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El salesiano, hombre y maestro de oración para los jóvenes

CARTAS DEL RECTOR MAYOR DON JUAN VECCHI

 

“CUANDO RECÉIS DECID: PADRE NUESTRO...! (Mt 6,9)

El salesiano, hombre y maestro de oración para los jóvenes 1.  TÚ ERES MI LUZ... – Volver al propio corazón. – Sinceros con Dios y con nosotros mismos. – Capaces de escucha. – Gustar el silencio. – Descubrir las propias resistencias. – Acceder con confianza al Padre. – Hacer un camino de oración. – Dar la palabra a Dios. – Acoger la mirada de Dios en la profundidad del propio ser. – La experiencia de algunos amigos de Dios.

2.  LA ORACIÓN DEL SALESIANO. – La semilla: Mamá Margarita. – Don Bosco, hombre de oración. – Siguiendo a San Francisco de Sales. – El marchamo oratoriano. – Contemplativo en la acción. – Algunas condiciones: La orientación interior. – La intención. – Sentirse instrumentos de Dios en favor de los jóvenes. – Descubrir la presencia del Espíritu en la vida de los jóvenes.

CONCLUSIÓN. La oración de nuestros Santos. – La liturgia de la vida. – Iniciación de los jóvenes en la oración. – María, icono de nuestra oración.

                                                                       Roma, 1 de enero de 2001

Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

            Para la Cuaresma de 1999, un grupo de diócesis de España mandaba a los fieles una carta pastoral sobre la oración cristiana hoy, con el título: “Tu rostro buscaré, Señor” [1] . También otros Pastores han tenido intervenciones en el mismo sentido [2] .

            Los Obispos hacían notar la desorientación de los cristianos respecto al sentido de la oración (¿por qué rezar? ¿tiene sentido aún el rezar regularmente?) y respecto a las fuentes y formas originales de la oración cristiana. El hecho tenía también en cuenta la pérdida progresiva de la costumbre de rezar, a causa de los cambios que están dándose en la vida familiar, en la que pueden transcurrir días sin que se vea un gesto de oración común. Y en la comunidad cristiana, aparte de la participación en la Misa dominical, van cayendo en desuso otras prácticas con las que la comunidad cristiana expresaba, al ritmo del tiempo, su referencia sustancial al Señor.

            Al mismo tiempo, se subrayaba el multiplicarse de lugares y de oportunidades de oración “self-service”, ofrecidos por diversos grupos religiosos para quien quisiese aprovecharlos, y la búsqueda creciente de tales lugares.

            Esto lo hemos experimentado también nosotros, desde nuestro puesto de observación: se ofrecen noches de oración en las iglesias, se tienen vigilias bien participadas, se multiplican las casas de oración. Y no sólo. No hace siquiera quince días, escuchaba una Radio evangélica que enumeraba en la ciudad de Roma veinte lugares de culto, con los respectivos horarios, para quien quisiese aprovecharse de ellos. Como fondo, resonaban palabras de los salmos con música electrónica y la implicación por parte de los participantes.

            El Jubileo, con sus impresionantes encuentros de oración en la plaza de San Pedro y con las numerosas celebraciones, ha subrayado también esta dimensión de la religiosidad cristiana.

            Vivimos en un mundo globalizado, singular desde el punto de vista religioso: humanista y secularizado, casi desequilibrado al afirmar el derecho de la persona a una elección personal en todos los campos y, por tanto, un poco alérgico a las mediaciones impuestas, “salvajemente religioso” en lo privado, se podría decir. Hay quien vive como “agnóstico” (en el sentido de no creyente). Hay también quien practica una religión al estilo del snak-bar o Mac Donald, según una elección propia y una combinación de tiempos, lugares y fórmulas. Hay quien elige prácticas de religiones esotéricas. A  veces en un departamento del tren, el único a quien se ve rezar es a un musulmán. En los aeropuertos se han destinado salas para las expresiones de las diversas religiones.

            Una cosa resulta evidente: quien entra en el espacio de cualquier experiencia o emoción religiosa, descubre y considera la oración como una de sus manifestaciones principales. La petición al Señor, sentido como presente, la expresión de alabanza y de acción de gracias, el deseo de compañía y protección, surgen casi inevitablemente.

            Nada de extraño, pues, que los jóvenes cristianos, que viven en esta atmósfera, que están en contacto con nosotros, que sienten una cierta atracción hacia Jesucristo y hacia el Evangelio, y han acogido el desafío del sentido último, o han expresado ya una opción consciente por una presencia viva de fe, se interroguen acerca de la oración de los Salesianos. Se preguntan cómo la sienten en el corazón y, sobre todo, si los Salesianos son capaces de iniciarlos en los caminos de una oración que atraviese la vida, engendrando convicciones y sugiriendo experiencias, de modo que la oración llegue a hacerse hábito, gusto, sostén y luz.

 

1.   “TÚ ERES MI LUZ... [3] .


            Con los jóvenes hay momentos extraordinarios de celebraciones solemnes, bien cuidadas desde el punto de vista de los contenidos, de los símbolos y de la coreografía. Pero, respecto de nosotros, las Constituciones, después de habernos propuesto todos los momentos comunitarios, nos dicen: “Sólo podremos formar comunidades que rezan, si personalmente somos hombres de oración. Cada uno de nosotros necesita expresar en lo íntimo su modo personal de ser hijo de Dios, demostrarle su gratitud y confiarle sus deseos y preocupaciones apostólicas” [4] .

            En verdad, una cosa es recitar oraciones o participar en celebraciones colectivas, cosas ciertamente útiles y apreciables, y otra es llegar a ser personas de oración. Hemos escuchado esto mismo a los mismos jóvenes y a los comentaristas, en referencia a las manifestaciones de masa del Confronto y del Jubileo: todo esto, que sin duda ha constituido una experiencia válida, ¿durará y abrirá un camino en la vida? Se pone en cuestión la educación religiosa, el acompañamiento, la interiorización después del acontecimiento extraordinario, la comunicación del corazón con el Padre, en calidad de hijos.

            Es claro que, si nuestra evangelización propone sólo explicaciones, pero no logra crear una relación de comunión con el Padre, queda vacía, casi reducida a una ideología. El gran trabajo de Jesús fue el de dar a conocer, en sentido bíblico, al Padre y enseñar a los discípulos a dirigirse a Él escuchando las voces del Espíritu, las enseñanzas y las palabras que Él sugiere en el corazón [5] .

            Por esto, el Evangelio es rico en enseñanzas sobre la oración. El evangelista Lucas, en el capítulo undécimo de su evangelio, recoge algunas: la palabra unificadora “Padre”, la perseverancia y la eficacia de la oración. Y es el Evangelio el que nos explica la comunicación con el Padre, la presencia del Espíritu que reza con Cristo en nosotros y por nosotros.

            No es mi intención hablaros ahora de la oración salesiana comunitaria. Hay suficiente literatura [6] y esfuerzos de animación y se nota en las comunidades también un propósito de mejora. Y no hay duda de que ésa expresa bien la vida de cada hermano y de las comunidades, y es también una escuela, además de garantía de riqueza, de continuidad, de perseverancia y de experiencia eclesial. El salesiano reza con la comunidad y en la comunidad.

            Ahora quiero detenerme de modo particular sobre el camino personal que, con la ayuda de las comunidades, lleva a cada uno de nosotros a ser hombre de oración, deseoso y capaz de orientar a los jóvenes hacia ella, guiando también a niveles de regularidad y de fervor a cuantos se manifiestan capaces.

Volver al propio corazón.

            La oración del salesiano, comunicación y diálogo filial con el Señor, es ciertamente coherente con su vida y adecuada a su existencia concreta. Hay, sin embargo, “lugares comunes”, no bien examinados, respecto de ella; como también hay condicionamientos reales que superar para llegar a ser hombres de oración según el estilo salesiano.

            Entre los lugares comunes está el que quiere que en el centro de  la vida del salesiano esté la acción, no siempre entendida como acción conscientemente salvífica, sino a veces simplemente como obrar humano, con todo lo que ello comporta: movimiento, competencia de ámbitos, relaciones e intervenciones, etcétera.

            La oración, en tal caso, queda “relegada a retazos de la jornada”, limitada a los momentos comunes. El consejo de Jesús Buen Pastor es, en cambio, el de rezar “sine intermissione”: una comunicación con el Padre, que en el Espíritu Santo viene a nosotros y sale de nosotros por múltiples vías: a través del pensamiento, del sentimiento, de la orientación de la acción, de la relación con el prójimo, de la participación en las celebraciones y en la vida de la comunidad cristiana. Todo esto hecho con la mirada vuelta hacia Él y con el deseo de cumplir “le bon plaisir de Dieu” [7] , según la expresión de San Francisco de Sales.

            Otro lugar común es la interpretación de la frase de Don Bosco: “La vida activa, a que mira particularmente la Sociedad, hace que los socios no puedan dedicarse a muchas prácticas de piedad en común” [8] . Es verdad. Pero hay que rehacerse a su tiempo para comprender el alcance de este aserto; hay que comparar este dicho con cuanto prescribían otros Institutos: a las prácticas matutinas y vespertinas diarias se unían los triduos, las novenas, los tiempos litúrgicos mucho más regulados en cuanto a prácticas de piedad. Las palabras de Don Bosco deben ser leídas e interpretadas en este contexto. Y, además, no hay que confundir tiempos comunes con tiempos personales, incluso sustraídos a una acción un tanto desordenada.

            Entre nuestros condicionamientos típicos es preciso, en cambio, enumerar una cierta tendencia connatural a exponerse a la multiplicidad de compromisos que, para algunos, con “la agenda abierta” a los imprevistos, puede convertirse en agitación. La agitación no provoca solamente la eliminación de la participación en los momentos comunitarios, sino también la supresión de los momentos de estudio, de lectura, de preparación responsable a un ministerio o a un deber educativo, que se hace cada vez más complejo aún desde el punto de vista de la interpretación evangélica de la vida, y también de la metodología en la orientación de los jóvenes.

            Se debe reconocer que tanto la lectura pastoral del contexto a que me he referido antes, como nuestra reflexión personal, nos llevan hoy a determinadas conclusiones sobre las condiciones  que hay que crear para la oración.

            Sólo es posible hablar de oración, si se asume la experiencia de Jesús, Hijo del Padre, manifestada en la propia vida bajo la guía del Espíritu. Hablar de oración es poner al descubierto cuanto hay de más sagrado y unitario en nuestra vida [9] .

            “La oración es el compendio de nuestra relación con Dios. Podríamos decir que  somos lo que oramos. El grado de nuestra fe es el grado de nuestra oración; la fuerza de nuestra esperanza es la fuerza de nuestra oración: el calor de nuestra caridad es el calor de nuestra oración” [10] .

            Rezar y vivir se funden en una única e idéntica realidad en la conciencia del que reza. Mientras la vida misma no se haga oración, tampoco la oración será viva y auténtica.

            Por otro lado, la Sagrada Escritura y la tradición eclesial están llenas de la oración de los pobres que se dirigen a Dios, en el espíritu de Jesús, como niños. El camino debe ser sencillo, la comunicación filial, en el Espíritu.

            Se pueden indicar algunas actitudes que favorecen la oración personal.

Sinceros con Dios y con nosotros mismos.

            A veces, cuando hablamos de Dios, con referencia a nosotros mismos y, más aún,  a nuestros interlocutores religiosos, nos ponemos una máscara, nos vestimos con el traje que conviene al papel que debemos hacer, y escogemos palabras exactas y bien declamadas.

            Estas máscaras no corresponden a lo que nosotros somos. Son barreras que dificultan nuestra unión profunda con Dios y el diálogo con Él, que debe ser sin obstáculos.

            Dios quiere comunicarse con nosotros, en la longitud de onda de la sinceridad. Y esto no es precisamente inmediato: requiere, en general, gracia y tiempo. Por esto, el Jubileo nos ha llamado a convertirnos, a comenzar desde Dios y a reordenar nuestro camino. Ha sido, ante todo, una invitación a la conversión del corazón, aunque las celebraciones, difundidas por televisión, puedan a veces haber dado una idea diversa.

            Existen muchas modalidades y tonos de oración, en relación con la prevalencia del sentimiento o de la meditación, de las fórmulas o de la espontaneidad. Cada uno acaba por tener su modo de orar, como tiene el propio modo de caminar y de expresarse. Pero hay siempre, en la oración, un deseo de comunicación que quiere ser filial, directo, profundamente sentido. Sea el que sea el tipo de oración a que se ha llegado, la esencia está en autodonarse a si mismo. Jesús se expresaba así: “Te doy gracias, oh Padre” [11] ; “Guarda en tu nombre a los que me has dado” [12] ; “Que todos sean uno, como nosotros somos uno” [13] .

Capaces de escucha.

            Para nosotros, educadores, la capacidad de hablar de Dios y con Él depende, ante todo, de la capacidad de escucharlo. Él, que ha hablado en la creación inicial, nos ha dicho muchas cosas en la Historia de la Salvación con acontecimientos y palabras y nos ha relatado todo en Jesús. Ahora nos habla a través de las mediaciones de la Iglesia y de los acontecimientos; hace resonar dentro de nosotros la voz de su Espíritu y revela cosas nuevas para los tiempos nuevos.

            El creyente es, sobre todo, uno que escucha la Palabra, como María. “Escuchar significa no sólo ser consciente intelectualmente de la presencia del otro; sino aceptar el hacer espacio en sí mismo a tal presencia hasta ser su morada y gozar de ella” [14] .

            No es siempre fácil distinguir la voz de Dios de la de los hombres. Por eso debemos, como en el episodio de Samuel [15] , abrir el oído a Aquel que habla para educarnos, a nosotros mismos y a nuestros destinatarios, en la escucha de la Verdad: “Habla, que tu siervo te escucha”. Deberíamos tener la mente y el oído atentos, guiar a los destinatarios hacia la Verdad, invitar a escuchar a Aquel que tiene “palabras de vida eterna”. Es una de las metas de la educación. La ley, los preceptos, la Palabra del Señor, se presentan como fuente que engendra una sabiduría completa y profunda, misteriosamente, a la medida de los sencillos, superior a la que produce la agudeza del pensamiento humano.

            Por parte del hombre, esta disponibilidad para la obediencia y la escucha de la Palabra constituye la condición indispensable para descubrir el proyecto que Dios confía a cada persona, en el tiempo y en el lugar donde ha sido llamada a vivir. Será también la condición fundamental para renovar el compromiso continuo de conversión para Dios: “Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos, y no vuelven allá,  sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello para que la envié” [16] .

            El lugar privilegiado para la escucha es, pues, la meditación de la Palabra: “sentada a los pies de Jesús, (María en Betania) escuchaba su palabra” [17] . Así, pues, todo empieza con la atención interesada a la Palabra, que se desarrollará luego en meditación, oración y contemplación [18] . La escucha de Dios [19] , con sus dimensiones de silencio, salida de sí mismo y concentración en el Otro, se hace acogida o, mejor, descubrimiento en uno mismo de una presencia más íntima aún a nosotros que cuanto pueda serlo nuestro mismo “yo”: “Tarde te amé, belleza siempre antigua y siempre nueva, tarde te amé. Sí, porque tú estabas dentro de mí y yo fuera. Yo te buscaba allí. Deforme, me arrojaba sobre tus hermosas criaturas. Estabas conmigo, y yo no estaba contigo. Me tenía lejos de ti mi sordera; brillaste, y tu esplendor disipó mi ceguera; difundiste tu fragancia, y respiré y suspiro por ti, gusté y tengo hambre y sed; me tocaste y ardí de deseo de tu paz” [20] .

            No sólo el Concilio Vaticano II ha abierto un tiempo propicio de vuelta a la Palabra, sino que nosotros estamos asistiendo al nuevo gusto que de ella sienten los jóvenes. Se está dando como un nuevo encuentro entre los jóvenes y la Palabra, estimulado también por las Exhortaciones de Juan Pablo II sobre la Lectio.

Gustar el silencio.

            El silencio es como la imagen de la Palabra reflejada en un espejo. Silencio y Palabra se completan y se refuerzan recíprocamente. Sin el silencio, difícilmente se llega, ya sea al conocimiento de sí, ya sea al discernimiento del proyecto de Dios sobre la propia vida. El silencio da profundidad y unifica.

            La sobriedad salesiana en el hablar no es distanciamiento o dominio controlado de sí mismo; es siempre atención al otro, comprensión y deseo de dar y de recibir. Se pasa así a una dimensión interior, al estar bien consigo mismo, a la visión serena de las personas y de las situaciones, a la paz interior, al gusto de la presencia del otro.

            Se produce también una actitud de dominio de sí y de resistencia para hacer callar los sentimientos desordenados hacia los demás, las imágenes arbitrarias de uno mismo, las rebeliones, los juicios no ponderados, las murmuraciones y las ligerezas, que nacen del corazón. Un silencio mesurado es el guardián de la interioridad y hace posible la escucha y la acogida de quien habla. El Dios que queremos encontrar está dentro de nosotros, no fuera [21] .

            El yo interior tiene necesidad de tiempos y espacios para confrontar y valorar. Respecto de los primeros, no deberíamos tener miedo de reservar, en el horario, períodos de tiempo para dedicarlos a la meditación personal, al estudio, a la oración y - ¿por qué no? – a la contemplación: esa actitud total de quien se siente subyugado por la verdad o por la belleza.

            El Evangelio nos aconseja “entrar en la propia habitación y, cerrada la puerta, orar al Padre que está en lo escondido” [22] . Se trata de escoger un lugar donde la atención y el espíritu encuentren menos obstáculos para ir a Dios. La Iglesia o la capilla son, sin duda, lugares más adecuados para la “oración silenciosa”, aunque no los únicos. “Nuestro Salvador escogía lugares solitarios para orar, y aquellos que no ocupasen mucho los sentidos, sino que levantasen el alma a Dios, como eran los montes que se levantaban de la tierra, que ordinariamente son pelados sin materia de sensitiva recreación” [23] .

            Los paseos, por ejemplo, pueden adquirir un significado nuevo: se trata de descubrir la presencia del Señor que – según la expresión poética de San Juan de la Cruz – “pasó por estos sotos con presura,/ y yéndolos mirando,/ con sola su figura / vestidos los dejó de hermosura” [24] .

            Así, pues, la persona no mira si el lugar para la oración tiene determinadas comodidades, porque esto quiere decir que está todavía apegada a los sentidos; sino que se preocupa, sobre todo, del recogimiento interior; olvidando todo lo demás, escoge para tal fin el lugar más libre de objetos y gustos sensibles y aparta la atención de todo esto, para poder gozar mejor de su Dios en la soledad de las criaturas [25] .

Descubrir las propias resistencias.

            El Espíritu obra en nosotros y nos santifica en la medida de nuestra disponibilidad. En esto entra la superación de nuestras resistencias hacia una apertura dócil y filial al Padre y al amor a las personas, arraigado en el corazón. La interioridad ha de ser educada, el amor debe ser purificado, y nuestras relaciones, hechas más respetuosas. Se trata de desenmascarar aquellos dinamismos que conviven dentro de nosotros y que nos impiden darnos con un corazón libre [26] .

            Es preciso tener el valor de individuar y llamar por su nombre las propias fragilidades,  las negativas que marcan nuestra vida; y conocer las propias resistencias para hablar de ellas con el Padre. Es preciso aceptar el paciente trabajo necesario para que la voluntad de Dios oriente nuestro pensamiento y nuestra conciencia. No hay hombre de oración que no haya sentido la necesidad y las ventajas de la ascesis interior y exterior.

            Quien tiene experiencia personal en la vida espiritual, sabe que este camino exige paciencia y perseverancia, que no se puede recorrer en solitario, puesto que el Espíritu nos precede y nos acompaña. Luego conocerá también, según va avanzando, los frutos de la pacificación progresiva, del crecimiento de su libertad, de la mansedumbre y de la caridad, que son los frutos de un camino de oración [27] .

Acceder con confianza al Padre.

          Ésta es la sugerencia de San Pablo [28] ; es la indicación de Jesús [29] . El Señor acepta el culto ritual, pero como camino y condición para el abandono espontáneo y transparente [30] . Hay ocasiones en las que podemos rezar sin palabras, pero no podemos nunca rezar sin el deseo profundo de encontrarnos con el Señor, de estar con Él. “Tu rostro buscaré, Señor” [31] es ya una forma de oración. Es frecuente hoy desear aquellos momentos de gozo y de emoción que se dan raramente o bajo el impulso de fuertes estímulos. Son una gracia, en la que no se fundamenta nuestra relación con Dios, sino con la que el Señor nos sostiene. Estamos en tiempos en que domina la emoción religiosa, el deseo de experimentar “otra cosa”, lo que está más allá de lo sensible. Esto vale también para los jóvenes, para los cuales autenticidad y sentimiento van unidos, aún en la experiencia religiosa.

            La amistad con el Señor requiere que nuestro deseo de encontrarnos con Él sea dentro de la oración y ésta dentro de la vida, como orientación y pasión: “Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo” [32] . No se trata, pues, de un deseo de cumplir obligaciones de oración, sino de un anhelo intenso de la presencia del Señor, de su amistad.

            A veces tememos acercarnos demasiado a Dios, o que Él nos manifieste demasiado claramente su voluntad. Miles de preguntas nos invaden: ¿qué me pedirá Dios? ¿adónde me conducirá? Lo que está en juego es mucho: se trata de mi vida. Podría cambiar la orientación de todo lo que he hecho; podría ser llamado a poner en discusión mis valores. Sucedió a los patriarcas, a los profetas, a los apóstoles, a los santos que, en cuanto a la oración, son ejemplos eximios. Podemos decir que nos sucede también a nosotros, a través de acontecimientos imprevistos, que cambian el curso, el ritmo o el tono de nuestra existencia.

            Con los demás, cada uno de nosotros entra en diálogo entre iguales. En cambio, con Dios todo es diverso. Él me dice: “Yo soy el Señor, tu Dios” [33] . Dijo Einstein: “Cuando me acerco a este Dios, debo quitarme los zapatos y caminar de puntillas, porque estoy en una tierra sagrada”. Y, sin embargo, no estamos en la región de la lejanía ni del temor, sino en la filial, del Espíritu, que es misterioso e inagotable: de ahí nacen siempre novedades de parte del Padre y de nuestra parte, según va avanzando la vida.

Hacer un camino de oración.

            En la oración hay también un camino de formación y de crecimiento permanente. Nadie, cuando es adulto o anciano, reza como cuando era niño, aunque puede mantener rasgos personales, madurados por la vida. La oración no sólo nos enriquece, sino que nos plasma por lo que ella es, y por los hechos de nuestra vida que asumimos a su luz. Algunos de nosotros, tal vez, han compartido la experiencia de monjes que han llevado adelante una vida de pura oración. Pero también es interesante y fecundo el diálogo sobre la oración con hermanos nuestros llegados a la madurez de la vida y del sufrimiento.

            Al asumir el compromiso de rezar, me abandono enteramente en Dios y me entrego en sus manos. Es a Dios a quien acojo; es a Él a quien me doy; con Él quiero caminar y de Él recibir mi propio ser, siempre renovado por los dones de su amor.

            La contemplación ofrece el momento más alto de la oración. Pero ella, como afirma Vita Consecrata, no es privilegio de un estado, sino dimensión esencial de los que sienten la propia vida “transfigurada” en Cristo [34] . Es la visión de fe, gozada en su dimensión unificante, que irradia luz y belleza.

            La oración así entendida es el acto adulto mediante el cual mi relación personal se abre respecto de Dios, consciente de mi irreductible sed de Él, como también de su amorosa búsqueda de mí.

            La oración supone también la salvaguardia de un tiempo suficiente, capaz de arraigar en mí y de expresar el significado más alto del acto de rezar. Si deseo llegar a una oración viva y vivificadora, que sea experiencia de amor con el “partner” único, no puedo dejar de reservar algunos espacios de mi vida, consagrándolos a estar de tú a tú con el Señor.

            Perseverar en este acto de fe pura y desnuda, durante un tiempo que no conoce prisa ni cálculo de ventajas personales, dedicado a estar simplemente en la presencia de Dios Padre (Él me mira, me ama y me trabaja, durante estos momentos que tocan lo profundo de mí en la soledad), aun cuando yo tenga la sensación de permanecer sin palabras y de perder mi tiempo: he aquí la exigencia y la garantía de una adoración en espíritu y en verdad. Es interesante ver el camino de oración de nuestros Siervos de Dios, en los que encontramos siempre tres características: la participación en las prácticas comunitarias, los tiempos personales de los que estaban ávidos y la unión en la vida.

            Aun siendo verdad que la oración puede dar paz interior a mi vida, serenidad de espíritu y eficacia en la acción, la finalidad principal no será sólo buscar estas ventajas, si en la oración quiero encontrar al Padre de Jesús y Padre nuestro, la experiencia del amor gratuito.

            Al darle al Señor mi tiempo humano, sin pedirle nada en cambio (efectos extraordinarios, progreso espiritual rápido y apreciable, etc.), me expongo al sol mismo de la divina gratuidad. Ésta es la gracia por excelencia del comprometerse a rezar: ser educados en la gratuidad, en una sociedad como la nuestra en la que todo es objeto de compraventa. Saber con indudable sabiduría que somos amados por Él y que Lo podemos amar y desear, constituye la gran riqueza de nuestra vida, que hace aparecer como secundarias todas las demás pretensiones.

            ¡Ésta es la bienaventuranza de una vida de oración! Quien sabe perder su tiempo con el Señor, aprende a dar a los hermanos la propia vida con generosidad gratuita, olvidado de sí mismo. La oración, como el amor, no tiene necesidad de justificación.

            Puesto que es el Espíritu quien reza en nosotros y que de Él aprendemos a dirigirnos al Padre, es más importante ponerse en sintonía y unión con Él que conocer definiciones descriptivas exactas sobre la oración. Éstas, sin embargo, ayudan a un mayor conocimiento y camino de purificación. Tomemos algunos elementos constantes, sacándolos de la experiencia de Jesús, de la Iglesia y de aquellos que la han contemplado y seguido más de cerca.

Dar la palabra a Dios

            “Tu voluntad es mi delicia” [35] . Hay que permitir que Dios nos diga lo que Él sabe que nos conviene.

            Él pronuncia la Palabra. Jesús se ha manifestado como la Palabra, el Verbo eterno del Padre. El Verbo es novedad. Lo es todavía. Así nacieron los carismas: movimientos de profecía que se desarrollan sólo en la escucha de Dios, en un mundo rutinario. Por eso, para nosotros consagrados, “escuchar” es gracia de subsistencia y de novedad. De hecho, estamos acostumbrados a buscar palabras en nuestra oración, con el peligro de no percibir lo que Dios quiere decirnos: su Verdad. Es Jesús mismo quien recomienda: “Cuando recéis no uséis muchas palabras” [36] .

            El tiempo que dedicamos en un equilibrado silencio o en un retiro a recomponer nuestra vida, no es tiempo perdido; es más, será la recuperación de un espacio abierto a la visita de Dios. Cultivar y usar un método para crear una área de silencio, será expresión del compromiso, sin el cual nadie puede hacer madurar los frutos más exquisitos de la reflexión de fe, de la oración y de la contemplación.

            Cuando sepamos mantener el silencio interior en medio del inevitable bullicio de la vida moderna y en el corazón mismo de la necesidad de hablar y comunicar, entonces el compromiso que hemos tomado con la oración producirá en nosotros uno de sus frutos más excelentes: seremos personas maduradas, concentradas, no disipadas, dueños de nuestra dimensión de interioridad. No se trata de un silencio sólo ascético, sino de una atención y de la espera de una palabra de amor. El salesiano expresa todo esto sin pausa: en él predominan la templanza, la razón unida a la religión, la bondad en la mirada optimista, aunque no ingenua, la esperanza en la fuerza redentora de Cristo.

Acoger la mirada de Dios en la profundidad del propio ser.

            La “mirada” tiene una abundante presencia en la Biblia y en el Evangelio. Significa la voluntad benévola, la atención paterna, la predilección, la vocación. A la mirada del Señor sigue con frecuencia el diálogo, que es ya invocación y programa de vida.

            La oración no es algo externo a aquel que reza. No hay distancia alguna entre la oración, la relación con Dios y el que la hace. Aun siendo un don, se empasta y se funde hasta tal punto con el modo de ser de cada uno, que rezar viene a ser la expresión más pura de la individualidad. Lo que yo soy delante del Creador, esto es mi oración.

            Donde ninguna otra mirada puede llegar, allá penetra la mirada luminosa de Dios. Él me ve y me enseña a verme como soy. Rezar es, pues, sentir y acoger la mirada paterna de Dios, sin impedírselo en el vano esfuerzo de querer obrar por sí mismo.

            Mi vida es, al mismo tiempo, un don y un compromiso: un don que se desarrolla sólo en el diálogo con el donante. Afirmar la propia participación en el amor de Dios a los hombres en un destino concreto, en una historia humana real: he ahí lo que es la oración.

            Creo que se puede resumir de este modo el aspecto tal vez más válido de la experiencia personal de oración: ésta es el ejercicio constante, que lleva a abrazar con alegría filial la voluntad del Padre en los acontecimientos de cada día. La práctica de la oración me pone en la condición de leer mi historia personal – por insignificante, absurda o contradictoria que me pueda parecer – como una revelación del amor de Dios, dentro de las coordinadas de mi existencia y del mundo. Nada de cuanto sucede en mi  vida y en mi mundo es extraño al amor de Dios.

            Dios es amor: dejándome amar por Él, me convierto en un misterioso instrumento de su amor en el mundo. Abriéndome a su iniciativa, descubro a un Dios solidario y comprometido en la marcha de la humanidad, particularmente en el dolor de todos los que sufren.

            Tercer milenio: ¡tiempo de místicos! La profundidad de los hombres y de las mujeres movidos por el Espíritu será lo que, verdaderamente, salve el sentido de nuestra vida y lo que desafíe la limitación de la visión del hombre.

La experiencia de algunos amigos de Dios.

            La oración es “expresión” de la vida en el mejor sentido del término. Por eso, lo que nos dicen quienes la han vivido intensamente en el amor y en el dolor tiene gran utilidad para nosotros. Escuchemos algún testimonio significativo

*        “(En la oración) el  coloquio se hace  hablando  verdaderamente  como  un  amigo

habla a otro amigo, o un siervo a su Señor: bien pidiendo algún favor, bien acusándose de alguna falta, bien comunicando las propias cosas y pidiendo consejo sobre ellas” (Ignacio de Loyola).

*        “Aquí no hay nad que temer, sino todo que desear, (...) la oración mental no es

otra cosa para mí, que una relación de amistad, un encontrarse frecuentemente de tú a tú con quien sabemos que nos ama” (Teresa de Jesús).

*        “La oración no es otra cosa que la unión con Dios (...). En esta unión íntima, Dios

y el alma son como dos trozos de cera fundidos juntos, que nadie puede separar (...). Nosotros nos habíamos hecho indignos de rezar. Pero Dios, en su bondad, nos ha permitido hablar con Él (...). Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios” (Cura de Ars).

*        San  Agustín  escribe a  Proba:  “Deseemos siempre la vida dichosa y eterna, que

viene de nuestro Dios y  Señor, y así estaremos siempre orando. Pero, con objeto de mantener siempre vivo este deseo, debemos, en ciertos momentos, apartar nuestra mente de las preocupaciones y quehaceres que, de algún modo, nos distraen de él y amonestarnos a nosotros mismos con la oración vocal, no fuese caso que, si nuestro deseo empezó a entibiarse, llegara a quedar totalmente frío y, al no renovar con frecuencia el fervor, acabara por extinguirse del todo.

            No es ciertamente malo o itútil el entregarse a la oración durante largo tiempo, siempre y cuando no nos lo impidan otras obligaciones buenas o necesarias. Ni hay que decir, como algunos piensan, que orar largamente sea lo mismo que orar con vana palabrería. Una cosa, son las muchas palabras y otra un porlogado estado de ámino. Lejos, pues, de nuestra oración la vana palabrería; pero que no la súplica insistente si perdura el fervor y la atención. Hablar mucho en la oración es como tratar un asunto necesario con palabras superfluas.

            Orar prolongadamente es llamar con corazón perseverante y lleno de afecto a la puerta de Aquel que nos escucha. Porque, con frecuencia, la finalidad de la oración se logra más con lágrimas y llantos que con palabras y expresiones verbales” [37] .

            Según estas experiencias, la oración es relación de amistad, que puede expresarse con el pensamiento, la acción, los sentimientos y la mirada, el silencio, la participación en la liturgia, la invocación rápida, la conversación tranquila según el ejemplo de Jesús: “Te bendigo, Padre” [38] . Es una relación de amistad y de amor. Y esto es lo que nos introduce justamente en la oración del salesiano.

 

2.   LA ORACIÓN DEL SALESIANO


            La oración del salesiano hace referencia especial a Jesús, Buen Pastor, y a Don Bosco, que fue una viva imagen suya entre los jóvenes.

            Para comprender su modalidad y el camino de crecimiento, es iluminador, ante todo, meditar en el Evangelio la oración de Jesús, Buen Pastor, que culmina en el don de la vida.

            Esta lectura, que es apasionante, por razones de espacio, os la dejo a vosotros [39] . Me detengo particularmente en la experiencia típica salesiana.

La semilla: Mamá Margarita.

            Los primeros pasos del camino de oración del salesiano los encontramos en las Memorias del Oratorio [40] . La narración pone en envidencia una constante que acompaña a Don Bosco en toda su existencia: el papel determinante de la dimensión religiosa del ambiente en que creció y en la mentalidad de Don Bosco. Eso le llevaba a ponerlo todo en relación con Dios, a través de diversos caminos: de la contemplación de la naturaleza al rezo de oraciones que eran ya patrimonio del pueblo cristiano.

            Don Bosco atribuye a la figura de su madre y a su acción educativa el mérito de haber arraigado en él el sentido de Dios y una visión de fe acerca de la realidad y de la historia. Margarita lo formó en el ejercicio de la presencia de Dios, lo orientó a rezar con la mente y con las palabras, le inspiró los principios de la vida cristiana, asegurando una siembra abundante de virtudes sólidas. Su aportación fue determinante para la futura misión de educador y de pastor.

            De la fe de la madre, el niño Juan adquirió la certeza de la existencia de un Dios grande en el amor. Percibió la realidad de un nexo inseparable entre nuestra frágil humanidad y su Amor misericordioso. Aprendió, existencialmente, que la confianza en Dios nunca es vana, aún en los momentos más desesperantes. Aquí radica su fe inconmovible, capaz de “trasladar las montañas”, y su esperanza robusta que lo impulsa a mirar más allá de toda perspectiva humana, a proyectar y a lanzarse valientemente a cosas que otros no habrían siquiera soñado remotamente. Y todo esto él lo evidencia en sus Memorias y nos lo indica a nosotros, sus lectores.

            La narración de Don Bosco es sintética, pero eficacísima: “Su mayor cuidado fue instruir a sus hijos en la religión, enseñarles a obedecer y tenerlos ocupados en trabajos compatibles con su edad. Era yo muy pequeño, y ella misma me enseñaba a rezar; cuando ya fui capaz de unirme a mis hermanos, me ponía con ellos de rodillas por la mañana y por la noche y, todos juntos, rezábamos las oraciones y la tercera parte del Rosario” [41] .

            En la acción educativa de Margarita hay algo más que una formación religiosa. “Dios – afirma Don Lemoyne – estaba siempre en sus pensamientos y en sus labios (...). Dios te ve: era la palabra con que les recordaba que siempre se encontraban bajo la mirada del Dios grande, que un día los habría de juzgar. Si les permitía ir a entretenerse por los prados vecinos, les decía al despedirlos: Acordaos de que Dios os ve. Si alguna vez los veía pensativos y temía que en el ánimo ocultasen pequeños rencores, les susurraba al oído: Acordaos de que Dios os ve y ve también vuestros pensamientos, aún los más secretos (...).

            Con la contemplación de la naturaleza Margarita despertaba continuamente en ellos la memoria de su Creador. En las hermosas noches estrelladas, salían fuera de casa, señalaba al cielo y les decía: Dios es quien ha creado el mundo y ha colocado allí arriba tantas estrellas. Si el firmamento es tan hermoso, ¿cómo será el paraíso? En la primavera, a la vista de una linda campiña, o de un prado cubierto de flores, al despuntar la aurora serena, o ante el espectáculo de un ocaso rosáceo, exclamaba: ¡Qué cosas tan hermosas ha hecho el Señor para nosotros!” [42] .

Don Bosco hombre de oración [43] .

            Sería inexacto históricamente pensar que la oración de Don Bosco se hubiera quedado en estos niveles. La experiencia “oratoriana”, educativa y pastoral, con los muchachos pobres y con los discípulos jóvenes, produjo en él un salto hacia una “oración apostólica”, hacia la contemplación en la acción, y el éxtasis frente a la acción de Dios en el alma de los jovencitos. Así empezó y se desarrolló aquella unión entre la actitud de oración y la vida emprendedora, empapada de esperanza y de audacia, que suscitó inicialmente interrogantes acerca de su santidad, dado que alguien lo juzgó sólo un “emprendedor” de Dios, pero que resultó ser luego paradigma para la oración y la vida del salesiano.

            Un método análogo al de Mamá Margarita, madurado en la experiencia pastoral y en el sacrificado servicio educativo, será el que use Don Bosco con sus jóvenes. En efecto, al comienzo de su manual de oración, El Joven cristiano, al enumerar Las cosas necesarias a un joven para alcanzar la virtud, él parte del Conocimiento de Dios: “Levantad los ojos, queridos hijos míos, y observad cuanto existe en el cielo y en la tierra. El sol, la luna, las estrellas, el aire, el agua, el fuego, cosas son todas que en otro tiempo no existían (...). Pero hay un Dios que existe eternamente y que con su omnipotencia las sacó de la nada creándolas” [44] . Ambas experiencias le sirvieron para convertirse en el iniciador de los jóvenes en la comunión con Dios.

            Educado en saber contemplar a Dios en la naturaleza y en los acontecimientos humanos, especialmente los que se referían a los jóvenes confiados a él, Don Bosco formaba a sus muchachos en esta “mirada simple”, reveladora del amor de Dios. Por esto, era un atento observador de la historia humana y de la Iglesia, de la que había sido narrador eficaz para los jóvenes. Y sus muchachos aprendían.

            De Miguel Magone, durante unas vacaciones en I Becchi, el santo cuenta: “Una noche, mientras nuestros muchachos estaban ya acostados, oí que alguien lloraba. Me acerco con cuidado a la ventana y descubro a Miguel, en un ángulo de la era, mirando a la luna y llorando entre suspiros. - ¿Qué te ocurre, Miguel? ¿Te sientes mal?, le dije. Él, que pensaba estar solo, se turbó y no acertaba a responder. Pero, al insistir yo, contestó con estas precisas palabras: - Lloro al observar cómo la luna aparece con inalterable regularidad después de tantos siglos para alumbrar en medio de las tinieblas de la noche, sin permitirse jamás una desobediencia al Creador; yo, en cambio, dotado de razón, que debiera haber sido exacto cumplidor de las leyes de Dios, le he desobedecido mil veces y le ofendí de mil maneras a pesar de mis pocos años. – Dicho esto, se puso a llorar de nuevo. Lo consolé lo mejor que pude, se calmó poco a poco y se fue a descansar” [45] .

            Don Bosco comenta con admiración esta capacidad de Miguel de “descubrir en todo la mano del Creador y la obligación de toda criatura de prestarle obediencia” [46]

Siguiendo a San Francisco de Sales.

            Todo esto se coloca en la línea de la espiritualidad de San Francisco de Sales, el cual, en la segunda parte de la Filotea (donde se encuentran indicados “algunos consejos para la elevación del alma a Dios”), después de la presentación de la oración mental, sugiere otras cinco clases de oraciones breves, que son “complemento y añadidura de la gran oración”: las oraciones de la mañana, las de la noche, el examen de conciencia, el recogimiento espiritual y las aspiraciones a Dios. A este último tipo de oración, hecho de “breves pero ardientes aspiraciones del corazón” hacia Dios, Francisco invita al devoto: “Admira su belleza, invoca su ayuda, arrójate en espíritu al pie de la Cruz, adora su bondad, pídele que te conceda la salvación, ofrécele mil veces al día tu alma, clava tu mirada interior en su corazón, tiende las manos hacia Él, como el niño pequeño a su padre, a fin de que Él te guíe; lleva su imagen sobre tu pecho como un ramillete de flores delicioso; clávalo en tu alma como un estandarte” [47] .

            Este tipo de aspiración a Dios lo compara el santo con el pensamiento de los que se aman: “Tienen casi siempre su pensamiento en la persona amada, su corazón henchido de afecto hacia ella, su boca llena de alabanzas (...); así también los que aman a Dios no pueden dejar de pensar en Él, respirar para Él, aspirar y hablar de Él, y querrían, si fuese posible, grabar sobre el pecho de todos los hombres el santo nombre de Jesús” [48] .

            “A ello te invitan todas las criaturas – escribe aún San Francisco de Sales -. No hay criatura que no pregone las alabanzas de la Suma Bondad (...); todas las cosas te incitan a buenos pensamientos, de los cuales nacen después muchos movimientos y muchas aspiraciones hacia Dios. He aquí algunos ejemplos (...)” [49] . Los ejemplos que presenta el santo están tomados de la hagiografía y de la vida cotidiana, o de espectáculos de la naturaleza. “Cierta alma devota, contemplando un riachuelo cuyas aguas reflejaban las estrellas en noche serena, exclamaba: ¡Oh Dios mío! Esas mismas estrellas estarán bajo mis pies cuando me hayas alojado en tus tiendas (...). Otra persona, al contemplar los árboles florecidos, suspiraba: ¿Por qué yo solo me encuentro sin flores en el jardín de la Iglesia? Otra, ante unos pollitos reunidos alrededor de la madre, decía: ¡Oh, Señor, consérvame bajo la sombra de tus alas!” [50] .

            Así enseña San Francisco de Sales. Del mismo modo, Juanito era guiado e instruido por su madre en los caminos de la fe y de la contemplación, y adquiría aquel sentido profundo del Dios presente, que lo acompañará toda la vida. Sabemos – como todavía se expresa San Francisco de Sales – que en este ejercicio simple de contemplación y de recogimiento espiritual, que desemboca en breves aspiraciones, en buenos pensamientos y en jaculatorias espontáneas, “estriba la gran obra de la devoción; puede suplir la falta de todas las demás oraciones, pero la falta de ésta no puede ser reemplazada con otro medio alguno. Sin él no puede existir la vida contemplativa, ni tampoco, cual conviene, la vida activa” [51] .

            Don Bosco es también sensible a las maravillas de la naturaleza, pero mucho más a las del ánimo juvenil que supera los propios movimientos malos, acoge las invitaciones de la gracia y se abre generosamente a Dios.

            Contemplativo de la salvación, extasiado ante la obra de Dios en la vida, lleno de admiración frente a Domingo Savio, se conmueve ante los muchachos de la cárcel, invoca la ayuda de María Auxiliadora a la vista de los habitantes de la Patagonia, suspira por la evangelización del Asia.

El marchamo oratoriano.

            En este clima, en Valdocco el espíritu y la práctica de la oración estaban estrechamente unidos con la caridad educativa. Se podía leer en la cara de sus habitantes, muchos de los cuales formarán la primera generación salesiana: “Conocimos nosotros –escribe Don Ceria – a aquellos hombres tan diferentes en ingenio y cultura, tan desiguales en sus aptitudes: pero mostrando todos ciertos rasgos característicos comunes, que casi constituían como sus rasgos de origen. Serena calma en el decir y en el obrar; excelente paternidad de modos y de expresión; pero, especialmente, para no salirnos de nuestro tema, una piedad que bien se veía que era en su concepto el ubi consistam, el sello de la vida salesiana. Oraban mucho, oraban devotísimamente: se afanaban para que se orase mucho y se orase bien; parecía que no sabían decir cuatro palabras en público o en privado, sin hacer entrar, de alguna manera, la oración. A pesar de ello, (...)no parecía que aquellos hombres tuviesen gracias extraordinarias de oración. Así los veíamos cumplir con ingenua sencillez nada más que las prácticas prescritas por la regla o admitidas por nuestras costumbres”. Amaban a Dios y, en Él, a los jóvenes. He aquí el comentario sobre la unión entre momentos de oración y vida, entre oración explícita y misión.

            La oración que Don Bosco practica y trata de enseñar a sus hijos es lineal y simple en sus formas, auténtica, completa y popular en la sustancia y en los contenidos, alegre y festiva en las expresiones. Es verdaderamente una oración al alcance de todos, de los niños y de los humildes en particular, y toma cuerpo en lo que él llama “prácticas de piedad”.

            Escribe Don Caviglia que Don Bosco no ha creado ninguna nueva forma especial de práctica o de oración o devoción como el Rosario, los Ejercicios Espirituales, el Via Crucis y otras semejantes. Él está abierto a las fórmulas y, en cierto sentido, también a las formas de piedad de las que, como educador, comprende su utilidad; es realista, mira a la sustancia, a la relación con Dios y a su reflejo sobre la vida: rezar es tener un trato de amistad con Él por lo que se pasa fácilmente, del estar a solas con Él, a su servicio en el prójimo.

            Es verdad que Don Ceria escribe que Don Bosco no dedicaba largo tiempo, como hicieron otros santos (Cura de Ars, San Antonio M