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Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía (1 Cor 11,24). Hacerse Eucaristía

CARTA DEL RECTOR MAYOR - ACG 398


PRESENTACIÓN DE LA REGIÓN ÁFRICA-MADAGASCAR

Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía (1 Cor 11,24)

HACER LA EUCARISTÍA PARA HACERSE EUCARISTÍA

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1. 'HACER LA EUCARISTÍA' HOY.

1.1 La Eucaristía en el camino reciente de la Iglesia.
1.2 La Eucaristía en el actual camino de la Congregación.
1.3 La Eucaristía en la vida de los hermanos.

2. RECORDANDO LA EXPERIENCIA DE LOS DISCÍPULOS.

2.1 La primera defección de los discípulos (Gv 6,66-71).
2.2 El abandono consumado por los Doce (Mc 14, 17-31).

    2.2.1 Seguir a Jesús no nos asegura el no traicionarlo.
    2.2.2 Prometer mucho a Jesús no nos libra de renegarlo.
    2.2.3 La alianza, traicionada apenas instituida, debe ser recordada.
2.3 El gesto en la hora de Jesús: amar hasta el extremo(Gv 13,1-20).

3. 'HACERSE EUCARISTÍA' HOY.

3.1 La vida consagrada, “vida eucarística”.

    3.1.1 La vida consagrada, “memorial” mediante la obediencia.
    3.1.2 La vida consagrada, “sacrificio” a través de la castidad.
    3.1.3 La vida consagrada, “banquete” a través de la pobreza.
3.2 El salesiano, hombre de la Eucaristía.
    3.2.1 De la celebración a la conformación.
    3.2.2 De la conformación a la adoración.
    3.2.3 De la adoración a la misión.

Conclusión.

Roma, 7 de junio de 2007
Solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor


Queridísimos hermanos:

Os saludo con gran afecto, a mi regreso de Aparecida, Brasil, sede de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, que ha contado con la participación de 13 Obispos Salesianos y dos FMA, además de la del Rector Mayor. Ha sido una experiencia eclesial extraordinaria, de la que hablaré en otro momento. Por ahora me basta expresar el auspicio de que esta gran asamblea pueda dar esperanza y vida a los pueblos de aquel continente, a través de una Iglesia - y nosotros SDB en ella - que se hace discípula enamorada y fiel de Cristo y misionera convencida y valiente. Hoy prefiero hablaros de un tema que me preocupa mucho y sobre el que vengo reflexionando desde el año pasado, la Eucaristía.

Soy plenamente consciente de que alguno de vosotros podría considerar redundante, si no superflua, una nueva carta sobre la Eucaristía. No habéis olvidado, sin duda, la que don Vecchi escribió sobre este tema el Año Jubilar del 2000 “para redescubrir el misterio eucarístico y su significado en nuestra vida y en nuestra pastoral” [1] . Pero os confieso que, desde hace algún tiempo sentía la urgencia de retomar el argumento y haceros presentes mis preocupaciones. Los motivos son verdaderamente apremiantes.

 

1. 'HACER LA EUCARISTÍA' HOY

Comprometidos como estamos en “volver a Don Bosco”, en la recuperación creativa de sus geniales opciones carismáticas, de sus atinadas intuiciones pedagógicas, ¡cómo desearía que en la Congregación se viviese - cada vez mejor, cada vez más - de la Eucaristía, celebrada con regularidad y agradecimiento, contemplada en la adoración personal y comunitaria! ¿Cómo anunciar mejor la muerte del Señor hasta que Él venga, sino comiendo de este pan y bebiendo en este cáliz, y haciéndonos nosotros mismos “pan partido” para los hermanos y los jóvenes y “libación”, para que tengan vida en abundancia? (cf. 1 Cor 11,26). ¿Cómo llevar con mayor eficacia a nuestros jóvenes a conocer al Dios que nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,8-9.19) y sin límites (cf. Jn 13,1)?

1.1 La Eucaristía en el camino reciente de la Iglesia

Fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia, [2] el don de la Eucaristía, “guardado siempre religiosamente como el tesoro más precioso” [3] , ha acompañado y estimulado el camino de renovación que la Iglesia ha recorrido desde el Vaticano II hasta nuestros días. Difícilmente hubiera podido ser de otra manera: “la celebración eucarística está en el centro del proceso de crecimiento de la Iglesia” [4] ; en efecto, “la Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia [5] .

No había concluido todavía el Concilio y ya Pablo VI había publicado la carta encíclica Mysterium Fidei (3 septiembre 1965) sobre la doctrina y el culto de la Santísima Eucaristía: “Los Padres del Concilio” - escribía el Papa - “nada han tenido tan en el corazón como exhortar a los fieles a que con entera fe y suma piedad participen activamente en la celebración de este Sacrosanto Misterio” [6] .

Pero ha sido en el largo magisterio de Juan Pablo II donde se ha registrado “una extraordinaria concentración sobre el sacramento de la Eucaristía” [7] . En los primeros años de su magisterio escribió la Carta apostólica Dominicae Cenae (24 febrero 1980), donde ponía de relieve “algunos aspectos del misterio eucarístico y de su incidencia en la vida de quien es su ministro” [8] . Más tarde, “para destacar su presencia viva y salvífica en la Iglesia y en el mundo”, Juan Pablo II quiso que, con ocasión el gran Jubileo, se celebrase en Roma un Congreso eucarístico internacional; “el 2000 - esperaba - será un Año intensamente eucarístico” [9] . Tres años después, en 2003, en su Encíclica Ecclesia de Eucharistia (17 abril 2003) quiso recordar que “la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor” [10] . El año siguiente, con la Carta apostólica Mane nobiscum Domine (7 octubre 2004), Juan Pablo II convocó un año entero en que quiso a la Iglesia “particularmente entregada a vivir el misterio de la Santa Eucaristía... sobre el camino de nuestros interrogantes y de nuestras inquietudes, a veces de nuestras amargas desilusiones” [11] . El Congreso Eucarístico Internacional, celebrado del 10 al 17 de octubre de 2004 en Guadalajara (México); la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema: “La Eucaristía fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia”, reunido en el Vaticano del 2 al 23 de octubre de 2005; y la Jornada Mundial de la Juventud, celebrada en Colonia, Alemania, del 16 al 21 de agosto de 2005, para hacer de la Eucaristía “el centro vital” alrededor del cual los jóvenes debían recogerse “para alimentar su fe y su entusiasmo” [12] , han sido los eventos que marcaron este Año de la Eucaristía, con que culminaba un preciso recorrido “en el surco del Concilio y del Jubileo” [13] .

Dos de estas iniciativas, “desarrollo natural de la orientación pastoral” que Juan Pablo II quiso imprimir a la Iglesia al comienzo del Tercer Milenio [14] , las asumió de buen grado y las llevó a término Benedicto XVI.

En la explanada de Marienfeld, durante la vigilia del 20 de agosto de 2005, el Papa invitaba a los jóvenes a la adoración del misterio, antes de invitarlos en la celebración eucarística del día siguiente a participar en el misterio e identificarse con Cristo: “pan y vino - dijo el Papa - se convierten en su Cuerpo y Sangre. Pero en este punto la transformación no debe detenerse, es más, es aquí donde debe comenzar en pleno. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que también nosotros mismos seamos transformados. Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo, consanguíneos de Él... La adoración (...) se convierte en unión. Dios no está ya sólo enfrente de nosotros, como el Totalmente Otro. Está dentro de nosotros, y nosotros estamos en Él” [15] .

Benedicto XVI, que había presidido personalmente los momentos más importantes de la Asamblea sinodal, publicó luego la Exhortación Apostólica postsinodal Sacramentum caritatis (22 febrero 2007), para “retomar la riqueza multiforme de reflexiones y propuestas surgidas (...) con la intención de explicitar algunas líneas fundamentales de acción orientadas a suscitar en la Iglesia nuevo impulso y fervor por la Eucaristía” [16] . Además de aceptar y citar expresamente tantas intervenciones valiosas de los Padres sinodales, el Papa quiso “relacionar la presente Exhortación con su (mi) primera Carta encíclica Deus caritas est, en la que ha (he) hablado varias veces del sacramento de la Eucaristía para subrayar su relación con el amor cristiano, tanto respecto a Dios como al prójimo: “El Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí. Se entiende, pues, que el agapé se haya convertido también en un nombre de la Eucaristía: en ella, el agapé de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros” [17] .

El camino de la Iglesia, en estos últimos años, en particular a partir del año Jubilar, “se ha caracterizado, indudablemente, por un fuerte sentido eucarístico” [18] . No podía ser de otra manera: “La Eucaristía es Cristo que se nos entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo... La Eucaristía es, pues, constitutiva del ser y del actuar de la iglesia” [19] ; si es verdad que “la Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada” [20] , ¡es igualmente verdad que “gracias a la Eucaristía la Iglesia renace siempre de nuevo!” [21] . La Iglesia no puede permanecer fiel a sus orígenes, ni puede crecer, sin la celebración de la Eucaristía: “Cuanto más viva es la fe eucarística en el Pueblo de Dios, más profunda es su participación en la vida eclesial”. Además, “toda gran reforma está vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en la presencia eucarística del Señor en medio de su pueblo” [22]

1.2 La Eucaristía en el actual camino de la Congregación

“También para nosotros”, nos escribía don Vecchi hace años, “la renovación personal y comunitaria, espiritual y apostólica (...) comprende el redescubrimiento convencido y gozoso de las riquezas que la Eucaristía nos ofrece y de las responsabilidades a las que nos llama” [23] . Hago mías sus palabras y os las propongo de nuevo como trabajo inderogable para asumir y realizar el programa espiritual y apostólico de Don Bosco que, deseo y espero, nos asegurará “volver a encontrar el origen de nuestro carisma, el fin de nuestra misión, el futuro de nuestra Congregación” [24] .

En la carta de convocación del próximo Capítulo General os confiaba precisamente haber “madurado la convicción de que la Congregación tiene necesidad de despertar el corazón de todo hermano con la pasión del 'Da mihi animas' y así ella podrá tener la inspiración, la motivación y la energía para responder a las esperanzas de Dios y a las necesidades de los jóvenes” [25] . Nuestros corazones se despertarán, sólo si logran sentir de verdad la pasión de Dios por los suyos; más aún, sentirla juntamente con Él. Y no hay camino más expedito y eficaz que la celebración eucarística; porque “la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión... No podemos acercarnos a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres. Así, pues, el impulso misionero es parte constitutiva de la forma eucarística de la vida cristiana” [26] .

Sin vida eucarística no hay, pues, vida apostólica. Don Bosco, “hombre eucarístico” [27] , es para nosotros paradigma ejemplar, la prueba decisiva: “él prometió a Dios que incluso el último aliento habría sido para los jóvenes. Y así fue realmente. La participación sacramental en el sacrificio de Cristo lleva a identificarse en sus sentimientos apostólicos y en su generosa entrega por las exigencias del Reino”. Así escribía don Vecchi, añadiendo: “el elemento que más que ningún otro revela hasta qué punto el misterio eucarístico marca la vida de Don Bosco (...) es la relación con la caridad pastoral que él expresó en el lema 'Da mihi animas, cetera tolle'. Estas palabras (...) son el propósito y el camino de Don Bosco para configurarse con Cristo, que ofrece al Padre la propia vida por la salvación de los hombres” [28] . Como él, el salesiano “obtiene en la Eucaristía consuelo e impulso para ser, también en nuestro tiempo, signo del amor gratuito y fecundo de Dios para con la humanidad” [29] . “Tened, por tanto, los ojos siempre fijos en Don Bosco - nos animaba el inolvidable Juan Pablo II -. Él vivía enteramente en Dios y recomendaba la unidad de las comunidades en torno a la Eucaristía” [30] .

Si hacerse misioneros de los jóvenes, apasionados por su salvación, nos impulsa a vivir eucarísticamente, el ser consagrados a Dios, apasionados por Él, nos obliga a ser hombres de la Eucaristía por “coherencia eucarística, a la cual está llamada objetivamente nuestra vida” [31] . Es fácil de comprender: “memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos” [32] , los consagrados viven para hacer memoria sacramental, por lo tanto eficaz, del sacrificio de Cristo o, mejor aún, para ser memoria del Cristo que se sacrifica y sigue entregándose por nosotros y por los demás por medio de nosotros. La eficacia sacramental de la memoria eucarística no se limita a recordar la consigna pro nobis de Jesús; tiene también, y aquí se juega su real eficacia, a la entrega de la propia vida por parte de aquellos que hacen memoria de Él. Como todos los bautizados, pero de modo más coherente y exigente, los religiosos, “participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella” [33] ; y es por medio de este ofrecimiento de sí como se hacen memoria viva de Cristo: la entrega de su vida repite, y precisamente así 'recuerda' el sacrificio de Cristo. Los consagrados viven eucarísticamente no sólo si celebran frecuentemente la Eucaristía, sino porque consumen la vida por los demás.

Nosotros salesianos, en cuanto consagrados que han elegido a Cristo como único sentido de la propia vida, no podemos no desear que se instaure con Él una comunión cada vez más íntima, la que precisamente se actualiza en el don de la propia vida. La Eucaristía, celebrada en el sacramento cuando recibimos el don del Cuerpo entregado de Jesús, y, sobre todo, celebrada con la vida cada vez que nos entregamos en cuerpo y alma a los demás, “es viático cotidiano y fuente de la espiritualidad de cada Instituto. En ella cada consagrado está llamado a vivir el misterio pascual de Cristo, uniéndose a Él en el ofrecimiento de la propia vida al Padre mediante el Espíritu” [34] .

Queridos hermanos, no soy capaz de pensar en nosotros como salesianos consagrados si no logramos encontrar “en la celebración eucarística y en la adoración la fuerza para el seguimiento radical de Cristo obediente, pobre y casto” [35] . ¿Cómo podríamos responder a nuestra vocación, personal y comunitaria, si no vivimos de la y para la Eucaristía?

1.3 La Eucaristía en la vida de los hermanos

Tengo la impresión, os lo confieso un poco preocupado, que entre nosotros no todos han logrado hacer el camino que la Iglesia y la Congregación esperaban de nosotros. Del estudio de las relaciones de las visitas extraordinarias a las Inspectorías, como también en mis visitas de animación, he llegado a saber que hay en la Congregación un cierto déficit de vida eucarística, situación anómala aunque no nueva; en efecto, don Vecchi ya la había identificado y descrito con meticulosidad; [36] aunque sólo, y es un ejemplo, mirando la calidad de nuestras celebraciones comunitarias, él aludía “a la confusión, a la exaltación de la espontaneidad, a la prisa, a la minusvaloración de los gestos y del lenguaje simbólico, a la 'secularización del domingo'” [37] .

Si esta percepción mía fuese correcta, habría motivo serio de preocupación. Ciertamente, este estado no es exclusivo de nosotros; se encuentra en la entera comunidad cristiana; lo manifestaba con “profundo dolor” Juan Pablo II, que escribió precisamente la Encíclica Ecclesia de Eucharistia para “contribuir eficazmente a disipar las sombras de doctrinas y prácticas no aceptables, para que la Eucaristía siga resplandeciendo con todo el esplendor de su misterio” [38] . Pero en nuestro caso, una vida eucarística carente o insuficiente dañaría plenamente un elemento fundamental del carisma y de la pedagogía salesiana: llamados como estamos “todos y en todas las ocasiones a ser educadores de la fe (...) caminamos con los jóvenes para llevarlos a la persona del Señor resucitado” (Const. 34).

Y bien sabemos que para Don Bosco “el atractivo y el deseo de la Eucaristía son (...) el lugar donde es posible descubrir la radicación de la fe y de la caridad, el gusto por las cosas celestiales, y en consecuencia el grado de perfección cristiana”. Jesús, sobre todo Jesús eucarístico, “domina la vida espiritual de Don Bosco y del ambiente que le tiene por centro (...). Es éste el Jesús con el que Don Bosco mismo coloquia en la visita cotidiana, hecha por la tarde en la iglesia; el Jesús ante el cual coloca a sus jóvenes en oración, cuando sale a la ciudad a pedir limosna para ellos. Tratando con él en los años de la ancianidad, cuando ya no logra controlarse plenamente, Don Bosco no puede ocultar el propio afecto y sus Misas están bañadas en lágrimas” [39] .

Como educador, Don Bosco elevó a “principio de pedagogía” [40] lo que era su convicción de fe y experiencia personal: “La confesión y comunión frecuentes y la Misa diaria son las columnas que deben sostener el edificio del cual se quieran tener alejados la amenaza y el palo”. Y con agudeza educativa añadía: “No se ha de obligar jamás a los jóvenes a frecuentar los santos Sacramentos, pero sí se les debe animar y darles comodidad para aprovecharse de ellos” [41] . Estos principios de pedagogía eucarística se aplicaron en Valdocco “al pie de la letra” y abarcaron “como orientación general” todo el sistema educativo [42] .

El déficit de vida eucarística que, a mi parecer, se puede esconder y crecer detrás de una vida comunitaria regular y una praxis apostólica a veces frenética, se manifiesta, fundamentalmente, en primer lugar, como la incapacidad de hacer de la celebración de la Eucaristía “el acto central de cada día para toda comunidad salesiana, que lo celebra como una fiesta en una liturgia viva” (Const. 88) y, segundo lugar, en la ausencia de aquel “asombro ante el misterio de Dios” [43] , que nace en la asidua contemplación de su amor sin límites revelado en el Cristo eucarístico, cuya presencia “en nuestras casas es para nosotros, hijos de Don Bosco, motivo para visitar frecuentemente al Señor” (Const. 88). Pero el misterio eucarístico “no consiente reducciones ni instrumentalizaciones; debe ser vivido en su integridad, sea durante la celebración, sea en el íntimo coloquio con Jesús apenas recibido en la comunión, sea durante la adoración eucarística fuera de la Misa. Entones es cuando se construye firmemente la Iglesia” [44] .

Determinar los síntomas del malestar no es aún diagnosticar su verdadera causa. Personalmente estoy convencido de que las faltas que se dan en nuestra praxis eucarística son connaturales, en cierto sentido, con la esencia misma del sacramento eucarístico, pero crecen, y permanecen, en la intimidad de nuestro corazón. “La posibilidad que tiene la Iglesia de 'hacer' la Eucaristía tiene su raíz en la donación que Cristo le ha hecho de sí mismo (...). Así, también nosotros confesamos en cada celebración la primacía del don de Cristo (...). Él es eternamente quien nos ama primero” [45] . Esta “precedencia, no sólo cronológica, sino también ontológica” del amor de Dios nos trastorna. La Eucaristía es misterio porque en ella se nos ha revelado tanto amor (cf. Jn 15,13), un amor tan divino que, superando nuestras capacidades, nos abruma y nos deja desconcertados. Aunque no siempre somos conscientes de él, ordinariamente encontramos dificultad en recibir el don de la Eucaristía, el amor de Dios manifestado en la entrega del cuerpo de Cristo (cf. Jn 3,16), que supera nuestra capacidad y desafía nuestra libertad; Dios es siempre más grande que nuestro corazón y llega donde no pueden llegar nuestros mejores deseos.

Y precisamente porque dan por no posible, no razonable, inconmensurable, una tal voluntad de darse de Dios, algunos acumulan excusas para no recibirlo en la celebración sacramental y evitan contemplarlo en el silencio que adora. Un amor tan extremo nos asombra, desvela la pobreza radical de nuestro ser: la necesidad profunda de amar no nos deja tiempo, ni energías, para dejarnos amar. Y, así, preferimos estar atareados, refugiarnos en hacer tanto por los demás y darles tanto de nosotros [46] , y nos privamos del asombro de sabernos tan amados por Dios. Darnos cuenta de esto nos obligaría a sentirnos, y querernos, endeudados por siempre con Dios, de cuyo amor, adorado en la contemplación y recibido en la comunión eucarística, nunca quedaríamos libres.

 

2. RECORDANDO LA EXPERIENCIA DE LOS DISCÍPULOS

No debemos maravillarnos. Esta incapacidad no es nueva; más aún, es connatural en quien sigue a Jesús de cerca. Quien la siente - ¡no quien la consiente! - se confirma como verdadero discípulo, puesto que sólo la advierte quien recibe a Cristo, en cuerpo y sangre, como don inesperado, gratuito e incomprensible. ¿Quién nos ha dicho que aceptar a Cristo, pan de vida, es cosa pacífica, que podemos dar por descontada, que no requiere preparación, que no tiene consecuencias? ¡Nada de esto! No es éste el testimonio del Nuevo Testamento.

2.1 La primera defección de los discípulos (Jn 6,66-71) [47]

Nos lo recuerda el cuarto evangelio. Cuando Jesús, en la sinagoga de Cafarnaún, se identificó como pan del cielo y ofreció su carne como verdadera comida y su sangre como verdadera bebida (cf. Jn 6,55.59), “muchos de sus discípulos”, por primera vez, manifestaron públicamente su incapacidad de “digerir estas palabras” (Jn 6,60).

En el evangelio de Juan, no lo olvidemos, los discípulos comienzan a seguir a un Jesús que pasaba, advertidos por el Bautista y curiosos por saber el lugar donde vivía (Jn 1,35-38); no fueron llamados personalmente por Jesús (cf. Mc 1,16-20), fueron ellos quienes quisieron quedarse con él (Jn 1,39). Comenzaron a creer en él sólo cuando, al faltar el vino durante una boda en Caná de Galilea, Jesús intervino para procurárselo en abundancia a los invitados (Jn 2,1-11). Sin embargo, aquella fe, nacida en un banquete, murió cuando fue anunciado otro, nuevo y estupendo banquete, en el que Jesús no sería ya el dueño de casa ni comensal, sino comida y bebida en la mesa. Jesús se revela no sólo como alguien que da de comer, sino como uno que se da para que lo coman (Jn 6,55-56).

Esta sorprendente promesa la hizo Jesús después de haber saciado el hambre de una gran multitud, “cerca de cinco mil hombres” (Jn 6,10), presentándose, el día después, como “el pan de la vida” (Jn 6,35), precisamente porque, si fuera comido, haría vivir para siempre (Jn 6,58). A la incredulidad de la gente se añadió el escándalo de los discípulos y la deserción de muchos. [48] Por primera vez, no última por desgracia, Jesús, pan del cielo, provocó discordia entre los suyos y el abandono de muchos: la fidelidad de los seguidores fue puesta a prueba cuando Jesús les anunció la entrega de su cuerpo como verdadera comida y de su sangre como verdadera bebida. Los discípulos, que habían visto a Jesús multiplicar el pan (Jn 6,9.13) y caminar sobre el mar (Jn 6,19), no podían comprender que la vida eterna se alcanzase alimentándose de su carne. Así, mientras Jesús anuncia la entrega de sí mismo, los discípulos murmuran (Jn 6,61) y una mayor parte se retira (Jn 6,66).

¿Casual? ¡No, absolutamente! Este discurso (Jn 6, 60 a), el ofrecimiento de sí, fue - y sigue siendo - un verdadero obstáculo, piedra de escándalo, para los más íntimos. Al discípulo siempre le será más fácil seguir a Jesús que comerlo; le será más digerible acompañarlo que tenerlo como alimento. No le bastó al discípulo entonces, y no bastará nunca, seguir al Maestro; deberá alimentarse de su palabra y de su cuerpo. Que Jesús ofrezca su cuerpo como verdadero alimento de vida es duro, inaceptable (Jn 6, 51-58), como para poner a prueba nuestra capacidad de escucha.

Afirma el evangelista que Jesús conocía desde el principio la incapacidad para la fe de muchos de sus discípulos (Jn 6, 60. 66). La desilusión personal del discípulo, consumada por muchos, antes en el abandono y luego en la traición, es explicada por Jesús teológicamente. El enigma de la infidelidad del discípulo recibe así una respuesta paradójica: no cree quien quiere, sino aquel a quien se le ha dado la fe; la fe y la fidelidad son efecto de la gracia de Dios (Jn 6, 64-65). Y más escandaloso todavía: la mera permanencia con Jesús, la convivencia con él, no bastará; en efecto, el evangelista nos recuerda que, entre los que permanecieron con Jesús, estaba también el traidor. Y Jesús lo sabía (Jn 6. 64; cf. 13, 27): quien no le ha sido dado por el Padre (Jn 6, 65), lo entregará (Jn 6, 70-71). La elección personal por parte de Jesús no constituye todavía una tutela contra la defección.

Pero donde se ha consumado el abandono, puede recuperarse la fidelidad. Los discípulos serán incapaces de comprender y de permanecer fieles, si siguen aferrándose a las propias evidencias, a las apariencias superficiales; creerán, en cambio, aquellos a los que les “ha sido concedido por el Padre” (Jn 6, 65): no podrán sentirse atraídos por Jesús, ni llegar a ser sus comensales aquellos que no han sido llevados a él por Dios. Acoger a Cristo como pan entregado es don del Padre; y sólo el creyente que sabe que es don de Dios a Cristo podrá comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre sin poner en peligro la propia vida.

La gracia de la fidelidad ha sido concedida a algunos pocos, los doce [49] , que permanecen. Su portavoz, Simón Pedro, reconoce que no saben adónde ir; permanecen porque - he aquí el motivo auténtico de la fe - sólo Jesús tiene palabras de vida, sólo Él promete vida sin fin (Jn 6,68). “Hemos creído y hemos conocido” (Jn 6, 69), dice en nombre de todos: porque conocer a Jesús es simultáneo con el creer en él: se le conoce creyendo, fiándose de él; y sólo quien se fía, permanece fiel. La fidelidad no florece en la propia buena voluntad, ni sobre los mejores deseos; nace del querer de Dios, que nos ha amado siempre, antes que nosotros a él. La fidelidad se hace posible sólo si se recibe como gracia.

2.2 El abandono consumado por los Doce (Mc 14, 17 - 31) [50]

Una fidelidad prometida no es todavía fidelidad probada. En Cafarnaún los Doce escogieron permanecer con Jesús; pero, aunque advertidos durante la última cena, en Getsemaní “todos, abandonándolo, huyeron” (Mc 14,50). Se habían comprometido a permanecer con quien se les había ofrecido como pan de vida; pero cuando Jesús hizo realidad su promesa (Mc 14,22-25), debió preanunciar la traición por parte de uno (Mc 14,17-21), la negación de un segundo (Mc 14,29-30) y el escándalo y la fuga de todos los demás (Mc 14,26-27).

Es realmente trágico, y en esto los cuatro evangelios son concordes, que la infidelidad de los discípulos, su preanuncio (Mc 14,17-21; Mt 26,20-15; Lc 22,14.21-23; Jn 13,21-30) y su cumplimiento (Mc 14,26-42; Mt 26,30-46; Lc 22,33-34.40-46; Jn 13,37-38), tengan como contexto una comida con Jesús, la última cena (Mc 14,22-25; Mt 26,26-29; Lc 22,15-20), donde Jesús puso en acto su promesa de entregarse como pan y vino (Mc 14,22-24). El anuncio de la traición en semejante contexto, además de unir muerte de Jesús y Eucaristía, don de la vida y del pan de vida, hace que la entrega de sí en la cruz sea el último, y el más difícil, de los escándalos que los discípulos deberán afrontar. Durante la última cena, la primera Eucaristía, la tiniebla estaba aún en el corazón de los discípulos: sólo la hora de la cruz disipará la noche (Jn 13,1.27).

2.2.1 Seguir a Jesús no nos asegura el no traicionarlo

Marcos, el primer cronista de la pasión y muerte de Jesús, narra la traición de Judas en tres escenas distribuidas a lo largo del relato del último día de Jesús, antes de su muerte (Mc 14,1-72). Con sorprendente neutralidad, el narrador muestra la voluntad decidida de Judas de entregar a Jesús a las autoridades y la decisión resuelta de Jesús de entregarse a sí mismo. El plan está concebido por “Judas Iscariote, uno de los Doce”, que se ofrece a los sumos sacerdotes “para entregarles a Jesús... y buscaba la ocasión oportuna para entregarlo” (Mc 14,10). Jesús, “mientras estaban en la mesa comiendo” (Mc 4,18), todavía antes de instituir la Eucaristía (Mc 14,22-25), revela la próxima traición y el traidor. Luego, en Getsemaní, en plena noche, Judas se presentará con “un grupo armado con espadas y palos” y paradójicamente entregará a Jesús con un beso, como si fuese su amigo (Mc 14,43-49).

Ni la decisión tomada de entregar a Jesús hace que Judas renuncie a ocupar un puesto en la mesa con Jesús, ni el ser comensal a su lado (Mc 14,18) y haber metido la mano en el plato único (Mc 14,20), hace que él desista de su propósito (Mc 14,45-46). Por esto sorprende que mientras Judas se prepara a entregar a Jesús, Jesús se entrega a sí mismo a los suyos en el pan partido y en el vino vertido. Si la presencia en la primera celebración de la cena eucarística no salvó a Judas de la alevosía de traicionar a su Maestro, la presencia del traidor no impidió a Jesús entregarse por todos. Y esto quiere decir que, hoy como ayer, se puede participar en la Eucaristía y al mismo tiempo alimentar en el corazón deslealtad y mala fe. También Judas había dejado todo, un día, para estar con Jesús (cf. Mc 3,13); pero después acabó por dejarlo en las manos de los enemigos por dinero (Mc 14,11).

Pero tal vez peor todavía que la traición por parte de uno es la inseguridad de todos: los otros discípulos, superada la sorpresa inicial, están tan inseguros de su fidelidad que preguntan a Jesús, uno tras otro, si fuese él el traidor anunciado: “¿Soy yo acaso?” (Mc 14,19). En la última cena todos reciben el pan que es su cuerpo y el vino que es sangre de la nueva alianza (Mc 14,22-23); pero uno de ellos sigue pensando en traicionar a Jesús y los otros no están seguros de permanecer fieles a él.

Este pasaje del evangelio de Marcos es verdaderamente desconcertante, y no sólo porque nos narra cuanto sucedió entre Jesús y sus amigos, sino sobre todo porque sigue siendo actual también hoy. Haber sido elegido personalmente como compañero de Jesús (Mc 3,13), ser su comensal en la mesa donde Jesús sirve un pan que es su cuerpo, no es garantía de fidelidad. Los Doce, aquellos que habían permanecido con Jesús porque tenía palabras de vida (Jn 6,68), se derribaron todos aquella noche de la última cena. Nos preguntamos ¿cómo es que estar con él no es suficiente para permanecer con él? ¿Cómo es que comer con él no basta para serle fieles?

2.2.2 Prometer mucho a Jesús no nos libra de renegarlo

No basta siquiera la expresión prometida de un amor entusiasta, auténtico sí, pero inmaduro. En efecto, en seguida después de haber acabado de comer, ya instituida la Eucaristía, en el camino hacia el monte de los Olivos, Jesús anunció que Pedro le habría renegado tres veces (Mc 14,26-31); pero Pedro lo negaba con insistencia, y “lo mismo decían todos los demás” (Mc 14,31). Por una parte Jesús quiere prevenirlos, pero por otra ellos se obstinan en declarar su disponibilidad, incluso a morir con el Maestro. La cosa más dramática es que quien más ha prometido, más renegará.

Pedro, que no habla aquí como portavoz de los Doce, insiste en su adhesión personal a Jesús: “aunque todos... yo no” (Mc 14,29). Seguro de sí, cree poder prometer fidelidad, convirtiendo su seguridad en temeridad; ama tanto a su Señor, que no quiere escuchar y acoger sus predicciones: “aunque tuviese que morir contigo, no te renegaré” (Mc 14,31). No se opone a la muerte ya anunciada de Jesús (Mc 8,32); es más, se dice dispuesto a morir a su lado. Difícilmente se podría pensar un amor mayor (cf. Jn 15,13) y fidelidad; pero precisamente así se puso en evidencia la distancia que los separa. Jesús sabe que Pedro lo renegará repetidas veces; Pedro repetidamente rechaza aceptar esta advertencia. El discípulo que promete fidelidad debería recordar a Pedro: la fidelidad es fruto no de las promesas sino de la gracia, porque es la prueba del amor hasta el extremo.

Con magistral destreza, Marcos pone en contraluz las negaciones de Pedro en el patio con la confesión de Jesús ante el sanedrín: en confrontación con Jesús, que pone en peligro su vida, Pedro niega todo para salvarla (Mc 14,50-52). El único discípulo que todavía seguía a Jesús no logra afrontar las preguntas de algunos siervos. Pedro, el único que se ha negado a abandonar a Jesús, acabará negando que ha sido su seguidor. Pedro personifica así a aquellos discípulos que reniegan al propio Señor con tal de no renegar de sí mismos (cf. Mc 8,34): ¡una actitud completamente contraria a la eucarística!

2.2.3   La alianza, traicionada apenas instituida, debe ser recordada

El cuerpo entregado y la sangre derramada de Jesús sellan la alianza y anuncian el reino de Dios (Mc 14,24-25). La alianza instaurada en la cena no se circunscribe a los que la acaban de sancionar. El sacrificio de Jesús es por muchos (Mc 14,24; Mt 26,28). Los Doce han sido los primeros, pero no serán los únicos.

Narrando la institución de la Eucaristía, la tradición evangélica no ha querido callar, para advertencia nuestra, que todos los que comieron y bebieron en la mesa con Jesús en la última cena lo abandonaron inmediatamente después (Mc 14,27.50). Haber sido dignos de recibir, los primeros, el cuerpo y la sangre de su Señor no les hizo muy fieles.

El camino de Jesús hacia el calvario comienza no cuando los enemigos lo prenden, sino cuando los discípulos lo abandonan. La proximidad de la cruz reveló la debilidad de los discípulos y la pobreza de sus motivos en el seguimiento de Jesús. Nadie puede seguir a Jesús y dar la vida por él, si Jesús no ha dado su vida por él. Esto no lo sabían los Doce que comieron con Jesús, cuando se dio a ellos en el pan y en el vino; pero podrán recordar, muerto y resucitado Jesús, que dar la vida por Él es el deber de quien la ha recibido en la mesa eucarística.

Ésta es, precisamente, la “memoria” que hacer (1 Cor 11,24), el recuerdo de Jesús que se debe reavivar continuamente hasta cuando Él vuelva (1 Cor 11,26). Y hacer memoria no es cuestión de libre elección; ha sido un preciso mandato de Jesús, transmitido, antes de entregarse, a los que comían con él. Jesús, aún sabiendo que sus discípulos no habrían sido fieles, sin embargo los obligó a hacer memoria de él y de su gesto. ¡Curioso al menos este comportamiento de Jesús! No espera que los discípulos permanezcan fieles para mandarles que hagan memoria de él. Pero esto también es gracia: para hacer la Eucaristía no hay necesidad de ser perfectos, basta sentirse amados por Jesús hasta el extremo.

2.3 El gesto de la hora de Jesús: amar hasta el extremo (Jn 13,1-20) [51]

De nuevo es el cuarto evangelio el que nos ofrece la respuesta. Es bien conocido el hecho, singular y aún no bien explicado, que Juan no ha transmitido las palabras de la institución de la cena en su narración de la pasión de Jesús y ha preferido centrarse en el cumplimiento de la hora de Jesús y de su amor extremo (Jn 13,1) “dando preeminencia a la relación de cada creyente con Jesucristo” [52] , una relación que queda ejemplificada en el gesto que hace el Maestro de lavar los pies a sus discípulos “mientras cenaban” (Jn 13,2). El evangelista revela así “el sentido de la institución de la Santa Eucaristía (...). Jesús se inclina para lavar los pies de sus discípulos como signo de su amor que llega hasta el extremo. Este gesto profético anticipa la expoliación de sí hasta la muerte en cruz”. [53]

El acto de Jesús, inesperado y sorprendente [54] , sólo puede ser explicado por él (Jn 13,6-20); y él lo hace, antes aún de efectuar el lavatorio de los pies, en diálogo con Pedro (Jn 13,6-11) y luego como maestro, sentado de nuevo a la mesa, instruyendo a todos los discípulos (Jn 13,12-20). Según Jesús, el gesto simboliza el don total de sí, el amor extremo a los suyos [55] , llegada ya la hora del paso de este mundo al mundo del Padre (Jn 13,1). El amor a los suyos concluye su vida, puesto que la entrega; la vida entregada prueba su amor sin límites. El lavatorio de los pies no es otra cosa que figura y signo de este amor último (Jn 13,5). Y, en efecto, la acción de Jesús, aún antes de ser narrada (Jn 13,4-5), ya ha sido definida como un acto concreto de amor (Jn 13,1), de fidelidad extrema (cf. Jn 10,17-18).

Con un humilde acto de servicio hecho a los suyos, Jesús constituye la comunidad de los discípulos [56] : quien quiera tener parte con él deberá dejarse servir como señor por su Señor (Jn 13,9.14). La “comunión con Cristo”, que se realiza al bendecir el cáliz y al partir el pan (1 Cor 10,16), es presentada ahora como un “tener parte” con él (Jn 13,8); el precio que hay que pagar es, precisamente, dejarse servir por el mismo Maestro y Señor. Las objeciones de Pedro son más que razonables (Jn 13.8), aunque sigue sin entender y pensando de modo humano (Jn 13,7; cf. Jn 7,24; 8,15). Él trata de rechazar un gesto impropio, que humilla a su Señor (Jn 13,6), y que es contrario a la imagen, y a los deseos, que alimenta hacia él (cf. Mt 16,22). Pero quien no se deja servir hasta este modo extremo - asegura Jesús - corre el peligro de no compartir su suerte (Jn 13,8). El discípulo accede a la herencia de su Señor sólo si permite ser servido por él.

Que Jesús hable en serio a Pedro resulta evidente por lo que añade: se puede ser lavados, pero no purificados (Jn 13,10; cf. 1 Cor 11,26); se puede comer con Jesús y levantar el calcañal contra él (Jn 13,18). La purificación no es automática, se debe aceptar, aunque se realice como un humillante lavatorio de pies. Quien no se deja purificar por Jesús siervo, quien no lo acoge como él es, como quiere ser para nosotros (Jn 13,20), no merece estar con él y será excluido de la comunidad de los creyentes (Jn 13,27-30). El traidor permanece impuro, porque es incrédulo, y es incrédulo porque no acepta a Jesús como don (Jn 13,11; 6, 64.70.71). Quien no se dejó servir por Jesús no permaneció mucho tiempo en comunidad; es más, siguió comiendo bocados de la mano de Jesús, ¡pero Satanás fue su alimento (Jn 13,26-27 a; cf. Lc 22,3)! Sólo quien permite a Cristo darse en el pan eucarístico, sólo quien se deja servir por su Señor, será su compañero, no ya en la mesa, sino por toda la vida. No es casual que sólo después de que Judas salió del cenáculo, Jesús se 'sintió en la gloria' (Jn 13,31) y mandó a los suyos que se amaran como él los había amado (Jn 13,34-35). Jesús dio el mandato del amor a los que se han dejado amar hasta el extremo.

“Una vez lavados los pies y vestido el manto” (Jn 13,12 a), Jesús se sienta, recupera su autoridad y se pone a enseñar a los discípulos. El gesto hecho por él no debe ser considerado como excepcional; es modelo de conducta, norma de comportamiento entre ellos (Jn 13,12 b - 14). Jesús no quiere que se quede en un precioso recuerdo, exige que se transforme en ley de la existencia cristiana. El gesto es más que un signo, es una demostración del nuevo modo de vivir en común el discipulado de Jesús: quien manda en la comunidad cristiana sirve a todos (Jn 13,15; 1 Cor 3,16).

Quien se reconoce siervo no puede soñar en ser amo; quien es consciente de ser mandado no puede evitar dejarse mandar; el servicio recíproco no es opción libre, es norma obligatoria de conducta para los enviados de Cristo (Jn 13,16). El cumplimiento del servicio fraterno es, además, el gozo del cristiano, su bienaventuranza (Jn 13,17). Es notable que la primera bienaventuranza joánica (cf. Jn 20,29) esté vinculada a un hacer como Jesús. El gesto singular se debe convertir en práctica habitual; precisamente porque no es ejemplo que imitar, sino un don que acoger. El como de la acción de Jesús fundamenta la imposición: la persona de Jesús, un gesto suyo, es la norma a seguir en las relaciones interpersonales en comunidad. Una comunidad que ha nacido de un acto de servicio de Jesús no puede mantenerse en vida si no se repite en ella este servicio [57] .

Y así, el “haced esto en memoria de mí” (Lc 22,19; 1 Cor 11,24), la anámnesis eucarística de obligada ejecución en la Iglesia, es en Juan un “haced también vosotros como yo” (Jn 13,14-15). El gesto 'eucarístico' que deben repetir las comunidades cristianas será siempre la entrega de la propia vida hasta el fondo, hasta el final, recordado tanto en el partir del pan como en el servicio a los hermanos. ¿Por qué entonces - me atrevería a preguntar - el lavatorio de los pies no ha logrado ser memoria eucarística del Señor Jesús hasta que él vuelva? El servicio a los hermanos es, también, modo eficaz de hacer memoria de Cristo. Vivir sirviendo a los hermanos debe constituir la otra forma activa de recordar a Cristo eucarístico.

 

3. 'HACERSE EUCARISTÍA' HOY

Caminar desde Cristo, el programa espiritual para la Iglesia del Tercer Milenio [58] , debe estar en el “centro de todo proyecto personal y comunitario”, recordaba a los religiosos Juan Pablo II, y añadía: “encontradlo y contempladlo de modo especial en la Eucaristía, celebrada y adorada todos los días, como fuente y cumbre de la existencia y de la acción apostólica” [59] . No le faltaban razones. Además de “adherir cada vez más a Cristo”, caminar desde él “significa proclamar que la vida consagrada es (...) 'memoria viviente del modo de existir y de obrar de Jesús'” [60].

Pues bien, os lo repito, no hay ninguna otra memoria de Cristo tan eficaz como la eucarística: sólo ella hace presente al Cristo recordado. Es verdad, “en la celebración eucarística y en la adoración” nosotros consagrados, encontramos “la fuerza para el seguimiento radical de Cristo”. Pero no sólo; el misterio de la Eucaristía, “viático cotidiano y fuente de la espiritualidad de cada uno y del Instituto” [61] , “nos atrae al acto oblativo de Jesús. Nosotros no recibimos de modo pasivo el Logos encarnado, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega” [62] . Hacer la eucaristía nos reclama a “vivir el misterio pascual de Cristo, uniéndonos con Él en la oferta de nuestra propia vida”; es decir, estamos invitados a identificarnos con Él, haciendo con la propia vida entregada memoria del Cristo. “En efecto, participando en el Sacrificio de la Cruz, el cristiano comulga con el amor de donación de Cristo y se capacita y compromete a vivir esta misma caridad en todas sus actitudes y comportamientos de vida” [63] . Don Bosco lo expresaba con aquellas palabras tan apreciadas por nosotros: “Yo por vosotros estudio, trabajo, me santifico”. En definitiva, “en el 'culto' mismo, en la comunión eucarística está incluido a la vez el ser amado y el amar a los otros. Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma” [64] .

“Hacerse eucaristía”, es decir, don de amor por los demás” [65] , es, precisamente, “la contribución esencial que la Iglesia espera” [66] . No será posible dar esta contribución a la Iglesia si no vivimos haciendo la eucaristía y haciéndonos eucaristía; en efecto, la Eucaristía está “en el origen de toda forma de santidad (...). ¡Cuántos santos han hecho auténtica la propia vida gracias a su piedad eucarística!” [67] , entre los cuales, lo sabemos bien, está también Don Bosco.

Para animaros mejor a caminar desde Cristo Eucaristía en el camino hacia nuestra santidad, “nuestro deber esencial” [68] , “el don más precioso que podemos ofrecer a los jóvenes” (Const. 25), permitidme una ulterior reflexión sobre la esencia de la vida consagrada y una existencia eucarística.

La vida consagrada encuentra su identidad cuando refleja en sus obras la memoria viviente del modo de existir y de obrar de Jesús. Si es típico de la persona consagrada vivir estos valores evangélicos en la misma forma en que los vivió Jesús, es bueno subrayar que a este Jesús, muerto y resucitado, lo encontramos vivo y presente en la Eucaristía: por tanto “la Eucaristía, por su naturaleza, ocupa el centro de la vida consagrada, personal y comunitaria” [69] . Además, podríamos decir que la vida consagrada tiene una forma de ser plenamente eucarística, si quiere permanecer coherente consigo misma. En efecto, en la Eucaristía los consagrados encuentran el propio modelo y la propia realización perfecta de las exigencias fundamentales de su vida.

3.1 La vida consagrada, “vida eucarística”

“En este cuadro” (el de la espiritualidad eucarística y de la vida cotidiana) - y cito una proposición, la 39ª, del reciente Sínodo sobre la Eucaristía - “resplandece el testimonio profético de las consagradas y de los consagrados que encuentran en la celebración eucarística y en la adoración la fuerza para un seguimiento radical de Cristo, obediente, casto y pobre. La vida consagrada tiene aquí la fuente de la contemplación, la luz para la acción apostólica y misionera, el sentido último del propio compromiso con los pobres y los marginados y la prenda de la realidad del Reino”.

Esta mención sinodal de la Eucaristía no alude, ante todo, al Sacramento en sí mismo, ni se refiere sólo a su celebración litúrgica, sino al hecho que en ella encontramos, vivo y presente, a Jesucristo, precisamente en su existencia del Misterio Pascual. En este sentido se comprende perfectamente la afirmación de Juan Pablo II que la Eucaristía de Cristo “no sólo es un don entre otros muchos, aunque sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de sí mismo” [70]

Siguiendo la sugerencia del Sínodo, os invito, pues, a contemplar los elementos fundamentales de la vida consagrada en clave eucarística, a través de una imagen, al mismo tiempo sencilla y sugestiva: el corazón. La profesión de los consejos evangélicos, como corazón de la vida consagrada, late al doble movimiento de la fraternidad (sístole) y de la misión (diástole), vividos ambos según los diversos carismas. En efecto, me parece encontrar una semejanza muy profunda y significativa entre las grandes dimensiones de la Eucaristía, como ”corazón de la vida eclesial” [71] , y este 'corazón' de la vida consagrada que constituye la profesión de los consejos evangélicos. Como afirma Juan Pablo II, “la Eucaristía es al mismo tiempo e inseparablemente, el memorial del sacrificio en el que se perpetúa el sacrificio de la Cruz y el sagrado banquete de la comunión con el Cuerpo y la Sangre del Señor” [72] .

3.1.1 La vida consagrada, “memorial” mediante la obediencia

Memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús”, la vida consagrada “es tradición viviente de la vida y del mensaje del Salvador” [73] .

La categoría del “memorial”, lo sabemos, no indica una “repetición” del evento, ni se limita simplemente a “recordarlo”, sino que lo hace presente y actual. Nuestra mentalidad occidental acepta con dificultad esta actualización de un evento, aunque ésta resulte fundamental para comprender el sentido de la fiesta en las culturas tradicionales. [74]

Describir el memorial como “actualización del evento” puede prestarse a una cierta comprensión “mítica”, como si la historia de la salvación no estuviese formada por eventos únicos e irrepetibles, incluida la muerte del Señor (cf. Hebr 7,27; 9,12; 10,10). Sería preferible hablar, más que de un “acontecimiento que se actualiza”, de la presencia viva, real, del protagonista de este evento, Jesucristo, muerto y resucitado. La vida consagrada sólo puede ser memorial de Jesucristo si continúa haciendo presente, en todos los tiempos y en todos los lugares, la misma forma de vida. Y esto, precisamente, constituye el núcleo de la obediencia consagrada y que Don Bosco expresaba con su famosa frase: “Yo soy siempre sacerdote...”.

Una lectura atenta de la Exhortación Apostólica La Vida Consagrada descubre que el fulcro y el centro de los consejos evangélicos se encuentra en la obediencia: esto no hace sino reflejar el testimonio de la tradición bíblica. En el AT encontramos la obediencia como principal expresión de la fe: los grandes creyentes son, por consiguiente, grandes obedientes. En el umbral del NT encontramos a María, Aquella que creyó y aceptó plenamente colaborar con Dios en su proyecto de salvación. Y, sobre todo, la vida entera de Jesús, desde su encarnación (cf. Hebr 10,5.7; Jn 6,38), su misión (cf. Mc 1,38; Lc 4,43; Jn 4,34) y, sobre todo, su pasión (cf. Mc 14,36; Jn 12,27-28; Hebr 5,7-9) es un camino continuo de perfecta obediencia [75] .

Además, según La Vida Consagrada, tanto la virginidad como la pobreza son, en cierto modo, la consecuencia de la obediencia: “Él es el obediente por excelencia (...). En esta actitud de docilidad al Padre, Cristo, aun aprobando y defendiendo la dignidad y la santidad de la vida matrimonial, asume la forma de vida virginal y revela así el valor sublime y la misteriosa fecundidad espiritual de la virginidad. Su adhesión plena al designio del Padre se manifiesta también en el desapego de los bienes terrenos (...). La profundidad de su pobreza se revela en la perfecta oblación de todo lo que es suyo al Padre” [76] .

El elemento memorial no se reduce simplemente a la celebración litúrgica en la que se repiten las palabras de Jesús “Esto es mi cuerpo ofrecido en sacrificio por vosotros” y, por tanto, no consiste en volver a hacer sacramentalmente un evento que sucedió una vez por todas, sino en hacerlo presente en la Eucaristía (“hacer eucaristía”) y en hacerse memoria viviente de su modo de ser y de actuar (“hacerse eucaristía”). Esta prolongación de la entrega total de Cristo en la vida de cada uno de los consagrados se cumple a través del voto de obediencia. El voto de obediencia es el voto que expresa mejor esta total pertenencia a Dios, esta total entrega a Dios hasta el punto de no tener otra cosa que hacer que identificarse con la voluntad del Padre. Y entonces la espiritualidad eucarística no es sólo celebrar con decoro, con devoción, la Eucaristía. Se debe traducir en una vida de obediencia, allí donde realmente se hace el memorial de Cristo y nos hacemos una memoria viviente suya.

3.1.2   La vida consagrada, “sacrificio” a través de la castidad

La segunda gran dimensión de la Eucaristía es el sacrificio. No es éste el momento de entrar en la discusión si la reforma postconciliar ha obscurecido, o incluso marginado, el carácter sacrificial de la celebración eucarística [77] . Los testimonios bíblicos, tanto en la tradición sinóptica como en la paulina, son concordes en afirmar que

  • Jesús estableció un paralelo entre el pan partido y el propio cuerpo (Mc 14,22; Mt 26,26; Lc 22,19; 1 Cor 11,24).
  • Jesús definió una comparación entre el vino (que debía ser bebido durante la cena pascual) y su sangre, añadiendo que mediante su sangre se realiza la Nueva Alianza (Mc 14,24; Mt 26,28; Lc 22,20; 1 Cor 11,25).
  • La presencia de la expresión por en los cinco textos hace poner la atención en “por quien” ha sido entregado el cuerpo y derramada la sangre (Mc 14,24; Mt 26,28; Lc 22,20). [78]

La historia reciente sobre el sentido sacrificial de la Eucaristía - derivado, evidentemente, del Misterio Pascual - nos deja una enseñanza enriquecedora: no es el sufrimiento, sino el amor, el centro de la redención como obra del Padre, por medio de Cristo, en el Espíritu: Jesús puede dar la propia vida, como máxima expresión del propio amor, ¡como su don más grande! “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

Se suele afirmar que la Eucaristía es “memorial” de la muerte y resurrección del Señor, pero esto no es exacto si se refiere a la primera Eucaristía, la