RM Recursos

En el 150° aniversario de la fundación de la Congregación Salesiana

CARTAS DEL RECTOR MAYOR - ACG 404


EN EL 150° ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN DE LA CONGREGACIÓN SALESIANA

Download texto entero >>

EN EL 150° ANIVERSARIO DE LA FUNDACIÓN DE LA CONGREGACIÓN SALESIANA

«Llamó a los que Él quiso, y ellos se fueron con Él» (Mc 3,13)

1. “Un gesto de mucha importancia”.

1.1 Se partió en el nombre de la Virgen.
1.2 Días de espera.
1.3 Los muchachos del ‘cinturón negro’.

2. Para los jóvenes y con los jóvenes, Don Bosco Fundador.

2.1 El acontecimiento.
2.2 Nuestros jóvenes ‘padres fundadores’.
2.3 Implicar a los jóvenes de hoy.
    a) Don Bosco intuyó que para su Congregación el camino justo era el de la juventud.
    b) Don Bosco no tenía miedo de comprometer a sus jóvenes en empresas valientes y, humanamente hablando, temerarias.
    c) La Compañía de la Inmaculada, fundada por Santo Domingo Savio, fue el pequeño campo en el que florecieron las primeras semillas de la floración salesiana.

3. Consagrados a Dios en los jóvenes.

3.1 Hijos de Fundadores consagrados.
3.2 La enseñanza de Don Bosco a sus Salesianos.

4. Nuestras Constituciones, el camino de la fidelidad.

4.1 La primera fotografía querida por Don Bosco.
4.2 Un camino largo y espinoso.
4.3 Sacralidad de las Reglas aprobadas por la Iglesia.
4.4 El estribillo constante de Don Bosco y de don Rua.
4.5 La renovación de las Constituciones.
4.6 Las palabras del testamento.

5. Don Bosco, Fundador de “un vasto movimiento de personas que, de diferentes formas, trabajan por la salvación de la juentud” (Cost. 5).

5.1 I Los “hijos del Oratorio dispersos por todo el mundo”.
5.2 La amplia red de la Familia Salesiana.
5.3 Lo que Don Bosco oyó y vio. 

Conclusión.

Roma, 25 de marzo de 2009
Solemnidad de la Anunciación del Señor


Queridos hermanos,

         en estos tres últimos meses, después de la última carta que os he escrito, han tenido lugar acontecimientos muy significativos para la vida de la Congregación. Además de las tareas del Consejo General, en la sesión plenaria de invierno 2008-2009, hemos tenido la celebración del Congreso Internacional sobre “Sistema Preventivo y Derechos Humanos”, las Jornadas de Espiritualidad de la Familia Salesiana y, en un ámbito más restringido pero no menos importante, mi visita a tres Inspectorías del Sur de la India: Chennai, Tiruchy y Bangalore.

A través de ANS habéis podido estar tempestiva y ampliamente informados, por lo que no añado aquí comentario alguno. Estoy seguro además de que los participantes de las Inspectorías en los dos primeros eventos han informado ya a los hermanos de la propia Inspectoría de la experiencia vivida, de la reflexión hecha, de las propuestas y orientaciones que ha habido.

Me alegra volver ahora a ponerme en comunicación con vosotros y hacerlo en esta fecha de la Anunciación del Señor, que nos recuerda que nuestra vida es vocación. Es muy iluminante constatar cómo en la Escritura el ser y las relaciones constitutivas de la persona resulten definidos por su condición de criatura, que no denota inferioridad o dependencia, sino el amor gratuito y creativo por parte de Dios. Esto responde al hecho de que el hombre no tiene en sí la razón de la propia existencia, ni de su propia realización. La debe a un don.

Está situado en una relación con Dios a la que hay que responder. Su vida no tiene sentido fuera de esta relación. El más allá que percibe y desea vagamente es el absoluto, no un absoluto extraño y abstracto, sino la fuente de su vida que lo atrae a sí. Toda la historia de la elección del pueblo de Dios y de las distintas vocaciones viene presentada en esta clave: la iniciativa del amor de Dios, la posición del hombre frente a Él, el  desarrollo de la existencia como una invitación y una respuesta, como una llamada acogida. La categoría de criatura se relaciona por tanto con la de interlocutor de Dios: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra», responde María al ángel. El don de la vida contiene un proyecto, que se va desvelando en el diálogo consigo mismo, con la historia, con Dios, y pide una respuesta personal. Esto determina la colocación del hombre respecto al mundo y a todos los seres que lo componen.  

Estos no pueden colmar sus deseos y por lo tanto el hombre no les está sometido. La clave de esta estructura de la vida es la alianza entre Dios y el pueblo, que es elección renovada y gratuita por parte de Dios. El hombre debe tomar conciencia de ello y asumirla como proyecto de vida, guiado por la Palabra que lo interpela y lo pone en la necesidad de escoger.

La vocación cristiana no es, por tanto, una añadidura de lujo, un complemento extrínseco para la realización del hombre. Es más bien su puro y simple cumplimiento, la indispensable condición de autenticidad y plenitud, la satisfacción de las exigencias más radicales, las que están en el meollo mismo de su estructura creatural. De la misma manera, entrar en la dinámica del Reino, al que Jesús invita a sus discípulos, es la única forma de existencia que responde al destino del hombre en este mundo y en el más allá. La vida se desarrolla así totalmente como don, apelación y proyecto.

Queridos hermanos, he querido comenzar esta comunicación con vosotros inspirándome en la celebración de la Anunciación del Señor, a modo de comentario de las palabras del Evangelio de Marcos que he puesto en el título de esta carta. Se trata de un texto que, en un solo versículo, de forma muy esquemática, nos cuenta la ponderada decisión de Jesús de llamar a un grupo de hombres para estar con Él y hacerlos participantes de su misma misión a favor de la humanidad.

En este episodio, central en el relato de Marcos, pues es la crónica de la fundación del grupo de los Doce, Jesús es ya misionero del Reino de Dios por las aldeas de Galilea; al contrario de la primera llamada, que fue una invitación apremiante a dos parejas de hermanos (cf. Mc 1, 17.20), esta es una orden clara, fruto de una decisión personal: Jesús llama a los que quiere y los llama para que estén con él, en la montaña; para ir con él “y estar con él” (Mc 3, 14) deben abandonar la muchedumbre que lo seguía. El grupo nace con cometidos muy claros: estar con él para ser, después, sus enviados. Los doce son, por tanto, entre los primeros llamados, los que Jesús quiere siempre junto a sí: convivir con él es su primera ocupación, después llegará el envío. Para el apóstol la convivencia precede la misión: solo los compañeros de Jesús, sus íntimos, serán sus representantes. Jesús no acostumbra compartir su misión con quien no ha compartido su vida (cf. Hch 1, 21-22).

Creo que esta introducción nos ayuda a comprender bien el significado y las perspectivas del 150º aniversario de la fundación de la Congregación Salesiana. “De hecho, antes de la fundación sancionada por la autoridad, tuvo lugar la verdadera fundación de su Sociedad, que lleva la fecha del período en el cual puso las bases de su minúsculo Oratorio de San Francisco de Sales. Sobre este punto no cambió nunca de idea, tanto él como, por otra parte, sus primeros colaboradores”.[1]

Lo que hizo Don Bosco al llamar a un grupo de sus muchachos del Oratorio de Valdocco y la respuesta que ellos le dieron constituye, de hecho, una verdadera experiencia evangélica, con fuerte valencia simbólica y paradigmática: como Jesús, Don Bosco llamó a algunos jóvenes que estaban con él para compartir con ellos vida, sueños y misión; como Jesús, Don Bosco encontró sus colaboradores entre los que estaban junto a él; estar con él, aún siendo todavía tan jóvenes, fue la condición natural para ser invitados.

 

1.   “UN GESTO DE GRAN IMPORTANCIA”[2]

         Me gustaría mucho, queridos hermanos, que este año jubilar nos llevara a alabar y dar gracias al Señor que ha sido tan bueno y generoso con nosotros, y que nos estimulara a renovar en profundidad nuestra vida y misión reviviendo lo que sucedió el 18 de diciembre de 1859, el día en que Don Bosco dio origen, en la intimidad de su habitación, a la que sería llamada Sociedad de San Francisco de Sales, actuando un proyecto con el que soñaba desde hacía tiempo, [3] desde 1841 - año de su ordenación y de su entrada en el Convitto - come él mismo escribirá en varias ocasiones. [4] La Congregación no fue fundada para comenzar una obra, sino para mantenerla y desarrollarla; y nació entre los jóvenes a los que Don Bosco se dedicaba, y con ellos.

Tenemos una hermosa historia que recordar y, al contarla, tenemos también una historia significativa que rehacer.

1.1    Se partió en el nombre de la Virgen

El 8 de diciembre de 1859, en el Oratorio de Don Bosco en Vadocco, se celebró con solemnidad la fiesta de María Inmaculada. Los 184 jóvenes que vivían como internos en la Casa de Don Bosco fueron animadores de los mil jóvenes del oratorio festivo que llenaban los patios y los prados de alrededor. Habían cantado, rezado, recibido la comunión durante la Misa de Don Bosco. Después, tras el abundante desayuno ‘de las fiestas’, se habían desparramado en mil juegos y se habían reunido en grupos para el catecismo. Muchos habían conseguido hablar con Don Bosco de su trabajo, de la familia, de las dificultades, del porvenir.

Por la tarde, después de los alegres y joviales cantos de despedida, Don Bosco, cansado pero radiante, en la acostumbrada ‘buenas noches’ agradeció a la Virgen y a todos la espléndida jornada. Después dio a los internos de la casa y a sus asistentes-animadores (que vestían, como era costumbre entonces, la sotana de los clérigos) un breve anuncio que hizo palpitar con fuerza el corazón de una veintena de ellos. “Y aquella noche anunció don Bosco en público que al día siguiente, viernes, tendría una conferencia especial en su habitación después de que los muchachos se fueran a descansar. Los que debían asistir entendieron la invitación. Los sacerdotes, clérigos y seglares, que cooperaban con don Bosco en sus trabajos en el Oratorio y estaban al tanto de los secretos del Padre, presentían que aquella reunión iba a ser importante”. [5]

Y el día 9 por la tarde, tras la acostumbrada laboriosa jornada de oración-estudio-trabajo-alegría, diecinueve jóvenes llenaron la habitación de Don Bosco. Nos cuenta la crónica de Don Lemoyne y el acta del biógrafo A. Amadei, que Don Bosco invocó ante todo la luz del Espíritu Santo y la asistencia de la Santísima Virgen, y a continuación resumió lo que ya había expuesto a todos en anteriores conferencias.

Entonces “con visible emoción anunció que había llegado la hora de dar forma a la Sociedad que desde hacía tanto tiempo pensaba fundar y que había sido el objeto principal de sus preocupaciones, la que Pío IX había animado y alabado, la que existía ya por la observancia de las reglas tradicionales y a la que la máxima parte de los presentes pertenecía al menos espiritualmente, algunos incluso por una promesa temporal ya hecha. Por tanto había llegado el momento de declarar si querían pertenecer a la Pía Sociedad que tomaría, o más bien conservaría, el nombre de San Francisco de Sales”.[6]

En tal congregación, que debía constituir el sostén principal del Oratorio, podrían entrar solo aquellos que, tras madura reflexión, tuvieran intención de consagrarse a Dios, pronunciando a su tiempo los votos de castidad, pobreza y obediencia, para dedicar su vida a la juventud abandonada y en peligro. “De ahí que, a la siguiente conferencia, fueran solamente los que tenían intención de entrar en ella”. [7] La iniciativa de don Bosco, nacida de la necesidad de contar con colaboradores fieles, non partía de la nada; era un paso más en un proceso educativo que iba adelante desde hacía un buena decena de años y que poseía, desde el año anterior, un proyecto escrito, las primeras Constituciones Salesianas de 1858. [8] Pero no obstante, añade Don Lemoyne, Don Bosco “daba a todos una semana de tiempo para reflexionar y tratar con Dios tan importante asunto”, y “se disolvió la asamblea en profundo silencio”. [9]

1.2    Días de espera

Los días que siguieron transcurrieron externamente ocupados con el trabajo ordinario, pero el corazón y la mente de aquellos veinte vibraban con una tensión no ordinaria.

El primero que estuvo rezando intensamente y esperando fue Don Bosco. Él, desde hacía varios años, invitaba discretamente a quedarse con él a sus mejores jóvenes, en los que veía con claridad la vocación de Dios. Muchos se lo prometían; pero después se volvían atrás. Escribe Don Lemoyne: “Nadie, nos contaba Don Bosco, podría imaginar la repugnancia interior, las antipatías, los desalientos, las oscuridades, las desilusiones, amarguras e ingratitudes que afligieron al Oratorio durante casi veinte años. Si los escogidos prometían continuar con don Bosco para ayudarlo, no era más que un pretexto para realizar cómodamente sus estudios, ya que, al terminarlos, sacaban un sinfin de pretextos para librarse de tal promesa. Tras algunos ensayos fallidos, una vez se consiguió poner la sotana a ocho jóvenes, todos los cuales dejaron el Oratorio muy pronto. Hubo después otros que, precisamente el mismo día de su ordenación sacerdotal o al anochecer del día de su primera misa, manifestaron con toda franqueza que no era para ellos la vida del Oratorio, y se marcharon”.[10]

El canónigo y párroco Jacinto Ballesio, alumno de Don Bosco y décimo testigo en el proceso de beatificación, declaró bajo juramento: “puedo asegurar que estaba convencido de haber logrado su fin cuando veía a sus alumnos en el Seminario o en el ministerio parroquial […] les manifestaba gran afecto y satisfacción por verlos en tal estado. Sin embargo, no se debe callar la amargura que le causaron ciertos desengaños. Le sentaron muy mal los abandonos de muchos a quienes había colmado de atenciones, con los había gastado cuantiosas sumas para que consiguieran títulos oficiales con el compromiso, al menos implícito, de quedarse con él. […] pero no se quejaba de ello”. [11]

De manera distinta, pero igualmente intensa, rezaban y pensaban los diecinueve que debía responder a la invitación de Don Bosco. La ‘Sociedad’ en la que Don Bosco les invitaba a inscribirse, prometiendo ‘generosa obediencia’, era una familia religiosa, una ‘congregación’, como las que habían sido prohibidas por la “ley Rattazzi” solo cuatro años antes (29 de mayo de 1855). De los conventos y casas religiosas habían sido expulsados los ‘frailes’ que los periódicos, con persistente alevosía, seguían llamando ‘medio hombres’, ‘aprovechados de la sociedad moderna’, y que invitaban a que fueran ‘pisados como piojos’. Ahora bien Don Bosco, queriendo dar un alma a su Oratorio, pretendía que estos jóvenes formaran una familia religiosa bajo su obediencia, con la perspectiva - con el pasar del tiempo - de consagrarse a Dios con los votos de castidad, pobreza, obediencia. Algunos de ellos - en secreto y de acuerdo con Don Bosco - ya lo habían hecho desde hacía algunos años.

Eran todos muy jóvenes, y ponían en juego toda la vida de un solo golpe: con la confianza en Don Bosco; hasta aquel momento habían estado vinculados solo por una promesa o voto de quedarse con Don Bosco para ayudarle en la obra de los oratorios. Algunos estaban desconcertados. Escribe Don Lemoyne: “Más de uno dijo en voz baja: - ¡Don Bosco nos quiere hacer frailes a todos!. [12]

Para José Buzzetti (27 años), el pequeño albañil de Caronno, uno de los primerísimos muchachos de Don Bosco, el Oratorio era todo su mundo y su vida. Don Bosco era todo para él: siguiendo su invitación había vestido incluso durante un año la sotana, y no le hubiera desagradado llegar a ser sacerdote. Pero ‘fraile’ no. No estaba dispuesto de ninguna manera. (llegará a ser Salesiano solo en 1877).

Miguel Rua (22 años) no tenía dudas. Don Bosco le había hecho una invitación. Para él, como siempre, era una orden. Tanto que al día siguiente se fue a la Casa de la Misión para comenzar los Ejercicios Espirituales, recibiendo las órdenes menores (11 de diciembre) y el subdiaconado (17 de diciembre).

A Juan Cagliero (21 años) en cambio las dudas no le faltaban. Escribe Lemoyne (y Cagliero estaba bien vivo en 1907, cuando Lemoyne publicó estas palabras): “Paseó una larga hora bajo los pórticos, agitado por varios pensamientos. Finalmente exclamó, dirigiéndose a un amigo: - Fraile o no, es lo mismo. ¡Estoy decidido, como siempre, a no separarme nunca de Don Bosco!. Escribió después un papelito a don Bosco, en el que decía que se sometía totalmente al consejo y a la decisión de su superior. Cuando don Bosco se encontró con él, lo miró sonriente y le dijo: -  ¡Ven, ven; éste es tu camino!”. [13]

1.3    Los muchachos del ‘cinturón negro’

Pero Don Bosco no los llamaba a jugarse la vida solo apoyados en su confianza. Los invitaba a decidir consagrar su vida a Dios por los ‘jóvenes abandonados y en peligro’ que al no tener ayuda se estaban perdiendo allí mismo, ante sus ojos, y quién sabe en tantos otros lugares del mundo; “veía en ellos a los obreros especializados que había soñado para la obra de sus oratorios que iban en aumento”. [14]

La ciudad de Turín vivía en aquellos años un desarrollo impetuoso. En la zona norte de la ciudad se estaba formando un ‘cinturón negro’’ de chabolas ocupadas por los inmigrantes más pobres. Olas cada vez más numerosas de familias campesinas pobrísimas y de jóvenes solos abandonaban el campo e iban a buscar trabajo y fortuna a la ciudad, hacinándose en los tugurios que surgían entre los aguazales del río Dora, adonde confluían las aguas negras de la ciudad desprovistas de alcantarillado. Eran contratados por las grandes obras de la zona sur, por las empresas de manufacturas, hilanderas, curtidurías, hornos, fábricas. Pero no todos los jóvenes resistían a los ritmos frenéticos de trabajo (muchos de ellos vivían solo 18 o 19 años). Eran despedidos por escasa productividad y terminaban en la calle. En el angustioso y con frecuencia desesperado afán por sobrevivir formaban bandas de vagabundos, vivían robando en los puestos del mercado, llevándose los bolsos de las mujeres y aligerando a los comerciantes de sus repletas carteras, en continuo conflicto con los policías que iban a detenerlos, y que apenas podían los llevaban a la cárcel.

 Para dar una ayuda concreta a estos jóvenes (y a las chicas, y a los personas más débiles) en aquel ‘cinturón negro’ se habían colocado como en abanico cuatro grandes figuras de cristianos: Don Juan Cocchi, el canónigo José Cottolengo, la marquesa Julia Barolo y Don Bosco.[15]

El Oratorio del pobrísimo Don Bosco, comenzado trece años antes en un cobertizo, había dado origen a escuelas nocturnas, talleres, una casa para jóvenes obreros y estudiantes. Aquel año 1859 la casa albergaba a 184 jóvenes pobrísimos, y al año siguiente 355.[16] Los domingos el Oratorio daba vida cristiana, alegría, instrucción y amistad con Don Bosco a más de mil jóvenes. Era para ayudar a esos jóvenes concretos, bullangueros, desorientados en la vida, con hambre de pan y de Dios, por lo que Don Bosco pensó ‘crear la Sociedad de San Francisco de Sales’.

 

2.  PARA LOS JÓVENES Y CON LOS JÓVENES, DON BOSCO FUNDADOR

“Don Bosco no ha podido o no ha querido, de cara a una eventual sociedad religiosa, reunir un núcleo significativo de colaboradores adultos, escogiéndolos entre los que ya trabajaban en los tres oratorios”. [17] Se dio cuenta de que, mejor que tener un grupo de voluntarios que hoy están y mañana ya no, era fundar una Sociedad estable de consagrados para siempre a Dios, para servirlo en aquellos jóvenes en grave dificultad. Y para conseguirlo pensó, en definitiva, en sus jóvenes, o sea en aquellos que “o mucho o poco habían transcurrido los últimos años en el Oratorio con Don Bosco”. [18]

 2.1    El acontecimiento

Aquel 18 de diciembre de 1859 era domingo. Don Bosco terminó la densa jornada festiva vivida entre un millar de jóvenes, como en la fiesta de la Inmaculada y los domingos. Después convocó para su conferencia a los que habían decidido entrar en la Pía Sociedad de San Francisco de Sales.

Eran las 21 horas, después de las oraciones de la noche. La cita era en la habitación de Don Bosco. En pocos minutos se presentaron dieciocho, incluido Don Bosco. Dos solamente no habían acudido. Los congregados alrededor de Don Bosco eran diecisiete: un sacerdote (47 años), un diácono (24 años), un subdiácono (22 años), trece clérigos (entre 15 y 21 años),  y un estudiante jovencísimo.

El acta fiel, firmada por Don Alasonatti y con la firma añadida de Don Bosco,[19] “es un documento de encantadora simplicidad, que contiene el primer acto oficial de la Sociedad Salesiana”;[20] en él se lee:
 
(Nos reunimos) todos con el fin y el deseo de promover y conservar el espíritu de verdadera caridad que exigía la obra de los Oratorios para la juventud abandonada y en peligro, que en estos tristes tiempos es engañada de mil maneras con daño de la sociedad y abocada a la impiedad e irreligión.

“Pareció bien por lo tanto a los mismos congregados erigirse en Sociedad o Congregación que, teniendo como meta la ayuda recíproca para la propia santificación, decidiese promover la gloria de Dios y la salvación de las almas, especialmente de las más necesitadas de instrucción y de educación / y, aprobado de común acuerdo el proyecto presentado, después de una breve oración y de haber invocado la luz del Espíritu Santo, procedían a la elección de los Miembros que debían constituir la dirección de la sociedad para esta o para nuevas Congregaciones, si quisiera Dios favorecer su desarrollo.

“Unánimemente pidieron por tanto a Él (Don Bosco), iniciador y promotor, que aceptara el cargo de Superior Mayor, como cosa muy conveniente, el cual, habiendo aceptado con la reserva de la facultad de nombrar al prefecto (Vicario y Administrador), ya que ninguno se opuso, dijo que le parecía no tener que cambiar de su oficio de prefecto al que escribe (Don Alasonatti), que hasta entonces había ocupado este cargo en la casa.

“Se trató después del modo de elección de los demás Socios que integran la Dirección, y se acordó adoptar la votación con voto secreto, como modo más rápido para completar el Consejo, que debía estar compuesto por un Director Espiritual, el Ecónomo y tres Consejeros junto con los ya descritos cargos oficiales (el Superior Mayor y el Prefecto).

“[…] en la elección del Director Espiritual (resultó) elegido por unanimidad el Clérigo Subdiácono Rua Miguel, que aceptó. Y volviendo a repetirse lo mismo para el Ecónomo, resultó y fue confirmado el Diácono Angel Savio, que prometió igualmente asumir la relativa tarea.

“Quedaban aún por elegir los tres consejeros; para el primero de ellos, hecha como de costumbre la votación, fue (elegido) el clérigo Juan Cagliero. Para segundo consejero fue elegido el clérigo Juan Bonetti. Como tercero y último, resultando con el mismo número de votos los clérigos Carlos Ghivarello y Francisco Provera, hecha otra votación, la mayoría tocó al clérigo Ghivarello, y así quedó definitivamente constituido el órgano de administración de nuestra Sociedad (que se llamó después ‘Capítulo Superior’).

“Todo esto, tal que como ha sido expuesto hasta aquí en su conjunto, fue leído en la Asamblea de todos los ya citados socios y oficiales, y éstos, reconociendo su veracidad, acordaron unánimemente que se conservase el texto original, que firma el Superior Mayor y el Secretario.
Sac. Juan Bosco
Víctor Alasonatti Sac. Prefecto.”

2.2    Nuestro jóvenes ‘padres fundadores’

Así nació la Congregación Salesiana. Así nacimos nosotros. Aquellos dieciocho son nuestros ‘padres fundadores’, casi todos jovencísimos; excepto Don Alasonatti, con 47 años, y Don Bosco, con 44; Don Rua, director espiritual, tenía 22 años; Don Savio, el ecónomo, 24; los consejeros, todavía clérigos, poco más de veinte años.

Creo que conviene al menos recordar sus perfiles, para conservarlos en la mente y en el corazón, como nuestro cofundadores, junto con Don Bosco. Ellos son parte de la vida de Don Bosco y de la historia de la Congregación, y por tanto de nuestra historia.

Víctor Alasonatti, 47 años.

Era el único con más edad que Don Bosco. Sacerdote amable y rígido al mismo tiempo, había sido durante 19 años maestro de niños de primaria en Avigliana, donde había nacido el 15 de noviembre de 1812. Entre bromas y provocaciones (habían sido compañeros en el Convitto Eclesiástico), Don Bosco lo convenció a que fuera al Oratorio para ‘ayudarle a decir el Breviario’ entre los doscientos muchachos de la Casa y los mil del Oratorio (‘¡algo bien distinto de tu escuelita!’, bromeaba Don Bosco). Llegó la víspera de la Asunción de 1854, preguntando siempre de broma a Don Bosco: “¿Dónde me debo poner a rezar el Breviario?” Don Bosco le encomendó toda la administración de la obra, que hasta entonces había estado a cargo de José Buzzetti y Mamá Margarita (que estaba ya sin fuerzas: morirá dos años después). En 1855, después de Miguel Rua, fue el primero que hizo votos religiosos privados en las manos de Don Bosco. Profesó como salesiano el 14 de mayo de 1862. Trabajó sin descanso y silenciosamente para Don Bosco y la Sociedad Salesiana, como su primer Prefecto, hasta la muerte, acaecida en Lanzo el 7 de octubre de 1865, cuando tenía 53 años.

Miguel Rua, 22 años.

Nació en Turín el 9 de junio de 1837 en una familia obrera y quedó huérfano de padre a los ocho años. Quedó fascinado por Don Bosco cuando frecuentaba la primeras escuelas de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Declaró bajo juramento: “Recuerdo que venía don Bosco muchos domingos a celebrar la santa misa […], parecía que una corriente eléctrica circulara por entre todos los niños. Se ponían de pie, salían de su sitio, se amontonaban a su alrededor […] Necesitaba [don Bosco] un buen rato para poder llegar hasta la sacristía. En aquellos momentos los buenos Hermanos no podían impedir el aparente desorden y nos dejaban hacer. Cuando llegaban otros sacerdotes, aún piadosos y de autoridad, no sucedía lo mismo […] El misterio de la atracción de don Bosco procedía del afecto activo, espiritual, que notaban en don Bosco hacia sus almas”. [21] A veces Don Bosco repartía a todos una medalla. Al llegar el turno de Miguel, Don Bosco hace un gesto extraño: extiende su mano derecha haciendo como que la corta con la izquierda, y entre tanto le dice: “Coge, Miguelito, coge”. Miguel no comprende, pero Don Bosco le explica: “Nosotros dos haremos todo a medias”. Entra en el Oratorio el 25 de septiembre de 1852 y viste la sotana en I Becchi, el 3 de octubre de 1852; se convierte realmente en la mano derecha de Don Bosco: toma parte el 26 de enero de 1854 en la reunión en la que un grupo reducido de colaboradores recibe el nombre de ‘Salesianos’. El 25 de marzo de 1855 (con 18 años) llega a ser el primer Salesiano que hace los votos privados en las manos de Don Bosco. Estudiante de teología, ayuda a Don Bosco en el Oratorio de San Luis; en 1858 lo acompaña a Roma para ver al Papa, al que Don Bosco presenta su Congregación. Siendo aún subdiácono es elegido Director Espiritual de la Sociedad apenas creada. Ordenado sacerdote el 29 de julio de 1860, emite la profesión perpetua el 15 de noviembre de 1865. A los 26 años (1863), habiendo obtenido el diploma de profesor de secundaria, es invitado por don Bosco a dirigir la primera casa salesiana fuera de Turín, en Mirabello Monferrato. De vuelta a Turín en 1865 es ‘el segundo Don Bosco’ en la Obra Salesiana que se extiende cada vez más. Don Bosco dirá un día: “Si Dios me hubiese dicho: imagínate un joven, dotado de todas las virtudes y mayores habilidades que tu podrías desear, pídemelo y yo te lo daré, nunca habría imaginado un don Miguel Rua”. [22] Nombrado por León XIII vicario de Don Bosco en 1884, fue su primer sucesor a la muerte del Fundador, y pasó la vida viajando para mantener unida y fiel la gran familia de Don Bosco, que estaba experimentando una verdadera explosión por todo el mundo. Recibió 64 casas salesianas, al morir Don Bosco; 22 años después, a su muerte, las fundaciones eran ya 341. En 1910, año de su muerte, aparecía su primera biografía, escrita por Eliseo Battaglia; el título, acertado, lo define bien: “Un soberano de la bondad”.

Ángel Savio, 24 años.

Paisano de Don Bosco, entró en el Oratorio a los 15 años, el 4 de noviembre de 1850. Había conocido ya al santo joven Domingo Savio (algunos años más joven que él), pues vivían en pueblos muy cercanos. Recordaba: “En vacaciones yo estaba en casa poco bien de salud; él venía a consolarme con sus buenos modales y amables palabras. A veces traía de la mano a dos hermanitos. Antes de marcharse por última vez del Oratorio (1857) vino a darme el último abrazo”. Elegido por primera vez en 1859 Ecónomo General, todavía diácono, fue reelegido en 1869, el año de la profesión perpetua, y de nuevo en 1873. A partir de entonces Don Bosco le encomendó las casas en construcción en el litoral de Liguria y en la Costa Azul: Alassio, Vallecrosia, Marsella. Lo mandó después a Roma para dirigir la construcción del Templo y Obra del Sagrado Corazón. Con 50 años (1885) pidió a Don Bosco poder dejar de ocuparse de muros y dineros, y partió como misionero a la Patagonia, que recorrió en largos viajes apostólicos. Incansable y lleno de celo, fundó obras salesianas en Chile, Perú, Paraguay y Brasil. Murió el 17 de mayo de 1893 mientras hacía un viaje de exploración en Ecuador, donde se había confiado una nueva misión a los salesianos. En el sueño de la rueda (4 de mayo de 1861) Don Bosco lo había visto en regiones lejanas. Sus colaboradores lo recordaban como religioso de oración profunda.

Juan Cagliero, 21 años.

Nacido el 11 de enero de 1838, era paisano de Don Bosco, al que había conocido siendo su monaguillo en la iglesia parroquial de Castenuovo d’Asti. Huérfano de padre, Don Bosco vio en él un joven puro como el cristal, inteligente y genial. Encontrando a su madre, Don Bosco le dijo de broma si le ‘vendía’ a su hijo. Y oyó que le respondía, también de broma, que los hijos no se venden, sino que se ‘regalan’. Juan acompañó a Don Bosco a pie de Castelnuovo a Turín corriendo, gritando y saltando, y volcando sobre Don Bosco todos sus pensamientos, recuerdos y aspiraciones. “Desde entonces no tuvo ya ningún secreto para él”. Mamá Margarita, cuando Don Bosco se lo llevó, se quejó por no tener más sitio. “Pero él es tan pequeño - rió Don Bosco - que lo meteremos en el cesto de los picos y lo levantaremos hacia el techo”. Los tres se echaron a reir. Empezó así, en 1851, la formidable vida salesiana de Cagliero. Siendo uno de los cuatro primeros que aceptó la idea de Don Bosco de fundar una Sociedad, hizo la profesión en 1962, el mismo año en que fue ordenado sacerdote. Profesor licenciado en Teología, compositor insuperable de música, primer misionero de Don Bosco, fue el primer obispo y cardenal salesiano. Rua y Cagliero fueron las dos columnas sobre las que Don Bosco apoyó su gran obra. Don Bosco había ‘visto’ su luminoso porvenir cuando estuvo a punto de morir a causa del cólera de 1854. Iba ya a darle el viático, cuando vio el cuarto llenarse de luz, una paloma bajar sobre él y una corona de indios alrededor de su lecho. Entonces se llevó con decisión la eucaristía, diciéndole: “Tu no morirás, e irás lejos, muy lejos..”. Murió en Roma el 28 de febrero de 1926: enterrado en el Campo Verano, su cuerpo fue trasladado, en 1964, a Argentina, y descansa en la catedral de Viedma.

Juan Bonetti, 21 años.

Llegó al Oratorio en 1855 desde Caramagna, pequeña aldea de la provincia de Cuneo. Tenía 17 años. Se hizo amigo enseguida de Domingo Savio, cuatro años más joven que él. Don Bosco lo mandó, junto a Rua, Cagliero, Savio y otros, a la clase del prof. Bonzanino. Tenían que recorrer todos los días vía Garibaldi. Recordaba haberla recorrido con Domingo durante un durísimo invierno, en medio de ráfagas de nieve. Hizo su primera profesión el 14 de mayo de 1862 y tres años después la profesión perpetua. Consiguió la licenciatura en la Real Universidad de Turín. Fue ordenado sacerdote a los 26 años. Viendo su virtud y sus dotes brillantes de escritor, Don Bosco lo nombró primer director del Boletín Salesiano, comenzado en 1877. En las páginas del Boletín Don Bonetti publicó por primera vez por entregas la “Historia del Oratorio de Don Bosco”, recabando datos del manuscrito (entonces secreto) de las Memorias de Don Bosco. Aquellos escritos (junto con las cartas “’desde la frontera’ de los misioneros) dieron una enorme popularidad al Boletín. Pero Don Bosco en 1875/76 había dejado sin terminar las Memorias. Don Bonetti lo solicitó con insistencia. Y debemos a esa insistencia el que Don Bosco (no obstante los enormes compromisos que lo absorbían) volviera a coger la pluma y a seguir escribiendo. Las ‘entregas’ del Boletín quedaron después recogidas por él y completadas. Al final salió el libro titulado Cinco lustros de historia del Oratorio de San Francisco de Sales: primera biografía documentada de Don Bosco, muy solicitada. Cuando Cagliero llegó a obispo, en 1886, Don Bonetti fue elegido su sucesor: ‘Director Espiritual’ de los Salesianos y ‘Director General’ de las FMA. Murió con apenas 53 años, el 5 de junio de 1891. Don Rua escribió sobre él: “Obrero apostólico infatigable, campeón valeroso en promover la gloria de Dios y la salvación de las almas, consejero amable para confortar y aconsejar”.

Carlos Ghivarello, 24 años.

Tenía ya 20 años cuando en Pino Torinese se encontró con Don Bosco y decidió entrar en su Oratorio (1855). Conoció y fue amigo de Domingo Savio durante todo un año. Hizo su primera profesión en 1862. El día de su ordenación sacerdotal, en 1864, Don Bosco le dijo: “Tú tendrás que confesar mucho durante tu vida”. Efectivamente, aunque le admiraron mucho como trabajador, constructor, cultivador, fue sobre todo en el sacramento de la penitencia (al que dedicaba horas todos los días) donde pudo difundir, junto con la gracia de Dios, toda su fe y su bondad paterna. Secretario y Consejero General, en 1876 fue nombrado Ecónomo General. Fue él el que construyó la pequeña galería y la capillita junto a la habitación de Don Bosco. Cuatro años después, en 1880, Don Bosco lo mandó a dirigir el orfanato de Saint-Cyr, en Francia. De aquí pasó a Mathi, donde hizo construir los primeros edificios de la fábrica de papel. Pasó los últimos 25 años en San Benigno Canavese, donde dio vida al gran taller de mecánica. En San Benigno (como en todas partes donde estuvo) trasmitió entusiasmo por la agricultura y la fructicultura; murió el 28 de febrero de 1913. Don Albera, segundo sucesor de Don Bosco, dijo de él: “Su extraordinaria actividad recibió alimento y sostén de su espíritu de fe”.

Juan Bautista Francesia, 21 años.

Natural de San Giorgio Canavese (3 de octubre de 1838), emigró a Turín con sus padres buscando trabajo. Cuando con 12 años trabajaba ya en una fábrica en condiciones horribles, encontró a Don Bosco en su Oratorio festivo. Dos años después, en 1852, Don Bosco lo acogió en su Casa, y Battistín, como todos lo llamaban, empezó a estudiar para ser sacerdote. Unido para siempre y sin vacilación a Don Bosco, fue el primer salesiano licenciado en letras (“Cuando muchos, al terminar la licenciatura, abandonaban a Don Bosco, yo me quedé”). Fue profesor jovencísimo de Domingo Savio, en una clase repleta con 70 alumnos (número normal entonces). Escribía con facilidad en poesía y en prosa. Hizo su primera profesión en 1862 y fue ordenado sacerdote al año siguiente. Desde 1878 a 1902 fue Inspector. Don Bosco le encomendó la revisión de las Lecturas Católicas y de las colecciones de los Clásicos latinos e italianos. Tras haber revisionado y publicado la obra de Don Bonetti (que había muerto improvisamente) Cinco lustros de historia del Oratorio de San Francisco de Sales (1892), escribió él mismo la Vida popular de Don Bosco (1902), de 414 páginas, que tuvo muchísimas ediciones y traducciones. De gran valor para la historia de la Congregación son también muchas breves biografías de los primeros salesianos difuntos. Vivió junto a Don Bosco durante 38 años. Sus palabras y sus muy numerosos escritos fueron una continua narración de recuerdos pequeños y grandes de Don Bosco. Vivió hasta los 92 años; murió en Turín el 17 de enero de 1930. Varias veces en sus sueños Don Bosco lo vio como anciano con cabellos blancos, último superviviente de la primera generación.

Francisco Provera, 23 años.

Nacido en Mirabello Monferrao, el 4 de diciembre de 1836, conoció tarde a Don Bosco. A los 22 años (después de trabajar como comerciante con su padre) se presentó a Don Bosco porque ‘desde siempre quería llegar a ser sacerdote’. Don Bosco le respondió a quemarropa: “Los que quieren venir conmigo tienen que dejarse cocer”. Francisco se espantó un poco. Y Don Bosco: “Significa que tienes que dejarme ser dueño absoluto de tu corazón”. “Pero si yo no busco otra cosa. He venido precisamente para esto”. Cuando estudiaba como clérigo, en el Oratorio festivo realizó un apostolado tan inteligente que Don Bosco decía a sus clérigos: “Aprended de él. Es un gran cazador de almas”. Cuando estudiaba la segunda ‘filosofía’, Don Bosco lo hizo profesor de primero de bachillerato, ¡con 150 alumnos! Emitió los votos religiosos en 1862. Un año después, todavía clérigo, fue con Don Rua a fundar la primera casa salesiana fuera de Turín, a su pueblo natal, Mirabello Monferrato. Fue prefecto (o sea, administrador) tan competente, que al año siguiente Don Bosco lo mandó al colegio de Lanzo, que necesitaba un administrador muy capaz. Aquel año, el 25 de diciembre de 1864, fue ordenado sacerdote. Don Bosco, los años siguientes, lo consideró ‘prefecto perpetuo’, mandándolo a todas las casas de nueva fundación que necesitaban un ecónomo experto para orientarse bien. Después Don Bosco lo llamó de nuevo a Turín, que era ya el centro de iniciativas cada vez más exigentes. Don Provera unió a su labor de administrador un intenso apostolado sacerdotal: fue profesor de filosofía de los clérigos, cuya mente se esforzó por formar. Era muy estimado por su claridad de ideas y su facilidad de palabra. Pocos sabían que trabajaba como ecónomo y profesor mientras ofrecía a Dios por sus clérigos un silencioso y dolorosísimo calvario: desde 1866 lo aquejaba una úlcera incurable en un pie. Murió en 1874 con solo 38 años. Don Bosco dijo: “Nuestra Sociedad pierde uno de sus mejores socios”.

José Lazzero, 22 años.

Con 20 años llegó al Oratorio desde Pino Torinese, junto con su paisano Carlos Ghivarello (1857). Quería ser sacerdote y Don Bosco, al comprobar su buen paño, lo puso a estudiar latín junto a un muchacho muy vivaz de Carmagnola, Miguel Magone. Miguel tenía ocho años menos que él, pero pronto se hicieron amigos. Decidió quedarse para siempre con Don Bosco, y a los 28 años fue ordenado sacerdote, el 10 de junio de 1865. Al morir Don Provera, Don Bosco lo llamó para sustituirlo como Consejero en el Capítulo Superior, cargo que mantuvo hasta 1898. Cuando Don Rua empezó a ser en Valdocco ‘el segundo Don Bosco’, Don Lazzero fue nombrado Director de la Casa del Oratorio. Y cuando después los jóvenes internos llegaron a ser 800, y no bastaba un solo director, Don Bosco confió a Don Francesia la dirección de los estudiantes y a Don Lazzero la de los artesanos. También en el Capitulo Superior fue el ‘Consejero Profesional’. En 1885 Don Bosco le asignó la tarea delicadísima de las ‘relaciones y correspondencia’ con los misioneros, que multiplicaban las obras en las Américas. En 1897 (con 60 años), abrumado por el enorme trabajo, sufrió un bajón del que no se repuso ya más. Vivió los últimos 13 años (apartado en la casa de Mathi) en la paciencia, la oración y en la conformidad con la voluntad de Dios. Murió el 7 de marzo de 1910.  

Francisco Cerruti, 15 años.

Huérfano de padre, muy apegado a su madre, fue acogido por Don Bosco en 1856. Al llegar en noviembre desde Saluggia (Vercelli), se sintió perdido y lleno de nostalgia. Pero encontró a Domingo Savio, que tenía dos años más que él, se encariñó con él y la vida volvió a sonreírle. Domingo murió apenas cinco meses después, dejándolo desconsolado. Francisco (cuya santidad Don Bosco ponía al mismo nivel que la de Domingo) fue uno de los cuatro primeros salesianos mandados por Don Bosco a frecuentar la Universidad de Turín, donde demostró inteligencia vivaz y profunda. Cuando parecía que una pulmonía descuidada iba a llevárselo en 1865 (como él testificó con juramento), Don Bosco le aseguró que viviría y habría de trabajar por mucho tiempo. Por orden de Don Bosco compuso muy joven un Diccionario Italiano que tuvo mucho éxito en las escuelas, después una Historia de la literatura italiana y una Historia de la pedagogía. A los 26 años fue mandado por Don Bosco a abrir y dirigir la gran obra de Alassio (Savona). Al cumplir 41 años, en 1885, Don Bosco lo quiso consigo y lo nombró Director General de las escuelas y de la prensa salesianas. Con mano firme y segura ayudó a Don Bosco a organizar la joven Congregación. Trabajó incansablemente para conservar la unidad didáctica y moral de las escuelas salesianas, dando todos los años normas educativo-didácticas. Mientras actuaba, escribía. Dejó consignada en obras que se difundieron rápidamente la pedagogía de Don Bosco, desde Elementos de pedagogía (1997) a El problema moral de la educación (1916). De él escribió Don Bosco: “De Don Cerruti, Dios nos ha dado, desgraciadamente, uno solo”. Murió en Alassio el 25 de marzo de 1917.

Celestino Durando, 19 años.

Llegó al Oratorio desde Farigliano de Mondoví (Cuneo) en 1856, con 16 años. La misma tarde en que llegó se encontró con Domingo Savio que, como los otros socios de la Compañía de la Inmaculada, se acercaba a los nuevos llegados para ayudarles a superar la inicial desorientación. Los dos se entendieron enseguida. Fue una verdadera gracia de Dios, por la que Celestino no dejó nunca de dar gracias al Señor. Un año después recibió el hábito clerical de las manos de Don Bosco, y se incorporó pronto a  la vida activa de la Casa. Profesó en 1862 y fue ordenado sacerdote dos años después. Estudiaba para sí y enseñaba. Don Bosco, a quien se había entregado enteramente, le confió enseguida (1858) el primer curso de bachillerato con 96 alumnos, y lo animó a escribir los textos necesarios para sus escolares. Y Durando escribió manuales muy sencillos, pero muy adaptados a la capacidad de sus alumnos, que venían del campo o de las fábricas. Se difundieron muchísimo su Gramática Latina y sus Preceptos elementares de literatura. Su trabajo más exigente fue el Vocabulario latino-italiano e italiano-latino de 936 páginas, que terminó con 35 años, mientras seguía dando clase y ejerciendo su labor sacerdotal. Don Bosco quedó tan contento por esta obra, que en 1876 (Durando tenía 36 años) quiso acompañar al autor a regalar un ejemplar al papa Pío IX. Consejero del Capítulo Superior desde 1865, Don Durando tuvo el encargo permanente de las prácticas para la apertura de nuevas casas salesianas. Las frecuentes demandas de fundación que llegaban a Don Bosco y más tarde a Don Rua, se las pasaban a él para la primera respuesta, las negociaciones y los trámites oportunos. Entre libros de latín y áridos papeles, Don Durando fue siempre sacerdote. Ejercía como capellán en la Generala, la casa donde se recluía a los jóvenes de correccional, que sentían mucho afecto hacia él. Pasaba largas horas en el confesionario, en la Basílica de María Auxiliadora y en otras instituciones de la ciudad de Turín. Cuando murió, el 27 de marzo de 1907, dijo de él Don Rua: “Sin hacer ruido consumó una vida repleta de buenas obras. Dejó, dondequiera por donde pasó, las huellas de su espíritu realmente sacerdotal y salesiano”.

José Bongiovanni, 23 años.

Nació en Turín el15 de diciembre de 1836. Cuando Don Bosco publicó la 5ª edición de la Vida de Domingo Savio (1878), añadió una página con un breve perfil de José Bongiovanni, con estas palabras:

“Entre los que más eficazmente ayudaron a Domingo Savio a fundar la Compañía de la Inmaculada Concepción y a redactar su reglamente está José Bongiovanni. Este, habiendo quedado huérfano de padre y madre, fue recomendado por una tía al Director del Oratorio (Don Bosco), que lo acogió caritativamente en noviembre de 1854. Tenía entonces 17 años, y entró más bien de mala gana, obligado por las circunstancias, teniendo todavía la mente ocupada por las vanidades del mundo y por varios prejuicios sobre la religión… Pero pronto se encariñó intensamente con la casa y con los superiores; cambió poco a poco sus ideas y se entregó con gran ardor a la adquisición de la virtud y a las prácticas de piedad. Dotado de ingenio muy perspicaz y de gran facilidad para aprender, fue orientado hacia el estudio […] Con sus dotes de ardiente imaginación demostró gran habilidad para la poesía, tanto en italiano como en su dialecto;  y mientas en las conversaciones familiares sabía entretener a los amigos, improvisando y bromeando, sabía también escribir bellísimas poesías, muchas de la cuales fueron publicadas […] Orientado hacia la carrera eclesiástica, se distinguió como clérigo por su piedad y fiel observancia de las reglas y el celo por el bien de sus compañeros. Ordenado sacerdote en 1863, ni que decir tiene que se entregó con ardor al ejercicio del sagrado ministerio […] Tras haber ayudado a Domingo Savio, con quien le unía una santa amistad, a fundar la Compañía de la Inmaculada, siendo todavía clérigo, fundó con el permiso del Superior otra compañía en honor del Santísimo Sacramento, con el objeto de promover su culto entre los jóvenes y formar así a los alumnos más distinguidos por su virtud en el servicio de las funciones sagradas, creando un pequeño clero que aumentase la solemnidad y gracia de las mismas. Se puede afirmar que si la Congregación de San Francisco de Sales pudo dar a la Iglesia un buen número de ministros del altar, en gran parte se debe a los santos afanes del sacerdote Bongiovanni con su pequeño clero. En 1868, al acercarse la fecha de la consagración de la Iglesia construida en Valdocco en honor de María Auxiliadora, Don Bongiovanni se preocupó con fervor de disponer todo lo necesario para tal función, especialmente preparando al pequeño clero… No ahorró solicitud, fatigas y sudores, sobre todo la víspera, el 8 de junio de aquel año […] Él, que tanto se había preocupado por la digna celebración de las fiestas, el 9 de junio, día de la consagración, se puso enfermo, sin poderse levantar. Y deseando poder, una vez al menos, celebrar los divinos misterios en la nueva iglesia, suplicó a la Santísima Virgen con insistencia que le concediera la gracia. Y fue escuchado. El domingo de la octava […] pudo celebrar la Santa Misa con inmensa satisfacción de su corazón. Después de la misa dijo a uno de sus amigos que estaba tan contento que bien podía entonar el Nunc dimittis. Y así sucedió”. [23] Volvió a acostarse y el miércoles siguiente, 17 de junio de 1868, acompañado por una corona de amigos, murió en el nombre del Señor. Tenía solamente 32 años.

Cinco se volvieron atrás

En el grupo del 18 de diciembre de 1858 figuran otros cinco nombres: Juan Anfossi, Marcelino Luigi, Segundo Pettiva, Antonio Rovetto, Luis Chiapale. También ellos “se inscribieron en la Pía Sociedad después de madura reflexión”. Pero las circunstancias de la vida y ulteriores reflexiones acabaron por conducirlos, antes o después, lejos de la Pía Sociedad Salesiana. Añado algunos rasgos también de este grupo, puesto que también ellos estuvieron entre los primeros que creyeron en el sueño de Don Bosco.

Juan Anfossi, 19 años.

Natural de Vigone (Turín), tenía la edad de Domingo Savio y fue su compañero y amigo íntimo durante el tiempo que Domingo pasó en el Oratorio. Iba todas las mañanas con él y con Rua, Cagliero y Bonetti a la clase del prof. Bonzanino. Cuando fue ‘adscrito’ a la Pía Sociedad Salesiana, hizo el noviciado y emitió los regulares votos trienales. Pero después prefirió seguir sus estudios en el Seminario; abandonó la Congregación en 1864, dos años después de la primera profesión temporal. Fue un excelente sacerdote, canónigo, profesor y monseñor. Iba con frecuencia por el Oratorio, y era amigo fraternal de Don Rua, Don Cagliero y Don Cerruti. Fue el 20º testigo jurado en el proceso de beatificación de Don Bosco,  y el 7º en el de Domingo Savio. Sus testimonios (conservados manuscritos) son amplios y muy hermosos. Murió en Turín el 15 de febrero de 1913.

Luis Marcellino, 22 años.

Nacido en 1837, en el Oratorio fue compañero y amigo de Domingo Savio. Fue uno de los primeros en entrar en la Compañía de la Inmaculada. Su nombre no figura entre los primeros profesos. Decidió continuar sus estudios sacerdotales en el Seminario, y llegó a ser Párroco de los Santos Mártires en Turín.

Segundo Pettiva (o Petiva), 23 años.

En la fiesta de la inauguración de la iglesia de San Francisco de Sales (1852), un chico llamado Segundo Pettiva - nacido en Turín en 1836 - actuó como solista en el canto, recibiendo muchos aplausos. Llegó a dominar el arte musical, y con 20 años fue con Juan Cagliero el alma de la música en el Oratorio. Durante varios años fue animador de las fiestas y de la alegría colectiva en el Oratorio. Con 24 años pensó que quedarse con Don Bosco no era su vocación. Un año después (1864) pidió a su compañero y amigo Don Rua poderse hospedar en la nueva casa de Mirabello. De aquí volvió a Turín, pero contrajo una forma grave de tuberculosis. Don Bosco fue a visitarlo varias veces al Hospital de San Luis, y lo preparó para el encuentro con el Señor. Falleció en 1868 con solo 30 años.

Antonio Rovetto, 17 años.

Natural de Castelnuovo d’Asti (1842), entró en el Oratorio en 1855. Compañero de Domingo Savio, formó parte del grupo fundador de la Pía Sociedad, y un año después firmó con Don Bosco y los demás socios la carta enviada al Arzobispo Luis Fransoni para obtener la aprobación de las primeras Reglas. En las Actas del Capítulo Superior se dice que Antonio Rovetto hizo los votos trienales en manos de Don Bosco el 18 de enero de 1863. Dejó el Oratorio en 1865. Desgraciadamente no tenemos de él otras noticias.

Luis Chiapale, 16 años.

Nació en Costigliole Asti el 13 de enero de 1853 y entró en el Oratorio en 1857. Fue uno de los chavales que acompañaban a Don Bosco a I Becchi para la fiesta de la Virgen del Rosario. Compañero y amigo de Domingo Savio, Miguel Rua, Juan Cagliero, fue parte del grupo de socios que dieron inicio a la Pía Sociedad, pero una nota confidencial de Don Bosco le advertía: “Todavía no sabes qué es la obediencia”. [24] Hizo la primera profesión en 1862 y la renovó cinco años después. Habiendo vuelto a la diócesis de Saluzzo y llegado al sacerdocio, fue un notable predicador, y llegó a ser Capellán en el hospital Mauriziano de Fornaca Saluzzo (Cuneo).

El canónigo Anfossi, que fue uno de los que dejaron el Oratorio para entrar en el clero diocesano, afirmaba que Don Bosco no se ofendía por estas deserciones, “mientras daba su bendición a cuantos se despedían de él, para que perseverasen en el camino de la virtud y pudieran hacer bien a las almas”. Y el canónigo Ballesio añadía: “Por las relaciones que he sostenido con don Bosco, aún después de mi salida del Oratorio, puedo asegurar que […] seguía amando a los ingratos, invitándoles a que fueran a verle en el Oratorio y siendo su bienhechor, cuando era menester”. [25]

2.3    Involucrar a los jóvenes de hoy

Es algo cierto: la Congregación salesiana ha sido fundada y se ha dilatado involucrando a jóvenes que quedaron convencidos por la pasión apostólica de Don Bosco y por su sueño de vida. Debemos narrar a los jóvenes la historia de los comienzos de la Congregación, de la que los jóvenes fueron ‘cofundadores’. La mayoría (Rua, Cagliero, Bonetti, Durando, Marcellino, Bongiovanni, Francesia, Lazzero, Savio) fueron compañeros de Domingo Savio y miembros de la Compañía de la Inmaculada; y doce fueron fieles a Don Bosco hasta la muerte.

Es de desear que este hecho ‘fundacional’ nos ayude a implicar cada vez más a los jóvenes de hoy en el compromiso apostólico por la salvación de otros jóvenes. Estar implicados significa llegar a ser terreno en el que crece con naturalidad la vocación consagrada salesiana. ¡Tengamos el valor de proponer a nuestros jóvenes la vocación consagrada salesiana!

Para ayudaros en esta tarea, os expongo de buena manera tres convicciones mías que podrán ser útiles (además de lo que os he contado hasta aquí) para ‘contar’ la historia de los comienzos.
 
a)   Don Bosco intuyó que para su Congregación el camino justo era el de la juventud

Se lo indicó la Virgen en dos sueños proféticos, y él no tuvo miedo de encomendar las máximas responsabilidades a jóvenes y jovencísimos crecidos en el clima de su Oratorio.

El primero de los dos sueños se recuerda en la tradición salesiana como ‘el sueño de las tres paradas’. Fue escrito por el mismo Don Bosco en las páginas 94-95 de sus ‘Memorias del Oratorio’ con su tremenda caligrafía.      

“El segundo domingo de octubre de aquel año (1844) debía anunciar a mis muchachos que el Oratorio pasaría a Valdocco. Pero la incertidumbre del lugar, de los medios y personas me mantenía realmente preocupado. La víspera, fui a la cama con el corazón inquieto. Aquella noche tuve un nuevo sueño, que parece un apéndice del de I Becchi cuando andaba por los nueve años […].

Soñé que me hallaba en medio de una muchedumbre de lobos, cabras, cabritos, corderos, ovejas, carneros, perros y  pájaros. Todos juntos hacían un ruido, un alboroto o, mejor, un estruendo endiablado capaz de asustar al más intrépido. Quería huir, cuando una señora - muy bien vestida como una pastorcilla - me indicó que acompañase y siguiera al extraño rebaño, en tanto que Ella se ponía al frente. Vagamos por distintos parajes; realizamos tres estaciones o paradas. En cada una, muchos de aquellos animales se transformaban en corderos cuyo número aumentaba cada vez más. Después de mucho andar, me encontré en un prado, donde los animales retozaban y comían juntos sin que los unos intentasen hacer daño a los otros.

Agotado de cansancio, busqué sentarme junto a un camino cercano, pero la pastorcilla me invitó a seguir adelante. Tras otro breve trecho de camino, estaba en una vasto patio, rodeado de pórticos, en cuyo extremo había una iglesia. En ese momento advertí que las cuatro quintas partes de los animales se habían convertido en corderos. Su número se incrementó enseguida muchísimo. Llegaron  varios pastorcillos para cuidarlos, pero permanecían un breve tiempo y se marchaban. Entonces ocurrió algo maravilloso: muchos corderos se transformaban en pastorcillos y, al crecer, cuidaban del resto del rebaño. Como aumentaba sobremanera el número de los pastores, éstos se dividieron y marcharon a otros lugares para recoger a más animales extraños y guiarlos a nuevos apriscos. […]

Quise preguntar a la pastora […] qué significaba aquel andar y detenerse (…)

- Lo comprenderás todo cuando, con tus ojos físicos, veas realizado cuanto ahora contemplas con los ojos de la mente”. [26]

 “A través del lenguaje figurado del sueño”, comenta Don Stella, “Don Bosco sentía que estaba destinadoa tener sometidos a muchos jóvenes, varios de los cuales se transformarían en pastores y le ayudarían en su labor educativa”. [27]

El segundo sueño, recordado en la tradición salesiana como ‘el sueño del emparrado de rosas’, Don Bosco lo contó en 1864. Narrado por Don Lemoyne, fue publicado en 1903, cuando todavía vivían Don Rua, Mons. Cagliero y Don Barberis.

“En 1864 una noche, después de las oraciones, reunió en su antesala para la conferencia que solía dar de cuando en cuando, a los que ya pertenecían a su Congregación: entre los cuales Miguel Rua, Don Juan Cagliero… y Don Julio Barberis… «Os he contado ya diversas cosas, en forma de sueños, de las que podemos concluir lo mucho que nos quiere y ayuda la Santísima Virgen. Pero ahora que estamos aquí solos, para que cada uno de nosotros esté bien seguro de que la Virgen Santísima ama a nuestra Congregación y para que nos animemos cada vez más a trabajar por la mayor gloria de Dios, no os voy a contar un sueño, sino lo que la misma Bienaventurada Virgen quiso que yo viera. Quiere Ella que pongamos en su protección toda nuestra esperanza… »

“Nel 1864 una sera dopo le orazioni radunava a conferenza nella sua anticamera, come era solito fare di quando in quando, coloro che già appartenevano alla sua Congregazione: tra i quali don Michele Rua, don Cagliero Giovanni… e don Barberis Giulio… «Vi ho già raccontato diverse cose in forma di sogno dalle quali possiamo argomentare quanto la Madonna SS. ci ami e ci aiuti; ma giacché siamo qui noi soli, perché ognuno di noi abbia la sicurezza essere Maria Vergine che vuole la nostra Congregazione e affinché ci animiamo sempre più a lavorare per la maggior gloria di Dio, vi racconterò non già la descrizione di un sogno, ma quello che la stessa Beata Vergine si compiacque di farmi vedere. Essa vuole che riponiamo in lei tutta la nostra fiducia ….

«Un día del año 1847, después de haber meditado mucho sobre la manera de hacer el bien a la juventud, se me apareció la Reina del Cielo y me llevó a un jardín encantador. Había un rústico, pero hermosísimo y amplio soportal, con plantas trepadoras cargadas de hojas  y flores. Daba este soportal a un camino hermoso sobre el cual, a todo el alcance de la mirada, se extendía una pérgola encantadora, flanqueada y cubierta de maravillosos rosales en plena floración. Todo el suelo estaba cubierto de rosas. La bienaventurada Virgen María me dijo: […] - Este es el camino que debes seguir.

Me gustó quitarme los zapatos: me hubiera sabido muy mal pisotear aquellas rosas tan hermosas. Empecé a andar y advertí enseguida que las rosas escondían agudísimas espinas. Así que tuve que parar a los pocos pasos y volverme atrás.

  1. Aquí hacen falta los zapatos, dije a mi guía.
  2. Ciertamente - me respondió - hacen falta buenos zapatos.

Me calcé y me puse de nuevo en camino con cierto número de compañeros que aparecieron en aquel momento, pidiendo caminar conmigo.

[…] Colgaban muchas ramas de lo alto y volvían a levantarse como festones […] Yo no veía más que rosas por todas partes: rosas por encima, rosas a los lados, rosas bajo mis pies […] Mis piernas se enredaban en los mismos ramos extendidos por el suelo o se llenaban de rasguños; movía un ramo transversal y me pinchaba, me sangraban las manos y toda mi persona. Todas las rosas escondían una enorme cantidad de espinas. A pesar de todo, animado por la Virgen, proseguí mi camino […] Los que me veían, y eran muchísimos, caminar […] decían: “¡Don Bosco marcha siempre entre rosas! ¡Todo le va bien!”. No veían cómo las espinas herían mi pobre cuerpo.

Muchos clérigos, sacerdotes y seglares, invitados por mi, se habían puesto a seguirme alegres, por la belleza de las flores; pero al darse cuenta de que había que caminar sobre las espinas, empezaron a gritar: “¡Nos hemos equivocado!”.

[…] Muchos se volvieron atrás [] Volví yo también hacia atrás para llamarlos, pero fue inútil. Entonces me eché a llorar: “¿Es posible que tenga que andar este camino yo solo?”.

Pero pronto hallé consuelo. Vi llegar hacia mi un tropel de sacerdotes, clérigos y seglares, los cuales me dijeron: - Somos tuyos, estamos dispuestos a seguirte. Poniéndome a la cabeza reemprendí el camino. Solamente algunos se descorazonaron y se detuvieron. Una gran parte de ellos  llegó conmigo hasta la meta.

Después de pasar la pérgola, me encontré en un hermosísimo jardín. Mis pocos seguidores habían enflaquecido, estaban desgreñados, ensangrentados. Se levantó entonces una brisa ligera y, a su soplo, todos quedaron sanos. Corrió otro viento , como por encanto, me encontré rodeado de un número inmenso de jóvenes y clérigos, seglares, coadjutores y también sacerdotes que se pusieron a trabajar conmigo guiando a aquellos jóvenes. Conocí a varios por la fisonomía, pero a muchos no los conocía.

[…] Entonces la Santísima Virgen que había sido mi guía, me preguntó:

  1. ¿Sabes qué significa lo que ahora ves y lo que has visto antes?
  2. No […].
  3. Has de saber, que el camino por ti recorrido, entre rosas y espinas, significa el trabajo que deberás realizar a favor de los jóvenes. Tendrás que andar con los zapatos de la mortificación. Las espinas del suelo significan […] los obstáculos, los sufrimientos, los disgustos que os esperan. Per no perdáis el ánimo. Con la caridad y la mortificación, lo superaréis todo y llegaréis a las rosas sin espinas.

Apenas terminó de hablar la Madre de Dios, volví en mí y me encontré en mi habitación».[28]

Como se lee entre líneas en estos dos sueños, y sabemos por la historia del primer Oratorio, Don Bosco no encontró ayuda permanente en otros sacerdotes de su tierra, y ni siquiera los buscó entre ellos, como solían hacer otras instituciones benéficas (los Rosminianos, los Sacerdotes del Cottolengo) que surgían junto a él. Se dio cuenta pronto de que los ‘pastores’ los tenía que encontrar en ‘su rebaño’: se llamaban Rua, Cagliero, Francesia, Cerruti, Bonetti.. Y a ellos, tan jóvenes, confió las mayores responsabilidades de su naciente Congregación.

Un día expuso así su pensamiento: «Es una gran ventaja para nosotros el haber recibido de pequeñitos a la mayoría de los que se hacen salesianos. Llegan a mayores acostumbrándose sin darse cuenta a una vida laboriosa, conocen todo el armazón de la Congregación y fácilmente se capacitan para cualquier asunto; enseguida se convierten en buenos asistentes y buenos maestros, con unidad de espíritu y de método, sin necesidad de que nadie les enseñe nuestro estilo, porque lo aprendieron mientras eran alumnos […] Creo que hasta nuestros tiempos no hubo una Congregación u Orden religiosa que haya tenido tanta oportunidad para la elección de las personas más aptas para ella […] Los que han vivido mucho tiempo entre nosotros, infundirán en los otros nuestro espíritu».[29]

b)  Don Bosco no temía llamar a sus jóvenes a impresas valientes y humanamente temerarias.

El primer ejemplo que os recuerdo es en el tiempo del cólera que estalló al principio del verano de 1854. Fue un momento terrible para la ciudad de Turín; al final del verano se podían contar 1248 muertos (la ciudad tenía 117.000 habitantes); Borgo Dora fue especialmente afectado: “la parroquia de San Simón y Judas, la parroquia del Oratorio, tuvo el 53% del total de las defunciones”. [30] El miedo provocaba “el cierre de las tiendas, la fuga de muchos del lugar infectado. Aún más: en algunos lugares, apenas alguien quedaba contagiado, los vecinos y hasta los mismos familiares se horrorizaban de tal manera, que lo abandonaban sin ayuda ni asistencia”. [31] Se improvisó un lazareto al oeste de Valdocco. Pero eran pocos los valientes que se ofrecían a curar a los enfermos. Don Bosco acudió a los mayores entre sus jóvenes.

Entre ellos estaba la flor y nata de sus futuros salesianos. A cuatro de ellos (entre los cuales Rua y Cagliero) había hecho la primera propuesta, el 26 de enero de aquel 1854, de “hacer, con la ayuda del Señor y de San Francisco de Sales, una experiencia de ejercicio práctico de caridad con el prójimo, para llegar más tarde a una promesa y, después, si se veía posible y conveniente, convertirla en voto al Señor. Desde aquella noche se llamó Salesianos a los que se propusieron y se propongan tal ejercicio”. [32] Y sin embargo no tuvo miedo de que su primera floración quedase destruida por un temerario gesto de caridad. Les dijo que el alcalde apelaba a los mejores de la ciudad para que se convirtieran en enfermeros y asistentes de los contagiados. Si alguno quería unírsele en aquella obra de caridad, se lo agradecía en nombre de Dios. Se ofrecieron catorce, “y después otros treinta, los cuales se dedicaron con tanto celo, abnegación y valor, que se ganaron la pública admiración”. [33] El 5 de agosto, fiesta de la Virgen de las Nieves, Don Bosco hablando a los internos les dijo: “Quiero también que nos pongamos en manos de María con alma y cuerpo [...] Si todos vosotros os ponéis en gracia de Dios y no cometéis ningún pecado mortal, yo os aseguro que ninguno será atacado por el cólera”.[34]

Fueron días de un calor asfixiante, trabajo, peligros, hedor insoportable. Miguel Rua (17 años) fue apedreado por gente exasperada al entrar en el lazareto; el pueblo sencillo creía que allá dentro se mataba a los enfermos. Juan B. Francesia (16 años) recordaba:

“Cuantas veces, siendo joven, yo mismo tenía que animar a los viejos a ir al lazareto. - Pero me matarán. - ¿Qué está diciendo? Al contrario, se sentirá mejor. Y además allí estoy yo. - ¿Sí? Entonces, llévame a donde quieras”. Juan Cagliero (16 años) estaba sirviendo a los enfermos en el lazareto con Don Bosco. Un médico lo vio y gritó: “¡Este chico no puede ni debe estar aquí! ¿No ve que es una grave imprudencia?” - “No, no, Doctor; contestó Don Bosco; ni él ni yo tenemos miedo al cólera y no pasará nada”. [35] Juan B. Anfossi atestiguó en el proceso de beatificación de Don Bosco: “Tuve la suerte de acompañar a don Bosco varias veces cuando visitaba a los apestados. Tendría yo entonces unos catorce años y recuerdo que, al prestar mi labor de enfermero, lo hacía muy tranquilo, con la confiada esperanza de estar a salvo, esperanza que don Bosco había sabido infundir en sus alumnos”.[36]

Con las lluvias de otoño cesó la peste. Entre los jóvenes voluntarios de Don Bosco, ninguno había quedado atacado por el cólera.

El segundo ejemplo que os quiero recordar es la primera expedición misionera, que tuvo lugar al 11 de noviembre de 1875. A finales de enero Don Bosco había comunicado a Salesianos y jóvenes que los primeros misioneros saldrían pronto para las misiones de Argentina meridional; y el 5 de febrero, con una circular, lo anunció oficialmente, pidiendo a los Salesianos su disponibilidad.[37] Suscitó un entusiasmo incontenible. [38]

Pero entre los menos jóvenes suscitó temores y perplejidad una empresa que parecía temeraria. “Tenemos que recordar aquellos tiempos - escribe Don Ceria - cuando el Oratorio no era todavía un ambiente - digamos así - internacional y la Congregación tenía el aspecto de una familia estrechamente unida a su Jefe”. [39] El día del anuncio solemne “algunos superiores […] se habían retraído de subir a la plataforma por miedo de que, a la hora de la verdad, por falta de personal o por insuficiencia de medios, fracasara la expedición”. [40] La obras fundadas en Italia eran ya tantas, el personal era el mínimo indispensable. Con la partida de diez misioneros (y Don Bosco no quería mandar los ‘desechos’, sino lo mejor de la Congregación) quedaban desangradas las mejores obras.

Era difícil imaginar la obra colosal de Valdocco (700 jóvenes y unos sesenta salesianos) sin Juan Cagliero. A los 37 años él se había convertido en una de la dos jóvenes columnas de la Congregación: Rua, sombra silenciosa y fiel de Don Bosco y Cagliero, mente entusiasta y brazo fuerte de Don Bosco. Licenciado en teología, era el profesor de los clérigos, el insuperable maestro y compositor de música, Director Espiritual del Instituto de la Hijas de María Auxiliadora, con apenas dos años de vida. Resultaba difícil también privar la débil estructura salesiana de la obra de Varazze del sacerdote licenciado José Fagnano. Y así para todos los demás que, partiendo para las misiones, debilitaban las fuerzas salesianas en varias obras. No obstante, Don Bosco envió aquel grupo de salesianos más allá del océano. “¿Quien sabe - decía - si esta partida, si este poco, no será como la semilla que se convertirá en una gran planta? ¿Quién sabe si no será como un grano de mijo o de mostaza que, poco a poco, se irá extendiendo y producirá un gran bien?” [41] Ellos partieron hacia una tierra desconocida, teniendo como única seguridad la palabra de Don Bosco. Y aquellos diez, con un gesto de absoluta confianza en él, dieron comienzo a las imponentes Misiones Salesianas.

El corazón se me llena de dulzura al contemplar el mundo salesiano y comprobar que también hoy no tenemos miedo de comprometernos en empresas valientes y, hablando humanamente, temerarias. En tantas periferias pobrísimas de grandes ciudades, donde existe el peligro de perder la salud y también la vida, entre chicos miserables se encuentran los hijos de Don Bosco. En zonas perdidas y lejanas, olvidadas por todos, en las aldeas andinas, en las selvas donde se refugian las amenazadas tribus indígenas, en la infinita selva africana estalla la alegría desbordante de los oratorios salesianos. Si nos hemos olvidado de este valor y esta temeridad, si en algún sitio nos hemos vuelto aburguesados o perezosos, Don Bosco nos invita a “llegarnos a ellos en su ambiente y a acompañarlos en su estilo de vida con adecuadas formas de servicio” (Const. 41): “siguiendo su ejemplo, queremos ir a su encuentro, convencidos de que el modo más eficaz para responder a sus pobrezas es precisamente la acción preventiva”. [42]

c)  La Compañía de la Inmaculada , fundada por san Domingo Savio, fue el pequeño campo donde nacieron las primeras semillas de la floración salesiana.

Domingo llegó al Oratorio en otoño de 1854, al terminar la terrible peste que había diezmado la ciudad de Turín. Se hizo amigo enseguida de Miguel Rua, Juan Cagliero, Juan Bonetti, José Bongiovanni, que le acompañaba al ir a clase a la ciudad. Con toda probabilidad no sabía nada de la ‘Sociedad salesiana’ de la que Don Bosco había empezado a hablar a algunos jóvenes en enero de aquel año. Pero la primavera siguiente tuvo una idea que confió a José Bongiovanni. En el Oratorio había muchachos excelentes, pero también algunos mediocres que se portaban mal, y había chicos enfermos, con dificultades en los estudios, llenos de morriña. Trataba de ayudarles por su cuenta. ¿Por qué los jóvenes más generosos no podían unirse en una ‘sociedad secreta’, formando un grupo compacto de jóvenes apóstoles en medio de la masa? José dijo estar de acuerdo. Lo comentaron con algunos. Gustó la idea. Decidieron llamar al grupo “Compañía de la Inmaculada”. Don Bosco dio su consentimento: que hicieran la prueba, que elaborasen un pequeño reglamento. Él mismo escribió: “Uno de los que más ayudaron a Domingo Savio en la fundación y en la redacción del reglamente fue José Bongiovanni”.[43]

Por las Actas de la Compañía que se conservan en el Archivo Salesiano sabemos que los miembros que se reunían todas las semanas eran una decena: Miguel Rua (que fue elegido presidente), Domingo Savio, José Bongiovanni (elegido secretario), Celestino Durando, Juan B. Francesia, Juan Bonetti, Ángel Savio clérigo, Juan Rocchietti, Juan Turchi, Luis Marcellino, José Reano, Francisco Vaschetti. Faltaba Juan Cagliero, que estaba convaleciente tras una grave enfermedad y vivía en la casa de su madre.

El último artículo del reglamento, aprobado por todos, también por Don Bosco, decía: “Una sincera, filial, ilimitada confianza en María, una ternura singular hacia Ella, una devoción constante nos harán superiores a cualquier obstáculo, tenaces en las resoluciones, rigurosos con nosotros mismos, amables con el prójimo, exactos en todo”.

Los socios de la Compañía optaron por ‘curar’ a dos categorías de muchachos, a los que en el lenguaje secreto de las actas se les llamó ‘clientes’. La primera categoría estaba formada por los indisciplinados, los que solían decir palabrotas y pegar con las manos. Cada socio se ocupaba de uno de ellos y le hacía de ‘ángel de la guarda’  durante el tiempo necesario (Miguel Magone tuvo un ‘ángel de la guarda’ perseverante).

La segunda categoría era la de los nuevos llegados. Les ayudaban a pasar con alegría los primeros días, cuando aún no conocían a nadie, no sabían jugar, hablaban solo el dialecto de su pueblo, sentían nostalgia. (Francisco Cerruti tuvo como ‘ángel de la guarda’ a Domingo Savio, y contó con sencillez y encanto sus primeros encuentros).

En la Actas de puede ver cómo se desarrollaban las reuniones: un momento de oración, pocos minutos de lectura espiritual, una exhortación recíproca a frecuentar la confesión y la comunión; “se habla a continuación de los clientes designados. Se exhorta a la paciencia y la confianza en Dios con aquellos que parecían del todo sordos e insensibles; a la prudencia y la dulzura hacia los que resultan de fácil persuasión”.[44]

Confrontando los nombres de los socios de la Compañía de la Inmaculado con los de los primeros ‘adscritos’ a la Pía Sociedad, se tiene la conmovedora impresión de que la ‘Compañía’ era el ensayo general de la Congregación que Don Bosco quería fundar. Era el pequeño campo donde despuntaban las primeras semillas de la floración salesiana.

La ‘Compañía’ llegó a ser la levadura del Oratorio. Ella transformó a los muchachos ordinarios en pequeños apóstoles con una fórmula muy simple: una reunión semanal con una oración, la lectura de una buena página, una mutua exhortación a frecuentar los sacramentos, un programa concreto sobre cómo y a quién ayudar en el ambiente en que se vivía, una charla sencilla para comunicar los éxitos y fracasos de los días anteriores.

Don Bosco quedó muy contento. Y quiso que se llevase a todas las nuevas obras salesianas, para que también en ellas fuese un centro de chicos comprometidos y de futuras vocaciones salesianas y sacerdotales.

En las cuatro páginas de consejos que Don Bosco dio a Miguel Rua, al ir éste a fundar la primera casa salesiana fuera de Turín, en Mirabello (es una de las mejores síntesis de su sistema educativo, y serán entregadas desde entonces a todo nuevo director salesiano), se pueden leer estas líneas: “Funda la compañía de la Inmaculada Concepción, pero deja la dirección en manos de los mismos socios”. [45]

¡En toda obra salesiana un grupo de chicos comprometidos, llamado como parezca oportuno, pero fotocopia de la antigua ‘Compañía de la Inmaculada! ¿No será éste el secreto que Don Bosco nos confía para que surjan de nuevo vocaciones salesianas y sacerdotales?

 

3.   ConsacraDOS A DIOS EN LOS JÓVENES

         Que “la opción por los jóvenes, hecha por Don Bosco con poco más de treinta años (1844-1846), necesitaba el necesario humus de la consagración, para llegar a ser ‘misión’ de los Salesianos”, [46] fue su convicción tras un largo y sufrido aprendizaje. Desde el principio trató Don Bosco de reunir a su alrededor un grupo de colaboradores, eclesiásticos y laicos; pero ninguno de aquellos primeros ayudantes entrará en la Congregación. Ante la falta de colaboradores, intentó aprovechar su propia cantera; en julio de 1849 orientó hacia el estado eclesiástico a un grupo de cuatro jóvenes, que colaboraban con él en el Oratorio; los cuatro clérigos (José Buzzetti, Carlos Gastini, Santiago Bellia, Félix Reviglio) “quedaron siempre unidos a Don Bosco y a su obra toda la vida, pero no fueron nunca sacerdotes salesianos”; [47] solo Buzzetti se hará después coadjutor y morirá salesiano.

 Quién sabe si, precisamente a raíz de esta experiencia, Don Bosco haya comprendido y defendido la inseparable conexión entre consagración y misión en la vida salesiana. El sacerdote diocesano llegaba a ser así “gradualmente  […] religioso, maestro y forjador de comunidades de consagrados”.[48] Resulta evidente ya en el primer artículo de las Constituciones, precisado después en varias ocasiones, que Don Bosco consideraba la misión juvenil como finalidad de la Congregación. [49] Él estaba convencido, y es un rasgo típico de su espiritualidad, de que “el progreso hacia la ‘santidad’ se realiza en la acción, al servicio - especialmente - de los jóvenes más necesitados”; [50] entregarse a Dios era para él condición necesaria para entregarse a los jóvenes. “No nos hicimos religiosos” - escribía Don Bosco a los salesianos en 1884 - “para apegarnos a las criaturas, sino para practicar la caridad hacia el prójimo, movidos por amor de Dios”.[51]

3.1    Hijos de Fundadores Consagrados

El grupo que constituyó la ‘Sociedad de S. Francisco de Sales’  la noche del 18 de diciembre de 1859, estaba formado por dieciocho personas, incluido Don Bosco; se llamaron ‘adscritos’. [52] Dos de ellos (Cagliero y Rua) estaban entre los que, cinco años antes, el 26 de enero de 1854,[53] se habían comprometido a hacer “con la ayuda del Señor y de San Francisco de Sales, una experiencia de ejercicio práctico de caridad con el prójimo, para llegar más tarde a una promesa y, después, si se veía posible y conveniente, convertirla en voto al Señor”. [54] Unos tres años después de aquel 18 de diciembre, el 14 de mayo de 1862, siendo ya veintidós, llegaron a ser consagrados los primeros ‘Salesianos’, pronunciando los primeros votos oficiales, [55] mientras el mismo Don Bosco se ofrecía “en holocausto al Señor, dispuesto a todo para procurar su mayor gloria y el bien de las almas”.[56]

En las Actas del ‘Capítulo Superior’, con fecha 14 de mayo de 1862, se lee:

“Los hermanos de la Sociedad de San Francisco de Sales fueron convocados por el Rector y la mayor parte de ellos se vincularon a la naciente Sociedad pronunciando formalmente los votos trienales. Esto se realizó del modo siguiente:

“Don Bosco, Rector, revestido de roquete, invitó a todos a arrodillarse, y se arrodilló él mismo. Comenzó a recitar el Veni Creator […], se recitaron las letanías de la bienaventurada Virgen María […]. Terminadas estas oraciones, los hermanos ordenados in sacris [con órdenes sagradas]: don Victor Alasonatti, don Miguel Rua, don Angel Savio, don José Rocchietti, don Juan Cagliero, don Juan Bautista  Francesia y don Domingo Ruffino; los clérigos Celestino Durando, Juan B. Anfossi, Juan Boggero, Juan Bonetti, Carlos Ghivarello, Francisco Cerruti, Luis Chiapale, José Bongiovanni, José Lazzero, Francisco Provera, Juan Garino, Luis Jarac y Pablo Albera; los seglares caballeros Federico Oreglia di Santo Stefano y José Gaiapronunciaron en alta voz y claramente todos juntos la fórmula de los votos […] Después de esto, cada cual firmó en un libro a propósito”.[57]

Don Bonetti sigue diciendo en su crónica: “Éramos veintidós, sin incluir a don Bosco, los que hicimos los votos según el Reglamento. El estaba arrodillado en medio de nosotros junto a la mesita sobre la que presidía el crucifijo. Como éramos muchos, recitamos la fórmula juntos, a medida que don Miguel Rua la leía.

Después se puso don Bosco en pie. Se dirigió a nosotros, que seguíamos arrodillados, y nos dijo unas palabras […] Nos dijo entre otras cosas:

[…] “Pero alguno dirá: - Don Bosco ¿ha emitido también estos votos? Escuchad: mientras vosotros hacíais ante mí estos votos, yo los hacía ante este crucifijo para toda mi vida; me ofrecía en holocausto al Señor, dispuesto a todo para procurar su mayor gloria y el bien de las almas especialmente las de la juventud. Ayúdenos el Señor a mantenernos fieles a nuestras promesas […]. Queridos míos, vivimos tiempos turbulentos […], pero no importa: yo tengo pruebas seguras de la voluntad de Dios para que se funde nuestra Sociedad y persevere. […] Todos nos demuestran que Dios está con nosotros […]. ¿Quién sabe si el Señor no querrá servirse de nuestra Sociedad para hacer mucho bien en su Iglesia? De aquí a veinticinco o treinta años, de seguir el Señor favoreciéndonos como hasta el presente, nuestra Sociedad se extenderá por distintas partes del mundo y llegará al número de mil socios”. [58]

En la lista de los 22 nombrados en el Acta aparecen ocho nombres nuevos, todos jóvenes o jovencísimos, desde Domingo Ruffino, de 22 años, a Pablo Albera y Juan Garino, con 17.

Los primeros votos perpetuos, con los que uno se consagra a Dios por toda la vida, Don Bosco los permitió a sus hijos solo después de haber cumplido los votos trienales. En las Actas se dice: “El día 10 de noviembre de 1865, reunidos todos los miembros de la Sociedad de San Francisco de Sales, Juan Bautista Lemoyne, sacerdote [26 años, desde tres Sacerdote de la diócesis de Génova, llegado para ‘ayudar a Don Bosco’) […] emitió ante el Rector, el sacerdote Juan Bosco, los votos perpetuos de castidad, pobreza y obediencia, teniendo como testigos a los sacerdotes Juan Cagliero y Carlos Ghivarello”.

“El 15 de noviembre - siempre según las Actas - […] emitieron los votos perpetuos ante el Rector, el sacerdote Juan Bosco: Miguel Rua, sacerdote; Juan Cagliero, sacerdote; Juan Francesia, sacerdote; Carlos Ghivarello, sacerdote; Juan Bonetti, sacerdote; Enrique Bonetti, clérigo; Pedro Racca, clérigo; José Gaia, laico; Domingo Rossi, laico.” [59]

El 6 de diciembre se añaden a la lista de los ‘consagrados perpetuos’ : Celestino Durando, sacerdote; Federico Oreglia, laico; Luis Jarach, clérigo; José Mazzarello, clérigo; Joaquín Berto, clérigo.[60] ‘Consagrado’, había explicado muchas veces Don Bosco en las conferencias de preparación a los votos, significa ‘que pertenece a Dios’, ‘votado a Dios’. En el lenguaje de Don Bosco ‘consagración’, ‘profesión’ y ‘santos votos’ eran sinónimos.

Juan Bosco siempre se consideraba ‘consagrado’

Juan Bosco siempre se había sentido ‘de Dios’. En las hermosas noches veraniegas, Mamá Margarita y sus niños salían de la casita y se sentaban a tomar juntos el fresco en el umbral (que sigue todavía allí, consumido por el tiempo pero silencioso testimonio). Miraban hacia lo alto, hacia el único ‘video’ que entonces había: el cielo cargado de estrellas. Y la mamá decía en voz baja: “Es Dios el que lo ha creado todo, y ha puesto todas esas estrellas allá arriba”. Y Juan se sentía envuelto por la misteriosa presencia de aquella Persona grande, invisible, que había dado la vida a todo, también a él. Y que su madre le enseñaba a descubrir por todas partes: en el cielo, en los hermosos campos, en el rostro de los pobres, en la conciencia que hablaba con su voz y le decía: “Te has portado bien, te has portado mal”. Se sentía ‘inmerso en Dios’ y ‘de Dios’.

Es este el don más grande que su santa madre le dio. La ‘consagración a Dios’, Juan Bosco la hizo inconscientemente ya desde niño, de la mano de su madre.

Juan Bosco no tuvo nunca necesidad de un reclinatorio para rezar. Rezaba por la mañana temprano, cuando la madre lo despertaba, de rodillas en el suelo de la cocina con los hermanos y la madre. Y después ‘hablaba con Dios’, rezaba en todas partes: sobre la hierba, en el pajar, detrás de una vaca que se había perdido, mirando al cielo: en la granja de los Moglia mamá Dorotea y su cuñado Juan un día lo encontraron “arrodillado y con un libro en las manos: tenía los ojos cerrados, la cara vuelta hacia el cielo”,[61] y tuvieron que sacudirlo, pues estaba absorto en su reflexión. Los años que pasó como jovencísimo campesino fueron años “en los cuales se afianzó en él profundamente el sentido de Dios y de la contemplación, con lo que pudo adentrarse en la soledad y en el coloquio con Dios mientras trabajaba en el campo”.[62]

Poco a poco la oración llegó a ser para Juan Bosco (campesino, estudiante, seminarista, sacerdote) una atmósfera que impregnaba toda acción sin romper el ritmo de la actividad. El Papa Pío XI, que siendo joven sacerdote había vivido solamente dos días con él, ya con 68 años, lo había descubierto: era una atmósfera que compenetraba toda la actividad de Don Bosco. Y la describió con cinco palabras: “Don Bosco estaba con Dios”.

El Papa pide la consagración con los votos

En 1857 Don Bosco confió a su director espiritual Don Cafasso las dificultades que encontraba para consolidar y asegurar su Obra. Había pensado que una promesa seria, por parte de sus mejores colaboradores, de quedarse a trabajar con él fuese suficiente. Pero los hechos no le daban razón; no conseguía hacer que los jóvenes y los clérigos permanecieran ayudándole en su empresa. Don Cafasso no lo pensó más y le dijo: “Para sus obras es indispensable una Congregación religiosa […], que esa asociación tenga el vínculo de los votos, y esté aprobada por la suprema autoridad de la Iglesia. Y entonces podrá disponer libremente de sus miembros”. [63]

Don Bosco, no convencido, consultó también a Mons. Losana, Obispo de Biella. Después se dirigió por carta a su Arzobispo Mons. Fransoni, desterrado en Lyon. La respuesta de este último fue “que fuera a Roma, para pedir al inmortal Pontífice Pío IX consejo y normas oportunas”.[64]

Don Bosco obedeció a su Arzobispo y, en la introducción a las Reglas de la sociedad de San Francisco de Sales, edición de 1877, [65] escribía: “La primera vez que el Sumo Pontífice habló de la Sociedad Salesiana, dijo estas palabras: «En una congregación o sociedad religiosa son necesarios los votos, a fin de que todos los miembros estén unidos al superior con un vínculo de conciencia, y el superior quede, tanto él como los suyos, vinculados con el Jefe de la Iglesia, y en consecuencia con el mismo Dios»”.[66]

Prácticamente todos le decían que “la semilla no puede crecer hacia arriba (misión) si al mismo tiempo sus raíces no es extienden hacia abajo” (consagración).

Don Bosco no lo dudó más. Se convenció de que también sus ayudantes, además de quedarse con él y hacer como él, tenían que ‘ser de Dios’ para poder dedicar toda la vida a la salvación de los jóvenes: “entregarse a Dios a tiempo, en los jóvenes que se sienten atraídos a estar con Don Bosco, se traduce poco a poco en atracción hacia el estado eclesiástico y religioso”. [67]

3.2    La enseñanza de Don Bosco a sus Salesianos    

A los Salesianos, “Don Bosco habla de la Sociedad Salesiana como profeta y adivino […] Estar con Don Bosco forma parte de un plan divino. Todos los salesianos han sido escogidos y predestinados para ser, como Don Bosco, instrumento de la gloria de Dios y de la salvación de las almas”. [68]

Al comienzo del libro de las Reglas, Don Bosco escribe una larga carta ‘A los Socios Salesianos’, cuarenta páginas que los novicios salesianos leyeron y estudiaron durante más de cien años. Don Bosco expone detalladamente los principios evangélicos y su pensamiento sobre la vida religiosa, la consagración, los votos, la vida salesiana. Y termina diciendo: “Recibid los anteriores pensamientos como recuerdos que os dejo antes de mi partida para la eternidad, a la que advierto me acerco apresuradamente”. [69] 

He aquí el ‘núcleo’ y al mismo tiempo la flor y nata de esas páginas sobre nuestra consagración y nuestros votos. Escuchemos con veneración esta ‘herencia’ de nuestro Fundador.

El consagrado

Nuestros votos “nos ligan a Dios, y ponen en manos del Superior la propia voluntad, los bienes, nuestras fuerzas físicas y morales, a fin de que entre todos hagamos un solo corazón y una sola alma para promover la mayor gloria de Dios, según nuestras Constituciones […] Los votos son un generoso ofrecimiento […] Acostumbran también los Doctores de la Iglesia comparar con el martirio los votos religiosos […] porque lo que a éstos falta en intensidad lo tienen en duración”.[70]

“El hombre que se consagra a Dios en Religión […] vive con mayor pureza de corazón, de voluntad y de obras; y, por consiguiente, todas sus acciones y palabras llegan a Dios ofrecidas espontáneamente con pureza de cuerpo y limpieza de corazón”. [71]

“Mediante la observancia de los votos religiosos, ocupado únicamente en lo que se refiere a la mayor gloria de Dios […] puede ocuparse libremente en el servicio del Señor, dejando el cuidado de lo presente y de lo por venir en manos de Dios, y de los superiores, que hacen sus veces”. [72]

“Si el que da un vaso de agua fresca por amor del Padre celestial, tendrá su recompensa, ¿qué premio no hallará en el Paraíso el que abandona el mundo, renuncia a todas las satisfacciones terrenales y da su vida y su hacienda para seguir al divino Maestro?”. [73]

“En todo cargo, trabajo, pena o disgusto, no olvidemos jamás que estando consagrados a Dios, por Él solo debemos trabajar, y únicamente de Él esperar la recompensa.

Dios lleva minuciosa cuenta aun de las cosas más pequeñas hechas por su santo nombre, y es de fe que en su día las recompensará con generosidad. Al fin de nuestra vida, cuando nos presentemos ante su divino tribunal, nos mirará con rostro lleno de amor y nos dirá: Muy bien, siervo bueno y fiel; porque fuiste fiel en lo poco, te pondré sobre lo mucho; entra en el gozo de su Señor”.[74]

Los santos votos

Obediencia
“La verdadera obediencia, que nos hace queridos de Dios y de los Superiores, consiste en hacer de buena gana cualquier cosa de las que mandan nuestras Constituciones o nuestros Superiores […] Consiste asimismo en mostrarse sumiso aun en las cosas más difíciles y contrarias a nuestro amor propio, y en acometerlas con valor, aunque nos cuesten penas y sacrificios. La obediencia en estos casos es, a la verdad, más difícil, pero también mucho más meritoria, y nos conduce a la posesión del Reino de los Cielos, según estas palabras del Salvador”. El consagrado “con esta confianza dirá con San Agustín: Señor, dadme lo que mandáis y mandadme lo que quisiereis”. [75]<

Pobreza

El consagrado es “literalmente considerado como si nada poseyera, habiéndose hecho pobre para llegar a ser rico con Jesucristo. De este modo sigue el ejemplo de nuestro Salvador, que nació en la pobreza, vivió en la privación de todos los bienes y murió desnudo en una cruz.” […]

“Es cierto que a veces deberemos sufrir algunas privaciones en los viajes, en los trabajos o en tiempo de salud o de enfermedad; que acaso ni el vestido, ni el alimento y otras cosas serán de nuestro gusto, pero precisamente en estos casos es cuando debemos recordar que hemos hecho profesión de pobreza y que, si queremos merecer y recibir el premio, es preciso que suframos las consecuencias. Guardémonos bien de un género de pobreza muy reprobado por San Bernardo. Hay algunos, dice, que se glorían de llamarse pobres, pero evitan los compañeros de la pobreza. Otros hay que quieren ser pobres con tal que nada es falte”. [76]

Castidad

La castidad es “la virtud sumamente necesaria, la virtud grande, la virtud angélica, a la cual forman corona todas las demás […] El Salvador asegura que los que poseen este tesoro inestimable se hacen semejantes a los ángeles de Dios aun en esta vida mortal”.

“No entréis en la Congregación si no después de haberos aconsejado con persona prudente, que os considere capaces de conservar esta virtud”.

Y casi al final de la larga carta, Don Bosco concluye: “El que se consagra a Dios con los santos votos, hace uno de los ofrecimientos más preciosos y agradables a su Divina Majestad”. [77]

El sueño de la Sociedad Salesiana consagrada

A finales de 1881 Don Bosco (66 años) coge la pluma y comunica a todos los Salesianos un sueño que tuvo en la noche entre el 10 y el 11 de septiembre. Es el famoso “sueño de los diamantes”. Él está caminando con los directores de las casa salesianas, cuando

“vimos entre nosotros a un hombre de aspecto tan majestuoso que no podíamos sostener su mirada […] Iba cubierto con un rico manto […] Sobre la faja estaba escrito con caracteres luminosos: Pïa Sociedad Salesiana en el año 1881 - y sobre una cinta tenía escritas estas palabras: Como tiene que ser. Diez diamantes de tamaño y brillo extraordinarios eran los que no nos dejaban fijar la mirada, a no ser con dificultad, en aquel Augusto Personaje […].

“Cinco diamantes adornaban la parte posterior del manto […] Uno más voluminoso y resplandeciente estaba en medio […] y tenía escrito: Obediencia. Sobre el primero a la derecha se leía: Voto de pobreza […] A la izquierda, sobre el más alto estaba escrito: Voto de castidad […] Estos brillantes lanzaban rayos que como llamas se elevaban y tenían escritos varios mensajes […].

Sobre los rayos de la Obediencia se leía: Cimiento de toda la construcción y compendio de la santidad. Sobre los rayos de la Pobreza: De ellos es el reino de los cielos. Las riquezas son espinas. La pobreza se construye no con las palabras sino con el corazón e la acción. Ella abrirá la puerta del Cielo y os hará entrar. Sobre los rayos de la Castidad: Junto con ella vienen todas las virtudes. Los que tienen el corazón puro verán los arcanos secretos de Dios y a Dios mismo […].

“Apareció una luz alrededor de un cartel en el que se leía: “Como corre peligro de ser la Pía Sociedad de los Salesianos en el año del Señor 1900” […]. Apareció de nuevo el Personaje de antes […] Su manto se había vuelto descolorido, apolillado, descosido. En el lugar donde estaban los diamantes había en cambio un roto profundo […] En el sitio de la Obediencia no había más que un rasguño ancho y profundo sin nada escrito. Y en el de la Castidad: Concupiscencia y vida soberbia. En vez de la Pobreza: Cama, vestidos, bebida y dinero.

Al ver esto nos quedamos todos horrorizados”.

Don Bosco continúa su narración diciendo que en aquel momento la voz dulce de un muchacho les advirtió:

“Siervos e instrumentos de Dios Todopoderoso, observad y comprended. Sed valientes y fuertes. Lo que habéis visto y oído es una advertencia divina que se os hace a vosotros y a vuestros hermanos, estad alerta y entended bien el mensaje…

“Predicad sin descanso en los momentos favorables y en los desfavorables. Pero lo que predicáis, hacedlo vosotros siempre, de manera que vuestras obras sean como luz que se comunique a vuestros hermanos e hijos como tradición segura de generación en generación.

“Estad atentos y entended: vuestra meditación, mañana y noche, sea sobre la observancia de las Constituciones.

“Si os portáis así, no os faltará nunca la ayuda del Todopoderoso. Seréis admirados en todo el mundo y ante los ángeles, y vuestra gloria será la gloria de Dios” […].

Don Bosco concluye su manuscrito con estas palabras: “Este sueño duró toda la noche, y por la mañana me sentí extenuado y sin fuerzas […] El Cielo bendice a nuestra Sociedad, pero quiere que nosotros hagamos nuestro deber. Se podrá prevenir las amenazas si predicamos sobre la virtud y sobre los vicios que allí se denuncian; si lo que predicamos lo practicamos, y comunicamos concretamente a nuestros hermanos lo que hemos hecho y haremos […] María Auxiliadora de los cristianos - Ruega por nosotros”.[78]  

Algún historiador salesiano ha dicho que en este sueño hay poco de sueño y mucho de exhortación paterna de nuestro Santo Fundador. Puede ser. Pero esto no quita fuerza alguna a las afirmaciones (sacadas en gran parte de la Biblia) que Don Bosco, junto con el Señor, dirige a todos sus hijos. Ellas deben constituir las líneas maestras de nuestra vida y tema de nuestra meditación, para caminar en el espíritu de ‘personas consagradas salesianas’.

 

4.   NUESTRAS CONSTITUCIONES, LA VÍA DE LA FIDELIDAD

4.1    La primera fotografía querida por Don Bosco

Noviembre de 1875. Don Bosco está a punto de poder cumplir su sueño de mandar a los primeros misioneros a América del Sur, hacia la Patagonia. Y, por primera vez en su vida, quiere una foto. Tiene que inmortalizar el acontecimiento, para poderlo dar a conocer a lo grande, y para que sirva de acicate a los Salesianos y a sus jóvenes. Para esto recurre al más competente fotógrafo de Turín, Miguel Schemboche.[79] En el estudio del fotógrafo posa con los diez misioneros en ‘forma oficial’. La fotografía muestra con detalle toda la importancia que Don Bosco quiere dar al acontecimiento: los viajeros visten a la española con el típico manteo y ostentan el crucifijo de los misioneros; el cónsul argentino luce su uniforme; Don Bosco viste el capisayo y el solideo como en las grandes ocasiones en que se presenta al Papa, y posa entregando al jefe de la expedición Don Cagliero un libro: son las Reglas de la Sociedad Salesiana. Él quiere que se destaque este gesto, que para él tiene un significado profundo.

Escribirá Don Rua, su Sucesor: “Cuando el Venerable Don Bosco envió a sus primeros hijos a América, quiso que la fotografía lo representase en medio de ellos en el acto de entregar a Don Juan Cagliero, jefe de expedición, el libro de nuestras Constituciones. ¡Cuántas cosas daba a entender Don Bosco con aquella actitud! Era como si dijera: «Vosotros vais a atravesar los mares, iréis a países desconocidos, tendréis que tratar con gentes de lenguas y costumbres diversas, quizás tengáis que afrontar graves pruebas. Quisiera ir con vosotros yo mismo, animaros, consolaros, protegeros. Per lo que no puedo hacer yo mismo lo hará este librito. Guardadlo como un precioso tesoro».”.[80]

4.2    Un camino largo y espinoso

Queridos, os invito a recorrer conmigo el camino largo y espinoso que costó a nuestro Santo Fundador aquel ‘librito’ de nuestras Reglas.

Después de haber fundado nuestra Sociedad, Don Bosco debía redactar sus Reglas (o Constituciones) y obtener su aprobación por parte de la autoridad eclesiástica. Normalmente se debía conseguir primero la aprobación diocesana, y después eventualmente la pontificia. Pero, dado que el Arzobispo de Turín estaba por aquel entonces exiliado en Lyon, y las relaciones con él por medio de terceras personas (no muy favorables a Don Bosco) resultaban difíciles, nuestro Fundador pensó dirigirse directamente al Papa.

Pensaba que se iba a tratar de un asunto simple y breve. Tanto más que la primera redacción (1858) era el punto de llegada de más de una década de experiencia educativa llevada a cabo por él en el Oratorio. Eran 58 artículos, distribuidos en nueve breves capítulos. Se decía sencillamente que la Sociedad estaría compuesta de eclesiásticos y laicos, unidos por los votos, deseosos de consagrarse al bien de la juventud pobre, y de ‘sostener la religión católica’ entre las clases populares ‘con la palabra y los escritos’.

Las páginas reflejaban un clima de serena familiaridad; el Superior era el padre de una gran familia. La espiritualidad que resultaba era simple y estaba enraizada en el Evangelio. Los socios se consagraban a Dios proponiéndose la imitación de Cristo, el ‘divino Salvador’, que ‘empezó a obrar y a enseñar’. Y su misión consistía en la práctica de la caridad hacia los jóvenes, especialmente los más pobres, y hacia el ‘pueblo sencillo’. Era éste el simplicísimo carisma que la nueva Sociedad religiosa entendía llevar en la Iglesia.

Cuatro años antes, una ley firmada por el ministro Rattazzi había suprimido las ‘corporaciones religiosas’, es decir, las órdenes y congregaciones, y se había apropiado de sus casas y sus bienes. Esta ley, aplicada al principio solo en Piamonte, estaba a punto de ser extendida a toda Italia. Para que esto no sucediera a su Sociedad, Don Bosco (aconsejado por el mismo Ministro, que lo estimaba) introdujo un artículo en el que se afirmaba que los Salesianos serían totalmente religiosos para la Iglesia, pero ciudadanos que conservaban sus derechos civiles ante el Estado. Esta fórmula (que le gustaba también incluso al Papa Pío IX) era una novedad absoluta, que abría nuevas perspectivas a la Iglesia: al adoptarla, los Religiosos no tendrían que sufrir vejaciones por parte del Estado.

Pero sobre la ‘cuestión simple y breve’ Don Bosco se equivocaba. Desde el primer esbozo (1855) hasta la aprobación definitiva pasaron casi veinte años.[81] Don Bosco sufrió mucho al respecto. Resumió así todo aquel atribulado camino: “En cada palabra de nuestras pobres reglas encontraban una dificultad insuperable. Los que más habrían podido hacer a mi favor, eran los que más resueltamente se manifestaban de parecer contrario”.[82] Don Bosco no se quejaba sin motivo: lo demuestran “las correcciones, añadiduras, arrepentimientos, modificaciones, las redacciones que se sucedieron a lo largo de casi veinte años de gestación del texto […], aquellos pobres cuadernos, aquellos simples y atormentados papeles dan fe de cuánto haya costado a Don Bosco la redacción de ciertos artículos o capítulos”. [83]

Dos eran los puntos que atraían las principales críticas y a los que Don Bosco nunca renunció: la distinción en todo salesiano del ‘religioso’ sometido a la Iglesia y el ‘ciudadano que conserva los derechos civiles’ (la referencia a las ‘leyes civiles’ daba fastidio, pues podía parecer un reconocimiento del Estado que perseguía a la Iglesia); y la facultad del Superior de la Congregación de admitir a las órdenes sagradas a los Salesianos que juzgaba dignos.

El 3 de abril de 1874 el texto de las Reglas, retocado en algunos puntos, fue finalmente aprobado. Pero para el último paso fue necesario el voto personal del Papa Pío IX. Se suprimió el Proemium histórico-espiritual y se aceptó la ‘normalización’ del noviciado y de los estudios; se cambió además la fórmula ‘derechos civiles’ por la ‘posesión radical de los propios bienes’, y la ‘facultad de admitir a las órdenes’ fue concedida solo como ‘privilegio’ por diez años.[84]

Don Bosco, con un telegrama desde Roma, hizo estallar la gran fiesta de Valdocco, donde esperaban rezando la suspirada aprobación. Pero confesó también que ‘si hubiese sabido antes lo que le iba a costar, quizás no hubiera tenido valor para ello’.

4.3    Sacralidad de las Reglas aprobadas por la Iglesia

Enseguida empezó Don Bosco a probar el mismo sentimiento de respeto ante el nuevo carácter sagrado adquirido por las Reglas Salesianas. Aquel librito ya no era el campo de batalla donde se habían hecho y rehecho correcciones, añadiduras, modificaciones. Era la exposición (sustancialmente intacta después de la larga batalla) del simplicísimo carisma que la nueva Sociedad humildemente aportaba a la Iglesia, y que la Iglesia aprobaba.

“Nuestras constituciones - escribió en la carta ‘a los Socios Salesianos’ que abría el libro de las Reglas - fueron definitivamente aprobadas por la Santa Sede el 3 de abril de 1874. Este acontecimiento […] nos asegura que en la observancia de nuestras Reglas nos apoyamos sobre bases estables, firmes,  y podemos decir infalibles, puesto que infalible es el juicio del Supremo Jerarca de la Iglesia, que las ha sancionado”.[85] Con su sentido práctico, Don Bosco añade enseguida: “Pero, por grande que sea la importancia de esta aprobación, produciría poco fruto si tales Reglas no fuesen conocidas y fielmente observadas“. [86]

4.4    El estribillo constante de Don Bosco y de don Rua

Desde aquel momento la observancia de las Reglas (o sea de la consagración y de la misión) será el estribillo constante de Don Bosco. En la Carta circular del 6 de enero de 1884 lo dice y lo repite, insistiendo y renovando esta invitación:

“Observad nuestras Reglas, las Reglas que la Santa Madre Iglesia se dignó aprobar para nuestra guía y el bien de nuestra alma y para ventaja espiritual y temporal de nuestros amados alumnos. Estas Reglas nosotros las hemos leído, estudiado, y ahora son el objeto de nuestras promesas y de los votos con los que nos hemos consagrado al Señor. Por lo tanto os recomiendo con toda mi alma que a ninguno se le escapen palabras de pesar, o peor todavía, de arrepentimiento por haberse consagrado de esta manera al Señor […].

“Alguno de vosotros podría decir: pero la observancia de nuestras Reglas cuesta; la observancia de las Reglas cuesta a quien la observa de mala gana, a quien las descuida. Pero para los diligentes, para el que ama el bien del alma, esta observancia llega a ser, como dice el divino Salvador, un yugo suave, un peso ligero […].

“Y después, queridos míos, ¿queremos acaso ir al Cielo en carroza? […] Nos hemos consagrado a Dios, no para mandar, sino para obedecer; no para apegarnos a las criaturas, sino para practicar la caridad hacia el prójimo, movidos solamente por el amor de Dios; no para tener una vida cómoda, sino para ser pobres con Jesucristo, padecer con Jesucristo en la tierra para ser dignos de su gloria en el Cielo”.[87]

Don Rua, primer sucesor de Don Bosco, llamado ‘la Regla viviente’ y hoy beato, llamaba a las Reglas: “Libro de la vida, meollo del Evangelio, esperanza de nuestra salvación, medida de nuestra perfección, llave del Cielo. ¡Veneradla como el más hermoso recuerdo y la más preciosa reliquia de nuestro amadísimo Don Bosco!. [88]

4.5    La renovación de las Constituciones

Después del Concilio Vaticano II, un Capítulo General Especial (1971-1972) fue invitado a refundir enteramente las Constituciones, teniendo presente las dos exigencias indicadas por el Concilio: volver al carisma original de la Congregación y adaptar las Constituciones a las necesidades de los tiempos.

Fueron unos siete meses de trabajo intenso, “en un clima vivaz y a veces tenso, entre los defensores de la tradición y los del cambio, entre las exigencias de la unidad y las de la descentralización, o también entre las de la autoridad central y las de la corresponsabilidad”. [89]

Por su contenido y por su estilo, la nuevas constituciones resultaron “una Regla de vida menos jurídica y más espiritual, que no formulaba solamente prescripciones, sino que daba motivaciones evangélicas, teológicas y salesianas”.[90] Las Reglas renovadas fueron aprobadas ‘ad experimentum’ por seis años y después por otros seis años.

En 1984 el Capítulo General XXII, tras un ulterior serio trabajo, aprobó el texto definitivo de nuestra Reglas renovadas. Este texto, finalmente, fue aprobado por la Sede Apostólica el 25 de noviembre de 1984. el Rector Mayor Don Egidio Viganó, séptimo Sucesor de Don Bosco, en el discurso conclusivo del Capítulo General pudo declarar: “Es un texto orgánico, profundo, mejorado, impregnado de Evangelio, rico de la autenticidad de los orígenes, abierto a la universalidad y en tensión hacia el futuro, sobrio y digno, denso de equilibrado realismo y de asimilación de los principios conciliares. Es un texto pensado comunitariamente, con fidelidad a los desafíos de los tiempos”.[91]

4.6    Las palabras del testamento

Don Bosco, en los últimos tres años de su vida, escribió a trozos en un bloc su ‘testamento espiritual’. La caligrafía irregular y atormentada revelan su poca vista y el cansancio físico. El estilo es escueto, sustancioso, eficaz. Quien ha preparado la edición crítica escribe: “Se podría así leer, como en un espejo, un autorretrato de Don Bosco […] Delante de ciertos párrafos es difícil evitar la impresión de estar en presencia de un texto ‘sagrado’, dada la abundancia de palabras no vanas ni caducas”.[92] En este ‘testamento’ Don Bosco dedica cinco páginas a saludar a sus Salesianos. Recojo aquí las palabras esenciales:

“Mis queridos y amados hijos en Jesucristo,   

Antes de partir para mi eternidad, debo cumplir algunos deberes para con vosotros […] Ante todo os agradezco con el más vivo afecto del ánimo la obediencia que me habéis prestado, y todo lo que habéis trabajado para sostener y propagar la Congregación […].

Os pido que no lloréis mi muerte […] En vez de llorar tomad la firme y eficaz resolución de conservaros firmes en la vocación hasta al muerte […] Si me habéis amado en el pasado, seguid amándome en el futuro con la exacta observancia de nuestras Constituciones […].

Adiós, queridos hijos, adiós. Yo os espero en el Cielo. Allí hablaremos de Dios, de María, Madre y sostén de nuestra congregación […]; allí bendeciremos eternamente a esta nuestra Congregación, la observancia de cuyas Reglas contribuyó potente y eficazmente a salvarnos”.[93]

Este testamento contiene palabras preciosas y exigentes para todos nosotros. Creo que, después del Evangelio, el libro de las Reglas debe llegar a ser el segundo libro de nuestra meditación cotidiana. Será el alimento constante de nuestra salesianidad, y la realización de la amonestación contenida en el ‘sueño de los diamantes’: “vuestra meditación, mañana y tarde, sea sobre la observancia de las Constituciones”.

 

5.   DON BOSCO FUNDADOR DE “UN VASTO MOVIMIENTO DE PERSONAS QUE, DE DIFERENTES FORMAS, TRABAJAN POR LA SALVACIÓN DE LA JUVENTUD ” (Const. 5)

Nacidos hace 150 años como Sociedad, somos ahora más conscientes de que nuestro Padre no ha pensado solo en nosotros, sino que desde siempre ha querido crear “un vasto movimiento de personas que, de diferentes formas, trabajan por la salvación de la juventud” (Const. 5). A nosotros se nos ha pensado como evangelizadores y animadores de una Familia carismática. Así se expresaba - efectivamente - el CGS: “Don Bosco fue inspirado sobrenaturalmente para crear una comunidad de religiosos dentro de la Familia que se inspira en él, con una función específica de fermento animador de la misma misión. Él realizó gradualmente su proyecto, estableciendo ante todo vínculos de amistad con sus mejores jóvenes, comprometiéndolos después en una prueba de ejercicio práctico de caridad hacia el prójimo, para llegar después a una promesa y conduciéndolos finalmente a la consagración religiosa mediante los votos. Nacía así la primera comunidad salesiana”. [94]

5.1    Los hijos del Oratorio dispersos por todo el mundo”

El profesor de pedagogía José Rayneri, en una breve publicación en honor de Don Bosco, escribió: “Era por la tarde de un domingo de 1851 [Don Bosco tenía 36 años, y faltaban todavía ocho para la fundación de la Sociedad Salesiana]: se había hecho una lotería; eran muchos los agraciados y por tanto, muchos los que estaban contentos. Por último don Bosco arrojó desde el balcón, a diestra y siniestra, caramelos y más caramelos […]. Nos era fácil redoblar los vítores. Descendió don Bosco del balcón y fue llevado a hombros triunfalmente, en señal de la máxima alegría. Un joven estudiante y futuro clérigo dijo: - Don Bosco, ¡si pudiese contemplar todas las partes del mundo y muchos Oratorios en cada una de ellas!“. Y Don Bosco (me parece verlo) volvió la mirada noble y bondadosa en derredor y respondió: - ¡Quién sabe si no llegará un día en que los hijos del Oratorio estén esparcidos por todo el mundo!”. [95]

Hoy quien mira al mundo ve que Don Bosco fue profeta.

5.2    La vasta red de la Familia Salesiana

Don Bosco no ha sido un suscitador de esperanzas luminosas pero engañosas, no ha sido un distribuidor de palabras alegres pero evanescentes. Don Bosco ha sido un árbol grande y robusto. Poseía en sí la vida divina y la daba. Nosotros Salesianos somos el fruto más hermoso y fecundo de su total consagración a Dios y de su pasión por ver a los jóvenes, sobre todo a los más pobres y en peligro, alcanzar la plenitud de la vida humana y cristiana.

Pero nosotros no somos el único fruto de este árbol grande y robusto. “Los Salesianos - declaró el CGS - no pueden hacer una reflexión profunda e integral  de su propia vocación en la Iglesia sin referirse a todos los que, con ellos, son los portadores de la voluntad del Fundador. Con este fin, procuran una mejor unidad de todos, aun dentro de diversidad de cada uno”;[96] lo exige la misma y común vocación salesiana, ya que se trata de una única llamada divina “para la realización orgánica, a pesar de su complejidad, de la salvación de la juventud pobre y abandonada, según el espíritu de Don Bosco”. [97]

Y Don Bosco vio ‘a los hijos del Oratorio dispersos por el mundo’, una vasta red de personas que dedican su vida a los jóvenes pobres y en peligro, con la misma pasión por Dios y por los jóvenes hijos de Dios. Esta vasta red, constituida en su origen por los grupos fundados por el mismo Don Bosco - primero la ‘Sociedad de San Francisco de Sales’, después el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, la Asociación de los Cooperadores Salesianos y la Asociación de los Devotos de María Auxiliadora - fue extendiéndose cada vez más y forma la Familia Salesiana, que comprende hoy 26 grupos.

 Han nacido también otros grupos, que esperan a que maduren las condiciones para ser formalmente reconocidos como miembros de la Familia Salesiana; entre tanto se prepara el terreno para que se puedan expresar también otros grupos.

Nosotros, los Salesianos, núcleo primogénito germinado en la ardiente pasión de Don Bosco, estamos llamados por él a tener un corazón grande, que acoge y reconoce como hermanos y hermanas a todos los componentes de la Familia Salesiana; una acogida grata y alegre de las diversidades, como manifestaciones del Espíritu que habla muchas lenguas; la voluntad de caminar juntos hacia una meta compartida: el Reino de Dios para los jóvenes y los pobres.

5.3    Lo que Don Bosco oyó y vio

Don Julio Barberis, nombrado por Don Bosco en 1874 ‘maestro de novicios’ de toda la Sociedad Salesiana, declaró con juramento en el ‘proceso de beatificación’ que en 1876, Don Bosco, cuando no había abierto más que tres casas, contó que en sueño había visto extenderse la Congregación por todas las regiones de la tierra. “Estaban reunidos hombres de todos los colores, vestidos de las formas más diversas, de todas las nacionalidades […] había numerosísimos salesianos que conducían como de la mano a multitud de escuadrones de niños y de niñas. Después les seguían otros en varios grupos; y después otros muchos a los cuales no conocía y a los que no podía distinguir, formando un número indescriptible”.[98]

Un año después, en enero de 1877, en la acostumbrada conferencia anual de San Francisco de Sales, dirigiéndose “a todos los profesos, adscritos y aspirantes del Oratorio” habló de una semilla que había que sembrar, la Obra de los Cooperadores Salesianos: “Acaba de comenzar y ya son muchos los inscritos […] No pasará mucho tiempo sin que se vean poblaciones y ciudades enteras unidas en el Señor por un vínculo espiritual con la Congregación Salesiana. […] no pasarán muchos años sin que poblaciones y ciudades enteras no se distinguirán de los salesianos más que por sus viviendas. Si ahora son cien los cooperadores, su número alcanzará millares y millares y, si ahora somos mil, entonces seremos millones, cuidando no aceptar e inscribir más que a los más aptos. Espero que ésta sea la voluntad del Señor”. [99]

Hoy día tenemos ante nuestros ojos la realización no estática sino dinámica, no limitada al hoy sino lanzada hacia el mañana, de lo que Don Bosco oyó y vio en los sueños con los que Dios le abría misteriosamente el porvenir. “A los salesianos - comenta Don Stella - Don Bosco hacía vislumbrar proyectos que tenían algo de grandioso, si no incluso de utópico”:[100] la Familia Salesiana es uno de estos grandiosos proyectos; que no se quede en la utopía dependerá de todos nosotros, miembros de esta Familia de Don Bosco.

 

CONCLUSIÓN

Queridos hermanos, os había invitado a narrar la historia de los orígenes de nuestra Congregación. Pues bien, yo mismo he hecho un primer intento. Pero lo he hecho no recordando solamente lo que sucedió, sino tratando de aprender de la historia pasada; nuestros orígenes son la mejor guía para seguir escribiendo la historia salesiana con vitalidad y fecundidad. He querido destacar los elementos que, a mi juicio, han sido determinantes para el buen éxito de este maravilloso proyecto de Dios: los jóvenes, nuestra identidad de apóstoles consagrados, la fidelidad a Don Bosco a través de las Constituciones, la conciencia de ser parte integrante de la Familia Salesiana y de tener un papel de animación insustituible dentro de ella.

No creo exagerar al decir que en los orígenes de la Congregación los jóvenes han sido verdaderos “cofundadores” junto con Don Bosco; algunos jóvenes, en efecto, formaban el primer núcleo que se comprometió a constituir la Sociedad o Congregación. Hago votos para que este aniversario renueve en todo salesiano el valor de proponer a los jóvenes la vocación consagrada salesiana y sea de verdad un período de gran fecundidad vocacional.

La celebración del 150º aniversario del nacimiento de nuestra Congregación nos debe ayudar a tomar conciencia de nuestra identidad de personas consagradas, dedicadas a la primacía de Dios, al seguimiento de Cristo obediente, pobre y casto, totalmente entregadas a los jóvenes. Esta nuestra identidad la debemos vivir con alegría y manifestarla con ardor evangelizador y entusiasmo pastoral, inspirado en el programa de vida de Don Bosco, condensado en el lema “da mihi animas, cetera tolle”.

La convicción de que todo Don Bosco se encuentra en las Constituciones y de que nuestra fidelidad a él pasa por la fidelidad a nuestro Proyecto de Vida es para nosotros una llamada a profundizar, meditar y rezar las Constituciones, que nos señalan el camino de la fidelidad al carisma de Don Bosco y a nuestra vocación; yo diría incluso que solo el salesiano que toma las Constituciones como proyecto de vida puede ser encarnación, icono vivo, de Don Bosco hoy. Este camino de conversión para una realización siempre más plena de los compromisos de santificación trazados por la Regla de vida llevará a cada uno de nosotros a renovar la propia profesión religiosa, precisamente el 18 de diciembre, día del aniversario, como punto de partida de un renovado ofrecimiento de nuestra vida a Dios para los jóvenes. Como Don Bosco.

Finalmente, al crecer en la convicción de que Don Bosco no ha pensado solamente en una Congregación, sino que siempre quiso crear un “un vasto movimiento de personas que, de diferentes formas, trabajan por la salvación de la juventud” (Const. 5), esto nos debe recordar que, como Congregación, tenemos para con la Familia Salesiana una especial responsabilidad de unidad de espíritu y de colaboración fraternal. No podemos vivir fuera de ella, pues es nuestra familia; ella no puede crecer y multiplicarse sin nosotros, su corazón animador.

Encomiendo a María Santísima, Madre de Dios y Auxiliadora de los Cristianos, a todos y cada uno de vosotros, mientras celebramos la Anunciación del Señor y conmemoramos con alegría y gratitud el 75º aniversario de la Canonización de nuestro amado Fundador y Padre Don Bosco. María Auxiliadora y Don Bosco nos ayudarán a vivir gozosa, generosa y fielmente nuestra vocación salesiana y a encontrar en ella el camino de nuestra santificación.

Con afecto y estima

Don Pascual Chávez Villanueva
Rector Mayor