Rector Mayor

BS 2020-05: El más grande de todos es el amor

«El más grande de todos es el amor»

(San Paolo)

En pruebas tan difíciles como estas el amor nos da la vida.

 

Amigos y amigas lectores de este Boletín Salesiano: reciban mi cordial saludo en un momento donde todos tenemos el ánimo sobrecogido. Estoy escribiendo estas palabras el día 1 de abril pensando en el mes de mayo, el mes de nuestra Madre. A Ella nos hemos encomendado en todo el mundo salesiano en un momento muy doloroso de esta pandemia del Covid-19, más conocido como   coronavirus. Desde todas las partes del mundo hemos orado pidiendo al Señor con la mediación de nuestra Madre la ayuda y el consuelo en estas horas tan terribles para todos, con tantas pérdidas humanas. Después vendrán otras dificultades que tendremos que afrontar.

Pero sucede que ante tanto dolor, llanto y muerte, aún en las pérdidas más dolorosas, descubrimos a personas que son palabra de Dios y mediación del mismo para nosotros por su testimonio de Fe y de fortaleza. Hoy me siento indigno de emplear mis palabras, cuando he conocido las de otras personas con tanta carga de autenticidad y de fe probada; cuando he visto verdaderos testimonios de ‘abandono en Dios’.

Hoy quiero ofrecerles este testimonio que yo convierto en anónimo, pero del que solamente silencio los nombres de las personas y dónde sucede esto… Y leyendo este testimonio veremos de qué somos capaz, ¡PARA BIEN! las personas...

“Ella acaba de perder a su marido. Se casaron hace más de 23 años y juntos tuvieron 5 hijos y formaron una hermosa familia. Hoy, a los 50 años de edad, el coronavirus se ha llevado a su esposo. La vida les separa físicamente pero ellos están más unidos que nunca.

Todo empezó con un malestar, el día del cumpleaños de una de sus hijas. Él se despertó con una fiebre bastante alta. Tenía síntomas de gripe, congestión y una tos que pensaban sería pasajera. Sin embargo, con el pasar de las horas el cuadro se fue complicando.

No había dificultades respiratorias, pero estaba sufriendo mareos y fue necesario que una doctora de familia viniera a su casa para auscultarlo. Llamaron a una ambulancia y fue ingresado en el hospital.

Al principio estuvo en observación. No sospechaban en absoluto que fuera coronavirus. En ese momento tampoco contaban con el material necesario para hacerle la prueba del COVID-19. De todos modos, esa misma noche lo aislaron en una sala como medida preventiva.

Al día siguiente lo subieron a la unidad de cuidados intensivos donde le hicieron la prueba. Los médicos indicaron a su esposa que ya no podía quedarse con él, que tenía que irse a casa. Poco tiempo después la llamaron para que regresara al hospital a despedirse de su marido porque su estado era muy delicado.

Ella llegó al hospital con un sacerdote para que pudiera recibir el sacramento de la unción de los enfermos y se despidió de él. Esa misma tarde se enteraron que la prueba de coronavirus era positiva y desde entonces, se quedó con sus hijos haciendo ya la cuarentena en casa mientras su esposo pasaba sus últimas horas en el hospital.

Cuenta ella que durante todo ese tiempo lo más duro ha sido no poder ir a verle, estar con él y hablarle. Estaba aislado y no dejaban entrar a nadie. Todo el hospital tenía enfermos con coronavirus y nadie podía entrar.

Mientras, en casa, este mujer, esposa y madre ha vivido ese dolor con un corazón enorme. “Es muy duro pero a mí me está sosteniendo Cristo. Sentir que Él está conmigo en la cruz y yo con Él y que nos acompañamos, y saber que mi esposo está en sus manos es lo que me da fuerzas”.

Esta madre y sus hijos se volcaron en la oración y encontraron consuelo: “Rezamos cada día el rosario y estamos haciendo una novena a San José que hemos terminado y recomenzado. También pedimos por todos los que están en situaciones similares”.

Con una fe admirable ella nos comparte que “hay días en los que he estado muy mal, pero ahora lo estoy viendo con más paz, con aceptación. El vivirlo con aceptación te ayuda a vivir todo con menos desesperación, con el sufrimiento de no verle pero con la paz de que al final es la voluntad de Dios pase lo que pase”.

Unos días antes del fallecimiento de su esposo, ella sentía que quería compartir con los demás cómo lo estaban viviendo en familia. Quería compartirlo con personas que están pasando por lo mismo que ellos o que tendrán que pasarlo en un futuro y quiere que se sientan apoyados.

Su testimonio nos enseña que aunque no estemos preparados para pruebas difíciles como estas, tener a Dios nos da la vida y nos ayuda a vivir este sufrimiento “con menos desesperación”, como dice esta mujer creyente que sabe que el amor no conoce límites y que es importante agarrarse a la cruz especialmente en momentos como estos.

Dos días antes de la muerte de su esposo enviaba este mensaje:

Agradezco tantos mensajes de apoyo y oración. Esto a mí me da la vida. El saber que hay mucha gente rezando por él. Que al final si no se cura, es porque hay un bien mayor. Es algo muy duro, muy fuerte, pero también a la vez Dios te concede ver el amor de los demás, de cómo nos quiere. Y eso, es algo muy grande”.

 

El amor materializado en la unión de la familia, en los mensajes de apoyo de la gente, en los amigos que rezan los unos por los otros, en la entrega de los médicos que acompañan a nuestros enfermos, es lo que nos permite mirar la realidad con otros ojos. Nos transforma en testigos de algo superior y más grande que nosotros mismos para encontramos con los demás.

Esta esposa y su familia han recibido la noticia de que su marido ha fallecido y están más unidos que nunca. Continúan respirando de ese amor con la confianza de que no están solos. Solo con las palabras de un corazón que ama profundamente ella dice: “Ha pasado al cielo, con Jesús. Me fío de Dios, quien me da fuerza y paz”.

Hasta aquí este testimonio. Quizá otras personas lo vivan pérdidas similares con desesperación. Habrá quienes no entiendan que se pueda reaccionar con esta esposa y madre. Pero hemos de aceptar que cada persona somos únicos e irrepetibles, y en este caso la Fe ha hecho trascender y superar (por más que el dolor y el gran vacío de la pérdida exista siempre) la pérdida de un ser tan amado.

Don Bosco nos ha recordado siempre que tengamos confianza en María Auxiliadora y veremos lo que son milagros. Nuestra tendencia natural, rápida e inmediata es la de considerar milagro tan sólo la curación de un cáncer o similar enfermedad…, pero lo vivido en el corazón de esta esposa y madre y sus cinco hijos es todo un milagro vivido en la Fe.

NO perdamos esta Fe ni la esperanza que nos ha de caracterizar. Que la Auxiliadora siga llevándonos de la mano como Madre, pues sigue siendo absolutamente cierto lo que en su día se dijo para uno y para todos: “Mujer, ahí tienes a tu hijo, hijo ahí tienes a tu madre” (Gv 19,26-27)