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“Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?” (MC 8,28) - contemplar a Cristo con la mirada de Don Bosco

CARTAS DEL RECTOR MAYOR - DON PASCUAL CHÁVEZ


Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mc 8,28)
Contemplar a Cristo con la mirada de Don Bosco

1. Contemplar a Jesucristo con mirada salesiana – 2. Jesucristo en la vida de Don Bosco – 2.1. El Cristo del Evangelio – 2.2. La configuración a Cristo – 3. Jesucristo “Apóstol del Padre y Buen Pastor” – 3.1. La gratitud al Padre por el don de la vocación divina a todos los hombres – “La gratitud al Padre...” – “...por el don de la vocación divina a todos los hombres” – 3.2. La predilección por los pequeños y los pobres – 3.3. La solicitud en predicar, sanar y salvar bajo la urgencia del Reino que llega – “La solicitud en el predicar...” – “sanar...” – “... y salvar...” – “... movido por la urgencia del Reino que llega” – 3.4. La actitud del Buen Pastor que conquista con la mansedumbre y la entrega de sí mismo – 3.5. El deseo de congregar a los discípulos en la unidad de la comunión fraterna – 4. Jesucristo “nuestra Regla viviente” – en la realización de la misión; - en la vida de comunidad; - en los consejos evangélicos; - en la oración; - en la formaciónConclusión: “¡Seamos imitadores de Don Bosco, como él lo fue de Cristo!”.

Roma, 25 de diciembre de 2003
Solemnidad de la Natividad del Señor

Queridísimos hermanos:

      Celebramos la Navidad del Señor, memoria del acontecimiento de la Encarnación, que en el Hijo ha hecho visible la realidad misma de Dios y ha puesto de manifiesto la participación de la naturaleza humana. Es hermoso –más aún, bueno, porque precisamente ésta es la buena noticia, esto es el evangelio- saber que Dios no está lejos, sino cerca; que después de habernos creado no  nos ha abandonado, que se ha hecho uno de nosotros, ha tomado nuestra carne, se ha hecho hombre para que nosotros pudiéramos ser hijos suyos. El Hombre-Dios es la revelación más completa del amor de Dios, su Palabra definitiva sobre el hombre y sobre Dios; en efecto, Dios “en distintas ocasiones y  de muchas maneras habló antiguamente a nuestros padres, por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo” (Hb 1,1.2 a).
      El Hijo de Dios ha querido vivir nuestra experiencia y formar parte de nuestra familia; esto le ha dado a Él el nombre de Jesús y el rostro de Nazareno; pero lo ha hecho también semejante y cercano a nosotros. Tal vez por esto la atmósfera navideña se caracteriza por un fuerte sentido de familia y de cercanía. Las casas se revisten de luz, vuelven a nuestra mente los recuerdos de familia, deseamos encontrar a las personas más queridas, tratamos de estar con los amigos o al menos hacernos presentes entre ellos por medio de las felicitaciones. La representación navideña del nacimiento ha contribuido sin duda a crear este clima de calor humano, de profundidad de afectos, de cercanía familiar.
      Navidad es una gran fiesta: los ángeles anuncian la alegría del nacimiento del Salvador y la paz a los hombres de buena voluntad. Pero los Evangelios no ocultan el hecho de que el nacimiento de Jesús fue en un establo, porque María y José “no habían encontrado otro lugar” (Lc 2,7); no ocultan tampoco que sus padres tuvieron que huir a Egipto, porque “Herodes buscaba al niño para matarlo” (Mt 2,13). El mensaje navideño es, por eso, tan fascinante como trágico. Con la Encarnación, la dignidad de toda persona queda elevada a la condición divina, si bien sigue siempre expuesta al peligro del rechazo (cf. Jn 1,10): desde el momento en que Dios ha querido tomar el camino del hombre, el hombre es el camino para encontrar a Dios, un camino que a veces es escondido y accidentado (cf. Jn 19,5).
      Éste es el contexto, queridos hermanos, en que me pongo de nuevo en comunicación con vosotros, en primer lugar para desearos una santa Navidad y un feliz Año Nuevo, lleno de gracias y de bendiciones, especialmente las que Dios nos ha dado en la Encarnación de su Hijo; en segundo lugar, para continuar con vosotros la reflexión sobre nuestra vocación a la santidad y sobre nuestra vida consagrada salesiana, como camino específico para alcanzarla.

      Os propongo, por esto, reflexionar sobre cómo responder a las preguntas puestas por Jesús a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que soy to? Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mc 8,27.28). Se trata de preguntas fundamentales para nuestra condición de creyentes y de consagrados. Pero no se puede reconocer adecuadamente la identidad de Aquel que nos ha llamado y cuyo seguimiento nos hemos propuesto, si no vivimos una fuerte experiencia de fe y si no nos sentimos muy queridos por Él. Es éste el sentido de las palabras con que Jesús, según el evangelio de Mateo, acoge la respuesta de Pedro: “Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo” (Mt 16,17). También Lucas se pone en la misma línea; él coloca estos interrogantes mientras Jesús se encuentra con los discípulos en un lugar apartado para rezar (cf. Lc 9,18). “Ambas indicaciones nos hacen tomar conciencia del hecho de que a la contemplación plena del rostro del Señor no llegamos sólo con nuestras fuerzas, sino dejándonos guiar por la gracia” [1] .
      Por su parte, Marcos, a través de la pregunta repetida varias veces: “Pero ¿quién es éste?” (Mc 4,41; cf. 1,27; 2,6.12; 6,48-50), parece decirnos que Jesús evita dar respuestas defnitivas y que el hombre no logra aferrarlo de una vez por todas. Jesús puede ser identificado sólo por Dios, como sucedió en el bautismo en el Jordán: “Éste es mi Hijo predilecto, en el que me he complacido” (Mt 3,17), y en la transfiguración en el Tabor: “Éste es mi Hijo, que yo amo. ¡Escuchadlo!” (Mc 9,7). Jesús puede ser reconocido como Cristo e Hijo de Dios sólo por los creyentes; sólo quien profesa y vive la fe “llega realmente al corazón, yendo a la profundidad del misterio: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16)” [2] .
      No es otro el contenido del evangelio que, según el primer versículo de Marcos, se podría expresar así: “Comienza el evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios”. Y ni siquiera otra es la finalidad de la narración de los evangelios: “Estos signos se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (Jn 20,31).

      Hace poco tiempo os escribía que “el verdadero desafío actual de la vida consagrada es el de restituir a Cristo a la vida religiosa y la vida religiosa a Cristo” [3] . Pues bien, “Cristo da a la persona dos certezas fundamentales: la de ser amada infinitamente y la de poder amar sin límites” [4] . Queridos hermanos, ¡cuánta necesidad tenemos de estas certezas! “Gracias a ellas, la persona consagrada se libera progresivamente de la necesidad de colocarse en el centro de todo y de poseer al otro, y del miedo a darse a los hermanos; aprende más bien a amar como Cristo la ha amado, con aquel mismo amor que ahora se ha derramado en su corazón y la hace capaz de olvidarse de sí misma y de darse como ha hecho el Señor” [5] . Precisamente por esto, querría indicaros en la contemplación de Cristo el medio más seguro para triunfar en esto: “el camino que la vida consagrada debe emprender al comienzo del nuevo milenio está guiado por la contemplación de Cristo” [6] .


1. Contemplar a Jesucristo con mirada salesiana

      La contemplación del rostro de Cristo debe ser para nosotros la primera pasión y ocupación, como se nos indica en la Regla de Vida: “Nuestra ciencia más eminente es, por tanto, conocer a Jesucristo, y nuestra alegría más íntima, revelar a todos las riquezas insondables de su misterio” (Const. 34). Este texto es tanto más significaivo si se recuerda que se encuentra en el capítulo de las Constituciones en que se describe nuestro servicio educativo pastoral. Os invito a realizar el precioso trabajo de contemplar al amado por excelencia, Aquel que nos ha fascinado y sigue fascinándonos, con una mirada salesiana, con los ojos mismos de Don Bosco, para que como él y siguiéndole a él “al leer el Evangelio seamos más sensibles a cietos rasgos de la figura del Señor” (Const. 11).

      La contemplación de Cristo es el punto de partida del camino espiritual y del programa pastoral trazado en la Exhortación apostólica Novo Millennio Ineunte, que nos llama a tener la mirada “más que nunca fija en el rostro del Señor [7] . La instrucción Caminar desde Cristo ha retomado el mismo objetivo estratégico, indicándonos los diversos rostros que contemplar y los lugares donde hacer experiencia de Cristo: “Éstos son los caminos de una espiritualidad vivida, compromiso prioritario en este tiempo, ocasión de releer en la vida y en la experiencia diaria las riquezas espirituales del propio carisma, en un contacto renovado con las mismas fuentes que han hecho surgir, por la experiencia del Espíritu de los fundadores y de las fundadoras, el destello de la vida nueva y de las obras nuevas, las específicas relecturas del Evangelio que se encuentran en cada carisma” [8] . La contemplación de Cristo nos inserta así, como salesianos, en el camino postjubilar de la Iglesia y en el compromiso actual de la vida consagrada.
      Contemplar a Cristo significa conocerlo más profundamente, amarlo más fielmente, seguirlo más radicalmente. En efecto, no se Le puede amar si no se Le conoce; y no se Le conoce si no se Le sigue (cf. Jn 1,38-39); y no se Le sigue si no estamos de tal manera enamorados de Él que dejamos todo por “estar con Él” (Jn 21,15-19). Conocimiento, amor y seguimiento de Cristo son realidades inseparables, que se relacionan recíprocamente.

      Las dos preguntas puestas por Jesús a los discípulos – “¿Quién dice la gente que soy yo?” y “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?”- orientan hacia esta interpretación de la contemplación de Cristo. Podrían ser expresadas con estas paráfrasis: “¿Quiénes dicen que soy yo, aquellos que, al no amarme y, por tanto, no siguiéndome de cerca no pueden conocerme?”; “¿Quién decis que soy yo, vosotros que amándome tanto y considerando todo como basura con tal de seguirme, estáis en condiciones de conocer la identidad más profunda de mi persona?”.
      Las respuestas dadas por los discípulos convalidan la misma interpretación: la cristología no es sólo fruto de conocimiento, sino también de amor hacia Cristo y de seguimiento. Estando al parecer de la gente, Jesús es Juan Bautista, o el profeta Elías, o uno de los profetas (cf. Mc 8,28). También en el curso de la historia Jesús ha sido calificado en formas muy diversas: es un revolucionario, un romántico, un comunista, un libertador, un liberal, un superstar, un judío devoto,...; pero ninguno de estos títulos hace justicia al misterio de la persona de Jesús. Sólo los discípulos pueden afirmar: “Tú eres el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios Vivo” (Mt 16,16). A lo largo de la historia también los creyentes han tratado de profundizar esta confesión de fe con la reflexión teológica y con la historia del discipulado; los que mejor conocen a Jesús son aquellos que lo aman más y lo siguen más de cerca, tratando de configurarse a Él.
      No basta, pues, con ser “admiradores” de Cristo, sino que se debe ser “imitadores”. Como advierte un gran teólogo, mientras “un imitador aspira a ser lo que admira, un admirador, en cambio, se queda personalmente fuera..., evita ver que aquel objeto contiene en relación con él la exigencia de ser, o al menos de aspirar a ser, lo que admira” [9] .
      Contemplar a Cristo no es, pues, diversión estética, ni libre pasatiempo y, ni siquiera curiosidad intelectual; es, en cambio, pasión nunca satisfecha y necesidad urgente de conocimiento, amor, seguimiento: queremos contemplar cada vez mejor a Aquel a quien querríamos adherirnos más, porque “adherirse cada vez más a Cristo” constituye el “centro de la vida consagrada” [10] .

      Nosotros, Salesianos, contemplamos a Jesús con una nuestra especificidad bien precisa. Nuestra forma de vida realiza el proyecto apostólico de Don Bosco: “Ser en la Iglesia signos y portadores del amor de Dios a los jóvenes, especialmente a los más pobres” (Const. 2); cumpliendo esta misión “encontramos el camino de nuestra santificación” (Const. 2). La misión salesiana, que “da a toda nuestra existencia su tonalidad concreta” (Const. 3), nos hace más “sensibles a ciertos rasgos de la figura del Señor” (Const. 11) y hace que nuestro contemplar a Cristo y nuestro obrar cristiano estén permeados de pasión por Dios y de compasión por los jóvenes. Nosotros, Salesianos, conocemos, amamos y seguimos a Jesús, estando entre los jóvenes. Inmersos en el mundo y en las preocupaciones de la vida pastoral, aprendemos a encontrar a Cristo a través de aquellos a los que hemos sido mandados (cf. Const. 95). Nuestro acceso a Cristo pasa a través de los jávenes. Nosotros, Salesianos, no podemos pensar, ver, encontrar, amar y seguir a Cristo sin estar rodeados de los jóvenes o, al menos, sin ser conscientes de haber sido enviados a ellos. Los jóvenes son nuestra misión y “el lote que nos ha tocado, la heredad que hemos recibido” (Sal 16,6). Lejos de los jóvenes, no logramos contemplar a Cristo o, al menos, no miramos al Cristo contemplado por Don Bosco; los jóvenes a los que somos enviados son el lugar y la razón de nuestra experiencia cristiana. Esto significa que existe un camino salesiano para contemplar y, por tanto, para conocer, amar y seguir a Jesús.

      Puesto que la cristología es la reflexión sistemática sobre la persona y sobre la obra de Jesús de Nazaret, el Cristo, el Hijo de Dios, alguno podría preguntarse si se puede dar una “cristología salesiana”, o si la cristología, para ser auténtica, debe estar libre de cualquier adjetivo.
      Está claro que, para ser la misma, la reflexión cristológica debe ser fiel a su función, que mira a la comprensión y a la inteligencia de la fe en la persona real, concreta e histórica de Jesús de Nazaret, confesado como Cristo e Hijo de Dios. Por lo tanto, debe permanecer fiel al modo como la tradición normativa cristiana ha comprendido y explicado dicha figura a lo largo de los siglos.
      Sin embargo, esta fidelidad no excluye aproximaciones diversas a la persona y a la obra de Jesús, sin agotar nunca la riqueza; el mismo misterio personal de Cristo las exige y las hace inevitables. Si es verdad que ninguna persona humana puede ser definida con una sola frase, ni fijada en una sola actitud, ni contemplada desde una única perspectiva, esto es así con mayor razón para Jesús, hijo de María e Hijo de Dios, verdadero hombre y verdadero Dios. Cuanto más nos acercamos, tanto más percibimos la figura de Cristo como misterio. Por tanto, no pierde actualidad ni urgencia la pregunta que Jesús dirigió a sus discípulos y sigue dirigiéndola también a nosotros: “Y vosotros, ¿quén decís que soy yo?” (Mc 8,29).

      Entre tantos factores que “diversifican” las perspectivas y, por tanto, multiplican las respuestas a la pregunta cristológica, podemos mencionar:
-         la permanente profesión eclesial de fe que, a lo largo de dos mil años, ha utilizado conceptos y términos diversos para comprender y expresar la experiencia de la salvación en Cristo y en la que aparece más que la inmutabilidad de las fórmulas, el compromiso de fidelidad de los creyentes;
-         los diversos contextos geográficos y culturales en los que ha crecido y se ha desarrollado la fe en Cristo, con una atención también a la religiosidad popular, que particularmente en campo cristológico presenta una amplísima e inagotable variedad de expresiones y simbologías;
-         la sensibilidad carismática de la vida consagrada, que ha “hecho surgir, por la experiencia del Espíritu de los fundadores y de las fundadoras,... las específicas relecturas del Evangelio que se encuentran en cada carisma” [11] ; los carismas, dones del Espíritu Santo a la Iglesia, tienen en la base una intuición cristológica” y tienden al seguimiento y a la imitación del Señor Jesús desde una perspectiva propia, sin la pretensión de ser exhaustiva o exclusiva.

De esta sensibilidad carismática nosotros somos conscientes y nos sentimos orgullosos: “El Evangelio es único e idéntico para todos. Sin embargo, existe una ‘lectura salesiana del Evangelio’; de ella nace una forma salesiana de vivirlo. Don Bosco miró a Cristo para intentar parecérsele en los rasgos que mejor respondían a su misión providencial y al espíritu que debe animarla” [12] . Y ¿no expresa, acaso, esto la necesidad de vivir una nuestra propia y específica experiencia de Cristo, nacida en la misión juvenil que, narrada, se hace necesariamente “cristología salesiana”? Precisamente por esto nos parece justificado hablar de una “cristología salesiana”, aquella que pone de relieve los “rasgos de la figura del Señor” a los que nuestra misión nos ha hecho “más sensibles” (cf. Const. 11). En esta relectura cristológica salesiana se funda una profunda espiritualidad y una eficaz praxis pastoral, ambas centradas en Cristo y con clara identidad carismática; es decir, hace falta una contemplación de Cristo, explicítamente salesiana, para vivir una experiencia espiritual y para realizar una praxis pastoral con clara identidad.


2.     Jesucristo en la vida de Don Bosco

En el origen de un carisma que Dios da a su Iglesia y, a través de ella, al mundo entero, se encuentra siempre un fundador o una comunidad fundadora. Precisamente porque es un don que caracteriza de forma singular la vida cristiana, el carisma privilegia, en el creyente que lo recibe, rasgos específicos en su forma de comprender, amar y vivir a Cristo.
      El espíritu salesiano, aquel “estilo original de vida y de acción” que “Don Bosco vivió y nos transmitió, por inspiración de Dios” (Const. 10), “encuentra su modelo y su fuente en el corazón mismo de Cristo, apóstol del Padre” (Const. 11). Es verdad que “nosotros descubrimos (a Cristo) presente en Don Bosco que entregó su vida a los jóvenes”; pero “para comprender nuestro espíritu en su elemento central, hay que ir más allá de la persona de Don Bosco; es preciso acudir a la fuente en que bebió: la persona de Cristo [13] .
      Por esto nos interesa conocer y amar al Cristo que Don Bosco vivió y pensó; identificar los rasgos de su persona a los que como salesianos “somos más sensibles” (Const. 11) y, por tanto, aferrados por Él y fascinados por Él, ponernos a seguirle. Y precisamente porque en Don Bosco se nos hace presente el modo de conocer, amar y seguir a Cristo, es en Don Bosco, a través de su experiencia espiritual y apostólica, donde estamos llamados a acercarnos como salesianos a Cristo Jesús.

2.1. El Cristo del Evangelio

      Más que la fe profesada por Don Bosco y su credo cristológico, nos interesa evocar su fe vivida y la actitud fundamental que tomó su relación personal con el Señor Jesús; es decir, es más importante referirse a la “fides qua” que a la “fides quae” de Don Bosco. Desde esta perspectiva, parece que su formación teológica tiene un valor relativo en relación con su experiencia cristiana.
      Cristo era para Don Bosco una persona viva y presente en todo momento de su vida y de su obrar; para él no fue nunca sólo una verdad abstracta o un ideal que alcanzar. Diría que la actitud que distingue su fe cristiana es la de la relación – cercanía – amistad. Se puede verificar esto en el primer artículo de las Constituciones de 1858, donde había escrito: “El fin de esta Sociedad es el de reunir a sus miembros... para perfeccionarse a sí mismos imitando las virtudes de nuestro Divino Salvador, sobre todo la caridad con los muchachos pobres” [14] .
      Esta relación está caracterizada por la convicción de que Jesús es el Hijo de Dios hecho Hombre; es más, de acuerdo con la teología de su tiempo, Don Bosco identifica prácticamente a Jesucristo con ‘Dios’, aún sin ignorar la realidad trinitaria del Misterio Divino; y así en Don Bosco los términos “Jesucristo” y “Dios” resultan prácticamente intercambiables.
      En el interior de esta misma “contemporaneidad” con Cristo, no encontramos en Don Bosco una sensibilidad por el Jesús histórico, ni tampoco la preocupación de llegar al “Jesús de Nazaret”, como tratan de hacer la exégesis y la teología actual. Para él, no hay otro Jesús que el Señor Jesús de los Evangelios.

2.2.  La configuración a Cristo

Para trazar un perfil de la actitud de Don Bosco en relación con la persona de Jesucristo, me parece clarificador recordar el sueño de los diez diamantes, en el que Don Bosco quiso representar “la identidad del salesiano”, como nos lo ha recordado también el reciente CG25 [15] . Con Don Rinaldi se puede afirmar que Don Bosco “¡fue siempre, durante toda su vida, la encarnación viviente de este personaje simbólico!” [16] . Pues bien, en la descripción del personaje, modelo del salesiano, encontramos una diferencia entre la parte frontal del manto y la dorsal; en esta segunda están presentes aquellas actitudes ocultas que en cierto modo sostienen y fortalecen la fe, la esperanza y la caridad, en las que consiste propiamente el testimonio visible”.

En la presentación del Señor Jesús que Don Bosco hace a sus muchachos y a la gente a la que dirige su predicación y sus escritos, él pone el acento sobre todo en la dimensión mística de la contemplación de Cristo, o sea en la bondad inagotable del Maestro, en su misericordia, en su capacidad de perdón. En particular, en las “Vidas” de los jóvenes ejemplares de Valdocco, muertos prematuramente, pone de relieve un rasgo típicamente salesiano: la amistad con Jesús. Valga como ejemplo para todos la frase programática de Domingo Savio el día de su Primera Comunión: “Mis amigos serán Jesús y María”. Esta realidad es, por así decir, la parte frontal del manto.

En cambio, en los escritos para los socios salesianos, comenzando por la Introducción a las Constituciones y en las Constituciones mismas, Don Bosco acentúa la dimensión ascética, que comprende el seguimiento y la imitación de Jesucristo en las diversas dimensiones de la vida consagrada y, de modo particular, en los consejos evangélicos. El hecho es tan evidente que, si no se tiene en cuenta la diversidad de los destinatarios, podría dar la impresión de que Don Bosco se contradice a sí mismo.
Por ejemplo, hablando de la obediencia, Don Bosco la describe así: ésta “debe ser a ejemplo de nuestro Divino Salvador, que la practicó aún en las cosas más difíciles, hasta la muerte de cruz”. En cuanto a la pobreza, escribe: “(el salesiano) sigue el ejemplo de nuestro Salvador, que nació en la pobreza, vivió en la privación de todo y murió desnudo en una cruz”. Y hablando de la fidelidad a la vocación, da esta indicación: “Permanezca cada cual en la vocación a que ha sido llamado hasta el fin de su vida. Recuerde todos los días las severísimas palabras del Divino Salvador... Ninguno que pone su mano en el arado y vuelve la vista atrás, es apto para el Reino de Dios” (Constituciones de 1874, art. 21).

Aunque esté claro, es preciso subrayar que el seguimiento y la imitación de Jesucristo no se han de entender como una costosa renuncia, sino como una ofrenda libre y gozosa; no como una ocupación puntual, sino como una total consagración: “No vamos tras una virtud (obediencia, pobreza, castidad), ni una actividad (educación, misiones, etc.), sino que seguimos a una Persona a la que deseamos imitar en plenitud y un Evangelio que nos proponemos vivir íntegramente” [17] . Yo mismo os lo escribía hace poco: “No nos hacemos religiosos “para” algo, sino “a causa de” alguno: de Jesucristo y de la fascinación que Él produce” [18] .

Esta aparente dicotomía no es tal, si tenemos presente la íntima e inseparable relación entre evangelio y vida, entre fe y moral, tal como lo entendió y lo vivió Don Bosco. En su vida y en su sistema educativo la moral no es nunca fin a sí misma; el cumplimiento del deber, por ejemplo, no se deriva de un “imperativo categórico” de estilo kantiano, sino del deseo de realizar por amor la voluntad de Dios en todo, hasta en los mínimos detalles de la vida. Viceversa, esta amistad con Dios no cae nunca en una “camaradería” que pasa por encima del cumplimiento de los mandamientos; quien ama se compromete a hacer la voluntad expresa y hasta los deseos ocultos de la persona amada. Lo ha dicho Jesús: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Jn 14,15). Es esto, usando una imagen típicamente salesiana, la paradoja del emparrado de rosas.
En particular, la insistencia de Don Bosco sobre la práctica del Sacramento de la Reconciliación es muy significativa: constituye una de las columnas de su edificio educativo. En las “Vidas” escritas por él esto es claramente evidente y a veces hasta insistente: la confianza en Jesús no anula el conocimiento de la propia fragilidad moral; es más, aquella confianza es tanto más fuerte cuanto mayor es este conocimiento.
Finalmente, la relación que Don Bosco tiene e inculca hacia el Señor Jesús es inseparable de la devoción a la Santísima Virgen María. En realidad, para él, en su propuesta educativa de la fe, es un lema seguro la expresión querida por San Luis María Grignion de Montfort: Ad Iesum per Mariam. A este propósito –como desde otros puntos de vista- el sueño de los nueve años es ejemplar: Jesús y María aparecen juntos, pero Ella le es dada como maestra, precisamente para hacerlo discípulo de Jesús y para ayudarlo a hacerse “humilde, fuerte y robusto”.


3. Jesucristo “Apóstol del Padre y Buen Pastor”

Después de haber profundizado la legitimidad de una “cristología salesiana”, en el sentido de una relectura carismática de algunos aspectos de la cristología y después de haber aludido a la centralidad de la relación con Cristo y a la importancia de la configuración a Él en la experiencia de Don Bosco, ha llegado el momento de exponer los rasgos específicos que nosotros, Salesianos, acentuamos en la contemplación de Cristo. Los encontramos en forma muy densa, aunque breve, en el artículo 11 de nuestra Regla de Vida; en seguida “hay que notar la relación íntima que existe entre ellos y la persona de Cristo en la línea de la ‘caridad’ de buen Pastor” [19] .
Aún tratándose de aspectos evangélicos que todo salesiano debe tratar de cultivar en la propia “identidad carismática”, nosotros los encontramos en Don Bosco en forma casi “connatural” y, además, con una característica extraordinaria: resulta prácticamente imposible separar en él la riqueza de los dones del Espíritu Santo y la “infraestructura humana” que los sostiene. Se puede hablar, por esto, de “una espléndida armonía entre naturaleza y gracia” (Const. 21). Al analizar estos rasgos, doy por descontado que son centrales en la vida de Jesús; sería muy enriquecedor analizarlos en cuanto tales; aquí los vemos sólo en cuanto vividos y reflejados en nuestro Padre y Fundador; me limitaré por eso a ofrecer una simple glosa.

3.1. La gratitud al Padre por el don de la vocación divina a todos los hombres

“La gratitud al Padre...”

En Don Bosco la gratitud es uno de los sentimientos más marcados y más nobles de su personalidad humana, que quiso transmitir en máximo grado a sus hijos. Pero se trata de una actitud derivada, puesto que es la respuesta a la gratuidad, tanto en el campo de las relaciones humanas, como, sobre todo, en la relación con Dios. En el desarrollo de tal actitud, la figura de Mamá Margarita tuvo gran importancia: en efecto, tal sentimiento va asociado al fuerte sentido de la Providencia que la mamá le inculcó, tanto al contemplar la naturaleza como en la valoración de la propia vida.
      En la fusión de los dos aspectos –humano y cristiano- “en un proyecto de vida fuertemente unitario: el servicio a los jóvenes” (Const. 21), la gratuidad ocupa un lugar esencial. El artículo 20 de las Constituciones la presenta como el primer rasgo del sistema preventivo, que “era para él un amor que se dona gratuitamente, inspirándose en la caridad de Dios, que precede a toda criatura con su providencia, la acompaña con su presencia y la salva dando su propia vida” (Const. 20).

      Mientras estudiaba filosofía, Juan Bosco acompañó a jóvenes de clase acomodada en una casa de verano de los Jesuitas cerca de Turín, a la que ellos habían enviado a sus internos durante una epidemia. Si es verdad que él no encontró dificultad en la relación con ellos, es más tuvo en estos jóvenes amigos que le querían mucho y le respetaban, se convenció de que su ‘método’ no se adaptaba a un sistema de ‘compensación recíproca’: “En Montaldo (...) pudo conocer la dificultad de adquirir sobre ellos el suficiente ascendiente necesario para hacerles el bien. Y se persuadió de que no era llamado a ocuparse de los jóvenes de familias señoriales” [20] .

      Es impensable el sistema educativo pastoral de San Juan Bosco sin la experiencia de la gratuidad por ambas partes: las demostraciones de gratitud de sus muchachos son innumerables y conmovedoras, precisamente porque no agradecían lo que Don Bosco les daba, sino que agradecían al mismo Don Bosco que se daba a ellos, como expresión del amor gratuito y preveniente de Dios. Él mismo se consideraba así, como lo testifican las Memorias Biográficas que nos dicen que en 1859 Don Bosco se dio a sí mismo como aguinaldo: “La poca ciencia, la poca experiencia que he adquirido, cuanto soy y poseo, oraciones, trabajos, salud, mi propia vida, todo deseo emplearlo para vuestro servicio. Por mi parte os entrego como aguinaldo a todo mí mismo; será cosa baladí, pero cuando os doy todo, quiero decir que no me guardo nada para mí” [21] .

“... por el don de la vocación divina a todos los hombres”

Hay un presupuesto fundamental, densamente teológico, en el pensamiento y en la praxis educativa pastoral de nuestro Fundador: la certeza de que toda  persona no es sólo objeto de derechos y de deberes, u objeto de filantropía “horizontal”, sino que en cualquier situación y a pesar de cualquier límite, deficiencia o pecado, ella es imagen de Dios; todos son hijos e hijas de Dios, llamados a Su amistad y a la vida eterna. De esta convicción de fe provenía en Don Bosco la esperanza, entendida como confianza en toda persona, sobre todo en el joven, que despierta en él la autoestima y sus energías de bien. Este destello de bondad que él no sólo encontraba, sino que presuponía en cada joven, incluso en los que podían ser considerados por otros como irrecuperables, es su típica expresión pedagógica. Es muy importante para todos nosotros que creamos y llevemos en nuestra praxis educativa pastoral esta convicción de nuestro amado padre, que decía: “Todo joven, por desgraciado que sea, tiene un punto sensible al bien y es el primer deber del educador descubrir ese punto, esa cuerda sensible del corazón, y sacar provecho de ella” [22] .

Por otra parte, aun con los límites de la eclesiología de su tiempo, esta convicción fue para Don Bosco la fuente de su ‘ecumenismo’ y de su ansia misionera: no consideraba que pudiera descansar hasta que no hubiera anunciado a todos los hombres y a todas las mujeres del mundo, sin distinción de raza o de lengua, la Buena Noticia del Amor de Dios en Cristo, que nos llama a formar la gran Familia de sus hijos y de sus hijas, que es la Iglesia. Ésta es de hecho la fuente de donde brotaba su incansable actividad y su prodigiosa fantasía pastoral.

      Hay que decir que Don Bosco encarnó plenamente la intuición teológica de San Pablo, que nos recuerda cómo del Padre “procede toda paternidad en el cielo y en la tierra” (Ef 3,15); él supo ser una mediación excepcional del amor paterno-materno de Dios para aquellos que se sentían menos dignos de Él, o para aquellos que no habían vivido una experiencia positiva de un padre o de una madre.

3.2. La predilección  por los pequeños y los pobres

      No es preciso demostrar esta atención a los pequeños y a los pobres, sea en referencia a la actitud de Jesús, porque son numerosos los textos evangélicos sobre este tema y central su importancia, sea en referencia al compromiso de Don Bosco. En todo caso conviene hacer notar que esta predilección en Don Bosco no proviene sólo de la magnanimidad de su corazón paterno, “grande como las arenas del mar”, ni de la situación desastrosa de la juventud de su tiempo –como también del nuestro-, ni mucho menos de una estrategia socio-política. En el origen de ella está una misión de Dios: “El Señor indicó a Don Bosco, como primeros y principales destimatarios de su misión, a los jóvenes” (Const. 26). Y es bueno recordar que esto sucedió “con la intervención materna de María” (Const. 1); en efecto, Ella “indicó a Don Bosco su campo de acción entre los jóvenes, y lo guió y sostuvo” (Const. 8).
      En este sentido es ‘normativo’, y no una simple anécdota, la actitud que Don Bosco asumió en un momento decisivo de su existencia sacerdotal, frente a la Marquesa de Barolo y a la oferta, ciertamente apostólica y santa, de colaborar en sus obras, abandonando a los muchachos andrajosos y solos: “Usted tiene dinero y encontrará fácilmente cuantos sacerdotes quiera para sus instituciones. No ocurre lo mismo con los chicos pobres... Cesaré oficialmente en el cargo y me entregaré de lleno al cuidado de mis muchachos abandonados” [23] .

Sería muy interesante profundizar las características típicas de los destinatarios preferenciales de nuestra misión: “jóvenes pobres, abandonados y en peligro”. Aunque hoy se habla de “nuevas pobrezas” de los jóvenes, la pobreza alude directamente a su situación socio-económica: el abandono reclama la “calificación teológica” de privación de apoyo a causa de la falta de una mediación adecuada del Amor de Dios; el peligro reenvía a una fase determinante de la vida, la adolescencia-juventud, que es el tiempo de la decisión, después de la cual muy difícilmente se pueden cambiar las costumbres y las actitudes adoptadas. Dicha profundización sirve como punto de partida para determinar en cada Inspectoría (cf. Rtos, 1) y comunidad, cuáles son los destinatarios prioritarios en el hic et nunc concreto, teniendo en cuenta, ciertamente, los criterios ahora indicados.

Tal predilección se agudiza en algunos contextos en los que se desarrolla nuestra misión, donde la pobreza, sobre todo juvenil, es lacerante. El salesiano, mucho menos que cualquier otro, no tiende a crear choques o “lucha de clase”. La predilección no es sólo una elección o una “opción”: presupone un “amor universal”, pero comporta algunas acentuaciones: no excluye a nadie, pero no privilegia a todos: sería contradictorio. Lo que importa en el testimonio es que esté bien claro que la nuestra es una predilección evangélica, que realiza la práctica de “dar el máximo al que en la propia vida ha recibido el mínimo”. La caridad salesiana quiere comenzar no por los primeros, sino por los últimos; no por los más ricos desde el punto de vista económico o espiritual, los cuales disponen ya de atención y servicios; sino por aquellos que tienen necesidad de nosotros para suscitar esperanza y despertar energías.

3.3. La solicitud en predicar, sanar y salvar, movido por la urgencia del Reino que llega

“La solicitud en predicar...”

      “Toda la vida de Don Bosco imita y prolonga, especialmente en favor de los jóvenes, el ardor apostólico desplegado por Cristo en su vida pública” [24] .
      Desde el comienzo de su Evangelio, Marcos nos dice: “Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios” (Mc 1,14). Aunque hay otros textos en los que la actividad de Jesús se concentra en tres acciones –predicar el Evangelio, expulsar los demonios, curar las enfermedades y los sufrimientos (cf. Mc 3,13; Mt 9,35)- no hay duda de que su misión principal era la de “proclamar el Evangelio, el mensaje feliz de Dios”.
      Para Don Bosco es tan importante este elemento que constituye su principal petición el día de su Primera Misa: “Es piadosa creencia que el Señor concede infaliblemente la gracia que el nuevo sacerdote le pide al celebrar la primera Misa; yo le pedí fervorosamente la eficacia de la palabra, para poder hacer el bien a las almas. Me parece que el Señor oyó mi humilde plegaria” [25] .

      Este aspecto está en íntima relación con el carácter educativo del método preventivo, en particular de la razón, parte del trinomio fundamental, con la religión y el cariño. “La ‘razón’, en la que Don Bosco cree como don de Dios y quehacer indeclinable del educador, señala los valores del bien, los objetivos que hay que alcanzar y los medios y modos que emplear” [26] . Y logra también que la vivencia de los Sacramentos, columnas de su edificio educativo pastoral, no degenere en “sacramentalismo”, sino que se transforme en verdadera vida de comunión con Dios.

      Ciertamente, Don Bosco no empleó el término “evangelizar”; él hablaba efectivamente de dar el catecismo a los muchachos y predicar al pueblo. Con esto entendía lo que Pablo VI definió como la razón de ser de la Iglesia (cf. EN, 15). Y en este sentido la preocupación de nuestro fundador ha sido acogida en nuestra Regla de Vida en un artículo que comienza precisamente citando una frase suya: “Esta Sociedad comenzó siendo una simple catequesis”. También para nosotros la evangelización y la catequesis son la dimensión fundamental de nuestra misión” (Const. 34).

“... sanar...”

      No hace falta subrayar la centralidad de este aspecto en la vida y en la praxis de Jesús; baste recordar su respuesta a los enviados de Juan el Bautista: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia” (Mt 11,4-5). Y en el evangelio de Juan, toda la primera parte se centra en los “signos” de Jesús, la mayor parte de los cuales, se refieren a este campo.
      Aun sin olvidar que Don Bosco recibió de Dios también el carisma de la curación, no es a esto a lo que se refiere el artículo 11 de las Constituciones, tanto menos en relación con las actividades de sus hijos; no somos una Congregación que se dedique preferentemente a los enfermos.
      No obstante esto, se trata de un punto esencial de nuestro carisma, que acentúa dos dimensiones. Actualmente, tanto en el campo psicológico como en el de la medicina, se ha ampliado el concepto de ‘salud’ o de ‘curación’; no hay duda que nuestros destinatarios prioritarios son, en general, muchachos y muchachas ‘enfermos’ a causa de su misma situación de abandono: de los traumas infantiles y familiares hasta las dependencias y hábitos físicos o psicosomáticos. “Todo esto ha llevado –escribía Don Vecchi- a repensar el concepto de prevención y de preventividad. Tal vez para muchos significaba ocuparse sólo de muchachos y jóvenes que no han sido todavía alcanzados por el mal. Anticipar es ciertamente una regla de oro. Mas ‘prevenir’ quiere decir también impedir la ruina definitiva de quien está ya en el mal camino, pero tiene aún energías sanas que desarrollar o recuperar. En la reflexión actual socio-pedagógica se habla de una primera prevención y de base, de una segunda de recuperación y de refuerzo, y de una última que logra detener las consecuencias extremas del mal” [27] .

      Por otra parte, no debemos olvidar el significado de los milagros de Jesús. Uno de los mejores especialistas del tema escribe: “El milagro está destinado a la salvación de todo el hombre: su corazón y su cuerpo. Jesús, perdonando y curando al hombre de sus miserias, le hace tomar conciencia de la propia importancia frente al pecado, a la enfermedad, a la muerte (...). El milagro es el signo concreto de lo que representa Jesús para el hombre: el que salva totalmente, física y espiritualmente” [28] .
      En esta perspectiva se coloca plenamente el carisma salesiano. Don Bosco busca, con el ‘criterio oratoriano’ (cf. Const. 40), la promoción integral de sus muchachos. Los que niegan la realidad de los milagros, muchas veces lo hacen en nombre de un “espiritualismo”, como si a Dios interesasen sólo “el alma” y las actividades religiosas.

“... y salvar...”     

Los tres verbos “predicar, sanar y salvar” se colocan en clara progresión, hasta llegar a la cumbre: la salvación de los muchachos, que es la cumbre de la atención de Don Bosco, como afirma Don Rua: “No dio un paso, ni pronunció palabra, ni acometió empresa que no tuviera por objeto la salvación de la juventud. Lo único que realmente le interesó fueron las almas” [29] .
      Cuando olvidamos que el fin último del trabajo salesiano es, siguiendo el ejemplo de Cristo, la salvación, caemos en un reducionismo que representa una traición del sistema preventivo. En cambio, la relación con cuanto queda dicho antes nos habla de una salvación integral, que se concreta en el lema fundamental: “da mihi animas”. El término alma no quiere ciertamente expresar una dicotomía, sino que es metonímico: para Don Bosco ‘alma’ significa toda la persona, en la perspectiva del plan de Dios; y la ‘santidad’, que viene a ser sinónimo de salvación, es la realización de la vocación divina de todo ser humano.
      Siguiendo esta concepción antropológica integral, en nuestro trabajo educativo pastoral nosotros no podemos pararnos nunca en los umbrales de la evangelización, sino que en cualquier contexto debemos tratar de abrir a los jóvenes a la transcendencia religiosa, que no sólo es aplicable a todas las culturas, sino que se adapta con fruto también a las religiones no cristianas.

“...movido por la urgencia del Reino que llega”

      Sobre este punto, central en la predicación y en la praxis de Jesús, no podemos decir que Don Bosco haya insistido explícitamente: sería anacronismo esperarse de él una acentuación que sólo en el siglo XX ha sido retomada, si bien más en la exégesis y en la teología que en la vida ordinaria de la Iglesia. Y, sin embargo, no se trata sólo de una expresión retórica: de algún modo, la intuición fundamental que comporta el Reino, está presente, con otras palabras y actitudes, en Don Bosco y en su Carisma.
Tomemos, entre otros textos evangélicos, uno de los más importantes: el Sermón de la Montaña (Mt 5-7). Desde el punto de vista formal, incluye diversos géneros literarios: bienaventuranzas, ‘normas’ nuevas respecto de la Ley antigua, oración del ‘Padre nuestro’, etc. Pero todo ello está unificado por la centralidad del Reino: por esto ha sido llamado la “carta magna de la proclamación del Reino”. Un Reino, en el que la paternidad de Dios no se caracteriza por su dominio, sino, al contrario, su dominio se caracteriza por la paternidad, de modo que en el “Reino de los cielos” no hay esclavos, y ni siquiera siervos, sino hijos.
      Cuando se olvida esta perspectiva, se disocian todos sus elementos; incluso la propuesta de Jesús, contrapuesta a la Ley antigua, se convierte en una carga imposible de llevar: si ésta mata, aquélla aniquila. Es lo que un autor llama “la teoría de la no posibilidad (algo irrealizable) del precepto”, representada por la ortodoxia luterana. Jesús exige que nos liberemos totalmente de la ira: una simple palabra hostil merece incluso la muerte. Jesús exige una castidad que evita hasta la misma mirada impura. Jesús exige una sinceridad absoluta, amor a los enemigos” [30] . Según este modo de comprender, la Ley Nueva se nos da sólo para que comprendamos de modo vital que no podemos cumplirla. Y para que, por lo tanto, recurramos con humilde confianza a la misericordia de Dios.
       Cuando, en cambio, todo se centra en el Reino, se comprende qué es lo que constituye la “buena noticia” de Jesús: “El Reino de Dios está cerca” (Mc 1,15). Es una situación nueva, don de Dios con la colaboración humana, que ahonda sus raíces en la metanoia. En la medida en que se hace realidad el dominio paterno del Dios-Abbà, y en la medida en que nosotros, humanos, vivimos como hermanos, la utopía se hace realidad; no se “construye” el Reino poniendo juntos los trozos del Sermón de la Montaña; éste brota, en cambio, como de un manantial, del anuncio del Reino.

      ¿No es acaso lo que Don Bosco trataba de crear en sus obras y que se denomina “ambiente [31] ? Se trata de una situación constituida por personas, recursos, valores, actividades, que permitan al joven –también al más pobre y abandonado- experimentar “la belleza de la virtud y la fealdad del pecado”. Se comprende así la famosa frase de Don Bosco: “poner al joven en la imposibilidad moral de pecar”; no coartando su libertad, sino, por el contrario, robusteciendo afectivamente su voluntad y su vida cristiana, de modo que pueda vivir, en plena libertad, su carácter de hijo/a de Dios y de hermano/a de los demás. La importancia de esta “ecología” educativa pastoral podría ser la traducción, en clave salesiana, de la centralidad del Reino y de la urgencia de su llegada.

3.4. La actitud del Buen Pastor que conquista con la mansedumbre y la entrega de sí mismo

      Es obvio el carácter simbólico de la figura del pastor, aplicada a las personas que tienen a su cargo la responsabilidad y el cuidado de otros, con la ambivalencia que tal figura implica: se puede servir a los otros o servirse de ellos. Una tal ambivalencia se presenta también en la Revelación, desde el Antiguo Testamento. Uno de los textos más importantes a este propósito, presentado entre otras cosas en clave mesiánica, es el de Ezequiel 34, que en algunos de sus versículos aparece como cita al comienzo de las Constituciones. Es una audaz aplicación a Don Bosco, llamado a ser “pastor de los jóvenes” y, por ello, aplicable a todo salesiano invitado a hacer suya la misión de Don Bosco: “Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro. Les daré un pastor único, que las pastoree. Él las apacentará. Él será su pastor” (Ez 34,11.23).
      En la predicación de Jesús, dicha figura ocupa un lugar de relieve, ante todo en la presentación del Señor como Buen Pastor en Juan 10,1-18; 25-30, como también en la parábola de la oveja perdida, presente en Lucas 15,4-7 y Mateo 18,12-24, con contextos literarios y teológicos muy diversos.

      Poniendo juntos estos textos, encontraremos algunas caraterísticas muy interesantes del Buen Pastor, que Don Bosco asumió en el propio seguimiento e imitación de Jesucristo. Recordemos que en el sueño de los nueve años la imagen del buen pastor cualifica la visión de la misión juvenil; esta imagen se volverá a presentar algunos años  más tarde, en el segundo sueño, que incluirá una ligera reprensión por el hecho de no confiar suficientemente en Dios.

      Jesús, el buen pastor, es la puerta de las ovejas. El exegeta católico Raymond Brown refiere que E. F. Bishop “ofrece un interesante ejemplo moderno del pastor que se echa a dormir atravesado en el umbral de la puerta, de modo que hace las veces, al mismo tiempo, del pastor y de la puerta para el ganado” [32] . Podríamos poner en boca del pastor, y también en los labios de Don Bosco, estas palabras: “Si quieren llegar a mis ovejas, tendrán que pasar por encima de mí”.

      Él conoce sus ovejas y las llama una a una por su nombre; las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Este pasaje evita el proverbial malentendido de la masificación y del gregarismo: el “servilismo borreguil”. En un precioso comentario exegético-espiritual del encuentro de Jesús Resucitado con María Magdalena, otro exegeta escribe: “Pero cuando (Jesús) se volvió hacia ella y le dijo esta palabra: ‘¡María!’, entonces fue pascua para ella. Nos acordamos de las palabras de Jesús transmitidas por el mismo evangelista: “Mis ovejas oyen mi voz y yo las conozco” (...). Sin duda, Juan quiere que pensemos en estas consoladoras palabras” [33] .
Don Bosco realizó, de forma excepcional, este conocimiento personal de sus jóvenes: cada uno de ellos se sentía conocido y amado personalmente, hasta el punto de que discutían entre sí sobre quién era el predilecto del Padre; todos estaban convencidos de ser los predilectos. Recordemos la “palabrita al oído” y el conocimiento de su situación: “les leía en la frente”, decían los jóvenes llenos de admiración. Esto, en gran parte al menos, se debe a su presencia en medio de ellos, una presencia típica, llamada en la tradición salesiana asistencia: no sólo física, sino sobre todo personal, afectuosa y preventiva; mediación humana del “Dios te ve”.

      Él va en busca, con predilección, de la oveja perdida. Es el rasgo típico y más escandaloso de la parábola sinóptica, con matices diversos en Lucas y Mateo. En Jesús expresa, entre  otros, dos aspectos principales:
-         el “mayor amor” hacia aquel que tiene mayor necesidad: el más pobre, el último, el pecador; no es sólo amor pastoral: “agápe” diríamos; es también amor íntimo: “filia”; esto significa el “cargar sobre los hombros”, lleno de cariño, la oveja perdida, una vez que la ha encontrado;
-         la “subversión” de los criterios cuantitativos a causa del criterio cualitativo de la situación de quien está “perdido”: “os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de convertirse” (Lc 15,7); en Don Bosco es tan notoria una tal predilección que no faltan ejemplos.

Él da vida a sus ovejas y da la vida por ellas. Parece un simple juego de palabras, pero expresa una doble realidad muy profunda. Jesús vino “para que tengan la vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Pero esta plenitud de vida es inseparable del don de la propia vida: “Por esto me ama el Padre: porque yo entrego mi vida” (Jn 10,17). Es la antítesis absoluta del pastor mercenario, que no busca el bien de las propias ovejas, y menos aún piensa en sacrificarse por ellas. Esta palabra de Jesús encuentra doble cumplimiento en el Misterio Pascual, en el que Jesús nos da la plenitud de la vida dando plenamente su vida por nosotros.
      A Don Bosco muy oportunamente le han sido aplicadas estas palabras de San Pablo: “Yo de buena gana gastaré lo que tengo y hasta me entregaré yo entero por vuestras almas” (2 Cor 12,15). El texto de Don Rua ya citado (Const. 21) implica también este aspecto: “No dio un paso, ni pronunció palabra, ni acometió empresa...”. Como dice él mismo: “Yo por vosotros estudio, por vosotros trabajo, por vosotros vivo, por vosotros estoy dispuesto incluso a dar mi vida” (citado en Const. 14).

3.5. El deseo de congregar a los discípulos en la unidad de la comunión fraterna

      En todos los Evangelios, antes o inmediatamente después del anuncio de la Buena Noticia Jesús “llamó a los que quiso (...) para que estuvieran con Él y para mandarlos a proclamar el Evangelio” (Mc 3,13-14; citado en Const. 96).
      Las discusiones insolubles acerca del sentido de la fundación de la Iglesia por parte de Jesús durante su vida pública, conducen tal vez a olvidar lo esencial, es decir, que el anuncio de la salvación implica, en la palabra y en la praxis de Jesús, la dimensión comunitaria. En este sentido, muchos milagros de Jesús cumplen también la función de reintegrar a las personas en la comunidad humana, familiar, social y religiosa; como en el caso de los endemoniados o de los leprosos.
      Pero es sobre todo en su relación con los discípulos, en particular con “los Doce”, donde aparece más nítido este rasgo de Jesús, que culmina en el relato de Juan de la