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ACONTECIMIENTOS DE IGLESIA Y DE FAMILIA.

CARTA DEL RECTOR MAYOR - JUAN VECCHI

 

ACONTECIMIENTOS DE IGLESIA Y DE FAMILIA.

1. Tiempo de Sínodos - América solidaria - Asia llama al evangelio - Vida y anuncio - Una mirada a los jóvenes - El interés por la educación - 2. Celebrar para crecer - Un poco de memoria - El don de la unión fraterna - Don Bosco: un Santo que fascina - La actualidad del mensaje educativo - Un punto estratégico: La formación - Conclusión.

Roma, 29 de junio de 1998
San Pedro y San Pablo.

Queridos hermanos:
En las últimos reuniones que he tenido con inspectores y hermanos se me ha sugerido que de vez en cuando, interrumpiendo la serie de cartas de carácter doctrinal, comunicase, casi como en unas “Buenas Noches”, impresiones y noticias de la Congregación y de la vida de la iglesia, tomados desde mi punto de observación.
Esta vez lo intento con mucho gusto. Las Inspectorías, mientras tanto, están empeñadas en la aplicación, lo más completa y sistemática posible, del CG24. Esto requiere no sólo ingeniosidad organizativa, sino también profundización de la espiritualidad salesiana, reflexión sobre el patrimonio educativo y reforzamiento de la capacidad de animación de los Salesianos con un adecuado bagaje de ideas y de competencias. Tienen, pues, abundante materia en qué pensar.
Muchos son los acontecimientos que contar y las situaciones que comentar. Elijo dos de ellos: el uno por su importancia eclesial y el otro por su significado salesiano.

 

1. Tiempo de Sínodos.

He tenido la fortuna de tomar parte en dos asambleas sinodales: la de América y la de Asia. En la primera han participado nueve obispos salesianos; en la segunda cuatro, más tres hermanos y una FMA invitados como expertos. Estas dos asambleas forman parte de una sucesión de seis encuentros semejantes. Siguen a la de África (10 abril - 8 mayo 1994) de la que ya se ha entregado la Exhortación Apostólica Ecclesia in Africa. Preceden a las de Oceanía y de Europa, que tendrán lugar respectivamente en noviembre de este año y en la primavera del 1999. Una última asamblea de la Iglesia universal servirá como momento de convergencia y unificación, profundización y síntesis.
Si bien dirigidos directamente a cada uno de los continentes, los Sínodos desarrollan una reflexión y proponen pistas útiles para la Iglesia universal y para la vida cristiana personal en cualquier contexto. Su mirada sobre el panorama actual se extiende a los 360 grados, porque pueblos, culturas y situaciones sociales son interdependientes.
Vistos así de conjunto, aparecen como el punto de encuentro de cuatro exigencias emergentes en esta vigilia del tercer milenio: el compromiso de toda la Iglesia por la nueva evangelización, la urgencia de madurar una más amplia comunión espiritual y operativa en la Iglesia, que es el sujeto de tal evangelización; la mirada atenta a la cultura o culturas de las que el evangelio debe llegar a ser levadura e instancia crítica; el propósito de dialogar con la sociedad que se está construyendo y en la que el evangelio debe resonar, interpelando las conciencias y las estructuras.
La secuencia de los pasos que llevan a la conclusión de estas asambleas es conocida: elección del tema, envío de los Lineamenta para la reflexión y las aportaciones de las Iglesias interesadas, preparación del Instrumentum laboris que recoge estas aportaciones y constituye la base de discusión.
Comenzada la asamblea, tras la conferencia de apertura, que toma los resultados de la preparación, tiene lugar la fase de escucha en la que cada uno de los miembros puede hacer uso de la palabra para subrayar, desarrollar o introducir el tema que juzga importante. Sigue la Relación tras la discusión que resalta los puntos fundamentales del debate. Los círculi minores hacen una primera profundización que presentan a la asamblea; tras lo cual se pasa en los mismos grupos a la elaboración de las Propositiones, que serán ordenadas y resumidas por una comisión bajo la responsabilidad del Secretario general. Sigue la presentación de correcciones e integraciones y se procede a la votación final que es nominal y firmada. Es un íter ya experimentado en diversas asambleas con indicaciones precisas de tiempos y modos que permite la libre expresión, pero requiere una cuidada preparación de las intervenciones.
De la enunciación de los temas para cada uno de los Sínodos, de los estímulos propuestos en los Lineamenta, de su desarrollo en los Instrumentum Laboris, de la profundización realizada en la discusión, de la recogida de los temas centrales que han surgido en la Proposiciones, surge nítido un punto: la necesidad de Cristo para la salvación del hombre de hoy y el compromiso de la Iglesia (¡Podemos decir la fe!) en la potencia de iluminación, liberación y renovación que tiene Su misterio. En el momento del declive de las ideologías y de la devaluación de toda “teoría” respecto a la persona humana, la aventura de Jesús y su evangelio, la experiencia de la vida humana y de Dios que con Él y en Él se puede hacer, reaparecen como fuente de sabiduría y razón de esperanza. Resuena su declaración: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
La Iglesia reafirma, pues, su voluntad de vivir en sí misma con mayor intensidad el misterio y la presencia de Cristo. Es frecuente y prioritaria la llamada a la conversión, a la trasparencia y al testimonio por parte de todos los cristianos y de las comunidades, conforme a las condiciones en las que hoy se expresa la vida y a los retos que presentan la mentalidad y el ambiente.
La evangelización hay que entenderla como comunicación de experiencia. Es vivaz, por tanto, también el tema sobre las vías para proponer lo que vivimos, con mayor dinamismo y vigor, según las nuevas mentalidades y a través de medios más eficaces.
Todo esto se expresa con mucha claridad en la formulación de los temas: «La Iglesia en África y su misión evangelizadora hacia el 2000: “Seréis mis testigos” (Hch. 1,8)»; “Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América”. «Jesucristo, el Salvador y su misión de amor y de servicio en Asia…: “Para que tengan vida y la tengan en abundancia”»; “Jesucristo: seguir su via, proclamar su verdad, y vivir su vida: una llamada a los pueblos de Oceanía”; “Jesucristo vivo en su Iglesia, fuente de esperanza para Europa”
La modernidad, o postmodernidad como se quiera decir, comporta un reto para los creyentes: es interpelación de Jesús: “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.
La Iglesia es, sin embargo, consciente de la situación humana en la que esta pregunta, con la consiguiente respuesta, debe resonar y ser comprendida. El mundo parece que está unificado por la eliminación de las distancias físicas, por los hábitos y las costumbres transversales y por la comunicación social. En el ámbito económico tiene lugar una “globalización”, por lo éste aparece como un espacio único de intercambio, interdependiente en sus partes, y sometido a las mismas leyes. Por otra parte, está profundamente dividido por rivalidades étnicas y nacionales, por intereses económicos y desigualdades inexplicables, casi fragmentado respecto a valores y normas éticas por causa del individualismo. Para el futuro, parecen posibles: o una convivencia pacífica y solidaria de personas y de pueblos o el predominio salvaje de unos pocos con empobrecimiento y exclusión de la mayoría.
En el ámbito religioso existe una vaga búsqueda de religiosidad, signo de una insatisfacción ante el sólo horizonte temporal; hay un progreso cuantitativo del cristianismo en vastas zonas, una identificación más clara de los creyentes en otras, un fundamentalismo que intenta la supremacía por medio de la represión y la violencia, y la difusión variopinta de propuestas aparentemente espirituales.
La Iglesia es consciente de que no es la única responsable del Reino, sino su signo e instrumento. Asume, pues, como dimensiones diarias, no extraordinarias, de su actuar, la apertura ecuménica, el diálogo interreligioso y la solidaridad con la humanidad en camino.
El frente es amplio y el compromiso también. Es necesaria la participación de todos. Por esto seglares, sacerdotes y consagrados son interpelados a renovar su vida espiritual, tendiendo hacia una santidad capaz de hablar al hombre de hoy; a vivir con alegría su vocación cristiana; a volver a Cristo como fuente de sentido y de energía y a actualizarse en la lectura de la realidad para anunciar el evangelio con eficacia.
La referencia a la figura de los santos y de los mártires reconocidos oficialmente y de los que esperan tal reconocimiento, ha sido frecuente, sentida e inspiradora. En efecto, la santidad de los discípulos de Cristo es la propuesta de las asambleas de los Sínodos como via maestra de evangelización.

América solidaria.


El nuevo elemento que da alcance universal al Sínodo para América es la consideración unitaria del continente. Las de Medellín, de Puebla y de Santo Domingo eran Asambleas solamente de y para América Latina. Se paraban en sus peculiaridades y asumían sus perspectivas. Estados Unidos y Canadá eran considerados como pertenecientes a otro “mundo”: era la clásica división entre Norte - Sur, países desarrollados y en vía de desarrollo, ricos y pobre, ambientes secularizados y de religiosidad popular.
Esta vez, por el contrario, han sido convocados los episcopados de los dos hemisferios del continente. Se han escuchado las situaciones de las Iglesias como formando parte de un único fenómeno. Esto ha permitido situar los problemas en términos de interdependencia y de solidaridad.
El Sínodo para América, pues, se ha extendido, integrándolas conjuntamente, hacia tres perspectivas: la evangelización del ambiente restringido confiado a cada diócesis; el sentido cristiano de la vida y de los proyectos en contextos de amplitud media como las naciones o las regiones del continente y las cuestiones de nivel continental y mundial que hay que asumir colegialmente. Se trataba de tomar todas las posibilidades actuales de la Comunión, haciéndolas operativas, por parte de un episcopado formado por 1625 Obispos.
América se presenta como un continente pluriétnico, formado por pueblos nativos, poblaciones venidas en sucesivas oleadas de emigración europea y asiática y descendientes de africanos llevados como esclavos. El segundo grupo, el de los europeos, es el más consistente, pero los grupos indígenas están en crecimiento en numérico y en conciencia de la propia identidad. Hay voluntad de convivencia y de integración con progresiva valoración de las diversidades.
Se trata, pues, de un continente “cristiano” en cuanto al substrato cultural y a la tradición social: católico el Centro-Sur y protestante el Norte. Este carácter se manifiesta en la organización normal de las iglesias, en los criterios éticos, en la religiosidad popular, en la tendencia a adherirse a los nuevos movimientos religiosos y en la respuesta que encuentran las sectas. Sufre, hoy, el influjo del secularismo en la manera de pensar, del individualismo en la organización de la vida y del subjetivismo en la expresión de la fe. Pero ve surgir fermentos potentes de vida cristiana; espera el mensaje evangélico en muchos aspectos de su cultura; ofrece libertad al anuncio y a la acción de la Iglesia.
La situación socioeconómica tiende a un progresivo empobrecimiento: aumenta el número de pobres y crece la distancia entre una minoría, cada vez más reducida, que posee los recursos y una mayoría, cada vez más numerosa de gente, que no tiene lo necesario para el proprio desarrollo. El fenómeno se da, incluso, en el Norte. Por lo que se ha cuestionado el actual sistema de gestionar los recursos del mundo, de gobernar las sociedades nacionales y de concebir el orden internacional.
Es un continente que está demostrando un nuevo sentido de solidaridad: en el reconocimiento y en el encuentro pacífico de los diversos componentes étnicos, en la organización regional a través de organismos como el Nafta, el Mercosur y el Pacto Andino.
Un término se ha repetido varias veces en la discusión: globalización, es decir mundialización del problema, interdependencia entre los ambientes de la actividad humana y los pueblos. Del significado y de las consecuencias económicas de la palabra, no todas justas y deseables, se ha pasado a una definición más humana y total, auspiciando un ejercicio más vivo y una organización más operativa de la colegialidad episcopal y de la comunión de las Iglesias.
Se han indicado algunos ámbitos en los que la comunión eclesial puede expresarse con mayor concreción y capacidad de intervención.
Uno de éstos es el de las relaciones económicas entre los pueblos, especialmente por causa de la deuda exterior, que desde hace bastante tiempo grava a los países de bajo o medio desarrollo y no les permite mejorar la calidad de vida ni de aumentar el indispensable bienestar. Las propuestas han sido muy reducidas y discretas.
Se ha pedido que la Santa Sede insista una vez más, con un documento autorizado, sobre la justicia de las relaciones económicas internacionales, que en este momento no tienen una normativa con suficiente fundamento ético.
Se ha auspiciado que la Conferencia de Obispos de América promueva una reunión de competentes de alto nivel, para que estudien una solución técnica al problema, que satisfaga a los intereses fundamentales de las partes. Como objetivo se mira a la cancelación de la deuda o a la reducción sustancial hasta la eliminación de los intereses una vez devuelto el capital, con la obligación de invertir la parte de la deuda condonada en beneficio de los sectores más pobres de la misma nación que se beneficia de ello.
Un espacio para la colaboración es, además, el cuidado de los emigrantes. Se da un gran movimiento del Sur hacia el Norte. Los hispanos constituyen la última oleada de emigrantes que han dado mayor consistencia a la componente católica de Estados Unidos. Llevan consigo algunas características de su fe y de su vida eclesial. Por otra parte están expuestos, hombres y mujeres, a diversas formas de explotación, dada la situación ilegal en la que muchos se encuentran, de tal forma que da posibilidad a todo tipo de extorsión.
El fenómeno ha sorprendido a las Iglesias que hasta ahora no han desarrollado una política solidaria al respecto y no logran dar a los emigrantes la asistencia religiosa suficiente y, mucho menos, acompañarles desde el punto de vista humano en el momento de la llegada y de la inserción.
Se ha confirmado la voluntad de llegar a una movilidad mayor de los sacerdotes y religiosos en las dos direcciones, para permitir una mayor comprensión mutua y una mejor atención pastoral. Para nosotros es interesante resaltar que esto coincide con un cierto proyecto de colaboración que ha tenido una primera expresión en la creación de una región “interamericana” y que ahora se está manifestando en nuevas iniciativas.

Se ha invocado la colaboración para afrontar la difusión de las sectas. La valoración de éstas, en los primeros lances de la asamblea, ha sido muy severa. Han sido consideradas agresivas, dirigidas a denigrar el catolicismo. Emplean métodos de proselitismo que se aprovechan de la debilidad económica o psicológica de la gente y crean dependencia. Cuentan con recursos económicos y técnicos potentes que les permiten adquirir inmuebles y construir rápidamente lugares de reunión y de culto. Tras haber mencionado estos aspectos, que parecen reales en vista de un posible diálogo o colaboración con ellas en favor del hombre, nos hemos preguntado sobre las razones de su capacidad de atraer, de las limitaciones de nuestro anuncio y de nuestra propuesta de fe, y de nuestras celebraciones. Se ha llegado, finalmente, a una mirada respetuosa de las sectas, reconociendo que, a pesar de los graves obstáculos denunciados, constituyen una “expresión religiosa” y, para muchos, representan un reclamo que actúa en el sentimiento y provoca cambios de conducta.

Existe, también, el fenómeno del narcotráfico. Su organización ha llegado a los niveles más altos y sofisticados. El punto fuerte no está en las manos de aquellos que cultivan, transportan o venden la droga, sino en manos de aquellos que tienen los capitales y disponen, también, de otras fuentes de entradas. Tienen, pues posibilidades de lavar el dinero en inversiones menos sospechosas y en las mismas instituciones. Esto desquicia la vida social de algunas naciones, haciéndola totalmente arbitraria. Éste es un fenómeno que nos toca en nuestro compromiso de prevención, asistencia y recuperación. No está, pues, mal saber las dimensiones con las que se presenta, estar precavidos de sus ramificaciones e iluminar respecto a su incumbencia.

Por último está la cooperación económica entre las Iglesias. Algunas poseen recursos y otras son extremadamente pobres. Y por el momento no se da un intercambio regular de bienes, si bien es cierto que los cristianos se muestran siempre generosos en las ofertas. Una adecuada distribución permitiría afrontar la evangelización de algunas áreas desfavorecidas con mejores resultados.
Para realizar estas perspectivas de colaboración entre las diversas regiones del continente se han pensado formas de comunicación y de coordinación, sin aumentar el número de estructuras, sino sobre todo tratando de adecuar las existentes a las nuevas solicitudes de colegialidad.

Además de esta preocupación por realizar formas de pastoral correspondientes a la “globalización”, se ha desarrollado un debate sobre el estado de la fe en el continente y sobre los caminos para llegar con el anuncio del evangelio a los grupos y a las realidades que hoy perece que están lejanas de él.
La evangelización es un proceso complejo que comprende actividades múltiples, modalidades diversas de servicio al hombre y etapas diversas de maduración. Esta complejidad se advierte mucho en América, después de una historia de 500 años y por la presencia autorizada de la Iglesia en diversos ámbitos de la vida.
Por esto las dos primeras semanas, hemos escuchado 221 intervenciones de ocho minutos cada una, pronunciadas por los miembros del Sínodo, más 33 intervenciones de seis minutos hechas por los oyentes o invitados. Éstas han clarificado, con valoraciones y sugerencias, las disposiciones exigidas en los sujetos de la evangelización, como los obispos, los sacerdotes, los seglares y los religiosos; han intentado clarificar la parte que corresponde a las comunidades eclesiales, como la parroquia, la familia, los movimientos eclesiales, las escuelas católicas y las universidades; han subrayado la atención que hay que dar a los diversos destinatarios: los pobres, los jóvenes, los enfermos, las mujeres, los intelectuales y los emigrantes; han propiciado la renovación y el desarrollo de las diversas actividades como la catequesis, la liturgia, la educación, la comunicación social, la asistencia y la caridad, y el ministerio profético.
A continuación hubo una mayor concentración de “ejes” transmisores, en torno a los que organizar las orientaciones.
Frente a la falta o nueva formulación del sentido de la vida y frente a los nuevos movimientos religiosos, se ha visto la necesidad de insistir en la experiencia personal de Cristo y en la formación permanente de los sacerdotes, en la planificación del trabajo pastoral en términos misioneros, en la preparación y en el mayor compromiso del laicado y, también, en la organización de las tareas de los sacerdotes los cuales deberán ser, sobre todo, garantes de la autenticidad evangélica, animadores de la comunidad, formadores y directores espirituales de las personas y de los grupos.
Frente a las numerosas plagas y laceraciones, se ha insistido en una pastoral caracterizada por la comprensión, por la caridad y la misericordia, capaz de hacerse cargo de los condicionamientos de la gente y recorrer con ella un posible camino hacia la realización de una vida según el evangelio.
Frente al cambio de mentalidad por el influjo de la cultura universal y de los medios de comunicación social, se ha propuesto insistir sobre la inculturación, en dos sentidos: valorar las expresiones legítimas de las culturas nativas y dedicarse a evangelizar la nueva cultura urbana.
En tal contexto trabaja, también, la Familia Salesiana con más de 9.000 entre hermanos y hermanas. El Sínodo nos ofrece un panorama de Iglesia y de sociedad útil para orientarnos en un momento complejo, pero lleno de posibilidades.
Hay que preocuparse, pues, de que la Exhortación Apostólica, que será entregada próximamente por el Santo Padre en el Santuario de la Virgen de Guadalupe, sea objeto de un atento estudio.

Asia llama al Evangelio.


Desafío es la palabra que surge cuando se piensa en la evangelización de Asia y en pocos casos tiene un sentido tan real. En Asia, se ha repetido en el Sínodo, vive un poco más del 60% de la humanidad actual. Ha recibido en primer lugar el mensaje cristiano, que enseguida ha llegado, además, a sus zonas más lejanas.
No obstante Asia es, todavía hoy, el continente en el que el cristianismo está numéricamente menos presente: los cristianos, excepto Filipinas y Líbano, son una pequeña minoría, si bien es cierto que su peso cultural y social es relevante. Los tantos por ciento tocan los niveles mínimos del 0,21% en Camboya, del 0,19% en Bangladesh, del 0,05% en Bhutan, del 0,02% en Mongolia, hasta llegar a perderse casi en nada en Arabia Saudita. Frente a tales porcentajes todavía nos parecen buenos los que llegan al 6,60% en Sri Lanka, al 7,94% en Vietnam y al 2,78% en Indonesia. Fuera de la comunidad cristiana pocas personas, en relación a la población total, conocen a Jesucristo, aunque muchos lo han oído nombrar. La dimensión misionera de la fe y de la comunidad cristiana aparece pues como la nota dominante de la reflexión.
El Sínodo ha puesto de manifiesto la múltiple realidad que hay bajo un único nombre geográfico. Asia se extiende desde Siberia a Indonesia, desde Líbano a Japón, desde Arabia a China. Son muchas y muy diversas culturas, de antiquísimas raíces y de gran influjo entre la gente, aunque hoy se deben enfrentar a corrientes de pensamiento y formas de vida que atraviesan el mundo.
Las religiones, nacidas o desarrolladas en Asia, son diversas y, a veces, profundamente compenetradas con las costumbres. Su enumeración en los discursos y en los textos del Sínodo concluye siempre con un “y otras”, por la imposibilidad de nombrarlas a todas y así evitar el peligro de olvidar a alguna. Asia se revela, pues, como un continente “abierto al misterio, al sentimiento religioso, al pensamiento de la divinidad”, si bien es cierto que en los últimos años ha sufrido, como todo el mundo, el impacto de la desmitificación y del materialismo práctico.
Asia se muestra también múltiple desde el punto de vista de la organización política: junto a estados democráticos, hay todavía sistemas ideológicos fuertemente represivos, residuos de regímenes comunistas en desbandada, dictaduras militares, gobiernos rígidamente fundamentalistas y áreas de viejos conflictos entre pueblos. Es múltiple, incluso, desde el punto de vista social: contextos de bienestar con tecnologías de primera línea y vastas zonas de extendida pobreza, donde todavía no se siente la lucha por una mayor justicia social. El mapa de la libertad religiosa y de los derechos humanos se presenta como piel de leopardo.
También es múltiple en lo referente a la evangelización. Sus orígenes históricos, en algún caso, se remontan a los Apóstoles, en otros a la época patrística, al Medievo europeo, a la época moderna, al último siglo y a la posguerra. Han madurado ritos diferentes que hoy caracterizan la presencia cristiana en algunas zonas. Las vicisitudes de la comunidad cristiana durante el tiempo han seguido caminos diversos en sus relaciones con los poderes, religiones y sociedades y es diversa su ubicación actual en el contexto social. Un ejemplo de ello nos lo dan las relaciones con el Islam.
Sobre este fondo impresiona el sentido de identidad de los cristianos. Se percibe su alegría por haber recibido la luz del evangelio y por haber sido captados por Cristo. Se siente, incluso, su deseo de comunicar a los más cercanos lo que ellos han experimentado: “El corazón de la Iglesia en Asia estará inquieto hasta que todo el continente no haya encontrado su descanso en la Paz de Cristo, el Señor Resucitado”, se ha afirmado, y la expresión reproduce, efectivamente, algo que flotaba en el debate.
No pocas intervenciones han sido testimonios de primera mano sobre las comunidades cristianas en situación de sufrimiento, de discriminación, de precariedad, y de pesadas condiciones: China, Corea del Norte, algunos países árabes, las repúblicas centro-asiáticas donde hace muy poco se ha vuelto a comenzar la evangelización.
El punto álgido de este testimonio fue el intercambio de saludos y mensajes con el obispo chino Duan Yimin. Había sido invitado al Sínodo por el Santo Padre Junto a su auxiliar Mons. Xu Zhixuan, los dos pertenecientes a la así llamada Iglesia Oficial. No obtuvieron el permiso “porque el Vaticano - según el portavoz del gobierno chino - les había nombrado unilateral y arbitrariamente y porque China no tiene relaciones oficiales y vínculos religiosos con el Vaticano”.
Mons. Duan Yimin expresó su adhesión por fax con el riesgo de ser acusado por querer establecer relaciones con un estado extranjero. “Quiero, en primer lugar - escribía - saludar al Sumo Pontífice Juan Pablo II. Me es imposible tomar parte en el Sínodo por razones políticas. El cuerpo está ausente, pero el corazón está permanentemente presente en el Sínodo de los Obispos (…). En el Sínodo de los Obispos - continuaba - todo se ha hecho público para que sea puesto en práctica por todos los creyentes en Cristo. Me agradaría estar informado de cuanto en él sucede y, ya desde ahora, os doy las gracias”.

Vida y anuncio.


Los caminos de la evangelización no serán los mismos, pues, para todas las regiones de Asia. Surgen, no obstante, algunas indicaciones que parecen de aplicación universal.
Una es el valor que la vida tiene en Asia, más que las explicaciones doctrinales. Con frecuencia ha resonado el recuerdo de Madre Teresa como figura capaz de anunciar, con la vida, el meollo del evangelio.
Entre los aspectos de la vida, ocupa un puesto central, por la sensibilidad del contexto y frente a las otras religiones, la experiencia de Dios que hacen los cristianos y su manifestación concreta en aptitudes y prácticas. La espiritualidad, la oración y el sentido de Dios aparecen como signos convincentes de un anuncio de salvación que quiera abrir brecha en al alma asiática.
Se han escuchado urgentes recomendaciones y, también, precisiones y clarificaciones sobre la “espiritualidad cristiana” que tiene fuentes, significado e itinerarios diversos, pero no contrarios a las espiritualidades “naturales”. Es trinitaria, “en el seguimiento de Cristo y conforme a su misterio pascual”; es don y presencia del Espíritu que unifica y funde en un solo movimiento amor a Dios y amor al hombre, como compromiso por el Reino en la historia.
Religión, cultura y vida en Asia tienen la armonía como meta ideal: lo trascendente y lo temporal, lo divino y lo humano, la creación y el trabajo del hombre, la vida exterior y la profundidad del corazón, la religión y la praxis, el individuo y la sociedad, tienden a “integrarse” en una experiencia de unidad personal, de serenidad interior y de reconciliación con la realidad.
La calidad de las relaciones, en primer lugar la humana que genera la paz, y también la que se establece entre las diversas realidades, es otro aspecto importante en la manifestación de la fe. Por lo que el amor, compasivo y atento, hacia todo ser, convence. Cae bien, por esto, a muchos pueblos de Asia la presentación de Cristo como Maestro de sabiduría, Guía Espiritual, Principio de salvación y energía, Fuente de luz y capaz de iluminar, Misericordioso amigo de los pobres, Libertador, Buen Pastor, Obediente a Dios.
Se necesita incluir en la vida, las opciones, también, publicas de los cristianos, las iniciativas, el servicio y las expresiones de compromiso social. Se ha reflexionado, por tanto, sobre la calidad de la formación de los creyentes, sobre la condición y el ministerio de los presbíteros, sobre el espacio que hay que reconocer a los seglares y el acompañamiento que es necesario hacerles, sobre la importancia de la presencia de los religiosos y, en especial, de los contemplativos. Se ha reconocido el valor, en el pasado y para el futuro, de las diversas formas de servicio de la Iglesia: la educación, la promoción, la preferencia por los más pobres y el influjo en el aspecto social.
A la expresión más proféticas de la vida cristiana, por parte de los individuos y de las comunidades, hay que añadir una proclamación del evangelio más abundante y llana, adecuada al contexto plurireligioso.
Es necesario anunciar a Cristo. Conocerlo es un derecho de todos. Por esto, y dentro del respecto y de la valoración de otras experiencias religiosas, se ha visto la urgencia de clarificar el concepto evangélico de la salvación. Así pues, una meditación sobre Cristo, como único salvador definitivo, una iluminación sobre la mediación de la Iglesia, una reflexión teológica sobre el valor y límite de las religiones parecen necesarias para relanzar y centrar bien los puntos de partida y de llegada de la evangelización. Ésta, en efecto, implica no solamente la escucha del anuncio, como si fuera una explicación religiosa o un camino espiritual que el hombre debe asumir, sino la acogida personal de Cristo como realización del hombre y mediador de nuestras relaciones con Dios, la conversión de la mente y el cambio de costumbres y la inserción en la comunidad cristiana a través del bautismo.
Estrechamente unidos al testimonio y al anuncio y casi formando parte de éstos, están el diálogo interreligioso y el esfuerzo de inculturación. Lo hemos tratado en la carta sobre el compromiso misionero: “Alzad vuestros ojos y ved los campos, que ya amarillean para la siega”. Los subrayados del Sínodo enriquecen nuestra reflexión.
Sobre el diálogo interreligioso es interesante insistir en subrayar que no se trata sólo de palabras, que confronta y clarifica los diversos términos y concepciones religiosas, sino también del diálogo “del corazón, de la vida y de las obras”, es decir de la convivencia pacífica y de la amistad, del servicio a la persona y a los grupos, de la corresponsabilidad en iniciativas sociales y del compromiso por valores comunes. En el diálogo se incluye la participación, junto a personas pertenecientes a otras religiones, en la promoción de la justicia y de la paz, la acción conjunta para la protección de los niños de todo abuso, para la promoción de la mujer hacia la igualdad y la libertad, para la extensión de la educación a todos, para la superación de las discriminaciones sociales y religiosas, para la asistencia a los emigrantes y para la defensa de los derechos humanos.
Respecto a la inculturación se ha subrayado la urgencia en superar la imagen del cristianismo como “religión extranjera”. Se ha clarificado que el compromiso pertenece a todo el pueblo de Dios, orientado y animado por los pastores. En esto, pues, la formación y la práctica cristiana de las comunidades tienen un peso no menos importante que la reflexión de los teólogos.
Es un camino largo y nunca acabado, que toma como referencia y energía la encarnación de Cristo, metiendo en el centro el misterio pascual de su pasión, muerte y resurrección. Comporta el esfuerzo de introducir la palabra y la práctica cristiana en el corazón de la cultura y, de esta forma, saber discernir para sumir lo que las culturas tienen de válido, expresar con sus elementos el misterio cristiano, introducir en ellas la novedad evangélica, purificando lo que tienen de incompleto, y abandonando lo que es contra la salvación del hombre.

El Sínodo para Asia, como el precedente para América, ha sido más que una asamblea. Ha sido una experiencia de comunión: sentida y expresada con signos visibles entre los que allí participaban; extendida en el espíritu y en la oración a todas las Iglesias y pueblos del continente. Ha asumido, por esto, la situación de aquellos que sufren por falta de libertad, en especial respecto a la religión o por otras causas. Ha pedido públicamente un cambio por parte de los poderes que determinan estos estados de injusta discriminación y opresión. El pensamiento de las condiciones, recientes o aún presentes, de la Iglesia en China ha llevado a recordar otros períodos históricos semejantes, en los que el martirio ha marcado la existencia de la comunidad cristiana. Objeto de atención y de intervenciones han sido la situación de Irak y las consecuencias del embargo sobre el pueblo con un juicio ético, incluso de carácter general, sobre el uso de esta medida política.
De la misma forma se ha aconsejado un movimiento de fuerzas misioneras hacia áreas “nuevas”, donde las comunidades cristianas están arraigando: Siberia, Mongolia, Kazakhstan, Uzbekistan, Kyrgistan, Tadjiskistan, Turkmenistan.
Son escenarios eclesiales, políticos y culturales que nos ayudan a imaginar la situación en que viven nuestros hermanos y a pensar en qué dirección orientar los esfuerzos del futuro, pensándolos desde el punto de vista de la significatividad de nuestra aportación “misionera”.

Una mirada a los jóvenes.


En el debate sinodal han aparecido, con frecuencia, algunos temas que nos interesan especialmente porque nos ayudan a situarnos como salesianos en el movimiento de la nueva evangelización.
El primero se refiere a la juventud. En las dos asambleas se ha puesto de relieve que ésta constituye una mayoría numérica en casi todas las naciones del respectivo continente. Representa la riqueza humana del futuro para la sociedad y para la Iglesia. Merece, pues, por parte de ésta una atención muy especial.
Los jóvenes están distribuidos hoy, en situaciones diversas, por lo que el servicio a ellos tiene que ser diversificado conforme a la realidad en la que se encuentran, teniendo siempre como finalidad ofrecerles la posibilidad de un encuentro personal con Cristo.
En el caso de América se han profundizado pastoralmente algunas de estas situaciones.
Para los jóvenes que ya están en suficiente contacto con la Iglesia hay que reflexionar y cualificar la catequesis, de tal forma que lleve a una fe personalizada que se convierta en luz y orientación para la vida privada y pública. Para los que muestran disposición, hay que proponer el compromiso cristiano en sus diversas formas: la implicación activa en las comunidades eclesiales, la pertenencia a asociaciones o movimientos cristianos, el voluntariado misionero, la propuesta de una vocación de total consagración.
Un alto porcentaje de jóvenes del continente está alejado de la Iglesia. La comunidad cristiana - se ha reafirmado - debe buscar el encuentro con ellos, superando las distancias físicas e incluso las debidas a intereses, cultura y a situaciones personales o sociales. Hay que hacer un esfuerzo por llegar a la juventud individualmente y a los lugares donde ésta se reúne por necesidad o preferencia. Hay que pensar un anuncio de Cristo en respuesta a la búsqueda de felicidad, sentido y realización que los jóvenes experimentan y como reto a su generosidad y deseo de otras formas de vida.
Existe, además, una categoría múltiple de jóvenes pobres, económica y culturalmente: marginados, dependientes, desocupados, no preparados… Son grupos que requieren un servicio específico de caridad, acogida, instrucción, acompañamiento y recuperación. La presencia y la solidaridad de los discípulos de Cristo constituyen para ellos el signo y un primer anuncio del evangelio.
La juventud universitaria ha tenido una atención especial, en cuanto elemento potencialmente determinante en el futuro inmediato de las sociedades. Es destinataria de una comunicación cultural sistemática, expuesta a los desafíos éticos y a las visiones socioeconómicas de hoy. La reflexión y la práctica de la fe, profundizada y bien fundamentada, tienen para ella una importancia especial, así como el pensamiento social de la Iglesia.

Análogas, pero algo diversas, han sido las perspectivas de la Asamblea para Asia. Para la pequeña porción de jóvenes cristianos, se pedía un alimento espiritual más sustancioso a través de liturgias significativas, homilías iluminantes, el aprendizaje de la oración y la reflexión sobre los problemas que se refieren a la edad juvenil.
Se ha recomendado que la formación intelectual y cultural se integre con la emotiva y moral, de tal forma que los jóvenes reconozcan y asuman los valores de la propia cultura con sentido cristiano y plasmen, armónicamente, su identidad religiosa y cultural.
Se espera, pues, de los jóvenes que lleguen a ser evangelizadores de los coetáneos y elementos activos en la sociedad. En el contacto con jóvenes de diversas religiones en los ambientes educativos y en otras partes, se ofrece a los cristianos, si están convenientemente preparados, una oportunidad de ser portadores de paz, de tolerancia y de acogida de la diversidad. Por último se ha insistido sobre la necesidad de intercambio, en el ámbito de juventud, con las otras Iglesias y países.
Por estas razones se apoyaba la idea de un director o encargado de la juventud en las principales estructuras pastorales.
Una atención especial hay que dedicar a las mujeres jóvenes. La Iglesia, por fuerza de su anuncio, se hace promotora de su dignidad, de su liberación de las diversas formas de subordinación y de explotación, de la superación de toda discriminación en cuanto a instrucción, y en cuanto a posibilidades de opciones personales en las cuestiones que les afectan (matrimonio, trabajo, etc.)

El interés por la educación.


El tema de la juventud ha llevado consigo el de la educación. Se ha oído hablar de él bastantes veces y ha terminado, incluso, en las “Proposiciones” de las dos asambleas.
Quizás en alguna intervención la idea de la educación estaba muy centrada en los procesos de enseñanza y ligada a las respectivas instituciones, más bien que estar presentada como una dimensión constante de la evangelización, en cuanto que ésta provoca un crecimiento en humanidad y en cuanto que una educación, que se inspira en la imagen del hombre revelada en Jesucristo, constituye ya, aunque no por sí misma, evangelización. No obstante, esta perspectiva, ha sido asimilada tras las intervenciones. “La Iglesia sostiene y anima todo el proceso educativo en la sociedad en la que la persona humana se forma y se hace capaz de tender a su desarrollo integral conforme a su destino”; “la educación forma parte integrante de la evangelización”, se ha escuchado en el Sínodo para Asia.
Se ha animado y recomendado la presencia cristiana en instituciones para la educación formal y sistemática, donde los religiosos tienen una tradición única por la cantidad de iniciativas y la experiencia pedagógica. No obstante se quiere que éstas refuercen y expresen, con mayor claridad, la identidad católica y el propósito de evangelización. Hay que revisar, por tanto, los contenidos culturales y el tenor de la misma comunicación, así como el modo de afrontar otros aspectos de la vida que los programas didácticos descuidan. Tienen que ser estudiados los posibles procesos de evangelización en ambientes educativos plurirreligiosos.
Para los cristianos comprometidos en estos campos se pide una atención pastoral específica que les anime y les cualifique en su trabajo y les dé conciencia de la importancia que esto tiene en la cultura y en la comunidad eclesial.
Junto a la red de instituciones de la educación sistemática se han alentado todas las iniciativas para jóvenes y adultos no atendidos por aquellas. La educación, de esta forma, se presenta con un espectro amplio de posibilidades, abierta a la creatividad. La base fundamental, pero no suficiente, son las instituciones de enseñanza y de preparación sistemática al trabajo, pero se auspician otras formas adecuadas a la demanda actual.
En el Sínodo para América se ha roto una lanza en favor de la libertad de educación. Se la entiende como un derecho de las familias a elegir libremente el tipo y la orientación, sin ser penalizados, ni por nuevas cargas económicas, ni desde el punto de vista de la validez pública. Se entiende, también, como una posibilidad de la Iglesia para crear iniciativas educativas que gocen de igualdad jurídica y económica. “Es necesario afirmar - se ha subrayado - la obligación del estado de proporcionar la educación para todos, en especial de los más pobres, y el deber de respetar y proteger la libertad de enseñanza. El monopolio del estado debe ser denunciado como una forma de totalitarismo que viola los derechos fundamentales, en especial de la familia, a la educación religiosa de los hijos. La familia, en efecto, es el primer espacio educativo de toda la persona”.
El Sínodo para Asia, por su parte, reconoce que en muchas naciones la educación católica es apreciada por la eficiencia organizativa, la calidad didáctica y la competencia pedagógica. Ha creado oportunidades de educación a minorías olvidadas, a poblaciones rurales, a las muchachas y, en general, a los más pobres y abandonados.
Subraya, además, el papel que las instituciones católicas de educación han tenido en la evangelización, tanto en el aspecto del anuncio, como en el de la inculturación y del diálogo religioso de vida y convivencia.
La tarea y la importancia, para el futuro, no serán menores. Se ve, pues, la necesidad de volver a pensar y orientar el apostolado educativo. En primer lugar, dirigiendo firmemente los servicios hacia los más pobres y marginados para desarrollar su potencial de ser, en la sociedad, ciudadanos de pleno derecho y con plena voz; y esto a pesar de las eventuales dificultades económicas que pueda ocasionar. Se auspicia, pues, que con espíritu de libertad y sin sombra de proselitismo las escuelas católicas sean lugares donde la fe se pueda proponer y aceptar. Por último, se pide que las instituciones de nivel superior (high school, universidades) se empeñen más en la formación de líderes para la Iglesia y para la sociedad.

 

2. Celebrar para crecer.

Los viajes realizados por el Rector Mayor durante estos dos años ofrecen la posibilidad de muchos comentarios interesantes. Algunos han tenido la finalidad de visitar comunidades que se encuentran en una situación particular: la Circunscripción Este, que continúa su crecimiento y organización progresiva, Cuba que, tras un largo período de libertad reducida y bloqueo vocacional, vive un momento de desarrollo, Camboya, donde hemos iniciado la presencia con dos escuelas profesionales, China, que da signos de esperanza, presenta realizaciones hoy posibles y muestra todavía incertidumbres, y África, en la que se han constituido dos nuevas circunscripciones y alguna otra se erigirá próximamente.
Un cierto número de visitas han estado motivadas por las celebraciones de centenarios de la presencia salesiana en varias naciones: Bolivia, Egipto, Sudáfrica, Bélgica Norte, Estados Unidos, Polonia y El Salvador. Otras, más frecuentes y fugaces, han sido por un acontecimiento similar de una obra sola: Alejandría de Egipto, Nazaret, Cuorgnè, Caserta, Pisa, Trieste, Sondrio, Legnano, Pavia, Carmona.
Ante la imposibilidad de detenerme en todos y cada uno de los viajes y en todas las visitas, os hago algún comentario sobre estas últimas - con ocasión de centenarios - que, con diferencias según contextos y estilos, han dejado en mí algunas impresiones comunes.
Las celebraciones han constituido, en todos lo sitios, una oportunidad no sólo de recuerdo histórico, sino de reflexión carismática, de renovada iniciativa pastoral, de unión de la Familia Salesiana y de comunicación extraordinaria con el ambiente. Han buscado implicar en programas específicos a los hermanos, a los jóvenes y a aquellos que, de diversa forma, se sienten ligados al espíritu y a la misión de Don Bosco. Han interesado a la Iglesia local, a las fuerzas sociales y a la opinión pública con noticias históricas y mensajes educativos, poniendo a prueba nuestra capacidad de poner en movimiento muchos y ágiles canales de comunicación.
El deseo de recuperar el entusiasmo de los inicios y de los momentos más fecundos de la vida salesiana en el País interesado, se ha expresado en la búsqueda de una renovación espiritual. Os escribo precisamente después de los ejercicios espirituales en los que se han reunido con el Rector Mayor, por primera vez en la historia, todos los directores de las Inspectorías de los Estados Unidos y de Canadá. Acontecimientos semejantes han tenido lugar en otros lugares con la presencia de algún miembro del Consejo.
La memoria histórica ha sido recogida en volúmenes y artículos que han intentado hacer revivir las circunstancias de las llegadas y los principales etapas de nuestra presencia. Se han puesto a prueba el estado, la creatividad y la agilidad de la documentación a la que se refieren algunos artículos de los Reglamentos sobre la base del principio establecido en el artículo 62: “Importancia especial tiene la conservación de las bibliotecas, los archivos y demás material de documentación, por su gran valor cultural y comunitario”.
Los volúmenes publicados demuestran la intención de narrar para el pueblo y de hacer memoria para “los de casa”. Constituyen un material de lectura atrayente y sugestivo porque reflejan el cada día en figuras de hermanos y en anécdotas llenas de vida.
Se siente, al mismo tiempo, la urgencia de una mayor perfección histórica y una mejor presentación de los estudios, que manifiesten adecuadamente la imagen de nuestra inserción en un contexto concreto.
Las iniciativas pastorales se han orientado sobre todo hacia los jóvenes. Éstos se han interesado en la aventura personal de Don Bosco y en las actuales obras de los Salesianos en la nación y en el mundo. Se han implicado con entusiasmo y convicción en momentos de grandes encuentros, de celebraciones religiosas y de manifestaciones artísticas. Los más motivados han tomado parte activa en la preparación y en la realización de los actos y, con frecuencia, han sido, también, los destinatarios de iniciativas especiales para su vida espiritual. Por todas partes ha surgido el significado vocacional que se quería dar a las celebraciones. Hemos verificado de esta forma nuestra incidencia sobre los jóvenes adultos, constatando aquello que ha logrado el esfuerzo de formar animadores, voluntarios y colaboradores y hemos experimentado las ventajas de una integración y sinergia entre pastoral juvenil SDB, FMA, Antiguos Alumnos y Cooperadores Salesianos.
El nuevo lanzamiento pastoral ha llevado, también, a pensar en nuevas formas de presencia, hechas posibles mediante la reestructuración de obras que parecían menos urgentes y la consiguiente recuperación de fuerzas, a reformular de servicios en obras existentes con el criterio de la significatividad y a reforzar iniciativas de frontera emprendidas anteriormente.
La Familia Salesiana se ha manifestado de forma muy numerosa en las reuniones familiares y en las conmemoraciones civiles y religiosas. Se está, pues, haciendo cada vez más visible y completa. Demuestra deseo de comunión y capacidad de implicación operativos, si bien es cierto que con frecuencia ha reaccionado estimulada por un comité para la ocasión más que animada por un “equipo permanente”. Su participación refleja bien el estado en el que se encuentra actualmente en cada puesto y abre posibilidades que entusiasman.
A las autoridades y fuerzas sociales ha llegado abundante información sobre los fines que los salesianos persiguen, sobre el estilo educativo que les caracteriza y sobre las intenciones que cultivan para el futuro. Relaciones personales, participación en los actos civiles y religiosos, entrevistas a la prensa, radio y televisión y artículos especiales en los periódicos, han sido otros tantos “púlpitos” para comunicarse con la sociedad.
Las autoridades civiles, según las dimensiones y la incidencia de la obra salesiana, han considerado las celebraciones como acontecimientos culturales de su interés y, con gusto, han concedido honores y reconocimientos: ciudadanías honorarias, recibimientos oficiales, monumentos en lugares públicos, lápidas conmemorativas y nombres a calles y a plazas. Estos reconocimientos, más que “honores” buscados, son para nosotros parámetros para medir nuestra inserción real en el tejido social y una invitación a ofrecer, con mayor confianza aún, un servicio a los jóvenes con las características de nuestro carisma.

Un poco de memoria.


Una cierta concentración de los centenarios nacionales en América documenta la importancia de nuestro primer proyecto misionero: los tiempos de realización, las preferencias demostradas, las direcciones y los criterios de expansión. Entre 1875 y el 1900, en 25 años, la Congregación echó raíces en casi todas las naciones de aquel continente mediante un envío anual, cuidado y regular, de hermanos ofrecidos por las regiones más fecundas en vocaciones.
La sucesión ininterrumpida de centenarios locales, especialmente en Europa, da, por el contrario, la idea de las expectativas que había en la naciente Congregación y de la movilidad a la que ésta se vio impulsada. Yendo a los datos del Archivo Central, en efecto, si bien con diferencias entre las diversas fuentes, 664 solicitudes de fundaciones desde los más diversos países llegaron al Rector Mayor, el beato don Miguel Rua, entre el 1888 y el año 1900. Más de 200 de éstas fueron aceptadas. La movilidad aparece en el hecho de que 38 de estas casas se cerraron ya durante el Rectorado del mismo don Rua, mientras que otras 29 lo fueron después.
En cada lugar ha sido conmovedor volver a visitar las situaciones de emergencia a las que los Salesianos fueron llamados a resolver o, al menos, a aliviar: emigrantes sin ningún cuidado religioso, con dificultades de inserción, sobre los que fácilmente se difundían prejuicios por la configuración del barrio en el cual vivían, por la imagen que ofrecía su pesado trabajo, por la aparente conflictividad doméstica a la que les exponía la pobreza, por las formas ruidosas de distensiones dominicales; muchachos de la calle sin acceso a la educación que eran un peligro social; urgencias de preparación al trabajo en naciones que no tenían ningún programa educativo con esta finalidad; misiones entre minorías indígenas de difícil contacto. Escuchando conferenciantes y oradores, me he hecho la idea de que no fuimos llamados para reforzar una acción pastoral normal, sino para resolver situaciones límite, para las que no había o no se sentían preparadas las fuerzas que trabajaban en el lugar. El espíritu de aventura, un sentido de audacia pastoral y la conciencia de un mensaje profético de salvación para los jóvenes y la clase trabajadora, caracterizan todos los comienzos.
La memoria recuerda las condiciones precarias en las cuales, con frecuencia, se comenzaron las obras, dónde se vivió, los ambientes y las dotaciones de trabajo: un viejo cuartel (Paraguay), una fortaleza totalmente abandonada (Alejandría), la cripta de una Iglesia (New York), una vaquería en los extremos o fuera de la ciudad y similares. Hace ver, además, cómo la calidad evangélica del trabajo, la dedicación a los pobres y la relación con la gente llevaron a extender, cada vez un poco más, los espacios pensando siempre en las solicitudes de los jóvenes.
Los Salesianos llevaban consigo algunas convicciones pastorales, casi instintivamente, hasta sin tener necesidad de verificarlas, de tal forma estaban radicadas en ellos: el valor universal del modelo oratoriano, la eficacia del sistema preventivo, la preferencia por las escuelas profesionales, la cercanía a la gente y a sus problemas, el compromiso por suscitar enseguida vocaciones locales que continuaran su obra. El domingo siguiente de la llegada a Bolivia, los Salesianos - como registra don Ceria - comenzaron el oratorio festivo en el que, a pesar de la estrechez de los espacios, tuvieron enseguida 250 muchachos. Expresiones similares hemos oído durante la narración de otros comienzos. Son rasgos iniciales que se prolongan y emergen en los momentos de mayor fecundidad.
Con éstos las inspectorías se han afirmado y la Congregación se ha extendido casi en círculos, entorno a las primeras fundaciones, en un proceso que no ha sido uniforme ni lineal. El servicio educativo y pastoral, no obstante, se ha diversificado y enriquecido, hasta abarcar hoy una abanico de iniciativas que cubre las pobrezas, la educación sistemática, la implicación de jóvenes y adultos en compromisos apostólicos, la presencia universitaria, el acompañamiento a grupos étnicos, los medios de comunicación y la animación de un vasto movimiento apostólico.

El don de la unión fraterna.


Lo que más impresiona, en las visitas, en los encuentros y, sobre todo, con ocasión de las celebraciones, es la unidad de la Congregación: un sentido entusiasta de pertenencia junto a un deseo de caminar y actuar conjuntamente. Con frecuencia la damos como por supuesta y quizás no advertimos la maravilla que representa, la gracia que exige, el delicado trabajo que supone y la riqueza que significa. Se trata de un cuerpo de más de 17.000 personas, distribuidas en cerca de 2000 comunidades, que están unidas en torno a 91 centros inspectoriales.
He percibido esta unidad como un hecho vivido por los hermanos naturalmente, sin crear problemas ni conciencia de los riesgos y con la alegría profunda de sentirse unidos en una común vocación y empresa más allá de las distancias y de las diferencias. La he advertido, también, como objetivo en la acción de animación y de gobierno y como preocupación en los grupos de reflexión. He pensado espontáneamente en aquel pasaje de las constituciones que dice: “Los superiores, en todos los niveles de gobierno, participan de la misma y única autoridad, y la ejercen en comunión con el Rector Mayor para bien de toda la Sociedad. De esta manera, a la vez que promueven el bien de cada comunidad, velan con solicitud por la unidad, el incremento y el perfeccionamiento de toda la Congregación”.
Esta unidad se refiere al espíritu y a la mentalidad religiosa, reconocible por todas partes, bajo envolturas culturales diversas. La diferencia de hábitos, lenguas y modalidades de vida no mella la identidad de la vocación y las características típicas de la vida salesiana. Pasando por los cinco continentes y por las diversas naciones, encontramos el mismo estilo de familia y de trabajo, expresado con algunas formas universales y otras diversas.
Esta unidad no ha sido un fruto espontáneo. Han contribuido a crearla y vigorizarla la acogida, el estudio y la referencia a las Constituciones, que proponen un proyecto personal y comunitario definido, con opciones de inspiraciones y aptitudes, y con indicaciones prácticas para la organización de la vida.
La han reforzado, con el sucederse de los años, las orientaciones de los Capítulos Generales y la obra de clarificación y de estímulo de los Rectores Mayores. La enriquece el contacto con una literatura salesiana actualizada. La mantiene viva la comunicación con la Congregación: la “sustancial” que se refiere a las directrices y a las orientaciones y, también, la “ligera” que se hace en una rápida información.
Donde hermanos y comunidades han tenido acceso fácil a estas fuentes según el valor que cada una de ellas merece, donde se valoran estas fuentes, se nota una mayor abundancia de referencias y motivaciones y una vivencia más sentida y cotidiana de la unidad.
Hoy, cuando la multiplicidad de propuestas y la lejanía cronológica de nuestro Fundador nos pueden hacer “normalmente aceptables” formas alternativas a las de nuestra vida, hay que favorecer la familiaridad con los textos que documentan nuestra historia y presentan autorizadamente nuestra experiencia religiosa.
Pero la unidad que cito es también sólida desde el punto de vista institucional y organizativo. Me lo repiten personas amigas, admiradas de la unidad y de la corresponsabilidad que hay entre en Rector Mayor con su Consejo y los Inspectores con sus Consejos, y entre ambos y los directores. Nos recuerda un deseo de Don Bosco que coincide con el mismo de Jesús: que la unión entre sus discípulos fuese real y se manifestase con signos humanamente comprensibles. Es un criterio, el de la organización para la unidad, que Don Bosco parece haber madurado precisamente en la praxis de gobierno: “Para que una organización como la nuestra prospere, es necesario que esté bien organizada”. El sentido del carácter instrumental de las estructuras, la lealtad, la corresponsabilidad y el espíritu de iniciativa aseguran una descentralización operativa que multiplica los servicios y las obras y que, acá y allá, desborda hasta el individualismo: un riesgo que hay que tener en cuenta y un precio que hay que pagar para atemperar necesidades de coordinación y creatividad.
En el diálogo con los hermanos escucho con frecuencia, como objeción a cuanto he dicho anteriormente, que algunas orientaciones, que llevan un cambio de ruta, son asimiladas lentamente y tardíamente por las comunidades. La aplicación de los Capítulos Generales sería una prueba de ello. Hay una cierta lentitud en la misma naturaleza de las adaptaciones que hay que realizar, que exigen procesos complejos, y en las dimensiones de nuestra Congregación que requiere tiempos largos para que se pueda llegar a todas las partes, diversas por contexto cultural, lengua y situación pastoral. Se ve, no obstante, que por todas partes, nos movemos en la misma dirección.
La unidad de espíritu y mentalidad, que se basa en la claridad institucional, se manifiesta por todas partes en una fraternidad con rasgos humanos, incluso juveniles. Los Salesianos escuchan con gusto, se interesan de las diversas situaciones en las que trabajan los hermanos. Si no se pone el acento en las especialmente dolorosas o felices de las que han tenido noticias genéricas, se pregunta para tener ulterior información de ellas. El relato es casi siempre la parte más esperada y seguida de la conversación. En los encuentros interregionales, convocados para estudiar problemas de áreas o sectores, se nos trata inmediatamente como pertenecientes a una única familia, aunque se nos vea por primera vez.
Se demuestra una gran confianza en la riqueza que puede aportar la diversidad, si se es consciente de cuáles son las inspiraciones y las orientaciones comunes.
El convivir en comunidades “internacionales” comprometidas en la única misión salesiana, según el estilo de vida trazado por la Constituciones es ya un hecho y se va perfilando como un criterio a seguir que, por otra parte, era ya nuestra praxis.
Añado que la unidad se demuestra operativamente eficaz. Lo escuchamos en las declaraciones de disponibilidad o en la prontitud con la que se pone al servicio de la Congregación lo que el Rector Mayor juzga conveniente.
Lo vemos en la colaboración misionera. En tiempos de bajón vocacional en vastas zonas, se pudo comenzar el “Proyecto África”, ahora en fase de consolidación. Mediante las expediciones anuales se van creando nuevas presencias y reforzando áreas donde se entrevén posibilidades de desarrollo.
No es menor la solidaridad económica que fluye por diversos canales: el fondo misiones, el fondo solidaridad, las notables aportaciones de las Inspectorías a las misiones a ellas confiadas, las colectas de cada misionero.
No se me escapa que esta gracia de la unidad de espíritu, de mentalidad, de gobierno, de fraternidad y de trabajo, puede salir al encuentro de pruebas típicas de nuestro tiempo, como la afirmación simplista de la peculiaridad cultural, el regionalismo, las contraposiciones gratuitas que parecen lugares comunes, la clausura del proprio ámbito de trabajo que impide pensar en términos de Iglesia, de nación y de mundo. Se trata de algunas instancias germinalmente válidas, siempre y cuando sean orientadas positivamente y mantenidas en los límites razonables o llevados a cabo con una identidad sólida, un sentido de pertenencia cordial y un conocimiento profundo de la realidad de la Congregación. Perjudican, por el contrario, cuando crecen desmesuradamente y de forma aislada.

Don Bosco: un Santo que fascina.


Entre los factores que constituyen nuestra identidad como Congregación y como Familia Salesiana, el primero y el más fuerte es el amor a Don Bosco. Es una simpatía, una admiración, un sentimiento, una tracción, una especie de energía “instintiva”, que se orienta, pues, hacia la imitación, el querer estar espiritualmente con él y el implicarse en su obra.
Sabemos que es la gracia que está en el origen de nuestra vocación. Orientándonos hacia Don Bosco, como Padre, Maestro y Amigo, el Espíritu Santo nos ha llevado hacia la consagración religiosa caracterizada por la misión juvenil y por la preocupación educativa.
En la tradición salesiana este efecto se manifestó siempre sin pudor, casi con entusiasmo juvenil, prolongando aquella admiración de los primeros jóvenes oratorianos que quisieron “quedarse con Don Bosco” y formaron el primer núcleo de la Congregación. Es el signo de una relación filial, profundamente sentida.
Desde los Salesianos este entusiasmo y admiración pasa, en todos los lugares, a los jóvenes, quienes lo expresan de diversas formas, según su estilo: con cantos, representaciones, camisetas, celebraciones, peregrinaciones, lectura de alguna biografía, presentación de algún film o videocasete, agrado por estar u ocuparse en nuestras casas y amistad con los hermanos. Una colección común de canciones y de alabanzas sagradas atraviesa ya el mundo y se escuchan en todas las lenguas.
He tocado con la mano dos resultados de este afecto. En los jóvenes es generador de iniciativas, pensamientos, deseos y proyectos en línea de compromiso y de crecimiento en la fe. Es un potente factor vocacional. En la comunidad es fuente de alegría, de confianza en el proprio trabajo, de serena pertenencia e identificación. Incluso en los casos en que un observador algo crítico encontrase en ello un poco de ingenuidad o exageración, los frutos que resultan de ello son positivos. La frialdad y el desapego, por el contrario, parecen estériles.
La admiración va más allá de nuestro ambiente. Comentarios, necesariamente generales, sobre la genialidad y la originalidad de Don Bosco, los escuchamos de instancias eclesiales, de autoridades civiles y de gente común. Muchas expectativas se ponen en la aplicación de nuestros métodos y en la creación de iniciativas en el campo de la educación como aquellas a las que él ha dado origen.
Me ha interesado el estudio sobre la formación de la imagen de Don Bosco. En ella ciertamente ha influido la adhesión de sus jóvenes, conquistados por su capacidad de amarles y abrirles a la vida. Éstos han recogido y difundido anécdotas, sueños y empresas con extraordinaria vivacidad narrativa cuando no existían todavía los modernos medios de comunicación. Han trasmitido su experiencia, haciendo casi sentir presente la paternidad fascinante de Don Bosco. Esto ha permanecido entre nuestras características carismáticas y pastorales: el amor entusiasta al Fundador y su comunicación a los jóvenes.
Ha influido también el modo con que se presentaban sus empresas por el Boletín Salesiano, bajo su dirección y según sus criterios. El bien hay que difundirlo y hay que presentarlo de forma atrayente.
Sobre todo ha influido el impacto directo del estilo y de los resultados educativos en una sociedad a la cual preocupa el fenómeno juvenil.
En el origen hay una santidad muy típica, marcada por la caridad pastoral, capaz de llegar al corazón de las personas, atenta a las cuestiones de su tiempo. De esta forma Congar, en un conocido comentario sobre el Concilio, se refería a la figura de Don Bosco: “La novedad más grande del Concilio es ésta: si la Iglesia está en el mundo y en el mundo se encuentran los problemas, la santidad es un fenómeno que interesa a la cultura. Puede parecer un concepto discutible, pero un punto central de las intuiciones del Concilio es que la santidad tiene que ver con la historia. Con la Encarnación la historia del hombre es el lugar donde se expresa el amor de Dios; la santidad no nace pues de la fuga o rechazo del mundo porque en la medida en que me zambullo en el mundo para salvarlo, encuentro el gran don de Dios.
¿Quiénes son los santos? Me agrada recordar, sobre todo, a aquél que ha precedido un siglo antes al Concilio: Don Bosco. Don Bosco fue ya proféticamente un nuevo modelo de santidad por su obra que se distingue por el modo de pensar y de juzgar a los contemporáneos”.
“Nosotros lo estudiamos y lo imitamos”, dicen las Constituciones. Parecen dos momentos unidos. Hoy se habla mucho de fidelidad creativa en referencia a la vida consagrada. Un acercamiento serio y una atención renovada no solamente no amenazan la imagen de nuestro padre, iluminada por el afecto y por una tradición que ha sabido mantener vivo el recuerdo de sus gestos, sino que dan razón de su permanente validez colocándola en su contexto histórico y eclesial.

La actualidad del mensaje educativo.


Uno de los elementos que las visitas hacen emerger y las celebraciones sacan a la luz es el aprecio civil y eclesiástico del trabajo salesiano precisamente por la combinación de sus elementos originales: ubicación en el campo juvenil, preferencia por los más necesitados, armónica integración entre educación, promoción y evangelización, e inserción positiva en la comunidad eclesial y en la sociedad.
El Sistema Preventivo asumido en su articulación, que comprende el modo de estar presente entre los jóvenes (asistencia), la creación de amplios ambientes juveniles de encuentro y trabajo, una comunidad que incluye a los jóvenes como corresponsables, una propuesta múltiple y diferenciada, adecuada a diversos niveles, solicitudes y grupos, el modelo oratoriano que da la fisonomía a todas las iniciativas, suscita por todas partes comentarios positivos, expectativas y deseo de mayor conocimiento.
Ante la presencia de autoridades y pueblo se nos ofrece la oportunidad de explicar las intuiciones fundamentales, la historia, la formulación diaria de nuestro sistema y de responder a solicitudes sobre la eficacia frente a los fenómenos que hoy preocupan a la sociedad.
Se vuelve uno a casa con ofertas y solicitudes de fundaciones, no sólo en los llamados países pobres, sino también en aquellos desarrollados, oprimidos por las nuevas manifestaciones incontrolables del malestar juvenil y por los nuevos interrogantes que presenta el acompañamiento de los jóvenes a la fe. Las instituciones e iniciativas tradicionales de educación en las que se confiaba anteriormente están resultando insuficientes, más frente a la adecuación que a la cantidad. En el centro de la crisis se encuentra la “relación educativa” (padres-hijos, generación adulta-jóvenes, instituciones-destinatarios, maestros o comunicadores y oyentes) que es el pernio y la sabiduría del Sistema Educativo. No es raro pues que también quien no sabe definir pedagógicamente las cosas vea en el actuar de los Salesianos y en la respuesta que dan los jóvenes, una cierta fórmula para gestionar y resolver situaciones difíciles.
No sólo se nos reconoce esta herencia, sino que se aprecia, en concreto, nuestra competencia, sobre todo en algunas áreas de la educación: la preparación para el trabajo, la animación del tiempo libre, la educación no reglada para la recuperación de los muchachos, la experiencia escolar, la marginación juvenil y el asociacionismo.
Vemos en estas solicitudes una invitación de la sociedad y de la Iglesia para hacer fructificar todos los recursos individuales y comunitarios de nuestro carisma y pensar nuevas aplicaciones y posibilidades de acción.
La misión salesiana y el espíritu que la anima están hoy en el centro de un esfuerzo de difusión que no deberían disminuir, sino que, sobre todo, debería cualificar la práctica que se aprende con la vida: “Venid - decía Don Bosco - y ved cómo hacemos”. El contacto directo con los jóvenes y sus situaciones, nuestro modo de organizar y animar una obra educativa será siempre la mejor presentación y la mejor lección sobre el Sistema Preventivo que no se comprende sino viéndolo. El conocimiento sistemático y la práctica permitirán comunicarlo a aquellos que trabajan con nosotros en el campo educativo pastoral.

Un punto estratégico: la formación.


En la plasmación de la realidad de la cual hemos hablado, ha tenido un influjo insustituible la formación. Las formas de apostolado de los Salesianos y los contextos donde ellos trabajan han sido y son todavía diversos. La Congregación ha ido adelante preparando a sus miembros como pastores y educadores, desplazando comunidades, con frecuencia pequeñas, a lugares lejanos y confiándoles campos y responsabilidades pastorales. Se ha fiado de su fidelidad y de su capacidad creativa.
En un estilo tan abierto y en campos de acción tan diversos, la formación resulta un aspecto estratégico y delicado. No hay, pues, que exponerlos a improvisaciones y tampoco sacrificarlos por urgencias prácticas. Las Constituciones establecen el principio de la unidad y de la descentralización en la formación. Para garantizar el justo equilibrio entre estos dos criterios, liberándolo de valoraciones individualistas y ocasionales, trazan, incluso, sus confines, indicando un programa obligatorio para todos (la Ratio), y confiando a la responsabilidad de las Inspectorías o Conferencias inspectoriales, las determinaciones locales (el Directorio) y ambos deben someterse a la aprobación del Rector Mayor y de su Consejo.
La madurez humana, la profundidad espiritual, la competencia y el entusiasmo pastoral, y el espíritu salesiano echan sus raíces y tienen un primer crecimiento seguro en un ambiente intencionalmente formativo y con la guía de formadores preparados.
Las comunidades y las estructuras de formación son el sistema más potente del cual disponemos para comunicar el patrimonio espiritual y la praxis pastoral salesiana: por la amplitud del tiempo de exposición, por la sistematicidad de la transmisión, por el ambiente humano en el cual se da la comunicación, por la multiplicidad de canales a través de los que ésta se dirige y por la participación voluntaria de quien es su destinatario.
La formación que hemos tenido hasta ahora, lo demuestran los hechos, se ha manifestado eficaz en los aspectos fundamentales: la identidad, el sentido religioso, la fiabilidad moral, la responsabilidad comunitaria, la dedicación pastoral y la capacidad de entendimiento con el pueblo.
La unidad, que no es uniformidad material, creada por ésta ha sido reforzada por la convivencia en los centros internacionales que han dotado de calificaciones superiores y han creado redes de amistad, interés y conocimiento.
Hoy muchas cosas evolucionan en el sistema formativo. El mismo concepto de formación ha variado a partir de la necesidad de una formación continua y de la multiplicidad de posibilidades que el sujeto está llamado a usar y a unificar. Estamos frente a una urgencia de adecuación homogénea del sistema formativo, conforme a un nuevo tipo de joven que está llegando, a la configuración del campo pastoral, al modelo operativo que estamos buscando aplicar, al reto que la cultura secular pone a la identidad cristiana, y a la consideración que nuestra consagración religiosa tiene en el contexto social. Estamos, también, frente a una solicitud y a una expansión mayor de la profesionalidad educativa y pastoral.
Esto deberá producir no una disgregación, que con frecuencia es el resultado involuntario de una visión incompleta y sectorial, sino una ulterior convergencia hacia una identidad profundizada y asumida con mayor consciencia. Es el esfuerzo que se ha solicitado a las Inspectorías en los procesos de revisión queridos por el último Capítulo General.
Pero más que la reforma de los programas y de las metodologías ayudará, desde ya, el propósito personal y el compromiso comunitario de no dejar secar el don que hemos recibido, sino extraer toda su riqueza por medio de una forma de vida comunitaria que dé el justo relieve a la formación de los hermanos.

 

Conclusión.


Cuanto os he marrado es solamente una brizna de aquello que emana de los acontecimientos de Iglesia y de aquellos más modestos de nuestra Familia en los que he participado. Viviéndoles desde dentro, surge un sentimiento de agradecimiento al Señor, casi una adoración. Él está presente con su Espíritu y guía el camino de la Iglesia y de nuestra Familia. A éste gracias por los dones y la protección divina se unen el reconocimiento a tantos hermanos y hermanas que con su fidelidad cotidiana y con sus esfuerzos extraordinarios han construido la realidad que hoy contemplamos.
María Auxiliadora nos ayude a seguir sus huellas y a continuar su obra con confianza en la fecundidad de las semillas.