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“Queridos salesianos, ¡sed santos!”

CARTAS DEL RECTOR MAYOR - DON PASCUAL CHÁVEZ


<>“QUERIDOS SALESIANOS, ¡SED SANTOS!”  [1]

Esquema:
Un conjunto de felices coincidencias
1. La santidad, patrimonio permanente de familia
  1.1. Tras las huellas de Don Bosco
  1.2. Nuestra santificación
2. Nosotros, educadores para la santidad
  2.1. La santidad, propuesta de la educación salesiana
  2.2. Un camino educativo a la luz de la espiritualidad salesiana
3. La santidad florece en la Comunidad
  3.1. Recordando el CG25
  3.2. Estimulados por los tres recientes Beatos
4. Invitación a la revisión. Nuestros  nombres están escritos en el cielo
  4.1. Un homenaje a lo concreto
  4.2. Una revisión que se hace oración


“Queridos Salesianos, ¡sed santos!”[1]

Roma, 14 de agosto de 2002
Vigilia de la Asunción de la SS. Virgen María

Queridísimos Hermanos:

Han pasado cuatro meses desde la clausura del CG25, que ha sido una fuerte experiencia espiritual salesiana. Tenéis en vuestras manos los Documentos Capitulares “La Comunidad Salesiana Hoy”, que –estando a cuanto dicen los hermanos que escriben- han sido bien acogidos por las Inspectorías y son objeto de estudio y de asimilación, en vista de la renovación de nuestras comunidades. Ahora me pongo en contacto con vosotros por medio de esta mi primera carta circular.

Escribir cartas ha sido la forma apostólica empleada por San Pablo para superar la distancia geográfica y la imposibilidad de estar presente en medio de sus comunidades, para acompañarlas en su vida. Con las debidas diferencias, también las cartas del Rector Mayor pretenden crear cercanía con las Inspectorías a través de la comunicación, compartiendo cuanto acontece en la Congregación e iluminando la vida y la praxis educativo-pastoral de las comunidades. Os escribo en la vigilia de la Asunción de María y a dos días de la fecha que recuerda el nacimiento de nuestro querido Padre Don Bosco. No os oculto que me agradaría mucho estar cerca de vosotros y compartir vuestros trabajos actuales y vuestros sueños mejores; de modo particular, siento en lo más profundo del corazón el deseo de rezar por cada uno de vosotros. Que el Señor os llene de su Don por excelencia, el Espíritu Santo, para que os renueve y os santifique a imagen de nuestro Fundador, que nos ha sido dado como modelo (cf. Const. 21). María, la experta del Espíritu, os enseñe a acogerlo y a hacerle sitio, para que os haga fecundos en la misión apostólica y creyentes felices en Cristo, Palabra del Padre.

Precisamente de santidad quiero hablaros hoy, en continuidad con algunas de mis intervenciones al final del Capítulo, especialmente después de la audiencia con el Santo Padre y de la beatificación del Sr. Artémides Zatti, de Sor María Romero y de Don Luis Variara. El objetivo no es tanto el escribir un pequeño tratado sobre la santidad, cuanto el presentárosla como don de Dios y urgencia apostólica, ofreceros algunas motivaciones que os comprometan en su práctica e indicar la metodología que os la facilite.

Un conjunto de felices coincidencias

El hecho de haber sido elegido en un Capítulo General que ha tenido como tema la comunidad salesiana, lugar de nuestra santificación cotidiana, y que se ha clausurado “con el don de la beatificación de tres miembros de la Familia Salesiana”[2] –un salesiano sacerdote, un salesiano coadjutor y una Hija de María Auxiliadora- me impone el tema de la santidad o, como dije en el discurso de clausura del CG25, del primado de Dios: “Dios debe ser nuestra primera ‘ocupación’”[3] . El Santo Padre, con la llamada que hizo en su discurso a los capitulares, confirmó con su suprema autoridad el objetivo de la santidad. Ya en el mensaje que mandó para la apertura del Capítulo, nos había recordado que “tender hacia la santidad” es “la principal respuesta a los desafíos del mundo contemporáneo””, y que “se trata, en definitiva, no tanto de emprender nuevas actividades e iniciativas, cuanto de vivir y testimoniar el Evangelio, sin componendas, de manera que estimule a la santidad a los jóvenes”[4] . Luego, en la audiencia, quiso resumir todo su mensaje con una fuerte invitación: “Queridos Salesianos, ¡sed santos! La santidad es -lo sabéis muy bien-  vuestro deber esencial”[5] .

Es un conjunto de coincidencias, que me agrada leer no como casuales –para un cristiano nada hay de casual- sino como inscritas en el plan de Dios y, por lo tanto, que se deben interpretar con espíritu de fe: ¿por qué no proponer, por lo tanto, la santidad como programa de vida y de gobierno? Éste era, precisamente, mi propósito cuando en el discurso final del Capítulo dije que “la santidad es también la consigna de este Capitulo que se concluye con el don de tres nuevos beatos”[6] .

Una aurora de mi servicio iluminada por semejante luz es para mí una invitación más elocuente que cualquier deseo verbal. Recuerda la meta por excelencia. Es un mensaje ciertamente exigente, porque señala “la meta más alta” en sentido absoluto, pero que lanza  a la esperanza y al optimismo, indicándonos a tantos de nuestros hermanos que han alcanzado la colina de las Bienaventuranzas. Refiriéndonos a ellos, nuestros consanguíneos en el espíritu, podemos decir, parafraseando la liturgia: “No tengas en cuenta, oh Padre, nuestros pecados, sino la santidad de nuestra familia”.

Por estas circunstancias, todas significativamente convergentes, he pensado dedicar mi primera carta a este tema.

1. La santidad, patrimonio permanente de familia

Nunca daremos suficientemente gracias a Dios por el don de los Santos de nuestra Familia carismática. La nuestra –nos escribía el Papa- “es una historia rica de santos, muchos de ellos jóvenes”[7] . Y, en la audiencia, de nuevo nos habló de “numerosos Santos y Beatos que constituyen la pléyade celeste de vuestros protectores”[8] . Esto demuestra que el carisma salesiano no sólo es capaz de indicar el camino de la santidad, sino también, si se vive, de alcanzar su meta, como de hecho ya se ha realizado en no pocos de nuestros hermanos y de nuestras hermanas.

Mis predecesores se han detenido muchas veces a presentar semejante panorama[9] . Yo también deseo contemplar este nuestro “no pequeño grupo de Santos y Beatos salesianos”[10] , y haceros partícipes de cuanto, al recordarlos, me interesa más.

1.1. Tras las huellas de Don Bosco

      Nuestros Santos son ciertamente “los testigos” más cualificados de nuestra espiritualidad, porque la han vivido y la han vivido heroicamente. En mí suscita particular interés el hecho de que en cada uno de ellos se encarna un aspecto específico de nuestro carisma. Acentuándolo, ellos lo han hecho más visible, más luminoso, más explícito. Se han apoderado de él y lo han profundizado, hasta tal punto que se podrían definir otras tantas “profundizaciones monográficas” del Fundador.

      Un grupo de ellos ha dado incluso origen a nuevas Congregaciones religiosas en la Iglesia, como ramas nacidas en el mismo tronco. Así han hecho visibles potencialidades latentes, pero insertas en la semilla original. Cada uno de ellos, pues, sobresale por un mensaje particular.

      Del conjunto se puede obtener la visión más auténtica y más completa de nuestra experiencia espiritual. Son notas diversas que contribuyen a formar una única armonía. Notas, las más variadas: desde las más conocidas a las menos subrayadas, pronunciadas como en sordina; desde, diremos, las más comunes hasta las consideradas más insólitas, como si fueran extrañas a nuestra espiritualidad. Estas diversas reediciones de Don Bosco, reconocidas oficialmente por la Iglesia, todas tienen derecho de ciudadanía en medio de nosotros. Lo vuelven a proponer vivo a nuestra atención y a nuestra custodia. Y nosotros, sus hijos, herederos de tan rico patrimonio, gozamos al captar en ellos este o aquel dato que reconocemos en seguida como uno de tantos rasgos de la fisonomía de nuestro Padre.

      Querría enumerar, a modo de ejemplo, algunos de estos rasgos del modo original de reproducir la herencia común de familia, la santidad salesiana:

      - Una espiritualidad que sabe hacer la síntesis entre trabajo y templanza. Y la mente vuela a Don Rua, modelo de rara abnegación, cuyo mejor elogio fue hecho por Pablo VI: “Si en verdad Don Rua se califica como el primer continuador del ejemplo y de la obra de Don Bosco, nos gustará imaginarlo siempre y venerarlo bajo este aspecto ascético de humildad y de dependencia”[11] .

      - Una espiritualidad que nace de la caridad pastoral, que llega a hacerse amar y manifiesta la paternidad de Dios[12] . Y el recuerdo se orienta a Don Rinaldi: “Quien se acercaba a él –leemos en las actas del Proceso- sentía que se acercaba a un papá”[13] .

      - Una espiritualidad que se expresa a través de la humildad activa y que se hace “signo inequívoco de la lógica de Dios, que se contrapone a la del mundo”[14] . Éste ha sido el ejemplo luminoso de María Dominica Mazzarello.

      - Una espiritualidad de lo cotidiano y del trabajo[15] . En este panorama se nota la identidad laical, tanto consagrada como no consagrada. En cuanto al primer grupo, podemos pensar en seguida en las dos figuras de “buen samaritano”, Simón Srugi y Artémides Zatti. Para la identidad laical no consagrada, nuestro pensamiento va a la primera de todas las Cooperadoras -Mamá Margarita- cuya figura suscita cada vez mayor simpatía, que florece en devoción y en gracias.

      - Una espiritualidad que armoniza contemplación y acción[16] . Y nos parece ver el retrato de la reciente beatificada Sor María Romero Meneses, animadora de 36 Oratorios y de una serie de instituciones pastorales que nacían con inesperada oportunidad y se convertían en tradiciones. O Atilio Giordani, espléndido modelo de Cooperador Salesiano, volcán de actividades entre sus oratorianos.

      - Una espiritualidad de las relaciones y del espíritu de familia, que todo lo reviste de alegría[17] . Y pensamos en seguida en un Don Cimatti: “Cuando él aparecía –afirma incisivamente un testigo- sonreían hasta las paredes”.

      - Una espiritualidad del equilibrio. Y nuestro pensamiento vuela a Don Quadrio, irresistible imán de sus clérigos, maravilloso entramado de dones de naturaleza y de gracia.

      - Una espiritualidad que asume la dimensión oblativa. Basta leer las biografías de Don Beltrami, Don Czartoryski y Don Variara para ver cómo hicieron del sufrimiento la vía regia de su santificación, obteniendo también de él –como en el caso de Variara- un nuevo carisma congregacional. Mirando a Don Bosco doliente, ellos llegaron a “desear” la cruz y a recoger su gozo interior.

      - Finalmente, no podemos dejar de subrayar el grupo tan numeroso de nuestros mártires–hermanos, hermanas y jóvenes- cuyas Beatificaciones han marcado el final y el comienzo de los dos siglos. Justamente orgullosa de tener más de cien años, la Familia Salesiana es feliz de tener más de cien mártires (hoy son 111)[18] , y se siente responsable de ello: el martirio, la efusión cruenta de la sangre como también el don de la propia vida en el sacrificio diario, es connatural con el espíritu salesiano. ¿Comprenderemos el mensaje de este don? ¿Asumiremos sus consecuencias? En la homilía del domingo 11 de marzo de 2001, cuando beatificó a 233 mártires españoles, 32 de ellos salesianos, el Santo Padre dijo: “Al comienzo del tercer milenio, la Iglesia que peregrina en España está llamada a vivir una nueva primavera de cristianismo”[19] . ¿Por qué no contar también nosotros con la ayuda incomparable de nuestros mártires “para llenar de esperanza nuestras iniciativas apostólicas y los esfuerzos pastorales en el trabajo, no siempre fácil, de  la nueva evangelización?”[20] . También para nosotros, salesianos, debe ser verdad: Sanguis martyrum, semen christianorum! ¡La sangre de los mártires es semilla de los nuevos cristianos![21] . No nos desanimemos, pues, ante las dificultades: ¡afrontamos el futuro en buena compañía!

  Éstos son los pétalos de la flor de nuestra santidad, la cual –gracias a ellos- se presenta estimulante y convincente en la policromía de las edades, de las formas de vida y de servicio, de los tiempos, de los mensajes, de las etnias, de las culturas. “Debajo de tanta diversidad de origen, estados de vida, misión y nivel de instrucción y procedencia geográfica, hay una única inspiración: la espiritualidad salesiana... Ésta se puede proponer en forma doctrinal; pero también se puede describir con ventaja a través de las biografías que acercan mucho más sus rasgos a las circunstancias cotidianas de la existencia”[22] .

1.2. Nuestra santificación, don y desafío

            Los hermanos y las hermanas que hemos recordado representan la santidad ya realizada y fijada para siempre en el grado de crecimiento alcanzado. Nuestra santidad, en cambio, está todavía en curso. Ellos han recorrido un camino, han llegado a la meta. Conociendo su vida y recorriendo su camino, también nosotros aprendemos cómo responder a la gracia de Dios y al don de la santidad. Cada uno de ellos es un ejemplo de los diversos recorridos de vida salesiana y de su seguro éxito. Yo me pregunto si –y cuánto- influyen ellos en nuestro peregrinar terreno.

            Los hermanos y las hermanas que la han alcanzado nos aseguran que la santidad es posible; pero, sobre todo, nos muestran caminos diversos y al mismo tiempo fascinantes, para conquistarla. ¿No encontraremos nosotros el más adecuado a nuestras posibilidades, el más propio en nuestra situación personal, el más congruente con nuestro estado de vida? Hago votos para que se cumpla cuanto afirma nuestra Regla: “Los hermanos que han vivido o viven con plenitud el proyecto evangélico de las Constituciones nos estimulan y ayudan en el camino de santificación”[23] .

            De la vida de nuestros Santos aprendemos tres verdades importantes, que debemos hacer nuestras.:

            - Nuestra santificación es “el deber esencial” de nuestra vida, según la expresión del Papa. Logrado este punto, todo se ha logrado; frustrado esto, todo se ha perdido, como se afirma de la caridad (cf. 1 Cor 13,1-8), esencia misma de la santidad.

            Contra la tendencia a la mediocridad espiritual, tenemos necesidad de insistir todos los días en la prioridad de esta meta: nuestra santificación, que no es otra cosa que el “alto grado de la vida cristiana ordinaria” indicada por Juan Pablo II en la Novo Millennio Ineunte[24] . “Dios debe ser nuestra primera ‘ocupación’ –recordaba yo a los Capitulares al final del Capítulo- . Es Él quien nos envía y nos confía los jóvenes... Dios nos espera en los jóvenes para darnos la gracia de un encuentro con Él”[25] . Si nuestra vida está iluminada por este anhelo, lo tiene todo, a pesar de sus carencias; pero si este afán se atenúa, nuestro camino se vuelve incoloro, e inútil la fatiga al recorrerlo, no obstante la apariencia de una cierta eficiencia.

            - La santificación es don de Dios. La iniciativa ha sido y sigue siendo siempre de Dios: la certeza de poder cambiar nuestra vida radica en la certeza de haber sido objetivamente transformados en Él, por lo que la santidad es -para usar las palabras del Card. Suenens –“una asunción antes de ser una ascensión”[26] .

            “Hay una tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar. Ciertamente, Dios nos pide una colaboración real a su gracia y, por tanto, nos invita a utilizar todos los recursos de nuestra inteligencia y capacidad operativa en nuestro servicio a la causa del Reino. Pero no se ha de olvidar que, sin Cristo, ‘no podemos hacer nada’(cf. Jn 15,5)"[27] .

            En la santidad que se intenta alcanzar resplandece, indiscutible, el primado de Dios: la santidad no es nunca un proyecto personal, que se programa y se lleva a cabo según tiempos, metodologías y opciones fijados por nosotros; más que un deseo genérico de Dios, es su voluntad expresa sobre cada uno de nosotros (1 Tes 4,3); pura gracia, siempre don, no podemos conquistarla solos; ni siquiera podemos rehusarla sin serias consecuencias. Dios nos ha creado buenos, más aún, muy buenos (cf. Gen 1,26-31), y nos ha pensado santos “antes de la creación del mundo” (Ef 1,4); pero falta nuestra parte: podemos ayudar a Dios a completar en nosotros su obra creadora si le dejamos realizar su designio maravilloso, el más originario, sobre nosotros. No nos pide otra cosa; pero no espera menos de nosotros.

            - La santidad, para nosotros salesianos, se construye en la respuesta diaria, como expresión y fruto de la mística y de la ascesis del “da mihi animas cetera tolle”. Dada por segura la parte de Dios, fuente de toda santidad, es nuestra respuesta la que debe ser estimulada diariamente, porque, como dice nuestro San Francisco de Sales: “Por abundante que sea la fuente, sus aguas entran en un jardín no según su cantidad, sino sólo según la capacidad, grande o pequeña, del canal por el que son conducidas”[28] .

            De ahí, el indispensable recurso a la mortificación, o sea a la muerte de todo lo que cierra nuestro ser al don; todo cuanto en nosotros pone a Dios en un segundo puesto, no merece cuidado ni atención. La nuestra es una existencia pascual; el camino hacia la Pascua –bien lo sabemos- pasa necesariamente por el Calvario (cf. Mt 16,21-23): resucitó porque antes había sido crucificado. Para el cristiano, pues, la mortificación no es el objetivo, sino el medio; no es meta, sino camino; no hay que buscarla, pero no es posible evitarla.

            Nuestros Santos son un testimonio vivo de semejante anhelo a la santidad y de semejante camino hacia la vida y la resurrección. Me vienen a la mente, a este propósito, algunas expresiones de la beata María Romero: “Quítame, Señor, todo lo que hasta aquí me has dado y no vuelvas a darme nada en el porvenir; pero concédeme la gracia de vivir cada día más íntimamente unida a Ti, en un acto ininterrumpido de amor, de abandono, de confianza y sin perder nunca un solo instante tu presencia”[29] . “Amarte, hacerte amar y verte amado, mi Dios adorado, es mi único anhelo, mi único aliciente, ambición, preocupación y obsesión”[30] .

2. Nosotros, educadores para la santidad

         Y ya que, como salesianos, no podemos separar nunca nuestra identidad de religiosos de la de educadores, ni nuestra consagración religiosa de la misión apostólica, el discurso sobre nuestra santificación implica necesariamente la propuesta de santidad para nuestros jóvenes. También para nosotros “el camino pastoral es el de la santidad”[31] .

            El Papa ha querido recordarnos que “nuestra santidad constituye la mejor garantía de una evangelización eficaz, porque en ella está el testimonio más importante que ofrecer a los jóvenes destinatarios de nuestras diversas actividades”[32] . Las palabras del Santo Padre parecen una paráfrasis de cuanto afirman nuestras Constituciones en el artículo ya citado antes: “El testimonio de esta santidad que se realiza en la misión salesiana, revela el valor único de las bienaventuranzas y es el don más precioso que podemos ofrecer a los jóvenes”[33]

            Un serio compromiso nuestro es, pues, santificarnos, también en vistas de la santificación de nuestros jóvenes, crecer en el espíritu también en vistas de su crecimiento, haciéndonos así cada vez más y cada vez mejores educadores de santos, capaces de poner la santidad como meta de nuestros programas educativos pastorales. El Santo Padre ha querido ponerse un interrogante semejante: “¿Acaso se puede ‘programar’ la santidad?”. Y ha respondido: “No dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es la de la santidad”[34] . Palabras que deberían ser particularmente sugestivas a nuestro corazón de educadores.

            “Educadores atentos y acompañantes espirituales competentes como sois, sabréis ir al encuentro de los jóvenes que quieren ‘ver a Jesús’. Sabréis conducirlos con dulce firmeza hacia metas exigentes de fidelidad cristiana”[35] . “Salesianos del tercer milenio, ¡sed apasionados maestros y guías, santos y formadores de santos, como lo fue San Juan Bosco!”[36] .

            Dentro de un programa como éste, la primera convicción que hay que asumir es que la santidad es accesible a todos y es “el camino mejor de todos”[37] que hay que recorrer. En efecto, para Pablo el amor-ágape es, ante todo, el elemento indispensable para la construcción de la Iglesia, y su superioridad brota del hecho de que no tendrá nunca fin y de que nos hace semejantes a Dios que es Amor.

2.1. La santidad, propuesta de la educación salesiana

            Todos estamos llamados a la santidad. Es la vocación de toda vida humana –como todos sabemos- que en el Bautismo se hace idónea para tal objetivo. “Todos los fieles de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”[38] . Pablo VI llegó a decir que la proclamación de la vocación de todos los bautizados a la santidad “es el elemento más característico del entero magisterio conciliar y, por decirlo así, su fin último”[39] .

            Juan Pablo II, a su vez, ha podido decir a toda la Iglesia en la Novo Millennio Ineunte: “Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este ‘alto grado’ de la vida cristiana ordinaria”[40] . Es un texto que recuerda la exhortación de San Pablo a los Efesios[41] y que el CG23 había tomado como orientación, hablando de la meta de la educación de los jóvenes en la fe: “La meta del trabajo del salesiano es hacer que los jóvenes crezcan en plenitud, hasta ‘la medida de Cristo, el hombre perfecto’[42] .

            Esto, que a veces nos puede parecer todavía como algo extraordinario, o no adecuado para nuestro tiempo, o no apto para todos, es, en cambio, muy apreciado por quien toma la propia vida en serio. He aquí un testimonio que puede ser compartido por muchos hermanos y seglares comprometidos seriamente en su madurez cristiana: “He superado una etapa espiritual importante: he logrado considerar la santidad no como un lujo, sino como la única posibilidad de nuestra vida terrena”[43] .

            Nuestra propuesta educativo-pastoral ofrece un camino de espiritualidad: “El camino de educación en la fe revela progresivamente a los jóvenes un proyecto original de vida cristiana y les ayuda a tomar conciencia de él. El joven aprende a expresar un modo nuevo de ser creyente en el mundo, y organiza la vida en torno a algunas percepciones de fe, opciones de valores y actitudes evangélicas: vive una espiritualidad”[44] .

            Esta propuesta exigente despierta en los jóvenes recursos insospechados. No es la mediocridad el atractivo y el deseo del corazón humano, sino la “calidad alta” de la vida. Ésta, antes aún que un imperativo de fuera, es una exigencia interior de la naturaleza humana que, incluso estando herida por el pecado, escucha el eco del estado primordial, anterior a la culpa original. De esta santidad originariamente participada es de donde brotan en el hombre deseos angustiosos e incesantes nostalgias.

            Los que caminan con mayor radicalidad en esta dirección –los Santos- nos procuran una profunda y misteriosa nostalgia, porque nos hacen volver a las raíces de nuestro ser y nos hacen intuir que todos estamos hechos para este camino excelente. Seguir esa nostalgia es el secreto de la verdadera grandeza y se convierte en fuente de energías insospechadas.

            Esto vale también y sobre todo para los jóvenes. Es propio de su edad el sentir la fascinación de los valores arduos, aunque luego –sobre todo hoy- hacen experiencia de su fragilidad. Nos toca a nosotros, “educadores de la juventud en la santidad”[45] , valorar y ayudar a desarrollar ese anhelo, connatural en todos ellos. Se nos ha “confiado la tarea de ser educadores y evangelizadores de los jóvenes del tercer milenio”[46] . No podemos ocultar a nuestros jóvenes el hecho de que tender a la santidad satisface sus más profundas aspiraciones y colma su deseo de felicidad. Sigamos el ejemplo de Juan Pablo II, el cual, en Toronto, lleno de valor evangélico les dijo: “¡No esperéis a tener más años para aventuraros en el camino de la santidad! La santidad es siempre joven, como es eterna la juventud de Dios”[47] . Seguiremos de este modo el ejemplo mismo de Don Bosco, quien estaba convencido de que los jóvenes podían ser santos y que pocas metas hay que proponerles más fascinantes que la de llegar a ser santos. “Sed acogedores y paternos, de manera que en cualquier ocasión podáis cuestionar a los jóvenes con vuestra vida (la cursiva es mía): ¿Quieres ser santo?”[48] .

            Don Bosco, educador eficaz, no tuvo miedo de señalar metas altas. Tengamos, pues, los ojos siempre fijos en Don Bosco”[49] .

            Se puede afirmar que la fecha de nacimiento de la santidad de Domingo Savio está marcada por el sermón que Don Bosco hizo sobre la santidad accesible a todos. Me permito traer aquí, aunque sea algo largo, todo el texto de las Memorias Biográficas, porque nos hace ver por una parte la genialidad educativa de Don Bosco que sabe proponer “un alto grado” también a sus muchachos y, por otra, la cotidianidad del modelo de santidad, que hace que pueda ser propuesta a todos.

            “Uno de aquellos domingos dio Don Bosco una plática sobre el modo de hacerse santo, y se entretuvo especialmente en el desarrollo de estos tres puntos: es voluntad de Dios que nos hagamos santos; es muy fácil conseguirlo; está preparado en el cielo un gran premio para quien se hace santo. Estas palabras causaron gran impresión en el alma sencilla de Domingo Savio, que poco después decía a Don Bosco: - Siento el deseo, la necesidad de hacerme santo; nunca me hubiera imaginado yo que pudiese llegar a serlo con tanta facilidad; pero ahora que he visto que se puede lograrlo estando alegre, quiero absolutamente hacerme santo.

            Don Bosco alabó su propósito, le indicó que lo primero que Dios quería de él era una constante y serena alegría; le aconsejó que fuera perseverante en el cumplimiento de sus deberes de piedad y estudio y que tomara siempre parte en los recreos junto con sus compañeros. Al mismo tiempo, le prohibió toda penitencia austera y las oraciones demasiado prolongadas, porque no eran compatibles con su edad y su salud, ni con sus ocupaciones.

            Domingo obedeció, pero un día Don Bosco le encontró muy triste y exclamando: -¡Ay de mí! ¡Estoy en un verdadero aprieto! El Salvador dice que si no se hace penitencia, no se podrá entrar en el paraíso, y a mí me prohíben hacerla; ¿cuál va a ser entonces mi cielo? – La penitencia que Dios quiere de ti, le dijo Don Bosco, es la obediencia. Obedece y ya tienes bastante”[50] .

2.2. Un camino educativo a la luz de la espiritualidad salesiana

            El texto citado pone en evidencia que la santidad es un proceso que se desarrolla dentro de una experiencia espiritual. Ésta hace de clima, de camino y de alimento. Una espiritualidad es un camino particular y concreto hacia la santidad. Nosotros tenemos nuestra espiritualidad juvenil. Se trata de una espiritualidad que coloca a los jóvenes en el centro, y que es para todos, sobre todo para los más pequeños y necesitados. Hoy gozamos de una suficiente visión sistemática de tal espiritualidad, gracias a los estudios que se han hecho hasta ahora. Basta pensar en cuanto fue dicho por el CG23, por el CG24 y por Don Vecchi, que hizo de ella el tema de un curso de ejercicios espirituales y habló de ella en los diversos encuentros del Movimiento Juvenil Salesiano[51] .

            Pienso que será útil recordar sus rasgos esenciales:

            - Una espiritualidad de lo cotidiano. Me gusta subrayar el espacio privilegiado que se ha dado al humilde cotidiano, porque ésta fue una nota predilecta de Don Bosco. “Don Bosco, durante toda su vida, encaminó a los jóvenes por la senda de la santidad sencilla, serena y alegre, uniendo en una sola experiencia vital el “patio”, el “estudio” serio y un constante sentido del deber”[52] .

            Él nunca tuvo simpatía por gestos excepcionales, sino que indicó a sus muchachos el camino regio del propio deber, convencido de que, abrazado con amor y con alegría, contiene todo lo necesario para crecer espiritualmente. Sabemos que tal predilección le provenía de lejos. Remontándose a San Francisco de Sales –apóstol de la vocación universal a la santidad, de cualquier categoría y de cualquier edad-, subrayaba la preferencia por lo que Dios nos da, más que por lo que nosotros escogemos. Aquel “nada pedir y nada rehusar” tiene un contenido pedagógico y una sabiduría teológica verdaderamente preciosos. Aquella insistencia sobre el amor, que es como el contenido respecto del continente (para nosotros a veces tan atentos a las formas con detrimento de la sustancia), ha sido la misma insistencia de Don Bosco educador.

            - Una fina sabiduría pedagógica. Acerca de la propuesta de santidad, Don Bosco se ha demostrado un verdadero pedagogo, un maestro. Dice explícitamente la palabra santidad a aquel muchacho, Domingo Savio, que ya era capaz de comprenderla, porque él mismo la había pronunciado. A Miguel Magone, en cambio, en la estación de Carmagnola, le dice: “Mira, ven al oratorio, allí podrás estudiar y jugar, allí encontrarás compañeros”.

            Esto significa que es importante que nosotros, educadores, sepamos que hay un camino gozoso de santidad capaz de satisfacer las expectativas de un corazón juvenil y, por tanto, sepamos proponerlo a cada uno de los muchachos de nuestro oratorio o centro juvenil o escuela, con las palabras oportunas. Sucederá que en un grupo de jóvenes oratorianos nosotros hablemos expresamente de la santidad o de la vocación, conscientes de que nos comprenderán. En otros casos, se deberá comenzar desde el principio, desmontando la mentalidad, purificando las imágenes falsas de Dios o destruyendo los ídolos que se han creado y que están tratando de reproducir en su vida.

            Lo más importante es que, como educadores, seamos conscientes de que Dios llama a todos a la santidad, es decir, a una respuesta gozosa a Él, y que se trata de un camino posible de recorrer, sabiendo que a los muchachos los deberemos acompañar a partir de la situación en que los encontremos: “los caminos de la santidad son personales”[53] . Por esto, es necesaria “una verdadera y propia pedagogía de la santidad, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona”[54] , sobre la cual, como salesianos, deberemos reflexionar y deberemos experimentar en la práctica del acompañamiento[55] . Recordemos que el primer paso de Don Bosco fue la invitación a los muchachos a ir los domingos al oratorio para divertirse con muchos compañeros. Éste era la primera llamada a la “santidad de la alegría” y a la vida santa.

            Don Bosco intuyó, desde los primeros años de su sacerdocio, la posibilidad de acompañar a los jóvenes a la plenitud de la vida cristiana, proporcionada a su edad, con un tipo de espiritualidad juvenil organizada en torno a algunas ideas-fuerza abiertas a la fe, tributarias, evidentemente, de su tiempo, pero también proféticas, y llevadas adelante con ardor y con genialidad pedagógica. Factor decisivo de esta genialidad fue, precisamente, la capacidad de implicar a los jóvenes en la aventura y hacerlos los primeros beneficiarios, al mismo tiempo que los verdaderos protagonistas. Los jóvenes mismos ayudaron a Don Bosco “a iniciar, en la vida de cada día, un estilo de santidad nueva, acomodada a las exigencias típicas del desarrollo del chico. Fueron así, de algún modo, simultáneamente discípulos y maestros[56] . La nuestra es una santidad para los jóvenes y con los jóvenes; porque también en la búsqueda de la santidad, “los Salesianos y los jóvenes caminan juntos”[57] : o nos santificamos con ellos, caminando y aprendiendo con ellos, o no seremos santos nunca.

            Las etapas de este camino ya han sido definidas con claridad. El CG23, particularmente, nos las presentó en forma sintética y muy estimulante, invitándonos a organizar la vida de los jóvenes en torno a ellas y a insistir en ellas con opciones de valores y actitudes evangélicos. Os las recuerdo, rogándoos con todas mis fuerzas que toméis el documento para profundizar más el comentario[58] .

* una base de realismo práctico centrado en lo cotidiano, que es el lugar donde se reconoce la presencia de Dios y se descubre su incansable actividad, como ya he indicado antes. ”En la vivencia salesiana esto es una intuición, gozosa y fundamental a la vez: no es necesario alejarse de la vida ordinaria para buscar al Señor”[59] . Por eso Don Bosco hablaba muchas veces del “sentido religioso del deber” en los diversos momentos del día;

* una actitud de esperanza, empapada de “alegría”. “Voy a indicaros –eran sus primeras palabras en El Joven Cristiano- un plan de vida cristiana que os pueda mantener alegres y contentos”[60] . Ofrecer a los jóvenes la posibilidad de experimentar la vida como fiesta y  la fe como felicidad es, ciertamente, un “estilo de santidad (que) podría maravillar a ciertos expertos de espiritualidad y pedagogía, temerosos de que disminuyan las exigencias evangélicas y los compromisos educativos. Sin embargo, para Don Bosco, la fuente de la alegría es la vida de gracia, que empeña al joven en un difícil ejercicio de ascesis y de bondad”[61] ;

* una fuerte y personal amistad con el Señor Resucitado (cf. Const. 34), “El que da al hombre la capacidad de volver a encontrar su identidad según la medida misma de Dios”[62] . “¿No es tal vez Cristo el secreto de la verdadera libertad y de la alegría profunda del corazón? ¿No es Cristo el amigo supremo y a la vez el educador de toda amistad auténtica? Si a los jóvenes se les presenta a Cristo con su verdadero rostro, ellos lo experimentan como una respuesta convincente y son capaces de acoger el mensaje, incluso si es exigente y marcado por la Cruz”[63] . En contacto con el Señor Resucitado, los jóvenes adquieren un amor más intenso a la vida”[64] ; llegados a una relación de estrecha amistad, que supera la simple admiración y la simpatía inoperante, profundiza el conocimiento y la adhesión a la persona de Cristo y a su causa, se abren a la radicalidad evangélica y responden con seriedad y con generosidad.

Para conducir a esta relación de amistad se requiere la oración personal, centrada en la escucha de la Palabra, que ayude a madurar “la visión de fe, aprendiendo a ver la realidad y los acontecimientos con la mirada misma de Dios, hasta tener ‘el pensamiento de Cristo’ (1 Cor 2,16)”[65] . Don Bosco, en particular, pensó en “una pedagogía de la santidad”, en la que se privilegia “el valor educativo de la Reconciliación y de la Eucaristía”[66] ; éstas, en efecto, “ofrecen recursos de excepcional valor para educar en la libertad cristiana, en la conversión del corazón y en el espíritu de compartir y servir dentro de la comunidad eclesial” (Const. 36);

* un sentido, cada vez más responsable y valiente, de pertenencia a la Iglesia, tanto particular como universal. Sostenidos por la relación que nace entre personas que encuentran en Cristo el amigo común y el único Salvador, “los jóvenes de los ambientes salesianos sienten una necesidad grande de estar juntos”[67] , de hacer comunidad y ser “signo eficaz de la Iglesia que se desea construir juntos”[68] . “¿Qué significa esto en concreto? (...) Significa, ante todo, una mirada del corazón, sobre todo, hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado... Significa, además,  capacidad de sentir al hermano de fe (,,,) como ‘uno que me pertenece’, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad”[69] ;

* un “compromiso” concreto y activo de bien, según las propias responsabilidades sociales y las necesidades materiales y espirituales de los demás. Ayudad a los jóvenes, nos ha pedido el Papa, “a ser ellos a su vez, apóstoles de sus amigos y coetáneos”[70] . “La historia de los jóvenes en el Oratorio, cuando aún vivía Don Bosco, es rica en este aprendizaje de la vida cristiana: estar al servicio de los demás, de manera ordinaria y a veces con formas extraordinarias”[71] . El servicio al hermano mide el camino de la santidad personal y ésta, frente a tantas necesidades, despierta “una nueva ‘imaginación de la caridad’, que promueve no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido, no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno”[72] .

* “La espiritualidad juvenil salesiana da un puesto de privilegio a la persona de María”[73] , cuya presencia materna domina el proceso en su conjunto e inspira cada una de sus etapas. “Ella representa al vivo el camino fatigoso pero feliz de cada individuo y de la humanidad hacia su plenitud. En María los caminos del hombre se cruzan con los de Dios. Es, por tanto, clave de interpretación, modelo, tipo y camino”[74] . La Virgen tiene, en efecto, una energía educativa excepcional de los hijos de Dios y de los discípulos del Señor Jesús: donde está la Madre de Jesús, los discípulos se hacen creyentes (Jn 2,1-11) y llegan a ser fieles (Jn 19,25-27).

3. La santidad florece en la comunidad

            Hemos terminado hace poco un Capítulo centrado por completo en el tema de la Comunidad. Releyendo sintéticamente el recorrido que hemos hecho en dos meses de trabajo, indicaba el camino comunitario trazado dentro de los cinco módulos operativos.

            “La comunidad salesiana es el sujeto principal al que va dirigido todo este texto. Asumiéndolo, se siente estimulada a acoger la llamada que Dios le hace a través de los acontecimientos históricos y eclesiales, las indicaciones de la Palabra de Dios y de nuestra Regla de vida, las llamadas de los jóvenes, las necesidades de los seglares y de la Familia Salesiana. La comunidad profundiza la lectura de su propia situación, descubriendo sus disponibilidades y sus resistencias, sus recursos y sus carencias, sus posibilidades y sus límites. Aprende, además, a reconocer los desafíos fundamentales y a afrontarlos con entereza y esperanza; sabe también interrogarse con preguntas apropiadas, a las que debe dar respuesta. Finalmente, la comunidad se coteja con las orientaciones operativas propuestas y determina las condiciones para ponerlas por obra”[75] .

3.1. Recordando el CG25

            En verdad, la comunidad es cuna y crisol de nuestra santificación. Querría subrayar que santidad comunitaria y santidad individual se iluminan recíprocamente. Si es justo pensar en comunidades que faciliten y sostengan a los propios miembros en la búsqueda incesante de Dios, es también verdad que son los diversos miembros los que con su santidad personal permiten alcanzar juntos tal objetivo.

            Don Vecchi habló muy bien de esto cuando, en su conocida carta “Expertos, Testigos y Artífices de Comunión”, describía la comunidad de Valdocco como nuestro modelo comunitario: “Es una comunidad con fuerte carga espiritual, caracterizada por el ‘da mihi animas’. Don Bosco forja sus primeros colaboradores con sencillez y concreción según este programa: trabajo, oración y templanza. Les pide hacer un ‘ejercicio de caridad’ en favor del prójimo. El amor a Jesucristo y la confianza en su gracia inspira la preocupación por los muchachos, a partir de sus necesidades humanas y espirituales. Se ayuda a los más abandonados a tomar contacto con Dios y con la Iglesia y se orienta explícitamente hacia la santidad a los que demuestran especiales disposiciones. Se hace casi sensible la proximidad de Dios y la presencia de María Santísima”[76] .

            La misión educativa y evangelizadora en favor de los jóvenes llevó a Don Bosco a crear una escuela de espiritualidad, donde “la santidad era construida por todos, se compartía y se comunicaba recíprocamente, tanto que es imposible explicar la santidad de los unos (la de los jóvenes) sin la de los demás (la de los salesianos)”[77] .

3.2. Estimulados por los tres recientes Beatos

            Una vez más, si damos una mirada a nuestros Santos, se impone en seguida la aportación que ellos ofrecen a las comunidades en las que la obediencia los colocó. La ejemplificación sería abundantísima. Me limito a nuestros tres últimos Beatos, para dejar en evidencia las notas originales de cada uno, convergentes en el objetivo de edificar la comunidad: son “tres espléndidos modelos de la santidad que queremos vivir en nuestras comunidades y ofrecer a los jóvenes de hoy”[78] .

El Beato Artémides Zatti

            Aun teniendo una tarea que habría podido distraerlo de la vida comunitaria, él fue descrito como uno de los que más participaban en ella. Comenzando por su presencia puntual en los actos comunitarios. Tomo datos de la “Positio” para su Causa de Beatificación:

            “Con frecuencia en la comunidad religiosa quien está al cuidado de las personas externas se aísla de los propios hermanos. Zatti, en cambio, estaba íntimamente integrado en su comunidad. Lo estaba, con su presencia indefectible en las prácticas de piedad, en la mesa y en las reuniones. Cuidaba, como enfermero, a hermanos y jóvenes. Era sobre todo un elemento de unión espiritual y de fraternidad”[79] .

            Era fuente de optimismo y de serena alegría entre los hermanos, antes aún que entre sus enfermos. Fue intermediario excelente entre la institución salesiana y las categorías de los seglares: médicos, enfermeros. En una palabra, se sintió miembro de la comunidad, incluso en los momentos en los que otros habrían podido sentirse traicionados, como cuando fue derruido el hospital. Leemos en la carta escrita a su hermana Ildegarda en Bahía Blanca:

            “Habiendo sido derruido el hospital en el centro, al lado de la iglesia, para dejar espacio para el palacio episcopal, nosotros nos hemos trasladado en cuerpo y alma a la Escuela Agrícola, donde estamos como en un paraíso terrenal, y cuando se hayan llevado a cabo los trabajos que se han proyectado y que en estos días están para comenzar, ¡¡¡no hay ni Hospital ni Santuario que nos supere!!! Sean dadas a Dios las gracias más sentidas”[80] .

El Beato Luis Variara

            Hizo de las dificultades alas para volar. E infundió tal espíritu en sus religiosas. Es ejemplar ver su actitud ante las adversidades, tanto que el Beato llama Paraíso lo que el Inspector llama pequeño infierno; y él dice que está muy bien, mientras aquel mismo día su Director escribía al Inspector manifestándose preocupado por su salud y, además, porque en Agua de Dios seguía habiendo conflictos entre la gente armada. Escribe Don Variara:

            “Los trabajos van lentos porque no se encuentran obreros. Han pasado 15 días sin hacer nada y a esto se añade la lluvia. Los obreros que quedan tienen tanto miedo que, al caer de las hojas, se escapan... y así vamos tirando... Aquí todos bien, contentos, tanto que parece un Paraíso. El Señor nos ayude con sus bendiciones, porque con este trabajo no se descansa ni un momento. Nunca me he sentido tan contento de ser salesiano como este año y bendigo al Señor por haberme mandado a este Lazareto, donde he aprendido a no dejarme robar el cielo. El Sagrado Corazón me bendiga siempre y yo haré lo posible para contentarle”[81] .

            Sin duda, la prueba máxima llegó precisamente cuando recibió la orden de dejar Agua de Dios; entonces demostró que sabía renunciar a sí mismo para uniformarse a la voluntad de Dios. Fue en aquella circunstancia cuando manifestó a un hermano: “Mira, José Joaquín, para mí, irme de Agua de Dios sería la muerte, pero obedecería”[82] . Y efectivamente obedeció la orden de su superior.

            Don Variara ha sido Fundador, continuando siendo salesiano: dos funciones que parecerían estar en contradicción, con tentaciones de actitudes de autonomía. Pero él fue siempre obediente a su Director y a su Inspector, de quienes provenían las mayores incomprensiones.

La beata María Romero

            Sus mil actividades no se convirtieron nunca en alibi respecto de la vida comunitaria. Desde el Noviciado demostró que poseía un don que se habría de revelar muy útil para la dimensión comunitaria: la visión positiva de todas las hermanas.

            Decía a Sor Ana María: “¡Qué feliz era en el noviciado! Todas las hermanas me parecían otras tantas santas, sobre todo mi madre maestra... ¡Cuánto le debo! ¡Qué alma pura, observante de la pobreza, delicada y comprensiva! Cuando la recuerdo, la veo como una verdadera santa: su porte digno y su recogimiento reflejaban su continua unión con Dios. Sus consejos expresaban lo que ella misma practicaba. Impresionaba su modo de hablar siempre tan correcto, el dominio de sí, su piedad. Siempre sonriente y amable, sin embargo no dejaba pasar nada en nosotras que no fuera como debía ser. Su ejemplo era una escuela”[83] . Con una mirada semejante, podemos imaginar cómo se comportaba con todas las hermanas.

4. Invitación a la revisión

         Hemos partido de la gozosa certeza de que todos hemos sido llamados a la santidad. La hemos aplicado a nosotros, para que nuestra responsabilidad se sienta interpelada. La hemos aplicado a los jóvenes, para que nosotros como educadores podamos señalarles esta meta, por ardua que sea, convencidos de que ofrecemos un programa de felicidad que los puede ayudar a madurar opciones y proyectos de vida. La hemos aplicado, finalmente, a la comunidad: lugar imprescindible donde se realiza el proceso de nuestra santificación, convencidos como estamos de que “el futuro de nuestra vitalidad se juega en nuestra capacidad de crear comunidades carismáticamente significativas hoy”, y que “la condición de fondo es el compromiso renovado de la santidad”[84] .

            Repito aquí cuanto decía en la conclusión del Capítulo General: “La santidad es el camino más exigente que queremos realizar juntos en nuestras comunidades; es ‘el don más precioso que podemos ofrecer a los jóvenes’ (Const. 25); es la meta más alta que debemos proponer con valor a todos. Solamente en un clima de santidad vivida y experimentada, tendrán los jóvenes la posibilidad de hacer opciones valientes de vida, de descubrir el designio de Dios sobre su futuro, de apreciar y acoger el don de las vocaciones de especial consagración”[85] .

Nuestros nombres están escritos en el cielo

            Os invito ahora a fijar la mirada en aquellos que han sabido volar más alto. Tenemos un cielo estrellado encima de nosotros. Mirándolo, todos podemos decir con verdad que también nuestros nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 13,8; 17,8). A ejemplo de ellos, hagámonos educadores que saben hacer propuestas para conducir a los jóvenes por los senderos de la montaña de la santidad, proféticamente lanzados precisamente hacia los que parecen ser más refractarios.

4.1. Un homenaje a lo concreto

            Tiene un valor pedagógico el obligarnos a un toque de realismo y el someternos a algún interrogante concreto, que descienda al nivel de la vida cotidiana e interpele directamente nuestra experiencia. Hemos trabajado precisamente así en el último Capítulo General; en efecto, en cada uno de los módulos operativos se ponen interrogantes a los que hay que dar respuesta. Es un modo para lograr que la comunidad tome conciencia de su propia situación, reconozca los desafíos y aprenda a encontrar con valor y esperanza las respuestas justas.

            Querría que el tema de la santidad, como el de las próximas cartas, fuera motivo de una revisión de vida, para favorecer más concretamente su aceptación y su aplicación. Se puede hacer individualmente o también comunitariamente. Queriéndolo, y sería aconsejable, se puede tomar como punto de partida para una revisión comunitaria en alta voz.

            Trato de enumerar algunos de los interrogantes más directamente relacionados con cuanto dejo dicho anteriormente:

            Santidad y proyecto personal de vida

* ¿Me siento llamado por Dios y por los jóvenes a ser santo? Si he abandonado este proyecto de Dios, ¿cuáles han sido las razones? Si sigo deseándolo, ¿qué hago para realizarlo?

* ¿Cuál es mi actitud frente a la cantidad de Santos de nuestra Familia? ¿Qué relación tengo con estos modelos de Familia? ¿Los conozco suficientemente? ¿Me inspiro en sus vidas?

Santidad y vida común

* ¿Estoy convencido de que “el primer servicio educativo que los jóvenes esperan de nosotros es el testimonio de una vida fraterna”[86] , que “es la elocuencia de la santidad que hace fecunda nuestra misión”[87] , y que, en fin, la santidad “es el don más precioso que podemos ofrecer a los jóvenes? (Const. 25)? ¿Qué hacer para que la santidad sea objetivo privilegiado en el proyecto de vida común?

* En la comunidad en que me encuentro, ¿se hace memoria de nuestros Santos? ¿Se aprovechan sus fiestas en clave pastoral? ¿Hay alguna iniciativa de actualización al respecto?

Santidad y misión apostólica

* ¿Cómo valoro estas “palabras de fuego” en mi servicio educativo-pastoral? ¿Y, de modo particular, en mis intervenciones con los jóvenes?

* ¿Creo que la santidad, es decir, un “alto grado” de vida cristiana, es la meta a la que Dios llama a todo muchacho? ¿Hablo de ello a los jóvenes con las palabras oportunas y con propuestas concretas y adecuadas?

4.2. Una revisión que se hace oración

            “Queridos Salesianos, ¡sed santos!”. “Sed apasionados maestros y guías, santos y  formadores de santos, como lo fue San Juan Bosco”. Acojamos la invitación del Papa, mientras confiamos a estos profetas del futuro, que son los Santos, el momento postcapitular que estamos viviendo y del que esperamos poder recibir un impulso fuerte para un futuro mejor, donde resplandezca con mayor transparencia el primado de Dios en nosotros y compartamos con Dios su pasión por el mundo.

            “No hay como creer profundamente en una realidad y acompañarla con la oración y el sacrificio, para que poco a poco se haga viva entre nosotros. ¡Así vivió Don Bosco!”[88] . Contemplando cuanto ya ha hecho el Señor, las maravillas obradas en la Familia Salesiana, podemos imaginar cuánto querrá todavía hacer, si nos encuentra con ánimo bien abierto y bien dispuesto.

            Este designio amoroso de Dios invita a la oración.

¡Señor mío y Dios mío! Gracias por la vocación para participar de tu misma vida divina y por la efusión de tu Amor en nuestros corazones. ¡Cuántas maravillas has obrado a lo largo de la historia de la humanidad y de la Iglesia, suscitando hombres y mujeres que han alcanzado un grado excelso de madurez! Las has hecho florecer también en el jardín salesiano, comenzando por Don Bosco y continuando con la pléyade de santos y santas, que han hecho de la vocación salesiana un camino de perfeccionamiento en el amor, mártires que han dado testimonio de Cristo hasta la muerte cruenta, jóvenes que han encontrado en la educación salesiana un camino de santidad.

Te bendigo, Señor, por los hermanos y los miembros de la Familia Salesiana que siguen creyendo en ti y se abren a la escucha de tu Palabra y a la acción de tu Espíritu. Son un signo de tu amor por los jóvenes, especialmente por los que tienen más necesidad de experimentar tu cercanía, tu preocupación por ellos, tu deseo de que sean felices. Te alabo por las vocaciones que sigues sembrando en el campo del mundo, por las familias que las cuidan y por las comunidades que las hacen crecer.

Te doy gracias, Padre, porque nos permites vivir en esta hora estimulante y desafiadora de la historia y porque nos invitas a lanzarnos al mar abierto y a echar las redes. Querría que cuantos escuchan esta llamada sintieran un vivo agradecimiento por continuar creyendo en nosotros y por contar con nosotros, y que recuperaran la fe, la esperanza y el valor para aventurarse en el mar abierto de la realidad juvenil con profundidad de vida.

La constatación de la grandeza de tus dones no oculta nuestros límites; para los cuales siento necesidad de pedir perdón.

Pesan sobre nosotros no sólo las faltas personales, sino también las institucionales, cuando, como Congregación, nos damos cuenta de no haber sido siempre capaces detomar en serio las recomendaciones que nos dejó Don Bosco en su testamento espiritual: “Vigilad y procurad que ni el amor del mundo, ni el afecto a los parientes, ni el deseo de una vida más cómoda os induzcan al gran error de profanar los sagrados votos y traicionar así la profesión religiosa con la que nos hemos consagrado al Señor...Háganse sacrificios pecuniarios y personales, pero practíquese el sistema preventivo y tendremos vocaciones en abundancia... Cuando comiencen entre nosotros el bienestar y las comodidades, nuestra pía Sociedad ha terminado su misión...No se olvide que nosotros estamos para los niños pobres y abandonados”[89] .

En cambio, a veces nos hemos dejado engañar por el espíritu del mundo en la concepción y organización de nuestra vida personal y comunitaria. Nos ha faltado celo pastoral y hemos vivido la misión a tiempo parcial, reservándonos más tiempo paranuestros intereses personales. Hemos sido poco audaces para proponer a los jóvenes a Cristo como valor supremo de su vida y su evangelio como camino para alcanzar la plenitud. Por desgracia, a veces, hemos hecho mal a los muchachos que se nos confiaron y en vez de grabar en sus corazones tu imagen, hemos dejado la huellas de nuestro egoísmo.

Reconozco que a veces nuestras comunidades no han mantenido la identidad religiosa y que nuestras obras no han sido siempre verdaderamente educativas y pastorales, y pido perdón con humildad y con dolor. Pido perdón a cuantos hemos decepcionado con nuestras actitudes: bienhechores, colaboradores, destinatarios. Pido perdón, de modo especial, a los jóvenes a los que hayamos causado alguna clase de mal, precisamente porque son ellos la razón de ser de nuestra vida salesiana, porque Tú nos los has confiado, porque nos has llamado en Don Bosco a ofrecerles “casa, patio, escuela y parroquia”. Pido perdón, finalmente, por el bien que podíamos haber hecho y no lo hemos hecho.

Nosotros confiamos en ti, Señor, en la certeza de tu presencia y de tu acompañamiento a lo largo de la historia, tal como has conducido la Congregación y la Familia Salesiana hasta este momento.

Nosotros creemos en ti, nosotros esperamos en ti, nosotros te amamos a ti solo.

María, madre y maestra, ábrenos a la acción del Espíritu, tú, experta del Espíritu, para que obre en nosotros las maravillas de la gracia que ha obrado ya en nuestros Santos. Así podremos ser dignos de la vocación a la que hemos sido llamados y de la plenitud de vida que el Padre ha preparado para cada uno de nosotros. Amén.

            Os saludo con afecto y os deseo un año educativo y pastoral rico en frutos de santidad, para vosotros y para vuestros jóvenes. El Señor os acompañe y os bendiga.

Don Pascual Chávez Villanueva

[1] JUAN PABLO II, Discurso a los participantes en el Capítulo General, en “L’Osservatore Romano”, 13-094-2002, pag. 5
[2] El XXV Capítulo General a los Hermanos salesianos, CG25, n