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«Tú eres mi Dios, fuera de ti no tengo ningún bien» (Sal 16,2)

CARTAS DEL RECTOR MAYOR - DON PASCUAL CHÁVEZ


«TÚ ERES MI DIOS, FUERA DE TI NO TENGO NINGÚN BIEN» (Sal 16,2)

1. “Doy gracias a Dios por todos vosotros” (Rm 1,8). “He prometido a Dios que hasta mi último respiro...”   (MBe XVIII, 229) -3. El malestar actual de la  vida consagrada - 4. La excelencia objetiva de la vida consagrada - 5. Un modelo en crisis - 6. El CG25, una invitación para orientarse en esta línea - Para concluir

8 de junio de 2003
Solemnidad de Pentecostés

Queridísimos hermanos:
Alcomienzo de la sesión de verano del Consejo General, me pongo en comunicación con vosotros, siguiendo el ritmo trimestral de las cartas que habitualmente mando a toda la Congregación. Lo hago en la fiesta de Pentecostés, que celebra la irrupción del Espíritu Santo en el cenáculo donde se encontraban reunidos los discípulos de Jesús con María. Según el relato de los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 2,1-11), éste fue un evento que trastornó profundamente el corazón de cada uno de ellos, precisamente “como una fuerte ráfaga de viento”. El Espíritu Santo, que es la fuerza con que Dios interviene en la historia, los envolvió y “como fuego” entró en lo más profundo de ellos. El miedo desapareció y dejó paso al valor, la indiferencia cedió el campo a la compasión, la cerrazón fue disuelta por  el calor, el egoísmo fue sustituido por el amor. La Iglesia comenzaba de este modo su camino en la historia. Deseo que el Espíritu Santo, como viento y fuego, actualice la experiencia de Pentecostés en la Iglesia y en nuestra querida Congregación, para que podamos ser testigos cada vez más convencidos, valientes y creíbles de Jesús y de su Evangelio.
            En mi última carta habéis encontrado la relación de las actividades de mi primer año de servicio a toda la Congregación; por eso ahora me conocéis un poco mejor y estáis informados de lo que hace y piensa el Rector Mayor. Ciertamente la vida no se detiene; en los últimos tres meses he tenido una agenda muy apretada de compromisos: la jornada en el Borgo Ragazzi de Roma, los Ejercicios Espirituales en Fátima, la visita a la Inspectoría de Portugal, el viaje a Tierra Santa, la sesión intermedia del Consejo General, la visita a Gran Bretaña, los días de Treviglio y de Chiari, la visita a las Inspectorías de Sicilia, Bilbao y Munich de Baviera, la jornada en Bonn y Colonia, la visita a la Inspectoría de Verona, la reunión de la Unión de Superiores Generales, la visita a la Inspectoría Adriática.
            Puedo deciros que conozco cada vez mejor la realidad de la Congregación, sus recursos, sus problemas, sus desafíos, sus potencialidades. Además, comprendo cada vez mejor las funciones que debo desempeñar como Rector Mayor. Es una misión muy hermosa y exigente, ante la cual me siento inadecuado respecto de las necesidades y de las expectativas. Siento, por todo ello, la necesidad de vuestra comprensión y, sobre todo, de vuestras  oraciones, para que pueda ser, como deseo, un Sucesor de Don Bosco paterno y previsor, fiel y dinámico.

1. “Doy gracias a Dios por todos vosotros” (Rm 1,8)

Antes de compartir con vosotros algunas reflexiones respecto de la vida religiosa, esperando que os sean útiles como estímulo espiritual, pastoral y vocacional, querría daros las gracias a cada uno de vosotros por el don de vuestra vida a Dios siguiendo los pasos de Don Bosco.
Me siento en la obligación de daros las gracias; lo hago con gusto por medio de esta carta, como también lo hago personalmente cuando os encuentro al visitar las Inspectorías y las comunidades. Por una parte, cada hermano es un tesoro para la Congregación; no me cansaré de repetirlo y de tratar de hacéroslo sentir. Por otra, la vocación salesiana, tanto laical como presbiteral, es un don extraordinario para cada uno de vosotros. Ésta es mi experiencia y supongo que es también la vuestra. Me gusta rezar algunos salmos bajo esta luz, como por ejemplo, el Salmo 16 (15), donde leemos: “Yo digo al Señor: ‘Tú eres mi bien’...El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano: me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad” (vv. 2.6). Y no me refiero al hecho de ser Rector Mayor, que es un ministerio que hay que desempeñar temporalmente, sino al don inestimable de la vocación como proyecto de vida centrado en Jesús, que nos llama por nuestro nombre, nos escoge para estar con él y para compartir su pasión por Dios y por el hombre (cf. Mc 3, 13-15). Tener una vocación significa haber descubierto que la vida tiene sentido: es un hermoso “sueño” –el de Dios- que realizar, una misión –encomendada por Dios- que cumplir, una meta –personas que se nos han confiado- que alcanzar. Y esto llena de fuerza y de gozo toda una vida, que resulta unificada como fue la de Don Bosco (cf. Const. 21). Ésta es la vocación salesiana.
            Es un don del Señor, tan precioso que se debe cuidar con gran esmero y proponer decididamente a los jóvenes, porque queremos que ellos sean tan felices como nosotros. Cada vez me convenzo más de que el problema mayor y más difuso entre los jóvenes no es lo que más llama la atención, como la droga, el alcohol, y ni siquiera la confusión en el campo de la sexualidad, en la que, por desgracia, tantísimos jóvenes se ven envueltos –y esto es un problema que no nos puede dejar indiferentes-. El verdadero problema es la falta de dirección, de horizonte, de sentido, de proyecto de vida. Esto los lleva a vivir superficialmente, consumiendo cosas y experiencias, sin un elemento que unifique y dinamice su vida. Os doy gracias, pues, por vuestra vocación, que siempre será más rica que la mejor biografía. ¿Cómo poder, efectivamente, recoger al final de la vida en un libro o en una carta mortuoria una historia de fidelidad a Dios por los jóvenes, tejida de alegrías y de tristezas, de sueños y de desilusiones, de esperanzas y de frustraciones, de sudor, de lágrimas y de sonrisas?
           Por eso, permitidme que haga mías las palabras de Pablo para agradecer a Dios lo que sois –consagrados por Dios a los jóvenes- y lo que Dios es para vosotros –el único y sumo Bien-. Como el Apóstol, también yo “doy gracias a mi Dios, por medio de Cristo Jesús, por todos vosotros, porque vuestra fe es famosa en el mundo entero. A cada momento os recuerdo en mis oraciones; de eso, Dios es testigo, al que sirvo de corazón como encargado de la buena nueva de su Hijo. Y constantemente le ruego, por fin, si es de su voluntad, me allane algún día el camino para visitaros. Tengo muchas ganas de veros para comunicaros algún don espiritual que os haga más firmes. De hecho, tanto vosotros como yo vamos a animarnos al compartir nuestra fe común” (Rm 1,8-12).

2. “He prometido a Dios que hasta mi último respiro...”   (MBe XVIII, 229)
 
            Como recordáis, ye en mi primera carta manifesté el deseo de querer hacer de la santidad un programa de vida, una opción de gobierno, una propuesta educativa. Desde este punto de vista me atreví a decir que aquella primera carta no era una entre tantas, sino que quería ser el texto programático del sexenio.
            Y cuando hablo de santidad, no pienso en algo genérico o en un ideal que proponer indistintamente a todos; estoy pensando en nosotros, Salesianos. Cuando hablo de santidad, pienso, pues, en una vida de santidad que nos es propia: la santidad salesiana, vivida según el modelo de nuestro amado padre Don Bosco. Me refiero precisamente a aquella santidad que sólo se puede lograr y vivir como consagrados por Dios para la misión salesiana: “Nuestra vida de discípulos del Señor es una gracia del Padre que nos consagra con el don de su Espíritu y nos envía a ser apóstoles de los jóvenes” (Const. 3).
            Con frecuencia, visitando la Congregación, me ha sucedido encontrar a hermanos cargados de energías y de valor apostólico, que trabajan en obras estupendas en favor de los muchachos, pero que no parecen estar sostenidos y apoyados por una pasión semejante por Dios. Así, si por un lado no se puede sino apreciar semejante entrega, por otro no se puede dejar de preguntarse cuál es el móvil real de tan gran actividad. Nosotros sabemos que la misión salesiana y la Congregación, que surgió a su servicio, han nacido de Dios y en Dios renacen: el salesiano, en efecto, ha sido “enviado por Dios a los jóvenes” (Const. 15); la Sociedad a la que pertenece “no es sólo fruto de una idea humana, sino de la iniciativa de Dios” (Const. 1); además, el rasgo característico de nuestra vocación, el que nos es más querido, “la predilección por los jóvenes”, “es un don especial de Dios” (Const. 14). Dios está en su origen, como fuente y fundamento, de nuestra misión salesiana; y así debe permanecer. Esta realidad objetiva es vivida por cada uno y se transparenta a través de la propia vida.
            No fue diversa la experiencia personal de Don Bosco. Sacerdote pastor de los jóvenes por vocación, se hace para ellos y con ellos educador solícito; y el educador-pastor de los jóvenes se hace fundador de Institutos religiosos, “religioso él mismo, formador de consagrados y, más tarde, de consagradas... El problema de los jóvenes, en efecto, se le había presentado como demasiado complejo y comprometido para pensar que se resolvía con una mera implicación discontinua y voluntariosa de colaboradores fluctuantes” [1] . “La experiencia le había demostrado que el personal voluntario no garantizaba estabilidad, continuidad, homogeneidad de acción, cuando, en cambio, el planeta jóvenes se revelaba cada vez más complejo, y el abandono y la pobreza cada vez más extendidos y articulados. Hacía falta repensar radicalmente el problema de los agentes colaboradores, de su status espiritual y jurídico y de su organización. Don Bosco escogería, por fin, la forma de la Sociedad religiosa, sostenida por otras fuerzas asociadas” [2] .
            De este modo, consciente de que la misión entre los jóvenes, especialmente los más pobres, abandonados o en peligro, exigía “un vasto movimiento de personas” (Const. 5), Don Bosco tuvo que buscar entre los mismos jóvenes a sus colaboradores mejores, los que compartían con él una misma experiencia espiritual y apostólica, la de Valdocco, y que, invitados por Don Bosco a “quedarse con él”, fueron los primeros salesianos. “Él había comenzado con muchachos que no tenían idea ninguna de vida religiosa... De estar en la casa de Don Bosco, él los fue llevando gradualmente al deseo de vivir y trabajar de modo estable, en comunidad con Don Bosco, para llegar finalmente a la decisión de compartir su misma misión y aasociarse mediante los votos religiosos, haciéndose miembros de una verdadera y propia Sociedad de consagrados” [3] .
            Es verdad que, al menos para nosotros Salesianos, ha sido la misión la que ha exigido un grupo de consagrados: los jóvenes nos han llevado a Dios y no por diversión o como pasatiempo, sino como meta y motivo. Para asegurar el trabajo con los jóvenes, Don Bosco descubrió que tenía necesidad de personas dedicadas por entero a Dios; para tener colaboradores completamente consagrados a sus jóvenes, Don Bosco llegó a ser fundador. No sé si ésta fue una opción pragmática de nuestra querido padre, cuando se dio cuenta de que los colaboradores ordinarios no garantizaban su esfuerzo cotidiano del trabajo apostólico, durante las 24 horas del día, todos los días de la semana; o, más bien, una conclusión lógica de su propia experiencia, marcada por el “sueño” de los nueve años, que lo llevó a pensar que Dios tiene un “sueño” para cada uno de nosotros, una vocación especial que desemboca en la consagración por parte de Dios para una misión específica. A partir de la propia experiencia espiritual y pastoral, Don Bosco descubrió así las potencialidades de una vida religiosa, nacida al servicio de la misión salesiana.

3. El malestar actual de la  vida consagrada

Es evidente que hoy existe un cierto malestar en lo referente a la vida religiosa, malestar del que se resiente también nuestra Congregación. La caída numérica y el aumento de la edad media de los hermanos, al menos en algunas de las Regiones, son una señal de ello, además del hecho de la fragilidad vocacional, que es un fenómeno común a todas las