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CG 26 - anexos

CAPÍTULO GENERAL 26 - ANEXOS

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DA MIHI ANIMAS CETERA TOLLE - ANEXOS

ANEXO 1

Carta de Su Santidad BENEDICTO XVI
a Don Pascual Chávez Villanueva,
Rector Mayor de la Congregación Salesiana,
con ocasión del Capítulo General XXVI

 

AlReverendísimo Señor
Don PASCUAL CHÁVEZ VILLANUEVA
Rector Mayor de los Salesianos de Don Bosco

1. Me es particularmente grato hacer llegar mi cordial saludo a Usted y a los participantes en el XXVI Capítulo General, que constituye un momento de gracia en la vida de esta Congregación presente en todos los continentes. En él están llamadas a confrontarse la riqueza y la diversidad de las experiencias, de las culturas, de las esperanzas de los Salesianos, comprometidos en múltiples actividades apostólicas y deseosos de hacer cada vez más eficaz su servicio en la Iglesia. El carisma de Don Bosco es un don del Espíritu para todo el Pueblo de Dios, pero sólo en la escucha dócil y en la disponibilidad a la acción divina es posible interpretarlo y hacerlo actual y fecundo, incluso en este nuestro tiempo. El Espíritu Santo, que en Pentecostés descendió con abundancia sobre la Iglesia naciente, continúa como viento soplando donde quiere, come fuego para derretir el hielo del egoísmo, como agua para regar lo que es árido. Derramando sobre los Capitulares la abundancia de sus dones, Él llegará al corazón de los Hermanos, los hará arder en su amor, los inflamará en deseos de santidad, los impulsará a abrirse a la conversión y los reforzará en su audacia apostólica.

2. Los hijos de Don Bosco pertenecen al denso ejército de  aquellos discípulos que Cristo ha consagrado para sí por medio de su Espíritu con un especial acto de amor. Él se los ha reservado para sí; por esto, la primacía de Dios y de su iniciativa debe resplandecer en su testimonio. Cuando se renuncia a todo para seguir al Señor, cuando se le da lo que se tiene de más querido afrontando todo sacrificio, entonces no debe sorprender si, como sucedió con el divino Maestro, se llega a ser “signo de contradicción”, porque el modo de pensar y de vivir de la persona consagrada acaba por encontrarse con frecuencia en contraste con la lógica del mundo. En realidad, esto es motivo de consuelo porque testimonia que su estilo de vida es alternativo respecto de la cultura del tiempo y puede desarrollar en ella una función de algún modo profética. Pero es necesario, a este fin, vigilar sobre los posibles influjos del secularismo para defenderse y poder así proseguir en el camino emprendido con determinación, superando un “modelo liberal” de Vida consagrada y viviendo una existencia centrada por completo en la primacía del amor de Dios y del prójimo.

3. El tema escogido para este Capítulo General es el mismo programa de vida espiritual y apostólica que hizo suyo Don Bosco: “Da mihi animas, cetera tolle”. En él está contenida toda la personalidad del gran Santo: una profunda espiritualidad, la habilidad creativa, el dinamismo apostólico, la laboriosidad incansable, la audacia pastoral y, sobre todo, su consagración sin reservas a Dios y a los jóvenes. Él fue un santo de una sola pasión: “la gloria de Dios y la salvación de las almas”. Es de vital importancia que todo salesiano se inspire continuamente en Don Bosco: lo conozca, lo estudie, lo ame, lo imite, lo invoque, haga propia su misma pasión apostólica, que brota del corazón de Cristo. Tal pasión es capacidad de darse, de apasionarse por las almas, de sufrir por amor, de aceptar con serenidad y alegría las exigencias cotidianas y las renuncias de la vida apostólica. El lema “Da mihi animas, cetera tolle” expresa en síntesis la mística y la ascética del salesiano. No puede haber una mística ardiente sin una robusta ascesis que la sostenga y, viceversa, nadie está dispuesto a pagar un precio alto y exigente, si no ha descubierto un tesoro atrayente e inestimable. En un tiempo de fragmentación y de fragilidad como es el nuestro, es necesario superar la dispersión del activismo y cultivar la unidad de la vida espiritual por medio de la adquisición de una profunda mística y de una sólida ascética. Esto alimenta el compromiso apostólico y es garantía de eficacia pastoral. En esto debe consistir el camino de santidad de todo Salesiano, en esto debe concentrarse la formación de las nuevas vocaciones para la vida consagrada salesiana. La lectio divina y la Eucaristía, vividas diariamente, son luz y fuerza de la vida espiritual del salesiano consagrado. Éste debe alimentar su jornada escuchando y meditando la Palabra de Dios, ayudando también a los jóvenes y a los fieles seglares a valorizarla en su vida cotidiana y esforzándose luego para traducir en testimonio cuanto la Palabra indica. “La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos encarnado, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega” (Enc. Deus caritas est, 13). Llevar una vida sencilla, pobre, esencial y austera: esto ayudará a los Salesianos a robustecer su respuesta vocacional, frente a los peligros y a las amenazas de la mediocridad y del aburguesamiento, esto los llevará a estar más cerca de los necesitados y de los marginados.

4. Siguiendo el ejemplo de su amado Fundador, los Salesianos deben abrasarse en la pasión apostólica. La Iglesia universal y las Iglesias particulares en que están insertos esperan de ellos una presencia caracterizada por un impulso pastoral y por un celo evangelizador audaz. Las Exhortaciones apostólicas post-sinodales que se refieren a la evangelización en los diversos continentes, podrán servirles de estímulo y de orientación para realizar en los diversos contextos una evangelización inculturada. La reciente Nota doctrinal sobre algunos aspectos de la evangelización puede ayudarlos a profundizar cómo comunicar a todos, especialmente a los jóvenes más pobres, la riqueza de los dones del Evangelio. La evangelización sea la principal y prioritaria frontera de su misión hoy. Ella presenta compromisos múltiples, desafíos urgentes, campos de acción amplios, pero su objetivo fundamental está en proponer a todos vivir la existencia humana como la ha vivido Jesús. En las situaciones plurirreligiosas y en las secularizadas es preciso encontrar caminos inéditos para hacer conocer, especialmente a los jóvenes, la figura de Jesús, para que sientan su perenne fascinación. Por tanto, debe ser central en su acción apostólica el anuncio de Jesucristo y de su Evangelio, juntamente con la llamada a la conversión, a la acogida de la fe y a la inserción en la Iglesia; de aquí nacen luego los caminos de fe y de catequesis, la vida litúrgica, el testimonio de la caridad activa. Su carisma los pone en la situación privilegiada de poder valorizar la aportación de la educación en el campo de la evangelización de los jóvenes. En efecto, sin educación no hay evangelización duradera y profunda, no hay crecimiento y maduración, no se da cambio de mentalidad y de cultura. Los jóvenes nutren deseos profundos de vida plena, de amor auténtico, de libertad constructiva; pero con frecuencia, por desgracia, sus esperanzas se ven traicionadas y no llegan a realizarse. Es indispensable ayudar a los jóvenes a valorizar los recursos que llevan dentro como dinamismo y deseo positivo; ponerlos en contacto con propuestas ricas de humanidad y de valores evangélicos; estimularlos a insertarse en la sociedad como parte activa por medio del trabajo, la participación y el compromiso por el bien común. Esto requiere en quien los guía ensanchar los ámbitos del compromiso educativo con atención a las nuevas pobrezas juveniles, a la educación superior, a la inmigración; requiere, además, prestar atención a la familia y a su implicación. Sobre este aspecto tan importante me he detenido en la Carta sobre la urgencia educativa, que he dirigido recientemente a los fieles de Roma, y que ahora idealmente entrego a todos los Salesianos.

5. Desde su origen, la Congregación salesiana se ha comprometido en la evangelización en diversas partes del mundo: desde la Patagonia y América Latina, al Asia y a Oceanía, al África y Madagascar. En un momento en que en Europa las vocaciones disminuyen y los desafíos de la evangelización aumentan, la Congregación salesiana debe estar atenta a reforzar la propuesta cristiana, la presencia de la Iglesia y el carisma de Don Bosco en este continente. Como Europa ha sido generosa mandando misioneros a todo el mundo, así ahora toda la Congregación, apelando especialmente a las Regiones ricas de vocaciones, debe estar dispuesta a este respecto. Para prolongar en el tiempo la misión entre los jóvenes, el Espíritu Santo ha guiado a Don Bosco a dar vida a diversas fuerzas apostólicas animadas por el mismo espíritu y unidas por el mismo compromiso. En efecto, los deberes de la evangelización y de la educación requieren numerosas aportaciones, que sepan obrar en sinergia; para esto los Salesianos han implicado en esta obra a numerosos seglares, a las familias y a los mismos jóvenes, suscitando entre ellos vocaciones apostólicas que mantengan vivo y fecundo el carisma de Don Bosco. Es preciso proponer a estos jóvenes la fascinación de la vida consagrada, la radicalidad del seguimiento de Cristo obediente, pobre y casto, la primacía de Dios y del Espíritu, la vida fraterna en comunidad, el consumirse totalmente por la misión.  Los jóvenes son sensibles a propuestas de compromiso exigente, pero tienen necesidad de testimonios y guías que sepan acompañarlos en el descubrimiento y en la acogida de dicho don. En este contexto sé que la Congregación está dedicando especial atención a la vocación del salesiano coadjutor, sin la cual perdería la fisonomía que Don Bosco quiso darle. Ciertamente, es una vocación no fácil de discernir y de acoger; brota más fácilmente donde se promueven entre los jóvenes las vocaciones laicales apostólicas y se les ofrece un gozoso y entusiasta testimonio de la consagración religiosa. El ejemplo y la intercesión del Beato Artémides Zatti y de otros venerables hermanos coadjutores, que han gastado su existencia por el Reino de Dios, obtengan también hoy a la Familia Salesiana el don de tales vocaciones.

6. Aprovecho con gusto esta ocasión para dirigir un agradecimiento particular a la Congregación salesiana por el trabajo de investigación y de formación que desarrolla en la Universidad Pontificia Salesiana, donde se han formado y han sido profesores algunos de mis actuales colaboradores más próximos y estimados. Dicha Universidad tiene una identidad que proviene del carisma de Don Bosco y ofrece a toda la Iglesia una aportación original y específica. Única entre las Universidades Pontificias, tiene una Facultad de Ciencias de la Educación y un Departamento de Pastoral Juvenil y Catequética, sostenidos por las aportaciones de otras Facultades. En vista de un estudio que se sirva de la diversidad de las culturas y esté atento a la multiplicidad de los contextos, es deseable que se incremente en ella la presencia de profesores provenientes de toda

Desde el Vaticano, 1 de marzo de 2008

ANEXO 2

 

Intervencíon de Su Em. Revma. el Señor Cardenal Franc Rodé, C.M. Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica

Da mihi animas, cetera tolle


1.  Es el lema que Don  Bosco escogió, siendo joven sacerdote, y le acompañó toda la vida. Es el programa de vida de Don Bosco y de todo Salesiano,[1]  el lema que habéis escogido para la celebración del 26º Capítulo General de la Sociedad Salesiana de San Juan Bosco.

En este encuentro capitular que os ve reunidos, provenientes de Países y culturas diversas, se manifiesta la abundancia y la belleza de los dones del Señor. Por todos y por cada uno de vosotros y por todos vuestros hermanos Salesianos esparcidos en el mundo doy gracias al Dador de todo bien, que, en su infinita bondad, ha hecho a la Iglesia el don de la gran Familia de San Juan Bosco.

Mi saludo y mi agradecimiento por el compromiso vivo de todos los Salesianos en la Iglesia y en el mundo no puede dejar de ir al Rector Mayor, sucesor de Don Bosco, don Pascual Chávez Villanueva, por su compromiso no sólo a favor de la numerosa Familia Salesiana, sino de toda la vida consagrada.

2.  El Capítulo General es el signo de la unidad en la diversidad, es encuentro fraterno, es momento de reflexión comunitaria, para mantenerse fieles al Evangelio, al carisma del Fundador y a nuestro tiempo.[2] Es el momento privilegiado para desencajar los ojos del corazón y comenzar a mirar, a darse cuenta, a evaluar; es un momento favorable para advertir, juntos, por qué caminos os envía el Señor; un paso del desaliento a la esperanza, al redescubrimiento de la presencia del Señor en medio de vosotros en la Palabra y en el Pan de vida eterna.

Su celebración es memoria viva del camino recorrido, la actualización del sueño de Juanito Bosco en el hoy de la historia, para proyectaros hacia el futuro con esperanza viva y confianza plena en la obra del Señor.

3.    La fe cristiana, frente a un mundo complejo y a sus crisis, está expuesta a todas las preguntas y a los desafíos sobre Dios, sobre su ingreso en la historia en la persona de Jesús, sobre la naturaleza del hombre y sobre el sentido de su vida y de la muerte. También la Iglesia está puesta en cuestión: su función y su incidencia en el mundo en ciertos ambientes están banalizados y contestados. La vida consagrada está marcada por la crisis, sobre todo en América del Norte y en Europa: disminución numérica, incertidumbres sobre la identidad, tentaciones de renuncia y de desaliento.

Volver a los orígenes, a la centralidad de Jesucristo, al espíritu de los Fundadores, puede ayudar a responder con confianza, creatividad y coraje a estos múltiples desafíos.

 4.    En estos días cada uno de vosotros está llamado a renovar la opción fundamental por Cristo, pensada de nuevo con clara conciencia y definida comunitariamente según el proyecto evangélico de las Constituciones: vuestra alianza especial con el Señor, un encuentro de amor que marca y orienta toda la vida; el don total de vosotros mismos a Dios y a los jóvenes; el sentido de vuestra existencia consagrada por la potencia del Espíritu.

Después de haberos detenido en los años pasados en la identidad salesiana,[3] en el sentido misionero,[4] en el compartir con los seglares[5] y en la comunidad,[6] durante este encuentro capitular vuestra atención se fijará en la identidad carismática y en la pasión apostólica. Es un volver al corazón de vuestra vocación en la Iglesia, al espíritu más puro del Fundador.

Don Bosco vuelve, repetiréis en estos días. Recordando las palabras que os escribía el Santo Padre Juan Pablo II en la Carta Iuvenum Patris: “Don Bosco vuelve es un canto tradicional de la Familia Salesiana: expresa el auspicio de una vuelta de Don Bosco y una vuelta a Don Bosco, para ser educadores capaces de una fidelidad antigua y, al mismo tiempo, atentos, como él, a las mil necesidades de los jóvenes de hoy, para volver a encontrar en su herencia las premisas para responder también hoy a sus dificultades y a sus esperanzas”.[7]

Volver a Don Bosco y volver a partir de Don Bosco para despertar el corazón.

Os disponéis, pues, a volver a las fuentes de la espiritualidad salesiana, del carisma salesiano, al corazón de vuestra llamada, que encuentra su fuente en el corazón mismo de Cristo con “la actitud del Buen Pastor que conquista con la mansedumbre y el don  de sí”.[8]

5.     Hay modalidades diferentes para hablar de espiritualidad. Ciertamente hay que evitar la que lleva al espiritualismo, como refugio en un mundo del espíritu en el que todo resulta perfecto y enrarecido; es necesario, en cambio, conservar su carácter original de vida según el Espíritu y la radicación en la existencia cotidiana, con sus fatigas y sus tensiones, sus impulsos y sus asperezas, reflexionando así sobre el espesor de caminos espirituales – personales y eclesiales – densos de vida y de misterio.

Sólo así será posible evitar aquel extenuarse de los lenguajes de la vida cristiana que hoy resultan casi consumidos por un uso demasiado genérico, o demasiado retórico. La exuberancia del léxico dice qué difícil es hoy pronunciar palabras espirituales verdaderas, que no tengan miedo ni de las incertidumbres de la vida ni de la referencia al misterio. Pudor y sobriedad de la palabra podrán restituir a nuestros lenguajes la posibilidad de comunicar la intensa belleza de una vida vivida en la perspectiva del Evangelio.

 6.     Desde el principio de su existencia Don Bosco se dejó guiar por un único deseo: consagrar toda la vida al bien de los jóvenes. Su obra no es expresión de activismo, el carácter alegre y abierto del saltimbanqui de I Becchi es verdadera y propia consagración consciente y voluntaria, misión por la salvación integral de los jóvenes.

Da mihi animas, cetera tolle. El fin de la educación preventiva de Don Bosco – una existencia humana individual,  social y religiosa, realizada – es evidente en la expresión “salvación del alma”: el deseo de la santidad. Una santidad “ferial”, la que Don Bosco indica a sus jóvenes y a los primeros colaboradores.

Una “santidad” que no es un objetivo propuesto a algún muchacho “bueno”, a alguna élite aristocrática, sino a todos los jóvenes de Valdocco: “es voluntad de Dios que todos nos hagamos santos”; es muy fácil lograrlo; hay un gran premio preparado en el cielo a quien se hace santo”.[9]

En el clima de santidad de Valdocco sus propuestas fuertes y generosas se hacen creíbles. Él “sabe proponer la santidad como meta concreta de su pedagogía – recordaba el Siervo de Dios Juan Pablo II, al proclamarle Padre y Maestro de la juventud”.[10] “Me place considerar de Don Bosco, sobre todo, el hecho que él realiza su santidad personal mediante el compromiso educativo vivido con celo y corazón apostólico, y que sabe proponer, al mismo tiempo, la santidad como meta concreta de su pedagogía”.[11] Es aquí donde hay que buscar “el mensaje profético, que él ha dejado a los suyos y a toda la Iglesia”.[12]

 7.    “Precisamente un intercambio semejante entre ‘educación’ y ‘santidad’ es el aspecto característico de su figura: él es un ‘educador santo’, se inspira en un ‘modelo santo’ – Francisco de Sales -, es discípulo de un ‘maestro espiritual santo’ – José Cafasso -, y sabe formar entre sus jóvenes a un ‘educando santo’: Domingo Savio”.[13] Y podemos continuar este elenco con los beatos Laura Vicuña y Ceferino Namuncurá, este último en orden de tiempo, en ser indicado en la Familia Salesiana como ejemplo de santidad, el pasado 11 de noviembre.

Este mensaje profético dejado por el Fundador ofrece el rostro original de vuestra identidad carismática, de vuestra consagración apostólica, de vuestro método educativo basado en la razón, en la religión y en el cariño.[14]

Es urgente recuperar el verdadero rostro de la santidad. Para cada Salesiano, para cada joven que se acerca a vosotros. Para continuar siendo, como Don Bosco, maestros santos de jóvenes santos, maestros de espiritualidad juvenil. [15] Para realizar el proyecto de vida que os ha dejado el Fundador “ser en la Iglesia signos y portadores del amor de Dios a los jóvenes, especialmente a los más pobres”.[16]

8.    El artículo 3 de vuestras Constituciones dice que la vuestra es una “vida de discípulos del Señor”, y que os habéis ofrecido totalmente a Dios “para seguir a Cristo y trabajar con Él en la construcción del Reino”.[17]

En vista de esta oferta el Padre os consagra con el don de Su Espíritu y os envía a ser apóstoles de los jóvenes.[18] El don del Espíritu debe invadir vuestro corazón con su suave potencia para haceros capaces de plena fidelidad a vuestra vida de discípulos. El secreto del éxito está en saber consolidar constantemente los vínculos de la alianza con Dios.

Como consagrados al Padre estáis llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, mediante los consejos evangélicos, “los rasgos característicos de Jesús virgen, pobre y obediente”,[19] cuidando vuestra fe, vuestra sequela Christi, vuestra conformación amorosa con el Señor Jesús, para ser capaces de comunicar esta vida en una relación educativa. Todo lo demás puede proporcionar soportes, modalidades, instrumentos para el siempre difícil deber de comunicar la fe, sobre todo a los jóvenes, pero son poca cosa frente al requisito irrenunciable para quien se orienta hacia semejante empresa: el poseer una fe y un amor vivo, encarnado, sostenido por una sólida formación.

Es ésta vuestra naturaleza profunda, vuestra vocación, vuestra definitiva realización. Los consejos evangélicos son esta tensión relacional, la actitud permanente al Tú. “No existe otro modo de vivir digno del hombre, fuera de la perspectiva del don de sí”.[20]

9.   Don Bosco nace cuando todavía no han pasado treinta años de la Revolución francesa. Ya en todo el siglo precedente (el “siglo de las luces”) la fe había sufrido ataques en nombre de una razón divinizada que pretende luchar contra todo lo que llama “superstición”. En el siglo XIX el ataque se mezcla, muchas veces de modo bastante embrollado, con las cuestiones sociales y nacionales.

El tiempo de Don Bosco es, pues, tiempo de primera industrialización, de movimientos del resurgimiento, de restauraciones y de revoluciones. El Turín del resurgimiento es una ciudad en gran expansión a causa de la enorme inmigración desde los campos piamonteses, y el mundo juvenil es presa de problemáticas gravísimas: analfabetismo, desocupación, degradación moral y falta de asistencia religiosa.

“Tengo 16 años… y no sé nada”: así se presentó Bartolomé Garelli, el primero de los muchachos de Don Bosco. “A Bartolomé se añadieron otros jóvenes – contó el mismo Don Bosco -. Durante aquel invierno reuní también a algunos adultos que tenían necesidad de lecciones de catecismo adaptadas a ellos”.[21]

Así comenzó el Oratorio: con los jóvenes en busca de trabajo. Don Bosco les dio una casa, un corazón amigo, instrucción y protección, asegurándoles contratos honestos de trabajo; creó escuelas profesionales, talleres. Ofreció igual asistencia a los estudiantes. Dirigió a los jóvenes a conquistar un puesto en el mundo, ayudándolos a lograr competencia y habilidad profesionales; los orientó a la vida cristiana, cuidando su formación religiosa, la frecuencia de los sacramentos y el amor filial a María.

10.  Este compromiso es hoy todavía actual. Si un tiempo había sólo el patio, la iglesia, el taller, la escuela, hoy estamos en presencia de diversos tipos de instituciones educativas, escuelas, centros de alfabetización, comunidades de acogida para muchachos y jóvenes en dificultad, centros de prevención contra la tóxico-dependencia, consultores, intervenciones humanitarias para los jóvenes que viven en la calle, campos de prófugos con gran número de muchachos y jóvenes, centros de acogida para inmigrados… Siempre con el ojo y el corazón atentos a los lugares y a las situaciones donde la pobreza y el malestar tienen necesidad de un surplus de compasión, de cercanía, de amor y de protección.

En este tiempo en que la globalización del mundo de la comunicación y de la economía acompaña la ampliación de pobrezas y marginaciones que golpean especialmente a las jóvenes generaciones, la Iglesia advierte con preocupación la urgente necesidad de superar, especialmente en el ámbito educativo, el drama de una profunda ruptura entre Evangelio y cultura, que lleva a minusvalorar y marginar el mensaje salvífico de Cristo. Hoy, más que en el pasado, tenemos necesidad de una mirada profética sobre los tiempos nuevos, tan complejos y difíciles, y sobre todo de la audacia de los santos, con corazón grande y generoso.

“Tengo 16 años…y no sé nada”. Es el grito que sentimos repetir a tantos jóvenes que encontramos en nuestro camino, que parecen vivir, particularmente en estos años, con una dejadez e indiferencia no sólo respecto de la fe, sino sobre todo respecto del amor del que se busca el sentido profundo o la nostalgia por haberlo perdido, mientras de manera contradictoria se lo reduce a fragmento del sentimiento y de la emotividad.

Estamos ante la era del vacío[22] a causa del individualismo contemporáneo. “Me parece – decía el Santo Padre respondiendo a las preguntas de los jóvenes de la Diócesis de Roma – que el gran desafío de nuestro tiempo es el secularismo: es decir, un modo de vivir y de presentar el mundo como “si Deus non daretur”, es decir, como si Dios no existiese. (…). Me parece ésta la primera necesidad: que Dios esté de nuevo presente en nuestra vida, que no vivamos como si fuésemos autónomos, autorizados a inventar qué son la libertad y la vida. Debemos ser conscientes de ser criaturas, constatar que hay un Dios que nos ha creado y que permanecer en su voluntad no es dependencia sino un don de amor que nos hace vivir”.[23]

11.  Es necesario ser capaces de hablar de la verdad, sin tener miedo a hacerlo, incluso cuando nos parece incómoda. Como, continuamente, hace el Santo Padre.

Sobre este tema escribía Romano Guardini: “Quien habla, diga lo que es, y cómo lo ve y lo  entiende. Por tanto, exprese también con la palabra cuanto lleva en su intimidad. Puede ser difícil en algunas circunstancias, puede provocar fastidios, daños y peligros; pero la conciencia nos recuerda que la verdad obliga; que ésta tiene algo de incondicional, que posee altura. De ella no se dice: Tú la puedes decir cuando te agrada, o cuando debes obtener un fin; sino: Tú debes decir, cuando hables, la verdad; no la debes reducir ni alterar. Tú la debes decir siempre, simplemente; aun cuando la situación te llevaría a callar, o cuando puedes librarte con desenvoltura de una pregunta”.[24] Por tanto, hay un imperativo que no se puede ni se debe  evitar: atestiguar que la verdad debe volver a ocupar su puesto y su coherente colocación no sólo en nuestra predicación y catequesis, sino sobre todo en la vida de las personas para que puedan arribar a una existencia cargada de sentido.

El ministerio que desarrolláis os pone, en primer lugar, ante la transmisión de la fe. Ésta, lo sabemos, no es primariamente un contenido abstracto, sino un estilo de vida que brota de la opción de ponerse al seguimiento de Cristo y de asumir en nosotros su palabra como promesa y realización de sí.

“Los Presbíteros…no podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de una vida distinta de la terrena; por otra parte, no podrían tampoco servir a los hombres si permanecieran ajenos a la vida y condiciones de los mismos. Su propio ministerio exige por título especial que no se configuren con este siglo; pero requiere al mismo tiempo que vivan en este siglo entre los hombres y, como buenos pastores, conozcan a sus ovejas…y se esfuercen en estudiar las cuestiones de su tiempo a la luz de Cristo”.[25]

 12.  Además, nuestros jóvenes viven una profunda soledad. Nace muchas veces de no sentirse acogidos, aceptados por lo que se es o rechazados; las diversas formas de traición que la vida impone, desde la amistad al amor, en familia o con los coetáneos, hacen brotar de manera evidente el profundo sentido de soledad en el que muchos están sumergidos.

Estoy convencido de que nuestros jóvenes desean de nosotros un testimonio de gratuidad plena y de perdón sincero. Quieren ser amados por lo que son, pero no por esto debemos olvidar que para nosotros amar es buscar sin cansarnos y con extrema paciencia su bien.

El Concilio escribía en Gaudium et Spes: “El hombre vale más por lo que ‘es’ que por lo que ‘tiene’”.[26] El contexto cultural en que vivimos indudablemente vive una primacía equívoca del hacer y del tener sobre el ser. La respuesta a las preguntas de los jóvenes no es encontrar técnicas o iniciativas concretas: iríamos al encuentro del fracaso. Si deseamos hacer algo por los jóvenes, es necesario ante todo ser personas de gran corazón, porque como decía todavía Don Bosco, la educación es cosa del corazón.

De todos modos, ésta requiere por nuestra parte el compromiso de saber recuperar con fuerza el encuentro interpersonal y la guía de nuestros jóvenes, verdadero instrumento para la transmisión viva de la fe. Si no hay un encuentro cara a cara, la fe no se transmite. Podemos llamarla dirección espiritual o de otras maneras, pero la tradición de la Iglesia nos transmite el hecho de que es sólo por medio de la relación interpersonal, que implica al hombre como persona, como se realiza la transmisión de la fe.

Precisamente por esto es indispensable repensar vuestro “ser, con estilo salesiano, los signos y los portadores del amor de Dios a los jóvenes, especialmente a los más pobres”.[27]

“No basta amar”. El ideal de santidad salesiana es “hacerse amar”.[28]

“Trata de hacerte amar” es cuanto Don Bosco aconsejaba a don Rua cuando fue a Mirabello, en 1863. “Como no puedo estar siempre a tu lado… te hablo con la voz de un tierno padre que abre el corazón a uno de sus más queridos hijos”; le da varios consejos, entre los que sobresale el de hacerse amar.[29] Don Bosco insiste: “no basta amar”, es necesario saber “hacerse amar”.

El arte de las artes es el arte del amor – enseñaba Guillermo de Saint Thierry -. La naturaleza misma y Dios artífice de la naturaleza se han reservado esta enseñanza. Porque el amor, que es suscitado por el Creador de la naturaleza, si su pureza natural no está enturbiada por afectos extraños, enseña a sí mismo: pero sólo a cuantos se dejan enseñar por él, enseñar por Dios. En efecto, el amor es una fuerza del alma, que la conduce como por un peso natural al lugar y al fin que le es propio”.[30]

El arte del amor, el amor por la verdad, se aprende en el estilo de vida de Cristo casto, pobre y obediente, humilde y sobrio, lanzado a la caridad. La vida consagrada se hace así confessio Trinitatis, signum fraternitatis, servitium caritatis,[31] luminoso testimonio profético, epifanía de la forma de vida de Jesús, presencia incisiva dentro de la Iglesia y profecía paradoxal y fascinante en un mundo desorientado y confuso.

13.     “La conciencia eclesial de nuestro Fundador – escribía el Rector Mayor de la Sociedad, don Egidio Viganò, en 1985 – se concretaba pedagógicamente en algunos comportamientos de fe, robustos y prácticos. Los expresaba con sencillez en tres grandes actitudes que se fueron llamando “devociones”: hacia Jesucristo Salvador y Redentor, presente en la acción central de la Iglesia, la Eucaristía; hacia María, modelo y Madre de la Iglesia, contemplada en la historia como Auxiliadora; y hacia el Papa, Sucesor de Pedro, puesto como cabeza del Colegio episcopal para el servicio pastoral de toda la Iglesia”.[32]

“Todo esfuerzo es poco – escribía Don Bosco – cuando se trata de la Iglesia y del Papa”.[33] Amor a Cristo, a María, a la Iglesia y al Papa. Vuestro sentire cum Ecclesia sea no sólo compromiso concreto de la vida de todo salesiano y de los Responsables de la Sociedad, sino también testimonio de la dimensión eclesial de vuestra fe y compromiso en educar en él a los jóvenes.

14.  Al invocar la bendición del Señor sobre vosotros y sobre vuestro Capítulo General y sobre los compromisos de los próximos días, recojo las palabras de Benedicto XVI en la carta encíclica Spe Salvi: “La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son las luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía”.[34]

María, Madre de la Iglesia y Auxiliadora de los Cristianos,[35], Don Bosco, todos los numerosos santos y beatos salesianos sean vuestras estrellas y os hagan faros de esperanza para toda la humanidad, sobre todo para los jóvenes.

[1] Cfr. Const. n. 4.
[2] Cfr. Const. n. 146.
[3] CG 22.
[4] CG 23.
[5] CG 24.
[6] CG 25.
[7] Juan Pablo II, Carta  Iuvenum Patris en el centenario de la muerte de San Juan Bosco, Roma 31 de enero de 1988, n. 13.
[8] Cfr. Const. art. 11.
[9] Bosco G. Vita del giovinetto Savio Domenico scritta dal Sacerdote Giovanni Bosco, p. 50, OE XI p. 200.
[10] IP, n. 5.
[11]  Ibi.
[12] Ibi n. 8.
[13] Ibi n. 5.
[14] Cfr. “Il Sistema Preventivo”, in “Regolamento per le case della Società di S. Francesco di Sales”, in Giovanni Bosco “Scritti pedagogici e spirituali”, 166.
[15] IP, n. 16.
[16] Cfr. Const. art. 2.
[17] Const. art. 3.
[18] Ibi.
[19] VC, n. 1.
[20] Juan Pablo II, Mensaje para la jornada de las vocaciones 2003.
[21] Bosco G. Memorie dell’Oratorio, adattato da Bosco T., 1986.
[22]  G. Lipovetsky, L’era del vuoto. Saggi sull’individualismo contemporaneo, 1995.
[23] Benedicto XVI, Colloquio con i giovani, durante l’Incontro con i giovani della Diocesi di Roma, in preparazione alla XXI Giornata Mondiale della Gioventù, Roma, giovedì 6 aprile 2006.
[24] R. Guardini, Le virtù, Brescia, 1972, p. 21.
[25] PO, nn. 3, 4.
[26] GS, n. 35.
[27] Const. art. 2.
[28] MB XVII, 107-114 (MBe XVII, 100-106)
[29] MB VII, 524 (MBe VII, 447-448).
[30] Guillermo di Saint Thierry, Natura e grandezza dell’amore, 1, 1-2, Magnazo 1990.
[31] Cfr. Vita consecrata.
[32] Cartadel Rector Mayor, en ACG n. 315.
[33] Cfr. Const art.. 13.
[34] SdS, n. 49.
[35] Const. art. 8.

ANEXO 3

 

Discurso del Rector Mayor
Don Pascual Chávez Villanueva
en la apertura del CG26

 

«Tengo  muchas  ganas  de  veros  para comunicaros algún don espiritual que os haga más firmes. De hecho, tanto vosotros como yo vamos a animarnos al compartir nuestra fe» (Rm 1, 11-12)

 

1. Saludo a los Invitados

Eminencia Reverendísima, Card. Franc Rodé, Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica,
Eminencia Reverendísima, Card. Rafael Farina, Bibliotecario y Archivista de la Santa Romana Iglesia,
Eminencia Reverendísima, Card. Miguel Obando Bravo,
Eminencia Reverendísima Card. Joseph Zen,
Excelentísimo Mons. Angelo Amato, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe,
Excelentísimo Mons. Gianfranco Gardin, Secretario de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica,
Excelentísimo Mons. Gino Reali, Obispo de Porto y Santa Rufina,
Excelentísimo Mons. Francesco Brugnano, Arzobispo de Camerino, Exalumno y Cooperador,
Excelentísimos Obispos Salesianos, Mons. Carlo Chenis, Mons. Zef  Gashi, Mons. Stanislav Hocevar, Mons. Calogero La Piana, Mons. Basile Mvé, Mons. Pierre Pican, Mons. Peter Stump, Mons. Luc Van Looy, Mons. Adrian van Luyn, Mons. Rosario Vella,
Reverendísima Sor Enrica Rosanna, Subsecretario de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica,
Gentilísima Madre Antonia Colombo, Superiora General del Instituto de las Hijas de María Auxiliadora,
Queridísimos Responsables de los diversos Grupos de la Familia Salesiana,
Reverendísimo Padre Pedro Trabucco, Secretario general de la Unión de Superiores Generales,
Reverendísimo Don Mario Toso, Rector de la Universidad Pontificia Salesiana

En nombre de toda la Asamblea capitular, Os agradezco de corazón vuestra presencia en este momento tan significativo para la Sociedad de San Francisco de Sales y Os expreso cuán grata es para todos nosotros vuestra participación, que honra el inicio de nuestro Capítulo General XXVI y nos estimula en nuestro trabajo.

 

2. Bienvenida a los Capitulares

Queridísimos Hermanos Capitulares, Inspectores y Superiores de Visitadurías, Delegados inspectoriales, Observadores invitados, llegados de todo el mundo para tomar parte en esta importante asamblea de nuestra amada Congregación.

A todos vosotros deseo daros la bienvenida con el corazón de Don Bosco. ¡Sentíos en vuestra casa y a gusto! La casa de Don Bosco es vuestra casa. También la Casa Generalicia es la casa de Don Bosco, como lo fue la de Valdocco, donde hemos querido en espíritu de oración y de contemplación dar comienzo a los primeros momentos de esta Asamblea; como lo fue la casita de I Becchi, en cuya fachada está colocada la inscripción con las palabras de Don Bosco: “Ésta es mi casa”.

El “volver a partir de Don Bosco”, tema central del Capítulo, es una invitación dirigida a toda la Congregación. Dicho tema nos ha llevado a los lugares donde nuestro amado padre y fundador, dócil a la voz y a la acción del Espíritu Santo, dio inicio y desarrollo a aquel carisma, del que somos herederos, garantes, testimonios y comunicadores. I Becchi y Valdocco son la cuna de nuestra experiencia carismática.  Allí está nuestra identidad, porque allí todos nosotros hemos nacido, como canta el salmista lleno de alegría pensando en la ciudad de Dios: “todos han nacido allí; todas mis fuentes están en ti” (Sal 86).

Nuestro ADN es el mismo de nuestro padre Don Bosco, cuyos genes son la pasión por la salvación de los jóvenes, la confianza en el valor de la educación de calidad, la capacidad de implicar a muchos hasta crear un vasto movimiento de personas capaces de compartir, en la misión juvenil, la mística del “da mihi animas” y la ascética del “cetera tolle”. Unido a vosotros expreso los más vivos deseos de que nuestro Capítulo sea el punto de arranque para volver a partir de Don Bosco y llegar al año 2015, cuando alegres y agradecidos celebraremos el segundo centenario de su nacimiento.

 

3. El Capítulo General

He querido poner al principio de este discurso de apertura la cita de San Pablo a los Romanos, porque me parece que expresa cuanto tengo en el corazón y cuanto espero de esta asamblea. Si es verdad que cualquier Capítulo General es un acontecimiento que supera en la sustancia el sólo cumplimiento formal de lo que está prescrito en las Constituciones, con mayor razón considero que debe serlo el CG26. Éste será un evento pentecostal, que tendrá al Espíritu Santo como principal protagonista; se desarrollará entre memoria y profecía, entre agradecimiento fiel a los orígenes y apertura incondicional a la novedad de Dios. Y todos nosotros seremos sujetos activos, con nuestras responsabilidades y esperanzas, ricos de experiencia, disponibles a la escucha, al discernimiento, a la aceptación de la voluntad de Dios sobre nuestra Congregación.

Dios mismo es quien nos convoca, el cual continuamente y en todo tiempo llama y manda a sus profetas, para que haya vida en abundancia para todos. Las llamadas de Dios exigen generosidad, entrega plena y disponibilidad también para el sufrimiento para “dar la vida”; no nace vida sin “los dolores del parto”. Dios no invita a consolidar situaciones de estancamiento o incluso de muerte, sino que envía Su Espíritu para volver a dar vida y vitalidad, transformar a las personas y, por medio de ellas, renovar la faz de la tierra.

No puedo dejar de recordar en este punto la penetrante visión de Ezequiel sobre el pueblo de Dios desterrado, privado del Rey, del Templo y de la Ley. Sobre los huesos secos, sobre este pueblo muerto, Dios envía el Espíritu y he aquí que reaparecen los nervios y crece la carne. Recubre estos cuerpos de piel y sopla su aliento de vida (cf. Ez 37, 8ss). Ciertamente la novedad que Dios quiere ofrecer al mundo puede chocar con la resistencia psicológica y espiritual a “renacer de lo alto” (Jn 3, 3), como sucedió con Nicodemo. Al contrario, lo que se nos pide a nosotros es la disponibilidad ejemplar de Abrahán que se deja guiar por el Dios de la promesa (cf. Gn 12, 1-3); él no se aferra ni siquiera al hijo tan esperado y llega a renunciar a Isaac, no dudando en sacrificarlo con tal de no perder a su Dios. Siempre en esta lógica de disponibilidad, modelo perfecto de apertura ilimitada es la Virgen María, pronta a dejar el propio proyecto para asumir el de Dios (cf. Lc 1, 35ss).

El CG26 apunta a algo nuevo e inédito. Nos impulsa la urgencia de volver a los orígenes. Somos llamados a encontrar inspiración desde la misma pasión apostólica de Don Bosco. Somos invitados a acudir a las fuentes claras del carisma y, al mismo tiempo, a abrirnos con audacia y creatividad a modalidades nuevas para expresarlo hoy. Para nosotros es como descubrir nuevas tallas de un mismo diamante, nuestro carisma, que nos permiten responder mejor a las situaciones de los jóvenes, comprender y servir sus nuevas pobrezas, ofrecer nuevas oportunidades para su desarrollo humano y su educación, para su camino de fe y para su plenitud de vida.

Es importante que cada uno de nosotros, queridos Capitulares, entre en sintonía profunda con Dios, que nos llama “hoy”, para que la inspiración y la fuerza de su Espíritu no queden desconcertados en el corazón, enmudecidos en los labios y deformados en su lógica (cf. Ef 4, 30). Todo esto significa que el esfuerzo al que somos llamados es el de abrir lo más posible el arco de nuestra receptividad “espiritual”, para descubrir en lo profundo de nosotros mismos la voluntad de Dios en relación con la Congregación y para conformar cada vez más nuestro pensar y nuestro hablar con la Palabra de Dios. Las palabras, que cada uno de nosotros se sentirá llamado a pronunciar, lleven lo menos posible el gravamen de la carne, porque “lo que nace de la carne es carne, y lo que nace del Espíritu es Espíritu” (Jn  3, 6).[1]

 

4. Actitudes de plena participación en el CG26

¿Cómo vivir entonces la experiencia capitular de forma constructiva? ¿Qué tipo de compromiso asumir por parte de cada Capitular? ¿Con qué actitudes participar en el Capítulo General?

Cultivando el espíritu profético

La conciencia de ser convocados por Dios despierta en nosotros el sentido de dependencia de Él y la aceptación profunda de la misión que Él nos confía. Esto exige de nosotros una escucha continuada, humilde, obediente. A diferencia de un congreso o de una reunión, donde con frecuencia prevalece la dialéctica, aquí nos encontramos viviendo un momento de discernimiento y de confrontación sobre la vida de la Congregación y sobre nuestro carisma, que es un gran don de Dios para la Iglesia y para los jóvenes.

No podemos asumir el papel de espectadores. Esto transformaría el evento en mera cronología; de él no quedaría sino algún vago recuerdo, incapaz de crear auténticos dinamismos transformadores de la historia. Éste es precisamente el papel del profeta: movido por el Espíritu de Cristo y portador de la Palabra de Dios, es capaz de transformar la historia. Para que todo esto se cumpla en nuestra experiencia, el CG26 nos propone una implicación plena de nuestras personas. Todos estamos llamados a vivir este acontecimiento con responsabilidad, a captar la vital importancia y a reavivar cada día el interés y la disponibilidad para el camino que el Espíritu quiere que hagamos.

El Capítulo será significativo y fecundo si pasa del ser un puro “hecho”, que sucede en el tiempo y en el espacio, a una “experiencia” profunda que toca ante todo nuestra misma persona. Y la tocará, si en la realización del Capítulo somos capaces de encontrar a Dios. Desde ese momento comenzará la regeneración y el renacimiento; entonces podremos comunicar a todos los hermanos de la Congregación “lo que nosotros hemos oído, lo que nosotros hemos visto con nuestros ojos, lo que nosotros hemos contemplado y lo que nuestras manos han palpado” (1 Jn 1, 1).

El crecimiento personal y el servicio a la Congregación, que están en juego en la experiencia capitular, van juntos. Muchas veces se oye decir que la participación en un Capítulo General representa una experiencia intensa de formación permanente; y es verdad. Sin embargo, personalmente, preferiría hablar de una experiencia carismática en el sentido más profundo del término, es decir, de una experiencia del Espíritu y, tratándose de una asamblea, de un verdadero Pentecostés comunitario.

No se trata sólo de no defraudar a los hermanos, sino de no perder un “tiempo propicio”, un “kairós”; por lo tanto, de no defraudar a Dios y a los jóvenes, los dos polos que configuran nuestra identidad, alrededor de los cuales rueda nuestra vida y a cuyo servicio se justifica nuestro ser.

Operando el discernimiento

Precisamente porque el Capítulo no es un congreso, sino un tiempo de discernimiento, debemos vivirlo con esta actitud, que requiere preparación, seria reflexión, oración serena y profunda, aportación personal, conciencia de la propia adhesión, escucha de Dios y de uno mismo.

Desde esta perspectiva, tanto las jornadas de espiritualidad salesiana vividas en I Becchi y en Turín, como los Ejercicios espirituales, como los dos días de presentación de la Congregación a través de los Sectores y las Regiones, han contribuido a crear este clima espiritual. La atmósfera ideal en la que Dios realiza las maravillas y conduce la historia, también la de nuestra Congregación, es la caridad: “Ubi caritas et amor, Deus ibi est”.

El Espíritu actúa, sopla su aliento de vida y lanza sus llamas de fuego donde hay una comunidad reunida en el nombre de Cristo y unida por el amor. Es la comunión de los corazones la que nos convoca alrededor del mismo proyecto apostólico, el de Don Bosco, y hace posible la unidad en la diversidad de los contextos, de las culturas, de las lenguas.

Caminando con el Dios de la historia

Hoy la situación del mundo y de la Iglesia nos pide caminar con el Dios de la historia. No podemos renunciar a nuestra vocación de ser, como consagrados, la punta de diamante en el Reino de Dios, los centinelas del mundo y los sensorios de la historia. Nuestra vocación de “signos y portadores del amor de Dios” (Const 2) nos impulsa a ser cuanto el Señor espera de todos sus discípulos: “sal de la tierra y luz del mundo” (cfr. Mt 5, 14). He ahí las dos imágenes utilizadas por Jesús para definir y caracterizar a sus discípulos. Ambas son muy elocuentes y nos dicen que ponerse en seguimiento de Cristo no está determinado tanto por el “hacer” como por el “ser”, es decir, es más cuestión de identidad que de eficacia, más problema de presencia significativa que de actuaciones grandiosas.

También aquí, lo que importa no es tanto la renovación de la Congregación o su futuro, cuanto la pasión por Jesús y el Reino de Dios. Ésta es nuestra esperanza. Es aquí donde se encuentra la vitalidad, la credibilidad y la fecundidad de nuestro Instituto. En efecto, la apertura a las peticiones, a las provocaciones, a los estímulos y a los desafíos del hombre moderno, en nuestro caso a los de los jóvenes, nos libera de toda forma de esclerosis, de atonía, de inmovilidad, de aburguesamiento y nos pone en camino “al paso de Dios”. Entonces evitaremos mirar atrás, haciéndonos estatuas de sal, o ilusionarlos en estériles huidas adelante, no conformes con la voluntad de Dios.

Un elemento típico de Don Bosco y de la Congregación ha sido siempre la sensibilidad histórica y hoy, más que nunca, no podemos descuidarla. Ella nos hará atentos a las instancias de la Iglesia y del mundo. Nos hará “ir” y “salir” a la búsqueda de los jóvenes. Esto deberá traducirse en un documento capitular capaz de llenar de fuego el corazón de los hermanos. Dicho texto constituirá una verdadera hoja de ruta para los años futuros. He aquí por qué es importante la lectura de los “signos de los tiempos”, algunos de los cuales he querido indicar en ACG 394 en la carta de convocación del CG26.

Construyendo sobre la roca

En mi carta circular con el título “Tú eres mi Dios, fuera de ti no tengo ningún bien” (Sal 16, 2), publicada en ACG 382, hablaba de una vida consagrada de tipo liberal que ya ha agotado sus posibilidades y no tiene futuro. Se han hecho esfuerzos de renovación y se ha tratado de crecer, pero no exactamente según la lógica de una vida que está consagrada antes de todo a Dios. Muchas experiencias convalidan la sospecha de que se ha querido construir la casa sobre la arena, y no sobre la roca. Todo tentativo de refundar la vida consagrada que no nos lleve a Jesucristo, fundamento de nuestra vida (cf. 1 Cor 3, 11), y no nos haga más fieles a Don Bosco, nuestro fundador, está destinado a fracasar.

No cabe duda que la vida consagrada está viviendo un momento más delicado aún que el del inmediato postconcilio, a pesar de todos los esfuerzos de renovación llevados a cabo. Ante este panorama puede surgir la tentación de un simple retorno al pasado, donde recuperar seguridad y tranquilidad, a precio de una cerrazón a los nuevos signos de los tiempos, que nos impulsan a responder con mayor identidad, visibilidad y credibilidad.

La solución no está en opciones restauradoras; en efecto, no se puede sustraer a la vida consagrada la fuerza profética que siempre la ha distinguido y que la hace dinámica y contracultural. Como ya he dicho tantas veces, lo que está en juego durante el próximo sexenio no es la supervivencia, sino la profecía de nuestra Congregación. No debemos, por tanto, cultivar un “ensañamiento institucional”, tratando de prolongar la vida a cualquier costo; debemos, más bien, tratar con humildad, con constancia y con alegría, de ser signos de la presencia de Dios y de su amor por el hombre. Sólo así podremos ser una fuerza capaz de arrastrar y de fascinar.

Pues bien, para ser una presencia profética en la Iglesia y en el mundo, la vida consagrada debe evitar la tentación de adecuarse a la mentalidad secularizada, hedonista y consumista de este mundo y debe dejarse guiar por el Espíritu, que la ha hecho surgir como forma privilegiada de seguimiento y de imitación de Cristo. Podremos así conocer y asumir la voluntad de Dios sobre nosotros, en esta fase de la historia, y llevarlo dentro de nuestra vida con alegría, convicción y entusiasmo. “No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Rm 12, 2). No podemos olvidar que la vida cristiana, y con mayor razón la vida consagrada, no tiene otra vocación y misión que ser “sal de la tierra” y “luz del mundo”.

Sal de la tierra somos nosotros cuando vivimos el espíritu de las bienaventuranzas, cuando construimos nuestra vida a partir del sermón de la montaña, cuando vivimos una existencia alternativa. Se trata de ser personas que, frente a una sociedad que privilegia el éxito, lo efímero, lo provisional, el dinero, el placer, el poder, la venganza, el conflicto y la guerra, escogen la paz, el perdón, la misericordia, la gratuidad, el espíritu de sacrificio, comenzando por el círculo restringido de la familia o de la comunidad para extenderse luego a la sociedad.

Pero Jesús nos avisa acerca de la posibilidad de que la sal pierda su sabor, de que sus discípulos no sean auténticos. Él nos señala los efectos desastrosos de esto: “Para nada sirve sino para ser tirada al suelo y pisada por los hombres”. O somos discípulos con clara identidad evangélica y, por tanto, significativos y útiles para el mundo, o nos tienen que echar fuera y despreciar, somos infelices, no somos nada. El cristianismo, la fe, el evangelio, la vida consagrada tienen un valor social y una responsabilidad pública, porque son vocación y misión, y no pueden ser entendidos y vividos “para uso privado”.

Éste es el sentido de la exhortación con que Jesús concluye sus palabras: “Así brille vuestra luz ante los hombres”. Jesús quiere que sus discípulos hagan del discurso de la montaña un programa de vida. Mansedumbre, pobreza, gratuidad, misericordia, perdón, abandono en Dios, confianza, amor a los demás son, pues, las obras evangélicas que se deben hacer resplandecer, las que nos hacen llegar a ser “sal” y “luz”, las que nos ayudan a crear la sociedad alternativa que no permite a la humanidad corromperse del todo.

Nosotros, queridos hermanos, estamos llamados a ser esperanza, a ser luz y sal; estamos llamados a una misión hacia la sociedad y el mundo, una misión que se resume en una palabra: ¡santidad! Ser luz y sal quiere decir ser santos. El art. 25 de las Constituciones presenta la profesión como fuente de santificación. Después de haber hablado de los hermanos que, viviendo en plenitud el proyecto de vida evangélica, sirven de estímulo en nuestro camino de santificación, concluye así: “El testimonio de esta santidad, que se realiza en la misión salesiana, revela el valor único de las bienaventuranzas y es el don más precioso que podemos ofrecer a los jóvenes”.

Nos decía Juan Pablo II: “Sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial… Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este ‘alto grado’ de la vida cristiana ordinaria, que es precisamente la santidad”.[2] Parafraseando a Don Bosco, diría que es fascinante ser santos, porque la santidad es luminosidad, tensión espiritual, esplendor, luz, alegría interior, equilibrio, pureza, amor llevado hasta el extremo.

Si es verdad que la vida consagrada es “don divino”, que la Iglesia ha recibido de su Señor, “árbol plantado por Dios en la Iglesia”, “don especial que ayuda a la Iglesia en la misión salvífica” y que “pertenece de manera indiscutible a la vida y santidad de la Iglesia” (LG 43 y 44), se sigue que una celebración capitular es un evento eclesial en el sentido auténtico de la palabra. Se trata de un verdadero kairós, en el que Dios obra para llevar a la Iglesia a ser cada vez más esposa de Cristo, toda esplendente, sin mancha y sin arrugas.

 

5. Tema y objetivo del CG26

En un estudio lingüístico hecho el día después de la determinación del tema del CG26, don Julian Fox escribía que la palabra que aparecía con mayor frecuencia en las intervenciones del Rector Mayor, a partir de la presentación de los documentos del CG25, era “pasión”, unida ordinariamente a “da mihi animas”.[3] Su conclusión es que el “da mihi animas” de Don Bosco es lo que da contenido y sentido a la palabra “pasión”, usada por mí frecuentemente en mis escritos; dicho de otro modo, el término “pasión” describe muy bien el significado del “da mihi animas”.

Este lenguaje se ha hecho más intenso a partir del Congreso Internacional de la vida consagrada, celebrado en Roma a finales de noviembre de 2004, que tuvo precisamente como tema programático “Pasión por Cristo, pasión por la Humanidad”. Como miembro del Consejo ejecutivo y de la Comisión teológica de la USG, he tenido la posibilidad de contribuir a la elección de este tema, que pretendía poner de relieve la centralidad de la “pasión” en el testimonio actual de la vida consagrada.

Dentro de la tradición salesiana y en el contexto más amplio de la vida consagrada, dicha elección está ordenada a llevarnos a nosotros consagrados a cultivar una potente fuerza que arrastre, una inmensa energía que es precisamente la del deseo. La unión profunda entre “pasión” y “da mihi animas” pertenece a nuestra estructura genética, no a nivel formal, sino esencial. En este sentido, que es don carismático de nuestro fundador, tal “pasión” nos vincula profundamente a Dios y a los jóvenes. Por esto, la elección del tema “Da mihi animas, cetera tolle” ha querido ir a las raíces de nuestro carisma, a la “fundamental” opción espiritual y apostólica de Don Bosco, que él mismo ha dejado como programa de vida a los Salesianos (cf. Const. 4). En efecto, dicho lema sintetiza nuestra identidad carismática y nuestra misión.

Da mihi animas expresa una misión deseada, pedida, aceptada. La misión es don de Dios; es Él quien quiere estar entre los jóvenes por medio de nosotros, porque Él mismo quiere salvarlos, quiere darles su plenitud de vida; por esto la misión hay que desearla, porque nace en el corazón de Dios salvador y no de nuestra voluntad. La misión es, además, un don que debe ser pedido; el misionero de los jóvenes no es dueño ni de su vocación ni de los destinatarios; la misión se realiza en primer lugar en coloquio con el Señor de la mies; esto implica una relación profunda con Dios, verdadero requisito de toda misión. La misión es, además, un don que se acepta; esto pide la identificación con el carisma y el cuidado de la fidelidad vocacional a través de la formación inicial y la formación permanente; será esta fidelidad la que nos protegerá de la indiferencia para con Dios y con los jóvenes.

Cetera tolle representa la disposición interior y el esfuerzo ascético para acoger la misión. Es una opción de desapego de todo lo que nos aleja de Dios y de los jóvenes. Dicha opción nos pide: una vida personal y comunitaria más sencilla y más pobre, con una consiguiente reorganización institucional del trabajo, que nos ayude a superar el peligro de ser gestores de las obras más que evangelizadores de los jóvenes; la atención a las nuevas pobrezas de los jóvenes y de nuestros destinatarios en general; la apertura a las nuevas fronteras de la evangelización en un compromiso apostólico profundamente renovado.

El objetivo del CG26 es tocar el corazón del salesiano, para hacer que todo hermano sea “un nuevo Don Bosco”, ¡un intérprete suyo hoy! Hemos expresado esta meta diciendo que el CG26 quiere “despertar el corazón del Salesiano con la pasión del ‘Da mihi animas’”. Estamos seguros de alcanzar el objetivo, si cada salesiano se identifica con Don Bosco, acogiéndolo en la propia vida como “padre y modelo” (Const. 21). Para esto, deberemos renovar nuestra atención y nuestro amor a las Constituciones, captando toda su fuerza carismática.

A este respecto, querría indicaros de modo particular el capítulo segundo de las Constituciones que nos presenta el “espíritu salesiano”. Recordemos cuanto Don Bosco nos ha dejado escrito en su Testamento espiritual: “Si me habéis amado hasta ahora, seguid haciéndolo en adelante con la exacta observancia de nuestras Constituciones”.[4] Y Don Rua nos repite: “Cuando el Venerable Don Bosco mandó a sus primeros hijos a América, quiso que la fotografía lo representase en medio de ellos en el acto de entregar a Don Juan Cagliero, jefe de la expedición, el libro de nuestras Constituciones. ¡Cuántas cosas decía Don Bosco con aquella actitud!...Querría acompañaros yo mismo, confortaros, consolaros, protegeros. Pero lo que no puedo hacer yo, lo hará este librito. Guardadlo como preciosísimo tesoro”.[5] Y, finalmente, afirmaba don Rinaldi: “Todo Don Bosco se encuentra en ellas”.

 

6. Identidad carismática y pasión apostólica

El tema del CG26 “Da mihi animas, cetera tolle” tiene como subtítulo la expresión “identidad carismática y pasión apostólica”. Al fin y al cabo, la renovación profunda de que tiene necesidad la Congregación en esta hora histórica y a la que tiende este Capítulo General, depende de la unión inseparable de estos dos elementos. A mi parecer, hay que superar desde el principio el clásico dilema entre “identidad carismática y relevancia social”. De hecho, éste es un problema falso: en efecto, no se trata de dos factores independientes, y su contraposición puede traducirse en tendencias ideológicas que desfiguran la vida consagrada, se convierten en causa de inútiles tensiones y estériles esfuerzos, provocan un sentido de fracaso. Me pregunto pues: ¿dónde encontrar la identidad salesiana, la que garantiza la relevancia social de la Congregación, manifestada en el “fenómeno salesiano”, como fue llamado por Pablo VI, fruto de su increíble crecimiento vocacional y de su expansión mundial?

Nos sucede a nosotros lo que hoy vive la Iglesia. Ésta “está siempre ante dos imperativos sagrados que la mantienen en una tensión insuperable. Por una parte está vinculada a la memoria viva, a la asimilación teórica y a la respuesta histórica a la revelación de Dios en Cristo, que es origen y fundamento de su existencia. Por otra, está vinculada y es mandada a la comunicación generosa de la salvación ofrecida por Dios a todos los hombres, que ella alcanza a través de la evangelización, la celebración sacramental, el testimonio vivo y la colaboración generosa de cada uno de sus miembros. El cuidado de la identidad y el ejercicio de la misión son igualmente sagrados. Cuando la fidelidad a los orígenes y la preocupación por la identidad son desproporcionadas o son excesivas, la Iglesia se convierte en una secta y sucumbe al fundamentalismo. Cuando la preocupación por su relevancia ante la sociedad y ante las causas comunes de la humanidad es llevada hasta el límite, en que se olvidan las propias fuentes claras, entonces la Iglesia llega al borde de la disolución y finalmente de la insignificancia”.[6]

He aquí los dos elementos constitutivos para la Iglesia y, por lo tanto, para la Congregación: su identidad, que consiste en ser discípulos de Jesucristo, y su misión, que está centrada en trabajar por la salvación de los hombres, en nuestro caso la de los jóvenes. La preocupación obsesiva por la identidad desemboca en el fundamentalismo y así se pierde la relevancia. El afán por una relevancia social en el desarrollo de la misión, a cualquier precio y a costa de la pérdida de identidad, lleva, en cambio, a la disolución del mismo “ser Iglesia”.

Esto significa que la fidelidad de la Iglesia, y a fortiori la de la Congregación, depende de la unión inseparable de estos dos factores: identidad carismática y relevancia social. Con frecuencia, al plantear estos elementos como antagonistas o simplemente separándolos, “o identidad o relevancia”, nosotros podemos caer en una concepción equivocada de la vida consagrada, pensando que si hay mucha identidad de fe y de carisma, pueda sufrir su compromiso social y consiguientemente pueda haber poca significatividad de nuestra vida. Olvidamos que “la fe sin las obras es estéril” (Sant 2, 20). ¡No se trata de una alternativa, sino de una integración!

Hablando de la renovación de la vida consagrada, en el n. 2 del Decreto Perfectae Caritatis el Concilio Vaticano II proponía esta orientación de base: “La adecuada renovación de la vida religiosa comprende, a la vez, un retorno constante a las fuentes de toda vida cristiana y a la primigenia inspiración de los institutos y una adaptación de éstos a las cambiadas condiciones de los tiempos”.

Son tres las referencias de este programa de renovación: 1) una vuelta continua a las fuentes de toda vida cristiana; 2) una vuelta continua a la inspiración original de los institutos; 3) una adaptación de los institutos a las mudables condiciones de los tiempos. Pero hay antes un criterio que resulta normativo, es decir, las tres peticiones de la reforma van juntas: simul. No puede darse ninguna renovación adecuada con una sola de tales perspectivas. Tal vez éste ha sido el error de algunos tentativos fracasados de reforma de la vida consagrada. En el inmediato período postconciliar, mientras algunos subrayaban la inspiración originaria del instituto a través de una fuerte identidad, otros optaban por la adecuación a la nueva situación del mundo contemporáneo con un compromiso social más fuerte. Así las dos polarizaciones permanecían infecundas y sin una efectiva fuerza de convicción.

Muchas veces he compartido la profunda impresión que me hizo la visita a la Casa Madre de las Hermanas de la Caridad en Calcuta, precisamente por la convicción particular que Madre Teresa supo trasmitir a sus Hermanas: cuanto más te entregas a aquellos en quienes nadie piensa, los más pobres y necesitados, tanto más debes expresar la diferencia, la razón fundamental de esta preocupación, que es Cristo Crucificado. La única forma, en que se presenta claro el testimonio de la vida consagrada, se tiene cuando ésta es capaz de revelar que Deus caritas est. Madre Teresa escribía: “Una oración más profunda te lleva a una fe más vibrante, una fe más vibrante a un amor más expansivo, un amor más expansivo a una entrega más solidaria, una entrega más solidaria a una paz duradera”.

La identificación con la sociedad contemporánea, sin una profunda identificación con Jesucristo, pierde su capacidad simbólica y su fuerza inspiradora. Sólo esta inspiración hace posible la diferencia que la sociedad necesita. La sola identificación con un grupo social o con un determinado programa político, incluso cargado de impacto social, no es más elocuente ni creíble. Para este fin hay otras instituciones y organizaciones en el mundo de hoy.

He aquí cuanto Don Bosco supo hacer de modo extraordinario. Nos lo presenta en forma magistral nuestro texto constitucional en el artículo 21, hablando precisamente de Don Bosco como Padre y Maestro y ofreciéndonoslo como modelo. Las razones presentadas son tres:

a) Él logró realizar en la propia vida una espléndida armonía entre naturaleza y gracia
   - profundamente humano               - profundamente hombre de Dios
   - rico en las virtudes de su pueblo  - lleno de los dones del Espíritu Santo
   - estaba abierto a las realidades terrenas  - vivía como si viera al Invisible
     He aquí, pues, su identidad.

b) Ambos aspectos se fusionaron en un proyecto de vida fuertemente unitario: el servicio a los jóvenes
   - con firmeza y constancia
   - entre obstáculos y fatigas
   - con la sensibilidad de un corazón generoso
   - no dio un paso, ni pronunció palabra, ni acometió empresa que no tuviera por objeto la salvación de la  Juventud.
     He aquí su relevancia.

c) Realmente lo único que le interesó fueron las almas.
   - totalmente consagrado a Dios y plenamente entregado a los jóvenes
   - educaba evangelizando y evangelizaba educando
     He aquí la gracia de la unidad.

Hoy la Congregación tiene necesidad de esta conversión, que nos haga al mismo tiempo recuperar la identidad carismática y la pasión apostólica. Nuestro compromiso por la salvación de los jóvenes, especialmente los más pobres, pasa necesariamente a través de la identificación carismática.

En Don Bosco la santidad brilla desde sus obras, es verdad; pero las obras son sólo la expresión de su vida de fe. Unión con Dios es vivir en Dios la propia vida; es estar en Su presencia; es participación en la vida divina que hay en nosotros. Don Bosco hizo de la revelación de Dios y de su Amor, la razón de la propia vida, según la lógica de las virtudes teologales: con una fe que se hacía signo fascinante para los jóvenes, con una esperanza que era palabra luminosa para ellos, con una caridad que se hacía gesto de amor en sus relaciones.

 

7. Conclusión

Queridísimos hermanos Capitulares, el 3 de abril del 2002 fui elegido Rector Mayor por el CG25 y los días sucesivos fueron elegidos el Vicario y los otros Consejeros de Sector y de Región, con el mandato de animar y gobernar la Congregación en el sexenio 2002-2008. Durante estos seis años hemos tratado de vivir con intensidad dicho mandato, invirtiendo nuestras mejores energías.

Don Luc Van Looy, después de poco más de un año, fue llamado por el Santo Padre al ministerio episcopal como Obispo de la Diócesis de Gante en Bélgica. Esto nos obligó a nombrar un nuevo Vicario, don Adriano Bregolin, y, en consecuencia, un nuevo Regional para Italia y Medio Oriente en la persona de don Pier Fausto Frisoli. Uno de nosotros, don Valentín de Pablo, falleció mientras realizaba la Visita extraordinaria a la Visitaduría AFO. Dos Consejeros, don Antonio Domenech y don Helvécio Baruffi, han sido probados duramente por la enfermedad. Y, finalmente, el 23 de enero pasado el Santo Padre ha nombrado Obispo a don Tarcisio Scaramussa, Consejero para la Comunicación Social, confiándole el comprometido encargo de Auxiliar de la Arquidiócesis de Sâo Paulo.

Mientras agradezco a cada uno de los Consejeros su cercanía y su colaboración leal, generosa y calificada en las diversas funciones encomendadas a ellos, es hoy el momento de dar de nuevo la palabra a la Asamblea Capitular, que representa la máxima expresión de autoridad en la vida de la Congregación. A todos vosotros, pues, queridísimos hermanos, la palabra, pero también la invitación a abrir el corazón al Espíritu, el gran Maestro interior que nos guía siempre hacia la verdad y la plenitud de vida.

Concluyo confiando este acontecimiento pentecostal de nuestra Congregación a la Virgen, a María Auxiliadora. Ella ha estado siempre presente en nuestra historia y no dejará que nos falte su presencia y su auxilio en esta hora. Como en el Cenáculo, María, la experta del Espíritu, nos enseñará a dejarnos guiar por Él “para poder discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que le agrada y lo perfecto” (Rm 12, 2b).

 

Roma, 26 de febrero de 2008

Don Pascual Chávez Villanueva
Rector Mayor


[1] Cf. V. Bosco, Il Capitolo: momento di profezia per tenere il passo di Dio, Elle Di Ci, Torino 1980, p. 8.

[2] Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, n. 31. Cfr. También Caminar desde Cristo, n. 46.

[3] The referente is essentially to a sentence in n. 20 of CG25: “Cada comunidad está formada por hombres, inmersos en la sociedad, que expresan la pasión del ‘da mihi animas, cetera tolle’, con el optimismo de la fe, con la dinámica y la creatividad de la esperanza y con la bondad y entrega total de la caridad”. Each community expresses the Gospel-based passion of the ‘da mihi animas’. So white the RM doesn’t actually mention  the term ‘passion’ as the very first thing he wrote to the whole Congregation by way of the introduction to the CG25 documents, he is introducing a document that does, and he soon takes up the twin terms ‘passion’ and ‘da mihi animas’ in subsequent letters anyway. We can say that they were there from the beginning of his consciousness as Rector Major. (J. Fox, 06.04.2006).

[4] Cfr. Del  Testamento espiritual de San Juan Bosco”, Escritos de Don Bosco, en “Constituciones y Reglamentos”, ed. 1985, p. 260.

[5] Letrera circolare del 1 dicembre 1909, in Lettere circolari di Don Michele Rua ai Salesiani, Direzione Generale delle Opere Salesiane, Torinoi 1965, p. 498.

[6] O. González de Cardenal, Ratzinger y Juan Pablo II. La Iglesia entre dos milenios, Ed. Sígueme, Salamanca 2005, pp. 224 ss.


ANEXO 4

 

A su Santida Papa Benedicto XVI
Ciudad del Vaticano

 

Beatísimo Padre:

Sentimos una gran alegría y consideramos un estupendo don de Dios poder encontrar a Vuestra Santidad con ocasión de nuestro 26º Capítulo General. Gozo al poder presentarle los miembros del nuevo Consejo General, elegidos la semana pasada, y todos los demás Inspectores-Provinciales, juntamente con los respectivos delegados de las 96 Circunscripciones en las que está dividida nuestra Sociedad Salesiana. Están presentes también algunos invitados como observadores. En total, 233 miembros, que representan a los casi 16.000 Salesianos presentes en 129 países del mundo.

La alegría que causa en nosotros el encuentro con el Santo Padre es fruto y expresión de nuestro Carisma.  En efecto, nuestro Padre Don Bosco solía decir: “Toda fatiga es poca, cuando se trata de la Iglesia y del Papado” (MB V, 577; MBe V, 411). Él tenía una visión arraigada en la certeza de la presencia viva del Espíritu Santo en la Iglesia, en la convicción de que el Papa es el Vicario de Cristo en la tierra, y en la conciencia de que la Virgen es la Auxiliadora de los Cristianos. En coherencia con tales principios promovió y realizó iniciativas, tomó decisiones y aceptó misiones difíciles, siempre haciendo de la voluntad del Santo Padre un punto de referencia fundamental de su acción y de su espiritualidad. Este modo de sentir está vivo en nosotros, Beatísimo Padre y, con esto, además de expresar nuestra cercanía y adhesión a la persona del Papa, entendemos expresar nuestro Amor y nuestra plena entrega al servicio de la Iglesia.

El Capítulo que estamos celebrando ha focalizado su atención en un importante núcleo carismático de nuestra Congregación Salesiana: “Da mihi animas, cetera tolle”. Esta breve oración es el lema que Don Bosco escogió, desde los comienzos, para su apostolado entre los jóvenes. Él quería expresar así, al mismo tiempo, su total entrega a Dios, una gran pasión apostólica, y la disponibilidad total para toda renuncia, con tal de poder realizar su misión.

Durante este Capítulo General hemos querido confrontarnos con esta entrega total de nuestro Santo Fundador a Dios en los jóvenes. Nos hemos propuesto volver a Don Bosco y volver a partir de él con la voluntad de estudiarlo, amarlo, imitarlo e invocarlo, aplicándonos al conocimiento de su historia y de los orígenes de la Congregación; y todo esto para “volver a los jóvenes”, para estar a la escucha de sus invocaciones y hacernos cargo de sus inquietudes y de sus esperanzas, a la luz de la cultura actual.

Sentimos toda la actualidad del Carisma educativo del que somos portadores, Beatísimo Padre, y queremos vivirlo intensamente por el bien de la juventud como una aportación original a la misión evangelizadora de la Iglesia.

La celebración de un Capítulo General es siempre también un momento de evaluación y nos sentimos contentos de poder constatar que nuestros Hermanos están trabajando con fidelidad y eficacia en tantas partes del mundo. Hace treinta años el Rector Mayor, don Egidio Viganò había dado origen al “Proyecto África”. Una vasta iniciativa de hermanamientos misioneros ha hecho que nuestra presencia se pudiese multiplicar, extendiéndose hasta llegar a 42 países del continente. Hoy los Hermanos en África son más de 1200 y la mayor parte de ellos son autóctonos. En América Latina seguimos trabajando con gran empeño en el campo de la educación. Es siempre grande la atención a los jóvenes más pobres de las periferias urbanas, de la calle y también de las zonas menos desarrolladas del continente. En Asia y Oceanía, donde la religión católica está en un porcentaje pequeño, tenemos un gran florecimiento vocacional y la evangelización se lleva adelante con entusiasmo y con fruto, sobre todo entre las poblaciones de origen tribal. Así en India, en Indonesia, en Vietnam, en Timor, hasta las Islas Fiji y Samoa. Un sueño nos queda en el corazón, el de dedicarnos también a la juventud de la gran China y así llevar a cumplimiento el sueño misionero de Don Bosco. Cuando el Señor quiera abrir también esta puerta, será una gran alegría para toda la Iglesia y también para nuestra Congregación.

Somos conscientes, Santidad, de que la “missio ad gentes” es una vocación que nos llama con renovado compromiso también hacia el continente europeo, como también hacia las zonas más desarrolladas del continente norteamericano y de Australia. Don Bosco nos impulsa a buscar nuevos caminos para encontrar también a estos jóvenes, que muchas veces no presentan señales de pobreza material, pero ciertamente tienen una gran pobreza bajo el punto de vista espiritual; están en busca de respuestas y no tienen amigos del corazón; están hambrientos de vida y han perdido el sentido de la vida. Por todo esto el Capítulo General está orientado a formular un “Proyecto Europa”, atento a renovar la presencia salesiana con mayor incisión y eficacia en este continente. Es decir, buscar una nueva propuesta de evangelización para responder a las necesidades espirituales y morales de estos jóvenes, que nos parecen un poco como peregrinos sin guías y sin meta.

Beatísimo Padre, mientras renovamos los sentimientos de nuestra filial gratitud, Le aseguramos la oración constante por sus intenciones, por la Iglesia y por el mundo, y acogemos de Su Santidad con alegría las indicaciones que más claramente puedan marcar el camino de nuestra Congregación en los próximos seis años, que nos prepararán de manera inmediata a la celebración del bicentenario del nacimiento de Don Bosco (1815-2015).

Nos considere siempre sus devotísimos hijos y nos bendiga.

 

Don Pascual Chávez Villanueva
Rector Mayor

ANEXO 5

 

Discurso de Su Santidad BENEDETTO XVI
en la audiencia a los Capitulares del 31 de marzo de 2008

 

Queridos miembros del Capítulo General de la Congregación Salesiana:

Me es cosa grata reunirme hoy con vosotros, cuando vuestros trabajos alcanzan ya su fase conclusiva. Agradezco ante todo al Rector Mayor, el Padre Pascual Chávez Villanueva, los sentimientos que ha expresado en nombre de todos vosotros, confirmando la voluntad de la Congregación de actuar siempre con la Iglesia y por la Iglesia, en plena sintonía con el Sucesor de Pedro. También le doy las gracias por el generoso servicio desempeñado durante el sexenio pasado y le expreso mis mejores votos con vistas al cargo que acaba de serle renovado. Saludo también a los miembros del nuevo Consejo General, que ayudarán al Rector Mayor en su tarea de animación y de gobierno de toda vuestra Congregación.

En el Mensaje que, al iniciarse vuestros trabajos, dirigí al Rector Mayor, y por mediación suya a los capitulares, expresé algunas expectativas que la Iglesia deposita en los salesianos, y formulé también algunas consideraciones con vistas al camino de vuestra Congregación. Hoy quisiera recuperar y profundizar alguna de aquellas indicaciones, a la luz también de la labor que estáis desempeñando. Vuestro XXVI Capítulo General tiene lugar en un período de grandes cambios sociales, económicos, políticos, de complejos problemas éticos, culturales y medioambientales, de conflictos irresolutos entre etnias y naciones. En este tiempo nuestro existen, por otro lado, comunicaciones más intensas entre los pueblos, nuevas posibilidades de conocimiento y de diálogo y un debate más vibrante acerca de los valores espirituales que dan sentido a la existencia. En especial, el llamamiento que nos dirigen los jóvenes, principalmente con sus interrogantes sobre los problemas fundamentales, responde a los deseos intensos de vida plena, de amor auténtico, de libertad constructiva que abrigan. Se trata de situaciones que afectan profundamente a la Iglesia y a su capacidad de anunciar en la actualidad el Evangelio de Cristo con toda su carga de esperanza. Espero  vivamente, por lo tanto, que toda la Congregación Salesiana, gracias también a los resultados de vuestro Capítulo General, pueda vivir con impulso y fervor renovados la misión para la que el Espíritu Santo, mediante la intervención maternal de María Auxiliadora, la ha suscitado en la Iglesia. Deseo hoy animaros a vosotros y a todos los salesianos a proseguir por el camino de esta misión permaneciendo plenamente fieles a vuestro carisma original, en el contexto del bicentenario de Don Bosco, ya inmediato.

Con el tema “Da mihi animas, cetera tolle”, vuestro Capítulo General se ha propuesto reavivar la pasión apostólica en todos los salesianos y en toda la Congregación. Ello ayudará a caracterizar mejor el perfil del salesiano, de manera que éste tome cada vez mayor conciencia de su identidad de persona consagrada “para la gloria de Dios” y se vea cada vez más inflamado de afán pastoral “para la salvación de las almas”. Quiso Don Bosco que la continuidad de su carisma en la Iglesia quedara asegurada gracias a la opción de la vida consagrada. Hoy también el movimiento salesiano podrá crecer en fidelidad carismática sólo si en su seno subsiste un núcleo fuerte y vital de personas consagradas. Por eso, y con vistas a consolidar la identidad de toda la Congregación, vuestro primer compromiso estribará en reforzar la vocación de todo salesiano a vivir en plenitud la fidelidad a su llamada a la vida consagrada. Toda la Congregación debe tender a ser continuamente “memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado encarnado ante el Padre y ante los hermanos” (Vita consecrata, n. 22). ¡Que Cristo sea el centro de vuestra vida! Hay que dejarse llevar por Él y desde Él caminar siempre. Todo lo demás ha de considerarse una “pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús”, y todas las cosas deben ser tenidas por “basura para ganar a Cristo” (Flp 3,8). De ahí nacen el amor ardiente al Señor Jesús, la aspiración a identificarse con Él, asumiendo sus sentimientos y forma de vida; el  abandono confiado en el Padre y la dedicación a la misión evangelizadora que deben caracterizar a todo salesiano, quien debe saberse elegido para seguir a Cristo obediente, pobre y casto según las enseñanzas y los ejemplos de Don Bosco.

Por desgracia, el proceso de secularización que avanza en la cultura contemporánea, ni siquiera respeta las comunidades de vida consagrada. Por ello hay que vigilar ante formas y estilos de vida que amenazan con debilitar el testimonio evangélico, inutilizar la acción pastoral y precarizar la respuesta vocacional. Por eso os pido que ayudéis a vuestros hermanos a custodiar y reavivar su fidelidad a la llamada. La oración que Jesús elevó al Padre antes de su Pasión para que cuidara en su nombre a todos los discípulos que le había dado y para que ninguno de ellos se perdiera (cf. Jn 17,11-12), puede aplicarse concretamente a las vocaciones de especial consagración. He aquí por qué “la vida espiritual (…) debe ocupar el primer lugar en el programa” de vuestra Congregación (Vita consecreta, n. 93). ¡Que la Palabra de Dios y la liturgia sean las fuentes de la espiritualidad salesiana! Y que, en especial, la lectio divina, practicada a diario por todo salesiano, y la Eucaristía, celebrada cada día en común, sean su alimento y sustento. De ahí nacerá la espiritualidad auténtica de la dedicación apostólica y de la comunión eclesial. La fidelidad al Evangelio vivido sine glossa y a vuestra Regla de vida, y particularmente un estilo de vida austero y una pobreza evangélica practicada de manera coherente; el amor fiel a la Iglesia y vuestra generosa entrega a los jóvenes, en especial a los más necesitados y desfavorecidos, serán garantía de prosperidad para vuestra Congregación.

Don Bosco constituye un ejemplo señero de una vida inspirada toda ella por la pasión apostólica, vivida al servicio de la Iglesia en el seno de la Congregación y de la Familia Salesiana. De San José Cafasso aprendió vuestro fundador a abrazar el lema “Da mihi animas, cetera tolle” como síntesis de un modelo de acción pastoral inspirado en la figura y en la espiritualidad de San Francisco de Sales. El horizonte en el que semejante modelo se sitúa es el de la primacía absoluta del amor de Dios, un amor capaz de forjar personalidades ardientes, deseosas de contribuir a la misión de Cristo para incendiar toda la tierra con el fuego de su amor (cf. Lc 12,49). Junto con el ardor del amor de Dios, la otra característica del modelo salesiano es la conciencia del valor inestimable de las “almas”. Esta percepción genera, por contraste, un sentido vivo del pecado y de sus devastadoras consecuencias en el tiempo y en la eternidad. El apóstol está llamado a colaborar en la acción redentora del Salvador para que nadie se pierda. “Salvar las almas” fue, pues, la única razón de ser de Don Bosco. El beato Miguel Rua, su primer sucesor, así sintetizó toda la vida de vuestro amado padre y fundador: “No dio paso, no pronunció palabra, no acometió empresa alguna que no tuviera como objetivo la salvación de la juventud (…). En verdad, sólo le importaban las almas”.

Hoy también urge alimentar esta pasión en el corazón de todo salesiano. Así no temerá penetrar con audacia en los ámbitos más difíciles de la acción evangelizadora a favor de los jóvenes, especialmente de los más pobres en lo material y en lo espiritual. Tendrá la paciencia y el valor de proponer a los jóvenes que vivan su misma totalidad de entrega en la vida consagrada. Tendrá el corazón abierto para descubrir las nuevas necesidades de los jóvenes y para escuchar su invocación de ayuda, dejando en su caso a otros los campos de intervención pastoral que ya estuvieran consolidados. Con este fin, afrontará las exigencias integrales de la misión con una vida sencilla, pobre y austera, compartiendo las mismas condiciones de vida de los más pobres, y tendrá la alegría de dar más a quien en la vida menos haya recibido. Así, su pasión apostólica también se contagiará e implicará a otros. De ahí que el salesiano se convierta en promotor del sentido apostólico, ayudando ante todo a los jóvenes a conocer y a amar al Señor Jesús, a dejarse conquistar por Él, a cultivar la tarea evangelizadora, a querer hacer el bien a sus coetáneos, a ser apóstoles entre otros jóvenes como lo fueron Santo Domingo Savio, la beata Laura Vicuña, el beato Ceferino Namuncurá y los cinco jóvenes beatos mártires del centro juvenil de Poznan. Queridos salesianos: Dedicaos a formar seglares con corazón apostólico, invitando a todos a caminar en esa santidad de vida que produce discípulos valientes y auténticos apóstoles.

En el Mensaje que he dirigido al Rector Mayor al iniciarse vuestro Capítulo General, he querido entregar idealmente a todos los salesianos la Cartaque envié recientemente a los fieles de Roma, en la que se refleja la preocupación por la que he definido como una gran urgencia educativa. “Educar nunca ha sido fácil, y hoy parece volverse cada vez más difícil: de ahí que no pocos padres y docentes se vean tentados a renunciar a su tarea y ni siquiera logren entender ya cuál es realmente la misión que tienen encomendada. Y es que son demasiadas las incertidumbres y las dudas que circulan en nuestra sociedad y en nuestra cultura; demasiadas las imágenes distorsionadas que los medios de comunicación social vehiculan. De esta manera se vuelve difícil proponer a las nuevas generaciones algo válido y cierto, unas reglas de comportamiento y unos objetivos merecedores de que se les consagre la vida” (Discurso en la entrega a la diócesis de Roma de la “Carta sobre la tarea urgente de la educación”, 23-2-08). En realidad, el aspecto más grave de la urgencia educativa es la sensación de desaliento que embarga a muchos educadores, particularmente padres y docentes, ante las dificultades a las que su misión se enfrenta hoy en día. Y esto es lo que escribía en la Carta citada: “Alma de la educación, como de la vida entera, sólo puede serlo una esperanza fiable. Hoy nuestra esperanza se ve asechada por muchos lados, y nosotros también corremos el peligro de convertirnos de nuevo, al igual que los antiguos paganos, en hombres ‘sin esperanza y sin Dios en el mundo’, como escribía el apóstol Pablo a los cristianos de Éfeso (Ef 2,12). Precisamente de ahí nace lo que tal vez constituya la dificultad más profunda para una labor educativa auténtica: y es que en el origen de la crisis de la educación existe una crisis de confianza en la vida” que en el fondo, no es sino desconfianza en el Dios que nos ha llamado a la vida (Carta a la diócesis y a la ciudad de Roma sobre la tarea urgente de la educación, 21-1-08). En la educación de los jóvenes resulta extremadamente importante que la familia sea un sujeto activo. Pero ésta encuentra a menudo dificultades a la hora de afrontar los desafíos de la educación; muchas veces es incapaz de ofrecer su aportación específica, cuando no brilla por su ausencia. La predilección y el compromiso por los jóvenes, que caracterizan el carisma de Don Bosco, deben traducirse en un compromiso análogo por la implicación y la formación de las familias. Por eso vuestra pastoral juvenil debe abrirse con decisión a la pastoral familiar. Cuidar de las familias no significa restar fuerzas al trabajo a favor de lo jóvenes, antes al contrario, dar a éste mayor duración y eficacia. Por eso, os animo a estudiar en profundidad las formas que puede adoptar este compromiso que ya habéis emprendido, lo que redundará en beneficio de la educación y evangelización de los jóvenes.

Ante tan numerosas tareas es menester que vuestra Congregación asegure, particularmente a sus miembros, una formación sólida. La Iglesia necesita con urgencia personas de fe sólida y profunda, dotadas de una preparación cultural actualizada, una sensibilidad humana auténtica y un acusado sentido pastoral. Necesita personas consagradas que dediquen su vida a permanecer en esas fronteras. Sólo así será posible evangelizar eficazmente. Vuestra Congregación deberá, pues, dedicarse a esta tarea formativa como a una prioridad. Deberá seguir formando con gran esmero a sus miembros sin conformarse con la mediocridad, superando las dificultades propias de la fragilidad vocacional, favoreciendo un acompañamiento espiritual seguro y garantizando mediante una formación permanente la calificación educativa y pastoral.

Concluyo dando gracias a Dios por la presencia de vuestro carisma al servicio de la Iglesia. Os animo a alcanzar las metas que vuestro Capítulo General propondrá a toda la Congregación. Os aseguro mi oración por la realización de lo que el Espíritu querrá sugeriros por el bien de los jóvenes, de las familias y de todos los seglares que participan del espíritu y de la misión de Don Bosco. Con estos sentimientos imparto ahora a todos vosotros, como prenda de abundantes mercedes celestiales, la bendición apostólica.

Ciudad del Vaticano, 31 marzo 2008

 

ANEXO 6

 

Discurso del Rector Mayor
Don Pascual Chávez Villanueva
en la clausura del CG26

 

EL CG 26:
UNA HOJA DE RUTA HACIA EL JUBILEO DEL 2015
Bajo el lema delDa mihi animas, cetera tolle

 

Queridísimos hermanos:

Concluimos hoy este Pentecostés salesiano. ¡Sí! Esto ha querido ser el Capítulo General 26: un Pentecostés, un momento de particular apertura al Espíritu del Señor. Todavía resuenan en nuestros corazones las palabras que el Papa Benedicto XVI nos dirigió en el mensaje de la apertura de nuestra asamblea: “El carisma de Don Bosco es un don del Espíritu para todo el Pueblo de Dios, pero sólo en la escucha dócil y en la disponibilidad a la acción divina es posible interpretarlo y hacerlo actual y fecundo, incluso en este tiempo nuestro… Derramando sobre los Capitulares la abundancia de sus dones, Él llegará al corazón de los Hermanos, los hará arder en su amor, los inflamará en deseos de santidad, los impulsará a abrirse a la conversión y los reforzará en su audacia apostólica”.[1]

1.      El evento capitular: breve crónica

En efecto, precisamente así hemos querido vivir el Capítulo: bajo la guía del Espíritu Santo, para que fuese Él quien nos ayudara a comprender mejor, actualizar y hacer fecundo el carisma de nuestro Fundador y Padre. Durante estos días, hemos experimentado la acción del Espíritu, que inflamaba nuestro corazón para hacernos testimonios elocuentes y valientes del Señor Jesús, para llevar a los jóvenes la buena noticia de su resurrección y proponerles la experiencia gozosa del encuentro con Él.

Las jornadas vividas en los lugares salesianos (San Francisco de Asís, Valdocco, Colle Don Bosco, Basílica de María Auxiliadora y Santuario de la Consolata) han sido espléndidas, apreciadas por todos por la oportunidad de estar en contacto inmediato con la cuna – carismática, espiritual y apostólica – de nuestra Congregación. Para algunos era la primera vez que tenían la alegría de visitar “nuestros lugares santos”, para otros era la primera vez que escuchaban una presentación de Don Bosco, no tanto planteada sobre anécdotas de familia que contar y ni siquiera sobre curiosidades históricas que esclarecer, sino más bien como una experiencia espiritual y carismática que revivir. En una palabra, aquellos días fueron para todos un modo concreto y – espero y deseo – un primer paso para “volver a partir de Don Bosco”.

Los frutos deberán ser copiosos: el deseo de profundizar en mayor medida la herencia espiritual que se nos ha transmitido, el compromiso para hacer conocer mejor a Don Bosco y nuestra historia salesiana, la voluntad de preparar formadores de salesianidad y, finalmente, el deseo de valorizar más estos lugares vinculados con nuestro carisma.

La presentación del estado de la Congregación, a través de la relación audiovisual de los Dicasterios y de las Regiones, ha querido expresar el propósito de ir más allá de la entrega de un libro, con la relación del Rector Mayor. El objetivo específico ha sido el de informar puntualmente a los Capitulares sobre el estado de la Congregación, para favorecer una visión global y un sentido de responsabilidad común. La Congregación es de todos nosotros y todos somos corresponsables de su crecimiento, de sus recursos, de sus desafíos.

Los Ejercicios Espirituales se han vivido como un verdadero ejercicio del Espíritu, superando la tentación de reducir la propuesta espiritual a un conjunto de temas de estudio o de actualización teológico-espiritual. Estos días de retiro han ayudado a crear la atmósfera de fe que es absolutamente indispensable para hacer del Capítulo una experiencia de escucha de Dios, de docilidad al Espíritu, de fidelidad a Cristo. Me han parecido ejemplares – también porque no es común encontrar este ambiente en otras experiencias de Ejercicios Espirituales – el silencio, la oración personal prolongada en la adoración eucarística, la celebración de la Reconciliación. Hay que notar, además, que los Ejercicios nos han dado elementos de iluminación importantes por lo que se refiere a una mayor comprensión teológica del carisma, de la misión y de la espiritualidad salesiana.

En su desarrollo concreto, los temas nos han ofrecido claves de lectura significativas para aprender a ser hombres de esperanza, implicados en el designio maravilloso de Dios de salvar la humanidad, con la mística del “Da mihi animas”, que hace del amor de Dios la fuerza arrastrante, y con la ascética del “cetera tolle”, que nos impulsa a entregar nuestra vida hasta el último aliento. Un elemento importante desde esta perspectiva ha sido la clarificación sobre la misión, que no consiste tanto en hacer cosas como en ser signo del amor de Dios. Precisamente este Amor es la única energía capaz de liberar, en cada uno de nosotros, las mejores potencialidades. Sabemos que debemos vivir todo esto bajo el signo de la gratuidad y de la gracia. Sólo así se alcanza aquel don particular de Dios, la “gracia de unidad”, por el que todo es consagración y todo es misión. Por lo que se refiere a los destinatarios, hemos oído cómo Don Bosco se sintió carismáticamente “tocado” por el riesgo que podía poner en peligro la felicidad temporal y eterna (la “salvación”) de los jóvenes: el abandono en que se podían encontrar frente a Dios y a los demás, un abandono provocado por su misma pobreza, a veces dramática. Por todo esto Don Bosco es para nosotros padre, maestro y modelo. Él, en la escuela de María Inmaculada y Auxiliadora, quiso caracterizar su identidad religiosa poniendo como puntos básicos de su vida la primacía absoluta de Dios, el deseo de una continua unión con Él, para corresponder plenamente a su voluntad (obediencia), como expresión de un amor total (castidad), en la expoliación y en la renuncia de todo lo que podía impedir su más completa entrega a la misión (pobreza).

Querría recorrer de nuevo ahora con vosotros las etapas de este camino de Gracia que ha sido nuestro Capítulo General.

La primera semana del Capítulo (3-8 de marzo) estuvo dedicada a los procesos jurídicos ordinarios (presentación y aprobación del Reglamento del CG26, elección de los Moderadores), y sobre todo al estudio de la Relación del Rector Mayor por parte de la diversas Regiones. Éstas, reflexionando sobre  la Relación, individuaron los grandes desafíos que emergen del estado de la Congregación y, en consecuencia, las líneas de futuro que presentar al Rector Mayor y a su Consejo en vista de la programación de animación y gobierno para el sexenio 2008 – 2014.

El estudio de la Relación ha sido un elemento fundamental para la profundización del tema capitular, teniendo en cuenta que más que nunca este Capítulo se proponía no tanto la elaboración de un documento, cuanto la renovación de la vida de la Congregación con la apremiante llamada a “volver a partir de Don Bosco”. Habernos dado cuenta de dónde estamos, nos permite descubrir mejor el camino de “vuelta a Don Bosco”, los elementos que recuperar para volver a partir de él con un renovado impulso.

La segunda semana (10-15 de marzo) estuvo totalmente ocupada en el estudio de los tres primeros núcleos temáticos. Se presentaron también las cuestiones afrontadas por la Comisión Jurídica, especialmente las que tenían que ver con la configuración del Consejo General. En efecto, era necesario llegar a las elecciones habiendo respondido a las peticiones de las inspectorías o de hermanos en particular. Por lo que se refiere al estudio de los núcleos temáticos ha sido particularmente apreciado el “instrumento de trabajo” como punto de partida de la reflexión capitular. Esto, por una parte, representaba la prueba evidente del buen trabajo realizado por la Comisión Precapitular; por otra, subrayaba también la validez de la aportación ofrecida al CG26 por los diversos Capítulos Inspectoriales. Estoy contento de ello, porque, como había escrito en la carta de convocación, el CG26, como proceso de reflexión, ha tenido su inicio precisamente en las Inspectorías, con el estudio de los temas propuestos y la activación de un camino de renovación. Las Comisiones, por tanto, han trabajado sobre un texto que era capitular y no ya pre-capitular, un verdadero documento de partida y no sólo un subsidio. Las aportaciones ofrecidas por las Comisiones lo han enriquecido y perfeccionado. Se ha tratado de puntualizaciones y cambios no sólo lingüísticos, sino orientados sobre todo a responder, del modo más adecuado, a la situación según la variedad de los contextos sociales, culturales, políticos y religiosos en que la Congregación se encuentra trabajando. Ésta ha sido la función de la Asamblea, que con razón ha sido así el verdadero autor del documento capitular.

La tercera semana (17-20 de marzo) estuvo centrada más claramente en el trabajo en Asamblea, para compartir el trabajo hecho por las Comisiones. Fue el momento en que pudo tener espacio también el pensamiento y la preocupación de los capitulares que querían ayudar a iluminar el tema, hacer sentir sensibilidades y visiones diversas, favorecer, bajo los diversos aspectos, una votación del  documento que fuese más consciente, más personal, más responsable. Un subrayado habría que hacer sobre el hecho que de las intervenciones muchas veces emergía lo que mayormente nos preocupa. Así, por ejemplo, hablando de la urgencia de evangelizar, se ha visto claramente que debe ser entendida y vivida en la forma en que nosotros salesianos evangelizamos; y esto tanto por lo que se refiere a nuestros destinatarios prioritarios (los jóvenes), como por lo que se puede referir a las modalidades de la evangelización. Hablando de la necesidad de convocar, se debe hacer con la misma convicción de Don Bosco, para ayudar a los jóvenes a descubrir el sueño de Dios sobre su vida y animarlos a dar a Dios al menos una oportunidad. Las vocaciones – lo decía yo mismo en el discurso de apertura – no son una misión, sino el fruto de la misión, cuando ésta se hace bien. Si a esto añadimos la constatación de las muchedumbres inmensas de jóvenes que viven en situaciones de extrema precariedad y de lucha por su supervivencia, o de otros que, aún no teniendo problemas de pobreza material, llevan la vida “sin brújula”, o acaso destrozan este don precioso con opciones que no satisfacen o que resultan ser camino de autodestrucción, no podemos no preocuparnos para hacer madurar vocaciones. Hablando de la pobreza  evangélica, vemos en ella una invitación del Señor a hacer nuestra su bienaventuranza, viviendo libres del afán de los bienes terrenos, superando la tentación del enriquecimiento, asumiendo un estilo de vida austero, sencillo, que libere nuestro corazón y nuestra mente de tantas cosas que obstaculizan nuestra entrega total a la misión, haciéndonos menos creíbles. La riqueza es un verdadero peligro: hace a los hombres miopes respecto de los valores duraderos (ver el rico necio, Lc 12,13-21), duros de corazón en relación con los pobres (ver la parábola del pobre Lázaro y el rico epulón, Lc 16,19-31), idólatras al servicio de Manmona (ver las palabras de Jesús sobre el uso del dinero, Lc 16,9-13). Se trata de uno de los temas más candentes, pero también de una opción que tiene una gran fuerza liberadora para nosotros y para los demás. Y todavía: cuando se habla de las nuevas fronteras debemos hacerlo no como activistas de los derechos humanos, ni como colaboradores de ONG bien intencionados, sino como educadores consagrados, que tratan de responder a las necesidades de los jóvenes, sin prejuzgar las obras que tenemos y que cumplen un servicio significativo. Por esto, repito aquí cuando he dicho en la “Síntesis Global y Visión Profética” de mi relación inicial: es importante que las obras respondan a las necesidades de los jóvenes, con nuevas presencias, donde sean necesarias, o con una presencia nueva, donde ya estamos, pero debemos renovarnos.[2]

La cuarta semana (24-29 de marzo) se vivió en un clima de discernimiento para la elección del Rector Mayor, de su Vicario y de los Consejeros. Se trataba de uno de los objetivos principales y, al mismo tiempo, de una de las tareas más delicadas del Capítulo General. Guiados por el P. José María Arnáiz, como capitulares hemos logrado entrar en la atmósfera espiritual que nos ha hecho conscientes, libres y responsables para expresar nuestro parecer a través del voto personal. En general, todas las elecciones se han vivido con tranquilidad, aunque en la evaluación hecha al final, se ha notado la necesidad de favorecer un mayor conocimiento de las esperanzas en cada Dicasterio o Región y de definir mejor el perfil del Consejero que elegir, con informaciones más cuidadas sobre los nombres de los posibles candidatos. No hay duda de que en la composición del Consejo General intervienen muchos factores: ante todo, los sentimientos de aquellos cuyos nombres son presentados como candidatos, por tanto, la sensibilidad cultural en el desarrollo del proceso, además del deseo legítimo de buscar la representatividad de toda la Congregación. Sin embargo, la alta convergencia alcanzada en la elección del Rector Mayor y de todos los Consejeros ha sido un signo de la unidad de la Congregación en la diversidad de las realidades que la constituyen

Esta unidad en la diversidad ha tenido una expresión particular en la noche de fiesta y fraternidad después de la elección del Rector Mayor. El largo aplauso dado a los Consejeros que han terminado su servicio (don Antonio Domenech, don Gianni Mazzali, don Francis Alencherry, Mons. Tarcisio Scaramussa, don Albert Van Hecke, don Filiberto Rodríguez, don Joaquim D’Souza, comprendidos los Consejeros difuntos en el ejercicio de su trabajo, don Valentín de Pablo y don Helvécio Baruffi) ha sido la expresión del reconocimiento por el servicio desempeñado a favor de la Congregación, en la animación de un Sector o de una Región. Siempre respecto de las elecciones no se puede dejar de subrayar una novedad muy significativa, como ha sido el nombramiento del primer Salesiano Coadjutor como miembro del Consejo General.

La quinta semana (31 de marzo – 5 de abril) se inició con la visita al Vaticano y la Audiencia con el Santo Padre. La visita a la Basílica de San Pedro, donde fuimos acogidos por el Card. Angelo Comastri, Arcipreste de la Basílica, nos dio la gracia de renovar nuestra profesión de fe delante de la urna de las reliquias del Apóstol Pedro y de rezar delante de la estatua de Don Bosco, pidiendo el valor de poder gritar como él “Da mihi animas, cetera tolle”. El encuentro con el Papa Benedicto XVI fue uno de los eventos culminantes del CG26, en sintonía con la visión eclesial y espiritual de Don Bosco. Las palabras del Santo Padre a los Capitulares fueron acogidas como líneas iluminantes y programáticas. En los días sucesivos, las Comisiones y la Asamblea reanudaron el estudio de la primera redacción hecha por el Grupo de redacción. Se continuó así el trabajo desarrollado en la Semana Santa, antes de la semana de las elecciones, reemprendiendo el estudio de los cinco núcleos en comisión y en asamblea. Se hizo también una votación sobre los diversos temas presentados por la Comisión Jurídica. La semana se concluyó con la visita a las Catacumbas de San Calixto, adonde quisimos ir para hacer memoria agradecida de los Rectores Mayores, en particular, de los tres últimos, don Luigi Ricceri, don Egidio Viganò y don Juan Edmundo Vecchi, permaneciendo en oración junto al hipogeo donde están sepultados, después de la celebración eucarística y la comida. En mi oración personal he querido agradecer al Señor el don hecho a la Congregación por medio de cada uno de ellos. Al pedir la ayuda y la intercesión de estos mis predecesores, he pedido también para todos los Hermanos la gracia de saber ir a las fuentes de nuestra propia identidad (“volver a Don Bosco”) para encontrar un camino de futuro (“volver a partir de Don Bosco”. Nuestro camino futuro de fidelidad nace de la fidelidad de quien nos ha precedido.

No os oculto que me he preguntado muchas veces: “Pero ésta ¿es verdaderamente una experiencia pentecostal? ¿Y el Espíritu Santo actúa realmente por medio de nosotros para renovar la Congregación calentando el corazón de los hermanos?”. Creo que sí. El Espíritu Santo no cambia las situaciones exteriores de la vida, sino las interiores; Él tiene el poder de renovar las personas y de transformar la tierra. Él ha obrado ante todo en cada uno de nosotros, reuniéndonos, implicándonos en un proyecto común, haciéndonos responsables de elaborar todo lo que hace posible una renovación de identidad, de visibilidad y de credibilidad de nuestra vida y de nuestra misión.

Por lo que se refiere al trabajo desarrollado por la Comisión Jurídica, ésta examinó cada una de las propuestas llegadas de los Capítulos Inspectoriales, de cada hermano en particular, del Consejo General, de los Capitulares. Todo ello para una presentación clara a la Asamblea, que habría debido expresar luego su parecer. Leyendo la historia de la Congregación, nos damos cuenta del peso que han tenido los diversos Capítulos Generales para la configuración de las estructuras de animación y de gobierno en los diversos niveles (local, inspectorial y mundial). Ciertamente para lograr algunos cambios en las estructuras han sido necesarios diversos Capítulos Generales; y esto, no tanto a causa de lentitud o falta de valor para introducir modificaciones significativas, sino más bien porque no siempre se podía tener una visión completa de cuanto entraba en juego con estas opciones. La vuelta, también en este Capítulo General, a la reflexión sobre algunos aspectos de la actual configuración del Consejo General significa que hay necesidad de un estudio serio, con soluciones alternativas, que presente una propuesta realmente renovadora y válida en su plenitud. De todo esto nació una primera orientación aprobada por la Asamblea Capitular: la de hacer, a lo largo del sexenio, una evaluación del Gobierno central de la Congregación (composición y funcionamiento), de tal modo que su servicio sea más eficaz y cercano a los hermanos.

2.     Lectura ‘profética’: hacia una “comprensión” de cuanto ha sucedido

El Capítulo ha producido un documento, con cinco fichas de trabajo, interdependientes entre ellas, sobre los grandes temas ya indicados en la carta de convocación: “Vuelta a Don Bosco para volver a partir de él”, “La urgencia de evangelizar”, “La necesidad de convocar”, “La pobreza evangélica” y “Las nuevas fronteras”. Estas fichas de trabajo han querido hacer concreto el lema “Da mihi animas, cetera tolle”, aplicando el esquema ya conocido del CG25 (Llamada de Dios, Situación, Líneas de acción) y enriquecido con algunos criterios de evaluación, que indican las metas que alcanzar: la mentalidad que  madurar y las estructuras que cambiar.

Considero que el documento final es verdaderamente bueno y constructivo, teniendo en cuenta la variedad de contextos y situaciones en que la Congregación se encuentra encarnando el carisma de Don Bosco. Toca ahora a cada Región e Inspectoría el trabajo de contextualizar las grandes líneas de acción, con las consiguientes intervenciones, para hacer que respondan mejor a las situaciones y a los desafíos concretos.

Estoy seguro de que todos los Hermanos encontrarán páginas estimulantes, que ayuden a dinamizar su vida y a calificar la misión salesiana. Tal vez el conjunto puede parecer no tan radical; sin embargo, estoy convencido de que, si se toma en serio, suscitará entusiasmo y, sobre todo, permitirá a todos renovarse espiritualmente y recuperar impulso apostólico.

El documento presupone un buen conocimiento de la realidad social y también de la realidad de la Congregación y expresa el deseo de hacer en ellas una transformación. Nos lo ha recordado el Santo Padre en el Discurso al CG26, el 31 de marzo: “Vuestro XXVI Capítulo General se coloca en un período de grandes cambios sociales, económicos, políticos; de acentuados problemas éticos, culturales y ambientales; de conflictos no resueltos entre etnias y naciones. En este tiempo nuestro hay, por otra parte, comunicaciones más intensas entre los pueblos, nuevas posibilidades de conocimiento y de diálogo, una confrontación más vivaz respecto de los valores espirituales que dan sentido a la existencia. En particular, las demandas que los jóvenes nos dirigen, sobre todo  sus preguntas sobre los problemas de fondo, hacen referencia a los intensos deseos de vida plena, de amor auténtico, de libertad constructiva que ellos nutren. Son situaciones que interpelan a fondo a la Iglesia y su capacidad de anunciar hoy el Evangelio de Cristo con toda su carga de esperanza”.[3]

En efecto, no se puede hablar de evangelización o de vocaciones, de la sencillez de vida y de las nuevas fronteras sin tener en la mente el escenario donde vivimos y trabajamos y los desafíos que está encontrando la vida salesiana y su misión.

Hemos tenido en mente los rostros y las urgencias de los jóvenes más necesitados, destinatarios de nuestra misión. Los hemos escogido como “predilectos” nuestros, precisamente porque la predilección por los pobres “está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza”.[4] Tal fe ha sido asumida por Don Bosco y hecho pasar a la tradición salesiana (cf. Const. 11).

¿Cuáles son, pues, las claves de lectura del documento?

-           La primera: Calentar el corazón de los hermanos, volviendo a partir de Cristo y de Don Bosco. No se trata de una operación para suscitar un sentimiento superficial o un entusiasmo pasajero. Está más bien en juego el compromiso fatigoso y urgente de una conversión, de una vuelta al desierto – como fue para Israel -, para encontrar allí al amante de los primeros días, el que nos encantó y llenó de promesa y de futuro nuestra vida (cf. Os 2,16-25). Tenemos necesidad de un encuentro con el Señor que venga a hablarnos al corazón, que nos ayude a volver a encontrar nuestras mejores energías, las que brotan del corazón; que venga a dar alegría y encanto a nuestra vida, a ayudarnos a profundizar nuestras motivaciones, a reforzar nuestras convicciones, a estimularnos a caminar en el signo de le fidelidad a la alianza, ordenando nuestra vida personal, comunitaria e institucional según los valores del Evangelio y según el carisma de Don Bosco.

Me viene a la mente la historia de aquel monje “bueno y conformista”, que va a su Abad a pedir un consejo para mejorar su vida, según los relatos de los Padres del desierto:

Sucedió una vez – se cuenta – que Abbá Lot fue a encontrar a Abbá José y le dijo:

  • Abbá, por cuanto puedo sigo una pequeña regla, practico todos los pequeños ayunos, hago un poco de oración y meditación, me mantengo sereno y, por lo que me es posible, conservo puros mis pensamientos. ¿Qué más debo hacer?
    Entonces el viejo monje se puso de pie, alzó las manos al cielo y sus dedos se convirtieron en diez antorchas de fuego. Y dijo:
  • ¿Por qué no te transformas en fuego?.[5]

He aquí el objetivo que alcanzar con este Capítulo: ¡transformarnos en fuego! La historia nos lleva directamente a la elocuente y densa escena de Pentecostés: “Se les aparecieron unas lenguas de fuego, que, separándose, se fueron posando sobre cada uno de ellos. Y quedaron llenos del Espíritu Santo” (Hch 2,3-4 a). “Calentar el corazón” no significa otra cosa que transformarse en fuego, tener los pulmones llenos de Espíritu Santo.

Todo esto está en sintonía con lo que ha sido el lema del Congreso sobre la Vida Consagrada (noviembre de 2004), en el que hemos querido interpretar y vivir nuestra vida religiosa, partiendo de una gran pasión por Cristo y una gran pasión por la Humanidad.

A la luz de estas dos grandes pasiones las prioridades principales son:

  • La espiritualidad. Esto comporta un compromiso del todo particular para que la Palabra de Dios y la Eucaristía sean verdaderamente el centro de la vida del consagrado y de su comunidad. Estamos convencidos de que la persona consagrada debe ser signo y memoria viviente de la dimensión trascendente que existe en el corazón de todo ser humano.
  • La comunidad. Somos conscientes de que el testimonio de la comunión, abierta a todos los que tienen necesidad, es fundamental en nuestro mundo y llega a ser no sólo sostén para la fidelidad de los religiosos, sino también testimonio de una forma alternativa de vida al modelo imperante, que nos hace retroceder con frecuencia hacia formas de individualismo.
  • La misión, que realizar y vivir sobre todo en las fronteras misioneras como la exclusión, la pobreza, la secularización, la reflexión, la formación y la educación a todos los niveles.

Nos parecen ser éstos los “lugares” donde los consagrados deben estar presentes para expresar la dimensión misionera de la Iglesia. Pero la misión comprende también la “pasión” – entendida como sufrimiento o enfermedad – de tantos religiosos que continúan rezando por la Iglesia y por los obreros de la mies, y la “pasión” como martirio de tantos religiosos encarcelados o matados a causa del Reino. Ellos representan la mejor expresión del Evangelio.

Si queremos sentir arder nuestro corazón e inflamar de pasión el de los hermanos debemos recorrer el mismo camino de los discípulos de Emaús. “Se trata – decía en la homilía del día siguiente a mi reelección – más que de un camino material, de un recorrido mistagógico, de un auténtico itinerario espiritual, válido hoy ante todo porque pone en evidencia la que es nuestra situación: la de personas desencantadas, que tienen un conocimiento de Jesús, pero sin una verdadera experiencia de fe; que conocen las Escrituras, pero no han encontrado la Palabra. Por esto, se abandona Jerusalén y la comunidad apostólica y se vuelve a cuanto se ha vivido antes. El camino de Emaús es un camino que nos lleva de la Escritura a la Palabra, de la Palabra a la Persona de Cristo en la Eucaristía, y de ésta nos lleva a la comunidad para permanecer allí. Allí podremos ver confirmada nuestra fe encontrando a los hermanos: ‘¡Verdaderamente el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!’”.

-           La segunda clave de lectura es la Labor misionera o la urgencia de evangelizar, no impulsados por un afán proselitista, sino por la pasión por la salvación de los demás, por la alegría de compartir la experiencia de plenitud de vida en Jesús.

Durante el Capítulo uno de los núcleos y, al mismo tiempo, también un tema transversal ha sido precisamente el de la urgencia de evangelizar. El Apóstol Pablo expresaban esto con una especie de imperativo existencial: “¡Ay de mí si no predicase el Evangelio!” (1 Cor 9,16b). Este intenso sentido misionero encarna perfectamente el mandato que Jesús dirige a sus discípulos: Sed mis “testigos hasta los extremos confines de la tierra” (Hch 1,8). Don Bosco hizo propia esta llamada acuciante de Jesús y ya apenas aprobadas las Constituciones (1874), el 11 de noviembre de 1875, envió la primera expedición misionera a América Latina.

El CG26 nos invita a ponernos en sintonía con la que fue la inspiración originaria de Don Bosco, la dimensión misionera de su vida, pero también de su carisma. Todo esto representa un punto fundamental del testamento espiritual que él nos dejó. El Capítulo apenas concluido nos ofrece la oportunidad para comprender mejor cuál es la respuesta que estamos llamados a dar hoy.

La urgencia de la labor misionera, hoy, es particularmente viva porque, en primer lugar, todo el mundo ha vuelto a ser “tierra de misión”; en segundo lugar porque, hoy, hay una manera diversa de concebir la misión, de realizar la “missio ad gentes”. En efecto, ésta se realiza en el respeto de los diversos ambientes culturales, en diálogo con las otras confesiones cristianas y las diversas religiones, y nos compromete en la promoción humana y en la transformación de la cultura (cf. EN 19).

Pero, ¿de dónde provenía el espíritu misionero de Don Bosco? ¿Cuáles fueron las razones de su inmenso celo misionero?

A mi parecer hay tres grandes elementos, que deben constituir un punto de referencia para todos nosotros.

  • El primero es el de ser obedientes al mandato del Señor Jesús que, en el momento de la Ascensión, antes de dejar este mundo para subir al Padre, nos ha dicho: “seréis mis testigos hasta los extremos confines de la tierra” (Hch 1,8). Nos ha dado así todo el mundo como campo de evangelización y esto hasta el fin de la historia. Para nosotros Salesianos, como en general para todos los creyentes, la primera razón para ser evangelizadores es, pues, la obediencia al mandato del Señor Jesús.

  • El segundo elemento de la dimensión misionera de Don Bosco es la convicción del valor fermentador y de la función transformadora que tiene el Evangelio, su capacidad de fermentar todas las culturas. En la ‘carta magna’ de la evangelización, la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi de 1975, Pablo VI escribió que el Evangelio se puede inculturar en todas las culturas, es decir, se puede expresar diversamente según las culturas, sin que se identifique con ninguna de ellas. Ni siquiera con la cultura hebrea en la que Jesús nació, en el sentido de que  ninguna cultura concuerda plenamente con la novedad del Evangelio. Por esto, todas las culturas son llamadas a dejarse purificar y elevar. No existe auténtica evangelización, si ésta no toca el alma de la cultura, ese conjunto de valores a los que hacen referencia los centros de decisión de la persona. Toda cultura es importante, porque representa el  espacio donde las personas nacen, crecen, se desarrollan, aprenden a relacionarse, a afrontar la vida; pero se debe también reconocer que cada cultura tiene sus límites y tiene necesidad de la luz del Evangelio. Por tanto hoy, cuando hablamos de la urgencia de evangelizar, no estamos pensando sólo en Oceanía, en Asia, en África, en América Latina, sino también en Europa, la cual más que nunca tiene necesidad del Evangelio y del carisma salesiano.

  • El tercer elemento, muy específico del carisma de Don Bosco, es su predilección por los jóvenes, consciente de que en las políticas de los gobiernos y en el tejido social de los pueblos, a pesar de todas las declaraciones, ellos no cuentan y parece que se deban resignar a ser sólo consumidores de productos, de experiencias y sensaciones. Pero esto no corresponde al Evangelio, a la praxis y a la lógica de Jesús, que cuando se le puso la pregunta “¿Quién es el más importante?”, llamó a un niño junto a Él y lo puso en el centro. ¡Poner a los jóvenes en el centro de nuestra atención misionera! Éste es uno de los elementos más específicos del rico patrimonio espiritual que Don Bosco nos ha dejado. Y el compromiso que se nos ha confiado es el de llevarlo a todas las culturas donde nosotros vamos y trabajamos y donde, con frecuencia, los jóvenes no cuentan. La grandeza de Don Bosco ha sido precisamente ésta: haber hecho de los jóvenes protagonistas, no sólo de su educación, sino también de su experiencia pedagógica y espiritual. Don Bosco, al inaugurar caminos nuevos como sacerdote, ha creído en los jóvenes y se ha consumido totalmente, con su genio apostólico, para asegurarles oportunidades de desarrollar todas sus dimensiones y energías de bien, para hacer valer sus derechos, para hacerles responsables (sobre todo los mejores) de la continuación de su obra en la historia.

En el Capítulo, después de haber insistido en la urgencia de evangelizar, hemos recordado que nosotros Salesianos desempeñamos esta misión según el carisma pedagógico que nos es propio. “La pastoral de Don Bosco no se reduce nunca a sola catequesis o a sola liturgia, sino que se ensancha a todos los concretos compromisos pedagógico/culturales de la condición juvenil. (…) Se trata de aquella caridad evangélica que se concreta (…) en liberar y promover al joven abandonado y descarriado”.[6]

Si no es salesiana la educación que no abre el joven a Dios y al destino eterno del hombre, no lo es tampoco la evangelización que no tiende a formar personas maduras en todos los sentidos y que no sabe adaptarse o no respeta la condición evolutiva del muchacho, del adolescente, del joven.

Es verdad que en algunos contextos secularizados la Iglesia encuentra particulares dificultades para evangelizar las nuevas generaciones. Aunque evidentemente los sondeos y las estadísticas no son la última palabra y se deben considerar diversas tipologías del modo de vivir religioso, que comprenden también formas de intensa espiritualidad, no se puede negar que en varios países hay signos de una progresiva cristianización. Se nota que tanto la práctica religiosa como las convicciones profundas son más débiles entre los jóvenes. “Se trata de un estrato de la población más sensible a las modas culturales y ciertamente más herido por la secularización ambiental”.[7] Parece que hay un divorcio entre las nuevas generaciones de jóvenes y la Iglesia. La ignorancia religiosa y los prejuicios que cada día asumen acríticamente por ciertos medios de comunicación han alimentado en ellos la imagen de una Iglesia-institución conservadora, que va contra la cultura moderna, sobre todo en el campo de la moral sexual. Por esto resulta normal para muchos de ellos devaluar o relativizar todas las ofertas religiosas que se les proponen.

Otro drama particularmente grave es la ruptura que se ha creado en la cadena de transmisión de la fe de una generación a la otra. Los espacios naturales y tradicionales (familia, escuela, parroquia) se revelan ineficaces para la transmisión de la fe. Por tanto, crece la ignorancia religiosa en las nuevas generaciones y así entre los jóvenes continúa la “emigración silenciosa extra-muros de la Iglesia”. “Las creencias religiosas se tiñen de pluralismo y siguen cada vez menos un canon eclesial: por tanto, lentamente descienden los niveles de práctica religiosa: sacramentos y oración”.[8]

No es fácil definir la imagen que los jóvenes tienen de Dios, pero ciertamente el Dios cristiano ha perdido la centralidad respecto de un Dios mediático que lleva a la divinización de las figuras del mundo del deporte, de la música, del cine. El joven siente la pasión por la libertad y no se detiene ante las puertas de las iglesias. Son tantos los jóvenes que piensan que la Iglesia es un obstáculo para su libertad personal.

Frente a esta situación nos podemos preguntar: ¿qué educación ofrecen las instituciones escolásticas y eclesiales? ¿Por qué la demanda religiosa ha sido borrada del horizonte vital de los jóvenes? El muchacho, el adolescente, el joven son generosos por naturaleza y se entusiasman por las causas que valen verdaderamente la pena. ¿Entonces, por qué Cristo ha cesado de ser significativo para ellos?

La Iglesia, si quiere permanecer fiel a su misión de sacramento universal de salvación, debe aprender los lenguajes de los hombres y de las mujeres de todo tiempo, etnia y lugar. Y nosotros Salesianos, de modo particular, debemos aprender a utilizar el lenguaje de los jóvenes. No hay duda que en la Iglesia de hoy, pero también dentro de nuestras instituciones, existe un “serio problema de lenguaje”. En el fondo se trata de un problema de comunicación, de inculturación del Evangelio en las realidades sociales y culturales, un problema de educación en la fe para las nuevas generaciones. He aquí, pues, un desafío y un deber para nosotros hoy: ser educadores capaces de comunicar con los jóvenes y de transmitirles el gran tesoro de la fe en Jesucristo.

La educación salesiana, en la transmisión de la fe y de los valores, parte siempre de la situación concreta de cada persona, de su experiencia humana y religiosa, de sus angustias y ansias, de sus alegrías y de sus esperanzas, privilegiando siempre la experiencia y el testimonio. Cuida la pedagogía de la iniciación cristiana, de tal modo que Cristo sea aceptado más como el amigo que nos salva y nos hace hijos de Dios, que no como el legislador, que nos carga de dogmas, preceptos o ritos. Se ponen en evidencia los aspectos positivos y festivos de toda experiencia religiosa, fieles a Don Bosco en el sueño de los nueve años: “Ponte ahora mismo a instruirlos sobre la fealdad del pecado y la belleza de la virtud”[9]

“Evangelizar educando” quiere decir para nosotros saber proponer la mejor de las noticias (la persona de Cristo) adaptándonos y respetando la condición evolutiva del muchacho, del adolescente, del joven. El joven busca la felicidad, la alegría de la vida y siendo generoso es capaz de sacrificarse para alcanzarlas, si verdaderamente les mostramos un camino convincente y si nos ofrecemos como compañeros competentes de viaje. Los jóvenes estaban convencidos de que Don Bosco quería su bien, que deseaba su felicidad aquí en la tierra y en la eternidad. Por esto aceptaban el camino que él les proponía: la amistad con Jesús, Camino, Verdad y Vida.

Don Bosco nos enseña a ser al mismo tiempo educadores y evangelizadores (“gracia de unidad”). Como evangelizadores conocemos y buscamos la meta: llevar a los jóvenes a Cristo. Como educadores debemos saber partir de la situación concreta del joven y lograr encontrar el método adecuado para acompañarlo en su proceso de maduración. Si como pastores sería una vergüenza renunciar a la meta, como educadores sería un fracaso no lograr encontrar el método adecuado para motivarlos a emprender el camino y para acompañarlos con credibilidad.

-           La tercera clave de lectura es el tema de las “Nuevas Fronteras” como lugar natural para la vida consagrada y como llamada a hacerse presente en los lugares de mayor degradación y necesidad, desde el punto de vista tanto religioso como cultural, ecológico, social.

Conscientes de que la misión es la razón de nuestro ser salesianos y que las necesidades y las esperanzas de los jóvenes determinan nuestras obras, en el Capítulo General uno de los temas más debatidos ha sido precisamente el de las “nuevas fronteras”, donde los jóvenes nos esperan. Se trata de fronteras no sólo geográficas, sino económicas, sociales, culturales y religiosas. Aquí debemos obrar con el criterio que guió las opciones de Don Bosco, es decir, “dar más a quien ha recibido menos”.

Estoy contento de que, desde hace años, en la Congregación esté creciendo la sensibilidad y la preocupación, la reflexión y el compromiso por el mundo de la marginación y del malestar de los jóvenes. Esta realidad no representa ya un sector particular, identificado con alguna obra especial o animado sólo por algún hermano particularmente motivado. La atención a los últimos, a los más pobres, a los más menesterosos está llegando a ser una “sensibilidad institucional” que, poco a poco, implica muchas obras de las Inspectorías. Se han multiplicado las plataformas sociales, se ha dado lugar a un trabajo en red y se está operando en sinergia con otras agencias que trabajan en el mismo campo. Es como si hubiese comenzado a “salir de los muros”, girando por la ciudad y escuchando el grito y la invocación de auxilio de los jóvenes. Todo esto, para nosotros, significa renovar la predilección por los más pobres, por los más abandonados y por los que se encuentran en una situación de peligro psicocosocial: muchachos perdidos, maltratados, víctimas de abusos y opresiones. Con el mismo corazón de Don Bosco sentimos que tenemos que encontrar nuevas formas de oposición al mal que aflige a tantos jóvenes. Sentimos también el deber de invertir la tendencia cultural y social, sobre todo a través de lo que es nuestra riqueza específica: ser portadores de un sistema educativo que es capaz de cambiar el corazón de los jóvenes y de transformar la sociedad. No podemos dar como ‘caridad’ lo que les corresponde a ellos como ‘justicia’. En este año, en que se celebra el 60º aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos, debemos dar un paso adelante y plantear todo nuestro proyecto educativo en la órbita  de los derechos de los menores, como indicaba en el Aguinaldo de 2008.

Recordando la experiencia de Don Bosco

Estando a cuanto escribe el mismo Don Bosco en las “Memorias del Oratorio”, la experiencia que lo descompuso y solicitó a una nueva manera de ser sacerdote fue su contacto con los muchachos de la cárcel de Turín. Él la cuenta con estas palabras: “Me horroricé al contemplar una muchedumbre de muchachos, de doce a dieciocho años; al verlos allí, sanos, robustos y de ingenio despierto, pero ociosos, picoteados por los insectos y faltos de pan espiritual y material”.[10]

He aquí un primer elemento que registrar: Don Bosco vio, escuchó, supo comprender la realidad social, leer su significado y sacar las consecuencias. De esta experiencia nació en Don Bosco una inmensa compasión por aquellos muchachos. En el contacto con ellos sintió la urgencia de ofrecerles un ambiente de acogida y una propuesta educativa según sus necesidades: “En circunstancias así, constaté que algunos volvían a aquel lugar porque estaban abandonados a sí mismos. ¿Quién sabe, - decía entre mí - si estos muchachos tuvieran fuera un amigo que se preocupara de ellos, los asistiera e instruyera en la religión los días festivos, quién sabe si no se alejarían de su ruina o, por lo menos, no se reduciría el número de los que vuelven a la cárcel? Trasmití mi pensamiento a Don Cafasso; con su consejo y ayuda, me dediqué a estudiar cómo llevarlo a cabo”.[11]

Y he aquí un segundo elemento que percibir en la experiencia de nuestro Padre Don Bosco: la fantasía pastoral, la que le llevó a crear con imaginación y generosidad respuestas adecuadas a los nuevos desafíos. Todo esto implicaba el hacerse cargo de ello en primera persona y crear las estructuras que pudieran hacer posible un mundo mejor y alternativo para aquellos muchachos.

Es así como Don Bosco piensa ante todo prevenir estas experiencias negativas, acogiendo a los muchachos que llegan a la ciudad de Turín en busca de trabajo, los huérfanos o aquellos cuyos padres no pueden o no quieren cuidarse de ellos, los que vagan por la ciudad sin un punto de referencia afectivo y sin una posibilidad material para una vida digna. Les ofrece una propuesta educativa, centrada en la preparación para el trabajo, que los ayuda  recuperar confianza en sí mismos y el sentido de la propia dignidad. Ofrece un ambiente positivo de alegría y amistad, en el que asuman casi por contagio los valores morales y religiosos. Ofrece una propuesta religiosa sencilla, adecuada a su edad y sobre todo alimentada por un clima positivo de alegría y orientada hacia el gran ideal de la santidad.

Consciente de la importancia de la educación de la juventud y del pueblo para la transformación de la sociedad, Don Bosco se hace promotor de nuevos proyectos sociales de prevención y de asistencia. Piénsese en la relación con el mundo del trabajo, en los contratos con los patronos del trabajo, en el tiempo libre, en la promoción de la instrucción y cultura popular. Aunque Don Bosco no habló explícitamente de los derechos de los muchachos – no estaba en la cultura del tiempo – operó tratando de darles dignidad y de insertarlos en la sociedad en condiciones tales que pudieran afrontar la vida con éxito (“empowerment”).

Finalmente, he aquí un tercer elemento, a mi parecer muy significativo, que caracterizó la experiencia de Don Bosco. Él percibió que no era suficiente aliviar la situación de malestar y de abandono en que vivían sus muchachos (acción paliativa). Cada vez más claramente se sintió llevado a hacer un cambio cultural (acción transformadora), a través de un ambiente y una propuesta educativa que pudieran implicar a muchas personas identificadas con él y con su misión. Todo esto representó no sólo el comienzo de una institución (el Oratorio de Valdocco), sino también el primer desarrollo de aquella intuición particular que llevó a Don Bosco a dar comienzo a un vasto movimiento para la salvación de la juventud: la Familia Salesiana (cf. Const. 5). Las necesidades eran muchas. Buscó así, antes de todo, la colaboración de su madre, luego la de algún sacerdote diocesano. Con sus mejores jóvenes dio inicio a la Sociedad de San Francisco de Sales, luego fundó el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora y puso en acto la Asociación de los Cooperadores. Su mente era un continuo “sueño del bien de los jóvenes”. Su corazón era una continua “expresión del amor de Dios por los jóvenes”.

Nosotros, como Salesianos, continuamos cultivando en el corazón esta pasión por los más pobres, por los abandonados, por los últimos. Cuanto más conozco la Congregación, extendida en los cinco continentes, más me doy cuenta de que como Salesianos hemos tratado de ser fieles a este criterio fundamental de ser cercanos y solidarios con los más necesitados, preocupándonos por las realidades juveniles que la sociedad no quiere ver: los muchachos de la calle, los adolescentes soldado, los niños obreros, los muchachos explotados en el maldito turismo sexual, los evacuados a causa de la guerra, los inmigrantes, las víctimas del alcohol y de la droga, los enfermos del SIDA/HIV, los muchachos privados de sentido religioso… Como decía antes, constatamos que hoy la sensibilidad entre nosotros ha crecido y, gracias a Dios, sigue creciendo. Hoy el trabajo de los pioneros ha sido asumido por la Institución, y sobre todo se está adquiriendo una mentalidad que nos permite colocarnos en todas partes con esta clave de lectura, haciendo la opción a favor de los más excluidos y marginados. Es una gracia notar que en la Congregación está creciendo esta mentalidad: “dar más a quien ha recibido menos”.

Mientras en los países en vías de desarrollo predominan rostros de muchachos marcados por la pobreza material, en los países desarrollados el sello que los caracteriza es la pérdida del sentido de la vida, la rendición ante el consumismo, el hedonismo, el indiferentismo, la tóxicodependencia. Las respuestas, pues, se deben diferenciar necesariamente.

A la luz de estas grandes dimensiones que pueden y deben cambiar nuestra vida y actividad apostólica se hace más evidente y urgente nuestra necesidad de convertirnos a la esencialidad, a una vida pobre, austera y sencilla, que sea expresión del total desapego de todo lo que puede impedir entregarnos hasta el fondo a los que el Señor nos ha confiado.

3.        Opciones hechas y orientación para hacerlas operativas; perspectivas de animación y gobierno.

Las dimensiones antes mencionadas han tenido una primera traducción en las diversas fichas del documento. En efecto, las grandes opciones del CG26 para el renacimiento espiritual y el impulso apostólico se han expresado en las “Líneas de acción” de cada uno de los temas. Tales líneas nos ofrecen orientaciones que asumir, que hacer pasar del papel a la vida. En efecto, no pueden ser meras declaraciones de intentos, sino convertirse en verdadero programa de vida, de animación y gobierno, de propuesta educativa pastoral.

Para el tema “Volver a partir de Don Bosco”, hemos deliberado:

    Volver a Don Bosco
    Línea de acción 1
    Comprometerse a  amar, estudiar, imitar, invocar y hacer conocer a Don Bosco, para volver a partir de él.

    Volver a los jóvenes
    Línea de acción 2
    Volver a los jóvenes, especialmente a los más pobres, con el corazón de Don Bosco.

    Identidad carismática y pasión apostólica
    Línea de acción 3
    Redescubrir el significado del Da mihi animas cetera tolle como programa de vida espiritual y pastoral.

Para el tema “Urgencia de evangelizar”, hemos deliberado:

    Comunidad evangelizada y evangelizadora
    Línea de acción 4
    Poner el encuentro con Cristo en la Palabra y en la Eucaristía en el centro de nuestras comunidades, para ser discípulos auténticos y apóstoles creíbles.

    Centralidad de la propuesta de Jesucristo
    Línea de acción 5
    Proponer con alegría y valor a los jóvenes  vivir la existencia humana como la vivió Jesucristo.

    Educación y evangelización
    Línea de acción 6
    Cuidar en todo ambiente una más eficaz integración de educación y evangelización, en la lógica del Sistema Preventivo.

    Evangelización en los diversos contextos
    Línea de acción 7
    Inculturar el proceso de evangelización para dar respuesta a los desafíos de los contextos regionales.

Para el tema “Necesidad de convocar”, hemos deliberado:

    Testimonio como primera propuesta vocacional
    Línea de acción 8
    Testimoniar con valor y con alegría la belleza de una vida consagrada, entregada totalmente a Dios en la misión juvenil.

    Vocaciones para el compromiso apostólico
    Línea de acción 9
    Suscitar en los jóvenes el compromiso apostólico por el Reino de Dios con la pasión del Da mihi animas cetera tolle y favorecer su formación.

    Acompañamiento de los candidatos a la vocación consagrada salesiana
    Línea de acción 10
    Hacer la propuesta explícita de la vocación consagrada salesiana y promover nuevas formas de acompañamiento vocacional y de aspirantado.

    Las dos formas de la vocación consagrada salesiana
    Línea de acción 11
    Promover la complementariedad y la especificad de las dos formas de la única vocación salesiana y asumir un renovado empeño por la vocación del salesiano coadjutor.

Para el tema “Pobreza evangélica”, hemos deliberado:

    Línea de acción 12
    Testimonio personal y comunitaria
    Dar un testimonio creíble y valiente de pobreza evangélica, vivida personal y comunitariamente en el espíritu del Da mihi animas cetera tolle.

    Línea de acción 13
    Solidaridad con los pobres
    Desarrollar la cultura de la solidaridad con los pobres en el contexto local.

    Línea de acción 14
    Gestión responsable y solidaria de los recursos
    Gestionar los recursos de modo responsable, transparente, coherente con los fines de la misión, activando las necesarias formas de control a nivel local, inspectorial y mundial.

Para el tema “Nuevas fronteras”, hemos deliberado:

    Prioridad principal: los jóvenes pobres
    Línea de acción 15 (cfr.  línea de acción 13)
    Operar opciones valientes a favor de los jóvenes pobres y en peligro.

    Otras prioridades: familia, comunicación social, Europa.
    Línea de acción 16
    Asumir una atención privilegiada a la familia en la pastoral juvenil; potenciar la presencia educativa en el mundo de los media; relanzar el carisma salesiano en Europa.

    Nuevos modelos en la gestión de las obras
    Línea de acción 17
    Revisar el modelo de gestión de las obras para una presencia educativa y evangelizadora más eficaz.

El reclamo de las líneas de acción del CG26 en este discurso conclusivo tiene la finalidad de reforzar la importancia de su asunción e ‘inculturación’ por parte de las Regiones y de cada Inspectoría. Serán el “mensaje concreto” del CG26, que deberá ser estudiado y traducido, a nivel pastoral, en los diversos contextos, señalando también criterios de verificación y elementos de evaluación.

Me detengo en el “Proyecto Europa”.

Hoy, más que nunca, nos damos cuenta de que nuestra presencia en Europa debe ser repensada. El objetivo – como ya decía en el saludo al Santo Padre con ocasión de la Audiencia concedida a los miembros el CG26 – “pretende renovar la presencia salesiana con mayor incisión y eficacia en este continente. Es decir, buscar una propuesta de evangelización para responder a las necesidades espirituales y morales de estos jóvenes, que nos parecen un poco como peregrinos sin guías y sin meta”.

Se trata, pues, de rejuvenecer con personal salesiano las Inspectorías más necesitadas para hacer más significativo y fecundo el carisma salesiano en la Europa de hoy. Por esto, quiero esclarecer que:

  • Esto es un proyecto de Congregación;
  • implicará a todas las Regiones y las Inspectorías con el envío de personal;
  • para robustecer las comunidades, llamadas a ser interculturales y a hacer presente a Don Bosco entre los jóvenes, especialmente los más pobres, abandonados y en peligro;
  • todo ello será confiado a la coordinación de los tres Dicasterios para la Misión.

Este proyecto exigirá obviamente un cambio estructural en las comunidades del Viejo Continente. “Vino nuevo en odres nuevos”. Por tanto, no una obra de simple “mantenimiento de estructuras”, sino un proyecto nuevo para expresar una presencia nueva, al lado de los jóvenes de hoy. Nos movemos con el corazón de Don Bosco, ricos de su pasión por Dios y por los jóvenes, para colaborar en la construcción de una Nueva Europa, para que haya verdaderamente “un alma”, para que vuelva a encontrar sus robustas raíces espirituales y culturales, para que a nivel social dé espacio y ofrezca oportunidades para propuestas de educación y cultura, sin discriminaciones u opciones de exclusión social.

Entre las prioridades os señalo las más importantes:

  • crear nuevas presencias para los jóvenes,
  • estimular iniciativas dinámicas e innovadoras,
  • promover vocaciones.

Todo esto debería ayudar a los Salesianos que trabajan en este contexto a lograr una mentalidad cada vez más europea, robustecer la sinergia entre las Inspectorías en los diversos sectores y reforzar la colaboración a nivel Regional.


4.        Hacia el bicentenario del nacimiento de Don Bosco: la Congregación en estado de vuelta a Don Bosco para volver a partir de él

¿Qué haría Don Bosco hoy? ¡No lo sabemos! Pero sabemos qué hizo ayer y, por tanto, podemos saber qué hacer para obrar como él hoy. Es cuestión de conocimiento e imitación.

Hemos insistido en este Capítulo que es absolutamente indispensable contemplar a Don Bosco, amarlo, conocerlo e imitarlo, para descubrir sus motivaciones más profundas y atrayentes, aquellas de las que sacaba la energía que le hacía trabajar por los jóvenes incansablemente; sus convicciones más sólidas y personales, que lo llevaban a no echarse atrás, que, más bien, lo hacían fascinante y convincente; sus objetivos definidos y claros, que le hacían ir adelante, con una sola causa por la que vivir: ver felices a los jóvenes aquí y en la eternidad.

Don Bosco sintió el drama de un pueblo que se alejaba de la fe y sobre todo sintió el drama de la juventud, predilecta de Jesús, abandonada y traicionada en sus ideales y en sus aspiraciones por los hombres de la política, de la economía, acaso también de la Iglesia. Me pregunto si esta situación no es, bajo muchos puntos de vista, semejante a la que hemos identificado en nuestro Capítulo General.

Pues bien, ante tal situación Don Bosco reaccionó enérgicamente, encontrando formas nuevas de oponerse al mal. A las fuerzas negativas de la sociedad resistió denunciando la ambigüedad y la peligrosidad de la situación, “contestando” – a su modo, se entiende – los poderes fuertes de su tiempo. He aquí qué significa tener una mente y un corazón pastorales.

Sintonizado sobre estas necesidades, trató de dar una respuesta, con las posibilidades que le ofrecían las condiciones histórico-culturales y las coyunturas económicas del momento histórico, y esto, a pesar de oposiciones parciales del mundo eclesiástico, de autoridades y fieles. Así fundó oratorios, escuelas de diverso tipo, talleres de artesanos, periódicos y revistas, tipografías y editoriales, asociaciones juveniles religiosas, culturales, recreativas, sociales; construyó iglesias, promovió misiones “ad gentes”, actividades de asistencia a los emigrantes; fundó dos congregaciones religiosas y una asociación laical que continuaron su obra.

Tuvo éxito gracias también a sus extraordinarias dotes de comunicador nato, a pesar de la falta de recursos económicos (siempre inadecuados para sus realizaciones), su modesto bagaje cultural e intelectual (en un momento en que había necesidad de respuestas de alto perfil) y el ser hijo de una teología y de una concepción social con fortísimos límites (y, por tanto, inadecuada para responder a la secularización y a las profundas revoluciones sociales en acto). Siempre sostenido por superior audacia de fe, en circunstancias difíciles, pidió y obtuvo ayudas de todos, católicos y anticlericales, ricos y pobres, hombres y mujeres del dinero y del poder, y exponentes de la nobleza, de la burguesía, del bajo y del alto clero.

Sin embargo, la importancia histórica de Don Bosco, antes que en las tantísimas “obras” y en ciertos elementos metodológicos relativamente originales – el famoso “sistema preventivo de Don Bosco” -, hay que descubrirla en la percepción intelectual y emotiva del problema de la juventud “abandonada” con su importancia moral y social;

  • en la intuición de la presencia en Turín primero, en Italia y en el mundo después, de una fuerte sensibilidad, en lo civil y en lo “político”, del problema de la educación de la juventud y de su comprensión por parte de las clases más sensibles y de la opinión pública;
  • en la idea que lanzó de  obligadas intervenciones a larga escala en el mundo católico y civil, como respuesta necesaria para la vida de la Iglesia y para la misma supervivencia del orden social;
  • y en la capacidad de comunicar esta misma idea a amplias muchedumbres de colaboradores, de bienhechores y de admiradores.

Ni político, ni sociólogo, ni sindicalista ‘ante litteram’, simplemente sacerdote-educador, Don Bosco partió de la idea de que la educación podía hacer mucho, en cualquier situación, si se realiza con el máximo de buena voluntad, de compromiso y de capacidad de adaptación. Se comprometió a cambiar las conciencias, a formarlas en la honradez humana, en la lealtad cívica y política y, en esta perspectiva, trató de “cambiar” la sociedad, mediante la educación.

Transformó los valores fuertes en que creía – y que defendió contra todos – en hechos sociales, en gestos concretos, sin replegarse en lo espiritual y en lo eclesial entendido como espacio o experiencia exentos de los problemas del mundo y de la vida. Es más, fuerte en su vocación de sacerdote educador, cultivó un compromiso cotidiano que no era ausencia de horizontes, sino dimensión encarnada del valor y del ideal; no era nicho protector y rechazo de la confrontación abierta, sino medirse sinceramente con una realidad más amplia y diversificada; no era un mundo restringido a algunas pocas necesidades que satisfacer y lugar de repetición, casi mecánica, de actitudes tradicionales; no era rechazo de toda tensión, del sacrificio exigente, del peligro, de la lucha. Tuvo para sí y para los salesianos la libertad y la bravura de la autonomía. Y no quiso siquiera vincular la suerte de su obra al imprevisible variar de los regímenes políticos.

El conocido teólogo francés Marie-Dominique Chenu, O.P., respondiendo en los años ochenta del siglo pasado a la pregunta de un periodista que pedía le indicase los nombres de algunos santos portadores de un mensaje de actualidad para los tiempos nuevos, afirmó sin dudar: “Me place recordar, ante todo, al que se adelantó un siglo al Concilio: Don Bosco. Él es ya, proféticamente, un hombre modelo de santidad por su obra, que está en ruptura con el modo de pensar y de creer de sus contemporáneos”.

Fue un modelo para tantos; no pocos imitaron sus ejemplos, llegando a ser el “Don Bosco de Bérgamo, de Bolonia, de Mesina y otros más””.

Obviamente el “secreto” de su “éxito” cada uno lo encuentra en uno de los diversos rasgos de su compleja personalidad: capacísimo emprendedor de obras educativas, organizador de amplias miras de empresas nacionales e internacionales, finísimo educador, gran maestro, etc. ¡Éste es el modelo que tenemos y estamos llamados a reproducir lo más fielmente posible!


5.        Conclusión

Queridos hermanos, hemos vivido el CG26 en la estación litúrgica de la Cuaresma y en el tiempo de Pascua. El Señor nos ha invitado así a acoger la indicación de la necesidad que tenemos de hacer experiencia pascual, si queremos lograr el tan deseado renacimiento espiritual y una renovación de nuestro impulso apostólico. No hay vida sin muerte. No hay la mística del “Da mihi animas” sin la ascética del “cetera tolle”.

Querría concluir recordando todavía una particular experiencia de Don Bosco. En el verano de 1846 él cae enfermo y se encuentra en peligro de muerte. Después de algunas semanas supera el mal y, convaleciente, puede volver al Oratorio solo, apoyándose en un bastón. Los muchachos al darse cuenta lo obligan a sentarse en un sillón, lo levantan y lo llevan en triunfo hasta el patio. En la capilla, después de las oraciones de acción de gracias, Don Bosco pronuncia las palabras más solemnes y comprometedoras de su existencia: “Queridos hijos míos, estoy convencido de que Dios ha conservado mi vida gracias a vuestras súplicas; la gratitud exige que yo la emplee toda para vuestro bien espiritual y temporal. Así prometo hacerlo durante todo el tiempo que el Señor me deje en esta tierra”.[12] Don Bosco, inspirado por el Espíritu Santo, en cierto sentido, emitió un voto inédito: el voto de amor apostólico, de entrega de la propia vida por los jóvenes, que observó en cada instante de su existencia. He aquí lo que significa el “Da mihi animas, cetera tolle”, que ha sido el lema inspirador de nuestro Capítulo General. He aquí el programa de futuro para el renacimiento espiritual y para el impulso apostólico con que queremos llegar a la celebración del bicentenario de su nacimiento.

Expreso el deseo de que nosotros, y con nosotros, todas las personas identificadas con los valores de la Espiritualidad y del Sistema Educativo Salesiano podamos amar a los jóvenes y comprometernos como Don Bosco en la realización de la misión salesiana. Espero y deseo que los jóvenes puedan encontrar en cada uno de nosotros (como los muchachos del Oratorio encontraron en Don Bosco en Valdocco) personas disponibles a caminar con ellos, a construir con ellos y por ellos una presencia educativa fascinante y significativa, capaz de propuesta y de implicación, rica en propuesta hasta el punto de producir un cambio cultural.

Un icono que puede ilustrar perfectamente este momento histórico de la Congregación es el episodio del paso del “manto y del espíritu” de Elías a Eliseo, su discípulo (2 Re 2,1-15). Elías trata varias veces de alejar de sí a Eliseo, primero en Gálgala, luego en Betel y en Jericó, tal vez por el deseo de encontrarse solo en el momento de su desaparición. Pero Eliseo quiere ser su principal heredero espiritual y permanece a su lado. ¡Cómo desearía que cada uno de los hermanos, respecto de Don Bosco, hiciese suyo el deseo de Eliseo de recibir dos tercios del espíritu de Elías! Convertido ya en heredero espiritual de Elías, Eliseo recoge su manto y con él se posa sobre él también el espíritu del maestro. Eliseo repite a la letra el último milagro de Elías y esto da certeza a los discípulos de los profetas que verdaderamente “el espíritu de Elías” se ha posado sobre Eliseo.

A este propósito, me vienen a la mente las palabras de Pablo VI en la beatificación de Don Rua, cuando dijo que aquella beatificación representaba una confirmación de su calidad de sucesor de Don Bosco, de discípulo suyo, de su capacidad de haber acogido y transmitido el espíritu del Padre. Como Don Rua, para recoger la herencia de Don Bosco permitamos a Dios, con nuestra total disponibilidad, que obre en nosotros, como obró en él.

Heme aquí, Queridísimos Hermanos, para entregaros el fruto de este CG26, del que habéis sido protagonistas. Os entrego sí un documento, que será como vuestra hoja de ruta para el sexenio 2008-2014, pero os entrego sobre todo el espíritu del CG26. Éste ha querido ser una intensa experiencia pentecostal para una profunda renovación de nuestra vida y misión. Representa, pues, para todos los Salesianos la plataforma de relanzamiento de la Congregación hacia el gran jubileo salesiano del 2015.

Que el Espíritu pueda soplar con fuerza sobre la Congregación para tener el valor de pedir todavía y siempre, juntos con Don Bosco: “Da mihi animas, cetera tolle”.

 

Roma, 12 de abril de 2008

Don Pascual Chávez Villanueva
Rector Mayor

[1] Al Reverendísimo Don Pascual Chávez Villanueva, Rector Mayor de los Salesianos de Don Bosco. Del Vaticano, 1 de marzo de 2008, n. 1.

[2] Cf. La Sociedad de San Francisco de Sales en el sexenio 2002-2008. Relación del Rector Mayor don Pascual Chávez Villanueva, p. 290.

[3] L’Osservatore Romano. Lunes-martes 31 de marzo – 1 de abril de 2008, p. 8.

[4] Benedicto XVI, Discurso de Inauguración a la Vª Asamblea General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, n. 3. Aparecida – Brasil. 13 de mayo de 2007.

[5] Citado por José María Arnáiz. ¡Que ardan nuestros corazones! Devolver el encanto a la vida consagrada. Publicaciones Claretianas, Madrid, 2007, p, 34.

[6] Cfr. ACS 290, 4.2.

[7] Lluis Oviedo Torró, “La religiosidad de los jóvenes”, Razón y Fe, junio de 2004, p. 447.

[8] Lluis Oviedo Torró, o.c., p. 449.

[9] J. Bosco, Memorias del Oratorio, ccs, Madrid 2003, pág. 10.

[10] Ibidem, pág. 88.

[11] Ibidem, pág. 88.

[12] Cf. Memorie Biografiche II, 497-498; MBe II, 373.