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Discípulos y apóstoles del Resucitado

CARTAS DEL RECTOR MAYOR - ACG 410


ESPIRITUALIDAD Y MISIÓN

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Discípulos y apóstoles de Jesús Resucitado



Roma, 24 de abril de 2011
Solemnidad de la Pascua del Señor

Queridos Hermanos:
Os saludo con la inmensa alegría del Señor Jesús resucitado, nuevo Adán,
que nos hace discípulos y apóstoles para realizar su misión de renovar en
profundidad a la humanidad, liberándola de toda clase de mal y transfor-
mándola con la fuerza del Amor. Fue en una solemnidad de Pascua cuando
Don Bosco pudo finalmente encontrar un ‘techado’ para empezar su misión
educativa pastoral en favor de los jóvenes pobres y abandonados. Fue en
una solemnidad de Pascua cuando nuestro fundador y padre fue canoniza-
do, confirmando con la santidad su experiencia espiritual y pedagógica de
Valdocco. En esta solemnidad de Pascua os invito a vivir con un auténtico
espíritu misionero en todas las partes del mundo.

Después de mi última carta, en la que os presenté el comentario al Agui-
naldo «Venid y veréis» y os invité a promover una ‘cultura vocacional’, fruto
de un ambiente caracterizado por un atrayente y envolvente espíritu de fa-
milia, por una fuerte experiencia espiritual y una comprometedora dimen-
sión apostólica, ha habido acontecimientos muy importantes que ahora os
comunico.

Ante todo en el “Salesianum” de Roma se han celebrado las Jornadas de
Espiritualidad sobre el tema del Aguinaldo 2011, con una gran participación
de los diversos grupos de la Familia Salesiana. Agrada constatar que este mo-
mento se haya convertido en un potente coagulante de las diferentes ramas,
haciendo crecer la identidad, la comunión y la misión de toda la Familia de
Don Bosco.

Desde el 8 al 11 de febrero, con don Francesco Cereda y don Juan José
Bartolomé, participé en el Seminario teológico, organizado por la Unión de
los Superiores Generales (USG) y la Unión Internacional de las Superioras
Generales (UISG), sobre el tema «Teología de la vida consagrada. Identidad y
significatividad de la vida consagrada apostólica». Participaron 30 teólogos/
teólogas de todo el mundo y 20 Superiores/Superioras Generales. El tema lo
habían escogido las dos Uniones de Superiores y Superioras para señalar las
cuestiones emergentes y vitales que la vida consagrada apostólica está ex-
perimentando, favoreciendo una perspectiva de diálogo entre las preguntas
y las respuestas, entre las expectativas y las propuestas, entre los retos y los
caminos que se pueden recorrer. En la diversidad de los lenguajes y de las
necesidades, han surgido inmediatamente dos cuestiones como las más ne-
cesitadas de profundización y vivencia; son las dos cuestiones que aparecen
en el título del Seminario: la significatividad y la identidad.

La significatividad de la Vida Consagrada puede buscarse sólo en su im-
portancia evangélica y hay que buscarla, pues, no tanto en la recuperación
de espacios de visibilidad y de prestigio en la sociedad y/o en la Iglesia,
como en su identidad carismática, evangélica y profética: ser memoria viva
de la forma de vida de Cristo, según el carisma de fundación, empapada en
el Misterio de Dios y comprometida en medio del mundo, amado por Él. La
identidad de la Vida Consagrada además debe comprenderse cada vez más
hoy como una identidad «relacional» y «en camino». Esa identidad se funda en
la consagración bautismal común; en ella se reconoce una profunda frater-
nidad con todas le vocaciones cristianas; de ella, por regalo de Dios, extrae
la mayor gracia, intentando proponer y actualizar la misma forma de vida
de Jesús. Es una identidad «en camino» precisamente porque se juega sobre
una dialéctica entre una referencia que es siempre idéntica, la vida de Jesús,
y otra realidad que está siempre en cambio, la situación histórica concreta.

Se han realizado después las tres primeras «Visitas de Conjunto»: en la Re-
gión Asia Sur en Bangalore (India); en la Región Asia Este y Oceanía en Hua
Hin (Tailandia); y en la Región América Cono Sur en Santiago de Chile. De-
ben subrayarse los temas escogidos por las dos Regiones de Asia, referidos
a la inculturación del carisma salesiano y la evangelización en las sociedades
postcristianas, cristianas y plurirreligiosas.

Hemos vivido, finalmente, en este periodo, la solidaridad con el pueblo
japonés, duramente probado por un terremoto y un tsunami devastadores
que, sobre todo después de las graves averías de algunos reactores de una
central nuclear, han aterrorizado al mundo y han elevado su voz, pidiendo
reflexión y replanteamiento.

Esta nueva carta, siempre en línea con el CG26, está en estrecha conexión
con los dos últimos Aguinaldos de 2010 y 2011 y en perfecta sintonía con el
próximo Sínodo de los Obispos, que trata de «La nueva evangelización para
la transmisión de la fe cristiana». Es una reflexión sobre el carácter misione-
ro de la Iglesia y de la Congregación y, de modo especial, de la evangeliza-
ción como horizonte de la actividad ordinaria de la Iglesia, del anuncio del
Evangelio «ad gentes», y de la obra de evangelización «intra gentes».

Ha madurado ya la convicción de que todo el mundo se ha convertido
en tierra de misión. El artículo 6 de las Constituciones dice sobre ello que «la
vocación salesiana nos sitúa en el corazón de la Iglesia y nos pone totalmen-
te al servicio de su misión». Esto para nosotros se traduce en la misión de ser
evangelizadores de los jóvenes, en el cuidado de las vocaciones apostólicas,
en la educación de la fe en los ambientes populares, especialmente con la
comunicación social, y en el anuncio del Evangelio a los pueblos que no lo
conocen. Espero que la lectura de esta comunicación os estimule a ser ale-
gres y convencidos discípulos y apóstoles de Jesús.

Punto de partida

Querría partir, en esta carta sobre Espiritualidad y misión, de Mt 28,16-
20, el texto evangélico clásico del mandato misionero, que el Señor Jesús
resucitado confía a sus discípulos y con el que se cierra el evangelio de Ma-
teo. Se trata de un pasaje que nosotros los Salesianos, enviados a los jóvenes,
llevamos sin duda en el corazón como clave de lectura de nuestra existencia
y como impulso interior de nuestra actividad. En las pocas palabras del texto
evangélico la naturaleza auténtica de la misión cristiana se expresa en una
síntesis maravillosa, cuya riqueza debe descubrirse siempre en la oración
constante, en la tarea de la reflexión y en la obediencia de la vida. Os invito
por eso a escuchar con apertura de corazón y frescura de mente las palabras
que Jesús resucitado dirigió a los Once, en su último encuentro con ellos. Se
presentan como síntesis y clave de lectura de toda la narración evangélica.

Los once discípulos, mientras tanto, fueron a Galilea, al monte que Jesús les había
señalado. Cuando lo vieron, se prostraron. Pero dudaron. Jesús se acercó y les
dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discí-
pulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado. Y sabed que
yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,16 y 18-20).

En el breve relato impresiona enseguida un hecho: el imperativo con el
que Jesús resucitado asigna a los Apóstoles, y en ellos a la Iglesia de todo
tiempo, el mandato misionero «Id y haced discípulos a todos los pueblos». Se
encierra entre dos afirmaciones en indicativo, que se refieren a Jesús mismo
y expresan su identidad: una declaración sobre su autoridad universal —«Se
me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra»— y una Palabra para ase-
gurarles —«Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». El
mandato misionero va precedido, pues, de la afirmación de Jesús que pro-
clama su autoridad soberana y universal; va seguida después por la promesa
de estar siempre y en todas partes con sus enviados.

La estructura literaria del relato describe de modo eficaz la esencia cris-
tológica de la misión. El mandato apostólico está puesto entre dos sentencias
que se refieren a Jesús resucitado, porque es a partir de Él cómo se com-
prende la índole y el sentido de la misión cristiana. Lo que los apóstoles y
misioneros de toda época deben hacer deriva de lo que Él es, que de Él nace
y con Él crece. Lo que Jesús, resucitado de entre los muertos, ha llegado a
ser tiene consecuencias ineludibles para lo que sus discípulos deben hacer;
dicho con otras palabras, ya que Jesús resucitado es Señor universal y es
compañero permanente de los discípulos que lo han visto y adorado, Él los
puede enviar con un cometido preciso: convertir a los pueblos en discípulos,
consagrados por Dios con el bautismo y enseñados por ellos para que cum-
plan la voluntad del Señor Jesús.

Os ofrezco, por eso, algunas reflexiones sobre este tema central, desa-
rrollando cuatro puntos que este denso relato evangélico propone: el origen
pascual de la misión; su dinamismo existencial; sus modos de actuación; su
mística profunda.

1. ORIGEN PASCUAL DE LA MISIÓN

Como ya sugería, la primera afirmación del texto es una solemne decla-
ración del Señorío absoluto de Jesús resucitado, puesta en la boca del mismo
Jesús. Expresa de modo profundo la eficacia del acontecimiento pascual:
mediante la resurrección Jesús ha sido constituido en el pleno ejercicio de su
poder y comparte, con todos los derechos, también en su propia humanidad,
el señorío salvífico de Dios sobre el cosmos y la historia.

Por esto se le puede atribuir el nombre que en Mt 11,25 se aplica al Pa-
dre: «Señor del cielo y de la tierra». Oímos en este título el eco de la profecía
de Daniel sobre el Hijo del Hombre (cfr. Dan 7,14), que Jesús se aplica a sí
mismo ante el Sanedrín: «Veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del
Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo» (Mt 26,64). Comprendemos
así que Jesús anuncia solemnemente a los discípulos su propia victoria sobre
las potencias del mal y de la muerte y se presenta a ellos como portador de
renovación para la creación.

Hay otro elemento que no debe marginarse: el señorío universal que
Dios ha dado a Jesús resucitado no se afirma como un hecho personal, sino
como una realidad recibida. Dios le ha dado un dominio que sólo a Él mismo
le pertenece; a su vez Jesús sabe que ha recibido una soberanía que convie-
ne sólo a Dios. Jesús ha aceptado libre y conscientemente un poder que es
propio de Dios. Consecuencia inmediata de este reconocerse Señor universal
será el mandato misionero.

La misión apostólica no es, pues, un acto de benevolencia de Jesús que
envía; no nace de la compasión que suscita ver a su pueblo descarriado. La
misión apostólica es, en primer lugar, consecuencia y manifestación explí-
cita del señorío de Jesús. Dado que Él es consciente de ser Señor del cielo
y de la tierra, envía a sus discípulos convirtiéndolos en apóstoles. Hay una
misión universal, porque hay un Señor universal. Es muy importante para un
enviado de Jesús, que todos los días está en contacto con las más diversas
y dolorosas formas de la pobreza humana, material y espiritual, tener una
asidua contemplación interior de ese misterio. Se siente enviado por Cristo
el que cree tener en Él al único Señor; precisamente porque está sometido
a la autoridad del Señor Jesús, el creyente en Jesús resucitado es consciente
de ser enviado por Él.

El trabajo pastoral, sobre todo en las zonas más desoladas y pobres del
planeta, hace experimentar la fuerza brutal del egoísmo y del abuso que
producen las condiciones infrahumanas en la que tienen que vivir tantos
hermanos y hermanas. El choque diario con esta áspera realidad puede con-
ducir hasta la desconfianza y el debilitamiento interior de las fuerzas o a la
tentación de buscar caminos de solución que no son las que sugiere el Señor
Jesús. Por eso la mirada de fe de un apóstol debe dirigirse permanentemente
hacia el que tiene pleno poder en el cielo y en la tierra, para poderse afian-
zar en la convicción profunda de que Jesús es el manantial escatológico del
que brota la renovación del mundo (cfr. Jn 7,37-39; 19,34). En Él y sólo en Él
existe un poder que se revela más fuerte que cualquier potencia mundana,
porque es la fuerza misma de Dios, a la que nada puede resistirse. El enviado
de Jesús no puede olvidar nunca, sin perder su razón de ser, que ha nacido
del ejercicio de autoridad de su Señor.

Hay que añadir además, como enseña la Carta a los Hebreos, que ese po-
der ha sido adquirido por Cristo precisamente a través del camino que lo ha
llevado a hacerse íntimamente solidario con el hombre y con su condición
de fragilidad. En la perspectiva sacerdotal típica de este escrito del Nuevo
Testamento se afirma que Jesús ha sido «hecho perfecto» en su identidad de
mediador entre Dios y el hombre precisamente a través del sufrimiento (cfr.
Heb 2,10; 5,9). El Sumo Sacerdote que ha atravesado los cielos y ha sido
entronizado por el Padre a su derecha, es el que se ha hecho «en todo seme-
jante a los hermanos» (Heb 2,17) y «ha sido puesto a prueba en todo como
nosotros» (Heb 4, 15).

Por ese motivo el autor de esa espléndida homilía puede animar a los
cristianos perseguidos, recordándoles que Jesús «precisamente por haber
sido probado y haber sufrido personalmente, […] es capaz de ayudar a los
que sufren la prueba» (Heb 2,18). Se trata de un mensaje asombroso de
fuerza y consolación: la potencia victoriosa de Jesús resucitado es la del que
se ha hecho hermano de todo hombre, solidario con el nivel extremo de la
miseria humana y precisamente por eso se ha convertido en vencedor. «La
gloria de Cristo», afirma en un comentario el Card. Vanhoye, no es la gloria
de un ser ambicioso, satisfecho de las propias empresas, ni la gloria de un
guerrero que ha derrotado a los enemigos con la fuerza de las armas, sino
que es la gloria del amor, la gloria de haber amado hasta el final, de haber
restablecido la comunión entre nosotros pecadores y su Padre». 1
Así pues, cuando Jesús anuncia a los Once que le ha sido dado todo
poder, no lo hace desde luego para informarles de su éxito, sino para trans-
mitirles, y a través de ellos a todo el mundo, la más hermosa noticia de la
historia: Él ha vencido para nosotros; es Señor de todo para que todo sea
nuestro y nosotros podamos ser de Dios (cfr. 1 Cor 15,28). Por eso estamos
llamados a abandonar el mundo viejo, el mundo de la corrupción y del

pecado, de la mentira y del sin sentido, para entrar en la creación nueva,
en lo que podríamos llamar un nuevo habitat, del que Jesús es Señor. Es el
habitat del Reino de Dios, Reino de justicia, de amor y de paz, en el que se
entra revistiéndose del hombre nuevo. El testimonio de los misioneros nace
precisamente al descubrir en su propia vida esta pertenencia al Reino, al
experimentar en sí mismos la potente solidaridad de Cristo y su señorío de
amor que renueva y transforma todo con su potencia.

El carácter totalizador de este señorío de amor está fuertemente resaltado
por el hecho de que en estos versículos aparece hasta cuatro veces el adjetivo
«todo»: «toda la potencia», «todos los pueblos», «todo lo que os he mandado»,
«todos los días». Con la insistencia de este adjetivo, el evangelista quiere mos-
trar sin duda que no hay dimensión en el espacio y en el tiempo que se sus-
traiga al influjo del Señor Jesús, que pueda resultar extraña a la renovación
que Él ha introducido en la historia y que no sea destinataria de su acción.

Entre las varias consideraciones que este dato podría sugerir, a nosotros
nos interesa poner en relación el señorío salvífico de Jesús con la universa-
lidad de la misión. El texto de Mateo es sumamente explícito: la evangeliza-
ción debe ser dirigida a «todos los pueblos». Ya en la última cena Jesús había
expresado claramente la dimensión universal de su acción salvífica, afirman-
do que su sangre, en la que se realizaba la nueva y definitiva alianza, venía
derramada «por muchos» (Mt 26,28). Estaba, pues, claro para la comunidad
naciente que, después de la muerte y resurrección de Jesús, era necesario
superar toda forma de exclusiva de la salvación; pero la molestia en traducir
a actitudes y opciones concretas esa certeza no fue en ningún caso pequeña.
Se pedía un verdadero vuelco de mentalidad, en el que tuvo un papel esen-
cial y relevante la actividad del gran Apóstol de las gentes, que es el modelo
de todo misionero, Pablo de Tarso. Ante el pensamiento de que «uno ha
muerto por todos» (2 Cor 5,14), él se sintió poseído y lanzado por el amor de
Cristo: caritas Christi urget nos. Aun habiendo nacido y crecido en la menta-
lidad del más rígido exclusivismo salvífico hebreo, Pablo aprendió a mirar a
los hombres de otros lugares y culturas con ojos totalmente nuevos, porque
«Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de
la verdad» (1 Tim 2,4).

Queridos hermanos, también para nosotros hoy el horizonte universal
de la misión sigue siendo un reto abierto y una meta en absoluto alcanzada.
No se trata evidentemente de una colonización eclesial del planeta, sino del
servicio del amor y de la verdad ante millones, miles de millones de hombres
que no conocen aún la novedad de Cristo y la experiencia dulcísima de su
amor y de su compañía. Juan Pablo II en la gran encíclica Redemptoris Mis-
sio, refiriéndose a la buena noticia del Evangelio, escribía: «Todos de hecho
la buscan, aunque a veces de modo confuso, y tienen derecho a conocer el
valor de ese don y de acceder a él. La Iglesia y, en ella, todo cristiano no
pueden esconder ni conservar para sí esta novedad y riqueza, recibida de la
bondad divina para que sea comunicada a todos los hombres». 2
En el contexto de un mundo cada vez más caracterizado por la globali-
zación, con los fenómenos derivados de encuentro de culturas y tradiciones
diversas, de migraciones y hegemonía del mercado, el reto de la universali-
dad de la misión se plantea con extrema urgencia. El indiferentismo religioso
y el relativismo cultural que marcan especialmente el Occidente, tienden a
apagar la percepción de la infinitud de Jesucristo y a favorecer un reflujo de
la fe a lo privado y hasta el subjetivismo de una religión «hecha a la medida»,
de la que obviamente no puede salir ningún impulso misionero. También
nuestras comunidades cristianas, y también nosotros, los Salesianos, corre-
mos el riesgo de contagiarnos hasta no advertir ya la urgencia de evangelizar,
de abrirse al exterior, de buscar al hermano diverso, de atreverse al riesgo
del compromiso de un testimonio en primera persona. El peligro de una cre-
ciente indisponibilidad para la evangelización serpea entre nosotros y pone
en peligro nuestra vocación apostólica, precisamente porque ese peligro no
siempre es consciente. Y se vuelve inconsciente cuando no se vive sometido
a la soberanía de Jesús resucitado.

También nosotros podríamos ser víctimas de este clima y dejarnos fas-
cinar por tareas no directamente centradas en el testimonio de Jesús, para
contentarnos con cualquier cosa que de modo inmediato parece ser más
eficaz que la siembra evangélica de la Palabra de Dios. O también podríamos
sufrir la tentación de quedarnos en posturas estancadas, lejos de la frontera
del primer anuncio. La Palabra que nace del corazón de Cristo Señor y nos
manda conducirle a Él todos los pueblos, debe inquietar nuestras concien-
cias y sacudir toda nuestra inercia y pereza para devolvernos la valentía de
la temeridad. Como ocurrió con los primeros Apóstoles, que predicaron a
Cristo, poniendo en peligro sus existencias.

2. DINAMISMO EXISTENCIAL DE LA MISIÓN

De la afirmación del señorío de Cristo deriva, ineludible, el imperativo
de la misión. Es significativo el modo con que se expresa el texto evangélico.
Después de afirmar el señorío de Jesús, prosigue: «Id, pues, y haced discí-
pulos…». Ese «pues» expresa la concatenación que subsiste entre la primera
afirmación y la segunda. La instauración del señorío de Cristo, que es el mo-
vimiento con el que el amor de Dios viene al encuentro del hombre, suscita
el movimiento de la misión.
El ir de los discípulos a todo el mundo deriva precisamente del eterno ir
de Dios al encuentro de todo hombre en Cristo Señor, y justamente por esto
debe reflejarlo en profundidad: no puede ser un camino decidido a partir
de cálculos humanos, sino que debe dejarse plasmar continuamente por
la docilidad al querer del Señor Jesús. Y, en efecto, el envío no nació en el
corazón de discípulos bien intencionados, sino de la voluntad soberana de
su Señor; no depende por eso de la buena voluntad de los enviados, porque
es un mandato preciso del Señor Jesús, plenamente consciente de su poder.

Es esta, pienso, la enseñanza que nos transmiten aquellos episodios de
los Hechos de los Apóstoles, en los que el Señor parece indicar de modo muy
directo los lugares en los que el misionero debe ir. Al diácono Felipe, por
ejemplo, un ángel le dice: «Levántate y ve hacia el sur, por el camino que
baja de Jerusalén a Gaza» (Hch 8,26); allí encontrará al funcionario de la rei-
na Candace. A Pablo y Timoteo, que de la Misia querían pasar a Bitinia, «el
Espíritu de Jesús no lo permitió» (Hch 16,7) y, mientras se encontraban en
Troade, una visión nocturna le dijo al Apóstol que se dirigiese a Macedonia.
El episodio no es una simple anécdota; en toda la historia del cristianismo
los santos han experimentado de diversos modos que el Señor les indicaba
un territorio especial al que debían orientar sus energías. Don Bosco, lo sa-
bemos muy bien, no es una excepción; desde pequeño se sintió enviado a
una misión específica y vivió toda la vida realizando ese mandado.

No puedo dejar de referirme, al llegar a este punto, a los sueños de Don
Bosco. Él soñó con mucha precisión con algunos pueblos a los que debería
enviar a sus primeros misioneros. Es la señal de que la marcha del discípulo
está movida realmente por la intervención de Dios. Naturalmente estas ex-
periencias extraordinarias de iluminación divina no pueden ser la forma nor-
mal del discernimiento. Ordinariamente, en efecto, la luz para la opciones
pastorales debe buscarse en la escucha orante de la Palabra, en la acogida de
las indicaciones y las peticiones de la Iglesia, en la atención a los signos de
los tiempos; pero su presencia en la historia de la Iglesia, y en particular en
los momentos de fundación de los Institutos, sigue siendo el signo elocuente
de cómo la actividad apostólica requiere docilidad absoluta a la voluntad de
Dios y al aliento del Espíritu.

Si bajo el perfil «geográfico» la misión no tiene límites, porque el anuncio
del señorío de Cristo debe ofrecerse a todos los pueblos, podríamos pregun-
tarnos: bajo el perfil personal ¿hasta dónde debe llegar el itinerario del en-
viado? La respuesta no puede ser más que idéntica: hasta la entrega de sí sin
límites, sin medida, sin demora. También al apóstol, en efecto, como a Pedro,
el Señor le dice: «Duc in altum, boga mar adentro» (Lc 5,4). El «adentro» no es
un punto preciso al que debe dirigirse, sino una situación en la que se han
dejado atrás las seguridades de la orilla y la estabilidad de una tierra bajo los
pies, para retar al mar abierto. Es el lugar en el que la única seguridad viene
de la compañía del Señor y de la obediencia a su querer; es el lugar en el
que no se caminaría nunca sobre la base de prudencias mundanas consoli-
dadas; es el lugar hacia el que se dirigió el camino de los grandes personajes
bíblicos, independientemente de las trochas de la tierra que han recorrido.
Al decirnos «Id», el Señor nos pide también a nosotros, como individuos y
como comunidad, que alcancemos ante todo ese ‘lugar’, al que se llega sólo
con un profundo acto de fe y de disponibilidad, que aumenta donde y cuan-
do crece el peligro cierto o desconocido. La experiencia de vida misionera
debe hacer ese camino, porque sólo yendo allí donde nos conduce Dios lo
encontraremos de nuevo y nos haremos capaces también de entender los
lugares y las situaciones a las que nos ha enviado Dios.

Por otra parte ¿no ha sido esta, quizá, la experiencia de Pablo apóstol?
Mucho antes de sus viajes misioneros, debió hacer un viaje mucho más com-
prometido: el que hizo hacia la profundidad del propio corazón, aceptando
un radical vuelco de su precedente visión del mundo y de la vida. Ese viaje,
programado en el camino de Damasco, lo vio llegar a la meta de un modo
completamente diferente de lo que había imaginado: no ya con la petulancia
del hombre seguro de sí y de la propia justicia, que va a hacer realidad sus
proyectos convencido de que actúa en el nombre de Dios, sino con la hu-
mildad del que se ha rendido y entregado a un Misterio más grande y ansía
conocer qué es lo que el Señor espera de él.

Sin este primero y fundamental viaje, no tendríamos al gran Apóstol de
las gentes, el viajero incansable que recorrió los caminos del mundo hasta el
centro del Imperio, para anunciar la necedad y la debilidad de la cruz como
sabiduría y fuerza de Dios. No tendríamos al que vivió creando comunida-
des, de las que se sintió siempre padre y maestro. No tendríamos al que, al
final, anunció a Cristo sobre todo con el martirio, llevando la entrega de su
vida hasta las consecuencias extremas.

No podemos dejar de preguntarnos hasta qué punto nosotros hemos
hecho de verdad este primero y fundamental viaje de la fe y hasta qué pun-
to estamos convencidos de que esta es la condición fundamental para que
a nuestro múltiple caminar por el mundo se le pueda aplicar realmente un
término cristianamente tan alto, como es el de «misión». Esta es la Palabra
con la que Jesús se define y presenta a sí mismo y con la que indica lo que
el Padre ha hecho de Él: el Enviado, el Mandado, el Apóstol.

Pero el ir de los Apóstoles y de los misioneros, puesto en movimiento por
el ir del mismo Dios, no es el único movimiento que se destaca en estas pala-
bras. En la afirmación «haced discípulos» está incluido, en efecto, el movimien-
to de los que al convertirse exactamente en discípulos, se abrirán a Cristo e
irán a su encuentro. Ser discípulo es un modo de vivir la propia existencia, en
la que se entra aceptando una ‘disciplina’, es decir, un modo de actuar, que se
aprende estando cerca de Jesús, de acompañar en la vida. Los primeros envia-
dos de Jesús resucitado fueron ante todo sus discípulos y fueron enviados para
‘dar discípulos’ a su Señor. Antes, pues, de ir en su nombre, se debe permane-
cer junto a Él; antes de tener come destino el mundo y como encargo ‘hacer
discípulos’, se debe haber aprendido en la convivencia qué significa ser envia-
dos por el Enviado: sólo el Apóstol del Padre es el maestro de sus apóstoles.

Se sabe que el contenido de la misión lo explicitan con matices diversos
los cuatro evangelistas, como lo declara también la encíclica Redemptoris
Missio núm. 23, y que en Mateo el acento está en la fundación de la Iglesia;
pero no es éste el lugar para una discusión de este género. Interesa más bien
subrayar que, dado que el discipulado cristiano no puede de ningún modo
aparentar una pertenencia inducida por la fuerza, la expresión «haced discí-
pulos», mientras confía el cometido de una enseñanza con autoridad, abre el
horizonte de un límpido camino de libertad.

Convertirse en discípulos de Jesús, efectivamente, significa convertirse en
discípulos de la verdadera Sabiduría, y por tanto ser alcanzados en lo pro-
fundo del propio espíritu por el esplendor de la luz divina. Esto comporta
el ejercicio de la propia libertad en la asunción de una persona, Jesucristo,
como norma de vida. Significa al mismo tiempo entrar en la gran familia de
los discípulos que es la Iglesia, descubriendo la compañía de tantos otros
hermanos y hermanas no sólo en la comunión sincrónica de una comunidad
que se extiende en todos los continentes, sino también en la comunión dia-
crónica con todos los cristianos que nos han precedido y que ya están junto
a Dios, empezando por la Santísima Virgen y por todos los santos del cielo.

¡Qué maravilloso movimiento es el de la libertad que invade a los dis-
cipulos cristianos y respira el aire fresco del Evangelio, dejándose oxigenar
por el Espíritu de Cristo! Es como una danza, una fiesta de la libertad, que
implica no sólo a cada uno, sino a comunidades y culturas enteras. Éstas,
abriéndose a Cristo, no pierden nada de sus propios y auténticos valores,
sino que los recuperan a un nivel más elevado, en el discipulado cristiano,
purificados de lo que tenían de ambiguo y caduco. Comprendemos qué deli-
cado y exigente es el papel de los misioneros en este servicio a la auténtica
libertad de los que encuentran, cuánta íntima sintonía con el Señor exige,
cuánta preparación teológica y cultural requiere, qué capacidad de escucha
y de diálogo supone. Verdaderamente la superficialidad y la improvisación
en este ámbito podrían producir solo daños, porque corren siempre el riesgo
de «hacer discípulos» de nuestras ideas y de nuestras costumbres, de nuestras
estrategias y de nuestros proyectos, de nuestra mentalidad y de nuestros es-
quemas culturales, más que discípulos de Cristo y de su Palabra. Y entonces,
en vez de favorecer el movimiento de los pueblos hacia la alegría de la fe,
podríamos provocar el riesgo de obstaculizarlo o de ralentizarlo.

3. MODALIDAD DE ACTUACIÓN DE LA MISIÓN

Al confiar la misión, Jesús señala también a los Apóstoles los que, de al-
gún modo, serán sus «instrumentos de trabajo»: la Palabra y los sacramentos.
Él dice, en efecto, que deberán «enseñar a observar todo lo que ha mandado»
y que tendrán que «bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo». Este binomio de Palabra y de gesto sacramental, de enseñanza y de
acción salvífica, caracteriza desde siempre el mandato de Jesús. Ya los relatos
evangélicos de vocaciones narran que Él mandó a los Doce «a predicar con
el poder de echar los demonios» (Mc 3,14-15) y en toda la tradición evangé-
lica el anuncio del Reino está siempre acompañado, cuando no precedido
(cfr. Mc 1,21ss), por los gestos de liberación y de salvación que atestiguan
su venida efectiva.

En la unión de estos dos elementos fundamentales de la misión cristiana,
emerge con claridad el hecho de que la Palabra de Dios, que el misionero
ha de transmitir a los hombres, no es nunca simplemente una doctrina con-
ceptual, un conjunto de verdades abstractas, un código de comportamiento
ético, sino que es la expresión de la comunicación viva y actual de Dios. La
Palabra de Dios es viva y eficaz, actúa con fuerza, tanto que el Señor puede
presentarse ante la humanidad afirmando solemnemente: «¡He dicho y he
hecho!» (Ez 37,14). Y en efecto, toda la historia del mundo, desde la creación
en adelante, está puesta en movimiento por aquella Palabra creadora de
Dios (Jn 1,1-3), que en la Encarnación toma el rostro humano de Jesús (Jn
1,14). La Palabra de Dios es Dios mismo, manifestado en Jesucristo.

Así pues, cuando el misionero anuncia a Cristo a los hombres, no intro-
duce en su vida algo extraño y ocasional, sino más bien hace comprensible
aquella Palabra que desde siempre fundamenta su existencia y manifiesta
de modo definitivo su significado y valor. La Iglesia, como ha recordado au-
torizadamente el reciente Sínodo de los Obispos, ha sido constituida como
casa de la Palabra no para retenerla, sino para difundirla en todo el mundo.
Una Palabra que no dice ya nada, una Palabra callada, es Palabra muerta; el
apóstol anunciando la Palabra, además de difundirla, la defiende del olvido;
ella da vida al mundo.
Vale la pena volver a escuchar a este propósito algunos pasajes del Men-
saje al Pueblo de Dios de la XII Asamblea del Sínodo de los Obispos sobre
«La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia».

«De Sión saldrá la ley y de Jerusalén la Palabra del Señor» (Is 2,3). La Palabra
de Dios personificada sale de su casa, el templo, y se encamina por las calles
del mundo para encontrar la gran peregrinación que los pueblos de la tierra
han emprendido a la búsqueda de la verdad, de la justicia y de la paz. Hay,
en efecto, también en la moderna ciudad secularizada, en sus plazas y en su
calles —donde parecen dominar incredulidad e indiferencia, donde el mal pa-
rece prevalecer sobre el bien, creando la impresión de la victoria de Babilonia
sobre Jerusalén— un aliento oculto, una esperanza germinal, un temblor de
espera. Como se lee en el libro del profeta Amós, “He aquí que vendrán días
en los que mandaré hambre en el país, no hambre de pan ni sed de agua, sino
de escuchar la Palabra del Señor” (Am 8,11). A esta hambre quiere responder
la misión evangelizadora de la Iglesia. También Cristo Jesús resucitado lanza a
los Apóstoles titubeantes la llamada para que salgan de los confines de su ho-
rizonte protegido: “Id y haced discípulos a todos los pueblos… enseñándoles
a observar todo lo que os he mandado” (Mt. 28,19-20). La Biblia está toda ella
penetrada por llamadas a no callar, a gritar con fuerza, a anunciar la Palabra
en el momento oportuno y no oportuno, a ser centinelas que rasgan el silencio
de la indiferencia». 3

Y después de haber recordado los retos que ocasionan los nuevos me-
dios de comunicación, en los que debe también resonar la voz de la Palabra
divina, el Mensaje prosigue eficazmente:
«En un tiempo dominado por la imagen, propuesta especialmente por ese me-
dio hegemónico de la comunicación que es la televisión, es significativo y su-
gestivo todavía hoy el modelo privilegiado por Cristo. Él recurría al símbolo, a la
narración, al ejemplo, a la experiencia cotidiana, a la parábola: “Les hablaba de
muchas cosas en parábolas… y fuera de parábolas no decía nada a las masas”
(Mt 13,3.34). Jesús en su anuncio del reino de Dios no se dirigía nunca a sus
interlocutores con un lenguaje vago, abstracto y etéreo, sino que los conquis-
taba partiendo precisamente de la tierra que pisaban para conducirlos de lo
cotidiano a la revelación del reino de los cielos. Resulta significativa, entonces,
la escena evocada por Juan: “Algunos querían arrestar a Jesús, pero nadie puso
las manos sobre él. Los guardias volvieron junto a los jefes de los sacerdotes y
los fariseos y éstos les dijeron: ¿Por qué no lo habéis traído aquí? Respondieron
los guardias: ¡Nunca un hombre ha hablado así!”» (Jn 7, 44-46) ». 4

Se abren aquí horizontes espirituales verdaderamente fascinantes de
comunicación del Evangelio, en los que el apóstol, ensimismándose en los
sentimientos y pensamientos de Cristo, aprende a convertirse en su por-
tavoz, según la espléndida imagen de Pablo: «en nombre de Cristo somos
embajadores: por nuestro medio es Dios mismo el que exhorta» (2 Cor 5,20).
Como Jesús, Hijo predilecto de Dios, antes de ponerse a evangelizar al mun-
do, el evangelizador hoy debe reconocerse y quererse como Dios lo ha pro-
clamado y querido: hijo amado. El apóstol, antes de tener el Evangelio como
cometido, lo encuentra y conserva como un tesoro en el propio corazón.
Cuando lo proclama, como Jesús, será testigo digno de fe, que sabe suscitar
la respuesta y por tanto «hacer discípulos».

Y si alguna vez tenemos la impresión de que muchos no comprenden
y no acogen la Palabra que anunciamos, o que el resultado de nuestros
esfuerzos es demasiado pequeño, recordemos la parábola del sembrador.
Jesús la contó precisamente para responder al desánimo de los discípulos
que, después de los primeros entusiasmos suscitados por Él, veían que poco
a poco se reducía el número de los que lo seguían. Hasta empezaban a pre-
guntarse cómo nacería la salvación de Israel de un acto tan humilde como
la predicación dirigida a gente simple y sin prestigio en la sociedad. Jesús,
precisamente por medio de la parábola, quería infundir optimismo y con-
fianza: quien tiene la paciencia del campesino puede constatar que la ingrata
fatiga de una siembra generosa, aunque esté expuesta al riesgo de terrenos
estériles, resulta premiada con abundancia.

Comentando esta parábola, en una meditación sobre la espiritualidad
sacerdotal, el entonces teólogo Joseph Ratzinger afirmaba: «debemos pen-
sar en la situación muchas veces casi desesperada del agricultor de Israel,
que arranca la cosecha de una tierra que en todo momento amenaza con
volverse desierto. Y también, aunque se hayan hecho esfuerzos vanos, hay
siempre semillas que maduran para la cosecha y creciendo a través de todos
los peligros llegan a ser fruto, premiando abundantemente todas las fatigas.
Con esta alusión Jesús pretende decir: todas las cosas verdaderamente útiles
en este mundo comienzan en la modestia y en el ocultamiento […] Lo que
es pequeño comienza aquí en mis palabras y crecerá cada vez más, mien-
tras que lo que hoy se propone como un gran éxito está hundido ya hace
tiempo». 5

En el anuncio de la Palabra, pues, hay una lógica de pequeñez y de
humildad que todo misionero debe aprender. Él no pocas veces «al ir, va
llorando, llevando la simiente que arrojar», pero él o quien le siga tendrá la
alegría de «volver con júbilo, trayendo sus gavillas» (cfr. Sal 125/126). Lo que
se le pide, en realidad, no es el éxito, sino la fidelidad a su Señor, aun cuando
esto suponga incomprensiones y servidumbres que pagar. Al final lo único
que no defrauda es esta fidelidad a la Palabra. Hagamos, pues, nuestras las
palabras con las que Pablo, distanciándose de los falsos misioneros que
perturbaban a la Iglesia naciente de Corinto, expresó su línea de conducta

en el anuncio del Evangelio: «Hemos rechazado el callar por vergüenza, sin
portarnos con astucia ni falsificando la Palabra de Dios; al contrario, anun-
ciamos abiertamente la verdad y nos presentamos nosotros mismos ante
toda conciencia humana, bajo la mirada de Dios» (2 Cor 4,2).

En esta línea se sitúa también la celebración de los sacramentos y más
ampliamente la liturgia de la Iglesia, a la que el texto de Mateo se refiere
introduciendo el tema del bautismo con la fórmula trinitaria. Para la menta-
lidad pragmática del hombre moderno no hay nada que resulte tan escanda-
loso como la lógica de la liturgia. Con todos los problemas urgentes que hay
en el mundo —así le resulta espontáneo razonar— ¿no es pérdida de tiempo
dedicar momentos de la vida a la celebración? Y sin embargo precisamente
la celebración litúrgica, y de modo especial la celebración de los sacramen-
tos, lleva dentro de sí la fuerza de la Pascua de Cristo, el dinamismo potente
de la vida de Dios.

Bautizar «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» significa
no sólo, según el significado profano da «actuar en el nombre de», recurrir a
una autoridad jurídica que nos ha confiado su representación; quiere decir
también, según el significado bíblico de «actuar en el nombre de», referirse
a la presencia viva y a la potencia operante del Dios trinitario. Ahí, más que
nunca, la misión alcanza la propia meta, porque conduce a los hombres a
encontrarse no sólo con el testimonio acerca de Dios, sino con Dios mismo
en su totalidad.

Y los hombres deben bautizarse, es decir, sumergirse a través de la fe en
el seno de la Trinidad, que es su casa; deben introducirse en la potencia de
amor, que se reveló en el señorío pascual de Cristo. Es ésta la verdadera “efi-
ciencia» que regenera al mundo, aquella sin la que en vano nos levantaremos
de madrugada e iremos tarde a dormir, para comer sólo pan de sudor, mien-
tras que el Señor se lo dará a sus amigos mientras duermen (cfr. Sal 127). De
aquí nace la vida de la Iglesia, esa humanidad renovada por la gracia pascual
que el Señor hace crecer en la historia también por medio nuestro.

4. MÍSTICA PROFUNDA DE LA MISIÓN

La última Palabra que Jesús dice a los Once, después de haberles con-
fiado el mandato misionero, es una Palabra de fortalecimiento: «Yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». Es una gran promesa, que
vale como garantía de seguridad y motivo de confianza. En ella resuena el
eco del apoyo que Dios garantizó siempre en el Antiguo Testamento a los
que había llamado para una vocación especial: «No temas, yo estoy contigo».
En ella se cumple sobre todo la identidad de Jesús, que desde el principio
del Evangelio de Mateo, en los relatos de la infancia, es presentado como
Enmanuel, el «Dios con nosotros». Los acontecimientos de la pasión, muerte
y resurrección de Jesús no han borrado, pues, su presencia de la historia, ni
su voluntad de quedarse junto a los que, poco antes no se habían quedado
junto a él; el compromiso de Jesús resucitado de estar con ellos se ha hecho
definitivo y permanente, en el tiempo y en el espacio, hasta el fin del mundo.

Percibimos sin duda cuánto consuelo y cuánta fuerza brotan de esas
palabras. Para el que se sabe y quiere ser invitado suyo, cada jornada de la
vida se abre y se cierra en la luz de una presencia aseguradora, más fuerte
que cualquier soledad y que todo miedo. La alegría de una vida de castidad
que vive esperando al mejor Amante, la riqueza del que renuncia a los bie-
nes terrenos con tal de no dejar de buscar «las almas», la libertad de nuestra
obediencia que hace que nos parezcamos a nuestro Señor, encuentran aquí
su más auténtico fundamento y justamente de este misterio quieren ser signo
visible y elocuente. Cristo está con nosotros y llena nuestra vida de modo
superabundante. La plenitud interior que deriva de ello es en el fondo el
verdadero tesoro del misionero y el don más grande que él puede transmitir
a aquellos a los que es Enviado. Nada hay más persuasivo y convincente que
quien, representando al Señor Jesús existencialmente, se presenta habitado
por su presencia luminosa, hasta transparentarlo en la serenidad de su ros-
tro, en la profundidad de la mirada, en la humildad del trato, en la verdad
de los gestos y de las palabras. Del mismo modo que Jesús fue para los
discípulos imagen y transparencia del Padre, así el verdadero misionero está
llamado a ser icono transparente de Jesús resucitado. Y lo puede ser porque
Cristo está verdaderamente con él, en una compañía tan íntima que se con-
vierte en verdadera inhabitación: el apóstol, como Pablo, puede exclamar:
«yo vivo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20).

De ese modo la misión alcanza de verdad la profundidad mística que
le es propia. Desde el principio, en efecto, al llamar a los Doce, Jesús los
había instituido «para que estuviesen con él y para enviarlos a predicar» (Mc
3,14). Por experiencia personal sabemos todos lo fácil que es advertir en lo
concreto de nuestra existencia una cierta tensión entre esos dos elementos
y cómo se puede oscilar en una especie de rotura interior entre oración y
obras, contemplación y acción, donación a Dios y entrega de sí a los demás.
Ahora bien, desde el principio de la llamada a los Doce, las dos dimensiones
se presentan, en cambio, juntas e íntimamente conexas entre sí: sólo si se
entra en una profunda familiaridad con Jesús, se puede irradiar su presencia
a los demás y transmitir de verdad su Palabra.

Transmitir la Palabra al mundo quien antes la ha escuchado, como hizo
María en casa de Isabel. Se convierte en hermano de Jesús quien está junto a
él, ocupado en la escucha de su Palabra. Estar con Jesús no puede entenderse
de ningún modo como algo que se realiza de vez en cuando, en las pausas de
la actividad. El Evangelio de Juan es muy claro sobre esto, cuando habla de la
necesidad absoluta de permanecer en Él, porque sin Él no se puede nada. Y, en
efecto, precisamente en fuerza de la novedad de la resurrección, por la que la
presencia de Cristo invade todo tiempo y lugar, la íntima unidad entre oración
y anuncio se convierte en un nuevo título experimentable. Contemplación y
testimonio llegan así profundamente a compenetrarse, reclamándose mutua-
mente en un movimiento semejante al de sístole y diástole de nuestro corazón.

Naturalmente en el camino personal de todo misionero, esta íntima com-
penetración de oración y anuncio no son nunca el punto de partida, sino
la meta que alcanzar. Esto requiere un camino formativo adecuado y una
constante vigilancia interior. Sólo así se puede evitar un falso espiritualismo,
que aparta del trabajo apostólico y engaña con una cercanía a Dios que des-
pués resulta desmentida por los hechos; al mismo tiempo se puede superar
un estéril activismo, que obtiene el único resultado de vaciar la vida de un
discípulo, y quizá de llevarlo hasta el abandono. La urgencia fundamental y
el corazón mismo de la misión consisten, por tanto en aprender el arte su-
premo, el de vivir en Jesús, en su señorío, profundamente identificados con
Él, con sus pensamientos, haciendo de su Palabra el propio alimento.

Interrogándose sobre los horizontes de la Iglesia en el Tercer Milenio,
después de la celebración del Gran Jubileo, Juan Pablo II escribía en la Carta
Apostólica Novo Millennio Ineunte:

Nos interrogamos con confiado optimismo, aunque sin infravalorar los proble-
mas. No nos seduce, desde luego, la perspectiva ingenua de que, ante los gran-
des retos de nuestro tiempo, pueda existir una fórmula mágica. No, no será una
fórmula la que nos salve, sino una Persona, y la certeza que ella nos infunde:
¡Yo estoy con vosotros! No se trata, pues, de inventar un «nuevo programa». El
programa ya existe: es el de siempre, recogido por el Evangelio y la viva Tradi-
ción. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar
e imitar para vivir en Él la vida trinitaria, y transformar con Él la historia
hasta su perfección en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia con
el vaivén de los tiempos y las culturas, aunque tenga en cuenta el tiempo y las
culturas para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz. Este programa
de siempre es el nuestro para el tercer milenio. 6

Y después proseguía designando como verdadera urgencia de la Iglesia
las líneas de una pedagogía de la santidad, como «alto grado de la vida cris-
tiana ordinaria», 7 sobre la base de la convicción de que «ésta es la voluntad
de Dios, vuestra santificación» (1 Tes 4,3). Él mismo oía repetir la objeción
de que una perspectiva como esa parecía demasiado genérica y alta para ins-
pirar una programación pastoral, pero con extrema claridad respondía que
solo asumiendo con seriedad y coherencia esta perspectiva, los diversos pro-
blemas de la vida pastoral concreta podían encontrar solución. La santidad
no puede añadirse posteriormente a una programación apostólica planteada
sobre otras bases, sino que debe ser la inspiración original que mueve todo
el discernimiento pastoral; si no, el riesgo de perderse en discusiones esté-
riles y en proyectos vanos, que no reflejan el pensamiento de Dios, se hace
por desgracia real.

Conclusión

Queridos Hermanos, a la vida consagrada de nuestro tiempo se reprocha,
algunas veces, que produce muchos servicios, pero ofrece poca santidad. Tal
vez precisamente por eso es necesario examinarse para que nuestra Familia
Salesiana y nuestras comunidades apostólicas puedan ser verdaderas escue-
las en las que se aprende concretamente el arte de la santidad, es decir, el
arte de la vida cristiana auténtica, como nuestro santo Fundador Don Bosco
la practicó y como nos la ha transmitido.

En los lugares donde nos encontramos viviendo como discípulos y após-
toles estamos llamados a ser santos. La misión asume por todas partes nue-
vos cometidos; pide personas y comunidades enamoradas de Jesús y valien-
tes en el testimonio y en el servicio. En todas partes, pero especialmente en
Europa, la Congregación despliega ahora su atención y envía sus mejores
energías. ¡Es el tiempo de la misión! Que puedan seguir surgiendo entre no-
sotros auténticas vocaciones misioneras, santas y generosas; que podamos
suscitar entre los jóvenes y los laicos voluntarios misioneros, discípulos y
apóstoles.

Junto a vosotros confío este compromiso misionero de la Congregación
a María Auxiliadora, Madre de la Iglesia. Ella ha estado siempre presente
en nuestra historia y no dejará que falte su presencia y ayuda en esta hora.
Como en el cenáculo, María, la experta del Espíritu, nos enseñará a dejarnos
guiar por Él «para poder discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo
que le agrada, lo perfecto» (Rom 12,2b).
Con mucho afecto, estima y gratitud.

Pascual Chávez Villanueva , SDB
Rector Mayor