Don Bosco

Memorias Biograficas - vol 6

MEMORIAS BIOGRAFICAS DE SAN JUAN BOSCO


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CAPITULO
I

1858 -QUIEN ERA DON BOSCO: SU AMABILIDAD CORRESPONDIDA POR LOS ALUMNOS -COMO POBRE, TIENE
PREDILECCION POR LOS POBRES -VIRTUD DE MIGUEL MAGONE: SU CONFIANZA EN LA SANTISIMA VIRGEN; SU
CARIDAD -SU CARTA A DON BOSCO -CINCO RECUERDOS A LOS JOVENES PARA GUARDAR LA VIRTUD DE LA
PUREZA -EL PAÑUELO BLANCO -PLATICA SOBRE LA VIRTUD DE LA OBEDIENCIA -TRES ESTAMPAS DE LA VIRGEN
LECTURAS CATOLICAS

UN venerable sacerdote, que vivió bastantes años en el Orato rio, primero como alumno y después como clérigo, que pre servó con su
celo a muchos chicos de los peligros a que está expuesta su inexperta edad, nos dejó escritas, en 1889, las impresio nes que él recibió de
su convivencia con don Bosco.

""Quién fue don Bosco? Don Bosco fue un sacerdote que enseñó con el ejemplo y con la palabra el amor con que cada uno debe servir
fielmente al Señor según su estado. Qui... fecerit et docuerit, hic magnus vocabitur in regno coelorum (Será lla mado grande en el reino
de los cielos el que hiciere y enseñare) (Mat. V. 19). Esta es la razón por la cual, con mucha verdad, puede y debe considerarse a don
Bosco como un hombre insigne entre las más grandes figuras no sólo ((2)) del siglo diecinueve, sino también de la Era cristiana. Sin
poseer nada, levantó un edificio tan oso que llena de estupor el presente y llenará de admiración al mundo en los siglos venideros. Fue
instrumento de Dios para esta gran obra, y por esto Dios la conservará y llevará a término según sus misteriosos designios, aun cuando
pueda ser imperfecto el elemento que la realice; cuanto más defectuoso pueda ser éste, tanto más pondrá El de su propia mano.

Don Juan Bosco fue un hombre misterioso, enviado por Dios para probar con los hechos cuánto puede aquél que confia plenamente en
El. Profundo conocedor de los hombres y de sus tiempos, de carácter firme, tenaz en sus propósitos, penetrando en los secretos del futuro
con mirada aguda y certera, hombre de tacto finísimo en el trato con los hombres y las cosas, de ilimitada confianza en la divina
Providencia, todo lo que concebía en su mente, de amplios horizontes, lo realizaba aun cuando parecían insuperables los obstáculos en
que tendría que tropezar, y lo llevaba a feliz término, como por ensalmo, con estupor de todos, confiando en estas palabras: Deus
providebit (Dios proveerá).

Parece que también para él, como para el gran Napoleón, no existía la palabra imposible, si bien éste disponía de otros medios y se
guiaba por otros fines.

Los obstáculos que se opusieron a don Bosco para la fundación de su obra, sólo Dios puede conocerlos.
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Para este fin, por disposición divina, estaba dotado por naturaleza de un temple recio, de cuerpo bien formado, aunque algo cargado de
hombros, de talla más bien mediana, de complexión fuerte y resistente. Su modo de andar, moderado y sencillo, era el de un hombre
pensativo, pero tranquilo, a la buena, tanto que nadie podía imaginar quién era. Más aún, si me es lícita la comparación, diría que su
marcha era un poco oscilante a un lado y otro como la del amigo del labrador, el buey, del que pareció tomar la mansedumbre de carácter
y la fuerza y constancia en el hacer, siempre igual hasta alcanzar la meta, sin preocuparse de los gruesos troncos que a veces se oponen
bajo tierra, ni de ningún otro tropiezo a campo abierto.

Pero lo que más llamaba la atención en don Bosco era su mirada, dulce, es verdad, pero penetrante hasta lo más íntimo del corazón,
tanto que a duras penas se podía resistir. Por esto, se puede afirmar que con ella atraía, estremecía, aterraba según los casos, y en las
vueltas que di ((3)) por el mundo no conocí a nadie que más me fascinase con la mirada. En general, sus retratos y cuadros no reproducen
este rasgo singular y dan de él la impresión de un hombre bueno.

En medio del trastorno de tantas vicisitudes y adversidades humanas, don Bosco era siempre dueño de sí mismo; mantenía su carácter
moderadamente alegre y jocoso, y rarísima vez (acaso nunca) le vi pasar los límites de la susceptibilidad, a pesar de su gran sensibilidad
de espíritu y de corazón. Todas estas atrayentes prerrogativas juntas, hacían de don Bosco una persona simpática y admirable hasta la
veneración para todos los que tuvieron la suerte de tratarlo de cerca y que por afecto se convertían, más que en servidores, en esclavos
suyos.

Su talante alegre y jovial en medio de sus queridos hijos le abría caminos y le prestaba aliento en sus graves y espinosas empresas; por
eso veíasele a veces como sacudirse de un gran peso y desahogábase de improviso con estas palabras: íEa!... íSalga como quiera, con tal
que salga bien!

Otras veces, con el disgusto que le causaban las habladurías y persecuciones contra su persona y sus obras, llamaba por su nombre al
chico, que en aquel momento le estaba más cerca, y le decía así: í Vamos, fulano! Laetare et bene facere e lasciar cantar le passere (Estáte
alegre, haz el bien y deja cantar a los gorriones) -Vosotros sois mis queridos pilluelos: íse está m uy b ien en las casas de los señores,
donde nada falta; pero allí no estáis vosotros!

Don Bosco tenía una gran satisfacción cuando se veía rodeado de sus hijos, que le querían con amor sincero, pues, sin darse ellos
cuenta, le arrancaban las punzantes espinas de la vida y tenían el mérito de aliviar y consevar una tan preciosa existencia que, tal vez, sin
su eficaz contribución hubiera sucumbido precozmente bajo el peso de tantos sufrimientos.

Sin embargo, él era muy cauto en no dejar traslucir a sus queridos amigos ni lo más mínimo de sus angustias y congojas por las
innumerables contrariedades que encontraba en su escabrosa misión.

Para su alivio había compuesto una alegre cancioncilla cuyo recuerdo se guarda todavía en el Oratorio como preciosa reliquia, así como
también se recuerda el coro: íVamos, compañeros.! Me parece estar viendo a don Bosco entre nosotros y oírle todavía:

-"Está Chiapale?

-Sí, señor, está.

((4)) -Bueno... "Cantamos nuestra canción?... Empieza.

Y él mismo nos acompañaba con su voz dulce y suave, y seguía hasta el fin de la
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canción como quien llega a gozar la belleza de un consolador oasis en el abrasado desierto.

Servite Domino in laetitia (Servid al Señor con alegría), era uno de sus cantares preferidos y esta santa alegría constituía la base de su
edificio social para la segura educación de la juventud. Enemigo de la tristeza y de los rincones escondidos quería que los muchachos se
ejercitaran, durante el tiempo de recreo especialmente, en la gimnasia y en la música, en las que él mismo tomaba parte y muy gustoso,
hasta para desengañar a los que por un mal entendido espíritu o por escrúpulo se apartaban de ellas.

-Deseo, decía él, ver a mis muchachos corriendo y saltando alegremente en el recreo, porque así estoy seguro de que las cosas marchan
bien.
por eso confiaba a los más expertos en aquellos ejercicios a los apocados y esquivos, para que los animaran poco a poco a tomar parte
alegremente en las diversiones con los demás.

Al mismo tiempo, como era muy amigo del canto y de la música, había organizado clases para ello después de cenar. El mismo había
adaptado la música de canciones populares a diversas coplas religiosas, y había compuesto un sencillo Tantum ergo para cantar en las
fiestas solemnes en los primeros tiempos del Oratorio. También yo tuve el gusto de cantarlo con mis siempre queridos compañeros de
aquel tiempo (1858). Creo que todavía se guarda en el archivo musical del Oratorio".

Así, pues, se mantenía viva una santa y continua reciprocidad de afectos entre los alumnos del Oratorio y don Bosco, no sólo por el
buen ejemplo de sus muchas y grandes virtudes y por gratitud, sino también porque los muchachos le tenían por su Superior y padre, que
seguía voluntariamente pobre, exactamente como uno de ellos. Pobre a imitación de Jesús, don Bosco, lo mismo que El, tenía
predilección por los pobres y escogía sus discípulos entre los hijos del pueblo. Es digno de notar el motivo por el cual no aceptaba a un
niño que le recomendaba el barón Feliciano Ricci.

((5)) Benemérito y queridísimo señor Barón:

Me ha causado gran sentimiento la llegada de Rosso y haber tenido que enviarlo otra vez a su pueblo.

No es posible encontrarle un puesto, por ahora.

Por otra parte, su madre se presentó tan elegantemente vestida como para invitarme a pedirle limosna. Yo no puedo aceptar, entre
muchachos totalmente abandonados, otros, cuyos padres piden caridad con traje de gala. El segundo motivo es una sencilla reflexión: la
razón por la que no lo he aceptado es la imposibilidad.

Confío que, por su bondad, querrá perdonarme que no haya podido cumplir enseguida su caritativo deseo. Dígnese rogar a Dios por mí,
mientras, invocando la gracia del Señor sobre usted y toda su familia, me profeso con verdadera gratitud.

De V.S. Benemérita

Turín, 4 de mayo de 1858

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

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Don Bosco prefería a los más necesitados y humildes, entre los cuales poseía verdaderos tesoros de virtud. Baste un solo ejemplo.

Miguel Magone que, durante las primeras semanas de su estancia en el Oratorio, parecía un potro salvaje, se volvió tan paciente con la
frecuencia de los sacramentos que, cuando iba a confesarse con don Bosco, se preparaba estando recogido e inmóvil, de rodillas sobre el
desnudo pavimento, a veces hasta cuatro y cinco horas, dejando que otros pasasen antes que él. Después de la confesión, comunión y
funciones sagradas, se quedaba ante el altar del Santísimo Sacramento o el de la Santísima Virgen, alargando sus oraciones. A veces los
compañeros, que salían en bandadas de la iglesia, lo empujaban, tropezaban con sus pies, e incluso lo pisaban, pero él parecía insensible
y ((6)) seguía rezando tranquilamente sus oraciones. Pero, en el recreo, corrían sus pies por todos los rincones del amplio patio, y no
había juego en el que no se llevara la palma; sin embargo, al primer toque de campana acudía al lugar de la llamada. En aquel primer año
fue tan grande su aplicación que pasó los primeros cursos de latín, aprobó los exámenes y fue admitido para el tercero. La razón de su
progreso era su ardiente devoción a la Virgen. Habiéndole preguntado cómo lograba vencer ciertas dificultades de las tareas escolares,
respondió:

-Recurro a mi divina Maestra que me lo dice todo, y pone en mi mente muchas cosas que, por mis propias fuerzas, no las hubiera
sabido.

Había escrito en una estampa de la Virgen, que guardaba dentro de un libro y sacaba al ponerse a estudiar:

-Virgo parens, studiis semper adesto meis (Virgen madre, asísteme siempre en mis estudios).

Y en todos sus cuadernos, apuntes, libros, e incluso sobre el pupitre escribía a pluma o a lápiz: Sedes sapientiae, ora pro me (Asiento de
la Sabiduría, ruega por mí).

Para su gloria y la de su divino Hijo había aprendido música y, con su voz argentina y agradable, cantaba en las funciones solemnes de
iglesia. Mientras don Bosco estuvo en Roma, hizo los ejercicios espirituales, predicados por Pascua a los externos del Oratorio, y terminó
con una confesión general; luego escribió a don Bosco una cartita, diciéndole que la Virgen le había hecho oír su voz, que lo invitaba a
hacerse bueno y que Ella misma quería enseñarle la manera de temer a Dios, amarle y servirle.

Cuando don Bosco volvió a Turín, pidióle permiso para hacer voto de no perder jamás un momento de tiempo; pero no se lo permitió

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y quiso que se conformase con una simple promesa. La gracia de Dios inspiraba a aquel jovencito un vivo deseo de perfección.

((7)) Durante el mes de mayo de aquel año 1858 se propuso hacer cuanto pudiera para honrar a María. Mortificó del todo sus ojos, su
lengua y los demás sentidos. Quiso privarse de algo de recreo, ayunar, pasar parte de la noche en oración, pero no le fue permitido por no

ser compatible con su edad.

A fines del mes se presentó a don Bosco y le dijo:

-Si usted está de acuerdo, quiero hacer algo muy bonito en honor de la Santísima Virgen. Yo sé que san Luis Gonzaga agradó mucho a

María porque le consagró desde niño la virtud de la pureza. Yo también quisiera ofrecerle este don, y por esto deseo hacer el voto de
hacerme sacerdote y guardar perpetua castidad.

Don Bosco le contestó que no tenía todavía edad para hacer un voto de tanta importancia.

-Sin embargo, interrumpió él, siento en mí una firme voluntad de entregarme plenamente a María; y, si me consagro a Ella, ciertamente
Ella me ayudará a cumplir mi promesa.

-Vas a hacer así, añadió don Bosco; en vez de un voto, limítate a hacer la ple promesa de abrazar el estado sacerdotal, siempre y
cuando, al acabar los cursos de latín, se vean claras señales de que eres llamado al mismo. En lugar del voto de castidad promete
únicamente a Dios que, en adelante, pondrás el mayor cuidado en no hacer nunca cosa alguna, ni decir palabra, ni un chiste siquiera, que
sea en lo más mínimo contrario a esta virtud. Pide cada día a María, con alguna oración particular, que te ayude a mantener esta promesa.

Quedó conforme con lo que se le proponía, y unos días después le dio don Bosco un papelito diciéndole:

-Léelo y practícalo.

Magone lo abrió y leyó:
((8)) Cinco recuerdos que san Felipe Neri daba a los muchachos para guardar la virtud de la pureza. Apartarse de las malas compañías.
No alimentar el cuerpo con manjares delicados. Evitar el ocio. Frecuente oración. Frecuencia de los Sacramentos, especialmente de la
confesión.

Lo que allí le decía en pocas palabras, se lo expuso otras veces más ampliamente. En efecto, le dijo:

1. Ponte con filial confianza bajo la protección de María; confía en Ella; espera en Ella. Jamás se ha oído decir que alguno de los que
han acudido con confianza a María no haya sido escuchado. Ella será tu defensora en los asaltos que el demonio lanzará contra tu alma.
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2. Cuando adviertas que eres tentado, ponte enseguida a hacer algo. La ociosidad y la modestia no pueden vivir juntas. Por eso,
evitando el ocio, vencerás también las tentaciones contra esta virtud.
3. Besa a menudo la medalla o el crucifijo, santíguate con viva fe, diciendo: Jesús, José y María, ayudadme a salvar el alma mía. Estos
son los tres nombres más terribles y formidables para el demonio.
4. Y, si el peligro persiste, acude a María con la oración que nos propone la Santa Iglesia, a saber: Santa María, Madre de Dios, ruega
por nosotros pecadores.
5. Además de no alimentar con manjares delicados el cuerpo, además de la guarda de los sentidos, especialmente de los ojos, guárdate
también de toda clase de malas lecturas. Más aún, si algunas cosas indiferentes fueran para ti ocasión de peligro, déjalas enseguida; lee
con gusto libros buenos y con preferencia los que hablan de las glorias de María y del Santísimo Sacramento.
6. Apártate de los malos compañeros, elige por el contrario compañeros buenos, es decir, aquéllos que, por su buena conducta, merecen
las alabanzas de tus superiores. Habla con ellos, ((9)) toma parte en sus juegos, pero procura imitarlos en su manera de hablar, en el
cumplimiento de los deberes y sobre todo en las práticas de piedad.
7 . Confiésate y comulga con la frecuencia que te lo consienta el confesor; y, si lo permiten tus ocupaciones, visita a menudo a Jesús
Sacramentado.
Don Bosco daba continuamente estos consejos en público y en privado, de viva voz y por escrito, y añadía:

-Tal vez diga alguno que estas prácticas piadosas son demasiado vulgares. Pero yo advierto que así como el brillo de la virtud de que
hablamos puede empañarse y perderse al más ligero soplo de tentación, así también debe estimarse en mucho cualquier cosa por pequeña
que sea, que contribuya a conservarla. Por eso yo aconsejaría una cuidadosa vigilancia para proponer cosas fáciles, que no asusten, ni
cansen a los fieles cristianos, sobre todo si son jóvenes. Los ayunos, las oraciones prolongadas y otras rígidas austeridades suelen dejarse

o se hacen de mala gana y con negligencia. Atengámonos a lo fácil, pero hagámoslo con perseverancia.
Esta fue la senda que llevó a nuestro Miguel hasta un maravilloso grado de perfección. Y hacíase patente en su gran caridad con el
prójimo. Estaba siempre dispuesto a escribir las cartas de los que lo necesitaban, a prestar a sus compañeros cualquier servicio: barrer,
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hacer las camas, limpiar los trajes, explicar las dificultades de las lecciones; a consolar a los afligidos con buenas maneras, contándoles
historietas, haciéndoles de mediador con los superiores; a dar clase de catecismo a los externos y enseñarles a cantar; a servir a los
enfermos y asistirlos de noche; a perdonar ((10)) de buen grado cualquier ofensa. Con estos buenos modos habíase ganado las simpatías
de todos y se valía de esta influencia para el bien de las almas con avisos, invitaciones, ruegos, y promesas, regalos, cartitas, bromas y
prudentes reproches. íSólo Dios sabe el mal que impedía y el bien que hacía! No nos entretenemos en referir hechos particulares, pero no
podemos omitir un documento inédito que merece se conserve.

Cierto condiscípulo de Magone, Mateo Galleano, escribió a don Bosco una carta, de la que entresacamos dos hermosos hechos:

El primero es que, en cierta ocasión, tenía Magone en la mano una velita como de cuatro dedos de larga y me invitó a ir con él a la
iglesia para rezar por los pecadores. Movido por sus amables palabras, acepté. Una vez en la iglesia, fuimos al altar de la Virgen, y
después de encender la vela, rezamos la tercera parte del rosario. Estaba yo cansado de rezar y me iba a marchar, cuando él, con mucho
garbo, me exhortó a seguir y rezamos hasta que se consumió toda la vela.

El segundo hecho es el siguiente. Un sábado por la noche, después de cenar, estaban en el locutorio muchos alumnos de la sección de
aprendices; tocó la campanilla para las confesiones, pero ellos no querían ir y seguían jugando a la "morra". 1 Magone, saludó
amablemente a unos y otros; los animó a ir a reconciliarse con el Señor, pero en vano. Entonces se puso a jugar con ellos como un cuarto
de hora y después les dijo:

-Venid conmigo al mirador del segundo piso.

Todos se fueron con él, creyendo que quería seguir jugando en aquel lugar. Pero él que los llevaba allí intencionadamente, al llegar a la
puerta del cuarto de don Bosco, tanto insistió que los metió a confesarse.

((11)) La encantadora bondad de Magone y de otros de sus compañeros florecía y daba opimos frutos gracias a la obediencia que
prestaban, no sólo a los mandatos, sino hasta a los consejos de don Bosco.

1 La motta. Juego entre dos personas que a un mismo tiempo dicen cada una un número que no pase de diez e indican otro con los
dedos de la mano, y gana el que acierta el número que coincide con el que resulta de la suma de los indicados por los dedos. (N. del T.)
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Una tarde hacía ya largo rato que se encontraba con sus muchachos a la hora de recreo y se sentía cansado. Después de haberles hecho
caminar un poco, sacó fuera del pórtico a todos los que estaban formando corro en su derredor. Los hizo sentarse en el suelo, y él con
ellos. Aunque los muchachos se encontraban incómodos, ninguno se atrevía a moverse, por su interés de oír a don Bosco y no perder ni
un instante del tiempo que él había destinado a estar con ellos. El siervo de Dios, después de hablar del gran bien que quedaba por hacer a
las almas en el mundo, de la necesidad de hacerlo proto, y de cómo deseaba el Señor que los chicos del Oratorio lo ayudaran, añadió:

-íCuánto bien se podría hacer, si yo tuviera diez o doce buenos sacerdotes para enviarlos en medio del mundo!

-íYo, yo! -respondieron todos a coro.

La entusiasta respuesta hizo sonreír a don Bosco, que siguió diciendo:

-Pero, si queréis venir conmigo, es preciso que os pongáis a mis órdenes, y me dejéis hacer con vosotros lo que estoy haciendo con el
pañuelo, que tengo en las manos.

Y, al decir esto, como solía hacer, y ya lo hemos contado otras veces, sacó del bolsillo un pañuelo blanco y lo fue doblando de uno y
otro modo; lo pasó a la mano izquierda y lo frotó hasta hacer con él un ovillo; hizo después un nudo y lo deshizo echándolo al aire para
volver a plegarlo de otra forma. Los chicos contemplaban atónitos aquella extraña mímica de don Bosco y muchos no lo comprendían.
Entonces él, tomando de nuevo la palabra, dijo:

-Todo será posible, si dejáis ((12)) hacer con vosotros lo que me habéis visto hacer con el pañuelo: Si me obedecéis, si hacéis mi
voluntad, la voluntad de Dios, veréis que El hará milagros por medio de los muchachos del Oratorio.

Y muchos de ellos se pusieron resueltamente a sus órdenes para cooperar en la gran misión.

Por lo demás, don Bosco inculcaba continuamente a sus alumnos la virtud de la obediencia y la predicó un domingo por la tarde, al
tener que suplir al teólogo Borel. Sus palabras, recogidas a vuela pluma por el clérigo Juan Bonetti, fueron las siguientes:

Todos los que quieren ejercer un oficio deben pasar por un aprendizaje para aprenderlo bien. Hay un antiguo refrán que dice: nadie
nace maestro. Por esto, si uno quiere ser albañil, es preciso que durante dos o tres años se resigne a llevar el cubo, los ladrillos, las piedras
y hacer otros pesados servicios como éstos, para aprender después a manejar la paleta y levantar casas, sin miedo a que luego caigan
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sobre la cabeza de los que habrán de habitarlas. Así mismo, ícuántos trabajos debe realizar un muchacho para llegar a ser un buen
carpintero! Si uno que quiere aprender este oficio se pusiera inmediatamente a hacer un armario, un escritorio o cualquier otro mueble,
perdería el tiempo y el trabajo, echaría a perder madera y herramientas, y, en vez de aprender de carpintero, aprendería el oficio de
destructor. Pues bien, lo que decimos de quienes desean aprender un oficio, digámoslo también de nosotros. Sí, también nosotros hemos
de aprender nuestro oficio, a saber, el de cristianos. Jamás podremos salir airosos en esta profesión, si no la aprendemos de antemano. Y
como para aprender esta nuestra profesión cada uno de nosotros tiene que obedecer a Dios, al Papa y a los sagrados ministros de la Iglesia
y cada uno según su estado, por eso quiero hablar de la virtud de la obediencia.

"Qué quiere dedir obediencia? La palabra obediencia viene del latín ab audientia, algo escuchado, oído de la boca ((13)) de otro, y por
eso cuando oímos la orden de un superior y la cumplimos, ejercitamos la obediencia. "Y qué es la virtud de la obediencia? Santo Tomás
de Aquino, el mayor de los teólogos, hombre sapientísimo, que escribió muchas cosas y muy hermosas, dice que la obediencia es una
virtud que dispone al hombre para cumplir todo mandato y la voluntad del Superior: Obedientia est virus hominem efficiens promptum ad
exequendum praeceptum aut voluntatem superioris.

"Pero esta virtud se nos infunde con el santo Bautismo? Esta no es una virtud teologal que tenga sólo a Dios por objeto, sino que es una
virtud moral que nosotros, ayudados por la gracia de Dios, podemos adquirir con el ejercicio de nuestras fuerzas, es decir, con la
repetición de actos de
obediencia.

"Cuántas clases de obediencia hay? Hay cinco clases. La obediencia divina, la eclesiástica, la política, la doméstica y la religiosa. La
obediencia divina mira a obedecer a Dios. Dado que Dios es creador de cielo y tierra, rey de reyes, señor de todos los hombres y de todas
las cosas, es muy justo que sea obedecido por nosotros antes que todos los demás. Dios nos manda que le honremos a El sólo como Dios,
y nosotros debemos obedecerle. Dios nos manda no nombrarle en vano, no injuriarle, y nosotros debemos obedecerle. Y así siguiendo,
debemos obedecerle observando los diez mandamientos, que es lo que Dios nos manda.

Pero no sólo debemos obedecer a Dios, sino que debemos también observar la obediencia eclesiástica, es decir, debemos obedecer
también a la Santa Madre Iglesia, porque Dios dijo a Pedro: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. El mismo Jesucristo,
que dio a Pedro la facultad de atar y desatar, le dio también poder de hacer leyes que pudieran contribuir a mayor gloria de Dios y a la
salvación de las almas. Por esto es nuestro deber que, después de Dios, obedezcamos al Papa, que es el verdadero sucesor de San Pedro;
debemos obedecer a la Iglesia y por consiguiente guardar sus mandamientos; oír la santa misa todos los días festivos, no comer carne el
viernes y el sabado,1 confesarse al menos una vez al año y comulgar por Pascua de Resurrección, y no quebrantar los preceptos.

((14)) Con la obediencia política obedecemos al Jefe de Estado, pero sólo en lo temporal, nunca en lo que atañe a la religión. Por
ejemplo, debemos obedecer al Soberano pagando los consumos o extendiendo un documento con valor legal en papel timbrado, y lo
mismo en todo lo que se
refiere a las leyes del Estado. Pero, si el poder temporal nos quisiera mandar en cosas de religión, y éstas no fueran aprobadas

1 Don Bosco explicaba el precepto general de la Iglesia sobre abstinencia; no las normas especiales para España y otras naciones y
grupos. (N. del T.)
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por la Iglesia, jamás debemos obedecer. En tal caso debemos dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios; y nunca, por
obedecer al Gobierno, desobedecer a Dios, haciendo algo contra su ley o contra la Iglesia, que es la esposa de Jesús y hace en la tierra las
veces de Dios.

Existe, además, la obediencia doméstica: se refiere ésta al padre y a la madre, a los amos, a los superiores, etc. Así, pues, un hijo debe
obedecer a sus padres, que son los primeros después de Dios; un criado, un dependiente debe obedecer a su jefe, que hace las veces del
padre y de la madre; y así cada uno debe obedecer a sus superiores, que tienen el deber de vigilar sobre él. Pero en todo lo que atañe a la
obligación de obedecer, debemos someternos solamente a lo que no sea contrario a la
Ley de Dios o de la Iglesia. Si alguna vez un padre o una madre o un jefe os mandare algo malo, entonces no estáis obligados a obedecer,
al contrario, pecáis también vosotros si los obedecéis. íAy de aquel padre, de aquella madre que, inducidos por el demonio, movieran a
sus hijos a hacer el mal! íAy también de aquel hijo, que sabiendo que le mandan algo malo, sin embargo, obedece!

En cuanto a la obediencia religiosa, no hace al caso hablar de ella, pues no sois trapenses ni franciscanos.

Al tratar de la obediencia, hay que considerar el objeto y el sujeto. No os asustéis por estas palabras campanudas: objeto y sujeto. Si no
las entendéis, os las explicaré. Se llama objeto de la obediencia, la materia de la misma, es decir, lo que se os manda hacer. Y siempre
que nos mandan algo malo, aun cuando lo mandara un ángel venido del cielo, no debemos obedecer. Hace algunos días dijo un jefe a uno
de sus dependientes:

-"No sabes cómo hacerte con dinero? Si quieres, te lo enseñaré. Yo te debo entregar ocho ((15)) perras 1 al día, "no es verdad? Pues
bien, te daré sólo seis, las otras dos te las daré para ti. Cuando don Bosco te las pida tú le dirás: el amo me ha dado sólo seis.

-Ahora bien, decidme; "podría en este caso obedecer aquel muchacho? No, porque es algo ilícito. Efectivamente, aquel buen chico no
obedeció, con lo que dio una buena lección y un buen ejemplo a aquel jefe desaprensivo.

Por sujeto de la obediencia se entiende el que manda. En este caso el que manda tiene que ser superior al que obedece, y todas las veces
que el que manda es un superior, estamos obligados a obedecer.

Pero, me preguntaréis: "es una gran virtud la obediencia? íSí! La virtud de la obediencia abraza y comprende a todas las demás
virtudes, como dice san Gregorio Magno: Est virtus quae omnes virtutes inserit, insertasque custodit. Las guarda de modo que ya no se
pierdan. La virtud de la obediencia es el acto más agradable que podemos hacer a Dios. De todos los dones que nos hizo Dios, el más
grande es la libertad, a saber el habernos creado libres. Pues bien, cuando obedecemos hacemos el sacrificio de esta libre voluntad.
sujetándola al querer de otro; pero la voluntad es la cosa más preciosa que tiene el hombre; por lo tanto éste es el sacrificio más agradable
que podemos ofrecer a Dios. Mas para que esta obediencia sea grata a Dios, debe ser voluntaria. No puede agradar a Dios la obediencia
de quien obedece de mala gana, por miedo a ser castigado por los superiores, pues a Dios no gusta lo que se hace a la fuerza. El es Dios
de amor y quiere que todo se haga por amor. Por tanto,

1 Perra chica. -Va cayendo en desuso: era una moneda de cobre que valía cinco céntimos de peseta. (N. del T.)
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cuando se nos manda algo, tranquilicemos enseguida nuestro corazón y obedezcamos con prontitud, porque Dios estará con nosotros. Iba
el rey Saúl a entrar en batalla contra los filisteos y díjole el profeta Samuel:

-Ve al campo y espera allí hasta que yo llegue para ofrecer un sacrificio y guárdate de empezar antes la batalla.

Fue Saúl, aguardó, pero Samuel tardaba en llegar, avanzaban ya los enemigos y sus soldados retrocedían por no poder entrar en
combate mientras no estuviese ofrecido el sacrificio. Entonces, al ver Saúl que su ejército empezaba a desbandarse y que Samuel no
llegaba todavía, mandó preparar la víctima, y usurpando el oficio de sacerdote, ((16)) sacrificó él mismo la víctima. Mas, apenas
terminado el sacrificio, llegó Samuel, y al ver éste que Saúl, contraviniendo su mandato, había sacrificado, le dijo indignado:

-"Qué has hecho, Saúl?

-Lo hice porque veía que tú no llegabas, respondió Saúl. El enemigo avanzaba más y más contra nosotros y los nuestros se daban a la
fuga; sólo por esta razón ofrecí el sacrificio.

-Inique egisti, inique egisti: has obrado inicuamente.

-Pero ya íbamos a ser derrotados y aniquilados sin remedio. No había tiempo que perder.

-Has obrado inicuamente. Te había mandado esperarme y no lo has hecho, obraste inicuamente.

Por lo tanto, cuando por cualquier motivo se nos manda alguna cosa, obedezcamos. Para probaros cómo premia Dios al obediente aún
en este mundo, voy a contaros un bonito ejemplo que nos relata san Gregorio Magno. Se lee en la vida de san Benito que este santo
mandó un día a uno de sus queridos discípulos, a los que enseñaba el camino del paraíso, y que se llamaba Plácido, a sacar agua con un
pozal en un riachuelo cercano. Fue el joven, pero el pobrecito, ya fuera porque puso el pie en falso, ya fuera porque el pozal lo venciera
con el peso, cayó al agua y, junto con el pozal, era arrastrado por la corriente. Al ver esto san Benito desde una ventana, llamó al
momento a otro discípulo, Mauro, y le dijo:

-Ve a sacar a Plácido del agua, pues acaba de caer al río y la corriente lo arrastra.

Mauro, acostumbrado a obedecer, sin mirar al peligro, corrió al punto y, al llegar a la orilla del río, se echó a andar sobre las aguas
como si fueran tierra firme, se acercó a Plácido que estaba luchando contra la corriente, lo agarró por los cabellos, lo sacó afuera y volvió
a la orilla sin mojarse siquiera los pies. Añade el mismo san Gregorio Magno que Mauro no se dio cuenta de que había caminado sobre
las aguas, no advirtió el peligro de ahogarse, al que se había expuesto. He aquí como Dios premió la obediencia pronta.

Acabado el mes de mayo, don Bosco, no sabemos por qué motivo, colgó en la pared de su habitación un cartón, en cuya parte superior
estaba litografiado el ((17)) polvorín, pocos momentos después de la explosión del año 1852, visto desde la plaza de Manuel Filiberto,
con las tropas que acudían con el rey. En la parte inferior se veía el retrato de Pablo Sacchi, y a sus lados había pegado don Bosco dos
estampas de la Virgen, que tenía en sus brazos al Niño Jesús.
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En una de ellas estaba impreso:

Recuerdo del mes mariano en la iglesia de la Santísima Trinidad en Turín en el año 1858. Debajo estaba escrito: -Madre del Amor
hermoso, yo le amo, tú lo sabes-;te lo suplico, haz que le ame cada vez más.

En la segunda estampa se leía arriba: Recuerdo del mes de María celebrado en la iglesia de las Adoratrices, 1858. Y debajo: Virgen
María, Madre de Jesús, hacednos santos.

Colgaba del cartón una tercera estampa de María Inmaculada con las manos juntas y llevaba esta inscripción: Oh Virgen Inmaculada,
Tú que sola alcanzaste la victoria sobre todas las herejías, acude ahora en nuestra ayuda; nosotros acudimos a ti de corazón. Auxilium
christianorum, ora pro nobis. Y había añadido don Bosco a lápiz: Terribilis ut castrorum acies ordinata. (Terrible como un ejército
ordenado para la batalla).

Tal vez estaba destinado este cartón a sustituir al que Francisco Giacomelli había sustraído ocultamente para guardarlo como recuerdo
de don Bosco. Pero el segundo, por igual motivo, corrió la misma suerte del primero, y también por manos del mismo Giacomelli, que lo
restituyó al Oratorio algunos años después de la muerte de don Bosco. Don Francisco Giacomelli conocía muy bien el amor que su santo
amigo tenía a la Virgen.

Al mismo tiempo seguía don Bosco trabajando con las Lecturas Católicas. Para el mes de junio, estaba impreso un bonito cuento: José
e Isidoro, o el peligro de los malos compañeros, opúsculo del padre Marcelo. Engañado y traicionado por Isidoro, el jovencito José huye
de casa de sus padres, pero raptados los dos por un pirata, corren primero los riesgos del mar y ((18)) de los combates, y después se ven
obligados a trabajar en una cueva con unos falsificadores de moneda. José, vuelve a Dios, soporta con resignación los sufrimientos de
aquella terrible esclavitud y, a través de una intrincada serie de peripecias extraordinarias, logra volver a su pueblo natal. Isidoro,
obstinado en su mala vida y alejado de la religión, acaba sus días con una muerte desgraciada.

Mientras se procedía al envío de esta entrega de las Lecturas Católicas, don Bosco, el 2 de junio, escribía a don Carlos Vaschetti,
teniente cura en Beinasco: -No deje usted de pedir a Dios que se digne bendecirnos en lo espiritual y en lo temporal y haremos grandes
cosas. Consígame un millón de suscriptores de las Lecturas Católicas.

La difusión de estas Lecturas era siempre una de sus grandes preocupaciones.
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((19)
)

CAPITULO II

CUENTA A LOS MUCHACHOS COSAS DE PIO IX -FIESTA DE SAN JUAN BAUTISTA Y MERIENDA DADA EN LOS TRES
ORATORIOS FESTIVOS, GRACIAS A LA GENEROSIDAD DEL PAPA -LA FIESTA DE SAN LUIS Y EL ARTICULO DEL
CONDE DE CAMBURZANO EN ARMONIA -SECRETOS DE UNA CONCIENCIA REVELADOS -LECTURAS CATOLICAS:
VADEMECUM CRISTIANO -DON BOSCO MEDITA SOBRE LA CONVENIENCIA DE VOLVER A ROMA: CARTA DEL
CONDE DE-MAISTRE.

DURANTE su estancia en Roma, don Bosco fue tomando nota de todo cuanto se refería al Sumo Pontífice, especialmente de aquello
donde se manifestaba su carácter alegre, bondadoso y caritativo. De cuando en cuando iba contando algo de ello a sus muchachos, que lo
escuchaban con mucho agrado. Don Miguel Rúa nos conservó dos anécdotas.

Contaba una tarde don Bosco:

Sucedióle al Santo Padre un gracioso episodio mientras estaba yo en Roma. Un patricio romano, el conde de Spalla, fue a visitar al
Papa y, después de hablar sobre algunos importantes asuntos, díjole al despedirse:

-Quisiera, Santidad algún recuerdo.

El Santo Padre le respondió solícito:

-Pedid lo que queráis y procuraré complaceros.

-Algo extraordinario.

((20)) -Pedid.

-Quisiera vuestra tabaquera.

-Pero... está llena de tabaco de la peor calidad.

-No importa, me hará mucha ilusión.

-Tomadla, os la regalo de corazón.

Salió el conde de Spalla más contento con la tabaquera que con un gran tesoro. Era sencilla, de asta de búfalo, unida con dos anillos de
latón por cuyo valor yo no daría cuatro perras chicas, pero preciosísima por ser de quien era. El conde la enseñaba a sus amigos como
algo digno de toda veneración. El tabaco era realmente de última calidad.

Otro caso curioso acaecióle al augusto Pontífice.

Viajaba el año pasado por sus Estados y pasaba por los alrededores de Viterbo. Una pobre chiquilla había recogido un haz de leña; al
ver allí parada la carroza pontificia, pensó que sus dueños querrían comprar su haz. Corrió hacia ellos:

-Señor, dijo al Santo Padre, comprádmelo, la leña está muy seca.

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El Santo Padre respondió:

-No la necesitamos.

-Comprádmelo, os lo doy por tres bayocos.

-Toma tres bayocos y quédate con tu haz.

El Santo Padre le dio tres escudos y subió a la carroza. La buena chiquilla quería a toda costa que el Santo Padre metiese el haz en el
coche y le decía:

-Tomadlo, quedaréis satisfechos, en vuestro coche hay sitio suficiente.

Mientras el Santo Padre y los de su séquito reían ante la insistencia de la chiquilla, su madre que trabajaba en un campo cercano, se
acercó gritando:

-Santo Padre, Santo Padre, perdonad a esta chiquita que es mi hija. No os conoce. Tened piedad de nosotros que vivimos en gran
miseria.

El Santo Padre añadió seis escudos más y después siguió su viaje. Al saberse en la ciudad lo sucedido, iban todos a porfía para ensalzar
a la Divina Providencia, que les había concedido un Soberano tan piadoso y caritativo.

Entretanto había determinado don Bosco que el 24 de junio se celebrase una fiesta en honor de Pío IX en los Oratorios de san Francisco
de Sales, san Luis y el Santo Angel. ((21)) Como aquel día era fiesta de precepto en la archidiócesis de Turín, quiso que los muchachos
que acudían a los tres Oratorios gozaran de los favores que les había concedido el Santo Padre.

Ya hemos dicho que el Vicario de Cristo había otorgado benignamente dos gracias en la visita que don Bosco le había hecho en Roma.
Con la bendición apostólica para los muchachos les había concedido una indulgencia plenaria para el día en que confesaran y
comulgaran: esto para el alma. Había añadido después una bonita suma de dinero para que se les diera a todos una merienda. El dinero
había aumentado notablemente, gracias a la generosidad de algunos señores de Turín, que quisieron adquirir algunos de los escudos
regalados por el Papa, desembolsando una cantidad proporcionada a su vivo deseo de conservar un recuerdo del afecto de Pío IX a los
muchachos piamonteses. Don Bosco podía disponer de quinientas liras.

El domingo anterior a la fiesta fueron avisados los muchachos por sus respectivos directores. Don Bosco los animó contándoles que Pío
IX había hablado de ellos con gran bondad y que les había proporcionado aquellos regalos para alentarlos a perseverar en el camino de
los mandamientos de Dios. El día de la fiesta de san Juan Bautista acudieron numerosísimos muchachos a sus respectivos Oratorios para
recibir los Santos Sacramentos, y enriquecer así su alma con los favores espirituales, y para saborear al mismo tiempo la merienda que les
había proporcionado el cariñoso Pontífice. La fiesta no podía resultar más hermosa ni más alegre.
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Pero en el Oratorio de Valdocco la solemnidad tuvo un matiz muy especial. Don Bosco había mandado grabar una litografía de Jesús
Crucificado y encargó la reproducción de quinientas cincuenta ((22)) estampas al litógrafo Cattaneo, para regalárselas a sus bienhechores.
El patio apareció adornado con los acostumbrados gallardetes y ramajes. El veintitrés por la tarde los alumnos celebraron el día
onomástico de don Bosco con una velada literario-musical. Se declamaron poesías y discursitos escritos por los mismos jóvenes. El
clérigo Juan Cagliero había compuesto por vez primera un himno, y la banda de música lo interpretó bajo la dirección del maestro Massa.
Don Bosco dio las gracias, habló del Papa, y al día siguiente quiso que su nombre quedara eclipsado ante el de Pío IX.

Casi mil muchachos, entre internos y externos, formaron filas ante la iglesia después de las sagradas funciones litúrgicas. Los cantores,
que ya estaban preparados, ejecutaron primero una cantata compuesta por el clérigo Juan Francesia, alternada con pasajes recitados para
expresar el gozo que todos sentían por las muestras de amor, las bendiciones y los dones dispensados a la juventud por el Romano
Pontífice. La primera estrofa decía:

Al labio y al rostro, de gozo encendidos,
lleguen los latidos de mi corazón;
que el día más bello, solemne y festivo
al balcón de oriente hoy se asomó.

Después, dos muchachos, en un diálogo en verso, contaron el motivo de aquella fiesta tan bonita. Y terminaron así:

íQue viva el Papa!
íViva Pío nono!
A quién dar las gracias
sino a Vos?
En las entrañas
del corazón
queda grabado
vuestro favor.

((23)) Y el coro respondía:

Llenos de júbilo,
llenos de fe
todos besamos
tu augusto pie.
Mañana y tarde
con gran fervor
juntos oramos
a Dios, por Vos.

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Y entonces la voz vibrante de un soprano, acompañada por los coros, elevaba a Dios una plegaria, pidiendo que todos los hombres
venerasen a su Vicario y le obedecieran; que se formase en la tierra un solo rebaño bajo un solo pastor y que todos los muchachos del
Oratorio pudieran un día hacer corona a Pío IX en el cielo.

Terminados los cantos, todos los muchachos, a una señal de don Bosco, ocuparon su puesto para la abundante merienda. Cada uno
manifestaba su gratitud al Papa como mejor sabía. Sucedíanse sin cesar alegres brindis, gritos, vítores y aplausos.

Terminada la merienda, cantaron los coros un himno a Pío IX:

De la vida en los vaivenes,
en los trances del dolor
el recuerdo de los bienes
que hoy llenan el corazón,
volverá con dulce imagen
a llenar el pensamiento.
Volverá a llenar nuestra alma
de pobres y abandonados
que recogió en su casa
aquel hombre, que apoyado
((24)) por el Papa Pío nono
nos puso en el buen sendero.
Juntos con su bendición
alcemos la vista al cielo
que es nuestro, lo dijo Dios:
Es para el pobre el consuelo,
es la patria de quien vive
en fraterna caridad.

Estuvo presente un redactor del periódico Armonía, y publicó una relación del acto, que terminaba con estas palabras:

Resulta difícil expresar con palabras la dulce emoción que despertaba en el corazón la vista de tantos jóvenes, que, con cantos y música,
lo mismo en el templo que fuera de él, en prosa y en verso, exteriorizaban esa viva y reposada alegría, que sólo puede brotar de una
conciencia, que puede decirse a sí misma: Estoy en paz con Dios.

Por doquier resonaban los aplausos y vítores de íViva el Papa! íViva su gran bondad! Pero una gran sorpresa nos esperaba al caer de la
tarde, cuando ya estaba para dispersarse la reunión y encaminarse cada cual a su casa. Movidos por un incontenible entusiasmo, se
juntaron en derredor de su Director y exclamaron a una voz: gracias Santo Padre, gracias; que Dios os lo pague. Quién podrá ir a darle las
gracias dignamente por nosotros? Señor Director, comunique al Santo Padre nuestro reconocimiento, que lo amamos con toda la efusión
de nuestro corazón, que veneramos en su persona al Vicario de Jesucristo y que todos nosotros deseamos y queremos vivir y morir en la
religión, que tiene a Dios por cabeza invisible y tiene un tan tierno y buen Padre, al gran Pío IX, como Vicario en la tierra.
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Así concluía una jornada que dejará en el corazón de aquellos buenos jóvenes un recuerdo imborrable de la paternal bondad del Santo
Padre. Esos pobrecitos, no acostumbrados a recibir caricias de los hombres, y que llevan una vida de penuria y privaciones, sienten
vivísimo agradecimiento al Jefe de la Iglesia que desde su altísimo puesto, lejos de olvidar a los hijos ((25)) del pueblo, como lo hacen
los aduladores del mismo pueblo, se muestra y se da a conocer como verdadero padre suyo, de la misma manera que lo es de los grandes
de la tierra y de los príncipes.

Así terminaba Armonía del 29 de junio de 1858.

A la fiesta de san Juan Bautista sucedió en el Oratorio la de san Luis, que solía celebrarse en la solemnidad de los santos apóstoles
Pedro y Pablo. El amor que tenía don Bosco a este angélico joven hacíale celoso propagandista de su devoción y fundador de
asociaciones en su honor, hasta fuera del Oratorio, por los pueblos adonde iba a predicar. Poirino fue uno de éstos. Invitado por el teólogo
don Esteban Giorda, párroco de Santa María la Mayor, había ido don Bosco en octubre de 1855, y con una función conmovedora, había
inscrito en la Compañía de San Luis a los chicos de aquella parroquia. En muchos lugares florecen todavía hoy estas piadosas
asociaciones fundadas por él, y la de Poirino celebró en 1905 el cincuentenario de su existencia.

Dedúzcase de ello el empeño que don Bosco tenía por mantener encendido este fuego sagrado en el Oratorio, especialmente mediante
dicha solemnidad.

Apenas si hemos mencionado esta fiesta en años anteriores cuando no había ningún hecho extraordinario, pese a que, a decir verdad, lo
extraordinario era algo habitual. Mas no podemos pasar por alto la del 1858, con la descripción de la misma y las reflexiones que
brotaron de la valiente pluma de un ilustre patricio, que publicó un artículo en Armonía del 4 de julio. En verdad merece figurar por
entero aquí.

El 29 de junio en el Oratorio de Valdocco

Amanecen a veces en la vida ciertos días plácidos y serenos, que alivian las penas y proporcionan al espíritu fatigado grandes alegrías y
esperanzas inenarrables. Estas ((26)) horas, es verdad, brillan y escapan como un relámpago, pero dejan tras sí un recuerdo duradero en el
pensamiento, que se deleita después evocándolas, se alimenta de ellas y hace casi su néctar, cuando ya no existen.

Conmemorábase en el Oratorio de Valdocco el aniversario del día consagrado a los dos grandes apóstoles Pedro y Pablo, y se festejaba
a la vez al angelical san Luis. En Turín, como en cualquier otra ciudad populosa, donde más compacta se apiña la familia humana, están
siempre juntos y marchan a la par, entremezclándose de continuo por todas partes, según los arcanos y adorables designios de Dios,
dolores
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y goces, pobreza y riqueza, vicio y virtud. La verdadera caridad, ni palabrera ni sierva de la moda, sino sencilla y sincera como la fe,
consiste principalmente en sacrificarse a sí mismo en pro de los que sufren y juntar en un solo haz el alivio espiritual y material. Y no
bastan para esto las prudentes leyes y las más estudiadas medidas de la humana sabiduría, si no las vivifica aquel fuego que sólo se
enciende en el corazón de los que, al pie de la cruz, comprendieron el inefable precepto del amor. Por eso yo no puedo resignarme al ver
en nuestros días, por no sé qué perversidad de juicio o malhadado partidismo, hecho blanco de las iras y mofas de algunos al clero
católico que en toda época y en todas partes realizó tan grandes e inauditos prodigios de caridad. Y he aquí que, pasando por alto a otros
muchos, tenemos en nuestra Turín a un humilde sacerdote que, confiando únicamente en la Providencia, concibió la caritativa empresa de
reunir a su alrededor a cuantos muchachos encuentra vagabundeando por las calles, entregados al ocio, faltos de recursos, desconocedores
de su origen divino y de la preciosa herencia para la que fueron creados. No se desalienta ante las dificultades que tropieza a cada paso,
sacrifica todo lo que para sí pudiera ganar, y actuando con una solicitud, que no conoce reposo ni cansancio, consigue ver cumplido en
parte un santo deseo y premiada su constancia. A su voz de apóstol, a la afectuosa elocuencia que brota de su corazón, doblégase
obediente la bulliciosa juventud, se apiña a su alrededor y escucha con respeto sus consejos.

La rústica casita de antaño, mal defendida de los vientos y de los abrasadores rayos del sol, se va agrandando como el grano de mostaza
del Evangelio y se va acondicionando para más cómoda vivienda. La diminuta familia crece hasta alcanzar más de doscientos jóvenes a
los que, ((27)) como a las avecillas de la floresta, provee Dios del sustento necesario. Contigua al internado se levanta una iglesita a
donde va el huerfanito a verter sus lágrimas y sus plegarias a los pies de la Virgen, las cuales, más agradables que los perfumes e
inciensos, recaen como lluvia de celestes gracias sobre los bienhechores de la niñez desvalida.

Hay allí escuelas de bellas artes y una palestra literaria, estudios clásicos y toda fuente de lo bello y de lo bueno, lo cual será motivo de
satisfacción para la patria, acarreará ventaja y honra a las familias pobres, y el ver frutos tan abundantes cuando sólo se comenzaba a
esperarlos, será para el solícito Director un anticipado premio a sus virtudes. Tal vez para alguno de estos muchachos deslizábase triste y
afanosa la vida entre las paredes de su casa; sin la alegría de los padres, sin la ternura de una madre, sin la sonrisa de los familiares; sólo
con gritos, miseria y sufrimientos que enturbiaban la serenidad. Lo vio el apóstol, lo estrechó entre sus brazos con amor de padre y lo
acogió gozoso en el Oratorio, donde con gran ternura se educan las mentes tiernecitas y se doblan temprano al suave yugo del Señor, se
las encamina con solicitud por el recto sendero, según atestiguan los muchos que ya salieron convertidos en piadosos y celosos
eclesiásticos, en religiosos y misioneros por lejanas tierras, en militares intachables en medio del licencioso ambiente de los
campamentos, en honrados y diestros obreros, padres de familia, ejemplo de sus hijos en toda virtud pública y privada.

Pues bien, entre todos los días del año hay uno por mucho tiempo esperado, saludado y aclamado con transportes de júbilo por los
muchachos de Valdocco. Es el día de la fiesta de san Luis Gonzaga, patrono de la juventud.

Para celebrarlo se ponen en movimiento, con mucho tiempo de anticipación, los instrumentos de música y laúdes, panderetas y
violonchelos armonizan dulcísimas sinfonías, y se inspira el genio de los poetas para cantar al Santo tutelar. Ya para las
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primeras vísperas de la vigilia se adorna la iglesia con colgaduras, franjas doradas recorren la cornisa, lámparas y arañas de luz cuelgan de
los muros, el altar se reviste con todas sus galas, todo son luces, flores y armonía.

Al día siguiente, con las primeras luces de la aurora, comenzó el incruento sacrificio; sucedíanse los sacerdotes en el altar y repartíase a
la numerosa muchedumbre el Pan de los Angeles, ((28)) mientras las argentinas voces del coro juvenil se unían a las graves y prolongadas
notas del órgano, extasiaban el alma y la embriagaban de delicia sobrehumana. Alternábanse de este modo las horas de oración con las de
recreo; hubo, después, misa solemne, vísperas cantadas, panegírico del Santo. Cerró los actos religiosos una solemne y devota procesión
que fue como la corona de todos ellos. Era un espectáculo conmovedor ver a aquellos muchachos del pueblo, alineados en dos filas, que
marchaban con aire modesto y recogido, mientras unos hacían sonar los instrumentos de la banda, otros cantaban himnos y finalmente
algunos llevaban a hombros la estatua del Santo Patrono. Cerró el solemne acto la bendición con el Santísimo impartida a la nutrida
muchedumbre.

Después de ofrecer a Dios las primicias, y la mayor parte de la jornada, llegó la hora de las alegres diversiones. Reuniéronse todos en el
espacioso patio, donde en lo alto de un balcón extraíanse y se proclamaban entre alegre gritería los números de la rifa, para la cual se
habían repartido gratuitamente un poco antes los billetes. El afortunado podía escoger libremente el premio entre los mil diversos objetos
expuestos en mesas oportunamente preparadas, mientras latía fuertemente el corazón y temblaba la mirada de los espectadores, no
favorecidos todavía por la suerte, víctimas del ansia mal reprimida.

Mientras tanto se van apiñando los espectadores en otra sala. Se encienden las luces, la orquesta afina y prepara los instrumentos, y por
fin, se levanta el telón. Y he aquí a los alumnos de don Bosco, transformados en actores para representar con gracia y desenvoltura
admirable: allí, el cómico con todos los secretos de una mímica perfecta, tan al vivo, tan al natural, que no se podría pedir más al artista
consumado; allí, el padre noble, el viejo criado; allí, el personaje que canta y habla a las mil maravillas. El público aplaude con frenesí y
quisiera parar al día en su rápida carrera. Pero el espectáculo teatral toca a su fin y, como todo lo mortal, pasa y fenece.

Ya empezaba la noche a desplegar su manto y hacíase cada vez más densa la oscuridad, cuando de pronto se oyó un estampido y el
silbar de los cohetes que rasgaban las tinieblas con repentino fulgor. Cintas de fuego trazaban sus espléndidas curvas bajo la bóveda del
cielo y estallaban esparciendo haces de centelleantes estrellitas. Cortada la cuerda que lo tenía preso, se lanzó a lo alto un globo
aerostático que subió al espacio y se perdió entre las oscuras tinieblas, mientras la muchedumbre arrobada tendía la mirada y aplaudía sin
cesar.

((29)) Difícil trabajo sería querer expresar con palabras el gozo que se traslucía en todos, la alegría de la multitud de padres y parientes
que habían acudido, el orden que reinaba en todas partes, los solícitos cuidados de don Bosco y de sus colaboradores, para que resultara
lo más espléndida y agradable posible aquella fiesta de familia.

iAh!, sin duda puede con razón envidiar estas diversiones sencillas e inocentes la edad provecta arrebatada por el turbión del mundo,
donde se ríe a flor de labios, mientras el corazón está desgarrado y, donde a los vanos placeres, sigue frecuentemente con pie veloz el
aburrimiento y un remordimiento duradero.

Hubiera yo deseado que estuvieran presentes en el Oratorio de Valdocco, como
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en magnífica escuela de virtud, los que con hueras palabras, desmentidas las más de las veces por los hechos, están sentando cátedra de
supuesta democracia, explotando la credulidad del pueblo para escabel de sus ambiciones. Allí aprenderían cómo y con cuánta ventaja
para los individuos y para la comunidad, se ennoblecen los ánimos, informados por la religión, cómo se elevan, digámoslo así, sobre su
natural manera de ser, y llegan a ser capaces de grandes cosas. En el Oratorio de Valdocco está como en su casa la santa y hacendosa
fraternidad, que a todos une en apretado y dulcísimo vínculo, porque todos son hijos de un mismo rescate, y a todos protege, anima y
amaestra por igual.

Al Apóstol de la juventud de Turín, al humilde sacerdote, que multiplicó entre nosotros los grandes ejemplos de Felipe Neri y de
Vicente de Paúl, como a insigne bienhechor de la humanidad, debemos eterna gratitud, y es nuestra herencia y nuestro deber de
ciudadanos mantener su gloria y propagarla.

Conde VICTOR DE CAMBURZANO Diputado

El conde de Camburzano, apodado el Montalembert de Italia, adicto amigo y bienhechor del Oratorio, fue testigo aquel año de cómo
descubría don Bosco los secretos de los corazones desde lejos. Estaba veraneando en Niza cuando un día tuvo ocasión de hablar de él en
una tertulia, donde se encontraban personas de la alta sociedad, cuya religiosidad era bastante ((30)) postiza o ajada. Las maravillas que
contaba el Conde hicieron asomar a los labios de aquellos señores más de una sonrisa burlona, y una dama lo interrumpió con estas
palabras:

-Me gustaría ver si ese reverendo sabe decirme el estado de mi conciencia; y si lo adivina, os aseguro que creeré todo lo que queráis.

Aplaudieron los presentes y se determinó hacer la prueba.

La señora, escribió allí mismo a don Bosco. El Conde metió la carta cerrada dentro de un sobre con una hoja en la que le rogaba diera
alguna palabra de consuelo a aquella pobre dama. Efectivamente ella se sentía habitualmente víctima de profunda aflicción.

Don Bosco respondió con su acostumbrada puntualidad al Conde:

-Diga a esa señora que, para alcanzar la paz, debe reconciliarse con su marido del que se ha separado.

Y en una esquelita para la dama, añadía:

-Su Señoría puede quedar tranquila arreglando sus confesiones, desde hace veinte años hasta el presente; y corrigiendo los defectos
cometidos en el pasado.

La noticia de que aquella señora estuviera separada del marido resultó completamente extraña y nueva para el conde de Camburzano,
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puesto que él y muchos otros de sus conocidos la tenían por viuda. Pero, cumplido el recado, hubo de reconocer que don Bosco estaba
realmente iluminado por Dios, pues, la misma señora le aseguró que estaba separada de su marido; y, muy sorprendida por la esquela
recibida, no puso ninguna dificultad en reconocer que el hombre de Dios le había escrito cosas absolutamente verdaderas.

Algún año después aseguraba el conde al caballero Federico Oreglia di Santo Stefano que don Bosco nunca había conocido a aquella
persona.

Otra cosa maravillosa de don Bosco era también su constancia en la difusión de las Lecturas Católicas.

La entrega ((31)) para el mes de julio llevaba el título: Vademécum del Cristiano: avisos importantes acerca de los deberes del Cristiano
para que cada uno pueda alcanzar la salvación en el estado en que se encuentra. Turín, Paravía 1858.

AL LECTOR

Este librito se titula Vademécum del Cristiano, porque puede servir de fiel compañero a todo el que desea salvarse en el estado en que
se encuentra. La materia, que en él se contiene, no es una instrucción razonada, sino únicamente una colección de avisos adaptados a las
diversas condiciones de los hombres. Estos avisos han sido sacados de la Biblia, de los Santos Padres, y especialmente de las obras de
san Carlos Borromeo, san Vicente de Paúl, san Francisco de Sales, san Felipe Neri y el beato Sebastián Valfré. Si estos avisos acarrearon
mucho provecho espiritual a las almas que tuvieron la dicha de oírlos de labios de estos gloriosos santos, hay motivo para esperar que no
quedarán sin fruto los que los lean impresos. Recomiendo a los padres, a las madres, a los párrocos y a todos los que se interesan por la
salvación de las almas, que, no sólo los lean, sino que los hagan leer a los que están a su cuidado. Si estos avisos se introducen en las
familias cristianas, no será ciertamente escaso su fruto, lo mismo en lo espiritual que en lo material; y pienso que podrán llamarse
dichosas aquéllas, en las que sean leídos y practicados. Secunde Dios mis deseos y derrame abundantes bendiciones sobre todos los que
los leyeren, para que sea copioso el fruto que espero puedan producir a las almas por la gracia de Dios.

Afmo. en Jesucristo
JUAN BOSCO, Pbro.

Algunos de estos avisos sobre los deberes del cristiano, eran generales para todos los fieles, y otros especiales para los cabezas de
familia y para las madres, para los jóvenes, las muchachas y las personas de servicio.

Donde se guarda íntegra la moralidad, no es posible que languidezca la fe y triunfe la herejía.
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((32)) Había pensado don Bosco volver a Roma aquel mes, pero después renunció a ello. No nos consta cuál fuera el motivo de este
proyecto: tal vez un servicio a la Sede Apostólica, tal vez los asuntos de las Lecturas Católicas. Es probable que confiara a otros el
despacho de los importantes asuntos que llevaba entre manos. Se deduce su intención de una carta que escribió el conde De Maistre a un
canónigo de Roma.

Veneradísimo Sr. Canónigo:

Don Juan Bosco, al que usted conoció en nuestra casa, prepara un nuevo viaje a Roma para despachar algunos asuntos que dejó
pendientes por haber anticipado la salida. He pensado que no sería indiscreción por mi parte acudir a la probada cortesía de V.S. Ilma.
para con nosotros, pidiéndole, si acaso estuviere todavía disponible, la habitación en casa de su señor hermano, donde tuvo la bondad de
recibir al señor barón de Morgan; de no ser así, le quedaría muy agradecido si quisiera encargarse de buscar otra habitación decente, en la
que pudiera don Juan Bosco pasar dos o tres semanas y, pagando la pensión, encontrar también la comida. Usted, señor Canónigo
Veneradísimo, que conoce a don Bosco, sabe que es un huésped fácil de contentar, de amena y piadosa convivencia y nuestro dignísimo
amigo: siendo usted también, como creo y espero, nuestro buen amigo, no le resultará desagradable atender mi ruego y hacernos este
buen servicio.

Salgo para Francia, por lo que, si usted me quiere honrar con una agradable respuesta, tenga la bondad de enviarla a Francisca, o
también a mi mujer (en Chieri, provincia de Turín). Espero que su señora madre goce siempre de buena salud y que no haya sufrido con
el excesivo calor; ofrézcale por favor, mis obsequiosos saludos y acepte también usted, Veneradísimo Señor, el testimonio de mi
afectuoso respeto.

Turín, a 2 de julio de 1858.

Humildísimo y devotísimo servidor Conde DE MAISTRE

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)

CAPITULO III

CONVERSIONES EN PUNTO DE MUERTE

EL bien que don Bosco hacía a través de las Lecturas Católicas le había otorgado tal fama de virtud y de saber, que hacía pusieran en él
su esperanza las almas buenas que deseaban la conversión de los pecadores obstinados en los últimos instantes de su vida. A los hechos
ya contados, añadimos los siguientes.

Encontrábase gravemente enfermo en Turín cierto empleado del Gobierno, que había intervenido en la ejecución de ciertas leyes contra
los derechos de la Iglesia. Hacía tiempo que vivía alejado de los sacramentos: la lectura continua de pésimos diarios había apagado en su
corazón todo sentimiento de fe. El farmacéutico había hecho saber al párroco que el médico de cabecera había dicho en su rebotica que
aquel señor no llegaría a la noche del día siguiente. Como el párroco sabía a ciencia cierta que el tal enfermo no quería saber nada de
curas y, convencido de que le rechazaría, envió recado a don Bosco rogándole que intentara salvar aquella pobre alma.

Don Bosco consintió y, he aquí que, al entrar en la casa, se encontró con la sorpresa de que salió a su encuentro un jovencito muy
avispado con grandes muestras de afecto y alegría.

((34)) Era uno de los chicos más asiduos del Oratorio festivo de Valdocco e hijo del enfermo, al que su padre profesaba un cariño
entrañable; constituía todo su bien y felicidad en este mundo, y, aunque irreligioso, se dejaba dominar por su chiquito. Este tomaba a
menudo el crucifijo, se lo daba a besar y su padre, para no disgustarlo, no lo rechazaba.

Decíale a veces su hijo:

-Quieres que vaya a llamar a don Bosco para que venga a darte la bendición? La bendición hace mucho bien y te curará.
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El padre contestaba que no, pero de modo que su hijo no se disgustara; y barbotaba después para sus adentros:
-íCuántas supersticiones meten en la cabeza de los muchachos estos curas!
El chiquillo, pues, en cuanto vio a don Bosco, se abalanzó sobre él.
-Don Bosco, venga, venga, mi papá está muy malo.
-De veras? Dile, entonces, si quiere que pase a hacerle una visita.
-íSí, sí, papá está conforme!
Y sin más entró en la habitación.
-íPapá, papá, aquí está don Bosco! Estás conforme en que pase, verdad?
Y sin guardar contestación, de un brinco salió y agarró a don Bosco por la mano:
-Venga, venga; papá le espera, venga a darle la bendición.
Don Bosco insistía en que volviera a anunciarlo de otra manera más cumplida, quería preguntarle qué había respondido su padre, pero

el muchacho no le dejaba hablar y lo empujó hasta dentro de la habitación. Cuando aquel señor vio a don Bosco, le miró con los ojos
hechos ascuas. Don Bosco no perdió la serenidad y presuroso le preguntó:
-Cómo se encuentra?
-Como me ve, respondió secamente el enfermo.
((35)) -íAnimo! Alberto rezará mucho por usted. Yo me uniré a él...
-Don Bosco, no creo en esos cuentos; no me hable de ello.
El hijo, desconcertado por la manera descortés con que había sido recibido don Bosco, salió de la habitación. El Siervo de Dios
aprovechando la circunstancia de haber quedado a solas con el enfermo, sin pérdida de tiempo, prosiguió:
-No cree Su Señoría en la eficacia de la oración de un inocente?... Por lo demás, yo no he venido aquí a molestarle; me encontraba por
este barrio y consideré para mí un honor hacerle una visita por el gran aprecio que le profeso.
Y con su estilo amable y gracioso contó unas anécdotas amenas de actualidad, con lo que se entabló un diálogo, que regocijó al pobre
enfermo y serenó un poco su ceñuda frente.
Cuando don Bosco vio que le interesaba la conversación, díjole de pronto:
-Se me hace tarde, no quiero molestarle por más tiempo; pero permite que le dé una bendición antes de marcharme?
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Aquel señor, sin enojarse, contestó fríamente:
-Haga como le plazca.
Entonces don Bosco llamó al chico:
-íAlberto!
Y él replicó:
-Por qué llama a mi hijo?
-Quiero que diga conmigo una avemaría por su papá.
-No hace falta... No se moleste.
Pero don Bosco volvió a llamar:
-íAlberto!
Llegó el chico y le dijo don Bosco:
-Escucha, Alberto; recemos una avemaría por tu papá. Mira, está malo, muy malo, y es preciso que Dios te lo conserve. Qué harías tú si

lo perdieras? Quedarías solo, abandonado, sin tu primero y más querido amigo, sin ((36)) tu apoyo, sin tu fiel consejero. íCuántas
ocasiones en medio del mundo, cuántos compañeros desleales, cuántos libros malos encontrarías con peligro para tu inocencia! Nadie te
alertaría, nadie te alargaría la mano para socorrerte. Tu inexperiencia te llevaría a dar algún mal paso. íPobre Alberto! Y después, en
punto de muerte, ícuántos remordimientos por no haber tenido a tu lado quien te hiciera de ángel custodio! Y en la eternidad, ítal vez
tuvieras que estar separado para siempre de tu padre!

Vertía estas y parecidas ideas con frases breves, prudentes, enérgicas; hablaba al hijo para que entendiera el padre. Contaba lo que le
había sucedido al mismo enfermo, huérfano desde la niñez, haciendo un compendio de su vida. Alberto lloraba, el padre se contenía, pero
se veía que estaba hondamente conmovido. Don Bosco acabó diciendo:

-Ea, pongámonos de rodillas y recemos no una, sino tres avemarías.
Luego mandó al chico que se retirara y dijo al enfermo:
-Santígüese.
Hizo el enfermo la señal de la cruz con indiferencia y don Bosco le dio la bendición. Y pasó después a preguntarle con naturalidad por

sus estudios, por los cargos que había ocupado, haciéndole hablar de los años de su adolescencia, de su juventud, de su edad madura.
Comenzó el enfermo a soltar alguna confidencia y don Bosco, sin dar muestras de que investigaba, bromeando y compadeciendo las
flaquezas humanas, arrancó de sus labios cuanto bastaba para formarse un somero juicio del estado de su alma. Entonces, viéndolo muy
cansado, le dijo:
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-Ahora, si usted quiere, le doy la absolución.
-La absolución? Pero antes de la absolución hay que confesarse y yo no quiero hacerlo.
((37)) -Pero usted ya se ha confesado, y yo lo he comprendido todo.
-Y basta esto?
-Basta. Rece el acto de contrición.
-Es posible?
-Sí. Dios le perdona todo. Es así de bueno y de misericordioso con los que se arrepienten sinceramente.
El enfermo rompió a llorar y a decir con pena:
-íAh, sí; Dios es verdaderamente bueno!
Y se quedó sin fuerzas de un modo alarmante. Comprendiendo don Bosco que le restaban pocas horas de vida, apoyándose en las

declaraciones del médico, se dio prisa. Hízole todavía algunas preguntas y, persuadido de que estaba dispuesto a hacer lo que le pedía la
Iglesia, lo absolvió. Por último, después de prometerle que se cuidaría de Alberto, se apresuró a enviar recado al párroco de San Agustín
para que le administrara el santo Viático.

El párroco acudió inmediatamente y llevó también consigo los Santos Oleos, que sólo pudo darle sub unica unctione (bajo una unción
sola), porque el pobrecito expiraba.

En otra ocasión fue invitado don Bosco a visitar a un notario enfermo, feligrés de la parroquia del Carmen. Habían resultado inútiles
todos los esfuerzos de los sacerdotes para reconciliarlo con Dios. Don Bosco, que en algún tiempo había estado en relación con él, aceptó
el ir a visitarlo. Fue recibido muy cortésmente, pero con toda frialdad. Según su costumbre, se apresuró a pedir noticias sobre la
enfermedad, consoló afectuosamente al paciente, y le alegró jovialmente con su amena conversación. El notario quedó encantado. Pasó
después don Bosco a tratar de las cosas del alma, pero aquel señor, poniéndose en guardia, le interrumpió:

-Cambiemos de conversación; ya conoce usted mis ideas... Jamás me dejaré convencer para confesarme.
-Y eso, por qué?
((38)) -Porque no creo en la religión. Mire los libros que tengo sobre la mesa.
Acercóse don Bosco y tomó uno de aquellos volúmenes: eran las obras de Voltaire. Volvióse al enfermo y preguntóle:
-Y con eso, qué?
-íCompréndalo! Uno que tenga las convicciones de este ilustre escritor, jamás tendrá la debilidad de confesarse.

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-Usted llama debilidad a la confesión? Y no sabe que este hombre, cuyas ideas dice compartir..., este hombre a quien llama ilustre,
quería confesarse a la hora de la muerte?

-íEso además!

-Eso es cierto; y se hubiera confesado, si sus amigos no se lo hubiesen impedido brutalmente.

Y don Bosco le narró cómo fue la muerte de Voltaire.

El caballero escuchaba con interés y conmoción que crecía por momentos. Don Bosco concluyó:

-íY ahora le diré por qué espero que Voltaire se haya salvado!

-Es posible?, exclamó el enfermo temblando de pies a cabeza.

-íMuy posible! La Sagrada Escritura sólo de uno afirma claramente que se haya condenado: Judas. De los demás no quiso nuestro
Señor que conociéramos la suerte eterna, para que tuviéramos la esperanza de la salvación de todos.

-Se puede creer que Voltaire se haya salvado después de todo lo que dijo, hizo y escribió?

-íDios es tan bueno y tan misericordioso! Querido amigo, un solo acto de amor basta para borrar cualquier culpa.

-íVoltaire salvado!

-Yo puedo tener mi opinión. Por tanto puedo considerar ((39)) como cierto que se haya salvado. En efecto, qué le faltó? Tenía deseo de
confesarse, su dolor era desgarrador; sólo tuvo la desdicha de no tener al sacerdote. Pero en el momento que antecedió a su muerte,
cuando se vio próximo a perderse, si, calmado el horror de la desesperación, hubiera concebido un acto de amor a Dios, y por tanto, de
verdadero arrepentimiento, es cierto, es de fe que se salvó.

El enfermo callaba y, después de meditar un rato, exclamó resueltamente:

-Quiero confesarme. Tome esos libros, no los quiero en mi casa: haga de ellos lo que quiera.

Se confesó, a las ocho de la tarde recibió el Santo Viático, a las diez se le administró la Unción de los enfermos, le dieron la bendición

papal y, antes de media noche, murió con verdaderos sentimientos de fe, de dolor, de esperanza y de amor a Dios, dejando en todos la
más consoladora certeza de su eterna salvación.

Don Bosco volvió al Oratorio con su fardo de libros prohibidos, que al instante entregó a las llamas, diciendo a sus muchachos:

-Demos gracias a Dios por todo.

También abrió don Bosco las puertas del cielo a otros que hubieran
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muerto impenitentes; tenemos sobrada razón para esperarlo así. Juan Bisio, que desde 1864 hasta 1871 estuvo prestando servicio en su
antesala, nos aseguró:

-Puedo afirmar que don Bosco recibía muchas llamadas para ir a confesar en la ciudad a pecadores enfermos y obstinados, y al
preguntarle a su regreso al Oratorio, me contestaba:

-íSe ha confesado!

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((40)
)

CAPITULO IV

NUMERO DE ALUMNOS EN EL ORATORIO -CARTA DE DON BOSCO AL CLERIGO RUA DESDE SAN IGNACIO -COMETA
Y PREVISION DE AZOTES SOBRE ITALIA -DOS LECTURAS CATOLICAS -EXCAVACIONES DEBAJO DE LA IGLESIA
PARA UN NUEVO REFECTORIO -ALQUILER Y REPARACIONES EN EL ORATORIO DE VANCHIGLIA -DON BOSCO VA A
PREDICAR A PALASAZZO JUNTO A CUNEO -ANUNCIA LA CIRCULAR DEL CARDENAL VICARIO RECOMENDANDO
LAS LECTURAS CATOLICAS -LA CIRCULAR DEL CARDENAL -UNA FIESTA Y UNA PEREGRINACION A LA VIRGEN DEL
CAMPO -DON BOSCO PREDICE A UN ALUMNO DE LAS ESCUELAS ESTATALES QUE SERA SACERDOTE -SINGULAR
ACEPTACION DE FRANCISCO PROVERA EN EL ORATORIO

HABIA terminado el año escolar 1857-58. El Oratorio había tenido ciento noventa y nueve alumnos; ciento veintiún estudiantes y setenta
y ocho aprendices, según dejó anotado don Bosco en sus registros. A continuación subía con don José Cafasso a San Ignacio para hacer
ejercicios espirituales. Desde aquel santuario escribió varias cartas de respuesta a las que le enviaron sus alumnos. He aquí la que dirigió
al clérigo Miguel Rúa:

Fili mi:

Gaudium et gratia Domini Nostri Jesu Christi sit semper in cordibus nostris. Nonnulla monita salutis postulasti; libenterfaciam et paucis
verbis.

((41)) Scito ergo et animadverte quod non sint condignae passiones hujus temporis adfuturam gloriam quae revelabitur in nobis.
Ideoque hanc gloriam incessanti animo et labore quaeramus.

Vita hominis super terram est vapor ad modicum parens; vestigium nubis quae fugit; umbra quae apparuit et non est; unda quaefluit.
Bona igitur hujus vitae parvi habenda, coelestia studiose optanda.

Laetare in Domino: sive manduces, sive bibas, sive quid aliud facias, omnia ad maiorem Dei gloriam fac.

Vale, fili mi, et deprecare pro me ad Dominum Deum nostrum.

S. Ignatti apud Lanceum, 26 julii 1858
Tuus sodalis
Sac. BOSCO

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Hijo mío:

La alegría y la gracia de Nuestro Señor Jesucristo esté siempre en nuestros corazones. Pediste algunos saludables avisos; lo haré con
gusto y en pocas palabras.

Entiende, pues, y advierte que los padecimientos de esta vida no guardan proporción con la gloria futura, que se manifestará en

nosotros. Busquemos, por lo tanto, esta gloria con anhelo y trabajo incesante.

La vida del hombre sobre la tierra es vapor que pronto se disipa; paso de nube que huye; sombra que apareció y ya no es; ola que fluye.

Se deben, pues, tener en poco los bienes de esta vida, y desear con afán los del cielo.

Alégrate en el Señor: ya comas ya bebas, ya hagas cualquier otra cosa, hazlo todo a la mayor gloria de Dios.

Vale, hijo mío, y ruega por mí a nuestro Dios y Señor.

San Ignacio, a 26 de julio de 1858

Tu amigo Sac. BOSCO

De regreso a Turín y, hallándose en medio de un nutrido corro de muchachos, decía José Reano que había aparecido en el cielo un
cometa de extraordinaria magnitud.

-Sea ello o no presagio de calamidades, le contestó don Bosco, por desgracia debe caer sobre Italia algún azote, que traerá gran daño a
nuestra patria.

El mes de agosto aparecía en las Lecturas Católicas un cuento conmovedor anónimo, Antonio, el Huerfanito de Florencia. Se trata de
un chico vendido a una compañía ecuestre de titiriteros, que se mantiene virtuoso en medio de pruebas terribles, y consigue por fin volver
a su pueblo, después de sorprendentes aventuras.

Con los trabajos de la inteligencia se entrelazaban los materiales. A todo lo largo de la iglesia de san Francisco de Sales se excavó un
subterráneo, para trasladar allí el refectorio de los muchachos. Hubo que renovar el piso de la iglesia y, para sostenerlo, se construyó una
bóveda. El antiguo refectorio se convirtió en cocina.

((42)) También había que hacer grandes gastos en el Oratorio del Angel Custodio en Vanchiglia. Escribía don Bosco sobre ello a uno
de los propietarios, el señor Alejandro Bronzini Zappelloni:

Ilustrísimo Señor Abogado:

Tan pronto como recibí su respetable carta, me apresuré a comunicar el contenido de la misma al teólogo Murialdo, con quien después
de ponderarlo todo diligentemente, hemos llegado a esta conclusión:

También nosotros queremos disminuir los gastos lo más posible; por consiguiente, como los trabajos propuestos son imprescindibles,
hemos deliberado contribuir

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de este modo: daremos cuatrocientas liras para ayuda de los gastos a hacer; o también nos comprometemos a realizar nosotros las obras
con los medios de que disponemos, siempre que usted, nos reintegre mil quinientas liras; lo cual no le será molesto, teniendo ya
entregadas ochocientas liras a cuenta, al teólogo Murialdo.

Pero nótese que desistimos de la petición de cubrir el techo con tablas, con tal de que quede defendida contra el agua del mismo techo
la bóveda de la iglesia. Entre los trabajos que tenemos intención de tomar a nuestro cargo, no contamos con la reparación del techo, que
corresponde efectuar al propietario, prescindiendo del estado del Oratorio.

Advierto también que los alquileres han disminuido realmente, como usted sabe ciertamente mejor que yo, que arriendo aquí un edificio
por el que pagaba novecientas cincuenta liras y ahora queda reducida esta suma a quinientas; lo mismo sucedió también en el Oratorio de
Puerta Nueva y en otros edificios.

Esta es la respuesta que podemos darle: hacer mayores gastos supera nuestras fuerzas. Pero yo sería del parecer que se considerara este
Oratorio como una obra de beneficiencia que debe ser sostenida por todos; nosotros le dedicamos nuestro trabajo y los haberes que
podemos. Es necesario que también usted y el señor abogado Daziani hagan algún sacrificio; y estamos convencidos de que esta obra será
muy apreciada ante Dios, que no dejará de ((43)) recompensarlos, aún durante esta vida, bendiciendo sus negocios y sus familias.

Con el mayor aprecio considero un honor para mí poderme declarar,

De V.S. Ilma.

Turín desde mi casa, 1 de agosto de 1858

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

A pesar de tener que atender estas gestiones y muchos otros trabajos, don Bosco aceptaba predicar fuera del Oratorio, en iglesias
públicas y en oratorios privados. En efecto, escribía así al conde Pío Galleani de Agliano:

Benemérito señor Conde:

En cumplimiento de mi promesa prevengo a V.S. que voy a ir a su casa para el panegírico de Santa Filomena. Saldré el domingo, en el
primer convoy después del mediodía. Llegado a Cúneo iré al Palacio Episcopal y, después, al "Gran Palacio".

Pero no puedo complacerle del todo. El martes en el vapor de las dos de la tarde tengo que volver a Turín; por lo cual no puedo predicar
el sermón de la Natividad de María Santísima. La gran escasez de sacerdotes en la ciudad y diversos asuntos, que tengo pendientes, me
obligan a renunciar al gusto de quedarme ahí toda la semana, como había pensado.

Que Dios le bendiga a usted, a la señora condesa y a toda la familia, mientras me profeso con sincera gratitud,

De V.S.

Turín, 1 de septiembre de 1858

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

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Quizá tenía también prisa por el envío del opúsculo de septiembre que se titulaba: Guía de la juventud por los caminos de la salvación,
obra de ((44)) CLAUDIO ARVISENET, publicada en Bruselas por la sociedad nacional de la propagación de los buenos libros.

Era una traducción del francés. El autor, después de un afectuoso prólogo dirigido a los jóvenes, presenta para su meditación las
verdades eternas; la necesidad de empezar a tiempo a servir a Dios que los ama; las penas, aun temporales, con que son castigados los
jóvenes que viven en pecado; la obediencia que deben a los padres y a los superiores; la devoción a María; las virtudes que han de
practicar y los peligros que deben evitar; la frecuencia de los sacramentos recibidos dignamente; la sumisión al Papa, a la Iglesia y a sus
pastores; la devoción al santo Angel de la Guarda y al Santo protector, cuyo nombre lleva cada uno.

Esta entrega llevaba en sus primeras páginas un documento importantísimo, prueba evidente de la benevolencia de Pío IX y de su
especial aprecio a las Lecturas Católicas. Don Bosco había obtenido el gran favor de que Su Santidad ordenara a su Vicario, el
eminentísimo cardenal Patrizi, que, con una circular expresa, recomendase esta publicación periódica a todos los arzobispos y obispos de
los Estados Pontificios y la introdujeran en sus diócesis. La circular llevaba fecha del veintidós de mayo.

Al imprimirla, don Bosco la encabezó con unas palabras de presentación:

A los beneméritos suscriptores y a los benévolos lectores de las Lecturas Católicas.

Hace pocos meses que esta Dirección, llena de satisfacción, os daba la noticia de que Su Santidad el Papa reinante Pío IX, por su gran
bondad, dignábase impartir la bendición apostólica a todos los que trabajan en la difusión de las Lecturas Católicas. Con no menor
consuelo os participo ahora que su Santidad misma se ha dignado favorecer la difusión ((45)) de estos libritos de muchas otras maneras.
Dio orden al eminentísimo cardenal Vicario de enviar una circular a los Obispos y Arzobispos de los Estados Pontificios para que
emplearan su paternal solicitud a fin de introducirlos en sus respectivas diócesis, dispensó de los derechos de aduanas y del franqueo
postal lo mismo los paquetes postales que los ejemplares sueltos dirigidos a sus Estados. La voz del Supremo Jerarca de la Iglesia obtuvo
el efecto deseado. Arzobispos, Obispos, Vicarios Generales, Párrocos y otros celosos personajes se preocuparon de dar a conocer estas
Lecturas y los asociados aumentaron hasta llegar a doce mil, sólo en los Estados Pontificios.

Todo esto sirve de consuelo para vosotros como lo es para nosotros. Nuestros humildes trabajos y vuestras constantes preocupaciones,
bendecidas por el Vicario de Jesucristo, no dejarán de dar frutos proporcionados a las necesidades.
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La Dirección tiene gran esperanza de que la voz del Padre común de los fieles será escuchada también por nosotros y nos servirá de
consuelo a nosotros y a vosotros, beneméritos suscriptores y amables lectores, para perseverar en la santa empresa de dar a conocer cada
vez más estas publicaciones populares, industriándonos para que se difundan por donde todavía no se conocen.

Recibiréis también un ejemplar de la circular de su eminencia reverendísima el Cardenal Vicario en favor de las Lecturas Católicas.

La bendición del Sumo Jerarca de la Iglesia os colme a todos de gracias y favores del cielo, como de todo corazón os deseamos,
mientras tenemos el gusto de podernos profesar con gratitud.

Turín, 15 de septiembre de 1858

Por la Dirección JUAN BOSCO, Pbro.

Y he aquí la circular:

Ilustrísimo y Reverendísimo Señor:

Es un hecho innegable que los hombres perversos trabajan con todo su ahínco para desmoralizar los pueblos, tenerlos preparados para
secundar sus pésimos planes y así alcanzar sus intentos.

((46)) Para esto acuden a diversos medios, entre los cuales les resulta muy eficaz la difusión de libros e impresos corruptores y a
menudo contrarios a los dogmas de nuestra santa religión. El daño no está al descubierto, sino a la sombra de una sutil hipocresía, bajo la
dorada capa de un estilo elegante y ameno, y haciendo alarde de tratar temas tan interesantes y atrayentes que rápidamente llegan a manos
de muchísimos incautos de todas las clases sociales, los cuales beben de este modo casi inadvertidamente el veneno que tal vez les
acarree un daño irreparable.

Y esto no sucede sólo en las grandes ciudades, sino también en los más humildes y remotos lugares, donde la antigua costumbre de
pasar algún rato, especialmente en la estación invernal, leyendo trozos de la Historia Sagrada o de otro libro bueno y religioso, queda
substituido por la lectura de librejos lascivos e inmorales.

Pero nunca ha sucedido que los buenos católicos no hayan intentado oponerse a los esfuerzos de los impíos. Efectivamente, para
combatir el grave mal que acabamos de mencionar, se ha organizado una sociedad de doctas y piadosas personas eclesiásticas o seglares,
que se proponen impedir los desórdenes, que hemos de lamentar al presente, mediante la publicación mensual de libritos con el título de
Lecturas Católicas que, por sus variados temas y su estilo sencillo, agraden y estén al alcance de todos. El único fin de estas Lecturas es
el de conservar en el ánimo de los católicos la integridad de la fe, la santidad de las costumbres y aumentar en ellos el amor y respeto
sincerísimo, que se debe a la sagrada persona del Sumo Pontífice Padre universal de todos los fieles, así como también unirlos más y más
a sus obispos.

Su Santidad el Papa, atento siempre al bien de todos y ampliamente informado del bien conseguido con estas Lecturas Católicas en los
lugarse donde se han abierto paso, ha aprobado y alabado la piadosa iniciativa de introducirlas también en los Estados Pontificios y, con
este fin, me ha autorizado a invitar a los Arzobispos y Obispos de esos mismos Estados a ayudar y sostener tan laudable empresa
difundiéndola
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lo más posible por todas las ciudades y villas sujetas a su espiritual jurisdicción.

Este es el motivo por el cual, para el cumplimiento de los deseos de Su Santidad, participo todo esto a V.S. Ilustrísima y
Reverendísima, rogándole, ((47)) al mismo tiempo aceptar los sentimientos de mi más distinguida consideración, mientras beso con
afecto cordial la mano,

De V.S.I. y Rev.

Roma, 22 de mayo de 1858

Su seguro servidor CONSTANTlNO, Card. Vic.

Esta carta circular obtuvo el efecto deseado; desde entonces comenzaron a difundirse las Lecturas Católicas, no sólo por los Estados
Pontificios, sino por casi todas las diócesis de Italia, ya que muchos obispos, siguiendo el ejemplo del Vicario de Jesucristo, las
recomendaron a sus párrocos y éstos a los fieles. Con ello se alcanzaron ventajas: el bien espiritual de mayor número de almas, que
adquirieron más cultura religiosa para crecer en la virtud y una fuente de beneficencia para nuestro Oratorio, pues, al aumentar los
suscriptores a estas Lecturas, creció, por una parte, el trabajo para emplear a más aprendices y, por otra, la módica ganancia que se sacaba
facilitó a don Bosco los recursos para admitir más muchachos pobres en su internado y proporcionarles alimento y vestido, junto con una
buena educación.

Por éste y otros insignes favores que María Santísima había hecho a don Bosco al inspirarle el viaje a Roma, contraía el Oratorio la
obligación de rendirle especial acción de gracias. Así parecía lógica la idea de una nueva peregrinación a la Virgen del Campo. En efecto,
en aquel santuario habíase obtenido el año 1846 la sede estable en la casa Pinardi, y aquel año parecía asegurada, después de la adhesión
del Papa a los planes de don Bosco, la perpetuidad de la Institución. Una invitación al párroco de dicho santuario marcó la fecha. Leemos
en Armonía del 21 de septiembre:

((48)) En la parroquia de la Virgen del Campo, de los alrededores de Turín, se celebró el doce del mes corriente la fiesta del Santísimo
Nombre de María. Hubo una gran concurrencia de fieles lo mismo a la comunión general que a las sagradas funciones de la mañana y de
la tarde. Y si bien se ha celebrado siempre esta fiesta en esta pequeña parroquia, con manifestaciones de piedad y devoción, este año fue
más conmovedora que de costumbre, por cuanto las sagradas funciones fueron acompañadas con los dulces cantos y la armoniosa música
de los muchachos del Oratorio de San Francisco de Sales, dirigidos y educados por el incansable y celosísimo don Bosco. Muchos
feligreses lloraban de emoción y todos encomiaban su habilidad.
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El jueves siguiente tuvo lugar otra edificante función, ya que el mencionado don Bosco fue a celebrar la misa a esta parroquia,
acompañado de unos ochenta alumnos, que comulgaron con gran admiración de todos los presentes, al contemplar la devoción de estos
muchachos. Después de la misa, el buen Padre guardián les obsequió con un frugal desayuno.

Entre los que tomaron parte en esta peregrinación, hubo un joven al que don Bosco había profetizado su porvenir. He aquí cómo
sucedió.

Habían ido a confesarse con don Bosco unos estudiantes de las escuelas del Carmen. A uno de ellos, apellidado Coccone, díjole el buen
siervo de Dios:

-Tú serás sacerdote.

No le hizo gracia al muchacho tal anuncio, pues tenía cierta aversión al estado clerical, y habló de ello a los compañeros, los cuales, de
vez en cuando, se burlaban de él. Don Bosco tratando de ganárselo, se lo llevó con alguno de sus compañeros a la romería de la Virgen
del Campo, juntamente con los muchachos del Oratorio, pero después de algún tiempo, casi un año, Coccone no apareció por el Oratorio.
Don ((49)) Pablo Albera se encontró con él, clérigo ya y condiscípulo suyo en 1861 en los cursos de filosofía.

Pasaron quince años desde el día que hablo con don Bosco por vez primera y, siendo ya sacerdote, encontróse con él un día, en la
colina, cuando se dirigía a San Vito. Lo saludó, lo acompañó, habló con él de diversas cuestiones, pero no se dio a conocer. De repente,
paróse don Bosco, lo miró y le dijo:

-Usted es aquel joven a quien hace quince años le dije que se haría sacerdote.

-Es verdad, contestó Coccone maravillado.

Este joven estaba destinado por Dios para hacer muchísimo bien en las cárceles.

En aquel mismo mes de septiembe de 1858, llevaba Dios al Oratorio, por caminos imprevistos, a otro joven que había de ayudar mucho
a don Bosco. De este modo lo escribía el señor Angel Gámbara, desde Mirabello:

"Mi paisano Francisco Provera era hijo de unos comerciantes honrados y cristianos. Deseaba él ser sacerdote, aunque su padre le quería
para el comercio, dada su mucha maña para los negocios. Su confesor don José Ricaldone le aconsejaba que no chocara con el padre, que
esperara hasta conocer el resultado del sorteo militar y que rezara. Sacó un buen número en el reclutamiento y no tuvo que ir al cuartel.
Entonces don José Ricaldone, que conocía si no de visu
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al menos de fama la Obra del Cottolengo, y sabía que allí se buscaban jóvenes con buenas disposiciones para seguir la carrera sacerdotal,
envió al joven Provera a Turín con una carta en la que daba de él los mejores informes y rogaba fuera admitido en la Pequeña Casa para
estudiar. Nada decía sobre la pensión pensando que el mismo Francisco trataría de palabra mejor que él este asunto. Advierto que en
aquel tiempo en Mirabello no se sabía todavía nada o muy poco de don Bosco. Francisco Provera partió para Turín, ((50)) y unos días
después volvió al pueblo. Se presentó a don José Ricaldone, el cual al verle muy alegre, le dijo:

-Así, pues, has sido admitido en el Cottolengo?
Y Provera respondió:
-No; me dijeron que no hay sitio.
-Que no hay sitio? Pero, no has dicho que podías pagar algo?
-No; no me lo preguntaron y yo no dije nada.
-Entonces, vuelve enseguida a Turín; te daré otra carta más explícita y verás cómo te aceptarán enseguida.
-No hace falta, contestó Provera; he encontrado otro sitio.
-Dónde?
-Al salir del Cottolengo me encaminaba hacia la estación del ferrocarril, cuando vi a un sacerdote que jugaba con unos muchachos, me

paré a mirarlos y el cura, al verme, me llamó, me hizo unas preguntas; le conté el motivo por el que me encontraba allí, y me dijo que
fuera con él y le prometí que iría.
Pocos días después partía Francisco Provera para Turín y llegó a ser el salesiano que todos conocen.
Más de una vez me contaron el hecho don José Ricaldone, la familia Provera y el mismo don Francisco".
50

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((51)
)

CAPITULO V

LECTURAS CATOLICAS -VIDA DEL SUMO PONTIFICE SAN CALIXTO PRIMERO -VENERACION DE LOS ALUMNOS DE
DON BOSCO A MONSEÑOR FRANSONI -MIGUEL MAGONE Y LOS PELIGROS DE LAS VACACIONES -EL PASEO
OTOÑAL -AGASAJOS EN CHIERI -AGRADECIMIENTO DE MAGONE A SUS BIENHECHORES Y A DON BOSCO
PREDISPOSICIONES -HUMILDES ORACIONES A DIOS Y LAGRIMAS DE MAGONE -LA FIESTA DEL SANTO ROSARIO
EXCURSIONES A VARIOS PUEBLOS ALREDEDOR DE MORIALDO -VISITA A LA TUMBA DE DOMINGO SAVIO Y
BANQUETE EN CASA DEL TEOLOGO CINZANO -REGRESO A TURIN -SUPLICA AL MINISTERIO DE LA GUERRA PARA
OBTENER PRENDAS DE VESTIR INSERVIBLES DE LOS ALMACENES DEL EJERCITO -PETICION DE SUBSIDIO A LA
OBRA PIA DE SAN PABLO PARA LOS GASTOS DE LOS SUBTERRANEOS DE LA IGLESIA -PLATICA SOBRE LA VIRTUD
DE LA PUREZA

SE aproximaba la fecha de la excursión a I Becchi, a tiempo que acababan de imprimir las Lecturas Católicas correspondientes a octubre
y noviembre. La de octubre se titulaba: La lámpara del Santuario, por el Cardenal Wiseman, traducción del inglés. Es una narración
ingenua y conmovedora.

La llamecita de la lámpara de plata ((52)) ante el altar de la Virgen lanzaba su luz a través de los vidrios de la ventana, en las horas de la
noche, sobre un recodo del sendero montañoso, donde se abría un profundo barranco. Una jovencita consagrada a María y, por Ella
curada milagrosamente, subía una noche al santuario. En aquel momento su perverso padre apagaba la lámpara para robar, llegó la
jovencita al lugar del peligro y, al no ver la acostumbrada luz, siguió el camino, puso el pie en falso, se despeñó y murió. Pero su muerte
convirtió al padre.

La del mes de noviembre era la Vida del Sumo Pontífice San Calixto primero, original del sacerdote Juan Bosco. Describe la iglesia de
Santa María del otro lado del Tíber, el martirio de san Calixto y exhorta a los cristianos a profesar intrépidamente la fe, venciendo las
pasiones, los halagos del mundo y el respeto humano.

Estas breves biografías de los Papas, que don Bosco solía contar
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desde el púlpito, inspiraban a sus jóvenes oyentes gran respeto y sumisión a las prescripciones del Sumo Pontífice, de todos los obispos y
especialmente a las del Arzobispo de Turín. La conducta de monseñor Fransoni había sido juzgada poco rectamente por una parte del
clero; pero los muchachos educados por don Bosco se habían mantenido firmes y fieles en su veneración y defensa. Sucedió aquel año
que, encontrándose uno de sus clérigos en casa del párroco de Airasca con otros sacerdotes, que tomaban parte en una fiesta, cierto
maestro-sacerdote de Turín, comenzó a criticar a monseñor Fransoni, afirmando que bien se merecía el destierro por su injustificada
obstinación contra el ministro Santa Rosa, al negarle el Viático por no haber querido retractarse de los errores, por los que había incurrido
en censura. Como ninguno se levantara a defender la conducta ((53)) recta y conforme a los cánones del Arzobispo, alzóse el clérigo para
protestar y defenderlo, y lo hizo con tal elocuencia y ardor que, asombrado el maestro-sacerdote, preguntó quién era su joven adversario.
Al enterarse de que era un clérigo de don Bosco, dijo:

-Oh, con los de don Bosco hay que ir con cuidado, antes de tocar ciertos temas.

El clérigo era Juan Cagliero.

Entretanto comenzaba la novena de la fiesta del Rosario. Miguel Magone había ido a casa de su madre, a la que profesaba mucho
cariño, durante la Pascua de Resurrección, pero no quiso volver en las vacaciones otoñales, también porque se lo había aconsejado don
Bosco. Le preguntaron varias veces el motivo, pero él esquivaba la respuesta riendo.

Por fin, un día descubrió el secreto a un amigo suyo.

-Fui una vez, díjole, a pasar unos días de vacación a casa; pero en adelante, si no me veo obligado a ello, no iré.

-Por qué?, preguntó el compañero.

-Porque en casa se encuentra uno con los peligros de antes. Los lugares, las diversiones, los compañeros me arrastran a vivir como lo
hacía antaño y yo no quiero que vuelva a suceder lo mismo.

-Hay que ir con buena voluntad y practicar los avisos que nos dan nuestros superiores antes de salir.

-La buena voluntad es como una niebla, que desaparece poco a poco a medida que vivo lejos del Oratorio; los avisos sirven unos días;
después, los compañeros me los hacen olvidar.

-Entonces según tú, nadie tendría que ir de vacaciones a su casa a ver a los padres?

-Entonces, según yo pienso, vaya en hora buena a vacaciones
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quien se sienta con fuerzas para vencer los peligros; yo no soy bastante ((54)) fuerte. Lo que yo pienso y creo es que si los compañeros
pudiesen ver su interior, muchos se darían cuenta de que van a casa con alas de ángeles y, a su regreso, llevan dos cuernos en la frente
como unos diablillos.

Pero don Bosco no permitió que Magone quedara privado de la necesaria recuperación de fuerzas y, a título de premio, quiso que le
acompañara al acostumbrado paseo de I Becchi, con el primer grupo de excursionistas, entre los cuales se hallaba don Juan Garino,
testigo de lo que narramos. Se emprendió el viaje el día treinta de septiembre, fiesta de san Jerónimo. Durante el camino tuvo don Bosco
oportunidad de conversar largo y tendido con Magone y descubrir en él un grado de virtud muy superior a lo que se esperaba.

Los pilló un inesperado aguacero y llegaron a Chieri totalmente calados. Fueron a casa del caballero Marcos Gonella, que solía recibir
bondadosamente a los muchachos del Oratorio siempre que iban y volvían a Castelnuovo de Asti. Proporcionó a don Bosco y a sus
acompañantes lo que les hacía falta para la vestimenta, y luego los obsequió con una comida por todo lo alto.

Después de unas horas de descanso, volvieron a emprender la marcha. Al cabo de un rato, Magone quedó rezagado, y uno de los
compañeros, creído que estaba cansado, se le fue acercando y se dio cuenta de que susurraba en voz baja. Y le dijo:

-Estás cansado amigo Magone, verdad? No aguantan tus piernas el peso de este viaje?

-íQuita allá! Yo cansado? De ningún modo, iría todavía hasta Milán.

-Qué estabas diciendo ahora cuando caminabas hablando bajito a solas?

((55)) -Iba rezando el rosario de la Santísima Virgen por ese señor que nos ha tratado tan estupendamente; no puedo pagárselo de otra
manera, y por eso ruego al Señor y a la Santísima Virgen que derramen sus bendiciones sobre esa casa y les den cien veces más de lo que
nos han dado a nosotros.

Resulta difícil decir cómo agradecía Magone cualquier favor recibido. Muchas veces apretaba afectuosamente la mano de don Bosco y,
mirándolo con los ojos arrasados en lágrimas, decía:

-No sé cómo expresar mi gratitud por la gran caridad que tuvo conmigo al aceptarme en el Oratorio. Me esforzaré por recompensárselo
con mi buena conducta y pidiendo a Dios que le bendiga a usted y sus trabajos.
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De camino se detuvieron en Buttigliera, donde la condesa de Miglino tenía preparada la merienda para los muchachos, y al anochecer
llegaban, entre aclamaciones y gritos de alegría, a I Becchi, donde don Miguel Angel Chiatellino predicaba la novena del Rosario.
Uno de aquellos días fue don Bosco a una aldea cercana para hablar con el párroco, amigo suyo, de algo que le interesaba.

Tenía éste una ama vieja, tan avara en el cuidado de los intereses de su dueño que, no sólo le había alejado los amigos con su mala cara
y sirviéndoles en las comidas platos escasos y mal preparados, sino que hasta escatimaba la comida a su propio dueño, al extremo de
privarle de lo necesario. Como el cura sabía que era muy fiel, discreta en hablar y verdaderamente buena cristiana, la toleraba y dejaba
hacer. Muchas veces habíale hecho observar los inconvenientes de su proceder, pero eran palabras que se llevaba el viento.

Sabiendo, pues, don Bosco con quién tenía que vérselas, llamó a la puerta de la casa parroquial.
Asomóse el ama y preguntó bruscamente:
-A quién busca?
((56)) -Está en casa el párroco?
-Ha salido.
-Tardará mucho en volver?
-No lo sé. Puede que tarde una hora.
-Si me lo permite, le esperaré. Mientras tanto tengo el gusto de poder saludar a usted. He oído muchas veces hablar muy bien de usted..
.
-De mí?, replicó la criada calmándose.
-íSí, sí! No es usted la señora Dominga?
-Yo soy, cómo sabe mi nombre? Quién se lo dijo?
-Quién me lo dijo?, he oído alabarla muchas veces. Y sé que la señora Dominga es una excelente cocinera, una buena señora, muy hábil

y de buen corazón.
-Y usted quién es?
-Soy don Bosco.
-Don Bosco? Don Bosco el de I Becchi?
-El mismo.
-íDon Bosco! íDon Bosco! Pase, pase...
-No quisiera molestar a usted...
-No, ninguna molestia, con mucho gusto... íTome asiento, don Bosco!
Y lo introdujo, mientras don Bosco seguía deshaciéndose en cumplidos.

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-Se quedará a comer con nosotros?

-Si la señora Dominga tiene la bondad de darme un poco de sopa...

-Figúrese: con mucho gusto. Si se marchara antes de la comida, nos ofendería.

En tanto volvió el párroco; y apenas puso los pies en el umbral, anuncióle el ama la llegada de don Bosco y volvió corriendo a la

cocina. El buen sacerdote rindió a su amigo los más cordiales agasajos, pero estaba preocupado pensando en ((57)) el mezquino yantar
que habría preparado Dominga: y confirmóse en su opinión cuando al toque del mediodía, todavía no estaba preparada la comida.

Mas he aquí que llega la criada, rebosante de alegría, y anuncia que la sopa estaba en la mesa. Quedó atónito el párroco al ver unos
entremeses variados y abundantes, y después platos y más platos...

-íBravo! íViva la señora Dominga que sabe preparar un banquete tan bueno!, repetía de cuando en cuando don Bosco.

-íSi yo hubiera sabido que usted iba a venir... pero así tan de repente... no he tenido tiempo para preparar nada!..., exclamaba Dominga.

Y recordaba al párroco, uno tras otro, los vinos de mejor calidad que guardaba en la bodega.

-Pero, cómo has podido domesticar así a esta buena mujer?, decía por lo bajo el párroco a don Bosco, cuando Dominga volvió a la
cocina; enséñame el secreto.

-Después te lo diré: ahora come y alégrate.

-Sí, sí; estoy satisfechísimo de tu venida; más aún, te ruego que vengas a visitarme una vez a la semana.

-Por qué?

-Porque así podré interrumpir de vez en cuando mi eterna cuaresma.

Las alabanzas y singularmente el título de señora Dominga habían producido el milagro.

De este modo lograba don Bosco su plan, que era preparar el ánimo de la buena ama en favor de sus alumnos para cuando fueran de
paseo a aquella aldea. Y hasta le dio una buena propina por su trabajo.

Al atardecer volvía don Bosco a juntarse con sus muchachos, que habían tenido ocasión de admirar un hermoso acto de ((58)) virtud del
querido Magone. Habían ido a divertirse por la floresta próxima a la casa. Unos buscaban setas, otros nueces o castañas, algunos
amontonaban hojarasca o leña, lo que era para ellos un agradable entretenimiento.
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Estaban todos embelesados en sus diversiones cuando, de pronto, Magone se alejó de los compañeros y, a la chita callando, se fue a casa.
Uno lo vio y, temiendo que le pasara algo, lo siguió. Miguel, creído que nadie lo veía, entró en casa, no buscó a nadie, ni dijo nada a
ninguno, sino que se fue derecho a la iglesia. El que le seguía lo encontró solito y de rodillas ante el altar del Santísimo Sacramento,
rezando con envidiable recogimiento.

Habiéndole preguntado después por qué había dejado a sus compañeros tan inesperadamente para ir a visitar al Santísimo Sacramento,
respondió sinceramente:

-Temo mucho volver a ofender a Dios, y por eso voy a suplicar a Jesús en el Sagrario para que me dé fuerza y me ayude a perseverar en
su santa gracia.

Sucedió otro curioso episodio por aquellos mismos días. Estaban ya una noche todos descansando, cuando oyó don Bosco llorar. Se
asomó despacito a la ventana y vio a Magone en una esquina de la era que miraba al cielo y suspiraba llorando.

-Qué tienes, Magone, te encuentras mal?, le preguntó.

El, que se creía solo y suponía que nadie le veía, se desconcertó y no supo qué responder. Pero como don Bosco repitiera la pregunta,
Magone contestó con estas precisas palabras:

-Lloro al mirar la luna y las estrellas, que hace tantos siglos aparecen regularmente para iluminar las tinieblas de la noche, sin
desobedecer nunca las órdenes del Creador, mientras yo, que soy tan joven, yo que soy un ser ((59)) racional, que debía haber sido
fidelísimo a las leyes de mi Dios, le he desobedecido muchas veces y le he ofendido de mil modos.

Y dicho esto, se echó a llorar de nuevo; don Bosco lo consoló con unas palabras que calmaron su conmoción, y volvió a acostarse.

Era ya la víspera de la fiesta del Rosario. Unos sesenta muchachos del Oratorio, los músicos entre ellos, llegaron a I Becchi, siguiendo
el itinerario del primer grupo. La solemnidad del día siguiente fue sobremanera edificante, al ver a aquellos jóvenes acercarse tan
devotamente a la sagrada mesa, junto con muchas otras personas de los alrededores. La música de la misa solemne y de la bendición con
el Santísimo Sacramento resultó fervorosa y espléndida. Don Bosco predicó:

Antes de la fiesta habían ido los muchachos a visitar algunos pueblecitos próximos a I Becchi, pero las grandes excursiones, como
pomposamente las calificaron los alumnos, siempre estaban reservadas para después de la solemnidad del Rosario. Aquel año todavía,
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duraban sólo medio día o un día entero, y se regresaba al anochecer a I Becchi, donde residía el cuartel general. Montiglio, Passerano,
Primeglio, Marmorito, Piea, Moncucco, Albugnano, Montafía, Cortazzone, Pino de Asti recibieron con aplausos, por otoño, a los
muchachos guiados por don Bosco.

Fueron varias veces a visitar el Santuario del Vezolano, cuya leyenda les contaba el siervo de Dios. Estas excursiones duraban más o
menos días, según el tiempo de que disponía don Bosco.

La última visita fue a Mondonio, a la tumba de Domingo Savio de quien algunos de sus compañeros habían obtenido señaladas gracias
invocándolo; y, antes de abandonar ((60)) Castelnuovo, fueron a despedirse del teólogo Cinzano, que los había invitado a una alegre
comida en su casa. Cuando llegaron al Oratorio por la noche de aquel día dijo Miguel Magone a don Bosco:

-Si usted me lo permite, mañana comulgaré por el señor Arcipreste, que hoy nos ha alegrado tanto.

Don Bosco no sólo se lo permitió, sino que exhortó a los demás a hacer otro tanto, como solía recomendar en ocasiones similares, por
los bienhechores del Oratorio.

Ya de regreso a Valdocco, fue su primera preocupación la de encontrar ropas para defender del frío a sus internos y dinero para pagar
los trabajos del nuevo refectorio que, a fines de diciembre, comenzó a servir también para salón de teatro. Por estas razones escribió dos
cartas.

Una, al marqués de Lamármora, Ministro de la Guerra.

Ilustrísimo y Benemérito señor Ministro:

Al acercarse el invierno, me doy cuenta de la gran necesidad de proporcionar vestimenta a mis pobres muchachos. Este año casi llegan
a doscientos los internos; más numerosos son los que frecuentan las escuelas externas diurnas y nocturnas, y muchos más los que acuden
sólo los días festivos para asistir a las funciones sagradas, para divertirse, o para que se les busque un patrono que les dé trabajo. Pero
estos muchachos, quién más, quién menos, todos necesitan algún socorro.

En nombre de ellos acudo a V.E. suplicándole tenga a bien concederles alguna prenda: mantas, sábanas, zapatos, calzoncillos, camisas,
chaquetas, pantalones, etc., de cualquier talla o color; no importa que se encuentren deterioradas o rotas porque aquí se las repara y se les
hace servir para cubrir y abrigar contra el frío a pobres muchachos y ponerlos así en condiciones de poderse colocar a las órdenes de
algún amo.

((61)) Confiando también este año en su ayuda, y muy agradecido a los favores recibidos,
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le deseo todas las bendiciones del Cielo, al tiempo que, con la mayor consideración, me profeso,

De V.E.

Turín, 14 de octubre 1858

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

P. S. Los dos chicos Berardi y Litardi, que su caridad recomendó, siguen en esta casa y los dos aprenden un oficio.
Don Bosco dirigió otra carta al Presidente de la Obra Pía de San Pablo.

Ilustrísimo Señor:

Siempre que me he encontrado en una grave necesidad y he acudido a la Pía Obra de San Pablo para obtener subsidios en favor del
Oratorio de San Francisco de Sales, he sido atendido. Un caso excepcional me obliga, también este año, a recurrir a esa fuente de
beneficencia.

La humedad de la iglesia, que le mencioné en otra carta, la hizo verdaderamente insalubre para los pobres muchachos que se reunían en
ella y deterioraba los objetos y ornamentos destinados al culto divino. En consecuencia se hizo construir una bóveda, con la consiguiente
excavación bajo el pavimento. Este trabajo, que en un principio no parecía muy costoso, ha supuesto tal cantidad de dinero, que
sobrepasa mis fuerzas y las ofrendas de algunos piadosos bienhechores. El gasto total llega a seis mil liras; la Divina Providencia ya ha
abierto el camino para cuatro mil. Faltan todavía dos mil liras que necesito urgentemente, y que no sé dónde encontrar; sin ellas tendría
que suspender los trabajos con grave perjuicio.

Por eso acudo humildemente a la bondad de V. S., suplicándole quiera, ((62)) socorrerme también esta vez, ayudándome así a llevar a
cabo una obra que únicamente tiende a promover el culto divino entre los fieles cristianos y especialmente entre la juventud abandonada.

Lleno de confianza en la experimentada bondad de V.S., le deseo todo el bien del Cielo, al tiempo que, con la mayor gratitud y
consideración, me profeso,

De V.S., Ilma.

Turín, 15 de octubre 1858

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

Es de notar el hecho de que don Bosco; aún teniendo que atender a continuos y apremiantes cuidados materiales, no perdía su unión
con Dios, como lo prueba su disposición constante para cualquier oficio del sagrado ministerio. Don Juan Bonetti nos conservó el esbozo
completo de una plática que dio don Bosco aquel año sobre la virtud de la pureza. Al meditarla se percibe la eficacia latente bajo el velo
de sus períodos, aunque falte la expresión de su voz, de su mirada y la de sus descripciones. Así habló don Bosco a sus muchachos.

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La Santa Madre Iglesia dedica buena parte del mes de octubre 1 a María Santísima. El primer domingo está destinado a la Virgen del
Rosario en recuerdo de las innumerables gracias obtenidas y de los maravillosos prodigios obrados merced a su intercesión: gracias y
favores que la Santísima Virgen, invocada con este título, concedió a sus devotos. En el segundo domingo se celebra la Maternidad de
María recordando a los cristianos que María es nuestra Madre y todos nosotros somos sus hijos queridos. El tercer domingo, que es hoy,
se celebra su pureza, virtud que la hizo tan grande ante Dios y que formó de ella la más hermosa criatura. Como ya hace dos domingos
seguidos que me oís hablar de las glorias de María, esta tarde, en lugar de hablaros de la bienaventurada Virgen María, os hablaré de la
bella virtud, demostrándoos en cuánta estimación la tiene el ((63)) mismo Dios. íQué feliz sería yo si esta tarde pudiese insinuar en
vuestros tiernos corazones el amor a esta angélica virtud! íPrestadme atención!

Qué es la virtud de la pureza? Dicen los teólogos que por pureza se entiende odio, aversión a todo lo que va contra el sexto
mandamiento, de modo que todos, cada uno en su propio estado, pueden guardar la virtud de la pureza. La pureza es tan agradable a Dios,
que en todo tiempo premió con los más estupendos prodigios a los que la guardaron y castigó con los más severos castigos a los que se
entregaron al vicio opuesto. Desde los primeros tiempos del mundo, a pesar de que los hombres no se habían multiplicado mucho, pues se
entregaron al desorden, Enoc guardó puro su corazón a Dios. Por esto no quiso el Señor que permaneciera entre gente viciosa, y unos
ángeles, enviados por El, arrebataron a Enoc del consorcio de los nombres y lo trasladaron a un lugar misterioso, desde donde después de
su muerte será llevado al cielo por Jesucristo.

Sigamos adelante. Los hombres se nabían multiplicado sobre la tierra; olvidándose de su Creador, se habían engolfado en los vicios
más abominables: Omnis caro corruperat viam suam. Indignado Dios por tamaña iniquidad, determinó arrasar a todo el género humano
con un diluvio universal. Pero salvó a Noé con su mujer y a sus tres hijos con sus esposas. Por qué esta preferencia con ellos? Porque
guardaron la bella e inestimable virtud de la pureza.

Demos un paso más. Después del diluvio, los habitantes de Sodoma y Gomorra se entregaron a toda suerte de desórdenes. Dios
determinó exterminarlos, no con un diluvio de agua, sino con un diluvio de fuego. Pero qué hizo antes? Volvió sus ojos hacia aquellas
infelices ciudades y vio que Lot con su familia se había mantenido virtuoso. Y enseguida envió un ángel para que advirtiera a Lot que se
alejara de aquellas ciudades con todos sus familiares. Obedeció Lot, y tan pronto como salió, un mar de fuego, con horrendo fragor y
relámpagos y truenos, cayó sobre aquellas míseras ciudades y las hundió con todos sus habitantes. Lot y su familia estaban a salvo, pero
su mujer, vencida por la curiosidad, se ganó la indignación de Dios. El ángel había prohidido a los fugitivos volverse hacia atrás al oír el
fragor del castigo de Dios. Pues bien, la mujer de Lot cuando oyó aquel estruendo ((64)) tan espantoso, que parecía que todo el infierno
iba a precipitarse en aquel valle, no pudo contenerse de mirar hacia atrás; y en el instante quedó transformada en una estatua de sal. Así,
aunque Dios la había salvado de la común destrucción por su pureza, sin embargo la castigó por la inmodestia de sus ojos. Con esto quiso
Dios enseñarnos

1 El calendario litúrgico de hoy es así: la fiesta de la Virgen del Rosario ha quedado como fija el día siete de octubre; la Maternidad de
María el 1.° de enero y su Pureza, el dieciséis de octubre. (N. del T.)
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que debemos guardar recatados los ojos y no saciar nuestra curiosidad, para no ser víctimas del cuerpo, como lo fue la mujer de Lot, y
también del alma. Los ojos son dos puertas por las que suele entrar el demonio.

Pero sigamos adelante. Trasladaos con el pensamiento a Egipto. Allí os encontraréis con un jovencito que, por no haber querido
condescencer a cometer una mala acción, sufre persecuciones, calumnias y cárcel. Pero permitirá Dios que perezca José? íNo! Esperad un
poco de tiempo y le veréis en el trono de Egipto, salvando con sus consejos de la muerte, no sólo a los Egipcios, sino también a Siria,
Palestina, Mesopotamia y muchas otras naciones. De dónde le vino tanta gloria? De Dios, que quiso premiar su amor heroico a la virtud
de la pureza.

Sería cosa de nunca acabar si quisiera contaros las glorias de las almas puras. De Judit, que liberó a Betulia de los ejércitos extranjeros;
de Susana, ensalzada hasta el cielo por su inquebrantable virtud; de Ester, que salvó a su nación; de los tres niños ilesos en medio de las
llamas de un horno; de Daniel, incólume en la cueva de los leones. Por qué Dios obró estos prodigios en su favor? íPor su pureza, por su
pureza! Sí, la virtud de la pureza es tan hermosa, tan agradable a los ojos de Dios, que en todo tiempo y en todas circunstancias protegió a
los que la poseían.

Pero vayamos adelante, que esto no basta. Llegó el tiempo deseado en que debía nacer el Salvador del mundo. Quién tendrá la alegría
de ser su madre? Vuelve Dios la mirada hacia todas las hijas de Sión y encuentra una sola digna de tan gran prerrogativa: la Virgen
María. De ella nació Jesucristo, por obra del Espíritu Santo. Mas por qué tan grande prodigio y privilegio? Como premio a la pureza de
María, que fue la más pura, la más casta de todas las criaturas. Por qué motivo creéis vosotros que a Jesucristo le gustaba tanto estar
((65)) con los niños, conversar con ellos y acariciarlos, sino porque no habían perdido todavía la bella virtud de la pureza? Los Apóstoles
querían echarlos porque tenían los oídos ensordecidos con sus gritos, pero el Divino Salvador les reprendió y mandó que los dejaran
acercarse a El. Sinite parvulos venire ad me, talium est enim regnum coelorum (dejad que los pequeñuelos vengan a mí, pues de ellos es
el reino de los cielos), y añadió, además, que ellos, los apóstoles, no entrarían en el reino de los cielos si no se hacían sencillos, puros y
castos como aquel los niños.

El Divino Salvador resucitó a un niño y a una niña; por qué? Porque, así lo interpretan los Santos Padres, no habían perdido la pureza.

Por qué Jesucristo tuvo tanta predilección por san Juan?

Sube al monte Tabor para transfigurarse y lleva como testigo a san Juan. Va a pescar con los apóstoles y prefiere subir a la barca de
Juan. En la última cena deja que Juan recline la cabeza sobre su pecho, lo quiere por compañero en el Huerto de Getsemaní, lo quiere
como testigo de su pasión y muerte en el Calvario. Ya clavado en la cruz, se vuelve a Juan y le dice:

-Hijo, he ahí a tu madre; mujer, he ahí a tu hijo.

Así le confía Jesús a su Madre, la criatura más grande de cuantas jamás salieron y saldrán de las manos de Dios. Por qué tan singular
preferencia? Por qué? Porque san Juan tenía, queridos jóvenes, un título que le hacía acreedor al afecto especial de Jesús, su virginal
pureza. Este amor de predilección de Jesús a Juan era tal que despertó celos en los otros apóstoles, hasta el punto de inducirlos a creer
que Juan no moriría, porque había dicho Jesús a Pedro:

-Y si yo quisiera que éste viviese hasta que yo venga, a ti qué te importa?

-Efectivamente, san Juan fue un apóstol que sobrepasó en muchos años a todos los demás y a él manifestó Jesucristo la gloria que
gozan en el cielo los que en este
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mundo han guardado la bella virtud de la pureza. Este mismo apóstol dejó escrito en su Apocalipsis que, habiendo entrado en el último
cielo, vio una gran muchedumbre de almas vestidas de blanco con un cinturón de oro y llevando una palma en la mano. Estas almas
estaban continuamente con el Cordero Divino y le seguían adonde quiera que fuese. Cantaban un himno tan bello, tan suave, que Juan, no
pudiendo resistir tanta dulzura de armonía, vuelto al ángel que le acompañaba, le dijo:

-Quiénes son éstos que rodean al Cordero y cantan un himno tan bello que ((66)) ningún otro santo puede cantar?

El ángel respondió:

-Son las almas, que han guardado la bella virtud de la pureza, virgines enim sunt (pues son vírgenes).

íOh, almas dichosas que todavía no habéis perdido la bella virtud de la pureza, redoblad, os lo suplico, vuestros esfuerzos para
conservarla! Guardad los sentidos, invocad a menudo a Jesús y a María, visitad a Jesús en el sagrario, comulgad con frecuencia,
obedeced, rezad. Poseéis un tesoro tan hermoso, tan grande, que los ángeles mismos os lo envidian. Vosotros sois, como afirma nuestro
mismo redentor Jesucristo, sois semejantes a los ángeles: erunt sicut angeli Dei in coelo (serán como ángeles de Dios en el cielo).

Y vosotros, los que desgraciadamente la habéis perdido, no os desaniméis; las jaculatorias, las frecuentes y buenas confesiones, el
evitar las ocasiones, las visitas a Jesús os ayudarán a recobrarla. Luchad con todas vuestras fuerzas, no temáis, la victoria será vuestra,
pues nunca os faltará la gracia de Dios. Verdad es que ya no tendréis la gran suerte de pertenecer a aquel séquito de santos que en el
paraíso tienen un puesto reservado, ya no podréis cantar el himno que sólo los vírgenes pueden cantar, pero esto no es un obstáculo para
vuestra futura perfecta felicidad. Queda todavía un lugar para vosotros en el cielo, tan hermoso, tan majestuoso, que a su lado son como
de barro y desaparecen los tronos de los más ricos príncipes y más poderosos emperadores, que fueron y podrán ser en esta tierra. Estaréis
rodeados de tanta gloria que ninguna lengua humana ni angélica podrá jamás expresar. Podréis todavía gozar de la querida y dulce
compañía de Jesús y de María, de esta nuestra buena Madre que allá nos espera ansiosa; de la compañía de todos los santos, de todos lo
ángeles, que ahora y siempre están prontos a ayudarnos con tal de que tomemos a pechos guardar la bella virtud de la pureza.
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CAPITULO VI

DON BOSCO ENVIA ALUMNOS ESTUDIANTES AL COTTOLENGO -LOS PRIMEROS TRES CURSOS DE LATIN EN EL
ORATORIO -AVISO A LOS PROFESORES Y A LOS ASISTENTES -CONFERENCIA A TODOS LOS CLERIGOS -ASISTENCIA
CONTINUA Y PRUDENTE A LOS ALUMNOS -LOS MUCHACHOS ALREDEDOR DE DON BOSCO DURANTE LA COMIDA
-LAS CLASES DE FILOSOFIA Y UN INCONVENIENTE -MAXIMAS ETERNAS RECORDADAS A LOS MUCHACHOS -LA
VIDA DE LOS PAPAS DESDE EL PULPITO -SERMON DE SANTA CECILIA -MUERTE DEL ABATE APORTI

LLEGAMOS a la inauguración del curso escolar 1858-59. Cerrada ya la matrícula de alumnos nuevos, entre los que figuraba Pablo
Albera, natural de None, destinado por Dios a ser uno de los principales Superiores de la Pía Sociedad, don Bosco seguía seleccionando
muchachos para la clase de los estudiantes en el Cottolengo, a cada uno de los cuales entregaba una cartita de presentación. Una de éstas
ha llegado hasta nosotros; va dirigida al clérigo Frattini, asistente de los Tomasinos,1 en la Pequeña Casa de la Divina Providencia.

Carísimo Frattini:

El jovencito Antonio Meotti ha venido a ver si hay alguna esperanza para él en la Casa de la Divina Providencia. Tú lo puedes ver y
presentarle a la bondad de vuestro venerado Padre ((68)) y después harás lo que a él y a ti mejor os parezca ante el Señor.

El padre del muchacho está dispuesto a pagar diez liras mensuales.

Que Dios te bendiga a ti y a tu trabajo; reza por mí, que de corazón soy tuyo.

Desde casa, 22 de octubre 1858.

Afmo.
JUAN BOSCO, Pbro.

Los estudiantes de humanidades y retórica del Oratorio seguían yendo a clase a la escuela de don Mateo Picco. En casa fungían

1 Tomasino: con tal nombre designaban a los estudiantes para sacerdotes en la Pequeña Casa de la Divina Providencia. (N. del T.)
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como profesores: de primer curso de latín, el clérigo Segundo Pettiva; de segundo curso, el clérigo Juan Turchi; y del tercero, el clérigo
Juan Francesia.

Al principio del año escolar, y varias veces a lo largo del mismo, solía don Bosco dar una conferencia a los asistentes y a los maestros
de estudiantes y aprendices, inculcándoles vivamente el cuidado del alma de sus alumnos. Les decía:

-Nuestros muchachos vienen al Oratorio; sus padres y bienhechores nos los confían con la intención de que aprendan letras y ciencias,
artes y oficios; pero Dios nos los envía para que nos interesemos por su alma y encuentren aquí el camino de la salvación eterna. Por
consiguiente, todo lo demás hemos de considerarlo como un medio; nuestro fin supremo es hacerlos buenos, salvarlos para siempre.

Se conserva una nota escrita de una de estas conferencias, dada a todos los clérigos del Oratorio a fines de 1858:

En ocasiones tengo el gusto de hablar a todos los hijos del Oratorio juntos, otras solamente a los internos, a menudo a los estudiantes o
a los aprendices solos y a veces a los clérigos en particular.

((69)) Ya podemos decir que nuestro año escolar ha comenzado definitivamente, y por eso tengo un gran deseo de empezar, como
hacíamos el año pasado, a entretenerme un rato con vosotros, al menos una vez a la semana. El mejor momento que tenemos es éste,
después de las oraciones de la noche.

No pretendo predicaros un sermón; lo que quiero deciros, lo que deseo de todo corazón, lo que os recomiendo es que practiquéis lo que
tantas veces recomendaba san Pablo, o mejor lo que Dios mismo recomendó a Moisés cuando bajaba del monte.

Sed modelos, verdaderos modelos para todos los hijos del Oratorio. Debéis er como falsillas, sobre cuyas líneas deben escribir y
caminar todos los demás. Debéis obrar de modo que los otros, al mirarse en vosotros como en verdaderos espejos, puedan quedar
edificados. Debéis procurar aprovecharles no sólo con vuestros consejos, sino con vuestras obras, con vuestro ejemplo. De qué sirve que
recomendéis a los demás que frecuenten los santos Sacramentos, si observan que vosotros los recibís con escasa frecuencia? Si ven que
os acercáis devotamente a los sacramentos, si os ven recogidos y modestos en la iglesia, íah! entonces sí que podrán sacar de vuestro
ejemplo normas de conducta que alimenten sus almas. Si por desgracia oyesen a un clérigo sostener conversaciones poco modestas, o que
suelta una palabrita en algo contraria a la bella virtud de la pureza, íay de nosotros, ay de nosotros! íQué daño, qué escandalo!

Dice san Juan Crisólogo que un ministro del Señor es semejante a una planta. íOh, qué hermoso ver, dice este santo, una planta en un
ameno jardín, esparciendo sus frondosas ramas cargadas de óptimos frutos! Todo el que se acerca queda satisfecho al ver sus ramas
cargadas de tan ricos frutos. Por el contrario, colocad esa planta en un bonito jardín, alta y esbelta, atrayendo a todos los que la miran,
pero
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falta totalmente de hermosos frutos, y entonces veréis que todos, indignados, la maldecirán porque ocupa inútilmente un lugar tan bello.

Los pueblos vuelven a nosotros sus ojos esperando ver buenos frutos, y si no los ven, ícómo se escandalizan!

San Ambrosio nos compara con la luna. Dice que debemos ser como ella. La luna no brilla con luz propia, sino que la toma del sol, se
sirve de ella y después la da a la tierra. Así somos nosotros. No tenemos nada nuestro, sino que hemos de recibir de ((70)) Dios, sol de
justicia, la divina palabra que ilumina las inteligencias, y después de habernos servido de ella para nuestra santificación, debemos
esparcirla para iluminar a todos los hombres, los cuales esperan que nosotros les guiemos por el camino que conduce al cielo.

San Agustín añadía: queréis saber qué indica la toga que visten los jóvenes romanos? No creáis que solamente significa que aquel joven
ha cumplido ya los diecisiete años; indica que bajo aquella toga están la ciencia, la virtud y todas las buenas prendas que deben adornar a
los que la quieren vestir. Lo mismo nos sucede a nosotros. Bajo el hábito debemos llevar las virtudes que corresponden a un hábito tan
divino.

Tenía Josué que pasar el Jordán. Díjole Dios:

-Envía delante a los sacerdotes con el arca: entren en el río llevándola a hombros y las aguas del Jordán se abrirán y pasará tu ejército.
Así lo hicieron los sacerdotes, y las aguas se dividieron; las de un lado se levantaron como un alto muro, las del otro siguieron su camino,
quedó seco el lecho, y todo el ejército de Israel pasó al otro lado del Jordán. Lo mismo tenemos que hacer nosotros. Con el arca de la
divina alianza, con la santa religión, con buenas máximas, con palabras amables, con santos ejemplos, debemos actuar de modo que los
hombres pasen sanos y salvos de este mundo a la eternidad.

Hagamos, pues, todo lo que podamos para bien de las almas. A vuestro alrededor hay muchos jóvenes, que os vigilan continuamente;
dedicaos con todas vuestras fuerzas a encaminarlos al bien con el buen ejemplo y con las palabras, con los consejos y advertencias
caritativas. Si lo hacéis así durante este año, aun cuando no sois en número más que los años pasados, yo estaré satisfecho; y no dejará el
Señor de bendecirnos a mí, a vosotros y a toda la casa, y seguirá como siempre ayudándonos con su poderoso brazo, sacando mucho fruto
de nuestros trabajos. Amén. Así sea.

No se cansaba de recomendarles en las conferencias una asistencia concienzuda a los chicos, pues hubiera sido ignorar al mundo,
pretender que las debilidades humanas no traspasasen el umbral del Oratorio. Y él les ((71)) daba ejemplo. Vigilaba siempre como
centinela constante, pero prudente, a fin de prevenir el mal o vencerlo cuando había echado alguna raíz en la casa. Durante los primeros
veinte años del Oratorio aparecía por todas partes, y a veces cuando menos se le esperaba. En los dormitorios, en los talleres, en las aulas,
en los comedores, en los lugares menos frecuentados y más apartados. Todo lo observaba, hasta en los últimos detalles. Quería saberlo
todo y verlo todo.

Dos chicos se quedaban solos unos instantes en su refectorio,
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después de la comida, examinando el libro de lectura. Eran tenidos por buenos; mas he aquí que se oía la amable voz de don Bosco que
los llamaba.

Otros se habían alejado de los demás para tratar un proyecto, preparar una merienda o algún juego con dinero, y llegaba de improviso
don Bosco:

-Qué hacéis aquí? Id a jugar con vuestros compañeros.

Se paseaba un alumno teniendo de la mano a un compañero o echándole un brazo a la espalda. Don Bosco se les acercaba y bromeando
les daba un golpe en el brazo o en los dedos, diciendo:

-No sabéis la norma de no ponerse las manos encima? Juegos de manos, juegos de villanos.

Vio un día a un muchacho en el patio que llevaba su brazo cruzado con el de un asistente, el cual le dejó hacer. Don Bosco aguardó a
que aquel clérigo estuviera solo y, llamándolo, le dijo:

-íHoy me sentí tentado de darte un par de bofetadas en público! Has entendido?

-íSí, señor!

-Con esto me basta; pero ten cuidado.

En este punto don Bosco era delicadísimo.

((72)) En muchas ocasiones su vigilancia era inexplicable, y parecía que gozara de una potencia visiva especial, de la que daremos más
adelante mayores explicaciones. Muchas veces, mientras escribía atentamente, rezaba en la iglesia, se entretenía con los chicos, o aun
mientras comía, llamaba de pronto a uno de sus antiguos ayudantes y le decía en secreto:

-Vete a tal dependencia; allí hay tres (y decía sus nombres) que, a puerta cerrada, están leyendo un periódico no muy bueno; diles que
salgan enseguida.

Una vez dijo a un alumno juicioso:

-Ve corriendo a decir al asistente que en tal lugar, detrás del pórtico, hay unos escondidos; que los mande salir fuera.

Y otras veces a algún clérigo:

-Sube a lo alto de la escalera, encontrarás a fulano y a zutano. Diles que don Bosco lo sabe todo.

Estos hechos se repitieron frecuentemente y siempre se comprobó que don Bosco había acertado lugares, personas y circunstancias.
Pero, de cualquier modo que cumpliera el oficio del Angel Custodio, imitaba la paciente y discreta conducta de este divino mensajero.
Como sus apariciones tenían visos de los pretextos más naturales del mundo, debido también a su bondad y sencillez, a sus continuas
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pruebas de afecto y aprecio a todos sin excepción, al olvido de las faltas descubiertas y perdonadas, no se despertaba en los muchachos
ninguna desconfianza. En efecto, bastaba que se presentase en cualquier parte de la casa para que corrieran a su alrededor.

Era conmovedor el espectáculo que todos los días, desde el principio del internado hasta el año 1870 aproximadamente, tenía lugar
después de comer y especialmente después de cenar, salvo que hubiese algún forastero de respeto en el refectorio de los superiores.
Estaba éste en una sala subterránea, larga y baja, con una simple fila de mesas en medio. ((73)) Al salir los alumnos de su comedor se
agolpaban a la entrada del de don Bosco, a la espera de que los clérigos terminaran la oración de acción de gracias. Apenas oían el:
Dominus det nobis suam pacem. Amen (dénos el Señor su paz. Amén), empujaban la puerta y se precipitaban dentro.

Tenía lugar un gracioso choque, si licet parva componere magnis (si se nos permite comparar lo pequeño con lo grande), semejante al
Orinoco con el flujo del Atlántico. Los muchachos querían entrar y los clérigos salir, pero ganaban los muchachos que corrían a porfía
para llegar los primeros junto a don Bosco, sentado en el extremo de la sala al fondo. Los clérigos veíanse obligados a apoyarse contra las
paredes laterales para dejarlos pasar y no ser arrollados.

Ocurría entonces una escena indescriptible. Los más afortunados se apretujaban en derredor de don Bosco, de tal modo que los más
próximos apoyaban la cabeza sobre sus hombros. Detrás de él se veía como un seto vivo de caritas alegres, que formaban un ancho
respaldo. Mientras tanto iban tomando por asalto la hilera de mesas, despejadas de antemano a toda prisa, y en la que estaba en frente de
don Bosco se sentaban varias filas de muchachos con las piernas cruzadas al estilo oriental; detrás de éstos, muchos otros y, por último,
siempre sobre las mesas, un tropel de pie. El que no podía subir, tomaba los bancos, los arrimaba a la pared y se subía encima; y se
formaban dos largas hileras de ojos vivaces clavados en don Bosco. Los más rezagados llenaban el espacio entre los bancos y las mesas.
Parecía que ya ninguno podía llegar a aproximarse a don Bosco; sin embargo, algunos pequeñitos lo intentaban. Se echaban a correr a
gatas por debajo de las mesas y de pronto asomaban sus cabecitas entre la mesa y don Bosco, que los recibía con una caricia.

A menudo don Bosco, entretenido en su despacho por algún trabajo apremiante, acababa de empezar entonces ((74)) a comer. A pesar
de todo los recibía alborozado y, ensordecido con sus cantos y sus gritos, en aquel ambiente de aire viciado, donde a duras penas
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quedaba encendida la luz, terminaba su pobre comida, dirigiendo una sonrisa afectuosa, una mirada amable, una palabra de aliento, a
unos y a otros Nunca mostraba la menor contrariedad ante la insistente importunidad de sus hijos; al contrario, sentía pesar si una visita
innecesaria venía a romper el encanto de aquellos entretenimientos familiares.

Hacía a veces señal de querer hablar a todos y, al instante, cesaba aquel barullo ensordecedor; en medio del más absoluto silencio
contaba una breve anécdota, proponía una cuestión, hacía una pregunta, hasta que la campana disolvía la asamblea llamando a la clase de
canto o a las oraciones.

La confianza de los muchachos no padecía menoscabo alguno con la continua vigilancia del superior, más agradable que la de otros
asistentes.

Entretanto también los clérigos habían comenzado sus clases en el seminario, ocupado todavía por la autoridad militar, que no había
dejado libre más que un amplio entresuelo para la clase de los estudiantes de teología. Así que los profesores de los cursos de filosofía
daban las clases en su propia casa a hora muy temprana e incómoda para los alumnos. Por este motivo, don Bosco escribió una respetuosa
carta al canónigo Vogliotti, Provicario diocesano y Rector del Seminario.

Ilustrísimo Señor:

Acudo a su reconocida bondad para un favor que se refiere a nuestros estudiantes de filosofía. La hora actualmente señalada para la
clase no coincide con el horario de la casa, especialmente con la misa. ((75)) Si los señores profesores T. Mottura y C. Farina pudieran
tener la bondad de comenzar su clase a las nueve de la mañana, todo quedaría arreglado.

Pero si esto fuera de estorbo para las ocupaciones de los señores mencionados, ya me las arreglaría de otro modo para uniformarme a
sus lecciones.

Siempre con el mayor aprecio y gratitud, me profeso.

De V.S. Ilma.

Desde casa, 16 noviembre 1858.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

Pero don Bosco remediaba estos y otros inconvenientes, que podían menoscabar la necesaria vigilancia, con la fuerza de su palabra. Las
verdades eternas eran siempre y sin falta lo primero que anunciaba a los nuevos alumnos. José Reano, nos transmitió la plática recogida
de labios del mismo don Bosco una noche del mes de noviembre de 1858:
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-"Yo sólo temo dos cosas: el pecado mortal, que mata al alma, y la muerte corporal del que no está en gracia de Dios.

Hizo después una pausa, por la extremada conmoción que lo agitaba y, tras un instante, prosiguió:

-íTemo que alguno de mis hijos llegue a ser víctima de su descuido en los asuntos del alma!... La muerte no perdona a nadie... Desde el
principio del mundo hasta nuestros días, ícuántos patriarcas, príncipes, reyes, conquistadores (e iba enumerando algunos) se presentaron
en esta tierra y bajaron a la tumba con todas las multitudes de pueblos entonces existentes! íMiles de millones de hombres que no son
más que polvo! Persuadámonos, queridos jóvenes, de que también llegará para nosotros el día en que la muerte vendrá como un ((76))
ladrón!... Cuando uno menos lo piensa, entra en casa y deja caer la guadaña sobre el hilo de la vida... Arreglemos, pues, nuestras cuentas
con una buena confesión... La muerte no hace antesala con nadie, ni siquiera con el rey, ni con los papas... íAtención!... Mors non tardat
(la muerte no espera). Y después?... íLa eternidad!..."

Y el santo temor de Dios, inspirado por las palabras de don Bosco, servía de guía y de freno a la conducta de los muchachos, los
educaba reciamente en la virtud y los hacía dignos de la protección de María Santísima.

Mantenía también vivo en sus corazones el amor a la Iglesia y al Papado con la narración de las vidas de los Papas, que les hacía cada
domingo por la mañana. Cuando llegó al papa san Urbano I, se detuvo tres días festivos consecutivos describiendo el heroísmo de santa
Cecilia. Como don Bosco conocía perfectamente la topografía de la Roma imperial, la estructura de los palacios patricios con sus atrios,
pórticos, salones, fuentes y las costumbres de los antiguos romanos, sabía presentarlos al vivo para la ardiente imaginación de sus
oyentes. Intentó el clérigo Juan Bonetti reproducir sobre el papel una de estas conferencias, y nos la envió unos treinta años más tarde.
Escribió lo que recordó y es suficiente para darnos una idea del método descriptivo y de los diálogos, que don Bosco solía mantener
desde el púlpito, aprovechando hasta la más insignificante circunstancia para hacer más atrayentes sus narraciones. Juzgue de ello el
lector.

Durante el imperio de Alejandro Severo sufrió la Iglesia una terrible persecución. El papa Urbano I, para evitar todo peligro, habíase
refugiado en las catacumbas, a tres millas de Roma. Son estas catacumbas unos lugares subterráneos donde se ((77)) sepultaban los
cuerpos de los santos mártires y donde se escondían los cristianos
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en tiempo de persecución. Vivía por aquellos tiempos una doncella perteneciente a una de las más nobles familias de Roma. Llamábase
Cecilia y profesaba ocultamente la religión cristiana, puesto que sus padres eran paganos. Le gustaba mucho la música y tocaba el órgano,
instrumento distinto del que ahora usamos; cantantibus organis Caecilia Domino decantabat. Cantaba himnos de alabanza al Señor, y
nada deseaba más que entretenerse con su Dios y decirle: "Sea siempre inmaculado mi corazón para no ser confundida". Esta joven se
había consagrado con voto a Jesucristo, prometiéndole conservarse virgen durante toda la vida. Pero sus padres habían pensado casarla
con Valeriano, joven patricio de muy noble alcurnia. Así que se enteró Cecilia de que sus padres la habían prometido a un esposo de esta
tierra, quedó desconcertada, y meditaba cómo salir de aquel apuro. Estaba ella siempre retirada en sus habitaciones, huía de los
espectáculos y tenía consigo día y noche los santos evangelios, que eran su delicia. Rogaba continuamente al Señor para que la ayudase
en aquella difícil situación. De pronto se sintió animada e inspirada a abandonarse con plena confianza en las manos de su amado esposo
Jesús, y exclamó:

-Soy feliz, me siento segura; íya sé lo que debo hacer!
Acercábase en tanto el día de la boda. Fue Valeriano a verla y, ella, sacándolo aparte, le dijo:
-Valeriano, tengo que descubrirte un secreto.
Contestóle presuroso Valeriano:
-Dime pues, Cecilia, lo que quieres porque yo seré siempre tu fiel compañero.
-Te confiaré mi secreto, pero prométeme que no lo descubrirás a nadie.
-Dímelo todo sin temor, pues nadie sabrá jamás por mí tu secreto.
Entonces Cecilia le habló en estos términos:
-Valeriano, yo me he consagrado a otro esposo, a un esposo celeste. Si tú te acercaras a mí para ultrajarme, tengo un ángel que me

guarda constantemente, y éste te fulminaría al instante.
-Tienes siempre un ángel a tu lado? Yo no lo veo.
-Quieres verlo?
((78)) -Lo deseo ardientemente.
-Si quieres ver a mi ángel, antes tienes que creer en Jesucristo, Hijo de Dios, que por salvar a los hombres bajó del cielo a la tierra y

derramó su sangre por nosotros. Tienes que creer que hay un solo Dios creador del cielo y de la tierra y de todo lo que hay en ellos; que
este Dios premia a los buenos y castiga a los malos. Después debes lavarte con las aguas que purifican y, sólo después de este bautismo,
podrás ver a mi ángel.

Valeriano, que nunca había oído hablar de Jesucristo, ardiendo en deseos de ver al ángel, exclamó:
-A quién debo ir para purificarme?
Y Cecilia respondió:
-Si quieres realmente ser purificado, vete por la vía Apia hasta tres millas de la ciudad tertio ab urbe lapide... (en el tercer miliario desde

la ciudad). 1 Allí encontrarás a unos pobres que te pedirán limosna y tú les dirás:

1 Había en los caminos romanos unas columnas o piedras, que señalaban la distancia de mil pasos, o sea, una milla (la milla romana
antigua tenía 1.480 m.), y que se llaman miliar o piedra miliaria. (N. del T.).

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-Dónde está el venerable anciano?

Ellos te enseñarán al punto dónde se encuentra y te acompañarán hasta él.Cuando el anciano te haya purificado, vuelve y verás a mi
ángel.

Así lo hizo. La palabra venerable anciano era la contraseña de los cristianos para indicar al Papa y mantener oculto a los gentiles el
refugio de Urbano I. Llegó Valeriano al tercer miliario y se encontró con el grupo de mendigos, que no eran tales, sino cristianos
disfrazados y les dijo:

-Dónde está el venerable anciano?

Contestóle uno de ellos:

-íVen conmigo, sígueme!

Allí cerca había la entrada de una caverna, oculta tras un grupo de árboles y de largas ramas colgantes. Apartó el guía las ramas y,
seguido de Valeriano, llegó a un pasadizo oscuro. Tomó el guía una lámpara, la encendió, se metieron los dos por un estrecho corredor, y,
después de dar unas vueltas, encontraron una escalera empinada, que se hundía en los entrantes de la tierra. Pronto bajaron hasta su pie.
Allí comenzaban las catacumbas, o sea, el lugar donde sepultaban a los mártires. Tienen una extensión de muchas millas. Avanzaba
Valeriano por aquella galería a la que desembocaban centenares de corredores. La lámpara del guía iluminaba escasamente aquellos
subterráneos. A derecha e izquierda se veían, unas sobre otras, empotradas en los nichos de la pared, las tumbas de los mártires, que
tenían esculpidos o pintados sobre losas los signos de su martirio.

-Este, decía el guía señalando una tumba, fue decapitado por el verdugo; ((79)) este otro fue despedazado por las fieras en el anfiteatro;
aquél fue quemado a fuego lento; ése murió echándole plomo derretido por la boca.

Y así seguía, indicándole los distintos géneros de suplicios, varas, parrillas, cruces, con los que habían confesado a Jesucristo los que
dormían para siempre en aquellos subterráneos. En medio de aquellas gloriosas tumbas tenían los cristianos sus asambleas, celebraban
sus ritos y muchas veces comían y dormían.

Valeriano, al ver unos trofeos de virtud tan sublimes, cuyo valor todavía no conocía, casi se desmayaba de horror y pensaba para sus
adentros:

-íAy de mí, en qué lugar me he metido!

No obstante se reanimó y siguió el camino. Llegó por fin a un lugar algo más espacioso, donde se cruzaban varias galerías y que tenía el
aspecto de un templo. Había allí un altar, muchas lámparas encendidas y un nutrido grupo de cristianos que asistían a las sagradas
funciones.

El guía llevó enseguida a Valeriano ante el pontífice Urbano, que estaba sentado en una cátedra rodeada por el clero. La fisonomía del
Papa, con marcado aire de benevolencia y mirada serena, afectuosa, consoló y alentó mucho a Valeriano. El Papa, al ver a aquel
desconocido, que todavía no se había repuesto de su estupor, lo reanimó con palabras dulces y amables y, cuando le preguntó por qué
motivo había pedido hablar con él, Valeriano contestó:

-Yo soy el esposo de Cecilia. Me ha contado que tiene a su lado un ángel invisible que la defiende. Yo deseaba ver a este ángel del
cielo y ella me ha contestado que, para verlo, era necesario que me presentase a ti y me hicieras purificar.

Cuando Urbano oyó el nombre de Cecilia y que era ella quien había mandado allí a Valeriano, profundamente conmovido, se postró en
tierra y oró. Todos los cristianos imitaron al Pontífice y rezaban. Mas he ahí que apareció de improviso un venerable anciano, con
semblante majestuoso, imponente, celestial. Valeriano comprendió que aquél era un personaje sobrenatural y, vencido por el miedo, cayó
al

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suelo. Quién era el aparecido? Era el apostol san Pablo que acudía a consolar a Urbano en sus tribulaciones y a animar a Valeriano.

-íLevántate, Valeriano, y cobra valor!, dijo san Pablo.

También Valeriano, esforzado guerrero y hombre valeroso, temblaba en aquel momento como un niño.

Al oír que le llamaban por su nombre, alzó ((80)) un poco la cabeza, dirigió la mirada a aquel ser misterioso y se levantó. Entonces san

Pablo le ofreció un libro diciéndole:

-íLee!

Valeriano abrió el libro y leyó en él estas palabras: Una sola ley, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios omnipotente, creador de

cielo y tierra; un solo señor y redentor, Jesucristo.

-Crees esto?, le preguntó san Pablo.

-íSí, lo creo con toda mi alma!, repuso Valeriano.

-Si lo crees, puedes recibir el santo bautismo y después volver a Cecilia y ver al ángel.

Dicho esto, san Pablo desapareció.

Entonces el papa Urbano administró el bautismo al convertido, lo vistió con la túnica blanca y, como apuntaban ya las primeras luces

de la aurora, lo envió, así vestido, a Cecilia.

Llegó Valeriano a la puerta del palacio de Cecilia, asediada de numerosos clientes llegados para saludar al amo y recibir la
gratificación, sin hallar a aquella hora ningún obstáculo por parte de los siervos ostiarios. Atravesó los atrios y fuese derecho a la
habitación de la santa virgen. Detúvose ante el umbral, levantó un poco la cortina que tapaba la entrada. íQué espectáculo contemplaron
sus ojos! Cecilia rezaba de rodillas y estaba a su lado, en pie, su ángel. Aquel ángel despedía una luz tan clara como el sol, que iluminaba
la habitación. La hermosura de su rostro, la riqueza de sus vestidos, el magnífico esplendor de sus alas, pintadas de varios colores, era tal
que resulta imposible describirlo con lengua humana. Las alas nacían de las espaldas con toda suerte de admirables trenzados, obra de
manos divinas, y acababan en sus extremidades con vivísimos colores irisados. Ante aquella visión dudaba Valeriano si debía entrar, pero
ya casi acostumbrado a la presencia de los habitantes del cielo, con la reciente aparición de san Pablo, se animó y entró. Fue en seguida a
arrodillarse junto al ángel, de modo que éste quedó en medio entre Cecilia y Valeriano. Valeriano, aunque estaba poseído de intenso
fervor, con todo, deslumbrado por aquella luz fulgurante, rezaba a duras penas y su atención quedaba distraída con el celeste personaje.
Después de un rato de oración, el ángel sacó dos bellísimas coronas de rosas y las colocó sobre las cabezas de Cecilia y Valeriano. Luego
dijo:

-Guardad, jóvenes míos, estas coronas que os he traído del jardín del ((81)) Paraíso, con la pureza del corazón y la santidad de la vida.

Vuestras oraciones han sido escuchadas por el Señor; pedid lo que deseáis y se os concederá.

Entonces Valeriano dijo:

-Te pido la conversión de mi hermano Tiburcio.

-Si sólo deseas esto, contestó el ángel, ya está concedido.

Y desapareció. En aquel instante se oyeron los pasos de Tiburcio, que se acercaba a la puerta, y abrió.

-íOh, qué fragancia tan deliciosa se percibe en esta sala! Qué flores, qué aromas despiden este perfume? En mi vida he experimentado

nada semejante.
Entonces Valeriano respondió:

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-Nosotros sabemos de dónde viene. Has de saber que hace poco bajó un ángel del cielo y puso dos coronas de rosas sobre nuestras
cabezas.
-Dónde están, que yo no las veo?, exclamó Tiburcio mirando a un lado y a otro sin ver nada. Dónde están esas rosas que decís? Siento
su olor, pero las coronas, que me gustaría ver, no las veo.
Y no se calmaba. Entonces dijo Cecilia:

-Si quieres ver estas coronas, antes debes creer que hay un solo Dios creador de cielo y tierra, que este Dios ha enviado del cielo a su
divino hijo Jesús, el cual fundó una religión santísima, purísima; y después tienes que ser lavado con una agua que purifique tu alma de
toda mancha.

-Cómo? Hay todavía un Dios más poderoso que los dioses de Roma?
Contestóle Valeriano:
-íTiburcio, mucho me extraña que con tu mucho saber, creas que nuestros ídolos son poderosos! íEstán hechos por los hombres!
-Es verdad lo que dices; pero, quién me dará esa agua?
-Un venerable anciano, que se llama Urbano.
-Urbano? Ese a quien oigo llamar el papa de los cristianos?
-Exactamente.
-No soy tan necio como para presentarme a él. Si me descubrieran los pretorianos, sería inmediatamente condenado a muerte. Además

ícorren voces tan perversas a costa de los cristianos!
-Calumnias de los malvados, querido hermano. Urbano es un ángel. En mi vida encontré un hombre más afectuoso, más sencillo y más
docto. Ve a verlo, háblale y quedarás encantado.
((82)) -A lo que parece, también tú..., pero no es posible... Soy joven..., quiero gozar de la vida... No sabes que la muerte está pendiente
sobre la cabeza de quien trata con los cristianos?... No; yo no iré nunca a ver a Urbano.
-Aguarda, Tiburcio, aguarda. Tu temor sería razonable, si hubiésemos de vivir solamente en este mundo, si todo acabara con la muerte.
Pero has de saber que nuestra alma es inmortal, que Dios todopoderoso, que ha hecho cielo y tierra, ha creado también un paraíso donde
disfrutan eternamente de una felicidad inexplicable sólo los que le hayan servido en esta vida; y has de saber también que hay un lugar
donde, después de la muerte, sufren todos los tormentos que puedas imaginar, aquéllos que no quisieron conocer, adorar, amar y obedecer

a este Dios.
-Pero, quién puede asegurarme que exista otra vida?
Intervino entonces Cecilia, y como era muy culta, presentó las pruebas tomadas de la razón, de la revelación y de los mismos autores

paganos para demostrar la existencia de la vida futura, la eterna felicidad reservada a los justos y la eterna desdicha adonde irán a parar
los inicuos. Tiburcio, joven de agudo ingenio y gran corazón, comprendió con el auxilio de la gracia de Dios, la fuerza de aquellos
argumentos, se convenció y, despreciando la muerte, exclamó:

-Decidme, entonces, dónde vive Urbano e iré a verle enseguida para alcanzar yo también la felicidad eterna y evitar la muerte sin fin.
Entonces Valeriano, le dijo:
-Ven conmigo, yo te acompañaré. Estáte seguro de que, después de ese lavado de salvación, experimentarás una alegría que nunca

tuviste, ni mente humana puede imaginar.
Fueron; Tiburcio fue bautizado y, también él vio al ángel.

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Hasta aquí Juan Bonetti.

El 24 de noviembre, que era domingo, celebraron los músicos la fiesta de santa Cecilia, y predicó el panegírico el diácono José Re, hoy
canónigo en la catedral de Turín.

Pocos días después, el 29, fallecía en Turín, víctima de un ataque de apoplejía fulminante, el abate Fernando Aporti, quien, como ya
dijimos, había introducido en Piamonte los nuevos métodos ((83)) de enseñanza y las escuelas normales. Fue senador del reino y estuvo
propuesto, mas no fue aceptado por el Papa, para arzobispo de Génova. Desempeñó el cargo de Presidente de la Real Universidad de
Turín hasta la proclamación de la ley de 22 de junio de 1857. No obstante, ciertas opiniones suyas y sus costumbres mundanas, hay que
decir en su alabanza que no tomó parte en ninguna ley contra la Iglesia, por lo que, en más de una ocasión, le pusieron mala cara los
diarios impíos.

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((84)
)

CAPITULO VII

LECTURAS CATOLICAS -NOVENA DE PREPARACION A LA NAVIDAD DEL SEÑOR, POR EL BEATO SEBASTIAN
VALFRE -AVISOS IMPORTANTES PARA HACER CON PROVECHO ESTA NOVENA -CIRCULARES EN FAVOR DE LAS
LECTURAS CATOLICAS DEL OBISPO DE SALUZZO Y DEL ARZOBISPO DE VERCELLI -APARICION DE LA SANTISIMA
VIRGEN EN LOURDES -LA NOVENA DE LA INMACULADA EN EL ORATORIO

A principios del mes de diciembre hacía José Buzzetti, los envíos del almanaque El Hombre de Bien, junto con el último número de las
Lecturas Católicas de aquel año: Novena de preparación a la Navidad del Señor, por el beato Sebastián Valfré, de la Congregación del
Oratorio de Turín (Paravía).

Esta novena, a la que siguen unas consideraciones para cada día de la octava, está toda ella impregnada de esa devota unción que eleva
el alma a Dios y la alienta con las más dulces esperanzas. Cerrábase el fascículo con las profecías, el himno, las antífonas mayores y los
salmos, lo mismo que en el devocionario Il Giovane Provveduto (El Joven Cristiano), con el suplemento de unos villancicos al Niño
Jesús.

Añadió don Bosco a manera de introducción este importante aviso:

Para hacer la novena con gusto, con agrado de Dios y provecho de quien la practica, es preciso empezarla en estado de gracia, por lo
que sería muy oportuno anteponer la ((85)) confesión sacramental o, al menos, un acto de contrición, con propósito de confesarse cuanto
antes.

Será bueno rezar cada día nueve veces el padrenuestro y el avemaría, el gloria patri y el ángel de Dios. Y ello como recuerdo de los
nueve meses que la Virgen llevó en su santísimo seno al dulcísimo y amabilísimo Jesús; como invitación a los nueve coros angélicos para
que nos ayuden a reverenciar tan gran misterio y, también como renovación de todos los actos de devoción y ardientes suspiros que,
durante siglos, elevaron al cielo los patriarcas y padres de la antigüedad, deseosos de ver nacido al Mesías, y suplicando a la Santísima
Virgen que junte nuestros pobres corazones con el suyo, tan lleno de amor divino, a fin de que nuestra novena resulte más grata a Jesús...

El añadir cada día tres actos de arrepentimiento por haber ofendido a Dios, tres actos de amor de Dios, tres actos de ofrecimiento de sí
mismo a Dios para mejor disponerse
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a entrar en el portal de Belén, será un complemento que hará más aceptable la novena. Y el que se compromete a propagar entre los
crístianos estos y otros actos parecidos, hará algo muy útil, si advierte a todos que dispongan sus devociones y ejercicios de modo que se
ajusten al estado y vocación a la que Dios los ha llamado.

Y el que se propusiera practicar diariamente una virtud en particular y corregirse también de un defecto en concreto, a más del deseo
general de adquirir todas las virtudes y huir de todos los vicios, podría esperar del Cielo muchos favores y, por tanto, para facilitar esta
práctica, se propondrá para cada día una virtud a practicar y un defecto a evitar.

Y para que la novena así comenzada tenga un óptimo fin, se recuerda a todos la devoción y modestia con que se debe estar en la iglesia,
sobre todo durante los divinos oficios y el sublime y adorable sacrificio de la misa. Y el que vele durante la noche de Navidad para
prepararse a la solemnidad de este misterio tan tierno, tan sagrado, tan santo, absténgase de las bromas, juergas, diversiones, en
conclusión, de los pecados, y entreténgase en la lectura de libros espirituales, en cantar villancicos, en rezar oraciones...

Y el que no sienta la devoción de velar en la noche de Navidad, o deseándolo, no le fuera posible por cualquier circunstancia, sea
diligente ((86)) en levantarse por la mañana del día solemne, para hacer lo mejor que sepa todos los actos que le dicte la devoción de su
corazón... 1

El querer aguardar todos el mismo día de Navidad para confesar y comulgar, no es factible; por consiguiente, tome cada uno sus
medidas y dé comodidad a la servidumbre para poder tomar parte en la novena...

En este librito se compendian nueve ejemplos devotos para aficionar a todos al amor del amabilísimo Jesús y podrá leerse uno cada día.
Y con la piadosa oración, colocada al final del libro, se concluirá esta novena. Se ruega a todos que durante la novena encomienden a
Dios muchos importantes asuntos que tocan a la honra de Dios, al bienestar público y al provecho de las almas.

A este ejemplar se añadieron dos circulares episcopales recomendando las Lecturas Católicas, que ya habían sido publicadas en el
número de octubre. Iba en primer lugar un extracto de la carta pastoral de monseñor Juan Antonio Gianotti, arzobispo y obispo de
Saluzzo, a los venerables párrocos de su diócesis.

...Antes de poner fin a esta nuestra carta no podemos menos de excitar vuestro celo por la propagación de un librito periódico, cuya
lectura, atendidas las circunstancias del momento, creemos sumamente útil para las familias cristianas.

Ya sabéis, venerables hermanos, que hace algunos años mostrábamos en una carta pastoral, expresamente dirigida a los fieles de nuestra
diócesis, los gravísimos daños que causan a la fe y a las buenas costumbres, tantos libros y folletos impíos y libertinos como inundan
nuestros pueblos.

Viendo ahora que, por desgracia, se han de lamentar todavía estos males, os exhortamos a unir vuestra solicitud a la nuestra y vigilar no
sólo para impedir que el

1 Como puede apreciarse por las palabras de don Bosco, se dirige a un público de costumbres distintas a las de otras nacionalidades,
con motivo de las fiestas de la Nochebuena y Navidad. (N. del T.)
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enemigo de las almas siembre a escondidas la cizaña en el campo evangélico, sino que os dediquéis con la más industriosa caridad a
esparcir por doquiera la buena semilla de la palabra de Dios y de la doctrina católica.

Todo ello, podréis realizarlo no sólo con las adjuntas instrucciones, que haréis en la iglesia, sino también ((87)) propagando entre las
familias el mencionado librito titulado Lecturas Católicas, que ya otras veces os hemos recomendado. Por la selección de los temas, la
claridad de la exposición y de estilo, y también por su módico precio, nos parece muy acomodado a la inteligencia y a las necesidades del
pueblo.

Podréis poner todo vuestro entusiasmo para recomendar la lectura, sabiendo que el mismo supremo jerarca de la Iglesia, Pío IX, se
dignó animar a los colaboradores de la piadosa empresa a perseverar en ella y además excitar, con una circular de Su Eminencia el
Cardenal Vicario, a todos los arzobispos y obispos de los Estados Pontificios a la difusión de estas Lecturas Católicas por todas las
ciudades y villas sujetas a su jurisdicción espiritual.

Pidamos, venerables hermanos, al Dios de las misericordias que vuelva su compasiva mirada a las aflicciones de su Iglesia, y haga lucir
sobre nuestra querida patria días más serenos y tranquilos para nuestra santa religión católica, y, al mismo tiempo, nos conceda la
paciencia, el valor y el celo que, como ministros fieles suyos, necesitamos para combatir sus batallas, triunfar de sus enemigos y conducir
las almas, confiadas a nuestro cuidado espiritual, hasta el ansiado puerto de la bienaventurada eternidad.

Saluzzo, 9 de octubre de 1858.

JUAN Arzob. Obispo

G. GARNERl Secretario
El canónigo arcipreste de nuestra catedral se encarga de la asociación y distribución mensual de la revista.

Había otra carta circular de su excelencia reverendísima el arzobispo de Vercelli dirigida a los muy reverendos párrocos de su diócesis.

Muy Ilustre y Reverendo Señor:

Está fuera de toda duda que, cuando la impiedad se esfuerza para difundir sus perniciosos escritos, no hay, ni puede haber obra mas
santa y más saludable que la de proporcionar ((88)) buenos libros que tiendan a conservar en el ánimo de los católicos la integridad de la
fe y la santidad de las costumbres.

Y esto es mucho más necesario cuando se trata de alejar del peligro de seducción a la porción escogida del cristianismo que es más
grata a Dios por la sencillez de su fe y de sus costumbres pero, a la par, la más expuesta al peligro de ser envenenada por los falsos
principios, que la falta de religión y el libertinaje andan diseminando continuamente.

De ahí que siempre merecerá el elogio de los verdaderos amigos del pueblo, aquél que opone al veneno, propinado por los escritos
impíos, el eficaz antídoto de unos libros que, por su estilo fácil, por su amena narración y por su módico precio, pueden llegar fácilmente
a manos de la clase menos culta y acaudalada y ser leídos con gran provecho espiritual.

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Pues bien, la necesidad de poner un dique al creciente aluvión de librejos contrarios a nuestra santa fe y a las buenas costumbres de
nuestros pueblos fue vivamente sentida por un piadoso, docto y celoso sacerdote, que fundó con este fin en Turín, hace seis años, la
utilísima suscripción a esas Lecturas que, por proponerse el fortalecimiento de los espíritus y los corazones en la verdadera fe y la sana
moral, son verdaderamente dignas del glorioso título de Católicas, que llevan.

Los números que mensualmente se han publicado hasta ahora, no sólo han cumplido el fin que se proponía la dirección, sino que hasta
lo han rebasado. Admiramos, en efecto, su estilo llano, su variedad y amenidad de temas, su forma frecuentemente dialogada, las vidas de
santos alternando con materias instructivas y apologéticas, los cuentos que sirven admirablemente para inspirar amor a una virtud y horror
a un vicio. Si, finalmente, tenemos además en cuenta su módico precio de suscripción anual por 1,80 liras, habremos de concluir diciendo
que, si nada podía ser más oportuno para los tiempos que corren y más ventajoso para los fieles, tampoco podía desearse nada mejor para
que las Lecturas Católicas estuvieran al alcance de todos y a la fácil adquisición de todo el mundo.

Ya mencioné a V.S. Ilma. esta tan recomendable asociación el año pasado, con ocasión del envío de ((89)) una Pastoral sobre la Fe
Católica en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, y le recomendé que la promoviera entre sus feligreses. Pero ahora, que veo que no
cejan los esfuerzos de la impiedad, sino que se hacen cada vez, más osados y abren camino a libros y diarios pésimos, hasta en las aldeas,
pienso que faltaría a un sagrado deber, si no volviera a repetir la invitación y recomendar estas Lecturas a su grey con todo celo;
persuadido de que siempre, pero especialmente en la estación invernal a la que nos acercamos y en la que las labores del campo cesan o
disminuyen, se podrán recoger abundantemente de estas Lecturas los preciosos frutos, que por sí mismas han de producir en el corazón de
los que se dediquen a su lectura.

Repito muy gustoso esta invitación porque acabo de ver en el número VII de las Lecturas Católicas de este año, que el Eminentísimo
Cardenal Vicario, por orden del Sumo Pontífice Reinante, ha enviado en el próximo pasado mayo una circular en la que se leen estas
palabras: "La Santidad de nuestro Señor siempre atenta al verdadero bien de todos y plenamente informada de los frutos obtenidos por
estas Lecturas Católicas en los lugares donde se han abierto camino, ha aprobado y alabado la piadosa determinación de introducirlas
también en los Estados Pontificios, y a este fin me ha autorizado para invitar a los arzobispos y obispos de los Estados Pontificios a que
ayuden y sostengan tan hermosa empresa, difundiéndola lo más posible por las ciudades y villas sometidas a su jurisdicción espiritual".

Por estas palabras que demuestran claramente el aprecio del Sumo Pontífice por las Lecturas Católicas y cuánto le interesa su máxima
difusión, creo superfluo añadir nuevas razones para mover a V.S. Ilma. a recomendar con entusiasmo la mencionada publicación.

Pero si el especialísimo aprecio que el Santo Padre tiene por las Lecturas Católicas, basta con creces para que yo tenga la seguridad de
que éstas, por la cooperación de V.S., serán difundidas más ampliamente en su parroquia, sin embargo, no puedo ni debo dejar de
invitarla a vigilar con la mayor solicitud para que no se introduzcan en su pueblo escritos impíos y libertinos y, al mismo tiempo, pedir
que se hagan continuas y fervientes oraciones para la extirpación de las herejías y la propagación de la fe católica.

((90)) Así pues, con la firme confianza de que, merced a sus cuidados, encontrarán
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las Lecturas Católicas muchos asociados entre sus feligreses, tengo el honor de declararme con la mayor estimación,

De V. M. Ilustre y Rda. Señoría.

Vercelli, 18 de octubre 1858.

Seguro y afmo. Servidor ALEJANDRO, Arz.

D. MOMO, Secr.
Don Bosco, rebosando alegría con tales recomendaciones, celebró la fiesta de la Inmaculada Concepción. Tanto más cuanto que aquel
año un portentoso acontecimiento había hecho resonar por todo el mundo la gloria y la bondad de la Madre celestial. Don Bosco lo había
contado varias veces a sus muchachos y más tarde imprimía su relato.

El 11 de febrero de 1858 una inocente pastorcilla de catorce años, Bernardita Soubirous, salía de Lourdes, pequeña ciudad a los pies de
los Pirineos, para ir al campo a recoger un poco de leña para la cocina de su casa. No sabía leer ni escribir: toda su instrucción se reducía
al padrenuestro, avemaría, gloria y credo. No había recibido todavía la primera comunión.

Al llegar a la falda de la gruta de Massabielle e intentar pasar el canal casi seco de un molino, he aquí que oye un ruido, un soplo como
de viento impetuoso, quedando, sin embargo, inmóviles todas las ramas de las plantas. Extrañada, vuelve Bernardita la mirada hacia la
gruta y, temblando de pies a cabeza, se pone de rodillas en el suelo. Encima de aquélla, en un nicho rústico, al que llegaban las largas
ramas de un rosal silvestre, en medio del esplendor de una luz magnífica, estaba en pie, suspendida en el aire, una Señora lindísima, por
encima de toda imaginación, maravillosamente luminosa y bella.

((91)) Tenía el aspecto de una doncella de unos veinte años, de mediana estatura, cara ovalada, perfectamente regular, ojos azules,
suaves y dulces sobre toda ponderación. Resplandecía en su rostro una belleza, una gracia, una majestad y gravedad, una sabiduría, una
virtud superior a toda imaginación. Su vestido era blanco como la nieve: llevaba ceñida una faja azul celeste que, anudada por delante,
colgaba en dos cintas hasta los pies. Rodeábale la cabeza un velo blanco que caía por detrás cubriéndole las espaldas y todo lo largo de su
persona. Sus pies se apoyaban suavemente sobre las ramas del rosal sin doblarlas, y había sobre cada uno de sus pies una rosa florecida.
Sus manos, devotamente juntas, sostenían un rosario, cuyas blancas cuentas parecían ensartadas en un cordoncillo de oro. Parecía
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que rezaba esta oración, porque se veían correr las cuentas entre sus dedos, pero sus labios no se movían, y tenía los ojos fijos en
Bernardita.

Esta, asustada en el primer momento, sacó su rosario, pero no tuvo fuerzas para hacer la señal de la cruz; la Señora se santiguó como
para animarla.

La muchacha sintió entonces desvanecerse todo su temor y con gran alegría comenzó a rezar el rosario. Cuando lo terminó desapareció
la visión.

Desde el once de febrero al dieciséis de julio, tuvo Bernardita, ella sola, y en el mismo lugar, dieciocho apariciones. El dieciocho de
febrero la Señora dejóle oír su voz, por vez primera, diciendo:

-Hazme el favor de venir aquí durante quince días seguidos.

De entre las pocas palabras que la Señora pronunció, ora sonriente, ora triste, son memorables las siguientes:

-Yo no te prometo hacerte feliz en este mundo, sino en el otro.
Deseo que venga aquí mucha gente. íRezad por los pecadores! ((92)) íPenitencia, penitencia, penitencia! íHija, comunica de mi parte a
los sacerdotes que deseo me levanten aquí una capilla!

El veinticinco de febrero Bernardita, obedeciendo el mandato de la Señora, excavó con las manos un hoyito en el suelo, en un rincón
árido y oscuro de la gruta y brotó una fuente de agua perenne, que aún al presente mana unos cinco mil litros de agua por hora. El
veinticinco de marzo, después de preguntarle por tres veces su nombre, respondió con inefable dulzura:

-Yo soy la Inmaculada Concepción.

Ya, desde la primera aparición, la gente enterada de lo ocurrido, acudía a la gruta por millares; el agua de la fuente operaba
innumerables milagros más claros que el mismo sol, y no daban abasto los confesores para atender a los fieles que deseaban reconciliarse
con Dios. Así comenzó esa serie de maravillas que hicieron del santuario de Lourdes un testimonio continuo del poder de la Virgen
María.

Los muchachos del Oratorio, cada vez más enardecidos de amor a la Virgen con estos relatos, celebraron aquel año la novena y la fiesta
de la Inmaculada con particular fervor y muchos escribieron los actos de piedad, que propusieron hacer en aquellos días. Habíalo
aconsejado don Bosco. Magone, escribió sus propósitos que eran los siguientes:

"Yo Miguel Magone, quiero hacer bien esta novena y prometo:

1. Despegar mi corazón de todas las cosas del mundo para darlo todo a la Virgen.
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2. Hacer confesión general para tener la conciencia tranquila en punto de muerte.
3. Dejar cada día el desayuno como penitencia de mis pecados, o rezar los siete gozos de María para ((93)) merecer su asistencia en las
últimas horas de mi agonía.
4. Comulgar diariamente contando con el consejo del confesor.
5. Contar cada día a mis compañeros un ejemplo en honor de María.
6. Llevaré este escrito a los pies de la imagen de la Virgen y con este acto quiero consagrarme enteramente a Ella, y propongo ser en
adelante todo suyo, hasta el último instante de mi vida".
Permitióle don Bosco hacer estos propósitos, excepto la confesión general, que ya había hecho poco tiempo antes, y abstenerse del
desayuno, que le conmutó por el rezo diario de un De profundis en sufragio de las almas del Purgatorio.
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((94))

CAPITULO VIII

LA PLATIQUITA DE LA NOCHE 1 -DON BOSCO DIRIGIENDO LA PALABRA -SU ELOCUENCIA -INDUSTRIAS PARA DAR
PABULO A LA IMAGINACION DE LOS CHICOS -SEIS PLATICAS DEL MES DE DICIEMBRE -NAPOLEON: EL CATECISMO
Y LA PRIMERA COMUNION -GREGORIO NA CIANCENO, BASILIO Y JULIANO EL APOSTATA ESTUDIANTES EN
ATENAS -CORRECCION DE LOS DEFECTOS Y DE LAS FALTAS LIGERAS -NO ENVANECERSE POR LAS ALABANZAS Y
TENER CALMA Y PACIENCIA POR LAS CORRECCIONES -UNA VICTORIA SOBRE EL RESPETO HUMANO PREMIADA
-NO AVERGONZARSE DE OBEDECER A DIOS -DESPUES DE LA PLATIQUITA -SALON DESTINADO A LAS
REPRESENTACIONES TEATRALES -REGLAMENTO PARA EL TEATRO

EL edificio moral del Oratorio se mantenía sólido y espléndido: era su clave la platiquita de cada noche después de las oraciones. Don
Bosco no la cedía a nadie, porque la consideraba como un deber suyo personal, salvo que fuera totalmente imposible; y no quería que su
suplente hablase más de tres o cinco minutos, de acuerdo con la necesidad y la circunstancia. Su consigna era: -Pocas palabras; una sola
idea importante, pero que impresione, de modo que los muchachos vayan a dormir perfectamente enterados de la verdad que se les ha
expuesto.

((95)) Pero el deseo de los muchachos era oír al que tanto los quería.

Así se expresa el teólogo Ballesio, en su Vida íntima de don Juan Bosco. "Terminada la clase nocturna, de canto y de música para unos
y de gramática y de aritmética para otros, a la vibrante y argentina llamada de la campanilla, nos reuníamos para la oración. Esperado y
sublime momento: ími corazón se alboroza de gozo sólo al recordarlo! Se entonaba una canción y trescientos muchachos formaban un
coro imponente que los de la ciudad oían desde lejos.

1 Así comenzó a llamar don Bosco lo que hoy se conoce con el clásico nombre de buenas noches. Y así ha de entenderse a lo largo de
estas Memorias, aun cuando, por respeto al texto original, seguimos traduciendo "platiquita" o plática de la noche. (N. del T.)
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Rezábamos todos en alta voz con don Bosco, en medio de nosotros, arrodillado sobre el pavimento de piedra, en el locutorio, o en el
pórtico. íQué encantador y santamente modesto estaba don Bosco en aquellos momentos! Acabada la oración, suavemente ayudado por
nosotros, subía a una pequeña tribuna y, al verle comparecer en alto, con aquella su mirada paternalmente amable y sonriente que giraba
sobre nosotros, percibíase en toda aquella gran familia una sensación, una voz, un suave murmullo, un hondo respiro de satisfacción y
alegría. Después, con religioso silencio, se clavaban los ojos de todos en él".

En aquel momento algunos alumnos le presentaban los objetos perdidos y encontrados, que se anunciaban y devolvían a sus dueños.
Luego comenzaba a hablar. Su semblante decía claramente: cuanto yo hago, no es más que un medio para lograr vuestra eterna salvación,
y los trabajos y dificultades que aguanto son para vuestras almas. A mí, que soy vuestro padre, escuchadme, hijos, y obrad así para
salvaros.1 Y don Bosco daba ((96)) avisos para el día siguiente, recomendaba alguna obra de piedad, recordaba algún bienhechor difunto,
explicaba brevemente algún punto del catecismo. Aprovechaba todas las ocasiones para recomendar a los alumnos la frecuencia de los
santos sacramentos, pero dejando a todos en plena libertad; los invitaba, sin embargo, con tanta suavidad, los inflamaba con tanto ardor,
que conseguía lo que deseaba; promovía, con fervor sin igual, la visita al Santísimo Sacramento, arrobaba hablando de la bondad,
providencia y misericoria de Dios; aludía a la pasión de Jesucristo, y entonces se le veía a veces entusiasmarse y otras conmoverse hasta
el punto de quedar ahogada su voz.

Era de una variedad sorprendente, de suerte que su palabra nunca causaba tedio o disgusto.

Había recogido un tesoro inagotable de hechos y sentencias de la sagrada Biblia, de la Historia Eclesiástica y de muchísimas historias
profanas de pueblos antiguos y modernos; de las vidas de los santos, de los filósofos, de los artistas célebres; de las obras del Magister
sententiarum, Juan Gersón, célebre canciller de la universidad de París; de los Bolandistas, y de muchísimos otros autores y sabía
exponerlas admirablemente cuando venían a cuento para su tema.

Contaba también acontecimientos contemporáneos privados y públicos, acompañándolos con una reflexión adaptada a la necesidad y
amaestramiento de los muchachos.

1 Ecclesiástico III, 1.
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Pero cuando don Bosco hablaba. no se proponía únicamente el orden moral y el progreso espiritual, sino que también procuraba, con
múltiples y adecuados medios, adueñarse de la mente de los jóvenes, para frenar su volubilidad. Baste de momento un solo hecho para
adivinar muchos otros que a su debido tiempo expondremos.

((97)) Cuando don Bosco había determinado conceder una excursión u otra diversión semejante a los jóvenes, se ponía de acuerdo con
un sacerdote, el cual interrumpía su platiquita preguntándole si no le parecía conveniente conceder a los muchachos aquel pasatiempo.
Don Bosco ponía algunas objeciones y observaciones, como dudando si concederla o no. El otro insistía. Los muchachos, como es
natural, seguían con vivísimo interés una disputa que esperaban concluyera a su favor, y finalmente don Bosco acababa concediendo.
Estos diálogos servían para obtener la promesa de un comportamiento mejor, para manifestar ciertos desórdenes que había que remediar,
para reprochar determinadas faltas contra el reglamento, pero sin ofender a nadie, como quien bromea, mas con la seguridad de obtener
una gran mejora. Con este ardid se entretenían las mentes de los muchachos, que cavilaban durante varias semanas sobre lo que se les
había anunciado, y se convertía en el tema de sus conversaciones, escribían sobre ello a sus casas, aguardaban con ansia el día esperado,
formaban sus alegres planes y quedaban así, lejos de su corazón, otras imaginaciones que hubieran podido perjudicar a sus almas. Por el
mismo motivo promovía y anunciaba, con las más seductoras descripciones, las fiestas religiosas, las veladas, las funciones de teatro, las
rifas. A veces contaba acontecimientos portentosos, describía sueños de incomparable belleza o manifestaba los grandiosos proyectos que
iba planeando.

Los muchachos y los clérigos quedaban tan impresionados con estas pláticas de don Bosco, que al día siguiente algunos las escribían en
un cuaderno, para conservar los avisos oídos y, al releerlas, sacar provecho de ellas. A nuestras manos llegaron muchos de ((98)) estos
escritos, que nos enviaron venerandos sacerdotes de nuestra Pía Sociedad, sacerdotes diocesanos e ilustres seglares, antiguos alumnos
nuestros, que los guardan como queridos recuerdos de su niñez, para que sacáramos copia. Son sencillos bosquejos, pero a veces prolijos:
falta, aunque no del todo, la santa unción del hombre de Dios; se pierde la fuerza de su palabra; sin embargo, hay mucho de su espíritu, y
nos hacen revivir aquellos años benditos que ellos tuvieron la fortuna inestimable de vivir con él.

Este es el motivo por el cual presentaremos, de vez en cuando,
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los preciosos compendios de las charlas de nuestro querido padre, comenzando por algunas que dio en el mes de diciembre, en seis
noches distintas. Y como el manuscrito original no precisa la fecha, las distinguiremos con números romanos.

Napoleón Bonaparte, aunque enemigo del Papa, soberbio e inmensamente ambicioso, tenía, sin embargo, fe y, confinado en Santa
Elena, hablaba de Dios y discurría de tal modo que todos quedaban encantados.

En cierta ocasión le dijo uno de sus generales:

-Habláis de Dios como si lo estuvierais viendo; yo, en cambio, no puedo convencerme de que Dios exista.

Napoleón, al oír estas palabras, replicó:

-íTomad un compás y medid el cielo!

-No es posible, contestó el general.

-Pues bien, concluyó el Emperador; negad entonces que el cielo existe.

En esta ocasión, dándose cuenta de que otro de sus generales sabía poco de religión, comenzó a hablarle de este tema, y terminó
diciendo:

-Habéis comprendido?

-Muy poco, respondió el otro.

-No habéis comprendido? íQué poco talento tenéis! Me equivoqué al haceros general.

((99)) Napoleón tenía un gran talento y algunas de las páginas que escribió pudieron colocarse al lado de las que escribieron los Santos
Padres. Al fin de su vida se convirtió y murió como un buen cristiano. Pero sabéis por qué? De jovencito había estudiado bien el
catecismo y había hecho bien la primera comunión.

II

Vivían en Atenas dos estudiantes; llamábase el uno Gregorio y el otro Basilio. Los dos compañeros se amaban tiernamente y el fin de
su amistad era edificarse el uno al otro y adelantar cada vez más en la virtud. Era delicioso ver su comportamiento en la iglesia, oír cómo
cantaban las alabanzas del Señor, cómo rezaban, admirar sus progresos en las ciencias. Vivía con ellos otro compañero, Juliano. Su cara
delataba la maldad, su mirada revelaba una perversidad precoz, asomaba a los labios una sonrisa maligna. Los dos buenos amigos, se
dieron cuenta de que aquel joven era un compañero malo y huían de él constantemente, a pesar de que trataba de acercarse a ellos. Juliano
se burlaba de ellos siempre que los veía ir a confesarse, comulgar y hacer otras prácticas de piedad. Le decía un día Gregorio a Basilio:

-íAy de la Iglesia, si éste subiera un día al trono de los Césares! Sería el más terrible perseguidor de los cristianos.

Juliano era sobrino del emperador Constancio. Y la ocurrencia fue realidad. Juliano llegó a emperador, fue llamado el apóstata y se
convirtió en feroz enemigo de Jesucristo. Pero no escapó al enojo del Señor, pues, a los pocos años de gobierno, pereció en una batalla,
blasfemando del nombre de Aquél a quien no había querido confesar como Dios. Gregorio y Basilio, por el contrario, fueron creciendo en
virtud a medida que avanzaban en edad y llegaron a ser dos grandes lumbreras de la religión. Los dos son venerados ahora en los altares,
y los dos son doctores de la Iglesia.

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Ved ahí, queridos jóvenes, cómo el que quiere realmente llegar a ser grande, ha de comenzar desde joven a recorrer con valentía el
camino de la virtud. El que empieza bien de joven puede esperar que el Señor le ayude en todas las circunstancias de la vida; pero, si
durante la juventud no cuida sus deberes religiosos, ((100)) sino que encima se burla de los que practican, éste debe temer, y mucho, que
tarde o temprano, caiga sobre él la ira de Dios.

Cuando san Felipe Neri era todavía jovencito, vivía en Florencia y solía ir a menudo al convento de los dominicos, donde había un
fraile que, más de una vez, le contó el siguiente hecho:

Había dos religiosos que tenían la costumbre de confesarse mutuamente antes de ir al coro a rezar maitines. Una noche quiso el
demonio burlarse de ellos. A la hora señalada fue a llamar a la puerta de uno de los dos frailes, invitándolo a bajar a la iglesia. Creyendo
el fraile que le había llamado el compañero, bajó y a llegar al coro vio a uno, que por su aspecto, por el hábito, por su andar parecía
exactamente su compañero, que iba a sentarse en el confesonario. Se acercó él a la rejilla para confesarse según su costumbre. Mientras
iba diciendo sus faltas, oyó extrañado que le respondía:

-íEso no es nada!

Siguió su acusación, manifestó una falta más grave y oyó la voz del confesor que repetía:

-íEso no es nada!

Entonces, sospechando que allí había alguna trampa, se santiguó y al momento calló la voz del confesor. Hizo una pregunta y nadie
respondió. Miró y el confesor, es decir, el diablo, había desaparecido.

Queridos hijos, no olvidéis la palabra que suele emplear el demonio cuando quiere induciros al pecado: íeso no es nada!

Ante ciertas amistades demasiado apasionadas, que desagradan a los superiores: íeso no es nada! Ante ciertas murmuraciones contra los
compañeros o contra el reglamento: íeso no es nada! Frente a las desobediencias a ciertos mandatos, las meriendas clandestinas: íeso no
es nada! Se presentan a veces dudas graves sobre ciertas acciones o pensamientos, que nos ruboriza confesar y: íeso no es nada!

No os digo que toméis por grave lo que es leve, pero os pongo sobre aviso para que no prestéis oído al demonio, cuando os repita que
eso no es nada. Una falta nunca deja de serlo y, por tanto, hay que corregirse. Y después no olvidéis que qui spernit modica, paulatim
decidet (el que desprecia las cosas pequeñas, poco a poco caerá).

((101))

IV

Cierto día se presentó un joven a san Macario para que le aceptara como discípulo. San Macario lo recibió amablemente y le dijo:

-Ves aquel cementerio?

-Sí, lo veo.

-Bueno, pues ve allá, métete entre las tumbas y lanza todas las imprecaciones, todos los improperios, todas las palabras de burla que
sepas y puedas inventar.

-íEnseguida!, contestó el joven.

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VOLUMEN VI Página: 86

Fue e hizo lo que san Macario le había mandado. Después de una hora volvió y el santo le preguntó:

-Has hecho lo que te dije?

-Sí, lo hice.

-Vuelve entonces a las mismas tumbas y empieza a decirles todos los elogios, los cumplidos, alabanzas y lisonjas que sepas y puedas
inventar.

Volvió el joven al cementerio y, a voz en grito, se puso a alabar a aquellos muertos como si fuesen héroes de la ciencia, del valor, de la
virtud, de la santidad. Después se presentó a san Macario.

Este le preguntó de nuevo:

-Has cumplido la obediencia?

-íSí, señor!

-Qué respondieron aquellas tumbas a tus injurias y a tus alabanzas?

-íNada!

-Pues bien, si quieres ser mi discípulo, debes mostrarte impasible y muerto, como aquellas tumbas, ante las injurias y alabanzas que te
puedan hacer de aquí en adelante.

Queridos amigos, es una gran virtud la indiferencia, lo mismo para lo bueno que para lo malo que pueda sucedernos, y esto por amor a
Dios. No es que yo quiera exigiros la perfección en esta virtud; pero, sí, deseo que seáis menos sensibles a las alabanzas y a las críticas. Y
esto frente a Dios y frente a los hombres. Hay, a veces, algún muchacho que ha recibido de Dios un don especial por haber tenido éxito
en su trabajo o porque alcanzó un buen puesto,en clase o una buena calificación en los exámenes, y se pavonea, se engalla por el honor
conseguido, se cree ya un gran personaje, ((102)) va en busca de fulano y de zutano para que le repitan el panegírico, tiene en menos a sus
compañeros y se da por ofendido, si no le guardan las consideraciones que cree merecer. Esto es soberbia, que acarrea desprecio y
provoca la burla a nuestras espaldas, pues ofendemos la susceptibilidad ajena y, más tarde o más temprano, Dios nos humillará.

Hay también muchachos que no saben aguantar una broma y mucho menos una burla, un gesto mordaz, una palabra injuriosa; se ponen
colorados como un tomate, se enfadan, devuelven la pelota, golpean y íay de quien los mire! Esto es soberbia, que nos hace faltar a la
caridad, nos hace olvidar el precepto del perdón, nos enajena la simpatía de los compañeros y nos hace odiosos a todos, mientras no
encontremos a uno más fuerte que nosotros que nos vuelva las tornas. Y entonces, disgustos, rencillas, arrebatos y malos papeles.

Así pues, si nos alaban, si todo lo nuestro va bien, demos gracias a Dios por ello; pero seamos humildes pensando que todo nos viene
de Dios, que puede quitárnoslo en un instante. Si nos regañan, observemos si la censura o el reproche es razonable y corrijámonos; si no
lo merecemos, tengamos paciencia y calma, soportémoslo por amor a Jesús que fue humillado por nosotros. Acostumbraos a saber
frenaros vosotros mismos, que es la manera de tener muchos amigos y ningún enemigo. Y si hubiese alguno tan pesado que no os
quisiese dejar en paz, para eso están los superiores que saldrán en vuestra defensa. Tened en cuenta, además, que el humilde y amable
siempre será bien visto por todos, por Dios y por los hombres. Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra.
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Léese de un soldado que solía hacer con plena libertad sus devociones y, aun cuando sus compañeros daban poca o ninguna
importancia a la piedad, él, sin embargo, la practicaba valientemente. La primera noche que sus compañeros le vieron arrodillarse y rezar
sus oraciones antes de acostarse, se deshicieron largo rato en voces, silbidos y burlas, tildándole de beato, jesuita e hipócrita. Pero él no
se alteró y siguió rezando tranquilamente sus oraciones. ((103)) Al ver que aguantaba impasible aquella batahola, los demás fueron
callando uno tras otro. La noche siguiente volvieron a las burlas, aunque no tan rabiosamente como el día anterior, y, poco a poco, antes
de acabarse el mes, le dejaron en plena libertad de hacer lo que le viniese en gana.

Entretanto, como se prestaba para cualquier servicio, escribir cartas, asistir a los enfermos, sustituir a los compañeros en alguna de sus
incumbencias, comenzó el cuartel a prodigar alabanzas a su favor, y todos los soldados querían ser sus amigos. Era justo que el Señor,
que nunca deja sin premio a sus fieles servidores, a los que no se ruborizan de confesarse, de comulgar, de oír misa, le diera alguna
prueba de su protección.

Estalló la guerra, y Belsoggiorno, que así se llamaba nuestro soldado, partió con su regimiento. Llegó el día de la batalla. Todo el
ejército se disponía a ocupar las posiciones fijadas de antemano. Se veía al enemigo avanzar de lejos como manchas negras, entre las
cuales brillaban a los rayos del sol las bayonetas. De pronto, la compañía de Belsoggiorno se detuvo. Las tropas enemigas avanzaban pero
todavía estaban lejos. En aquel instante, se acordó Belsoggiorno de que aún no había rezado los siete padrenuestros, avemarías y glorias
que solía decir cada mañana en honor de los siete dolores de la Virgen. Aprovechó la parada y se arrodilló en el mismo lugar donde
estaba. Sus compañeros, al verle, indignados por lo que ellos calificaban de cobardía, exclamaron:

-Mirad ahí a nuestro guerrero, está rezando cuando es hora de luchar.

Y le apostrofaban con su rico vocabulario de vulgares insultos. Pero él seguía rezando sus padrenuestros. De improviso se oyó una
formidable detonación, y una estridente granizada de hierro pasó sobre la cabeza de Belsoggiorno. Los enemigos habían camuflado en
avanzada una batería de cañones. Los gritos desesperados de los heridos, el estertor de los moribundos resonaban en derredor de nuestro
soldado. Este, despavorido en los primeros momentos, alzó después un poco la cabeza, que había tenido inclinada hasta el suelo mientras
rezaba, y se dio cuenta de haber quedado vivo él solo, mientras yacían los demás tendidos por tierra muertos o moribundos.

Ved ahí, queridos hijos míos, cómo Dios socorre a los que no temen las críticas del mundo y no se avergüenzan de dar testimonio de su
fe cristiana.

((104)) VI

La última vez que tuve el gusto de hablaros, os conté cómo Dios protegió a un soldado que no se avergonzaba de rezar en público. Esta
noche voy a haceros una observación sobre el respeto humano. íCuántos cristianos, en la situación de aquel soldado, no tendrían el valor
de manifestar de la misma manera su amor a Dios! El hombre a veces no teme hacer frente a los cañones, no tiene miedo a las armas, a
las fieras, al mar borrascoso, ni a los viajes a través de inmensas florestas o desiertos sin límites; en cambio, no tiene valor para vencer un
simple y cobarde respeto humano,
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un cobarde rubor... íLe asusta una burla, una sonrisa maliciosa! Y eso que se trata de obedecer a Dios y a su santa Iglesia en cosas
gravísimas, como oír misa en los días festivos, abstenerse de comer carne en viernes y en sábado, acercarse a los sacramentos por Pascua,
no aplaudir a los que sostienen conversaciones obscenas y otras cosas por el estilo. íY al obrar diversamente se juega uno la eterna
salvación! No es esto una locura? Perder el alma por las vulgares palabras de un necio, que se reirá de vuestra ruindad! Acordaos de lo
que dijo Jesucristo: "El que se avergüence de mí y mis palabras, el Hijo del Hombre se avergonzará de él, cuando venga con su
majestad... y la del Padre y los santos ángeles... Y a todo el que me niegue ante los hombres, yo también le negaré ante el Padre, que está
en los cielos".

íMirad a san Pablo e imitadle! Cuando fue a la ciudad de Damasco y entró en la sinagoga, declaró él mismo su conversión, diciendo
francamente ante todos:

-Yo soy aquél que perseguía a los cristianos; pero ahora también soy cristiano. Jesús es el Mesías prometido. El es el verdadero Hijo de
Dios.

Todos quedaron atónitos al oír su profesión de fe, especialmente cuando contemplaron sus milagros. Los enfermos curaban al contacto
de sus manos, o al besar su pañuelo o cualquier objeto suyo. Así premiaba Dios la generosidad con que había obedecido su mandato, y el
fabricante de tiendas de piel para los soldados se convirtió en el gran apóstol de las gentes. En él se cumplió la palabra del Salvador: "Al
que me confiese ante los hombres, también yo lo confesaré ante mi Padre que está en los cielos".

((105)) En estos términos habló don Bosco durante las primeras semanas de diciembre. Al término de cada platiquita, se despedía de los
muchachos, como un padre de sus hijos, con el augurio de: "íBuenas noches!", al que todos los muchachos correspondían con el saludo
cordial y sonoro de "ígracias!"1.

Al bajar de la pequeña tribuna, los muchachos le rodeaban deseando cada uno de ellos oír de sus labios una palabra confidencial. Y él,
con toda calma y bondad, los complacía. Declara el canónigo Anfossi: "Siendo muchacho, me sucedió más de una vez percibir un amable
reproche o advertencia con su sola mirada acompañada de un apretón de manos; y estando yo angustiado, sin decirle palabra me
comprendía y consolaba con alguna máxima moral. Y lo que hacía conmigo, hacíalo con la misma amabilidad con todos, de modo que los
muchachos se despedían de él para ir al dormitorio en silencio, recogidos y satisfechos".

El augurio de don Bosco los acompañaba, porque la buena noche iba preparada con sus palabras y envuelta en sus prescripciones.

1 Las buenas noches: En los colegios salesianos de España se introdujo, desde un principio, una costumbre que todavia los acompaña.
Se empiezan las "buenas noches, buenos días o buenas tardes", que tales son las ocasiones hoy en día, con el clásico saludo de: "Ave
María Purísima", por parte de quien las da, y se cierran con la despedida: "Buenas noches... nos dé Dios", por parte de quienes las
reciben. (N. del T.)
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Apenas entraban los muchachos en el dormitorio, y mientras se acostaban, un lector leía durante diez minutos un libro espiritual y
terminaba diciendo: Tu autem, Domine, miserere nobis (y Tú Señor, ten piedad de nosotros) a lo que no todos contestaban Deo gratias
(gracias a Dios) porque ya estaban dormidos; y se dejaban las luces medio apagadas. Por la mañana, sonaba la campana, se oían las
palmadas del asistente y el Benedicamus Domino (Bendigamos al Señor) despertaba a los jóvenes que respondían Deo gratias (gracias a
Dios), por haberles conservado la vida el Señor.

Entretanto se habían acabado los trabajos del subterráneo de la iglesia, destinado a refectorio. Como quiera que por su amplitud tenía
capacidad para gran número de personas, se determinó que sirviera también de salón teatro. El escenario se preparaba ((106)) vez por vez,
y en él actuaron brillantemente Domingo Bongiovanni, verdadero "gianduya", Gastini, Tomatis, Cora y muchos otros. Los dramas
conmovedores y grandiosos, las comedias con escenas de familia, los graciosos sainetes, la música selecta, los trozos de ópera clásica, las
célebres romanzas del clérigo Cagliero, las poesías jocosas en piamontés de José Bongiovanni atraían las más aristocráticas familias de
Turín a las que se invitaba. Estas representaciones se hicieron en el refectorio hasta 1866; después, se destinó a este fin la sala de estudio.

Don Bosco se apresuró a preparar un reglamento para el teatro.

Reglamento para el Teatro

1. El fin del teatro es alegrar, educar, instruir a los jóvenes lo más moralmente posible.
2. Se establece que haya un jefe de teatro, el cual debe tener informado, vez por vez, al Director de la Casa de lo que se quiere
representar, del día a fijar, y de tomar acuerdos con el mismo para la elección de representaciones y de los jóvenes que deben salir a
escena.
3. Prefiéranse para recitar, los muchachos de mejor conducta y, para despertar la emulación de todos, sean sustituidos de vez en cuando
por otros compañeros.
4. Procúrese que los que pertenecen al coro o a la banda de música no tomen parte en la recitación; pero podrán declamar alguna poesía
u otros textos literarios en los entreactos.
5. Por cuanto ello sea posible, no se dediquen a la recitación los maestros de taller.
6. Procúrese que las obras sean amenas y aptas para recrear y divertir, pero siempre instructivas, morales y breves. La excesiva
duración, además de dar mucho trabajo en los ensayos, suele cansar al auditorio, menoscaba el valor de la representación y cansa hasta en
lo que es digno de estima.
((107)) 7. Evítense las obras que representan escenas atroces. Puede tolerarse alguna
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escena un poco fuerte, pero exclúyanse las expresiones poco cristianas y las palabras que, dichas en otro ambiente, serían tenidas por
groseras y plebeyas.

8. El jefe de escena esté siempre presente a los ensayos y, cuando éstos se hagan después de la cena, no se prolonguen más allá de las
diez. Acabado el ensayo, vigile para que vaya cada uno inmediatamente en silencio a descansar, sin entretenerse en conversaciones, que
suelen ser dañosas y causan molestia a los que están ya descansando.
9. Cuide el jefe de escena de que se prepare el escenario la víspera de la representación, para no tener que trabajar en día festivo.
10. Sea riguroso en proveer vestuario decente y poco costoso.
11. Entiéndase para cada sesión con los maestros de canto y música, para las piezas a ejecutar durante los intermedios.
12. No permita a nadie, sin justo motivo, la entrada en el escenario y menos en el camarín de los actores; vigile, además, para que
durante la recitación no se entretengan por uno y otro lado en conversaciones particulares. Cuide también de que se guarde la mayor
decencia posible.
13. Tome las medidas oportunas para que el teatro no cause trastorno en el horario acostumbrado; si hubiese necesidad de algún
cambio, hable antes con el Superior de la Casa.
14. Ninguno vaya a cenar aparte; no se den premios o señales de aprecio o alabanzas a los que recibieron de Dios especial aptitud para
declamar, cantar o tocar. Ya reciben suficiente premio con el tiempo libre que se les concede y con las lecciones que se les dan para su
provecho.
15. Al preparar el escenario y al quitarlo después de la representación, impida, hasta donde sea posible, las roturas y desperfectos en la
vestimenta y demás material del teatrito.
16. Guarde con esmero en la pequeña biblioteca teatral los dramas y las representaciones reducidas y adaptadas para uso de nuestros
colegios.
17. No pudiendo el jefe cumplir por sí solo todo lo que prescribe este reglamento, se le dará un ayudante que es el llamado apuntador.
((108)) 18. Recomiende a los actores entonación natural, pronunciación clara, gesticulación desenvuelta y decidida, lo cual se logrará
fácilmente si se aprenden bien los papeles.

19. Téngase en cuenta que lo agradable y característico de nuestros teatritos consiste en la brevedad de los entreactos y en la
declamación de composiciones bien preparadas y sacadas de buenos autores.
JUAN BOSCO,Pbro.
Rector

N. B. En caso de necesidad, podría el jefe confiar a un profesor de los estudiantes o a un asistente de los aprendices, el encargo de
ejercitar a sus alumnos en estudiar y representar algún sainete o pequeño drama.
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((109))
CAPITULO IX
IMPRUDENTE EXCLAMACION DE UNA MADRE -ORDENACION SACERDOTAL DE DON JOSE ROCCHIETTI -GENEROSA
CARIDAD DE DON BOSCO -FIESTAS DE NAVIDAD: DON BOSCO ANUNCIA QUE NO PASARA DE LOS CINCUENTA
AÑOS, SI LOS MUCHACHOS NO REZAN POR EL -RESPUESTA DE DON BOSCO A LA FELICITACION DEL CLERIGO

DOMINGO RUFFINO -RECUERDOS Y AVISOS A LOS ALUMNOS EN EL ULTIMO DIA DEL AÑO:
ANUNCIA QUE UNO DE ELLOS MORIRA ANTES DEL CARNAVAL -NECROLOGIO
EL celo con que don Bosco cultivaba las vocaciones para el estado eclesiástico consumía casi todas sus energías; sus pensamientos, sus

obras y palabras estaban en continua actividad para alcanzar este fin. Es difícil hacerse una idea de la veneración que don Bosco tenía por
tan sublime estado. Acaeció en aquel momento un hecho que lo demuestra con luz meridiana y que prueba, al mismo tiempo, que no cabe
la menor duda de que don Bosco veía el futuro de muchos que acudían a él para recibir bendición.

Cierto día fue a verle la condesa D... L... acompañada de cuatro hijitos suyos y le rogó los bendijera. Después le pidió:
-Dígame, por favor, qué será de ellos en el porvenir.
((110)) -Me hace usted una pregunta muy difícil; sólo Dios conoce el porvenir, respondió don Bosco.
-Lo comprendo, replicó la condesa; de todos modos, dígame algo de ellos, al menos a manera de augurio.
Entonces don Bosco, bromeando, hizo pasar uno por uno a aquellos niños y dijo:
-Este llegará a ser un gran general; de este otro haremos un gran hombre de gobierno; Enrique será un doctor de gran fama..
.
La madre, regocijándose por tan felices pronósticos, animaba a sus hijos a esperar que se cumplieran, y decía:
-íHijos míos, no seréis los únicos de la familia, que ocuparon altísimos puestos en la sociedad!
Estaba el cuarto niño delante de don Bosco esperando su parte de

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profecía. La madre aguardaba ansiosa. Don Bosco tenía la mano derecha sobre la cabeza del niño y lo miraba fijamente y con afecto.

-Y cuál será la suerte de este último?, preguntó la señora.

-No sé si le gustará a la señora condesa la suerte de este último.

-Diga tranquilamente qué le parece. Es todo una broma:

-Pues bien, de éste haremos un excelente sacerdote.

La noble dama palideció y, aunque en realidad era una buena cristiana, sin embargo, como si considerase una deshonra tener un

sacerdote en su familia, por los prejuicios del mundo, que hacen tanta mella en el ánimo de los grandes, estrechó contra su corazón al
niño como para salvarlo de una desgracia y, fuera de sí, exclamó:

-Mi hijo sacerdote? íAntes que abrace semejante estado, pido a Dios que se lo lleve consigo!

Fue tan grande el doloroso estupor que hirió a don Bosco, al oír estas palabras, que se levantó para retirarse. La señora ((111)) en aquel
momento de exaltación no se había dado cuenta siquiera del grave insulto que lanzaba contra quien estaba adornado del carácter
sacerdotal.

-Por qué quiere usted marcharse?, dijo confundida la condesa ante el gesto de don Bosco.

-Creo, respondió él, que no tengo nada que hacer con una persona que tiene tan ruin concepto del estado más hermoso, más noble que
pueda existir en la tierra, y estoy seguro de que Dios escuchará su insolente oración.

Consternada la condesa ante aquellas palabras resueltas y aquella amenaza, balbució todavía alguna disculpa para suavizar la injuria,
pero se concluyó pronto y muy secamente el coloquio. Al día siguiente, después de reflexionar sobre el disparate que había dicho, la
noble dama volvía a ver a don Bosco.

-Perdóneme, le dijo, mi impetuosa falta de consideración; compadezca mi posición. Es verdad que, si mi hijo se hiciese sacerdote, nos
acarrearía a mí y a mi familia una gran pérdida; pero no quiero oponerme a la voluntad de Dios; estoy dispuesta, me resigno a obedecer.
-Señora condesa, respondió don Bosco, usted desprecia el don más grande que Dios puede hacer a usted y a su familia, como es el de

una vocación tan sublime. Es una deshonra ser elegido para el servicio de Dios?

-Vuelvo a pedirle perdón; ruegue por mí.

-Rezaré; pero su palabra fue tomada en cuenta por Dios en el mismo momento en que la pronunció.

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La pobre señora volvió a casa más afligida que antes. Pasaron algunos meses desde aquella visita, cuando he aquí que un pariente de la
señora se presentó a don Bosco rogándole fuera a su palacio para bendecir a aquel hijo que se había puesto enfermo. Don Bosco ((112))
se negó. Pero a la mañana siguiente volvieron a suplicárselo otros familiares y amigos, la madre en persona, diciéndole entre sollozos que
el enfermito se agravaba por momentos. Los médicos, reunidos en consulta, declararon que ignoraban completamente la naturaleza de la
enfermedad. Don Bosco, aunque contra su voluntad, condescendió finalmente. Entró en la habitación del moribundo. El pobre niño tomó
la mano de don Bosco y se la besó; luego estuvo mirando con los ojos apagados y tristes a don Bosco y a su madre sin decir palabra: era
una escena que partía el corazón. Después de un largo rato de silencio, el hijo hizo un esfuerzo y extendiendo la mano descarnada hacia
su madre, exclamó: -Mamá, te acuerdas... allá con don Bosco:... Eres tú... y el Señor me lleva consigo.

Al oír la queja del hijo, lanzó la madre un grito y rompió a llorar sin consuelo, diciendo:

-No, hijo mío, fue el amor que te tengo lo que me hizo hablar de aquella manera... Hijo mío, vive para el amor de tu madre... Pide, pide
a don Bosco que te cure.

Don Bosco, conmovido, no podía articular palabra. Sugirió, por fin, unos pensamientos de consuelo a la madre, bendijo al enfermo y
salió. El decreto de Dios fue irrevocable.

La preciosa herencia del Señor, perdida para el hijo de la noble dama, le tocó a un pobrecito del Oratorio. El clérigo José Rocchietti era
ordenado sacerdote, con indecible alegría de don Bosco, en las témporas de Adviento de aquel año. Era el segundo sacerdote elegido por
Dios entre los alumnos de Valdocco.

Rocchietti, como todos sus compañeros, había experimentado en sí mismo la gran caridad de don Bosco.

Cierto día, teniendo absoluta necesidad de una sotana, ((113)) fue a don Bosco para pedírsela. Ya no tenía padres y carecía de toda
suerte de recursos. Aquella misma mañana le habían llevado a don Bosco una sotana nueva que le hacía mucha falta. Pues bien, después
de oír la petición del clérigo Rocchietti, le dijo con su acostumbrada sonrisa:

-Aquí tienes una que me han mandado ex profeso para ti. Mira a ver si te está a la medida.

Y se la dio. El clérigo Anfossi se encontró con Rocchietti cuando
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éste volvía la mar de satisfecho a su celda y le oyó contar el acto de caridad de don Bosco.

El nuevo sacerdote amaba a don Bosco y, aunque enfermizo, deseaba quedarse con él. Por su semblante se parecía a san Alfonso de
Ligorio; y resultaba difícil explicar con palabras su viva piedad, su ardorosa predicación y sus constantes buenas obras.

La fiesta de su primera misa, celebrada el 19 de diciembre, sirvió a los muchachos de preparación para la Navidad, que celebraron a
media noche con un fervor y recogimiento mayores que de costumbre, pues habían quedado profundamente impresionados por unas
palabras de don Bosco. Les había dicho que su vida, al tenor de las leyes naturales, no podía sobrepasar los cincuenta años, y que la
prolongación de la misma sería concedida a las oraciones de los muchachos.

Desde aquel día le tocó a don José Rocchietti, en las fiestas, celebrar la misa de las diez de la mañana antes del sermón. Hasta entonces
la había celebrado don Bosco, el cual comenzó a decirla desde aquel día a las cinco de la mañana, excepto cuando tenía que suplir a
Rocchietti. A las siete de la mañana salía al altar don Víctor Alasonatti y comulgaban muchos internos y externos. Antes de esta misa
estaba prohibida toda clase de juegos.

Tenía don Bosco por aquellos días una pesada ocupación: ((114)) la de escribir cartas de felicitación a muchos bienhechores y contestar
a las que le llegaban de todas partes. Y no olvidaba a sus jóvenes amigos.

Al clérigo Ruffino en el Seminario de Bra.

Queridísimo Ruffino:

Te agradezco la felicitación que me envías; centuplique Dios para ti lo que le pides para mí. Cuida de crecer en edad y en el temor de
Dios. Que la ciencia de la teología, unida al santo temor de Dios, sean el objeto de tus cuidados.

Viriliter age: non coronabitur nisi qui legitime certaverit, sed singula hujus vitae certamina sunt totidem coronae, quae nobis a Domino
parantur in coelo. Ora pro me. (Actúa varonilmente: no será coronado más que quien bien peleare, pero cada una de las peleas de esta
vida son otras tantas coronas que el Señor nos prepara en el cielo. Ruega por mí.)

28 de diciembre 1858

Tuus Sacerdos
Bosco

Llegó a su término el mes de diciembre y la última noche del 1858 dio don Bosco, en el nuevo comedor, después de las oraciones, los
siguientes recuerdos a los muchachos de la casa:
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"Pasarán siglos y siglos antes del fin del mundo, aparecerán otros pueblos y otras naciones sobre la tierra, pero el año 1858 no volverá
más. El tiempo y los hombres se hunden en la eternidad. Este es mi primer pensamiento. El segundo se refiere al año 1859 que empieza y,
como suelen hacer todos en estos días, también yo os deseo una larga vida. Pero no es una larga vida lo que más deseo auguraros.
También los santos solían en esta ocasión augurarse felicidades unos a otros, mas sus augurios eran muy diversos de los que hace el
mundo. Decían:

-Que en este año esté siempre con vosotros la gracia de nuestro Señor; que podáis hacer siempre la voluntad de Dios; que la Virgen os
tenga siempre bajo su ((115)) amparo; que crezcáis en méritos con vuestras buenas obras.

Así pues, también yo quiero dejaros esta noche algunos recuerdos para provecho del alma, y son éstos:

A los clérigos, el buen ejemplo, recordándose siempre de que son lumen Christi (luz de Cristo). A los estudiantes, la mayor frecuencia
posible de la eucaristía. A los aprendices, como no pueden acercarse a los sacramentos durante los días de la semana, hacerlo en los días
festivos. Además a todos en general: buenas confesiones, abrir cándidamente vuestro corazón al confesor, porque, si el demonio consigue
inducir a un joven a callar un pecado en la confesión, éste se encuentra en un desgraciado estado y cargado de sacrilegios, está al borde de
su eterna perdición. Por tanto, confesaos bien y, además de la sinceridad, no falten nunca el dolor y el propósito firme: de lo contrario,
sería inútil, o más bien, perjudicial el acercarse al tribunal de la penitencia; en lugar de bendiciones atraeríamos sobre nuestras cabezas la
maldición. Pero tenemos entre nosotros un tesoro especialísimo, y no lo conocemos bastante; la protección de la Virgen María. Y cuán
eficaz es acudir a esta buena Madre. Rezad, pues, y familiarizaos con aquellas hermosas palabras que dijo el ángel: Ave, Maria, gratia
plena (Dios te salve, María, llena eres de gracia) y las otras que repite a menudo la Iglesia: Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis. Cada
noche al acostaros repetid: Sancta Maria, Mater Dei ora pro nobis. Por la mañana, al despertaros, decid siempre: Ave, Maria y palparéis
el admirable efecto de esta invocación. Haga cada uno de vosotros lo que he dicho y que nuestro Señor os conceda toda suerte de
felicidades en el año que va a comenzar. Además no os olvidéis de dar gracias a la bondad de Dios por los muchos beneficios que os
dispensó durante el tiempo ya transcurrido".
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((116)) Dicho esto, calló don Bosco un instante, paseó la mirada afectuosa sobre los muchachos y siguió diciendo:

-"Aplicaos todos con santo empeño a pasar el año nuevo en gracia de Dios, porque tal vez para alguno de nosotros será el último año de
su vida. Diré más, añadió: hay entre los aquí presentes un muchacho que pasará a la eternidad antes de que termine el Carnaval".

Mientras esto decía tenía puesta su mano sobre la cabeza del que estaba más cerca de él, que era Magone. Este, clavando en su cara los

ojos, que resplandecían con pureza angelical, le preguntó:

-Dígame, soy yo?

Don Bosco no contestó.

-He comprendido, replicó Magone; soy yo quien debe preparar la maleta para la eternidad; bien, me mantendré preparado.

Los compañeros se rieron al oír estas palabras, pero no las olvidaron. Tampoco Magone las olvidó, mas no cambió su alegría y su

jovialidad; siguió cumpliendo con la mayor diligencia los deberes de su estado. Así terminaba don Bosco el año 1858.

Durante aquel año no hubo ningún funeral en el Oratorio.

Sólo un joven había fallecido, José Morgando, natural de Turín, que entregó el alma a Dios en el hospital del Cottolengo el 24 de
noviembre, a la edad de diecisiete años.
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((117))

CAPITULO X

1859 -SE CONFIRMA EL CUMPLIMIENTO DE LA PROFECIA DE DON BOSCO -ENFERMEDAD, SANTA MUERTE Y
FUNERALES DE MIGUEL MAGONE -NUEVAS DISPOSICIONES DEL PARROCO PARA LOS FUNERALES DE LOS
ALUMNOS DEL ORATORIO -LA FIESTA DE SAN FRANCISCO DE SALES -MUERE CONSTANCIO BERARDI -DOCUMENTO
ATRASADO EN ALABANZA DE DON BOSCO -EPITAFIO DE DON BOSCO PARA LA TUMBA DEL PADRE DE DON
MIGUEL ANGEL CHIATELLINO

EL efecto que produjeron en los muchachos las palabras de don Bosco en la última noche del año fue tan grande como el amor que le
tenían. El canónigo Ballesio, estudiante a la sazón, que las oyó y fue testigo de su cumplimiento, escribe así:

"Aunque don Bosco tenía entre nosotros fama de hombre ricamente dotado de dones naturales de alma y cuerpo, como talento,
memoria pronta, feliz y tenaz, gran bondad de ánimo, fuerza y destreza física; a pesar de que lo creíamos con razón dotado de mucho y
variado saber, sin embargo, por lo que más le queríamos y venerábamos era porque estábamos persuadidos de que Dios le había
concedido muchos dones extraordinarios y sobrenaturales. Es notorio, y todos nosotros lo creemos firmemente y con razón, que don
Bosco tenía en muchos casos el don de profecía.

((118)) "Más de una vez nos anunció públicamente que dentro de un determinado tiempo, como por ejemplo un mes, uno de los de su
ya numerosa familia, que gozaba a la sazón de óptima salud, iba a morir. Y daba este paternal anuncio de una manera tan grave y
prudente, acompañándolo de tales consejos, que nosotros quedábamos provechosamente impresionados. Cada uno ponía en orden sus
cosas y, sin que cesara nuestra habitual y clamorosa alegría, nos comportábamos mejor, trabajábamos y estudiábamos más, y el único que
cargaba con el peso de la profecía era el propio profeta, a quien le tocaba mucho más trabajo oyendo confesiones, que se hacían con
propósitos más firmes y contestando a las muchas preguntas que, naturalmente, le dirigían.

"He oído decir que don Bosco, primero sin dárselo a entender
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y, después, a su tiempo y con prudencia, preparaba al interesado. Los hechos confirmaban siempre la profecía, y por eso nosotros le
prestábamos fe".

Y vamos ya a la memorable profecía.

La noche del 31 de diciembre, un muchacho que estaba cerca de don Bosco había oído la pregunta de Magone. Se llamaba Constancio
Bernardi, natural de Chiusa de Cúneo y tenía dieciséis años. Con las palabras de don Bosco se formó en su corazón la firme persuasión de
que era él el designado, y comenzó a decir: -íMe toca a mí!

Por lo cual, después de prepararse con una buena confesión, escribió sin más una carta a sus padres pidiendo perdón por las faltas que
había cometido cuando estaba en casa y despidiéndose de ellos porque, afirmaba, tenía que partir para la otra vida. Pidió y obtuvo
permiso para ir al Cottolengo, donde había vivido dos años, para saludar por última vez al canónigo Anglesio y a sus antiguos amigos.
Hablaba francamente del gran ((119)) viaje, afirmando que había llegado el fin de sus días. Todos los que conocía en el Oratorio y fuera
de él, lo tomaron por maniático. Algunos muchachos fueron a contar a don Bosco la idea fija de Berardi, pero don Bosco, sin dar
muestras de sorpresa, contestó con un: "hum", que no significaba ni sí ni no.

De ello corrió por la casa la sospecha de que realmente era Berardi el que había de morir. El seguía repitiendo muy tranquilo: -íMe toca
a mí morir!

"Una semana más tarde, contó don Juan Garino, estaba yo con otros compañeros míos una mañana, en derredor de don Bosco, mientras
tomaba una tacita de café en el comedor. Nos encontrábamos como de costumbre apiñados junto a él, riendo y bromeando, deseosos de
oírle decir algo. No sé cómo, empezaron algunos a preguntarle cuántos años íbamos a vivir cada uno. También yo le pregunté y don
Bosco me tocó la mano, examinó atentamente la palma, como solía hacer cuando uno le preguntaba cuántos años de vida le quedaban, y
me dijo bromeando cierto número. Lo mismo que a mí, respondió a otros compañeros míos, salvo a uno sólo. Este fue el santo jovencito
Miguel Magone, condiscípulo mío, quien no sabía explicarse aquella excepción".

Los otros muchachos, que también observaban con atención cada palabra y cada gesto de don Bosco notaron que no había hecho caso a
Magone, que le alargaba la mano, y hubo varias opiniones referentes al cumplimiento de la predicción.

Llegó el domingo dieciséis de enero y los socios de la compañía
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del Santísimo Sacramento, a la que pertenecía Magone, se reunieron como solían hacer todos los días festivos. Después de la
acostumbrada oración y lectura, una vez dados los avisos ((120)) que parecían más oportunos a las circunstancias del momento, uno de
los compañeros tomó la bolsita de las florecillas, es decir, de los papelitos en los que estaba escrita una máxima para practicar durante la
semana. Dio la vuelta entre los socios y cada uno sacó uno a suerte. Magone abrió el suyo y vio escritas estas impresionantes palabras:
"En el juicio estaré a solas con Dios". Las leyó y, con ademán de sorpresa, las comunicó a los compañeros diciendo:

-Creo que esto es un aviso del Señor para advertirme que esté preparado.

Fue después a don Bosco y le presentó la florecilla con mucha ansiedad, diciéndole que la consideraba una llamada de Dios que lo
citaba a comparecer ante El. Don Bosco lo animó a vivir tranquilo y estar preparado, no en fuerza de aquel papelito, sino en virtud de las
repetidas recomendaciones que Jesucristo nos hace en el Evangelio, para que estemos preparados en todos los momentos de la vida.

-Dígame, pues, replicó Magone, cuánto tiempo me queda de vida?

-Viviremos mientras Dios nos conserve la vida.

-Pero, viviré todavía todo este año?, dijo algo conmovido.

-Serénate, no te angusties. Nuestra vida está en manos del Señor, que es un buen padre; El sabe hasta cuándo nos la ha de conservar.
Además, no es necesario saber el día de la muerte para ir al paraíso; sino prepararnos con buenas obras.

Entonces dijo Magone tristemente:

-Cuando no quiere decírmelo, es señal de que estoy cerca.

-No creo, replicó don Bosco, que estés tan próximo: pero aunque fuera así, tendrías miedo de ir a visitar a la Santísima Virgen en el
Cielo?

((121)) -Es verdad, es verdad.

Y volviendo a su habitual jovialidad, marchó al recreo.

Fue la única vez que don Bosco, confiando en la virtud y amor a Dios verdaderamente grandes, que adornaban el corazón de este joven,
se dejó escapar algunas palabras más, que le indicaban, aunque obscuramente, que estaba próximo su último día. Pero la turbación que
advirtió en él, aunque fuera por breves momentos, fue tal, que hizo firme propósito de no dejar ya traslucir semejantes secretos a los
jovencitos, que Dios le revelaba estaban maduros para la eternidad.
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Llegaron a conocimiento de muchos las palabras que don Bosco había dicho a Magone, y Berardi, cambiando de opinión, comenzó a
decir:

-Entonces... íno soy yo el que debe morir!

Lunes, martes y miércoles por la mañana Magone gozó de buena salud, de su habitual alegría y cumplió con regularidad todos sus
deberes.

Pero el miércoles, después de comer, le vio don Bosco en la galería mirando cómo jugaban los demás, sin bajar a unirse a ellos; era
algo insólito e indicio indudable de que su estado de salud no era normal.

Por la tarde, le preguntó don Bosco qué le pasaba, y él contestó que se sentía algo molesto por las lombrices, su enfermedad crónica. Le
visitó el médico y le prescribió los remedios usuales, mas no descubrió en él síntoma de gravedad. Pero el viernes por la mañana no pudo
levantarse de la cama porque se hallaba grave. A las dos de la tarde fue don Bosco a verle y advirtió que, a la dificultad de la respiración
se había añadido la tos y que los esputos estaban teñidos de sangre. Mandó llamar a toda prisa al médico. En aquel instante llegó su
madre:

-Miguel, le dijo, mientras ((122)) esperamos al médico te gustaría confesarte?

-Sí, madre querida, con mucho gusto. Me confesé ayer por la mañana y también comulgué, mas, ya que la enfermedad se agrava, deseo
confesarme.

Se preparó unos minutos, hizo señas a don Bosco para que se acercara y se confesó. Después, con aire sereno, dijo riendo a don Bosco

y a su madre:

-Quién sabe si esta confesión es un ejercicio más de la buena muerte, o bien es en realidad el de mi muerte?

-Qué te parece?, le respondió don Bosco; quieres curar o ir al paraíso?

-El Señor sabe lo que más me conviene; yo no quiero hacer sino lo que a El le agrada.

-Y si el Señor te diese a elegir entre curar o ir al paraíso qué elegirías?

-Quién sería tan loco como para no elegir el paraíso?

-Quieres ir al paraíso?

-Que si lo quiero? Con toda mi alma; es lo que pido continuamente a Dios desde hace algún tiempo.

-Cuándo querrías ir?

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-Ahora mismo, si así lo quiere el Señor.

-Bueno; digamos todos juntos: hágase en todo, en la vida y en la muerte, la santa y adorable voluntad del Señor.

En aquel instante llegó el médico, el cual encontró totalmente cambiado el cuadro de la enfermedad.

-Esto va mal, dijo; un flujo fatal de sangre invade el estómago, y no sé si encontraremos remedio.

Hízose cuanto puede sugerir la ciencia en semejantes ocasiones. Sangrías, vesicantes, bebidas, a todo se acudió para ((123)) desviar la

sangre que tendía violenta a cortarle la respiración. Todo fue inútil.

A las nueve de la noche, Magone pedía con vehemencia el santo Viático. Antes de recibirlo, dijo a don Bosco:

-íEncomiéndeme a las oraciones de mis compañeros!

Se lo administraron. Después de un cuarto de hora de acción de gracias pareció apoderarse de él una repentina pérdida de fuerzas. Pero,

a los pocos minutos, con aire jovial y casi como en broma, hizo ademán de que le escucharan y dijo:

-En el papelito del domingo había un error. Decía: En el juicio estaré a solas con Dios, y no es verdad; no estaré sólo, estará también la
Santísima Virgen que me asistirá; ya no tengo nada que temer; vamos, pues, cuando Dios quiera. La Santísima Virgen quiere
acompañarme al juicio.

Eran las diez y el mal parecía cada vez más amenazador. Como se temía perderlo aquella misma noche, dispuso don Bosco que el
sacerdote don Agustín Zattini, que había entrado en el Oratorio en 1858, y un joven clérigo enfermero pasaran con él la mitad de la
noche;y que don Víctor Alasonatti, administrador de la casa, con otro clérigo y otro enfermero, le asistieran durante la segunda mitad de

la noche hasta el día siguiente. Don Bosco por su parte, no viendo ningún peligro inminente, dijo al enfermo:

-Magone, procura descansar un poco, yo voy unos instantes a mi habitación y luego vengo.

-No, replicó el muchacho; no me deje.

-Sólo voy a rezar una parte del breviario y después volveré a tu lado.

-Vuelva lo antes posible.

Pero, apenas entró don Bosco en su cuarto, le llamaron a toda prisa porque parecía que el enfermo entraba ((124)) en agonía. En aquel
instante el sacerdote Agustín Zattini le administraba la unción de los enfermos, mientras el moribundo añadía una jaculatoria a cada
unción. Le dieron la bendición papal con indulgencia plenaria. Pareció
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entonces que quisiera dormir un momento, pero se despertó en seguida. Aunque el pulso daba a entender que se encontraba ya en las
últimas y la rotura de una víscera debía causarle un sufrimiento general en todas las facultades mentales y físicas, sin embargo, la
serenidad del semblante, la jovialidad, la sonrisa, el juicio eran los de una persona sana. De vez en cuando recitaba devotas jaculatorias.

Sonaban las diez y tres cuartos cuando llamó a don Bosco por su nombre y le dijo:

-Ha llegado la hora, íayúdeme!

-Descansa tranquilo, le respondió don Bosco; yo no te abandonaré hasta que estés con el Señor en el paraíso. Pero, ya que dices que vas

a partir de este mundo, no quieres dar el último adiós a tu madre?

Su madre, que le había asistido todo el día, descansaba un rato en la habitación contigua.

-No, respondió Magone, no quiero causarle dolor tan grande. íPobre madre mía! íMe quiere tanto!

-No me das siquiera algún recado para ella?

-Sí, dígale que me perdone todos los disgustos que le he dado en mi vida. Estoy arrepentido. Dígale que la quiero, que se anime a

perseverar en sus buenas obras, que yo muero resignado y feliz, que me voy del mundo con Jesús y con María y que la espero en el
paraíso.

Sus palabras conmovieron a todos los presentes. Y don Bosco, recobrando la serenidad y para aprovechar con buenos pensamientos
aquellos últimos momentos, le iba haciendo, de cuando en cuando, algunas preguntas.

-Qué quieres que diga a tus compañeros?

((125)) -Que procuren confesarse siempre bien.

-Qué es lo que te causa más satisfacción en estos momentos de todo lo que has hecho en la vida?

-Lo que más me satisface en estos momentos es lo que hice, aunque fuera poco, en honor de María. Sí; ésta es mi mayor satisfacción.
íOh María, María, qué felices son tus devotos en el momento de la muerte!

Como corrigiéndose, añadió:

-Pero hay una cosa que me molesta: cuando mi alma se separe del cuerpo y me disponga a entrar en el paraíso, qué tengo que decir? A
quién debo dirigirme?

-Si la Virgen Santísima quisiera acompañarte al juicio, deja a
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Ella todo cuidado. Pero, antes de que salgas para el paraíso, quisiera darte un recado.

-Diga lo que guste; yo haré todo lo que pueda para obedecerle.

-Cuando estés en el paraíso y hayas visto a la Santísima Virgen María, preséntale un humilde y respetuoso saludo de mi parte y de la de

todos los que viven en esta casa. Ruégale que se digne darnos su santa bendición; que nos ampare a todos bajo su poderosa protección y
nos ayude de manera que ninguno de los que están, o que la Divina Providencia mandará a esta casa, se pierda.

-Haré con gusto este recado y qué más?

-Por ahora nada más, descansa un poco.

En efecto, parecía que quisiera dormirse. Pero, aun cuando conservaba su acostumbrada calma y la palabra, no obstante los síntomas
anunciaban su muerte inminente. Por lo cual se comenzó la lectura del proficiscere (emprende el camino). Hacia la mitad de esta oración
de despedida del alma, Magone, como si despertara de un profundo sueño, con la habitual serenidad de rostro y con la sonrisa en los
labios, dijo a don Bosco:

-Dentro de unos instantes haré su recado, procuraré hacerlo exactamente; diga a mis compañeros que los espero a todos en el paraíso.

((126)) Después estrechó entre sus manos el crucifijo, lo besó tres veces y profirió sus últimas palabras:

-Jesús, José y María, en vuestras manos pongo el alma mía.

Y abriendo los labios como para sonreír, plácidamente expiró.

Eran las once de la noche del viernes 21 de enero de 1859. Apenas si tenía catorce años y, aquella alma afortunada abandonaba este

mundo para volar al cielo como piadosamene esperamos.

Al llegar el día, se dio la noticia de que Magone había muerto. Los muchachos rompieron a llorar, y repetían:

-En este momento Magone está ya con Domingo Savio en el cielo.

Se rezaron muchos rosarios, se celebró el oficio de difuntos y hubo gran número de confesiones y comuniones. Todos buscaban algún

objeto que le hubiera pertenecido, como cuadernos y sus páginas, para guardarlos como reliquias. Y para dar una prueba exterior del gran
afecto que todos tenían al amigo difunto, le hicieron un entierro tan solemne como lo permitía la humilde condición de la casa.

Con cirios encendidos, cantos fúnebres, música instrumental y vocal acompañaron sus restos mortales hasta el camposanto, donde,
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pidiendo por su eterno descanso, le dieron el último adiós con la dulce esperanza de ser un día sus compañeros en otra vida mejor que la
presente. Fue enterrado en el cuadrado norte, fila setenta, sepultura veintidós, según atestiguó el reverendo vicecapellán Fissore.

No concluyeron con esto las honras fúnebres, pues, en atención a sus extraordinarias virtudes, se celebró en el Oratorio una misa
solemne de trigésima, en la que el reverendo Zattini, célebre orador, tejió, en una oración fúnebre patética y elegante, el elogio de Miguel
Magone. Pero don Bosco queriendo impedir que ((127)) el funeral de Magone fuera motivo para crear una costumbre impropia de una
casa de pobres, estableció, de acuerdo con el párroco, que los entierros de los fallecidos en el Oratorio se harían de caridad, esto es, more
pauperum (al estilo de los pobres). El permiso concedido por el párroco estaba redactado en estos términos:

1. Se dispone el traslado del cadáver desde el final del porticado, pasando por la calle San Pedro ad Víncula con cuatro acompañantes,
entre sacerdotes y clérigos, revestidos de sobrepelliz y acompañamiento de luces.
2. Se determina acompañar hasta allá rezando en alta voz, pero sin cantar.
3. Al llegar allí, se retiran los clérigos en seguida. Se quedan los seglares con antorchas y velas. Acompañen al féretro hasta la iglesia y,
terminada la ceremonia, llévense su cera a casa.
4. Lleven el ataúd de la forma que se prefiera.
5. Aquí en la parroquia se cantará la misa de cuerpo presente.
Algún tiempo después se obtuvo poder celebrar el entierro en el Oratorio y llevar directamente el féretro al cementerio, pero sin
acompañamiento de clero.

A los días de luto siguió un día de fiesta. El treinta de enero se celebró en el Oratorio de Valdocco la solemnidad de San Francisco de
Sales. Fue su mayordomo el señor Juvenal Delponte, al cual se dedicó e imprimió un hermoso soneto en honor del santo Patrono. Existe
una copia de la invitación a la fiesta que nos conserva el recuerdo y el orden de aquella solemnidad.1

((128)) Podrá parecer superfluo que entre tantos programas, casi todos semejantes, de nuestras múltiples fiestas religiosas, hayamos
reproducido éste. Pero nos induce a perpetuarlo un motivo especial.

1 INVITACION

El domingo, treinta de enero, se celebra la fiesta de San Francisco de Sales, titular del orarorio.

Su Santidad el Papa Pío IX concede indulgencia plenaria a todos los que, confesando y comulgando en este día, visiten este Oratorio y
recen por las necesidades de la Iglesia. Decreto dado en Roma el 28 de septiembre de 1850.
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Nuestro querido Santo daba formalmente su nombre a la Pía Sociedad Salesiana, convocada como tal en este año por vez primera. Este
nombre durará como nuestra insignia y programa siglos y siglos, si es del agrado de Dios y de su Santísima Madre.

Mientras sucedían estos hechos, Constancio Berardi, una vez que murió Magone, dejó de pensar en sus pronósticos. Pero había el
presentimiento entre muchos jovencitos del Oratorio de que algún otro iba a morir pronto. Cuando he aquí que el veinticinco de enero
anunciaba don Bosco en las "buenas noches" que no era Magone el que había querido indicar como próximo a la eternidad; que, por
consiguiente, estuvieran todos preparados para que el que debía morir no fuese sorprendido por la muerte en un mal momento:

-Esto sucederá antes de que transcurra un mes. Seré yo? Será uno de vosotros? Estemos preparados.

Entonces Berardi, con una seguridad que sorprendió a todos volvió a su primer estribillo:

-Por consiguiente me toca a mí estar ((129)) preparado.

Y acercándose a don Bosco, le preguntó:

-Soy yo quien debe morir?

Don Bosco no le respondió. Estaba sano, tomaba parte en los juegos, cumplía sus obligaciones como cualquier otro.

Nunca había abundado tanta salud entre los jóvenes de la casa como en aquellos días y, como no hubiera ningún enfermo al fin de
enero, más de uno iba diciendo:

-Esta vez se equivoca don Bosco; nadie morirá en este mes. Reinaba, por tanto, una gran expectación.

El siete de febrero, después de comer, Constancio Berardi tomó parte en el recreo con sus compañeros, y después fue a clase con los
demás. El alumno Garino, que también esperaba con ansiedad a ver si se cumplía la palabra de don Bosco, nos contaba:

HORARIO

Durante la mañana abundante número de misas y administración de los Santos Sacramentos.

A las 8. Comunión general.

A las 9. Recreo.

A las 10. Misa solemne cantada por los alumnos del Oratorio.

TARDE

A la 1. Diversiones variadas.

A las 2 1/2. Vísperas solemnes. Panegírico. Bendición con el Santísimo Sacramento.

A las 4. Rifa de varios objetos.

A las 5 1/2. Distribución de premios a los catorce alumnos de mejor conducta.

A las 6. Diversión especial.

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"Estaba mi clase en la primera planta. Tenía yo al lado a mi derecha, un compañero mayor que yo, que se llamaba Berardi. Se nos había
dado como ejercicio de prueba una versión. Atendíamos cada uno a nuestro trabajo cuando, hacia la mitad de la clase, se vuelve a mí el
tal Berardi y me dice:

-Mira lo que tengo aquí -y me mostró con el dedo el labio superior, sobre el que empezaba a formarse un granito-.Oye, siguió
diciéndome, y si esto fuera un mal peligroso? Don Bosco ha dicho que este mes debe morir uno; después de Magone, aún no ha muerto
ninguno, a ver si soy yo el aludido.

Y al decir esto, casi lloraba. Entre tanto, a fuerza de rascarlo, se le fue irritando el granito hasta que brotó sangre".

Después de clase tomó todavía parte en el recreo de la merienda, fue luego al salón de estudio quejándose con el chico Pablo Albera, de
que crecía el grano del labio y le dolía mucho. Por la noche le vino fiebre y, a la mañana siguiente, no se levantó ((130)) de la cama. A
Pedro Enría, que le llevó una tacita de caldo, le pareció que aquello no tenía importancia. Pero don Bosco mandó a toda prisa llamar al
médico. Habiendo comprobado éste que se trataba de carbunclo en la boca, lo hizo llevar inmediatamente al hospital Mauriciano. A pesar
de todos los cuidados, Berardi fallecía, totalmente desfigurado, un día después, nueve de febrero, precisamente antes de que pasara un
mes tras la muerte de Magone y antes del Carnaval, según el anuncio que don Bosco había dado el último día de 1858.

Don Miguel Rúa es uno de los doscientos testigos del cumplimiento de estas predicciones.

Le tocó a don Bosco por aquellos días tener que asistir a un tercer duelo. Había estado varias veces en Carignano, hasta con un grupo de
sus cantores. El párroco don José Capriolo, el clero y los vecinos le apreciaban mucho. Lo mismo sucedía con la familia del senador
conde de Mola de Larissé, que siempre recordaba con pesar que don Bosco no pudo aceptar el cargo de preceptor de sus ilustres hijos por
haberle destinado don José Cafasso al Hospitalillo de la marquesa Barolo.1 Pero atraíale a aquella ciudad sobre todo su amistad con don
Miguel Angel Chiatellino. Habiendo fallecido el

1 Ilustrísimo Señor Conde:

Quisiera poder aclarar con palabras suficientemente significativas a Vuestra Señoría Ilustrísima cuánto me pesa no poder atender a mi
querido Luis en estos días especialmente, en los que se hace cada vez más inminente su examen. Le aseguro que este pensamiento agrava
cada día más mi dolencia, y me encuentro ahora sumido en una languidez tal, que me quita gran parte de las fuerzas físicas y morales...
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venerable ((131)) anciano padre de este santo sacerdote, el hijo y otros amigos se dirigieron a don Bosco para que redactase un epitafio
para grabarlo en la losa de su tumba. Aceptó don Bosco y lo redactó en términos que el fúnebre mármol predicase el amor a la Iglesia
Católica.

DOMINGO CHIATELLINO -MODELO DE VIDA CRISTIANA-EJEMPLAR PADRE DE FAMILIA -FERVIENTE DEFENSOR DE
LA MUSICA SAGRADA -CELOSO DEL DECORO EN LAS FUNCIONES SAGRADAS -GRAN LIMOSNERO DE LOS POBRES
-AUNQUE DE ESCASA FORTUNA -CATOLICO FERVIENTE -CONSTANTE EN EL AMOR AL SUMO PONTIFICE-AMADO DE
CUANTOS LO CONOCIERON -LLORADO POR PARIENTES Y AMIGOS -A LA MADURA EDAD DE 80 ANOS -FALLECIA EL
23 DE ENERO DE 1859 -RECEMOS PARA QUE SU ALMA -DESCANSE EN LA BIENAVENTURADA ETERNIDAD -SIGAMOS
NOSOTROS SUS EJEMPLOS.

Si a Vuestra Señoría Ilustrísima le agrada, yo le mandaría un sacerdote, amigo mío y paisano (se llama don Bosco), a quien no le falta
ninguna de las prendas que corresponden a un excelente sacerdote. ((131)) Virtud, doctrina y sencillez de costumbres van en él a porfía
para hacerlo amable a cuantos le conocen.

Este es el que resolví proponer a V.S. Ilma. para que le acepte en su noble casa, donde podrá hacer mis veces; no necesito
recomendárselo, pues cuando lo conozca, estoy seguro de que sus propios méritos serán la más eficaz recomendación.

En cuanto V.S. Ilma. trate este asunto con la señora Condesa, espero tenga la amabilidad de darme a conocer su intención. Tenga por
fin la bondad de aceptar mis vivos y sinceros saludos y hacerlos extensivos a toda su noble familia. Y pongo fin a mi escrito porque ya no
rige mi pobre cerebro, que con cualquier ocupación, por mínima que sea, casi llega al delirio. Tengo el honor de profesarme de V.S. Ilma.

Desde mi casa, a 29 de julio de 1844.

Su seguro y humilde servidor ILUMINADO ALLAMANO

Al Señor
Monsieur le Comte Sénateur Mola de Latissé

TURIN

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((132)
)

CAPITULO XI

EL PIAMONTE PREPARADO PARA LA GUERRA CONTRA AUSTRIA -DOS CLERIGOS DEL ORATORIO NO FIGURAN
ENTRE LOS EXENTOS DEL SERVICIO MILITAR -CONSEJO PROVIDENCIAL DEL MINISTRO DE CULTOS A DON BOSCO
-DERECHO DE EXENCION ASEGURADO A LOS DOS CLERIGOS -UN RECLUTADOR DE VOLUNTARIOS EN EL
ORATORIO

DURANTE los últimos meses de 1858 y los primeros de 1859 maduraban ciertos acontecimientos, que iban a mudar la suerte de los
italianos y que prestarían ocasión a don Bosco para ejercitar su prudencia y su caridad. Corrían insistentes voces de guerra, que se venía
preparando hacía largo tiempo.

El gobierno piamontés había puesto al ejército en pie de guerra, había abastecido el erario, buscaba alianzas poderosas, había construido
ferrocarriles y nuevas carreteras de comunicación entre las provincias, para volver a intentar echar a los austriacos de Lombardía y el
Véneto. Cuando los tribunales de hacienda austriacos embargaron los bienes de los prófugos lombardos, tenidos por cómplices del
sangriento levantamiento acaecido en Milán en febrero de 1853, el gobierno piamontés reclamó enérgicamente ante las potencias
europeas. Y el Parlamento votó un crédito para indemnizar a los expatriados del daño sufrido. Esto dio lugar a que Piamonte y Austria
retiraran sus embajadores.

Y después, en el Congreso de París, que, en febrero de 1856, ((133)) determinó las condiciones de paz con Rusia, el conde de Cavour
lanzó graves acusaciones contra el gobierno de Nápoles, propuso separar de Roma la administración de las Legaciones Pontificias, es
decir, las provincias de Bolonia, Rávena y Ferrara y poner fin a la ocupación austriaca en Italia. Ante las sectas, Austria era reo de una
gran culpa. La de haber acudido en defensa del poder temporal del Papa siempre que lo veía amenazado.

El Congreso no tomó ninguna determinación; pero Cavour debió obtener promesas de ayuda por parte de Francia e Inglaterra.
Efectivamente, los sectarios empezaron a soliviantar por uno y otro lado a
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las provincias italianas y a cerrar las filas de la revolución. Algunos gobiernos readmitieron ingenuamente en puestos delicados e
importantes del Estado a liberales convictos de haber conjurado contra ellos mismos, creyendo que no volverían a traicionarlos. Y así
preparaban su propia ruina. El soldado Agesilao Milano intentó matar de un bayonetazo a Fernando II, y algunas bandas armadas
desembarcaron en las costas del reino de Nápoles; pero tuvieron mala suerte.

Finalmente, la explosión de las bombas Orsini determinó a Napoleón a obedecer a las imposiciones de los jefes de las sectas; y en el
verano de 1858, de acuerdo con Cavour, a quien invitó al balneario de Plombières, se estableció verbalmente la Unidad de Italia, bajo la
monarquía de Saboya, la usurpación de la Santa Sede relegando al Papa a la ciudad de Roma, con un pequeño estado, y la cesión a
Francia de Niza y Saboya, como compensación de la ayuda prestada por el ejército imperial a los piamonteses.

Estas disposiciones se guardaban con el mayor secreto, hasta que Napoleón III, en su discurso al cuerpo diplomático, el día primero del
año 1859, dirigiéndose al embajador de Austria le dijo:

-Me duele ((134)) que nuestras relaciones con vuestro Gobierno no sean tan buenas como en el pasado.

Y todos entendieron que la guerra estaba próxima.

Como un eco de Napoleón, decía el rey Víctor Manuel el 10 de enero, al inaugurarse las sesiones del Parlamento:

-El horizonte del nuevo año no está completamente sereno... y no somos insensibles al grito de dolor que nos llega desde muchas partes
de Italia...

El 18 de enero Cavour y Lamármora en nombre del rey, el príncipe Napoleón y el general Niel en nombre del Emperador, firmaban en
Turín un tratado de alianza defensiva entre Francia y Piamonte. El 17 de febrero votaban las cámaras un empréstito de cincuenta millones
para la defensa nacional, y eran llamados a filas los nuevos reclutas.

Entre éstos debieron haberse alistado los clérigos Cagliero y Francesia, inscritos de la quinta de 1858, de no haber encontrado don
Bosco la manera de salvarlos.

La ley de 1854 concedía derecho a las Curias Episcopales para presentar al Gobierno cada año la lista de los seminaristas que debían
quedar libres del servicio militar, es decir, uno por cada veinte mil diocesanos. El clérigo Cagliero se presentó a la de Turín para notificar
que él y Francesia no debían quedar excluidos de aquella exención; y el Rector del Seminario, el canónigo Vogliotti, le aseguró
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que los dos serían incluidos en la lista. Pero, distraído por sus muchas preocupaciones, se le pasó a Cagliero que debía avisar a la Curia
del cumplimiento de la promesa mediante una petición escrita, antes de expirar el plazo fijado para la presentación de la lista de exentos.
Entretanto un oficial de la curia había extendido la lista completa, omitiendo los nombres de Cagliero y Francesia. Estos, por olvido e
inexperiencia, no habían retirado desde 1855 el certificado de la toma de ((135)) sotana y, por tanto, no estaban inscritos en el elenco de
los eclesiásticos diocesanos. De donde la causa de aquella omisión.

Así que, un mes después llegó hasta el Oratorio una orden de la autoridad militar a Cagliero y Francesia para presentarse, en el plazo de
diez días, en los cuarteles a que habían sido destinados. Don Bosco, que había recibido el parte, lo presentó a los dos clérigos. Cagliero
quedó muy sorprendido y no sabía cómo explicárselo; corrió a la Curia para informarse de lo ocurrido, pero recibió la correspondiente
reprimenda por no haber retirado los certificados de la imposición de sotana.

-íHabéis llegado demasiado tarde!, le dijo el oficial de la Curia.

-Por qué?

-Porque ya fue presentada al Ministerio la lista de los que se pide la exención.

-Y no podrían enviar un suplemento?

-Está completo el número.

-Y si tuvieran la bondad de averiguar si en otras diócesis, por ejemplo en Susa, Alba, Asti, no estuviere completo el número concedido
por la ley y se nos inscribiere entre los de esas diócesis?

-Ya no hay tiempo.

-Así, nosotros tendremos que partir para la guerra...

-Lo sentimos, pero no sabemos qué remedio poner.

-Escuche, concluyó Cagliero. Usted sabía que nosotros éramos clérigos. Consta nuestra edad por los certificados de nacimiento y de
bautismo que hemos entregado; se nos ha impuesto la sotana con su licencia; nos hemos presentado a los exámenes, y con buen resultado,
después de asistir durante cinco años a las clases. Si nos hemos descuidado en presentarnos por segunda vez para renovar la petición, es
porque no caímos en la cuenta de esta necesidad; tanto más que estábamos tranquilos con la respuesta del canónigo Vogliotti. Pero es
extraño que ustedes se hayan olvidado de nosotros, figurando nuestros nombres registrados con los ((136)) de los demás seminaristas en
los registros escolares del seminario. Pero no importa; volveremos a don Bosco y él lo arreglará.
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-Teniendo a don Bosco, ya no necesitan de nosotros, contestó el oficial de Curia, y veremos cómo se las arreglan.
Si es verdad que los unos tenían razón, también lo es que los otros estaban en su derecho; pero la bondad de Dios así lo disponía para

que se viera que no le faltaba a don Bosco su ayuda, lo mismo en las grandes que en las pequeñas dificultades.
Volvió el clérigo Cagliero al Oratorio, contó lo sucedido a don Bosco y, al verle pensativo, añadió:
-Si hay que ir a la guerra iré; Víctor Manuel tendrá un soldado más y, o pierdo allá la cabeza o vuelvo con los galones puestos, mas no

quiero que usted se moleste por mí.
-Pero es que yo quiero molestarme y, precisamente por ti, añadió don Bosco.
Y entonces, aconsejó al clérigo Francesia que se presentase al canónigo Vogliotti pidiéndole consejo sobre lo que había de hacer. El

canónigo, cortésmente, le aseguró que la Curia ya no podía hacer nada, pues había cumplido en todas sus partes las diligencias oficiales
con el Gobierno y aquel mismo día había expirado el plazo para aquella presentación; que le pesaba la omisión por olvido involuntario y
que los dos del Oratorio debían industriarse para salvarse como mejor pudieran.

Cuando el clérigo Francesia llegaba al Oratorio, estaba don Bosco a punto de salir:
-Qué tal?, le preguntó.
-Nada, respondió Francesia.
-Entonces acudiré al Ministro de la Guerra.
Pero, antes de ir, acudió a Dios con la oración. Don Bosco ya había comprobado la influencia de ésta para inclinar a sus deseos el

ánimo de los poderosos, siempre que había tenido que tratar con ellos; y siguió haciendo lo mismo durante toda su vida en semejantes
circunstancias.
Con este medio, ((137)) nos decía, si la cosa es para bien, se obtiene lo que se desea y, se obtendrá aun cuando se pida a los que no nos
aprecian ni estiman; porque Dios tocará en este momento su corazón de modo que escuche favorablemente nuestra petición.
En efecto, Nehemías se expresaba en estos términos al contar cómo expuso una petición de mucha importancia a Artajerjes: Invoqué al
Dios del cielo y respondí al Rey... y el Rey me lo concedió todo, pues la mano bondadosa de mi Dios estaba conmigo.1

1 Nehemías,II, 4,8.
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El general de artillería Leopoldo Valfré di Bonzo, uno de los más altos empleados del Ministerio de la Guerra, recibió a don Bosco con
la mayor cortesía. Contó el siervo de Dios su caso y le rogó le sugiriera, si era posible librar a sus clérigos en aquella situación o, al
menos, no permitir que fueran alejados de Turín.

-Si estuviéramos en tiempo de paz, respondió amablemente el general, borraría a sus clérigos de la lista de reclutas de un simple
plumazo; pero, siendo inminente la guerra, no puedo hacerlo. Le aseguro, sin embargo, que sus clérigos no serán enviados a la línea de
fuego, sino que los destinaré a una oficina del arsenal en Turín, como agregados al Estado Mayor. Con todo me parece oportuno que se
presente al Ministro de Asuntos Eclesiásticos, de Gracia y Justicia quien, mejor que yo, podría darle un consejo adecuado en este asunto
que es de su competencia.

Don Bosco fue entonces al Ministerio de Gracia y Justicia. Era Ministro Guardasellos 1 el conde Juan de Foresta abogado y Senador
del Reino, que había dado muchas veces ((138)) motivo a las quejas de los Obispos y del Sumo Pontífice. Don Bosco pidió audiencia y la
obtuvo casi inmediatamente. El Ministro lo recibió muy bien, se alegró de que se le ofreciera la ocasión de conocerlo personalmente,
admiró y aprobó el bien que hacía educando a tantos pobres jovencitos y concluyó:

-En qué puedo servirle?

Don Bosco, que había temido un recibimiento muy diverso, al oír estas palabras se sintió aliviado y dijo:

-Excelencia, me encuentro en un gran apuro y necesito su ayuda: tengo dos clérigos, que formé y eduqué para que me asistiesen en mis
obras, y hace seis o siete años que trabajan conmigo. La Curia no los incluyó en la lista de los que tienen derecho a quedar exentos del
servicio militar y ésta ya fue presentada al Ministerio. Si mis clérigos parten para la guerra, me quedo privado de su ayuda para la
asistencia de varios centenares de muchachos. Me dicen que es difícil hallar un medio para conseguir su exención y por eso suplico
encarecidamente a Su Excelencia me ayude en tan angustioso trance.

-Me gustaría mucho podérselos salvar... Vamos a ver qué se puede hacer.

Tiró del cordón de la campanilla, apareció un ujier y le ordenó:

1 El Ministro Guardasellos era quien ponía el sello del Estado a los documentos públicos. (N. del T.)
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-Diga al conde Miguel de Castellamonte que pase por aquí un momento.

Acudió éste y respondió que las listas de las Curias habían llegado y que la de Turín estaba al completo.

Reflexionó un instante el Ministro y después dijo a don Bosco:

-Le han dicho que sus clérigos no pueden ser dispensados del servicio militar. Pero me parece que su exención es la cosa más fácil de
este mundo sin violar la ley. Siga mi consejo. Persuada a la Curia para que examine la lista presentada al Gobierno y quite de ella a los
que quedarían exentos por otros motivos que no sean ((139)) el del estado clerical; es decir por razón de familia, de salud o de algún
defecto físico y ya verá cómo también habrá puesto para sus recomendados.

Marchó don Bosco rápidamente a la Curia con este fin; pero el Canciller rehusó escribir a las familias de los seminaristas presentados,
pretextando que se lo impedían otros trabajos urgentes. Entonces don Bosco se ofreció a tomar sobre sí esta incumbencia. El Canciller le
entregó la lista, y en seguida escribió él veintiuna cartas, correspondientes a otros tantos clérigos, y tuvo la suerte de encontrar que dos de
ellos estaban también exentos por ser hijos únicos de madre viuda. Volvió entonces don Bosco al ministro De Foresta y éste extendió
oficialmente los documentos necesarios para que Cagliero y Francesia sustituyeran a los exentos por ley.

Este asunto le costó al buen padre tres días de trabajo, con gran pena de su corazón, porque, de los clérigos que tenía en el Oratorio,
eran Cagliero y Francesia aquéllos en quienes más podía confiar.

Entretanto el clérigo Cagliero, que había visto aquellos días desde el mirador, millares de reclutas que partían para los campamentos,
como tuvo que ir a legalizar y retirar algunos documentos necesarios, dijo al Oficial de la Curia:

-Estoy muy satisfecho, porque así todo lo debo únicamente a don Bosco.

Cagliero sintió siempre cualquier repulsa y humillación que tuviera que sufrir don Bosco. Pero éste, si le veía a veces triste y
malhumorado por tal motivo, le sonreía y alegraba con una de sus bromas.

-íGolosón, que no sabes vivir sin dulces! Hay que acostumbrarse a trabajar en medio de contrariedades que robustecen el pecho.

Por aquellos mismos días se enviaban emisarios por los diversos estados de Italia para animar a los jóvenes a ir al Piamonte y alistarse
en el ejército como voluntarios. Hubo millares, en su mayoría
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lombardos, que fueron enviados a Cúneo, donde se organizaba una división militar, destinada a ser ((140)) mandada por el general
Garibaldi. Otros reclutadores se movían entre la juventud piamontesa, que todavía no estaba en edad militar, halagándola con la
esperanza de un fácil ascenso a los altos grados militares y la obtención de honores y gloria. Precisamente por este motivo corrió don
Bosco un grave riesgo durante aquellos alborotados días.

Había entrado en el Oratorio un mocetón con desparpajo y buena presencia, so pretexto de ver a cierto alumno de su pueblo. Se
presentaba como comisario de reclutamiento y logró hablar a escondidas largo rato con algunos jóvenes, animándolos a alistarse como
voluntarios en el ejército. Ya habían dado algunos su consentimiento, cuando don Bosco se enteró. Con su acostumbrada serenidad pensó
bien primeramente qué convenía hacer, y después, para conjurar el peligro, lo mismo para él y para la casa que para los muchachos, actuó
de la siguiente manera.

Llamó a su habitación a aquel comisario, el cual, al darse cuenta de que don Bosco estaba al tanto de todo, aprovechando su facilidad
de palabra, se introdujo con desenvoltura. Habló del amor a la patria, de la guerra, de la necesidad de que se alistaran muchos mozos
resueltos y valientes; afirmó que en el Oratorio había muchos, capaces y deseosos de ello; que ya tenía cinco inscritos; que se lo decía sin
ambages, pues sabía cuánto amaba don Bosco a la patria; e iba espetando sin parar razones y palabras campanudas. Don Bosco le dejó
hablar como una media hora, para enterarse bien de todo. El comisario, dejándose llevar por su tema, llegó al extremo de proponer:

-No es mi intención obligar a ninguno, pero si don Bosco me lo permite, yo hablaría de ello en público a todos los alumnos reunidos,
únicamente para dar oportunidad a los que deseen formar parte del ejército.

Al llegar a este punto le interrumpió don Bosco diciendo:

-Yo amo a la patria de verdad y no quiero oponerme a nada que pueda serle útil, mas aquí, para estos jóvenes hay una sola ((141))
dificultad, y es que no soy su dueño sino únicamente su educador. Tienen sus padres o sus tutores. Ellos me los entregaron y es preciso
que yo se los devuelva: Pero el asunto tiene perfecto arreglo: yo devuelvo a sus propios padres a los jóvenes reclutas de que me habló y,
desde sus casas, podrán ponerse en relación con usted, y hasta partir para la guerra, si así lo desean sus padres.

-No diga eso, don Bosco; sus padres y sus madres no querrán o
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pondrán dificultades. Ya he enviado los nombres de cinco de sus alumnos a la oficina de reclutamiento y tienen su número de matrícula.
Ahora no queda más que hablarles una vez más, entregar a cada uno su propio número y el asunto queda terminado.

-Mejor aún; hagamos así: dígame su nombre y apellido y su domicilio de usted aquí en Turín. Yo envío inmediatamente esos jóvenes a
su casa y comunico a sus padres que se pongan en relación directa con usted. Por tanto, desde este mismo momento queda usted en
completa libertad, al cesar el motivo que le induce a permanecer por más tiempo en esta casa.

-Pero, ni siquiera puedo hablar una vez a estos jóvenes?

-Ni una vez siquiera. Y ahora mismo voy a dar las órdenes oportunas para que los jóvenes vayan a las clases y a los talleres, y apenas se

hayan retirado, su señoría puede marcharse.

-Pero sepa usted que sus jóvenes son amigos de Garibaldi y quisieran...

-También yo soy amigo de Garibaldi y pido a Dios que pueda encontrarse tranquilo y en su gracia en punto de muerte.

En el intervalo los muchachos salieron del patio.

Don Bosco acompañó al intruso hasta la portería, lo saludó cortésmente ((142)) y dio orden al portero de no dejarle entrar más en casa

ni permitirle hablar con nadie.

Sin embargo, como en el Oratorio se había despertado un poco de excitación y se hablaba de amor patrio, de guerra y de voluntariado,
don Bosco mandó llamar a los jóvenes comprometidos. No los riñó, sino que les dijo con calma:

-Ya no deseáis permanecer en el Oratorio, pues queréis alistaros como voluntarios. Pues bien, como vuestros padres os confiaron a mí,
podéis volver a vuestras casas. Yo no me opongo a vuestra intención: presentaos a ellos, exponedles vuestro deseo y haced lo que ellos os

indiquen.

Y les dio prisa para que salieran en seguida.

-Pero así quedamos expulsados del Oratorio?, decían los jóvenes.

-No os echo, replicó don Bosco; id únicamente a consultar a vuestros padres y, si después queréis volver, escribid sobre este asunto y

veré qué se hace. Pero ícuidado!, no volváis antes de haber recibido una carta de ingreso; porque, para volver a entrar se requiere una
nueva aceptación formal.

Aquellos muchachos tuvieron que salir.

De no haber tratado bien don Bosco a aquel comisario de reclutamiento,
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o de no haberle expuesto la consideración de la dependencia de los padres, habrían podido surgir graves contratiempos. Desde aquel
mismo día hubieran estallado tumultos populares ante las puertas del Oratorio.
Los otros alumnos no hablaron más del asunto y se disipó aquella agitación.

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((143))

CAPITULO XII

LECTURAS CATOLICAS: VIDA DEL JOVENCITO DOMINGO SAVIO -NORMAS DE DON BOSCO SOBRE LA COMUNION
FRECUENTE -LOS ALUMNOS DEL ORATORIO OBSERVAN DESPREOCUPADAMENTE LAS ACCIONES DE DON BOSCO
-SU MEMORABLE REFUTACION DE LA CRITICA LANZADA CONTRA LA BIOGRAFIA DE DOMINGO SAVIO -VIDA DEL
SUMO PONTIFICE URBANO I -EL VICARIO GENERAL DE TURIN ESCRIBE UNA CIRCULAR A LOS PARROCOS
RECOMENDANDOLES LAS LECTURAS CATOLICAS -CARTA A DON BOSCO DEL CARDENAL ARZOBISPO DE BOLONIA
-UNA EXPLICACION DEL EVANGELIO POR DON BOSCO

A principios del año 1859 todo el Oratorio estaba conmovido por la muerte edificante de Miguel Magone. Aquel mes de enero aparecía el
número de las Lecturas Católicas con la Vida del jovencito Domingo Savio, alumno del Oratorio de San Francisco de Sales, por el
sacerdote Juan Bosco. La dedicaba a sus hijos con el siguiente prólogo.

Muy queridos jóvenes:

Más de una vez me habéis pedido que os escriba algo acerca de vuestro compañero Domingo Savio; y, haciendo todo lo posible para
satisfacer vuestro ((144)) deseo, os presento ahora su vida, escrita con la brevedad y sencillez que son de vuestro agrado.

Dos obstáculos se oponían a que publicase esta obrita; en primer lugar, la crítica a que naturalmente está expuesto quien escribe ciertas
cosas que se relacionan con personas que viven todavía. Este inconveniente creo haberlo superado concretándome a narrar solamente
aquello de lo que vosotros y yo hemos sido testigos oculares, que conservo escrito casi todo y firmado por vuestra misma mano.

Es el otro obstáculo, tener que hablar más de una vez de mí mismo, porque, habiendo vivido dicho joven cerca de tres años en esta casa,
me veré muchas veces en la necesidad de referir hechos en los que he tomado parte. Creo haberlo vencido también ateniéndome al deber
del historiador, que es el de exponer la verdad de los hechos, sin reparar en las personas. Con todo, si notáis que alguna vez hablo de mí
mismo con cierta complacencia, atribuidlo al gran afecto que tenía a vuestro difunto compañero y al que os tengo a vosotros; afecto que
me mueve a manifestaros hasta lo más íntimo de mi corazón, como lo haría un padre con sus queridos hijos.

Alguno de vosotros preguntará por qué he escrito la vida de Domingo Savio y no
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la de otros jóvenes que vivieron entre nosotros con fama de acendrada virtud. A la verdad, queridos míos, la divina providencia se dignó
mandarnos algunos que han sido dechados de virtud, tales como Gabriel Fascio, Luis Rúa, Camilo Gavio, Juan Massaglia y otros; pero
sus hechos no fueron tan notables como los de Savio, cuyo tenor de vida fue claramente maravilloso.

Por otra parte, si Dios me da salud y gracia, es mi intención recoger por escrito las acciones de estos compañeros vuestros para
satisfacer vuestros deseos y los míos, al presentároslas para leer e imitar en lo que es compatible con vuestro estado.

Aprovechad las enseñanzas de cuanto os iré narrando y repetid en vuestro corazón lo que san Agustín decía: Si él sí, por qué yo no? Si
un compañero mío de mi misma edad, en el mismo lugar, expuesto a semejantes y quizás mayores peligros que yo, supo ser fiel discípulo
de Cristo, por qué no podré yo conseguir otro tanto? Pero acordaos de que la verdadera religión no consiste sólo en palabras; es menester
pasar a las obras. Por lo tanto, hallando cosas dignas de admiración, no os contentéis con decir: "íBravo! íMe gusta!". Decid más bien:

((145)) -"Voy a empeñarme en hacer lo que leo de otros y que tanto excita mi admiración y tanto me maravilla".

Que Dios os dé a vosotros y a cuantos leyeren este librito salud y gracia para sacar gran provecho de él; y la Santísima Virgen, de la
cual fue Domingo Savio ferviente devoto, nos alcance que podamos formar un solo corazón y una alma sola para amar a nuestro Creador,
que es el único digno de ser amado sobre todas las cosas y fielmente servido todos los días de nuestra vida.

No es el caso tejer aquí el elogio de una obrita de la que se han impreso innumerables ejemplares en muchas lenguas, que corren por las
manos de medio mundo con incalculable ventaja de la juventud. Pero, no queremos pasar por alto una cosa, a saber, cómo entendía don
Bosco que se debía regular la comunión frecuente, tal como resulta del sistema que empleó en la dirección espiritual de Domingo Savio.
Se lee en el capítulo catorce.

Está probado por la experiencia que el mejor apoyo de la juventud lo constituyen los sacramentos de la confesión y la comunión.
Dadme un chico que se acerque con frecuencia a estos sacramentos y lo veréis crecer en su juventud, llegar a la edad madura y alcanzar,
si Dios quiere, la más avanzada ancianidad con una conducta que servirá de ejemplo a cuantos le conozcan.

Persuádanse los jóvenes de esto para ponerlo en práctica; compréndanlo cuantos trabajan en la educación de la juventud, para que lo
puedan aconsejar.

Antes de su venida al Oratorio, Domingo se acercaba a estos sacramentos una vez al mes, como se acostumbraba en las escuelas. Más
tarde aumentó la frecuencia; pero como un día oyera predicar esta máxima: "Si queréis, queridos jóvenes, perseverar en el camino del
cielo, os aconsejo tres cosas: acercaos a menudo al sacramento de la confesión, frecuentad la sagrada comunión y elegíos un confesor a
quien abráis enteramente el corazón y no lo cambiéis sin necesidad", Domingo acabó de comprender la importancia de estos consejos.

((146)) Comenzó por elegir un confesor fijo, con el cual se confesó regularmente durante todo el tiempo que estuvo entre nosotros; y
para que pudiese éste formarse
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un juicio cabal de su conciencia, quiso, según dijimos, hacer con él la confesión general. Comenzó a confesarse de quince en quince días,
después cada ocho, y a comulgar con la misma frecuencia. Como viera el confesor el gran provecho que sacaba de las cosas espirituales,
le aconsejó comulgar tres veces por semana, y, al cabo del año, le permitió hacerlo diariamente.

Esta biografía, que llevaba un grabado con el retrato del santo jovencito, dibujado por Carlos Tomatis e impreso por el litógrafo
Hummel, exponía las pruebas de una verdad consoladora. Domingo Savio había sido para el Oratorio un acontecimiento, puesto que, si la
belleza y fragancia de una flor demuestra la buena calidad de la tierra que le da vida, si la belleza y suavidad de un fruto descubre la
bondad del árbol que lo lleva, bien puede afirmarse que la santidad de Domingo Savio es una prueba indudable de la bondad de la
institución del Oratorio, que le sirvió de escala para subir a tan alta perfección.

Por esto el espíritu del mal intentó desacreditar las áureas páginas de aquella biografía.

Se repartió el librito a los alumnos internos, que lo esperaban con viva curiosidad. Pero esta vez no podían faltar los críticos en un
centro tan numeroso, sobre todo porque don Bosco permitía una razonable libertad para que cada cual expresara su propia opinión.

Sus muchachos, sin dejar de ser respetuosos, eran sinceros y expeditos en el decir, pues así los formaba la educación que recibían, que
no toleraba timideces, hipocresías o adulaciones, y esto es digno de notar, pues de ahí nace una gran verdad.

Los muchachos no eran tan fanáticos de don Bosco como para creer ciegamente lo que él afirmaba, sino que lo amaban por la realidad
de sus virtudes, que ellos observaban y juzgaban atentamente. Nadie ponía ((147)) en duda el cumplimiento de su predicción de aquellos
días, y era evidente para todos que don Bosco no había podido conocer el futuro por ciencia humana. Sin embargo, en aquellos mismos
días habían surgido contestaciones sobre la veracidad de algunos hechos, narrados por don Bosco en el librito. Todos reconocían que
Savio había sido un muchacho de virtudes extraordinarias, pero algunos no querían ver nada de sobrenatural en ciertas acciones suyas,
porque ignoraban lo que la humildad y la prudencia habían mantenido oculto hasta entonces.

Otros añadían que don Bosco había inventado ciertos episodios con la buena intención de proponer a los cristianos un modelo de
muchacho perfecto; y como más de la tercera parte de los alumnos habían ingresado en el Oratorio después de la muerte de Savio, la
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opinión de quienes habían vivido con él podía causar daño, insinuando dudas en muchos de ellos. Sobresalía entre los que se atrevían a
hablar sin respeto y con mayor libertad de esta biografía cierto clérigo. Los alumnos andaban divididos con distintas opiniones. Pero
muchos procuraban vivir alejados de aquellos críticos y no querían tomar parte en sus discusiones.

En esto, se hizo público un hecho que parecía dar razón a los contradictores de don Bosco. Este había contado la invitación hecha a
Domingo Savio para ir a nadar y había omitido el detalle de que el jovencito cedió la primera vez a las instancias de un compañero.

Resultó que este compañero y paisano suyo, un tal Z..., era estudiante en el Oratorio y salió negando abiertamente que Savio hubiera
rechazado ir a bañarse, puesto que lo había invitado él mismo y había ido con él. El tarambana se vanagloriaba de ello como de una gran
proeza. Se armó, pues, un escándalo. El edificio de virtudes, aunque verdaderas, levantado por don Bosco parecía derrumbarse.
Demostrada la falsedad de un hecho, podían negarse también los demás. Pero don Bosco, ((148)) durante varios días, no dijo una palabra
en su defensa, ni aun en privado, aunque estaba perfectamente enterado de las habladurías.

Por fin una noche, después de las oraciones rezadas en el comedor, subió a una silla, con el rostro tan serio como pocas veces se le
había visto. Había que salvar la verdad, y empezó a hablar sin preámbulos y con su acostumbrada calma:

-Cuando Savio murió, invité a sus compañeros a decirme si en los tres años, que moró entre nosotros, habían apreciado en su conducta
algún defecto a corregir o si le faltaba alguna virtud que sugerir; pero todos estuvieron de acuerdo en que nunca habían encontrado en él
nada que mereciese corrección, y que no sabrían qué virtud añadirle. Yo mismo fui testigo de todo lo que he escrito, o lo supe por
personas de la casa, aquí presentes, o ajenas a la misma, pero dignas de fe.

Al comienzo de la plática alguno intentó sonreír, pero su sonrisa se apagó en seguida en los labios al ver el continente grave de los que
le rodeaban. Don Bosco prosiguió:

-A pesar de todo habéis oído estos días algunas observaciones sobre ciertos hechos de la vida de Domingo Savio, vuestro compañero, y,
entre otras cosas, se me culpa de haber dicho una mentira. Se ha negado que Savio rehusara ir a bañarse. Sí, es verdad: ífue a bañarse!...
Pero en el relato hay que notar dos circunstancias. Fue invitado dos veces. La primera se dejó llevar, pero, al volver a casa, y
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contar a su madre lo que le había sucedido, le advirtió su madre que no volviera más. Y el pobre Savio se deshizo en llanto ícuando supo
que había hecho mal! Pero, invitado por segunda vez, se negó resueltamente. Yo quise mencionar y publicar sólo la segunda invitación,
porque está en el Oratorio el compañero que le había llevado una vez e intentó llevarlo otra. Esperaba así haber salvado a ése de la ((149))
vergüenza; creía yo que este individuo reconocería su yerro y agradecería mi silencio; quiso, en cambio, pillarme en contradicción, darme
un mentís y causar al compañero una afrenta que no merecía. Sabed, pues, que por ahorrar un mal papel al compañero viviente y tapar lo
que debía ser para éste motivo de eterno remordimiento, es decir, el peligro a que se había expuesto de traicionar a un amigo, relaté sólo
el segundo hecho. El ha querido descubrirse a sí mismo. Si tiene motivo para ruborizarse, solamente suya es la culpa. Después de haber
traicionado a su compañero en vida, quiso hacer lo mismo después de muerto. Entonces se puso en el peligro de arrebatarle la inocencia,
ahora el honor.

El joven aludido estaba presente. Su confusión era extrema, pues todos los compañeros tenían los ojos clavados en él. Pocas veces
habló don Bosco de esta forma, pero es indecible la impresión que causó en todos.

Cuando hubo terminado, un cuchicheo general llenó el ambiente de aprobación y, desde aquel momento cesaron las habladurías. Pero
don Bosco ordenó la reedición de la biografía, añadiendo el hecho omitido con los comentarios del caso.

En el mes de febrero recibieron los suscriptores de las Lecturas Católicas la Vida del Sumo Pontífice San Urbano I, por el sacerdote
Juan Bosco (H). En ella describe el martirio de santa Cecilia y de sus compañeros, y concluye demostrando contra los protestantes que la
veneración de las reliquias de los santos y su invocación son aprobadas por la Sagrada Escritura y por los milagros obrados por Dios
merced a ellas. Armonía, del veintiséis de febrero, anunciaba este nuevo número.

Vemos con agrado que las Lecturas Católicas, publicadas por el sacerdote Juan Bosco, tan benemérito por su obra en favor de la
juventud cristiana, siguen siempre prosperando con gran aplauso. Las ((150)) Vidas de los Romanos Pontífices, que se alternan con otras
obritas de gran utilidad, han llegado a la vida del Sumo Pontífice San Urbano I, que subió a la cátedra de san Pedro el año 226 de la era
vulgar. No añadimos palabras de alabanza a esta excelente publicación popular, cuyos méritos todos conocen.
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Con este número se cerraba la serie del año sexto de las Lecturas Católicas y se publicaba un extracto en su favor en la circular
cuaresmal del Vicario General de la ciudad y diócesis de Turín, dirigida a los reverendos señores Párrocos.

...Al tiempo que menciono los actuales desórdenes y las necesidades y medios para remediarlos, se me ofrece la oportunidad, que muy
gustoso aprovecho, de indicaros otro medio eficaz, por el que se interesa mucho el Vicario de Cristo. Bien sabéis y deploráis que hoy en
día, especialmente a través de la prensa, se insinúa el error, se difunden máximas perversas, se corrompen las costumbres y, que los
impíos se afanan en preparar y propinar con periódicos y libros antirreligiosos cebo y veneno para toda clase y condición de personas y
cómo las publicaciones de ese jaez se venden a buen precio y hasta se reparten gratuitamente.

Por su parte, también los buenos se industrian para desenmascarar el error, amaestrar al pueblo y mostrarle la belleza de la virtud y
hacerla amar, con la prensa y la difusión de libros buenos. Esta es la intención de las Lecturas Católicas. Ya se os recomendaron en otra
ocasión, cuentan en su haber el mucho bien que van haciendo, y tienen además el honor de gozar de la aprobación del Sumo Pontífice,
acompañada de su deseo de que sean propagadas. Tengo ante mis ojos la circular de S.E. el Cardenal Vicario de Roma, invitando, según
la mente de Su Santidad, a los arzobispos y obispos de los Estados Pontificios a activar la difusión de las Lecturas Católicas en sus
diócesis; y siento en mí un renovado impulso a volverlas a recomendar, especialmente en los lugares donde todavía no son bastante
((151)) conocidas, y estoy persuadido de que también vosotros lo sentiréis como yo, y, por lo tanto, las propondréis con solicitud a
vuestras poblaciones. Los temas que tratan, al alcance de cualquier inteligencia, su estilo popular, su módico precio me permiten esperar
que esta labor os resultará fácil.

Bendiga Dios desde el cielo vuestras oraciones, vuestros trabajos y vuestro celo, y esté con todos vosotros la gracia de Jesucristo.

Gratia Domini nostri Jesu Christi vobiscum (Rom. XVI, 20).

CELESTINO FISSORE
Vic. Gen.

Don Bosco llevaba al mismo tiempo otro trabajo entre manos, como se deduce de la siguiente carta; era el de añadir algunas biografías
de hombres ilustres a una nueva edición de la Historia de Italia.

Muy Reverendo Señor:

Me es grato complacer el deseo de V.S.M.R. enviándole una biografía del cardenal Mezzofanti para las noticias que desea.

Más aún, aprovecho la ocasión para poner en su conocimiento el programa de un trabajo, que pronto saldrá a la luz sobre la vida y
estudios de este eminentísimo cardenal, trabajo confiado a personas merecedoras de entera confianza y, por consiguiente, digno de la
atención de todos los doctos.
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Cuento con las oraciones que generosamente me promete y le aseguro mi estimación.

De V. S. Reverendísima.

Bolonia, 12 febrero 1859.

Afectísimo en el Señor OCTAVIO VIALE Card. Arz.

Sin embargo, por lo que más se interesó siempre fue por las vidas de los Papas, que exponía de tal modo, que despertaba en los oyentes
la mayor curiosidad e interés. Con este fin, cuando acababa una de éstas, la mandaba a la imprenta y, antes de comenzar otra, ((152)) se
entretenía casi un mes explicando temas variados y, especialmente sobre el santo Evangelio. Esta espera avivaba más el deseo de los
muchachos que reclamaban ansiosos nuevos fastos de la Iglesia. Efectivamente, cuando concluyó la vida de san Urbano I, dio la siguiente
plática, que escribió el clérigo Juan Bonetti.

Esta mañana, en vez de seguir nuestro curso de Historia Eclesiástica sobre la vida de los Papas, puesto que hemos terminado la de san
Urbano, quiero, antes de comenzar la del Papa que le sucedió, explicaros el evangelio de este domingo. Es muy apropiado para vosotros,
mis queridos jóvenes.

Oíd, pues, la narración del santo evangelio. Había ido a predicar Nuestro Señor Jesucristo a una montaña muy alta y, como no todos
podían subir hasta allá, deseoso de que ninguno quedara privado de su palabra de paraíso, bajó a la llanura. Vivía por aquellos
alrededores un pobre enfermo cargado de lepra, que es una de las enfermedades más repugnantes y contagiosas, como sería la que
vulgarmente llamamos roña. Este pobre hombre, echado de la ciudad, separado del trato con parientes y amigos, privado de su hacienda,
veíase obligado a vivir al descampado buscando el alimento dónde y cómo mejor podía, aborrecido y esquivado por todos. Enterado de
que Jesús de Nazaret hacía grandes milagros en el monte próximo, él también deseaba ir allá para obtener la gracia de curar de una
enfermedad tan triste; mas he aquí que le llegó la noticia de que nuestro Señor bajaba a la llanura. Entonces fue muy alegre a esperarlo y,
cuando vio acercarse la muchedumbre, abriéndose paso por en medio de ella, fue a echarse a sus pies adorándolo: Et veniens adorabat
eum.

Es de notar aquí que va a Jesús adorans, adorándolo. Por donde se ve que aquel leproso estaba persuadido, creía que Jesús era
verdadero Dios, pues sólo a Dios se debe adoración. A los santos, a los ángeles, a María Santísima, no los adoramos, sino que los
respetamos, los veneramos, les rogamos que intercedan por nosotros. Sólo se adora a Dios.

Seguramente que cuando Jesús vio a aquel pobre hombre arrodillado a sus pies, teniendo tanta compasión como tenía por los
desgraciados, tanta mansedumbre hasta con los pecadores, le preguntó ((153)) amablemente por su pueblo, por sus parientes, por sus
dolores y, quizá también, por el estado de su alma. El Evangelio no dice nada de esto; sólo nos cuenta que el leproso prorrumpió en estas
palabras:

-Domine, si vis, potes me mundare. (Señor, si quieres, puedes curarme.) Sólo con que tú quieras, yo quedaré limpio al momento.
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VOLUMEN VI Página: 124

Domine! (íSeñor!). Mirad cómo en seguida lo llama Señor, reconociéndolo como Rey de reyes, Señor de los señores, Amo de los amos.
Si vis, potes me mundare. Si quieres, puedes curarme. íVed qué fe! No va diciendo: si pides a tu Eterno Padre, Este, por tus oraciones me
sanará, no. Sino que él dice: si Tú lo quieres, yo sanaré.

Al ver que aquel desgraciado tenía el corazón tan bien dispuesto (porque Jesús quiere el corazón), resuelto a contentarlo y a premiar su
fe, le dijo:

-Volo, mundare! íLo quiero! íQueda limpio!

No dijo: quiero que te cures, sino quiero y, después lo mandó: íqueda limpio!; imperativo: mundare. No había acabado Jesús sus
palabras, cuando las llagas, que formaban como una costra sobre todo el cuerpo del leproso cayeron como escamas y su piel quedó
instantáneamente blanca como la nieve. íFiguraos la alegría de aquel hombre! íQué rendidas gracias no daría a su libertador!

Jesús, al despedirlo, le dijo:

-Vade, ostende te sacerdoti. Ve y preséntate al sacerdote para que te vea.

Quería decir con esto: es verdad que yo te he curado, pero a condición de que te presentes al sacerdote; de no ser así, seguirás como
antes. Es de saber que en aquellos tiempos los leprosos eran excomulgados por el sacerdote, es decir separados del pueblo y obligados a
vivir en el campo hasta quedar curados. Una vez sanos, para poder volver a sus casas y vivir con sus conciudadanos, tenían que
presentarse antes al sacerdote, el cual, después de reconocer su curación, podía admitirlos a vivir con el pueblo.

He aquí, mis queridos muchachos, el sentido de este hecho. La lepra es el pecado que vuelve tan asquerosa nuestra alma, que el Señor
ya no nos considera hijos suyos, nos excomulga, nos borra del número de sus hijos. Es horrible, es nauseabunda ante Dios el alma que
está en pecado. Qué hace falta para quedar libres de esta lepra: Ostende te sacerdoti, dice el Señor: Ve, que te vea, preséntate al sacerdote.
Si queremos quedar curados ((154)) del pecado, quedar limpios de esta asquerosa enfermedad, debemos acercarnos al sacerdote, que ha
recibido de Dios el poder de limpiarnos de nuestro pecado. Hubiera podido Jesucristo decir al leproso: queda limpio, sin añadir que fuera
a presentarse al sacerdote? Sin duda; pero no quiso, para demostrar que, si bien él podía perdonar sin que fuéramos al sacerdote, sin
embargo, no nos perdona, si no nos acercamos a él, confesando con sinceridad nuestros pecados a sus pies. Hay muchos que van
diciendo:

-No necesita el Señor que vayamos a contar nuestros pecados al confesor para perdonarnos; puede perdonarnos sin necesidad de esto.

Yo les diría a éstos, si por acaso hubiese alguno aquí entre los que me escucháis: el Señor podría muy bien hacer que el grano naciera
maduro y fuera por sí mismo al granero, sin tantos trabajos para los pobres labradores. Por qué Dios, que es omnipotente, que ha creado
de la nada cuanto hay en la tierra y en el cielo y ha creado con una sola palabra tantos cuerpos tan hermosos, tan grandes, tan magníficos
como los que vemos en el firmamento en la noche serena; por qué, repito, no podría hacer que el grano naciera maduro y fuera al granero
sin necesidad de la mano del hombre? Ciertamente podía hacerlo; por qué no lo hace? Preguntádselo a El; El os lo dirá.

Yo os aseguro entretanto que, si queréis veros libres del pecado, no tenéis más remedio que la confesión; y que Dios está dispuesto a
perdonaros cualquier pecado, con tal de que, con corazón contrito, os confeséis humildemente al confesor, al sacerdote ministro de Dios.
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Por último, mandó Jesús al leproso curado que no dijera nada a nadie. íAdmirad la humildad de Jesús! No quiere que se sepa un
milagro tan estupendo. Verdadera lección para nosotros que deseamos la alabanza de los otros por el bien que hacemos por insignificante
que sea, y vamos a contar a fulano y a zutano nuestros méritos y virtudes, para que nos tengan por hombres de bien, por personas
honradas. Jesús no hizo así, no; quería que sólo su Padre supiese el bien que realizaba. Lo mismo tenemos que hacer nosotros: no hay que
obrar bien para que nos vean y nos alaben, sino únicamente para agradar a Dios y, por cuanto se pueda, ocultar a los hombres lo poco
bueno que hagamos. Si no podemos ocultarlo, dejemos en hora buena que los hombres lo vean, pero andemos alerta para no
enorgullecernos, pues destruiríamos ante Dios lo que hubiéremos hecho.

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((155))

CAPITULO XIII

LA CUARESMA -EL ORATORIO DE SAN LUIS: ILUSTRES CATEQUISTAS: CELO Y GENEROSIDAD DEL TEOLOGO
MURIALDO; LAS ESCUELAS DIURNAS; LOS MAESTROS LLEVAN A CONFESARSE CON DON BOSCO A LOS
MUCHACHOS MAS IGNORANTES; CLASE Y REGLAMENTO PARA LA BANDA DE MUSICA, QUE SE DISUELVE MAS
TARDE -EL ORATORIO DE VANCHIGLIA: EL TEATRO -EL ORATORIO DE VALDOCCO: DON BOSCO REGALA UNA CRUZ
A UN NOBLE CATEQUISTA: VIRTUDES DEL MAESTRO DE LA ESCUELA DIURNA: LAS EXCURSIONES DE LOS
ORATORIANOS MAS RARAS Y MAS CORTAS: CAUSA DE LA DISMINUCION DE ESTOS MUCHACHOS -FUNDACION DEL
ORATORIO DE SAN JOSE -EL OBISPO DE NIZA DA CLASE DE CATECISMO EN VALDOCCO -DON BOSCO EN BUSCA DE
MUCHACHOS PARA QUE SE CONFIESEN -UN MUCHACHO ENFERMO, VISITADO POR DON BOSCO PERSUADE A SUS
PADRES PARA QUE SE RECONCILIEN CON DIOS -CONTINUAS INSIDIAS DE LOS PROTESTANTES CONTRA LOS
CATOLICOS -ARREPENTIMIENTO DE UN VENDEDOR DE LIBROS HERETICOS -LECTURAS CATOLICAS: EXHORTACION
A LOS SUSCRIPTORES -DON BOSCO LIQUIDA SU ANTIGUA DEUDA CON LOS ROSMINIANOS -SU AVERSION A LOS
PLEITOS

LA cuaresma del año 1859 empezó el día 2 de marzo y terminó el 24 de abril. El Oratorio de San Luis con sus numerosos oratorianos
estaba bajo la dirección del teólogo Murialdo, el cual, debido a la estrechez de los locales, incómodos y ((156)) ruinosos, gastaba mucho
de lo suyo en reparaciones y enriquecía la mísera capilla con su sagrario y peldaños de mármol. Hacía florecer las buenas costumbres
entre los muchachos mediante la frecuencia de los sacramentos y, en algunos de ellos, se manifestaron sólidas vocaciones eclesiásticas.
Sus catequistas y asistentes iban desde el Oratorio de Valdocco, enviados por don Bosco, y dependían con ejemplar humildad del teólogo
Murialdo. Cabe contar entre éstos a Miguel Rúa, Celestino Durando, José Lazzero, Francisco Cerruti,
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Francisco Dalmazzo, Pablo Albera y Angel Savio. De entre los seglares se distinguieron por su celo verdaderamente admirable, además
del abogado Cayetano Bellingeri ya mencionado, el conde Francisco de Viancino, justamente aclamado posteriormente como campeón
del laicado católico piamontés, el abogado Ernesto Murialdo, hermano de Leonardo, el marqués de Scarampi de Pruney, el conde de
Pensa, y durante algún tiempo el ingeniero Juan Bautista Ferrante, hombres todos ellos dotados de gran espíritu de sacrificio, inflamado
de sincera caridad por los muchachos pobres.

Los trabajos de estos celosos cristianos resultaron mucho más eficaces cuando se abrieron en el Oratorio las escuelas diurnas.

Estas escuelas, a las que acudía más de un centenar de muchachos, en su mayoría rechazados por las escuelas municipales y tan
necesitados de educación como de pan y vestido, siguieron haciendo un gran bien, aun después de dejar el Oratorio el teólogo Leonardo
Murialdo, para tomar la dirección de la Obra Pía de los Artesanitos. Pero mientras él permaneció al frente del Oratorio de San Luis,
además de preocuparse de mantenerlas florecientes, socorría de su bolsillo a muchas familias de los alumnos para que no se dejasen llevar
por la herejía. Su caridad produjo frutos maravillosos. Este santo sacerdote, como don Bosco y con él todos los celosos y generosos
sacerdotes, ((157)) practicaba la doctrina de san Pablo: Non prius quod spiritale est, sed quod animale: deinde quod spiritale. (Mas no es
lo espiritual lo que primero aparece, sino lo natural; luego lo espiritual) 1.

Optimos eran los maestros y entre ellos recordamos al señor Formica. Este excelente profesor ayudaba poderosamente a los clérigos y
al Director en los días festivos; asistía a los chicos y les daba clase de catecismo. Como deseaba la salvación de las almas, pidió un día
consejo a don Bosco sobre la manera más eficaz para invitar a los muchachos a confesarse y persuadirlos al mismo tiempo de lo fácil que
era hacerlo bien, Don Bosco le dio algunas normas y concluyó:

-A los mayores me los traes a Valdocco. Ellos dirán que no saben confesarse y que por eso no van. Diles que una buena confesión es lo
más fácil. Basta que me respondan solamente tres palabras: sí, no, sai nen (no sé); lo demás lo dirá todo don Bosco y ellos no tendrán
ninguna dificultad ni miedo a enredarse.

De este modo el celo de los maestros hizo provechosas sus escuelas por unos veinte años, oponiéndose directamente a las que los

1 1.ª Cor. XV, 46,
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valdenses habían abierto en la calle del Arco; e impidió que centenares, y tal vez millares de muchachos, se dejaran ganar por la herejía.

Para más atraer a los mayorcitos al Oratorio, fundó el teólogo Murialdo una escuela de canto por las noches de los días laborales y
encargó de ella al maestro Elzario Scala; y los muchachos instruidos en el canto coral llegaron a cantar misas solemnes en la humilde
capilla de san Luis.

Se decidió también a organizar una banda de música y, después de hablar de ello con don Bosco, le presentó, para que diera su parecer,
un reglamento, cuyo contenido era el siguiente:

((158)) La escuela de música y de canto, establecida en el oratorio de san Luis, tiene por fin atraer a los muchachos al Oratorio para que
asistan a él en los días festivos, se acostumbren a cumplir los deberes religiosos y tengan una conducta cristiana y moral.

Quedarán, pues, excluidos de ella los negligentes en la asistencia a las funciones religiosas del Oratorio, los que notoriamente tengan
mala conducta o sean causa de graves desconciertos entre los compañeros y reacios a las órdenes y a la disciplina establecida.

Para impetrar el auxilio divino sobre esta obra, se rezarán en común las oraciones de la noche después de las clases.

Durante las clases se mantendrá silencio y sólo se podrá dirigir la palabra al maestro. Habrá que llegar puntuales a la clase y no salir
antes de tiempo sin permiso. No será lícito tomar y tocar el instrumento de otro sin su permiso. La infracción de esta norma se castiga con
la multa de una perra chica hasta cuatro.

Por consiguiente cada uno tendrá que aportar un fondo de veinte perras chicas para la eventualidad de la multa. Agotado el fondo, no
podrá seguir asistiendo a las clases, si no lo renueva.

El que recibe un instrumento del director de la banda tiene que abonar mes por mes la cuota estipulada, de lo contrario se le quitará el
instrumento y no se le devolverá hasta que no se ponga al corriente de los acuerdos concertados.

El Teólogo, obtenido el consentimiento de don Bosco, pues en su maravillosa humildad no hacía nada por su propio arbitrio, junto con
el abogado Bellingeri, compró los instrumentos, sometiéndose a un notable gasto. Pero deseando que todo procediera con orden, asistían
él y el abogado a los ensayos, ayudaban al maestro y animaban a los incipientes músicos. Pero la banda no correspondió al fin que se
proponía, pues ocasionaba más desórdenes que edificación y hubo que disolverla. Don Bosco ya no permitió nunca la banda de música en
los Oratorios festivos de Turín, porque le bastaba la de Valdocco para el servicio musical de las fiestas. Sólo en sus últimos años,
achacoso y apremiado por las insistencias, cedió a pesar suyo y dejó hacer.
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((159)) Lo mismo que el Oratorio de Puerta Nueva, también el de Vanchiglia estaba atestado de chicos. Don Bosco había mandado
hacer reparaciones y mejoras en los pobres cobertizos adaptados a salas, en una de las cuales había un teatrito que atraía muchedumbres
juveniles a las funciones sagradas y a la catequesis. Desde Valdocco iban allí directores, catequistas, maestros, asistentes y entre ellos el
clérigo Cagliero.

Pero el Oratorio de San Francisco de Sales mantenía siempre la primacía sobre los otros por el número y la piedad de sus muchachos.
El apoyo que le prestaban nobles señores era recompensado por don Bosco con señales de vivo afecto, pequeños regalos y cartitas, que
eran recibidas con mucho agrado. Así el 2 de marzo de 1859 escribía al caballero Javier Provana de Collegno: "Le envío el crucifijo
bendecido. Si Dios me oye, él colmará de bendiciones y temor de Dios a quien lo llevare consigo. Auguro a usted, a papá y a toda su
familia, salud y gracia del Señor, mientras me profeso agradecido".

También las escuelas diurnas elementales estaban bien organizadas en Valdocco. La enseñanza estaba confiada a don Agustín Zattini,
de Brescia. Este, que era profesor de filosofía, se sometió con admirable paciencia y humildad, casi por dos años, al duro trabajo de
enseñar el abecedario y los rudimentos de la gramática italiana a una numerosa clase de chicos mal educados y a veces burlones. Como él
ignoraba el dialecto piamontés, eran frecuentes las confusiones.

-Digo pera, exclamaba hablando con los clérigos del Oratorio, y entienden piedra; digo bara (ataúd) entienden bastón. Tal era la
significación de aquellas palabras en dialecto.

Don Bosco proporcionaba siempre a sus muchachos diversiones variadas, pero las excursiones eran menos frecuentes, especialmente
las de un día entero y muy pronto ((160)) se suspendieron. Desde que tuvo una capilla estable, exigía que todos asistieran a las funciones
sagradas, porque de lo contrario quedaba perjudicada la regular instrucción de los sermones y de la catequesis, y sufría la frecuencia de
los sacramentos. Por esto el Oratorio de Vanchiglia y el de Puerta Nueva nunca tuvieron las excursiones generales de todos los
muchachos juntos.

Pero había en Valdocco una costumbre que era preciso respetar, un premio que don Bosco concedía siempre a los chicos externos.
Consistía en un paseo de media jornada festiva hasta una iglesia próxima a la ciudad. Si era por la mañana, salían los muchachos
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formados en filas, rezando o cantando coplas religiosas. Al llegar al lugar señalado, se cumplían las prácticas piadosas, repartía don
Bosco el desayuno, que llevaba con algunos borriquillos, y cada cual se marchaba por su cuenta.

Si el paseo se daba por la tarde, entonces se iba a una colina, con algún instrumento musical, se repartía la merienda y se asistía en
alguna iglesia al sermón y a la bendición. Al anochecer bajaban todos voceando y cantando, hasta la entrada de Turín donde cesaba el
jaleo y desde allí se desparramaban en grupos por las calles que llevaban a sus casas.

Don Bosco proporcionaba este esparcimiento a sus oratorianos dos o tres veces al año, según nos contaba quien tomó parte en los de
1855 a 1861, y los chicos pasaban siempre de trescientos. Don Bosco proveía con abundancia de lo necesario, pero como había
muchachos de familias acomodadas, advertía a unos que llevaran de su casa pan y companage, invitaba a otros a cotizar una lira por
cabeza para ayudar, siquiera en parte, a la necesidad de muchos pobrecitos que no tenían nada; y ((161)) aquellos muchachos le
complacían de muy buena gana, satisfechos con el pensamiento de la buena obra que hacían y la sincera alegría que les proporcionaba
aquella diversión en compañía de don Bosco.

De esta manera se industriaba él para atraer al Oratorio festivo a los muchachos que, si bien seguían siendo todavía numerosos, sin
embargo, veía que mermaban de año en año desde 1859 a 1870. Y las causas de estas deserciones no se podían evitar. Era la primera vez
que los alumnos del internado, que iban en aumento continuamente, ocupaban poco a poco casi toda la iglesia de san Francisco de Sales,
y también para ellos resultaban pequeños los patios de recreo; y la segunda, que los amos de los talleres sin temor de Dios obligaban a los
aprendices a trabajar también los domingos.

Sin embargo, en su conjunto, no menguaba el bien que la juventud recibía de don Bosco, pues en 1859 abría en la barriada de san
Salvario de Turín un cuarto Oratorio festivo, dedicado a san José. El caballero Carlos Occelletti destinó parte de su casa a este nobilísimo
fin; había en ella un amplio patio y una linda y amplia capilla en la que ejercían el sagrado ministerio los sacerdotes de la parroquia de
san Pedro y san Pablo. Pidió a don Bosco, íntimo amigo suyo, unos clérigos y sacerdotes para dirigir el nuevo Oratorio y él aceptó
solícito y empezó en 1863 a enviar todos los domingos a don Juan Francesia y más tarde a don Juan Tamietti y a otros sacerdotes para
celebrar allí la santa misa, confesar y predicar. Por las tardes iban a
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prestar sus servicios los coadjutores de la parroquia. El caballero Occelletti sufragaba todos los gastos del Oratorio, en el que era
incansable catequista y asistente; y los hijos de don Bosco siguieron llevando siempre la dirección espiritual del mismo.

((162)) Hemos dicho que los oratorianos habían disminuido los domingos, pero hay que hacer notar que su número volvía a aumentar
en la época de la catequesis diaria cuaresmal, pues al no asistir los alumnos internos, ellos llenaban la iglesia de san Francisco. Así las
cosas, se apiñaban en ella, también los domingos, cuantos podían caber, y resultaba un espectáculo digno de admirar, como afirmaron
ilustres prelados.

Cierto día entró de improviso en la iglesia monseñor Sola, Obispo de Niza, a tiempo que se daba el catecismo. Contempló conmovido
aquella multitud, se adelantó, tomó el libro de la Doctrina Cristiana de las manos de un catequista y él mismo siguió explicándola a los
chicos. Lo mismo hicieron otros obispos en diversas circunstancias con gran contento de los hijos del pueblo.

Don Bosco iba en busca de éstos y rara vez volvía a casa solo, especialmente los sábados por la tarde. De intento pasaba por los lugares
donde más fácilmente podía topar con ellos. Mas aún, en los alrededores del Oratorio, como le eran conocidos, entraba en los patios y en
las mismas casas, preguntando afablemente a las madres:

-Tenéis hijos para vender?

Y les rogaba que los dejasen ir con él. De este modo iba juntando un buen grupo de acá y de allá y los persuadía para ir a confesarse.
Después se los llevaba al Oratorio, les daba unas lecciones de catecismo, los confesaba, se informaba de su situación con palabras y
hechos, proveía al bien de sus almas. Siguió dedicándose a estas cacerías espirituales hasta 1864, es decir, hasta que el gran número de
alumnos internos de la casa no le permitió este apostolado.

Pero nunca olvidaba a los jovencitos obreros, que ((163)) habían dejado el Oratorio festivo o no aparecían por él más que de tarde en
tarde. Con éstos, y particularmente con los que sabía que se hallaban en algún peligro y descuidaban los asuntos del alma, tenía un trato
singularmente amable, casi inimitable. Al encontrarse con alguno de éstos, después de haberse entretenido un ratito con él acerca de su
oficio, salud, familia, se despedía con una dulzura que robaba el corazón, diciéndole:

-íVen otro rato a verme!

El muchacho comprendía en seguida, prometía y esperaba. Don Bosco siempre estaba dispuesto a confesarlos todas las veces que se
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le presentaban, aun en medio de los internos que llenaban la sacristía, y los invitaba a pasar los primeros.
El bien que don Bosco prodigaba a los oratorianos, redundaba en favor de sus padres, como ya lo hemos dicho en otra parte. El mismo
contaba el 14 de septiembre de 1862 el hecho siguiente, conversando con sus alumnos después de la comida:
"Hace unos dos años fui a confesar a un sobrinito del dueño de un café, muchacho de muy buenas esperanzas que frecuentaba el
Oratorio. Tío y tía lo querían entrañablemente. El chiquito, después de confesarse, al ver a sus tíos junto a su cama tristes y
desconsolados, porque su mal iba empeorando cada día más, se volvió a ellos y les dijo:
"-No me consuela precisamente vuestro cariño; si queréis dar una satisfacción a mi corazón preparaos para hacer una buena confesión;
eso sí que me agradaría.
"íFiguraos! Tío y tía, que oyeron hablar de aquel modo al único consuelo que tenían en el mundo y que tanto querían, se conmovieron

hasta verter lágrimas.
"-Pues bien, dijo el tío; si esto es lo único que puede consolarte, quiero darte ese consuelo.
"Y al momento ((164)) él, su mujer, y todos los dependientes se fueron arrodillando y se confesaron. He de advertiros que, como suele

ocurrir con la gente de este oficio, eran poco aficionados a la confesión y la descuidaban. Ya se habían confesado los hombres, quedaba
únicamente la mujer y ésta me tenía perplejo. Qué arreglo cabía? Decirle que viniera después a mi casa, no convenía, pues podía darse
que, enfriado aquel fervor, se entibiase también el buen propósito. Qué hice? Agarré las cortinas de la cama y las arreglé de modo que
sirviesen de rejilla. Pero al verme la buena mujer me dijo:

"-Qué quiere usted hacer?
"-íHago de tapicero!
"-Déjelo, replicó. íMe confesaré como los demás!
"-íNo puede ser!
"-Qué falta hacen tantas ceremonias?
"-No son ceremonias; está mandado así; para las mujeres hay que usar rejillas y, como aquí no las hay, tenemos que arreglarnos de otro

modo.
"-Bueno; ísi es así, haga como le plazca!
"En cuanto tuve preparado, lo mejor que pude, aquel confesonario, le dije:
"-Arrodíllese aquí, un poco apartada.

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"Así lo hizo y se confesó.

"Queridos míos, demos gracias al Señor. Es evidente que Dios produce a veces con su gracia verdaderos prodigios. Dichosos los que
corresponden a ella, pero desgraciados los que oyen llamar a la puerta de su corazón y la cierran; corren grave peligro de que no vuelva y
de morirse con su pecado, como amenaza hacerlo Dios mismo en la Escritura: Quaeretis me et non invenietis... et in peccato vestro
moriemini. (Me buscaréis y no me encontraréis... y moriréis en vuestro pecado). Desde entonces, lo mismo el amo que sus dependientes
siguieron ((165)) confesándose con regularidad. Venían al Oratorio a hacerlo y, cuando no podían, me pasaban aviso e iba yo a confesar a
su casa."

Otro muchacho del Oratorio festivo fue ocasión de la salvación espiritual de su padre. La propaganda protestante seguía perpetrando en
Piamonte sus atentados contra la religión católica y había fundado en Turín la sociedad de los tratados religiosos para Italia con una
librería evangélica, desde la que puso en circulación treinta y un mil trescientos setenta y dos ejemplares de obras heréticas entre grandes
y pequeños, veintisiete mil ciento veinticuatro en italiano y cuatro mil doscientos cuarenta y ocho en francés. Los libros procedían de
París, Dublín y Londres y, de Londres también, grandes sumas de dinero. Esta sociedad abrió además en Turín una tipografía para la
publicación del periódico La Buona novella (La Buena noticia), que en ocho meses dio a luz no menos de dos millones y medio de
páginas blasfemas y calumniosas. Un gran número de emisarios se encargaba de su difusión, recorriendo ciudades y aldeas, acudiendo a
los mercados, sosteniendo puestos, o abriendo establecimientos donde despachar aquella mercancía envenenada.

Pues bien, el hijo de uno de aquellos emisarios y encubridores frecuentaba el Oratorio y su padre, con el afán de mayor ganancia,
vendía en Turín periódicos y libros pésimos.

Los oratorianos no tardaron en enterarse de ello, y como don Bosco les había dicho varias veces que tales emisarios cooperaban directa
e inmediatamente al mal, corrieron a manifestárselo. El entonces habló con el pobre muchacho, se informó más ampliamente del caso y,
ante el ruego de que intentara apartar a su padre de aquel detestable oficio, marchó a su tienda. De buenas maneras tanto le dijo y tanto
hizo, que le convenció para que le cediese toda aquella mercancía herética y se la llevara al Oratorio. Hizo un gran montón con libros y
((166)) periódicos protestantes en medio del patio y en presencia de los muchachos los pegó fuego y los redujo a cenizas. A
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cambio de ellos, se apresuró a enviar al librero otra cantidad de libros buenos, cuantos cupieron en un carretoncillo bastante capaz. Entre
éstos figuraba el Joven cristiano. El Católico instruido en su religión y otros muchísimos opúsculos de las Lecturas Católicas.

Veía don Bosco la urgente necesidad de éstas, por lo que seguía con toda diligencia su labor. El número de marzo fue recibido con
entusiasmo por los muchachos y los suscriptores. Se trataba de la narración anónima: La cruz a la vera del camino. Cuenta las aventuras
de un muchacho tirolés que, por la manía de viajar, huye de sus montañas; pero , arrepentido de haber proporcionado tan gran disgusto a
su padre y a su madre, muda de vida ante una cruz plantada junto a su choza. Después de muchas aventuras, tristes y alegres, visita unas
misiones católicas de América, recupera una respetable fortuna que le había sido robada, y vuelve para consolar a sus ancianos padres.

Don Bosco hacía sabias advertencias, recalcando a los lectores la importancia de los beneficios recibidos por el mundo, merced a la
predicación del Evangelio y la diferencia entre las misiones de la Iglesia Católica en tierras de infieles, guiadas por Dios y las de los
protestantes emisarios del demonio.

Comenzaba el opúsculo con este preámbulo:

A los beneméritos corresponsales y suscriptores de las Lecturas Católicas.

Con el presente número entramos entusiasmados en el séptimo año de nuestras publicaciones populares, esperando que los señores
corresponsales y suscriptores querrán seguir favoreciéndonos como en años anteriores, con su deseada cooperación.

Espera la Dirección haber cumplido el fin que se había propuesto y, si todavía no pudo alcanzar todo el bien que desea, se alegra, sin
embargo, de saber que no es escaso el mal que ha impedido.

((167)) Corren tiempos más difíciles que nunca, pero con nuestra confianza puesta en Aquél que todo lo puede y en nuestros
beneméritos corresponsales y suscriptores, esperamos superarlos.

Por esto con todo tesón seguiremos nuestro cometido, pues sabemos que hacemos una cosa óptima; no sólo contamos con la
aprobación, sino con el más apremiante y apreciado estímulo del Padre de los fieles, el Sumo Pontífice Pío IX, que no sólo quiso se
introdujeran las Lecturas Católicas en los Estados Pontificios, sino que se publicase en Roma una edición expresamente preparada, con el
mismo título, fin y formato.

Damos gracias a todos los que nos ayudaron y propagaron de algún modo las Lecturas Católicas, y les rogamos encarecidamente que no
nos dejen faltar su apoyo. Nosotros prometemos por nuestra parte, en la medida de nuestras fuerzas, introducir las posibles mejoras en los
temas a tratar, para hacerlas cada vez más interesantes.

La Dirección

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Al tiempo que don Bosco defendía de este modo el reino de Dios y hacía volver muchas almas a la Iglesia, Dios daba a su Oratorio una
estabilidad cada vez mayor por medio de don José Cafasso. El padre Pagani, superior del Instituto de la Caridad, le había pedido
reembolsase las veinte mil liras prestadas por el abate Rosmini, juntamente con la parte de los intereses vencidos y aún no pagados.
Declaró don Bosco que devolvería el capital, pero en cuanto a los intereses afirmó que el abate Rosmini, poco antes de morir, habíale
dado a entender que no quería hablar más de ellos. Añadió que el difunto padre Gilardi no había insistido sobre el pago de los mismos,
por cuanto conocía los motivos que habían inclinado al Superior a aquella condonación.

El padre Pagani dio entonces a conocer a don Bosco la situación que atravesaba su Instituto y él aceptó el arreglo que se le proponía.

El día 11 de marzo de 1859, con escritura otorgada ante el notario Turvano don Bosco y don José Cafasso entregaron quince mil liras al
teólogo ((168)) Bertetti como saldo de la deuda que tenían con el abate Antonio Rosmini, por el préstamo hecho por dicho abate para la
compra de la finca Pinardi. La escritura advierte que don Bosco extinguía la deuda con dinero común con don José Cafasso. Poco antes se
habían pagado cinco mil liras. El campo de los sueños seguía siendo propiedad de los Rosminianos.

Todavía hubo alguna discusión de poca monta con el encargado de negocios del Instituto de la Caridad, según se deduce de una carta de
don Bosco, que da fe de lo lejos que andaba de los pleitos.

Al apreciadísimo señor José Zaiotti, del respetable Instituto de la Caridad.-STRESA.

Apreciadísimo Señor:

Que el Señor nos dé la santa virtud de la paciencia. Su carta me proporcionó gran disgusto. Singularmente por las palabras
amenazadoras de acudir a medios legales por las cien liras con las que le pareció haber incurrido en error. Tuve que suspender mis
ocupaciones y dedicar bastante tiempo a este asunto. Ante todo debo anticiparle que hace dieciocho años que trato asuntos con el Instituto
de la Caridad y jamás hubo sombra de sospecha ni de enfriamiento; antes bien, el llorado don Carlos Gilardi, siempre de grata memoria,
hacía de secretario para mí y para él, y yo me remitía a las cuentas que me daba sin hacer observaciones de ninguna
clase. Estas cuentas quedaron ajustadas el 10 de julio de 1857; y usted habla de una carta mía con fecha 10 de febrero de 1855, según la
cual se cometió un error. Sería lo mismo que decir que don Carlos y yo habíamos hecho las cuentas a tontas y a locas; puesto que
generalmente éstas se ajustaban estando los dos presentes y poníamos el
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mayor esmero en contar hasta el céntimo, por miedo recíproco a causar el menor daño a una de las partes.

Advierta también que cuando yo hacía algún pago lo comunicaba por carta a don Carlos, mas para las cuentas, aquellas cartas ((169))
servían de simple recordatorio y se tomaba nota, aparte, de deudas y créditos. Tengo la impresión de que buscar el error cometido
anteriormente, en cuentas ajustadas de esta manera, es buscar disgustos, donde no hay causa ni motivo de ninguna clase para ello. Sin
embargo, a pesar de mi firme y plena persuasión de que estas cien liras ya fueron incluidas en el ajuste de cuentas 1856-57, ruégole diga a
quien actúa como Superior en estos asuntos que yo no quiero de ningún modo llegar a medios legales y que con un simple aviso enviaré
por correo un giro de cien liras con tal que sea ésta la voluntad de su Superior.

Por lo que hace a una lira con sesenta céntimos por no llevar moneda suelta para saldar la cuenta en el despacho del notario Turvano;
estaba yo completamente persuadido de haber liquidado todo, con el cambio que hice de una moneda de catorce liras con cincuenta
céntimos, y me parece haberle dado tres monedas de ocho sueldos, una de cuatro y dos sueldos. Sin embargo, a pesar de que no se me
hizo ninguna advertencia habiendo yo podido equivocarme, como usted afirma, sin dificultad alguna, le envío el giro postal
correspondiente.

Para ahorrar molestias, ruégole no se preocupe ni de mi culpa ni de mi razón; dígame simplemente si debo enviar las cien liras; en caso
contrario, ni hace falta que me conteste. Concédale Dios salud y gracia y augurándole bendiciones del cielo sobre todo el Instituto, me
declaro con la estima debida.

De V. S. apreciadísima.

Turín, 4 de abril de 1859

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

P.S. Ruégole tenga a bien enviarme copia de la escritura firmada por el teólogo Murialdo, Borel, Cafasso, Bosco. La he buscado en el
despacho del notario Turvano y no se ha encontrado.
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((170))

CAPITULO XIV

DON BOSCO INSTRUMENTO EN LAS MANOS DE DIOS -SU CONFIANZA EN LA DIVINA PROVIDENCIA Y SU
ABANDONO A ELLA -LOS MUCHACHOS INVITADOS A REZAR PARA ATENDER A LAS NECESIDADES MATERIALES
DEL ORATORIO -EFECTOS MARAVILLOSOS DE LA ORACION -LIMOSNAS GENEROSAS Y PROVIDENCIALES DE LOS
RICOS -OFERTAS DE LOS POBRECITOS -ALGUNOS HECHOS

LA espléndida generosidad de don José Cafasso con el Oratorio no sólo se inspiraba en su ardiente amor de Dios y del prójimo, sino
también en la persuasión de que cooperaba a una empresa que duraría siglos; por esto quiso tener todo el mérito de la compra de la Casa
Pinardi, poniendo de este modo los cimientos de un edificio que llegaría a ser mundial. Conocía las rectas intenciones, la fidelidad de su
discípulo a los designios de la Divina Providencia y estaba seguro de que correspondería plenamente a su vocación. Admiraba sobre todo
en él la firmísima confianza de obtener de Dios todos los auxilios necesarios para llevar a cabo sus grandes obras de religión y de caridad.

En efecto, una vez que don Bosco emprendía una de estas obras, ya no la abandonaba, aunque careciera de los medios requeridos por la
prudencia humana, ni aunque se presentaran dificultades, ni frente a juicios y opiniones contrarias, la maldad o las burlas de los ((171))
hombres, ni por las desgracias o los contratiempos que ocurrieran. Nunca dudó de que Dios acudiría a socorrerle; y hasta en los mayores
aprietos, repetía alegre y tranquilo:

-Dios es un buen padre, que provee a los pájaros del aire, y ciertamente no dejará de proveer a las necesidades de la Institución.

Y solía dar la razón de su confianza:

-Yo no soy más que un humilde instrumento de estas obras; el autor es Dios. Y corresponde al autor, que no al instrumento, proveer los
medios para sostenerlas y llevarlas a feliz término. El lo hará cuando y como mejor le plazca; a mí sólo me corresponde ser dócil y
flexible en sus manos.

En consecuencia no se angustiaba ante el porvenir; y si un bienhechor
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le dejaba una finca, no tardaba en vender edificios y terrenos para dedicar su valor a las necesidades urgentes de la casa o a obras nuevas.
Día a día gastaba lo que recibía y no guardaba nada porque constantemente se veía apremiado por los acreedores. A menudo le
aconsejaban los prudentes que no arriesgara la existencia del Oratorio con tantas deudas; pero él, demostrando estar seguro de lo que
afirmaba, dijo más de una vez:

-Después de mi muerte esta Institución no perecerá, sino que prosperará cada día más y se difundirá por todo el mundo.

"Su confianza en Dios y en la Santísima Virgen era portentosa, afirma monseñor Cagliero. Durante los treinta y cinco años que estuve a
su lado, no recuerdo haberlo visto disgustado, desalentado o desazonado por las deudas que pesaban sobre él, aun cuando se trataba del
sustento de sus chicos".

Don Bosco no poseía nada, absolutamente nada, pero su cajero era Dios, que tiene por agentes todas las ((172)) personas buenas y
generosas, que saben que el dinero no es fin, sino un medio que les fue concedido para hacer obras buenas en favor de sí mismas y de sus
semejantes.

Así que él se dirigía a Dios para que le enviase a esos buenos ángeles de la tierra, y a menudo decía en la platiquita de la noche a los
alumnos:

-Rezad, y, los que puedan, comulguen según mi intención. Os aseguro que yo también rezo y más que vosotros. Me encuentro en
grandes apuros. Necesito una gracia. Os diré después cuál es.

Y algunas noches después contaba, por ejemplo, que un rico señor le había llevado una gran cantidad de dinero igual a la que
necesitaba y añadía:

-Hoy, hoy mismo nos ha obtenido la Santísima Virgen un señalado favor. Démosle gracias de corazón y seguid rezando que el Señor no
nos abandonará. Pero íay de nosotros! si entra el pecado en casa, el Señor ya no nos socorrería. Atentos, pues, a rechazar las asechanzas
del demonio y a recibir los sacramentos.

Tenía por esto muchísimo interés en que los alumnos rezasen bien.

Solía, siempre que podía, ir a rezar con los estudiantes las oraciones de la noche. Más de una vez, cuando por algún motivo tenía que
retrasar su cena hasta después de las oraciones o entretenerse en el refectorio, dejaba, ya a uno ya a otro, el encargo de ir a vigilar o
advertir a ciertos alumnos que dormían o charlaban en vez de rezar las oraciones.
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A veces se levantaba de la mesa a toda prisa e iba él mismo a dirigir las oraciones por lo mucho que le interesaba la devota recitación de
las mismas. No podía tolerar que los chicos, durante este tiempo, se apoyaran contra la pared o se sentaran sobre los talones, como los
perritos, según él decía.

((173)) Hubo quien hizo a don Bosco esta sugerencia:

-No sería mejor que, en lugar de rezar los muchachos las oraciones en común y en alta voz, las rezase cada cual en voz baja y así se
acostumbrarían un poco a la oración mental?

Don Bosco respondió:

-Los muchachos son de tal condición que, si no rezan en alta voz con los demás y se les deja a su talante, no lo hacen ni vocal ni
mentalmente. Por lo tanto, aun cuando sólo rezaran materialmente y distraídos, mientras pronuncian las palabras, no pueden hablar con
los compañeros, y las mismas palabras, que dicen materialmente, sirven para tener al demonio lejos de ellos.

Insistía también mucho en que, mientras los muchachos estaban reunidos para las oraciones en común, nadie estuviese de recreo o
conversando o paseando por el patio o por el pórtico. Quería que todos los clérigos y sacerdotes fueran a rezar las oraciones con los
muchachos o se retirase a la iglesia o a su habitación, y el obrar de otro modo lo consideraba como un escándalo que se debía evitar a
toda costa. Exigía perfecto silencio después de las oraciones de la noche hasta la mañana siguiente después de la santa misa. Tenía este
silencio por muy necesario para que los ánimos, no distraídos, pudieran alcanzar todo el fruto de la oración.

En cierta ocasión bajaba don Bosco de su habitación para ir a confesar y se encontró con un grupo de muchachos estudiantes, que iban
a la iglesia para oír la santa misa. Como vio que algunos charlaban en voz alta tranquilamente, les advirtió con una palabra o por señas
que callaran. Uno de ellos no se dio por entendido. Entonces don Bosco se acercó a él y lo castigó él mismo, manifestando después su
pesar porque los asistentes no ((174)) exigían el silencio que él había recomendado tantas veces.

Gracias a estos solícitos cuidados, las oraciones de la comunidad subían gratas al trono de Dios, cumpliéndose las palabras del profeta
Isaías: "No se fatigarán en vano ni tendrán hijos para sobresalto, pues serán raza bendita de Yahvéh ellos y sus retoños con ellos. Antes
que me llamen, yo responderé; aún estarán hablando y yo les escucharé" .

1 Isaías LXV, 23-24.
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El día 20 de enero de 1858, don Bosco debía liquidar una cuantiosa deuda y no tenía ni un céntimo. El acreedor había esperado algún
tiempo, mas ya no admitía dilación. Llegó el día doce y seguía don Bosco sin el menor asomo de esperanza. Al verse en aquellos aprietos,
dijo a unos muchachos aparte:

-Hoy necesito una gracia particular: voy a Turín, quiero que durante el tiempo que estaré fuera, haya uno de vosotros en la iglesia
orando.

Así se hizo. Don Bosco salió a la ciudad y los muchachos se turnaron para rezar en la iglesia.

Caminaba don Bosco por Turín; ya cerca de la iglesia de los Lazaristas se le presentó un señor desconocido y después de saludarlo, le
preguntó:

-íDon Bosco! Es verdad que le hace falta dinero?

-íNo sólo me hace falta, tengo verdadera necesidad!

-Pues si es así, tome.

Y le entregó un sobre que contenía varios billetes de mil liras. Don Bosco quedó asombrado por el donativo y vacilaba en aceptarlo,
creyendo que aquel señor estaba loco o se chanceaba.

((175)) -Pero, a título de qué me entrega esta cantidad?

-Tome, le replicó, y aprovéchela para sus muchachos.

-íGracias, y que la Virgen se lo pague!... Y si usted quiere le doy un recibo.

-No es necesario.

Tomó don Bosco los billetes que el desconocido le entregaba y añadió:

-Dígame al menos su nombre para conocer a mi bienhechor.

-íNo averigüe más! El donante no quiere ser conocido. Sólo desea que se rece por él... Puede usted hacer lo que quiera con este dinero...
y no se preocupe.

Así diciendo se marchó a toda prisa.

Era un rasgo evidente de la divina Providencia. Don Bosco envió en seguida el dinero a su acreedor.

Contaba monseñor Cagliero: "Cierto día del año 1859, bajó don Bosco al refectorio al mediodía, mas no para comer; llevaba manteo y
sombrero como quien iba a salir a la calle. Extrañados le dijimos:

"-Don Bosco, no come hoy con nosotros?

"-No puedo, respondió, comer hoy a la hora de costumbre; antes bien necesito que cuando acabéis de comer (y volvióse al prefecto, el
padre Alasonatti, a don Miguel Rúa, a mí y a otros clérigos) necesito que os encarguéis de que esta tarde hasta las tres, haya

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siempre alguno de vosotros y algunos de los mejores muchachos ante el Santísimo Sacramento. Esta noche, si obtengo la gracia que
necesitamos, os explicaré la razón de esta oración.

"Cumplimos su orden y estuvimos rezando hasta las tres. Al anochecer volvió don Bosco tranquilo y sereno como cuando salió al
mediodía. Y dijo respondiendo a nuestras ((176)) importunas y curiosas preguntas:

"-Hoy a las tres expiraba el plazo para liquidar diez mil liras al librero Paravía: de no cumplirlo se ocasionaban graves daños para él y
para el Oratorio. Urgía también saldar otras deudas que tenemos con distintos acreedores y que no admiten dilación; suman éstas otras
diez mil liras. Salí en busca de providencia, sin saber a dónde dirigirme. Al llegar al santuario de Nuestra Señora de la Consolación entré
y rogué a la Santísima Virgen que tuviera a bien consolarme y no me abandonase en aquel trance. Volví a la calle y anduve de un barrio a
otro desde la una hasta las dos, en que llegaba a una callejuela, junto a la iglesia de santo Tomás, que sale a la calle del Arsenal. Se me
acercó un hombre bien trajeado y me dijo:

"-Si no me equivoco, usted es don Bosco.

"-Sí, en qué puedo servirle?, respondí.

"-Mire, precisamente iba en su busca y, de no haberle encontrado, hubiera tenido que ir hasta el Oratorio. Me ahorra un paseo. Mi amo
me ha encargado entregarle este sobre.

"-Y qué contiene?

"-No lo sé, dijo el criado.

"Lo abrí y me encontré con acciones de la deuda pública.

"-Quién envía estas acciones?, pregunté.

"-No debo decirlo... y ahora mi recado está cumplido. Que usted siga bien.

"Y sin más se fue. Entonces me dirigí a casa de Paravía, examiné el paquete de acciones y encontré suficiente dinero para pagarle a él
las diez mil liras por la impresión de las Lecturas Católicas, y también para cumplir con los otros compromisos urgentes. íHijos míos!
íQué grande es la divina Providencia! íCuánto nos quiere! íQué agradecidos debemos estarle! íSed siempre buenos! Amad siempre al
Señor, no le ofendáis nunca y El no dejará que nos falte lo necesario.

((177)) "Veíamos en aquel instante que su rostro era más radiante que de ordinario, su voz más afectuosa y suave, no tanto por la
alegría y la maravilla, cuanto por gratitud y amor a Dios. Y nosotros también estábamos sorprendidos de estupor y agradecimiento y
crecía nuestra admiración hacia nuestro buen padre.
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"Prodigiosos rasgos de la divina Providencia semejantes a éstos se repitieron después muchas otras veces en favor del Oratorio y de las
otras casas de la Congregación".

Un sábado o víspera de fiesta del año 1860, se presentó a don Bosco hacia las once de la mañana el panadero diciéndole bruscamente
que, si no le pagaba inmediatamente, no enviaba el pan para la cena de aquel día. Y en casa no había más que lo estrictamente necesario
para la comida. No valieron las buenas palabras ni las promesas para calmarlo.

Después de comer mandó don Bosco que le bajaran el sombrero y el manteo. Era la una y media de la tarde cuando el clérigo Turchi
juntamente con Anfossi y otros compañeros, entre los que estaba Juan Garino, conversaban en el pórtico junto a la escalera que conducía
al refectorio. De pronto, apareció don Bosco dispuesto a salir de casa. Se acercó a los clérigos y les dijo:

-Hacedme un favor, id enseguida a la iglesia y rezad durante unos veinte minutos ante el Sagrario, según mi intención. Alternaos de dos
en dos, hasta la hora de ir a clase. Hoy me encuentro en un gran apuro.

Los clérigos, aunque desconocían el motivo, cumplieron al punto los deseos de don Bosco, el cual regresó al Oratorio mientras estaban
en clase.

Nos contaba don Juan Turchi:

-Al atardecer estaba yo ansioso por saber el resultado de todo aquello, pero como don Bosco tenía que atender a las confesiones, ni
siquiera fue a cenar con la comunidad ((178)) como solía hacer en las vigilias de las fiestas. Pregunté al prefecto don Víctor Alasonatti si
sabía algo del resultado de nuestras oraciones, y me contestó:

-Sí, sí; todo salió bien y ya hablará don Bosco de ello.

Al día siguiente, después de las oraciones, nos dijo don Bosco:

-Os agradezco las oraciones de ayer. Tenía que entregar una gran cantidad de dinero al panadero Magra, proveedor del Oratorio, el cual
protestaba que no podía seguir suministrando pan, si no se le pagaba, y yo no tenía dinero ni sabía adónde acudir para encontrarlo.
Mientras vosotros rezabais en la iglesia, daba yo vueltas por la ciudad, discurriendo adónde podría dirigirme, cuando de repente oí la voz
de un hombre que me llamó, me alcanzó y me dijo:

-Don Bosco, iba yo precisamente en su busca por encargo de mi amo, que está enfermo y desea hablar con usted.

Me puse en seguida a su disposición y el criado me acompañó hasta la casa de un buen señor, que guardaba cama hacía tiempo.
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Me recibió bondadosamente, me pidió noticias del Oratorio y, después de entretenerme con otros temas, me entregó un sobre que
contenía el dinero que necesitaba. Y de este modo hemos podido saldar en el día la deuda con el panadero.

Otra noche contaba don Bosco a los alumnos que habían rezado por él:

"-Me había encaminado para buscar fortuna. Yo sabía que en la parroquia de los Mártires vivía una señora acaudalada y sin familia, que
no quería saber nada de obras de beneficencia. Como me hallaba en grandes apuros fui a preguntar a don Bruno, el párroco, si no llevaría
a mal que me presentase en casa de aquella feligresa suya para pedirle algún socorro. El párroco me dijo;

-Vaya, vaya; será usted muy afortunado si logra sacarle algo. Yo lo he intentado varias veces para las necesidades de la parroquia y
nunca he obtenido ni un céntimo.

A pesar de todo quise intentarlo. Fui y la señora, compadecida de mí y de vosotros, me dio diez mil liras. Al encontrarme ((179))
después con el párroco y contarle lo que había obtenido, se quedó como quien ve visiones".

Hacia el año 1862 tenía don Bosco que pagar varias facturas al empresario de las obras y a los proveedores de madera, hierros, pieles,
telas y demás materiales para los talleres.

En tan apurado trance, mientras los muchachos estaban en clase, lleno de confianza en la divina Providencia, rogó al jefe de cocina
Gaia y a otras piadosas personas de la Casa que fueran a la iglesia y rezaran el santo Rosario. Y salió de casa en busca de socorros. Pero a
los pocos pasos del Oratorio encontró en la avenida que corre a lo largo del manicomio a una persona desconocida que le entregó un
envoltorio sellado y le dijo:

-íPara sus obras!

Y sin añadir palabra, se marchó. Don Bosco abrió el paquete y se encontró siete mil liras. Dando gracias a la amabilísima Providencia
de Dios, lleno de alegría, se volvió a casa.

Pero, si cien veces iba en busca de la divina Providencia, las cien salía a su encuentro como una madre amorosa con su socorro.

El año 1861 el panadero Magra, a quien don Bosco debía doce mil liras por el pan servido se negó a enviarle más. También esa vez
mandó don Bosco a decirle, como solía hacer siempre con sus acreedores, que no dudara, pues la divina Providencia no había quebrado
nunca, que siguiera enviando el pan a sus muchachos, y que ya pensaría el Señor en mandarle el dinero.
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El señor Magra mandó el pan, pero fue en persona a cobrar sus haberes o al menos algo a cuenta.

En casa no había ni un céntimo. Era un día de fiesta, por la mañana; estaba don Bosco en la sacristía confesando a un gran número de
chicos, cuando llegó el acreedor diciendo al sacristán que a toda costa quería hablar con don Bosco. El sacristán intentó impedir ((180))
aquel atrevimiento, pero el panadero abrióse paso entre los muchachos, plantóse frente a don Bosco y empezó a insistir afirmando que
imperiosamente necesitaba el dinero que se le debía. Miróle don Bosco con calma y le dijo:

-Espere unos momentos, mientras acabo de confesar.

Pero el otro replicó:

-De ningún modo; no puedo aguardar, necesito que me pague en seguida.
Por toda respuesta don Bosco siguió confesando y el panadero, viendo que no se daba por entendido de sus protestas, se apartó mirando a
don Bosco casi con estupor. Salió despúes a pasearse por los pórticos, aguardando a que él saliera. Así que acabó don Bosco de confesar,
suplicó al Señor que le ayudara en tan angustioso trance. En aquel preciso momento entraba en la sacristía un señor desconocido que le
entregaba una carta cerrada y, después de saludarlo cortésmente, se marchaba sin más. Don Bosco metió la carta en el breviario, celebró
la santa misa y se dirigió al refectorio acompañado de don Angel Savio y otras personas externas. Recordóle entonces el padre Savio la
deuda urgente y don Bosco, sin desconcertarse, empezó a decirle que era preciso aguardar otro momento, pues entonces no tenía nada.
Pero, en aquel instante, le entregaban el correo recién llegado y se acordó de la carta que había recibido en la sacristía: la abrió y encontró
una cantidad considerable, que entregó inmediatamente a don Angel Savio para contentar al panadero, a quien poco después decía:

-Ve usted? La Providencia es grande y vino en nuestro socorro. Ahora le manda una cantidad a cuenta, y pronto le remitirá el saldo.
Demos gracias a la Virgen.

Así nos lo contaron monseñor Cagliero, don Angel Savio, Enría y el mismo don Bosco.

Don Angel Savio, que era el administrador del Oratorio, añadía a éste, otros hechos.

-Cierto acreedor, después de un arrebato de cólera por no haber sido pagado todavía, estaba ya a punto de ir ((181)) a la habitación de
don Bosco, amenazando con hacer dictar un apercibimiento judicial
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contra él, cuando he aquí que un bienhechor se presentó a don Bosco, y entregó tres mil liras, exactamente la cantidad necesaria para
saldar aquella deuda.

-En otra ocasión tenía yo que pagar el jornal a los albañiles: acudí a don Bosco, pero él no tenía nada para darme. Mientras me
despedía, diciéndome que volviera más tarde, entró en su cuarto, si mal no recuerdo, el conde de Callori, el cual entregó una cantidad
notable, que vino como miel sobre hojuelas en aquella crítica circunstancia.

Se desprende de cuanto acabamos de referir, la eficacia de la oración y la sorprendente caridad de las almas buenas; pero al mismo
tiempo ocultan estos hechos un misterio de sufrimientos, preocupaciones y angustias sin fin, que todos pueden suponer, y que don Bosco
soportaba casi bromeando. Un día escribió al canónigo Anfossi una esquela en estos términos:

-"Querido mío; estoy cargado de deudas, haz una colecta para mí, de lo contrario me declaro en quiebra".

Y el mismo canónigo Anfossi, habiendo ido a verle para entregarle una limosna en los últimos años de su vida, oyó de sus labios estas
palabras:

-Sólo en este año hemos gastado ya cuatro millones y, gracias a Dios, todos se pagaron: muchos pocos hacen un mucho; necesito que
me ayuden como haces tú ahora, aún con limosnas pequeñas".

Y, en efecto llegaban a él limosnas de las manos de personas pobrecitas y de humilde condición; pero eran tantas, que superaban con
mucho lo que habían dado todos los ricos juntos. Léese en el libro de los Proverbios:

"Lo que se desea en un hombre es la bondad, más vale un pobre que un
mentiroso". 1 Por millones se sucedieron los pequeños, pero heroicos actos de beneficencia de estos humildes mensajeros de la divina
Providencia. Seleccionamos dos de ellos.

((182)) Estaba don Bosco angustiado por una deuda de trescientas liras que no admitía demora. Entró de pronto en el patio del Oratorio
un hombre de edad madura, se acercó a él y le dijo:

-Soy un empleado gubernativo retirado. He hecho unos ahorros con mi pensión y he pensado hacer algún bien por mi alma.

Y, así diciendo, entregó a don Bosco una bolsa.

-Pero usted, se ha guardado algo para el caso de enfermedad?, preguntó don Bosco.

1 Prov. XIX, 22.
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-Hay Providencia, replicó el buen hombre: y además, antes de morir, quiero enviar por delante algún mérito a la eternidad. Si caigo
enfermo, están los hospitales.

Y sin añadir más se marchó.

La bolsa contenía exactamente trescientas liras.

Cierto día llegó al Oratorio para hablar con don Bosco una anciana de setenta y cinco años. Creía él que iba a rogar que se le escribiera
alguna instancia para presentarla a una autoridad o a un rico señor.

-No, contestó, necesito hablar con don Bosco.

Don Bosco la llevó aparte, la invitó a sentarse, y ella comenzó a decir:

-Soy una pobre anciana; siempre he tenido que trabajar para poder vivir. Tenía un hijo y se me ha muerto; ya no me queda más que
morir yo también. No tengo herederos forzosos; mi hijo antes de morir me dijo que diera de limosna todo lo que me sobrara. Helo aquí:
tengo cien liras, son el ahorro de cincuenta años de trabajo continuo y se los entrego a su señoría. Tengo todavía quince liras y las guardo
para pagar el ataúd cuando me muera. Tengo además otra pequeña cantidad para pagar al médico. Esta tarde voy a acostarme y será cosa
de pocos días.

((183)) -Tomo estas cien liras, respondió don Bosco, y se las agradezco; pero le aseguro que no las tocaré hasta después de su muerte;
por tanto, si pasa cualquier cosa, venga cuando quiera que son suyas.

-No; es mejor así: yo doy mi limosna y tengo mi mérito; emplee usted ese dinero. Si yo me encontrare necesitada, vendré a pedirle
limosna y usted, al dármela, tendrá también su mérito. Pero, vendrá usted después a verme cuando esté enferma?

-íNo faltaba más!, contestó don Bosco.

Al día siguiente don Bosco, impresionado por la ingenua caridad de aquella pobrecita, pensaba ir a visitarla, pero ya no recordaba la
calle ni el número de la casa. Pasaron dos días y otra mujer vino a llamarlo. Don Bosco acudió en seguida. Tan pronto como entró en la
estancia reconoció a la anciana, la cual sonriendo le hizo señas de que no necesitaba nada.

-Sí, exclamó don Bosco, usted necesita algo; de no ser así no me habría llamado.

-Sí; necesito recibir los Santos Sacramentos.

Los recibió todos con viva fe y murió en la paz del Señor.

íOh, amable caridad! Don Bosco pudo repetir todos los días de su vida:

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-íQué bueno es el Señor! Sabía que estábamos necesitados e inspiró a personas caritativas que acudieran a socorrernos!
Y al mismo tiempo cumplíase la promesa del salmo:
"Temed a Yahvéh vosotros, santos suyos, que a quienes le temen no les falta nada. Los ricos quedan pobres y hambrientos, mas los que

buscan a Yahvéh de ningún bien carecen". 1

1 Salmos, XXXIV, 10, 11.

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((184))

CAPITULO XV

LAS DIVERSAS COMPAÑIAS DEL ORATORIO -EXTRAVIO DE SUS ACTAS -DOS CONFERENCIAS DE DON BOSCO A LA
COMPAÑIA DEL SANTISIMO SACRAMENTO -NECESIDAD DE UNA NUEVA COMPAÑIA PARA LOS APRENDICES -UN
MUCHACHO SE CONVIERTE REZANDO UNA ORACION EN HONOR DE SAN JOSE -DEVOCION DE DON BOSCO AL
SANTO PATRIARCA -JOSEFINA PELLICO TRADUCE DEL FRANCES PARA DON BOSCO LOS SIETE DOMINGOS DE SAN
JOSE -INSTITUCION DE LA COMPAÑIA DE SAN JOSE Y SU REGLAMENTO -FRUTOS CONSOLA DORES -DON BOSCO
ESCRIBE Y PROMETE UNO DE SUS APRENDICES PARA UN HOSPICIO INCIPIENTE -LOS CLERIGOS APOYAN LAS
COMPAÑIAS -DOS CARTAS DE DON BOSCO AL RECTOR DEL SEMINARIO Y SU JUICIO SOBRE LA CONDUCTA DE
CIERTO CLERIGO

UN medio eficacísimo para mantener viva la devoción eran las Compañías de San Luis, de la Inmaculada y del Santísimo Sacramento.
Don Bosco acudía a ellas para hacer oír a los congregantes su deseada y persuasiva palabra.

Los secretarios de cada Compañía procuraban trasladarla lo más fielmente posible a sus actas que redactaban vez por vez. Acumulaban
de este modo un verdadero tesoro de máximas, ejemplos, consejos y exhortaciones ((185)) para transmitirlo a sus sucesores año tras año.
Pero desgraciadamente sus actas no llegaron hasta nosotros; en vano las hemos buscado con toda diligencia. El cambio de locales donde
se reunían aquellas queridas asambleas, debido a las continuas construcciones de nuevos edificios; el traspaso de estos documentos de
unos a otros, en manos privadas, que los guardaban con las cosas propias, pues las salas servían para diversos usos; la muerte de alguno
de ellos, cuyos escritos pasaban inadvertidos o se extraviaban; la santa avidez de los que, al volver a sus casas, se apoderaban de ellos
para llevar consigo un recuerdo de su niñez y de don Bosco; en fin, el traslado de oficinas y de casa de los secretarios fueron causa de que
ahora estén perdidas para nosotros.

Hemos encontrado sólo el resumen de dos conferencias, que dio
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don Bosco a la Compañía del Santísimo Sacramento el año 1859. En éstas, como siempre, don Bosco tiene por mira en primer lugar la
instrucción religiosa de los muchachos, para que, apoyándose en ella, se mantenga más firme su fe. También nuestros lectores se
alegrarán de que aseguremos la perpetuidad de estas ideas de don Bosco; por eso las insertamos aquí.

CONFERENCIA PRIMERA

El profeta Isaías había anunciado que con la venida del Señor se agitarían los montes y se encenderían en amor los corazones más
duros, y así fue. Pero, si hoy dirigiese su mirada a la tierra desde el reino de los bienaventurados, íqué frío encontraría el sagrado
entusiasmo, que él tal vez esperaba sería duradero, intenso y siempre creciente hasta el fin de los siglos!

Los Patriarcas y todo el pueblo hebreo deseaban ver los días de Jesucristo, anhelaban tenerle entre ellos, ((186)) ser bendecidos por él.
Y nosotros, que lo poseemos, que lo tenemos continuamente en nuestras iglesias, que podemos adorarlo presente, recibirlo en nuestro
corazón, hablar con El, pedirle todo, porque El es dueño de todo, cómo lo tratamos? Para sacudir nuestra ingratitud, nuestra indiferencia,
hagámonos estas dos preguntas:

1.-Qué hace por nosotros Jesús en el Sacramento de la Eucaristía?

2.-Qué debemos hacer nosotros en consecuencia por El?

Qué hace por nosotros Jesús, oculto en el Santísimo Sacramento? Permanece en un continuo acto de profunda humildad, para darnos
ejemplo de esta virtud tan necesaria. Verdad es que toda su vida mortal fue una humillación constante; pero, si lo miro nacido en un
portal, recostado entre pajas, oigo a la par el canto de los ángeles, veo una brillante estrella que lo anuncia a los grandes de la tierra, a los
Reyes Magos, que al instante emprenden un largo viaje para ir a adorarlo; si lo contemplo entre la muchedumbre, despreciado,
escarnecido por Escribas y Fariseos, veo también que, por donde quiera que pasa, lo acompañan los más estrepitosos milagros; si lo
observo colgado de la cruz, veo que, ante su dolor, se contrista y desquicia el firmamento, niega el sol su luz; tiembla y vacila la tierra
bajo el pie de la cruz; salen los muertos de sus tumbas; la naturaleza trastornada anuncia al universo la muerte de Dios hecho hombre. En
cambio, en el Santísimo Sacramento del altar no veo nada que de algún modo me indique que allí está oculto un Dios todopoderoso y tan
terrible en sus justos juicios como infinitamente bueno en sus misericordias. Y esto por qué? íPor amor a los hombres! Para poder
quedarse con nosotros, casi como un igual, para enseñarnos a ser humildes... Si El dejase brillar un solo rayo de su majestad, quién podría
aguantar ante El?...

Y además, si así fuese, qué mérito tendría el cristiano? El mérito está en la fe; mas si este Dios se manifestara visiblemente en nuestros
altares, quedaría reducido a la nada todo nuestro mérito de creyentes. Quiere El darnos una ocasión fácil y afectuosa para adquirir este
mérito prestando fe a sus palabras, que son palabras de un amigo divino. Pero, qué suerte de fe encuentra en nosotros?

Ante un Dios tan bueno qué juicio tendremos que hacer de nuestra indiferencia para con su caridad? Se entra en la iglesia
distraídamente, no se considera al Sagrario digno de una genuflexión, ((187)) o se le hace una inclinación sólo a medias;
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algunos se parecen a aquellos judíos que, después de tapar los ojos a Jesús, íse arrodillaban ante El por burla! Queridos míos, al entrar en
la iglesia poned vuestros ojos en el Sagrario donde está Jesucristo. Aunque no lo veis íallí está El! Avivad vuestra fe; pensad que allí
habita Aquel, ante el cual tiemblan las legiones de los ángeles y todas las muchedumbres de los santos están con la frente pegada al suelo.

Vuelvo a preguntar: qué hace nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento del altar? Ruega continuamente al eterno Padre por
nosotros: detiene los castigos, los rayos que nos lanzaría por nuestros pecados. Si ya no se ven ni se padecen en el mundo los terribles
castigos que caían sobre el pueblo hebreo en tiempos de la antigua ley, no es porque nuestros pecados no sean tan grandes o porque sea
menor su número. También vosotros sabéis cuántos hombres impíos viven entre nosotros quién detiene el brazo de la justicia eterna cada
día, a cada momento, sin descanso? Es Jesús desde nuestros altares quien, especialmente en la santa misa, se ofrece como víctima por
nosotros. A la vista de sus llagas el ángel exterminador envaina la espada...

SEGUNDA CONFERENCIA

Oísteis en la última conferencia lo que hace Jesús por nosotros en el Santísimo Sacramento: queda ahora por examinar lo que debemos
hacer nosotros por El. El, que está en nuestros altares en continua humillación, se inmola, ruega por nosotros; y nosotros debemos: 1,
demostrar agradecimiento por su humillación, con nuestra verdadera fe; 2, agradecimiento por sus padecimientos, con nuestro encendido
amor; 3, agradecimiento por las oraciones que ofrece continuamente por nosotros, con actos de perfecta contrición.

1. El, que es un Dios tan grande, está escondido, aniquilándose bajo las especies de un poquito de pan y un poquito de vino. Esta
humillación debería estimular a los hombres a creerlo más firmemente Dios de amor, que sólo por amor, y amor a quien tan poco lo ama,
tanto se humilla. Y sin embargo, ícuántos herejes hay que precisamente por no ver ninguna apariencia divina, se atreven a negar la
presencia real de Jesús en el Sacramento!...
((188)) Quisieran ver con sus propios ojos el divino rostro de Jesucristo, quisieran oír las angélicas armonías de todos los espíritus
bienaventurados que le hacen corona de continuo. Pero sepan estos herejes que quien no cree en la palabra de Jesucristo, no verá nunca su
rostro, y será condenado. Desagradecidos, ingratos, de dura cerviz, de la misma raza que aquellos pérfidos hebreos que, no pudiendo
negar los milagros que Jesús realizaba ante sus ojos, decían que los obraba con el poder del demonio. Así os pagan los hombres, oh
divino Salvador, vuestra humillación? Jesús mío, es verdad que hay algunos tan ingratos que no os reconocen, pero en medio de tanta
ingratitud hay muchísimas almas, están todos estos jovencitos que creen, con toda la fuerza de su corazón, que estás vivo y realmente
presente en el Santísimo Sacramento. Sí, creen que tú eres hijo del Eterno Padre, del Dios vivo, dueño absoluto de toda la creación; te
creen verdadero hijo de María, de quien naciste para librarnos de las garras del infernal enemigo...

2. íOh tiempos felices los de la Iglesia primitiva, en la que los fervientes campeones de Cristo tanto se distinguían por su caridad, qué
de menos os echamos en nuestros días! Por la historia puede saberse cuán grande era el amor de los primeros cristianos a Jesucristo en el
Santísimo Sacramento. Ni por un instante olvidaban el
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Calvario y la Cruz. íCon qué reverencia y adoración, con qué devoto recogimiento estaban en su presencia, iban a visitarlo, asistían al
santo Sacrificio y comulgaban! En aquellos sagrados templos, unos lloraban de gozo, otros lanzaban ardientes suspiros desde lo hondo de
su pecho y algunos quedaban arrobados en éxtasis. Virgencitas y niños inocentes cantaban himnos al Divino Cordero, como los ángeles
en la celestial Sión, y les parecía que tardaba en llegar el dichoso instante de poder abrazarse con su amado Jesús. Y con El en el corazón,
por amor a El, los veis marchar heroicamente al encuentro de un glorioso martirio y dar gracias a Jesús con la sangre y con su vida, por la
sangre y por la vida que El consumó en la cruz para ellos. Pero íay de mí! Si desde aquellos cristianos vuelvo la mirada a los de hoy, íqué
espectáculo más distinto se me ofrece! íQué relajamiento, qué frialdad, qué negligencia en la mortificación de los sentidos! Y, si no
bastara para inflamar nuestros corazones todo lo que hizo y ((189)) sufrió por nosotros el divino Salvador, que podrá encenderlos?...

3. Por último, las oraciones de Jesús por nosotros deben movernos a demostrar nuestro agradecimiento con una perfecta contrición.
Quién no tiene que reprocharse alguna falta de respeto si repasa con el pensamiento su vida pasada? íCuántas irreverencias en su
presencia, cuántas distracciones! íCuántas comuniones recibidas con un corazón frío, indiferente, hechas tal vez sólo por motivos
humanos, para no llamar la atención! íQuién sabe si alguna vez, incluso, no se repitió la traición de Judas con el sacrilegio! íY Jesús
siempre tan bueno, tan compasivo con nuestra ruindad! íAh! reflexione cada cual un poco sobre cómo ha tratado a Jesús y resuelva para
el porvenir encender agradecido en su corazón una fe viva en reconocimiento a tantas humillaciones como sufrió por nuestro amor el
buen Dios; arder el corazón de amor al buen Jesús por los daños que recibe en el Santísimo Sacramento de los hijos ingratos; excitarnos a
un verdadero arrepentimiento de todos nuestros pecados, en reconocimiento a las oraciones que ofrece a su Eterno Padre por nosotros...
Mientras don Bosco animaba de este modo al bien a los socios del Santísimo Sacramento, veía que con las Compañías aún no se habían
remediado las necesidades de todas las categorías de alumnos. Los internos de virtud probada tenían la Compañía de la Inmaculada, que
los ejercitaba en la caridad espiritual con los compañeros; ya oímos a don Bosco cómo les proponía afectuosamente por modelo a san
Juan Evangelista, que había merecido por su inocencia y por su celo recibir bajo su tutela a la santísima Virgen. Los catequistas, lo
mismo internos que externos, tenían las conferencias anejas de san Vicente de Paúl, cuya industriosa caridad él describía. Los estudiantes
tenían la Compañía del Santísimo Sacramento y el Clero Infantil. La de san Luis debería ser para todos, internos y externos, pero el gran
número de estudiantes ((190)) inscritos en ella, la diferencia de horarios, la prudente medida de no privar a los muchachos de parte del
recreo en los días festivos, la diversidad de inclinaciones, instrucción y amistades, hacían que fueran pocos los aprendices que a veces
intervinieran en las reuniones.
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Entonces determinó don Bosco que también los aprendices tuvieran una compañía propia, formada por los más deseosos del bien. Esta
fue la de San José, modelo del obrero, bueno, trabajador y cristiano. Don Bosco estaba seguro de que sus queridos aprendices, si
escuchaban en las conferencias instrucciones adecuadas a su condición, se sentirían movidos a la piedad y devoción.

Una noche les contaba cuánto quería san José a los jovencitos.

-Hace pocos años, decía, un pobre muchacho de Turín, que no había recibido ninguna instrucción religiosa, fue un día a comprar una
cajetilla de tabaco. Al volver con sus compañeros, que lo aguardaban, quiso leer la parte impresa en el envoltorio del tabaco. Era una
oración a san José para obtener una buena muerte. Se le hacía difícil al buen muchacho comprender el sentido, pero estaba tan conmovido
con lo poco que entendía, que no sabía apartar los ojos del papel. Sus amigos, movidos por la curiosidad, hubieran querido leerlo ellos
también, mas él se lo escondió en el seno y se puso a jugar. Pero estaba impaciente por releer aquella oración, pues había experimentado
una inefable dulzura con la primera lectura. Tanto la estudió que la aprendió de memoria y la rezaba cada día, casi materialmente, sin
intención formal de alcanzar ninguna gracia.

San José no quedó insensible ante aquel homenaje en cierto modo involuntario; tocó el corazón del pobre joven, que ((191)) se presentó
a don Bosco, el cual le proporcionó la inestimable fortuna de llevarlo a Dios. El joven correspondió a la gracia; tuvo oportunidad de
instruirse en la religión que había descuidado hasta entonces por ignorarla, y pudo hacer bien su primera comunión; pero al poco tiempo
cayó enfermo y murió invocando el nombre de san José, que le había obtenido la paz y el consuelo en aquellos últimos momentos.

La palabra de don Bosco abrasaba las almas, porque iba acompañada del ejemplo. Resulta difícil explicar su amor a san José: lo
demostró continuamente a lo largo de su vida, según atestiguan muy ilustres alumnos de todos sus tiempos. Lo eligió como uno de los
patronos del Oratorio, colocó a los alumnos artesanos bajo su protección y lo proclamó protector de los exámenes para los estudiantes. A
él recurría en sus apuros y exhortaba a los demás a invocarlo. Varias veces al año hablaba en la platiquita de la noche de la eficacia de su
intercesión, hacía celebrar la fiesta del Patrocinio de san José el tercer domingo después de Pascua, y solía preparar a ella a los alumnos
con breves charlas llenas de fervor. Los jóvenes santificaban el mes dedicado a este santo en la iglesia, individualmente o por grupos
libres,
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pues no había de ello prescripción alguna reglamentaria, pero era tan grande la devoción que les había inspirado que casi todos tomaban
parte en aquella piadosa práctica. Don Bosco quiso siempre que hubiese un altar dedicado a san José en todas las iglesias que él levantó.
Tuvo una gran alegría y exteriorizó su contento, cuando el papa Pío IX lo proclamó Patrono de la Iglesia Universal; y estableció en 1871
que en todas sus casas, lo mismo estudiantes que aprendices, debían celebrar su fiesta el diecinueve de marzo, guardando completo
descanso de todo trabajo. Por aquellos años, el diecinueve de marzo no era día festivo.

((192)) El 1859 daba don Bosco una prueba de su constante devoción a san José, añadiendo en el devocionario "El Joven Cristiano"
una práctica piadosa en memoria de los siete dolores y gozos de san José; una oración al mismo santo para obtener la virtud de la pureza;
otra para impetrar una buena muerte y unas hermosas canciones religiosas en su honor. Además incluyó en el reglamento del Oratorio
festivo, la siguiente nota en el capítulo 5.° de la 3.ª parte: "Durante los siete domingos que anteceden a la fiesta de san José hay
Indulgencia Plenaria para los que confiesen y comulguen; dése por tanto aviso de ello con tiempo y prepárese a los muchachos con unas
palabras especiales de aliento".

No contento con ello encargó a la hermana de Silvio Péllico que tradujera del francés un librito titulado Los siete Domingos de San
José, que quería imprimir y divulgar entre el pueblo. Publicamos una carta de esta excelente señora, escrita a principios del invierno,
sobre este librito.

Ilmo. y Rvdmo.:

Ya que se malogró mi esperanza de ver a V.S. Ilma. en mi casa de campo, permítame le agradezca el honor que se dignó concederme.

Como me parecía que, para corregir mi pobre traducción de los Siete Domingos de San José necesitaba usted el texto francés, hice
buscar en Turín ese librito, pero no lo hay. Le envío por tanto el ejemplar adjunto, el cual, aunque sea de poca monta, desearía volviese a
mis manos, porque, como puede usted ver, me fue regalado por el autor; por eso se lo encarezco.

V.S. Ilma., que conoce a tantas personas, mire, se lo suplico, si hay manera de hospedar a Hinger durante el invierno que se avecina.
Cómo se arreglará el pobre, sin nada? Quisiera trabajar, pero sin nada, nada se puede hacer.
((193)) Dirá V.S. con razón, que soy pesada; pero no, no lo dirá porque V.R. tiene caridad en el corazón, y a estas horas sabrá por el
mismo Hinger que, por haber hecho por él todo lo que pude, ando ahora endeudada, y que hace ya más de cuatro años que me persiguen
el granizo y otras calamidades. Alabado sea por ello el Señor; pero ya no me quedan recursos para seguir ayudando a este pobrecito.
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Qué tengo que ver yo con ello, me dirá V.R. y qué puedo yo hacer? íAh, tome a pechos el asunto y la Providencia le ayudará!

Perdóneme, por el amor de san José, socorra a Hinger por amor a san José y el santo protegerá cada día más a su Institución y bendecirá
sus trabajos. Con la más viva confianza tengo el honor de repetirme con profundo respeto.

De V. S. Ilma. y Rvdma.

27 de octubre de 1859

Su humilde y segura servidora JOSEFINA PELLICO

Así, pues, por la veneración que don Bosco profesaba a san José, se preparaba a fundar una compañía en su honor. El clérigo Juan
Bonetti, que había estudiado un año de filosofía en el seminario de Chieri, atraído por el amor que tenía a don Bosco y el recuerdo de la
encantadora vida de familia que se disfrutaba junto a él, había vuelto al Oratorio. Se le confió la asistencia de los aprendices y, como
conocía las intenciones de don Bosco, pidió y obtuvo autorización para comenzar y organizar la Compañía de San José. Anunció el
proyecto a los aprendices y éstos lo recibieron con gran entusiasmo. Muchísimos se apresuraron a responder a la invitación y el día de la
inscripción, probablemente el veinte de marzo, domingo, hubo una hermosa fiesta religiosa y recreativa. Desde entonces la Compañía de
San José tuvo vida continua y próspera hasta nuestros días.

((194)) Don Juan Bonetti puso las bases con un reglamento, inspirado y corregido por don Bosco, en el que se introdujeron después
algunos cambios, pero el espíritu siguió siendo siempre el mismo.

La nueva compañía quedaba estructurada de la manera siguiente:

I

FIN DE LA COMPAÑIA DE SAN JOSE

El fin de esta Compañía es promover la gloria de Dios y la práctica de las virtudes cristianas, especialmente entre los jóvenes
aprendices, que se educan en el Oratorio de San Francisco de Sales.

II

MIEMBROS DE LA COMPAÑIA

La Compañía se compondrá de un Presidente, Vicepresidente y Secretario, nombrados por el Director de la Institución.

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Miembros efectivos podrán ser los aprendices, sus Maestros, Asistentes, Catequistas y todos los que cumplan las condiciones que a
continuación se indican.

CONDICIONES DE ACEPTACION
Para formar parte de esta Compañía es necesario:

1. Que el joven haga expresa petición, directamente o por medio de otro, al Presidente.
2. Que haya sido admitido a la sagrada comunión.
3. Que haya observado buena conducta durante dos meses.
4. Que sea juzgado apto por los miembros de la Dirección de la Compañía y cuente con la aprobación del Superior de la Casa.
5. Que haya leído el Reglamento de la misma y prometa cumplirlo.
6. Hará un aspirantado de dos meses, después de los cuales, si hubiere dado pruebas de aptitud, será inscrito en el registro de los socios
efectivos.
7. El día de su aceptación se acercará a los santos sacramentos, recibirá la medalla bendecida de san José, junto con el certificado de
admisión.
((195)) Se recomienda a todos llevar devotamente al cuello esta medalla, para ganar las muchas indulgencias anejas a ella.

IV
REGLAS GENERALES

Los jóvenes que forman parte de la Compañía de San José, confiando en el poderoso auxilio de este gran Santo, prometen:

1. Observar diligentemente el Reglamento de la Casa.
2. Prestar exacta obediencia a los Superiores, a los cuales se someten con ilimitada confianza, y edificar a los compañeros con el buen
ejemplo, amonestándolos caritativamente siempre que se presente la ocasión, animándolos al bien y apartándolos del mal.
3. Esmerarse con toda caridad para impedir las riñas y toda clase de discordias entre compañeros en cualquier lugar o circunstancia.
4. Evitar rigurosamente o impedir, por sí o por medio de otros, las malas conversaciones y cualquier cosa contraria a la modestia.
5. Huir del ocio y procurar que estén bien ocupados todos los momentos del día.
6. Vencer el respeto humano y no ser esclavos de vanos o imaginarios temores.
7. Mortificar los sentidos para conservarse puros y castos de pensamiento, palabra y obra, a imitación de san José, que fue el primero en
ofrecer a Dios con voto su pureza, y mereció ser el guardián de la misma pureza, Jesucristo.
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REGLAS PARTICULARES
No hay oraciones especiales; pero recomendamos estas pocas prácticas:

1. Recepción de los santos sacramentos una vez a la semana o por lo menos cada quince días.
2. Honrar de un modo particular a nuestro patrono san José en sus fiestas, como son: sus desposorios ((196)) (23 de enero), su
preciosísima muerte (19 de marzo), y su patrocinio (el tercer domingo después de Pascua). Será muy bueno prepararse a estas fiestas con
un novenario de comuniones en honor del Santo.
3. Hacer alguna práctica piadosa durante el mes de san José, a la que podrán unirse también los que no pertenecen a la Compañía.
4. En todas las solemnidades del año los socios de la compañía de san José procurarán comulgar devotamente.
5. Si cayese enfermo alguno de los socios, el Presidente lo comunicará en la primera conferencia, para que se hagan oraciones
especiales por él.
6. Si fuese oportuna la asistencia nocturna, el Presidente podrá exhortar a dos miembros de la Compañía para prestar esta obra de
caridad; y si el enfermo siguiera necesitándola, los socios cumplirán este servicio, dos cada noche, de acuerdo con el parecer del Director.
7. Si el compañero enfermo falleciera, los socios, con el consentimiento del Director de la Casa, asistirán al funeral y acompañarán los
restos mortales al cementerio. Cada uno de los socios comulgará en sufragio del alma del difunto y, durante la siguiente conferencia, se
recitará la tercera parte del Rosario en lugar de cualquier otra obra de caridad.
Para tranquilidad de todos se declara que este reglamento no obliga por sí mismo bajo culpa de pecado, ni siquiera venial, a no ser en
aquello que ya estuviese mandado o prohibido por los preceptos de Dios o de la Iglesia.

VI
REGLAMENTO PARA LAS CONFERENCIAS

1. Los miembros de la compañía de san José se reunirán una vez por semana, asistidos por el Presidente. Durante el tiempo de espera
para la entrada se leerá un trozo de la vida de san José, o de algún otro libro edificante.
2. Se empezará la conferencia con la invocación del Espíritu Santo y se pasará lista de todos los socios efectivos y aspirantes.
3. En la conferencia se tratarán temas relacionados con el culto de san José, la imitación de sus virtudes, la difusión de buenos ((197))
libros; en fin, se inculcará todo lo referente al bienestar material y espiritual de los socios de la Compañía.
4. En las conferencias se admitirán propuestas de postulantes, y los miembros que componen la Dirección podrán dar su parecer sobre
la aceptación de los aspirantes, que el Presidente tendrá en cuenta; pero siempre podrá diferir la aceptación o admitirla, como mejor lo
juzgue ante el Señor.
5. Las conferencias, en general, serán breves y se concluirán con el rezo de un padrenuestro, avemaría, gloriapatri, versículo y oración
en honor de san José.
6. Cada mes se dará cuenta al Superior de la Casa de lo tratado en las
Conferencias,
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del aumento o disminución de los socios, de la observancia del reglamento y del progreso de la Compañía.

Este fue el reglamento de la Compañía de San José, el cual señalaba las ocupaciones siguientes para los miembros que componían la
Dirección:

-Tocaba al Presidente convocar las reuniones de la Compañía, cuidarse de la instrucción religiosa de los socios y promover, con todos
los medios sugeridos por la prudencia, el mayor progreso material y espiritual posible entre los hermanos.

-El Vicepresidente tenía que suplir al Presidente siempre que éste no pudiera presidir las reuniones, y ayudarle en todo aquello que no
pudiera despachar él solo.

-El Secretario estaba encargado de tomar nota de los socios y aspirantes ausentes, hacer un resumen del tema tratad en cada conferencia
anotando los puntos principales, extender el acta y trasladarla a un registro a propósito. A él correspondía también tomar nota de todo lo
relacionado con la compañía y tener al día la lista exacta de los socios y aspirantes.

-Los Consejeros y Decuriones debían velar para que los socios observaran exactamente el Reglamento de la Compañía.

((198)) Para dar a esta Compañía la merecida importancia fueron nombrados miembros honorarios los Superiores mayores del Oratorio
y fue equiparada a la de san Luis. Y así, mientras para ser miembro de las Compañías de la Inmaculada, del Santísimo Sacramento y del
Clero Infantil, bastaba la simple inscripción, para permanecer a la de san José había que pronunciar la fórmula de adhesión. 1

Los excelentes resultados de esta nueva Compañía irán apareciendo con evidencia en nuestras páginas, pues ya entonces se

1 Colocábanse los postulantes de rodillas ante el altar o una estatua del Santo. Un sacerdote, revestido de roquete y estola, invocaba al
Espíritu Santo con el canto del Veni Creator, versículo y oración, y dirigía a los postulantes y sostenía con ellos el siguiente diálogo:

P. Hermanos míos, qué pedís?
R. Pedimos ser admitidos en la Compañía de San José.
P. Conocéis las reglas de esta Compañía?
R. Las conocemos, por haberlas leído atentamente y, con la ayuda de Dios y de María santísima, esperamos poder cumplirlas.
P. Por qué motivo queréis inscribiros en esta Compañía?
R. Para llevar una vida cristiana bajo la protección de san José, imitándole en sus virtudes, principalmente en la castidad y en la
obediencia.
P. Cuál es el fin principal que más os estimula a ingresar en esta Compañía?
R. El fin principal es el de ganarnos la protección de san José en los peligros de la vida y sobre todo su asistencia en la hora de la
muerte.
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podían vislumbrar por la buena conducta de una gran parte de los aprendices. Tanto se extendió la fama de esta Compañía, que pedían
informes de ella desde diversos talleres e Instituciones del Piamonte, y más tarde de Italia, y de muchas otras partes del mundo. Con los
nombres de todos ellos podría hacerse un catálogo sorprendente.

((199)) Ha llegado hasta nosotros una carta de aquel año escrita por don Bosco al fundador de un centro de caridad que le pedía un
aprendiz.

Carísimo en el Señor:

El turbio panorama político me ha obligado a demorar un poco la respuesta a su respetable carta. Diré, pues:

Si se mantiene el mencionado proyecto, yo le podría enviar uno de mis jóvenes, que no es un famoso zapatero, pero, sí, capaz de cortar
y confeccionar la pieza de su arte. Tocante a la conducta, espero que no habrá quejas, a no ser que cambie en su actual modo de vivir.
Haré que saquen copia del reglamento de esta casa y se la enviaré. Para la reunión festiva sería menester ((200)) que habláramos; por
tanto, si por acaso viene usted a Turín, haga por pasar un día de fiesta con nosotros y verá cómo nos las arreglamos in nomine Domini (en
el nombre del Señor). Cuando se llegue a una conclusión concreta, dígamelo y, si Dominus dederit, (si Dios quiere) iré a verle.

Si usted prefiere un muchacho sastre, también se lo podría proporcionar.

Sacerdote. Bendiga el Señor vuestro buen propósito y que la Santísima Virgen os ayude a cumplirlo hasta el fin de vuestra vida. Poned
todos empeño en observar el Reglamento de la Compañía, y estad seguros de que san José os protegerá durante la vida y especialmente a
la hora de la muerte.

A continuación los postulantes pronunciaban la siguiente fórmula:

Yo... prometo hacer cuanto pueda para imitar a san José, esposo de María, la más pura de las vírgenes; y en consecuencia, huir de los
malos compañeros, evitar las conversaciones obscenas, animar a los demás a la virtud con la palabra y el ejemplo. Prometo también
observar el Reglamento de la Compañía. Todo ello espero cumplirlo con la ayuda del Señor y la protección del Santo.

Después de esta solemne promesa, decían todos los nuevos socios:

En nuestras necesidades espirituales y temporales acudiremos con ilimitada confianza al Santo y le diremos:

Glorioso san José, nuestro protector, os suplicamos volváis benigno vuestros ojos sobre nuestras presentes necesidades y nos concedáis
los mejores socorros para la salvación de nuestra alma. Acordaos, oh purísimo esposo de María Virgen y dulce protector nuestro san José,
de que nunca se oyó decir que ninguno que haya implorado vuestra protección y ayuda, no haya sido atendido. Con esta confianza
recurrimos y nos recomendamos fervorosamente a Vos. No despreciéis nuestras plegarias, oh Padre putativo del Redentor, antes
recibidlas piadosamente y escuchadlas. Así sea.

Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía. Jesús, José y María asistidme a mi última agonía. Jesús, José y María expire en
vuestros brazos en paz el alma mía.

Los nuevos socios, después de inscribir su nombre y apellido en el Registro, recibían la medalla de san José; dirigía el sacerdote una
breve plática moral y terminaba la función con el salmo: Laudate Dominun omnes gentes. (Alabad al Señor todas las naciones.)

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Humildes saludos al intrépido reverendo Fenoglio. Muchos ánimos para los dos en el Señor. Búsqueme un millón de suscriptores a las
Lecturas Católicas; rece por mí y por mis pobres hijos, mientras me ofrezco.

De V. S. Carísima en el Señor.

Turín, 3 de abril de 1859

Seguro Servidor y amigo JUAN BOSCO, Pbro.

Cerramos este capítulo con una observación. Si el alma de la Compañía de San José y de las otras era la comunión frecuente, la
formación, el incremento y el vínculo que unía a los miembros de aquellas instituciones, hay que atribuirlos al celo y al buen ejemplo de
los clérigos.

Casi todas las semanas los reunía don Bosco en su habitación y sostenía con ellos íntimas conversaciones, en las que les inculcaba sus
ideas, les daba normas para que mantuviesen una conducta ejemplar; y al describir las virtudes de san Francisco de Sales, frecuentemente
hacía calurosos elogios de su dulzura, pureza y espíritu de sacrificio al afanarse e industriarse de mil maneras, aun a costa de su propia
vida, por la salvación de las almas.

Estos clérigos, objeto de sus más tiernos cuidados, habían sido educados y formados por él desde su niñez y correspondían a las
enseñanzas recibidas. Y no podía ser de otro modo; pues él no admitía en su clero ni en el de los seminarios, más que a los jóvenes que
presagiaban un feliz resultado; y los ayudaba por todos los medios para alcanzar sus santos deseos.

((201)) Prueba de ello es la carta que escribía al canónigo Vogliotti, Rector del Seminario y Provicario diocesano:

Ilmo. Señor Rector:

El clérigo Alasia de Sommariva, seminarista en Chieri, me escribe que le reclaman el pago de la pensión. Fue al Seminario con la
esperanza de estar gratuitamente de acuerdo con las esperanzas que usted me dio. Suplico acuda usted en su socorro, porque de otro
modo, como no puede pagar ni un sueldo, se vería obligado a volver a su casa. El clérigo Bonetti disfrutaba el año pasado de beca entera
y usted me dio a entender que al aceptar en mi casa a Bonetti, transferiría la beca al clérigo Alasia.

Confiando plenamente en su bondad, me profeso con toda estima.

De V.S. Ilma.

En casa, 6 de abril de 1859

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

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A los estudiantes seminaristas que no observaban buena conducta los excluía sin miramientos del estado clerical y pasaba informes
sinceros al Superior eclesiástico. Respondía a una pregunta del antedicho Rector del Seminario, en los siguientes términos:

Ilmo. y Muy Rvdo. Señor Rector:

Siento cierta dificultad para informar sobre el joven... de... Diré coram Domino (ante el Señor) las cosas tal y como yo las conozco. En
los estudios, bien; su conducta, mediocre, y fue despedido de esta casa por razones que está vedado nombrar entre cristianos. Aquí
estudió hasta acabar el curso de Retórica; y puede darse que en los dos años de su ausencia de ésta, haya observado mejor conducta y
merezca una recomendación favorable especial.

((202)) Creo que bastarán estos informes, aunque siempre estoy a su disposición para explicar más detalladamente las cosas si fuere
menester, a la vez que me profeso con gratitud.

De V.S. Ilma.

Desde casa, 15 de marzo 1859

Seguro Servidor JUAN BOSCO, Pbro.

N.B. Cuando dicho joven se presentó a examen para la toma de sotana, yo le negué el certificado de buena conducta, y él fue a
pedírselo a su Párroco.
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((203))

CAPITULO XVI

ALGUNAS NORMAS A LOS CATEQUISTAS PARA LA ENSEÑANZA DE LA DOCTRINA CRISTIANA -ESTUDIO Y
EXPLICACION DEL NUEVO TESTAMENTO: LECCIONES DE ORATORIA SAGRADA: EL PREDICADOR SIN PREPARACION
-LA CLASE DE CEREMONIAS LITURGICAS -DIVERSAS CONFERENCIAS SEMANALES A TODOS LOS ESTUDIANTES
-INSTRUCCIONES ACERCA DE LA BUENA EDUCACION Y SU CONVENIENCIA -DON BOSCO MODELO DE PERFECTA
EDUCACION -URBANIDAD Y CARIDAD AL HABLAR Y AMONESTAR -CALLAR Y REFLEXIONAR, CUANDO EL ANIMO
ESTA AGITADO: UN RIDICULO ARREBATO -BUENA EDUCACION EN LAS ACCIONES: DON BOSCO Y EL JUEGO DE LA
PIDOLA -DELICADEZA DE DON BOSCO PARA AVISAR A LOS MUCHACHOS POR ALGUN ACTO GROSERO
-ATENCIONES AL RECIBIR EN CASA A LAS VISITAS -ESQUEMA DE UNA COMEDIA, PARA ENSEÑAR URBANIDAD
-LOS MUCHACHOS APROVECHAN LAS EXHOR TACIONES DE DON BOSCO -ELOGIO

EL hombre prudente se hace amable con sus palabras, dice el Eclesiástico; por eso convence y arrastra a los oyentes a hacer su voluntad.
Así era don Bosco, e inculcaba esta amabilidad a sus ayudantes, a quienes repetía para asegurar la buena marcha de la comunidad:

-íHablad, hablad!

Con este santo fin multiplicaba las ocasiones de hablar ((204)) no sólo él, sino también los Superiores de la Casa y otros santos
sacerdotes de la ciudad, impregnados de su espíritu, a los que invitaba a conversar y pasar algún rato en el Oratorio. Estos le suplían en
sus ausencias o cuando algún asunto se lo impedía, se hacían eco de su palabra recordando sus máximas, y se esforzaban para que se
cumplieran sus deseos.

Así pues, don Bosco, además de los sermones, la narración de la vida de los Papas, la platiquita de la noche, las conferencias a las
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Compañías, la lectura semanal de las calificaciones obtenidas por los estudiantes, la exposición y explicación del reglamento de la Casa,
reunía a sus alumnos para comunicarles temas de mucha importancia relacionados con la educación religiosa y civil. Son cosas que no
conviene olvidar y que exponemos aquí porque no encajarían en otro lugar.

En primer término hablaremos del catecismo.

Durante veinte años por lo menos, de 1846 a 1866, solía don Bosco juntar de vez en cuando a los clérigos y a los jóvenes mayores y
mejores para enseñarles la manera de dar con fruto la clase de catecismo a sus compañeros externos e internos. La sacristía era el lugar
preferido para estas reuniones. A menudo explicaba el Reglamento de los Oratorios festivos. Recomendaba a los maestros que estuvieran
de pie durante la clase para dominar con su presencia a los chicos sentados, tener a todos bajo su mirada y obtener con facilidad el
silencio. Insistía en que se añadiera a las respuestas del catecismo alguna reflexión brevísima, sin perderse en explicaciones que no serían
entendidas.

Don Angel Savio y Juan Villa nos contaban el enorme bien que hacían estas reuniones y añadían que él, en las clases dominicales y
nocturnas, dedicaba varias horas cada semana para contar a los muchachos, con mucho gusto y respeto, los hechos de la Sagrada ((205))
Escritura y citaba los libros santos para razonar con la misma palabra del Señor. De este modo continuaba y completaba las enseñanzas
que habían aprendido en la iglesia de boca de los eminentes teólogos de la Residencia Sacerdotal, que enviaba los domingos don José
Cafasso.

También los internos, divididos por clases, tenían en la iglesia el catecismo dominical. Pero, además de esto, procuraba don Bosco que
se les señalase cada semana un capítulo de la Doctrina Cristiana para estudiarlo de memoria y que tenían que recitar los aprendices en la
clase que recibían cada domingo por la tarde, y los estudiantes en sus aulas. Estos, no eran admitidos a los exámenes finales de las
diversas asignaturas escolares, si antes no habían aprobado el examen de catecismo, ante los mismos maestros ordinarios, o bien ante un
tribunal presidido por ellos. Se hacía así para que los alumnos se acostumbraran a dar primacía a la enseñanza religiosa sobre el italiano,
el latín, el griego y las demás asignaturas accesorias.

Había mandado, además, que los clérigos estudiantes de teología y los de los dos cursos de filosofía estudiaran cada semana diez
versículos
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del Nuevo Testamento y los recitaran a la letra los jueves por la mañana, en el refectorio, a la hora del desayuno.

Esta costumbre empezó en 1853. Cuando don Bosco entró en el refectorio para inaugurarla, todos los clérigos tenían en la mano el
volumen de la versión latina de la Biblia y lo habían abierto con los ojos puestos en los primeros renglones del Evangelio de San Mateo.
Liber generationis Jesu Christi filii David. (Libro de la genealogía de Jesucristo hijo de David.)

Parecía que necesariamente tenía que haber comenzado don Bosco por allí, pero, después de rezar la oración Actiones, dijo:

-Evangelio de San Mateo-, capítulo XVI, versículo dieciocho Et ego dico tibi, quia tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo
Ecclesiam meam, et portae inferi non praevalebunt adversus eam. Et tibi dabo ((206)) claves regni coelorum; et quodcumque ligaveris
super terram, erit ligatum et in coelis; et quodcumque solveris super terram, erit solutum et in coelis. (Y yo te digo que tú eres Pedro y
sobre esta piedra edificaré mi iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del reino de los cielos; y
lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.)

Después de trazar un breve esquema de la autoridad del Romano Pontífice, señaló para estudiar durante aquella primera semana los diez
primeros versículos del Evangelio que tenían en su manos. Durante varios años presidió él mismo esta recitación; daba una breve
explicación literal con pocos pero magníficos comentarios y concluía con una máxima que movía al amor de Dios y servía de norma de
conducta. Su palabra docta y atrayente gustaba tanto a los clérigos que pasaban la semana deseando que llegara el jueves.

Hacia 1857, por causa de las confesiones que debía atender hasta hora muy avanzada, se hizo sustituir por el clérigo Miguel Rúa; en
1863 encargó de ello a don Domingo Ruffino y después sucesivamente a otros, pero él asistía de cuando en cuando a estas reuniones y a
veces las presidía.

A este ejercicio, que se llamó vulgarmente Testamentino 1, añadía él a veces alguna observación sobre la importancia y la manera de
anunciar la palabra de Dios, recomendando sencillez y claridad, apta para impresionar los corazones. La salvación de las almas, solía
decir, ha de ser el único fin del predicador.

1 Testamentino: fue la expresión familiar, durante muchos años, para indicar la reunión semanal de los clérigos salesianos, en la que
recitaban diez versículos, previamente señalados por el Director de la Casa, y sacados del Nuevo Testamento. (N. del T.).
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Por este motivo salió un día de sus labios una expresión singular, que oyó don Francisco Cerruti. Reíanse los clérigos delante de don
Bosco de las exageraciones que se leen en los sermonarios del siglo diecisiete, y él les decía:

-Y si en aquel siglo eran necesarios ese estilo y esas figuras para cautivar la atención del pueblo y hacer el bien a las almas, habría por
qué reír? Yo creo que habría hecho mal, quien hubiese procedido de otro modo.

((207)) Hablaba en otra ocasión de la necesidad de una diligente preparación y del orden de la materia a tratar, antes de subir al púlpito.
Y salpicaba su conversación con hechos graciosos, que demostraban el triste papel a que se expone el sacerdote descuidado o inepto en el
cumplimiento de este grave deber.

Quien escribe estas páginas estaba presente cuando don Bosco contaba:

-Cierto capellán era conocido por su gran simplicidad. Para retratarlo basta recordar el método clásico, sobre toda ponderación, que
seguía en la predicación. Subía al púlpito y con los ojos cerrados y las manos agarradas a la barandilla hacía el exordio. En cada sermón
pasaba revista al decálogo:

-Mirad, empezaba, seré corto, muy corto. Habéis de saber que el Evangelio de hoy... (íay con esas mujeres!... ya sé yo muy bien que
vosotras las mujeres tenéis mucho pico, pero al menos durante el sermón estad calladas...). Decía, pues, que el Evangelio de hoy cuenta la
multiplicación de los panes. Por eso, procurad confesaros, porque también este precepto se puede sacar del Evangelio de hoy. Comenzad
el examen por el primer mandamiento... (Pero... eh, tú sacristán, agarra el apagavelas y dale un par de cañazos a aquella muchacha...) y al
hacer el examen de conciencia, después de mirar el primer mandamiento, pasáis a reflexionar sobre el segundo... (Pero, es que no hay
modo de que se estén quietos esos chiquillos del altar mayor?...) Siguiendo nuestro tema, mirad si habéis cumplido el tercer precepto...

Y por este estilo seguía adelante, recitando, que no explicando, los diez mandamientos. Decía que sería corto y, en efecto, lo era, pues
nunca estaba en el púlpito más de diez minutos. Cuando el pueblo creía que iba a comenzar, ya estaba bajando. Qué os parece este
modelo de oratoria? Qué frutos puede traer? íIndignación, risas ((208)) o sueño! Y esto es lo que siempre sucede a quien, por un motivo u
otro, sube al púlpito sin preparación, con gran menoscabo para las almas y una tremenda responsabilidad ante el tribunal de Dios.
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Hay que reconocer este deber del sacerdote para recolectar muchas mieses. Ya está escrito en el capítulo dieciséis de los Proverbios:
"Toca al hombre forjar planes en el corazón (con el estudio, la meditación y la oración), y al Señor gobernar la lengua (con su gracia)".

Puede contarse entre las conferencias la clase de ceremonias litúrgicas a los clérigos. La inauguró don Bosco en persona y la continuó
por algún tiempo el teólogo Juan Bautista Bertagna. Hacia 1857 se encargó de ella el reverendo Gherardi, teniente cura de Santa María,
que se brindó él mismo a darla porque los clérigos del Oratorio habían sido agregados al clero de su parroquia, donde acudían en las
fiestas solemnes para prestar servicio en las sagradas funciones.

Cuando tenía tiempo libre, también enseñaba a ayudar a la misa rezada a los muchachos internos, aun cuando había otros maestros
encargados de prepararlos para este nobilísimo servicio. Pues don Bosco quería que todos sus alumnos ayudaran a misa y supieran
ayudarla bien. Los clérigos apreciaban a los reverendos Bertagna y Gherardi por su amabilidad y la admirable exactitud de su enseñanza,
y más de uno de los antiguos nos contaba cómo corrían afectuosamente a su encuentro para besarles la mano cuando llegaban al Oratorio.

A Gherardi le sucedió nuestro queridísimo compañero don José Rocchietti, que continuó hasta 1862, cuando tuvo que salir, muy a pesar
suyo, del Oratorio por su delicada salud.

Se encargó entonces de las ceremonias don Juan Cagliero y después don José Bongiovanni, cuya labor continuaron otros más tarde.

((209)) Don Bosco empezó también a dar una conferencia los miércoles por la tarde a los muchachos estudiantes para que, a medida
que adelantaban en los estudios, no descuidaran los otros deberes, y, como no podía darla personalmente con regularidad, rogaba a
diversos sacerdotes amigos suyos que lo suplieran. Durante el curso 1856-57, le suplió el padre Casassa, sacerdote venerable por su edad
y sus virtudes y director de las Hermanas de Santa Ana. Daba su conferencia los viernes, siempre revestido con roquete y estola, en la
sala de estudio y, más a menudo, en la capilla de san Luis. Trataba del pecado, de la virtud y de los sacramentos. Su conferencia moral
resultaba muy agradable a los muchachos y no duraba más de media hora. Predicó además los domingos por la tarde hasta 1863,
alternando con el teólogo Borel y el canónigo Borsarelli.

En el curso 1857-58, a fin de que los estudiantes cantaran los
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himnos de la Iglesia comprendiendo bien el sentido, invitó al sacerdote y profesor Mateo Picco para que se los explicara todos los jueves;
a estas explicaciones acudían también los estudiantes del Cottolengo.

El año 1859 se encargó de esta conferencia don Agustín Zattini, natural de Brescia, aspirante a la Pía Sociedad, el cual explicaba a
veces los miércoles y a veces los domingos después de la segunda misa, el salmo y las demás oraciones y respuestas de los ayudantes al
Sacrificio de la Misa, para que entendieran bien lo que decían.

Durante los años 1860-61-62-63 continuó esta costumbre de los miércoles el teólogo Borel en un salón en ángulo, uno de cuyos brazos
correspondía a la actual enfermería, y el otro caía bajo la habitación de don Bosco. En el vértice del ángulo, formado por las dos salas, se
sentaba el teólogo revestido de roquete y estola y todos los estudiantes y los clérigos estaban alineados a su derecha y a su izquierda.
Exponía el catecismo en forma razonada. Habló un año entero de la fe, con tal claridad que todos le entendían. Fides sine operibus
mortua est: sine fide impossibile est ((210)) placere Deo. (La fe sin obras está muerta; sin la fe es imposible agradar a Dios.) Resultaba
verdaderamente sublime cuando describía la belleza de esta virtud teologal, nos dijo el profesor don Juan Garino que estaba presente.

Algún año dio don José Bongiovanni estas lecciones de moral en el salón de estudio, y después desapareció esta costumbre.

Por último mencionaremos la conferencia o clase de urbanidad que se impartía una vez a la semana en el salón de estudio, los jueves
por la mañana y, a veces, los domingos antes de comer. Esta incumbencia correspondía al Prefecto de la Casa y fue el primero en
desempeñarla don Víctor Alasonatti en 1855. Era como la coronación de la educación cristiana, ya que los muchachos, llegados del
campo o del taller, no habían aprendido las buenas maneras para comportarse con garbo en sociedad.

Las normas se sacaban de los libros santos del Nuevo y Antiguo Testamento, que hablan de cómo portarse en la mesa, de no sentarse
cuando otros están de pie, del comportamiento al presentarse a los superiores, al estar entre los compañeros, al conversar con personas de
respeto, en los recreos; en conclusión, de la manera como hay que conducirse en cualquier circunstancia de la vida. La actitud de una
persona es un tácito intérprete del corazón y de esto se puede conjeturar cómo es su carácter natural. Dice el Espíritu Santo en el
Eclesiástico: "Por la mirada se reconoce al hombre, por el aspecto
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del rostro se reconoce al pensador; el atuendo del hombre proclama lo que hace, su caminar revela lo que es"1.

Por eso don Bosco quería que sus alumnos fueran juiciosos y que la compostura en todos sus actos, el garbo, la ingenuidad y un
honesto pudor les merecieran el aprecio y la benevolencia de la gente. A veces se prestaba él mismo a ocupar la cátedra del salón de
estudio, en lugar del Prefecto ((211)) y más que sus palabras, era entonces su ejemplo una continua lección de urbanidad. Porque él era
un modelo del hombre bien educado; prestaba atención a todos sus gestos y palabras, y no ofendía a nadie con su mirada, ni el oído de
ninguno, pues trataba a todos con máximo respeto, como enseña San Pablo: Cui honor, honor (Dése honor a quien lo merece). No
ahorraba ninguna delicadeza con cuantos iban a visitarle. Los de la nobleza, que le observaban atentamente, quedaban admirados de él y
más de una vez se les oyó exclamar:

-Pero, dónde aprendió tan exquisita cortesía? íEs todo un caballero!

Don Pablo Albera oyó repetir mil veces frases como éstas en Francia, y era ésta una de las razones, secundaria si se quiere, pero real,
por la que los grandes señores deseaban hospedarlo en sus palacios. Empleaba la misma cortesía en su trato con los pobres, en cuya casa
no entraba sin descubrirse la cabeza. Hasta con los alumnos era de una encantadora delicadeza.

-Quisiera encargarte de tal cosa: ...qué te parece? -Por favor podrías hacerme este recado? -Permites que te dé un aviso? -Podrías
ayudarme en este trabajo?

Y no había en sus maneras ninguna afectación, porque estaban inspiradas en la caridad de Nuestro Señor, como corresponde a un
sacerdote.

Los muchachos se miraban como en un espejo en los modales de don Bosco, el cual, lo mismo en público que en privado, no cesaba de
corregirles y darles los avisos oportunos. Veía él en la cortesía el germen de muchas virtudes, y, en consecuencia, su habilidad educadora
le señalaba el momento de hablar y el momento de callar. Advertía a los alumnos que se guardaran de manifestar la aversión que
despiertan las formas groseras, presuntuosas, demasiado engreídas o burlonas de algunos; que no contaran jamás al compañero lo malo
que otro había dicho de él; que prestaran oídos de mercader a cualquier palabra satírica lanzada; que no insistieran, ((212)) aun con los

1 Eclesiástico, XIX, 29, 30.
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iguales y con obstinación, en mantener su propio parecer. Que nunca pretendieran ponerse por modelos diciendo: "Yo habría hecho de
otro modo", al oír contar algo no vituperable del prójimo. Que no contradijeran al que manifiesta sus propios sentimientos. Que
escucharan sin muestras de aburrimiento, antes al contrario demostrando interés, cuando alguien repite un suceso, que ya contó otras
veces, como si fuera una novedad, y tener esa atención especialmente con los ancianos; no permanecer siempre mudos en una
conversación entre amigos, no interrumpir a quien habla, ni responder sin ser preguntado, y templar y moderar siempre la respuesta con
las palabras: me parece o pienso que; no dando nunca una sentencia absoluta, cuando no se trata de una verdad religiosa. En las
cuestiones de diversos pareceres no levantar la voz muchos a la vez, porfiando por sobresalir unos sobre otros, sino más bien esperar el
turno para abrir la boca.

Cuando un alumno olvidaba sus avisos, don Bosco tenía un método especial de corregir y dar una lección. Si el que hablabla con él
cometía un error gramatical, le dolía que los presentes lo criticaran o se burlasen, y entonces él le respondía procurando meter en la
respuesta la palabra errada corrigiéndola sin hacer la menor observación, de modo que uno y otros entendían.

En cierta ocasión exponía don Bosco sus pensamientos a un grupo de clérigos veteranos acerca de algunas medidas que se iban a tomar.
Hubo uno, que apenas oyó de qué se trataba, dijo con poca cortesía: que era una idea inoportuna en grado superlativo, y que presentaba
dificultades insuperables. Sin alterarse, preguntóle don Bosco:

-Quid est hyperbole? (qué es hipérbole?)

Todos se echaron a reír, pero don Bosco no añadió palabra; ((213)) quería tal vez dar a entender a aquel tal que, mientras se tratara
únicamente de figuras gramaticales o de cuestiones literarias, podía ser juez competente. Fue una palabra enigmática, pero graciosa para
no mortificar a quien hacía una objeción imprudente.

Cuando alguno emitía proposiciones equivocadas, tocante a ciencias o a historia, él, con toda calma, hacía señas de desaprobación y
replicaba:

-Tu es magister in Israel et haec ignoras? (Eres maestro en Israel e ignoras esto?).

Pero no decía una palabra que pudiese dejar mal al interlocutor.

Recomendaba que, antes de hablar, se pensase dos veces lo que se tenía que decir, recordando la sentencia del Eclesiástico: En la
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boca de los necios está su corazón (es decir, hablan sin pensar), pero el corazón de los sabios es su boca (piensan y consideran lo que
deben decir) 1. Y demostraba cuán necesaria era la reflexión para obtener lo que se desea, para no decir disparates, para no violar
secretos, para no crearnos enemigos, para no acarrearnos daños a nosotros mismos, para no ofender al Señor.

No omitía una consideración sobre ciertos caracteres atolondrados, suspicaces, impetuosos, que si no se les pone freno prorrumpen
fácilmente en arrebatos de cólera, insultan a sus presuntos ofensores, interpretan desfavorablemente las intenciones de los demás y
pretenden tener siempre toda la razón. Con lo cual pierden amistades, se hacen antipáticos en sociedad y son la comidilla de todos. Se
encuentran muchos de estos sujetos mal educados, los cuales no harían el ridículo si prestaran atención a no precipitarse en el hablar,
((214)) dejando que su imaginación se calmara disimulando y callando.

Don Bosco confirmaba su lección con algunos ejemplos, entre los cuales contaba el siguiente:

Estaba yo un día en la sacristía de san Francisco de Asís, a tiempo que llegó cierto sacerdote, el reverendo Corradi. Olvidándose de la
esclavina que llevaba sobre los hombros, se revistió los ornamentos sagrados y salió a celebrar. Después de la acción de gracias, tomó el
sombrero para salir de la iglesia y buscó inútilmente la esclavina. Preguntó al sacristán, el cual se echó a reír sin contestar. El reverendo
Corradi se enfadó:

-Dónde me la ha escondido?

La buscó por todos los rincones de la sacristía, y volvió al sacristán, amenazándolo si no decía dónde la había escondido o quién se la
había llevado. El sacristán seguía riendo y aseguraba no haberla tocado, ni haber visto a nadie que se la llevara. Se dirigió entonces a mí,
y a los demás presentes, preguntando por la esclavina, y sin aguardar respuesta mandó llamar al encargado de la iglesia. Este, al oír aquel
jaleo, preguntóle qué pasaba, y él contestó:

-Estos me agarraron... me escondieron la esclavina, y ahora tengo que ir a casa, y no me la quieren dar; solamente el sacristán puede ser
capaz de semejante guasa y encima se ríe y se burla de mí.

El encargado, que se dio cuenta de todo en seguida, fingió no saber nada y con toda calma llamó al sacristán:

-Es verdad que has tomado su esclavina? O se la ha escondido algún otro? Dásela, porque tiene que volver a casa.

1 Eclesiástico, XXI, 26.
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Como todos protestaran que no la habían tocado, el reverendo Corradi, aún más agitado, recorrió de nuevo todos los rincones y dijo:

((215)) -Yo la dejé aquí... y no está..., en este otro lugar tampoco... Cómo ha podido desaparecer?

En aquel momento llegó don José Cafasso. Al ver la sacristía tan revuelta y con tanto polvo, preguntó la causa a Corradi, el cual dio la
misma contestación de antes.

-Pero dígame, replicó don José Cafasso, tiene usted dos esclavinas?

-No, una sola, una sola.

-Entonces qué busca usted?

-La esclavina.

-Pero, ísi la lleva puesta!

El reverendo Corradi levantó sus manos a los hombros y tocó y alzó la orla de la esclavina. Se quedó como de piedra, víctima de la
confusión; no dijo una palabra, mas no se atrevió a mirar a nadie, escondió la cara, salió disparado por la puerta que daba afuera y
desapareció.

Pero don Bosco quería buena educación en las palabras y en los actos. Siempre modelo de dignidad cristiana en la compostura de la
persona, aborrecía toda broma grosera, todo juego que comportase poner las manos encima de los compañeros y toda suerte de
familiaridad menos decente, como, por ejemplo, caminar de bracete, agarrándose las manos y posturas semejantes. Afirmaba que estos
modales eran contrarios a la urbanidad y a la buena educación, y recomendaba a los asistentes que vigilasen para que todos cumpliesen
con exactitud estos avisos. También para este caso tenía su anécdota jocosa para que todos entendieran bien lo que deseaba.

-Cuando yo era un muchacho e iba a la escuela de Castelnuovo, tenía aversión al juego de la pídola y, no sólo rehusé siempre tomar
parte en él, sino que reprendía a los compañeros que, antes o después de clase, se divertían de aquel modo. Pues bien, sucedió cierto día
que, como tardase en llegar a la escuela el maestro ((216)) Don Nicolás Moglia, estaba yo delante de mi banco arreglando algunos libros,
cuando he aquí que uno de los compañeros saltó de repente sobre mis hombros, en seguida otro encima del primero y luego un tercero.
Yo no pronuncié palabra, pero agarré con toda mi fuerza las piernas del último, las apreté contra los costados de los dos que estaban
debajo, de forma que ninguno pudiese moverse, y después, con la mayor facilidad, salí del aula con aquel extraño fardo.
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Los chicos, a quienes llevaba en vilo de aquella manera, al sentirse fuertemente oprimidos y ahogándose, pedían piedad y misericordia.
Yo no les hacía caso y seguía adelante por las calles del pueblo con mi trofeo. La gente corría asombrada y gritando a mi paso. Los
condiscípulos me seguían silbando y aplaudiendo. Llegué hasta la plaza de la iglesia y volví por el mismo camino. Los pobrecitos que
iban sobre mis hombros chillaban y suplicaban:

-Bosco, suéltanos; no volveremos a saltar sobre ti, no volveremos a jugar a la pídola.

Pero yo seguía callando y a paso seguro y tranquilo volví hasta la escuela donde el maestro aguardaba a los alumnos para comenzar la
clase.

El maestro, que había sido informado de lo sucedido, soltó la carcajada al ver aquella torre viviente y deambulante, y a duras penas

logró decirme:

-Suéltalos.

Pero los pobrecitos estaban tan entumecidos que no podían bajar. Entonces fui a posarlos uno a uno sobre los bancos y parándome ante

ellos, les dije:

-Os gusta el juego de la pídola?

Aquella lección de buena educación los convenció para dejarme en paz.

En medio del patio de recreo veía y notaba las acciones de sus alumnos y daba a cada uno en voz baja el aviso oportuno. Decíale a éste:

-Hay que andar derechos, no te dobles ((217)) de esa manera; parece que estés jorobado.

A otros:

-No hundas la cabeza entre los hombros que pareces un mochuelo.

-No muevas esos brazos tan torpemente; parece que no sepas qué hacer con ellos.

-Saca las manos de los bolsillos; es un signo descarado de autoridad.

A menudo corregía a un atolondrado con un simple gesto sin que los demás se dieran cuenta, para no mortificarlo. Por ejemplo, si
escupía en el suelo ante personas de respeto, o en el pavimento de una habitación, él fingía la misma necesidad y llevaba el pañuelo a la
boca. Lo mismo hacía si alguno tosía, estornudaba o bostezaba groseramente. Si veía que uno no se limpiaba los labios después de comer,
pasaba él sobre los suyos la servilleta con un significativo movimiento
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de la cabeza. Si alguien tenía una mancha en el vestido, se lo indicaba con una sonrisa, poniendo el dedo en ella; y esto bastaba.

Nos contó el canónigo Sorasio que fue don Bosco a Caramagna para la imposición de sotana del joven Fusero. Estaba don Bosco en la
sacristía con los sacerdotes de la parroquia y con Fusero que apoyaba el codo sobre la mesa de los ornamentos sagrados y la cabeza en la
mano. Don Bosco se acercó a él despacito, le tomó por el brazo y se lo apartó con tal cortesía que el canónigo, a la sazón seglar, admiró
tan gran delicadeza, y nunca la olvidó.

Entre estas y otras lecciones continuas de urbanidad que daba don Bosco, recuerda José Reano una de cierta importancia.

El 28 de abril de 1858 recomendaba a los alumnos que saludaran, quitándose la gorra, a los forasteros distinguidos y especialmente a
los sacerdotes que encontraran en el Oratorio; y que usaran finos y corteses modales con todos, especialmente con las personas que
pidiesen hablar con el ((218)) Superior, acompañándolas hasta su habitación con la cabeza descubierta, y respondiendo con garbo a sus
preguntas.

Describía después lo que le pasó a él mismo con ocasión de una visita hecha el 18 de febrero de aquel mismo año. Entró en una casa
donde le recibieron tan fríamente que, aunque no se dio por ofendido, sí quedó algo mortificado. Pensó entonces en la impresión que
debían experimentar los bienhechores si al llegar al Oratorio fueran recibidos de aquella manera, con las consecuencias que se podrían
seguir. Y advertía:

-Cuando se va a una casa para pasar el rato con el amo, si se presentase un chiquillo a abrir la puerta, y con buenas maneras os dijese:
-Los señores no están en casa, siento mucho que se haya molestado inútilmente; puede volver a tal hora-;el que es recibido con ésta o
parecida cortesía, queda favorablemente impresionado, se forma buen concepto y guarda buen recuerdo de aquella familia.

Añadiremos que don Bosco preparó por aquellos años una comedia en tres actos, que era como un compendio de faltas contra la
urbanidad. No nos quedó más que un esbozo hallado entre sus papeles. Su argumento es éste. Desde una aldea de la montaña un tal Silvio
envía a París a dos hijos suyos, para que se ganen la vida, el uno como limpiachimeneas y el otro como titiritero. Algún tiempo antes
Silvio se había comprado un traje usado y, al repararlo, se encontró cosidos en el forro unos títulos al portador con una renta anual de
veinte mil liras. Como era persona honrada, dio parte a la autoridad
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de su hallazgo que fue publicado en los periódicos, tal y como manda la ley. Al no presentarse nadie reclamando el tesoro con suficientes
datos de identidad, el Magistrado adjudicó a Silvio su fortuna. Entonces éste fue a ver a un abogado, paisano suyo, que se había
establecido ((219)) en la ciudad, hombre probo y de su misma edad, y le pidió consejo sobre el destino que debía dar a aquel capital. El
abogado le sugirió que buscara a sus hijos, les proveyese de un educador y maestro, para que aprendieran los rudimentos de la gramática,
corrigieran los modales rudos y llegaran a ser unos jóvenes modosos, y al mismo tiempo que comprara una finca. Un abogado, un
médico, el maestro, el educador, un criado, un aparcero de la granja y los hijos, que el padre vuelve a encontrar después de extrañas
aventuras, son los personajes de la comedia. Los dos muchachos, trajeados elegantemente durante el desarrollo de la acción, aparecen
sucesivamente sentados en clase con el profesor, jugando en el jardín durante el recreo, comiendo con su padre y los amigos de la familia,
reunidos en el salón en tertulia con los notables del pueblo. Uno se indigesta por tragón, el otro es más moderado y más dócil, pero los
dos son la rudeza personificada. Mil lindezas de mala índole se suceden una tras otra, como rascarse la cabeza, meter las manos entre los
cabellos, caminar con los zapatos en la mano, meterse los dedos en la nariz, no quitarse nunca el sombrero, no emplear el pañuelo,
limpiarse el sudor con la manga, caminar arrastrando los pies. La escena de la comida hace reventar de risa. Los sabios consejos del
educador van como pegados a cada grosería, ora en prosa ora en verso, acompañados de algún refrán. Los dos alumnos se enojan,
barbotan entre ellos y con los criados, pero se sosiegan fácilmente ante los reproches del padre, las observaciones de los amigos, o las
buenas maneras del maestro, que dará comienzo a su instrucción religiosa. Prometen aprender las reglas de urbanidad, granjearse muchos
amigos, tratando con respeto a todos los que se les acerquen y dando gracias al Señor por haber trocado su condición. Con la invitación a
un modesto banquete se cierra la comedia de la que cabe afirmar con mucha razón que castigat ridendo mores (corrige las costumbres
riendo).

((220)) La clase de urbanidad constituyó una preciosa regla de conducta para los que la aprovecharon. Un distinguido abogado, antiguo
alumno nuestro, y otros con él, nos aseguraron que, al salir del Oratorio, les bastó el recuerdo de las normas de buena educación
aprendidas en la escuela de don Bosco, para saber vivir honrosamente en sociedad y ser considerados como personas corteses y
cumplidas.
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Y ahora concluimos preguntando:

Qué más podía hacer don Bosco para educar a sus hijos? Puede muy bien aplicársele el elogio de San Juan Crisóstomo: Ciertamente
considero mucho más excelente que un pintor, más que un escultor, más que cualquier artista de este género, al que sabe plasmar las alma
de los jóvenes.

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((221))

CAPITULO XVII

PREPARATIVOS DE GUERRA EN PIAMONTE CONTRA AUSTRIA -LA RESIDENCIA SACERDOTAL CONVERTIDA EN
HOSPITAL MILITAR -DON JOSE CAFASSO ADVIERTE A SUS ALUMNOS QUE NO SE METAN EN ASUNTOS POLITICOS
-EL CATECISMO CUARESMAL MOLESTADO POR LA EXCITACION GUERRERA DE LOS MUCHACHOS EXTERNOS -DON
BOSCO PONE TERMINO A UNA PEDREA -TRES LECTURAS CATOLICAS -EL ARZOBISPO DE GENOVA Y LOS OBISPOS
DE MONDOVI Y DE CUNEO LAS RECOMIENDAN A SUS DIOCESANOS -GRACIAS OBTENIDAS POR DOMINGO SAVIO
-CARTA DE DON BOSCO A UN PARROCO DE LA DIOCESIS DE ASTI -INSPECCION GUBERNATIVA DEL ORATORIO
PARA ALOJAMIENTO MILITAR -SE DECLARA LA GUERRA Y ENTRA EN ITALIA EL EJERCITO FRANCES -TURIN
AMENAZADA POR LOS AUSTRIACOS: DON BOSCO DICE A SUS MUCHACHOS QUE NO TEMAN -CUARTA TOMBOLA DE
DON BOSCO Y DOS CIRCULARES -DON BOSCO ANUNCIA A SUS ALUMNOS LA CONSTRUCCION DE UNA IGLESIA CON
UNA GRAN CUPULA EN EL ORATORIO -UN HUERTO LIBRADO DE LAS ORUGAS

DE las pacíficas conferencias del Oratorio pasamos a los rumores de guerra. A fines de marzo el ejército regular de Piamonte, formado
por ochenta mil hombres, estaba escalonado en la frontera entre Alessandria y el Tesino. En las plazas de diversas ciudades se ejercitaban
continuamente los voluntarios de Garibaldi en las maniobras y el manejo ((222)) de las armas. Los legionarios de la guardia nacional
defendían los baluartes de los lugares fortificados. Las poblaciones veían, sufrían, callaban y aguardaban con ansiedad los
acontecimientos. Turín estaba inundada de propaganda política y de periódicos liberales, que excitaban los ánimos a la guerra. Recorrían
las calles las consabidas pandillas de la plebe, enfurecidas y clamorosas. Pero el Gobierno fingía ganas de paz y quería obligar a Austria a
que se lanzase al ataque, para aparecer como provocado y obligado a la defensa. Todo estaba preparado
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para la guerra, incluso los edificios destinados para alojamiento militar y atención de heridos. La Residencia Sacerdotal de San Francisco
de Asís estaba destinada a hospital militar y don José Cafasso decía a sus alumnos al despedirlos:

-No os entusiasméis con la política. La política del sacerdote es la del Evangelio y de la caridad. Encontraréis mucha agitación en los
pueblos, porque en todas partes se habla de política y de guerra. Sed prudentes. Si por acaso, en conversación o yendo de viaje, alguien os
preguntare: -Señor cura, qué dice usted de todo esto?, responded: -Yo no digo nada, yo rezo. -Y por quién reza, por nuestros soldados o
por los austríacos? -Rezo para que todo vaya bien. Así se esquiva toda contestación. Las mismas advertencias prácticas daba don Bosco,
como lo hizo siempre, a sus clérigos, para que no se metiesen en cuestiones políticas.

Pero la política amenazaba mientras tanto con dejar vacías las catequesis cuaresmales.

Contaba Pedro Enría: "En 1859 se despertó en los muchachos de la calle de Turín un ambiente de guerra semejante al de 1848 y 1849.
Por centenares se reunían en los campos de los alrededores de la ciudad, se dividían en dos bandos y, para dar prueba de su valor,
acometía el uno al otro con escaramuzas ((223)) que ellos llamaban simulacros de batallas, pero que enardecían los ánimos y acababan
siempre en verdaderas tempestades de piedras. Estos juegos peligrosos se repetían casi todos los días festivos, y yo fui espectador de los
mismos más de una vez.

"Un domingo entró don Bosco en la iglesia para dar el catecismo y, con gran sorpresa suya, no encontró más que a los alumnos
internos.

"-Dónde están los demás? -preguntó.

"Pero nadie supo decírselo. Salió entonces al camino de La Jardinera y
vio una multitud de muchachos que, en el campo, donde más tarde se construyó la iglesia de María Auxiliadora, combatían
encarnizadamente. Había más de trescientos, todos entre los quince y los dieciocho años, y se lanzaban gruesas piedras. Entonces don
Bosco se metió en medio de la refriega. Yo estaba mirando desde lejos y temía ver a don Bosco herido por las muchas piedras que caían a
su alrededor, mas no fue así. No le tocó ni una y tuve que convencerme de que la Santísima Virgen le cubría con su manto como con un
escudo. Avanzó unos cincuenta pasos y, cuando todos lo vieron, se pararon a su invitación, se acercaron a él y con buenos modos los
persuadió para entrar en la iglesia. Ninguno intentó escapar y don
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Bosco, sonriente, como si nada hubiese pasado, dio principio a la lección de catecismo."

Al mismo tiempo, en medio de aquellos trastornos, seguía trabajando en la publicación de las Lecturas Católicas.

El número del mes de abril era una Colección de sucesos edificantes. -Huberto, o el escultor de los Alpes. -Historia de un mendigo:
gran perdón. -No es necesario ser rico para dar limosna. -Infancia de Alberto. -La confesión. -Eficacia de una avemaría. -El general
Gerard, devoto de María, no entró nunca en combate sin invocar a Nuestra Señora. -Tres de estos hechos pertenecen a la historia de
Francia.

((224)) Unidas a este número iban las cartas de recomendación de dos obispos para la difusión de las Lecturas Católicas, a las que
añadimos nosotros una tercera.

Monseñor Charvaz, arzobispo de Génova y martillo de los valdenses, había escrito el 19 de febrero de 1859 en su carta pastoral para la
cuaresma:

Advertimos a los señores párrocos que es nuestro vivo deseo tengan a bien procurar la difusión de las Lecturas Católicas que, con la
aprobación del Sumo Pontífice, se publican mensualmente en Turín. El fin de estas Lecturas es contribuir a mantener la integridad de la
fe y la santidad de las costumbres en el pueblo contra los esfuerzos de los impíos, que con hojas sueltas y librejos se esfuerzan por
pervertirlo y corromperlo por todos los medios.

El obispo de Mondoví, en la misma ocasión y con el mismo fin, escribía:

Aprovechamos esta ocasión para recomendar especialmente al clero que promueva la suscripción a las Lecturas Católicas.

También el obispo de Cúneo, monseñor Clemente Manzini, al anunciar a sus diocesanos el indulto cuaresmal el 15 de febrero de 1859,
expresaba su deseo en estos términos:

Recomendamos encarecidamente a nuestro clero y especialmente a los señores párrocos una obra emprendida y promovida con espíritu
verdaderamente católico, y que no puede dejar de ser de gran ventaja para las almas. Esta obra es la de las Lecturas Católicas, que
quisiéramos ver más difundidas entre el pueblo porque estamos convencidos de los preciosos frutos que de ellas sacarían, ya que, a la par
que se apartaría a los fieles de esos librejos y diarios envenenados con los que se intenta corromper su fe con las más diabólicas mañas, se
les proporcionaría por otro ((225)) lado un buen alimento, apto para consolidar y mejorar sus costumbres. Queda esto garantizado con la
aprobación alcanzada del Santo Padre, el cual, con cartas del
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Emmo. Cardenal Vicario del mayo próximo pasado, las recomendaba encarecidamente y las quería introducir y difundir en el Estado
Pontificio.

Para recibir las suscripciones a las Lecturas Católicas está designado en esta diócesis el M.R. Borgarino, capellán de la Cofradía de San
Sebastián en esta ciudad.

Para el mes de mayo estaba preparada una obrita del santo sacerdote José Frassinetti, prior de Santa Sabina en Génova. Se trataba de las
Memorias de la vida de la piadosa doncella Rosa Cordone, fallecida en Génova el 26 de noviembre de 1858. El autor demuestra en esta
biografía que un cristiano puede llegar a la máxima perfección y unión con Dios, aun sin estar enriquecido con gracias y dones
extraordinarios y sin largas oraciones y ásperas penitencias.

Para el mes de junio enviaba don Bosco a la imprenta una obrita anónima: El Santuario de la Bassa y sus alrededores; recuerdos de una
fiesta. En la portada llevaba el verso: Tot tibi sunt dotes, Virgo, quot sidera Coeli (Tus virtudes, oh Virgen, son tantas como las estrellas
del cielo). Es un santuario del Piamonte, situado en los montes de Rubiana, que atestigua las grandezas de la bondad de María al escuchar
las súplicas de los que a Ella acuden.

Mientras don Bosco corregía sus pruebas de imprenta, que trataban de las más humildes y tranquilas virtudes, como un sedante de la
violentas pasiones, que agitaban por todo el reino los espíritus, recibía el gran consuelo de las pruebas de la amable protección que
Domingo Savio dispensaba desde el cielo al Oratorio, a sus antiguos compañeros y a los alumnos. Una noche del mes de abril leyó a toda
la comunidad reunida una carta de Mateo Galleano, en la que daba fe de que a primeros del mes, oprimido por un atroz malestar de
cabeza y un agudo dolor ((226)) de muelas, después de dos días de sufrimientos decidió recurrir al buen Domingo. Rezó en su honor un
padrenuestro, y al llegar a las palabras: mas Iíbranos del mal, instantáneamente sintió desvanecerse todo dolor y desaparecer la hinchazón.

Estaba presente a esta lectura Carlos Dematteis, que sufría dolor de muelas desde hacía varias semanas sin lograr calmarlo con las
medicinas. Animado por el afortunado caso del compañero, preguntó a don Bosco:

-Tendré que intentar yo también la prueba de encomendarme a Savio?

-Sí, hazlo, contestó don Bosco; rézale esta misma noche un padrenuestro y una avemaría y confía en él.

Dematteis fue al dormitorio, rezó la oración y se acostó. Al contrario
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de las noches anteriores, que las había pasado desvelado por el dolor, se durmió en seguida y no se despertó hasta que sonó la campana
para levantarse. Estaba totalmente curado. A partir de entonces no tuvo más dolor de muelas.

Jacinto Mazzucco llevaba casi un mes atormentado por un dolor de ojos que le obligaba a salirse de clase. El miércoles santo, veinte de
abril, dijo a don Bosco:

-Tengo que encomendarme yo también a Savio? Ha curado a otros que ni siquiera le conocieron, no querrá obtenerme la gracia de la
curación a mí, que fui compañero suyo? íTanto más, cuanto que tengo que trabajar para preparar en la iglesia el Monumento!

Don Bosco le contestó:

-Bien, rézale un padrenuestro y una avemaría y mañana, plenamente confiado en él, ejecuta los trabajos que tienes que hacer; pero
cuida de ofrecerlos para honor de Dios.

((227)) Mazzucco rezó aquella noche la breve oración, y a la mañana siguiente se encontró tan mejorado que pudo cumplir su trabajo y
preparar el Monumento sin la menor dificultad. El sábado santo estaba curado del todo.

Estas gracias aliviaban a don Bosco de los disgustos que a veces le causaba la poca correspondencia de algún alumno a sus desvelos, y
al mismo tiempo le tranquilizaban en medio de las molestias y angustias que podía ocasionarle la guerra ya inminente.

A estos sinsabores y disgustos alude en una carta dirigida a don Juan
Bautista Torchio, arcipreste de San Martín Alfieri en Asti.

Reverendísimo y apreciadísimo en el Señor:

Estamos en Pascua y, para celebrarla bien, debo arreglar las cosas con V.S. a quien debo algunas respuestas, especialmente con relación
al muchacho B...

Para norma y satisfacción recíproca le diré que no he hecho lo que usted deseaba, porque la conducta de este muchacho, al que siempre
tuve especial afecto, fue siempre dudosa. En el estudio, en la clase, en la piedad fue tan mediocre que no me ofreció garantías para
recomendarlo a personas beneméritas, como V.S., su padre, que es una óptima persona, y yo mismo deseábamos. Por esta razón no he
podido satisfacer sus esperanzas.

Tocante a Saglietti debo decirle que, por ahora, no puedo recibirlo. Por qué? Porque el Gobierno ha mandado hacer una inspección para
saber cuántos soldados podrían dormir en el Oratorio en caso de necesidad, lo cual indica que de un momento a otro puedo encontrarme
en trance de tener que hacer las maletas. Las noticias políticas de hoy son graves y muy alarmantes.

Si viene a Turín, pase a verme. Le aseguro que siempre haré cuanto pueda en su favor.
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((228)) Ruegue por mí y por mis pobres muchachos y cuénteme siempre en el número de los que se profesan.

De V.S. Muy Rda.

Turín, 22 de abril de 1859.

Afmo. seguro servidor y amigo JUAN BOSCO, Pbro.

Alude don Bosco en esta carta a la visita que la autoridad gubernativa había mandado hacer al Oratorio de Valdocco. En efecto, a
primeros del mes de abril se presentaron dos peritos para realizar una inspección con objeto de averiguar si el edificio se prestaba para
alojar soldados, para convertirlo en hospital de heridos, o bien para hospedaje militar de oficiales. Don Bosco recibió cortésmente a
aquellos señores y los acompañó a ver toda la casa: Después les dijo:

-Ahora les rogaría tuviesen a bien presentar a quien los ha enviado los ientos de don Bosco y la súplica que les hace sobre este
particular. En los peligros y necesidades de la patria todo ciudadano tiene que ofrecer la ayuda que le permiten sus fuerzas, y por ello don
Bosco se halla dispuesto a hacer cuanto pueda: lo hizo cuando el cólera hace seis años, sabrá repetirlo ahora en tiempo de guerra. Pero
también he de advertir que esta casa alberga casi a trescientos muchachos de los más pobres y abandonados y, en consecuencia, ruego al
Gobierno que por favor me ahorre el gran disgusto de tener que dejarlos en la calle. Creo que no faltan en Turín edificios públicos que
pueden servir para cuartel o para hospital mucho mejor que éste que, como ustedes ven, carece de muchas comodidades, y tiene escaleras
y corredores demasiado estrechos.

Al construir la casa, don Bosco había previsto esta eventualidad.

No sabemos qué informes dieron los dos peritos al Gobierno, ((229)) pero el hecho es que el Oratorio no fue molestado, y sus alumnos
siguieron tranquilos en él.

Por lo demás, don Bosco prestó en aquella ocasión un servicio mucho más útil que otros. La imprevista llamada a las armas de algunas
quintas licenciadas por tiempo indefinido, lo mismo que la de los que con ocasión de la guerra de Crimea habían pasado de segunda
categoría a la primera, consternó a los pueblos. La mayor parte de ellos ya se habían casado. Tuvieron que partir en plena primavera,
precisamente cuando llegaba la época de las labores del campo. Por consiguiente muchas familias quedaron privadas de los robustos
brazos que les proporcionaban el sustento, y muchas madres, cargadas de hijos, se encontraron en la miseria. Tanto fue así que en las
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ciudades principales hubo que crear diversas comisiones, encargadas de promover colectas para socorrer a las familias más necesitadas.
Pues bien, qué hizo don Bosco? Aunque, por la circunstancia de la guerra y la subida de precio de los víveres, se encontraba en grandes
estrecheces, sin embargo, aceptó en su casa a varios hijos de los pobres soldados.

Resonó por fin el primer grito de guerra, y Austria, cansada de las intrigas del Gobierno piamontés, amenazó el veintitrés de abril con
declarársela, si en el plazo de tres días no desarmaba y licenciaba a los voluntarios. La contestación fue una rotunda negativa, y el día
veintiséis avistaba el puerto de Génova la armada francesa cargada de tropas. Estallaba entretanto la revolución en Toscana y el Gran
Duque se veía obligado a retirarse, por lo que Víctor Manuel nombraba comisario con plenos poderes a Buoncompagni. El veintiocho de
abril el Rey de Saboya, con los oficiales del Estado, los miembros del Senado y de la Cámara de Diputados, acudía a la Catedral
Metropolitana de Turín para asistir a las solemnes plegarias por el éxito de la guerra. El día treinta el ejército austríaco, con más de
((230)) doscientos mil hombres al mando del general Francisco Conte Giulay, pasó el Tesino, se apoderó de Novara y penetró en las
fértiles llanuras que se extienden entre los ríos Tesino, Po y Sesia. Víctor Manuel partía al campo de operaciones y Napoleón III, escribía
el primero de mayo a Pío IX:

"...Quiero declarar francamente a Su Santidad que en mi corazón no separo la religión y el poder temporal de la Santa Sede de la
cuestión de la independencia de Italia; debo confesar que quiero por igual a la una y a la otra".

Habíale invitado el Papa a retirar de Roma a sus soldados, allí acuartelados desde 1849, declarándole que, aunque débil, confiaba en la
Providencia que no lo abandonaría. Por toda contestación, Napoleón había hecho desembarcar más tropas en Civitavecchia. Quería
montar la guardia junto al Papa para facilitar y asegurar más su expoliación e impedir que otros lo socorriesen.

En el ínterin los austríacos se apoderaron de Vercelli el dos de mayo y, para pasar el Po, acometieron a los piamonteses en Frassineto y
Valenza, donde fueron rechazados por la artillería. Pero lograron atravesarlo por Cornale y avanzar el tres de mayo hasta Tortona.

Estaban divididos en tres cuerpos: uno entre Casale y Alessandria, otro en las orillas derecha e izquierda del Po, el tercero en Vercelli,
donde se fortificaba y parecía querer atacar a Turín. Por
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aquellos días desembarcaban en Génova ciento ochenta mil soldados franceses, bajaban del monte Cenís y del Montginevre, y desde Niza
llegaban a desembarcar en Génova para unirse al ejército sardo.

Mientras tanto el general Giulay, que se había apoderado de Mortara y Vigévano, lanzaba desde Vercelli un cuerpo de ejército contra
Santhià, Livorno y Biella; otra parte de sus tropas ocupaba Trino el nueve de mayo y parecía que se preparaba para marchar contra la
capital del Piamonte, que fácilmente hubiera caído en su ((231))poder. Se temía en Turín que los austríacos se apoderaran de la ciudad de
un momento a otro. Hasta en el Oratorio hablaban los muchachos del inminente peligro, pero don Bosco les dijo, estando presente el
clérigo Anfossi:

-No temáis; aun cuando llegara el enemigo, el Oratorio quedará ileso porque está defendido por los santos mártires Solutor, Adventor y
Octavio.

Don Bosco sentía profunda devoción por estos santos, que sufrieron el martirio junto al Oratorio, y confiaba tanto en su protección, que
estaba organizando una tómbola como si reinase la paz absoluta en el Estado. En aquel ambiente de miseria universal era preciso atender
a sus muchachos. Por eso en el mes de abril trató el asunto con los miembros de la Comisión de la lotería de 1857, cuyo presidente había
sido el conde Carlos Cays de Giletta, y tomaron las oportunas determinaciones. En consecuencia expuso el asunto a la autoridad civil y
obtuvo la correspondiente autorización. Don Bosco se dedicó a buscar y numerar los premios, a hacer escribir a mano los billetes con el
sello del Oratorio, a imprimir circulares y enviarlas a las personas simpatizantes con su Obra, una en abril y otra a primeros de mayo.
Cada circular iba acompañada de una hoja con la lista de los premios, al pie de la cual mandó escribir don Bosco la siguiente nota: Para
mayor comodidad puede enviarse el importe de los billetes a alguno de los miembros de la Comisión de la Tómbola anterior.

Y a continuación iban los nombres de dichos miembros escritos a pluma. La circular decía así:

Ilustrísimo Señor:

Lo que hoy recomiendo a su reconocida bondad no es una verdadera tómbola; es una liquidación de los objetos sobrantes de la anterior
más otros que nos han sido ofrecidos a favor del Oratorio ((232)) de san Francisco de Sales en Valdocco, el de san Luis en Puerta Nueva
y del santo Angel Custodio en Vanchiglia.
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He seleccionado quinientos de esos objetos, he sumado sus respectivos precios, de acuerdo con la tasación aprobada por la Delegación
de Hacienda y, después de rebajar el total en un tercio, he dividido esta suma en quinientas partes, tantas como objetos. El precio
resultante para cada billete es de cinco liras, pero todos los billetes tienen asegurado un premio con la eventualidad de que éste puede
tener un valor mayor o menor, según el resultado del sorteo.

Este sorteo se celebrará el día veintiséis del próximo mayo, en el Oratorio de San Francisco de Sales.

Le envío X... billetes, rogándole tenga a bien aceptarlos. Pero, si usted y las caritativas personas de su conocimiento no pensaran
quedarse con todos, ruégole, con el mayor respeto, perdone la molestia y haga remitir los restantes a esta casa algunos días antes del
sorteo. El objeto premiado será llevado a domicilio.

Estos objetos se podían haber puesto a la venta, pero habría sido un plan muy largo y no se habría obtenido la ayuda tan pronta como
las actuales estrecheces de esta casa requieren.

De todos modos, deseo que usted no tenga otra mira más que la de hacer una obra de caridad; por mi parte me uno a los pobres chicos
que frecuentan estos oratorios para pedir a Dios y a la Virgen Santísima sus gracias y bendiciones, que son el céntuplo que Dios promete
a quien hace obras de caridad en la vida presente, con la añadidura de la eterna felicidad en la otra.

Muy agradecido y con todo mi aprecio me profeso

De V.S. Ilma.

Turín, 5 de mayo de 1859.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

Una vez realizado el sorteo de la tómbola, que alcanzó el éxito que don Bosco deseaba, se avisó a los que habían comprado los billetes
y se les entregaron los premios que les habían caído en suerte.

((233)) Ilustrísimo Señor:
Me creo en el deber de enviar a V. S. Ilma. los objetos obtenidos en el sorteo del día veintiséis de los corrientes, efectuado en esta casa

en presencia de la Comisión de la tómbola anterior.

Al N... corresponde el N...

Ruégole tenga a bien aceptarlos tal como son; y espero que usted tendrá más en cuenta la obra de caridad que el valor material de los

mismos.

Por mi parte no dejaré de pedir al cielo que derrame sobre usted salud y gracia; y mientras me encomiendo a sus devotas oraciones,
juntamente con los sacerdotes y todos los muchachos que reciben en estos oratorios el beneficio de su caridad, me profeso con la más

profunda gratitud.

De V.S. Ilma.

Turín, 31 de mayo de 1859.

Seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

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Por este medio aseguró don Bosco, por algún tiempo, el pan de cada día de sus muchachos, a la par que presentaba ante su imaginación
un porvenir risueño y estupendo, preparado por la divina Providencia. Nos contó el clérigo Anfossi:

"Recuerdo exactamente que un día, cuando todavía no se hablaba ni siquiera de los cimientos de la iglesia de María Auxiliadora,
estando yo a su lado en el patio, dijo don Bosco:

"-Allí (y señalaba el lugar donde hoy se alza la iglesia) íse construirá un gran templo!

"Y levantando los ojos, como si ya existiera la cúpula y la estuviera viendo, siguió diciendo:

"-Esta iglesia tendrá una gran cúpula y se celebrarán en ella extraordinarias solemnidades.

"En aquellos momentos tales palabras producían en nuestro ánimo una enorme impresión de maravilla, máxime porque sabíamos
perfectamente cuán corto andaba de dinero ((234)) nuestro don Bosco por entonces, que carecía hasta de lo necesario para pagar el pan. A
pesar de todo, y casi bromeando, comenzó más tarde a invitar al clérigo Ghivarello, a quien faltaba todavía mucho para llegar a
arquitecto, a trazar el plano de la futura iglesia, cuyas dimensiones amplió él después, invitando al mismo clérigo a hacer un segundo
plano, que fue presentado más tarde al ingeniero Spezia".

Por aquellos mismos días obtuvo don Bosco con la bendición sacerdotal una victoria singular que hizo reír mucho a los alumnos, los
cuales decían:

-íLástima que don Bosco no sea general! íHa encontrado un medio fácil para arrojar al enemigo del territorio por él ocupado!

José Reano envió una relación escrita del hecho a don Juan Bonetti:

"Llegó un día para ver a don Bosco una vieja campesina que tenía alquilado un huerto cerca del Oratorio. Decía la mar de afligida:

"-Mi huerto está plagado de orugas que me destrozan plantas y verduras.

"-íY qué quiere usted que le haga, buena mujer!, dijo don Bosco.

"-Quiero que eche fuera a todos esos animalejos que tengo en el huerto; me lo destruyen todo, me van a dejar en la miseria; déles la
bendición y haga que se mueran.

"Y don Bosco respondió sonriendo:

"-Y por qué hacer morir a estos pobres animalitos? Les daré la bendición y les mandaré a otra parte, donde no puedan hacer daño a
nadie.
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"Al día siguiente fui yo con Buzzetti a un huertecito sin cultivar, situado junto a la iglesia de san Francisco, cerrado por una tapia de
casi tres metros de alta que pertenecía al Oratorio. Allí vimos una infinita cantidad de orugas quietas y pegadas a la pared y cubriendo
también unas vigas tendidas por el suelo, pilas de ladrillos y piedras amontonadas y unos arbolillos raquíticos: Todo aparecía cubierto y
el huerto de la vieja estaba totalmente libre de aquella invasión".

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((235))

CAPITULO XVIII

LOS FRANCESES EN TURIN -AFLICCION DE DON BOSCO-PRIMEROS ENCUENTROS BELICOS -MONTEBELLO,
PALESTRO, MAGENTA -LOS HERIDOS AUSTRIACOS EN LA RESIDENCIA SACERDOTAL -DON BOSCO CON LOS
SOLDADOS EN COLLEGNO -CONJURACIONES Y REVUELTAS EN LOS DUCADOS Y EN EL ESTADO PONTIFICIO -LAS
FIESTAS EN EL ORATORIO: DEMOSTRACIONES DE AGRADECIMIENTO A DON BOSCO Y A LOS MAESTROS
-ESCUELAS Y TALLERES CRISTIANOS

LOS habitantes de Turín habían temido la invasión de su ciudad por el ejército austríaco; así que se volvieron locos de alegría al ver a los
batallones franceses y los recibieron con aplausos y flores.

Don Bosco andaba pensativo y triste al enterarse de la continua llegada de regimientos a Italia para marchar contra Austria. Se le oyó
decir varias veces:

-Todos son hombres que vienen contra el Papa. Se trata de comenzar su destronamiento y quitarle con esta guerra toda ayuda extranjera
y nacional.

Los austríacos, que estaban a punto de lanzarse contra Ivrea, al saber la llegada de los franceses, comenzaron el nueve de mayo a
retroceder y se iban concentrando entre los ríos Sesia, Tesino y Po hacia Stradella y Piacenza, a la espera de los movimientos aliados. El
diecinueve de mayo Giulay abandonaba Vercelli y trasladaba su cuartel general a Mortara.

((236)) El doce desembarcaba en Génova el emperador Napoleón y dos días después llegaba a Alessandria como jefe supremo de los
ejércitos. En su arenga a las tropas había dicho:

-No vamos a Italia para fomentar desórdenes, ni a derribar del poder al Santo Padre, a quien hemos repuesto en el trono, sino a liberarlo
de la presión extranjera que pesa sobre toda la península.

El veinte de mayo tuvo lugar el primer encuentro de importancia en Montebello, entre Voghera y Casteggio. Los franco-sardos
perdieron setecientos hombres, pero obligaron a los austríacos a retirarse. Los vencidos cruzaron el Po y se trasladaron a Pavía,
abandonando en el campo a siete mil de los suyos. Al mismo tiempo salía Garibaldi
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de Biella al frente de seis batallones de voluntarios y, dando un largo rodeo sobre Novara, ocupada por los austríacos, marchaba hasta
Arona. De allí bajó a Castelletto, cruzó el Tesino, durante la noche del veintidós al veintitrés de mayo, y llegó a Varese. El veinticuatro
sostuvo un afortunado combate contra el general Urban, que había acudido desde Milán, y lo desalojó de Como. Visconti Venosta,
Comisario Real, proclamaba a Víctor Manuel por Rey y Señor de aquellas tierras.

Pero Urban, después de reconquistar Varese, volvía a Como para la revancha, cuando recibió orden de juntarse con el grueso del
ejército.

Se pronosticaba que la guerra sería más sangrienta de lo previsto.
Víctor Manuel, que se veía a cada instante en peligro de muerte, escribía al Papa el veinticinco de mayo prometiendo y suplicando que lo
absolviese de las censuras. Pío IX lo absolvía, pero le recordaba que solamente era válida la absolución, si iba acompañada del propósito
de reparar lo mejor posible los daños causados a la Iglesia, y de la voluntad de abstenerse de causar otros en lo porvenir.

((237)) El treinta de mayo fueron atacadas en Palestro las avanzadas austríacas, atrincheradas entre Vercelli y Bobbio, que se vieron
obligados a desalojar. El ejército piamontés daba pruebas de gran valor. Tres de sus brigadas arrojaban al enemigo de Vinzaglio y
Confienza y ocupaban Casalino. Al día siguiente intentaban los austríacos reconquistar estas posiciones, pero no lo lograban. Al fin del
combate habían perdido mil seiscientos hombres, y casi seiscientos los aliados.

Todo el ejército francés estaba ya concentrado entre Vercelli y Novara; una división avanzaba hasta Trecate y la otra hasta Galliate en
la orilla derecha del Tesino. Al darse cuenta Giulay de que amenazaban a Milán, mandaba pasar en seguida a todo su ejército, desde
Vigevano y Garlasco, a la orilla izquierda del Tesino y lo concentraba en Magenta. Los aliados cruzaban sobre dos puentes el mismo río,
y el cuatro de junio se entablaba la batalla. Fue un largo y terrible encuentro, pero consiguieron la victoria. Austria perdió diez mil
soldados entre muertos y heridos y siete mil prisioneros; los franceses, cuatro mil entre muertos y heridos y mil prisioneros.

El día cinco comenzaron los austríacos la retirada pasando el río Mincio, abandonaron Milán y se prepararon para oponer fuerte
resitencia en el cuadrilátero 1. Allí se juntaron ciento cincuenta mil

1 Se refiere al espacio, históricamente famoso, defendido por las cuatro plazas fuertes de Verona, Mantua, Legnano y Peschiera, (N. del
T.).
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soldados, cuyo mando supremo asumió el mismo emperador Francisco José.

El ocho de junio derrotaban los franceses a la retaguardia austríaca en Melegnano a orillas del Adda, y morían dos mil doscientos
hombres entre los dos bandos. Garibaldi ocupaba Bérgamo y desalojaba de Seriate a un batallón enemigo. Aquel mismo día entraban
triunfalmente en Milán Víctor Manuel y Napoleón.

A petición del Consejo de Ministros se cantó en todas las iglesias del Piamonte el himno de acción de gracias, y el príncipe
lugarteniente, Eugenio de Saboya ((238)) Carignano, asistió con los miembros y oficiales del Gobierno a la Catedral Metropolitana.

Entre tanto los heridos que pudieron resistir el viaje fueron hospitalizados en diversas ciudades. Los hospitales de Turín estaban
abarrotados y en ninguno faltaron los socorros de la ciencia y de la religión y el celo de las Hijas de la Caridad.

Los heridos y prisioneros austríacos fueron llevados a la Residencia Sacerdotal. Cuando don Bosco iba a ver a don José Cafasso, a
quien el Gobierno había dejado algunas dependencias, se entretenía con ellos dirigiéndoles palabras de compasión y de consuelo
religioso. Se los encontraba por el patio con la cabeza vendada, con el brazo en cabestrillo o con una pierna de madera, reunidos en
grupos a la sombra del edificio. Eran húngaros, polacos, tiroleses y casi todos sabían suficiente latín para poder mantener un poquillo de
conversación.

Con los soldados franceses, en cambio, mantuvo don Bosco mayores relaciones, y el Oratorio se convirtió en lugar de cita para los
residentes en Turín, especialmente para los inválidos. Un alumno de los mayores, que hablaba discretamente francés, comenzó a estrechar
relación con algunos de ellos, les habló de don Bosco y los llevó a verle. Don Bosco recibió a aquellos militares con gran amabilidad, se
entretuvo con ellos en agradable conversación, los invitó a ir al Oratorio con plena libertad y hasta les encargó que llevaran a todos los
compañeros que desearan ir.

-Podéis venir, les dijo, para escribir a vuestros padres; aquí encontraréis papel, pluma, tinta y sellos; podéis venir para leer libros en
francés que abundan en nuestra biblioteca y, si alguno deseara aprender italiano o aritmética, yo le pondré un maestro. Y como estamos
todavía en tiempo pascual, añadió don Bosco, y pudiera ser ((239)) que no todos hayáis tenido todavía oportunidad para cumplir el
precepto de la Iglesia, os advierto que en nuestra capilla encontraréis confesores que conocen vuestra lengua, y se prestarán gustosos para
bien de vuestras almas.
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Aquel cortés recibimiento y aquellas palabras entusiasmaron a los queridos hijos de Francia, quienes al volver al cuartel contaron lo
sucedido a sus conmilitones y despertaron en muchos vivo deseo de ir ellos también al Oratorio. Efectivamente, al cabo de unos días
veíase a las horas libres una procesión de soldados franceses que iban a Valdocco para entretenerse con don Bosco y sus alumnos como si
fuesen hermanos. Algunos centenares de ellos se acercaron a los sacramentos con un porte tan edificante que demostraba pertenecían a
familias muy piadosas y religiosas. Don Bosco, la mar de satisfecho, invitaba de vez en cuando a algunos a comer con él; era un gracioso
espectáculo ver los pantalones rojos entre las negras sotanas y contemplar a clérigos, sacerdotes y soldados en franca camaradería, yendo
a porfía los unos en hablar francés y los otros en chapurrear italiano. Algún oficial se comportaba con tal familiaridad que parecía uno
más de casa.

Al cabo de algún tiempo eran tantos los que conocían a don Bosco personalmente, que difícilmente andaba él por Turín sin que se le
viera acompañado o detenido de vez en cuando por algún soldado francés.

Un día, decía don Juan Turchi, se encontró con un grupo por la calle; le saludaron gritando: íViva Italia!, y él se les acercó, díjoles unas
buenas palabras y los invitó a ir a su Oratorio. Aceptaron la invitación y don Bosco les ofreció un refresco con tanta cordialidad, que
quedaron ((240)) admirados.

En otra ocasión debía ir a visitar a un enfermo a Collegno, población situada a cuatro millas de Turín. Cuando he aquí que, al llegar a la
calle de Rívoli, salió a su encuentro una docena de soldados, convalecientes unos, heridos otros en un brazo o en la mano. Como iban de
paseo, pidiéronle a don Bosco que les dejara acompañarle durante un trecho del camino, a lo que el asintió gustoso. De conversación en
conversación y a la sombra de los añosos olmos que flanquean la carretera, pareció tan corto el camino que la alegre brigada llegó hasta
Collegno casi sin darse cuenta. Una vez allá, los soldados querían volver atrás, pero don Bosco les dijo:

-Puesto que, como inválidos, tenéis permiso de vuestros jefes, esperadme un poco; yo acabaré pronto, y volveremos juntos a Turín.

Ellos se quedaron. Pero, como contra su esperanza don Bosco no pudo acabar tan presto como imaginaba, resultó que cuando salió de
la casa del enfermo el reloj marcaba las doce del mediodía. Al llegar junto a sus compañeros de viaje les dijo:

-Siento haberos hecho esperar tanto tiempo: como veis ya es
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mediodía: naturalmente tendréis apetito, los convalecientes necesitarán un alivio y no conviene que nos pongamos de nuevo en camino
con el estómago vacío: por tanto, venid conmigo e iremos a hacer, como vosotros decís, no une ribote (una comilona), sino una modesta
comida.

Dicho esto, los llevó a una hostería, les pagó una comida, comió con ellos y les hizo pasar uno de los días más alegres de su vida.
Resulta imposible expresar la alegría de aquellos hombres. De regreso en la ciudad contaron lo sucedido a su jefe, el cual quedó tan
admirado de ello, que al día siguiente se presentó en el Oratorio para dar gracias a don Bosco, con palabras inspiradas en el más vivo
reconocimiento y con una elegancia verdaderamente francesa.

Al mismo tiempo enviaba don Bosco al clérigo Celestino Durando en busca de donativos a casa de muchos sacerdotes y otros ((241))
distinguidos señores, para poder comprar una gran cantidad de libros instructivos y amenos escritos en francés. El mismo se los llevaba a
los soldados o se los hacía entregar a las Hijas de la Caridad que prestaban sus servicios en los hospitales. Lo mismo hacía con los
soldados austríacos, recogidos y hospitalizados en la Residencia Sacerdotal, a los que repartía libros de religión en alemán.

Por estas y otras razones los soldados de Francia, que residieron por entonces entre nosotros, cobraron tanto afecto al Oratorio que, al
recibir la orden de partida de Turín, pasaron a despedirse de don Bosco y sus maestros, llenos de profundo agradecimiento y gran
emoción. Algunos de ellos siguieron carteándose mucho tiempo con don Bosco y con otros de la casa, especialmente con don Miguel
Rúa, que fue su maestro de aritmética.

Entretanto los liberales de los otros Estados de Italia, siguiendo las instrucciones ocultas de Napoleón III y de Cavour, promovían
disturbios. Era un triste presagio de los sucesos preparados, la muerte del Rey Fernando de Nápoles, que murió envenenado el veintidós
de mayo. El nueve de junio, tras un mes de agitaciones populares e incertidumbres, la Duquesa de Parma, que oyó las victorias de los
aliados, abandonaba sus dominios en los cuales se enarbolaba inmediatamente la bandera piamontesa. El once, el Duque de Módena, a la
vista de la rebelión de Massa y Carrara, ocupadas inmediatamente por los soldados sardos, sabedor de que una división francesa se
acercaba a sus Estados desde Toscana, se marchó; y después de un voto de unión al Piamonte, el Rey Víctor enviaba allí, como comisario
para Emilia, a Carlos Luis Farini. La división francesa estaba mandada por el príncipe Napoleón, enemigo acérrimo del Papa,
expresamente
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enviado para tener a raya a los fautores del orden. El día doce estallaba la revolución en Bolonia, después de haberse retirado los mil
austríacos de su guarnición. Era cabecilla del partido unionista el marqués Pépoli, primo de Napoleón III. ((242)) Se armó a la plebe, se
organizó un gobierno provisional y se intimó al legado pontificio que partiera.

También fueron abandonadas por las tropas de Austria las legaciones de Rávena y Ferrara, que se habían rebelado, por lo que en
seguida el Ministerio piamontés enviaba a Máximo D'Azeglio como comisario de Bolonia.

En Perusa el partido de la Unión con el Piamonte, a cuyo frente estaba María Bonaparte, condesa Valentini, prima de Napoleón III,
ayudado por una escuadra armada, llegada desde Toscana, echaba al delegado y sustraía la ciudad al dominio del Papa.

Pero el veinte de junio un regimiento papal de suizos la recuperó para su legítimo Soberano, pese a la defensa encarnizada de los
insurrectos. En otras ciudades de Las Marcas y de Umbría habían buscado los sectarios soliviantar al populacho, pero después de aquel
suceso todo volvió a la calma.

También en Lombardía había cesado por el momento el estruendo de las armas desde hacía unos días, y en Valdocco se oraba por el
Papa, por el Rey, por el ejército y por la paz. Pero en él se alternaban también las alegrías y las fiestas, cuyo motor era el afecto y la
gratitud. Esa fue siempre la nota característica del Oratorio. La devoción y la frecuencia de los sacramentos eran su principio y su motor.
Se desparramaban los alumnos fuera de la iglesia y llenaban los patios de cantos, músicas, aplausos y gritos de alegría. La poesía, sobre
todo, se esforzaba por hacer más encantadores aquellos días bastante frecuentes. El día onomástico de los superiores, las honras a los
mayordomos en las fiestas de los santos patronos, el santo titular de cada dormitorio, las excursiones con motivo de la solemnidad en
alguna parroquia eran otras tantas ocasiones para encender el estro de los cultivadores de las musas. Hemos reunido y conservamos
cientos de aquellas poesías por ser algo muy querido todo lo que nos trae el recuerdo de ((243)) los antiguos compañeros. Algunas son
bastante toscas, otras sinceramente hermosas, pero en todas habla el lenguaje del corazón.

La más solemne de todas estas fiestas, que podíamos llamar caseras, era siempre la del día onomástico de don Bosco. Era el día del
sitial adornado a manera de trono, del patio espléndidamente iluminado, de la ofrenda de graciosos regalos, del himno distinto cada año
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por su letra y por su música y de las composiciones en verso y en prosa en diversas lenguas. Tendremos oportunidad para hablar
ampliamente del entusiasmo de los muchachos en aquella ocasión al referir los hechos de los años sucesivos.

Fuéronse añadiendo posteriormente a las fiestas, que se celebraban en honor de don Bosco, las que cada una de las clases de estudiantes

o de aprendices dedicaban a sus propios maestros con ocasión de su día onomástico. Cada maestro representaba a don Bosco ante los
muchachos que se le habían confiado y, por consiguiente, huelga decir cuán alegres resultaban estas fiestecitas parciales. Un ramo de
flores, un modesto regalo comprado por suscripción y que sirviera de recuerdo, unos pasteles, poesías y discursos eran medios para
estrechar cada vez más los corazones. Aquel día se adornaba de algún modo la cátedra de la escuela o el banco del taller. Algunas veces
asistía don Bosco, pero no como norma fija. La fiesta comenzaba con la comunión general de los alumnos de la clase. Por la tarde se
hacía media vacación y coronaba la alegría de todos un paseo con el maestro. Por los abusos que se fueron introduciendo aboliéronse más
tarde la media vacación, el paseo, la merienda y las suscripciones. Aquel día tenía ocasión el maestro para adueñarse de algún corazón
que se mantenía cerrado, para reconcilarse con algún alumno que se había apartado de él, para animar a un negligente que se había
desalentado, prometiéndole una ayuda especial, para perdonar alguna falta a quien temía que ésta ((244)) tendría desagradables
consecuencias para él al fin del año. Como quiera que aquel día era más viva la expansión de los alumnos, fácilmente se manifestaban y
desaparecían ciertas sombras, ciertas susceptibilidades, ciertos celos, y hasta algún desorden que de otro modo hubiera quedado oculto
con perjuicio para la disciplina y a veces para las almas.
El fin que don Bosco se proponía con estas demostraciones de afecto y gratitud era siempre la vida eterna. Este fin quedaba manifiesto
en las expresiones de los muchachos, en sus composiciones literarias y en sus promesas, lo mismo que en las respuestas del maestro a las
palabras de los alumnos. El maestro no dejaba de recomendar una buena confesión y pedir afectuosamente a los muchachos que se
pusieran en gracia de Dios, si no lo estaban. Les decía claramente que si alguno había callado algún pecado por vergüenza, fuera a
confesarlo aquel mismo día para que Jesús recibiera de todos este consuelo, y que era el mayor disgusto para el maestro pensar que uno
sólo de sus alumnos pudiera estar privado en aquel momento de la amistad de Dios, un disgusto tan grande como para empañar
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toda alegría. Los chicos comprendían que aquél era el mejor regalo para el maestro y sólo Dios sabe el bien que hacían en semejante
ocasión las palabras de quien los amaba.

Por lo que se podía descubrir, grandísimo era también el fruto para las vocaciones. Los muchachos quedaban como electrizados y más
de uno, antes de ponerse el sol, tomaba aparte al maestro y le decía:

-Estoy contento, sabe?; pero que muy contento.

La escuela de aquellos tiempos era como un pequeño santuario, pues igual que al presente, frente al Crucifijo había un altarcito con la
estatua de la Virgen Santísima, donde nunca faltaban luces y flores. Al terminar las clases de los sábados, se rezaban ante Ella las
letanías; en el mes de mayo se hacía cada día una breve oración en común; las vísperas de todas las fiestas de la Virgen, el maestro las
anunciaba a los alumnos, ((245)) y les exhortaba para recibir los sacramentos. Del mismo modo se anunciaban las fiestas principales del
año, pues era notorio que don Bosco no concebía una buena fiesta sin confesión y comunión. No era ningún sermón, sino un simple
anuncio, con poquísimas palabras.

Por todo cuanto se ha dicho se puede comprender el orden, y por ende la aplicación reinante en tales escuelas y talleres, ya que también
en ellos se tenían las mismas costumbres. Donde reina la caridad, reina la felicidad, y por eso al final del año escolar, aun cuando los
muchachos ansiaban volver a sus casas, sentían, sin embargo, separarse de sus maestros.
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((246))

CAPITULO XIX

LA BATALLA DE SOLFERINO -DON BOSCO PREDICE LA INMINENCIA DEL TRATADO DE PAZ -NUEVA EDICION DE LA
HISTORIA DE ITALIA -CARTA DEL ALCALDE DE TURIN, QUE ACEPTA UN EJEMPLAR COMO REGALO -LECTURAS
CATOLICAS: LA VIDA DE LOS SUMOS PONTIFICES SAN PONCIANO, SAN ANTERO Y SAN FABIAN -DON BOSCO
DEVUELVE UN HIJO PRODIGO A LA CASA PATERNA -CONSEJOS A UN MUCHACHO SOBRE LA PRUDENCIA PARA
LEER CIERTOS LIBROS

LOS clérigos del Oratorio habían terminado el curso escolar. A partir del año 1859 se conservan en nuestros archivos sus calificaciones
obtenidas en los exámenes, en el Seminario de Turín; por ellas se ve con qué diligencia se entregaban al estudio de la filosofía y de la
teología. El veintitrés de junio por la tarde se festejó a don Bosco y al día siguiente se celebró la festividad de San Juan Bautista; pero al
atardecer de aquel día las primeras noticias de una espantosa batalla cambiaron la alegría en dolor.

El día veintitrés reemprendieron la ofensiva los austríacos. Pasaron a la orilla derecha del Mincio y fortificaron Solferino y San Martín
como centro de acción. Al mismo tiempo los aliados cruzaron el río Chiese. El día veinticuatro se entabló la batalla. Durante catorce
horas combatieron sin descanso doscientos setenta y cuatro mil hombres. ((247)) La suerte de las armas se inclinaba a favor de los
franco-sardos, que habían quedado dueños de las disputadas alturas. Pero de repente una horrible tormenta de viento, tinieblas espantosas,
lluvia torrencial, granizo, acompañado por el fragor de los truenos y el estallido de los rayos, acallaba el estruendo de setecientos cañones
y ponía fin a la contienda. Los campos, narra César Cantú, estaban cubiertos con casi cuarenta mil soldados muertos o heridos, trece mil
de los cuales eran austríacos y mil quinientos oficiales con tres mariscales.

La dolorosa impresión causada por tantas víctimas quedó aligerada en el Oratorio por las oraciones y comuniones con que quiso don
Bosco sufragar las almas del Purgatorio, y la fiesta de san Luis Gonzaga que se celebró solemnemente el veintinueve de junio. Fue prioste
el señor Juvenal Delponte. El himno a él dedicado, compuesto
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por el clérigo José Bongiovanni, en honor del santo patrono de la juventud, manifiesta el talento poético nada común del autor.

En las familias se lloraba a los muertos en batalla, o temblaban por la suerte de los supervivientes. Parecía que la guerra iba a ser larga.
Las tropas aliadas cruzaron el Mincio y acamparon frente a plazas formidablemente fortificadas, difíciles de expugnar, si no era después
de largo asedio. Todos preveían junto a Verona otra sangrienta batalla como la de Solferino. Los barcos de guerra franceses habían
entrado en el Adriático y se unían con la escuadra sarda en Antívari.

Se había fijado el diez de julio para asaltar Venecia. En medio de la agitación general don Bosco anunciaba la paz. Así nos lo escribía
la Condesita Sor Filomena Cravosio:

"El año 1859 hervía la guerra en Lombardía. Mi pobre madre, que tenía en el ejército a un hijo y a un hermano ya herido, con el
corazón destrozado por el dolor y el temor del porvenir pintado en el rostro, ((248)) me rogó una tarde que la acompañara para visitar a
don Bosco. Sucedió algo extraordinario: don Bosco nos hizo pasar al refectorio, donde acababa de cenar con sus sacerdotes, los cuales
estaban todavía a su alrededor. Un poco más lejos había unos alumnos sentados, quién sobre una mesa, quién sobre un tosco banco, que
ensayaban un canto con los papeles de música en la mano. De vez en cuando se acercaba un muchachito a don Bosco, le decía una
palabrita al oído y él respondía con la misma reserva. Nos saludó con muy pocas palabras y nos hizo sentar junto a él. Habló de cosas
indiferentes, y de cuando en cuando dirigía a mi madre una expresiva mirada. Cuando hubieron salido del refectorio todos los sacerdotes,
dijo a mi madre:

"-Señora Condesa, sé lo que usted quiere decirme, pero sea valiente. (Y bajó el tono de voz.) Esta misma noche firmará Napoleón la
paz y la guerra habrá terminado.

"Y mi madre replicó:

"-íEsto es imposible! Usted lo dice para consolarme, pero la realidad es muy diferente.

"Al día siguiente íbamos mi madre y yo, a eso de las siete de la mañana, a oír misa en la iglesia de San Dalmacio. Al atravesar la calle
Garibaldi, entonces llamada Dora Grossa, oímos vocear a los vendedores de periódicos:

"íLa paz de Villafranca firmada esta noche por el Emperador Napoleón, Víctor Manuel y el Emperador Francisco II de Austria!
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"Después de misa volvimos a ver a don Bosco. Estaba en el patio, salió a nuestro encuentro y nos dijo en seguida:

"-Demos gracias a Dios: se han aceptado los pactos.

"Y nos acompañó a la capilla, donde rezamos un ratito."

Que había ocurrido? La condesa de Cravosio había hablado con don Bosco hacia las ocho de la tarde del seis de julio. Napoleón III se
encontraba en Villafranca, en su cuartel general; estaba asustado por la carnicería de Solferino y preocupado ((249)) por las noticias que
llegaban de Alemania, advirtiéndole que algunas potencias estaban preparadas para acudir en ayuda de Austria. Aquella misma noche,
hacia las nueve, sentado a la mesa, mandó llamar al general Fleury: diole algunas instrucciones y le entregó una carta en la que pedía una
tregua al Soberano de Austria. El general entraba en Verona a las diez y media. El Emperador Francisco José estaba acostado y fueron a
despertarlo. Vistióse a toda prisa y pasó a su presencia el general Fleury. Al leer la carta de Napoleón dibujáronse en su rostro la emoción
y la sorpresa y, oídas las explicaciones del General, declaró que eran justas y aceptaba al día siguiente las propuestas. El once de julio se
reunían en Villafranca los dos emperadores, convenían las condiciones y firmaban la paz.1 He aquí las condiciones:

"Concesión de Lombardía al Emperador de Francia, el cual la entregaría al Rey de Cerdeña; Mantua, Roccaforte y Peschiera quedaban
en poder de Austria.

"Venecia seguía bajo la dominación austríaca, pero junto con todos los Estados italianos formaría una confederación bajo la presidencia
honoraria del Papa.

"No se pondrá obstáculo al regreso de los príncipes destronados a sus dominios y se ampliarán los territorios del Gran Ducado de
Toscana.

"Amnistía general por ambas partes."

De las Legaciones Pontificias y del Ducado de Parma, ni palabra.

Esta convención fue sancionada en Zurich (Suiza) el 10 de noviembre de 1859, y se facultaba a las corporaciones religiosas de
Lombardía para disponer de sus bienes siempre y cuando las leyes ((250)) del Estado al que pasaban no los mantuviesen en su poder.
Pero de todas estas condiciones sólo se observaron las concernientes a la cesión de las tierras lombardas y a la amnistía. Las demás fueron
letra muerta.

El quince de julio entraban en Turín el Rey Napoleón III en me

1 Indépendance Belge.
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dio de grandes festejos. El Emperador salía en seguida para París y le acompañaba el Rey hasta Susa.

Mas ni la paz ni la guerra podían detener de ningún modo la actividad de don Bosco. En el mes de junio hacía imprimir a Paravía dos
mil quinientos ejemplares de la segunda edición de su Historia de Italia con algunas añadiduras. Importa repetir cómo en este libro
narraba el origen del poder temporal de los Papas, defendía el derecho al mismo y demostraba sus ventajas; y que regaló muchos
ejemplares a distinguidos personajes del clero y del laicado, entre otros al alcalde de Turín, que se lo agradecía en los siguientes términos:

CIUDAD DE TURIN

Turín, 16 de julio de 1859

El preciado regalo que V. S. Ilma. acaba de hacerme con la Historia de Italia contada a la juventud desde sus primeros pobladores hasta
nuestros días, le hace merecedor de verdadera gratitud por parte de esta Administración Civil; y el Alcalde, que suscribe, se considera
muy feliz al interpretar los sentimientos de la misma, al tiempo que le da las más rendidas gracias por su cooperación a la realizacióri de
una biblioteca pública municipal, que será positivamente provechosa a la población de Turín.

Tenga a bien aceptar el testimonio del muy distinguido saludo de quien tiene el honor de profesarse.

De V.S. Ilma.

Afectísimo y seguro servidor El alcalde NOTTA

((251)) Durante la primera quincena de julio anduvo atareado con los exámenes, el reparto de premios, las papeletas de calificaciones,
los sorteos públicos y las despedidas de cada uno de los alumnos, a quienes llamaban los padres a sus casas para las vacaciones.

A principios del mes, ayudado por el joven Chiala, don Bosco había distribuido el número de las Lecturas Católicas correspondiente a
julio, que se titulaba: Antonio y Fernando, o el triunfo de la inocencia. Cuenta la historia de un estudiante, hijo de unos pobres artesanos,
que cursa con éxito los estudios, pero amargado por la prepotencia de un rival, hijo de familia noble, a quien se le otorgan los premios,
que sólo a él correspondían. Amparado por un bienhechor desconocido, que resulta ser el Ministro de Estado, consigue licenciarse en
derecho, profesión que honra rechazando las insidiosas promesas de quien quería convertirle en instrumento de injusticia. Es calumniado,
condenado a prisión, pero al fin se abre paso la
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verdad, y se le confiere un cargo importantísimo y lucrativo. La narración demuestra que la divina Providencia permite a veces que
nuestra vida sea víctima de las opresiones de los malvados, pero cuando menos lo esperamos, acude en nuestra ayuda. La virtud es
premiada aun en esta vida y en la futura recibirá con toda seguridad una recompensa eterna en la patria de los bienaventurados.

Para el mes de agosto preparó: La vida de los sumos Pontífices San Ponciano, San Antero y San Fabián, por el sacerdote Juan Bosco
(H). Era un trabajo totalmente suyo. Al exponer la historia de estos Papas, que vertieron su sangre por la fe, describe la conversión, la
santa vida y el martirio del senador Poncio, el bautismo del emperador Filipo y de su hijo y la sumisión de Orígenes a la Iglesia.

Cuando acabó la corrección de este número, don Bosco fue ((252)) a San Ignacio, donde se encontraría con una ovejita descarriada a la
que iba buscando hacía años.

El jovencito Francisco D... de ingenio despejado, estudiante de bachillerato, había frecuentado el Oratorio de Valdocco. Pertenecía a
una familia rica en bienes materiales y virtudes. Su padre y su madre habían infundido en su corazón el santo temor de Dios, y don Bosco
secundaba sus desvelos recomendando al muchacho entera obediencia a sus padres. Francisco no tenía secretos para él. Cuando volvía del
Oratorio a casa gozaba contando todo lo que había dicho y hecho don Bosco y repetía su nombre a cada momento, de modo que sus
padres esperaban un gran bien de aquella santa amistad.

Pero Francisco estaba poseído de una insaciable curiosidad, por leer, saber y conocer. Prestáronle los compañeros una novela, que sin
ser inmoral, calentaba sin medida la fantasía, y él se apasionó tanto por aquellas lecturas, que se enfrió en la piedad, en el estudio y se
cansó del Oratorio.

El padre que se dio cuenta del cambio, averiguó la causa, reprendió al hijo, quitóle aquellos libros, y no encontrando en él la debida
docilidad, le amenazó con un severo castigo. El muchacho, desequilibrado con aquellas lecturas, obstinado y amedrentado, huyó de casa.
Después de rodar por las colinas de Superga, por miedo a que le dieran alcance, se detuvo frente a la era de un cortijo donde los
labradores, suspendida la trilla, merendaban alegremente a la sombra de un árbol copudo. Extenuado por el calor, la sed y el hambre, los
contempló un instante con envidia. El amor propio le detenía, la necesidad le empujaba, hasta que, armándose de valor, se acercó a ellos
y les pidió unas pocas gachas de harina de maíz.

((253)) Se extrañaron los labriegos de que un jovencito, cuya fisonomía
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y atuendo manifestaban ser de condición acomodada, les pidiera limosna y le preguntaron quién era y de dónde venía. Francisco supo
inventar una historieta que conmovió a aquellos corazones sencillos. Les dijo que era huérfano de padre y madre, los cuales, por quiebra
en los negocios, lo habían dejado en extrema miseria y que por eso, por vergüenza de pedir limosna en una ciudad donde era conocido,
había resuelto marchar a pueblos lejanos. Recibió entonces su porción de gachas, y uno de los labriegos le dijo:

-Y cómo te las vas a arreglar para vivir en adelante? Tendrás que ponerte a trabajar.

-Si me aceptáis con vosotros, aquí me tenéis, respondió Francisco.

-Tú, tan fino, manejando pala y azadón?

Y soltaron todos una carcajada.

-Por qué no? -replicó Francisco-íprobadme!

-Bueno, toma este trillo... y íadelante!

Se quitó Francisco la chaqueta y empezó a trillar. Aunque no estaba acostumbrado a trabajos manuales, lo hacía con tanto ahínco que
aquellos buenos campesinos, compadecidos, le dijeron:

-Bien, quédate con nosotros; pan y polenta no te faltarán. En el pajar tienes tu sitio para dormir conforme?

Allí se quedó Francisco dos semanas, cumpliendo cuanto le mandaban, pero importunando a sus amos para que lo pusieran a servir en
otro cortijo más distante de Turín. Y aquella buena familia lo envió a casa de unos parientes suyos, que vivían en Sciolse. Allí se sometió
Francisco a toda suerte de trabajos y humillaciones, con inquebrantable energía de voluntad. Una loca vergüenza y un temor absurdo le
impedían volver a la casa paterna.

((254)) Entretanto su padre, antiguo magistrado, hacía pesquisas para encontrarle con ansia desgarradora, mas no lograba dar con él.
Fue a ver a don Bosco en busca de consuelo y éste, aunque sorprendido por la extraña noticia, le aseguró que la Santísima Virgen
protegería a su hijo y lo devolvería al hogar; al mismo tiempo le prometió que en el Oratorio se rezaría por él.

Pasaron dos años sin tener la menor noticia de Francisco, cuando he aquí que don Bosco tuvo que ir a Sciolse a pasar unos días en el
castillo del conde de Roasenda para predicar en la parroquia de aquel lugar. Quiso el conde llevarlo en coche para visitar una gran
hacienda de su propiedad cultivada con mucho esmero. Después de examinarlo todo minuciosamente, se sentaron a descansar en un lugar
delicioso, desde donde se disfrutaba un hermoso panorama. Mientras
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el Conde se alejó un poco para examinar un cobertizo recién construido, atrajo la atención de don Bosco cierto muchacho de rostro
bronceado por el sol, de constitución robusta, con el pelo al rape y un tupé que le cubría la frente. Estaba a poca distancia, en un prado
más bajo, amontonando con una horca el estiércol sacado de las cuadras. Cuanto más lo miraba, tanto más le parecía haberlo visto otras
veces, pero no lograba determinar con precisión sus recuerdos. En aquel instante levantó los ojos el muchacho, hizo un gesto de sorpresa,
y continuó su trabajo, volviendo intencionadamente la cara de modo que quedara oculta a don Bosco. Este se movió para bajar por el
ribazo y el muchacho se alejó a paso apresurado. Iluminóse entonces la mente de don Bosco, y pensó:

-Quizás es Francisco.

En el entretanto se había acercado el colono y don Bosco le preguntó por aquel muchacho. Su respuesta fue:

-Es trabajador, obediente y de buena conducta.

Añadió que se llamaba José, y se lo habían recomendado unos parientes suyos, por lo que no había ((255)) creído necesario pedir
informes. Pensó don Bosco que el muchacho se había cambiado de nombre y dijo al colono:

-Hágame el favor de interrogarle con prudencia; procure conocer su apellido, cuándo salió de su pueblo y dígame después el resultado
de sus averiguaciones.

Mientras tanto, el muchacho escondido entre las vides observó cómo don Bosco hablaba con el colono; sospechó el tema de la
conversación, decidió escapar y, sin más, subió a la casa para ponerse su gastado traje y tomar el poco dinero fruto de sus ahorros.

El conde y don Bosco daban la vuelta en el coche al flanco de la colina, que estaba inculta, pedregosa y escarpada por aquel lado. De
pronto, en un recodo del camino apareció bajando a toda prisa y corriendo el muchacho que había creído poder adelantarse a don Bosco.
El caballo se encabritó, saltó el conde y lo metió en freno; don Bosco bajó en seguida e intentó agarrar a Francisco por un brazo, al
brincar al camino. Pero no consiguió detenerlo dado el ímpetu de su carrera. Y el muchacho gritó:

-íDéjeme, déjeme marchar!

Resbaló ribazo abajo y se escabulló por entre los árboles del barranco.

Ya había transcurrido casi un año desde aquel encuentro. Se hallaba don Bosco en el santuario de San Ignacio, junto a Lanzo, haciendo
ejercicios espirituales. Salió un día, después de comer, a la
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explanada que se abre ante la iglesia y se puso a pasear rodeado de un nutrido grupo de señores y jóvenes a quienes entretenía en amena
conversación. Al llegar al pretil de la muralla que sostiene el terraplén, miró por casualidad abajo y vio sentada la habitual muchedumbre
de pobres mujeres, viejos y niños, hacinados ante la portezuela de la cocina a la ra de que el cocinero les repartiera las sobras de la
comida. Con gran estupor, reconoció al punto entre ellos a Francisco ((256)) descalzo y sin chaqueta, esperando con una escudilla en la
mano su ración. Don Bosco se echó hacia atrás en seguida para que Francisco no le viera, fue al otro lado de la explanada y dijo a los que
estaban con él:

-Señores, os pido vuestra ayuda para poder realizar una hermosa empresa.

-Usted dirá, don Bosco; aquí estamos para obedecerle.

-Dividíos en dos grupos, bajad en pequeñas partidas, unos por este lado y otros por el otro hasta la mitad de la colina, como si fuerais
tranquilamente de paseo. Formad después una cadena de modo que cada uno no diste de los de al lado más de seis o siete pasos; y subid
luego hacia el santuario. Bajará huyendo un muchacho, agarradlo y traédmelo a mí.

Sus órdenes fueron puntualmente cumplidas, y cuando vio que sus amigos comenzaban a subir, se asomó al pretil y llamó:

-íFrancisco!

Volverse el muchacho y echar a correr cuesta abajo fue cosa de un instante, pero no pudo atravesar la cadena de aquellos señores, que
lo atraparon y lo llevaron adonde don Bosco lo esperaba, sin apenas ofrecer resistencia.

Don Bosco lo tomó por la mano y le dijo:

-Esta vez ya no te escapas. Ven con don Bosco y quedarás contento.

Y lo llevó a su celda, mandó que le dieran de comer y le hizo un amable interrogatorio.

Supo por sus respuestas que, después de escapar de Sciolse, se internó en la montaña, y unas veces de pastor, otras de campesino, ya de
criado en casa de un párroco, ya de mendigo, había ido tirando en medio de extrañas aventuras, pero que siempre había tenido la suerte de
encontrarse con personas de buenas costumbres. Al principio no pasó por su mente la idea del mal hecho, pero al calmarse la fiebre que le
trastornó el cerebro, ((257)) había reconocido la enormidad de su acción. Sin embargo, su misma culpa, que le presentaba la imagen de su
padre justamente indignado, le impedía con una fuerza
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invencible volver a él; no podía ni siquiera pensar en ello. Pero, a menudo, sentía su corazón oprimido con el recuerdo de su madre y de
su hermana. También había rezado y llorado, mas nunca se había atrevido a manifestar a nadie su situación y sus penas.

-Pero ahora, decía, pasado el primer susto, me siento feliz al encontrarme en tan buenas manos.

Entonces don Bosco le prometió que le reconciliaría con su padre y le invitó a reconciliarse antes con Dios, lo que hizo Francisco muy
gustoso. Se entrevistó con el reverendo Begliati, ecónomo de la Residencia Sacerdotal de San Francisco y de los ejercitantes en San
Ignacio, le contó el suceso y se le asignó una celda al muchacho. Al día siguiente hizo el reverendo Begliati que enviaran de Turín lo
necesario para vestirlo conforme a su condición. Terminados los ejercicios, don Bosco volvió al Oratorio con Francisco y se apresuró a
dar la inesperada noticia a sus desolados padres. Después de preparar sus ánimos, concluyó con estas palabras:

-Demos gracias a Dios, íFrancisco ha sido hallado!

Estalló un grito unánime de júbilo en la casa, seguido de un ansioso preguntar:

-Dónde, cuándo, cómo?

Narró don Bosco brevemente lo ocurrido y después, viendo al padre pensativo, añadió:

-Recobraréis, pues, a vuestro hijo; pero a condición de no hacerle ningún reproche. Olvídese completamente el pasado y recíbasele en
casa como si nunca se hubiese marchado. De lo contrario, añadió sonriendo, no os lo dejo ver.

El padre asintió y don Bosco invitó a toda la familia a ir al Oratorio el día siguiente por la mañana. No es para dicho con qué ansiedad
esperaron aquel momento. Entró primero la madre junto con la hermana ((258)) de Francisco en la habitación de don Bosco, pero apenas
vio al hijo llorando sentado al lado del siervo de Dios, sintió faltarle las fuerzas, sentóse con la hija y ambas rompieron a llorar. Poco
después entraba el padre; con porte serio y enjugándose las lágrimas sentóse también sin hablar. Francisco no se había movido. Don
Bosco no interrumpió aquel primer desahogo y, cuando los vio mas sosegados, dijo:

-Bendita sea la Virgen que os devuelve al hijo... Francisco pide perdón a su padre y a su madre por los disgustos que les ha causado...

Y dicho esto, lo tomó de la mano y lo llevó junto a su padre que, sollozando, le dio un beso en la frente.
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-Y ahora, señores, llévenselo a casa, concluyó don Bosco. Yo les aseguro que recibirán de él muchos consuelos.

Y así fue. Reanudó los estudios y, aprovechando el gran talento que tenía, recuperó en pocos años el tiempo perdido, se doctoró en
derecho y ascendió a uno de los más altos cargos del Estado.

El mismo don Bosco nos contó este hecho que demuestra cuán peligrosos resultan para los jóvenes muchos libros que, sin ser
perversos, excitan la fantasía y avivan la sensibilidad. Por eso don Bosco era tan severo al imponer a sus alumnos que presentaran al
juicio del Superior los libros que llevaban de sus casas y los que adquirían durante el año.

Nos consta que también aconsejaba a muchos jovencitos de la clase acomodada y de la nobleza que dieran a examinar todo libro que
cayera en sus manos, a personas probas e inteligentes, antes de leerlos. Y eso porque en las mismas escuelas había profesores poco
prudentes, y a veces irreligiosos, que aconsejaban a los alumnos lecturas poco recomendables.

((259)) Así que había estudiantes de la ciudad que le llevaban o enviaban sus libros para que les diera su aprobación o desaprobación.
Poseemos una carta suya sobre este asunto.

Muy querido Octavio:

Aquí tienes los libros que he mandado revisar. Verdaderamente no hay en ellos nada prohibido: los libros no están en el índice. Con
todo contienen algunas cosas bastante peligrosas para la moralidad de un joven; por tanto, puedes leerlos, pero vigila sobre ti mismo y, si
te dieres cuenta de que perjudican a tu corazón, suspende su lectura, o por lo menos salta los trozos que relativamente pueden ser
peligrosos.

Hice esperar al criado porque había muchos aguardando audiencia. Que Dios te conceda salud y gracia. Muchos saludos a mamá y a tu
hermana. Reza también por mí que siempre seré en el Señor.

Turín, 11 de agosto de 1859.

Tu afectísimo amigo JUAN BOSCO, Pbro.

Para el noble joven Octavio Bosco de Ruffino.
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((260)
)

CAPITULO XX

UN ENCUENTRO DE DON BOSCO EN TROFFARELLO -DOS PREDICCIONES -DOS LECTURAS CATOLICAS -SUBSIDIOS
DEL REY Y DEL MINISTRO DE GOBERNACION -CONSTRUCCION DE ESCUELAS; LAVADERO Y LEÑERA -DON BOSCO
EN I BECCHI CON LOS MUCHACHOS -LAS EXCURSIONES: PROGRAMA PREVIO, PREPARATIVOS, MARCHAS,
HISTORIA DE LOS PUEBLOS, CASOS ALEGRES, ENTRADA EN UN PUEBLO, HOSPITALIDAD, ESCENAS COMICAS, LAS
FUNCIONES EN LA IGLESIA, EL TEATRO, LA PARTIDA, GENEROSIDAD DE DON BOSCO, ENCUENTROS INOPINADOS
-HACIA MARETTO -LLEGADA A VILLA SAN SECONDO -UNA ESPINA DEL PARROCO -UNA VISITA A CORSIONE,
COSSOMBRATO Y RINCO -FIESTA DE LA VIRGEN DE LAS GRACIAS -EL TEATRO Y UN BAILE IMPEDIDO -FIESTA DE
LA MATERNIDAD DE LA VIRGEN -SALIDA DE VILLA SAN SECONDO -PARADA EN PIEA -VIAJE NOCTURNO -LLEGADA
A I BECCHI -UN MUCHACHO PERDIDO -VISITA A LA TUMBA DE DOMINGO SAVIO -REGRESO AL ORATORIO

L"ESE en el Eclesiástico: "La boca del sensato es buscada en la asamblea, sus palabras se meditan de corazón" 1.

Cierto día del mes de agosto partía don Bosco para Cambiano donde había sido invitado a predicar; mas, al llegar a Troffarello, se
encontró con que el tren no seguía más allá. Los viajes no ((261)) eran regulares por el continuo transporte de material de guerra y de
soldados desde Alessandria a Turín; así que se vio obligado a seguir el camino a pie. Llovía y no tenía paraguas. Del mismo tren había
bajado el diputado Tomás Villa, que se encaminaba al mismo pueblo. Tomó un coche y muy pronto alcanzó a don Bosco. Al ver a aquel
pobre cura que caminaba intentando defenderse de la lluvia con el manteo por pantalla, compadecido, le invitó a subir al coche. Don
Bosco aceptó agradecido. El señor Villa quedó admirado de sus finos modales y de la discreción y cortesía de su conversación. Cuando

1 Eclesiástico, XXI, 20.
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do llegaron a Cambiano le preguntó si pernoctaría en el pueblo, o si volvía a Turín aquella misma tarde. Al saber que debía volver, le
invitó a encontrarse en un lugar determinado y a una hora fija, para aprovecharse de su coche. Don Bosco aceptó, diole las gracias y, en
cuanto acabó el sermón, estuvo puntual a la cita. Durante el camino de vuelta preguntóle el diputado Villa:

-Por favor, podría decirme su nombre?

-Don Bosco, contestó el cura.

-El de Valdocco?

-Sí, señor; y usted?

-Soy el abogado Villa.

Fue el mismo abogado quien contó a don Miguel Rúa este encuentro añadiendo que, a partir de aquel momento, siguió manteniendo
siempre relaciones con don Bosco.

Lo mismo sucedía con cualquier otro que tuviese la fortuna de encontrarse con él. Las familias católicas de Turín le querían mucho
porque reconocían en él a un hombre de Dios y se convencían cada día más de que el cielo le favorecía con dones extraordinarios.

Desde los primeros tiempos del internado en San Francisco de Sales, iba don Bosco de vez en cuando a visitar la familia ((262)) del
conde de Cravosio, muy distinguida por su piedad y generosidad. La condesa y su hijas, deseosas de emplearse en obras de beneficiencia,
se dedicaban especialmente a remendar la ropa blanca de los pobrecitos de Valdocco. Una de estas nobles doncellas, cuyo testimonio
sobre la predicción de la paz de Villafranca hemos referido en el capítulo anterior, escribió a don Miguel Rúa el hecho siguiente:

El 30 de agosto de 1859, día de santa Rosa, era el de mi fiesta onomastica. Mi madre, siempre preocupada por mi bien, para darme una
alegría me regaló, entre otras cosas, una hermosa estatuita de Maria Inmaculada y después, a eso de las nueve, me llevó a ver a don Bosco
con el que nos entretuvimos un ratito. Don Bosco nos prometió ir a cenar con nosotros a las seis, y cumplió su palabra. Durante la comida
me dirigió unos simples augurios referentes a mi salud. Después de cenar le rogué que pasara conmigo a mi habitación. Había colocado la
estatuita de la Virgen sobre una rinconera y supliqué a don Bosco que la bendijera y le pidiera para mí una gracia especial, sin dar más
explicaciones. Era la de encontrar la manera de seguir mi vocación religiosa.

Don Bosco juntó las manos y de pie ante la imagen de María hizo en silencio sobre ella la señal de la santa cruz y luego rezó; por fin,
sin variar su piadoso continente y sin apartar la mirada de la estatuita, dijo:

íOh!, Virgen Inmaculada, bendecid y consolad a Rosina, a la que veo vestida de blanco.

-Pero don Bosco -le interrumpí-, yo no estoy vestida de blanco; y más, no me gusta vestirme de ese color (tenía yo entonces diecinueve
años), son las niñas las
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que visten de blanco, pero a mi edad no cae bien (y en mi interior sentía cierta repugnancia a hacerme dominica precisamente por el
hábito).

Entonces don Bosco replicó:

-Sí, Rosina vestida de blanco.

Y repetía con acento profético las mismas palabras, cuando he aquí que se oyó la voz de mi padre que le llamaba a la sala para tomar el
café.

Dos años más tarde, el 16 de agosto de 1861, el Señor me abría ((263)) las puertas del Instituto de las religiosas dominicas en Mondoví
Carassone y la Virgen Inmaculada escuchaba al mismo tiempo los deseos de mi corazón y la oración de don Bosco, realizando claramente
su profética palabra.

Pero hay más. Hacía ya unos años que me encontraba en Mondoví y todo marchaba muy bien, cuando vino el demonio a sembrar el
desorden en nuestra querida comunidad de Mondoví Carassone, con lo que perdió un buen número de alumnas. En aquel trance, me pidió
nuestra buena Madre Manfredini que escribiera a don Bosco, enviándole una pequeña limosna y rogándole que hiciera una novena para
obtener que nuestra comunidad volviera a su floreciente estado anterior. Pocos días después contestó don Bosco, como él solía hacer, con
palabras de agradecimiento, de consejo y de aliento. Más de veinte alumnas vinieron pronto a aumentar nuestro colegio, se reprimió
suavemente todo desorden y la calma, la alegría y la virtud volvieron a reinar entre nosotras.

He aquí, reverendísimo don Miguel Rúa, mis recuerdos sobre don Bosco, tan simplemente como los tengo en la mente.

Sor FlLOMENA CRAVOSIO

También predijo don Bosco el porvenir a otra muy noble doncella, cuyo nombre diremos a su tiempo. Sentíase ella llamada por Dios a
la vida religiosa y, no encontrando obstáculos por parte de sus padres para cumplir sus deseos, consultó a don Bosco sobre el particular.
Contestóle el siervo de Dios:

-Sí; usted se hará religiosa, pero después de mucho tiempo de espera y pasando por trances imprevisibles al presente.

Y así sucedió. Al poco tiempo moría una hermana suya dejando un hijo de tierna edad. Ella se casó con el cuñado por la necesidad de
dar un corazón de madre al niño. Muy pronto quedó huérfano de padre que murió del cólera. La buena madrastra cuidó con nobilísimo
sacrificio su educación religiosa y cívica y el rico patrimonio; y cuando hubo cumplido esta santa misión, y ((264)) lo hubo colocado en
la espléndida carrera que le aguardaba, se retiró del mundo y se hizo religiosa.

Como estaban a fines de agosto dióse prisa don Bosco para imprimir el número de las Lecturas Católicas correspondiente al mes de
septiembre. Presentaba a los suscriptores El Valle de Almería, de autor anónimo. Narrábanse en él las vicisitudes de una familia
perseguida
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y dispersada por el odio y la violencia de sus enemigos y que se reúne después maravillosamente por la bondad de Dios.

Para octubre preparó El cielo abierto con la comunión frecuente, resumen de una obra francesa del célebre misionero de Saboya el abate
Favre, escrito por el padre Carlos Felipe de Poirino, capuchino. Expone las razones que deben estimular al cristiano para comulgar a
menudo; refuta los pretextos que aducen muchos fieles para abstenerse de la comunión frecuente; trata de la primera comunión, de la
comunión pascual y de la que se recibe como viático. Expone las disposiciones necesarias para la comunión en general y para la
comunión frecuente; demuestra que la comunión semanal no puede calificarse de comunión frecuente, ateniéndose a los principios
admitidos por la Iglesia.

Pero, mientras repartía a los demás el alimento para el espíritu, carecía de pan material para sus hijos. Don Juan Bonetti nos legó
escrito:

"La guerra dejó a muchos niños sin padre, y bien que lo notó nuestro Oratorio. Casi todos los días veíamos llegar compañeros nuevos y
juntarse cada vez más las camas para hacer sitio al recién llegado. Pero el aumento de bocas que devoraban pan sin medida, hizo crecer
los gastos y aumentar las deudas, con lo que don Bosco se encontró pronto en grandes apuros. Cierto es que confiaba en la divina
Providencia, pero al mismo tiempo no dejaba de emplear los medios que sugería la prudencia." Por eso ((265)) hizo llegar a su majestad
el rey Víctor Manuel, a través del conde de Cibrario, la humilde solicitud de una subvención para sus muchachos; y el treinta y uno de
agosto recibía una carta del mismo Conde redactada en los términos siguientes:

GRAN MAESTRAZGO

DE LA ORDEN DE LOS SANTOS

MAURICIO Y LAZARO

Turín, 31 de agosto de 1859

He tenido el honor de hablar con su Majestad sobre la difícil situación en que al presente se halla la Pía obra por usted fundada para
albergar a los muchachos abandonados, por la lejanía de los bienhechores y por los gastos extraordinarios ocasionados con el insólito
número de muchachos, que tuvo que admitir con motivo de la incorporación al ejército de muchos padres de familia. Su Majestad,
queriendo acudir una vez más en su favor, se ha dignado concederle amablemente, después de mi proposición, una subvención
extraordinaria de doscientas liras con cargo a la Tesorería Mauriciana.
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Mientras tengo el gusto de poderle dar esta buena noticia y notificarle que la correspondiente orden de pago está ya a su disposición en
la Tesorería de la Orden, debo también advertir a usted que es una subvención totalmente excepcional y sin ninguna clase de
consecuencias, por lo que no podría considerarse como un precedente para los años siguientes, ya que está motivada únicamente por las
extraordinarias circunstancias de este año.

Le renuevo los sentimientos de mi particular aprecio.

El Primer Secretario de S.M.
Primer Presidente
CIBRARIO

Algunos meses después, el 12 de enero de 1860, concedíale otro subsidio de doscientas liras el Ministro de Gobernación Rattazzi, que
el secretario Capriolo le notificaba en los términos siguientes:

((266)) Con motivo de ayudar a la administración del internado para muchachos pobres abandonados de esta ciudad, ha determinado
este Ministerio conceder a su fundador y director don Juan Bosco la subvención de doscientas liras, y ha dado orden de despachar el
correspondiente mandato a tal destino.

Este mandato será exigible a su tiempo, en la Tesorería del distrito de Turín.

Estos auxilios evidentemente no guardaban proporción con la necesidad; pero, teniendo en cuenta los grandes gastos de la guerra,
tampoco eran despreciables. Demostraban por lo menos que el Rey y su gobierno reconocían la utilidad de la Obra y espoleaban a los
ciudadanos privados a socorrerla con sus propias dádivas.

Mientras tanto don Bosco, como el número de muchachos internos iba en aumento, hizo construir aquel año al empresario Juvenal
Delponte un edificio de una sola planta en la estrecha parcela del patio orientada al norte, apoyado contra la tapia y paralelo al antiguo
cobertizo transformado en capilla. Lo dividió en tres salas bastante grandes, para emplearlas como aulas. En la misma línea, a la derecha
del zaguán que se abría en el centro del Internado, se levantó otro barracón con el lavadero y un cobertizo antiguo para leñera. Estas
construcciones se mantuvieron en pie hasta 1873.

A la par de estos trabajos, se hacían en el Oratorio los preparativos para la excursión a I Becchi. Los muchachos estaban locos de
alegría, pues don Bosco les había anunciado que la excursión de aquel año sería algo extraordinario. El maestro de la banda ensayaba con
los músicos, pequeños y grandes, todo un nuevo repertorio de marchas, sinfonías y piezas por él compuestas; y adaptaba para la misma
banda el acompañamiento de una misa, unas vísperas y algunos Tantum ergo para la reserva solemne de la Eucaristía, en las
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localidades que carecieran de órgano. Los cantores ensayaban sin cesar en su clase ((267)) las partituras de música sagrada y profana para
la iglesia y el teatro. Algunos habían hecho una pequeña colección de dramas, comedias, sainetes y pantomimas, para poderlas
representar dos y más veces en un mismo lugar, sin tener que repetir las ya representadas, y ensayaban sin cesar a los cómicos.

Los tramoyistas embalaban decorados, atrezzo y vestuario para los actores, todo lo cual llevarían después ellos mismos sobre sus
espaldas. Este trabajo no impedía, sin embargo, las clases de vacaciones.

Don Bosco se adelantó yendo a I Becchi con Garino, Chiapale y algunos más. Allí predicaba la novena del Rosario don Miguel Angel
Chiatellino y él confesaba; resultaba una verdadera misión para los caseríos de los alrededores.

El sábado, día primero de octubre, salió del Oratorio el grupo de cantores, músicos y demás alumnos. Cada uno llevaba su hatillo de
ropa blanca para mudarse durante los días de excursión y además algunos panes, queso y fruta.

Cerca de Buttigliera, el padre del estudiante Tomás Chiuso, que fue más tarde canónigo de la Catedral de Turín, les obsequió, como
hortelano que era, con una variada y bien aderezada ensalada que apagó la sed ardiente que les había causado el largo camino; y al
atardecer llegaron a I Becchi, donde José Bosco les tenía preparada la cena.

El domingo, dos de octubre, se celebró la fiesta de Nuestra Señora del Rosario.

Al día siguiente empezaron las excursiones que, con todo derecho, merecen el apelativo de clásicas y únicas en su género, pues duraban
diez, veinte y más días; iban de una a otra aldea y seguían el itinerario de un plan bien programado. Comenzaremos dando de ellas una
((268)) idea general, para contar a su tiempo los sucesos particulares de cada una de las jornadas.

Hacía ya tiempo que estaban señalados los lugares donde había que pernoctar; siempre en casa de un párroco amigo, o de un eximio
bienhechor, los cuales preparaban alojamiento para todos ellos y proporcionaban a sus expensas lo necesario para dormir y comer;
aguardaban ansiosos el día de la llegada de don Bosco y gozaban lo indecible ofreciéndole cuanto necesitaba. Formaba la marcha un
centenar de muchachos, acompañados por algún clérigo, que llevaban la alegría de la música y del teatro y la edificación de la piedad a
los pueblos por donde pasaban. Eran los que don Bosco quería premiar
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de un modo especial proporcionándoles un apreciado y saludable solaz. Aquellas excursiones satisfacían además el frenesí que por
entonces dominaba a la mayoría de los muchachos sujetos a novedades, agitación, tambores y armas que daban pábulo a la fantasía
llenándola primero de deseos y esperanzas, y después de recuerdos y relatos.

Esta diversión exigía a don Bosco un gran espíritu de sacrificio, por tanto como había de preparar y por la continua vigilancia que debía
prestar. Era excesivamente larga a veces la caminata y los chicos habían agotado las provisiones; otras los sorprendía el mal tiempo, y
gracias a que la providencia acudía en su ayuda a través de almas generosas, sobre todo párrocos o capellanes, que salían a su encuentro y
los invitaban a descansar en su casa.

Eran unas marchas románticas: aquí un grupo cantaba a coro una canción, allá se oía una trompeta que daba las órdenes de las
evoluciones o tocaba la diana. Más allá sonaban cuatro o cinco trompetas marcando el paso acelerado de los "bersaglieri". ((269)) El
tambor redoblaba sin parar y a veces, por algún fuerte golpe de bombo, retozaba la becerra o la oveja que pacía en la pradera. En
retaguardia iban los portadores de todo lo necesario para montar la escena en el teatro preparado por la gente del pueblo.

De ordinario don Bosco iba el último acompañado por alumnos y clérigos.

De cada uno de los pueblos adonde se encaminaban, había estudiado previamente los orígenes, los avatares políticos, los príncipes que
los habían gobernado, los personajes que los habían hecho famosos, los sucesos venturosos, las desdichas, los monumentos, las obras de
arte o las maravillas de la naturaleza, si las había, aprovechándose de la enciclopedia de Casalis, de las memorias monográficas de aquel
lugar y también de la historia eclesiástica. Y después, sobre la marcha o en las paradas, instruía y deleitaba a los alumnos contándoles lo
aprendido en los libros. Los muchachos no se cansaban de oírle y las personas instruidas de aquellos lugares se maravillaban de que don
Bosco hablase de cosas de su tierra, que ellos mismos ignoraban por completo.

Cuando don Bosco no podía tener a su alrededor a los muchachos, sustituíale Carlos Tomatis, protagonista de todas las farsas teatrales,
alma de la compañía, héroe de todas las aventuras, capaz de mantenerlos alegres con sus inagotables bromas y ocurrencias doquiera se
encontrasen. Don Bosco, que no podía tolerar caras mustias y tristes, el aislamiento o las conversaciones en voz baja y casi
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sospechosas, gozaba con ello enormemente. Y Tomatis secundaba con creces sus deseos, de la mañana a la noche y de la noche a la
mañana, logrando que las risas de los muchachos y sus aplausos subieran hasta las nubes.

Pero la verdad sea dicha, no solamente el humorismo de Tomatis excitaba la hilaridad. Sucedían tantos hechos amenos, que parecían
preparados de intento para aumentar el buen humor. Sería demasiado prolijo contarlos todos; baste uno sólo. Iba cierto viejito

-íQué bonita música!, exclamó el viejo, manifestando con gestos su gran alegría, íqué música más bonita!

Llegaron entretanto los músicos y el borrico, que oyó las notas fragorosas de un trombón, dio unas coces, amusgó las orejas, rebuznó,
salió disparado y las manzanas rodaron por el suelo. El amo, corriendo tras él, se volvió a los muchachos y gritó rabioso:

-íAl demonio con la música!

Cuando se acercaban a un pueblo, callaban todos, formaban filas y, precedidos por la banda de música, entraban solemnemente. A
menudo salían el párroco y el alcalde a su encuentro y recibían a don Bosco y a la comitiva con los mayores agasajos.

"Siempre recuerdo, escribe el canónigo Anfossi, aquellos viajes llenos de aventuras, que despertaban maravilla, alegría y edificación.
Fui testigo, a la par de otros muchos, de la fama de santidad que gozaba don Bosco cuando, invitado por él mismo, lo acompañé de 1854
a 1860 por las colinas del Monferrato. Su llegada a aquellas aldeas era un triunfo. Los párrocos de los contornos salían a su paso y, en
general, también las autoridades civiles. Los aldeanos se asomaban a las ventanas o salían a la puerta de sus casas, otros seguían sus
pasos, los campesinos dejaban sus labores para verle. Las madres se acercaban a presentarle a sus niños y algunas arrodilladas en el suelo,
le pedían la bendición. Nos parecía asistir a las escenas del Evangelio que narran el entusiasmo de las muchedumbres al paso del divino
Maestro.

"Era su costumbre ir directamente a la iglesia parroquial para adorar a Jesús Sacramentado; ((271)) y en seguida se llenaba ésta de
gente. Don Bosco subía al púlpito y saludaba a todos con una plática invitándoles a acercarse a los sacramentos. Se cantaba después el
Tantum ergo con música instrumental y se daba la bendición."

El párroco o algún noble señor del pueblo invitaba a don Bosco y a los clérigos a comer o a cenar, según la hora, en su casa. Servían
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también a los muchachos abundante comida, pobre unas veces, espléndida otras, según las posibilidades de quien les alojaba, pero
siempre reinaba franca alegría en todos.

Dormían en cama en alguna ocasión, repartidos entre muchas familias, o bien sobre colchones o jergones, pero de ordinario en la paja o
en bancos colocados en plantas bajas o cobertizos abrigados.

En los casos en que era casi imposible conciliar el sueño entraba en escena Tomatis con su repertorio, imitaba a la perfección la voz de
cualquier animal y lograba que el lugar destinado al reposo se convirtiera en una arca de Noé.

Una vez le pusieron con los demás en el pajar de un castillo. Había un perrazo guardián a la puerta. Aguardó Tomatis a que reinara el
más profundo silencio y empezó a imitar un débil y triste ladrido. El perro contestaba y Tomatis, después de repetir el juego a intervalos,
acabó por excitar con su voz al can a ladrar furiosamente. El portero intentó acallar a su perro dos o tres veces y como no cesaba, salió
gritanto:

-Qué diantre le pasa esta noche a mi perro?

Tomatis calló fingiendo dormir y calló también el perro.

Al ver que habían cesado los ladridos, volvió a acostarse el portero. Pero al cabo de un cuarto de hora, empezó otra vez la misma
música. Como el portero no podía dormir después de una hora, salió furioso gritando:

-íNo ((272)) hay manera de pegar el ojo! íTuso, calla!

Pero era inútil; Tomatis seguía azuzando al perro por lo bajo. Comenzó entonces el portero a lanzar piedras al inquieto mastín. La
comedia duró hasta la medianoche y los muchachos a duras penas contenían la risa para que no se descubriera la farsa.

Otra vez dormía Gastini con un compañero en una habitación y Tomatis con otros muchachos descansaba en una sala grande contigua;
fingían dormir, pero estaban al acecho para hacerle una broma planeada con tiempo. A cierta hora, como solía hacer, se levantó Gastini,
salió de la habitación y bajó a la era para respirar el aire fresco de la noche. Saltó Tomatis de la cama, corrió a despertar al compañero, se
llevaron las dos camas y la mesita de noche y dejaron tan sólo las sillas en medio del cuarto.

Todo estaba a oscuras. Entró Gastini, tropezó con las sillas y empezó a rezongar, se acercó adonde estaba la cama y no la halló, creyó
haberse equivocado de habitación, dio vueltas en derredor, buscó al compañero y no lo encontró. Encendió una cerilla y no reconoció el
lugar. Hablaba a solas consigo mismo expresando sus
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sentimientos de duda y de extrañeza. Los compañeros, que se habían acurrucado en la habitación, no pudieron ya aguantar la risa y, al oír
Gastini sus carcajadas mal reprimidas, se dio cuenta de la burla y comenzó a vocear. Por un buen rato se paseó a la luna de Valencia.

A la mañana siguiente reanudaba Tomatis sus bromas buscando las piernas que decía haber perdido en la excursión del día anterior. Y
pensaba en las sorpresas serias o jocosas que daba al amo de la casa, que de momento causaban asombro, pero después un regocijo que
no tenía fin. Don Bosco celebraba aquellas humoradas, porque distraían a los muchachos de todo pensamiento inoportuno.

La alegría no apartaba a los chicos de las prácticas de piedad. El día siguiente a su llegada era para aquellos pueblos ((273)) una de las
más hermosas solemnidades: un buen número de vecinos confesaba y comulgaba, ya que don Bosco se estaba largas horas oyendo
confesiones; se cantaba la misa con acompañamiento de música instrumental, tomando parte en ella el pueblo. Después de la comida iba
la banda a tocar ante la casa del Alcalde y de los señores principales. Por la tarde volvía a predicar don Bosco y, después del canto de las
letanías con acompañamiento de la música, se daba la bendición con su Divina Majestad. Terminadas las sagradas funciones, los
muchachos divertían al pueblo con cantos y piezas de música y la representación de alguna comedia moral, en un lugar donde pudieran
asistir cuantos quisieren.

Los dramas, los cantos, la declamación de poesías en dialecto piamontés eran un espectáculo digno de una ciudad, por la calidad
artística de los actores Bongiovanni, Gastini, Tomatis y otros. Las personas cultas quedaban más que satisfechas, mas para dejar
embelesadas a las gentes sencillas del pueblo se requería la actuación de Tomatis. Tenía éste todo un repertorio suyo particular de
parodias, muecas, gestos, posturas, saltos y chistes de una gracia incomparable. Por ejemplo, declamaba un día y llevaba a la cabeza un
sombrero de copa muy alto. Sacudió la cabeza y se lo metió hasta el cuello, hacía inútiles esfuerzos por sacárselo y entre las carcajadas
estrepitosas de los espectadores no podía o, mejor dicho, fingía no poder salir del apuro. Corrió entonces Gastini para ayudarlo y fue
aquello una farsa completa. Alguien dirá: ípayasadas!.

Es verdad; pero aquellas representaciones dejaron siempre en todas partes un agradable recuerdo.

Cuando llegaba la hora de salir para otra aldea, todos los muchachos se juntaban para despedirse de su huésped. Uno de ellos leía un
simpático saludo con algunas frases de ocasión compuestas por don
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Bosco para darle las gracias, en ((274)) nombre de todos los compañeros, por cuanto había hecho en su favor y por amor a Dios. Y don
Bosco concluía:

-Le prometo que mañana en la santa misa tendré un recuerdo especial para usted, para su parroquia y su familia, y que mis queridos
muchachos rezarán el rosario uniéndose a mí para impetrarle todo bien de Dios. Y a usted le pido que, al favor que nos hizo hoy, añada
una oración por mí y por mis muchachos, asegurándole que jamás olvidaremos a usted y la hermosa jornada que nos hizo pasar.

No es para dicha la emoción del huésped al oír estas palabras. Después de agradecer a don Bosco la visita, solía decir a los jóvenes:

-Que el Señor os conceda un feliz viaje y éxito en vuestros estudios y aprendizajes. El ya pensó en vuestro bien al daros un guía tan
sabio como vuestro don Bosco; pensad vosotros ahora en corresponder.

Incluso hubo quien aplicó a don Bosco las palabras del rey de Tiro a Salomón: "Por el amor que tiene Yavéh a su pueblo, te ha hecho
rey sobre ellos" 1.

Recordaba don Bosco los avisos del Espíritu Santo en el capítulo veintidós del libro de los Proverbios: "El de buena intención será
bendito, porque da de su pan al débil". Por eso al despedirse, nunca dejaba sin una propina generosa, que a menudo no aceptaban, a las
personas que habían recibido el encargo de servirlo. A veces la depositaba dentro de un sobre sobre la mesita de noche de la habitación
donde había dormido. Si su húesped, de corazón generoso, andaba escaso de bienes de fortuna, encontraba la manera de recompensarlo
con la más exquisita cortesía y prudencia. Cierto día uno de sus sacerdotes había ido, estando de viaje, con unos veinte muchachos a casa
de un buen párroco, que les dio de comer.

-Y tú, qué le has dado en recompensa?, preguntó don ((275)) Bosco al sacerdote que le contaba el hospitalario recibimiento.

-Yo? Qué había de darle?

-Ese buen párroco pasaba grandes estrecheces. Tenías que haberle entregado un billete de cien liras dentro de un sobre cerrado,
rogándole que celebrara una misa por ti y tus muchachos. Sírvate esto de norma, pues en ciertos casos es necesario obrar a mano abierta.
Por lo demás ya sabré remediar tu descuido.

Don Bosco era pobre de solemnidad pero generso como un rey.

Entretanto los muchachos habían reemprendido la marcha hacia

1 II Crónicas, II, 10.
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una parada, a veces muy lejana, por lo que entraban en las aldeas que encontraban al paso o se desviaban un poco del camino prefijado,
por cuanto don Bosco había aceptado el ofrecimiento cordial de un buen párroco que había preparado una merienda para los alumnos. Al
aparecer tantos muchachos, cuya llegada no había sido anunciada, acudía corriendo la gente.

-Son los de Garibaldi, decían unos.

-No puede ser, replicaban otros; van curas con ellos.

-Serán alumnos de algún colegio?

-íQué va! No veis que llevan instrumentos de música?

-íPues serán salteadores de caminos!

Y reían todos.

Así pues, el día 3 de octubre de 1859, que era lunes, salía don Bosco de I Becchi a las diez de la mañana. Pasando por Capriglio y
Montafía, llegó a Maretto. Allí se hizo la primera estación. Fue recibido al son de las campanas y hospedado por el párroco, su gran
amigo don Juan Ciattino. Después de la función de iglesia, la población gozó lo indecible con una comedia, cuyo protagonista era
Gianduya 1.

Al día siguiente hubo muchas comuniones; se celebró ((276)) un oficio fúnebre por los difuntos del pueblo, los muchachos cantaron la
misa del maestro Madonno y a continuación don Bosco bendijo el estandarte de la compañía de San Luis, compuesta por un buen número
de niños. Después de comer, la comitiva partió hacia Villa San Secondo, pasando por Cortandone y Montechiaro. En el primer pueblo
tuvieron los muchachos una opípara merienda preparada por el buen párroco don Nadal Vergano.

Ya avanzada la tarde, entraban triunfalmente en Villa San Secondo a los acordes de la banda. El párroco, teólogo Mateo Barbero, que
era muy amigo de don Bosco, lo recibió lleno de júbilo. Por su ciencia y su piedad, fue nombrado más tarde canónigo de la catedral de
Asti, donde desarrolló una gran labor apostólica.

Los muchachos se albergaron en casa del párroco y de las familias Perucatti y Bosco, que les brindaron un trato realmente espléndido.

Don Bosco pasó todo el miércoles, cinco de octubre, con el teólogo Barbero, que deseaba entretenerse con el Siervo de Dios y
agasajarlo con las mayores atenciones posibles. Este había determinado

1 Gianduya: personaje cómico, especie del arlequín del antiguo teatro piamontés. (N. del T.)
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quedarse en su casa unos diez días, haciendo de Villa San Secondo el centro o cuartel general para ir sucesivamente por los pueblos
esparcidos a la redonda.

Pero la razón principal de la invitación había sido la fiesta de la Virgen de las Gracias. Se celebraba ésta en una capilla situada en el
centro de la villa el día ocho de octubre, en cumplimiento del voto hecho por la población, por haber sido librada del cólera. Allí acudía
la gente de todos los pueblos colindantes.

Pero el teólogo Barbero tenía una espina clavada en el corazón: a su despecho se había organizado un baile público en el pueblo con
ocasión de la fiesta. Lenguas maldicientes esparcían antipáticos rumores contra el párroco porque trataba de impedirlo. ((277)) Todos
conocen la afición a bailar de los Monferrinos 1. Apenás llegó don Bosco, manifestóle el párroco su disgusto y el Siervo de Dios
contestó:

-Déjelo de mi cuenta y no diga nada.

Así que no dio a entender a nadie que quisiera impedir el baile y mandó a los muchachos preparar el teatro en un amplio patio de la
familia Perucatti. Gastini, Buzzetti, Tomatis y Enría pusieron manos a la obra y quedó preparado el escenario.

Entretanto don Bosco organizaba las metas de las excursiones. El día seis, invitado por los padres de un alumno muy apreciado, fue con
todos sus muchachos a Corsione, donde se estaba demoliendo una parte del antiguo castillo, muy a pesar de los arqueólogos.

Por la tarde se acercaron a Cossombrato para obsequiar a los condes de Pelletta y visitar su antiguo castillo, cuyas macizas murallas se
erguían como torres con sus almenas. El párroco de la aldea, don Segundo Gribaudi, les hizo una buena acogida.

Al atardecer regresaban a Villa San Secondo.

El viernes fueron a Rinco, diócesis de Casale, invitados por el conde Pallio de Rinco. Resultó una marcha pesada, porque les pilló una
tormenta con agua, relámpagos y truenos, que duró toda la mañana. Los muchachos llegaron al castillo calados y con barro hasta las
rodillas. Parecióle prudente al mayordomo, encargado de la recepción, que no entraran para no dejar enlodada la escalera de honor y el
pavimento de los salones. Como seguía lloviendo se refugiaron en una cuadra, bajo un cobertizo y algunos al amparo de las

1 Monferrino: gentilicio correspondiente a los habitantes de la región del Monferrato, donde queda enclavado Villa San Secondo. Goza
de fama la danza popular de la zona monferrina. (N. del T.)
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tupidas copas de viejos árboles. Se les preparó una comida a base de polenta y bacalao; pero con aquel tiempo fastidioso todo parecía
malo.

La banda, como de costumbre, tocó durante la comida del conde con don Bosco, el cual sufría sin duda al ver la incomodidad de sus
muchachos.
((278)) El sábado, ocho de octubre, se celebraba la fiesta de la Virgen de las Gracias. Don Bosco dedicó toda la mañana a confesar a sus
muchachos y a otras personas del pueblo. En la iglesia parroquial se celebraba una sola misa o dos, ya que la fiesta se concentraba en la
capilla. Delante de la puerta de la iglesita se extendía un gran toldo para defender del sol a la gente. En la plaza se había levantado un
palco para los músicos. A las diez se colocaron en él los muchachos del Oratorio y se cantó la misa. Toda la población estaba
entusiasmada. Asistía el Ayuntamiento en pleno.

Después de las vísperas hubo procesión y bendición. A continuación comenzó a tocar en la plaza la banda del Oratorio. Con la rapidez
del rayo corrióse la voz de que estaba preparado un teatro en el patio de Perucatti y toda la gente se desplazó allí para gozar del
espectáculo. Detrás fueron los músicos y ocuparon su puesto.

En el lugar preparado para el baile empezaban a sonar los violines y alguna trompeta, pero el campo quedó desierto.

Se representó una comedia de Genoíno 1. Salió a escena también Gianduya, quien, chistoso y correcto, entusiasmó al innumerable
auditorio. Un buen señor, hábil violinista, llegado de Turín con la compañía para complacer a don Bosco, interpretó una pieza estupenda.

Entretanto los empresarios del baile popular, después de esperar más de media hora a la gente que no acudía, se preguntaron unos a
otros:

-Qué hacemos aquí solos?

Y fueron ellos también a ver la comedia. Amargados como estaban, querían ver a don Bosco y pedirle cuentas de por qué les había
robado a la gente del baile. Pero no les fue posible hablar con él, pues había quedado en la casa del párroco para concluir unos escritos.

1 Julio Genoíno: Comediógrafo y poeta italiano, nacido en Frattamaggiore el 13 de mayo de 1778 y muerto en Napoles el 8 de abril de
1856. Perteneció a los ermitaños de San Jerónimo: al ser suprimida la orden por los franceses, pasó a ser capellan militar. Posteriormente
le fue encomendada la censura teatral. Sus comedias, todas ellas con fines educativos, fueron agrupadas con el título de "Etica
drammatica" (Parma 1862). En 1884 colgó los hábitos sacerdotales. (N. del T.)
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El domingo, fiesta de la Maternidad de María, los muchachos del Oratorio hicieron comunión general y ((279)) acompañaron con
música las funciones. Después de vísperas don Bosco predicó durante casi tres cuartos de hora.
Y quiso obsequiar aquella misma tarde a todo el pueblo con otra representación teatral. Habían pedido con insistencia la repetición del
programa de la tarde anterior e, invitados, acudieron también muchos señores de Turín, dueños de las quintas de los alrededores.

Pero los empresarios del baile, que habían esperado un desquite, no se resignaron ante tal fracaso y se presentaron a don Bosco
exigiéndole reparación del daño ocasionado por los gastos habidos con los músicos, las bebidas preparadas, la ornamentación y todo lo
demás.

Don Bosco, que los había recibido en su habitación con la mayor cortesía, les dijo:
-Habéis venido vosotros también a la función de nuestro teatro?
-íSí, señor! Quién no hubiera hecho lo mismo? íNos habíamos quedado solos!
-Y os habéis divertido?
-Estuvimos hasta acabarse la función.
-Pues bien, concluyó don Bosco. Qué daños queréis que yo repare? La gente era libre de ir adonde quisiera. Yo no he ido a vuestro

baile y nada os pido; vosotros os habéis divertido en mi teatro y no me pagáis. Qué queréis, pues, y con qué derecho pedís?
-Es verdad, tiene usted razón.
Y se marcharon.
La meta del paseo del día diez fue Alfiano, donde esperaban a don Bosco el párroco, don José Pellato, y su hermano coadjutor, grandes

amigos suyos y tíos de un clérigo del Oratorio llamado Capra. Allí se repitieron las alegrías religiosas, domésticas y populares, que se
habían visto en todos los pueblos donde ponía sus pies don Bosco.

((280)) El martes se dirigieron a Frinco, adonde don Bosco y algunos muchachos ya habían ido varias veces en años anteriores. El
párroco, don Segundo Penna, había preparado un agradable recibimiento. En su iglesia, dedicada a la Natividad de María, resonaron
aquel día cánticos sagrados jamás oídos, que conmovieron a los buenos y laboriosos campesinos. Visitaron el vetusto castillo, recuerdo
de glorias y desdichas, testigo de asedios y batallas.

El doce de octubre por la mañana salía don Bosco con sus alumnos
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de Villa San Secondo. El cura párroco de Corsione, don Juan Bautista Roggero, sabedor de que iba a quedarse todavía en casa del teólogo
Barbero, suplicóle que volviese por segunda vez a su parroquia con todos los chicos. Quería que pasara un día entero con él. Había hecho
abundante provisión de todo lo necesario para agasajar a los deseados huéspedes; y don Bosco tuvo que ceder a sus instancias.

El jueves, después de cantar una misa en sufragio de los difuntos del pueblo y tras un opíparo banquete al que asistieron los párrocos de
los pueblos circunvecinos, al son de la banda y cercados de la gente que aplaudía, acompañados por el párroco durante un buen trecho de
camino, los alumnos del Oratorio dejaban Villa San Secondo y se encaminaban de vuelta a I Becchi.

A las cuatro de la tarde llegaban a Piea, antiquísimo castillo, con amplios salones, restaurados en 1600, donde el caballero Gonella,
pariente del bienhechor de Chieri, les ofrecía en su casa solariega una buena merienda y después, con el párroco don Bartolomé Varino,
que deseaba entretenerse un rato con don Bosco, reanudaban la marcha.

Les sorprendió la noche muy lejos todavía de I Becchi. Resplandecía la luna llena y caminaban por los senderos de las viñas, por medio
de los bosques, después de haber ((281)) cantado y dado una serenata musical a las aves del campo. Todos avanzaban alegre y lentamente
hacia casa. Santiago Costamagna llevaba a cuestas el bombo y don Bosco iba tocando en él con el puño en lugar de hacerlo con la maza.
Evidentemente no lo hacía por diversión, pues debía causarle vivo dolor. "Quería, quizás, advertir a los muchachos con los golpes que
iban oyendo que siguieran sin perderse por los senderos que subían, bajaban y se cruzaban, o pretendía, tal vez, que aquel sonido fuera
como un toque de atención en el oído de alguno?

Llegaron a I Becchi avanzada la noche. Pasaron lista y resultó que faltaba uno. Un tal Lorenzo Boccallo, que quiso adelantarse a los
otros, se extravió y no se dio cuenta de su error hasta después de un largo trecho. Intentó orientarse, pero no lo consiguió. Todo estaba
desierto a su alrededor. Anduvo vagando por valles y colinas hasta las dos de la mañana, en que oyó unas voces. Era gente que cocía el
pan. Se acercó a ellos. Cuando éstos vieron a aquel muchacho con su hato a la bandolera, lo tomaron por un salteador de caminos y
arremetieron contra él con la pala y el hierro de las brasas. El muchacho despavorido temblaba; los campesinos le dieron el alto y le
preguntaron en dialecto:
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-Quién eres?

Como no era piamontés no entendía qué le decían y callaba aterrado.
Aquellos hombres, confirmándose cada vez más en sus sospechas, se le acercaron y, al observar que llevaba algo a la bandolera, creyeron

que fueran armas y gritaron:

-Qué llevas ahí?

-El hato de mi ropa.

Al oír esta respuesta y verle la cara más de cerca, comprendieron su equivocación y le preguntaron:

-A dónde vas?

-íA I Becchi!

((282)) Preguntáronse unos a otros y nadie supo decir dónde quedaba I Becchi. Pero comprendieron que se trataba de un muchacho

extraviado.

-Con quién ibas?

-íCon don Bosco!

-íAhora entendemos!

Soltaron una sonora carcajada, y siguieron diciendo:

-Espera; en cuanto terminemos de cocer el pan, uno de nosotros te acompañará. Tendrás hambre, verdad?

Le metieron en casa y le dieron de comer. Acabado su trabajo, lo acompañaron un trecho y le dieron las indicaciones necesarias para

seguir adelante.

-Para no equivocarte, pregunta siempre dónde está don Bosco y no dónde está I Becchi, de lo contrario nadie te comprenderá.

Emprendió otra vez el camino, pero lo perdió por segunda vez y fue a parar a las alquerías de Capriglio.

Entretanto en I Becchi reinaba gran ansiedad por su desaparición; inútilmente le buscaron por los alrededores. Por la mañana, después
de oír misa, se disponían los muchachos a desayunar, cuando a eso de las ocho aparecía Boccallo deshecho y medio muerto de sueño. Le
recibieron todos con un fuerte aplauso y él corrió a dormir, que buena falta le hacía.

La última excursión de los muchachos fue a Mondonio, a la tumba de Domingo Savio, pues reconocían haber obtenido grandes favores
de Dios por intercesión de su santo compañero. El párroco, don Domingo Grasso, los llevó al cementerio. Allí se encontraron con que un
piadoso señor de Génova, que había leído y admirado las virtudes descritas por don Bosco en la biografía de Domingo Savio, había
mandado colocar sobre su tumba una losa de mármol con su
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correspondiente inscripción en agradecimiento a haber implorado su auxilio en un trance apurado y haber sido escuchado.

((283)) Aquel quince de octubre llegaban a I Becchi, para sumarse a los del Oratorio, los dos hermanos Perucatti, testigos también de la
excursión de aquel año a Villa San Secondo, su pueblo natal.

El dieciséis de octubre, sábado, a las diez de la mañana, salió don Bosco con toda su comitiva de I Becchi, pasó por Buttigliera de Asti,
donde saludó a los bienhechores y al párroco, teólogo José Vaccarino; se detuvo un rato en Chieri, y al anochecer estaba de regreso en el
Oratorio, donde le aguardaban para las confesiones.

El clérigo Domingo Ruffino, estudiante de teología en el seminario de Bra, se quedaba a vivir definitivamente en el Oratorio poco
tiempo después.

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((284))

CAPITULO XXI

DON BOSCO ENVIA AL REY VICTOR MANUEL UNA CARTA DE PIO IX -EL CLERO EXCLUIDO DE LOS CONSEJOS
PROVINCIALES Y MUNICIPALES -ARTICULO DE LA GACETA DEL PUEBLO CONTRA LA HISTORIA DE ITALIA DE DON
BOSCO -JUICIO DE NICOLAS TOMMASEO Y DE LA CIVILTA CATTOLICA SOBRE ESTA HISTORIA -LECTURAS
CATOLICAS: LA PERSECUCION DE DECID Y EL PONTIFICADO DE SAN CORNELIO I PAPA -IMPOSICIONES DEL HABITO
TALAR DIGNAS DE MENCION

A la vuelta de don Bosco a Turín, se le presentó un noble señor llegado de Roma. El Sumo Pontífice, conocedor de la fidelidad a toda
prueba y de la adhesión de don Bosco a su persona, le confiaba un delicado encargo. El mensajero entregaba al Siervo de Dios dos cartas
de Pío IX: una secretísima dirigida a Víctor Manuel, y otra, escrita de su puño y letra, en la que rogaba a don Bosco buscara la manera de
entregar al Rey aquel pliego sellado, ya fuera por su propia mano, ya fuera por medio de persona de su confianza; si llegaba el pliego a su
destino, pedíale se lo notificara sin dilación; si por cualquier contrariedad no fuese posible hacerlo llegar al Soberano, se le devolviera a
Roma. El Rey se encontraba a la sazón en una partida de caza en Courmayeur, en el Valle de Aosta.

((285)) Don Bosco, después de estudiar la manera de cumplir prudentemente la comisión del Papa, pidió audiencia al caballero
Aghemo, secretario privado del Rey, que se encontraba en Turín en aquel momento. El caballlero se adelantó a don Bosco y fue en
seguida en persona al Oratorio. Don Bosco le dijo:

-Tengo una carta de un altísimo personaje dirigida al Rey y debo hacérsela llegar. Pido a usted consejo para que me diga si ello es
factible.

-Facilísimo.

-Cree que puede haber alguna desviación, algún obstáculo?

-Tenga la seguridad de que el Rey la recibirá.

-Yo no sé nada del contenido de esta carta, ni quiero saberlo. Sólo le pido que me dé un recibo certificando que yo se la entregué, para
poder dar testimonio de que he cumplido mi encargo.
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-Sí, con mucho gusto.

-Podría entonces dejarme unas horas de tiempo para despachar antes alguna otra incumbencia que me apremia?

-Es usted muy dueño.

-Tendría la bondad de volver aquí esta misma tarde?

-Sí, con mucho gusto.

Tal vez tenía guardada la carta en otra parte, y al caer de la tarde don Bosco se la entregó al caballero Aghemo. El Rey la recibió y su
respuesta al Papa fue llevada a Turín por el teólogo Roberto Murialdo, capellán de corte, y de allí fue enviada a Roma.

El Papa no se había fiado para entregar su carta, que tal vez era aquélla grave del veintinueve de septiembre, al abate Stellardi, llegado a
Roma para hablar con él en nombre de Víctor Manuel. Faltaba al abate la prudencia necesaria en las palabras, respiraba más aires
palaciegos que eclesiásticos y era más celoso de los ((286)) intereses del César que de los derechos de Dios. Y la respuesta no fue
ciertamente como para consolar al afligido Pontífice.

Entretanto las Cámaras, en cuanto cesaron las preocupaciones de la guerra, volvieron a las hostilidades contra la Iglesia, restringiendo
los derechos que la Constitución concedía a los sacerdotes, como libres ciudadanos. Una ley del 23 de octubre de 1859, empeorada el 20
de marzo del 1865, cerraba a gran parte del clero la entrada en los Consejos Municipales y Provinciales, declarando no elegibles a los
eclesiásticos que tenían jurisdicción o cura de almas, a sus vicarios y a los miembros de los cabildos de catedrales y colegiatas.

Al mismo tiempo diose cuenta don Bosco de que también él era personalmente blanco de sus ataques. Los enemigos de Roma conocían
su inquebrantable fidelidad al Sumo Pontífice y tenían pruebas de ello en las Lecturas Católicas.

Así que resolvieron en sus reuniones clandestinas declararle la guerra a él y a su institución, desacreditando su Historia de Italia.

En efecto, la Gaceta del Pueblo, del dieciocho de octubre, publicaba un artículo preparatorio de la dolorosa persecución de don Bosco
al año siguiente. Era una intimación a las Autoridades del Estado.
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PADRE LORIQUET REDIVIVO 1

Quién no ha oído hablar de la famosa historia del padre Loriquet, cuyos acontecimientos más conocidos y clamorosos fueron
disfrazados de la manera más jesuítica y grotesca ad maiorem Botteghae gloriam? 2.

Parecía imposible que aquel jesuita llegara a ser superado algún día, pero la palabra imposible, ya borrada del vocabulario francés, tiene
que serlo también del italiano.

Hubiéramos podido publicar esta noticia algún tiempo antes, pero hubo que dejar paso a otras algo más urgentes. ((287)) Por lo demás,
deseábamos que el Ministro de Instrucción Pública se encontrara por fin algo más libre en medio del cúmulo de asuntos, con los que el
engrandecimiento del Estado ha obstruido también su ministerio, ya que pudiera darse que tuviese él que proveer.

El milagro de superar al padre Loriquet se ha realizado en Turín por el sacerdote Juan Bosco, autor de una Historia de Italia contada a
la juventud.

Don Bosco era muy dueño de escribir un pésimo libro, pero se nos asegura que este libro fue escrito para uso de algunas escuelas; y se
lee en la cubierta que se vende a beneficio de los Oratorios de San Luis, del Angel Custodio y de San Francisco de Sales. El asunto es,
pues, más serio, de modo que vale la pena examinar un tantico sus tendencias.

Pasaremos por alto los tiempos antiguos y la narración sui generis que Don Bosco hace de los movimientos de 1821 y de 1831, que
según su expresión (pág. 48 3), tendían a hacer una sola república de toda Italia.

Demos un salto hasta 1847.

"Los autores de la revolución (dice Don Bosco) supieron aprovechar aquel entusiasmo (por Pío IX) para divulgar de nuevo por toda
Italia el pensamiento de hacer un solo reino echando de Lombardía a los austríacos, que eran formidables rivales de los rebeldes."

He aquí, pues, que, según Don Bosco, los austríacos ya no eran enemigos de Italia, sino formidables rivales de los rebeldes, de los
amantes de la revolución, los cuales querían divulgar de nuevo (es decir, como en 1821 y 1831 ) el pensamiento de hacer un solo reino de
toda Italia.

Verdad es que en la página anterior Don Bosco achacaba a los rebeldes de 1821 el pensamiento de hacer una república y no un reino.

Pero Loriquet no da importancia a las contradicciones.

Don Bosco se las despacha en dos páginas del mismo estilo con la historia de 1848. La campaña del 1849 la describe de la manera
siguiente:

"Los dos ejércitos se encontraron en las llanuras de Novara. Hubo algunos ataques parciales en parte favorables a los piamonteses; pero
el tercer día (23 de marzo de 1849) se entabló una batalla campal junto al arrabal llamado de la Bicocca".

No sabíais que la batalla de los llanos de Novara hubiera ((288)) durado tres días, pero Don Bosco hace otros admirables milagros de
exactitud y de elegancia histórica al narrar los sucesos de Roma y de otras partes de Italia, en los que puede desahogarse

1 JUAN NICOLAS LORIQUET (1767-1845): Jesuita francés, que se dedicó a la enseñanza. Escribió muchas obras que firmaba

A.M.D.G. (N. del T.)
2 Botteghae: Plural de bottega, que en italiano significa tienda, almacén, comercio, negocio... (N. del T.)
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mucho más animosamente contra los rebeldes, que de nuevo divulgan el pensamiento de hacer de Italia un solo reino.

Pero con ocasión de la guerra de Crimea Don Bosco se supera a sí mismo en el exceso de lo grotesco y en la admiración de Austria.

La verdad es que los anglo-franceses desembarcados en Crimea no encontraron al ejército ruso hasta llegar a orillas del río Alma. En
cambio, según Don Bosco, los rusos se opusieron animosamente para impedir que los aliados pusieran pie en tierra y la batalla de Cernaia
es uno de los varios encuentros que los piamonteses sostuvieron con los rusos en aquella península. Pero esto no es nada.

La verdad es que el Emperador de Austria firmó un tratado con las potencias occidentales, pero esto impediría a Don Bosco presentarlo
como el dios de las tragedias griegas; y he aquí, por tanto, cómo expone el hecho el nuevo Loriquet: "a la vista de tanta sangre
derramada... el Emperador de Austria se ofreció como mediador entre las potencias beligerantes...".

Resulta, pues, que Don Bosco tiene la comodidad de añadir que en el acuerdo de paz nosotros somos casi totalmente deudores a
AUSTRIA y a Francia...

Pero primero a Austria, nótese esto bien, porque Don Bosco necesita aprovechar esta ocasión para declarar que la Providencia protege a
Austria como premio al célebre Concordato, etc...

Don Bosco, abusando del nombre de la Providencia para entonar un himno en prosa a Quico Pepe (Francisco José de Austria), resultó
un mal profeta de la campaña de 1859.

Pero con el sistema histórico, por él adoptado, le será fácil describir las batallas de Palestro y San Martín como grandes triunfos de
Austria contra los piamonteses y, íesto siempre a título de premio por el Concordato!

La Historia de Don Bosco termina con un himno de alabanza en honor de Austria, de la que, por lo demás, es toda ella de punta a cabo
un panegírico casi continuo en estilo macarrónico.

Se dice que este grotesco librejo sirva de texto y sea repartido en ciertas escuelas de Turín.

((289)) Hemos puesto sobre aviso al Ministro de Instrucción Pública y creemos por el momento que no hace falta más.

Sería un grave ultraje a la patria, a la verdad y al sentido moral permitir que, aun en mínima parte, circularan por las escuelas
desvergonzadas torpezas al estilo de la Historia de Italia contada a la juventud por el Loriquet redivivo.

Al leer este artículo queda uno sorprendido ante la acritud y la malignidad que manifiesta en cada renglón. Pero no es de extrañar: la
Gaceta del Pueblo, órgano oficial de las sectas, era violenta contra quien quiera que no fuera de su partido. Siempre lanzó contra don
Bosco muchísimos artículos con escarnios, insultos y calumnias; no reconoció en él mérito alguno y ni siquiera se dignó dar la noticia de
su muerte. Desde sus comienzos hasta nuestros días no hizo más que falsear continuamente la historia antigua y la moderna para
desahogar su odio contra la religión, la Iglesia y el Papa, y por eso tenía entonces la osadía de reprochar descaradamente a don Bosco
errores históricos deliberados.
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Fácilmente habrá descubierto el. lector la mala fe, los equívocos, las falsas interpretaciones de este artículo, pero conviene que, de
acuerdo con todos los historiadores, rebatamos las acusaciones siguiendo el mismo orden.

En efecto: de 1820 a 1848 un partido quería una Italia unida en un solo reino, otro en una sola república y se intentaron varias
revoluciones para alcanzar estos dos fines. Por fin en 1848 los liberales constitucionales se decidieron por el reino itálico, mientras que
los seguidores de José Mazzini querían una república. Con relación a esto, la Gaceta del Pueblo, queriendo demostrar, al citar las páginas
cuatrocientos ochenta y tres y cuatrocientos ochenta y cuatro, no advierte que en la página cuatrocientos ochenta y dos dice don Bosco
que las miras de todos aquellos movimientos eran formar un solo reino o una república.

((290)) Referente a la guerra de 1849, fueron realmente tres los días de combate. Los hechos se desarrollaron así.

Los austriacos, salidos de Pavía, pasaron el Tesino, y el día veintiuno de marzo entablaron duelo de cañones contra la artillería
piamontesa en Mezzana Corti. El día veintidós hubo ferocísimos combates en el poblado de San Siro, en la Sforzesca y en Mortara, de la
que se apoderaron los austriacos por la tarde. El día veintitrés tuvo lugar la batalla de Novara, singularmente terrible en Olengo y en
Bicocca.

En Crimea, y ésta es la verdad, los rusos habían establecido campos militares y artillería en los principales lugares del Quersoneso y en
las orillas de los ríos Katcha y Alma.

El catorce de septiembre las tropas de las potencias aliadas comenzaron el desembarco junto a Eupatoria, mientras tres fragatas inglesas
y cinco francesas simulaban un desembarco en Katcha, que dista cinco leguas. Estaba preparado para la defensa un campo con unos seis
mil rusos, pero las fragatas, después de un prolongado cañoneo, volvieron a Eupatoria. Entretanto desde los altos del Alma cincuenta mil
rusos vigilaban y molestaban con escuadrones de caballería y artillería a caballo al enemigo, el cual, lanzándose al asalto el veinte de
septiembre, les causó una sangrienta derrota, abriéndose camino.

Los intrépidos soldados piamonteses, además de la defensa junto al Cernaia, donde se cubrieron de gloria inmortal, tomaron parte en la
batalla que se trabó a algunas millas de Balaclava 1 y en el asalto a

1 La Marmora, Un p_ di luce, pág. 133.
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Sebastopol, donde ocuparon su puesto de batalla y lo mantuvieron durante varias horas haciendo frente al enemigo, aun cuando las
vicisitudes del combate no requirieron las pruebas de su conocido valor. El Barón de Bazancourt escribió en su historia L'Expédition de
Crimée: "Nuestros valientes aliados sardos, mandados por el general Cialdini, celosos de verter también ((291)) su sangre en aquella
gloriosa jornada, se estremecían de impaciencia aguardando la señal para lanzarse al asalto del bastión del MÔt, pero el general supremo
del ejército francés, juzgando que la conquista del bastión de Malakoff determinaría la suerte de todos los demás, sin excesivo
derramamiento de una sangre preciosa, ordenó suspender todo nuevo intento de asalto por el ala izquierda" 1.

En lo tocante a Austria como intermediaria de paz, nos remitimos a César Cantú, Cronistoria VIII, parte 1, pág. 96.

Creemos haber logrado con estas observaciones el fin que nos propusimos. Por lo demás, considérese la opinión emitida por un
distinguido y docto emigrado liberal, tan distinta de la de la Gaceta.

El número 219 (año XII, 1859) de Armonía, publicaba el siguiente artículo:

Hemos recibido con los merecidos elogios la hermosa y jugosa Historia de Italia contada a la juventud por el sacerdote Juan Bosco y, a
una con nosotros, otros periódicos aplaudieron esta obrita de grandísima utilidad para la juventud a fin de precaverla ante la permanente
conjuración contra la verdad, que ha llegado a ser la historia desde hace tres siglos a esta parte. Mas, como podrían algunos sospechar que
este nuestro juicio favorable haya sido, si no dictado por entero, al menos arreglado por razón de partidismo, nos parece oportuno traer
aquí la opinión de una persona a la que no se le podrá hacer ciertamente la susodicha reconvención. Se trata de Nicolás Tommaseo, el
cual escribe el siguiente artículo acerca de la Historia de don Bosco en el Institutore:

Si los libros se juzgaran por la utilidad que verdaderamente prestan, se tendría en ellos una medida más justa que la que suelen usar los
literatos y se corregirían, o por lo menos se moderarían muchos de sus pareceres que pecan de servil admiración o de tirano desprecio. He
aquí un libro modesto que los eruditos a la violeta y los historiadores severos apenas se dignarían mirarlo, ((292)) pero que puede cumplir
en las escuelas el cometido de la historia mucho mejor que ciertas obras de gran fama. Para componer libros para uso de la juventud,
ciertamente no basta la experiencia de enseñar, pero ayuda y complementa las demás dotes requeridas para tan difícil ministerio. Difícil
especialmente cuando se trata de compendios, que deben ser obras completas en su género, sin mutilar los conceptos, ni presentar un
árido esqueleto.

El abate Bosco ofrece la historia completa de Italia en un sencillo volumen con

1 Deuxième partie, livre Deuxième, pág. 362. Milán, chez l'éditeur Charles Turati MDCCCLVI.
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sus hechos más memorables, que sabe seleccionar y rodear de luz vivísima. Presenta a sus piamonteses los hechos que atañen más
particularmente al Piamonte y enseña a hacer otro tanto a los otros maestros, es decir, a ilustrar las cosas menos conocidas y más lejanas
con las más conocidas y más próximas.

Se entiende, pues, que cada profesor debe saber rehacer, al menos en parte, para su propio uso y el de sus discípulos, los libros
escolares, por muy bien hechos que estén; debe saber animar en la escuela con nuevos colores las narraciones del libro, por muy vivas
que sean, y aplicar, dentro de lo posible, lo mismo la historia que cualquier otra enseñanza a cada uno de sus alumnos.

En la gran cantidad de cosas a contar, el abate Bosco guarda aquel orden y claridad, que, procedentes de una mente serena, van
insinuando en las almas juveniles agradable serenidad. Ayuda mucho a la claridad, en mi opinión, el poner en capítulo aparte las
consideraciones sobre la religión y las instituciones de los pueblos, sus usos y costumbres. Es el método empleado por algunos
historiadores del siglo pasado; y era necesario que estas noticias fueran introducidas oportunamente en la misma narración para darle
movimiento y plenitud de vida.

No quiero decir que toda observación general se deba separar de la exposición de los hechos, lo cual haría imperfecto lo uno y lo otro;
pero digo que también los historiadores antiguos, maestros dignos de imitación en esto, o anteponían o interponían a los hechos una
descripción sumaria de las costumbres; y digo que, especialmente en los libros para uso de la juventud, este cuidado es subsidio para la
memoria y para la inteligencia. Y no es posible, a propósito de tal o cual caso, indicar con la necesaria evidencia cuanto se refiere a la
índole constante de los pueblos, sin que se presente la enojosa necesidad de repetir a cada paso las mismas nociones.

((293)) No diré que el autor no pudiera a veces aprovechar más las noticias históricas que la ciencia moderna ha comprobado,
estudiando mejor las fuentes; no diré que todos sus juicios acerca de los hechos me parecen indudables, ni que todos los hechos son
narrados exactamente; pero me veo obligado a añadir que no pocos de los cacareados descubrimientos de la crítica moderna siguen siendo
dudosos ellos también y se refieren muchas veces a circunstancias no esenciales a la íntima verdad de la historia; y añadiré que los más de
los juicios del autor me parecen conformes a un tiempo, a una verdadera civilización, a una segura moralidad. En el coloquio casi
familiar, que mantiene con sus muchachos, mira con sabio acuerdo los asuntos públicos por el lado de moral privada más accesible a
todos y más directamente provechosa.

Querer hacer de los niños hombres de Estado y enseñarles a dictaminar acerca de la suerte de los imperios y las causas que dieron la
victoria a tal o cual capitán en una batalla campal, resulta una pedantería no siempre inocente. Porque acostumbra a las mentes inexpertas
a juzgar, apoyadas en la palabra ajena, lo que no pueden entender; porque de este modo los conduce a formarse una falsa conciencia;
porque no los adiestra a aplicar modestamente los documentos de la historia a la práctica de la vida común.

Vemos, por el contrario, a los grandes historiadores y a los grandes poetas antiguos complacerse en retratar al hombre privado bajo la
bandera y casi diríamos bajo la máscara del hombre público; y en el juzgar al padre, al hijo; al hermano a través del ciudadano y del
príncipe. De ahí que, junto a la sabiduría y la utilidad, está la mayor belleza de las obras históricas y poéticas de los antiguos. Por el
contrario, no pocos de los modernos, lo mismo en la historia que en la poesía misma, se proponen demostrar un tema y ponen en él su
mira del principio al fin; y de acuerdo
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con él, tuercen y ajustan hechos y efectos, haciendo siempre ostentación de sí mismos y de sus ideas fijas, en los más diversos aspectos de
su tema, obstinándose en hacer aparecer siempre su misma visión y repitiendo lo mismo bajo formas diferentes hasta la saciedad; no son
narradores ni pintores, sino inoportunos declamadores. Y no se dan cuenta de que la historia, y toda la naturaleza, es una especie de
parábola propuesta a los hombres por Dios; y querer darle una ¨nica aplicación, coarta la inagotable fecundidad de la verdad, empobrece
el concepto divino.

((294)) Nicolás Tommaseo, literato ilustre, que tan elogiosamente escribía de don Bosco, cuando iba a Turín no dejaba nunca de
visitarle e incluso aconsejarse con él; tanta era la estima en que le tenía.

Ya antes que Tommaseo, la Civiltà Cattolica (año VIII, serie III, vol. V, pág. 482) había publicado el juicio siguiente:

El nombre del insigne sacerdote don Bosco es hoy día una prenda más que suficiente de la bondad de sus escritos, todos ellos
impregnados de celo y encaminados a la cultura de la juventud, para cuyo bien trabaja hace tantos años con laudabilísimo tesón. Su
Historia de Italia particularmente merece ser elogiada por la rara discreción con que fue escrita, de manera que en el reducido espacio de
quinientas cincuenta y ocho páginas en dieciseisavo están diligentemente recogidos los principales acontecimientos de nuestra patria. Así
pues, hacemos votos para que, dando de lado a tantas historias de Italia, escritas a la ligera y hasta con perverso fin, corra ésta de don
Bosco por las manos de los jóvenes, que emprenden el estudio de las vicisitudes de nuestra bellísima Península.

Don Bosco, sin preocuparse lo más mínimo de los insultos de la Gaceta del Pueblo, seguía entretanto escribiendo, como lo demuestra la
ininterrumpida serie de las Lecturas Católicas.

En el mes de noviembre publicaba el cuento: Agustín, o sea el triunfo de la religión, de un autor anónimo. Trata de la conversión de un
noble y riquísimo señor que, para expiar su incredulidad y sus culpas, emplea todas sus riquezas en obras buenas, se hace
voluntariamente pobre y vive limosneando en Alemania, adonde va a parar para no ser conocido; salva la vida a dos condenados a muerte
y por último muere él mismo por defender a la Santísima Eucaristía de los ultrajes de unos ladrones herejes. Hubo que hacer varias
ediciones de este opúsculo.

Y ya estaba preparado también el número de diciembre: ((295)) La persecución de Decio y el pontificado de San Cornelio I, Papa, por
el sacerdote Juan Bosco (I). En estas páginas se hace alusión a la supremacía, aún sede vacante, de la Iglesia Romana sobre las demás
Iglesias católicas del mundo. Se narra el heroísmo de muchos mártires y la historia de los siete durmientes; el respeto de San Cipriano,
obispo de Cartago, al Sumo Pontífice a quien acude en busca de consejo
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y orientación para combatir el cisma de Novaciano y se cita su célebre sentencia: "No puede tener a Dios como padre, quien no tiene a la
Iglesia como madre". Se demuestra también, con una carta de este obispo y mártir a los fieles de Cartago, que son los pecados los que
han traído la tormenta de la persecución sobre los cristianos y que su principal cuidado debe ser aplacar la cólera de Dios con humildes
oraciones y toda suerte de penitencias; haciendo esto, muy pronto volverá la paz a la Iglesia.

Por último don Bosco, después de describir la vida y el martirio de San Cornelio y el culto prestado a sus reliquias, expone la doctrina
católica acerca de este culto, y concluye: "El odio de los protestantes contra las reliquias de los santos parece que procede de no tener
ellos en sus sectas ni uno solo, cuyas acciones o hechos gloriosos, obrados después de su muerte, hayan hecho sus restos mortales dignos
de especial culto".

En los meses de octubre y noviembre vistieron la sotana los jóvenes del Oratorio Francisco Cerruti, Carlos Ghivarello, Francisco
Provera y José Lazzero.
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((296))

CAPITULO XXII

SEMINARISTAS DE LA ARCHIDIOCESIS EN EL ORATORIO-TODOS LOS CURSOS DEL BACHILLERATO EN CASA
-ACEPTACIONES DE ALGUNOS ALUMNOS DIGNAS DE ESPECIAL MENCION -EL INTERNADO A TOPE -CARTAS DE
PESAME AL PAPA -PRESENTIMIENTO DE CALAMIDADES PUBLICAS -SUEÑO DE LA MARMOTITA -MEDIOS PARA
ALCANZAR LARGA VIDA -DOTES NECESARIAS PARA UN DIRECTOR DE COLEGIO -EFICACIA DE LA PALABRA Y LA
MIRADA DE DON BOSCO -TEMOR DE ABUSOS Y CONCESIONES -FIRMEZA DE DON BOSCO PARA DESPEDIR A UN
ESCANDALOSO Y REPRENDER A UN DESOBEDIENTE-SE DISUELVE Y SE REORGANIZA LA BANDA -UN MUCHACHO
PERDONADO -PETICION DE ROPA AL MINISTRO DE LA GUERRA

AL comenzar el curso escolar 1859-60 había en el Oratorio unos veinte seminaristas pertenecientes a la Archidiócesis de Turín, y don
Bosco lograba realizar su plan de implantar todos los cursos de bachillerato en Valdocco para no verse en la necesidad de enviar a sus
muchachos a las clases de los distinguidos y caritativos profesores Picco y Bonzanino. Había en primer curso noventa y seis alumnos,
cuyo profesor era el clérigo Celestino Durando; dirigía el segundo, el clérigo Segundo Pettiva; el tercero, el clérigo Juan Turchi; y el
cuarto y quinto, el clérigo Juan Bautista Francesia. Sucedieron ((297)) a éstos en la nobilísima palestra otros más que, instruidos y hechos
maestros, se vieron rodeados de numerosísimos muchachos, esperanzas de la Iglesia y gérmenes de la futura Congregación. De este modo
veíase revivir a don Bosco en sus jóvenes clérigos, que habían aprendido de él y hecho suyo el espíritu de piedad y sacrificio.

Ya Santa Teresa daba más importancia a la acción que a la oración sola, y decía: "El provecho del alma no consiste en pensar mucho,
sino en amar mucho y, si se me pregunta cómo se puede adquirir este amor, respondo que determinándose a trabajar y sufrir por Dios y
llevándolo luego a efecto, cuando se presente ocasión para ello, especialmente cuando se han de ejecutar actos de obediencia".
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Así se cumplieron los deseos y trabajos soportados por don Bosco.

El Oratorio se había poblado de nuevo con los muchachos que habían vuelto de las vacaciones y con los nuevos. Resulta graciosa la
manera como uno de éstos logró inscribirse en la sección de estudiantes.

Era el mes de octubre. Un muchacho de catorce años, llamado Domingo Parigi, salió de casa de sus padres totalmente solo, llegó al
Oratorio atraído por la fama de don Bosco y subió a la estancia del Superior. Don Bosco vio plantarse ante él a un jovencito desconocido,

en cuyo rostro brillaban la pureza y la inocencia.

-Quién eres tú, amigo?

-Domingo Parigi, de Chieri.

-Y qué quieres?

-Que me deje estar aquí en el Oratorio con usted.

-Pero si aún no has sido admitido...

-Y eso qué importa? Admítame ahora.

-Mira: vamos a hacer las cosas de acuerdo con los reglamentos. Vuelve a ((298)) Chieri, di a tus padres que te acompañen hasta aquí:

hablaremos y estableceremos las condiciones oportunas.

-Yo no vuelvo más a casa.

-Entonces, escribe una carta.

-Yo no escribo; íescriba usted!

Don Bosco le miró un instante, sonrió ante tanta franqueza y dijo:

-Bueno, pues escribiré yo.

Y el muchacho se quedó, hizo los cursos de latinidad, estudió filosofía y teología en el seminario y murió siendo párroco de San

Francisco del Campo en 1899.

Otra aceptación digna de mención fue la del jovencito judío Jarach de trece años. Don Bosco ya se había interesado por la conversión
de varios judíos más y los había bautizado en su iglesia. El padre de Jarach, docto rabino de Ivrea, se había convertido hacía algunos
años. Monseñor Moreno le había colocado en el seminario, donde pasó su vida enseñando hebreo a los seminaristas y dándoles clase de
Sagrada Escritura. El Obispo había amparado también a una hija suya, la cual abrazó la fe cristiana, ingresó en un convento e hizo la
profesión religiosa.

Recordaremos también que el veinte de octubre llegaba al Oratorio José Rossi, natural de Gambarana Lomellina. Frisaba los
veinticuatro años y había decidido irse con don Bosco después de leer el

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Joven Cristiano (El Joven Instruido). Dejó escrito: "Cuando por vez primera me encontré con don Bosco y vi su paternal benevolencia y
la afabilidad con que me recibió, quedé altamente edificado y experimenté una honda y cordial impresión y un sentimiento de afecto filial
hacia él". Desde aquel momento Rossi fue un émulo de Buzzetti en su amor a don Bosco y en su ayuda para la marcha material del
Oratorio. Cuando él entró había ya unos trescientos internos.

((299)) El concepto que la gente tenía del Oratorio queda patente con las siguientes cartas. Escribía don Bosco en estos términos al
barón Feliciano Ricci, de Cúneo:

Queridísimo Señor Barón:

La divina Providencia no dejará de ayudarnos a todos. Después de leer su carta, que demuestra la absoluta necesidad de internar al
joven Magliano, he determinado hacerle pasar por delante del millar de peticionarios y reservarle una plaza para el primer lunes después
de la Epifanía de 1860. Comunique esta noticia al benemérito señor Ferraris y dígale que, como presidente de la Sociedad de San
Vicente, está obligado a pagar con una avemaría la aceptación de su recomendado.

No fijo cuota alguna para su entrada; me limito a decirle que las especiales necesidades en que se encuentra esta casa son graves, por lo
que la recomiendo a su caridad, benemérito señor barón, a la del caballero Ferraris y a la de la misma Conferencia de San Vicente. Si
todavía no los ha recibido, pronto tendrá usted los libros que se dignó pedirme.

A usted en particular, señor Barón, deseo la santa virtud de la paciencia, y recomendándome a mí y a mis pobres muchachos a la
caridad de sus devotas oraciones, me profeso con toda estima.

De V.S. queridísima.

Turín, 16 de diciembre 1859.

Su afectísimo y seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

Unos días después contestaba don Bosco a otro ilustre personaje.

Queridísimo en el Señor:

Por mucho que discurra, no me es posible encontrar sitio en esta casa, literalmente atestada. Es más, durante el verano envié a algunos
al campo, a casa de mi hermano, que en el invierno no sabe ((300)) en qué emplearlos. Por lo tanto, a medida que queda algún puesto
libre, será preciso que recoja a esos pobrecitos, que holgazanearían en la ociosidad y en el abandono. íQué le vamos a hacer! Rogaré al
Señor para que ayude a usted y a su madre, a fin de que entre todos puedan salvar el alma de ese muchacho. Que Dios bendiga a usted y
sus muchos asuntos y, en lo que yo pueda, créame siempre.

Turín, 21 de diciembre de 1859.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

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Después de la inauguración del curso escolar, el primer acto solemne de don Bosco fue dar al Sumo Pontífice una prueba del ardiente
afecto que le profesaba el Oratorio de Valdocco y la parte que tomaba en su dolor por las revueltas, la irreligión, la corrupción de
costumbres y la persecución del clero, introducidas oficialmente en la Romaña. Para esto, el nueve de noviembre, en nombre propio y en
el de sus muchachos, escribía al papa Pío IX una carta respetuosa, en la que expresaba sus sentimientos de pésame por los sucesos
acaecidos y que seguían acaeciendo con daño para la religión y la Santa Sede; y al mismo tiempo exponía lo que hacían los buenos para
poner un dique a la avalancha de males que por doquiera lo invadían todo. Terminaba prometiendo que sus alumnos acudían
continuamente al trono de la gracia para obtenerle el auxilio de Dios en medio de tantas angustias.

Hízola firmar a todos sus muchachos y la envió por manos seguras.

Pero en aquellos días, asegura el padre Ruffino, don Bosco parecía preocupado. Habíales contado haber visto en sueños a un hombre de
gran talla dando vueltas por las calles de Turín y tocando con dos dedos en la cara a unos y a otros ciudadanos. Los tocados se ponían
negros y caían muertos. Era acaso el anuncio de una epidemia mortal?

((301)) Seguía el buen padre dando cada noche su platiquita a la comunidad. Un viejo amigo de aquellos tiempos nos contaba:

"Una de las primeras charlas que oí a don Bosco (1859) fue sobre la frecuencia de los sacramentos. Esta, en general, no estaba todavía
bien organizada entre los muchachos recién llegados de sus casas. El contó un sueño. Le pareció hallarse cerca de la puerta del Oratorio
observando a los muchachos a medida que iban regresando.

"Veía el estado de alma en que cada uno se hallaba a los ojos de Dios.

"Cuando he aquí que penetró en el patio un hombre que llevaba una cajita. Se metió entre los muchachos. Llegó la hora de las
confesiones, y el hombre aquel abrió la cajita, sacó una marmotita y la hacía bailar. Los muchachos, en vez de entrar en la iglesia,
formaron corro a su alrededor, riendo y aplaudiendo sus muecas, mientras el tal se iba retirando cada vez más hacia el lado del patio más
alejado de la iglesia.

"Don Bosco describió en primer término, sin nombrar a nadie, el estado de la conciencia de algunos jóvenes; después puso de relieve
los esfuerzos e insidias empleadas por el demonio para distraerlos y apartarlos de la confesión.
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"Hablando de aquel animalito hizo reír mucho a su auditorio, pero también le obligó a reflexionar seriamente sobre las cosas del alma.
Tanto más cuanto que, después, manifestaba privadamente a los que se lo pedían lo que ellos creían que nadie sabía. Y cuanto don Bosco
decía y manifestaba era cierto.

"Este sueño indujo a la mayor parte de los muchachos a confesarse con frecuencia, generalmente cada semana, llegando a ser las
comuniones muy numerosas.

"Recuerdo también que hablando don Bosco de la salud del cuerpo y de la importancia de acudir a los medios convenientes para no
perderla, el clérigo José Bongiovanni pidió la palabra y habiéndola obtenido, preguntó:

"-Qué hay que hacer, pues, para ((302)) conservar la salud y vivir una larga vida?

"Don Bosco le contestó dirigiendo la palabra a los jóvenes:

"-Os descubriré un secreto, es decir, una receta, que servirá de respuesta al clérigo Bongiovanni y será de gran utilidad para todos
vosotros. Para conservar la salud y vivir muchos años es necesario: 1.º Conciencia serena, es decir, acostarse tranquilos por la noche, sin
miedo a la eternidad. 2.º Mesa frugal. 3.º Vida activa. 4.º Buenas compañías, o sea, huir de los viciosos. Y explicó brevemente los cuatro
puntos".

La palabra de don Bosco dirigía sabiamente la casa. Un tal José Zerega, natural de Liguria, empleado en el arsenal de Turín, iba en
1859 muy a menudo al Oratorio, donde era recibido como un apreciado amigo, y se maravillaba de la facilidad con que don Bosco guiaba
a tantos muchachos. Era un hombre sencillo, pero hábil mecánico y pensaba interesarse por los jóvenes obreros cuando regresara a
Génova; deseaba abrazar el estado eclesiástico y, en efecto, murió siendo sacerdote, párroco y cargado de méritos. Un día preguntó a don
Bosco qué dotes necesitaba un director para regir bien un colegio o un internado. Don Bosco le contestó:

-Es necesario que el director tenga influencia plena sobre los muchachos, y para ello es menester: 1.º que se le tenga por santo;
2.º que se le considere docto en todas las ramas del saber, especialmente en aquello que interesa a los muchachos. Si le preguntan algo y
no sabe responder, diga al joven: "Ahora no tengo tiempo, mañana te daré la respuesta". Y precisa paciencia para informarse bien sobre
el particular para poder responder con exactitud; 3.º que los muchachos sepan que se les quiere.

La maravillosa autoridad de don Bosco consistía en que tenía en
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sus manos el corazón de sus jóvenes Una simple palabra suya los ponía alegres, del mismo modo ((303)) que la sombra de un reproche
los sumía en profunda tristeza. Nos limitamos a referir algunos de los muchos hechos que conocemos.

Una noche terminaron las oraciones y los muchachos, todavía afectados por la disipación de las vacaciones, no guardaban silencio
después de dar la señal. Don Bosco subió a la tribuna y, tras esperar algún minuto, exclamó con toda calma:

-Pero... sabéis que no estoy contento de vosotros?

Y los mandó a la cama sin permitir que le besaran la mano. Era el castigo más duro y más temido que pudiera dar el buen padre a sus
hijos, porque era el más sensible. Y no hizo falta más; desde aquel día memorable bastaba que apareciera don Bosco para que se pudiese
oír el volar de una mosca; la campanilla, que hasta entonces sonaba un rato para acallar el alboroto, se hizo innecesaria, pues tamblaban
los muchachos sólo al pensar que se pudiera repetir aquel castigo.

Como necesitara una poesía para el día onomástico de una bienhechora, encargó a uno de sus alumnos que compusiera unos versos.
Pero llegó la noche y éste aún no había cumplido el encargo. Mas, no queriendo ir a acostarse sin besar la mano a don Bosco, se acercó a
él con aire desenvuelto, aunque algo preocupado, para darle las buenas noches, creído de que se habría olvidado del encargo. Y don
Bosco, apenas lo vio, le preguntó:

-Y la poesía?

-Es que...

-Entonces ya sabré a quién acudir para otra vez.

El pobre muchacho quedó tan consternado que fue menester toda la industriosa solicitud de don Bosco para disipar la dolorosa
impresión.

((304)) Era lo que solía hacer cuando advertía que alguno se aturullaba por una advertencia algo seria; cortaba en seguida y daba al
alumno una muestra de afecto, para quitarle toda suerte de amargura.

Otra anécdota de distinto género nos lleva a la misma conclusión. Don Bosco, reconociendo la grave necesidad, ordenó que en los días
de ayuno se sirviera a los clérigos café con leche. El cocinero, que era un tipo original (ípequeñeces de la vida!), preparaba tazas pequeñas
y tan poca cantidad de leche que no llegaba para todos. Los clérigos pidiéronle que les sirviera su leche en cantidad suficiente, pero el
cocinero contestó bruscamente que no debían pretender
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más. Acudieron entonces al representante del ecónomo y éste, aunque los clérigos le dijeron que era una concesión hecha por el mismo
don Bosco, respondió que se trataba de una novedad y que él no sabía nada de tales disposiciones. Deliberaron entonces acudir a don
Bosco y subieron tres a su habitación. Dos se quedaron fuera, de modo que podían oír, y entró el otro para exponer las quejas de todos.
Pero echó a perder la cuestión, porque, atolondradamente y dirigiendo en su intención la palabra al cocinero y no a don Bosco, concluyó
la narración de aquel agravio diciendo:

-íPorque, después de todo, sepa, don Bosco, que en nuestra casa todavía tenemos un plato de polenta!

Los dos que estaban fuera al oír esta fanfarronada , escaparon a toda prisa. Don Bosco, herido en lo hondo de su corazón, quedó
perplejo y angustiado, miró a su interlocutor con los ojos arrasados en lágrimas y no dijo una palabra. Entonces aquel pobrecito pidió
perdón y se alejó. íCuántas veces una sola mirada suave y benigna de don Bosco calmaba impaciencias y prontos, precipitados o
justificados, porque sabía tolerar y olvidar! Por eso precisamente, los ánimos, exasperados en algún momento, no disminuían el afecto
que le profesaban.

((305)) Parecían escritas para ellos aquellas palabras del Eclesiástico: "Quien hiere el ojo, hace correr las lágrimas, quien hiere el
corazón, descubre el sentimiento... Si has sacado la espada contra tu amigo, no desesperes, que aún puede volver. Si contra tu amigo has
abierto la boca, no te inquietes, que aún cabe reconciliación salvo caso de ultraje, altanería, revelación de secreto, golpe traidor, que ante
esto se marcha todo amigo" 1.

No tardó don Bosco en mandar al cocinero que cumpliera, sin economías ridículas, las disposiciones dadas. Lo que siempre sostenía y
consolaba a sus clérigos era que conocían la caridad de quien los había adoptado como hijos. Era tan tierno su corazón que no sabía dar
una negativa cuando le pedían un favor. Sin embargo, como temía los abusos y no los quería en absoluto, evitaba que se recurriese a él,
en lo tocante a dispensas del reglamento, en las cosas relacionadas con la vida material y los enviaba al Prefecto. Entonces era fácil en
conceder, pero indirectamente. El sabía adelantarse a una petición cuando la consideraba justa. Muchas veces, cuando veía en el
refectorio que alguno de aquellos sus buenos hijos no aguantaba el plato de la comunidad, decía por lo bajo una palabra al Prefecto

1 Eclesiástico, XXII, 19, 21, 22.
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para que se lo hiciera cambiar. La misma conducta observaba en otros casos parecidos, con lo que clérigos y muchachos quedaban
penetrados de afecto por aquellos rasgos de exquisita bondad.

Escribió el canónigo Ballesio: "Se veía que don Bosco no tenía en su trato con nosotros más preocupación ni más deseo que la gloria de
Dios y nuestro bien moral, religioso y civil, con una gravedad, dulzura y prudencia características ajenas a toda exageración".

No se advertía en sus acciones violencia ni debilidad. ((306)) Parecía incapaz de enojarse; tan pronto como se encendía en él el primer
impulso de cólera lo frenaba al momento y, haciéndose violencia a sí mismo, se moderaba y dejaba asomar a sus labios una ligera sonrisa.
Pero al mismo tiempo, y esto era también caridad, daba pruebas de una fortaleza habitual, resuelta en el ejercicio de la virtud de la
justicia, defendiendo los derechos de la moralidad y del orden disciplinario. Afirmar lo contrario sería falsear el carácter de don Bosco.

Nos escribía monseñor Cagliero: "Siendo yo clérigo, hubo un jovencito sencillo e inocente, mi ayudante en la sacristía, que fue víctima
de escándalo por culpa de un adulto. Tan pronto como lo supo don Bosco, sintió agudísimo dolor, se estremeció y lloró en mi presencia.
Se apresuró después a reparar la inocencia traicionada con paternal dulzura; pero, con igual fortaleza, tomó las medidas para que se
despidiera en seguida del Oratorio al culpable".

Don Bosco era siempre muy suave, pero no dejaba pasar fácilmente las faltas de disciplina. El clérigo Marcello, aunque era asistente,
no llegaba nunca puntualmente a la lectura espiritual y a la bendición eucarística que se daba por las tardes del mes de mayo. Don Bosco
no había dejado de amonestarlo por esta y otras faltas disciplinares.

Iba este clérigo al Oratorio de Vanchiglia todos los días festivos y, contra la voluntad de los superiores, llevaba consigo a alguno de
casa. Fue avisado, pero sin resultado.

Un domingo por la mañana se celebraba en Vanchiglia no sé qué solemnidad, y él, sin pedir licencia ni a don Bosco ni a don Víctor
Alasonatti, se llevó a varios nuchachos. Quiso don Bosco acabar con aquel desorden que todos conocían y quitar un mal ejemplo que
fácilmente podía encontrar imitadores.

Así las cosas, después de las oraciones de la noche y delante de toda la comunidad, trajo a colación el hecho de la grave desobediencia
que cometía el que ((307)) sacaba fuera de casa a los muchachos sin permiso. Después, hablando en dialecto piamontés -cosa insólita, a
aquella hora-, y con un tono lleno de amargura, empezó a
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preguntar públicamente, llamando por su nombre a cada uno de los muchachos arriba mencionados:

-Dónde has estado esta mañana?

-En el Oratorio de Vanchiglia.

-Y quién te llevó?

-El clérigo Marcello.

De la misma manera fue preguntando a los demás, los cuales daban la misma respuesta. En medio de un profundo silencio sonaban, a
cortos intervalos, lentamente, las palabras:

-Y tú?... íMarcello!

Acabado el interrogatorio, don Bosco expresó su vivo disgusto en pocas y secas frases, pero con calma. Estaba presente, entre otros,
don Pablo Albera.

Semejante fortaleza empleaba para exigir obediencia a sus órdenes y para castigar al obstinado que intentara rebelarse. Había en el
grupo de música instrumental, numeroso y bien adiestrado, un relevante organista, que vivía a pensión en el Oratorio, daba muchas
lecciones de piano en la ciudad y era cumplidamente retribuido. Parecía y era bueno, pero perdía a veces la cabeza y le costaba obedecer.
Los muchachos músicos habían contraído gran familiaridad con este compañero y admirado maestro de música y a veces se dejaban guiar
por ciertas máximas suyas, contrarias a la sumisión debida a los superiores. En consecuencia, advertíase entre ellos algún acto de
indisciplina, aunque ligero, y pareció que una advertencia de don Bosco pondría remedio al incipiente mal.

A pesar de todo don Bosco vigilaba. Algún año, por motivos especiales, les había permitido celebrar la fiesta de Santa Cecilia, cuando
caía en día laborable, con un paseo y una comida campestre en un lugar ((308)) designado por él. Mas aquel año comenzó a prohibir esta
diversión. Los muchachos músicos no protestaron, pero intrigados por alguno de sus jefes, con la promesa de obtener el permiso de don
Bosco, y también con la esperanza de la impunidad, la mitad de ellos resolvió salir del Oratorio y celebrar una comida, algunas semanas
antes de la fiesta de Santa Cecilia. Habían tomado esta determinación para que don Bosco no estuviese prevenido y pusiera obstáculos.

Así pues, uno de los últimos días de octubre fueron a un figoncillo cercano. Solo Buzzetti, invitado a última hora, se negó a unirse con
aquellos desobedientes y fue a informar de ello a don Bosco. Con toda calma disolvió el Siervo de Dios la banda de música y dio orden a
Buzzetti de retirar y guardar los instrumentos y pensar a qué
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nuevos alumnos convenía entregarlos para que aprendieran y se ejercitaran.

Al día siguiente por la mañana llamó uno por uno a todos los músicos rebeldes y se lamentó con ellos de que le obligaran a ser severo.
Dioles después unos avisos para la salvación del alma y, sin más, envió unos a su casa, otros a sus bienhechores y recomendó los demás a
diversos dueños de talleres. Una carta de don Bosco al barón Feliciano Ricci, de Cúneo, fechada el 3 noviembre de 1859, da razón de su
proceder.

Ilustrísimo y Benemérito Señor:

He recibido con verdadero agrado su venerada carta recomendando con su acostumbrada caridad al joven Rossi. Este pobre muchacho,
a más de otras cosas, se comprometió con otros de esta casa, contra mi prohibición, a ir a comer fuera de ella en un lugar que no se puede
permitir, es decir, en un fonducho. Los mandé llamar mientras comían, hice repetir la llamada después de la comida porque me dolía
((309)) demasiado tener que tomar medidas severas contra unos veinte muchachos descarriados. Sólo cuatro de ellos se sometieron y
humillaron; los demás fueron aún más atrevidos. Después de comer se marcharon a rodar por la ciudad; por la noche volvieron a cenar al
mismo lugar y regresaron a casa avanzada la noche y medio borrachos; entre estos últimos estaba Rossi. Como ya los había amenazado s
veces con echarlos de casa, si se obstinaban, tuve que hacerlo asi muy a pesar mio. Sin embargo, en atención a su carta, tendré a Rossi en
casa por algunos días y veré si consigo colocarlo en otra parte, como espero. Tocante al otro muchacho del que me habla, trataremos el
caso de palabra o le escribiré en otra ocasión, tan pronto como estén organizados los muchos alumnos que acaban de ingresar.

Le agradezco con toda mi alma su generosa limosna en favor de esta casa y le aseguro que no dejaré de rogar al Señor para que bendiga
a usted y a su familia, mientras con la mayor estima me profeso.

De vuestra benemérita Señoría.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

Uno fue perdonado. Era experto en cocina, barbero, blanqueador, factotum, en una palabra, para el teatro, las fiestas y cualquier trabajo
manual.

Aquella noche cuando don Bosco acabó de hablar con los muchachos, he aquí que el clérigo Rúa dijo:

-Don Bosco, si usted lo permite, yo quería defender una causa que me duele mucho.

-Y cuál es?

-El alumno Pedro E... ha sido despedido. Es justo el castigo que se dio a los que no quisieron obedecer. Pero el pobrecito, inexperto por
su edad, se dejó engañar por los compañeros, que le aseguraron
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tenían permiso de usted. Por tanto, no faltó por malicia a su prohibición. ((310)) Le pido perdón y gracia en su nombre.

Estaba presente el muchacho en medio de sus compañeros con la cabeza gacha y lleno de vergüenza. Don Bosco contestó:

-E... no debería haber creído las afirmaciones de los compañeros... Había oído claramente la orden que yo di... Sabía que no acostumbro
mudar de parecer... No vale para disculpa la razón que se aduce. Sin embargo, por ser tú quien intercede por él, suspenderé la orden de
enviarlo a su casa..., lo tendremos todavía por algún tiempo a prueba... y ya veremos.

Por aquellos días pedía don Bosco al Ministro de la Guerra, general La Mármora, ropas para sus muchachos. Le fueron concedidas,
pero ignoramos la cantidad.

Ilustrísimo Señor Ministro:

Expongo con el mayor respeto a V.S. Ilma. que cuando me veía en la necesidad de proporcionar lo necesario a más de cien jovencitos
internados en la casa aneja al Oratorio de San Francisco de Sales, y también a más de mil quinientos que frecuentan los Oratorios
masculinos de Valdocco, Puerta Nueva y Vanchiglia, yo acudía al Ministerio de la Guerra para obtener, a título de subsidio, algunas
prendas que por su forma, o por muy gastadas, no pueden ya servir para uso de la tropa. Siempre fue acogida favorablemente la petición y
ese benemérito Ministerio acudió en mi socorro. Como las estrecheces del presente año me ponen en situación más apremiante que los
años pasados, me encuentro en la necesidad de recurrir a Vuestra Excelencia Ilustrísima, suplicándole tenga a bien tomar en
consideración el infeliz estado de estos pobres y abandonados muchachos y concederles las prendas de vestir que les son de primera
necesidad para defenderse del frío en el próximo invierno y poder de este modo seguir trabajando y ganarse el sustento con algún honesto
oficio.

Me limito a advertir que, dada la absoluta pobreza de éstos, se recibirá con la mayor gratitud cualquier género de vestuario ((311)) lo
mismo zapatos, que capotes, chaquetas, camisas, calzoncillos, sábanas, mantas, pantalones, aunque estén usados y deteriorados, aun
cuando fueran jirones de mantas o de otra cosa, pues aquí se arreglan y se hacen servir para cubrir nuestra necesidad.

Lleno de confianza en su conocida bondad, con los sentimientos de la más viva y sincera gratitud, me profeso también en nombre de
estos estos muchachos.

De V.S. Ilma.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

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((312))

CAPITULO XXIII

LA LEY CASATI -CURACION OBTENIDA POR INTERCESION DE DOMINGO SAVIO -NOVENA DE LA INMACULADA
-PLATIQUITAS DE DON BOSCO DESPUES DE LAS ORACIONES DE LA NOCHE: ANUNCIO DE LA NOVENA; DAR UN
BUEN CONSEJO A LOS COMPAÑEROS; VISITA AL SANTISIMO SACRAMENTO; CONFIANZA CON LOS SUPERIORES;
SINCERIDAD EN LA CONFESION -MEMORABLE AMONESTACION DE DON BOSCO

UNOS artículos de la legislación escolar, que nunca fueron abrogados, imponían a los centros educativos, dirigidos por Congregaciones
religiosas, la obligación de seguir los programas del Gobierno sobre exámenes, tasas, idoneidad del profesorado e inspección de los
Delegados reales de enseñanza. Las escuelas de don Bosco no estaban incluidas hasta entonces, por lo menos oficialmente, en esta
categoría. El Delegado, profesor Muratori, no había ejercido todavía ningún acto de autoridad. Pero el Siervo de Dios andaba preocupado
por un porvenir que ciertamente no parecía de color de rosa. Mas de pronto surgió una alegre esperanza para los que se dedicaban a la
educación cristiana y a la instrucción de la juventud.

El 13 de noviembre de 1859 se promulgaba la ley Casati, que se convirtió después en ley orgánica de Instrucción pública para todo el
reino de Italia. Con ella demostró el Gobierno que quería emprender resueltamente el camino de la libertad de enseñanza. ((313)) En ella
se daba un puesto honroso a la enseñanza privada. El artículo tercero determinaba con toda claridad que el Ministro gobierna ciertamente
la enseñanza estatal, pero tocante a la privada, sólo la supervisa para tutelar la moralidad y la higiene, las instituciones del Estado y el
orden público. Ello constituía por sí mismo una notable garantía de libertad, sustrayendo al monopolio del Estado un considerable
número de jóvenes estudiantes y de instituciones educativas. Pero la ley Casati llegaba mucho más allá en el camino real y espléndido de
la libertad: los artículos doscientos cincuenta y uno y doscientos cincuenta y dos libraban de toda sujeción a la inspección estatal a la
enseñanza secundaria familiar, dada en el seno de la misma,
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y a la de varios padres de familia asociados fuera de ella. En cuanto a la enseñanza elemental, dejaba en el artículo trescientos veintiséis,
a los padres y a los que hacían sus veces, la facultad de proporcionar a los hijos de ambos sexos la enseñanza de la manera que creyeren
más conveniente. Encargaba de la enseñanza elemental, pública y gratuita a los ayuntamientos, proporcionalmente a sus facultades Y
según las necesidades de sus habitantes, como lo dice literalmente el artículo ciento cuarenta y siete.

Se echaba de ver con claridad meridiana que el concepto general, inspirador de todas estas disposiciones, era el de la libertad de
enseñanza. Más aún, de manera explícita decía el ministro Casati que había aceptado la norma de la libertad de enseñanza por ser la más
justa, la más conforme a las condiciones modernas de civilización, la más universalmente agradable a la opinión pública; y pedía excusas
por no poder aplicarla enteramente de momento, pero hacía votos para que se progresara cada vez más por este camino, ensanchando más
y más las férreas mallas del monopolio en favor de la libertad.

((314)) Por lo que se refiere a la religión, el artículo trescientos quince, título quinto, capítulo primero, señalaba las materias propias
para la enseñanza elemental en sus dos grados, inferior y superior, y ponía en primer lugar la enseñanza religiosa. Y en el artículo
trescientos diecisiete, la misma ley imponía a los ayuntamientos la obligación de impartir gratuitamente esta instrucción, en proporción a
sus facultades y de acuerdo con las necesidades de sus habitantes. Era, pues, evidente, en general, que los ayuntamientos debían, en
fuerza de la ley Casati, proveer para que en las escuelas elementales se impartiera la enseñanza religiosa. Era también certísimo que esta
enseñanza debía darse en las mismas escuelas, de conformidad con el Catecismo diocesano aprobado por el Obispo, puesto que en el
artículo primero de la Constitución fundamental se proclamaba como religión del Estado la católica; y en el artículo veintiocho de la
misma Constitución se reservaba en exclusiva a la autoridad y competencia de los obispos el permiso y la prohibición de imprimir los
catecismos y otros textos de religión. Es ésta una deducción estrictamente lógica, perfectamente legal, e irrefutable por sí misma.

El artículo trescientos veinticinco establecía que hubiera un examen de religión al fin de cada semestre, lo mismo que de otras materias,
y quería que fuera examinador el párroco.

Los artículos trescientos veintiséis y trescientos veintisiete especificaban la obligación de padres, tutores y procuradores de
proporcionar
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a los niños la enseñanza impartida en las escuelas elementales de grado inferior, amenazando a los negligentes obstinados con los castigos
de la ley.

Por consiguiente, para quitar todo pretexto de infringir y eludir la ley, el artículo trescientos setenta y cuatro dispensaba de seguir las
clases de religión y de asistir a los consiguientes ejercicios a los alumnos cuyos padres hubieran declarado que se cuidaban ellos ((315))
mismos de su instrucción religiosa, con lo cual se salvaba la libertad de las pocas familias no católicas.

Un reglamento posterior del 15 de septiembre de 1860, para la enseñanza elemental, destinado a aplicar las disposiciones de la ley
Casati, prescribía en su artículo segundo la enseñanza del catecismo, según las diversas diócesis del Reino; en el cual, aun dejando al
Consejo Provincial y a otros la distribución de las partes del catecismo mismo para cada curso, determinaba, sin embargo, que esta
distribución se hiciera de modo que "en dos o tres años tengan los niños comodidad para estudiar y aprender bien las partes más
importantes de la doctrina cristiana".

Esta ley abría el camino a muy buenas esperanzas, pero no pasó mucho tiempo sin que escritores, periodistas y hombres de Estado,
movidos por pasiones sectarias y antirreligiosas, se opusieran a ella de forma continua y encarnizada; fue ásperamente tratada, censurada
y presentada como una antigualla discordante con las nuevas ideas y necesidades de la instrucción pública. Se detestaba la equitativa
libertad dejada a la enseñanza privada, y en particular a la católica. Por esto los sucesores de Casati no hicieron más que dar marcha atrás,
suprimiendo con decretos y métodos injustos y a veces brutales, una tras otra, las libertades que la ley había concedido. No les bastó a los
innumerables ministros, masones casi todos, que pasaron como meteoros sangrientos o como granizadas exterminadoras por las oficinas
de la instrucción pública, hacer guerra enconadísima a todos los centros católicos que dependían o estaban dirigidos de alguna manera por
religiosos y sacerdotes, con continua hipocresía, fingiendo respetar incólumes sus derechos legales y quitándoles entretanto el sustento y
la respiración con nuevos artilugios administrativos, impuestos y vejámenes.

((316)) Aborrecían sobre todo las disposiciones favorables a la enseñanza religiosa. Quien repasara las actas del Parlamento encontraría
motivos para horrorizarse con las muchas y atroces blasfemias de los señores diputados, particularmente contra el Catecismo y la Historia
Sagrada, coreadas con bravos y vivas de la izquierda.
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Pero a pesar de tantas tormentas, la ley Casati siguió siendo ley orgánica y constitutiva de la enseñanza, puesto que ni el Parlamento ni
los ministros tuvieron nunca valor para proponer otra. Cien veces la condenaron a muerte, pero nunca osaron ejecutar la setencia y
declarar abrogadas las disposiciones relativas a la enseñanza del catecismo.

Hemos expuesto algunos datos acerca de la ley Casati y de los cambios que le hicieron los que hubieran debido respetarla y hacerla
cumplir, para que se tenga un criterio al juzgar ciertas persecuciones que a su tiempo iremos relatando.

Pero cualesquiera que fueran las disposiciones de las leyes, don Bosco no perdía su calma habitual, fiado en la protección de María
Santísima y en la intercesión de Domingo Savio, de cuya eficacia tuvo una prueba por aquellos días.

Hacía año y medio que Eduardo Donato, alumno del Oratorio, padecía tales molestias en los ojos, que hubo de suspender los estudios
en marzo de 1859. Ni el aire de su pueblo, ni las múltiples medicinas, ni las sangrías y emplastos detrás de las orejas, ni los cuidados de
los mejores especialistas dieron ningún resultado. Pasaba los días en una habitación oscura. A fines de octubre, parecióle experimentar
alguna mejoría y quiso volver a Valdocco, pero la enfermedad se reactivó. El muchacho se acercaba a menudo a don Bosco para que le
consolase con aquellas palabras que él sabía eran ((317)) útiles temporal y espiritualmente, animándole a tener paciencia y dándole alguna
esperanza de próxima curación. Una noche, mientras cantaban todos sus compañeros, reunidos en las clases, estaba él pensativo y triste,
con la cara entre las manos, sentado en el refectorio de los Superiores y apoyado en la mesa, donde cenaba don Bosco. Cuando el Siervo
de Dios terminó, se levantó, se acercó a él muy despacito y, dándole una palmadita en el hombro, le dijo:

-Será posible que no podamos librarte de ese mal? Hay que acabar con él de una vez. Vamos a agarrar a Domingo Savio por los
cabellos y no lo vamos a soltar hasta que nos obtenga de Dios tu curación.

Al oír estas palabras, el muchacho lo miró fijamente a la cara sin pronunciar palabra. Don Bosco siguió diciendo:

-Sí, reza todos los días de esta novena (era la noche del primer día de la novena de la Inmaculada) a Domingo Savio para que interceda
por ti y te alcance esta gracia. Procura vivir de forma que puedas comulgar cada mañana. Por la noche, antes de acostarte, dirás así:
"Domingo Savio, ruega por mí" y añadirás una avemaría.
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Prometió Donato hacer punto por punto lo que le había dicho, y don Bosco añadió:

-íBueno! Tú haz lo que yo te he dicho y yo me acordaré cada día de ti en la santa misa. Verás como esta vez no se nos escapa Domingo
Savio sin que tú estés curado.

El mismo día que comenzó Donato a hacer su novena, notó alguna mejoría y siguió haciendo con más fervor las prácticas de piedad.
Sus ojos curaron del todo en pocos días y no volvió la enfermedad.

Mientras sucedía este hecho consolador, invitaba don Bosco a sus alumnos a hacer bien la novena de María Inmaculada. ((318)) No se
celebraban funciones en la iglesia, pero cada uno procuraba honrar a la Santísima Virgen con las obras de piedad que su propia devoción
le sugería. Don Bosco presentaba cada noche una florecilla para practicar y daba la acostumbrada platiquita. Don Juan Bonetti nos
conservó algunas, que copiamos a continuación, con la fecha del día en que las pronunció el Siervo de Dios.

29 de noviembre

Un día más y llegamos al fin del mes. íYa se ha pasado un mes del curso! íY qué deprisa! Pues bien; así de rápidos pasarán los otros
meses. Pero al llegar cada mes a su ocaso, cuidemos que cada uno de nosotros pueda decirse a sí mismo:

-Un mes más del que tendré que dar cuenta a Dios; pero, por cuanto de mí dependió, hice todo lo que pude, y la conciencia no me
reprocha de haber perdido el tiempo.

Ahora ya habéis probado vuestra fuerza en clase. Habéis visto lo que sabéis y lo que queda por aprender; unos estáis más adelantados y
otros más atrasados en los mismos estudios, y conocéis lo que os falta para ocupar los primeros puestos de la clase. Poned, pues, toda
vuestra buena voluntad, sobre todo ahora que comenzamos la novena de María Santísima Inmaculada. Ella es nuestra Madre y nos ama
infinitamente más de lo que puedan amarnos todos los corazones juntos de las madres de esta tierra. Ella ama entrañablemente a todos los
cristianos, ha dado siempre pruebas de un afecto especial a los chicos del Oratorio. Hay miles de hechos, algunos extraordinarios, que lo
demuestran; pero, sea como fuere, es cierto que Ella demuestra un afecto particular a todos los que la honran. Ego diligentes me diligo
(amo a los que me aman). Mostrad, por tanto, con vuestra buena conducta que sois dignos hijos suyos y poned vuestros estudios bajo su
protección. Para esto cuidad de portaros bien en esta novena.

Y de qué manera, preguntaréis, podremos honrar a María en estos días para merecer su protección? No os recomendaré la frecuencia de
los Sacramentos. Don Bosco no desea nada más vivamente que esto.

Pero os sugiero dos cosas especiales para honrar a María: 1.ª Que cada uno ((319)) se decida a hacer con verdadera buena voluntad esta
novena. 2.ª Preparar un
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ramillete de florecillas para ofrecérselo después a María el día de su fiesta. De qué modo? Recogiendo una cada día. Y cómo hacerlo
ahora que no hay flores en el campo? En vuestro corazón. Y qué flor? Una pequeña virtud para practicar cada día en honor de María
Santísima Inmaculada. Cumplid todos esta florecilla de modo que el día de la gran fiesta haya tantos ramilletes cuantos sois vosotros, y
que en ninguno falte una flor. Estad seguros de que le será muy grato a María Santísima vuestro regalo.

30 de noviembre

La florecilla para mañana será: Daré un buen consejo a un compañero. Hay mil ocasiones para hacer esta obra de caridad. Si un
perezoso, un murmurador, uno poco recatado en sus palabras, un pendenciero tuviera a su lado quien le dijera una buena palabra, ícuánto
mal podría impedirse, cuánto bien podría realizarse! Aconsejar una visita a la iglesia, ir a confesarse, hacer una buena lectura, ícuántas
veces es el principio de la eterna salvación de un muchacho! Y el que recibe el consejo, recíbalo bien. No siempre se puede encontrar un
buen consejo, y debemos considerarnos afortunados cuando lo podemos tener. Si alguno de vosotros me lo da a mi, me dará un gran
gusto y le prometo gratitud eterna.

Mientras tanto yo os lo doy a vosotros. Daré uno en general para todos y otro en particular para cada uno. El general es éste: Ad quid
venisti? (A qué has venido?) Cuando san Bernardo dejó la casa paterna para retirarse a hacer una vida santa en un convento, escribió en
todos los lugares por donde debía pasar: Ad quid venisti? Y pensad: Ad quid venisti a este mundo? Para amar y servir a Dios y ganarte el
Paraíso. Si haces otra cosa estás fuera de camino. Ad quid venisti a este Oratorio? He venido para estudiar, para adelantar en la ciencia y
en la piedad, para conocer cuál es mi vocación; si no saco este provecho, he perdido el tiempo.

((320)) 1 de diciembre

La florecilla para mañana es ésta: Haré una visita a Jesús Sacramentado. Si una persona tenida por veraz fuera a una plaza y dijera a la
gente que está allí en ociosa conversación: Id a aquella colina y encontraréis una riquísima mina del oro más puro y podréis juntar sin
ningún trabajo cuanto queráis; decidme: habría uno sólo que, alzando lo hombros, dijera que le importan poco aquellas riquezas? Todos
correrían a porfía.

Pues bien, no está en el Sagrario el tesoro más grande que pueda hallarse en el cielo y en la tierra? Por desgracia los hombres ciegos no
lo conocen, pero es cierto, certísimo, es de fe que hay en él inmensas riquezas. Los hombres sudan por alcanzar dinero; pues bien, en el
Sagrario está el dueño de todo el mundo. Todo lo que le pidáis y os sea necesario, El os lo concederá. Necesitáis salud? Necesitáis
memoria, entender las lecciones, hacer bien los deberes? Necesitáis fuerza para soportar las tribulaciones, auxilio para vencer las
tentaciones? Está amenazada vuestra familia por una desgracia, preocupada por alguna enfermedad de alguien, necesitada de una gracia
especial? De quién depende la pequeña fortuna de vuestra casa?Quién manda al viento, a la lluvia, al granizo, a la tempestad, a las
estaciones? No
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es dueño absoluto de todo Nuestro Señor Jesucristo? Id, pues, y pedid, y se os concederá. Llamad a la puerta y se os abrirá. Jesús desea
dispensaros sus gracias, y en primer lugar las que se refieren al alma.

Vio una santa sobre el altar al Niño Jesús que, arremangándose el vestido, sostenía una enorme cantidad de perlas preciosísimas. Estaba
triste.

-Por qué estás tan triste, Señor mío?, preguntó la santa.

-Porque nadie viene a pedirme las gracias que tengo preparadas; nadie las quiere. íNo sé a quién dárselas!

2 de diciembre

La florecilla que hoy propongo es muy importante: Procuraré tener mucha confianza con los Superiores. Nosotros no queremos ser
temidos, deseamos ser amados y que tengáis plena confianza ((321)) en nosotros. Hay algo más hermoso en una casa que el que los
superiores gocen de la confianza de los inferiores? Este es el único medio para lograr que el Oratorio sea un paraíso terrenal, es el único
medio para que no haya en casa ningún descontento. Don Bosco está aquí sólo para vuestro bien temporal y espiritual. Cuando el superior
desea algo de vosotros, os lo dice enseguida; por tanto, cuando vosotros deseáis algo de él, no lo encerréis en vuestro corazón;
manifestadlo. Si lo hacéis así, todo marchará bien y estaréis satisfechos. Ve uno que un alimento le hace daño? No tiene suficiente abrigo
en la cama? Necesita ropa para defenderse del frío durante el día? Dígamelo a mí y yo procuraré complacerle en todas sus peticiones
razonables, en la medida que me lo permita la pobreza de nuestra casa. Que otro no se encuentra bien de salud? Que tiene alguna
dificultad en la escuela? Que hubo un quid pro quo con el profesor o con el asistente? Parécele que alguien le ha agraviado? Aquí estoy
yo para remediarlo todo, y estad seguros además de que guardaré vuestros secretos sólo para mí y para vuestro provecho. Mas, por favor,
no haya nunca entre vosotros muchachos que se quejen de algo. En vez de quejaros y criticar, venid a hablar conmigo. Nosotros
deseamos contentaros y de este modo se podrá evitar una cantidad infinita de inconvenientes.

Quede esto dicho no sólo para las cosas materiales, sino también, y mucho más, para las cosas espirituales. A veces el demonio os
agobia con una gran melancolía con el recuerdo de la familia, la sospecha de no gozar de la simpatía de los superiores, el miedo a que se
descubra una falta y sea castigada, el agobio de no gozar del aprecio de los compañeros, el desaliento por no poder adelantar en los
estudios. Pues bien, queréis sacudiros el peso de esta melancolía? Venid a verme y ya encontraremos la manera de echarla y poner
remedio.

Pero lo que os recomiendo, sobre todo, es que cuando el demonio venga a tentaros, no os desaniméis. Queréis aseguraros la victoria? El
mejor medio es manifestar en seguida la tentación a vuestro director espiritual. El demonio es amigo de las tinieblas y trabaja siempre en
la oscuridad. Si se le descubre, está vencido.

Un muchacho era muy tentado, hacía todo lo posible para resistir, pero había llegado a un punto tal que le parecía ((322)) imposible
continuar aquella lucha. Se encontró por casualidad con su superior, el cual, por su rostro turbado, adivinó la causa de su angustia.
Llamóle aparte y le dijo:

-Por qué estás tan triste? Seguramente que el demonio te hace la guerra.

Miró el muchacho estupefacto al superior, abrió su corazón y dijo:

-íSí!

Decir sí y cesar toda molestia fue lo mismo.

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3 de diciembre

De la confianza en general con los superiores pasé ayer a hablaros de la particular que debéis tener con el confesor; por tanto, la flor
será ésta: Sinceridad plena, absoluta, con el confesor. No tengáis miedo de decirle vuestros defectos, vuestras faltas.

Ser bueno no quiere decir no cometer ninguna falta, no; por desgracia todos estamos inclinados a cometerlas. Ser bueno consiste en
tener voluntad de enmendarse. Por eso, cuando el penitente manifiesta una falta al confesor, aun cuando sea ésta grave, el confesor tiene
en cuenta la voluntad, y no se extraña; al contrario, experimenta el mayor consuelo que pueda disfrutar en este mundo, viendo que el
penitente le tiene confianza, que desea vencer al demonio y ponerse en gracia de Dios, y que quiere adelantar en la virtud. Nada, queridos
amigos míos, os quite esta confianza. Ni la vergüenza, pues es cosa ya sabida que las miserias humanas son miserias humanas. íNo vayáis
a confesaros para contar milagros! Sería menester que el confesor os tuviese por impecables, y vosotros mismos os reiríais de su opinión.
Ni el miedo a que el confesor pueda descubrir un secreto tan terrible para él, pues la menor venialidad que él manifestara bastaría para ser
condenado al infierno. Ni el temor de que recuerde después lo que habéis confesado; fuera de la confesión es deber suyo no pensar en
ello.

El Señor ha permitido ya toda suerte de delitos. Ha permitido que Judas lo traicionara, que Pedro lo negara, que algunos sacerdotes se
hicieran protestantes, pero nunca ha permitido que un confesor descubriera la más pequeña cosa oída en confesión. íAnimo, pues, amigos
míos; no hagamos reír al demonio. Confesaos bien, diciéndolo todo. Alguien preguntará: Y qué debe hacer para remediarlo el que
hubiese callado algún pecado en la confesión? ((323)) Mirad: si al ponerme por la mañana la sotana y abrocharme me salto un botón, qué
hago? Desabrocho la sotana hasta llegar al botón que me salté. Así también el que tiene que remediar un pecado callado vuelva a hacer
todas las confesiones hasta llegar a aquélla en la que calló el pecado y de este modo todos los botones quedarán en su sitio y la sotana no
hará arrugas.

Así lo dice el Catecismo: desde la última confesión bien hecha hasta la que se va a hacer. íAmigos míos, a ser valientes! Se trata de
escaparos del infierno y ganaros el paraíso con una sola palabra. Es cosa de un momento: el confesor os ayudará, y vosotros ya sabéis que
somos amigos y que yo no deseo más que una sola cosa: la salvación de vuestra alma.

Iban todos a porfía en el Oratorio para honrar a María Santísima y don Bosco cumplía mientras tanto un acto nobilísimo de su misión.
El 10 de noviembre de 1859 se habían concertado formalmente en Zurich las conversaciones de Villafranca y Verona, pero el Siervo de
Dios había comprendido enseguida que aquella paz era sólo momentánea. Todo le demostraba que ya no se le devolverían al Papa las
Legaciones y que la presidencia honoraria del mismo sobre la Confederación de los Estados Italianos era un pretexto y una ironía. Veía
cómo el Pontífice escribía cartas y más cartas de súplica, de consejo y de protesta al Emperador de Francia y al Rey del Piamonte,
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y que no se hacía de ellas caso alguno. Antes al contrario, los emisarios de las sectas seguían sus conjeturas para sublevar las ciudades de
Umbría y de las Marcas; se intentaba seducir a los soldados pontificios, que estaban de guarnición en ellas, y se introducía gran cantidad
de armas, pólvora, dinero y prensa subversiva. Garibaldi estaba en Bolonia dispuesto a entrar en liza. Los diarios liberales calumniaban al
Gobierno Pontificio y entre otras cosas escribían que se había mandado encarcelar y se insultaba a los voluntarios romanos que volvían de
la guerra de la independencia, cuando, por el contrario, Pío IX había socorrido generosamente a los más necesitados de entre ellos.

((324)) Era también evidente que la finalidad de los sectarios era la de derribar el poder espiritual del Papa, y lo habían anunciado ya
mil veces en sus libros y periódicos, aunque no siempre abiertamente. Pero lo que entonces se tramaba, hasta por una tenebrosa
diplomacia, quedó descubierto unos años después ante el mundo entero.

El Derecho, periódico de la democracia italiana, cuyo director, el diputado Civinini, era carne y uña con el Gran Oriente de Italia,
publicaba el día 11 de agosto de 1863 con letra bastardilla: "Nuestra revolución tiende a destruir el edificio de la Iglesia Católica, debe
destruirlo y no puede dejar de destruirlo sin perecer. Nacionalidad, unidad, libertad política son medios para este fin; medios útiles para
nosotros, pero, con respecto a la humanidad, nada más que medios para alcanzar nuestro fin, a saber, la total destrucción de la Edad
Media en su última forma, el Catolicismo".

Y antes, el 8 de marzo de 1863, había publicado: "El día que entremos en Roma, no sólo habremos hecho Italia, sino que habremos
deshecho el Papado. Y si aquello nos concierne a nosotros, nos es útil y es nuestro honor, esto concierne al mundo entero, es útil para
todos y es el progreso de toda la humanidad".

Estas palabras eran una conclusión explícita de las que Bettino, barón de Ricasoli, presidente del Consejo de Ministros, ídolo incensado
por todo el liberalismo monárquico y conservador, había pronunciado en las Cámaras, cuando el primero de julio de 1861 dijo:

-La revolución italiana es una gran revolución, precisamente porque funda una nueva era. Italia ha tenido el gran cometido de echar las
bases, no de su propio porvenir, sino de la humanidad entera. (Actas oficiales, página novecientos quince.)

Don Bosco se dirigió al Rey, y pese a la prohibición que se le había hecho unos años antes, y a su promesa, le escribió ((325)) una carta
para apartarlo del abismo en que iba a lanzarse, o más exactamente,
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hacia el cual lo arrastraban los agitadores. Obedecía a un mandato que venía ab alto (de lo alto). Su misión era la de Jeremías a los
príncipes de Judá; manifestó a don Miguel Rúa y a algún otro de sus más íntimos confidentes el contenido de la comunicación, que debía
hacer al Rey, para disuadirlo de la nueva guerra que iba a emprenderse contra los Estados Pontificios.

La carta, de la que parece no haberse guardado copia alguna, comenzaba con estas palabras: -Dicit Dominus: Regi nostro, vita brevis...
(Dice el Señor: para nuestro Rey, vida breve...), y hacía alusión a las nuevas desgracias que sobrevendrían a la dinastía de Saboya, si se
continuaba la guerra contra la Iglesia, rogando a Su Majestad que apartara la tempestad cada vez más amenazadora contra el Papa. Eran
pocas frases lacónicas, imperiosas y tales, que dejaban honda impresión en el ánimo.

Quedó turbado el Soberano con la lectura de aquel pliego, pero sus palabras no tuvieron efecto. Pasada la primera impresión, siguió
preparándose la desgraciada empresa. Los acontecimientos empujaban, y el Monarca no tenía ya ánimos, ni medios, ni voluntad para
oponerse a la revolución.

El Rey enseñó la carta a los Ministros, Urbano Rattazzi entre ellos, y éstos comunicaron su contenido a algunos funcionarios de sus
ministerios. La noticia corrió de unos a otros por todas las esferas gubernativas y salió a la ciudad. Decíase que don Bosco había
amenazado de muerte a Víctor Manuel. Pero el Siervo de Dios, exponiendo a don Miguel Rúa y a otros, como antes hemos dicho, el tema
de la carta, había añadido la expresión: Vita brevis, que puede explicarse de muchos modos sin atribuirle un sentido estrictamente
material.

El barón Bianco de Barbania, adicto como todos los nobles piamonteses a la Casa Real, dijo al que escribe estas páginas, en el año
((326)) 1875:

-Yo tuve en mis manos la carta de don Bosco al Rey. Leí con mis propios ojos las palabras Regi nostro, vita brevis, y desde aquel
momento estuve siempre esperando los acontecimientos...

A través de ellos, narrados después en la Historia, y siguiendo nuestras Memorias Biográficas, se podrán juzgar las enigmáticas
palabras de don Bosco. Al mismo tiempo se tendrá una prueba más del afecto sincero que el Siervo de Dios profesaba a su rey Víctor
Manuel y a la dinastía de Saboya.
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((327))

CAPITULO XXIV

CONFERENCIA DE DON BOSCO A LOS COLABORADORES, QUE ESPERA QUEDARAN EN EL ORATORIO: SER POCOS Y
POBRES NO IMPIDE LAS GRANDES EMPRESAS; PREMIO DE LA OBEDIENCIA; NADIE ES PROFETA EN SU PATRIA -DON
BOSCO PROPONE A SUS COLABORADORES CONSTITUIRSE EN SOCIEDAD RELIGIOSA -COMENTARIOS,
PREDICCIONES Y RESOLUCIONES -QUEDA CONSTITUIDA LA PIA SOCIEDAD DE SAN FRANCISCO DE SALES -ACTA DE
PROCLAMACION DEL RECTOR MAYOR Y DE LA ELECCION DE LOS MIEMBROS DEL PRIMER CAPITULO O CONSEJO

YA hemos dicho que don Bosco había seleccionado y formado un pequeño grupo de sacerdotes, clérigos y jóvenes, a quienes había
revelado su pensamiento de fundar una Congregación Religiosa. Los considera como el principal sostén del Oratorio, como sus fieles
colaboradores. Algunos habían hecho, a manera de prueba y por un año sólo, los tres votos; otros, una simple promesa de perseverancia
para ayudar a don Bosco, y todos ellos asistían a conferencias especiales para mantener vivo el propio espíritu y el de la casa.

Advertimos que aquellas conferencias de don Bosco, en cuanto a los socios que intervenían, no eran deliberativas, sino más bien
consultivas o explicativas; es decir, ((328)) consistían en que el Superior explicaba claramente su voluntad, hasta ser claramente
entendida. De este modo grababa en todos la misma idea y tan profundamente que, cuando a sus sacerdotes se les anunciaba: -íLo ha
dicho don Bosco! íDon Bosco lo quiere!, a ninguno se le ocurría sustraerse o dudar de la obediencia.

Este es el carácter que deseaba tuvieran todas las futuras conferencias de sus casas. Que no fueran muchos a deliberar los asuntos que,
según la regla, competen al Superior. Uno sólo piense y explique su idea: el Director. Los demás obedezcan.

En estas reuniones les había hablado varias veces don Bosco de obras importantes, que sus hijos, reunidos en sociedad, podrían llevar a
cabo. A veces le contestaba alguno:
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-Pero cómo podremos hacer tantas cosas, siendo tan pocos?

Y él replicaba:

-Te responderé con una máxima de San Vicente de Paúl: "En las necesidades graves es cuando hay que demostrar que realmente
confiamos en Dios. Creedme: tres obreros hacen más que diez, cuando Dios pone su mano; y la pone siempre que nos coloca en la
necesidad de hacer algo superior a nuestras fuerzas".

Otro exclamaba:

-íSomos tan pobres!

Y don Bosco decía:

-"íLa pobreza es nuestra fortuna, es la bendición de Dios! Más aún, pidamos al Señor que nos mantenga en pobreza voluntaria. No
empezó Jesucristo en un pesebre y terminó en la cruz?... El que es rico prefiere el reposo, y, en consecuencia, ama las comodidades y
satisfacciones y la vida ociosa. El espíritu de sacrificio se apaga. Leed la Historia Eclesiástica y encontraréis infinidad de ejemplos para
demostrar que la abundancia de los bienes temporales fue siempre la causa de la ruina de comunidades enteras, las cuales, por no haber
conservado fielmente su primer espíritu de pobreza, ((329)) cayeron en el colmo de las desgracias. En cambio las que se mantuvieron
pobres, florecieron maravillosamente. El que es pobre piensa en Dios y recurre a El, y os aseguro que Dios provee siempre de lo
necesario, sea poco o sea mucho. Por el contrario, el que vive en la abundancia, fácilmente se olvida del Señor. Y no os parece una gran
suerte verse obligados a rezar? Nos faltó hasta ahora algo necesario? No lo dudéis, nunca nos faltarán los medios proporcionados a
nuestras necesidades y a las de nuestros muchachos".

En el mes de noviembre ceñía sus razonamientos refiriéndose a la dificultad que algunos experimentan para dejar su propia casa. Y
decía:

-"Abraham vivía en la ciudad de Ur, en Caldea. Eligióle Dios para comenzar sus misericordiosos designios de redención del mundo. Se
le apareció y le dijo: -íAbraham! Sal de tu tierra, abandona a tus parientes y la casa de tu padre, deja tus posesiones y tus amigos y ven a
la tierra que yo te mostraré. Te haré jefe de una gran nación, te bendeciré, haré grande tu nombre y serás bendecido.

"Hubiera podido muy bien decir el Señor a Abraham que viviera solamente un poco más separado del tumulto del mundo y de los
asuntos de una región contaminada por la idolatría. Pero, no; Dios lo quiso obediente, dispuesto a abandonar su patria y a exponerse a una
larga y desgraciada peregrinación por su amor. Esta es la condición
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puesta por Dios al Patriarca para conseguir la gloria prometida.

"Y Abraham no dudó y partió sin saber adónde iba: Veni in terram quam monstrabo tibi (Ven a la tierra que yo te mostraré). Y
perseveró obediente hasta estar dispuesto al sacrificio de su único hijo. íY qué gloria mereció por ello! -Por mí mismo juro, dijo el
Señor-, que por haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo único, yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré muchísimo tu
descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la ((330)) playa, y se adueñará tu descendencia de la puerta de sus
enemigos. Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz 1. Habiéndolo
encontrado Dios dispuesto a dejarlo todo por El, lo hizo señor de un reino entero y le reveló sus más altos designios, manifestándole los
arcanos decretos de su justicia y su misericordia".

Con este ejemplo demostraba don Bosco la necesidad y las ventajas que cada uno tiene de seguir la vocación del cielo a costa de
cualquier sacrificio, aun de los mismos afectos de familia, según el propio Jesucristo que dijo: "Todo aquel que haya dejado casas,
hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna. El que ama a su
padre o a su madre... más que a mí no es digno de mí".

En otra ocasión, tratando este tema, había expuesto una razón de conveniencia para la vida eclesiástica o religiosa, lejos del propio
pueblo. Y había dicho:

-"Casi todos los profetas, al llegar el momento de ejercer su excelso ministerio, se alejaban de los lugares donde habían habitado en su
niñez. Enviados por Dios, iban a tierras remotas, donde eran bien acogidos y predicaban a los pueblos. Por el contrario, en su patria
muchas veces no eran recibidos o eran perseguidos, encarcelados, golpeados y, si lograban escapar de una muerte cruel, se retiraban a un
desierto. No fue en su patria donde Elías y Eliseo resucitaron a los muertos, multiplicaron el aceite y el vino y obraron otros portentos.

"Cuando el mismo Jesucristo se presentó públicamente por vez primera en su patria, Nazaret, a explicar la Biblia en la sinagoga, sus
paisanos admiraron por un instante su ((331)) sabiduría, pero muy pronto protestaron indignados ante algún justo reproche suyo:

1 Génesis, XXII, 16, 17, 18.
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"-No es éste el hijo de José, el carpintero? Y quiere hacerse el doctor en medio de nosotros?

"Y poniendo en duda sus milagros, le gritaban:

"-Todo eso que hemos oído que has hecho en Cafarnaún, hazlo también aquí en tu pueblo.

"Y Jesús les respondió:

"-Amen dico vobis, quia nemo propheta acceptus est in patria sua. (En verdad os digo que ningún profeta fue recibido en su patria.)

"Sus paisanos ya no quisieron escucharlo, se levantaron, lo echaron furiosos fuera de la ciudad, y lo llevaron hasta la cumbre del monte,
donde se asentaba Nazaret, para despeñarlo.

"Y Jesús, con un milagro evidente, impide que pongan sus manos sobre él, pasa por entre aquel tropel de insensatos y baja a Cafarnaún.
Ya no volvió jamás a Nazaret. Iba a pasar la noche y a comer en casa de Pedro, de Lázaro, de Nicodemo y de José de Arimatea, según
algunos, o bien en casa de alguna otra persona caritativa, pero nunca a comer o a dormir en casa de su madre.

"Era ésta una lección que daba el Divino Salvador a sus discípulos. En efecto, la envidia, los celos, la malignidad, el amor propio
herido, las disensiones entre las familias, los intereses materiales, los partidos políticos, las consecuencias mismas de un celo auténtico
por el bien de las almas y de la Iglesia combaten casi siempre, y a veces terriblemente, al religioso que vive en su patria, por santo que
sea.

"Y si no fuere siempre santo? Entonces se puede afirmar con absoluta certeza que, humanamente hablando, no podrá hacer mucho bien
en su patria. La razón es clara. Cada uno pasó en su pueblo la edad de la niñez y sabido es que en esa edad todos, aun los más virtuosos,
quien más ((332)) quien menos, han tenido sus fallos pequeños o grandes, que pueden ser divulgados por los que los conocen.

"Por ejemplo, uno puede haber tenido un violento altercado con otro; haber empinado el codo más de lo justo en alguna circunstancia;
haber sido amigo de un mal compañero; haber sostenido conversaciones menos buenas; haber ido a nadar al río o tal vez haber robado
fruta por el campo, o algún dinerillo en casa, o cualquier chiquillada por el estilo. Ahora bien, por muy predicador que salga este
religioso, si sube al púlpito en su pueblo y grita contra algún pecado, siempre habrá alguién que pueda decir:

"-También tú lo hiciste. Hiciste eso conmigo, hiciste aquello, dijiste
esto o aquello.

"Y estas habladurías repetidas, aun sin malicia, en público, destruyen
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la mayor parte del buen efecto de los sermones y a veces neutralizan y anulan todo el bien que se hubiera podido conseguir. Muchas
veces son cosas sin importancia, chiquilladas, pero todas juntas, en semejante ocasión, resultan perniciosísimas.

"Me encontré en un pueblo en medio de una conversación entre personas distinguidas. Predicaba en la parroquia una tanda de ejercicios
espirituales un predicador digno de toda alabanza por su piedad, su elocuencia y su doctrina, pero era en su pueblo natal y la conversación
recayó sobre él. Un contertulio que estaba a mi lado saltó diciéndo:

"-Ese predicador, cuando chavales, era un niño bonito y yo le crucé la cara.

"-Sí? Cómo fue?, preguntaron todos.

"-Me insultó y yo le di un par de sopapos. Vinieron sus padres a mi casa y discutieron con los míos; y yo aguardé a aquel descarado
fuera del poblado y añadí otras cuatro bofetadas a las dos primeras. Sí, sí; de pequeño hacía de las suyas; ahora, la verdad, es bueno, pero
entonces, ah, entonces...

"Y no explicó su última frase.

((333)) "Yo quedé contristado por aquellas palabras, y acabé diciendo para mis adentros: esto confirma una vez más que nemo propheta
in patria sua".

A continuación, después de mencionar los gravísimos peligros que puede encontrar en su pueblo un clérigo bueno, pero poco firme en
la virtud, preguntaba don Bosco:

"-Y adónde irá el que quisiera alejarse de su patria? Con qué medios se sustentará? Dónde encontrará el apoyo, el guía que le conduzca
por un camino seguro?"

Y después de enumerar las necesidades espirituales y temporales de un sacerdote secular, pasó a demostrar que una congregación
religiosa era el puerto seguro donde cualquiera, que tuviese vocación y deseo de guardarla, podía refugiarse. Allí encontraría paz,
seguridad y todo otro bien, aun material.

Entretanto se celebró solemnemente en el Oratorio la fiesta de la Inmaculada Concepción, y aquella noche anunció don Bosco en
público que al día siguiente, viernes, tendría una conferencia especial en su habitación después de que los muchachos se fueran a
descansar. Los que debían asistir a ella entendieron la invitación. Los sacerdotes, clérigos y seglares, que cooperaban con don Bosco en
sus trabajos en el Oratorio y estaban al tanto de los secretos del Padre, presentían que aquella reunión iba a ser importante.
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Así pues, el 9 de diciembre de 1859 se reunieron.

Después de invocar con las oraciones de costumbre las luces del Espíritu Santo y la asistencia de María Santísima, recordó don Bosco
brevemente lo expuesto en las conferencias anteriores y a continuación describió qué era una congregación religiosa, su belleza, el honor
inmortal de quien se consagra enteramente a Dios, la facilidad de salvar la propia alma, el inestimable cúmulo de méritos ((334)) que se
pueden alcanzar con la obediencia, la gloria imperecedera y la doble corona, reservada al religioso en el paraíso.

Después, visiblemente conmovido, anunció que había llegado la hora de dar forma a la Congregación, que desde mucho tiempo atrás
meditaba instituir y había sido el objeto principal de todos sus afanes; Pío IX le había animado y alabado; que ya existía con la
observancia de los reglamentos tradicionales, aun cuando no habían sido declarados todavía obligatorios en conciencia; y que a ella
pertenecían ya la mayoría de ellos, al menos en espíritu, y algunos por promesa o voto temporal. Añadió que en aquella Congregación
sólo serían inscritos los que, después de madura reflexión, tuviesen intención de emitir a su tiempo los votos de castidad, pobreza y
obediencia.

Concluyó diciendo que había llegado el momento para todos los que asistían a sus conferencias de declarar si querían o no inscribirse
en la Pía Sociedad, que tomaría, o mejor conservaría, el nombre de San Francisco de Sales. Rogaba a los que no tuvieran intención de
pertenecer a ella que ya no acudieran a las conferencias que se tendrían en adelante. El hecho de no presentarse sería, sin más, la señal de
su no adhesión. Daba a todos una semana de tiempo para reflexionar y tratar con Dios tan importante asunto.

Cuando don Bosco terminó, se rezó la oración de acción de gracias y se disolvió la asamblea en profundo silencio. Así que salieron de
la habitación, al llegar al patio, más de uno dijo en voz baja:

-íDon Bosco nos quiere hacer frailes a todos!

El clérigo Juan Cagliero estaba indeciso en si debía o no tomar parte en la nueva Congregación. Paseó una larga hora bajo los pórticos,
agitado por varios pensamientos. Finalmente exclamó, dirigiéndose a un amigo:

-Fraile o no, ((335)) es lo mismo. íEstoy decidido, como siempre lo estuve, a no separarme nunca de don Bosco!

Escribió después un papelito a don Bosco, en el que decía que se sometía totalmente al consejo y a la decisión de su superior. Cuando
don Bosco se encontró con él, lo miró sonriendo y le dijo:
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-íVen, ven; éste es tu camino!

La conferencia de adhesión a la Pía Sociedad se celebró el 18 de diciembre de 1859. Sólo dos no se presentaron. Lo que se hizo nos lo
da a conocer la siguiente acta que se conserva en nuestros archivos.

"En el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

El año del Señor mil ochocientos cincuenta y nueve, a dieciocho de diciembre, en este Oratorio de San Francisco de Sales, en el
aposento del sacerdote Juan Bosco, a las nueve de la noche, se reunieron con él: el sacerdote Víctor Alasonatti, los clérigos Angel Savio,
diácono, Miguel Rúa, subdiácono, Juan Cagliero, Juan Bautista Francesia, Francisco Provera, Carlos Ghivarello, José Lazzero, Juan
Bonetti, Juan Anfossi, Luis Marcellino, Francisco Cerruti, Celestino Durando, Segundo Pettiva, Antonio Rovetto, César José
Bongiovanni y el joven Luis Chiapale, todos con el mismo fin y ánimo de promover y conservar el espíritu de verdadera caridad que se
requiere en la obra de los Oratorios para la juventud abandonada y en peligro, la cual en estos calamitosos tiempos es seducida de mil
modos, con perjuicio para la sociedad, y arrastrada a la impiedad e irreligión.

Pareció bien a los congregados organizarse en Sociedad o Congregación, que juntamente con el fin de una recíproca ayuda para la
santificación propia, se propusiera promover la gloria de Dios y la salvación de las almas, especialmente de las más necesitadas de
instrucción y educación; y aprobado de común acuerdo el fin propuesto, hecha una breve oración e invocadas las luces del Espíritu Santo,
se procedió a la elección de los miembros que debían constituir el cuerpo directivo de la Sociedad de ésta y de nuevas Congregaciones, si
a Dios pluguiere favorecer su incremento.

Por unanimidad rogáronle a él, que era el indicador y promotor, tuviera a bien aceptar el cargo de Superior Mayor, pues le correspondía
por todo concepto. ((336)) Y él aceptó con la condición de que le fuera reservada la facultad de nombrarse al Prefecto, y puesto que
ninguno se opuso a ello, declaró que le parecía no se debía remover del cargo de Prefecto al que esto escribe, que hasta el presente tenía
este cargo en la casa.

Se pensó a continuación en la manera de elegir a los otros socios que intervienen en la dirección; y se convino en adoptar la votación
por sufragios secretos, por ser el camino más corto, para constituir el Consejo que debía componerse de un Director Espiritual, el
Ecónomo y tres Consejeros, juntamente con los dos cargos anteriormente expresados.

Elegido secretario para este fin el que redacta la presente acta, declara haber cumplido fielmente el encargo encomendado por la
confianza de todos, atribuyendo el sufragio a cada uno de los socios, a medida que era nombrado en votación. En la elección para
Director Espiritual resultó elegido por unanimidad el clérigo subdiácono Miguel Rúa, que no rehusó aceptar. Repetido el procedimiento
para la elección del Ecónomo, salió elegido y fue reconocido como tal el diácono Angel Savio, que prometió también asumir el
correspondiente cargo.

Quedaba por elegir todavía los tres consejeros. El primero de ellos, hecha la acostumbrada votación, resultó el clérigo Juan Cagliero.
Segundo consejero salió elegido el clérigo Juan Bonetti. Para el tercero y último hubo empate a favor de los clérigos Carlos Ghivarello y
Francisco Provera; una segunda votación dio la mayoría al clérigo Ghivarello; y así quedó definitivamente constituido el cuerpo de
administración de nuestra Sociedad.
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Este hecho, tal como queda expuesto en su conjunto hasta aquí, fue leído en plena Congregación de todos los socios antes mencionados
y de los miembros del Consejo recién elegidos, los cuales, reconocida su veracidad, determinaron que se conservara el original del Acta,
para autenticidad de la cual firman al pie de la misma, el Superior Mayor y el redactor como secretario.

JUAN BOSCO, Pbro.
VICTOR ALASONATTl, Pbro. Prefecto

Así quedó constituido el primer Capítulo, que después se denominó Capítulo Superior, mientras todos los primeros socios que
intervinieron en su elección recibieron el nombre de miembros natos de la ((337)) Pía Sociedad. Los que no se adhirieron a la inscripción
quedaron en plena libertad para seguir sus inclinaciones, continuaron disfrutando de la beneficencia del Oratorio, acabaron felizmente sus
estudios, alcanzaron la dignidad sacerdotal y fueron siempre amigos de don Bosco.

A medida que avancemos en nuestras históricas memorias, mencionaremos las sesiones del Capítulo hasta el año 1865; no es posible
traspasar este límite, pues se multiplicaría hasta lo infinito el tema. Pero nombraremos, no sólo a los que en estos seis años fueron
aceptados en la Sociedad Salesiana y se matuvieron fieles a sus promesas, sino también a los que se inscribieron, pero que, al no estar
ligados por un verdadero compromiso, juzgaron después que eran llamados a otro campo por la divina Providencia. Es un deber hacer
honrosa mención de éstos, puesto que, antes de retirarse, trabajaron incansables por un tiempo considerable al lado de don Bosco, para
educar e instruir a sus muchachos; y aún separados con el título de cooperadores, se glorían de haber militado bajo la gloriosa bandera de
san Francisco de Sales.

Mas no dejaremos de seguir paso a paso el crecer, el multiplicarse y extenderse de la Familia Salesiana, que puede y debe llamarse
Institución de María Santísima, y veremos el valor y la constancia que tuvo don Bosco en el cumplimiento de la misión que le había
confiado la Madre de los Cielos, en medio de persecuciones, sufrimientos y desengaños.
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((338))

CAPITULO XXV

CRITICAS CONTRA DON BOSCO: POR LAS FRECUENTES COMUNIONES DE SUS MUCHACHOS; POR SUS MAESTROS
QUE NO VAN A LAS CLASES DEL SEMINARIO; POR LOS ESTUDIOS TEOLOGICOS TENIDOS COMO INSUFICIENTES
-TEMOR DE QUE SE QUEDEN CON DON BOSCO LOS MEJORES SEMINARISTAS Y MANEJOS PARA SEPARARLOS DE EL
-CARTA DE DON BOSCO AL CANONIGO VOGLIOTTI SOBRE EL SERVICIO EN LA CATEDRAL-DON BOSCO ACUSADO
DE QUERER INDEPENDIZARSE DE LA AUTORIDAD ECLESIASTICA -NO ESTA BIEN VISTO QUE LOS SEMINARISTAS SE
PREPAREN PARA OBTENER DIPLOMAS DE MAESTRO Y LICENCIADO -LOS PELIGROS DE LA UNIVERSIDAD -ENVIAN
ACUSACIONES CONTRA DON BOSCO A MONSEÑOR FRANSONI Y DEFENSA DEL CANONIGO NASI -PALABRAS DEL
ARZOBISPO EN ALABANZA DE DON BOSCO -LOS QUE AMAN EL BIEN SON AMIGOS DE DON BOSCO

LAS relaciones de don Bosco con las autoridades de la Diócesis eran óptimas. Los Vicarios generales Ravina y Fissore siempre lo
apoyaron, y al mismo tiempo tenía un amigo en el canónigo Zappata. La mayor parte de los sacerdotes le favorecía. El estaba tranquilo y
seguro en todo lo que hacía porque contaba con la aprobación absoluta de don José Cafasso. Pero no le faltaban contrarios entre
miembros influyentes del clero, personas pías y doctas. Esta oposición, más o menos intensa, comenzó en 1844 ((339)) y duró hasta
1883. Se cumplía aquella antigua sentencia: "Al cura malo, lo castigan; al bueno, lo toleran; y al santo, le hacen guerra".
Y es natural; el sacerdote santo demuestra serlo con acciones extraordinarias, y mientras no se le conozca bien, una prudencia elemental
enseña que es preciso ser cautos en juzgar; además, este hombre superior a los demás parece a veces que se sale del molde establecido, al
que se conforman todos sus compañeros, y el distinguirse de las costumbres comunes, parece ostentación y novedad reprensible. Y
además... además, aunque sea sólo un poco, entra también inadvertida la miseria humana.
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La primera acusación contra don Bosco era que concedía con demasiada facilidad la comunión a los muchachos. Efectivamente la
recomendaba siempre a los que iban a sus Oratorios festivos y fue el primero que introdujo la comunión diaria en un instituto para
muchachos. Esta costumbre era censurada por algunos eclesiásticos de Turín y por directores de Seminarios, ya que el jansenismo tenía
todavía muchas raíces en el clero.

Don Bosco pertenecía a la escuela de don José Cafasso y, por ende, a la de san Alfonso; su espíritu era el de la Iglesia Católica, como
se evidencia desde el Concilio de Trento hasta las últimas declaraciones de Pío X. Pero no se enfrascó en áridas disputas; su vida era más
práctica que teórica. Respondía con pocas palabras a sus opositores. Cierto día se presentó uno de éstos para hacerle una observación:

-Quién puede gozar de unas disposiciones como para comulgar cada día, cuando el propio san Luis no comulgaba más que una vez a la
semana?

-Cuando se encuentre uno, contestóle don Bosco, tan perfecto y fervoroso como san Luis, entonces puede bastarle la comunión una sola
vez a la semana, pues este santo ((340)) solía emplear tres días para prepararse y se pasaba otros tres en continua acción de gracias; por
consiguiente, a él le bastaba comulgar cada ocho días para mantener encendido el fervor de su corazón.

A otro que le recordaba las palabras de san Francisco de Sales, que ni alaba ni vitupera la comunión diaria, respondióle don Bosco:

-Y entonces, por qué la censura usted? No la desapruebe tampoco usted.

Pero estos señores no observaban el gran cuidado que don Bosco tenía de que las comuniones se hicieran bien. Su principio era que
sólo el pecado mortal era el verdadero obstáculo para comulgar; no permitía la comunión diaria al que tuviera afecto al pecado venial. Y
sugería un límite a la frecuencia de la confesión, recomendando a los sacerdotes, a los clérigos y a los alumnos que ordinariamente se
confesaran una sola vez a la semana y tuvieran un confesor fijo. Sin embargo, añadía, sobre todo a los jovencitos:

-Pero antes que confesar y comulgar sacrílegamente, cambiad de confesor, si es preciso, todas las veces que os confeséis.

Mas los importunos consejeros no cesaban en sus intentos de hacerle cambiar de sistema. Nos escribió el canónigo Anfossi: "Una tarde
ya avanzado el otoño, no sé precisar el año, pero debió ser hacia 1858 ó 1859, entró en el Oratorio el sacerdote C..., muy apreciado
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e influyente en sociedad. Era un hombre de carácter arisco, que no sabía hacerse querer por los muchachos, siempre desafortunado en sus
empresas por falta de buen espíritu. Defendía este señor que no se debían comenzar fundaciones de caridad sin el beneplácito y el apoyo
del Gobierno. íQué distinto de don Bosco que siempre y únicamente buscó la aprobación de la Iglesia y la bendición del Papa! Vi entrar a
este señor en el Oratorio de ((341 )) san Francisco; se hallaba el patio desierto porque los muchachos estaban en el estudio o en los
talleres. Me acerqué a él, y al decirme que quería hablar con don Bosco, lo acompañé a la salita de visitas del primer piso, junto al
despacho de don Víctor Alasonatti, y fui después a buscar a don Bosco. Terminada la conversación, yo mismo, que estaba esperando
afuera, acompañé al sacerdote hasta la portería y volví después a toda prisa a don Bosco, el cual me dijo:

-Sabes qué vino a decirme ese sacerdote?

-No, señor; respondí.

-Vino a reprocharme, añadió, de que incito a mis muchachos a recibir con demasiada frecuencia los sacramentos; dice que basta en las
fiestas principales del año, y que de no ser así, se hacen unos impostores. Le repliqué que los resultados de la educación religiosa que yo
daba a los muchachos, me proporcionaban consuelos y frutos grandísimos de virtud y que ésta era la doctrina de los más grandes santos.
Pero don C... se mantenía en sus trece. Entonces yo me levanté invitándole a exponer sus ideas a don José Cafasso.

Pero a buen seguro que don C... no se presentó a don José Cafasso.

Este señor era uno de los que acusaban a don Bosco de rechazar los consejos de las personas prudentes".

Además de esta crítica, estos hombres prudentes lanzaban otra contra don Bosco. No se quería tener en cuenta que el Oratorio fue
durante muchos años, y seguía siéndolo todavía, el lugar donde se refugiaban muchos seminaristas de la Archidiócesis, porque el
Seminario de Turín seguía ocupado por el Gobierno. No se reconocía la naturaleza de la institución de don Bosco, que miraba
principalmente a ayudar a las vocaciones al estado eclesiástico. No se comprendía la importancia de una obra destinada a proporcionar
sacerdotes a todas las diócesis del Piamonte y de otros Estados, incluso fuera de Italia. Por consiguiente se miraba, con más o menos
frialdad, ((342)) que don Bosco se dedicase a la educación de estudiantes y seminaristas además de los pobres aprendices. Aureolados de
sabiduría, le juzgaban inepto para la educación de los aspirantes al sacerdocio.
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El malhumor aumentó cuando don Bosco se vio obligado a no enviar a las clases de teología del Seminario y a retener en casa a algunos
clérigos, absolutamente necesarios para atender las clases de los muchachos. Aunque había hablado de este asunto con el Vicario
General, recibió un aviso, que sonaba a reproche, de la Curia arzobispal, como si él quisiera en este caso sustraerse a las disposiciones
emanadas de la autoridad eclesiástica. Pero el Siervo de Dios o tenía que servirse de sus propios medios, es decir, de aquellos clérigos, ya
que no podía encontrar otros profesores, o resignarse a suspender su obra, en lugar de desarrollarla y ampliarla como estaba firmemente
decidido a hacer. La Curia concedió la dispensa pedida después de oír sus razones; y don Bosco recomendó con insistencia a dichos
clérigos-maestros que estudiaran a fondo los tratados, impuestos por el programa del Seminario, y los enviaba regularmente a examinarse
en la Curia. Y no los dejaba abandonados a sí mismos, pues el teólogo Berta les daba clase en su propia casa los domingos y días de
vacación.

Pero todos los demás clérigos, que no estaban dedicados a las escuelas del Oratorio, los tuvo sometidos, sin excepción durante muchos
años, a los reglamentos diocesanos.

Murmurábase también que los clérigos de don Bosco, distraídos por sus variadas y graves ocupaciones, no podían alcanzar la ciencia
teológica necesaria. "Pero yo, por el contrario, puedo atestiguar, escribió el teólogo Domingo Bongiovanni, que los clérigos del Oratorio
daban pruebas de continuo estudio y muchos de ellos sobresalieron después por su saber entre los mismos seminaristas y se prepararon
para alcanzar el doctorado también en teología."

((443)) Los registros de las calificaciones, por ellos obtenidas en los exámenes, son una prueba de esta afirmación.

Había también quien miraba con ojos recelosos y desconfiados y se decía que don Bosco, al quedárselos consigo y para su pequeña
Congregación, quitaba a la diócesis los sujetos más capaces y de mayores esperanzas. No se quería comprender que era muy lógico que
retuviera a aquéllos con los que más podía contar. Por otra parte, mientras privaba a una diócesis de un sacerdote o de un seminarista,
sacaba por su medio para el seminario, gratuitamente o a pensión reducida, todo un centenar de sujetos, que sin don Bosco, no hubieran
podido emprender los estudios, y los hubiera perdido la Iglesia. Pero ciertas mentes celosas no podían convencerse de ello, estando como
estaba el porvenir sólo en las manos de Dios. Por eso tendían asechanzas, que ellos juzgaban actos de caridad, a aquellos
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pocos que se quedaban en el Oratorio como colaboradores necesarios para continuar la gran obra, y que tanto dinero y tantos trabajos
habían costado a don Bosco. Trataban de halagarlos para que abandonaran a su bienhechor con promesas de pensiones en el Seminario,
de beneficios lucrativos, de carreras honrosas. Para estos enredos, hasta se aliaban con los padres de los clérigos, y no pocas veces
triunfaron en su intento. Fueron grandes las amarguras que don Bosco experimentó con tal motivo, y si el Oratorio no se vino abajo fue
por obra de la Santísima Virgen.

Aquel mismo año de 1859 surgió una nueva dificultad con motivo del servicio que el Oratorio prestaba en las funciones de la Catedral.
El canónigo Vogliotti, rector del Seminario y provicario, mandó llamar a don Bosco y le pidió que se continuase aquella prestación a los
canónigos. Don Bosco aguardó unos días para reflexionar, y después le escribió en los siguientes términos:

((344)) Benemérito Señor Rector:

He pensado y reflexionado sobre cómo poder dejar libres a algunos clérigos para el servicio religioso, según usted me habló; pero
resulta que la hora en que deberían ausentarse coincide precisamente con la de las funciones en los Oratorios, donde todos ellos están
repartidos y empleados.

La falta de ayuda de otros sacerdotes y de otros clérigos es causa de que los míos estén ocupados de la mañana a la noche atendiendo a
la catequesis, a la escuela festiva, a la asistencia de los muchachos en la iglesia y fuera de ella, lo mismo en esta casa que en las iglesias
de Vanchiglia y Puerta Nueva.

Me he quedado solamente con los clérigos estrictamente necesarios. Pero, si se celebran solemnidades para las que sean necesarios más
clérigos, con gusto me las arreglaré como pueda para que estén libres los que le hagan falta.

El canónigo Anglesio tiene un buen número de clérigos que no tienen el fárrago de cosas que nosotros tenemos. Le parece bien acudir a
él? Piénselo un poco.

El señor T. Gaude habló con el clérigo Molino para ayudar al clero de San Felipe; pero aquí tenemos ceremonias, servicio, etc., y lo que
más pesa, es que le necesito. Por lo que le ruego tenga a bien dispensarlo.

Le envío el certificado de buena conducta de nuestros clérigos durante las vacaciones; y me encomiendo para la revisión de San
Cornelio 1, mientras con la mayor gratitud me profeso.

De V. S. Benemérita.

Turín, 12 de noviembre de 1859

Su seguro servidor JUAN BOSCO Pbro.

1 Se refiere don Bosco a su obrita de "lecturas católicas" con el título de Vida del papa san Cornelio. Quiere decirle que se dé prisa en
darle una ojeada; pues, antes de imprimir una obra, solía pasarla a otra persona, para que se la leyera. (N. del T.)
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Con motivo de estas controversias, aunque corteses y respetuosas, en torno a los clérigos del Oratorio, hubo quienes, ignorando el
estado de las cosas, no dejaban de murmurar, acusando a don Bosco de querer tener la primacía en la diócesis y buscar artificios de toda
clase para no estar sujeto a sus ((345)) superiores. En efecto, alguna vez, aunque don Bosco tuviera siempre un recto fin en todos sus
actos, pareció dar algún motivo a los criticones. Su Pía Sociedad no estaba todavía aprobada, y la Curia toleraba de mala gana ciertos
actos, que, sin embargo, eran necesarios para que no se agostara su incipiente obra. Por otra parte, después de los consejos del Papa y de
su Arzobispo, tampoco podía don Bosco dejar de emplear los medios a propósito para alcanzar su fin. Todo ello daba ocasión a algunos
equívocos. Alguna vez, yendo a la Curia para obtener un permiso, se le negó; y él, sin mencionar su misión ni sus proyectos, soltó un día
estas palabras:

-íPero, señores, yo no pido nada para mí; ténganlo presente! Sirvo a la diócesis y no recibo ningún estipendio; trabajo únicamente por el
bien de las almas; no pido más que poder trabajar por la gloria de Dios.

Cuando oía a uno que interpretaba torcidamente sus intenciones, como si actuase por espíritu de independencia, replicaba:

-Examínense mis obras y mis escritos y se verá qué espíritu me anima. Mírese cuanto se quiera mi vida pública y lo que voy haciendo y,
si hay algo que merezca reproche, estoy dispuesto a corregirlo. Sólo pido que se me advierta, pero en términos concretos y no vagos e
indeterminados.

Por último tampoco faltaron los que encontraban motivo de crítica y manifestaban extrañeza de una sabia determinación de don Bosco.
Era evidente para él que los políticos, a despecho de la ley Casati, serían más hostiles año tras año a la libertad de enseñanza y que
pondrían graves estorbos para que los religiosos y los sacerdotes en general no pudieran dedicarse más a la enseñanza pública o privada,
científica o literaria.

-Eso ya no tiene remedio, iba diciendo don Bosco; los tiempos ((346)) son malos y no cambiarán tan pronto. Dentro de unos años
tendremos que cerrar nuestras escuelas, o disponer de profesores titulados para enseñar.

Por eso él ya había puesto a estudiar a algunos de sus clérigos, para que pudieran presentarse a los exámenes de los cursos de
magisterio y alcanzar el título oficial para las escuelas elementales. A tal fin se entendió con un buen profesor que acudía al Oratorio en
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vacaciones para darles con regularidad sus lecciones, de modo que muchos de ellos alcanzaron excelente resultado.

Asimismo preparaba a algunos de los más dotados para la licenciatura y el doctorado; y entre los Superiores de Congregaciones
religiosas fue el primero, y a la sazón el único en tomar esta medida, matriculando en la Real Universidad de Turín a sus alumnos para
cursar Letras, Filosofía y Matemáticas, como nos lo confirma el canónigo Anfossi, que fue uno de ellos. Pero nunca los dispensó de
presentarse a los exámenes anuales de Teología.

Con esta medida demostraba don Bosco la necesidad de que el clero se armara con la exigencia de las leyes, para oponerse hasta donde
fuera posible a la instrucción laica, impía y escandalosa; tutelaba un gran número de vocaciones eclesiásticas, demostraba frente al mundo
la importancia que daba a los estudios y preparaba la expansión, también fuera de Turín, de su Pía Sociedad, la cual de no ser así, no
hubiera podido seguir enseñando en el Oratorio.

Don Bosco había tomado esta determinación de acuerdo con el Vicario General de la Diócesis, según el testimonio de don Miguel Rúa;
pero no todos los eclesiásticos, aun algunos muy piadosos, vieron con buenos ojos esta medida. Algunos obispos la desaprobaban, casi
condenando al buen sacerdote por haberse doblegado a las injustas pretensiones del Gobierno. Y ellos no permitían que ((347)) su clero
se presentara a tales exámenes. Pero más tarde, considerando las consecuencias que su opinión producía en perjuicio de las almas, se
dieron cuenta de la gran prudencia con que él había actuado en favor de los intereses de la Iglesia. Don Bosco los había exhortado a
rendirse ante aquella necesidad, aduciéndoles la razón de que sin esta medida el clero perdería todas sus escuelas; y muy pronto imitaron
su ejemplo. También aconsejó a los Superiores de varias Ordenes religiosas que proporcionaran a sus Centros profesores titulados de la
propia orden; al principio quedaron sorprendidos, pero más tarde reconocieron que no se podía proceder de otra forma. De esta manera,
por iniciativa de don Bosco, hubo muchos sacerdotes y clérigos, además de los suyos, que alcanzaron los títulos legales para la enseñanza
clásica elemental y superior.

Para salir airoso en esta empresa no ahorró trabajos, gastos ni disgustos. Son realmente increíbles las dificultades que arrostró, pero a
cada obstáculo que encontraba cobraba nuevas fuerzas.

A pesar de todo, al principio acusábase también a don Bosco de imprevisión, porque el atender a estos estudios, no estaba exento de
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peligros para la juventud eclesiástica. El profesor Tomás Vallauri decía a don Juan Bautista Francesia:

-Sigue don Bosco pensando en enviar a sus clérigos a la Universidad? Dígale de mi parte que aquí se respira un aire pestilencial.

Pero don Bosco abrigaba la seguridad de que sus hijos tenían profundamente arraigados en su corazón los principios católicos, y
además estaban prevenidos con sus continuos avisos.

-Queréis ser fuertes para luchar contra el demonio y sus tentaciones? Amad a la Iglesia, venerad al Sumo Pontífice, frecuentad los
Sacramentos, haced frecuentes visitas a Jesús en el Sagrario, sed muy devotos de la Virgen, ofrecedle vuestro corazón y así superaréis
todos los combates y todos los halagos del ((348)) mundo. Cuando se trata de hacer el bien, de rechazar o combatir el error, poned vuestra
confianza en Jesús y María, y entonces estaréis preparados para vencer el respeto humano e, incluso, para sufrir el martirio.

Y por esto, guiado por su iluminada prudencia, dejó a sus hijos como norma y testamento que siguieran asegurando la existencia de sus
escuelas, proporcionando a los sacerdotes y a los clérigos la oportunidad de conseguir los títulos oficiales para la enseñanza.

Acabamos, pues, de exponer las principales observaciones que, durante algunos años, se oyeron repetir para desacreditar a don Bosco, y
las razones en defensa de su conducta. Verdad es que por entonces no podían sus detractores prever y ponderar las rectas intenciones y las
consecuencias de los actos de don Bosco; sin embargo, no podían ignorar que él se mantenía siempre firme en procurar el mayor bien
posible de la juventud, y de una manera heroica. En la marcha general de sus obras habrán encontrado también algunos defectos
inevitables en toda empresa humana, que el mismo don Bosco lamentaba y se esforzaba por corregir hasta donde le era posible; pero no
prestaban oído al aviso del Espíritu Santo, que encontramos en el libro de los Proverbios: "No pongas, malvado, asechanzas a la mansión
del justo, no hagas violencia a su morada" 1.

Por el contrario, en otras ocasiones estos señores enviaban a monseñor Fransoni informes contra don Bosco. Cuando el canónigo Nasi
fue a Lyon a ver al Arzobispo, éste le preguntó:

-Pero, en resumidas cuentas, a qué se dedica don Bosco, a hacer el bien o a hacer el mal?

Dióle el canónigo las explicaciones que un amigo sincero del Oratorio podía dar; el Arzobispo quedó contento con ellas, y muy

1 Prov. XXIV, 15.
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pronto se le presentó la oportunidad de dar pruebas de su satisfacción.

Fue a visitarle una comisión de tres sacerdotes; tras haber hablado de muchos asuntos relacionados con la diócesis, ((349)) acabaron
exponiéndole varias acusaciones contra el Oratorio. Decían, entre otras cosas, que don Bosco pensaba fundar un Seminario por cuenta
propia con los muchachos estudiantes que él educaba y los clérigos que vivían en su internado, para proveer de personal a su Institución;
que este Seminario perjudicaría a los Seminarios diocesanos y, por ende, serviría de vergüenza y burla de los derechos episcopales.
Hubieran querido presionar el ánimo del buen Prelado hasta inducirle a escribir una carta prohibiendo a don Bosco que prosiguiera su
plan, y hasta insinuándole el cierre del internado de Valdocco. Monseñor Fransoni, que conocía las intenciones de don Bosco, después de
dejarles decir cuanto quisieron, exclamó:

-He pedido informes precisos a persona de confianza; nada me dijo de lo que vosotros afirmáis, y he sabido que en el Oratorio se hace
mucho bien. Dejad, pues, que haya en Turín quien siga haciendo bien a las almas, dado que yo no lo puedo hacer.

Terminaremos con un juicio del teólogo y canónigo Ballesio: "Me parece poder afirmar que los enemigos y adversarios de don Bosco,
de su nombre y de sus obras, fueron y siguen siendo enemigos del bien. Por lo demás, recuerdo siempre haber visto que todas las
personas amantes del bien, aunque podían no estar de acuerdo con él en algún punto accidental, o tenían algo que decir de sus obras,
todos estaban de acuerdo con él y lo aprobaban en lo esencial e importante de sus empresas. Aconteció, especialmente en los primeros
tiempos del Oratorio, que personajes respetables del clero recelaron del Siervo de Dios y de sus empresas e, incluso, se mostraron
contrarios; pero, por cuanto yo sé, estas personas mudaron de opinión cuando conocieron toda la verdad de las cosas, y casi siempre se
convirtieron en amigos y bienhechores suyos".
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((350))

CAPITULO XXVI

PLATIQUITAS DE DON BOSCO -ANUNCIO DE LA NOVENA DE NAVIDAD: MEDIOS PARA SANTIFICARLA -ESTUDIAR
SIGNIFICA SER BUENO -NO HURTAR -NO DECIR PALABRAS GROSERAS -OBEDECER AL CONFESOR -SINCERIDAD EN
LA CONFESION -SUGERENCIAS PARA LA FIESTA DE NAVIDAD

ERA el mes de diciembre de 1859. Iba a comenzar la novena de Navidad y don Bosco no descuidaba, por cierto, una ocasión tan
oportuna para enamorar a sus alumnos del inefable misterio.

Habló siete veces, puesto que algunas tardes tuvo que estar en el confesonario hasta hora muy avazada. Uno de los clérigos tomó nota
de sus platiquitas, comprendidas las de fin de año, nos las transmitió y las brindamos al lector. Están encabezadas con una frase del
Cantar de los Cantares: "Sicut vitta coccinea labia tua: et eloquium tuum dulce" (tus labios una cinta de escarlata: y tu hablar,
encantador". Con este versículo se quiso indicar el afecto que brotaba de los labios de don Bosco, teñidos cada mañana con la sangre de
Jesucristo, afecto y unción que no pueden expresarse de otro modo.

((351))

15 de diciembre

Mañana empieza la novena de Navidad. Cuéntase que cierto día un devoto del Niño Jesús, viajando por una selva en invierno, oyó
como un gemido de niño, y avanzando por el bosque hacia el lugar de donde salía la voz, vio un hermosísimo niño que lloraba.
Compadecido dijo:

-íPobre niño, cómo estás aquí abandonado en la nieve?

El niño contestó:

-íAy de mí! Cómo no voy a llorar, estando aquí abandonado de todos sin que nadie tenga compasión de mí?

Y desapareció. Comprendió entonces aquel buen viajero que era el mismo Niño Jesús quien se quejaba de la ingratitud y frialdad de los
hombres.

Os he narrado este hecho para que procuremos que Jesús no tenga que quejarse también de nosotros. Preparémonos, pues, a hacer bien
esta novena.
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Por la mañana, a la hora de la misa, se cantarán las profecías, habrá una platiquita y después la bendición con Su Divina Majestad.

Os aconsejo dos cosas para estos días, a fin de hacer santamente la novena.

1. Acordaos a menudo del Niño Jesús, del amor que os tiene y de las pruebas que de ello os ha dado muriendo por vosotros. Al
levantaros en seguida al toque de campana y sentir el frío, acordaos del Niño Jesús que temblaba de frío sobre unas pajas. A lo largo del
día animaos a estudiar bien las lecciones, a hacer bien el trabajo, a estar atentos en clase por amor a Jesús. No olvidéis que Jesús crecía en
sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres. Y sobre todo guardaos por amor a Jesús de caer en cualquier falta que
pueda disgustarle.
2. Id a visitarle a menudo. Envidiamos a los pastores que fueron al portal de Belén, le vieron recién nacido, le besaron las manitas y le
ofrecieron sus dones.
Afortunados pastores, decimos nosotros, y, sin embargo, no tenemos nada que envidiar, pues poseemos la misma suerte que ellos. El
mismo Jesús, visitado por ellos en su pesebre, está aquí en el Sagrario. La única diferencia es que los pastores lo vieron con los ojos de la
cara y nosotros sólo le vemos con la fe. No podemos hacer nada que más le agrade, que ir a visitarle a menudo. Y de qué manera ((352))
ir a visitarle? Primero con la comunión frecuente. En el Oratorio, especialmente durante esta novena, hubo siempre gran interés y gran
fervor por la comunión; yo espero que haréis lo mismo vosotros este año. Otra manera es ir alguna vez a la iglesia durante el día, aun
cuando no fuera más que un minuto, y rezar un Gloria Patri. Habéis entendido? Haremos dos cosas para santificar esta novena. Cuáles
son? Quién sabe repetirlas? Acordarse a menudo del Niño Jesús, acercarse a El con la santa comunión y con la visita en la iglesia.

16 de diciembre

Me alegro al ver que las calificaciones de aplicación son buenas porque, siendo así, quiere decir que se estudia y estudiando indicáis
dos cosas. La primera, que triunfaréis, la segunda, que sois buenos muchachos. Por consiguiente, este año todos triunfaréis, y no sólo
aprobaréis los exámenes finales, sino que ganaréis un premio. Me diréis:

-Cómo nos van a premiar a todos? Sólo se dan premios a algunos; de otro modo, don Bosco se arruinaba totalmente si hubiera de
premiar a todos nosotros.

-Pero yo os respondo que no serán premiados sólo algunos, sino todos los lo merezcan. Si todos merecen premio, todos lo tendrán y el
último día del curso invi-taremos a los padres, a los párrocos, a los alcaldes, a los amigos y íqué hermoso triunfo tendrá entonces el que
haya estudiado! Además, si no todos obtuvieran sobresaliente en todas las asignaturas, no es un hermoso premio poder decir: hice cuanto
pude, Dios está contento de mí, mi conciencia rebosa de consuelo, he enriquecido mi mente con útiles conocimientos?

Pero he dicho también que las buenas notas indican que sois buenos, porque el medio que más estimula al estudio es la piedad. Esto
significa que la novena de Navidad se hace con fruto y que el Niño Jesús os ha enardecido para hacer el bien. íAnimo, pues! Que este
fuego no sea solamente para una semana, sino para todas. Los que merezcan un optime (sobresaliente), que lo sigan mereciendo siempre;
los que saquen una nota suficiente, aunque inferior al sobresaliente, anímense y díganse a sí mismos: si éste y aquél ((353)) han sacado
sobresaliente, por qué no lo puedo sacar yo también? No quiero quedarme atrás de los demás.
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Si supierais la suerte que tenéis pudiendo estudiar, pondríais todo vuestro empeño para no perder ni siquiera un segundo de tiempo.
íCuántos mayores hay a quienes se les oye suspirar y decir a menudo: íoh, si yo pudiera volver atrás y rehacer los años de mi juventud
que perdí inútilmente, qué bien los emplearía ahora! Si lo hubiera hecho entonces, que era el tiempo para ello, ahora poseería muchos
conocimientos que no tengo; y en la hora de la muerte sobre todo dirán: ahora tendría más méritos para el paraíso. íCuántos jóvenes de
vuestra edad estudiarían día y noche si poseyeran los medios que tenéis vosotros para estudiar! Se cuentan por millares los que piden ser
admitidos en esta casa y dan muestras de tener verdaderamente buena voluntad, pero no hay sitio para todos. Y vosotros fuisteis los
preferidos por la divina Providencia. Si hubiera entre vosotros alguno que no quisiera estudiar y prefiriera la holgazanería, a pesar de los
grandes sacrificios de los padres, de los superiores, que hacen cuanto pueden para ayudaros y también de los compañeros que os dan tan
buenos ejemplos, íqué cuenta más rigurosa deberéis dar a Dios, si no aprovecháis el tiempo que tenéis! El Señor nos pedirá cuenta hasta
de un solo minuto perdido. Pensad la que habrá de dar quien pierde horas, y a veces sesiones enteras de estudio, sin hacer nada. íAnimo,
pues! Seguid el buen camino que habéis emprendido, pero no olvidéis nunca que para estudiar bien, hay que empezar ab alto, (desde lo
alto).

Al poneros a estudiar rezad con devoción una oración de ofrecimiento de actos como la rezaban san Luis, Comollo y Domingo Savio.

17 de diciembre

La entrega que se realiza cada noche de los objetos hallados, hasta de los más pequeños, hace suponer que nadie se permite guardar lo
que no es suyo. Sin embargo, como el demonio es muy listo y podría engañar a alguno, acordaos siempre que apropiarse de lo ajeno es el
vicio más deshonroso del mundo.

Tenido por ladrón, difícilmente se quita de encima este sambenito. ((354))-íFulanito es un ladrón! -dirán los compañeros al llegar a sus
casas-íFulanito es un ladrón!, repetirán los de su pueblo; y todos huirán de él. Pero lo que más espanta es aquella sentencia del Espíritu
Santo: Fures regnum Dei non possidebunt. (Los ladrones no poseerán el reino de Dios.) Los ladrones jamás entrarán en el paraíso. Todos
sabéis que en un ojo no cabe una mota. Pues lo mismo sucede en el paraíso. Allí no entra ni una pajita ajena. Si uno muriese después de
robar una aguja, esto bastaría para no dejarlo entrar en el paraíso. Verdad es que una aguja es materia ligera de pecado, pero tendría que
pagarlo muy caro en el purgatorio. San Agustín dice: "Non remittitur peccatum, nisi restituatur ablatum" (no se perdona el pecado, si no
se restituye lo robado). Puede uno confesar el pecado, sí; pero no se le perdonará mientras no restituya, en el bien entendido de que pueda
devolver y sea materia grave lo robado; y si no pudiera hacerlo, debe tener voluntad verdadera y eficaz de restituir. Pero, ícuidado!
Porque muchas materias ligeras, al sumarse, pueden llegar a formar poco a poco materia grave. Diez céntimos hoy, mañana una corbata,
un libro otro día, luego un cuaderno, y después un poco de fruta..., hacen pronto una cuenta seria ante el tribunal de Dios. Así pues, si no
queremos exponernos al peligro de ser deshonrados ante todo el mundo, si no queremos cargar nuestra conciencia, tengamos mucho
cuidado de no tocar nada que no sea nuestro. Debemos considerar lo ajeno como si fuera fuego. Si nos cae encima una chispa, la
sacudimos al momento. Así también, si vemos cerca de nosotros algo que no es
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nuestro, aunque sea de escasísimo valor, como por ejemplo una hoja, una plumilla, un lápiz, dejémoslo donde está. Necesitáis una cosa
en aquel momento? Pedírsela a los compañeros; son suficientemente atentos para dárosla. Por lo demás, están los superiores; ellos os
proporcionarán lo que os hace falta.

18 de diciembre

Si alguien os dijera:

-Eres un ganapán, un limpiabotas, un destripaterrones, un chapucero, os daríais por ofendidos y con razón. Sin embargo, mientras
algunos Protestarían Por semejantes títulos, no se ruborizan de aparecer merecedores de los mismos con los hechos, soltando ciertas
palabras que sólo las dicen los carreteros, los mozos de cuerda y gente de esa ralea; porque ((355)) accidenti, contacc, va sulla forca, etc.
1, son palabras que dejan mala impresión en los que las oyen. Por consiguiente, el que no quiera ser tenido por grosero o plebeyo, debe
abstenerse de semejantes palabras. No es mi intención despreciar a los obreros ni a los demás braceros, que son hombres como nosotros;
son dignos de compasión si sus modales son toscos, pues carecen de cultura y educación, y andan siempre en cosas materiales. Pero
vosotros, que poseéis más instrucción y os ocupáis en cosas más elevadas, no debéis emplear palabras y modales bastos, sino demostrar
con los hechos vuestra educación. Por eso os recomiendo que no digáis ciertas palabras. Alguién replicará:

-Yo no cometo ningún pecado pronunciando ciertas palabras.

-Bien, oídme: tampoco comete pecado un limpiabotas; por qué no vais vosotros también a hacer este oficio? Alguno más atrevido podrá
pensar: -Lo que es pecado no puede ni debe hacerse, pero es lícito hacer todo lo que no es pecado. Decidme: Les gustaría a vuestros
padres oíros decir esta palabrotas? íCómo sufrirían de tener un hijo tan mal educado! Ya me sucedió oír decir a uno semejantes
palabrotas, mientras pasaba a su lado cierto señor. Aquel forastero podía ser una persona importante: qué idea se formaría de nuestros
jóvenes? Guardad, pues, bien grabado en la mente el aviso que acabo de daros y practicadlo. Puede que aún haya alguno que diga:

-Don Bosco tiene razón, pero es una costumbre... no quisiera
decirlo ..., se me escapa sin querer...

-Lo comprendo, respondo yo; pero comenzad por hacer el propósito de no decirlo aposta... Después prestad atención en los momentos
en que acostumbráis hacerlo. Los asistentes os llamarán la atención y vosotros aceptad su advertencia. Rogad a vuestros propios
compañeros que tengan la bondad de avisaros cuando se os escape alguna palabra gorda y ya veréis cómo poquito a poco os iréis
corrigiendo de este defecto. Hacedlo en honor del Niño Jesús.

19 de diciembre

Un consejo que don Bosco suele dar a menudo es de la obediencia. Pero esta noche me limito a hablaros de la obediencia al confesor.
Si es verdad que cuando un superior os habla, lo hace en nombre del Señor, y vosotros debéis obedecerle como

1 Son expresiones plebeyas italianas, cuya traducción directa en castellano no dice nada; no nos parece necesario sustituirlas por otras
de la misma jerga que tanto abundan, por desgracia, en nuestro lenguaje vulgar. (N. del T.)

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se ((356)) obedece al Señor, esto debe observarse de una manera particular con relación al confesor, que de una manera más especial hace
las ve es de Dios. Por consiguiente, debéis dar mucha importancia a sus palabras y considerarlas exactamente como palabras del Señor.
Para que comprendáis cuánto estima El la obediencia al confesor, oíd el hecho siguiente.

Dios favorecía a Santa Teresa con gracias especiales, pero creyendo el confesor que aquellas apariciones eran cosa del demonio, mandó
a la Santa que las es cupiera. Y he aquí que se le aparece Jesús; ella pidió primero disculpa y luego cumplió la obediencia. El Señor alabó
mucho aquel acto que parecía desprecio y era virtud. Si os confesáis bien, no es fácil que el confesor se equivoque, pero aun cuando se
equivocara al mandaros algo, vosotros no os equivocaréis nunca, si le obedecéis. Los consejos que os dé en la confesión no os contentéis
con oírlos en el confesonario pensad en ellos y resolved: me dijo esto y esto otro; por tanto, me esforzaré por cumplirlo. Volved a
recordarlos por la noche al hacer el examen de conciencia, pensando especialmente si habéis sido obedientes. Si en aquel momento no os
da tiempo, hacedlo mientras vais a descansar, renovando el propósito, si descubrís que habéis faltado. ímismo cuando vais a la iglesia a
oír misa o a hacer una visita, prometed a Jesús:

-Por vuestro amor haré lo que me ha dicho el confesor.

Si cumplís lo que os digo, estad seguros de que avanzaréis mucho por el camino de la virtud.

20 de diciembre

El lazo con el que ordinariamente suele el demonio cazar a los jóvenes es precisamente éste: les llena de vergüenza a la hora de
confesar sus pecados. Pero, cuando los tienta para cometerlos, les quita toda vergüenza y les hace creer que son cosas sin importancia.
Después, cuando se trata de confesarlos, les restituye la vergüenza y hasta se la aumenta, intentando meterles en la cabeza que el confesor
se asombrará al verlos caídos de ese modo y no les tendrá el aprecio de antes. De esta manera trabaja por empujar más y más a las almas
al abismo de la eterna perdición. íOh, cuántas almas, especialmente de jóvenes, roba el demonio al Señor y a menudo para siempre! Pero
vosotros, queridos míos, acordaos de que el confesor no se extraña nunca de los pecados que uno haya cometido, aun cuando fuera
((357)) un santo al que se confiesa. Sabe que la fragilidad humana es grande y que un momento de descuido puede ser fatal para todos.
Por consiguiente, es indulgente. Una madre demuestra más cariño a su hijo cuando éste se halla enfermo. El pecado es una enfermedad.
Si el hijo muere, íqué alegría tendría la madre si pudiera resucitarlo! El pecado es la muerte del alma; íqué alegría la del confesor al poder
resucitarla! Acordaos, queridos muchachos, de que no se sorprende el confesor por un pecado que cometáis, antes, al contrario, se alegra
de vuestra conversión, le conmueve vuestra confianza y os quiere y os aprecia más que antes.

Dice el Señor que los ángeles del cielo hacen más fiesta por un pecador que se convierte que por la perseverancia de noventa y nueve
justos. Lo mismo le sucede al confesor. Os diré más: no temáis acercaros a él aun fuera de la confesión, porque después de haberos
confesado, ya no piensa en ello, ni recuerda nada. Es éste un hecho que me sucede a mí mismo continuamente. Además, si se acordara,
tendría un motivo más para aumentar su alegría y su afecto hacia vosotros, pues podría pensar:

-A este muchacho lo he salvado yo, y un día podré presentarlo puro y santo ante
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Dios en el paraíso. El es una prenda de mi eterna salvación y me quedará agradecido y rezará por mí.

Y no sería, además, una gran suerte tener en el momento de la muerte a nuestro lado un confesor que nos conozca bien y pueda
confesarnos con una sola palabra:

A propósito de la estima que tíene el confesor a su penítente, os contaré dos hechos que le sucedieron a san Francisco de Sales. Un día
cierto penitente suyo que le había confesado todos los desórdenes de su juventud, dijo al buen Obispo, que le daba los avisos oportunos

con gran efusión de corazón:

-Sin duda que me habláis así por compasión, pero en lo íntimo del alma me tenéis un gran desprecio.

-Sería yo culpable, contestó san Francisco, si después de una confesión tan buena os tuviera todavía por pecador, cuando, por el
contrario, os veo más blanco que la nieve, semejante a Naamán al salir del Jordán. Os amo como a hijo mío, puesto que mi ministerio os
ha hecho renacer a la gracia, os tengo una estimación tan grande como el afecto que os profeso, al ver que de vaso de ignominia que erais,
os habéis convertido en vaso de honor y santidad. íAh, cuán querido me es vuestro corazón, ahora que ama a Dios con todas su veras!

((358)) preguntóle casi lo mismo cierta penitente que se había confesado de muchos pecados, y respondió:

-Ahora os miro como a una santa.

-Pero, replicó ella, vuestra conciencia os dirá lo contrario.

-No, añadió él, os hablo según mi conciencia. Antes de vuestra confesión, sabía de vos muchas cosas desagradables, que corrían por

todas partes, y esto me dolía, por la ofensa a Dios y por respeto a vuestra reputación; pero ahora sé qué responder a cuanto se pueda decir
contra vos. Diré que sois una santa y diré la verdad.

-Pero, padre, el pasado sigue siendo verdad.

-De ningún modo, porque si los hombres os juzgaren como el fariseo juzgó a la Magdalena después de su conversión, tendréis por
defensores a Jesucristo y a vuestra conciencia.

-Pero, en fin, padre mío, qué pensáis vos de mi pasado?

-Os aseguro que no pienso nada, porque, cómo queréis vos que mi pensamiento se detenga en lo que ya no existe ante Dios? No pensaré
más que en alabar a Dios y celebrar la fiesta de vuestra conversión. Sí, quiero celebrar esta hermosa fiesta con los ángeles del cielo, que
celebran el cambio de vuestro corazón.

Y como quiera que al decir esto, tenía el rostro bañado en lágrimas, le dijo la penitente:

-Sin duda que estáis llorando por mi vida abominable.

-No, replicó el santo Prelado, lloro de alegría por vuestra resurrección a la vida de la gracia.

Habéis entendido, mis queridos amigos? Sin embargo, si aún después de todas estas razones no os sentís con ánimos para abrir

completamente la conciencia a vuestro confesor, antes que cometer un sacrilegio, cambiadlo e id a otro.

23 de diciembre

Quiero que estéis alegres en las fiestas de Navidad, muy alegres. Recomendaremos al señor Prefecto que dé las órdenes oportunas al
cocinero. Os gusta así? Yo miraré por la alegría del cuerpo y vosotros, juntamente conmigo, miraréis por la alegría del alma. El Niño
Jesús que nació en estos días, y quiere volver a nacer cada

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año en vuestros corazones, espera de vosotros algo especial. Ya habéis ((359)) oído en las pláticas de estos días cuánto hizo El por
nosotros. Notad que no fue por todos en general, sino por cada uno de nosotros en particular. Muchos Santos Padres nos dicen que el
Señor hubiera nacido y muerto igualmente, si hubiera habido uno sólo a quien salvar. Por tanto, lo que sufrió por todos, lo hubiera sufrido
por cada uno de nosotros. Cada uno puede por consiguiente decir para sí mismo: íeste Niño nació y murió expresamente por mí; por mí
ha sufrido tanto! Qué muestras de gratitud le daré? íEste querido Niño espera algo de nosotros, algún regalo especial! Qué le vais a dar?
Os sugiero dos cosas:

1. Una buena confesión y una buena comunión, con la promesa de serle siempre fieles.
2. Quien no lo haya hecho todavía, escriba una hermosa carta a sus padres, pero no diciéndoles: enviadme salchichón, enviadme dulces,
higos secos, pasas, manzanas, etc., que los padres conocen vuestros deseos y os contentarán. Escribidles una carta, como corresponde a
hijos cristianos, augurándoles unas felices Pascuas, asegurándoles que rezáis por ellos, dándoles gracias por los sacrificios que hacen por
vosotros, pidiéndoles perdón por si alguna vez les faltasteis al respeto debido, prometiéndoles que seréis siempre hijos obedientes,
saludándoles de mi parte y con mis mejores augurios de unas buenas Navidades y un feliz Año Nuevo.
Si les escribís en estos o parecidos términos, les daréis una gran satisfacción y ello agradará mucho a Jesús, porque con esta carta
honraréis a vuestro padre y a vuestra madre. No olvidéis tampoco a vuestros bienhechores y a vuestro párroco, quienes verán de este
modo que sois muchachos de buen corazón, agradecidos y bien educados. Termino deseándoos a todos unas felices navidades.
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CAPITULO XXVII

INDULGENCIA PLENARIA PARA UN SANTUARIO EN CASELETTE -PALABRAS DE DON BOSCO A LOS MUCHACHOS
SOBRE EL AÑO QUE TERMINA -RECUERDOS A TODA LA COMUNIDAD -LA ULTIMA NOCHE DEL AÑO -ALUMNOS
FALLECIDOS DURANTE EL AÑO 1859 -AGUINALDOS PERSONALES DE DON BOSCO A SUS ALUMNOS Y DE ESTOS A EL

AL celebrar la misa de Nochebuena no olvidó don Bosco a ninguno de sus bienhechores, contando entre los primeros al conde Carlos
Cays. Proporcionábale así una ansiada y viva satisfacción.

En la orilla izquierda del río Dora Riparia, hacia la mitad de la ladera del monte Asinaro, se asienta el pueblo de Caselette con el
castillo del conde Cays. En tiempos antiquísimos habíase levantado allí una capilla en honor del niño Habacuc, de su hermano Audifaz y
de sus padres Mario y Marta, mártires de la nobleza persa. Fue restaurada y ampliada en 1817, y decorada y ampliada en 1851 y en 1855
merced a las aportaciones de las Reinas y de todo el pueblo. En 1856 se levantaron a lo largo del camino, que conducía al santuario,
quince capillitas con pinturas de los misterios del Vía Crucis y del Santo Rosario. Estos mártires eran tenidos como protectores especiales
contra las fiebres y obraban maravillosos portentos en favor de los que los invocaban.

((361)) El Conde, para favorecer al ayuntamiento de Caselette, había insistido a don Bosco para que suplicase al Papa que concediera
una indulgencia plenaria a todos los que el día diecinueve de enero, desde las primeras vísperas hasta la caída del sol del mismo día,
visitaran dicha capilla. Pío IX otorgó la indulgencia con las condiciones de costumbre, con fecha 20 de diciemre de 1859, y mandó
transmitir el Rescripto a don Bosco. El día veintinueve de diciembre el Vicario
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general canónigo Celestino Fissore, permitía que se publicase y se mandara imprimir 1.

La noche de aquel mismo día veintinueve hablaba don Bosco a sus muchachos en los siguientes términos:

-Este año no lo volveremos a ver nunca más; el tiempo pasado ((362)) no vuelve más. Si lo hemos empleado bien, allá estará para
nuestra gloria eternamente; si lo hemos empleado mal, allá estará eternamente para nuestra infamia.

Ahora lo que está hecho, ya no se puede deshacer. En este último caso procuremos ponerle un buen término, es decir, pasar bien los
días que nos quedan todavía, renunciando a algún defecto, practicando alguna virtud, para que podamos decir por lo menos: en el año
1859 corregí un defecto y practiqué una virtud. Tomás de Kempis dice así: "Pronto seríamos santos si no hiciéramos cada año más que
corregir un solo defecto y practicar una sola virtud".

Este aviso era como el exordio de lo que diría la última noche del 1859. Así se explicaba el treinta y uno de diciembre:

1 "PIUS P.P. IX"

Ad perpetuam rei memoriam.

Ad augendam fidelium religionem, animarumque salutem coelestibus Ecclesiae thesauris pia chatitate intenti, omnibus et singulis
uttiusque sexus Christi fidelibus vere poenitentibus, et confessis, ac S. Communione refectis, qui Ecclesiam in honorem SS. Marii,
Marthae, Audifacis et Habacuc M.M. sitam intra fines paroeciae loci "Caselette" nuncupatae Taurinens. Dioec. die decimo nono mensis
Januarii a primis Vesperis usque ad occasum solis diei huiusmodi singulis annis visitaverint, et ibi pro Christianorum Principum
concordia, haeresum extirpatione ac S. Matris Ecclesiae exaltatione pias Deum preces effuderint, plenariam omnium peccatorum suorum
indulgentiam et remissionem; quam etiam animabus Christi fidelium, quae Dei in charitate conjunctae ab hac luce migraverint per
modum suffraggi applicari posse, misericorditer in Domino concedimus. In contrarium faciend. non obstant. quibuscumque praesentibus,
perpertuis, futuris temporibus valituris.

Datum Romae apud S. Petrum sub annulo Piscatoris die XX decembris MDCCCLIX. Pontificatus Nostri Anno Decimoquarto.

Pro. D.no. Card. MACCHI I. B. BRANCALEONI CASTELLANI

Vis. Publicari et quatenus opus typis edi permittimus.

Taurini. die 29 decembris 1859.

CELESTINUS FISSORE Vic.Gen.

1 "PIO P. P. IX"

Para perpetua memoria.

Para el aumento de la religión de los fieles y salvación de las almas con los celestiales tesoros de la Iglesia, impulsados por piadosa
caridad, concedemos misericordiosamente en el Señor a cuantos cristianos de uno y otro sexo, verdaderamente

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Queridos hijos míos, sabéis cuánto os quiero en el Señor y cómo me he consagrado totalmente a haceros todo el bien que puedo. La
poca ciencia, la poca experiencia que he adquirido, cuanto soy y poseo, oraciones, trabajos, salud, mi propia vida, todo deseo emplearlo
para vuestro servicio. Todos los días y para cualquier cosa podéis contar conmigo, pero especialmente para las cosas del alma. Por mi
parte os entrego como aguinaldo a todo mí mismo; será cosa baladí, pero cuando os doy todo, quiero decir que no me guardo nada para
mí.

Y vamos ahora a los recuerdos. A todos en general. Haced bien la señal de la cruz; no volváis la cabeza atrás cuando ayudéis a misa;
recomiendo el silencio en el dormitorio, no hagáis contratos sin permiso, dejad las lecturas malas o prohibidas. Tan pronto como uno
dude de la bondad de un libro, manifieste su duda a algún superior.

Espero que pondréis en práctica mis avisos y estoy tan seguro de ello que quiero acabe el año con perfecto amor y santa alegría. Por
esto, os perdono falta que podáis haber cometido y también vosotros perdonaos mutuamente las ofensas que acaso hayáis recibido.
Quiero que comencéis el año 1860 ((363)) sin malhumor y sin penas. Si hay alguno con un castigo fijo, me gustaría que se le perdonase.
Estoy dispuesto a borrar de un plumazo todas vuestras faltas, prometo no echárselas en cara a nadie y olvidarlas; pero me gustaría que
hicierais lo mismo entre vosotros.
Mas no se trata de perdonar una ofensa y a los diez o a los quince días, si se presenta la ocasión, echar en cara al que os ofendió aquella
palabra, aquella falta, aquella amonetación recibida, aquel descuido. No, así no; perdonar quiere decir que se olvida para siempre.

Prescindiendo de lo particular, diré a los estudiantes que procuren buscar en la ciencia terrena la del cielo, la virtud y practicarla.

A los aprendices les diré que, ya que no disponen de tiempo para pensar mucho en el alma durante los días laborables, piensen en ella al
menos en los días festivos oyendo bien la misa, escuchando con atención las instrucciones, recibiendo devotamente

arrepentidos y confesados y habiendo recibido la sagrada comunión, visitaran el 19 de enero de cada año, a partir de las primeras vísperas
hasta la puesta del sol de ese día, la iglesia erigida en honor de los Santos Mártires Mario, Marta, Audifaz y Habacuc, sita en la
circunscripción parroquial del lugar llamado "Caselette", en la Diócesis de Turín, y rogaren allí por la concordia de los Príncipes
cristianos, la extirpación de las herejías y la exaltación de la Santa Madre Iglesia, indulgencia plenaria y la remisión de todos sus pecados,
aplicable también, a modo de sufragio, en favor de las almas de los fieles difuntos que pasaron a la otra vida unidas en caridad con Dios.

No obstante cualquier cosa en contrario.

Dado en Roma, junto a San Pedro, bajo el anillo del Pescador, el día 20 de diciembre de 1859, año décimo cuarto de Nuestro
Pontificado.

Pro. Card. MACCHI

I. B. BRANCALEONI CASTELLANI
Permitimos publicarlo e imprimirlo.

Turín, 29 de diciembre de 1859

Celestino Fissore, Vic. Gen.

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mente la bendición. Y que procuren acercarse a los santos sacramentos los domingos y fiestas principales.

A los clérigos les recuerdo que están vendidos al cielo y, por lo tanto, no piensen ya en esta tierra; que todo su afán sea buscar la mayor
gloria de Dios y la salvación de las almas. A este propósito recomiendo a todos que se ayuden unos a otros a salvar el alma; primero, con
el buen ejemplo y después, con los buenos consejos, teniéndonos por felices siempre que podamos impedir entre nuestros compañeros un
solo pecado venial; prestando buenos libros de lectura, exhortando a la obediencia, avisando cuando descubráis un lobo en el aprisco; en
conclusión, acordándonos que un gran santo dice: divinorum divinissimum est cooperari in salutem animarum (entre las cosas divinas lo
más divino es cooperar a la salvación de las almas).

A los sacerdotes, aunque sean pocos, les recomiendo que se esfuercen por mantener encendida en su alma la llama de un ardiente amor
a las almas.

Y qué me diré a mí mismo? Diré (y hablaba casi sollozando, y con palabras entrecortadas) que siento sobre mis hombros el peso de un
año más, cuando el 18 59 está para desaparecer con los siglos pasados. Es un año menos de vida y seríamos unos desgraciados, si lo
hubiésemos pasado inútilmente. Siento lo grave de mi responsabilidad, que aumenta cada día, al tener que dar estrecha cuenta al Señor
del alma de cada uno de vosotros. Yo hago lo que puedo, pero ayudadme vosotros, mis queridos muchachos.

((364)) Finalmente, mientras todos nosotros prometemos al Señor emplear bien el resto de nuestra vida amándole y sirviéndole,
démosle gracias por los muchos beneficios que nos ha concedido y por habernos conservado hasta el año 1860. No concedió esta gracia a
todos. Dónde están, que no los veo entre nosotros, Magone, Berardi, Capra, Rosato, Odetti y otros más? Pasaron a la eternidad para dar
cuenta al Señor de lo que hicieron. Por eso os recomiendo a todos que tengáis preparada vuestra conciencia, porque el Señor puede
llamaros este año a su tribunal. Recomiendo además, a los que por miedo o por vergüenza no se atreven a confesarse con su propio
confesor, que lo cambien, que vayan a otro; pero, por amor de Dios, que no dejen de arreglar sus cuentas con El. Seguro que el año
próximo no nos encontraremos aquí todos en este mismo día. Por lo tanto, os invito a rezar un padrenuestro por todos los que morirán
durante el próximo año y por los que fallecieron en éste que está acabando.

En la lista de los queridos difuntos de la casa figuraba la fecha en que habían pasado a la eternidad.

Carlos Rosato, de Turín, el tres de mayo en el hospital Cottolengo, a los cuarenta y tres años de edad.

Francisco Capra, de Centallo, a los dieciséis años de edad, en el hospital Mauriciano durante el mes de junio.

Juan Zucca, de Cavour, en su casa paterna el quince de agosto, a la edad de veintiséis años.

Bartolomé Odetti, de Vigone, en el hospital Cottolengo, a los dieciocho años.

Don Bosco, después de rezar un padrenuestro, avemaría y requiem con todos sus chicos arrodillados delante de él, bajó de la
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tribuna y según su costumbre, comenzó a repartir aquella noche, y siguió durante los días siguientes, el aguinaldo de Navidad para cada
alumno en particular. Consistía éste en un consejo, expresado con breves y lapidarias palabras, para ser ((365)) entendidas según la
necesidad o utilidad del destinatario. Este consejo era siempre tan apropiado que quedaba grabado en la mente y en el corazón del que lo
recibía. Resultaba algo maravilloso, pues eran casi trescientos los que recibían el aguinaldo.

Al mismo tiempo, cada uno de los muchachos daba a don Bosco su aguinaldo, consistente en una cartita en la que exponía una
necesidad, un secreto confidencial, pedía un consejo, daba una explicación, avisaba de algún inconveniente acaecido, y había quien se
atrevía a sugerir un respetuoso aviso. Otros simplemente prometían mejorar su conducta, ser más aplicados, más activos y diligentes en el
trabajo, o aseguraban que rezarían por su superior.

El clérigo Juan Bonetti anotó en sus Memorias de aquel año:

"Después de entregar a don Bosco mi aguinaldo en una carta, la noche del treinta y uno de diciembre de 1859, él, igual que solía hacer
cada año, me dijo al oído las siguientes palabras, que eran su aguinaldo para mí: ``Humildad y trabajo''".
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CAPITULO XXVIII

EL PROLOGO DEL HOMBRE DE BIEN, ALMANAQUE PARA EL AÑO 1860 -LA GUERRA EN LOMBARDIA Y LAS
AVENTURAS DEL HOMBRE DE BIEN -SUS PROFECIAS -DON BOSCO ES LLAMADO AL MINISTERIO DE GOBERNACION
PARA DAR EXPLICACIONES ACERCA DE LAS PROFECIAS DEL ALMANAQUE

A finales del año 1859 se publicaba y repartía El Hombre de Bien, precedido de un singular y variado prólogo. Había en él unas
predicciones para el año 1860 y años sucesivos. Iban precedidas de un largo relato de las aventuras de El Hombre de Bien, semicómicas,
ingenuas y ridículas, quizá para que las predicciones no tuvieran un tono destacado de profecía, quizá para no asustar a los hombres de la
política, si por acaso caía en sus manos el librito. Esperaba don Bosco que no lo considerarían como obra de un hombre serio y de gran
inteligencia y a lo sumo le compadecerían o se burlarían de él como de una frivolidad más. Entretanto acarrearía a los suscriptores de las
Lecturas Católicas y a otros el gran bien que se deseaba. Pero sus precauciones no tuvieron éxito, pues el almanaque dio mucho que
hablar por largo tiempo, no sólo en las casas de los particulares, sino hasta en los palacios de los gobernantes.

Decía así el prólogo:

((367))

I

El hombre de bien -Almanaque piamontés-lombardo para el año bisiesto 1860 -El hombre de bien a sus amigos.

Antes de empezar a hablar con vosotros, respetables amigos, creo oportuno daros razón de algunas novedades. Veréis que en mi
portada, en lugar de A lmanaque Nacional, he puesto Almanaque piamontés-lombardo. Lo he hecho para indicar que también yo voto por
la aceptación de este reino. De este modo será completa la dedición del mismo y quiero dar a conocer también con ello que hombres de
bien no son contrarios a la unión de Lombardía con Piamonte. Me vais a ver este año un tanto reaccionario y sabréis a continuación la
terrible razón de ello. No hablo de ferias
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y mercados porque todavía no conozco bien el tiempo, lugar y modo de cómo suelen hacerse las ferias y mercados en nuestros nuevos
estados. Para no tener parcialidades y disparatar suspendo el hablar de todo ello. Pero puedo asegurar que lo que os voy a decir lo
considero de mucha mayor importancia; son cosas para llorar y a veces para reír. Os contaré mis hazañas guerreras; voy a hacer de
historiador y exponeros el pasado; haré de político y os hablaré del presente; haré de profeta y os anunciaré el futuro y, después de una
serie de hechos curiosos, me ingeniaré para divertiros un poquito, cantándoos una canción.

Un saludo -La guerra -Negocio de refrescos -Encuentro con un general francés en Montebello -Cosas de Palestro -Un zuavo.

Os saludo cordial y respetuosamente, apreciados amigos, y lo hago de todo corazón, porque mucho me temía no poder volver a veros.
La terrible guerra del año pasado, en la que también yo tomé parte, me quitaba casi todas las esperanzas de poder volver a veros.

Sí, queridos amigos, tomé parte en algunas batallas; estuve ((368)) en Montebello, en Palestro, en Magenta, en Marignano y sobre todo
en Solferino. Por doquiera demostré lo que vale un hombre de bien. Verdad es que no sirvo para manejar el fusil ni la espada y, si queréis
que os lo diga, tengo miedo de los vivos y de los muertos. Pero fui a la guerra, es decir: deseoso de hacer el bien para mí y para los demás
me puse a vender refrescos entre el ejército; bien entendido que después de obtener el correspondiente permiso que, a base de dinero,
logré fácilmente. Este oficio, que parece servir de poco, fue útil para muchos: para mí por lo que gané, para mí y para mis hijos, que
aunque creciditos no están capacitados todavía para ganarse el sustento; resultó útil también para otros, porque muchas veces, gracias a
mis refrescos, apagué la sed de los sanos, de los enfermos y de los moribundos. Recuerdo precisamente que en Montebello había un
general francés que se moría de sed. Tan pronto como me vio se puso a gritar: Galant homme, galant homme, donnez moi a boire
(caballero, caballero déme de beber). Yo que también sé algo de francés, le contesté al momento: Oui, monsieur; tome, beba a su gusto,
bien raisonnable; os lo doy de buena gana, pero pour l'argent, por dinero. Bebió y, aliviado con mis excelentes refrescos, acudió a
socorrer a los que ya huían, los animó y luchando con ellos intrépidamente, los nuestros alcanzaron en poco tiempo la victoria. De modo
que la victoria de Montebello se debe atribuir en buena parte a la virtud de mis refrescos.

En Palestro estaba el suelo cubierto de muertos y heridos; y puedo asegurar sin mentir que el número de muertos hubiera sido mucho
mayor de no haber acudido yo en su socorro, dando de beber a los sanos y aliviando a los heridos, que morían de sed reclamando piedad
y misericordia. Más de cien heridos, repuestos con mis refrescos, pudieron recobrarse y ser trasladados al hospital. Un zuavo no podía
respirar por falta de bebida; le di un vasito y se repuso prodigiosamente; quedó tan agradecido que me regaló doce cigarros de excelente
tabaco. Pero yo que no estoy ni estaré jamás habituado al tabaco, pues aborrezco hasta el humo, agarré los puros y se los regalé a otros
soldados, que suspiraban por fumar y no podían hacerlo. Hace pocos días uno de ellos me golpeó las espaldas diciéndome:
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-Bravo, hombre de bien: tus refrescos me dieron la vida; sin ellos hubiera muerto de sed en Palestro.

((369)) III

Cosas de Magenta -Caridad y consejos -Un capuchino -La providencia -Quince napoleones.

En Magenta tomaron las cosas un cariz más terrible. Llegué allí al día siguiente de la batalla y vi tantos muertos y heridos, que
temblaba de pies a cabeza. Resuelto a hacer un sacrificio por la patria, fuí repartiendo refrescos a los pobres heridos mientras tuve;
después me puse a ayudar a trasladar heridos al hospital y por ultimo a enterrar muertos. Cómo, dirá alguno, el hombre de bien enterrando
muertos?Ni más ni menos, lo hice y lo volvería a hacer. Tobías no era un hombre de bien?
Y a pesar de ello, dejaba la comida para ir a enterrar a los muertos.

En medio de mis trabajos y fatigas recibí grandes consuelos de muchos moribundos, que se recomendaban su propia alma y yo les di a
besar mi crucifijo muchas veces. Pero daba lástima ver a muchos soldados que pedían confesarse y no había bastantes sacerdotes para
contentar a todos. Como no se podía hacer más, yo les sugería que hicieran un sincero acto de contrición; y después les decía que podían
ir tranquilos al otro mundo, porque Dios les perdonaría. Muchos me pedían que los confesara yo; pero yo no podía oírlos en confesión ni
absolverlos. Hubo uno que me dijo: -Hombre de bien, te confieso mis pecados y tú se los confiesas luego a un sacerdote. -No, le contesté,
pesan tanto los míos que me hacen caminar con giba; figúrate, si añado los tuyos. Reza el acto de contrición y vete tranquilo.

Después de la batalla de Magenta quería seguir al ejército, pero no tenía refrescos ni dinero para nuevas provisiones, porque lo había
gastado todo para remediar tantas necesidades. Caminaba triste hacia Milán preocupado de cómo continuar el negocio, cuando se me
acercó un capuchino y me dijo:

-Qué te pasa, hombre de bien, que caminas tan preocupado? Te han herido en Magenta?

-No me han herido en el cuerpo, pero sí en la bolsa; no me queda dinero ni refrescos para vender.

-Nadie te debe nada?

-No, sólo yo tengo algunas deudas en Turín.

((370)) -Qué hiciste con lo que ganaste hasta ahora en tu negocio?

-Se lo di a los pobres soldados, que cansados o heridos desfallecían de sed.

-Has hecho una buena obra. Dios te la premiará; El suele dar cien veces más por cada obra buena en esta vida y una recompensa eterna
tras la muerte.

-Es verdad; yo no he tenido nunca coches, ni caballos, salvo un borriquito, cuando me dedicaba a vender cebollas. Sin embargo, he ido
adelante tan campante. Siempre he andado corto de dinero y nunca me faltó la comida, pero ahora no me queda nada...

-Espera, reza y después...

Mientras estaba entretenido en esta conversación, oí la voz de uno que corría para alcanzarme y decía:

-Para, aguárdame, aguarda...Al primer momento temí que fuera alguien que me tomaba por un bandido y

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quería saludarme con un disparo de escopeta, o que se trataba de algún guardia de la frontera, de esos que suelen echar el guante incluso
en verano a ciertos hombres de bien para llevarme a ese lugar donde nadie paga pensión y que se llama cárcel. Sin embargo, me paré, me
armé de valor y me volví diciendo:

-Quién me busca? Quién me reclama? Yo no hago mal a nadie.
-No temas. Vengo a buscarte para tu bien. No eres tú el Hombre de Bien?
-Sí, así me llaman y por la gracia de Dios soy Hombre de Bien.
-Eres tú el que trabajó en Magenta para dar de beber a los sedientos heridos y moribundos?
-Sí, sí, pero yo no hice ningún mal.
-Eres tú el que para vendar la herida a un capitán que perdía toda su sangre, te quitaste la camisa e hiciste vendas con ella para restañar

la sangre de aquel infeliz que estaba en trance de perder la vida?
-Sí, lo hice y volvería a repetirlo si fuere menester.
-Aquel capitán me envía para darte las gracias. Reconoce que te debe la vida y en señal de gratitud ruega que aceptes este paquete.
Imaginaba que fuera un paquete de medallas, por lo que lo acepté gustoso con intención de repartirlas a los valientes soldados ante la

inminencia de la batalla. Pero al abrirlo me encontré quince brillantes ((371)) napoleones de oro.
-No, grité al instante, no los quiero; cuando hice aquella obra de caridad, cumplí con mi deber y las obras de caridad no se hacen por

dinero.
Pero aquel hombre ya había reemprendido su camino sin parar mientes en mis palabras. El capuchino me consoló diciendo:
-Toma en hora buena este dinero como enviado por la divina Providencia. Cuando llegues a Milán, podrás hacer las deseadas

provisiones. Tú realizaste una obra de caridad desinteresadamente, pero Dios inspiró a tu socorrido para ayudarte en tu presente
necesidad.
Estas palabras me tranquilizaron y me eché al bolsillo los providenciales napoleones.

IV
Milán -Las iglesias -La montaña de mármol -Los cafés -Panorama de Marignano.

Siguiendo mi camino llegué a Milán, que me pareció una ciudad muy bonita. Pero las calles y las plazas no son tan bonitas como las de
Turín. Las nuestras son rectas, bien encuadradas; allí son torcidas y con recovecos por todas partes. Pero las iglesias son más hermosas
que las nuestras. La catedral parece una alta montaña de mármol fino labrado con maestría. Ganamos a los milaneses en la elegancia de
los cafés y en el lujo de la plaza Carlina, donde abunda toda clase de buenos vinos.
También hay caballos de bronce con una cabeza mayor que la de los nuestros, pero no tienen el caballo de mármol. Pasé en Milán todo
un día de fiesta; y, como hacía tiempo que no había tenido oportunidad para arreglar los asuntos del alma, aproveché la ocasión para
cumplir con mis devociones.

Al lunes siguiente hice las provisiones necesarias para mis refrescos y me puse en camino para alcanzar a los ejércitos. Llegué a
Marignano cuatro días después de la batalla que se dio allí y vi todavía los espantosos restos de aquella jornada. Estaba el

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suelo cubierto de sangre humana y había de vez en cuando trozos de cadáveres, que se iban recogiendo y echando en cestos para llevarlos
a enterrar. Movido a compasión recé un de profundis por los que habían muerto y una salve por la curación de los heridos; después seguí
mi camino.

((372)) V

Rumores de la batalla de Solferino -El día onomástico -Estruendo infernal -Temporal -Victoria -Campo de batalla -Combates -Muertos y
heridos.

Os aseguro, queridos amigos, que, cuando yo iba a la escuela y también cuando iba a apacentar el ganado con mis compañeros, tuve
que sostener grandes batallas, a pedradas unas veces y a palos otras; en alguna ocasión a puñetazos y mordiscos, pero aquéllas no eran
nada en comparación con la batalla de Solferino. Sólo os cuento lo que a mí me pasó y dejo a otros más capacitados que escriban todo lo
que ocurrió en aquella memorable jornada.

El día veintitrés de junio corrían rumores por todas partes de que era inminente una batalla que decidiría la suerte de los austriacos y de
los aliados. Que nosotros atacáramos a los austriacos o que ellos atacaran a los nuestros iba a ser lo mismo. El día veinticuatro, día de san
Juan, que es mi santo, oí al amanecer un gran estruendo de cañones. Primero pensé que era para celebrar mi día onomástico, pero pronto
me convencí de que eran los austriacos que avanzaban contra los nuestros y que los nuestros se disponían a recibirlos con todos los
honores.

Agarré entonces mi cesto con unas cuantas botellas de jarabe, y, llevando la mayor cantidad posible de agua, avancé hacia los
combatientes. Decía entre mí: hoy hace mucho calor, combatiendo hay que beber mucho; y yo vendiendo mis vasitos lleno mi bolso de
dinero contante y sonante. Por algún rato todo iba bien y vendí la mayor parte de mis bebidas. Pero a las diez de la mañana oí gritar:

-íAtrás, atrás, nos atacan de costado!

Como no quería jugar a correr con los soldados me retiré a un lado del camino y, colocándome sobre un cerro próximo, dejé que los
nuestros se retiraran para situarse en mejor posición. Pero íay de mí! en aquel momento me encontré casi entre el fuego de los
piamonteses y los austriacos. Las balas de fusil y también las de cañón caían a mi alrededor como caen las nueces muy maduras, cuando
se varea el árbol. Vi a los austriacos hacer correr a los nuestros y vi a los nuestros repeler a los austriacos; pero no paraban las descargas
de fusilería, los cañonazos, ((373)) los bayonetazos, los gritos de los que animaban, los ayes de los heridos y de los moribundos. Aquel
ruido, aquellos gritos, aquellos lamentos juntos formaban un estruendo infernal. Por fin, al caer de la tarde, se levantó un gran temporal,
que favoreció mucho a los nuestros e hizo inútiles los esfuerzos de los enemigos que se vieron obligados a retirarse. Intenté entonces
bajar al valle, pero no me dejó un involuntario terror. Doquiera volvía mis ojos, no veía más que muertos, heridos y moribundos que
pedían auxilio. Hubiera querido acudir a todos, socorrer a todos, pero era imposible. Me uní a los otros y estuvimos trabajando ocho días
para trasladar los heridos al hospital y enterrar a los muertos.

Un general piamontés, que dirigía el traslado de los heridos, afirmó que una batalla como aquélla no tenía igual en la historia. Eran casi
trescientos mil entre franceses y piamonteses, contra trescientos mil austriacos. Ambos bandos lucharon
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con valor y entre muertos y heridos quedaron fuera de combate más de cincuenta mil hombres. Me aseguran que Napoleón dijo:

-Los austriacos han perdido el terreno, nosotros hemos perdido los hombres.

Quería significar que hubo más pérdidas en nuestro bando, pero nosotros sabíamos que no hay guerra sin muertos de una y otra parte.
Lo mismo que no se puede hacer una tortilla sin romper los huevos, tampoco se puede hacer una guerra sin muertes. Desde que vi la
batalla de Solferino siempre he dicho que la guerra es algo que causa horror y yo creo que es totalmente contraria a la caridad. Pero, fuera
como fuera la batalla, la victoria se inclinó de nuestro lado y los austriacos se vieron obligados a atravesar el Mincio, que es un río que
separa Lombardía de Venecia.

VI

El cesto -El sombrero -La coleta -El silbido de las balas y las jaculatorias -La paz -Un regalo -Una merienda.

Vosotros, mis queridos amigos, preguntaréis: Y no fuiste herido en medio de tantos combates? Gracias a Dios quedé salvo, pero fue por
milagro. Mientras estaba en el cerro rodeado de enemigos, buscaba siempre cómo esconderme junto a las plantas, detrás ((374)) de las
rocas, al amparo de las escarpas o en los hoyos. Hubo un momento en que me creí muerto. Pasó una bala de cañón rozándome y se llevó
por delante mi canasto con vasos y botellas.

-íA los ladrones, empecé a gritar, a los ladrones!

Y he aquí que una bala de fusil, sin pedirme permiso, me quitó el sombrero de la cabeza.

-íEa, grité desconcertado sin ver a persona humana, dejadme en paz, que yo no hago daño a nadie!

Y en aquel mismo momento un casco de metralla pasó rozando mis hombros y me llevó enterita la coleta.

-íPobre coleta mía, exclamé, cómo me las compondré para dar fe de que el Hombre de Bien no ha perdido la cabeza?

Volví la mirada para verla por última vez, pero con gran pena ya no la vi. Con la pérdida de mi coleta, tuve aún un consuelo; porque
todavía me quedó la cabeza sobre los hombros; y esto no es poco.

Temiendo entonces que una pelotita de plomo tuviera la humorada de venir a arrancarme la cabeza de los hombros, me acurruqué en un
hoyo, me cubrí de tierra hasta el cuello, coloqué la cabeza junto a dos gruesas piedras y allí me estuve hasta que llegó la noche. Oía silbar
las balas que a cada instante pasaban sobre mi cabeza. Y yo decía:

-íJesús mío, misericordia!, y besaba la medalla.

Fuera por la gracia del Señor, fuera por la especial protección de la Virgen, es un hecho que me salvé y pude, una vez más, volver a
estar con vosotros para contaros algunas de mis peripecias.

Pocos días después de la batalla de Solferino, Napoleón escribió una carta al emperador de Austria; después le visitó, hablaron y los dos
reconocieron que era mejor la paz que la guerra, que era mejor ser amigos y conservar la vida de sus soldados, que ser enemigos y
matarse unos a otros. Ahora ya está definitivamente concertada y firmada la paz y, si los hombres no la alteran, ya no habrá más guerra.
Napoleón

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ha sido muy amable con nosotros. Nos regaló Lombardía y nosotros, como muestra de gratitud, le hemos regalado sesenta millones, no
para compensarle de los gastos hechos, sino para que dé una comida a sus soldados a nuestra salud. Bien entendido:
tomarán parte en esta comida solamente aquellos que no murieron en batalla, ya que los muertos no necesitan nada, como no sea un
Requiem aeternam.

((375)) VII

Cierto e incierto -Deseos de paz -Temor a la guerra -Un sermón -Tristes presagios.

Puede que alguno de vosotros me pregunte:

-Hombre de Bien, este año tendremos paz o guerra? Os contestaré entre lo rto y lo incierto. Es cierto que si los hombres no hacen la
guerra, nosotros tendremos paz; también es cierto que si los hombres hacen la guerra, no tendremos paz. De manera que la paz y la guerra
están en manos de los hombres. Digo esto discurriendo al estilo de un almanaque.

Pero si he de manifestar mis deseos, diré de todo corazón: -De toda guerra libera nos, Domine (Iíbranos Señor); Señor, danos la paz per
omnia saecula saeculorum (por los siglos de los siglos). Porque es horrible ver a jóvenes sanos y robustos, fuertes como Sansón y que son
en sus casas la delicia de la familia, lanzarse unos contra otros, dispararse cañonazos, fusilarse, traspasarse a bayonetazos, degollarse,
desgarrarse las carnes y morir en medio de los campos como las fieras. íAy, es algo de horror! Todos los que tomaron parte en una guerra

o que saben qué es la guerra, dicen: -de toda guerra libera nos, Domine, estos son mis más vivos deseos.
-Pero, cuáles son tus presentimientos, Hombre de Bien? Qué piensas tú de todo esto? Tendremos paz este año o tendremos guerra?

-Si queréis saber mi pensamiento de buen amigo, os lo diré. Os anticipo que no puedo aseguraros que las cosas sucedan como yo
pienso. Sólo os diré cómo pienso y cómo temo que suceda. Prestadme, pues, atención.

Temo que en el presente año haya guerra otra vez. Mi profecía se apoya en lo que decía mi madre. Recuerdo que ella, cuando vivía
todavía, siempre decía: La guerra es un azote que Dios manda a los hombres por sus pecados. Los pecados se cometen todavía. Os
aseguro que cuando estuve con los soldados, encontré entre ellos a muchos buenos que se encomendaban al Señor. Pero oí a otros hablar
mal de la religión, contra el Papa, contra los obispos, contra los curas. Oí a otros que blasfemaban cuando peleaban, cuando ((376))
estaban heridos, y hasta cuando morían. Y oí blasfemar en francés, en italiano y en piamontés.

Al volver de la guerra a casa, me figuraba que iba a encontrar las iglesias atestadas de gente, dando gracias a Dios por haber cesado la
guerra. Por el contrario, me encontré a muchos descontentos, que parecían desear (íbobalicones!) más la guerra que la paz. Pero lo más
grave es que seguían oyéndose por todas partes blasfemias e imprecaciones mucho más impías que entre los soldados. Se trabaja y se
manda trabajar en los días festivos. Se predican sermones y muchos no van; hay sacerdotes y confesonarios y muchos por no causarles
molestia, muchos (que no son herejes ni judíos) se acercan rara vez, y no pocos no van nunca a confesarse y algunos llegan al extremo de
burlarse del bien que otros hacen.

íTontos de capirote! Creéis que el Señor es una marioneta y que proclamó sus
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preceptos en el Sinaí por pasatiempo? No; los dio y quiere que se observen. Quien los observe será bendecido por El y recibirá el premio
en esta vida y en la futura; quien los desprecie, será por El castigado en la vida presente y condenado después con los demonios al fuego
del infierno, adonde, quieras que no, irán a parar todos los que no observan la ley de Dios. Perdonadme este arrebato. Cuando hablo de
religión me excito y a duras penas si puedo apagar el fuego que arde en mí y me mueve a hablar.

Ahora voy a anunciaros otros azotes, que temo vengan a afligirnos este año.

Tendremos otra guerra sangrienta que, si no derramará tanta sangre, enviará más almas al infierno. Tendremos dos terribles
enfermedades, que no quiero nombrar y cuyos pavorosos efectos veréis. Desaparecerán del teatro del mundo político, junto con su gloria,
dos personajes eminentes.

Muchos padres y muchas madres no sabrán resignarse ante la rebeldía de sus hijos, llorarán por los disgustos que les darán, lamentarán
las discordias que ocasionarán a sus familias. Buscarán el remedio y no encontrarán más que veneno, pues el único remedio es la religión,
que ellos mismos descuidan.

Tendréis el vino más barato y el pan más caro. Un pueblo quedará destruido por el terremoto, otros serán asolados por las heladas, el
granizo y la sequía.

((377)) Querría deciros más cosas aún pero no me atrevo. Sólo os digo que los males son graves, que van a comenzar este año y que el
único remedio para alejarlos o, al menos, aligerarlos es la observancia de la religión y la fuga del mal.

Estos son mis presentimientos. Vosotros me diréis:

-Tú, Hombre de Bien, ya eres viejo y por eso tienes miedo a todo, hasta cuando no hay motivo para ello.

Y yo os respondo:

-Es verdad que por ser algo viejo, me he vuelto miedoso como los otros viejos, mas no perdáis de vista que el miedo de los viejos se
funda en la experiencia y la experiencia es madre de la ciencia.

Pero deseo de todo corazón que mis profecías no se cumplan y que al año que viene, cuando vuelva a haceros una visita si me encuentro
todavía con vida, podáis decirme vosotros que fui mal profeta y yo tendré la satisfacción de poder disculparme diciéndoos que soy un
profeta de Almanaque.

Después del prólogo, presentaba el Almanaque algunos graciosos cuentos, como El regreso de un recluta herido en Palestro, el cual
describe el valor de los piamonteses, avivado con la presencia de Víctor Manuel y la conmoción del Rey, hasta derramar lágrimas, al
visitar al día siguiente el campo de batalla.

Terminaba con un soneto sobre la coleta de Gianduya.

El Almanaque no pasó inadvertido a los sabuesos de la policía y despertó recelos en el Gobierno.

Se estaba maquinando para el año siguiente una nueva invasión de los Estados Pontificios'y la anexión del reino de Nápoles al
Piamonte. Los preparativos para estas expediciones estaban envueltos en el más misterioso secreto. Las ideas del Hombre de Bien, un
tanto obscuras, para que los ingenuos no comprendiesen, estaban tan claras

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como el sol, para los que se ingeniaban astutamente para triunfar en sus proyectos. De ahí su temor de que en sus filas se ocultaran
traidores y quisieran saber ((378)) del mismo don Bosco, qué motivos le habían inducido a escribir.

Así que se vio llamado por el Ministro de Gobernación. Fue recibido por un empleado del ministerio, el cual, después de manifestarle
cortésmente que la carta por él escrita al Rey era, a su juicio, poco respetuosa, pasó a hablar de las profecías del Hombre de Bien.

-Es usted quien las publica?

-Sí señor, soy yo.

-Por qué escribe esas cosas que despiertan inquietud en muchos? Qué sabe usted del futuro? Por qué quiere pasar por profeta?

-Le advierto que escribo para un almanaque.

-Pero de dónde ha sacado las noticias que anuncia con tanta seguridad?

-He dicho algo contra la verdad?

-íDe ningún modo! Yo le pregunto cómo consiguió saberlas; usted debe tener revelaciones confidenciales.

-No sé qué responderle. Nadie ha venido a descubrirme secretos de Estado. Pero creo que no he hecho ningún mal escribiendo lo que he
escrito.

-No diga esto. Usted debe de tener algún fundamento donde apoyar sus predicciones. Seguramente habría hecho mejor no
inmiscuyéndose en estos hechos y en semejantes asuntos.

-íOh!, si ello es así... si yo lo hubiese sabido... tenga usted la seguridad de que no quiero causarles ningún disgusto. Por lo demás, le
repito que nadie puede quedar comprometido por mi culpa.

-íY qué! Pretenderá usted entonces que yo crea que lee en el porvenir?

-Es dueño de creer lo que le plazca.

-En conclusión, le he hecho llamar para decirle que no es ((379)) conveniente, más aún, que es peligroso meterse en controversias, que
pueden preocupar al Gobierno.

-Perdone, caballero, no veo motivo de peligros y preocupaciones: o el Ministerio me cree profeta y entonces tome las medidas que pide
el bien del Estado, o no me cree profeta y entonces, desprécieme.

Sonrióse el funcionario y recomendándole que fuera más prudente en adelante, lo despidió.
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((380))

CAPITULO XXIX

EL SISTEMA PREVENTIVO EN PRACTICA -SANTAS INDUSTRIAS -COMO RECIBE DON BOSCO A LOS ALUMNOS AL
INGRESAR EN EL ORATORIO -SU PRIMERA PALABRA ES PARA EL ALMA -EFECTO DE ESTA PALABRA -EL
MAESTRO DE LA REFORMA MORAL -LA CONFESION Y LA COMUNION -ALGUNOS MEDIOS PARA PROMOVER LA
FRECUENCIA DE LOS SACRAMENTOS -AVISOS A LOS SUPERIORES DEL ORATORIO -CALMA Y MODERACION EN
LOS CASTIGOS -DOS CLASES DE MUCHACHOS PELIGROSOS -DON BOSCO QUIERE ESTAR INFORMADO DE CUANTO
SUCEDE EN EL ORATORIO -LAS LISTAS DE CALIFICACIONES -DILIGENCIA DE LOS ASISTENTES Y SU AFECTO A
DON BOSCO -IMPORTANCIA QUE DAN LOS ALUMNOS A LAS CALIFICACIONES -COMO EXAMINA DON BOSCO LOS
MOTIVOS DEL ESCASO PROVECHO DE ALGUNOS EN LOS ESTUDIOS -UN REGISTRO REVELADOR DE LA CONDUCTA
OCULTA DE CIERTOS ALUMNOS -LA ULTIMA PALABRA DE DON BOSCO A LOS ALUMNOS QUE SALEN DEL
ORATORIO -SU CARIDAD CON ELLOS -INTERESANTE Y PRUDENTE COMPORTAMIENTO AL ENCONTRARSE CON UN
ANTIGUO ALUMNO

AL disponernos a entrar en el año 1860 con nuestros relatos, juzgamos oportuno exponer las variadas y santas industrias de don Bosco
para guiar por el camino del bien a sus alumnos, que crecían en número de año en año. Todo lo que hemos contado hasta el presente
sobre ((381)) él y su apostolado ya es mucho, considerado en sí mismo; pero no lo es todo porque la caridad creadora de don Bosco era
inagotable.

Muchas personas le preguntaron en distintas épocas de su vida por el sistema de educación que empleaba para conducir a los jóvenes
tan felizmente por el camino de la virtud. Don Bosco solía responder:

-íEl sistema preventivo: la caridad!

Al verse presionado para dar más explicaciones y sugerir los medios que se podrían emplear para hacer triunfar esta caridad, replicó en
cierta ocasión:
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-El santo temor de Dios infundido en los corazones.

-Pero el santo temor de Dios no es más que el principio de la Sabiduría, escribíale el Rector del Seminario de Montpellier en 1886;
haga el favor de explicarme su secreto para poder aprovecharlo en favor de mis seminaristas.

Cuando don Bosco leyó esta carta, dijo a los miembros del Consejo, que le rodeaban:

-íQuieren que exponga mi sistema! íPero si ni siquiera yo mismo lo sé. He ido siempre adelante sin sistemas, según me lo inspiraba el
Señor y lo exigían las circunstancias!

Podemos, afirmar, sin embargo, que tenía un sistema peculiar, que
puede plasmarse así: caridad, temor de Dios, confianza con el superior, frecuencia de los sacramentos de la confesión y comunión, gran
comodidad para que los jóvenes se puedan confesar. Verdad es que, como ya hemos visto y aún veremos, Dios le asistía continuamente, y
esta asistencia especial, que formaba como la base de su sistema, no era algo que otros pudieran pretender; pero en aquello que puede
considerarse como medio ordinario y humano, ya aparece él fácilmente imitable por un director sacerdote, convencido de su imperioso
deber de salvar las almas.

Don Bosco repetía siempre:

-Cada palabra del sacerdote debe ser sal de vida eterna, en todo lugar y con cualquier persona. El que se acerca a un sacerdote debe
sacar siempre de su trato con él alguna verdad que sea de provecho para ((382)) el alma.

Fiel a sí mismo en el uso de esta gran norma, la practicaba con afecto y eficacia con toda clase de personas aún extrañas y con los
muchachos internados en el Oratorio.

Considerábales a todos como un precioso depósito que Dios mismo le había confiado y solía decir lleno de santa alegría cuando
hablaba de ellos:

-Dios nos ha enviado, Dios nos envía, Dios nos enviará muchos jóvenes.
Atendámosles. íCuántos otros muchachos nos mandará el Señor en lo porvenir, si sabemos corresponder solícitamente a sus gracias!
Pongámonos de veras a educarlos y salvarlos con ardor y sacrificio.

Cuando aparecía en su estancia un muchacho recién ingresado, la primera palabra que le decía era siempre acerca del alma y de la
eterna salvación. La amabilidad de sus modales paternales, su rostro sereno, su habitual sonrisa predisponían los corazones e inspiraban
respeto y confianza. Para alegrarlo y aliviarle la pena que generalmente
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se experimenta al separarse de los seres queridos, empezaba diciendo:

-íQué dicha verte aquí! Has venido con gusto no es verdad? Ea, dime: cómo te llamas? De qué pueblo eres?

El muchacho contestaba.

-Qué tal te encuentras de salud?, añadía.

-Muy bien.

-Y tus familiares? Tienes todavía padre y madre? Están bien?

-Sí, señor.

-Tienes hermanos?

-Sí, señor.

-Y tu párroco?

-Me ha dicho que le salude.

((383)) -Te gustan los panecillos? Comes con ganas?

-Sí, señor.

Y así, abriéndose paso con éstas o parecidas preguntas, pasaba en seguida a lo más importante y, tomando un aire un tanto grave, entre

serio y sonriente, muy peculiar suyo, decía bajando un poco la voz, en actitud confidencial:

-Bueno, bueno, íhablemos de lo más importante! íQuiero que seamos amigos, eh! Quieres ser amigo mío? íYo quiero ayudarte a salvar
tu alma! Cómo andamos del alma? Eras bueno en casa? Pero aquí te harás mejor, no es cierto? Te has confesado ya? Te confesabas bien
en casa? Me abrirás tu corazón, verdad? íQuiero que vayamos juntos al paraíso! Comprendes lo que quiero de ti? Vendrás a verme? Mira:
hablaremos con toda confianza; yo te diré cosas bonitas que te van a gustar, quedarás satisfecho.

El muchacho sonreía, asentía con la cabeza, contestaba con algún monosílabo o bajaba los ojos y se ruborizaba a medida que se
sucedían las preguntas que, sin embargo, no eran insistentes, ni aguardaban respuesta. Entretanto, los ojos escudriñadores de don Bosco

penetraban todo su ser y adivinaba su carácter, su talento y su corazón.

Si veía a uno dotado de inteligencia perspicaz, preguntaba a veces:

-Me das la llave?

-Qué llave?, preguntaba el chico sorprendido; la del baúl?

-íLa de tu corazón! respondía don Bosco, tomando un porte afablemente majestuoso.

-Sí, sí, ícon mucho gusto, en seguida!, mejor: ya se la he dado.

De este modo se ganaba don Bosco dulce y fuertemente el ánimo

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del muchacho, que, bajo su experta mano, como arpa armoniosa, despedía notas de santos propósitos.
((384)) A menudo eran los padres mismos quienes le presentaban a su hijo y, al retirarse conmovidos por el cordial recibimiento y

quedarse él a solas con el muchacho, decíale:

-Quiero de veras ser muy amigo tuyo. Sabes qué quiero decir?

-Que usted me dará de comer.

-íNo es eso!

-Que me dará buenos consejos.

-No es eso todo.

-Que me enseñará las letras, un oficio.

Y dejaba el chico correr la imaginación para responder.

-íNo lo olvides, los superiores de la casa y yo te haremos todo el bien que podamos y ningún mal. Comprendes?

-Creo que sí; pero no lo entiendo bien.

-Quiero decir que los superiores y yo haremos todo el bien que podamos a tu alma.

Y después explicaba brevemente estas palabras.

A veces encontraba en el patio a un alumno nuevo, al que no había visto todavía y, después de las acostumbradas preguntas y alguna

broma, seguía diciendo.

-Quiero que seas gran amigo mío. Sabes qué significa ser amigo de don Bosco?

-Quiere decir que sea obediente.

-Es demasiado genérica tu respuesta. Ser amigo de don Bosco quiere decir que me tienes que ayudar.

-A qué?

-A una cosa: tienes que ayudarme a salvar tu alma. Lo demás me importa poco. Y sabes qué quiere decir ayudarme a salvar tu alma?

-Quiere decir hacerme bueno.

-No es eso. Dime algo más explícito.

((385)) -No sé.

-Quiere decir que tienes que hacer en seguida y con diligencia todo lo que yo te mande para el bien de tu alma.

En general los jóvenes quedaban tan impresionados con estas palabras y tan fuera de sí, que parecían embobados; no acertaban con la
puerta para salir de la habitación de don Bosco o para separarse de él, si la conversación había tenido lugar en el pórtico; e íbanse luego a
un rincón del patio a meditar en la soledad lo que habían oído. Unos lo habían entendido todo, otros a medias, algunos poco o

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nada, pero quedaban bajo una misteriosa impresión que los obligaba a pensar. En general aquella entrada en el Oratorio los resolvía a
hacerse verdaderamente buenos.

Cuando don Bosco bajaba al patio y le rodeaba en seguida un tropel de alumnos, que hacía ya tiempo vivían en el Oratorio, los recién
llegados se agolpaban detrás de ellos, unos por no atreverse a acercarse a don Bosco y otros para abrirse paso y llegar junto a él. Entonces
don Bosco los llamaba y en voz baja, con santa confianza, decía ora a uno, ora a otro de ellos:

-Si eres bueno, seremos amigos. Don Bosco te quiere y desea ayudarte a salvar el alma. El Señor te ha traído aquí para que seas cada
vez mejor y más virtuoso. La Virgen espera que le regales tu corazón. El Señor quiere hacer de ti un san Luis.

Aseguraba don Bosco que los muchachos tratados de este modo se sienten contentos, abren su corazón, empiezan a portarse bien, se
hacen amigos del Superior y quedan conquistados, porque ponen en él toda su confianza. El decirles en seguida y claramente, sin
ambages, lo que se pretende de ellos para el bien de su alma, concede la victoria sobre sus corazones. Don Bosco encontró muy pocos
que se resistieran a este modo de obrar. Aseguraba que si al ingreso de un muchacho, el Superior no demuestra amor por su eterna ((386))
salvación; si teme introducir prudentemente en la conversación temas relacionados con la conciencia; si al hablar del alma lo hace a
medias tintas o con términos vagos y ambiguos, como ser buenos, salir con honra, obedecer, estudiar, trabajar, no produce ningún efecto
provechoso, deja las cosas como estaban, no se gana el afecto del joven, y, equivocado el primer paso, no resulta fácil corregirlo. Esta
advertencia es fruto de la experiencia de muchos años.

Solía decir a menudo don Bosco:

-El joven quiere, más de lo que se piensa, que se le hable de sus intereses eternos, y por ahí comprende quién le quiere bien y quién no
le quiere. Que os vean, pues, interesados por su eterna salvación.

Con estos modos invitaba don Bosco a los muchachos a confesarse, porque el pensamiento del alma tiene estrechísima correlación con
el de la confesión; y ellos entendían que, si querían aprovecharse de su ministerio, les ayudaría muy gustoso. Pero al hacer esta invitación
procedía con singular destreza y moderación, recordando la sabia norma de que la confianza se gana, pero no se impone. Por eso ajustaba
sus advertencias a la diversa índole de los individuos de modo que no resultaran molestas, sino suaves y alentadoras.

Cuando descubría que uno era un tanto reacio a dar este primer
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paso, solía decirle bromeando, para vencer su repugnancia a confesarse:

-Cuándo te prepararás para hacer la confesión general de la vida futura?

Contestaba el joven sonriendo:

-De la vida futura? íEso no puede hacerse!

-Tienes razón, replicaba entonces don Bosco. La haremos de la vida pasada; pero, estáte tranquilo. Lo que tú no sepas decir, lo sabe don
Bosco.

A veces ponía junto a tales muchachos un buen compañero ((387)) que, al jugar con ellos, les sugiriera algún consejo oportuno y los
invitara con garbo a acompañarle cuando él fuese a confesarse tal día, a tal hora; y con estas y otras amables industrias los ganaba o los
conservaba para Dios, haciéndolos incluso, modelos de virtudes y perfección cristianas.

Sufría mucho al ver a veces a algunos recién llegados que andaban solitarios y con aire tristón, pues temía las insidias del enemigo del
bien. Entonces los llamaba, les hacía amablemente unas preguntas, los presentaba con singular interés a alguno de los mejores alumnos,
de quien tejía los mejores elogios, y le recomendaba que buscase la diversión más agradable para los nuevos amigos. No descansaba hasta
verlos aficionados a su persona, a la casa, encarrilados en sus ocupaciones y principalmente en las prácticas religiosas.

Así pues, lo primero que don Bosco exigía de un muchacho, al ingresar en el colegio, era su reforma moral, cuyo principio está en una
buena confesión. Con mucha razón se podía decir que era maestro de esta reforma y en todo se conocía la admirable eficacia de sus
consejos. Además de esto, era un modelo de cristiana y paternal amabilidad. El teólogo y canónigo Jacinto Ballesio se expresa así en su
Vida íntima de don Juan Bosco:

"Afectuoso y expansivo, evitaba en su trato con nosotros el formalismo artificial y el rigorismo que abre una especie de abismo entre
quien manda y quien obedece; y ejercía la autoridad inspirando respeto, confianza y amor. Nuestras almas se le abrían con íntimo, jovial
y total abandono. Todos queríamos confesarnos con él, santo y duro trabajo al que consagraba de dieciséis a veinte horas a la semana, a
pesar de sus múltiples quehaceres y por tantos años. Era un sistema, diría yo, más unico que raro entre superiores y subordinados; sistema
de los santos (y sólo de éstos) que ((388)) ofrece oportunidad para conocer la propia índole, doblegarla sabiamente y dar rienda suelta a
sus ocultas energías".
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La confesión era también preparación a la comunión, y ésta, muy frecuente, es un medio absolutamente necesario para conservar la
moralidad en un centro de educación. Merced a sus continuas exhortaciones había un crecido número de muchachos que la recibían
diariamente; otros, más numerosos, varias veces a la semana; casi todos, al menos los domingos, y los más negligentes cada quince días o
una vez al mes. Don Bosco se cuidaba de proporcionar ocasiones frecuentes y periódicas que excitaran los corazones a acercarse a la
sagrada mesa con la debida preparación. Mencionamos algunas de éstas, ambientadas con sentidos actos de piedad.

El ejercicio de la buena muerte en el primer jueves de cada mes, casi siempre precedido con el anuncio dado por don Bosco de que
alguno de los muchachos iba a ser llamado a la eternidad. Precisaba el tiempo, a veces las circunstancias, que acompañarían aquella
muerte y en otras ocasiones la inicial del apellido del que iba a morir. El mismo don Bosco leía de rodillas al pie del altar las oraciones de
esta conmovedora práctica de piedad.

Se celebraban devotamente todas las novenas solemnes de la Virgen. Don Bosco instaba vivamente a que se hicieran bien la de la
Inmaculada y la de Navidad, diciendo:

-No olvidéis que de estas novenas bien celebradas depende en su mayor parte el éxito de todo el año.

La visita al Santísimo Sacramento era libre, sin obligación de ninguna clase, ni molestas presiones. Y era tal el continente de los chicos
en la iglesia, que bastaba verlos para encender la piedad en los corazones más fríos. El artista que esculpió la estatua de san Luis colocada
en un altar del Oratorio festivo de san Francisco de Sales, reprodujo ((389)) en el rostro del santo la fisonomía de uno de aquellos buenos
chicos.

Las diversas Compañías eran verdaderos hogares de caridad y jardines de virtudes.

Seleccionaba los libros de lectura para el comedor y el dormitorio. Quería don Bosco que estos últimos trataran de la vida ejemplar de
algún jovencito, apta para ser imitada.

Hacía el Vía Crucis con toda solemnidad todos los viernes de marzo.

Predicaba un triduo al principio del año escolar, otro como preparación a la Pascua de Resurrección y cinco días de ejercicios
espirituales cada año.

Pero, además de los sacramentos y de las prácticas de piedad, tenía él, para mantener el bien e impedir el mal, otros medios, que
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diríamos racionales, para la buena marcha del Oratorio, sugeridos por el continuo estudio de la vida común, la agudeza de su ingenio y su
larga experiencia. Estos los exponía en conferencias a los superiores de la casa, a quienes decía a menudo:

-Para el prestigio de vuestra palabra y para que obtenga el efecto deseado, es necesario que cada superior destruya en toda circunstancia
el propio yo. Los muchachos son finos observadores, y si advierten que en un superior hay celos, envidia, soberbia, manía de aparecer y
de sobresalir, está perdida su influencia sobre su espíritu. La falta de humildad perjudica a la unidad; el amor propio de un Superior
arruina un colegio. íAh, sí! Siempre florecerán los antiguos tiempos del Oratorio, si no se tiene más mira que la gloria de Dios; si, por el
contrario, buscamos la nuestra, nacerá el descontento, la división y el desorden. Los hermanos deben formar un solo cuerpo con el
Superior y éste un solo corazón con todos sus subordinados, sin segundas intenciones que no sirven para nuestro ((390)) santo fin.

Por esto les recomendaba tuvieran gran mesura en las palabras al tratar con los hermanos y demás personas subordinadas.

-Para mandar, repetía, hay que emplear siempre estas u otras
expresiones semejantes: -Podrías hacerme el favor? Quieres hacerme una cosa grata? Estarías dispuesto a hacerme un favor? Te vendría
bien hacer esto? No hay que usar nunca la voz de mando; no se diga jamás yo quiero, ni se manden cosas superiores a las fuerzas de un
individuo, perjudiciales para la salud, o contrarias al bien espiritual de aquél a quien se quiere inducir a una obra o aceptar un cargo.

Inculcaba a los maestros: -Sed los primeros en llegar al aula y los últimos en salir. -Cuidad con particular atención a los más atrasados.
-Para la ación escolar no contéis con el comportamiento de vuestros alumnos en el recreo. -No echéis nunca del aula a los muchachos
negligentes y tolerad mucho su disipación. -La víspera de las fiestas anunciadlas brevemente con una exhortación a la comunión, al
terminar las clases de la tarde. Es mucha la influencia de la palabra del maestro sobre los alumnos, cuando éstos le quieren. -No se lean
las calificaciones de conducta los sábados, para no disminuir la frecuencia y serenidad de las confesiones con el mal humor de los que la
tuvieran baja. Los domingos por la tarde sustitúyase la lectura del libro recreativo, que suele hacerse en el salón de estudio durante el
último cuarto de hora, por la de un capítulo del Reglamento, que sirva de recuerdo para perseverar en los buenos propósitos hechos por la
mañana.
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Daba a los asistentes estos avisos; -Vigilad continuamente a los muchachos doquiera se encuentren, poniéndoles casi en la
imposibilidad de portarse mal; y de un modo particular por la noche después de cenar, y prevenir de este modo aun el ((391)) menor
desorden. -El sábado por la tarde o la víspera de cualquier fiesta vigílese a los muchachos al salir del estudio o de los talleres, para que no
se paren o anden por escaleras, corredores y patios so pretexto de ir a confesarse; y procúrese que lleve cada uno consigo El Joven
Cristiano, para prepararse y dar gracias después de la confesión.

Recomendaba a todos los que ocupan un puesto de mando:

-No peguéis nunca a los muchachos por ningún motivo. -No se tolere jamás la inmoralidad, ni la blasfemia, ni el hurto. Cuando haya
pruebas ciertas de que un alumno es escandaloso o peligroso, remítasele al Prefecto, el cual lo alejará del Oratorio sin tardar. -Si se trata
de faltas pequeñas, téngase en cuenta la ligereza de la edad juvenil. Por ejemplo, es difícil encontrar muchachos que no digan mentiras, o
que no cometan pequeños hurtos de comestibles, dada la ocasión. -Cuando estáis excitados o enfadados, absteneos de reprender o
corregir, para que no piensen los muchachos que obráis por pasión; esperad, incluso algunos días, hasta que se haya apagado toda
indignación o cólera, o haya desaparecido aquella impresión violenta. -Asimismo, cuando hay que corregir, reprender o hacer una
observación a un muchacho, procúrese llamarlo aparte y cuando no se encuentre agitado y enfadado: aguárdese hasta que esté sosegado y
tranquilo; avísesele entonces y despídasele siempre con alguna buena palabra; por ejemplo, diciéndole que en adelante queréis ser su
amigo y ayudarle en todo lo que podáis, etc.

Y añadía: -Cuando un alumno se muestra arrepentido de una falta, perdonadle en seguida y perdonad de corazón: Echadlo todo al
olvido. -Y después, que nadie diga jamás a un muchacho o a otro que ha desobedecido, que ha dicho una palabra insolente, o faltado
((392)) de otra manera al respeto: íYa me las pagarás! Porque este lenguaje no es cristiano. -No se den castigos graves por faltas leves,
pues el alumno que se considera castigado sin razón, guardará el recuerdo de ello en su corazón, y a veces también el deseo de venganza,
y, si no puede vengarse, echará pestes contra aquel maestro y aquel asistente. Hay ejemplos espantosos de esos odios guardados largos
años. -Cuando es inevitable castigar a un muchacho, procúrese llevarle aparte, hacerle reconocer su falta y, al mismo tiempo, darle a
entender el disgusto que se experimenta al tener que castigarle. -No se impongan nunca castigos generales a toda una clase o
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todo un dormitorio, sino háganse diligencias para descubrir a los autores del desorden y, si es preciso, despídaselos de casa; pero sepárese
la causa de los buenos de la de los malos, que siempre son pocos; para que, por culpa de unos pocos, no tengan que sufrir muchos. Pero
díganse al mismo tiempo a los culpables, que tienen buena voluntad, unas palabras de aliento, dejando siempre lugar al arrepentimiento
para que vuelvan al buen camino.

Daba, además, don Bosco dos normas muy sabias a sus colaboradores para descubrir y alejar del Oratorio a ciertos alumnos. Decía:

-Para conocer a los jóvenes moralmente peligrosos, desde el principio del año escolar, yo los divido en dos clases: los malos de
costumbres corrompidas y los que habitualmente se sustraen a la observancia del reglamento. En cuanto a los malos, diré algo que parece
imposible, pero que es tal como lo afirmo. Supongamos que entre los quinientos alumnos de un colegio haya uno sólo de costumbres
corrompidas y que ingrese otro nuevo también inficionado por el vicio. Ambos son de distinto pueblo, de otra provincia, hasta de diversa
nación, de otro curso, de diferente dormitorio; nunca se han conocido, ni visto; y, con todo, al segundo día de ((393)) permanencia en el
colegio, y a veces a las pocas horas, los veréis juntos al llegar el recreo. Como si un maléfico instinto los guiara para descubrir a los
manchados con la misma pez o un imán endemoniado los atrajera para trabar amistad. El "dime con quién andas, y te diré quién eres" es
un medio facilísimo para descubrir una mala pécora antes de que se convierta en lobo.

Hay también otra clase de alumnos que no deben estar en casa. Cuando tengáis un jovencito que parece bueno, pero que es un
zascandil: se ausenta fácilmente de los lugares designados por el reglamento, le encontráis a menudo solo por los rincones del patio, por
las escaleras, en la terraza, en los escondrijos, en fin en cualquier lugar oculto a la mirada del superior, sospechad siempre. No os dejéis
ilusionar por las apariencias de timidez, de natural solitario, de ligereza o de ingenuidad. Porque o sabe fingir muy bien o sin falta
encontrará a quien lo corromperá. Estos sujetos son peligrosísimos.

Pero no se contentaba don Bosco con dar normas a los demás; el trabajo principal para mantener el orden en casa lo reservaba para sí.
Pedía a los asistentes y maestros que le entregaran semanal y mensualmente las listas con las calificaciones de conducta y aplicación de
cada alumno, tantas listas como profesores, incluidos los de las escuelas nocturnas, los jefes de dormitorio y los de taller. Cada lista iba
firmada por el que debía presentarla al Superior. Las primeras
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listas de calificaciones que se conservan se remontan al curso 1857-58. Al margen de las mismas siempre aparece alguna observación.

Además de estos informes mencionados, don Bosco pedía otros especiales. Quería que le presentaran cada semana las calificaciones
obtenidas por los alumnos del Cottolengo que asistían a sus escuelas como externos y las de los clérigos que eran asistidos por un
decurión especial.

((394)) Cuando se veía obligado a salir de Turín durante algunas semanas, no tardaba en pedir noticias detalladas de sus alumnos.
Guardamos una relación con las calificaciones de conducta de los alumnos del segundo curso, de los que ocupaban los siete dormitorios,
y de los admitidos en la Compañía de San Luis. El clérigo que había recibido este encargo, escribía a don Bosco al pie de la hoja:

Muy querido Señor y Padre en J. C.:

Tendría mucho que contarle, ya que todavía no tuve ocasión de hablar con usted particularmente, desde que volví a su lado al acabar las
vacaciones. Pero aquí no me parece bien decirle lo que desearía. Por ahora tengo el gusto de presentarle, según su deseo, la lista de mis
alumnos e hijos suyos queridísimos, por la que podrá usted ver que todos marchan todavía bastante bien, si se exceptúan unos pocos.
Mentiría si le dijese que no me apena su larga ausencia. Pero bien sabe Dios que mi pesar disminuye con el pensamiento de que usted
ganará con sus fatigas alguna alma para Cristo y que usted trabaja por la salvación de nuestro prójimo, de nuestros hermanos.

Basta: venga pronto con nosotros. Yo le echo de menos, todos le buscan y desean vivamente su venida: se nos hace muy larga la espera
de volver a verle entre nosotros, de que llegue nuestro Padre querido.

Con la firme esperanza de que se acuerde siempre de mí y de todos sus hijos a quienes ama usted más que a sí mismo, le ofrezco mis
cordiales saludos y los de todos mis compañeros y hermanos y tengo el gusto de profesarme.

De V. S. Ilma.

Su hijo en J. C.
FRANCISCO VASCHETTI

Esta carta es un testimonio de lo mucho que querían a don Bosco los maestros y asistentes y de su afán por cumplir su deber. En efecto,
en las listas de calificaciones que enviaban al Siervo de Dios, escribían al pie ((395)) algún pensamiento que expresaba devoción e interés
especial por darle gusto. Vamos a referir algunas de estas anotaciones. Dice la primera:

-El asistente que suscribe, movido por filial obediencia y afecto hacia su bondad, de nuevo le suplica que le amoneste de sus faltas y
defectos.
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Otro clérigo escribía:

-El ejemplarísmo Rúa y el atento Danussi son oficialmente los monitores de mis faltas: al primero, además, le toca ser mi asistente y
anotar mi puntuación.

Un tercero cerraba la lista de calificaciones escribiendo:

-Después de haberla leído, si vuestra señoría ilustrísima muy querida me lo permite, iré a decirle dos palabras.

Y don Bosco mandaba llamar muchas veces a los asistentes, a los maestros, al jefe de estudio, al Catequista, al Prefecto y se entretenía
con ellos hablando de lo que habían observado en la casa. Este continuo cambio de ideas y observaciones animaba a los que habían de
estar con los muchachos y tenía al Superior informado de todo.

Entretanto, como sabían los alumnos que sus calificaciones eran revisadas por don Bosco y veían que todos los domingos le entregaban
las de aplicación, daban muchísima importancia a las mismas. El diez, es decir, el óptime, era la nota más corriente; el nueve o fere
óptime (casi óptimamente) arrancaba lágrimas a quien lo había merecido; el bene y mucho más el medie, o sea, el ocho y el siete de
aplicación eran notas tan deficientes, como para poder ser castigadas con la expulsión de la casa. Conviene advertir que estas notas se
daban con cierto rigor, pues era norma general que quien vivía de la caridad debía ser digno de ella. Pero don Bosco entonces pedía las
calificaciones obtenidas por el joven en clase, las comparaba con la de ((396)) aplicación en el estudio y a veces encontraba que el
profesor y el jefe de estudio eran de distinta opinión. Por eso, y así nos lo aseguró monseñor Cagliero, ante estas calificaciones
deficientes don Bosco no formaba de momento un juicio definitivo, sino que investigaba la causa, la cual no siempre dependía del
alumno. Se culpaba a uno de estar habitualmente distraído en el salón de estudio. Otro, después de una horita de trabajo, buscaba un
chisme con que entretenerse o leía libros amenos. Un tercero no acababa nunca los deberes, un cuarto no aprendía toda la lección. Don
Bosco los mandaba subir a su habitación uno tras otro, en días distintos y les señalaba unas páginas para aprender de memoria o les
mandaba hacer una pequeña redacción; y después les preguntaba. A éste disculpábale su escaso talento, de modo que con dificultad podía
seguir al paso de los demás. En aquél descubría una memoria portentosa, que le reducía a entender las cosas sin reflexionar en ellas. El
otro tenía poca memoria, pero un criterio justo. Y daba a cada uno las normas para aprovechar bien el tiempo. Luego, advertía a los
clérigos que, cuando viesen a alguno distraído o dormitando, se le acercaran amablemente
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y en voz baja le preguntaran si había entendido lo que estaba estudiando, si encontraba dificultad en las tareas; y le dijeran:

-Quieres que te ayude?

De este modo algunos, que al principio parecían incapacitados para los estudios, alcanzaron excelentes resultados.

Así que eran pocos los estudiantes que merecían reproche. Nadie podrá jamás imaginar el afán por el estudio de aquellos tiempos.
Cuando estaban los chicos en el comedor tenían a su lado el libro abierto; acortaban el recreo y se retiraban a un rincón del patio para
repasar la lección; de noche buscaban un sitio próximo a la luz para poder dedicar al estudio el mayor tiempo posible. Eran necesarios
avisos continuos para impedir abusos que podían perjudicar a su salud.

((397)) Don Bosco se servía, con provecho moral para la casa, de los registros de notas de conducta y de los informes de los asistentes,
para descubrir de manera sorprendente a los que sabían ocultar su malicia a los ojos de los Superiores. Además del registro oficial de
conducta, tenía él otro registro particular de todos los jóvenes, y siempre que oía un informe poco honroso, una falta ligera, pero de las
que ponen en guardia a un hombre prudente ante la seria sospecha sobre la conducta de un alumno, colocaba al lado del nombre de éste
una de sus señales convencionales, que sólo él entendía y que especificaba la cualidad del mal de que se le acusaba. A veces había un
nombre que en un solo mes llegaba a tener diez o quince señales, que a lo mejor indicaban todas lo mismo. Don Bosco repasaba
atentamente de vez en cuando este registro. De cien alumnos, había noventa que no tenían señal alguna, pero diez o doce llevaban su
nombre señalado varias veces. Entonces dedicaba todos sus cuidados a estos últimos, indagaba minuciosamente su conducta, los ponía
bajo una vigilancia especial, observaba quiénes eran sus compañeros más frecuentes, hacía que alguien les preguntara y él mismo los
interrogaba, y muy difícilmente podía el demonio mantener ocultas sus asechanzas y sus amistades.

Don Bosco recomendaba a menudo este sistema a sus directores y les aseguraba que lo había encontrado muy ventajoso y casi infalible
en sus dictámenes.

Con su registro en la mano, al llegar el mes de junio, al fin de curso, tomaba las medidas oportunas para proteger la moralidad al año
siguiente. Escribía una nota con los nombres de los que no habían de volver más, se la entregaba al Prefecto, y le encargaba de que se
quedaran en sus casas para el año próximo. Guardamos todavía la lista de los que debían ser expulsados, fechada al 15 de mayo de
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1859. Hay que hacer notar que aquel año hubo las insubordinaciones ((398)) causadas por la guerra. Pues bien; de trescientos jóvenes hay
en lista sólo quince, de los cuales cuatro nombres tienen al lado la palabra duda. Esta nota honra grandemente al Oratorio. Anotaba
también los nombres de los alumnos que no debían continuar como estudiantes y que convenía dedicar a un oficio; de los aprendices que
merecían pasar a estudiantes; y de aquéllos que, por su conducta no muy satisfactoria, podían ser readmitidos después de las vacaciones y
someterlos todavía a otra prueba.

Pero si era el alma, como hemos dicho, la primera palabra de don Bosco cuando un muchacho entraba en el Oratorio, era también la
última cuando salía de él. "Y fueron casi quince mil, asegura monseñor Cagliero, los que don Bosco albergó, mantuvo y educó solamente
en el internado de Turín, e instruyó y catequizó en los Oratorios festivos de esta ciudad como externos: todos gozaron del beneficio de
sus bendiciones paternales y sacerdotales."

Con todos ellos mostró su ternísima caridad, y no sólo con los buenos, lo mismo estudiantes que artesanos, que por diversos motivos
volvían a sus pueblos por haber terminado sus estudios o su aprendizaje; no sólo con los externos que iban a despedirse de él antes de
marcharse de Turín, sino también con los que no habían correspondido a sus ciudados y en los que tal vez había puesto sus esperanzas. El
recibía o llamaba a todos antes de partir y, con singular benevolencia, les daba los consejos necesarios para prosperar en el estado que
eligieran; les bendecía y los exhortaba a volver con frecuencia por el Oratorio, a seguir siendo virtuosos y dignos hijos de don Bosco; en
conclusión, a salvar su alma.

Nunca los olvidaba y, si se enteraba que alguno de ellos se encontraba en apuros, con paternal amabilidad ((399)) los socorría o les
buscaba ayuda entre personas caritativas. Le decía don Bosco a uno de los nuestros, zapatero y soldado, cuya familia era pobre y que fue
a visitarle:

-Te han dado dinero en casa?

Ante su respuesta negativa, añadió, poniendo en su mano unas monedas:

-Toma y no digas nada a nadie. Si te encuentras falto de recursos, ven a mí.

íCuántos hechos semejantes se podrían escribir!

Con estos actos de beneficencia seguía siendo el dueño de sus corazones para darlos a Dios; era su buen padre de siempre, el que había
alegrado su corazón juvenil. Por eso, cuando después de muchos
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años se los encontraba, les repetía con franqueza la misma palabra con que les había dicho al despedirse: íel alma!, y añadía.

-íBueno, antaño eras un buen chico! Verdad?

-No sabría qué decirle...

-Y ahora sigues siéndolo?

-Ahora... sabe usted... estamos en medio del mundo...

-Vas a confesarte?

-O también:

-Cuándo volverás a verme?

Y añadía alguna palabra en voz baja, de acuerdo con la respuesta.

Exhortaba don Bosco también a sus Directores a seguir este método al

encontrarse con los jóvenes, ya hombres, o que volvían a visitar el colegio. Decirles sonriendo:

-Has cumplido el precepto pascual? -Cuándo te has confesado?

-Pero haced estas recomendaciones sin esos preámbulos de Quisiera decirte... Si no lo llevas a mal... Si me lo permites... Nada de eso;
lanzad la palabra como una flecha y pasad en seguida a otro tema. Eso deja buena impresión; de otro modo, no. Podría añadirse: Verdad
que soy curioso?, u otra frase por el estilo, pero no más.
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((400))

CAPITULO XXX

SANTAS INDUSTRIAS -DON BOSCO CON LOS JOVENES: SU CARIDAD PATERNAL Y CARIÑO FILIAL DE SUS
MUCHACHOS -LOS RECREOS CLAMOROSOS -SABIOS CONSEJOS Y OBSERVACIONES -RECUERDOS EN VERSO
-VERSOS LATINOS -PROPUESTAS DIFICILES DE ENTENDER -EL DANTE -LAS REGLAS GRAMATICALES -UNA
OPERACION ALGEBRAICA -SABIAS RESPUESTAS DE GIANDUYA -LECCIONES DE HIGIENE -ACERTIJOS Y PREGUNTAS
MISTERIOSAS -LOS JOVENES RODEANDO A DON BOSCO -LA PALABRA AL OIDO -LA MIRADA QUE HABLA -LOS
CACHETES

"LA caridad sugería a don Bosco tantas santas industrias para ganar almas a Dios, que hablar de todas ellas y de su paciencia, sería
asunto muy difícil. Fueron tantas y tan grandes que superan todo elogio". Así lo afirmaba solemnemente monseñor Bertagna; y nosotros
añadiremos otras a las muchas ya descritas, que todavía mencionaremos para mayor aclaración y orden de la narración, y que los lectores
conocerán con gusto y admiración.

La primera industria era la de actuar su lema; Servite Domino in laetitia (Servid al Señor con alegria). El temor de Dios, el trabajo y el
estudio incesantes, envueltos en santa alegría, eran la vida ((401)) del Oratorio. Este admirable conjunto hacía que los alumnos de
Valdocco pasaran sus días alegremente, con entusiasmo, y para casi todos, inefablemente tranquilos. Quien no lo vio, difícilmente puede
formarse una idea cabal del bullicio, de la ingenua inconsciencia de los juegos, de la alegría de aquellos recreos. El patio era pateado
palmo a palmo con desenfrenadas carreras, y don Bosco, que era el alma de todas aquellas diversiones, queridas y promovidas por él,
gozaba lo indecible. Y los muchachos, sabedores de que, siempre que podía, tomaba parte en sus juegos y conversaciones, alzaban de vez
en cuando los ojos hacia la habitación del buen padre y, si le veían aparecer en la galería descubierta, alzábase un grito unánime de
alegría. Un buen grupo de chicos corría a su encuentro a los pies de la escalera para besar su mano.
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Pocos hubo en el mundo, creemos nosotros, que atrajeran de tal modo a los niños y supieran aprovechar este afecto para su bien. Don
Bosco en medio de los muchachos era la amabilidad personificada. Monseñor Cagliero, los clérigos y los mismos jóvenes decían de él:
Apparuit benignitas Salvatoris nostri (Apareció la bondad de nuestro Salvador).

Comenzaba diciendo don Bosco a quien se le presentaba con cara triste y sombría:

-íEa, alegría!

Y estas dos palabras, dichas por él, producían un efecto mágico, disipaban la tristeza, y el muchacho se sentía dispuesto y deseoso de
cumplir el deber.

-Cómo estás? -preguntaba a otro.

Y, si hacía al caso, se enteraba de si sufría por falta de algún cuidado. Durante el invierno, si le parecía que un chiquillo tenía frío,
tentaba sus brazos con los dedos para enterarse de si llevaba un jersey de lana y luego le decía:

-íNo estás bien abrigado! Y tienes mantas para no pasar frío en la cama?

((402)) Y lo enviaba al ropero para que le proporcionara lo necesario. Así hacía con cuantos encontraba, cuando le parecía que sufrían,
aún con aquéllos a quienes debían proveer los padres.

Ya a uno, ya a otro, siempre daba a entender que tomaba a pechos cuanto podía interesarles. Les pedía noticias de sus padres y de su
familia, del párroco, del maestro de la escuela y de los paisanos que él conocía; les decía que cuando escribiesen a su casa dieran
recuerdos de su parte a fulano, a zutano y especialmente a su padre y a su madre; les contaba algún suceso memorable de su pueblo, pues
sabía de memoria los acontecimientos más notables de muchas ciudades y villas del Piamonte; les hablaba de la iglesia parroquial, del
campanario, en fin, de todo lo que puede interesar a un jovencito, los cuales rebosaban de alegría con aquellos recuerdos y quedaban
agradecidos a su amabilidad.

Estas conversaciones eran cortísimas, cuando bajaba al patio, porque sabía que no todos se hubiesen resignado a estar parados
escuchándole y porque le gustaba verlos en movimiento. Por eso no quería ver a los estudiantes ocupados en juegos que exigieran
demasiada atención mental y prohibía que se colocaran en los patios bancos para sentarse. No consentía los juegos de naipes, damas,
dominó y ajedrez, porque:

-La mente necesita descansar, decía.
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Como sapiente educador los prevenía, invitándolos a juegos que ejercitaban sus fuerzas físicas. Y él mismo se asociaba a sus
diversiones y a veces los desafiaba a una carrera.

Otras veces invitaba a todos a jugar al marro y hacía que le colocara la suerte en uno de los bandos, cuando veía en el otro a un
determinado jugador, que llevaba tiempo [403] con una conducta dudosa y se industriaba por estar alejado de él y así no ser amonestado.
Empezaba el juego, y cuando estaba encarrilado y era máxima la confusión de los jugadores, don Bosco, puestos sus ojos en la presa,
salía a tiempo de su trinchera y, esquivando todo obstáculo, la agarraba, mientras todos gritaban: íPreso, preso! Y entonces le decía don
Bosco bromeando una de aquellas palabras, que le ganaban los corazones.

Si no se sentía con fuerzas para este juego, colocaba a los muchachos en fila de dos en dos, se ponía él a la cabeza del batallón, abría
después de la marcha y íadelante! Entonaba el estribillo piamontés: Un, doi, polenta e coi (uno, dos, polenta y coles); los chicos lo
repetían cientos de veces, marchando a paso acompasado, batiendo palmas y golpeando el suelo bajo los pórticos con tanto ruido como
para hacer temblar la tierra. Salían al patio, volvían a entrar bajo las arcadas; giraban a la derecha, a la izquierda; subían las escaleras por
un lado, pasaban por un corredor, bajaban por otra escalera. Y siempre batiendo palmas y levantando la voz, de acuerdo con el ejemplo
que don Bosco les daba. Por fin, cansados pero alegres, oían con pesar el sonido de la campanilla que los llamaba a sus deberes. Este
paseo hacía el papel de una ronda de inspección.

Muchísimas veces, particularmente el curso de 1859-1860, alineaba don Bosco a centenares de muchachos en mitad del patio en fila
india; se ponía él a la cabeza y después de decir: -Siempre detrás de mí; hay que poner el pie sobre la huella del que va delante-, abría la
marcha batiendo palmas a compás, imitado por los que le segúian. Y ahora giraba a la dercha, ahora a la izquierda, ahora marchaba en
línea recta, ahora trazaba una oblicua y, al cambiar de dirección, formaba un ángulo agudo, un ángulo recto o una circunferencia. De
repente decía. íAlto! Y los muchachos, que le había seguido en todos aquellos rodeos ((404)) caprichosos, quedaban colocados, uno junto
a otro, en grupos extraños cuyo significado no hubiera podido explicar un observador. Pero otros muchachos, que comprendían la
intención de don Bosco con aquellos movimientos, subían a la galería, veían cómo cada grupo formaba una letra de enorme tamaño y
leían claramente las palabras: VIVA PIO NONO.
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Como no era prudente por aquellos años lanzar este grito, mientras el Papa era amenazado y atacado, él lo escribía con las cabezas de
sus chicos. Otras veces formaba un VIVA MARIA, o bien un VIVA SAN LUIS. Aún en 1861 realizó todavía este juego; pero un día en
que los chavales le aguardaban ansiosos para continuarlo, él se puso a pasear bajo los pórticos, habló con unos y con otros, y por fin se
retiró a su habitación. Desde aquel momento ya no habló más de ello. Tal vez le costaba mucho estudio aquella maniobra. Así lo refiere
don Pablo Albera.

No siempre jugaba don Bosco, pero entonces, situado en medio de ellos, no callaba nunca porque quería a toda costa ocupar su mente:
resulta imposible decir lo agradable que era su conversación, rica en frases llenas de gracia y de amenas narraciones. Empecemos por
contar algunos de sus dichos, dirigidos a los sacerdotes, clérigos o algunos que le rodeaban en el refectorio o que se tropezaba al paso,
aún fuera de las horas de recreo. Los verdaderos hijos de don Bosco no tenían secretos para él; por eso a menudo decíale a uno que sabía
se encontraba en un aprieto:

-íNada te turbe!, decía Santa Teresa.

A otro que estaba angustiado con tribulaciones materiales o espirituales:

-íTodo pasa!

A aquél que no aguantaba las molestias que le causaban ciertos compañeros:

-Vince in bono malum. Alter alterius onera portate (Vence el mal con el bien. Llevad los unos las cargas de los otros).

((405)) Encontraba uno dificultades en los estudios o en el aprendizaje del oficio y le decía:

-Sobre la marcha se acomoda la carga al borriquillo, es decir:
trabajando se vencen las dificultades. Y todos sabían que él ponía manos a la obra sin aguardar a que las dificultades, a veces grandes,
quedaran allanadas del todo.

Si le preguntaban acerca de algún doloroso suceso que le había disgustado, observaba:

-Ya decía mi madre que no hay ningún país donde sucedan tantas calamidades, como en este mundo.

Hablábase a veces de empresas guerreras arriesgadas, pero afortunadas; de nuevas tierras descubiertas después de viajes peligrosos y
llenos de dificultades; de inventos científicos o mecánicos, fruto de largos estudios y después de fracasos, envidias e injusticias, y alguno
preguntaba a don Bosco:
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-Y usted? Y las obras que ha emprendido?

Y él, con la peculiar sonrisa y el aire jovial que sabía mantener tan bien, contestaba con cierta solemnidad:

-El mundo es de quien lo pilla. Los atrevidos obtienen lo que quieren. Audaces fortuna iuvat. Tradidit Deus terram disputationibus
eorum. (La fortuna ayuda a los audaces. Dios entregó la tierra a sus discusiones).

Cuando se hablaba de cosas grandiosas, de fortunas, de gloria, de fama, de riquezas, de empresas logradas, repetía:

-Vanitas vanitatum, et omnia vanitas, praeter amare Deum et illi soli servire. (Vanidad de vanidades y todo vanidad, salvo amar a Dios
y servirle a El solo).

El que se acercaba a don Bosco aprendía siempre algo nuevo y recibía lecciones provechosas.

Recitaba versos a menudo en pleno patio. Después de repetir la sentencia: Tempora mutantur et nos mutamur in illis (Cambian los
tiempos y cambiamos nosotros con ellos), hablaba de la fugacidad del tiempo con los siguientes versos:

El tiempo pasa sin parar su pie,

va la muerte detrás de sus jornadas,

y las cosas presentes, las pasadas

y futuras me apenan también.

O bien: Fugit irreparabile tempus. Tempora labuntur tacitisque senescimus annis. (Huye irreparable el tiempo. Deslízanse los tiempos y
nosotros envejecemos al silencioso correr de los años).

((406)) Cuando quería enseñar a sus alumnos que no hay que dejarse engañar por las hermosas apariencias para juzgar de la felicidad
ajena, solía repetir a menudo estos versos de Metastasio:

Se a ciascún l'interno affanno (íSi en el rostro de cada uno Si vedesse in volto scritto, se viese escrita la angustia interior, quanti
mai che invidia fanno cuántos que nos dan envidia,
Ci farebbero pietá! nos darían lástima!

Si vedria che i lor nemici Se vería que tienen a sus enemigos Hanno in seno; e si riduce en el pecho; y toda su felicidad se
reduce Nel parere a noi felici a que nos parecen felices.)
Ogni lor felicitá!

Otras veces improvisaba unos versos poniendo en ellos el nombre del chico que se le acercaba a besar su mano:
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Ad Antonio perchè buono (A Antonio por ser bueno
Sarà dato il cielo in dono. se le dará el cielo como premio.
Ma se tu sarai cattivo, Pero como seas malo,
Del bel cielo sarai privo. quedarás privado del hermoso cielo.)

Y volviéndose a otro:

Se Carlin non sarà buono (Si Carlitos no es bueno,
Non avrà il cielo in dono. no tendrá el premio del cielo). '

Y decía a un tercero:

Se sarà buono Roberto (Si Roberto es bueno,
Premio in cielo avrà di certo. tendrá ciertamente premio en el cielo.)

A un alumno que tenía muy buen corazón, pero la cabeza de chorlito, con gran sorpresa de todos le dijo cantando:

íOh Francesco,Francesco,Francesco! (Ay, Francisco, Francisco,Francisco,
Su nel cielo un gran bene ci aspetta, un gran premio nos aguarda arriba en el cielo. Là godremo
una pace perfetta, allá gozaremos paz perfecta
E quel gaudio che fine non ha. y un gozo que no tiene fin)
.

Y después se reía y hacía reír a los que lo rodeaban.

Otras veces, para distraerse de pensamientos demasiado serios, o ((407)) para interrumpir la narración de algo exagerado o
desagradable, de alguna cosa contra la caridad y la justicia, salía con aquel verso de Virgilio: Quadrupedante putrem sonitu quatit ungula
campum (Con cuadrúpedo son bate el casco el blando campo). O repetía con Tibulo: Tum ferri rigor, atque argutae lamina serrae
(entonces la rigidez del hierro y la hoja de la estridente sierra). Y a veces: Me mea paupertas vitae traducit inerti (a mí me arrastra mi
pobreza por la inerte vida).

Y después ponía de relieve la armonía imitativa de estos versos con gran gusto de los alumnos de las clases superiores, que veían cómo
don Bosco recordaba a las mil maravillas los estudios hechos de jovencito, y que eran los mismos que ellos cursaban entonces.

También les pedía la traducción de sencillas frases latinas, cuyas palabras, poco usadas, tenían doble sentido y por tanto ofrecían
dificultad para entenderlas.

-Vamos a ver, decía: quién de vosotros me traduce al italiano la frase: Homo ne, si vis esse, o esta otra: Ne mater suam.
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Las más de las veces los alumnos no daban con la traducción y aguardaban una explicación de don Bosco, que no se hacía esperar:

-Hela aquí: la primera frase dice: Hombre teje, si quieres comer. La segunda: Hila madre, yo coseré.

Proponía otras más de las que recordamos dos: Non est peccatum occidere patrem suum. Deus non est in coelo. El tropel de muchachos
pensaba, preguntaba, disparataba, bromeaba y voceaba diciendo:

-íDígalo usted, don Bosco!

El, después de obtener silencio, daba la explicación:

-No es pecado matar al padre de los cerdos. Dios no come en el cielo.

Palmadas y sonoras carcajadas coreaban la respuesta.

De cuando en cuando los invitaba a recitar un trozo de los poetas clásicos italianos, especialmente de la Divina Comedia. ((408)) El
mismo recitaba algún terceto y a veces un canto entero, dando la impresión de que lo supiese todo de memoria. Efectivamente, le gustaba
mucho este admirable poema, y durante sus paseos otoñales, lo mismo que en las visitas a las casas de su Congregación, sobre todo de
1874 a 1882, no dejaba de llevarlo en la maleta para recrear su espíritu.

Las mismas reglas de la gramática latina, puestas en versos octosílabos por el nuevo método, a pesar de los retorcidos que eran y de su
no fácil comprensión, le servían para entretener agradablemente a los estudiantes, particularmente a los del tercer curso de gimnasio
(bachillerato). Repetía las estrofas, las explicaba, las hacía repetir a los muchachos que tenían que aprenderlas de memoria en clase. Así,
aquel rato de recreo producía útiles enseñanzas y despertaba el deseo de sacar provecho de ellas, porque después don Bosco no dejaba de
preguntar a alguno.

Pero lo más sorprendente es que aquellas mismas reglas, de un modo o de otro, directa o indirectamente, le servían de conclusión para
algunos avisos suyos. Así, a un asistente que no ponía mucho empeño en el cumplimiento de su deber, le decía:

-Acuérdate:

En la activa, infinitivo,
te dará el imperativo.

Al observar que se produce desorden en cosas necesarias, si no hay armonía entre quien manda y quien obedece o también si falta
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unión entre dos que deben dedicar su actividad a un único fin, afirmaba:

-Esta es una falta gramatical:

Entiéndase ante todo (y no olvide, por si acaso)
concertar el adjetivo
con su nombre sustantivo
en género, número y caso.

((409)) Y volviéndose hacia uno de los alumnos o de los clérigos seguía diciendo:

Nadie tenga que decir
que es muy larga tu nariz.

Y añadía después:
-Sabéis qué quiere decir esto?
A veces decíale don Bosco a un alumno de la clase de filosofía:
-Sabes algo de álgebra?
-Sí, señor.
-Resuélveme entonces este problema: A " B -M. Qué significa eso?
Pensaba el joven, soltaba lo primero que se le ocurría, pero no entendía.
-Pues fíjate bien: yo te diré lo que tú no sabes. A quiere decir alegre, B significa bueno, M1 indica malo; a saber: sé alegre, más bueno,

menos malo, o, si lo prefieres, nunca malo.
En otras ocasiones volvíase a uno y le espetaba:
-Acuérdate de las tres eses.
-Qué son las tres eses?
-Salud, sabiduría y santidad.
Y a un clérigo:
-Tampoco tú te olvides: Salve, salvando, sálvate.
Rodeado de aprendices, si le preguntaban cómo había que ingeniarse para tener siempre dinero en el bolsillo, contestaba:
-Gianduya solía decir: Si quieres tener siempre dinero, cuando tengas ocho monedas en el bolsillo, gasta sólo cuatro; y no gastes ocho,

cuando no tengas más que cuatro, sino dos solamente y así nunca estarás sin dinero.
Hablando de este prototipo del campesino piamontés, contaba episodios populares llenos de gracia.
1 M: en el original es una C, correspondiente a Cattivo o malo, en italiano. (N. del T.)

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((410)) -Estaba un día Gianduya en el teatrito de la plaza muy triste y pensativo; no quería hablar.
-Qué te pasa, Gianduya, que no hablas esta tarde?
-Estoy triste y preocupado porque este año hubo mala cosecha.
-Qué quieres decir con eso?
-No estás viendo que el Altísimo de allá arriba nos envía tempestades por nuestros pecados y que el Altísimo de aquí abajo nos quita lo

que queda con los impuestos? Y nosotros entretanto en medio de dos altísimos quedamos paupérrimos?

íPobre Gianduya! Después de estas palabras fue detenido y le metieron en chirona.

-Comprendéis qué le sucede al que habla mal del Gobierno?

Estaba otra vez Gianduya en el escenario y le preguntaron:

-Gianduya, por favor: qué vino te gusta más?, es decir, cuál es el mejor?

Y el callaba.

-Te gusta más el Barbera de Asti?

Gianduya dijo que no con una mueca.

-El Barolo?

-No.

-El moscatel de Strevi?

-No.

-El de Siracusa?

-No.

-El Burdeos? El Nebbiolo? El de Malvasía?

-íNo, no!.

-El de Rin? El champán? El de Alicante?

-íNo, no, no!

-El Tokái? El vino santo? El Caluso?1

-íNo!

Y acompañaba cada una de sus negativas con un gesto tan gracioso que hacía desternillar de risa a la gente.

((411)) Pues cuál es el vino que más te gusta?

-íEl vino que más me gusta es el que tengo en mi vaso; es el que yo puedo beber! Qué me importa que me nombres tantas clases de

vinos excelentes, si yo no puedo comprarlos ni catarlos?

1 Tokai es una población del norte de Hungría. Y Caluso es un pueblo situado entre Turín e Ivrea. Ambas famosas por sus vinos. Las
vides de Tokai fueron cultivadas en el norte de Italia, sobre todo en la zona de Venecia: su vino, un poco espumoso, es muy apreciado,
singularmente el de Udine. A su vez, el vino de Caluso es un vino dulce, hecho de pasas y soleado. (N. del T.)

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Don Bosco alternaba estas chanzas con saludables avisos.

Si uno se quejaba de ligeras indisposiciones, le decía:

-Pitágoras prescribía siempre estos tres remedios para toda clase de males: dieta, agua fresca y movimiento.

En ocasiones repetía esta otra receta: quies, mens hilaris, dieta (reposo, ánimo alegre, dieta).

A uno que tenía miedo de caer enfermo le contaba:

-Había un convaleciente, que por miedo a que algo le hiciera daño, quería que le asistiera siempre el médico durante la comida. Pues
bien, sucedió que en cierta ocasión le presentaron un pollo. El médico comenzó a observarlo para quitar las partes que creía podían
perjudicar al enfermo. Al cortar las alas, dijo: Ala mala (el ala es mala) y colocó las dos en su propio plato; Coxa noxa (las patas son
dañosas) e hizo lo mismo. Testa, infesta (la cabeza está infectada), y la misma canción repitió con la pechuga y demás partes, hasta que
finalmente exclamó: Collum sine pelle, bonum (el cuello sin piel es bueno) y lo largó despellejado a su cliente. El médico fue el que se
tragó la piel y todo lo demás, has entendido? Deja, pues, de lado temores y precauciones no necesarias. Confía más en la Providencia de
Dios. Acude a la protección de la Santísima Virgen y, íadelante con tranquilidad!

Variaba continuamente sus bromas proponiendo acertijos a los alumnos e invitándoles a adivinarlos. Algunos eran de su propia
cosecha.

-íHuy, qué color tienes! -decíale a uno-.Me parece que estás enfermo.

-Yo? íEstoy la mar de bien!

((412)) -Y sin embargo te digo que tienes mal color: estás verde.

-No lo entiendo.

-íPiénsalo y lo entenderás!

El muchacho se retiraba, pensaba, hablaba con los compañeros, y después volvía:

-Don Bosco, ya he entendido qué significa estar verde: quiere decir que soy como una planta sin fruto, verdad?

-Por fin lo has entendido, contestábale don Bosco sonriendo.

-Pero, me esforzaré, créame; en adelante quiero ser mejor.

Después de algunos días presentábase el jovencito a don Bosco:

-Míreme y dígame: tengo todavía mal color?

-No; ya tienes buen color; se ve que estás mejor, pero hay que hacer todavía algún esfuerzo más.

-Es verdad; pero, ya verá usted, ya verá...

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-íBravo! siempre he dicho yo que eres una buena pieza.
A veces llamaba a uno de los que esperaba admitir en su Congregación y le decía después de mirarle fijamente:
-Est caput plectendum (hay que doblar la cabeza); o también: Caput amputandum (hay que cortar la cabeza)
.
Y el muchacho, que había penetrado el sentido de la frase latina, respondía con una sonrisa.
A otro le decía:
-Te quiero cocer sabes?
O también:
-No estás bastante cocido.
Palabras con las que expresaba su deseo de ver en él un comportamiento más perfecto, un amor a Dios más fuerte y sincero.
A uno, a quien había visto distraído en la iglesia durante el sermón, le preguntaba:
-Dime, te duelen las muelas? íPobrecito!
-íNo, no, a mí no!
-Pues me parecía que tenías dolor de muelas.
Y con estas palabras, como después le explicaba, quería dar a entender que ((413)) masticaba con dificultad la palabra de Dios, que no

la saboreaba y, naturalmente, no sacaba ningún fruto de ella. Y decía:
-íPobrecito, te duele la cabeza! Para indicarle los caprichos y las desobediencias.
Le era muy peculiar la expresión de: -Cuándo comenzarás a hacer milagros?
Dirigía estas frases, a veces de improviso, a alguno que estaba pensativo o que parecía distraído en otra cosa, o bien cuando uno

hablaba al oído a un compañero del corro que le rodeaba.
Un día le dijo a un muchacho, que llevaba unos meses sin acercarse a los sacramentos:
-íHola, amigo! Estarías dispuesto a comer conmigo mañana?
A su respuesta afirmativa, añadió:
-íMira, que yo como mañana por la mañana a las siete y media!, aludiendo a la mesa eucarística de la misa.
Era un espectáculo conmovedor contemplar a don Bosco, rodeado de un nutrido corro de alumnos, a los que, mientras conversaba,

examinaba uno por uno con sus ojos; y tenía una palabra especial para todos. A éste: -Qué tal estás?; a aquél: -Eres bueno?; al recién
llegado: -Eres un angelito de veras? Y cerrando la mano levantaba el índice y el meñique como si fueran unos cuernos. Y los

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chicos reían e imitaban el mismo gesto sobre la cabeza del compañero que tenían delante. A un chiquillo, que apoyaba silencioso la
cabeza en su brazo, le decía: -íCállate! Y a otro: -íAh, bribonzuelo! -y le amenazaba bromeando con el dedo-.A otros muchachos:-Quiero
que seamos amigos: pero de veras, no en broma. Respóndeme, eres sinceramente mi amigo? Y a alguno: -Cuándo nos veremos?, y el
joven comprendía que se trataba de hablar de los asuntos del alma y de la vocación.

A veces daba un aviso a un jovencito y, volviéndose de repente a otro, decía: -Has entendido? ((414)) Sucedía en ocasiones que uno se
le acercaba para besarle la mano y él agarraba la del muchacho y sin soltarla decía:

-Vete, vete a jugar.

Y seguía hablando con los que le rodeaban; volvíase de nuevo al pequeño prisionero y repetía:

-Vete; qué haces aquí?

-íPero si usted no me suelta!

Don Bosco sonreía, seguía reteniéndolo, conversando y después: -íEa!, vete, vete, todavía estás aquí?

El chico también sonreía y entonces don Bosco le soltaba y le dejaba ir a correr y saltar. Empleaba estas maneras especialmente con los
que al parecer andaban algo apartados de él.

A los que veía silenciosos y pensativos, sospechando que rumiaban algún pensamiento de murmuración, les preguntaba de repente:

-Qué dices?

-Yo? íNada!

-Creía que habías hablado.

De este modo les sorprendía y desvanecía su imaginación.

Todas estas frases y maneras acababan generalmente con una palabra confidencial que los chicos llamaban: LA PALABRITA AL
OIDO. Pero, en qué consistía esta palabra que ya hemos mencionado varias veces en nuestras Memorias Biográficas?

Era algo así como el eco de la palabra de Dios: "viva, y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las
fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón" 1.

De este modo don Bosco, lleno de celo y prudencia, lo gobernaba todo con su consejo, se informaba de todo, conocía a todos los
alumnos internos y externos, ((415)) los distinguía por su nombre y su

1 Hebr. IV, 12.
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carácter, y sabía dar siempre con irresistible amabilidad un aviso acomodado a las necesidades de cada cual. Pero lo que confería
muchísima eficacia a su palabra era que, muchas veces indicaba a un muchacho cosas secretas que sólo él conocía y a menudo
acontecimientos futuros relacionados con su persona, que después se verificaban exactamente. Por eso los alumnos daban suma
importancia a esta su santa industria y costumbre, y de ello se puede argüir, mas sin conocer en toda su extensión, los admirables efectos
que producían en aumento de la virtud y de la salvación de las almas.

A menudo decía don Bosco a un joven: -quieres que te diga una palabra? O bien los mismos jóvenes le pedían: -íDígame una palabra!
Y don Bosco, colocando una mano sobre la cabeza del joven e inclinándose hasta su oreja, le hablaba en secreto haciendo pantalla con la
otra para que nadie pudiera oír. Era digno de ver el distinto aspecto que tomaban las fisonomías de los muchachos en aquel momento:
sonrientes unas, otras serias; alguno se ponía rojo como un tomate, otro rompía a llorar, éste daba a entender un sí, aquél, un no, quién se
retiraba pensativo a pasear él solo, quién decía gracias y corría a jugar, quién se dirigía en seguida a la iglesia para visitar a Jesús
Sacramentado. Los había que, después de oír la palabrita, no sabían separarse de don Bosco y se quedaban como absortos en una idea
grandiosa y quiénes, haciendo pantalla con su mano ante la boca, contestaban al oído de don Bosco o le hacían alguna pregunta. La
palabra que don Bosco decía a cada uno no duraba más que unos segundos. Pero era como un dardo de fuego que traspasaba el corazón y
quedaba clavado de manera que era imposible arrancarlo. Ora era un consejo, ora una observación, un estímulo al bien y también un
reproche. En efecto no solía don Bosco ((416)) reprochar ásperamente y mucho menos en público. Nunca daba a conocer que tenía en
poco a un joven y, aun los que reconocían no merecer consideraciones, sabían que don Bosco no los avergonzaría de ningún modo. En
toda su vida no humilló nunca a nadie, salvo el caso en que se tratase de reparar un escándalo público. De ahí nacía la confianza y la
entrega al superior de la casi totalidad de los chicos del Oratorio. Por eso el aviso amistoso no deshonraba, producía buen efecto y
alentaba a la perseverancia en el bien. Dicen los Proverbios "anillo de oro y collar de oro fino es la reprensión sabia en oído atento" 1.

Estas palabras frecuentemente eran así: -Podrías ofrecer como

1 Proverb. XXV, 12.
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florecilla a la Virgen estudiar más la lección? -Jesús espera tu visita en la iglesia. -Quítate la costumbre de poner las manos encima de los
demás. -Te has confesado bien? -Por qué no vas a comulgar más a menudo? -íAy, esos compañeros! -íAnimo, invoca a María y Ella te
ayudará! -íSi pudieras ver el estado de tu alma! -Sigue así, la Virgen está satisfecha de ti. -No lo olvides: Dios te ve.-Antes morir que
pecar. -Sé bueno y nos encontraremos juntos en el paraíso. -Procura hacer una buena confesión y tendrás una gran alegría. -Qui faciunt
peccata, hostes sunt animae suae (Los que cometen pecados son enemigos de su propia alma) -Reza cinco padrenuestros a las llagas de
Jesús para obtener que ninguno de los que mueran hoy vaya al infierno. -Ayúdame a salvar tu alma. -íAlégrate!, un día estaremos juntos
con el Señor. -Sé obediente y serás santo. -Pide a la Virgen la gracia de no caer en pecado en tu vida. -Vas a poder dormir tranquilo esta
noche?

Y cien frases más de este estilo que variaban según las circunstancias. Un ojo avizor descubría a veces ((417)) el efecto inmediato; en
unos, porque se acercaban a los sacramentos; en otros, porque tenían más recogimiento en la oración, mayor diligencia en el
cumplimiento de sus deberes, en dejar ciertas envidias, ciertos modos violentos, descorteses o molestos con los condiscípulos. Y hubo
muchos, cuyos nombres podríamos citar, que llegaron a tales fervores de piedad y se dieron a penitencias tan extraordinarias, que don
Bosco tuvo que frenarlos.

Pero los primeros en percatarse de la eficacia de esta palabra eran los mismos a los que iba dirigida.

Nos contaba un venerable sacerdote: -"Soy testigo de un hecho admirable que me sucedió repetidas veces siendo yo jovencito. Cuando
don Bosco me veía preocupado durante el recreo, sabía sugerirme palabras tan oportunas que yo me sentía libre de los pensamientos
molestos, y puedo decir que hasta de las tentaciones, que tal vez me hubieran arrastrado al mal. Y así, sin darme cuenta de ello, volvía la
paz a mi corazón y me encontraba bien. Y lo que hacía conmigo lo hacía con todos y también después de las oraciones, cuando nos
acercábamos a él para darle las buenas noches, pues ninguno se iba a descansar sin haberle besado antes la mano".

Advertiremos aquí que sus insinuantes y amables maneras produjeron hasta más allá del año 1860 un gracioso y singular fenómeno.
Los muchachos abrían confiadamente su corazón a don Bosco en cualquier lugar donde se encontrara, hasta en mitad del patio; si algo
turbaba su conciencia, no iban a acostarse, si no lo confesaban
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a don Bosco mismo. Antes preferían velar junto a su puerta y llamar suavemente, hasta que se les abriera: con el pecado en la conciencia
no podían dormir tranquilos.

Pero no todos los alumnos se acercaban con tan ((418)) filial afecto a don Bosco. Había notables excepciones, pero aún entonces la
palabra de don Bosco producía sus efectos, porque a menudo llegaba inesperadamente al oído de sus hijos.

Veía, a veces, en medio de un corro a un muchacho algo disipado que defendía acaloradamente su opinión. Le interrumpía, le llamaba y
le decía:

-Quiero que hagamos algo muy bonito.

Y al preguntarle el chico de qué se trataba, decíale al oído:

-Quiero que hagamos un buen lavado para que puedas llegar a ser amigo de Dios y protegido por la santísima Virgen.

Corría otro desalado por el patio, totalmente abstraído en el juego, sin darse cuenta de en qué mundo estaba, y de pronto parábale don
Bosco:

-Qué tal estás?

-íMuy bien!

-También del alma?

Ante pregunta tan imprevista, miraba el muchacho a don Bosco un poco embarazado, bajaba los ojos, sacudía la cabeza, se rascaba, y:

-Es verdad... pero...

-Si murieras mañana, esta noche, hoy: estarías contento?

-No mucho.

-Cuándo, pues, vendrás a confesarte?

-íMañana por la mañana!

Y en general cumplían la palabra.

Algún muchacho malicioso se industriaba para no encontrarse con don Bosco, por falta de valor para soportar su mirada. Don Bosco
seguía sus pasos y, cuando el otro se creía seguro y estaba conversando acaloradamente en un corro de compañeros, sentía de repente que
dos manos tapaban sus ojos y sostenían inmóvil su ((419)) cabeza, sin dejarle volverse. Estaba el joven muy lejos de suponer quién era el
que le gastaba semejante broma y, creyendo se trataba de algún compañero, empezaba primero a nombrar a alguno intentando adivinar, se
impacientaba después y gritaba por fin: -Dejadme en paz; y acababa, a veces, lanzando insultos, palabras injuriosas, e incluso soltando
puntapiés. Entonces destapaban las dos manos los ojos del muchacho, volvíase éste rápido y salía casi temblando de su boca una
exclamación:

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-íOh, don Bosco!
La confusión y el apuro en que se encontraba el pobre joven no son para descritos. Se quedaba inmóvil, con la cara encendida como una

brasa y la cabeza baja. Entonces don Bosco, mientras el muchacho tomaba su mano para besársela, le decía:

-Por qué huyes de mí?

-íYo no!

-Así, seremos amigos? Oye una palabra.

Y mientras le hablaba al oído, el muchacho decía que sí con la cabeza.

Cuando don Bosco regresaba de viaje, los muchachos corrían a su encuentro con gran entusiasmo y se apretaban a su alrededor. Pero
alguno se quedaba atrás alejado de los demás. Era ello una señal infalible de que tenía algún secreto oculto en su corazón. Durante
muchos años éstos no pasaron de dos o tres cada vez; prueba consoladora de que en el Oratorio las cosas marchaban bien. Es fácil
imaginar que don Bosco dedicaba a éstos toda su atención, pues el quedarse alejados de él era indicio evidente de una conciencia
desarreglada.

En tales circunstancias, al ver que los que se habían metido en algún lío, le estaban contemplando desde atrás del tropel de los
compañeros, pero separados de éstos cuatro o cinco pasos, salía diciendo:

-íHe traído un bonito regalo para algunos de vosotros!

Y los muchachos, picados por la curiosidad, esperaban ver aquel regalo.

((420)) -Y sabéis a quién se lo quiero dar?

Los muchachos iban nombrando a los mejores.

-Quiero dárselo a íaquéllos que están allí!

Todos miraban hacia atrás, extrañados de que se tratara de quienes a su entender no eran dignos de premio. Los que estaban apartados
se quedaban como petrificados, pero don Bosco los iba llamando por su nombre, uno a uno, los invitaba a acercarse, mientras los
compañeros les abrían paso. Los pájaros quedaban presos en la red; una palabra suave se deslizaba lentamente en sus oídos y no pasaba la
tarde, o bien la mañana siguiente, sin que acudieran a confesarse.

Concluimos este tema con el testimonio de monseñor Cagliero:

"A menudo salía esta palabra al oído como una inflamada jaculatoria con ardientes suspiros, y los que estábamos a su lado nos
sentíamos inflamados de amor a Dios y a él, que tanto nos amaba en
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el Señor. íTodo por el Señor y por su gloria!, era su estribillo diario, que resonó en mis oídos mil veces y que él repetía en alta voz desde
el púlpito, en el confesonario y en las conversaciones privadas. Este fue el ardiente anhelo de su vida".

Habíale Dios concedido el don de la palabra tan abundantemente que todo lo suyo se convertía en lenguaje: su mirar, su hablar, sus
movimientos. Especialmente con sus ojos actualizaba, a un mismo tiempo, las potencias de la mente y del corazón. Con su mirada
mesurada, tranquila, serena, se adueñaba del pensamiento ajeno con irresistible atracción; y cuando quería, hacía comprender el suyo a
los demás con la misma fuerza. A menudo una palabra, una sonrisa, acompañada de su penetrante mirada, valía por una pregunta, una
respuesta, una invitación, todo un discurso.

((421)) Nos aseguraba don Domingo Belmonte que oyó contar tal maravilla a muchos testigos, pero que además él mismo la comprobó
por experiencia propia siendo alumno y posteriormente de clérigo y sacerdote. "íCuántas veces, nos dijo, miraba don Bosco a un
muchacho de un modo tan singular que sus ojos decían lo que no expresaban sus labios en aquel momento y le daba a entender lo que
deseaba de él. Y, al responder de palabra el muchacho, sorprendía que hubiera comprendido perfectamente el razonamiento intelectual de
don Bosco. Tratábase a veces de cosas que no guardaban relación alguna con lo que antes se había dicho, o bien con lo visto o hecho en
aquel instante; era una pregunta que nada tenía que ver personalmente con el interrogado: una orden, un aviso, un consejo para la clase, el
recreo u otra cosa cualquiera. Y se entendía perfectamente".

A menudo seguía con la mirada a un muchacho a cualquier parte del patio o de los pórticos a donde se dirigiera, mientras conversaba
tranquilamente con otros. Pero de pronto la mirada de aquel muchacho se cruzaba con la de don Bosco, y leyendo en aquellos ojos tan
claros el deseo de hablarle, iba a preguntarle qué quería de él. Y don Bosco se lo decía al oído.

Frecuentemente, y teniendo muchos alumnos delante, fijaba la vista en uno o dos poniendo la mano por visera de sus ojos, como quien
mira contra luz y quiere ver mejor, y parecía que penetraba en lo recóndito de sus corazones. Ellos quedaban turbados, se apagaba la
palabra en sus labios y percibían en su interior que él conocía algún secreto de su conciencia. En efecto, atisbaba en su semblante alguna
nube de culpa o de remordimiento. Entonces bastaba un ligero movimiento de su cabeza, no hacía falta otra invitación; sólo quedaba por
concertar el momento de la confesión.
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((422)) Miraba también don Bosco de esta manera cuando alguno le hacía una promesa que sabía no sería cumplida, o le decía algo
contrario a la verdad. Pero aquel ademán significaba claramente en tal ocasión una duda, un reproche o una negativa y era como el avance
de un aviso interesante.

Sucedía en alguna ocasión que, mientras confesaba don Bosco en las sacristía, pasaba algún muchacho que no tenía ninguna intención
de confesarse, aún cuando lo necesitaba. Pues bien, si don Bosco le miraba fija y bondadosamente a la cara, acontecía lo que se cuenta
del ruiseñor que queda fascinado por la serpiente. El muchacho ya no era capaz de alejarse. Se paraba indeciso, daba todavía unos pasos
hacia la puerta, volvía atrás, se acercaba a don Bosco, caía de rodillas y esperaba su vez para confesarse. Se había sentido atraído hacia él
por una amable fuerza, se había disipado toda repugnancia y se había despertado de repente en su corazón la confianza filial. Hemos
sabido esto de boca de amigos íntimos, que experimentaron tan benéfico influjo.

Si veía durante el recreo que uno tenía demasiada curiosidad por saber lo que otro hacía o decía, o por escuchar un chiste o
conversación inconveniente, le apretaba ligeramente con su índice el lóbulo de la oreja sobre el pabellón como para taparlo. Si veía que
otro era algo libre en sus miradas, tocábale casi en broma los párpados y se los bajaba como para cerrarle los ojos. A un tercero le tomaba
los dos labios con el pulgar y el índice y le cerraba la boca, queriéndole indicar de este modo que no la abriera para murmurar. Hacía todo
esto con una delicadeza sin par, sin pronunciar palabra, pero su mirada lo decía todo. Eran advertencias elocuentísimas e imborrables.

íQué grande era el poder de la mirada de don Bosco! Cierto alumno ((423)) no podía conciliar el sueño ya avanzada la noche.
Desasosegado, volvíase de un lado para otro. Suspiraba a cada instante, resoplaba con fuerza y, de cuando en cuando, mordía las sábanas.
El compañero, que dormía a su lado, se despertó y le preguntó:

-íOye, amigo! Qué te pasa?

Pero el otro no le respondió y siguió gimiendo.

-Qué tienes?, insistió.

-Que qué tengo? íAyer por la tarde me miró don Bosco!

-Y eso qué? íVaya una novedad!

-Es que me miró de una manera... íConozco yo muy bien las miradas de don Bosco!

-Te habrás equivocado. Ten paciencia y no molestes a todo el dormitorio, -concluyó diciendo aquel muchacho.
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A la mañana siguiente preguntó a don Bosco si había mirado la tarde anterior a aquel compañero con alguna intención especial. Y don
Bosco le respondió:

-Pregúntale qué le dice la conciencia sobre ello.

Y la conciencia respondió de tal modo, que el pobrecito fue a confesarse y quedó tranquilo.

Unía don Bosco a la mirada unos modales ingeniosos para grabar en la memoria sus avisos. Para estimular a uno a perseverar en la
virtud, solía emplear con cierta gravedad, mezclada con una indefinible sonrisa a flor de labios, una industriosa ceremonia de su
invención con la siguiente fórmula: Fe, esperanza, caridad, buenas obras, amistad. Al decir la palabra fe, tocábale ligeramente con la
extremidad de los dedos de una mano en la mejilla derecha; al decir esperanza, le tocaba en la izquierda; cuando pronunciaba caridad, le
daba un golpecito en la barbilla; en la nariz, a las palabras buenas obras; y golpeando un poco más fuerte la mejilla derecha, decía
amistad. Todos quedaban más contentos con esta broma que si hubiesen recibido el premio más apetecido, y sentíanse muy animados a
ser buenos, según lo aseguraban todos a una.

((424)) Tenía siempre a flor de labios otro misterioso juego de palabras. Preguntábale a veces un clérigo o un estudiante cómo se las
componía para saber el futuro y adivinar tantas cosas secretas de todo género.

-Escúchame: el medio es éste y se explica con Otis, Botis, Pía, Tutis. Sabes qué significan estas palabras?

-Yo no.

-Pues está atento. Son palabras griegas.

Y repetía silabeando:

-O, tis... Bo, tis... Pí, a... Tu, tis. Entiendes?

-Es un asunto difícil de entender.

-Bien lo sé yo. Yo mismo no he querido nunca descubrir a nadie el significado de este apotegma. Y nadie lo sabe ni se sabrá jamás,
porque no me conviene decirlo. Este es mi gran secreto, con el que realizo todas las cosas extraordinarias; con él leo en las conciencias,
por su medio se me abren todos los misterios. Pero si tú eres pícaro, mira a ver si puedes comprender algo.

Y repetía las cuatro palabras apoyando sucesivamente al pronunciar cada una de ellas la punta del dedo índice en la frente, en la boca,
en la barbilla, en el pecho del muchacho y terminaba dándole de repente un ligero cachete.

El muchacho reía, le besaba la mano, pero insistía:
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-Tradúzcame por lo menos a la lengua vulgar las cuatro palabras.
-Puedo traducirlas, pero no entenderás la traducción.
Y chanceando le decía en dialecto piamontés:
-Cuando te dan palos, agárralos todos 1.
Los presentes soltaban la carcajada al oír la conclusión.
Estos ligeros cachetes producían otro efecto saludable. Cuando don Bosco se encontraba con un joven melancólico le llamaba y le

preguntaba el motivo de ((425)) su tristeza; advertíale que san Felipe Neri enseñaba que la melancolía era el octavo pecado capital; y
consolándole con buenas palabras y promesas, acababa dándole uno de aquellos cachetes y diciéndole:
-íSiempre alegre!
Y sólo con esto, cosa admirable, le devolvía la alegría de antes. Esta forma de consolar era tan conocida y experimentada por todos los
alumnos que, si les sucedía algo que los ponía tristes acudían en seguida a don Bosco para obtener una de sus tranquilizadoras sonrisas.
Había, a veces, algún muchacho entre los compañeros que no ponía atención a lo que decían o hacían los demás, de modo que parecía
vivir en otro mundo, y de pronto dábale don Bosco un cachete en la cara.
El muchacho, como desmemoriado, se volvía a don Bosco y le decía:
-Qué hace?
-Así hacía san Felipe Neri con sus muchachos, diciendo: No soy yo quien te pega, sino el demonio que te tienta.
Y nosotros estábamos persuadidos, nos dijo monseñor Cagliero, de que don Bosco sabía que a aquel muchacho le rondaba por la cabeza
una tentación.
Además de esto, tenían los alumnos la firme convicción de que los cachetes de don Bosco poseían la virtud de hacerlos fuertes contra el
demonio. Por eso don Bosco daba a menudo algún cachete a quien se lo pedía, y bromeando decía:
-Por hoy no vendrá a tocarte el demonio.
Algunos le pedían que les diese unos cuantos y don Bosco les aseguraba, en son de chanza, que el espíritu del mal los dejaría tranquilos
durante seis meses. Un día pidióle un chico que le diera más

1 Otis Botis: "Botte" es el plural de "botta": golpe, bastonazo. De donde sacamos la posible traducción de la frase en piamontés. (N.
del T.).
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cachetes y lo asegurara para siempre. Contestóle sonriendo don Bosco:

-Hasta seis meses, conforme; pero más, no.

Después, con semblante más serio, siguió diciendo:

-Un muchacho al que no le habían valido para vencerse la oración, la penitencia, ni la buena voluntad, logró alcanzar ((426)) lo que se

proponía, recibiendo cada día un cachete de don Bosco.

Veíase a veces a algún jovencito afligido por alguna perturbación interior que se acercaba a don Bosco en medio de los compañeros y
sin proferir palabra presentábale la mejilla para recibir un cachete. Una vez recibido, se marchaba corriendo alegre como unas pascuas.
Esto sucedía todos los días.

El año 1861, antes de las vacaciones de Pascua, un alumno pidió a don Bosco un recuerdo. Este, sin decir palabra, dióle un cachetito y

le dijo:

-Vete a casa en hora buena, porque el demonio no te tocará.

Al volver de vacaciones declaró el muchacho que el cachete recibido le había producido un gran beneficio y que cuantas veces debiese

marchar a casa, pediría el mismo recuerdo.
Tenemos una cartita que alude a estas bromas de don Bosco, si así quieren llamarse.

Mi querido Padre:

íOjalá fuera yo siempre hijo de don Bosco, no sólo de nombre sino de hecho! Bajo bandera tan hermosa se pelea y se vence. El último
cachete que me regaló ha quedado marcado para siempre en mi cara y cuando pienso en él, me ruborizo y me parece realmente tener la
huella de sus dedos cariñosos. Mándeme, por favor, algunos de esos lindos cachetes que yo espero.

Quiero más a don Bosco que a todo el mundo. No lo cree? Pues es así. Y, si en el transcurso de la jornada se me presenta una tristeza o
un mal pensamiento, me siento libre al punto con sólo recordar a mi querido don Juan. íQuerido don Bosco! Heme aquí postrado ante
usted: ofrézcole todo cuando puede pedirme; se lo regalo todo. Acépteme como el último de sus siervos y no borre del gran libro de sus
hijos al que lo es en Jesucristo.

JOSE PITTALUGA, Clérigo.

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((427))

CAPITULO XXXI

SANTAS INDUSTRIAS -FE Y CARIDAD -EFECTO DE UNA CONVERSACION CON DON BOSCO -LOS MUCHACHOS
SENTADOS A SU ALREDEDOR -FABULAS Y CUENTOS AMENOS -EL CANTO -NUEVA QUIROMANCIA -LA MEDIDA DE
LAS MANOS -LAS PALMADAS -EJERCICIOS DE DESTREZA -ALEGRE Y PRUDENTE VIGILANCIA -LOS MEJORES
ALUMNOS INVITADOS A COMER -AUDIENCIAS PRIVADAS CONCEDIDAS POR DON BOSCO A LOS ALUMNOS EN SU
HABITACION: MANERA DE PRESENTARSE Y RECEPCION: INVITACION AL ESTADO RELIGIOSO: REPROCHES
INDIRECTOS: CONSUELOS A LOS AFLIGIDOS -LAS TRES EXCURSIONES -AVISOS POR ESCRITO Y CARTAS
SORPRENDENTES DE DON BOSCO A LOS MUCHACHOS -LAS CARTITAS CON LOS PROPOSITOS -CONFIANZA PEDIDA
A LOS ALUMNOS Y SACRIFICIOS PARA CONSERVARLA -LA CARTITA DE LLAMADA AL BUEN CAMINO -ALGUNOS
PROPOSITOS ENTREGADOS A DON BOSCO Y GUARDADOS POR EL -RESULTADO DE LAS SANTAS INDUSTRIAS

EN su carta católica escribió el Apóstol Santiago refiriéndose a Abraham que Fides cooperabatur operibus illius (la fe cooperaba con sus
obras). Lo mismo diremos de don Bosco, pues la fe daba forma substancial a todas sus obras y palabras, encaminadas al bien de la
juventud. El no reparaba en sacrificios y Dios le aumentaba sus dones extraordinarios. Podrá alguien juzgar a su manera ciertos medios
empleados por don Bosco, ((428)) pero siempre podremos contestar que infirma mundi elegit Deus ut confundat fortia (Dios eligió lo
débil para humillar y rendir a los fuertes). Y estos fuertes son los espíritus de las tinieblas.

Sigamos, pues, hablando de las industrias empleadas por don Bosco, sencillas como su corazón, pero eficaces para alejar, en lo posible,
todo enemigo espiritual de sus alumnos. Todo lo vence el amor, y más aún el amor inspirado únicamente en la fe; éste vence los
corazones.

Todos veían que don Bosco, fatigado, enfermizo, débil de estómago,
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con la garganta congestionada, a menudo con esputos sanguinolentos, no cesaba de hablar de la mañana a la noche, para tenerlos junto a
sí; y también de esto deducían cuánto los amaba. Para explicar las fatigas físicas y morales que debía soportar por ellos, nos vimos
obligados en el capítulo anterior a ser un tanto prolijos; así lo exigían la verdad y el fin de estas Memorias.

Reanudamos nuestro tema.

Veíase a menudo a don Bosco paseando bajo los pórticos en medio de un centenar de muchachos y clérigos. Unos iban por detrás,
otros, los más, por delante, caminando de espaldas con la cara vuelta a él para oír lo que decía; y don Bosco, con su alegre conversación,
los entretenía contando ejemplos, aventuras y las antiguas vicisitudes del Oratorio, que producían en todos saludables impresiones.

Afirmaba don Miguel Rúa: "También yo tuve que decir varias veces lo mismo que decían muchos de mis compañeros: que una
conversación con don Bosco valía tanto como unos ejercicios espirituales y aún más. Después de sus charlas y conversaciones le gustaba
regalarnos diversos libros y folletos compuestos por él y, en circunstancias especiales, ((429)) los que había escrito contra los
protestantes, para preservanos de caer en sus lazos y errores".

Durante las tardes del verano, cuando los recreos de los días festivos eran más largos y perdían animación los juegos por el cansancio,
don Bosco se sentaba en el suelo del patio junto a una pared del edificio. Corrían a él inmediatamente los chicos y se sentaban también
formando a su alrededor siete u ocho amplios círculos de rostros alegres, fijos todos en él. Un ilustre abogado expresó la impresión que le
causó este espectáculo, que se repitió infinitas veces desde 1850 hasta más allá de 1866, en los términos siguientes:

"Eran una estampa viva que hablaba por sí misma de la inocencia más sincera, modesta y alegre. Sus ojos, abiertos. de par en par, no
tenían nada que ocultar, porque sus almas buenas no albergaban el menor mal pensamiento; y los fijaban ingenuamente en la cara de
quienquiera que se les presentara, comunicando a todos la paz serena que nunca desfallecía en su hermoso corazón. Y para los mismos
chicos era todo un espectáculo observar a don Bosco".

El sacerdote Emilio Sacco, párroco de San Esteban, en Pallanza, y discípulo suyo, escribía a don Miguel Rúa en el 1888: "íCómo
queríamos a don Bosco! íQué virtuoso y qué santo era! Todavía me parece verle cuando me sonreía, cuando oía sus dulces palabras,
cuando contemplaba su rostro admirable en el que aparecía claramente reflejada la belleza de su alma!".
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Don Bosco reservaba sus charlas más amenas para estas sesiones al aire libre. Contaba a su manera el diálogo entre un tintero y un
candil, escrito por el conde Gaspar Gozzi 1. Inventaba él otro, entre la pluma y el tintero; entre un zapatero y una bota rota que no quería
ser remendada en domingo, sino en lunes; entre él mismo y su lamparilla que no ((430)) quería alumbrar y era partidaria de los
protestantes. Recitaba a veces algunos sonetos jocosos y, entre ellos uno que él había compuesto siendo semiriarista sobre la hoja de su
navajilla y que siempre retuvo en la memoria, como nos cuenta el Padre Garino, que lo oyó de sus propios labios en Valsálice.

Otras veces narraba fábulas maravillosas, que llenaban la fantasía de los oyentes. Describía al gigante Gargantúa con sus asombrosas
aventuras, sucedidas en el campo del imposible y, después, su muerte y su entierro, al que acudieron miles de personas, las cuales no
pudieron cubrirlo de tierra, a pesar de haber excavado una fosa profundísima de un kilómetro de larga.

-Y quedó al descubierto su nariz, que todavía puede verse, exclamaba:

-Aún se ve? -gritaban todos.

-Miradla: íes el monte Blanco! 2.

La vida que prestaba a sus descripciones y los constantes diálogos animaban las diversas escenas de sus fábulas, amenizadas también
con las curiosas preguntas de los chicos que tomaban parte en ellas.

El reverendo Piano y otros antiguos alumnos más, todavía las cuentan a los cincuenta años de habérselas oído a don Bosco, alegrando
lo indecible a los amigos.

Pero no siempre eran fábulas las narraciones de aquellas horas. Al contrario, para entusiasmar a los muchachos con el apostolado
evangélico, solía hablarles de las misiones católicas en países de infieles, en Asia, Africa y América. Las tenía constantemente presentes
en su pensamiento y las tomaba muy a pechos: describía muchas veces los trabajos y sufrimientos de los misioneros, sus gloriosas
empresas, los pueblos convertidos y los martirios sufridos por amor a Jesucristo. Pero en los recreos prefería exponer hechos curiosos y
divertidos,

1 Gaspar Gozzi (1713-86) fue un fecundo escritor italiano, nacido en Venecia y fallecido en Padua. Fundó varias publicaciones y
escribió El mundo moral su obra maestra, alegórica, en tres volúmenes. (N. del T.).

2 Monte Blanco: el pico culminante de las montañas de los Alpes que limitan el norte de Italia y que, a simple vista, se contemplan
desde Turín. (N. del T.).
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leídos en las cartas edificantes de la Propagación de la Fe o también en relaciones privadas.

((431)) A menudo interrumpía su narración el tintineo de la campanilla que ponía fin al recreo y dejaba colgado al impaciente auditorio
con la curiosidad de escuchar la continuación a la tarde siguiente, que no siempre podía ser satisfecha, por estar don Bosco entretenido en
su habitación con algún asunto, o por encontrarse rendido de haber hablado mucho durante todo el día. Pero, aun entonces, no dejaba de
ir adonde le esperaban con ansia, y su mente fecunda sabía inventar recursos sencillísimos para ocupar aquel tiempo con fruto.

Y lo mismo entonaba una canción sagrada, la cual seguían centenares de voces, que improvisaba un juego que no necesitaba
movimiento.

Los muchachos le pedían muchas veces que dijera a cada uno los años que iba a vivir, y don Bosco les contestaba, haciéndoles
comprender que se trataba de una broma. Hemos de advertir aquí que la instrucción y educación que se daba en el Oratorio excluía la más
mínima superstición y que durante los cuarenta y tres años que hemos conocido en él a miles de jovencitos, hemos admirado en ellos una
fe sencilla y franca, que aborrecía toda engañifa.

Pues bien, don Bosco mandábales abrir la palma de las manos y empezaba a mirar los surcos trazados en ellas, especialmente los del
medio, que parecen formar una M. Esta letra le daba ocasión para observar que todo hombre lleva consigo un memorándum continuo de
la muerte, hacia la que camina. Después preguntaba:

-Cuántos años de vida llevas ya pasados?

Uno respondía: tengo doce; otro, diecisiete; éste, catorce y aquél veintiuno.

Entonces reflexionaba, añadiendo después con aire un tanto misterioso a uno y a otro:

-Antes de que tú tengas treinta años... cuando ((432)) llegues a los treinta y cinco... íoh! si tú llegas a los cuarenta... quién sabe...
íveremos!... Algo sucederá.

Y se ponía a considerar los surcos con afectada seriedad y con enigmáticas y graciosas palabras, y con algún chascarrillo condimentado
siempre con un buen pensamiento, decía a uno:

-Escucha con atención. Tienes quince años, verdad? Pues calcula. Quince, más diez, menos siete, más doce, menos diecinueve: cuánto
es? Adivínalo.

Y así seguía embrollando, variando números y dando a cada uno
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de los presentes su horóscopo. Pero uno no podía seguir la complicada operación aritmética, otro olvidaba un número e insistía para que
don Bosco lo repitiera, un tercero pedía lápiz y papel para calcular la respuesta. Alguno de ingenio más perspicaz lograba descifrar el
enredo y quería que don Bosco confirmara el resultado obtenido; mas él añadía un pero, un si condicional, un veremos, un con tal que
sigas siendo bueno, que inutilizaba el cálculo. Reía él, reía también la mayor parte de los chicos; mientras unos quedaban amoscados y
otros pensativos. No todos querían creer que don Bosco hiciera aquello por pasatiempo, sino que se obstinaban en que con aquel artificio
quería ocultarles la gracia que le concedía el Señor de conocer el porvenir. Por eso tomaban nota de cada una de las palabras que les había
dicho al respective. Tanto más cuanto que, en apariencia, o en realidad, como podemos atestiguar nosotros mismos, se había cumplido
exactamente el pronóstico en más de una ocasión. De cualquier modo que ello fuera, como todos sin distinción le tenían por santo,
resultaba que aún los que querían aparentar indiferencia, y hasta escepticismo, se veía cómo grababan en su mente las palabras de don
Bosco, y después de cuarenta o cincuenta años, al llegar la época en que les parecía haberles sido anunciado el término ((433)) de su vida,
se preparaban seriamente a bien morir. Lo cual fue un gran bien para algunos, incluso sacerdotes.

Los entretenía también de mil diversos modos, como nos refirió José Brosio. Cuando don Bosco tenía un regalo para repartir a los
alumnos y no podía o no quería sortearlo o darlo como premio a los vencedores de una partida de juego, acudía a un ardid que excitase la
risa y despertase la curiosidad. Varias veces llegó al patio llevando consigo fruta, pasteles o caramelos y no sabiendo en aquel momento
qué juego escoger, propuso dar todo aquello a quien tuviera el palmo más largo que el suyo. Todos aceptaron el desafío. Midióse a todos
la distancia de la punta del pulgar a la del meñique, y como don Bosco tenía las manos muy pequeñas, ganaron muchos la apuesta y
alcanzaron el premio entre las carcajadas de los presentes. En efecto, la medida de cientos de manos, pocas de las cuales eran rechazadas,
pero que después llenaba don Bosco con alguna golosina, despertaba la atención, provocaba gracias, bromas y las inagotables chanzas de
don Bosco. Otras veces daba el regalo a quienes tenían el palmo más pequeño que el suyo.

No se limitaban a esto los artificios fruto de su caridad. Solía en otras circunstancias tomar la mano de un muchacho, extenderla sobre
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su palma izquierda con el dorso vuelto hacia arriba; y la golpeaba con su derecha abierta. Si el golpe producía un chasquido sonoro,
decía:

-Bien, bien; vamos de acuerdo.

Si el chasquido era tal que demostraba que no se había comprimido el aire de la manera esperada, exclamaba:

-íEh! Entre tú y yo, las cosas van así, así.

Y si el golpe resultaba sordo, entonces don Bosco sacudía la cabeza, sonreía y decía:

-Qué quieres? íNo vamos de acuerdo!

((434)) Muchas veces estas últimas palabras eran una broma para hacer reír, pero muchísimas otras las pronunciaba para dar un aviso a
quien lo necesitaba, sin que fueran menester más explicaciones, como por ejemplo a un soberbio, a un perezoso en el estudio o en el
trabajo, a uno que descuidaba la frecuecia de los sacramentos o daba motivo para sospechar de una mala conducta moral.

Evidentemente el chasquido resultaba según el querer de don Bosco, que regulaba el golpe. Pero la frasecita: "No vamos de acuerdo",
acompañada de su mirada impregnada de ternura, producía el efecto deseado. En aquellos instantes, unos alumnos palidecían, se
ruborizaban otros y algunos bajaban sus ojos. En cambio, cuando don Bosco decía: "Bien, bien, vamos de acuerdo", era grande la alegría
de los chicos.

Mencionaremos también otra de sus habilidades. Ya hemos dicho en los volúmenes anteriores, que don Bosco daba en algunas fiestas
maravillosos espectáculos de prestidigitación, delante de todos los muchachos y que la última vez fue en 1864. Pero los juegos que sólo
pedían destreza de manos no los dejó tan pronto y los mezclaba, a veces en los recreos ordinarios, con otras habilidades.

Recordamos que cierto día entró un señor para hablar con don Bosco en el refectorio después de la comida. Después de charlar un rato,
salió el siervo de Dios a los pórticos y los chicos acudieron a él como de costumbre y se apiñaron a su alrededor. Don Bosco los apartó un
poco y los invitó a sentarse formando un amplio círculo.

Sentóse él también en el suelo y rogó a aquel señor, que le observaba extrañado, le dejara un instante su bastón; mandó llevarle un
taburete y le invitó a sentarse. Después comenzó a hacer juegos dificilísimos con el bastón ((435)) pasándolo de la punta de un dedo a la
de otro, por los brazos, por los codos, por los hombros, por la nariz sin tocarlo y sin dejarlo caer. Los muchachos le contemplaban
maravillados y su mente estaba libre de todo pensamiento.
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Estos juegos y habilidades no distraían su vigilancia sobre el rebaño, cuyas ovejitas conocía perfectamente. Por eso, cuando advertía
durante el recreo ciertos corrillos y sospechaba que se entretenían en conversaciones inconvenientes o murmuraciones, llamaba a uno y le
decía:

-Necesito que me hagas un favor; ten la llave de mi habitación, busca en la estantería tal libro y tráemelo.

Iba el chico corriendo a buscarlo, pero a veces el libro no aparecía, volvía al final del recreo, don Bosco le daba las gracias y le
mandaba ir a clase.

Otras veces enviaba a uno a la portería para ver si había llegado determinado forastero; a otro, a buscar a un compañero con quien decía
tener que hablar; a un tercero, a enterarse de si el Prefecto estaba en su despacho; a un cuarto, a buscar un bonete, a llevar una carta, o
bien a pedir a un profesor las hojas de los ejercicios de clase. Era sagacísimo para tales ardides. Los muchachos, obligados a rendir
cuentas del encargo cumplido, iban de un lado para otro, satisfechos de prestar un servicio a don Bosco, sin advertir el fin por el cual se
lo había encomendado.

Era admirable su prudencia. Un superior desconfiado, siempre es causa de murmuraciones, irrita a los que no son muy buenos, hace
desconfiados a los que se portan bien y pierde el aprecio de todos.

Algunas tardes, en lugar de dejar que se quedaran a su alrededor los muchachos que se acercaban en tropel, los colocaba en una larga
hilera, se ponía él ((436)) a la cabeza y ordenaba que todos imitaran los gestos que él iría haciendo. Ora golpeaba las palmas de las manos
una contra otra, ora saltaba con un solo pie, ya caminaba encorvado, ya con los brazos en alto, ahora haciendo mil movimientos con los
dedos, ahora doblando las rodillas de tal modo que, al querer hacer lo mismo los chiquillos, caían de bruces por el suelo. Los otros
compañeros, esparcidos acá y allá, acudían a contemplar el espectáculo y reían y aplaudían sin parar. Finalmente poníanse todos en
marcha detrás de don Bosco, que daba cien extrañas vueltas alrededor de todas las pilastras, por los rincones escondidos, por los lugares
del patio adonde no llegaba la luz de los faroles, o que solían quedar más desiertos; y, de este modo, cantando, riendo, gesticulando, se
aseguraba por sus propios ojos de que nada malo sucedía.

Hasta fuera del Oratorio llegaba su vigilancia. Acompañaba muchas veces a los chicos durante el paseo y estudiaba si había algo que
corregir en él. No quería que se desparramaran, que entraran en las tiendas a comprar o que fueran a visitar a sus parientes. Volvía un
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día del 1856, con todos ellos de la Crocetta, suburbio situado entonces lejos de Turín. Atravesaban los alumnos por aquellos campos
incultos, unos en grupos separados y otros escuchando a don Bosco. De pronto, algunos que no eran de los mejores, se apartaron de los
compañeros y tomaron otros senderos. Si los mandaba llamar para juntarse con los demás del grupo podía hacer pensar que don Bosco
abrigaba alguna sospecha. Así que esperó un rato, y apenas llegaron a la Plaza de Armas, desierta a aquella hora, alzó la voz e invitó a
todos a seguirle. Hizo una carrera con ellos y atravesó el amplio espacio hasta las primeras casas de la ciudad. Allí, como de costumbre,
formaron filas, se colocó cada uno junto al compañero asignado y volvieron al Oratorio.

((437)) De los inconvenientes que don Bosco descubría con todas las industrias que empleaba, informaba detalladamente a sus clérigos,
dándoles avisos y normas de acuerdo con los casos, al tiempo que multiplicaba sus habilidades para ganarse a los muchachos en cuyos
corazones ansiaba tener indudable influencia para su progreso en la virtud y aun para la perfección cristiana.

Por eso cada domingo invitaba por turno a comer a su mesa a los alumnos que habían obtenido las mejores calificaciones de conducta:
primero, los de cada curso de estudiantes por su orden, y después, los aprendices de cada uno de los talleres. De este modo resultaba que
casi tres veces al año estaba representado en el comedor de los Superiores, cada curso de estudiantes y cada sección de aprendices.
Después de la comida, se entretenían los muchachos con don Bosco, que les daba algún dulce. A veces, también como premio y muestra
de confianza, invitaba a alguno de ellos a salir en su compañía por la ciudad y así podía hablarle libremente sobre la vocación.

El Jueves Santo de cada año lavaba los pies a trece muchachos escogidos entre los mejores en la función de la tarde, y después los
llevaba a cenar en su compañía; cortesía que ellos agradecían muchísimo.

Para dar una prueba del aprecio en que tenía a los que ayudaban a misa, sin la menor distinción entre los menos aplicados y los más
cumplidores del deber, hacía que todos los domingos fueran a comer con los clérigos los dos ayudantes de la misa comunitaria durante la
semana anterior. Pero estos dos alumnos no eran presentados a don Bosco después de la comida. Sin embargo, constituía un estímulo
para ellos el merecer otras señales de especial benevolencia; al mismo tiempo que el haber sido testigos del continente mortificado de
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don Bosco, servía para darles a conocer una de sus eminentes virtudes.

((438)) Pero él sobre todo, pese a sus múltiples y graves ocupaciones, estaba siempre dispuesto a recibir en su habitación con corazón
de padre a los muchachos que le pedían audiencia particular. Más aún, quería que lo trataran con familiaridad y no se quejaba nunca de la
indiscreción con que a veces le importunaban.

Nunca se advertían en él gestos de sorpresa, expresiones precipitadas, ni movimientos violentos, sino más bien calma inalterable y
comportamiento constantemente uniforme; todos se presentaban a él de buen grado, con el corazón en la mano, por lo que no es de
extrañar que ejerciera tanto poder, incluso hasta en el ánimo de los más reacios. Dejaba a todos plena libertad para preguntar, exponer
dificultades, defensas y disculpas. Cierto día, preguntóle uno de sus sacerdotes por qué aguantaba tanto y él, ocultando su virtud, le
contestó bromeando:

-Sabes qué significa ser pícaro? íSaber hacerse el bonachón! Y eso hago yo: dejo decir cuanto se les antoja, oigo a uno, atiendo a otro,
escucho bien sus palabras y, a la postre, a la hora de decidir, tengo todo en cuenta, logro conocer perfectamente todo.

Cuando acudían los alumnos a la audiencia, no omitían ningún detalle de urbanidad y de las atenciones debidas al Superior. Como don
Bosco era irreprochable en el aseo de su persona, exigía la misma pulcritud en los demás. Sabían los muchachos, cuando se presentaban
ante él, que examinaba su chaqueta y su cuello, que daba una mirada a sus zapatos y, si no los encontraba decentes, los enviaba a
arreglarse. Se presentaban, por tanto, de forma que don Bosco no tuviese nada que observar.

Al entrar en su habitación, él los recibía con el mismo respeto con que trataba a los grandes señores. Los invitaba a sentarse en el sofá
mientras él se sentaba ante el escritorio y los escuchaba ((439)) con la mayor atención, como si lo que le exponían fuera de gran
importancia. A veces se levantaba y paseaba con ellos por el aposento. Acabado el coloquio, los acompañaba hasta el umbral, abría él
mismo la puerta y los despedía diciendo:

-Siempre amigos, "verdad?

Bajaban los muchachos la escalera rebosando alegría, ya que no son para dichas la singular discreción y cordura de don Bosco para dar
consejos oportunos que, practicados, producían provechoso y beneficioso efecto. íCuántas vocaciones nacieron en aquella habitación!
íCuántos mejoraron su vida con aquellas visitas!
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Dijo un día a un buen muchacho:

-Quiero que hagamos un contrato juntos.

-Qué contrato?

-Te lo diré otro día.

Pasó el muchacho una semana la mar de preocupado, fue a confesarse con don Bosco, y le preguntó:

-íDígame! Qué clase de contrato quiere hacer conmigo?

-Dime tú, respondió don Bosco; te gustaría quedarte en el Oratorio para estar siempre con don Bosco?

-íOjalá!, exclamó el muchacho, sin comprender el alcance de la propuesta.

-Pues bien, vete a don Miguel Rúa y dile que yo quiero hacer contrato

contigo.

Cumplió el muchacho el encargo. Quedóse Rúa un poco perplejo porque de golpe no captó el alcance; pero, después, lo llevó a una
conferencia que don Bosco daba a los Salesianos. Asistió el muchacho a ella y a otras más, se inscribió en la pía Sociedad y es hoy un
celoso sacerdote Salesiano.

No dejaba de reconvenir amablemente a quien lo merecía; pero, si temía que el reproche no iba a ser bien recibido, ((440)) procuraba
que junto con aquel puntilloso se encontrase otro compañero juicioso, a veces prevenido y a veces no. Dirigía la corrección a éste y así el
otro amigo recibía la observación correspondiente y comprendía cuál era su obligación, sin darse cuenta, por lo menos en el momento, del
ardid empleado. Pero no faltaba el buen efecto y, reflexionando, se daba cuenta de que don Bosco llevaba razón y volvía más tarde a él
para pedirle perdón y prometer una conducta más ejemplar.

Sucedía en ocasiones una escena de risa. Porque, a veces, el conocedor del ardid de don Bosco no se mantenía dueño de sí mismo en el
momento del reproche y se quedaba turbado, pero callaba por respeto al Superior. Mas después, al quedar a solas con él, hubiera querido

defenderse, y don Bosco le interrumpía con estas sencillas palabras:

-íNo me has entendido!

Esto bastaba para disipar la nube y al mismo tiempo le daba a entender que hubiera deseado algo más de humildad.

Tenía también un tacto especial para consolar a los afligidos por una desgracia familiar, a los achacosos, a los enfadados por cualquier
cuestión, a los escrupulosos, a los que querían dejar el Oratorio por disgustos allí tenidos, según decían, o por otro motivo. Tan
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pronto como entraban en su aposento, comenzaba a calmarlos con una sonrisa y con una de aquellas miradas suyas que calaban el
corazón, y después, con una broma ocurrente, que sólo él sabía decir con tino, acallaba en ellos toda pasión y los hacía reír; luego, los
invitaba a sentarse y a exponerle lo que querían decirle. Así que habían terminado, aquellos pobrecitos, las más de las veces quedaban
consolados con sus avisos y consejos.

Si se trataba de algo que dependía de otros, les decía:

-Vete a fulano en mi nombre y dile: don Bosco ha dicho ((441)) esto y
lo otro.

O bien:

-Di a mengano que me hable del asunto, y puedes estar seguro de que no me olvidaré de ti. Por lo demás, sigue siendo amigo de don
Bosco y no temas; todo se arreglará.

Otras entrevistas concluían con el regalo de una estampa, una medalla, un librito, un crucifijo, o una fruta; y a veces, como muestra de
confianza, le daba un recado de su parte para algún Superior o compañero.

De este modo ponía paz en los corazones y tranquilidad en la casa. Y para que reinara la paz en ella mandaba rezar cada día una
avemaría por la mañana y por la noche en las oraciones de la comunidad.

Don Julio Constantino, sucesor del teólogo Murialdo en la dirección de la Pía Obra de los Artesanitos en Turín, decía hace ya muchos
años a algunos salesianos:

-Vosotros poseéis en vuestra casa un tesoro que nadie más tiene en Turín, ni siquiera las otras comunidades religiosas. Poseéis una
habitación en la que quien entra afligido, sale radiante de alegría: íes la habitación de don Bosco!

Millares de nosotros hemos comprobado esta verdad.

Pero, a veces, la caridad de don Bosco no conseguía plenamente sus intentos con estos coloquios, y entonces recurría a una medicina o
expediente, que él llamaba la de los tres paseos. Cuando había un desacuerdo o disensión muy acentuada entre dos muchachos mayores y
veía que era difícil poner paz entre ellos, invitaba a uno a ir de paseo con él. Este acto de amistad calmaba aquel corazón alterado, y
entretanto don Bosco le dejaba contar toda la historia de los agravios, que creía le habían hecho. Otro día invitaba al segundo a dar un
buen paseo y le permitía que dijiese cuanto quisiera contra el compañero. ((442)) Por supuesto que, con sus afables razones, trataba de
disipar los prejuicios de uno y de otro, pero sin contrariar sus sentimientos.
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Por último invitaba a los dos juntos a salir con él y pasar un rato de distracción. Al principio hacían algún gesto de contrariedad, pero no
se atrevían a decir que no a don Bosco.

Le seguían silenciosos y vacilantes. No tardaba él en tomar la palabra, los hacía llegar a darse alguna explicación, los alegraba, los
hacía reír y, cuando regresaban al Oratorio, eran amigos de nuevo.

A las ya descritas, debemos añadir otras industrias.

No dándose por satisfecho con las máximas que sugería confidencialmente de palabra, escribía otras en papelitos que hacía llegar
oportunamente a los muchachos en muchísimas ocasiones. Por ejemplo: -Procura que todo lo que haces, hablas o piensas, sea para bien
de tu alma.-Sufre algo con gusto por aquel Dios, que tanto sufrió por ti. -No olvides en los trabajos y sufrimientos que tenemos
preparado en el cielo un gran premio. -Quiero que nos ayudemos mutuamente a salvar el alma. -El que no es obediente carecerá de toda
virtud. -El que anda con los buenos, irá al paraíso. -En la hora de la muerte te pesará haber perdido tanto tiempo sin provecho alguno
para tu alma. -No merece compasión quien abusa de la misericordia del Señor para ofenderlo. -Si pierdes el alma, todo está perdido.
"Qué te ha hecho el Señor para que le trates tan mal? -íEn guardia! Quien no está preparado hoy para bien morir, corre gran riesgo de
morir mal. -Guarda tus ojos para contemplar un día en el paraíso el rostro de la Virgen María.

Escribía otros consejos por centenares y centenares que no se nos entregaron por ser muy confidenciales. Más aún, llegó a escribir
varias veces un papelito particular para ((443)) cada uno de los que vivían en casa, cuando su número llegaba casi al millar.

Y no se contentaba con sencillos papelitos, sino que, en algunas circunstancias del año, solía escribir a sus muchachos hermosísimas
cartas, generalmente en latín a los clérigos, entretejidas con sentencias tomadas de los Evangelios, de los Santos Padres y de la Imitación
de Cristo. Solía ir cada año al Santuario de San Ignacio, en Lanzo, para hacer los ejercicios espirituales y, si bien estaba allí ocupadísimo
atendiendo al confesonario, aún encontraba tiempo para dirigir muchísimas cartas al Oratorio. Lo confirma un piadoso y docto sacerdote
antiguo alumno: "Yo guardo algunas y puedo dar fe de que los pensamientos contenidos en ellas, y expresados por don Bosco desde un
lugar lejano, llegaban tan oportunamente para las necesidades de mi alma, como si fueran de una persona que viviese a mi lado". Lo
mismo hacía cuando iba a pasar una semana a otros lugares. Desde uno de éstos escribió a uno de sus sacerdotes adivinando
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sus pensamientos y consolándole en diversas aflicciones. Aquel sacerdote quedó maravillado de que don Bosco hubiera elegido tan
oportunamente el momento para escribirle y, cuando el siervo de Dios estuvo de vuelta, se extrañó al oírle decir:

-Te vi en tu aposento tan afligido y melancólico que me resolví a enviarte aquella carta para consolarte.

Don Domingo Bongiovanni daba testimonio por escrito de varios hechos semejantes con estas palabras:

"Realmente don Bosco escribió cartas al Oratorio por hechos allí sucedidos y que no podía conocerlos sino de una manera sobrenatural;
y por ellas tenemos muchas pruebas de que él, estando lejos, venía a visitar invisiblemente a sus hijos".

Contestaba, además, muy pronto a las cartas que éstos le enviaban a cualquier lugar donde se ((444)) encontrara, aunque no tuvieran
ninguna importancia. Más aún, los animaba a escribirle y, cuando durante las vacaciones otoñales recibía las noticias de diversos alumnos
contándole sus cosas, a uno recomendaba que estudiara un poco más, a otro que jugara y descansara por más tiempo, a aquél que fuera
fiel a las normas que él le dio al despedirse. A los alumnos y clérigos de familias muy pobres les preguntaba si necesitaban algo y añadía
que, tan pronto como llegase a casa, le escribieran en seguida con toda libertad.

Pero las cartas de los muchachos sugirieron a don Bosco un nuevo medio para asegurar más y más su perseverancia en la virtud. De
ellas nacieron los papelitos o cartitas, que en ocasiones especiales les pedía como un padre que, para norma propia y ventaja de ellos,
deseaba su confianza.

Alguno de los que condescendían con el deseo del Padre expresaba en estos papelitos su propósito de practicar una virtud especial que
le parecía más necesaria; o de corregir un defecto o vicio en el que más frecuentemente incurría. No había obligación alguna de escribir
tales papelitos, sólo se aconsejaba y no se molestaba de ningún modo a quien era de distinto parecer; había plena, absoluta libertad. Pero
don Bosco prometía guardar secreto y bastantes muchachos escribían con toda sinceridad sus propósitos. Como ello exigía un acto firme
de voluntad y de madura reflexión sobre lo que prometían, un repasar, aun cuando no fuera más que con una sola mirada, su vida pasada
y su estado presente, servían estos papelitos de estímulo para una reforma espiritual. Cerraditos, se ponían en manos del mismo don
Bosco, el cual los leía y después los recordaba oportunamente
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en privado a cada uno, exhortándoles a cumplirlos y amonestándoles si luego faltaban a ellos.

íCómo se interesaba para poseer los corazones y llevarlos a ((445)) Dios! A fines del 1861 manifestó a los muchachos el deseo de
recibir sus papelitos, y todos los escribieron y entregaron. Unos días después, les hablaba así en su plática diaria:

-He leído vuestros papelitos; he encontrado en ellos bonitas expresiones, promesas de oraciones y de buena conducta, pero no he visto
en ninguno lo que yo tanto deseaba. Y, sin embargo, hay aquí en casa un muchacho, cuyo apellido debía haberos recordado mi deseo.
"No está aquí Do (doy), el sobrino del canónigo Marengo? Pues bien; yo esperaba de todos esta palabra: don Bosco, le doy la llave de mi
corazón!

Estaba don Bosco firmemente persuadido de que la confianza con el Superior era remedio eficaz contra las pasiones y antídoto contra
muchos males morales, y que cada acto de confianza cierto equivalía a una gran victoria contra el demonio.

Cierto joven excelente, nos refirió don Pablo Albera, había contraído una fuerte amistad con otro compañero y, aunque era muy
honesta, estaba intranquilo. Sin embargo, no dijo nada de ello a don Bosco durante algunos meses. Finalmente, como la afición iba
creciendo en él, empezó a sentir escrúpulos y confió a don Bosco el secreto de su corazón. Contestóle el Siervo de Dios:

-Me había dado cuenta de ello y estaba yo algo preocupado por ti; mas ahora que te has abierto, ya no temo.

Don Bosco se ganaba la confianza de la mayoría de sus muchachos, porque no manifestaba en modo alguno lo que le confiaban y
porque toleraba siempre, por amor a Dios, con heroica paciencia e hilaridad los gritos, las molestias, la irreflexión, la variedad de
temperamentos y demás defectos juveniles, físicos e intelectuales, hijos de una vulgar y hasta mala educación.

Al hablar de estos papelitos, hemos de advertir también que don Bosco guardaba cuidadosamente los más importantes, como ((446))
reclamo para el porvenir. íCuántas veces algún muchacho, olvidado ya de las promesas hechas al Señor e inclinándose al mal, veía que le
ponían delante aquel papelito, que le reprochaba dulcemente su infidelidad! íCuántas otras hubo quien, ya en su casa, cuando menos lo
esperaba, cuando ni siquiera pensaba en el Oratorio, engolfado en sus negocios, entregado a la disipación e incluso a una vida libre,
recibió por correo aquel papelito tan elocuente, recuerdo de los años de gracia y estímulo para volver al buen camino!
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A la muerte de don Bosco se encontraron todavía algunos de estos papelitos en su cajón, escritos en ocasiones solemnes, por
muchachos que llegaron a ser verdaderos modelos de virtud. Todos los demás habían sido destruidos por el buen padre. Transcribimos
algunos de los que guardó, para edificación de quienes leyeren estas Memorias.

Un papelito alude a los cuidados especiales que don Bosco tenía con los afortunados niños que recibían la primera Comunión.

Recuerdos que el querido don Bosco me dio con ocasión de mi primera Comunión.
GRACIAS A PEDIR

1. Morir en gracia de Dios.
2. Poder recibir los sacramentos antes de morir.
3. Modestia y horror al vicio contrario.
PROMESAS
Para hacer a Jesús Sacramentado que vino a mi corazón:

1. Confesarme una vez al mes y también más a menudo, según el consejo de mi confesor.
2. Rigurosa santificación de las fiestas.
((447)) RECUERDOS

1. No tratar con malos compañeros.
2. No estar ocioso.
3. Recuerdo fundamental: obediencia a los padres.
JUAN ROGGERO
No queremos pasar por alto el escrito de un buen alumno del bachillerato superior, cuyas palabras respiran amable ingenuidad.

Reglas que me propongo observar con el auxilio de María y el consejo del confesor; 18 de septiembre de 1857.
Una de dos: o penitencia en este mundo, o sin penitencia para siempre.
Ahora breve penitencia; después penitencia eterna.
Tras haber pensado bien todo esto, determino hacer lo que sigue, en penitencia de mis pecados:

1. Por cuanto me sea permitido, no dormiré más de seis horas y aún menos y tan incómodamente como pueda.
2. Ayunaré todos los sábados en honor de María Santísima, todas las vigilias de precepto y todos los días de la cuaresma; y cuando me
den alguna cosa agradable al paladar, la ofreceré a la Virgen, privándome de ella del todo o en parte; y cuando
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coma alguna cosa muy sabrosa, compararé este manjar con la hiel que bebió Nuestro Señor Jesucristo.

3. Haré cada día una visita al Santísimo Sacramento, rezaré cada día el Acordaos, oh piadosísima Virgen María, besaré por la mañana y
por la noche el crucifijo y rezaré las otras oraciones que tengo por costumbre. Haré cada mes el ejercicio de la buena muerte. Me acercaré
a recibir los sacramentos un día a la semana o diariamente, según el consejo del confesor.
4. Me guardaré mucho de ofender a los compañeros y procuraré reparar los escándalos dados.
5. No perderé el tiempo en el estudio, ocupando cuando pueda también el recreo.
((448)) 6. Elegiré todos los meses un santo como protector particular. Así: san Francisco de Sales para enero, san Gregorio Papa para
febrero, san José para marzo y san Marcos para abril.

Otro papelito está redactado en los siguientes términos:

Yo, Santiago R... con el auxilio de Dios y de María Santísima, prometo guardar estos propósitos a partir de la fiesta de todos los Santos,
en cuyo día, decimoséptimo aniversario de mi nacimiento, espero poder vestir el hábito eclesiástico.

1. Pediré cada día al Señor que me haga morir, antes que me permita cometer un pecado mortal.
2. Me consagro enteramente a El, poniéndome en las manos de mis Superiores y considerando como suyo todo mandato, aun el más
pequeño que de ellos venga.
3. Cumpliré con la mayor precisión todos mis deberes, lo mismo temporales que espirituales.
4. Trataré de vencer todo respeto humano y me esforzaré por dar buen ejemplo.
5. Me confesaré cada semana y comulgaré más a menudo.
6. Haré cada día una visita al Santísimo Sacramento y a María Santísima.
7. Cada sábado haré una mortificación en honor de María.
8. Celebraré con particular devoción sus fiestas y haré algún ayuno la víspera.
9. Rezaré cada día por mis padres, bienhechores y superiores.
10. Si tuviere la suerte de llegar a ser sacerdote, me dedicaré con el mayor celo a la salvación de las almas y anunciaré a los pueblos las
glorias de María, a quien reconozco debo mi cambio de vida.
11. Pediré siempre al Señor que me conceda la perseverancia final. Todo lo puedo en el que me da la fuerza.
En la muerte y en el juicio veré si los he guardado.
Por último, en la carta de un joven clérigo, además de las promesas específicas de cumplir exactamente las reglas de la ((449)) Pía
Sociedad y las obligaciones del estado clerical, se leen estos dos artículos.

1. Elegiré un monitor secreto y le rogaré que me observe atentamente y me reprenda siempre que advierta en mí alguna falta.
2. Antes de comenzar cualquier estudio leeré un capítulo de la vida de Luis Comollo, de Domingo Savio, de san Luis Gonzaga, o de
otros piadosos jóvenes para
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imitar sus virtudes. Terminada la lectura de estos libritos, volveré a leerlos desde el principio.

Quién no se emocionará al imaginarse el momento en que aquellos buenos jóvenes, con la pluma en la mano y la hoja de papel delante,
escribían estos renglones en los que fijaban su suerte para una eternidad feliz, como debemos esperar? íNos parece ver sus semblantes
juveniles, graves y recogidos, con los ojos levantados a lo alto en busca de la frase; y después aquel candor que se traslucía en su ademán
al entregar a don Bosco el papel de sus secretos! íAh! que el Señor os bendiga, queridos jóvenes y un día os presente vuestros papelitos
como título de gloria.

Cuál era el resultado de tales industrias, preguntáis: Responde el canónigo Jacinto Ballesio en su oración fúnebre: La vida íntima de
don Bosco:

"Don Bosco gobernaba su Oratorio, o mejor dicho, nuestro querido Oratorio con el santo temor de Dios, con el amor y con la fuerza del
buen ejemplo. Alguien llamará teocrático a este sistema de gobierno. Nosotros lo llamamos gobierno de la persuasión y del amor, el más
digno del
hombre. íNo son para dichos los admirables efectos de tal régimen! Aquellos centenares de jóvenes estudiantes y aprendices cumplían
con ardor y exactitud sus deberes. Y un buen número de ellos no sólo eran buenos, sino óptimos, verdaderos modelos de piedad, de
estudio, de dulzura, de ((450)) mortificación, guía amabilísima, ejemplo esplendoros y eficaz. Jóvenes que no habrían cometido ni un
solo pecado venial deliberado por nada del mundo. Jóvenes de una devoción tan sólida y tierna, que llegaba a lo extraordinario. íEra
encantador verlos en la iglesia arrobados en éxtasis beatífico y celestial! íCuántas veces acudían al Oratorio algunos aristócratas de la
ciudad en compañía de sus hijos para que se mirasen en el espejo de los hijos del pueblo, convertidos inconscientemente en nobles y
grandes pro su piedad! Estos eran los predilectos de don Bosco, que llenos de su espíritu, lo ayudaban poderosamente y ejercían sobre sus
compañeros una enorme y saludable influencia. En el Oratorio se vieron exquisitas y bellas virtudes: la inocencia, la sencillez, la felicidad
cristiana, las mismas que fascinaron los principios de santo Domingo y de san Francisco de Asís con sus discípulos. Y que el profano
llamaría leyenda, es una historia verdadera".
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((451))

CAPITULO XXXII

LAS SANTAS INDUSTRIAS -SU CAUSA Y FINALIDAD: LA ETERNIDAD Y LA SALVACION DE LAS ALMAS
-COOPERACION DE DIOS -CONTRA LOS HECHOS NO VALEN RAZONES -DON BOSCO LEE EN LAS CONCIENCIAS
-TESTIMONIO UNIVERSAL DE LOS MUCHACHOS -CASOS ADMIRABLES EN EL TRIBUNAL DE LA PENITENCIA
-SECRETAS ANSIEDADES ESPIRITUALES CALMADAS -INCREDULOS VENCIDOS POR LA EVIDENCIA DE HECHOS
PERSONALES -LOS HIPOCRITAS DESENMASCARADOS -OTRAS PRUEBAS DE QUE DON BOSCO LEE EN LA FRENTE
LOS SECRETOS DE LOS CORAZONES -LOS INMODESTOS -QUIEN NO TIENE LA CONCIENCIA EN REGLA BUSCA ESTAR
LEJOS DE DON BOSCO -SOLICITUD DE DON BOSCO PARA VOLVERLOS A DIOS -AVISOS MISTERIOSOS POR ESCRITO
-UN TESTIMONIO DE DON MIGUEL RUA -DON BOSCO DESCUBRE EN LAS MENTES OTRAS CLASES DE
PENSAMIENTOS -VE MEJOR CUANDO NO MIRA

TODAS las industrias anteriormente descritas, bendecidas por el Señor, no tenían más fin que la salvación de las almas. Don Bosco
llevaba fija en la mente la idea de la espantosa e incomprensible eternidad de los condenados; la justicia de Dios que no mudará jamás, ni
suavizará la sentencia dada; el fuego en que arden y que nunca se extingue, el gusano que los roe y nunca muere; la muerte que a gritos
invocan los infelices y no llega a poner término a sus tormentos. Al mismo tiempo contemplaba ((452)) al Redentor en la cruz, bañado en
sangre, muriendo por la salvación de los pecadores, y el sacramento de la penitencia, fruto de su pasión, medio descubierto por su
misericordia infinita para facilitar la conversión de los que de otro modo se perderían. Observaba también que los mayores pecadores son
aquéllos en los cuales infunde el Señor más abundantemente sus gracias, siempre y cuando no se opongan a ellas voluntariamente, como
le sucedió a san Agustín y a otros muchos.

Plenamente convencido de estos pensamientos, temblaba por la suerte desdichada que tal vez encontrarán muchos jovencitos; preveía
sus combates espirituales, causa frecuente de tristes derrotas;
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sentía en sí mismo el poder inefable de perdonar los pecados; estaba seguro de que por su mediación no pocos habían llegado al puerto de
la eterna salvación. Además, amaba apasionadamente a las almas para conducirlas a Jesucristo. Estas son las razones por las que don
Bosco, sin hacer caso de ciertos miramientos humanos, invitaba, a tiempo y a destiempo, a muchos al saludable baño de la confesión.

Tenga siempre el lector ante sus ojos el móvil de estas invitaciones de don Bosco y hallará la explicación de muchísimos hechos que
vamos a ir refiriendo en los siguientes volúmenes. Al mismo tiempo se convencerá de que Dios no sólo aprobaba el proceder de don
Bosco para la salvación de las almas, sino que cooperaba a su ardiente celo de una manera maravillosa. Afírmase en el libro de los
Proverbios: "Como en las aguas se reflejan las caras de los que se miran en ellas, así se descubren a los sabios los corazones de los
hombres" 1.

Pero la paciencia de don Bosco iba más lejos, puesto que, teniendo ante los ojos el pasado y el porvenir de tantos jóvenes, se servía de
ello para dirigirlos y ponerlos en guardia contra los peligros que iban a encontrar.

((453)) Pasemos, pues, a nuevos testimonios y en primer lugar al que dejó por escrito en 1861 el profesor de literatura don Juan Turchi,
hombre cauto para prestar fe y crítico severo.

"Lo que voy a contar, empieza diciendo, puede parecer invento de un supersticioso, de un fanático, y el que por ventura leyere esta
página, tal vez me tache, por lo menos, de ligero y demasiado crédulo. Perdono la opinión, puesto que yo mismo no sé explicarme, ni
cómo juzgar ciertas cosas que veo en don Bosco. Mas a pesar de todo, qué valor tienen las razones contra los hechos? Un hecho no pierde
nada de su valor, aun cuando guste de traer razones en contra. Cuando se trata de hechos, no se puede hacer más que examinar su verdad,
a través de testimonios seguros e indudables y, si no es posible comprenderlo intrínsecamente, hay que achacarlo a nuestra insuficiencia,
considerando que nunca es absurdo lo que ha sucedido. Con esta premisa, expongo:

"Durante los diez años que estuve en el Oratorio oí decir mil veces a don Bosco: -Presentadme un muchacho a quien yo nunca haya
conocido en modo alguno y mirándole a la frente le revelaré sus pecados comenzando a enumerar los de su niñez.

"A veces añadía: -Al confesar veo a menudo las conciencias de los muchachos abiertas ante mí como un libro en el que puedo leer.

1 Prov. XXVII, 19.
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Esto sucede especialmente con ocasión de fiestas solemnes y de ejercicios espirituales. Dichosos los que entonces se aprovechan de mis
avisos, especialmente en el sacramento de la penitencia. Pero en otras ocasiones no veo nada. Este fenómeno se repite a intervalos más o
menos largos.

"Es decir, siempre que lo exigía la salvación de las almas.

"Pero, en general, don Bosco templaba la impresión que ((454)) podían dar sus palabras, desviando la idea de un don sobrenatural y
decía sonriendo: -Cuando confieso, deseo, si es de noche, que la luz esté colocada de modo que yo pueda ver la frente de los muchachos
y, si es de día, prefiero que se coloquen delante, porque así los confieso más aprisa.

"El veía las conciencias de sus muchachos sin velo alguno como en un espejo; estoy seguro de ello y he visto repetirse el hecho cientos

de veces.

"Esto es lo que los alumnos llamaban leer en la frente.

"No quiero pronunciar juicios de ninguna clase, me basta contar las cosas tal como yo las sé y conmigo todos los alumnos del

Oratorio".

Estaba tan arraigada en todos las persuasión de que don Bosco leía en la conciencia, no sólo los pecados externos, sino hasta los
pensamientos más recónditos, que la mayor parte de ellos se confesaba más a gusto con él que con los otros sacerdotes. Y decían:

-Yendo con don Bosco estamos más seguros de hacer buenas confesiones y comuniones porque, si acaso nos olvidásemos de algún

pecado, él nos lo recordaría.

Por eso siempre había una gran muchedumbre rodeando su confesonario.

Cierto día, una persona muy celosa y prudente, al ver tanta afluencia, dijo a don Bosco que él debería abstenerse de confesar a sus

alumnos, pues era fácil que, por temor o por vergüenza, callaran los pecados. Contestóle don Bosco ingenuamente:

-íNo faltaba más que yo se los dejara callar!

Y ésta era la convicción general de todos los alumnos a quienes cientos de veces se los oyó exclamar:

-Es inútil callar o esconder los pecados a don Bosco, porque los conoce lo mismo.

((455)) En efecto, son innumerables los que todavía, al día de hoy, afirman que les sucedió varias veces experimentar en la confesión
cómo descubría y enumeraba sus pecados uno tras otro de manera tan clara, como si los tuviera ante sus ojos escritos en un cuaderno.
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Manifestaba a los penitentes los pecados que habían olvidado o que no se atrevían a confesar. Solía decir:

-Y no te acusas de tal pecado? Ya no te acuerdas de este otro?

Pero lo más admirable es que don Bosco al manifestar a un muchacho su pecado, añadía a veces, como para confirmarlo en la pesuasión
de que ya lo sabía todo:

-Tenías tú tantos años, en aquella ocasión, en aquel lugar, en aquellas circunstancias, e hiciste esto y aquello.

Y precisaba con exactitud el número de faltas, sin equivocarse.

Así nos lo atestiguaron varios de nuestros amigos, lo mismo que también se lo confiaron a monseñor Cagliero muchos de sus
compañeros, pasmados al ver descubiertos los más ocultos secretos de su alma.

Pero no acaban aquí las maravillas. Sigue afirmando don Juan Turchi:

"He conocido a muchos jóvenes que me dijeron: -Fui a confesarme con don Bosco, el cual me preguntó: -Quieres hablar tú o quieres
que hable yo? Le dejé hablar y me fue diciendo, uno tras otro, los pecados que había cometido. Yo no tenía más que contestar sí, sí; más
aún, algunas cosas que ya se habían borrado de mi mente, me las recordó sin equivocarse nada.

"No es para dicho cuánto satisfacía este método de confesar a aquellos pequeños penitentes, que querían hacer confesión general y se
encontraban en apuro para encontrar el cabo de su madeja enmarañada. Acudían a don Bosco y le decían: -íHable usted! -Y don Bosco
descubría rápidamente, con orden y punto por punto, su historia secreta; no tenían más que responder afirmativamente para acusarse".

((456)) En consecuencia, cuando se hallaban con una tentación, o preocupados por cualquier otra pena del espíritu, desconfiando de sí
mismos, iban, después de las oraciones de la noche, a ponerse delante de don Bosco y le miraban a la cara sin proferir palabra, para así
llamar su atención de modo que pudiera fijar sus ojos en ellos. Si no les decía nada, ellos, seguros de que había leído en sus corazones y
de que no tenían ni sombra de pecado, se retiraban a descansar tranquilos.

Frecuentemente, si don Bosco los veía por el día ponerse delante, los tranquilizaba con un sencillo ademán de mano o de cabeza, con
una simple mirada o una palabra, sin que ellos dijeran nada. Los muchachos sentían que se desvanecía su pena interior y, si antes estaban
tristes, se les veía marchar serenos y sonrientes, como cuando el sol ahuyenta la oscuridad con su luz.
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Un clérigo estaba atormentado por los escrúpulos, dudando si podía o no, comulgar; le parecía por un lado que podía acercarse a la
mesa eucarística y, por otro, temía cometer un sacrilegio. Esperaba una noche su turno para confesarse con don Bosco en el coro de la
iglesia de san Francisco de Sales. Como no había más luz que la de la lámpara, quedaba el coro envuelto en la penumbra. Con ella era
ciertamente imposible que don Bosco distinguiera, ni aun a corta distancia, a ninguno de los numerosos muchachos arrodillados en su
derredor. El clérigo, angustiado por su pesar interior, no podía aguantar pensando en su confesión, cuando he aquí que de repente se le
ocurrió una idea: -íCuánto me alegraría que don Bosco leyera en mi corazón y me llamara antes de confesarme, me dijera que estuviese
tranquilo y me mandara comulgar mañana sin confesarme! íSería una señal segura de que las cosas de mi alma marchan bien! Yo no me
preocuparía de mis inquietudes y quedaría curado.

((457)) Seguía arrodillado ante el confesonario y todavía no le llegaba su vez; pero, apenas terminó este soliloquio interior, sintió que
una mano tocaba suavemente su hombro, se levantó y oyó la voz de don Bosco que le susurró al oído, como respondiendo a su
pensamiento: -Vete en hora buena a comulgar mañana por la mañana, sin confesarte y queda tranquilo.

El clérigo obedeció