Ksiądz Bosko

Cómo responder a los hijos sobre Dios cuando uno no cree

Cómo responder a los hijos sobre Dios cuando uno no cree

LAURA MARTÍNEZ-BELLI

 

Scarica il file

ESCRITORA ESPAÑOLA, VIVE EN MEXICO. ENTRE SUS LIBROS SE DESTACAN “POR SI NO TE VUELVO A VER” Y “LAS DOS VIDAS DE FLORIA”

 

Grandes y niños. Una persona adulta puede declararse agnóstica –es el caso de la autora– luego de un proceso de reflexión. Pero educar a los chicos en esa certeza es complejo: implica una racionalidad más difícil de transmitir que el dogma religioso.

Sin espada de Damocles. La autora junto a sus hijos Borja (izq.) y Alonso en México. Ellos no debieran cargar, dice, la culpa que a su juicio generan las religiones /carlos angrigiani

Hace tiempo, dejé de creer. Fui educada en la religión católica. Colegio de monjas, comunión, misa los domingos y demás sacramentos enlistados uno a uno. Todo vino con naturalidad, sin sobresaltos, ni imposiciones. Y con la misma naturalidad se fue extinguiendo, como una vela que ha quemado toda la cera.

Me alejé de la religión, de la Iglesia, y perdí el miedo a arder en el infierno por ello. Soy agnóstica. Es decir que declaro inaccesible al entendimiento humano todo conocimiento de lo divino y de lo que trasciende de la experiencia.

Sin embargo, ha llegado un momento en mi vida en el cual me pregunto si las licencias que me he tomado, si las conclusiones a las que he llegado son válidas, no para mí, sino para otros. Y ese momento no llega con una enfermedad, ni un accidente, ni cuando ves la muerte de cerca. Ese momento llega cuando tienes hijos. Cuando te conviertes en madre y te das cuenta de la gran responsabilidad que es criarlos. Educarlos. Enseñarles verdades que a veces escapan al propio entendimiento.

De repente tu hijo de 6 años, con fe ciega en lo que vas a contestarle, te pregunta quién es ese señor que parece muerto pero vivo, agonizante, en una cruz. Ahí estaba el momento tantas veces evitado. Es curioso que – aparentemente – yo sepa muy bien qué contestar sobre la sexualidad, sobre las drogas, sobre la homosexualidad, y que me ponga en jaque un cuadro barroco. En una ráfaga de segundos, me pregunté si debía contestar como me enseñaron en los años de catecismo, si tomar el camino más corto, o ser coherente con mi elección de vida y contestar fríamente, sin juicios de valor, ni prejuicios. Algo parecido a la angustia se apoderó de mí, y no supe qué decir. Y es que de pronto vi tambalearse todo mi sistema de creencias. El edificio entero resquebrajándose en mil pedazos.

¿Cómo hace una, pues, para no enmudecer cuando su hijo le pregunta sobre religión? Poco a poco, digo yo. Un día, mientras venía conduciendo tras recogerlos del colegio, mi hijo mayor me dijo: “Mamá, ¿verdad que todos tenemos siete vidas?” a lo que enseguida el pequeño contestó: “No, sólo tenemos una: ésta y ya.” Apreté el volante en silencio, temiendo abocarme a una conversación existencialista, cuando escuché cómo mi hijo mayor lo corregía con rapidez y pasmosa seguridad: “Claro que no.

Tenemos 7 vidas. Mira: la primera es cuando estamos en el vientre de nuestra madre. La segunda es cuando nacemos y somos niños. La tercera es cuando somos adolescentes. La cuarta es cuando somos adultos pero no tenemos hijos. La quinta es cuando tenemos hijos. La sexta es cuando somos viejitos. Y la séptima es cuando nos morimos y sigues viviendo aunque no tengas cuerpo”.

Otro día, escuché cómo mi marido y mi hijo hablaban en complicidad. Esa complicidad que sólo tienen algunos momentos espontáneos salidos de la nada. Uno le decía al otro que siempre iba a estar con él, aunque no estuvieran en el mismo lugar, o el mismo espacio. Tan solo había que cerrar los ojos, e invocar la fuerza saliendo del pecho. Incluso – oí que decían – podían escucharse en la distancia. Mi hijo, entonces, preguntó: “¿Eso quiere decir que siempre vas a estar conmigo?” A lo que mi esposo respondió que sí, siempre, “aunque no me veas”.

Pues sí. Una de las primeras preguntas existenciales que se hace un niño es qué es la muerte. Cómo tranquilizar a un pequeño que de pronto se da cuenta de que no estará aquí para siempre. O lo que es peor, que sus padres no vivirán por siempre. No es sólo el miedo a la muerte: es el abandono. Es el saber que algún día estarán solos en el mundo, que no podrán estar bajo el cobijo de sus padres. ¿Cómo, entonces, calmar a un niño que te dice que teme morirse sin hablar de un cielo, de una vida eterna, de un lugar sin sufrimiento en el que nos reuniremos? En aquella ocasión tuve que decirles que faltaba mucho para eso, que lo importante era la vida antes de la muerte. Pero topé con la pared. Un niño no acepta eso por respuesta. Y entonces, tras capotear el toro con toda clase de suertes, tuve que recurrir a la reencarnación. Caso omiso a la resurrección. La reencarnación me pareció una manera más metafísica de abordar el asunto. Si la energía no se destruye sino que se transforma, me pareció una forma válida de tranquilizar el alma sin faltar a la verdad. Y mi hijo pudo, por fin, dormirse en paz.

Intenté zafarme del asunto con entereza, camuflando las inconsistencias y las contradicciones que venían a mi boca. Pero como las lecciones aprendidas desde la niñez se tatúan a sangre en el cerebro, aun tras años sin pisar una iglesia, la duda me embargó y me pregunté si no estaría causándoles algún tipo de daño irreparable.

No sé, tampoco, cómo enseñar el agnosticismo a un niño. Esta es una opción de pensamiento, a todas luces, adulta.

Los niños creen. Es algo intrínseco a su naturaleza. No solo creen, sino que necesitan creer. Un niño sin fe es un adulto. En la infancia se cree ciegamente en todos los seres imaginarios habidos o por existir. Santa Claus, los Reyes Magos, el ratoncito Pérez. Las pesadillas. Creer es una forma de llenar el vacío. De cubrir las lagunas de lo inexplicable.

A veces pienso que, como un avestruz, intento negar una realidad que, tarde o temprano, deberé enfrentar. Porque es inevitable. La historia del mundo occidental no puede entenderse sin las religiones monoteístas. Desde los romanos hasta los cismas. Desde Cristóbal Colón al cura Miguel Hidalgo, abogando por la independencia a los gritos de ¡Viva México!, muera el mal gobierno, al tiempo que abrazaba un estandarte con la Virgen de Guadalupe bien asido a su mano izquierda. La religión está presente en cualquier esquina.

Las creencias, las tradiciones, forman parte de la identidad del ser humano. Lo que varía, en mi caso, que fui católica y luego dejé de serlo, que canté en el coro de la iglesia de mi barrio, que cumplí uno a uno con los sacramentos, menos con el del matrimonio – porque a esas alturas ya sabía que aquello era un contrato civil que juraba ante los hombres y no ante una ley divina – que me santiguaba al pasar ante los templos, lo que varía en mi caso – digo – es el proceso de enseñanza.

Supongo que el ser humano siempre ha intentado entender quién es el otro. Que en el fondo, o en la superficie, quien más, quien menos, nos preguntamos las mismas cosas. No en vano los porqué son las primeras preguntas que hacen los infantes. No cuándo. No cómo. Por qué. Por qué soy niño. Por qué nací aquí. Por qué tenemos que morir. Por qué hay maldad en el mundo. Por qué buscamos la felicidad.

Y yo estoy empezando a comprender que la respuesta a estas preguntas no se responde con la religión, sino con la filosofía de vida. No porque todo sea negativo en la religión, pero como bien dice el Dalai Lama “para que la religión pueda ejercer un efecto que haga del mundo un lugar mejor es importante que la persona practique con sinceridad sus enseñanzas.” Sinceridad. He ahí la clave.

Creo que hay que ser muy cuidadosos con los credos que se transmiten de generación en generación. Solemos ver con claridad los sinsentidos de los credos ajenos, pero cuesta tanto ver la viga en los propios.

Los niños no tienen prejuicios. Ellos creen lo que uno les enseña, y a ciertas edades lo creen a pie juntillas, sin cuestionar, sin dudar de la palabra de los padres. Por eso siento tanta responsabilidad hacia las bases de lo que les enseñaré. Por eso dudo antes de afirmar que Jesús murió en la cruz por todos nosotros. Por eso me muerdo la lengua antes de decir que es el hijo de Dios hecho hombre. Sé que si oso soltar por mi boca dogmas de esa cariz, vendrán más preguntas, más dudas, y el revoltijo se pondrá en marcha como el viento mueve las aspas de un molino.

He decidido, pues, enseñarles que la bondad se ejerce desde el silencio de la conciencia. Que la búsqueda de la paz espiritual es individual. Que no se cree en algo para cumplir con unas normas impuestas, que no se cree para asegurase un lugar en el más allá, sino para vivir en plenitud el más acá. Intentaré enseñarles que el hombre viene al mundo para ser feliz, y que al serlo se hace felices a los que nos rodean.

La paz de la mente es también la del alma. El sufrimiento no viene dado por cuestiones externas sino por nuestra posición mental. Esos son preceptos que a mí, no es que no me los enseñaran, es que se dieron por hecho. Dieron por hecho que la religión llenaba esos espacios. Dieron por hecho que correría a toda velocidad con la estafeta. Una de las cosas que más me pesa de tanta gente creyente, practicante de un credo o de otro, es que se han vuelto expertos en el arte de la hipocresía. Pero es que muchas veces es la propia religión la que los empuja hacia el abismo de la doble moral. Yo pude darme cuenta a tiempo, y decidí libremente ser coherente con mis ideas, antes que afirmar sin coincidir, antes que ataviarme con la mantilla sobre la cabeza, cuando en el fondo estoy deseando arrojarla.

Eso es lo que llamo yo estar en paz con el espíritu. Es entonces cuando se pueden responder preguntas que pongan a prueba las creencias. Es entonces cuando vivimos la fe, la plenitud, la paz espiritual. Serenidad, en una palabra. Supongo que en algún punto tendré que explicarles a mis hijos Historia Sagrada, pero lo haré como si les explicara mitología griega. Los dioses paganos siempre me gustaron más, por mucho. Más humanos, sucumbiendo a todo tipo de tentaciones y pasiones. Siempre me parecieron más honestos que los que después nos vendieron, tan puros, tan divinos.

Yo, mientras tanto, intentaré no enmudecer ante la imagen de la pasión de Cristo, y reconciliarme con las creencias que, mal que me pesen, me permitieron forjarme una identidad. Por acción o por omisión. Porque cuando miro hacia dentro, no veo un dios sangrante, ni una virgen dolorosa llena de puñales en el pecho. Mis dioses se parecen más a ángeles protectores, a seres de luz que irradian en la oscuridad. Si tengo que creer en algo, creo en la fuerza del amor. Creo en la vida.

No creo en las culpas. Ni en jueces blandiendo espadas de Damocles.

Pero aprendí a rezar y creo que es importante que mis hijos sepan hacerlo. Es la forma en que aprendí a conectarme con lo espiritual. Meditar creo que es una aproximación más exacta de lo que hago ahora. Ellos mismos me dicen que quieren meditar. Y me alegro. Porque hace falta mirar al interior. A ese lugar donde está la fortaleza, el ser, el sentir. Es entonces cuando se está en comunión con el Todo, con la Naturaleza, con las estrellas, con la distancia. Como un mantra. Esa es la manera que he encontrado de comunicarme no con Dios sino con mi alma. De conectar intelecto, sentimiento, corazón y cerebro. Porque al fin, se crea en lo que se crea, hay que ser capaz de estar en paz con el espíritu. Aunque no sea Santo. Aunque no se pise una iglesia. Si consigo transmitirle esa paz a mis hijos, entonces habré tenido éxito en la explicación de lo intangible.