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La preparación adecuada de los hermanos y la calidad de nuestro trabajo educativo.

CARTA DEL RECTOR MAYOR - JUAN VECCHI


“Yo por vosotros estudio...” ( C.14)
La preparación adecuada de los hermanos
y la calidad de nuestro trabajo educativo.

1. Un tema que se repite. - 2. “Yo por vosotros estudio”: Un elemento indispensable para la misión juvenil. - 3. El porqué de una nueva insistencia hoy. - Una vida inculturada y profética. - La nueva evangelización. La significatividad de la misión educativa. El papel de los salesianos en las comunidades educativas y pastorales. - La ampliación del requerimiento de personal cualificado. - 4. Prioridad por la cualificación de los hermanos. - 5. La principal inversión de hoy, - 6 Algunas opciones para invertir en la calidad. - 7. Las personas. Una palabra a cada uno de los hermanos: “Vela por ti mismo”. Una consigna a las comunidades: Cuidar la calidad de la vida y del trabajo. Una orientación a las inspectorías: Hacer un plan de cualificación de los hermanos. Un punto de partida. La dimensión cultural en la formación inicial. - 8. Las estructuras. La Universidad Pontificia Salesiana. Otras Universidades salesianas; Centros de estudio y de reflexión. - 9. Conclusión.


Roma, 15 septiembre 1997
Memoria de Ntra. Sra. de los Dolores


Queridos hermanos:
En el pasado mes de agosto hemos vivido la XII Jornada mundial de le juventud, que se ha desarrollado en París, con una impresionante participación juvenil. Nos ha impresionado la sed de Evangelio de los jóvenes, la atención que han prestado al Santo Padre y a todos los que en la comunicación de la Palabra de Dios les han ofrecido un sentido y una orientación para la vida. Nos ha hecho pensar su deseo de escuchar los testimonios de fe y su entusiasmo frente a la personas de Jesús, presentado con realismo como: “Camino, verdad, y vida”.
A esta imagen se sobrepone en mi la que traigo de Cuba, donde he estado últimamente en visita a los hermanos. He visto una Iglesia: “sin las posibilidades, hoy comunes, para comunicar con la gente, pobre en cuanto se refiere al número de sacerdotes, pero rica en experiencias de amor, de servicio, de paciencia, de humildad y perseverancia”. En ella trabajan nuestros hermanos y hermanas, en serena espera de los próximos acontecimientos que se anuncian prometedores.
Las dos imágenes me han sugerido el presentaros distendidamente un tema ya meditado en el Consejo general y relacionado con la programación del sexenio: Nuestra preparación para los compromisos que se van perfilando por doquier en la nueva evangelización de los jóvenes.


Un tema que se repite.
Cada vez que nos confrontamos con nuestra misión, se reafirma en nosotros la convicción de su validez y, al mismo tiempo, emerge la conciencia de que debemos hacernos más aptos para cumplirla en su totalidad. Los frentes se van haciendo cada vez más numerosos, las solicitudes se multiplican, las urgencias resultan apremiantes. Querríamos ser muchos más para llegar a un mayor número de jóvenes, querríamos estar más preparados para ofrecerles, en las distintas condiciones en que se encuentran, la orientación y apoyo de que tengan necesidad.
Es la experiencia que he logrado en este mi primer año y medio de servicio como Rector Mayor. El contacto con las Inspectorías en las distintas partes del mundo mi ha hecho palpar las amplitud del campo juvenil, el apremio de las expectativas, la respuesta pronta de los jóvenes a nuestros esfuerzos, la actualidad de nuestro carisma para la sociedad y para la Iglesia.
He admirado la obra infatigable de las comunidades, a veces con fuerzas numéricamente desproporcionadas, en contextos de avanzada frontera social, educativa y pastoral, atentas a expresar la misión en proyectos valientes y a animar a numerosas colaboraciones.
¡La mies es mucha! Más que la desproporción cuantitativa entre trabajo y brazos, impresionan los desafíos que la situación actual presenta: proponer un sentido de vida, educar la conciencia, acompañar a los jóvenes en un camino de fe, construir amplios compromisos sociales, sumergirse eficazmente en las pobrezas, expresar con inmediatez el Evangelio, hacer que la Palabra llegue a la vida en sus interrogantes y posibilidades.
Nos damos cuenta que para incidir más no basta ser muchos o disponer de medios más potentes, es necesario, sobre todo, ser más discípulos de Cristo, penetrar más profundamente en el Evangelio, cualificar la vida de la comunidad, centrar mejor desde el punto de vista pastoral proyectos y realizaciones. Es, con una palabra que puede parecer “secular”, el problema de la calidad, es el lenguaje evangélico, es la autenticidad y la fuerza transformante de la levadura.
La calidad emerge como una exigencia en todos los sectores de la vida, de la cultura y de la acción. Se habla de ella en términos de “excelencia” a seguir, de “competencia” a cultivar, de “calidad total” a realizar.
La buena voluntad y la disponibilidad generosa son indispensables pero no suficientes, si no se las acompaña con conocimientos y técnicas propias de un campo de acción; la comprensión de los fenómenos naturales que hoy marcan la vida y, para nosotros, la capacidad de confrontar tales fenómenos con el misterio de Cristo en continua profundización.
El problema no se refiere sólo a los salesianos. Es una situación común a todo el que quiera vivir, sin perderse, el actual transición cultural donde para ser educadores, pastores o simples cristianos, se debe discernir y escoger. Algunas expresiones bastante familiares, como pluralismo, sociedad ética neutra, secularización, derecho a la diferencia, libertad de pensamiento y expresión, cultura multimedial, subjetividad, nos lo recuerdan casi al ritmo veloz de la publicidad.
Es el mismo reto que está en la base de la nueva evangelización: la capacidad de vivir conscientemente la fe cristiana, de testimoniarla con alegría y, también, de tomar la palabra en los modernos “areópagos” y anunciar a Jesucristo en toda su riqueza.
La ha sentido casi como una espina nuestro CG24. Del análisis de la situación de la Congregación resulta que vivir hoy con serena madurez el proyecto de vida consagrada salesiana y afrontar adecuadamente los deberes de nuestra misión requiere en cada hermano mayor robustez espiritual, un salto de calidad en todo lo que se refiere a la preparación general y específica de educador-pastor, nuevas competencias culturales, profesionales y pastorales.
Haciendo mío este filón capitular, en el discurso final he recalcado la prioridad de una formación que esté especialmente atenta a la dimensión cultural como parte irrenunciable de la competencia educativa y de la espiritualidad del pastor.
En la programación del sexenio la hemos colocado como uno de los puntos centrales sobre el cual deben converger todos los sectores.. Nos ha parecido importante mantener vivos en cada hermano un propósito y una tensión hacia el crecimiento en la propia vocación, estimular a las comunidades a crear un ambiente que favorezca la maduración de cada uno, pedir a las Inspectorías que apuestan por la preparación del personal y por la calidad de los proyectos educativo-pastorales.
Mi discurso retoma ahora cuanto se estaba recomendando en relación a la formación permanente completa, pero, de manera especial, quiere llamar la atención a la necesidad de recuperar el amor al compromiso cultural y a la consiguiente capacidad de estudio.
Está claro que para nosotros, como afirma el CG23, renovación espiritual, tensión pastoral, preparación cultural y competencia educativa no pueden estar separadas entre sí, si el salesiano debe insertarse en el contexto juvenil con capacidad de diálogo y de propuesta. Juntamente nos muestran el rostro de nuestra santidad y son nuestro camino hacia ella. Esto quiere decir que la urgencia de una legítima y debida cualificación no hay que confundirla con una exagerada búsqueda de eficacia. Nuestra esperanza está siempre en la gracia que el Padre derrama con abundancia en los corazones, en la Cruz que es el signo y la vía de la salvación y en la Palabra que ilumina. Pero el no dejar ociosos los talentos recibidos, tanto individual como congregacionalmente, forma parte de la respuesta generosa a la vocación.


“Yo por vosotros estudio”: Un elemento indispensable para la misión juvenil.
Un renovado amor por el compromiso cultural y la dedicación al estudio son recomendados por la Exhortación Apostólica Vita Consecrata a todos los religiosos, como parte integrante de la experiencia de vida en el Espíritu y condición de eficacia apostólica. Se trata de aplicar la totalidad del ser a acoger el misterio de Dios y de leer a la luz de la fe, con inteligencia y objetividad, sus huellas en la naturaleza y su presencia en la historia del hombre.
El texto ha sido muy citado pero conviene volverlo a escuchar: “Pero más allá del servicio prestado a los otros, la vida consagrada necesita también en su interior un renovado amor por el empeño cultural, una dedicación al estudio como medio para la formación integral y como camino ascético, extraordinariamente actual, ante la diversidad de las culturas. Una disminución de la preocupación por el estudio puede tener también graves consecuencias incluso en el apostolado, generando un sentido de marginación y de inferioridad, o favoreciendo la superficialidad y ligereza en las iniciativas”
La recomendación no hace otra cosa que retomar una tradición de los Institutos de vida consagrada cuyas comunidades se han constituido siempre como propuesta de vida espiritual, humanamente llena de significado e, incluso, como lugares de educación y de cultura según los propios carismas. La experiencia de Dios ha sido siempre pensada también como sabiduría que ilumina la vida de cada uno y de la humanidad, no sólo con el ejemplo moral, sino también con la mirada, el pensamiento y la palabra sobre el mundo, aunque sean sencillos.
A alguno le puede parecer este un tema que no se casa fácilmente con la laboriosidad incansable y la rapidez de iniciativas que caracterizan nuestro espíritu; un tema un poco nuevo respecto a una cierta imagen del salesiano y de nuestras comunidades siempre disponibles, constantemente a la conquista de nuevos proyectos. Es, por el contrario, un rasgo característico de la figura de Don Bosco, que empujado por el Da mihi animas ofrece la vida al servicio de los jóvenes, de la Iglesia, de la sociedad, pero está atento a la situación juvenil, social y eclesial de su tiempo, abierto a horizontes siempre más amplios, capaz de captar el alcance de los fenómenos que influyen en la vida individual y colectiva (prensa, emigración, nuevas leyes, difusión de la cultura, resurgimiento y unificación de Italia, etc.).
En el capítulo constitucional sobre el espíritu salesiano hay un artículo que caracteriza el tipo de nuestra caridad pastoral: “Nuestra vocación - dice - tiene el sello de un don especial de Dios, la predilección por los jóvenes.... Por su bien ofrecemos generosamente tiempo, cualidades y salud”. La afirmación viene, en seguida, iluminada con una expresión de Don Bosco: “Yo por vosotros estudio, por vosotros trabajo, por vosotros vivo, por vosotros estoy dispuesto incluso a dar mi vida”.
La intensificación de los verbos y de las acciones pone el acento en la totalidad de la vida puesta a disposición de los jóvenes. Pero es evidente que el estudio no ha caído por casualidad en la sucesión de expresiones. Una serie de elementos de la biografía de nuestro Padre nos invita a darle un valor específico: el relieve que el amor al estudio tuvo en su formación coronada con tres años de “Convitto” después de la ordenación sacerdotal para un conocimiento más actualizado de la moral y de la dirección espiritual; el espacio que el estudio tiene en su programa educativo, en cuyas formulaciones sintéticas está siempre presente (“salud, estudio, piedad”); su idea del educador y del sacerdote que unen siempre a la amabilidad, la capacidad de iluminar, enseñar y guiar; los frecuentes alusiones a la sabiduría en las máximas y también el papel iluminante atribuido a la fe y a la razón.
Dicha en un contexto de cordialidad y afecto hacia sus jóvenes, en un “intercambio de dones”, la expresión reclama a algunos sus gustos y actitudes que convergen, sin ser mortificados, sobre la experiencia central de su vida: Ser totalmente para los jóvenes. El estudio, no hay que reducirlo sólo a “los estudios”, es pues para Don Bosco parte indispensable de nuestra donación a los jóvenes, de nuestra preocupación paterna para comprenderles y comunicarles fe, conocimientos y experiencia de vida.
Algunos hechos revelan el contenido real que esta expresión tuvo en su vida.
Pensemos en su capacidad de contemplar la realidad, la juvenil, en primer lugar, pero también las vicisitudes de la Iglesia y la situación del País, sin desorientarse ni dejarse condicionar, atento a valorar el conjunto según claves de lectura educativas y pastorales propias de su vocación. Pensemos en su intrepidez para buscar respuestas adecuadas a los problemas, lanzar mensajes comprensibles, usando todos los medios a su disposición, comprometerse a difundir, imponiéndose el trabajo de recoger, ordenar y redactar, la historia sagrada, la italiana, la verdad cristiana y una forma de literatura popular.
“Yo por vosotros estudio”: Reclama el esfuerzo paciente de elaborar un “sistema educativo original”, con materiales de siempre, intuiciones propias, medios contemporáneos y síntesis originales. Hace pensar en la puesta en práctica de un “proyecto de obras” que responda a los tiempos. Él sigue su funcionamiento y traza con inteligencia y concreción indicaciones y normas, atento al estilo que allí quería introducir y al logro de los fines. Se muestra capaz de compartir, de ponerse de acuerdo, de entrar en diálogo con personas de las más distintas experiencias y competencias, con protagonistas del pensamiento, de la política y de la vida social.
Incluso la formulación pensada de una experiencia de vida en el Espíritu, con caminos espirituales para jóvenes y adultos, presentados de palabra y enviados por escrito, ha comportado aquella aplicación de la mente expresada en el “yo por vosotros estudio”. Era un aprender de la vida, un reflexionar sobre la experiencia educativa, un ir adelante abierto a la revisión, sin contentarse con aquello que se ha hecho siempre o caer en la repetición. Era el deseo y la paciente adquisición de la “sabiduría” (“Sapientiam dedit illi...”), indicada en el primer sueño como característica de su vida, que se aprende en la escuela del Buen Pastor y de María Maestra, en la disponibilidad al Espíritu, en la sintonía con la Iglesia, y se expresa en el discernimiento de los acontecimientos, en el examen ante Dios de las experiencias espirituales, en la comprensión de las situaciones y en el servicio de orientación y guía de los demás.
“Yo por vosotros estudio”: nos hace pensar también en un Don Bosco capaz de buscar los tiempos y los lugares que favorecen la soledad activa, el recogimiento y el hacer proyectos. Sus tiempos de oración, los ejercicios espirituales, son ciertas pausas que le permiten una mayor concentración, no obstante su trabajo de despacho, al cual llega una abundante correspondencia, concesiones de nuevos proyectos y una producción de escritos, nada despreciable.
Caridad y competencia, estudio y trabajo, acción y reflexión se funden, por la gracia de la unidad, para “el bien” de los jóvenes. Es una integración nada fácil, amenazada con frecuencia por la esquizofrenia en la práctica y en la mentalidad a la cual está expuesto quien lleva adelante un estilo de vida y de trabajo donde “no hay tiempo” para la reflexión y la confrontación; existe el riesgo de que estos se separen de la finalidad pastoral y se termine por considerar en línea de principio que al salesiano no le corresponde una actividad ordenada de estudio y de profundización.
Sin embargo diré que , así como sin oración nuestro hacer corre el riesgo de no ser misión (“trabajo y oración”), de la misma forma, sin “estudio”, sin sabiduría y competencia, nuestra actividad difícilmente logrará las metas que el servicio educativo y pastoral se propuso.
“El estudio y la piedad te harán un verdadero salesiano” escribía don Bosco a un hermano. Esta frase ha sido puesta al comienzo del Motu Proprio Magisterium Vitae, con el cual el Papa Pablo VI en 1973 confirió al Pontificio Ateneo Salesiano el título de Universidad Pontificia, como para repetir, al más alto nivel: “Cultura y espiritualidad harán de ti un auténtico y competente educador pastor de los jóvenes”. En efecto son las dos necesarias para traducir en vida y en proyectos de misión la caridad pastoral salesiana. No es pues un aspecto marginal, que toca sólo algunos momentos de nuestra vida o interesa a quien está comprometido en alguna frontera especial de la misión. Puede asumir formas de expresión distintas, según las aptitudes y dones personales, pero siempre será una de las condiciones para encarnar aquel amor por los jóvenes, que da sentido a toda nuestra existencia.


El por qué de una nueva insistencia hoy.
Surge casi espontánea la pregunta sobre los motivos que llevan a retomar esta insistencia, después de los esfuerzos de años anteriores y una valoración más bien positiva de nuestros itinerarios formativos.
La evaluación hecha por el CG24 ha llevado a una constatación: “La participación de los seglares en nuestro espíritu y misión es para las comunidades salesianas un reto que debemos afrontar con una formación que responda a las nuevas exigencias”. Cuando después se motiva tal conclusión, en referencia a la hora que vivimos, se afirma: “La formación se propone lograr personas capaces de vivir hoy con madurez y alegría, de cumplir la misión educativa con competencia profesional, de ser educadores-pastores y de ser solidariamente animadores de numerosas fuerzas apostólicas”.
Es, pues, evidente que el nuevo nivel de formación no está motivado por límites o carencias, sino por el significado actual de nuestra presencia de consagrados en la sociedad, por cómo se está configurando la misión educativa y pastoral y por los deberes que se nos piden en las comunidades educativas.
Parémonos a comentar brevemente cada uno de estos motivos:

Una vida consagrada inculturada y profética.
En las respuestas recibidas en la preparación del Sínodo muchos percibían que “la vida consagrada es apreciada por su hacer, pero con frecuencia no se la comprende en su ser; a menudo es alabada por su compromiso en el mundo, pero en ciertos ambientes, como frecuentemente sucede a través de los medios de comunicación, su imagen es desfigurada hasta el punto de hacerla una realidad sin sentido a los ojos de la gente”.
Allí donde la secularización ha penetrado en la vida pública y privada, no se cuestiona tanto su utilidad, sobre todo en ciertas áreas de servicio (¡Se nos aprecia como educadores!), como su significado, la comprensibilidad de su testimonio de Dios, la capacidad de comunicar el mensaje que intenta dar.
Por otra parte, “el estilo de vida evangélico - dice la Exhortación Apostólica Vita Consecrata - es una fuente importante para proponer un nuevo modelo cultural. Cuántos fundadores y fundadoras, al percatarse de ciertas exigencias de su tiempo, han sabido dar una respuesta que, aún con las limitaciones que ellos mismos han reconocido, se ha convertido en una propuesta cultural innovadora... El modo de pensar y de actuar de quien sigue a Cristo más de cerca da origen, en efecto, a un auténtica cultura de referencia”.
Ser conscientes y testimoniar el valor y el sentido de la presencia de Dios en la vida, en un contexto cultural que no se apaga más allá de los horizontes temporales y privilegia la funcionalidad y utilidad inmediata, implica una profunda comprensión de la propia identidad consagrada y de su valor educativo, así como una renovada capacidad de insertarse en el ambiente como profecía y fermento.
Precisamente por esto se nos debe hacer conscientes, personal y comunitariamente, a través del discernimiento, la creatividad y la coherencia, cómo, cuándo y dónde aplicar algunos criterios que llevan a una expresión eficaz de la opción hecha: Asumir del ambiente aquello que es legítimo, insertar en él lo nuevo que viene de Cristo, dar y restituir el significado a aquello que todavía es ambiguo y criticar aquello que va contra la persona.
La vida consagrada no puede someterse a la mentalidad “corriente”. Requiere vigilancia, de espíritu y de mente en primer lugar, y capacidad de actuar dentro y de reaccionar, de proponer y de retar.

La nueva evangelización.
La “nueva evangelización” es el gran reto al cual queremos responder y la exigencia que nos compromete en esta vigilia de fin de milenio. En un momento de transformaciones históricas en la cuales se están elaborando nuevas concepciones de vida, frecuentemente sin referencia a Dios y al Evangelio, la Iglesia quiere renovar el encuentro entre cultura y Evangelio, volver a despertar el sentido de la fe en la existencia y expresar el valor de la presencia cristiana en la realidad social.
Quien quiere comprometerse en la nueva evangelización debe hacerse capaz de una confrontación abierta, inteligente y propositiva con los nuevos fenómenos, captar las tendencias culturales, intentar el anuncio en el corazón de la vida, interpretar los nuevos lenguajes y códices de significado.
La perspectiva de la nueva evangelización recoge un reto radical al ser cristiano, un interrogante sobre la identidad de creyentes e impulsa hacia un diálogo convencido con los demás en un clima de libertad. Por otra parte, nuestra misma fe y las razones de nuestra esperanza tienen necesidad de ser comprendidas de nuevo y vividas con profundidad y trasparencia. Jesucristo ayer, hoy y siempre es una confesión de fe, no un slogan; tiene que ver con la salvación de cada uno para que tenga la vida en abundancia y con la salvación del mundo que se va construyendo a fin de que sus proyectos no lo lleven hacia la autodestrucción.
El esfuerzo de acercamiento y de comprensión de este mundo copia de nuevo la vida de la encarnación y está inspirado en el mismo amor que guiaba el actuar de Jesús.

La significatividad de la misión educativa
Sentimos de forma urgente la exigencia de mejores niveles formativos en el área preferida de nuestra misión: la educación. Debemos, en efecto, hacer frente a la complejidad y multiplicidad en la cual los jóvenes se encuentran inmersos y a los problemas que el ambiente pone al crecimiento humano y a la fe, sabiendo, al mismo tiempo, sacar provecho de sus innumerables posibilidades.
Nuestra colocación educativa requiere, por tanto, un acercamiento reflejo a la cultura que permita actualizar contenidos y metodologías para salir al frente de las preguntas de sentido y de vida de los jóvenes.
Por otra parte, la diversidad y complejidad de las acciones educativas, que comportan conocimientos más completos y prácticas más consolidadas, exigen también hoy competencias adecuadas y reconocidas. Una débil cualidad profesional empobrece la propuesta educativa, disminuye la incidencia de nuestro actuar y, agravándose, podría echarnos fuera del campo de la educación. Nos damos cuenta de este riesgo sobre todo en algunos ámbitos en los cuales las novedades aparecen más evidentes, como la comunicación social, el mundo universitario y las áreas del “marginación juvenil”.
En los nuevos contextos, pues, donde nos estamos insertando con espíritu y criterio misionero y que podrían parecer más simples desde el punto de vista educativo, se siente la urgencia de crear programas adecuados a la situación e inculturar nuestra metodología pedagógica superando la simple transposición de contenidos y métodos pensados para otras áreas. Inculturación y cualidad comprometen a las comunidades locales, a los organismos inspectoriales y a los Centros de reflexión y de estudio. Un aumento de competencia parece indispensable en todos los frentes
Pero sabiendo que a veces debemos responder a las urgencias con realismo y estamos siempre dispuestos a hacer, es un deber afirmar que nuestras posibilidades futuras en el campo educativo se jugarán sobre la calidad . Para lo cual, si es verdadero que a veces “lo óptimo es enemigo de lo bueno” (“mejor un poco que nada”), es también verdadero que no podemos exponernos a una forma general de pastoral y educación que corre el riesgo de descalificarnos y no lograr la finalidad de nuestro servicio..
Esto sirve también en el área más estrechamente pastoral. Esta comporta un dominio mayor de las ciencias específicas, aprendidas de forma suficiente, revisadas y ampliadas continuamente y un cumplimiento más profesional de los deberes ministeriales. Dirigir conciencias, animar cristianamente a comunidades, presentar la Palabra de Dios de acuerdo con lo que ella dice y las situaciones humanas que se viven, clarificar las dudas éticas, presentar el Evangelio, formar para la oración y la celebración, orientar hacia la experiencia de Dios, son cosas que requieren fervor y alma, e incluso sabiduría adquirida a través de la reflexión y el estudio.
A esto se añaden las nuevas dimensiones de la pastoral hechas prácticamente universales: El ecumenismo, el diálogo interreligioso y con los no creyentes, el uso de la comunicación social que llega a ser un púlpito al alcance de la mayoría, la participación al debate público sobre múltiples cuestiones.
La pastoral no comprende solamente la organización y la acción inmediata; sino también la reflexión sobre las opciones a cumplir como comunidad cristiana y las orientaciones a sugerir a cada uno en la complejidad de la vida y, pues, capacidad de discernimiento, de iluminación y de anuncio.
Una sólida formación cultural y profesional como componente de la espiritualidad parece pues indispensable. Sobre este punto ha insistido con fuerza el sínodo sobre la formación sacerdotal, además del de la vida religiosa recordado anteriormente. Es el momento oportuno de volver a escuchar algunas expresiones de la Pastores davo vobis, por que no asegura estar ciertamente en onda con la Iglesia. “Si todo cristiano - afirman los Padres sinodales - debe estar dispuesto a defender la fe y a dar razón de la esperanza que vive en nosotros (cfr. 1 Pe 3, 15), mucho más los candidatos al sacerdocio y los presbíteros deben cuidar diligentemente el valor de la formación intelectual en la educación y en la actividad pastoral, dado que, para la salvación de hermanos y hermanas, deben buscar un conocimiento más profundo de los misterios divinos. Además, la situación actual, marcada gravemente por la indiferencia religiosa y por una difundida desconfianza en la verdadera capacidad de la razón para alcanzar la verdad objetiva y universal, así como por los problemas y nuevos interrogantes provocados por los descubrimientos científicos y tecnológicos, exige un excelente nivel de formación intelectual, que haga a los sacerdotes capaces de anunciar - precisamente en ese contexto - el inmutable Evangelio de Cristo y hacerlo creíble frente a las inmutables exigencias de la razón humana.


El papel de los salesianos en las comunidades educativas y pastorales.
El CG24 ratifica oficialmente el cambio del modelo en la forma de trabajar de los salesianos: Desde la responsabilidad exclusiva de la comunidad religiosa a la de la comunidad eclesial responsable, en la cual intervienen consagrados y seglares, sacerdotes y coadjutores católicos y miembros de otras confesiones, creyentes conscientes y otros en camino, cristianos o no cristianos. Si tal modelo, antes, se podía pensar opcional o alternativo, hoy está claro que esto constituye nuestra forma normal de presencia y de acción. Debemos aprender a hacerlo funcionar según como ha sido enunciado o, quizás, soñado.
Surgen, pues exigencias de cualificación en función del papel al cual son destinados los salesianos en este nuevo modelo educativo: El de ser orientadores pastorales, primeros responsables de la identidad salesiana de las iniciativas de las obras, animadores de los demás educadores (“núcleo impelente”), formadores de adultos responsables en el trabajo educativo; en una palabra, salesianos capaces de llevar adelante una misión junto a seglares competentes.
Se preve un aumento de responsabilidad para todos. No es pues difícil pronosticar que la incidencia de esta obra de animación dependerá en gran parte de la formación espiritual, de la visión cultural y de la preparación profesional de los salesianos.
Estos no sólo deberán tener un conocimiento mayor, teórico y práctico, de los problemas juveniles y de la educación, sino también desarrollar la capacidad de actuar conjuntamente con los adultos, más allá de la simple amistad, en problemas de vida y de fe, de comunicar y orientar, de proponer autorizadamente metas e itinerarios educativos. Esto requerirá también un desarrollo más convencido del espíritu salesiano, una conciencia refleja y orgánica del Sistema Preventivo y una mayor consciencia de la propia identidad.
Hacerse y permanecer capaces de animar un amplio ambiente educativo, de acompañar junto a otros educadores procesos de maduración y crecimiento, de orientar a las personas, de integrar en el contexto social, comporta tener siempre actualizadas las competencias y reservarse tiempo para repensar propuestas y métodos.
La dedicación de los hermanos y de las comunidades a esta forma de auténtico servicio de la Palabra se está ampliando, pero no ha sido asumida todavía por todos. En alguna parte cabe el riesgo de que permanecemos demasiado ocupados en preparar estructuras y organizar medios, descuidando repensar y profundizar comunitariamente el mensaje y traducirlo de forma adecuada a la comprensión de los destinatarios. En todo caso resulta evidente la diferencia entre estructuras y proyectos culturales, entre instrumentos e incidencia evangelizadora, entre edificios y propuestas educativas, la preocupación por la preparación cultural y profesional del personal religioso y seglar parece que no tiene la prioridad y las finalidades del conjunto permanecen como anuladas por el peso de las mediaciones. Es, quizás, la falta de competencia en el trabajo de animación y guía la causa de tal desajuste.


La ampliación del requerimiento de personal cualificado.
Mientras los campos llamados tradicionales (oratorio, escuelas, parroquias,…) requieren capacidad de pensamiento y de reflexión, además de osadía inteligente, por causa del cambio cultural y de la complejidad de las cuestiones que cada persona y cada comunidad tiene que afrontar, vemos que para el crecimiento de algunas presencias se incrementa la solicitud concreta de personal preparado. Cuando hacemos el recuento de las solicitudes y de las disponibilidades no encontramos con “deficit”, ya a nivel de simples números, sin considerar incluso otros elementos que limitarán las prestaciones de las personas, como la edad, la salud, compromisos a los cuales no pueden renunciar.
Pensemos en los centros de estudios teológicos en el cual todo ahorro indebido tendrá su repercusión en el futuro, a los centros de estudio del postnoviciado con idénticas exigencias. Coloquemos junto a estas las comunidades formadoras, siempre necesitadas de expertos en procesos vocacionales , formación salesiana y espiritualidad.
Añado, a grandes rasgos, las bastante numerosas instituciones universitarias, los centros editoriales donde no basta con gestionar la estructura si no se dispone de personas capaces de elaborar líneas culturales, los varios Institutos creados en estos últimos años como respuesta a solicitudes y necesidades de la Congregación, la colaboración que nos piden ciertas instancias, por la experiencia adquirida y por una reconocida capacidad de inserción popular.


Prioridad por la cualificación de los hermanos
En la Relación sobre el Estado de la Congregación terminaba la primera parte dedicada a la “Preparación de los hermanos” con las siguientes afirmaciones: “El estado de nuestros medios, el alcance ce nuestros compromisos y el crecimiento del mundo nos piden en todas partes un paso adelante en la preparación cultural y en la robustez espiritual de los salesianos y de las comunidades. La perspectiva es, por tanto, consolidar el proceso y centrar mejor el contenido de la formación permanente, concederse un período extraordinario para recualificar al personal, particularmente al dirigente, orientar hacia especializaciones al mayor número posible de salesianos y mejorar la formación inicial aprovechando la experiencia adquirida”
Era una valoración que sentía empeñativa, susceptible de interpretaciones no siempre de acuerdo, pero madurada con sufrimiento en la oración. Aparecía, en efecto, como una orientación de consecuencias fundamentales en el sexenio.
Hoy estoy convencido que debemos apostar por esta prioritaria inversión y traducirla en algunos proyectos concretos, asumiendo incluso sus consecuencias limitadas en apariencia. Se impone una opción consciente de la Congregación y de las Inspectorías, que haga posible un salto de calidad en la forma de vida de cada hermano, en la mentalidad y en la práctica de las comunidades y, por consiguiente, una forma de ordenar los objetivos inspectoriales. No se trata de un leve retoque, sino de algo mucho más radical, aunque no totalmente nuevo porque en muchos sitios está ya encauzado este camino.
Sé que no es fácil vivir a nivel personal y traducir en acción de gobierno el equilibrio salesiano entre el “yo por vosotros estudio” y el “yo por vosotros trabajo”, entre caridad y búsqueda de la calidad pedagógica y pastoral. Las urgencias de la misión, la escasez de personal, las nuevas oportunidades que nos ofrecen, el multiplicarse de los proyectos, elementos constantes en la experiencia salesiana y fruto positivo del Da mihi animas, empujan a la interdependencia. Y por esto no podrá disminuir. Hay que prestar atención para que el hacer no lleve al cansancio, a la repetitividad, al estancamiento cultural, a la dispersión mental y a la improvisación.
No es la primera vez en la historia de nuestra Congregación que se piensa en opciones firmes para un cambio de práctica, en vistas a las exigencias percibidas y en previsión de nuevas floraciones que parecen posibles pero solamente con ciertas condiciones. Se presentan en fases de desarrollo necesariamente veloz y, previniendo el agotamiento, preparan otras igualmente fecundas.
Quiero recordar tres intervenciones, habidas en momentos distintos, pero que en su conjunto manifiestan nuestra misma preocupación de hoy. Los tres establecen un criterio y una línea de acción para garantizar la preparación de los hermanos y la calidad en el cumplimiento de la misión educativa.
Durante los años 1905-1906 don Rua se propuso organizar y asegurar la regularidad de los estudios de los hermanos jóvenes. Los frentes de trabajo son muchos, el personal, aunque en aumento, no es suficiente, los criterios de su ocupación en las obras se remontan al Fundador, pero la expansión de la Congregación, y también las exigencias de la iglesia, hacen evidente la necesidad de un cambio. Existe, en efecto, el riesgo de sacrificar la formación por las urgencias de las obras, abreviando los cursos de filosofía y de teología.
Es necesario, escribe don Rua, “que regularicemos cada día más nuestras cosas y que, a tal efecto, pongamos sobre todo, como la más noble aspiración, la formación intelectual y moral de nuestros clérigos”. En la práctica, continúa don Rua, plenamente consciente de las dificultades que la decisión causará, “se solicitan dos cosas:
1º No proponer al Capítulo Superior, al menos por un quinquenio, la apertura de nuevas Casas o fundaciones, ni la ampliación de las existentes. No podemos: ¡Esto es todo¡.
2º Revisar atentamente cada una de vuestras Casas y visto sí y cuales se pueden suprimir, para mejor regularizar los remanentes de la Inspectoría, hacer la propuesta de ello al Capítulo Superior. No es el número lo que nos debe preocupar, sino más bien el recto y regular funcionamiento”. En una carta del 1906 recuerda, con decisión, sobre la norma dada.
En 1928 interviene don Rinaldi. La vocaciones crecen muy satisfactoriamente (cerca de 1.000. novicios); las obras salesianas, especialmente las misiones, se desarrollan a un ritmo impresionante y aquí se encuentra constantemente frente a nuevas solicitudes; Los Inspectores no disponen de personal para tantas obras y no pocas veces se sacrifican los estudios y con ellos la formación de hermanos jóvenes.
Frente a esta situación, consciente de que la misión no se puede cumplir sin la debida preparación, don Rinaldi escribe en las Actas del Consejo Superior de septiembre de 1928: “Por lo tanto he decidido, con la plena aprobación del Capítulo Superior, que, durante el cuatrienio 1929-1930-1931 y 1932 no se acepten más nuevas fundaciones ni de casas ni de misiones. Esta tregua, bien entendida por los Inspectores y Directores, será un bien para las Inspectorías; aportará tranquilidad a las casas y sosiego a todos los Hermanos; marcará un verdadero progreso para nuestra Sociedad, antes que una parada dañosa, porque servirá para cuidar mejor de las vocaciones y preparar a la Congregación para desarrollarse más sólidamente en el porvenir”.
Completo esta referencia a nuestra historia, citando algunos escritos de Don Ricceri en 1966 en la presentación oficial de los documentos del CGXIX. Se comprende fácilmente su contexto. Apenas terminado el Concilio Vaticano Segundo, se estaba al comienzo del descubrimiento de nuevos horizontes y exigencias pastorales determinados por la entusiasmante visión de la Iglesia, de su misión y de su relación con el mundo. “conectada con esta exigencia formativa - escribe don Ricceri - existe otra no menos importante como es la cualificación de cada hermano para los distintos cargos a los que lo llamará la obediencia. Hoy la sociedad rechaza insertar en sus estructuras a los genéricos, a los hombres sin especialización cultural, técnica, profesional... La gente, la Iglesia la primera, nos necesita auténticos especialistas en pedagogía y apostolado. Debemos responder a esta expectativa lo antes posible... No basta con una cierta práctica... Ahora cada manifestación de nuestra actividad reclama gente especializada... No se habla aquí de hacer colección de títulos académicos, de altas especializaciones, ni tampoco se quiere entusiasmar a una egoísta o ambiciosa carrera de estudios para la propia satisfacción pero estériles para el apostolado; se requiere solamente una preparación verdaderamente adecuada para trabajar con fruto en alguno de los innumerables campos de acción a los que nos llama la Providencia. Se entrevén en seguida las consecuencias que provienen de estas orientaciones para Superiores y Hermanos”. “Será preciso hacer algo más - escribe pocos meses después en las Actas del Consejo - para dar a toda la actividad de los salesianos aquella cualificación que no es un lujo, sino una necesidad cada vez más evidente, si se quiere responder a las irrenunciables exigencias de nuestra misión”.
Por otra parte, el período inmediatamente precedente al nuestro, orientado por don Egidio Viganó, ha subrayado la misma emergencia y ha dado pasos eficaces para resolverla con la nueva organización de los procesos formativos vueltos a formular en la Ratio, con la actualización de los programas de estudio conforme a la evolución de casi todas las ramas de la teología y del saber, con el inicio y la difusión de la formación permanente y con la creación de nuevos Institutos relativos a las competencias actuales (pastoral, comunicación social).


La principal inversión de hoy.
Los momentos históricos a los cuales he hecho referencia son distintos entre sí y del nuestro. No los he citado para moderar el ímpetu de la misión o la creatividad apostólica, y menos aún para volver a proponer materialmente las medidas citadas ahora. Nuestros tiempos reclaman más la renovación y la reorganización de la vida que los descansos y las paradas.
Por el contrario las diversas intervenciones subrayan la necesidad de hacer opciones, de establecer prioridades, afrontando con visión de futuro la tensión permanente entre las urgencias y las exigencias de la misión, entre la generosidad y la calidad del servicio. Además, nos hacen ver que el crecimiento de la Congregación es una continuidad en la cual, a veces, prevalece la expansión, otras, es necesario cuidar la consistencia y la consolidación que tienen que apasionar y pueden también entusiasmar. Por último, nos enseñan que no sólo debemos administrar bien los recursos heredados, sino que debemos estar atentos a suscitarlos, multiplicarlos y desarrollarlos para el futuro...
Las circunstancias en la Congregación, incluso desde la perspectiva que estamos considerando, son múltiples. Hay zonas en expansión y otras en recesión, Inspectorías con una edad media inferior a los 40 años y otras con edad media superior a los 60, áreas de pastoral complejas y otras más sencillas, contextos educativos muy institucionalizados y determinados desde afuera y otros en los cuales podemos trabajar con mayor libertad de iniciativa; Inspectorías consolidadas con comunidades formativas y equipos cualificados y otras que están dando los primeros pasos en algunos de estos sectores. ¡La valoración máxima de los recursos humanos es, para todas, una obligación!
La misión salesiana, como indicaba anteriormente, ha entrado plenamente en nuevas fronteras, geográficas y culturales, y este movimiento no cesará en el inmediato futuro. Antes bien las modalidades, las urgencias pastorales, las posibilidades de presencias influyentes en un amplio radio de acción, modificarán incluso nuestro modo de actuar. Una inteligente visión de las cosas lleva a proveer a las necesidades locales, pero también a considerar la contribución que hay que dar a algunas iniciativas que superan los horizontes inspectoriales y manifiestan la misión salesiana a nivel regional, nacional e internacional.
Para todo esto la cualificación de las personas, la consolidación de los centros y de los equipos, la promoción de una cierta sensibilidad cultural en la Inspectoría, no pueden ser fruto de breves períodos, limitarse al vencimiento de un sexenio o cerrarse a cálculos restringidos. Es indispensable una acción de gobierno continuada y con una visión de futuro Un Inspector que pone en práctica un plan de cualificación del personal, sabe que no disfrutará de sus frutos durante su mandato. Pero sería triste despilfarrar el “capital” de posibilidades, acumulado con sacrificio, por que no se valora la inversión hecha anteriormente o no se le da continuidad.
Durante la elaboración de la programación para este sexenio el Consejo General se ha preguntado cómo llevar a cabo una acción de Congregación, que haga real la inversión prioritaria para la formación, cómo orientar un proceso que recupere el valor de nuestra consagración religiosa en la misión educativa y nos haga portadores de una espiritualidad vivida y comunicada, como habilitarnos para ofrecer una propuesta educativa que corresponda en estilo y contenidos al Sistema Preventivo inculturado en el hoy, cómo cualificar el camino de educación a la fe y favorecer una comunicación que haga eficaz nuestro anuncio en estos momentos de nueva evangelización.
Ha surgido como criterio fundamental el potenciar la “calidad” del salesiano, de la comunidad y de la misión. Es una preocupación que deberá ser asumida de forma convergente por los distintos niveles de gobierno. De ella dependen, en gran parte, las relaciones entre SDB y seglares, la significatividad de la experiencia religiosa, la incidencia de la comunidad SDB como núcleo animador. Hemos condensado esta obligación en la expresión “gobernar formando”. Conscientes de que el gobierno comprende otros aspectos específicos que no hay que descuidar, consideramos el esfuerzo de la formación-cualificación de los hermanos y, en especial, de los responsables en los diversos campos de acción, una vía privilegiada de orientación y animación por que multiplica los resultados y crea unidad.


Algunas opciones concretas para invertir en la calidad.
En el discurso final del CG24 he especificado el alcance concreto de la inversión preferencial por la formación. “Invertir significa fijar y mantener prioridades, asegurar las condiciones y actuar según un programa donde el primer puesto sea para las personas, las comunidades y la misión. Invertir en tiempo, personal, iniciativas y medios económicos para la formación es tarea e interés de todos”.
Ahora os propongo algunos compromisos a privilegiar. Me refiero sucesivamente al área de las personas y a la de las estructuras (obras), partiendo de algunas constataciones ya comunes y compartidas.
La primera: El principal recurso de la Congregación son los hermanos. Condición indispensable para la significatividad de la misión es pues su preparación. “Algunos de tales elementos se hallan, en nuestra vida, más expuestos al desgaste o a la esclerosis; requieren una atención particular. La cultura evoluciona rápidamente, se difunden los conocimientos, las informaciones llegan ininterrumpidamente y la mentalidad sobre los valores y concepciones de la vida plantea siempre nuevos interrogantes. La cultura es una dimensión que requiere un esfuerzo paciente y continuado”.
Una segunda constatación: De poco servirían las iniciativas extraordinarias, si , al mismo tiempo, no se cuidase la calidad de la vida cotidiana y la continuidad en el esfuerzo. Poca incidencia tendrían las oportunidades ofrecidas a cada persona, sino se llegase al estilo de vida comunitaria y al modo de llevar adelante el trabajo apostólico.
Por consiguiente, la mirada se dirige a las personas y a las estructuras; la invitación a hacerse responsables de la calidad va dirigida simultáneamente a cada hermano, a cada comunidad y a cada Inspectoría.


Las personas.

Una palabra a cada uno de los hermanos: “Vela por ti mismo”.
La mística del trabajo se presenta como una característica nuestra; un poco desde donde se admira nuestra disponibilidad y nuestra habilidad. Debemos dar gracias al Señor por esta capacidad de dedicación total, que el Espíritu ha formado en Don Bosco y que observamos cada día en tantos hermanos. Esta no es un impedimento al crecimiento, antes bien en nuestra espiritualidad es uno de los recorridos fecundos. Pero requiere las adaptaciones que hoy connotan el trabajo, en el cual la acción manual y el esfuerzo físico son un aspecto menor. A veces el estilo de vida que asumimos y el ritmo del movimiento pueden desgastar nuestra experiencia espiritual, desenfocar nuestra imagen frente a jóvenes y adultos, minar nuestra capacidad de influir, a causa de la dispersión y la multiplicidad.
En nuestro Fundador admiramos la armonía constante entre entrega y profundidad, entre activismo y unidad de vida. Don Bosco se ha gastado físicamente, pero ha cultivado aquel visión sabia, aquella inteligencia de las cosas a la luz del Espíritu, aquella unión con Dios que han dado un perfil original - la llamamos santidad salesiana - a su experiencia personal.
Pensando en la diversidad de situaciones y condiciones de vida de cada uno y recordando algunas afirmaciones de la Vita Consecrata respecto al significado y al valor de la nuestra vocación, me atrevo a dirigiros a cada uno algunas preguntas de reflexión: ¿Empleamos tiempo para reavivar, con siempre mayor profundidad, nuestra vida en el Espíritu? ¿Alimentamos el gusto por un más amplio conocimiento de cuanto se refiere al misterio cristiano y las cuestiones que se refieren al hombre? En cuanto al enriquecimiento cultural, según el sentido expresado en estas páginas, ¿cuál es nuestro programa en términos de áreas, objetivos y tiempo? ¿Cómo se cumple en nosotros lo de “yo por vosotros estudio” de Don Bosco?
Puede existir el riesgo de que se forme una cierta costumbre según la cual el trabajo y la reflexión parezca que compiten entre sí, especialmente cuando el ritmo apremiante impele a lo inmediato y parece no dejar tiempo para más. Se puede hacer común la convicción de que la cultura personal como reflexión sobre la realidad a la luz de la fe, tenga poco que ver con el trabajar caritativamente en favor de los jóvenes pobres.
Cuando el CG23 afirma que la interioridad apostólica es al mismo tiempo caridad pastoral y capacidad pedagógica, nos invita, precisamente, a unir creatividad y competencia, acción y reflexión como necesarias, ambas entre sí, en la vida salesiana.
Nuestra Regla de vida acumula en rápida sucesión una serie de indicaciones de las cuales necesita tomar la única intención. Habla de un salesiano que intenta “responder a las exigencias siempre nuevas de la condición juvenil y popular” se capacita “para hacer su trabajo con más competencia”, cultiva “la capacidad de aprender de la vida”, en particular en las relaciones con los jóvenes y con los ambientes populares y valora la eficacia formativa de las distintas situaciones y propuestas. Mediante iniciativas personales y comunitarias, cultivamos la vida espiritual salesiana, la puesta al día en teología y pastoral, la competencia profesional y la creatividad apostólica”. “Cada hermano, dicen los Reglamentos, mejore su capacidad de comunicación y diálogo, se forme una mentalidad abierta y crítica y desarrolle el espíritu de iniciativa para renovar oportunamente su proyecto de vida. Cultive cada uno el hábito de la lectura y el estudio de las ciencias necesarias para la misión”, “estudie con sus superiores el campo de cualificación ...conserve la disponibilidad característica de nuestro espíritu y esté dispuesto a renovarse periódicamente”. Es lo suficiente para decirnos que es un don que hay que cultivar con paciencia para poderlo dar siempre fresco y en plenitud. En esto funciona siempre el programa ascético: Trabajo y templanza, lo cual comporta moderarse sobre lo menos importante o, por consiguiente, inútil y disgregador y entregarse con ahínco a lo esencial.
Las iniciativas de cualificación, nuevas capacitaciones y actualizaciones se han multiplicado en estos años. En no pocas Inspectorías hay propuestas bien articuladas y orgánicas. Corresponde a cada uno sacar de ellas el máximo provecho.
Pero es necesario también un compromiso cotidiano personal. La mentalidad común, los periódicos, los medelos de publicidad constituyen casi una escuela que nos comunica una extraña cultura y, con frecuencia, contraria a nuestra “cultura de referencia”. Si no asistimos a una escuela alternativa (meditación, revisión de vida, lecturas, informaciones, estudio, participación, discernimiento, etc) seremos orientados insensiblemente hacia una visión de la vida, hacia un proyecto de existencia que no se compaginan de ninguna forma con lo que hemos profesado. Hay que preguntarse siempre cuáles son los canales que nutren nuestro pensamiento y nuestra mentalidad, cómo construimos e ilustramos en nosotros la relación fe-cultura, sentido pastoral-necesidades emergentes.
Démonos tiempo para cultivar nuestro proyecto de vida, para gustar nuestra experiencia de consagrados, evaluar nuestro camino de crecimiento, prevenir el desgaste y dominar los afanes vehementes, testimoniar y compartir el manantial profundo de nuestro actuar.
Démonos tiempo para “capacitarnos para desarrollar con más competencia nuestro trabajo”, trabajo de educadores, de animadores y de pastores. Acompañar a las personas, orientar a las comunidades es un deber exigente y nada fácil. Hay algunos ambientes que en el contexto de la cultura actual y religioso revisten una especial dificultad e importancia, como por ejemplo: el campo ético-moral, los problemas de la vida, la pedagogía espiritual y sacramental, los temas relativos a las relaciones fe-cultura, la dimensión social y la solidaridad.
Este “darse tiempo”, constituirá un mensaje para los seglares y un estímulo para los jóvenes que se sientan llamados a la vida salesiana. Hoy, a la imagen del religioso trabajador y emprendedor, socialmente útil, hay que unir la profética de quien hace una experiencia personal portadora de sentido, guiada por la sabiduría del Evangelio.

Una consigna a las comunidades: cuidar la calidad de la vida y del trabajo.
La “calidad cultural y pastoral” encuentra un estímulo, un ambiente y casi una escuela en el estilo de vida de la comunidad. La experiencia dice que, después de algún tiempo en un tipo de comunidad, hemos crecido en la visión del mundo juvenil y de los problemas educativos, en las relaciones con los seglares, en la capacidad de compartir y en el discernimiento. Por el contrario en otro tipo de comunidad nos sentimos más inclinados a la dispersión, vivimos más “de paso”, bajo el signo de la emergencia, nos habituamos a una forma excesivamente individual, cedemos a la costumbre, nos aislamos mentalmente.
Es, pues, determinante la inserción de la vida y del trabajo en la comunidad local. También hoy vivimos una comunicación más amplia , incluso inspectorial.. No son indiferentes - entre sí - el nivel de intereses, la calidad de la información, la comunicación de experiencias, el tipo de relaciones con los jóvenes, con los seglares, con el contexto del territorio.
Nuestras comunidades tienen, muy frecuentemente, cambios en su composición y en su vida. Se modifican las relaciones con la obra educativa y los deberes asignados a los hermanos en ella, la conexión con el ambiente exterior social y eclesial y el modelo operativo para cumplir la misión. Por otra parte, la insistencia de los últimos años ha proporcionado resultados positivos como la asunción de nuevas exigencias; se han multiplicado los momentos de intercambio y los procesos que favorecen el reflexionar, el compartir, el discernir, el rezar y el trabajar “juntos”.
Hoy nos parece claro que, si se quiere evitar el estrés, el activismo, la superficialidad, es necesario establecer un ritmo cotidiano y semanal que favorezca la recuperación de fuerzas y el lanzamiento de la calidad de vida, también en el aspecto cultural, poniendo las condiciones para ofrecer a los hermanos un contenido actualizado de reflexión. La calidad de la vida y del trabajo encuentran apoyo y alimento en la programación anual que puede proporcionar ofertas especiales para la cualificación de todos y de la comunidad.
Con esta idea se ha pensado “el día de la comunidad”, instrumento válido de crecimiento conjunto, los momentos de reunión de los Consejos y de los equipos, la participación de la Comunidad en experiencia formativas con los colaboradores seglares y con otros círculos de personas (ámbito eclesial, de vida religiosa, educativo), la elaboración y revisión del PEPS a valorar como elemento formativo.
El director, oportunamente preparado y sostenido por el Consejo y por los hermanos, está llamado a favorecer un ambiente y una forma de relaciones internas y externas, que “cualifiquen” a los hermanos. Corresponde a él, en primer lugar, promover y valorar algunos estímulos especiales, como las orientaciones de los Pastores de la Iglesia, especialmente del Papa, los documentos de los Capítulos, las cartas del Rector Mayor, y también aprovechar, con inteligencia, otras ocasiones más sencillas como las “buenas noches”, la lectura espiritual y la información salesiana y eclesial.
Un ambiente indispensable en toda comunidad es la biblioteca y la correspondiente sala de lectura. Su cuidado y el material que en ella se expone son indicativos: tienen una utilidad real y, como en el caso de la capilla, también un valor simbólico en el conjunto de la casa.
El uso comunitario que se hace de ella ha cambiado. En efecto han cambiado los caminos personales de lectura (libros, revistas, CD, Internet). Su función es, normalmente, todavía actual y necesaria para ofrecer, incluso a los colaboradores seglares y a los externos, nuestro patrimonio específico de historia, de pedagogía y de espiritualidad, así como el pensamiento fundamental de la Iglesia y los “grandes libros” del pensamiento cristiano. No debería faltar, en las debidas proporciones, ni siquiera en las residencias misioneras, en las cuales se debe poder contar con un suficiente apoyo para la actualización pastoral y recoger lo que sirve para un buen conocimiento de la cultura local.
Hay, pues, que estimular la iniciativa de tener en la Inspectoría una o algunas bibliotecas lo más completas posibles en relación al carisma y a la obra salesiana a nivel mundial y local y a los escritos que puedan dar una idea del contexto social y político en el cual han nacido y se desarrollan las obras de la Inspectoría.


Una orientación para las Inspectorías: Hacer un “plan” para la cualificación de los hermanos.
La cualificación del personal debe constituir en este período un compromiso prioritario de gobierno: Buscamos gobernar formando a los que animan y dirigen, orientamos preparando mejor a los que trabajan en los diversos sectores.
Desde todas las organizaciones nos llega una indicación en este sentido. La cualificación de los cuadros dirigentes, de los responsables intermedios y de los mismos trabajadores está siempre bajo la atención de la dirección. En nuestro caso, a la responsabilidad personal y comunitaria puesta de manifiesto ya anteriormente, debe añadirse además una acción inspectorial programada y constante.
Hemos dado ya algunos pasos en este sentido. Cito como ejemplo, la preparación y acompañamiento de los directores. Algunas inspectorías han establecido encuentros de los equipos inspectoriales con un momento formativo programado al comienzo del año por el Consejo inspectorial, según un programa de varios años. Otras han preparado un plan de cualificación de los cuadros dirigentes y se han comprometido, incluso con esfuerzo económico y de personal, a ofrecer cada año a algunos hermanos la posibilidad de especializarse. Existen las que, con sacrificio, proveen de personal preparado a algún centro de estudios. Y otras que, reconociendo la imposibilidad de hacerlo ellas solas, han establecido acuerdos de colaboración a nivel interinspectorial, contribuyendo con hermanos cualificados.
Se trata sólo de un modelo que demuestra la urgencia percibida y en parte asumida. El panorama de la Congregación es mucho más rico y variado y, por consiguiente, presenta también zonas en sombra. Es, pues, el caso de proponer para todos una acción inspectorial más comprometida y orgánica.
Traducir tal acción en medidas concretas implica, entre otras cosas:
Hacer un elenco completo de las cualificaciones, también parciales, de todos los hermanos para una mejor valoración. Sucede con frecuencia que cualificaciones adquiridas durante los años de estudio no han fructificado de forma continuada y comunitaria; lo mismo se deberá hacer a nivel de Congregación, recordando que ya el CGS invitaba a programar intercambios de personal entre los centros de estudios.
Determinar las áreas en las cuales la preparación cultural y la competencia profesional se presentan más urgentes según el proprio contexto, el estado del personal y la situación pastoral y educativa de la Congregación en perspectivas de presente y de futuro.
Cualificar el mayor número posible de hermanos para los distintos campos y dimensiones de la misión salesiana, sobre todo para aquellos considerados como más significativos hoy. Esto se recomienda a todas las Inspectorías, pero de manera especial a aquellas que tienen un número consistente de vocaciones. Estas deben cualificar a hermanos no sólo en función de la necesidad inmediata y de los proyectos particulares, sino según el criterio de desarrollar al máximo los recursos humanos a fin de que estén disponibles para las necesidades y los frentes de compromiso de la Congregación.
A las iniciativas ejemplares de tipo interinspectorial se unen hoy otras por fuerza de la universalidad y la transversalidad que caracterizan a la acción en todos los campos. Nos hallamos siempre en apuros con la búsqueda del personal preparado para comunidades de formación en zonas emergentes, para proyectos importantes que la Iglesia nos quiere confiar en contextos de primera evangelización, para nuestra Universidad, para un servicio cualificado de reflexión y proyección en la Dirección General. Sería grave sacrificar talentos solamente por que no se calcula el poderlos emplear en lo reducido del propio ámbito.
Ocupar a los hermanos cualificados en ocupaciones específicas dentro del proyecto de la Inspectoría y de la Congregación. La mejor preparación de la cual hablamos tiende a mejorar nuestro trabajo y está orientada a esto. A veces sucede que los hermanos enriquecidos por una especialidad, no ven otra forma de sacar provecho de ella, si no es abriendo un frente proprio o insertándose en proyectos externos a ella.
Insistir sobre la permanencia de los hermanos en el ámbito de la propia cualificación. Sobretodo en los centros de estudio se necesitará dar continuidad y consistencia a los cuerpos docentes y a los equipos, para crear una tradición de reflexión y de pedagogía formativa.
Todo esto supone la elaboración y la puesta en práctica de un plan inspectorial de cualificación del personal, anualmente evaluado, y una sagaz administración de los recursos. Lo solicitaba el CG23 cuando escribía: “Cada Inspectoría prepare un plan orgánico de la formación permanente de los salesianos con miras a su renovación espiritual, a su cualificación pastoral y a su competencia educativa y profesional”. Esto es lo que la programación de este sexenio trata de concretizar estableciendo: “Pedir a las Inspectorías un programa de cualificación del personal, verificarlo periódicamente y favorecer su realización”.
Queridos Inspectores, corresponde a vosotros la responsabilidad y la esperanza de esta orientación. Conozco las dificultades en las cuales muchos de vosotros os debatís cada año para cubrir los puestos de trabajo y siento con vosotros el número reducido de nuevas vocaciones. No obstante debemos no sólo gestionar las crisis, sino sembrar para el futuro. El pedido del programa de cualificación será un momento de comunicación fraterna para darnos cuenta de tantos recursos a usufructuar y para ayudarnos a desarrollar todos los dones que el Señor manda a nuestra querida Congregación. Elegid con cautela el personal a preparar y sed magnánimos en asegurar a la Inspectoría las condiciones para un futuro que ciertamente ofrecerá otros modelos de presencia para los cuales conviene prepararse.
En el plan hay que considerar también el deber de asegurarse la memoria histórica salesiana, como comunicación de una experiencia refleja, que expresa concretamente la identidad vivida en los diversos contextos y culturas, en momentos históricos ordinarios y en situaciones excepcionales.
La Congregación ha querido fundar en Instituto Histórico Salesiano. Es la manifestación de su preocupación, que debe tener su corresponsal en cada inspectoría. El que olvida la memoria pierde las raíces. Nos encontramos, hoy, ante un expansión salesiana de 150 años, extendida en todos los continentes que también debe ser contada. No podemos perder un patrimonio tan precioso. Pensemos en el valor que podría tener para nosotros y para los hermanos del mañana la historia de la implantación y del crecimiento de la Congregación en los distintos contextos y la historia de ciertas naciones, que han recuperado recientemente la libertad. Es evidente que no basta con haber creado la estructura o fundado el Instituto, si no hubiera después los hombres que trabajen en ello con pasión y amor.
Cada Inspectoría sienta la responsabilidad de conservar, de estudiar y de comunicar la propia historia según criterios , que podrán ser indicados oportunamente. Para hacerlo son indispensables estudios especializados, pero también es importante la atención cotidiana, que se manifiesta en el cuidado de la crónica, en el cuidado de los archivos y en la conservación de la documentación más significativa.


El punto de partida: la dimensión cultural en la formación inicial.
La formación del salesiano no se limita a los estudios, y no se mide sólo en la capacidad intelectual. No querría, pues, que la insistencia sobre el compromiso cultural fuera interpretado como un criterio selectivo, en base a coeficientes de inteligencia especulativa. Sabemos que cada capacidad y, en especial, la capacidad del corazón y de la donación, encuentran puesto en la comunidad y en la misión salesiana. No obstante es especial el relieve que nuestra Ratio da a la urgencia de una seria preparación cultural, inspirándose en la historia de la Congregación y sostenida ampliamente por las orientaciones más recientes de la Iglesia.
Para el salesiano - y esto no vale sólo para los hermanos jóvenes - resulta indispensables una comprensión de la vida que lleve a la opción vocacional sólidamente motivada y ayude a vivir con consciencia cada vez más madura, sin reduccionismos ni complejos, la propia identidad y su significado humano. No es irreal el riesgo de extraviarse frente a corrientes de pensamiento y el de refugiarse en modelos de comportamiento y formas de expresión ya superados. Nuestra vocación en este caso, aislada de la vida y de la cultura, no se convertiría en fermento y reto, sino que más bien sería relegada a nivel de opción subjetiva.
La cualificación de la cual estamos hablando está determinada por el “yo por vosotros estudio”; recibe, por tanto, una caracterización original para la misión. Por esto privilegia algunos aspectos particulares. En primer lugar, un especial conocimiento del mundo juvenil y una capacidad de inserción educativa y pastoral en él. Sabemos, por experiencia, que esto exige una atención y una reflexión constante. Requiere, además, una capacidad práctica de traducir en proyectos significativos la misión educativa en el contexto actual marcado por la complejidad, por la libertad, por el pluralismo y por la universalidad. Favorecen una comprensión, lo más amplia posible, del hecho pastoral y la posesión de la competencia pedagógica. Y también, un cuadro de referencia espiritual que, con la “gracia de la unidad” propia de la consagración apostólica salesiana, lleve a traducir el esfuerzo de conocimiento y de acción en experiencia de vida en el Espíritu. Hemos repetido a menudo que hay que unir en la mente y en la vida, espiritualidad, pastoral, pedagogía, compromiso pastoral, educación de los jóvenes y del pueblo.
Hoy la urgencia de esta síntesis no es menor. Por el contrario, la tendencia a la fragmentación, a lo inmediatamente compresible y practicable, nos expone a peligrosos vacíos y carencias.
La necesidad de una sólida cultura de base es fuertemente subrayada en los documentos eclesiales y en las reflexiones sobre la formación de estos años. “Es necesario contrarrestar - afirma la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis - decididamente la tendencia a reducir la seriedad y el esfuerzo por los estudios, que se deja sentir en algunos ambientes eclesiales, como consecuencia de una preparación básica insuficiente y con lagunas en los alumnos que comienzan en período filosófico y teológico. Esta misma situación contemporánea exige cada vez más maestros que estén realmente a la altura de la complejidad de los tiempos y sean capaces de afrontar, con competencia , claridad y profundidad, los interrogantes vitales del hombre de hoy, a los que sólo el Evangelio de Jesús da la plena y definitiva respuesta”. “Desde muchas partes - afirma la Instrumentum laboris del Sínodo sobre la Vida consagrada, - se subraya la necesidad de una formación intelectual, filosófica y cultural más sólida e intensa, incluso en vistas a un adecuado estudio de la teología y de una preparación para la nueva evangelización”.
Es necesario pues, reafirmar la importancia de la formación intelectual y, donde sea necesario, ponerla a niveles que correspondan al momento actual. En efecto, “sin una preparación cultural actualizada que capacite a vivir conscientemente la vocación, lleve a una visión adecuada de la realidad, cree hábitos de reflexión y ofrezca instrumentos oportunos para seguir profundizando”, no podemos esperar, aunque sea mínimamente, cumplir los objetivos de dentro de la Congregación, como son los determinados por el CG24.
Guiados por semejantes valoraciones, en la programación del Consejo General para este sexenio habíamos expresado algunas orientaciones tendentes a “cuidar la preparación intelectual durante la formación inicial”. Vuelvo a tomar de nuevo tres de ellas que confío de modo especial a los jóvenes hermanos y a los responsables de la formación.
La primera mira a “hacer conocedores a los hermanos jóvenes de la necesidad de una sólida cualificación cultural y profesional y del compromiso por la reflexión y el estudio”. El acento se ha puesto sobre el conocimiento. Las fases iniciales de la formación, además de una fundamentada síntesis doctrinal sistemática, alargable y modificable, debería dejar un gusto por la reflexión, un método de estudio, un propósito de formación continuo y la convicción de que un Buen Pastor para el ejercicio de la Palabra debe ser también un buen “doctor”, conocedor de los misterios del reino y de la vida humana.
Queríamos pues “analizar y adecuar la formación intelectual (planteamientos, programas, métodos, etc) a las exigencias de la vocación y de la misión”. Esto comprende los contenidos y las competencias que miran a la experiencia religiosa y cristiana, los problemas que más golpean la conciencia humana, las condiciones y procesos de crecimiento de los jóvenes según las diferencias con las cuales se presenta su vida.
Finalmente, en la formación intelectual nos interesa “subrayar la perspectiva salesiana de la formación intelectual y el estudio de la “salesianidad” y asumir las indicaciones del CG24”. La sensibilidad salesiana, que es parte del carisma y don del Espíritu, constituye el punto de vista para síntesis originales. No es necesario caer en el genericismo. La práctica sugiere el modo de organizar el pensamiento y viceversa. Por otra lado, la materia explícitamente salesiana se ha hecho abundante: Existe una historia que no se debe olvidar, existe la espiritualidad que hay que comprender, existe el patrimonio pedagógico general y existen las líneas especiales de pedagogía práctica, existe la evolución del pensamiento de lo cual es testigo la literatura salesiana.
Añado, en este contexto, una indicación que juzgo oportuna. La conciencia de la universalidad de la Congregación, la composición de las Regiones y de los grupos de Inspectorías y las tendencias del mundo, sugieren un compromiso para superar las barreras lingüísticas y por crear espacios de mayor comunicación y colaboración. Es pues oportuno incluir en el proprio bagaje cultural el aprendizaje, a niveles útiles, de una o más lenguas además de la propia.
A los hermanos jóvenes, que durante la formación inicial dedican no poco tiempo al estudio y a la reflexión, querría repetir las palabras que dirigía hace tiempo a la comunidad de nuestro estudiantado teológico de Turín-La Croceta: “Estoy convencido que hoy una formación intelectual robusta y completa es hoy más urgente que ayer. En ciertos ambientes no basta una inmediata capacidad práctica y de contacto. Después de este primer paso surge la exigencia de iluminar personas, grupos y grandes comunidades; de intervenir, a veces, en áreas de la vida y del pensamiento que requieren al que habla haber profundizado en el misterio de Dios, la vocación del hombre y las condiciones actuales en las cuales se está desarrollando la vida. La ligereza, por así decirlo, en la formación intelectual no cabe en ningún contexto e inmediatez pastoral, si da algún fruto inmediato, se seca en seguida, incluso a medio plazo”.


Las estructuras.
La exigencia de la calidad cultural no implica sólo a las personas, se refiere también a los proyectos y a las obras a través de los cuales encarnan la misión. El proceso de elaboración del PEPS tiene como primer objetivo la significatividad de nuestras acciones desde la perspectiva de la evangelización, de la educación y del influjo en una mentalidad colectiva. Esto no se obtiene con la sola formulación de los fines fundamentales. Es indispensable la profundización actualizada de los contenidos y la atención metodológica que permiten trazar recorridos para lograr los objetivos, emplear bien los recursos y evaluar los resultados.
Dada la complejidad de algunas obras por su estructura y gestión, son necesarios claridad de planteamientos y adecuada capacidad de orientación para ser fieles a la intención salesiana del proyecto. No es utópico el riesgo de permanecer atrapados en el aspecto organizativo debilitando la proyección cultural y la finalidad pastoral, especialmente cuando se acepta o se requiere nuestra colaboración, pero no se está abiertos a nuestra propuesta cultural.
Celo apostólico, atención a la orientación cultural y competencia profesional son necesarios en todas las obras salesianas, pero algunas lo requieren con particular urgencia. Mi refiero a aquellas presencias que, por motivos diversos, pueden tener una irradiación mayor, comunican un mensaje de especial valor y actualidad, entran en un diálogo cultural y pastoral más amplio y tienen la posibilidad de implicar a otros sujetos sociales y eclesiales.
Me fijo en algunas, como modelos, al mismo tiempo que extiendo la mirada a todas las demás.


La Universidad Pontificia Salesiana.
La Universidad Pontificia Salesiana se apresta a celebrar los 25 años de vida como Universidad, que se añaden a los otros treinta, no menos importantes, como Pontificio Ateneo. El camino recorrido en estos años manifiesta un desarrollo evaluable a través de diversos elementos. El número de estudiantes ha pasado desde los 600 en el 1973 a los casi 1.400 de hoy. La demanda no ha conocido flexión, antes bien, debe ser contenida y regulada, de acuerdo a las posibilidades de las estructuras y del personal. Además de los salesianos, hay 390 religiosos, 150 diocesanos y 590 seglares procedentes de todos los continentes.
Se ha consolidado con un rostro original entre las Universidades romanas por la orientación educativa y pastoral y por el estilo de familia de la comunidad universitaria. En los últimos tiempos ha dado vida a interesantes iniciativas pastorales al servicio de los estudiantes. Además del trabajo docente, investigación, extensión cultural y servicio a la Iglesia, presta asistencia a diversos sectores de la misión salesiana a nivel regional y mundial, el primero de los cuales es la formación.
Hay que confirmar una vez más su función insustituible “al servicio de la Congregación y como calificada expresión de su misión en la Iglesia, con su específico potencial cultural y formativo”. Expresa en las máximas cotas el diálogo entre carisma salesiano e instancias culturales y cumple en este sentido una misión de frontera. Por esto en el CG24 se ha dicho: “El actual desarrollo de la Congregación y su expansión mundial, los retos de la misión y la exigencia de calidad en su expresión pedagógica-pastoral, la perspectiva de la nueva evangelización y de la inculturación, el cuidado de la comunión y la atención a las diversas expresiones de nuestro carisma consideran de gran importancia y actualidad la función de la UPS en el cuadro de la realidad salesiana”.
Respecto a la naturaleza, a los criterios de funcionamiento y a los niveles de intervención de una institución universitaria, que es pontificia, eclesiástica y salesiana, hay que sostener la identidad de nuestra Universidad y la calidad de su aportación en el ámbito cultural, eclesial y salesiano.
Hay que asegurar su desarrollo según un proyecto orgánico, evaluado periódicamente, al cual corresponda la consistencia numérica y cualitativa del cuerpo académico. La participación de los seglares ya se supone. Pero sería una pérdida hacerlo solamente por que no se prepara un número suficiente de salesianos para trabajar en este nivel.
Atención a la significatividad, caracterización salesiana, capacidad de diálogo cultural y religioso, unidad, coordinación y estructuración del proyecto, promoción de un estilo de comunidad académica son aspectos a tener presentes en el máximo centro de estudios de la Congregación.
El Rector Mayor con su Consejo y la misma Universidad están comprometidos en la verificación de la situación y en la formulación de un proyecto operativo orgánico que trace las líneas de desarrollo para los próximos años.
Todo lo dicho anteriormente supone una firme acometida por parte de la Congregación en cuanto se refiere al personal. La actual geografía de la Congregación requiere una Universidad cada vez más internacional. Debe considerarse normal la solicitud a las Inspectorías de personal cualificado y por cualificar para un servicio en la UPS y la disponibilidad de los hermanos que fueran invitados a trasladarse a Roma. Tal criterio, por otra parte, ya está madurando en la Congregación. Se nota en la generosidad con la que las Inspectorías y los hermanos han respondido a los últimos llamamientos.
Hay que valorar, también, el servicio de la UPS para la cualificación del personal salesiano. En esta cualificación, competencia y perspectiva salesiana se ofrecen, en una síntesis singular que surge del conjunto de la experiencia, además de la opción y organización de los contenidos. Por lo cual para nosotros no es “igual” que las demás universidades. Una vez evaluados también los resultados observables de la Congregación, repito la valoración dada al CG24: “Dejando a un lado pequeñas reservas, en las que a menudo se insiste más de la cuenta ( y de las cuales se está dispuestos a tener en cuenta), , el saldo de la asistencia estudiantil a dicho centro es altamente positivo para las personas, las Inspectorías y la Congregación. Por ahora no se ve nada que los pueda sustituir y mejorar”.


Otras Universidades “Salesianas”: Una presencia significativa.
En estos años ha crecido el número de instituciones universitarias salesianas. Son distintas entre sí; diferentes es su estructura jurídica, distinta la implicación de las Inspectorías en ellas, así como la consistencia de los equipos salesianos que allí están ocupados. A algunas se acude con un grupo solidario de hermanos con funciones articuladas y definidas según las exigencias de la institución universitaria e incluso las finalidades educativas, pastorales y populares de nuestro carisma. En otras se va adelante con un número variable de hermanos según el personal cualificado que la Inspectoría ocasionalmente puede liberar.
Es necesario reconocer que no es fácil asegurar en este campo las condiciones para una presencia salesiana significativa a nivel científico, educativo y pastoral. Quizás en no pocos casos se ha cuidado sobre todo la organización del servicio para crear oportunidades de educación superior en el sector popular y ocupar espacios culturales disponibles. Ahora no se puede pensar más que, sin una preparación específica y un equipo adecuado, se pueda expresar a este nivel el “criterio oratoriano”, integrando la preocupación por la organización y la atención al nivel cultural, la gestión administrativa y la incidencia pastoral. “Hecho el primer esfuerzo de organización que suponen tales iniciativas, es el momento de afrontar, decidida y comunitariamente, la calidad cultural y pastoral, comenzando por la preparación de salesianos y seglares”.
Es indispensable, en primer lugar, trazar con más claridad la identidad y la orientación de estos centros. Aunque reconociendo que tienen un planteamiento general inspirado en la mentalidad cristiana y trasmiten una visión humanista y religiosa, existe siempre el riesgo de achatarse bajo la mentalidad dominante, antes que constituirse en instancias de diálogo y propuestas alternativas.
Numerosos documentos reclaman este esfuerzo de claro planteamiento. La Iglesia está llevando adelante, en el contexto de la nueva evangelización, una pastoral de la cultura tendente a producir cambios en la concepción económico-social, en las actitudes frente a la vida, en la elaboración de la ética, en la creación de nuevas relaciones, en la propuesta de un sentido que ilumine naturaleza, historia y tensiones existentes. La luz para todo esto del misterio de Dios Creador, Salvador del hombre, energía y meta de su historia en el Espíritu.
Nuestras universidades deben definir su orientación conforme al carácter “católico” y su “filosofía educativa” en sintonía con los criterios salesianos, constituyéndose como centros de formación de personas y elaboración de cultura de inspiración cristiana.
Este es un frente de misión relativamente nuevo y por consiguiente a seguir, coordinar y clarificar. Habrá que elaborar una dirección con autoridad (un Proyecto para la Universidades salesianas, como una plataforma que declare la inspiración fundamental), promover el diálogo y el intercambio entre estas instituciones y acompañar el camino de las Inspectorías en esta nueva experiencia. La unificación de los objetivos salesianos deberá estar asegurado incluso a nivel de estatutos.
Pero más allá de la orientación cultural, se deberá proveer a una eficaz animación pastoral de los ambientes universitarios, A las estructuras académicas hay que añadir en tal caso las múltiples actividades que desarrollamos entre los universitarios como los internados, los grupos, la atención religiosa y similares.
No se puede pasar sin la CEP y, en primer lugar, sin el núcleo animador salesiano. Esto comporta la preparación y la dedicación del personal salesiano, una intensa colaboración con los seglares, seleccionados y conocedores del carácter y de la finalidad de nuestras Universidades, una aptitud de apertura y de relación con otros sujetos culturales, una traducción del sistema preventivo y de la espiritualidad sobre el cual este se fundamenta. En una palabra: una exigencia de competencia salesiana y de calidad cultural y profesional.
Así como en las Casas de Espiritualidad con frecuencia nos hemos encontrado gestionando estructuras sin poder disponer de personas y equipos capaces de una propuesta espiritual, nos puede suceder que también en los centros universitarios y en los internados preparemos estructuras y organización, pero no “propuestas” de vida y acompañamiento en el crecimiento.
Desde el Consejo General queremos seguir con particular atención el evolucionar de la presencia salesiana en esta frontera, que presenta desafíos no indiferentes desde el punto de vista institucional, de los destinatarios, de los colaboradores, de la economía y, sobre todo, del proyecto, pero que puede ser extraordinariamente fecunda para la evangelización de la cultura y para una particular presencia en el mundo de la educación. Igual compromiso debe haber en ello por parte de los Inspectores y de su Consejo.


Centros salesianos de estudio y reflexión.
La Congregación está comprometida en otros Centros que, en algunos casos, tienen una incidencia directa en la formación de los salesianos y , en otras, colaboran a crear mentalidad, acompañan a jóvenes y adultos en un camino espiritual, difunden con medios modernos el mensaje del evangelio y comunican el espíritu salesiano: Estudiantados, equipos editoriales, centros de pastoral y de pedagogía y casas de espiritualidad.
Nuestros Reglamentos estimulan a las Inspectorías a hacerlo para tener “un proprio centro de estudios para la formación de los hermanos y para servicios cualificados de animación”. De hecho, son bastantes las Inspectorías que pueden contar con tales centros. Estos constituyen un carga no leve, pero dan una válida aportación a la vida de la Inspectoría y a su misión. Es necesario, por tanto, sostenerlos y reforzarlos y, dado el caso, adaptarlos regionalmente, antes que multiplicarles sin previo acuerdo.
La búsqueda de calidad cultural y formativa lleva a verificar la consistencia, la incidencia y la capacidad de renovación de estos Centros y, sobre todo, a asegurar las condiciones para un funcionamiento adecuado de los mismos a las solicitudes.
En particular, por cuanto se refiere a los centros de estudio salesianos, es necesario asegurar la constitución y compromiso del cuerpo docente, que no puede limitarse a garantizar el horario de lecciones, cuidar la colaboración y la corresponsabilidad interinspectorial, cuando el centro presta su servicio a más Inspectorías, el funcionamiento regular del “curatorium”, la afiliación y adhesión a nuestra Universidad, la elección esmerada de los colaboradores no salesianos.
En este contexto, debemos también considerar nuestra participación en los centros gestionados por otras instituciones (Congregaciones, Diócesis, etc.), así como la orientación formativa de los estudios de los hermanos en formación inicial que frecuentan centros en cuya dirección no tenemos corresponsabilidad. La incidencia de los profesores sobre el desarrollo de la personalidad es mucho más decisiva que la de los demás formadores; no se puede, por consiguiente, “delegar” la formación intelectual de los salesianos jóvenes.
Palabras parecidas, en cuanto al personal y al proyecto, pueden decirse con respecto a otros Centros que crean y difunden cultura (Editoriales, Radio, etc.), si se quiere asegurar su máximo rendimiento y un servicio adecuado al Evangelio y a la gente.


Conclusión
La búsqueda de la sabiduría traspasa la vida de Don Bosco: Amor y conocimientos al servicio de los jóvenes. Es el don y el deber que, en el momento de la llamada, le es confiado, en respuesta a su pregunta sobre “cómo” llevar a cabo la misión. Para poderla cumplir se le indica la Maestra.
Se trata ciertamente de aquella sabiduría que es “revelación del misterio de Dios”, el “conocimiento de Cristo” que San Pablo pedía para los fieles. Que en Cristo comprende la totalidad de la vida humana y el desarrollo de la historia. Se nos da como un don con la fe y, para nosotros salesianos, como una orientación particular con el carisma de la predilección por los jóvenes.
María Santísima, que fue Maestra para Don Bosco, lo sea también para nosotros.
Es el augurio que dirijo a cada uno de vosotros y a vuestras comunidades, juntamente con mi saludo fraterno.

Juan E. VECCHI
Rector Mayor.