Sin embargo, se aceptaban y se caminaba hacia adelante. Así se
cumplía sin duda la promesa del Señor de que, a quien busca únicamente el reino de Dios y su justicia, se le dan por añadidura las cosas
necesarias para la vida material.

A este propósito tenemos una bonita palabra de nuestro Beato. Un día se encontró el Siervo de Dios en Borgo San Martino con la
madre Petronila, vicaria general y por tanto responsable de la administración económica, y le preguntó si entraban ((283)) postulantas.

-Postulantas no faltan, querido Padre, contestó la Hermana, pero todas o casi todas llegan con la manos vacías. "Y cómo hacer para
mantenerlas?

Don Bosco elevó los ojos al cielo, como solía hacer cuando tenía que responder o aconsejar, y profirió estas inspiradas palabras:

-íOh, si conocieseis la grandeza de una vocación! No rechacemos nunca ninguna por ser pobre. Si pensamos en las vocaciones, la
divina Providencia pensará en nosotros. Puede que alguna vez encontremos dificultades, pero Dios no nos abandonará nunca. Decidlo en
Mornese, decidlo a todas; las vocaciones, aun las pobres, harán rico al Instituto.

1 Crónica de Julio Barberis, 28 de marzo de 1876.
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Y el aumento del número no proporcionaba ningún quebranto al espíritu, porque vivir pobremente, trabajar mucho y rezar con fervor
eran constantemente las tres notas sobresalientes de la casa. No faltaron en aquellos duros comienzos doncellas de familias acomodadas
e incluso de la nobleza; éstas se dedicaban preferentemente a los estudios, para presentarse a exámenes oficiales y obtener el diploma de
maestras; pero hacían también vida común con todas las demás, no se sustraían a los oficios ordinarios y obedecían afectuosamente a
Madre Mazzarello, mujer sin letras y criada en el campo, que hacía prodigios con su bondad sencilla y humilde. Estaba llena del espíritu
de Dios, practicaba para sí y enseñaba a sus hijas una ascética casera y sin ceremonias, pero a la vez muy sólida.

Valga una muestra. A menudo decía:

-Mientras haya vanidad al hablar y al escuchar, no habrá verdadera piedad. No envidiéis a aquellas que suspiran y lloran en la iglesia
ante el Señor, pero no saben hacer un ligero sacrificio, ni adaptarse a un trabajo humilde. "Sabéis a quiénes debéis envidiar? A las que,
con verdadera humildad, se adaptan a todo y se conforman con ser como la escoba de la casa.

"Acaso no está la quintaesencia de la buena ascética religiosa en la humildad, la mortificación y el amor al sacrificio?

Tenemos un testimonio sobre el espíritu de Mornese, que vale por ciento. El año 1876 predicó allí monseñor Andrés Scotton los
ejercicios espirituales a las señoras; ((284)) pues bien, antes de marcharse sintió la necesidad de hacer una retractación. Al visitar el
Instituto, tres años antes, había sacado la impresión de que difícilmente habrían continuado las cosas hasta alcanzar un éxito feliz.
Preocupado por tan graves dudas, había expresado también a don Bosco sus pronósticos poco favorables. El Siervo de Dios se limitó a
contestarle:

-Veremos lo que hará la Virgen.

Pero al comprobar personalmente, tres años después, el valor moral de aquélla, que a primera vista le había parecido inepta para el
gobierno, y ver el crecido número de Hermanas y sobre todo su espíritu, cambió de opinión y expresó su convicción de que cuando don
Bosco le había dado aquella respuesta, leía en el porvenir.

Recordarán los lectores que el Beato Padre, en agosto de 1875, durante una corta permanencia en Ovada, dio forma definitiva a las
Reglas 1 y después las presentó en la Curia Episcopal de Acqui para su examen canónico. Una vez obtenido el juicio favorable de los
revisores,

1 Véase: Volumen XI, Cap. XV.
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envió al señor Obispo la oportuna súplica para obtener la aprobación diocesana del Instituto.

Excelencia Reverendísima:

Ya sabe muy bien V. E. que el celoso sacerdote Domingo Pestarino, de venerada memoria, dio comienzo en Mornese a un Instituto con
el título de Casa o Colegio de María Auxiliadora a fin de educar cristianamente a las muchachas de humilde condición, o pobres y
desamparadas, para encaminarlas a la moralidad, a la ciencia y a la religión, bajo la dirección de las hermanas llamadas Hijas de María
Auxiliadora.

Con gran bondad dignóse V. E. constituirse en protector del nuevo Instituto, y el 5 de agosto de 1872 accedía a leer las reglas, anotaba
en ellas las debidas observaciones y presidía las primeras tomas de hábito y las primeras profesiones. Poco tiempo después, enriquecía el
Instituto con varios favores y preciosos privilegios, merced a lo cual quedaba constituido de hecho ante la Iglesia el cuerpo moral.

Estas cosas fueron como el grano de mostaza, que V. E. sembró y que ha crecido maravillosamente. Actualmente son más de ciento las
religiosas; a ellas están confiadas las escuelas municipales femeninas del pueblo. Al edificio del Instituto se ha añadido un internado para
niñas de clase media, como se puede ver por el programa adjunto.

((285)) Se ha abierto una segunda Casa en Borgo San Martino, y otra en Alassio 1, y la cuarta se abrirá este año en Lanzo, cerca de
Turín; se reciben muchas peticiones para abrir casas en otros lugares.

Pero este Instituto carecería realmente de verdadero fundamento, mientras no consiga la aprobación eclesiástica, la cual señala a los
Institutos religiosos el camino seguro que conduce a la mayor gloria de Dios. Precisamente, con el fin de obtener este señalado favor,
presento respetuosamente a V. E. las reglas del Instituto de María Auxiliadora, tal y como se practican desde hace varios años,
suplicando tenga a bien examinarlas e introducir en ellas las modificaciones que en su iluminado saber juzgue necesarias; y después, si
así Dios se lo inspira, conceda al Instituto y a sus Constituciones la aprobación diocesana. Se unen a mí, pidiendo este señalado favor, el
reverendo Santiago Costamagna, su Director, y todas las Religiosas. Será éste un momento más para nuestra imperecedera gratitud, y le
aseguramos que cada día elevaremos oraciones comunitarias y privadas a Dios Nuestro Señor y a su Augusta Madre la Virgen
Auxiliadora, para que conceda a V. E. muchos años de vida feliz y así pueda ver los copiosos frutos de la obra, que V. E. se dignó
bendecir, enriquecer con gracias espirituales, proteger y, podemos decir, fundar y sostener hasta el presente.

Con la mayor gratitud tengo el honor de poderme profesar,

De V. E. Rvma.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.
SANTIAGO COSTAMAGNA, Pbro.
MARIA MAZZARELLO, Superiora

1 En Alassio ya estaba casi preparada la casa, de modo que la fundación se podía considerar como cosa hecha.
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La expresión "dio comienzo a un Instituto con el título de Casa o Colegio de María Auxiliadora" resulta literariamente una frase
concisa y psicológicamente un acto de humildad. Se concluye y completa la frase diciendo que don Domingo Pestarino comenzó una
obra, de la que don Bosco sacó los primeros elementos para fundar un Instituto religioso denominado de María Auxiliadora y destinado a
la educación cristiana de la juventud femenina de todo el mundo; este título y este fin nunca se le hubieran ocurrido al bonísimo don
Domingo, sin su providencial encuentro con don Bosco. Por lo demás, quien ofrece terreno y materiales ((286)) de construcción para que
otro ponga los cimientos de un edificio, con planos y fines propios, puede considerarse con todo derecho como iniciador de cuanto se
haga a continuación.

No ha de extrañarnos, es éste el estilo de los santos, que después don Bosco se eclipse en cierto modo a sí mismo y ponga a la vista
únicamente al digno sacerdote de Mornese.

Añadiremos que para obtener más deprisa la aprobación diocesana pudo parecerle oportuno presentar al Instituto como una obra
surgida no sólo en el ámbito de la diócesis, sino también por mérito de un sacerdote diocesano. De todas maneras el decreto episcopal de
aprobación, emanado el 23 de enero, pone las cosas en su sitio: en su parte positiva, que precede y justifica la dispositiva y tiene por
ende que apoyarse en la realidad, fija históricamente el hecho de la fundación, atribuyendo a don Bosco el plan inicial de fundar en
Mornese la Congregación llamada de las Hijas de María Auxiliadora; así se entiende en efecto cuando se habla de propósito ab
admodum reverendo Domino Sacerdote Joanne Bosco Taurinensi, piae Societatis Salesianae Superiore, concepto, instituendi nempe in
hac Diocesi, loco Mornisii Congregationem Filiarum Mariae Auxiliatricis 1.

En la toma de hábito de agosto de este año se introdujo la última modificación del mismo. El velo, hasta entonces rectangular, fue
redondeado un poco para poderlo amoldar a la cabeza mediante dos esquinillas formadas por los mismos alfileres que lo aseguran a la
cofia;
eso permite también doblar el borde anterior, de manera que caiga mejor alrededor del rostro y sobre los hombros. Se redondeó también
la manteleta con cuello blanco, tal y como ya se había determinado desde la toma de hábito en mayo de 1875; se le añadieron por fin
unas contramangas amplias y largas como para permitir hacer un amplio pliegue. La idea de esta última modificación nació al observar
que las monjas de la ciudad, movidas por cierto sentimiento de ((287)) modestia

1 Véase: Apéndice, doc. 25.
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religiosa, iban por la calle y aparecían en el locutorio con las manos escondidas entre las mangas y se acercaban a la sagrada mesa con
las mangas hasta los dedos.

Diecisiete postulantas recibieron el hábito después de los ejercicios de las señoras. Don Miguel Rúa representó a don Bosco, que no
podía ausentarse de Turín. Pero no sólo asistió a aquella breve ceremonia.
Atendió las confesiones; después recordó el pensamiento de don Bosco sobre diversos puntos de la vida interior y exterior y sobre la
aceptación de la obra propuesta por el Obispo de Biella; dio su parecer acerca de la conveniencia de ciertos traslados; se informó de la
marcha moral de la comunidad y examinó de manera particular el estado económico de la misma. Para ello inspeccionó los libros de
contabilidad, el funcionamiento de la cocina y del lavadero, el cultivo de la viña, la marcha de las clases y del taller de costura; allanó las
grandes dificultades y animó a sufrir de buen grado los efectos de la grandísima pobreza. Aquella penuria doméstica debió impresionarle
mucho, puesto que un día, al ver que le presentaban un flan, se abstuvo de él con gracia;
y, es más, casi se afligía ante cualquier manjar un poco delicado que le ofrecieran aquellas buenas hermanas. Antes de marchar, visitó a
una pobre hermana atacada violentamente por fiebres tifoideas, le proporcionó el ansiado consuelo de la profesión perpetua y le
administró la unción de los enfermos. Salió con los predicadores, que fueron el ya mencionado monseñor Scotton y el teólogo Ascanio
Savio, hermano del salesiano don Angel, y ambos primos de Domingo.

El año 1876 salieron de la colmena de Mornese veintinueve monjitas, entre hermanas, novicias y postulantas, para enjambrar en seis
lugares y comenzar otras tantas nuevas familias. El santo y seña de la Madre para todas era: observar la Regla, conservar el espíritu y
ganarse el afecto de las muchachas, para llevarlas a Dios.

Salieron primeramente tres para Vallecrosia el 9 de febrero. ((288)) Parecióles a ellas y a sus hermanas que iban al fin del mundo; pero
más que la lejanía se comentaba acaloradamente en casa la idea de que iban a colocarse frente a los protestantes. Todavía se impresionó
más la comunidad cuando el director, don Santiago Costamagna, dispuso que, para implorar sobre las "misioneras" gracias especiales
del Señor, se celebrara un triduo de adoración eucarística, a manera de cuarenta horas, cosa absolutamente nueva en el Instituto. La
Madre General y la Madre Vicaria quisieron acompañarlas por el camino cubierto de nieve hasta Gavi: allí, en el santuario de la
Santísima Virgen, elevaron juntas una oración y, con lágrimas, se dieron el último adiós. Don Santiago Costamagna guió el grupito hasta
Sampierdarena
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y lo puso en manos del director de Vallecrosia, don Cibrario, que estaba a punto de partir hacia la meta.

Mucho les consoló la paternal y buena acogida de monseñor Biale, obispo de Ventimiglia, que las sentó a su mesa en palacio y luego
las llevó a tomar posesión de su residencia. El domingo siguiente, 13 de febrero, el Vicario General, canónigo Viale, bendijo la iglesita
provisional, en la que comenzaron el Oratorio festivo; y el 14 se abrieron las escuelas. Como no había jardín ni patio para el oratorio, las
hermanas imitaron lo que hacía en Mornese la madre Mazzarello antes de ser religiosa, a saber: juntaban a las niñas donde mejor podían,
les explicaban el catecismo y después las llevaban de paseo y se paraban en algún lugar a propósito para cantar y jugar; volvían después
a la iglesita para las funciones religiosas dominicales y, al anochecer, después de repartirles algunos regalitos, las enviaban a sus casas.
Estos fueron los humildes comienzos de la grandiosa obra de las Hijas de María Auxiliadora en Vallecrosia.

El 29 de marzo, acompañadas por don Miguel Rúa, llegaron a Valdocco siete hermanas, destinadas a instalarse en la famosa casa, que
don Bosco había adquirido para ellas junto a la iglesia ((289)) de María Auxiliadora 1. El día anterior había publicado el Arzobispo el
solemne decreto, por el que, aceptando la petición de don Bosco del año anterior, aunque no había recibido hasta entonces ninguna
noticia segura sobre las nuevas hermanas, sin embargo, remitiéndose a la prudencia de monseñor Sciandra, obispo de Acqui, que las
había aprobado en su diócesis, las autorizaba para establecer su residencia en Valdocco. En el mismo documento declaraba que con esta
autorización no entendía aprobar la Congregación en su diócesis, sino que esperaba hacerlo sólo después de una conveniente prueba 2.

Dice la crónica del Instituto que las elegidas fueron objeto de envidia de las hermanas por la fortuna que les caía de trabajar tan cerca
de don Bosco. Las esperaba en la estación de Turín la madre de don Miguel Rúa. Después, el mismo Beato las presentó a la muy
benemérita condesa Callori, que tanto le había ayudado para desalojar al demonio del lugar destinado a las Hijas de María Auxiliadora,
como ya se narró en el volumen anterior. La piadosa y noble dama quiso servirlas ella misma la comida en presencia de don Bosco y
después las acompañó a su habitación. La casa era tan pobre, que ni siquiera tenía cocina, de suerte que los Salesianos les suministraban
lo necesario para el

1 Véase: Volumen XI, pág. 313-316.

2 Véase: Apéndice, doc. 26.
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sustento. Las actuales moradoras de la gran casa de la dirección general, elevando la mirada más allá del lado opuesto de la plaza de
María Auxiliadora, a un grupo de antiguos edificios, pueden exclamar:

-íAquí estuvo, tiempo ha, nuestro Belén!

Para lo espiritual estaban discretamente atendidas. El día 30, y por expresa delegación arzobispal, bendijo el párroco la capilla interior.
Un laudable sentido de delicadeza sugirió a aquel eclesiástico subdelegar en don Bosco; pero éste prefirió que se cumpliera a la letra la
disposición del Superior. Don Miguel Rúa era el confesor ordinario de las Hermanas; ((290)) don Bosco las ayudaba en todo con
corazón de padre, dándoles a veces la conferencia mensual.

Apenas se instalaron, no se quedaron mano sobre mano, sino que comenzaron enseguida el Oratorio festivo, abrieron una escuela
gratuita, un tallercito de costura y catequesis diaria y dominical. El Beato las instruyó sobre la manera de ganarse a las niñas y atraerlas
al Oratorio, regalándoles estampitas, naranjas o caramelos. Quiso don Bosco que en este oratorio hablasen de dos cosas a las muchachas:
del agradecimiento que debían tener a quien les había proporcionado aquel beneficio. Ante todo el nombre: dedicó la casa a santa Angela
Merici, en recuerdo de la señora Angela Bianco, que había respondido generosamente a su circular del año anterior. Después, un
hermoso cuadro de san Carlos Borromeo, que mandó poner en la capilla, para honrar a la condesa Callori, que se llamaba Carlota.

La tercera fundación fue la de Biella. En uno de sus viajes de aquel año se encontró el Beato con monseñor Basilio Leto, obispo de
Biella, y, al saber que buscaba unas monjas para su seminario, le dijo:

-íLe mando las mías!

-"Pero, tiene usted monjas?

-Sí, Excelencia; y creo que pueden encajar para su caso.

Y así, de repente, se decidió abrir una casa en aquella ciudad. Las monjas destinadas a ella fueron siete, y salieron de Mornese el 7 de
septiembre. El Obispo en persona las esperaba en la estación. Paternalmente se había interesado por la casa que se les preparó,
preocupándose para que fuese higiénica, alegre y estuviera provista de todo lo necesario. Quiso que tuviesen su propia capillita, aun
cuando estaban a pocos pasos de la catedral. En vano buscaban las monjas por todas partes una imagen de su querida Auxiliadora. Al
darse cuenta de ello el Obispo, encargó enseguida a un joven artista de la ciudad que les pintase un cuadro en lienzo y de la manera que
las mismas monjas le indicaron. Durante bastante ((291)) tiempo las Hijas de María Auxiliadora de Biella fueron las únicas que no
estaban atendidas por los
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Salesianos; pero suplía la paternal bondad de Monseñor. En marzo de 1877 fue la madre Mazzarello a visitarlas. El Obispo hízole
grandes elogios de la Comunidad; pero la buena Superiora se despidió con una espina en el corazón; le pareció que aquellas hijas suyas
tenían allí demasiadas comodidades. Era muy grande el trabajo; pero aquella comida y aquella casa tenían, según ella, un algo señorial
que desdecía íde la pobreza y el espíritu de Mornese! Naturalmente no se marchó de Biella sin tributar su testimonio de piedad a la
"Virgen de Oropa" en su vetusto santuario, tan querido también por don Bosco.

Cuando la casa de Biella estuvo en marcha, le tocó la vez a Alassio.
Siete monjas fueron allá el 12 de octubre, acompañadas por don Santiago Costamagna. Se encontraron con una casa pequeña, poco
adaptada, sin la más mínima comodidad, sin una mesita siquiera para sentarse a comer. Era evidente que la urgencia de su ida no había
dado tiempo a montarla; pero eso no quitó que su buena voluntad pasara en los comienzos por aquella dura prueba.

El 8 de noviembre otro grupito de tres abrió la casa de Lu Monferrato. Los esposos José Rota y María Ribaldone se dieron por muy
felices al haber logrado de don Bosco, después de repetidas instancias, que las Hijas de María Auxiliadora fueran a su pueblo a dirigir el
asilo infantil, organizar un taller de costura y abrir un oratorio festivo. Ellos ofrecieron todo lo que hacía falta para el caso.

Más modestos que en otras partes fueron los inicios de la casa de Lanzo, en diciembre. Sólo fueron allí dos monjas, que se alojaron en
casa de una señora bienhechora. En aquella condición permanecieron hasta septiembre del año siguiente, cuando pudo instalarse una
comunidad normal en una vivienda expresamente preparada. Pero la proximidad de Turín, adonde iban casi cada semana, hacía menos
sensible el aislamiento de las dos primeras. Además, como Lanzo estaba en la archidiócesis de Turín, el Beato había pedido de antemano
el beneplácito de monseñor Gastaldi con esta súplica:

((292)) Excelencia Reverendísima:

El gran provecho moral y material obtenido en los Seminarios y otros centros de educación que han introducido las monjas para los
trabajos y ocupaciones adaptados a su condición, me han animado a hacer otro tanto en el Colegio internado de Lanzo.

Suplico, por tanto, a V. E. Rvma., tenga a bien autorizar que algunas hermanas del Instituto de María Auxiliadora sean enviadas para
este fin al mencionado colegio, en lugar expresamente preparado, y en las mismas condiciones con las que ha permitido que otras del
mismo Instituto vinieran a dar clase a las niñas pobres en Valdocco.

Se advierte que las ocupaciones de las religiosas serían exclusivamente en el colegio
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y para el colegio, y que , por lo que toca a las prácticas de piedad, asistirán a las que tienen lugar regularmente para los alumnos del
mismo colegio.

Con la plena confianza de ser favorecido en esta petición, tengo el honor de profesarme con profunda gratitud.

De V. E. Rvma.

Turín, 10 de septiembre de 1876.

Su atento y s. s.
JUAN BOSCO, Pbro.

El hecho de la ida demuestra que se concedió el beneplácito; pero no hemos encontrado ningún documento sobre el particular.

Después de estas fundaciones, escribía la Madre General una carta a don Juan Cagliero y, tras enumerar las casas ya abiertas, se le
ocurrió una ingenua gracia y dictó a la secretaria estas palabras: "Olvidaba la Casa que tenemos en el Paraíso, la cual siempre está
abierta. Su Director no guarda ningún miramiento con los Superiores ni con el Capítulo; se lleva a quien quiere; y ya tiene siete". A
juzgar por las memorias de aquel tiempo no se trasluce que tan frecuentes defunciones, en el lapso de un año, infundiesen miedo en las
sobrevivientes; por el contrario, no se habla más que de los buenos ejemplos dados en vida por las difuntas y de la edificación causada
en sus últimos instantes.

Durante el verano del 1876 dieron las Hijas de María Auxiliadora una óptima prueba de su temple en una misión, que parecía escapaba
al campo propio del Instituto. En efecto, tomaron a su cargo la asistencia de niños y niñas escrofulosos en Sestri Levante, en las playas
de Liguria. La madre Mazzarello no aceptó la propuesta hasta ((293)) después de haber consultado al Siervo de Dios. Y así, desde
primeros de junio hasta últimos de septiembre, hubo siete hermanas atendiendo a aquel caritativo oficio. Cristianamente caritativo
decimos al considerar sus atenciones, y laicamente filantrópico, por el contrario, según el espíritu de los administradores, personas muy
correctas, pero opuestas a la religión.

Las Hermanas, sin el menor respeto humano, enseñaban catecismo a los pequeños, les hacían rezar las oraciones de la mañana y de la
noche, les enseñaban a cantar canciones religiosas y los llevaban a misa y a comulgar. Alma de todo ello era la dirigente sor Enriqueta
Sorbone, mujer prudente, animosa, y bastante conocedora del mundo. íCuántas chiquillerías tuvieron que soportar inicialmente, por parte
de aquellos muchachos y muchachas! Pero, terminada la cura de baños, no parecían los de antes, ni siquiera moralmente. Los
administradores
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se declararon muy satisfechos de la labor de las Hermanas y ellas volvieron al nido satisfechísimas de su trabajo.

Durante el año 1876 sucedieron en la casa de Mornese fenómenos extraordinarios, que turbaron la paz durante varios meses. Por
recomendación de don Bosco, se había admitido a una postulanta misteriosa, Agustina Simbeni. Procedía de Roma. Decían que era hija
de un desterrado político de Siberia. Alardeaba de conocer a distintos prelados y aseguraba haber tomado café en la taza del mismo Papa.
Se la había recomendado a don Bosco uno de esos personajes de elevada posición, a quienes no se les puede rehusar nada; pero ninguno
se la había presentado. Tenía una voz suave, maneras agradables, esbelta figura y cabellos rubios. Aunque no muy guapa, fascinaba a los
que trataban con ella. Parecía inteligente y sana. Todas las de casa la querían; algunas la tenían por santa. Hasta el director, don Santiago
Costamagna, la creía dotada de carismas superiores. La madre Mazzarello observaba y callaba. Su innato sentido común y su fino olfato
de lo espiritual hacían que procediese con cierta reserva. Le dio mala espina también a monseñor Bonetti, párroco de Rosignano, al cual
hacían poca gracia ciertas actitudes de la Simbeni. Y respondió a alquien que le presentó el favorable concepto del Director:

-El Director no puede tener todavía ((294)) toda la experiencia de un viejo; y, además, siempre ha vivido en ambientes santos.

El archivo de las Hermanas posee una larga relación de aquel tiempo, redactada por el Padre Fassio, a la sazón maestro municipal de
Mornese. íHabía cosas sorprendentes! Agustina descubría los secretos de las conciencias, adivinaba lo sucedido en lugares lejanos, a
veces parecía arrobada en éxtasis y, elevada sobre el suelo, cantaba en italiano y en francés con voz angelical. Le atacó una enfermedad
misteriosa, llegó a las últimas, y curó instantáneamente. Se le aparecía una chiquita, que ella llamaba su niña, y que le revelaba secretos
de toda clase. Llegó a profetizar que aquel mismo año acaecerían grandes trastornos en Roma, a causa de una guerra, que debía estallar
sin falta. El vaticinio llegó al Oratorio, donde despertó una agitación indescriptible. La visionaria dio noticia de ello por escrito al mismo
don Bosco, anunciando como prueba de su profecía que, a los tres días, ella, que gozaba de perfecta salud, moriría de repente. En la
misma carta invitaba a don Bosco a asistirla en el extremo trance. Toda la comunidad estaba alborotada.

Don Bosco no se movió; es más, respondió a don Santiago Costamagna, que le preguntaba si debía asistirla en su paso a la eternidad,
que no hiciese nada. Pero llegó el tercer día y Agustina no murió. Dijo
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que, si no había muerto, había que atribuir la causa a que don Bosco, a quien tenía importantes comunicaciones que hacer, había faltado
a la visita. Por consiguiente, insistió en ser llevada a don Bosco a toda prisa. Y tanto hizo que la llevaron a Borgo San Martino, donde se
hallaba el Siervo de Dios. Este le dijo, sin rodeos, en presencia de muchos:

-íParece mentira que pueda haber tanta malicia y tanta soberbia en una mujer tan joven! íMarchad! Dios no está nunca con una persona
desobediente como vos!

Y, dirigiéndose a la acompañante, le ordenó:

-Llevadla a casa, y que no aparezca nunca ante don Bosco ni en ninguna de nuestras casas.

Agustina quería hablar todavía, disculparse, revelar nuevas ((295)) profecías, pero don Bosco se negó a oírla. Entonces ella pidió
dinero para ir a Roma y presentarse al Papa. Y don Bosco, al ver que seguía insistiendo, ordenó que se le pagara el viaje, pero que no se
le diera el dinero, sino que fueran a la estación a sacar el billete.

Cuando Agustina oyó estas disposiciones, ya no quiso marchar y hubo que recurrir a la fuerza para sacarla de allí. Se le pagó, pues, el
billete para Roma. Llegó a Sampierdarena y halló modo para volver a Mornese. Volvió a marchar. Regresó de nuevo. Y finalmente se
fue para siempre y no se supo más de ella.

"Fue una treta del demonio o una trama para arruinar al Instituto?
Ciertamente hubo un peligro de sugestión colectiva, que habría podido causar un desastre irreparable. Mas, pese a algún momento de
perplejidad, la madre Mazzarello demostró en general una clarividencia que resultó provechosa; el Beato, a su vez, cortó el incidente con
su resolución.

Hablando de tipos semejantes decía don Bosco:

-Hay que estar en guardia. Realmente hay algunas pelanduscas, con tantos recursos y subterfugios que son capaces de engañar al
hombre más prudente. Parece que el demonio las posee y les enseña todo lo que él sabe. No hay astucia que valga contra ellas. Si se las
pilla en falta por un lado, tienen mil recursos y expedientes para parecer todavía más santas; si se descubren sus mentiras en algo, saben
arreglárselas de modo que parecen las más sinceras del mundo. El hombre más sensato, incluso el sacerdote, no acierta a dar con una
arma que las rinda; no hay más que la experiencia, la cual enseña que siempre existieron estas malas mujeres, siguen existiendo y no
perdonan ninguna maldad, ningún engaño, cuando han abandonado al Señor y se han entregado al demonio. Por consiguiente, apenas se
descubre a
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personas realmente de esa ralea, soberbias, desobedientes o mentirosas, no hay que prestarles la menor fe, ni escuchar razón alguna, aun
cuando hicieran milagros. No hay engaño, que no se deba razonablemente temer de ellas.

((296)) Efectivamente, él siguió siempre esta regla y nunca se dejó engañar. Hacia 1880 una joven se hacía pasar por endemoniada,
permitiéndolo así Dios para probar su virtud. También en aquella ocasión ocurrían cosas extrañas e inexplicables. Don Bosco examinó
las circunstancias y respondió que no había nada de sobrenatural en lo que se afirmaba. Por el contrario, los que la dirigían le tenían gran
aprecio y plena confianza, y, por consiguiente, se la presentaron para que la bendijese. Don Bosco, después de interrogarla, remachó su
afirmación. No quisieron atenerse a su parecer. Aquélla mentía con tal desfachatez que negaba hasta las pruebas más evidentes; más aún,
con fina perspicacia de ingenio volvía a su favor las mismas acusaciones y con ilusorios argumentos se presentaba como víctima de
calumnias, pasando así por más santa todavía. Pero, si sus admiradores hubiesen mirado mejor, habrían podido darse cuenta de lo que
vio don Bosco, es decir, de su falta de humildad y obediencia, y se habrían ahorrado el bochorno que suele seguir a semejantes
engreimientos.

Mientras estos hechos tenían lugar, la Virgen daba una prueba segura de maternal protección a sus hijas de Mornese. Era el prímer día
del triduo de María Auxiliadora. Por voluntad de madre Mazzarello, asistió a la función de la iglesia sor Teresa Laurentoni, enferma
desde hacía mucho tiempo, en una especie de cochecito, detrás de todas las demás. Estaba a su lado sor Inés Ricci.

Al llegar el momento de la exposición de Jesús Sacramentado, la enferma se mueve, se pone encarnada, tiembla. Sor Inés se asusta y
llama a la Madre. Esta se vuelve hacia sor Teresa y le dice imperiosamente:

-íHija! Levántate, sube la escalera y ve a vestirte.

Sor Teresa se levanta, sin ayuda de nadie, va y vuelve alegre y despejada como antes de la enfermedad.

El 8 de julio escribía la Madre a don Juan Cagliero:

"Sor Teresa Laurentoni está perfectamente curada". Tan curada que se le confió después la dirección de la casa de Turín y vivió hasta
1920. Había nacido en Massignano de Fermo el 1857, hija de un Coronel Pontificio.

((297)) Se deshizo la maniobra diabólica dentro de casa, y apareció otra asechanza que se estaba fraguando fuera contra el Instituto. La
sorda hostilidad de los mornesinos contra el destino de la obra no aflojaba.
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Esta vez entró en liza el Ayuntamiento. La causa próxima de la contienda fue de lo más mezquino que puede darse. Todo contribuía a
aumentar el disgusto de los bien intencionados y a acelerar el éxodo de las hermanas de la tierra que las había visto congregarse,
organizarse y lanzarse al porvenir.

El señor Pastore, del concejo municipal de Mornese y por más señas antiguo alumno del Oratorio, ambicionaba conseguir no sabemos
a ciencia cierta qué cargo, y acudió a don Bosco para que le ayudase a alcanzar su fin. El buen padre hizo cuanto pudo para contentarle;
pero también a él le salía a veces el tiro por la culata. El desagradecido, como si don Bosco tuviese la culpa del fracaso, montó en cólera,
lo tomó a pique y propuso en una sesión del Ayuntamiento el cese del maestro salesiano y de la maestra hija de María Auxiliadora, que
enseñaban legalmente en las escuelas municipales. La propuesta no encontró seria oposición en el Concejo. íAquellos buenos concejales
no entendían cuánto convenía a los Salesianos y a las Hermanas marcharse de las escuelas y también del pueblo y no calculaban el
perjuicio material y moral que ello podía causar al ayuntamiento!

Don Bosco envió a Mornese a don Francisco Bodrato, ecónomo general de la Congregación Salesiana y nacido en el pueblo. Este
arregló la cuestión; pero dio a entender claramente a todos que se guardaran mucho de hacer cabezonadas, porque, de repetirse
semejantes actos de hostilidad, don Bosco se iría de Mornese; cerca estaban Gavi y Serravalle, que ofrecían más comodidades; también
le gustaba Novi, por muchas razones; y ya tenía él demasiados motivos para marcharse de un rincón tan inadecuado e incómodo sin
necesidad de que se le añadieran estorbos de otro género; que anduvieran con cuidado para no echar el granito que obligara a inclinarse
la balanza.

Cuando don Bosco estuvo informado, pensó que debía empezar a tomar sus medidas, y así encargó a don Francisco Bodrato que
escribiera al abogado Traverso, persona muy benévola e influyente, ((298)) para que buscara, si llegaba el caso, adónde era más
conveniente irse en hora mala. Pero la voz de la probable salida de Mornese ya había corrido entre los notables de la comarca, por lo que
dicho señor, concejal en Gavi, le informó, le expresó calurosamente su aprobación y le ofreció espontáneamente sus servicios 1.
Mientras iba disponiendo la Providencia de este modo los acontecimientos, hasta llegar a la solución del problema, se iba madurando
cada día más en la cuna de la institución aquel buen espíritu, que animaría a la primera generación

1 Véase Apéndice, doc. 27.
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de las Hijas de María Auxiliadora y que, en las sucesivas generaciones, se llamaría "espíritu de Mornese" y sería considerado como el
ideal perenne de toda la Congregación. Mientras tanto, guiadas por este espíritu, se portaban tan excelentemente en las casas de reciente
fundación como para merecer que el Beato escribiese de ellas este sencillo, pero envidiable elogio: "Las Hijas de María Auxiliadora
hacen mucho bien allí donde van" 2.

2 Carta a don luan Cagliero, 13 de octubre de 1876.

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((299))

CAPITULO XI

PREPARATIVOS PARA LA SEGUNDA EXPEDICION DE MISIONEROS

EL rumbo tomado por las cosas en América obligaba a don Bosco a preparar sin demora una nueva expedición de misioneros, que fuese
todavía más numerosa que la primera. Don Juan Cagliero pedía por lo menos unos veinte. Para juntar a tantos, no había más remedio que
desguarnecer los colegios de Italia; pero esto, como fácilmente se comprende, alarmaba a los Directores de las casas, cuyo personal ya
estaba reducido a la mínima expresión. Viajaba un día el Beato con don Francisco Cerruti, desde Alassio a Albenga; enaltecía el campo
ilimitado, abierto por el Señor a los Salesianos en América, en Oceanía, en Africa y en otras partes y nombraba las múltiples casas a
establecer en diversos lugares. Pero don Francisco Cerruti, en vez de entusiasmarse, daba evidentes señales de distracción. Diose cuenta
de ello el Beato, cortó su charla y le preguntó:

-"Pero, comprendes lo que estoy diciendo?

-Un poco, pero...

-Ya, ya; no queréis reflexionar y por eso no comprendéis.

Pero el Siervo de Dios, que no hacía las cosas a tontas y a locas, tenía muy en cuenta estos estados de ánimo, y proyectaba con tiempo
combinaciones de modo tal que se hicieran lo menos sensibles posible las mermas de personal. Al mismo tiempo le animaba la
certidumbre de que siempre podía ((300)) contar con la buena voluntad y el espíritu de sacrificio, que él mismo había infundido en sus
directores. "No se habían criado desde pequeños en el Oratorio? A este propósito dijo un día:

-Es una gran ventaja para nosotros el haber recibido de pequeñitos a la mayoría de los que se hacen salesianos. Llegan a mayores
acostumbrándose sin darse cuenta a una vida laboriosa, conocen todo el armazón de la Congregación y fácilmente se capacitan para
cualquier asunto; enseguida se convierten en buenos asistentes y buenos maestros, con unidad de espíritu y de método, sin necesidad de
que
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nadie les enseñe nuestro estilo, porque lo aprendieron mientras eran alumnos. Nos dan además mayores esperanzas de que se seguirá
conservando el espíritu y no habrá divisiones o necesidad de reformas. Cuando entra en una Congregación un hombre de mucha ciencia
y autoridad, si no es un gran santo, esto es, si no sabe adaptar siempre su voluntad en los casos particulares a la de los Superiores, hará
más mal que bien. Resulta muy difícil despojarse totalmente del antiguo Adán, sobre todo si no se trata de vicios graves o de acciones
pecaminosas, sino de cosas que hace cada uno con toda su buena fe. Con su ejemplo desvía el espíritu antiguo y aporta gravísimas
consecuencias para la marcha de los demás. Creo que hasta nuestros tiempos no hubo una Congregación u Orden religiosa que haya
tenido tanta oportunidad para la elección de las personas más aptas para ella... Otra cosa que me da motivo para confiar que también se
conserve nuestro espíritu en el futuro y en lejanas tierras es el nombrar para superiores de las casas a aquellos que han vivido mucho
tiempo en la Congregación y han pasado por muchos grados en ella...

-Se abrirán muchas casas, pero, sin parar mientes en ello, se elegirán para directores casi todos los sacerdotes y clérigos que se
enviaron de aquí, antes de que puedan creerse aptos para tales cargos los que ahora van creciendo en aquellos lugares. Los que han
vivido mucho tiempo entre nosotros, infundirán en los otros nuestro espíritu y antes de que haya un americano que pueda alcanzar mucha
autoridad entre los ((301)) socios, el espíritu salesiano se habrá connaturalizado y habrá echado profundas raíces en el nuevo mundo 1.

Los preparativos para la segunda expedición fueron tan difíciles como los de la primera; pero los conocemos menos. Nos es dado
intuirlos a través de la escasa correspondencia de don Bosco durante los meses de agosto, septiembre y octubre. De estos preparativos
dio noticia a don Juan Cagliero, por la Asunción.

Muy querido Cagliero:

Todo como de costumbre. Se trabaja para el equipo. Los veinte se están preparando; es necesario ultimarlo todo antes de la partida.
Necesitamos los pasajes: unos gastos graves, hechos para la casa de Niza, nos han dejado en plena miseria, pero a trancas y barrancas
saldremos del apuro.

Son unos doscientos los que piden ir a Patagonia. Por toda Italia y Europa política y religiosa se habla de nuestro proyecto para
Patagonia. Dios lo quiere así; ojalá nos ayude a poner nuestra parte.

Espero noticias positivas.

1 Crónica de Julio Batberis, 12 de agosto de 1876.
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Dirás a todos nuestros queridos que serán siempre gaudium et corona mea.

Dios nos bendiga a todos.

He recibido la carta del Arzobispo y le escribiré con el pensamiento del Padre Santo. Amén.

Dios nos bendiga a todos y creedme siempre en Jesucristo.

Turín, 13-8-1876.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

Don Juan Cagliero habló del asunto de los pasajes con la Curia de Montevideo. Gracias a la ayuda del Gobierno se obtuvieron diez
para los Salesianos que iban destinados al colegio de Villa Colón, aunque dos de ellos llegarían más tarde que los primeros; las gestiones
se llevaron a cabo entre el agente de la Compañía del Pacífico en Montevideo y el agente de Burdeos. Estuvieron a cargo del secretario
del Vicario Apostólico que ya conocemos. El celo desarrollado por aquellos buenos amigos para ((302)) esto, lo mismo que para la
preparación del colegio, no dejó de suscitar contrariedades locales; pero ellos, lejos de desanimarse, cobraban aliento, convencidos de
que era obra de Dios y de que las contrariedades son el sello habitual de las obras de Dios 1.

En la carta del Arzobispo de Buenos Aires, a la que don Bosco se propuso contestar, vemos cómo las simpatías del celoso Prelado
hacia los salesianos no se entibiaban; antes al contrario, para secundar los designios del Beato en favor de los salvajes, tenía pensado
emprender un viaje hasta el remoto Carmen de Patagones en compañía de don Juan Cagliero y estudiar allí qué se podía hacer para este
fin 2.

En cuanto a los preparativos, don Bosco procedió sistemáticamente; despertó el interés de la opinión pública, se dirigió a las altas
esferas y solicitó individualmente la caridad de las personas adineradas.

En efecto, durante el mes de agosto los dos periódicos católicos más importantes de Italia publicaron con cierto intervalo el uno del
otro largos y cuidados artículos con los ideales de don Bosco sobre la evangelización de Patagonia 3. Ambos, después de exponer lo que
ya se había hecho y manifestar las razones de halagüeñas esperanzas para el futuro, informaban a los lectores de los progresivos
desarrollos que se intentaba acometer, y de los medios que se necesitaban al efecto.

1 Véase Apéndice, doc. 28.

2 Véase Apéndice, doc. 29.

3 Osservatore Romano del 9 de agosto; Unità Cattolica del 23.
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En uno y otro periódico se apoyaron después otros órganos de la prensa para tratar la cuestión, y difundir la noticia a todas las clases
sociales. Oportunamente envió también don Bosco a los diarios una circular, que repartió a la vez por correo a muchísimas personas,
apelando a la generosidad de todos. El mismo se pasó varios días escribiendo direcciones: los que conocían su letra, al recibir
directamente de él el impreso, hacían más caso. La circular tuvo dos redacciones; la segunda, además de algunos retoques en la forma,
ofrece diversas añadiduras ((303)) de noticias llegadas a don Bosco después de la publicación de la primera. En ésta se anunciaba la
partida de doce misioneros con un gasto superior a cuarenta mil liras; en la segunda, los misioneros suben a veinte y los gastos se
acercan a sesenta mil liras. El número de misioneros será aumentado a última hora. Presentamos aquí el texto definitivo y señalamos en
cursiva las añadiduras introducidas.

Benemérito Señor:

Dios piadoso, rico en misericordia, se dignó bendecir el pensamiento de una misión en la República Argentina, y en el lapso de pocos
meses los misioneros Salesianos pudieron fundar un Colegio en Montevideo, abrir un internado para muchachos desamparados, atender
al culto de la iglesia llamada Madre de Misericordia, iniciar Escuelas y Oratorios festivos en Buenos Aires para los numerosos italianos
que allí moran.

Se acabó y se abrió un Colegio en San Nicolas de los Arroyos, en el que ya hay mas de ciento veinte jovencitos, algunos de los cuales
pertenecen a familias, que han vivido entre las tribus salvajes. Aneja al Colegio han abierto también una iglesia pública, adonde acuden
los adultos para escuchar la palabra de Dios, oír la santa misa y recibir los Santos Sacramentos de la Confesión y Comunión. Con la
apertura de estas Casas queda trazado el camino para avanzar hacia los salvajes; el Padre Santo se dignó bendecir y recomendar la
piadosa empresa. Ahora se trata de instalar un nuevo instituto en la ciudad de Dolores, otro en Carmen, último poblado de la República
Argentina entre el Atlantico y Patagonia. En las cartas recibidas en este momento de los Misioneros se nos da la gran satisfacción de que
en tres puntos los salvajes piden Misioneros, que vayan a ellos para anunciar el reino de los cielos. Otras casas, otros internados del
mismo género se proyectan en la República de Chile. Allí se nos ofrece abrir en Santiago, su Capital, un internado para la multitud de
niños abandonados, que viven sin instrucción, carentes en absoluto de medios para conocer a Dios Creador; un colegio en Valparaíso,
segunda ciudad de aquella República, un seminario menor en la ciudad de Concepción, última Diócesis al Sur y colindante con los
salvajes de Patagonia.

Abiertas estas casas, organizados estos internados, queda asegurada la moralidad y la religión entre los indígenas, se puede dar una
educación científica y cristiana a los niños de toda clase, y entretanto se cultivan las vocaciones eclesiásticas, que por ventura se
manifestasen entre los alumnos. De este modo se espera preparar misioneros para los pamperos y para los patagones; y por consiguiente
los salvajes llegarían
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a ser evangelizadores de los mismos salvajes, sin peligro de ver renovadas las matanzas ((304)) de tiempos pasados. El proyecto de
formar misioneros indígenas parece que ha merecido las bendiciones del Señor, pues ya hay diez muchachos indígenas grandecitos que
lo pidieron y fueron admitidos entre los misioneros. Es vivo el deseo de éstos por abrazar el estado eclesiástico e ir a predicar el
Evangelio a los salvajes.

Pero los Salesianos enviados, ya establecidos en el campo envagélico asignado por la divina Providencia, son insuficientes para el gran
trabajo que llevan entre manos y para el todavía mayor que se les presenta.

Y para que no sucumban bajo el peso de las fatigas, es indispensable enviar inmediatamente en su auxilio no menos de veinte nuevos
colaboradores. Este es precisamente el número que nos piden desde allá y que se está preparando; todos ellos se consideran felices de
poder arrostrar toda clase de peligros, para unirse a sus Hermanos y trabajar con ellos para ganar almas a Dios. Pero, lo mismo que el año
pasado tuve que acudir a la caridad de los fieles para la primera expedición, así debo hacerlo al presente. Hay que proveer de libros, de
equipo personal, ornamentos y vasos sagrados, enseres escolares, domésticos, y de viaje para los que van a salir. También hay necesidad
de muchos otros objetos que piden los que ya se encuentran en la misión, pues en aquellos remotos países se carece de todo. Los gastos
para la nueva Misión superan las sesenta y seis mil liras. Para ir juntando esta cantidad no tengo más remedio que recurrir a la caridad de
los buenos católicos y especialmente a V. S. Benemérita.

Mientras los Salesianos ofrecen con gusto su vida para salvar almas, se dirigen a su caridad desde el lugar de su misión y le suplican
acuda en su socorro con su limosna. Haga lo que buenamente pueda, y recomiéndenos a las personas caritativas, con quienes V. S. se
relaciona. Cualquier limosna, por pequeña que sea, puede enviarse al abajo firmante por el medio que resulte más cómodo al benemérito
donante.

Nuestro amoroso y divino Salvador, que murió en la Cruz por la salvación de todos, bendiga y recompense generosamente a todos
nuestros bienhechores. Los misioneros por su parte, tanto los que ya están en América, como los que se disponen a partir, aseguran
diarias oraciones en favor de sus bienhechores, y yo, en nombre de todos, con la más viva y profunda gratitud, tengo el alto honor de
poderme profesar.

De V.S.

Turín, 25 de agosto de 1876.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

Quiso en esta ocasión llamar más directamente la atención del Gobierno italiano para recabar apoyo moral y ((305)) material. No se
forjó ilusiones sobre el resultado de su gestión; más aún, dijo francamente que preveía que estaba escribiendo sobre el agua, pues todas
las cartas y aclaraciones verbales habían resultado inútiles hasta entonces. Pero no daba ninguna importancia a eso, porque al menos
tenía asegurados dos buenos resultados. Ante todo se enteraba el Gobierno de este modo de lo que los suyos hacían, y podía convencerse
de que no se actuaba en secreto ni se trabajaba bajo mano, sino que todo se
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hacía a la luz del día. Además podían los gobernantes convencerse cada vez más de que la única finalidad de don Bosco era trabajar por
el bien de Italia y de los italianos, hasta cuando alzaban velas hacia playas remotas.

-Estos, insistía él, se conforman y no hacen más indagaciones cuando ven claras y patentes nuestras intenciones y nuestras obras.
Este es el fin de la fiesta en el colegio de Lanzo con motivo de la inauguración del ferrocarril; y es lo que haré aquí ahora y siempre.
Cuando se presenta la ocasión, es bueno hablar, decir y manifestar, de modo que conozcan lo nuestro; porque ahora con estos personajes
encumbrados se va adelante con miedo y sospecha en todo. Basta que sepan que una Congregación actúa, y no conozcan lo que hace,
para que teman enseguida y anden ojo avizor. No hace falta mirarnos con anteojos de aumento: lo decimos todo a quien quiere enterarse
y, si cuadra, también a quien no quiere. Verdad es que se necesita dar a conocer muchas cosas, y hacer que se oigan, porque en general
agradan al público; otras, por el contrario, no conviene divulgarlas tanto, porque pueden herir la susceptibilidad de algunas
corporaciones religiosas, o hacer fruncir el ceño a ciertos tipos prudentes o descontentadizos; pero, la verdad sea dicha, nosotros
verdaderamente somos demasiado expansivos.

El lugar oportuno para tratar sobre misiones con el Gobierno era el Ministerio de Asuntos Exteriores. Don Bosco se valía para sus
relaciones con aquel Ministro del comendador Malvano, su secretario general, israelita piamontés, que en todo tiempo fue
extremadamente bondadoso con él. Así, pues, por su medio envió al ministro Melegari esta memoria:

((306)) Excelencia:

El pasado mes de abril tuve el honor de exponer a V. E. la triste condición en que se encuentran los italianos dispersos por la
República Argentina y otros países de América del Sur, por falta de instrucción y educación moral. Sugería a la vez algunos medios que
me parecía podían remediar aquella necesidad, y explicaba cómo, a título de experimento, yo había enviado diez socios salesianos, es
decir, diez miembros de la asociación de beneficencia titulada de San Francisco de Sales, cuyo fin es atender a los niños más pobres y
abandonados de la sociedad.

V. E. mostró su aflicción ante aquella relación, alabó el proyecto y prometió el apoyo del gobierno, por lo que me dirigió al marqués
de Spínola, que estaba a punto de partir como embajador a Buenos Aires. Aquel inteligente señor apreció la gravedad de la situación,
prometió ocuparse del asunto con toda su energía, tan pronto como asumiera el cargo, y mientras tanto me aconsejó continuara la
negociación en Italia con V. E.
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Al presente tengo el honor de notificar a V. E. que se abrieron con éxito algunas escuelas y se atiende al servicio religioso de la Iglesia
de los Italianos en Buenos Aires.

Se abrió un colegio en San Nicolás de los Arroyos, con alumnos internos y otros que, no habiendo podido ser admitidos como
pensionistas, van a la escuela como externos.

Se abrirá también cuanto antes un hospicio para muchachos más pobres que viven en aquella capital y un colegio en Montevideo con el
mismo fin que el de San Nicolás.

Si place a V. E. podré tratar sobre las providencias a tomar para el mantenimiento de aquellas escuelas, el hospicio y colegios, cuando
haya enviado su relación el señor marqués de Spínola.

En el estado actual de las cosas, solamente suplico a V. E. que tenga a bien conceder un socorro para sufragar los gastos de equipo y de
viaje para veinte socios salesianos, que deben partir cuanto antes para ayudar a sus compañeros, que lo piden encarecidamente, pues se
ven en la imposibilidad de atender el mucho y creciente trabajo.

Abrigo viva confianza de que V. E. prestará su eficaz apoyo a esta obra, que, a más de ser nacional, va encaminada de una manera
especial a mejorar la clase más necesitada de la sociedad, a los hijos de las familias italianas que están en peligro.

Concédame el honor de poderme profesar con todo aprecio

De V.E.

Su seguro servidor
JUAN BOSCO, Pbro.

El Beato envió este escrito al señor Malvano para presentarlo al Ministro, acompañándolo con la siguiente carta:

((307)) Ilustrísimo señor Comendador:

Adelanto mi más cordial acción de gracias por las muchas molestias, que le he causado, y especialmente por los datos que me facilitó
en torno a la Patagonia y a los autores que tratan de ella.

Sigo contando con el generoso ofrecimiento de su válido apoyo, y me encomiendo a su bondad para que se digne leer la instancia que
le acompaño, dirigida a S. E. el Ministro de Asuntos Exteriores y la ponga bajo su valiosa protección para que logre su efecto.

Es una empresa difícil, que no puede sostener un particular, pero es necesaria y redunda en favor de miles de familias italianas, que, a
su vuelta a la patria, tendrán hijos díscolos o bien honrados ciudadanos, según la educación que se les dé.

Sería también una gloria para Italia, si fuera la primera de las naciones que cooperara eficazmente a la civilización de Patagonia y de
los salvajes limítrofes.

Tenga a bien aceptar las oraciones de este humilde sacerdote, que le desea felicidad y vida dichosa, al tiempo que tiene el honor de

poderse profesar con gratitud,

De V. S. Ilma.

Turín, 12 de agosto de 1876.

Su seguro servidor
JUAN BOSCO, Pbro.

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La respuesta del secretario ministerial fue dilatoria, si es que no ponía en un brete a su jefe. Los hombres de gobierno de entonces que
no oyeran a los hombres de Iglesia al menos como quien oye llover, podían considerarse tan raros como una mosca blanca. Contestó,
pues, que para concentrar a los italianos en un punto determinado de la Patagonia, era preciso estudiarlo bien, puesto que se había
enconado en los últimos tiempos una antigua controversia entre Chile y Argentina sobre el reparto de los respectivos dominios en
aquellas regiones; que, por tanto, era prudente diferir todo plan para tiempos mejores; y que se reservaba hablar del asunto en persona y
de palabra en el Oratorio de Valdocco, cuando turcos y servios le dejaran libre para poder ir al Piamonte a respirar un poco de aire fresco

1. No es en vano repetir aquí cómo la idea utópica ((308)) de fundar una colonia italiana bajo el dominio de la madre patria cedió el
puesto al plan realizable de una colonia semejante a la galesa del Chubut, es decir, formada por emigrantes italianos, favorecida por
Italia y gobernada plenamente según las leyes argentinas. El señor Malvano añadía:
"Acerca del asunto del subsidio para el transporte de los muchachos a enviar a los nuevos institutos fundados por usted o mejorados en
Argentina, el ministro ha querido (secundarlos es costumbre constante en estos casos) que ante todo se escriba al Embajador de Buenos
Aires para oír su parecer. Aguardaremos la respuesta del marqués de Spínola, el cual debe haber llegado a su puesto en los últimos días
del pasado mes de julio". Al llegar aquí "para no hurtarle excesiva parte de su precioso tiempo" puso punto final, recomendándose a su
benevolencia. Y también para todo el asunto fue de veras punto final, a pesar de que el Siervo de Dios volvió a las tornas dos meses
después con esta carta:

Ilustrísimo señor Comendador:

Se aproxima la fecha de partir mis misioneros hacia la República Argentina y tengo verdadera necesidad de ayuda para el viaje. El
Gobierno de aquella República abona los pasajes para ocho; quedan todavía doce, cuyo viaje no sé cómo pagar. Tenga esta caridad
conmigo y con los pobres italianos dispersos por la República o mejor por las Repúblicas de América del Sur, y apóyeme para que pueda
realizar esta expedición. No pido socorro para las escuelas ya abiertas y en marcha. Esperaremos los resultados prácticos.

Creo que el marqués de Spínola ya habrá escrito sobre el particular y habrá hecho

1 En 1876 Servia se rebeló contra Turquía. Fue vencida; mas, por la intervención armada de Rusia, obtuvo su plena independencia
(tratado de Berlín, 1878).
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una exposición de las cosas idéntica a cuanto verbalmente y por escrito tuve el honor de narrar.

Pido a Dios le conceda vida feliz y créame con sincera gratitud,

De V. S. Ilma.

Turín, 12 de octubre de 1876.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

Vemos por esta carta el generoso subsidio del Gobierno argentino para ocho pasajes. Don Bosco no podía saber todavía que el del
Uruguay pagaba otros ((309)) diez. El italiano le dio mil liras "con el vivo pesar de no poder aportar más", dirá más tarde el Beato.

Era muy lógico que don Bosco llamara también a las puertas de Propaganda Fide. A ello tiende su larga carta al cardenal Franchi,
Prefecto de la Congregación, que ya le había pedido noticias detalladas acerca de Patagonia. Le envió precisamente en dicha
circunstancia la redacción hecha por don Julio Barberis. La Santa Sede quería fundar en el territorio de Patagonia, como anteriormente
hemos indicado, una prefectura apostólica, para confiarla a los Salesianos.

Eminencia Reverendísima:

He tardado en enviar a V. E. Rvma. las noticias que he podido recoger en torno a Patagonia y pido por ello humilde perdón. Algunos
asuntos, que no he podido diferir, los pocos autores y las escasas noticias que ellos aportan sobre aquellas vastas regiones me hicieron
emplear más tiempo del previsto.

Este pequeño trabajo no es completo, y, si por ventura se tratase de imprimirlo, necesitaría algún tiempo para repasarlo despacio. Pero
no fue posible encontrar una historia de los experimentos ya hechos para evangelizar la Patagonia. Lo poco que se pudo encontrar ha
habido que sacarlo de autores, que hablan de las misiones sólo incidentalmente.

Ahora el punto principal está en reunir los medios materiales para esta segunda expedición, en cuya necesidad me encomiendo a V. E.
Rvma.

El Secretario agente del difunto Duque de Módena me ha escrito que aquel Soberano, al morir, dejó al Sumo Pontífice una cantidad
considerable para entregarla en favor de las misiones 1. Dígnese V. E. hacerme el favor de hablar de ello con el Padre Santo y, si por
casualidad, tuviese todavía algo disponible, suplíquele tenga a bien extender su beneficencia a los Salesianos, que están llenos de buena
voluntad, pero faltos de medios materiales. Su Santidad ha mostrado siempre gran bondad para esta piadosa empresa.

Ya han empezado a aparecer las vocaciones entre los indígenas en San Nicolás y

1 Francisco V, último duque de Módena, murió en Viena el 20 de noviembre de 1875. Fue hombre muy adicto a Pío IX.
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en Buenos Aires y espero que dentro de algunos años no serán necesarias sino raras expediciones.

Me encomiendo también a la caridad de V. E. Rvma., suplicándole nos proporcione algún objeto del que pueda V. E. disponer para
estas misiones, como por ejemplo, misales, antifonarios, graduales, cartillas de preces para la bendición con el Santísimo Sacramento y
para las misas de difuntos, o vasos u ornamentos sagrados de ((310)) cualquier clase. Los misioneros nos piden todas estas cosas,
especialmente para las casas, que van a abrir en los confines de Patagonia. Por la carta impresa, que le acompaño, puede V. E. conocer el
grave estado de la misión salesiana y convencerse de que éste parece ser el momento favorable para dar un paso hacia los salvajes
patagones y también hacia los pamperos.

Para reducir en lo posible el trabajo de S. E., he encargado de todo al señor Alejandro Sigismondi, mi procurador general, que habita
cerca del palacio de Propaganda. El cumplirá cualquier disposición, cualquier cosa que se le ordene a este propósito. Es un piadoso
señor, que trabaja de muy buen grado por el bien de la Iglesia y no necesita de nada.

Compadezca V. E. la libertad que me tomo; pero estoy convencido de que el éxito de este proyecto depende, después de Dios, del
apoyo que V. E. preste al mismo.

De acuerdo con su propuesta, he aceptado las escuelas de Ariccia y probablemente también las de Albano.

Humildemente postrado, imploro su santa bendición, mientras con la mayor gratitud tengo el honor de poderme profesar

De V.E.

Turín, 23 de agosto de 1876.

Su seguro servidor
JUAN BOSCO, Pbro.

Ignoramos qué efecto obtuvo esta súplica; sabemos, en cambio, que un ruego análogo, dirigido al Padre Santo, logró un óptimo
resultado. En efecto, Pío IX, por medio del cardenal Bilio, no sólo le expresó su alta complacencia por la nueva expedición, sino que le
envió cinco mil liras, "cantidad muy considerable", advertía el mismo Cardenal, si se tenían en cuenta los inmensos gastos, que, por
entonces más que nunca, pesaban sobre el Papa 1.

Otros informes en torno a la solicitud de don Bosco para preparar el personal y recoger el dinero necesario, nos los proporcionan dos
cartitas, que él mismo escribió a don Juan Cagliero en la primera mitad de septiembre.

Queridísimo Cagliero:

Si puedes, procura que los pasajes sean pagados aquí y que también se nos envíe el dinero a nosotros. El Cónsul general argentino nos
aseguró grandes ((311)) rebajas.

1 Carta del cardenal Bilio a don Bosco, 29 de octubre de 1876.

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Dijo a don Bazzani que él ahorraba quinientas liras en los puestos de primera clase.

Además, esperamos algo del Gobierno y del Papa.

Recibo en este momento tu carta, desde San Nicolás. La daré curso. "Pero, no es más conveniente don Daghero que don Tamietti?
Para el 15 de septiembre espero señalarte el personal de Villa Colón.

Turín, 1.° de septiembre de 1876.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

Carísimo Cagliero:

Estamos en Lanzo, donde distribuimos el personal para Italia, Europa y América. Espero que todo quede bien organizado. Para ajustar
el personal en regla, harían falta veinticinco, y los habría; pero la dificultad está en los gastos del viaje. De todo modos, para el primero
de octubre tendrás nota de los nombres y sus cualidades. En cuanto a las monjas, habrá que aguardar hasta abril.

El valioso clérigo Vigliacco voló al Paraíso; pidamos por él.

Hay gran animación por ir a las misiones; abogados, notarios, párrocos, profesores piden hacerse salesianos ad hoc.

Esforzaos para tener alumnos o adultos, que hayan vivido entre los salvajes. Si algunos quisiesen venir a Europa para hacer los
estudios o aprender oficios, podéis enviarlos.

Escríbeme después de la visita que hagas con el Arzobispo a Carmen o Patagones; dile al mismo que el Padre Santo desea muchísimos
nuevos experimentos en favor de los salvajes, que aplaude nuestros esfuerzos por abrir casas de educación en sus confines y que nos
industriemos con toda voluntad para formar clero indígena.

Mil saludos a los amigos y bienhechores de siempre y a todos nuestros hijos, don Juan Bautista Baccino, don Esteban Belmonte, etc.

Tuyo en Jesucristo.

Lanzo, 12 de septiembre de 1876.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

Pese a las laboriosas gestiones que requerían la pía Unión de los Cooperadores Salesianos y la Obra de María Auxiliadora 1, las
nuevas fundaciones de ambas familias religiosas, el gobierno ordinario de la Congregación y del Oratorio, el encarrilamiento del año
escolar, los preparativos para la segunda expedición y otros asuntos que requerían tiempo y cuidados, sin embargo, ((312)) el
pensamiento de don Bosco cruzaba a menudo el Océano para comunicar a los operarios evangélicos de la primera hora las solicitudes de
su afecto paternal. Basta leer

1 Véase Volumen XI, cap. III y IV.

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los renglones de su correspondencia epistolar, no desaparecida con los avatares humanos. Con el correo mensual de octubre escribía a su
querido Cagliero.

Mi querido Cagliero:

Estoy en Vignale y la condesa Callori, que se ha recuperado de su larga enfermedad, te escribirá algo.

Nosotros apresuramos los preparativos para la salida, que será para el catorce de noviembre, si no hay orden en contra. Cuento con los
ocho pasajes del Gobierno argentino; ya me las arreglaré de algún modo para el resto. He escrito al Ministro de Asuntos Exteriores, que
me prometió el oro y el moro. Ya veremos si me llega algo, aunque se quede él con el brillo del oro prometido. En cuanto reciba la
respuesta te daré noticia de ello.

De acuerdo con la nota del personal, que te envié a primeros de este mes, podrás comenzar a formarte una idea sobre la manera de
distribuirlo. Con el correo del primero de noviembre próximo recibirás los informes positivos en torno a todo el personal y a las
modificaciones del mismo, que espero te satisfará. El número pasará de veinte: probablemente veintitrés.

Tenemos en casa cuatro sacerdotes, que se preparan para ir a las misiones. Dan muestras de estar muy animados. Uno, Esteban
Bourlot, ya podrá ser enviado; los otros serán estudiados todavía. Para la fiesta de Todos los Santos vendrán otros cuatro. Ya veremos.

El cardenal Bilio, por mediación del Padre Santo, nos pide maestros para el Seminario Sabino; idem el cardenal Franchi para Ariccia;
idem el cardenal Di Pietro para el Seminario menor de Albano; idem el Ayuntamiento de Albano para su colegio; idem el Seminario de
Novara en Miasino. "Quieres saberlo todo? Este año abrimos veinte casas, entre el uno y el otro mundo, incluyendo también las de las
Hijas de María Auxiliadora, que lo hacen muy bien allí donde van.

En Niza hemos comprado un edificio estupendo, donde podremos admitir cien aprendices y otros tantos Hijos de María. Si vieses con
tus ojos lo que hace nuestra Congregación, dirías que son fábulas. Que Dios nos ayude a corresponder. Se recibió tu libramiento de
cuatro mil francos de oro y se empleará para el fin indicado.

Los misioneros estudian el español. Algunos han hecho verdaderos progresos; otros, secundum quid; pero creo que, con poco tiempo
de estudio en el lugar, se capacitarán para entrar en clase.

Recibirás un ejemplar de las cartas impresas. Conviene que los nuestros ((313)) las lean, para que sepan lo que se imprime, y, cuando
haga falta, estén y den muestras de estar enterados.

He recibido la carta del señor Benítez, a la que contestaré por otro correo 1.

La condesa Callori está bastante bien de salud, pero aún no puede escribir y me encarga te dé las gracias por las dos cartas que le has
dirigido; le causaron gran alegría y espera contestarte tan pronto como la salud, o mejor su cabeza, se lo permita.

1 El señor Benítez daba las gracias por la condecoración pontificia y tenía una mención notable respecto a "los proyectos de establecer
casas para la educación de las niñas". Véase Apéndice, doc. 30.

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El nuevo párroco de Lanzo será monseñor Dalfi, párroco de Casanova, compañero mío de Seminario. Espero que seguiremos teniendo
un verdadero amigo 1.

La condesa Bricherasio prepara, y casi lo tiene terminado, un terno blanco estupendo y completo que formará parte del equipo de la
próxima expedición.

No me da tiempo para escribir a otros. Haz saber a todos nuestras noticias. Diles que los quiero a todos en Jesucristo y que rezo mucho
por ellos; pero que se mantengan firmes como columnas, y sean santos como nuestro Patrono.

Dios os bendiga a todos y créeme todo tuyo, y de los demás.

Vignale, 13 de octubre de 1876.

Afmo. amigo.
JUAN BOSCO, Pbro.

P. D. Los consabidos y respetuosos saludos para el señor Arzobispo, etc.
Hay una cuarta carta del último día del mes; es un resumen de ocho noticias, comunicaciones e instrucciones.

((314)) Mi querido Cagliero:

1.° Seguimos preparando la expedición para el próximo 14 de noviembre con el número y el personal anunciado, con alguna pequeña
modificación. A su llegada, tendrás una nota detallada con las cualidades de cada uno y ocupaciones ejercidas en el pasado.

2.° El hecho de la expulsión de los quinientos es grave; vete despacio en esto y mantente al margen todo lo posible. "Ocasionó esto,
por un casual, los movimientos revolucionarios de Buenos Aires?

1 Cuando monseñor Dalfi estaba a punto de dejar la parroquia de Casanova para ir a Lanzo, le escribió don Bosco:

Querido amigo:

Sigue adelante con tu empresa. El Colegio está totalmente a tu disposición. Por mi parte, como Bosco (en dialecto piamontés
bosco-bosk, significa madera) carcomido, si puedo ayudarte de algún modo, soy todo tuyo. Espero que podremos hacer algo de común

acuerdo.

Me alegro de la noticia en torno a la propuesta hecha y aceptada; adelante, Dios hará lo que nosotros no podamos.

Hay, desde luego, muchas espinas; pero, en medio de tanto chismorreo, "no seras capaz de tomar el martillo de la paciencia y la

confianza, y dar en el clavo?
Hasta la vista, querido Vicario de Lanzo. Todos nosotros somos tuyos, pero también tú lo seras para nosotros, "verdad? Dios nos

bendiga a todos.

Tenme por tu

En el tren, 12 de octubre 1876.

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VOLUMEN XII Página: 270
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.
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VOLUMEN XII Página: 271

3.° Ya habrás recibido mi consentimiento para la Boca del diablo y para la Parroquia de San Carlos. Tengo ya tres buenas piezas 1, dos
de ellas para esos parajes, la otra para Patagones. Lo desean y los creo muy ad hoc. "Irá contigo el Arzobispo a hacer la visita de
Patagones?

4.° Tendría verdadera necesidad de que para 1877 pudieses darte un paseíto hasta Europa, y hacer después otro hasta Ceilán en las
Indias, para abrir otra misión muy importante, donde hace falta precisamente uno de Castelnuovo. Pero con tal de que las bocas 2 de
Buenos Aires estén todas bien firmes y ordenadas.

5.° Es indispensable un local o parte de él para destinarlo a noviciado. Si es necesario, tengo ya preparado el maestro de novicios.

6.° Para el próximo 1877 tendrás cuatro clérigos, que pueden ser admitidos a las Ordenes. Me lo dirás con tiempo. El Padre Santo nos
concede la dispensa de hasta veintiún meses.

7.° Se recibió la libranza de las cuatro mil liras; espero la de las nueve mil.

Todo se está preparando; fervet opus (se trabaja febrilmente); la caja de caudales exhausta.

8.° Ayer por la tarde (29), salieron seis salesianos, que van a regentar las escuelas de Ariccia y Magliano en Sabina. El domingo, 5,
saldrán otros seis para Albano. Muy pronto los de Trinitá; después los Argentinos, que irán antes a recibir la bendición del Padre Santo.

Me falta tiempo para escribir; para otro día. Dios os bendiga a todos. Hasta ahora no se han recibido cartas, ni libranzas, pero me
atendré a las órdenes que reciba. Tenedme en Jesucristo por vuestro

Turín, 31 de octubre de 1876.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

El 4 de julio habían estallado en Buenos Aires gravísimos tumultos al grito de Viva la libertad. Se quería impedir una reunión popular
en honor de los Estados Unidos, organizada por los ((315)) diarios de mayor tirada de la ciudad. Don Bosco atribuía la causa de aquellos
movimientos al intento de una represalia contra el Gobierno argentino por la expulsión de quinientos extranjeros, perturbadores de la paz
pública. Como aquellos extranjeros eran italianos casi todos, convenía que don Juan Cagliero tuviese mucha prudencia para no
comprometerse con ninguna de las dos partes; y por eso la recomendación de don Bosco.

La idea del "paseíto" a Ceilán nació del hecho siguiente. En el mes de agosto del año 1876 fue a ver a don Bosco en el Oratorio un tal
don Luis Piccinelli, de Bérgamo, misionero en aquella isla. Hablaron mucho de las misiones extranjeras y en particular de Ceilán. El
Beato

1 Quiere decir tres buenos elementos.

2 Es decir, las obras. El término le es sugerido por la obra de La Boca, poco antes mencionada.

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dejó en su interlocutor fundadas esperanzas de que para el 1878 enviaría allí algunos misioneros, pero a condición de que pudieran estar
reunidos en un solo lugar. Don Luis Piccinelli, que no estaba autorizado por nadie para aceptar aquella condición, escribió a su propio
Obispo de allá, y éste le contestó que deseaba muchísimo recibir a algunos sacerdotes capaces de enseñar en lengua inglesa el latín, el
griego, las ciencias físicas y lo demás, y que deseaba tenerlos aún antes del 1878. Los reuniría consigo en el palacio episcopal, comerían
a su mesa y enseñarían como profesores en el gran colegio ya establecido en Colombo, contiguo al palacio episcopal y dirigido a la
sazón por los Hermanos de la Doctrina Cristiana, bajo su inmediata vigilancia. Para resolver otras posibles dificultades, Monseñor
escribiría personalmente a don Bosco. Así asegurada la condición puesta por don Bosco, el misionero de Bérgamo le pidió que le
confirmara la promesa; para él ya estaba definitivamente concertado el negocio.

Diremos más; aún dio otro paso hacia adelante: hubiera querido que don Bosco le entregase enseguida dos misioneros para llevarlos
consigo a su vuelta a Ceilán. Con tal de podérselos llevar consigo, habría diferido unos meses su partida. Se quedarían en la misión a él
confiada, que contaba con ocho mil católicos en medio de una masa mucho mayor de musulmanes, budistas y ((316)) protestantes.
Decía: "Viviremos en comunidad y yo procuraré adaptarme a las reglas de la Congregación... Tendrían, evidentemente, viaje pagado,
comida y vestido y nos les faltaría nada de lo necesario. Estoy casi seguro de que puede, si usted quiere. Dígame, pues, que puede y
quiere y yo bendeciré por ello al Señor" 1. En el margen superior de la carta se leen las siguientes palabras autógrafas del Beato:
"Respondido: aceptado en general". Dado que él no acostumbraba hacer las cosas apresuradamente, se limitó, pues, a tomar la
proposición en atenta consideración, reservándose enviar a don Juan Cagliero a aquel lugar, para examinar la cuestión a fondo y de
cerca.

No se conformaba el Beato con enviar una circular a sus bienhechores más insignes, sino que les escribía personalmente, solicitando su
caridad. Poseemos dos cartas de este género, dirigidas a los nobles esposos Fassati, de quienes se fiaba, siempre que sus obras
necesitaban auxilios especiales. Al enviar la primera circular, escribió al Marqués:

1 Carta a don Bosco, del 24 de octubre de 1876.
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Queridísimo señor Marqués:

El clérigo Bonora me trajo sus noticias, por las que veo ha mejorado su salud. Doy gracias al Señor y le pido tenga a bien
conservársela largo tiempo.

Envío para usted y para la señora Marquesa la inscripción en los cooperadores salesianos, de la que hemos hablado ya varias veces. Así
podrá usted lucrar las muchas indulgencias y gracias espirituales concedidas por el benemérito reinante Pío IX.

Le acompaño también un ejemplar de la carta, con la que estoy postulando para los misioneros que tengo que enviar a América. Haga
lo que pueda y el buen Dios pagará con el Paraíso a quien va a dar la vida por las almas e igualmente a los que ayudan a los misioneros,
que serán veinte.

Que Dios les conceda a usted y a la señora Marquesa buena salud y buen veraneo en la quinta, adonde espero poder ir a saludarles.
Mañana voy a Alassio para un asunto urgente; me encomiendo a sus oraciones y me profeso

De V.S.

Turín, 16 de julio de 1876.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

((317)) Unos tres meses más tarde se dirigió a la señora Marquesa con una carta, en la que no se sabría qué más admirar, si la sencillez
del hombre de Dios o su destreza para pedir sacrificios pecuniarios a título de caridad.

Benemérita señora Marquesa:

Cuando el año pasado recomendaba yo la Pía Obra de María Auxiliadora para el sostenimiento de nuestras Misiones, tuvo la bondad
de decirme que, lo mismo usted que el señor Marqués, no se comprometían a ninguna anualidad, pero, que si me encontrase necesitado,
que acudiera a ustedes y me prestarían el socorro que su caridad les permitiere.

Y recurro ahora porque me apremian dos necesidades. Una es la de cincuenta clérigos que visten todavía de paisano, y que esperan una
ayuda providencial para vestir la sotana eclesiástica y poder así comenzar regularmente sus estudios para el inminente curso escolar.

Otra es la de las Misiones de Argentina. Lo mejor que he podido, logré reunir un poco de equipo; pero me encuentro sin medios para el
viaje. El Gobierno argentino me paga los gastos de ocho y me faltan todavía para quince, que es lo mismo que decir la cantidad de doce
mil liras. Acabo de dar una vuelta para este fin, pero no he podido recoger nada. He escrito al Padre Santo, el cual ha encargado me
contesten que otra vez será; por ahora le es imposible.

Sé que usted tiene también muchos gastos y, sin embargo, acudo una vez más como al áncora de salvación para aquellas pobres almas,
todavía inmersas en la idolatría, que esperan quien les lleve la luz del Santo Evangelio con que poder salvarse.

Yo no dejaré de rezar por usted, señora Marquesa, y por su esposo el señor

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Marqués, para que Dios les conserve largos años de vida feliz y les dé a su tiempo el premio de los justos en el Cielo.

Con la más profunda gratitud tengo el honor de profesarme,

DeV. S.

Turín, 21 de octubre de 1876.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

Se ve que el Padre Santo cambió después de parecer; y podemos conjeturar con buen fundamento el porqué. El augusto Pontífice
quería un servicio importante del Beato. El cardenal Bilio, ocho días después de haber escrito don Bosco a la marquesa Fassati, le
escribió anunciándole el regalo del Papa ((318)) y advirtiéndole: "Pero el Padre Santo ha querido poner una condición a su regalo; ésta
demuestra el gran aprecio que le tiene y la confianza que deposita en usted; espero que ella le sea aún mas grata que el mismo regalo".
La condición era que don Bosco aceptase la dirección de los Concettini (Concepcionistas) 1, asunto del que hablaremos mas adelante.

Un bienhechor, al que no solía olvidar en los momentos críticos y a quien nunca recurría inútilmente, era el óptimo abogado Galvagno,
de Marene.

Queridísimo señor Abogado:

No sé si se le habrá enviado la circular para mis misioneros; por si acaso le envío un ejemplar y, de acuerdo con su caridad, haga lo que
pueda.

Ya están impresas las indulgencias y favores espirituales, de que le hablé en otra ocasión.

Si puedo ver a alguno de Marene, le encargaré que se las entregue.

Dios le bendiga junto con toda su familia y créame en Jesucristo,

De V.S.

San Bernardo, Doctor, 20 de agosto de 1876.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

1 Concettini. La Congregación Religiosa de los Concepcionistas (Hermanos Hospitalarios de la Inmaculada Concepción) dependiente
del Padre General de los Capuchinos, en cuanto al espíritu y disciplina regular, nació bajo los auspicios del Sumo Pontífice Pío IX. Su
fin era servir y asistir a los enfermos pobres, de cualquier enfermedad. Ya se habla de ella en el volumen VII, pág. 532, volumen VIII,
pág. 630, volumen X, pág. 1212 y en el presente volumen en las págs. 420, 425, 430, 442, 693. Y volverán a aparecer en los volúmenes
XIII y V. (N del T.)

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Acusaba inmediatamente recibo y daba las gracias de las limosnas ordinarias que recibía enviando al donante una cartita impresa como
ésta:

Bondadoso Señor:

Hemos recibido la limosna que se ha dignado enviarnos para nuestros misioneros; le estoy muy agradecido. Que el Señor le
recompense con sus más selectas bendiciones celestiales.

Los misioneros guardarán imborrable memoria del beneficio recibido mientras, con todo mi aprecio, me profeso suyo en Jesucristo

Turín, 1876.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

((319)) Pero, si la limosna era considerable o la condición de la persona merecía especiales atenciones, escribía de su puño y letra
cartitas como la siguiente, dirigida a la condesa Olimpia de Pamparato, hija de los marqueses Natta de Alfiano, y avecindada en Turín.

Benemérita señora Condesa:

Con verdadera gratitud recibo cien liras para nuestros misioneros que se preparan para ir a América.

Le doy las gracias; que Dios se lo pague. No dejaré de elevar mis oraciones por el señor Conde su esposo y más aún por su señora
madre, la marquesa Natta, que, según me dicen, está algo delicada.

Mis humildes saludos para todos y créame con todo aprecio,

De V.S.B.

Turín, 22 de agosto de 1876.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

"Qué decir, en fin, de los ornamentos litúrgicos preparados por Comunidades religiosas femeninas? En algunos conventos
trasnocharon para acabar el equipo de los Misioneros. Merecen nuestro recuerdo honorífico y homenaje de perpetua gratitud las
Hermanas del Refugio, las de Santa Ana, las de las Huérfanas y las de San Pedro. Constituía un deber para don Bosco manifestarles de
alguna manera su gratitud. Unos le sugerían enviarles regalos, otros hacerles una visita. Don Bosco ordenó que se buscasen obsequios
agradables y se les enviasen en su nombre. "Cómo habría podido encontrar tiempo para ir a visitar a
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todas las instituciones, si para despachar todos sus asuntos debía permanecer sin salir de la habitación? Hacía un año que las Hijas de
María Auxiliadora residían a cuatro pasos del Oratorio; y, sin embargo, aún no había ido a visitarlas ni una sola vez.

La partida de los misioneros estaba fijada para noviembre. Su número llegó por fin a los veintitrés. Ocho de ellos tenían que abrir el
colegio de Villa Colón; dos iniciar el Hospicio para muchachos pobres italianos en Buenos Aires; dos dedicarse a los Oratorios en la
misma capital; dos unirse a los Hermanos que ((320)) atendían la iglesia de la Misericordia; dos encargarse del servicio de la parroquia
de la Boca; cuatro acudir en ayuda de los de San Nicolás; los otros tres estar preparados para intentar la toma de contacto con los
salvajes de las fronteras de la Patagonia en Carmen de Patagones. Agobiado por tantas preocupaciones el pobre don Bosco ya no podía
más; "pero no importa, Dios nos ayuda", escribía el 19 de noviembre a don Juan Cagliero.

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((321))

CAPITULO XII

LA VIDA EN EL ORATORIO

DESDE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES

HASTA EL FIN DE CURSO

AÑO tras año va reduciendo la muerte el exiguo número de los que vivieron la vida del antiguo Oratorio, cuando el Beato don Bosco
regía personalmente sus destinos. Resulta encantador oír de labios de los supervivientes la narración detallada de las cosas de aquellos
tiempos, aunque sea verdad que, oído uno, pueden darse por oídos los demás, en cuanto a la sustancia de los hechos. Vemos rejuvenecer
a Salesianos y no salesianos, a sacerdotes y seglares, cargados de años, cuando recuerdan la felicidad, que entonces se gozaba en la casa
de don Bosco. No había en ella por cierto las comodidades de hoy; pero "quién pensaba en ello? Reinaba allí la alegría, una alegría
templada por la piedad y el estudio, por la piedad y el trabajo, bajo la mirada y la sonrisa paternal de don Bosco, cuya bondad era como
el sol, que deja experimentar su influencia saludable por todos los rincones. Cuando un muchacho nuevo ponía los pies en el Oratorio,
inmediatamente experimentaba, digámoslo así, el encanto, que parecía impregnar todo el ambiente.

Valga como muestra lo que nos contaba poco ha el venerando don Luis Cartier, el salesiano cuya vida transcurrió hasta la vejez en
Niza, donde fue muy admirado y querido. Llegó al Oratorio de buenas a primeras sin saber ni jota de italiano y se encontró allí como
perdido. Pero he aquí que don Bosco, en cuanto tuvo delante al muchacho, en un abrir y cerrar de ojos se ganó su confianza con la
amabilidad del trato, y con las preguntas que le hizo sobre su familia y sus cosas más queridas. ((322)) Después, durante algún tiempo,
hasta que no le fue posible tratar fácilmente con todos, el pobrecito muchacho subía cada día, y aún varias veces al día, al cuarto de don
Bosco, que invariablemente lo recibía paternalmente y se entretenía con él, preguntándole cosas y escuchándole.

En este capítulo hablaremos de la vida en el Oratorio durante los tres meses del verano de 1876. Durante esta parte del año solía el
Siervo de Dios estar en el Oratorio con sus muchachos, ya sea porque
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entonces se hacían los ejercicios espirituales, ya sea porque se acercaba el tiempo de la salida a vacaciones.

Antes de los ejercicios espirituales hubo una representación teatral, que se consideró como un éxito en el Oratorio y también en la
ciudad. El jueves día 1.° de junio, por la tarde, los estudiantes representaron una comedia latina; era algo que desde hacía mucho tiempo
ya no se veía en Valdocco y que ninguno había soñado ver. Debía haberse representado el 11 de mayo, de no haber estado ausente don
Bosco, que se encontraba todavía en Roma. A nadie se le hubiera ocurrido ponerla en escena, en su ausencia.

La comedia se titulaba Phasmatoníces o Larvarum víctor, el vencedor de los fantasmas. La obra era original de monseñor Carlos María
Rosini, docto obispo de Pozzuoli, fallecido el año 1836; había sido retocada oportunamente por otro valioso latinista, el padre Luis
Palumbo de la Compañía de Jesús. El argumento es éste. Cremes o Cremetes, rico patricio romano, sale para lejanas tierras y confía el
cuidado de sus bienes y la tutela de su hijo Calidoro al viejo amigo Simón. El buen mozo, amigo de diversiones, es tratado con mano
dura por el tacaño tutor; entonces, para sonsacarle dinero, le aconsejan que dé a entender al autor que la casa paterna está encantada, para
así autorizar su venta. Hay un acuerdo secreto con el futuro comprador que asegura una cantidad regular al hijo de Cremetes. Pero antes,
a fin de engañar más todavía al tutor, finge aplacar a los lares domésticos con un solemne sacrificio. Mientras tanto llega a escondidas el
padre ((323)) de familia, el cual, descubierta la trama, aparece de improviso, mientras con embustera piedad se celebra el sacrificio a los
falsos dioses, y reprocha a cada uno su culpa; después, cediendo a las reiteradas súplicas del hijo inexperto y del viejo tutor engañado,
perdona a todos.

Los ensayos y la preparación se hicieron tan cuidadosamente y se llevaron de tal modo que los actores se hicieron fieles intérpretes de
su papel y se preocuparon por el éxito de su esfuerzo 1. Un ensayo general, realizado ((324)) la tarde anterior ante los estudiantes, hizo
que se concibieran grandes esperanzas, y éstas no quedaron frustradas, sino

1 Desde Roma se interesaba don Celestino Durando por la preparación, y escribía a don Miguel Rúa con fecha 18 de abril: "Di al
profesor Bonora que ya tengo preparada una hermosa corona para cada uno de los actores de la compañía cómica latina y por
consiguiente que procure ir adelante y con ánimo en los ensayos del Phasmatoníces".

Hemos encontrado, en un borrador para la tarjeta de invitación, los nombres de los actores con el reparto de los personajes de la obra.
Algunos de aquellos nombres todavía nos son familiares; aún viven dos de los nombrados por lo menos.
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que fueron superadas por el buen resultado. Asistió un público selecto, en el que abundaban profesores universitarios, que manifestaron
sin regateo su admiración. A los pocos días aparecieron en la prensa local artículos con apreciaciones, que honraban grandemente al
Oratorio.
Así la Unità Cattolica del 4 de junio hizo amplísimos elogios de los actores. Calificó la representación de "academia plautina"
;
academia, tal vez porque vio en ella más que nada una muestra de los progresos obtenidos por aquellos jóvenes en los estudios clásicos,
y plautina, porque realmente los versos se asemejaban al estilo del poeta de Sársina,

DRAMATIS PERSONAE PERSONAJES

Chremes, pater Callidori Cremes, padre de Calidoro
Callidorus, filius Chremetis Calidoro, hijo de Cremes
Simo, Callidori curator Simón, tutor de Calidoro
Toxilus, servus domesticus Toxilo, criado
Saturio, parasitus Saturio, parásito
Menesilochus Mnesiloco
Pamphilippus Saturionis gnati Pamfilico hijos de Saturio
Dordalus, latinista Dordalo, maestro de gladiadores

AGENT ACTORES

Secundus Marchisius Segundo Marchisio,
IV class. gymn. alumnus alumno del 4.° curso
Albinus Carmagnola Albino Carmagnola,
V class. gymn. alumnus alumno del 5.° curso
Ludovicus Figinius Ludovico Figinio,
Philosophiae alumnus alumno de filosofía
Joseph Carolius José Carolio,
IV class. gymn. alumnus alumno del 4.° curso
Carolus Spattinius Carlos Spattinio,
V class. gymn. alumnus alumno del 5.° curso
Thomas Pentorius Tomás Pentorio,
IV class. gymn. alumnus alumno del 4.° curso
Jacobus Gresinus Santiago Gresino,
V class. gymn. alumnus alumno del 5.° curso
Joannes Alessius Juan Alessio,
V class. gymn. alumnus. alumno del 5.° curso

L'in vito era espresso epigraficamente La invitación estaba formulada
in questi termini: epigráficamente en estos términos:

#AEMATONIKHE FASMATONICES

SEU
O
LARVARUM VICTOR EL VENCEDOR DE LOS FANTASMAS,
ROSINIANA COMOEDIA COMEDIA DE ROSINI,

PLAUTINO STILO EXARATA ESCRITA AL ESTILO DE PLAUTO,

AGETUR INTERPRETADA
AB ALUMNIS ASCETERII SALESIANI POR LOS ALUMNOS DEL INTERNADO
SALESIANO

CALENDIS IUN. CALENDAS DE JUNIO.
HORA SECUNDA DE MERIDIE A LAS DOS DE LA TARDE.
UT ADSIES ROGO RUEGA TU ASISTENCIA

JO. BOSCO Sac. JUAN BOSCO, Pbro.

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de cuyo lenguaje, empero, reproducían sólo la flor. Con respecto a la ejecución observaba el diario:

"Estos jovencitos estudiantes saben interpretar su papel con la soltura de quien habla la lengua natal". También el Baretti, periódico
escolástico literario del profesor Perosino, presentaba en el número del 8 de junio un extenso artículo de su director, que elogiaba "la
irreprochable precisión" de los actores y escribía: "El saber de memoria más de cincuenta páginas en latín, exponer este latín con garbo,
con soltura en el gesto, con rapidez, con precisión, sin tropezar nunca en la pronunciación, ni errar en la prosodia, todo ello fácil de
ocurrir, no era ciertamente un cometido tan sencillo. Y, a pesar de todo, sea dicho en alabanza de aquellos excelentes alumnos y de sus
excelentísimos maestros, salió todo tan bien que muchos del numeroso y selecto auditorio no cabían en sí de gozo por asistir a un
espectáculo tan agradable. La mayoría tenía en mano el libro de la comedia rosiniana; pero no era necesario para entender exactamente el
texto, pues los excelentes actores recitaban tan bien su papel, con voz tan clara y gesto tan agradable, que era mejor y más divertido
concentrar la atención en el escenario que en el libro".

Tanto se insistió por todas partes pidiendo la repetición, que se hubo de volver a representarla el jueves siguiente, ((325)) 8 de junio.
Acudieron en masa sacerdotes y profesores. Allievo, profesor de la Real Universidad, iba de un lado para otro del salón buscando a
personas distinguidas, que estaban en los bancos mezcladas con los demás invitados y no eran conocidas por los de la casa. Cuando se
cerró el acto, no había otro tema en las conversaciones que el de que aquella representación bastaba para tapar la boca a cuantos
murmuraban de que en el Oratorio se descuidaban los estudios o daban deficientes resultados. El Emporio popolare, "periódico diario
universal", se encargó de esta réplica en el número del día siguiente, en el que escribía, entre otras cosas: "El jocoso drama, verdadera
obra maestra de literatura, fue interpretado a la perfección por aquellos excelentes alumnos del bachillerato y el cultísimo auditorio dio
muestras de satisfacción superior a toda ponderación".

En las dos funciones se ejecutaron alegres piezas de música y algunos cantos, que recrearon a los espectadores durante los entreactos.

El Marinero de Cagliero despertó en amigos y conocidos un afectuoso recuerdo del autor lejano. Don Bosco, que no pudo asistir a la
primera, estuvo en la segunda representación y quedó "satisfechísimo", según lo hace constar la crónica. Dan testimonio de la general
satisfacción los tres diarios citados, en el último de los cuales cerró el
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director su artículo escribiendo graciosamente: "Mis felicitaciones à tout le monde". En efecto, no es difícil imaginar a cuántos
correspondía el mérito de la gloriosa empresa.

De vuelta a la marcha de la vida ordinaria, que también hoy se efectúa en el Oratorio con la máxima prontitud y naturalidad, después
de pasajeras distracciones, diose comienzo a los ejercicios espirituales. A pesar de la deliberación tomada de no prorrogarlos hasta el
último período del curso escolar, hubo que hacer de necesidad virtud, atendida la larga ausencia de don Bosco, que, como es natural,
quería estar presente. Afortunadamente el tiempo fue favorable: se mantuvo fresco y lluvioso y ayudó no poco a los esfuerzos de los
Superiores y a la buena voluntad de los muchachos. En una semana, del 11 al 18 de junio, quedó todo despachado, lo mismo para los
estudiantes que para los aprendices. Predicó a ((326)) unos y otros cuatro sermones al día el teólogo Belasio, misionero apostólico, muy
famoso entonces por la originalidad de su predicación, que producía efectos sorprendentes en las poblaciones rurales y con los jóvenes.
En las dos tandas dio unas atrayentes pláticas sobre la santa misa, siguiendo paso a paso al celebrante en el altar. Entre sermón y sermón,
oía confesiones; iba directamente del púlpito al confesonario de la iglesia pequeña, donde se hacían los ejercicios. Todos los salesianos
que lo conocieron fueron testigos de su extraordianrio afecto a don Bosco. Don Julio Barberis escribe en la crónica: "íQué excelente
persona! Tuve oportunidad de conocerle muy de cerca. íCuánto quiere a don Bosco! Está totalmente ligado a él como un hijo con su
padre. Está la mar de satisfecho porque don Bosco le ha inscrito entre los primeros Cooperadores Salesianos, nueva obra que surge ahora
y de la que don Bosco tiene inmensas esperanzas".

Después de las oraciones de la noche del día 11 el Siervo de Dios habló así a los estudiantes:

Me alegro con vosotros y os saludo a todos en el Señor. Ya han comenzado los ejercicios espirituales esta tarde. Queríais que los
predicase el teólogo Belasio y aquí le tenéis entre vosotros. Se os ha hecho caso.

No olvidéis que es una gran dicha poder hacer los ejercicios, porque en ellos puede ganarse el paraíso. Deseo que una buena parte de
vosotros haga estos sagrados ejercicios pensando cn la elección del estado en que cada uno debe vivir. Algunos de vosotros ya están en
los cursos superiores, próximos a terminar el bachillerato, y por consiguiente, piensen seriamente en su vocación. Otros deberían hacer
todavía un año más para terminar el bachillerato, pero piensan saltar el quinto curso; también éstos deben examinarse sobre el estado al
que el Señor los llama. Pedid encarecidamente al Señor esta gracia, porque El os la concederá. Dejo el resto al teólogo Belasio, que os
dirigirá y enseñará la manera de conocer cuál es vuestra vocación y os aconsejará
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los medios para perseverar en ella... Póngase cada uno de vosotros en manos de su director espiritual; procurad estar muy retirados y
examinaos bien. Algunos aspiran al estado eclesiástico, otros a otros estados; el estado en que os quiere el Señor fue enriquecido por El
con muchas gracias para facilitaros vuestra eterna salvación. Todo consiste en acertar en la elección.

No estoy aquí ahora para daros reglas particulares de cómo portaros durante estos ejercicios, porque ya se os darán en los sermones.
Sólo os diré que ((327)) las guardéis, especialmente el silencio durante los tiempos establecidos, como sería, por ejemplo, en el estudio,
antes de la misa y después de las oraciones de la noche.

Ahora quiero manifestaros un pensamiento mío; es más, quiero contaros un hecho, que ha sucedido hoy a las tres y media, poco más o
menos. Un hijo de la riquísima familia Callori, bienhechora de la casa, era un valiente domador de caballos y se gloriaba de ello.
Domaba a los más fieros con mano maestra. Le bastaba saber que un caballo era indomable para comprarlo enseguida; efectivamente,
había domado todos los caballos, que había tenido a su alcance. Habiéndose enterado de que había uno en Saluzzo que nadie había
querido comprarlo por su fiereza, fue allí, lo compró y logró guiarlo como quería. Un día lo enganchó a una calesa; subió él a ella, apretó
las bridas, le dio unos latigazos y echó a correr a toda velocidad. El hecho ocurrió en Saluzzo. Al poco rato, recibió el caballo otro fuerte
latigazo, dio un brinco, no obedeció al freno del guía y se lanzó a campo traviesa a toda carrera. Aquel joven, que se vio en peligro, saltó
de la calesa y cayó al suelo, pero, con la velocidad, una pierna se le quedó agarrada por un instante en la rueda y se le fracturó; fue
arrastrado por las piedras. Acudió gente, le llevaron a un hostal, le aplicaron todos los remedios posibles y le colocaron la pierna en
condiciones para poder soportar un traslado. Le trajeron de Saluzzo a Turín.

Mas, fuese porque el hueso no fue bien colocado, fuese porque en el viaje se abriese alguna herida, el hecho es que hubo que
amputarle la pierna. No valió esto para salvarle. Se fue perdiendo demasiado tiempo en consultas de médicos y en vencer la repugnancia
del joven y de la familia; se formó la gangrena, se extendió ésta y ya no se pudo hallar remedio contra la muerte. Hoy precisamente, a
eso de las tres y media, el alma de este joven voló al Señor, después de recibir los consuelos de nuestra santa Religión.

Eran tres hermanos: uno de ellos murió hace tiempo de tuberculosis, a los veinte años de edad; el otro, hoy con veintitrés años, y el
único que sobrevive está muy delicado. El dolor de la familia es inmenso; la única esperanza que les quedaba descansaba en ese hijo, por
cuya pérdida no saben cómo encontrar paz y alivio.

Lo único que pudo calmar este grandísimo desconsuelo es el pensamiento de que este hijo murió como buen cristiano y dejó una gran
esperanza de su eterna salvación.

Esta familia es riquísima, pero las riquezas no sirven para consolar y esto prueba que las riquezas no hacen feliz al hombre. Esta
reflexión me confirma una vez más en la gran verdad de que sólo la religión puede aliviar en las tribulaciones y dar la paz a las almas.

Pidamos al Señor que se digne volver su bondadosa mirada a esta familia y la consuele en tan grave pérdida.

Y vosotros, hijos míos, no olvidéis que las riquezas no pueden aliviar y contentar el corazón humano. Sólo la religión puede hacer
((328)) esto. Lo digo para que aprendáis a hacer de los bienes de la tierra la cuenta que merecen. Sólo las buenas obras son las
verdaderas riquezas, que nos preparan un puesto allá arriba en el cielo. Buenas noches.
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El noble joven, tan trágicamente desaparecido, era el condesito Manuel Callori, cuyo nombre aparece tantas veces en la
correspondencia del Beato con su piadosísima madre la condesa. Don Bosco, que le administró los últimos sacramentos y encomendó su
alma, cerró sus ojos 1. El hermano sobreviviente es el conde Raniero, por entonces algo delicado, pero que vive todavía y goza de buena
salud en su campante vejez, padre de numerosa y selecta prole. Entre don Bosco y la familia Callori se estableció, después de aquella
pérdida dolorosa, el pacto de un aniversario perpetuo con determinado servicio religioso a celebrar en la iglesia de María Auxiliadora 2.

Los estudiantes debieron portarse muy bien durante los ejercicios, pues sabemos que don Bosco quedó contentísimo de ellos. Lo que
más le interesaba en esta ocasión solía ser el asunto de la vocación, como hemos podido apreciar en el comienzo de sus "buenas noches"
del 11 de junio. Además puede decirse que este tema estaba habitualmente a la orden del día en el Oratorio. Por eso don Julio Barberis,
que daba la clase de religión en el bachillerato superior, ya lo había tocado en la última lección, dejando a los alumnos estos dos
recuerdos para los ejercicios:

((329)) 1.° No terminarlos sin decidir la propia vocación; dejarlo para más tarde sería una lástima y causa de disgustos y tormentos
para toda la vida.

2.° Que era una locura ir a consultar sobre esto a confesores distintos al de costumbre, que era don Bosco, el cual ya los conocía y tenía
luces especialísimas del Señor; y, por tanto, que se presentaran todos a él, del primero al último.

íQué tiempos aquellos! El resultado fue que hasta cuarenta alumnos del cuarto y quinto curso se inscribieron entonces resueltamente en
la Pía Sociedad; una docena de ellos se quedó dudando entre el sí y el no, unos por motivos de familia, otros por el deseo de oír todavía

1 El 11 de junio, octava de Pentecostés, era el último día del tiempo pascual. Este detalle y la asistencia del Beato, junto con otras
circunstancias, nos inducen a formular la hipótesis de que don Bosco anunciase precisamente esta muerte en el sueño que contó la noche
del 23 de enero. No nos consta que haya asistido a otros jóvenes durante el tiempo pascual, ni que en aquel lapso de tiempo hayan
muerto alumnos del Oratorio. En este supuesto, la fecha de 26 de mayo, que el guía le enseñó en el calendario, sin referencia alguna
precisa, podría indicar el día de la fatal caída, que causó la muerte. En efecto, monseñor Federico Callori, prelado en la corte pontifícia e
hijo del conde Raniero, que no sabía nada de esta fecha, nos escribió dándonos como cosa cierta que el joven sobrevivió unos quince
días. Pero hasta ahora no nos ha sido posible descubrir a través de documentos en qué día exacto cayó. Tal vez otro tenga más suerte que
nosotros. Con esta esperanza hemos creído oportuno expresar aquí nuestra duda, en la que nos confirma la circunstancia de que el
difunto del sueño no se encontraba en el Oratorio.

2 Véase, Apéndice, doc. 31.
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el parecer de alguno, aunque inclinándose a inscribirse. También la Obra de María Auxiliadora prometía la contribución de unos veinte.
Si a éstos se añadían los que se esperaba ver llegar de los otros colegios, resulta que las previsiones de los Superiores para el año
siguiente rondaban los ochenta noveles clérigos. Pues bien, los hechos superaron las previsiones, como a su tiempo diremos.

Bien puede decirse que la Congregación se encaminaba hacia rápidos progresos. El Siervo de Dios atribuía también este incremento a
la circunstancia de no aguardar a que los sujetos se acercasen a ella, cuando hubiese llegado a madurar en ellos la idea de la vocación.
"Nosotros vamos a buscarlos, decía, los buscamos sin movernos de casa. Ellos vienen a nuestros colegios y oratorios sin intención
alguna; les gusta nuestro modo de vivir y piden quedarse: a nosotros no nos queda más que el cometido de la selección. Si nos parece
que uno da esperanzas de buen resultado, nos lo quedamos; de lo contrario, que vaya a otra parte".

De elementos de esta clase sacaba don Bosco los sujetos más aptos para su Congregación. Porque, como él mismo advertía, nuestra
Congregación no tiende a reformar las costumbres, como otras órdenes religiosas. íNo! Nosotros suponemos que las costumbres del que
quiere hacerse salesiano, ya están reformadas o, mejor dicho, que quien viene a nosotros no cayó nunca en grandes vicios o desórdenes

1.
Un episodio graciosísimo, ocurrido por aquellos días, confirma ((330)) lo que ya decíamos en el volumen anterior, sobre cómo
consideraban la vocación religiosa los alumnos del Oratorio 2. Un alumno del quinto curso, vivaracho pero reposado, paseaba por los
pórticos con algunos compañeros cerca de don Bosco. Parecía pensativo y con ganas de hablar. Don Bosco se dio cuenta de ello y le
preguntó:

-"Tu querrías decirme algo, no es verdad?

-Sí, señor; lo ha adivinado.

-"Y qué querrías decirme?

-í Pero... no quisiera que oyesen los otros...!

Y al decir esto, apartó un poco a don Bosco y le susurró al oído:

-Querría hacerle un regalo, que le gustará.

-"Y qué regalo quieres hacerme?

-Mire, replicó mientras se ponía de puntillas, abría y extendía los brazos, y adquiría su rostro un aire de seriedad: querría regalarle a

1 Crónica de Julio Barberis, 12 de agosto de 1876.

2 Véase Volumen XI, pág. 196, 231-2 y 248-9.
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mismo, para que haga de mí desde hoy lo que quiera y me tenga siempre consigo.

-Verdaderamente, le contestó don Bosco, no podrías hacerme un regalo más agradable. Lo acepto, no para mí, sino para ofrecerte y
consagrarte enteramente al Señor.

Este mismo muchacho, unos años antes, en razón de un malentendido, había creído que el Prefecto pensaba enviarlo a su casa, porque
su madre viuda tardaba en pagar la módica cuota convenida. Corrió a don Bosco y le expuso la duda que le atormentaba. Don Bosco
miróle un instante, leyó en sus ojos la pena interior y le contestó con paternal bondad:

-Bueno; mira, si el Prefecto te envía a casa, tú sal por la portería, vuelve a entrar por la puerta de la iglesia y ven a don Bosco.

El muchacho besóle la mano y se fue tranquilo, prometiendo hacerlo así. Pero no hubo necesidad.

Este era aquel joven, de quien escribe don Julio Barberis en su preciosa crónica, tantas veces citada con motivo de una breve visita de
los nuevos novicios a sus familias, ((331)) antes de tomar la sotana:
"Hubo uno, que no quiso en absoluto ir a casa, y éste fue Picollo, el cual, de veras, aunque un poco pilluelo exteriormente, temía
cometer pecados, si iba a su casa y por esto no quiso ir". Es de notar que decimos "pilluelo" cariñosa y familiarmente, sin el menor
sentido de maldad o desvergüenza, sino sencillamente de algo vivo y enredón; en efecto, resulta por los registros que nuestro "pilluelo"
obtuvo al final del curso escolar el primer premio de aplicación y sobresaliente de conducta.

A este mismo joven le dijo el Beato, en el momento decisivo de la vocación, estas palabras:

-Mira, tienes dos caminos ante ti: el que querrían los tuyos, esto es, una profesión en el mundo, abogado, por ejemplo, y el que te abre
don Bosco. En el mundo puedes hacer una estupenda carrera y ganar mucho dinero, pero con el riesgo de no salvar el alma; con don
Bosco tendrás que trabajar y a su tiempo también tendrás mucho que sufrir, pero ganarás muchos méritos para el paraíso.

Don Francisco Picollo, que fue inspector en Sicilia, comprobó durante veintitrés años la exactitud del vaticinio, cuyo recuerdo le servía
de suave consuelo en los prolongados sufrimientos 1.

No le habían faltado en su día halagüeñas propuestas. Monseñor Gastaldi, que había oído hablar de él muy favorablemente, le envió

1 Don Francisco Picollo murió en Roma el 8 de diciembre de 1930.
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recado a través del teólogo Angel Rho, su paisano de Pecetto y primo a la vez, que, si dejaba a don Bosco, él lo admitía gratuitamente en
el seminario, y además le proporcionaría ropa y libros. El contestó que se encontraba muy bien con don Bosco y que nunca traicionaría a
quien hasta entonces lo había atendido e instruido y a quien quería como a un padre. Otro hermano del teólogo, Delegado provincial de
Enseñanza en Turín, también le proporcionó un peligroso asalto. Era Picollo clérigo desde hacía algunos años cuando le envió un recado
a través de la madre, diciéndole que, si dejaba a don Bosco, le ((332)) concedería una plaza de profesor en un instituto del Estado y, al
cabo de dos años, le facilitaría la misma cátedra. El clérigo repitió la misma respuesta que ya había dado a su hermano, el teólogo.
Sarcásticamente dijo el Delegado a la madre:

-íBueno! Diga usted a su hijo que siga con don Bosco, y que sin duda llegará a cardenal.

Cuando se enteró don Bosco de los dos incidentes, aunque por un lado le dolió ver los intentos que se hacían para arrancarle a sus
clérigos, por otro lado disfrutó ante las pruebas de fidelidad que le daban sus hijos tan jóvenes todavía.

Al tratar este tema de la vocación y la búsqueda de sujetos vale la pena recordar el caso de aquel otro muchacho de quien hicimos
mención más arriba 1: nos referimos a José Mino, alumno del quinto curso del bachillerato. No había dado nunca motivo de queja
durante cinco años. Como era buen cantor y muy simpático, se había encontrado en ocasiones y peligros mayores que ningún otro, pues
le tocaba asistir a fiestas y banquetes, donde era aplaudido por todos. A pesar de ello siempre se había mantenido bueno y su único deseo
era llegar a ser sacerdote. Fue don Bosco mismo quien, después de los ejercicios, dijo a algunos sacerdotes, entre los cuales estaba don
Julio Barberis, estas palabras que él consignó en su crónica:

-íSi Mino se quedase en el Oratorio como clérigo e ingresara en la Congregación! íCuánto me gustaría que se quedara! Le he atendido
todo lo que se puede atender a un muchacho, me he preocupado por él, y puedo decir que siempre me ha correspondido. Nunca sucedió
que le dijese una palabra o le diera un consejo, y cayera en el vacío. No dejé pasar ninguna circunstancia sin hacer por él, aun con gran
incomodidad, lo que yo consideraba ante el Señor que se podía hacer por su bien. Ahora que ha terminado el quinto curso y tiene que
vestir la sotana, ícómo me gustaría que se quedase con nosotros! Pero no

1 Véase pág. 101
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será tan fácil, porque está acosado por sus padres y por el párroco, y el Obispo lo quiere en el seminario.

En efecto fue ((333)) a su diócesis de Biella, sin que el Siervo de Dios dijese o hiciese nada que tuviera visos de coartar su libertad. Era
sacerdote muy joven todavía cuando fue arrebatado por una violenta enfermedad, poco después de la muerte del Siervo de Dios. Decía
un buen párroco de Biella que había empezado a amar a don Bosco, cuando conoció a don José Mino, pues estaba convencido de que su
modo de actuar, tan distinto del que se acostumbra, lo había aprendido en la escuela del Beato.

Hubo al mismo tiempo otro caso análogo, en el que don Bosco actuó muy diversamente; pero fue el mismo joven quien tomó
claramente su posición contra sus opositores, de modo que para el Siervo de Dios se trataba de hacer respetar y no de coartar la libertad.
Santiago Gresino, alumno también del quinto curso, demostraba seriamente que quería quedarse con don Bosco. Se presentó un tío suyo
para sacar los certificados necesarios, a fin de que el sobrino pudiese presentarse a exámenes en el seminario. íPobre muchacho!
También se le oponía su padre y le decía de vez en cuando:

-íSi quieres quedarte con don Bosco, no te reconozco como hijo!

El párroco, por su parte, daba la mano al padre. Y como si esto fuera poco, era quien más atizaba el fuego. Por último, una hermana, ya
avanzada en años e influyente en el pueblo, llenaba la casa de ayes y quejas nada más oír que su hermano quería quedarse en la
Congregación.

Entonces don Bosco contestó al tío que no podía hacerle certificados, porque estaba ya de acuerdo con el joven, que no iría al
seminario, sino que volvería al Oratorio. Declaróse, sin embargo, dispuesto a entregarle los certificados, si el mismo sobrino mostraba
que su voluntad había cambiado. Insistió el tío a más no poder; pero don Bosco no se rindió.

-Venga aquí el joven en persona, repetía el Beato; muestre que ha cambiado de parecer y entonces haré los papeles que se me piden.

Se presentó efectivamente el joven. íHabía cedido! El asalto había sido demasiado fuerte. Dijo a don Bosco que iría al ((334))
seminario;
y entonces don Bosco firmó y entregó enseguida los certificados.

A aquella edad inexperta, cercados de personas que sólo pensaban en las ventajas temporales, lejos de quienes habrían podido
aconsejarlos, los jóvenes a veces se rendían. Pero muchos, a despecho de las batallas, triunfaban y volvían al Oratorio. El año 1876
algunos pagaron cara la victoria: uno, por ejemplo, tuvo que prometer a su hermano
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cederle la parte que le correspondía de los bienes paternos; otro dejó de ser reconocido por su padre como hijo; un tercero volvió después
de haber sido sacado fuera por el padre furibundo.

El caso de Santiago Gresino fue una debilidad momentánea. Después de acabar el grado de bachiller volvió a casa. Se lamentaba de
haber rendido de aquella manera las armas, y anhelaba volver. No había recibido todavía la Confirmación. Como quiera que, a finales de
agosto, se tenía que administrar este sacramento en el Oratorio, don Bosco encargó que le escribiera para que fuese a recibirlo. Los
padres no pudieron negarle el permiso, porque, si no estaba confirmado, no podía incribirse entre los clérigos de la diócesis. Volvió;
pero, después, ya no hubo manera de hacerle marchar. Nadie logró apartarlo de su determinación, de suerte que vistió la sotana con sus
compañeros y es todavía un buen Salesiano.

Episodios como éstos manifestaban visiblemente que el afecto de los muchachos por don Bosco y la espontaneidad con que se ponían
en su seguimiento, no eran raros en el Oratorio. "íFuimos testigos de muchos otros!", escribe Barberis en su crónica, y lo confirma
Lemoyne en algunas de sus memorias. Para los que lean estas páginas añadiremos nosotros:

íQué útil sería que los afortunados sobrevivientes de entonces nos enviaran relaciones de hechos semejantes, que ellos supieran y que
tal vez les sucedieron a ellos mismos!

Pero aún tenemos algo que decir en torno al tema de las vocaciones. Los paternales consejos de don Bosco no siempre encontraban en
esta materia la docilidad deseada por parte de los jóvenes, aun cuando no hubiera oposiciones externas, y tuvieran que lamentar las
consecuencias, más tarde o más temprano. Había habido ((335)) tres ejemplos muy recientes. En el año 1875 don Bosco había sugerido a
un alumno de cuarto curso, algo indeciso, que vistiera la sotana; pero él prefirió aguardar un año más.

Hizo el quinto curso, fue a su casa después de los exámenes y ya no pensó en hacerse sacerdote. Otro, que era de los mejores,
aconsejado igualmente por don Bosco para que no hiciera el quinto curso, creyó más oportuno esperar; empezó el curso, pero quam
mutatus ab illo! (íqué cambiazo!). En noviembre, barruntaban los Superiores que pronto habría que expulsarlo. Un tercer joven,
aconsejado que acelerase los estudios pasando a la escuela defuego por ser algo avanzado en años, aceptó; pero, aconsejado después por
otros, volvió a la escuela normal y acabó mal. Cuando el Beato veía que un joven, en vez de seguir su parecer, iba en busca de otros
consejeros, perdía enseguida
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toda esperanza. Lo quería como antes, no le daba a conocer lo que pensaba de él, pero se guardaba mucho de volver a darle consejos de
esta clase.

Algún afortunado hijo pródigo encontraba todavía el camino hacia la casa paterna, en mala hora abandonada. Así le sucedió a un tal
Coccero, que se presentó a don Bosco el 19 de noviembre por la tarde, después de casi ocho años que había salido incautamente del
Oratorio. Cuando acabó el bachillerato, le había dicho el Beato:

-Tú no eres para el mundo; necesitas vivir tranquilo y retirado.

Pero él le contestó que su deseo era ir al seminario, especialmente para dar gusto a sus padres.

-Puedes hacer lo que quieras, replicó don Bosco, pero sólo alcanzarás el estado eclesiático, si vivieres retirado en una Congregación
religiosa.

Fue al seminario y se esforzó por portarse bien, de suerte que los Superiores estaban contentos de él. Llegó al cuarto curso de teología;
pero un buen día le mandó llamar el Rector y le dijo a quemarropa que no tenía vocación para el estado eclesiástico. El pobre seminarista
tuvo que volver con su familia, donde se hallaba fuera de su centro. Allí vivió dos años sin gozar de paz, hasta que, recordando las
((336)) palabras que don Bosco le había dicho al marchar del Oratorio, fue a hablar con él y suplicarle que le volviera a recibir en la
Congregación. El Siervo de Dios, después de pedir y recibir los informes necesarios sobre su conducta, lo aceptó.

-íCuántos casos como éste!, exclamaron los sacerdotes que habían oído a don Bosco mismo la narración de esta aventura.

-"Y esto por qué?, replicó don Bosco. Se puede comprender razonando naturalmente. Hay muchachos buenos, sencillos, de índole
suave; el mundo es demasiado embaucador, ellos no lo conocen y creen que todos son tan sencillos como ellos. Así es como después,
cuando encuentran trampas por todas partes, no resisten. Estos jóvenes están en medio del mundo lo mismo que está su sencillez en
medio de la sagacidad del mundo. Es lo cierto que estos pobrecitos nunca encontrarán en él su sitio. Yo que los conozco, los prevengo
claramente, y ellos, aún después de muchos años, recuerdan mis palabras y éstas les sirven de llamada.

También resultaron bien los ejercicios de los aprendices; buen indicio del fruto fue el crecido número de ellos, que pidieron ser
aceptados como novicios coadjutores. El Siervo de Dios, ansioso de dar consistencia a esta rama de la Congregación, tuvo con ello un
gran consuelo.

Pero los consuelos de la vida de don Bosco iban siempre acompañados
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de cruces. En esta ocasión vivía continuamente angustiado con su salud y la de algunos de sus ayudantes. Desde su regreso de Roma no
había tenido un solo día sin alguna indisposición. La muerte del hijo del conde Callori le causó nuevas molestias, puesto que volvió a
casa empapado de sudor, sufrió una corriente de aire y cayó totalmente postrado. La noche del 14 le acometió un cólico violento, que le
obligó a abandonar la cama y tenderse sobre el sofá, pero no le dejó un instante de reposo. No pidió auxilio, porque de noche nunca
quiso molestar a nadie. A la noche siguiente tuvo fiebre, y durante el día sudó copiosamente y sin parar. Por añadidura, tres de sus
sacerdotes estaban enfermos. Don Julio Barberis, que seguía en la clase, como Dios sabía, pues a duras penas se tenía en pie y estaba
levantado ((337)) a fuerza de voluntad; don Pedro Guidazio, que aunque era muy fuerte e incansable con todo, agotado de cansancio,
estaba tan decaído que el médico le mandó que dejara su entrañable quinto curso y se resignara a un descanso absoluto, que fue a tomar
en Nizza Monferrato en casa de la condesa Corsi, la mamá del Oratorio. Y el que estaba peor que todos los demás era el pobre don César
Chiala, el celoso catequista de los aprendices.

Este digno hijo de don Bosco trabajó sin parar hasta que no pudo más. De repente se agravó tanto su enfermedad que le obligó a
aceptar el consejo de ir a un pueblecito de la diócesis de Ivrea, cerca de Feletto, con un tío suyo párroco. Allí le esperaba una dolorosa
sorpresa; no se le consintió celebrar misa. Un decreto del Obispo, monseñor Moreno, prohibía decir misa a todos los sacerdotes que,
oriundos o nacidos en la diócesis, volviesen a ella después de tener su domicilio en otra parte. Como es sabido, aquel Ordinario abrigaba
ciertos recelos con don Bosco y su obra. En aquel tiempo los dos hermanos sacerdotes Cuffia, después de haber amargado a nuestro
Siervo de Dios con su deserción, habían dado motivo de quejas a Monseñor, que recurrió a aquella medida concebida en términos
genéricos, pero mirando sin duda alguna a golpear a los sacerdotes de don Bosco. A pesar de ello, el Beato ordenó a don Miguel Rúa que
enviara a don César el célebret que éste le había pedido; en aquella ocasión se le oyó expresarse en estos términos:

-Si el Obispo sigue negándole el permiso de celebrar, lo siento, pero me veré obligado a escribir a Roma. No es lícito suspender a
divinis a un sacerdote, sólo por pertenecer a una congregación religiosa. Si hay motivo serio contra el sacerdote, hágalo, que tiene
perfecto derecho para ello; pero suspender a uno únicamente porque pertenece a tal o cual congregación no bienquista, es algo que no se
puede hacer.
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Siempre dispuesto a no hacer caso de cualquier falta de miramiento con su propia persona, don Bosco desplegaba la mayor firmeza
cuando andaban en juego los derechos de la Congregación.

((338)) Los ejercicios de la sección de aprendices se cerraron el domingo, 18 de junio, por la mañana. Aquel día debía celebrarse una
ceremonia todavía más solemne. Cuanto más se encarnizaba el enemigo del bien por sembrar odio contra el Papa, tanto más se
empeñaban los católicos por buscar ocasiones para rendir homenaje al Vicario de Jesucristo.

El Padre Santo cumplía su trigésimo aniversario de pontificado; y una duración tan larga de reinado pareció motivo justo para llamar la
atención de los buenos y dar gracias al Altísimo en todas las partes del mundo. El año trigésimo primero comenzaba precisamente el día
16; pero los Obispos trasladaron la conmemoración al domingo 18 para facilitar la afluencia de los fieles. El Arzobispo de Turín envió
una carta de invitación al clero y al pueblo para elevar públicas oraciones a Dios por el Papa, en la que decía, entre otras cosas: "Diríase
que la mano de Dios sostiene de una manera visible a este gran Pontífice, cuyo nombre marcará una de las épocas más insignes en las
densas tinieblas, que se condensan cada día más sobre el presente siglo; la única esperanza que nos queda contra las persecuciones
visibles, que se lanzan contra la Iglesia; el faro adonde volver la mirada en medio de las tempestades, que amenazan sumergirnos". En el
Oratorio hubo una gran fiesta con comunión general y misa cantada a las diez con música selecta. Después de las vísperas solemnes
predicó el teólogo Belasio, el cual entusiasmó al auditorio y conmovió al final a los muchachos con las palabras de despedida que les
dirigió en la víspera de su salida, tras haberles predicado los ejercicios.

Durante su estancia en el Oratorio el teólogo Belasio había concebido un noble plan. La veneración que sentía por don Bosco lo indujo
a intentar la aproximación del corazón del Arzobispo y del Siervo de Dios.

El buen Teólogo había tenido en otros tiempos relaciones amistosas con el Arzobispo; por lo que le parecía que tenía la puerta abierta.
La entrevista tuvo lugar al salir de Turín o al poco tiempo; de todos modos no cabe duda que inmediatamente después del coloquio
((339)) no volvió a ver a don Bosco. En aquella conversación comprendió suficientemente dónde estaba el nudo de la cuestión: creía
Monseñor que don Bosco no respetaba suficientemente su autoridad y temía comparecer como el ejecutor de su voluntad, de suerte que
viniese a ser como el vicario puesto por el Señor para regir su Iglesia. El Teólogo
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se creyó autorizado para conferenciar con don Bosco sobre el tema; así que volvió a Sartirana, donde probablemente lo llamaban deberes
urgentes y se dio prisa por encontrarse con el Siervo de Dios. Lo encontró en Borgo San Martino: allí pudo conversar libremente con él y
le expuso lo que había oído a su Excelencia. Don Bosco se mostró muy dolido y le dijo:

"-"Es posible que surjan semejantes dudas entre personas que únicamente buscan la gloria de Dios? íYo no, yo no haré jamás nada por
la diócesis de Turín y por mi Arzobispo que pueda molestar y mucho menos disgustar a mi Arzobispo! Sólo ruego a usted observe que,
siendo Superior de una Congregación definitivamente aprobada, que adquiere cada día mayor desarrollo, también yo debo industriar,e
para consolidarla y guardar la autonomía indispensable para existir como todas las Congregaciones religiosas. íAh, querido padre
Belasio!, si fuera posible, o si usted lograse de algún modo obtener el perfecto acuerdo con mi Arzobispo, a quien sabe cuánto quiero...,
como lo estoy con los otros Obispos, bendeciría al Señor por siempre".

El teólogo Belasio informó al punto a monseñor Gastaldi de su visita a don Bosco y de todo lo dicho y oído. Pero la respuesta del
Arzobispo no fue la que se hubiera deseado 1.

Se acercaban mientras tanto dos solemnidades de gran importancia para el Oratorio: la fiesta de san Luis Gonzaga y la del día
onomástico de don Bosco. No nos detendremos en describir los preparativos, que poco más o menos son siempre los mismos; pero no
queremos omitir algunas cosillas que, si en la gran historia podrían ser consideradas ((340)) como superfluidades insignificantes o fuera
de lugar, sin embargo encuentran lugar muy oportuno en estas Memorias, cuyo objeto principal es hacer revivir al Padre tal y como fue
en medio de sus hijos.

Los Superiores del Oratorio habían determinado en cierto modo que la fiesta de san Luis se trasladara al día 25 del mes, pero don
Bosco se opuso a ello por una razón, que le salía de muy adentro. El 24 era san Juan, fiesta solemne y de precepto en Turín; si se
celebraba la de san Luis al día siguiente, hubiera faltado comodidad para las confesiones en la víspera:

-"Esta solemnidad, dijo, es muy importante para los jóvenes y comulgan muy gustosos" 2.

Hubo entonces quien propuso el día de san Pedro.

-"De ningún modo, replicó don Bosco, deseo que para san Pedro

1 Véase, Apéndice, doc. 32.

2 Crónica de Julio Barberis, 16 de junio de 1876.
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se haga una gran fiesta solamente en su honor; que tenga su panegírico y su música, y que se predique mucho su devoción. Tanto más
cuanto que tenemos en nuestra iglesia un altar dedicado a él. En nuestros días es muy necesario solemnizar mucho a este Santo, instruir
al pueblo sobre su dignidad y aprovechar toda ocasión para acercar los hombres a la Santa Sede".

Quedó, pues, convenido que la fiesta de san Luis se celebraría el primer domingo de julio.

Pero la determinación de la fecha no había agotado el tema a don Bosco: después de aquel intercambio de ideas tenía todavía que
expresar un pensamiento suyo y al mismo tiempo dar amablemente una lecccioncita a sus colaboradores. Según nuestra crónica, debió
razonar de la siguiente manera:

-"Me disgusta que se hagan las cosas sin decirme nada; pero me gusta que, cuando se quiere hacer algo, lo penséis primero vosotros y
discurráis los medios para ello y que después vengáis a decirme: -Se piensa hacer esto y aquello, con tal o cual medio, para que salga la
cosa así o asá. Entonces, si yo tengo alguna dificultad, puesto que aún no se ha determinado nada, ((341)) se pueden introducir los
cambios que se crean necesarios, aunque de ordinario se dejen las cosas sin cambiar, tal y como se me presentan. En este caso mi trabajo
se reduce a nada y consiste en observar si veo en ellas algún obstáculo o inconveniente; mientras que, por el contrario, tener que formar
un plan comenzando de cero es tomar una iniciativa que cansa".

Se encontraba presente en la conversación el teólogo Belasio, lo cual prestó ocasión a don Bosco para manifestar un hecho muy
notable para quien quiere conocer a fondo la vida del Oratorio. Habiéndose puesto a hablar el celoso sacerdote de ciertas profecías, que
corrían en torno a sucesos no lejanos, el Beato, aun para desviar la conversación, salió diciendo:

-De vez en cuando hemos tenido en casa muchachos que recibían gracias extraordinarias en la oración y venían a contarme coloquios,
tenidos con el Santísimo Sacramento, con Jesús Crucificado o con la Bienaventurada Virgen María. También este año veo algunas de
estas cosas especiales entre los jóvenes; y no se trata de uno solo, sino que son varios.

El teólogo Belasio supuso que tales muchachos le anunciaban cosas futuras; pero el Siervo de Dios replicó:

-No; no son cosas de esta clase. Vienen a decirme, por ejemplo: -Don Bosco, mire a ésos y a esotros; son lobos rapaces, que dan
escándalo. Y otros avisos por el estilo para la buena marcha de la casa,
293

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que después encuentro que son muy cabales. Tenemos también algún sacerdote que, al dar la comunión, ve quién no está bien dispuesto,
y no se equivoca. Este hecho ha sucedido varias veces.

Una conversación igual a ésta sostuvo el Beato con don José Vespignani en el año 1877, recordando a muchachos del pasado y del
presente, émulos de Domingo Savio. El mismo padre Vespignani refiere un hecho, cuya narración encaja muy bien en este punto. El año
1877, visitó el Oratorio monseñor Pedro Lacerda, Obispo de Río de Janeiro. Era un prelado de eximia piedad, que iba a consultar a don
Bosco para verse libre de ciertas ansiedades de conciencia. No contento con ello, quiso que don Bosco llamase a cinco de los muchachos
mejores, imitadores de Domingo Savio, porque deseaba hacerles algunas preguntas. ((342)) El Beato satisfizo su deseo. Comparecieron,
pues, cinco muchachos de aire sereno, llenos de reverencia ante el Obispo y de confianza con don Bosco. Díjoles éste:

-Este excelentísimo señor Obispo americano quiere que le digáis qué pensáis sobre ciertas cosas que él os expondrá; habladle con la
misma libertad que lo haríais conmigo.

Después se retiró, dejando allí a uno sólo y llevándose a los otros cuatro a la antesala. El Prelado hizo a cada uno de ellos la misma
exposición, a saber: que pesaba sobre su conciencia la responsabilidad de la salvación de tantísimas almas a él confiadas, pero que él no
podía hacer nada para su salvación, dadas las artimañas del demonio y de sus satélites, y la falta de buenos sacerdotes. Que le espantaba
el pensamiento de tantas almas como iban cada día al infierno. "No tendría que responder él ante Dios? "Y se salvaría él mismo? Fácil
es imaginar la impresión de aquellos muchachos al oír cosas semejantes. Apremiados a expresar su parecer, ellos le decían ingenuamente
que, si había venido desde tan lejos para buscar sacerdotes de don Bosco, esto era una señal que se preocupaba mucho por aquellas
almas. Por último, el Obispo recomendaba a cada uno que pidiese a María Auxiliadora y a Domingo Savio para que don Bosco le diera
misioneros...

-"Y tú, añadía, vendrías de buena gana a ayudarme?

La contestación no se hacía esperar: que hablarían con don Bosco para que los preparase.

-Todos me absolvieron de toda culpa, decía el buen Prelado unos años después a don José Vespignani en Río de Janeiro; y me
prometieron rezar, para que don Bosco enviara pronto a sus misioneros al Brasil 1.

1 JOSE VESPIGNANI, Un año en la escuela del Beato don Bosco, pág. 29-30, S. Benigno Canavese, Tip. Sal. 1930.
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Este hecho nos recuerda cómo san Benito prescribía en su regla que, en los asuntos graves, el abad inquiera también el sentir de los
más jóvenes, "porque el Señor revela a menudo a mentes juveniles consejos maduros" 1.

((343)) Volvamos ahora a la conversación del Siervo de Dios con los suyos. De un tema a otro se pasó a hablar de la buena salud que
tenían los muchachos en el Oratorio. Resulta útil recoger sus palabras, porque hay detalles que enriquecen su biografía.

"El movimiento, dijo, es lo que más aprovecha para la salud. Tengo realmente motivos para reconocer que viene de esto. Siendo yo
seminarista, y en los primeros años de mi sacerdocio, siempre andaba delicado; después me moví mucho y me puse de nuevo bueno.
Recuerdo todavía que una vez anduve con don Francisco Giacomelli más de veinte millas piamontesas 2 en un día. Salimos de San
Genesio para hacer unos recados en Turín y volver después a Avigliana. Otras veces salía de Turín e iba a I Becchi en seis horas y hacía
a pie las doce millas sin casi parar un instante. Aún ahora, cuando me siento muy cansado y oprimido, salgo, voy a ver a algún enfermo
hasta el Po o hasta Puerta Nueva y no tomo ningún vehículo, de no ser necesario por la importancia de un trabajo, las prisas o el peligro
de faltar a una cita. Yo soy del parecer de que una causa, y no indiferente, de la falta de salud en nuestros días procede de que no se hace
el movimiento que antaño se hacía. La comodidad del ómnibus, del coche, del ferrocarril quita muchísimas ocasiones de dar paseos, aun
breves, mientras hace cincuenta años se tenía por paseo el ir de Turín a Lanzo a pie. Me parece que el movimiento del ferrocarril y de los
coches no le basta al hombre para encontrarse bien. Aprovecha, por ejemplo, excitar el sudor en los pies y este efecto no se obtiene
estando sentados; además, el movimiento que parte del pie, esa pequeña sacudida que se da al cuerpo al golpear el suelo con los pies, me
parece que excita todo el cuerpo y le da vigor".

Después de los ejercicios reinaba en la casa una paz y tranquilidad perfectas. Se veía en muchos jóvenes un amor a la piedad que sabía
a sobrenatural, en frase de la crónica. Todo ((344)) esto favorecía la preparación para los exámenes finales. Los llamados retóricos, a los
que el cronista atribuía "una cordura muy superior a su edad", estudiaban incluso de noche.

Sin embargo, el pensamiento de los exámenes no presentó ningún

1 C. III, De adhibendis ad consilium fratribus.

2 La milla piamontesa equivalía a dos kilómetros y medio.
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obstáculo para preparar la fiesta del día onomástico del Padre; en cambio, sí que estorbó algo el mal tiempo. En parte se puso remedio a
ello en el acto, y en parte, algunos días más tarde. La víspera por la tarde se desarrollaron los festejos en el patio, pero el día de san Juan
no fue posible hacer nada al aire libre. Por la mañana se recibió a los antiguos alumnos a los acordes de la banda de música y se
presentaron a don Bosco, que los aguardaba en el comedor, y le ofrecieron unos magníficos pedestales para adorno del altar de María
Auxiliadora. Hicieron la tradicional presentación del ramo de flores. El simbólico ramillete de flores significaba los sentimientos de los
antiguos hijos hacia el siempre querido Padre 1. En 1876, en la comida que don Bosco les ofreció más tarde, surgió la idea de sufragar
las almas de los compañeros difuntos, que en el pasado habían tomado parte en esta presentación. El cristiano pensamiento que brotaba
de la viva piedad, que aquellos antiguos alumnos habían llevado consigo al salir del Oratorio, alegró tanto a don Bosco, que dispuso
enseguida se celebrase un funeral solemne con túmulo y música. Los que habían lanzado la idea, a su vez, pensaron en completar la obra,
invitando a los compañeros a contribuir con la correspondiente limosna. Se recogió en el momento la cantidad de veinte liras con
cincuenta céntimos, indicadora de bolsas pequeñas y corazones generosos. También los internos hicieron sus regalos. En la
acostumbrada colecta, los estudiantes recogieron ciento siete liras y los aprendices noventa liras, que se gastaron en tapices y cortinas
para la iglesia. Ya hemos mencionado las cartas llegadas de América en esta circunstancia. Otras manifestaciones, que la lluvia impidió,
se trasladaron a la tarde del día de san Pedro. Entre las dos fechas habló don Bosco así en las "buenas noches" del día 28 a todos los
alumnos del Oratorio:

((345)) íMenos mal que, alguna vez siquiera, podemos hablarnos!

Diréis vosotros:

-"Pero no nos vemos y hablamos todo el día?

-Sí, pero cuando nos vemos al paso, nos decimos una palabrita y deprisa. Ahora, por el contrario, podemos hablarnos libremente y más
tiempo.

Tengo que deciros, lo primero y con mucho gusto, que los ejercicios han resultado bastante bien, que estoy muy contento de ellos, que
hubo buen comportamiento y recogimiento, de suerte que también el teólogo Belasio quedó muy satisfecho de vosotros. Me causó
especialmente mucha alegría el que muchos de las clases superiores

1 Si a veces habló don Miguel Rúa a los internos y les sugirió que ofrecieran a don Bosco el "ramo" en su fiesta onomástica, entendió
con la misma frase otra cosa distinta, a saber, una corona o ramillete de santas comuniones.
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pensaron seriamente en su vocación, esto es, en el estado al que Dios llama a cada uno, y se examinaron en torno a sus propias
cualidades, inclinaciones, dotes del alma y también del cuerpo para conocer qué estado debían abrazar de entre los diversos que hay. Y
esto lo hicieron no sólo los alumnos de los cursos superiores, sino también los de los inferiores. Muchos, ya desde ahora, han resuelto
hacerse salesianos para ir después a Patagonia, a las Pampas y a otras regiones. "Pero es que el mundo está en nuestro poder para tener el
camino abierto e ir adonde queramos? íSí! Y, como lo estáis viendo, todos nos llaman: y, además, la Iglesia Romana es universal y
puede ser predicada en todas las partes de la tierra. Cada uno después, según sus ánimos y según sus fuerzas, podrá ir a regiones más
próximas o más apartadas.

Y ahora, pasando a la fiesta de san Juan, he de decir que fue espléndida y obscura. Fue espléndida, puesto que, por vez primera,
pudimos celebrarla al aire libre; fue espléndida por los preparativos, los regalos, las felicitaciones y augurios, que se me hicieron en mi
día onomástico. Fue obscura porque el tiempo estuvo lluvioso, interrumpió nuestra fiesta, hubo que improvisar nuevos aparejos en el
estudio y, en vez de continuar la fiesta a pleno día y a la luz de sol, tuvimos que retirarnos al salón y allí, que estaba más obscuro, leísteis
vuestras composiciones. Pero tened la seguridad de que vuestras felicitaciones y vuestros afectos me resultaron tan gratos como siempre
y me gustaron muchísimo. Doy las gracias a los que concurrieron con regalos, con cantos y con escritos de esta manifestación. Sí, estoy
muy satisfecho, porque vuestros sentimientos salían de corazones que me quieren y que yo amo como padre.

Muchos no se atrevieron o no creyeron oportuno leerme algo en público; muchos no tuvieron tiempo, pero me escribieron en particular
y me entregaron sus cartas. He leído atentamente todas estas cartas, para ver si había en ellas algo importante, y guardé aparte las que
reclaman contestación, que daré por escrito o de viva voz.

En ellas se me dijeron muchas cosas buenas y, lo que más me agradó es que no sólo fueron palabras, sino que se expresaron buenos
sentimientos. Hubiera deseado contestar por escrito a los que enviaron las cartas; mas para ello no habría sido suficiente una noche o un
día, sino medio año entero y sin poder despachar mis otros asuntos. Pero imagino que ninguno de vosotros pretende esta contestación.

((346)) Sin embargo, daré aquí una respuesta general, diciendo que se concederán todos los favores que se me pidieron y con largueza,
hasta donde lo permita la condición de don Bosco y del Oratorio. He dicho esto para que todos se convenzan de que las cartas que me
escriben son tenidas en la cuenta que merecen. Guardaré algunas para sopesar detenidamente lo que en ellas se dice y me sirvan de guía
cuando haga falta.

El próximo domingo se celebrará la fiesta de san Luis. En ella se podrá lucrar indulgencia plenaria, confesándose y comulgando, como
también se pudo ganar el domingo pasado, y hoy mismo. Esa indulgencia pueden lucrarla no sólo los alumnos internos del Oratorio, sino
también aquellas personas externas que, confesadas y comulgadas, visiten en ese día la iglesia de María Auxiliadora. Procurad cada uno
de vosotros adquirir este gran tesoro para provecho de la propia alma y proponeos al mismo tiempo como modelo de virtud a san Luis,
que es el protector de la juventud.

Por fin, para hablar de la grande y dolorosa pérdida, que en estos días sufrió el Oratorio, y sin prolongarme mucho, porque ya se os dio
esta noticia ayer por la tarde, os diré que don César Chiala era un sacerdote de vida santa y muy amante del trabajo; trabajaba sin
descanso por la Congregación, sin perder un minuto de tiempo. Con gusto habría sacrificado su vida por el bien de sus semejantes.
Todos nosotros admirábamos su gran exactitud y facilidad para resolver los asuntos del Oratorio. Un malestar,
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que afectaba su pecho desde que ingresó en la Congregación, y que no parecía tener ninguna importancia, se agravó a los pocos años y le
obligó a dejar su cargo para atender a su salud. Hace unos días tuve que mandarle, con gran disgusto para él, cambiar de aire para
recuperarse, si fuera posible, en casa de su familia; pero todo fue inútil. Hace tres días solamente estaba levantado todavía. La misma
víspera de morir se levantó, tomó algún alimento y parecía que se encontraba mejor. Ayer por la mañana, al amanecer, el Señor le
llamaba a sí. Rezad todos por él, que lo merece muchísimo por los sacrificios y el continuo trabajo que desarrolló por nosotros.
Comulgad mañana y haced visitas al Santísimo Sacramento por su alma, por si acaso se encuentra purificándose en el purgatorio. Es un
valiente campeón, que desaparece de nuestras filas. Ya habrá alcanzado el premio; pero deja un gran vacío entre nosotros.
Trabajemos, pues, con celo. Desde luego debemos cuidar nuestra salud para ganar almas a Dios y alcanzar el paraíso; mas no por eso
tendrá que temer el que muere todavía joven. íAh no! Si el Señor dispusiera que muriésemos, es señal que nos considera ya dignos del
paraíso, como lo hizo con nuestro don César Chiala.

Me he olvidado una cosa, a saber, contaros un sueño. Querría contároslo todavía esta noche, pero ya son las nueve y, por tanto, tendría
que resumirlo demasiado (gritos generales: -Cuéntelo, cuéntelo). Es ((347)) un poco complicado y bastante largo y es necesario que os lo
cuente despacio y detenidamente, con todos sus detalles. Esta noche ya he hablado demasiado; así que mañana, sin hacer digresiones,
trataré sólo de esto. Os hará reír un poco y os meterá un poco de miedo, lo mismo que me ha sucedido a mí. Pero dadle el valor de un
sueño. Dejémoslo, pues, para mañana y mientras tanto os deseo muy buenas noches.

El epílogo de las festividades religiosas en las casas salesianas suele ser un entretenimiento académico o dramático vespertino, que
cierra alegremente la jornada. Así, en el día de san Pedro vino de perlas para este fin el que había faltado en la fiesta onomástica de don
Bosco. Se reunieron los alumnos en el salón de estudio. Ninguna otra velada le gustó tanto como aquélla. En las composiciones que se
leyeron, resonó por vez primera la armonía de la lengua castellana. Uno tras otro se oyeron discursos de los novicios, de los estudiantes,
de los aprendices. Todo fue seguido, sin intermedios.

Entre grupo y grupo de lectores la banda de música interpretaba una pieza. Resultó genial la idea de los libreros, que presentaron a don
Bosco un cuadro de sus obras impresas con el número aproximado de ejemplares que se habían difundido de cada una. Basta considerar
la importancia que don Bosco daba a la buena prensa para comprender su íntima satisfacción y cómo debió decir para sus adentros, poco
más o menos, lo que suele decir Pío XI cuando se trata de obras de apostolado:

-íCada vez más y mejor!

De su charla final no nos ha llegado más que un escaso resumen. Fue dando las gracias por todo y a todos: músicos, cantores, poetas,
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donantes; atribuyó después las alabanzas que le habían prodigado a la ayuda del Señor, al buen corazón de los muchachos y a la
cooperación de sus sacerdotes; describió el dilatado campo de acción que la Providencia había abierto a los salesianos en los últimos
tiempos y el nuevo campo mucho más amplio que estaba para abrir en las verdaderas misiones entre los salvajes de la Patagonia,
próxima a ser erigida en Prefectura Apostólica; después habló de la India, donde millones y millones de criaturas tendían los brazos a los
salesianos y esperaban de ellos la luz del Evangelio; ((348)) y añadió que también en Oceanía se les abrirían a los salesianos nuevos
horizontes. Y luego, animando a los jóvenes a que se mantuvieran firmes en su vocación, empezó a hablar de la salvación de las almas
con un timbre de voz tan enérgico y con tanta fuerza de expresión, que emocionó y entusiasmó a todos los presentes. Cerró su discurso
diciendo:

-íAnimo! El próximo año vendrá con sus espinas, pero vendrá también con sus preciosas rosas; no faltarán las lágrimas, pero tampoco
faltarán la alegría y la sonrisa.

Los jóvenes, y no solamente ellos, esperaban con ansiedad el relato del sueño; don Bosco mantuvo su promesa, pero con un día de
retraso, en las buenas noches del 30 de junio, festividad del Corpus Christi.

Comenzó de esta manera:

"Me alegro de volveros a ver. íOh, cuántos rostros angelicales tengo vueltos hacia mí! (Risas generales). He pensado que si os cuento
el sueño de que os hablé os causaría un poco de miedo. Si yo tuviese un rostro angelical os podría decir: íMiradme! Y entonces se
disiparía todo temor. Pero desgraciadamente no soy más que un poco de barro, como todos vosotros. Sin embargo, somos obra de Dios y
puedo decir con san Pablo que sois gaudium meum et corona mea: vosotros sois mi alegría y mi corona. Mas no hay que extrañarse si en
la corona 1 hay algún gloriapatri un poco mohoso.

Pero volvamos al sueño. Yo no os lo quería contar por miedo a atemorizaros; pero después pensé: un padre no debe ocultar nada a sus
hijos, tanto más si éstos tienen interés por conocer lo que el padre sabe; bueno es, pues, que los hijos sepan lo que el padre hace y
conoce.
Por eso me he decidido a contároslo con todos sus detalles; pero os ruego que le deis simplemente la importancia que se suele dar a los
sueños y que cada uno lo tome como más le agrade y de la forma más beneficiosa. Tened entendido, pues, que los sueños se tienen
durmiendo

1 CORONA. Juega un poco don Bosco con el sentido de la palabra corona; también se llama corona a la sarta de cincuenta cuentas,
por las cuales se reza el rosario, y separadas de diez en diez, con una intercalada para el gloriapatri. (N. del T. )
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(Risas generales); pero sabed, ademas, que este sueño no lo he tenido ahora, sino hace quince días, precisamente cuando estabais
terminando vuestros ejercicios. Hacía mucho tiempo que yo pedía al Señor que me diese a conocer el estado de alma de mis hijos y qué
((349)) podía yo hacer para su progreso en la virtud y para desarraigar de sus corazones ciertos vicios. Estos eran los pensamientos que
me preocupaban durante estos ejercicios. Demos gracias al Señor porque los ejercicios, tanto por parte de los estudiantes como de los
aprendices, han resultado muy bien. Pero no terminaron con ellos las misericordias divinas; Dios quiso favorecerme de manera que
pudiese leer en las conciencias de los jóvenes, como se lee en un libro; y lo que es aún mas admirable, vi no solamente el estado actual
de cada uno, sino lo que a cada uno le sucedera en el porvenir. Y esto fue también para mí algo inusitado; pues no me podía convencer
de que pudiese ver de una manera semejante, tan bien y con tanta claridad, tan al descubierto las cosas futuras y las conciencias
juveniles. Es la primera vez que me sucedía esto. También pedí mucho a la Santísima Virgen, que se dignase concederme la gracia de
que ninguno de vosotros tuviese el demonio en el corazón, y abrigo la esperanza de que también esto me haya sido concedido; pues
tengo motivos suficientes para creer que todos vosotros habéis manifestado vuestras conciencias. Estando, pues, ocupado en estos
pensamientos y rogando al Señor me mostrase qué es lo que puede favorecer y perjudicar la salud de las almas de mis queridos jóvenes,
me fui a descansar, y he aquí que comencé a soñar lo que seguidamente os voy a contar".

El preambulo del sueño esta saturado del acostumbrado sentido de humildad profunda; pero en esta ocasión termina con una
afirmación de tal naturaleza, que excluye toda duda acerca del caracter sobrenatural del fenómenos.

El sueño se podría titular así: La fe, nuestro escudo y nuestra victoria.

Me pareció encontrarme con mis queridos jóvenes en el Oratorio. Era hacia el atardecer, ese momento en que las sombras comienzan a
oscurecer el cielo. Aún se veía, pero no con mucha claridad. Yo, saliendo de los pórticos, me dirigí a la portería; pero me rodeaba un
número inmenso de muchachos, como soléis hacer vosotros, como prueba de amistad. Unos se habían acercado a saludarme, otros para
comunicarme algo. Yo dirigía una palabra, ya a uno ya a otro. Así llegué al patio muy lentamente, cuando he aquí que oigo unos ((350))
lamentos prolongados y un ruido grandísimo, unido a las voces de los muchachos y a un griterío que procedía de la portería. Los
estudiantes, al escuchar aquel insólito tumulto, se acercaron a ver; pero muy pronto los vi huir precipitadamente en unión de los
aprendices, también asustados, gritando
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y corriendo hacia nosotros. Muchos de éstos se habían salido por la puerta que está al fondo del patio.

Pero al crecer cada vez más el griterío y los acentos de dolor y de desesperación, yo preguntaba a todos con ansiedad qué era lo que
había sucedido y procuraba avanzar para prestar mi auxilio donde hubiera sido necesario. Pero los jóvenes, agrupados a mi alrededor, me

lo impedían.

Yo entonces les dije:

-Pero dejadme andar; permitidme que vaya a ver qué es lo que produce un espanto tal.

-No, no, por favor, me decían todos; no siga adelante; quédese, quédese aquí;hay un monstruo que lo devorará; huya, huya con

nosotros; no intente seguir adelante.
Con todo quise ver qué era lo que pasaba y deshaciéndome de los jóvenes, avancé un poco por el patio de los aprendices, mientras

todos los jóvenes gritaban:

-íMire, mire!

-"Qué hay?

-íMire allá al fondo!

Dirigí la vista hacia la parte indicada y vi a un monstruo que, al primer golpe de vista, me pareció un león gigantesco, tan grande que
no creo exista uno igual en la tierra. Lo observé atentamente; era repulsivo; tenía el aspecto de un oso, pero aún más horrible y feroz que
éste. La parte de atrás no guardaba relación con los otros miembros, era más bien pequeña; pero las extremidades anteriores, como
también el cuerpo, los tenía grandísimos. Su cabeza era enorme y la boca tan desproporcionada y abierta, que parecía hecha como para
devorar a la gente de un solo bocado; de ella salían dos grandes, agudos y larguísimos colmillos a guisa de tajantes espadas.

Yo me retiré inmediatamente donde estaban los jóvenes, los cuales me pedían consejo ansiosamente; pero ni yo mismo me veía libre
del espanto y me encontraba sin saber qué partido tomar. Con todo les dije:

-Me gustaría deciros qué es lo que tenéis que hacer; pero no lo sé. Por lo pronto concentrémonos debajo de los pórticos.

Mientras decía esto, el oso entraba en el segundo patio y se adelantaba hacia nosotros con paso grave y lento, como quien está seguro
de alcanzar la presa. Retrocedimos horrorizados, hasta llegar bajo los pórticos.

Los jóvenes se habían estrechado alrededor de mi persona. Todos los ojos estaban fijos en mí:

-Don Bosco: "qué es lo que hemos de hacer?, me decían.

Y yo también miraba a los jóvenes, pero en silencio, y sin saber qué hacer.

Finalmente exclamé:

-Volvámonos hacia el fondo del pórtico, hacia la imagen de la Virgen, pongámonos de rodillas, invoquémosla con más devoción que
nunca, para que Ella nos diga qué es lo que tenemos que hacer en estos momentos para que venga en nuestro auxilio y nos libre de este
peligro. ((351)) Si se trata de un animal feroz, entre todos creo que lograremos matarlo; y si es un demonio, María nos protegerá. íNo
temáis! La Madre celestial se cuidará de nuestra salvación.

Entretanto el oso continuaba acercándose lentamente, casi arrastrándose por el suelo en actitud de preparar el salto para arrojarse sobre
nosotros.

Nos arrodillamos y comenzamos a rezar. Pasaron unos minutos de verdadero espanto. La fiera había llegado ya tan cerca que de un
salto podía caer sobre nosotros. Cuando he aquí que, no sé cómo ni cuándo, nos vimos trasladados todos del lado allá de la pared
encontrándonos en el comedor de los clérigos.

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En el centro del mismo estaba la Virgen, que se asemejaba, no sé si a la estatua que está bajo los pórticos o a la del mismo comedor, o
a la de la cúpula o también a la que está en la iglesia. Mas, sea como fuese, el hecho es que estaba radiante de una luz vivísima que
iluminaba todo el comedor, cuyas dimensiones en todo sentido habían aumentado cien veces más, apareciendo esplendoroso como un sol
al mediodía. Estaba rodeada de bienaventurados y de ángeles, de forma que el salón parecía un paraíso.

Los labios de la Virgen se movían como si quisiese hablar, para decirnos algo.
Los que estábamos en aquel refectorio éramos muchísimos. Al espanto que había invadido nuestros corazones sucedió un sentimiento

de estupor. Los ojos de todos estaban fijos en la imagen, la cual con voz suavísima nos tranquilizó diciéndonos:
-No temáis; tened fe; ésta es solamente una prueba a la cual os quiere someter mi Divino Hijo.
Observé entonces a los que, fulgurantes de gloria, hacían corona a la Santísima Virgen y reconocí a don Víctor Alasonatti, a don

Domingo Ruffino, a un tal Miguel 1, hermano de las Escuelas Cristianas, a quien algunos de vosotros habréis conocido y a mi hermano
José; y a otros que estuvieron en otro tiempo en el Oratorio y que pertenecieron a la Congregación y que ahora están en el Paraíso. En
compañía de éstos vi también a otros que viven actualmente.

Cuando he aquí que uno de los que formaban el cortejo de la Virgen dijo en alta voz:
-Surgamus! (íLevantémonos!)
.
Nosotros estábamos de pie y no entendíamos qué era lo que nos quería decir con aquella orden, y nos preguntábamos:
-Pero "cómo surgamus? Si estamos todos de pie.
-íSurgamus!, repitió más fuerte la misma voz.
Los jóvenes, de pie y atónitos, se habían vuelto hacia mí, esperando que yo les hiciese alguna señal, sin saber entretanto qué hacer.
Yo me volví hacia el lugar de donde había salido aquella voz y dije:
-Pero "qué es lo que tenemos que hacer? "Qué quiere decir surgamus, si estamos todos de pie?
((352)) Y la voz me respondió con mayor fuerza:
-Surgamus!
Yo no conseguía explicarme este mandato que no entendía.
Entonces otro de los que estaban con la Virgen se dirigió a mí, que me había subido a una mesa para poder dominar a aquella multitud,

y comenzó a decir con voz robusta y bien timbrada, mientras los jóvenes escuchaban:
-Tú que eres sacerdote debes comprender qué quiere decir surgamus. Cuando celebras la Misa, "no dices todos los días sursum corda?

Con esto entiendes elevarte materialmente o levantar los afectos del corazón al cielo, a Dios.
Yo inmediatamente dije a voz en cuello a los jóvenes:
-Arriba, arriba hijos, reavivemos, fortifiquemos nuestra fe, elevemos nuestros corazones a Dios, hagamos un acto de amor y de

arrepentimiento; hagamos un esfuerzo de voluntad para orar con vivo fervor; confiemos en Dios.
Y hecha una señal, todos se pusieron de rodillas.
Un momento después, mientras rezábamos en voz baja, llenos de confianza, se dejó oír de nuevo una voz que dijo:

1 Romano, director de la casa de noviciado de los Hermanos en Turín.

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-Súrgite! Y nos pusimos todos de pie y sentimos que una fuerza sobrenatural nos elevaba sensiblemente sobre la tierra y subimos, no
sabría precisar cuánto, pero puedo asegurar que todos nos encontrábamos muy alto. Tampoco sabría decir dónde descansaban nuestros
pies. Recuerdo que yo estaba agarrado a la cortina o al repecho de una ventana. Los jóvenes se sujetaban, unos a las puertas, otros a las
ventanas; quién se agarraba acá, quién allá; quién a unos garfios de hierro, quién a unos gruesos clavos, quién a la cornisa de la bóveda.
Todos estábamos en el aire y yo me sentía maravillado de que no cayésemos al suelo.

Y he aquí que el monstruo que habíamos visto en el patio, penetró en la sala seguido de una innumerable cantidad de fieras de diversas
clases, todas dispuestas al ataque. Corrían de acá para allá por el comedor, lanzaban horribles rugidos, parecían deseosas de combatir y
que de un momento a otro se habían de lanzar de un salto sobre nosotros. Pero por entonces nada intentaron. Nos miraban, levantaban el
hocico y mostraban sus ojos inyectados en sangre. Nosotros lo contemplábamos todo desde arriba, y yo, muy agarradito a aquella
ventana, me decía:

-Si me cayese, íqué horrible destrozo harían de mi persona!

Mientras continuábamos en aquella extraña postura, salió una voz de la imagen de la Virgen que cantaba las palabras de San Pablo:

-Sumite ergo scutum fidei inexpugnabile. (Embrazad, pues, el escudo de la fe inexpugnable).

Era un canto tan armonioso, tan acorde, de tan sublime melodía, que nosotros estábamos como extáticos. Se percibían todas las notas
desde la más grave a la más alta y parecía como si cien voces cantasen al unísono.

Nosotros escuchábamos aquel canto de paraíso, cuando vimos partir de los flancos de la Virgen numerosos jovencitos que habían
bajado del ((353)) cielo. Se acercaron a nosotros llevando escudos en sus manos y colocaban uno sobre el corazón de cada uno de
nuestros jóvenes. Todos los escudos eran grandes, hermosos, resplandecientes. Reflejábase en ellos la luz que procedía de la Virgen,
pareciendo una cosa celestial. Cada escudo en el centro parecía de hierro, teniendo alrededor un círculo de diamantes y su borde era de
oro finísimo. Este escudo representaba la fe. Cuando todos estuvimos armados, los que estaban alrededor de la Virgen entonaron un dúo
y cantaron de una manera tan armoniosa, que no sabría qué palabras emplear para expresar semejante dulzura. Era lo más bello, lo más
suave, lo más melodioso que imaginar se puede.

Mientras yo contemplaba aquel espectáculo y estaba absorto escuchando aquella música, me sentí estremecido por una voz potente que
gritaba:

-Ad pugnam! (íA la pelea!).

Entonces todas aquellas fieras comenzaron a agitarse furiosamente. En un momento caímos todos, quedando de pie en el suelo, y he
aquí que cada uno luchaba con las fieras, protegido por el escudo divino. No sabría decir si la batalla se entabló en el comedor o en el
patio. El coro celestial continuaba sus armonías. Aquellos monstruos lanzaban contra nosotros, con los vapores que salían de sus fauces,
balas de plomo, lanzas, saetas y toda suerte de proyectiles; pero aquellas armas no llegaban hasta nosotros y daban sobre nuestros
escudos rebotando hacia atrás. El enemigo quería herirnos a toda costa y matarnos y reanudaba sus asaltos, pero no nos podía producir
herida. Todos sus golpes daban con fuerza en los escudos y los monstruos se rompían los dientes y huían. Como las olas, se sucedían
aquellas masas asaltantes, pero todos hallaban la misma suerte.

Larga fue la lucha. Al fin se dejó oír la voz de la Virgen que decía:
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-Haec est victoria vestra, quae vincit mundum, fides vestra. (Esta es vuestra victoria, la que vence al mundo, vuestra fe).

Al oír tales palabras, aquella multitud de fieras espantadas se dio a una precipitada fuga y desapareció. Nosotros quedamos libres, a
salvo, victoriosos en aquella sala inmensa del refectorio, siempre iluminada por la luz viva que emanaba de la Virgen.

Entonces me fijé con toda atención en los que llevaban el escudo. Eran muchos millares. Entre otros vi a don Victor Alasonatti, a don
Domingo Ruffino, a mi hermano José, al Hermano de las Escuelas Cristianas, los cuales habían combatido con nosotros.

Pero las miradas de todos los jóvenes no podían apartarse de la Santísima Virgen. Ella entonó un cántico de acción de gracias, que
despertaba en nosotros nuevos sentimientos de alegría y nuevos éxtasis indescriptibles. No sé si en el Paraíso se puede oír algo superior.

Pero nuestra alegría se vio turbada de improviso por gritos y gemidos desgarradores mezclados con rugidos de fieras. Parecía como si
nuestros ((354)) jóvenes hubiesen sido asaltados por aquellos animales, que poco antes habíamos visto huir de aquel lugar. Yo quise salir
fuera inmediatamente para ver lo que sucedía y prestar auxilio a mis hijos; pero no lo podía hacer porque los jóvenes estaban en la puerta
por la que yo tenía que pasar y no me dejaban salir en manera alguna. Yo hacía toda clase de esfuerzos por librarme de ellos,
diciéndoles:

-Pero dejadme ir en auxilio de los que gritan. Quiero ver a mis jóvenes y, si ellos sufren algún daño o están en peligro de muerte,
quiero morir con ellos. Quiero ir aunque me cueste la vida.

Y escapándome de sus manos me encontré inmediatamente debajo de los pórticos. Y íqué espectáculo más horrible! El patio estaba
cubierto de muertos, de moribundos y de heridos.

Los jóvenes, llenos de espanto, intentaban huir hacia una y otra parte perseguidos por aquellos monstruos que les clavaban los dientes
en sus cuerpos, dejándoles cubiertos de heridas. A cada momento había jóvenes que caían y morían, lanzando los ayes más dolorosos.

Pero quien hacía la más espantosa mortandad era aquel oso que había sido el primero en aparecer en el patio de los aprendices. Con
sus colmillos, semejantes a dos tajantes espadas, traspasaba el pecho de los jóvenes de derecha a izquierda y de izquierda a derecha y sus
víctimas, con las dos heridas en el corazón, caían inmediatamente muertas.

Yo me puse a gritar resueltamente:

-íAnimo, mis queridos jóvenes!

Muchos se refugiaron junto a mí. Pero el oso, al verme, corrió a mi encuentro. Yo, haciéndome el valiente, avancé unos pasos hacia él.
Entretanto algunos jóvenes de los que estaban en el refectorio y que habían vencido ya a las bestias, salieron y se unieron a mí. Aquel
príncipe de los demonios se arrojó contra mí y contra ellos, pero no nos pudo herir porque estábamos defendidos por los escudos. Ni
siquiera llegó a tocarnos, porque a la vista de los llegados, como espantado y lleno de respeto, huía hacia atrás. Entonces fue cuando,
mirando con fijeza aquellos sus dos largos colmillos en forma de espada, vi escritas dos palabras en gruesos caracteres. Sobre uno se
leía: Otium; y sobre el otro: Gula.

Quedé estupefacto y me decía para mí:

-"Es posible que en nuestra casa, donde todos están tan ocupados, donde hay
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tanto que hacer, que no se sabe por donde empezar para librarnos de nuestras ocupaciones, haya quien peque de ocio? Respecto a los
jóvenes, me parece que trabajan, que estudian y que en el recreo no pierden el tiempo. Yo no sabía explicarme aquello.

Pero me fue respondido:

-Y con todo, se pierden muchas medias horas.

-"Y de la gula?, me decía yo. Parece que entre nosotros no se pueden cometer pecados de gula aunque uno quiera. No tenemos ocasión
de faltar a la templanza. Los alimentos no son regalados, ni tampoco las bebidas. Apenas si se proporciona lo necesario. "Cómo pueden
darse casos de intemperancia que conduzcan al infierno?

De nuevo me fue respondido:

-íOh, sacerdote! Tú crees que tus conocimientos sobre la moral son profundos y que tienes mucha experiencia; pero de esto no sabes
nada; ((355)) todo constituye para ti una novedad. "No sabes que se puede faltar contra la templanza incluso bebiendo inmoderadamente
agua?

Yo, no contento con esto, quise que se me diese una explicación más clara y, como estaba el refectorio aún iluminado por la Virgen,
me dirigí lleno de tristeza al Hermano Miguel para que me aclarase mi duda.

Miguel me respondió:

íAh, querido, en esto eres aún novicio! Te explicaré, pues, lo que me preguntas.

-Respecto de la gula, has de saber que se puede pecar de intemperancia, cuando, incluso en la mesa, se come o se bebe más de lo
necesario; se puede cometer intemperancia en el dormir o cuando se hace algo relacionado con el cuerpo, que no sea necesario, que sea
superfluo.

Respecto al ocio has de saber que esta palabra no indica solamente no trabajar u ocupar o no el tiempo de recreo en jugar, sino también
el dejar libre la imaginación durante este tiempo para que piense en cosas peligrosas. El ocio tiene lugar también cuando en el estudio
uno se entretiene con otra cosa, cuando se emplea cierto tiempo en lecturas frívolas o permaneciendo con los brazos cruzados
contemplando a los demás; dejándose vencer por la desgana y especialmente cuando en la iglesia no se reza o se siente fastidio en los
actos de piedad. El ocio es el padre, el manantial, la causa de muchas malas tentaciones y de múltiples males. Tú, que eres director de
estos jóvenes, debes procurar alejar de ellos estos dos pecados, procurando avivar en ellos la fe. Si llegas a conseguir de tus muchachos
que sean moderados en las pequeñas cosas que te he indicado, vencerán siempre al demonio, y con esta virtud alcanzarán la humildad, la
castidad y las demás virtudes. Y si ocupan el tiempo en el cumplimiento de sus deberes, no caerán jamás en la tentación del enemigo
infernal y vivirán y morirán como cristianos santos.

Después de haber oído todas estas cosas, le di las gracias por una tan bella instrucción, y después, para cerciorarme de si era realidad o
simple sueño todo aquello, intenté tocarle la mano; pero no lo pude conseguir. Lo intenté por segunda vez y por tercera, pero todo fue
inútil: sólo tocaba el aire. Con todo yo veía a todas aquellas personas, las oía hablar, parecían vivas. Me acerqué a don Víctor Alasonatti,
a don Domingo Ruffino, a mi hermano, pero no me fue posible tocar la mano a ninguno de ellos.

Yo estaba fuera de mí y exclamé:

-Pero "es cierto o no es cierto todo lo que estoy viendo? "Acaso éstas no son personas? "No los he oído hablar a todos ellos?

El Hermano Miguel me respondió:

-Has de saber, puesto que lo has estudiado, que hasta que el alma no se reúna

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con el cuerpo, es inútil que intentes tocarme. No se puede tocar a los simples espíritus. Sólo para que los mortales nos puedan ver
debemos adoptar la forma humana. Pero cuando todos resucitemos ((356)) para el Juicio, entonces tomaremos nuevamente nuestros
cuerpos inmortales, espiritualizados.

Entonces quise acercarme a la Virgen, que parecía tener algo que decirme. Estaba casi ya junto a Ella, cuando llegó a mis oídos un
nuevo ruido, y nuevos y agudos gritos de fuera. Quise salir al momento por segunda vez del comedor; pero, al salir, me desperté.

Así que hubo terminado la narración, añadió estas observaciones y recomendaciones:

"Sea lo que fuere de este sueño, tan variadamente entretejido, lo cierto es que en él se repiten y explican las palabras de san Pablo.
Pero fue tan grande el abatimiento y cansancio de fuerzas, que me causó este sueño, que pedí al Señor no permitiese se volviera a repetir
en mi mente un sueño semejante; pero hete aquí que, a la noche siguiente, volví a tener el mismo sueño y me tocó ver el final, que no
había visto en la noche anterior. Y me agité y grité tanto que don Joaquín Berto, que me oyó, vino a la mañana siguiente a preguntarme
por qué había gritado y si había pasado la noche sin dormir. Estos sueños me cansaron mucho más que si hubiese pasado toda la noche
en vela o escribiendo. Como veis, esto es un sueño y no quiero darle autoridad alguna, sino sólo hacer de él el caso que suele hacerse de
los sueños, sin ir más allá. Y no quisiera que nadie escribiese a su casa, acá y allá, no sea que los de fuera, que nada saben de las cosas
del Oratorio, tengan que decir, como ya han dicho, que don Bosco hace vivir a sus jóvenes de sueños. Pero esto poco me importa; digan
lo que quieran. Con todo, saque cada uno del sueño lo que sirve para él. Por ahora no os doy explicaciones, porque es muy fácil de
comprender por todos. Lo que os recomiendo muy mucho es que reavivéis vuestra fe, la cual se conserva especialmente con la templanza
y la fuga del ocio. Sed enemigos de éste y amigos de aquélla. Otras noches volveré sobre este tema. Entre tanto os deseo buenas noches".

La repetición de fiestas, lejos de disipar, estimulaba la aplicación, sea porque los Superiores sabían ((357)) aflojar o apretar el freno
oportunamente, sea porque la alegria, sazonada con la piedad, era moderada y tranquilizadora. Llegó, pues, la deseada fiesta de san Luis
el 2 de julio, con su tradicional procesión, que se desarrolló solemnemente y con el reparto de premios a los aprendices después de las
funciones de la tarde.

Se premiaba a los aprendices por tres cosas: por su aprovechamiento
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en las clases nocturnas, que finalizaban en el mes de María Auxiliadora, por su conducta moral y por su asiduidad en el trabajo de todo
el año. Para dar más lustre a la ceremonia don Bosco invitaba a alguna persona distinguida para abrir el acto con un discurso de ocasión.
El año 1876 lo pronunció el profesor Lanfranchi; el 1875 había hablado el profesor Alejandro Fabre 1. Se levantaban dos tribunas en el
patio; en una se colocaba la banda musical y en la otra los invitados, con los cuales siempre se sentaba don Bosco, teniendo a su derecha
al prioste de la fiesta 2 y numerosos señores alrededor. Todos los alumnos del Oratorio, estudiantes y aprendices, formaban a los lados
de las tribunas dos semicírculos, dispuestos uno frente al otro. El imponente conjunto del aparato exterior impresionaba la imaginación
de los muchachos, que se formaban una idea altamente educativa del mérito y de su recompensa.

Eran días de calor sofocante. El Siervo de Dios, que sabía elevarse de las cosas más heterogéneas a consideraciones de orden superior,
dijo a los muchachos en las "buenas noches" del 5 de julio:

"Conviene advertir al que enciende la estufa por la mañana que ponga menos leña, porque de lo contrario ívamos a asarnos todos! Pero
si ((358)) alguno de vosotros necesita una colcha gruesa, una manta o un edredón, dígalo con libertad, que se le dará (risas generales).
Pero nosotros, queridos jóvenes, acostumbrémonos a aceptar todo como venido de la mano de Dios, el frío, la sed y las demás molestias
inherentes a esta mísera vida. Y ahora por nuestra parte suframos con resignación el calor para ganar méritos, que nos ayuden a subir al
paraíso...".

El celo de don Bosco por el bien de la juventud estaba encendido siempre por igual en cualquier época del año. Terminadas las clases
en las escuelas públicas, él organizó durante bastantes años escuelas elementales para los externos durante las vacaciones en el Oratorio
de San Francisco y en los de San Luis y San José. Acudían a ellas numerosos muchachos; en 1876 pasaron de seiscientos. En una gran
ciudad

1 Demasiado tarde hemos encontrado el manuscrito, de suerte que no nos fue posible tenerlo en cuenta en el volumen anterior. Fabre,
antiguo alumno del Oratorio, habló en su exordio de don Bosco en términos tales, que merecen contarse. Después de manifestar que
había aceptado "como un mandato la gratísima invitación", porque le ofrecía solemne ocasión de encontrarse una vez más entre aquellos
muros, añadía: "Además me hubiera parecido villana ingratitud rehusar la invitación de aquél, que durante ocho años fue el pan para mi
boca, la escuela de mi mente, el consejo en las dudas, el consuelo en las aflicciones, la indulgencia en las faltas, el guía seguro de la
conciencia, el sabio educador en todo, el amigo desinteresado, el padre afectuosísimo".

2 El año 1876 lo fue el conde José Corbetta.
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como Turín aquello resultaba verdaderamente providencial para las familias, que no podían tener a los hijos encerrados en casa ni
vigilarlos en la calle; pero resultaba sobre todo una verdadera bendición para los mismos muchachos. Solía ser el tiempo para pescar
muchos pececillos, que nunca iban a confesarse. íCuántos de ellos no habían ido nunca a recibir el sacramento de la penitencia! Al
preguntarles desde cuándo no se habían confesado, la mayor parte contestaba:

-Desde Pascua.

De suerte que, sin aquellos cursillos estivales, no se habrían preocupado por acercarse a los sacramentos antes de la Pascua siguiente.
De aquella manera, por el contrario, se ofrecía a sus parroquias la ocasión de comuniones generales y se preparaba convenientemente a
los no confirmados para recibir la confirmación. Verdad es que, a los pocos meses, no se volvían a ver las caras de aquellos alumnos
improvisados que tornaban a quedarse sin guía ni freno; pero, mientras tanto, habían adquirido un discreto conocimiento de la religión,
habían tomado la saludable costumbre de los sacramentos, ya no tenían respeto humano ni el tonto miedo del confesor. Este fue el
motivo por el que don Bosco, mientras las circunstancias se lo permitieron, mantuvo, a costa de cualquier sacrificio, estas escuelas de
verano.

El Ayuntamiento de Turín solía concederle algún subsidio para ellas; pero en 1876 se negó a ello. Invitó a aquellos señores ((359)) a
visitarlas, pero no acudieron. Entonces don Bosco, deseoso de saber la causa de aquella novedad, se presentó al alcalde y, cuando fue
recibido, le dijo:

-Nosotros hacemos lo que podemos para remediar una necesidad de la ciudad. Pero resultan muy grandes los gastos para que un
ciudadano privado pueda sostenerlos; con todo, con que sus señorías me presten alguna ayuda, por pequeña que sea, estoy dispuesto a
hacer este sacrificio.

Parecía que el alcalde no sabía qué contestar; pero, como don Bosco insistiera, le dijo que pasara al despacho del conde Riccardi,
encargado de dar respuesta a aquella cuestión.

-"Pero voy en nombre de usted?, preguntó don Bosco.

-Puede usted ir en ni nombre, porque le corresponde a él dar respuesta a esto.

-"No tendría alguien que me acompañara, para que el Conde esté convencido de que voy enviado por una autoridad?

-"Y a quién quiere que le mande?

-íBasta un ordenanza!

El alcalde le proporcionó uno. Llegado don Bosco al despacho del
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Conde encontróle ocupado en cierta conferencia; pero, avisado, suspendió y salió un instante. El Beato le dijo:

-Me envía expresamente el señor alcalde, acompañado de un ordenanza, en busca de contestación a la súplica que he hecho varias
veces, para que se dignen visitar nuestras escuelas estivales y me den algún subsidio.

-Mire, contestó el Conde mascullando las palabras,... ahora estoy con una conferencia... "no podría... pasar en otro momento? ... o
mejor, escríbame.

-Ya he escrito varias veces y no he recibido respuesta. No quisiera que volviese a suceder lo mismo. Vengo en nombre del señor
alcalde, para que me dé una contestación, ya que es usted el encargado de dármela.

-íPero ahora... de momento... aquí de repente!...

-Bastan pocas palabras. Sólo quiero conocer el motivo para saber regular mis relaciones con este Ayuntamiento. Yo tengo otros ((360))
compromisos entre manos; necesito saber si éste es un acto de desconfianza conmigo y si hay algún otro motivo.

-Pues ya que usted quiere saberlo, se lo diré clara y sencillamente en pocas palabras. Mire; usted es un sacerdote católico; la Junta
Municipal, en su mayoría, se compone de masones. "Comprende bastante con esto...?

-Comprendo demasiado y no quiero saber más. Ya conocía este motivo por otro conducto, pero necesitaba saberlo por vía oficial. Esto
me servirá de norma. Sin embargo, me asombra que un Ayuntamiento, cuya mayoría se compone de católicos y administra el dinero de
una población católica, no se comporte con un católico al menos como se porta con los Valdenses y con los Hebreos. Y, puesto que dan
subsidios a éstos, no puedo comprender cómo rehúsan darlos a un ciudadano católico.

El Ayuntamiento no combatía abiertamente al Oratorio y dejaba hacer; pero no concedía nunca lo que legalmente podía negar. Si no
estallaba abiertamente la guerra, se debía a la suma prudencia de don Bosco. No queremos investigar ahora si otros santos se encontraron
en circunstancias parecidas; pero lo cierto es que fue siempre admirable su paciencia, su resignación y su dulzura, pues, a pesar de todo,
siguió favoreciendo a la ciudad y recogiendo en su casa a los muchachos que aquellos mismos señores le recomendaban sin darse nunca
por ofendido.

El día de la Asunción ya había cuarenta nuevos alumnos que ocupaban los sitios dejados libres por los alumnos del quinto curso,
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que, después de haberse examinado en los institutos del Estado, en los seminarios o en casa, disfrutaban unas semanas de vacaciones. No
es para contar la grata impresión que hacía en ellos aquella primera fiesta con sus funciones, sus cánticos, sus músicas. Escribe don Julio
Barberis, testigo ocular: "íQué bonito resulta verlos ir con sencillez y confianza a confesarse y abrir candorosamente su corazón al que se
muestra tan solícito por su eterna salvación!". Por segunda vez se conmemoró ((361)) el supuesto 1 cumpleaños de don Bosco.
Sentábanse a la mesa algunos señores; el cronista, llevado sin duda por el sentimiento de gratitud que el Beato alimentaba habitualmente
en su corazón y se esmeraba en transfundir a los suyos hacia los bienhechores, se complace en mencionar particularmente al dentista
doctor Sistelli, que prestaba al Oratorio gratuitamente los servicios de su profesión. íLástima que apenas si conocemos el tema de las
"buenas noches"! El querido Padre manifestó los sentimientos que experimentaba al cumplir los sesenta y un años de edad y comenzar
los sesenta y dos, y expresó la esperanza de poder continuar éste con los muchachos, dedicándolo todo para su provecho.

En tan alegre circunstancia permitió el Señor que también su buen Siervo tuviese que probar alguna gotita de amargura. Hacía tres años
que ansiaba fuese monseñor Gastaldi a confirmar a los muchachos del Oratorio; volvió a rogárselo alguna semana antes de la Asunción.
Monseñor pareció dispuesto a aceptar, pero fue difiriendo siempre la función, hasta que acabó por enviar una negativa. Don Bosco sentía
mucho dejar ir a vacaciones unas decenas de muchachos sin haber recibido aquel sacramento, y más aún porque dos del quinto curso y
algunos del cuarto iban a vestir la sotana clerical, y todavía no estaban confirmados. Por lo cual creyó oportuno preguntar al Arzobispo
de Vercelli, si, contrariis non obstantibus, se dignaría ir a confirmarlos. Monseñor Fissore le contestó afirmativamente. Entonces el
Siervo de Dios dirigió al Ordinario esta carta:

Excelencia Rvma.:

El señor Arzobispo de Vercelli está dispuesto a venir para administrar el Sacramento de la Confirmación a los muchachos de esta casa,
el día 27 de este mes.

Como ya hace tres años que no se ha administrado, ruego humildemente a V. E. Rvma. tenga a bien permitir que el mencionado
Arzobispo venga a prestarnos este importante servicio religioso.

1 Don Bosco cumplía los años un día después, el 16 de agosto. (N. del T.)
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((362)) Permítame tenga el honor de poderme profesar con la mayor gratitud,

De V. E. Rvma.

En casa, 12 de agosto de 1876.

Su seguro servidor
JUAN BOSCO, Pbro.

El secretario arzobispal contestó a esta carta el día de la Asunción en los siguientes términos:

Rvmo. Señor:

S. E. Rvma. me encarga notifique a V. S. que él no se opone a que el Excelentísimo señor Arzobispo de Vercelli administre la
Confirmación a los alumnos del Oratorio de San Francisco de Sales; pero observa que hubiera sido un acto público de respeto a la
autoridad del Arzobispo, si estos alumnos hubiesen venido a recibir este Sacramento en la iglesia del Arzobispo de manos del propio
Pastor.
Al exponerle las intenciones de mi Rvmo. Arzobispo, me honro profesándome con suma consideración, de V. S. Rvma.

15 de agosto de 1876.

Seguro servidor

T. Can. CHIUSO, Secr.
Señor don Juan Bosco. -Turín.

El Beato mandaba llevar al Arzobispo a los alumnos externos, cuando le era imposible tener a Su Excelencia en el Oratorio para
confirmar a sus pequeños diocesanos; pero con los internos, a más de que la cosa hubiera despertado admiración y producido molestias,
le gustaba sobremanera celebrar en ciertas ocasiones hermosas fiestas de familia con ceremonias solemnes y con intervención de
Obispos, pues sabía que su asistencia era muy útil para los muchachos. El ser tan mal comprendido le afligía amargamente. La
ceremonia se celebró el 27 de agosto.

Por aquellos tiempos generalmente se celebraba en el Oratorio la clausura del curso escolar el jueves que caía en la novena de la
Natividad de María Santísima. Don Bosco la retrasaba tanto a fin de reducir a lo más mínimo la duración de las vacaciones, que solía
llamar "la vendimia del diablo". Durante dos noches consecutivas dio unos provechosos avisos a los muchachos para aquel tiempo
peligroso.
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((363)) 23 de agosto. Dos ocasiones de males durante las vacaciones y cómo precaverse de ellas.

-Nos acercamos a las vacaciones otoñales y es bueno que empiece a daros algún consejo, que os sirva para manteneros en el santo
temor de Dios durante este tiempo peligroso. Os los iré dando poquito a poco para no tener que amontonarlos el último día.

Muchos me preguntan:

-"Cómo se entiende que algunos jóvenes, mejor, casi todos se conservan buenos, dóciles, temerosos de Dios a lo largo del curso
escolar, y después en las vacaciones pierden en poco tiempo todo el fruto de tantos esfuerzos y se vuelven no sólo disipados y
desobedientes a sus padres, sino que incluso caigan en faltas feas y se den al vicio?

Es fácil contestar a la pregunta. El pájaro, fuera de la jaula, goza de libertad, es verdad; pero, cuando menos se lo espera, viene el
milano y lo devora. Vosotros sois como pajaritos; mientras estáis en el Oratorio, todo marcha bien; salís, y el demonio está a la puerta
esperándoos para haceros caer.

Que "cómo sucede esta desgracia? Mirad, hay dos cosas. Fuera de aquí se encuentran más estímulos para el mal y menos medios para
manteneros en el camino recto. Estímulos para el mal son los malos compañeros, a veces verdaderamente perversos y desalmados, que
por casualidad se encuentran. Hay ocasiones malas, escándalos. Quieras que no se oyen blasfemias, conversaciones frívolas, y a menudo
irreligiosas e inmorales. Por un lado se ve una persona vestida de cualquier manera, por otro hay que tratar con personas de distinto sexo.
Además, los mismos parientes y amigos dicen: -íCome, come! íEa, bebe, bebe! Y "cómo puede uno mantenerse en medio de tantos
peligros? Especialmente los jóvenes, en los que impera como un gigante el respeto humano, "cómo podrán resistir?

Hay, además, otra cosa. En casa se tienen menos medios para mantenerse fieles en el servicio del Señor. Aquí si hay algo que pesa en
la conciencia, vais enseguida a confesaros y tenéis comodidad para hacerlo todos los días; allá, no. Aquí tenéis oportunidad para recibir
la santa comunión, para hacer una visita a la iglesia, tenéis misa todos los días, medios poderosísimos para manteneros en gracia de Dios;
allá no.
Aquí se reza por la mañana y por la noche, se hace un rato de meditación, al atardecer se da la bendición. "Y en casa? Muchos de
vosotros, al llegar a su casa, dejan algunas de estas prácticas y, claro está, que caerán más fácilmente en el pecado.

La conclusión, pues, que hay que sacar es ésta. Si uno quiere quedarse en el Oratorio, ya sabéis que yo estoy conforme con que se
quede; tendrá aquí sus vacaciones. El Oratorio no se cierra nunca y el que quiere quedarse tiene libertad para ello. Si, por el contrario,
quiere ir a su casa también esto me satisface; vaya en hora buena; pero, por amor de Dios, apártese, por cuanto pueda, de los peligros y
ocasiones de pecar que allá se encuentran, de las compañías perversas que tropezará, y, además, haga lo posible para seguir cumpliendo
normalmente sus prácticas de piedad, tal como las haría en el Oratorio. "Qué dificultad podéis encontrar para rezar siempre vuestras
oraciones de la mañana y de la noche? Rezadlas, pues, y rezadlas bien, y todos. Creo también que todos ((364)) podéis oír vuestra misa
cada día y mejor aún, ayudarla; hacedlo y hacedlo con gusto. "Quién puede impediros hacer un poco de meditación por la mañana, un
poco de lectura espiritual y la visita al Santísimo Sacramento a lo largo del día? Guardad, además, la gran práctica de confesaros cada
semana, cada diez o quince días. Si lo hacéis así, creo que las vacaciones no os harán ningún mal.

Por tanto, si queréis seguir siendo en vuestras casas tan buenos como lo fuisteis
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en el Oratorio, dad mucha importancia a las prácticas de piedad y cumplidlas como lo hacéis en el Oratorio.

Queda todavía una cosa importante, que es la que más os recomiendo. Se trata del recogimiento; quedaos de buena gana en vuestra
casa, estad con vuestros padres y no queráis ir a todas partes, verlo todo y andar por fiestas y mercados.

Proponeos, queridos hijos míos, practicar estas cositas, que os he sugerido; haced desde ahora este propósito y estad seguros de que
estaréis contentos, al fin de las vacaciones, por no haber ofendido a Dios.

24 de agosto. Cómo hay que entender la recomendación de estar recogidos durante las vacaciones.

-Voy a añadir dos palabras a lo que os dije ayer. Os dije que quien quiera conservarse bueno durante las vacaciones debe cumplir en
casa las mismas prácticas de piedad, por cuanto pueda, que se hacen en el Oratorio. Explico lo de estar recogidos. Quiero decir, estar
alejado de las personas, lugares y cosas, que pueden ser ocasión de pecado. Al decir estar recogidos, no quiero decir que os estéis todo el
día acurrucados en un rincón del hogar, esperando el momento de llevar a la boca los macarrones bien aderezados y preparados. Quiero
decir:

1.° Estar alejados de las personas. Desgraciadamente muchos tienen en su casa compañeros con los que estaban acostumbrados a
sostener conversaciones menos buenas y hacer cosas que no se deben hacer. Si de nuevo volvéis a juntaros con tales compañeros,
lastimosamente volveréis a caer. Estará fulano, que ante vosotros comenzará a hablar contra la religión o las buenas costumbres. Pues
bien, dejadle, huid de él, plantadle allí mismo. "Que es de mala educación obrar así? No, el mal educado es el que en vuestra presencia
habla de lo que puede desagradaros. El dirá: -íEres un hipócrita, un impostor! -Pero vosotros pensad que es precisamente al contrario. El
es el impostor y el hipócrita. Profesarse uno cristiano, y luego no obrar como tal, eso es hipocresía; por consiguiente, una de dos: o no
pretender ser cristiano, o cumplir los mandamientos del cristianismo. Decidle francamente a ese tal: -Yo no quiero renegar del nombre de
cristiano y, por tanto, para no ser un impostor, no quiero tomar parte en estas conversaciones. Y decid otro tanto ante cualquier otro mal

o pecado. Es impostor el que se profesa cristiano y no actúa como tal.
2.° He dicho huir de las personas y de los lugares peligrosos. Por ejemplo, huir de los festines, bailes, teatros, ferias. Es casi imposible
((365)) querer tomar parte en estas reuniones, estar en todos estos sitios, donde se arma tanta batahola, y que no quede herida alguna
virtud cristiana. En todos estos lugares se oyen blasfemias, malas palabras y a veces obscenas, aptas para despertar malos pensamientos.
Las más de las veces hay personas vestidas de cualquier manera, hay hombres, hay mujeres, y creed a mi experiencia, hay siempre
peligros, graves peligros.

Se va a un festín, a una visita y se bebe una copa, después otra y a veces más. Esto empieza a calentar la cabeza, se despiertan
pensamientos y deseos y quién sabe hasta dónde se puede llegar, dado que en esas conversaciones, con el vino y con las imaginaciones,
vienen luego las palabras y una cosa trae la otra. Yo también fui joven como vosotros y desgraciadamente me encontré en los peligros en
que os encontráis vosotros. Creed a mi experiencia, a mis palabras. Dichosos vosotros si, alertados por mi experiencia, os retiráis lo más
posible; evitaréis inmensos peligros; así prevenidos os pondréis en el buen camino antes de ensayar el malo, y creedme en hora buena
que es una fortuna aprender por la experiencia ajena. Escarmentar en cabeza propia es una de las mayores desgracias.
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La natural inquietud de los muchachos ante la inminente salida a sus casas deja sentir sus efectos también en las practicas de piedad.
Las "buenas noches" del 25 de agosto tienden, sin decirlo, a evitarlo de algún modo, tanto mas cuanto que los recién llegados podían
recibir de ello mal ejemplo. Habló, pues, así:

Quiero advertir, lo mismo a los antiguos en la casa que a los nuevos, que hay que hacer bien el primer acto de nuestra santa religión,
que es la señal de la Santa Cruz. Algunos parece que espantan moscas, otros no llevan la mano de un hombro al otro, otros trazan una
línea de la frente al pecho. No es así como se debe hacer. Hay que llevar primero la mano derecha hasta la frente y tocarla con la punta
de los dedos, diciendo: En el nombre del Padre; luego al pecho, diciendo: Y del Hijo; y después se lleva al hombro izquierdo y de éste al
derecho, diciendo: Y del Espíritu Santo. Y juntando después las dos manos se dice: Amén o Así sea.

Debo, además, advertiros que os esmeréis en rezar bien las oraciones y que se recen en tono uniforme. Quiero decir que sigan las
oraciones en el mismo tono de voz del que comenzó. Mañana empezaremos a dar algunos avisos para las vacaciones. Sé que hay algunos
que han determinado quedarse aquí, pero sé también que hay otros ((366)) que están ansiando el momento de salir. Así pues, mañana nos
hablaremos. Por hoy me limito a desearos una buena noche.

Por fin, el 31 de agosto hubo la distribución de premios a los estudiantes; por primera vez recibieron los músicos un premio especial.
Pronunció el discurso don Francisco Dalmazzo, director de Valsalice. Se presentaron también los premiados del quinto curso que,
después de la ausencia de un mes, fueron todos a confesarse con don Bosco. Dispuso éste que aquel mismo día se hiciera el ejercicio de
la buena muerte. Al día siguiente, día de la partida, hubo una edificante comunión general, "casi viatico", dice la crónica, para que los
acompañase durante el viaje. Después de la misa se presentó don Bosco ante la balaustrada del altar para dar la paternal despedida a sus
queridos hijos con las siguientes palabras:

No quiero predicaros un sermón; sólo quiero daros unos avisos, que os deberán acompañar durante las vacaciones y que os servirán de
mucho provecho, si los ponéis en práctica. No quiero tomar posición contra vosotros para apartaros de las vacaciones, no; al contrario,
éstas son el premio de vuestro trabajo. Como el caminante rendido por el largo viaje toma un poco de descanso para reemprender el viaje
con más vigor, así también vosotros vais a vuestras casas para descansar de las fatigas del año y cobrar aliento para nuevos estudios.

íQuiera Dios que este descanso no acarree funestas consecuencias a ninguno de vosotros! Mucho me lo temo y por eso quiero daros
algunos avisos. Los compendio todos en esta sentencia: Diverte a malo et fac bonum. Diverte a malo, aléjate de todo lo que puede
perjudicar a tu alma; et fac bonum, y obra el bien. "Y creéis vosotros
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que el Señor os pide mucho con este fac bonum? No, el Señor se contenta con poco. Haced bien lo que tenéis que hacer. Dicho con una
sola palabra: guardad vuestra alma. Esta alma tan preciosa que lleváis con vosotros. Si pudiérais dejar aquí el alma, podríais marchar
seguros, diciendo: don Bosco se cuidara de ella. Pero el alma no puede estar separada del cuerpo; por consiguiente, tendréis que llevarla
con vosotros. "La guardaréis con el máximo cuidado? "Vigilaréis para que el demonio no os arrebate un tesoro tan grande? "Y los
medios para guardarla? "Los tenéis? Leed a menudo el librito de los recuerdos, que se os ha dado, leedlo todos los días, meditadlo y
practicadlo.

Algunos me dirán: -Es que nosotros no podemos ir con la acostumbrada frecuencia a oír misa y acercarnos a los sacramentos. -Bien;
"no podéis acercaros durante toda la semana? Esforzaos al menos por tener totalmente ((367)) libre algún rato del domingo para ir a misa
y acercaros a los santos sacramentos de la confesión y comunión. "No podéis ir todos los domingos? Yo no os fijo tiempo alguno;
procurad únicamente tener algún rato el jueves u otro día para confesar y comulgar. Si uno no tiene falta alguna en la conciencia, no vaya
a confesarse, no lo necesita; rece las oraciones de costumbre y acérquese a recibir el Santísimo Sacramento; pero que no tenga realmente
nada que le remuerda la conciencia. Mas, si tiene algo que le hace dudar, claramente le digo con el catecismo: vaya a confesarse tan
pronto como pueda.

Si yo preguntara a cada uno de vosotros:
-"Quieres pasar bien las vacaciones?
Todos me diríais que sí, y: -Mire don Bosco, esté usted seguro; yo jamas me dejaré enredar por los parientes ni por los amigos.
-íBien, bien; ya lo veremos!, le contesto yo.
Hay algunos que van a su casa, oyen hablar a un compañero, que dice algo indecente, camuflado con bonitas frases y ellos sonríen y, si

no es esta vez, sera otra en la que también ellos apoyan las razones de un deslenguado. Aquella primera sonrisa fue el acto de rendirse al
enemigo. Cae en sus manos un libro malo y comienzan por mirar la portada, después leen los primeros renglones; al día siguiente pasan
la mirada sobre una pagina; otro día se les calienta la cabeza y lo leen todo, hasta pasándose en la lectura muchas horas de la noche. De
ahí resulta que, a la mañana siguiente, ese tal duerme hasta una hora avanzada, y por esto ya no puede ir a misa todos los días; después
empieza a juntarse con compañeros y amigos, porque no reza, porque ha perdido el miedo que debería despertarle el temor al pecado,
porque se deja vencer por el respeto humano. En conclusión, poco a poco acaba por caer miserablemente.

"Pasan bien las vacaciones todos éstos?
Muy al contrario... Estos tales vuelven al Oratorio y su primera palabra es:
-"Dónde esta don Bosco?
-Allá está, le responden.
-Bueno. No quiero que me vea.
-"Por qué?
-íYa sé yo porqué! Dime, "viene el domingo algún confesor forastero?
-íSí! "Por qué?
-Porque tengo algo que arreglar y hablar con él un rato en secreto.
-"Y por qué no vas a don Bosco?
-Porque..., porque..
.
Todos estos porqués, os los voy yo a explicar: porque no ha pasado bien las vacaciones.

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((368)) Para que no tengáis que pasar este bochorno, os doy un buen consejo. A los quince días de estar en casa, escribidme. "Lo
haréis? Recuerdo que el año pasado tomé nota de unos cuarenta que me daban pocas esperanzas de perseverar en el bien. -Escribidme,
les dije, cada quince días comunicándome el plan de vida que seguís en vuestras casas, para que yo os pueda aconsejar, y hallaréis
fuerzas para cumplir los buenos propósitos. -íParece increíble! De cuarenta que yo había apuntado, ni uno solo me escribió. A su vuelta
les pregunté por qué no me habían escrito, tal y como me lo habían prometido. Contestaron:

-No marcharon bien nuestras cosas y teníamos miedo.

-íTeníais miedo! Pero, "no sabéis que éste es un engaño del demonio? El se alegra de vuestro silencio, de vuestra repugnancia a hacer
lo que es necesario para vencer el mal o prevenirse contra él y dice: -"No trabajas tú? Trabajaré yo. "Tú callas? Yo hablaré.

Y así os va cerrando la boca para aumentar después vuestro bochorno.

Tengo que daros otro aviso, que considero muy importante. Hay jovencitos que llegan a su casa, entran, saludan simplemente a sus
padres y van a acurrucarse en un rincón sin decir una palabra. Parece que hayan venido al Oratorio para aprender a ser tercos y ponerse
de morros. Esto parece extraño y, sin embargo, no es raro que suceda. Mal hecho. Junto con la ciencia habéis recibido también una
buena educación. Por eso, al llegar a casa, saludad amablemente a los parientes, preguntad si marcha bien el campo, si prospera el
negocio, si tal pariente, o tal amigo goza de buena salud. Los parientes, por su parte, os pedirán noticias de vuestra salud, os preguntarán
si habéis aprobado y vosotros podréis contestar:

-Sí, he aprobado; íaquí tenéis el primer premio! íHe aquí el diploma que he ganado con mi buena conducta y aplicación! Otro dirá: -No
he logrado ningún premio, pero aquí tenéis mis calificaciones las cuales dicen, por lo menos, que hice lo posible para que quedarais
satisfechos: -O bien alguno tendrá que decir: -Fui al combate, luché y caí herido; pero os prometo estudiar en estas vacaciones para
reparar en los exámenes de noviembre 1 y ponerme al nivel de los demás compañeros.

Si habláis de esta manera, los parientes quedarán contentos o al menos satisfechos, pensando que no han malgastado el dinero.

Lo mismo que os he dicho que hagáis con los parientes, hacedlo también con las personas que debéis visitar, como el párroco, el
maestro, y los amigos de la familia. Entregad al párroco la hojita que habéis recibido, decidle que don Bosco le saluda y le ruega que
firme esa hojita a la hora de volver al Oratorio.

Hay algunos con el temor de que, cuando estén en casa, se les envíe una cartita invitándoles a quedarse en el pueblo para el próximo
curso. Tranquilícense y piensen que los Superiores no son malos; y que, ((369)) por el contrario, sólo desean su bien. Si se portaron bien,
pueden ir tranquilos a vacaciones sin miedo a que se les envíe la famosa cartita. Los que saben haber merecido tal cartita y que les será
enviada (pero afortunadamente este año la cuestión fue mucho mejor que en los años anteriores) por su mala conducta y su holgazanería
en los estudios, tienen todavía un recurso para anularla y pueden decir: -"Quién sabe si mis Superiores no me volverán a admitir, si hago
un firme propósito de enmienda de costumbres? -Pues bien; háganlo así y también ellos podrán pasar tranquilos sus vacaciones.

1 Así era. Volvían de las vacaciones otoñales y entonces se hacían los exámenes de recuperación. (N. del T.)
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También deseo que los que se quedan aquí en el Oratorio pasen tranquilamente y bien las vacaciones. Me refiero a los nuevos, a los
que tienen que ponerse a tono en los estudios, poco atendidos durante el año, a los que quieren avanzar a un curso superior, a los que
tomarán la sotana. Procuraremos que éstos tengan unas vacaciones agradables.

Además de lo dicho, tengo que daros otro aviso sobre la vuelta de vacaciones: a saber, los que tienen que presentarse a examen de
alguna asignatura, vengan el 16 de octubre, y los que ya no tienen nada que arreglar con los examinadores, el día 19. No es menester os
diga que hay que llegar el día fijado, para no perder el puesto en el Oratorio. Sólo os digo que todos los años hubo algunos que llegaron
tarde y se vieron obligados a volver a su casa por este motivo. Pero con esto no quiero decir que vengáis, si os lo impide un motivo
grave. íEso no! Si, por ejemplo, alguno de vosotros tuviese al padre o a la madre gravemente enfermos, o él mismo estuviera enfermo, o
tuviese que quedarse en casa por algún asunto grave, quédese sin miedo; pero haga que el párroco o alguna persona digna de
consideración escriba a los Superiores del Oratorio. Pero no escriba él mismo porque, si él escribiera... podría sospecharse... íBasta!

Esto es lo que yo quería deciros y que, si lo ponéis en práctica, podéis estar seguros de que pasaréis bien las vacaciones. Leed con
frecuencia el librito de los recuerdos 1, y si queréis más, llevaos El Joven Cristiano, donde encontraréis muchos buenos recuerdos que
don Bosco da a los jóvenes que desean pasar bien las vacaciones.

Tengo además que daros una triste noticia; tenemos al clérigo Vigliocco gravemente enfermo; parece que el Señor lo quiere consigo en
el Paraíso, y hay pocas esperanzas de devolverle la salud. El se recomienda encarecidamente a todos vosotros y a vuestras oraciones.
Pidamos al Señor que, si bien parece quiere llevárselo consigo, con todo, si quiere, puede devolverle la salud.

((370)) Vosotros cuidad también vuestra salud; pero estad atentos y mientras dais al cuerpo descanso, diversión y alimento, no dejéis
de dárselo también al alma; esto es, alejaos de los festines, bailes y diversiones, que puedan de algún modo perjudicar vuestra eterna
salvación. Si así lo hacéis, estad seguros de que pasaréis las vacaciones en santa paz con el Señor.

Como ya habéis oído, el próximo noviembre saldrá una nueva expedición de misioneros para Patagonia. Si todos volvéis, podréis
asistir de nuevo a la espléndida fiesta que ya hicimos la otra vez. Ellos os prepararán allá sitio para cuando vosotros vayáis. Hay mucho
trabajo y los ojos de todos están vueltos a nosotros. Esto decídselo a vuestros padres, si queréis; decidles que don Bosco los saluda, que
los encomendará en la santa misa; y que rueguen por él. Decid lo mismo a vuestros párrocos, a los que llevaréis mis saludos. Por mi
parte recomendaré siempre en la misa a mis queridos hijos, para que nos podamos volver a juntar bajo este querido techo. íFelices
vacaciones!

Salieron unos cuatrocientos en el espacio de pocas horas. Se lee en la crónica: "La salida de hoy ha sido muy ordenada. Todo estaba
previsto y arreglado: sacados los billetes del ferrocarril, facturados los

1 Durante varios años se entregó a los que salían una hojita doble con algunos avisos y una serie de textos sagrados. Véaseen el
Apéndice, doc. 33, donde volvemos a publicar también la carta para presentar al párroco.
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baúles, organizados los grupos, de acuerdo con los trayectos a recorrer".

Muchos rodeaban a don Bosco para oír una palabra más de sus labios; también los padres se agolpaban a su alrededor para saludarlo o
consultarlo. Cuando los jóvenes se iban, aparecía siempre en el rostro de don Bosco una ligera nube de tristeza; su corazón temblaba por
la suerte de esos hijos, que hacía diez o más meses habían sido el objeto de tantos cuidados y solicitudes de su parte.

La impresión que don Bosco causaba en el ánimo de los muchachos no la percibían ellos enteramente, mientras vivían la vida del
Oratorio; pero los años y la experiencia hacen reflexionar y entender. Don Francisco Picollo, el vivaracho alumno de quinto curso arriba
mencionado, encontraba alivio en sus muchos achaques recordando aquellos tiempos y consignando en el papel, tal como las recordaba,
las cosas de entonces. En un manuscrito que tenemos ante los ojos, describe a don Bosco tal cual lo vio especialmente en 1876. Para
cerrar este capítulo referiremos dos de sus impresiones, resumiéndolas ((371)) con sus mismas palabras. Ante todo, dice, "su persona
estuvo y está todavía presente en mí, aureolada por una absoluta pureza virginal. El esplendor de esta virtud se transparentaba en cada
uno de sus gestos, en cada palabra suya. Era un ángel en carne humana. Si hablaba de esta vida, cantaba sus bellezas como no sabe
hacerlo la mayor parte de los hombres; si miraba, lo hacía con tal modestia que a duras penas podíamos nosotros ver aquellas sus
maravillosas pupilas; si tocaba (y en esto el único ademán, que se permitía, era ponernos la mano sobre la cabeza a manera de
bendición), a su contacto parecía que el hálito de un espíritu celestial nos llenaba de amor a la pureza".

La segunda impresión de Picollo era que "don Bosco rezaba continuamente. Su unión con Dios era continua. Quien se acercaba a él,
experimentaba al momento la presencia de un serafín. Tal parecía, cuando caminaba grave y sereno; tal, cuando en la conversación sabía
elevarnos a Dios partiendo de los temas más ordinarios, y eso sin hacerse aburrido o pesado, sino con una naturalidad increíble.
Alrededor de la cabeza de don Bosco se hubiera podido escribir con caracteres luminosos Conversatio nostra in coelis est (Nuestra
conversación está en los cielos)".
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((372))

CAPITULO XIII

COSAS DE FAMILIA

"HAY algo más de familia que la res familiaris (los bienes de fortuna, el patrimonio)? La cuestión económica daba siempre que pensar
seriamente en el Oratorio. A mediados de agosto escaseaba tanto el dinero que, teniendo un hermano que ir a Borgo San Martino, no se
encontró en la caja central de la administración lo suficiente para pagarle el viaje. El coadjutor Pelazza, director de la tipografía, tenía
treinta mil liras de deuda con la fábrica de papel, que ya se negaba en redondo a suministrar más papel; el coadjutor Rossi, proveedor,
debía sesenta mil liras a la fábrica de tejidos, que amenazaba con no expedir más tela. Este mismo coadjutor ya no se atrevía a dejarse
ver por los acreedores; y, cuando encontraba a don Bosco, se ponía a su lado con los demás, pero sin pedirle nunca, pues sabía muy bien
en qué aguas se navegaba. Una tarde el Siervo de Dios rompió el hielo y dijo:

-íVerdaderamente es necesario que pensemos en ello en serio! íMira, Rossi, te enviaré todo el dinero que recibamos! Ya he escrito
unas cartas que espero den su fruto. Pero, de momento, no haremos nada, porque todos los señores están en el campo; ahora no hay
ninguno en Turín.

El último día de octubre con "la caja vacía", escribió a Cagliero; y quince días después le repetía: "Esta expedición nos ha puesto con
el agua al cuello". A pesar de todo estas lastimosas estrecheces económicas no lo ((373)) amedrentaban. "Dios nos ayuda", decía 1, no
para manifestar sus esperanzas en el futuro, sino con la seguridad de una realidad presente.

Sostenido por esta gran confianza sobrenatural, el Beato no escatimaba gastos cuando se trataba de vocaciones. Hubo quien propuso
obligar a los nuevos clérigos a costearse los hábitos eclesiásticos que, en total, costaban unas doscientas liras. Anticipar, según el que
hizo la propuesta, equivalía a no sacar ya ni un céntimo, pues los nuevos

1 Carta a don Juan Cagliero, 14 de noviembre de 1876.
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clérigos, una vez provistos por el Oratorio, ya no se darían por aludidos. Don Bosco se daba perfecta cuenta del importe total, puesto
que, según las previsiones, iban a ser unos ochenta los que vestirían la sotana. Pero no se le ocultaban los inconvenientes. El primero era
la pérdida de no pocos aspirantes, ya que algunos, para no tener que batallar con los suyos, volverían a sus familias, y otros, ante la
presión de los padres reacios a pagar, no aguantarían. El segundo inconveniente era de carácter psicológico; los más de los restantes, al
ver las dificultades de los padres para juntar poco a poco aquella cantidad, vivirían apenados, con daño para su formación.

-Verdad es, dijo, que nuestra situación económica es desastrosa, pero de alguna manera saldremos a flote. Así alcanzaremos un gran
bien. Si un joven llega a ser un buen sacerdote, "no hemos de considerar bien remunerados nuestros sacrificios? Y, si después se queda
en la Congregación, pagará él por muchos. Tenemos aquí en casa jóvenes cuya pensión la pagan los dominicos, los jesuitas, los
filipenses, los oblatos. Veo cómo estas Congregaciones cargan con estos gastos por la esperanza de que sus protegidos puedan después
ingresar en su Instituto. Y, sin embargo, las más de las veces no ingresan o, después de ingresar, se salen. íCuánto mejor, pues, podemos
hacerlo nosotros, a quienes no nos cuestan tanto