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Aguinaldo 2010 - comentario

AGUINALDO 2010

LLEVAR EL EVANGELIO A LOS JÓVENES

LLEVAR EL EVANGELIO A LOS JÓVENES

Centenario de la muerte de don Miguel Rua



Queridos Hermanos,

Os escribo desde Valdocco, hoy 18 de diciembre, día en que celebramos el 150 aniversario de la fundación de nuestra querida Congregación, fecha en la que elevamos un himno de alabanza al Señor que fue magnánimo con nosotros. Dios bendijo generosamen­te el gesto de aquel grupo de jóvenes del Oratorio de Valdocco que, reunido en torno a Don Bosco «con el mismo fin y ánimo de promo­ver y conservar el espíritu de verdadera caridad que se requiere en la obra de los Oratorios para la juventud abandonada y en peligro», decidió «organizarse en Sociedad o Congregación» (Cf. MBe VI, 258). Es la celebración final de este jubileo, propuesto el año pasado, en el cual hemos querido renovar nuestra profesión religiosa haciendo propio el compromiso de nuestros jóvenes padres fundadores, cual es el de permanecer siempre con Don Bosco, y de asumir su «sue­ño», su proyecto apostólico de asegurar, Deo volente, la continuidad y el desarrollo de su carisma y de su misión.

Desde esta perspectiva, el año 2009 fue muy fecundo y enri-quecedor, con muchísimas iniciativas puestas en marcha por las Inspectorías para favorecer un movimiento espiritual y pastoral de los Hermanos. Una de las cosas que más ha contribuido a este fin ha sido el redescubrimiento de las Constituciones, auténtico «testamento de Don Bosco, libro de vida para nosotros y prenda de esperanza para los pequeños y los pobres» (Const. art. 196). Permitidme, que­ridos Hermanos, que os diga de nuevo que nuestras Constituciones van siendo cada vez más conocidas, amadas, «rezadas» y vividas.

El año 2010 se abre desde el principio con la luminosa fgura de Don Rua. Él supo hacerse hijo, discípulo y sucesor de Don Bosco. Compartió a medias, esto es: en comunión plena, sus fatigas y sufri­mientos. Se fue confgurando con nuestro Padre día a día y con fde­lidad fecunda y dinámica hizo forecer y extendió la Congregación y la Familia Salesiana. ¡En estos aspectos se nos propone como mode­lo! Recordando a Don Rua queremos insistir en las indicaciones de mi precedente carta circular. Son sugerencias sencillas y claras. Un verdadero programa de vida.

Ahora, antes de presentaros el comentario del Aguinaldo de 2010, quisiera informaros sobre los principales eventos vividos en estos últimos meses, de julio hasta hoy. Para un conocimiento más detallado os remito a la Crónica del Rector Mayor y a las de los Con­sejeros de estas mismas Actas (pp. 43 a 79). En ellas encontraréis las visitas realizadas a las distintas Inspectorías y las intervenciones he­chas en numerosos encuentros y reuniones. Aquí solo hablaré de los acontecimientos que me parecen más relevantes.

Ante todo deseo señalar la peregrinación tras las huellas de san Pablo que, con todos los miembros del Consejo, hicimos del 21 de junio al 5 de julio. Visitamos los principales lugares que marcaron la vida del Apóstol Pablo en su camino de encuentro con Cristo y en su incansable itinerario para anunciar el Evangelio: de Tarso, donde nació, a Damasco, Antioquía, Éfeso y Atenas. Fue, como se había propuesto, una verdadera experiencia espiritual, puntualizada con la lectura de la Palabra de Dios y de la «lectio divina», animada por don Juan José Bartolomé y por las refexiones sobre Pablo evangelizador. Un tema que nos ha recordado el compromiso de evangelización propuesto por el CG26 y que representa el núcleo del Aguinaldo de 2010. La peregrinación propició también el encuentro con las comunidades salesianas que trabajan en aquellos lugares: Damasco y Alepo, en Siria, e Istambul en Turquía. En estas comunidades, la visita del Rector Mayor y del Consejo fue vivida como momentos de fraternidad y de festa también por los jóvenes y la Familia Salesiana.

Un acontecimiento que nos ha impresionado fuertemente, un verdadero golpe a nuestro corazón, ha sido la muerte de nuestro carísimo Hermano Antonio Domènech, ocurrida el 20 de julio en la casa de Martí Codolar, en Barcelona. No puedo pasarla por alto ya que don Antonio Domènech fue miembro del Consejo General durante 12 años, sirviendo a la Congregación en el dicasterio de Pas­toral Juvenil, años de total dedicación, de trabajo muy competente y dinámico. Nunca olvidaremos su testimonio: su amor por la vida, su fe sólida y su sentido de la esperanza que marcaron sus años de enfermedad. Un periodo de sufrimiento, de prueba y de gracia que lo transfguró hasta llevarlo al encuentro definitivo con el Señor. A él nuestro agradecimiento y nuestra admiración.

Los días 15 y 6 de agosto, junto con la Madre Yvonne Reungoat, participé en el «Confronto Europeo» en el Colle Don Bosco, y celebra­mos el aniversario del nacimiento de nuestro Fundador y Padre. Este acontecimiento, con la presencia de los Hermanos, de las Hijas de Ma­ría Auxiliadora y de animadores de todas las Inspectorías de Europa, fue un encuentro en el que pudimos experimentar una vez más cuán vigente y cercano a los jóvenes es el carisma de Don Bosco. Bastaría este dato para valorar la experiencia del «Confronto». Hay que añadir que tal encuentro fue preparado con mucho cuidado y competencia por los Dicasterios de Pastoral Juvenil SDB y FMA, dando a los jóve­nes un protagonismo manifesto, como quería Don Bosco. Son aspec­tos concretos que garantizan siempre el éxito de tales iniciativas.

En los primeros días de septiembre, con don Adriano Bregolín y algún que otro amigo, hemos hecho el «Camino de Santiago». Es una experiencia humana y espiritual muy hermosa. Siento la necesidad de proponerla como una imagen elocuente del recorrido de la vida y del itinerario de fe que cada uno de nosotros debe realizar. En una entrevista concedida al "Boletín Informativo" de la Inspectoría de León, España (que durante el camino nos prestó apoyo logístico) subrayaba que este camino pone a prueba, sobre todo, la resistencia física del peregrino, enseña a adaptar el ritmo de la propia marcha al de los compañeros, ofrece espacios y momentos para contemplar la naturaleza conforme se avanza tras la concha (logo indicador para el peregrino) que señala el camino, ayuda a encontrarse a sí mismo en el silencio, invita con mucha sencillez a pensar en la propia vida y a rezar. Podéis muy bien fguraros la alegría de llegar a la meta entre tantos otros peregrinos, y con la posibilidad de celebrar en el sepulcro del Apóstol.

El último domingo de septiembre me reuní con los que partici­paban en la Harambée. Después, en la Basílica de María Auxiliadora, tuve la gracia de enviar la 140 expedición misionera salesiana. Este año el número de los misioneros, especialmente numeroso, quería representar otra señal más de la celebración del 150 aniversario de la fundación de la Congregación. Esta expedición siempre es una realidad muy hermosa y signifcativa en la que hacemos patente lo que el Señor Jesús nos pide: ser sus testigos hasta los confines del mundo. Es, pues, la continuación de cuanto Don Bosco inició en el lejano 1875 al enviar los primeros Salesianos misioneros a Argentina.

Del 6 al 14 de octubre tuvimos la "sesión intermedia" del Con­sejo General, durante la cual, retomando el estudio de las Regiones, hemos examinado la de Asia del Sur. La refexión nos ha permitido conocer mejor el estado de esta Región, que es en este momento la más foreciente en vocaciones de la Congregación: hemos concreta­do los retos que tenemos que afrontar, hemos valorado los recursos disponibles y propuesto las grandes líneas para un próximo futuro. El tema se volverá a tratar con las Inspectorías de la Región en Sri Lanka el semestre que viene.

Del 21 al 26 del mismo mes me trasladé a Perú para reunirme con los Inspectores de la Región Interamérica. Estos encuentros, con la participación del Vicario, se realizan para acompañar ca­da una de las Regiones. En anteriores cartas ya he hablado so­bre este tipo de reuniones. Deseo subrayar que la experiencia vivida en las reuniones, y que luego se concreta, resulta siempre más provechosa en opciones metodológicas y enriquecedoras para los mismos Inspectores participantes. Con ocasión de este encuentro, también he presidido un seminario de puesta al día con los Inspectores, los Delegados de Formación y de Pastoral Juvenil y con algunos animadores acerca del documento de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que tu­vo lugar en Aparecida (Brasil). Este tipo de encuentros fueron dirigidos por don Egidio Viganò después de las Conferencias del CELAM en Puebla y en Santo Domingo. Su finalidad era la sintonizar a la Congregación con la Iglesia de América Latina.

En el mes de noviembre, he visitado las Inspectorías de Dimapur y Guwahati, en la India, que, con razón, pueden considerarse una de las inculturaciones más acertadas del carisma y de la misión salesia-na. Prueba de ello son el crecimiento de la Iglesia en esta región del noreste de la India como también el desarrollo de nuestra Congrega­ción. No hay duda que el nombre de Don Bosco es como un palabra mágica en toda esta área, fruto del impulso misionero dado desde un principio por Mons. Louis Mathias y todos los grandes misione­ros que fecundaron e implantaron ejemplarmente a la Iglesia e in-culturaron correctamente nuestro carisma de manera similar a como lo hicieron los primeros misioneros de Suramérica. Fueron misione­ros valientes, emprendedores, que, con gran esfuerzo, se dedicaron a aprender las lenguas locales y asimilar su cultura. Comprometidos con la promoción humana, sobre todo por medio de la educación, fueron siempre grandes evangelizadores y cultivadores de las voca­ciones. El reconocimiento que nos llega de personas cercanas y de extraños, de cristianos y de no cristianos, de personas de gobierno y de Iglesia, nos confrma lo grande que fue la epopeya misionera en esta parte de la India. Esta espléndida realización nos da motivos de refexión sobre las causas de tan buen desarrollo de la Congregación en ciertos contextos, incluso en grupos tribales, cuando en otros ca­sos se ha sufrido tanto para construir una Iglesia local y dar vocacio­nes a la Iglesia y a la Congregación.

También en el mes de noviembre, del 15 al 22, prediqué en Tur-cifal (Portugal) los ejercicios espirituales a los Inspectores, miembros de los Consejos inspectoriales y otros Hermanos invitados por la Región de Europa Oeste. Creo que este es un servicio de animación específco propio del Rector Mayor que, de esta manera, puede co­municar mejor su visión de la vida consagrada, en general, y de la vida salesiana, en particular. Y de este modo puede transmitir su magisterio y las líneas de gobierno con las que quiere iluminar y guiar la Congregación. Personalmente he quedado muy satisfecho del ambiente de oración y de refexión que se creó. Al finalizar los ejercicios quise visitar Fátima para orar ante la Virgen y confarle a todos vosotros y nuestras obras, con el entorno de personas, adultos y jóvenes, relacionadas con ellas. No os oculto que de verdad nece­sitaba la visita a este Santuario santifcado por la presencia de María.

Por fin, al acabar el mes de noviembre, participé en la Asamblea Semestral y General de la USG (Unión de los Superiores Generales). En ella se refexionó sobre la vida consagrada en África. En las próximas Asambleas meditaremos sobre la vida consagrada en Euro­pa, y puedo garantizaros que el tema suscita un interés grandísimo: estamos convencidos de que si la vida consagrada nació en Europa y desde aquí se desarrolló y propagó por todo el mundo, es impor­tante que renazca aquí. Como veis, todo esto está en línea con el «Proyecto Europa», que cada vez más es asumido por otras Congre­gaciones.

Y ahora, sin más, he aquí mi Comentario al Aguinaldo de 2010.

*  *  *


"Verdaderamente no hay nada más bello
que encontrar y comunicar a Cristo a todos
"
(Sacramentum Caritatis, n. 84.).

 

Carísimos Hermanos,
Hijas de María Auxiliadora,
Miembros todos de la Familia Salesiana,
Jóvenes,

Aquí estoy otra vez, en la cita anual para la presentación del comentario al Aguinaldo de 2010. Como verdadero programa espiritual y pastoral, nos ayudará a reforzar nuestra identidad salesiana, a robustecer nuestra comunión de mente y de corazón, a insertarnos en la Iglesia como “discípulos y apóstoles” para la construcción del Reino y para la transformación del mundo. Hoy más que nunca, el mundo tiene necesidad de Cristo y de su Evangelio; por esto se necesitan personas que hagan del Reino de Dios la causa por la que vivir, como hizo Jesús; se necesita el testimonio de discípulos, varones y mujeres nuevos, nacidos no de la “carne” sino del Espíritu; sólo sirven apóstoles empeñados seriamente en la conservación de la creación y en la justicia, la solidaridad y la fraternidad entre los pueblos.

 

1. Introducción: el Aguinaldo y sus motivaciones

Después de la llamada del año pasado, en el que invité a la Familia Salesiana a vivir y a actuar como “movimiento”, de manera que fuera más visible, más significativa y más eficaz en su servicio de salvación de los jóvenes, en 2010 quisiera veros animados por el mismo espíritu y empeñados en un proyecto compartido: anunciar el Evangelio a los jóvenes y llevarles así al encuentro personal con el Señor Jesús.

Se trata de una palabra programática que nos ha ofrecido el mismo Santo Padre. Con ocasión del XXVI Capítulo General de los Salesianos, el Papa escribía en una carta dirigida a mí:

«La evangelización debe ser la frontera principal y prioritaria de su misión hoy. Representa múltiples compromisos, urgentes desafíos, vastos campos de acción; pero su deber fundamental es proponer a todos vivir la existencia humana como la vivió Jesús. En las situaciones multirreligiosas y en las secularizadas es necesario encontrar caminos inéditos para dar a conocer la figura de Jesús, especialmente a los jóvenes, para que perciban su perenne fascinación».[1]

Por eso, con ocasión del centenario de la muerte de don Miguel Rua, fidelísimo a Don Bosco y a su carisma, quisiera invitar a todos los miembros de la Familia Salesiana a convertirse cada vez más en discípulos enamorados y en apóstoles entusiastas de Jesús y a comprometerse en la evangelización de los jóvenes. Hablémosles de Cristo, relatemos nuestro encuentro con Él; narremos su historia, sin la cual su figura corre peligro de diluirse en la mitología o en la ideología; presentemos el programa de felicidad que Él nos ofrece en las Bienaventuranzas; digámosles cuán bella es la vida una vez que se Le ha encontrado y cuán gozoso resulta ser aferrados por Él y comprometidos en la causa del Reino de Dios.

El compromiso evangelizador es fruto de la identidad del discípulo que, después de haberse decidido al seguimiento del Señor Jesús, se convierte en su representante personal y en ardiente misionero. Queremos asumir el reto de ayudar a los jóvenes a «mirar a los otros no ya solamente con los propios ojos y con los propios sentimientos, sino desde la perspectiva de Cristo Jesús”.[2] Es verdad que nosotros somos salesianos y, como tales, realizamos nuestra misión de evangelizar educando y de educar evangelizando. Esto no es un eslogan ni una frase vacía de sentido. Expresa el estrecho vínculo que existe entre evangelización y educación; sin confundirse y respetando su autonomía, ambas están al servicio de la persona humana para llevarla hasta la plenitud de Cristo. La educación es auténtica cuando es respetuosa de todas las dimensiones del niño, del adolescente, del joven, y cuando está claramente orientada a la formación integral de la persona, abriéndola a la transcendencia. Por su parte, la evangelización tiene en sí misma un fuerte valor educativo, precisamente porque busca la transformación de la mente y del corazón, la creación de una nueva persona, fruto de su configuración con Cristo.

El Aguinaldo de 2010 aprovecha la ocasión del año paulino recién concluido y del Sínodo de la Palabra de Dios, todavía en espera de la Exhortación Apostólica postsinodal del Papa, que nos ayudará a anunciar y a testimoniar la belleza del encuentro con Cristo, Palabra de Dios, que vive en medio de nosotros. Durante el Sínodo, en el cual he tenido la gracia de participar, tuve una intervención sobre el fragmento lucano de los discípulos de Emaús, visto como modelo de la evangelización de los jóvenes, tanto por los contenidos como por los métodos; puede resultar útil volver a tomarlo en nuestras manos y meditarlo.

Por tanto, he aquí el programa espiritual y pastoral para el año 2010:

«Señor, queremos ver a Jesús».

A imitación de Don Rua,
como discípulos auténticos y apóstoles apasionados
llevamos el Evangelio a los jóvenes.

Los numerosos grupos de la Familia Salesiana se hallan en sintonía con este compromiso. A modo de ejemplo, os señalo dos párrafos de los Capítulos Generales de los Salesianos y de las Hijas de María Auxiliadora.

El Capítulo General XXVI de los Salesianos es consciente de la urgencia de evangelizar y de la centralidad de la propuesta de Jesucristo: «Consideramos la evangelización como la urgencia principal de nuestra misión, conscientes de que los jóvenes tienen derecho a oír el anuncio de la persona de Jesús como fuente de vida y como promesa de felicidad en el tiempo y en la eternidad»[3]. Por tanto, nuestro empeño fundamental es proponer a todos vivir la existencia humana como la vivió Jesús... El anuncio de Jesucristo y de su Evangelio debe ser central, junto con la llamada a la conversión, a la acogida de la fe y a la inserción en la Iglesia; de aquí nacen los caminos de fe y de catequesis, la vida litúrgica, el testimonio de la caridad operosa».[4]

El Capítulo general XXII de las Hijas de María Auxiliadora reconoce que es el amor de Dios el que nos empuja: «El cenáculo, el lugar donde los apóstoles se encuentran todos juntos, no es una morada estable, sino una base de lanzamiento. El Espíritu los transforma de hombres acobardados en ardientes misioneros que, llenos de coraje, llevan por los caminos del mundo el alegre anuncio de Cristo Resucitado. El amor empuja hacia el éxodo y a salir de sí mismos hacia las nuevas fronteras para convertirse en don: “El amor crece a través del amo”.[5] María, que desde el cenáculo enseña a abrir las puertas, ha sido la primera en vivir la experiencia del éxodo y en ponerse en camino. La primera evangelizada se ha convertido en la primera evangelizadora. Llevando a Jesús a los demás, Ella ofrece su servicio, produce alegría, hace experimentar el amor».[6]

 

2. Nuestra vocación es ser discípulos y apóstoles

La vocación de todo cristiano es ser discípulos que acogen cordialmente la Palabra de Dios y apóstoles que la transmiten gozosamente. Precisamente en esto consisten la vida y la misión de la Iglesia. Jesús mismo comenzóanunciando el Evangelio del Reino de Dios y llamando a discípulos para enviarlos a predicar. No sólo los Doce, sino todos los bautizados están llamados a ser discípulos, que se familiarizan con la Palabra, se identifican con el Señor hasta tener Sus sentimientos, tienen la mente de Cristo, viven en intimidad con Él, hasta llegar a ser apóstoles convencidos y celosos, enviados a todos los ambientes de la vida para dar testimonio de la fe, para dar razón de la esperanza, para colaborar en la transformación de la cultura y de la sociedad, para construir un mundo donde reinen la justicia y la paz, para ser conciencia de solidaridad entre los pueblos y entre los grupos sociales y de fraternidad entre todas las personas.

Ningún cristiano puede sustraerse de esta vocación y misión. No sólo los sacerdotes, los misioneros y los religiosos, sino todos, movidos por el amor que el Señor nos tiene y en virtud del bautismo, estamos llamados a ser evangelizadores. Podemos responder a este mandato del Señor en la familia, en el trabajo, en nuestras comunidades, con las obras y con las palabras, es decir, con el amor que pongamos en las acciones y en las palabras, procurando que sean conformes al Evangelio. Evangelizar significa añadir una levadura con una energía tal que cambie la mentalidad y el corazón de las personas y, a través de ellas, las estructuras sociales, de manera que sean concordes con el designio de Dios. No se trata de una actividad intimista; evangelizar es desencadenar la verdadera revolución social, la más profunda, la única eficaz. Esto explica por qué encuentra tantas dificultades y contrastes, abiertos y ocultos.

Antes de pensar en los medios y en los modos de evangelizar, es necesario tener un motivo, es decir, estar “enamorados” de Dios, haber realizado la experiencia de su amistad y de su intimidad: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace el amo; sino que os he llamado amigos, porque todo lo que he oído al Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15, 15). Entre el momento de la llamada y el momento del envío se coloca el tiempo en el que los discípulos «están» con el Señor para aprender su estilo de vida, para aprender a leer la historia personal y universal como historia de salvación, para experimentar en la propia vida la verdad, la bondad y la belleza del mensaje que se les ha confiado y que están llamados a proclamar.

A este respecto, decía yo así en el saludo de apertura de la Asamblea trimestral de la Unión de los Superiores Mayores, en preparación al Sínodo sobre la “Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”: «Sólo el ministro del Evangelio, consagrado o laico, que tenga en su corazón el Evangelio, hecho objeto de contemplación y motivo de oración, logrará mantenerlo en la boca como tesoro del que hablar y lo tendrá en sus manos como un deber ineludible que entregar».[7]

En el bello compromiso de acoger, encarnar y comunicar la Palabra de Dios, María nos hace de madre y maestra, porque, como dice San Agustín, Ella concibió al Hijo en el espíritu antes que en la carne. Efectivamente, en el evangelio de Lucas María es presentada como aquella que, al anuncio del ángel, responde con apertura extraordinaria: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). María es el modelo del discípulo que, ante los acontecimientos que ve y no logra comprender, guarda todas esas cosas y las medita en su corazón (Lc 2, 19). Al inicio del ministerio de su Hijo, en las bodas de Caná, invita a los criados a «hacer lo que Él os diga» (Lc 11, 27-28). Llegado el momento de la Pasión, María está al pie de la cruz, compartiendo hasta el fondo el abandono, el rechazo y el sufrimiento del Hijo y recogiendo con mimo su testamento: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19, 25-27). Y, finalmente, después de la Resurrección, persevera en oración con los discípulos en espera del Espíritu Santo prometido (Act 1, 14). He aquí nuestro modelo de discípulo y de apóstol de la Palabra.

 

3. Tarea de los discípulos es escuchar el “deseo de ver a Jesús”

Precisamente porque la evangelización no es solamente un mensaje que proclamar, sino que es la revelación de Dios en Jesús, la evangelización es auténtica cuando lleva al encuentro con la persona de Jesús y es eficaz cuando comunica la salvación que Dios ha querido darnos en el Hijo. Por tanto, la evangelización comporta una dinámica interna, que parte del sentimiento religioso expresado en el deseo humano de ver a Dios, y que traduce así el salmista: «De ti ha dicho mi corazón: buscad su rostro; Señor, busco tu rostro» (Sal 26,8). Y uno de los discípulos se atreverá a pedir a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14, 8). Esto nos indica que evangelizar es un encuentro de personas; y la persona es evangelizada cuando encuentra y acoge a la persona de Jesús.

El evangelista Juan recuerda que unos griegos, mientras subían a Jerusalén para la Pascua, se acercaron a Felipe con la petición de «ver a Jesús» (Jn 12, 21). No sabiendo qué hacer ante una petición tan inesperada, Felipe habló sobre ello con Andrés y, juntos, «fueron a decírselo a Jesús». Entonces Jesús se dio cuenta de que había llegado la hora, tantas veces aplazada, de ser glorificado. En el momento en que aquellos que estaban lejos sintieron el deseo de verle, Jesús reconoció que había llegado el tiempo de anunciar la entrega de su muerte, la hora de la glorificación, el momento decisivo de la salvación de todos.

Jesús llegó a la conciencia de su hora cuando supo que había unos griegos que querían verle. Y lo supo porque dos discípulos se lo comunicaron. Sin darse cuenta de ello, Felipe y Andrés ayudaron a Jesús a reconocer el momento crucial de su vida. Sin aquellos dos discípulos, los griegos no habrían podido manifestar el deseo de ver a Jesús; sin ellos, Jesús no habría sabido que había llegado el momento de su glorificación. Jesús tuvo necesidad de los discípulos para reconocer, en el deseo de ser visto por los estaban lejos, que había llegado la hora de su gloria.

Jesús tiene necesidad también hoy de discípulos que lleguen a descubrir en el corazón de la gente, en sus alegrías y en sus miedos, un deseo no siempre explícito de acercase a Él y de encontrarle. Lo que impulsa de nuevo a Jesús a realizar la salvación es saberse deseado. Sólo el discípulo que ya le está cercano puede descubrir, entre los que le buscan, quién desea en realidad encontrarle. El discípulo sigue a Jesús para facilitar el encuentro con Él de aquellos que Le quieren ver. Así es como el discípulo de Jesús llega a ser su apóstol: Jesús tiene necesidad de discípulos, compañeros de vida y misión, pare reconocer la llegada de su hora. Llevando ante Él a aquellos que quieren verle, el discípulo de Jesús se convierte en su apóstol.

Discernir entre las muchas aspiraciones de la juventud de hoy el verdadero deseo de «ver a Jesús», es para nosotros, miembros de la Familia Salesiana, motivo, si no único, al menos fundamental para llegar a ser verdaderos discípulos de Cristo. Si no lo hacemos nosotros, ¿quién presentará a Jesús los sueños y las necesidades de los jóvenes? ¿Quién posibilitará a los jóvenes ver a Jesús? Los miembros de la Familia Salesiana están llamados a escuchar el anhelo de los jóvenes de encontrar a Jesús y, al mismo tiempo, a leer la situación juvenil de manera que ponga en evidencia el deseo que los jóvenes tienen de acercarse a Jesús. Éste es nuestro modo de ayudar hoy a Jesús a salvar a los jóvenes. Y así es como nos convertimos en verdaderos compañeros y apóstoles suyos.

Esto significa que la evangelización de los jóvenes debe partir de las situaciones concretas en que se encuentran ellos, con atención particular a su cultura, fuertemente marcada por el valor de la subjetividad y de la autorreferencia, que los lleva a reagruparse entre coetáneos y a alejarse del mundo de los adultos. A este propósito son iluminadoras las palabras pronunciadas por el Santo Padre, Benedicto XVI, en la catequesis del cinco de agosto de 2009, hablando del Santo Cura de Ars: «Si entonces se daba la dictadura del racionalismo, en la época actual se registra en muchos ambientes una especie de dictadura del relativismo». Ambas aparecen como respuestas inadecuadas a la justa demanda del hombre de usar en plenitud la propia razón como elemento distintivo y constitutivo de la propia identidad. El racionalismo fue inadecuado porque no tuvo en cuenta los límites humanos y pretendió convertir la sola razón en medida de todas las cosas, transformándola en una diosa; el relativismo contemporáneo reduce la razón, porque de hecho llega a afirmar que el ser humano no puede conocer nada con certeza más allá del campo científico positivo. Pero hoy, como entonces, el hombre, "mendicante de significado y de cumplimiento va tras la continua búsqueda de respuestas exhaustivas a las preguntas de fondo que no cesa de plantearse"[8]. He aquí por qué los jóvenes, sobre todo ellos, tienen necesidad, no siempre sentida o expresada, de guías pacientes y comprensivos.

En lo que afecta a la referencia religiosa en general, y a la referencia cristiana en particular, los datos sobre los jóvenes no ofrecen dudas. Lejanía, abandono prematuro e irrelevancia señalan la relación de mucha juventud con instituciones, temas y personas religiosas. Hoy es cada vez más común encontrarse con jóvenes que no han tenido nunca contacto con el hecho religioso o que lo han tenido en modo insuficiente para comprender la cuestión de Dios o que se han alejado después de una experiencia inicial llena de promesas.

Escuchar el grito, explícito o implícito, de los jóvenes que quieren ver a Jesús comporta en la situación actual salir hacia aquellos espacios y temas de vida donde los jóvenes se encuentran como en su propia casa, para hacer que descubran con claridad que, entre los deseos más auténticos de vida y felicidad, está escondida la pregunta por el sentido y la búsqueda de Dios.

Mi querido predecesor, don Juan Edmundo Vecchi, había descrito esta situación de manera muy precisa. «El mundo juvenil es tierra de misión por el número de sujetos que deben volver a escuchar el primer anuncio, por las formas de vida y por los modelos culturales a los que no ha llegado todavía la luz del Evangelio, por el lenguaje verbal, mental y existencial que no encaja con el de la tradición».[9]

«Hay que levantar acta de que Dios interesa a los jóvenes. Cualquier investigación lo confirma. Un alto porcentaje declara que siente de algún modo necesidad de Dios y que está convencido de su existencia. A pesar de ello, no se deriva de ello la obligación del culto y de una moral coherente, y mucho menos se liga a la verdad que sobre Dios propone cada una de las Iglesias.

La imagen de Dios que tienen los jóvenes está muy diversificada, como en caleidoscopio. Pero sería apresurado calificarla sin más como falsa. Más bien es incompleta y desenfocada, a veces demasiado. Admitida cierta desconfianza respecto a las instituciones y a la imagen de Dios que presentan y dados por descontados algunos principios de verificación típicos del pensamiento actual, no quedan criterios para evaluar objetivamente la validez de las diversas representaciones de Dios.

Por tanto, al asumir cualquiera de ellas, prevalece la opción subjetiva. No está totalmente mal: la fe es un acto libre de la voluntad, movida por la gracia e iluminada por la razón. Pero ciertamente resultan imágenes desequilibradas. De ellas se deduce un Dios objeto, una imagen, un interlocutor, una relación y un descubrimiento a medida de cada individuo. De ellas se deriva una concepción notablemente vaga de Dios mismo [...]

Hay jóvenes en los que la imagen de un Dios casi ha desaparecido. Y de la misma manera, cualquier pregunta sobre Dios. Imágenes y preguntas se agazapan entre los pliegues de la conciencia, como en un rincón de ella que ya no se visita.

En este contexto, más comparable a una plaza que a una iglesia, se presenta la cuestión de cuándo y cómo hablar de Dios, hacia qué imagen de Dios orientar experiencias y mensajes. Está claro que, ya que Dios se ha revelado a través de hechos y palabras, también nuestro hablar se realiza mediante hechos y palabras, acontecimientos e iluminaciones».[10]

 

4. Primero discípulos, después apóstoles

Para hacer ver a Jesús a los jóvenes, es necesario conocerle, vivir con Él, ser de los suyos. Dicho con otras palabras, no se puede ser testigos y apóstoles de Jesús, si antes no se es su discípulo. Efectivamente, no se convierte en apóstol quien quiere serlo, sino quien es llamado. Felipe, Andrés y los demás miembros del primer grupo apostólico fueron llamados por Jesús, uno a uno, por su nombre, escogidos entre una multitud: «Fueron detrás de Él aquellos que Él quiso», doce, «para tenerlos consigo y para enviarles a predicar» (Mc 3,13-14). Y, para andar tras de Jesús, debieron alejarse de la gente que Le seguía y seguirle a Él. Quien ha sido invitado a estar con Jesús y a predicar en su nombre no pertenece al grupo de quien Le busca; forma parte de aquellos que ya Le ha han encontrado y han decidido permanecer con Él.

El primer mandato que recibe el apóstol, la invitación inicial dirigida por quien le ha llamado, es «estar» con su Señor. En el apostolado la convivencia precede al envío; la compañía viene antes que la predicación; la fidelidad personal es premisa para la misión. Efectivamente, serán enviados por Jesús los que han vivido con Él, compartiendo el camino y el descanso, el pan y los sueños, los éxitos y los fracasos, la vida y los proyectos. Antes de que el Evangelio ocupe su mente y sea la causa de sus fatigas, deberá haber sido acogido en su corazón y ser causa de su propia alegría. Jesús no confía su Evangelio a quien no ha dado su propia vida (Hch 1, 21-22). Los primeros invitados por Jesús fueron sus primeros compañeros.

Por el hecho de que estaban con Él, la gente que quería conocer a Jesús se acercaba a los discípulos; el deseo de encontrar a Jesús llevaba a la multitud a buscar al que Le seguía. Solamente el discípulo que vive con Jesús puede facilitar el acceso a Él de parte de quien Le desea. De aquí la necesidad urgente que sienten los jóvenes de encontrar discípulos de Cristo que les lleven hasta Él, precisamente porque están siempre con Él. Sólo discípulos auténticos pueden ser apóstoles creíbles.

En el año apenas transcurrido, la figura de Pablo nos ha ayudado a comprender que antes del «Evangelio de la gracia» anunciado a todos, viene la experiencia del encuentro con el Resucitado; Pablo consiguió predicar el Evangelio de Dios, y de manera nueva, porque se le había revelado el Resucitado en el camino de Damasco (Gal 1, 15-16). De esta experiencia nace el programa de vida de Pablo «Para mí vivir es Cristo» y su proyecto pastoral «Ay de mí si no evangelizare» (1 Cor 9, 16). Si «Cristo es todo para nosotros» y si «no anteponemos nada al amor de Cristo», entonces nuestra vida se convierte en testimonio gozoso y en propuesta para todos del encuentro con Él.

 

5. Para hacer «ver a Jesús» a los jóvenes

Encontrar a Jesús no significa encontrarle inmediatamente. Haber «encontrado» a Jesús en una experiencia religiosa fuerte que suscita una gran alegría y entusiasmo, no siempre conduce a la fe, a un auténtico encuentro con el Señor, porque, como en la parábola de la semilla (Mc 4), no está preparado el terreno en el que cae la semilla.

En el encuentro la iniciativa es de Jesús. «Él se adelanta y busca el encuentro. Entra en una casa, se acerca al pozo, donde una mujer intenta coger al agua, se detiene delante de un exactor, vuelve la mirada hacia quien está subido a un árbol, se suma a quien está recorriendo un camino. De sus palabras, de sus gestos y de su persona desprende una fascinación que envuelve al interlocutor. Es admiración, amor, confianza y atracción.

Para muchos el primer encuentro se transformará en deseo de escucharle más todavía, de entablar amistad con Él, de seguirle. Se sentarán a su alrededor para interrogarle, le ayudarán en su misión, le pedirán que les enseñe a rezar, serán testigos de sus horas felices y dolorosas. En otros casos el encuentro acaba con una invitación a un cambio de vida»[11] Éste es el testimonio unánime de los cuatro evangelistas.

La expresión no es diversa cuando se piensa en el encuentro de Jesús con los jóvenes. Para cada uno de ellos el acontecimiento más decisivo tiene lugar en el momento en que Cristo aparece como aquel del que es posible alcanzar un sentido para la vida, al cual dirigirse en busca de verdad, a través del cual comprender la relación con Dios y con el cual interpretar la condición humana. El elemento más importante es pasar de la admiración al conocimiento y del conocimiento a la intimidad, al enamoramiento, al seguimiento, a la imitación.

Es verdad que no se puede «ver a Jesús» si Él no se «deja ver». Nadie viene a Mí, ha dicho Él, sino aquel a quien le ha sido concedido por mi Padre (Jn 6, 44). Por tanto, no basta el deseo de encontrarle para llegar a la alegría del reconocimiento ni basta encontrar a sus discípulos para encontrar a Jesús y reconocerlo como Señor.

El relato de Emaús, modelo ejemplar de encuentro del creyente con la misma Palabra encarnada (Lc 24, 13-15), identifica la meta a la que debe llegar el creyente y traza el camino para llegar a ella. El episodio ilustra el camino de la fe y describe sus etapas siempre actuales. El relato lucano nos ofrece un itinerario preciso de evangelización, en el que se describe quién es el que evangeliza y cómo se evangeliza: es Jesús quien evangeliza por medio de su palabra y del don eucarístico de sí, caminado junto con sus discípulos.

5.1. Meta de la evangelización: encontrar a Cristo en la Iglesia

El relato se abre narrando el alejamiento de Jerusalén de dos discípulos de Jesús. Desolados por lo que ha sucedido en los tres últimos días, abandonan la comunidad, en la cual, no obstante, hay algunos que han comenzado a decir que el Señor ha sido visto vivo; los dos discípulos no pueden dar crédito a habladurías de mujeres (Lc 24, 22-23; Mc 16, 11). Sólo al final del viaje, cuando vean a Jesús repetir el gesto de partir el pan, le reconocerán para perderlo inmediatamente de vista y retornar a la comunidad. La conclusión, inesperada, del viaje a Emaús fue volver a encontrarse con la comunidad en Jerusalén. El Resucitado no se quedó con ellos y ellos no pudieron quedarse solos: retornaron a la comunidad, donde volvieron a encontrar a Cristo en el testimonio de los Apóstoles: «De veras el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón» (Lc 24,34). Éste es un criterio de verificación de un encuentro auténtico con Cristo: el don de la comunidad, que es descubierta como la propia casa, habitada por el Señor, el hogar al que pertenecen todos los que han visto al Señor.

Descubrir la comunidad y reencontrarse en la Iglesia, lugar para vivir la fe común, es la consecuencia lógica del encuentro personal con el Resucitado. Fuera de la comunidad el anuncio del Evangelio parece un rumor imposible de creer (Lc 24, 22-23). Hoy, como ayer y más que ayer, debemos contar con los obstáculos que encuentra la evangelización. El primero es la desinformación, porque no solamente se habla poco de Jesús, sino que se intenta hacerlo desparecer de la cultura actual, de la organización social, de la conciencia personal. Su presencia es considerada irrelevante en la sociedad y su ausencia es vista como una ventaja. El segundo obstáculo es la visión subjetiva de Jesús, que, privado de su real historicidad, parece siempre un Cristo a nuestra medida, imaginado según los propios deseos o necesidades. El tercer obstáculo es más refinado: en un pretendido diálogo interreligioso se querría reducir a Cristo a uno más entre otros maestros de espíritu o fundador de religiones, de modo que no se le reconocería como único Salvador de todos. En fin, existe el peligro no imaginario, sino muy común entre los mismos cristianos, de considerar a Cristo ya conocido en tan alto grado, que no tiene nada nuevo que decirnos; convertido en insignificante, no merece la pena tenerlo ya como Guía y Señor.

El relato lucano de los discípulos de Emaús nos dice que, si el Resucitado no hubiera formado comunidad con ellos, durante el viaje y a la mesa, los dos discípulos no habrían llegado a descubrirle vivo, ni hubieran recuperado el deseo de vivir juntos. Notemos bien: no importa si el que vuelve a comunidad la había abandonado antes; pero es decisivo que se vuelva cuanto antes, inmediatamente después de haber visto al Señor. Sólo quien recupera la vida común, sabe que el Resucitado ha estado con él y encuentra la alegría de haberlo sentido junto a sí (Lc 24, 35.32).

Hay que temer una evangelización que, más allá de los métodos y de las intenciones, no parte de una vida en común de los evangelizadores y que no nazca de su alegría de haber encontrado a Cristo en la comunidad. Si fuese así, tal evangelización no habría nacido del encuentro con el Resucitado ni conduciría a encontrarse con Él. Los que vieron al Resucitado y comieron con Él no pudieron entretenerlo con ellos, pero sintieron el deseo de contar la experiencia vivida, retornando a su comunidad. Esto no es casual, sino que prueba una ley de la existencia cristiana: quien sabe y proclama que Cristo ha resucitado, vive en común su experiencia.

Es también verdad que se puede encontrar a Cristo en cualquier lugar; pero su casa, el lugar donde habita, es la Iglesia, la comunidad de los creyentes, es decir, de aquellos que Le confiesan como su Señor, la familia de sus discípulos, de aquellos que comparten con Él vida y misión.

No hay duda de que debemos afanarnos en corregir la imagen deformada que puede existir de la Iglesia en muchos jóvenes. Algunos «hablan de ella con afecto, como si se tratara de la propia familia, más aún, de la propia madre. Saben que en ella y de ella han recibido la vida espiritual. También conocen sus límites, arrugas e incluso escándalos. Pero aparece como secundario en comparación con los bienes que aporta a la persona y a la humanidad en cuanto morada de Cristo y punto de irradiación de su luz: las energías de bien que se manifiestan en obras y personas, la experiencia de Dios movida por el Espíritu Santo que aparece en la santidad, la sabiduría que nos viene de la Palabra de Dios, el amor que une y crea solidaridad más allá de los confines nacionales y continentales, la perspectiva de la vida eterna.

Otros hablan de ella con distanciamiento, como si fuese una realidad que no les incumbe y de la que no se sienten parte. La juzgan desde el exterior. Cuando dicen ‘la Iglesia’, parecen referirse solamente a algunas de sus instituciones, a alguna formulación de la fe o a normas de moral con las que no congenian. Es la impresión que se saca de la lectura de algunos periódicos [...] Se equivocan precisamente en aquello que constituye la Iglesia: su relación, más aún, su identificación con Cristo. Para muchos, esta es una verdad no conocida o prácticamente olvidada. No falta quien la interpreta como una pretensión de la Iglesia de monopolizar la figura de Cristo, controlar las interpretaciones y gestionar el patrimonio de imagen, de verdad, de fascinación que representa Cristo.

En cambio, para el creyente éste es el punto fundamental: la Iglesia es continuación, morada, presencia actual de Cristo, lugar donde Él dispensa la gracia, la verdad y la vida en el Espíritu. [...] Es justamente así. La Iglesia vive de la memoria de Jesús, medita repetidamente y estudia con todos los medios su palabra sacándole nuevos significados, vierte al rito su presencia en las celebraciones, trata de proyectar la luz que se derrama desde su misterio sobre los acontecimientos y sobre las concepciones de vida actuales y se compromete a llevar adelante la misión de Cristo en su totalidad: anuncio del Reino y transformación de las condiciones de vida menos humanas. Sobre todo, Jesús es su Cabeza que atrae a cada miembro, los une en un cuerpo visible e infunde energías en las comunidades».[12]

Si ésta es la verdadera realidad de la Iglesia, nos incumbe la tarea de actuar de tal manera que los jóvenes la amen como madre de su fe, que les hace crecer como hijos de Dios, que les permite encontrar la vocación y misión, que los acompaña a lo largo del recorrido de la vida y que los espera para introducirlos en la casa del Padre. Esto es lo que Don Bosco supo realizar de modo incomparable en la educación y evangelización de sus muchachos en Valdocco. Veamos qué podemos hacer nosotros hoy en relación a los jóvenes que quieren ver a Cristo.

5.2. Método de la evangelización: caminar juntos

La razón por la que el episodio de Emaús resulta tan actual, estriba en su contemporaneidad con nuestra situación espiritual. Es fácil sentirse identificados con estos discípulos que vuelven a casa, antes de la puesta del sol, cargados de conocimientos y de tristeza. En la aventura de los dos discípulos de Emaús encontramos las etapas decisivas que hay que recorrer, para rehacer, en la educación en la fe de los jóvenes, la experiencia pascual que acompaña al nacimiento de la vida en comunidad y del testimonio apostólico.

Punto de partida: ir a Jesús con las propias desilusiones

El punto de partida del viaje hacia Emaús no fue lo que había sucedido en Jerusalén «en aquellos días», sino la íntima frustración personal. Habían vivido junto a Jesús y la convivencia había despertado en ellos las mejores esperanzas: parecía que «sería Él quien liberaría a Israel» (Hch 24, 19.21). En cambio, su muerte en cruz había sepultado todas sus expectativas y su fe. Era más que lógico que experimentaran el fallo, que, desilusionados, sintieran que habían sido engañados. Hoy los jóvenes comparten pocas cosas con estos discípulos; pero tal vez no tienen ninguna tan en común como la frustración de sus sueños, el cansancio en la vida y el desencanto en el discipulado. Seguir a Jesús, piensan con frecuencia, no vale la pena: un ausente no tiene valor para su vida.

Es la hora de caminar hacia Emaús. En el camino, con sus angustias, hay también la oportunidad de un encuentro con Jesús. Pero no se debe caminar solos. Los jóvenes tienen necesidad de una Iglesia, que, representando a Jesús, se acerque a sus problemas y a su desánimo, que no sólo comparta con ellos el camino y la fatiga, sino que converse con ellos, colocándose a su nivel, interesándose por aquello que les preocupa, asumiendo sus incertidumbres. ¿Cómo podrá la Familia Salesiana representar al Señor Resucitado, si no se ocupa de ellos, si no se interroga sobre sus «alegrías y esperanzas», sobre sus «tristezas y angustias», en suma, si no se muestra preocupada por sus cosas y por su vida?

Durante el camino: desde saber muchas cosas sobre Jesús a dejarle hablar

En el camino, solamente el desconocido parecía no tener idea alguna de lo acaecido en Jerusalén (Lc 24, 17-24). Conocer muchas cosas sobre Jesús no llevó a los discípulos a reconocerlo; conocían el kerigma, pero no habían llegado a la fe; sabían mucho sobre Él, pero no eran capaces de verlo; tenían tantas noticias sobre un muerto que no lograban verle vivo. El desconocido debió emplearse a fondo para hacerles comprender lo acaecido a la luz de Dios. Jesús se puso a releer con ellos su vida, presentándola como cumplimiento de las promesas. Para poderle reconocer debieron dejarle hablar.

Como Cristo, la Familia Salesiana debe renunciar a alimentar en los jóvenes esperanzas inconsistentes, expectativas falsas; en cambio, debe enseñar a aceptar lo que sucede en ellos y en torno a ellos, ayudándoles a releer los acontecimientos a la luz de Dios, según su Palabra. Si no los llevamos a la convicción de que todo lo que acontece es parte de un proyecto divino, fruto y prueba de un inmenso amor, ¿cómo lograrán los jóvenes sentirse amados por Dios? Para lograrlo, debemos convertirnos en compañeros suyos en la búsqueda del sentido de la vida y en la búsqueda de Dios. He aquí un recorrido, todavía poco utilizado por la Iglesia, muy urgente para los jóvenes: sin conocer las Escrituras no se conoce a Cristo.[13]

Etapa decisiva: acoger a Jesús en la propia casa

Llegados a Emaús, los discípulos no habían conseguido todavía el conocimiento personal de Jesús, no habían identificado al Resucitado en el desconocido acompañante. En realidad, Emaús no fue la meta del viaje, sino una etapa decisiva. Invitado a quedarse, todavía desconocido, Jesús repite su gesto sin decir palabra. Entre los creyentes, la praxis eucarística es signo de su presencia real. Los dos de Emaús no reconocieron al Señor cuando junto con él recorrían el camino y aprendían de Él a comprender el sentido de los acontecimientos. Lo que Jesús no consiguió hacer con el acompañamiento, con la conversación, con la interpretación de la Palabra de Dios, se cumple con el gesto eucarístico.

Los ojos para contemplar al Resucitado se abren cuando Él repite el gesto que mejor Le identifica (Lc 24, 30-31). Cuando se parte el pan en comunidad, Jesús sale del anonimato. «No se edifica comunidad cristiana alguna si no tiene como raíz y quicio la celebración de la eucaristía».[14]. Una educación en la fe que olvide u omita el encuentro sacramental de los jóvenes con Cristo, no es el camino para encontrarlo. La eucaristía es y debe permanecer como «fuente y culminación de la evangelización»;[15]; es «la fuente y la culminación de la vida cristiana».[16].

«Los jóvenes, como nosotros, encuentran a Jesús en la comunidad eclesial. Pero en la vida de ésta hay momentos en los que Él se revela y se comunica de manera singular: son los sacramentos, en particular la Reconciliación y la Eucaristía. Sin la experiencia que se contiene en ellos, el conocimiento de Jesús resulta inadecuado y escaso, hasta el punto de no consentir distinguirle entre los hombres como el Salvador resucitado.

De hecho, hay quien, aún compartiendo la vida social y los ideales de la Iglesia, coloca a Jesús solamente entre los grandes sabios, entre los genios religiosos; tal vez le considera como la realización más alta de la humanidad, que influye sobre nosotros por la profundidad de su doctrina y por su ejemplo de vida. Pero falta la experiencia personal del Resucitado, de su poder de dar la vida, de la comunión en Él con el Padre.

Con razón se dice que los sacramentos son memoria viva de Jesús: de lo que Él cumple y realiza todavía hoy para nosotros, de lo que significa para nuestra vida; por tanto, los sacramentos reavivan nuestra fe en Él, y por esto le vemos mejor en nuestra existencia y en los acontecimientos.

Son también revelación de lo que parece escondido en los pliegues de nuestra existencia; por su medio tomamos conciencia de ello: en la Reconciliación descubrimos la bondad de Dios en el origen y como tejido de nuestra vida; a su luz valoramos su trascurso e intentamos construirla de un modo nuevo. Son energía, gracia transformadora porque comunican la vida de Cristo resucitado y nos insertan en ella; nos dan conciencia no teórica, sino vivida, de su importancia, dimensiones y posibilidades.

Son profecía, prenda de una promesa de comunión y felicidad que nos ha sido hecha y en la que confiamos. En la Reconciliación se nos abren los ojos y vemos lo que podemos llegar a ser según el proyecto y el deseo de Dios; nos es dado otra vez el Espíritu que nos purifica y renueva. Se ha dicho que es el sacramento de nuestro futuro de hijos, más bien que de nuestro pasado de pecadores. En la Eucaristía Cristo nos incorpora a su ofrecimiento al Padre y refuerza nuestra donación a los hombres. Nos inspira el deseo y nos da la esperanza de que ambas cosas, amor al Padre y a los hermanos, sean una gracia para todos y para todo: anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección; ven, Señor Jesús»[17]

5.3. Motivación de la evangelización

La urgencia de evangelizar no es proselitismo, sino que expresa la pasión por la salvación de los otros, la gloria de compartir la experiencia de plenitud de vida en Jesús. Quien ha encontrado al Señor, no puede permanecer en silencio: debe proclamarle. Quedar callados sería darle de nuevo por muerto; ¡y Él vive! El sentido misionero encarna el mandato que Cristo dirige a los discípulos: «Seréis mis testigos hasta los últimos confines de la tierra» (Hch 1, 8).

Don Bosco hace suyo este mandato de Jesús desde el principio de su Obra, llevando el Evangelio a los jóvenes más pobres. Dice, hablando de la Congregación: «En su principio, esta Sociedad era un simple catecismo».[18]Inmediatamente después de la aprobación de las Constituciones (1874), envió la primera expedición misionera a América Latina el 11 de noviembre de 1875. Como Familia Salesiana estamos invitados a ponernos en sintonía con la que es la inspiración originaria de Don Bosco: la dimensión evangelizadora y misionera de su vida y también de su carisma. Todo esto representa un punto fundamental del testamento espiritual que él nos ha dejado.

La dimensión misionera está particularmente viva hoy, porque el mundo ha vuelto a ser «tierra de misión». Por otra parte, hoy hay una manera distinta de concebir la dimensión misionera, de realizar la «missio ad gentes». Se realiza en el respeto de los diversos ambientes culturales, en diálogo con las otras religiones y en la fermentación de la cultura.[19] Pero esto no nos exime de ser misioneros, más bien nos compromete de manera aún más fuerte.

5.4. Repensar la pastoral

Si queremos evangelizar hoy, además de conceder la prioridad a las urgencias de la evangelización, debemos renovar la pastoral. He aquí algunas observaciones al respecto.

Centralidad de la persona de Jesucristo

La evangelización no tiene al Señor Jesús solamente como su contenido; Él es también su sujeto principal. Efectivamente, Jesucristo no propone un mensaje que pueda separarse de su persona, de modo que sus palabras, sus acciones, sus vicisitudes terrenas puedan ser reducidas a simples instrumentos comunicativos. Él mismo es el contenido de su anuncio, porque Él es la Palabra viva y eficaz, en la que Dios se comunica a los hombres. La fuente de toda obra de evangelización está en el encuentro personal con Cristo. Obviamente, no se trata de una simple exhortación parenética, sino de una clara indicación verificadora, que tiene consecuencias muy relevantes. Entre ellas, señalo ante todo la exigencia de superar la ruptura entre contenido y método de la evangelización y, en segundo lugar, la urgencia de mantener el equilibrio entre partir de las demandas de los destinatarios y presentarles sólo a Cristo y a todo Cristo. Esto nos exige verificar si nuestros métodos pastorales son coherentes con la centralidad de la propuesta de Jesucristo. Una metodología que pone exclusivamente en el centro la escucha de la Palabra evapora la eficacia de la Palabra misma.

Testimonio de la comunidad evangelizada y evangelizadora

El testimonio es un elemento básico de la acción pastoral. La prioridad del testimonio deriva coherentemente de la centralidad de la persona de Jesucristo en la acción evangelizadora. Esta acción no nace primariamente de necesidades humanas a las que dar respuesta, sino del encuentro con un misterio personal de gracia del que dar testimonio; por tanto, no se despliega a partir de un vacío o de una carencia, sino a partir de una plenitud de amor que se irradia y se comunica. Precisamente por esto, en el centro de la acción evangelizadora está la presencia testimonial de una comunidad que interpela las conciencias con su modo de vivir y no hay allí simplemente un proyecto pastoral, en torno al cual recoger fuerzas más o menos homogéneas. Por esto, adquiere un relieve particular la figura del evangelizador, que es antes de nada un discípulo creyente y después un apóstol creíble; mejor dicho, un apóstol creíble precisamente porque es ya un discípulo creyente.

Evangelización y educación

En la Familia Salesiana se percibe la exigencia de repensar la relación entre evangelización y educación, superando la inercia repetitiva de fórmulas genéricas. A este respecto, el Capítulo General XXVI de los Salesianos afirma: «En la tradición salesiana hemos expresado esta relación de maneras diversas, por ejemplo, “honestos ciudadanos y buenos cristianos» o “evangelizar educando y educar evangelizando”. Advertimos la necesidad de proseguir la reflexión sobre esta delicada relación. En todo caso, estamos convencidos de que la evangelización propone a la educación un modelo de humanidad plenamente conseguida y de que la educación, cuando llega a tocar el corazón de los jóvenes y desarrolla el sentido religioso de la vida, favorece y acompaña la evangelización».[20] El desarrollo de este trabajo encuentra un punto de referencia en la nítida afirmación del mismo texto capitular, según el cual hay que «salvaguardar juntamente la integridad del anuncio y la gradualidad de la propuesta»,[21] sin ceder a la tentación de transformar la gradualidad de los itinerarios pedagógicos en parcialidad selectiva de la propuesta o en el retraso del anuncio explícito de Jesucristo, imposibilitando así el encuentro personal con el Señor.

Evangelización en los diversos contextos

La evangelización requiere también prestar atención a los diversos contextos. La urgencia de llevar el anuncio del Señor Resucitado nos impulsa a enfrentarnos con situaciones que resuenan en nosotros como apelación y preocupación: los pueblos todavía no evangelizados, el secularismo que amenaza a tierras de antigua tradición cristiana, el fenómeno de las migraciones, las nuevas y dramáticas formas de pobreza y de violencia, la difusión de movimientos y de sectas. Cada contexto presenta sus propios retos al anuncio del Evangelio. Nos sentimos interpelados también por algunas circunstancias propicias, como el diálogo ecuménico, interreligioso e intercultural, la nueva sensibilidad por la paz, por la tutela de los derechos humanos y por la custodia de la creación, por tantas expresiones de solidaridad y de voluntariado. Estos elementos, reconocidos por las Exhortaciones Apostólicas y siguiendo los Sínodos Continentales, nos comprometen a encontrar nuevos caminos para comunicar el Evangelio de Jesucristo en el respeto y en la valoración de las culturas locales.

Atención a la familia

Hay que dedicar una atención particular a la familia, que es el sujeto originario de la educación y el primer lugar de la evangelización. La Iglesia ha tomado conciencia de las graves dificultades en las que se encuentra la familia y advierte la necesidad de ofrecer ayudas extraordinarias para su formación, su desarrollo y el ejercicio responsable de su tarea educativa. Por esto, también nosotros nos sentimos llamados a actuar de manera que la pastoral juvenil esté cada vez más abierta a la pastoral familiar. Durante el Capítulo General XXVI, nos decía el papa Benedicto XVI a nosotros Salesianos: «En la educación de los jóvenes es extremadamente importante que la familia sea un sujeto activo. Muchas veces se halla en dificultad al afrontar los retos de la educación; muchas veces es incapaz de ofrecer su específica contribución o está ausente. La predilección y el compromiso en favor de los jóvenes, que son características del carisma de Don Bosco, deben traducirse en un empeño de igual magnitud por el desarrollo y la formación de las familias. Por tanto, vuestra pastoral juvenil debe abrirse decididamente a la pastoral familiar. Cuidar las familias no es restar fuerzas al trabajo por los jóvenes, sino es hacerlo más duradero y más eficaz».[22]

5.5. Procesos que activar para el cambio

Para afrontar las exigencias de la evangelización y para realizar un nuevo planteamiento de la pastoral juvenil, es necesario convertir mentalidades, modificar estructuras y activar algunos procesos de cambio. Es necesario pasar:

  • de una mentalidad que privilegia los roles de gestión directa a una mentalidad que privilegia la presencia evangelizadora entre los jóvenes;
  • de una evangelización realizada a base de hechos sin continuidad a un itinerario sistemático e integral;
  • de una mentalidad individualista a un estilo comunitario que compromete a jóvenes, familias y laicos en el anuncio de Jesucristo;
  • de una actitud de autosuficiencia pastoral a compartir los proyectos con las Iglesias Locales;
  • de la consideración de la eficacia de nuestra presencia en términos de estima de los otros a su valoración en términos de fidelidad al Evangelio;
  • de una actitud de superioridad cultural a una acogida positiva de las culturas diversas de la propia;
  • de considerar la Familia Salesiana solamente como una oportunidad de encuentro, conocimiento e intercambio de experiencias al compromiso de hacer de ella un verdadero movimiento apostólico en favor de los jóvenes.

Estoy convencido de que “para responder como discípulos del Señor Jesús no tenemos otra alternativa que la vida teologal, una intensa vida impregnada de fe, esperanza y caridad, vivida en profundidad, y la radicalidad de la vida evangélica, una vida luminosa delineada por la obediencia, por la pobreza y por la castidad. ¡ésta es nuestra profecía!

«Jesús nos ha enseñado y nos ha comunicado su Espíritu para que pudiéramos ser sal de la tierra, luz del mundo, levadura de la sociedad, llamados a iluminar e irradiar, a perseverar y dar sabor, a hacer crecer y transformar.

Todo esto implica:

- asumir con creatividad y entusiasmo la nueva evangelización, hasta alcanzar el alma de la cultura, especialmente la de los jóvenes, nuestros destinatarios;

- recuperar la centralidad de Dios en la vida personal y comunitaria, asegurando un alto nivel de vida espiritual en la comunidad y haciendo legible el testimonio comunitario del seguimiento de Cristo;

- apostar por la creación de comunidades con genuino espíritu de familia, ricas de valores humanos y completamente entregadas al servicio de los jóvenes, especialmente de los más pobres, necesitados, marginados, hasta hacer de ellas casa y escuela de comunión;

- lograr insuflar un significado nuevo a la presencia salesiana entre los jóvenes, realizando opciones carismáticas que nos permitan compartir la vida con los jóvenes, creando una nueva modalidad de presencia más decididamente evangelizadora, situándonos donde podamos ser más fecundos a nivel pastoral, espiritual y vocacional».[23]

 

6. Como don Miguel Rua, discípulo y apóstol

Quien relee la historia de la Congregación Salesiana, a los 150 años de su fundación y a los 100 años de la muerte de Don Rua, primer sucesor de Don Bosco, no puede por menos de reconocer que nuestro carisma ha nacido de la misma misión de la Iglesia; que lo que nos impulsa es la pasión pastoral que Don Bosco aprendió en la escuela de Don Cafasso; en una palabra, que somos enviados por Jesús a cumplir su mismo ministerio y su misma obra, pero con el rostro sonriente de Don Bosco y con la determinación de Don Rua.

6.1 «Fidelísimo»

Por eso no puedo dejar de hacer en este instante una alusión a don Miguel Rua, modelo para nosotros de lo que significa, como Salesianos, ser discípulos y apóstoles. La celebración del centenario de su muerte nos ofrece un estímulo para ser discípulos y apóstoles de Jesús sobre las huellas de Don Bosco, de quien él ha sido el primer sucesor.

Don Rua «ha sido el más fiel y, por ello, el más humilde y al mismo tiempo el más valiente hijo de Don Bosco». Con estas palabras esculpió Pablo VI para siempre la figura humana y espiritual de Don Rua, el 29 de octubre de 1972, día de su beatificación. En aquella homilía[24] pronunciada bajo la cúpula de San Pedro, el mismo Papa retrató al nuevo Beato con palabras que definieron esta característica fundamental suya: la fidelidad. «Sucesor de Don Bosco, es decir, continuador: hijo, discípulo, imitador... Ha hecho del ejemplo del Santo una escuela, de su vida una historia, de su regla un espíritu, de su santidad un tipo, un modelo; ha hecho de la fuente una corriente, un río». Las palabras de Pablo VI elevaban a un altura superior la vicisitud terrena de este «grácil y consumado perfil de sacerdote». Esas palabras descubrían el diamante que había brillado en la trama mansa y humilde de sus días.

Había comenzado un lejano día con un gesto extraño. Ocho años, huérfano de padre, con una cinta negra en la chaquetilla, Miguel había tendido la mano a Don Bosco para recibir una medallita. En lugar de la medalla, Don Bosco le había entregado la mano izquierda, mientras con la derecha hacía el gesto de cortársela por la mitad. Y le repetía: «Tómala, Miguelito, tómala». Y ante aquellos ojos maravillados, había dicho las palabras que serían el secreto de su vida: «Nosotros haremos todo a medias». Así comenzó aquel formidable trabajo conjunto entre el maestro santo y el discípulo que hacía a medias con él todo y siempre. Miguel comenzaba a asimilar la manera de pensar y de comportarse de Don Bosco. «Me hacía más impresión, dirá más tarde, observar a Don Bosco en sus acciones más pequeñas, que leer y meditar cualquier libro devoto».[25]

6.2 Fidelidad fecunda

A la muerte de Don Bosco, más de un cardenal en Roma estaba persuadido de que la Congregación Salesiana se disolvería rápidamente; Don Rua tenía 50 años. Era mejor enviar a Turín a un Comisario pontificio que preparase la unión de los Salesianos con otra Congregación de probada tradición. «Con gran prisa —testimonió bajo juramento don Julio Barberis— monseñor Cagliero reunió el Capítulo con alguno de los más ancianos y se redactó una carta al Santo Padre en la que todos los Superiores y ancianos declararon que todos de acuerdo aceptarían como superior a Don Rua, y no sólo se someterían, sino que le aceptarían con gran alegría... El 11 de febrero el Santo Padre confirmaba y declaraba a Don Rua en el cargo para doce años según las Constituciones».[26]

El papa León XIII había conocido a Don Rua y sabía que, bajo su dirección, los Salesianos continuarían su misión. Y así sucedió. Los Salesianos y las obras salesianas se multiplicaron como los panes y los peces entre las manos de Jesús. Don Bosco había fundado 64 obras; Don Rua las elevó a 341. A la muerte de Don Bosco, los Salesianos eran 700; con Don Rua, en 22 años de dirección general, llegaron a 4.000. Las misiones salesianas, que Don Bosco había comenzado con tenacidad, se habían extendido durante su vida a la Patagonia y a la Tierra del Fuego, a Uruguay y a Brasil; Don Rua multiplicó el impulso misionero y los Salesianos misioneros alcanzaron Brasil, Colombia, Ecuador, México, China, India, Egipto y Mozambique.

Para que la fidelidad a Don Bosco no disminuyese, Don Rua no tuvo miedo a viajar a lo largo y a lo ancho. Toda su vida estuvo constelada de viajes. Visitaba a sus Salesianos doquiera estuvieran, les hablaba de Don Bosco, despertaba en ellos su espíritu, se informaba paterna pero cuidadosamente de la vida de los hermanos y de las obras, y dejaba escritas directivas y avisos para que floreciese la fidelidad a Don Bosco.

6.3 Fidelidad dinámica

En la misma homilía de beatificación, Pablo VI afirmó: «Detengámonos un momento en el aspecto característico de Don Rua, el aspecto que nos permite comprenderle... La prodigiosa fecundidad de la Familia Salesiana ha tenido en Don Bosco el origen, en Don Rua la continuidad. Este seguidor suyo ha servido a la Obra salesiana en su virtualidad expansiva, la ha desarrollado con coherencia textual, pero siempre con genial novedad».

Continúa Pablo VI: «¿Qué nos enseña Don Rua? A ser continuadores... La imitación del discípulo no es pasividad ni servilismo... La educación es arte que guía la expansión lógica, pero libre y original de las cualidades virtuales del alumno... Don Rua se califica como el primer continuador del ejemplo y de la obra de Don Bosco... Nos damos cuenta de que tenemos delante a un atleta de actividad apostólica, que actúa siempre bajo la impronta de Don Bosco, pero con dimensiones propias y crecientes... Nosotros damos gracias al Señor, que ha querido ofrecer a su fatiga apostólica nuevos campos de trabajo pastoral, que el impetuoso y desordenado desarrollo social ha abierto ante la civilización cristiana».

Al leer, aunque sólo sea rápidamente, la impresionante cantidad de las cartas de Don Rua, de sus circulares, los tomos que resumen su obra de Sucesor de Don Bosco durante 22 años, se descubre de manera imponente que lo que dice el Papa es verdadero: su fidelidad a Don Bosco no es estática, sino dinámica. Él capta con certeza el fluir del tiempo y de las necesidades de la juventud, y sin miedo dilata la Obra salesiana a nuevos campos.

 

7. Sugerencias para concretar el Aguinaldo

Después de esta alusión a la figura de Don Rua, que tanto desarrolló la Familia Salesiana, he aquí algunos pasos útiles para actuar de manera que los grupos de la Familia Salesiana se empeñen juntos en llevar el Evangelio a los jóvenes. Esto se propone a cada grupo de la Familia Salesiana, pero también a las Consultas locales e inspectoriales de la misma Familia Salesiana.

7.1. Reflexionar en las Consultas locales e inspectoriales de la Familia Salesiana sobre cómo asumir lo que está indicado en la sección 5.4, o sea, sobre cómo realizar un nuevo planteamiento pastoral, de manera que resulten operativas las opciones referentes a la centralidad de la propuesta de Jesucristo, el testimonio personal y comunitario, la aportación recíproca de educación y evangelización, la atención a la diversidad, el compromiso de las familias.

7.2. A partir de la “Carta de la misión de la Familia Salesiana”, individualizar en las Consultas locales e inspectoriales las modalidades para realizar juntos experiencias de evangelización de los jóvenes, promoviendo la «lectura espiritual y orante de la Sagrada Escritura» también entre ellos y convirtiéndoles cada vez más en evangelizadores de su compañeros.

7.3. Suscitar la colaboración de la Familia Salesiana, en el nivel inspectorial y local, para realizar las misiones juveniles, como forma actualizada de anuncio y catequesis a los jóvenes, comprometiendo a los mismos jóvenes como evangelizadores de los jóvenes.

7.4. Valorar las Exhortaciones Apostólicas como conclusión de los Sínodos Continentales, para individualizar las prioridades y las formas específicas del propio contexto para la evangelización de los jóvenes. En el caso de América Latina, atenerse a la “Misión Continental” programada por la Asamblea de los Obispos celebrada en Aparecida; en el caso de la Región África y Madagascar, seguir las indicaciones del Sínodo de los Obispos de octubre de 2009.

 

8. Conclusión

Como es costumbre, concluyo la presentación del Aguinaldo con un relato, que esta vez nos es ofrecido por el comentario hecho por Joseph Grünner, Inspector de Alemania, al cuadro de “Don Bosco saltimbanqui”, pintado por Sieger Koeder, párroco emérito de la diócesis de Rottenburg-Stuttgart y amigo de los Salesianos. En cuanto vi ese cuadro, quedé fascinado por la representación tan potente y sugestiva de nuestro querido fundador y padre.

Se trata de un verdadero ico». Como todos los iconos, la obra ha de ser estudiada y apreciada en el conjunto, pero también en los detalles. Deseo que su contemplación estimule a cada uno de nosotros a ser ardientes evangelizadores de los jóvenes, convencidos de que en el Evangelio les damos el don más precioso, Cristo, el único capaz de hacerles comprender el sentido de su existencia, de urgirles a realizar opciones comprometidas de vida y de convertirse ellos mismos en apóstoles de los jóvenes.

Don Bosco evangelizador, signo del amor de Dios a los jóvenes

Meditación sobre el cuadro de Don Bosco de Sieger Koeder

«Sed misericordiosos, como es misericordioso vuestro Padre» (Lc 6, 36)

Podría sorprender el modo de pintar a Don Bosco como ha sido realizado por el artista sacerdote Sieger Koeder. No le representa según una de tantas fotografías existentes, por ejemplo, en medio de sus jóvenes, o como «santo típico», sino que ese cuadro muestra de verdad a Don Bosco como era y continúa siendo, nos revela su ser más profundo. Así el cuadro se convierte en una bellísima ilustración de lo que nuestro Padre describió, en la Carta de Roma de 1884, como centro del sistema preventivo

Don Bosco: saltimbanqui entusiasmante

En el lado derecho, vemos a Don Bosco, vestido con la sotana y teniendo detrás una cortina oscura que le sirve de bastidor. A los ojos de los espectadores su figura queda escondida; en cambio ellos pueden ver los dos muñecos que tiene en alto. Su rostro nos hace ver su concentración junto con su entusiasmo: sonríe, y, naturalmente, está totalmente concentrado en su acción. Parece que le gusta el entusiasmo de los espectadores.

Don Bosco: educador rico de ideas

Sabe fascinar a niños, jóvenes, adultos, para conquistarles con juegos y diversiones, con medios y métodos sencillísimos, valiéndose de la palabra o de la imprenta, comprometiéndose por ellos con su creatividad y con su gran sensibilidad. Se sirve de todo para conquistarles para la que considera la misión que le ha sido confiada por la Providencia. Lo hace poniendo en el centro “el mensaje”, del que sólo es mediador y no protagonista.

Don Bosco: catequista apasionado

En sus manos levantadas, Don Bosco tiene dos muñecos: uno representa al padre, el otro al hijo en los brazos del padre. Ambos muñecos son un símbolo para su proyecto de vida: hacer comprender y experimentar, a los jóvenes pobres y abandonados y a los cetos populares, el misterio del inmenso amor de Dios y de su infinita misericordia hacia todos. El relato bíblico del padre misericordioso, que no ha olvidado nunca en su corazón al hijo pródigo, sino que ha esperado siempre su vuelta (Lc 15, 11-32), no es sólo el argumento de la representación realizada con los muñecos, sino que es el tema dominante de toda la vida de Don Bosco. El cuadro muestra el punto culminante del relato bíblico: el padre misericordioso, vestido de fiesta, abraza al hijo pródigo que acaba de volver, devolviéndole la dignidad y todos los derechos que tenía antes y abriendo así perspectivas para su vida.

Don Bosco: padre misericordioso

Don Bosco no “hace” de padre como actor en un espectáculo, sino que lo deviene y lo es en realidad, tomando como modelo al padre del relato bíblico. En la parte inferior del cuadro, al lado derecho de la cortina, Don Bosco está representado en actitud de proteger a uno de sus muchachos, y éste mira atentamente a Don Bosco. Este muchacho está pintado del mismo color azul, como el muñeco que representa al hijo pródigo; tal vez simboliza al hermano mayor de la parábola, que no está todavía preparado y dispuesto a acepar la misericordia del padre. Igualmente, es posible que represente a muchos jóvenes a los que Don Bosco ofreció un espacio protegido, donde pudieran experimentar seguridad, caridad, amor afectivo y efectivo, en contraste con todo lo que en realidad experimentaban en las calles y en las cárceles.

Don Bosco con sus jóvenes

Los destinatarios de Don Bosco son niños y jóvenes, que siguen atentamente lo que él hace. Por segunda vez, Don Bosco ha sido representado al lado izquierdo del cuadro: estando en medio de ellos y abrazándoles afectuosamente, como hace el padre misericordioso en el espectáculo. Los muchachos están totalmente absortos ante lo que sucede en el tablado, escuchando el mensaje y al mismo tiempo experimentando el efecto: con Don Bosco pueden sentirse a su gusto, aceptados tal como son. La caridad de Don Bosco es sensible y se convierte en esperanza convincente. Éste es el amor de «padre, hermano y amigo».

Don Bosco: anunciador en el mundo

El pintor ha situado el acontecimiento a cielo abierto, fuera de los muros de la ciudad que se entrevé en el fondo. En su tiempo Don Bosco penetró en el interior de la ciudad de Turín, girando de un lado para otro por las calles y las plazas, para buscar y encontrar a niños y a jóvenes. Entró en su mundo, iba a su encuentro poniéndose en cierto sentido a su nivel, como es descrito en la Carta de Roma. Allí estaba su puesto preferido para desarrollar su misión de pastor y de evangelizador: tomar a los jóvenes en el lugar donde están, pero abriendo sus sentidos hacia “lo alto” y encaminándoles hacia “el cielo”. Por decirlo de alguna manera, Don Bosco está con los pies en la tierra, en el mundo real, y con las manos hacia el cielo; y jamás olvidó ni la una ni el otro.

Don Bosco: testigo que invita

En la liturgia de la ordenación sacerdotal, el Obispo invita al ordenando: «Ahora vive lo que anuncias». Es lo que Don Bosco hizo durante toda su vida sacerdotal. Estaba convencido del amor infinito e inquebrantable de Dios hacia los hombres, del amor de Dios que está más dispuesto a perdonar y reconstruir lo que es débil que a castigar. Don Bosco era un testigo convincente con todo su ser y su actuar, en el patio y en taller, en la clase y en la iglesia: testigo de la misericordia paterna del «buen Dios», que jamás desespera del hombre, sino que le conduce desde la separación y el aislamiento a la vuelta «a su casa. ».

Esta pintura de Koeder nos hace ver a un hombre que admirar, pero es más bien una invitación de Don Bosco a nosotros: «Sed misericordiosos, como es misericordioso vuestro Padre».

Queridos hermanos, miembros de la Familia Salesiana, amigos todos, como discípulos enamorados de Jesús y como testigos y apóstoles suyos convencidos y gozosos, llevemos a los jóvenes hasta Cristo y llevemos el Evangelio a los jóvenes.

Don Pascual Chávez Villanueva
Rector Mayor