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Nuevas pobrezas, misión salesiana y significatividad

CARTA DEL RECTOR MAYOR - JUAN VECCHI


Sintió compasión de ellos (Mc 6,34)

Nuevas pobrezas, misión salesiana y significatividad.

El nuevo escenario de nuestro compromiso educativo. - Una opción de la Iglesia. - Nuestro camino de reflexión. - Iniciativas concretas.
Mirando al futuro: Lectura cristiana de la realidad. - Profundizar las inspiraciones. - La pobreza del educador salesiano. - Optar por los jóvenes pobres. - Nuestra preocupación: educar. - Promover una nueva cultura. - Evangelizar partiendo de los últimos. - Conclusión.

Roma, 30 de marzo 1997
Pascua de Resurrección

Queridos hermanos:
Os escribo bajo los efectos espirituales de la Pascua de Resurrección. Ésta nos ofrece este año una especial oportunidad de dirigir la mirada a Jesucristo, según el camino propuesto por la Iglesia hacia el Jubileo del 2000.
Bajo la luz que desprende su figura, me he propuesto comentaros un punto de nuestra programación: buscar una mayor “significatividad”, comprometiéndonos más firmemente en el servicio de los jóvenes pobres.
El capítulo cuarto de la Constituciones se abre con una cita del Evangelio de San Marcos: “Vio mucha gente, sintió compasión de ellos, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a instruirles extensamente” (Mc.6,34).
Esto es, en el Evangelio, preludio y motivación para la multiplicación de los panes. En las Constituciones introduce el capítulo sobre los destinatarios de nuestra misión.
La vocación bíblica ofrece un ejemplo elocuente: La muchedumbre hambrienta y extraviada, la conmoción de Jesús al verla, el desafío a los apóstoles para resolver el problema, la declaración de imposibilidad por parte de ellos, la multiplicación milagrosa del pan antes insuficiente.
Para nosotros es una clave de lectura pastoral de la actual realidad juvenil y de la misión que hay que realizar en ella.
Unida a la imagen de Dios, Buen Pastor, traída del profeta Ezequiel y propuesta en el capítulo segundo de las Constituciones, nos recuerda que “al leer el Evangelio, somos más sensibles a ciertos rasgos de la figura del Señor: su predilección por los pequeños y los pobres; su solicitud en predicar, sanar y salvar, movido por la urgencia del Reino que llega, su actitud de Buen Pastor que conquista con la mansedumbre y la entrega de si mismo”
Cada una de las pinceladas adquiere en estos momentos un significado extremadamente real. Existe hoy una multitud de adultos y de jóvenes carentes de los bienes fundamentales para vivir, que se mueve desorientada y espera un signo de solidaridad. Hacia ella se dirige la compasión de Jesús que va más allá del sentimiento humano. Manifiesta el corazón misericordioso de Dios, su opción por la felicidad y la vida de cada hombre.
Por esto encomienda el problema a sus discípulos. Ellos deben pensar en él, superando la ineptitud ante las dimensiones del fenómeno, buscando los recursos disponibles y encomendándoles a la capacidad multiplicadora del amor.
La narración evangélica tiene indicaciones interesantes sobre la actitud que los discípulos de Cristo deben tener ante las necesidades humanas, espirituales o materiales y sobre los medios para hacerles frente: iluminar la conciencia con la palabra y construir solidaridad.
Es, por consiguiente, una lógica original en el cálculo y en el empleo de los recursos. Éstos se multiplican hasta el infinito allí donde las relaciones entre las personas y las cosas se realizan a la luz del gesto eucarístico.

El nuevo escenario de nuestro compromiso educativo.
Los contextos donde trabajamos se están modificando ante nuestros mismos ojos. Los factores económicos, sociales y culturales están determinando una nueva configuración de la sociedad. Varían pues, al menos parcialmente, la urgencias de nuestra misión: los sujetos que preferir, los mensajes evangélicos que difundir y los programas educativos que poner en práctica.
El escenario está marcado por un fenómeno: la pobreza. No es sólo la condición de unos pocos, es el drama de la humanidad, un drama espiritual mas que material. Mundialmente ésta presenta dimensiones trágicas y sus efectos en las personas y los pueblos son devastadores. Con razón las máximas autoridades científicas y religiosas los han denunciado reiteradamente.
La imágenes de estas pobrezas entran de vez en cuando en nuestras casas a través de la televisión, suscitando sentimientos de compasión y causando interrogantes positivos. Basta pensar en el hambre, “un escándalo que dura desde hace demasiado tiempo” “que compromete el presente y el futuro de un pueblo” y “destruye la vida” según el último importante documento presentado por el Pontificio Consejo “Cor unum”. O más bien el éxodo de millares de prófugos, víctimas de los enfrentamientos raciales, discriminaciones religiosas y rivalidades provocadas. O también a la urbanización precaria sin condiciones mínimas de trabajo, casa, servicios y participación civil, que constituye el fenómeno de la marginación ciudadana.
Si añadimos la inmigración y el trabajo de menores, las distintas formas de esclavitud, la situación de la mujer en distintos ambientes sociales, la explotación de los débiles, tendremos un cuadro con tintes negros y todavía incompleto de los sufrimientos humanos.
La pobreza surge hoy de muy distintas y numerosas formas que en el pasado. Por eso con razón se habla de pobrezas en plural, clasificándolas en viejas y nuevas. Se demuestra así que algunas han nacido y se han extendido recientemente. Están ligadas a las actuales condiciones de vida: se manifiestan pues menos conocidas en sus causas y más expuestas a juicios moralistas y fáciles de culpar.
A la carencia de medios económicos indispensables para la vida, que siempre ha sido la principal forma de indigencia, se añaden hoy otras formas en las cuales este factor no es el principal y el único causante: las deficiencias en la familia, el fracaso escolar, el paro, las distintas dependencias, la delincuencia y la vida de la calle. No hay que minusvalorar además la falta de razón para vivir, la carencia de perspectivas humanas y espirituales que desemboca en fenómenos ya conocidos de compensación y de evasión.
En las sociedades más avanzadas y complejas se encuentran entre los pobres también aquéllos que permanecen al margen de las crecientes exigencias de preparación cultural y técnica y que se encuentran en la imposibilidad de satisfacer necesidades muy apreciadas: la identidad, una normal inserción social, la comunicación personal, el tiempo libre, la necesidad de formación, la participación en proyectos de largo alcance.
Esta multiplicidad de formas hace de la pobreza un acontecimiento universal. También a las sociedades ricas y tecnológicamente desarrolladas les socavan y se desarrollan en su seno, no sólo por causa de la inmigración, sino también como resultado final de su mismo sistema. Basta recorrer las calles de una ciudad para sentirnos impresionados por estas manifestaciones.
Existe una interrrelación entre algunas formas de pobreza y nuestro estilo de vida. El mundo se encuentra interdependiente del bien y del mal. Desde un sistema económico y de producción que tiene muchos beneficios, pero no ciertamente el de poner en el centro a la persona ni el de pensar en un bienestar mínimo indispensable para todos, depende el actual paro, el empobrecimiento de muchos y la consiguiente reducción de las posibilidades educativas. En la política económica y cultural de una gran parte del mundo tienen origen nuevas tragedias que golpean a los grandes grupos, de manera casi anónima, en otras zonas del planeta. Piénsese en el fenómeno de la deuda exterior de algunos países, sobre los cuales la Iglesia ha querido decir su palabra.
Hay muchos ejemplos, fáciles de ver, que confirman tal interdependencia. La prolongación de situaciones límites se debe sin duda a la falta de solidaridad social, a la lentitud en determinar y aceptar los recíprocos deberes y derechos entre los pueblos en un mundo unificado, a la tardanza en hacer planes posibles de desarrollo con recursos que ciertamente existen y se derrochan
Según el parecer de todos los observadores y según cuanto confirman las estadísticas, la pobreza del mundo no está en disminución, sino en aumento sobre todo en los países subdesarrollados. El año 1996 ha estado dedicado a la erradicación de la miseria. Pues bien, se ha concluido con una amarga constatación: La miseria se reproduce en la misma medida en que se busca resolverla mediante acciones sectoriales financieras y asistenciales.
Lo manifestaba la Centesimus Annus : “... en el mundo, no obstante el progreso técnico-económico, la pobreza amenaza con alcanzar formas gigantescas. En los países occidentales existe la pobreza múltiple de los grupos marginados, de los ancianos y enfermos, de las víctimas del consumismo y, más aún, la de tantos prófugos y emigrantes; en los países en vías de desarrollo se perfilan en el horizonte crisis dramáticas si no se toman a tiempo medidas coordinadas internacionalmente”
Todas las formas de miseria bloquean y pueden terminar destruyendo las reservas educativas de la persona. Repercute en nosotros de forma especial las que comprometen la posibilidad de crecimiento integral de los jóvenes, aún reconociendo que no son y no se pueden tratar como fenómenos aislados y autónomos.
La pobreza juvenil, con la cual diariamente nos encontramos, tiene como causa la indigencia económica, las carencias educativas y culturales, la precariedad familiar, el disfrute poco ético por parte de terceros, la discriminación racial, el empleo abusivo de mano de obra, la falta de preparación para el trabajo, diversas dependencias, la falta de horizontes que ahoga la vida, la falta de adaptación, la soledad afectiva. Dirijamos a estas una atenta mirada como el campo de nuestro compromiso que el Señor nos ha indicado.
Lo que más impresiona es la difusión de un desarraigo de fondo que serpea entre los jóvenes y que va empujando a formas de marginalidad y renuncia al crecimiento. El riesgo incumbe a todos, hasta tal punto que el CG23 ha indicado a la pobreza como una de los principales desafíos a nuestra propia misión en relación a la educación de los jóvenes a la fe. “La condición social de pobreza interpela y reta a todo hombre de buena voluntad. La imposibilidad o la gran dificultad práctica de realizarse como personas, por no poder disfrutar de las condiciones mínimas para un desarrollo adecuado, plantean interrogantes serios”. “Quien, como discípulo de Cristo, ve esta realidad y la siente en su corazón, está llamado a conllevar con empatía estas situaciones y a hacerse solidario con quien las sufre”. “Observando esta condición social de pobreza con los ojos de San Juan Bosco y viendo cómo destruye a numerosos jóvenes cuyo horizonte de vida se limita a la búsqueda de lo inmediato para sobrevivir o a un ideal vacío de significado, sentimos el reto de hacer más consistente y cualificada la presencia salesiana en medio de los pobres”.

Una opción de la Iglesia
El amor de la iglesia por los pobres forma parte de su constante tradición. Figuras de santos y santas, obras e institutos religiosos lo demuestran. También numerosos seglares han tomado un compromiso de vida tanto de forma privada como pública.
En los momentos de mayor miseria, en la comunidad cristiana han surgido personas carismáticas que han afrontado las plagas sociales más extendidas con oportunas iniciativas. En conjunto todos terminaron por acudir a todas las categorías de pobres de su tiempo: indigentes, incultos, abandonados, esclavos, encarcelados.
Bastantes han fundado comunidades preparadas en el aspecto espiritual y operativo para salir al encuentro a las necesidades de los pobres con proyectos de gran importancia. Han pasado a la historia como grandes testigos y elocuentes predicadores del Evangelio.
Al surgir la cuestión social, una visión más crítica de la sociedad saca a la luz los mecanismos generadores de miseria. La Iglesia denunció ya los modelos de organización económica, social y política que degradan el valor de la persona, la despojan del derecho a los bienes necesarios para una vida plenamente humana y expanden la miseria y la marginación.
El magisterio social se ha hecho más constante después del Concilio, no sólo por las dimensiones que estaba tomando la pobreza y por una percepción nunca aclarada de sus causas, sino también por el nuevo conocimiento de los hechos que maduraba en la Iglesia respecto a su testimonio y misión.
Cinco han sido las encíclicas que afrontan, en unión con los problemas del trabajo y de las relaciones internacionales, las cuestiones más graves del subdesarrollo: Populorum progressio (1967), Octogesima adveniens (1971), Laborem exercens (1981), Sollicitudo rei socialis (1987), Centessimus annus (1991). A todo esto podemos añadir el Sínodo de los Obispos sobre la justicia (1971) y las declaraciones de importantes asambleas internacionales.
En el contexto de esta sensibilización general se ha hecho ya común la expresión “opción preferencial” por los pobres. No es tanto una recomendación de caridad individual, sino un criterio para marcar la pastoral de la Iglesia.
El Concilio lo había propuesto con numerosas indicaciones dirigidas a los cristianos, a los Obispos y a los sacerdotes. Cito una muestra que tiene abundantes cotejaciones. Leemos en el decreto que se refiere al ministerio sacerdotal: “Aunque están destinados a servir a todos, a los sacerdotes se les confía, de manera especial, los pobres y los más débiles, a los que el mismo Señor quiere mostrarse especialmente unido y cuya evangelización es signo de la obra mesiánica”
Ha sido en la Tercera Conferencia Latino-Americana de Puebla donde se ha acuñado la expresión “opción fundamental”, explicando su significado y aplicación pastoral. Tras una lectura evangélica de la realidad del continente y un discernimiento sobre la función que en tal situación correspondía a la Iglesia como portadora de una buena nueva, declaraba: “Afirmamos la necesidad de conversión de toda la Iglesia a una opción preferencial por los pobres, en vistas a su liberación integral”
Desde este momento la opción por los pobres y las palabras que la inspiran se han difundido en todo el mundo. En uno de los últimos documentos de la Conferencia Episcopal Italiana, en línea con los anteriores, leemos: “El amor preferencial por los pobres se manifiesta como una dimensión necesaria de nuestra espiritualidad. Con los últimos y con los marginados podremos recuperar todos un género de vida distinto”.
La encontramos además en muchos escritos recientes de la Iglesia universal. Valga por todos el n. 42 de la Sollicitudo rei socialis : “La opción y amor preferencial por los pobres es una opción y una forma prioritaria del ejercicio de la caridad cristiana, testimoniada en toda la tradición de la Iglesia (...). Hoy, teniendo en cuenta la dimensión mundial que la cuestión social está teniendo, este amor preferencial, con las decisiones que ello inspira, tiene que abrazar a las inmensas multitudes de hambrientos, mendigos, sin techo, sin asistencia médica y sobre todo sin esperanza de un futuro mejor”.
Está especialmente recomendada a los religiosos. Éstos, en efecto, por la redicalidad de su seguimiento, muestran de manera más inmediata, el amor de la Iglesia y de Cristo por los pobres y tienen, con merecimiento, una tradición rica de iniciativas: “La opción por los pobres es inherente a la dinámica misma del amor vivido según Cristo. Esto comporta en cada instituto, según su carisma específico, la adopción de un estilo de vida humilde y austero tanto personal como comunitariamente. Las personas consagradas, cimentadas en este testimonio de vida, estarán en condiciones de denunciar, de manera más adecuada a su propia opción y permaneciendo libres a los enfrentamientos de las ideologías políticas, las injusticias cometidas con tantos hijos e hijas de Dios y comprometerse por la promoción de la justicia en el ambiente social en el cual actúan”.
Al comenzar la fase de la nueva evangelización, la opción por los últimos está remachada de múltiples formas. Se ha subrayado que abre el camino del anuncio, concretiza su sentido, y lo ilumina.
El corazón de la nueva evangelización es el Evangelio de la caridad que asume los problemas y las situaciones humanas que tienen necesidad de la fuerza transformadora del amor. Es una caridad que se manifiesta en lo inmediato y, sobre todo, se compromete en un proyecto social y cultural de vasta y larga importancia en el cual la persona se considera siempre, según su vocación y dignidad, a la luz de cuanto nos ha sido revelado en Cristo.
Aún con riesgo de sobreabundar, no quiero dejar de recordar cómo la opción por los pobres integra el programa eclesial para el Jubileo del 2000. “Bajo esta perspectiva, recordando que Jesús ha venido a evangelizar a los pobres (Mt 11, 5; Lc 7,22),¿Cómo no resaltar más firmemente la opción preferencial de la Iglesia por los pobres y los marginados? Se debe más bien decir que el compromiso por la justicia y por la paz en el mundo como el nuestro, marcado por tantos conflictos y con insoportables desigualdades sociales y económicas, es un aspecto especialmente significativo de la preparación y de la celebración del Jubileo. Así, según el espíritu del Libro del Levítico (Lv 25, 8-28) los cristianos deberán hacerse la voz de los pobres de todo el mundo”.
El largo proceso de reflexión ha tenido también el efecto de clarificar el sentido de la opción preferencial por los pobres. Ésta no comporta ninguna exclusión, ni abandono de nadie, sino la implicación de toda la Iglesia en el momento histórico por el cual el mundo está pasando. La evangelización no es paralela o yuxtapuesta, sino que será siempre el primer y más original deber de la Iglesia; sobre todo si se refiere a la profundidad del anuncio de Cristo conforme a la explicación de Pablo VI en la Evangelii nuntiandi.
No corresponde solamente a algunos, sino que es obligación de la Iglesia. No hay que realizarla aisladamente, sino en comunión; no hay que instrumentalizarla con protagonismo de personas o de grupos, sino que debe realizarse con la complementariedad de dones, prestaciones y proyectos.

Nuestro camino de reflexión
Nuestra Congregación no ha permanecido indiferente a estas nuevas manifestaciones de pobreza en general y en especial frente a los signos de marginación juvenil. Permanece siempre viva en su memoria la imagen de Don Bosco capaz, también él como Jesús, de conmoverse profundamente ante las miserias de los jóvenes.
Resuenan en su conciencia las expresiones con las que Don Bosco manifiesta sus reacciones ante los muchachos de la cárcel: “Contemplar muchedumbres de jovencitos entre los 12 y los 18 años; sanos, robustos, despiertos de ingenio y verles sin hacer nada, comidos por los insectos, careciendo de pan espiritual y material, fue algo que me aterrorizó”
De aquella experiencia comenzó a perfilarse una nueva figura de sacerdote para los jóvenes; comenzó un nuevo tipo de acción educativa; se crea un nuevo ambiente de educación, se idearon recursos formativos según las necesidades de los jóvenes, hasta tal punto que el nombre de Don Bosco hoy está unido a algunos modelos de obras y a algunos estilos de educación aunque no siempre fuera él el primero en idearlos.
Lo parece afirmar él mismo cuando comenta: “En aquella ocasión fue cuando me di cuenta cómo varios eran conducidos a aquel sitio porque estaban abandonados. Quién sabe, me decía a mi mismo, si estos jóvenes hubieran tenido fuera un amigo, que se cuidara de ellos, les asistiera y les instruyera en la religión durante los días festivos, quien sabe si no estarían lejos de la ruina o al menos disminuir el número de los que vuelven a la cárcel? Comuniqué este pensamiento a Don Cafasso y con su consejo y con sus enseñanzas me puse a estudiar el modo de ponerlo en práctica”.
Desde este momento tiene clara la idea de la prevención y, como su forma completa, la opción de la educación inspirada en el criterio preventivo, es decir atenta a desarrollar las energías que potencian a la persona para salir de condicionamientos que la misma vida trae, capaz de prevenir experiencias gravemente negativas en las cuales se comprometerían los recursos del sujeto y que, normalmente, salir de allí supondría para él un gasto inútil y doloroso de energías.
El problema de los jóvenes, buscados y anhelados por él, se ha trasmitido a la tradición oral e institucional de la Congregación y últimamente además estudiado con rigor histórico. Las conclusiones a las que se ha llegado pueden ayudar a iluminar circunstancias humanas actuales y a las opciones que estas requieran.
El amplio campo juvenil queda siempre como la opción fundamental de Don Bosco. La preferencia por los pobres, abandonados, desamparados, necesitados y en peligro, va tomando poco a poco un sentimiento profundo que Don Bosco debe conformar con las nuevas necesidades.
En el momento de mayor desarrollo su obra se dirige a una franja de juventud común, llena de recursos humanos, necesitada sobre todo desde el punto de vista económico, para su necesaria promoción humana y cristiana; a una franja de jóvenes también de clase media y popular “de especial buena índole” y con piedad, candidatos “a la carrera eclesiástica” o base ejemplar para sus instituciones; a un pequeño margen de díscolos de diversas tipologías, para los cuales se cree que es siempre preferible la acción preventiva.
En un ambiente educativo juvenil y propositivo impregnado de razón, fe y amabilidad, se pude hacer, en cierta medida, también una obra de recuperación y de reeducación. Se ha rechazado aceptar correccionales, tal como estaban pensados y gestionados en su tiempo. Por el contrario siempre ha pensado que la acción de recuperación y de reeducación debería llegar a través del conjunto de los elementos que componen en su totalidad el Sistema Preventivo con la triple valencia de razón, religión y amor.
Don Bosco presenta su sistema educativo como el más adecuado a la reeducación de los muchachos marcados por la delincuencia y, por consiguiente, gravemente marginados. Esto mismo se refleja en las palabras y en los escritos a los cooperadores, a las autoridades públicas y a los antiguos alumnos cuando les invita a colaborar en la educación de la juventud, en especial de la más pobre y abandonada; para librar a tantos muchachos de la ruina material y moral de las cárceles, de la corrupción de las costumbres y de la pérdida de la fe.
Últimamente se han resaltado la dimensión y al gran valor social de la acción de Don Bosco que no está encerrada en ambientes educativos demasiado exclusivos o específicos. No sólo porque en sus instituciones existe la recuperación y el “bienestar de la sociedad civil”, y porque en la obra de la educación-promoción de la juventud están interesadas las distintas instancias que tienen que ver con lo social y lo político, sino también porque los mismos programas educativos no se restringen a los perfiles habituales y se desarrollan libremente con novedad en amplios ámbitos sociales. Piénsese en la relación con el mundo del trabajo, los contratos, el tiempo libre, la promoción de la educación y la cultura popular.
Don Bosco se hace promotor o al menos soñador de vastos proyectos sociales de prevención y de asistencia.
Las Constituciones, que guían nuestro comportamiento personal y más todavía como desarrollo del proyecto comunitario, han reproducido estas convicciones de Don Bosco en el capítulo sobre los destinatarios de nuestra misión. Presentan sucesivamente: los jóvenes especialmente los más pobres, los jóvenes del mundo del trabajo, los que presentan alguna esperanza de vocación. De los jóvenes más pobres se dice que son los primeros y los principales destinatarios de nuestra misión para los cuales nosotros “trabajamos, sobre todo, en los lugares de mayor pobreza”.
Está claro que los jóvenes pobres, indicados como los primeros y principales destinatarios de la misión salesiana, no están en el texto constitucional simplemente al lado de otras categorías enunciadas, sino en su centro, irradiando un significado bajo cuya luz se entienden las demás especificaciones del campo al cual nos sentimos llamados. Así pues el acento en los jóvenes no se pone al mismo nivel, sino como referencia que estimula nuestro compromiso hacia los adultos de la clase popular.
La misión salesiana tiene de esta forma una definición unitaria, no una lista indiferente de posibilidades. Se mueve desde una opción que da razón del tipo y de la intensidad de la caridad pastoral, que necesita de nosotros y se extiende a otros círculos más amplios con el mismo espíritu.
Más tarde en vistas de la nueva realidad, en los Reglamentos generales, se enuncian los distintos tipos de pobrezas a las cuales queremos responder con nuestro servicio educativo: “ante todo, de los jóvenes que, a causa de la pobreza económica, social y cultural - a veces extrema - , no encuentran posibilidad para abrirse camino; de los jóvenes pobres en el plano afectivo, moral y espiritual y que, por lo mismo, se ven expuestos a la indiferencia, al ateísmo y a la delincuencia; de los jóvenes que viven al margen de la sociedad y de la Iglesia”. Se toma conciencia así del avance de la pobreza en sociedades complejas, en las cuales frecuentemente las distintas formas se acumulan y se condicionan mutuamente, creando situaciones fuertemente deshumanizantes.
Se sugiere pues una ductilidad de aproximaciones y de estructuras educativas según las necesidades de aquellos a los cuales nos dedicamos. Sigue siendo referencia permanente el modelo “oratoriano” como ambiente de acogida, atento a la relación personal, abierto a todas las actividades y formas de expresión adecuadas a la situación del joven, organizado “según un proyecto de promoción integral del hombre, orientado a Cristo, hombre perfecto”

Iniciativas concretas
Los últimos tiempos han supuesto para nosotros una lenta pero constante evolución en muchos sentidos respecto a la opción por los más pobres. La marginación y el desarraigo juvenil son más conocidos y se siguen con mayor atención; sus manifestaciones se comprenden mejor y se está más atento a las causas.
A la difusión de tal conocimiento han contribuido las recomendaciones del Capítulo General, la costumbre de hacer la programación, la divulgación de hallazgos específicos y algunas iniciativas, así como los estudios de la condición juvenil, los cursos de pedagogía social, los convenios sobre el tema del desarraigo y las distintas encuestas realizadas por nosotros mismos a nivel interno o con mayor amplitud.
Se han clarificado el valor, los grados y las formas complementarias de la prevención así como también el sentido salesiano de la acción preventiva, que no excluye la recuperación de los sujetos ya atrapados como consecuencia de la marginalidad y del desarraigo, sino que antes bien se propone como una óptima forma para redescubrir sus recursos todavía sanos y contener el deterioro definitivo.
Lo quiere confirmar el Rector Mayor al final del CG22: “La caridad pastoral vivida por Don Bosco nos estimula a ir a los jóvenes más necesitados, a los que se encuentran en peligros especiales, tanto en el tercer mundo, como en la sociedad de consumo. Don Bosco nos enseña que la fuerza educativa del Sistema Preventivo se muestra también en su capacidad de recuperar a los muchachos descarriados, que conservan recursos de bondad, y para prevenir desarrollos peores cuando se están encaminando ya por senderos errados”.
Los Capítulos Generales han estimulado contantemente una mayor osadía y audacia de iniciativas que manifiesten nuestra solidaridad con las distintas formas de pobreza. Después de la propuesta de las nuevas presencias en los ambientes de marginación enunciados por el CGS20 y refrendada en el CG21, una orientación operativa del CG22 pide a las inspectorías “que vuelvan a los jóvenes, a su mundo, a sus necesidades, a su pobreza; que se le den una verdadera prioridad, manifestada en una renovada presencia educativa, espiritual y afectiva; que procuren hacer la opción valiente de ir hacia los pobres, volviendo a ubicar, si es preciso, nuestras obras donde la pobreza es mayor”.
La invitación a una inserción más firme entre los más pobres esta recalcada por el CG23. Después de haber presentado la pobreza como uno de los desafíos que por su gravedad, urgencia y amplitud interpela más directamente a la comunidad, pide a cada inspectoría determinar nuevas y urgentes formas de compromiso, principalmente entre los jóvenes que están en mayor dificultad, instituyendo para ello alguna presencia “significativa” de nuestro caminar al lado de los jóvenes más alejados
Al esclarecimiento de los conceptos de prevención y preventividad, al mayor conocimiento del desarraigo juvenil y a la orientación insistente de los Capítulos Generales, es necesario otros gestos. En las inspectorías se está abriendo un cierto movimiento hacia los más pobres. Siempre se han dado respuestas creativas como parte de un proyecto posible de readaptación. Como consecuencia estas se han dirigido a recoger a muchachos que viven en la calle, a colocarse en zonas urbanas de miseria generalizada, a resolver el problema del abandono escolar con cursos educativos alternativos, a asistir a jóvenes encarcelados, a actuar en ambientes de la toxicomanía como forma de prevención, a acogida y acompañamiento para la recuperación.
El número total de estas iniciativas es ciertamente importante. Incluso han aumentado en el anterior sexenio.
Algunas presentan un modelo nuevo desde el punto de vista pedagógico y salesiano, sostenido con competencia profesional y llevado adelante con tenacidad. De esta forma, pero con un volumen modesto de iniciativas, hemos dado también nuestra propia aportación de reflexión pedagógica y social inspirada en el Sistema Preventivo sobre algunas formas de marginación.
Hay que resaltar el influjo que estas iniciativas tienen en otros ambientes de educación de la inspectoría y el mayor conocimiento del desarraigo juvenil que aportan así como la incidencia que tienen en el contexto social y en la opinión pública.
El CG24 ha puesto de manifiesto su capacidad de convocatoria e implicación de los seglares: “La reflexión en común, - dice - el proyecto compartido y la relación con los seglares son experiencias positivas, sobre todo en las nuevas presencias, surgidas como respuesta ágil e inmediata a los problemas que plantean el malestar juvenil, la marginación, etc. En dichas presencias tienen lugar también las mejores formas de participación seglar y de voluntariado”.
Es necesario añadir que a las distintas formas de marginación y de malestar juvenil se dan respuestas parciales como en las otras presencias educativas. Basta visitar algunos de nuestros centros de formación profesional u oratorios para convencernos de ello. En estos no sólo se realiza una eficaz prevención, sino que reciben acogida, interlocutores y propuestas, muchachos y jóvenes, que están ya en peligro de desorientación.
Casi finalizada en todas partes la polémica que oponía los distintos tipos de presencias y superada aquella forma excesivamente individual por la cual algunas de estas obras eran consideradas como un reto de algunos hermanos, que tal vez tuvieron el mérito de desearlas y de iniciarlas, se está notando por doquiera una asunción más firma por parte de las inspectorías y, por consiguiente, una mayor integración de las iniciativas y de los hermanos que trabajan en estos proyectos inspectoriales.


Mirando al futuro

Lectura cristiana de la realidad
Viendo la multitud, los discípulos se acercaron a Jesús y le dijeron: “El lugar está deshabitado y es hora avanzada. Despídelos para que vayan a las aldeas y pueblos del contorno a comprarse de comer”. Era una observación de sentido común, de gente normal y al mismo tiempo un modo de librarse del problema y de no hacerse cargo de él.
Jesús responde: “Dadles vosotros de comer”. Con esto les dice que el problema les corresponde. Sorprende a los discípulos con esta orden. Éstos toman en consideración la indicación de Jesús pero concluyen, en seguida, que les es imposible cumplirla. La muchedumbre en muy numerosa y no existen los medios necesarios. Éste es con frecuencia nuestro sentimiento y nuestra conclusión.
No comprenden la intención de Jesús. Piensan en lo mucho que necesitarán y que no tienen. Jesús por el contrario cuenta con lo poco que pueden tener a disposición. Para Él la solución no depende de la cantidad inicial de alimento.
La extensión de la pobreza tiene, en efecto, raíces profundas. Las hay personales. Afectan a aquél que sufre el desarraigo y la marginación y a aquéllas que están más estrechamente ligadas a su vida y a su crecimiento.
Hasta en los ambientes acomodados las condiciones favorables de desarrollo se desvanecen cuando carecen de disposiciones personales. No obstante aprovechados los recursos que hay en las personas, estas comienzan a abrirse paso en ambientes fuertemente condicionantes y a producir en ellos transformaciones significativas en orden a las relaciones, a la sociedad y a la participación. Tener en cuenta a las personas y sus motivaciones es pues una indicación siempre válida.
Es verdad, por tanto, que el desarrollo personal está favorecido y facilitado, hasta rozar la misma imposibilidad, por causas culturales ligadas a la mentalidad que predomina en el ambiente y que determina comportamientos, valoraciones y formas de vida y de relaciones..
En los últimos tiempos se ha insistido pues sobre la urgencia de trabajar en una cultura que reconozca la dignidad de cada persona, refuerce la solidaridad en todos los ambientes y en todas las formas, asegure el bien y el derecho de la educación para todos, no ceda mentalmente a prejuicios o valoraciones sumarias de comodidad y que no caiga en la trampa del individualismo y del consumo. Sólo de esta forma se puede rehacer el tejido social y hacerlo más humano.
Esta misma insistencia impregna las enseñanzas éticas y sociales de la Iglesia. Para nosotros es muy estimulante porque une el compromiso de promoción humana, que cumplimos por medio de la educación-evangelización, a un ámbito más amplio donde son posible otras iniciativas. Encaja pues con cuanto hemos heredado de Don Bosco y nos viene sugerido en las Constituciones cuando se refieren a nuestra presencia entre las clases populares y a nuestra acción a través de la comunicación social.
A las causas radicadas en cada persona y en la mentalidad común hay que añadir y, quizás, anteponer por su peso, la de las estructuras.
Estas actúan simultáneamente sobre muchos en amplios ambientes y con mecanismos muy potentes. Tienen pues una capacidad sin igual para imponer una situación, modo de pensar y estilo de vida, regenerando o prolongando la marginación relacionada con ellos. Fenómenos como el del hambre, de la miseria, de los largos conflictos, de la explotación de la mano de obra y de la devastación de los recursos naturales, son suficientes para darnos una idea.
La reflexión nos debe servir no tanto para llegar a denuncias de formas, sino para actuar de acuerdo, también en lo poco, a la acción educativa y a la evangelización. En efecto no se educa si no se hace tomar conciencia del mundo en que vivimos.
Desde algunos años para acá se está repitiendo que nos encontramos frente a un fenómeno de empobrecimiento más bien que de simple pobreza. No se trata de una etapa transitoria, un accidente del camino, consecuencia del pasado; sino un resultado de las actuales estructuras económicas, sociales y políticas, aún reconociendo que otras muchas causas influyen en la extensión de la pobreza.
Este escenario se ha debilitado incluso más con la supremacía de un único y universal modelo económico. La lógica que se está imponiendo a través de esto es que la producción de lo bienes se mueve bajo la consigna del provecho y no está orientada por exigencias de un justo desarrollo social que incluya a todos.
Entre sus efectos más graves están la relajación y como consecuencia la descomposición de la solidaridad social, la reducción de la persona a un individuo capaz de tener, producir y comprar.
El modelo del hombre está pues centrado más en el tener que en el ser. Por consiguiente es común la actitud consumista: trabajar para tener, tener para comprar, comprar para consumir.

Profundizar las inspiraciones
El enredo descrito antes, indica que toda solución es precaria e insuficiente si no se dirige al corazón del hombre: a nuestro corazón, de discípulos llamados a asumir la compasión y la lógica de Jesús; al corazón de los jóvenes a los cuales queremos llegar; al corazón de aquéllos que son seguidores y admiradores de Cristo, al corazón de quienes tienen bienes materiales, de inteligencia o de competencia; al corazón de quienes deben decidir orientaciones sociales y políticas.
Esto es lo que sugiere el gesto de Jesús. La cantidad vendrá y sobrará si son ellos los que ponen a disposición del Señor sus panes y sus peces.
Este mismo mensaje nos lleva a lugares y rasgos de nuestro carisma.
Nuestro carisma nació en I Becchi con la vocación de Don Bosco. La casa natal refleja la imagen de la multiplicación cuando se la coloca sobre el mapa de las obras salesianas distribuidas hoy por todo el mundo. Allí en un ambiente de real, pero digna pobreza, Juan Bosco puso a disposición del Señor lo que tenía: su vida.
Experimentó angustia económica al tener que realizar estudios e ilusiones. Se somete a la prueba del trabajo de criado. Al mismo tiempo sintió la solidaridad de la comunidad humana y cristiana y sobre todo la ayuda de los sacerdotes. Éstos con su ánimo y su modesta aportación económica llevaron a Jesús hasta el muchacho de los panes y los peces y que, hoy, son una muchedumbre.
Nuestro trabajo es fruto de gracia y genialidad, pero más bien de solidaridad humilde y casi anónima.
El lugar espiritual de la misión es el oratorio, comenzado sin morada fija, alojado en un cobertizo, desarrollado en lo que hoy es Valdocco. De ello escribe Don Bosco: “Generalmente el oratorio estaba formado por canteros, estucadores, empedradores y por otros que venían de países lejanos. Éstos, como no iban a la Iglesia y no tenían amigos, estaban expuestos a peligros de perversión, sobre todo en los días festivos”. Nuestro origen y la preferencia de nuestro Padre nos lo recuerda continuamente cuando nos preguntamos sobre el malestar juvenil.
Del encuentro con los jóvenes pobres nació nuestra pedagogía, con sus características de contenido y de método, con la figura de un educador que va más allá de la función institucional y es para los jóvenes amigo y padre. Don Caviglia la define como “una pedagogía para el muchacho pobre”.
De la situación de los muchachos pobres surgen las iniciativas y los programas que surcan nuestra historia: el oratorio, las escuelas de formación profesional, el internado como si fuera una familia. Don Bosco lo repite, en su Testamento, cuando presenta la historia de la Congregación, en las “Memorias del oratorio”. Parece pues natural que parta desde aquí para renovarse.
La fuente inspiradora es siempre la caridad pastoral difundida por el Espíritu en el bautismo y en la llamada a la vida salesiana: pero la búsqueda, el encuentro y la participación de la vida con los jóvenes pobres son la “circunstancia providencial”, la mediación indispensable en el nacer y en la progresiva formación de nuestra misión; es la experiencia del amor gratuito y correspondido, de la salvación vivida y del retorno a la vida.
En el contacto con los jóvenes pobres Don Bosco descubre sus riquezas interiores, sus cualidades, su dignidad innata, sentida y deseada. Cada joven lleva personalmente los signos del amor de Dios en el deseo de vivir, en la inteligencia y en el corazón. La pobreza, que dificulta su crecimiento como personas e hijos de Dios, es una llamada y un desafío para restituirles a la conciencia del proprio valor y de hacer surgir los dones con los cuales el Señor les ha enriquecido.
Don Bosco, pues, concibe su servicio sacerdotal como un trabajo educativo para hacer aflorar los recursos escondidos, para hacer emerger los rasgos que parecen ocultos, hasta llevar a los jóvenes a un nivel satisfactorio de vida humana y cristiana; incluso a la santidad. Manifiesta el rostro del Dios de Jesús, un Dios que cuida de los pájaros y de las flores, que no quiere que se pierda ni uno sólo de estos pequeños, que no espera a que la oveja perdida vuelva, sino que sale en su búsqueda; que está lleno de una profunda compasión ante cualquier situación humana de dolor y que aviva la esperanza.
Esto constituye para él una auténtica experiencia de Dios, descubierto con admiración y descubierto con alegría en su providente paternidad; es la misma experiencia de Jesús que queda sorprendido porque el Padre tenía ocultas las cosas del Reino a los sabios y a los prudentes y las había querido revelar a los pequeños, la que lleva a aceptar y a afirmar el valor de cada muchacho por encima de las apariencias, porque sus ángeles están continuamente en la presencia del Señor.
Los jóvenes pobres pues han sido y son también un don para los salesianos. El retorno a ellos nos hará recuperar la característica central de nuestra espiritualidad y de nuestra práctica pedagógica: la relación de amistad que crea correspondencia y deseo de crecer.
Hoy es necesario andar de nuevo más allá de las estructuras estables, más allá del dar; es necesario salir, hacer un éxodo mental y pedagógico a través de la relación, la presencia y la participación.
Ésta es la actitud fundamental con la cual el sistema preventivo realiza, en términos educativos, el seguimiento de Jesús, que puso su tienda entre nosotros, vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido, se juntó con publicanos y se sentó a la mesa de los pecadores, se acercó a los pobres y a los enfermos y manifestó con estos gestos los signos de su misión salvífica.
El Reino de Dios se manifiesta, crece y se realiza entre los pobres porque consiste sólo en una donación gratuita que Jesús establece y renueva con los que creen no tener méritos suficientes ni ante la sociedad ni ante Dios.
Con frecuencia estamos demasiado preocupados por lo que podemos dar y por lo que nos falta por hacer, hasta sentirnos incapaces de descubrir las riquezas que hay en los jóvenes, que ellos pueden hacer fructificar, con los cuales enriquecernos a nosotros mismos. El sistema preventivo nos obliga a vaciarnos de nosotros mismos para acoger los dones que el Señor nos ofrece, sobre todo en los más necesitados y, en apariencia, los menos dignos.

La pobreza del educador salesiano
El comentario anterior nos lleva a reflexionar sobre la pobreza del educador salesiano. Ésta, en primer lugar, antes que como norma sobre el uso del dinero y de las cosas, se refiere a los bienes en los cuales ponemos nuestra esperanza y felicidad. !Felices los pobres¡
Es un don del Espíritu que nos hace capaces de comunión. Consiste en una profunda necesidad de Dios y de los hermanos. Brota de la experiencia del amor de Dios y de la respuesta a Él en la apertura a los demás. Bajo su luz los bienes materiales resultan funcionales y secundarios. El que ha encontrado en el amor el sentido de su vida no tiene necesidad de apegarse a las cosas para ser feliz, sino que se sirve de ellas con libertad.
El Dios de Jesús, siendo rico, se hace pobre para enriquecernos. Es un Dios que elige a los que sienten insuficiencia propia y que los colma de bienes porque su ser es darse. Es un Dios que ante todo y más fuertemente que nosotros, quiere que los pobres tengan vida y viene a nuestro encuentro en los jóvenes más necesitados para ofrecernos el don de su presencia y la participación en su amor.
Conscientes de que todo aquello que somos es un don y que los demás, también los pobres, tienen que enriquecerse, los miramos y nos acercamos a ellos con gratitud y expectación, favorecemos su expresión, ofrecemos participación, aunque resulte limitada e imperfecta, no nos consideramos libres de las miserias humanas, colaboramos con sentido de humildad en el crecimiento de su vida, gozamos del resurgir de las energías y de las metas que van logrando, sobre todo los más pequeños y los últimos. Sabemos que es más lo que recibimos de ellos y de Dios que lo que damos.
Esta visión caracteriza nuestra oración que de esta forma se hace sencilla, confiada y concreta; centrada en la acción de gracias por lo que Dios nos ha dado gratuitamente y por la vida de los jóvenes; una oración que nos dispone a compartir, dando y recibiendo de ellos; que expresa y desarrolla en nosotros la necesidad de Dios sin el cual no podemos hacer nada y nos lleva a descubrir el Reino que va creciendo entre los que reciben a Dios, tengamos más o menos bienes.
Convencidos de que lo que hacemos a éstos lo hacemos con Cristo, nos preocupamos en trabajar con profesionalidad, empleando con libertad lo que la ciencia y la técnica ponen a nuestra disposición. Nos imponemos una formación continua para dar una respuesta adecuada a las nuevas situaciones de pobreza, ponemos en práctica, con valentía, nuevas maneras de unión y búsqueda de recursos al servicio de los pobres e intentamos organizar más esmeradamente su gestión.
Al mismo tiempo mantenemos un estilo de vida sencillo, incluso austero, sin ceder al deseo de posesión ilimitada de cosas y comodidades. Así se lo que aconsejaba Don Bosco a los primeros misioneros: “Haced que la gente conozca que sois pobres en los vestidos, en la comida, en las habitaciones y seréis ricos a los ojos de Dios y conquistaréis los corazones de la gente”. Incluso en la acción pongamos nuestra confianza en los pobres medios de la amistad y de la relación más bien que defendernos detrás de la organización.
Esta espiritualidad nos ayudará a vivir otra actitud característica de nuestro Padre: la confianza en la Providencia. La pobreza de Don Bosco fue serena, atenta al Reino de Dios y a su justicia y también industriosa al servicio de los jóvenes. Sabía comenzar con poco, motivar la colaboración y orientar el uso del dinero directamente para fines educativos. Pedía y esperaba, pero no estaba obsesionado buscando los medios.
En una cultura caracterizada por la preocupación excesiva de la propia seguridad, sobre todo material, sepamos ser signos de libertad evangélica, preocupándonos en primer lugar de las personas y del Evangelio, seguros de que el Señor nos ayudará a encontrar los recursos de los cuales tengamos necesidad. Así han comenzado todas nuestras presencias y así han tenido origen las grandes empresas de la Congregación.

Optar por los jóvenes pobres.
Las nuevas pobrezas deberán encontrar a los salesianos sensibles, capaces de comprender todo lo que de negativo que éstas ejercen sobre los jóvenes y prestos a intervenir como lo hizo Don Bosco con la pobreza de su tiempo.
La respuesta positiva es ya una realidad en muchos lugares, pues la llamada de Cristo a todos impulsa, de manera sencilla y directa, al “desafío carismático”. ¿Cuántos panes y peces podéis y queréis poner a disposición?
El CG23 reconocía que las presencias directamente orientadas a los jóvenes en dificultad tienen una fuerte incidencia multiplicadora: son puntos de referencia y de promoción de solidaridad, reciben la aprobación general, conducen a unir colaboraciones múltiples, crean mentalidad solidaria en la gente y obtienen apoyo en la sociedad.
¿Cómo extender todavía más estas áreas de solidaridad?
Señalemos en primer lugar a los hermanos y a las comunidades. Hay que difundir conocimientos, hay que afinar sensibilidades, hay que infundir confianza y coraje y hay que despertar la originalidad carismática.
No es poco si en una inspectoría o comunidad todos comienzan a comprender la importancia, la profundidad y las manifestaciones diarias del malestar juvenil en nuestro proprio contexto, como un riesgo que afecta a todos los adolescentes y jóvenes, que explota en algunas franjas más débiles y expuestas.
Ya es bastante si se superan las culpabilidades, las estigmatizaciones de los desvíos juveniles y si se renueva la confianza en los recursos de los jóvenes y el deseo de rehacerse. Razón, religión y amor son todavía elementos de conquista cuando nosotros nos lanzamos a ser sus eficaces mediadores.
El salesiano puede revivir de esta manera el estilo de Don Bosco, superando las barreras, ayudando a superar los prejuicios y dando oportunidad para un encuentro fecundo. Esto nos llevará a una inserción espiritual y física en el mundo real de los jóvenes.
No me detengo a explicar lo que tal inserción requiere y las transformaciones que logra: el encuentro cotidiano con estos jóvenes y sus situaciones de malestar producen en las comunidades nuevos estímulos para una fe vivida como realidad salvífica y transformadora de la historia. Llevará a vivir con más sencillez y creatividad el servicio educativo.
Sin este movimiento espiritual y físico de colocarse al lado de la pobreza resulta difícil una respuesta más consistente al desafío de la marginación juvenil. El conocimiento y la proximidad tienden a la participación de aquello que tenemos por gracia, de aquello que los jóvenes sufren, de aquello que quieren recuperar, del camino que piensan poder hacer. Todo lo que de desprendimiento personal y de asunción de los sentimientos de Jesús, Buen Pastor, requiere esto, sólo lo pueden decir lo que lo han experimentado.
Hay otro paso que dar, comprometido y complementario: elaborar un proyecto inspectorial para la marginación juvenil que implique a la comunidad. La realidad del malestar juvenil y el riesgo de la marginación hay que tomarlos en consideración en todas las presencias.
Deberían conducir a sacar contenidos y modalidades educativas hacia una más atenta y actualizada prevención, a animar en la zona, en vistas de la corresponsabilidad de instituciones y de familias, hacia la calidad de las relaciones y de la vida.
Deberían llevar incluso a privilegiar, en cada obra, una acogida más numerosa de muchachos y jóvenes “en peligro”, que puedan mantenerse alejados de las desviaciones con programas apropiados y un ambiente educativo que ayuda.
Contemplarán lógicamente muy pronto los educadores los síntomas iniciales y aún latentes de malestar y las primeras manifestaciones de cesión a la marginación.
Además de esta atención general, hay que crear algunas iniciativas y enviar grupos que actúen en el mismo ambiente de la marginación entre los mismos sujetos.
Tales presencias, superada la contraposición y el sentido de extraordinarias, ayudarán a todas las comunidades al conocimiento y al tratamiento del malestar juvenil y a mantener vivo el estilo del Sistema Preventivo.

Nuestra preocupación: educar
La pobreza y la marginación no son sólo un fenómeno puramente económico, sino una realidad que atañe a la conciencia de las personas y un desafío a la mentalidad de la sociedad. La educación es pues un elemento fundamental para su prevención y para su superación y es, además, la aportación más específica y original que, como salesianos, podemos aportar.
Educar significa acoger, escuchar y comprender. Quiere decir ayudar a cada uno a encontrase a si mismo, acompañarle con paciencia en un camino de recuperación de valores y de confianza en si. Comporta la reconstrucción de las razones para vivir.
La enseñanza sistemática es una vía importante para la prevención y la superación de la pobreza y del malestar, pero a condición de que nos conduzca al encuentro con la integridad de la persona; el anonimato institucional y la sola relación de conocimientos no realiza los fines de la educación.
Hoy educar nos exige una renovada capacidad de diálogo y también de propuesta. Es necesario llegar a las personas y a aquello que interroga y desafía la propia vida; necesita implicarse en experiencias que ayuden a acoger el sentido del esfuerzo diario, tender hacia una propuesta rica de intereses y sólidamente anclada en aquello que es fundamental y que, mientras ofrece los elementos fundamentales para ganarse la vida, capacita para ser sujetos responsables en todo momento.
En la educación surgen algunas urgencias. El CG23 indicaba la constelación vida - amor - conciencia - solidaridad como un desafío a nuestro trabajo de evangelización..
La consideraba como uno de los aspectos que cuidar en todo nuestro programa educativo e indicaba además sus objetivos principales: comentar, a través de relaciones, convicciones y experiencias, el valor de la persona y de su inviolabilidad, por encima de los bienes materiales y de toda estructura u organización, para poder optar autónomamente frente a los pesados mecanismos de manipulación y a valorar correctamente situaciones inhumanas; orientar a los jóvenes al conocimiento adecuado de la compleja realidad cultural y socio-política, comenzando por la más próxima y diaria, para llegar hasta las instituciones y modelos socio-económicos que tienen un influjo determinante en el bien común; implicar a los jóvenes, tanto los de ambientes de pobreza como los de contextos de bienestar, en iniciativas que exijan solidaridad, para que aprendan a hacerse cargo del sufrimiento de otros y a colaborar para superarlos.
El programa enunciado constituye una eficaz prevención contra la dependencia y estímulos negativos, ofrece indicaciones para un camino de recuperación y al mismo tiempo requiere la implicación de aquellos jóvenes que han podido mantenerse libres y superar los riesgos de las distintas pobrezas. Nos corresponde a nosotros traducirlo en gestos diarios.

Promover una nueva cultura
La pobreza nace y se difunde en un mundo intercomunicado e interdependiente. La valoración que se hace de ella, las esperanzas de superarla que se pueden descubrir, las formas concretas de compromiso, están relacionadas con los modos de pensar y de actuar de las personas, de los grupos y de toda la sociedad.
Se advierte cuando se razona sobre el uso de los bienes, sobre las relaciones entre personas y pueblos, sobre sentimientos hacia los demás, sobre el modo de afrontar las desviaciones y transgresiones.
El esfuerzo contra la marginación es tanto más eficaz, cuanto más penetra y trasforma el conjunto de percepciones y sentimientos que forman el pensamiento y la conducta de una sociedad o de un grupo hacia si mismos. No es pues suficiente un compromiso de ayuda o de asistencia en favor de algunos, aunque esto también es importante.
Se requiere un trabajo de animación social que suscite cambios de criterio y visiones por medio de gestos y obras. Tales gestos y obras crean nuevas formas de relaciones y modelos de conducta que encarnan valores distintos de aquéllos que rigen gran parte de nuestras costumbres, como el individualismo posesivo, la satisfacción de los intereses personales, la condena de quien sufre dependencia y el abandono de los más débiles.
Se trata de promover la cultura del otro, de la sobriedad en el estilo de vida y de consumo, de la disponibilidad a compartir gratuitamente, de la justicia entendida como atención al derecho de todos a la dignidad de vida y, más directamente, de implicar personas e instituciones en un trabajo de amplia prevención, de acogida y ayuda a quien tiene necesidad.
Nuestros ambientes educativos pueden ser centros de elaboración y puntos de irradiación de tal cultura hacia la familia, los grupos, los barrios, los círculos y la instituciones relacionadas y, a través de la comunicación social, hacia la sociedad en general.
Hay algunos movimientos e iniciativas que, aunque minoritarios, tienen una fuerte incidencia porque manifiestan nuevas relaciones y anticipan nuevos criterios de solidaridad: la asociación privada para un comercio igual y solidario, el movimiento de familias que se empeñan en vivir con lo suficiente y a evitar los gastos superfluos, el voluntariado.
Éstos son algunos de los modelos de vida promovidos por círculos cristianos en el contexto de la nueva cultura social que se comprometen a vivir según el evangelio y no según los estímulos del consumismo. En este sentido se pueden crear distintas iniciativas y asociaciones semejantes.
Éstas terminan por actuar en red y comienzan a ponerse como interlocutores materialmente débiles, pero moralmente fuertes ante los organismos e instituciones políticas y económicas. Más aún, comienzan a multiplicar los proyectos de ayuda y las presencias de colaboración y solidaridad.
Éste es un campo en el cual nosotros, salesianos, organización internacional, con múltiples recursos y con un rico patrimonio espiritual, tenemos grandes posibilidades y al mismo tiempo una importante responsabilidad. Debemos hacer un esfuerzo de pedagogía colectiva para ofrecer vías y proyectos concretos en los cuales implicar a mucha gente dispuesta a asumir, como humilde avanzadilla evangélica, un estilo de vida solidaria y generosa.

Evangelizar partiendo de los últimos
La acción salesiana, en cualquier ambiente donde se desarrolla, comprende siempre el anuncio de Cristo, la atención a la salvación eterna de la persona. En toda iniciativa de prevención, formación o rehabilitación, ésta es siempre la intención y el objetivo principal, aunque quizás deberá explicitarse poco a poco a medida que los sujetos son capaces de ello. Deseamos que sientan a Dios como Padre, que conozcan a Jesucristo y crean, pues, que en la propuesta de fe en Él se hallan energías insospechadas para la construcción de la personalidad y para el desarrollo integral.
El CG23, presentando el itinerario de fe que nosotros, salesianos, hacemos con los jóvenes, afirma que se debe preferir siempre a los últimos y partir siempre de ellos como condición para llegar a todos. “El colocarse al lado de los últimos no terminará sólo en el comienzo del camino, sino también cualquier etapa posterior, incluidas las finales”, porque los más avanzados están invitados a “sostener, con su testimonio y acción, el caminar de quienes están comenzando”.
Es, pues, una indicación de autoridad para determinar sobre el lugar significativo donde colocarse: entre los últimos, según los criterios humanos.
El anuncio de salvación a los pobres es el signo por excelencia del Reino y por consiguiente la dimensión más profunda de nuestra misión educativa. El conocimiento y la relación personal con Jesús no es un privilegio de los jóvenes más comprometidos y protegidos, sino un don que ofrecer a todos y desde los primeros momentos. Si Cristo se quiere dar a los más pobres y necesitados, y esto lo ha demostrado durante su existencia terrena, nosotros no podemos retrasar la manifestación de su gracia.
La evangelización comienza ciertamente con el encuentro, capaz de asumir el sufrimiento y la esperanza de lo jóvenes, de sostener la voluntad de recuperarse, de acercarse a los signos de Dios y de la Iglesia. La salvación se anuncia y se realiza cuando se crea una situación en la cual el joven se libera de todo aquello que condicionaba negativamente lo mejor de su vida; cuando en contacto con personas, que le demuestran un amor desinteresado, descubre el valor y las posibilidades de la vida.
El contacto cotidiano con los adultos capaces de crear un clima de familia, una relación de amistad que crea intereses para los jóvenes y espacio a su responsabilidad, bondad y firmeza, exigencia y comprensión, llega a ser un testimonio capaz de suscitar maravillas y de descubrir lo mejor que ellos llevan dentro. De esta forma surgen las preguntas que dan oportunidad para un anuncio a la medida de la comprensión de cada joven.
La primera chispa del camino de fe hay que cuidarla y desarrollarla con paciencia y perseverancia, resaltando siempre lo positivo que hay en el joven y sobre la fuerza interior de la conciencia; sacando provecho de la experiencia del grupo y del ambiente; seguros de la energía de impulso que viene de la oración y de los sacramentos. A tal respecto hay que releer y poner en práctica el sentir de Don Bosco sobre el valor de la fe y de la conciencia en el proceso de recuperación de los jóvenes.
En la Iglesia se habla de nueva evangelización. Las explicaciones subrayan que la “novedad” está en el testimonio de la caridad, en el anuncio de Cristo en el corazón de la vida y de la cultura actual y en el acercamiento a los alejados.
Nuestra aportación puede consistir, precisamente, en experimentar y proponer procesos de evangelización en situaciones juveniles especialmente difíciles.

Conclusión
Jesús “les preguntó: ¿Cuántos panes tenéis? Id a ver. Y después de haberse cerciorado, le dicen: “Cinco y dos peces”. Entonces les mandó que se acomodaran todos en grupos sobre la verde hierba. Y se acomodaron por grupos de cien y de cincuenta. Y Él tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los iba dando a los discípulos para que los fueran sirviendo. También repartió entre todos los dos peces. Comieron todos hasta saciarse y recogieron doce canastos llenos de trozos de pan y las sobras de los peces”.
La presencia del Señor se convierte en milagro de solidaridad para que la gente tenga pan en abundancia. Él pone en movimiento a sus discípulos para que busquen los recursos disponibles. Crea una verdadera fraternidad que lleva a participar y desemboca en la comunión. Así el dinamismo, comenzado con un sentimiento de compasión, se transforma en acciones que llenan de vida a los necesitados con la Palabra que ilumina y con el Pan que sostiene. Lo poco llega para todos y hasta sobra.
Es nuestro deber y nuestra esperanza: poner los signos y multiplicar. Por esto, en la programación de este sexenio, hemos puesto la “significatividad” en el centro de la atención. Esta brota desde los lugares, desde el espíritu y desde el estilo con el cual realizamos nuestra misión y ofrecemos nuestro testimonio. Por eso la hemos tomado como criterio principal de referencia, recolocación y redistribución de los recursos.
Los elementos, desde los cuales se manifiesta “significatividad”, son: la manifestación incondicional de la caridad evangélica, la capacidad de “salvar” lo que los hombres abandonan a su propia suerte, el deseo de dar vida y esperanza, la eficacia en la propuesta de la fe, la fuerza unitiva por la cual personas de buena voluntad se unen para el bien, la capacidad de hacer madurar mentalidades y relaciones hacia el Reino.
Muchas iniciativas son “buenas”, pero no todas hablan con las misma elocuencia, realismo y verdad. Muchas obras pueden ser de cierta utilidad, pero no todas manifiestan el Evangelio, el amor de Dios sembrado en el corazón de los creyentes con la misma inmediatez y profundidad. Muchas acciones parecen aceptables, funcionales en la sociedad en la que vivimos, algunas son fuertemente “evangelizadoras” y proféticas. La presencia entre los jóvenes más necesitados está entre éstas. Sabemos cuánto está haciendo cada una de las inspectorías y cuánto hará si la disponibilidad de las personas lo permite.
La contemplación y el reclamo de la multiplicación de los panes, sirva de inspiración y de criterio para un comprometido movimiento en favor de los jóvenes más pobres, incluso con la eventual precariedad de recursos.
María Santísima que en la Anunciación se puso a disposición del Señor, nos ayude a estar atentos a la obra de salvación que nace en el corazón misericordioso de Dios.


Don Juan E. VECCHI