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Ahí tienes a tu Madre

CARTA DEL RECTOR MAYOR


«Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27)

María Inmaculada Auxiliadora


ACG 414 - DE

Madre y maestra de Don Bosco

Roma, 15 de agosto de 2012

Solemnidad de la Asunción de María

Queridísimos hermanos,

Os saludo con afecto acrecentado, que interpreto como expresión del reconocimiento por vuestra cercanía filial, por la estima que nutrís por el sucesor de Don Bosco y por vuestra incansable oración en este tiempo de prueba y sufrimiento.

Os puedo confesar que he aprendido a entregarme totalmente al Señor, para que Él haga en mí lo que quiera. La gran lección de la enfermedad, sobre todo en los momentos más críticos, es la de ayudarnos a reconocer fragilidades y límites y, en consecuencia, la de consignar a Dios el control de nuestra vida.

Durante este tiempo de enfermedad he sentido estrecharos en torno a mí a todos vosotros, como también a los miembros de la Familia Salesiana, a los colaboradores, a los amigos, y he visto, conmovido, cómo el Señor escucha y acoge las numerosas sÚplicas para verterlas sobre mí en forma de una gracia maravillosa. Si la vida es siempre un don, la enfermedad hace tomar conciencia de cómo cada día y en cada instante somos un don suyo particular; por esto, debemos vivirla con inmensa gratitud y con creciente responsabilidad. ¡A Él la gloria y el honor por siempre!

Os escribo esta vez en la solemnidad de la Asunción de María, para compartir con vosotros algunas reflexiones marianas sobre María. Junto con toda la Familia Salesiana, estamos preparándonos a celebrar como Congregación el bicentenario del nacimiento de nuestro Padre y Fundador, san Juan Bosco. Durante este primer año hemos querido vivir la dimensión histórica de su vida y de su obra. En esta perspectiva, y sobre todo en vista de la profundización de su pedagogía y de su espiritualidad, quiero invitaros a contemplar la figura de María Inmaculada Auxiliadora, en todo y siempre Madre y Maestra de Don Bosco, por lo que ha podido decir, al final de su vida: «En todo somos deudores de María»1.

De esta manera, deseo continuar en la línea de mis predecesores, especialmente de los últimos Rectores Mayores; y, al mismo tiempo, deseo profundizar cuanto presentan nuestras Constituciones respecto a la Santísima Virgen María.

Me parece muy significativo el hecho de que la primera Carta escrita por el querido don Egidio Viganò como Rector Mayor la haya dedicado a contemplar a María Inmaculada Auxiliadora, con el título: María renueva la Familia Salesiana de Don Bosco.

Refiriéndose al texto evangélico de Juan 19,26-27, comentaba: «He pensado instintivamente en nuestra Congregación y en toda la Familia Salesiana, que debería volver a profundizar hoy el realismo de la maternidad espiritual de María y revivir la actitud y el propósito de aquel discípulo. Y me decía en mi interior: Sí, debemos repetirnos mutuamente como programa para nuestro Movimiento la afirmación del evangelista: «¡Acojamos a María en nuestra casa!»2. 

1 María Inmaculada Auxiliadora en la vida de san Juan Bosco

En términos prácticos, hablar de la presencia de María en la historia de nuestro Padre significa considerar toda su vida; esto sería imposible en pocas líneas. Nuestras Constituciones nos ofrecen una síntesis estupenda en el artículo 8, donde encontramos tres verbos centrales que encuadran la presencia materna de María en la vida del Fundador: indicó a Don Bosco su campo de acción entre los jóvenes y le ayudó y sostuvo constantemente, sobre todo en la fundación de nuestra Sociedad. Además, precisamente en el comienzo de las Constituciones, encontramos esta misma convicción: «el Espíritu Santo suscitó, con la intervención materna de María, a san Juan Bosco» (Const. 1).

1.1 La intervención materna de María en la vida de Don Bosco

Ante todo, se nos dice que María «indicó a Don Bosco su campo de acción entre los jóvenes». Evidentemente, esto constituye una evocación del sueño de los nueve años, que, con toda certeza, todos hemos tenido ocasión de meditar, en particular en este año, teniendo entre las manos los Memorias del Oratorio, el texto que constituye el «cuaderno de ruta» de esta primera etapa de preparación al bicentenario.

Uno de los aspectos que más impresionan en este «relato de fundación» es el estrecho vínculo que une al Señor Jes&Ucute;s con su Madre, María. Cuando Juanito hace una doble pregunta, la primera relativa a la identidad del misterioso Personaje y la segunda sobre el nombre que le identifica (imposible no evocar el texto bíblico de Ex 3,13), en ambos casos se remiten a María:

- Pero ¿quién sois vos, que habláis de esta manera?

- Soy el hijo de Aquella a la que tu madre te ha enseñado a saludar tres veces al día.

- Mi madre me dice que, sin su permiso, no me junte con los que no conozco; por eso, decidme vuestro nombre.

- Mi nombre, pregúntaselo a mi Madre.

Esta «Señora de majestuoso aspecto, vestida de un manto que brillaba por todas partes, como si cada punto fuese una estrella resplandeciente, es la que explica la visión e indica la misión que Dios le confía: «He aquí tu campo, he aquí donde debes trabajar. Hazte humilde, fuerte y robusto; y lo que has visto que sucede con estos animales, deberás hacerlo tú por mis hijos».

Esta última expresión es muy significativa: al recibir el mandato por medio de María, Juanito la identifica como Madre de los jóvenes más pobres, abandonados y en peligro; los mismos que, al final del sueño se transforman de animales salvajes en tiernos corderitos, «los cuales, retozaban y corrían en torno balando como para festejar a aquel Señor y a aquella Señora»3.

No solo recibe la «indicación del campo de acción y de la finalidad por la que trabajar», sino también del modo, o sea, la amorevolezza, que, combinada con razón y religión, originará el método que, más tarde, llamará Don Bosco método preventivo: «No con golpes, sino con la mansedumbre y con la caridad deberás ganarte a estos amigos tuyos. Por tanto, ponte inmediatamente a hacerles una plática sobre la fealdad del pecado y sobre la belleza de la virtud»4. «Guiado por María, que fue su Maestra, Don Bosco vivió, en el trato con los jóvenes del primer Oratorio, una experiencia espiritual y educativa que llamó «Sistema Preventivo» (Const. 20).

En esta misma perspectiva, aunque veinte años después (1844), encontramos un sueño parecido. Se presenta nuevamente María, bajo la apariencia de una bella Pastorcilla, que, mientras indica el campo de la misión, sugiere también al joven sacerdote el método para realizar esta misión en compañía de otros colaboradores. «Entonces me di cuenta de que cuatro quintas partes de aquellos animales se habían convertido en corderos. Después su número creció muchísimo. En aquel momento llegaron bastantes pastorcillos para guiarlos. Pero se quedaban poco tiempo y todos se iban. Entonces sucedió una cosa maravillosa. Muchos corderos se transformaban en pastorcillos, que, una vez crecidos, cuidaban de ellos. Al aumentar los pastorcillos en gran número, se dividieron y se marcharon a otra parte para recoger a otros tantos extraños animales y guiarlos a otros apriscos»5.

En este texto, desearía subrayar lo que constituye el «método típicamente salesiano» de promoción vocacional, sin negar por ello la validez de otras propuestas y de otros procesos; pero, para nosotros, la indicación procede de la misma Madre de Dios: «convertir algunos corderos en pastores».

Basta recordar lo que yo señalaba en una Carta anterior, con ocasión del 150 aniversario de la fundación de la Congregación: casi todos los jóvenes reunidos en torno al Fundador respondían a aquel «perfil» que María había indicado a Don Bosco quince años antes. «Es una certeza: la Congregación Salesiana ha sido fundada y se ha dilatado comprometiendo a los jóvenes, que se dejaban convencer por la pasión apostólica de Don Bosco y por su sueños de vida. Debemos narrar a los jóvenes la historia de los inicios de la Congregación, de la que los jóvenes fueron «cofundadores»6. Esto explica la tenacidad (que a algunos puede parecer tozudez) con la que Don Bosco aplicaba este método, inusual en aquellos tiempos; o sea, conseguir los propios colaboradores de entre los mismos jóvenes, formándoles con cuidado muy particular.

Este primer aspecto de la intervención de María en la vida de Don Bosco continúa siendo normativo en la vida de nuestra Congregación, si queremos vivir en fidelidad a Dios y a nuestra misión. No hemos sido nosotros los que hemos elegido el campo de acción y la meta que conseguir: el sentido más profundo de la conciencia de misión es el de ser «enviados» a colaborar con el Dueño de la mies juvenil. Sencillamente, no se trata de «hacer el bien», ¡porque hay mucho que trabajar por la salvación del mundo! Don Bosco, sobre todo como joven sacerdote, tenía un amplio abanico de posibilidades apostólicas; a pesar de ello, fue consciente de haber sido enviado para una misión específica; tanto, que llegó a afirmar que «no es buena cualquier ocupación que nos distraiga del cuidado de la juventud»7.

Es un rasgo típicamente evangélico: cuando los Apóstoles van a buscar a Jesús, que se encuentra solo en el monte, viviendo al máximo su condición filial en la oración con el Padre, le dicen: «Todos te buscan». Y Él les responde: «Vamos a otra parte, a las aldeas vecinas, para que Yo predique también allí; ¡para esto he sido enviado!» (Mc 1,37-38). El texto paralelo de Lucas dice: «Es necesario que anuncie la buena noticia del Reino de Dios también en las otras ciudades; para esto he sido enviado» (Lc 4,43).

En íntima relación con la acción mariana indicada en el primer verbo, encontramos en el texto constitucional los otros dos verbos: le guió y le sostuvo. Esta endíadis se puede comprender en relación con las otras dos dimensiones fundamentales de la persona: la inteligencia y la voluntad. María es la Madre y Maestra que ilumina la inteligencia de Juanito, para que pueda comprender progresivamente, y cada vez en un nivel más profundo (intus-legere), en qué consiste su misión («A su tiempo lo comprenderás»), hasta llegar al momento conmovedor en que confiese, celebrando la eucaristía en la Basílica del Sagrado Corazón en Roma: «Ahora lo comprendo todo». Por otra parte, María le sostiene durante toda su vida, fortaleciendo su voluntad para que cada vez fuera más «fuerte y robusto»; en caso contrario, no habría podido soportar el peso y la dureza de aquella misión.

1.2 La acogida de María por Don Bosco

Además de la perspectiva que nos ofrece la reflexión sobre estas tres palabras, podemos meditar sobre la presencia de María en la vida de Don Bosco, considerando los títulos que quiso privilegiar y que no son en modo alguno casuales: INMACULADA &emdash; AUXILIADORA. En nuestra Regla de Vida encontramos un pequeño «comentario» sobre este tema: «María Inmaculada y Auxiliadora nos educa para la donación plena al Señor y nos alienta en el servicio a los hermanos» (Const. 92). En el texto «ad experimentum» de 1972, se distinguían estos dos aspectos, colocándolos respectivamente bajo uno u otro de los títulos. En cambio, el texto actual los unifica, puesto que nuestro amor a Dios es inseparable del amor y del servicio a los hermanos y hermanas, especialmente a los jóvenes a los que el Señor nos envía.

Inmaculada

Como he escrito en otra ocasión, «sobre la cúpula del santuario de María Auxiliadora se encuentra una bella estatua de la Inmaculada. La Inmaculada en el exterior y la Auxiliadora en el interior. Son los dos títulos con que Don Bosco quiso honrar a la Virgen, puesto que los dos tienen que ver con su carisma y su misión: la salvación de los jóvenes a través de una educación integral»8.

Aunque sea brevemente, está bien recordar el significado y la importancia que ha tenido para Don Bosco el título de «Inmaculada». Sabemos que el dogma fue proclamado durante su vida, el 8 de diciembre de 1854. Pero es cierto que la referencia a la Inmaculada estaba ya presente en la piedad popular; tanto es así que se celebraba como fiesta. Precisamente algunos años antes de la proclamación de la Inmaculada surgió la Obra Salesiana. Recordemos, al menos en parte, el relato del mismo Don Bosco: «El día solemne de la Inmaculada Concepción de María (8 de diciembre de 1841) a la hora establecida estaba a punto de ponerme los ornamentos sagrados para celebrar la santa misa. El sacristán, José Comotti, viendo a un jovencito en un rincón, le invita a ayudarme la misa. No sé, respondió todo mortificado»9. Poco después se nos expone el importante encuentro entre Don Bosco y Bartolomé Garelli, y el «avemaría», con que «comenzó todo».

Además, conviene recordar cómo se vivió en el Oratorio el extraordinario acontecimiento de la declaración del dogma de la Inmaculada Concepción. «Había rezado fervorosamente, había celebrado misas para acelerar la gracia de esta definición dogmática, que deseaba desde hacía mucho tiempo; y continuó rezando y agradeciendo al Señor por haber glorificado así en la tierra a la Reina de los Ángeles y de los hombres. La fiesta de la Inmaculada se convirtió en su predilecta, aunque continuó celebrando con gran solemnidad la fiesta de la Asunción de María al cielo»10.

En la Carta de presentación de las Constituciones renovadas, hablando del 8 de diciembre, escribía don Egidio Viganò: «Esta recurrencia mariana, significativa para cualquier corazón salesiano, es una fecha muy querida para Don Bosco y está indicada por él como nacimiento oficial de nuestro carisma en la Iglesia. Puede resultar sugerente recordar algunos hechos ligados a ella; ante todo, el encuentro con Bartolomé Garelli (1841) y el avemaría de aquel profético catecismo; la apertura del Oratorio de San Luis en Porta Nova; el anuncio (1859) de la reunión que habría dado comienzo a la Congregación; la entrega (1878) de la primera Regla impresa de las Hijas de María Auxiliadora; el inicio de la presencia de hermanos obispos en la Congregación (Monseñor Cagliero); y (1885) la importante comunicación de la designación de don Rua como Vicario del Fundador. En aquel mismo 8 de diciembre de 1885 nuestro Padre afirmó que «de todo somos deudores a María» y que «todas nuestras cosas más grandes tuvieron principio y cumplimiento en el día de la Inmaculada»11.

Pero no es solo una coincidencia histórica o dogmática lo que subraya la relación entre el título de «Inmaculada» y Don Bosco. En la base encontramos un elemento fundamental del «Sistema Preventivo» que, conviene recordarlo una vez más, no es tanto una genial intuición pedagógica, cuanto «beber en la caridad de Dios que precede a toda criatura con su providencia, la acompaña con su presencia y la salva dando su propia vida». Por esto «Don Bosco nos lo transmite como modo de vivir y trabajar […] Este sistema informa nuestras relaciones con Dios, el trato personal con los demás y la vida de comunidad en la práctica de una caridad que sabe hacerse amar» (Const. 20). A mi parecer, nunca responderemos suficientemente al reto que nos presenta este modo de entender el «Sistema Preventivo».

Si Dios «previene a toda criatura» con su Amor providente, esto se realiza de forma plena en María, la llena de gracia. «Gracia», lo sabemos bien, es ante todo Dios mismo. Pero esta expresión puede subrayar también la plenitud de la gratuidad del Amor de Dios en María. El texto de la declaración dogmática del beato Pío IX lo dice expresamente. En el fondo se trata de cuanto afirma san Juan: «No hemos sido nosotros los que hemos amado a Dios, sino que ha sido Él el que nos ha amado a nosotros» (1Jn 4,10). Ante todo y en forma única, podemos aplicar esto también a María. En este sentido es bonito poder contemplarla como «el fruto más perfecto del sistema preveniente/preventivo de Dios».

Evidentemente, esto no excluye la respuesta humana; al contrario, la hace posible, e incluso la exige, como ha subrayado muy justamente el papa Benedicto XVI: «El Omnipotente espera el «sí» de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa […] Cruz es Dios mismo el que mendiga el amor de su criatura: tiene sed del amor de cada uno de nosotros»12. Podemos aplicar esto, en primerísimo lugar, a María. A este propósito es interesante la observación de un teólogo especialista, Alois Müller: «Lo primero que se trató históricamente no fue, sin embargo, la concepción inmaculada de María, sino la ausencia de pecado a lo largo de su vida»13; esto significa que desde siempre la Iglesia ha visto en la «llena de gracia» no solo el don gratuito de Dios, sino también la respuesta de amor, plena y total, de María.

Auxiliadora

En cuanto al título de «Auxiliadora» (que, conviene recordar, aparece en el Concilio Vaticano II, en la Lumen Gentium, unido al de «Madre de la Iglesia»), conocemos la importancia que tenía para Don Bosco. En la Carta citada, escribía don Egidio Viganò: «Además, existe una razón deducida de un aspecto característico de la devoción misma a la Auxiliadora: se trata de una dimensión mariana que está hecha, por naturaleza, precisamente para los tiempos difíciles. Don Bosco mismo lo manifestaba a don Cagliero con la famosa afirmación: «La Virgen quiere que la honremos con el título de 'Auxilium Christianorum': los tiempos que corren son tan tristes que necesitamos premiosamente que la Virgen Santísima nos ayude a conservar y defender la fe cristiana»14.

Prosiguiendo sus consideraciones, don Viganò «actualiza» las dificultades de los tiempos, muy diversas de las que debió afrontar nuestro Padre; pero diversas también, en muchos aspectos, de las que se nos imponen hoy a nosotros: los tiempos cambian a ritmo vertiginoso, y lo mismo la cultura juvenil con que debemos enfrentarnos cada día. Pero conviene subrayar una cosa: invocando a María con este título, no pretendemos que nos ayude y nos defienda «contra» nadie. Si creemos en la Encarnación del Hijo de Dios como el principio que permite afirmar su unión con cada hombre y con cada mujer del mundo (cf. GS 22), sea cual sea la situación, algo semejante podemos decir sobre la Maternidad universal de María.

Pero esto no nos lleva a ignorar tantas situaciones negativas y tantos problemas inquietantes; para hacer frente a esto, pedimos su ayuda y su protección, especialmente cuando nos oponemos al mal, al pecado y a la «cultura de la muerte», tan opuesta a la vida, de la que María, como mujer y como madre, es símbolo transparente y poder protector. Junto con la alegría de poder comprobar en las diversas regiones del mundo la vitalidad de nuestro carisma y sus efectos beneficiosos, aflora la tristeza al considerar los estragos provocados por aquellas potencias negativas que, por medio de acciones, personas, estructuras e instituciones &emdash; expresiones todas del «mysterium iniquitatis» &emdash; atentan contra la felicidad y comprometen la salvación de nuestros jóvenes, especialmente de los más débiles. Sobre todo en favor de estos pedimos a María que sea Madre y Ayuda, «rostro materno del Amor de Dios».

Pienso que podemos profundizar este título, buscando una analogía con el de Inmaculada considerado hace poco. Si la definición de la Inmaculada Concepción reafirma a nivel dogmático todo lo que significa para Don Bosco el Sistema Preventivo, ¿sería exagerado descubrir en el dogma de la Asunción de María, proclamado por el papa Pío XII en 1950, una estrecha relación con el título de «Auxiliadora»? Conviene recordar, como subrayan los textos litúrgicos, que la Ascensión de Jesús no significa su «alejamiento» del mundo y el abandono de la Iglesia y de la humanidad, sino todo lo contrario:

«No se ha separado de nuestra condición humana,
sino que nos ha precedido en la morada eterna,
para darnos la serena confianza de que donde está Él,
cabeza y primogénito, estaremos también nosotros,
sus miembros, unidos en la misma gloria»15.

Por tanto, de modo análogo, ¿no será lícito afirmar que la Asunción de María marca el inicio de su protección y de su ayuda materna para todos los cristianos, más aún, para todos los hombres y mujeres del mundo? Además de unir al Magisterio de la Iglesia nuestra devoción a María a través de los títulos de Inmaculada-Auxiliadora, este modo de considerarla nos permite comprender por qué, para Don Bosco, la fiesta de la Asunción fuese una de sus fiestas predilectas, como indica el texto de las Memorias del Oratorio citado antes, y esto no solo por coincidencia con su nacimiento (más exacta simbólica que cronológicamente), sino por la relación con el título de «Auxiliadora» y por el significado de su devoción.

2 María Inmaculada Auxiliadora en la Congregación Salesiana hoy

Indudablemente, la intervención de María en el origen y primer desarrollo de nuestra Congregación continúa a lo largo de la historia. En 1903 escribía don Rua: «No dudo de que con el aumento de la devoción a María Auxiliadora entre los Salesianos crecerá la estima y el afecto hacia Don Bosco y, en igual medida, el compromiso de conservar su espíritu y de imitar sus virtudes»16.

Creo que todos estamos convencidos de ello. Pero si esto es verdad, debemos reconocer que es necesaria la respuesta generosa de fidelidad en la realización de nuestra misión. Podemos preguntarnos: ¿estamos también nosotros dispuestos, hoy, a actuar de tal manera que María Inmaculada Auxiliadora nos indique el campo de nuestra misión y continúe guiándonos y sosteniéndonos en su cumplimiento? Si obramos así, concretaremos la respuesta a su invitación: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5) y nos convertiremos en servidores de los jóvenes para asegurar la alegría y la plenitud de la vida en Dios.

Como lo he comprobado con gran alegría, es innegable que en todos los lugares donde hay Salesianos se promueve la devoción a María Auxiliadora. En ninguna Inspectoría faltan iglesias o santuarios dedicados a Ella; y de la misma manera, el pueblo cristiano nos identifica con este título mariano, como ya en tiempos de nuestro Padre la llamaban «La Virgen de Don Bosco». Pero no podemos contentarnos con lo que han hecho los hermanos que nos han precedido, ni podemos limitarnos a promover de forma puramente externa la devoción mariana. En otras palabras: nuestra obra evangelizadora y educativa, sobre todo en favor de los jóvenes más pobres, abandonados y en peligro, debe constituir una experiencia concreta del Amor gratuito, preveniente y eficaz que contemplamos en María Inmaculada Auxiliadora, para hacer de ellos hijos suyos, como pidió a Juanito en el sueño.

2.1 «María está presente entre nosotros» (Const. 8)

Reconozco que es imposible sintetizar en pocas páginas lo que representa hoy para nosotros la presencia materna de María Auxiliadora, o las diversas expresiones y manifestaciones de nuestra devoción hacia Ella. Por ello, me limito a aducir lo que presentan sobre Ella nuestras Constituciones, intentando enriquecerlo con la referencia a la Palabra de Dios.

Sin duda alguna, la fidelidad a nuestro carisma, o, mejor, a la voluntad de Dios en la realización de la misión, pasa a través de la observancia de las Constituciones. ¿«Cómo actuaría Don Bosco hoy»? No podemos dar respuestas subjetivas o sentimentales, y menos todavía, individualistas. Se trata, más bien, de poner en práctica nuestra Regla de Vida: «Si me habéis amado en el pasado, continuad amándome en el futuro con la observancia de nuestras Constituciones» (Constituciones y Reglamentos SDB, Proemio). No es superfluo recordar lo que dice la Exhortación Apostólica postsinodal Vita Consecrata: «Cuando la Iglesia reconoce una forma de vida consagrada o un Instituto, garantiza que en su carisma espiritual y apostólico se encuentran todos los elementos y requisitos objetivos para alcanzar la perfección evangélica personal y comunitaria» (VC 93; la negrita es mía).

Pues bien, en nuestras Constituciones encontramos muchas referencias marianas. En primer lugar, dos artículos dedicados enteramente a Ella (8 y 92), a los cuales he aludido ya varias veces. El artículo 92 corresponde, a grandes líneas, al texto «ad experimentum» de 1972; por el contrario, el artículo 8 es enteramente nuevo, y corresponde a la finalidad que tiene la primera parte de las Constituciones. Esta sección, que comprende los artículos 1 al 25 («Los Salesianos de Don Bosco en la Iglesia»), presenta nuestra identidad carismática: antes de hablar de lo que «hacemos», se define quiénes somos en la Iglesia y en el mundo, en favor sobre todo de los jóvenes.

Precisamente en el primer capítulo, donde se presenta nuestra identidad, se ha querido colocar un artículo sobre María Inmaculada Auxiliadora, para subrayar que Ella, por así decirlo, «forma parte» del patrimonio carismático salesiano. «Creemos que María está presente entre nosotros y continúa su misión de Madre de la Iglesia y Auxiliadora de los cristianos» (citando a Don Bosco). Nuestra devoción filial hacia Ella, caracterizada por la confianza («Nos confiamos a Ella»), contempla en particular su carácter de «humilde sierva en la que el Señor ha hecho grandes maravillas», y hace referencia directa e inmediata al núcleo y corazón de nuestra misión: «para ser, entre los jóvenes, testigos del amor inagotable de su Hijo» (Const. 8).

2.2 «Contemplamos e imitamos…» (Const. 92)

El artículo 92, en cambio, se encuentra en el contexto de la vida de oración, caracterizada por una expresión que remite inmediatamente a su identidad cristiana: «en diálogo con el Señor». En este contexto se presentan los rasgos fundamentales de la devoción salesiana a María Inmaculada Auxiliadora.

En primer lugar, querría detenerme a considerar los dos verbos con los que se define esta devoción: contemplamos-imitamos. Me parece interesante comparar esta doble característica con la experiencia de una de las más grandes santas de los tiempos modernos, santa Teresa de Lisieux. Con un lenguaje que a veces puede resultar sentimental e incluso dulzón, encontramos una profundidad de vida cristiana extraordinaria y, en particular, encontramos lo que Hans Urs von Balthasar ha puesto como actitud fundamental de la pequeña santa carmelitana: su pasión por la verdad, por la autenticidad, su rechazo instintivo de toda falsedad17. Hablando de la devoción a María, santa Teresita afirmaba, ya al final de su vida:

«¡Los sacerdotes nos hacen ver (en María) unas virtudes practicables! Está bien hablar de sus privilegios, pero, antes de nada, es necesario que se la pueda imitar. Ella prefiere la imitación a la admiración, y su vida fue muy sencilla […] Cuánto me hubiera gustado ser sacerdote, para decir todo lo que pienso sobre esto […] No sería necesario decir cosas inverosímiles, o que no se conocen […] Para que me guste una plática sobre la Santísima Virgen y para que me sea provechosa, es necesario que me haga ver su vida real, no su vida imaginaria; y estoy segura de que su vida real fue sumamente sencilla. La presentan inaccesible; sería necesario presentarla imitable, poner de relieve sus virtudes, decir que vivía de fe, como nosotros, comprobarlo con el Evangelio […] Sabemos muy bien que la Santísima Virgen es Reina del cielo y de la tierra, pero es más Madre que Reina» 18.

Creo que para nosotros, Salesianos, «hombres de síntesis, más que de alternativas, se trata de no oponer las dos actitudes (como probablemente era necesario en el tiempo y en el ambiente de santa Teresita), sino de integrar ambas actitudes: de manera que la contemplación nos permita admirar en María «las maravillas de la gracia de Dios» y, al mismo tiempo, nos impulse a imitarla. Ciertamente Dios no actúa en nosotros de la misma manera que en María, pero no significa en forma diversa, sino en forma semejante. En realidad, contemplando en los dos grandes dogmas marianos de la Inmaculada Concepción y de la Asunción lo que, en la infinita gratuidad de su Amor, ha realizado Dios en María, comprendemos, en la fe, lo que Dios quiere realizar también en nosotros, si vivimos las actitudes de la Madre de Dios. Baste pensar que «Él nos ha escogido (en Cristo) antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados ante Él por el amor» (Ef 1,4)) y que la Asunción de María constituye «garantía de consolación y de segura esperanza para el pueblo de Dios, todavía peregrino en la tierra» (cf. Lumen Gentium 68): en Él se ha realizado plenamente lo que Dios quiere realizar también en nosotros, de forma semejante.

Conviene detenernos un momento en el concepto de «imitación». Para más de un cristiano este término puede provocar cierto desasosiego e incluso rechazo, por que parecería reducirse a una repetición automática de acciones y palabras. No se trata de esto. La auténtica imitación es totalmente diversa: significa asumir las actitudes y las motivaciones esenciales, asimilarlas personalmente y ponerlas en práctica creativamente. A propósito de nuestra imitación de Cristo, recordemos algunos textos paulinos: se trata de pensar como Cristo (cf. 1Cor 2,16), sentir como Cristo (cf. Fil 2,5) para actuar como Cristo. Algo semejante podemos decir sobre nuestra contemplación e imitación de María Inmaculada Auxiliadora.

Junto a estos reclamos, encontramos en el texto constitucional otra expresión-endíadis para caracterizar nuestra devoción mariana: «Le profesamos una devoción filial y fuerte» (Const. 92). Esto nos invita a superar cierto devocionismo puramente sentimental y, por eso, débil, pero sin caer en una árida y estéril conceptualización. El comentario a las Constituciones dice: «Dos adjetivos que indican, a la vez, nuestra ternura hacia quien es la "Madre amable” y el propósito de imitarla en su entrega total a la voluntad de Dios»19.

Finalmente, en esta misma clarificación de nuestra devoción, termina el artículo 92: «Celebramos sus fiestas para estimularnos a una imitación más convencida y personal». Me parece que en nuestro texto constitucional se equilibran perfectamente la contemplación admirada de lo que Dios ha realizado en María y el estímulo a imitarla filialmente en sus grandes virtudes, sobre todo en la triple actitud teológica fundamental: fe-esperanza-caridad.

2.3 «Rezamos todos los días el rosario»20 (Const. 92)

Antes de hablar específicamente de María como modelo de nuestra vida de fe-esperanza-caridad, quisiera decir una palabra sobre nuestra oración mariana, en particular sobre el santo rosario. Durante mi vida salesiana, y todavía más como Rector Mayor, he podido comprobar, con gran alegría y con mucha admiración, la práctica del santo rosario por parte de muchos hermanos, sobre todo ancianos, «santamente exagerados», que con gran sencillez y constancia expresan de esta manera su unión con Dios y su amor a María Santísima a lo largo de la jornada. Quisiera invitar a todos los hermanos a continuar esta extraordinaria práctica de piedad, no por inercia o por «obligación», sino intentando profundizar su significado y sus motivaciones.

Ante todo, creo que se trata de una práctica que combina perfectamente la oración vocal con la contemplación de los misterios de la vida de Jesús, en compañía y a imitación de María, que «custodiaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19; cf. 3,51b).

En su Exhortación Apostólica Marialis Cultus, Pablo VI escribía: «También se ha sentido con mayor urgencia la necesidad de recalcar, junto al valor de la alabanza y de la imploración, la importancia de otro elemento esencial del rosario: la contemplación. Sin ella el rosario es cuerpo sin alma, y su misma recitación corre el riesgo de ser repetición mecánica de fórmulas […] Por su naturaleza el rezo del rosario exige un ritmo tranquilo y casi una lentitud pensativa, que favorecen en el orante la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y descubren sus insondables riquezas» (MC, 47).

Es importante poner de relieve que un sector muy notable de la teología actual, sobre todo del campo de la cristología y de la mariología, trata de renovar lo que está en la base del santo rosario, es decir, la «teología de los Misterios». Uno de sus principales representantes afirma: «Durante los últimos años se ha pedido acertadamente la recuperación de algo que fue un topos de la teología sistemática de otros tiempos: la integración de "los misterios de Cristo”, es decir, de una cristología concreta en un tratado cristológico que ha venido haciéndose cada vez más abstracto»21. Más adelante insiste «El movimiento litúrgico, la renovación de la teología en el espíritu de los Padres (H. De Lubac, J. Daniélou, H. U. Von Balthasar), el redescubrimiento de la eclesiología dogmática y su síntesis en el Vaticano II, la vuelta a la "historia de la salvación” y a una cristología histótico-salvífica (O. Cullmann, Constitución Dei Verbum del Vaticano II) representan otros tantos comienzos de una nueva asimilación de los «misterios de Cristo». […] Pero parece que una barrera impide a los cristianos de hoy el encuentro con el Cristo personal en sus misterios […] Es preciso que, desde la herencia del pasado, con las nuevas bases logradas, recobremos el misterio y cada uno de los misterios de Cristo»22.

Esperamos que esta pequeña motivación nos ayude a vivir, con fidelidad creativa, nuestra devoción a María a través del santo rosario, y también a iniciar a nuestros jóvenes en esta forma tan sencilla y concreta de oración y de meditación.

3 María, modelo de fe, de esperanza y de caridad

Dada la riqueza y la diversidad de actitudes marianas que se presentan a nuestra contemplación y que se ofrecen a nuestra imitación (o en el artículo 92 de las Constituciones o en algunos otros que mencionan a la Madre de Dios), es oportuno recogerlos en torno a las virtudes teologales, para ponerlas después en relación con los tres valores evangélicos: la obediencia, la pobreza y la castidad; por esto recurrimos a la reflexión bíblica, como recuerda Pablo VI en la citada Exhortación Apostólica Marialis Cultus: «La necesidad de una impronta bíblica en cualquier forma de culto se considera hoy como un postulado general de la piedad cristiana…El culto a la Santísima Virgen no puede sustraerse a esta orientación general de la piedad cristiana; más aún, debe inspirarse de modo particular en ella para adquirir nuevo vigor y ayuda segura» (MC 30).

Ante todo, una observación de carácter general: es interesante comprobar el relieve que adquiere la figura de María en el proceso diacrónico del Nuevo Testamento. El recorrido empieza en los dos textos iniciales, las Cartas de san Pablo y el Evangelio de Marcos, que hacen solamente una referencia marginal; pasando después por Mateo y Lucas que, desde posiciones independientes (¡en esta sección más todavía que en otras!), los dos reflexionan sobre los orígenes humanos de Jesús en estrecha relación con su madre, María; hasta llegar a la figura de la Mujer, nueva Eva, en la época de Juan: el cuarto Evangelio y el Apocalipsis. Podríamos afirmar que, en la medida en que la comunidad cristiana, iluminada por el Espíritu Santo, va reflexionando con mayor profundidad sobre el misterio de Cristo, va también descubriendo progresivamente la importancia de María.

3.1 «Bendita tú, que has creído» (Lc 1,45)

«Contemplamos e imitamos su fe», dice el artículo constitucional que estamos considerando. Y, en el contexto de la educción en la fe de nuestros jóvenes, leemos en el artículo 34: «La Virgen María es una presencia materna en este camino. La hacemos conocer y amar como a la Mujer que creyó» (Const. 34). La pregunta que suscita inmediatamente este texto es la siguiente: ¿suscitamos en nuestros jóvenes una devoción a María que ponga en primer plano su fe?

Sabemos bien que la fe es la actitud fundamental del creyente, puesto que, como dice la Carta a los Hebreos, «sin la fe es imposible agradar a Dios» (Hb 11,6). Isabel llama a María «la creyente» por excelencia, felicitándose por ello, y la proclama «bendita». Esta felicitación reenvía al momento de la vida de María que podríamos llamar una encrucijada en su vida, o sea, la Anunciación. En esa circunstancia, mientras se da cuenta de que Dios tiene un proyecto maravilloso sobre ella, María, la «llena de gracia» (¡ninguna traducción agota la riqueza del término evangélico original, kejaritoméne!) es invitada a colaborar libremente con Él. La pregunta que dirige al ángel Gabriel: «¿Cómo sucederá esto, pues no conozco varón?», no es de hecho una objeción o índice de una duda, sino la expresión del deseo de responder con la mayor responsabilidad y libertad posibles a esa invitación divina, prestándole un completo asentimiento. Expresado en forma paradójica, María acepta libre y alegremente (¡el optativo es el verbo del deseo!) convertirse en la esclava del Señor: «Hágase en mí según tu palabra».

Quisiera subrayar algunos aspectos que descubrimos en este texto evangélico, colocado precisamente en la plenitud del tiempo (cf. Gal 4,4):

— Ante todo, la fe de María es confianza en Dios. Como dije en otra ocasión: «María no confía en el plan de Dios, sino el Dios del plan». La fe no es, en primer lugar, la aceptación de contenidos objetivos que Dios nos revela, sino adhesión incondicional, típica del amor, a Él y a aquello que Él quiere de nosotros. «Pídeme cualquier cosa y yo lo haré», es una de las expresiones típicas del amor, también en el nivel humano; con mayor razón en la relación de la persona con Dios. Algo semejante sucede en nuestra vida: no confiamos en Dios porque conozcamos ya anticipadamente su proyecto sobre nosotros, sino por el hecho de que Él nos invita a ponernos en sus manos, como un niño en brazos de su madre.

— La fe de María se expresa y se concreta en la obediencia. En la historia de la salvación, los grandes creyentes son auténticos obedientes, comenzando por nuestro «padre en la fe», Abrahán, hasta culminar en María. San Pablo expone de esta manera su vocación apostólica: «Por medio de Él (Jesús) hemos recibido la gracia de ser apóstoles, para suscitar la obediencia de la fe» (Rom 1,5). Una fe que no conduce a buscar la voluntad de Dios para después ponerla en práctica en la vida, no es auténticamente cristiana, porque desemboca en un individualismo estéril o en una veleidad que no lleva a nada.

— En latín se da una convergencia significativa entre tres palabras: fides-fiducia-fidelitas. La fe entendida como confianza que lleva a obedecer a Dios desemboca con el trascurso del tiempo y se verifica en la fidelidad: sobre todo en los momentos en que o «se vive de fe» o todo se derrumba y se desmorona. En este sentido, el mismo artículo constitucional nos invita a contemplar en María «la fidelidad en la hora de la cruz».

Precisamente esta fe-confianza, que se traduce en obediencia, constituye el camino que María recorre desde la Anunciación en Nazaret hasta Jerusalén, sobre el Gólgota, a los pies de la Cruz. Un camino indudablemente difícil y doloroso. Porque debemos reconocerlo: aceptar incondicionalmente a Dios en la propia vida no facilitó en modo alguno las cosas a María, humanamente hablando; al contrario, se las complicó tremendamente. Subrayo dos aspectos típicos de la experiencia de fe de María:

  1. Todas las expectativas humanas (¡comenzando por su proyecto de vida con José!) parecen diluirse: el nacimiento del Hijo en un lugar donde viven los animales, porque «para ellos no había lugar en la posada (Lc 2,7); la dolorosa profecía de Simeón apenas cuarenta días después del nacimiento del Hijo; la escena de los doce años, en Jerusalén, de la que el evangelio dice: «Pero ellos no comprendieron lo que les había dicho» (Lc 2,50). Como escribía yo en una Carta hace algunos años, «precisamente porque en la relación con Dios, es siempre Él quien toma la iniciativa y fija los tiempos y las metas, la relación no resulta nunca idéntica a sí misma. María lo aprendió pronto: en el momento de dar a luz al Hijo; lo que se decía de Él le resultaba incomprensible (Lc 2,18-19); cuanto más le era anunciado el futuro de su Hijo (Lc 2,34-35), tanto menos coincidía con lo que se le había dicho en la anunciación (Lc 1,30-33.35). La pérdida de Jesús adolescente en el templo es signo premonitor de un camino todavía más doloroso […] No hay que maravillarse si María, no siendo capaz de comprender, «guardaba todas las cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2,19.51)»23.
  2. Pero, sobre todo, la relación misma de Jesús con su Madre manifiesta el camino de fe de María: parece que el Hijo se vaya alejando cada vez más durante la vida pública. Incluso encontramos textos que dan la impresión de que Jesús «relativiza» esta maternidad humana. Baste recordar dos textos: Mc 3,31-35 (progresivamente «mitigado» por Mt 12,46ss y Lc 8,19-21) y Lc 11,27-28: «Bienaventurados, más bien, los que escuchan la Palabra d e Dios y la ponen en práctica». No se trata en absoluto de un desprecio para con la Madre, sino más bien de mostrar su verdadera grandeza, en cuanto modelo de quien «escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica»; pero es indudable el precio que ha debido pagar en este proceso de crecimiento en la fe. Precisamente porque nadie ha estado tan «cercano» al Hijo de Dios hecho Hombre como Ella, fue tan doloroso vivir este alejamiento progresivo del «hijo», para poder crecer cada vez más en la fe en el «Hijo» con mayúscula, el Hijo de Dios.

No obstante, recordando las palabras de Isabel, la fe, de la que María es modelo insuperable, es fuente de felicidad, de la única felicidad verdadera. Aquí hallamos una sugestiva inclusión entre la primera «bienaventuranza» del Evangelio (antes, ciertamente, de las que presentan los evangelios en el Sermón de la Montaña) y la última, que aparece en Jn 20,29: «Bienaventurados los que no han visto y han creído». En realidad, la bienaventuranza de la fe hace posibles todas las demás: sin ella sería absurdo proclamar que son felices los pobres, los que sufren, los despreciados… Existe una estrecha continuidad entre la primera bienaventuranza, en singular, y la última, en plural; sería como decir: «Bienaventurados los que se parecen a María».

Existe un pequeño matiz que me parece digno de notarse. La traducción de las palabras de Isabel oscila entre dos significados, aparentemente semejantes, pero en realidad muy diversos. «Bienaventurada tú que has creído en el cumplimiento de lo que el Señor te ha dicho» o «Bienaventurada tú que has creído: porque se cumplirá lo que el Señor te ha dicho». La versión que sin duda corresponde mejor a la realidad, en la vida de María y en la nuestra, es esta última: somos felices porque creemos que se cumplirá aquello en que creemos por la fe. Pero también aquí debemos añadir: no según nuestras expectativas, sino según el proyecto de Dios, acogido plenamente en la «obediencia de la fe», fundamento de nuestra obediencia consagrada.

3.2 «La Mujer que creyó y que auxilia e infunde esperanza» (Const. 34)

Significativamente, como en María y en la vida de cualquier cristiano, en el texto constitucional están íntimamente unidas la fe y la esperanza, aunque sean distintas, en cuanto la fe está basada en la realidad histórica de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho Hombre, mientras la esperanza mira hacia el futuro: «De hecho, en la esperanza hemos sido salvados. Ahora bien, lo que se espera, si se ve, ya no es objeto de esperanza» (Rom 8,24).

Esta diferencia puede inducir a separar las dos actitudes, produciendo una nostalgia del pasado que paraliza respecto al futuro. En la Carta de convocatoria del CG26 escribía: «Un reto, sentido muchas veces como amenaza, se refiere a la incertidumbre del futuro de la vida consagrada, especialmente por los interrogantes que se plantean sobre su supervivencia en algunas áreas geográficas. La disminución numérica, la ausencia de vocaciones, el envejecimiento crean en las Congregaciones falta de perspectivas, necesidad de penosas redimensiones, búsqueda de nuevos equilibrios culturales. A esto se añade tal vez escasa vitalidad, fragilidades vocacionales, dolorosos abandonos. Todo ello favorece desmotivación, desánimo y parálisis. En estas condiciones resulta difícil encontrar una estrategia de esperanza, que abra horizontes, ofrezca caminos y asegure liderazgos24.

Como indicaba el programa del CG26, «despertar el corazón de todo Salesiano», se trata de «vivir de nuestra fe» (cf. Heb 2,4; Rom 1,17; Gal 3,11) para alimentar así la esperanza, de modo que haga posible la caridad pastoral. El gran peligro de estos tiempos no es tanto la pérdida de la fe cuanto, más bien, la debilitación de la esperanza, la incapacidad de «soñar» un futuro prometedor en la realización de nuestra misión con los jóvenes. Nos puede suceder lo que ocurrió a Gedeón; creía indudablemente en todo lo que constituía la fe del pueblo del pasado, pero esto en ningún modo le infundió coraje para el futuro, más bien todo lo contrario.

«El ángel del Señor se le apareció y le dijo: «Hombre fuerte y valeroso, el Señor está contigo». Gedeón le respondió: «Perdona, mi Señor: si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos ha sucedido todo esto? ¿Dónde están todos sus prodigios que nos han narrado nuestros padres diciendo: «¿No nos ha sacado de Egipto el Señor?». Pero ahora el Señor nos ha abandonado y nos ha entregado en la manos de Madián» (Jue 6,12-13).

Precisamente cuando vivimos momentos difíciles, María Auxiliadora, la «Virgen de los tiempos difíciles», se nos presenta como Madre que «infunde esperanza». Cuando redescubrimos el camino de fe de María, descubrimos que, en realidad, está en juego la esperanza. Podía sentirse tentada de pensar: «¿No habrá sido todo un sueño, ciertamente bonito, pero que se ha desvanecido ante la dureza de la realidad presente?». En su Encíclica sobre la esperanza, escribe Benedicto XVI dirigiéndose a María:

«Cuando comenzó la actividad pública de Jesús, debiste quedarte aparte, para que pudiese crecer la nueva familia, para cuya constitución había venido Él y que debía extenderse con la aportación de aquellos que hubieran escuchado y observado su palabra (cf. Lc 11,22 ss) […] Así viste el poder creciente de la hostilidad y del rechazo que progresivamente se iba afirmando en torno a Jesús hasta la hora de la cruz, en la que debiste ver al Salvador del mundo, al heredero de David, al Hijo de Dios morir como un fracasado, expuesto al escarnio, entre los delincuentes […] La espada del dolor traspasó tu corazón. ¿Había muerto la esperanza? […] En esta fe, que también en la oscuridad del Sábado Santo era certeza de la esperanza, fuiste al encuentro en la mañana de Pascua […] Así permaneces en medio de los discípulos como su Madre, como Madre de la esperanza. Santa María, Madre de Dios, enséñanos a creer, esperar y amar contigo»25.

Si antes se hablaba de «bienaventuranza de la fe», ahora podemos hablar de una «bienaventuranza de la esperanza», que también María hace suya: «Bienaventurado el que no encuentra en mí motivo de escándalo» (Mt 11,6). La caracterización que hace san Pablo de Abrahán, afirmando que «creyó, firme en la esperanza contra toda esperanza» (Rom 4,18), puede ser aplicada a María con mayor razón; por una parte, porque todo el texto habla de la fe en Jesucristo resucitado (cf. Rom 4,24-25) y, por otra, porque, mejor aún que en el caso de Abrahán, María afronta una realidad ante la cual, hablando humanamente, no queda lugar para la esperanza, o sea, queda solo la muerte.

Hay una texto muy bonito, en forma de oración, que el cardenal Carlos María Martini ofreció a su archidiócesis con ocasión del año 2000. Merece la pena leerlo y meditarlo; cito aquí algunos párrafos significativos:

«Oh María, Tú has aprendido a aguardar (espera) y a confiar (esperanza). Has esperado con confianza el nacimiento de tu Hijo proclamado por el ángel; has continuado creyendo en la palabra de Gabriel incluso durante largos períodos en que no sucedía nada; has esperado contra toda esperanza junto a la cruz y hasta el sepulcro; has vivido el Sábado Santo infundiendo esperanza a los discípulos dispersos y desilusionados. Obtienes para ellos y para nosotros el consuelo de la esperanza; no se ha alterado tu paciencia el Sábado Santo y nos enseñas a mirar con paciencia y perseverancia a lo que vivimos en este sábado de la historia, cuando muchos, también cristianos, están tentados de no esperar ya en la vida eterna y ni siquiera en el retorno del Señor […] Nuestra poca fe al leer los signos de la presencia de Dios en la historia se traduce en impaciencia y huida, justamente como sucedió a los dos de Emaús que, incluso puestos ante algunos signos del Resucitado, no tuvieron la fuerza de esperar el desarrollo de los acontecimientos y se marcharon a Jerusalén (cf. Lc 24,13 ss). Te rogamos, oh Madre de la esperanza y de la paciencia: pide a tu Hijo que tenga misericordia de nosotros y que venga a buscarnos al camino de nuestras fugas e impaciencias, como hizo con los discípulos de Emaús. Pide que una vez más su palabra haga que arda nuestro corazón (cf. Lc, 24,32)»26.

Si la fe se relaciona íntimamente y se expresa en la obediencia, ¿no encontramos tal vez una relación igualmente estrecha entre esperanza y pobreza? En realidad, puede «esperar» solo aquel que no se siente satisfecho y espera de verdad solo el que sabe «que lo que es más importante está todavía por venir».

Significativamente, todas las bienaventuranzas nos proyectan hacia el futuro de las promesas; al mismo tiempo son advertencias (y no amenazas) para quien, teniéndolo todo, se cierra al futuro indicado por la esperanza (cf. Lc 6,24-26). De otra manera: puede nutrir esperanza solo quien reconoce su pobreza y cultiva en sí un corazón de pobre. Pero esta actitud interior no surge de la conciencia de la escasez de los propios bienes, sino de la grandeza de aquellos que se esperan. Es Dios, esperado como Sumo Bien, el que nos hace pobres y, por eso, nos colma de esperanza.

Pienso que aquí se encuentra un filón riquísimo que desarrollar contemplando a nuestro Padre Don Bosco, cuya fe inquebrantable en la providencia de Dios y en la protección materna de María se manifiesta en una extraordinaria capacidad de esperanza: no en el sentido pasivo de «aguardar» que las cosas sucedan, sino en el sentido de ponerse a actuar para que las cosas sucedan, prueba inequívoca de su amor pastoral (del que hablaremos enseguida). En Don Bosco encontramos una extraordinaria capacidad de transformar las dificultades y los obstáculos en retos y motivaciones para continuar avanzando. Como hijo auténtico de Don Bosco, el Salesiano «no se deja abatir por las dificultades […], y no se lamenta del tiempo en que vive» (Const. 17) y, como apóstol y educador, «aviva en ellos los compromisos y el gozo de la esperanza» (Const. 63).

3.3 María, «modelo de caridad pastoral» (Const. 92)

Si de las tres virtudes teologales, «la más grande es la caridad» (1Cor 13,13), a ella conducen indudablemente la fe y la esperanza, y con seguridad María es un eminente ejemplo y modelo de amor. Retomando las palabras de Hans Urs von Balthasar en el título de su famoso libro: Solo el Amor es digno de fe, podemos aplicarlas en primera lugar a la Santísima Virgen: solo el amor de Dios da sentido a su fe y alimenta su esperanza.

Las expresiones de nuestras Constituciones a este respecto, aunque breves, son especialmente significativas. En primer lugar, en relación con Dios: «María Inmaculada y Auxiliadora nos educa para la donación plena al Señor» (Const. 92). Pero esta actitud teologal es inseparable del amor al prójimo: «contemplamos e imitamos […] la solicitud por los necesitados», «nos alienta en el servicio a los hermanos», «modelo de oración y de caridad pastoral» (Const. 92).

Las referencias evangélicas son conocidas: en primer lugar la íntima relación (no solo porque en el texto lucano viene inmediatamente después) entre la experiencia vivida en la Anunciación y el viaje que María emprende «a toda prisa» para visitar y servir a su pariente Isabel. Más todavía: el «signo» que da el ángel Gabriel a la Virgen no es tanto una confirmación teórica convincente, capaz de atenuar su confianza en Dios, cuanto más bien una invitación a la misión, a «ponerse en camino», para llevar a Isabel y a la familia (comprendido el niño, todavía no nacido, Juan Bautista) a Aquel que es portador de alegría, Jesús27.

Contemplando «la soledad de los más necesitados» por parte de María, pensamos espontáneamente en las bodas de Caná, en el evangelio de san Juan. Sin quitar nada al valor simbólico y teológico del primer «signo» realizado por Jesús según el cuarto evangelio (subrayado desde los primeros Padres de la Iglesia hasta los últimos exegetas y estudiosos), no debemos ignorar su significado más sencillo e inmediato. En él descubrimos no solo la solicitud y la premura por las necesidades ajenas, sino también la delicadeza de María, tanto respecto a los responsables de la situación como hacia Jesús mismo. Y no está de más subrayar el aspecto «salesiano» de este milagro: el primer «signo» de Jesús está dedicado a la alegría de la fiesta.

Pero sobre todo, refiriéndonos a este aspecto central de la vida de María y de todo cristiano, no podemos limitarnos a citas aisladas o a aspectos fragmentarios: «Efectivamente, ha aparecido la gracia de Dios, que trae salvación a todos los hombres» (Tit 2,11); «Aparecieron la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor por los hombres (filantropía, en el texto griego)». (Tit 3,4). Si tomamos en serio el hecho de que el plan de salvación de Dios no es otra cosa que la manifestación plena y definitiva de su Amor, y si María ha colaborado de manera singular en nuestra salvación, conviene profundizar esta colaboración en la perspectiva del Amor. Partiendo del testimonio unánime del Nuevo Testamento, la teología actual insiste con razón en colocar el origen de nuestra salvación en la voluntad del Padre, que por obra del Espíritu Santo nos ha enviado a su Hijo, nacido de María; y da mucho relieve al carácter trinitario del Misterio Pascual. Con estupor y alegría, el anuncio pascual, dirigiéndose al Padre, proclama (evocando Rom 8,32):

¡Oh inmensidad de tu amor por nosotros!
¡Oh inestimable signo de bondad!
¡Para rescatar al esclavo has sacrificado al Hijo!

En este aspecto, a la «kénosis» del Hijo, que se «despoja» de su condición divina, asumiendo la condición humana, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (cf. Fil 2,5-8), corresponde la «kénosis» del Padre, que se da todo en Él (cf. Rom 8,32).

En el momento crucial de la vida de Jesús, cuando «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el final» (Jn 13.1), dado que «nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por sus amigos» (Jn 15,13), encontramos a María a los pies de la cruz; se trata de tres versículos de una densidad sorprendente (Jn 19,25-27). Justamente, estamos acostumbrados a considerar este texto como el «testamento» de Jesús, que confía a su propia Madre al discípulo amado, símbolo de todos los hombres que creen en Él: «He aquí a tu Madre»; y esto nos llena de una alegría extraordinaria. Pero aquello que no siempre se tiene en cuenta es lo que esto supone. Diciendo a su Madre: «Mujer, he aquí a tu hijo», está invitándola a compartir plenamente su misma renuncia («kénosis»), su total vaciamiento. De hecho, el sacrificio más puro que se puede pedir a una madre, es que acepte a otro en cambio del propio hijo. Aquí llegan a su punto más radical la fe, la esperanza (contra toda esperanza) y el amor de la Santísima Virgen María. Me atrevo a referir a la Madre del Señor la expresión del evangelio de Juan (Jn 3,16) referida a Dios Padre: «María ha amado tanto al mundo que le ha entregado a su propio Hijo».

De manera semejante a las otras dos virtudes teologales, encontramos aquí el significado más profundo y enriquecedor de nuestra castidad consagrada. Hablar de castidad no significa, en primer lugar, hablar de «renuncia»; sino más bien, como dice el artículo 63 de nuestras Constituciones, «de amor hecho don», siguiendo el ejemplo de nuestro Padre: «Don Bosco vivió la castidad como amor ilimitado a Dios y a los jóvenes» (Const. 81). Quisiera concluir esta sección con una de las expresiones más bellas de nuestra Regla de Vida: el Salesiano «acude con filial confianza a María Inmaculada y Auxiliadora, que le ayuda a amar como amaba Don Bosco» (Const. 84).

3«El Espíritu Santo suscitó, con la intervención materna de María, a san Juan Bosco» (Const. 1)

En el «Credo» salesiano, que refleja nuestras más profundas convicciones, es inseparable la relación entre el Espíritu Santo y María. Esto corresponde plenamente a la revelación bíblica del Nuevo Testamento, en el cual encontramos, en primer lugar, una «inclusión pneumatológica» muy significativa. De hecho, el primer y el último texto en que aparece María (Lc 1,35; Hch 1,14) en cierto modo tienen como «protagonista» al Espíritu Santo. En el primero se afirma que el Espíritu es quien hace posible la encarnación del Hijo de Dios. «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y la potencia del Altísimo te cubrirá con su sombra»; por esto, en la profesión de fe de la Iglesia, proclamamos: «Por obra del Espíritu Santo se encarnó en el seno de la Virgen María y se hizo hombre». En el último texto, en los Hechos, se registra que después de la muerte y de la resurrección del Señor Jesús, la comunidad apostólica y los «hermanos de Jesús» (Hch 1,14; cf. Ap 12,17) estaban esperando al Paráclito, reunidos en torno a María. Escribe uno de los insignes maestros fundadores de nuestra Universidad en Roma, don Domingo Bertetto:

«En su vida (de María) podemos señalar tres epifanías del Espíritu con particular eficacia santificadora: la Inmaculada Concepción, que, desde el primer instante de su vida terrena, convierte a la Persona de la futura Madre de Dios en Templo del Espíritu Santo, que mora en Ella para prepararla a su futura misión; la Anunciación, en la que, como nueva Arca de la Alianza, María Santísima es cubierta por la sombra del Espíritu Santo en orden a la concepción humana del Hijo de Dios; Pentecostés, en el que la Virgen implora y goza de la efusión visible del Espíritu Santo, alma del Cuerpo Místico»28.

Esta es una interpretación que se remonta a los Padres de la Iglesia, en referencia al texto de Juan 19, según el cual «la Iglesia nace a los pies de la Cruz». Al morir, Jesús entregó el Espíritu» (parédoke to pnéuma), uniendo de este modo Pascua y Pentecostés; encontramos aquí nuevamente a María, Madre de Jesús y Madre de la Iglesia representada por el «discípulo amado».

Me resulta grata esta relación entre el Espíritu Santo y María a la luz de otro texto de nuestras Constituciones, el artículo 98. Es la única mención de la Santísima Virgen María en el contexto de la formación. Ésta, conviene recordarlo una vez más, no se refiere a una etapa de la vida (la «formación inicial») ni trata de una «dimensión» paralela a otras, sino que engloba a todas: se trata de comprender en clave de formación la vida entera del Salesiano, en todas sus dimensiones, es decir: de configuración con Cristo Pastor-Educador, al modo de nuestro Padre: «iluminado (cada Salesiano) por la persona de Cristo y por su Evangelio, vivido según el espíritu de Don Bosco».

Es importante subrayar que el texto del artículo 98 presenta las dos características principales de nuestro carisma: educador y pastor de los jóvenes, antes de mencionar las dos formas de vivir la misma vocación consagrada salesiana: laical y presbiteral. A veces se puede dar un perverso malentendido a este respecto, como si únicamente el Salesiano sacerdote fuese pastor, y el Salesiano coadjutor, por el contrario, solo educador ¡Esto atenta directamente contra la identidad misma del ser Salesiano!

En este contexto, la mención de María, precisamente en cuanto Madre y Maestra, no solo evoca el sueño de los nueve años y su presencia en la vida de Don Bosco, sino que va mucho más allá: se refiere a la función fundamental de María, en cuanto Madre y Maestra de Jesús, el Hijo de Dios hecho Hombre. El texto parece aludir a la «gestación» del Salesiano («tiende a ser») en cuanto tal: de manera que, así como María, por obra del Espíritu Santo, dio a luz al Salvador, así también, la misma María, por obra del mismo Espíritu, dé a luz a cada uno de nosotros como educadores-pastores de los jóvenes.

4 Conclusión

Deseo concluir esta Carta invitando a la Congregación, y a cada hermano en particular, a meditar y «encarnar» en la vida la oración que cada día dirigimos a la Santísima Virgen María. Constituye un precioso texto, un verdadero programa de vida, que nos ayuda a renovar cotidianamente el sentido de nuestra vida salesiana en «clave mariana». Es una oración al mismo tiempo sencilla y profunda en la cual, mientras profesamos nuestro a amor «filial y fuerte» a Ella, nos comprometemos a poner en práctica el «programa» de nuestra vocación: la misión salesiana.

Compartiendo la insistencia (teológicamente fundada) de mi amado predecesor don Egidio Viganò sobre el sentido de la consagración como obra exclusiva de Dios y no como acción humana, ni siquiera en la relación con Él (cf. Const. 24: «Tú me consagraste a Ti… yo te ofrezco todo mi ser»), recuerdo que aquí no se trata de una oración de consagración a María, sino de una entrega afectuosa, como un hijo pequeño que se abandona en los brazos amorosos de su Madre.

Al evocar a María Inmaculada Auxiliadora (Const. 92), recordamos el título con que nos la presenta el Concilio Vaticano II: «Madre de la Iglesia» (cf. Ap 12; LG 62ss). En la Iglesia, el Espíritu Santo ha suscitado a san Juan Bosco, «con la intervención materna de María» (Const. 1), y, mediante él, la Congregación y la Familia Salesiana. Como lo fue para nuestro Padre, María continúa siendo para nosotros «inspiradora y sostén» (en el artículo 8 de las Constituciones leemos: indicó a Don Bosco su campo de acción…, lo guió y sostuvo). Por tanto, no se trata únicamente de una actitud de devoción personal —sin duda laudable y recomendable—, sino de nuestra contemplación de María en el plano de la salvación de Dios, y en particular de la puesta en práctica de nuestra misión. Por tanto, prometamos a María que «queremos actuar siempre en fidelidad a la vocación salesiana».

La misión no consiste en «hacer cosas», no se reduce a prodigarse generosamente por la promoción de los jóvenes, sobre todo de los más pobres; realmente, se trata de procurar la auténtica «promoción integral», desde la perspectiva de la misión apostólica, que se propone como fin último su salvación (cf. Const. 12). «Para la mayor gloria de Dios y para la salvación del mundo», es lo que recordaba yo en la Carta de convocatoria del CG26 como «el secreto (de Don Bosco) sobre la finalidad de su acción: «Cuando me entregué a esta parte del sagrado ministerio, quise consagrar toda mi energía a la mayor gloria de Dios y al bien de las almas; propuse dedicarme a hacer buenos ciudadanos en esta tierra, para que fuesen después dignos habitadores del cielo»29. Evidentemente, «prometer» esto a María y, por su intercesión, al Señor de la mies, constituye al mismo tiempo una humilde petición: «Sin Mí no podéis hacer nada», nos dice el Señor Jesús. Jugando un poco con las palabras, no es una «promesa prometeica», porque de hecho reconocemos —como decimos al final de la oración— que sirviendo al Señor («nuestro servicio al Señor»), somos útiles a Él, no solo siervos. Él mismo lo ha querido (cf. Jn 15,15).

Como la misión salesiana es un proceso que nace de la fe y de la obediencia a Dios, se expresa en la oración y como oración. Recurriendo a la intercesión materna de María, Le suplicamos por todo lo que «llevamos en el corazón», desde nuestra sensibilidad carismática particular (cf. Const. 11): la Iglesia, la Congregación y la Familia Salesiana, en particular los jóvenes y, entre ellos, de modo particular los más pobres, destinatarios prioritarios de la misión salesiana. Finalmente, La invocamos en favor de toda la humanidad. Esta «prioridad de la oración» nos recuerda el ejemplo de Jesús: antes de dar la vida por todos, suplica por todos al Padre y pide todo lo más sencillo y profundo que puede brotar del amor de un Corazón, al mismo tiempo divino y humano: «Padre, quiero que aquellos que me has dado estén también conmigo» (Jn 17,24). Ninguno está excluido de la salvación de Cristo… ni de su oración. Por tanto, tampoco de nuestra oración apostólica.

Prosiguiendo, invocamos a María como Madre y Maestra (cf. Const. 98). Como lo fue de Don Bosco, Le pedimos que lo sea de cada uno de nosotros. Creo que podemos contemplar esta parte de la oración a la luz del sueño de los diez diamantes, que constituye un «icono» del próximo Capítulo General 27: la parte frontal del manto («la bondad y la donación ilimitada a los hermanos») está sostenida por su parte contraria, o sea, que probablemente no se realice a primera vista: «la unión con Dios, su vida casta, humilde y pobre». Esto hace posible la puesta en práctica de nuestra misión, entendida justamente como «amorevolezza» o «donación iluminada», o, al menos, no simplemente como una estrategia o táctica educativo-pastoral en función de los fines.

Ambas partes del manto están unidas por los dos diamantes del trabajo y de la templanza: y nos recuerda inmediatamente el próximo Capítulo General, centrado en la radicalidad evangélica salesiana.

Concluyendo estas actitudes fundamentales en las que Don Bosco es nuestro modelo, no podemos olvidar la dimensión eclesial: «la fidelidad al Papa y a los Pastores de la Iglesia», hoy más necesaria que nunca.

La conclusión de nuestra oración se engarza con el principio, en una clara conclusión temática. Si la misión tiene como finalidad la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas, y si nuestro trabajo constituye «un servicio fiel y generoso» al Señor hasta la muerte, su culminación no puede limitarse a una satisfacción humana o terrena: solo podremos encontrarlo plenamente «en la Casa del Padre». También aquí se hace presente nuestra sensibilidad salesiana, a través de dos palabras clave: alegría y comunión, que encuentran su plenitud solo en Dios y en la vida eterna.

Queridísimos hermanos, os envío esta Carta, que llevaba en el corazón desde hace tiempo, con la confianza de que será un fuerte estímulo para la renovación espiritual y profunda, personal, comunitaria e institucional, a la que nos llama el Señor a través de la celebración del bicentenario del nacimiento de nuestro querido Don Bosco y del Capítulo General 27. Como el discípulo amado, recibamos a María, don del Señor desde la cruz, y llevémosla a nuestra casa. Que Ella nos sea Madre y Maestra, como lo fue para Don Bosco.

A Ella, María Inmaculada Auxiliadora, a su cuidado y guía, confío a todos y a cada uno de vosotros.

Pascual Chávez Villanueva

Rector Mayor