Santidad Salesiana

Antonietta Böhm

 
ARCHIVO:

Siervo de Dios Sr Antonietta Böhm (1907-2008),

SOR ANTONIETA BÖHM¸ MUJER DE CORAZÓN MISIONERO

No conocemos mucho de su infancia y adolescencia. Los datos biográficos nos dan la idea de una familia unida, gozosa y rica de fe vivida en el cotidiano. Antonieta era la penúltima de diez hijos, nació el 22 de septiembre de 1907 en Bottrop (Alemania), una pequeña ciudad al Norte, entre Renania y Westfalia. En aquel periodo histórico, las ciudades de la zona llamada Ruhrgebiet, conocidas por la extracción del carbón y la industria textil, tenian un desarrollo prometedor.

Una familia emblemática

Se puede decir que, sin saberlo, esta numerosa y hermosa familia vivía ya el sistema educativo de don Bosco. Eran evidentes el respeto y la confianza, el apoyo recíproco, pero también el gozo de estar juntos. Lo manifestaban en el canto y la música, en la fe en Dios y en la confianza en la materna intercesión de María. El rezo del Rosario formaba parte del ritmo cotidiano de la familia, que se reunía al atardecer para rezar juntos y cantar canciones populares.

La participación a la celebración eucarística de los domingos no era sólo un deber cristiano, sino que se vivía con alegría interior. El padre participaba en la “Misa de los hombres” con los hijos a las seis de la mañana; las hijas con la madre participaban a las ocho. El día del Señor tenía que ser distinto de los demás días: después de la Eucaristía, en casa había un buen desayuno, y después, música y cantos.

Un corazón para la gente

Antonieta empezó desde los cinco años su experiencia apostólica. Cuando un Sacerdote llevaba el sacramento de la Unción de enfermos, la pequeña participaba a la breve procesión llevando una vela. Su presencia era apreciada en las familias. Se cuenta que los que se encontraban allí le hacían espacio de forma que pudiese dar al enfermo la vela encendida. La madre, una vez, mientras la peinaba le dijo: «Cuando fuiste bautizada, el cura te regaló una vela como aquella que llevas en aquellas casas. Es una pequeña llama que indica la gran luz de Jesús: la luz que debemos llevar siempre en nuestros corazones. Nuestra vida debería ser una luz: para el Señor y para todas las personas que encontramos». Este hecho nos recuerda a Mama Margarita, la madre de don Bosco, que enseñaba catecismo a los hijos de forma práctica. Antonieta no sólo era portadora de luz, también tenía palabras de fe para los enfermos, ayudándolos a levantar la mirada hacia el Cielo.

En 1914 estalló la primera guerra mundial. Durante aquel período, Antonieta tuvo en casa sus primeras experiencias como enfermera. Su madre era un modelo para ella: no hacía distinciones entre amigo o enemigo, sino que veia en los soldados heridos, jóvenes que necesitaban una ayuda y por lo tanto los ayudaba vendando sus heridas.

La primera prueba para Antonieta fue la muerte de su padre en 1916. Él trabajaba como deshollinador en una gran fábrica. Cuando una tarde, volvió a casa después del trabajo todo mojado a causa de una tremenda granizada, enfermó de una grave pulmonía che lo llevó a la muerte tan solo una semana después, el 8 de septiembre. Para Antonieta los años felices de la infancia se derrumbaron en solo golpe. Dos años después, ella enfermó gravemente de tuberculosis y fue acogida en un sanatorio en Olanda. Nada más restablecerse, la familia sufrió otro duro golpe: la querida madre murió el 2 de febrero de 1919 después de una breve enfermedad y una urgente operación quirúrgica. Antonieta recibió esta terrible noticia mientras se encontraba en Olanda en un

colegio donde se quedó después de la enfermedad para estudiar. Su hermano Hermann y la mujer Anna la acogieron en su casa en Essen.

Años decisivos a Essen-Borbeck

Las primeras HMA llegaron a Alemania en noviembre de 1922. Abrieron la primera comunidad en Essen-Borbeck. Los Salesianos habían llegado el año anterior y se ocupaban de los chicos. Las hermanas, tres italianas y tres alemanas, lograron pronto animar un floreciente oratorio para las chicas. Llegaron a tener alrededor de un centenar entre niñas y adolescentes, que jugaban felices en el gran patio.

Antonieta en aquel período frecuentaba la escuela en otro Instituto religioso. Un día las alumnas fueron invitadas a “una tarde literaria” abierta también a otras personas de la ciudad. A ella le fue asignado un puesto al lado de las HMA. No entendía lo que decían entre ellas, pero se dió cuenta de la alegria de aquellas jóvenes religiosas y sintió simpatía hacia ellas. De regreso a casa, pidió informaciones a su hermano porque quería saber dónde habitaban y a qué se dedicaban. Y así, el domingo siguiente fue también ella al oratorio. Preguntó a la hermana lo que tenía que pagar para entrar. Sonriendo le contestó que el oratorio era gratis. Antonieta quedó sorprendida de la atmósfera gozosa del patio, donde las jóvenes y las hermanas se divertían juntas. ¡Que espectáculo! Aquellas religiosas eran tan distintas de las que conocía hasta ese momento. Sentía que la felicidad de las HMA brotaba de un profundo amor hacia Dios. Antonieta escribiría luego: «La típica característica salesiana que me ha sorprendido ha sido la amabilidad de las hermanas. Jugaban en el patio, cantaban como ángeles, eran sencillas y espontá-neas, mostraban una alegría profunda, con la directora nos sentíamos como amigas».

Un domingo, Antonieta se unió a un grupo reunido alrededor de una religiosa que animaba un juego de preguntas y respuestas. Una de las preguntas era ésta: «¿Quien de vosotras quisiera llegar a ser misionera?». Algunas de las chicas levantaron la mano, incluida Antonieta. La hermana tomó nota de los nombres de las jóvenes. Y en Antonieta poco a poco maduró el profundo deseo de llegar a ser como estas religiosas. Algunos domingos después, sor Alba Deambrosis, que era la superiora de la Visitaduría, llegó de visita a la comunidad. Algunas de las chicas fueron llamadas para hablar con ella. Sor Alba no sabía el alemán, sino solo el italiano. La conversación, si así se puede llamar, se desarrolló a través de gestos. Indicó la cruz colgada en la pared, abrió los brazos e hizo el gesto de cargarse la cruz sobre los ombros. Antonieta comprendió en seguida que seguir a Jesús como misionera significaba tomar la cruz del Señor con un corazón grande y una cara feliz.

Primeros pasos en el Instituto de las HMA

El 19 de enero de 1926 Antonieta dejó la familia y fue acogida por las HMA en Eschelbach, en Baviera para iniciar el camino formativo. Su hermano le dio la bendición. Poco después, el 29 de enero, Antonieta fue admitida al postulantado. Era una de las primeras 24 jóvenes de Alemania que entraron en el Instituto, siete de las quales venian de Essen, incluida ella. En el verano de aquel año las novicias marcharon a Nizza Monferrato (Italia). Las acompañó sor Alba Deambrosis. Allí encontraron a más de un centenar de jóvenes llegadas de distintos Paises de Europa. La cercanía a la Casa-Madre del Instituto y el conocimiento de la Superiora general y de las Consejeras influyeron fuertemente en su formación. Recibía noticias de las Hijas de María Auxiliadora que, en otros Países, educaban a las jóvenes.

El 5 de agosto de 1928, sor Antonieta hizo la primera Profesión, junto con otras 69 jóvenes hermanas. Entre ellas se encontraba sor Ersilia Canta, futura Superiora general.

Durante algunos años trabajó en varias comunidades de Italia, bien para estudiar música en Turin y Pisa, o para enseñarla, en Novara y en el noviciado de Casanova, donde fue también asistente. En el día de la Profesión perpetua, el 5 de agosto de 1934, recibió la noticia de que había sido elegida como misionera para la Patagonia (Argentina). Después de recibir la bendición del Papa en Roma, partió en barco con otras hermanas jóvenes desde Genova hacia America Latina. Llegó a Argentina el 24 de septiembre de 1934. Este fue su primer destino misionero.

Las guías de su camino vocacional

La vocación de sor Antonieta seguramente maduró en los años vividos en familia y luego en el contacto con las HMA en el oratorio, verdadera fragua de vocaciones religiosas salesianas. La madre era una mujer innovadora en sus acciones y en sus palabras; fue un modelo para ella de manera especial en la entrega generosa y solidaria. Todo el ambiente familiar favoreció su maduración en la fe, que se intensificó después de la pérdida de los padres, cuando ella apenas era preadolescente, en una experiencia de misterioso entrelazado de muerte y fecundidad. Los encuentros con las primeras HMA en Essen Borbeck encontraron en Antonieta un corazón abierto, y en ella despertó el deseo de entregar totalmente su vida a Dios. Las hermanas, con su estilo de vida alegre y contagioso, le mostraron cómo servir al Señor dedicándose a la educación de las jóvenes.

También una propuesta hecha mientras jugaba, contribuyó a encender en ella el ideal de testimoniar la fe en tierras lejanas. Los años que pasó en el oratorio de las HMA fueron importantes y decisivos para ella. En aquel ambiente encontró también el precioso don de la relación amigable con la superiora de la comunidad, como la misma sor Antonieta escribió: «... nos sentíamos como amigas». Se sintió así verdaderamente acompañada en su camino de discernimiento del proyecto de Dios sobre su vida.

Sor Antonieta partió como misionera para America Latina, donde vivió más de 68 años y murió supercentenaria, enriquecida siempre por las experiencias de los primeros decenios de su vida. Su característica actitud materna, su predilección por los pobres y para la salvación del mundo, el amor apasionado por Jesús, la llamada a ser transparencia de María Auxiliadora para ser en todas partes su mano que bendice, todo esto había encontrado bases seguras en los años de su adolescencia y juventud.

Bibliografia

COLLINO Maria, Suor Antonietta Böhm. Un'eco sommessa della Vergine Maria, Gorle (BG), Velar 2013. Traduzione in tedesco, spagnolo, polacco.

CAMERONI Pier Luigi, Antonietta Böhm, Figlia di Maria Ausiliatrice, Serva di Dio, in ID., Come stelle nel cielo. Figure di Santità in compagnia di Don Bosco, Gorle (BG), Velar 2014, 310-314.

Suor Birgit Baier

 

 
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