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La comunidad salesiana - núcleo animador

CARTA DEL RECTOR MAYOR - JUAN VECCHI


“EXPERTOS, TESTIGOS Y ARTÍFICES DE COMUNIÓN”
La comunidad salesiana - núcleo animador.

Introducción. - I. Una nueva fase en nuestra vida comunitaria. - 1. Expectativas concentradas. - 2. Núcleo animador. - 3. Punto de llegada. - 4. El momento actual. - 5. El modelo de referencia. - II Un itinerario comunitario para llegar a ser núcleo animador. - 1. Volver a diseñar la misión. - 2. Vivir y proponerse comunicar una espiritualidad. - 3. Hacer de la comunidad salesiana una “familia” capaz de suscitar comunión en torno a la misión salesiana. - 4. Dar a nuestra acción educativa y de la CEP el dinamismo misionero del “Da mihi animas”.- 5. Vida fraterna y trabajo pastoral para crecer.- Conclusión.

Roma, 25 marzo 1998.
Solemnidad de la Anunciación del Señor

Queridos hermanos:
El año 1998 encuentra ocupadas a todas las Inspectorías en la preparación y en el desarrollo de los Capítulos Inspectoriales. Es una gracia otorgada por el Señor con generosidad a cada una de nuestras noventa y una circunscripciones, que se verterá sobre toda la vida de la Congregación. No pensamos en estos Capítulos como mero cumplimiento de unas órdenes o como asambleas deliberativas. Son para nosotros experiencias, celebraciones y momentos de lanzamiento de la comunión que nos une en la consagración religiosa y en la misión juvenil.
Los Capítulos Inspectoriales reflexionarán e indicarán las líneas operativas sobre la participación de los seglares en el carisma salesiano y, por consiguiente, en una responsabilidad mayor de animación que se nos va trazando. En este sentido deben dar una aportación que marcará nuestro futuro.
Este acontecimiento congregacional se inserta en un movimiento eclesial que se observa inmediatamente a través de los seis Sínodos que preceden al Jubileo: la realización visible y operativa de la comunión según las nuevas dimensiones de la Iglesia y del mundo. He tenido experiencia personal de ello en el Sínodo de América del cual, junto con otros, he formado parte.
Esto me ha sugerido el argumento de esta carta que os envío como estímulo para la reflexión más que como presentación completa del tema, dada la amplitud y complejidad que supone
Mi reciente visita a África para la erección canónica de dos nuevas Visitadurías, ha sido, aunque no hubiera sido necesario, una nueva prueba de las potencialidades que hay en la vida fraterna “salesiana”, la que es fiel al espíritu y estilo de los orígenes, codificados hoy en las Constituciones y en los Reglamentos: potencialidad para todos nosotros, para la misión, para los jóvenes que llegan a nuestros ambientes, para aquellos que están dispuestos a colaborar con nosotros y para el pueblo. Está justificado, pues, prestarles, en este momento, una atención especial.


I. Una nueva fase en nuestra vida comunitaria.

Expectativas concentradas.
Los últimos Capítulos Generales han formulado orientaciones y propuestas orgánicas para la educación de los jóvenes a la fe y para la participación de los seglares en la misión salesiana. La realización de éstas propuestas requiere dar vida a algunas realidades íntimamente relacionadas con ellas: la creación de la comunidad educativo-pastoral, su animación por parte del grupo de Salesianos, la lectura de la situación y de la mentalidad juvenil actual; la elaboración del proyecto educativo-pastoral. El conjunto configura el “modelo” pastoral, según el cual intentamos actuar, con las condiciones operativas para afrontar el momento presente con fidelidad al criterio del Sistema Preventivo.
Leyendo estas orientaciones, aunque sea con un mínimo de atención, se capta enseguida que la posibilidad de traducirlas en práctica se fundamenta en un factor que se considera sólido y que se da por descontado: la comunidad salesiana.
La comunidad, en efecto, está invitada a leer los retos que provienen de los jóvenes y a pensar en el camino que hay que proponer para que su fe madure. La comunidad está llamada, además, a vivir y comunicar una espiritualidad, sin la que son inútiles los esfuerzos para poner a los jóvenes en contacto con el misterio de Jesús. A la comunidad se le encomienda la tarea de convocar, implicar, corresponsabilizar y formar a los seglares.
La comunidad está siempre presente en las orientaciones, aunque no siempre sea su tema explícito. Es el sujeto y el primer destinatario de las propuestas. Es su punto de referencia y su responsable.
De ello encontramos una verificación permanente en las reuniones y en los documentos en los cuales se estudian las condiciones de nuestra fecundidad vocacional, de nuestra significatividad y de nuestra renovación. Después de haber buscado qué hacer sobre el problema en cuestión, tras haber comprendido el cómo y el por qué hacerlo, cuando se llega a la pregunta de quién lo puede realizar, la conclusión normal es: se necesita una comunidad que … y siguen las condiciones.
¿A qué comunidades se refieren estas expectativas? ¿A la comunidad local, a la inspectorial o a la mundial? Se sobreentiende siempre los tres niveles que actúan conjuntamente y interrelacionándose, como indican las Constituciones: “Las comunidades locales son parte viva de la comunidad inspectorial”; “La profesión religiosa incorpora al salesiano en la comunión de espíritu, de testimonio y de servicio que la Congregación vive en la Iglesia universal”, es decir en la comunidad mundial.
Pero examinando mejor las deliberaciones de los dos últimos Capítulos Generales se percibe que el punto central, del cual se parte y al que se vuele, es la comunidad local. A ella se le asignan la mayoría y los más importantes compromisos. A la inspectoría se la pide asegurar las condiciones para que las comunidades locales funcionen, proyectar la misión sobre el territorio, animar, apoyando y estimulando, y crear una comunicación enriquecedora entre las comunidades locales.
No se cuestionan la identidad, la organización mundial o las orientaciones que garantizan nuestra unidad y los espacios de creatividad para cada Inspectoría. Los estímulos, directrices y subsidios producidos por los Capítulos y por el Consejo General no son sólo muchos, sino que traducen fielmente la renovación eclesial y aparecen adecuados al tiempo en que vivimos.
A lo que, en primer lugar, se mira y en función de lo cual se mide es la vitalidad, la capacidad de reacción de las que podemos llamar las células o los órganos de la Congregación: las comunidades locales y, en función de éstas, las comunidades inspectoriales.
No es difícil comprender sus motivos. Las comunidades locales son el lugar de nuestro cada día: allí expresamos nuestra vida consagrada y la calidad de nuestro compromiso por la educación. Están en contacto directo con los jóvenes y con la gente, sienten en su propia piel las situaciones y deben pensar en el testimonio de vida y en las iniciativas apostólicas con las cuales darles solución. Las condiciones operativas tienen su banco de prueba en la comunidad local, en ella se puede verificar su validez y evaluar si son realizables en nuestras actuales condiciones.
Hay otra razón: Sólo implicando a las comunidades locales se pueden comprometer todos o al menos el mayor número de hermanos en el esfuerzo de reflexionar sobre una pedagogía de la fe y una nueva dinámica comunitaria. Inspectorial y mundialmente hay pocos hermanos ocupados, si bien sus funciones son de gran importancia e incidencia.
La comunidad pues, sobre todo la que está bajo la mirada directa de los jóvenes y del pueblo, en la que se desenvuelve nuestra vida, es el punto donde se concentran las grandes expectativas de significatividad y de eficacia apostólica.
Las expectativas significativas se expresan bien por las perspectivas teológicas de las cuales son ricos tanto el documento La vida fraterna en comunidad, como la parte de la Exhortación apostólica Vita Consecrata que tiene por título “Signum fraternitatis”. Son páginas que hay que meditar nuevamente para seguir sacando siempre nuevas motivaciones espirituales y prácticas; son: imagen de la Trinidad, signo de la comunión eclesial, manifestación profética del seguimiento, escuela de amor cristiano, lugar donde se hace experiencia de Dios.
Las expectativas “salesianas” se han representado también en imágenes que dan, inmediatamente, la idea de las exigencias y de los resultados: la comunidad es y se construye como familia; se conviete en signo, escuela y ambiente de fe; la imaginamos como lugar privilegiado para la formación continua.
En continuidad con estas imágenes el CG24 ha hecho emerger con fuerza especial una que corresponde a la fase de renovación que estamos recorriendo, y que es su clave y el motor: el núcleo animador.
Sobre esta imagen quiero detenerme de manera especial en esta carta, mirando desde este punto de vista las otras dimensiones de la comunidad.

Núcleo animador.
Es ya una expresión corriente en nuestro vocabulario: Indica un punto base en nuestra manera actual de concebir el trabajo pastoral, íntimamente unido a otros no menos importantes, como la participación de los seglares en la misión, el crecimiento de la comunidad educativa, la elaboración del proyecto, la participación del estilo pedagógico, la comunicación de la espiritualidad salesiana.
Con éstos forma un “sistema”; por lo que los otros puntos no son posibles si no se realiza lo que se afirma del núcleo animador. Y viceversa no se comprenden los fines y el sentido práctico de la expresión “núcleo animador” si ésta no se refiere a todo el “sistema”. Lo expresa bien el artículo 5 de los Reglamentos Generales, que figura en la lista de indicaciones que guían nuestra praxis pedagógica y pastora: “La actuación de nuestro proyecto requiere que se forme la comunidad educativo-pastoral en todos los ambientes y obras. Su núcleo animador es la comunidad religiosa”.
La frecuencia de la expresión en los Capítulos 23 y 24, y las esperanzas que se vierten sobre su comprensión y su funcionamiento han llamado, justamente, la atención de los hermanos. Éstos han comprendido que es urgente ponerse a llevar a la práctica las afirmaciones capitulares. Y siendo ésta todavía una fase de roturación, hacen preguntas en cuanto a la concepción y a la realización.
Considero más que justiciadas las no pocas solicitudes de aclaración dirigidas a mí y a los miembros del Consejo cuando tenemos la suerte de estar con ellos. Considero, a gusto, algunas de estas preguntas, observando, sin embargo, que en las respuestas no se encuentran soluciones inmediatas, ni universales. Son, por el contrario, útiles como puntos de acuerdo, como recogida de experiencia ya hecha y como estímulo para continuar la búsqueda, la experiencia y la codificación de la praxis.
¿Qué entendemos por “núcleo animador”? Es un grupo de personas que se identifica con la misión, el sistema educativo y la espiritualidad salesiana y asume solidariamente la tarea de convocar, motivar e implicar a todos los que se interesan por una obra, por formar con ellos la comunidad educativa y realizar un proyecto de evangelización y educación de los jóvenes.
El punto de referencia para este grupo es la comunidad salesiana. Esto quiere decir que los Salesianos, todos y siempre, forman parte del núcleo animador. Cada uno, anciano o joven, directamente comprometido en funciones operativas o en reposo, aporta lo que su preparación y situación permiten.
Quiere decir, también, que los seglares forman parte de ella según las condiciones enunciadas anteriormente.
Quiere decir, incluso, que el núcleo local puede estar formado principalmente por seglares, teniendo siempre detrás un apoyo suficiente, en el lugar o en la Inspectoría, por parte de los Salesianos. Esto sucede en las obras que últimamente hemos tenido que animar a través de una tutela, un patrocinio o presencia de garantía.
Hay que subrayar que la comunidad “salesiana”, su patrimonio espiritual, su estilo pedagógico, sus relaciones de fraternidad y de corresponsabilidad en la misión representan siempre el modelo de referencia para la identidad pastoral del núcleo animador.
El modo de referencia hacia el cual se apunta, que se debe intentar realizar en los planes inspectoriales de reestructuración y de nueva programación, es el de una comunidad salesiana presente, en número y calidad suficientes, para animar, junto con algunos seglares, un proyecto y una comunidad educativa, admitiendo que ésta permite variedades de realizaciones en cuanto al número de hermanos y funciones.
La segunda modalidad, en la que son sólo seglares los que constituyen el núcleo animador inmediato, es complementaria: es una posibilidad abierta que soluciona casos especiales tanto de personal como de iniciativas y que mira siempre al “núcleo salesiano” como modelo carismático para inspirarse y para apoyarse en él.

3. Punto de llegada.
Con relación a las anteriores indicaciones, alguno pregunta si se trata de una necesidad o de una opción. Se debe decir que el camino de la Iglesia, los cambios en la sociedad con incidencia en el área educativa, los tiempos de reflexión y de evaluación por nuestra parte, han confluido, con toda claridad, en el concepto de comunidad-núcleo animador. Hoy no se cuestionan las convicciones y las grandes orientaciones, sino las realizaciones concretas y nuestra capacidad de ponerlas en práctica.
Conviene recordar, al menos señalándolos, los motivos de las opciones ya que sugieren actitudes útiles.
Las iniciativas educativas y pastorales hoy se han abierto y se rigen por criterios de participación. Trabajan en nuestras obras numerosos seglares que, habiendo aumentado últimamente, constituyen una “mayoría numérica”; intervienen padres y colaboradores; se unen a organismos civiles y a otras entidades educativas; se abren a los barrios y a una red de amigos y patrocinadores: es un mundo de gestión compleja en el que no todo se puede hacer directamente y que requiere responsabilidades complementarias y competencias diversas.
Mientras los ambientes educativos tradicionales adquieren nuevas dimensiones, los espacios y las iniciativas para llegar a los jóvenes, con programas adecuados a sus distintas condiciones, se diversifican y se multiplican. Por una parte se nos pide gestionar ambientes cada vez más grandes y complejos y, por otra, existe el reclamo de nuevos campos educativos suscitados por las necesidades y las pobrezas actuales. Esto ha supuesto y supone no sólo mayores fuerzas desde el punto de vista numérico, sino más competencia y más unión en todos los sentidos según la naturaleza compleja de la sociedad.
Todo esto, no obstante, ha sido sólo el detonante. La razón determinante que nos ha llevado a concebir la comunidad como núcleo animador, es la nueva estación que vive la Iglesia. Ésta revela un agudo conocimiento de ser comunión con Dios y entre los hombres y toma la comunión como camino principal para realizar la salvación del hombre.
Esto tiene que producir notables cambios en la praxis pastoral. Todo adquiere sentido y dimensión a la luz de la comunión. Las comunidades eclesiales se convierten en sujetos solidarios de la misión. Internamente se valoran las vocaciones de los religiosos, de los ministros ordenados y de los seglares, según el don específico que el Espíritu ha dado a cada uno. Sus respectivas experiencias actúan entre sí enriqueciéndose y se ocupan conjuntamente en la evangelización, que resulta “nueva” incluso por este elemento: el sujeto eclesial que la realiza, en el que hoy sobresale la importancia del laicado.
No ha sido un camino corto. El duro trabajo preconciliar, la reflexión del Concilio, el esfuerzo de adaptar la vida de la Iglesia y la pastoral en el post-Concilio, la síntesis doctrinal y la práctica madurada en estos años que nos llevan hacia el dos mil, los Sínodos sobre los seglares, sobre los ministros ordenados y sobre la vida consagrada y las correspondientes Exhortaciones Apostólicas, han aclarado que las diferentes vocaciones se complementan, se enriquecen y se coordinan; más aún, no logran tener una identidad original si no es en la mutua referencia dentro de la comunión eclesial.
Nosotros, por otra parte, vemos esta forma de ser religiosos y de trabajar por los jóvenes en el momento naciente de la Familia Salesiana. Desde el comienzo Don Bosco implica a muchas personas con su testimonio y la novedad de su trabajo, suscita adhesión por parte de eclesiásticos y seglares; atrae hacia su obra a hombres y mujeres que le ayudan a dar catecismo, a organizar escuelas y talleres, a animar los patios, a colocar a los más necesitados con algún honesto patrón. Con éstos crea grupos y formas ocasionales de cooperación.
Cuando ve la necesidad de recoger a algunos jóvenes en su casa, crea una familia con la colaboración de Mamá Margarita, con la que comparte el gobierno de la casa. Su diseño es la unión de todos los “buenos” y la máxima extensión de la colaboración. Sueña esta colaboración, la propone, se lanza a realizarla con invitaciones de palabra, con la amistad y por carta.
Pronto logra convencerse de la necesidad de los “consagrados”: no sólo por que la continuidad de la obra requería personas enteramente disponibles para los jóvenes, sino por la cualidad “religiosa” de la educación que le preocupaba tanto que quería que al frente hubiese un sacerdote. No se trataba en efecto solamente de liberar a los jóvenes de una situación de pobreza económica o de prepararles para la vida con los estudios y el aprendizaje de un oficio; ni educar, solamente, el sentido religioso o la conciencia, sino el hacerles encontrar a Jesucristo vivo a través de la gracia de la fe, la eficacia de los sacramentos y la participación en la comunidad eclesial.
Las vocaciones “a la consagración” habría que encontrarlas entre los mismos jóvenes. Por eso comenzó a reunir algunos, les invitó a formar una Sociedad; les pidió quedarse con Él para siempre, comprometerse en una obra de caridad a tiempo pleno y por siempre, entregar su propia vida al seguimiento de Cristo obediente, pobre y casto para un servicio fiel a Dios y a los jóvenes.
Nuestro carisma ve, pues, la luz en un contexto de comunión “familiar y educativa”, animado por una apertura casi sin límites a la colaboración en el bien a diversos niveles, con un preciso plan de crear cooperación, solidaridad y comunión.

4. El momento actual.
En los últimos tiempos se ha reflexionado mucho sobre la comunidad consagrada.
Interesaba la calidad de la vida fraterna en relación con las exigencias legítimas que hoy emergen en las comunidades, con las condiciones de vida que estas requieren, con las nuevas posibilidades de relación y comunicación que se descubren como consecuencia de la cultura, de la renovación eclesial y de la actual sensibilidad de las personas.
Interesaba, también mucho, el servicio a la comunidad cristiana y humana que las comunidades consagradas están llamadas a desarrollar en el momento particular de la Iglesia (evangelización, ecumenismo, diálogo interreligioso) y frente a las circunstancias actuales del mundo (paz, comunicación, reconciliación, conflictos étnicos, caracter intercultural de la sociedad, globalización).
Los dos niveles se cruzan, son interdependientes: se llega a ser “expertos” de comunión a través de una experiencia de fraternidad en Cristo. Por esto lo uno arrastra a lo otro; los dos deben ser despertados y renovados en una fase en la cual la comunidad debe tener en cuenta algunas condiciones.
Una es su composición actual: disminuye el número de miembros en las comunidades y en algunos casos se está al límite. Además de encontrarse con un número escaso, los hermanos pertenecen a distintas generaciones; a veces, es preponderante la presencia de personas maduras de edad o ancianas. Esto no supone una desventaja, sobre todo si se vive positivamente, como posibilidad de dar mayor responsabilidad a cada uno, en cuanto al número reducido, y como oportunidad de intercambio y de experiencia carismática entre generaciones, en el caso de que la mayoría sean ancianos. Pero ciertamente tal composición requiere una nueva capacidad de relaciones y adaptaciones varias.
Un segundo elemento que hay que considerar se refiere a la relación que se está creando entre comunidad y obra apostólica. En alguna parte no se tiene ya la responsabilidad exclusiva de la obra; no todos los componentes de la comunidad religiosa están implicados en ella; con frecuencia están distribuidos en los diversos sectores con poca comunicación entre ellos. Se nota la desproporción entre el personal religioso y la dimensión de la obra. Hay, como consecuencia, abundante intercambio de ideas y participación de responsabilidades entre religiosos todavía activos y los seglares que colaboran, y menos con los miembros de la comunidad religiosa. En muchos casos la sobrecarga de funciones aleja a algunos hermanos del ritmo regular de encuentro con la comunidad.
Un tercer elemento es la mayor inserción de la comunidad en la dinámica de la Iglesia y una mayor apertura al contexto social. La vida consagrada se ve no como un “retirarse” de las cuestiones que interesan al hombre, sino como un meterse dentro de ellas con una aportación original y para una misión específica. Por consiguiente se da una multiplicación de relaciones e intercambios con el exterior. El tiempo para la comunidad es menor y está menos recogida y menos protegida, más empapada por la complejidad de la vida y por los estímulos del ambiente. Complejidad, acontecimientos, tendencias e imágenes penetran a través de los medios de comunicación social cada vez más individualizados y desafían no sólo a la calidad y a la frecuencia de relaciones, sino también a la capacidad de juicio evangélico de la comunidad.
El hecho más importante se refiere no obstante al paso de la insistencia sobre la vida en común a la de la vida fraterna determinado por las circunstancias del trabajo y por las nuevas necesidades de las personas.
Los dos términos, vida común y vida fraterna en comunidad, dan inmediatamente la idea correcta. Se distingue, pues, con facilidad su distinta importancia. “Vida en común” quiere decir “habitar juntos en la propia casa religiosa legítimamente constituida” y realizar juntos los mismos actos (rezar, comer, trabajar, etc.) según las mismas normas. Para la vida común es importante reunirse físicamente.
“Vida fraterna en comunidad” quiere decir sobre todo acogida de la persona, calidad de las relaciones interpersonales, amistad, posibilidad de verdadero afecto, alegría de estar y trabajar juntos, participación activa de todos en la vida del grupo. Hoy miramos más a la unión de las personas, a la profundidad de las relaciones, a la ayuda y apoyo mutuo, a la valoración y papel activo de cada uno, a la convergencia de los objetivos.
Vida común y fraternidad están enlazadas. “Ciertamente la “vida fraterna” no se realiza automáticamente por la observancia de las normas que regulan la vida común, pero es evidente que la vida en común tiene la finalidad de favorecer intensamente la vida fraterna”.
Es necesario encontrar un equilibrio: ni pura comunión de espíritu de tal forma que se minusvaloren las manifestaciones de la vida común; ni tanta insistencia legal sobre la vida común que lleve a poner en segundo lugar los aspectos más sustanciales de le fraternidad en Cristo: “Amaos los unos a los otros, en esto conocerán que sois mis discípulos”.
Nuestras Constituciones ayudan a comprender y a realizar este equilibrio y fusión entre los dos aspectos. Nos dicen que tenemos momentos en común: éstos, caracterizados por el espíritu de familia, tienden a crear entre nosotros una relación madura, a abrirnos a la comunicación, a hacernos capaces de compartir “alegrías y penas (…) experiencias y proyectos apostólicos”.
El buen orden y equilibrio de los dos elementos realiza el deseo y la exigencia de formar verdaderas comunidades, de acuerdo con las condiciones de cada grupo y con las aspiraciones de la persona; comunidades profundamente renovadas tanto si son pequeñas, medianas o grandes, que deban animar obras tradicionales o que estén metidas de una forma más viva entre la gente, pero siempre capaces de ayudar a las personas a crecer humana y religiosamente, a expresar con más transparencia lo que creen y comunican, aptas para suscitar el deseo de pertenencia, es decir comunidades con capacidad vocacional.

5. Nuestro modelo comunitario.
Todas las formas de vida religiosa tienen en la comunidad un elemento indispensable pero cada una la realiza con características propias y de diversa forma.
Nuestra vida comunitaria refleja sobre todo la vivida por Jesús con los Apóstoles. Él los eligió “para estar con Él, para mandarlos a predicar con poder de echar los demonios”. Desde entonces, y por la fuerza de esta llamada, formaron un grupo solidario, fiel al Maestro y a su causa. Juntos gozaron de la familiaridad de Jesús y escucharon explicaciones exclusivas sobre el misterio del Reino. Juntos fueron testigos directos de algunos momentos y partícipes de acontecimientos centrales de la vida de Jesús. Juntos aprendieron de Él a rezar en la soledad y en el contacto con los hombres; fueron solidariamente encargados de ordenar a la multitud en la multiplicación de los panes y todos, aunque en distintas aldeas, fueron enviados a preparar la llegada de Jesús y a anunciar el Evangelio. Se reunían en torno al Señor para comentar las peripecias de sus recorridos y hasta tenían disputas pasajeras sobre la naturaleza del Reino y sobre su participación en la causa de Jesús. Jesús les enseñó las aptitudes necesarias para seguirle y para construir la unión entre ellos: el servicio, el perdón, la humildad en las exigencias, el no juzgar, la generosidad desinteresada. Junto a la predicación del Evangelio y “para que el mundo crea”, les mandó que vivieran unidos; rezó por ellos “para que todos sean uno”. Juntos, con María, recibieron el Espíritu Santo y se dedicaron a crear las comunidades, animándolas con la palabra, la Eucaristía y el servicio de la autoridad.
Este modelo apostólico está representado por la experiencia carismática de nuestros comienzos. Don Bosco, siguiendo a Cristo Buen Pastor, reúne en torno a sí discípulos jóvenes que le son amigos para que compartan con él el servicio de los oratorios. Les pide que se queden con Él y ocuparse en favor de los jóvenes totalmente y siempre. Se lanza con ellos hacia regiones que llevan a la expansión de la Congregación y afina los rasgos espirituales que dan una fisonomía típica a su familia.
Es una comunidad no sólo para los jóvenes sino con los jóvenes: comparte la vida con ellos y se adapta a sus exigencias. La presencia de los jóvenes determina los horarios, el estilo de trabajo, las formas de rezar. Permanecer con Don Bosco significa querer estar con los jóvenes, ofrecerles todo lo que uno es y tiene: corazón, mente, voluntad, amistad, trabajo, simpatía y servicio. En esta relación y en este ambiente madura la identidad de la comunidad y de cada uno.
Es una comunidad con fuerte carga espiritual, caracterizada por el “Da mihi animas”. Don Bosco forja sus primeros colaboradores con sencillez y concreción según este programa: trabajo, oración y templanza. Les pide hacer un “ejercicio de caridad” en favor del prójimo. El amor a Jesucristo y la confianza en su gracia inspira la preocupación por los muchachos, a partir de sus necesidades humanas y espirituales. Se ayuda a los más abandonados a tomar contacto con Dios y con la Iglesia y se orienta explícitamente hacia la santidad a los que demuestran especiales disposiciones. Se hace casi sensible la proximidad de Dios y la presencia de María Santísima.
Absolutamente nada extraordinaria, formada por jóvenes ricos de entusiasmo pero con poca experiencia, algunos con notables cualidades y otros normales y hasta modestos, la comunidad está orientada por Don Bosco con un sentido concreto, según los recursos de cada uno, hacia una “misión” sentida por todos como única y “común”. Existen roles, ocupaciones y trabajos diversos, en espacios muy abiertos, pero el sentido de pertenencia al oratorio y a Don Bosco es general. La variedad de papeles y ocupaciones, la dimensión y la distribución de los espacios y la diversidad de competencias no lo disminuyen ni lo ofuscan.
A pesar de los momentos de tensión y de dificultad que conocemos, la comunidad de Valdocco aparecía unida en torno al proyecto de acción y a la persona del Director, condición que Don Bosco consideraba fundamental para la eficacia apostólica. Él se esforzaba, pues, en favorecer la creatividad, de implicar a todos, mediante formas espontáneas y establecidas de participación, hacia la unidad en la acción, la armonía de las personas y la concordancia de los criterios.
De esta forma la comunidad se convierte en el alma de un ambiente que atrae y conquista el corazón de los jóvenes: produce un clima de familiaridad, que favorece la espontaneidad y lleva a la confianza; expresa juntamente “la caridad pedagógica”, la bondad que hace sentir el afecto y suscita correspondencia. Don Bosco la presenta en la Introducción a las Reglas con estas palabras: “Cuando en una comunidad reina este amor fraterno y todos los hermanos se aman mutuamente y cada uno goza del bien del otro como si fuese un bien proprio, entonces aquella Casa se convierte en un Paraíso”.
La comunidad oratoriana y juvenil no está aislada y cerrada. Tiene relaciones con personas significativas, asociaciones diversas, religiosas y civiles, y con el contesto ciudadano. Desde el comienzo Don Bosco la concibe como ligada a la Asociación de Cooperadores, como si fueran dos ramas del mismo árbol. Así escribe en el Reglamento de los Cooperadores: “Esta Congregación, que ha sido definitivamente aprobada por la Iglesia puede servir de vínculo seguro y estable para los Cooperadores salesianos. En efecto tiene como fin primario trabajar en favor de la juventud, en el cual se apoya el porvenir bueno o funesto de la sociedad. No pretendemos afirmar con tal propuesta, que éste sea el único medio para remediar esta necesidad, por que hay mil más, que nosotros recomendamos vivamente sean llevados a cabo. Por nuestra parte proponemos uno que es la obra de los Cooperadores Salesianos”.
En el centro de aquel mundo abierto y en movimiento que era Valdocco, Don Bosco, guiado por el Señor, quiso personas consagradas que fueran las que arrastraran a otras fuerzas apostólicas implicadas en el mismo proyecto, garantía de desarrollo y de continuidad de la misión.
La misión, llevada adelante con el mismo espíritu de Valdocco, ofrece a nuestras comunidades el criterio para resolver eventuales tensiones. Esto no disminuye ningún aspecto de la fraternidad, sino que le da su rostro concreto. Si desapareciera el sentido de la misión juvenil, educativa, nuestra misma fraternidad perdería originalidad y fuerza de comunicación. No sería aquella colmena viva que fue el oratorio, sino solamente una reproducción “fija”.
La misión, por otra parte, no es la inserción individual por la cual se retorna a la comunidad sólo para rezar o descansar, o de vez en cuanto: nosotros compartimos la vida y tomamos corresponsablemente el trabajo apostólico: “vivir y trabajar juntos es para nosotros, salesianos, exigencia fundamental y camino seguro para realizar nuestra vocación”.
La misión salesiana es comunitaria por su naturaleza. Las Constituciones lo dicen con mucha claridad y con la fuerza de una definición: la misión se confía a una comunidad, inspectorial y local.
Es misión juvenil: mira al crecimiento de los jóvenes según las energías que Dios ha puesto en cada persona y la gracia que Cristo ha comunicado al mundo. El Sistema Preventivo, que sintetiza sus contenidos, praxis y caminos, requiere un ambiente de familia y, por tanto, un tejido de relaciones. No somos preceptores de individuos, ni educadores “particulares”: trabajamos en y a través de la comunidad y buscamos crear ambientes juveniles amplios. El conjunto de los contenidos y de las experiencias que la praxis educativa reconoce como adecuados al crecimiento humano y de fe de los jóvenes, requiere una sinergia convergente de acciones que no pueden ser realizadas por una persona sola.
Añadimos además que los jóvenes deben ser guiados a la madurez en las relaciones y a la vida social con todo lo que esta implica y que el camino de fe que proponemos tiene como objetivo llevarlos hacia una experiencia de comunidad cristiana vivida según sus dimensiones características.
La comunión y la fraternidad, la comunidad y la familia son, pues, condiciones, camino y parte sustancial de la misión. Esto nos invita a hacer de ello una experiencia auténtica y a convertirnos en sus expertos y artífices.


II Un itinerario comunitario para llegar a ser núcleo animador.

Las reflexiones anteriores suscitan nuevas preguntas: ¿Qué es lo que cualifica a la comunidad salesiana para que sea núcleo animador de un conjunto numeroso de personas, a menudo profesionalmente preparadas? ¿Qué se requiere de ella para ser núcleo animador? ¿Qué peso tiene la consagración religiosa en la animación de una comunidad educativa?
Intentamos responder, profundizando algunas perspectivas y explorando algunas posibilidades. Concentramos la atención no sobre la realidad de animar ya presentada por el CG24, ni sobre las modalidades, vías y contenidos de la animación con frecuencia remachada, sino, concretamente, sobre lo que cualifica al núcleo animador para que pueda desarrollar su servicio.

1. Volver a diseñar la misión.
Cualifica a la comunidad, en función de su función animadora, el volver a diseñar la misión y situarse bien en ella, pensándola en forma amplia, según como la concibió Don Bosco y como está expresada hoy en las Constituciones: en la Familia Salesiana, “por voluntad del Fundador tenemos especiales responsabilidades: (…) estimular el diálogo y la colaboración fraterna”, “en nuestras obras formamos la comunidad educativa y pastoral (…) de modo que pueda convertirse en una experiencia de Iglesia, reveladora del plan de Dios”. Situarse bien comunitariamente, considerando a la comunidad educativa y a sus componentes como primeros destinatarios de nuestra acción en favor de los jóvenes y asumiendo juntos, mental y como proyecto el trabajo de animación, llevará a que se clarifique el valor salesiano y pastoral de la animación.
A nuestro lado hay personas adultas relacionadas con Don Bosco de diversas formas: por simpatía, por compromiso, por espíritu, a las cuales estamos “enviados” por vocación. Nuestro servicio a ellas es muy importante: es una animación espiritual y salesiana.
No estamos solamente llamados a dinamizar un grupo de educadores o colaboradores con métodos oportunos; estamos llamados a suscitar “una experiencia de Iglesia”, a extender y a dar consistencia una realidad vocacional. Se trata no sólo de emplear mejor los recursos disponibles, por ejemplo los seglares, sino de comunicar la fe y el espíritu salesiano.
De esta forma, animar es parte no secundaria de nuestra misión y de la manera original de vivir nuestra comunión a la cual dedicar tiempos no sólo residuales o una atención “funcional”.
El carisma de Don Bosco tiene en la comunidad SDB un especial grado de concentración, porque ha sido plasmada por Él directamente, por la fuerza de la consagración, por la participación diaria del carisma con otros, por el proyecto de vida que asume la espiritualidad salesiana y por la dedicación completa al trabajo apostólico. Tal concentración no es fin en si misma; es para comunicar y difundir aquel peculiar don del Espíritu a la Iglesia que es el espíritu salesiano.
No somos una sociedad de beneficencia o una organización educativa que tenga como fin último algunas determinadas realizaciones materiales y culturales; somos carismáticos. Esto supone dar vida a una presencia que suscite interrogantes, dé razones de esperanza, convoque personas, suscite colaboraciones, active una comunión cada vez más fecunda, para realizar juntos un proyecto de vida y de acción según el Evangelio.
La nuestra es una colaboración con el Espíritu. Él anima la Iglesia y el mundo. Los abre a la Palabra, suscita el deseo de unidad y voluntad de concordia, da eficacia a los esfuerzos y compromisos para la transformación del mundo según el plan de Dios; distribuye carismas y esparce en la humanidad semillas de bien para que se refuercen sus elementos de paz y de comunión.
Constituidos por el Espíritu en comunidad consagrada, llegamos a ser mediadores de su acción animadora: ayudamos a las personas a acoger sus mociones, creamos condiciones para que sus inspiraciones y sus dones tomen cuerpo en la realidad, para realizar de manera más plena y más amplia la misión a la cual Él nos ha llamado.
Las tareas confiadas a la animación, especialmente en la CEP, tienden a poner a disposición de todos lo que el espíritu nos ha dado: la fe en el plan de amor que Dios Padre tiene para cada persona, el amor de Cristo expresado en la entrega total a la salvación de los jóvenes, la sabiduría pedagógica que aprendemos del Buen Pastor y la conformación con Cristo según el modelo de Don Bosco.
Solamente este modo de pensar en la misión fructifica, de forma adecuada, la experiencia del Espíritu en la comunidad, que reside en la primacía dada al sentido de Dios, en el seguimiento de Cristo, en la caridad pastoral con la que se pone totalmente al servicio de los jóvenes en el patrimonio educativo y espiritual salesiano.
Ser, pues, animadores del movimiento de personas implicadas en el espíritu y en la misión de Don Bosco no es una función complementaria para alguna ocasión: es un rasgo vocacional que pertenece a la identidad del salesiano consagrado, personal y comunitariamente, y que es parte no secundaria de su praxis pastoral.
“Cada SDB es animador y se capacita cada vez más para serlo”. No hay necesidad de cualidades especiales más que las que corresponden a la vocación salesiana. Se trata de vivir el don impreso en el estilo de la comunidad juntamente con los jóvenes y los seglares que manifiestan la misma sensibilidad y convergen en las mismas iniciativas educativas.

2. Vivir y proponerse comunicar una espiritualidad.
Los adjetivos son más que justificados junto al término animación porque revelan bases doctrinales, recorridos y objetivos diversos. La nuestra es una animación espiritual. El término no es limitante, sino cualificante. No excluye otros aspectos de la animación, sino que los asume todos en una perspectiva propia.
Para llegar a ser “núcleo animador” es necesario vivir conscientemente, con convicción, nuestra espiritualidad, expresarla comunitariamente con alegría e inmediatez. En el congreso de religiosos jóvenes realizado en Roma en el mes de septiembre de 1997, se manifestó el sueño de que se canonizaran no sólo a “individuos”, sino a comunidades religiosas en su totalidad, como un sujeto que ha vivido solidariamente y en grado ejemplar el ideal de la vida evangélica. Se añadía que un “handicap” vocacional reside en el hecho de que los jóvenes ven y son atraídos por modelos “individuales” tras los que no hay una correspondiente vida comunitaria: santos solitarios, en comunidades casi extrañas a su santidad.
Don Bosco creó en Valdocco una escuela de espiritualidad que se manifestaba en el ambiente, en el trabajo cotidiano, en el tono de fraternidad y en la oración: simple en apariencia, pero sustancial y auténtica. Invitó a sus jóvenes y a cuantos querían colaborar con él a hacer un camino siguiendo el mismo espíritu, según la propia condición y posibilidad. “En Valdocco, recuerda el CG24, se respiraba un clima particular: la santidad era construida por todos, se compartía y se comunicaba recíprocamente, tanto que es imposible explicar la santidad de uno sin la de los otros”.
Construir y disfrutar de este clima de “santidad” compartida, es un compromiso de los consagrados. La comunidad consagrada es un lugar de experiencia de Dios. Todo ha sido pensado y predispuesto para esto: “La vida espiritual, por tanto, debe ocupar el primer lugar en el programa de la Familias de vida consagrada… De esta opción prioritaria, desarrollada en el compromiso personal y comunitario, dependen la fecundidad apostólica, la generosidad en el amor a los pobres y el mismo atractivo vocacional en las nuevas generaciones”.
El CG23 lo indicaba como respuesta adecuada al reto de la educación de los jóvenes a la fe. Invitaba a las comunidades a ser “signo” de fe dando trasparencia evangélica a la vida para llegar a ser también escuela de fe. La fe, en efecto, no se puede comunicar si no se la vive como el gran recurso de la propia existencia. “La renovación espiritual y pastoral son dos aspectos que se compenetran y son interdependientes entre sí”.
Ser animadores, como comunidad, es decir núcleo animador, es llevar conjuntamente en la acción educativa, que compartimos con otros, aquel soplo del Espíritu capaz de dar sentido a la promoción de la persona y a los esfuerzos por cambiar la sociedad: la experiencia del amor de Dios, la luz que viene de Cristo, la visión del hombre que surge de la Palabra de Dios.
Es tener, como la comunidad apostólica después de Pentecostés, la capacidad de “salir” hacia los demás, de atraer, reunir, convertir, crear comunión con criterios nuevos a la luz de Cristo resucitado. “El primer objetivo de la vida consagrada es hacer visibles las maravillas que Dios realiza en la frágil humanidad de las personas llamadas. Más que con palabras testimonian estas maravillas con el lenguaje elocuente de una existencia transfigurada, capaz de sorprender al mundo”.
La experiencia de Dios que está en el origen y en las finalidades de nuestro proyecto de vida debe ser despertada, vuelta a vivirl y profundizarla según las características de nuestro espíritu. Podemos, en efecto, llegar a reducir la vida a eficacia, a creer que los diversos elementos de nuestra vida religiosa están en función de los resultados educativos. Esto puede llevar a un progresivo vaciamiento interior, a una disolución de las motivaciones más profundas y, como consecuencia, a una cierta desilusión y pérdida de confianza en nuestras acciones, en los destinatarios, en la comunidad y en los seglares.
La capacidad de animación espiritual, como es la nuestra, supone y requiere la experiencia de la oración, la personal, pedida como gracia, aprendida y practicada con asiduidad y la oración comunitaria, sentida y compartida en momentos preparados y tranquilos, libres de la prisa y de la dispersión.
La oración hace recuperar el gusto de estar con Cristo y el sentido de la misión. “De la misma forma que, nos diría Don Bosco, la comida alimenta el cuerpo y lo conserva, así las prácticas de piedad nutren el alma y la hacen fuerte contra las tentaciones. Mientras seamos celosos en la observancia de las prácticas de piedad nuestro corazón estará en buena armonía con todos, y veremos al salesiano alegre y contento en su vocación”. ¿No son “el estar en buena armonía con todos, la figura del salesiano alegre y contento de la vocación” las imágenes más fieles del animador?
Dos signos me parecen importantes en esta expresión de la espiritualidad de la comunidad a través de la asiduidad y la calidad de la oración. El primero se refiere a la Palabra de Dios a la que se accede y se comparte cuando se trata de iluminar la vida personal y comunitaria, las situaciones de los jóvenes y el reto de la cultura. La Biblia marra experiencias religiosas de la humanidad, las actitudes, las pruebas y las reacciones de los que vivieron en este mundo según el sentido de Dios, más aún, en relación de alianza con Él. Es una “historia” de la espiritualidad vivida en lo concreto de los acontecimientos.
El evangelio, además, no sólo nos ofrece las enseñanzas y los ejemplos de Jesús, sino que nos pone en contacto con su persona y su misterio. Solamente el discernimiento evangélico puede darnos una mentalidad “cristiana” y ayudarnos a mantener una visión de fe, una actitud de esperanza y un criterio de caridad.
El segundo signo es la participación de los jóvenes y de los colaboradores en nuestra oración, nuestra capacidad de introducirles en la oración y hacérsela gustar. No faltan ejemplos. Hay que continuar el camino emprendido. No nos limitamos a las celebraciones extraordinarias y sugestivas; acompañamos a los jóvenes en un camino de oración hasta hacerla desear y que sea una actitud, un hábito y una necesidad.
Con frecuencia los jóvenes y los colaboradores nos conocen como los trabajadores y como amigos cercanos a ellos, deseosos de su bien, generosos y disponibles, pero no captan los motivos de fondo que mueven nuestra vida y constituyen su originalidad. Por esto no logran captar la importancia de la vida consagrada, ni se sienten estimulados a seguir nuestro camino si bien es cierto que siguen siendo amigos.
Hacer partícipes de una experiencia de Dios, poner en práctica una pedagogía de la oración, que lleve a una relación personal con el Señor, abierta a la sensibilidad juvenil según nuestra espiritualidad, es la forma de “animar” más propia de una comunidad religiosa.
Además de ofrecer experiencias ocasionales, casi como aperitivo para despertar las ganas, estamos llamados a ser educadores y maestro de espiritualidad. Si nos parece una meta ambiciosa digamos que queremos ser compañeros y testigos autorizados, orientadores, guías en el camino de la espiritualidad. No pocos seglares y jóvenes desean una experiencia espiritual. Hay dentro de ellos una solicitud de interioridad y de sentido como contrapeso a la exterioridad, al ruido y a la agitación. El CG24 pone la espiritualidad en el centro de nuestro esfuerzo por compartir: “Estamos, pues, llamados a compartir con la FS y con todos los seglares, no sólo la realización material del trabajo de cada día, sino también, y en primer lugar, el espíritu salesiano para poder ser corresponsables de la misión en nuestras obras y más allá de sus fronteras”. La meta de la formación, de los seglares y con los seglares, es una santidad compartida, por lo que “la espiritualidad debe ser el alma de la CEP y la médula de los itinerarios de formación que hay que hacer juntos en un intercambio de dones”
Es el mismo compromiso que la Iglesia confía a los consagrados: “Hoy más que nunca es necesario un renovado compromiso de santidad por parte de las personas consagradas para favorecer y sostener el esfuerzo de todo cristiano por la formación. Las personas consagradas, en la medida en que profundizan su amistad con Dios, se hacen capaces de ayudar a los hermanos y hermanas mediante iniciativas espirituales válidas. El hecho de que todos sean llamados a la santidad debe animar aún más a quienes, por su misma opción de vida, tienen la misión de recordarlo a los demás”.
La mediación principal para desarrollar este deber es nuestra vida cotidiana inspirada por la fe, al lado de los jóvenes y de los seglares, la cual difunde un estilo de vida por ósmosis o contagio; es el ambiente educativo en el cual los valores aparecen concretamente realizados, con modelos significativos que atraen, con propuestas que implican y motivaciones que iluminan la conducta.
Será necesario, además, acompañar a cada uno aprovechando los momentos comunitarios, predispuestos para compartir y comunicar, e incluso estar dispuestos al diálogo personal. Todo lo cual requiere ciertamente atención e intencionalidad.

3. Hacer de la comunidad salesiana una “familia” capaz de suscitar comunión en torno a la misión salesiana.
Se ha resaltado con frecuencia que la comunidad responde, no solamente a propósitos de perfección religiosa y de eficacia en el trabajo, sino también a profundos deseos e aspiraciones de la persona: relaciones auténticas y profundas, comunicación, valoración personal, amistad y afectos.
Se siente la necesidad de una fraternidad auténtica y adulta y se experimenta su fascinación, aunque tenemos diversas distensiones individuales y no nos faltan hoy compañeros informáticos; el encuentro personal, la experiencia de la amistad, la participación de los sentimientos y de las situaciones siguen siendo “únicos”.
En la sociedad de la comunicación, que sigue siendo de “masa”, aunque individualizada por lo que se refiere a los aparatos, se experimenta la dificultad de comunicar en profundidad, y, por consiguiente, un sentido de aislamiento y de soledad.
Se descubre especialmente en los jóvenes y en el ámbito de una religiosidad teñida de subjetivismo que tiende a satisfacer inmediatamente el sentimiento. Se escuchan muy a gusto los relatos personales, se buscan reuniones donde poder acoger y ser acogidos gratuitamente, sin condiciones ni normas rígidas; se eligen relaciones humanas capaces de hacer que nos sintamos libres y que nos ayuden a manifestarnos; se tiende a unirse a grupos donde uno se siente a gusto y se crea solidaridad a través de la comunicación de propósitos, deseos y realizaciones.
Lo que hace significativas a las asociaciones y a las comunidades religiosas, su fuerza de atracción, no reside tanto en lo que tienen y hacen, en las obras y en el trabajo, sino en aquello que viven, en su estilo de relaciones y en su unidad.
Es el impacto que producían las primeras comunidades cristianas. El signo externo de la novedad de la Resurrección, inmediatamente comprensible incluso a quienes no conocían el contenido de la fe, era la solidaridad del grupo concorde y asiduo “en escuchar las enseñanzas de los apóstoles y en la unión fraterna, en la fracción del pan y en la oración”; en cuyo grupo “tenían todo en común” y no había diferencia entre los miembros. El poder de convicción que se transmitía atraía la estima del pueblo y hacia que el grupo fuera fiable y apetecible. Y el Señor (¡aparece casi como una consecuencia¡) “agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar”.
También para Don Bosco la caridad fraterna, manifestada en el espíritu de familia, era el signo inmediato que los Salesianos debían ofrecer a los jóvenes, a los colaboradores y al pueblo: “Amaos entre vosotros, aconsejaos, corregíos, jamás os tengáis envidia, ni rencor, sino que el bien de uno sea el bien de todos, las penas y los sufrimientos de uno sean tenidos como penas y sufrimientos de todos, y cada uno procure alejarlos o al menos mitigarlos”.
Las Constituciones han recogido abundantemente este pensamiento de nuestro Padre con dos indicaciones sobre ello: el estilo comunitario y su impacto en los jóvenes. El tono de nuestra vida comunitaria se presenta, entre otros, en el artículo 51: “La comunidad salesiana se caracteriza por el espíritu de familia, que anima todos los momentos de la vida: el trabajo y la oración, las comidas y los tiempos de distensión, los contactos y las reuniones. En clima de amistad fraterna, nos comunicamos alegrías y penas y compartimos corresponsablemente experiencias y proyectos apostólicos”. El artículo 16 nos recuerda la otra indicación, la que pone el acento en el efecto educativo y vocacional que tanto se desea: “Un testimonio así suscita en los jóvenes el deseo de conocer y seguir la vocación salesiana”.
Cuando nos preguntamos cómo en las situaciones actuales podemos caminar hacia este “ideal” y expresarlo con transparencia, nos vienen a la mente la “gracia de unidad” que nos lleva a los Salesianos a cultivar, de forma espontánea y concorde, las tres instancias: consagración, misión y fraternidad, dando a cada una su peso y fundiéndolas en un estilo de vida y en un proyecto de acción. Sobresalen entonces algunos aspectos que se deben cuidar con especial atención:

El primero es, precisamente, la vida fraterna. Esto supone emplear tiempos y dedicar energías a cultivar y hacer visible la comunión como un don que hay que ofrecer a los jóvenes; supone la ascesis que nos madura en la capacidad de amar, la experiencia que nos prepara a una relación madura con los colaboradores. Son muchas las actitudes y las manifestaciones de esta fraternidad: «En efecto, las comunidades reemprenden cada día el camino, sostenidas por la enseñanza de los apóstoles: “Amaos los unos a los otros con afecto fraterno, rivalizando en la estima recíproca” (Rm 12, 10); “tened los mismos sentimientos los unos para con los otros” Rm 12, 16); “acogeos los unos a los otros como Cristo os acogió” (Rm 15, 7); “corregíos mutuamente” (Rm 15,14); “respetaos los unos a los otros” (1 Cor 11, 33); “por medio de la caridad poneos los unos al servicio de los otros” (Gal 5, 13); “confortaos mutuamente” (1 Tes 5, 11); “sobrellevaos los unos a los otros por amor” (Ef 4, 2); “sed benévolos y misericordiosos los unos con los otros perdonándoos mutuamente” (Ef 4, 32); “someteos los unos a los otros en el temor de Cristo” (Ef 5, 21); “rezad los unos por los otros” (Sant 5, 16); “trataos los unos a los otros con humildad” (1 Pe 5, 5); “estad en comunión los unos con los otros” (1 Jn 1, 7); “no nos cansemos de hacer el bien a todos, principalmente a nuestros hermanos en la fe” (Gal 6, 9-10)». Me detengo en dos elementos que hoy destacan: las relaciones interpersonales y la comunicación.

Las relaciones son una de las pruebas de la madurez de las personas: tal vez el parámetro más importante donde se reflejan las cualidades y los límites de cada uno. Su calidad, el modo de entablarlas y realizarlas, manifiestan hasta qué punto el amor, primera energía y primer mandamiento, se ha realizado en nosotros y hasta qué punto hemos aprendido a manifestarlo.
Por esto hoy ponemos una especial atención a las relaciones en el trabajo y en la formación: no sólo desde el punto de vista formal, sino mirando al aspecto interior y fundamental. En la vida fraterna se necesitan relaciones que superen el cansancio y la costumbre porque son renovados y que no se interrumpan porque se es capaz de reconciliación diaria. Se insiste en que sean interiores y profundas, no sólo funcionales en el trabajo, sino capaces de madurar en amistad hacia el crecimiento en el Señor y la solidaridad en la misión; sobre todo que se inspiren en la oblatividad y la donación y no se centren en la propia persona ni en sus propios fines.
Es una valoración común entre los observadores de grupos y comunidades que la mayor parte de las dificultades internas, que parecen ser de trabajo e ideas, en el fondo están ligadas a problemas de relaciones interpersonales mal planteadas, que tienen en el trabajo y en las ideas su campo de choque.
Por otra parte las malas relaciones, las situaciones difíciles no curadas oportunamente a través de la reconciliación actúan interiormente en la persona bloqueando el proceso de maduración y creando dificultades a la misma donación serena y alegre a la misión y a Dios. La tristeza y el malestar que nos acarrean son siempre dañosos. Las amarguras internas consumen. El ayudar a solucionarlas, el aclaras sus raíces, el asumirlas como límites personales y afrontarlas con calma, sin permanecer fijos en ellas, es un gran servicio.
Es necesario educarse y educar a cada uno en las relaciones, también con una palabra, un estímulo, un apoyo. Es necesario animar las relaciones, creando oportunidades para que se puedan expresar y crecer. Es un aspecto de la caridad de todos, en particular del Director y del Inspector con lo que se construye la unión de la comunidad.
Ninguno puede estar esperando, en la comunidad, solamente a recibir, como si fuese un ambiente ya hecho e independientemente de la propia aportación. Por otro lado, es necesario suplir eventuales carencias de algunos con una mayor capacidad de donación por parte de los otros. En las comunidades hay siempre límites de comunicación, timideces, excesivas cautelas que frenan la familiaridad. El Señor compensa estos límites con aquellos hermanos que están dispuestos a poner un poco más de diálogo, de cercanía, de unión y de alegría, a fin de que el nivel de la vida de comunidad en todo lo que se refiere al afecto mutuo y al ambiente familiar no decaiga. “Una fraternidad donde reina la alegría es un verdadero don de lo Alto a los hermanos que saben pedirlo y que saben aceptarse y que se comprometen en la vida fraterna confiando en la acción del Espíritu”.
Lo anterior puede parecer un comentario no habitual en una circular, algo muy particular y casi técnico. Me lo ha sugerido el documento La vida fraterna en comunidad donde afirma: “es útil llamar la atención sobre la necesidad de cultivar las cualidades requeridas en toda relación humana: educación, amabilidad, sinceridad, control de sí, delicadeza, sentido del humor y espíritu de participación”. Me lo ha sugerido también el CG24 que habla de nuestra espiritualidad relacional: una espiritualidad que no sólo ama con caridad interior, sino que, como Don Bosco había enseñado ya para el trato con los muchachos, sabe entablar relaciones adultas conforme al ambiente de vida y a la sensibilidad actuales. Me lo ha sugerido, también, la importancia que tienen hoy las relaciones, elevadas casi a ser objeto de estudio y entrenamiento en cualquier campo del actuar humano. Me lo ha inspirado finalmente el pensamiento de San Francisco de Sales, en el cual la “dulzura” se traducía en la cantidad y en la calidad de las relaciones personales hasta constituir un rasgo distintivo.
La espiritualidad de la relación tiene como fuente la caridad que se capacita y se dispone a crear, curar, restablecer y multiplicar relaciones. Ésta caridad es “pastoral” cuando se ejercita en el misterio de regir y orientar a una comunidad eclesial.

Más allá de las relaciones e incluida en su dinámica está la comunicación. Hoy se desea que en las comunidades no se limite a lo funcional, sino que alcance a la experiencia vocacional; que se intercambien no sólo noticias del periódico y datos del trabajo, sino valoraciones, exigencias e intuiciones que miran a nuestra vida en Cristo y nuestra forma de comprender el carisma. A esto es a lo que tiende la revisión de vida, la evaluación de la comunidad, el intercambio en la oración, el discernimiento sobre situaciones, proyectos y acontecimientos.
El tiempo actual ha hecho más necesaria la comunicación en la comunidad religiosa y ha modificado sus criterios y sus formas, y, por consiguiente, es más ágil y participativa. La complejidad de la vida requiere que nos confrontemos sobre tendencias, criterios y acontecimientos de familia y hechos externos: o logramos comprenderlos e interpretarlos a la luz del evangelio o nos quedamos fuera de la vida y del movimiento del mundo.
Se hace necesario el hábito de evaluar, igual que la elaboración de criterios comunes de valoración. Con frecuencia esto requiere un camino que lleva consigo exploraciones y pruebas. Debemos estar dispuestos a expresarnos con sencillez, a estar prontos a modificar juicios y posiciones, incluso sólo para llegar a una convergencia fraterna y operativa: ponerse de acuerdo ayuda siempre a la comunidad, cuando no están comprometidos valores esenciales.
La comunicación es necesaria incluso en razón de un pluralismo positivo de visiones y de dones que hay en la comunidad: hay riquezas de inteligencia, de espíritu, de fantasía y facultades prácticas que comunicar. Además, los temas sobre los cuales comunicar con provecho en la vida consagrada son muchos: el proyecto apostólico, la experiencia espiritual, los retos de la misión, las orientaciones de la Congregación, las tendencias de la Iglesia, etc.
La comunicación requiere aprendizaje, práctica e, incluso, animación. Decimos aprendizaje espiritual, más que técnico. Cuando se comunica a ciertos niveles se corre un riesgo. Hay un cierto pudor que superar por lo que no queremos expresarnos; hay que consolidar la confianza en el otro de modo que me asegure que él acogerá con madurez y positivamente lo que yo digo.
La experiencia dice que no todos tiene el coraje de hacer esto. Se requiere aprendizaje incluso para recibir la comunicación, sin juzgar a la persona, sin colocarla en una posición definitiva en razón de aquello que ha dicho, sin disminuir la estima y las expectativas por la diferencia de visión.
Además del aprendizaje se requiere práctica. La capacidad de comunicación descuidada se oxida, se pierde el gusto de ella y su ejercicio. La práctica lleva a la comprensión y al uso de los distintos lenguajes adaptados a las situaciones, que van desde los gestos y las actitudes hasta las conversaciones serenas y distendidas. Todo ello inspirado por la caridad y no por el cálculo técnico. Recordad a Don Bosco con su posar la mano sobre la cabeza de los jóvenes, con su capacidad de sonreír, de decir una palabra al oído, dar unas buenas noches, mantener un diálogo como hizo con Domingo Savio, pedir el parecer, discutir. Es el esfuerzo, tan característico del Sistema preventivo, de manifestar el afecto, librarlo de una actitud genérica y recluida en una fría interioridad. En la práctica de la comunicación se necesita también aprender el valor del silencio activo y la capacidad de soledad. Estos aspectos están casi “desterrados” de la “Babel” de las conversaciones, comunicaciones, músicas, festivales y ruidos.
Una comunicación válida está siempre preparada y regulada por la reflexión, por la mesura y por la capacidad de “retirarse”.
Se requiere, pues, aprendizaje y práctica por parte de todos, pero se requiere también además animación por parte del que dirige para crear el clima adecuado a una comunicación serena y desenvuelta. Dar oportunidad de comunicar, tener un estilo de dirección que permita expresar la opinión fácilmente, requerir y provocar estas opiniones, disfrutar por la cantidad de aportaciones, hacer entender que la persona no será juzgada por lo que dice en un momento de confrontación.

Además de la atención a la vida fraterna para cualificar la experiencia comunitaria hay que mejorar nuestra forma de trabajar juntos. La comunidad religiosa es el lugar donde se da el paso del yo al nosotros, de mi trabajo o sector a nuestra misión, del logro de mis objetivos y medios a la convergencia en la evangelización y el bien de los jóvenes. Esto requiere un paciente ejercicio para superar lo que nos recluye y nos separa por causa de una concepción individualista del trabajo y de una autonomía no reglada en las iniciativas y que nos hace poco disponibles a construir junto a los demás. Se podrían potenciar muchas iniciativas con sólo juntar las que son semejantes y yuxtapuestas, uniendo las que son complementarias y haciendo converger tiempos y personas en determinadas áreas.
Las Constituciones y los Reglamentos prevén momentos de entendimiento, de coordinación y de convergencia: Consejos y asambleas comunitarias tienden a darnos una lectura común de las situaciones a la luz del evangelio y de nuestra vocación original, a proyectar solidariamente los grandes aspectos de la pastoral como la orientación de la educación de los jóvenes a la fe o la formación de los seglares.
El día semanal de la comunidad ha ofrecido una nueva oportunidad de un intercambio positivo.
En un tiempo en el cual se tiende a las alianzas, a las sinergias y a las redes, debemos aprender que la fragmentación y los compartimentos estancos no sirven y no nos forman como hombres de comunión. En las comunidades a las cuales se las ha confiado diversos sectores con una cierta exigencia y hábitos de autonomía, les conviene tener momentos de programación y orientación en común.
Desde los comienzos, la comunidad salesiana vivió con los jóvenes, participando plenamente de su vida y viceversa, los jóvenes han tomado parte en las jornadas de los Salesianos. Hoy muchos jóvenes y seglares desean “ver” y “participar” de nuestra vida fraterna y tomar parte con nosotros en el trabajo, Nuestra vida comunitaria tiene que ser estructurada de tal forma que sea posible rezar con los jóvenes, compartir momentos de fraternidad y de programación con los colaboradores seglares y hasta acoger a algunos de estos jóvenes y seglares para hacer con nosotros una experiencia temporal de vida comunitaria.


4. Dar a nuestra acción educativa y de la CEP el dinamismo misionero del “Da mihi animas”.
La pedagogía madurada por Don Bosco y transmitida a su primeros Salesianos nace de la caridad pastoral, capaz de comprender y de hacer propias las situaciones juveniles y de dar vida a iniciativas adecuadas para ir a su encuentro. No es solamente trabajar por los jóvenes, estar en medio de ellos, gastar las energías para ellos. En el fondo hay un deseo: llevarles a la fe en Cristo, camino, verdad y vida, haciéndose signos y testigos de su amor. Es la experiencia fundamental, que manifiesta la originalidad de la espiritualidad salesiana. El CG23 lo ha expresado en un texto que algunos han llamado el “credo salesiano”.
Es la experiencia que debemos comunicar y ayudar a vivir a los colaboradores, animando un estilo pedagógico que ponga en el centro la relación personal entre educador y joven. Ésta, profundizada hasta la confianza, será la oportunidad de manifestar la predilección de Jesucristo por cada uno de los jóvenes.
Buscaremos crear un clima de familia, rico de propuestas e iniciativas en todos los intereses y urgencias de los jóvenes, que suscite su participación y les implique en la propia formación; un clima que tiene sus máximas expresiones en las celebraciones que introducen en el misterio de la vida y de la gracia donde se advierte la fuerza transformante de los sacramentos, sobre todo de la Reconciliación y de la Eucaristía.
Nosotros estamos llamados a ser memoria y estímulo de tal estilo y programa. Debemos manifestar con serenidad, pero también con coraje misionero, que la fe en Jesucristo lleva una luz y una energía nueva a la educación: es la imagen del hombre que aparece en Jesús, la confianza en la vida que trasmite la Resurrección, la conciencia de una relación filial con Dios, el horizonte trascendente, la revelación del amor como secreto para la realización de la persona y de la civilización.
Nuestra vida es profecía en la educación: manifiesta el sentido y la meta hacia la cual están llamados a desarrollarse los valores humanos: la fuerza liberadora de la relación personal con Dios, la fecundidad histórica de las bienaventuranzas, la capacidad de valorar a la persona y a los grupos de los más pobres y excluidos a los que los otros descuidan.
En un mundo tentado por el prescindir de Dios, nosotros testimoniamos que su amor da una insólita lucidez y felicidad; frente a la búsqueda del placer, del tener y del poder, logramos decir que “la necesidad de amar, el ansia de poseer y la libertad para decidir de la propia existencia, alcanzan su sentido supremo en Cristo Salvador”.
Si nuestro compromiso en la educación no es “suplencia” de servicio, sino aportación original, nosotros deberemos “introducir en el horizonte educativo el testimonio radical de los bienes del Reino, propuestos a todo hombre en espera del encuentro definitivo con el Señor de la historia”. Hay que decir que a esto tiende todo nuestro esfuerzo de preparación que tiene ciertamente una dimensión profesional, pero fermentada y motivada por una más profunda que es la pastoral. No hay que disminuir esta última, ni hacer de la primera un compartimento estanco. Nosotros educamos evangelizando.
“Por su especial consagración, nos recuerda Vita Consecrata, por la peculiar experiencia de los dones del Espíritu, por la escucha asidua de la Palabra y el ejercicio del discernimiento, por el rico patrimonio de tradiciones educativas acumuladas a través del tiempo por el propio Instituto, por el profundo conocimiento de la verdad espiritual (cf. Ef 1, 17), las personas consagradas están en condiciones de llevar a cabo una acción educativa particularmente eficaz, contribuyendo específicamente a las iniciativas de los demás educadores y educadoras”. Y añade: “de esta forma pueden dar vida a ambientes educativos impregnados del espíritu evangélico de libertad y de caridad, en los cuales se ayude a los jóvenes a crecer en humanidad bajo la guía del Espíritu”.
Hoy el servicio educativo es solicitado y revalidado sobre todo con la extensión de la formación a toda la existencia, pero también como una visión que supera firmemente la tentación “unidimensional” para asumir la integridad de la persona y tomar en consideración las características particulares de cada uno.
Al servicio educativo se le pide, entonces, “asistir” a cada persona en el desarrollo de toda su capacidad, comunicar una visión de vida abierta al prójimo, generar en cada uno una capacidad de vivir en la libertad y en la verdad según su propia conciencia iluminada por la experiencia y por la fe.
Como comunidad religiosa somos núcleo animador de un conjunto de educadores que quieren comunicar estos valores y proponer esta visión de la vida.
El compromiso supone que nosotros mismos nos esforcemos por llegar a ser:
personas capaces de vivir la propia vida con confianza y alegría, con actitud de comprensión y diálogo con los jóvenes y su mundo, con atención a la cultura, con voluntad de colaboración con todos los que trabajan por un mundo más justo, libre y solidario,
educadores competentes, que hacen de su servicio a los jóvenes y a los pobres un compromiso por el Reino; para animar una comunidad educativa y otras fuerzas apostólicas no basta la buena voluntad; la improvisación no vale cuando se trata de promover cristianamente un ambiente a largo plazo;
animadores dispuestos a compartir con los colaboradores seglares los caminos formativos, en la vida diaria, en los momentos comunitarios de especial importancia formativa, debidamente preparados y cualificados, como la elaboración del PEPS, la evaluación de la CEP, el discernimiento ante situaciones concretas y parecidas;
dirigentes que han interiorizado el valor de la participación y la corresponsabilidad y que saben animar creando y renovando las modalidades oportunas;
Salesianos que manifiestan una sensibilidad especial por la educación de los más pobres y que se convierten en promotores de una cultura de solidaridad y de paz: esta sensibilidad constituye uno de los signos evangélicos más significativos y se muestra capaz de convocar a muchas personas.


5. Vida fraterna y trabajo pastoral para crecer.
La vida fraterna (relaciones y comunicación) y una buena organización del trabajo ayudan no sólo a sentirse bien, sino, también, a crecer; enriquecen desde el punto de vista cultural, psicológico y social y, sobre todo, espiritual.
Se da un crecimiento cultural, porque escuchando a los demás y colaborando con ellos recibimos información, puntos de vista, datos y lecturas desde diversas realidades. Hoy se buscan y se consideran indispensables las relaciones y la comunicación con personas competentes. Existen, incluso, en los hermanos que viven en nuestra comunidad, hasta probablemente alguno tiene algo significativo que ofrecernos. Entre los seglares también existen.
Es un crecimiento psicológico, porque se desarrollan la afectividad, la capacidad de acogida de personas y mentalidades diversas; se llega a ser más capaces de donación, de superar frustraciones y bloqueos internos, fijaciones sobre nosotros mismos y sobre nuestro éxito.
Es crecimiento social, por que se refuerza la capacidad de inserción en grupos de trabajo, en equipos de participación y en ambientes diversos, con libertad y franqueza; se domina la ansiedad social, esa primera sensación de extrañeza y de desazón que nos asalta cuando nos encontramos en un contexto o grupo desconocido o poco familiar.
Finalmente y como cima se da un crecimiento espiritual, o integral, por que los actos y las aptitudes enunciadas anteriormente se interrelacionan en un esfuerzo de respuesta al Señor conforme al carisma y en una cualificación para el desarrollo de la misión.
Las experiencias de formación permanente, realizadas lejos de la propia comunidad, producen beneficios, como una nueva reflexión, una nueva síntesis, una actualización doctrinal, un nuevo entusiasmo vocacional; pero cuando uno se mete de nuevo en la comunidad y en la vida diaria, aquella visión renovada de la vida y del trabajo vislumbrada en condiciones extraordinarias de tiempo y de ambiente, difícilmente se lleva a la práctica. Los ritmos de siempre se imponen y el contexto humano “ordinario” y común diluye las experiencias ejemplares de oración, de intercambio y de estudio. El curso de formación permanente, de esta forma, permanece “aislado” en el discurrir de la vida, si bien es cierto que son innegables los benéficos efectos que hay en ella.
Se han introducido, por tanto, cuatro variantes en el concepto de formación permanente, confirmadas por las ciencias de la Formación. Se refieren al lugar, el tiempo, la materia y la metodología.
El lugar mejor de la formación permanente es la comunidad local. Es el más real, porque es allí donde se aprende a organizar la vida y a vivir como religioso salesiano en la vida diaria.
El tiempo más apto y continuado de la formación permanente es el señalado por la alternancia de trabajo, estudio, confrontación y reunión con personas. Este tiempo separado es útil como nuevo comienzo y apoyo.
La materia o los nuevos contenidos: es cierto que una exposición sistemática sobre la Iglesia, Jesucristo y la comunidad, ayuda, porque motiva, ilumina y orienta de nuevo. Todo esto se encuentra, empero, como distribuido, fragmentado y casi diluido en lo cotidiano. La comunidad, en la cual se debe lograr leer realmente lo que se ha explicado, es aquella en la cual se vive codo con codo con los hermanos, que tienen sus propias ideas, están marcados por su pasado, tienen sus limites, pero que también tienen mucha riqueza que se debe descubrir y asumir.
Otro tanto se puede decir de la eclesiología escuchada, de la pastoral juvenil explicada, del Sistema Preventivo profundizado: son cuadros de referencia útiles por que iluminan. Pero que hay que llevarlos, después, a la situación concreta de una comunidad eclesial y a sus condiciones, al campo del trabajo pastoral y a los jóvenes que trabajan en ello, al ambiente salesiano en el cual el Sistema Preventivo escuchado se aplicaría. Ésta, es decir la manera concreta de aplicar puntos de vista, cuadros de referencia o tratados a casos concretos, es la materia propia de la formación permanente que tiene su lugar en la comunidad local. Allí la sometemos a reflexión y a revisión para ver cuál es nuestra respuesta actual a las exigencias de la vocación y del trabajo. Diría que la formación permanente recalca más el modelo del “tirocinio” bien hecho que el del estudiantado.
Por último, pero relacionado con todo lo dicho anteriormente, se debe recordar el medio o camino más eficaz para la formación continua: ciertamente están la lectura, el estudio, la atención a la vida espiritual y la actualización teológica. Tanto el artículo 119 de las Constituciones como también el artículo 99 de los Reglamentos se refieren, sin embargo, a la comunicación fraterna: escucharse con calma, destacar y sintetizar con cuidado, elaborar valoraciones y criterios, tomar orientaciones pensadas. Ciertamente esto hay que reforzarlo y volverlo a lanzar con los así llamados “tiempos fuertes” y con una costumbre personal de reflexión.
Relaciones, comunicación y trabajo programado realizan, pues, procesos de formación y crecimiento. Hoy no todos están de acuerdo. No hay que echar la culpa a nadie porque en la práctica formativa precedente la comunicación no tenía ni el peso, ni las posibilidades actuales. Al mismo tiempo que no culpabilizamos a nadie, debemos saber crear y multiplicar las oportunidades de comunicación, tratar la cuestión de las relaciones, ser conscientes de la plataforma que exigen y cuidarla como una práctica de la caridad pastoral con los hermanos y con la comunidad.


Conclusión.
Concluyo esta carta en la fiesta de la Anunciación, dos años después de la publicación de la Exhortación Apostólica Vita Consecrata. La vida comunitaria quiere ser ensayo, según las posibilidades del hombre, de la vida trinitaria; una relación de amor que genera la unidad en la cual se expresan, se suman y se funden las distinciones. Se presenta como un signo y una realización ejemplar de la comunión eclesial. Es una vía que nos lleva al amor purificado y auténtico, por la múltiple gracia que comporta, por la ayuda de los hermanos, por los bienes que en ella circulan y por la ascética que requiere.
María expresa de este amor las tres manifestaciones máximas que la humanidad conoce y que manifestamos con tres títulos: Virgen, Esposa y Madre. Ésta es su relación con Dios; éstas las dimensiones según las cuales resulta modelo de la Iglesia. Estamos seguros, según las palabras de Don Bosco, que ELLA forma parte de nuestras comunidades como lo hizo con los discípulos de Jesús en Caná y en el Cenáculo. Contemplarla e invocarla ayudará, también, a nuestra comunión.
Éste es el deseo que dirijo a cada comunidad y a cada hermano, para expresar eficazmente, con ayuda de María, toda la riqueza de la comunión que es fruto de la Pascua de Cristo.

Juan E. VECCHI
Rector Mayor