Don Bosco

Memorie Biografiche - vol 13

MEMORIAS BIOGRAFICAS DE SAN JUAN BOSCO

VOL 11

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CAPITULO I

DON BOSCO EN ROMA DURANTE EL PRIMER MES DE 1877

DOMINGO Savio había dicho a don Bosco en el sueño de diciembre del año anterior:

-"íSi supieses por cuántas vicisitudes tendrás todavía que pasar!"

El año 1877, cuya historia nos disponemos a narrar, fue para el Siervo de Dios una sucesión de angustias y de sinsabores que sembraron
de punzantes espinas su camino, ya bastante arduo de por sí, comenzando por el asunto de los Conceptinos, que determinó su ida a Roma;
diremos de él aquí lo puramente necesario, y dejaremos lo demás para otro capítulo.

El Beato salió para Roma el día primero del año nuevo por la noche. Le acompañaban el secretario don Joaquín Berto, el sacerdote
destinado a la dirección de los Conceptinos don José Scappini y un tal Florencio Bono, natural de Biella, aspirante a coadjutor, que iba
destinado a Albano.

Don José Scappini desempeñaba el cargo de prefecto en el colegio de Lanzo, cuando el Beato escribió a su Director en estos términos:

Queridísimo Lemoyne:

El Padre Santo me ordena que vuelva a Roma lo antes posible con un salesiano por lo menos para quedarse allí después de mi regreso.
He consultado y he rezado si debía elegirte a ti o a don José Scappini; ((14)) pero veo que, al presente, tu ausencia indefinida trastornaría
y podría comprometer la suerte del colegio. Así pues, será don José Scappini. Avísale y preparad todo para que le sustituya en el cargo el
reverendo Porta, en el plazo de catorce días. A más tardar el día primero del próximo enero zarparemos por ferrocarril rumbo a Roma.

"Andando per la strada si aggiusta la somada" (Yendo de camino se ajusta la carga del pollino). El Padre Santo nos dirá lo que hay que
hacer y, con la ayuda de Dios, lo haremos. Se trata siempre del asunto de los Conceptinos. Bastará que don José Scappini se encuentre en
el Oratorio un día antes.

Mi más cordial saludo para todos los salesianos y alumnos del colegio de Lanzo: diles lo mucho que los quiero en el Señor, y que rezo
por ellos. Les deseo unas felices pascuas y buen año nuevo. En llegando a Roma pediré al Padre Santo una bendición especial para ellos.
Añade que Dios nos prepara mucho trabajo, muchas almas para
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conquistarle en Australia, en la India, en China y que, por esto, necesito que todos crezcan en edad, ciencia y virtud y lleguen pronto a ser
grandes e intrépidos misioneros para convertir al mundo entero.

Dios os bendiga a todos. Créeme en Jesucristo

Turín, 18 de diciembre de 1876.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

Con la salida de don José Scappini de aquel colegio se pudo palpar con evidencia el efecto del método educativo enseñado teórica y
prácticamente por don Bosco. Los muchachos lloraban y se produjeron escenas conmovedoras. Y eso, a pesar de que don José Scappini
no era en modo alguno un superior de manga ancha, que por su carácter tendía a la severidad, y que, en razón de su cargo, debía
desempeñar los papeles odiosos. A pesar de ello, se pudo ver en aquella circunstancia lo mucho que los alumnos le querían. Un superior
que exige el cumplimiento del deber, templando el rigor de la disciplina con la caridad y la dulzura, se gana siempre el corazón de los
muchachos.

Los viajeros llegaron a Roma, después de un viaje felicísimo, a eso de la una y media de la tarde del día siguiente. El señor Alejandro
Sigismondi, como de costumbre, los llevó a su casa. Después de la comida, don Bosco fue, en compañía del señor Alejandro, al palacio
Caffarelli para visitar a monseñor Fiorani, comendador del Espíritu Santo, al tiempo que el secretario y don José Scappini ((15)) iban a
hospedarse en el Hospital. Don Bosco se hospedó en casa del señor Alejandro.

Don Joaquín Berto nos presenta en su diario muy escuetamente toda una serie de actuaciones que nos dan la impresión de que el Siervo
de Dios aprovechó de veras el tiempo durante el mes de su estancia en Roma. Ciertamente nos gustaría saber algo de lo que hizo y dijo en
sus muchas visitas a prelados, en las recepciones de personas amigas, y en las conversaciones con hombres distinguidos, eclesiásticos y
seglares; pero, puesto que no se nos pone a la mesa más abundante banquete, contentémonos con las migajas.

Tras la primera visita de cortesía, el Beato conferenció varias veces más con monseñor Fiorani, a quien normalmente acompañaba su
auditor. La conversación giró ante todo en torno a la manera de cómo incorporar los Conceptinos a los Salesianos o al menos uniformar
las constituciones de los unos con las de los otros. Después, hizo Monseñor que se escribieran las conclusiones que debían servir de base
y las envió a don Bosco, para que "exanminándolas con calma" pudiese ver
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si respondían enteramente a sus puntos de vista e hiciese sus advertencias, donde fuere menester.

Por estos indicios se vislumbra que las bases acordadas en noviembre del año anterior ya no contaban nada.

Don Bosco le entregó sus observaciones el domingo 7 de enero. El 13 hubo otra reunión en la que, como escribe el secretario, "se
terminó salvando, sólo aparentemente, los pensamientos del Padre Santo", por lo que el Beato escribió al señor Comendador esta carta.

Excelencia Reverendísima:

Durante los días transcurridos he estudiado la marcha del estado actual de los Conceptinos y me he podido convencer de que mi buena
voluntad no puede llegar al fin que V. S. se había prefijado, de acuerdo con los venerados deseos del Padre Santo.

Si al llegar a Roma se hubiese ejecutado inmediatamente el primer proyecto, quizás hubiéramos encontrado los ánimos mejor
preparados.

Ahora existe tal disparidad y contrariedad de criterios que a mí no me resta por hacer más que el humilde ofrecimiento del servicio
estrictamente religioso, siempre y cuando esta prestación sea del soberano agrado.

((16)) Don José Scappini dirá personalmente lo que fuere del caso. Yo tengo que ir a Albano y a Ariccia para dos días y estaré de vuelta
el próximo jueves.

Siempre satisfecho de poderle servir, etc.

Roma, 15 de enero de 1877.

JUAN BOSCO, Pbro.

Pío IX, a quien don Bosco mismo había informado de la marcha de las negociaciones, quiso ver esta carta en una audiencia concedida a
monseñor Fiorani. El Prelado se la presentó. El la tomó, la leyó y exclamó:

-íPobre don Bosco! Ya es mucho que quiera tomar la dirección espiritual de los Conceptinos. El hace todo lo que puede; pero decidle
que quiero hacerle un buen regalo.

Con estas palabras quería hacer comprender el Papa que don Bosco no ambicionaba el gobierno de los Conceptinos, sino que se ofrecía
a llevar esa carga por verse obligado a ello.

Se convocó otra entrevista con los Conceptinos en presencia de monseñor Fiorani y del "maestro de casa o síndico", como ellos lo
llamaban. Don Bosco expuso las disposiciones del Padre Santo, tal y como se las comunicaba Monseñor, esto es, que Monseñor mismo
se ocuparía de la parte material y don Bosco de la espiritual. Pero es singular el hecho de que, aquella misma tarde, mandara el Papa
llamar a monseñor Fiorani y, entregándole para don Bosco el regalo prometido,
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la cantidad de veinte mil liras, le recomendara procurase que don Bosco tuviese lo espiritual y lo temporal en la dirección de los
Conceptinos. Monseñor respondió:

-Se hará de manera que vayan siempre de acuerdo ambas partes.

Y añadió el Papa:

-Decid a don Bosco que este regalo no tiene nada que ver con los Conceptinos y que espero hacer mucho más por su congregación.

El Beato podía, por tanto, disponer a voluntad de la graciosa suma.
Por lo cual escribió a don Miguel Rúa una cartita que no lleva fecha ni firma:

"Recibirás un giro postal de veinte mil liras a nombre de José Rossi. Procura gastarlo cuanto antes, pero quede la mayor parte para el
mismo Rossi, ((17)) si la necesita. No hace falta tomar nota de la procedencia".

Rossi era el proveedor del Oratorio. La recomendación de gastarlo cuanto antes y la duda de si Rossi lo necesitara, eran bromas de don
Bosco. íDemasiado sabía él cuántas eran las deudas del Oratorio!

Monseñor Fiorani había advertido por escrito a don Bosco la necesidad de hacer una visita al delegado o copatrono seglar del Espíritu
Santo, añadiendo: "Si antes puede pasar por mi casa, tendré algo que sugerirle" 1.

Resulta que don Bosco visitó en seguida al delegado, el cual le recibió cortésmente; pero no hay pruebas de que antes pasara a recibir
las sugerencias. Veinte días después pasó a entrevistarse con el mismo señor, que de nuevo le recibió muy cortésmente y se ofreció a
llevarle a casa de su sucesor en la delegación del Hospital. El nuevo delegado era el príncipe don Pablo Borghese, que, apenas vio al
Siervo de Dios, le dijo:

-Don Bosco me conoce desde que era un chaval; yo le ayudé a misa.

Volvió de nuevo para ver al Príncipe con don José Scappini, antes de proceder a la elección del Capítulo de los Conceptinos; esperó al
Príncipe, desde las once hasta las doce, pero el Príncipe no se presentó.

Fue entonces a casa de monseñor Fiorani y se procedió a la formación del Capítulo con los nombramientos del superior general, del
ecónomo, del superintendente de dormitorios en el Hospital y del encargado de los novicios.

Pasemos ahora a hablar de las audiencias papales.

1 Véase: Apéndice, Doc. N.° 1.
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Don Bosco aguardó inútilmente durante toda la semana a que le llegase una invitación para ir al Vaticano. Se presentó allí el día 9 por
la mañana. Apenas le vio monseñor Macchi, Maestro de cámara, en la antecámara del Papa, le dijo que no tenía audiencia.

-Y, sin embargo, replicó don Bosco, necesito hablar con el Padre Santo. Los demás vienen por sus asuntos, pero yo vengo para asuntos
del Padre Santo.

En efecto, apenas introducido a su presencia, díjole el Papa:

-Pero, don Bosco, "por qué esperar tanto para venir a hablarme?

((18)) -Porque íes muy difícil llegar hasta su presencia!

Entonces el Papa volvió los ojos al Maestro de cámara, como si quisiese preguntarle la razón. Don Bosco siguió diciendo:

-Padre Santo, toda tardanza es fatal para nuestro proyecto.

-Vamos a ver, concluyó el Papa.

Y se quedó allí a solas con él.

Don Bosco tuvo otra audiencia privada, a las cinco y media de la tarde del día 11, que duró casi media hora. Diez días más tarde, al
anochecer, tercera audiencia privada y esta vez en circunstancias muy singulares. Hacía quince minutos que estaba el Beato esperando,
cuando el Papa despidió a los cardenales que se encontraban con él, se acostó porque estaba muy resfriado, y mandó llamar secretamente
al Siervo de Dios, al que recibió, acostado como estaba, y le dijo:

-Don Bosco me pilla en la cama antes de hora.

Se habló en seguida de los Conceptinos. Entre otras cosas dijo el Beato al Papa que él tomaría a su cargo únicamente la dirección

espiritual.

-No, tomadlo todo, contestó el Padre Santo.

-Pero ya me he entendido así con monseñor Fiorani.

-De ningún modo, replicó Pío IX; monseñor Fiorani no es el Papa.

Al salir de allí, el Siervo de Dios parecía más aturdido que de ordinario ante cualquier accidente. Concentrado y silencioso iba bajando
despacio las escaleras. El secretario, que iba a su lado, no se atrevía a despegar los labios. Fueron a sentarse en la antesala del cardenal
Simeoni, nuevo Secretario de Estado después de la muerte del eminentísimo Antonelli. El buen Padre miró fijamente a su compañero y,
con voz vibrante por la emoción, le dijo:

-El Padre Santo está acostado; su cama es tan baja y pobre como la de nuestros muchachos. No tiene ni una alfombra en el suelo donde
apoyar los pies al descalzarse. El pavimento es de baldosas, tan gastadas
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y desconchadas, que hay que andar con cuidado para no tropezar. Por eso, mientras yo me acercaba, el Padre Santo, que sabe que soy
((19)) corto de vista, me dijo:

-Venid despacio; pasad por aquí, que ahí hay un tropiezo.

Don Bosco escribió sobre esta singular audiencia en términos muy singulares a don Miguel Rúa el día siguiente, 22 de enero:

"Fíjate bien; el Papa estaba en cama, indispuesto y no recibía ninguna audiencia. Sólo recibió al jefe de los golfillos de la calle, y le
hice compañía unos tres cuartos de hora".

En la primera audiencia el Papa le sorprendió con una broma que nos da pie para aclarar la actitud de don Bosco con respecto a una
salebrosa quaestio (peliaguda cuestión). Frecuentemente la agudeza mental de Pío IX le sugería ciertas ocurrencias, condimentadas de
sabrosa ironía, y que encerraban saludables amonestaciones. Así, pues, dijo a don Bosco:

-"Os habéis enterado ya de que tenemos once mandamientos?

Don Bosco hizo un ademán de sorpresa y siguió diciendo el Papa:

-Quien diga que están prohibidas las obras de Rosmini, peca gravemente. Pero este mandamiento se hizo sin mi conocimiento. "Qué
decís vos a esto?

-Yo, contestó don Bosco, creo que por lo menos no obligará, ímientras Vuestra Santidad no lo haya aprobado!

-Sin embargo, siguió diciendo el Papa, lo han hecho sin contar conmigo en Turín.

Con esta salida quiso el Papa aludir a una amonestación publicada en el calendario diocesano de Turín. La Sagrada Congregación del
Indice, el 20 de junio de 1876, en carta dirigida al Arzobispo de Milán, donde había vuelto a encenderse la controversia a favor y en
contra del filósofo de Rovereto, había renovado el precepto "de guardar el más riguroso silencio en torno a la cuestión de las obras del
escritor Antonio Rosmini, no siendo lícito aplicar censura en materia religiosa y relacionada con la fe y la sana moral de las obras de
Rosmini y de su persona, quedando únicamente libertad para discutir solamente en escuelas y libros, y dentro de los debidos límites, las
opiniones filosóficas y la manera de explicar algunas verdades teológicas".

Así decía textualmente el mencionado rescripto.

Apelando a esta disposición, ((20)) dicho calendario comentaba: "Por consiguiente, pecan gravemente contra el decreto pontificio,
promulgado por la Sagrada Congregación del Indice, los que califican de peligrosas las obras de Antonio Rosmini, a las que se refiere el
Dimittantur, pronunciado por Pío IX el 3 de julio de 1854".
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En apoyo de esta aserción se alegaba la autoridad de monseñor Ferré, Obispo de Casale, el cual había escrito, en una carta del 26 de
abril de 1876 ad Praepositum N. N.:

"Hace ya más de veinte años que hago enseñar las teorías rosminianas en las clases del Seminario, y he obtenido los más felices
resultados, tanto por el lado de la ciencia como por el de la piedad".

Nosotros nos hacemos una primera pregunta: "qué pensaba realmente don Bosco sobre las teorías del gran filósofo de Rovereto? Don
Bosco, a quien no se le escapaba nada de todo lo que podía interesar a la Iglesia, miró siempre la gran cuestión más por el lado práctico
que por el especulativo. Hay toda una colección de anécdotas entre él y el Obispo de Casale, que nos revelan muy bien su íntimo sentir.

Este Prelado, verdaderamente docto y piadoso, profesaba una especie de culto por Rosmini y su filosofía; no se considere como falta de
respeto afirmar que estaba prendado de él.

Don Bosco, que veneraba en Rosmini la santidad del sacerdote, no compartía ni en una mínima parte aquel entusiasmo por su sistema
filosófico. El Obispo, que quería con delirio a don Bosco, intentó en más de una ocasión entablar discusión con él para arrastrarlo a
simpatizar con sus ideas o siquiera para sacarle algún juicio favorable a la escuela de su corazón. Don Bosco, para evitar el peligro de
tener que contradecirle, se escabullía siempre cambiando diestramente de conversación. Sólo una vez, hallándose entre la espada y la
pared, se libró del asalto con estas palabras:

-Mire, Monseñor, yo no soy filósofo y por tanto no estoy en condiciones de sostener con usted una disputa de este género; pero lo que
ciertamente sé es que pretender demostrar, como sostienen los rosminianos, la existencia de Dios a priori, es imposible; por consiguiente,
la idea innata del ente cae por sí misma.

De ordinario ((21)) se escabullía, acudiendo a algún recurso para escapar de la dificultad. Así, por ejemplo, una vez, mientras el Obispo
disparaba la andanada de sus razones filosóficas contra los que afirmaban que Rosmini no era seguidor de santo Tomás, don Bosco, que
vio entrar en la habitación a don Juan Bautista Francesia, le dijo sonriendo:

-Estupendo, llegas a tiempo; oye lo que me dice monseñor Ferré. Yo no entiendo nada de todo esto; son cosas que me hacen dormir.
Puede que tú entiendas algo.

Otra vez habíale invitado el Obispo a comer en su palacio de Casale. Se sentaban también a la mesa los canónigos y don Juan Bonetti y
don José Bertello. Apenas se acomodaron, saltaron los elogios
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de las doctrinas rosminianas. Don Bosco callaba; los canónigos asentían; alguien tiró de la lengua a don José Bertello, que guardaba
prudentemente silencio. Era éste un estudioso de temas filosóficos y enseñaba filosofía. Terció el Obispo volviéndose a él, que, sin
rodeos y con toda franqueza, según su carácter, se declaró antirosminiano. Se encendió una vivísima disputa; el buen Obispo mantenía la
lucha y no comía. Para cortar la cuestión se rogó a don Bosco que diera su parecer.

-Sí, sí, que hable don Bosco, insistió también el Obispo.

Don Bosco rompió el silencio y dijo:

-Mire, Monseñor; yo no entro en las razones intrínsecas de ninguna de las partes. Si me lo permite, haré una sola observación. "Se
alegraría un obispo, si supiera que los clérigos de su seminario tienen una opinión contraria a la suya? Pues bien, yo considero que todo el
clero del mundo es, con respecto al Papa, como un vasto seminario. "Y podrá el Papa estar conforme con que su clero o cierta parte del
mismo sostenga principios que él no acepta, y vaya propugnándolos? Advierto, además, que hay que guardar mucha deferencia al Papa,
aun como doctor privado, y que es conveniente adherirse a su manera de pensar. Así es como acostumbran portarse los buenos hijos con
su padre.

Los presentes se maravillaron, el Obispo no añadió palabra y la polémica terminó.

Por la tarde el Rector del Seminario le felicitó por aquella respuesta, que ((22)) él mismo había tenido muchas veces intención de darle,
pero que nunca había tenido ánimos para ello.

Pero honra mucho a monseñor Ferré que esta divergencia de opinión nunca le hiciera perder ni un adarme de su afecto y aprecio a don
Bosco, ni el deseo y la solicitud de favorecerle y agradarle en cualquier circunstancia.

Si en alguna rara ocasión habló don Bosco sobre el rosminianismo, sólo lo hizo en vista de los tristes efectos que producía entre los
eclesiásticos aquel acaloramiento de polémicas enconadas, pero nunca dijo una palabra que sonara a menosprecio de la persona de
Rosmini. Y lo que él apreciaba en el abate Rosmini, no era su sistema filosófico, pues se declaraba incompetente para opinar sobre él,
sino la santidad del hombre y del sacerdote.

He aquí con qué palabras declaró el alto concepto que de él tenía:
"El abate Rosmini se dio a conocer como docto filósofo al escribir sus obras, pero se mostró filósofo profundamente católico en la
sumisión al juicio de la autoridad religiosa. Mostró ser coherente consigo mismo;
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y que el respeto que se profesa a la Cátedra de Pedro consiste en hechos y no en palabras 1. Rosmini unía la profundidad de la ciencia con
la firmeza y humildad del buen católico 2. No recuerdo haber visto a un sacerdote celebrar la misa con tanta devoción y piedad como
Rosmini. Se veía que tenía una fe vivísima de la que procedían su caridad, su dulzura, su modestia y su gravedad exterior" 3.

((23)) Hay una segunda pregunta, que no la hacemos nosotros, pero que otro la hizo personalmente a don Bosco:

-"Por qué, le preguntó un día confidencialmente el secretario, por qué don Bosco se interesó tanto ante Pío IX para hacer nombrar al
canónigo Gastaldi, obispo de Saluzzo primero y después arzobispo de Turín, aun sabiendo que era partidario de la escuela rosminiana y
que había pertenecido a la Congregación de los Rosminianos?

Don Bosco, según dejó escrito el secretario, contestó:

-Mira, el canónigo Gastaldi me aseguró varias veces que había abandonado el Instituto de la Caridad, porque algunos de sus miembros
no profesaban suficiente sumisión y afecto al Papa y me aseguraba también que había renunciado a ciertas ideas liberales, que había
profesado y defendido antes de hacerse rosminiano. Además de esto, yo tenía todos los motivos para creer que nos favorecería siempre
con largueza. Pero, ahí tienes, tan pronto como llegó a arzobispo de Turín, cambió radicalmente. Hízose defensor del rosminianismo,
favoreciendo en público y en privado a sus partidarios y oponiéndose a nosotros, porque don Bosco no le quiso secundar en esta su
opinión. Y don Bosco, enemigo de contiendas, lo sufrió todo antes que romper con él, manteniéndose siempre pasivo.

Además se le hizo la misma pregunta otras muchas veces. En 1878, fue invitado a comer por los benedictinos de San Pablo con motivo
de la fiesta de su Patriarca. Mientras se tomaba el café, oyó en silencio cuanto se dijo del Arzobispo de Turín, hasta que, preguntado a
quemarropa

1 Carta de don Bosco a don José Fradelizio, rosminiano, 5-XII-1849. Entonces el Beato no conocía aún personalmente al abate
Rosmini; escribía esto cuatro meses después de haber sido puestos en el Indice dos conocidos opúsculos de Rosmini.

2 BOSCO. Historia de Italia. Epoca IV, cap. XLVII. El padre Juan Bautista Pagani en su monografía Il Rosmini e gli uomini del suo
tempo, pág. 257, n.° 1, escribe: "Sabemos de fuente segura que dos religiosos, que habían ido a visitar a don Bosco, intentaron
convencerle de que debía quitar de su Historia de Italia aquellas palabras; contestóles el Venerable que no podía hacerlo, porque eran la
pura verdad".

3 Palabras que dijo don Bosco en los últimos años de su vida a don Vicente Tasso, religioso de la Misión, y después obispo de Aosta
(carta de monseñor Tasso al padre Bernardino Balzari, Prepósito general de los rosminianos, 2 de febrero de 1909).
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por el cardenal Bartolini, si había sido él quien le había propuesto para aquella sede, contestó:

-Sí, Eminencia. Y ahora, por desgracia, estoy haciendo la penitencia por ello.

Durante los primeros días de su estancia en Roma don Bosco visitó al Ministro de Instrucción Pública. Le llevó a ello un motivo
importante. En los años anteriores se anunciaban exámenes extraordinarios para los que, no poseyendo la licenciatura, quisiesen obtener
habilitación para la enseñanza en el bachillerato inferior y superior; pero esta oportunidad no era vista con buenos ojos por los profesores
ordinarios ((24)) que habían tenido que cursar en la Universidad, ni por otros, a quienes no gustaba que disfrutara de aquella concesión
una mayoría de docentes de las escuelas privadas, esto es católicas, de suerte que prevalecía la tendencia a abolirla para siempre. Don
Bosco, repetidas veces y a intervalos, había logrado que personas privadas, educadores y directores de colegios de diversas partes de
Italia, y especialmente sus clérigos, que no declaraban esta condición, enviasen al Ministerio centenares de instancias, invocando el
beneficio de estos exámenes. Evidentemente cada uno pedía por su propia cuenta, aduciendo distintos motivos. Por dos veces había
logrado el Beato alcanzar su intento; puesto que, como resultaba por las relaciones oficiales, el Ministerio, al ver que eran muchos los que
imploraban el mismo favor, había creído oportuno remediar así las necesidades de muchos lugares y personas.

Pues bien, el Siervo de Dios se había propuesto obtener por el mismo camino una nueva promoción de profesores. El honorable
Coppino le dispensó toda suerte de atenciones. Don Bosco le expuso cómo la carencia de medios ponía a muchos jóvenes inteligentes en
la imposibilidad de alcanzar un título académico frecuentando los cursos universitarios, y cómo no sólo los colegios privados, sino
también los estatales, carecían de profesores aptos para desempeñar digna y legalmente el noble cometido de instruir a la juventud en la
enseñanza media. Coppino alabó mucho las ideas de don Bosco y le rogó las escribiera haciendo una petición en toda forma. Don Bosco
no se lo hizo repetir. En efecto, le dirigió enseguida esta instancia, pero fechándola en Turín.

Excelencia:

La gran solicitud con que V. E. promueve y sostiene los Institutos, cuyo fin es la educación e instrucción de la juventud, me alienta a
suplicar un señaladísimo favor, apoyándome únicamente en la conocida clemencia y autoridad de V. E. Se refiere
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este favor al Instituto llamado Oratorio de San Francisco de Sales. Sin más medios que los de la Providencia se pudieron abrir en
Piamonte, Liguria y en la misma provincia romana, varias casas, todas ellas con el fin de proporcionar educación e instrucción a la clase
pobre o menos acomodada de la sociedad civil. Esta caritativa institución fue ((25)) siempre bien vista por la autoridad escolástica que, n
cesar, nos ha otorgado mucha benevolencia, teniendo en consideración nuestro afán por uniformarnos a las leyes públicas, lo mismo en
cuanto a los programas de enseñanza, que en cuanto a los títulos académicos de los profesores. Pero ahora nos hallamos gravemente
necesitados de maestros con título legal, especialmente desde que no hubo exámenes extraordinarios para los cursos secundarios. Por este
motivo recurro a V. E. suplicándole tenga a bien conceder una convocatoria especial de estos exámenes para el Bachillerato Superior en
la R. Universidad de Turín, como ya se concedió a los institutos docentes de la provincia romana con las circulares de 1.° de agosto de
1874, 7 de enero de 1875, y 7 de agosto de 1875.

En folio aparte figuran aquellos que, después de las prácticas realizadas, parecen preparados para tal examen, y son treinta.

Con esta concesión V. E. proporcionaría un medio para cultivar la ciencia literaria a los examinandos que, como docentes públicos,
podrán ganarse honesto sustento con su trabajo a la par que beneficiaría también grandemente a esta nuestra institución, que podría,
además, suministrar algunos maestros a los seminarios menores de las provincias romanas que encarecidamente los piden.

Por este favor y otros concedidos anteriormente, profesamos a V. E. sincera gratitud y pedimos a Dios le colme de sus bendiciones y le
conserve largos años de vida feliz. Tengo el alto honor de poderme profesar,

De V.E.

Turín. 6 de enero de 1877.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

La instancia fue favorablemente acogida, las promesas fueron amplísimas y el Beato quedó convencido de haber dado en el blanco.

Pero ícuál no fue su desilusión, cuando se publicó el decreto, con fecha 10 de mayo, y vio que se imponían tales condiciones que de sus
treinta candidatos muy pocos estaban preparados para disfrutar de la concesión!

En efecto, se requería tener treinta años de edad y seis de ejercicio en la enseñanza, o veinticinco de edad y un título de docencia
elemental o técnica. Además, una nota ministerial del 31 de julio imponía a las autoridades escolásticas, a quienes correspondía, la
rigurosa observancia de dichas disposiciones. A pesar de las apariencias, el ministro Coppino siempre se opuso a don Bosco y al
Oratorio.

El 16 de enero por la mañana fue el Beato Padre ((26)) a Albano, donde le esperaban sus hijos con los brazos abiertos. Se hospedó en el
convento de los carmelitas, residencia de los hermanos de Albano,
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a los que se unieron aquellos días los de la vecina Ariccia. Según su costumbre, al día siguiente visitó personalmente a las autoridades
eclesiásticas y civiles, esto es, al Vicario General de Albano, al Arcipreste y al Alcalde de Ariccia. Pasó la tarde con los suyos,
alegrándoles, dice don Francisco Varvello que estaba presente, con las conversaciones más amenas del mundo, como si hubiese olvidado
por el camino todas sus preocupaciones. El tercer día hizo el ejercicio de la buena muerte con toda la comunidad. Fue a saludar al alcalde
de Albano, visitó un local que querían entregarle para colegio y volvió hacia la Ciudad Eterna.

Aquí siguió con sus visitas a los miembros de las Sagradas Congregaciones. Presentó por primera vez el informe trienal sobre el estado
de la Pía Sociedad, de acuerdo con la Constitución apostólica Romani Pontifices: ciento sesenta y tres profesos perpetuos y setenta y
ocho trienales; ciento veinte novicios; setenta y nueve aspirantes; ochenta y nueve sacerdotes. El Capítulo Superior estaba formado por:

Rector: JUAN BOSCO, Pbro.

Prefecto: Miguel Rúa, Pbro.

Director Espiritual: Juan Cagliero, Pbro.

Ecónomo: Carlos Ghivarello, Pbro.

Consejero Escolástico: Celestino Durando, Pbro.

Consejero: Antonio Sala, Pbro.

Para ocupar el puesto de don Juan Cagliero ausente, como director espiritual o catequista general, el Beato había determinado llamar a
don Juan Bonetti; pero no pudo relevarlo todavía de la dirección del colegio de Borgo San Martino. Don Carlos Ghivarello, anteriormente
Consejero, sucedía como Ecónomo general a don Francisco Bodrato que había salido para América; don Celestino Durando, antes simple
Consejero, asumía la dirección general de las escuelas salesianas, y añadía ((27)) a su título el calificativo de "escolástico"; entraba a
formar parte del Capítulo Superior, como Consejero, don Antonio Sala y así sustituía a don José Lazzero, convertido en vicedirector del
Oratorio. Don Julio Barberis, Maestro de novicios, figura únicamente como Consejero en el Capítulo local del Oratorio. De las casas se
hablará en otro lugar.

Desde el Oratorio llegáronle a don Bosco cartitas firmadas por los novicios y por los aprendices, con fervientes expresiones de
homenaje para el Vicario de Jesucristo, y el Papa se dignó oír su lectura. Llegáronle también las calificaciones de los alumnos de cada
curso,
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que habían obtenido sobresaliente de conducta al fin del primer trimestre.

Hacia últimos de enero llegó a Roma el Arzobispo de Turín con el Rector del Seminario. Fueron huéspedes de los rosminianos. Hemos
de hablar aquí de este hecho en razón de los comentarios que este viaje suscitó en los diarios, que publicaban lo que se sabía y lo que no
se sabía, pero que se imaginaba, y envolvían en sus habladurías también a la persona de don Bosco 1.

Todos estaban de acuerdo en afirmar que monseñor Gastaldi había ido a Roma para presentar al Papa su dimisión de arzobispo de
Turín. Estaban también acordes al aducir los motivos de aquel paso que, más o menos diluidos, se reducían sustancialmente a dos, a
saber, que Monseñor estaba enemistado con el Vaticano por las advertencias que había hecho al clero en torno a no censurar la vida o la
doctrina del abate Rosmini, y que estaba enemistado con don Bosco, que impunemente trastornaba la administración de la Archidiócesis.
El famoso Fischietto publicó una caricatura de don Bosco, con los arreos de gladiador, en ademán de descargar un puñetazo contra el
Arzobispo y derribarlo a sus pies. El abogado Menghini, que a la sazón defendía a monseñor Gastaldi en una causa espinosa de ((28))
derecho canónico, escribía, después de la salida de don Bosco de Roma, en estos términos, a propósito de las habladurías de la prensa
diaria: "Lo que dicen los diarios en torno a la renuncia del Arzobispo no tiene fundamento alguno. Supongo que algún papel de los de mi
defensa haya llegado a algún periodista y lo haya aprovechado para hacer unos dineros. Me refiero a la página treinta y siete en la que se
lee: Por eso ya he presentado dos veces al Padre Santo mi vivo deseo de retirarme de este puesto, donde tengo las manos atadas no sólo
por el poder civil, sino también por la autoridad eclesiástica. Por lo demás, estoy convencido de que el Arzobispo jamás renunciará
espontáneamente" 2.

Por entonces no leían periódicos en el Oratorio más que algunos superiores y lejos de las miradas de los otros; sin embargo llegó algún
eco de aquel jaleo, sobre todo porque no faltaron diarios católicos o moderados que, por defender los principios religiosos o por
represalia de partido, habían escrito alabando al Siervo de Dios. Por esto un día hubo quien, en la conversación, le pidió que les dijera
algo de todo aquello, pero él cambió de conversación.

1 Véanse, por ejemplo, la Gazzetta del Popolo de Turín, del 31 de enero y del 4 de febrero; La libertà de Roma, 2.ª edición del 30 de
enero; y varios más.

2 Carta de monseñor Menghini a don Joaquín Berto, 4 de febrero de 1877.
32

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Otro día le preguntaron de distinto modo. Algunos sacerdotes y clérigos, que le rodeaban, se pusieron a hablar de la fama mundial con
que diarios de toda clase auroleaban su nombre, y le preguntaron por broma si él no se ensoberbecía por aquello.

-"Enorgullecerme?, replicó don Bosco; eh, temo que el Señor me tenga que castigar por otros motivos, mas por éste no. íEstoy viendo
que es tan poquito lo que yo pongo en nuestras empresas! Si no fuera porque es el Señor quien las quiere y pone a nuestro alcance los
medios para ellas, nosotros las echaríamos a perder enseguida. Es tan pequeña.
especialmente ahora, mi parte, que me maravilla mucho cómo el carro de la Congregación y tantas otras cosas comenzadas puedan seguir
adelante.

Según es nuestra costumbre, antes de seguir al Beato en su viaje de vuelta, ofreceremos aquí a los lectores por orden cronológico, y
precedidas de alguna nota, unas cuantas ((29)) cartas, que escribió el Beato en Roma durante aquel mes de enero. Por cierto no están
todas las que escribió, pero sí todas las que hemos podido recoger.

1. A don Juan Bonetti
Siempre que don Bosco se ausentaba del Oratorio, por un tiempo notable, discurría nuevos medios para estar presente entre sus
muchachos y animarlos al bien. Este año, al enviar al Oratorio o a los colegios la bendición del Papa, escribió que el Padre Santo pedía
una comunión a todos los alumnos; él, por su parte, pedía otra para sí mismo, a fin de que sus asuntos se desenvolvieran en Roma según
sus deseos. El Vicariato Apostólico en el Malabar, del que aquí se habla, quedóse en un piadoso deseo del cardenal Franchi; la muerte de
Pío IX, y los cambios que sobrevinieron, hicieron que no se pensase más en este proyecto.

Mi querido Bonetti:

Te envío una cartita para el clérigo Zemo y para Laureri. Creo, a juzgar por lo que afirman, en la esperanza de los frutos que prometen.

Di a Vicente 1 que dé muchos saludos y felicite a su madre, pues el Padre Santo le envía una bendición especial.

Envía también otra bendición especial para nuestros queridos muchachos, particularmente

1 Vicente Provera era hermano de don Francisco y proveedor en el colegio de Borgo San Martino. El clérigo Tomás Laureri fue
Inspector de las casas de Liguria y Viceprocurador.
33

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para los inscritos en el Clero infantil, en la Compañía de San Luis y en la del Santísimo Sacramento.
Desea a todos Salud, Santidad, Sabiduría y heroica voluntad para ir a las Indias, donde hemos aceptado un Vicariato Apostólico con
unos tres millones de almas.Encomiendo a todos que hagan una santa comunión por mí, que tengo muchos asuntos difíciles que tratar. Yo

haré una oración particular por ellos sobre la tumba de san Pedro.
Dios nos bendiga a todos. Amén.
Saludos del señor Alejandro y de la señora Matilde.
Roma, 9-1877.
Vía Sistina, 104.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

((30))

2. Al señor Andrés Boassi
Se cree que este señor era un agente secreto del Gobierno y, tal vez, incluso un masón convertido. Iba a menudo a visitar a don Bosco, a
quien demostraba mucha veneración y confianza. El Siervo de Dios le trataba con mucha bondad para inducirlo, según solía, a pensar
también en su alma. Las repetidas noticias acerca de las condiciones religiosas de Río de Janeiro, que le daban los misioneros,
aguijoneaban cada vez más la caridad del Beato a hacer algo por el Brasil, donde reinaba el emperador don Pedro II, destronado por la
revolución del 15 de noviembre de 1889 y fallecido en el destierro dos años después.

Muy querido señor Boassi:
Empiezo por agradecerle el buen recuerdo que guarda de mí y de todo el pequeño mundo de Valdocco.
Hablamos muy a menudo de usted y esperamos que no se hará esperar mucho una visita suya.
Me alegra mucho el saber que tiene usted relaciones amistosas con don Pedro y su señora la emperatriz del Brasil. Si tuviese

oportunidad, sugiérales una de nuestras casas para aquel dilatado imperio. Creo que muchos pobres niños llegarían a ser buenos
ciudadanos y que de otro modo acaban en la cárcel. Pero todo lo dejo a su prudencia.
El terreno que ofrecería el señor Piano, ya no es vendible. Se va a construir allí una iglesia y ya han empezado las excavaciones.
Dios le conserve y le conceda una vida feliz y créame siempre suyo.
Roma, 10-1877.
Vía Sistina, 104.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

Fin de Página 34

 

VOLUMEN XIII Página: 35

3. A don Miguel Rúa
En la fiesta de la Epifanía hubo en el Oratorio la primera función de teatro; a continuación seguirían las representaciones de cada
domingo. Pero hacía unos años que el Beato no estaba muy contento de las representaciones dramáticas por los temas que se
representaban y por la manera de representarlas. ((31)) Aquellas comedias grandiosas, aquel vestuario costoso, la ausencia de una
moraleja, el cambio de horario, la cena de los actores después de la función, la falta de un director de escena suficientemente enérgico y
vigilante habían dado lugar a inconvenientes. Un día, en 1876, don Bosco llamó a los coadjutores Dogliani, maestro de música, y Barale,
jefe de la librería, jóvenes los dos de veintiocho años, buenos y competentes, se los llevó consigo por Turín y les expuso su pensamiento
en estos términos:

-El teatro no tiene el espíritu que yo deseo que tenga; por esto me ha parecido bien confiaros a vosotros dos la dirección. Deseo que se
representen cosas sencillas y morales; pero, ante todo, que yo sepa previamente lo que se va a representar.

Los dos coadjutores hicieron todo lo posible para secundar los deseos de don Bosco; pero les costaba Dios y ayuda reaccionar contra la
corriente que la costumbre había introducido. Don Bosco llegó a suspender un drama titulado Los pobres de París, a pesar de haber sido
repartidos ya los papeles. En esta carta insiste en que se vuelva a lo antiguo.

Muy querido Rúa:

Observa por favor el bendito teatro. Habla con don José Lazzero y haced por que sean desterrados los temas trágicos, los duelos, las
palabras sagradas. Quizá pueda ayudaros Barale que, además, está de acuerdo con Dogliani.

Mi talonario del ferrocarril puede enviarse a Sampierdarena, donde lo tomaré para ir a Turín. Si a las Hermanas les gusta el teatro,
pueden ir.

Con Sozzi proceded in Domino. Esta tarde vuelvo a una audiencia con el Padre Santo,

Valete et gaudete in Domino,

Roma, 11-1877.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

4. Al mismo
La carta no lleva fecha; pero está escrita después de la primera audiencia privada. La mención del Oratorio de Chieri merece ya una
35

Fin de Página 35

 

VOLUMEN XIII Página: 36

aclaración, puesto que habrá de hablarse de él bastante en ((32)) adelante. Los primeros que pensaron en don Bosco para la institución de
un oratorio festivo en aquella ciudad fueron los Hermanos Apostólicos, asociación de sacerdotes seculares y regulares, que aunaban sus
trabajos en favor de las almas.

En una sesión del 18 de agosto de 1875, según las actas, hay, entre otras deliberaciones, la siguiente: "Se propone procurar la
instalación de un oratorio festivo para los niños con la ayuda del muy reverendo don Juan Bosco, a quien se lo pedirán los muy
reverendos canónigos Calosso y Menzio".

A la espera de que don Bosco pudiese enviar a los salesianos, el reverendo Sona, ayudado por el padre jesuita Luis Testa, abrió el 1876
una especie de oratorio en San Bernardino y el 1877 en San Miguel.
Mientras tanto se preparaba el terreno para apresurar la llegada de los hijos de don Bosco. Para este fin necesariamente hubo que entablar
negociaciones con la Curia de Turín; y de ahí la mencionada ocasión de la "prolija carta", a la que se refiere don Bosco.

También pide algún comentario la bendición especial para don José Vespignani, enfermo. Era un novel sacerdote cuando entró en el
Oratorio el 6 de noviembre de 1876, y en la Navidad siguiente don Bosco lo admitió a la profesión perpetua. Estando con su familia, del
10 de agosto hasta septiembre, había expectorado sangre; en el Oratorio, después de la Epifanía del 1877, le volvió la tos con pérdida de
fuerzas y dolores al pecho y a la espalda. Le enviaron a la casa de Alassio para recuperarse con su clima más suave, pero empeoró, se
renovaron las hemoptisis y le obligaron a guardar cama. Como el aire de mar, según el parecer del médico, le perjudicaba, volvió a Turín.
Al llegar a Bra, le acometieron unos violentos vómitos de sangre que le dejaron maltrecho. Los ataques se repitieron a intervalos hasta
después de la Purificación, cuando el Siervo de Dios, que ya había regresado de Roma, fue a verle.

-"Cómo estamos? le preguntó. "Se encuentra mejor?

-íEh! contestó. Había pedido ir a América; pero ((33)) ya he ido y vuelto. Y ahora me preparo para el viaje a la eternidad.

-íNo, de ningún modo! Usted irá.

Dicho esto, le bendijo. A partir de aquel día don José Vespignani comenzó a mejorar. Curóse, y aquel mismo año fue a América, donde
trabajó incansablemente hasta 1922. Mientras escribimos, está en Turín donde ejerce el cargo de Consejero profesional del Capítulo
Superior.
36

Fin de Página 36

 

VOLUMEN XIII Página: 37

Queridísimo Rúa:

1. Comunica al señor A. Crida que se cumplió su encargo, que rece y yo rezaré, y esperemos.
2. Puede hacerse la fiesta para el jueves de carnaval 1; pero cosas breves, que muevan a risa y no se prolonguen más allá de las cinco.
3. En cuanto a la señorita Pozzi conviene esperar el testamento. Si ha dejado algo para nosotros, puede hacerse una función religiosa.
4. Nuestro Arzobispo escribió una prolija carta, en la que da noticias de su salud, mostró agrado por el Oratorio de Chieri, etc.
5. Coppino prometió dar muchas facilidades para el próximo examen de bachillerato.
6. Dirás a don José Vespignani que he pedido una bendición especial para él al Padre Santo. Otra para todos los enfermos, y
nominalmente para don Pedro Guidazio y para Toselli.
7. Comunicarás la misma bendición a la abuela Teresa, a la señorita Cinzano, la señora Massarola, la señorita Mandillo, etc.
(Sin firma y sin fecha)

5. Al mismo
El jueves 18 de enero, día del ejercicio de la buena muerte, se aplicó la comunión para don Bosco; el domingo siguiente para el Papa.
"Las comuniones, dice la crónica en estas dos circunstancias, se hicieron con fervor y fueron numerosísimas".

Queridísimo Rúa
Entrega estas cartas y si puedes léelas y entrégalas personalmente, especialmente la del señor Faia.
((34)) El Padre Santo nos otorgó un espléndido recibimiento; envía su bendición a todos los salesianos, novicios, aspirantes y alumnos.

Como está algo indispuesto por la tos, se encomienda expressis verbis a las oraciones de todos, especialmente para una santa comunión, a
la que concede indulgencia plenaria.
Para otro día más detalles. Dios nos bendiga a todos y considérame en el Señor,
(Sin fecha)

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

1 Caía el 8 de febrero.

Fin de Página 37

 

VOLUMEN XIII Página: 38

6. Al mismo
Sin fecha. La escribió en la semana anterior a la ida del Siervo de Dios a Albano; por consiguiente antes del domingo 14, ya que fue allí
el martes 16.

Queridísimo Rúa:

1. Te envío algunas cartas para tu norma y la de Lazzero.
2. Ve a mi cuarto y allí encontrarás, en la segunda casilla de la ía de mi escritorio, el Cattolico proveduto 1 (el de las Lecturas
Católicas) interfoliado y corregido en diversos puntos para la reimpresión; allí mismo debe haber un cuaderno de hojas de papel de carta,
donde se habla de la existencia de Dios, etc.; procura enviármelo. Idem si hay impresos o algo para imprimir en la Unità Cattolica, que
nos concierna 2.
3. Antes de salir, he hecho 3 una instancia al Ministerio de la Guerra y de Gobernación para alcanzar algo para el Oratorio. Si recibes
alguna respuesta, envíamela enseguida para mi norma.
4. Don Joaquín Berto ya habrá escrito sobre la buena acogida que el ministro Coppino hizo a nuestras peticiones.
5. Dirás a don Pedro Guidazio que no haga el bobo y cuide mucho su salud con el descanso para que pueda trabajar mucho.
6. Don José Scappini y don Joaquín Berto duermen y comen en el Santo Espíritu; yo estoy con el señor Sigismondi y trabajo para
organizar la difícil situación de los conceptinos con los salesianos.
7. En la próxima, Dios mediante, me daré una vuelta por Albano y, a mi regreso a Turín, pasaré por Magliano y por Florencia.
((35)) 8. Dirás a nuestros hermanos y a todos nuestros queridos jóvenes que tengo entre manos muchos y muy importantes asuntos, por
lo que necesito de sus oraciones. Ruégales que hagan una comunión según mi intención, y yo haré también por ellos una oración especial
sobre la tumba de san Pedro.

9. Dame noticias de la salud del Arzobispo y de nuestro querido Toselli.
10. Puedes decir a Julio 4 que barra bien nuestra escalera y que recoja los trozos de papel esparcidos acá y allá.
11. Saluda también a la buena abuela Teresa y a todas nuestras hermanas en Jesucristo.
Dios nos bendiga a todos y tú considérame en Jesucristo
(Sin fecha)

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

1 Debe ser el Cattolico instruito, reimpreso en las Lecturas Católicas con el título: El Católico en el siglo.
2 La Unità Cattolica publicó en el número del 28 de enero una comunicación de Roma sobre el asunto de los Conceptinos.
3 Entiéndase desde Turín.
4 Julio Degiuli, barrendero.

Fin de Página 38

 

VOLUMEN XIII Página: 39

7. A don Juan Cagliero
Entre los manuscritos hay, unido a esta carta, un papelito sin fecha, que repite cosas ya dichas aquí abajo, pero enriquecido con la
siguiente posdata: "Llego en este momento de una audiencia con el Padre Santo, que de todo corazón envía su apostólica bendición a
todos los salesianos de América, añadiendo: Recomendad de mi parte que vigilen con celo la observancia de las Reglas, speciatim vero
sobre la moralidad, que en aquellos lugares está expuesta a continuos peligros".

Mi querido Cagliero:

A estas horas ya habrás recibido a nuestros queridos hermanos, que espero hayan tenido un buen viaje, aun cuando todavía no he
recibido noticias suyas al respecto. Esta vez dejo todo lo demás. Te escribo sobre asuntos muy particulares.

El Padre Santo nos hace dos propuestas, que yo he aceptado. Veamos ahora lo que puede hacerse.

Un Vicariato Apostólico en la Patagonia y en Carmen, o en Santa Cruz, o en Puntarenas o, mejor todavía, un solo Vicariato que se
extienda a los tres. Se podría comenzar con una casa de educación y seminario en Carmen, que comprendiese también a Patagones y
Concepción; y mientras se consolida esta casa pensar en los otros dos sitios. Pero "y los medios?

La Propaganda ayudará; la Propagación de la Fe idem; el Padre Santo todavía más; además, pensaremos y haremos también nosotros.

((36)) "Y el personal? Todo tiene que ser harina de nuestro costal; y entre otros se me ocurre invitar a monseñor Ceccarelli a ponerse a
la cabeza de esta empresa; tú puedes hablar directamente con él de este asunto. Verdad es que él tendría que ser consagrado obispo, pero
podría tener el título parroquial y poner uno o más salesianos para hacer sus veces en San Nicolás. Pero, "y de don Juan Cagliero, quid?
Iremos a asumir el Vicariato apostólico de Mengador 1 en las Indias, que tiene unos tres millones de almas. Eso me dice el cardenal
Franchi; don Juan Cagliero, Vicario Apostólico, y don José Bologna, su Vicario General, etc.

Entre los individuos que ya están y los que se van preparando habrá personal. Con facilidad pueden prepararse seis salesianos para la
Patagonia, diez sacerdotes con diez catequistas para las Indias. El resto lo hará Dios.

Como ves, yo preparo los hilos en la urdidora, ahora piénsalo tú, habla con M. Ceccarelli y aun con otros, y después me comunicarás si
os sentís con ánimos para tejer la tela.

El Padre Santo por su parte envía una bendición especial para todos los salesianos que están en América, para todos los aspirantes o que
quieren serlo, pero de una manera especial para el señor Benítez, por quien pido a Dios largos años de salud y vida feliz.

Todavía no he podido llegar a una conclusión sobre el precio del terreno junto a la iglesia de la Misericordia 2; espero que esté
arreglado para primeros de febrero,

1 Léase Mangalore.

2 Véase volumen XII, pág. 229.
39

Fin de Página 39

 

VOLUMEN XIII Página: 40

cuando vuelva a escribirte; el cónsul parece muy bien dispuesto, pero es genovés y muy astuto para los negocios.

Participarás a todos los salesianos que la Congregación adquiere fama en Europa, crece el número, y aumentan las peticiones de
fundaciones, y creo poder decir que también aumenta el, fervor individual. Todo lo verás por el catálogo, que recibirás con el próximo
correo. "Y en América cómo van?

Para tu norma, he escrito siempre el primero y el día 15 de cada mes, pero parece que muchas cartas se hayan extraviado.

Escribo también una carta al señor Arzobispo, notificándole el deseo del Padre Santo de que se haga una prueba en la Patagonia y
acerca de la utilidad de una carta suya al Presidente de la Propagación de la Fe en Lyon.

Deus nos benedicat et in sua pace custodiat et ad vitam perducat aeternam. (Dios nos bendiga y nos guarde en su paz y nos lleve a la
vida eterna).

Roma, 14-1877.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

P. S. Si no has visto todavía a monseñor Roncetti, estará con vosotros cuanto antes. Es el encargado de tratar los asuntos de la Iglesia en
Brasil. Pasará por Buenos Aires para ver la situación de los salesianos; tratará ((37)) también con el Arzobispo sobre la posibilidad de
avanzar hacia los Pamperos y Patagones. Es benévolo con nosotros; y yo he puesto mi granito en la balanza para que fuera elegido para
esta misión. A su regreso le harán Cardenal, cosa que él ignora, y que tú puedes insinuarle cuando le veas 1. Conviene que el Arzobispo
esté informado de todo. Espero todavía noticias positivas de Montevideo, para comunicaros "el todo" de la bendición del Padre Santo.
8. A José Buzzetti
No podemos adivinar por qué le llama "Romualdo"; probablemente es una de las bromas habituales de don Bosco, relacionada con
alguna frase de la carta aquí mencionada o con alguna circunstancia personal. Es el mismo Buzzetti, de quien Lemoyne escribió dos
hermosas páginas en el quinto volumen de las Memorias Biográficas (pág. 373-374).

Mi querido Romualdo:

Me ha gustado tu carta y, como no había en ella ningún secreto, se la he hecho leer a diversos prelados que quedaron satisfechísimos.

Sigue adelante, ánimo, Dios está contigo. Saluda de mi parte a toda tu escolanía

1 Monseñor César Roncetti volvió del Brasil el 1.° de julio de 1878 por motivos de salud. En el cumplimiento de su misión se había
granjeado el aprecio y afecto universal.

Fin de Página 40

 

VOLUMEN XIII Página: 41

musical y diles que deseo oír un bonito concierto a mi regreso y les obsequiaré con un vasito de aquel que tú sabes.

Dios te bendiga, mi querido Buzzetti; haz, o mejor, haced una santa comunión por mí. La próxima semana, Dios mediante, nos
volveremos a ver.

Considérame siempre en Jesucristo,

Roma, 20-1877.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

9. A monseñor Lorenzo Gastaldi
Contesta a la carta, en la que el Arzobispo le hablaba del oratorio de Chieri. Con fecha 7 de enero el abogado Menghini, ((38)) al
informar a su ilustre cliente acerca de la propia defensa en torno a una causa, que Su Excelencia tenía pendiente ante la Sagrada
Congregación del Concilio, se había expresado en los términos siguientes: "Paréceme conveniente de momento, y por política, manifestar
alguna deferencia hacia don Bosco, que es omnipotente con el cardenal Berardi, uno de los jueces de la Sagrada Congregación del
Concilio. Por lo cual le ruego por gran favor haga remitir la carta aquí incluida a don Bosco" 1. En la carta a Monseñor falta la fecha;
pero el Cardenal de Canossa aseguró que el encuentro, aquí mencionado, tuvo lugar el 14 de enero.

Excelencia Rvma.:

Con la máxima alegría he recibido la venerada carta de V. E. Rvma. que me resultó muy satisfactoria por las noticias que me da sobre
la salud de V. E. tan deseada y pedida a Dios.

Tan pronto como obtenga la audiencia del cardenal Berardi no dejaré de presentarle los saludos de parte de V. E., que no dudo le
agradarán. Pero está algo indispuesto. En cuanto a Chieri haré lo que pueda para poner en marcha un oratorio para niñas y otro para
niños; y me sirve de máximo aliento la aprobación y el apoyo de la autoridad eclesiástica.

Mientras escribo llega monseñor Canossa, obispo de Verona, y me pide, lo primero, noticias de la salud de V. E. Se alegra conmigo de
podérselas dar muy satisfactorias. Me encargó le presentara sus saludos:

Está en Roma y querría eximirse del arzobispado de Bolonia para el que lo eligió el Padre Santo al nombrarle cardenal. Pero será difícil
que el Padre Santo modifique su decisión 2.

1 El original de la carta de Menghini está en poder del teólogo Franchetti de Turín. El de la carta de don Bosco a monseñor Gastaldi se
encuentra en poder de los herederos del conde Carlos Cipolla, que fue profesor de historia en la Real Universidad de Turín.

2 Pío IX lo nombró cardenal en 1877, pero le concedió siguiera en Verona, donde murió en 1900.

Fin de Página 41

 

VOLUMEN XIII Página: 42

Pido a Dios que le conserve en perfecta salud al tiempo que tengo el alto honor de profesarme con la máxima veneración,

De V. E. Rvma.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

((39))

10. A don José Bologna
Casi todas las cartas que don Bosco escribía al Oratorio, se leían en público después de las oraciones de la noche. El Beato solía saludar
por su nombre a alumnos y a hermanos. Don José Bologna, prefecto de los externos, estaba descontento por no haberse oído nombrar
nunca. Al enterarse don Bosco, le envió esta graciosa poesía, en la que hace alusión particular al estudio de algunas lenguas, que el
diligente salesiano había comenzado, pues deseaba ir a misiones; por cuyo motivo, en la carta a don Juan Cagliero, el Beato se lo
designaba como Vicario General en las Indias.

Querido Bologna:

Tú, Bologna, te lamentas
porque aún no te he escrito,
y me acusas de delito
porque tu nombre olvidé.
Si es tan grande tu deseo,
escríbeme y tendrás
mi respuesta, y gozaras
mis palabras al leer.
Pero, "qué haces? "Hay dinero?
El español o el francés
el alemán o el inglés
"no te dejan sosegar?
Ceilán está preparada,
Mengalor espera ansiosa,
nadie piensa en otra cosa:
-Marcha a la tierra oriental.
Lleva contigo un buen grupo
de celosos misioneros,
que serán tus compañeros
y secuaces de Javier.

Fin de Página 42

 

VOLUMEN XIII Página: 43

De Javier... Mas ícuántas penas,
privaciones, sufrimientos!..
.
No temáis, un gran contento
en el cielo alcanzaréis.

Roma, 22-1877.

Afmo. en Jesucristo JUAN BOSCO, Pbro.

((40))

11. A don Julio Barberis
Después de la muerte de don César Chiala se encargó a don Julio Barberis de preparar para la imprenta las cartas de los hermanos de
América.

Queridísimo Barberis:

Te envío la carta de los misioneros. Mira a ver si conviene suprimir algunas citas, nombres ingleses, irlandeses, etc.

Escribiré a los novicios para su saludo 1. Hace dos días que el Papa guarda cama; hoy está mejor. Me ha recibido acostado y estuve casi
una hora haciéndole compañía. Dirás a los novicios que tengo preparadas para ellos serias empresas; y que las podrán llevar a término
todas con salud, santidad y sabiduría.

Saluda a Peretto 2 de mi parte y dile que tengo muy en cuenta su carta.

Envíame citissime (a toda prisa) el decreto de la obra de María Auxiliadora.

Dios nos bendiga; rezad mucho y considérame en Jesucristo,

Roma, 23-1877.

Afmo. amigo

JUAN BOSCO, Pbro.

12. A don Juan Branda
Don Juan Branda era catequista de los aprendices. El 22 de junio había escrito el Beato a don Miguel Rúa, en la carta, de la que ya
hemos traído más arriba dos períodos: "Ve a decir a los aprendices, mis queridos amigos, que he leído al Padre Santo la carta, que don
Juan Branda me escribió acerca de ellos, y que quedó muy contento. Dijo varias veces:

1 El saludo para presentar al Papa.

2 El clérigo Carlos Peretto formó parte del primer grupo de Salesianos enviados a Brasil en 1883; fue allí Inspector, y murió en Ouro
Preto en 1923.

Fin de Página 43

 

VOLUMEN XIII Página:

Fin de Página 43

 

VOLUMEN XIII Página: 44

-Dios bendiga a esos mis queridos jóvenes; me consuelan mucho;
rezaré por ellos; que sigan siendo buenos y recen por mí, que me voy acercando al ocaso".

Queridísimo Branda:

Las noticias que me has dado me han proporcionado una gran satisfacción. El Padre Santo escuchó la lectura de toda la carta, se quedó
contento y envía a todos los aprendices una bendición especial. Dirás a ((41)) Arietti que también él está todavía a tiempo; la misericordia
de Dios es grande, pero que no lo deje para más tarde.
Espero que me consolará con un buen san Francisco.

Mientras tanto di a todos que nunca los olvido en la santa misa, les agradezco las oraciones que han hecho por mí, y que en parte ya
fueron escuchadas; que sigan y también ellos disfrutarán aun temporalmente.

Saluda a todos de mi parte y créeme siempre en Jesucristo,

Roma, 25-1877.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

El 29 de enero, después de celebrar la misa en honor de san Francisco de Sales en la capilla privada del señor Alejandro, y tras
despedirse de sus generosos huéspedes, don Bosco salió de Roma camino de Magliano. En la estación de Borghetto le esperaba el Obispo
auxiliar del cardenal Bilio. Después de un corto trecho, encontró a los clérigos del seminario, y después a los alumnos internos y externos
del colegio con sus maestros. Todos besaron la mano a don Bosco. El Siervo de Dios saludó paternalmente a todos y subió al coche del
Obispo, con quien siguió hasta la ciudad. A poco se presentó en el palacio episcopal el alcalde, en compañía de una representación del
Ayuntamiento, para darle la bienvenida.

El 30 por la mañana devolvió la visita al alcalde, miembro de la familia Orsoli, y a la verdad algo arisco con los curas, pero, ganado por
las palabras y buenas maneras de don Bosco, asistió a una fiestecita que le dedicaron los seminaristas con la lectura de algunas poesías.
Después tomó el Beato la palabra y, haciendo honor a la tierra de los clásicos, donde se encontraban, les dio un clásico recuerdo, el
mismo que dejó Agesilao al visitar una escuela, a saber: no hacer nunca nada de lo que tengamos que arrepentirnos después; hacer
siempre algo que nos pueda ser útil en el porvenir.

En el tercer día hicieron el ejercicio de la buena muerte los seminaristas y los muchachos. Por la tarde llegó el subteniente Graziano, de
44

Fin de Página 44

 

VOLUMEN XIII Página: 45

quien ya se habló 1, que se encontraba de guarnición en Viterbo. Organizó una veladita en la que hizo cantar el Huerfanito y
Limpiachimeneas acompañado con la guitarra.

((42)) Por fin el 1 de febrero, se despidió de los hermanos y amigos de Magliano y partió para Florencia. En esta ciudad se detuvo hasta
el día 3 del mismo mes, hospedándose en casa de la piadosa y caritativa marquesa Uguccioni, aún profundamente afligida por la muerte
reciente del esposo.

En la mañana del 4 se encontraba en Turín, donde fue recibido en el Oratorio, como de costumbre, en medio del mayor júbilo.

Dos días después de su llegada, el Siervo de Dios volvía a Roma en sueños; sueño profético que contó privadamente a los directores
reunidos para las conferencias anuales.

Ofrecemos el relato del mismo tal como lo escribieron inmediatamente después de oírlo, don Julio Barberis y don Juan B.tª Lemoyne.

Hay que hacer notar que el Eminentísimo Cardenal Mónaco La Valetta, Vicario de Su Santidad, después de la muerte del Cardenal
Patrizi, había rogado a don Bosco que enviase algunos salesianos a dirigir el Hospital de la Consolazione, que surge a poca distancia del
Foro Romano. Aunque la escasez de personal era grande, don Bosco, siendo la primera vez que el nuevo Cardenal Vicario pedía un favor
a la Congregación, deseaba ardientemente complacerlo. La noche del 7 de febrero, habiéndose retirado a descansar el Siervo de Dios,
obsesionado con este pensamiento, soñó que se encontraba en Roma.

Me pareció que me encontraba de nuevo en Roma; me dirigí inmediatamente al Vaticano sin acordarme del almuerzo, ni de pedir
audiencia, ni de otra cosa alguna. Mientras me encontraba en una sala he aquí que llega Pío IX y se sienta a la buena de Dios y en plan de
amigo en un sillón o canapé que estaba junto a mí. Yo, maravillado, intento ponerme de pie y rendirle los homenajes consiguientes; pero
él no me lo permitió, sino que con la mayor premura me obligó a que me sentase a su lado, comenzando inmediatamente el siguiente
diálogo:

-Hace poco que nos hemos visto.

-En efecto; hace pocos días, le contesté.

-De ahora en adelante nos veremos con más frecuencia porque hay muchas cosas que tratar. Entretanto, decidme: "qué habéis hecho ya
desde que partisteis de Roma?

-Ha habido poco tiempo; se han reanudado varios asuntos que quedaron interrumpidos a causa de mi ausencia y después se pensó en lo
que se podría hacer en favor de los Conceptinos. Mas he aquí que me llega una petición del Cardenal Vicario, rogándome que nos
encarguemos de la dirección del Hospital de la Consolazione. Es la primera petición que nos hace dicho Cardenal y querríamos
complacerle, ((43)) pero, al mismo tiempo, nos sentimos abrumados por la falta de personal.

1 Véase volumen XI, pág. 104.
45

Fin de Página 45

 

VOLUMEN XIII Página: 46

-"Cuántos sacerdotes habéis mandado ya a los Conceptinos?

Y entretanto me hizo pasear con él teniéndome de la mano.

-Hemos enviado uno solo, le dije, y estamos estudiando la manera de poder mandar algunos más, pero no sabemos de dónde sacarlos.

-Antes de atender a otra cosa, prosiguió el Papa, procurad atender al Espíritu Santo.

Poco después el Padre Santo, erguido sobre su persona, con la cara levantada y como radiante de luz, clavó su mirada en mí.

-íOh, Padre Santo!, le dije; ísi mis jóvenes pudiesen contemplar el rostro de Vuestra Santidad! Yo creo que quedarían fuera de sí por el

consuelo. íOs aman tanto!

-Eso no es imposible, replicó Pío IX. A lo mejor pueden ver realizado este deseo.

Pero de pronto, como si se sintiese mal, apoyándose en una y otra parte se dirigió a sentarse en un canapé y después de haberlo hecho se
tendió en él a lo largo. Yo creí que estuviese cansado y que quisiera acomodarse para descansar un poco; por eso busqué la manera de
colocarle un almohadón un poco elevado para mantenerle la cabeza en alto; pero él no quiso, sino que, extendiendo también las piernas,
me dijo:

-Hace falta una sábana blanca para cubrirme de la cabeza a los pies.

Yo lo miraba atónito y estupefacto; no sabía qué decirle, ni qué hacer. No entendía nada de cuanto sucedía.

Entonces el Padre Santo se levantó y dijo:

-íVamos!

Al llegar a una sala donde había muchos dignatarios eclesiásticos, el Padre Santo, sin que los demás se diesen cuenta, se dirigió a una

puerta cerrada. Yo abrí la puerta inmediatamente, para que Pío IX, que estaba ya cerca, pudiese pasar. Al ver esto, uno de los prelados
comenzó a mover la cabeza y a decir entre dientes:

-Esto no le corresponde a don Bosco; hay personas indicadas para realizar estos menesteres.

Me excusé lo mejor que pude, haciendo observar que yo no usurpaba ningún derecho, sino que había abierto la puerta porque ningún
otro lo había hecho para que el Papa no se molestase y tropezase.

Cuando el Padre Santo oyó mis palabras, se volvió hacia atrás sonriendo y dijo:

-Dejadle en paz; soy yo quien lo quiero.

Y el Papa, una vez que hubo traspuesto la puerta, no apareció más.

Yo me encontré, pues, allí completamente solo sin saber dónde estaba.

Al volverme a uno y otro lado para orientarme, vi por allí a Buzzetti.

Esto me causó grande alegría. Quería decirle algo, cuando él, acercándose a mí, me dijo:

-Mire que tiene los zapatos viejos y rotos.

-Ya lo sé, le dije; "qué quieres? Han recorrido ya mucho terreno estos zapatos, son los mismos que tenía cuando fui a Lanzo; ((44)) han
estado ya dos veces en Roma; estuvieron en Francia y ahora están otra vez aquí. Es natural que estén en tan mal estado.

-Pero ahora, replicó Buzzetti, es tiempo de que los deje; "no ve que los talones están completamente rotos y que lleva los pies por el
suelo?

-No te digo que no tengas razón, contesté, pero, dime: "sabes tú en dónde nos encontramos? "Sabes qué es lo que hacemos aquí?

Fin de Página 46

 

VOLUMEN XIII Página:

"Sabes por qué estamos aquí?
-Sí que lo sé.
-Dime, pues; "estoy soñando o es realidad lo que veo? Dime pronto algo.
-Esté tranquilo, replicó Buzzetti, que no sueña. Todo cuanto ve es realidad.

Fin de Página 46

 

VOLUMEN XIII Página: 47

Estamos en Roma, en el Vaticano. El Papa ha muerto. Y es tanta verdad que cuando quiera salir de aquí encontrará grandes dificultades
para lograrlo y no dará con la escalera.

Entonces yo me asomé a las puertas, a las ventanas y vi por todas partes casas en ruina y destruidas y las escaleras deshechas y
escombros por doquier.

-Ahora sí que me convenzo de que estoy soñando, dije; hace poco he estado en el Vaticano con el Papa y no había nada de todo esto.

-Estas ruinas, dijo Buzzetti, fueron producidas por un terremoto repentino que tendrá lugar después de la muerte del Papa, pues toda la
Iglesia se sentirá sacudida de una manera terrible al producirse su fallecimiento.

Yo no sabía qué decir, ni qué hacer. Quería bajar a toda costa del lugar donde me encontraba; hice la prueba, pero temí rodar a un
precipicio.

Con todo intentaba descender, pero unos me sujetaban por los brazos, otros por la ropa y un tal por los cabellos, con tanta fuerza que no
me permitía dar un paso. Yo entonces comencé a gritar:

-íAy, que me hace daño!

Y tan grande fue el dolor que sentí, que me desperté encontrándome en el lecho, en mi habitación.

El Siervo de Dios, aunque no se reservó para sí este sueño singular, prohibió a los Directores que hablasen de él, expresando así su
parecer de que por de pronto no se le debía dar importancia alguna. Pero se comprobó de allí a un año, que no se trataba de un sueño
ordinario;
en efecto, en las primeras horas de la noche del 6 al 7 de febrero, el gran Pontífice Pío IX, después de una rápida enfermedad, entregó su
bella alma al Señor.
47

Fin de Página 47

 

VOLUMEN XIII Página: 48

((45)
)

CAPITULO II

EL ASUNTO DE LOS CONCEPTINOS

DESPUES de la primera fase, abundante en buenas promesas 1, la cuestión de los Conceptinos se fue embrollando cada vez más. Hubo
quien consideró como un grave desaire al clero romano acudir a la intervención de un sacerdote forastero para la dirección y
reestructuración de un Instituto en la ciudad de Roma, como si no hubiese en Roma sacerdotes ni órdenes religiosas capaces de ello.
Parecidas quejas llegaron a conocimiento del Papa reiteradamente y en forma casi oficial.

A las oposiciones externas se añadieron dificultades y resistencias internas. La gestión del Instituto iba tan mal que las autoridades
civiles querían quitar a los Conceptinos el Hospital del Espíritu Santo. El mismo príncipe Borghese, que era el delegado seglar, llegó a
decir:

-Me cuentan que don Bosco hace milagros; y yo no lo creo, pero, si arregla el asunto de los Conceptinos, sera el mayor de los milagros.

Efectivamente reinaba allí un gran desorden. Algunos Hermanos no habían sido admitidos ni a la primera comunión; muchos no
recibían los sacramentos hacía años; se iba perdiendo poco a poco toda idea de vida religiosa a pesar del habito que llevaban. Ademas se
habían difundido tantas y tan malas voces en torno a don Bosco, que casi todos le tenían mucho miedo.

((46)) Durante el mes de enero los visitó varias veces, les celebró la misa, comió en su compañía y así vio, oyó y habló; con la gracia de
Dios parecía que todo estaba camino de arreglarse. La mayoría pidió enseguida confesarse y empezó a frecuentar los sacramentos. Pero
quedaba todavía mucho por hacer; había que dar tiempo al tiempo y proceder con lentitud y cautela. De todos modos cuando el Padre
Santo conoció los primeros resultados, quedó tan satisfecho y contento que casi no cabía en sí de gozo.

Pero el pensamiento del desaire sacaba continuamente de sus casillas a algunos. Se presentó al Papa una comisión, introducida por un
alto prelado, para sugerirle que confiase la dirección a los jesuitas. El Padre Santo, muy disgustado, observó bondadosamente que, si
aquella

1 Véase: Volumen XII, págs. 420 y sigts.
48

Fin de Página 48

 

VOLUMEN XIII Página: 49

mañana hubiese él enviado los jesuitas al Espíritu Santo, toda una turba de gente de la cáscara amarga habría revuelto el Hospital antes de
cerrarse el día, pidiendo frenéticamente la expulsión de los Padres, y también se dignó añadir que, puesto que los salesianos habían dado
una buena prueba, no se veía la necesidad de llamar a otros.

-Id, dijo después al Prelado, y decid vos mismo a don Bosco que estoy contento de él; decidle que lleve él la dirección y que mande
venir pronto a sus hijos. Es más; quiero que cada salesiano reciba su sueldo de la administración del Instituto y se le provea de todo lo
necesario.

El Padre Santo ya había dicho también a persona de su confianza:

-íBuscan todos los medios para hacerme quedar mal! íEl pobre don Bosco es generoso y hace todo lo que puede!

Y no paró ahí el Papa. Para evitar que maledicencias, entremetimiento o molestias de cualquier clase enredaran la obra del Beato,
estableció que el Director salesiano de los Conceptinos dependiera directamente del Papa y que, una vez al mes, acudiese normalmente a
audiencia.

Don Bosco se alegró muchísimo de esta disposición por el provecho que de ella podía sacar la Congregación para la gestión de sus
asuntos.

El deus ex machina 1 que movía todo esto era monseñor ((47)) Fiorani, comendador del Espíritu Santo. Ante cualquier motivo,
manifestaba cada día más algunas de sus opiniones personales que no se conciliaban con las intenciones manifestadas por el Papa. Su
punto capital radicaba en que debía haber dos dirigentes con el título de Visitadores Apostólicos, uno en la persona de don Bosco para lo
espiritual y otro en la de Monseñor para lo material. "Pero cómo hubiese podido vivir una familia de tal suerte, con dos cabezas? Don
Bosco estaba convencido de que la reforma del Instituto de aquella manera era como querer escribir en el agua. Quería hablar seriamente
de ello con el Papa; pero ya no le fue posible obtener audiencia, de modo que hubo de resignarse a concluir las negociaciones por medio
del mismo monseñor Fiorani. En definitiva, éste le notificó que era voluntad del Papa que se llegase a la conclusión de aquella división
de poderes. Cuando don Bosco oyó esto se calló y aceptó el experimento.

Decimos experimento, porque él consideró siempre como transitorio tal estado de cosas, ya que por lo menos lo creía ineficaz para el

1 Locución latina, para señalar, en sentido figurado, a una persona capaz de resolver situaciones difíciles y complejas. (N. del T.)
49

Fin de Página 49

 

VOLUMEN XIII Página: 50

fin que el Papa pretendía. Así se lo dijo también a don Julio Barberis, el cual recogió sus palabras en la crónica, con fecha primero de
mayo:

-Cuando se me habló en Roma por vez primera de los Conceptinos, inmediatamente dije que, para lograr el intento, era necesario que
los conceptinos se fundieran con los salesianos, manteniendo ellos solos su finalidad de Hospitalarios. Como el Papa aprobó este
pensamiento, redacté un proyecto que fue de su agrado. Surgieron después diversos conflictos, diversos enredos y hubo que templar la
fuerza de las cosas; pero estas modificaciones sólo se redactaron para un momentáneo arreglo; todavía está en pie mi primer plan
aprobado por el Papa.

Así, pues, se concertó el experimento con un decreto que la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, en nombre del Padre Santo,
publicó el 6 de febrero de 1877. El decreto contenía siete artículos: 1.° Don Bosco quedaba nombrado Visitador Apostólico de por vida,
sólo para lo espiritual; sus sucesores ad nutum de la Santa Sede, mas no de por vida. 2.° Monseñor Fiorani quedaba nombrado ((48))
Visitador Apostólico para lo material, por un tiempo determinado, lo mismo que sus sucesores. 3.° Quedaba suspendida la jurisdicción
del Superior General de los Conceptinos. 4.° Los dos Visitadores estaban autorizados para subdelegar y hacer sus veces respectivamente
a un salesiano y a un eclesiástico del clero secular o regular. 5.° El Visitador de lo espiritual quedaba obligado a destinar un salesiano
para la dirección espiritual de los profesos y otro salesiano para la de los novicios, según las constituciones de los conceptinos, que
debían permanecer sin cambio. 6.° El Visitador de lo material estaba autorizado, de acuerdo con el Visitador de lo espiritual, para
proceder a la admisión de postulantes, para la toma de hábito de los novicios y el despido de los que no se consideraran aptos para el
Instituto; estaba además autorizado, siempre de acuerdo con el otro visitador, a tomar las medidas para la asignación y renovación de los
cargos. 7.° Enviar relación trienal a la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares por parte de los dos Visitadores 1.

La situación que se creó con este decreto fue la descrita por el Beato en el sobredicho coloquio:

-Por ahora está establecido que don Bosco mande en todo lo que se refiere al bien de las almas y al progreso de la Congregación.
Monseñor Fiorani sería el jefe material de la misma. Habría además un síndico, como ellos lo llaman, o proveedor general, que se
enriquece

1 Véase apéndice, doc. 2.
50

Fin de Página 50

 

VOLUMEN XIII Página: 51

a sus espaldas, para hacer todas las compras al por mayor y revender al por menor. Habría todavía un director general elegido entre ellos
mismos. Con tantos superiores no creo que ellos sepan a quién tienen que obedecer, y con este régimen no veo la manera de que pueda
prosperar esa congregación. Se trata ahora de llevar paso a paso a los conceptinos a ser verdaderos salesianos, observando nuestras Reglas
y, en cuanto al modo de cumplirlas, sirviéndose de las suyas como de manual práctico. Pero ellos, instigados por algunos capuchinos y
por los síndicos que viven a sus expensas, movidos por mil voces que corren, quisieran conservar su autonomía. También ((49))
monseñor Fiorani, que había escrito una y otra vez que con pocas palabras quedaría arreglado el asunto, al ver mi ánimo decidido, daba
largas a las negociaciones. Pero no se habría llegado a ninguna conclusión y a saber cuánto tiempo habrían durado las gestiones, si yo no
hubiese ido a decirles que necesitaba marcharme y que efectivamente me marcharía, aun cuando no estuviesen arregladas las cosas. Hasta
ahora, no hay nada nuevo; pero nosotros debemos tender a la meta, recomendando en general la obediencia a los superiores, sin
especificar a ninguno.

A principios del verano llegó a Turín una prueba de los aires que soplaban en el Instituto. Un conceptino, el hermano Pedro, causaba
graves trastornos a la comunidad con su pésima conducta. Como era asunto de su competencia, don Bosco se lo hizo enviar a Turín para
amonestarlo. Acudió el hermano, sin saber concretamente el motivo de la llamada. En cuanto llegó a Turín, se enteró de qué se trataba,
montó en cólera y volvió inmediatamente a Roma.

Pero volvamos ahora unos meses atrás. Por febrero se levantó en torno al fundador de los conceptinos una polémica, que atizaba el
fuego de la discordia en los hermanos, entre los partidarios y los contrarios a la nueva dirección, que venía a substituir la de los
capuchinos. Nació ésta con motivo de un artículo enviado por un corresponsal de Roma a la Unità Cattolica, en cuyo número, del 28 de
enero, se leía, con el título "Don Bosco y los Conceptinos": "Hace unas semanas que se habla mucho entre nosotros sobre don Bosco y
los conceptinos, por lo que me parece oportuno exponer el tema y rectificar algunas noticias inexactas o tal vez perjudiciales, que pueden
difundirse. Llámanse Conceptinos los Hermanos Hospitalarios de María Inmaculada, cuya finalidad es la asistencia a los enfermos,
prestándoles los más humildes servicios. Fueron fundados por un tal Cipriano Pezzini, de Cremona, en 1854 en honor de la Inmaculada
Concepción y desde su comienzo fueron atendidos, cuidados y consolidados por el padre capuchino
51

Fin de Página 51

 

VOLUMEN XIII Página: 52

Juan Bautista Taggiasco, de Génova. Su casa madre ha sido siempre el hospital del Espíritu Santo en Roma, y como no hay ((50))
sacerdotes entre ellos, es más, están apartados de los estudios clásicos y literarios, su dirección espiritual fue confiada por regla a los
reverendísimos padres capuchinos. Pero, a causa de los tiempos que corren y ante las incesantes peticiones que se hacían en varios
hospitales para tener conceptinos, no se había podido establecer un verdadero noviciado y, por consiguiente, tampoco una observancia
regular de sus constituciones. Dado que la situación del momento en las órdenes religiosas no permite a los capuchinos prestar la
necesaria asistencia, el Instituto de los Conceptinos se iba deshaciendo. El Padre Santo, que siempre vio con benevolencia este Instituto
por el gran bien que puede prestar, especialmente cuando los enfermos se encuentran en peligro de muerte, quiso convertirse en su
protector. Mandó llamar a don Bosco y le expuso su deseo con respecto a la organización de estos Hijos de María Inmaculada,
indicándole también que él, el Padre Santo, había mandado construir expresamente una casa en la plaza Mastai destinada a noviciado de
los conceptinos. Don Bosco aceptó de buen grado la propuesta de Su Santidad, con el nombre de Visitador Apostólico ad vitam, con
plenos poderes, y por medio de algunos sacerdotes salesianos se cuidará de organizar el ansiado noviciado y la vida común, con lo que el
nuevo Instituto podrá alcanzar la nunca bastante alabada finalidad, de aliviar moral y corporalmente a la doliente humanidad,
particularmente en los últimos momentos de la vida".

El padre Valentín de San Remo, capuchino, que había sido director de los conceptinos, al leer este artículo, se indignó y lo calificó de
"falso de punta a cabo, excepto donde habla de las atenciones del Padre Santo en favor del Instituto". Envió, pues, enseguida desde
Anagni, al director del periódico turinés, una enérgica protesta, acompañándola con una rectificación escrita "de puño y letra, decía, por
el padre Juan Bautista Taggiasco" su hermano residente en Roma, en Sette Sale, y presentándole como "verdadero y real fundador de los
conceptinos". Se quería de esta manera contestar "al falso artículo" y "resarcir ((51)) el denigrado honor de la Orden Capuchina y poner
en claro un hecho notorio" a cuantos tenían en Roma "relación con el Gran Hospital del Espíritu Santo". Pero L'Unità Cattolica, en
atención a don Bosco, que había redactado el anterior artículo, fundándose en datos recogidos entre los conceptinos más antiguos 1, se
negó a

1 Así lo afirma don Joaquín Berto en una nota manuscrita que se conserva en nuestros archivos. Dice también, que él estuvo presente
mientras se compiló.
52

Fin de Página 52

 

VOLUMEN XIII Página: 53

imprimir el escrito del padre Valentín, el cual lo publicó en una revista franciscana 1. Según su versión, los conceptinos habían sido
fundados en 1857 por dicho padre Taggiasco, ayudado por otros hermanos suyos, para substituir con enfermeros religiosos la asistencia
dada a los enfermos por los seglares. Para confirmación de su tesis aportaba una declaración análoga del hermano conceptino Crispín de
Roma, cuyo testimonio, sin embargo, es declarado como muy sospechoso por el secretario de don Bosco, por motivos que no vale la pena
referir aquí.

Pero en nuestros archivos existe también otra declaración autógrafa del primer cronista de los conceptinos, el cual vistió el hábito en
1858 y comenzó a escribir la crónica del Instituto en 1860. Pues bien, con fecha 23 de noviembre de 1876, declaraba éste y afirmaba
"como pura verdad, dispuesto a confirmarla aun con juramento", que él había contado la historia de los orígenes "bajo la inspiración e
influencia" de los padres capuchinos, que eran entonces directores de los Hermanos Hospitalarios, ignorando los primeros antecedentes
habidos entre el padre Juan Bautista y el joven Cipriano Pezzini, de Cremona, a quien había reconocido después por el único, primero y
verdadero autor. Después de lo cual sigue diciendo: "Por lo cual, así como confirmo todo lo que es posterior a mi ingreso en el Instituto,
de la misma manera declaro inverosímil, o a lo menos dudoso, lo que concierne a lo anterior". Don Bosco, pues, estaba bien informado.

Esta controversia no tuvo consecuencia, quizá porque ((52)) don Bosco, fiel a su método de prestar oídos de mercader a lo que se dice
de uno, no se entremetió en el debate ni por sí ni por medio de otros.

A primeros de marzo monseñor Fiorani, valiéndose de la facultad que le confería el decreto del 6 de febrero para asignar los cargos del
personal, después de consultar con el Siervo de Dios, llamó al hermano Luis María Monti, milanés, para que aceptara el cargo de
Superior del Instituto. Era éste un conceptino de buen espíritu y miembro de la familia religiosa desde sus comienzos. Su primer acto fue
presentar sus respetos a don Bosco, manifestándole su agradecimiento por el gran bien que prestaba al Instituto y por consiguiente a sus
pobres hermanos conceptinos.

Después comunicaba su ánimo con estos afectuosos sentimientos: "No tenemos ciertamente palabras suficientes para agradecer a
Vuestra Rvma. Paternidad la obra que presta para mejorar nuestra condición; y no tenemos con qué compensarle; pero tendrá la eterna
retribución de Dios y de nuestra Madre Inmaculada. Hasta ahora no he

1 Véase: Eco di S. Francesco d'Assisi, 28 de febrero de 1877.
53

Fin de Página 53

 

VOLUMEN XIII Página: 54

tenido la dicha de poderle conocer, pero reconozco al Padre por las obras del Hijo" 1. Y entendía referirse al director don José Scappini.

El nuevo Superior sufrió muchas tribulaciones durante los dos primeros meses. Ya no se podían ocultar tantos desórdenes al público, el
cual quedaba escandalizado. Hubo que despedir del Instituto a ocho hermanos y a unos veinte empleados. Extirpado lo peor de la cizaña,
comenzóse a gozar algo de paz. Merece alabanza el hecho de que, para cada medida de esta clase, no movía una paja sin aconsejarse
antes con el director espiritual don José Scappini. Pero iban apareciendo en el camino desagradables obstáculos que impedían al Instituto
renacer y volver a florecer. Algunos hermanos, a través de cautelosos manejos con influyentes personalidades externas, creaban continuos
estorbos so apariencia de celo. Monseñor Fiorani se dejaba llevar al retortero por un criado suyo, a quien prestaba demasiada fe, y por
algún otro, que, aunque tenía buena intención, ((53)) carecía de buen criterio y acababa por hacer ver lo blanco negro, proporcionando
grandes disgustos al pobre don José Scappini. Este, por su parte, aunque sufriendo lo suyo, tenía que dar ánimos al hermano Monti, que,
atribulado también, sólo encontraba apoyo en él. "Debo agradecer, le repetía a don Bosco 2, a vuestra paternidad el bien que de usted
recibo y reciben mis hermanos de la persona de don José, nuestro óptimo director y copia ejemplar del Padre".

No queremos dejar en el olvido una frase del Beato que resulta oportuno recordar aquí, aun cuando la profiriera en otra ocasión. Se la
dijo al coadjutor Barale, cuya fiel cooperación tanto apreciaba el buen Padre. Preguntó un día Barale a don Bosco si, ante las graves
dificultades del presente y las amenazadoras incógnitas del futuro, no pensaba deshacerse de la fábrica de papel adquirida en Mathi, y el
Siervo de Dios le cerró la boca contestando resueltamente:

-Cuando don Bosco ha puesto la mano en una empresa, no es hombre para pararse a mitad de camino.

"No es una prueba de ello el asunto de los Conceptinos? Habíase comprometido al famoso experimento contra su voluntad, si es lícito
pensar así, pues juzgaba que era expediente ineficaz; pero se había comprometido y empeñado de aquel modo y desarrollaba en aquel
sentido lealmente su actuación sin echar pie atrás, ni moderar la marcha ante las contrariedades que le venían del desacertado sistema y, al
mismo tiempo, sin perder de vista la forma de solución que él creía

1 Véase Apéndice, doc. 3.

2 Véase Apéndice, doc. 4.
54

Fin de Página 54

 

VOLUMEN XIII Página: 55

la más adecuada para lograr el intento y la más conforme con el deseo del Papa. Helo, pues, por tercera vez, en el breve lapso de menos
de ocho meses, cansarse, estrujarse el cerebro y, digámoslo también, sufrir en Roma para hacer seriamente el bien que Pío IX quería. Pero
también en esto actuó con suma prudencia.

Se preparaban en Roma para primeros de junio grandes festejos en honor de Pío IX, que celebraba su jubileo ((54)) episcopal. Don
Bosco quiso que la Congregación estuviese allí representada. Determinó, pues, enviar con tal misión, a la ciudad eterna, a don José
Lazzero y a don Julio Barberis; pero, sin dejar traslucir que iban delante de él para el mismo fin, quiso que hiciesen un viaje y dos
servicios. Por motivos de economía comenzó por pedir a monseñor Fiorani que diese hospedaje a sus dos enviados en la casa de los
conceptinos; pero más que ahorrar en gastos, pretendía obtener que los dos tuviesen entera libertad para hablar con don José Scappini y
conocer directamente cómo iban allí las cosas.

Luego vino lo mejor. Después de decir a Monseñor que sus dos representantes eran el director de la casa madre y el director del
noviciado salesiano, le proponía que los pusiera en relación con aquellos religiosos y se sirviera libremente de su cooperación, si creyese
oportuno valerse de ella para algo; más aún, si por acaso los conceptinos no hubieran hecho todavía los ejercicios espirituales, "no
podrían predicarlos sus dos sacerdotes?

Monseñor conferenció sobre este particular con don José Scappini y le pareció una propuesta óptima. Don José Scappini, que comunicó
la respuesta a don Bosco, aseguró por su parte que no se podía hacer mejor elección y que esperaban ansiosamente a los dos. Salieron de
Turín el 28 de mayo. Terminadas las fiestas jubilares, predicaron sus ejercicios:

"Los ejercicios, escribió uno de los predicadores 1, resultaron mejor de lo que ellos y nosotros esperábamos. Hoy, por ser el último día
y la clausura de los mismos, hemos comido todos juntos en el hospital del Espíritu Santo, fue realmente una fiesta de familia. Los
conceptinos nos quieren bien, no hay duda; harían por nosotros cualquier sacrificio; pero, íay, si se tocase su autonomía! Por lo tanto, sus
cosas, con respecto a nosotros, seguirán todavía en el porvenir en el statu quo".

Cuando esta carta salía de Roma, hacía nueve días que estaba allí don Bosco. Había ido en compañía del Arzobispo de Buenos Aires,
llegado a Europa a la cabeza de la peregrinación ((55)) argentina. Pero

1 Carta de don José Lazzero a don Miguel Rúa; Roma, 13 de junio de 1877.
55

Fin de Página 55

 

VOLUMEN XIII Página: 56

el Beato, así que llegó a Roma, parecía que no estaba allí más que para los conceptinos.

Entre otras cosas escribió un largo memorial para el Padre Santo, a quien quiso dar cuenta de los inconvenientes causados con el
arreglo que se había preferido dar al Instituto, insistiendo en la necesidad de volver al primer plan. Hizo que don José Scappini y los otros
dos leyeran el escrito, lo discutió ampliamente con ellos, y lo perfeccionó y retocó hasta que les pareció bien.

El Papa estaba muy ocupado con el jubileo; numerosos obispos esperaban audiencia. Sin embargo, supo don Bosco que se quejaba de
él porque no iba a hablarle de los conceptinos. "Pero "cómo llegar hasta él?", se preguntaba a sí mismo, en carta a don Miguel Rúa 1.

El 10 de junio tomó parte en una audiencia pública; cuando dio el Papa su vuelta ante el público y llegó a él, don Bosco le pidió unos
minutos para hablarle privadamente y Pío IX le contestó:

-Os oiré con mucho gusto; tened paciencia hasta que se calme la oleada de peregrinos y os pueda encontrar un instante de tiempo.

Don Bosco presentó una instancia escrita solicitando una audiencia privada, pero en vano aguardó respuesta. Así las cosas, dado que no
podía prolongar demasiado su estancia en Roma, y que no lograba presentar personalmente su relación al Papa, la entregó al Cardenal
Vicario, para que se la remitiese en el tiempo y de la manera más oportuna. Y, sin esperar más, se volvió a casa.

Eran dos las partes más importantes de esta relación: una, la enumeración de los males existentes en el Instituto de los Conceptinos; y la
otra, la propuesta de medidas encaminadas a eliminarlos en lo sucesivo. De cinco cosas se lamentaba especialmente don Bosco: 1.° La
falta de noviciado regular. 2.° La persuasión que había en los hermanos de que sabían gobernarse por sí mismos, aun cuando no tenían
conocimientos ni experiencia de lo que es el gobierno de una sociedad religiosa. 3.° El excesivo número de superiores, que, al mandar
cada uno por su cuenta, ((56)) sin previo acuerdo, se estorbaban unos a otros. 4.° La ausencia de votos y la falta de preparación general
para emitirlos; de donde nacían los altercados y amenazas recíprocas, la insubordinación contra los superiores, las deserciones del
Instituto. 5.° En el caso de una eventual profesión religiosa, incertidumbre sobre el superior a quien hacer los votos y sobre las Reglas
según las cuales se hacían.

Cinco eran también las principales medidas que urgía tomar, si se quería poner remedio duradero: 1.ª Establecer un noviciado, pero
lejos

1 Carta del 8 de junio de 1877, desde Roma.
56

Fin de Página 56

 

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del Hospital del Espíritu Santo. 2.ª Hacer la profesión religiosa según las Constituciones salesianas. 3.ª No. aceptar hospitales en los que
los hermanos tuviesen que trabajar junto con mujeres, a no ser que estuviesen total y rigurosamente separadas las habitaciones. 4.ª Evitar
la necesidad de tener que emplear enfermeros seglares. 5.ª Absoluta unidad de mando.

El Beato terminaba su exposición ofreciendo al Padre Santo los más humildes y voluntariosos servicios por parte de los salesianos en
todas las cosas, en que entonces y en lo sucesivo pluguiese a Su Santidad emplearlos 1.

El Padre Santo sopesó la gravedad y alcance del documento. Como quería que los conceptinos alcanzasen el fin de su institución y no
podía examinar directamente el problema, designó para este cometido al cardenal Randi y dio cuenta de ello a don Bosco el 20 de junio a
través del cardenal Simeoni, Secretario de Estado 2. El cardenal Randi vio el memorial de don Bosco y puso su atención principalmente
en los puntos donde se echaba de ver que don Bosco se sentía incómodo en la ejecución de su encargo por falta de independencia.

Leyó el decreto del 6 de febrero y hubo de reconocer que en realidad no estaban claramente determinadas en él las atribuciones del
Visitador Espiritual y que, en la práctica, daba lugar a dificultades no previstas en un principio; por consiguiente, consideró oportuno que
se hicieran declaraciones más explícitas para excluir toda duda y cerrar ((57)) la puerta a eventuales conflictos. Conferenció también
sobre la economía con el otro Visitador: éste le dio las aclaraciones del caso y le aseguró que él, personalmente, no había puesto nunca
dificultades, ni tenía intención de presentarlas en lo sucesivo, para la actuación del Visitador Espiritual. Dirigióse después el Cardenal a
don Bosco y le rogó que le manifestara su "valioso sentir" en cuanto a este particular y que le indicara, además, las observaciones que
creyere oportuno aducir.

La carta no podía estar escrita en términos más elogiosos para don Bosco. Mas el Beato no pudo responder con la solicitud deseada
porque durante aquellos días acompañaba al Arzobispo de Buenos Aires por Liguria y por Francia. Ello ocasionó una réplica de Su
Eminencia, que, al ver lo mucho que al Padre Santo interesaba el rápido arreglo del asunto, acuciaba a don Bosco para que notificara
rápidamente sus observaciones definitivas.

1 Véase Apéndice, doc. 5.

2 Véase Apéndice, doc. 6.
57

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A más de esto el director don José Scappini cayó enfermo con fiebres palúdicas, caso relativamente frecuente en los forasteros que iban
a vivir en Roma, antes de que las aguas del Tíber estuviesen canalizadas, y hacía unas semanas que había marchado al Piamonte para
respirar los aires de la tierra natal. En consecuencia pedía también el Cardenal a don Bosco que enviara pronto al que destinase para
substituirlo 1. En cuanto le fue posible, el Siervo de Dios contestó remachando el concepto que había informado su plan desde el
principio de las negociaciones y al que no encontraba ninguna razón para renunciar.

Eminencia Reverendísima:

Convencido de que V. E. se dignará conceder benévolo perdón a mi retraso, cumplo mi deber de contestar a sus veneradas cartas sobre
los hermanos Hospitalarios de la Inmaculada, comúnmente llamados Conceptinos. Para mejor expresar mi pensamiento creo oportuno
considerar las cosas desde su principio.

Era en noviembre del año pasado, 1876, cuando el Padre Santo se dignaba llamarme por medio del eminentísimo cardenal Bilio. Fui a
Roma y Su Santidad me habló ((58)) de la reorganización, que deseaba dar a los Conceptinos. De muy buen grado acepté la propuesta;
pero, a fin de que su voluntad fuese fielmente cumplida, le supliqué tuviese a bien dármela por escrito, y esto se hizo con el Rescripto del
15 de noviembre del mismo año. Me dediqué a hacer los estudios oportunos y, de acuerdo con el mencionado Rescripto, pude presentar a
Su Santidad, después de mes y medio, las bases sobre las que me parecía se podía fundar la proyectada reorganización. Todo agradó a Su
Santidad, y Su Excelencia monseñor Fiorani me notificaba que todo marchaba bien, y que ya no se necesitaba más que una breve
conversación para empezar definitivamente la obra, y que, al ir a Roma, llevara conmigo por lo menos un sacerdote, que se encargase
enseguida de la dirección de los conceptinos.

Pero comenzóse entonces a hablar de modificaciones y dejar poco más o menos las cosas como se encontraban antes. Entoncés quise
hablar con el Padre Santo, quien verbalmente confirmó cuanto se contenía en el mencionado Rescripto. No pude tener el honor de saludar
después a Su Santidad, y hube de exponer siempre las cosas por medio de monseñor Fiorani, el cual siguió pensando que era mejor
designar al que esto escribe como Visitador Apostólico de lo espiritual y a dicho Monseñor de lo material. Parecíame difícil que los dos
jefes de una misma familia pudiesen tener un mando uniforme que agradara a todos. Pero, habiéndome dicho que ésta era la voluntad del
Padre Santo, yo me callé y acepté la prueba, en la que, sin embargo, desde el principio preveía muchas dificultades, como ya he tenido el
honor de exponer en el memorial presentado al Padre Santo, que supongo habrá llegado a manos de V. E. Rvma. Ruégole advierta que no
presenté ese memorial a escondidas, sino únicamente porque no pude hablar personalmente con el Padre Santo.

Ahora bien, considerado el estado de los conceptinos, como Visitador Apostólico, no sabría proponer más que lo que he señalado en el
memorial mencionado. Por lo tanto, la medida segura, estable, definitiva, a mi entender, es la que estableció desde

1 Véase Apéndice, doc. 7, cartas A y B.
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el principio la iluminada sabiduría del Padre Santo. Mas, si se quiere intentar otro procedimiento, sería éste confiar la antigua dirección
de los conceptinos a Su Excelencia el Comendador del Espíritu Santo, y los salesianos, como capellanes, se prestarían únicamente a
llevar la parte espiritual de catecismo, predicación, confesiones y celebración de la santa misa en favor del Instituto. Pero en este caso los
salesianos no tendrían ninguna responsabilidad material ni moral; vivirían separados de los conceptinos y acudirían a ellos sólo para lo
que concierne a los deberes espirituales de los mismos. Este último pensamiento encontraría alguna facilidad para su actuación, porque
como los salesianos tienen que abrir una pequeña casa para los que están de paso o que por algún asunto deben permanecer en Roma,
pueden hospedar también aquí a los sacerdotes destinados a los conceptinos.

Expuesta con toda sinceridad mi manera de ver, espero ahora la ((59)) caridad de sus reflexiones. Si de todos modos fuesen otros los
deseos del Padre Santo, yo no haría la más mínima observación y todos los salesianos se atendrán unánimes a la venerada voluntad de
nuestro bienhechor Pío IX.

He podido hablar con don José Scappini, que pasó mal algunos días con las fiebres habidas. Parece que está mejor, y dentro de unos
días, si veo que no puede ir él mismo, destinaré a otro sacerdote, al menos para el servicio religioso de los conceptinos.

Turín, 7 de agosto de 1877.

Su atento y s. s.
JUAN BOSCO, Pbro.

Desde luego no podía oponerse el Padre Santo a una revisión del decreto de 6 de febrero, en el sentido propuesto por don Bosco, puesto
que de esta manera se cumplían mejor las reales intenciones pontificias. Este es el motivo por el que el cardenal Randi rogó al Beato que
se trasladase de nuevo a Roma o diese las instrucciones y facultades necesarias al salesiano destinado a asumir la dirección de los
conceptinos. La presencia de este salesiano en Roma era muy urgente, ya fuera porque sin él quedaban descuidadas las prácticas
religiosas del Instituto, ya fuera también porque era necesario preparar con oportunas instrucciones a los miembros, reconocidos dignos
para emitir los votos en la fiesta de la Inmaculada 1. La respuesta pronta y clara del Beato fijaba de manera inequívoca y definitiva su
pensamiento sobre ello.

Eminencia Reverendísima:

Como V. E. Rvma. se digna comunicar, sería necesario que ciertos asuntos se tratasen personalmente. Y yo precisamente no me he
expresado lo suficientemente bien en mi carta. Yo quería sencillamente decir que, si se quiere tomar una medida estable, es necesario que
los conceptinos sean agregados a un Instituto reconocido y

1 Véase Apéndice, doc. 7, carta C.
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aprobado por la Santa Sede. Manténgase el hábito, el nombre, el fin y todas las Reglas necesarias para alcanzar la finalidad de los
conceptinos. Esta fue siempre mi manera de ver para asegurar una existencia segura, que no se aparte de la observancia de sus propias
Constituciones. Me parece ser éste el sentido del Rescripto del 17 de noviembre de 1876.

En el caso en que, como nota V. E., se quisiera mantener firme la regular y ((60)) distinta existencia del Instituto y la continuación del
servicio en los actuales establecimientos, creo conveniente se ponga como base que una persona, de la plena confianza de Su Santidad,
asuma esta administración tanto en lo espiritual como en lo temporal. Y sea ella la responsable de todo. Los salesianos, por su parte,
serían capellanes, e irían únicamente al Instituto para ejercer su ministerio religioso, sin injerirse en las cosas internas. En esta segunda
hipótesis los salesianos pueden ser dirigidos y, cuando fuese necesario, corregidos por su superior, que podría ejercer libremente su
autoridad y tener seguridad de que aquéllos cumplan sus deberes.

Me alegro ahora poderle comunicar que don José Scappini se ha repuesto algún tanto y ha vuelto aquí a Turín. El cree que podrá
encontrarse en Roma, y por consiguiente con V. E., antes de terminar este mes o, a más tardar, a primeros de septiembre. Yo le daré todas
las facultades especialmente con V. E., hacia quien guardamos todos afecto y confianza ilimitada. Creo que podrán resolver
personalmente todas las dificultades que puedan presentarse al caso. Iré pronto yo mismo, pero ando un poquito delicado de salud y,
aunque puedo trabajar algo en cosas de escritorio, sin salir de la habitación, no puedo ponerme en viaje.

V. E. por su parte hágame esta gran caridad: déme su santa bendición y ruegue también por mí y por esta nuestra congregación, para
que en la multitud de cosas que la Divina Providencia nos presenta y quiere que hagamos, podamos elegir y llevar a cabo las que son para
mayor gloria de Dios. Por nuestra parte, dentro de nuestra pequeñez, no dejaremos de elevar a Dios especiales oraciones por la preciosa
conservación de V. E., de quien tengo el alto honor de poderme profesar en N. S. J. C.
Turín, 18 de agosto de 1877.

Su atto. y s. s.
JUAN BOSCO, Pbro.

Mas no eran del mismo parecer monseñor Fiorani ni el cardenal Randi, contrarios los dos a la injerencia de los salesianos en la
dirección de los conceptinos. Don José Scappini, ya recuperado, estaba a punto de partir y había avisado al hermano Monti, cuando éste,
en nombre de monseñor Fiorani, le escribió que no se moviera, pues tal vez sería inútil su vuelta.

Cuando el Siervo de Dios recibió esta noticia quedó estupefacto.
Suplicó sin tardanza al Cardenal que tuviera a bien explicar el enigma 1.
Así supo ((61)) que la reforma de los conceptinos sería confiada temporalmente a eclesiásticos de Roma bajo la dependencia del Cardenal
Vicario. El cardenal Randi reprobó la apresurada comunicación, hecha

1 La carta del Beato fue escrita el 19 de septiembre; pero no poseemos el texto.
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a don Bosco de forma tan impropia y antes de que las cosas estuviesen sólidamente concertadas 1; pero no se volvió atrás, y don Bosco
recibió este tan poco envidiable certificado de buen servicio a cambio de todo el celo que había puesto en el asunto de los conceptinos. Se
comprenderá mejor la causa de todo esto cuando se conozcan a fondo los manejos de sus adversarios. De momento, el mejor epílogo
puede ser esta carta de nuestro Beato al cardenal Luis Bilio; al que había dicho a don Bosco la primera palabra sobre este asunto, dirigía
don Bosco la que fue su última palabra.

Eminencia Reverendísima:

Vuestra E. Rvma., que desde el principio tuvo gran parte en mi intervención para la dirección de los Hermanos Hospitalarios, llamados
Conceptinos, está sin duda en condiciones de poder conocer y apreciar el estado de las cosas, que brevemente compendio.

La voluntad del Padre Santo se dignó, por medio de V. E. Rvma., llamarme a hablar con El con las más afectuosas expresiones. Deseo,
me dijo, que os cuidéis de los Conceptinos, que tienen una misión sublime y pueden ayudar mucho a los enfermos a obtener una buena
muerte. Pero no debéis reformar o corregir, sino crear, o mejor, identificar las Constituciones de los conceptinos con las de los salesianos.
Aunque yo conocía la importancia y la delicadeza del encargo, sin embargo me consideré altamente honrado por poder emplearme según
los venerados deseos del Padre Santo y pedí a Su Santidad que únicamente se dignase expresarme por escrito su pensamiento para
meditarlo y llevarlo mejor a la práctica. Vea el rescripto del 7 de noviembre de 1876 en el párrafo señalado con el n.° 1.°

Tomando como base este rescripto puse manos a la obra, y en el plazo de un mes envié la idea general, que consistía en conservar
nombres, hábito y finalidad de los conceptinos, junto con todas las reglas que no estuviesen en contradicción con las de los salesianos.
Todo ello agradó al Padre Santo, y monseñor Fiorani me escribió que todo iba bien y que podía llevar conmigo un sacerdote. Pero, al
llegar a Roma, comenzaron las dificultades. La voluntad del Padre Santo me pareció siempre. la misma, mas monseñor Fiorani ((62))
decía que no era conveniente hacer es radicales y que únicamente era posible hacer una reforma moral; especialmente después de que Su
Santidad había dado a los conceptinos la enorme cantidad de doscientas mil liras; por consiguiente, a don Bosco se le debía conceder la
condición de Visitador Apostólico representado por el reverendo don José Scappini. No podía darme explicación de todo esto; hablé con
el Padre Santo que me repitió las palabras que había dicho y escrito anteriormente. Pero Monseñor reiteró que había que modificar el
rescripto de Su Santidad. Admití el cambio porque se me aseguró que tal era la voluntad soberana, con lo que don José Scappini se
convirtió en director de lo espiritual, quedando reservada para monseñor Fiorani toda autoridad en lo temporal y también en lo personal.

Continuando el estudio de las reglas conceptinas para llevarlas a la práctica, vi que no podía continuar aquel estado de cosas y, cuando
fui a Roma para el Jubileo

1 Véase Apéndice, doc. 6, carta D.
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del Padre Santo, me esforcé por obtener unos minutos de audiencia con Su Santidad. Hice la petición por escrito; el Padre Santo
manifestó en una audiencia pública el deseo de oírme, pero no me fue posible por la multitud de forasteros, que, al menos, deseaban ver
al Padre Santo. En aquel aprieto de tiempo y de asuntos el eminentísimo Cardenal Vicario me pidió noticias precisas sobre los
conceptinos y yo pensé entregarle el memorial que le acompañaba, rogándole lo hiciera llegar a manos del Padre Santo como creo que
haya hecho.

N.° 2. Algunos asuntos de urgencia me llamaron a toda prisa a Turín. Un mes después don José Scappini cayó en un estado de
postración de fuerzas por el que tuvo que volver a su tierra y guardar cama. Pero, antes de partir, proveyó al servicio religioso de los
conceptinos en la persona de un sacerdote, que debía hacer sus veces hasta su regreso.

Entretanto recibí la primera carta del cardenal Randi en la que me pedía aclaraciones y observaciones.

N.° 3. Si por acaso tuviera tiempo, podría ver aquí la carta del Eminentísimo Purpurado y mi respuesta. La conclusión era que, como
simples capellanes, podríamos prestar servicio, pero si el Padre Santo deseaba otra cosa, iríamos a lo que dispusiese. Mientras tanto don
José Scappini se recuperó de las obstinadas fiebres y se encontraba en condiciones de partir para Roma. Ya había avisado al superior de
los conceptinos, cuando recibió una carta del hermano Luis, en la que, en nombre de monseñor Fiorani, escribía que don José Scappini
suspendiera su ida a Roma, pues tal vez tendría que regresar enseguida, sin dar razón de ello. Esta carta está en manos del cardenal Randi.
Quedé extrañado; supliqué a Su Excelencia tuviera a bien decirme algo y, después de unos días, me dio respuesta con carta del 1.° de
octubre de 1877, en la que me comunica la disposición pontificia y desaprueba la manera como fue despedido don José Scappini.
Entonces tuve que suspender todas las gestiones con respecto a los conceptinos.

Espero ahora nuevas deliberaciones, y mientras tanto ocupo de otra manera a las personas destinadas a aquel fin. Pero en todos mis
escritos siempre me cuidé de notar al Padre Santo que todas sus intenciones, todos sus deseos, eran para los salesianos un mandato, que
con gozo cumpliríamos siempre y pronto.

((63)) Se han escrito algunas cartas confidenciales al eminentísimo cardenal Randi. Dentro de poco espero darme un paseo hasta Roma
y decir a V. E. lo que no conviene confiar al papel. Estoy sumamente agradecido por la bondad que nos dispensa e, invocando
humildemente su santa bendición, tengo el alto honor de poderme profesar de,

Vuestra Eminencia Reverendísima,

Turín, 29 de noviembre de 1877.

Su atto. y s. s.
JUAN BOSCO, Pbro.

Para conocer la historia completa del asunto, sería preciso saber también cuáles eran los detalles que la prudencia no permitía "confiar
al papel"; sin embargo, todo lector avisado se habrá dado cuenta de que hubo de haber enredos poco honestos, de los que don Bosco tuvo
por lo menos indicios, y que, a pesar de ello, procedió hasta el fin con la máxima rectitud, caridad y desinterés.
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Después de la muerte de Pío IX la Santa Sede no se desentendió del Instituto, sino que le concedió tuviera entre sus miembros un
número limitado de sacerdotes para la dirección espiritual de los hermanos y cooperó con otras saludables reformas a su reflorecimiento,
de suerte que hoy día honra grandemente a la Iglesia, al paso que va adquiriendo también insignes méritos ante la sociedad civil.

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((64))

CAPITULO III

LAS CONFERENCIAS ANUALES EN LA FIESTA DE SAN FRANCISCO

LA solemnidad de san Francisco de Sales en el Oratorio había sido trasladada al domingo 4 de febrero, para dar tiempo a don Bosco de
encontrarse presente. En efecto, llegó exactamente aquella misma mañana a eso de las ocho y media. Fue recibido al son de la banda de
música, entre el estruendo de los aplausos, los gritos de los vítores y las más entusiastas expresiones de júbilo. Por entre el tropel de
jóvenes que agasajaban al Padre, forcejeaban por abrirse paso y llegar hasta él los directores de las casas, llegados para las acostumbradas
conferencias de san Francisco. El buen Padre no se sentía nunca tan feliz como cuando se veía rodeado por la abigarrada multitud de sus
hijos del Oratorio, que porfiaban por manifestarle su afectuosa gratitud. Aquella tarde se celebró en el teatro una cordialísima velada en
su honor. Representantes de todo orden leyeron sus saludos, en los que expresaban de diversas formas la común alegría por el regreso del
Padre querido; después, los actores representaron un drama titulado La vocación de san Luis, cuya interpretación fue muy aplaudida.

El día 5 por la tarde se iniciaron las conferencias. La primera fue presidida por don Miguel Rúa. Se trató en ella del personal, de la
administración económica y de las nuevas fundaciones, temas, todos ellos, en los que no interesa detenernos aquí; haremos en cambio
alguna consideración sobre tres asuntos que presentan vertientes de interés general o histórico para la Congregación.

((65)) La expansión de la obra salesiana y el aumento de actividades hacían que cada vez le costara más a don Bosco atender al cuidado
individual, que con tanta eficacia se tomaba por los socios; temióse, en consecuencia, que podía decaer el espíritu de piedad, sobre todo
en los clérigos nuevos. Es un hecho incontestable que, con la influencia de don Bosco, se formaba año tras año un tipo de clérigos, cuya
generación se hubiera querido perpetuar; eran reflexivos, estudiosos, fervorosos en las prácticas de piedad y, al mismo tiempo, estaban
dispuestos a dedicarse a cualquier actividad, sólo con saber que era conforme al deseo de los Superiores; llevaban una vida recogida y
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activa a la par, que nosotros podríamos definir ahora como un reflejo de la misma espiritualidad de don Bosco. Los demás miraban a
semejantes modelos, que sobresalían entre los compañeros, con respetuosa y deferente admiración, porque ellos no se elevaban por
encima de la ordinaria regularidad y se sentían impulsados al bien con su ejemplo. El alma de esta formación y de esta vida era lo que
solíase llamar espíritu de piedad, es decir: gran frecuencia de los Sacramentos, amor a la oración, celo por el culto divino, ansia de la
palabra de Dios y de las buenas lecturas. Así, pues, los capitulares y los directores se preocuparon por la necesidad de alimentar este
espíritu en las diversas comunidades y especialmente en el corazón de los socios jóvenes, vigilando por descubrir a tiempo y desterrar con
prontitud las causas que pudieran entibiarlo.

El segundo tema se refería a los Hijos de María. No hemos hablado de esta obra en el volumen anterior, porque en el undécimo nos
adelantamos hasta más allá del año 1875, diciendo también lo referente al año siguiente. Después de lo que allí se contó, la providencial
institución, centralizada en el hospicio de Sampierdarena, se aproximaba al período de su plena lozanía. A medida que se difundía la
noticia de su existencia y actuación, llovían peticiones de todas partes, hasta cuando el curso escolar estaba ya bastante adelantado. Su
director, don Pablo Albera, ((66)) hubiera querido, para no entorpecer las clases, que después de las primeras semanas se suspendiesen las
aceptaciones hasta el fin del curso, pero, persuadido de la importancia que don Bosco daba a los progresos de la obra, deseaba no ir
contra sus intenciones. Y las intenciones de don Bosco eran en este punto muy distintas: él quería que se aceptasen todos los que pedían y
reunían las condiciones necesarias, sin atender al tiempo de su ingreso.

-Demasiado grandes, decía, son los resultados que se esperan de la obra, como para permitirse peligrosas demoras en la aceptación.

Sabido esto, la asamblea determinó que se añadiera en el programa un artículo para los que llegaban con retraso, en el que se dijera que
éstos entraban en la casa dispuestos a ocuparse en trabajos manuales, hasta que, mediante algunas lecciones preparatorias, hubiese un
cierto número de alumnos en condiciones de organizar una nueva clase, a la que entonces se daría un maestro regular.

Por último don Miguel Rúa comunicó a los presentes un deseo de don Bosco, que debía ser un mandato para todos ellos. Deseaba el
Siervo de Dios que se hiciera cada año en todos los colegios, al comenzar el curso, un triduo de predicación para disponer a los alumnos a
empezarlo bien. Así se les proporcionaría la manera de volver a organizar
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las ideas, a veces trastornadas en las vacaciones, y de atender con calma a las necesidades de sus almas. Así quedó establecido y así se
siguió practicando desde 1877 hasta el día de hoy, con inapreciable provecho para la disciplina, la moralidad y la aplicación a los
estudios.

El Beato asistió a la sesión de la mañana siguiente. Después de aprobar las decisiones de la tarde anterior, dio cuenta del
desenvolvimiento de la Congregación y examinó una serie de propuestas y planes, exponiendo los criterios que debían servir de norma
para juzgar en todo según su espíritu. En la intimidad de la reunión pudo hablar libremente, como en familia, del asunto de los
conceptinos, exponiendo las reales condiciones del Instituto y la marcha de las negociaciones hasta su salida de Roma.

((67)) Don Bosco se había opuesto siempre a aceptar edificios monásticos para transformarlos en colegios, porque le desagradaba
mucho dar con ello ocasión a que se dijera que unos religiosos echaban a otros religiosos; y, si en alguna rara ocasión se había tratado de
rescatar conventos de las manos de seglares, siempre quiso que el dueño mismo del local se entendiese con Roma para obtener las
necesarias licencias. En aquella ocasión, por el contrario, pronunció estas precisas palabras:

-Ahora en Roma el mismo Papa no sólo me autorizó, sino que me instó para comprar edificios que pertenecieron a algunos frailes para
hacer de ellos casas nuestras, y para restituir a la Iglesia lo que le fue quitado, para conservar en estas casas el fin primitivo de dar gloria
de Dios y no dejarlas caer en manos profanas. De hoy en adelante, si así nos conviene, sabemos que no encontraremos dificultades en
Roma.

Desde Albano y Magliano se le hacían vivas instancias para abrir allí un colegio internado. El cardenal Berardi le renovaba por tercera
vez la oferta del colegio de Ceccano, que los escolapios querían abandonar, porque tenía menos de diez internos. También se le proponía
aceptar el colegio de Ascona. Hechas estas comunicaciones, dijo:

-íParece increíble! Vamos a lugares donde todo son enredos y, sin embargo, todavía no hemos tenido que dar un paso atrás. Vamos
adelante, y todo nos resulta mejor de lo que podíamos esperar, mientras vemos a cada paso a otros obligados a retirarse de los lugares que
ya ocupaban. Realmente es el Señor quien nos hace marchar adelante de esta manera a velas desplegadas. Si no viéramos en todo y por
todas partes la mano de Dios, mereceríamos que nos llamaran ciegos.

Después se puso sobre el tapete una cuestión muy seria. Caducaba el quinquenio de alquiler del colegio de Valsálice; durante aquellos
cinco años se había esperado siempre un aumento de internos, pero
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su número era constantemente inferior a lo que se esperaba. "Había que seguir teniéndolo o era preciso notificar el cese a los Hermanos
de las Escuelas Cristianas, a ((68)) quienes se pagaba el alquiler? -"Quid agendum?, preguntó don Bosco a sus colaboradores. Después
siguió diciendo:

-Yo hubiera deseado mucho que este colegio continuase y prosperase, para promover en él vocaciones al estado eclesiástico y ver si
también se podían sacar jovencitos de aquella clase de personas para consagrarlos al Señor. Algún buen fruto llegó a la madurez; pero no
hay evidencia de que el Señor nos bendiga en esta casa como nos bendice en las demás. Cuando se trató de tomar su dirección, todos
éramos contrarios: sólo la obediencia al Arzobispo nos indujo a aceptarla. En cuanto a nuestra Congregación, parece hasta ahora que
también nos ha proporcionado un válido apoyo san Francisco de Asís. Ya sabéis la historieta que se cuenta. Los demonios lanzaban todo
el fuego del infierno contra su nuevo Instituto y se juntaron para tramar un complot. Se proponían diversos medios para destruir a
aquellos frailes mendicantes. Cuando he aquí que salió un diablillo, más astuto que sus compañeros, afirmando que el medio más eficaz
para que decayera el fervor de una orden religiosa era introducir en ella nobles o ricos. Por tratar con caridad a estos señores se les
guardan atenciones, se les tienen ciertos miramientos, se permiten excepciones a la regla y después éstas se generalizan y la orden se
relaja. La diabólica asamblea aplaudió y aprobó la propuesta por unanimidad. Digo, pues, que hasta ahora san Francisco nos protegió.
Hubo, es verdad, algunos nobles que hicieron la prueba entre nosotros o que pidieron hacerla, pero hasta el día de hoy ninguno decidió
quedarse con nosotros; y damos gracias de todo siempre al Señor.

Sin embargo, tocante a la existencia del colegio de Valsálice don Bosco no creyó todavía oportuno que se dijese la última palabra; sólo
recomendó que se pensara en ello y se rezara.

El Beato no hizo esta recomendación por pura fórmula; en efecto, diez días después quiso que el Capítulo Superior volviese a examinar
la suerte del colegio de Valsálice, estando presente su director don Francisco Dalmazzo. En septiembre caducaba el alquiler, los pareceres
andaban divididos en cuanto a la conveniencia de retirarse o no. Los partidarios del no tenían sus buenas razones que aducir, ((69)) a
saber: que se había aceptado aquel colegio para obedecer al Arzobispo y tal motivo subsistía todavía; que se debía considerar como un
gran bien el poder cultivar las vocaciones entre las familias acomodadas; que el retirarse sería un desdoro para los salesianos. Pero los
partidarios del
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sí repetían que la naturaleza de aquel colegio no respondía al fin de la Congregación; que escaseaban los alumnos; que eran casi nulos los
resultados en cuanto a vocaciones; que el balance económico de cada año arrojaba un déficit de seis mil liras a cargo del Oratorio; "tenían
pues, que cargarse los pobres con las deudas de los ricos?

Ponderados con sosegada prudencia el pro y el contra, prevaleció el voto favorable a la continuación; sólo se adoptaron algunas
medidas económicas a introducir en la administración para remediar la pérdida. Pero no agradó la idea de poner mediopensionistas, a
ejemplo de otros institutos que recogían y devolvían con el ómnibus a los alumnos hasta sus casas, porque se temieron sus consecuencias.

Volvamos a la conferencia de la mañana del 6 de febrero.

Antes de cerrarla, don Bosco expresó calurosamente por dos veces el deseo ya manifestado en años anteriores de que cada director
redactase la monografía de su colegio, dedicando a este trabajo todos los cuidados posibles. Por fin cerró la reunión con estas palabras:

-El Padre Santo me dijo que si queremos que prosperen siempre nuestras instituciones, procuremos introducir entre nosotros y propagar
entre nuestros muchachos estas tres cosas:

1.ª Espíritu de piedad.
2.ª Espíritu de moralidad.
3.ª Espíritu de economía.

Así, pues, discurra cada uno y pondere la manera de promover estas tres cosas entre los Socios y entre los muchachos. Háblese de ellas
en los sermones, en las conferencias y en las conversaciones privadas. Yo deseo que en alguna de las conferencias de estos días se
busquen los medios prácticos con que secundar el consejo del Papa.

((70)) A primeras horas de la tarde se convocó a todos los profesos, novicios y aspirantes del Oratorio para la conferencia general en la
iglesia de San Francisco. El auditorio se componía de doscientas once personas. El informe detallado de cada una de las casas que, hasta
entonces, se había hecho por los respectivos directores, se hizo, en parte, por don Miguel Rúa y, en parte, por don Bosco, de acuerdo con
los datos proporcionados por los mismos directores. Abrió la sesión el Beato diciendo:

-La conferencia de hoy es algo irregular, esto es, diferente de todas las demás que se hacen a lo largo del año. Es la misma conferencia
de San Francisco de Sales, que se tenía en años pasados, pero algo modificada por la multiplicidad de materias a exponer. Hablar en
particular de todas sería demasiado largo. Don Miguel Rúa hará un
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relato resumido de los colegios del Piamonte, Liguria y Francia, en una palabra, de Europa. Yo diré alguna cosa con respecto a América,
y también a las casas del Lacio que fui a visitar. Después, para cumplir los deseos de todos vosotros y conservar el espíritu que debe
reinar en todas las casas, os haré ver cómo el Señor nos ayuda y defiende. El guiará ciertamente esta conferencia para bien de la
Congregación, estímulo de todos y salvación de las almas.

Aunque solemos referir textualmente en el curso de la narración únicamente las pláticas de don Bosco, con todo nos parece útil dar
lugar aquí, por vía de excepción, a la relación de don Miguel Rúa, que, por suerte, llegó hasta nosotros tal y como la recogió quien la oyó.
Está llevada a cabo con el esmero, que el primer sucesor del Beato ponía en todas sus cosas, y además debió ser preparada bajo la directa
inspiración del Siervo de Dios. Don Miguel Rúa habló así:

Al daros este informe procederé por orden cronológico, esto es, comenzando por las casas, que primero se establecieron. Diré lo que he
podido saber, a través de los diferentes directores, y lo que yo mismo sabía.

Empezando por el primer colegio, esto es, el ((71)) de Borgo San Martino, diré que las cosas en general van muy bien, tanto en cuanto a
los alumnos, como en cuanto a los salesianos.

Se temía antaño que el número de alumnos iba a disminuir en razón de los arrozales situados a poca distancia del colegio; pero el efecto
ha sido completamente al revés; su número creció y hay ahora casi doscientos, contando sólo los alumnos, sin el personal. Verdad es que
hay que tomar alguna pequeña precaución para evitar el peligro de las fiebres, pero, gracias al Señor, ninguno hasta ahora sufrió este mal,
antes al contrario, me alegra poder deciros que, cuando yo fui a visitar aquel colegio, no encontré a ninguno en la enfermería, y el
Director me aseguró que desde hacía un mes no había caído enfermo ninguno.

En cuanto a lo económico, marcha bien, no poseen riquezas, pero van adelante con una prudente administración, y contribuyeron a ello
las monjas que este año se establecieron allí para cuidar de la ropería y la cocina. No se dejan desde luego de hacer los gastos necesarios,
y todos tienen cuanto se necesita para la alimentación y el vestido.

En cuanto a la moral, no hay que repetir las palabras del Profeta: Multiplicasti gentem et non multiplicasti laetitiam (multiplicaste la
gente, pero no multiplicaste la alegría) porque, con el aumento de los alumnos, aumentó también la piedad. Florecen las compañías del
Santísimo Sacramento, de la Inmaculada Concepción, del Clero Infantil y de San Luis. Los sacerdotes y los clérigos obtuvieron buenos
resultados.
Después de los exámenes finales de este año muchos alumnos vistieron la sotana: parte de ellos fue al Seminario, pero los más se
quedaron con nosotros y vinieron aquí, al Orarorio.

Este año volvieron nuestros hermanos a abrir el oratorio festivo para atender a los muchachos externos. Algunos van a la iglesita del
colegio, otros a la parroquia y todos tienen sus devociones, misas, catequesis, pláticas, bendiciones, instrucciones
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religiosas y honestas diversiones. Lo que nuestros clérigos hacen con los muchachos, lo hacen también las hermanas con las muchachas.

De Borgo San Martino pasemos al segundo colegio, que es el de Lanzo. También aquí hubo notable aumento de alumnos. A pesar de la
amplitud del edificio, este año estuvo casi al completo. íQué admirable es la divina Providencia! Hizo crecer aquel colegio
maravillosamente también en cuanto a la moral de los alumnos. En Lanzo había plaza para mayor número.

En agosto del año pasado se terminó el ferrocarril y acudieron a la inauguración algunos ministros, diputados y senadores. Como el
Ayuntamiento de Lanzo no tenía local adaptado, pidió al Director del colegio, que es municipal, obtuviese de nuestro Superior licencia
gratuita para poner las galerías y jardines a disposición de los invitados que representaban al Rey. Fueron los ministros y el colegio les
tributó una solemne recepción, visitaron sus dependencias y estuvieron allí hora y media. Con este suceso se armó mucho ruido, se temía
que tuviésemos que sufrir algún perjuicio por causa de las opiniones que no examinan las cosas en su verdadero sentido, pero, al
contrario, hemos ganado mucho. Al saberse que había sido visitado por los ministros, se acrecentó su fama, creyeron todos que es un
colegio de importancia y aumentó en consecuencia el número de ((72)) alumnos.

No hablaré de la salud de aquellos muchachos porque Lanzo es un lugar de salud por excelencia, y la única preocupación de los
muchachos es la de saciar las ganas de comer, a pesar de lo abundante que es el alimento que se les da. La piedad, la conducta y la
aplicación a los estudios marchan normalmente. Pero se siente la falta de algunos sacerdotes, que hubo que trasladar a otros colegios, o
como don José Scappini que tuvo que ir a Roma. Estos dejaron un vacío que deberán colmar, o compensar, con una sobrecarga de trabajo
los que allí se encuentran. Esperamos que con la ayuda de los nuevos clérigos los Superiores no dejarán nada que desear para la buena
marcha de este colegio. También se introdujeron en él las monjas para cuidar de la ropería.

Pasemos ahora a Varazze. Por las referencias de su Director he sabido que las cosas van muy bien con respecto al estudio y a la
moralidad. Por consiguiente hay motivo para alegrarnos. El colegio está al completo y no puede ensancharse, porque es propiedad del
Ayuntamiento y además el terreno que lo rodea no permite ampliaciones. Es más, nuestros clérigos van a la ciudad a dar clase a los
externos, que, habiendo aumentado en número, obligaron al Ayuntamiento a alquilar nuevos locales. La buena conducta de los
muchachos debe atribuirse al celo de los hermanos.

De Varazze vamos a Alassio. El nuevo edificio, que se comenzó hace tres años, se terminó en 1876. Es un palacio que constituye la
maravilla de Alassio. Los viajeros del ferrocarril admiran desde el tren el esbelto y hermoso edificio y los vecinos se glorían y se
consideran afortunados por tener en su ciudad un colegio de don Bosco. Este palacio, que el año pasado estaba deshabitado, ha sido ya
ocupado, y el número de alumnos subió a doscientos, a pesar de que los Superiores fueron muy rigurosos para la admisión. Hay motivo
para estar satisfechos porque la moralidad ha mejorado. No porque en años anteriores no se observase este importantísimo punto, sino
que ha mejorado tal vez por la mayor comodidad de los locales; se pudieron hacer las divisiones convenientes y especialmente se pudo
separar el bachillerato preuniversitario del resto del colegio. Con ello se favorecieron mucho las prácticas religiosas. Los bachilleres
superiores, que en tiempos pasados dejaban mucho que desear, son este año modelo de todos los demás.

Por aquella zona los salesianos son muy apreciados y hay numerosas peticiones de diversas poblaciones de Liguria para que don Bosco
establezca en ellas un colegio.
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Y no son peticiones de simples personas privadas, de una o dos personas, sino de municipios enteros con el alcalde a la cabeza y
respaldadas por muchos de los más acomodados del pueblo. Llegaron peticiones con la firma de todos los concejales de Novi Lígure,
Montaldo Lígure, Nizza, etc., lo cual demuestra el gran deseo de prestar ayuda a nuestras obras y de servirse de nosotros para su bien
particular. Nos quieren y con razón, porque nuestros sacerdotes se prestan para celebrar, predicar, confesar por todos los pueblos a la
redonda y no es para dicho cuánto nos lo agradecen aquellos párrocos. Muchas veces voy yo allá y pregunto:

-"Dónde está fulano?

-íEstá fuera de casa, se me contesta, predica ((73)) en tal pueblo.

-"Y mengano?

-Ha ido a confesar en la ermita de aquella colina.

A veces eran cuatro o cinco los que estaban fuera del colegio. También en Alassio se establecieron las monjas para la ropería y la
cocina y para catequizar a las muchachas. Hay que notar que ya no se queja nadie en el colegio de la comida, lo cual, al parecer, no es
poco; en efecto, en casi todos los otros colegios esto da motivo a murmuraciones, que incluso en la mesa del Rey hay quien se queja.

No muy lejos de Alassio está Sampierdarena. Tengo que hablar con un poco de envidia de esta casa, porque va camino de superar al
Oratorio. Hace cinco años era una casucha de Marassi, donde, en unos cuartitos estaban las clases, la cocina, los dormitorios y la sala de
estudio. Allí no podía ampliarse la obra.

Se trató de trasladarla a Sampierdarena, ciudad famosa por su irreligiosidad y masonería. Era una empresa arriesgada. Pero la divina
Providencia lo quería y nuestro Superior no se detuvo ante las dificultades. Se compró una casa y desde Marassi, donde estábamos en una
casa alquilada, se trasladó allí el personal. Pero se encontraban los nuestros con muchas estrecheces, había muchas peticiones de
alumnado, los externos acudían en gran número. Hacía falta un edificio adecuado a la necesidad. Don Bosco fue allí de visita y se levantó
como por ensalmo una hermosa y gran construcción, para internos y para externos, y hace ya dos años que se llevó a término.

En poco tiempo aumentaron los alumnos y son ya de doscientos sesenta a trescientos; casi alcanzan a los del Oratorio. Este aumento
hay que atribuirlo también a la obra de María Auxiliadora. Los jóvenes que estudian latín, muchos de ellos crecidos en edad, son unos
ochenta, para proporcionar buenos ministros del Señor a la Iglesia y a la Congregación. Hay muchas peticiones de ingreso para el
noviciado o para el aspirantado. Este año ya dio el internado algunos clérigos; unos fueron al seminario de la diócesis y otros están aquí
entre nosotros. También este año se comenzó el oratorio festivo para muchachos externos. El patio es bastante espacioso; se transformó
un corredor en capilla para dar catecismo. Para la bendición se lleva a los muchachos a la iglesia pública. Además se les da comodidad
para recibir los sacramentos. También es digno de nota que este año se estableció una tipografía, la segunda de la Congregación, en la que
ya se han impreso varios libros, y esperamos que será muy útil para la difusión de éstos por aquella zona y que hará mucho bien a la
población.

Diré también dos palabras en torno a Valsálice. Este año 1876-77, Valsálice aumentó un poco, pero va creciendo lentamente, como es
de esperar por la clase de sus alumnos. Con respecto a la aplicación al estudio y a la moralidad también aquí tenemos motivos para
alegrarnos. Algunos de aquellos muchachos vistieron la sotana y ya ingresaron en el seminario. En cuanto a los estudios es notable el
éxito ((74)) del examen de bachillerato superior al fin del año. En Turín se procede con mucho rigor en este examen y los tres alumnos
que Valsálice presentó no sólo aprobaron, sino
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que los tres ganaron el primer premio, cuando son muy pocos, en general, los que no se ven obligados a sufrir un segundo examen.

Ahora pasemos de Italia a Francia, donde tenemos el colegio de Niza. Sabéis que, después de la primera expedición de misioneros, don
Bosco fue por aquellas tierras. Hacía ya unos años que se trataba de abrir allí un colegio. Se alquiló una casita, se envió a ella un
sacerdote como director, un clérigo para dar clase y un seglar para la cocina. Se empezó con el oratorio festivo, se abrió un internado para
muchachos pobres y cuando éstos llegaron a catorce ya no se pudieron admitir más por falta de espacio. Se tiró así adelante hasta agosto o
septiembre de 1875, cuando, con la ayuda de gran número de bienhechores, se pudo conseguir una casa, próxima a la Plaza de Armas,
con muchas salas, dos jardines y patios. La dificultad estaba en que aquella casa costaba cien mil liras. "Cómo comprarla nosotros que
nunca tenemos dinero? "Nosotros que vamos siempre adelante a fuerza de deudas, haciendo puf, puf, como el tren? El Superior no se
dejó amedrentar por este obstáculo, que parecía insuperable, sino que confió en la Providencia. Esta vino en su ayuda, y se compró la
casa, que ya va prosperando, y tiene cincuenta muchachos. Cuarenta se dedican a aprender un oficio y diez a los estudios. También de allí
salió algún fruto para la Congregación, y dos de los estudiantes pidieron ser aceptados como aspirantes. íSon los primeros franceses!
Esperamos que el Señor bendiga nuestros esfuerzos y podremos hacer mucho bien.

El internado se llama Patronato de San Pedro. Podría contaros algunos episodios, mas por brevedad los omito, pues no lo permite ahora
el tiempo. Hay clases diurnas y nocturnas para externos, y dos oratorios. Es una fortuna para aquella ciudad, refugio de gente reducida a
la miseria, que va allí en busca de trabajo y de dinero, gente que se preocupa muy poco de su alma y de la de sus hijos, que no frecuenta
la iglesia y no envía a sus chicos a la escuela y a la catequesis parroquial. Hay, por tanto, muchos golfillos, y es una gran suerte que éstos,
que crecerían con una mala educación o sin ninguna, sean educados cristianamente y encaminados a los sacramentos; gran suerte para
ellos y también para la ciudad.

Los periódicos franceses alaban este colegio, dan a conocer el beneficio que aportan los salesianos a Niza e invitan a todas las ciudades
de Francia a montar una casa salesiana. La semana pasada hubo dos de estos diarios que pusieron por las nubes a los salesianos y
despertaron tanto entusiasmo por nosotros que Marsella, Lyon, Burdeos y otras ciudades ya discurren y trabajan para obtener una casa
salesiana. Hace unos días que una buena persona escribió al Director una carta ofreciéndonos gratuitamente una casa con amplios locales,
habitaciones, patio y jardín con la única condición de abrir allí un colegio.

((75)) El año pasado cuando nuestro Superior don Bosco volvía de Francia, pasó por Bordighera, en Vallecrosia, donde los protestantes
pusieron su pie y tanto daño causan a las almas. Tienen allí iglesias, colegios y escuelas. El Obispo de Ventimiglia, afligido y
preocupado, no sabía cómo poner un dique contra aquella impiedad. No había allí escuelas católicas. Estaba la parroquia, pero nadie
entraba en ella. Rogaba por eso a don Bosco que tuviese a bien remediar tantos males. Don Bosco se rindió y aceptó establecer allí una
casa.

Se alquilaron unas habitaciones pobres, bajas, para vivienda de los salesianos y escuela de los muchachos y las muchachas; se
improvisó una iglesia, limpiando lo mejor que se pudo dos cobertizos de techo muy bajo. Si tuviese que entrar allí el Obispo, que es de
estatura ordinaria, no podría ponerse la mitra. Para ello habría de ser de la misma estatura que algunos de los que están aquí. (íDon
Paglia, don Paglia!
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Oyóse susurrar en la iglesia). Esta nos recuerda nuestra antigua iglesia, la que ocupaba nuestro actual comedor y cuyo bóveda era
bajísima.

Como no hay sitio para las escuelas, una se da en la sacristía y otra en la iglesia, separándolas del presbiterio con una cortina. En ellas
se da clase a los niños durante el día y por la noche a los hombres. Invitados a recibir los sacramentos, corresponden. Los muchachos los
reciben de buen grado, tienen comodidad para confesarse y muchos reciben la sagrada comunión. Este año fueron admitidos cuarenta a
recibirla por vez primera. Las Hijas de María Auxiliadora obtienen también buenos resultados con las muchachas.

"Y cómo hacen para mantenerse? A menudo falta el vino o la carne y se resignan a tomar un poco de sopa, a veces ni siquiera bien
condimentada, pero se conforman sólo con esto. En ocasiones se oye llamar a la puerta. -"Quién va? Y entra una buena persona que lleva
un barrilito de vino, diciendo que lo regala de todo corazón. De allí a poco llega otro con un poco de fruta. Se va adelante de este modo,
con ayuda de la Providencia, y hemos de dar gracias al Señor por ello. Toda la población está muy agradecida y quiere mucho a los
salesianos, envía con gusto a sus chicos a nuestras escuelas y, cuando faltó el párroco, todos acudían a la única misa de nuestra pobre
iglesita, apiñados uno contra otro fuera de la puerta. He dicho la única misa, aunque alguna vez había dos, pues celebraba la segunda un
sacerdote que, en vista de la necesidad, era enviado desde Alassio. Ahora parece que las cosas están bien organizadas. Los chicos y las
chicas ya no van a las escuelas de los protestantes y no quieren saber nada de ellos, excepto algunos internos que siguen en su colegio y
proceden de otros pueblos. Esto es de una gran satisfacción para nosotros y también para el Obispo, que no cabe en sí de alegría por tener
a los salesianos. Los protestantes no tienen más que unos pocos en sus escuelas, a pesar de que proporcionan a sus alumnos cuadernos,
Plumas, libros y todo lo que necesitan.

((76)) Durante este año de 1876 se han enviado a Trinità un sacerdote, como director, dos clérigos para dar clase y un seglar. Tienen
oratorio festivo para los muchachos y escuelas diurnas y nocturnas. Muchos de los que iban a las escuelas del pueblo quisieron ser
inscritos en las del Oratorio, por lo que hubo que organizar las clases superiores elementales. Durante el día se imparten las clases a los
niños y al atardecer y primeras horas de la noche a los adultos, que correspondieron a la invitación de acercarse a los sacramentos, y son
la edificación del pueblo. Todos los alumnos son externos, el oratorio es floreciente y las escuelas marchan bien. Tendría que hablaros
todavía de los otros colegios de Italia central, pero lo hará nuestro buen Superior.

La casa de las Hijas de María Auxiliadora en Mornese se va desarrollando maravillosamente. Hace dos o tres años sólo eran treinta,
entre profesas, novicias y postulantes. Hoy son de ciento sesenta a ciento ochenta. Entonces tenían sólo la casa de Mornese y este año
están en siete u ocho lugares: en Turín, Lu, Biella, Lanzo, Borgo San Martino, Sestri Levante, Alassio, Bordighera, etc. Este Instituto
pudo superar las muchas dificultades que ofrecían la ropería y la cocina de los colegios, al tiempo que las hermanas hacen en todas partes
un gran bien a las chicas. En Mornese las reúnen y las instruyen en la catequesis. El colegio para las alumnas internas es bastante
floreciente, pese a la incomodidad del camino y la distancia de la estación ferroviaria.
También están en manos de los salesianos las escuelas del pueblo. Este año hubo alguna oposición para ello; alguien buscaba dejar en
mal lugar al maestro salesiano; pero toda la población se levantó en nuestra defensa y el párroco tuvo que hacer abandonar sus
pretensiones al contrincante y enviar una carta a don Bosco, pidiéndole
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que mantuviera en las escuelas municipales al salesiano y a las hermanas. Don Bosco se avino a su deseo. Tendría todavía mucho que
deciros sobre las virtudes de las hermanas, sobre las mortificaciones que hacen, pero no es necesario; nos traen el recuerdo de los
antiguos monjes de la Tebaida y otros desiertos.

Y ahora pasemos a nosotros. Nos queda por hablar de Turín, de nuestra Casa Madre. El Oratorio marcha viento en popa. No quiero
decir esto para nuestra gloria: demos de ello gracias a Dios. Este año se atendieron mucho en la sección de estudiantes las compañías de
San Luis, del Santísimo Sacramento y de la Inmaculada Concepción. También es digna de mención la manera con que se celebran las
sagradas funciones. El clero infantil fue numeroso y sirvió con decoro las sagradas ceremonias.
Esto hizo mucho bien. Eran muchos los que venían expresamente a nuestra iglesia para verlos y quedaban edificados de su
comportamiento; a los muchachos les animó también a abrazar el estado eclesiástico.

Fue muy crecido este año el número de los que tomaron la sotana, aun cuando no era muy numeroso el quinto curso de bachillerato,
pero se manifestaron tantas vocaciones, que ((77)) se seleccionaron también alumnos de otros cursos y especialmente de la Obra de María
Auxiliadora. Llegaron casi a ochenta.

Los aprendices sufrieron este año dos grandes pérdidas; la de su director, don César Chiala, y la de su asistente principal, el clérigo
Piacentino. Cesaron de vivir, pero no cesó el fruto de sus obras. Los aprendices perseveraron en el fervor que les inspiraron aquellos
Superiores, y esperamos que con los nuevos catequistas y los nuevos asistentes irán de bien en mejor. Florecen entre ellos las Compañías
de la Inmaculada y de San José, ademas de las conferencias particulares que se tienen con los aspirantes.

Los novicios de la casa crecen en número y este año proceden en todo con mas regularidad. Ya antes estaban separados de los demás en
el dormitorio, en el salón de estudio y en el patio; ahora también lo están en el comedor. Son ciento cuarenta, sin contar los dos de Niza y
algunos que fueron a América. Don Julio Barberis, su maestro, me ha dicho que reciben frecuentemente los sacramentos y esta muy
satisfecho de ellos, aunque se puede desear mas.

El Oratorio de los externos es muy frecuentado, ordenado y numeroso. Nuestras hermanas, las Hijas de María Auxiliadora, abrieron
también un Oratorio para las chicas y son tantas las que acuden que ya no hay sitio suficiente en la capilla y habra que agrandarla. Antes
de que viniesen las hermanas se veían continuamente por estos prados muchísimas niñas y ahora ya no se ve ninguna. Los chicos van a un
lado y ellas a otro.

Nuestra Congregación progresa, pues, maravillosamente de día en día, de suerte que nos demuestra con evidencia que esta protegida
por Dios. En las persecuciones y tribulaciones adquiere siempre mayor desarrollo. Aumentan los socios, tanto profesos perpetuos como
trienales, y especialmente los novicios. Hay mayor regularidad espiritual y temporal. El número de jóvenes que sale de la Congregación
es muy inferior al de otros años, lo mismo con relación a los novicios y profesos trienales, ya que, con respecto a los perpetuos, gracias a
Dios, no ha salido todavía ninguno desde que se fundó la Congregación y esperamos que no los habra jamas.

Concluyendo os diré: demos gracias a Dios y hagamos lo posible para corresponder con el fervor, con nuestra conducta, con el
cumplimiento exacto de las reglas a la particular protección de María Santísima Auxiliadora con nosotros. Se puede decir que el Señor
lleva en sus brazos a la Congregación y le presta todas las ayudas necesarias para que prospere.
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Cuando don Miguel Rúa terminó sus palabras, se levantó a hablar don Bosco, el cual reanudó el tema en estos términos:

Os entretendré muy poco tiempo porque no quiero prolongar demasiado esta conferencia. Habría que hablar todavía de los oratorios de
San ((78)) Luis y de San José y de los institutos del Refugio y de San Pedro, adonde vamos a prestar servicio. Pero despleguemos el
vuelo hasta América.

Ya se habló otras veces de aquellas casas, y como las cartas de los misioneros se imprimen, sería inútil hablar de ellas. Las últimas
noticias son las del colegio establecido en Montevideo, donde no hay seminarios, ni clérigos, ni colegios católicos. Es un verdadero caos,
tanto la república como la capital. Quien quisiese dar educación cristiana a su hijo, tenía que enviarlo aquí a Valsálice y a otros colegios
de Europa. Don Luis Lasagna es el director de este colegio que se ha titulado colegio Pío y es el primero en América dedicado a la gloria
de Pío IX. También se ha abierto al culto sagrado la iglesia aneja al colegio, para uso de los alumnos y de los habitantes de las quintas
vecinas, porque el colegio está en las afueras de la ciudad. Los domingos especialmente hay gran afluencia. Se espera mucho bien de ello.
Se empezaron también las clases en favor de los pobres, como externos, y para los internos. Como los diez salesianos no eran bastantes,
hubo que enviar otros de San Nicolás y de Buenos Aires para ayudarles. A medida que tengamos noticias os las comunicaremos.

Desde Montevideo se llega a Buenos Aires, capital de la República Argentina, en quince horas de barco por el gran río de la Plata; allí
se comenzó a regir la iglesia de la Misericordia, donde se realiza una verdadera misión, con funciones sagradas, catequesis, predicación, y
todos los demás ejercicios de piedad para niños y adultos. Surgió también la necesidad de abrir un internado para muchachos pobres y se
abrieron dos oratorios festivos.

El colegio que se inauguró en San Nicolás ha adquirido gran desarrollo y, a los siete u ocho meses, contaba con ciento cuarenta
alumnos. Funciona, además, una iglesia pública, donde hay comodidad para asistir a las sagradas funciones y recibir los santos
sacramentos. Nuestros sacerdotes atienden al servicio de su iglesia y del colegio y al mismo tiempo ayudan en la parroquia y en otros
lugares a predicar, confesar y celebrar la santa misa.

En Buenos Aires habrá que asumir la dirección de una parroquia en un barrio llamado Boca del diablo; este barrio es llamado así
porque en él suceden todas las cosas de mal agüero y en él está el centro de la masonería. Pero habrá dificultades para quien tenga que
establecerse allá.

Se trata ahora de iniciar una misión en Patagonia, donde, como sabéis, están los salvajes. Algunos de ellos ya fueron internados en el
colegio. Es más, cuando vuelva don Juan Cagliero, nos traerá aquí algún patagón y veremos su fisonomía, el color de su piel, su carácter.
También habrá que asumir un Vicariato Apostólico. Los patagones no distan mucho de Concepción y dicen que son feroces y que les
divierte mucho comerse a los cristianos. "Quiénes serán los valientes que quieran exponerse a estos peligros, a ser pasto de aquellos
salvajes? Se verá. Son muchos los que piden ser los primeros en arriesgarse a ir ((79)) a aquellas tierras para llevar la santa religión a
aquellos pueblos. Alabo mucho su buena voluntad y su valor; sin embargo es mi deseo, es mi deber proceder con cautela para no
sacrificar la vida de alguno. Estoy casi seguro de que ninguno de los nuestros perecerá. Pero si, no obstante la paciencia y la prudencia,
alguno fuese mártir, habremos de conformarnos con la voluntad del
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Señor y darle gracias. "Quién de nosotros se atrevería a renunciar a la dicha de ser mártir? Espero que Dios nos proteja y que se pueda
hacer también algún bien allá, en la Patagonia, sin pagar tributo a los salvajes siendo asesinados y comidos.

Debo también deciros que nos llegan de todas partes del nuevo mundo muchas peticiones para fundar otras casas. En Santiago, capital
de Chile, nos ofrecen la administración de un hospicio. Se nos pide también que tomemos la dirección de un seminario en Concepción,
última ciudad hacia la Patagonia. El Ayuntamiento apoya la petición y está dispuesto a socorrernos. En Paraguay, en Brasil y en otras
partes nos esperan para establecer colegios, seminarios, hospicios. En América han llegado las cosas a tal punto que no se puede desear
más. Pero nosotros debemos esperar a tener más medios y más fuerzas. Don Pedro Ceccarelli escribió una carta en la que decía: la
Congregación Salesiana es verdaderamente bendecida por el Señor, porque sólo en cuatro meses ha hecho en América lo que las demás
congregaciones han hecho en cuatro siglos. Es una expresión que yo no quería manifestaros, pero os la digo porque puede servir de
estímulo para hacer progresar con mayor empuje la obra comenzada. Cobremos ánimos, puesto que Dios bendice nuestros esfuerzos, pero
quiere que correspondamos, como dice san Pablo.

Y ahora vengamos a Italia. Estuve en Roma. Me decían que los jóvenes de aquellos lugares son diferentes de los de aquí, que no es
posible acercarse a los muchachos, que no sería posible establecer los oratorios o por lo menos no serían semejantes, por cierto, al de
Turín. Será cosa de milagro, pero en Ariccia se abrieron las escuelas elementales, que antes estaban en manos de protestantes, por deseo y
a instancia de las autoridades del lugar y del Padre Santo. Nuestras escuelas diurnas se llenaron; los protestantes se dedicaron
desesperadamente a dar clases particulares y, para tener alumnos, les entregaban gratuitamente todo lo necesario, papel, plumas, libros y
cuadernos. A pesar de ello quedaron muy pocos o ninguno. Cuando yo llegué allí, aun esos pocos abandonaron, para mi gran satisfacción,
a los maestros del error y los dejaron solos. De seguir así, los protestantes quebrarán en poco tiempo. Y no sólo se han llenado las clases
diurnas, sino también las nocturnas de adultos. Abriremos también el oratorio festivo y hagan los protestantes en hora buena lo que
quieran.

En Albano tenemos también que dar clase a los alumnos del bachillerato municipal o seminario menor, y están tan entusiasmados con
los salesianos y tan satisfechos de ellos que ya no se puede desear más. A mi ((80)) llegada lo primero que me pidieron aquellos clérigos
fue confesarse, y cuando entré en casa, me encontré con una comisión de estudiantes externos para obtener el favor de confesarse todos
conmigo. Y yo confesé desde la mañana muy temprano hasta las doce, y siempre de manera muy satisfactoria, sin que yo tuviese nada
que añadir, como hago aquí. Algunos que habían venido para confesarse a las seis de la mañana y les tocó el turno a las doce, esperaron
con admirable paciencia. Era imposible hacer más.

Y aquí, además de este bachillerato público, quiere el Ayuntamiento que haya también un colegio para externos e internos, y ya hemos
visitado un local que se preparará para este fin. El cardenal Di Pietro, obispo de Albano, ofrece su seminario a los salesianos, asegurando
que habría una mies abundante. Sabe que nosotros no queremos dinero, sino trabajo.

A dos horas de tren de Roma hacia Toscana, al lado opuesto de Albano y Ariccia, se encuentra la ciudad de Magliano, lugar famoso por
su gran inmoralidad. También allí vi muchachos dóciles y respetuosos, y para que no me escapara sin confesarlos, pidieron al director que
no me dejara marchar, y el Obispo, cuando estaba a punto de salir, vino a invitarme para que confesara a los externos y a los internos. Y
tuve
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que volver allí para contentar a todos. Esta fue la causa que retrasó mi llegada en un día. Aquellos seminaristas piden todos a una hacerse
salesianos. El Rector del Seminario me presentó tres peticiones: para él, para el director espiritual y para el ecónomo, deseosos de hacerse
salesianos, y fueron recibidos como novicios 1. Pero nosotros queremos ir despacio, con cautela y prudencia, para no perjudicar a la
diócesis y evitar que la gente chille. Cuando se manifiesten con más claridad las vocaciones, se verá si habrá que aceptarlas. También en
los pueblos próximos a Roma hay mucho entusiasmo por los salesianos y piden colegios nuestros. Si no nos faltase personal y se
aceptasen todas las peticiones, antes de la fiesta de Todos los Santos tendría más de veinte colegios nuevos.

Sin embargo, se aceptó el cuidado de los conceptinos, orden fundada por Pío IX hace veinte años y que ya no podría continuar sin la
ayuda de otros. Así lo quiso el Padre Santo y hemos hecho este sacrificio. Las cosas ya están bien encaminadas; todo está arreglado; el
Director está en buenas condiciones para gobernar; el mismo Papa nos ofrece veinte mil liras.

El año pasado, si os recordáis, dijo don Bosco que, pasado el año, sucedería algo extraordinario. Se habrían puesto los principios de una
obra, que produciría un gran bien. Así lo dije en la conferencia general. Alguien me pedía explicaciones. Digamos algunas palabras sobre
este tema. Helas aquí. Son dos cosas. Una es la ((81)) instalación en Roma de una casa nuestra. En un principio había grandes
dificultades. El Señor dispuso los acontecimientos de manera extraordinaria y, quitados los obstáculos, se hará un gran bien. Quiso Pío IX
que tomásemos las escuelas de Ariccia, de Albano y de Magliano. "Y con qué gastos por nuestra parte? Sin ninguno. Todo se nos
proporcionó, comida y vivienda; sólo quedó a nuestro cargo el equipo personal. Hemos ido sin un centavo, y el Padre Santo y el
Ayuntamiento pagarán los gastos. Ya fue don José Scappini a tomar la dirección de los conceptinos, e irán otros salesianos para ayudarle.
Hoy mismo nos llega una petición de Roma para abrir otra casa, y se puede decir que la Congregación está establecida regularmente en
Roma.

El Padre Santo concedió que uno de nuestros sacerdotes, que tendrá estancia fija en Roma, pueda tener audiencia directa con él una vez
al mes, favor jamás concedido hasta ahora a ningún otro.

Se han comenzado también las gestiones para la India y Australia; tengo que preparar el personal, pero hay tiempo todavía.

La segunda de aquellas obras, que tenían que empezar a germinar, es la Obra de los Cooperadores Salesianos.

Acaba de comenzar y ya son muchos los inscritos. Su fin no es sólo una recíproca ayuda espiritual y moral, sino también material. Se
verá su gran desarrollo. No pasará mucho tiempo sin que se vean poblaciones y ciudades enteras unidas en el Señor por un vínculo
espiritual con la Congregación Salesiana. Con respecto a lo material, se han dispuesto y se mantendrán las cosas de manera que no habrá
que depender de ninguna otra autoridad fuera de la espiritual del Sumo Pontífice. Pero de modo que no se llegue a chocar con los obispos

o con las autoridades civiles. El alcalde de Magliano, caballero riquísimo, el más rico de aquellos contornos, liberal sincero, quiso
también hacerse cooperador salesiano, diciendo que ésta es una obra divina. Lo que
1 El rector del Seminario era el canónigo Francisco Rebaudi y director espiritual el canónigo Antonio Pagani. Edificados por la
conducta de los presbíteros salesianos Daghero y Giacomuzzi, habían pedido ingresar en la Congregación.
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hizo el Alcalde, quisieron también hacerlo muchos otros; pero hay que proceder con mucha prudencia y despacio para recibir a los que
desean el diploma.

Se ha determinado, a este propósito, imprimir un Boletín, que será como el periódico de la Congregación, pues son muchas las cosas
que habrá que comunicar a dichos Cooperadores. Se publicará periódicamente como lazo de unión entre los cooperadores y los socios
salesianos. Espero que, si correspondemos a la voluntad de Dios, no pasarán muchos años sin que poblaciones y ciudades enteras no se
distinguirán de los salesianos más que por sus viviendas. Si ahora son cien los cooperadores, su número alcanzará millares y millares y, si
ahora somos mil, entonces seremos millones, cuidando no aceptar e inscribir más que a los más aptos. Espero que ésta sea la voluntad del
Señor.

Trabajemos por dar a conocer esta Obra: Dios la quiere. De la Obra de María Auxiliadora ya se habló. Querría que lo que se ha dicho,
llegara a oídos de todos los demás hermanos y también de nuestros muchachos. Pero, como todos no están presentes, encomiendo ((82)) a
los directores que les expongan todo lo que he dicho en una conferencia o de otra manera, más breve o más amplia, con respecto a la
Congregación, a nuestras cosas, a las misiones y a los Cooperadores Salesianos. Dígase que nosotros los salesianos somos unos pobres
hombres, pero que somos instrumentos en las manos de Dios y que las cosas dirigidas por nosotros son favorecidas por el Señor. Si no lo
viésemos, nos parecería una fábula, pero es una realidad. Los hombres no pueden hacer tanto: es Dios el autor. Se sirve de nosotros para
llevar a cabo su santo querer, para cumplir sus designios. Y nos bendecirá.

"Y ahora, pues, qué nos toca hacer a nosotros? íSólo una cosa!

Cuando el Santo Pontífice me recibió en su habitación, acostado en cama, porque estaba enfermo, me manifestó varios pensamientos,
entre los cuales me dijo lo siguiente:

-Id; escribid a vuestros hijos y empezad a decir ahora y repetir siempre, que no hay duda de que la mano de Dios es la que guía vuestra
Congregación. Pero gravita sobre vosotros una gran responsabilidad y vosotros debéis corresponder a tanta gracia. Pero yo os digo, en
nombre de Dios, que si correspondéis a la ayuda divina con vuestro buen ejemplo, si promovéis el espíritu de piedad, si promovéis el
espíritu de moralidad y especialmente el de castidad, si este espíritu permanece en vosotros, tendréis coadjutores, cooperadores, ministros
celosos, veréis multiplicarse las vocaciones religiosas, ya sea para vosotros, para vuestra Congregación, como para las otras órdenes
religiosas y también para las Diócesis, que no carecerán de buenos ministros, que harán mucho bien. íYo creo revelaros un misterio!
Estoy seguro de que esta Congregación ha sido suscitada en estos tiempos por la Divina Providencia para mostrar el poder de Dios; estoy
seguro de que Dios ha querido mantener oculto hasta el presente un importante secreto desconocido a tantos siglos y a tantas otras
Congregaciones pasadas. Vuestra Congregación es la primera en la Iglesia, de nuevo cuño, aparecida en estos tiempos, de modo que
pueda ser Orden religiosa y secular, que tenga voto de pobreza y, al mismo tiempo, pueda poseer, que participe del mundo y del claustro,
cuyos miembros sean religiosos y seculares, claustrales y libres ciudadanos. El Señor manifestó esto en nuestros días y esto quiero yo
revelaros. La Congregación fue instituida para que en el mundo, que, según la expresión del Santo Evangelio, in maligno positus est, se
diese gloria a Dios. Fue instituida para que se vea y haya manera de dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, según lo
que dijo Jesucristo en sus tiempos: Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Y os predigo, y escribidlo vos a vuestros
hijos, que la Congregación florecerá, se propagará
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milagrosamente, durará en los siglos venideros y encontrará siempre coadjutores y cooperadores siempre que se trabaje por promover el
espíritu de piedad y de religión, pero especialmente de moralidad y castidad. Yo tendría, siguió diciendo el Padre Santo, todavía muchas
otras cosas que deciros, pero me encuentro cansado. Contadme vos alguna historieta.

Después pasamos a otras cosas.

((83)) Ahora recomiendo a alguno de vosotros, que tenga buena memoria, que recoja por escrito lo que he dicho; yo repasaré con gusto
el escrito, añadiré todavía alguna cosita y esto se tendrá como un memorial de gran importancia para la Congregación.

Pero nunca se olvide guardar celosamente la moralidad. La gloria de nuestra Congregación consiste en la moralidad. Sería una
desgracia si se obscureciera esta gloria, porque los salesianos degenerasen. El Señor desbarataría la Congregación, si decayéramos en la
castidad. Es ésta un bálsamo que hay que esparcir por todos los pueblos y promover en todos los individuos, porque es el centro de toda
virtud.

Ahora no me queda más que alegrarme en el Señor porque con tantos gastos estamos casi sin deudas y, por el momento, no tenemos
ningún gasto apremiante. Es algo que debe causarnos una grande y grata satisfacción. Tengo que alegrarme con vosotros que trabajáis y
habéis trabajado y que mantenéis firme voluntad de perseverar en el trabajo. Tengo que dar gracias a María Santísima porque siempre nos
ha asistido. Como Superior de la Congregación agradezco a los directores los trabajos personales y morales. Y les digo: llevad a vuestras
casas estas mis palabras de aliento y mi acción de gracias; y decid a todos que estoy satisfecho de ellos, que su padre no es indiferente a
lo que ellos han hecho y sufrido; decidles que él se recomienda al mismo tiempo, a fin de que todos tengan a bien prestar el óbolo del
sacrificio de sus fuerzas, que les ruega nos unamos todos para salvar nuestras almas y las de los otros y aumentar en el corazón la piedad
y la virtud, para acrecentar el número de los salesianos y de aquellos que nos encontraremos en el reino de la gloria.

La conferencia general no señaló el fin de las conferencias particulares, como sucedía en años anteriores; sino que éstas continuaron y
fueron todavía cuatro.

La primera, del día 7, fue presidida por don Miguel Rúa; su objeto principal era señalar el tiempo y los predicadores de los ejercicios
espirituales para los alumnos de los diversos colegios, pues era muchísima la importancia que se les daba para la buena marcha general.
El presidente comunicó después muchas normas de prudencia para lograr que los ejercicios produjeran los efectos deseados. La segunda
conferencia del mismo día se celebró bajo la presidencia del Beato, el cual, después de examinar la propuesta de enviar a unos salesianos
para dirigir espiritualmente el hospital de la Consolación, ((84)) contó el sueño acerca de la muerte de Pío IX, que hemos referido en el
primer capítulo del presente volumen.

El día 8 don Bosco sólo apareció al término de la conferencia de la tarde. La mayor parte del tiempo de la mañana y de la tarde se
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empleó en la lectura y discusión del reglamento para los colegios, que debía entregarse a la imprenta dentro de poco tiempo. Se hicieron
nuevas modificaciones y añadiduras al texto presentado en las conferencias del año 1876, con las observaciones habidas desde entonces.
Pareció necesario dedicar un cuidado especial para formular las prescripciones de modo que no se viera coartada la libertad ni menguada
la autoridad del director. No porque el poder del director no tuviese límites, sino porque, como aquel reglamento correría por las manos
de alumnos, clérigos y superiores subalternos, se quiso que en todo caso pudiese quedar a salvo ante los súbditos el prestigio del director.
La asamblea consideró que los directores conocerían suficientemente los justos límites de su autoridad. Y los capitulares recomendaron
que uno de estos límites estuviese en respetar las disposiciones del Capítulo Superior en torno a los cargos asignados al personal; que
sólo en el caso de absoluta necesidad se cambiasen las ocupaciones, pero se diese de ello enseguida aviso al Consejero Escolástico de la
Congregación. Para cumplir el deseo expresado por don Bosco en la conferencia de la mañana del día 6, se dedicó la última parte de la
conferencia al estudio de los medios, con que elevar en todo momento el espíritu de moralidad de los alumnos internos y de los socios en
las casas salesianas. Los asambleístas estuvieron de acuerdo en la conveniencia de solidarizarse todos acerca de estos ocho puntos:

1.° Tratar a los alumnos con bondad para ganar su confianza.

2.° Hacer sacrificios, cuando sea preciso, para asistir y vigilar.

3.° Guardar nota del lugar, que cada alumno ocupa en el dormitorio, en la clase, en el comedor, en el estudio.

4.° Hacer una inspección por la noche en el dormitorio.

((85)) 5.° Establecer que los jóvenes, al salir de paseo, vayan de tres en tres, que no se hagan paradas y no se dé a ninguno permiso para
alejarse de las filas.

6.° Recomendar a los muchachos que, por urbanidad, tengan las manos sobre la mesa en la clase y en el estudio.

7.° Animar mucho el recreo con los juegos que más agradan a los muchachos.

8.° No prolongar demasiado el tiempo del estudio para los pequeños o para los que están poco ocupados.

Se estaba ya a punto de clausurar la discusión y la reunión, cuando entró don Bosco, el cual, al oír de qué se trataba, quiso decir su
palabra sobre el tema de la moralidad; una palabra muy práctica, según solía. A los ocho puntos que se habían fijado añadió uno más:
templanza en el comer carne y beber vino. Precisamente al exceso de la carne y
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del vino achacó la inmoralidad, que domina en algún país. El que come de vigilia está, a la larga, más libre de ciertas molestias
espirituales; ayuda también mucho a esta libertad el abstenerse de alimentos de difícil digestión y de las carnes saladas, porque son
excitantes; cuando la Iglesia recomienda la penitencia, prohíbe ante todo las carnes.

-Tened en cuenta, siguió diciendo, que lo que hasta ahora mantuvo el alto nivel de nuestras casas, fue la persuasión que todos tienen de
nuestra segura moralidad, superior a toda acusación. "Será esto siempre verdad? "La fama dice la verdad? íAtención! Hasta ahora ha sido
Dios quien nos ha defendido. Las causas de los peligros son unas internas y otras externas. La frecuente confesión y comunión y la
vigilancia normal de quien debe asistir serán grandes medios preventivos. Puede haber desórdenes, pero son reparables. Haya una
asistencia solidaria; nadie se crea dispensado de ella, cuando se trata de impedir la ofensa de Dios. Y sean medios para no caer la fuga del
ocio y evitar las amistades particulares. No importa que uno sea superior, o avanzado en años: no hay edad ni santidad pasada que valga
contra las insidias de este enemigo. Antes al contrario, cuanto más se avanza en edad, más se refina la malicia. Incluso el lugar ((86)) que
se ocupa al lado de ese tal puede ser peligroso. Se empieza por regalitos, crucifijos, estampas; siguen después los buenos consejos, y
después... y después íadelante!

No se lleven nunca los alumnos a la propia habitación. Los muchachos se fijan en todo: algunos están viciados, han leído libros malos,
no escapa a sus ojos nada de cuanto hacen los Superiores y íay, si uno es acusado de una falta! En conclusión, aut nullum aut omnes
pariter dilige (ama a todos o a ninguno). El trabajo es también una gran salvaguardia. Alguien me dijo: "íNo haga trabajar tanto a sus
sacerdotes!", pero, ay, el sacerdote muere por el trabajo o muere por el vicio.

Terminó con la recomendación, que le era tan familiar, de cuidar mucho las vocaciones, y sugirió tres medios: hablar a menudo de la
vocación, sacar en las conversaciones el tema de las misiones y mandar leer las cartas de los misioneros.

Aquí justamente debería acabar el capítulo, pero hay que añadir todavía más cosas. Tras un mes largo de ausencia del Oratorio, don
Bosco sentía necesidad de dirigir una palabra especial a los muchachos y a los novicios. Absorbido por las conferencias y conversaciones
con los directores, amén del despacho de ciertos asuntos urgentes y la contestación de mucha correspondencia atrasada, no había podido
encontrar todavía tiempo para lo uno ni para lo otro. Nos parece que
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las dos charlas tenidas separadamente con los alumnos y con los novicios caben aquí para completar todo un ciclo de normas
concernientes a la Congregación y a la casa madre en el momento del año escolar elegido por don Bosco para un acuerdo general sobre
cómo dar a la marcha de las casas un ritmo resuelto y constante, que durase hasta septiembre. Habló a los alumnos estudiantes y
aprendices después de las oraciones de la noche del 11 de febrero. Conviene saber que el día antes, el Señor había llamado a sí al primero
de los "seis más dos" del Oratorio, anunciados por Domingo Savio. Se llamaba Esteban Mazzoglio; había nacido en Lu y era alumno del
cuarto curso del bachillerato. Fue calificado de joven piadoso, aplicado y ejemplar, desde su ingreso en el Oratorio hasta la muerte.
Habló, pues, de esta manera:

((87)) Por fin nos encontramos hoy aquí todos juntos. Tenía yo ansias de veros y hablaros y también vosotros deseábais hablar
conmigo. Y aquí me tenéis para deciros dos palabras, únicamente para poder veros a todos; y así todos vosotros podéis verme a mí,
íaunque las luces son algo flojas! Hace ya mucho que no nos hemos hablado, y sucedieron muchas cosas durante este intervalo. Algunos
de vosotros no me conocían. Hay alumnos nuevos que dicen:

-íTodavía no hemos podido ver a don Bosco!

Y ahora que me véis; "estáis contentos?

He estado en Roma y durante el tiempo que he permanecido lejos de vosotros, he tratado muchas cosas importantes, siempre en favor
del Oratorio. íSe conoce que habéis rezado mucho por vuestro padre y que sois muy buenos! En efecto, digámoslo aquí entre nosotros,
sin que nadie nos oiga: todas las cosas que he tratado, han resultado bien. De Roma fui a Ariccia, donde tenemos una casa, en la que se
han hecho muchas cosas. De Ariccia pasé a Albano, donde se ha abierto otra casa, y allá se ha arreglado todo. Fui después a Magliano,
donde se ha abierto una tercera casa y allí se trazaron diversos planes para un próspero porvenir. Después volví a Roma, donde se ha
aceptado y abierto una cuarta casa, se ha terminado el asunto de los conceptinos y se aceptaron las propuestas.

El Sumo Pontífice es todo para nosotros, nos ha dado bendiciones especiales y nos ha hecho un hermoso regalo, sin contar otros
donativos que todavía nos prepara.

Ahora, pasando a otra cosa, os diré que hemos perdido a un hermano nuestro, a Mazzoglio; ayer, a las cuatro de la mañana, exhalaba el
último suspiro y esta mañana le hemos enterrado. Era un buen muchacho y sin duda estaba preparado. Dicen sus compañeros que el
primer domingo comulgó; se acostó el lunes por la noche para no levantarse más. Como la enfermedad se agravó de repente, se llamó
enseguida al padre Cappelletti, que acudió al momento. Pero el muchacho no estaba ya en condiciones para confesarse y al poco tiempo
expiró.

Decidme, amigos míos: si Mazzoglio hubiese esperado a hacer su confesión general para Pascua, por ejemplo, "cuál hubiera sido su
suerte? Sin duda habría motivo para dudar. Dichoso él que estaba preparado, como esperamos. Este suceso debe servir de lección porque,
cuando menos lo esperamos, puede sorprendernos la muerte. Si nos ocurriese a nosotros lo mismo "nos encontraríamos preparados?
Alguno de vosotros anda susurrando: -Podría darse que pronto muera otro de nosotros: por aquí corre
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el proverbio de que nuestros muchachos mueren de dos en dos; si uno no ha pasado la cuaresma, otro no pasará la Pascua-. Yo os diré:
demos que esto sea un cuento, sea lo que fuere, pero estemos siempre bien preparados. No esperemos a hacer la confesión general y a
arreglar las cosas de nuestra alma para los últimos momentos de nuestra vida; porque seremos asaltados de improviso, ((88)) y nos irá
mal. Confesémonos bien con tiempo y cuando venga la muerte para mí, o para vosotros, todos estaremos preparados. La muerte es un
consuelo, una alegría, un paso que conduce a la perfecta felicidad, para aquel que tiene la conciencia tranquila. Por el contrario, para
quien tiene el pecado en el alma, es el mayor fantasma de terror que pueda haber, es un tormento, una desesperación.

Entre tantos hombres como han vivido desde el principio del mundo hasta ahora, ni uno solo ha escapado a la muerte. Pero, aunque no
hay nada más cierto que la muerte, sin embargo nada hay más incierto que la hora, el lugar y el modo de la muerte. Unos mueren de
niños, otros en edad más avanzada, otros de viejos. "Quién sabe cuándo moriremos nosotros? "Quién sabe dónde moriremos? "En el
Oratorio, yendo de paseo, en la cama por enfermedad, o ahogados de improviso por,un vómito de sangre? No lo sabemos. íCon esta
certeza y con esta incertidumbre, tenemos que andar alerta! Y comenzaré por estar yo preparado y vosotros también debéis hacer lo
mismo. Dice el proverbio: No esperes a hacer mañana lo que puedes hacer hoy. El Señor nos amonesta que la muerte viene como un
ladrón, cuando menos se espera. Rogad al Señor por mí para que pueda estar siempre preparado, que la muerte no me pille de improviso.
Yo también os encomendaré en la santa misa y rogaré para que ninguno de mis muchachos muera sin estar preparado.

Pasado mañana, al igual de otros años, habrá el ejercicio de la buena muerte, y, después, el prioste de san Luis repartirá a cada uno una
buena rodaja de salchichón para reparar las fuerzas. Comiéncese mañana por la tarde a preparar bien este ejercicio. Quien necesite
confesarse, empiece en seguida mañana por la mañana. Ahora, que estamos en carnaval, la verdadera alegría será ésta, a saber, tener
limpia la conciencia. Estemos tranquilos con los asuntos de nuestra alma, a fin de que, cuando venga el Señor a llevarnos consigo, nos
encuentre a todos bien preparados.

Los novicios oyeron la palabra de don Bosco donde menos lo hubieran esperado. El domingo 18 de febrero fue a comer con ellos por
vez primera en el comedor inaugurado dos meses antes. Le leyeron unas poesías; después tocó la banda bajo los pórticos, a los postres.
"íQuerido don Bosco!, exclama don Julio Barberis en su crónica. Se asomaba a su rostro la alegría". Los novicios eran sesenta y cinco.
La vista de aquel precioso grupo, el pensamiento de tan bonitas esperanzas le hicieron repetir varias veces:

-íEstoy contento! íEstoy muy contento! Tengo que venir aquí otras veces más. Enviaré a comer aquí de vez en cuando a sacerdotes
forasteros.

Terminada la comida, tomó la palabra:

((89)) Me habéis leído unos saludos, habéis hablado en verso y ahora quiero yo deciros alguna cosa en prosa, para que también los que
no son poetas puedan entenderme
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y tener su parte. He venido aquí para ver este nuevo comedor y veros a todos colocados en este lugar representando vuestro papel.

He de felicitaros porque todos hacéis muy bien vuestro papel; quiero decir en el comedor. No quiero deciros que no hagáis bien vuestro
papel en otras partes; estoy contento de todo y por todo de los novicios, aunque algunos no alcancen el sobresaliente de conducta. Sin
embargo es bastante buena la calificación de notable.

Tengo que recomendaros, en primer lugar, que cuide cada uno su salud. He oído que muchos de vosotros quieren ayunar, sobre todo
ahora, en tiempo de cuaresma, o no quieren hacer todo el recreo, para así estudiar más en la proximidad de los exámenes 1, para hacer
penitencia o por otro motivo. Y por eso, para que ninguno me pida un permiso que difícilmente suelo conceder, os digo que, hasta donde
se pueda, la penitencia consista en cumplir el horario. Esto es lo que yo quería inculcaros: guardad bien el horario y especialmente
durante el tiempo de cuaresma. En lugar de hacer obras de penitencia, haced las de la obediencia. Sed puntuales por la mañana para
levantaros, por la noche para acostaros, al ir a clase y a la iglesia, y para cumplir todos los demás deberes. Hágase cumplir la cuaresma a
la lengua, no permitiéndole ningún género de conversaciones inoportunas. Algunos que prolongaron el carnaval hasta ahora, es decir, que
no merecieron sobresaliente de conducta, hagan la cuaresma ganando una calificación totalmente suficiente.

Si lo hacéis de otro modo caeríais en un desorden. Yo necesito que crezcáis y lleguéis a ser jóvenes robustos y que tengáis los cuidados
necesarios para conservar la salud y poder más adelante trabajar mucho. Por este motivo estoy contento de haber visto que sois valientes
para limpiar las mesas, y que no hacéis remilgos cuando os presentan los platos. Volveré alguna vez más a comer con vosotros, porque
veo que me tratáis bien. Y yo también hago mi papel.

Los jesuitas, antes de aceptar a uno en la Compañía, la primera prueba a que le someten es a la de invitarle y llevarle a comer. Si ven
que come de todo sin distingos, si vacía pronto los platos y con buena gana, ése ya cuenta con muchos puntos de probabilidad de ser
aceptado. Porque dicen: -Este goza de salud, robustez y podrá trabajar. Si, por el contrario, rehúsa el manjar o come sólo la mitad de su
ración, hace muecas, o se queja de la comida, es ((90)) muy difícil que lo acepten, porque solamente quieren individuos que puedan ser
de utilidad y no de peso a la Congregación. Si un maestro de novicios os hubiese visto esta mañana, creo que os hubiese dado
sobresaliente: Esto indica salud.

Así os necesito yo: que estéis sanos y crezcáis, para que podáis suceder a los que enviamos a otras casas y para que me ayudéis en los
trabajos que se van multiplicando. Y me alegra veros tan numerosos, porque nos llaman de todas partes; en todas partes crece la mies.
Aún en estos días se me hicieron nuevas proposiciones para fundar casas, y ofrecimientos muy grandes desde Francia, desde Inglaterra,
desde Austria. Ya se verá, pero es necesario que vosotros os déis prisa en crecer.

Por todas partes nos tienen en gran concepto y creen que todos somos unos santos y que hacéis milagros. Yo creo que todos sois buenos
e incluso capaces de hacer milagros aquí en la mesa; pero de todos modos y sin ofenderos, creo que no habéis llegado aún a este punto; es
preciso todavía que pensemos en esforzarnos sin decaer y en mantener esta fama.

Por doquiera hay gran entusiasmo por los salesianos. íMirad! Adondequiera que

1 Se refiere a los exámenes semestrales, que solían darse en las dos últimas semanas de cuaresma.
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va uno de nosotros, todos están ojo avizor para ver el modelo que don Bosco envía. En todos los lugares a donde he ido, en Alassio, en
Magliano, y en otros sitios, todos ardían en deseos de ver un salesiano, y cuando éste llegó ante ellos, decían en seguida: -íEs un santo!

Incluso los que fueron despachados del Oratorio por mala conducta, por motivos graves, al presentarse en algún pueblo y enterarse la
gente de dónde venían, aun expulsados como individuos de escaso talento, obtenían en seguida empleos, asistencias en los colegios,
cátedras en las escuelas, y la plena confianza de todos. Basta que digan: "-Vengo del Oratorio"; ya no se les pide certificado de buena
conducta. Ojalá tengan mucha suerte estos tales y se porten mejor que se portaron en el pasado. Yo os digo esto únicamente para haceros
ver el gran aprecio en que nos tienen. Pero, decidme: "qué sucedería si no correspondiésemos a la gran reputación en que la gente nos
tiene? Es preciso, por tanto, que nos esmeremos hasta donde podamos, para no decepcionar la general expectación y cumplir nuestro
deber, sea el estudio, sea la piedad, con una conducta intachable. El Señor cuidará de lo demás.

Don Juan Cagliero nos escribe desde América que los misioneros de la última expedición han llegado allí felizmente y que todos tienen
ya sus ocupaciones. Recomiendo a los que partirán que honren el nombre salesiano. En América bastará no desdecir de la fama que nos
precede y las cosas marchará bien y por sí solas. Procuremos, pues, ser cual nos estiman, ya que no todos nosotros somos santos.

En cuanto a los exámenes os diré, que veremos si habéis estudiado. Pero no todos los que han estudiado mucho pueden alcanzar las
mejores calificaciones porque puede haber falta de capacidad o de estudios anteriores; pero cuando ((91)) uno ha tenido tan buena
conducta como para merecer sobresaliente, con la ayuda del Señor y con lo que pudo estudiar, sin duda saldrá bien de la prueba con
calificaciones suficientes. Por lo demás espero que los exámenes resultarán bien.

Y ahora, para deciros algo más, os recomiendo que os abstengáis e impidáis las murmuraciones; esto es, que os mostréis siempre
conformes con todo, tal y como está dispuesto. Esto favorece mucho la alegría, porque si uno tiene motivos de disgusto y no los
comunica a otros, queda tranquilo, el malhumor se disipa por sí mismo y no se da ocasión a mal alguno; por el contrario, si los
manifiesta, los otros los comparten, y las cosas, de las que antes no hacían caso, resultan desagradables. No hablo de las malas
conversaciones, de las que dice san Pablo: Nec nominentur in vobis (Ni se miente entre vosotros). De esto no debo ni siquiera sospechar
y por consiguiente no se ha de hablar entre nosotros de este tema. Me refiero a las palabras de censura, con las que se juzgan las
disposiciones y mandatos de los superiores y las cosas que se hacen en casa. Me escribía ayer un salesiano:

-Me basta que los Superiores hayan dispuesto algo para que me agrade y no vaya a buscar el porqué.

Así me gustaría que pudierais hablar todos. La murmuración crea el respeto humano. Muchas veces se haría algo bueno entre los
compañeros, pero se piensa en lo que dirán los otros y en que no lo interpretarán bien; y por temor de una palabra, de un acto de
desaprobación aquello no se hace. Ahí tenéis un mal grandísimo producido por la murmuración.

Y por desgracia tales palabras se dicen. Es una falta que hace mucho daño a las congregaciones religiosas, como precisamente en estos
días me escribía una persona. "A qué vienen tantas cuestiones cuando se trata de obedecer? "Dio una orden el Superior? Pues bien,
cúmplase. "Pero, por qué la ha dado? "Por qué, por qué? "Y por qué vais a buscar el porqué? Cumplamos nosotros nuestro deber y el
Superior cumpla
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el suyo. Cuando uno se da a hablar mal de un superior, de un asistente, a censurar algo que ha hecho, a decir que lo hubiera podido hacer
de ésta o de otra manera, siempre hay uno, y otro más, que se añade al primero, hacen coro y dicen disparates todavía más gordos, sobre
todo si hay uno que tenga un poquito de oratoria. Se esparce el descontento a los demás y toda la casa marcha mal. Procurad, pues, hacer
cuanto podáis para impedir que se hable mal de los superiores y cuidad vosotros de eliminar toda crítica en vuestras conversaciones,
porque hacen mucho daño.

Y si en estas charlas entrase la ofensa de Dios, entonces habría que levantar la voz contra el enemigo de las almas para hacerlo callar.
Entonces sí, es lícito murmurar, esto es, descubrir los defectos ajenos. Si, hablando, podéis impedir la ofensa de Dios, hacedlo, y tendréis
mucho mérito.

((92)) Ya sólo me queda animaros a proseguir con ánimo varonil la empresa comenzada, porque Dios bendecirá vuestros esfuerzos. Así,
pues, ánimo para manteneros en buena salud, ánimo para impedir que se hable mal de los superiores y entonces no nos faltará nunca
nada: podremos desafiar a todos los demonios y a sus ayudantes, que querrían perjudicarnos, y nunca les tendremos miedo, y haremos
con toda seguridad mucho bien a nosotros y a los demás.

Si se piensa que junto a tantos novicios había también en el Oratorio muchos clérigos profesos, no nos causa extrañeza el saber que
alguno manifestase preocupación por un número tan grande de sotanas negras en el mismo lugar. "No sacarían los visitantes una
impresión poco favorable? "Y los mal intencionados no tendrían pretexto para críticas venenosas? Precisamente para no llamar la
atención a diversas clases de gente, se hacía en el Oratorio la imposición de sotanas por pequeños grupos y sin aparato. En una palabra,
hacíase sentir cada año más la necesidad de una casa independiente de las demás para los novicios.

-Sería preciso, dijo a este propósito don Bosco, que yo pudiese estar siempre en medio de los novicios para formar su espíritu, para
hablar a menudo con su maestro; ípero... además... aquí en Turín son realmente demasiados!

Frente a una necesidad don Bosco no se contentaba con ponerla de relieve y hablar de ella académicamente; su pensamiento corría en
seguida a la búsqueda de medios para remediarla. Así sucedió que para el año escolar 1879-80 la casa de los novicios era una hermosa
realidad, amplia y decorosa en la próxima población de San Benigno Canavese.

Sabemos por las pláticas anteriores y por otras fuentes, que el Siervo de Dios hablaba con gusto en público y en privado, con grupos
numerosos y a solas, en casa y fuera, de los progresos que hacía su Congregación y de los destinos que le estaban reservados en el
porvenir. En todo esto tenía como fin animar a sus hijos a grandes empresas,
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infundiendo en su ánimo la íntima convicción de que los salesianos estaban llamados a grandes cosas y que cada uno de ellos tenía que
hacerse apto para interpretar generosamente su papel.

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((93))

CAPITULO IV

VIAJE A FRANCIA

CUANDO don Francisco Giacomelli, gran amigo de don Bosco, vio el crecimiento de la Congregación Salesiana, preguntóle si también
iría a Francia, y obtuvo una respuesta titubeante.

-Los franceses actúan por su cuenta, le respondió don Bosco.

Al mismo Giacomelli repitió varias veces el Beato una sentencia que parece explicar la frase precedente:

-Las cosas hacen a los hombres, y no los hombres a las cosas.

Don Bosco iba, por consiguiente, allí donde el dedo de Dios le señalaba y donde la mano de Dios le guiaba. Ocasiones providenciales y
luces interiores le indicaban el camino, que la gracia divina le ayudaba a recorrer. Así sucedió con las misiones, con la Obra de los Hijos
de María, con los Cooperadores y también con el viaje a Francia. Lo poco que ya hemos visto, con ocasión de la fundación de la casa de
Niza, aparecerá mucho más claro en las presentes Memorias con respecto a otras fundaciones en tierras de Francia.

La inauguración del Patronato de San Pedro en Niza, en su nueva sede, y la necesidad de tratar sobre el lugar la fundación de una casa
en Marsella, fueron los motivos principales que le determinaron a ir a Francia a fines de febrero de 1877. Decimos los principales, porque
encontramos que en su itinerario señala la intención de ir a Toulouse, a Burdeos y a otras ciudades. También es verdad que el 19 de
febrero habló de veinticuatro ((94)) peticiones procedentes de distintas partes de Francia; pero no tenemos documentos más que para una
escapada a Cannes.

Este viaje le impedía hallarse en el Oratorio en una fecha importante y delicada. Por aquellos días visitaban juntos todos los Institutos
de la ciudad el Gobernador de Turín y el Delegado real de enseñanza y, por consiguiente, irían también al Oratorio. No había nadie como
don Bosco para salir de apuros en semejantes circunstancias; por ello, antes de ausentarse, dio a los Superiores instrucciones muy
precisas.

-Yo, les dijo, y la crónica registra sus palabras 1, ya les he invitado

1 Crónica de don Julio Barberis, 19 de febrero de 1877.
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a venir al Oratorio; me contestaron que, primero visitarían los Institutos estatales, y el nuestro ocuparía seguramente el primer puesto de
entre los privados. Hay que hacerles una gran recepción, espéreseles a la puerta principal con la banda de música, y acompáñeseles a un
lugar a propósito donde se cante, se lea y se declame algo que valga la pena. Póngase de relieve que el número de aprendices supera al de
los estudiantes. Lléveseles a visitar la panadería, los comedores, la cocina, después todos los talleres y por último los mejores
dormitorios.
Procúrese que en la tipografía estén en movimiento todas las máquinas. El salón de estudio sin muchachos no se presenta bien; pero, si
están allí, temo que parezcan demasiados. El que los acompañe debe realzar que ésta es una casa de beneficencia y que, por eso en un
sitio falta una cosa y en otro otra, porque costarían mucho y nosotros somos pobres. Al final, cuando salgan, esté presente la banda de
música para despedirles y entrégueseles un ejemplar de la Historia de Italia, como muestra de imprenta y encuadernación, y en prenda de
afecto.

Don Bosco podía estar seguro de que sus recomendaciones no caían en saco roto; estaba allí don Miguel Rúa para quien no se perdía en
el vacío ni una sola sílaba de don Bosco.

Salió el 21 de febrero. La primera parte de su itinerario señalaba breves paradas en Sampierdarena, Varazze, Vallecrosia y ((95))
Ventimiglia. Parece que el 22 estuvo en Vallecrosia 1. Después perdemos las huellas hasta el 28, cuando, desde Niza, prosiguió el viaje a
Marsella 2 en compañía del director don José Ronchail. Ordenamos el plan de nuestra narración siguiendo los documentos de nuestros
archivos y los que se conservan en el archivo de la parroquia de San José de aquella ciudad, todos ellos muy parcos en noticias acerca de
esta primera

1 Así se deduce de una cartita al director, don Nicolás Cibrario, único aviso preventivo que hemos podido encontrar de su paso por las
casas.

Carísimo Cibrario:

Dios mediante, el jueves a las doce del mediodía, estaré en Bordighera, en el Torrione, con Monseñor, etc. Invita al canónigo Viale para
que vaya a comer con nosotros y así hablaremos. Prepara lo que hay que hacer y decir. Amén.

Créeme en J. C.

Turín, 20 de febrero de 1877.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro

En el calendario de 1877 el jueves siguiente al día 20 coincidía con el 22.

2 En una cartita del 28 a don Julio Barberis dice: "Salgo en este momento para Marsella, desde donde escribiré a don Miguel Rúa".
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fase de las negociaciones para la fundación salesiana en la capital de la Provenza 1.

El abogado Ernesto Michel 2 fue el primero que dio a conocer a don Bosco en Marsella con la conferencia que pronunció en 1876 sobre
las obras del Beato 3 en favor de la juventud pobre y abandonada. Uno de sus oyentes, el abate Clemente Guiol, párroco de San José, que
le había escuchado con muchísimo interés, se sintió movido a ponerse en relación con el Siervo de Dios para pedirle su ayuda en favor de
los muchos jóvenes italianos que atestaban las calles de Marsella y vivían en el más completo abandono, por cuanto tocaba a educación
cristiana. Como no conocía personalmente al abogado, recurrió a un intermediario. Era amigo íntimo suyo el canónigo Timón-David,
fundador y superior de una obra juvenil, denominada Oeuvre de la Jeunesse ouvrière du Sacré Coeur, y confidente del piadoso y
caritativo ((96)) señor Michel. Los dos sacerdotes se entendieron inmediatamente. El canónigo, según el deseo del abate Guiol, escribió el
21 de mayo al abogado, rogándole que encomendase a don Bosco la juventud de Marsella. El abogado, que tenía motivo para creer que
don Bosco iría pronto a Niza, aguardaba a hablar de esto personalmente con él. Don Bosco visitó en efecto en el mes de junio las casas de
Liguria y todo hacía creer que pasaría la frontera, pero le fue imposible en aquel viaje. Avisado don José Ronchail de ello, se fue llevando
consigo la carta del canónigo marsellés. A su vuelta trajo al abogado de Niza la siguiente respuesta de don Bosco para dicho canónigo.

Reverendo Señor:

El señor abogado de Niza, Ernesto Michel, mi buen amigo, me hizo mención en varias ocasiones de los muchos jovencitos italianos que
van a Marsella con su familia o en busca de trabajo. Poco instruidos en las ciencias escolásticas y religiosas, en ayunas completamente de
la lengua francesa, quedan expuestos a graves peligros morales. Al decir esto manifestaba que alguna de nuestras casas podría tal vez
hacer allí algún bien. Esta es la razón principal de su propuesta. En cuanto a usted, señor Abate, le diré con toda mi alma que, si yo puedo
ayudar de algún modo, o mejor, poner un granito de arena en la balanza de tantas obras de caridad como hay en Marsella, lo haré de buen
grado, con tal que:

1.° Obtenga previamente el plácet del Arzobispo 4, de quien deseo depender siempre,

1 Agradecemos a nuestro hermano don Federico Rivière el habernos enviado copia fotográfica de los documentos de Marsella,
recientemente descubiertos por casualidad.

2 Véase volumen XI, pág. 358.

3 Bulletin Salésien 1896, pág. 6.

4 En Marsella no hay Arzobispo, sino Obispo.
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no sólo en las cosas de religión, sino en cualquier otra que simplemente le pluguiese aconsejar.

2.° Que V. S. lo juzgue conveniente y que la Obra de la juventud obrera me preste su apoyo moral.

3.° Las casas viven de la Providencia y con poco nos basta, pues nunca buscan rentas económicas. Me basta un sitio donde poder reunir
a los más pobres en los días festivos y dar albergue a los que estuviesen completamente abandonados. Se ha observado que ninguna obra
pía ya existente choca con lo que hacen los salesianos.

Así las cosas, ruego a V. S. tenga la bondad de hablar en mi nombre a S. E. el Arzobispo de Marsella y recabar su parecer en general.

Y si V. S. tiene que hacerme alguna sugerencia al respecto, me hará un gran favor si me lo comunica.

((97)) Cuando en el próximo otoño vaya yo a la casa de Niza, me será fácil llegar hasta Marsella, donde personalmente podremos
intercambiar impresiones más positivas.

Si por acaso V. S. u otros viniesen por esta nuestra tierra, les ofrezco de buen grado esta casa para cualquier servicio que les resulte
oportuno.

La gracia de N. S. J. C. esté siempre con nosotros y dígnese rogar por mí, que soy en el Señor,

(falta la fecha)

Su atento y s. s.
(falta la firma)

El abogado Michel transmitió inmediatamente al canónigo Timon-David la carta del Beato, acompañándola con la traducción hecha por
él al francés 1. Cuando aquél la comunicó al abate Guiol, empleaba estas edificantes expresiones: "Hago ardientes votos por el éxito de
las gestiones con don Bosco, aun cuando tuviésemos que sufrir nosotros por ello, dummodo Christus annuntietur, in hoc gaudeo" (con tal
de que se anuncie a Cristo, me gozo en ello). Ese "nosotros", se refiere a él mismo y a sus religiosos. Existía en Marsella una Oeuvre de
la Providence o también des enfants de l'Etoile, que llevaban los Hermanos de las Escuelas Cristianas, a los que se trataba entonces de
substituir por los Hermanos del Sagrado Corazón del Puy, fundados por el canónigo Timon-David. Este, pues, estaba dispuesto a dejar el
sitio a los salesianos, si don Bosco aceptaba.

Tampoco pudo el Beato don Bosco ir a Francia en otoño de 1876. Fue en febrero de 1877, como decíamos, avanzando hasta Marsella.
Aquí necesitaba por lo menos un "apeadero" donde pudieran poner pie sus misioneros, cuando tenían que pasar por allí para embarcarse;

1 Véase Apéndice, documento n.° 8.
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por lo tanto, de muy buena gana aceptaría una obra de beneficencia en favor de la juventud pobre. Pero, como se trataba de una ciudad en
la que ya había muchas familias religiosas para atender las necesidades espirituales y materiales de la población, el Obispo, monseñor
Place, no veía con buenos ojos la entrada en una Congregación nueva 1. Pero ((98)) cuando el Siervo de Dios tuvo ocasión de hablarle
con calma, no halló dificultad para ganarse la benevolencia y el favor del digno Prelado. En efecto, al oír la humilde petición de don
Bosco, le contestó que un simple "apeadero" era demasiado poco y que en Marsella se necesitaba una casa, que fuese para Francia lo que
la casa de Turín era para Italia. E hizo más; le indicó que el abate Guiol era el sacerdote diocesano más capacitado para ayudarlo en su
empresa, no sólo por su virtud y el gran ascendiente que tenía sobre los fieles, sino también por el puesto que ocupaba, ya que estaba al
frente de la parroquia más rica de Marsella. Y, no satisfecho con esta designación verbal, le entregó una cartita de su puño y letra para
presentarse al cura párroco. Viose en todo esto la admirable intervención de la Providencia, puesto que era notorio que en cuestiones
administrativas eran algo tensas las relaciones entre el párroco de San José y su Obispo. No podemos, pues, nosotros pasar por alto esta
circunstancia al valorar cierta frase del Beato. Se cuenta que un día, al hablarse en su presencia del primer milagro obrado por él en
Marsella, que parecía remontarse al mes de enero de 1879, él, para rendir homenaje al cura párroco de San José, rectificó diciendo:

-No, el primer milagro de don Bosco en Marsella fue que monseñor Place designase al abate Guiol para ayudarle en su obra.

Fue don Bosco a entrevistarse con el abate y se necesitó la asistencia de un intérprete, porque el uno tenía gran dificultad para
expresarse en un francés que fuera inteligible, como lo pedía la importancia del asunto a tratar, y el otro no comprendía ni pizca de
italiano; pero esto no impidió que las dos almas se comprendieran plenamente.

Qué es lo que se concertó precisamente entre ellos en aquellos días, no lo podemos saber. Pero, sin duda, las amistades ganadas por don
Bosco en Marsella durante su primera estancia y las conversaciones preliminares con el abate Guiol señalaron de modo definitivo el
punto de partida para la obra, que nació al año siguiente en aquella ciudad.

1 En efecto, el primer encuentro no fue alentador. En un diario, del que pronto hablaremos, se lee: "5 de marzo. Don Bosco ha ido a
visitar a Monseñor para obtener su autorización de fundar en Marsella; el Obispo, a punto de partir para Lyon, apenas si lo escuchó. Hay
que volver a empezar".
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((99)) Después que el Beato don Bosco salió de Marsella, hubo entre el cura párroco y el canónigo intercambios de ideas que les
llevaron a la propuesta formal de confiar a los salesianos la obra de l'Etoile. En efecto, en la primera mitad de mayo el Siervo de Dios
recibió cartas en este sentido. El había visitado dicha obra, pero debió darse cuenta de que no correspondía a sus intenciones, pues en ella
se recibían niños de siete años para tenerlos allí hasta los catorce, mientras que él en sus casas de artes y oficios los aceptaba después de
los doce años y no los despedía hasta acabar el curso profesional. Debió también ver que él no tendría allí libertad de acción, pues la obra
dependía de un consejo de administración ajeno. El 11 de mayo, en la relación que hizo del asunto al Capítulo Superior, se expresó en
estos términos:

-Cuando estuve en Marsella visité un orfanato. El local era magnífico y los medios de subsistencia abundantes. Los muchachos estaban
poco asistidos en casa; no tenían talleres en ella, e iban a trabajar a la ciudad. El que entre bueno en aquel orfanato, al poco tiempo se
pervierte. El director, que me parece bien intencionado, me pidió consejo y yo le contesté que era absolutamente necesario tener ante todo
talleres internos; y le hablé de cómo marchan aquí las cosas en nuestro Oratorio. Ayer recibí una carta en la que este director dice que está
dispuesto y desea que don Bosco con los suyos tome la dirección de la casa, que pertenece a los Hermanos del Sagrado Corazón 1.

1 En las actas de la sesión del Consejo, tenida el 7 de marzo, se lee lo siguiente: "... El señor Presidente da cuenta de la conversación
que ha tenido, de acuerdo con los señores Vicepresidentes y el Tesorero, con el abate Bosco, Fundador de Patronatos en Turín, Niza y
diversas ciudades de Italia, en los que ha obtenido resultados admirables. El padre Bosco ha adquirido la certidumbre, tras una larga
experiencia, de que no se pueden obtener buenos resultados colocando a los aprendices en talleres donde son casi siempre corrompidos al
contacto con los obreros. Por el contrario, ha llegado a excelentes resultados fundando él mismo talleres y en este caso sólo un número
muy pequeño no ha correspondido a sus buenos cuidados. Cree, después de haber visto nuestra casa, que se podría, sin mucho gasto,
fundar un establecimiento parecido; él se ofrece a ayudarnos en todo lo que de él dependa, cuando se juzgue oportuno establecer talleres
en nuestro local". Agradecemos a nuestro hermano don Federico Rivière el habernos hecho esta comunicación. Somos deudores al mismo
también de esta nota del diario inédito de la Oeuvre de la Jeunesse: "4 de marzo de 1877. Domingo Oculi (tercero de cuaresma, cuyo
introito empezaba por esta palabra). El muy reverendo padre don Bosco, este hombre extraordinario por la multiplicación de vocaciones
eclesiásticas que parecen abrirse como las flores a su paso, acaba de visitar a nuestro Padre. Tendría grandísimo deseo de tratar con
nosotros para establecer en la Obra sus talleres y una casa de estudios eclesiásticos, pero con la condición expresa de que le cedamos la
dirección, con detrimento de nuestra autonomía. Imposible aceptar tal arreglo. No nos queda más que la satisfacción de ver a este hombre
poderoso en obras, que, íen treinta y cuatro años ha dado a la Iglesia seis mil sacerdotes!... La Providencia, que ayuda a la fe de este
hombre, se complace en dotarle de todos los recursos para hacer frente a los gastos de semejante empresa. No resulta fácil explicar cómo
han podido llegar al sacerdocio tantos jóvenes
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La respuesta fue que, por falta de personal, no se podía aceptar.

((100)) Por aquel entonces don Bosco se hospedó en Marsella en casa de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. "Encontrarse en
medio de tantos jóvenes y no preocuparse de ellos era posible para don Bosco? Un día, al atravesar el patio, se encontró con uno al que se
acercó y le sugirió unas palabritas, como solía hacer con los muchachos. No sabemos qué le dijo, pero el muchacho quedó tan
impresionado, que volvió a juntarse con los compañeros y les manifestó:

-íHe visto a un santo!

Fue como si estallara una chispa eléctrica; al punto todos quisieron verle y hablarle. Aun expresándose como podía, en aquel su francés
más artificioso que correcto, ganóse poco a poco sus corazones, de suerte que iban a porfía para confesarse con él. Toda una sección
obtuvo licencia para hacerlo. Pero he aquí que, después de confesarse algunos, se esparció la voz de que manifestaba hasta los pecados
que se querían mantener ocultos. La noticia revolucionó el colegio. Por todas partes pedían hacer confesión general. Los superiores,
preocupados, no creyeron oportuno permitir que otras secciones fuesen a confesarse; y don Bosco, aunque muy a su pesar, para evitar
disgustos, dejó que procediesen a su gusto.

"Podía don Bosco no hablar de vocación en un colegio católico? Aquellos Superiores le aseguraban que era imposible encontrar entre
sus alumnos uno que aspirase al estado eclesiástico.

-íNinguno quiere hacerse sacerdote! le repetían con ((101)) la mayor buena fe.

Pero bastó la pequeña muestra de bondad y santidad que les dio el Siervo de Dios, para despertar en muchos de aquellos colegiales el
deseo de ser sacerdotes y salesianos. El hecho es que algunos querían irse con él a Turín y que, cuando llegó allí, se encontró con un
paquete de cartas, en las que muchos repetían su deseo de ir a Turín y hacerse salesianos, dispuestos a hacer cualquier sacrificio con tal de
que él los aceptase. Incluso hubo algunos que por pertenecer a familias ricas aseguraban estar dispuestos a pagar cualquier cantidad, y
hubo aún quien, con candorosa ingenuidad, prometía dar todo lo que poseía, cuando pudiera disponer libremente de ello. Uno llegó al
extremo de escaparse del colegio y huir hasta el Oratorio, en donde no hubo manera de inducirle a volver a su patria.

de una clase de chicos, ordinariamente vulgares y muy descuidados en su primera educación. Puede ser que los muchachos italianos se
presten más a estos resultados que los de nuestra Francia degenerada. De todos modos, si sólo se mira lo exterior de la Obra Salesiana,
hay motivo para quedar atónitos por su éxito"
.
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Tampoco dejó de explicarles el método que él seguía en el Oratorio para el gobierno de los alumnos. Los superiores le preguntaban
cómo hacía para captarse, tan pronto y adonde quiera que fuese, la benevolencia y simpatía de los muchachos y por qué éstos no podían
resistir una simple mirada suya, sin quedar al punto cautivados como por una fuerza misteriosa. El les explicaba un poco del sistema
preventivo y de la amabilidad, con la que se guiaban y corregían los muchachos en los colegios salesianos; mostraba también los efectos
que se derivaban del método opuesto, según el cual los superiores estaban siempre alejados de los muchachos, habitualmente serios e
incluso ceñudos para mantener su propia autoridad 1. Por aquel entonces aún no había escrito las áureas páginas del sistema preventivo,
pero debía estar ya rumiando el contenido, o las observaciones que hizo allí le sugirieron la idea de escribirlas, como dentro de poco
veremos.

La noticia de su presencia en Marsella se difundió también por fuera. Los alumnos internos de los Hermanos, con la locuacidad de los
colegiales cuando hablan con sus padres, contribuyeron ciertamente a divulgarla, si es que no fueron ellos mismos los principales
divulgadores. Así sucedió que un armador del puerto, hombre rico y religioso, corrió a hablar con el párroco de la catedral provisional y
le dijo:

-íTenemos un santo en Marsella y no lo conocemos!

((102)) Fueron los dos juntos a hablar con él y quedaron cautivados;
tanto el señor Bergasse como monseñor Payán se hicieron amigos y bienhechores suyos; y sobre todo el nombre del primero todavía se
pronuncia con fervor por los salesianos del Oratorio de San León. Los periódicos, a su vez, no cejaron de hablar, con lo que se produjo un
ir y venir incesante de visitantes.

Pero él no dio audiencia a todos los que la pedían, porque un vómito de sangre le obligó a descansar, acostándose pronto y levantándose
tarde. Quizá por esto abandonó la idea de ir a otras ciudades. Entre las muchas propuestas recibidas para abrir casas, habían llegado nueve
de la misma Marsella; pero, impedido como se encontraba por su estado de salud para ocuparse de ello por sí mismo, rogó al Obispo que
fuera él quien lo viera y escogiera. Monseñor asintió muy gustoso, prometió resolver las eventuales dificultades y llevar después
personalmente a Turín los resultados de sus gestiones, pues tenía gran deseo de visitar el Oratorio. Los aires y los cambios imprevistos de
temperatura proporcionaban siempre al Beato algún trastorno en los viajes por el litoral.

1 Crónica de don Julio Barberis, 6 de abril de 1877.
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Don Bosco estuvo en Marsella casi una semana. Lo deducimos de una carta a don Miguel Rúa, sin fecha de lugar y tiempo, pero escrita
ciertamente entonces desde allí, como se deduce del contexto 1. En la carta que escribe a don Miguel Rúa, le da, según costumbre, toda
una lista de comunicaciones, instrucciones, licencias y encargos, y cosas muy diversas, tres de las cuales se refieren a su estancia en
Marsella. Uno de los números es interesante por lo que en él se dice del Obispo: "El Obispo de Marsella, que estuvo ausente, llegó ayer,
y hoy iré con don José Ronchail a comer en su casa. Se manifiesta muy favorable a nuestras cosas. Voy ((103)) descubriendo terreno y
daré el azadonazo donde el terreno sea más conveniente". Otro número se refiere al colegio donde se hospeda: "Ayer hubo un acto
académico para entregar los diplomas de honor 2 a los alumnos de este colegio que tiene seiscientos colegiales. Parece que puede servir
de norma también para nosotros. Declamaciones diversas, cantos, piezas de música, algún concierto, agradaron al inmenso auditorio que
se encontraba presente en un amplísimo salón, debajo de la iglesia". Un tercer número alude al paseo a un lugar, que entonces era un
sanatorio para enfermos de pecho: "Mañana por la mañana saldremos para Cannes, donde me detendré seis horas para visitar a algún
enfermo y hablar sobre una memoria a entregar al Gobierno a través de un amigo de Mac-Mahón". El mariscal Mauricio Mac-Mahón fue
presidente de la república francesa desde 1873 a 1879. La finalidad de esta memoria debió ser la de obtener del Gobierno francés
autorización para la apertura de una escuela libre de enseñanza media junto a la profesional 3. Después añade: "Al atardecer, Dios
mediante estaré en Niza".

1 Traza el itinerario del regreso y escribe: "El próximo lunes saldré para Ventimiglia, Alassio, Noli, Varazze, Sampierdarena, Turín,
etc., y, desde pasado mañana, toda la correspondencia a Alassio hasta nuevo aviso". Partirá para Ventimiglia desde Niza pero "cuál es "el
próximo lunes"? Llegó a Marsella el 28 de febrero, miércoles; escribió ciertamente entre el lunes siguiente, 5 de marzo, y el otro lunes
12, día de la inauguración del Patronage St. Pierre. El pensaba salir de Niza la misma tarde de la ceremonia; pero debió hacerlo el día 13.
Véase la carta a don Miguel Rúa, del 8 de marzo de 1877 desde Niza.

2 Los Hermanos reparten diplomas de honor al fin de cada mes. Es muy probable que el acto académico se celebrara el domingo 4 de
febrero; de donde se deduce que la carta fue escrita el lunes día 5. Tal vez aquí se trataba de los diplomas semestrales.

3 El venerando don Luis Cartier, el único a quien hoy día se puede acudir para tener noticias seguras de aquellos primeros tiempos, nos
escribe (carta del 11 de febrero de 1931 ): "Se puede calcular que la memoria de que se trata en esta carta del Beato se refería a la
apertura de la escuela libre de enseñanza media. En efecto, después de la instalación de la obra en la quinta Gauthier, hoy Patronato de
San Pedro, don Bosco se preocupó de abrir, al mismo tiempo que los talleres para los internos, una escuela de enseñanza media para el
cultivo de las vocaciones sacerdotales. Esta escuela debió abrirse probablemente el curso escolar 1877-78, pues yo pasé
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((104)) Aunque abrumado con tantos asuntos, no olvida a sus hijos lejanos. No olvida a los enfermos: "Anima y saluda de mi parte a
don José Vespignani, a don Juan Bautista Tonelli, y a Giovanetti, y asegúrales que los encomiendo de un modo especial en la santa misa
y que ellos recen también por mí". El pobre clérigo Giovanetti murió el 6 de marzo, el primero de los dos señalados aparte por Domingo
Savio. No olvida a los muchachos del Oratorio: "Dirás a nuestros muchachos que me parece hace medio siglo que no los veo. Deseo
muchísimo hacerles una visita para contarles mil cosas y también para avisarlos que recen por un compañero que no quiere celebrar con
ellos la solemnidad de la Pascua". Este compañero fue Juan Briatore, de Deversi di Garessio, distrito de Mondoví, alumno del primer
curso de bachillerato, que falleció el 28 de marzo, el segundo de los seis señalados en el sueño. La Pascua de 1877 coincidió con el día
primero de abril. Recuerda también a las Hijas de María Auxiliadora: "Cuando es preciso enviar hermanas a una casa nueva, no hay que
sacarlas todas de la casa madre; sino, como hacemos con los salesianos, buscar alguna de las casas ya abiertas, pero que esté capacitada y
después, haciendo que supla a ésta alguna nueva, enviar a la elegida para la dirección de la nueva casa. Hablaremos de esto cuando yo
llegue a Turín". Recuerda, incluso, que en Albano hay un clérigo que necesita un piano: "He escrito al príncipe Chigi pidiéndole un piano
para Trione y espero que le conceda este favor".

En una segunda fase de las gestiones de Marsella veremos que el abate Guiol no se quedó mano sobre mano. Una señal de la seriedad
de sus propósitos era también la impaciencia por ver de cerca y en acción la obra de don Bosco. El día primero de mayo le manifestó su
irresistible idea de hacer un viaje a Turín y pasar algunos días en el Oratorio. A vuelta de correo don Bosco le contestó por mano de don
Miguel Rúa que fuese, y que fuese pronto.

por Niza en septiembre de 1878 y había ya allí algunos alumnos de latín, entre otros don Luis Ricardi, que falleció en París en 1930. Don
Bosco presentó sin duda un memorial para la apertura del Patronato de San Pedro tal y como era, desde el principio, en los locales de la
quinta Gautier, escuela profesional y media, como ya lo había sido desde que se fundó en 1875, en la calle Víctor. En efecto, el 30 de
diciembre de 1875, el Gobernador acusó recibo de su instancia". Véase Apéndice, doc. n.° 9.

"Quién podía ser el amigo de Mac-Mahon, al que alude don Bosco en su carta? Don Luis Cartier hace la siguiente hipótesis, que de
todos modos contiene una noticia que no carece de importancia para la historia de aquella fundación: "He sabido, por conducto de la
señora Pruvot, la cual ha escrito varios libros con el nombre de su padre, Víctor Favet, que su padre, a la sazón Inspector de la academia
en Niza, había dirigido a don Bosco en la súplica de apertura de un centro de enseñanza media y profesional; y que él mismo había
redactado los documentos, y don Bosco sólo había tenido que firmar".
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Reverendo Señor:

Con gran satisfacción ha recibido nuestro querido don Bosco su atenta carta del día primero de los corrientes. Impedido por sus muchas
ocupaciones, me da el agradable y codiciado encargo de contestarle. Me encarga, pues, ((105)) le diga que venga en hora buena a
visitarnos y se quede algún tiempo con nosotros, que le esperamos ansiosos y seremos muy afortunados de poderle hospedar. Pase
también por el Patronato de San Pedro, en Niza (plaza de Armas, 1.°), y presente en el hospicio de San Vicente de Paúl de Sampierdarena
esta mi carta, y también allí será bien recibido. Desde ahora le deseamos un feliz viaje y pedimos de corazón al Señor que le guarde y le
haga llegar felizmente.

Acepte los cordiales saludos de don Bosco, junto con los del que esto escribe, que se da por dichoso al profesarse con distinguida
estimación,

De V. Rvda. S.

Turín, 5 de mayo de 1877.

Su seguro servidor MIGUEL RUA, Pbro.

La visita fue rápida. Se acercaba Pentecostés, por lo cual no podía quedarse hasta la fiesta de María Auxiliadora. Ya de vuelta a sus
labores parroquiales, escribió a don Bosco una carta de agradecimiento por todas las atenciones que le habían dispensado; pero don
Bosco tardó algún tiempo en contestarle, por estar ocupadísimo, pues, además de todo, tenía que atender y agasajar al Arzobispo de
Buenos Aires, a quien acompañó también a Roma. Y desde Roma, le contestó el 13 de junio.

Muy apreciado en Jesucristo:

Estoy pasando en Roma algunos días y contesto desde aquí a la amable carta que se dignó escribirme en los últimos días del pasado
mayo.

Más que dar gracias, debe V. S. perdonarme la falta de atenciones, que tal vez no se le tributaron durante el brevísimo tiempo que tuvo
la bondad de pasar con nosotros. Apenas si vio los preparativos, pero no vio la fiesta. íOh, cuánto me hubiera gustado que V. S. se
hubiese encontrado con nosotros aquel día!

He escrito al cónsul italiano, el comendador Strambio 1, que espero nos ayudará en nuestro proyecto, porque es muy humanitario y
religioso.

El Padre Santo habló de nuestro proyecto y lo estimula con toda su alma y bendice a todos los que lo promueven. Pidió noticias del
Obispo de Marsella, a quien aprecia mucho. En Marsella, dijo, hay un amplio campo para muchos forasteros, a los que difícilmente se
((106)) logra encarrilar por el camino que conduce al cielo. Se necesita mucho trabajo, mucha paciencia, pero Dios no dejará de
ayudarnos en esta empresa.

1 El comendador Aníbal Strambio, cónsul italiano en Marsella, era condiscípulo de don Bosco. Véase: Memorias Biográficas, volumen
I, págs. 287, 290, 365.

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El Arzobispo de Buenos Aires y los peregrinos argentinos llegaron con algún retraso. En Génova se hospedaron en nuestra casa de
Sampierdarena. Desde allí los acompañé hasta Roma y, a su regreso, pasarán por Turín.

En Roma, una inmensa multitud; el Padre Santo goza de óptima salud y la exposición es un espectáculo sin igual.

Cuando tenga ocasión, presente mis humildes saludos a monseñor Place, su Obispo, y comuníquele la bendición especial que el Padre
Santo le envía.

Mi querido señor Cura, que Dios le bendiga, ruegue por mí y por nuestras cosas y créame siempre en el Señor.

Roma, 13 de junio de 1877.

Calle Sistina, 104.

Su afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

A través de esta carta se aprecia que, en medio de la multiplicidad de sus asuntos, la obra de Marsella tenía siempre para él un puesto
muy distinguido. Todas las empresas que don Bosco acometía parecía que estuvieran siempre en la cima de sus pensamientos.

Una comisión de distinguidos señores preparaba dignamente la fiesta de la inauguración de Niza. La componían el conde De Béthune,
el conde Michaud de Beauretour, el conde De la Ferté-Meun, el abogado Ernesto Michel, el barón Héraud, los señores Carlos Gignaux y
Augusto Faraut, que ya habían trabajado mucho para promover aquella obra de beneficencia. La antigua quinta Gauthier, adquirida y
adaptada con los frutos de la caridad, ofrecía por fin un local cómodo para aumentar el número de alumnos internos, necesitados de pan,
enseñanza profesional y educación cristiana. Aquellos señores redactaron una circular, con la que invitaban para el 12 de marzo a la
ceremonia inaugural a la flor y nata de la sociedad. Era necesario asegurar públicamente que los deseos comunes se convertían seriamente
en realidad. Mientras tanto, y precisamente en la mañana de aquel día, acaeció un episodio, que casi podríamos calificar de simbólico. Se
presentó en el Patronage Saint-Pierre un ((107)) muchacho pidiendo socorro y albergue:

-"Quién eres?, le preguntaron.

-Soy un pobre huérfano.

-"Tienes padre todavía?

-No, murió antes de que pudiese conocerle.

-"Y tu madre?

-Mi madre está en la miseria. No me puede dar ni pan y me manda a pedir.
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-"Cómo te ganas el pan?

-Tocando el violín.

-"Adónde vas a tocar?

-A las tabernas y a los cafés. Pero, si logro aprender música, espero ir después a tocar en los teatros, y así ganar dinero.

-"Cuántos años tienes?

-Quince cumplidos.

-"Sabes leer y escribir?

-Un poquito.

-"Has recibido ya la santa comunión?

-Todavía no.

Sometido después a un breve examen sobre su instrucción religiosa, viose que ignoraba las partes más elementales del catecismo y que,
por añadidura, se encontraba en gravísimo peligro de acabar muy mal. Fue aceptado sin más requerimientos.

Después del mediodía, la capilla interna y las dependencias lindantes se llenaban de gente. Por las alamedas que dividían y rodeaban el
patio, ondeaban al viento banderitas multicolores. Habían sido invitadas también a la fiesta las autoridades civiles, que acudieron con
gusto y con señales de cordial aprobación. El alcalde de la ciudad, el caballero Raynaud, impedido por causas imprevistas, se hizo
representar por el caballero Toselli. Monseñor Pedro Sola, con el clero de la capilla episcopal, dio comienzo a la función religiosa a las
dos y media; los alumnos del hospicio ejecutaron magistralmente los cantos. Terminadas las vísperas, don Bosco tomó la palabra.

((108)) Narró primero la historia del Patronato, que nosotros ya conocemos en gran parte. Observó que la mitad de la cantidad que se
había comprometido a pagar para la compra de aquella casa, se había conseguido gracias a la ofrenda del Padre Santo y de otras
caritativas personas, y manifestaba la esperanza cierta de que la otra mitad de cincuenta mil francos se pagaría poco a poco. Explicó la
finalidad del Instituto y expuso lo que en él se hacía en favor de la juventud; pintó al vivo el deplorable estado de muchos pobres
jovencitos, a los que era un deber recoger, instruirlos en la religión, colocar a los externos a trabajar con honrados empresarios, ocupar a
los internos en talleres de la casa, haciéndoles aprender un oficio con el que pudiesen en su día ganarse el pan para vivir. Dicho esto,
prosiguió:

Me preguntaréis: "Son muchos los jóvenes que se encuentran en estas condiciones? Los externos son muchos, mas los internos, por
ahora, sólo son sesenta y cinco; pero pasan de doscientos los que piden ser admitidos con urgencia, y esto se hará a medida
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que tengamos local preparado, se vaya organizando la disciplina y la divina Providencia nos envíe medios para mantenerlos.

Al llegar a este punto de nuestra exposición, me haréis otra lógica pregunta. La angostura del lugar, las muchas peticiones de admisión,
las reparaciones, la ampliación de locales y también de esta misma iglesia donde nos encontramos, reclaman un edificio más amplio, más
alto, que pueda servir mejor para la celebración de la misa, oír confesiones, dar la catequesis a los niños, predicar a los adultos y a los que
viven por aquí cerca. Esto es indispensable para que el Instituto pueda alcanzar su fin, que es el bien de la humanidad y la salvación de
las almas. "Ahora bien, cómo remediar tantas necesidades? "Cómo encontrar el dinero indispensable para dar pan a los internos,
vestirlos, proporcionarles maestros, asistentes, jefes de taller? "Cómo llevar adelante las obras comenzadas y las que habría que empezar?

Todo esto es la pura verdad; es más, añado que para sostener las obras ya empezadas hubo que contraer algunas deudas, sólo se ha
pagado la mitad de la casa y hay que pagar todavía más de cincuenta mil francos. A pesar de ello no debemos asustarnos. La divina
Providencia, que vela como madre piadosa sobre todas las cosas, que alimenta a las aves del aire, a los peces del mar, a los animales de la
tierra, a los lirios del campo, "no nos proporcionará lo necesario a nosotros que ((109)) ante el reador somos superiores con mucho a esos
seres materiales? Más todavía: "ese Dios, que inspiró en vosotros, en vuestros benéficos corazones el generoso pensamiento de promover,
de fundar, de sostener hasta ahora esta obra, no seguirá infundiendo gracia y valor en vosotros, suministrándoos los medios para
continuarla? Y más aún; Dios, el cual hizo que, sin nada se fundaran colegios, en los que se reúnen hasta catorce mil niños sin que se
disponga para ellos ni de un centavo de presupuesto, "querrá, tal vez ahora dejarnos faltar su ayuda para estas obras, que tienden, todas
ellas, a aliviar la clase más abandonada y más necesitada de la sociedad civil, a socorrer a las almas que se encuentran en mayor peligro, a
aquéllas para las que fueron creados el cielo y la tierra y todo lo que en el cielo y en la tierra se encuentra: esas almas por las que nuestro
adorable Salvador entregó hasta la última gota de su sangre?

íNo! Fuera, pues, toda duda, todo temor de que pueda faltarnos la ayuda del cielo. No hagamos este agravio a la divina bondad, no
hagamos este agravio a nuestra religión y a vuestra grande y tantas veces experimentada generosidad. Estoy seguro de que la caridad, que
os movió a hacer tantos sacrificios en el pasado, no permitirá nunca que quede imperfecta una obra tan felizmente comenzada.

Esta esperanza tiene también otro fundamento, a más de la bondad de vuestros corazones, que se apoya en la gran merced que todos
vosotros buscáis y que íDios asegura a las obras de caridad! Dios es infinitamente rico e infinitamente generoso. En su riqueza puede dar
amplio galardón por cada cosa hecha por su amor; y, en su infinita generosidad, paga con medida buena y abundante la más pequeña cosa
que hagamos por su amor. No daréis, dice el Evangelio, un vaso de agua fresca en mi nombre al más pequeño de los míos, o sea, a un
menesteroso, sin que recibáis su recompensa.

La limosna, nos dice Dios en el libro de Tobías, libra de la muerte, limpia el alma de los pecados, hace que se encuentre misericordia
ante la presencia de Dios y nos lleva a la vida eterna. Eleemosina est quae a morte liberat, purgat peccata, facit invenire misericordiam et
vitam aeternam. (La limosna libra de la muerte, purga los pecados, hace que se encuentre la misericordia y la vida eterna).

Entre las grandes recompensas también está la de que el Salvador considera como hecho a sí mismo todo acto de caridad que se hace a
los infelices. Si viésemos al
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divino Salvador mendigando por nuestras plazas, llamando a la puerta de nuestras casas; "habría un cristiano que no le ofreciera
generosamente hasta la última moneda de su bolsa? El Salvador está representado en la persona de los pobres, de los más abandonados.
Todo lo que hiciereis, dice El, a los más despreciables, a mí me lo hacéis. Por consiguiente, ya no son unos pobres niños los que
demandan caridad, sino que es Jesús en la persona de sus pobrecitos.

"Y qué diremos, además, de la merced excepcional, que Dios tiene reservada en el más importante y difícil momento, en que se
decidirá nuestra suerte con una vida feliz o desdichada para siempre? Cuando nosotros, señores míos, nos presentemos ante el tribunal del
Juez Supremo para rendir ((110)) cuenta de las acciones de la vida, lo primero que amablemente nos recordará no son las casas
construidas, los ahorros hechos, la gloria adquirida o las riquezas alcanzadas. De todo eso, ni una palabra, sino que únicamente dirá:
-Venid, itos de mi Padre celestial, venid a la posesión del reino que se os ha preparado. Yo tenía hambre y vosotros me disteis pan en la
persona de los pobres, tenía sed y me disteis de beber; estaba desnudo y me vestisteis; estaba en la calle y me disteis albergue (Mat. 25,
54-56).

Estas y otras palabras más dirá el Divino Juez tal y como están registradas en el Evangelio; después les dará su bendición y los
conducirá a la posesión de la vida eterna.

Pero Dios, padre de bondad, que es sabedor de que nuestro espíritu está pronto, pero la carne es flaca, quiere que nuestra caridad reciba
el céntuplo, aun en la vida presente. íDe cuántas maneras, señores míos, nos da Dios en esta tierra el céntuplo de las buenas obras!
Céntuplo son las gracias especiales de vivir bien y morir bien; la fertilidad de los campos, la paz y concordia de las familias, el éxito de
los asuntos temporales, la salud de parientes y amigos, la conservación y buena educación de los hijos. Recompensa de la caridad
cristiana es el gozo que cada uno experimenta en su corazón al hacer una obra buena. "No es grande el consuelo que se recibe, al
reflexionar que, con una limosnita, se contribuye a hacer desaparecer seres dañosos a la sociedad civil para transformarlos en hombres
útiles a sí mismos, a sus semejantes, a la religión? "Seres que están a punto de llegar a ser azote de las autoridades, conculcadores de las
leyes públicas, malgastadores en las cárceles de los sudores ajenos, y que, por el contrario, se ponen en condiciones de honrar a la
humanidad, de trabajar y de ganarse honradamente el sustento con su trabajo y esto con decoro de los países donde viven y honra de las
familias a que pertenecen?

Además de todas estas recompensas, que Dios concede en la vida presente y en la futura, hay todavía otra que deben los beneficiados
ofrecer a sus bienhechores. Sí, señores, no queremos defraudaros privándoos de la merced que está en nuestro poder daros. Escuchad.

Todos los sacerdotes y clérigos, todos los muchachos recogidos y educados en las casas de la Congregación Salesiana, y especialmente
los del Patronato de San Pedro, elevarán manaña y tarde al cielo oraciones especiales por sus bienhechores. Mañana y tarde invocarán
vuestros beneficiados, con oraciones expresas, la bendición de Dios sobre vosotros, sobre vuestras familias, sobre vuestros parientes,
sobre vuestros amigos. Suplicarán a Dios que mantenga la paz y la concordia en vuestras familias, que os conceda salud permanente y
vida feliz, que tenga alejadas de vosotros las desgracias espirituales y temporales, y que añada a todo esto la perseverancia en el bien y
que vuestros días sean coronados con una santa muerte lo más tarde que a Dios plazca. Y si después, en el curso de la vida mortal,
tuviéramos, señores, la suerte de encontraros por las calles de la ciudad o en cualquier otro lugar, íah, sí!, ((111)) entonces recordaremos
con júbilo los beneficios recibidos y con gran respeto descubriremos
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nuestra cabeza en señal de imborrable gratitud en la tierra, al tiempo que Dios piadoso os tendrá asegurada la merced de los justos en el
cielo. Centuplum accipietis et vitam aeternam possidebitis. (Recibiréis el céntuplo y poseeréis la vida eterna).

Cuando don Bosco terminó de hablar, hubo algunos oyentes que espontáneamente se pusieron de acuerdo para hacer una colecta, que
resultó más cuantiosa de lo esperado. Lo reducido del local casi no había permitido la entrada más que a los bienhechores de costumbre,
de suerte que no pareció oportuno recomendar la limosna. A pesar de todo se recogieron mil quinientos francos.

El señor Obispo impartió solemnemente la bendición con el Santísimo Sacramento; después todos los invitados salieron al patio. Unos
jovencitos recitaron un diálogo en honor de monseñor Sola, los músicos tocaron unas piezas y se cantó un himno. Después pasaron los
presentes a visitar salones, aulas y talleres. En una sala estaban expuestos varios objetos para una rifa en favor de los alumnos del
Patronato. En cuanto se corrió la voz de que el resultado de la rifa estaba destinado para pagar el pan de los alumnos internos, se
despacharon las papeletas en un santiamén.

Don Bosco había hablado en su conferencia del muchacho violinista, admitido aquella misma mañana; entonces todos los reunidos
quisieron verle. Así, pues, cuando se reunieron en el jardín, apareció el jovencito con su instrumento y, en presencia de aquellos señores,
dio prueba de su habilidad. Uno de los espectadores, admirado de su desenvoltura y conmovido a la vista de los pobres vestidos que
llevaba, dio orden para que la Conferencia femenina, que se reunía en la iglesia de la Virgen de Niza, le proporcionase inmediatamente un
traje completo. Al día siguiente se presentó el pobre jovencito, con su violín, para recibir el traje, y alegró con algunas piezas a las
caritativas señoras que allí trabajaban para los pobres. Estuvo en el hospicio más de un año y se aplicó con buena voluntad al estudio y a
las prácticas religlosas.

((112)) Al día siguiente se presentó al Beato otro joven de dieciséis años, que nunca se había confesado ni había comulgado jamás; era
huérfano también y por añadidura forastero; no tenía nada, mas por desgracia estaba ya avanzado en el camino del mal. No hubo
necesidad de más razones para que lo admitiese inmediatamente en el hospicio.

Muy singular fue también el caso del día 14.

Ciertos padres, víctimas de la necesidad, habían forzado a su hijo
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a ingresar en un instituto protestante. El muchacho, horrorizado por lo que allí oía contra los católicos, logró escaparse, pero le buscaron,
le apresaron y fue devuelto a la fuerza. Logró escaparse por segunda vez y entonces precisamente tuvo la buena suerte de encontrarse con
el director del Patronato, quien, al oír la triste historia, abrióle las puertas de su casa.

El discurso de don Bosco pareció tan interesante que despertó la idea de publicarlo, para que se conociera mejor en Francia la obra del
Patronato. No le desagradó el pensamiento, antes al contrario, como suele suceder, reflexionando sobre ello, amplió el plan. En efecto,
durante el viaje de vuelta, compiló un bonito opúsculo que hizo imprimir en la tipografía del Oratorio con el título: Inauguración del
Patronato de San Pedro, en Niza (Francia). Después de describir brevemente la fiesta, colocó el discurso algo modificado en la forma, y
añadió a continuación una novedad que resultaba ser una espléndida primicia, a saber, una serie de artículos sobre el sistema preventivo,
que, con alguna variante, reaparecieron al poco tiempo encabezando el Reglamento de las casas 1. Más adelante, hablando de este
trabajito, dijo que le había costado varios días y que lo había rehecho tres veces. "Me lamentaba yo mismo, añadió, de no encontrar a mi
gusto mis escritos. Antes escribía a vuela pluma páginas enteras y no volvía a repasarlas; ahora, por el contrario, escribo, corrijo, vuelvo a
escribir, torno a hacer nueva copia, lo rehago por cuarta y quinta vez, y todavía no me gusta mi trabajo". ((113)) A pesar de todo le
parecía que el opúsculo podía hacer gran bien en Francia 2.

En Francia y en todas partes, entonces y siempre, el humilde opúsculo tenía que hacer mucho bien con el apéndice colocado allí casi
como simple relleno, casi como si el autor mismo no midiera todo su alcance. La pedagogía contemporánea teorizaba mucho, pero
actuaba muy poco; su escasa fecundidad procedía del hecho de sacar sus elementos de puros dictámenes de la filosofía natural; por tanto,
eran principios racionalistas y espíritu positivista los que daban forma substancial a su orientación. Don Bosco, sin ningún entono
doctrinal, sin la menor pretensión de haber descubierto el secreto del arte educativo, inspirándose en el Evangelio y en las enseñanzas de
la Iglesia, supo hermanar armoniosamente los medios sobrenaturales de la gracia con las normas de la filosofía natural y dar vida de este
modo a un método

1 Apéndice, doc. 10. Encerramos aquí entre paréntesis las añadiduras y modificaciones introducidas posteriormente e imprimimos en
cursiva las cosas omitidas después.

2 Crónica de don Julio Barberis, 22 de abril de 1877.
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que ha producido y produce óptimos frutos en el campo de la pedagogía. Condensó en las pocas páginas de su breve escrito lo que había
realizado durante muchos años. Atiéndase sólo a un punto, a la gran cuestión de la autoridad y de los premios y castigos. Uno de los más
eminentes maestros de la tendencia naturalista de entonces, el célebre Rafael Lambruschini, dedicó al desarrollo del tema por lo menos
dos tercios de su libro Sobre la educación, diciendo un sinfín de cosas bonitas, mezcladas desgraciadamente con errores teóricos; mas,
por el defecto que acabamos de deplorar, ha quedado a más de mil millas de la eficacia alcanzada por don Bosco, que, por los derroteros
de la razón y de la Fe, ha resuelto práctica y plenamente el arduo problema con pocos conceptos magistrales.

Merecido y digno reconocimiento del valor pedagógico que valoriza este "Método preventivo", es el hecho de que el Ministerio italiano
de Educación y Ciencia lo haya incluido en el programa de las escuelas de magisterio. Con tal motivo el exministro Fedele, senador del
reino y profesor de historia ((114)) en la Universidad de Roma, pronunció en una solemne ocasión estas palabras: "Sin lo sobrenatural no
tiene explicación la obra de don Bosco, y esta obra es el florecimiento externo de sus virtudes internas. El luchó contra el materialismo
corruptor de la juventud y detuvo a tiempo al pueblo italiano en la pendiente del funesto camino. Cuando yo propuse el estudio de la
doctrina pedagógica de don Bosco, algún filósofo idealista sonrió. Hoy día el tiempo me ha dado la razón" 1.

Este es el lugar oportuno para presentar un testimonio más antiguo, dado a conocer al público en 1878, sobre el sistema educativo de
don Bosco. El perusino conde Carlos Conestabile della Staffa publicó aquel año un opúsculo 2 en el que narra que él mismo vio cómo el
Siervo de Dios llevaba a la práctica su método pedagógico aun antes de que pensara formularlo por escrito. Un día fue el Conde a visitar
a don Bosco y lo encontró sentado al escritorio, repasando una notita con una lista de nombres.

-Aquí tiene usted, dijo él, algunos de mis pilluelos, cuya conducta deja algo que desear.

Ocurriósele espontáneamente al visitante preguntarle qué castigo les tenía destinado.

-Ningún castigo, contestó; pero mire lo que voy a hacer. Este,

1 Bollettino Salesiano, julio 1931, pág. 203.

2 Opere religiose e sociali in Italia. Memoria del conde CARLOS CONESTABILE. Traducción del texto francés. Padua -Tip. Semin.
1878.
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por ejemplo (y le indicó uno de los nombres), es el más bribonzuelo de todos ellos, aunque es de buen corazón. Me haré el encontradizo
con él durante el recreo y le preguntaré por su salud; contestará él sin duda que está bien.

-""Pero estás contento de verdad?", le diré entonces.

El quedará sorprendido de momento; después bajará los ojos ruborizado. Yo insistiré afectuosamente:

-"íEh, tú tienes algo que no marcha bien; el cuerpo goza de buena salud, pero el alma a veces no está contenta!... "Hace mucho tiempo
que no te confiesas?". A los pocos minutos este joven estará en el tribunal de la penitencia y estoy casi seguro de que no tendré que
quejarme más de él.

El escuchaba ((115)) en silencio, encantado con la dulzura de su hablar, y comenta:

"Yo había descubierto el secreto de las grandes cosas que este humilde sacerdote ha sabido realizar. Muchísimas veces después, a la
vista de los males que aquejan a esta nuestra edad, sentía que una amarga tristeza se apoderaba de mi alma y volvía a resonar en mi
memoria aquella voz sacerdotal que me devolvía la confianza en un porvenir mejor para una sociedad a la que Dios envía tales
reformadores".

Por la crónica de las Hijas de María Auxiliadora sabemos que, al volver de Francia, se detuvo en Vallecrosia y visitó toda la casa de las
Hermanas, desde el dormitorio a la cocina y a la despensa. Alabó su economía y el espíritu de pobreza; pero quiso que se cuidasen y no
abusasen de sus propias fuerzas, para no echar a perder su salud. La gente del país les regalaba frutos del campo; así en aquel momento
un vecino les había regalado un repollo enorme, blanquísimo, y tan hermoso que parecía una flor descomunal. Se lo enseñaron al Siervo
de Dios, y él después de mirarlo un rato y estar pensando un instante, dijo sonriendo a la directora:

-"Queréis hacerme un favor?

-"Cómo no? íDe mil amores, Padre!

-Aquí tenéis mi tarjeta de visita; enviad con ella esta hermosa col a Turín a la condesa Corsi. Así verá que don Bosco no la olvida.

La directora obedeció. Estaba entonces don Bosco gestionando la compra de una casa en Nizza Monferrato, para trasladar allí a las
hermanas de Mornese, y la condesa se interesaba por ello y ayudaba.

Algunas cartas, escritas al regreso o inmediatamente después, completarán nuestra narración del viaje. El 17 de marzo encontramos a
don Bosco en Alassio; nos lo dice una carta enviada desde allí al
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sacerdote de Casale don Domingo Ossella, a quien se debe, en su mayor parte, la fundación del Colegio dirigido por las Hijas de María
Auxiliadora en Casal Monferrato.

((116)) Queridísimo Domingo:

He leído atentamente tu carta, que demuestra tu deseo de atender a las almas que se encuentran al fin de sus días. Optimo pensamiento;
pero el medio que quisieras usar me parece muy difícil y espinoso para ti y para cualquier otro sacerdote. Te diré los motivos
personalmente, después de Pascua, cuando, Dios mediante, me dé un paseo hasta Borgo San Martino.

Te aconsejaría más otra obra que fuera fácil para ti y de éxito seguro; a saber, promover vocaciones para el estado eclesiástico. "Cómo
hacerlo, dirás tú? Indústriate para enviar niños buenos adonde puedan ser cultivados en el estudio y en la piedad y después en la vocación
eclesiástica. Si te encuentras muchachos ya mayores y de buena conducta, anímales a estudiar y, si hace falta, dales clase o envíalos
adonde puedan ser educados ad hoc.

Te diré más cosas de viva voz. Mientras tanto ruega por mí. Dios te bendiga y créeme en J. C.

Alassio, 17-3-1877.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

Desde Alassio le llevaron a Noli para visitar una bonita casa, donde hubieran querido que abriese unas escuelas e internado. El edificio
pertenecía al padre del difunto clérigo salesiano Antonio Vallega 1.
Aceptó, pero con tres condiciones: 1.ª que las escuelas se confiaran a los salesianos; 2.ª que se asignara a los maestros un estipendio total
de tres mil quinientas liras; 3.ª que no hubiese que hacer gastos. Pero el señor Vallega se presentó en Turín, en la primera mitad de abril,
con otras proposiciones tan diferentes y onerosas, que la cuestión quedó paralizada.

La crónica mencionada poco ha, conserva también el recuerdo de una visita, que entonces hizo don Bosco a las Hermanas de Alassio.
Les preguntó si tenían mucho trabajo y, al oír que sí, les dijo:

-Pues bien, mirad: cuando yo voy a las casas y oigo decir que hay mucho trabajo, vivo tranquilo. Donde hay trabajo, no está el
demonio.

Fue a visitar a tres que estaban enfermas. Y, volviéndose a las demás que le habían acompañado, ((117)) preguntó:

1 Véase, volumen XII, pág. 369.
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-"De qué virtud queréis que os hable?
Ellas, que estaban siempre muy atareadas y no sabían cómo practicar la regla que recomendaba "estar continuamente en la presencia de

Dios", respondieron a una:

-Háblenos de cómo estar siempre en la presencia de Dios.

Y él dijo:

-íVerdaderamente qué hermoso sería que las Hijas de María Auxiliadora estuviesen perpetuamente en la presencia de Dios!... Pero

podemos hacer así: renovar la intención de hacer todo a la mayor gloria de Dios cada vez que se cambia de ocupación.

Razonó un poco sobre este tema y al fin concluyó:

-Como veis, no es tan difícil adquirir el hábito de la unión continua con Dios.

El día 23 le volveremos a encontrar en Sampierdarena. Al partir, creemos que desde Alassio, escribió a don José Ronchail:

Mi querido Ronchail:

Estoy a punto de salir para Sampierdarena. He dejado los tres "cuadernos" al canónigo monseñor Viale, que llevará uno al padre
Tedeschi, y los otros dos los despachará en Mónaco. Pero estos dos van a cuenta del canónigo monseñor Viale, Vicario General de
Mónaco.

Por tu parte, envía uno o dos a la señora marquesa Aurelia Spínola con una carta tuya, según lo acostumbrado. Mas, para tu norma, dile
que todo lo que se reciba será para la casa del Torrione y que puede enviar a don Nicolás Cibrario todo lo que no pudiese despachar. Así
estamos convenidos también con don Nicolás. Esta señora está muy encariñada con nuestra familia del Torrione. Dicha señora vive en
Puerto Mauricio.

Envíame también uno a mí.

Vengamos a lo nuestro. Mi exposé (exposición, o memoria), está terminada; la mando a copiar y, antes de salir de Sampierdarena, te la
enviaré.

Mientras preparo un sacerdote para mandártelo, tú empieza a observar:

1.° Cuando se canta un oficio en la iglesia, procura que los sacerdotes, clérigos o coadjutores disponibles estén divididos en dos coros a
los dos lados de la iglesia y que canten alternativamente de modo que tú no tengas que ocuparte de esta parte de la función.

2.° Pon a prueba al aspirante africano y al ex concierge (que fue portero) del Seminario y observa cómo pueden asistir en el recreo, en
el salón de estudio y en las demás partes.

3.° Procura que se encuentre alguna ayuda para la predicación. El reverendo Martini, los teólogos Giovan y Farank, y los Oblatos se
ofrecieron a ayudarte todos ellos pro viribus (en la medida de sus fuerzas). "No se encargaría uno de ellos de predicar un curso de ((118))
instrucciones (veinte minutos no más) a nuestros muchachos y de esta manera tú podrías disfrutar de algún alivio cada día festivo? Creo
que esto te podrá ser muy útil.

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4.° Para el catecismo por clases creo que te pueden ayudar algunos buenos seglares, como el señor Audoli.

5.° Indústriate, además, para que el reverendo Guelfi u otro se cuide directamente de la sacristía, de modo que tú no tengas que pensar
en la limpieza, el orden, el planchado, el lavado, la colocación de las cosas, los ornamentos, el altar, etc.

En una palabra, en todo esto puedes advertir que lo esencial del director consiste en repartir lo que hay que hacer e insistir después en
que se cumpla.

Dame, además, noticias del teólogo Giovan. Siento no haberlo visto, o mejor, que no se haya dejado ver, pues tenía algo que decirle.

No creo que esté dolido por algo. Dile que, al partir, dije con mucho sentimiento:

-Ainsi soit-il (Así sea).

Al enviarte el exposé (la memoria) acompañaré también otras cosas sobre las que hemos tomado una determinación.

Saluda nominatim (a cada uno por su nombre) a los de nuestra familia y a todos nuestros bienhechores a medida que tengas ocasión.

Dame noticias de la condesa Celebrini y del señor Marqués Spagnuolo y su hija adoptiva.

Di a todos que rezo y hago rezar por ellos en Turín, ante el altar de María Auxiliadora.

Ruega por mí, que siempre seré para ti, en Jesucristo,

23-3-77.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

P. S. Da un buen pellizco a don Juan Bta. Perret y dile que esté alegre.
Llama "cuaderno" a lo que hoy se suele indicar con la palabra "bloque" 1 o "taco", conjunto de hojas de papel superpuestas y pegadas
por uno de sus cantos, de modo que se pueden desprender fácilmente. Se trataba de los billetes para la lotería de Niza. La calificación de
"Vicario General de Mónaco", dada por don Bosco al canónigo Viale 2, pide una explicación; tanto más cuanto que de esta manera se
nos ofrece la oportunidad de recordar un rasgo ignorado por el Siervo de Dios.

Por entonces, el principado de Mónaco dependía eclesiásticamente del Obispo de Ventimiglia. En 1876, Pío IX, con un gesto grato para
el príncipe Carlos III, separó su pequeño estado de la jurisdicción de aquel Obispo y erigió en él la abadía Nullius de san Nicolás y san
Benito. Pero el príncipe deseaba que su principado ((119)) se constituyese en diócesis y proponía para obispo a su capellán Theuret. El
Papa no aceptó al personaje que se le presentaba, y se limitó a disponer,

1 Del francés bloc, y éste del alemán block (N. del T.
)
2 Véase: volumen XI, pág. 353.

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por medio de la Congregación de los asuntos eclesiásticos extraordinarios, que monseñor Lorenzo Biale, obispo de Ventimiglia,
administrase la abadía, con facultad para nombrar en ella un vicario general, que fue precisamente el canónigo de Ventimiglia Carlos
Emilio Viale. Pero aquella medida era provisional; en efecto, aquel mismo año el obispo Biale pidió a don Bosco que le indicase un
sacerdote merecedor de ocupar aquella nueva sede. El Siervo de Dios le dio el nombre del teólogo Sora, que había sido párroco de la
Crocetta en Turín, y más tarde canónigo penitenciario en Tortona. Pero el príncipe quería un Obispo, que supiese vivir en la corte como
persona distinguida y que fuera bien plantado. Razón por la cual descartó Carlos III al canónigo Sora, que tenía poco de áulico y de
elegante. Así se lo explicó monseñor Biale a don Francisco Cerruti, director de Alassio. León XIII zanjó la cuestión en 1878, nombrando
a monseñor Theuret administrador apostólico, preconizándole aquel mismo año Obispo titular de Hermópolis y constituyéndole Obispo
de Mónaco en 1887.

Volvamos a la larga carta dirigida a don José Ronchail. El exposé es la relación sobre la fiesta de Niza con los detalles que ya
conocemos. El "aspirante africano" era uno de los muchachos argelinos, enviados por el entonces monseñor Lavigerie al Oratorio y más
tarde mandados por don Bosco a Niza 1.

Hay también una carta del 24 de marzo enviada a don Miguel Rúa desde Sampierdarena; pero baste referir algunos de sus doce puntos.
El primero se refiere a la salud del Obispo de Alba: "Dolorosa la noticia de monseñor Galletti. Haced oraciones especiales; yo escribiré
desde aquí; recemos y confiemos en la bondad del Señor". El tercero trata de algo concerniente a la iglesia de San Segundo, de lo que
habrá que hablar por extenso a su tiempo. El séptimo expresa su contrariedad por las obras que se hacen en el Oratorio ((120)) para llevar
hasta su habitación el pasadizo que hoy vemos 2. Aquellas obras se habían comenzado casi por sorpresa, durante una de sus ausencias,
para proporcionarle un aposento menos incómodo. Y escribe: "Dirás a don Carlos Ghivarello que sólo quiero que la casa esté terminada,
y que, cuando yo llegue a Turín, estén muy lejos los ruidos de los albañiles. íQué muchachos! Me prometieron que todo se acabaría en
pocos días, con poquísimo gasto y después, etc.". No falta un pensamiento para los enfermos: "Saluda a nuestros queridos hermanos don
José Vespignani y don Juan Bautista Tonelli y diles que estoy muy contento de su

1 Véase: volumen XI, pág. 359.

2 Véase: volumen XII, pág. 321.
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mejoría y pido a Dios que conceda a los dos la fortaleza de Sansón, dada la gran necesidad que hay de trabajar". Resulta de particular
importancia el quinto punto: "Para bordar las cosas haré y enviaré desde aquí un saludo al Arzobispo". El capítulo de la catedral y el
clero urbano, como tácita protesta contra las indiscreciones periodísticas de que hemos hablado más arriba, hizo públicas demostraciones
de respeto a monseñor Gastaldi, cuando volvió de Roma. Don Bosco, informado de ello por don Miguel Rúa, quiso solidarizarse con los
demás, uniendo también su voz de alabanza; ésta es la razón del "saludo", que después envió, pero no desde Sampierdarena, sino desde
Turín, y fue como sigue:

Excelencia Rvma.:

Llego ahora mismo 1 de la visita que hice a las casas de Liguria y me entero con gran satisfacción de que el clero turinés ha
manifestado a V. E. sentimientos de respeto por su fausto regreso de Roma. Con mucho gusto me asocio, en mi nombre y en el de todos
los miembros de nuestra humilde Congregación, a los sentimientos de aprecio y veneración que otros han manifestado con tal motivo.
Nosotros hemos rezado cuando V. E. cayó enfermo hace unos meses; ahora redoblamos nuestras pobres oraciones, que se harán en todas
nuestras casas, ((121)) suplicando al Señor que en su bondad se digne conservarle en buena salud y pueda así continuar sus trabajos por el
bien de la Iglesia y de nuestra Congregación, que respetuosamente le recomiendo.

Dígnese aceptar estos cordiales pensamientos, ya sea para deshacer las habladurías de algunos diarios que supusieron cosas carentes de
todo fundamento, ya sea para asegurarle que en todo lo que puedan servirle los salesianos serán siempre tales como en nombre de todos
tengo el alto honor de profesarme,

De V. E. Rvma.

Turín, 28 de marzo de 1877.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

Monseñor envió una cartita en la que "agradecía vivamente al reverendo don Bosco su carta del 28 del corriente marzo". No mucho
después se ganó el Beato el agradecimiento del Arzobispo por algo más notable que un simple acto de cumplimiento. En Bertulla,
pequeño barrio a las mismas puertas de Turín, estaban los vecinos excitados

1 En la carta del 24, sábado, decía a don Miguel Rúa: "Te comunicaré si llego el martes o el miércoles; aquí hay mucho que hacer".
Don Julio Barberis escribe en su crónica que volvió el miércoles santo, 28; en los apuntes de don José Lazzero se lee: "26 de marzo.
Llegó don Bosco". La primera fase de esta carta parece que no se refiere al día en que escribe.
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contra el párroco de la Abadía, iglesia matriz. Este, por estar vacante la parroquia de Bertulla, alegaba ciertos derechos sobre la iglesia
parroquial, que aquella gente no quería reconocer; y así pretendía que fueran a la Abadía para bautizos, matrimonios y oír misa.
Monseñor Gastaldi daba la razón al párroco; por lo cual la población irritada, trataba de llamar a un pastor valdense y pasarse al
protestantismo.
Enterado de ello don Bosco, se informó de la cuestión, y mirando más al bien de las almas que a las disensiones con el Arzobispo, se
presentó a él, y le mostró cómo, en virtud de antiguos derechos, la razón estaba de parte de los de Bertulla. Monseñor Gastaldi se
convenció, abandonó la causa del párroco y volvió a poner las cosas en su sitio. El pueblo, satisfecho, depuso la idea de abandonar la
Iglesia Católica y recibió al nuevo párroco con grandes fiestas. Todavía en el año 1902, cuando el párroco de Bertulla contaba el hecho a
don Juan Bautista Francesia, decía aquella buena gente:

-Si aún somos católicos, se lo debemos a don Bosco.

El día 28 se encontraba don Bosco entre la correspondencia una petición de ingreso en la Congregación y contestaba enseguida:

((122)) Muy querido en el Señor:

Llego en este momento a casa, después de una larga vuelta de visita a las casas del litoral. Contestaré enseguida a su apreciada carta. No
puedo desear mejor ofrecimiento que el de venir a reforzar las filas salesianas, a las que hoy más que nunca se presenta abundosa mies.
Venga, pues, con el sacerdote amigo. Hablaremos con palabras y afecto paterno y creo que nos pondremos de acuerdo en todo. En estos
días, o mejor dicho, durante toda esta semana, no me alejaré de casa. Hasta vernos. Dios nos bendiga a todos y ruegue por este pobrecito
que se profesa en Jesucristo.

Turín, 28-3-77.

Su afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

Desde Turín volvió el Beato a escribir a don José Ronchail una carta, en la que desfilan de nuevo ante nosotros las personas y las cosas
de Niza, aureoladas con aquella atmósfera de caridad activa que el Siervo de Dios ponía en todas sus relaciones domésticas y sociales.

Queridísimo Ronchail:

1.° Te envió el exposé de quo. He estado atareadísimo y retrasé mi vuelta a Turín; estuve un poco indispuesto; ésta es la razón por la
que no he sido diligente. Ahora
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busca o, mejor dicho, suplica al abogado Michel y al barón Héraud que cuiden de su traducción con todas las notas necesarias.

Decidme si hemos de imprimirlo aquí o en Niza. No hace falta que se me devuelva el cuaderno, pues tenemos copia del mismo.

2.° Muy dolorosa la inesperada muerte del benemérito abogado señor Ferrant. Añádase en la nota de la exposición lo que requiera el

caso 1; pidamos a Dios que suscite otros campeones que emulen la misma gloria.
3.° Cuando tengas ocasión, presenta mis saludos a la condesa Celebrini y a la señora Dolores, asegurándoles que el 23 de este mes

comenzamos el mes de María y que he dispuesto se recen mañana y tarde oraciones especiales por ellas.

4.° Recibirás la carta para la esposa de Michel, a quien saludarás de mi parte.

5.° El abate Isnard prevenga al reverendo Lanza que mande comprobar su buena conducta, y yo escribiré al Obispo.

((123)) 6.° En cuanto al círculo de obreros y a los que lo promueven puedes decir siempre que nosotros pasamos por alto toda idea de

partido y nos mantenemos firmes en seguir la enseñanza de Jesucristo: Date quae sunt Caesaris Caesari, et quae sunt Dei Deo. Pero que
nadie tiene nada que temer de nosotros, ni de palabra ni de acción.

7.° Ya es el tercer sacerdote que se estaba preparando para salir rumbo a Niza, pero, uno tras otro, cayeron enfermos. A pesar de todo se
proveerá de alguna manera y pronto.

8.° Dame noticias de la Lotería y, si te quedan todavía muchos billetes, mándame unos cuantos y ya me industriaré para que se
conviertan, si no en doblones de oro, al menos en papel moneda.

9.° Espero una larga y bonita carta del señor Audoli, a quien recomendarás alegría, paciencia y que venga para la fiesta de María
Auxiliadora.

10.° Dame noticias, si las tienes, del teólogo Giovan y del director de los Hermanos.

11.° "Has podido hablar con el reverendo Tiban sobre el terreno de la iglesia?

12.° Dentro de la semana, creo tendréis un jefe de encuadernadores, que empezará a hacer algo.

Saluda cordialmente en el Señor a los sacerdotes, a los clérigos y a todos nuestros muchachos. Dios bendiga a todos y tú ruega por mí,
que siempre seré tuyo en Jesucristo.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

En el número seis se alude al círculo católico de obreros fundado en Niza por personas caritativas a impulso de un bravo oficial de la
marina. Hacía poco que don Bosco había comprado la quinta Gauthier, cuando se enteró de que la junta directiva del círculo buscaba un
local para aquella obra.

-Si ustedes no encuentran otra cosa mejor, dijo entonces don

1 Se añadió en nota una mención biográfica del difunto y una carta de don José Ronchail a don Bosco sobre su muerte.

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Bosco a aquellos señores, vengan a ver mi casa y busquen en ella el lugar que más les convenga para comenzar su empresa.

Encontraron que una habitación, junto a la margen del río y un jardincito contiguo, podían servir por el momento y le rogaron que fijase
el precio del arriendo.

-No se trata de arrendamientos, contestó el Beato; hagan ustedes el bien y a mí me basta, no hace falta más.

Así, el 19 de marzo, fiesta de san José, monseñor Sola inauguró, en el local prestado por don Bosco, el círculo católico obrero, con la
celebración de una misa y comida para los primeros socios. Pero era evidente que dos obras tan ((124)) diferentes no podían desarrollarse
juntas; por lo que, seis meses después, la junta directiva del círculo trasladó su sede a la quinta Pauliani. Las personas que intervinieron
en el asunto le profesaron siempre mucha gratitud por la generosidad con que había favorecido los principios de la obra.

Cuando don Bosco volvió al Oratorio iba con la voz algo enronquecida y tenía alguna dificultad para aguantar la conversación, por
efecto de los desarreglos bronquiales sufridos. Por eso, hasta el 10 de abril, después de las oraciones de la noche, no pudo dirigir la
palabra a toda la comunidad reunida.

Hace ya mucho tiempo que no nos hemos visto, pero, como dice el refrán, el corazón está allí donde tiene su tesoro; así que yo,
mientras estaba en Niza y en Marsella, siempre pensaba en mis queridos muchachos; cuando yo me entretenía con aquéllos, iba
haciéndome mis ilusiones. Miraba a uno y me figuraba, como en sueños, que era fulanito de aquí del Oratorio; observaba a otro y me
parecía que era menganito, a quien había dejado en el Oratorio; pero después cuando yo les hablaba todos contestaban en francés oui, oui,
oui, y entonces me daba cuenta de que no estaba en el Oratorio.

En cuanto al aprecio que todos os tienen por allá, no se puede decir más. Si uno de nuestros aprendices, aun cuando fuese principiante
en el oficio, fuera allí le ofrecerían un buen sueldo. Es tan grande este aprecio que alguien me propuso que enviara a Niza algunos
estudiantes del Oratorio, ofreciéndose a pagar todos los gastos del viaje, dispuestos a costearles todos los estudios, únicamente para que
fuesen, como ellos dicen, a santificar aquellos lugares y hacer santos a los del Patronato de Niza y de otras ciudades. Ellos creen que cada
uno de vosotros es un san Luis; pero si viniesen aquí y os vieran, íay de mí!, vuestra santidad podría deshacerse como el humo. Me
preguntaban:

-"Es verdad que todos son semejantes a san Luis?

Y yo les respondía:

-Sin duda que hay unos que sí y otros que no; pero propiamente malos no los hay.

Ellos insistían en su pregunta, pero yo, temiendo que después me hicieseis alguna trastada, nadaba y guardaba la ropa. Les dije que, si
tanto quiero que estéis todos muy unidos, es para que unos sirváis de ejemplo a los otros; que yo y los muchachos
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del Oratorio nos queríamos mucho, y que no podíamos separarnos los unos de los otros, si no eran obligados por alguna necesidad o por
haber terminado los estudios del último curso del bachillerato: y que, aún entonces, no podíamos hacerlo sino con grandísima pena. De
este modo ellos quedaron con su santa opinión y admiraron el afecto recíproco de don Bosco y sus muchachos.

Ahora, pasando de la broma a algo más serio, os diré que allí, en Niza, hay gran entusiasmo por nuestra Congregación; y que ((125))
sólo en Marsella se nos ofrecen nueve casas; treinta, en toda Francia, sin contar muchísimas más que se nos ofrecen en gran número por
ciudades de las diversas partes del mundo. Quieren casas como la del Oratorio; se creen que le basta a los muchachos venir a nuestras
casas para convertirse enseguida en otros tantos san Luises. Por ahora es imposible atender a todo esto; pero, con la ayuda del Señor, algo
haremos.

Por consiguiente, para atender a tanta urgencia de peticiones, necesitaría que todos los que estáis aquí fuerais sacerdotes, y sacerdotes
salesianos, y que todos supierais francés, como tantos de Biella 1, para luego enviaros allí a fundar casas. Pero esto no puede hacerse de
golpe, y con el auxilio de Dios esperamos en el porvenir. Vosotros, por vuestra parte, haced lo que podáis para llegar a ser con el tiempo
unos buenos sacerdotes, que se puedan enviar a un sitio o a otro a apacentar las almas, y me refiero a las de los jóvenes que la
Providencia nos confiará.

Al menos, si todos no os hacéis sacerdotes salesianos, haceos simplemente sacerdotes, para después llegar a ser párrocos santos, porque
así podréis preparar, seleccionar y educar a los muchachos buenos para enviarlos a nuestros colegios; y éstos, formados por vosotros,
podrán después trabajar por la salvación de las almas.

A este propósito os diré que, en la próxima semana, habrá los ejercicios espirituales y se empezarán el domingo por la tarde. Por lo
tanto en estos días que los preceden, preparaos todos: pensad en lo que entonces tendréis que proponeros para vuestro provecho espiritual
y eterno. Cada cual podrá pensar seriamente qué estado elegir. Algunos han dejado pasar la fiesta de Todos los Santos, la de la
Inmaculada, la de Navidad, la Cuaresma, la Pascua y no han arreglado todavía su conciencia. Ahora tendrán ocasión de arreglarlo todo.
Piense cada uno seriamente en sí mismo, haga su examen y diga: "tengo completamente tranquila mi conciencia? Si puede contestar que,
de estar a punto de morir, se hallaría tranquilo en el estado en que se encuentra, vaya adelante con buen ánimo. Pero, si alguno, al
reflexionar, tuviese que decir:

-íYo tengo una cosa en el corazón que me intranquilizaría en fin de vida, ay, es mejor que lo arregles ahora para encontrarte tranquilo
entonces!

Pero yo deseo hablaros en particular a todos, antes, durante y después de los ejercicios, y lo que pueda hacer para vuestro provecho, lo
haré.

Yo me entretengo con gusto con vosotros y también vosotros conmigo; y os hablo de buena gana, especialmente de lo que concierne a
la salvación del alma. Procuremos mantenernos todos unidos así en el Señor. El nos ayudará y, si hacemos por nuestra parte lo que
debemos, quedarán satisfechos nuestros deseos.

((126)) Espero que todos haremos bien los santos ejercicios y las gracias del Señor lloverán abundantemente sobre nosotros y todos
avanzaremos por el camino de la santidad. Buenas noches.

1 Partiendo de una burla, más o menos graciosa, corre por el Piamonte el dicho de "saber el francés de Biella"; para poner en ridículo a
quien pretende conocer la lengua francesa sin tener de ella el menor conocimiento.
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Tres días después de esta charla el Siervo de Dios volvió a escribir a don José Ronchail otra cartita, en la que hablaba de muchachos
recomendados al abogado Michel y que había que admitir en el hospicio de Niza. Eran cinco muchachos de Damasco, que se llamaban
Kabil, Nais, Loftí, Homsi, Naggiar y Klat, y fueron aceptados.

Queridísimo Ronchail:

Creo serán admitidos en Niza los jovencitos sobre los que he escrito al abogado Michel. Procura que se dé publicidad de ello a su
tiempo y que el señor Abogado escriba una buena relación para la Unità Cattolica; creo que esto nos aportará alguna ventaja.

Tendrás cuanto antes el sacerdote y el asistente.

Lleva esta estampa a la Marquesa Celebrini y dile que creo podré estar en Turín en mayo y en junio.

Dios os bendiga a todos y créeme siempre en Jesucristo

13 de abril de 1877.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

No faltó quien, en distintas y sucesivas ocasiones, reprochó a don Bosco que recurriese a la publicidad a través de los diarios y de
opúsculos de ocasión. Nosotros diríamos más bien que también en esto se destacó su virtud. En efecto, el Beato conocía la índole de
algunos y las críticas de otros y no podía escapársele que de este modo sufría menoscabo su estimación ante algún personaje bien situado;
a veces la desaprobación se le echaba en cara. Y él daba la razón de su manera de proceder, así:

-Vivimos unos tiempos en los que es preciso actuar. El mundo se ha materializado; por tanto hay que trabajar y dar a conocer el bien
que se hace. Si uno hace hasta milagros rezando día y noche y estándose en su celda, el mundo no hace caso y no cree en ello. El mundo
necesita ver y tocar.

Y tratando de la conveniencia de dar a las buenas obras la máxima publicidad, decía:

-Es el único medio para ((127)) darlas a conocer y sostenerlas. El mundo actual quiere ver las obras, quiere ver al clero trabajando en la
instrucción y educación de la juventud pobre y abandonada, en obras de caridad, en hospicios, escuelas, artes y oficios... Y éste es el
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único medio para salvar a la juventud pobre, instruirla en la religión y así cristianizar a la sociedad 1.

Pertenece al tiempo de este viaje a Francia un hecho extraordinario de penetración del pensamiento. Se contó públicamente en Niza en
1908, con ocasión de las fiestas allí celebradas por el decreto de la Venerabilidad de don Bosco 2. Lo había narrado a don Pablo Albera,
en presencia de muchos, la misma persona a la que le había sucedido el caso. La señora Beaulieu había conocido al santo cura de Ars, y
creía que poseía una idea exacta de lo que era un santo. Cuando don Bosco llegó a Niza y oyó decir que había llegado un santo, cuyo
nombre conocía por la fama, deseó conocerle personalmente. Al saber su deseo, una amiga suya la llevó a casa de unos conocidos a la
hora de la comida. Don Bosco estaba sentado en la cabecera de la mesa y la señora se sentó al fondo con la amiga. El Siervo de Dios,
siempre sereno, tenía en aquel momento la copa en alto y brindaba por el anfitrión. La recién llegada casi quedó escandalizada.

-"Y éste es un santo?, pensó para sus adentros, desilusionada su expectación.

Levantados los manteles, presentóse a don Bosco, deshaciéndose en cumplidos; pero don Bosco, sonriendo, le dijo:

-Ya sea que comáis, ya sea que bebáis, hacedlo todo en nombre del Señor.

La buena señora comprendió y no necesitó más para mudar de opinión. Hízose en seguida cooperadora salesiana y lo era desde hacía
tres años cuando narró a don Pablo Albera lo sucedido, que ya había repetido ella misma a muchos otros.

1 Véase Bolletino Salesiano, junio 1895.

2 Hasta entonces se daba título de Venerable a un Siervo de Dios, cuando su causa de beatificación había sido introducida oficialmente
en Roma; ahora se da después del decreto de la heroicidad de las virtudes.
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((128))

CAPITULO V

JUBILEO EPISCOPAL DE PIO IX Y VISITA DEL
ARZOBISPO DE BUENOS AIRES A DON BOSCO

CUANTO más se acercaba a su fin la vida mortal de Pío IX, tanto más crecía en los fieles el amor a su persona. Diéronse solemnes
pruebas de ello en 1877, con motivo de su jubileo episcopal. Puede afirmarse que todo el mundo católico, por medio de representantes,
peregrinó aquel año al Vaticano, desafiando las iras de los sectarios mundiales y de los políticos.

Singularmente durante el mes de junio hubo verdaderas legiones de creyentes que acudieron a postrarse a los pies del venerable
anciano. Con los donativos enviados al Papa, desde todos los rincones de la tierra, se formó una grandiosa exposición, cuyo valor se
calculó en diez millones. El óbolo de San Pedro recogido en aquella ocasión alcanzó los dieciséis millones y medio. Nunca hasta
entonces había recibido un Papa tantas demostraciones de afecto.

Este plebiscito mundial de devoción al Vicario de Jesucristo henchía de júbilo el corazón de don Bosco, tan lleno de veneración por el
Sumo Pontífice y tan vibrante de agradecimiento a la persona de Pío IX. Determinó, pues, enviar a Roma, como representantes de la
Congregación y portadores de un Album, al Director del Oratorio y al Maestro de los novicios.

-"Qué dirías tú, preguntó bonachonamente un día a don Miguel Rúa en presencia de otros varios sacerdotes y señalando ((129)) con la
mano a don José Lazzero y a don Julio Barberis, si enviara a este par de ratat¨i? 1.

Don Miguel Rúa asintió a ello y los demás aplaudieron.

En seguida se comenzó a preparar el Album, que resultó a medida del deseo. Quedó cerrado con una elegante encuadernación, que
llevaba en la portada esta inscripción en una lámina de oro:

1 Ratat¨i es una palabra piamontesa que significa "hombrecillos". Crónica de don Julio Barberis, 4 de abril de 1877. En ciertas
ocasiones solía don Bosco tratar a sus hombres como los había tratado cuando eran muchachos.
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HOMENAJE
DE FILIAL OBSEQUIO
DE LOS SALESIANOS Y DE SUS ALUMNOS
A SU INSIGNE BIENHECHOR
EL GLORIOSO PONTIFICE
PIO IX
EN EL AÑO XXXII DE SU PONTIFICADO
Y LXXXVI DE SU EDAD
EN SU JUBILEO EPISCOPAL
3 DE JUNIO 1877

Interiormente, en hermosos folios de papel fuerte de protocolo, aparecía, en primer lugar, una breve estadística de la Congregación
Salesiana, seguida de las diferentes casas. Figuraba primero la casa madre con este encabezamiento: "La casa madre está en Turín, con el
nombre de Oratorio de San Francisco de Sales, y habitan en ella los salesianos por este orden". Y seguía el cuadro del Capítulo Superior
y la lista de los socios residentes en el Oratorio. Toda la parte gráfica era obra de una mano experta. Se caracterizaba el contenido porque
cada casa se clasificaba por secciones o ramificaciones diferentes, que se podían considerar separadamente, con el nombre de los socios
destinados a cada una de ellas, y el número de alumnos, personas o fieles a los que en ellas se atendía.

-Esto, dijo don Bosco, lo aprendí en Roma en las sagradas Congregaciones; pues, al hablar yo de Turín, y mencionar novicios,
aprendices, estudiantes, ((130)) oratorio festivo y hacer después relación de todos ellos como de una sola casa, se me dijo que era mejor
presentar todas las partes separadamente una de otra.

Por eso las partes del Oratorio eran las siguientes:

1.ª Sección de estudiantes. Capítulo y número de alumnos.

2.ª Sección de aprendices. Idem.

3.ª Noviciado. Personal y número de novicios.

4.ª Sección de estudiantes adultos, etc.

5.ª Iglesia de María Auxiliadora.

6.ª Oratorio festivo de San Francisco de Sales y escuelas anejas.

7.ª Oratorio festivo de San Luis y escuelas anejas.

8.ª Oratorio festivo de San José.

9.ª Taller de San José, donde se reúne un centenar de muchachas para aprender un oficio, asistidas por las Hermanas de San José.
Capellán, el reverendo don Antonio Sala.
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10.ª Instituto de San Pedro, con un centenar de cien jóvenes salidas de las cárceles. Capellán, el reverendo doctor José Bertello.

11.ª Instituto del Buen Pastor, donde están internadas casi quinientas jovencitas de diversas condiciones. Capellán, el reverendo don
José Bologna.

12.ª Instituto de San Carlos y escuelas anejas para muchachas. Director espiritual, el reverendo don Francisco Paglia. Capellán, el
reverendo don Carlos Cipriano.

13.ª Oratorio festivo en Chieri para niñas, asistidas por algunas cooperadoras salesianas. Director, el reverendo don Miguel Rúa.

Después de Valsálice y Lanzo, se procedía por diócesis, siguiendo siempre el mismo método. Por fin, después de las "Casas de
América" aparecía el "Instituto de María Auxiliadora" con esta presentación: "Como apéndice de la Congregación Salesiana, de la cual
depende, está el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora. Su fin es hacer con las niñas pobres lo que hacen los salesianos con los
muchachos. La casa madre está en Mornese, diócesis de Acqui. El Capítulo Superior está formado por..."

((131)) Después de Mornese, seguía la lista de las casas: Borgo San Martino, Lu, Alassio, Turín, Bordighera, Biella, Lanzo, por orden
cronológico de fundación. Cada casa llevaba el nombre de la directora, el número de hermanas, las secciones de su actividad y la cualidad
y número de alumnas. Por ejemplo, decía de la casa de Santa Angela Merici, en Turín: "Directora, sor Elisa Roncallo, con veinte
hermanas; unas dan clase a las niñas pobres, otras están ocupadas en la ropería de los niños pobres del Oratorio; algunas se dedican a
estudiar para poder así presentarse a examen de maestras. Tienen oratorio festivo, y son muchas las muchachas que asisten al mismo". Es
notable la nota para la casa de Bordighera: "Directora, sor Rosalía Pestarino, con otras tres hermanas. Tienen oratorio festivo; durante la
semana dan clase a las más abandonadas tres veces al día. Hay que advertir que esta casa está rodeada de protestantes; las hermanas,
además de la escuela ordinaria, dan lecciones de repaso a bastantes muchachas mayores para alejarlas del peligro de caer en manos de
maestras heterodoxas".

El estado de la Congregación en América fue redactado por don Juan Cagliero, a quien se lo había pedido don Bosco: "Si puedes enviar
el estado de nuestra Congregación en América del Sur, yo lo haré presentar al Padre Santo para su Jubileo Episcopal, para el que toda
Europa, y también América, se han movilizado" 1. Don Juan Cagliero

1 Carta de don Bosco a don Juan Cagliero, Turín, 31 de marzo de 1877.
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acompañó a la relación el borrador de un saludo especial para el Papa en nombre de aquellos socios.

Pensaba don Bosco que un Album, así compilado, no se perdería ni sería arrinconado, sino que se conservaría y sería consultado como
documento para conocer el estado de la Congregación en 1877. Los dos portadores que debían llevarlo a Roma, salieron de Turín el 28 de
mayo.

La recepción de las peregrinaciones había empezado en el Vaticano ((132)) el 30 de abril. Hubo dos festejos religiosos Urbi et orbi; uno
en la basílica de San Pedro el 21 de mayo, fecha cincuentenaria del nombramiento de monseñor Mastai, arzobispo de Spoleto; y el otro el
3 de junio en San Pedro in Vínculis, donde cincuenta años antes había recibido la consagración episcopal.

En ambas ocasiones los alumnos internos del Oratorio hicieron comunión general y asistieron a solemnes funciones. El 21 de mayo los
muchachos del oratorio festivo juntaron la cantidad de setenta liras con treinta y cinco céntimos, para el óbolo de San Pedro 1. En la
iglesia de María Auxiliadora se invitó a los fieles para el día siguiente a la fiesta titular con este aviso: "Oremos por el Sumo Pontífice
Pío IX. El día veinticinco del corriente mes de mayo se celebrará, en la iglesia de María Auxiliadora, a las siete, una misa con oraciones y
comuniones. Se ruega a V. S. que asista con otras piadosas personas y ofrezca todos estos actos para obtener de Dios un buen estado de
salud al Padre Santo". La prudencia aconsejó esta forma de invitación personal hasta con la indicación del fin de la ceremonia, ya que,
por desgracia, también en Turín los sectarios perturbaban ruidosamente la manifestación pública en honor de Pío IX.

En la fiesta de Roma del 21 de mayo participaron numerosos peregrinos franceses; trescientos de ellos, ya de regreso, visitaron el
Oratorio la víspera de la solemnidad de María Auxiliadora. Entraron en él alrededor de las ocho y media de la tarde y fueron recibidos a
los acordes de la banda de música y con el canto del himno A Roma, fieles, compuesto por don Juan Cagliero con ocasión del Concilio
Vaticano. Lo cantaron todos los alumnos a coro, acompañados por la banda. Don Bosco dirigió a los peregrinos unas palabritas de
saludo, en francés, que fueron previamente impresas, con hermosos caracteres tipográficos, en papel de buena calidad y se distribuyeron
como recuerdo de la grata visita a los peregrinos 2. También hablaron ellos; lo hizo

1 L'Unità Cattolica, 13 de mayo de 1871.

2 Véase: Apéndice, doc. n.° 11.
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muy elocuentemente el abate ((133)) Piccard, director de la peregrinación. Después, y por iniciativa de la Juventud Católica, se sirvió a
los peregrinos un refresco en los mismos locales del Oratorio, desde donde se encaminaron a la estación para la salida. A los jóvenes se
les había enseñado el grito de Vivent les pèlerins franþais, que resonó muchas veces produciendo un efecto muy simpático.

El último día de mayo llegó un telegrama desde Gibraltar anunciando a don Bosco que el Arzobispo de Buenos Aires desembarcaba en
Génova el día primero de junio 1. Monseñor León Federico Aneyros llegaba a la cabeza de la delegación argentina para ofrecer al Padre
Santo el homenaje de los católicos de aquella floreciente república. El Beato, que ya estaba informado de su viaje, se había apresurado a
buscarle en Roma un alojamiento conveniente, y ahora, ante la noticia de su próxima llegada, se alegró muchísimo. Hablaba de ello con
todos y con expresiones de vivo júbilo. El día primero de junio salió para Sampierdarena. Ignoramos los detalles del desembarco; sólo
sabemos dos cosas: que Su Excelencia fue huésped del Arzobispo de Génova y que vio a don Bosco el día 3 por la mañana 2. Se
encontraron en la iglesia pública de San Cayetano. Había llegado el Arzobispo mientras don Bosco acababa de celebrar. Iba el director,
don Pablo Albera, a la sacristía para avisarlo, pero monseñor Aneyros lo detuvo diciéndole:

-No se moleste a un santo mientras está con Dios después de la santa misa.

Así aguardó a que él saliese de la sacristía y, íentonces, qué conmovedora escena! El aprecio que el insigne Prelado profesaba al Siervo
de Dios y la gratitud del Siervo de Dios al Arzobispo se expresaron en un cordialísimo abrazo; después se miraron, mudos y arrasados los
ojos en lágrimas, durante unos instantes, y se echaron de nuevo el uno en brazos del otro. Los testigos del hecho afirmaron y confirmaron
después que don Bosco nunca se había mostrado tan expansivo, acostumbrado como estaba a dominarse continuamente.

((134)) Casi a punto de salir para Roma, el Beato tuvo un recuerdo para el conde Cays, ingresado hacía pocos días en el Oratorio, para
comenzar allí mismo su noviciado.

Queridísimo señor Conde:

Tengo que salir hoy a las doce y media para Roma. Rossi le dará noticias de los peregrinos argentinos. Es un verdadero espectáculo. Me
interesa mucho que hable

1 Carta de don Bosco a monseñor Gastaldi, Turín, 31 de mayo de 1877.

2 Carta de don José Rossi a don Miguel Rúa, Sampierdarena, 3 de junio de 1877.
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con Barale respecto a lo que hay que hacer con las Lecturas Católicas. Me parece oportuno se haga tomar medida de la sotana, y así, a mi
retorno, podemos hacer una función con la que usted se convierta totalmente en herencia del Señor.

Diga al querido abogado Fortis 1 que se mantenga fortis in bello y que hay un gran premio reservado para los grandes sacrificios.

Dios nos bendiga a todos y ruegue por mí, que soy en Jesucristo su

S. Pier d'Arena, 3 de junio de 1877.
Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

El Beato salió para Roma poco después del mediodía. Al parecer, monseñor Aneyros no fue con él, sino que, más tarde, tuvo como
compañero de viaje al arzobispo Magnasco; en cambio parece que partieron con don Bosco los argentinos, que se habían hospedado en el
hospicio de Sampierdarena, entre los cuales se encontraba monseñor Ceccarelli 2.

Don Bosco tenía muchos asuntos que tratar en Roma; el más importante era el de los conceptinos. Se hospedó, como de costumbre, en
casa del señor Sigismondi. Hacía un calor sofocante y su habitación, situada precisamente bajo el tejado, era un horno; ello le obligaba a
tener abiertas la puerta y la ventana. Sudado como estaba (llevaba además la sotana de invierno), aquellas corrientes de aire podían serle
mortíferas; sólo le causaron fiebres con erupciones miliares. "Pero estas cosas nunca le rinden a don Bosco", escribió don Julio Barberis,
testigo ocular 3. En efecto, él seguía sus trabajos, ((135)) como si nada de particular ocurriese. Podemos sacar útiles informes de su
correspondencia con don Miguel Rúa. He aquí la primera carta:

Mi querido Rúa:

1) Puedes llevar a término el expediente del clérigo Ricci; pero, en cuanto haya marchado, avisa en seguida a su Obispo.

2) En cuanto a Bodrato, recemos; háblale, salúdale de mi parte, dile que me escriba una larga carta y mientras tanto, si sigue,

proveeremos. Pero, si hay algún peligro para él o para otros, hagamos lo más pronto posible lo que hay que hacer 4.
3) Roma es capital del mundo, literalmente hablando. Pío IX es la primera maravilla

1 Este señor había ido con la intención de hacerse salesiano; pero al poco tiempo se hizo jesuita.

2 Así parece deducirse de la carta de don losé Rossi.

3 Crónica, 28 de junio de 1877, recordando las cosas de Roma.

4 Se trata del clérigo Juan Bodtato que daba indicios de alienación mental.

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de este siglo; la exposición para su jubileo es la segunda; pero una y otra sin ejemplo en la historia del pasado y creo que también en la
del porvenir.

4) Estaba a punto de escribir al señor conde Cays y al señor abogado Fortis, para que vinieran volando, aunque sólo fuera para ver un
momento el espectáculo de la exposición pública; pero, atendida la inmensa muchedumbre y también la indiscreción de algunos, mañana
se suspenderá y veré si se vuelve a abrir.

5) Hasta ahora no ha sido posible todavía tener audiencia del Padre Santo, ni pública ni privada. Espero que la tendremos en los
primeros días de la próxima semana. El Padre Santo se lamentó ya varias veces de que don Bosco no va a hablarle de los conceptinos,
pero "cómo acercarse a él?

6) Monseñor Ceccarelli es una copia de don Juan Cagliero; vendrá con su Arzobispo (copia de monseñor Galletti) a pasar algún día con
nosotros en Turín. Lo que cuentan de los salesianos es muy superior a lo que nos escribieron en sus cartas.

7) La parroquia, que llaman de la Boca, está definitivamente cedida a los salesianos. Es la primera parroquia de la República Argentina
confiada a congregaciones eclesiásticas y es una de las más difíciles, pero de las más importantes de la ciudad. El Arzobispo quiso firmar
el Decreto la tarde antes de salir de viaje y cuenta esto con gran complacencia.

8) Don José Lazzero y don Julio Barberis hacen y hacen hacer los ejercicios espirituales a los conceptinos. Ya veremos.

9) Después de la audiencia hago cuenta de salir para Sampierdarena, adonde llegaré medio tostado para ir a hacerme tostar
completamente en Turín, si no me sucede esto antes de salir de Roma.

10) Un cordialísimo saludo a nuestros queridos muchachos, clérigos, sacerdotes, estudiantes y aprendices, y diles que les encomiendo
de todo corazón ((136)) que hagan una santa comunión según mi intención. A mi regreso les diré el motivo.

11) Saluda a don José Vespignani de mi parte y dile que, cuando esté ante el Padre Santo, espero pedirle una bendición especial para él.

Dios nos bendiga a todos y créeme siempre en Jesucristo.

Roma, 8-6-1877.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

P. D. Dirás a don Joaquín Berto que hasta ahora no he recibido nada de lo que le había pedido. A lo mejor no le ha llegado mi carta.
Recuerda que este año será mayordomo de la fiesta de san Luis el señor José Casalegno, padre de Casalegno.

Siempre que el Beato había ido a Roma, había gozado de libre acceso al Papa; pero entonces, ya fuera por la edad, ya fuera por las
indisposiciones, Pío IX no daba audiencias privadas ni siquiera a los muchos obispos que habían acudido para el Jubileo, y hacía que se
le presentaran por grupos de naciones. Contribuían también a impedir el paso a don Bosco las otras causas mencionadas en la historia de
los conceptinos. Don Julio Barberis escribe en su crónica, sin la menor

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duda, que tuvo audiencia privada "unos dos días antes de salir" de Roma. Don Bosco, por el contrario, dirá a este propósito, en carta del
29 de noviembre al cardenal Bilio, compendiando la historia del asunto de los conceptinos: "Cuando vine a Roma para el Jubileo del
Padre Santo me esforcé cuanto pude para obtener un solo momento de audiencia con Su Santidad. Hice la petición por escrito; el Padre
Santo en audiencia pública manifestó el deseo de oírme; pero no me fue posible". En carta del 13 de junio al abate Guiol dice ciertamente
el Siervo de Dios que el Padre Santo ha hablado de la obra de Marsella y ha alabado a aquel Obispo, lo cual haría suponer un coloquio
privado; pero esto pudo haber sido dicho en la audiencia pública, en el caso de que entonces le pidiera don Bosco una bendición especial
para el feliz resultado de aquella nueva empresa, o en audiencia privada al Arzobispo de Buenos Aires, por cuya mediación don Bosco
hubiese pedido aquella bendición. De todos modos lo cierto es que él en el ((137)) largo párrafo de la carta, en el que refiere los
sentimientos del Papa, no hay ni una palabra de la que se pueda argüir que el Papa le haya hablado así a él personalmente; de donde se
deduce que el Siervo de Dios vio por última vez a Pío IX, vivo, en la mencionada audiencia pública.

La audiencia pública fue concedida el 10 de junio a los periodistas católicos y a sus representantes. Don Bosco participó en ella como
editor de las Lecturas Católicas. La amabilidad del Pontífice no pudo ser mayor. Al pasar ante él se paró, lo escuchó y tuvo la bondad de
recordar una petición de la que había tenido noticia por el cardenal Oreglia 1.

-"Y necesitáis también, le dijo, ornamentos y vasos sagrados para vuestras iglesias y para las misiones, no es verdad?

-Santidad, respondió don Bosco, tendría verdadera necesidad, porque muchas de nuestras iglesias carecen completamente de todo.

-Bien, poneos de acuerdo aquí con el cardenal Oreglia. Yo le encargo que os haga proporcionar lo que necesitéis de lo que haya entre
los objetos de la exposición.

1 El cardenal Oreglia, con fecha 10 de mayo, había escrito a don Bosco: "Su otra petición ha sido acogida en principio, pero no será
tomada en consideración, sino cuando se cierre la exposición, que todavía no está abierta. Y para que la cosa pueda salir mejor,
convendría, a mi entender, que usted me escribiese una carta que se pueda mostrar en la cual, al agradecerme esta noticia o más bien
manifestarme su gratitud al Padre Santo por su buena disposición en su favor, mencionase las necesidades que tiene y la plena confianza
en la generosidad de Su Santidad".
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Don Bosco se entendió con el Cardenal, a quien presentó una nota de lo que necesitaba para cada una de sus iglesias, capillas, oratorios
y altares. Le costó mucho tiempo hacer la nota.

Otras dos cosas quería resolver don Bosco en Roma: quería conseguir una residencia propia y poder abrir un hospicio para los
jovencitos. En casa del señor Sigismondi siempre se encontraba algo molesto, pues no disponía más que de una habitación y una cama; y
él necesitaba un secretario a su lado, que le proporcionase lo necesario, como plumillas, papel, sobres, tinta y otras cosas por el estilo. Y
en esto fue muy afortunado. Las nobles Oblatas de Tor de'Specchi tenían ((138)) con el Oratorio, de mucho tiempo atrás, una especie de
deuda, que deseaban saldar, amueblando cinco habitaciones de su propiedad, situadas en una casa frente por frente de la suya y
poniéndolas a disposición de los salesianos, para cuantas veces fuese alguno de ellos a Roma. Don Bosco visitó aquellas habitaciones y
aceptó de muy buen grado; así lograría quitar todo fundamento a la extraña voz que corría de que la casa de los conceptinos se iba a
convertir en fonda de los salesianos a su paso por Roma.

Asunto más serio era la búsqueda de un lugar, donde abrir un hospicio. Visitó varias casas, entabló negociaciones para comprar una
situada en los barrios del ensanche de Roma. Declaró su intención al Cardenal Secretario de Estado y obtuvo no sólo alientos, sino
también promesa casi formal de que el Padre Santo le ayudaría económicamente con mucha generosidad. Poco después le indicó el
Cardenal Vicario la necesidad que había de una iglesia en la parte nueva de Roma; pues en aquel barrio, ya tan poblado, no se hallaba ni
una capilla católica, mientras los protestantes habían levantado un templo precisamente en su centro; él, pues, rogaba a don Bosco que
construyese allí una iglesia. Hacía ya tres años que su predecesor había confiado a otros el encargo de estudiar el asunto, pero no se había
encontrado el lugar y mucho menos los medios. Cuando don Bosco oyó esto, no puso impedimentos; salió del palacio del Cardenal, se
encaminó inmediatamente al conde Berardi y le preguntó si tenía todavía en venta cierto terreno, del que se había hablado en otras
ocasiones. Recibió respuesta afirmativa; pero había una tercera persona interesada en aquel asunto. Don Bosco se dirigió en el acto a
aquella persona, se entendió con ella para la cesión del terreno necesario y pidióle que fijara un precio de acuerdo con la renta.
Accedieron los propietarios y se fijó la cantidad en doscientas mil liras. Resulta que en un sólo día se empezaron las negociaciones y se
llevaron a cabo. No quedaban más que las formalidades legales, que siempre requieren su tiempo; pero don Bosco tuvo que
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salir de Roma y de nuevo tornaron a empezar las largas dilaciones, de suerte que volvieron a romperse los hilos y no se hizo nada.
((139)) Resulta interesante, ahora, ver cómo escribía el Siervo de Dios a don Miguel Rúa en momentos de tanto ajetreo:

Carísimo Rúa:

1) La negociación para el Seminario de Magliano ha terminado de acuerdo con nuestro entender. Será éste el primer ejemplo de un
Seminario administrado de esta manera. Te enviaré copia del convenio, tan pronto como don Joaquín Berto lo haya puesto en limpio.

2) Si las cerezas no son muy caras, creo que convienen para hacer vino con ellas. Obsérvese que cuanto más maduras estén, mejor van
para ello. Para que se depuren, se requiere bastante cantidad de agua.

3) Dirás a don Joaquín Berto que he recibido los papeles y cartas enviados y que todo está en regla; la señora Matilde pregunta a

menudo por él y le devuelve los saludos.

4) Estudia la gestión de don Dallera; yo espero también preparar a alguno.

5) De acuerdo con el contrato del palacete de Cambiano. Si no sabes dónde meter el dinero que... (sacarás de la venta), Rossi y don

Pablo Albera te ayudarán a ponerlo donde le corresponda.

6) Sería estupendo que cuando pasen los argentinos por Turín, se representara el drama sobre la Patagonia.

7) "Va adelante la impresión de los esquemas para el capítulo?

8) Dirás al reverendo Ortelli que me dará un gran gusto si se queda con nosotros hasta mi vuelta.

9) Está aquí en Roma monseñor Lacerda, Obispo de Río de Janeiro; he hablado con él y quiere ir a Turín, y no saldrá del Oratorio hasta

que no se lleve consigo, al menos, cinco salesianos, cuyos pasajes ya tiene preparados. Verás qué bella persona.

10) Está determinado que don Juan Cagliero vaya a hacer una exploración hasta los últimos límites de Patagonia a Santa Cruz. Por
consiguiente, queda diferido por unos meses su regreso a Europa.

11) El Cardenal Arzobispo de Malinas pide hoy, en nombre del Padre Santo, que vayamos a abrir una casa en su diócesis. Idem el
cardenal Simeoni para Palestina; idem para Canadá, etc. Dirás, pues, a los novicios que les encomiendo, por caridad, que se den prisa,
porque cada día se multiplican las necesidades. No sé cómo saldremos del paso.

Animo y saluda a don José Vespignani. Di al conde Cays y al abogado Fortis que la mies es mucha y sin límites; por tanto, etc. Don

Cappelletti y los suyos prepárense para la salida. Saluda a Cottini, Pelazza, Barale.

Dios nos bendiga a todos y un saludo para todos en Jesucristo. Amén.

Roma, 12-6-1877.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

(Hasta ahora ninguna audiencia.)

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((140)) Por el mismo estilo escribía al día siguiente otra carta al director del colegio de Varazze.

Queridísimo Francesia:

Si hubiera sido posible presentar tu carta, la hubiera enviado al mismo arcipreste de Noli. Pero, como esto no era conveniente, me
parece mejor que le escribas tú directamente y le digas las voces que corren, el parecer contrario del Obispo, etc. De esta manera nosotros

podemos seguir en nuestro puesto.

"Pero, terminado el quinquenio de Varazze, adónde iremos?

Si algo tienes que enviar al Padre Santo, envíalo en seguida a gran velocidad a Tor de'Specchi.

El Arzobispo de Buenos Aires, monseñor Ceccarelli y el obispo Lacerda, de Río de Janeiro, irán a Turín y permanecerán unos días con

nosotros. Tal vez vayan, o mejor, vayamos a hacerte una visita. De todos modos se te avisará e invitará para que vengas a contarnos la
historia de Pipetta en Turín en aquella ocasión.

Todavía no puedo fijar mi salida, pues aún no fue posible obtener audiencia particular del Padre Santo.

Saluda a Alejandro Mancini, Tálice, Cinzano y a don Juan Turchi, mi antiguo ortopédico. Dios os bendiga a todos; créeme en
Jesucristo,

Roma, 13-6-1877.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

P. D. Dirás a tus alumnos de tercero y cuarto de bachillerato que de todas partes nos llaman, y que les recomiendo que me preparen
fervorosos salesianos.
Hay en estas cartas algunas cosas, cuya explicación se dará más adelante, y otras que no la necesitan o no es posible darla. Las
publicamos íntegramente, porque nos parecen preciosos documentos, útiles para quien quisiere más adelante estudiar la psicología de don
Bosco. Y aquí va la tercera para don Miguel Rúa, escrita cuatro días después de la segunda.

Queridísimo Rúa:
1) Di a don Joaquín Berto que me envíe una sotana de verano, porque de lo contrario me aso en Roma. Creo que enviarla por ferrocarril

a gran velocidad no costará tanto como comprar una nueva.

2) Si no hay impedimento de tipo moral, puede recibir la tonsura el clérigo Peret.

((141)) 3) Te envío aquí un montón de cosas, entre ellas la carta que se ha de publicar en el Bolletino Salesiano, a la que hay que dar

prisa quod fieri potest, para que pueda salir el próximo mes. Que me envíen las pruebas. Si está impresa la Obra

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de María Auxiliadora, se me envíen algunos ejemplares, pero obténgase antes el visto bueno de la autoridad eclesiástica de Génova.

4) Todavía no he tenido audiencia particular y el Padre Santo no quiere que me vaya. La espero cuanto antes, para volar después ad
lares.

5) Se presentan muchísimas cosas para comenzar a hacer; pero me faltan todos los secretarios. Esto me hace suspirar por don Joaquín

Berto.

6) Además tengo aquí asuntos que te comunicaré pronto si salen bien; pero necesitan muchas oraciones.

7) Dirás al conde Cays que la carrera de teología es de siete años, pero que, tal vez, por cuanto sea necesario, él la hará en siete meses.

A mi llegada diré el secreto correspondiente.
Saluda uno por uno a los interesados.

(sin firma)

Por fin volvió a escribirle por cuarta y última vez antes de salir de Roma. El conde Cays, repetidas veces mencionado, y el abogado
Fortis habían entrado en el Oratorio para hacerse salesianos.

Queridísimo Rúa:

Ya está decidido que el Arzobispo de B. A. irá a Turín con sus peregrinos. Entre todos serán seis u ocho. Monseñor Ceccarelli nos
precederá; yo los acompañaré por el camino y enviaré un telegrama el (día) anterior a la llegada.

1) Este año celebraremos san Juan y san Federico juntos, y probablemente será el día de san Pedro. Por consiguiente, el que lea alguna
composición, tenga en cuenta a Pedro Ceccarelli, a León Aneyros, que es la víspera; Gastini, con su peluca blanca, invocará a san Juan.

2) Parará ahí ocho días, durante los cuales visitará Turín, Valsálice, Lanzo, donde conviene que preparen algo en latín, en italiano, en
francés y también en español.

3) Monseñor Ceccarelli predicará el día de san Pedro y hablará en la iglesia de María Auxiliadora; procuraremos que algún diario
informe de ello. Monseñor Aneyros pontificará o asistirá solemnemente.

4) El domingo siguiente, primero de julio, haremos la fiesta de san Luis y probablemente pontificará el Arzobispo de Río de Janeiro.
Avisa al señor Casalegno en este sentido.

5) Vete a hablar un momento con nuestro Arzobispo, y dile que ellos pasarán a saludarle, y que le rogamos se digne conceder la
facultad para celebrar a los sacerdotes que los acompañan y a los Obispos ((142)) la de pontificar en las funciones, si se lo permiten el
tiempo y la salud. Te comunicaré después adónde podrás enviarme la respuesta.

6) En cuanto a la comida todos ellos son fáciles de contentar, con tal que sean cosas buenas; así que no causan ningún apuro. Es
probable que se haga un paseo a Superga, mas para ello tendremos prevenido al abate Stellardi.

8) Hoy audiencia pública para los salesianos. Veré si es posible un momento de audiencia privada.

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9) Que sigas bien y seas bueno; saluda cordialísimamente a nuestros queridos salesianos, aspirantes o que pueden serlo en lo porvenir.
Di a todos que les deseo tengan una gran alegría en el Señor y también en la cocina.

Créeme siempre en Jesucristo,

Roma, 20 de junio de 1877.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

P. D. Para tu norma no hables de miserias en presencia del conde Cays y del abogado Fortis. Esto sería como pedirles una ayuda, quod
non expedit (lo cual no conviene).
En el Oratorio se hacían grandes preparativos para la llegada del Arzobispo de Buenos Aires. Don Miguel Rúa, siguiendo las
instrucciones que le había enviado el Beato en su carta del 20 de junio, rogó a monseñor Gastaldi que se dignase conceder a aquel Prelado
y a su clero la facultad para celebrar en la Archidiócesis y el permiso para pontificar en la fiesta de san Pedro y san Pablo. Monseñor
concedió amplias licencias. Todo estaba ya preparado y los diarios habían publicado el correspondiente aviso, cuando el día 24 llegó una
comunicación de la Curia, advirtiendo en nombre de Su Excelencia, que, dado que en la fiesta de los santos apóstoles Pedro y Pablo
había asistencia pontifical y homilía en la catedral, no era conveniente que, mientras el Arzobispo pontificaba y predicaba en su catedral,
ningún otro Obispo pontificase o predicase en otras iglesias; que, por tanto, era intención del Ordinario revocar la facultad concedida por
olvido; y que, únicamente, concedía para aquella fiesta la bendición con el Santísimo Sacramento, con tal de que no fuese impartida antes
de las seis de la tarde; que permitía, además, los pontificales en la iglesia de María Auxiliadora, ((143)) con tal de que se observase en
ellos el ceremonial de los Obispos, el cual prescribe que un Obispo, cuando pontifica fuera de su diócesis, no tenga dos diáconos y dos
subdiáconos, sino un solo diácono y un subdiácono.

El día 24 se hubiera debido celebrar el día onomástico de don Bosco; pero él estaba todavía de viaje con el arzobispo Aneyros,
monseñor Ceccarelli y cinco sacerdotes argentinos. Salieron el 22 de Roma hacia Ancona, donde fueron espléndidamente tratados por el
cardenal Antonucci; el 23 se trasladaron a Loreto y volvieron a Ancona el mismo día. Desde Ancona escribió el Beato a don Miguel Rúa:
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Carísimo Rúa:

Estoy en Ancona con el cardenal Antonucci y celebraremos san Juan a orillas del Adriático, frente a Lissa.

Mañana, Dios mediante, partiremos para Milán, donde pararemos el martes y el miércoles hasta las cuatro de la tarde, en que saldremos
hacia Turín. Llegaremos cerca de las ocho. Te comunico, para tu norma, que a los argentinos les gusta mucho la carne y son muy
delicados para la cocina; mas, por su piadosa consideración, siempre se muestran contentos. Hasta donde os sea posible, elegid
habitaciones cómodas y con letrinas aseadas.

Lo demás corre de tu cuenta, de la nuestra y de la suya. Dios nos bendiga a todos. Dirás a nuestros queridos muchachos que voy ahora a
celebrar la santa misa y que rogaré mucho por ellos; y por este lado ellos no perderán; tampoco quiero queden mal por lo que se refiere a
la cocina, puesto que quod differtur non aufertur (lo que se aplaza no se quita), y quedarán indemnes. Pero monseñor Aneyros querría
llevarse consigo medio ejército de misioneros para dar el asalto a los pamperos y a los patagones. Rezad por vuestro

San Juan, 1877.

Afmo. amigo en Jesucristo JUAN BOSCO, Pbro.

El 24 cayó en domingo. Don Bosco fue a celebrar a eso de las diez en la iglesia del Jesús, regida por los misioneros de la Preciosísima
Sangre. Le ayudó a misa un jovencito, que no olvidó en toda la vida aquel momento. Vio entrar en la sacristía a un "curita" bajo, modesto
en el semblante y totalmente desconocido en el porte. Pero "en su cara morena" descubrió un no sé qué de atrayente bondad, que despertó
((144)) en seguida en él una mezcla de curiosidad y de respeto. Mientras celebraba notó que tenía algo especial, que invitaba al
recogimiento y al fervor. Terminada la misa, y después de la acción de gracias, aquel sacerdote púsole la mano sobre la cabeza, le regaló
diez céntimos, quiso saber quién era y qué hacía y le dijo unas buenas palabras. Cuarenta y ocho años más tarde aquel muchacho, que se
llamaba Eugenio Marconi y era alumno del Instituto del Buen Pastor, escribía: "íQué dulzura la de su voz! íQué afabilidad y qué afecto
encerrados en sus palabras! Yo quedé confuso y conmovido".

Cuando regresó al Instituto, advirtió un movimiento insólito entre los superiores y los compañeros.

Le dijeron que estaba don Bosco en Ancona y que a primeras horas de la tarde iría a visitar el Instituto y había que prepararse para
recibirlo dignamente. Hacia las tres, formados todos en la sala mayor, vio entrar precisamente al "curita" de la mañana, acompañado por
el director
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monseñor Birarelli. íResultaba que el cura al que había ayudado a misa era don Bosco! El Beato pasó revista a los alumnos: se paraba a
preguntar, decía alguna palabrita y regalaba a todos un librito de las Verdades Eternas. Pero cuando llegó a Marconi, dio un paso atrás,
clavó en él los ojos como para verlo mejor, y dijo:

-íNosotros nos conocemos! íBravo, bravo!

Y después, volviéndose al Director siguió diciendo:

-Monseñor, le recomiendo este muchacho; andando el tiempo, le podrá prestar su ayuda.

Al enterarse de que el muchacho era sobrino del Director, añadió:

-íMejor todavía! Su Instituto empieza ahora a vivir y a surcar un mar lleno de tormentas y peligros. Los pilotos jóvenes pueden ser más
útiles que los viejos, con tal de que sean valientes y expertos.

Creció el joven, llegó a sacerdote, y fue precisamente para el Instituto el buen piloto vaticinado por don Bosco, siempre al lado de los
varios directores, luchando valerosamente contra fuertes huracanes, hasta conducir sana y salva la nave al puerto 1.

((145)) Después de la escapada a Milán, donde se hospedaron en casa del gran amigo el abogado Comaschi, nuestros viajeros hicieron
su entrada en el Oratorio el 26 de junio por la tarde. íFue una entrada triunfal! Todos los alumnos formaban filas desde la portería hasta
los pórticos, dejando paso por medio. Desde la entrada hasta las habitaciones de los huéspedes flotaban al viento las banderas argentinas
blancas y azules, alternando con las pontifícias y las italianas. También estaban empavesadas las barandillas de las galerías. Decoraciones
variadas adornaban las paredes del edificio, y en el lugar que señalaba la división entre el patio de los estudiantes y el de los aprendices
alzábase un arco triunfal trazado con gusto y todo él festoneado y luciendo farolillos de diversos colores. Los músicos con sus
instrumentos esperaban a pie firme delante de la puerta principal. Al sonido fuerte y vibrante de la trompeta se produjo un silencio
universal, y apareció en el umbral la imponente figura del Arzobispo con don Bosco a la derecha y su Vicario General a la izquierda;
detrás venían sus sacerdotes. Al punto entonó la banda el himno argentino y los vítores de mil voces llenaron los aires de alegría.

Cuando se movió el cortejo, los jóvenes doblaron la rodilla, para recibir la bendición y se santiguaron. Los huéspedes pasaron por entre
la multitud de jóvenes alborozados, subieron al primer piso y, después de unos minutos, el grupo de personajes se asomó a la galería.
Estallaron

1 L'Ordine de Ancona, 12 de febrero de 1825.
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los gritos y los aplausos, hasta que una señal de don Bosco impuso el silencio, que permitió se oyeran estas palabras:

-íAquí tenéis al Arzobispo de Buenos Aires!

Pero las profirió con voz tan suave y emocionada y las acompañó con un gesto tan expresivo, que todos le entendieron como si hubiese

dicho:

-íAquí tenéis a nuestro padre, a nuestro bienhechor, a nuestro amigo, que tanto hemos deseado ver!

Esta presentación enterneció de tal modo al Prelado, que se volvió para abrazar a don Bosco, y, poniéndole las manos ora sobre los
hombros, ora sobre la cabeza, pronunció unas frases, que los incesantes clamores no permitieron oír. La velada se cerró entre cantos y
notas de alegría con una fantástica iluminación a la veneciana.

((146)) Un episodio que al mismo tiempo alegró y edificó a los comensales, hizo que se conservase el recuerdo de la comida que se
sirvió al día siguiente. Al llegar el momento de los brindis, entró en la sala el antiguo alumno Gastini, famoso por sus ingeniosas
ocurrencias. Iba vestido de juglar. Después de saludar a aquellos señores, declamó y cantó sus versos en honor de monseñor Aneyros y de
don Bosco, pero con tal gracia y donosura, que uno de los sacerdotes argentinos, el canónigo García Zúñiga, hombre jovial, llamó al
poeta y le regaló una libra esterlina.

Gastini le dio las gracias y besóle la mano; corrió derecho a don Bosco y, con garbo caballeresco, puso en su mano la moneda, como si
estuviese destinada a él. El canónigo, ante un acto tan galano y espontáneo, llamó de nuevo al juglar y le dijo:

-Si yo hubiese querido hacer un regalo a don Bosco, se la habría dado yo mismo. Pero te la di para ti. Toma ahora esta otra y guárdala.

Gastini dio un salto y se la entregó también a don Bosco. Pero, al oír al canónigo, que entre las risas de los presentes, le gritaba por
detrás:

-íEs tuya!, cambió de tono y dijo con seriedad:

-Nosotros somos todos de don Bosco. Aquí no hay nada nuestro, todo es suyo.

-íBravo!, exclamaron los convidados.

-Pero yo no te daré la tercera, dijo bromeando el canónigo, al ver que no podía lograr que se guardara una para sí mismo 1.

La manifestación más solemne fue la que podríamos llamar de los tres días onomásticos. El día onomástico de don Bosco se había
trasladado

1 Sacerdote JOSE VESPIGNANI: Un año en la escuela del beato don Bosco, pág. 90.
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al de san Pedro. Según acostumbre, la fiesta empezaba la víspera al atardecer, con la lectura de composiciones en prosa y en verso y con
piezas de música y cantos, y tampoco se quiso faltar a la tradición en aquella ocasión. Pero aquel día 28 era la fiesta de san León, día
onomástico y cumpleaños del arzobispo Aneyros; era además la víspera de san Pedro, día onomástico de monseñor Ceccarelli. No podía
darse coincidencia más feliz.

Nadie hubiera podido reconocer allí el patio de la casa: hábiles hermanos, ((147)) ayudados por los muchachos mayores, lo habían
transformado en un grandioso teatro a cielo abierto. Por encima de su palco, levantado con tablas y cubierto con tapices, había un gran
dosel, que protegía con su sombra tres sillones dorados: el más suntuoso, en el centro, era para el señor Arzobispo, y los dos laterales para
don Bosco y monseñor Ceccarelli. Todo el palco con su dosel estaba cercado por una pintoresca variedad de gallardetes, oriflamas, flores
y farolillos. Delante de aquel trono había por todo el patio faroles de gas, dispuestos en amplio círculo con cristales de diversos colores,
que difundían al anochecer una luz viva y tranquila. Los vanos de las ventanas estaban cubiertos con papeles transparentes a dos colores,
en los que las lucecitas colocadas detrás hacían resaltar emblemas e inscripciones que ensalzaban a don Bosco y a los huéspedes. Pero
atraía las miradas del público, reunido para la velada, una grandiosa estrella transparente que brillaba en lo alto del trono. Tenía ésta dos
metros de diámetro y veinte rayos, en cada uno de los cuales se leía el nombre de una casa salesiana con el año de su fundación en la
punta. En el centro se destacaba el nombre de don Bosco, aureolado por una faja que tenía en el fondo las siglas O. S. F. S. del Oratorio
de San Francisco de Sales. La estrella estaba iluminada por detrás con muchas luces y producía un efecto mágico. El público ocupaba el
espacio libre del patio. Lo componían cooperadores y numerosos amigos y cerca de un millar de muchachos entre internos y externos. A
los lados se levantaban los palcos para la banda de música de los aprendices y para la coral de los estudiantes.

A eso de las nueve los festejados subían las gradas del palco; cuando llegaron arriba hizo don Bosco ademán a monseñor Aneyros para
que ocupara el sillón central más elevado; surgió entre ambos una porfía, al querer el uno ceder el honor al otro. La simpática contienda,
contemplada primero en silencio por los espectadores, suscitó enseguida fragorosos aplausos de todo el público. Pero venció la humildad
de ambos, sugiriendo un óptimo recurso: dejaron vacío aquel sillón e invitaron ((148)) a todos los presentes a imaginar que veían sentado
en
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él al Padre Santo Pío IX, aquel día, en que la Iglesia festejaba al Príncipe de los Apóstoles.

Se interpretaron dos himnos sobre letra de Lemoyne con el correspondiente intervalo: uno por los aprendices, con música del romántico
De Vecchi; el otro por los estudiantes, con música de Dogliani. Se leyeron composiciones literarias en italiano, francés, español, inglés,
polaco, latín, griego y piamontés, en prosa y en verso. El indispensable Gastini, el gracioso del Oratorio, ejecutó la parte alegre en medio
de la hilaridad general. Como era lógico, se habló mucho de las misiones, de las Pampas y de la Patagonia. Los nombres de don Bosco,
de monseñor Aneyros y de monseñor Ceccarelli resonaron en todas las lenguas y en todos los tonos. Cuando acabaron las declamaciones
y enmudecieron los cantos, don Bosco pidió permiso al Arzobispo y cerró el entretenimiento con estas palabras.

Se hace ya tarde y no es posible seguir; pero el señor Arzobispo de Buenos Aires, monseñor Aneyros, y los demás benévolos señores, a
quienes doy las gracias de todo corazón por haber querido honrarnos, tendrán todavía la satisfacción de asistir a las declamaciones que
seguirán mañana por la tarde. Sin embargo, agradezco de todo corazón a los que compusieron música, poesías y prosas, o que de
cualquier manera exteriorizaron y exteriorizarán sus afectos en esta ocasión. Yo pensaba escurrir el bulto y que sucediese lo del refrán:
rogar al santo hasta pasar el tranco, y que ya nadie pensase en san Juan; pero estoy viendo que, por el contrario, habéis tomado la cuestión
con más empeño y que si entonces no hicisteis la fiesta, queréis hacerla al menos ahora.

Os aseguro que esto me agrada mucho. Doy las gracias también a todos los que tuvieron la bondad de acompañarnos durante esta
hermosa velada, y a todos los que ofrecieron donativos y escribieron cartas desde lejos.

Sé también que habéis rezado mucho por mí durante mi ausencia, y vuestras oraciones no quedaron sin efecto. Por ahora no puede
saberse el fruto que han obtenido, puesto que el asunto, por el que me encomendaba a vuestras oraciones, no está todavía resuelto. Os
agradezco mucho lo que habéis hecho y os ruego que sigáis.

También monseñor Aneyros os pediría el favor de que todos los que comulguen mañana por la mañana lo hagan según su intención.

A lo largo de todo el día de mañana habrá mucha alegría. A las diez ((149)) habrá misa cantada con orquesta; por la tarde vísperas,
también cantadas, y monseñor Ceccarelli os predicará una bonita plática.

Os aseguro que también en la cocina habrá vuestra parte. Baste decir que tenemos seguramente el mejor cocinero de Turín; y además,
cuando se ve salir de la bodega esas hermosas botellas, ciertamente se excita el apetito. Se hará de modo que, por la tarde, los músicos en
vez de cantar festina tendrán que cantar festona... 1

1 Juega don Bosco con las palabras: festina (date prisa, en latín de vísperas y pequeño banquete, en italiano) y festona (gran fiesta). (N.
del T.)
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Monseñor Aneyros celebró la misa de comunidad del 29. Al llegar el momento de la comunión, empezó a repartir las sagradas especies;
pero, al llegar a la mitad, no podía aguantar el cansancio y pidió que alguien le substituyese. Monseñor Ceccarelli cantó la misa solemne,
a las diez, y, a primeras horas de la tarde, predicó después de vísperas, luciendo sus admirables dotes oratorias. El Arzobispo de Buenos
Aires no pudo dar la bendición, pues no habían dado las seis. Hacia las seis y media se renovó, o mejor, se reanudó la velada de la víspera
en honor de don Bosco. Asistió a ella mayor número de forasteros. Estaban también representados los colegios por los directores o por
otros. Acabadas las lecturas y declamaciones, terminadas las piezas de música y los cantos, don Bosco se levantó. Estallaron fragorosos
aplausos, y, cuando reinó el más religioso silencio, habló el Siervo de Dios al imponente auditorio:

Este día es uno de los más hermosos de mi vida. Será una fecha memorable en las memorias del Oratorio. Al ver a mi alrededor a tantos
jovencitos llenos de alegría, que me manifiestan su amor y su gratitud, se conmueve verdaderamente el corazón. íQué hermoso es el
corazón unido a la caridad! "Por qué se suministran los medios para atender y educar a tantos jóvenes para el paraíso? "Por qué tantas y
tantas piadosas personas sacrifican parte de sus haberes y los emplean santamente para socorrer a estos jovencitos? "Por qué tantas y
tantas personas abandonan el mundo, se unen a Dios con lazos de virtud y de amor fraterno y dedican toda su vida a que estas tiernas
plantecitas crezcan para el cielo? íPor la caridad! Sí, son los vínculos de esta virtud, los que nos mantienen en todas partes estrechamente
unidos en el Señor, de suerte que, movidos por el amor, nos socorremos amablemente unos a otros. Es la caridad la que mueve a muchas
distinguidas personas de regiones muy lejanas a venir a este Oratorio y adaptarse a la pobreza de este lugar para satisfacer el santo celo
que tienen de llevar la luz del evangelio a otros países incultos, y para aumentar así con nuevos hijos la familia del Padre común de los
((150)) fieles. Es la caridad la que indujo a muchos valientes soldados de Cristo a dejar la patria, los parientes y todo lo demás para ir a
tierras muy remotas, arrastrando sufrimientos y fatigas para llevar la buena nueva a sus hermanos.

Y es la caridad la que esta tarde nos reúne aquí a todos en este lugar. Os lo digo con todo el corazón: hubiera querido tener palacios
esmaltados de diamantes, con pavimentos cubiertos de rosas y azucenas para recibir dignamente al Arzobispo de Buenos Aires, a
monseñor Ceccarelli y a todos los demás de su séquito. Pero somos los pobres salesianos, que vivimos de la ayuda de personas piadosas y
no podemos hacerles el recibimiento que hubiéramos deseado. Y ellos, movidos por la caridad, se han atrevido a soportar las
incomodidades del Oratorio para tener medios con que hacer nuevas obras de caridad. Sean, pues, dadas gracias a ellos por las
privaciones sufridas al adaptarse a la pobreza de esta casa y por el gran honor y el placer que nos han hecho. Nosotros guardaremos un
recuerdo imperecedero.

Vosotros volvéis a vuestras tierras, al campo de vuestra mies, pero decid a vuestros compañeros y al señor Benítez que nuestro
agradecimiento por los beneficios recibidos
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de vosotros y de ellos no se extinguirá jamás. Estad seguros de que nosotros, aunque separados por el inmenso Océano, os tendremos
siempre presentes en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestras oraciones. Estad seguros de que siempre tendréis en los salesianos
una ayuda fiel y un gran número de hermanos que os aman con todo el afecto del corazón y procuran ayudaros en vuestra labor.

Lo hemos leído en los escritos y hemos oído de labios de testigos oculares que el Beato, hacia el fin de su discurso, tomó un tono de
voz tan fascinador, como nunca se había oído en sus labios. Después de él habló el Arzobispo. La dignidad del gesto y toda su
presentación, así como el afecto que visiblemente lo animaba, arrebataron a cuantos lo escuchaban, a pesar de que hablaba en castellano.
Ya en el Parlamento de su patria había adquirido, como diputado, gran fama de orador improvisador.

En cuanto terminó, don Bosco besó su anillo y Monseñor besó su mano; y diéronse después un afectuoso abrazo en medio de
estruendosos aplausos. Entonces rogó el Beato a monseñor Ceccarelli que repitiera sus palabras en italiano, lo que éste hizo con gran
maestría 1.

((151)) La Providencia reservó para el final una bonita sorpresa.
Asistía al acto una jovencita, llamada Josefina Longhi, paralítica y muda hasta un mes antes en que había recobrado prodigiosamente el
movimiento y la palabra, rezando con don Bosco una avemaría a María Auxiliadora.
Estaba ella allí con sus padres, que habían acudido para certificar por escrito la verdad del hecho. Por consejo de don Miguel Rúa,
subieron las gradas del palco, llevando a la hija, para besar la mano del Arzobispo y de don Bosco. Quiso entonces el Prelado oír de sus
labios la narración del prodigio, haciéndole de intérprete monseñor Ceccarelli: la niña, de doce años, con lengua muy suelta contó deprisa
la escena tal como había ocurrido; el Arzobispo la bendijo y le dio una medalla. Pocos instantes después, mientras el padre y la madre
firmaban la relación escrita por el conde Cays, don Bosco dijo a la niña que firmara ella también. El padre la disculpó, diciendo que la
pobrecita no sabía escribir.

-íCómo! exclamó don Bosco; "una muchachita como ésta no ha ido a la escuela y no ha aprendido siquiera a escribir su nombre?

-Es verdad que antes de la parálisis sabía escribir; pero después ya no pudo.

1 Las palabras de monseñor Aneyros se leen, traducidas al italiano, en el apéndice de un discurso pronunciado por monseñor Ceccarelli
en la solemne repartición de premios a los estudiantes del Oratorio y publicado por la Tipografía Salesiana en 1877. Lo reproducimos en
nuestro Apéndice, doc. n.° 12.
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Oído esto, cortó el Beato la conversación, diciendo:

-Si sabía antes, también sabe ahora: la Virgen no hace las cosas a medias.

Diciendo esto, le puso la pluma en la mano, y la muchacha firmó con soltura.

Es imposible describir el entusiasmo de los muchachos en aquellos días. Los elegantes ademanes del Arzobispo americano les habían
conquistado; siempre que atravesaba el patio o se asomaba desde lo alto, se oían fuertes aplausos por todos los rincones. Pero sobrevino
un desagradable percance que le hizo abreviar su permanencia en el Oratorio. Fue el 27 al Arzobispado para visitar a monseñor Gastaldi,
y no lo encontró. Volvió a la mañana siguiente, y le notificaron que Monseñor no estaba en palacio, sino en la casa de campo arzobispal
de Pianezza, desde donde, informado ya de la visita, le enviaba a decir que no se molestase más, pues él ((152)) iría a Turín el día 29
solamente para el pontifical y después volvería a la casa de campo aquella misma tarde. Sin embargo, más tarde envió al secretario para
invitar a comer sólo al Arzobispo, pero no sabemos bien qué día. El secretario entró en el Oratorio, se acercó al primer muchacho con
quien se tropezó, le encargó de llevar el recado a don Bosco y se marchó. El muchacho se quedó como quien ve visiones; sin embargo,
subió al despacho de don Bosco, iba tímidamente a poner pie en su antesala, cuando vio dentro a muchos señores, y se detuvo en el
umbral. El barón Bianco de Barbania, que se dio cuenta del apuro, le preguntó la causa y, al saber el singular mensaje, se encargó él
mismo de pasarlo. Monseñor Aneyros se disgustó tanto que no sólo no aceptó la invitación, sino que determinó marcharse lo antes
posible de Turín; se disculpó, sin embargo, con el Arzobispo aduciendo como motivo su próxima partida. En efecto, el día 30 muy de
mañana partió con su séquito hacia Sampierdarena. Allí fue recibido con gran júbilo. Pasó después a Varazze, fue a saludar al Obispo de
Savona, y de allí se acercó a esperar a don Bosco en el colegio de Alassio. Cuando aún había esperanza de disuadirlo de su propósito de
anticipar la partida, don Bosco había escrito a don Juan Cagliero una larga carta, para la que no podríamos encontrar lugar más oportuno
que éste, como comprobarán los lectores.

Mi querido Cagliero:

Necesitaría escribirte todo un volumen. Te haré un pequeño resumen de la situación. Recibí a monseñor Aneyros en Sampierdarena con
los peregrinos argentinos y los acompañé a Roma. Yo me hospedé, como siempre, en casa del señor Sigismondi,
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y Monseñor en el Colegio Latino Americano de San Andrés en el Quirinal. Pudo ver al Padre Santo a la cabeza de los peregrinos; tuvo
también una audiencia privada y quedó muy satisfecho. Monseñor Ceccarelli, revestido de Camarero secreto, brillaba junto al señor
Obispo y aun a solas.

Debido al excesivo calor de Roma, salieron el 22 para Ancona, donde el cardenal Antonucci nos recibió con esplendidez y nos hospedó
generosamente durante tres días. El 23 fuimos a Loreto, de donde quedamos todos muy contentos. El 24 se celebró mi día onomástico
con una gran comida cardenalicia para todos los peregrinos y muchos otros. Hubo brindis, pruebas de afecto y se descorcharon botellas
de todo género.

((153)) El 25 salimos directamente de Ancona a Milán, donde nos hospedamos en casa del caballero Comaschi. El 26 fuimos a Turín.

Aquí reinó el entusiasmo y todo se convirtió en fiesta. Monseñor quedó satisfechísimo y se entusiasmó; pero no hay rosas sin espinas.
Nuestro arzobispo Gastaldi respondió a una súplica concediendo amplia facultad para predicar y pontificar; pero la revocó para el viernes.
Fue Monseñor a visitarle y el otro se había ido a Pianezza, desde donde envió a decir que no renovase la visita porque él volvía el 29 para
pontificar, y en seguida se iría a Pianezza. Dándose cuenta después de la descortesía, envió recado invitando a comer solamente al
Arzobispo, invitación que él rehusó, aduciendo que quería partir. Ahora, de acuerdo con Ceccarelli, insisto para que vayan todos a Lanzo,
luego a B. S. Martino, y después a las playas de la "Riviera" para tomar algunos baños, que tanto necesita el señor Vicario 1.

Han ocurrido mil episodios, que espero escribir en otro momento. Está muy contento de nosotros, de nuestras cosas, y habla con
efusión de los salesianos de América. Su partida está fijada para el 14 de julio.

Y ahora nosotros. Te escribí diciéndote que vayas a Santa Cruz. Es sólo un pensamiento mío, pero si pensatis pensandis te parece mejor
diferir esta excursión, fiat sicut melius in Domino placuerit (hágase como mejor plazca al Señor).

Personal lo hay; como el curso escolar está próximo a terminar, si nada se opone, se difiere según costumbre al 14 de noviembre
próximo. Si hace falta, anticiparemos la salida, y ya nos arreglaremos de alguna manera para los pasajes.

Lee la carta al marqués Spínola, ponla después en un sobre y se la llevas.

Mientras tanto, para este otoño tendremos a nuestro cargo un colegio en Sicilia, un orfanato en Trento, un colegio cantonal en Suiza, el
seminario de Magliano Sabino, en el que llevaremos la administración de la parte material y la dirección de los estudios elementales,
medios, filosóficos y teológicos. Una casa en Marsella, etc. "De dónde sacaremos el personal? Prepararemos la respuesta.

Lo que te escribo a ti, sirve también para don Francisco Bodrato y los demás. Para la partida de Monseñor, prepararemos cartas y
encargos. La próxima semana pasará por aquí monseñor Lacerda, de Río de Janeiro, que no se irá sin llevar consigo al menos cinco
salesianos.

Dios nos bendiga a todos y da a todos mis parabienes y saludos; rogad por mí, que soy siempre en el Señor vuestro

Turín, 30 de junio de 1877.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

1 Monseñor Brid, Vicario General de monseñor Aneyros.

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((154)) Don Bosco hubiera querido entretener todavía a monseñor Aneyros siquiera un par de días, porque el día primero de julio tenía
que celebrarse en el Oratorio la fiesta de san Luis y se decía en las invitaciones, ya impresas, que el Arzobispo de Buenos Aires
pontificaría solemnemente en la iglesia de María Auxiliadora. Menos mal que casualmente se encontró en Turín, y huésped del Oratorio,
monseñor Formica, obispo de Cúneo, que aceptó de buen grado cantar la misa y las vísperas, presidir la procesión e impartir la bendición.

El programa de los festejos se cerraba el 3 de julio con la representación de un drama, titulado Una esperanza o El pasado y el porvenir
de Patagonia, original de Lemoyne. Don Bosco había inspirado la idea al autor y le había asesorado durante la redacción. En efecto, en su
viaje a Francia llevaba consigo el manuscrito de la primera redacción, que leyó con lágrimas en los ojos; después escribió desde Niza, el
28 de febrero, a don Juan Bautista Lemoyne que él consideraba aquella composición dramática como su obra maestra; pero, al mismo
tiempo, le recomendaba que la puliera un poco más todavía, hasta lograr estas tres cosas: 1.°, que fuera más fácil la acción y el aparato
escénico; 2.°, que estuvieran más estrechamente unidas las partes, dando más vida y soltura en el tercero y cuarto acto a la acción misma,
en los que le parecía languidecer; 3.°, juntar el cuarto y quinto actos en uno sólo para que el final del drama no resultara flojo. Prometía
volver a leerlo y concluía diciéndole: "Es una novedad, que gustará mucho". Agradó, en efecto, muchísimo. Se construyó un escenario
muy grande y cubierto con un amplio telón en el patio de los aprendices. Asistieron los muchachos y más de mil quinientos invitados.
Pero faltaba el espectador más deseado; lo representó monseñor Ceccarelli, que se quedó en Italia hasta la salida de los misioneros de la
tercera expedición, que don Bosco estaba preparando. La novedad del tema y la variedad de la trama se ganaron los aplausos entusiastas
del público; y el drama produjo por sí mismo buenos efectos espirituales, despertando en los corazones calurosa y benéfica ((155))
simpatía por las misiones y engendrando o desarrollando en los muchachos y en los clérigos la vocación misionera.

Aquellas escenas fueron objeto de muchas conversaciones en casa y fuera de ella.

El 4 de julio fue don Bosco con monseñor Ceccarelli a visitar el colegio de Borgo San Martino y desde allí alcanzar en Alassio a
monseñor Aneyros y los suyos. Salió de Borgo el 6 por la mañana, tras escribir a don Miguel Rúa: "Aquí parece que este año hay buena
cosecha de salesianos, que habrá que depurar en los ejercicios de Lanzo". El
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mismo día envió a su secretario desde Sampierdarena, una sarta de encargos, casi todos referentes a las circunstancias del momento.

Queridísimo Berto:

Te envío una serie de recados, contando con la ligereza de tus piernas.

1.° Una caja o dos de botellas para el Arzobispo de Buenos Aires; Bordeaux, Málaga, Barbera, Grignolino, Nebbiolo, Moscatel de

Strevi; en total, de quince a veinte botellas; para ennoblecer la fecha del vino se puede simular una existencia bastante antigua, con un
poco de tierra... Prepárese esta caja para enviarla a Génova cuando yo diga.

2.° Tan pronto como esté impreso el librito de la Obra de María Auxiliadora, envíenme algunos ejemplares.

3.° Observa si han sido enviadas a su destino las dispensas obtenidas en favor de nuestros clérigos de Argentina.

4.° Ayuda a don Miguel Rúa a hacer una selección de los que, cogente necessitate, pueden presentarse para las órdenes en la próxima
hornada, que espero haremos el próximo septiembre en la diócesis de Casale.

5.° La colcha que las Hijas de María Auxiliadora regalaron a don Bosco 1, póngase en un paquete junto con los libros, y con los
escritos e impresos, que por estar escritos en lenguas extranjeras, o porque se refieren a los argentinos, etc. (se pueden ofrecer al
Arzobispo) y diríjanse al Cónsul General de la República Argentina en Génova, para entregar a S. E. Rvma. el Arzobispo de Buenos
Aires. Póngase la misma dirección a la caja de botellas.

6.° Además, sin prisas, háganse encuadernar todos los números de la Biblioteca Italiana, Lecturas Católicas y ejemplares de todas mis
obritas, para poder enviarlas, a su tiempo, al mismo Arzobispo por medio del Consulado.

7.° Tan pronto como haya ejemplares de la Obra de María Auxiliadora envíamelos enseguida a Nizza Marítima; y no dejes de enviar
algunos ejemplares ((156)) a monseñor Ceccarelli, con una docena de ejemplares del Capítulo General 2 para Montevideo, Buenos Aires
y San Nicolás.

8.° Inflama en amor de Dios a todos los salesianos presentes, aspirantes y reza por tu

Alassio, 7-7-1877.

Afmo. amigo en Jesucristo JUAN BOSCO, Pbro.

A eso de las ocho de la noche llegó a Alassio. El Arzobispo salió a esperarlo a la estación, lo abrazó a la vista del pueblo y le dio el

1 Con ocasión de su día onomástico.
2 Eran los esquemas de los temas a tratar próximamente en el primer Capítulo General de la Sociedad.

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brazo hasta llegar a casa. Aquella noche quisieron los superiores y los alumnos del colegio festejar la llegada de monseñor Aneyros y de
los argentinos: celebraron una velada literaria y musical en la que el eximio Prelado quiso pronunciar al final un breve y férvido discurso.
También en ella repitió monseñor Ceccarelli en italiano las palabras dichas por el Arzobispo en castellano 1. Don Bosco se sentía tan
postrado que, después de cenar, se retiró a su habitación para descansar.

El Beato parecía todavía indeciso en si debía acompañar a monseñor Aneyros hasta Niza y Marsella, de cuyo puerto zarparía para
América; sin embargo, bien mirado el caso, sentía despedirse de él y dejarlo solo antes del embarque 2. No se separó, pues, de su lado
hasta que Monseñor y sus sacerdotes se embarcaron el día 17 en el Poitou; en la cubierta del barco le dio su última despedida. Rebosaban
alegría los americanos: el pensamiento de la patria los llenaba de júbilo y calculaban el número de días que faltaban todavía para volver a
verla. El Siervo de Dios escuchaba y callaba; al fin, sonriendo , les dijo que sus cálculos estaban equivocados. Después, con su calma
habitual, les exhortó a no tener tanta prisa, sino más bien a armarse de santa paciencia; a Buenos Aires llegarían todos sanos y salvos,
pero el día ((157)) tal... Y precisó la fecha exacta, que superaba en doce los días que normalmente empleaban los barcos en su travesía de
Marsella a la capital de Argentina.

-"Es posible? -exclamaron a una con un sentimiento de terror-.íNuestro viaje no puede durar tanto!

Sin embargo, don Bosco había dicho la verdad. El barco luchó con la tempestad hasta Cabo Verde, de modo que por las averías sufridas
tuvo que echar anclas cerca de la isla de San Vicente y allí esperar el paso de otro barco , al que trasbordar pasajeros y mercancías y
hacerlos proseguir el viaje 3. Cuando arribaron a Buenos Aires, era el viernes siguiente a la octava de la Asunción, 24 de agosto , el día
predicho por don Bosco. Monseñor Aneyros escribió al Siervo de Dios el 4 de septiembre: "No he tenido un solo momento y quisiera
tener muchísimos para escribir largo y tendido a Vuestra Señoría... Los días pasados

1 Véase: Apéndice, doc. n.° 13.

2 En una cartita del día 7, escrita en Alassio, decía a don Miguel Rúa: "Iré probablemente a Niza y tal vez hasta Marsella; (esto) me
cansa un poco, pero no quiero dejar al Arzobispo hasta su embarque".

3 En L'Unità Cattolica del 7 de agosto, cuarta página, tercera columna, con el titulo de "Despachos de la noche", se lee: "San Vicente, 3
de agosto (retrasado). Los pasajeros del Poitou, de la sociedad general francesa, llegado ayer con avería en la hélice, proseguirán viaje en
el barco inglés Mondego. Todos están bien".
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ahí son inolvidables. Los he dado a conocer aquí a la luz pública y me obligan a una gratitud profunda con V. S., sus queridos salesianos
y amados alumnos" 1. También el secretario, monseñor Espinosa, futuro Arzobispo, manifestó a don Bosco el desbordante ardor de su
afecto 2.

En Marsella don Bosco estuvo muy mal de salud. El abate Guiol le prestaba los mejores cuidados; pero él tenía prisa por volver a Italia.
Había escrito desde allí a don Miguel Rúa: "Estoy cansado a más no poder. Yo me quedo en Marsella y los demás van a Lourdes; los
acompañaré el domingo cuando embarquen y después iré enseguida a Turín, donde espero que los mosquitos me dejarán en paz". Pero
preveía que allí no le dejarían en paz los acreedores; en efecto seguía diciendo:

((158)) "Verdaderamente hemos de industriarnos para tener dinero. De todas partes nos piden y no encuentro quién nos lo pueda dar".
Seis números de la carta hablan de combinaciones financieras para alcanzar alguna cantidad, y uno de ellos sugiere la manera de hacer
callar a un acreedor.

La disentería que lo atormentaba le obligó a hacer hasta dieciocho paradas de Marsella a Turín. Cuando llegó a Sampierdarena, el 22 de
julio, aunque no podía escribir por su extremada debilidad, no quiso dejar para otro día el dar gracias al caritativo enfermero de Marsella;
dictó, pues, a don Pablo Albera una carta en la que decía: "He llegado a Sampierdarena algo mejorado. De nuevo le agradezco de todo
corazón las grandes atenciones que me ha dispensado y le ruego tenga a bien saludar al señor Obispo de mi parte, cuando se le presente
ocasión. Me encomiendo a la caridad de sus oraciones". Pero antes de detenerse en Sampierdarena, había pasado por Alassio y Varazze,
como lo atestigua esta carta:

Queridísimo Rúa:

Estoy en Alassio quebrantado. Mañana espero ir a Varazze con el célebre Francesia. Escribiré para el señor Ceriana. Probablemente el
25 por la mañana, saldré para Turín. Te volveré a escribir. He escrito negativamente para Magliano, afirmativamente para La Spezia. Lo
que puedas enviarme, diríjelo a Sampierdarena hasta el 24.

Di a don Joaquín Berto que me escriba, si mis uvas comienzan ya a pintar, y que las confío a sus cuidados 3.

1 Véase: Apéndice, doc. n.° 14. "Dio a conocer a la luz pública" los días pasados en el Oratorio, porque habló de ellos en la carta
pastoral sobre su viaje a Roma.

2 Véase: Apéndice, doc. n.° 15.

3 Acerca de estas uvas, véase el volumen XII, pág. 321.
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Dios nos bendiga, un cordialísimo saludo a todos y ruega a nuestros queridos muchachos que comulguen pidiendo por mi salud y me
darán un gran alegrón. Yo rezaré por ellos.

Afmo. en Jesucristo JUAN BOSCO, Pbro.

P. D. Monseñor Alimonda es Obispo de Albenga; óptima elección para nosotros.
En Alassio tuvo don Bosco uno de aquellos encuentros, en los que brillaba su prudencia. El reverendo Sciorati, profesor de filosofía en
el liceo de Génova, y otros colegas suyos tenían ((159)) una pésima impresión sobre el colegio de Alassio; en consecuencia los alumnos
que se presentaban allí a exámenes de preuniversitario eran tratados con extremada severidad y casi con acritud. El director, don
Francisco Cerruti, fue a Génova para disipar las prevenciones e invitó a Sciorati a que fuera a Alassio para examinar a los alumnos.
Sciorati aceptó. Era un sacerdote liberal, de conducta poco edificante. Fue, pero vestido de seglar. Al llegar allí y enterarse de que
acababa de llegar también don Bosco, quedó algo desconcertado y sintió la necesidad de dar explicaciones a don Francisco Cerruti.

-íCompréndalo!... He venido vestido de seglar... para mayor comodidad en el viaje... para evitar posibles insultos...

Y, mientras decía esto, llegó a la presencia de don Bosco. El Beato, que había reconvenido muchas veces a cualquier sacerdote que no
llevase sotana, entonces no dijo nada; fue muy cortés con él y le tributó su estimación y respeto; tanto que Sciorati se conmovió y
entusiasmó, y jamás olvidó aquel primer encuentro. Al año siguiente y otras veces más volvió como amigo, pero siempre con hábito talar.
Don Francisco Cerruti advirtió que parecía cada vez mejor y que celebraba regularmente y con devoción la santa misa. Acabó sus días de
manera verdaderamente sacerdotal. Un solo aviso le habría irritado o desalentado; pero, el proceder prudente de don Bosco produjo en él
un saludable cambio.

En el Oratorio ya casi no resistía el Beato las confesiones de los muchachos; le costaba incluso levantar la mano para dar la absolución.
Pero el cansancio físico no le impedía dar audiencias durante buena parte de la mañana, ni estar sentado largas horas al escritorio por la
tarde y menos aún trabajar con la mente. Precisamente entonces estudiaba la manera de dar vida a una publicación periódica, que ya había
proyectado tiempo atrás, a saber: el Boletín Salesiano.
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((160))

CAPITULO VI

LAS TRES COMUNIDADES SALESIANAS DE AMERICA

LAS tres comunidades salesianas regularmente constituidas en la República Argentina y en el Uruguay formaban la "Inspectoría
Americana". Era gobernada por don Juan Cagliero, que residía en Buenos Aires y representaba dignamente a don Bosco en aquellas
remotas tierras. El Beato Padre solía escribirle con mucha frecuencia; raras veces dejaba pasar el correo del día primero y del catorce de
cada mes sin hacerlo. Le comunicaba noticias, le ponía al corriente de los asuntos, le daba instrucciones, le pedía informes y pareceres; lo
consideraba, en una palabra, como su hombre de confianza en todo el sentido de la palabra. Así el 13 de febrero, al regresar de Roma, se
apresuró a darle conocimiento de los sentimientos y planes del Papa Pío IX, con respecto a los salesianos.

Queridísimo Cagliero:

En este momento (12 de febrero), recibo la letra de cambio 1 de don José Fagnano con fecha 13 de diciembre de 1876. Dos meses de
camino parecen demasiado; sirva esto de motivo para apremiar a esos banqueros en otros casos. Pero no la rechazamos, ni nos damos por
ofendidos, aunque fuera dos veces mayor.

A este propósito recibo carta de don Luis Lasagna diciendo que su iglesia es atendida por la caridad de los fieles acomodados; mira, por
tanto, que las muchas cosas llevadas ad hoc no se estropeen. Tú sabrás cómo ((161)) se deberá proceder en semejantes casos. Confiad la
venta a un coadjutor o a otra persona de confianza, sin que tengan que figurar en absoluto los salesianos.

El Santo Padre está entusiasmado con nuestra Congregación. Además de la casa de los conceptinos en Roma, quiere que se acepte otra,
el Hospital de la Consolación, y, para animarnos, me regaló veinte mil francos. Hay muchas propuestas de otras partes. Nuestras
hermanas han abierto un Oratorio femenino en Chieri.

El comendador Gazzolo, después de una semana de cálculos y charlas, bajó su petición a sesenta mil francos por sus setecientos metros
de terreno junto a la iglesia de la Misericordia 2. Bien entendido que se limita a este precio para hacernos un favor. Daría también a la vez
otra propiedad suya, que está en San Nicolás, por tres mil

1 De nueve mil liras. Tenía que haber llegado un mes antes.

2 Se trata del famoso terreno: véase volumen XII, pág. 229.
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francos. Cuando le presenté la valoración de dieciocho mil francos quedó extrañado, diciendo:

-Eso apenas si llega a lo que yo pagué cuando la compré.

Como ves, lo pagó a diecinueve, y ahora, para hacernos un favor, lo da por sesenta mil. íAy, Rôgna! íRôgna! 1.

Habla con el doctor Carranza y pensad qué conviene hacer.

Dime en la tuya si conviene hacer pronto una nueva expedición y, de no ser urgente, si no sería mejor esperar un poco. En tal caso
podríamos arreglar mejor las cosas de Roma.

Procura organizar todo lo tuyo y, cuando puedas decir que los asuntos marchan con seguridad, me notificarás tu regreso que, si fieri
potest, no debería ser más allá del próximo agosto.

Bueno será que prevengas al señor arzobispo Aneyros que el Padre Santo desea hacer algo por la Patagonia, y el Cardenal Prefecto de
Propaganda Fide le escribirá seguramente por este mismo correo, sobre la conveniencia de establecer en Carmen una Prefectura
Apostólica. Una vez establecida una casa, dice el Padre Santo, resulta más fácil alargar los radios y agrandar la circunferencia. El Padre
Santo se siente movido a esto especialmente por las dolorosas noticias que recibe de los países lindantes con los salvajes, como
Argentina, Chile, etc., que se dedican más a combatir y destruir a los salvajes que a convertirlos. Si te hacen petición formal de misiones
desde Brasil o Paraguay, puedes aceptar con estas dos condiciones: 1.° Ayuda para los muchos gastos que ya hemos encontrado, y que de
continuo tenemos que sostener; 2.° Para el año 1878.

El Padre Santo propone un Vicariato Apostólico en la India y otro en Australia. Por ahora he aceptado una expedición a Ceilán para
1878. En este momento me siento con molestias y no puedo acabar esta carta ni escribir a don José Fagnano como quisiera, ni tampoco a
((162)) don Luis Lasagna o a don Francisco Bodrato. Otro día será; haz tú mis veces; comunica lo que hay que comunicar. Dios nos
bendiga. Saluda a S. E. el señor Arzobispo y a los demás amigos y bienhechores nuestros. Amén.

Turín, 13-2-1877.

Afmo.
JUAN BOSCO, Pbro.

P. D. Bueno será que me envíes el nombre de los cooperadores.
Esta otra carta es de mediados de mayo. Era un pensamiento fijo en la mente del Beato que era necesario penetrar entre los salvajes de
Patagonia; una circunstancia parecía entonces favorable a tal fin. El gobierno argentino, en su intento de adelantar sus fronteras hacia las
cordilleras, había instalado una línea de fortines, a lo largo de la cual estaban escalonados cinco mil hombres para mantener a raya a los

1 En el dialecto piamontés este vocablo es de uso popular para indicar personas y negocios que son causa de asuntos fastidiosos. Tiene,
pues, la misma significación que aiassín (volumen XII, pág. 450).

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indígenas. Aquellos puestos militares, colocados a la distancia de veinte kilómetros, se habían convertido, al correr el tiempo, en otros
tantos centros, alrededor de los cuales se habían establecido familias de colonos, formando de esta manera aldeas y ciudades; pero
entonces se encontraban aislados y lejos de todo consorcio civil. Esta situación indujo al mismo gobierno, desde el comienzo, a crear en
la localidad llamada Carhué un pueblo, que denominó Alsina, que era el nombre del ministro de la guerra, autor de la avanzada, y pedía
un párroco, un maestro y dos seglares capacitados para enseñar a hacer las cosas más necesarias. Parecía, pues, a los salesianos que no
había un lugar más adecuado para acercarse a los indios y hacer algo en su favor 1. A este proyecto se refiere el Beato en el primer
párrafo de su carta.

Mi querido Cagliero:

Lo que escribes sobre Patagonia está conforme con mis deseos: acercarse poco a poco, acercarse merced a la instalación de casas en las
ciudades y pueblos más cercanos a los salvajes. El resto lo hará el Señor.

Rabagliati tendrá la dispensa de edad, pero no podrá disfrutarla hasta el día primero de junio; por tanto, que reciba las demás órdenes, y
se prepare para ordenarse de sacerdote el primer domingo de julio.

Ya sé que se habló sobradamente de nosotros; "pero cómo remediarlo? Siempre quité ((163)) lo que parecía redundar a nuestra gloria, y
modifiqué lo que se refería a otros. Pero, si puedes enviarme una relación de los misioneros en América del Sur, procura enviármela y lo
arreglaré todo.

He visto al abogado Ferrero, que paró un día con nosotros, y nos entregó muchas cartas, aunque con mucho retraso.

Recibirás las dimisorias que, si es preciso, puedes expedir tú mismo o don Francisco Bodrato.

He iniciado las gestiones para los pasajes en los barcos franceses. El Presidente de la Sociedad de Transportes Marítimos de Marsella,
señor Bergasse, nos promete notables rebajas; el gobierno de París, tal vez nos conceda algunos puestos gratuitos del todo. Concluidas las
gestiones, te lo comunicaré al punto.

En vista de que se van multiplicando las casas, y, por consiguiente, disminuyendo el personal, se suspende para cuando tú regreses el
proyecto Ceilán, Mangalor, Australia, etc. Pero no pierdo de vista el envío de una decena de buenas alhajas para Dolores, si me dices que
son necesarios.

Saluda a todos en N. S. J. C. En otra mía te señalaré algunos puntos, que a tu regreso tendrás que tratar.

Dios bendiga a todos; creedme en Jesucristo

Turín, 12-5-1877.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

1 Carta de don José Fagnano a don Bosco. San Nicolás, 2-3-1877.

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La más reciente de las tres comunidades, que era la del colegio Pío de Villa Colón, en Montevideo, la formaban tres sacerdotes, dos
clérigos y cuatro coadjutores. El director, don Luis Lasagna, procuró mantenerse en estrecha relación con su colega de San Nicolás, que
dirigía un colegio del mismo tipo; los dos tenían un elemento homogéneo, constituido por los hijos de acomodados estancieros, que
aspiraban a profesiones y carreras liberales. Se ayudaban, pues, uno a otro, conferenciando juntos a menudo y poniéndose de acuerdo
para la elección de textos escolares, y también para el empleo de los medios propios de las casas salesianas. Pero el Director del colegio
Pío se encontró con una dificultad, que el otro no tenía. Como el colegio de San Nicolás se hallaba en el campo, los alumnos internos
recibían pocas visitas y resultaba bastante fácil tenerlos en casa durante el curso escolar; en cambio, los de Villa Colón estaban muy
próximos a la capital y recibían frecuentes visitas de los padres, que hubieran querido tener a los hijos en su casa varias veces ((164)) al
mes y aun todos los domingos. El inconveniente era grave, pero don Luis Lasagna lo resolvió con un medio muy sencillo.

Entre las compañías piadosas ideadas por don Bosco para encarrilar al bien a los muchachos, sobresale la del Santísimo Sacramento; de
ella precisamente supo valerse don Luis Lasagna. La estableció con los más creciditos, que, por su edad, suelen dar tono a la vida del
colegio; dispuso a sus socios para la frecuencia de los sacramentos, los aficionó a la casa y se sirvió de ellos mismos para apartar a los
padres de aquellas perjudiciales exigencias. Obtuvo así aún más de lo que esperaba; pues, al ver que sus propios hijos prescindían de
buen grado hasta de la salidas libres, colmó de admiración a padres y madres que, cuando hablaban del colegio, ponían por las nubes sus
disposiciones reglamentarias.

El excelente Director, no paró ahí; sino que también se lanzó a estimular a los socios de la compañía, para que le ayudaran a hacer obras
de caridad espiritual, como la de catequizar a los muchachos del vecindario; en lo que le secundaron admirablemente. En efecto, sus
jóvenes catequistas, lo mismo cuando iban a vacaciones que cuando salían del colegio, organizaban en sus casas verdaderos oratorios
festivos, dedicándose cada domingo con gran fervor a la enseñanza de la doctrina cristiana. Tan admirable iniciativa juvenil atrajo las
simpatías de muchas familias nobles y ricas, que favorecían la empresa con regalos y premios para los niños; es más, encontró también
imitadoras en las hermanas de los alumnos internos, las cuales, a su vez, se ponían a hacer lo mismo con las niñas. Aquellos oratorios
domésticos dieron
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después origen a oratorios festivos normales en las parroquias de la ciudad, donde los antiguos alumnos seguían ejerciendo su celo
siempre bajo la inspiración y según las orientaciones de don Luis Lasagna. De esta manera pudo formar una organización de los oratorios
festivos presidida por el antiguo alumno doctor Lenguas y mantenida con vida gracias a un pequeño reglamento titulado "Oratorios
festivos de Montevideo regentados por exalumnos del colegio Pío".

((165)) Hay en nuestros archivos una carta de un socio de la compañía, alumno de bachillerato, y dirigida a don Bosco, que es todo un
documento del espíritu que reinó en aquel colegio desde los comienzos. El muchacho, acostumbrado a todas las comodidades de la vida
doméstica, por ser hijo de padres millonarios, se adaptó de tal manera a la modesta vida colegial que se encontraba en ella como en su
propio elemento y bendecía a Dios que lo había llevado a aquel colegio 1.

Es mas, cuando terminó el bachillerato no quiso separarse de sus educadores, sino que entró en el noviciado salesiano, recientemente
abierto, y llegó a ser un óptimo hijo de don Bosco. Hablamos de don Mario Migone, sacerdote siempre enamorado de la Congregación y
lleno de celo por el bien de las almas.

El colegio Pío, aunque amplio, no pudo admitir el primer año a tantos alumnos como pedían entrar, por lo cual el Director comenzó en
seguida a agrandarlo. Pero se comprobó también muy pronto, al inaugurar el curso escolar, que allí empieza en marzo, que el trabajo era
mucho y los operarios pocos. Además, los amigos estaban mas preocupados que los salesianos. Ellos, que no sabían todavía lo grande
que era la actividad de los hijos de don Bosco, no querían creer que se pudiese ir adelante en aquellas condiciones y temían por la salud
de los hermanos, y por el buen nombre del Instituto tan bien encaminado; por lo cual instaban a don Juan Cagliero para que enviara
oportunos refuerzos 2. Estos llegaron, pero al año siguiente; mientras tanto, los temerosos amigos tuvieron una prueba de la actividad
incansable del beato don Bosco transfundida a sus hijos.

La comunidad de San Nicolas con sus cuatro sacerdotes, tres clérigos y seis coadjutores, sostenía el internado, las escuelas municipales,
el oratorio festivo y la capellanía del hospital. El edificio, una vez terminado, se levantaba imponente sobre un alto, con sus pórticos y
patios, entre una ancha corona de esbeltos pinos, frente a un bellísimo jardín y con un precioso huerto muy bien ((166)) cultivado. Los
que

1 Véase: Apéndice, doc. n.° 16.

2 Véase: Apéndice, doc. n.° 17 (A, B).
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navegaban aguas arriba del Paraná contemplaban desde lejos su blanca mole, entre la oscura mancha de las plantas, y recibían una
impresión de serenidad y paz.

Pero las obras de construcción habían dejado tras sí la cola de los acostumbrados fastidios: bÔtir c'est pÔtir (construir es sufrir).
"Nuestras cosas van bastante bien, escribía el Director, pero me encuentro con tantas deudas, que casi no sé adónde acudir. Benítez hace
cuanto puede y el Señor le da salud; ayudará a pagarlas" 1.

El señor Benítez seguía siendo el buen amigo de los salesianos, siempre lleno de afectuosa veneración a don Bosco, de cuyos éxitos se
regocijaba como de cosa suya. Cuando supo que se iba a abrir el colegio en Villa Colón, el venerando octogenario se alegró con él, y le
escribió una carta en el latín de sus años mozos, alegrándose al mismo tiempo de los progresos que veía hacer ante sus ojos el colegio de
su patria; y, por medio de monseñor Ceccarelli, envió al Beato otra carta en castellano, escrita con el corazón en la mano, en la que no
sabríamos que más admirar, si su afecto filial a don Bosco y su fraterna cordialidad con los salesianos o la humildad sencilla y
conmovedora del Cooperador, que dice: "Para muy poco sirve este cooperador, pese a todas sus condecoraciones caballerescas y al
benévolo escrito del Papa", y hace votos para que se ofrezcan en el futuro ocasiones, en las que él pueda ser más útil que en el pasado.
Hasta el 14 de mayo no pudo don Bosco responder a la carta latina y lo hizo también en la lengua del Lacio y, al tiempo que, con viva
gratitud, recordaba sus beneficios, le exponía con la mayor confianza las graves estrecheces que tenían en un brete a don Francisco
Bodrato en Buenos Aires, recomendándole a su caridad 2. El Siervo de Dios dio aviso de su recomendación al padre Bodrato, para su
norma y aliento.

((167)) Mi queridísimo Bodrato:

Bueno será que te prevenga de una carta que acabo de escribir al señor Benítez. Le recomiendo en ella tu situación y, mientras le
agradezco lo que ha hecho y hace por nosotros, le ruego ponga su mirada caritativa en los sacerdotes de la iglesia de la Misericordia, que
no viven más que de las limosnas de los fieles. Esto sólo para tu norma, por si te preguntaran sobre el particular.

Dices que tenéis muchísimo que hacer; lo sé y quisiera acudir en vuestra ayuda. Tal vez pueda consolarte saber que aquí estamos tan
agobiados con las ocupaciones que ya no sabemos por dónde empezar y dónde acabar. Hace varios meses que me siento al escritorio a las
dos de la tarde y me levanto a las ocho y media para ir a

1 Carta de don José Fagnano a don Bosco. San Nicolás, 2 de marzo de 1877.

2 Véase: Apéndice, doc. n.° 18 (a, b, c).
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cenar. Sin embargo, recuerda que la salud es necesaria, y, por tanto, haced lo que podáis. Os ayudarán los operarios que enviaremos desde
aquí y los que vosotros os busquéis ahí.

Dirás a todos nuestros buenos hijos Daniele, Rabagliati y los demás, especialmente a mi querido don Juan B.ª Baccino, que os
recomiendo a todos en el Señor cada mañana en la santa misa.

La gracia de Nuestro Senor Jesucristo esté siempre con vosotros y créeme, o mejor, creedme en Jesucristo

(Sin fecha)

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

P. D. Se compró una casa en Nizza Monferrato adonde será trasladada la casa de Mornese con gran ventaja, según espero.
Es bonito ver cómo el encariñado cooperador seguía paso a paso a los salesianos en sus empresas. Así aquí se dedica a hablar con
íntima complacencia de la próxima misión de don Juan Cagliero en una colonia italiana de Entre-Ríos; pero él no había recibido todavía
en San Nicolás la noticia de que ya era cosa hecha. Don Juan Cagliero, acompañado por el clérigo Rabagliati, había visitado en aquella
región a la numerosa colonia italiana de Villa Libertad, a unas trescientas millas de Buenos Aires. Fueron catorce días, del 12 al 26 de
abril; más arduos todavía por las lluvias que duraron diez días 1. Fue notable para él el hecho de que fuera a visitarle uno de aquellos
caciques, a los que ((168)) el Gobierno había dado el título de coroneles y fue para recomendarle cuatro bautizos. Le devolvió la visita;
tuvo que hacer media jornada de camino a caballo, molestia a la que se sometió de buen grado para multiplicar los contactos con los
indios. Los frutos recogidos, muy inferiores a la necesidad, le hicieron exclamar: "íAh, se requieren misioneros, misioneros, misioneros!
De lo contrario se pierden las almas como los animales del campo".

A la comunidad de Buenos Aires le tocaba trabajar tanto como las otras dos. La escuela de artes y oficios, abierta en el mes de abril,
como ya se dijo, se inauguró solemnemente a finales de septiembre. Distaba casi dos kilómetros de la iglesia Mater Misericordiae. Como
tenía carácter provisional, no se le dio nombre definitivo, aunque por la cooperación que prestaban los socios de las conferencias de San
Vicente de Paúl, comúnmente se llamaba hospicio de San Vicente de Paúl.

1 Puede leerse su descripción en el primer número del Bollettino Salesiano, agosto 1877, en dos cartas de don Juan Cagliero.
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Precisamente para edificar una escuela en regla y en lugar más cómodo, donde los salesianos pudiesen vivir juntos, se trabajaba para
comprar al señor Gazzolo el terreno necesario junto a la iglesia, como ya hemos dicho en otro lugar, y como leemos insistentemente
repetido en las cartas del Siervo de Dios a don Juan Cagliero. A primeros del mismo mes de septiembre el Arzobispo confiaba
canónicamente a la Congregación Salesiana, en la persona de don Francisco Bodrato, la parroquia de la Boca del Riachuelo 1; nuevo
campo de trabajo, que pediría nuevas energías de esforzados operarios evangélicos.

Y, en cambio, el grupo ya tan pequeño de operarios allí presentes quedaba aún más reducido por la muerte. El 13 de junio perdía
repentinamente la comunidad de Buenos Aires uno de sus más activos miembros, a don Juan Bautista Baccino, que había ido a Argentina
en la primera expedición. Bajo humildes apariencias escondía un gran corazón de apóstol. Daba catequesis diurna y escuela nocturna a
los muchachos, confesaba durante varias horas ((169)) al día, predicaba en italiano o en castellano, asistía a los enfermos...; un cúmulo tal
de trabajo como para rendir a varios hombres, cuánto más a uno solo; sin embargo, él nunca se cansaba y sólo se lamentaba de no poder
llegar a todo. Invocaba refuerzos de Turín. Y éstos llegaron con la segunda expedición; pero, en vez de aliviarle, aumentaron el trabajo,
porque dieron ocasión a más amplio desarrollo de la obra salesiana en Buenos Aires. Por lo que, poco después de la llegada de los nuevos
hermanos, escribía a Turín:

"El Señor bendice visiblemente nuestra labor. Antes tenía mucho trabajo, pero ahora tengo muchísimo, ya que, si cuando éramos tres,
teníamos para seis, ahora que somos cuatro tenemos para diez".

Los sentimientos de celo, que inflamaban su corazón en el ejercicio de los sagrados ministerios, se desbordaban especialmente en sus
cartas a don Bosco. El 19 de marzo de 1876, escribía:

"Me encuentro rodeado de una infinidad de jóvenes, muchos de los cuales pasan ya de los veinte años, y he de pensar en prepararlos
para recibir la santa confirmación y hacer la primera comunión. La mayoría de ellos son italianos. Sus padres vienen desde el campo, de
lugares que distan hasta diez y más leguas, para oír predicar, confesarse, comulgar, oír misa; y dejan, mientras tanto, a sus hijos para que
vengan a nosotros para instruirse. Piense, querido Padre: íen ocho días y algo más, debo prepararlos para la confesión, admitirlos a la
santa comunión y todo! "Voy a tener corazón para escatimar mi vida?...

1 Véase, volumen XII, pág. 230.
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Habría incluso vocaciones al estado eclesiástico, si se las cultivase;
algunos nos han hecho petición para ingresar como coadjutores en la Congregación"
.

Y el 3 de abril: "íCon qué alegría he leído la cartita que se dignó enviarme! Me dice que cuide mucho la salud. Gracias a Dios, he
disfrutado de una perfectísima salud, desde que salí de ahí... Pero, si no nos envía pronto refuerzos, aquí tendremos seguramente que
sucumbir... Haga el favor de enviarnos también libros. í Si viese cuánto bien hacen El Joven Cristiano y la Vida de Domingo Savio!... No
me pida ((170)) noticias de Buenos Aires, pues no sé siquiera cómo es. Me he convertido en un perfecto ermitaño; no salgo nunca de
casa, si no es para visitar enfermos".

El 18 de mayo escribía a don Julio Barberis: "He de esforzarme para encontrar un momento para comer. No sé cómo se pasa el tiempo;
sólo sé que me levanto muy de mañana y me acuesto muy tarde; algunos días no encuentro ni un instante para pensar si es antes o
después de comer, si es por la mañana o por la tarde. Sin embargo, tengo una salud de hierro".

Citamos todavía un párrafo de su carta del 20 de abril de 1877, la última que escribió a don Bosco: "Puede decirse que todos los
italianos, hasta los del campo, distantes, incluso, cincuenta y cien leguas, corren a desembocar aquí como los ríos desembocan en el mar.
Dios nos proporciona grandes consuelos... Al llegar aquí, les dijimos que habíamos venido para trabajar y buscar su provecho, nos han
comprendido y, a fe, que nos dan trabajo. íDeo gratias! Yo estoy muy contento de haber venido a América, vivo tranquilo, trabajo
haciendo lo que puedo, pero soy un ignorante; aquí harían falta hombres más expertos que yo. Sólo una cosa me queda por desear en esta
tierra, y es que quisiera ver todavía una vez más a mi amado padre don Bosco. "Podré esperarlo en este mundo? Al menos pida a Dios
que, unidos después de la muerte, pueda estar junto a usted toda la eternidad".

Los testimonios de otros confirman plenamente lo que, con filial entrega, confiaba él al padre de su alma. Hay un testimonio del señor
Gazzolo, que vio al pie del cañón y describió después a los Superiores de Turín, cómo había pasado el celoso sacerdote el segundo
domingo de febrero de 1877, que es allí el más caluroso y el de las jornadas más largas del año 1.

"... Una hora antes de la salida del sol, baja don Juan Bautista Baccino al confesonario. Italianos y argentinos acuden en tropel a

1 Véase: Boollettino Salesiano, octubre de 1877.
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confesarse con él, y él no se mueve, si no es para ir a celebrar; después de la misa, ((171)) al ver todavía su confesonario atestado de
gente, vuelve a encerrarse en él y allí está hasta que no queda ninguno, a saber, hasta eso de la una de la tarde.

"... Los salesianos no tenían entonces cocina en casa, por lo que se hacían llevar la comida de la fonda. Va don Juan Bautista Baccino a
tomar un poco de alimento, y he aquí que le anuncian que una familia, llegada poco antes desde lejos para hacer sus devociones, pide
confesarse y recibir la comunión. Al enterarse de que aquellos pobrecitos han hecho seis horas de viaje a caballo y cuatro en ferrocarril y
que deben apresurarse para volver, deja la comida y va a atenderlos. Acaba después de engullir la comida fría, y ya es preciso ir a cantar
las vísperas y predicar. Habla durante casi una hora a un auditorio muy numeroso y da la bendición; después, una fila interminable de
gente desfila ante él: uno pide que le bendiga, éste le requiere para bendecir un matrimonio o administrar un bautismo, aquél le implora
un consejo. Mientras tanto, vienen a decirle que dos enfermos graves lo esperan; él corre adonde el uno y vuela hasta el otro. Finalmente,
a la diez de la noche, puede cenar un poco e ir a descansar. Pero el sermón de la tarde dio su fruto; a las cuatro de la mañana se apiñan ya
los penitentes alrededor de su confesonario".

Decía el relator que aquélla era su vida poco más o menos, todos los domingos y también casi toda la semana. Especialmente si se
trataba de enfermos, el más llamado era siempre don Juan Bautista Baccino. íY qué espectáculo cuando salía de la habitación de un
enfermo! Un tropel de muchachos le aguardaba en los zaguanes y en las calles y él les hacía preguntas, los catequizaba, los bendecía y los
invitaba a ir al oratorio.

-íQué buenos curas!, exclamaban muchos. íDios nos los conserve!

Don José Vespignani, que le sucedió unos meses después de su muerte, se conmovió al ver el afecto que la juventud conservaba a don
Juan Bautista Baccino.

Las autoridades eclesiásticas escribieron a don Bosco ensalzando su celo; pero quien mejor que nadie podía juzgar su actuación era su
superior don Juan Cagliero.

He aquí algunas expresiones entresacadas de su correspondencia con don Bosco: "Trabaja magníficamente bien... Atiende la iglesia
((172)) muy bien... Actúa en todo y por todo como pastor bonus con los italianos de Buenos Aires... Don Juan Bautista Baccino agrada
muchísimo en los sermones por su sencillez, aun cuando a veces no
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deja de tronar muy fuerte... Nunca dice basta... He encontrado a Baccino con buena salud (19 de agosto de 1876), pero muy cansado... No
se comprende cómo pueda hacer tanto... Don Juan Bautista Baccino trabaja por cuatro y sale siempre bien parado en todo".

"Dónde había encontrado don Bosco un siervo tan bueno y tan fiel al amo celeste?

Tenía unos veintitrés años de edad cuando una vaga aspiración de vida más perfecta se apoderó de su corazón. Oyó decir entonces que
en el Oratorio de Turín se admitían jóvenes mayores, que deseasen estudiar para hacerse sacerdotes. Una voz interior le decía que aquél
era su lugar. Temió que su pobreza le iba a cerrar la puerta; pero no fue así. Dejó, pues, los trabajos del campo, se despidió de su pueblo,
Giusvalla, e ingresó en el Oratorio. Frente a las primeras dificultades, le asaltó otro temor: el de no poder seguir los estudios, reanudados
después de tantos años. Pero la constancia lo sostuvo de tal forma en aquel ambiente, donde don Bosco alentaba al bien, que en dos años
aprendió el latín necesario para ser clérigo y estudiar filosofía. Durante los primeros tres años de teología dio clase del grado elemental
superior en Lanzo; su enseñanza era eficaz por su claridad de ideas y su facilidad para comunicarlas. Cuando murió, eran muchos los
clérigos que bendecían su recuerdo, por haber sido encaminados por él en Lanzo hacia el santuario. Próximo a recibir las órdenes
sagradas, fue enviado a Varazze, para poder recibirlas más fácilmente. Las primeras noticias de América le entusiasmaron de tal suerte
que fue uno de los más ardientes en pedir ir allí. El beato don Bosco, que conocía su temple, se lo concedió el año mismo de su
ordenación sacerdotal, poniéndolo entre los diez de la primera expedición. Quien le contempla en la fotografía del grupo, lo encuentra de
pie, entre don Bosco y el señor Gazzolo, y descubre ((173)) en su rostro aquella expresión de energía y de bondad, que hará del humilde
hijo del campo un dignísimo ministro del Evangelio.

Mas, por desgracia, su ministerio fue de corta duración, aunque dejaran un imperecedero recuerdo y ejemplo sus virtudes sacerdotales.
El domingo 10 de junio de 1877 dirigió todavía la grandiosa procesión del Corpus Christi, y se cansó muchísimo. Hacia el mediodía del
día 13, cuando regresaba de la visita a un enfermo, sintió la imperiosa necesidad de acostarse y descansar. Dormía en una pobre celda,
escasa de aire y luz, bajo el campanario de la iglesia. Allí le acometió un cólico tan violento, que los cuidados médicos sólo valieron para
proporcionarle la calma suficiente para recibir los últimos auxilios de la religión, y después, casi al momento, expirar. Don Juan Cagliero
comunicó
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a don Bosco la triste noticia y dejó escapar a los puntos de su pluma una frase, que es el mejor epitafio del difunto: "Su temple y su
humildad le granjearon el amor de todo Buenos Aires".

Desapareció el gran trabajador y el gran animador estaba también a punto de dejar a los hermanos para volver al Padre. Don Bosco le
había escrito el 31 de marzo: ""Será posible que puedas tomar parte en el Capítulo General que debe comenzar a primeros del próximo
septiembre? Habrá que tratar y resolver cosas muy importantes; por tanto, mira, observa y dime si fieri potest".

Es increíble la confianza y benevolencia que, en menos de dos años, había sabido captarse don Juan Cagliero de los hermanos y de toda
clase de personas. Cuando don Bosco, al escribir de tan lejos, indicó la posibilidad de aquel llamamiento, el querido don Juan Bautista
Baccino le había contestado: ""Nos llama hijos y nos trata con tanto rigor? Si ya fuésemos mayores, ípaciencia! Pero somos niños. El
Señor alimenta a sus pequeños con leche y confites; reserva las pruebas para los ancianos, para que hagan méritos. "No sabe que nosotros
somos niños y yo el primero? Si nos quita al jefe, "qué haremos? Verumtamen, non mea voluntas sed tua fiat". Y en muchas otras cartas,
que guardamos, se ve la aflicción general de los amigos ((174)) y conocidos, cuando sonó la hora de la separación; pero el sentimiento de
todos aparece en estas palabras lapidarias de monseñor Vera: "(Don Juan Cagliero) ha sabido conquistar las voluntades de los
americanos" 1. No hay quien, al escribir, no haga fervientes votos por su seguro y pronto regreso 2.

Su llegada al Oratorio fue precedida por la visita de monseñor Pedro Lacerda, el celosísimo obispo de Río de Janeiro, de quien ya
hemos hablado dos veces en el volumen anterior 3. "Difícil sería decir, escribe don Pablo Albera 4, si hubo otro Prelado que haya
conocido más íntimamente a don Bosco, que lo haya apreciado más y se haya encariñado más tiernamente con él".

Don Julio Barberis fue a recibirle a la estación y darle la bienvenida en nombre de don Bosco. La banda de música le saludó a su
entrada en el Oratorio, donde lo esperaba el Beato. Tres sucesos memorables perduraron después de su salida. El primero fue la consulta
a algunos muchachos, de la que se habló en el lugar que acabamos de citar. Impresionó también una poesía de Lemoyne en su honor.
Monseñor

1 Véase apéndice, doc. n.° 19.

2 Carta a don Bosco, Montevideo, 5 agosto de 1877.

3 Véase volumen XII, pag. 294 y 457.

4 Sacerdote PABLO ALBERA, Monseñor Luis Lasagna, pag. 162,5 Benigno Canavese, 1900.
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quería tener a toda costa en su diócesis a los hijos de don Bosco. El poeta, apoyándose en los nombres de pila del Obispo y de don Bosco,
desarrolló en torno a la pesca milagrosa del Evangelio el pensamiento de que, al igual que Pedro, no pudiendo sostener el peso de las
redes rebosantes de peces, llamó desde su barca a los pescadores de la barca de Juan para que fuesen en su ayuda y así poner a salvo la
excesiva pesca; de este modo monseñor Pedro Lacerda, para asegurar el gran bien hecho por él durante su ministerio episcopal, invocaba
los brazos de los hijos de don Juan Bosco, para que juntasen sus esfuerzos con los suyos en la pesca divina de las almas juveniles.

Todo se juntaba para alimentar en él la dulce esperanza de tener cuanto antes en la capital del Brasil o ((175)) en sus aledaños un
instituto salesiano para atender a la juventud pobre; esperanza que, aunque tarde, tuvo el consuelo de ver cumplida finalmente en 1882,
por medio de don Luis Lasagna.

El tercer suceso es de otra clase; se trata de la advertencia que la Curia Arzobispal de Turín hizo a don Miguel Rúa, inmediatamente
después de la partida del Obispo. Habíase creído firmemente en el Oratorio que monseñor Gastaldi, rogado de viva voz, había concedido
a monseñor Lacerda amplia facultad para pontificar en la iglesia de María Auxiliadora; tanto más cuanto que se había mostrado tan cortés
invitándole a ir al Yermo 1, la casa de campo del seminario, donde los seminaristas le habían agasajado con una velada. Pero después de
su salida, don Miguel Rúa recibió una carta, en la que, por orden del señor Arzobispo, se le exponían "graves quejas" por haber
"inducido a monseñor Lacerda a pontificar en la iglesia de María Auxiliadora, asegurándole que se tenía permiso del mismo Arzobispo;
siendo así que éste había consentido en que aquel Obispo y el Arzobispo de Buenos Aires, que le habían sido anunciados como llegados a
Turín para pasar algunos días a fines de junio o a primeros de julio, pontificaran en la fiesta de san Luis; pero no había dado otra
licencia". Por lo cual recomendaba Monseñor "sobre un punto tan grave y tan delicado la mayor exactitud y la plena consonancia con la
realidad de las cosas".

Monseñor Lacerda se llevó escondida en su corazón una predicción de don Bosco. Ya había tenido que sufrir muchas tribulaciones en
el ejercicio de su ministerio episcopal; sabía que le esperaban otras para

1 Era el antiguo yermo camaldulense en las colinas de Turín. El antiguo convento, construido en gran parte por el venerable padre
Alejandro Ceva, fundador del monasterio, y que pasó después de la supresión del mismo a manos laicas, había sido adquirido por
monseñor Gastaldi, para colocar en él cómodamente a los seminaristas en las vacaciones. Esta casa de campo fue inagurada en 1877.
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más adelante; había confiado al Beato todas sus penas. El Siervo de Dios le aseguró que, mientras viviese, no tendría gloria en este
mundo, pero sí después de su muerte. Y así fue. A sus espléndidos funerales asistieron ((176)) todas las autoridades del Estado, el
Presidente de la República se hizo representar en ellos, se difundieron sus retratos por millares y millares, los diarios de todo color
tejieron sus elogios. Monseñor Silva, Obispo de Goiás, llegado al Oratorio en marzo de 1891, atestiguó el vaticinio, que el difunto
Prelado le había referido, y el póstumo triunfo, al que pocos meses antes había asistido.

A primeros de septiembre, don Juan Cagliero estaba al lado de don Bosco. Fue agasajado en el Oratorio y fuera de él, alegró mucho al
buen Padre con la relación de las grandes cosas que sus hijos hacían en América y de las todavía mayores, que los amigos de allá
esperaban de ellos. Movido por estas noticias, escribió una serie de cartas, que iluminan su acción misionera o, mejor dicho, su
industriosa actividad apostólica. Las seis primeras salieron para América, dos con el segundo correo de septiembre y cuatro con el
primero de octubre.

1. A la señora Elena Jackson
Esta insigne bienhechora era hermana del señor Juan Jackson, con cuyo apellido se denomina hasta el día de hoy la colonia agrícola
salesiana de Montevideo-Manga. La familia Jackson, una de las más influyentes y ricas de Montevideo, favoreció siempre generosamente
a los salesianos. La señora Elena contribuyó también a los gastos para preparar la edición española del Giovane Provveduto (El Joven
Instruido) y de otras obras del Beato; a ella en particular se debe la casa de las Hijas de María Auxiliadora, que se abrió en las cercanías d
el colegio Pío.

Benemérita señora Jackson:

La Divina Providencia, que tiene en sus manos el corazón de sus siervos, suele moverlo a su tiempo para realizar lo que es según sus
adorables designios, sin mirar al mérito para el que se da tanto beneficio. Este es nuestro caso. Mis hijos los salesianos con las manos
vacías, confiados únicamente en la bondad del Señor, emprendieron el viaje a América del Sur para cooperar a salvar alguna alma ((177))
para el cielo. V. S. fue el alma elegida para comenzar y sostener la obra del Señor en Villa Colón.

El doctor Cagliero y el doctor Lasagna me habían escrito varias veces sobre su religiosidad, su afecto al Papa y la gran caridad
dispensada al colegio Pío. La ayuda prestada para empezar este colegio; la continua caridad que nos dispensa para costear
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la traducción del Giovane Provveduto, que ya se está imprimiendo, la traducción de la Chiave del Paradiso; la casa de las Hijas de María
Auxiliadora, son obras por las que siempre se amará y venerará su nombre, por quien se rezarán cada día oraciones especiales mientras
dure la Congregación Salesiana. Usted ha sido inscrita en el catálogo de nuestras insignes bienhechoras y cada mañana en todas las casas
de nuestra Congregación (hay en ellas más de quince mil alumnos), se harán oraciones especiales para que Dios piadoso colme de gracias
a su hermano don Juan, conceda la gracia que se desea por la gran caridad dispensada. Con un rasgo de suma bondad se dedica ahora a
traducir algunas de mis obritas, y yo no quiero que trabaje gratuitamente. Las almas que estos libros ganarán al Señor servirán para
aumentar el caudal de obras buenas y la corona de gloria, que los ángeles ya le tienen preparada en el cielo.

Pero la obra que le proporcionará gran mérito ante Dios y ante los hombres es la de las Hijas de María Auxiliadora. Don Juan Cagliero
ya ha hecho la elección, y las seis designadas estudian afanosamente el castellano y se preparan para partir el próximo noviembre.

Pero todas las hermanas del novel Instituto ruegan desde ahora por usted, que hace su primera fundación en América del Sur. Tal vez
no comprenda suficientemente el valor de la obra que hace. Fundar un instituto educativo en un país significa hacer un favor muy
señalado a los ciudadanos de hoy y a los que vendrán después de nosotros.

La expedición para América del Sur es de cuarenta, entre hermanas y salesianos, casi veinte irán en la próxima expedición
acompañados por monseñor Ceccarelli; los demás partirán poco después con don Juan Cagliero, salvo que algún imprevisto haga cambiar
el proyecto. Espero poder escribirle más cosas dentro de poco. La recordaré cada día en la santa misa. Ruegue usted por mí, que siempre
seré en Jesucristo,

Turín, 13 de septiembre, de, 1877.

Su humilde servidor JUAN BOSCO, Pbro.

2. Al reverendo Rafael Yeregui
Se trata del ya conocido secretario de monseñor Vera, factótum en la fundación del colegio de Villa Colón. Con verdadera efusión del
((178)) corazón responde aquí el Beato especialmente a una carta del 6 de agosto, en la que don Rafael Yeregui ensalzaba la obra de los
salesianos del colegio Pío y lamentaba mucho la salida de don Juan Cagliero. "El doctor Cagliero, decía, se ha conquistado las simpatías
de todos, grandes y pequeños y V. R. sabe muy bien que esa conquista de las simpatías generales vale mucho para la realización de las
obras buenas". Después, interpretando el sentir de muchos, expresaba el deseo de que don Bosco lo volviese a enviar pronto y bien
acompañado.
159

Fin de Página 159

 

VOLUMEN XIII Página: 160

Queridísimo señor don Rafael:

Por las muchas cartas recibidas de Montevideo y de Villa Colón, ya había sido informado de la gran caridad que usted ha tenido y tiene
a sus conciudadanos y a otros. Pero lo que nos ha contado don Juan Cagliero supera con mucho a cuanto la fama nos había hecho saber
sobre usted. Bendito sea Dios; que El recompense generosamente a usted, a sus hermanos y hermanas lo mucho que han hecho por Villa
Colón, por el colegio Pío. Deseo darle una pequeña muestra de la inmensa gratitud que le profeso, y espero hacerlo en la próxima
expedición del mes de noviembre.

Esta expedición proveerá de personal suficiente a Villa Colón, que es muy escaso para el gran trabajo que va aumentando a cada paso.

Sean, pues, benditos los hombres de Jesús y de María que le inspiraron nos ayudara tan eficazmente con las cartas escritas, las ofertas
hechas y las recomendaciones que nos prodigó.

Si le es posible, tenga la bondad de decir al señor Obispo que con el próximo correo espero cumplir una parte de los muchos y graves
deberes que tengo con su venerada persona. Don Juan Cagliero volverá a Montevideo y a la República Argentina, pero quizá tenga que ir
antes a abrir una casa en Santo Domingo, cuyo Obispo carece en absoluto de seminario, sacerdotes y seminaristas.

Dios le bendiga, querido don Rafael, pido a Dios nos conserve largos años a tan gran bienhechor y conceda copiosos favores a usted, a
sus hermanos y hermanas.

Recomendándome humildemente a la caridad de sus santas oraciones, tengo la satisfacción de poderme suscribir.

De V. S. carísima

Turín, 13 de septiembre, de 1877.

Su atto. y s. s.
JUAN BOSCO, Pbro.

((179)) 3. A monseñor Jacinto Vera

El Siervo de Dios contesta a una carta que le había entregado don Juan Cagliero. El Vicario Apostólico de Montevideo le renovaba su
agradecimiento por el regalo hecho de haber entregado sus hijos a todos los uruguayos, "a todos los que pertenecemos a esta República
de Uruguay", pero al mismo tiempo hacía votos para que la ausencia de don Juan Cagliero fuese sólo temporal y de corta duración.

Excelencia Rvma.:

Varias veces me han escrito el doctor Lasagna y mis otros religiosos contándome su celo para iniciar y sostener la casa de Villa Colón,
pero ahora, cuando don Juan Cagliero me ha expuesto personalmente todo, reconozco que, después de Dios, se debe a su eficaz
protección la fundación de este instituto.

Fin de Página 160

 

VOLUMEN XIII Página: 161

Le manifiesto, por tanto, la más profunda gratitud y todos pediremos a la Divina Bondad que quiera conservarnos muchos años a V. E.
nuestro insigne bienhechor.

Don Juan Cagliero no puede volver en seguida con la expedición del 14 del próximo noviembre; y, por eso, toda su autoridad queda
transferida al reverendo don Francisco Bodrato, párroco en la Boca de Buenos Aires; pero, como deseo que todos los salesianos sean sus
hijos, confiero a V. E. toda mi autoridad, lo mismo en lo espiritual que en lo temporal, durante el tiempo que residan en el Uruguay.

En noviembre partirán seis hermanas y ocho salesianos para Montevideo; los otros irán a Buenos Aires y a San Nicolás.

Por su parte, V. E. me hará un gran favor, si me avisa siempre que ocurriere algún desorden entre mis salesianos; y yo haré al punto
todo lo posible para poner remedio. Nos encontramos en los comienzos necesitados de todo; ayúdenos V. E. con su protección y nosotros
seremos otros tantos brazos en sus manos, para trabajar con todo el celo posible, para ayudar a V. E. a promover la mayor gloria de Dios.
Me encomiendo humildemente a la caridad de sus santas oraciones, al tiempo que tengo el alto honor de poderme profesar,

De V. E. Rvma.

Turín, 30 de septiembre de 1877.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

((180)) 4. Al doctor Eduardo Carranza

También el doctor Carranza, presidente general de las Conferencias de San Vicente en Buenos Aires, había escrito al Beato por medio
de don Juan Cagliero. Su carta empieza así: "Dios ha favorecido a nuestro pueblo enviando a él a los padres de la Congregación de San
Francisco de Sales". Siguen los elogios a don Juan Cagliero, "cuya experiencia y reconocida capacidad" todos apreciaban mucho, y que
no podían dudar que don Bosco no quisiera devolverlo para llevar a término la obra tan felizmente iniciada.

Ilustrísimo doctor Carranza:

Entre los medios que Dios suscitó en estos tiempos para bien de la Iglesia y de la sociedad civil, débese contar, y con razón, con la
piadosa sociedad, de cuyo Consejo Superior es usted dignísimo Presidente. No hablo del gran bien que esta maravillosa institución
realiza todos los días con sus insignes obras de caridad en Buenos Aires y en otras partes: me limito solamente a mencionar lo que
hicieron por los salesianos.

Estos religiosos llegaron a esa ciudad faltos de todo y ricos únicamente de buena voluntad. Pero afortunadamente encontraron ahí
constituida la Sociedad de San Vicente, a sus celosos socios y al doctor Carranza. Ellos tendieron la mano a los peregrinos salesianos, les
ofrecieron protección, dirección, consejo, merced a sus cuidados,

Fin de Página 161

 

VOLUMEN XIII Página: 162

los pobres religiosos fueron recibidos con gran benevolencia, instalados en la iglesia de la Misericordia, en la iglesia de la Boca, en la
dirección del hospicio para muchachos pobres.

Estas son, doctor, las obras de los socios de San Vicente. Ahora ya se ha empezado; harán falta muchos sacrificios para que todo
marche y se puedan obtener los frutos que con razón todos esperan. No ahorraremos ningún sacrificio. Aquí en Italia prepararé obreros
evangélicos, prepararé jefes de taller capacitados, y os los enviaré a vosotros. Y vosotros seguiréis dispensándoles la misma protección, la
misma benevolencia que ya habéis dispensado a los que los precedieron.

Pero si me lo permite, doctor, recomiendo el hospicio de los niños pobres, para artes y oficios. La experiencia nos convence de que no
hay otro medio para sostener la sociedad civil más que el de atender a los niños pobres. Si se recoge a los muchachos abandonados,
disminuye la holgazanería, disminuyen los rateros, se lleva más seguro el dinero ((181)) en el bolsillo, descansa uno más tranquilo en su
casa, y los que tendrían que ir a poblar las cárceles, y ser para siempre el azote de la sociedad civil, se convierten en buenos cristianos,
honrados ciudadanos, gloria de los países donde viven, decoro de la familia a la que pertenecen, y se ganan honradamente con el sudor y
el trabajo el pan para la vida.

Usted, doctor, recomiende a sus asociados la obra de los niños pobres, como una obra de gran mérito ante Dios y ante los hombres.

Compadézcame, doctor, si hablo con demasiada confianza. Las cosas admirables, que vuestro Arzobispo contó del celo y abnegación de
los socios de San Vicente, hacen que me atreva a ello. Este venerando Prelado se dignó hospedarse con los peregrinos argentinos en
nuestra humilde casa de Turín; a todos nos edificó con su piedad y su ciencia. Se mostró contento con lo poco que supimos hacer para
manifestar nuestro homenaje y gratitud a tan insigne bienhechor. Habló mucho de usted, doctor, y de la Sociedad de San Vicente, y
repitió en varias ocasiones que era ésta una obra del Senor, que produciría mucho bien a la Iglesia y al Estado. Tuvimos también el gusto
de que nos visitara el doctor Martel; pero paró poco, de suerte que nos faltó tiempo para manifestarle los sentimientos de aprecio y afecto
que merecía y que nosotros deseábamos exteriorizar.

Le agradezco la preciosa carta que se dignó escribirme y que recibí de mano de don Juan Cagliero. El se detendrá en Italia para
organizar unas misiones en Santo Domingo y en la India; después volverá con sus queridos amigos de Buenos Aires, como ardientemente
lo desea. Para suplirle, en la iglesia de los italianos irá don Santiago Costamagna, buen músico y excelente predicador, con don Domingo
Milanesio, que se dedica expresamente a la educación de los niños abandonados. Otros sacerdotes, con dos catequistas, serán enviados a
la Boca para ayudar a don Francisco Bodrato. Su partida está fijada para el 14 del próximo noviembre.

Dígnese aceptar mi humilde, pero vivo agradecimiento; tenga la bondad de manifestarlo a todos sus socios; que todos tengan vida feliz
y puedan los venideros ver el fruto de su caridad, al tiempo que Dios tenga preparado a todos el muy merecido galardón en el cielo.

Me recomiendo por último a la caridad de sus santas oraciones y me profeso con la mayor gratitud su

Turín, 30 de septiembre de 1877.

Afmo. amigo en Jesucristo JUAN BOSCO, Pbro.

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P. D. El Conde Cays, fundador de nuestras Conferencias, Presidente del Consejo Superior de Turín, se ha hecho salesiano, vistió ya la
sotana y, Dios mediante, dentro de pocos meses será sacerdote.
((182)) 5. Al señor Enrique Fynn

Al disolverse, como ya hemos narrado en el volumen anterior, la sociedad propietaria de Villa Colón, quedáronle al socio principal
Enrique Fynn la iglesia de Santa Rosa y los locales destinados a colegio.
El espléndido señor se puso de acuerdo con el Vicario Apostólico, y cedió los inmuebles a don Bosco, de suerte que con todo derecho
podía el Beato atribuirle el mérito principal de aquella fundación salesiana.

Benemérito señor don Enrique Fynn:

Es muy justo que aquí, desde Europa, un beneficiado por V.S., alce las manos al cielo invocando las bendiciones de Dios sobre V.S.,
nuestro insigne bienhechor. Leemos con admiración los donativos que hicieron san Clemente, santa Pudencia, santa Práxedes y muchos
otros para sostener las necesidades de la Iglesia o ra fundar institutos en favor de la Religión y de la sociedad. Ahora gozo yo
inmensamente al ver renovados hechos semejantes en el colegio Pío con la caridad de Vuestra Senoría. Tengo gran confianza en este acto
generoso, que contribuirá a formar muchachos en la fe y en la moral, muchachos que, al esparcirse por la sociedad civil, serán para otros
y otros más, modelos de civismo y de piedad. V.S. por su parte, alégrese y disfrute de corazón, pues esta obra está ya escrita en el libro de
la vida en el cielo, al paso que los salesianos consideran como gran título de gloria escribir su venerado nombre en la historia de su
Congregación; y, mientras ésta subsista, se harán oraciones especiales por V.S. y su querido hijito, y llegará el tiempo en que V.S.
descansará ya con Dios en el cielo, y los salesianos seguirán repitiendo su cotidiana oración de agradecimiento. Le ruego comunique
estos mis sentimientos de gratitud al señor Lezica, y al señor Lanús 1, sus compañeros en el bien obrar a favor de nuestra naciente
institución.

Antes de volver don Juan Cagliero a Montevideo, tendrá que ir a abrir otra misión, pero en el próximo noviembre saldrán ocho
salesianos y seis hermanas rumbo a Montevideo para completar el personal del colegio Pío.

Le notifico aquí con el mayor gusto que hace unos meses, habiendo ido a Roma para pedir al Padre Santo tuviera a bien aceptar que el
colegio de Villa Colón llevase su nombre, lo agradeció mucho, y bendijo este pensamiento. Pero como Su Santidad conocía la
magnificencia de esa localidad, me preguntó ((183)) cómo había podido adquirirlo. Y cuando supo que era un donativo de V. S., pidió
detalles sobre su familia y después me encargó le comunicara esta su particular bendición:

-Bendiga Dios a esos generosos donantes, déles el céntuplo en la vida presente

1 Los señores Ambrosio Plácido 1 Lezica y Anacarsio Lanús, socios del señor Fynn.
163

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VOLUMEN XIII Página: 164

y la verdadera merced en la futura. Y haga que la caridad del padre pase a su hijito Enrique, y así se haga rico con la verdadera riqueza
del santo temor de Dios.

El mismo don Juan Cagliero me dijo que V.S. se dignó colocar a su hijo en el colegio y que sigue ayudando la obra que empezó. Tengo
la viva confianza de que, en recompensa de tanta caridad, Dios concederá a su hijo que crezca en santidad y virtud, y le haga un día
gloriosa compañía en el reino de los bienaventurados.

La gracia de Nuestro Senor Jesucristo esté siempre con nosotros; y dígnese rogar también por mí, que soy siempre con máxima
veneración,

De V. S. Benemérita

Turín, 30 de septiembre de 1877.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

6. Al Prior, al Consejo y a los socios
de la Cofradía de Nuestra Señora de la Misericordia
Una carta del 12 de agosto, firmada por el Prior de la Cofradía Mater Misericordiae, el señor Rómulo Finocchio, y por los miembros
del Consejo, manifestaba a don Bosco el disgusto universal ante la súbita marcha de don Juan Cagliero. "Su partida, se lee en ella, nos ha
dejado muy tristes y no sólo a esta Cofradía, sino también a los hijos del país, que le habían oído predicar en su lengua al mes de su
llegada. Era incansable en su ministerio y cumplía el programa que anunció desde el púlpito, cuando dijo que había venido para hacer el
bien. No fueron infructuosos sus trabajos, pues nunca se había visto la iglesia italiana de esta ciudad tan concurrida por los fieles, como
desde el día en que él tomó su dirección, ayudado por sus otros compañeros, que como hijos de obediencia, cumplían todos con su deber.
Por consiguiente, le agradecemos infinitamente habernos dado a conocer al reverendo padre Cagliero, cuya permanencia ((184)) aquí
hubiera sido para esta iglesia de gran provecho espiritual y temporal. Nuestro deseo sería que volviese pronto entre nosotros para
continuar el progreso ya empezado. Se lo agradeceríamos mucho. Depende de que usted lo quiera o no; por consiguiente, le rogamos haga
de tal forma que no queden defraudadas nuestras esperanzas. Aquí podrá hacer mucho bien, porque ya conoce y es conocido, y lo
aprecian y quieren mucho, y después de su salida se nota en los socios cierta tristeza y desaliento, como si les hubiese ocurrido una gran
desgracia; y no puede ser menos, pues, poco ha, la muerte les arrebató para siempre el reverendo padre Baccino, llorado por todos, y
ahora se ven privados del reverendo padre Cagliero, a quien tanto aman.
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Fin de Página 164

 

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Sí, por desgracia tienen razón para ello; y, si usted fuese testigo ocular, sin duda no se haría rogar para devolvérnoslo".

La gracia de Nuestro Señor Jesucristo esté siempre con nosotros. Amén.

Vuestra carta, amadísimos socios e hijos carísimos, me proporcionó la mas grande satisfacción.

Demostráis que tenéis un buen corazón, y que todo lo que me escribieron los salesianos y ahora me cuenta el padre Cagliero de
vosotros, es muy poco comparado con la realidad. La acogida hecha al padre Cagliero y a sus compañeros, es un hecho que quedará
imborrable en nuestros corazones, y formará parte de la historia de la Congregación Salesiana. Sí, queridos cofrades, la historia recordará
a los que vengan después de nosotros que, a fines del año 1875, un humilde grupo de misioneros con las manos vacías, movidos
únicamente por el deseo de hacer el bien a sus semejantes, dejaron Europa y fueron a la República Argentina. Allí encontraron amigos,
cristianos generosos, los Cofrades de la Misericordia. Estos los recibieron con bondad ejemplar, les ofrecieron vivienda, iglesia y pan, les
dieron comodidad para ejercer su sagrado ministerio, y así ser conocidos, abrir casas y más casas en favor de la clase más menesterosa de
la sociedad civil, los muchachos abandonados que, de no ser ayudados, se convierten en azote de la sociedad y, las más de las veces,
acaban en las cárceles.

Este bien, esta gloria se os debe a vosotros, generosos Cofrades. Ufanaos santamente de ello ante Dios y ante los hombres. De momento
no puede el padre Cagliero volver a vosotros, como él desea de todo corazón. Es un hombre providencial y debe ir a iniciar una misión en
la isla de Ceilán y luego otra en Santo Domingo. Después, Dios mediante, volverá a vosotros, que. sois sus primeros amigos de América.

Mientras tanto, el 14 de noviembre próximo saldrá otro grupo de veinticuatro salesianos, ((185)) que irán a reforzar a los que ya
trabajan en las casas y colegios abiertos y también a substituir al alma querida de don Juan Bautista Baccino, llamado por Dios a recibir
el premio de sus trabajos. Para hacer las veces de don Juan Cagliero tendréis celosos operarios: entre otros tendréis a don Santiago
Costamagna, muy conocido por su maestría musical para el canto y la interpretación, y especialmente por su oratoria. Está también don
Domingo Milanesio, que hace aquí mucho bien a la juventud pobre de los oratorios festivos.

Ellos irán, e irán para trabajar a la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas hasta el último instante de su vida. Pero vosotros,
queridos Cofrades, seguid teniendo con ellos caridad y benevolencia. Compadeced sus defectos, aconsejadles bien, prestadles vuestra
ayuda, e imaginad que el pan que les dais, lo entregáis a este pobre que os escribe y a quien vosotros llamáis padre, al firmar con el dulce
nombre de hijos.

Las palabras de afecto, de aprecio, de gratitud y acción de gracias, que os predico, deseo que las comuniquéis también a vuestros
compañeros y a todos los que de alguna manera favorecen a los salesianos.

Animo, pues, hijos amadísimos, seguid amando a la religión en sus ministros, seguid practicando vuestra santa religión católica que
puede hacernos felices en esta tierra, la única que puede hacernos eternamente bienaventurados en el cielo.

Si queréis hacerme algo verdaderamente grato, escribidme más cartas, y rogad por mí que, con verdadero aprecio y profunda gratitud,
soy siempre en el Señor, vuestro

Turín, 30 de septiembre de 1877.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro

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7. Al Presidente de la Propagación de la Fe
Con la misma fecha de las cuatro últimas cartas se dirigía el Siervo de Dios por segunda vez a la Presidencia general de la Propagación
de la Fe, para obtener algún subsidio en favor de sus Misiones.

Ilustrísimo señor presidente:

El gran deseo que tengo de promover las misiones de América del Sur me mueve a renovar esta humilde súplica a la pía obra de la
Propagación de la Fe, de la que V. S. Ilma. es dignísimo Presidente. En el lapso de dos años se abrieron cinco iglesias para el culto
divino, un colegio a poca distancia de la capital del Uruguay, otro en San Nicolás de los Arroyos, y un hospicio para los niños más pobres
en Buenos Aires.

Las iglesias son frecuentadas, los colegios están completamente llenos de ((186)) alumnos. Se cuida mucho la moralidad, y ya se han
manifestado varias vocaciones. Para este fin se ha fundado un noviciado, o mejor, un seminario, expresamente dedicado a los estudios de
filosofía, teología y lenguas, y así prepararnos para ir a trabajar entre los salvajes. Sin contar a los indígenas 1, ya se encuentran treinta y
cuatro misioneros a poca distancia de pamperos y patagones. Es más, en las misiones que se dieron en Villa Libertad y en otras
poblaciones colindantes con los salvajes, se obtuvo mucho. Ahora se trataría de abrir una misión junto al Río Santa Cruz, situado en el
grado cincuenta de latitud sur, donde hay algunas tribus de Patagones, y otra en Carhué, frontera de Buenos Aires, donde hay otras tribus
de indios pamperos. Para tal fin se necesitan al menos cuarenta misioneros, que ya tengo preparados. Mas para sostener las misiones
iniciadas y abrir las casas indispensables para avanzar con menos peligro entre los salvajes, se requieren tales medios, que una
Congregación pobre y en sus comienzos como la nuestra, no puede proporcionar.

Por esto, de acuerdo con el Arzobispo de Buenos Aires, recurro nuevamente a V. S. Ilma. para que tome estas misiones bajo su
benévola y eficaz protección y nos ayude, al menos para el equipo y el viaje de los nuevos misioneros, veinticuatro de los cuales deberán
partir el 14 del próximo noviembre, y los otros poco después.

Muchos me encomiendan la gran caridad de V. S. y a ella me encomiendo por cuanto sé y puedo, a fin de que se digne superar las
dificultades que se puedan encontrar y de esta manera socorrerme.

Por mi parte le aseguro que, al igual que hice siempre en el pasado, seguiré proponiendo con la palabra y con la prensa, la obra
maravillosa que V. S. tan dignamente preside.

Con la máxima veneración, tengo el alto honor de poderme profesar

De V. S. Ilma.

Turín, 30 de septiembre de 1877.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

1 Quiere decir los argentinos o residentes en Argentina, que trabajan con los salesianos o se preparaban para entrar en la Congregación.

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P. D. El reverendo canónigo Ortalda, Director de la Propagación de la Fe en esta nuestra ciudad, estaría dispuesto a darme el subsidio
que V. S. desease concederme.
Junto con esta carta personal envió el Beato una relación esquemática, para ser presentada al Consejo. La respuesta llegó con la máxima
solicitud, muy cortés en la forma, pero negativa y por la consabida razón, a saber: que no constaba que la misión estuviese canónicamente
constituida por la Santa Sede 1.

1 Véase: Apéndice, doc. n.° 20 (A, B).

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((187)
)

CAPITULO VII

NUEVA CASA MADRE PARA
LAS HIJAS DE MARIA AUXILIADORA

LA primera vez que el Beato don Bosco prestó su atención a los locales, adonde tenía que trasladar más tarde la Casa Madre de las Hijas
de María Axiliadora, no fue para instalar en ellos a las monjas. Pero, antes de contar lo fue sucedió, se requiere hacer un poco de historia.

Donde comienza el término municipal de Nizza Monferrato, a poca distancia del poblado, había una iglesia y un convento, cuyo origen
se pierde en la noche de los tiempos. La iglesia, más antigua y dedicada a la Virgen de las Gracias, llegó a ser un santuario muy venerado;
se sabe del convento fue, en un principio, lo habitaron los franciscanos Menores Observantes y después los Menores Reformados, nombre
con el fue se llamaban, antes de las modificaciones introducidas por León XIII, las familias en la Orden franciscana, y fue en 1817,
después de las supresiones francesas, fue dado a los Menores Capuchinos. Estos buenos padres permanecieron allí tranquilamente y
bendecidos por las poblaciones de los alrededores hasta 1855, cuando la ley piamontesa del 29 de mayo, al suprimir las órdenes
religiosas, los arrancó del claustro y puso convento e iglesia en manos del patrimonio del Estado. Desalojado el edificio y cerrado el
santuario, el Ayuntamiento lo adquirió por la cantidad de veinticuatro mil liras, pequeño importe con respecto al valor del inmueble; pero
fue fue dinero tirado, porque no se sacaban de él las rentas esperadas. Así ((188)) siguieron las cosas hasta el año 1869, cuando el
Ayuntamiento determinó deshacerse de él. Trató para ello con una asociación de profesores, para fue fueran a abrir allí un colegio
internado privado, con la obligación de establecer en él la enseñanza del bachillerato. Parecía fue las negociaciones habían llegado a buen
término; pero la tardanza de la autoridad superior administrativa en dar la aprobación legal no permitió fue se actuase el plan a su tiempo
y todo se deshizo.

Fue entonces cuando el alcalde, señor Felipe Fabiani, el 3 de marzo de 1870 se encontró con don Bosco no sabemos en qué tren, y
conversó con él sobre el asunto con la esperanza de fue comprase aquellos
168

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edificios y abriese en ellos uno de sus colegios. Tal vez le dio don Bosco buenas palabras, porque el 29 de abril volvía el alcalde a tratar
del asunto por carta, refiriéndose a la conversación tenida en el ferrocarril. "Reconociendo, escribía, su poder, Rvmo. Señor, y no
dudando de la urgente necesidad de dotar a esta pobre y olvidada ciudad de una enseñanza útil como la del bachillerato, merced a la que
se abre también camino para el sacerdocio, cuyos miembros van disminuyendo cada día más, me atrevo a implorar de V. S. Rvma. tenga
a bien ocuparse con cierto interés del asunto y notificarme, en el más breve plazo posible, la mayor o menor posibilidad de la instalación
a que me refiero".

Pero el Ayuntamiento, al decir de su representante, no estaba en condiciones de "gastar dinero" para la adaptación del local; con todo lo
cedería a precio módico, siempre y cuando don Bosco se obligara a instalar un colegio internado privado con la enseñanza del
bachillerato. Ignoramos el contenido de la respuesta; pero podemos afirmar con certeza que el Siervo de Dios no se encontraba entonces
en condiciones de asumir tal obligación a corto plazo. Baste considerar que en 1870 entre sacerdotes, clérigos y coadjutores apenas tenía
veintisiete profesos perpetuos y treinta y tres profesos trienales, repartidos entre el Oratorio de Turín y las dos casas de Mirabello y
Cherasco; y que debía abrir para octubre el gran colegio de Alassio. ((189)) De todos modos se puede pensar que no en vano reclamaron
su atención aquellos edificios sagrados profanados.

Pero muy pronto la profanación llegó mucho más allá de lo que alguien hubiera podido imaginar. El Ayuntamiento no halló en su
primer tiempo mejor camino para salir del paso que ceder todo a la Congregación de Caridad para saldar la deuda que con ella tenía, pero
a condición de que se instalase un hospital, allí mismo o en otro lugar, en el plazo de dos años. Pero, cuando la Congregación de Caridad
aceptaba la proposición, sobrevino una oferta mayor por parte de una Sociedad Enológica, que tenía su sede en Savigliano. Se dio a ésta
la preferencia y rápidamente empezaron las transformaciones. La Sociedad de Savigliano convirtió la iglesia en una gran bodega. Esta
transformación de un lugar, consagrado durante siglos al culto divino y a la oración, supo muy mal a la población. Pero más la ofendió la
manera como se hizo. Puesto que se colocaron unos toneles enormes en el lugar mismo de los altares de cada capilla y para colmo de
impiedad se bautizaron con los grados jerárquicos en uso de las comunidades monásticas. A tal extremo pudo llegar el cinismo de un
fraile apóstata y de sus dignos compañeros de la Sociedad Enológica. Pero, si ellos
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creyeron que iban a prosperar sus negocios con tan sacrílegas violaciones, mal les salieron las cuentas, pues antes de un lustro tuvieron
que vender vino, cubas y enseres enológicos y, a fines de 1876, pusieron en venta el edificio y lo que de él dependía, como las viñas
plantadas alrededor...

La mayoría de los habitantes de Nizza, que habían aprendido de la piedad de sus padres a recorrer piadosamente el camino del santuario
mariano, esperaban con ansiedad el fin de aquella situación. Ninguno se presentaba a la compra.

Dado el espíritu del tiempo, era locura esperar que aquellos vetustos edificios volvieran a su primitiva finalidad; pero había un deseo
general de verlos destinados al menos a una obra de utilidad pública o de beneficencia. Y he aquí que un hermoso día de la primavera del
1877, llegaba de Turín completamente inesperado el Beato ((190)) don Bosco para visitar aquellos viejos muros. Los condes Balbo, que
tenían alquerías y su casa de campo en el territorio de Nizza, y otras familias acomodadas de la población habían trabajado mucho para
inducirlo a hacer aquella visita y encontrar la manera de remediar la enorme profanación. El Beato, que buscaba precisamente una nueva
vivienda para las hermanas de Mornese, no había aguardado entonces a pensar en la histórica y abandonada mansión de los padres
capuchinos. Encontró, pues, que la solidez de la construcción, lo único que había quedado sano, no dejaba nada que desear y que, si bien
a costa de muchos trabajos y gastos, el convento podía ciertamente convertirse en un centro de educación. Por otra parte, la amenidad del
paraje, la salubridad del aire, la proximidad de la ciudad, la comodidad de comunicación con pueblos vecinos y con los centros lejanos,
todo respondía magníficamente a las necesidades de una comunidad tan numerosa y variada. Pero cuando se acercó a la entrada de la
iglesia, exclamó horrorizado:

-íVálgame Dios!

Dio un paso atrás. Tenía ante sus ojos un triste antro. Estaban destruidos los altares, roto y hecho añicos el pavimento, las paredes
ennegrecidas por el humo, las bóvedas manchadas de moho por los húmedos vahos; la abominación de la desolación había realmente
entrado en el lugar santo. Sólo una cosa seguía firme: la solidez de las obras de albañilería. Era preciso, sí, era preciso restituir sin
tardanza al culto aquella casa de Dios; era preciso devolver aquel cenobio a asilo de la piedad. Resolver y hacer eran una sola cosa para
don Bosco.

A partir de aquel momento no tuvo nada más ante sus ojos que acelerar el cumplimiento de la empresa.
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Las dos cosas más importantes eran estipular el contrato con la Sociedad Enológica y obtener la autorización de Roma; la primera era
urgente, la segunda de ley. El contrato de compraventa se firmó el 30 de abril, por el precio de treinta mil liras 1; las otras formalidades
secundarias se cumplieron en los días siguientes; por lo cual ((191)) pudo el Beato escribir el 5 de mayo a la señora Francisca Pastore de
Valenza, cooperadora salesiana: "Esta compra... se concluyó definitivamente ayer". El Siervo de Dios estaba contentísimo de la
operación; en efecto, en los párrafos que preceden a las palabras citadas, después de hablar de la gestión para la admisión de un
muchacho en el Oratorio, seguía diciendo: "Mucho más importante es lo que debo comunicarle. Usted sabe que la casa de Mornese,
conveniente por diversos motivos, es realmente incómoda y costosa para llegar a ella. Ahora acabamos de comprar una en Nizza
Monferrato, adonde podrá usted ir cuando guste y con mucha comodidad. El antiguo convento e iglesia de la Virgen estaban reducidos a
un horrendo almacén de vino; y donde se cantaban las alabanzas a María, ahora se ofrecían libaciones a Baco, acompañadas de
blasfemias, etc. Después de largos y difíciles trámites, ya está comprada".

Don Bosco no tuvo prisa para las escrituras; no quería que los acreedores le pusieran entre la espada y la pared, aunque era su intención
no retrasar demasiado el pago. El 2 de mayo escribía a la condesa Corsi en estos términos: "El contrato para el Convento de la Virgen
está cerrado. Después de mucho hablar, se llegó a las treinta mil liras que, según aseguraban, habían ofrecido otros. Me he tomado tres
meses de tiempo para firmar la escritura, y en este tiempo hemos de pensar en juntar el dinero. Si es posible, es mejor pagarlo en seguida.
Usted haga sólo lo que pueda; hable de ello con quien crea oportuno. Es una gloria para Nizza y para la religión que una iglesia
convertida en bodega vuelva al culto. Espero volver a verla y hablaremos más concretamente".

De cómo actuaba "concretamente" en asuntos de esta índole, nos dan prueba tres cartas suyas al canónigo Eduardo Martini, de Alassio.
Este había ido a América cuando era joven, y había ejercido el ministerio parroquial durante quince años en Azul, cerca de Buenos Aires.
Al regresar a su patria, como disponía de una discreta fortuna, pudo proporcionarse las comodidades que se suelen desear para ((192)) ir
serenamente al encuentro de la vejez. En su primera entrevista con él preguntóle don Bosco qué hacía.

1 Véase: Apéndice, doc. n.° 21
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-Descanso, fue su respuesta.

-"Cómo?, replicó don Bosco; los sacerdotes descansan en el cielo.

Aquellas simples palabras le traspasaron el alma. Y a partir de entonces comenzó a amar al Siervo de Dios, que a su vez se industriaba
para disponerlo a terminar santamente sus días. La libertad con que don Bosco le escribe esta carta para que le ayude a comprar la casa de
Nizza, demuestra que el Canónigo, sin aguardar a la última hora, pensó con tiempo en hacer buenas obras.

La "casa de campo" que don Bosco le menciona, en la primera carta, es el chalé, que pasó después a ser propiedad del colegio de
Alassio y desde donde voló al cielo el príncipe Czartoryski. No se sabe con certeza cual fuera el "carnaval verdaderamente cristiano" que
allí pasaron los dos juntos; pudo ser el del 1876, que coincidió con el 29 de febrero, cuando el Beato, de regreso de Niza (Francia), visitó
algunas casas de Liguria. Don Bosco trató con él el asunto de Nizza por medio de don Francisco Cerruti. Por la segunda carta vemos que
también formaban parte de la famosa Sociedad Enológica algunos protestantes; con la añadidura "y peor" alude ciertamente al
desdichado fraile apóstata.

Queridísimo señor Canónigo:

El cochecito ya está listo, ahora hay que estudiar cómo se ponen las ruedas. La casa para nuestras monjitas, situada en la amena ciudad
de Nizza Monferrato en una excelente posición, se ha comprado por treinta mil liras. Tenemos tres meses de tiempo para firmar la
escritura, si no podemos hacerlo antes.

A V. S. le corresponde ahora llevar a cabo la gran empresa. Es un hermoso convento con una iglesia, que costó no menos de ciento
cincuenta mil liras, reducida a un horrendo almacén de vino, pero que usted puede devolver al culto divino para el triunfo de nuestra santa
religión.

Tenga, pues, la bondad de decirme si sus deseos y su posición económica se encuentran todavía en el estado en que se encontraban
cuando tuve el gusto de pasar un carnaval verdaderamente cristiano en su casa de campo y esto para mi norma.

Dios le bendiga y ruegue por mí, que siempre seré en Jesucristo su

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

((193)) Queridísimo señor Canónigo:

Don Francisco Cerruti me comunicó su intención y yo aprecio mucho sus observaciones, esto es, que sería en detrimento del capital
adquirir en este momento valores del Estado. Por esto, yo me comprometería a hacer de modo que V. S. sufriera el menor daño posible.
He dado a un cambista el importe de las dos asignaciones, sin
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nombrar persona alguna y me entregó el boletín que le adjunto. Por tanto, le pasaré una obligación con las garantías que V. S. desee y que
sería de mil liras anuales.

Puede darse que, para disminuirme la pérdida, haya un banco comercial que acepte estos títulos y me dé la suma necesaria y, si llega el
momento de que haya aumentos, los deje a nuestro favor.

En cuanto a los propietarios del inmueble de Nizza no se puede esperar ninguna ventaja, ya que algunos son protestantes y otros peor;
así que es preciso en absoluto que procuremos componer el asunto nosotros solos, y V. S. tendrá la satisfacción de haber contribuido a
poner término a una profanación, devolviendo una iglesia al culto divino y estableciendo un colegio internado para niñas, donde siempre
se invocarán las bendiciones del Senor sobre su persona.

No olvide la segunda parte de mi carta anterior.

Don Francisco Cerruti tiene poderes notariales.

Dios le bendiga; ruegue por mí, que en todo lo que pueda seré siempre en Jesucristo

Su afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

P. D. El 15 del mes corriente comienza la novena de María Auxiliadora. "No vendrá a pasar con nosotros algún día o al menos la fiesta
que es el 24?
Queridísimo señor Canónigo:

Nuestras cartas se cruzaron y yo acepto lo que V. S. propone; únicamente advierto con respecto a la letra de cambio, que hasta ahora
queda en promesas y en buenas esperanzas; y que yo me obligo a entregar el fruto correspondiente a medida que se efectúe alguna parte
del pago.

Por lo demás, si hay alguna dificultad al respecto, ya don Francisco Cerruti tiene poderes para solventarla.

Hagamos, pues, así: venga V. S. a celebrar con nosotros la fiesta de María Auxiliadora y, al compás de los instrumentos musicales,
efectuaremos la compra del nuevo edificio y éste recordará la solemnidad de la Santísima Virgen María Auxiliadora de los Cristianos del
1877.

Me encomiendo muy mucho a la caridad de sus oraciones y con la esperanza de volver a verle pronto tengo el honor de profesarme en
Jesucristo.

De V. S. Carísima

Turín, 18 de mayo de 1877.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

((194)) El Canónigo envió veinticinco mil liras en obligaciones del Préstamo de Génova a don Francisco Cerruti, y éste se apresuró a
llevárselas a don Bosco. Se determinó a este acto de generosidad, cuando supo que también las Hijas de María Auxiliadora prestaban

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su colaboración en las misiones de América. A punto de morir, en 1884, y deseando que sus bienes fuesen a parar a una Congregación,
que tuviese misioneros allí, donde él había alcanzado honestamente una buena situación económica, constituyó a don Bosco heredero
universal de sus bienes.

Al mismo tiempo seguían su curso ante la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares las acostumbradas negociaciones para obtener
las necesarias facultades. Don Bosco presentó al Padre Santo una súplica, con un breve informe de las vicisitudes sufridas por el convento
de los capuchinos. La Sagrada Congregación, tras la relación favorable del Ordinario diocesano y el voto favorable del Procurador
General de los Capuchinos, emitió un Rescripto el 14 de septiembre por el que encargaba al señor Obispo concediese a don Bosco la
facultad pedida, previa declaración escrita del mismo, por la que, ante un eventual regreso de los antiguos propietarios, devolvería a la
Orden de los Capuchinos convento e iglesia, a condición evidentemente de que se le indemnizase de los gastos realizados, declaración
que debería guardarse en los archivos de la Curia episcopal de Acqui. A lo que don Bosco obedeció, de acuerdo con su deber.

También en esto dio pruebas el Beato de extremada delicadeza. Aunque tenía diversas razones para creer que no le podía faltar la
formalidad de la aprobación de Roma, no hizo caso a las incitaciones de algunos interesados, sino que declaró que no se firmaría la
escritura antes de estar en posesión del Rescripto de la Sagrada Congregación. En este sentido contestó a la señora Lansetti, que trataba
con él en nombre de su compañero el señor Esteban Lansetti, principal accionista y representante de la Sociedad Enológica.

((195)) Muy apreciada señora:

Con razón insiste V. S. en que se acabe de arreglar el contrato de la casa de Nizza Monferrato, y yo no sé qué responder. Aguardo día
tras día la facultad que me es indispensable. Ya se pidió el parecer al Obispo de Acqui, el cual lo envió ensegunda en sentido favorable.
Hoy mismo escribo, por segunda vez, a la Congregación de Obispos y Regulares y, si V. S. tuviese allí por acaso a alguien a quien poder
rogar que vaya a dar prisa, me haría un gran favor. De todos modos, pasado este mes, encontraremos el medio para hablar y
determinaremos cuanto pueda hacerse para evitar perjuicios y obrar en conciencia.

Tenga a bien creerme con todo aprecio
DeV. S.

Turín, 25 de agosto de 1877.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

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Pero hay más. Don Bosco sabía con toda certeza que el rescripto estaba preparado en Roma y que el retraso en enviarlo procedía de
circunstancias ajenas al asunto; sin embargo, declaró a la otra parte que no daría ningún paso antes de recibirlo. En efecto, replicó así a
las insistencias de la misma señora:

Estimadísima señora:

Su carta me recuerda el deber que tengo que cumplir para la adquisición del local de la Virgen de Nizza Monferrato. No queda más
dificultad que la facultad para poder firmar la escritura notarial. He escrito a Roma a la Congregación de Obispos y Regulares, me
contestaron repetidas veces que recibiría cuanto antes el rescripto pedido, pero mientras tanto se retrasa. He vuelto a insistir. Hagamos,
pues, lo que se puede. Recoja la Sociedad vinícola la uva y demás frutos de la cosecha. Tan pronto como reciba el necesario rescripto, le
daré noticia de ello y, entonces, nos pondremos de acuerdo sobre todo lo demás. Es mi intención que dicha Sociedad no sufra ningún
perjuicio, como sé también que tampoco V. S. y sus socios lo quieren para mí.

Si tuviere alguna observación que hacer, haga el favor de notificármela, pues yo la recibiré de buen grado y espero que nos pondremos
de acuerdo en todo.

Ruégole tenga a bien creerme con todo aprecio y respeto,

De V.S.

Colegio de Lanzo, a 8 de septiembre de 1877.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

((196)) Por fin llegó el suspirado documento 1. Todo se lo comunicó a la condesa Corsi en una carta, con la que enviaba a un salesiano
necesitado de descanso, en lugar de otro que, por el mismo motivo, había pasado ya algún tiempo en su casa.

Mi buena Mamá:

Le envío al Prefecto de Sampierdarena, don Luis Bussi, para suplir a don José Bertello, que tiene que venir a mejorar su vida aquí en
Lanzo. Don Luis está cansado por el mucho trabajo, necesita algún día de reposo y por eso lo recomiendo a su maternal benevolencia y a
la excepcional cortesía del conde César, para que con su bondad supla a la timidez del otro, llevándole a dar algún paseíto y contándole
alguna de sus amenas historietas.

Con el correo de hoy he recibido el permiso para la compra de la iglesia y convento de los capuchinos. Como condición especial pongo
la de que, si los capuchinos pudiesen volver, yo se la cedo de buen grado.

1 Véase: Apéndice, doc. n.° 22 (a, b, c, d).

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Ahora hay que buscar el dinero. Dígame a quién podría escribir; mientras tanto, excite la piedad del clero y de los fieles de Nizza. Es
para ellos una gloria que vuelva al culto un edificio horrendamente profanado; suspenda don Bisio sus otras cosas y ocúpese por algún
tiempo de este asunto buscando dinero. Yo tengo ya siete mil liras, (hacen falta treinta mil), y las otra veintitrés mil hay que encontrarlas
de alguna manera; de lo contrario fracasaremos.

La condesa Abuela tiene que hacer también algún sacrificio en honor de la Virgen.

Don Juan Bautista Francesia, don Miguel Rúa y casi doscientos de sus hijos le saludan, le aseguran sus oraciones y se recomiendan
todos a las suyas.

Dios la bendiga y conserve con toda su familia en salud y gracia, y créame siempre, como con gratitud me profeso su

Lanzo, 26 de septiembre de 1877.

pobre hijo
JUAN BOSCO, Pbro

P. D. El conde Cays viste la sotana hace ocho días. Parece un serafín de amor de Dios. Si Dios nos lo conserva, será un buen salesiano.
Dice que nunca estuvo tan bien de salud y tan satisfecho como desde que vino a hacer vida franciscana.
Se firmó la escritura el 12 de octubre de 1877 en Savigliano ante el notario Javier Negro. Don Bosco estaba legalmente ((197))
representado por don Miguel Rúa. Se entregaron allí mismo quince mil liras, y para las otras quince mil se obligó don Bosco a pagarlas
dentro del mes de abril de 1879, abonando mientras un interés anual del seis por ciento.

El contrato puso a don Bosco en posesión de algo más que las simples paredes; casi, como si se tratara de una construcción entregada al
destinatario tan pronto como los albañiles han llegado a la cumbre, cuando queda todavía el trabajo de cerrajeros, carpinteros y demás
artesanos para hacerla habitable. Una vez desembolsado el precio de compra, ícuántos gastos quedaban por hacer para que la iglesia
volviese a ser una casa digna del Señor y para que, lo que era morada monacal, se cambiase en internado de niñas y noviciado de
religiosas! Por eso, cuando el buen tiempo permitió reanudar con presteza las obras ya encarriladas, el Siervo de Dios pidió ayuda por
todas partes, difundiendo profusamente esta circular.

Benemérito Señor:

En las cercanías de esta ciudad de Nizza Monferrato existe, desde hace varios siglos, un convento con una iglesia aneja, conocida con el
nombre de Santuario de
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Nuestra Señora de las Gracias. Todos los habitantes de Nizza recuerdan todavía los tiempos en que aquel lugar bendito era el convento de
unos santos monjes que, con la austeridad de vida y el fervor de la asidua oración, imploraban las bendiciones del cielo sobre el pueblo
cristiano. La iglesia, abierta al culto público y lmente atendida por los monjes del convento, era un refugio pacífico de piedad, adonde
iban muchos a consolarse en las angustias de la vida y no pocos volvían a encontrar el camino de la salvación que habían perdido. Mas,
una vez dispersados los monjes por los acontecimientos políticos, la iglesia y el convento se vendieron y se dedicaron a usos profanos, a
almacén de vino.

La profanación del santo lugar causó amargo pesar al corazón de los fieles, que pedían unánimemente la reparación a la piedad y
muchas personas devotas lo solicitaban con votos y plegarias. Fue entonces cuando, animado por piadosos y distinguidos eclesiásticos y
seglares, me dediqué a la empresa y, de acuerdo con el Obispo de la Diócesis y con los religiosos y previa licencia de la Santa Sede,
adquirí el convento y la iglesia y ahora se está haciendo la restauración para devolverla cuanto antes al culto divino. La iglesia tendrá
sacerdotes, de suerte que los fieles podrán cumplir en ella sus devociones y el convento ((198)) se transformará en una casa de educación,
que servirá de ornamento a la ciudad de Nizza y ofrecerá a los padres un medio fácil para educar a sus hijas en la ciencia y la piedad.
Mas, para llevar acabo esta empresa, se necesitan grandes gastos, puesto que el inmueble costó treinta y dos mil liras y sólo se ha pagado
la mitad. Además, para llevar a efecto las reparaciones, proveer de enseres y muebles, faltan totalmente los medios indispensables. Todos
saben que el pobre que esto escribe no se lanzó a la obra más que confiando en la Providencia del Señor y en la piedad de los que se
interesan por las obras útiles a la religión y a la sociedad civil.

Además del dinero se acepta toda suerte de materiales para construcción, muebles, lencería, madera para construir y para la cocina y
calefacción y cualquier otra cosa que pueda contribuir al fin mencionado. Mientras se agradecen los grandes donativos, se reciben
también con gratitud los pequeños, pues el Señor tiene en buena cuenta lo mismo el óbolo de la viuda que las grandes limosnas del rico.

Para recibir estos donativos, se ha formado en Nizza una comisión, constituida por las caritativas personas del reverendo Bisio, Vicario
de San Juan, el topógrafo Luis Terzani y el señor Berta.

En Turín, el abajo firmante.

En los pueblos de la diócesis de Acqui se recomienda humildemente la obra al celo y caridad de los reverendos señores curas párrocos,
a quienes se ruega tengan la bondad de encaminar y recibir cualquier donativo y hacerlo llegar al abajo firmante o bien al reverendo señor
Bisio, por el medio que estimen más oportuno.

Celebro poder asegurar a todos los beneméritos donantes la bendición apostólica del nuevo Pontífice reinante, León XIII, el cual, con
fecha 23 del pasado febrero, se dignaba de muy buen grado otorgarla.

Por mi parte, a más de mi sincera e inalterable gratitud, les aseguro el cordial ofrecimiento de las oraciones, misas y demás actos
religiosos, que cada día se harán en la iglesia y en el convento indicados, y así, impetrar copiosas bendiciones del cielo sobre estos
bienhechores.

Con ánimo agradecido tengo el honor de poderme profesar de V. S.

Turín, marzo de 1878. seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.
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Las obras iban adelante con presteza y constancia, pero la adaptación de aquel edificio a las nuevas exigencias requería gastos y tiempo.
Agosto tocaba a su fin y todavía seguían las obras. Esta ((199)) carta al conde César Balbo pretendía calmar la santa impaciencia de la
condesa Corsi, su suegra.

Queridísimo señor Conde:

S. V. S. fuese tan intrépido viajero como lo ha sido su carta, fácilmente daría la vuelta al mundo. Llegó la carta a Turín, fue después a
Mornese, cuando yo había salido, por lo cual reemprendió enseguida viaje a Turín. Finalmente llegó a mi escritorio, emborronada toda
ella con sellos y direcciones. Contesto: con mucho gusto hablaré al joven Simma y, si es posible, ya puede venir el domingo, de las tres a
las ocho de la tarde.
En la próxima semana, tal vez tenga que salir algunos días, pero a fines de la misma volveré a estar aquí. Aún no podemos fijar el día
de la inauguración de la casa de Nizza, puesto que las obras de la vivienda para las monjas y para el capellán, o mejor el director, están
todavía en curso. Pero, ya está hecho el programa para el internado y pronto lo tendré 1. Y, tan pronto como se pueda fijar el día, será
usted el primero en ser informado. Espero hacerle una visita en la quinta; pero si el tiempo apura a todos los hombres honrados, figúrese
si no apurará al pobre jefe de los golfillos.

La gracia de N. S. J. C. esté siempre con V. S., con la buena Mamá, con la condesa María, con toda su familia. Dios los bendiga a todos
y ruegue por mí, que siempre seré, en Jesucristo,

Turín, 23 de agosto de 1878.

Su afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

P. D. Le recomiendo a don José Bertello, porque fuera de la jaula temo haga alguna de las suyas 2. No lo pierda de vista y haga el favor
de saludarlo de mi parte.
Si don Bosco se índustriaba de esta manera para lograr por todos los medios equipar a toda prisa la nueva sede de la Casa Madre de las
Hermanas, preciso era también decir que urgía salir de Mornese. Y efectivamente urgía. Se había tratado en las conferencias de san
Francisco el asunto de la dificultad de las comunicaciones, dado que el pueblo estaba demasiado lejos del ferrocarril y carecía del servicio
de ómnibus para el traslado de los forasteros. Y en el invierno, cuando

1 Quiere decir impreso.

2 Quien conoce la auisteridad del hombre, comprende la cantidad de broma que se encierra en esta frase.
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los caminos se hacían ((200)) intransitables, demasiado a menudo había que hacer de tripas corazón y someterse a sacrificios y
privaciones serias. Verdad era que el párroco de Rosignano había invitado a don Bosco a trasladar las tiendas a su parroquia; pero,
también aquel lugar estaba a trasmano y se requerían excesivos gastos para la adaptación del edificio ofrecido. En las mismas
conferencias se volvió a hablar de este tema, cuando el Beato notificó que la condesa Corsi daba pasos para comprar una casa en Nizza
que serviría para el fin deseado; se expresó de aquel modo porque todavía no creía oportuno manifestar públicamente lo que él ya había
hecho por medio de la Condesa para la adquisición que sabemos. Después don Bosco continuó su obra en silencio.

Es más, había que añadir otros dos motivos para el traslado. Las hermanas no gozaban de buena salud en Mornese; tal vez influía el aire
demasiado fino para quien no podía tener una alimentación abundante y debía trabajar mucho. Además, el desarrollo tomado por el
internado y el creciente número de postulantas hacían que aquella casa resultara demasiado estrecha e incómoda. No parecía se pudiera
afirmar que a los mornesinos les desagradase demasiado la partida de las monjas; en efecto, la antigua inquina contra don Bosco, por
haber abierto en su pueblo un colegio para chicas y no para los muchachos, estaba más sosegada que apagada, de suerte que de vez en
cuando estallaba bruscamente, como sucedió precisamente en el carnaval de 1877, cuando se oyeron, durante toda una noche, al pie de las
ventanas de la casa, los más groseros insultos contra sus pobres moradoras.

Durante todo un año no se vislumbró nada en Mornese sobre los planes de don Bosco, ni dentro ni fuera del instituto. Sólo a primeros
de febrero de 1878 quiso el Beato que la madre Mazzarello fuera con alguna hermana a Nizza para ver la nueva morada y hacer las
oportunas sugerencias; dispuso al mismo tiempo que se encontrasen también en el lugar el ecónomo general don Antonio Sala y don Juan
Bonetti. La Madre se llevó como compañera a sor Enriqueta Sorbone, asistenta de las educandas, como si presagiara ya el papel de primer
orden que la joven Hija de María ((201)) Auxiliadora estaba destinada por la Providencia a desempeñar en la nueva casa principal. Fue
designada por don Bosco Vicaria de la Congregación y ejerció ininterrumpidamente este cargo durante medio siglo, convertida en testigo
viviente de la tradición; pasó con el Capítulo Superior a Valdocco, al ser trasladado desde Nizza. La vocación de la madre Enriqueta es
un apreciable episodio de la historia de nuestro Beato. Perdió a la madre siendo joven, y le tocó hacer sus veces con todas sus hermanas y
hermanos
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menores que ella. Un día del mes de mayo de 1873 fue por casualidad a parar al pueblo aquel ideal de portero salesiano que se llamó
Marcelo Rossi. Empezó éste a contarle cosas maravillosas de don Bosco y de su santidad. La piadosa doncella le escuchaba con creciente
admiración y, envidiando la suerte del narrador, pensaba en sus adentros:

-íQué hermoso debe ser ver a un santo!
Por fin Rossi le dijo:
-Don Bosco irá dentro de poco a Borgo San Martino; ven allí tú también, y haré que lo veas.
La propuesta estimuló en ella el deseo de ver con sus propios ojos cómo era un santo.
Así las cosas, arrancó el permiso al padre y en compañía de dos hermanas del coadjutor, se puso en camino.
Absorta con el pensamiento de que iba a ver a un santo, hizo entusiasmada las cuatro horas de camino que había de Rosignano a Borgo.

Llegaron a la meta a eso de las siete. Las buenas muchachas se dirigieron a la iglesia parroquial y comulgaron. Fueron después al colegio,
donde encontraron a Rossi, que las introdujo en él. Allí estuvieron esperando con unas mujercitas, que remendaban la ropa blanca, hasta
que las notas de la banda de música y los vítores del pueblo anunciaron que don Bosco se aproximaba. Entonces las tres jóvenes fueron
llevadas a un corredor, por donde tenía que pasar don Bosco y desde donde vieron irrumpir en el patio a la muchedumbre que aplaudía
casi con delirio. Después de mucho esperar, helo allí, atravesando el umbral y avanzando a paso lento, seguido de un grupo de amigos y
muchachos. Enriqueta lo miraba atentamente de pies a cabeza; había creído que iba a ver quién sabe qué, y, en cambio, se daba cuenta de
que tenía ante sí a un sacerdote ((202)) como tantos otros. Iba a disiparse su encanto, cuando el Siervo de Dios les dio a besar su mano, se
paró, miró un instante a Enriqueta, y, señalándola con el índice, dijo:

-Vos, id a Mornese.
-"Mornese? "Qué es Mornese?
-Es un pueblo bonito; ya lo veréis... Ahora vamos a comer y después hablaremos.
La joven se quedó allí haciendo castillos en el aire. Después de comer, don Bosco la mandó llamar y, nada más verla, le dijo:
-"Cómo os llamáis?
-Enriqueta Sorbone, de Rosignano Monferrato.
-"Cómo estáis de salud?
-Estoy bien.

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-"Cuántos años tenéis:
-Dieciocho cumplidos.
-"Os gusta estudiar?
-íSí! Mi madre deseaba que fuera maestra; pero murió y me toca pensar en mis hermanitas.
-"Cuántas tenéis?
-Cuatro y dos hermanos.
-"Habéis pensado alguna vez haceros monja?
-"Qué quiere usted que le diga? Mi madre hubiera estado muy conforme con que sus hijas se consagrasen al Señor.
-Bien, bien, ya veremos..
.
-Pero, mi párroco me ha dicho que si me porto bien y guardo a mis hermanas, él pensará después en mi porvenir. No quisiera atender

ahora a dos cosas opuestas.

-Estad tranquila; ya me entenderé yo con el párroco.
-"Pero y mis hermanas? "Y mi padre?
-íOh! La divina Providencia pensará también en ellos. Mirad: en Mornese tenemos el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora. Allí

podréis estudiar. .
-"Quiénes son las Hijas de María Auxiliadora? "Son monjas?
-Sí, son monjas.
-Pero a mí me gustan las monjas que visten como ((203)) las que se ven en las estampas.
Decía esto porque, como sabía que había monjas en el colegio de Borgo, había tomado por tales a aquellas mujercitas que remendaban

la ropa.
-Sí, sí, replicó don Bosco. Las monjas de Mornese visten precisamente como vos decís, ya lo veréis. Y allí estudiaréis y entraréis en las
monjas y haréis muchísimo bien.
Aún añadió otra cosa que ella no podía comprender en aquel momento, pero que más tarde vio cumplida. Sacó del bolsillo una hojita de
papel azulado, escribió en ella unos renglones y se la entregó diciendo:
-Tomad: ahora volved a Rosignano, llevad esto a vuestro párroco e id pronto a Mornese. Pero, antes de entrar en aquella santa casa,
dejad vuestra voluntad fuera de la puerta.
La joven guardó el papelito y se echó a andar para salir. Iba despacio y pensativa. Desde la puerta se volvió para despedir a don Bosco,

el cual, mirándola paternalmente, le dijo en tono enérgico:
-íDejemos este mundo traidor!
Estas últimas palabras, proferidas de aquella manera, la impresionaron

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mucho. Parecía que don Bosco viese junto a ella un monstruo dispuesto a descuartizarla.

-íFea cosa debe de ser el mundo!, rumiaba en sus adentros la joven mientras volvía a la casa paterna.

No fue fácil empresa convencer al párroco y persuadir al padre, pero resultó una lucha bastante corta, pues el 6 de junio, primer viernes
de mes, Enriqueta Sorbone ingresaba en Mornese. Estudió, como le había dicho don Bosco, pasó a vivir con las monjas, se examinó de
maestra y fue la Vicaria general.

Al festejarse, poco ha, el cincuentenario de su cargo, madre Enriqueta nos contaba su historia con muchos otros detalles que hemos
omitido; pero hay uno que no queremos pasar por alto, y es que, su padre, después de haberle permitido con indecible sacrificio, pero
cristianamente, que siguiera su vocación, se vio premiado por Dios, que le atendió a él y a su numerosa prole de manera y medida muy
superior a cuanto jamás nadie pudiera esperar, si la primogénita se hubiese quedado en casa. De ahí se colige cómo el Señor inspiró a su
Siervo y al mismo tiempo ((204)) bendijo a quien cooperaba con él en la actuación de sus santos designios.

La Madre General tenía que visitar no sólo la casa que se iba a abrir, sino también todas las casas ya abiertas. Ella creía verdaderamente
que podía dejar de hacerlo, sobre todo las que tenían un Director salesiano como guía; pero don Bosco no era del mismo parecer. El le
hizo entender que era mejor que fuera y, además, que se quedara algunos días en aquellas casas, que la experiencia le convencería que las
cosas de un Instituto marchan bien, cuando el Superior lleva a menudo la maleta en la mano como un viajante de comercio. Ella era la
Madre Superiora y convenía que viese por sus propios ojos cómo eran tratadas sus hijas; si necesitaban algo, si vivían contentas; si
trabajaban como quería el Señor, sin perder tiempo, pero sin descuidar las prácticas de piedad y su propia salud; si en todas partes estaba
de acuerdo, por cuanto fuera posible el horario del lugar, con el suyo; y muchas cosas más. Además, si los directores tenían alguna
dificultad que salvar, algún buen consejo que sugerir, algún deseo que expresar, tendrían así más oportunidad para hacerlo. El ponerse de
acuerdo da siempre buenos resultados para el alma y para el cuerpo. Por consiguiente, que fuera a dar su vuelta, que llevara los saludos de
don Bosco y dijera a todas sus Hijas que él las bendecía de todo corazón.

La madre Mazzarello se atuvo escrupulosamente a estas instrucciones. Y cuando fue a Turín en el verano para la segunda tanda de
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ejercicios espirituales refirió de viva voz al Beato Padre todo lo que había podido observar en las visitas hechas.

Esta fiel docilidad y profunda veneración al Padre Fundador resalta de mil formas en todas sus manifestaciones de alguna importancia.
Personas, incluso autorizadas, decían que el hábito de las Hijas de María Auxiliadora parecía de luto y que faltaba algo blanco en medio
de tanto negro. Se estudió el asunto en Mornese, se compuso también un modelo; pero, ante todo, quiso oír la Madre lo que don Bosco
pensaba sobre ello.

((205)) En consecuencia, y por orden suya, sor Catalina Daghero, resignada a hacer de maniquí, se presentó al Beato con. el nuevo

modo de vestir. Sonrió éste ante aquella novedad, la contempló un poco y, después de un rato de silencio, dijo:

-íVaya!... í No está del todo mal...! Podéis probar. Después de todo sois vosotras las que tenéis que llevarlo. Haced la prueba.

Fue un gran día para Mornese aquél en que se habló de enviar las Hijas de María Auxiliadora más allá de la frontera y allende los

mares, a Francia y a América. Sin embargo, parecía que la prudencia aconsejase diferirlo, porque las buenas hermanas carecían todavía
mucho de conocimientos y de experiencia. Pero la Madre dijo:

-Si don Bosco habla así, es que la Virgen le ha hablado a él; y la Virgen sabe de qué Hijas dispone para las obras de su divino Hijo.

En Turín, algunas hermanas, que habían estado en Cúneo para examinarse de magisterio, no acababan de hacerse lenguas de las finezas
con que las habían tratado las dominicas, en cuya casa se habían hospedado. La madre, después de haber dicho: -Aprendamos también
nosotras a tratar siempre así, añadió:

-Pero no olvidemos nunca que si nos tratan tan bien, es porque somos religiosas e hijas de don Bosco.

Al dar cuenta a don Bosco de la casa de Biella, le manifestó la duda de que no se pudiera seguir allí, porque las hermanas no estaban

muy a gusto. La respuesta fue:

-En las casas de don Bosco nadie está a la fuerza. Si las hermanas no quieren estar allí, cámbiense; pero no se cierra la casa.

La Madre no dijo una palabra más. En 1878, al visitar la casa de Alassio, encontró que el horario era demasiado pesado, porque las

hermanas tenían que levantarse más pronto e ir a descansar más tarde. La Madre observó con humildad y respeto a quien correspondía:

-"Está enterado don Bosco de este horario? Si don Bosco lo sabe, bien; de lo contrario, procure cambiarlo.

Su gran reverencia por don Bosco hacía que mirase con gran bondad

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a sus hijas. Cuando vio en el recién nacido Boletín Salesiano 1 publicados los programas de los dos ((206)) nuevos colegios para niñas de
Nizza Monferrato y de Chieri, exclamó:

-Helo ahí, don Bosco y los salesianos nos consideran realmente una familia. Todas nuestras cosas tienen vida y fortuna por don Bosco y
por sus hijos. íAy de nosotras si la soberbia llega a meternos en la cabeza que podemos algo sin ellos! Nos convertiríamos en sarmientos
separados de la vid, y nada más.

Repitió el mismo pensamiento a sor Elisa Roncallo, que se desmayaba de gozo al contarle las muchas maravillas de su oratorio festivo
en Valdocco.

-Sí, sí, le dijo; todo esto es consolador, muy consolador. Pero no lo olvidemos; después de Dios, todo lo debemos a don Bosco y a los
hijos tan valientes y tan santos, que don Bosco nos da para ser nuestros guías y nuestro apoyo. íPor amor de Dios! No nos olvidemos
nunca de dar gracias a la Virgen que, no satisfecha con hacernos hijas suyas, nos ha confiado además a un santo, como don Bosco.

Un día la Directora de Turín le refirió un diálogo que había tenido con don Miguel Rúa, que dirigía aquella comunidad.

-Señor Director, habíale preguntado ella: "podemos seguir tomando fruta en el desayuno? Nos regalan tanta, que la tenemos en

abundancia.

-"Qué dice la Regla?, preguntó don Miguel Rúa.

-Que se puede tomar café con leche o fruta.

-íAh!, dice o, y no y...

-Pero hay tanta que se nos estropea. .

-Mejor es que se estropee la fruta que no la observancia de la Regla. Además, con la fruta sobrante, "no se puede socorrer alguna

necesidad y ayudar a alguna muchacha a portarse mejor?

Oído esto, la Madre concluyó:

-"Véis cómo obran los santos? íAy de vosotras las que tenéis la dicha de vivir en Valdocco, si no sabéis aprovecharos de las lecciones

que nosotras no tenemos.

Los sentimientos de la Madre, manifestados de tantas maneras, inspiraban también otros a sus Hijas: a su devoto afecto a don Bosco
debemos el celoso cuidado en guardar recuerdo de las palabras dichas por él en sus raras y rápidas visitas. Hizo una de estas visitas a las
Hermanas de Valdocco a su regreso de Roma y de Francia en 1878. Nunca había estado fuera de casa ((207)) tanto tiempo, y
exteriorizaban

1 Número de septiembre de 1878 (Bollettino Salesiano).
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ellas su alegría, como mejor podían. Con la esperanza de verlo pronto, engalanaron su sencillo locutorio; pero el Beato que lo supo, envió
a decir:

-íAh, no, no! íYo no voy donde hay cortinas, visillos y sofá!

Entonces las hermanas volvieron a ponerlo todo como estaba antes; y cuando el buen Padre fue, sin dar muestras de que recordaba
aquel detalle, preguntó en seguida si tenían muchas chicas. A la respuesta afirmativa añadió:

-íEstupendo! Nosotros estamos precisamente para esta gran obra. íPero, atención! Para hacer el bien a las chicas es preciso estar
siempre alegres; es menester quererlas y apreciarlas a todas, aunque alguna no lo merezca. "Y siguen viniendo todos los días, después de
la comida y por la tarde, cuando salen de la fábrica?

Cuando oyó decir que sí, siguió diciendo que eso significaba muchos pecados menos, mucha malicia no aprendida por las calles,
muchos buenos pensamientos sembrados para la noche y para el día siguiente, no sólo entre las mismas muchachas sino también entre sus
familiares, pues, de ordinario, las muchachas disfrutan contando en casa todas sus novedades. Le preguntaron cómo se lograba dar a
conocer y hacer que se amara a María Auxiliadora. Y el Siervo de Dios respondió:

-Hablando oportunamente de Ella con la juventud que la Providencia nos confía y con las personas externas que se acercan a nosotros;
escribiendo alguna palabra sobre Ella en todas nuestras cartas a los padres y a los conocidos; enviando a Ella a los que necesitan gracias
especiales y contando los favores obtenidos por su mediación; repartiendo medallas y estampas con su imagen; rezando y haciendo rezar
a menudo la jaculatoria: María, Auxilium Christianorum, ora pro nobis; cantando con preferencia sus loas en los recreos y en la iglesia,
sobre todo durante su mes; aconsejando poner el nombre de "Auxiliadora" a las niñas que se van a bautizar; celebrando con la mayor
solemnidad posible su fiesta, no sólo en la iglesia, sino también con velada y procesión; regalando cuadros de María Auxiliadora para las
familias, para las parroquias; dando su título a las nuevas fundaciones...

((208)) Las hermanas que trabajaban en Valdocco habían recibido de María Auxiliadora, por mediación de don Bosco, una gracia
señalada en la novena de la Inmaculada, con la cual quedaron enfervorizadas en la piedad hacia su Madre Celeste y penetradas de
veneración hacia el Padre de sus almas. La novicia Josefina Quarello residía en Valdocco, en lugar de Mornese, para ayudar a sor
Catalina Daghero a llevar
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adelante su escuela. Fue a Mornese para pasar unos días, pero se puso tan mala que el doctor Albertotti la dio por desahuciada. La buena
novicia se preparaba resignada a la muerte; pero suplicaba que la llevasen a don Bosco para recibir su bendición y asegurarse mejor una
santa muerte. Aunque con graves dificultades, se le concedió lo que pedía. Llegó como pudo hasta la antesala de don Bosco. No tuvo
tiempo para abrir la boca y expresar su deseo, porque el Siervo de Dios le dijo de pronto:

-"Queréis ir al Paraíso? Yo también espero ir, si la misericordia de Dios me lo concede. Pero vos tenéis que trabajar todavía mucho.

Al pronunciar muy lentamente estas últimas palabras, levantó la mano y bendijo a la enferma.

-íEsta vez se equivoca!, pensaba en sus adentros la pobrecita, creyendo que decía esto por no estar bien informado de sus condiciones.

Pero la que se equivocaba era ella; comenzó enseguida a sentirse mejor y en la novena misma reanudó sus clases.

También tenemos el recuerdo de la visita que hizo don Bosco a las hermanas de Lanzo, en el mismo año 1878. Pasó de un lugar a otro

de la casa, diciendo a cada una de las que encontraba una buena palabra. A la refitolera, por ejemplo:

-íMuy bien! Pero acordaos de que debéis ser modelo de todas las hermanas que os rodean.

Y a las cocineras:

-íMarta y María! Vosotras sois Martas, pero también debéis ser Marías. "Sabéis convertir en platos del paraíso los platos que preparáis?
No se necesita mucho para ello. Basta santificarlos con la recta intención, con actos de unión con el Señor y la Virgen, y haciéndolos lo
mejor que podáis.

A la Directora, que se ruborizaba ante los seglares, cuando ((209)) en ciertas ocasiones, especialmente en las fiestas, entraban, incluso
en la cocina, en el costurero o en la ropería de los muchachos, le hizo comprender que no había motivo alguno para temer y, más todavía,
tenía con ello una bonita ocasión para hacer el bien, aun cuando no fuera más que con el sermón del buen ejemplo.

Hemos hablado ya de otras dos visitas en un capítulo anterior 1. Daba en el hito la Madre Mazzarello, cuando oía a sus hijas contar los
detalles de estos encuentros, y sacaba esta conclusión:

1 Véase más atrás, págs. (115 y 116).
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-Nuestro buen Padre, hace siempre el bien por donde pasa y donde está.

Si tanta importancia daban las Hijas de María Auxiliadora a las palabras que don Bosco decía ocasionalmente y como al vuelo, es fácil
imaginar el fruto que sacarían de las platiquitas que daba a las que hacían los ejercicios espirituales. Esto sucedió dos veces en 1878. La
primera en agosto, durante los ejercicios de Mornese. Las grandes novedades del próximo traslasdo tal vez le aconsejaron esta ida, de la
que avisó al director don Juan Bautista Lemoyne en términos muy significativos. Don Juan Bautista Lemoyne había sucedido en el cargo
a don Santiago Costamagna, que había salido para América.

Mi siempre querido Lemoyne:
Deseo muy de veras ir a hacerte una visita. Dios mediante estaré en Mornese el día 16 y me quedaré ahí ocho días. De modo que

tendremos tiempo para charlar a nuestro gusto, contar los dineros que tú, las monjas y otros podrán poner a la orden del día.
Muchísimos y cordiales saludos al reverendo Campi, a Musso y a todos nuestros parientes espirituales.
Gratia D. N. J. Ch. sit semper nobiscum. Amen
Turín, 6 de agosto de 1878

Afmo. amigo
JUAN Bosco, Pbro.

En la clausura de los ejercicios, el Beato recibió la profesión de algunas hermanas, y predicó la platiquita de los "recuerdos", exaltando
la virtud de la obediencia. Quedó grabada ((210)) la comparación que dio:
-Si quitáis al saco sus costuras, todo lo que contiene se sale fuera;
eso le pasa a la religiosa, si no tiene la costura de la obediencia, no puede conservar ninguna virtud y deja de ser religiosa.
Cuando salió de la iglesia, se le acercó humildemente la Madre y le dijo:
-Me gustaría poner en este pórtico dos carteles con estas palabras:
LA MORTIFICACION ES EL ABECE DE LA PERFECCION y CADA MINUTO DE TIEMPO VALE UN TESORO.
Antes de que don Bosco se marchara, aparecieron colgados los dos carteles en el lugar indicado.
También dirigió unas breves palabras de "recuerdo" a las hermanas
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en la tanda de ejercicios que se hizo en Turín. Remachó el tema de la obediencia religiosa, acudiendo a la comparación del pañuelo.

-Así como éste se deja usar cuando se quiere y para todo lo que se quiere, y se deja lavar, planchar, doblar sin decir nada, así tenemos
que ser nosotros con la virtud de la obediencia religiosa. "Queremos estar siempre alegres? Seamos obedientes. "Queremos estar seguros
de la perseverancia en la vocación? Seamos siempre obedientes. "Queremos subir a mucha altura en la santidad y alcanzar el paraíso:
Seamos fieles en obedecer aun en las cosas pequeñas.

Aquel año hizo don Bosco a las hermanas un precioso regalo en la fiesta de la Inmaculada: les entregó la santa Regla impresa,
conforme al texto aprobado dos años antes a iniciativa suya por el Ordinario de la diócesis de Acqui. Antes de colgar los dos carteles
mencionados poco ha, ya había otro en el pórtico y en la escalera con la sentencia dictada por don Santiago Costamagna: "Toda religiosa
debe ser una reproducción de la santa Regla". El tener ahora en su mano el libro de las reglas debía ayudarles mucho para obtener aquel
efecto. Encabezan el librito unas paternales amonestaciones, que agradará a nuestros lectores ver reproducidas aquí.

A las Hijas de María Auxiliadora

Gracias a la bondad de nuestro Padre Celestial el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, al que por fortuna pertenecéis, alcanzó de
algún tiempo acá un gran desarrollo. En el período de pocos años ((211)) hemos podido inaugurar un buen número de casas en el
Piamonte, en Liguria, en Francia, y hasta en tierras de América.

Cuando el Instituto estaba concentrado en la Casa Madre de Mornese, unos cuantos ejemplares podían ser suficientes para que cada
hermana tuviese conocimiento de ellas; pero ahora que, gracias a la divina Providencia, se han multiplicado las casas y las hermanas
repartidas en ellas, ya no son suficientes.

Por eso he creído que sería para mayor gloria de Dios y provecho de vuestra alma, mandarlas imprimir; y hoy os las presento. Las
reglas han tenido ya la aprobación de varios Obispos, los cuales las encontraron plenamente ajustadas para santificar a una Hija, que
aspire a ser toda de Jesús y que, al mismo tiempo, quiera dedicar su propia vida al servicio del prójimo, especialmente a la educación de
las niñas pobres. Es más;
el mismo Instituto fue aceptado y aprobado con un Decreto especial por el Rvmo. Obispo de Acqui, en cuya diócesis nació en 1872 y
sigue prosperando hasta el día de hoy.

Guardad, pues, con cariño las reglas que lo gobiernan, leedlas, meditadlas, pero, sobre todo, no olvidéis nunca que de nada serviría
saberlas, hasta de memoria, si después no las ponéis en práctica. Por lo tanto, aplíquese cada una con la mayor solicitud a observarlas
puntualmente; tiendan a ello la vigilancia y el celo de la Superiora, la diligencia y el empeño de las súbditas. Si lo hacéis así, encontraréis
en vuestra Congregación la paz del corazón, caminaréis por la senda del cielo y os haréis santas.
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Mientras tanto, aprovecho gustoso esta ocasión favorable para recomendaros que en vuestras oraciones tengáis siempre presente el alma
del muy reverendo don Domingo Pestarino, primer Director de las Hijas de María Auxiliadora, de quien se sirvió el Señor para echar los
cimientos de este Instituto. El se merece verdaderamente, por su caridad y celo, nuestra más viva gratitud. Rogad también unas por otras,
para que el Señor os mantenga constantes y fieles a vuestra vocación, y os haga dignas de hacer mucho bien a su mayor gloria. Rogad de
manera particular por las hermanas que partieron, y por las que han de partir hacia las más apartadas regiones de la tierra para difundir en
ellas el nombre de Jesucristo, y hacerlo conocer y amar. Rogad sobre todo por la Iglesia Católica, por su Cabeza visible, por los Obispos
y pastores locales; rogad también por la Congregación Salesiana, a la que estáis agregadas; no os olvidéis de mí, que os deseo toda
felicidad.

La Santísima Virgen Auxiliadora nos ampare y defienda en la vida y en la muerte, y con su poderosa intercesión nos obtenga de su
divino Hijo la gracia de encontrarnos un día todos juntos reunidos bajo su manto en la eterna Bienaventuranza.

Turín, Fiesta de la Inmaculada Concepción, 1878.

JUAN BOSCO, Pbro.

((212)) Estas reglas, divididas en dieciséis títulos, se dirían calcadas esencialmente en las reglas de los salesianos, de cuyo Rector
Mayor dependía inmediatamente el Instituto.

Para comprender su espíritu sacaremos de ellas y pondremos ante los ojos de los lectores algunos de los puntos más característicos, que
propiamente no se encuentran en las Constituciones Salesianas.

En el título noveno se proponen algunas virtudes principales para el estudio de las novicias y la práctica de las profesas:

" 1. Caridad paciente y celosa no sólo con las niñas, sino también con las doncellas jóvenes. -2. Sencillez y modestia; espíritu de
mortificación interna y externa; rigurosa observancia de la pobreza. -3. Obediencia de voluntad y de juicio, y aceptar de buen grado y sin
observaciones los avisos y correcciones, y los cargos que se os confían. -4. Espíritu de oración, con el que las hermanas atiendan de buen
grado a las obras de piedad, se mantengan en la presencia de Dios, y en filial abandono a su dulce Providencia".
Es notable, con respecto a los sacramentos, la segunda regla del título undécimo: "Se acercarán regularmente al tribunal de la penitencia
cada ocho días. En la acusación de sus faltas cuiden de omitir las circunstancias inútiles; sean breves y digan con sencillez y humildad sus
culpas de la misma manera que si las acusasen a Jesucristo. Tengan gran respeto y confianza con su confesor, como corresponde a quien
está destinado por Dios a ser Padre, Maestro y Guía de sus almas,
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pero no hablen nunca unas con otras de cosas de confesión y mucho menos del confesor".

En el exordio del título undécimo, sobre el voto de castidad, se leen estas hermosas palabras: "La virtud de la castidad debe situarse en
grado eminente por las Hijas de María Auxiliadora. Primero, porque el cargo que ellas tienen de instruir y encaminar al prójimo por la
senda de la salvación, es semejante al de los santos Angeles; por esto es necesario que también ellas vivan con el corazón puro y en un
estado angélico, puesto que las Vírgenes son llamadas Angeles de la tierra; en segundo lugar ((213)) porque, para que se cumpla su
vocación como es debido, se requiere total desasimiento interior y exterior de cuanto no es Dios".

El último Título contiene treinta normas generales, algunas de las cuales trazan, digámoslo así, los rasgos distintivos de las Hijas de
María Auxiliadora.

" 9. Cada una debe tenerse como la más pequeña de todas, por eso ninguna faltará a los actos humildes, ni rehusará ejercer los cargos
más bajos de la casa, en los que la Superiora la ejercitará en la medida de sus fuerzas y según lo crea prudente ante el Señor.
" 10. Las Hijas de María Auxiliadora estarán siempre alegres con las hermanas, reirán, bromearán, etc., pero siempre como parece que
deben hacerlo los ángeles entre sí; pero, en presencia de personas del otro sexo, guardarán siempre un porte grave y digno. Al ir por la
calle, caminarán con la máxima compostura y modestia, sin mirar nunca fijamente a las personas, ni a las cosas que encuentren,
saludando, sin embargo, con una inclinación de cabeza a quien las salude, y a las personas eclesiásticas si pasan cerca.

" 11. En casa y fuera de ella hablarán siempre de una manera humilde, sin sostener nunca el propio sentir, evitando sobre todo cualquier
palabra desabrida, punzante, de reproche, de vanidad referida a sí mismas, o con respecto al bien que el Señor se dignara sacar de sus
obras, realizando todas sus acciones privadas y comunes sólo para agradar a Dios. Nunca hablarán de linaje, edad o riquezas, si las
tuvieron en el mundo. Nunca levantarán la voz al hablar con quienquiera que sea, aun en tiempo de recreo. Cuando se encuentren en
presencia de personas del otro sexo, su manera de hablar será seria y grave, porque, si son de condición superior a la suya, por ejemplo
eclesiásticos, así lo requiere el respeto debido a su estado; y, si son seglares, así lo piden el decoro y el buen ejemplo.

" 12. Toda su diligencia quedará patente en el trato y en el porte de las miradas y de toda la persona, como deben ser las imitadoras de
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Jesucristo, y siervas de los pobres. En la iglesia ((214)) estarán con la máxima compostura, derechas y sin gazmoñería, y doblando la
rodilla hasta el suelo al pasar ante el altar, donde se conserva el Santísimo Sacramento.

" 21. Cada una cuidará de su salud y, por tanto, cuando una hermana no se encuentre bien de salud, sin ocultar ni exagerar el mal,
avisará a la Superiora para que pueda poner remedio. Durante la enfermedad obedecerá a la enfermera y al médico o cirujano, para que
regulen su cuerpo como mejor creyeren ante Dios. Procurará también mostrar paciencia y resignación a la voluntad de Dios,
sobrellevando las privaciones inseparables de la pobreza, y conservando siempre una inalterable tranquilidad de espíritu en las manos del
Señor, que es padre amoroso, cuando nos conserva la salud y cuando nos aflige con enfermedades y dolores. Para fortalecerlas mucho
más en el espíritu, se dará la santa comunión a las enfermas obligadas a guardar cama, al menos una vez a la semana, cuando lo permitan
la clase de enfermedad y el lugar.

" 22. Las hermanas procurarán mantenerse siempre estrechamente unidas con el dulce vínculo de la caridad, pues sería deplorable que
las que eligieron como fin la imitación de Jesucristo, descuidasen la observancia del mandamiento tan recomendado por El, hasta el
extremo de llamarlo su precepto. Así, pues, además de la mutua comprensión e imparcial afecto, queda prescrito también que, si
sucediese que alguna faltara a la caridad con alguna hermana, deba pedirle perdón tan pronto como, devuelta la calma a su espíritu,
reconozca su falta, o por lo menos antes de acostarse.

" 23. Para mayor perfección de la caridad cada una preferirá de buen grado las comodidades de las hermanas a las propias, y en toda
ocasión todas se ayudarán y aliviarán con manifestaciones de benevolencia y santa amistad, y nunca se dejarán vencer por ningún
sentimiento de celos de unas contra otras.

" 24. Deseen y procuren eficazmente hacer al prójimo todo el bien que les sea posible, con la constante intención de ayudar y servir a
nuestro Señor Jesucristo en la persona de sus ((215)) pobres, especialmente asistiendo, sirviendo, consolando a las hermanas enfermas y
afligidas, y promoviendo el bien espiritual de las niñas del lugar donde tienen su morada...

" 27. Pongan todas la máxima solicitud por los ejercicios de piedad, de cuya observancia depende el fervor interior, que nos mueve
dulcemente a uniformarnos en todo con Jesucristo nuestro divino Modelo y Esposo de las almas fieles".
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El nombre de Mornese será memorable en los anales de la Congregación, porque de allí salieron las primeras Hijas de María
Auxiliadora, que cruzaron las fronteras y surcaron el Océano, señalando a sus hermanas el camino de Francia y de América del Sur.
Fueron a Niza en septiembre del año 1877 y a Saint-Cyr (Provenza) en octubre de 1878. Para América escribió el Beato a la Madre
General que las que desearan ir a las misiones extranjeras a cooperar con los salesianos y como los salesianos en la salvación de las almas
y particularmente de las niñas, hiciesen la petición por escrito, y después se elegirían. Fueron muchas las que lo pidieron y las elegidas
seis 1, que viajaron a Roma con los salesianos de la tercera expedición para recibir la bendición del Papa, se embarcaron con ellos y
fueron a abrir la casa de Villa Colón. Un segundo grupo de diez zarpó de Génova el 30 de diciembre de 1878, con sor Magdalena Martini
a la cabeza, que fue la primera a quien se dio el título de Inspectora. Dos de estas últimas se quedaron en Villa Colón; las otras siguieron
viaje a Buenos Aires y se establecieron en Almagro.

Antes de trasladarse de Mornese a Nizza Monferrato, salieron también de allí en septiembre de 1878 las hermanas destinadas a abrir la
casa de Chieri. Los esposos Bertinetti, que no tenían herederos forzosos, habían dejado en testamento su propia casa a don Bosco, para
que la empleara para hacer ((216)) el bien. Era un edificio grande e histórico;
antiguamente formaba un todo con el palacio de los Tana, de los que descendía la madre de san Luis Gonzaga. Don Bosco había estado
en él de joven varias veces y allí se había examinado para vestir la sotana. Allí envió el Siervo de Dios a las Hijas de María Auxiliadora
para abrir un oratorio festivo en favor de las niñas de la ciudad, cumpliéndose así la predicción del Beato Cottolengo de que aquella casa
llegaría a ser algún día morada de monjas.

Por fin comenzó el éxodo de Mornese, pero no en masa, sino en pequeños grupos. Las cinco primeras se instalaron en Nizza el 16 de
septiembre de 1878; fueron recibidas con alegría por el clero local y por las familias bienhechoras de don Bosco; allí, mientras se
dedicaban a preparar la casa para las hermanas, se ingeniaban para atraer a las niñas y comenzar el oratorio festivo. Tan pronto como
estuvo limpia la iglesia se bendijo el 27 de octubre; pero se efectuó la ceremonia sin

1 Registramos aquí, a título de honor, sus nombres: 1.ª, Sor Angela Vallese, de Lu, Directora. -2.ª, Sor Juana Borgna, de Buenos Aires.
-3.ª, Sor Angela Cassulo, de Castelleto d'Orba.-4.ª, Sor Angela De Negri, de Mornese. -5.ª, Sor Teresa Gedda, de Pecco (Turín).-6.ª, Sor
Teresina Mazzarello Baroni, de Mornese.
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ninguna fiesta por los motivos que don Bosco indica en su carta a la condesa María Balbo, hija de la condesa Corsi.

Mi queridísima y buena Mamá:

Pese a tantos proyectos, aún no he podido hacer una hora de vacaciones durante este año, ni tampoco estoy seguro de poder ir a Nizza
para la fiesta de apertura de la iglesia de Nuestra Señora de las Gracias. Entre un poco de pereza, que le ata a uno a su casa de manera
estable, y las veinte casas que hemos abierto en breve lapso de tiempo, más la inminente expedición de misioneros a América, todo junto
hace que ya no sepa por dónde comenzar ni por dónde acabar. A pesar de todo esto, nunca he dejado de rezar por usted, por sus hijos y
nietecitos, especialmente por la mañana en la santa misa, y no dejaré de seguir haciéndolo para que Dios los conserve a todos en buena
salud, vida feliz y en su gracia.

Por mí mismo o por medio de don Juan Cagliero, don José Lazzero y otros, sabrá el domingo por qué no queremos hacer mucho
spatuzzo 1 en la fiesta del domingo. Las principales razones son la falta de local para ((217)) recibir a una persona que visite la iglesia o
haga funciones. Y, además, estamos sin un ochavo y no nos atrevemos a aventurarnos a hacer más gastos. Sé que la buena Mamá nos
ayudó y nos ayudará. Pero nosotros, hijos suyos afectísimos, debemos contar con su bondad, mas no abusar de ella.

Me han dicho que el señor Conde organizó una Comisión a fin de promover una colecta para alivio de nuestros gastos. Esto es digno de
un verdadero cooperador salesiano. Y yo no quiero que trabaje en balde. Quiero rogar y hacer que se ruegue a Dios, que es muy rico, para
que le dé el céntuplo en todo. Que centuplique la salud de su familia, sus intereses, sus campos, que haga de él un verdadero hombre de
bien y un gran santo. La Virgen hará después a su tiempo su parte.

Le ruego diga a la Condesa abuela que yo desearía que su altar fuese el mayor, porque en él se conserva el Santísimo Sacramento, y así
tendrá parte en todas las misas y en todas las comuniones que en él se harán. Don Juan Cagliero le hablará de esto.

Dios la bendiga, mi querida y buena Mamá, la conserve, le dé buena estancia, feliz regreso a este su "mal" hijo, pero que tanto la quiere
en Jesucristo.

Me encomiendo a las oraciones de todos y créame en todo

Turín, 22 de octubre de 1878.

su seguro servidor e hijo JUAN BOSCO, Pbro.

Cuatro días después de la bendición llegó allí una nidada de colegialas de Mornese, las que pagaban pensión o que debían recibir una
enseñanza normal; en Mornese se quedaron las otras, allí llamadas

1 Palabra del dialecto piamontés italianizada: spatúss significa "exterioridad", que llama la atención por su pompa, gasto y ruido.
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hijitas de casa. Hermanas y postulantas se sucedieron después en pequeños grupos, hasta que quedaron en Mornese unas pocas, y don
Bosco ordenó a la Madre General que saliera también ella y estableciera en Nizza la Casa padre. Las Hijas de María Auxiliadora, dijo
don Francisco Cerruti en su discurso, al entrar en la casa de Nizza remozaron con nuevos retoños una gloriosa institución secular,
devolviendo a su primitivo esplendor, en más amplia escala y con una modernidad de forma ajustada a los tiempos, las tradiciones
momentáneamente interrumpidas de un pasado espléndido 1.

1 Recuerdo de las fiestas jubilares, Nizza Monferrato, Tip. Croce, 1904, pág. 14.

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((218)
)

CAPITULO VIII

EL CONDE CAYS

SEGUIREMOS llamándolo así, como lo llamaron sus contemporáneos, incluso don Bosco, y como lo llaman todavía los más antiguos.
El viejo gentilhombre que, con cristiana sencillez, se adaptaba totalmente a la vida de la casa, parecía, en el mundo juvenil y democrático
del Oratorio, la exaltación visible de don Bosco y de su obra.

Carlos Alberto Cays, conde de Giletta y Casellette, descendía de una antiquísima familia de la nobleza nizarda. Después de cursar los
primeros estudios en el colegio del Carmen de Turín, bajo la dirección de los jesuitas, alcanzó el doctorado en derecho. En 1837 se casó,
pero, ocho años después, quedóse viudo con un hijo. Entonces se convirtió en padre de los pobres. Con amor singular atendía a la
juventud abandonaba y enseñaba la doctrina cristiana en los oratorios de San Francisco de Sales, de San Luis Gonzaga y del Angel
Custodio, pues fue uno de los muchos nobles turineses, conquistados por nuestro Beato, que cooperaron con él y a sus órdenes a socorrer
moral y materialmente a los hijos del pueblo. Al igual de sus mayores, gozó de la benevolencia del Rey y de la familia real, que durante el
cólera del año 1854 vivió tres meses en su castillo de Casellette, situado en un lugar salubérrimo al pie de los Alpes. Fue también
diputado por el Parlamento subalpino durante la sexta ((219)) legislatura, desde 1857 a 1860, y resonó su voz elocuentemente en el aula
del Congreso para defensa de los sanos principios y reivindicación de los derechos de la Iglesia. Pero, cuando vio que la política tomaba
un sesgo demasiado opuesto a sus sentimientos católicos, se retiró a la vida privada, dedicándose únicamente a las obras de caridad y de
religión. Visitar enfermos en las casas y en los hospitales, socorrer a personas desamparadas, catequizar a los niños, fundar y presidir las
conferencias de San Vicente de Paúl en la ciudad y fuera de ella, promover la buena prensa, ser siempre uno de los primeros allí donde
hubiese que hacer algún bien o que impedir algún mal. Esta fue la vida del conde Cays mientras permaneció en el seno de su propia
familia. Todo ello no valió para librarle de las pesquisas de la policía; como don Bosco y otros insignes
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personajes sufrió en 1862 un pesado allanamiento que sirvió para poner en claro que aquel santo varón no había salido nunca lo más
mínimo del campo de la caridad cristiana. Sintió, sin embargo, el deber de defender el honor de su linaje; por lo cual escribió una
memoria del hecho, de la que se desprende la gran nobleza y franqueza de su carácter 1.

Un antiguo deseo de apartarse del mundo y abrazar el estado religioso revivió con más fuerza que nunca en su corazón alrededor del
1877. Creemos que don Bosco se refiere a él mismo en una cartita del 4 de abril de aquel año con estas palabras: "he rezado mucho por el
conocido individuo, pero lo que siempre danza en mi cabeza es que haría mucho bien en el estado eclesiástico. Usted que lo conoce mejor
que yo, "qué dice de ello?". Sus vagas aspiraciones se fijaron finalmente en la Congregación Salesiana; y en el mes de mayo siguiente
habló de ello con don Bosco, con quien siempre había tenido ilimitada confianza. El diálogo entre él y el Siervo de Dios publicado en la
biografía con ocasión de su muerte 2, debe considerarse sustancialmente ((220)) auténtico, por haber sido sin duda comunicado y
revisado por don Bosco, que no transmitía a los hermanos los anuales rasgos biográficos de los difuntos sin antes leerlos y añadir sus
observaciones.

Resulta, pues, que don Bosco lo escuchó y le dijo:

-Bien está todo ello, señor Conde; "pero ha pensado usted qué quiere decir hacerse religioso? "Ha pensado que esto lleva consigo dejar
riquezas, honores, placeres y todas las cosas del mundo?

-Hace mucho tiempo que lo pienso, contestó el Conde, y sé todo lo que comporta este paso; pero también sé por experiencia propia que
las riquezas, los honores y los placeres de esta tierra no satisfacen mi corazón y que de nada me servirán en el momento de la muerte.

-Pero usted está acostumbrado a tener en su casa muchas comodidades de la vida; en cambio, en un Instituto religioso, aunque no se
deja faltar lo necesario, sin embargo le digo claramente que le faltarán muchísimas cosas, que hoy tiene en abundancia para la comida, el
vestido, la cama, y así sucesivamente.

-Lo sé; pero también sé que muchos vinieron y viven sin tantas comodidades y delicadezas y espero que con la ayuda de Dios también
yo podré prescindir de ellas.

-Pero en su casa usted manda como dueño que es; en cambio en

1 Una perquisizione, ossia le Franchigie costituzionali sotto il Ministerio Ricasoli. Memoria del conde Cays de Giletta y Casellette.
Turín, Speirani, 1862.

2 Biografías de los Salesianos difuntos en 1882. Sampierdarena, Tip. Salesiana, pág. 11-12.
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una comunidad religiosa le tocará obedecer como un humilde siervo. "Ha puesto mientes en ello?

-Sí, lo he considerado atentamente y me he convencido de que, en punto de muerte, me consolará más haber obedecido que haber
mandado.

-Perdóneme, señor Conde, si añado una observación más. Usted tiene ya una edad avanzada y yo no sé si ésta le permitirá observar las
reglas del Instituto.

-Es verdad, contestó el Conde después de un instante de reflexión y con acento conmovido; ya no soy joven y me pesa mucho tener que
dar a Dios los últimos restos de mi vida. Sin embargo, me alienta el pensamiento de que todavía no soy un viejo decrépito y que, a mis
sesenta y cuatro años, gozo de óptima salud, de suerte que espero poderme ((221)) adaptar a la vida común. Por lo menos, no me parece
imprudente intentarlo.

Al verle don Bosco tan decidido y conociendo su gran virtud, hubiera podido conformarlo sin más en su propósito y prometerle que lo
aceptaba entre los suyos; pero no quiso ni las apariencias de la precipitación; por lo cual, como estaba ya a punto de comenzar la novena
de María Auxiliadora, le sugirió que la hiciese para recibir luces del cielo, y que pasara también algún día en el retiro y en la oración.

En principio, don Bosco no excluía de su Congregación a los hombres ya formados, ni a los nobles; mas en los comienzos le interesaba
muchísimo la homogeneidad de los individuos que la componían; pero no miraba sin preocupación la eventualidad de que, al correr de
los años, empezaran a entrar adultos y aristócratas. Tenemos sobre este tema una preciosa conversación del Siervo de Dios con don Julio
Barbeis, que nos la ha transmitido en su crónica del 17 de mayo de 1876.

-Todas las demás Congregaciones, dijo don Bosco, tuvieron en sus comienzos la ayuda de personas doctas e inteligentes, que,
sumándose a ellas, auxiliaban al fundador o más bien se asociaban a él. Entre nosotros, no: todos son alumnos de don Bosco. Esto me
costó un trabajo durísimo y continuo de unos treinta años, pero con la ventaja de que, al haber sido educados todos por don Bosco, tienen
sus mismos métodos y sistemas. Los que entraban en las otras Congregaciones para ayudar a los fundadores, ciertamente cooperaban,
pero, como ya estaban formados a su manera y como los hombres no pueden despojarse completamente del viejo Adán cuando han
llegado a cierta edad, creaban cierta heterogeneidad de elementos, que acababa por ser fatal
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para la Orden. Entre nosotros todavía no ha entrado ninguno de familia noble, muy rico o de gran ciencia; todo lo que se hizo y se
aprendió, se aprendió y se hizo aquí. No comprenderá la importancia de este punto quien no haya meditado qué son las Congregaciones o
las Ordenes religiosas; pero, quien reflexione sobre las causas de la prosperidad y decadencia de las diversas órdenes y sobre ((222)) el
origen de algunas escisiones, a las que estuvieron sujetas tantas órdenes, encontrará que esto sucedía por la falta de homogeneidad desde
el comienzo de la fundación de la Orden.

En el momento decisivo del conde Cays hubo un hecho extraordinario, que pareció predispuesto por la Providencia, para manifestarle
la voluntad de Dios. Había acabado el retiro y terminaba la novena; la víspera de María Auxiliadora debía exponer el Conde a don Bosco
el estado de su alma. Alguna duda le quedaba.

Aquella mañana estaba la antesala del Beato atestada de gente. También el conde Cays esperaba hacía un buen rato su turno, cuando
entró una señora de Turín, medio arrastrando, medio llevando en brazos a una hija suya de once años, Josefina Longhi. Esta, víctima del
susto que le habían causado unas amenazas, había sido acometida de convulsiones, había perdido la palabra y no podía servirse de la
mano derecha, que tenía paralizada. Sus padres, después de consultar a diversos médicos, que le prescribieron curas y medicinas, después
de muchas oraciones y promesas, no veían principio alguno de mejora. Hacía un mes que la muchacha no articulaba palabra y se
manifestaba en ella una perturbación de las facultades mentales. Entonces la madre, que había oído contar las grandes maravillas que
obraba María Auxiliadora por medio de don Bosco, llevó allí a la enferma para obtener su bendición. Pasada casi una hora de espera, se
vio a la pobre mujer cómo enjugaba el sudor del rostro de la hija y después la tomaba por un brazo dispuesta a llevársela. Pero el
secretario, don Joaquín Berto, le preguntó por qué quería irse ya; a lo que contestó que se le hacía tarde y parecía que la hija sufría
esperando por más tiempo, ya que eran muchos los que iban delante de ella. Entonces los presentes se levantaron para contemplar a la
enferma y unánimemente se brindaron a cederle el paso, al ver que realmente se trataba de un caso grave. No era posible dudar acerca del
mísero estado de la infeliz. El más resuelto a conceder que se le diese la precedencia fue el conde Cays. Siguiéndola con la mirada cuando
entraba, dijo para sus adentros:

-Si esta niña sale curada, ((223)) será para mí una prueba de que la Virgen me quiere salesiano y apartaré de mí toda duda y temor.
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"Qué sucedía en la habitación contigua mientras él rumiaba en la mente esta idea?

La madre recostó a su hija en el sofá, contó a don Bosco la dolorosa historia y concluyó diciendo que ya no esperaba más que la
misericordia de Dios y la intercesión de María Santísima; que se dignase, por tanto, darle la bendición. El Siervo de Dios la exhortó a
tener confianza en la Virgen, le mandó arrodillarse y bendijo a la enfermita. Después invitó a la niña a santiguarse y ésta hizo ademán de

obedecer, pero con la mano izquierda.

-Con la izquierda no, sino con la derecha, dijo don Bosco.

-No puede, contestó la madre.

-Deje, deje que lo intente. íEa, con la derecha!

Y ella lo hizo con soltura.

-Muy bien, dijo don Bosco, lo has hecho bien; pero no has dicho las palabras. Ea, vuelve a santiguarte y di conmigo: -En el nombre del

Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Así sea.

La niña, muda desde hacía un mes, soltó la lengua, rezó y después, fuera de sí, empezó a gritar:

-íMamá; la Virgen me ha curado!

La madre lanzó un grito y rompió a llorar.

Faltaba probar si podía tenerse en pie y caminar sin apoyo; y he aquí que anduvo de un lado a otro de la habitación con paso ligero y
firme. Entonces la agraciada, que no podía contener ya su alegría, abrió la puerta, se presentó a los que llenaban la antesala y, con
desenvoltura superior a su edad, narró lo sucedido. íQué emoción en todos! Madre e hija bajaron, acto seguido, a la iglesia para dar
gracias a María Auxiliadora.

Al ver esto el conde Cays ya no necesitó más. Cuando entró en la habitación de don Bosco, le contó la condición que había puesto y
cómo se había cumplido, y añadió:

-Si don Bosco me acepta, yo soy salesiano.

-Venga en hora buena con nosotros, contestó don Bosco, será aceptado.

-"Cuándo podría venir?

-Cuando quiera.

((224)) -Vendría mañana, fiesta de María Auxiliadora y cuadragésimo aniversario de mi casamiento; pero, como me queda algún asunto
por arreglar, vendré, si nada se opone, el día 26.

-Perfectamente, el 26 es la fiesta de san Felipe Neri. Espero que este Santo, tan devoto de la Virgen, le obtendrá la perseverancia.

Y como lo dijo, lo hizo. En honor de la verdad, no debemos ocultar

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que durante las primeras veinticuatro horas, y especialmente durante la noche, sostuvo una lucha formidable. El cambio de vida se le
presentaba tan arduo, que temió no poder aguantar mucho tiempo. "No sería, pues, mejor retirarse honradamente al principio, para no
verse obligado a hacerlo más tarde con asombro del público y después de causar molestias al Instituto?

Dichoso él, que no tenía secretos con don Bosco. Presentóse a él el segundo día y abrióle su corazón. El Siervo de Dios se dio cuenta de
la tentación y, aunque se había mostrado tan reacio para animarlo a entrar, después de la determinación tomada lo alentó. Hízole
observaciones sobre las dificultades de los principios y sobre las señales de su vocación; serenóse el Conde y repuso:

-Tiene usted razón. Yo no hacía estas reflexiones. Me he dejado turbar sin motivo.

-Hagamos, pues, así, concluyó don Bosco: usted no piense tanto en las dificultades cuanto en el auxilio de Dios, que no le faltará.
Pruebe unas semanas al menos. Mientras tanto recemos los dos. Si el Señor no quiere que siga usted adelante en este estado, espero que
lo dará a conocer de alguna manera.

Superó el desaliento, pero le vino una duda: la de saber si aquella curación había continuado o si había sido cosa momentánea. Pues
bien, una mañana, atravesando la sacristía para ir a la iglesia, vio a la jovencita, en compañía de sus padres que volvía para presentar una
ofrenda; caminaba por sí misma y tenía buen color; en conclusión, estaba muy bien. Este encuentro fue providencial. A partir de aquel día
su determinación no sufrió más sacudidas ni vacilaciones.

((225)) La innata nobleza de sus sentimientos, la coherente firmeza de su carácter fuerte y probado, la fe iluminada y vivida
varonilmente durante tantos años, hicieron del conde Cays un salesiano de recio temple. Rompió en seguida la antigua costumbre de
descansar hasta una hora cómoda, y se uniformó al horario común. Tenía por celda una humilde buhardilla, emplazada entre el segundo
piso y el tejado, sin más ventana que un tragaluz; una de esas buhardillas que son en Turín los cuchitriles de la gente pobre y hoy día son
en el Oratorio las habitaciones de los fámulos. En el invierno faltaba toda suerte de calefacción, por lo que el Conde envolvía su cuerpo
para defenderse del frío en una ruda manta militar de lana verde, que quitaba de la cama. Se sentaba a la mesa común, olvidado de la
pasada abundancia de su casa y satisfecho con una pobre comida, tan pobremente aderezada. A veces, no escapaba a los Superiores el
esfuerzo que tenía que hacer para tragar ciertas cosas y le hacían servir algún plato especial;
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pero él no quería excepciones. Es más; como los novicios tenían comedor aparte, algunos días después dejó la compañía de don Bosco,
que tanto apreciaba, para unirse a ellos durante el tiempo señalado por el reglamento. Sus conocidos, que no ignoraban los cuidados que
necesitaba para su delicada salud, no podían comprender cómo podía resistir; el barón Carlos Bianco de Barbania iba diciendo que
aquello era para él un milagro. Toda su vida, como escribe don José Vespignani 1, era estudiar, rezar y entretenerse amablemente con los
hermanos, sin recordar nunca su linaje ni las cosas del mundo.

Recibió de manos de don Bosco la sotana clerical en el colegio de Lanzo, el 18 de septiembre de 1877; ya hacía más de tres meses que
había comenzado el estudio de la teología 2. Por encargo de don Miguel Rúa, era su profesor don José Vespignani, que ((226)) había
entrado poco antes en la Congregación y poseía una buena cultura eclesiástica. El Conde estaba bien pertrechado en ciencia religiosa,
porque había dedicado mucho tiempo a la apologética para mantener con honor su puesto de diputado católico en el Parlamento
subalpino, penetrado de espíritu hostil a la Iglesia. Escribía con soltura en prosa latina; es más, al ofrecer aquel año a don Bosco en su
fiesta onomástica un precioso crucifijo, que había pertenecido al beato Cafasso, acompañó el regalo con un epigrama en dísticos latinos
compuestos por él. Se entregó después con tanto ardor al estudio de la teología, que recitaba valientemente su lección en latín. Su
minuciosidad al pedir explicaciones ponía en continua prueba la sagacidad del maestro, que advertía lo adelantado que estaba el Conde en
el conocimiento de la Sagrada Escritura. Nadie, pues, se extrañó de que don Miguel Rúa, que lo examinó a fondo, lo presentara a don
Bosco para recibir las órdenes sagradas poco después de su profesión perpetua, aun antes de terminar el año 1877.

El Beato había determinado admitirlo a los votos en la fiesta de la Inmaculada, reduciendo a lo mínimo el tiempo del noviciado y así
presentarlo para la tonsura y las cuatro órdenes menores en la ordenación de Navidad. Pío IX, que conocía la gran prudencia de don
Bosco, le había concedido para el régimen interno de la Congregación facultades muy amplias, de las que él se servía sin hablar nunca de
ellas públicamente y sin referirse a ellas tampoco en las controversias que a veces surgían; pero los Superiores lo sabían. Evidentemente,
después de la muerte de Pío IX estas facultades caducaban.

1 Lugar citado, pág. 87.

2 El 19 de septiembre escribió don Bosco al teólogo Margotti: "Ayer recibió la sotana clerical aquí en Lanzo. Espero que será un
salesiano modelo. Cada semana estudia un tratado entero".
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Don Miguel Rúa hizo la petición de las órdenes sagradas para el Conde y otros dos clérigos cuarenta días antes, como lo exigía el
Arzobispo al Oratorio. Así que escribió el 14 de noviembre a monseñor Gastaldi, rogándole se dignara a ordenar a dichos clérigos el
sábado de témporas de Navidad, 22 de diciembre, participándole que el Conde profesaría el 8 del mismo mes. Su Excelencia respondió al
Conde, no a don Miguel Rúa, ((227)) en estos términos 1:

"Le admitiré para ese día a la tonsura y a las órdenes menores, con tal de que constituya en esta Curia arzobispal el patrimonio
eclesiástico, puesto que yo no puedo considerar como válidos los votos mencionados, que se hagan antes del tiempo prescrito por las
Reglas Salesianas, salvo que V. S. tenga facultad para ello con rescripto pontificio o al menos con carta de la Sagrada Congregación de
Obispos y Regulares, que se me comunique, para que yo la examine. Puesto que conozco a V. S. desde 1829 y sé, por tanto, que está en
perfecta regla, no exijo que pida las testimoniales prescritas por el decreto pontificio de 25 de enero de 1848; y las considero como
pedidas y obtenidas. Mas no puedo en conciencia proceder para la sagrada ordenación diversamente a como he expresado anteriorente".

Salvada esta dificultad de la manera pedida, el Ordinario notificó el 23 de noviembre que lo admitiría con los otros dos clérigos
salesianos; pero el día 24 volvió a escribir, diciendo que no admitiría a los otros dos. A pesar de esto, ambos se presentaron el 6 de
diciembre en la Curia, rogando se les notificara si podían presentarse a examen. Monseñor, que creía por entonces que don Bosco había
sido el inspirador de una carta anónima, de la que hablaremos más adelante, mandó que se les contestara negativamente. Aquel mismo
día, se presentó también el Conde, y le contestaron que él estaba admitido pero los otros dos no. Avergonzado y extrañado, declaró el
Conde repetidamente que él era salesiano lo mismo que los otros dos y que quería ser tal hasta la muerte; y no contento con estas
declaraciones verbales, se entendió con don Bosco y escribió la siguiente carta:

Excelencia Reverendísima:

De los tres salesianos que hemos presentado a V. E. Rvma. nuestra petición para ser admitidos a las sagradas órdenes, un servidor para
las órdenes menores y los otros dos para el subdiaconado, sólo yo he tenido la suerte de ser favorecido.

1 Carta del 14 de noviembre de 1877.
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Debo dar a V. E. mis más vivas gracias; pero siento la obligación de cumplir otro deber, que, aunque me resulta penoso, ((228)) no por
eso debo omitir. Desde luego no me corresponde a mí investigar las razones que puedan haber determinado a V. E. Rvma. a esta
diversidad de trato; pero no he podido dejar de reflexionar en la diferencia más notable que hay entre mí y los otros dos postulantes; a
saber, que éstos están ya definitivamente inscritos en la Congregación Salesiana, y como tales han hecho su petición, mientras que yo no
lo estaba todavía. Cuando así fuera, me considero obligado en conciencia a dar a conocer a V. E. Rvma. que mañana, día de la
Inmaculada Concepción, tendré la dicha de emitir los votos como salesiano; por consiguiente, en el momento de la ordenación yo
también seré salesiano de corazón y de hecho. Puesto así en la misma condición de los otros, "puedo yo todavía presentarme solo a las
órdenes, ante las razones que pueden haber persuadido a V. E. Rvma. para no admitir a los salesianos a las ordenaciones en esta
circunstancia?

Sería mi inmenso deseo no retardar el cumplimiento de uno de mis más queridos anhelos, mas no puedo olvidar que mi voluntad no
estuvo nunca separada de la de pertenecer a la Congregación Salesiana a la que me he consagrado.

Si este mi acto solemne pudiese dar pie a creer que no fue siempre tal mi íntima convicción, debo más bien, a pesar mío, privarme del
honor de presentarme a las próximas ordenaciones, remitiendo al Señor y a María Santísima Auxiliadora el cumplimiento de mi deseo.

Como miembro que soy de esta santa Congregación, no puedo separarme de la suerte de mis hermanos y, aunque este paso me es
sumamente doloroso, debo empero preferirlo al que podría mostrarme ingrato a esta buena madre y ocasión de afrenta a mis hermanos.

Confío que V. E. no encontrará descomedido este escrito que nace del deseo de abrirle sinceramente todo mi corazón como a mi
Superior Eclesiástico, al que siempre he tenido y tendré el más sincero afectuoso respeto y profunda veneración.

Mientras tanto, beso reverentemente su anillo y me honro profesándome

7 de diciembre de 1877.

Su atto. y s. s.

C. CAYS
En Turín ya se hablaba mucho de este incidente; y además la respuesta del Conde, tan ponderada en sí misma, era también digna de
consideración por la cualidad de quien la escribía. Por lo cual, temiendo el Arzobispo que su determinación diese motivo a habladurías de
parcialidades, mandó escribir inmediatamente que estaban admitidos al examen ((229)) los tres candidatos. Después de esta favorable
decisión, recibieron las órdenes de manos de monseñor Gastaldi.

El día de la Inmaculada, hacia las seis de la tarde, asistieron todos los profesos y novicios del Oratorio, junto con los aspirantes
estudiantes y aprendices, en la iglesia de San Francisco a la profesión del conde Cays precedida de la trienal de los tres clérigos Galavotti,
Bielli y
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Calligaris y del coadjutor Lisa. En 1852 el Conde había ayudado a don Bosco a la construcción de aquella iglesia y había sido el prioste
de la fiesta de san Luis; el buen Padre tomó ocasión de ello para mostrar los admirables caminos de la Providencia. Habló, pues, así:

En este día, dedicado a María Santísima Inmaculada, tengo una gran satisfacción al reunirme con todos mis hijos salesianos, profesos,
novicios y aspirantes, y poder dirigirles mi palabra. Es una gran satisfacción para mí que, entre las cosas que se hicieron en su honor,
haya habido ahora mismo varias profesiones religiosas, que son las ofrendas más agradables que se puedan hacer a Dios y a su Santísima
Madre. Fue más solemne esta fiesta por la renuncia que algunos hicieron a su propia voluntad y a las propias comodidades para agradar a
María, dedicándose al servicio de su Divino Hijo Jesús. En cuanto a mí, no puedo por menos, humanamente hablando, de alegrarme
también mucho con los que han emitido su profesión religiosa.

Uno, entre éstos, me ha conmovido especialmente y éste es el conde Cays.

El estaba ya aquí con nosotros cuando se construía esta iglesia, venía a ayudarnos, tomaba parte en las obras y nos auxiliaba en nuestras
fiestas. Si, en aquel momento, hubiese alguien dicho: -Vendrá un tiempo en que el conde Cays hará los votos de pobreza, castidad y
obediencia en esta misma iglesia, dejará todas las comodidades que posee y todas las satisfacciones que puede esperar en el mundo, para
abrazar una vida austera y mortificada, se hará salesiano, habría sido tenido por loco. Ciertamente, ni él ni yo lo habríamos imaginado. Y
sin embargo, lo que nadie podía imaginar, lo realizó la divina Providencia. Y así, en esta misma iglesia, que él nos ayudó a edificar,
donde se ha consagrado al Señor con los votos, no por cierto para gozar en el porvenir de mayores satisfacciones, servirá de guía al cielo
para muchos jovencitos. La divina Providencia ha dispuesto este hecho por caminos admirables, que yo he aceptado de buen grado. Ah,
sí; es preciso afirmar que los caminos del Señor son secretos y, cuando llega el momento previamente fijado, El manifiesta su voluntad.

Dichosos los elegidos por Dios, ((230)) jóvenes o viejos, ricos o pobres, para cumplir su santa voluntad, para su mayor gloria y el
propio provecho espiritual. Dichosos los que, en cuanto conocen esta voluntad, al punto, la aceptan y se presentan a realizarla. Serán
salvos eternamente.

Expuesta esta idea, es preciso que pase a expresar otro pensamiento, a decir una palabra general para todos los salesianos, mis hijos,
aquí reunidos. Es la primera vez en este curso que puedo hablaros a todos juntos y tal vez no pueda tener otra ocasión para juntaros. Es
una palabra que acudió a mi mente, mientras se hacía la profesión religiosa; es ésta. Dice el Catecismo:

"Yo he sido creado para conocer, amar y servir al Señor en esta vida y para ir a gozarlo para siempre en la patria celeste". íCuántos
sublimes pensamientos se encierran en estas palabras! Hay en ellas materia de meditación para doctos e ignorantes, ricos y pobres,
afortunados y desdichados, en suma, para todos los que se encuentran en esta tierra. Todos somos llamados para conocer, amar y servir a
Dios. Pero son muchos los obstáculos que no nos permiten amar y servir a Dios como se debe; las riquezas, las pasiones, el demonio; por
eso son muy pocos en el mundo los que viven en realidad cristiana y santamente. Sin embargo, Dios manifiesta su santa voluntad, de que
nos quiere a todos santos: haec est voluntas Dei, sanctifcatio vestra. Y por eso
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El nos da todos los medios para salvarnos, y después nos dice: Ahora pensad vosotros en aprovechar estos medios.

Y "cuál es el medio más eficaz para disminuir estos obstáculos y, así, en vez de tener que combatir como ciento, baste hacerlo como
noventa, como sesenta, como diez? El medio lo hay; el medio es hacer lo que nos dice Jesucristo: Vete, deja lo que tienes, y sigueme.
Entrar en Religión. Esto derriba de un solo golpe a nuestros tres enemigos, con los votos de pobreza, castidad y obediencia.

íEn efecto, qué diferencia hay entre la paz y tranquilidad de los que se consagran a Dios en la religión y los que viven en el mundo! Dos
pensamientos se disputan la superioridad en su mente, dos afectos porfían por acaparar la posesión de su corazón. Creen ellos poderse
salvar gozando las míseras cosas de esta tierra, cuando es cierto que no se puede servir a dos señores y estar con los dos a la vez. Si se
ama a uno, hay que aborrecer necesariamente al otro; si se sirve a uno, no se puede por menos que despreciar al otro. El demonio nos
solicita con todos los halagos inimaginables: Fruamur bonis, coronemus nos rosis, antequam marcescant; pero Jesucristo manda: Diliges
Dominum Deum tuium ex toto corde tuo, ex tota mente tua, ex tota anima tua, ex totis viribus tuis (Gocemos de los bienes, coronémonos
de rosas, antes que se marchiten; amarás a tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas); nos quiere para él a
todos por entero, tal y como somos con todo lo que somos y tenemos. Pero ninguno puede a la vez servir a Dios y gozar de los bienes de
la tierra, es decir, servir al demonio. íEs muy grande el apego que el hombre tiene a las riquezas! ((231)) y sin embargo, está escrito: Non
potestis Deo servire et mammonae (No podéis servir a Dios y al dinero). Los que están en el mundo se encuentran entre dos poderes. Por
una parte Dios, a quien debemos servir; por la otra, la vanidad y la concupiscencia, a las que nos inclina la naturaleza corrompida,
mientras debemos rechazarlas en absoluto, so pena de un eterno sufrir. "Ceder al mundo y al demonio? Y vienen entonces las amarguras
de conciencia, los remordimientos y en consecuencia la pérdida de la paz. "Resistir? íSin duda! íY luchar sin tregua! Y de ahí las grandes
luchas a soportar en el curso de la vida por todas partes; las ardientes pasiones, los asaltos de la vanagloria, de la soberbia, de la envidia;
los halagos de la gula, el atractivo de las riquezas, que son espinas, en palabras del Maestro Divino; para alcanzarlas, para guardarlas,
para poseerlas, continuas distracciones y preocupaciones; afición a ellas demasiado pronunciada, aún con dano del alma y olvidando a
Dios, o no dando al Señor el puesto que le corresponde en nuestro corazón, por los parientes y amigos. Todas estas luchas de día y de
noche, cuando estamos despiertos y cuando vamos a descansar. Pues bien, en medio de estas luchas continuas y duras, que el demonio
entabla con los cristianos, he aquí el medio que nos ofrece el Señor para defendernos contra las insidias y tormentos y salir ilesos:
aumentar en nosotros las fuerzas y quitarlas al enemigo.

Si no quieres habértelas con tan duros combates, dice Jesús, ve, renuncia a tus comodidades, vende lo que tienes, ven y sígueme y
tendrás una recompensa cien veces mayor en la vida presente, y la vida eterna en el futuro. Así le dijo a un joven hebreo que le había
preguntado de qué modo podría llegar a la perfección: Si vis perfectus esse, vade, vende quae habes et da pauperibus et veni, sequere me.
Alejarse de todo lo que es causa de combate, cortar toda relación con nuestros enemigos, ponernos al lado del Divino Salvador; en
conclusión, entrar en religión, éste es el medio para alcanzar la paz y la seguridad. Dijo Jesucristo también a los Apóstoles: Si queréis
dejar de ser pescadores de peces y llegar a ser pescadores de hombres, dejad todo lo que poseéis y venid conmigo. Muy poco tenían
aquellos pescadores; y, sin embargo,
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Jesús quiso que dejaran también aquello poco íQuien desee ser verdaderamente mío, desprecie las cosas de esta tierra! He ahí la máxima
que nos deja el Divino Salvador, para poder tener la seguridad de salvarnos.

Pero "no puede uno salvarse viviendo en el mundo? Sí, pero debo también añadir que hay en él muchas dificultades que superar y éstas
quedan eliminadas, si uno deja el mundo y se consagra totalmente a Dios.

Hay quien va diciendo:

-"Acaso no hay en el mundo santos, hombres profundamente cristianos, que guardan exactamente la ley de Dios, como los que viven en
religión?

Los hay, es verdad, en el mundo hay muchos buenos cristianos, pero también hay muchos peligros y muchas dificultades que vencer
para hacer un poco de bien. Cuando quieren hacer un acto de piedad, casi siempre se ven ((232)) impedidos, por el contrario, en la
Congregación son actos prescritos por la Regla, hay un tiempo establecido para practicarlos y resulta facilísimo dar este pasto espiritual al
alma. "Cuántos son, por ejemplo, los cristianos que hacen meditación en el mundo? Poquísimos. "Quiénes son los cristianos que pueden
hacerla mejor? Entre nosotros afortunadamente existe la santa costumbre de hacer meditación cada día. Si la queremos hacer todos
juntos, no tenemos más que levantarnos pronto por la mañana. Nos levantamos a las cinco y vamos a la iglesia, sin que nadie nos lo
impida. En el mundo, por el contrario, no es posible hacerla muchos juntos. Estando solos, no se sabe qué momento elegir para hacerla
durante el día, porque los quehaceres de casa apremian por todas partes. A veces tienen una visita, a veces tienen que devolverla, hoy
están invitados a una comida, mañana tienen que convidar a los amigos en su propia casa. Se trata de conveniencias sociales impuestas
por la costumbre, y íay de aquel que no las guarda! Hay que atender a la familia, hay que pensar en hacer reparar la propia habitación, hay
que pagar el alquiler a su tiempo e ir a cobrar las rentas, hay que atender al negocio, a la tienda.

No hablemos de levantarse temprano, porque en el siglo, a decir verdad, se levantan muy tarde. Algunos aguardan a dejar la cama a las
siete, a las ocho e incluso a las diez. No hace mucho fui a visitar a una honesta persona y me dijeron que no podía recibirme, porque
estaba todavía acostada. Eran las diez pasadas.

-"Cómo es eso? "No se ha levantado todavía? "Se acostó muy tarde?, dije yo.

Y me contestaron:

-Vea usted: come a las cuatro, tiene un rato de conversación, va al teatro, alguna vez también al baile, y no viene a acostarse antes de
media noche, por eso necesita descansar hasta hora avanzada.

Yo pensé entonces: si nosotros llevásemos también esta vida, "qué sería de la meditación? ííAy!! No se hablaría de meditación. Y si
vamos a examinar cómo se desenvuelve su jornada, veremos que los mundanos encuentran cada día mayores dificultades para hacer el
bien. Tienen tal vez la intención de oír misa, de ir a hacer una visita en la iglesia, pero nunca tienen tiempo y oportunidad.

Lo mismo sucede para cualquier otra cosa que concierne a la devoción. En conclusión, el mundo no es un ambiente para las prácticas
de piedad; antes, al contrario, diré que es un lugar donde es muy difícil la observancia de la ley de Dios, donde casi es imposible practicar
los consejos evangélicos. Ya es mucho si uno se mantiene en gracia de Dios y no cae en los lazos que le tienden el demonio y la carne.

Por tanto, un buen cristiano que ansía quedar libre de estos peligros, sólo tiene una cosa que hacer: huir de ellos, retirarse a la religión,
donde se encontrará como en una fortaleza, a la que no podrán acercarse sus enemigos. Pero Dios no da a todos
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esta gracia singular de la vocación religiosa, y; ídichosos los elegidos por El! Todos nosotros lo fuimos, pues el habernos reunido Dios
aquí, es una señal manifiesta de que su ((233)) voluntad es que lo sirvamos aquí. Y yo os digo que, si perseveráis en la religión, en la
observancia de las reglas, arrancaréis las armas de manos de los enemigos de vuestra alma, y recorreréis seguros los caminos del cielo,
tendréis el céntuplo en esta tierra según la promesa del Salvador, y la vida eterna después de la muerte.

Ah, si los que están en el mundo pudiesen conocer la paz y la felicidad que se disfruta en la religión, todos sin distinción dejarían sus
pasatiempos, sus delicias, sus riquezas para entrar en los claustros y en las congregaciones religiosas, para encontrar la felicidad que en
vano andan buscando en otras partes. Nosotros, que la hemos conocido y nos hemos reunido en este lugar, hemos de saber aprovechar tan
gran suerte. Es una gracia enorme la que Dios nos hace al llamarnos a la religión. Tenemos un gran tesoro en nuestras manos. Os digo
esto para que nadie se forje ilusiones. Todos fuisteis llamados por Dios. Es preciso, pues, que correspondáis a la gracia, y, después, estad
seguros y yo os lo certifico, disfrutaréis de la dulzura de quien vive en una comunidad religiosa.

Dirá alguno:

-"Puede don Bosco asegurarnos realmente que todos nosotros somos llamados a este estado?

No quiero penetrar hasta el fondo para conocer particularmente las señales de la llamada divina; pero creo poderos contestar que sí,
pues el hecho mismo de habernos reunido a todos es señal de la divina voluntad. Os lo repito: observad las reglas y estad seguros.

Pero también vosotros que estáis en la Congregación, no penséis ya en holgar y en poder salvaros estando apegados a lo menos con el
corazón a las miserias de esta tierra. Desde luego aquél de entre vosotros que quisiese servir a dos señores, no debería estar en comunidad
para encontrar la paz en ella. íNecio sería quien hiciese los votos pensando que aquí no hay más que goces! íNecio sería quien fuese del
número de aquéllos, de los que dice san Bernardo: pauperes esse volunt, eo tamen pacto, ut nihil eis desit! (quieren ser pobres, a
condición de que no les falte nada). Desengáñese ese tal, se equivocaría de parte a parte. En la religión no todo son rosas, antes al
contrario, en ella hay espinas. "Pero querremos coronarnos nosotros de rosas, mientras Jesús está coronado de espinas? A veces la
humildad, la obediencia, la mortificación y el trabajo tienen sus espinas. "Y quién no sabe que es estrecho el camino del cielo?

Pero yo quisiera decir también a alguno: -No te engañes poniendo en tu corazón que la vida religiosa es toda una vida de sacrificios.
Primero las espinas y después las rosas. Es verdad que la vida religiosa pide trabajo continuo, espíritu de sacrificio, humilde abnegación
de sí mismo, pero estas mismas pruebas son fuentes de gracias mayores y de grandísimos consuelos pensando que servimos a un amo tan
justo y tan bueno. Es verdad que nuestra paga está en el cielo, dice san Pablo, pero también aquí en la tierra se recibe de muchas maneras
el ciento por uno de lo que uno sacrifica al Señor. Hay que ofrecérselo todo a El, todos nuestros trabajos deben ser para su gloria, y
también para El, el premio de nuestro trabajo; pero, ((234)) cuando estamos cansados, el Señor endulza nuestro descanso y otros
compañeros nos alivian: cuando nos tienta el enemigo, nosotros lo conocemos por sus halagos y tenemos poderosas armas con que
defendernos, armas que el Señor mismo nos proporciona. Y sobre todo el céntuplo, que Jesucristo promete a los religiosos en esta vida,
se debe repetir de la paz, de la confianza, de los consuelos que experimentaremos en el momento de la muerte. Fidelis Deus! pero lo que
más vale es la promesa de la vida eterna.
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Y todos nosotros, queridos salesianos, llegaremos a ella conservando el tesoro de nuestra vocación, observando nuestras reglas y
manteniéndonos siempre bajo la protección de María Auxiliadora, que tanto quiere favorecernos.

La anticipada profesión del conde Cays dio origen al año siguiente a una controversia enojosa, que bastará exponer aquí sumariamente.
El Arzobispo, en lugar de oír a don Bosco, como hubiera sido natural, denunció a Roma el hecho de su admisión a los votos perpetuos,
antes de haber acabado el año de noviciado. El nuevo prefecto de la sagrada Congregación de Obispos y Regulares, Cardenal Ferrieri,
pidió explicaciones del caso a don Bosco. El Siervo de Dios contestó alegando las razones canónicas, que le parecían justificar
cumplidamente su proceder y apoyándolas en la autoridad de un conocido y muy apreciado maestro en derecho eclesiástico:

Eminencia Reverendísima:

Preguntado sobre si, en mi calidad de Superior General de la Congregación Salesiana, he concedido realmente dispensa al conde Cays
de Giletta de cumplir un año entero de Noviciado, incorporándolo antes de su término a dicha Congregación por medio de los votos
simples, y por qué motivo lo he hecho: respondo afrmativamente a la primera cuestión; en cuanto a la segunda, confieso también con toda
humildad que yo creí en conciencia poder hacerlo, tanto con respecto a la validez, como con respecto a la licitud del acto.

Para la validez me parecieron suficientes las siguientes razones. Por una parte no se ha publicado, que yo sepa, una declaración
autorizada, sobre si la ley del Tridentino (Ses. 25, Cap. 15), según la cual se prescribe, so pena de nulidad, que deba anteponerse un ano
entero de noviciado a la entrada en los institutos religiosos, se refiera sólo a la profesión solemne, o si también se extienda a la entrada
que se hace con votos simples. Por otra parte los autores, que han ((235)) escrito sobre esta cuestión, no están de acuerdo sobre este
punto. Bouix, acreditado canonista contemporáneo, en su tratado De iure regularium (parte IV, Cap. V, N.° 11 ) se declara abiertamente
por la validez de la entrada hecha antes de cumplir el año entero del noviciado.

Queriendo, sin embargo, proceder con seguridad en esta materia, he pedido a un Eminentísimo Purpurado su parecer; y éste, después de
consultar al Padre Santo, me contestó que no había razón para dudar de ello, y que, por consiguiente, podía seguir con tranquilidad al
probado autor (Bouix) que yo citaba.

De todos modos será permitido, siquiera, dudar de ello. En este caso, tratándose de una ley rigurosa, podremos en la duda, y
ateniéndonos a los principios generales, interpretar la ley en el sentido más estricto y riguroso, y admitir sin temor a equivocarnos, que es
válida la incorporación del novicio aun antes de acabar enteramente el noviciado.

Partiendo de otro principio se puede igualmente observar que la ley citada por el Tridentino habla de la necesidad del año entero para la
validez de la profesión. Siendo una ley rigurosa, como hemos dicho, debe ser interpretada según la estricta significación de los términos,
según la cual la palabra profesión significa solemnidad de votos
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religiosos. Por consiguiente, con todo derecho la ley del Tridentino podrá interpretarse con respecto a sólo estos votos solemnes.

En confirmación de todo esto nótese que donde, según la reciente disciplina, se habla de votos simples que deben preceder a los
solemnes, se establece, sí, que sea nula la profesión solemne, si no preceden los votos simples; pero nunca se afirma que sean igualmente
nulos los votos simples si no son precedidos por un año entero de noviciado. Señal evidente de que la Santa Sede no ha creído necesarias
las mismas condiciones para unos y otros.

Y con razón, puesto que los votos solemnes son absolutamente indispensables y difícilmente se puede poner remedio a ellos, cuando se
emitieron incautamente y sin haber cumplido por lo menos las pruebas; y esto no sucede con los votos simples. Por lo cual es evidente
que las leyes establecidas para los votos solemnes no se pueden extender por sola analogía y sin paridad de causa, a los votos simples.

Finalmente tampoco podría afirmarse por parte de las Constituciones Salesianas que sea inválida esta dispensa del año entero del
noviciado, pues en ningún lugar de las mismas se establece que el Superior General no pueda conceder esta dispensa.

Demostrada de este modo la validez de la dispensa, queda por establecer en nuestro caso la licitud.

Sin duda sería ilícita semejante dispensa, como contraria a los intereses de la religión y del novicio, si no hubiese graves razones para
hacer una excepción, como afirma Bouix en el lugar citado.

Pero aquí se trata de un caso extraordinario; es decir, se trata de una persona muy distinguida por su piedad, talentos, doctrina, ((236))
vida larga y activa al servicio de Dios; de un docto laureado in utroque iure, instruido en la Sagrada Teología Dogmática y Moral, elegido
miembro del Parlamento Sardo, en el que dio excelentes pruebas de ciencia y valentía cristiana en compañía de su amigo el conde Solaro
de la Margherita, de un inteligente Director de la Sociedad de San Vicente Paúl, ilustre por nobleza y renta patrimonial, provisto de título
para sagradas órdenes, que aún antes de comenzar el noviciado pasó varios meses de prueba de la vida religiosa, que meditaba abrazar en
la casa madre de los salesianos renunciando a las comodidades de la vida, a la avanzada edad de más de sesenta y cinco años. Por lo cual
no había lugar para dudar de las óptimas cualidades del novicio, ni de la madurez de la deliberación, ni de la firmeza del santo propósito,
ni del bien que podría hacer al servicio de la religión y de la Iglesia; es más, se pretendía con la dispensa recompensar, por una parte los
méritos de un hombre que había dado ejemplo de singulares virtudes y santas intenciones, y por otra, ponerlo en condiciones de remediar
lo más pronto posible las muchas necesidades, a las que la naciente Congregación está llamada, por la divina bondad, a poner remedio.

En prueba de todo esto valga la misma autoridad del Arzobispo de Turín, monseñor Gastaldi, que, con carta dirigida al novicio, creyó
oportuno poder darle una señal de aprecio dispensándolo, por exclusiva suya, de las testimoniales que se requieren para admitir
lícitamente al novicio a la tonsura y a las órdenes menores.

Con toda la confianza de haberme justificado inmune de error y de culpa, me declaro, como es mi deber, siempre dispuesto a la
observancia de las leyes eclesiásticas y a las normas, que la Sagrada Congregación tuviese a bien prescribirme para mi conducta y para el
buen gobierno de la Congregación Salesiana.

Turín, 18 de junio de 1878. Su atto. y s.s. JUAN BOSCO, Pbro.
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Estas consideraciones no fueron favorablemente acogidas; en efecto, el Cardenal le contestó que era necesario atenerse a cuanto
prescribían las Constituciones salesianas en materia de votos 1. La carta de Su Eminencia fue transmitida oficialmente a don Bosco el 7
de julio por el abogado don Constantino Leonori, que desde hacía algún tiempo ejercía como tal ante las Congregaciones Romanas 2.

((237)) Pero don Bosco no había dicho todo en la carta que acabamos de reproducir. Cuando en noviembre de 1877 se pusieron en
Turín las primeras objeciones sobre la validez de la inminente profesión religiosa del Conde, él había consultado con un Cardenal de la
Curia, que probablemente, por no decir ciertamente, fue el cardenal Berardi, su consejero íntimo en los asuntos más delicados, y habíale
rogado, además, consultara al Papa sobre el incidente. El Padre Santo no encontró nada que oponer a lo que don Bosco había pensado
hacer. No se podía esperar otra cosa del Padre Santo; más de una vez hemos tenido ocasión de recordar cómo Pío IX habíale dado
verbalmente facultades amplísimas para el gobierno interno de la Sociedad, pues El se fiaba sin límites de la prudencia de don Bosco.

Y prudentemente aprovechaba don Bosco la soberana liberalidad y aún más prudentemente hablaba de ella. Insistió, pues, en pedir una
sentencia que legitimara su acto sin que se necesitasen especiales formalidades, aclarando mejor y con toda humildad las razones de su
proceder. Por tanto volvió a escribir en estos términos:

Eminencia Rvma.:

El día 8 del mes corriente recibí la veneradísima carta, con que V. E. me invitaba a pedir una sentencia que legitimara lo hecho con el
conde Cays, por haber sido admitido a la profesión religiosa antes de terminar el año de noviciado o, como dicen nuestras Constituciones,
antes de acabar el tiempo de la segunda prueba.

Sin hacer la más mínima observación, pido únicamente de un modo gratuito y como obsequio hacia la Santa Sede y para decoro de la
Congregación a cuyo frente he sido puesto, que yo recuerde algunas razones en las que me he fundado al conceder esta dispensa, como ya
fue más difusamente expuesto en mi carta anterior.

1.º Acreditados canonistas, como Bouix y Ferraris, afirman que el decreto tridentino sobre el año entero de noviciado obliga solamente
a las órdenes religiosas de votos solemnes, que profesan obediencia, ((238)) castidad y pobreza en sentido absoluto, pero

1 Carta del 25 de junio de 1878.

2 Ignoramos cuándo precisamente y de qué manera el Siervo de Dios había renunciado a los servicios del abogado Menghini para
valerse del abogado Leonori. Una razón de delicadeza debió sin duda intervenir a determinarlo a ello. Como ya vimos, el canónigo
Menghini defendía también las causas de monseñor Gastaldi, lo cual no podía dejar de poner en apuros al abogado y al uno o al otro de
sus clientes. De él ya no aparece mención alguna en la correspondencia de don Bosco.
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que las congregaciones eclesiásticas de votos simples no están comprendidas en él y por esto los superiores de éstas pueden, por graves
motivos, dispensar de alguna fracción de ese tiempo de prueba.

2.° Sin embargo, queriéndome asegurar de mi proceder he rogado a un benemérito purpurado tuviere a bien hablar de ello al Padre
Santo.

La respuesta fue que, apoyado en la autoridad de aquellos autores y en la autorizada declaración de Su Santidad, yo podía con toda
tranquilidad conceder tal dispensa.

No he pedido rescripto alguno, por tratarse de un caso particular referente a cosas internas del Instituto.

Expuestas estas razones de mi proceder, me postro humildemente a los pies de V. E. implorando venia por el error involutariamente
cometido y pido la necesaria sentencia que legitime mi acto.

Noto únicamente que, habiendo transcurrido ya el tiempo prescrito para el noviciado del conde Cays desde hace varios meses, haré
repetir al mismo la fórmula de la profesión religiosa y cumpliré todo lo demás que V. E. juzgue mandar.

Tengo el alto honor de poderme profesar de V. E. Rvma.

Turín, 17 de julio de 1878.

JUAN BOSCO, Pbro.

Indudablemente don Bosco hubiera hecho mejor si se hubiese provisto de un rescripto pontificio, para poderlo exhibir en cualquier
contingencia; pero no sintió la necesidad de pedirlo, ya fuera porque el Conde, al depositar el patrimonio en la Curia de Turín, recibía
regularmente las sagradas órdenes, ya fuera porque él estaba a mil leguas de suponer que el caso iba a ser llevado al tribunal de Roma.
Por este motivo se encontró entonces privado de su más válido medio de defensa, cuando Pío IX murió.

El Prefecto de la Sagrada Congregación replicó el 29 de julio que se pidiese simplemente la sentencia que legitimara el noviciado y la
profesión del Conde, y que éste declarase por escrito que era su voluntad obtenerla.

Hablar en seguida al Conde del asunto hubiera sido infundir de improviso el espanto en su ánimo y dejarle creer que los Superiores
actuaban atolondradamente y con ignorancia de las leyes eclesiásticas; lo cual le ((239)) habría quitado la serenidad necesaria para
prepararse a la ordenación sacerdotal que se acercaba a grandes pasos. Porque conviene saber que uno de los motivos de adelantarle los
votos había sido la necesidad de librarle de las angustias de una agitación interna que, en efecto, cesó.

Don Bosco estimó, pues, oportuno diferir y aguardar el momento pertinente, tanto más cuanto que el Cardenal no fijaba término alguno
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para la ejecución. Llegó después el verano, cuando aflojaban los trabajos de las Congregaciones Romanas, de suerte que el Conde tuvo
oportunidad para celebrar tranquilamente su primera misa y también para hacer con don Miguel Rúa un viaje a París, donde trataron
importantes intereses de la Congregación, como narraremos más adelante. A su regreso, estaba ya en un estado de ánimo que le permitía
recibir la inesperada comunicación sin peligro de repercusiones. En efecto, cuando se enteró de lo que se le pedía y comprendió bien la
naturaleza y el alcance de la cuestión, escribió al Padre Santo la siguiente súplica con fecha 4 de diciembre.

"Carlos Cays, sacerdote salesiano en Turín, respetuosamente expone a Vuestra Santidad haber tenido noticia de que su profesión
religiosa es irregular por no estar conforme con lo que prescriben las Constituciones de dicha Congregación Salesiana; por tanto implora
humildemente benévola sentencia que legitime el acto, declarando que es su absoluta intención seguir en la Congregación Salesiana y que
está dispuesto a renovar su profesión religiosa con votos perpetuos...".

El 12 de diciembre el abogado Leonori envió el rescripto 1, en el que se mandaba al Conde pasar un mes entero en la casa de noviciado
bajo la dirección del Maestro de Novicios y después repetir la profesión perpetua de acuerdo con las Constituciones. Con toda sencillez
volvió el buen religioso a ir a comer al refectorio de los ((240)) novicios, se unió también a ellos durante todo un mes en los ejercicios
propios del noviciado, y al cabo del mes renovó privadamente en manos de don Bosco la profesión perpetua. Así quedó zanjada la
cuestión y no se volvió jamás a hablar de ella.

Nada de esto, como anteriormente dijimos, impidió al conde Cays recibir todas las órdenes sagradas a título de patrimonio. Le ordenó
de subdiácono monseñor Salvai, Obispo de Alessandria, el 15 de abril de 1878; de diácono el Arzobispo, el 15 de junio, y de presbítero el
mismo, el 20 de septiembre. Su Excelencia quiso conferirle la última ordenación en la iglesia catedral en presencia de muchos nobles
señores y señoras, parientes, conocidos y amigos del ordenado y con gran concurso del pueblo. El novel sacerdote hubiera podido
celebrar solemnemente en Turín su primera misa; mas su piedad hubiera sido demasiado distraída. Por lo cual, renunció a todo festejo, se
alejó de

1 En la carta que acompañaba el rescripto, el abogado escribía: "Mañana iré a ver al Eminentísimo Oreglia y le contaré todo". Estas
palabras permiten razonablemente suponer que también el cardenal Oreglia pensaba como don Bosco.
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la ciudad, se fue con su hijo a Sampierdarena, y allí cantó la misa en la iglesia del Hospicio de San Vicente. Penetrado de fervorosa
piedad, cometió una de esas distracciones que difícilmente se olvidan. Al llegar a la bendición final, en lugar de proferir la fórmula en voz
baja, la entonó a toda voz, more Episcoporum.

El beato don Bosco, que se encontraba en Sampierdarena para dirigir los ejercicios espirituales, asistió al novel sacerdote en el altar, y
mientras él daba las gracias después de la misa, escribió al abogado turinés Fortis, que también deseaba seguir el ejemplo del Conde y
hacerse salesiano. El Siervo de Dios, que era muy amigo de su padre, lo conocía desde niño. Le llama profesor, porque don Bosco lo
había encargado de las clases de filosofía a los clérigos del Oratorio.

Muy querido profesor Alfonso:

En este momento termina de celebrar su primera misa el conde Cays y, mientras él da las gracias, escribo estos renglones.

El miércoles empiezan los ejercicios en Lanzo y te espero, so pena de ir yo mismo a llevarte.

Será doble ganancia si va también contigo nuestro querido Ricardo 1; ((241 )) que desea ser bueno, pero quiere hacer milagros, como
yo deseo.

Espero que Papá se halle bien de salud; no me atrevo a invitarle, pero si fuere también él a Lanzo, haremos una gran fiesta y le tendría
todas las atenciones posibles. Ruego por él todos los días y pido a Dios que le conceda muchos años de vida feliz.

Dios nos bendiga a todos; mis afectuosos saludos para Mamá y Ricardo; ruega por mí, que siempre seré tuyo en Jesucristo.

Sampierdarena, 22 de septiembre de 1878.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.
2

P. D. Mañana estaré en Turín.
1 Hermano menor de Alfonso.

2 El profesor volvió a casa después de los ejercicios; y después fue a Valsálice para dar clase o al menos hacer valer su título ante la
autoridad escolástica. Estuvo un año como aspirante coadjutor, según aparece en el Catálogo de 1879. Pero, su endeble salud le obligó a
volver a su familia; ingresó, después, en los jesuitas, donde llegó a sacerdote. Volveremos a encontrarlo otras veces. Don Bosco le
escribió:

"Mi querido Alfonso:

Te escapaste de los ejercicios, pero espero no te escapes de Valsálice. Dado el rigor de la autoridad escolástica y nuestra escasez de
profesorado titulado, figuras como profesor de Filosofía

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Desde que fue sacerdote, don Carlos Cays pedía a diario a la Virgen tres gracias para el término de su vida; morir junto a don Bosco y
asistido por él; poder bendecir a los de su familia, para que guardaran la fe de sus padres; no sufrir mucho al morir, porque decía que
tenía poca paciencia.

Con su piedad, su humildad, su obediencia, su mortificación y su gran caridad, edificó a sus hermanos durante sólo cinco años. El
Señor lo llamó a sí el 4 de octubre de 1882. Murió en el Oratorio, asistido por don Miguel Rúa, a quien don Bosco en los últimos dos días
lo confió, pues a él le esperaban en San Benigno para la ((242)) clausura de los ejercicios espirituales. El virtuoso Conde ofreció
generosamente a Dios el sacrificio que le causaba aquella ausencia; pero el hijo predilecto, don Miguel Rúa, representaba tan dignamente
al Padre en la asistencia a los moribundos que, en efecto, era opinión general en la casa que había recibido del Cielo dones especiales
para tan delicado ministerio.

Los actos y las palabras del moribundo fueron hasta el último instante un sublime ejercicio de las virtudes teologales y un testimonio
continuo de su sincero amor a la vida religiosa. En sus frecuentes coloquios con don Miguel Rúa expresaba su dolor por no haber
observado siempre, durante los últimos dos meses, todas las reglas, como la de levantarse por la mañana con la comunidad. Daba gracias
al Señor porque, compadecido de su fragilidad, no permitía que sufriese graves dolores físicos. La última noche bendijo con efusión de
corazón al hijo y a la nuera. Expiró en las primeras horas del día consagrado al centenario de san Francisco de Asís, como él había
predicho.

Don Miguel Rúa, que le vio morir tan dulcemente, al hablar de él en público, recordó la santa máxima que el placer de morir sin pena
vale la pena de vivir sin placeres.

y Letras en el Bachillerato Suuperior. En la práctica harás lo que juzgues más oportuno para tu salud.

Las clases ya están organizadas y los alumnos ansiosos por oír tus lecciones, por tanto, ven tan pronto como puedas.

"Están bien Papá y Mamá? "Se acuerda Ricardo todavía de don Bosco? Saludos a todos de mi parte y diles que en el memento de la
santa misa, los recuerdo cada mañana. Dios os bendiga a todos y ruega por mí, que siempre seré tuyo en Jesucristo.

Turín, 18 de octubre de 1878

Afmo amigo
JUAN BOSCO, Pbro
"

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((243))

CAPITULO IX

EL PRIMER CAPITULO GENERAL

AL cumplirse el tercer año de la aprobación definitiva de las Reglas, procedía la obligación de celebrar el primer Capítulo General; pues
hasta el año 1904 estaba prescrito que había que convocar ordinariamente los Capítulos Generales cada tres años. Hacía tiempo que don
Bosco pensaba en él; pero habló del asunto, por vez primera, el 21 de abril de 1877.

-Dado que es el primero, dijo entonces a algunos de los Superiores: quiero que se celebre muy solemnemente, pues hay que enviar las
actas a Roma. Esto hará que la Congregación adquiera un nuevo aspecto... íSerá un gran paso hacia adelante! íQué hermoso resulta ver
cómo cada año se avanza un paso más!

El preparaba por entonces un esquema completo de lo que consideraba oportuno proponer a examen y a deliberación de la asamblea.

-Deseo, añadió, que este Capítulo marque un hito en la historia de la Congregación; así, cuando yo muera, todo estará ya arreglado y
organizado.

El cronista observa: "Es admirable cómo don Bosco parece que deja pasar mil cositas como si no las viera; no habla de ellas, pero se
fija en todo, lo medita todo, y, cuando llega el momento culminante, todo está preparado".

Su pensamiento dominante era por aquel tiempo consolidar firmemente la Congregación, de modo que no hubiera complicaciones para
quien viniese tras él; le parecía, además, que este Capítulo era el último asunto de gran importancia, en el que pondría él sus manos
((244)) antes de morir; por lo cual, dando un tanto de lado a los asuntos no concernientes a la Congregación, atendió a él con todo ardor.

-Ahora se trata, dijo también, de reducirlo todo a una vida regular... Hasta ahora se dijo: las cosas van bien, ípero qué lejos estamos
todavía de la verdadera regularidad! íSe dice pronto: vida común! Mas nos falta todavía mucho para actuarla. Nuestras Reglas son breves;
pero en muchos puntos una sola palabra requeriría varios capítulos de explicación sobre la manera práctica de cumplirla. Si, cuando
redactaba las Reglas, hubiese tenido la experiencia que hoy tengo, las habría
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hecho mucho más breves, hasta reducirlas quizá a una quinta parte;
porque, para aprobarlas, en Roma no acaban nunca de discutir cada una de las palabras allí escritas, y lo demás no lo miran tanto. A las
Congregaciones romanas se presenta el reglamento orgánico; lo que pertenece a la práctica, se deja a nuestro cuidado. Ahora bien, en este
Capítulo se ha de tratar especialmente de la práctica. Hay ahora una cantidad de prescripciones que todavía no se practican; es más, ni se
sabe siquiera que estén contenidas en las Reglas. Por consiguiente, se explicarán éstas con precisión y se indicará la manera de
observarlas.

Cuando estuvo terminado el esquema de las propuestas, mandó imprimir un número discreto de ejemplares, que envió en el mes de
julio a los directores, para que los repartiesen a los hermanos; invitaba a todos a estudiar las cuestiones allí consignadas y a formular cada
uno sus propias observaciones, que después se recogerían y clasificarían por materias, a fin de remitirlas durante el Capítulo a las
comisiones, que se encargarían de discutir los diversos temas. A su esquema antepuso don Bosco estas advertencias:

En el capítulo sexto, artículo 3.°, se establece que cada tres años hay que celebrar un capítulo general, al que compete la facultad de
tratar y proponer todo lo que pueda ser útil a los socios en particular o a la Congregación en general. Habiendo transcurrido ya tres años
desde nuestra definitiva aprobación, es un deber que se notifique y celebre este capítulo. Deberán tomar parte en él los directores y los
prefectos de todas nuestras casas, salvo que la distancia o alguna otra razón no haga ((245)) imposible la venida a alguno. Y como éste es
el primer capítulo general de nuestra Congregación, interesa ciertamente a todos los socios industriarse, para que se obtengan todas las
ventajas que pueden contribuir al bien común. Este capítulo será convocado en Lanzo, antes o después de los ejercicios espirituales. El
será como el reglamento práctico de nuestras Constituciones; por esto los directores, los ecónomos o prefectos con los capítulos de las
respectivas casas deben tener conocimiento preventivo de lo que se va a tratar, a fin de preparar las añadiduras y las reflexiones que se
consideren oportunas. Por tanto, cada Director comunicará estos esquemas a cada uno de los miembros del capítulo de su casa,
recomendará y dará oportunidad a cada uno para estudiar las materias propuestas.

Los prefectos fueron invitados como simples consultores y también para dar al Capítulo la máxima solemnidad posible; pero, llegado el
momento práctico, se vio que, dada la ausencia de los directores, los prefectos no se podían alejar de las casas, por lo cual don Bosco
determinó que éstos serían convocados y oídos en otra ocasión, para tratar ciertas cuestiones de su competencia, cuando acudiesen a los
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ejercicios espirituales. De los componentes del Capítulo General hablaremos más adelante.

Seguía al esquema un reglamento del Capítulo General, que, aprobado con poquísimas modificaciones, sirvió de norma para los
Capítulos sucesivos. El esquema tiene para nosotros gran importancia, por haber sido compilado por el propio don Bosco durante varios
días de estudio; por este motivo, bueno será entresacar de él los puntos que sirven para hacernos comprender la mente del Fundador
acerca de los principales problemas de la vida religiosa; tanto más cuanto que hoy no es fácil encontrar ejemplares del mismo. Daremos
los títulos y las partes más significativas de los veintiún párrafos que lo componen.

1. Vida común. Propone varias cuestiones, partiendo de este principio fundamental: "La vida común es el vínculo que sostiene las
instituciones religiosas, las mantiene en el fervor y en la observancia de sus Reglas. Sin vida común, todo queda trastornado".
2. Salud y sus cuidados. También aquí arranca de ideas y normas generales, las únicas que ahora nos interesa conocer. "Debemos tener
mucho cuidado de nuestra salud y de la ((246)) de nuestros hermanos. La salud es un don precioso de Dios, con el que podemos hacer
mucho bien a nosotros y a los demás. Examínese si esta salud se halla en buen estado en la época de la aceptación en la Congregación, y
los que dan el voto o noticias sobre el particular procuren que sean exactas, y en general no se dé voto de aceptación a los candidatos, que
no pueden uniformarse a la vida común y cumplir todos los cargos y todos los trabajos propios de nuestra Sociedad. Cuando uno es
aceptado definitivamente, ténganse todas las atenciones necesarias. Es un medio eficaz para conservar la salud que haya suficiente
descanso, que no se tenga demasiado trabajo, y no se coma fuera de la hora establecida. No haya ninguna obligación por la noche después
de cenar; más aún, después de las oraciones comunitarias se retire cada uno enseguida a descansar. La diligencia de cada socio en el
cumplimiento de su deber, la razonable distribución de los cargos según la salud, la ciencia, la aptitud e inclinaciones aprovecharán
mucho para la conservación de la salud".
3. Estudios. Habla de los estudios literarios y teológicos de los clérigos y de la preparación para la predicación. Nada de particular.
4. Estudios para los alumnos. Hace algunas recomendaciones preliminares: "Téngase muchísimo cuidado para que los alumnos no estén
ociosos, pero no se pretenda que estudien más de lo que puede cada uno. El maestro no fuerce a progresar a los que son de cortos
alcances; ayúdese a los alumnos en sus respectivas clases". Por último sugiere cuatro cosas "a tener en consideración" para el adelanto de
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los alumnos en el estudio: "exactitud en el horario, observancia de la disciplina, paseos a su tiempo y sin paradas y no demasiado largos,
pocas vacaciones y aun éstas con estudios a elección".

5. Libros de texto. Por regla general quiere que los libros de texto sean escritos o corregidos por nuestros socios o personas
notoriamente conocidas por su honestidad y religiosidad y quiere también que se vigilen los libros de premio. "Es mejor dar un libro
menos agradable pero bueno, que uno deseado y curioso, pero que contenga máximas o principios perjudiciales para los premiados".
((247)) 6. Moralidad entre los socios salesianos. Punto de partida: "La moralidad es el fundamento y la conservación de los institutos
religiosos. No basta que sea manifiesta exteriormente, sino que tiene que ser preventiva; es decir, que sea anterior a la entrada en la
Congregación". Por eso, he aquí los criterios que imponía para la aceptación de los novicios: "Antes de aceptar a un aspirante búsquense
informes de fuente segura sobre su conducta moral anterior; transíjase en cuanto a ciencia y a intereses materiales, pero procédase con
rigor en cuanto a dotes morales; y no se acepte nunca a un sujeto, que haya sido expulsado de un colegio, seminario o instituto educativo
por razón de inmoralidad. Los novicios que durante el año de prueba ponen en duda esta importante cualidad, no sean admitidos a la
profesión religiosa. Es más, mejor es seguir la costumbre de otras corporaciones religiosas, que despiden al novicio al primer indicio de
que no esté bien segura la moralidad". Para los profesos, insiste sobre la observancia de las Reglas, sobre la obediencia, sobre las
prácticas de piedad y sobre las salidas no necesarias.

7. Moralidad entre los alumnos. Pone en primera línea el ejemplo de los salesianos: "La moralidad entre los alumnos progresa
proporcionalmente al grado de esplendor con que brilla en los salesianos. Los jovencitos reciben lo que se les da; y los salesianos nunca
podrán dar a los demás lo que ellos no poseen. Considérense atentamente estas palabras y los directores háganlas tema de sus
conferencias". Y son "semilla de buena conducta entre los alumnos", "la exactitud del horario y la puntualidad de cada uno en su propio
deber". Vienen después ciertos "arroyuelos por los que corren las gracias y las bendiciones y se encaminan hasta el corazón de los
jovencitos", esto es, el clero infantil, las compañías, los sacramentos, triduos, novenas, ejercicios espirituales, funciones y solemnidades
de iglesia. Por último, son buenos medios "los juegos"; pero son preferibles aquéllos "en los que tiene parte la destreza del cuerpo" y
deben desterrarse los que comportan "apretones de manos, besos, caricias" y cosas por el estilo.
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((248)) 8. Trajes y ropa blanca. Nada especial en la parte preceptiva;
pero el espíritu del Beato se encuentra en esta sugerencia: "Llevar a la práctica estas disposiciones requiere mucha caridad; por tanto,
vigilen los Superiores para que todos estén decentemente vestidos y no les falte lo necesario para defenderse del frío o suavizar de otra
manera el rigor de las estaciones".

9. Economía en las provisiones. Encabezan el párrafo estos renglones: "Nuestra vida se apoya en la divina Providencia, que nunca nos
faltó, y esperamos que nunca nos faltará. Pero nosotros hemos de tener por nuestra parte el máximo cuidado en ahorrar lo que no es
necesario, disminuir los gastos y proporcionar alguna utilidad en las compras y ventas".
10. Economía en el alumbrado. Son las consabidas recomendaciones y propuestas.
11. Economía en la cocina y en la leña. De entre una serie de normas prácticas destaca esta recomendación: "El Prefecto haga cada día
visitas a la cocina para observar lo que falta y para impedir que otros vayan a la cocina, si no están dedicados a algún trabajo".
12. Economía en los viajes. Observaciones comunes. Relaciona con éstas la justa medida en la correspondencia epistolar.
13. Economía en las obras y construcciones. Dice aquí el Beato don Bosco: "Causa mala impresión en las personas probas ver
elegancia, superflua ornamentación en los edificios, lujo en los muebles, excesiva delicadeza en los aderezos de la mesa de aquellos que
les suelen pedir caridad".
14. Respeto a los Superiores. Ante todo la gran amonestación: "Todos los que ejercen autoridad, si quieren ser obedecidos y respetados,
hagan otro tanto con sus respectivos superiores". En lo demás nada nuevo, a no ser la insistencia con la que recomienda que un par de
veces al año escriba todo salesiano al Rector Mayor "en torno a su salud, a las dificultades en el propio cargo y a todo lo demás que moral
o materialmente se refiere a ((249)) su persona"; las cartas y respuestas a las mismas "no puede leerlas más que quien escribe a aquél a
quien éste quisiese enseñárselas".
15. Inspectorías o provincias. Tres renglones magistrales para un primer reglamento que hará falta compilar en el próximo Capítulo
para los Inspectores, a saber: relaciones escritas mensualmente por los directores, sacar dinero de las casas y qué uso se hará de él, visitas
ordinarias y extraordinarias. Don Bosco asigna al ejercicio de la "autoridad" inspectorial estos dos cometidos: "promover la observancia
de nuestras Reglas" e "impedir aquello que pueda dar origen a abusos".
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16. Hospitalidad, invitaciones y comidas. "Buenas maneras, cortesía con todos". La invitación a comer "sobre todo en los días de
vigilia" ofrézcase "respetuosamente", pero "únicamente a los que no andan con pretensiones". En lo que sigue del párrafo no hay sino
cosas conocidas.
17. Prácticas religiosas. Se refiere aquí "a las prácticas de piedad no mandadas por las Reglas". Nos ofrece esta norma práctica: "Cada
director mantenga las costumbres de la Casa Madre, las recuerde y mantenga en vigor dentro de la casa que le fue confiada".
18. Costumbres. todas las cosas que pasaron al reglamento.
19. Limosnas. Principal: "Según nuestras Constituciones ninguno puede guardar dinero consigo, ni en pequeña ni en gran cantidad, sin
permiso especial del superior. Por consiguiente, viviendo nosotros de la Providencia de cada día, no estamos en condiciones de dar
limosna alguna". Norma práctica: "Sin embargo, dada nuestra posición ante la sociedad civil y los tiempos que vivimos, todo director
puede entregar algún dinero a los sacerdotes de su casa, para que puedan dar alguna limosna en los casos de gran necesidad o de grave
conveniencia, esto es, ad evitanda scandala aut convicia" (para evitar escándalos o críticas). Precaución importante: "Ni antes ni después
de oír confesiones, ni tampoco en la sacristía, se den limosnas, porque podría ocasionar molestias y también interpretaciones, que todo
religioso debe evitar en absoluto".
((250)) 20. De los novicios. El punto más digno de nota es aquel en el que se recomienda enviar en seguida a su propia familia a todo
novicio que, después del año de prueba, no fuese admitido a la profesión religiosa por graves motivos. Da el Beato dos razones para tal
severidad: "Lo que no hizo en el año de prueba, difícilmente lo hará después y, aunque lo hiciese, sería un esfuerzo momentáneo, en el
que no se puede confiar... Si todavía se queda en la Congregación, las más de las veces siembra el malhumor y el descontento".

21. Vacaciones. Don Bosco se muestra en toda ocasión muy contrario a las idas al pueblo natal, a casa de parientes y amigos o a casa de
los alumnos. También aquí repite su habitual recomendación: "La experiencia nos enseñó que estas vueltas al mundo fueron siempre
perjudiciales y, si alguna vez alguien pensó haber sacado alguna aparente ventaja material, es cierto, sin embargo, que no hay noticia de
uno siquiera que haya conseguido alguna ventaja espiritual".
Poco tiempo había transcurrido desde el envío del esquema, cuando se dio aviso del día de convocación: se fijó la apertura para el 5 de
septiembre, por la tarde. Así, pues, los directores se reunieron en Turín
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el día prescrito, y de allí salieron con dirección a Lanzo, sede de los trabajos. Aquí se juntaron, a la puesta del sol, en la capilla del
colegio, y don Bosco entonó el Veni Creator. Acabado el himno y leídos los artículos 3.°, 4.° y 5.°, del capítulo sexto, de las Reglas, el
Beato dirigió a los capitulares unas breves palabras:

Ahora damos comienzo a nuestro primer Capítulo General, que declaro abierto y convocado desde este momento. Emprendemos una
obra de la mayor importancia para nuestra Congregación. Se trata de una manera especial de estudiar nuestras Reglas y ver qué es lo que
se puede establecer para reducirlas uniformemente a la práctica en todas las casas que hay al presente y en las que la divina Providencia
disponga que se puedan abrir en el futuro. Todos tenéis en vuestras manos el esquema preventivo impreso para el caso; ya habéis anotado
y habéis recibido y estáis encargados de recibir todas las observaciones que cada uno de los miembros de la Congregación puede haber
((251)) hecho en él para proponerlas al Capítulo. No queda más que reunirnos en el nombre del Señor y tratar las cosas que se propongan.

Dice el Salvador en el santo Evangelio que donde están dos o tres congregados en su nombre, allí se encuentra él mismo en medio de
ellos. En estas reuniones no tenemos otro fin que la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas redimidas con la preciosa Sangre de
Jesucristo. Podemos, pues, estar seguros de que el Señor se encontrará en medio de nosotros y guiará las cosas de manera que todas
redunden a su mayor gloria.

Queremos en este momento poner el Capítulo bajo la protección especial de María Santísima: Ella es Auxiliadora de los Cristianos y
nada le interesa más que ayudar a los que no sólo tratan de amar y servir a su Divino Hijo, sino que se reúnen expresamente para
determinar la manera práctica de alcanzar el mismo fin también en el mayor número posible de hombres. María es luz de los ciegos;
pidámosle que se digne iluminar muy de veras nuestras débiles inteligencias durante todo el tiempo de estas reuniones. San Francisco de
Sales, que es nuestro titular, presidirá nuestras reuniones y esperamos que nos obtenga de Dios la necesaria ayuda para tomar las
determinaciones que sean según su espíritu.

Lo que más he de recomendaros y es necesario que se guarde en absoluto, es el secreto severo de todo lo que se trate en estas
conferencias hasta que estén concluidas y llegue el tiempo de darles publicidad. Entonces se imprimirán las decisiones tomadas y se
enviarán para ser confirmadas a la Santa Sede, infalible maestra en estas cosas, y después serán publicadas.

Es mi gran deseo que se proceda despacio y bien. Puesto que estamos aquí para esto, dejemos todo otro pensamiento y atendamos a ello
seriamente. Si no bastan unos pocos días, emplearemos más, dedicaremos todo el tiempo necesario; pero que al fin resulte una cosa
completa.

Invoquemos ahora la protección de María Santísima con el canto del Ave maris stella y se dará la bendición con el Santísimo
Sacramento; después iremos a la sala del Capítulo para dar comienzo a nuestras conferencias.
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Una vez impartida la bendición con el Santísimo, se procedió inmediatamente a las operaciones preliminares en la sala del Capítulo,
que fue el despacho de la Dirección. Traeremos aquí los nombres de capitulares y consultores, por el orden y con la condición de cada
uno, según los encontramos en las actas. En ciertos ambientes turineses circulaba desgraciadamente todavía la malévola especie de que
los salesianos eran un tropel de jóvenes ignorantes, que no servían más que para meter ruido; esto explica el cuidado ((252)) que tuvo don
Bosco de poner en evidencia los títulos culturales de los miembros del Capítulo General, tanto más cuanto que también invitaba a las
sesiones a personas extrañas. Esta era la lista oficial:

1.° Rvdo. don JUAN BOSCO, sacerdote, fundador y Rector Mayor de la Congregación; autor de muchos libros publicados en favor
especialmente de la juventud.

2.° Rvdo. don MIGUEL RUA, sacerdote, Prefecto de la Congregación, profesor de retórica.

3.° Rvdo. don JUAN CAGLIERO, sacerdote, Catequista de la Congregación, doctor en teología, celebrado maestro y compositor de
obras musicales e Inspector de las casas de América del Sur.

4.° Rvdo. don CARLOS GHIVARELLO, sacerdote, Ecónomo de la Congregación, maestro e inventor de diversos aparatos de física y
de mecánica.

5.° Rvdo. don CELESTINO DURANDO, sacerdote, Consejero escolástico de la Congregación, profesor y autor de varias obras
literarias.

6.° Rvdo. don JOSE LAZZERO, sacerdote, Consejero del Capítulo Superior, Director de la casa del Oratorio de San Francisco de
Sales.

7.° Rvdo. don ANTONIO SALA, sacerdote, Consejero del Capítulo Superior y ecónomo de la casa de Turín.

8.° Rvdo. don JUAN BONETTI, sacerdote, Director del colegio de Borgo San Martino, profesor de bachillerato, autor de varias
producciones literarias.

9.° Rvdo. don JUAN FRANCESIA, sacerdote, Director del colegio de Varazze, doctor en letras, comentador del "Dante".

10.° Rvdo. don FRANCISCO CERRUTI, sacerdote, Director del colegio de Alassio, doctor en letras, autor de varias obras escolásticas.

11.° Rvdo. don JUAN BAUTISTA LEMOYNE, sacerdote, Director del colegio de Lanzo Torinese, licenciado en teología, autor de
varias producciones para la juventud y para el pueblo.

12.° Rvdo. don PABLO ALBERA, sacerdote, Director del Hospicio de San Vicente en Sampierdarena, profesor de bachillerato.

13.° Rvdo. don FRANCISCO DALMAZZO, sacerdote, Director del colegio Valsálice, doctor en letras.

14.° Rvdo. don JOSE RONCHAIL, sacerdote, Director del "Patronage St. Pierre" en Niza, profesor de francés y de bachillerato.

15.° Rvdo. don SANTIAGO COSTAMAGNA, sacerdote, Director de las Hijas de María Auxiliadora en Mornese, maestro y
compositor de varias obras musicales.

16.° Rvdo. don NICOLAS CIBRARIO, sacerdote, Director de las escuelas de María Auxiliadora en Torrione Valcrosia (Ventimiglia).

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17.° Rvdoo don LUIS GUANELLA, sacerdote, Director de las escuelas y oratorio en Trinità, cerca de Mondoví.

18.° Rvdo. don JOSE SCAPPINI, sacerdote, Director espiritual de los Conceptinos en Roma.

((253)) 19.° Don JOSE MONATERI, sacerdote, Director del bachillerato de Albano, profesor de enseñanza media.

20.° Don JOSE DAGHERO, sacerdote, profesor en el seminario de Magliano Sabino, doctor en letras.

21.° Don DOMINGO BELMONTE, sacerdote, profesor de física e historia natural en el liceo de Alassio.

22.° Don JULIO BARBERIS, sacerdote, director del Noviciado, doctor en teología, autor de varias obras literarias.

21.° Don JOAQUIN BERTO, sacerdote, secretario de don Bosco y archivero de la Congregación.

Asistieron también a varias sesiones, especialmente a las que trataban de economía, el reverendo don JOSE LEVERATTO, prefecto del
colegio de Borgo San Martino; el reverendo don ANTONIO PAGANI, director espiritual del seminario de Magliano Sabino; don JOSE
ROSSI, abastecedor general de nuestras casas; y el conde, hoy sacerdote, CARLOS CAYS de Giletta y Casellette, doctor en ambos
derechos, ex presidente del Consejo superior de las Conferencias de San Vicente de Paúl en la provincia de Turín, ex diputado en el
Parlamento subalpino, y algunos otros.

Algunos directores llevaron consigo a un socio de la propia casa, no precisamente como delegado, sino casi como consultor. Cuando se
trató de economía, se llamó al coadjutor José Rossi de Turín, proveedor del Oratorio. Las sesiones eran de dos clases: unas parciales,
correspondientes a las diversas comisiones, y otras generales en las que debían tomar parte todos los miembros del Capítulo. Don Bosco
obtuvo que asistiesen, a algunas de éstas últimas, dos ilustres jesuitas, el padre Segundo Franco, consumado maestro de ascética, y el
padre Juan Bautista Rostagno, ex profesor de derecho canónico en la Universidad de Lovaina. Ambos profesaron siempre el más alto
aprecio y veneración al Siervo de Dios. Había tenido con ellos en días anteriores el Beato Fundador algunas conferencias a fin de
concertar las cosas de la manera más confome a los sagrados cánones y a las costumbres de las congregaciones religiosas.

Las conferencias generales, todas presididas por don Bosco, fueron veintiséis. Los miembros del Capítulo General se colocaban en
círculo en sillas alrededor de la mesa de la presidencia, sin ningún orden establecido de antemano.

((254)) Cada sesión se abría y se cerraba con las acostumbradas preces rituales.

En la primera reunión se leyó el reglamento del Capítulo General
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y se pasó a la elección de un Regulador, que fue don Miguel Rúa, y de dos secretarios, que fueron don Julio Barberis y don Joaquín
Berto. Competía al Regulador hacer que se cumpliera el reglamento, avisar con tiempo a cada comisión, a fin de que tuviera todo
preparado cuando le llegase su turno; proveer las cosas necesarias y ser como el centro al que todos pudiesen acudir en cualquier
circunstancia. De los dos secretarios, uno debía redactar las actas de las sesiones y el otro registrar los documentos auténticos, es decir las
deliberaciones que se tomasen de común acuerdo.

Hecho esto, se determinaron las comisiones, a las que se pudiese encargar el estudio detallado de las materias a tratar en las
conferencias generales, preparando ordenadamente, hasta donde fuera posible, las deliberaciones definitivas. A cada comisión se le
asignó un presidente; cada una escogió después un relator, que refiriese las conclusiones de las sesiones particulares en la conferencia
general sobre un tema determinado. Estas relaciones debían hacerse por escrito, para su mayor precisión y prontitud, y para facilitar a los
secretarios su cometido bastante laborioso. Se constituyeron cinco comisiones en aquella primera conferencia; más tarde se añadieron
otras tres para el examen de algunas cuestiones, que en el primer momento no se habían tomado en consideración. La finalidad de estas
ocho comisiones y los componentes de las mismas eran:

COMISION I. Admisiones y noviciado. Estudios sagrados y predicación. Don Juan Francesia, D. José Lazzero, D. Santiago
Costamagna y D. Juan Barberis. Presidente, D. Juan Bautista Francesia.

COMISION II. Estudios del alumnado. Prensa y temas semejantes. D. Celestino Durando, D. Francisco Cerruti, D. José Monateri, D.
José Daghero. Presidente, D. Celestino Durando.

COMISION III. Vida común. D. Miguel Rúa, D. Carlos Ghivarello, D. Pablo Albera, D. Nicolás Cibrario. Presidente, D. Miguel Rúa.

COMISION IV. Moralidad y lo relacionado con la misma. D. Juan Cagliero, D. Juan Bautista Lemoyne, D. José Ronchail, D.
Francisco Dalmazzo. Presidente, D. Juan Cagliero.

((255)) COMISION V. Economía. D. Juan Bonetti, D. Domingo Belmonte, D. Antonio Sala, conde Cays, a los que se añadió don José
Leveratto. Presidente, D. Juan Bonetti.

COMISION VI. Inspectorías y funciones del Inspector. D. Juan Cagliero, D. Miguel Rúa, D. Pablo Albera.

COMISION VII. Las Hijas de María Auxiliadora. D. Santiago Costamagna, D. Juan Bonetti, D. Francisco Cerruti, D. Pablo Albera.

COMISION VIII. Deliberaciones tomadas en años anteriores: se proponen al Capítulo General para ser aprobadas y colocadas en su
lugar.
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Estos trabajos preparatorios absorbieron todo el tiempo asignado a la primera conferencia general. Cuando quedó agotado el orden del
día, el Beato rogó al padre Franco que dirigiera la palabra; y éste llamó la atención de los presentes sobre la necesidad de formar la
conciencia de los salesianos 1. Por último don Bosco pronunció el siguiente discursito como conclusión.

Este es el primer Capítulo General de nuestra Congregación. Además del reglamento que se acaba de leer, no hay todavía normas
especiales ni costumbres a seguir. En los detalles iremos adelante como Dios nos dé a entender. Haremos las cosas despacio y con calma,
para que este mismo Capítulo pueda después marcar la pauta de los que se celebren en el futuro.

Es verdad que resulta muy corto el tiempo que podemos dedicar a este Capítulo; pero hay muchas cosas que ya se practican desde hace
muchos años; además, no pretendemos hacer un algo científico, procediendo según reglas y principios sentados de antemano, sino
limitarnos a las cosas prácticas, que directamente nos conciernen. Si, por acaso, se dejaran algunos puntos por tratar, no importa; tiempo
habrá para volver sobre ellos en otra ocasión. Para nosotros sea todo materia práctica; sin necesidad de servirnos de otros libros para
nuestros estudios, háganse éstos sobre el esquema, quitando algún artículo, modificando y añadiendo otros, según convenga. Estúdiense
las reglas, los reglamentos de los colegios, las circulares que se enviaron a todas las casas en los anos anteriores, y las deliberaciones ya
tomadas en las conferencias generales de los directores, que se tuvieron aquí en Lanzo y en Turín.

Lo importante de este Capítulo consiste en que las reglas que hasta ahora han sido sólo orgánicas, resulten prácticas; esto es, estúdiense
todos los medios para conseguir que en la práctica se cumplan uniformemente en todas nuestras casas.

((256)) Repito que lo más importante de estas reuniones, y diría lo necesario en absoluto, es el secreto estricto, lo mismo con los
externos que con los hermanos que no son del Capítulo, hasta tanto que las actas no sean enviadas a Roma para la aprobación; cuidando
también de ser precavidos al hablar entre nosotros, cuando otros nos puedan oír. Casi en todas las Congregaciones el secreto es
obligatorio, está sancionado con juramento y se hace culpable quien quiera que lo viole. Nosotros no tenemos esto; pero vean todos en
ello la mucha importancia que en todas partes se da al mantenimiento del secreto.

Tenga cada uno en estos días mucha paciencia al estudiar las diversas materias y también cuando las cosas no procediesen con toda
regularidad, por ser éste un Capítulo, para el que no hay todavía reglas preventivas. Pero esperamos que, bendecido por Dios y colocado
como lo hemos puesto bajo la protección especial de María Santísima Auxiliadora, traiga a la Congregación copiosas ventajas.

En las reuniones plenarias las discusiones partían de las relaciones de las sesiones particulares, presentadas por los relatores de las
comisiones.

1 No está anotado en las actas este particular; pero nosotros lo hemos sabido por don José Vespignani, quien, a su vez, lo oyó referir a
don Pablo Albera.
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Cuando se deliberaba por votación sobre estas discusiones, se formulaban artículos que, reunidos después, constituirían las actas
auténticas para enviar a Roma. Estas actas estaban repartidas en doble serie: unas puramente disciplinares y que tenían por fin formar un
manual para uso de la Congregación, y otras orgánicas y directivas para añadirlas a las Reglas ya aprobadas. Para la primera bastaría el
Visto bueno de Roma; para la segunda, en cambio, se requería la aprobación formal, sin la cual no podían tener fuerza obligatoria. La
mayor parte de estos artículos vio la luz en 1878, y no es difícil adquirir copia de los mismos; por lo cual no nos parece oportuno
sobrecargar con ellos nuestro volumen. En cuanto a las discusiones que los prepararon, tal y como las vemos resumidas en las actas, no
nos ofrecen hoy elementos de relieve tal como para dedicarles muchas páginas. Creemos más útil y agradable para nuestros lectores dar
un vistazo a los papeles antiguos y sacar de ellos las palabras vivas de don Bosco, que, por suerte, fueron recogidas con frecuencia al pie
de la letra en las actas. Sin embargo, siempre que en el curso de las discusiones aparecen elementos de algún interés, no dejaremos de
tomar nota de ellos.

((257)) Coadjutores y estudios de los aprendices.
Predicación

Conferencia 2. ª Por vía ordinaria, no se quiso que quien fuese aceptado en la Congregación como coadjutor, pudiera ser admitido en
ella para la carrera eclesiástica; en este punto los otros Institutos religiosos son inexorables. Sin embargo, si fuese del caso admitir
excepciones, éstas tenían que ser concedidas exclusivamente por el Rector Mayor. En cuanto a los aprendices, deseosos de pasar a los
estudios para entrar en la Congregación como clérigos, el asunto se remitía a los respectivos directores.

-Por lo demás, observó don Bosco para concluir, ahora que tanto escasea el clero, soy del parecer de que cuando hay moralidad y
aptitud, se facilite el camino al sacerdocio.

El, en efecto, había obtenido buenos resultados en ambos casos.
De coadjutor a estudiante había pasado aquel santo varón que fue don Angel Lago. En cuanto a los aprendices llegados al sacerdocio, su
número aumentaba cada año; en aquella ocasión, por ejemplo, salieron a relucir los nombres de don Juan Bautista Tamietti, don José
Pavía, don Juan Rinaldi, don Valentín Cassinis, don José Beauvoir, don Davico.
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Sobre el tema de predicación observó don Bosco:

-Por cuanto sea posible, escríbanse los sermones; así resultarán más provechosos a los oyentes y también de mayor utilidad para el
mismo predicador, puesto que este trabajo le ayuda a adquirir mayor caudal de conocimientos. En casos de apremio hágase la preparación
con algún autor acreditado.

Disciplina y buen orden
Componentes del Capítulo General

Conferencia 3. ª En esta conferencia surgió incidentalmente una cuestión que pertenece a la historia de las Reglas; y que, por tanto, es
preciso hablar de ella. "Quién precisamente tenía derecho a tomar parte en el Capítulo General? Las Reglas, contemplando el caso de que
se tuviese que celebrar el Capítulo General para la elección del Rector Mayor, establecían que se reuniesen todos los directores y un socio
profeso perpetuo de cada casa, elegido por los socios profesos ((258)) de la misma; y donde se hablaba del Capítulo trienal, no se decía ni
una palabra sobre los componentes. Para remediar este silencio, don Bosco, cuando se imprimieron las Reglas en italiano, añadió al
artículo 3.° del capítulo 6.° esta apostilla: "El Capítulo General se compone de los miembros del Capítulo Superior y de los directores de
las casas particulares". Esta nota expeditiva no invalidaba evidentemente lo dispuesto para la elección del Rector Mayor. Pues bien, el
primer Capítulo General aprobó la apostilla con la añadidura de los Inspectores.

Tema de aquella conferencia eran los estudios de los alumnos; se trató también de la disciplina; sobre lo cual pronunció el Beato este
importante discurso.

Dos cosas había en el pasado que, de un modo particular, dificultaban la marcha regular de la casa.

1.° La falta de personal hacía que casi todo se acumulara sobre el director, el cual quedaba de este modo tan sobrecargado que no le era
posible lograr que todo procediera con orden. Poco a poco fue disminuyendo este inconveniente y va menguando cada día más; pero aún
no están las cosas bastante arregladas. La base tiene que ser ésta: el director haga de director, esto es, sepa hacer que actúen los demás,
vigile, disponga, pero que él no tenga que poner nunca manos a la obra. Si no encuentra sujetos de gran habilidad para hacer las cosas,
déjelas a otros de mediana habilidad; mas no se meta a hacerlo él. Debe vigilar para que todos cumplan su deber, pero no
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debe tomar ninguna parte especial. Si obra así, le quedará tiempo para ejecutar lo que yo creo no he inculcado nunca suficientemente. El
director, por cuanto pueda, visite la casa todos los días, vea la marcha de todo, sepa todo lo que se hace. En algunos lugares no parará, en
otros no dirá nada, pero pase por todas partes, por la cocina, por los comedores e incluso por la cantina y por las habitaciones. Si se hace
así, nunca podrá arraigar en la casa ningún desorden y se evitarán muchos inconvenientes.

2.° No teníamos un reglamento fijo. Se hizo un primer reglamento; pero era para los aprendices que iban a trabajar fuera de casa. Tan
pronto como se comenzó a practicarlo bien, al verse su gran necesidad, se establecieron los talleres internos. Se adaptó el reglamento a
este fin; pero sobrevino la necesidad de tener estudiantes en casa y hubo que volver a cambiar y adaptar el reglamento a esta nueva
circunstancia.
Estaba ya en vigor este cambio y he aquí que se impuso la necesidad de abrir colegios separados para estudiantes. Ahora se presenta otra,
y es la de los seminarios que se nos confían. Otra más nos espera ya ((259)) y es la de las colonias agrícolas que se nos proponen. Al no
poder tener un reglamento preciso, estable y pormenorizado, sucedía que se descuidaban algunos puntos, aun de importancia; pero ahora
puede decirse que las cosas se encuentran en su estado normal. Procuren todos observar bien su parte; y véase también cómo hacer para
que los demás observen bien la suya y las cosas marcharán sin inconvenientes.

Ya hace mucho tiempo que muchas personas, y algunas de éstas muy influyentes, me hacían observar que se obtendría un resultado más
seguro, no extendiéndome tanto, sino consolidando más las cosas existentes. Nadie mejor que yo veía ciertos desórdenes e inconvenientes
que procedían de la escasez extraordinaria de personal, causada por extendernos a muchas cosas; pero, por otra parte íse veían tantas y
tantas almas camino de la perdición y sin nadie en absoluto que cuidara de ellas!

Además, también tenía ante mis propios ojos los desórdenes que vendrían, si no hubiese habido entre nosotros un trabajo continuo e
intenso. Por consiguiente, se creyó necesario ir adelante de la manera que habíamos comenzado. Con esto me proponía, además, rendir
homenaje a las palabras de Pío IX, el cual, al proponerle esta dificultad, me animó a ir adelante y me dijo precisamente:

-Cuando tengáis un buen sacerdote o un buen clérigo, con el que podáis hacer cálculos o del que os podáis realmente fiar, id en hora
buena a abrir una casa.

Y al hacerle observar que en tales casas los jóvenes no solían ser bastante disciplinados y se hacían algo indóciles, contestó:

-Si no hacéis novicios, no importa; haréis buenos cristianos, instruidos en la santa Ley de Dios.

Los cooperadores salesianos y el "Boletín Salesiano"

Conferencia 4. ª Una buena parte de esta conferencia versó sobre la asociación de los cooperadores salesianos, de los que hemos tratado
ampliamente en el capítulo cuarto del undécimo volumen, y en torno al Boletín Salesiano, destinado a ser el órgano de los Cooperadores.
Volvemos a exponer brevemente la historia de esta publicación que pronto adquiriría gran popularidad.
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Durante casi dos años la tipografía del Oratorio publicó una hoja mensual, cuyo fin era dar a conocer las ediciones salesianas y otras
publicaciones útiles especialmente para la juventud y para el clero, por lo cual llevaba el título de Bibliófilo Católico. Hasta hoy no nos
ha sido posible encontrar ni un ((260)) solo ejemplar. Pero parece que no tenía un contenido exclusivamente libreril; en efecto, sabemos
que en su segundo número, aparecido en agosto de 1875, publicó el reglamento para la obra de los Hijos de María, que don Bosco
acababa de redactar 1. El periodiquito continuó de esta manera hasta agosto de 1877, momento en el que experimentó una radical
transformación. Ocho grandes páginas, a dos columnas, contenían comunicaciones y noticias preponderantemente salesianas; y había
además un apéndice con una lista de libros; por eso el título era doble: Bibliófilo Católico o Boletín Salesiano mensual. El primer
fascículo de ensayo, que seguía la numeración anterior, figuraba como quinto ejemplar del tercer año. No figuraba como pie de imprenta
la tipografía del Oratorio, sino la de Sampierdarena; ya que don Bosco había tenido que acudir a este expediente, porque la Curia
arzobispal de Génova no le ponía las dificultades de la de Turín para la concesión del imprimatur. El doble título sólo duró hasta el
número de diciembre; el primero del año 1878 lleva sólo el título de Boletín Salesiano. La suscripción costaba tres liras, pero no se
obligaba a nadie a pagarlas. En el principio se cuidó don Bosco personalmente de su publicación, ya fuera para darle la orientación que se
había propuesto, ya fuera porque no tenía entonces a quién confiar su dirección; pero, ya pensaba hacer volver para este fin al Oratorio a
don Juan Bonetti, director del colegio de Borgo San Martino.

Es admirable oír cómo hablaba el Beato Padre de la nueva publicación. El 10 de agosto de 1877, cuando acababa de salir el primer
número, dijo a don Julio Barberis:

-El fin del Boletín es dar a conocer, cuanto más se pueda, nuestras cosas y hacer que se conozcan en su verdadero sentido. Esto nos
servirá para conseguir ayuda y ganar el afecto de la gente para nuestras instituciones. Si se sabe manejar bien el tema, se podrán insinuar
con la pluma diversos modos de colaborar ((261)) con nuestra labor. Esta revista será el apoyo principal de todas nuestras obras; si él
viniese a menos, también éstas vendrían a menos. Procúrese que tenga el mayor número posible de lectores; búsquense todas las maneras
para divulgarlo gratuitamente. Téngase como principio que el provecho que él acarrea

1 Véase: Vol. XI, pág. 38.
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no está en las tres liras anuales; por consiguiente no se exijan: un bienhechor que dé una limosna bastará a veces para pagar por todos.

La presentación del Boletín a los Cooperadores hízola don Bosco con un escrito que llenaba las dos primeras páginas. Helo aquí
resumido. En el Reglamento de los Cooperadores se prometía un órgano mensual que les informase de lo hecho o de lo que se iba a hacer
para alcanzar el fin que se les proponía; con el Boletín se cumplía la promesa. Así resultaba posible actuar con unidad de espíritu y
encaminar todas las solicitudes a un solo fin, que era la gloria de Dios y el bien de la sociedad civil. El programa comprendería tres
partes: 1.ª Presentación de las propuestas por los socios o por sus directores para el bien general y particular de los asociados, con las
normas prácticas para los Cooperadores. 2.ª Relación de hechos, que hubieran resultado provechosos a los socios y sirvieran de ejemplo,
como episodios edificantes y noticias y cartas de misioneros, especialmente salesianos. 3.ª Comunicaciones, anuncios, libros, máximas a
propagar.

De aquí pasaba don Bosco a dar una idea sobre el Cooperador Salesiano. "Llámanse Cooperadores Salesianos los que desean trabajar
en obras de caridad no en general, sino en especial, de acuerdo y según el espíritu de la Congregación de San Francisco de Sales". En
consecuencia recoger muchachos en peligro y abandonados, encaminarlos a la catequesis, entretenerlos en los días festivos y colocarlos
con patronos honestos, dirigirlos, aconsejarlos, ayudarlos a ser buenos cristianos y honrados ciudadanos. El Boletín daría las normas
oportunas. Don Bosco insistía en el carácter práctico de la institución. "Aquí no se establece, decía, una cofradía, ni una asociación
religiosa, literaria o científica, ni tampoco un periódico; sino una simple unión de bienhechores de la humanidad, dispuesta ((262)) a
dedicar no promesas, sino hechos, solicitudes, molestias y sacrificios para ayudar a nuestros semejantes". Concluía su llamamiento con
estas categóricas declaraciones: "Ajenos en absoluto a la política, nos mantendremos constantemente alejados de todo lo que pueda ser
censurado en cualquier persona constituída en autoridad civil o eclesiástica. Nuestro programa será invariablemente éste:

"Dejadnos el cuidado de los muchachos pobres y abandonados y nosotros realizaremos todos los esfuerzos para hacerles el mayor bien
que podamos, pues así creemos poder cooperar al honesto vivir y a la civilización".

No faltó gente inconsiderada que calificó el Boletín Salesiano de bombo para sacar dinero. Don Bosco, como de costumbre, dejó hablar
y tiró adelante; sólo observó que, al correr del tiempo, su ejemplo
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tendría innumerables imitadores, e incluso no pocos de los mismos que reprochaban su proceder sacarían al público sus propios boletines.
Y fue realmente profeta en esto. Comoquiera que sea, el Boletín Salesiano, entre todas las publicaciones de don Bosco, es tal vez la que
ha producido mayores frutos, ya sea enardeciendo los corazones para cooperar en las misiones y en las obras de la religión, ya sea
despertando generosas vocaciones eclesiásticas y misioneras. Lo cierto es que también en esto se anticipó don Bosco a los tiempos:
tendencias nuevas tomaban en el mundo el puesto de viejas costumbres: lo que en otro tiempo se prefería tener oculto, pronto se sentiría
la necesidad de propagarlo, fuese bien o fuese mal. Don Bosco consideró mejor partido hacer servir para incremento del bien aquella gana
de publicidad, que él presagiaba llegaría a ser una verdadera idea fija, al tiempo que vehículo de males incalculables.

El Capítulo General no aprobó la propuesta de introducir entre los Cooperadores la práctica de conferencias mensuales, aunque ya se
las mencionaba en el reglamento. Una razón, que se consideró convincente y conforme al espíritu de don Bosco, fue que esa plática
creaba un vínculo algo molesto. En efecto, muchos deseaban ser Cooperadores, y hacer verdaderamente ((263)) el bien; pero les
molestaba comparecer en público o no encontraban cómodo acudir a estas reuniones. Y quien no quisiese pertenecer a la asociación, al
abstenerse de intervenir, daría a conocer en seguida su propio alejamiento y de ahí vendría el justificar su proceder hablando con otros del
asunto y necesariamente reprochando alguna disposición de los salesianos. Se tenía ya el Boletín como vínculo natural de unión, y con
ello se evitaba el inconveniente que se lamentaba. Y, cuando alguno no mereciera ser contado entre los Cooperadores, se le suspendiese
el envío de la revista y la cuestión acababa por sí misma.

Objetóse que el Boletín se enviaba gratuitamente, cuando a nosotros nos costaba dinero y causaba molestias.

Con respecto a los gastos se contestó que hasta entonces se habían cubierto y, por cierto, con creces. Muchos, al no ver cuota fija ni
obligatoria, daban más de lo que se les había pedido; otros no daban nada de momento, pero enviaban después limosnas en determinadas
circunstancias o ayudaban de diversas maneras al Oratorio. Con respecto a las molestias se observó que el Oratorio, siendo el centro
único para un número ya grande de asociados, encontraba en ello sin duda un gran quehacer; sin embargo, desde el momento en que
estuviese convenientemente organizada la administración, las cosas debían proceder más cómodamente; casi bastaba una sola persona
hábil, que se
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ocupase de ello expresamente. Estas observaciones eran de don Bosco, el cual siguió diciendo:

-Yo habría encontrado enseguida un medio que no diese tanto trabajo; pero entonces esta asociación no habría correspondido al fin. El
medio era fácil: dejar muchos centros que actuasen cada uno por sí, asociando o suprimiendo socios. Así están constituidos los terciarios
franciscanos. Cada casa de franciscanos puede afiliar a quien quiere, y el número sigue siendo de este modo siempre muy elevado, pero
no se puede tener un centro y unidad de acción. El mayor esfuerzo que ya hice para estos Cooperadores, lo que me costó muchos años de
estudio, gracias a lo cual y sólo por eso me parece haber logrado mi intento, fue precisamente encontrar la manera de unirlos a todos con
la cabeza y que la cabeza pueda hacer llegar su pensamiento a todos. Ahora ni siquiera nosotros podemos hacernos una idea de la
extensión que alcanzará esta obra y de la influencia moral que ejercerá cuando esté tan extendida. Cuando sean varios millares, y yo estoy
convencido de que pronto serán a lo menos cinco mil, entonces se obtendrán efectos sorprendentes. El Padre Santo mismo, cuando vio
((264)) este vínculo de todos con la cabeza, y de la cabeza con todos, exclamó sorprendido:

-íEsta es una verdadera masonería católica!

Aparte otras cosas, nuestro fin es, además, difundir buenas máximas, y hacer el bien en las mismas familias en las que se recibe el
Boletín. Ahora bien, he aquí cómo obtendremos el fin abundantemente. Pongamos, por ejemplo, que hoy se invite a todos en el Boletín a
enseñar el catecismo a los muchachos, explicando la utilidad y la manera práctica; que mañana se recomiende a nuestros colegios; que en
otro número se hable del ejercicio de la buena muerte mensual, poniendo de relieve su belleza e indicando la manera de hacerlo; que en
otro número se invite a los ejercicios espirituales anuales; que otra vez se insista en la utilidad de difundir lecturas católicas, y cosas por
el estilo. "Qué efecto no producirán estas propuestas hechas con gracia y entre amigos? Es mi parecer que siempre se alcanzará este gran
bien porque nuestras propuestas se toman a buena parte. Por otro lado, supongamos que un año se encuentra la Congregación en una
grave necesidad de ayuda; haciendo un llamamiento en el Boletín, creo que nos llegaría más de lo pedido, pues son numerosas las
familias dispuestas a hacer sacrificios por este motivo.

Es, pues, necesario que cada Director conozca bien a estos Cooperadores, y hable de ellos en su verdadero sentido. Si se os pregunta
cuál es su fin, no hay más que contestar que es el de hacer a los jóvenes todo el bien espiritual y material que podamos y que se prefiere
hacerlo a los jóvenes más pobres y más abandonados. Dígase, además, que el Padre Santo quiso encabezar la lista de los Cooperadores.
De este modo, sin exagerar nada, muchísimos quedan atraídos y piden espontáneamente hacerse Cooperadores.

Don Bosco invitó después a todos los presentes a discurrir juntos la manera práctica de aumentar el número de los Cooperadores. Entre
otras gustó la propuesta de sacar, del catálogo de los abonados a las Lecturas Católicas, los nombres de todos los que fueran considerados
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personas honestas y aptas, y enviarles el diploma. A la pregunta de si podían ser inscritos entre los Cooperadores los religiosos y los
institutos educativos, don Bosco contestó:

-Sí, los unos y los otros. Sin embargo, en cuanto a los institutos envíese el diploma sólo al Superior o a los Superiores, y regístrese a
éstos con el nombre del instituto; de este modo queda afiliado todo el instituto; pero hay que advertirles que todo el cuerpo actúa en sus
partes y, por ende, que todos los miembros han de hacer alguna obra material o moral en favor de la Congregación.

Además, al estar nuestra asociación desligada de vínculos obligatorios ((265)) hace que también las órdenes religiosas puedan
pertenecer a ella. Tanto más pueden pertenecer los terciarios franciscanos y dominicos. Nuestra manera de alcanzar el fin, que es la gloria
de Dios y la salvación de las almas, es totalmente diversa de la suya. Ellos emplean una manera totalmente ascética, hacen muchas
oraciones, recitan el oficio parvo y otras cosas parecidas; nosotros, en cambio, somos todo acción, movimiento, obras de caridad en favor
del prójimo. Siendo así que los primeros son todo prácticas de piedad y nosotros todo prácticas de caridad, se hermanan perfectamente las
dos instituciones; y aun perteneciendo a ambas, no hay sobrecarga alguna de plegarias ni de obras buenas.

-En general la asociación de los Cooperadores es bien vista por todos, porque de ningún modo se mete en política; y yo soy del parecer
que, si se nos deja actuar, es precisamente porque nuestra Congregación es totalmente ajena a la política. Es más, yo hubiera querido,
incluso, que en nuestras Constituciones hubiese un artículo que prohibiese mezclarse, de cualquier modo que sea, en asuntos de política,
y estaba este artículo en los ejemplares manuscritos; pero, cuando se presentaron nuestras Constituciones en Roma y se aprobó por
primera vez la Congregación, este artículo fue suprimido por la Congregación encargada expresamente de examinar nuestras Reglas. Y
cuando se trató en 1870 de aprobar definitivamente la Congregación y hubo que enviar de nuevo las Reglas para su examen, yo, como si
nada hubiese ocurrido anteriormente, inserté de nuevo este artículo, en el que se decía que estaba vedado a los socios entrar en cuestiones
de política; y me lo volvieron a quitar. Yo, que estaba convencido de la importancia de este artículo, en 1874, cuando se trataba de
aprobar cada uno de los artículos de las Constituciones, es decir, se trataba de la última aprobación definitiva, al presentar las Reglas a la
Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, una vez más volví a introducirlo y nuevamente fue quitado, y esta vez se declaró el
motivo de la supresión y se me escribió:

-Es la tercera vez que se suprime este artículo. Aunque en general parezca que se podría admitir, en estos tiempos sucede, a veces, que
en conciencia se debe entrar en política, porque a menudo las cosas políticas son inseparables de la religión. Por consiguiente, no se ha de
aprobar la exclusión entre los buenos católicos.

-Así aquel artículo quedó definitivamente suprimido y nosotros, en caso de utilidad y de verdadera conveniencia, podremos tratar de
cosas políticas; pero, fuera de estos casos, atengámonos siempre al principio general de no mezclarnos en asuntos políticos, y esto nos
aprovechará inmensamente.
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Al día siguiente de esta conferencia se celebraba la Natividad de María Santísima. Algunos capitulares expresaron el deseo de ir a Turín
en aquella circunstancia para confesar y cumplir otras obras del ministerio pastoral; pero don Bosco hizo observar que de momento nada
tenía que interesar más que la buena marcha ((266)) del Capítulo; se procurase, pues, anteponer éste a todo lo demás, a no ser que hubiese
casos de urgente necesidad.

-Deseo, siguió diciendo, que las cosas vayan adelante, desde luego con prontitud, pero con calma. No precipitemos nada, pues estas
reuniones marcarán época en nuestra Congregación y de ellas dependerá en gran parte la buena orientación para el porvenir. No digo que
de ellas vaya a depender su existencia o su disolución; pero sí que serán base muy segura de su desarrollo. Me parece que la salvación de
muchísimas almas depende de lo que pongamos en regla en estos días.

Determinóse, pues, que fuese a Turín solamente don Celestino Durando, ya que era verdaderamente necesaria su presencia.

Aspirantes. Coadjutores demasiado jóvenes

Conferencia 5.ª Esta conferencia se celebró en la tarde de la Natividad después de los actos religiosos. Tratóse en ella de los aspirantes,
de los novicios y de los profesos trienales. Sobre los aspirantes dijo don Bosco:

-Ante todo hay que comprender bien qué significa ser aspirante en nuestra Congregación. Aspirante es aquel que desea apartarse del
mundo y viene como para ver qué se hace aquí, si nuestra vida está de acuerdo con su índole, en una palabra, si le gusta o no la
Congregación. El que viene de fuera nunca se hace una idea exacta de nuestras cosas: cada uno se las imagina a su manera; vengan, pues,
al Oratorio o a otra casa, estén algunas semanas o algunos meses, y verán si la Congregación es para ellos o no, y también los Superiores
pueden conocer a aquel postulante de una forma general. El, mientras tanto, paga una pensión o trabaja en favor de la casa. Una vez que
haya conocido algo nuestra vida, si quiere marcharse, está en libertad de hacerlo; si, por el contrario, quiere quedarse, hará la petición
formal para pasar al noviciado. Esto es ser aspirante.

No hace falta que el aspirante conozca todas y cada una de las Reglas; sólo es necesario que conozca, de una forma general, el espíritu
de la Congregación. Cuando viene uno, el cual, aunque completamente externo, es persona conocida, resulta cosa hecha: puede muy bien
ser aceptado inmediatamente como novicio. Es superfluo poner en el catálogo de los aspirantes a los jóvenes de la casa; ((267)) mientras
están en ella, ya ven y conocen el espíritu de la Congregación y son también conocidos. Ya está todo hecho. Mas para los adultos no
conocidos, el tiempo del aspirantado es
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absolutamente indispensable. Esto es algo en lo que aventajamos a las demás congregaciones y órdenes religiosas, pues ellas no tienen,
como tenemos nosotros, un medio para poder conocer a los que piden vestir el hábito y tienen que aceptarlos en seguida en casa a hacer
vida común. Entre nosotros, a quien viene ya adulto, es bueno que se le haga trabajar mucho desde el principio, pues así adquiere más
fácilmente el espíritu de la Congregación o, por lo menos, se gana el pan que come.

Tocante a la edad para la admisión de los coadjutores a los votos el Beato no se mostró muy propenso a admitir coadjutores de edad
temprana junto con los adultos, pues decía que en esta mezcla se ocultaban graves peligros; es más, parecíale que el espíritu de la Iglesia
había sido siempre tener separados a los jóvenes de los adultos. Asignar ajovencitos ciertos empleos de casa, como en la cocina, en los
comedores, lo consideraba algo muy peligroso.

-Para mí, añadió; preferiría hacer yo la limpieza del comedor antes que poner de refitolero a un joven que no ha llegado a la edad
madura.

Vida común -Regalos y libros

Conferencia 6. ª Las discusiones sobre la vida común llegaron a considerar la regla, que prescribe entregar al Superior cualquier regalo
que pueda llegar a manos de los hermanos. Don Bosco hizo notar la conveniencia de esta medida y dijo que ésta era la costumbre
ordinaria en todas las congregaciones religiosas. Añadió, luego, dos graciosos ejemplos.

-Una vez, dijo, estaba yo presente, a tiempo de que regalaban un reloj a una monja. Tomólo ella de manos de la persona que se lo daba,
lo miró un ratito y lo encomió diciendo:

-íQué bonito, qué precioso es! íMuchas gracias, muchas gracias!

Volvióse después a la madre superiora y, sin más, se lo entregó. Parecía que el donante se quedaba algo avergonzado y le dijo:

-Lo he traído expresamente para usted.

Pero ella contestó:

-La madre sabe muy bien lo que tiene que hacer con él. Si lo necesito me lo dará, mas por ahora, no lo necesito.

Otra vez lleváronle a un dominico, cargado de años, ((268)) una cantidad notable de dinero para que hiciera limosnas a su talante.

-Se lo agradezco muchísimo, contestó: hablaré de ello con el padre Prior y esté usted seguro que se gastará de la mejor manera.
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Acertó a pasar por allí el Prior y aquél le entregó al instante el dinero, diciendo que lo había traído aquel señor, para que lo gastara en
limosnas.

-Es para usted, replicó el donante.

-Muy bien, contestó el Padre, "pero no sabe usted que todo lo que tienen los hijos es del padre?

Hablóse a continuación de los libros personales y los libros comunes y del deber de no hacer grandes transportes de ellos, cuando se
cambia de casa: el Beato expresó este pensamiento:

-Yo creo que nuestra Congregación habrá adelantado mucho cuando, al ir de una casa a otra, no hubiese necesidad de baúles, sino que
se pudiese marchar al momento con un pequeño envoltorio bajo el brazo.

Novicios: moralidad, escrúpulos, meditación

Conferencia 8. ª Dedicóse ésta a los novicios. Se remachó en ella el principio de que la Congregación Salesiana no tiene como fin
refozar una vida mundana, llevándola con la oración, la meditación y la penitencia a la observancia de la ley de Dios y a la práctica de la
perfección cristiana; sino que necesita sujetos de vida ya buena y probada, que quieran consagrar su talento y su trabajo a obras de
caridad en favor de sus semejantes.

"Nuestro noviciado, son palabras del relator don Juan Cagliero, no es de tal naturaleza que pueda cambiar las costumbres depravadas,
sino que está hecho para que cada uno pueda instruirse acerca del género de vida que quiere abrazar y acerca de lo que tendrá que hacer
en lo restante de su vida.

"Ha de tenerse hondamente grabado en la mente este fin de nuestro noviciado y de nuestra Congregación; el no tenerlo en cuenta puede
producir fatales consecuencias".

Para lograr que hubiese unidad de acción al aconsejar a quien pidiese ingresar en nuestra Sociedad, propuso don Bosco el siguiente
caso. Un joven pide ser admitido en la Congregación y expone su estado de esta manera:

-Durante este año he caído, en tiempos diversos, dos, tres veces en ((269)) cosas inmorales. O también:

-Caí una vez, posteriozente estuve mucho tiempo sin recaer; luego, recaí tres o cuatro veces seguidas; después ya no.
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"Qué consejo se daría a éste? "Se le podría aconsejar que entre en la Congregación?

-Una observación fundamental es, dijo don Bosco, ver si el joven cayó todas las veces que se encontró en la ocasión. Dado que sí, había
que ver todavía si es de los que están seguros y no vacilantes con respecto a la vocación y si su voluntad está firme y resuelta. En el caso
de que tenga firmeza de carácter, se le puede contestar que siga adelante; puesto que, si su respuesta fuese otra, había que temer que los
seminarios y las órdenes religiosas se vaciaran poco a poco, pues casi ninguno podría entrar en ellos. Si, por el contrario, dadas las
condiciones descritas, el joven no es firme ni constante en sus propósitos, se conteste sin temor negativamente.

Al margen del acta y junto al penúltimo párrafo, una mano extraña, que puede asegurarse con certeza es la de don Juan Cagliero,
escribió:
"Aquí se habla ciertamente de faltas cum seipso solo; vae nobis, si aliter foret!" (consigo mismo; íay de nosotros si fuera de otro modo! ).

Se pasó después a hablar de los escrupulosos, los cuales causan ordinariamente grandes molestias a las congregaciones. Hay que
distinguir claramente entre escrupulosos y escrupulosos. Muy pocos son los que se entregan de veras a Dios sin tener al principio
escrúpulos de varias formas: el Señor los permite para purificar más y más a las almas. Hay que animar, ayudar y aconsejar con toda
caridad a estos tales; porque, muy en breve, superarán la crisis y honrarán a la Congregación. Otros, por el contrario, son cabezas
trastornadas, que no toman nunca las cosas en su justo sentido y esto hay que considerarlo como un género o primer grado de verdadera
locura. Distíngase, pues, bien los unos de los otros; porque de los segundos hay que deshacerse en absoluto, ya que, más tarde o más
temprano, ocasionarán grandes disgustos.

Se preguntó en este punto qué libro se consideraba más apto para la meditación de los principiantes. Para los demás se usaba el "Da
Ponte" y se consideró que era conveniente seguir con él ((270)) por su abundante materia, y porque, una vez acabado, se puede volver a
empezar varias veces. Por el contrario los capitulares encontraron muy útil para los principiantes: Preparación a la muerte de san Alfonso
y La escuela de Jesús apasionado, de un religioso pasionista.

Sigue diciendo el acta: "Pero del ''Da Ponte'' se hicieron elogios desmesurados. Merece recomendarse grandemente la introducción, que
debería leerse cien veces y aprenderse de memoria, pues vale tanto oro como pesa. El que sigue con atención cuanto en ella se dice,
encontrará muy facilitado el modo de hacer la meditación".
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Confesiones mal hechas. Semiclausura. Mezcla de gente
en las fiestas. Asistencia en los dormitorios

Conferencia 10. ª Se reanudó el tema de la moralidad entre los alumnos. Ya encaminada la discusión, don Bosco habló en estos
términos:

-Hasta ahora se dijeron muchas cosas sobre la moralidad y se presentaron muchos medios para obtenerla en los jóvenes; pero todavía no
se tocó el principal. El punto culminante para obtener la moralidad es sin duda la confesión frecuente y la comunión, pero de veras bien
hechas. Se ha dicho en la conferencia anterior que se diera toda comodidad a los jóvenes y que se llamaran confesores, que ellos no
conocen, pero preferiblemente de la Congregación; se comprueba realmente que, dando gran comodidad y proporcionando confesores
muy entendidos en estas cosas, se obtiene ya mucho; pero ciertamente será siempre casi imposible obtenerlo todo. Da lástima ver el
estado de conciencia en casi las nueve décimas partes de los jóvenes. íNi siquiera toda comodidad los asienta! Hay que convencerse de
que, cuando un joven tiene la desgracia de dejar enredos en la conciencia, por lo general va adelante así por años y años, y no hay
solemnidad, ni tanda de ejercicios, ni muerte de otros que le impresionen. Hay que afirmar francamente que el arreglo de las conciencias
viene directamente de Dios, el cual, de vez en cuando y quizá sin necesidad de una ocasión extraordinaria, hace que uno se enmiende.

Y, con la gracia de Dios, en nuestras casas se arreglan muchos enredos. Puede decirse que no pasa una gran fiesta, ni un ejercicio de la
buena muerte, sin que se ponga de manifiesto la misericordia del Señor en alguno de nuestros alumnos. Con ocasión de los ejercicios
espirituales, esto sucede realmente en gran escala, pero por desgracia esto no sucede con todos y aun después de varios años, si se
pregunta a uno de esos:

-"Es que tú no has hecho los ejercicios espirituales?

-Sí, responde.

-"Y cómo se explica que no hayas arreglado esto?

-"Qué quiere que le diga?... No, no lo he arreglado.

Y todo acaba allí. Sin embargo, soy del parecer que se estudien todas las maneras para dar ((271)) cada vez mayor comodidad, pues
siempre habrá alguno que, gracias a esto, dejará que actúe sobre él la misericordia divina: y, aunque no haya más que la probabilidad del
éxito, merece todos nuestros afanes. Pero hay que considerarla como muy importante.

Habiendo recaído incidentalmente la conversación sobre la moralidad de los socios, don Bosco quiso exponer su pensamiento.

-Hace mucho tiempo que pienso en ello, pero hasta ahora no hice más que bosquejarlo, y será preciso que lo estudiemos entre todos. Se
trataría de establecer que los
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salesianos, por cuanto es posible, duerman en una parte de la casa, donde no se reciban nunca forasteros, ni empleados de la casa, ni
jóvenes. Haya, digámoslo así, una especie de clausura, que nadie pueda traspasar. Por ejemplo, a lo largo de la escalera por donde se va a
las celdas de los sacerdotes, de los profesores y en general de los superiores, no haya lugar para que duerma ningún otro, ni esta misma
escalera dé acceso a los dormitorios de los jóvenes; especialmente no duerman, en absoluto, en aquella parte de la casa mujeres de
ninguna clase, aun cuando se tratase de la madre del Director o de aquellas buenas mujeres que remiendan en nuestros colegios la ropa
blanca o hacen otras labores semejantes. La razón es clara: nosotros aceptamos en casa a personas que nos son completamente
desconocidas; serán buena gente, pero nosotros no los conocemos bastante y sabemos por otra parte que el mundo está lleno de malicia y
que todos somos hijos de Adán. Pasarían tal vez muchísimos anos, como es de esperar, sin que nada suceda; pero también podría suceder.
Hoy no habrá peligro alguno, pero hay que tomar precauciones. Y aun cuando estas precauciones no fuesen necesarias para nosotros y
casi excesivas, consideremos que serían, no obstante, muy oportunas con respecto a los externos, los cuales, aunque malignos, no
tendrían ningún pretexto para dudar o hablar mal. Yo propondría casi poner una cancela en el lugar que da acceso a dichas habitaciones y
escribir encima: RESERVADO, o también HABITACIONES DE DESCANSO PARA LOS SUPERIORES.

Con motivo de la fiesta de María Auxiliadora en el Oratorio y la del titular en los colegios se hacían ciertas ferias o mercados en las que
tomaban parte también los externos, y se producía en ellas una mezcla de gente, que podía resultar peligrosa. Estudiando el hecho, don
Bosco puso las cosas en su punto, diciendo:

-Estas son cosas que en los comienzos de nuestras casas son necesarias y no producen mal alguno, precisamente porque son cosas
extraordinarias; pero, dejar que sigan adelante como si fueran cosas de regla sería un grave error, pues todos los años se introduce algún
desorden y, una vez introducido, ((272)) ya no se quita. Al contrario, al ano siguiente se reproduce en mayores proporciones; y da miedo
ver qué proporciones adquiere al correr del tiempo, a la vez que casi no hay desorden introducido una vez, que no se haya reproducido al
año siguiente.

El permitir estas cosas en los comienzos es bueno para hacer conocer la casa, para alegría de los jóvenes, para ganarse la benevolencia
de los forasteros; pero después tienen que disminuir y más tarde ser suprimidas del todo.

En el Oratorio no había al principio ni siquiera portería y se iba a trabajar afuera; con todo, la novedad y el fervor primitivo de las cosas
hacían que no hubiese desórdenes. Al correr del tiempo se vio la necesidad de tapiar el patio y de poner un portero, pero se dejaba entrar
en casa a todo el mundo. Después hubo que impedir también esto. Dígase lo mismo de la feria de María Auxiliadora. En los primeros
años se armó un ruido del otro mundo; pero la novedad hacía que los desórdenes no fueran mayores. Más tarde se disminuyó la afluencia
de los externos y casi se puede decir que hoy día la fiesta se mantiene en sus cauces.
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Es útil recordar lo que se dijo acerca de la asistencia en los dormitorios. Hubo un tiempo en que se permitían a los asistentes unas
celditas en los ángulos de los dormitorios: consistían en unas sencillas cortinas sostenidas por unos hierros. Generalmente el asistente
tenía allí una mesita con algunos libros. Después insistió tanto don Bosco en que se eliminaran las mesas de las celditas, que se quitaron y
no se dejó para el asistente más que la cama con unas cortinas y nunca en los ángulos, sino entre las demás camas del dormitorio. Ahora
renovó sus recomendaciones sobre este punto, que él tomaba muy a pecho; ífuera celdas y fuera mesas! Nos impresiona esta su firmeza
aún más, al considerar cómo rebatió las objeciones que le opusieron algunos directores.

-Hay maestros, observó alguno, que deben asistir en el dormitorio y necesitan la mesa para poner libros y apuntes y necesitan la celdita
para ir a estudiar allí algunas veces.

-Tampoco se permita eso en este caso, replicó don Bosco.

-"Cómo se las arreglarán entonces los maestros:

-Tengan un lugar a propósito en otra parte; por ejemplo, un escritorio ((273)) cerrado con llave en el estudio general o en la clave; pero
no en el dormitorio.

-En otras partes no hay habitaciones disponibles; son tantos los muchachos que piden ser admitidos, que estamos en nuestros colegios
como sardinas en banasta.

-Pues bien, admítanse menos muchachos; pero en los dormitorios no debe haber mesas ni celdas. Basta la cama con las cortinas para la
hora de levantarse y acostarse; después estén éstas siempre recogidas.

El Beato prolongó la conversación, indicando algunos medios para hacer florecer la moralidad en los colegios.

-Con estas precauciones se pueden lograr muchos y buenos resultados; sin embargo, ni con esto ni con otras cosas se podrá obtener
nunca una moralidad absoluta en todos; se necesitaría no ser hijos de Adán. Hágase lo que se pueda, y aún algo más, y después
acordémonos de rezar mucho y la oración obtendrá lo que no podremos alcanzar con nuestros esfuerzos. Y recordemos que los dos
medios más aptos para arrancar de raíz todo acto de inmoralidad y para introducir esta virtud en grado casi perfecto entre nuestros
alumnos son:

1.° La frecuencia de los santos sacramentos. Este es el principal y, dígase lo que se quiera, si los sacramentos se reciben a menudo y
con las debidas disposiciones, no arraigará ningún desorden.

2.° Envíense a su casa los que cometiesen escándalos de esta clase. No hay otro medio; cuando el mal hábito es inveterado, sólo por
milagro puede uno convertirse. Ese tal se confesará, estará verdaderamente arrepentido, pedirá perdón en privado y
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en público; pero no pasará mucho tiempo y volverá a las andadas. Con éstos hay que proceder irremisiblemente. Tendrán todo el dolor
necesario para merecer la absolución del pecado; pero nosotros no podemos fiarnos de ellos para el futuro.

Padres morosos

Conferencia 11.ª La economía ofreció materia de discusión para cuatro conferencias. En esta primera se propuso nombrar un delegado o
agente, encargado de solicitar el pago de las pensiones. Parece que eran demasiados los que colocaban a sus hijos en el colegio y se
contentaban con prometer y no pagar nunca. Si se procedía por vía judicial, ((274)) era más el tiempo perdido y las molestias acarreadas
que el provecho que se sacaba. Como el debate se alargaba, don Bosco cortó diciendo:

-Con los morosos hay que ser santamente crueles. Yo no encuentro más remedio que enviar a los muchachos a sus padres o parientes, a
fin de que, si se encuentran en condiciones de pagar, se vean obligados por este medio a hacerlo pronto, y si no les es posible, se queden
con sus hijos en casa. No hay más que una excepción, y entonces es cuando puede tolerarse algo y, si no pagan, se pueden enviar a la casa
de Turín o de Sampierdarena o a otra casa de beneficencia. Aquí la Providencia proveerá también para ellos, como lo hace con otros; pero
bueno es que los colegios tengan una cuota fija y que, hasta donde sea posible, no se transija.

Socorros a los pobres

Conferencia 13.ª "Convenía repartir pan y sopa a los pobres, a la puerta de los colegios? En público, no; en privado, sí; pero a familias
indicadas por el párroco. Después de esta conclusión dio don Bosco unas sabias normas sobre la limosna, que son al mismo tiempo
documentos de su generosa, pero iluminada caridad.

-Os recomiendo muchísimo que socorráis, hasta donde se pueda, a los forasteros pobres, porque de ordinario no son conocidos y
cuando lo son, no se les atiende en su pueblo. Cuando se encuentre a algunos de ésos realmente necesitados, socórraseles de todos los
modos posibles, porque siempre se encuentran en mayor peligro que los campesinos de igual condición.

Hay que tener además cuidado especialísimo de esos jóvenes y esos hombrachos,
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a quienes se ve de vez en cuando pidiendo limosna. La razón de esto es que, si se rebajan a pedir limosna a pesar de ser fuertes y
robustos, los empuja una verdadera necesidad y son buenos cristianos. Si no fuesen tales, se lanzarían al latrocinio y las más de las veces
no hay maldad a la que no se lancen estos tales, cuando comienzan a andar por mal camino. Y si son jovencitos, se nos recomiendan
mucho más, precisamente porque están más conformes con nuestra misión, y también porque, no pudiendo tener todavía principios
bastante ((275)) firmes, basta una nonada para echarlos por el camino de la iniquidad, que seguirán tal vez de por vida.

Y si sucediese que es una jovencita la que pide limosna, entonces hay que socorrerla sin falta, con toda caridad y con la mayor largueza
que se pueda. No hay tal vez en el mundo persona más expuesta al peligro de la inmoralidad que una doncella pobre y desamparada. Por
lo que a mí toca, yo le daría muy a gusto mi porción de comida, si no tuviese otra cosa para sacarla del peligro. Y no se diga que, tal vez,
no lo necesiten o que ya están hundidas en el lodazal del vicio. Si no estuviesen necesitadas, de ordinario no vendrían a nosotros pidiendo
socorro. Por otra parte, aunque no fuesen virtuosas, se las apartaría, al menos aquella vez del peligro. íY eso ya es una gran cosa!

En general no se diga que, los que piden limosna, no son menesterosos; puede creerse que en nuestros tiempos la miseria tiene muchas
más formas que las que aparecen al exterior, y hay personas dignas de toda compasión, que exteriormente parecen de familias muy
acomodadas. íCuántas personas se presentaron pidiéndome algo, incluso pan, y eran empleados públicos y, muchas veces van bien
trajeadas! íY sin embargo, recibida mi modesta limosna, la bañaban con lágrimas de consuelo, que caían involuntariamente de sus ojos!

Obras de construcción -Crónicas

Conferencia 14.ª Don Bosco reprochó siempre a todo el que hacía en las casas construcciones nuevas o reparaciones de alguna
importancia, sin haber pedido y obtenido el permiso del Superior.

-Este punto, subrayó entonces, es de muchísima importancia; puesto que no sólo en las nuevas construcciones sino también en las
reparaciones, especialmente donde entran albañiles, el gasto sube sin parar, y da pena ver que se economiza hasta el céntimo en otras
cosas, hasta casi carecer de lo necesario, y luego se gastan con la mayor ligereza incluso centenares de liras. Quede, pues, bien entendido
que antes de hacer semejantes gastos, hay que obtener el permiso del Superior, por ahora del Rector Mayor, y más adelante por lo menos
del Inspector.

Parecíale a alguno que don Bosco era demasiado rígido con esta exigencia.
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-Al contrario, anadió, hay que ser muy rígidos, pues se trata de algo que si no se mantiene con rigidez, casi por su natural va en
aumento, ((276)) pues es normal ver una cosa que no agrada mucho, y quererla hacer cambiar; y así, aquí hace falta levantar un tabique,
allá derribar otro; aquí abrir una puerta y allá cerrar otra; bien entendido, empero, que, al cambiar aquella casa de prefecto o de director,
vendrá de nuevo la necesidad de derribar lo levantado y de levantar lo derribado, y así se va de gasto en gasto, con escasa o ninguna
utilidad.

Es, además, necesario ser muy riguroso en esto para sacar de apuro al director. Siempre habrá un prefecto, un asistente, un maestro, que
encuentran indispensables un sinfín de cosas y querrían introducir variaciones. Acuden al director, que ve también la utilidad de aquello,
y no puede negarlo sin crear descontento. En cambio, cuando se sepa que son cosas totalmente independientes del director, vuelven a su
calma y ya no las piden.

Por otra parte, he visto que, como en todo lo demás, también en esto especialmente hay que apuntar más arriba del blanco y que hace
falta querer dos para estar seguros de alcanzar siquiera uno.

En algunas órdenes religiosas, al fin del ano o cuando hay visita del Superior, hacen una lista de las reparaciones necesarias y se pide
permiso al Superior hasta para las cosas más pequeñas. Muchas veces el Superior no opondrá ningún reparo; pero siempre será libre de
ponerlo; y, además, el solo pensamiento de que tal gasto tiene que pasar por el Superior hace que ellos se retraigan de las cosas no
necesarias.

Más adelante volvió a ponerse sobre el tapete la cuestión de las monografías y de las crónicas, ya ventilada en las conferencias anuales
de los directores. Aunque se presentó fortuitamente, ocupó la mayor parte de la sesión. Don Bosco pronunció un discurso, en el que se
puso de relieve una vez más la gran importancia que daba a la cuestión.

-Se trabaja mucho entre nosotros, se hacen muchas cosas; pero no guardamos recuerdo de lo que se hace. La extraordinaria
multiplicidad de ocupaciones, que hasta el presente se agolpan una tras otra, sin dejar un instante de tiempo libre, ha hecho que resultara
imposible tomar nota por escrito de lo que se hacía entre nosotros. No quiero decir con esto que hoy se haya dado tregua a las
ocupaciones; pero a veces hay manera de que las hagan otros, y muchas ya están repartidas entre varios, mientras que antaño estaban
unidas y cargaban sobre el mismo individuo. Además, en los tiempos pasados no se conocía tanto la necesidad de tomar nota de lo que se
hacía; ahora vemos que a veces nacen confusiones donde no tendrían lugar, si se hubiesen tomado los oportunos apuntes. Y, además, hoy
día nos damos cuenta de que, estando la Congregación definitivamente aprobada, tenemos que dar normas para los que vengan detrás de
nosotros. El ver que hemos actuado de una manera antes que de otra y que la cuestión resultó bien, les indicará el camino que deberán
seguir. De momento yo encuentro ((277)) esto más importante que otras cosas; por tanto creo necesario que cada director se aplique este
año a ello de buena gana y piense y estudie la manera más oportuna y encuentre el tiempo para ello y, ésta que llamaremos crónica del
propio colegio, hágase cada año y la continúe el director pro tempore.
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Empiece la monografía desde el momento en que se habló en Turín de abrir aquella casa o aquel colegio; escríbanse los pasos dados,
facilidades y dificultades, ayudas y obstáculos, el año y el mes de la fundación; los nombres del Pontífice reinante, del Rey, del Obispo
diocesano; después siga narrando, por ejemplo, que tal año se hizo esto y aquello y se continúe cronológicamente indicando los sucesos
sobresalientes, tejiendo la biografía de aquellos que la conveniencia lo pida; pero póngase más cuidado que en ninguna otra cosa en citar
los documentos auténticos y en indicar dónde se encuentran. De cada monografía se harán dos copias, una para guardarla en el archivo
del propio colegio y otra para enviarla al archivo general. Cuando todas estas crónicas hayan llegado a Turín, entonces habrá que pensar
en otro trabajo, esto es, en sacar lo importante de cada una para describir más brevemente la marcha de la Congregación.

Nosotros mismos, al cabo de los años, quedaremos admirados al ver cómo con tan pocos medios y en tan poco tiempo se ha hecho
tanto, y aprenderemos los unos de los otros los medios para triunfar en las empresas. Y diré también que cada uno aprenderá de sí mismo;
porque avanzando el tiempo parece mentira cómo se olvidan muchas cosas prácticas que hicimos, y que, aunque fáciles, son
importantísimas; y al releerlas, tendremos de dónde aprender. Para que el aprendizaje sea mayor, y puesto que se trata de escritos
privados para nosotros, pónganse también los defectos, en que se ha caído, diciendo, por ejemplo, que en tal ocasión se emplearon tales
medios y se fracasó. Esto prestará más fiabilidad a la historia y servirá de aviso para otras veces.

Todas las órdenes religiosas tienen esta especie de crónica detallada y documentada, y siguen trabajándola con celo, aun cuando la
orden esté en decadencia; y continúan haciéndola de ciertas casas que hace medio siglo ya no están en su poder, de modo que saben todas
sus principales vicisitudes... Nos la arrebataron el año tal; pasó a posesión de fulano; sirvió para tal uso; pasó después a mengano;
después se nos devolvió... Y conocen de pe a pa los nombres de los vendedores y de los amos.

Los jesuitas tienen uno expresamente en cada casa, que debe escribir la historia y en los catálogos de los socios se hace constar también
que ese tal es scriptor historiae domus (escritor de la historia de la casa). Este, o aquel a quien él encargare, escribe la biografía de quien
muere en la casa, aun cuando fuera el último de los hermanos. Y todas esas memorias se guardan en el archivo. Además, cada tres años
todas las casas envían copia de sus anales al archivo general, a fin de que sirva para la historia de la Congregación. Pero la historia de la
Congregación ((278)) no se escribe todos los años, sino después de un período considerable de tiempo, y aun se espera hasta tener un
buen historiador; entonces se redacta y siempre en latín; et quidem (más aún) historia verdadera y auténtica y muy bien redactada, ya sea
por su excelente latín, ya sea por la manera de exponer la narración. Para que ésta no resulte demasiado prolija, es necesario extraer de los
anales los hechos principales; de lo contrario se haría aburrida. Tampoco los anales deben contener todos y cada uno de los detalles.
También éstos deben estar bien redactados y elaborados; es preciso emplear mucho discernimiento, saber evitar repeticiones, cosas sin
importancia y menudencias. Para las cosas pequeñas, especialmente para los hechos edificantes, los jesuitas tienen otro medio: están las
cartas anuales, en las que se lleva nota exacta de la predicación hecha en cada iglesia, de los ejercicios de piedad y de los ejercicios
espirituales, de las confesiones y comuniones administradas en casa, y especialmente de todos los hechos edificantes que suceden entre
ellos. Y estas cartas se envían de una casa a otra, de provincia a provincia, para que se lean en el comedor. En cada casa hay uno
encargado
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de redactarlas y en el catálogo del personal de la casa está anotado: Redigit litteras annuas (Redacta las cartas anuales).

No cabe duda que ahora esta crónica dará mucho que hacer, porque se trata de empezar y los principios son siempre más difíciles, y
también porque hay que repasar cosas de años atrás; pero, cuando esté redactada hasta nuestros días, y no haya que añadir año tras año,
sino lo más importante que sucedió en aquel tiempo, y, sabiéndose ya que no habrá que hacer sino esto, se tomará nota de los hechos
mientras suceden, la cosa quedará así muy simplificada y cualquier director podrá hacerla con facilidad.

Hay que poner un cuidado especial en la biografía de los hermanos que fueron llamados por Dios a la eternidad. Para algunos bastarán
pocos recuerdos; otros, en cambio, requerirán dedicarse a ello a propósito. De los hermanos fallecidos en estos últimos anos será
suficiente lo que ya se imprimió en el apéndice de nuestros catálogos; en cambio, de los antiguos habrá que buscar muchos recuerdos con
cuidado y hay que procurar que no se pierdan; porque me parece que se puede decir que ellos, ya sean sacerdotes, clérigos o coadjutores,
son como otras tantas perlas, que se deben hacer resplandecer en la historia de la Congregación. íCuántas cosas habría que decir de don
Víctor Alasonatti! "Y de don Domingo Ruffino? íCuántos recuerdos preciosos dejó! Fue un verdadero modelo de vida cristiana. No sé si
debo compararle con san Luis; pero no cabe duda de que todo lo que sabe hacer un buen joven, un buen clérigo, un buen sacerdote, todo
lo hizo y lo hizo con tal ardor que puede compararse en la piedad con los mejores modelos de vida cristiana y religiosa. Un buen fruto, el
principal, de estas biografías está en que, dentro de muchos años, se verá cómo se trabajaba en tiempos pasados. Surgirán dificultades al
correr de los años y se tendrá la llave en la mano para evitarlas. Yo ahora me encuentro en ciertos apuros en los que me encontré hace ya
muchos años; otro ((279)) quedaría enredadísimo en ellos; yo voy adelante tranquilo, pues no tengo más que recordar el buen o mal
resultado de los medios empleados entonces.

La siesta. Inspector e Inspectoría.
Rector Mayor y Capítulo Superior

Conferencia 16.ª Durante casi dos conferencias sucesivas se trató de las buenas y malas costumbres. Entre las costumbres de suyo
indiferentes, pero en realidad siempre malas y perniciosas, ponía don Bosco la siesta en la cama después de comer. En los países muy
cálidos hay esa costumbre; ciertas congregaciones establecen que tengan los hermanos este descanso; también hay educadores, buenos
cristianos, que lo permiten a los alumnos.

-Pero yo, dijo don Bosco, lo tengo por una de las cosas más peligrosas para la moralidad y soy del parecer que tener esta costumbre y
guardar perfectamente la moralidad es cosa muy difícil, por no decir imposible. Creo que, si los directores de las casas supieran cuán
funesto es esto, preferirían cerrar el colegio antes que introducir esta costumbre.
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"Hay que prohibir, pues, a nuestros hermanos y a los jóvenes dormir la siesta? Si sucede que, especialmente en verano, queda uno
vencido por el sueño a primeras horas de la tarde, "tendrá que esforzarse para no dejarse vencer por esa tendencia? No; si sucede que,
mientras uno trabaja o estudia, le acomete el sueño, satisfágase en hora buena esta necesidad y duerma un ratito, arrellenándose en la silla

o apoyando la cabeza sobre el escritorio; pero ninguno se eche en cama para conciliar el sueno; pues yo creo que éste es precisamente el
daemonium meridianum, del que se nos amonesta que nos guardemos, como de un gran peligro para las almas.
Con los muchachos sígase haciendo como hasta el presente; en los países cálidos, después de un rato de recreo, reúnanse en el estudio o
en una aula, y, allí, cada uno en su sitio, estudie o duerma a su gusto, con tal que estén asistidos, para que reine el silencio y el que quiera
descansar pueda hacerlo libremente sin ser molestado. Así quien necesita descansar, puede hacerlo; los otros, que no concilian el sueño,
están ocupados y todos los peligros desaparecen. En una palabra, lo que se reprueba es el hábito de ir a la cama después de la comida.

Sin embargo, se quiso hacer notar que en los países calurosos era una costumbre tan general, que poquísimos no la ((280)) seguían.

-Pues bien, replicó don Bosco, procuremos nosotros ser del número de los poquísimos, y espero que no nos disgustará haber evitado
contraer este hábito. Si lo hacemos así, podremos trabajar más, ganaremos en estimación, y quizá otros imitarán nuestro ejemplo.

Agotado el tema de las costumbres, se dedicó el tiempo restante a legislar en torno a la novedad de la división de la Congregación en
provincias. Se redactó el Reglamento del Inspector, que puede leerse aparte; hay dos cosas que allí no aparecen de las que hablaremos
nosotros ahora un poco, por ser materia de historia.

Ante todo la denominación. El Capítulo descartó el nombre de Provincia y especialmente el título de Provincial, como poco oportuno
en nuestros días. Ante el mundo, hubieran hecho aparecer la Congregación como una Orden monástica, haciéndola antipática, pues era
muy grande la aversión que los enemigos de la Iglesia habían inoculado, hasta en ánimos honestos, contra las antiguas y venerandas
instituciones religiosas. Por otra parte, esto no era salirse del surco de la buena tradición. Ya san Ignacio había desterrado una parte de la
anterior nomenclatura conventual. Así, por ejemplo, había sustituido el apelativo de Padre Guardián por el de Padre Rector. Pareció,
pues, óptima la determinación de prescindir nosotros también de ciertas exterioridades accidentales, que podrían irritar los nervios de los
contemporáneos y hacernos mal vistos entre la gente, a la que queremos hacer el bien. Así, pues, el superior encargado de vigilar sobre
cierto número de casas se llamaría Inspector, e Inspectoría el territorio de su
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jurisdicción; estos dos términos expresan con exactitud lo que se quería y suenan bien hoy día a los profanos, pues son usados también en
la administración civil y escolar.

En segundo lugar, la edad del Inspector. "Convenía fijar una edad mínima entre las condiciones necesarias para ser elegido? Al
componer las Reglas don Bosco había preferido hacer caso omiso de la edad en todos los cargos; por eso en las redacciones primitivas y
en el texto ((281)) enviado a Roma para la aprobación, no se hablaba nunca de edad, cualquiera que fuese el cargo a elegir. Roma, en
cambio, quiso treinta y cinco años para los cargos mayores. Pero, como la Congregación estaba todavía en la época de su nacimiento,
generalmente sus miembros no llegaban entonces a la madura virilidad; por lo que fue necesario en seguida pedir dispensas temporales
para la observancia de aquella regla. En cuanto a los Inspectores, evidentemente no se podía hablar de su edad en las Constituciones,
porque, cuando éstas se aprobaron, aquéllos no existían todavía; por esto, el Capítulo General dejó pendiente el problema, aguardando a
ver qué haría la Congregación de Obispos y Regulares, cuando se le presentasen las deliberaciones de Capítulos Generales en torno a las
Inspectorías.

Según el concepto de don Bosco, expresado en la decimoséptima conferencia, el Inspector Salesiano es "un padre, cuyo deber es ayudar
a sus hijos a hacer marchar bien sus asuntos y, por lo tanto, les aconseja, les ayuda, les enseña la manera de salir de apuros en
circunstancias críticas".

Con el tema de las Inspectorías salió a relucir la cuestión de los poderes que se debían reconocer en el Rector Mayor.

En este terreno don Bosco tendía manifiestamente a ensanchar los límites, mirando a obtener que toda la marcha general de la Sociedad
dependiese del Rector Mayor. Hubo quien creyó oportuno hacer una observación. Mientras se trataba de don Bosco personalmente, todos
querían que tuviese una autoridad sin limitaciones de ninguna clase, pero había que pensar también en los que vendrían después.

-Y precisamente por esto, interrumpió don Bosco, yo voy con tiento y pongo mucho cuidado en que no se interfiera la autoridad del
Rector Mayor. Si se tratase de mí, no lo necesitaría, pues, en lo poco o en lo mucho, me dejáis hacer lo que me parece; y, además,
teniendo yo en mis manos el hilo de todo, casi no se podría tampoco actuar diversamente. Pero yo he de mirar por los que vendrán
después de mí.
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((282)) Los que se salen

Conferencia 20.ª Esta conferencia tuvo más bien el carácter de una sesión ordinaria del Capítulo Superior para el despacho de los
asuntos corrientes; así sucedió que se viniera a hablar de los que, olvidados de su vocación, se marchaban. Don Bosco recomendó se
tuvieran siempre con ellos todos los posibles miramientos.

-No es cosa fácil, añadió, porque muchas veces, y puede decirse siempre, éstos tienen notables deméritos. Sin embargo, es bueno que
disimulemos sus faltas y los tratemos con la mayor benevolencia. Así, también ellos guardarán amor y respeto a la Congregación y
nosotros estaremos seguros de que, pasado algún tiempo, tendremos, en aquel hermano, un amigo, una ayuda, uno que, por lo menos,
hablará bien de nosotros. Y creedlo, lo necesitamos, pues siempre acarrea mucho daño el que, aun injusta y culpablemente, habla mal de
la Congregación. Deseo más bien que se abunde en atenciones no merecidas, antes que hacerles sentir algo más ásperamente los
merecidos reproches y despedirlos con dureza.

Exterioridades inoportunas

Conferencia 22.ª En lugar de hacer la lectura de las actas al principio de cada sesión, se dejó para el término de las discusiones. Tuvo,
pues, comienzo en esta conferencia, dando origen a una digresión, en la que es útil detenernos. Se preguntó si no sería bueno que en los
colegios se diese cada tarde la bendición con el Santísimo Sacramento.
Asi se hacía, después de muchos años, en el Oratorio y en Lanzo; "por qué, pues, no hacerlo con provecho en todas partes? íEra muy
poco el tiempo que se requería para ello!

Era algo bueno, óptimo; "cómo dudarlo? Pero no se quiso que se diera en los colegios, a no ser en las novenas y durante el mes
mariano, como se acostumbraba en el Oratorio antes de existir la ((283)) iglesia de María Auxiliadora. Se adujeron para ello dos motivos.
El primero, no sobrecargar a los muchachos con prácticas de devoción. Muchos de ellos procedían de familias, en las que se hablaba poco
de religión y donde tal vez no se tenía ninguna práctica religiosa cada día. Ya había todos los días las oraciones de la mañana y de la
tarde, el rosario, la misa, además de las breves oraciones que solían rezarse a lo largo de la jornada, y esto bastaba para la mayoría; al que
deseare hacer más, se le exhortase a hacerlo espontáneamente, sobre todo la visita
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diaria a Jesús Sacramentado y a la Santísima Virgen; pero en común no se añadiese nada más. El segundo motivo era para no dar
demasiado pie a las críticas de los malos. Todos tenían los ojos puestos en los salesianos, así los particulares como el público. En unos
tiempos, en los que reinaba el afán de echar por tierra todo lo que supiese a religión, y se buscaban pretextos de toda clase para destruir
las instituciones sagradas, se manipulaba adrede la enseñanza y se cambiaban una y otra vez los programas, para que los religiosos,
apegados a sus métodos antiguos, no pudiesen responder a las exigencias de la enseñanza moderna, si los enemigos de la Iglesia viesen en
los colegios salesianos tantas prácticas de piedad, los harían al momento blanco de su acosamiento.

-Nosotros, siguió diciendo don Bosco, tenemos que vérnoslas con el espíritu del siglo, enemigo poderoso y de muy refinada malicia.
Desde el momento en que quisiésemos luchar abiertamente con este enemigo, quedaríamos en seguida derrotados e inutilizados para todo
trabajo. Atengámonos siempre a la legalidad, condescendamos muy de veras y siempre donde se pueda; amoldémonos a las exigencias
modernas, a las costumbres y usanzas de los diversos lugares, con tal que no se tenga que obrar contra conciencia. Antes que declararnos
en lucha contra las autoridades, resignémonos a pasar por culpables, aun cuando tengamos la razón; condescendamos con todos los
reglamentos, decretos y programas. De esta manera seremos apreciados, nos dejarán actuar (y esto vale más), y al mismo tiempo no
haremos nada contra conciencia.

((284)) Esta idea sobre la conveniencia de evitar siniestras impresiones en los profanos, con signos exteriores de piedad no necesarios,
ya se había presentado dos veces durante el Capítulo General. En la conferencia propuso alguien que en cada dormitorio se encendiese,
bajo una estatuita de la Virgen, una lucecita semejante a las lámparas de las iglesias, de suerte que, cuando uno se despertase, corriera en
seguida con la mirada a la Virgen María. Pareció bien a todos la hermosa idea, pero don Bosco opuso una observación "que él nunca
pierde de vista", según comenta el acta.

-Si alguna persona maliciosa viniere a visitar nuestras casas, "qué.
diría al ver en cada dormitorio un altarcito? Nos acusaría de superstición; y nosotros, teniendo en cuenta los tiempos en que nos
encontramos y las circunstancias que nos rodean, tenemos que andar con cautela en este punto. Debemos ingeniarnos por grabar, hasta
donde sea posible, la religión en los corazones de todos y grabarla profundamente; pero con la menor exterioridad posible. Y aunque en
las cosas
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que necesariamente debemos hacer, no hemos de tener respetos humanos, sin embargo, en las no necesarias, conviene evitar cualquier
manifestación que llame demasiado la atención sobre lo que somos.

Además, ya en la conferencia decimoquinta, a propósito de las buenas costumbres dignas de conservarse y propagarse, se renovó la
recomendación de no introducir ninguna de las que, a los ojos de los malos, pudiesen tener visos de prácticas supersticiosas; y atenerse en
ello especialmente a las usanzas del lugar. "Qué decir, por tanto, de la costumbre de santiguarse en el patio, antes de hincar el diente en el
panecillo del desayuno? He aquí la respuesta del Beato:

-Esta es, sin duda, una óptima costumbre; pero "qué dirían los malos si, yendo a su casa o estando ellos presentes, nos viesen
santiguarnos? Si nos ven hacerlo antes de la comida, no dicen nada; saben que lo prescribe el catecismo, que todo buen cristiano lo hace y
no se extrañan. Nosotros en particular podemos hacerlo; pero en los lugares donde no existe la costumbre, no es del caso introducirla.
Especialmente, no hay que insistir en esto con los muchachos de ((285)) nuestros colegios. Desgraciadamente los hay, que tienen padres
muy ajenos a las prácticas religiosas. Si les ven rezar antes o después de la comida, tal vez lo toleren; si les vieran hacerlo en el desayuno,
fácilmente daría pie a cuestiones y, a veces, ya no enviarían a sus hijos al colegio, diciendo:

-íSe les enseñan demasiadas gazmoñerías!

El Rector Mayor y el Capítulo General. Las críticas.
"Lecturas Católicas" y "Boletín
"

Conferencia 23.ª En la lectura de los artículos preceptivos o directivos, que venían en las actas a continuación de las diversas
discusiones, se encontró uno, en el que se decía de cierta cosa que se remitiese "al Capítulo Superior". Don Bosco quiso que se
modificase la expresión substituyéndola por "al Rector Mayor". Y explicó:

-Al decir Rector Mayor, se entiende todo; porque la Regla dice que en las cosas de importancia, reúna él a su Capítulo. Si se dice de
otro modo, parece que se quiere hacer la cosa sin el Rector Mayor, siendo así que a él corresponde disponerlo todo en la Congregación.
En todo lo que es de algún relieve, acúdase siempre al Rector Mayor; él, después, si ve que corresponde a algún cargo particular, confiará
un asunto al prefecto, otro al ecónomo, o a quien corresponda. Pero si las cosas son de mayor relieve, reunirá el Capítulo.
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En el curso de la misma lectura, al repasar lo dicho en torno a la difusión de buenos libros, el Beato tomó la palabra para dar algunos
consejos.

-No se critiquen nunca los libros de otros; no se hable mal de ellos. Esto sólo sirve para ganarnos odiosidades. Adoptaremos los textos
que más nos agraden; si un amigo nos pregunta, se le contestará según nos parezca; pero dejando de criticar a otro.

Y esto hágase aún más escrupulosamente, cuando se trate de asociaciones existentes en los lugares, es decir, cofradías, en las que se
hagan las cosas a la buena de Dios y vulgarmente. No se hable nunca mal de ellas, ni se las ponga en ridículo, antes al contrario se les
enseñe, se les ayude, se les ((286)) aconseje, se les sostenga por todos los medios, y así, con la bendición de Dios, nos atraeremos
también la bendición de los hombres.

Actuemos también benignamente con los que nos critican, tomando en esto como lema la preciosa sentencia: "Haz el bien y deja que
digan". Cuando se busca reñir, se pierde, hasta si se triunfa en la disputa. A veces hay quien quiere buscar camorra, porque, así, tendrá
después a su alcance un motivo o siquiera un pretexto para perjudicarnos, sea como sea.

Si tanto predicamos contra el criticar las cosas de los demás, tanto más debemos condenar a los que, si sucede algo que no les gusta,
critican las nuestras. Me interesa muchísimo que cada director propague este principio y recomiende e insista hasta dejar desterrado el
espíritu de crítica de nuestros hermanos.

Además, cada director trabaje con celo para propagar en nuestros colegios las Lecturas Católicas y las suscripciones a los Clásicos. En
otro tiempo, casi todos los muchachos estaban suscritos, íahora se ha reducido mucho este número! A lo largo del año procuren todos
hablar de ellas, darlas a conocer, alabarlas y lograr que muchos se suscriban. Siempre serán libros buenos que se difunden en el colegio y
se leen con gran provecho. Además, los muchachos envían estos libros a sus casas, donde los leen muchos otros y algunos piden
suscribirse ellos también; y por este medio puede ensancharse mucho el bien que con estas lecturas pueda hacerse. Créase que la cosa
tiene más importancia de lo que parece a primera vista; nosotros, que trabajamos tanto para aumentar el número de suscriptores, si
descuidamos esto, descuidamos uno de los medios que puede ser de mayor ventaja y más fácil ejecución.

Otro bien extraordinario que se consigue con la lectura y difusión entre nosotros de estas suscripciones, y especialmente del Boletín
Salesiano, es la unidad de sentimientos que se adquiere por parte de todos y el estrechísimo vínculo de unión que se establece entre los
hermanos. Estamos todavía en nuestros comienzos: nuestro número aún no es extraordinariamente grande y hasta ahora el Oratorio ha
sido el centro para todos, de modo que todos nos conocemos y todos los superiores de las diversas casas han visto cómo se hace aquí y se
esfuerzan por conservar las instituciones y el espíritu; pero, más adelante, si no se buscan todos los medios para reanudar este vínculo, en
breve entrarán tendencias heterogéneas y ya no habrá absoluta unidad entre nosotros. Es preciso acudir a todos los medios para
vincularnos en un solo espíritu, y una manera especial para lograrlo es que se lean a ser posible en nuestras casas los mismos autores y
especialmente se conozcan en todas partes los libros compuestos por los nuestros y las obras especiales de cada una de las casas. Y nada
podrá contribuir a esto mejor que el Boletín y las Lecturas Católicas; difúndanse, pues, ampliamente y léanse también entre nosotros lo
más posible.
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((287)) El apelativo de salesiano. Dar al César
lo que es del César

Conferencia 24.ª La denominación de salesiano, dada a los socios y a sus cosas 1, iba resonando repetidamente en los oídos durante la
lectura de las actas: ello obligó a don Bosco a tocar una tecla siempre delicada, pero entonces delicadísima.

-Tendríamos que emplear muy parcamente este vocablo. Hace algunos años, aún no se había introducido y casi no se sabía qué
significaba. Con ocasión de la primera expedición de nuestros misioneros, hace dos años, se introdujo y estableció. Se comenzó a hablar
y volver a hablar de los misioneros salesianos, por Europa y por América, a imprimir y reimprimir, en libros y en diarios, hechos y cosas
de los misioneros salesianos, y así se introdujo este nombre. Era necesario en estos años pasados; hacía falta que la Congregación tomase
un nombre fijo. El de san Francisco de Sales es un nombre querido por la Iglesia y por las instituciones civiles; es el santo de la
mansedumbre, virtud que gusta sumamente también a los malos; es el santo que hemos tomado como patrono principal. Como también la
palabra salesiano suena bien, se creyó oportuno adoptarla.

Lo que ahora tenemos que hacer es no darle demasiada importancia. Es necesario que tomemos alguna precaución al respecto. Y ante
todo cuando se manda imprimir un libro, no se ponga: Sacerdote Salesiano o de la Congregación Salesiana. Así se ha hecho hasta ahora y
eso no es nada; así se podría seguir en ciertas circunstancias especiales; pero en general no se haga. Si el autor del libro es director de un
colegio, puede poner muy a propósito: Director del colegio salesiano, porque esta atribución es personal y sirve para dar a conocer el
colegio y aumentar su fama; hacer más nos atraería envidia, malos quereres y hasta persecuciones públicas y privadas.

Ahora, sin embargo, se ha dado un paso muy atrevido por este lado al fijar este nombre en el Boletín, que se envía a nuestros
Cooperadores. Es un paso atrevido, hemos de decirlo, pero estudiado. Era necesario darnos a conocer y en nuestro verdadero sentido.
Hasta ahora, gracias a Dios, todo lo que se ha publicado a nuestro respecto, se publicó en el verdadero sentido. Lo poco que los
inclinados a hacer el mal publicaron contra nosotros, consistió en acusaciones o hechos particulares, que no mellaron todavía en modo
alguno la marcha general de nuestra Congregación.Gran cosa es ésta, que no se nos interprete mal, sino que ((288)) podemos ser
conocidos exactamente tal como somos. Quiero esperar que el Boletín, que se imprime precisamente para dar a conocer nuestro fin,
cooperará grandemente a lograr este efecto y presentará, bajo el verdadero punto de vista, las cosas principales que sucesivamente
suceden en la Congregación.

Nuestro fin es dar a conocer que se puede dar al César lo que es del César, sin comprometer nunca a ninguno; y esto no nos aparta en lo
más mínimo de dar a Dios lo que es de Dios. Se dice, en nuestros tiempos, que esto es un problema, y yo, si se quiere, anadiré que tal vez
es el mayor de los problemas, pero que ya fue resuelto por nuestro divino Salvador Jesucristo. En la práctica se presentan serias
dificultades, es verdad; búsquese, pues, cómo vencerlas, no sólo dejando intacto el principio, sino

1 Véase: Volumen XI, pág. 370.
252

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con razones y pruebas y demostraciones dependientes del principio y tales que explique el principio mismo. Mi gran pensamiento es éste:
estudiar la manera práctica de dar al César lo que es del César, al mismo tiempo que se da a Dios lo que es de Dios.

-Pero, se dice, el Gobierno sostiene a los mayores perversos, y a veces se propugnan falsas doctrinas y principios erróneos.

-Pues bien, entonces nosotros diremos que el Señor nos manda obedecer y respetar a los superiores etiam discolis (hasta a los malos),
mientras no manden cosas directamente malas. Y también, en el caso de que mandaran cosas malas, los respetaremos. No se hará aquella
cosa mala; pero se seguirá respetando a la autoridad del César, como precisamente dice san Pablo, que se obedezca a la autoridad porque
lleva la espada.

No hay nadie que no vea las malas condiciones en que se encuentran la Iglesia y la Religión en estos tiempos. Yo creo que desde san
Pedro hasta nosotros no hubo nunca tiempos tan difíciles. El arte es refinado y los medios son inmensos. Ni las persecuciones de Juliano
el Apóstata eran tan hipócritas y dañinas. "Y con esto qué? Con esto nosotros buscaremos en todo la legalidad. Si se nos imponen
contribuciones, las pagaremos; si ya no se admiten las propiedades colectivas, las tendremos individuales; si piden exámenes, se rendirán;
si títulos o diplomas, se hará lo posible para obtenerlos; y así se irá adelante.

-íPero esto requiere trabajos y gastos: crea desórdenes!

-Ninguno de vosotros puede verlo como yo lo veo. Es más, la mayor parte de los líos ni siquiera os los menciono, para que no os
asustéis. Sudo y trabajo todo el día para discurrir cómo arreglarlos y salir al paso de los inconvenientes. Y, sin embargo, hay que tener
paciencia, saber aguantar y, en vez de llenar el aire con quejas y lamentos, trabajar más de lo que se puede imaginar, para que las cosas
sigan marchando bien.

Ahí tenéis qué se entiende por darnos a conocer poco a poco y prácticamente con el Boletín Salesiano. Haremos prevalecer este
principio; con la gracia de Dios, y sin decir muchas palabras directamente, será fuente de inmensos bienes para la sociedad civil y para la
eclesiástica.

((289)) En cuanto a hacer el bien y dejar que digan, don Bosco sabía perfectamente que toda regla tiene su excepción. Por consiguiente,
aunque reacio a contestar por la prensa a los diarios que le atacaban, con todo, en algunos casos, juzgó que era su deber el acudir a esta
arma de defensa.

Había habido un ejemplo de ello el mes anterior. La tristemente célebre Gazzetta del Popolo había publicado una nota del corresponsal
de Giaveno, en la que, con venenosas expresiones, se daba la noticia del arresto de un clérigo, educador en un colegio local, por hechos
innominables, y se decía irónicamente que el detenido era "antiguo alumno del Instituto de don Bosco". Don Bosco, tan pronto como
pudo tener los necesarios informes, escribió esta cartita que es modelo de moderación:
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Ilmo. señor Director de la Gazzetta del Popolo:

En su diario del 7 del corriente agosto, V. S. publicó una nota del corresponsal de Giaveno en la que se atribuía a un alumno mío
algunos hechos de los que se ocupaba la autoridad judicial de Susa.

Ruégole rectifique y declare que la persona, a la que se atribuyen esos hechos, nunca fue alumno en ninguna de mis casas, ni como
estudiante, ni como aprendiz.

Espero que hará esta rectificación a título de cortesía y por amor a la verdad, sin recurrir al apoyo de las leyes.

Con el aprecio que me merece, tengo el honor de profesarme

Turín, 13 de agosto de 1877.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

La Gazzetta en su número del 19, bajo el título diario de "Pozo Negro", donde había aparecido la nota del corresponsal, publicó la carta
de don Bosco, sin añadir ni una palabra de comentario.

Decreto final. Ejercicios de los hermanos

Conferencia 25.ª En la decimosexta conferencia había expuesto don Bosco al Capítulo General la oportunidad de llegar, antes de cerrar
las reuniones, a un decreto, por el que ((290)) se concediera al Superior la facultad de redactar definitivamente y ordenar los artículos que
debían enviarse a Roma, dejándole como árbitro para cambiar expresiones y cosas de la manera que juzgase mejor. En efecto, era natural
que el complejo de deliberaciones tuviese que sugerir cambios, cuya razón no se adivinaba, vez por vez, en ciertos detalles que resultaba
oportuno señalar entre los socios en privado, pero que no tenían que ser impresos ni presentarse a la vista de otros. Todo este trabajo no
se había podido llevar a cabo allí todos juntos; de ahí la necesidad de autorizar al Superior para efectuarlo cómodamente después. Ahora
se comprendía palpablemente cuán acertada había sido la previsión de don Bosco.

La vigesimoquinta conferencia se tuvo el 5 de octubre por la mañana, día destinado a poner término a los trabajos del Capítulo General.
Tras un mes completo de bregar, todos veían cuánto quedaba por hacer, para poder decir que la obra estaba acabada. Sin embargo, urgía a
los directores volver a sus colegios para la próxima inauguración del curso escolar, y don Bosco hacía mucho tiempo que había prometido
estar en otra parte el día 7, domingo del Rosario. Dijo, pues, el Beato:
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-Las cosas, tal y como se han tratado hasta ahora, debe decirle que están hilvanadas más que acabadas. Todavía se necesita un largo
estudio y trabajo para limar los artículos ya hechos, para ordenarlos y evitar que haya repeticiones, o que un artículo exprese alguna cosita
contraria a lo enunciado por otro; hace falta todavía separar lo orgánico, que convendrá hacer aprobar como regla, de lo disciplinar, y
también de cosas que son estupendas para nuestra nota y conocimiento, pero que de ningún modo tienen que ser publicadas. Es preciso,
pues, redactar hoy mismo este decreto que exprese la clausura del Capítulo; y en la última sesión que tendremos esta tarde será leído y
firmado.

Ninguno puso dificultad para aprobar que se cortara sin más la lectura de las actas. Trazó don Bosco las líneas de base para el decreto y
se encargó a don Celestino Durando y a don Juan Bautista Francesia de la redacción del mismo.

El resto de la sesión se dedicó a establecer todo lo que ((291)) podía concernir a los ejercicios espituales de los socios en los años
venideros. Nuestro Beato Padre atribuyó suma importancia en todo tiempo a estos retiros anuales. Hasta 1877 el colegio de Lanzo,
situado en las estribaciones de los Alpes, ofreció en la estación veraniega la más grata hospitalidad para todos los ejercitantes; pero el
crecimiento de la Congregación obligaba a multiplicar los lugares de tan provechosas reuniones. Se declaró, por tanto, que las casas de
América, de Italia central y de Liguri a tuviesen su tanda de ejercicios en la respectiva región; y que, en Piamonte, se tuvieran dos y otras
dos para las Hijas de María Auxiliadora. "Pero dónde y cuándo?

Don Juan Cagliero, a quien se preguntó el primero, titubeó un poco, alegando como pretexto la falta de local a propósito. Don Bosco
dijo:

-La Providencia proveerá de local. En todo caso, ruéguese al Arzobispo de Buenos Aires que permita hacerlos en el seminario durante
las vacaciones de los seminaristas. Buenos Aires es el único lugar céntrico. Costará sin duda ir desde Montevideo y desde San Nicolás;
pero ípaciencia! Hemos visto que aquí la Congregación tomó, puede decirse, un desarrollo algo acelerado sólo desde que se comenzaron a
hacer los ejercicios espirituales expresamente para los socios.

Para Italia central se designó el seminario de Magliano, adonde iría don Miguel Rúa en representación de don Bosco. Para Liguria
quedó la cosa en suspenso entre Sampierdarena, Alassio y la casa próxima a ser inaugurada en La Spezia. Dentro de dos años se proveería
también para una tanda en Francia: y, mientras tanto, aquellos hermanos que acudieran a Liguria. A las dos tandas de Lanzo, además
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de los hermanos del Piamonte, acudirían siempre todos los directores y todos los demás que no pudiesen ir a otra parte.

La asamblea manifestó su unánime deseo de que estos ejercicios fueran predicados siempre por salesianos. La experiencia había
enseñado que predicadores forasteros, aun muy doctos y santos, no alcanzaban los resultados de los nuestros. De ahí, la exhortación de
don Bosco a los presentes para que se adiestrasen en la predicación.

-Y además, ((292)) añadió, cuando se encuentre alguien con inclinación especial para la predicación y dígase lo mismo para cualquier
otra cosa, tenedlo presente y haced por secundarlo. Esta es una manera de obtener buenos resultados sin tanto trabajo.

Clausura

Conferencia 26.ª El Capítulo General, abierto el día 5 de septiembre por la tarde, se clausuró en la tarde del 5 de octubre; de modo que,
a un mes exacto de distancia, la hora del Te Deum coincidió con la del Veni Creator.

Ante todo se examinó el esbozo del decreto. Sólo merece recordarse una observación. Los redactores habían escrito que se daban
plenos poderes al Capítulo Superior, para ordenar, añadir y quitar... Don Bosco quiso se substituyera "Capítulo Superior" por "Rector
Mayor", aduciendo tres motivos: 1.° Para seguir la costumbre de Roma, que, en las comunicaciones oficiales hechas a la Congregación,
envía siempre las actas al Rector Mayor. 2.° Porque, al decir Rector Mayor, se comprende también el Capítulo Superior. 3.° Por una
norma general, como ya se había declarado anteriormente.

Se volvió después a hablar un rato sobre la predicación. En la segunda conferencia se había determinado que algún socio compusiese un
breve tratado de elocuencia sagrada que sirviera de texto en los cursos de teología; se designó a don Juan Bonetti.

-Pero es preciso, dijo don Bosco, que este tratadito de preceptos no se refiera únicamente a la predicación, sino también a la educación
que hay que dar a los jóvenes. Hay que encarnar en él nuestro sistema preventivo de educación. Tiene que ser el amor quien atraiga a los
jóvenes a hacer el bien, por medio de una continua vigilancia y dirección; y no el castigo sistemático de las faltas, después de haberlas
cometido. Es un hecho comprobado que este segundo método, las más de las veces, atrae sobre el educador el odio del joven de por vida.

Además, la predicación sea sencilla. Dése la definición del tema que se va a tratar; de la definición se saca la división y se explican las
partes. No se amontonen muchos textos o muchos hechos, apenas ((293)) mencionados, para convencer de algo: sino
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explíquense bien y póngase de relieve aquel texto o aquellos pocos textos. Y en lugar de mencionar muchos hechos, elíjase uno, el que
sea más apropiado, y nárrese con todos los detalles que más sirvan para lograr el fin que se pretende. La limitada inteligencia del niño,
incapaz de comprender y apreciar la multiplicidad de las pruebas, tendrá por el contrario grabada profundamente en la mente esta única, y
si recibió de ella una fuerte impresión, su tierna memoria la recordará después durante muchos años.

En el intervalo escribióse en limpio el decreto, llevóse de nuevo al aula, se leyó, y, después, una vez pronunciado el placet, se pasó a la
firma 1.

Con este acto quedó cerrado el primer Capítulo General, cuyos trabajos habían procedido con ejemplar presteza. El padre Franco
felicitó por ello a los Capitulares, y dijo que en un solo mes habían hecho lo que en otras partes hubiera llevado varios meses. Pero,
después, el dar forma canónica definitiva a las deliberaciones no fue cosa tan rápida, pues ello requirió más tiempo del que en un
principio se había imaginado; el caso es que, al cabo de un año, aún no había llegado a término la empresa. Entonces don Bosco,
queriendo, a pesar de todo, dar una legítima satisfacción a la común esperanza, mandó imprimir y repartir las cuatro partes
correspondientes a la Vida común, la Moralidad, la Economía y las Inspectorías, dejando para más adelante el resto. Formaban un bonito
volumen de unas cien páginas, encabezado con una afectuosa carta del Beato Padre a sus "hijos amadísimos en Jesucristo" 2.

Cuando apareció esta publicación, estaba pendiente, ante la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, una gestión de don Bosco
para obtener el beneplácito acerca de la prórroga del Capítulo General. Los tres años después de la aprobación de las Reglas se contaban a
partir del 4 de abril de 1874, de modo que el Capítulo había sufrido ((294)) un retraso de cinco meses. El Rescripto fue anunciado por el
abogado Leonori, en su carta de 24 de noviembre de 1878, juntamente con el rescripto para el conde Cays. Convalidada de este modo la
prórroga del primero, resultaba posible convocar los otros Capítulos Generales en el período de las vacaciones escolares.

El Beato había dicho muchas veces que las deliberaciones capitulares se enviarían a Roma; sin embargo, después de más de un año de
retoques, determinó no enviar nada a Roma. El, según tenía por costumbre, consideró mejor acuerdo ensayar con toda comodidad la
experiencia

1 Véase Apéndice, doc. n.° 23.

2 Véase Apéndice, doc. n° 24.
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y ver si la practica confirmaba, en todo y por todo, la oportunidad de las disposiciones fijadas en el papel. Se llegó de esta manera al
segundo Capítulo General, en el que, a las deliberaciones deparadas por el primero, se añadieron otras nuevas, y unas y otras, bien
coordinadas, vieron la luz en 1882.

El padre Segundo Franco había dicho, durante los preparativos del primer Capítulo General, que el fin principal de los capitulares debía
ser formar la conciencia religiosa de los salesianos. Lo que hemos ido exponiendo en este capítulo es más que suficiente para demostrar
el buen camino hecho en este sentido.

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((295)
)

CAPITULO X

TERCERA EXPEDICION A AMERICA DEL SUR

EL primer toque anunciador de la tercera expedición apareció en L'Unità Cattolica del 13 de septiembre, con el artículo titulado "Nueva
expedición de los Salesianos a América". Después de entonar un himno al Señor por el gran bien ya hecho y describir el amplio campo
que se abría ante los hijos de don Bosco, mostraba la necesidad de operarios evangélicos en aquellas remotas regiones, y decía que don
Bosco estaba preparando el tercer embarque de unas cuarenta personas, entre Salesianos e Hijas de María Auxiliadora, una parte de los
cuales zarparía el próximo noviembre y el resto, poco más tarde. Se hacía después un llamamiento a todos los hombres de buen corazón,
para que abrieran su bolsa y ayudaran al Siervo de Dios a hacer frente a los ingentes gastos necesarios. Después seguía diciendo:

"No ignoramos que algunos no miran con muy buenos ojos semejantes misiones, alegando como motivo la gran penuria de sacerdotes
existente entre nosotros".

Pero, después de otras consideraciones a este propósito, terminaba el artículo con las siguientes observaciones: "Una persona muy
versada en historia moderna nos afirmó, una y más veces, que cada misionero enviado al extranjero produce no menos de diez hermanos,
que se encaminan al estado sacerdotal y ocupan ((296)) en el grupo el puesto que aquél dejó heroicamente para llevar el Evangelio a los
infieles" 1.

1 El autor del artículo era el profesor estatal turinés Vicente Lanfranchi. Nos parece útil y oportuno transcribir un testimonio de
monseñor Besson, Obispo de N¯ mes. En una carta abierta, dirigida el 28 de agosto de 1878 al entonces abate Bougaud, Vicario General
de Orléans, escribía: "En los primeros años de su Episcopado en Besanþon (el cardenal Mathieu), no permitía, sin repugnancia, a sus
sacerdotes entrar en las Congregaciones religiosas o ir a las Misiones extrangeras. Le parecía que era una inconsideración privarse a sí
mismo y que a él le convenía, ante todo, asegurar el porvenir del clero diocesano. Pero, después de algunos años de prueba, cambió de
parecer y la diócesis cambió de aspecto. Cuantas más salidas autorizaba para ir a las misiones, tantos más sujetos concedíale Dios para su
iglesia. Por cada misionero que había obtenido permiso para partir, se veían salir del mismo pueblo dos o tres seminaristas. La gran
prosperidad eclesiástica de Besanþon parte del día en que sus hijos se encaminaron hacia las misiones lejanas para evangelizar a los
pueblos todavía sepultados en las sombras de la muerte. Un documento de 1851 cuenta cuarenta y cinco misioneros; el calendario de
1878 enumera setenta. No se dio
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Las citadas palabras del artículo aludían, con prudente reticencia, a los efectos producidos en el clero de la archidiócesis por una larga
circular que el Arzobispo había enviado a los párrocos el 4 de agosto.
En ella, después de exponer al vivo la inquietante disminución de sacerdotes, estimulaba el celo de los sagrados pastores para cultivar en
la piedad a los jovencitos inclinados al estado eclesiástico, enviándolos después a los seminarios de Bra y de Giaveno. Leíase, entre líneas
de tantas cosas bonitas y bien dichas con suficiente claridad, un reproche para los que trabajaban preparando jóvenes para las misiones
extranjeras y la insinuación de que el estado religioso no es más perfecto que el estado secular. En un serio documento se observa,
además, que quienquiera que leyese aquella circular y conociese a la Congregación Salesiana, diría en seguida que estaba escrita contra
ella 1. El punto que más claramente aludía a don Bosco estaba en donde, después de afirmar que "todos los eclesiásticos están
indistintamente invitados ((297)) por Jesucristo a la perfección, añadía: "Sin duda la inmensa multitud de fieles, como todos ven, está
colocada por nuestro divino Redentor en manos de los sacerdotes pertenecientes al Clero llamado secular, y es imposible suponer que El
quiera confiar casi todas las almas redimidas por su sangre divina al cuidado y la dirección de la parte del Clero, que, como alguien
querría suponer, sería la menos perfecta, la menos adornada, la menos rica en santidad". El canónigo Zappata mismo, Vicario General, en
su "parecer en torno a una circular de monseñor Gastaldi"2, estaba tan convencido de la referencia a don Bosco que escribía:

"Desearía vivamente que suprimiera o al menos suavizase la alusión a don Bosco, pues mucho me temo que de ello puedan sobrevenir,
por otra parte, graves disgustos a V. E. Veneradísima, que sabe mejor que yo cuántos apoyos y protectores tiene don Bosco en Roma, y
cómo, a juzgar por lo que se dice, es especialmente apreciado por el Papa... "No podría suceder que, por un mal entendido o una falsa
interpretación, viniese de Roma alguna advertencia desagradable y molesta para Vuestra Excelencia?".

todavía la cifra exacta de las vocaciones religiosas salidas de aquella hermosa diócesis; seguramente no bajan de doscientas entre
dominicos, capuchinos, jesuitas, oblatos, maristas, hermanos de María, misioneros religiosos de todo género y nombre, que le pertenecen
por nacimiento o por educación. Y, a pesar de esta legión que milita afuera, la diócesis de Besanþon es tan rica que puede suministrar a
otras diócesis de Francia personas cargadas de méritos. Es muy cierto que cuanto más se da al señor, tanto más se complace en devolver".

1 A los eminentísimos Cardenales de la S. C. del Concilio. Exposición del sacerdote Juan Bosco, Sampierdarena, Tip. de San Vicente
de Paúl, 1881.

2 El autógrafo se encuentra en posesión del teólogo Franchetti de Turín.
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Después de estos precedentes, no era posible dejar correr este artículo sin una reclamación. En efecto, Monseñor, tan pronto como fue
informado de la cuestión, envió al teólogo Margotti, director del diario, una copia de su carta con estas palabras, escritas de su puño y
letra en el margen: "Se ruega al benemérito teólogo Margotti que no saque a colación ni indirectamente la cada vez más creciente escasez
de clero en Piamonte, y también en la diócesis de Turín, como podría haber hecho en el número doscientos trece, del año 1877, de La
Unidad Católica; y, por consiguiente, no poner nunca este diario en contra de las palabras del Arzobispo, cuya autoridad no puede ser
rebajada ni un ápice, sin que quede también menoscabada entre nosotros la autoridad papal. Vayan a las misiones todos aquellos a
quienes Dios llame; pero no se busque infundir esta vocación en quien no la tiene, ni por tanto ((298)) la manifiesta. La vocación de los
misioneros es algo muy especial". El Director de la Unidad Católica, gran amigo de don Bosco, le envió sin más el artículo impreso con
su correspondiente título, acompañándolo con esta cartita:

"Veneradísimo y queridísimo don Bosco: Haga el favor de leer el presente impreso y pro bono pacis, para no ofender al Arzobispo, ni
al Papa, no me envíe más artículos para imprimir, sin el visto bueno de S. E. Rvma. Su atento y afmo. servidor, teólogo MARGOTTI".

Don Bosco, que presidía en Lanzo el Capítulo General, le contestó el 19 de septiembre, limitándose a estas simples expresiones sobre
el incidente: "Nosotros, querido Teólogo, tenemos que ir al paraíso juntos; puesto que donde está uno, siempre aparece el otro..." 1.

El fervor misionero se mantenía vivo sobre todo en los hermanos jóvenes, con las cartas que llegaban de América en los primeros
meses del año y describían al vivo los sacrificios del personal, demasiado escaso para hacer frente a todas las necesidades. Aquellas
cartas, que se leían durante la comida, despertaban en muchos el deseo de presentarse para acudir en su auxilio; es más, hubo algunos que
en el mes de abril hubieran querido emprender el estudio del castellano, ya que don Bosco parecía dispuesto a enviar refuerzos apenas
pasara la fiesta

1 En la misma carta pasaba don Bosco enseguida y serenamente a dar noticia del conde Cays y de su toma de sotana (véase más atrás,
pág. (225)), y con la misma serenidad decía en la posdata:

"Monseñor Lacerda, Obispo de Río de Janeiro, me encargó al marchar que le presentara sus saludos y le rogara tuviese a bien insertar
las adjuntas noticias que demuestran cómo todavía queda un poco de fe en aquel imperio. Don Juan Francesia las tradujo del portugués al
italiano y las ordenó. Pero usted verá lo que conviene hacer". El artículo no se publicó. En las palabras: "Tenemos que ir al paraíso
juntos", alguien quiso ver el presagio de la muerte de los dos, que sucedió a pocos meses de distancia la del uno de la del otro. Margotti
murió el 6 de mayo de 1887, a los sesenta y tres años de edad y cuando parecía gozar de óptima salud.
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de María Auxiliadora. Pero, después encargó a don Julio Barberis que respondiera a cuantos pedían marchar, que pensaran en hacer bien
el mes de María y en prepararse seriamente para los exámenes. Declaró, además, que era su intención que los misioneros aprendieran
mejor la lengua, y que esperaba a que don Juan Cagliero pudiese darles siquiera un mes de clase, de suerte que, al llegar allí, estuvieran
capacitados para trabajar en seguida.

((299)) Diferida, pues, hasta noviembre la nueva expedición, el Beato hizo la elección de los sujetos a enviar casi dos meses antes de
empezar el Capítulo General; y eran cuatro sacerdotes, ocho clérigos y seis coadjutores. Había gran curiosidad por saber quiénes eran los
afortunados; por esto, muchos prestaban la máxima atención a cada una de sus palabras para lograr descubrir el secreto. Todo se supo de
una manera muy sencilla.

Un día invitó don Miguel Rúa a don José Vespignani a tomar café con don Bosco. No se lo hizo repetir éste dos veces y voló al
comedor, besó la mano del Beato y se sentó a su lado. Mientras se echaba en las tacitas la aromática bebida, comenzó don Bosco a
bromear con él y con los que le rodeaban; y, cuando tuvo cada uno su tacita servida y sorbía alegremente el contenido, de pronto sacó don
Miguel Rúa la consabida tirilla de papel, que siempre llevaba entre los dedos durante el recreo del mediodía y que le servía de
recordatorio para dar avisos, disposiciones y cosas por el estilo, y, con una sonrisa un tanto misteriosa, miró a don Bosco y le dijo:

-Don Bosco, "quiere que lea los nombres de los que tomarán parte en la nueva expedición de misioneros?

Asintió don Bosco y, entonces leyó don Miguel Rúa muy despacio:

-Don Santiago Costamagna, don José Vespignani...

Y así, sucesivamente, los otros nombres.

Con la velocidad del rayo corrieron de boca en boca por el Oratorio aquellos nombres, dando lugar a variados comentarios.

A don José Vespignani, que no esperaba semejante sorpresa, le dio un vuelco el corazón. El, que llegó a la Congregación recién
ordenado sacerdote y exactamente la víspera de la segunda expedición, había pedido en seguida ir a las Misiones; pero, no obstante las
tranquilizadoras palabras de don Bosco 1, siempre temía que sus condiciones de salud no fuesen tales como para permitirle aquel viaje.
Entonces don Miguel Rúa, que advirtió su turbación, le preguntó cariñosamente si tenía alguna dificultad. Ante su respuesta negativa,
terció don Bosco:

1 Véase más atrás, pág. 36.
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-Usted no irá, si antes no le visita el médico y declara que ((300)) este viaje no puede perjudicar a su salud.

Efectivamente pidió el parecer del médico y éste se lo dio muy favorable.

Los sacerdotes y clérigos elegidos parecieron demasiado jóvenes a las personas extrañas; lo mismo se había dicho en voz baja las otras
veces; pero ahora lo repetían más abiertamente. Pues bien, de aquellos cuatro sacerdotes, salieron un obispo, don Santiago Costamagna,
jefe de la expedición; un inspector de Argentina y más tarde Consejero profesional del Capítulo Superior, don José Vespignani; y un
heroico misionero de Patagonia, don Domingo Milanesio, que eran los sacerdotes más jóvenes. De los clérigos, dos fueron sabios
organizadores de Inspectorías, uno en Uruguay y Paraguay, don José Gamba, y el otro en Brasil, don Pedro Rota; el tercero llegó a ser
celosísimo apóstol del púlpito y del confesonario, el padre Paseri; el cuarto, don Bartolomé Panaro, emuló a don Domingo Milanesio en
Chos-Malal y el territorio del Neuquén; el quinto, el padre Galbusera, fue reconocido oficialmente como un competente pedagogo, dirigió
muy bien el gran colegio de San Nicolás y, por medio de la escuela, obtuvo resultados sorprendentes entre los encarcelados.

Los coadjutores no parecían ser más que unos buenos seglares, de los que no había nada que decir. Queremos mencionar al menos a dos
de ellos, a Bernardo Musso y a Bienvenido Graziano, nombres no desconocidos por nuestros lectores 1. El primero fue maestro zapatero
durante unos diez lustros y contribuyó eficazmente con su gran caridad y paciencia a educar un buen número de aprendices: le cupo la
satisfacción de adiestrar para el trabajo al primer indio de la Pampa central, hijo del cacique y llevado por monseñor Aneyros al colegio
Pío IX. Este tipo auténtico de la raza patagónica aprovechó tanto la enseñanza del buen coadjutor, que llegó a ser a su vez maestro
zapatero en la escuela profesional de Viedma en Patagonia. Graziano, a quien vimos en Roma en 1875 como brillante oficial del ejército,
después de dejar las charreteras y hacer los votos en manos de don Bosco, llevó a aquellas lejanas tierras, con su multiforme ((301))
actividad, las más destacadas aptitudes para ejercer las funciones propias de un jefe de oficina, y prestó óptimos servicios en la
implantación y organización de las primeras escuelas profesionales salesianas.

Después de lo que acabamos de decir, resulta fácil comprender una observación de don José Vespignani que, al dar una sintética mirada

1 Véase Volumen XI, págs. 104 y 245.
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retrospectiva, escribe a más de medio siglo de distancia de aquella fecha: "En la tercera expedición marcharon del Oratorio los que
trazarían a los salesianos el camino en todas direcciones a través de América del Sur, partiendo sucesivamente de Argentina, hacia Chile
y Bolivia; y del Uruguay, hacia Paraguay y Brasil, centro de irradiación para las misiones de Mattogrosso, Amazonas y Río Negro. Las
dos primeras fundaciones del río de la Plata dieron después también el elemento para las fundaciones del Ecuador, Colombia y repúblicas
colindantes". Es, en una palabra, la historia del grano de mostaza, que se renueva continuamente en la Iglesia.

Bajo la alta dirección de don Juan Cagliero y la guía inmediata de don Julio Barbeis, los elegidos se ejercitaban en la lengua española y
perfeccionaban su preparación espiritual. A mediados de agosto se reunieron todos en Lanzo para una tanda de ejercicios, junto con otros
hermanos. Pertenece a la biografía del Beato don Bosco lo que escribe don José Vespignani a propósito de aquel retiro espiritual: "Don
Bosco, que presidía nuestros ejercicios, venía casi siempre con nosotros a los recreos, y nosotros lo rodeábamos con el más tierno afecto,
colgados de sus labios, escuchando sus consejos y recomendaciones, haciéndole muchas preguntas, consultándole acerca de lo que nos
podía suceder en el futuro; queríamos en verdad grabar hondamente en nuestra alma toda su figura moral, queríamos beber en su origen
todo su espíritu. No se nos ocurría ni lejanamente el pensamiento de que ya no lo volveríamos a ver ni escuchar; ((302)) para nosotros
don Bosco no debía morir nunca; únicamente, al separarnos de su lado, sentíamos la necesidad de recoger cuantos más recuerdos y
consejos nos fuera posible". En el sermón llamado, como se solía, de los recuerdos el Beato contó un sueño 1.

1 Volvió a contarlo de nuevo durante el Capítulo General, el 28 de septiembre, en el comedor después de cenar, presentes algunos
Superiores, y entre ellos don Julio Barberis y don Juan Bautista Lemoyne, que lo escribieron inmediatamente después. Referimos la
redacción de Lemoyne. En la de Barberis se lee que don Bosco preguntó a la mujer "bien vestida para su condición, con limpieza y
primor", quién era y que ella contestó: "No hace falta saber quién soy. Vete, guarda en la memoria lo que has oído y no te preocupes
después por saber de qué boca ha salido". Podría parecer más lógico que refiriésemos la relación que hace don José Vespignani; pero él la
ha escrito de memoria después de un lapso de tiempo excesivo. Sin embargo, nos parece bien poner de relieve un detalle. Según él, gritó
también don Mateo Picco: "íDefecciones en el Oratorio! íPersecuciones contra el Oratorio!". Después comenta el autor:
"Nosotros que oímos la narración, fuimos testigos de las defecciones y persecuciones habidas por aquellos días en el Oratorio, y
comprendimos que el primero en probar los dulces de la Virgen había sido nuestro padre don Bosco". La que, según Lemoyne y Barberis,
es "una mujer", don José Vespignani la llama "una Señora"; y tiene él la impresión de que fuera la Virgen. Lo que dice de las
persecuciones es exactísimo; tendremos de ello una prueba, entre otras muchas, en el capítulo siguiente.
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He venido a deciros unas palabras sustituyendo al predicador habitual de los ejercicios. Comenzaré comunicándoos que se han recibido
hace poco buenas noticias de América, que oiréis leer en el comedor o en otro lugar. Ahora yo, en vez de daros una plática, os voy a
contar una historieta. La podéis llamar como queráis: fábula, sueño, historia; podéis darle mucha o poca importancia. Juzgadla como
queráis; mas tengo la seguridad de que lo que os voy a contar os enseñará algo.

Me parecía transitar por las alamedas de Porta Susa y, delante del cuartel de los soldados, vi a una mujer que me pareció una vendedora
de castañas asadas, pues sobre el fuego hacía girar una especie de cilindro metálico dentro del cual me parecía que estuviese asando
castañas. Admirado al ver aquel nuevo sistema de asar castañas, me acerqué y observé cómo giraba el cilindro. Pregunté a la mujer qué
estaba preparando con aquel extraño artefacto. Y ella me dijo:

-Estoy haciendo dulces para los salesianos.
-íCómo!, le dije. "Dulces para los salesianos?
-Sí, me respondió. Y diciendo esto abrió el cilindro y me lo enseñó. Entonces pude ver dentro del cilindro dulces de diversos colores,

divididos y separados los unos de los otros por una tela; unos eran blancos, otros rojos, otros negros. Sobre ellos vi una especie de azúcar
pastoso o almíbar semejante a gotas de lluvia o de rocío recientemente caído; dicha lluvia se veía salpicada en algunos sitios de manchas
rojas.

((303)) Entonces pregunté a la mujer:
-"Se pueden comer estos dulces?
-Sí, me dijo; y me ofreció algunos.
Y yo pregunté:
-"Cómo es que unos son rojos, otros negros y otros blancos?
Y la mujer me contestó:
-Los blancos cuestan poco trabajo, pero se pueden manchar fácilmente; los rojos cuestan sangre; los negros cuestan la propia vida. El

que come de éstos no conoce las fatigas, no conoce la muerte.
-"Y el almíbar qué significa?
-Es símbolo de la dulzura del Santo que habéis tomado como modelo. Esa especie de rocío quiere decir que hay que sudar muchísimo

para conservar esta dulzura, y que, tal vez, sea necesario derramar la propia sangre para no perderla.
Grandemente maravillado quise continuar haciendo preguntas, pero ella no me respondió más, y, "sin decir esta boca es mía", continué
mi camino preocupado por las cosas que había oído. Mas he aquí que, apenas di unos pasos, me encontré con don Mateo Picco y con

otros sacerdotes nuestros, aturdidos, amedrentados y con el pelo erizado en la cabeza.
-"Qué ha sucedido?, les pregunté.
Y dijo don Mateo Picco:
-íSi usted supiera!... íSi usted supiera!...
Y yo insistía preguntando qué novedad había; y él repetía:
-íSi supiera!... "Ha visto a la mujer de los dulces?
-íSí! "Y qué?
-Pues bien, continuó lleno de espanto, me ha recomendado que le diga que haga usted de manera que sus hijos trabajen, que trabajen. Y

añadió: encontrarán muchas espinas, pero también muchas rosas; que les diga que la vida es breve y la mies es mucha; se entiende que la
vida es breve comparada con Dios, pues, comparada con su eternidad, todo es como un instante, como nada.

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-Pero... "acaso no se trabaja?, dije yo.

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Y él añadió:

-Se trabaja, pero me dijo que se trabaje.

Y dicho esto ya no lo vi a él ni a los otros, y más admirado que antes, continué mi camino hacia el Oratorio, y al llegar a él me desperté.

Esta es la historieta que os quería contar. Llamadla apólogo, parábola, fantasía, esto poco importa; lo que desearía es que quedase bien
grabado en la memoria lo que dijo aquella mujer a don Mateo Picco y a los demás: o sea, que practicásemos la mansedumbre de nuestro
San Francisco y que trabajásemos mucho y siempre.

Después don Bosco continuó explicando cuanto la mujer había dicho, sacando de sus palabras argumentos de estímulo para practicar
cuanto había sido recomendado. Habló extensamente también de lo mucho que había que hacer, de la necesidad de trabajar, concluyendo
con estas palabras:

-Procuremos ser amables con todos, recemos los unos por los otros a fin de que no se falte a la moralidad; hagamos el propósito de
ayudarnos ((304)) mutuamente. Que el honor de uno sea el honor del otro, la defensa de uno, la defensa de todos; todos debemos
esforzarnos por honrar y defender a la Congregación en la persona de cada uno de sus componentes, porque el honor y la deshonra no
caen sobre uno, sino sobre todos y sobre la Congregación entera. Por eso procedamos con el mayor celo para que esta nuestra buena
madre no sufra el menor menoscabo en su reputación. Procuremos todos defenderla y honrarla con denuedo.

Y prosiguió exponiendo y comentando este concepto hasta finalizar con las siguientes palabras:

-Seamos animosos, mis queridos hijos, encontraremos muchas espinas, pero recordad que tampoco faltarán las rosas. No nos
desanimemos ante los peligros y las dificultades; recemos con confianza y Dios nos prestará el auxilio prometido a quien trabaja por su
santa causa. Permanezcamos todos unidos formando lo que dice la Sagrada Escritura de los primeros cristianos: cor unum et anima una
(un solo corazón y una sola alma).

Evidentemente los misioneros tenían más necesidad que los otros de cerrar filas y formar un solo corazón y una sola alma. Don Bosco
pensaba en ello. El 7 de octubre era la fiesta de la Virgen del Rosario. El Siervo de Dios, apenas terminó el Capítulo General, no quiso
romper la tradición de celebrar en I Becchi la solemnidad. Había enviado allí a un grupo de aspirantes con don Domingo Milanesio para
que predicara la novena. La víspera de la fiesta envió también a los demás misioneros. Estos fueron en tren hasta Chieri y visitaron el
seminario, donde don Bosco había hecho sus estudios eclesiásticos; después siguieron
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a pie; paraban de trecho en trecho para descansar y ejecutar caprichosas fantasías con instrumentos de viento y de cuerda, más o menos
afinados, que algunos de ellos habían llevado consigo. Don Bosco los alcanzó al atardecer. La fiesta resultó muy devota y alegre. A la
vuelta pasaron por Mondonio, para visitar la tumba y la casita de Domingo Savio. Aquel paseo en grupo le sirvió a don Bosco para
hermanar los corazones de los que, aunque apenas si se conocían, tenían que ir a desplegar sus comunes actividades tan lejos del Padre
común.

((305)) Faltaba el jefe de la expedición. Don Santiago Costamagna se dedicaba en la casa de Mornese a preparar a las seis hijas de
María Auxiliadora, elegidas para ser las primeras de la inmensa legión de hermanas que partieron para ambas Américas. Les enseñaba la
lengua española, que él había aprendido ya bastante bien; las asistía en las inevitables dificultades con los padres, las ayudaba a preparar
el material de viaje; pero, sobre todo, pertrechaba sus ánimos con los auxilios espirituales. No se movió de allí hasta la llegada del nuevo
director don Juan Bautista Lemoyne. Finalmente, el 28 de octubre, dio a toda la comunidad una conferencia, que fue la última, sobre este
tema: "El mundo bajo los pies, Jesús en el corazón y en la mente la eternidad".
Las escenas de la despedida demostraron cuánto le apreciaban educandas y hermanas.

Entre las educandas había dos hermanas de don José Vespignani. La imprevista visita de su padre sacó a don José de apuros. Este no
había comunicado todavía a los suyos su ida a América; su padre lo supo por el Director de Mornese. Naturalmente corrió a Turín antes
de lo que había calculado. Pero en Turín estaba don Bosco. Ya se había visto con él a primeros de febrero, precisamente en el momento
en que el Beato volvía de Roma y cuando el hijo yacía tan enfermo, como hemos dicho. Aunque fuera de sí por la dolorosa sorpresa de
encontrar al enfermo en tan tristes condiciones, sin embargo no había podido sustraerse al encanto que la bondad de don Bosco producía
en cuantos se acercaban a él; por lo cual, gracias a esta otra sorpresa, le costó menos serenarse. Es más, las afectuosas maneras del Siervo
de Dios lo subyugaron hasta el extremo de que, al despedirse, se quitó una gruesa cadena de oro y se la puso en las manos diciendo:

-Tome este pequeño regalo para María Auxiliadora.

Esto no bastó, hizo además el sacrificio de no volver a tener en casa al hijo antes de la salida, asumiendo él mismo la delicada
incumbencia de lograr que también la madre se resignara.

((306)) Es preciso también decir algo sobre la situación económica que pesaba sobre las espaldas de don Bosco. No parece que esta vez,
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al igual de las dos anteriores, repartiera ninguna circular en demanda de socorros; por otra parte, ya estaba el Boletín Salesiano que podía
suplir, tanto más cuanto que se le daba gran difusión, pagárase o no la suscripción. En su número de octubre publicó por entero el artículo
de la Unità Cattolica; pero, sobre todo en el de noviembre, se leía un caluroso llamamiento a los Cooperadores, para que prestasen su
ayuda. Después fue el Beato en persona a solicitar la caridad de los bienhechores. "Estoy dando vueltas en busca de dinero para los
misioneros, escribió por aquellos días a un Director 1, pide a Dios que nos lo envíe". Al mismo tiempo, no soltaba la pluma y escribía, y
escribía con humilde insistencia. Aun cuando no obtuviese nada materialmente, no consideraba inútil su trabajo, porque, de esta manera,
si no se lograba otra cosa, se llamaba la atención de personajes y entidades sobre su obra.

Esperó obtener del Ministro de Asuntos Exteriores, Melegari, al menos las consabidas mil liras; con tal esperanza, le envió una petición
que recomendó a los buenos oficios del siempre benévolo comendador Malvano.

Ilustrísimo señor Comendador:

Le acompaño una instancia para S. E. el Ministro de Asuntos Exteriores en favor de nuestros misioneros y maestros que van a salir para
América en auxilio de los que ya trabajan allí especialmente en favor de la juventud italiana, que se encuentra en la república del Uruguay
y en la República Argentina.

Recomiendo esta gestión a su bondad y caridad y sé que una palabra suya contribuirá eficazmente al buen resultado de mi petición.

Don Celestino Durando se une a mí para manifestarle nuestra imborrable gratitud, y pidiendo a Dios que le haga feliz tengo el honor de
poderme profesar,

De V. S. Ilma.

Turín, 24 de octubre de 1877.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

((307)) Pero no obtuvo ni siquiera la cantidad acostumbrada. Ardía entonces la guerra turco-rusa, que creaba en Oriente necesidades
extraordinarias y había obligado a emplear en ellas todos los fondos destinados al balance de aquel Ministerio. Pero recibió del Ministro y
del Director de la política exterior cartas sumamente corteses 2. Respuestas

1 Carta a don José Ronchail, Costigliole di Saluzzo, 26 octubre de 1877.

2 Véase Apéndice, doc. n.° 25 (a, b).
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de este género procedentes de las supremas autoridades eran, de todos modos y siempre, indirectas aprobaciones, que él tenía muy en

cuenta.

Otro tanto y no más pudo alcanzar en Francia. Dirigió al Ministro de Asuntos Exteriores de Francia la siguiente instancia:

A su Excelencia el Ministro de Asuntos Exteriores, en París:

La Pía Sociedad llamada de San Francisco de Sales ha logrado abrir casas en Italia, Francia y América con el fin de recoger niños
pobres y abandonados para instruirlos en la ciencia y en las artes y prepararlos para poderse ganar el pan con el correr del tiempo. Para
sostener las obras empezadas resulta indispensable una nueva expedición de otros cuarenta misioneros al Uruguay y a la República
Argentina.

El humilde exponente, Superior de este Instituto, apoyando esta empresa solamente en la caridad pública, se dirige también a V. E.
suplicándole acuda en su auxilio con algunos pasajes marítimos, que la generosidad del Gobierno francés suele conceder a los que
consagran la vida en favor de sus semejantes en las misiones extranjeras. Estos misioneros habitan en el Hospicio denominado Patronage
de S. Pierre, en la ciudad de Niza.

Me atrevo a advertir que el favor sería mayor si se concedieran para la sociedad de transportes marítimos de Marsella o para la que a V.

E. fuese de mayor agrado.
Aseguro a V. E. que pido a Dios le colme de grandes favores y haga feliz a Francia, al tiempo que tengo el alto honor de poderme
profesar con profunda gratitud,

De V.E.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.
Superior

Pero el pliego legal de condiciones con las sociedades de navegación contenía la cláusula taxativa de que la concesión de pasajes
((308)) gratuitos para misioneros quedaba exclusivamente reservada a religiosos de nacionalidad francesa 1.

Con el mismo resultado había enviado un mes antes una instancia pidiendo ayuda al Consejo Central de la Propagación de la Fe, como
dijimos en otra ocasión. Tampoco olvidó al Cardenal Prefecto de Propaganda; en efecto, remitió al cardenal Randi esta súplica:

Eminencia Rvma.:

La misión de los Salesianos en América del Sur, iniciada bajo los auspicios de V. E. hace dos años, ha sido bendecida por el Señor y
cuenta ya con cinco iglesias abiertas al culto divino, más un colegio o seminario menor en Villa Colón (Uruguay), otro en San Nicolás de
los Arroyos, y un hospicio para niños abandonados en Buenos

1 Véase Apéndice, doc. n° 26.

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Aires. En estas casas están recogidos varios centenares de alumnos, muchos de los cuales manifestaron ya vocación al estado eclesiástico
y pidieron hacerse misioneros e ir a tierras de indios. Se dieron ya varias misiones en las colonias más próximas a los salvajes, y ahora se
trataría de abrir tres centros. Uno a orillas del Río Colorado, junto a los pamperos, otro en el Carmen, junto al Río Negro, entre las
Pampas y la Patagonia y el tercero en Santa Cruz, punto extremo de Patagonia, en el estrecho de Magallanes. Para sostener las obras
comenzadas, substituir a algunos salesianos llamados por Dios a la vida eterna, y fundar las tres casas mencionadas, me encuentro en la
necesidad de hacer una expedición de cuarenta misioneros que ya están preparados.

Pero, agobiado por los gastos hechos anteriormente y por los que tendré que hacer en esta ocasión, recurro humildemente a V. E.
suplicándole se digne venir en mi ayuda, aunque sea por una sola vez, para proporcionar el equipo a los misioneros, proveerlos de libros
españoles, pagar los gastos del viaje y otros por el estilo. Es una expedición numerosa, pero indispensable; confío que, dentro de muy
poco tiempo, veremos que los salvajes serán evangelizados por los mismos salvajes.

Sé que hay dificultades para obtener este subsidio, pero sé también que una palabra de V. E. salva cualquier obstáculo que se pueda
encontrar.

Aseguro a V. E. que nuestra Congregación estará siempre a sus órdenes, que haremos cuanto podamos para mayor gloria de Dios y
progreso de las misiones católicas; pero necesito del todo que su caridad me ayude material y moralmente.

((309)) Lleno de confianza en su bondad, considero el mayor honor poderme profesar con el más profundo respeto y declararme,

De V. E. Rvma.

Su atto. y s. s.
JUAN BOSCO, Pbro.

Escribió de nuevo al mismo Cardenal y más extensamente para obtener la bendita aprobación pontificia, que era condición
indispensable para que la obra de la Propagación de la Fe pudiese incluir también a Patagonia entre las misiones regularmente
subvencionadas por ella.

Eminencia Reverendísima:

Han transcurrido dos años desde que, bajo los auspicios de V. E. y con la bendición del Padre Santo, se efectuó la primera expedición
de salesianos a la república del Uruguay y a la República Argentina. Un año después se enviaba otra aún más numerosa. Su finalidad era
la de establecer colegios o seminarios en las tierras más próximas a los salvajes, y así, por medio de los alumnos, abrirse camino entre
Pamperos y Patagones. Dios bendijo nuestros débiles esfuerzos, y ya se abrieron al culto divino cinco iglesias, para bien de los fieles; un
seminario menor en Villa Colón junto a Montevideo, capital del Uruguay, y el Padre Santo mostró su agrado porque el colegio llevara su
venerando nombre; se abrió otro colegio en la ciudad de San Nicolás de los Arroyos, cuyo territorio linda con los indios; el tercero es un
hospicio en Buenos Aires para niños pobres, especialmente salvajes. Las tres casas están llenas de alumnos; la disciplina y la moralidad
satisfacen plenamente y ya se manifiestan algunas vocaciones al estado eclesiástico. En consecuencia, con la autorización de V. E. y la
aprobación
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del Obispo de Buenos Aires, se abrió en esta misma ciudad una casa de estudios o de Noviciado para preparar a los alumnos para las
misiones.

En estos dos años los salesianos dieron misiones en las tierras próximas a los salvajes, y se obtuvieron buenos resultados, ya sea en las
colonias que hacía muchos años no veían un sacerdote católico, ya sea entre los mismos indígenas, que acudían de buen grado a escuchar
la palabra del Evangelio. Hecha esta primera prueba, había que llegar a la segunda, es decir, discurrir un medio para poder entrar de
hecho entre los salvajes. Después de conferenciar varias veces con monseñor Aneyros, Arzobispo de Buenos Aires, se convino en que era
indispensable activar cuanto antes misiones en algunos puntos más próximos a los salvajes. Se podría comenzar por muchas partes; los
mismos caciques se muestran ahora benévolos, y piden misioneros; pero los sitios que ofrecen esperanza más fundada ((310)) y son
considerados como los menos peligrosos son los de Santa Cruz y Caruhué. Caruhué es un punto donde hay una naciente población con
guarnición de soldados, construida en 1875 en la frontera recientemente erigida por la República de Buenos Aires a fin de tener a raya a
los salvajes pamperos que, so pretexto de comerciar, hacen continuas incursiones de exterminio contra los argentinos. Este es el punto
más avanzado por occidente hacia los indios, pues está situado entre los grados 37 y 20 de latitud meridional y el grado 5 de longitud
occidental del meridiano de Buenos Aires. Santa Cruz es una pequeña colonia en la punta extrema de Patagonia en el estrecho de
Magallanes, en el grado 50 de latitud. Es un lugar de comercio, donde los patagones suelen juntarse para cambiar algunos de sus
productos con los forasteros y recibir en recompensa comestibles y bebidas muy apetecidas por aquellos salvajes. Un hospicio, una casa
de Misión, establecidos en estos dos lugares parecen oportunísimos para conservar la fe en los que ya la hubiesen recibido, para ponerse
en relación con los indígenas, albergar y educar a sus hijos y así avanzar hacia las tierras que ellos habitan.

Es verdad que son muchos los gastos ya hechos y los que hay que hacer al presente. Se trata de una expedición de cuarenta nuevos
misioneros, para unirse a sus compañeros y trabajar en la mies que se presenta cada vez más abundante en aquella vasta región del
campo evangélico. Sin embargo, se espera que no faltará la piedad de los fieles.

La misma obra de la Propagación de la Fe está dispuesta a ayudarnos, pero, según derecho, desea que estas misiones sean aprobadas por
la Santa Sede como está declarado en la carta del Presidente del Consejo Central de Lyon, que acompaño en su original.

Por lo tanto, con el único fin de promover la mayor gloria de Dios y emplear las endebles fuerzas de esta Congregación para dilatar el
reino de Jesucristo, suplico humildemente a V. E. se digne conceder la sanción a estas dos misiones a confiar a los salesianos en la
persona del teólogo Juan Cagliero. El ha fundado nuestras casas de América, abrió cinco iglesias al culto divino en aquellas tierras, ha
estudiado y visitado las localidades de que se trata. De este modo quedarán fundadas dos misiones, que bendecidas por el Señor y
protegidas por la Santa Sede, ofrecen la esperanza de un feliz porvenir para los salvajes pamperos y patagones. Pero, mientras yo pongo
todo en manos de la iluminada prudencia y sabiduría de V. E., suplico, por cuanto sé y puedo, me ayude con la obra y el consejo a
superar las dificultades que en esta gestión puedan encontrarse.

Con profunda gratitud y con el máximo respeto tengo el alto honor de profesarme,

De V. E. Rvma.

Atto. y s. s.
JUAN BOSCO, Pbro.

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((311)) El Cardenal recibió regularmente las dos cartas, pero, transmitida la primera a la Secretaría de asuntos eclesiásticos
extraordinarios, de la que dependía América meridional, creyó que desde allí habrían respondido y no pensó más en la carta de don
Bosco; al recibir después la segunda, la remitió a la misma Secretaría y avisó al Beato que se dirigiese a ella "para todas las disposiciones
que se pudiesen tomar al propósito" 1. Pero, cuando don Bosco recibió esta tardía comunicación, los misioneros estaban ya a punto de
pisar tierras de América, por lo cual, aunque acosado de mil modos en Turín y obligado a sostener continuas acometidas, se aplicó a
extender el "Proyecto" de una Prefectura y un Vicariato apostólico en Patagonia, enviándolo al mismo Prefecto de Propaganda.
Volveremos sobre ello a su tiempo.

Era una serie de percances. Pero el más amargo de todos le vino esta vez del Papa. Había rogado al cardenal Bilio que pidiese al Padre
Santo un subsidio para la nueva expedición: pues bien, imagine quien sea capaz de ello cómo quedaría al leer estas líneas:

Querido y Rvmo. don Bosco:

A mi vuelta de la visita pastoral a la diócesis, me encontré su apreciadísima carta del 27 de octubre p. pdo. que me esperaba. En la
primera audiencia que tuve ayer con el Padre Santo le hablé de una nueva expedición de cuarenta misioneros salesianos a América y de la
urgente gran necesidad de un subsidio, sobre todo para los gastos del viaje. Siento tener que comunicarle que el Padre Santo no me
pareció tan bien dispuesto como el ano pasado. Los motivos, si no he entendido mal, son principalmente dos: 1.°, el asunto de los
Conceptinos; 2.°, que usted abarca demasiadas cosas a la vez.

Me esforcé por quitar del ánimo del Papa toda impresión menos favorable hacia usted. No sé si lo logré; pero es cierto que una venida
suya a Roma en estos momentos sería al efecto utilísima, y aun necesaria.

De mi parte, no lo dude, yo le ayudaré según mis posibilidades quavis data occasione (en toda ocasión), no sólo por el aprecio que le
profeso, sino también a título de gratitud por el bien que sus buenos salesianos ((312)) hacen en Magliano, detalle que no dejé de
manifestar al Padre Santo.

Esperando poder conversar más explícitamente con usted de viva voz, me encomiendo mientras tanto a sus santas oraciones y de
corazón me repito,

Roma, 4 de noviembre de 1877.

Su afmo. en Jesucristo LUIS BILIO, Cardenal
Obispo de Magliano

1 Carta, 5 de diciembre de 1877.
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El asunto de los Conceptinos, que tantas molestias proporcionó a don Bosco, fracasó, como sabemos, aunque no ciertamente por su
culpa: los avisados lectores lo habrán comprendido, pero el Papa no se enteró de las ocultas maniobras. En cuanto al abarcar demasiadas
cosas a la vez, ciertamente, podía impresionar la gran actividad emprendedora de don Bosco mirada desde lejos; pero también es verdad
que él no emprendía nada sin los consejos de una cauta prudencia; y, por otra parte, si se prescinde del asunto de los Conceptinos, que
fracasó, mas no por deficiencia suya, no falló ninguna de las empresas por él acometidas en aquel tiempo. "Menos favorable impresión"
había penetrado por desgracia en el ánimo del Papa; pero la continuación de nuestra historia arrojará luz sobre las influencias que
actuaron entonces en perjuicio del Siervo de Dios. Aquí nos limitaremos a narrar un hecho.

En la segunda mitad del año 1877 Pío IX había escrito tres cartas a don Bosco, el cual le había contestado en seguida; pero las
respuestas no llegaron nunca al Papa, porque eran interceptadas por personas residentes en el Vaticano. Se extrañó el Padre Santo de
buenas a primeras del supuesto silencio de don Bosco; después pensó que su enorme trabajo era la causa de que descuidase también altos
deberes; por último se lamentaba diciendo:

-"Qué le he hecho yo a don Bosco, para que ni siquiera se digne contestarme? "No he hecho por él cuanto he podido?

También desahogó una vez su disgusto con el cardenal Bilio, exclamando:

-"Qué mal le he hecho yo a don Bosco para que no me conteste?

El Cardenal no hallaba palabras para disculpar al Siervo de Dios de la manera que le sugería su afecto; y cuando don Juan Cagliero fue
a Roma ((313)) con los misioneros, le explicó claramente también todo lo que en su carta a don Bosco había mencionado veladamente.
Don Juan Cagliero, que sabía perfectamente que don Bosco había respondido a las tres cartas con la mayor solicitud y que le sorprendía
mucho no recibir nunca respuesta a las suyas, le dio plena seguridad. Alegróse enormemente el Purpurado por tener en sus manos razones
y pruebas para disipar las dudas del Papa, y Pío IX, al oírlo, levantó los ojos al cielo exclamando:

-íPaciencia!

Sin embargo, el cardenal Bilio sacó la impresión de que el Papa no había quedado muy convencido. Permitió el Señor que el angélico
Pontífice hubiese de llevar en los últimos días de su vida una de esas
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cruces que más suelen afligir los corazones de los santos, purificándolos y despegándolos cada vez más de la tierra 1.

Pero no de todas partes llovían repulsas sobre don Bosco. Así, un buen día, a fines de octubre, le fue notificado que el representante de
la navegación francesa en Génova había recibido orden de Buenos Aires para poner a disposición de don Bosco diez plazas de segunda
clase 2.

Como un grupito de misioneros tenía que embarcarse en Lisboa, el Siervo de Dios escribió dos veces a un sacerdote de aquella ciudad,
pero no recibió respuesta alguna. Por último se dirigió directamente al Patriarca con una carta en latín, en la que rogábale
encarecidamente proporcionara a sus hijos conveniente hospitalidad, a sus expensas, en el seminario o en otro lugar 3; pero también este
paso debió quedar sin efecto, porque, llegado el momento de salir, don Bosco no dijo palabra de ello a ninguno y los viajeros no pensaron
siquiera en presentarse al Prelado.

Se eligió el 7 de noviembre para la solemne ceremonia de la despedida; durante todo aquel día tuvo don Bosco a su alrededor a aquellos
queridos ((314)) hijos, que pudieron con toda comodidad hablarle en privado y en común. Ya no se iba a lo desconocido. Don Juan
Cagliero que, antes de volver a Italia había preparado su puesto a los nuevos, se había ingeniado para iniciarlos en la vida que les
aguardaba. Estaba allí, además, monseñor Ceccarelli, a quien don Bosco había rogado se detuviese en Turín para enseñarles el castellano
y acompañar después una parte del grupo. Sin embargo, la separación y la gran distancia hacían mella muy grande en personas que habían
vivido junto a don Bosco y estaban acostumbradas, salvo pocas excepciones, a la vida tranquila de su viejo Piamonte.

Más temblaban las buenas Hijas de María Auxiliadora: pero el pensamiento de que don Santiago Costamagna sería para ellas angelus in
via (ángel del camino), reanimaba los espíritus. La tarde del 6 de noviembre dispuso don Juan Bautista Lemoyne que se hiciese en la
capillita de Mornese una función semejante a la de Turín. Acudieron parientes y amigos de las misioneras. Tras el canto de vísperas,
pronunció

1 Para mejor comprender las cosas añadiremos que monseñor Manacorda, obispo de Fossano, fue una noche entre las diez y las once a
ver al Papa para hacerle una comunicación con el mayor secreto, y Pío IX le dijo:

-íHablad bajo! Incluso aquí las paredes oyen.

Este lo contó algunas veces a salesianos, con los que trataba con mucha familiaridad.

2 Carta del señor Gazzolo a don Bosco, Savona, 21 de octubre de 1877.

3 Véase Apéndice, doc. n.° 27.
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palabras de despedida y aliento; dióse después la bendición con el Santísimo Sacramento y se cantaron las preces del itinerarium.
Entonces, en medio de la conmoción general, se levantó la madre Mazzarello y, encabezando el grupo de las seis hermanas que la
seguían, se encaminó hacia la salida, mientras los presentes las saludaban más con el corazón que con los labios. Dos de ellas que tenían
que ir con la Madre a Roma, salieron en seguida hacia Sampierdarena para esperar a los salesianos; las otras cuatro se juntaron allí con
ellas el día 13, cuando estuvieron de vuelta.

Desde el púlpito de María Auxiliadora, en la tarde del día 7, habló el Beato don Bosco en estos términos a la multitud de fieles que
había acudido:

Al comenzar mi plática, debo ante todo dar gracias a Dios y a María por los grandes beneficios que nos han concedido.

La mayor parte de vosotros recordará que, hace dos años, otros valientes salesianos se despedían de sus hermanos en esta misma iglesia
para encaminarse a tierras desconocidas, sin medios y sin saber con qué se iban a encontrar. Y por eso estábamos en la mayor inquietud.
Pero, apenas llegados a Buenos Aires y a San Nicolás, encontraron ayuda, encontraron apoyo, las cosas prosperaron y fue necesaria otra
expedición.
Después, confiando en el auxilio de María Santísima y no en nuestras ((315)) escasas fuerzas, se envió un segundo grupo a las lejanas
Américas. Fue y ayudó a los hermanos. Y ahora está a punto de salir una tercera expedición muy numerosa; dejarán la patria y los
parientes para llevar la luz del Evangelio a aquellas remotas regiones. No se hace esto para poder blasonar de lo realizado, sino por la
absoluta necesidad de repartir el trabajo con los que les precedieron. Los que ya trabajan en aquellas regiones no son suficientes, porque
el campo es muy amplio, y, si queremos que no sucumban bajo el peso del cansancio, hemos de enviar en su ayuda otros misioneros. Y
esta tercera expedición no será la última.

He de decir, ante todo, que no hay en esto nada nuestro, salvo el trabajo que hemos de poner en ello: que todo es una verdadera y gran
gloria del Señor, que bendice nuestra buena voluntad y nuestros planes. Ya no hay ahora inquietud en los que parten y en los que quedan;
los peligros han disminuido, la distancia se ha acortado y nada causa turbación; no se ha acortado materialmente, pero ha sido recorrida
por otros y con los medios de comunicación y transporte que tenemos, puede considerarse como un paseo, tanto más cuanto que un
hermano de los que salió con los primeros, volvió a nosotros, después de haber despejado el camino y procurado los auxilios para los que
irían después. Y otro hermano que ahora vuelve a América, había venido de allá y estuvo con nosotros algún tiempo.

Y ahora tenemos aquí un nuevo grupo de hermanos que van a las misiones. "Sabéis qué significa la palabra misión? "Ser misionero?
Quiere decir ser enviado. Del mismo modo que Jesucristo, antes de abandonar esta tierra para subir al cielo, enviaba a sus apóstoles, Ite a
anunciar la palabra de Dios por todas partes y, movidos por esta misma palabra, los discípulos se hicieron oír en todas las regiones de la
tierra; así, con la misma palabra, el Jefe visible de la Iglesia, el Vicario de Jesucristo en la tierra, envía sacerdotes a una y otra parte para
difundir la luz del Evangelio. Y cuando nuestros misioneros vayan a Roma, no irán solamente para ver al Padre Santo, para
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ofrecerle su homenaje, para recibir una bendición, por ceremonia, por pura formalidad, sino para recibir el mandato que Jesucristo dio a
sus apóstoles: Ite in mundum universum, praedicate evangelium omni creaturae (Id por todo el mundo, predicad el evangelio a todas las
gentes). Id, haced el bien, id en hora buena adonde sois enviados. Y ellos, con esta bendición, van a las tribus salvajes y,
transformándolas en manso rebano, las conducen al aprisco de Jesucristo. In omnem terram exivit sonus eorum et in fines orbis terrae
verba eorum (Por toda la tierra se oyó su voz y hasta el fin del orbe llegaron sus palabras).

Pero los misioneros tienen que estar preparados para cualquier eventualidad, incluso a dar la vida para predicar el evangelio de Dios.
Hasta ahora, sin embargo, los salesianos no tuvieron que soportar graves sacrificios propiamente dichos o vejámenes, si se exceptúa don
Juan Bautista Baccino que murió, y dicen los que lo observaron, que murió víctima del trabajo ((316)) en el campo evangélico, o, como
se diría de otro modo, mártir de la caridad y del sacrificio por el bien de los demás. Pero, más bien que una pérdida tenida con la muerte
del heroico misionero, nos hemos enriquecido, pues ahora es nuestro protector en el cielo.

Los sudores de nuestros hermanos fueron bendecidos por Dios. Habíamos abierto ya casas, colegios, oratorios y parroquias en diversos
lugares de América del Sur. En Buenos Aires especialmente se había fundado un gran asilo para recoger muchachos pobres y
abandonados. Pero hay también muchachas necesitadas, pobres y abandonadas, que no pueden vivir por sí mismas y no tienen a nadie
que las eduque, y piense en ellas. Había que poner remedio a esto. Y precisamente ahora, por vez primera, seis Hijas de María
Auxiliadora dejan también su casa, sus parientes y todo para acudir adonde las llama la necesidad. Allí abrirán escuelas, enseñarán el
catecismo, en una palabra, se prodigarán en favor de las pobres muchachas abandonadas. Y éste es otro paso que damos.

Debo llamar la atención sobre una cosa, también los protestantes envían y van a lo que ellos llaman misiones, pero íqué diferencia entre
las nuestras y las suyas, entre el misionero protestante y el católico! No tengo tiempo para explicaros detalladamente esta diferencia, pero
os la indicaré. Los protestantes van a misiones, es verdad, pero, "quién los envía? La Reina de Inglaterra, los emperadores, los reyes, los
príncipes. Y los misioneros católicos, "de quién reciben la misión? De Jesucristo, representado por su Vicario, el Sumo Pontífice. "Acaso
la Reina de Inglaterra, el Emperador de Rusia o de Prusia los envían en nombre de Jesucristo? Ah, no; ellos no son sacerdotes, ni suceden
por una serie no interrumpida a los apóstoles de Jesucristo. Son enviados por hombres, tienen una misión humana, en general sin más
finalidad que la política y la guerra contra la verdadera Iglesia. No es Jesucristo quien los envía. Los ministros protestantes, antes de
partir, consideran si hay un pingüe estipendio:

-"Cuánto me dan? Si me dan tanto, bueno, voy, de lo contrario, no voy. "Y hay, además, buena vivienda? "Están previstos la comida y
el vestido?

Después averiguan si hay medios de subsistencia para los hijos y para la mujer y, a la hora de partir, llevan consigo un montón de cosas,
porque quieren toda clase de comodidades y bienestar. "Procede así el misionero católico? íNada de eso! Da un adiós a padres y
hermanos, y marcha sin más riqueza y apoyo que Dios, y nada más; y va adonde la obediencia lo manda y adonde más se necesita su
actuación, sin preocuparse dónde, cómo y cuándo encontrará los medios de subsistencia.

Los protestantes van únicamente adonde sean posibles todas las comodidades de la vida; y si no las hubiese, se las procuran ellos por
todos los medios, calculan el provecho material que podrán sacar de aquellas misiones y se niegan a ir al encuentro
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de los peligros, y si, a veces, la necesidad o el honor los obliga, van bien armados. Los nuestros, por el contrario, no hacen caso de
incomodidades y sacrificios, van adonde son enviados, despreocupados de ((317)) dificultades y peligros; y aun cuando les tocase sufrir,
incluso el hambre y la sed, saben soportar las privaciones con admirable paciencia.

-Dios me envía, dicen ellos, a predicar su evangelio y yo lo predicaré a costa de mi vida. De lo demás no me preocupo ni me cuido.

Estos van para ganar almas a Jesucristo, aquéllos para ganar dinero y enriquecerse a sí mismos, a la mujer, a los hijos, y para
ennoblecer su casa según el mundo. Y así mientras las misiones protestantes son un empleo lucrativo, las misiones católicas son una
empresa noble, útil para la sociedad humana, necesaria para la vida eterna, una empresa celeste, divina.

"Quién copia en sí mismo la vida del Maestro divino, el amor a las almas, los trabajos para salvarlas? "El misionero protestante o el
misionero católico?

Y ahora dejad que dirija unas palabras a mis hijos que marchan. "Y qué he de decir a estos queridos hermanos, que están a punto de
dejarme para ir, valientes, al campo del Señor? Quiero daros los mismos consejos, los mismos avisos que di a los primeros que
marcharon. Ya se imprimieron y tendréis comodidad para leerlos y estudiarlos. Otra cosa que os recomiendo muy encarecidamente son
las Reglas de nuestra Congregación. Tomad ese libro, aprendedlo de memoria; tened siempre con vosotros las reglas y sean ellas la norma
de vuestra actuación.

Ahora, id a Roma. Presentaos al Padre Santo, como si fuera el mismo Jesucristo en persona. Id, después, a América; al llegar allí, dad
las gracias a todos los que nos ayudan. Decidles que aquí en esta iglesia se reza por ellos; decidles que sigan dispensándonos su
beneficencia y aseguradles que el bien que vosotros hagáis, será también un tesoro para quien os socorrió.

Advertid que, en aquellas lejanas tierras, hay cristianos fervorosos que os esperan, que os ansían; allí tenéis hermanos ya establecidos
que os preparan los locales destinados para vuestra habitación; hay otros muchachos que os escucharán con gusto y ellos también están
impacientes por veros y abrazaros. Estos pensamientos deben animaros. Recibí hoy una carta que me comunicaba que, en aquellas tierras,
se despertaron ya muchas vocaciones religiosas y muchos pidieron hacerse salesianos. Os espera, pues, una copiosa mies y encontraréis
muchos consuelos que os harán olvidar las fatigas.

Esto es lo que quería deciros.

Salid con ánimo. Puede que volváis a ver todavía esta misma casa, vuestro pueblo, a los parientes, a los amigos; pero no es éste el
pensamiento que os debe guiar. No tenéis que anhelar más que ganar almas para Dios, alentados con aquellas consoladoras palabras:
Animam salvasti, animam tuam praedestinasti (Salvaste una alma, predestinaste la tuya). Os recomiendo que recéis por nosotros y
nosotros rezaremos por vosotros para que Dios bendiga nuestro trabajo.

((318)) Haciendo vosotros cuanto podáis con la gracia de Dios, con nuestras oraciones y con el auxilio de María Auxiliadora, uniendo
todos nuestros esfuerzos, formaremos un solo corazón, y una alma sola aquí en la tierra y podremos ganar almas para el cielo y llevarlas
con nosotros al triunfo eterno. "Volveremos a vernos aquí en la tierra? "Habrá alguno que no volverá a ver estas paredes? Pues bien...,
allí... sí... en el cielo será el verdadero regreso... allí podremos descansar de nuestros trabajos, allí podremos disfrutar el verdadero
consuelo... Allí volveremos a vernos en el gozo inefable, junto con tantos hermanos y con las almas salvadas por vosotros... Allí seremos
eternamente bienaventurados, alabando y bendiciendo al Señor.
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Capitaneado por don Juan Cagliero, el grupo se encaminó a Roma. Poco después del mediodía del día 9, salesianos e hijas de María
Auxiliadora tuvieron la satisfacción de ver y oír al Papa, al gran Pío IX. Estaban alineados en la galería de Rafael, cuando llegó el Padre
Santo con los eminentísimos Bilio, Pacca y Ledokowski. Don Juan Cagliero, invitado a hacer la presentación, dijo:

-He aquí, Padre Santo, la tercera expedición de misioneros salesianos, que van a sumarse a sus hermanos en el campo de nuestras
misiones de América. Van también las Hijas de María Auxiliadora, que zarpan para la república del Uruguay, donde abrirán su primera
casa para las niñas pobres abandonadas. Hemos venido a pedir vuestra bendición apostólica, que no sólo nos alentó, sino que actuó
prodigiosamente durante los dos años que hemos pasado en Argentina y Uruguay.

El Padre Santo contestó:

-Sí, queridos hijos míos, os bendigo de corazón.

Dio después una mirada a la larga fila y preguntó:

-"De dónde saca don Bosco toda esta gente?

-Santidad, se la envía la divina Providencia.

-íAh, sí, la Providencia! íDecís bien! Ella lo puede todo; confiemos siempre en ella.

Don Juan Cagliero presentó a Su Santidad una relación manuscrita sobre el estado de las Misiones Salesianas en América, un opúsculo
impreso con ocasión de la inauguración del Patronato de San Pedro en Niza, y un ejemplar de otro sobre la Obra de los Hijos de María
para las vocaciones tardías ((319)) al estado eclesiástico. El Papa, dando señal de un interés especial, exclamó:

-íLas vocaciones al estado eclesiástico! íBien, bien!

Después permitió que todos le besaran la mano; y a continuación, colocóse frente a ellos y, con voz firme y robusta, pese a sus ochenta
y cinco años, pronunció este discurso:

-Queridos hijos, ahora que me toca a mí daros un recuerdo que os aliente en el porvenir; os manifestaré un pensamiento que, esta
mañana, se asomó a mi mente durante la santa misa. En el introito de la misa que hoy hemos celebrado, de la dedicación de la iglesia
principal de esta nuestra Roma, leía unas palabras que aturden a primera vista y son: Terribilis est locus iste. "Cómo? me pregunté a mí
mismo. "La iglesia es un lugar terrible, cuando es el lugar adonde venimos a dejar nuestras amarguras, a elevar la mente y el corazón a
Dios, a pedirle ayuda en nuestras aflicciones y necesidades? Y me contesté a mí mismo: Sí, la iglesia es terrible, mas sólo para ciertas
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personas. Habéis de saber, queridos hijos, que hay hombres que, a pesar de ser hijos de la Iglesia, son malos, muy malos. Esos no hacen
más que contristar y hacer llorar a esta Iglesia y, si vienen al lugar sagrado, vienen sólo para traer a él la desolación y aumentar las
angustias de esta pobre Madre. Ahora bien, con éstos precisamente es con quienes la Iglesia se hace terrible, es a éstos a quienes la
Iglesia, santamente indignada, envía terribles castigos y penas, como lo vemos a diario y siempre. Por otra parte, la Iglesia no es terrible,
sino benigna y dulce con todos los que la aman, observan sus preceptos y le son devotos. Depende, pues, de vosotros, queridos hijos,
hacer que esta Iglesia deje de ser terrible. Vosotros, armándoos de gran celo, haréis que cese el pecado, desaparezca la iniquidad de la faz
de la tierra; en una palabra, santificándoos en vuestra Congregación, santificaréis a las gentes que viven en aquellas remotas regiones y,
entonces, veréis a esta Iglesia volverse alegre, benigna y piadosísima Madre, y prodigar a todos alegrías y bendiciones.

Compendiando después su pensamiento, que exponemos aquí sumariamente, tal y como se ((320)) lee en la Unità Cattolica, del 16 de
noviembre, concluyó:

-Amad, queridos hijos míos, a la Iglesia, defended su honor, haced que los pueblos la amen: éste es el recuerdo que os da en este
momento solemne el Vicario de Jesucristo.

Por último les anunció y dio una amplia bendición.

Permitió después a los misioneros que se acercaran y volvieran a besarle el sagrado anillo. Cuando le llegó el turno a don José
Vespignani, dijo don Juan Cagliero:

-Este joven sacerdote no tiene todavía facultad para confesar. Ruego a Vuestra Santidad se digne concederle que pueda ejercer el
sagrado ministerio hasta llegar a Buenos Aires.

El Papa le dijo:

-Confesad, confesad. Os doy ahora todas las facultades. Cuando lleguéis a Buenos Aires, presentaos al Arzobispo y él os concederá las
licencias canónicas en firme.

El mismo don José Vespignani escribe: "Salimos de la audiencia con el alma llena de inefables sentimientos y bendiciendo a Dios. Nos
parecía bajar del Tabor, haber visto al Señor y haberle hablado de tú a tú, como Moisés y Elías" 1.

En los días siguientes uno de ellos, el clérigo Carlos Pane, cayó enfermo. Mientras visitaban las catacumbas de San Calixto le acometió

1 L. c., pág. 133.
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la fiebre. La primera en darse cuenta de los escalofríos fue la madre María Mazzarello, que se quitó el chal, se acercó a él y le rogó con
respeto, pero con entereza, que se lo pusiera a las espaldas. El pobrecito se retrajo un poco, pero la insistencia de la Madre y los
escalofríos le obligaron a aceptar. Estuvo hospitalizado en los Hermanos de San Juan de Dios, hasta que su mejoría le permitió emprender
el viaje a Sampierdarena; pero sus compañeros ya habían marchado; tuvo que resignarse y esperar otra expedición.

Don Bosco los aguardaba en Génova el día 13. Pesaroso por lo que había ocurrido con el clérigo, les dijo:

-íTened cuidado, y no perdáis a ninguno más por el camino!

Ellos lo rodearon afectuosamente, le contaron con entusiasmo la audiencia del Papa, ((321)) iban a porfía en repetirle una y otra vez sus
palabras y no acababan de manifestarle sus impresiones de Roma. Y el buen Padre no se cansaba de escucharlos con bondad y de sacar de
todo útiles reflexiones, mostrando que compartía su alegría.

Ya en Sampierdarena, don José Vespignani ansiaba el momento de encontrarse cara a cara con don Bosco. La licencia de confesar, que
le había venido tan de lo alto y tan de improviso, teníale preocupado. No porque le faltase preparación: había hecho normalmente los
cursos de moral en su tierra natal y había asistido a las conferencias bisemanales del teólogo Ascanio Savio en el Oratorio; pero, ya en
trance de ejercer el sagrado ministerio, vacilaba. Hubo que acudir a aquel golpe de audacia, porque en Turín hubiera sido inútil intentar
obtener la patente normal o facultad para confesar. Sólo en confesión pudo declarar a don Bosco sus temores, que eran tres, a saber: uno
sobre la dirección de las almas, otro sobre la manera de liberar a los muchachos de los malos hábitos, y el tercero acerca de las cuestiones
sobre el sexto mandamiento, para las personas mayores. El Beato lo escuchó con toda la calma, dio muestras de tomar en seria
consideración sus dificultades, y, después, se puso a resolvérselas una a una. Para la dirección espiritual, le recordó el texto: Quaerite
primum regnum Dei et iustitiam eius et haec omnia adicientur vobis.

-Busquemos, dijo, cimentar bien en las almas el reino de la justicia de Dios, guiándolas por el camino de la gracia, esto es, en el
ejercicio de todas las virtudes cristianas y por medio de la oración; éstos son los dos puntos importantes. Lo demás, esto es, resolver los
casos especiales y aconsejar según el estado de cada uno vendrá por añadidura, vendrá por su pie.

Para las confesiones de los muchachos, en ese delicado asunto, le sugirió que insistiera en la frecuencia de los sacramentos y en el
recuerdo
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de las verdades eternas, sin cansarse de repetir el vigilate et orate y de alentar a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a María
Auxiliadora. La última cuestión, para los que habían recibido el sacramento del Matrimonio, se hacía fácil recordando los tres puntos del
catecismo romano, esto es, bonum fidei, ((322)) bonum prolis, bonum sacramenti, y recomendando con insistencia el vivir como buenos
cristianos.

Tampoco las monjas se separaban de su Madre General. Don Bosco pensaba también en ellas. En la tarde del 13 presentóse allí don
Juan Cagliero con un hermoso cuadro de María Auxiliadora en tela.

-Lo he robado en la sacristía de Valdocco, dijo bromeando, y lo he robado para vosotras.

Aquel cuadro tenía su historia. Un pintor, que se encontraba en serio peligro de perder la vista, había acudido a don Bosco. Don Bosco
le bendijo y le curó del todo; y él, agradecido, pintó aquella imagen y se la regaló al Beato.

-Este es el cuadro del milagro, concluyó Juan Cagliero. Don Bosco lo ha bendecido y ahora os lo entrega, para que lo llevéis con
vosotras.

La partida debía efectuarse desde tres puertos y fechas distintas. El grupo mayor partiría el 14 desde Génova, un grupo menor desde
Lisboa el 29, y otros dos hermanos, ellos solos, desde El Havre, entre el 14 y el 29. El grueso, pues, de la expedición se embarcó en el
Savoie, con don Santiago Costamagna a la cabeza; y con ellos las hermanas. Don Bosco subió por tercera vez a bordo de aquel barco,
donde por tercera vez se repitió la escena de la despedida con las últimas palabras y la última bendición. Escribió don Pablo Albera 1:
"Le acompañé varias veces, cuando despedía a sus misioneros en el barco, y pude tener, en aquellos preciosos instantes, la prueba más
patente de su fe y de su ardorosísimo celo. Decíale a uno:

-Espero que salvarás muchas almas.

Sugería a otro, al oído:

-Tendrás que sufrir mucho; pero no olvides que el paraíso será tu premio.

A quien iba a asumir la dirección de una parroquia, le recomendaba que tuviera cuidado especial de los niños, de los pobres y de los
enfermos". Después, la escena de los salesianos e hijas de María Auxiliadora arrodillados en la cubierta sollozando y el Siervo de Dios de
pie delante de ellos bendiciéndolos.

1 D. PABLO ALBERA. Cartas circulares a los Salesianos, pág. 78. Turín, Soc. Edit. Internac.
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La emoción agitaba también fuertemente su corazón ((323)) de padre. Como para distraerle, don Juan Cagliero y don Pablo Albera le
señalaron la barquita que allá abajo los esperaba. Bajó. Se sentaron aparte lo mismo que la Madre Mazzarello y otra hermana. Estaba
también con ellas don José Vespignani, el cual pertenecía al segundo grupo, pero don Bosco había querido que fuera con él al barco. Un
accidente providencial templó en don Bosco la emoción que le había causado el ver a los expedicionarios que se asomaban desde el barco
y se esforzaban por hacer llegar a sus oídos los últimos adioses; un golpe de aire le llevó el sombrero de la cabeza. La monjita, que
observaba los gestos del buen Padre, pudo agarrarlo y sacarlo del agua chorreando y empapado, al tiempo que un buen Cooperador, para
abrigarlo, le plantó en la cabeza su sombrero de copa... Don Bosco no se opuso; sonriendo y dando gracias, llevaba con cierto aire de
humorística gravedad aquel sombrero que, dicha sea la verdad, le prestaba un aspecto bastante cómico. De repente, con indescriptible
serenidad y dulzura, miró por debajo de las alas del sombrero a don José Vespignani sentado frente a él, y le dijo:

-Usted piensa en su madre... Pues bien, ahora pienso yo en ella.

-No, don Bosco, respondió Vespignani, movido vivamente por tanta delicadeza; este pensamiento no me preocupa mucho. Mi madre se
resigna pronto, cuando se trata de la voluntad de Dios.

Don Bosco no fue nunca el hombre que promete y no cumple. Pasaron veintidós años desde aquel día, y volvía don José de América: su
madre le dio a leer una cartita que decía textualmente así: "Señora Vespignani, don José parte, pero don Juan queda en su lugar junto a
usted. "Le gusta así? El va a América para salvar almas y asegurar la salvación de la suya y la de todos sus seres queridos. Está ya en
Lisboa, el mar está tranquilo y María Auxiliadora lo cubre con su manto. Esté, pues, alegre en el Señor y créame su amigo en Jesucristo.
Juan Bosco, Pbro." 1.

((324)) El Savoie tocó Marsella. Nuestros viajeros aprovecharon la ocasión para bajar a tierra e ir a saludar al párroco Guiol, que los
recibió con los brazos abiertos y, al verlos, exclamó:

-"Cuándo vendrá a instalarse también aquí un buen grupo de salesianos? Marsella es antes que América. Los quiero ya este año.

Emocionados ante su gran amabilidad, los misioneros se lo escribieron

1 Don José Vespignani (L. c., pág. 199) reprodujo esta carta de una copia que fue sacada entonces, pero sin fecha. La del libro está
ciertamente equivocada, por lo menos en cuanto al lugar
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a don Bosco en términos de afectuoso reconocimimiento 1. El Siervo de Dios no olvidaría las atenciones del benemérito abate.

El grupo menor de misioneros dejó Sampierdarena dos días más tarde que los otros; lo escoltaba monseñor Ceccarelli, que, retrasó la
salida con permiso de su Ordinario y volvía ahora a Argentina. Aún no hemos dicho por qué vivía él en América. Había nacido en
Mantua; hizo los estudios en Roma, y, cuando acabó de doctorarse en teología y en derecho canónico, murió en Roma durante el Concilio
Vaticano monseñor Escalada, predecesor de monseñor Aneyros. El joven sacerdote ofrecióse entonces para acompañar sus restos
mortales a Buenos Aires y la Curia bonaerense compensó este precioso servicio, confiando a Ceccarelli la parroquia de San Nicolás de
los Arroyos, una de las más importantes de la archidiócesis. Lo demás es cosa conocida.

Cuando él llegó a Sampierdarena de regreso de su ciudad natal, el Beato ya estaba en Turín; pero le había dejado una carta escrita
seguramente en latín, como acostumbraba hacer a veces por donaire y en señal de confianza, sobre todo cuando quería dar algún buen
consejo. Esta es probablemente la razón por la que Monseñor le contestó en latín. Su carta es un documento del afecto y estimación que
don Bosco sabía granjearse de cuantos trataban con él algún tiempo e íntimamente. Don Bosco era así: cuanto más se le conocía de cerca,
tanto más se hacía querer. Y parece que, con la libertad de los santos, no escatimara al benemérito ((325)) Cooperador Salesiano alguna
paternal amonestación para bien de su alma. Así se lee entre líneas por la respuesta; era ésta una forma de caridad espiritual con la que el
Siervo de Dios solía recompensar los beneficios que recibía 2.

El grupito de monseñor Ceccarelli tenía que embarcarse en el buque Miño, del Correo real inglés, que tocaba Lisboa; por consiguiente
pareció oportuno ir por tierra hasta Marsella y allí tomar un barco que navegase hasta la capital de Portugal. Pero, la brevedad del tiempo
y el miedo a tener que aguardar demasiado la comodidad de aquel pasaje, les aconsejaron hacer el viaje en tren hasta Lisboa, después de
una breve parada en Marsella. Entre peripecias, que no son para contar aquí y, después de una larga semana de viaje, llegaron felizmente
a la meta.

Deseosos de satisfacer la santa curiosidad de los lectores que ansían conocer todo lo que salió directamente de manos de nuestro Beato
Padre, abriremos aquí un breve paréntesis para insertar cinco cartas

1 Bollettino Salesiano, enero de 1878.

2 Véase Apéndice, doc.28.
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suyas, enviadas entonces desde Sampierdarena. Las primeras tres fueron llevadas a su destino por mano de los misioneros.

1. A don José Fagnano
Don José Fagnano dirigía el colegio de San Nicolás y las obras anejas. Don Bosco tiene aquí presente, ante su pensamiento,
especialmente una carta escrita por don José Fagnano el 2 de marzo acerca de ciertos proyectos concernientes a la manera de comenzar la
penetración en Patagonia. En la misma carta, habíale dicho sobre el tema de las ayudas pecuniarias: "En este semestre no podré enviar
nada al Oratorio; pero espero concurrir en el segundo con nuestro óbolo a la educación de tantos huérfanos".

Mi querido Fagnano:

He recibido tus cartas; pero "por qué no has venido tú también a los ejercicios de Lanzo? "Temías la falta de sitio? Espero que ((326))
el próximo año los harás un poco más largos. He examinado cuanto me has escrito en varias ocasiones. Cuando el local esté preparado,
saldrán las hermanas.

Esta nueva expedición nos cansó piernas y cartera. Espero que tú también serás atendido, y si te falta alguno, pídelo y lo enviaremos.
Todo lo que se pidió se ha enviado y lo recibirás por medio de los nuevos hermanos. Pero, si puedes, envíame dinero. No olvides que el
Padre Santo sueña siempre con la Patagonia y probablemente serás elegido para hacer la prueba, si don Juan Cagliero retrasa su vuelta a
América. Trataré de escribir algo, según la idea que me diste para cada uno. Pero recuerda siempre a todos nuestros salesianos el
monograma que hemos adoptado: Labor et temperantia (Trabajo y templanza). Son dos armas con las que venceremos a todos y en todo.

Tendrás noticias personalmente por los hermanos que llegan.

Sólo te diré que cuando vengas a Europa, encontrarás casas salesianas en Marsella, en Tolón, la Navarre, Cannes, Niza, Ventimiglia, La
Spezia, Lucca, Magliano Sabino, Albano, Ariccia, etc.

Saludos afectuosos a todos los míos; os encomiendo cada día en la santa misa: rezad también vosotros por mí.

La gracia de N. S. J. C. esté con todos vosotros, con vuestros queridos jóvenes y nos mantenga firmes en el camino del cielo. Amén.

Sampierdarena, 14 de noviembre de 1877.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

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2. A don Domingo Tomatis
Don Domingo Tomatis era víctima del desaliento en aquellos comienzos. El Beato Padre emplea aquí expresiones aptas para animarle e
inspirarle confianza. Esta confianza filial era una palanca poderosa en las manos de don Bosco para mover al bien y a las obras de celo a
los suyos.

Queridísimo Tomatis:

Ciertamente te gustarán unas líneas para ti, escritas por el verdadero amigo de tu alma. Los hermanos que llegan te darán en abundancia
noticias nuestras, lo mismo que monseñor Ceccarelli, que ha visto todo y le hemos aprovechado para todo. Alma buena y de buen
corazón. Por lo que a ti toca, tendrás que ser para los recién llegados, y te lo mando, modelo en el trabajo, en la mortificación, en la
humildad y en la obediencia. "Verdad que lo harás? Pero quisiera que me escribieses una carta larga que fuera como un informe de los
ejercicios ((327)) espirituales y me dijeras sencilla y claramente vida, virtudes, milagros presentes, pasados y futuros.

Querido Tomatis, quiere a don Bosco, como él te quiere a ti.

Te encomiendo de todo corazón al Señor en la santa misa, pero reza tú también por mí, que siempre seré para ti en J. C.

Sampierdarena, 14 de noviembre de 1877.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

3. A don Tadeo Remotti
Este celoso sacerdote salesiano ejerció muchos años con fruto el sagrado ministerio en la parroquia de San Juan Evangelista en la Boca,
donde era ayudado también por sacerdotes seculares.

Mi querido Remotti:

Don Francisco Bodrato estaba encargado de darte un pellizco, creo que habrá cumplido con su deber... "Qué quiere decir esto? Cuando
el demonio vaya a molestarte en tus asuntos, haz tú otro tanto con él con una mortificación, con una jaculatoria, trabajando por amor a
Dios. Te envío dos compañeros de los que espero estarás contento. Trátalos con mucha caridad y paciencia. Yo estoy contento de ti.
Sigue adelante. Obediencia en tu conducta; promueve la obediencia en los demás: ahí tienes el secreto de la felicidad de nuestra
Congregación.

Dios te bendiga y créeme siempre en N. S. J. C.

Sampierdarena, 11 de noviembre de 1877.

Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro.

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P. D. Te ruego saludes en particular a los sacerdotes que, en calidad de coadjutores, trabajan contigo en la Boca para el bien de las
almas.
4. A don Pedro Vallauri
Don Bosco era como uno más en casa de don Pedro Vallauri, piadoso y caritativo sacerdote turinés. Iba a su casa de vez en cuando, por
las tardes, para sustraerse a ciertas visitas o a molestias de otra clase y despachar la correspondencia o algún trabajo urgente.

((328)) Con frecuencia también, cuando volvía de algún viaje, se lo anunciaba para ir a comer. Lo hacía por la hora incómoda en que
llegaría al Oratorio o por la prisa que tenía para despachar algún asunto en la ciudad o por escrito.

Queridísimo don Pedro:

El bien tratado vuelve. El viernes, un poco después del mediodía, estaré con usted para que me dé un plato de sopa por amor de Dios.
Espero que también podré ver a su señora hermana Teresa, a quien ruego salude de mi parte. Nuestros misioneros y nuestras hermanas
salieron hoy rumbo a América.

Eran diecinueve. Los otros deberán embarcarse en otro puerto, unos en El Havre, y otros en Lisboa, en los primeros días de la semana
próxima.

Dios nos bendiga a todos y créame en J. C.

Sampierdarena, 14 de noviembre de 1877.

Afmo. amigo JUAN BOSCO, Pbro.

5. A don Joaquín Berto
La comunicación del cardenal Bilio de que el Papa estaba descontento por el "asunto de los Conceptinos" y las correspondientes
noticias que le había llevado don Juan Cagliero debieron hacer sentir a don Bosco la necesidad de preparar una relación documentada de
todas las gestiones. El "conocido Breve", si, como lo hace suponer el contexto de la carta, se refiere al mismo asunto, debe de ser
propiamente el decreto del 6 de febrero 1.

1 Véase Apéndice, doc. n.° 2.
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Queridísimo Berto:

He encontrado entre mis papeles el conocido Breve y he mandado sacar copia. Ahora es necesario:

1.° Sacar una copia del rescripto con el que el Padre Santo encargaba a don Bosco organizar los asuntos de los Conceptinos de acuerdo
con los de los Salesianos.

2.° Carta escrita por el cardenal Randi a don Bosco y mi respuesta. Te advierto que yo tengo una carta de este cardenal.

3.° Carta del hermano Luis en la que previene a don José Scappini difiera el regreso a Roma.

((329)) 4.° Memorandum entregado al Cardenal Vicario para remitirlo al Padre Santo; creo que esta escrito por don José Scappini.

Quiéreme en N. S. J. C. y créeme siempre,

S. Pierdarena, 15-11-1877.
Afmo. amigo
JUAN BOSCO, Pbro

P. D. El primer grupo de los misioneros ha salido. Mañana, si Dios quiere, estaré en Turín.
En Lisboa monseñor Ceccarelli conocía personalmente al Nuncio Apostólico, monseñor Sanguigni, el cual recibió cordialmente a los
misioneros que fueron a visitarle y hospedó en su casa a su jefe. Estos ignoraban que se encontraba en la ciudad un entrañable amigo de
don Bosco y de los salesianos, monseñor Pedro Lacerda, obispo de Río de Janeiro, que se había hospedado dos meses antes en el
Oratorio. Hacía quince días que estaba allí y se embarcó el 24, de modo que tal vez les hubiera dado tiempo para verle. Este encuentro les
hubiera sido muy útil durante el tiempo de espera, pues el celoso Pastor había hablado mucho de don Bosco y de su obra en los mejores
ambientes de la ciudad 1. Pero, desconocedores de la lengua y sin recomendaciones para ninguna persona influyente, pasaron por la
capital portuguesa totalmente desconocidos. Con la salida de estos últimos, todos los misioneros navegaban hacia el campo de su
apostolado.

1 Véase Apéndice, doc. n.° 29. En los apuntes de don José Lazzero, fecha 13 de julio de 1878, leemos: "Estuvo en el Oratorio un señor
portugués. Manifestó gran deseo de que don Bosco pusiese una casa salesiana en su tierra".
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((330)
)

CAPITULO XI

LA TRIBULACION ENGENDRA LA PACIENCIA
(San Pablo a los Romanos, V, 3)

EN febrero de 1877, volvió monseñor Gastaldi de Roma con la impresión de que le convenía ahuyentar las sospechas de que estaba en
contra de don Bosco y de los salesianos; así que, una vez en su sede, envió a todos los Cardenales y a muchos otros un impreso titulado:
El Arzobispo de Turín y la Congregación de San Francisco de Sales. Empezaba éste así: "El enemigo de las almas, siempre atento a
promover el mal, destruir el bien, impedirlo si puede, echarlo a perder y corromperlo al menos en parte, trabaja desde hace algún tiempo
por insinuar y difundir la suposición de que el Arzobispo de Turín no está a favor de la nueva Congregación de San Francisco de Sales
(llamada también Salesiana), fundada por el reverendísimo don Juan Bosco. Esta suposición es ciertamente obra del espíritu de la
mentira, como pueden descubrir fácilmente por sí mismas todas las personas dotadas de prudencia cristiana; pero, como por desgracia
logra insinuar en la mente de muchos, que no son bastante cautos, incertidumbres y dudas, es conveniente que estas dudas e
incertidumbres sean disipadas". Seguía después la exposición de diez hechos, sucedidos entre 1848 y 1876, para deducir de ellos que era
manifiesto que el Arzobispo de Turín había dado y seguía dando a la Congregación Salesiana y a su Fundador "pruebas tales de
benevolencia, que disipaban ((331)) toda duda e incertidumbre en sentido contrario".

Tenemos una nota autógrafa del Arzobispo en la que declara: "Está, pues, claro que el Arzobispo de Turín, si de vez en cuando se ve
obligado a hacer serias y graves observaciones a don Bosco y a su Congregación, no lo hace por falta de benevolencia, que sigue
profesándole a él y a su Congregación, sino por el motivo de cumplir con su deber". Se enviaron dos ejemplares a cada uno de los
Cardenales de la Congregación del Concilio, uno con la firma del "Canónigo Chiuso, secretario del Arzobispo de Turín, 28 de febrero de
1877". Aun cuando no todo lo que en la nota se decía fuera exacto, sin embargo, como no había en ella nada reprochable para la
Congregación,
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don Bosco no respondió y la cuestión no tuvo consecuencias manifiestas.

Pero, en el mes de agosto siguiente, estalló una controversia, que hizo correr la mar de tinta. Aunque de escasa calidad en su origen,
llegó a revestir graves caracteres por la importancia que Monseñor le atribuyó, dados los principios en que él la apoyaba y por la
divulgación que se le dio. Exponemos objetivamente sus fases y vicisitudes, y dejamos la palabra únicamente a los documentos que nos
limitamos a comunicar de la forma requerida por una exposición ordenada y clara.

El sacerdote don Juan Perenchio, de la diócesis de Ivrea, se presentó el 17 de agosto en el Oratorio para hacerse salesiano. El Superior
buscó informaciones sumarias y lo admitió a la primera prueba. Aquél, cumplidos sus deseos, pidió y obtuvo permiso para salir y volvió
dos días después para dar comienzo a su vida religiosa en calidad de aspirante. Naturalmente, como se sabía que su vida había sido
siempre buena, se le permitió, sin más, celebrar la santa misa. Cuando he aquí que, el 22 de agosto, el vicedirector del Oratorio, don José
Lazzero, recibió por trámite del canónigo Chiaverotti, secretario, la orden de notificar a la Curia si don Juan Perenchio se encontraba en
el Oratorio, si celebraba allí la misa y desde cuándo se encontraba en la Congregación Salesiana. Don José Lazzero contestó: "Sí, don
Juan Perenchio ((332)) se encuentra con nosotros hace algunos días. Ha pedido ingresar en la Congregación Salesiana, pero no fue
aceptado todavía. Mientras tanto don Bosco ha comenzado ya las debidas gestiones con su Obispo".

Al día siguiente, rogaba el mismo secretario a don José Lazzero, por orden de Monseñor, que contestara también a las otras dos
preguntas que se le hacían. Don José Lazzero contestó sin demora, escribiendo el día 24: "Don Juan Perenchio se encuentra en esta casa
hace doce días. Hasta ahora celebró misa, de acuerdo con el certificado de su párroco. Le acompañó el mismo cura párroco, el cual
manifestó verbalmente que no había nada en su contra. Está provisionalmente, mientras se ultiman las gestiones con su Obispo".

Abrimos un paréntesis. Con relación a estas gestiones escribió Monseñor al cardenal Ferrieri 1: "No sé qué gestiones haya podido
empezar don Bosco con el actual Obispo de Ivrea, siendo cosa notoria a todos que monseñor Moreno mantiene una declarada oposición
pública contra don Bosco y que difícilmente daría consentimiento

1 Carta al cardenal Ferrieri, Turín, 10 de septiembre de 1877.
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positivo para que un sacerdote suyo entrase en la Congregación Salesiana".

Las gestiones eran las que se acostumbra hacer para obtener los informes de oficio. Estos se pidieron primero por escrito y después, al
no recibir respuesta, se volvieron a pedir por medio de persona delegada al efecto. Y para bien comprender la posición de don Juan
Perenchio, téngase presente: 1.° Que le bastaba estar libre de censura. 2.° Que no necesitaba consentimiento del Obispo para salir de la
diócesis, tratándose de hacerse religioso. 3.° Que encontrándose en la primera prueba, esto es, en la primera fase de su carrera religiosa,
ya pertenecía a la Congregación Salesiana cuanto era necesario para gozar sus derechos y privilegios, que en aquella condición se le
podían comunicar.

4.° Que los Ordinarios no pueden negar las testimoniales a sus súbditos que quieran hacerse religiosos; si las niegan, se recurre a la
Santa Sede.

((333)) Reanudamos ahora la narración. El mismo día 24 le llegó "a don Miguel Rúa o a quien hiciese sus veces" un tercer mandato
expreso para que no se permitiera celebrar la misa a don Juan Perenchio, por carecer de los papeles necesarios; ya que el ser aceptado
como novicio en la Congregación no le daba derecho a celebrar, si entraba en ella de una manera irregular, a saber, sin las testimoniales
de su Obispo. Es más, añadíase: "Ni él, ni tampoco ningún profeso puede celebrar en las iglesias, que no son estrictamente de la Orden
religiosa, sin permiso del Ordinario".

"Cómo se había enterado la Curia de Turín de la presencia del sacerdote extradiocesano en el Oratorio? Ateniéndonos a lo que entonces
se afirmó, tan pronto como don Juan Perenchio salió de su diócesis, la Curia de Ivrea envió a la de Turín un decreto de suspensión a
divinis contra él, por la razón de: quem constat esse reum maleficiorum (que consta es reo de delitos). Al decreto iba unida una carta, en
la que se pedía permiso para intimárselo por medio del ujier de la Curia de Turín. Se contestó al señor Obispo de Ivrea que se permitía la
intimación del decreto, pero no se concedía la función del ujier, puesto que estaba establecido que se hiciese la intimación por un ujier del
tribunal civil. "Dónde, cuándo, por quién se hizo la intimación? Los salesianos nunca lo supieron; preguntado don Juan Perenchio, afirmó
no haberla recibido nunca. A pesar de todo, don José Lazzero, de acuerdo con don Miguel Rúa, ordenó a don Juan Perenchio que dejara
enseguida de celebrar la santa misa y, para que la cosa no llamase la atención, lo envió a Sampierdarena.

Impresionó sin duda a los Superiores la fuerte amonestación final de la carta sobre la vieja cuestión de las testimoniales. Se decía en
ella:
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"(El señor Arzobispo) me autoriza, además, para añadir que se trata de algo muy delicado e importante, acerca de lo cual, si la
Congregación Salesiana no observa las leyes eclesiásticas, el mismo señor Arzobispo se verá obligado a hacer uso de su autoridad y
reclamar ante la Santa Sede". Pero la atención de los Superiores se detuvo, sobre todo en las últimas palabras del ((334)) párrafo anterior:
"Ni él ni tampoco ningún profeso puede celebrar en las iglesias, que no son estrictamente de la Orden religiosa, sin el permiso del
Ordinario".

-Nosotros vamos a celebrar fuera de casa, dijeron; hasta ahora nunca hemos pedido este permiso. Está, es cierto, en el añalejo la
advertencia en este sentido; pero la entendíamos como afirmación general de un derecho del Ordinario. Aquí cambian las cosas, aquí son
igualados los profesos con el aspirante extradiocesano. Como el Arzobispo afirma evidentemente la necesidad de su explícita licencia
para este último, así parece que la exige también para todos los nuestros. Aquí existe la imposición de un deber impuesto precisamente a
nosotros los Salesianos. Será, pues, preciso que nos pongamos en regla.

La consecuencia de semejante interpretación fue que don José Lazzero, en nombre de don Bosco, contestó al canónigo Chiaverotti en
estos términos.

Reverendísimo Senor:

De acuerdo con la carta, que V. S. me escribe en nombre de S. E. Rvma., nuestro veneradísimo señor Arzobispo, recibo orden de que
ningún sacerdote de la Congregación Salesiana vaya a celebrar misa fuera de las iglesias que no sean estrictamente de la Congregacion.
Desagrada esta severa medida, pero nos atenemos a ella, y en este sentido me apresuro a avisar a algunas iglesias para que se arreglen de
otro modo sin calcular con la misa, que algunos de nuestros sacerdotes iban allá, tras la petición hecha, a celebrar para comodidad de los
fieles. Y por lo que respecta a don Juan Perenchio de otra diócesis, que como novicio no tiene derecho a celebrar por no tener las
testimoniales de su Obispo, ruego a V. S. me diga si hay algún Canon sagrado o ley eclesiástica en fuerza de la cual:

1.° Una Congregación eclesiástica, definitivamente aprobada por la Iglesia, tenga que dar cuenta al Ordinario diocesano de la
administración interna y presentar nota de los documentos que ha recibido o no ha recibido para su aceptación, tanto más cuanto que
muchas órdenes religiosas están dispensadas de las cartas testimoniales.

2.° Si cuando un sacerdote es aceptado como novicio no puede celebrar en las iglesias que son estrictamente de la Congregación.
Especialmente cuando presenta los certificados requeridos de su Párroco, y él mismo lo acompaña y lo recomienda.

Mientras con respeto espero estas dos aclaraciones, me creo en el deber de asegurar a S. E., por respeto a su autoridad, que el
mencionado don Juan Perenchio ha dejado ya de celebrar esta mañana; y él mismo ((335)) pensará en hacer valer los motivos, que según
él deberían haber sido ponderados antes de tomar tales medidas. Asegura él que todo fue referido a su Obispo por persona a quien se le
encargó y por cartas y que hasta ahora no se le ha respondido nada.
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Expuesto esto, me cabe el honor de poderme profesar con el debido aprecio y respeto,

De V. S. Rvma.

Turín, 25 de agosto de 1877.

Su seguro servidor JOSE LAZZERO, Pbro.

Otra consecuencia de la mencionada interpretación fue que se creyó un deber no enviar ya ningún sacerdote del Oratorio a celebrar en
las iglesias y en los institutos de la ciudad, hasta que los interesados no hubieran obtenido permiso para ello. Se enviaron las mismas
instrucciones a los colegios de Valsálice y de Lanzo, por encontrarse en la archidiócesis. Y no había tiempo que perder; como la
intimación había llegado el sábado, había que apresurarse a pedir al Arzobispo la licencia para el día siguiente. La carta de don José
Lazzero llegó a la Curia después del mediodía, a punto de cerrar las oficinas, y el Arzobispo estaba fuera de Turín. Verdad es que hubiera
podido proveer también el Vicario General, pero éste declaró que él no se mezclaba en tal asunto 1. Don José Lazzero se mantuvo a la
espera hasta la mañana del domingo, aguardando siempre ver llegar una contestación; pero, al fin, no recibiendo nada, escribió a los
rectores de las iglesias una cartita en la que se decía: "Por severas disposiciones de S. E., el señor Arzobispo se nos ha prohibido celebrar
misa fuera de las iglesias de la Congregación. Por consiguiente, si usted necesita alguno de nuestros sacerdotes, se le enviará con mucho
gusto, mediante permiso escrito por la Autoridad eclesiástica".

Así que en algunos lugares faltó la misa; en otros la hubo, porque una vez recibido el aviso, tuvieron tiempo para pedir la licencia. Es
fácil imaginar el trastorno que se produjo y las habladurías que corrieron por las sacristías.

((336)) El Arzobispo repitió a todos los que recurrieron desde Turín, Valsálice y Lanzo para obtener la licencia, que él no había
prohibido a los sacerdotes salesianos celebrar en ninguna iglesia pública o privada de la Archidiócesis y que las disposiciones que le
atribuían eran imaginarias. Al mismo tiempo, sin pasar con antelación las amonestaciones canónicas y sin indicar la causa, el 26 de
agosto suspendió por 18 días a don Lazzero de oír confesiones de los fieles en toda la archidiócesis.

1 Véase también la carta del Superor de los Hermanos de las Escuelas Cristianas al Director de Valsálice, 2 de septiembre de 1877.
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Con la misma fecha escribió al cardenal Ferrieri una carta, en la que cargaba con las culpas a don Bosco por tres cosas: porque nunca
pedía ni a él, ni al Obispo de Ivrea, ni a otros Obispos las testimoniales en favor de sus diocesanos para admitirlos en la Congregación;
porque calentaba la imaginación de los muchachos, sugestionándolos. para atraérselos, y por el caso Perenchio. Terminaba diciendo: "Si
se deja que las cosas procedan de este modo, las casas de don Bosco se convierten en el asilo de todos los curas castigados por sus
Obispos. Yo tengo una diócesis incrustada dentro de mi diócesis: don Bosco fabrica con una mano y destruye con la otra; hace un gran
bien, pero abre el campo a un gran mal; mengua mucho la autoridad del Arzobispo de Turín, e introduce el cisma en el clero. Yo he
hecho por don Bosco lo que ningún otro ha hecho, excepto el Padre Santo; pero me veo obligado a invocar la protección de la Santa Sede
contra los atentados de este sacerdote, que tiene la cabeza llena, y contagia la de los suyos, con un espíritu de autonomía y de
independencia".

El 31 de agosto escribió de nuevo al cardenal Ferrieri sobre el asunto de las misas, diciendo que los salesianos habían intentado con
aquel acto "hacer que los diocesanos se formaran mala impresión de su Obispo, creándole fastidios y disgustos". El cardenal Oreglia
informó a don Bosco sobre esta segunda carta el 6 de septiembre de la manera siguiente: "Le prevengo que el Arzobispo ha escrito una
carta fulminante contra usted, por haber hecho que faltaran misas en algunas iglesias y comunidades de Turín el domingo pasado.
Apresúrese a enviar un ((337)) recurso con los documentos necesarios 1. Don Bosco envió al cardenal Oreglia este memorial el 14 de
septiembre, incluyendo en él los documentos pendientes y rogando a Su Eminencia se dignase transmitir todo al cardenal Ferrieri.

Eminencia Reverendísima:

La pía Sociedad o Congregación de San Francisco de Sales, por medio del humilde exponente, Rector Mayor, recurre a Vuestra
Eminencia para tener luz y aclarar los hechos que aquí, con brevedad, respetuosamente se exponen:

1.° Cada vez que un salesiano pide a monseñor Gastaldi, arzobispo de Turín, ser admitido a las sagradas órdenes o rendir examen de
confesión, exige que se presenten las cartas testimoniales, según las cuales fue admitido al Noviciado.

2.° Hace poco, habiendo tenido noticia de que el sacerdote Juan Perenchio, de Ivrea, había sido admitido en la Congregación Salesiana,
intimó, por medio de su secretario, el canónigo Chiaverotti, al Director de la Casa Madre, o a quien hiciese

1 De toda la correspondencia aquí citada y por citar, incluidas las cartas del Arzobispo al cardenal Ferrieri, poseemos los originales en
nuestro Archivo. Ignoramos su procedencia.
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sus veces, no le dejara celebrar en ninguna iglesia, y esta prohibición se extendió también a todos los salesianos, o al menos a todos los
sacerdotes de dicha comunidad para celebrar fuera de las iglesias no estrictamente de su Congregación.

3.° El sacerdote Lazzero, con plena sumisión a las órdenes del Arzobispo, preguntó, con respeto, si había prescripción eclesiástica que
obligase a una Congregación exenta a depender del Ordinario Diocesano en la aceptación de sus miembros, sobre todo cuando pertenecen
a otra diócesis; y si puede prohibírsele a un novicio celebrar, por el solo motivo de que no tenga las testimoniales de su Obispo.

La única respuesta a dicha carta fue una severa pena comunicada al reverendo Lazzero, por la que se le quitaba la facultad de confesar
durante veinte días.

CONSECUENCIAS

Para evitar escándalos el sacerdote Perenchio ya no ha celebrado, y tampoco celebraron los salesianos fuera de sus iglesias.

El Rector de alguna iglesia externa, donde los salesianos solían celebrar, acudió él mismo, en ausencia del Obispo, a toda prisa a la
Curia, a pedir la licencia requerida. El Vicario General contestó que no podía entremeterse en este asunto. Mientras tanto diversas iglesias
((338)) e Institutos religiosos no pudieron hacerse con el permiso requerido, ni encontrar en seguida otros sacerdotes; de ahí la
desagradabilísima consecuencia por la que muchos fieles tuvieron que perder la santa misa en día festivo, y el reverendo Lazzero, que
trabaja con celo en el ministerio de la predicación y confesión, tuvo que ver su confesonario cercado de penitentes sin poder prestarse en
absoluto al bien de sus almas.

Expuestos estos hechos, el humilde exponente, sin querer acusar a nadie, suplica únicamente a Vuestra Eminencia se digne tomar las
medidas oportunas para que no se repitan semejantes litigios, tan desagradables y dolorosos. En hoja aparte se añaden algunas
observaciones limitándose aquí a exponer las dudas siguientes:

1.° Si podía legítimamente Su Excelencia Monseñor Gastaldi convertirse en juez sobre la válida admisión del reverendo Perenchio en el
Noviciado; y, en el caso de que pudiere, si no debía llamar antes al superior para que presentara sus razones.

2.° Si fue lícita la pena que infligió al Director don José Lazzero, por haber presentado observaciones en torno a aquel juicio.

3.° Si podía intimar a los salesianos para no presentarse a celebrar, sin su permiso, en ninguna iglesia que no fuese estrictamente de la
Congregación.

4.° Si no basta, para este fin, presentar las testimoniales del Superior con la firma reconocida en la Curia.

5.° Si, cuando un salesiano se presenta para el examen de confesión o para las ordenaciones, puede monseñor Gastaldi exigir, además
de las testimoniales de su Superior, las que los Superiores de la Congregación reciben del Obispo Diocesano antes de admitirlo al
Noviciado.

Toda palabra, toda norma, que guste a V. E. proponerme, será recibida con la máxima veneración por los salesianos, que siempre
gozarán seguirla fiel y prontamente.

Permítame mientras tanto tener el alto honor de poderme inclinar profundamente y besar su sagrada púrpura, mientras me profeso
humildemente.

Turín, 14 de septiembre de 1877.

Su atto y s.s.
JUAN BOSCO, Pbro.

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La "hoja aparte" contenía algunas observaciones jurídicas sobre la intimación hecha al Superior del Oratorio de no dejar celebrar en la
iglesia propia a un sacerdote recibido como aspirante, y al Superior mismo y por él también a los sacerdotes salesianos, de no celebrar
fuera de las iglesias pertenecientes estrictamente a la Congregación, sin permiso del Ordinario. Es un parecer manifestado modis et formis
por el jesuita ((339)) padre Rostagno, canonista de gran valía. Sobre el hecho de las testimoniales, don Bosco consideró que era útil
añadir al pie de lo expuesto por su consultor esta declaración: "En la audiencia obtenida de S. S. el Sumo Pontífice Pío IX, a petición del
que suscribe, el 3 de mayo de 1876, vivae vocis oraculo, concedió que todos los jóvenes, que hacen sus estudios o por otras razones son
mantenidos o educados en nuestras casas, internados, colegios de la Congregación Salesiana, siempre que desearen en tiempo oportuno
inscribirse y llegar a ser miembros de la misma Congregación, sean dispensados de las testimoniales, prescritas por el decreto de Obispos
y Regulares del 25 de febrero de 1848.

"Además, en la audiencia del 10 de noviembre de 1876, también vivae vocis oraculo, se extendió esta dispensa, indistintamente, a todos
los que deseasen entrar en la Congregación Salesiana. De esta benévola concesión, es decir, de este insigne acto de clemencia de S. S., se
dio comunicación a la autorizada Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, en fecha 16 de diciembre de 1876, con carta dirigida a

S. E. Rvma. el señor Cardenal Prefecto de esta misma Congregación y con otra carta, en enero del año corriente 1877, entregada en
manos de S. E. el señor Secretario que la colocó en el legajo de la Pía Sociedad Salesiana. JUAN BOSO, Pbro.".
El 19 de septiembre volvió monseñor a presentar por tercera vez al Cardenal prefecto de la Sagrada Congregación de Obispos y
Regulares sus "quejas con respecto a la Congregación de don Bosco por el hecho del 26 de agosto último", juzgando poder "exponer la
cosa en su pleno aspecto". Se trata de doce folios, de renglones apretados y con letra tupida y clara. En su exposición explica el sentido
que hay que dar a las palabras empleadas por el secretario de la Curia, acerca del permiso del Oratorio a los religiosos para celebrar en las
iglesias que no son suyas: "Está claro que ni él ni ningún profeso, etc., se añadían sólo para decir que, aun cuando don Juan Perenchio
fuera novicio en toda regla, o también profeso, el Arzobispo podía prohibirle celebrar la misa en las ((340)) iglesias de la diócesis, como
podía prohibirla a cualquier clérigo regular. Con estas palabras no se prohibía a todos los sacerdotes de don Bosco celebrar en las iglesias
de la diócesis sin
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tener una nueva licencia 1 y no se habla de licencia por escrito; no se quitaba con estas palabras una licencia ya dada de manera bastante
explícita y aprovechada por un número considerable de sacerdotes salesianos durante algunos años... sciente et non contradicente
Archiepiscopo". En una apostilla a un documento que pronto veremos, una persona autorizada advierte que de hecho la carta del
Arzobispo, si era "clara" para algunos, resultaba "dudosa" y también "obscura" para otros. Además, los salesianos no dijeron que
Monseñor les prohibía celebrar fuera de casa, sin un permiso por escrito; pero ellos mismos exigían este permiso por escrito a los rectores
de las iglesias o de las comunidades: sabia precaución, como es fácil entender. Monseñor Gastaldi describe, por último, el escándalo
producido por la repentina falta de las mismas, por culpa de los salesianos, y demuestra la necesidad de una reparación.

Su Excelencia ya había indicado cuál tenía que ser esta reparación: véase en qué circunstancia. El canónigo Chiaverotti, turbado por las
protestas del Arzobispo, había ido al Oratorio el 5 de septiembre para pedir su carta, causa de tantos disgustos. Protestaba él diciendo que
la había escrito al dictado de Monseñor. Don José Lazzero envió aquel mismo día el original a la Curia, porque así lo quería el
Arzobispo; pero el canónigo Zappata, Vicario General, poco antes de recibir el documento, le había escrito:

Muy Reverendo Señor:

No puedo dispensarme de cumplir la indicación de S. E. Rvma. el señor Arzobispo de llamar ante mí a V. S. M. Rvda. e invitarle a
exhibir ((341)) la carta, de la que ya se le ha hablado, y que conoce; para que le fuera menos incómoda la conversación le mandé decir
por medio de dos clérigos que habían acudido a la Curia, que yo le aguardaría en la sacristía del Santo Rosario, y allí esperé hasta las
siete.

V. S. no habrá podido ir. Pero yo necesito encontrarme lo más pronto posible con S. E., de suerte que al recibir la presente invitación se
persone al momento en la Curia arzobispal... y si tiene este original, por favor, por favor, llévelo consigo para mostrármelo.
Le saludo cordialmente y soy, de V. S.

Turín, 5 de septiembre de 1877.

Atto. y s. s.
JOSE ZAPPATA, Vic. Gral.

1 "Nueva" con relación a la licencia tácita, por la que la celebraban en iglesias que no eran propias, aunque en el Añalejo de aquel año
el Decreto XII decía: Regulares omnes monemus, se non posse sine licentia Nostra, ne una quindem vice celebrare Missam in ulla
ecclesia vel oratorio etsi privato, Nostrae Dioecesis, exceptis ecclesiis et oratoriis sui Ordinis. (Recordamos a todos los regulares que no
pueden, sin nuestra licencia, celebrar la misa ni siquiera por una sola vez en ninguna iglesia u oratorio, aunque sea privado, de nuestra
diócesis, excepción hecha de las iglesias y oratorios de su orden).
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Precisamente aquella tarde se abría en Lanzo el primer Capítulo General de la Congregación. Dos días después, don Miguel Rúa
enviaba, desde allí, al Arzobispo esta declaración de don Bosco: "7 septiembre de 1877. El que suscribe, Rvdo. Juan Bosco, Rector
Mayor de la Congregación de San Francisco de Sales, cumple el deber de notificar a S. E. que entre los aspirantes de este Instituto se
encuentra el sacerdote Juan Perenchio, de la diócesis de Ivrea. Según las prescripciones de la Santa Sede, se juzgaron al punto oportunas
y de hecho se pidieron las testimoniales a su Obispo, el cual no creyó conveniente concederlas. Se comunica esto a V. E., en
cumplimiento del decreto 25 de enero de 1848 Regulari Disciplinae y tengo el alto honor de poderme profesar, etc.".

Esto era para poner las cosas en su lugar, con respecto a la llamada de Monseñor a la observancia de las leyes eclesiásticas, acerca de
"algo muy delicado e importante" de las testimoniales con las dos correspondientes amenazas.

Su Excelencia encargó al teólogo Francisco Maffei, prosecretario arzobispal, que acusara recibo a don Miguel Rúa y le dijera que, antes
de contestar, quería Monseñor saber si don José Lazzero y demás Superiores estaban pesarosos y dispuestos a pedir perdón por la
"gravísima molestia" causada por ellos el 26 de agosto por "un error muy enorme" cometido por ellos; que lo asegurasen, por tanto, con
una carta firmada por don José Lazzero, don Miguel Rúa o don Bosco, ((342)) de lo contrario, él haría lo que le pareciese conveniente por
respeto y decoro de su autoridad.

Los salesianos, convencidos de haber obedecido a una orden del Arzobispo, no veían haber cometido falta alguna, por la que fuera
necesario pedir perdón y por escrito. Por consiguiente, antes que entregar nuevos documentos peligrosos, cuando se recibió noticia de los
pasos ante la Santa Sede, pareció necesario mantenerse en posesión de los documentos de propia pertenencia y, por tanto, recobrar el
original de la carta del canónigo Chiaverotti. Con tal fin, don José Lazzero rogó al Vicario General que se la devolviera, pero monseñor
Zappata le contestó que, como estaba en manos del Arzobispo, se la pidiese a él. El Vicedirector del Oratorio se apresuró a escribirle por
segunda vez:

Rvmo. Monseñor:

He recibido su veneradísima del 10 de los corrientes y le agradezco vivamente la solicitud con que se dignó contestarme.

Con mi sorpresa y grandísimo pesar tengo que volver a recurrir a la bondad de
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V. S. Rvma. para que tenga a bien sacarme de una verdadera dificultad en que me encuentro.
S. E. Rvma. nuestro señor Arzobispo presentó quejas a Roma con respecto a la carta en cuestión; ahora se me pide desde Roma la
misma carta para examinar lo sucedido; "cómo puedo enviarla, si no la tengo? Si me dirijo yo mismo a S. E., me la rehusará, pues podrá
decir que no recibió nada de mí. Así, pues, sólo V. S. Rvma. puede remediarlo, ya sea rogando a S. E. que le entregue la carta aunque
sólo fuera para sacar una copia auténtica, con tal que venga de esa Curia, que a mí me es igual, ya sea autenticando la copia ahí enviada
por el Oratorio y haciéndomela devolver. Si no pudiere hacer lo uno ni lo otro, tenga la bondad siquiera de enviarme una respuesta para
que yo pueda dar a Roma la satisfacción que se requiere al efecto.
La paternal benevolencia que siempre ha tenido V. S. Rvma. conmigo y con mis hermanos, me hace esperar que tampoco esta vez habré
recurrido en vano.

Pidiéndole perdón por la molestia y dándole anticipadamente las gracias por el favor, le deseo cien años más del buen Dios para nuestro
mayor bien, y me profeso con la más profunda estimación y veneración,

De V. S. Rvma.

Turín, 17 de septiembre de 1877.

Su seguro servidor JOSE LAZZERO, Pbro.

((343)) El canónigo Zappata le replicó el 19 de septiembre entre otras cosas:

"Ayer, después de las tres de la tarde, recibí la carta de V. S. R., con fecha 17 de los corrientes, en la que me renueva la petición de
recobrar, por mi mediación, la carta que ambos conocemos; antes de salir de la Curia, acudí a S. E. para hacer la petición y me respondió
que la devolvería y me la enviaría al día siguiente a la Curia. La recibo hoy, poco después de las tres, y me apresuro a dirigirla a V. S. M.
R.". Pero la carta no volvió sola; iba acompañada de un Decreto arzobispal, que suspendía a don José Lazzero de oír confesiones por
tiempo indefinido.

Son del mismo día las "graves quejas" por el pontifical de monseñor Lacerda 1. De tres días antes era la suspensión del sacerdote
boloñés César Cappelletti; la razón de este hecho se expone en la larga carta dirigida por Monseñor, el 19 de septiembre, a la sagrada
Congregación de Obispos y Regulares. En cierto punto de ella se lee:

"Y es también necesario, en un lugar como Turín, adonde vienen hoy día continuamente sacerdotes extradiocesanos de todas partes, y
en una casa como la de don Bosco, a la que los sacerdotes extradiocesanos acuden con tanta facilidad, que el Arzobispo vigile, ya que
don

1 Véase atrás pág. 143.
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Bosco está fuera de Turín con frecuencia y no todos sus subalternos están ojo alerta. Hace algunos meses, fue recibido allí un sacerdote
de Bolonia. A petición de los sacerdotes de don Bosco le di facultad para confesar y se puso, en efecto, a ello en la iglesia de María
Santísima Auxiliadora, que es la iglesia de don Bosco. Ahora bien, hace pocos días, se me presentó una denuncia de solicitación en toda
regla contra este sacerdote, que he transmitido al Sagrado Oficio". Don Bosco inmediatamente después de la suspensión escribió a
Bolonia para ulteriores noticias acerca del sacerdote suspendido, pero sin notificar el motivo. Le contestó el 19 de septiembre el Canciller
arzobispal, Aquiles Manara, futuro cardenal, ((344)) repitiendo lo que desde el principio le había declarado ya en otra suya, a saber, que
Cappelletti necesitaba mantenerse sumiso y dirigido, por ser de carácter ligero, de escasa capacidad y fácil a exhibirse; que, guiado, podía
hacer el bien, pues era activo y celoso; en cuanto a su conducta moral, nada había en absoluto en su contra. Por lo cual volvía a
recomendarlo encarecidamente a su caridad. Dice Lemoyne que se dudó si se trataba de una verdadera denuncia. De todos modos, la vía
ordinaria hubiera sido dar a conocer el asunto al Superior para tomar las medidas oportunas, sin hacer de ello un cargo contra la
Congregación ante la Santa Sede. El sacerdote volvió a su diócesis.

Cronológicamente nos toca insertar aquí una carta del Siervo de Dios, el teólogo Roberto Murialdo, a monseñor Gastaldi, de quien
había sido condiscípulo.

Rvmo. Monseñor:

Al enviarte la carta, que deseas, escrita por don José Lazzero a la Madre Superiora del Instituto de San Pedro 1, no puedo dejar de
renovarte el ofrecimiento de mi mediación ante don Bosco y compañeros, con todos los cuales mantengo óptima relación, para hacer
cesar el presente estado de cosas demasiado doloroso para todos.

Estoy convencido de que todos aquellos sacerdotes tendrían muchísimo gusto en volver a la primitiva gracia de su Superior Eclesiástico
y tornar a verle, de vez en cuando, en su Oratorio cual padre y amigo, como en tiempos pasados. Un día me encontré por la ciudad al
bueno de don Miguel Rúa, a quien conozco desde su juventud, y, dado mi gran interés por sus relaciones y las de sus compañeros con el
señor Arzobispo, me permití dirigirle unas palabras sobre ello; pero se mostró tan dolorido por las existentes desavenencias, que poco le
faltó para echarse a llorar en plena calle, y me dio lástima, por lo que no insistí en la cuestión. Don Bosco y su Congregación están
actualmente haciendo los ejercicios espirituales en Lanzo, y creo que el momento no puede ser más oportuno para llegar a un arreglo de
todas las diferencias pasadas.

1 Don José Lazzero invitaba a la Superiora a que pidiera a la Curia autorización para que un salesiano siguiera celebrando en la capilla
del Instituto.
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Si crees, por tanto, conveniente que yo dé algún paso, el que quieras, donde quieras y como quieras, haz el favor de indicármelo, pues
será para mí verdaderamente una buena ventura contribuir en cuanto sé y puedo ((345)) a un buen acuerdo para el porvenir entre el señor
Arzobispo y don Bosco y su Congregación, sepultando en el olvido el pasado, disculpando las intenciones. Si esto tuviere éxito, estoy
convencido de que se alegrarían de ello todos los buenos, y el mismo Sumo Pontífice gozaría al saber que las disensiones entre el
Arzobispo de Turín y don Bosco y compañeros han cesado, gracias a Dios, enteramente. "Y no se arrancaría del corazón del señor
Arzobispo una muy grande y dolorosa espina?... Tal vez una conversación entre vosotros, en presencia de algún autorizado eclesiástico,
para hablar de los diversos temas que dieron ocasión a los presentes males, serviría, y mucho, para disipar ciertas dudas y sospechas, y
daros razón y explicación de vuestro proceder. Después de esta apertura recíproca, hecha para defender los derechos que cada uno cree
tener, y después de daros una satisfacción mutua, estoy convencido de que será fácil poneros de acuerdo y volver a la amistad de antes.

Así sea, y pronto; más aún, en seguida.

No añado más palabras, sólo te pido me perdones, si olvidando por un momento tu alta y mi humilde posición, me he permitido
escribirte como lo he hecho. Si crees que yo puedo hacer algo, mándame, pues estoy a lo que me indiques, de lo contrario, ten siquiera en
cuenta mi buena voluntad.

Beso en espíritu tu sagrado anillo, pido tu santa bendición para mí y para el pobre Instituto de San Pedro, y me declaro,

De tu Reverendísima Excelencia Arzobispal

Turín, 18 de septiembre de 1877.

Seguro servidor y amigo ROBERTO MURIALDO, Teólogo.

Pertenece a este tiempo y fue sugerido por estos acontecimientos un segundo plan de mediación, que partió de la casa de los jesuitas en
Chieri. Aunque el plan quedara en el estado de un piadoso deseo, sin embargo, puesto que dio origen a un cambio de impresiones con un
autorizado padre filipense, nos parece que la relación de la iniciativa sirve para dar a conocer más y mejor la realidad de las cosas. Será
también un momento de lectura agradable. Así, pues, a fines de septiembre el padre Luis Testa, de la Compañía de Jesús, escribió a don
Bosco en estos términos:

Rvmo. Señor:

El que escribe la presente es un sincero y franco amigo de su congregación, aun cuando no conozco personalmente a su fundador. Soy
un padre de la pobre Compañía de Jesús, profesor en el seminario de Susa, desde hace algunos años.

((346)) Dado que soy antiguo amigo del Arzobispo de Turín y que conozco al padre Carpignani, confidente del Arzobispo, después de
mucho pedir al Señor, me presenté a dicho Padre y le pedí hablar con él sobre asuntos gravísimos. Aceptada la propuesta, comencé por el
párroco de los Santos Mártires y de la Conferencia de la Consolación,
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fundada en origen por la Compañía de Jesús, con el consentimiento de la Santa Sede. Tratamos de poner término a estos enredos y obtuve
suficientes promesas. Como esto no le concierne personalmente, no me extiendo más; otros más hábiles y poderosos harán que estos
asuntos terminen según la mente del Papa.

Entonces yo le dije que era necesario arreglar y desenredar de una vez los múltiples asuntos que se referían al reverendo don Bosco y a
su Congregación, aprobada por la Santa Sede, pues se hablaba de ello muy acaloradamente por toda Italia, especialmente en las
congregaciones romanas, y que, hasta en Francia, había oído yo hablar de ello.

El padre Carpignani me expuso la conversación que habían tenido sobre esto el Arzobispo de Turín, el arzobispo Fissore y el reverendo
don Bosco, sin ningún resultado positivo, porque don Bosco no había querido firmar cierto papel. Yo, que ignoraba el contenido de dicho
papel (ahora lo conozco enteramente), añadí que me parecía haberse tratado la cuestión demasiado diplomáticamente, y que no era así
como se podían arreglar con firmeza y fácilmente estas graves divergencias; por lo cual propuse que el Arzobispo llamara ante sí a don
Bosco con la misma amabilidad con la que (tras mi consejo) había llamado al jefe de la oposición en las graves cuestiones de Chieri, y así
se entendiese caritativamente en todas las cuestiones que los separaban, y para ello se cediese un poquito de una y de otra parte, como
suelen hacer los santos, cuando tienen entre ellos cuestiones de derecho que no son puramente personales.

El padre Carpignani (que es buen diplomático) me preguntó, de buenas maneras, si yo tenía una misión oficial o al menos oficiosa para
tratar un asunto tan delicado, y yo le contesté:

-No tengo una ni otra, de parte de los hombres, pero sí de parte del Dios de la paz y de la gloria de la Iglesia, y he aquí la manera y para
testigo de ello llamo (me volví al retrato) 1 a su mismo fundador. Hace ya más de un año que oigo continuamente en la oración esta voz
interior: "Desde muchacho has sido amigo y compañero de clero del Arzobispo; por tu mediación se han arreglado varias divergencias
entre él y diversas personas poderosas; todavía últimamente, con satisfacción mutua, has impedido un gran choque a punto de nacer con
ocasión de las fiestas de Chieri; admite de ti ciertas verdades y observaciones que no aguantaría ni siquiera de otro arzobispo; tanto que,
sin ofensa alguna, has podido decirle a la cara que le hablabas así, porque ninguno se atrevía a decir palabra en su presencia y que tú no
tenías nada que esperar ni nada que temer de él; has llegado hasta amenazarle con hacer cierta novena para su castigo, y no sólo no
((347)) se dio por ofendido, sino que, muy amablemente, te rogó hicieras una en su favor... "Por qué, pues, no aprovechas esta afortunada
circunstancia para hacer un poco de bien a mi siervo?".

A pesar de todo, sabiendo yo muy bien las enormes dificultades de este asunto, y conociendo las intenciones de mis superiores, de que
ninguno de nosotros se meta en líos con el arzobispo Gastaldi, me contentaba con rezar y hacer rezar, y con escribir a alguna persona
influyente de la Curia romana, para que buscaran la manera de poner término a esto que me parecía un escándalo. Pero, he aquí que esta
mañana (a fines de agosto) pasando por casualidad por delante de San Felipe 2, me sentí impulsado con gran fuerza a hablar con V. R. a
quien había hecho favor en el asunto de su elección, discutida por alguno del Gobierno. Tres veces quise seguir mi camino, y tres veces
me sentí como obligado a volver atrás, pero me parece estar aquí por pura voluntad de Dios. Hágame, pues, promesa formal de ocuparse
seriamente de

1 Naturalmente se refiere a san Felipe Neri, fundador de los filipenses. (N. del T.)

2 Quiere decir el convento de San Felipe. (N. del T.)
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este asunto que ya hiede (se me escapó esta palabra) y es causa de estupor y quizás, incluso, de escándalo para los buenos. Usted, si
quiere, lo puede, y yo creo que según la moral del Ligorio (único autor que ha sido aprobado nominatim por la Santa Sede), así el
Arzobispo como usted, tienen sub gravi que ocuparse de acabar este asunto (como los otros dos) iuxta mentem S. Sedis.

Al oír estas palabras tan tajantes, el padre Carpignani mudó ligeramente de color, y apareció en todo su semblante un aire de pena y
confusión. Después, con voz sumisa, me dijo:

-Reverendo Padre, veo que sus ideas y las mías andan de acuerdo en este asunto. La gran cuestión es la de los medios prácticos para
llevarla a buen término. Porque usted sabe que hemos de vérnoslas con dos santos, firmes en sus ideas (yo interrumpí: testarudos, quiere
usted decir, como todos los piamonteses).

Sonrió y luego siguió:

-Pero, hagamos así: pidamos mucho al Senor que se digne poner su santa mano. Es admirable para dicho: ambos creen actuar según los
planes y voluntad de Dios, y quizá ambos tienen algo de razón y algo de culpa. "Qué puede hacerse en este caso?

Di la última respuesta que es ésta, y la dije con voz grave y muy pausada:

-Por ahora V. R. no diga mi nombre al Arzobispo, podrá decirlo más adelante, si lo cree oportuno. Sepa usted, pues, por los informes
que tengo de Roma, que allá están cansados y hastiados de todas estas cosas de la archidiócesis, tanto que mucho me temo, se proceda
aquí con el Arzobispo como Pío IX ya procedió con otros, y como procede ahora con el obispo de Niza, a pesar de que tiene
poderosísimos apoyos y es muy diestro y astuto (como él no conocía el asunto, se lo conté). Arréglense, pues, como es debido, según lo
quiere el Papa, todos estos graves asuntos, por lo demás el próximo ano ya habrá quien piense en ello.

El padre Carpignani balbuceó unas palabras y después nos separamos muy serios uno y otro, y así terminó la conversación.

Desde entonces, poco más o menos, el Arzobispo no volvió a contestar ((348)) a mis cartas; sus amigos (a quienes vi) me trataron casi
con miedo. Pero sé que ha modificado algunas de sus determinaciones y casi tiene miedo que se escriba a Roma, por mí o por usted,
querido don Bosco. Esto, acerca del padre Carpignani, puede serle suficiente.

Permítame que le diga que yo, en su lugar, no habría consentido el no haber echado mano de los privilegios de la Congregación en vida
del Arzobispo de Turín; es más, como jefe los sostendría en Roma con todas mis fuerzas. Así hemos hecho siempre desde san Ignacio
hasta el caso del arzobispo Darbois de París, que se vio obligado a ceder. Por esta misma razón, no dejaría correr el impedimento que el
Obispo de Ivrea pone a sus sacerdotes para decir misa en su diócesis; además, haría incoar proceso canónico (el padre Rostagno S. I. es el
hombre indicado para ello) sobre ese su curita novicio que fue suspendido (después de salir de Ivrea) en una diócesis que no era la suya.
Si tiene culpa, pase; pero, si es inocente, lo defendería en primera instancia en la Curia Turinesa, de donde emanó la suspensión, y
después en la Curia Romana. Así lo hicieron los santos fundadores. Un golpe bien dado impide ulteriores ataques...

Permita bese humildemente su mano.

San Antonio Chieeri, día de san Miguel Arcángel, 1877.

Su afmo. servidor en Cristo P. LUIS TESTA, S. J.

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Durante el Capítulo General nadie se daba cuenta de la suspensión de don José Lazzero para oír confesiones. Pero, a punto de bajar de
Lanzo para reanudar en el Oratorio sus funciones, sentía lo embarazosa que iba a resultar su situación, por lo que escribió una carta al
Vicario General, rogándole intercediera ante el señor Arzobispo para readmitirle ad audiendas confessiones fidelium o, al menos, para
que le dijera el porqué de una medida tan grave. Monseñor Zappata creyó que no podía interceder para alcanzar su deseo. "Es necesario,
le escribió el 4 de octubre, que, quien implora perdón de su Superior, le manifieste su ardiente deseo y eleve la instancia de una manera
reverente". Y en cuanto al motivo de la medida, le decía: "Ya supe algo de los efectos de la carta firmada por Chiaverotti y que iba
dirigida, no sé exactamente si a don Miguel Rúa, don Bosco u otro, pero no sé nada sobre el motivo por el que usted ha sido suspendido...
usted lo sabrá... de acuerdo con el merecimiento y el peso del mismo motivo, ((349)) escriba usted directamente al señor Arzobispo e
implore el favor, a costa (si en conciencia no puede disimularse estar obligado a ello) de pedir humilde venia".

Por entonces, ni don José Lazzero ni ningún otro hizo nada con la intención de declararse culpable.

Mientras tanto, las tres cartas del Arzobispo al cardenal Ferrieri surtieron el efecto de esta comunicación oficial a don Bosco:

Rvmo. Señor:

Como consecuencia de las protestas hechas por el señor Arzobispo de Turín, esta sagrada Congregación de Obispos y Regulares cree
oportuno dirigirse a usted con el fin de evitar el escándalo de esa devota población que se ve privada de la misa en los domingos y fiestas
de precepto en muchas iglesias, colegios de monjas, conventos, en los que suelen celebrar los sacerdotes de la Sociedad Salesiana.
Reconociendo que las prescripciones dadas por el señor Arzobispo no sobrepasan los límites de sus derechos y que, por tanto, no ha
ofendido en nada a dicha Sociedad, tendrá usted a bien conformarse con las prescripciones del mencionado Arzobispo Ordinario y, por
tanto, hacer que los lugares mencionados no sean privados de la ventaja de asistir al santo sacrificio en los días designados por la Iglesia.
Además, tiene esta Sagrada Congregación que exigir a usted la exacta observancia de los decretos pontificios acerca de la admisión de los
sujetos en el Instituto Salesiano. Ha de reconocer la mucha importancia que tienen, para el mismo Instituto, las testimoniales de los
respectivos Ordinarios, que son una garantía de las cualidades o defectos de los individuos que piden pertenecer a la mencionada
Sociedad. Así, pues, mientras se le prescribe el exacto cumplimiento de los decretos pontificios al propósito, queda bien entendido que no
se le cierra el camino para exhibir el correspondiente documento, apoyándose en el cual usted se creyese dispensado de esta observancia,
como parece insinuarse en su carta.
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Al participarle esto, le pido toda suerte de gracias del Señor.

Para su servicio

Roma, 10 de octubre de 1877.

Card. L. FERRIERI, Prefecto.

A. Arzob. de Mira, Secr.
El Beato, sin interponer la más mínima demora, compendió la historia de los últimos acontecimientos en esta carta de respuesta al
Cardenal.

((350)) Eminenecia Rvma.:

Con gran sorpresa de mi parte he recibido la venerada carta de V. E. Rvma., según la cual se culparía a la Congregación Salesiana de la
falta de servicio religioso en algunos institutos e iglesias públicas de esta diócesis. Con la protesta hecha por nuestro Arzobispo habíase
ya esparcido esa vaga voz y, al efecto, a primeros de septiembre, transmití un memorial al cardenal Oreglia para que se dignase
transmitirlo a V. E.
Tal vez el Eminentísimo Cardenal esté ausente de Roma o enfermo.

De todas maneras deseo dar a V. E. una respetuosa satisfacción, y le ruego humildemente se digne comunicarme las protestas que hizo
nuestro Arzobispo, para que yo pueda dar las necesarias aclaraciones. Mientras tanto, para conocimiento de lo que V. E. se dignó
escribirme, tengo el atrevimiento de exponer las cosas en breves palabras, reservándome transmitir cuanto antes a las respetables manos
de V. E. los correspondientes documentos.

A principios de este ano 1877, decretó el Arzobispo de Turín en el añalejo diocesano que, Regulares omnes monemus (se non posse
sine licentia Nostra) ne una quidem vice celebrare Missam in ulla ecclesia vel oratorio etsi privato nostrae dioecesis: ex decreto XII.
(Avisamos a todos los Regulares (que no se puede sin Nuestra licencia) celebrar misa ni una sola vez en ninguna iglesia u oratorio, aun
privado, de nuestra diócesis: del decreto XII).

Nos hemos sometido inmediatamente a esta grave prohibición y hemos pedido a la Curia Arzobispal el necesario permiso, que nos fue
concedido enseguida, y seguimos celebrando en las iglesias, donde acostumbrábamos prestar servicio gratuito en los días festivos y aun
en los feriales. Pero, desde mediados de agosto, renovó con una carta especial la misma prohibición expresamente para los salesianos. Se
pidieron aclaraciones y, como única respuesta y razón, se intimó la suspensión al reverendo don José Lazzero, director de esta casa, que
había escrito la carta en la que se pedían respetuosamente las razones de aquella prohibición. Entonces no hubo más remedio que prevenir
a los Institutos e iglesias que servíamos e invitarlos a procurarse el requerido permiso. Algunos pudieron obtenerlo enseguida y nosotros
continuamos celebrándoles la misa como antes; a otros les faltó tiempo, pues el Arzobispo se encontraba de veraneo en su casa de campo,
y el Vicario General contestó que no quería entremeterse en este asunto. Esta es la causa por la que algunas iglesias se quedaron sin misa.
A pesar de que diga el Arzobispo que esta prohibición es imaginaria, sin embargo, sigue estando en vigor. Varios sacerdotes nuestros se
presentaron para celebrar en algunas parroquias, y no se les permitió. Aún el domingo pasado (fiesta del Santo Rosario) fue el sacerdote
Juan Cinzano a su pueblo por asuntos de
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familia y no pudo satisfacer el vivo deseo de sus parientes, teniendo que venir a Turín para celebrar en una iglesia de la Congregación. El
párroco no adujo más razón que la de ser ésta una orden expresa del Arzobispo. "Qué hubiera podido hacer yo?

Otro asunto es el que se refiere a las testimoniales de un novicio. ((351)) Estoy convencido de que las testimoniales deben pedirse al
Ordinario de origen y no al de la diócesis adonde va a residir y me parece que el Ordinario no puede entremeterse en los asuntos internos
de una Congregación, sin ultrajar a la Santa Sede, que la aprobó independientemente en su régimen interno. Como el sacerdote, de quien
se trata, pertenece a la diócesis de Ivrea, se pidieron las testimoniales a su propio Ordinario. Pero, no habiendo éste juzgado concederlas,
ni dado respuesta alguna, he seguido las prescripciones de esa sagrada y autorizada Congregación y he comunicado todo a la misma,
conforme a los decretos pontificios del 25 de enero de 1848.

Eminencia Reverendísima, me encuentro a la cabeza de una Congregación naciente, que, en medio de muchas dificultades, adquiere un
gran desarrollo; hasta ahora, no he dado nunca un paso sin plena autorización del Padre Santo y de las Sagradas Congregaciones, y deseo
actuar así constantemente en el futuro. Tenga V. E. caridad conmigo, ayúdeme, siga concediéndome su protección, aconséjeme y le
aseguro que siempre me tendrá, junto con los salesianos, dispuesto a obedecerle. Pero necesito que se me dirija en los continuos
vejámenes a que estamos sujetos. El sacerdote Lazzero, piadoso y celoso eclesiástico, ha de ver, con gran escándalo cada día, su
confesonario rodeado de fieles mientras sigue suspendido, sin que nunca se haya sabido la razón.

Suplico a V. E. se digne perdonar la libertad y confianza con que le escribo, y créame con profunda gratitud y con la máxima
veneración,

Turín, 12 de octubre de 1877. Su seguro servidor
JUAN BOSCO, Pbro.

Por aquellos días, se hizo un nuevo esfuerzo para sosegar la discordia. El teólogo Tresso, Vicario de Lanzo, se enteró enseguida del
caso de las misas; lo supo por el director de aquel colegio, ya que también él estaba interesado personalmente en el asunto. Y, durante la
larga permanencia de los Superiores en Lanzo para el Capítulo, tuvo oportunidad para informarse exactamente de todo el asunto. Era un
antiguo alumno muy encariñado, por lo que don Bosco, antes de despedirse, le había dejado el encargo de intentar algún camino de
arreglo; que hiciese todo lo posible para asegurar al Arzobispo que los salesianos no querían más que el bien de la diócesis, obedecer,
trabajar y no causarle disgusto alguno. El doctor Tresso lo intentó con la mejor buena voluntad. El 11 de octubre obtuvo audiencia. La
conversación duró una hora y media. ((352)) Verdaderamente más que una conversación fue un monólogo, un desahogo tal de
resentimiento, que hizo enmudecer en el acto al interlocutor y perdió todo valor para ir a Turín a ver a don Bosco y darle cuenta de su
misión 1.

1 Contóle enseguida la entrevista al profesor Anfossi, que le estaba esperando afuera. Este la
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El 15 de octubre es la fecha de una gran novedad. Monseñor publicó en la tipografía de Marietti un opúsculo anónimo, que era simple
refundición de la larga carta del 19 de septiembre. Encabezando la primera página se leía: "Impreso reservado a los Eminentísimos
Cardenales y a algunos Arzobispos y Obispos". El título era: El Arzobispo de Turín y la Congregación de San Francisco de Sales
(denominada Salesiana). Seguía esta acotación:

"Fundada por el Reverendísimo señor don Juan Bosco, sacerdote de la archidiócesis turinesa, en Turín, en la casa que se llama:
Oratorio de San Francisco de Sales, calle Cottolengo, n.° 32, y que posee y dirige la contigua iglesia de María Auxiliadora". Empezaba
((353)) de esta manera: "En esta Casa nacieron en agosto de 1877 graves molestias para el Arzobispo de Turín, el cual piensa que es
conveniente exponerlas a los Eminentísimos Cardenales y a algunos Arzobispos y Obispos".
Inmediatamente después venía la historia de don Juan Perenchio, y luego la de las misas. Se cerraba la doble exposición, diciendo que
toda la causa de las quejas del Arzobispo de Turín con respecto a los salesianos estaba en esto, en que no se observaban las leyes
eclesiásticas. El opúsculo terminaba así: "El Arzobispo de Turín escribió el 9 de septiembre de 1877 a don Miguel Rúa, superior local del
Oratorio de Turín, que, cuando con carta firmada por don Bosco, por el mismo don Miguel Rúa o por don José Lazzero declaren los
salesianos que

escribió y la envió a don Bosco (carta 12 de octubre de 1877). Dejamos de lado todo lo demás, mas, por los fueros de la historia y aunque
con pena, tenemos que fijarnos en un punto. Dijo Monseñor: "Se jacta de haberme hecho nombrar obispo; hasta me escribió una carta
echándomelo en cara; pero yo la envié a Roma para que vean al gran santo en quien ellos ponen tanta confianza". Es la carta que hemos
publicado en el undécimo volumen, pág. 324. El Siervo de Dios recuerda en ella su "solicitud y buenos servicios", para que "se vencieran
las graves dificultades que le impedían" tanto para Saluzzo como para Turín, pero lo hace únicamente para demostrarle cuáles eran sus
disposiciones hacia él y que no era verosímil que, después de haberse esmerado tanto para conseguirlo, se volviese luego contra él. Esto
por cuanto a la soberbia. Digamos una palabra también por el hecho en sí mismo. Ante todo resulta, según documentos seguros, que don
Bosco actuó eficazmente ante el Gobierno para el exequatur y para las temporalidades. En cuanto a la promoción para la sede de Turín, se
dijo que fue debida toda a Pío IX y se adujo el testimonio del canónigo Virginio Marchese, preboste de Cardè en la diócesis de Saluzzo,
uno de los taquígrafos del Concilio Vaticano. Este testimonio fue recogido también por la Civiltà Cattolica (año 1915, volumen IV, pág.
627). Al despedirse monseñor Marchese de Pío IX y oír éste que volvía bajo el gobierno de monseñor Gastaldi, le encargó que
comunicara a su Obispo que el Padre Santo no olvidaría los servicios por él prestados a la Iglesia en el Concilio. Pero esto no quita:

1.° Que, después, surgieran "graves dificultades"; 2.°, que éstas fueran "allanadas" gracias a la "solicitud y buenos servicios" de don
Bosco.

Por lo demás ni Monseñor pone en duda la cuestión, ni don Bosco se la había recordado en su carta de 1875, de no haberse tratado de
una verdad indiscutible. No sólo los dos estaban enterados de ello; también lo sabían en Roma y en otras partes (Véase volumen XI, págs.
102 y 103).
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lamentan el error cometido el 26 de agosto y piden perdón por ello, el mismo Arzobispo se considerará completamente satisfecho con
respecto a este fastidioso asunto; de lo contrario tendrá que hacer cuanto crea conveniente para mantener su decoro y su autoridad. Hasta
ahora no hubo respuesta alguna. Este es el motivo por el que se expusieron estas cosas. Y, sin embargo, la humildad cristiana, sin la cual
no existe espíritu religioso alguno y en la que esencialmente consiste la vida de cualquier Congregación regular y de cualquier miembro
de tal Congregación, debería ser suficiente para reconocer que, en el hecho del 26 de agosto y en los que lo precedieron, hubo errores
gravísimos, si no de voluntad, sí ciertamente de inteligencia y de imaginación; y, habiéndose puesto con ellos en gravísimo peligro la
autoridad divina episcopal y la eclesiástica arzobispal, hay un riguroso deber de reparar la ofensa, al menos reconociendo el error y
pidiendo perdón".

Para ambas partes la jurisdicción de la causa estaba ya en Roma. Lo demuestran claramente estos párrafos del cardenal Oreglia, en la
carta que escribió a don Bosco precisamente el 15 de octubre: "No sé cómo explicar la carta que le dirigió dicho Cardenal (Ferrieri)
especialmente ahora cuando las Secretarías están cerradas. Pero esto no impide que usted recurra, como le sugerí ayer por telégrafo, al
Padre Santo y en este recurso ((354)) me parece que debería insistir en que todo su litigio se tratase en plena Congregación. De no ser así,
no veo cómo podrá usted salir de este lío". Don Bosco, pues, siguiendo las instrucciones del cardenal Oreglia, no hizo más que tomar su
memorial del 14 de septiembre para el cardenal Ferrieri 1, cambiar el encabezamiento y la conclusión, introducir alguna modificación y
añadidura, y presentarlo al Padre Santo.

Es importante para nosotros la añadidura que encontramos en el apartado encabezado con el título Consecuencias, después del segundo
punto y aparte:

"Como alguno hicíera observaciones al Arzobispo, tuvo que contestar afirmando de palabra y por escrito que había sido mal entendida
su carta. Pero, parece que quien la lee no puede hallar en ella más sentido que el de una verdadera prohibición. En efecto, el caballero
Occelletti se presentó al Ordinario para obtener el permiso prescrito y se lo concedió individualmente de la manera más formal 2. "Por
qué

1 Véase más atrás, pág. (293).

2 Al caballero Occelletti se le entregó este escrito: "Turín, a 25 de agosto de 1877. El muy reverendo señor don Joaquín Berto tiene
facultades en el Oratorio del comendador Occelletti, y para celebrar la santa misa en cualquier iglesia y oratorio público y privado de esta
Archidiócesis y esto con nuestra aprobación.

" LORENZO, Arzobispo

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conceder este permiso, si no hubiese habido una prohibición? Lo confirma el hecho del cura párroco de San Pedro y San Pablo. Pidió éste
que un sacerdote nuestro pudiese seguir celebrando en su iglesia. El Vicario General contestó que él se lavaba las manos, si el sacerdote
era salesiano; pero que si no pertenecía a la Congregación Salesiana, podía celebrar con toda libertad. Además, algunos de nuestros
sacerdotes, que habían ido a su pueblo natal, donde ellos y sus parientes habían pedido permiso para celebrar, recibieron la negativa de su
respectivo párroco, aduciendo que éstas eran las prescripciones superiores. El domingo del Santo Rosario fue uno de nuestros recién
ordenados sacerdotes, el profesor Juan Cinzano, a pasar un día con su familia; entró en la iglesia para celebrar y contestó enseguida el
párroco (de Pecetto Torinese) que no podía ((355)) permitírselo por orden del Arzobispo, recibida personalmente quince días antes 1.

Volviendo al opúsculo anónimo, añadiremos que tenemos un ejemplar apostillado acá y allá al margen por persona autorizada de la
Sagrada Congregación de Obispos y Regulares 2. En el margen superior de la primera página escribió a lápiz: "Mejor hubiera sido inter
te et ipsum solum ac postea dic Ecclesiae (tú y él solos, y después dilo a la Iglesia). El plantarse en la plaza por iniciativa propia no puede
ser digno de alabanza". Y al final, con tinta de color morado: "Puerilidades que saben a habladurías y juegos de palabras".

Quedan por aclarar las razones del largo sílencio que se deplora en el opúsculo. Después de la correspondencia entre don José Lazzero

1 Otras variantes de menor importancia son las siguientes. Al fin del quinto párrafo, en vez de "durante veinte días", don Bosco
rectificó y completó: "durante dieciocho días y después indefinidamente". En el apartado CONSECUENCIAS se modificó el primer
párrafo de esta manera:
"Para evitar publicidad y escándalos se envió al punto una carta a todas las iglesias en las que se prestaba servicio, para que alcanzasen el
permiso requerido, y el sacerdote Perenchio ya no celebró en la iglesia de la Congregación, ni tampoco celebraron ya los salesianos fuera
de sus iglesias". En el segundo párrafo ese "podía" del segundo período cedió el puesto a "quería". El punto y aparte que viene después
de la anterior añadidura, que es el tercero de la primera redacción, aparece transformado así: "Expuestos estos hechos, el humilde
exponente, sin querer acusar a nadie, suplica únicamente a V. S. se digne aconsejarle acerca del camino a seguir para no hacer nada
contra lo que establece la Santa Sede en la aprobación de las Congregaciones eclesiásticas e impedir que se repitan tan desagradables y
dañosas disensiones".

2 La escritura de las apostillas es idéntica a la de una larga comunicación del 12 de marzo de 1878 sobre los privilegios, procedente de
dicha Congregación y firmada por el cardenal Ferrieri. El estilo es rigurosamente curial. Además, nuestro ejemplar presenta, a lo largo del
impreso, cuarenta y dos llamadas a pluma, que corresponden a otras tantas observaciones hechas acerca de ellas por don Bosco y
enviadas a la sagrada Congregación con esta premisa: "Aquí se trata de hechos que se cargan sobre una pobre y naciente Congregación;
hechos que, si fueran verdaderos, la harían indigna de existencia. Por consiguiente el Superior, por su deber con los súbditos y por su
obligación con la Santa Sede, tiene que rectificar los hechos y explicarlos a la Autoridad que debe regularlos".
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y el canónigo Zappata, la primera comunicación que los Superiores Salesianos tuvieron con la Curia, sobre este asunto, fue una carta de
don Miguel Rúa con fecha del 4 de noviembre. Tres motivos obligaron a don Miguel Rúa a escribir. El 2 de noviembre el prosecretario
teólogo Maffei preguntó a don Miguel Rúa, por orden del Arzobispo, si ((356)) monseñor Ceccarelli tenía los papeles necesarios para el
ejercicio del sagrado ministerio en la Archidiócesis, y se añadía que los presentara en la Curia. "Sentiría mucho Monseñor, advertía el
que escribía la carta, que este eclesiástico, de regreso a América, tuviese que decir que en la diócesis de Turín no se observan las leyes
eclesiásticas". Además, don José Pavía, director de un oratorio festivo, y ya aprobado para confesar en la diócesis suburbicaria de
Albano, no pudiendo presentarse antes de Todos los Santos al examen reglamentario, había pedido licencia para confesar a sus
muchachos, al menos aquellos días de gran concurrencia de gente. Pero el Arzobispo le contestó que no pensaba dar facultad alguna,
mientras sus Superiores no pidiesen perdón. Por último, otro sacerdote salesiano, el reverendo don Alejandro Porrani, que ya había
obtenido las licencias de confesión, fue obligado a un nuevo examen. Se sometió de buen grado y obtuvo la calificación de peridóneus
(muy apto); pero, cuando fue a pedir el certificado, recibió una respuesta idéntica a la anterior. Fue entonces cuando don Miguel Rúa,
prefecto general de la Congregación, escribió al teólogo Maffei:

Queridísimo Maffei:

Tengo el gusto de contestar a las agradables cartas que me has enviado últimamente. Te ruego, primero, tengas a bien notificar a S. E.
Rvma. el señor Arzobispo que hemos quedado muy afectados con el disgusto que S. E. tuvo que experimentar el pasado agosto con el
inconveniente de las misas.

Podrás, también, notificarle que aumentó nuestro pesar el reproche que por este motivo nos hizo la muy Venerable Congregación de
Obispos y Regulares.

Hubiera querido escribir ya antes a S. E. sobre este particular, pero, al saber que el asunto había sido denunciado a dicha Congregación,
parecióme inoportuno, por temor a decir algo que pudiese perjudicar a una y otra parte. Mas, habiendo sabido que S. E., en su iluminado
entender, desea todavía que yo escriba sobre este tema; es más, pone esto como condición indispensable para conceder la facultad
provisional de confesar a nuestro reverendo don José Pavía, y las patentes de confesión a nuestro reverendo don Alejandro Porrani (que
obtuvo en el examen sufrido en esta Archidiócesis el pasado agosto, ((357)) la calificación de peridoneus) condesciendo de buen grado a
su deseo.

En cuanto a la última de ayer, concerniente a monsenor Ceccarelli, puedes asegurar a S. E. que fue provisto de las requeridas facultades
para el ejercicio del sagrado ministerio en esta archidiócesis. Me parece que presentó los papeles en la Curia
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aunque, como hace algunas semanas se marchó a su ciudad natal, no lo puedo afirmar con absoluta certeza.

Ten, mientras tanto, la bondad de besar por nosotros el Sagrado Anillo a S. E. Rvma. y recibe la anticipada acción de gracias y los
cordiales saludos, con que me siento feliz de profesarme.

Turín, 4 de noviembre de 1877.

Tuafmo.enJ. yM.
MIGUEL RUA, Pbro.

"Pero por qué retardar tanto en aceptar la invitación del Arzobispo? "Y por qué, después de una dilación tan prolongada, despacharse
con tan pocas palabras: Esto no puede dejar de sorprender a los lectores. Pues bien, la sorpresa cesará después de conocer este trozo de la
carta escrita por don Miguel Rúa a don Bosco, que se encontraba en Roma 1:

"Pasando a otra cosa, le recordaré un detalle, por si lo ha olvidado.
Monseñor nos acusa en su último opúsculo de que había mandado comunicarme que escribiera una carta pidiéndole perdón de todo lo
que se había hecho con relación a las misas, y que no recibió respuesta. Sepa, pues, que cuando recibí esta sugerencia, estábamos en
Lanzo y usted sabe lo muy atareados que nos encontrábamos y que no nos quedaba tiempo para escribir cartas que necesitaban mucha
ponderación. Por otra parte, prefería presentarme personalmente, después del resultado tenido con la carta de don José Lazzero. En los
primeros días, después del regreso de Lanzo, fui al palacio arzobispal y, como no pude ver a S. E., hablé con el Secretario C. Chiuso y le
manifesté el pesar por el disgusto recíproco habido con aquel asunto, pero haciendo notar que nosotros habíamos procedido como parecía
sugerir la prudencia y la caridad. Poco después, el Secretario me hizo comprender que Monseñor esperaba ((358)) la carta y entonces le
escribí en el mismo sentido de la declaración hecha de viva voz".

La carta del 4 de noviembre contenía cabalmente las explicaciones orales; pero el Arzobispo hizo contestar que no la aceptaba, ya fuera
por su excesiva tardanza, ya fuera porque no respondía a la forma por él prescrita. El retraso de la respuesta tuvo su origen en la
imposibilidad de despachar una declaración como la que se pedía, por falta de reconocimiento de una culpa que no existía.

Ahora bien, he aquí que surgió un nuevo incidente. Don Angel Rocca, natural de Rivara Torinese, había sido invitado por su párroco

1 Turín, 6 de enero de 1878.
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para ir al pueblo a celebrar y predicar en la fiesta de San Juan Bautista. Se pidió el permiso para ello. El secretario contestó que Monseñor
quería saber ante todo estas cuatro cosas: 1.°, dónde había hecho los estudios teológicos; 2.°, con qué permiso había entrado en la
Congregación Salesiana; 3.°, cuándo había emitido los votos; 4.°, por qué no se había presentado a él para las ordenaciones. El arcipreste
satisfizo el deseo del Arzobispo contra la voluntad de don Angel Rocca. Entonces, el canónigo Chiuso replicó que, a pesar de todo, el
Arzobispo no permitía que don Angel celebrara en Rivara, y añadió que él creía que Monseñor actuaba de esta manera, contra él en
particular, para castigarle de su salida del seminario ipso invito (contra su voluntad). Don Angel Rocca, recelando algo poco halagüeño,
hizo sólo una breve escapada a la fiesta, de la que era mayordomo su padre. Pero, en septiembre tuvo que volver a Rivara, por graves
asuntos familiares, y, como no quería privarse de la gracia de celebrar 1, acudió a otro ardid. Había en la casa paterna una capilla privada,
cuya propiedad habíase cedido a la Congregación juntamente con la parte del edificio que a él le correspondía; consideró él aquella
capillita como abierta en una casa de la Congregación y, por tanto, completamente fuera de la jurisdicción episcopal, y en ella celebró
durante una semana, menos el ((359)) domingo. La cosa llegó a oídos de Monseñor, el cual mandó escribir a don Miguel Rúa:

Muy Rvdo. Señor:

S. E. Rvma. el señor Arzobispo me encarga decir a V. S. que está informado de que el reverendo don Angel Rocca, de Rivara, que salió
del seminario de Turín sin conocimiento de nadie y entró en la Congregación Salesiana, sin pedir las testimoniales a su Arzobispo, hace
unos meses estuvo algunos días en su pueblo natal y celebró la santa misa dentro de su casa, y dijo al administrador de la parroquia de
Rivara, que aprovechaba para ello el derecho de oratorio privado concedido a los salesianos.
El señor Arzobispo, para cumplir uno de los gravísimos deberes de su ministerio, que es el de velar atentamente sobre la sagrada
eucaristía, pide por mi mediación a don Miguel Rúa comunicación del rescripto pontificio, con el que el Padre Santo concede a los
salesianos en general el oratorio privado.

Con toda la debida estima,

De V. S. M. Rvma.

Turín, 9 de noviembre de 1877.

Atento y s. s.
FRANCISCO MAFFEI, Teólogo Secr. arzobispal

1 Carta de don Angel Rocca a don Joaquín Berto, Spezia, 29 de diciembre de 1877.
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Don Miguel Rúa contestó que don Angel Rocca había salido del seminario con permiso de los Superiores por motivos de salud, y que
posteriormente había entrado en la Congregación; que, después, el clérigo y él mismo habían pedido las testimoniales, pero, al no
haberlas obtenido, se había recurrido a la sagrada Congregación de Obispos y Regulares, según los decretos de 25 de enero de 1848
acerca del estado de los Regulares. La réplica del Arzobispo fue la siguiente:

Muy Rvdo. Señor:

S. E. Rvma. ha leído su carta del 12 del mes corriente; y me encarga le diga que no es posible que V. S. o don Angel Rocca le hayan
pedido las testimoniales prescritas el 25 de enero de 1848. Puesto que: 1.°, él no lo recuerda en absoluto; 2.°, por el contrario, recuerda
perfectamente que, hasta ahora, la Congregación Salesiana no ha pedido las testimoniales para ninguno de sus diocesanos; 3.°, que sólo
en uno o dos casos se le pidió el consentimiento, pero no las testimoniales; 4.°, dado el caso de que se hubiesen pedido las testimoniales
para don Angel Rocca, y éstas hubiesen sido negadas ((360)) por el señor Arzobispo, y, por tanto, se hubiese recurrido a la sagrada
Congregación de Obispos y Regulares, ésta no habría dejado de comunicar al señor Arzobispo el recurso, según es su práctica constante,
y preguntar el porqué de la negativa, lo cual no se hizo para don Angel Rocca. Monseñor, pues, concluye que no puede ser verdad que se
le hayan pedido las testimoniales para don Angel Rocca; y que le duele mucho que los salesianos, ora de un modo ora de otro, le den
disgustos y graves motivos de queja.
Con la estimación debida soy,

De V. S. Rvma.

Turín, 13 de noviembre de 1877.

Su seguro servidor FRANCISCO MAFFEI, Teólogo
Secr. Arzobispal

Se acosaba a don Bosco desde todas partes. Con fecha 14 de noviembre una carta del cardenal Ferrieri le invitaba a exhibir las
facultades y privilegios, que le había concedido el Papa.

Muy Rvdo. Señor:

Atendidas algunas reclamaciones, que el señor Arzobispo de Turín ha presentado a la Santidad de Nuestro Señor contra V. S. y su
instituto y de las que Su Santidad ha encomendado el examen a esta Sagrada Congregación de Obispos y Regulares, se hace necesario
que V. S. haga conocer distintamente y con toda exactitud las facultad des y privilegios que ha recibido y de los que goza por benignas
concesiones de la Santa Sede, a fin de que este conocimiento sirva de norma en la cuidadosa investigación
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"que harán los Eminentísimos Padres de esta cuestión". Esto es lo que tenía que comunicarle; y Dios le guarde. A su servicio

Roma, 14 de noviembre de 1877.

L. Card. FERRIERI, Prefecto A. Arz. de Mira, Secr.
El 15 advirtió Monseñor a don Bosco que era "anormal" la publicación que había hecho en la Archidiócesis de las indulgencias
concedidas a los Cooperadores y que de ahí surgía el deber de avisar de ello a todo el clero. El había expuesto ya sus dificultades al
cardenal Asquini, secretario de la Sagrada Congregación de los Breves; pero, recibida después de mucho tiempo una respuesta que le
había movido a nuevas observaciones, no le llegaba nunca una palabra de respuesta. Cansado de esperar, manifestó a don Bosco el vivo
deseo de que suspendiese ((361)) la publicación de aquellas indulgencias en su diócesis hasta la completa solución de las dificultades. "Y
esto, mandó escribir, no porque al señor Arzobispo no le agrade ver la santa obra, a la que se dedica la Congregación Salesiana, ayudada
con gracias especiales, sino sólo por ser su deber estricto el vigilar, y el mismo interés no momentáneo, sino estable de la Congregación
Salesiana requiere que todo proceda según las reglas canónicas".

En cuanto a la intención de divulgar un aviso a los párrocos sobre la invalidez de dichas indulgencias, teniendo en cuenta las
observaciones, que le hizo una persona prudente, renunció a la idea. Sin embargo, no desistió de los recursos para la anulación del Breve,
hasta que se le comunicó que la asociación de los Cooperadores Salesianos había sido egida canónicamente por el Arzobispo de Génova
en su archidiócesis y que él mismo había establecido su centro en el hospicio de San Vicente en Sampierdarena. Mas nunca fue permitido
se imprimiera el Breve en la diócesis de Turín. Pero sobre todo este tema, remitimos a los lectores al capítulo cuarto del undécimo
volumen.

En aquellos mismos días se impusieron en Roma los que querían que los salesianos dejasen la dirección de los Conceptinos y
comenzaron en Turín las dificultades para las órdenes del conde Cays. Y no se olvide que el 14 era el día de la partida de los misioneros,
los cuales no pudieron recibir, como la habían obtenido sus antecesores, la bendición del Arzobispo. Cuando don Bosco regresó de
Sampierdarena, después de la partida de la expedición, tuvo que ocuparse de la petición que le vino encima del cardenal Ferrieri y que le
fue entregada con retraso, a causa de su ausencia. Habiendo, pues, ido al colegio de Borgo San Martino, escribió al secretario don Joaquín
Berto:
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Carísimo Berto:

Buenos días. Acaban de entregarme una carta del cardenal Ferrieri, el cual, a consecuencia de nuevas reclamaciones del Arzobispo al
Padre Santo, nos pide una copia de todos los privilegios concedidos a nuestra Congregación. ((362)) Búscate para esto un secretario, que
tenga letra clara, y mándale escribir por orden cronológico los decretos, desde 1864 hasta el día de hoy, inclusive los rescriptos y los
Breves.

No hace falta elegancia: un cuadernito limpio basta.

Para lo demás, nos veremos el viernes; notifícalo al P. R. 1.

Dios nos bendiga a todos y créeme en J. C.

B. S. Martino, 21-11-1877.
Afmo. amigo

JUAN BOSCO, Pbro.

A la par de este asunto, que le daba no poco que pensar, tenía, además, que prepararse para hacer valer su buen derecho ante las
Congregaciones Romanas. Con este fin encargó a don Joaquín Berto que le recogiera los documentos sobre la controversia principal,
como se irá viendo en esta nuestra exposición cronológica de los hechos. El primer documento fue esta declaración, obtenida de don Juan
Perenchio, de quien había venido prima mali labes (la primera mancha del mal).

El abajo firmante declara que, en los pocos días que pasó en Turín, en la casa llamada Oratorio de San Francisco de Sales, no le fue
comunicada ninguna declaración o decreto de suspensión, ni por parte del Obispo de Ivrea, ni por parte del Arzobispo de Turín.

Sólo el día 24 de agosto me dijo el reverendo don Miguel Rúa que S. E. el Arzobispo, monseñor Lorenzo Gastaldi, no quería que me
dejase celebrar en su diócesis y, por consiguiente, me aconsejaba que me alejase de su casa.

Aunque aquella era iglesia de la Congregación Salesiana y no me fuese comunicado aquello por parte de mi Ordinario, sin embargo
dejé enseguida de celebrar y me alejé inmediatamente del Oratorio de San Francisco de Sales y de la diócesis de Turín.

Castigliole de Saluzzo, el día 22 de noviembre de 1877.

JUAN PERENCHIO, Pbro.
Maestro municipal

El mismo día explicaba el arcipreste de Pecetto a don Bosco el caso de don Juan Cinzano, a quien no había permitido celebrar en su
parroquia. Las malas lenguas habían tomado pretexto de ello para decir que también el arcipreste se había alineado contra don Bosco.

1 Esto es, al Padre Rostagno S. I.

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((363)) Veneradísimo don Bosco:

No sólo no me opongo a don Bosco, sino que le admiro y venero, y no sólo no combato a su Congregación, sino que la considero como
una obra especial de la Providencia adaptada a nuestros tiempos, no sólo llevo estos sentimientos en mi corazón, sino también en los
labios y todos los que me tratan son testigos de ello. Y, aunque no he tenido la suerte de poder aspirar, como alumno de alguno de sus
colegios, a su especial afecto, usted sabe muy bien cuántas veces deseé ser uno de sus hijos, y recordará cuántas veces le pedí que me
considerase como tal, aunque no lo mereciese. Por estos motivos, la sospecha que usted manifestó en su carta de ayer, y que corre en boca
de algunos a mi cargo, es falsa, y para quien me conoce es temeraria y tal vez malvada, ruégole que no haga caso. Pero se dice: "por qué,
pues, no dio licencia al sacerdote Cinzano para celebrar la santa misa en la solemnidad del Rosario? A quien tiene corazón y mente recta
no le costará mucho trabajo comprender el porqué, y usted no me condenará ciertamente, cuando sepa todo.

Yo no creía de tanta gravedad la advertencia n.° 12, puesta por el señor Arzobispo en el añalejo de este ano, como para no poder
interpretarla nte en favor de uno de mis feligreses, y permitirle celebrar siquiera una vez: por consiguiente, por lo que a mí se refiere y por
aquel capítulo sólo, lo habría consentido, aun a costa de ganarme una reprimenda, y así desmerecer más del afecto de Monseñor (ante el
cual, dicho sea de paso, algunos malvados ya me han hecho el servicio que ahora se afanan en hacerme con usted). Pero se oponía a ello
una especial prohibición y es la siguiente. Habiendo ido yo en las pasadas vacaciones de otoño a confesar al Santo Yermo, Monseñor, que
ya conocía a Cinzano, me pidió noticias de él y yo contesté que no podía asegurárselo, pero que, por lo que se decía en el pueblo, creía
que aquel año iba a ser ordenado sacerdote. Entonces Monseñor me preguntó: -"Irá a Pecetto a celebrar la primera misa? Yo le respondí:
-Nadie me ha dicho una palabra sobre esto, pero me parece que ahora o en otra ocasión ciertamente irá. -Pues bien, concluyó Monseñor,
no olvide el mandato del añalejo y obsérvelo y hágalo observar.

Después de esto, "podría yo permitir todavía a don Juan Cinzano que celebrase, y si no se lo permití, tendré yo la culpa? Creo que no y
me atrevo a esperar que usted me sabrá compadecer, y querrá dignarse mandar callar a las malas lenguas que quieren desacreditarme ante
usted, etc. Confiando que se valdrá con su conocida prudencia de esta mía y que de ella no me vendrá ningún disgusto, ruégole vuelva a
recibirme en su gracia, a acordarse de mí en sus oraciones, y a creerme como tengo la dicha de profesarme

Pecetto Torinese, a 22 de noviembre de 1877.

Su seguro servidor

D. PERLO, arcipreste de Pecetto Torinese
((364)) Con la misma fecha envió el Siervo de Dios al Arzobispo la respuesta sobre el doble asunto de las indulgencias y de don Angel
Rocca. Le preparó el borrador de la misma el padre Rostagno.

Excelencia Reverendísima:

En atención a su venerada del 9 de los corrientes me considero en el deber de asegurarle que, respecto a la misa celebrada por un
sacerdote salesiano el 16 de
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septiembre del año corriente en un oratorio privado de Rivara, no es mi intención poner delante privilegio alguno. El sacerdote que esto
hizo, al no oder celebrar por verse impedido por su párroco, creyó de buena fe, apoyándose en razones que le parecían suficientes, que en
aquella circunstancia le estaba permitido celebrar en aquel lugar que era propiedad de la Congregación Salesiana. Si el tiempo hubiese
permitido que se me preguntara sobre ello, yo no se lo habría consentido y no lo consentiré a ninguno, estando las cosas en la condición
en que se encuentran. Espero que, así como ante Dios no habrá habido ninguna falta, así también esta franca declaración hallará buena
acogida ante V. E. Rvma. como yo se lo suplico con el mayor respeto.

En cuanto a la cuestión de las indulgencias para los Cooperadores sentiría mucho que el juicio hecho de ella por V. E. Rvma. llegase a
ser del dominio público, aun cuando se tratase solamente de los párrocos, antes de que sea examinada por la Congregación de las
Indulgencias.

Porque estoy convencido de que esta publicación sería piedra de escándalo y de menosprecio para los fieles y para los incrédulos, que
no dejarían de tener noticia de ella. Sin duda, que ello acarrearía algún daño a la Congregación, porque una acusación tan grave no podría
dejar de agraviarla; pero, acaso, el mayor daño no fuera para la Congregación, ni tampoco para mí. Sólo el conocer la existencia de esta
controversia, sólo mostrar la disensión, sería ocasión de muchas críticas y de juicios opuestos, no todos desfavorables para mí. Sería
entonces necesario, por mi parte, recurrir a las Congregaciones Romanas; y si como creo, la sentencia me fuese favorable, íqué
inconveniente cuando se viniese a conocer tal decisión! No es mi intención, en absoluto, impedir en lo más mínimo que V. E. haga lo que
su celo por la religión le dicta, pero conceda a este su indigno servidor rogarle que, antes de dar este paso, tenga a bien consultar a
personas juiciosas y prudentes, aunque no fuera más que para ponerse a cubierto de toda crítica y malquerencia de los adversarios, como
ya ha hecho V. E. para alguna carta publicada en el añalejo 1. Y además, "por qué no remitirse ante todo a los ((365)) maduros y
autorizados juicios de las Congregaciones Romanas, que no dejarán de tratar las cosas con ponderación y juzgar según derecho? Para
decirle sinceramente todo lo que pienso, sentí mucho que la cuestión de la prohibición de las misas no haya sido tratada de esta misma
manera, y que un impreso, que lleva la advertencia de reservado, haya venido a prejuzgar la decisión. Puesto que V. E. denunció la
controversia a Roma, "acaso no era más oportuno que se arreglara allá? La Sagrada Congregación verá si esta publicación ha llegado
verdaderamente a propósito. Ahora, a pesar mío, tendré que contestar, y ciertamente una defensa contra acusaciones suficientemente
graves, en la cual estoy convencido de que tengo la razón, no podrá nunca estar exenta de una censura proporcionada a las
recriminaciones y reproches, que V. E. expuso contra mi manera de actuar. Le pido previamente perdón

1 La frase "como ya ha hecho V. E." hay que relacionarla con "antes de dar este paso". El sentido es poco claro; pero para hablar en
plata, hubiera debido espetarle un "como no ha hecho". Brevemente, Monseñor había dado aquel paso sin "consultar a personas juiciosas
y prudentes" y así le habían llovido las críticas de los adversarios. Aquí don Bosco llama impropiamente "carta" a una nota sobre
Antonio Rosmini, publicada en el Calendarium liturgicum de 1877 en las págs. XVI-XVII; hemos hecho mención de ella en el primer
capítulo de este volumen. Su Excelencia le replicó adrede: "La alusión, que V. S. hace a mi Calendario, muestra que usted se encuentra
en un error, del que habría debido ya salir. Yo no temo las críticas sino sólo el error y, a Dios gracias, he demostrado, con escrito impreso
a quien hacía falta, que cuanto yo escribí en el añale

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y, si le pareciere que me excedo en algo, acháquelo a la necesidad de la defensa y al vehemente disgusto que por ello siento. Pero, "por
qué no tratar estas dificultades con medidas paternas, y con la indulgencia que merece una congregación naciente, que quiere
sinceramente el bien y puede fácilmente equivocarse por ignorancia, pero no ciertamente por malicia? Dios juzgará a S. E. y a su pobre
siervo sobre la rectitud de nuestras intenciones, de la caridad y humildad cristianas con que hayamos obrado, del empeño que hayamos
puesto para encontrar los medios proporcionados con que defender y promover los intereses de su santa religión; en El confío.

No debo dejar sin respuesta la observación que se me ha hecho de haber recibido en la Congregación, sin las testimoniales, a un clérigo
(actualmente don Juan Rocca) expulsado del venerable seminario de Turín. Permítame V. E. recordarle que las testimoniales fueron
pedidas cinco veces por el clérigo Rocca, otra vez por don Miguel Rúa y una vez más por el que suscribe y nunca se pudieron obtener;
como consecuencia de ello se procedió, de acuerdo con las instrucciones de la Sagrada Congregación para la disciplina regular dadas el
25 de enero de 1848. (Collectanea, pág. 891).

Besando respetuosamente sus manos, me profeso,

De V. E. Rvma.

Turín, 22 de noviembre de 1877.

Atto. y s. s.
JUAN BOSCO, Pbro.

((366)) El día 23 contestó Monseñor a don Bosco:

"Lo mejor que usted podría hacer, sería presentarse a su Arzobispo, sin otro ánimo que el de la humildad y la caridad, porque así, para
bien de V. S. y de su Congregación y de la Archidiócesis de Turín, se podrían fácilmente allanar los obstáculos para la paz. El actual
Arzobispo, lo mismo que ha cooperado de muy buen grado a la erección de la Congregación Salesiana, igualmente desea concurrir a
conservarla y dilatarla, con tal de que queden a salvo las prerrogativas de la Autoridad Arzobispal, que prometió con juramento mantener,
y de ello se siga ventaja y no daño a la Archidiócesis de Turín".

A continuación toca de refilón otras dos cuestiones pendientes, a saber, la ordenación de los dos clérigos compañeros del conde Cays y
la erección de la iglesia de San Juan Evangelista. De esta última cuestión hablaremos más adelante. Con la misma fecha llegó a don
Bosco una carta del párroco de Favria para explicar un incidente análogo a aquél, en el que tuvo parte el arcipreste de Pecetto.

Muy Rvdo Señor:

Contesto a su apreciadísima del 21 de los corrientes, recibida esta mañana. Las noticias a cargo de los sacerdotes proceden las más de
las veces de la ignorancia, del mismo suceso o de las circunstancias. Desgraciadamente también el reverendo Paglia
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ignoraba la segunda parte del número 12 de los Decreta et Monita, insertado en el añalejo de este año.

Apenas leyó la prohibición contenida en aquel decreto, se la aplicó a sí mismo diciendo: -No tengo esta licencia, luego no puedo
celebrar. Y, muy a mi pesar, no celebró. Pero vino otro sacerdote salesiano a Favria, el reverendo Vota; tenía la licencia que se pedía y
celebró varias veces. Como se ve por lo dicho, yo no prohibí nada. El Rvdo. Paglia no celebró para obedecer al citado decreto, después
las lenguas hablaron por ignorancia. Pero, si mis ruegos tuviesen algún valor, querría rogarle procediera de tal modo, que no sucedan
estos casos, ni aquí ni en otra parte. Créame con la mayor estimación.

D.V.S.M.R.
Favria, 23 de noviembre de 1877.

Su seguro servidor MIGUEL BONINO, Vic. foráneo.

((367)) Ponemos también aquí una carta del teólogo Arpino, párroco de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, aunque es de fecha algo
posterior, para agrupar mejor los documentos.

Rvdo. señor don Bosco:

El sábado 25 p. pdo., me avisaba por carta don José Lazzero que el domingo siguiente (26), como consecuencia de graves disposiciones
de S. E. R. nuestro señor Arzobispo, el sacerdote salesiano no podía celebrar la santa misa a mis muchachos en el Oratorio de San José.
Como yo no puedo suplirle con otro sacerdote, he recurrido al M. Rvdo. Vicario General suplicando una excepción a dichas
disposiciones, que yo no conocía. El señor Vicario me contestó no querer inmiscuirse. S. E. R. no estaba en Turín, pero afortunadamente
volvió aquella misma tarde y obtuve de S. E. R. el deseado permiso y los muchachos del Oratorio oyeron la acostumbrada misa celebrada
por el sacerdote salesiano. Siempre agradecido a la asistencia espiritual que por medio de los salesianos de V. S. R. presta en los días
festivos a los muchachos confiados a mi cuidado, me profeso, con el más profundo respeto

De V. S. Rvma.

Turín, 12 de diciembre de 1877.

Su atto. y s. s.

F. MAURICIO ARPINO Cura párroco de los Santos
Apóstoles Pedro y Pablo.
Por entonces añadió nueva leña al fuego la reimpresión del opúsculo de don Bosco titulado María Auxiliadora. Ya hemos hablado de él
en otra parte de nuestra obra; añadiremos aquí solamente lo que allí

1 Véase Volumen XI, págs. 381,385.

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no se dijo. La verdad es que la cuestión había vuelto a suscitarse un par de años después, en mayo de este 1877, por la publicación de un
fascículo de las Lecturas Católicas, original de Lemoyne, pero editado en Sampierdarena. El 18 de aquel mes, Monseñor había hecho
publicar en el Emporio Popolare 1 el siguiente articulito con el encabezamiento de la Curia Arzobispal: "El fascículo V de las Lecturas
Católicas, publicado el corriente mes de mayo con el título de La nubecita del Carmelo, en lugar de salir, según el uso constante desde
((368)) veinticinco años acá, de la Tipografía de Turín, fue impreso en una tipografía de Sampierdarena. Después de la pág. 113 se lee:
Con licencia de la Autoridad Eclesiástica. Se advierte a los lectores que la autoridad eclesiástica aquí mencionada no es la de la Curia
Arzobispal de Turín".

Cuál era el fundamento del reproche que de esta manera se hacía al libro, puede descubrirse en la parte del artículo que, por
observaciones hechas por persona benévola, fue suprimida en el diario y que decía: "A cuyo examen no fue presentado dicho libro, y en
cuya Curia se ha establecido que en adelante el permiso para imprimir un libro vaya acompañado con la firma del señor Arzobispo, de su
Vicario General, de alguno de los Provicarios, o de otro eclesiástico autorizado para ello. Se añade que el Concilio de Trento, en la sesión
veinticinco y en el decreto de la invocación de los Santos, establece que no se deben admitir nuevos milagros hasta tanto que el Obispo
los haya reconocido y aprobado. De esta sapientísima disposición del Concilio de Trento resulta que la narración de cosas sobrenaturales
sensibles, no reconocidas y aprobadas por el Obispo, no tienen motivo para ser creídas". Sin embargo, el contenido de esta parte
suprimida fue reproducido después en el título XVIII de los Monita et Decreta en el añalejo diocesano de 1878, con la añadidura de la
amenaza, genérica pro forma, de proceder a hacer tapar imágenes y cerrar iglesias, allí donde se dijera que se habían obtenido milagros,
antes de ser examinados por la Autoridad Episcopal.

Después de dicho artículo, insistía el Arzobispo el 19 de mayo:
"Considero obligación mía gravísima examinar la narración de los hechos sobrenaturales, que se dice han sucedido en mi diócesis por la
invocación de María Santísima honrada con el título de Auxiliadora de los Cristianos, en la iglesia de V. S. en Turín". Don Bosco le
contestó:

1 Este diario era dirigido por el Padre Vasco, jesuita.
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Excelencia Rvma.:

Recibo un telegrama desde Gibraltar en el que se me comunica que el Arzobispo de Buenos Aires, con quince argentinos, llegará
mañana por la tarde a Génova y se hospedará en nuestro hospicio de Sampierdarena. Tan pronto como yo esté ((369)) de vuelta,
contestaré a lo que indicaba en su carta anterior y señalaré algunos hechos que me parecen oportunos para un regular examen, o mejor, las
personas a las que se refieren que están en mucha mejor condición para responder a las preguntas que se les hagan.

Ruégole me considere, como con la máxima veneración me profeso,

De V. E. Rvma.

Turín, 31-5-1877.

Su seguro servidor JUAN BOSCO, Pbro.

Este examen no se hizo nunca porque la controversia tomó nuevas dimensiones, ya que se llevó a Roma la cuestión, como se narró
anteriormente 1.

Recordaremos de paso lo ya dicho en otra parte, a saber: que la prohibición tridentina se limita a los milagros atribuidos a los no
beatificados o no canonizados, muertos en olor de santidad. Pero tampoco es valedera la conclusión, sacada de lo dispuesto por el
concilio de Trento de que, sin el decreto auténtico de la Autoridad Eclesiástica, no se puede prestar fe a la narración de milagros, pues
aquí se confunde la testificación auténtica de un hecho prodigioso con la persuasión privada. La primera tiene que estar refrendada por
caracteres y formalidades determinados por las leyes; la otra se conforma con los signos ordinarios, más o menos ciertos, según los cuales
se regula el juicio humano. Por consiguiente, sin protestar sobre la verdad de las cosas impresas con el Nada obsta de la Curia arzobispal
de Génova, y sin quitarles toda probabilidad, bastaba decir que aquellas relaciones no eran auténticas, proposición que nadie habría
presumido poner en duda. Es sabido que quien imprime un libro de este género con aprobación del Ordinario nunca pretende que esta
aprobación valga para la historicidad de lo narrado, sino únicamente para la publicación del libro. Este es el motivo de las protestas, que
los autores deben poner sobre el grado de credibilidad que corresponde a su narración de hechos milagrosos.

Así, pues, el 24 de noviembre, al aparecer la nueva edición ((370)) arriba dicha, el Arzobispo, en la respuesta a una carta de don Miguel

1 Véase volumen XI, pág. 383.
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Rúa sobre este tema, mandó repetir que la Tipografía Salesiana era "culpable de falta grave contra la Curia Arzobispal de Turín y contra
las leyes eclesiásticas, por haber reimpreso el opúsculo Mariá Auxiliadora... no aprobado por la Curia, sino únicamente por el padre
Saraceno, revisor eclesiástico y... publicado contra las intenciones del mismo Monseñor"; y que la edición del 1877 "manifiestamente"
contenía añadiduras; y, aun cuando fuera verdad que no se había cambiado ni una tilde, no podía publicarse sin someterlo de nuevo a
revisión.

Hemos cotejado las dos ediciones y las hemos encontrado totalmente idénticas.

El 25 de noviembre llegaron al Oratorio dos cartas procedentes del palacio episcopal. Una iba dirigida a don Miguel Rúa, sobre el
perdón a pedir.

Muy Rvdo. Señor:

S. E. Rvma. me encarga advierta a V. S. que en la carta que yo escribí el 9 del pasado septiembre, él pedía que los salesianos, y por
carta firmada por don Bosco, por don Miguel Rúa o al menos por don José Lazzero, declarasen su pesar por la gravísima molestia
causada el pasado 26 de agosto y pidiesen perdón. No responde en absoluto a ello la declaración que V. S. hizo ícincuenta y seis días
después!, esto es, el 4 del corriente noviembre, diciendo, que sienten mucho el disgusto que Monseñor tuvo que experimentar y nada más.
Quien tiene corazón, siempre siente el disgusto, aunque merecido, que experimenta quien es justamente condenado a sufrir por sus faltas.
Queda, pues, en evidencia, que la declaración de V. S. no dice nada.
Con todo el aprecio, soy de V. S. R.

Turín, 25 de noviembre de 1877.

Su seguro servidor T. FRANCISCO MAFFEI
Prosecretario arzobispal

La segunda carta, escrita por Monseñor a don Bosco, era excepcionalmente grave, no sólo por la sombra odiosa que proyectaba sobre la
figura moral del Beato, sino también porque, en substancia, cerraba su boca y ataba sus manos, de tal forma que ya no habría podido ni
siquiera defenderse.

((371)) Reverendísimo Señor:

Repito a V. S. lo que le escribí el 23 del corriente mes: lo mejor que V. S. puede hacer es presentarse a su Arzobispo con humildad y
caridad, pues así se podrían disipar los obstáculos para la buena armonía; puesto que el actual Arzobispo de Turín, lo mismo que ha
concurrido de muy buen grado a fundar la Congregación Salesiana, así está dispuesto a cooperar para mantenerla y dilatarla; y no pide
más que el que
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quede a salvo la autoridad arzobispal y el bien de su diócesis. Confío por tanto que V. S. se someterá a estos consejos.

Y, dado el caso de que V. S. mandase imprimir, reprodujese litográficamente o por otros medios un escrito desfavorable al actual
Arzobispo de Turín; o bien, escribiese por su propia mano o por la de otros una carta desfavorable a este Arzobispo y la presentase a
cualquiera que fuere, exceptuados el Sumo Pontífice y los Eminentísimos Cardenales miembros de las Sagradas Congregaciones
Romanas, declaro desde ahora, que en ese instante cesa para V. S. la facultad de oír confesiones sacramentales y absolver, y esto ipso
facto, en mi diócesis; puesto que evidentemente no podría ya poner en V. S. la confianza necesaria para confiarle la dirección de las
conciencias de ninguno de mis diocesanos, o de las personas a mí sometidas en cuanto a la confesión; y, por consiguiente, desde ahora le
retiraría a V. S. la facultad para el tiempo en que sucediese el caso dicho.

Pero, si V. S. se rindiese a mis consejos, se daría al punto aviso de ello a los Eminentísimos Cardenales y a los Obispos que están
informados de nuestra situación.

Con el debido aprecio,

De V. S. Rvma.

Turín, 25 de noviembre de 1877.

Afectísimo en el Señor " LORENZO, Arzobispo

Al Rvmo. don Juan Bosco, Turín.

Después de esta intimación, pasaron unos días de silencio hasta el primero de diciembre. Aquel día, muy de mañana, recibió el Beato lo
que faltaba para colmar la medida.

Rvmo. Señor:

Como coletilla y rectificación a cuanto escribí a V. S. el 25 del pasado noviembre, le digo que si presenta o hace presentar cualquier
escrito desfavorable al actual Arzobispo de Turín, ya esté escrito a mano por V. S. o por otro, ya esté impreso, litografiado o fotografiado,
a quienquiera que sea, exceptuados el Sumo Pontífice, el Cardenal Secretario de Estado y los Cardenales Prefectos de las ((372))
Sagradas Congregaciones de Obispos y Regulares y del Concilio, declaro, desde este instante, que en tal caso cesa para V. S. la facultad
de absolver sacramentalmente y, por tanto, de oír confesiones en esta Archidiócesis; y cesa ipso facto, sin necesidad de otra declaración;
como la declaro ya cesada, si por acaso V. S. ya lo hubiese hecho, en vista de lo cual es mi intención revocarle dicha facultad.

Con todo el debido aprecio,

De V. S. Rvma.

Turín, día 1.º de diciembre de 1877.

Afectísimo
" LORENZO, Arzobispo

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Era la espada de Dámocles, que siguió colgando buen rato sobre la cabeza de don Bosco. El se lamentaba de ello con el cardenal
Oreglia el 25 de marzo de 1878 en estos términos: "Esta severa disposición perdura, aunque él haya publicado, impreso y siga
imprimiendo opúsculos y pastorales contra nosotros, sin que se haya dado respuesta alguna, porque ése es nuestro principio y ése ha sido
también el consejo de V. E. Rvma."

Todas estas adversidades no detenían la recogida de documentos útiles a la defensa, que el Siervo de Dios tenía pensado presentar ante
la Sagrada Congregación por el honor de los suyos. A los ya registrados, juntaremos otros tres, acerca de la prohibición hecha a don
Angel Rocca de celebrar en su pueblo natal. El primero procede de un testigo, que refiere lo que le consta por haberlo oído decir. El
segundo es una carta a don Joaquín Berto, escrita por el Rector de la Real Basílica y Archicofradía de los Santos Mauricio y Lázaro en
Turín que, en parte confirma y en parte completa, el testimonio del anterior. El tercero procede de la Curia de Turín, y desentierra el
asunto de las testimoniales. Todos a una concurren a ilustrar este episodio desde todo punto de vista, y ofrecen útiles elementos de juicio.

Queridísimo don Joaquín Berto:

Aquí tiene usted mi rápida respuesta. El reverendo Tarizzo, administrador de Rivara, pidió al Arzobispo que autorizase a celebrar y
predicar a don Angel Rocca, sacerdote salesiano, natural de Rivara, y le pidió este favor porque los padres de don Angel habían
manifestado el vivo deseo de participar todos los de la familia en aquella solemnidad, y el Arzobispo, al oír que aquel sacerdote ((373))
era salesiano, no quiso