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La urgencia de la misión en los ámbitos de la nueva evangelización y la misión ad gentes

 

 

0.     Pórtico: ...un fruto del Concilio Vaticano II
1.      Misión y nueva evangelización: ampliación semántica y urgencia de precisar significados

a. Una intuición de nuestra Iglesia latinoamericana (Puebla: 1979)
b. Un símbolo: la Cruz en Nowa Huta (Polonia: 1979)
c. Un compromiso para América Latina (Haití: 9-3-1983)
d. Un programa pastoral para Europa y para el mundo (11-10-1985)
e. Una modalidad de la misión (Redemptoris Missio: 7-12-1990)
f. Un organismo y un sínodo (Benedicto XVI: 2010-2012)
g. Una nueva actitud (Francisco: 2013)

2.      Una misión teo-dramática para el hombre y para el mundo

a. La misión como desafío teológico, espiritual y pastoral (Kasper)
b. “La Iglesia no tiene una misión, la misión tiene una Iglesia” (Moltmann)
c. La misión como categoría central de la Teo-dramática (von Balthasar)

3.      Analogía entre la teología de la misión y la teología de los misterios del Señor

a. Primer acto. Encarnación: entrar en las culturas (inculturación del Evangelio)
b. Segundo acto. Pascua: transformar desde dentro las culturas (evangelización de la cultura)
c. Tercer acto. Pentecostés: de lo multicultural a lo intercultural (evangelización intercultural)

4.      Dimensiones y caminos de la nueva evangelización

a. Dimensión misionera: “Vayan a todas las gentes”
b. Dimensión pastoral: “Hagan discípulos”
c. Dimensión litúrgica: “Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”
d. Dimensión profética: “Enséñenles a guardar todo lo que yo les he mandado”

5.      Urgencia de la misión ad gentes

a. Del optimismo de la nueva evangelización a la preocupación por la misión ad gentes
b. La misión ad gentes y la misión inter gentes en nuestro continente
c. ¡Sal de tus fronteras para dar desde la pobreza!

6.      Una conclusión que se hace invitación

   

0. Pórtico: ...un fruto del Concilio Vaticano II

Los organizadores del CAM 4 – COMLA 9 me han honrado pidiéndome una reflexión sobre “la urgencia de la misión y dos de sus principales ámbitos pastorales: la nueva evangelización y la misión ad gentes”. A ellos agradezco la distinción y a ustedes la paciencia al escucharme, que seguramente será uno de los tantos sacrificios que deben hacer como misioneros.

El Concilio Vaticano II ha redescubierto la misión evangelizadora como corazón de la Iglesia. El decreto Ad gentes divinitus, sobre la actividad misionera de la Iglesia, delineó los principios de la actividad misional de la Iglesia, cuyo fin “es la evangelización y plantación de la Iglesia en los pueblos o grupos en que todavía no está enraizada. De suerte que de la semilla de la palabra de Dios crezcan las Iglesias autóctonas particulares en todo el mundo suficientemente organizadas y dotadas de energías propias y de madurez. El medio principal de esta plantación es la predicación del Evangelio de Jesucristo, para cuyo anuncio envió el Señor a sus discípulos”[1]. En un Congreso Misionero como éste, nuestra Iglesia en América quiere renovar su identidad, contenida en el mandato fundacional: enviada a anunciar el Evangelio a todos los hombres.

A los diez años de la clausura del Concilio Vaticano II, Pablo VI nos regaló la exhortación apostólica post-sinodal Evangelii Nuntiandi (1975), que bien puede considerarse como la Carta Magna de la Evangelización y el último documento conciliar. En ella, el Pontífice quiso presentar el eje central de la evangelización, respondiendo a las preguntas acuciantes del Sínodo de 1974: “¿Qué eficacia tiene en nuestros días la energía escondida de la Buena Nueva, capaz de sacudir profundamente la conciencia del hombre? ¿Hasta dónde y cómo esta fuerza evangélica puede transformar verdaderamente al hombre de hoy? ¿Con qué métodos hay que proclamar el Evangelio para que su poder sea eficaz? Estas preguntas desarrollan, en el fondo, la cuestión fundamental que la Iglesia se propone hoy día y que podría enunciarse así: después del Concilio y gracias al Concilio que ha constituido para ella una hora de Dios en este ciclo de la historia, la Iglesia ¿es más o menos apta para anunciar el Evangelio y para insertarlo en el corazón del hombre con convicción libertad de espíritu y eficacia?”.[2]

Juan Pablo II, refiriéndose a la Evangelii Nuntiandi, afirma: “no es una encíclica, pero su valor intrínseco supera quizá al de muchas encíclicas. Esa exhortación, puede decirse, constituye la interpretación del magisterio conciliar sobre lo que es tarea esencial de la Iglesia: ‘¡Ay de mí si no predicase el Evangelio!”[3].

Mucha tinta ha corrido desde entonces sobre los términos “Misión-nueva evangelización-misiones”,  por eso se hace necesaria una reflexión que ilumine sus significados y apuntale los compromisos que debemos asumir con urgencia en los ámbitos de la Misión.

1. Misión y nueva evangelización: ampliación semántica y urgencia de precisar significados

Hay expresiones afortunadas como esas canciones que “pegan” rápidamente en la radio. Expresiones que realizan lo que dicen, pues formulan acertadamente algo latente en el corazón de muchas personas y logran comprometer los ánimos hacia el futuro[4]. El Concilio Vaticano II acuñó la expresión “aggiornamento” (puesta al día) como una necesidad y un compromiso impostergable donde se sintetizaba la intención que el Papa Juan XXIII ponía en la celebración del Concilio. En Puebla la fórmula “comunión y participación” resumió el proyecto y la línea teológico-pastoral para América Latina.

El Papa Juan Pablo II condensó en “nueva evangelización” todo el programa pastoral que debía asumir la Iglesia al cruzar el tercer milenio. Desde entonces ha sido mil veces coreada en cuanto foro eclesial se haya celebrado. Y a fuerza de repetición podemos correr el riesgo de desdibujar sus contornos y despilfarrar su significado. Es lo que pasa con palabras tan usadas y malgastadas como “misión” y con “amor”, que por tener tantas acepciones al final no sabemos realmente a qué se refieren. Se convierten, por decirlo así, en palabras o expresiones “paraguas”, pues se extienden mucho y todo lo cobijan, pero al significar todo, no significan nada. Cada uno entiende lo que quiere entender.

Admitida su polivalencia semántica, urge precisar su significado. Para ello visitaremos sus usos en el magisterio y en nuestro lenguaje  pastoral. ¿Qué se entiende por nueva evangelización? ¿Qué relación tiene con la misión? ¿De ahora en adelante todo es nueva evangelización? ¿Y cómo queda la misión ad gentes? ¿Por qué la nueva evangelización es nueva si proclama a Jesucristo que es el mismo, ayer, hoy y siempre (Heb 13,8)?

¿Cuál es el significado y alcance de “misión”? De un significado radicalmente teológico, las nuevas teorías organizacionales y corporativas lo han tomado prestado, hasta podríamos atrevernos a decir que nos la han robado. Todas las organizaciones y empresas que se respetan tienen muy bien definidas su misión y visión. Mientras que la Iglesia, misionera por esencia, nacida de una misión y para una misión, pareciera que no tenga hoy tan clara su autocomprensión misionera, es decir su misión y visión. Cabe la pregunta: ¿qué relación existe entre misión y evangelización? ¿Se identifican totalmente? ¿La misión de la Iglesia actualmente es la nueva evangelización? ¿Se trata de una misión ad gentes o de una misión inter gentes?

En la conclusión de los Lineamenta preparatorios al Sínodo 2012 sobre la nueva evangelización, se evoca lo que podría considerarse una definición, citando las palabras del Papa Juan Pablo II, que ha sostenido y difundido tanto esta terminología. 

“Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza. He repetido muchas veces en estos años la llamada» a la nueva evangelización. La reitero ahora, sobre todo para indicar que hace falta reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: «¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9,16).  Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos «especialistas», sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos”.[5]

La fórmula “nueva evangelización” puede ser comprendida como una intuición, como un símbolo, como un compromiso, como un programa pastoral, como una modalidad de la misión, como un organismo y como una actitud. Estas categorías nos permitirán recorrer su itinerario semántico y reconocer su profundo significado.

a. Una intuición de nuestra Iglesia latinoamericana (Puebla 1979)

Fue en la Conferencia General de Puebla donde se acuñó la expresión “nueva evangelización”. En el marco referencial se trató el significado de la evangelización, y en particular su dimensión y destino universal. Se afirmaba la necesidad de que la evangelización cale hondo en el corazón del hombre y de los pueblos, buscando la conversión personal y la transformación social.

Después de recordar que su dinámica busca la universalidad, que está dirigida al “todos” de la misión del Resucitado, Puebla reafirma la necesidad de fortalecer su movimiento misionero hacia los otros pueblos. Insiste que el primer servicio eclesial “consiste en hacer a nuestros cristianos más fieles, maduros en su fe, alimentándolos con una catequesis adecuada y una liturgia renovada. Ellos serán fermento en el mundo y darán a la Evangelización vigor y extensión”[6]. El documento se refiere a la actividad pastoral ordinaria de nuestras comunidades.

Luego enumera otras tareas que consisten en atender a situaciones más necesitadas de evangelización, y enumera en primer lugar a la misión ad gentes en nuestro continente calificándola de “situaciones permanentes: nuestros indígenas habitualmente marginados de los bienes de la sociedad y en algunos casos o no evangelizados o evangelizados en forma insuficiente; los afroamericanos, tantas veces olvidados” (DP 365).

En segundo lugar se refiere a “situaciones nuevas que nacen de cambios socio-culturales y requieren una nueva Evangelización: emigrantes a otros países; grandes aglomeraciones urbanas en el propio país; masas de todo estrato social en precaria situación de fe; grupos expuestos al influjo de las sectas y de las ideologías que no respetan su identidad, confunden y provocan divisiones” (DP 366).

Finalmente dirige su mirada a “situaciones particularmente difíciles: grupos cuya evangelización es urgente, pero queda muchas veces postergada: universitarios, militares, obreros, jóvenes, mundo de la comunicación social” (DP 367). Con esto se adelanta a lo que hoy llamamos evangelización ambiental. Concluye con la llamada a salir de las propias fronteras una misión ad gentes extra-continental: “es verdad que nosotros mismos necesitamos misioneros. Pero debemos dar desde nuestra pobreza. Nuestras Iglesias pueden ofrecer algo original e importante; su sentido de la salvación y de la liberación, la riqueza de su religiosidad popular, la experiencia de las Comunidades Eclesiales de Base, la floración de sus ministerios, su esperanza y la alegría de su fe” (DP 368).

Una intuición que pronto sería recogida, apropiada, proclamada y difundida, como veremos más adelante, por Juan Pablo II el Grande.

b. Un símbolo: la Cruz en Nowa Huta (Polonia: 1979)

La primera vez que Juan Pablo II usó la expresión “nueva evangelización” fue el 9 de junio de 1979 en una Misa para los obreros en el Santuario de la Santa Cruz de Mogila (Nowa Huta-Polonia) al inicio de su Pontificado. Nowa Huta nos recuerda el proyecto comunista de construir todo un barrio moderno, justo a las puertas de Cracovia, donde debía hacerse evidente la fuerza de la ideología marxista atea con la construcción de un prototipo de una ciudad comunista. En el corazón del barrio se ubicaba una enorme fábrica siderúrgica, como signo elocuente de la reducción del hombre a trabajo, producción, mercancía. Trabajaban 40.000 obreros, que eran los que debían emplearse en la futura fábrica. No había lugar ni para Iglesias ni para lugares de culto. En 1973 el entonces arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla, mostró su decidido impulso misionero: decidió celebrar la misa de la noche de navidad, las autoridades comunistas no habían concedido el permiso, pero ante la masiva afluencia de gente no lo pudieron impedir. El Cardenal Wojtyla celebró la santa misa al aire libre afrontando no sólo el gélido frío de aquella noche, sino sobre todo un proyecto secularista y ateo que desterraba a Dios de la cultura y de la sociedad.

Seis años después, Juan Pablo II no podía olvidar lo sucedido esa noche buena.[7] Emocionado pronunció estas palabras: «Donde surge la cruz, se ve la señal de que ha llegado la Buena Noticia de la salvación del hombre mediante el amor... La nueva cruz de madera ha surgido no lejos de aquí, exactamente durante las celebraciones del milenio. Con ella hemos recibido una señal: que en el umbral del nuevo milenio –en esta nueva época, en las nuevas condiciones de vida–, vuelve a ser anunciado el Evangelio. Se ha dado comienzo a una nueva evangelización, como si se tratara de un segundo anuncio, aunque en realidad es siempre el mismo».[8]  La cruz revestía un gran valor simbólico: “De la cruz en Nowa Huta ha comenzado la nueva evangelización: la evangelización del segundo milenio… La evangelización del nuevo milenio debe fundarse en la doctrina del Concilio Vaticano II. Debe ser, como enseña el mismo Concilio, tarea común de los obispos, de los sacerdotes, de los religiosos y de los seglares, obra de los padres y de los jóvenes. La parroquia no es únicamente un lugar donde se enseña el catecismo, es además el ambiente vivo que debe actuarlo”.

Con estas palabras Juan Pablo II ya indicaba la finalidad de la evangelización y su sentido integral: “La iglesia, cuya construcción están terminando con tanto esfuerzo, pero también con tanto entusiasmo [se refería al Santuario de la Santa Cruz de Mogila], se levanta para que por medio de ella el Evangelio de Cristo penetre en toda su vida. Han construido la iglesia; edifiquen su vida según el Evangelio”. La evangelización no se reduce al primer anuncio, sino que abarca todo el proceso hasta que el Evangelio impregne las vidas y las culturas.

c. Un compromiso para América Latina (Haití: 9-3-1983)

Fue en la Asamblea de preparación del V Centenario de la Evangelización de América, en Haití, cuando Juan Pablo II consagró la fórmula nueva evangelización. Al evocar la obra evangelizadora de la Iglesia en América Latina y proyectar su V centenario, les habló así a los Obispos:

“Mirando hoy el mapa de América Latina con más de 700 diócesis, su personal insuficiente pero entregado, sus cuadros y estructuras, sus líneas de acción, la autoridad moral de la que disfruta la Iglesia, hay que reconocer en ello el fruto de siglos de paciente y perseverante evangelización… Como latinoamericanos, habrán de celebrar esa fecha con una seria reflexión sobre los caminos históricos del subcontinente, pero también con alegría y orgullo. Como cristianos y católicos es justo recordarla con una mirada hacia estos 500 años de trabajo para anunciar el Evangelio y edificar la Iglesia en estas tierras. Mirada de gratitud a Dios, por la vocación cristiana y católica de América Latina, y a cuantos fueron instrumentos vivos y activos de la evangelización. Mirada de fidelidad a su pasado de fe. Mirada hacia los desafíos del presente y a los esfuerzos que se realizan. Mirada hacia el futuro, para ver cómo consolidar la obra iniciada”.

Su propuesta de conmemoración fue el compromiso por una renovada evangelización: “la celebración del quinto centenario de la evangelización tendrá su significación plena, si es un compromiso de ustedes como obispos, junto con sus presbíteros y fieles, compromiso no de re-evangelización, pero sí de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión”.[9]

d. Un programa pastoral para Europa y para el mundo (11-10-1985)

Dirigiéndose al VI Simposio del Consejo de Conferencias Episcopales de Europa, Juan Pablo II aplicó la expresión nueva evangelización al viejo continente: “Europa, a la que hemos sido enviados, ha experimentado tales y tantas transformaciones culturales, políticas, sociales y económicas, que plantean el problema de la evangelización en términos totalmente nuevos… La nueva evangelización de Europa debe insertarse en las raíces comunes, que están guardadas por la memoria maternal de la Iglesia”.[10]

Afirmó que en la nueva situación de Europa, la Iglesia “está llamada a proponer una nueva evangelización, una síntesis creativa entre el Evangelio y la vida”. Ni el fermento evangélico se ha debilitado ni las entrañas de Europa están muertas. La nueva evangelización en Europa mira hacia delante sin perder la memoria histórica. Una de las grandes insistencias de Juan Pablo II en relación a Europa fue que conservara sus raíces cristianas y católicas, y para ello la necesidad de una nueva evangelización.

Durante todo su pontificado, Juan Pablo II usó mucho esta expresión en diferentes contextos, hasta asumirla como una consigna programática para toda la Iglesia en el nuevo milenio. Por nueva evangeliza­ción entendió un proyecto pastoral de toda la Iglesia para transformar las culturas a la luz del Evangelio, construyendo así lo que él llamó “una civilización del amor”.

e. Una modalidad de la misión (Redemptoris Missio: 7-12-1990)

En ocasión de los veinticinco años de la clausura del Concilio y de la publicación del Decreto sobre la actividad misionera Ad gentes y a los quince de la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, Juan Pablo II publica su importante encíclica Redemptoris Missio invitando a toda la Iglesia a un renovado compromiso misionero.

Juan Pablo II comprende la nueva evangelización no sólo como un programa para un continente particular o un sector, sino como una modalidad importantísima de la misión perenne.[11] “La nueva evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión universal”. La misión es más amplia, y entre sus principales modalidades se encuentra la nueva evangelización así como la misión ad gentes y la atención pastoral ordinaria.

Mirando al mundo actual, desde el punto de vista de la evangelización, Juan Pablo II distingue tres situaciones.

- Misión ad gentes: la actividad específicamente misionera de la Iglesia, que consiste en pueblos, grupos humanos, contextos socioculturales donde Cristo y su Evangelio no son conocidos, o donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras como para poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a otros grupos.

- Acción pastoral ordinaria: comunidades cristianas con estructuras eclesiales adecuadas y sólidas; que tienen un gran fervor de fe y de vida; irradian el testimonio del Evangelio en su ambiente y sienten el compromiso de la misión universal.

- Nueva evangelización: se trata de una situación intermedia, especialmente en los países de antigua cristiandad, pero a veces también en las Iglesias más jóvenes, donde grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio.

No entro en  la discusión técnica del cambio de significado con respecto a las palabras en Haití donde Juan Pablo II dijo que la «nueva evangelización» no era una «reevangelización», sólo constato que en la Redemptoris Missio se usan con el mismo significado, intercambiando o identificando ambas expresiones.

Lo que sí quiero destacar es que Juan Pablo II señaló acertadamente la dificultad para definir confines claros entre estas situaciones o modalidades. No es pensable crear entre ellos barreras o recintos estancados. Varios fenómenos lo impiden: ante todo la dinámica evolutiva de personas, comunidades y culturas. Siempre será “nueva” pues hay nuevas personas que crecen en situaciones socio-culturales nuevas. Será “nueva” también por los profundos procesos de transformación iniciados con la modernidad, la posmodernidad, la técnica, la globalización, el secularismo, la interculturalidad. En la aldea global sin fronteras y en las múltiples identidades virtuales del ciberespacio es imposible pensar que los grupos humanos sean homogéneos y compartan la misma situación.

Por eso atención pastoral a los fieles, nueva evangelización y actividad misionera específica se auto-implican conservando cada modalidad su propia especificidad. La inter-dependencia entre estas acciones salvíficas de la Iglesia permite que cada una influya en la otra, la estimule, la enriquezca y la ayude. Se da una circularidad entre la misión ad intra de la Iglesia y la misión ad extra, entre el “inter gentes” y el “ad gentes”.

Ante un posible peligro de pensar que todo es nueva evangelización y acción pastoral, Juan Pablo II reafirma la necesidad de “mantener viva la solicitud por el anuncio y por la fundación de nuevas Iglesias en los pueblos y grupos humanos donde no existen, porque ésta es la tarea primordial de la Iglesia, que ha sido enviada a todos los pueblos, hasta los confines de la tierra. Sin la misión ad gentes, la misma dimensión misionera de la Iglesia estaría privada de su significado fundamental y de su actuación ejemplar” (RM 34).

Es imposible en este espacio hacer un recorrido de las muchísimas veces que Juan Pablo II proclamó la nueva evangelización. Basta decir que la hizo proclama, programa y proyecto pastoral de los diferentes sínodos continentales y de la “Novo millenio ineunte[12]. Le dedicó un bellísimo capítulo en su libro: Cruzando el umbral de la esperanza (1994)[13]. En su fuerte personalidad supo conjugar un halo que al mismo tiempo era poético, místico, filosófico y teológico. Insistió que la Iglesia siempre en cada época ha asumido la tarea de la inculturación del Evangelio. La Iglesia  entera se encuentra desde siempre “in statu missionis”[14]. La nueva evangelización encuentra su raíz en la misión del anuncio de Cristo que se hace peregrino junto al hombre, que se pone en camino con las nuevas generaciones[15].

f. Un organismo y un sínodo (Benedicto XVI)

El Papa Benedicto XVI tuvo una intuición profética, así la califica Mons. Fisichella, al crear el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización (2010) y posteriormente convocar el Sínodo sobre el mismo tema (2012)[16]

En el sugestivo escenario de la Basílica de San Pablo Extramuros, Benedicto XVI anunció en las vísperas de la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo su decisión de “crear un nuevo organismo, en la forma de «Consejo Pontificio», con la tarea principal de promover una renovada evangelización en los países donde ya resonó el primer anuncio de la fe y están presentes Iglesias de antigua fundación, pero que están viviendo una progresiva secularización de la sociedad y una especie de «eclipse del sentido de Dios», que constituyen un desafío a encontrar medios adecuados para volver a proponer la perenne verdad del Evangelio de Cristo”.

En la carta apostólica Ubicumque et Semper por la cual se crea el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Benedicto XVI afirma: “La misión evangelizadora ha asumido en la historia formas y modalidades siempre nuevas según los lugares, las situaciones y los momentos históricos. En nuestro tiempo, uno de sus rasgos singulares ha sido afrontar el fenómeno del alejamiento de la fe”. Las profundas transformaciones sociales  y culturales han tenido consecuencias también para la dimensión religiosa de la vida del hombre: “se ha verificado una pérdida preocupante del sentido de lo sagrado, que incluso ha llegado a poner en tela de juicio los fundamentos que parecían indiscutibles, como la fe en un Dios creador y providente, la revelación de Jesucristo único salvador y la comprensión común de las experiencias fundamentales del hombre como nacer, morir, vivir en una familia, y la referencia a una ley moral natural”.[17] La nueva situación y la nueva cultura no es sólo un cambio parcial sino que con razón se puede hablar de un cambio epocal que afecta todo el tejido social a nivel global, de aquí la necesidad de comprender y dialogar con esta nueva cultura.

Posteriormente, Benedicto XVI decidió dedicar un Sínodo al tema de “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”, recordando los 50 años de la inauguración del Concilio Vaticano II, a la par de convocar un Año de la Fe. Los Lineamenta advierten “la necesidad de una visión del futuro con esperanza, sin lágrimas de desesperación” y afirman: desde el Concilio Vaticano II en adelante, los Papas nos han ofrecido una clara palabra, clave de orientación para una pastoral presente y futura: “nueva evangelización”, es decir nueva proclamación del mensaje de Jesús, que infunde alegría y nos libera. Esta palabra clave puede ser el fundamento de la visión de una Iglesia evangelizadora”[18].

g. Una nueva actitud (Francisco: 2013)

Desde su elección como Obispo de Roma, el Papa Francisco ha conquistado a todos: miembros de la iglesia católica (especialmente muchos que se habían alejado), creyentes de otras Iglesias cristianas hermanas, miembros de otras religiones y hasta muchos no creyentes. Tiene como un imán que atrae hacia sí. Sus gestos, su cercanía, su testimonio hablan y convencen… Con esto nos está enseñando algo muy importante, muy repetido en los documentos del Vaticano II, el valor del testimonio personal.

Innumerables multitudes se acercan a la Plaza San Pedro a escuchar su palabra en las audiencias, en el “ángelus”  dominical, en las diferentes celebraciones. Él está ahí y repite que hay que anunciar a Cristo con misericordia, que Cristo llama a las puertas de la Iglesia no para entrar, sino para invitarnos a salir, a ir a las periferias geográficas y existenciales.

Su gesto de celebrar la misa del Jueves Santo “In Coena Domini” en el Centro Penitenciario para Menores Casal del Marmo (Roma) y lavar los pies a un grupo de jóvenes, entre los cuales dos mujeres y una de ellas musulmana, nos recuerda la parábola del Buen Samaritano que al ver al herido mientras iba de camino, no le dio un sermón ni le expuso una doctrina, no le pregunto quién era y quién creía sino que tuvo compasión, se acercó, vendó sus heridas, le montó sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él (cf. Lc 10,33-34).

La nueva evangelización necesita sobre todo una nueva actitud: acercarse con misericordia, sin prejuzgar ni condenar. Esta actitud es básica para que el encuentro pueda acontecer, para la comunión. Es una actitud que nace del amor: «Miserando atque eligendo» (“Lo miró con misericordia y lo eligió”) es el lema del papa Francisco. Está tomado de las homilías de san Beda el Venerable, el cual, comentando el evangelio de Mateo, escribió «Vidit ergo Iesus publicanum et quia miserando atque eligendo vidit, ait illi Sequere me» (“Vio Jesús a un publicano y como le miró con sentimientos de amor, lo eligió y le dijo: Sígueme”).

En la entrevista que el Papa Francisco le concedió al Padre Spadaro[19], afirma: “En lugar de ser solamente una Iglesia que acoge y recibe, manteniendo sus puertas abiertas, busquemos más bien ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos, capaz de salir de sí misma yendo hacia el que no la frecuenta, hacia el que se marchó de ella, hacia el indiferente. El que abandonó la Iglesia a veces lo hizo por razones que, si se entienden y valoran bien, pueden ser el inicio de un retorno. Pero es necesario tener audacia y valor”.

Invita a centrar la pastoral en la misión y no en el dogma: “Las enseñanzas de la Iglesia, sean dogmáticas o morales, no son todas equivalentes. Una pastoral misionera no se obsesiona por transmitir de modo desestructurado un conjunto de doctrinas para imponerlas insistentemente. El anuncio misionero se concentra en lo esencial, en lo necesario, que, por otra parte es lo que más apasiona y atrae, es lo que hace arder el corazón, como a los discípulos de Emaús”.

Añade: “Tenemos, por tanto, que encontrar un nuevo equilibrio, porque de otra manera el edificio moral de la Iglesia corre peligro de caer como un castillo de naipes, de perder la frescura y el perfume del Evangelio. La propuesta evangélica debe ser más sencilla, más profunda e irradiante. Solo de esta propuesta surgen luego las consecuencias morales”. Pensando en la predicación, dice que una verdadera homilía debe comenzar con el primer anuncio, con el anuncio de la salvación. No hay nada más sólido, profundo y seguro que este anuncio. Después vendrá una catequesis y alguna consecuencia moral. Pero el anuncio del amor salvífico de Dios es previo a la obligación moral y religiosa. Hoy parece a veces que prevalece el orden inverso".

En su Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2013, el Papa Francisco afirma: “El Año de la fe … es un estímulo para que toda la Iglesia reciba una conciencia renovada de su presencia en el mundo contemporáneo, de su misión entre los pueblos y las naciones. La misionariedad no es sólo una cuestión de territorios geográficos, sino de pueblos, de culturas y personas, precisamente porque las ‘fronteras’ de la fe no sólo atraviesan lugares y tradiciones humanas, sino el corazón de cada hombre y cada mujer. El Concilio Vaticano II destacó de manera especial cómo la tarea misionera, la tarea de ampliar los confines de la fe es un compromiso de todo bautizado y de todas las comunidades cristianas… Todos somos enviados por los senderos del mundo para caminar con nuestros hermanos, profesando y dando testimonio de nuestra fe en Cristo y convirtiéndonos en anunciadores de su Evangelio”[20].

Luego haciendo un examen de conciencia, afirma que “a menudo, la obra de evangelización encuentra obstáculos no sólo fuera, sino dentro de la comunidad eclesial. A veces el fervor, la alegría, el coraje, la esperanza en anunciar a todos el mensaje de Cristo y ayudar a la gente de nuestro tiempo a encontrarlo son débiles… Siempre debemos tener el valor y la alegría de proponer, con respeto, el encuentro con Cristo, de hacernos heraldos de su Evangelio, Jesús ha venido entre nosotros para mostrarnos el camino de la salvación, y nos ha confiado la misión de darlo a conocer a todos, hasta los confines de la tierra”.[21]

La evangelización acontece siempre en el marco de un diálogo interpersonal y respetuoso: “El cristiano que quiere anunciar el Evangelio debe dialogar con todos, teniendo en cuenta que nadie posee toda la verdad, porque la verdad se recibe a través del encuentro con Jesús. Los cristianos debemos ser como San Pablo, que, al hablar en el Areópago, construyó puentes para anunciar el Evangelio sin condenar a nadie. Para ello se necesita la actitud “valiente” que se “acerca más al corazón” de quien lo escucha, “busca el diálogo”. El Apóstol Pablo fue un verdadero “Pontífice, un constructor de puentes”, y no un constructor “de muros”.  El Papa nos invita a “seguir la actitud de Jesús”. Todo cristiano que desea llevar el Evangelio “debe ir por esta vía: ¡escuchar a todos! Pero ahora son buenos tiempos en la vida de la Iglesia: estos últimos 50 años, 60 años, son un buen tiempo, porque yo me acuerdo de cuando era niño y se escuchaba en las familias católicas, en la mía: ‘No, a casa de ellos no podemos ir, porque no se casaron por la Iglesia, ¿eh?’. Era como una exclusión. ¡No, no podías ir! O porque eran socialistas o ateos, no podíamos ir. Ahora (gracias a Dios) ya no, ya no se dice eso, ¿no es así? ¡Ya no se dice! Existía una como defensa de la fe, pero con muros”. En cambio, “el Señor hizo puentes. Primero: Pablo tiene esta actitud, porque fue la actitud de Jesús. Segundo: Pablo es consciente de que debe evangelizar, no hacer proselitismo”. “Cuando la Iglesia pierde esta valentía apostólica se convierte en una Iglesia inmóvil, una Iglesia ordenada, hermosa, todo bonito, pero sin fecundidad, porque ha perdido la valentía para ir a las periferias, allí en donde hay tantas personas víctima de la idolatría, de la mundanidad, del pensamiento débil… de muchas cosas. Pidamos hoy que nos dé esta valentía apostólica, este fervor espiritual”[22].

Con esto nos recuerda que la evangelización nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión, debe ser radicalmente nueva en las actitudes del evangelizador: fervor, alegría, valentía, esperanza, amabilidad… San Francisco de Sales, el santo Obispo de Ginebra, doctor del amor, repetía: “Se atrapan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre”. La dulzura, el amor, la amabilidad son los preámbulos de toda evangelización.

2.    Una misión teo-dramática para el hombre y para el mundo
a. La misión como desafío pastoral, teológico y espiritual (Kasper)

Todos sentimos y concordamos que la misión constituye un gran desafío pastoral. Sin embargo, el Cardenal Walter Kasper nos ha recordado que la misión, antes de ser un desafío pastoral, es sobre todo un desafío teológico y espiritual[23]. Esto quiere decir que la primera tarea misionera es encontrar una comprensión adecuada y compartida de misión, reflexionar sobre sus condiciones y consecuencias, orar para que el Señor dé crecimiento a lo sembrado. En el mundo de hoy, la pastoral de la Iglesia no se puede separar de su misión. En palabras de Juan Pablo II, “la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones” (RM 2).

En los últimos años, la idea de misión ha sido puesta con mucha frecuencia en discusión. Se aducen como razones: el redescubrimiento del valor positivo salvífico de las religiones no cristianas, una superación del colonialismo teológico y eclesial que conserva residuos de eurocentrismo, una equivocada comprensión de la liberación en términos exclusivamente horizontales, la identificación de “misión” y “misioneros” con una práctica de ayuda asistencialista a los países más pobres. Las colectas misioneras para sostener la acción evangelizadora han sido progresivamente sustituidas por una cooperación humanitaria para el desarrollo, a fin de mitigar la necesidad económica y social[24].

No se puede negar que ante la misión en muchas de nuestras comunidades hay un sentimiento de de indiferencia, cansancio e inclusive de aburrimiento.  Este “hastío hoy generalizado de la misión”[25] ya lo había avistado Juan Pablo II cuando escribió la Redemptoris Missio: “en esta «nueva primavera del cristianismo no se puede dejar oculta una tendencia negativa, que este documento quiere contribuir a superar: la misión específica ad gentes parece que se va parando (‘specifica relaxari videtur’), no ciertamente en sintonía con las indicaciones del Concilio y del Magisterio posterior. Dificultades internas y externas han debilitado el impulso misionero de la Iglesia hacia los no cristianos, lo cual es un hecho que debe preocupar a todos los creyentes en Cristo. En efecto, en la historia de la Iglesia, este impulso misionero ha sido siempre signo de vitalidad, así como su disminución es signo de una crisis de fe” (RM 2).[26] Las diferentes traducciones del texto indican una disminución, una pérdida de actividad, un enfriamiento, una relajación, una mengua de la misión ad gentes. Es grave esta afirmación de una tendencia que desde 1990 se ha venido acentuando progresivamente.

Entre las motivaciones y finalidades de la Redemptoris Missio, Juan Pablo II se propuso disipar dudas y ambigüedades sobre la misión ad gentes, confirmar en su entrega a los misioneros y a cuantos les ayudan; promover las vocaciones misioneras; animar a los teólogos a profundizar y exponer sistemáticamente los diversos aspectos de la misión; dar nuevo impulso a la misión, comprometer a las Iglesias particulares a mandar y recibir misioneros; asegurar que la actividad misionera tiene como único fin servir al hombre, revelándole el amor de Dios manifestado en Jesucristo.

La crisis de la misión se manifiesta también en lo que Juan Pablo II llamó un “entorpecimiento” lingüístico: “algunos se preguntan si aún se puede hablar de actividad misionera específica o de ámbitos precisos de la misma, o más bien se debe admitir que existe una situación misionera única, no habiendo en consecuencia más que una sola misión, igual por todas partes. La dificultad de interpretar esta realidad compleja y mudable respecto al mandato de evangelización, se manifiesta ya en el mismo «vocabulario misionero»; por ejemplo, existe una cierta duda en usar los términos «misiones» y «misioneros», por considerarlos superados y cargados de resonancias históricas negativas. Se prefiere emplear el substantivo «misión» en singular y el adjetivo «misionero», para calificar toda actividad de la Iglesia” (RM 32).

Recomenzar desde Cristo significa que la nueva evangelización no es en primer lugar una cuestión de métodos (como por ejemplo el empleo de nuevos medios de comunicación social y de nuevas técnicas) o la aplicación en la pastoral de nuevas perspectivas socio, psicológicas y pedagógicas. No es cuestión de acciones y campañas publicitarias. Todo eso puede ser útil, pero no es lo principal. “Lo que es importa es el Evangelio del Dios que se ha manifestado en Jesucristo para salvación nuestra y del mundo. Se trata de hablar de Dios y de Jesucristo de forma nueva, interpelante y enardecedora, de modo que las personas se sientan conmovidas y afectadas en su corazón y en su vida, el mundo sea transformado y la Iglesia vuelva a convertirse en hogar para muchos que se interrogan y buscan”[27]. Lo primero es preguntarse ¿Qué significa nueva evangelización? “La pregunta pastoral por la nueva evangelización deviene así un desafío teológico”[28].

Si nosotros reducimos la misión de la Iglesia a la atención pastoral ordinaria a las comunidades, entonces se cierne sobre nosotros la amenaza de empequeñecer la idea de misión. “La frecuente aplicación exclusiva de esta noción a la ‘missio ad extra’ ha llevado a olvidar el infausto hecho de que los territorios y las Iglesias tradicionalmente cristianos se encuentran en una situación de diáspora tanta interior como exterior. Esta situación de diáspora atraviesa el corazón de la Iglesia”… A todos los cristianos de todos los países, también a aquellos que antaño eran tierra de misión, se les exige una actitud y una actividad misioneras. El gran desafío del presente es superar la crisis de la idea de misión en el interior de la Iglesia[29].

b. “La Iglesia no tiene una misión, la misión tiene una Iglesia” (Moltmann)

Algunos teólogos han dicho que “la Iglesia no tiene una misión” sino que “la misión tiene una Iglesia”. Esta afirmación puede sorprendernos a primera vista y hasta escandalizarnos. Sin embargo, no es un juego de palabras. Estamos acostumbrados a percibir que la misión es “el quehacer” de la Iglesia. Demasiados ocupados en la “gerencia” pastoral, puede ser que hayamos construido nuestra “misión y visión” como tarjeta de presentación organizacional. Así cumplimos la exigencia de tener un portafolio eclesial para concursar entre los proyectos de las diferentes instituciones benéficas[30]. Una vez definida la misión, planeamos la visión que queremos y esperamos en el futuro, para luego concretizarla en objetivos estratégicos.

Aquí puede está el error, asimilados a una organización, a una ONG, no nos damos cuenta que como Iglesia no tenemos una misión, sino que la misión nos tiene como Iglesia, nos sostiene, funda e impulsa. ¡La misión no es una invención de la Iglesia para su conservación! No somos nosotros que definimos la misión, sino que la misión nos define a nosotros. El verdadero fundamento de la misión estriba en la irrevocable decisión salvífica de Dios a favor de todos los hombres. La misión no es una función de la Iglesia, sino que constituye su esencia y realización existencial.

La Iglesia es misionera porque Dios es misionero. La misión remite a Dios, al Dios que envía y de donde procede toda misión. La misión se ha convertido en un término clave en la misionología y en la teología actual. Juan Pablo II ya habló de una “vuelta o repatriación de las misiones a la misión de la Iglesia, y la confluencia de la misionología en la eclesiología y la inserción de ambas en el designio trinitario de salvación” (RM 32).

“La misión no es primariamente una actividad de la Iglesia, sino un atributo de Dios, pues Dios es un Dios misionero”[31]. Por su parte, Jürgen Moltmann afirma: “No es que la Iglesia tenga una misión de salvación que cumplir en el mundo; es la misión del Hijo y del Espíritu a través del Padre que incluye la Iglesia”[32].

Esta comprensión de la misión permite superar visiones que, aunque son verdaderas, están un tanto desenfocadas. A veces la misión fue interpretada primariamente en clave soteriológica: salvar algunos individuos de la condenación eterna; o en términos culturales: introducir gente del Este y del Sur en la Cristiandad occidental; otras veces en categorías exclusivamente eclesiales: la expansión de una Iglesia en su específica denominación; en ocasiones fue definida como en términos sociológicos intrahistórica: como el proceso por el cual el mundo podría ser transformado en el Reino de Dios. En estas comprensiones se acentúan más sus aspectos antropológicos, sociológicos, cristológicos y soteriológicos, a perjuicio de los términos trinitarios. En realidad la misión sólo se puede comprender auténticamente desde el Dios uno y trino. Dios Padre que envía al Hijo y al Espíritu Santo. La misión de la Iglesia no tiene vida propia, la recibe del Dios que enviando al Hijo por el poder del Espíritu es fuente y origen de Misión.

La misión es el movimiento de Dios al mundo; la Iglesia es un instrumento o sacramento para esa misión. Hay una Iglesia porque hay una misión, y no viceversa. Participar en la misión es participar en la dinámica del Dios-amor hacia la gente, porque Él es el manantial del amor.

Esta visión nos permite corregir la tentación siempre acechante de un eclesiocentrismo que desplaza el cristocentrismo y el teocentrismo propios del cristianismo. La nueva evangelización no tiene como objetivo primario construir una Iglesia, sino anunciar al Dios revelado en Jesucristo. La Iglesia no es ni el origen ni el final, es sólo sacramento del Dios que es creador y salvador, alfa y omega.

La misión de la Iglesia sólo tiene sentido en cuanto es prolongación de una misión divina. La Iglesia es enviada en misión porque Dios es en sí mismo un Dios que envía. La historia de la salvación es una cadena remisora de misiones. Las misiones de la así llamada “Trinidad económica” están fundadas en las misiones intra-trinitarias (llamada por los teólogos “Trinidad inmanente”)[33].

Las misiones del Hijo y del Espíritu Santo proceden del Padre. Se podría decir que la Trinidad tiene una naturaleza misionera. La misión ad extra revela la misión ad intra, y al mismo tiempo la misión ad intra funda la misión ad extra.[34] Las tres personas divinas existen en el amor (amante, amado, amor según las expresiones de la mística), y el amor tiende necesariamente a expresarse a sí mismo, pues por naturaleza sale de sí hacia el otro, no se queda encerrado ni es autoreferencial, es un don que se da gratuitamente y esa relación subsistente hace existir al otro. En este sentido santo Tomás definía las personas divinas como “relación subsistente”, “relación que hace existir”, “ser hacia” (‘esse ad’). De las misiones trinitarias nace la misión del Hijo al mundo, el Padre envía a su Hijo único por amor al mundo. La misión de la iglesia es ser la expresión – prolongación del amor de Dios por el mundo.

La Iglesia nace y vive del envío del Hijo por el Padre. La vocación cristiana es básicamente un envío, una misión. Todo cristiano está llamado a participar de la misión de Jesucristo: todos estamos llamados a ser discípulos misioneros desde los distintos ministerios, servicios y carismas al servicio de la misión única y común.

c. La misión como categoría central de la Teo-dramática (von Balthasar)

Hans Urs von Balthasar (1905-1988), uno de los más grandes teólogos del siglo XX, interpreta la historia de la salvación como una Teo-Dramática[35], vale a decir desde la categoría del teatro, del drama («drao» = acción) de Dios en la historia[36]. La parábola teatral permite la expresión no sólo del drama del hombre en su condición personal y social, sino la representación de su propia verdad, gracias a la dialéctica de la máscara que vela y desvela. En esta parábola es posible construir una Teodramática, es decir expresar la verdad de la revelación un Dios que se autocomunica actuando a través de una misión.

El drama de Dios que es esencialmente trinitario y, por inclusiones sucesivas, se extiende a todos los hombres y al cosmos entero. El teodrama encuentra su cráter de explosión en la figura de Cristo que a su vez realiza la apertura infinita del espacio dramático. La cristología de esta forma procede por elipsis progresivas que superan todo reduccionismo. En ella ocupa un lugar imprescindible la categoría de misión: el Hijo recibe una misión del Padre al encarnarse y venir al mundo. Pero ya en la misma encarnación se produce una inversión trinitaria[37], el Hijo se encarna por el poder y gracia del Espíritu Santo[38] .

En Cristo, se produce el admirable intercambio (“admirabile commercium”) entre Dios y el hombre, fruto del cual Dios es incluido en el hombre (encarnación) y el hombre es incluido en Dios (divinización). Se produce un intercambio de roles: una persona de la Trinidad toma el lugar del hombre para expiar su culpa en el sacrificio de la cruz como satisfacción agradable a Dios (“unus ex Trinitate passus est”). El hombre sale ganando, al ser divinizado en su misma naturaleza por la gratia capitis, es decir, por la íntima solidaridad del cuerpo que forman todos los hombres. En Cristo y en el Espíritu los hombres son con-glorificados al participar del misterio intratrinitario. Cristo aparece como el espacio personal y personalizante del teodrama que incluye al hombre, a la historia y al cosmos. La Iglesia continúa el teo-drama como signo de salvación en la espera de la realización escatológica. En el teo-drama estamos incluidos todos los cristianos cada uno representando su papel y tendiendo la glorificación final.

Von Balthasar advierte que no se puede reducir el discurso sobre Dios a pura cristología, sino que debe ser esencialmente trinitario como se ha revelado en la resurrección de Jesús: “La revelación definitiva del misterio trinitario no tiene lugar antes del misterio pascual”[39]. Esto significa que la fe cristiana en la Trinidad de Dios sólo se mantiene con la afirmación de la resurrección de Jesús. El punto de partida de la doctrina trinitaria no puede ser una idea abstracta y a priori, sino lo acontecido en la muerte y resurrección de Jesús. “Desde que el Padre resucitó a Jesús y desde que ambos derramaron su Espíritu común, Dios ‘vive’ total y definitivamente para nosotros, se nos revela hasta lo más hondo de su misterio trinitario”[40].

Con la resurrección de Jesús, todo adquiere sentido y coherencia. En la perspectiva lucana, el Resucitado explica e interpreta las Escrituras a los discípulos camino de Emaús; en la de Juan, los sucesos pascuales poseen una plenitud de sentido que no necesitan ulteriores explicaciones. En ambas perspectivas los discípulos, a partir de la resurrección de Jesús, comprenden armónicamente todas sus palabras y acciones. La luz pascual ilumina toda la vida del Señor. Finalmente de los encuentros con el Resucitado, brota para los discípulos la misión de anunciar aquello que habían experimentado personalmente. El impulso misionero prevalece sobre todos los demás temas tanto en Juan (20,21) como en Lucas (24,47-49; Hch 1,8) y en Mateo (28,18-20).

La misión entonces se presenta como “el envés del último motivo pascual… Lo que antes de pascua se llamó ‘seguimiento’, después de pascua se llama definitivamente misión”[41]. La misión del Resucitado es también el punto de pasaje de la cristología a la eclesiología: la Iglesia por fundación es esencialmente pascual y radicalmente misionera[42].

3. Analogía entre la teología de la misión y la teología de los misterios del Señor

Una auténtica teología de la misión en el fondo se constituye como eclesiología, y ambas se deben insertar en el designio trinitario de salvación (RM 32). La Iglesia, comunidad de los creyentes, existe para evangelizar, para proclamar la Buena Noticia, ésa es su misión (EN 14). Jesús Resucitado envía a sus discípulos: “Vayan y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado” (Mt 28, 19-20). En cumplimiento de su misión, la Iglesia sigue el ejemplo de Cristo Jesús, en su encarnación, muerte, resurrección y el envío del Espíritu Santo.

En el cumplimiento de su misión evangelizadora, la Iglesia no puede ubicarse desde fuera de la cultura ni reducir su mensaje a puros sentimientos. Se dirige a todo el hombre y a todos los hombres. Por ello usa un lenguaje que abarca la integralidad del ser humano: el hombre es un todo de razón y corazón; de intelecto, voluntad, sentimiento; de subjetividad y objetividad; es inteligencia sentiente y sentimiento inteligente. De aquí su presencia evangelizadora en la cultura, en el trabajo, en la política, en la ciencia, en los medios de comunicación social.

Para articular mejor la teología de la misión nos parece que puede resultar de gran utilidad la analogía con la teología de los misterios del Señor propuesta por Conferencia General de Santo Domingo.

“Ante ‘una crisis cultural de proporciones insospechadas’ (Juan Pablo II, Discurso inaugural, 21) en la cual van desapareciendo valores evangélicos y aun humanos fundamentales, se presenta a la Iglesia un desafío gigantesco para una nueva Evangelización, al cual se propone responder con el esfuerzo de la inculturación del Evangelio. Es necesario inculturar el Evangelio a la luz de los tres grandes misterios de la salvación: la Navidad, que muestra el camino de la Encarnación y mueve al evangelizador a compartir su vida con el evangelizado; la Pascua, que conduce a través del sufrimiento a la purificación de los pecados, para que sean redimidos; y Pentecostés, que por la fuerza del Espíritu posibilita a todos entender en su propia lengua las maravillas de Dios”[43].

En su misión evangelizadora, la Iglesia recorre los tres grandes misterios de la salvación: encarnación, resurrección, pentecostés. La Iglesia no puede seguir un camino distinto que el de Jesús. Se trata de un drama en tres actos:

1. La Encarnación nos lleva a la inculturación del Evangelio;

2. La Pascua nos pide la evangelización de las culturas;

3. Pentecostés nos invita a trascender la propia cultura hacia lo multicultural y lo intercultural.

Esto significa que el anuncio debe entrar en las culturas (inculturación del Evangelio) para poder transformarlas desde dentro denunciando proféticamente los signos de muerte presentes en ella y anunciando la nueva vida (evangelización de las culturas). Se trata de dos movimientos necesarios y complementarios. El misterio de Pentecostés completa los tres grandes misterios de la salvación y, por la fuerza del Espíritu, posibilita a todos entender en su propia lengua las maravillas de Dios[44].

a. Primer acto. Encarnación: entrar en las culturas (inculturación del Evangelio)

La inculturación del Evangelio asume el dinamismo de la encarnación. La salvación de Dios se realiza fundamentalmente por la presencia histórica de Cristo, modelo de humanidad plena, quien “se unió por su Encarnación a las determinadas condiciones sociales y culturales de los hombres con quienes convivió” (AG 10). El Dios totalmente otro se hizo en Jesucristo totalmente nuestro.

En el misterio de la encarnación encontramos el punto nodal de la historia de la salvación. Dios Padre decide enviar a su Hijo único encarnado por obra del Espíritu Santo. San Juan lo dice con una frase concisa: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14), que literalmente expresa el hecho de plantar su tienda, acampar, hacer morada, habitar entre nosotros. El himno de la carta a los filipenses nos invita a imitar los mismos sentimientos que Cristo: “El cual, siendo de condición divina, o retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres” (Fil 2, 6-7). Este movimiento de vaciamiento, de despojarse de su condición, se aplica tanto a la encarnación: el haber asumido la naturaleza humana, como a la muerte: se sometió incluso a la muerte y una muerte en cruz. San Pablo dice: “al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley” (Gal 4, 4). No podía ser de otra manera. Si la Palabra quería ser pronunciada y comunicada, era necesario que se hiciera palabra humana, de lo contrario los hombres no la hubiéramos podido ni escuchar ni comprender. Para hacerse hombre, el Hijo de Dios tenía que venir al mundo a la manera humana.

La Carta a los Hebreos dice que “todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en debilidad. Y a causa de esa misma debilidad debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo. Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios” (Heb 5, 1-4). Concluye que Dios constituyó a Jesucristo “Sumo Sacerdote”, envuelto en la debilidad de lo humano, hecho igual a nosotros menos en el pecado. Se refiere a la hermosa imagen del puente que une la orilla de Dios con la orilla del hombre, el cielo con la tierra, lo humano con lo divino. En este sentido, Cristo es nuestro Sumo Pontífice: el gran puente y hacedor de puentes.

El Concilio Vaticano nos dice que Cristo es el Hombre nuevo: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado […] El nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación […] El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado” (GS 22).

Por el misterio de su encarnación, Jesucristo se encarna en la humanidad como un ser humano dentro de una cultura, la judía. Asume esa vivencia cultural, de ellas toma las imágenes del Reino, de su predicación y ministerio. Jesucristo, el Verbo hecho carne, “habla palabras de Dios”, vale a decir, es la revelación y al mismo tiempo el revelador. Esto lo puede hacer por su encarnación, es decir, porque es “un hombre enviado a los hombres” (DV 4). El hacerse hombre se convierte para él en la gramática de la revelación sobrenatural. En otros términos, si Dios quería que su Palabra fuera entendida por los hombres, tenía antes que crear una lengua donde pudiera articularse y comprenderse esta Palabra. Por eso se afirma que Jesucristo, Dios y hombre verdadero, habla las palabras de Dios en nuestro lenguaje. Todo Él es Palabra de Dios: su presencia y manifestación, sus palabras y obras, sus señales y milagros, y, sobre todo, su muerte y resurrección. Es palabra personal de Dios.

El misterio de la encarnación nos lleva a asumir todo lo humano susceptible de ser llevado hacia Dios. La encarnación del Verbo postula una actitud positiva de la Iglesia ante el mundo, pues todo lo humano es creación de Dios, de aquí deriva su positividad radical. La inculturación del Evangelio es un imperativo del seguimiento de Jesús. Supone el reconocimiento de los valores evangélicos como “semillas del Verbo” en cada cultura. Por medio de la inculturación, la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas; asume lo que hay de bueno en ellas para que el Evangelio pueda ser comprendido desde dentro; les transmite sus propios valores. Nacen así nuevas expresiones culturales cristianas.

A pesar que la expresión “inculturación del Evangelio” es reciente, el proceso de inculturación no es un hecho nuevo para la Iglesia. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos atestigua la progresiva toma de conciencia de la comunidad primitiva de la universalidad de la misión, de estar llamados a los gentiles, y por lo tanto es el primer relato del encuentro del Evangelio con otras culturas. La Iglesia naciente afrontó los problemas de la discriminación hacia los hermanos no judíos (Cf. Hch 6, 1-4) y las condiciones para ser cristianos, sin tener que pasar por la conversión a las prácticas religiosas judías (Cf. Hch 15, 1-2). Los apóstoles, reunidos en concilio, realizaron un primer discernimiento sobre lo esencial y lo accesorio (cultural) de la fe cristiana. Sólo Jesús es el modelo absoluto de vivencia cristiana, lo cual exige un continuo discernimiento sobre la norma de fe (válida para todos) y sus expresiones en ritos, costumbres y leyes (diversidad cultural). “El cristianismo puede vivirse en formas culturales diversas, siempre y cuando sean fieles al seguimiento del modelo que es Jesús de los Evangelios, vivido en Iglesia”[45].

Fiel a esta exigencia, la Iglesia en los primeros siglos realizó una gran inculturación del Evangelio en distintas culturas y pueblos. Fruto de esta inculturación surgieron los diferentes ritos que enriquecen nuestra liturgia. También fue necesaria una traducción de los contenidos del Evangelio a las nuevas categorías conceptuales y filosóficas de los nuevos pueblos. Los dogmas de los primeros siglos responden a este gran esfuerzo de inculturación: decir Dios y el acontecimiento Jesucristo en una manera significativa, es decir, comprensible. Tal esfuerzo no pertenece sólo al pasado sino es un imperativo para la Iglesia en cualquier época y lugar.

Pablo VI señalaba además la necesidad de trasvasar lo esencial del mensaje evangélico a los distintos lenguajes culturales. Tal inculturación engloba las expresiones litúrgicas, la catequesis, la formulación teológica, las estructuras eclesiales secundarias, los ministerios. Añade un principio fundamental: “La evangelización pierde mucho de su fuerza y de su eficacia, si no toma en consideración al pueblo concreto al que se dirige, si no utiliza su lengua, sus signos y símbolos, si no responde a las cuestiones que plantea, no llega a su vida concreta” (EN 63). Señalaba también el peligro de desvirtuar el contenido de la evangelización bajo pretexto de traducirlo.

Un hito importante en la reflexión sobre la inculturación es la encíclica Redemptoris Missio del Papa Juan Pablo II escrita en 1990. En ellas aborda explícitamente el tema de la inculturación como un compromiso de la Iglesia bajo el título “Encarnar el Evangelio en las culturas de los pueblos” (RM 52- 54). Se presenta como una exigencia de siempre, pero hoy aguda y urgente. Se reconoce que el proceso de inserción de la Iglesia en las culturas de los pueblos no se trata de una mera adaptación externa, sino que es un proceso profundo y global, que abarca tanto el mensaje cristiano como la reflexión y la praxis de la Iglesia, y que requiere largo tiempo. La Iglesia transmite sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en las culturas y renovándolos desde dentro. La inculturación abarca diversas expresiones y sectores de la vida cristiana, como la evangelización, el culto, la teología, la caridad, la organización pastoral. Supone superar los condicionamientos del propio ambiente de origen, aprender la lengua y conocer las expresiones culturales más significativas, descubrir sus valores. Sólo así la Iglesia estará en condiciones de establecer una comunicación verdadera con gentes y pueblos. Finalmente el Papa citaba a su predecesor Pablo VI en su discurso a un simposio de obispos africanos: “Será necesaria una incubación del misterio cristiano en el seno de su pueblo, para que su voz nativa, más límpida y franca, se levante armoniosa en el coro de las voces de la Iglesia universal” (RM 54).           

b. Segundo acto. Pascua: transformar desde dentro las culturas (Evangelización de la cultura)

La segunda dinámica de toda teología de la misión debe ser la del misterio pascual. Si la encarnación nos lleva a asumir la cultura, la Pascua nos sumerge en el dinamismo pascual: pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Dios no ha ahorrado la muerte a su Hijo, lo entregó a la muerte, pero por la resurrección lo ha elevado, transformando la muerte en vida.

El misterio de la Pascua, muerte y resurrección, conduce a través del sufrimiento a la purificación y redención de los pecados[46]. La resurrección es el triunfo de la vida y del amor contra todas las injusticias y opresiones personales y estructurales de nuestro mundo. En ella se revela la fidelidad de Dios y su amor sin límites. La omnipotencia de Dios se comprende desde su impotencia en la cruz. Por ello la resurrección de Jesús es motivo de esperanza para todos los crucificados del mundo. Delante del escándalo de la injusticia que provoca la muerte se comprende mejor el alcance del triunfo de Dios. Con los crucificados de la historia, sin pactar con sus cruces y en el proceso de liberación de esas cruces, anunciamos y creemos en la resurrección de Jesús. El amor se presenta como una fuerza de resurrección que exige eternidad”. El anuncio kerigmático: “Jesucristo murió por el perdón de nuestros pecados”  significa que el misterio de la Pascua es salvador por excelencia.

En esta dinámica se inscribe la evangelización de las culturas. No todo lo que existe en las culturas es bueno. Algunas cosas necesitan ser asumidas para ser transformadas en bien, es decir, para ser salvadas, pues como dice el conocido adagio teológico de san Ireneo: “lo que no se asume, no se redime”. La resurrección es un complemento necesario a la encarnación: constituye la plenitud y la definitividad de la revelación del amor de Dios. Es el grito del triunfo de la vida sobre la muerte, y sobre los que se enriquecen en el negocio de la muerte de muchos hombres despojándoles de sus derechos y de una vida digna. En la resurrección de Jesús todos los crucificados de la historia tienen la esperanza real de una vida feliz para siempre.

La evangelización de la cultura significa para la Iglesia “llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad... Se trata también de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación” (EN 18-19).

Si la inculturación del Evangelio corresponde al dinamismo de la encarnación —entrar en el alma de una cultura—, la evangelización de la cultura corresponde al dinamismo de la redención, es decir, al misterio pascual, muerte y resurrección. Por la inculturación del Evangelio la Iglesia asume cada cultura para ofrecerle el mensaje de salvación en Jesucristo: “Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos.” (Hch 4,12).

Decíamos anteriormente que se trata de dos movimientos necesarios y complementarios. El problema es que muchas veces como Iglesia hemos querido dar el segundo paso, sin haber realizado el primero. En otras palabras, algunos proyectos misioneros han prescindido (¿y prescinden?) de la inculturación del Evangelio y por eso su evangelización ha sido superficial, no ha llegado al alma de los pueblos. Ha predominado la preocupación por la transmisión formal de los contenidos, la repetición de ritos, sin preguntarse por la significatividad y comprensión del mensaje en las categorías y símbolos culturales. Sin duda que al repetir formulaciones de contenidos se evitan desviaciones (expresiones heterodoxas), pero no se asegura que el mensaje sea comprendido y cale en lo profundo de la persona y de las culturas.

Nuestra Iglesia por mucho tiempo se ha quedado en la pobreza de la repetición de fórmulas rituales y celebraciones litúrgicas. La acción misionera transmitió la fe, pero no se planteó a fondo el tema de la inculturación de la teología y de la liturgia cristiana. Basta pensar que hasta el Concilio Vaticano II se celebraba la misa en latín y no se contaba con traducciones autorizadas de la Biblia a las diversas lenguas. Todavía hoy en muchos lugares no hemos sido capaces de plantear una liturgia renovada e inculturada. Por querer ser literalmente fieles, hemos empobrecido nuestra evangelización, nuestra pastoral y nuestras celebraciones.

La fe, al encarnarse en las culturas, debe rescatar los valores humanos y cristianos ensombrecidos, y al mismo tiempo  corregir los errores y denunciar los antivalores inhumanos y deshumanizadores pues son antievangélicos. La evangelización de la cultura debe asumir para su transformación “los graves problemas de violencia, pobreza e injusticia; la creciente cultura de la muerte que afecta la vida en todas sus formas”[47]. En particular debe reconocer y hacerse cercana a los nuevos rostros de la pobreza, a los rostros sufrientes que nos duelen: personas que viven en la calle, migrantes, enfermos, adictos dependientes, detenidos en las cárceles, desplazados, sin techo y sin tierra.

El documento de Puebla nos recuerda que la evangelización no es sólo un hecho individual o subjetivo sino que debe tocar las situaciones estructurales de injusticia y de pobreza aguda. “En pueblos de arraigada fe cristiana se han impuesto estructuras generadoras de injusticia. Estas, que están en conexión con el proceso de expansión del capitalismo liberal y que en algunas partes se transforman en otras inspiradas por el colectivismo marxista, nacen de las ideologías de culturas dominantes y son incoherentes con la fe propia de nuestra cultura popular” (DP 437). La evangelización no es sólo anuncio del Evangelio de Jesús a las personas individualmente, sino que debe llegar a las estructuras y a los lugares de decisión, sólo así podrá hacer efectivo el anuncio liberador: “a los pobres se les anuncia la Buena Nueva” (Lc 7, 22; cf. 4, 18).

La evangelización de la cultura exige la formación cristiana de las conciencias, orientar y acompañar pastoralmente a los constructores de la sociedad en la formación de la conciencia moral y en una consecuente actuación política, constante apertura al diálogo hacia quienes tienen visiones diferentes, compromiso efectivo en la consecución de la justicia y la paz de nuestros pueblos.

El dinamismo de la Resurrección de Jesús nos pide dar vida a nuestros pueblos, transformando las situaciones inhumanas[48] y, por ello, contrarias al plan de Dios. La evangelización de las culturas será siempre un anuncio de vida, y un fruto de la misión: “para que nuestros pueblos en Él tengan vida”[49].

c. Tercer acto. Pentecostés: de lo multicultural a lo intercultural (evangelización intercultural)

La resurrección de Jesús constituye el punto decisivo de la historia de la salvación. Se trata de una dinámica que, lejos de pertenecer a un pasado olvidado, nos habla del futuro y por ello sigue presionando el presente con su fuerza liberadora. En la versión de Juan el mismo día de la resurrección, Jesús aparece a los discípulos y les dona el Espíritu Santo (Jn 20,19-23). Según la perspectiva de Lucas, el Resucitado envía el Espíritu cincuenta días después, de aquí el nombre de Pentecostés (Hch 2,1). Se trata de una historización pedagógica de los misterios. Más allá de las diferencias de las versiones, los dos misterios resurrección y envío del Espíritu Santo están íntimamente vinculados.

En la resurrección de Jesús encontramos una concentración cristológica, pero en Pentecostés nos hallamos ante una expansión pneumatológica hacia lo universal [50]. Dicho en otras palabras, la acción de Dios en Jesucristo se caracteriza por su singularidad y particularidad, mientras que la acción de Dios por medio del Espíritu se distingue por la universalidad, multiplicidad y pluralidad. Se puede hablar de una auténtica polifonía. El Espíritu Santo enviado por el Resucitado implica a muchas personas en su actividad, se trata de una auténtica expansión hacia lo universal que, a través de círculos concéntricos, va incluyendo cada vez más agentes y áreas de acción, en la apertura y respeto a su particularidad y originalidad.

Mientras las apariciones del Resucitado son experimentadas por un grupo privilegiado de elegidos que se convierten en testigos y cesan después de cierto tiempo (cuarenta días); las acciones del Espíritu son experimentables por todos los creyentes de cualquier tiempo y lugar. Los efectos del Espíritu abarcan una multiplicidad de fenómenos: milagros, inspiraciones, éxtasis, don de lenguas, don de profecías, diversos carismas y sentimientos: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí (cf. Gal 5,22).

El misterio de Pentecostés nos invita a contemplar el misterio del don del Espíritu Santo enviado por el Resucitado. Ante todo es un don de valentía: de los cobardes fugitivos del viernes santo, los apóstoles se convierten en valerosos testigos y misioneros del Señor Jesús. La “parresía” hace salir de sí y superar los propios miedos, es audacia y fuerza, coraje y valor.

Otro signo es la universalidad. Lucas deja claro que “la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua” (Hch 2,6). Plantea la pregunta inquietante “¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa?” (Hch 2,8), “¿Qué significa esto?” (Hch 2,12). No se trata del fenómeno de la glosolalia, de la capacidad sobrenatural de hablar lenguas diferentes, sino más bien que cada uno oye hablar en su propia lengua las maravillas de Dios, esto es, las comprende en su corazón. He aquí el verdadero don del Espíritu: su mensaje lograr trascender las lenguas de los que escuchan, ir más allá de las situaciones particulares y culturales, tender hacia una universalidad que no niega las diferencias sino las integra.

Pablo en diferentes lugares de sus cartas alude a esta superación de las diferencias: “Despójense del hombre viejo con sus obras, y revístanse del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos (Col 3, 9-11). La carta a los Gálatas añade a este elenco que entre los bautizados ya no hay ni hombre ni mujer (Gal 3, 27-28). En la carta a los Corintios se hace explícita la acción del Espíritu Santo como fuerza de trascendencia: “Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1Cor 12,13).

En relación a la cultura, el misterio de Pentecostés significa pasar de la multiculturalidad a la interculturalidad. El instrumento de participación del CAM 4 – COMLA 9 afirma: “Constatar la existencia de diversas culturas no basta. Se requiere dar un paso más para que la mera coexistencia que generalmente se traduce en dominio de una sobre la otra, sino que se vayan estableciendo relaciones de igualdad, respeto e intercambio. Las relaciones entre las culturas son normalmente desiguales pero pueden tornarse igualitarias. Cuando hablamos de multiculturalidad y pluriculturalidad se pone el acento en cada cultura como diferente a las otras acentuando el respeto y la tolerancia. Cuando hablamos de interculturalidad ponemos de relieve las convergencias de las culturas sobre las cuales establecer vínculos y puntos en común. La interculturalidad pone el acento en el aprendizaje mutuo, la cooperación y el intercambio situando la convivencia entre diferentes en el centro de su programa”[51].

Se trata de no quedarnos encerrados en la particularidad de la propia cultura sino a trascenderla. Ir más allá de la propia cultura, sin perder sus valores, y asumir una perspectiva más amplia. Esto pide como primer paso reconocer la diversidad de culturas con actitudes de tolerancia y respeto (multiculturalidad). Es la experiencia que hace el migrante al llegar a una cultura nueva. Pero hay un segundo paso que resulta imprescindible: la apertura a lo novedoso, la participación en la vida social y cultural del país de acogida, desarrollando actitudes de reciprocidad y buscando la unidad en la diversidad. No se trata de perder la propia cultura, sino de enriquecerla en diálogo intercultural. Esto exige para los Estados el reconocimiento pleno de los derechos, responsabilidades, oportunidades y deberes de todos los ciudadanos y minorías, una educación no sólo bilingüe sino sobre todo intercultural que permita establecer auténticas relaciones simétricas[52].

Para la Iglesia es un imperativo reconocer la diversidad cultural de todos los grupos con estrategias pastorales interculturales. De una manera especial Aparecida nos recuerda que: “los indígenas y afroamericanos emergen ahora en la sociedad y en la Iglesia. Este es un ‘kairós’ para profundizar el encuentro de la Iglesia con estos sectores humanos que reclaman el reconoci­miento pleno de sus derechos individuales y colectivos” (DA 91). Se trata de una urgencia pues “los indígenas y afroamericanos son, sobre todo, ‘otros’, diferen­tes, que exigen respeto y reconocimiento. La sociedad tiende a menospreciarlos, desconociendo su diferencia. Su situación so­cial está marcada por la exclusión y la pobreza… Hoy, los pueblos indígenas y afros están amenazados en su exis­tencia física, cultural y espiritual; en sus modos de vida; en sus identidades; en su diversidad; en sus territorios y proyectos. Su progresiva transformación cultural provoca la rápida desaparición de algunas lenguas y culturas. La migración, forza­da por la pobreza, está influyendo profundamente en el cambio de costumbres, de relaciones e incluso de religión” (DA 89-90).

Sólo pasando del reconocimiento de la pluriculturalidad a una interculturalidad, será posible  promover la globalización de la solidaridad con la nueva imaginación de la caridad, que nos pedía Juan Pablo II, y asumir un papel de mayor participación y colaboración con las Iglesias hermanas del continente y con otras Iglesias, no sólo en los aspectos pastorales internos, sino también en su relación con la sociedad y en la búsqueda de la justicia: “La Iglesia en América está llamada no sólo a promover una mayor integración entre las naciones, contribuyendo de este modo a crear una verdadera cultura globalizada de la solidaridad, sino también a colaborar con los medios legítimos en la reducción de los efectos negativos de la globalización, como son el dominio de los más fuertes sobre los más débiles, especialmente en el campo económico, y la pérdida de los valores de las culturas locales en favor de una mal entendida homogeneización”[53].

4. Dimensiones y caminos de la nueva evangelización

Después de profundizar el significado de la misión, es necesario concretizar su trascendencia y urgencia en el ámbito de la nueva evangelización. Para ello debemos preguntarnos cómo se realiza esta nueva evangelización y cuáles son sus dimensiones.[54] En el mandato misionero del Resucitado (Mt 28,19-20) podemos diferenciar cuatro dimensiones: la primera, misionera: “Vayan a todas las gentes”; la segunda, pastoral: “Hagan discípulos”; la tercera, litúrgica: “Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”; la cuarta, profética: “Enséñenles a guardar todo lo que yo les he mandado”.

a. Dimensión misionera: “Vayan a todas las gentes”

La primera dimensión del mandato que el Resucitado confía a sus discípulos apunta a la universalidad. Todos los bautizados somos enviados y llamados a la misión, misioneros en cuanto somos cristianos, seguidores de Cristo, partícipes de su misión. La universalidad viene también especificada por la dirección de la misión: “a todas la gentes”.

San Beda el Venerable comenta: “El que había dicho antes de su pasión: ‘No vayan por el camino de los gentiles’ (ethnon, Mt 10,5), cuando resucitó de entre los muertos, les dijo: ‘Vayan y enseñen a todas las gentes’ (ethne, Mt 28,19)”. Mateo usa el mismo vocablo: ethnos (etnia). Los destinatarios de la misión son todos los pueblos, naciones, etnias, gentes… Y San Severo añade: “por lo tanto, todas las naciones son dirigidas hacia su salvación por la misma potestad que las creó para la felicidad eterna”[55].

El envío de los bautizados a dirigirse a todos los pueblos concierne a todos los hombres y a todas las naciones. El Dios de los cristianos no es sólo el Dios de Israel, ni sólo el Dios de los cristianos, sino el Dios de todos los hombres y mujeres, como confesamos en el Credo es el “Dios Creador del cielo y de la tierra”. La Palabra de Dios no está dirigida sólo a una élite de iniciados y bautizados, sino a todos los hombres de buena voluntad, es decir a todos en cuanto amados por el Señor (cf. Lc 2,14) somos destinatarios de su revelación y de su salvación.

Hay que acotar que la primera llamada no es necesariamente idéntica a la misión definitiva. Puede ser que un joven  sea despertado varias veces del “sueño” como el joven Samuel, y sólo poco a poco aprenda, tal vez gracias a las enseñanzas de uno que ya ha sido llamado, como responder al Señor. Así Elí dice a Samuel: “Vete y acuéstate, y si te llaman, dirás: Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1Sam 3,9). De igual forma los Apóstoles son introducidos primeros en única comunidad de vida con el Señor, para crecer luego poco a poco y asumir progresivamente la misión. Igualmente Pablo, y en manera ejemplar, se siente “tocado” por la llamada de Dios en el camino de Damasco, pero sólo obtiene la promesa de su futura misión, no la misma misión. Pablo responde a la llamada: “Señor, ¿qué quieres que haga?” y es reenviado a la Iglesia: “levántate, entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer” (Hch 9,6). Desde el sí de Pablo hasta su misión hay todavía un largo camino que recorrer, lleno de preocupaciones, de reflexión sobre lo acontecido, de vincularse a la tradición eclesial (Hch 9,26), de conseguir la aprobación eclesial de su misión (Gal  2,2), pero sobre todo un camino de silencio y de recogimiento, y por eso, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles, se va a Arabia, y se vuelve nuevamente a Damasco por tres años (Gal 1,17). La hora de la misión llega sólo cuando en la comunidad de Antioquía profetas y maestros “celebran el culto del Señor y ayunan, y entonces llega el Espíritu Santo: “Sepárenme ya a Bernabé y a  Saulo para la obra a la que los he llamado” (Hch 13,1-2). De esta forma la misión de Pablo a los gentiles se convierte al mismo tiempo en una misión eclesial. El encuentro en el camino de Damasco es un encuentro con el Hijo de Dios, que le permite recuperar la relación de vida con el Señor que tienen los demás apóstoles: “Y en último término se me apareció también a mí, como a un aborto” (1Cor 15,8). La misión de Antioquía es en cambio el don del Espíritu Santo, en el cual sólo acontecen las misiones.  

También esto pasó con Jesús, elegido desde la eternidad y que desde la eternidad había pronunciado su sí a la misión, pero sólo en una hora histórica de su existencia terrena fue encargado de la misión: en el momento de su bautismo en el Jordán, cuando el Espíritu descendió del Padre sobre él, y de ahí en adelante “lleno de Espíritu Santo” (Lc 4,1) recorrió los caminos de su misión. Sólo después de sufrir la Pasión y resucitar, Jesús envía al Espíritu Santo sobre los discípulos que obtienen así su misión definitiva: “como el Padre me envió, también yo los envío. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,21-22). Toda misión y toda vocación tienen que ver con este mismo Espíritu (1Cor 12,4-11). Al don de la vocación, debemos responder con un sí personal emprendiendo un camino de formación que no es otra cosa que el discipulado.

A todos los bautizados se nos invita a emprender un camino, no podemos permanecer donde estamos, e ir como María con prontitud, sin demora, a toda prisa (Lc 1,39), a donde nos mande el Espíritu del Resucitado. Una Iglesia misionera no puede esperar pasiva y cómodamente a que la gente venga, sino que sale al encuentro de todas las gentes, a las periferias que el Papa Francisco nos llama. La pregunta que todo bautizado y toda comunidad cristiana debe hacerse es ¿A qué personas, ambientes y pueblos somos enviados hoy? No se trata de que cada uno se dé la respuesta, solo en la oración y el discernimiento comunitario el Espíritu nos dirá a que misión nos manda. La misión no la elige cada uno, la que más le guste o donde se sienta más realizado, la misión la recibimos de Dios a través de la Iglesia.

Recordemos una de las homilías del Papa Francisco[56]: “Quien ha conocido a Jesús tiene la fuerza y el coraje de anunciarlo. Del mismo modo, quien ha recibido el bautismo tiene la fuerza de caminar, de ir hacia adelante, de evangelizar. Y cuando hacemos esto la Iglesia se convierte en ‘madre que genera hijos’, capaces de llevar a Cristo al mundo”. Comentando la lectura de los Hechos de los Apóstoles (8, 1-8), recordó que tras violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén luego del martirio de Esteban, todos huyeron excepto los apóstoles. Los cristianos en cambio “se fueron solos. Sin presbíteros. Sin obispos: solos. Los obispos, los apóstoles, estaban en Jerusalén para hacer un poco de resistencia a estas persecuciones. Sin embargo, ‘los que se habían dispersado fueron por todas partes anunciando la Buena Nueva de la palabra’. Ellos dejaron su casa, llevaron consigo quizá pocas cosas; no tenían seguridad, pero fueron de sitio en sitio anunciando la Palabra. Llevaban consigo la riqueza que tenían: la fe. Aquella riqueza que el Señor les había dado. Eran simples fieles, apenas bautizados desde hacía un año o poco más, quizá. Pero tenían el coraje de ir a anunciar. ¡Y les creían! ¡E incluso hacían milagros! Había ido también Felipe. Estos cristianos, cristianos desde hacía poco tiempo, tuvieron la fuerza, el coraje de anunciar a Jesús. Lo anunciaban con las palabras, pero también con su vida. Suscitaban curiosidad: "Pero... ¿quiénes son estos?". Y ellos decían: ‘Hemos conocido a Jesús, hemos encontrado a Jesús, y lo llevamos’. Tenían solo la fuerza del bautismo. Y el bautismo les daba este coraje apostólico, la fuerza del Espíritu”.

Y continuó la reflexión del Papa Francisco: “Pienso en nosotros, bautizados, si tenemos esta fuerza. Y pienso: ‘Pero nosotros, ¿creemos en esto? ¿Que el bautismo sea suficiente para evangelizar? O esperamos que el cura diga, que el obispo diga… ¿Y nosotros? Demasiado a menudo la gracia del bautismo se deja un poco aparte y nos encerramos en nuestros pensamientos, en nuestras cosas… ¿Dónde está esta fuerza del Espíritu que te lleva adelante? ¿Somos fieles al Espíritu para anunciar a Jesús con nuestra vida, con nuestro testimonio y con nuestras palabras? Cuando hacemos esto, la Iglesia se convierte en una Iglesia Madre que genera hijos, pero cuando no lo hacemos, la Iglesia se convierte no en madre, sino en Iglesia niñera, que cuida al niño para que se duerma. Es una Iglesia adormecida. Pensemos en nuestro bautismo, en la responsabilidad de nuestro bautismo”.

Recordó un suceso en Japón, en los primeros decenios del siglo XVII, cuando los misioneros católicos fueron expulsados del país y las comunidades permanecieron más de dos siglos sin sacerdotes. Cuando luego volvieron los misioneros encontraron a una comunidad viva en la que todos estaban bautizados, catequizados, casados en la Iglesia. E incluso cuantos habían muerto había recibido una sepultura cristiana. “Pero -añadió el Papa- no había sacerdote! ¿Quién hizo esto? ¡Los bautizados! He aquí la gran responsabilidad de los bautizados: “Anunciar a Cristo, llevar adelante la Iglesia, esta maternidad fecunda de la Iglesia… Ser cristiano es un don que nos hace ir adelante con la fuerza del Espíritu en el anuncio de Jesucristo”.

b. Dimensión pastoral: “Hagan discípulos”

La Conferencia de Aparecida ha dado en el clavo recordándonos que todo misionero debe hacerse primero discípulo. No somos nosotros que elegimos ser discípulos, fue el maestro quien nos eligió, llamándonos por nombre: Lucas dice que Jesús “se fue al monte a orar y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles” (Lc 6,12.-13). Porque la vocación de los doce apóstoles nace de la oración de Jesús, la oración en la montaña es el “el lugar interior de la vocación”[57] de todo discípulo.

De aquí la importancia de la oración personal y comunitaria por las vocaciones y por los misioneros: “Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia. Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: "La mies es mucha y los obreros pocos. Rueguen, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mat 9, 35-38). Uno de los cometidos de la nueva evangelización es la oración al padre para que envíe evangelizadores, una oración que nace de la compasión ante las muchedumbres necesitadas y de la proclamación del Evangelio.

La oración no es sólo el inicio de la vocación del misionero, sino también su meta. Jesús elige los discípulos para que “estén con él, enviarlos a predicar y sean de los suyos”. Qué otra cosa es la oración sino “estar con él”. Evangelizar significar enseñar a orar a las personas. La nueva evangelización, como dice el Cardenal Kasper, será sobre todo “escuela de oración”.[58]

La conferencia de Aparecida nos ha recordado que “la condición del discípulo brota de Jesucristo como de su fuente, por la fe y el bautismo, y crece en la Iglesia, comunidad donde todos sus miembros adquieren igual dignidad y participan de diversos ministerios y carismas. De este modo, se realiza en la Iglesia la forma propia y específica de vivir la santidad bautismal al servicio del Reino de Dios” (DA 184).

El Papa Benedicto XVI en su discurso inaugural afirmó: “El discípulo, fundamentado así en la roca de la palabra de Dios, se siente impulsado a llevar la buena nueva de la salvación a sus hermanos. Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva (cf. Hch 4, 12). En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro”. En este sentido toda la reflexión de Aparecida llegó al consenso de eliminar la conjunción “y” de la expresión. No se trata de que en la Iglesia hay algunos discípulos y hay también misioneros. En el sentido que algunos están llamados a ser discípulos de Jesús y otros a ser misioneros. Todos los bautizados somos discípulos misioneros, nos configuramos a Jesús al cumplir su misión evangelizadora.

Jesús forma a sus discípulos para enviarlos a la misión. Se trata de una formación para ser discípulos misioneros. Bastaría analizar todo la vida pública de Jesús bajo este aspecto. Los evangelios presentan a Jesús que llama al discipulado, forma a sus discípulos para la misión. El discipulado tiene un carácter profundamente místico y comunitario. Jesús reúne y forma a sus discípulos en comunidad. Los envía a formar comunidades. Llama la atención el plural del envío de Jesús Resucitado. Ningún discípulo es enviado solo a una comunidad, ninguna misión es aislada. Todo misionero es enviado en comunión, de dos en dos como en la primera misión. Pablo es acompañado por un grupo de discípulos misioneros.

Nuestras comunidades y parroquias están llamadas a ser una fuente de acogida y Evangelio mediante el testimonio de la comunión fraterna, que  constituye el sueño de Dios para todas sus criaturas. El testimonio de nuestras comunidades es una afirmación que es posible la convivencia por encima de edades, procedencia y mentalidad; es posible ayudarse, trabajar, quererse y compartir lo que se tiene con personas no elegidas por uno mismo, diferentes, porque juntos miran un objetivo común: el Reino y a quien lo sustenta, Dios.

Las comunidades cristianas están llamadas a ser testimonio de fraternidad, caminos de unidad y encuentro, en un mundo roto, sediento de igualdad y amistad, pero en el que se desarrollan rencores y odios, división y destrucción nunca antes vistos. La apertura a todas las comunidades y movimientos apostólicos que conforman la parroquia constituye un signo de una Iglesia de hermanos, espacio de esperanza y respuesta a los grandes interrogantes de la gente.

Ecclesia in America nos pide al respecto una valiente acción renovadora de las Parroquias a fin de que sean de verdad “espacios de la iniciación cristiana, de la educación y celebración de la fe, abiertas a la diversidad de carismas, servicios y ministerios, organizadas de modo comunitario y responsable, integradoras de movimientos de apostolado ya existentes, atentas a la diversidad cultural de sus habitantes, abiertas a los proyectos pastorales y supra-parroquiales y a las realidades circundantes” (EA 41) . Esto nos pide a los agentes de pastoral, una conversión a la espiritualidad de comunión, superando cualquier individualismo espiritual y pastoral.

c. Dimensión litúrgica: “Bautícenlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”

“El mandato de bautizar a todas las gentes no puede ser entendido, por supuesto, desde la actual praxis bautismal que se diferencia de la praxis de la Iglesia primitiva. En ésta, el bautismo representaba la conclusión litúrgico-sacramental de una larga preparación que culminaba con la renuncia al diablo y a toda su pompa”[59]. El entonces Cardenal Ratzinger en su libro Caminos hacia Jesucristo cita a Hugo Rahner que ha mostrado cómo el bautismo se trataba de una renuncia al teatro pagano, a los juegos de circo, al espectáculo de la violencia, de la crueldad, del entrenamiento banal. El que se bautizaba debía renunciar a los trastornos de una cultura pagana. Suponía una conversión radical: un verdadero corte, iniciar una vida nueva, alejarse del mal y volver a Dios, y con ello imprimir un giro de ciento ochenta grados a la propia vida, una reorientación, un nuevo nacimiento[60]. Recibir el bautismo era comprendido como un corte, una purificación, un recibir el Evangelio y orientar la vida desde sus criterios.

San Basilio Magno (+379) interpretó el encuentro de la fe con la cultura griega refiriéndose al cultivador de sicomoros (“Yo no soy profeta, ni soy hijo de profeta, yo soy vaquero y picador de sicómoros”, Am 7,14), que logra que sea comestible el fruto haciéndole un corte antes de recogerlo. El encuentro entre la fe y la cultura de todo tiempo necesita una incisión que la haga sana y válida: “El Logos tiene que hacer un tajo a nuestras culturas y a sus frutos, por eso lo que no se puede comer se purifica y no sólo se vuelve comestible, sino bueno… El Logos mismo es el que puede conducir nuestras culturas a su auténtica pureza y madurez, pero el Logos se sirve de sus siervos, de los ‘que pican sicómoros’… La evangelización no es una simple adaptación a la cultura, tampoco un revestirse con elementos de la cultura en el sentido de un concepto superficial de inculturación, de la que se piensa se la realiza con un par de nuevos elementos en la liturgia y con formas lingüísticas modificadas. No, el Evangelio es un corte, una purificación que se convierte en maduración y curación”[61].

Del mismo modo que en la Iglesia primitiva el bautismo se hallaba asociado a una conversión radical, hoy la nueva evangelización tampoco es posible sin una conversión radical y un cambio de mentalidad. Benedicto XVI ha dicho: “No existe acceso a Jesús al margen del bautismo. No es posible acudir a Jesús sin responder a la llamada del Precursor. Jesús asumió más bien el mensaje de Juan en la síntesis de su propia predicación: ‘Conviértanse y crean en el Evangelio’ (Mc 1,15)”[62]. Esto significa que la llamada a bautizar a todas las gentes es una llamada a la conversión de vida, a iniciar un proceso de catecumenado en el que puede madurar aquel hombre nuevo que en bautismo es extraído del agua pascual[63]. Tal vez nosotros los agentes de pastoral somos causantes de una fe mediocre, al no proponer un camino mistagógico serio de preparación al Bautismo que lleve al cambio de vida y que supere un barniz superficial en la evangelización.

Por otra parte, el Bautismo nos injerta en Cristo (Rm 6,5). Todo cristiano en el bautismo es ungido como sacerdote, profeta y rey. Por tanto, ser sacerdote pertenece sustancialmente a nuestra existencia cristiana. El Concilio Vaticano II ha dejado claro que el sacerdocio común de los fieles es “para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, (los bautizados) ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz (cf .1Pe 7,4-10). Por ello todos los discípulos de Cristo, perseverando en la oración  y alabando juntos a Dios (cf. Hch 2,42-47), ofrézcanse a sí mismos como hostia viva, santa y grata a Dios (cf. Rom 12,1) y den testimonio por doquier de Cristo, y a quienes lo pidan, den también razón de la esperanza de la vida eterna que hay en ellos (cf. 1Pe 3,15)... Los fieles ejercen [su sacerdocio] en la recepción de los sacramentos, en la oración  y acción  de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, en la abnegación  y caridad operante” (LG 10).

La acción pastoral de la Iglesia ha estado centrada por muchos años (y tal vez todavía lo está) en lo que es el culmen de la liturgia: en los sacramentos, y de manera particular en el Bautismo y la Eucaristía. Pero tal vez hemos olvidado que la nueva evangelización debe ser mistagogía, iniciación pedagógica a los misterios. Ahora la pastoral la hacemos consistir en celebrar una misa, y es verdad el adagio tantas veces repetido por Henri De Lubac que “la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia”[64], sin embargo para un mundo descristianizado, no iniciado, no es suficiente.

La nueva evangelización exige ampliar y hacer más diferenciado el repertorio de celebraciones de la fe promoviendo nuevamente los sacramentales, pues no todos están preparados para participar fructuosamente de los sacramentos y otros están excluidos por diferentes condiciones (piénsese en la propuesta del Papa Francisco que recoge una necesidad sentida de repensar pastoralmente la situación de divorciados vueltos a casar)[65].

Como Iglesia debemos repensar las consecuencias de la afirmación del sacerdocio común de los fieles para la liturgia. Evitar el sentimiento que los laicos son sólo receptores de sacramentos y de acciones litúrgicas, haciendo ver su protagonismo en la celebración de los sacramentos. Pero especialmente subrayar algunas posibilidades sacramentales, a partir del texto antes citado la Lumen Gentium[66]. Todo bautizado está llamado a transformar lo terreno en divino: ofrecer significa elevar algo terreno hacia la esfera divina y así reconocer que pertenece a Dios (se trata del proceso de divinización); dar testimonio de Cristo en mi modo de trabajar, de hablar, de comportarme con los demás, en mi familia y en la comunidad: solo cuando reflejo en mi vida algo de Cristo puedo dar un testimonio creíble de él; celebrar ritos que me recuerden que Dios está en mí y junto a mí, que logren transformar los estorbos de mi vida cotidiana en signos del amor tierno de Dios, que abran el cielo sobre mi vida trayendo la cercanía sanadora de Dios a mi rutina cotidiana; proteger lo divino en el mundo: el cristiano es sensible a lo sagrado en sí, en los demás y en la naturaleza, es protector de las cosas santas para que el mundo no se encierre en su propia estrechez, sino que se abra a Dios. Esto se muestra en el compromiso de santificar el tiempo (el domingo) y los lugares (santuarios); guardar el fuego del amor: en las Iglesias mantenemos encendida la lámpara del santísimo y en muchas de nuestras casas prendemos una vela en el altarcito familiar. Es la imagen del hogar, algo sagrado, que garantiza que continuará el amor, el calor y el alimento; bendecir o “decir el bien”: el cristiano es un dispensador de bendiciones. Hacemos “la señal de la cruz”, nuestros papás y mamás bendicen a sus hijos, trazan una cruz sobre su frente o les dan la bendición. Así expresan que están protegidos por Dios. El persignarse quiere expresar lo siguiente: “tú perteneces a Dios. Estás libre. No hay hombre alguno: ni rey ni emperador ni gobernante que tenga poder sobre ti”. Eres de Dios, eres de Cristo. El cristiano es optimista, trata siempre de decir lo bueno y augurar la cercanía amorosa de Dios. Es como afirmar: “Estás lleno del amor de Dios. Tu existencia y tus dones son una bendición  para nosotros. Nos alegra que tú existas, en ti vive algo de la plenitud de la vida en Dios”.

d. Dimensión profética: “Enséñenles a guardar todo lo que yo les he mandado”.

La historia de Jesús de Nazaret no puede prescindir de una lectura profética. Aunque Él no se proclamó abiertamente como tal, fue comprendido por sus contemporáneos como un profeta. Jesucristo,  “profeta poderoso en obras y palabras” (Lc 24,19) es creído como el cumplimiento  y la realización de la antigua profecía. Es la profecía del Padre, es la Palabra de Dios a los hombres.

La comunidad cristiana primitiva reconoció en los profetas uno de sus fundamentos (cf. Ef 4,11; 1Cor 12,28). La Iglesia, a lo largo de su historia, ha considerado la profecía como uno de los carismas normales que se le han dado para realizar su mediación de revelación en el mundo.

Profeta es quien se confía totalmente a Dios y repite sus palabras, un experto de Dios  porque experimenta su gloria (Ez 1,26-28). Está convencido profundamente de que Dios guía la historia y la orienta hacia un futuro, hacia el día del Señor, por eso interpreta los acontecimientos con sentido teologal. Está llamado a cumplir una misión particular: es el hombre enviado a llevar la palabra de Dios y, por tanto, está dispuesto aceptar toda clase de sufrimiento, incluyendo la propia muerte (Is 52,13-53,12; Jer 37-40). Profetas son los hombres que se dejan guiar por el Espíritu y colman al mundo de sus dones (carismas).

Superada la opinión generalizada que veía al profeta como el que podría predecir el futuro más allá de los principios naturales, la comprensión actual parte del concepto bíblico. Profeta es ante todo un hombre de Dios. Hombre porque está profundamente enraizado en la experiencia de su pueblo, en la situación histórica que le toca vivir al pueblo. De Dios porque ha sido escogido por Dios para proferir sus palabras, para leer en el acontecimiento la voluntad de Dios, para anunciar el mensaje divino y a la vez denunciar todo aquello que lo contradice.

Si bien es cierto que hay siempre una tensión saludable y eventualmente pueden darse conflictos entre la profecía y la institución, también es cierto que la Iglesia tiene una función profética por su origen y misión, referida como está al triple oficio de Cristo: sacerdote, profeta y rey, del cual participamos todos los fieles en virtud de nuestra consagración bautismal. Somos un pueblo profético no sólo por la composición individual de sus miembros, sino por la vocación eclesial. Los pastores por su función de enseñar la verdad tienen una función legitimadora de la profecía.

Estamos llamados a una vida discipular y misionera radicalmente profética, capaz de mostrar a la luz de Cristo las sombras del mundo actual y los senderos de vida nueva, para lo que se requiere un profetismo que aspire hasta la entrega de la vida, en continuidad con la tradición de santidad y martirio de tantas y tantos a lo largo de la historia del Continente (cf. DA 220). El profetismo cristiano al que estamos llamados nos sitúa al servicio de la vida, con la misma pasión de Jesús, vida del Padre, que se hace presente en los más pequeños y en los últimos.

La voz profética siente una especial sensibilidad por los pobres, por los enfermos, los débiles, los excluidos, los que no tienen voz.  La Iglesia siente de manera especial el mandato de inculturar la vida y el Evangelio en todos los rincones de la historia y entre los arrinconados, entre los pobres. A ejemplo de Jesús, se trata de hacer felices a nuestros semejantes, al margen de su credo religioso, raza, color, o sexo, y por ello la Iglesia debe situarse desde sus posibilidades, allí donde se sufre o se muere, allí donde los derechos humanos son violados, en las fronteras de la vida y donde sea necesario ofrecer una mano amiga que aporte humanidad.

El documento de Aparecida reafirma: “La opción preferencial por los pobres es uno de los rasgos que marca la fisonomía de la Iglesia latinoamericana y caribeña” (DA 391). Se retoma la afirmación del Papa Benedicto XVI en el discurso inaugural: “la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza” (DA 392). Esta opción nace de nuestra fe en Jesucristo, el Dios hecho hombre, que se ha hecho nuestro hermano. Por la fe cristológica, los cristianos, estamos llamados a contemplar, en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos: “Los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo. Ellos interpelan el núcleo del obrar de la Iglesia, de la pastoral y de nuestras actitudes cristianas. Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo (DA 393).

“De nuestra fe en Cristo, brota también la solidaridad como actitud permanente de encuentro, hermandad y servicio, que ha de manifestarse en opciones y gestos visibles, principalmente en la defensa de la vida y de los derechos de los más vulnerables y excluidos, y en el permanente acompañamiento en sus esfuerzos por ser sujetos de cambio y transformación de su situación” (DA 394). Toda la Iglesia debe ser “abogada de la justicia y defensora de los pobres” ante “intolerables desigualdades sociales y económicas”, que “claman al cielo”. La Doctrina Social de la Iglesia es capaz de suscitar esperanza en medio de las situaciones más difíciles (DA 395).

De nosotros depende, en gran medida que nuestra opción por los pobres no se quede en un plano teórico o meramente emotivo, sin verdadera incidencia en nuestros comportamientos y en nuestras decisiones. “Que sea preferencial implica que debe atravesar todas nuestras estructuras y prioridades pastorales. La Iglesia latinoamericana está llamada a ser sacramento de amor, solidaridad y justicia entre nuestros pueblos” (DA 396). Es necesaria una actitud permanente que se manifieste en opciones y gestos concretos, y evite toda actitud paternalista. Se nos pide dedicar tiempo a los pobres, prestarles una amable atención, escucharlos con interés, acompañarlos en los momentos más difíciles, eligiéndolos para compartir horas, semanas o años de nuestra vida, y buscando, desde ellos, la transformación de su situación (DA 397). La opción por los pobres debe conducirnos a la amistad con los pobres (cf. DA 398).

La profecía pide fidelidad creativa a lo más profundo de su significado: memoria de Dios y su Reino, parábola de otros destinos y valores, contraste escatológico, signo de Dios sumamente amado, de una Iglesia servidora siempre en camino, y de la posibilidad de una humanidad mejor.

La dimensión profética pide una renovado compromiso por la catequesis como proceso de iniciación cristiana: enseñar lo que Jesús hizo y dijo, transmitir la fe en una cultura donde el cristianismo no es ambiental. La formación de catequistas es un compromiso urgentísimo para la nueva evangelización.

5. Urgencia de la misión ad gentes
a. Del optimismo de la nueva evangelización a la preocupación por la misión ad gentes

Hasta ahora hemos hablado de la nueva evangelización, y podemos decir que hoy en todo el mundo reina un gran optimismo sobre la nueva evangelización, tiene como patrocinadores nada más y nada menos que a los Papas Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. Este último nos ha ayudado a hacer Aparecer a Aparecida, que muchos decían que estaba Desaparecida y nos llama continuamente a retomar sus orientaciones. En sus intervenciones, el Papa Francisco no pierde ocasión para proclamar la conversión pastoral, la nueva evangelización que requiere discípulos misioneros, el llamado a un estado permanente de misión.

¿Qué ocurre hoy con la misión ad gentes? Podemos decir que no encontramos el mismo entusiasmo. Pareciera que la oleada de la nueva evangelización[67] ha arropado a la misión ad gentes. Diera la impresión que todo es nueva evangelización, que en lugar de una modalidad o situación sea el nuevo nombre de la misión, absorbiendo el primer anuncio y la acción pastoral ordinaria. El hecho que la competencia sobre la Catequesis haya sido trasladada al Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización induciría a pensar esto[68], aunque es cierto que su lugar más adecuado no era la Congregación del Clero pues es una acción de toda la Iglesia y no solo de los clérigos. Y es verdad que, como ya dijimos antes, no hay confines claros entre las modalidades de la misión, pues la movilidad humana y los cambios sociales hacen que las fronteras dejen de ser geográficas para ser humanas y culturales.

Sin embargo, la misión ad gentes tiene una especificidad propia e irreductible. Juan Pablo II escribió la encíclica Redemptoris missio sobre el mandato universal de la misión, dedicó una carta apostólica a los religiosos y religiosas de América Latina con motivo del V centenario de la evangelización del nuevo mundo. En ellas, ya hace más de 20 años, reconocía lo arduo de una misión ad gentes, avistaba cierta tendencia negativa que parece acentuarse, pero al mismo tiempo subrayaba su urgencia: “La misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse… Esta misión se halla todavía en los comienzos y debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio… El Concilio Vaticano II ha querido renovar la vida y la actividad de la Iglesia según las necesidades del mundo contemporáneo; ha subrayado su «índole misionera», basándola dinámicamente en la misma misión trinitaria. El impulso misionero pertenece, pues, a la naturaleza íntima de la vida cristiana”.[69]

El diálogo tanto ecuménico como interreligioso y la libertad religiosa no son obstáculos ni impedimentos para la labor misionera, pues no se trata de imponer la propia fe sino de proponerla. Hay pueblos que no conocen todavía a Jesucristo, grupos humanos que no han recibido el primer anuncio. “El número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente; más aún, desde el final del Concilio, casi se ha duplicado. Para esta humanidad inmensa, tan amada por el Padre que por ella envió a su propio Hijo, es patente la urgencia de la misión”. (RM 3). Ellos tienen el derecho de escuchar el anuncio de Jesucristo y nosotros, los cristianos, el deber de anunciarlo. De aquí que resuena con frescura la invitación de Juan Pablo II: “Pueblos todos, abran las puertas a Cristo! Su Evangelio no resta nada a la libertad humana, al debido respeto de las culturas, a cuanto hay de bueno en cada religión. Al acoger a Cristo, se abren a la Palabra definitiva de Dios, a aquel en quien Dios se ha dado a conocer plenamente y a quien el mismo Dios nos ha indicado como camino para llegar hasta él” (RM 3).

El anuncio misionero es proclamación del Reino de Dios, hecho presente en Jesucristo. Un Reino destinado a todos los hombres, dado que todos están llamados a ser sus miembros. Jesús, cuando anuncia la Buena Nueva, se ha acercado sobre todo a aquellos que estaban al margen de la sociedad, dándoles su preferencia. “Al comienzo de su ministerio proclama que ha sido «enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva» (Lc 4,18). A todas las víctimas del rechazo y del desprecio Jesús les dice: «Bienaventurados los pobres» (Lc 6,20). Además, hace vivir ya a estos marginados una experiencia de liberación, estando con ellos y yendo a comer con ellos (cf. Lc 5,30; 15,2), tratándoles como a iguales y amigos (cf. Lc 7,34), haciéndolos sentirse amados por Dios y manifestando así su inmensa ternura hacia los necesitados y los pecadores (cf. Lc 15,1-32)” (RM 14). Este Reino llega a su cumplimiento en el Resucitado, pues “la resurrección confiere un alcance universal al mensaje de Cristo, a su acción y a toda su misión. Los discípulos se percatan de que el Reino ya está presente en la persona de Jesús… En efecto, después de la resurrección ellos predicaban el Reino, anunciando a Jesús muerto y resucitado. Felipe anunciaba en Samaría «la Buena Nueva del Reino de Dios y el nombre de Jesucristo» (Hch 8,12)… Hoy también, afirma Juan Pablo II, es necesario unir el anuncio del Reino de Dios (el contenido del ‘kerigma’ de Jesús) y la proclamación del evento de Jesucristo (que es el «kerigma» de los Apóstoles). Los dos anuncios se completan y se iluminan mutuamente” (RM 16).

La inquietud misionera ad gentes es expresión del mandato del Señor supone una vocación y una  espiritualidad especificas[70], y exige una preocupación de la Iglesia Universal y de las Iglesias particulares. “La Iglesia está efectiva y concretamente al servicio del Reino. Lo está, ante todo, mediante el anuncio que llama a la conversión; … fundando comunidades e instituyendo Iglesias particulares, llevándolas a la madurez de la fe y de la caridad; … difundiendo en el mundo los «valores evangélicos», que son expresión de ese Reino y ayudan a los hombres a acoger el designio de Dios” (RM 20).

La Iglesia, como sacramento de salvación para toda la humanidad, no limita su acción a los que aceptan su mensaje. Es fuerza dinámica en el camino de la humanidad hacia el Reino de Dios. Contribuye a este itinerario de conversión al proyecto de Dios, no sólo son su anuncio sino también con su testimonio y su actividad, con el diálogo, la promoción humana, el compromiso por la justicia y la paz, la educación, el cuidado de los enfermos, la asistencia a los pobres y a los pequeños. El Espíritu Santo acompaña a la Iglesia y la hace misionera.

b. La misión ad gentes en nuestro continente

El documento de Aparecida dice: “Desde la primera evangelización hasta los tiempos recientes, la Iglesia ha experimentado luces y sombras. Escribió páginas de nuestra historia de gran sabiduría y santidad”  (DA 5) [71]. También reconoce que el Evangelio llegó a nuestras tierras en medio de un dramático y desigual encuentro de pueblos y culturas. Las “semillas del Ver­bo”, presentes en las culturas autóctonas, facilitaron a nuestros hermanos indígenas encontrar en el Evangelio respuestas vitales a sus aspiraciones más hondas (DA 4).

No es posible en este momento recorrer la historia de la evangelización del Continente, ni tampoco dar un juicio sobre lo que aconteció entonces. Sin embargo, es útil con Juan Pablo II: “reiterar la valoración globalmente positiva sobre la actuación de los primeros evangelizadores… Muchos tuvieron que actuar en circunstancias difíciles y, en la práctica, inventar nuevos métodos de evangelización, proyectados hacia pueblos y gentes de culturas diversas”[72].  Añade también: “Algunos pioneros de la evangelización quisieron vivir desde el primer momento entre los indígenas, para aprender su lengua y adaptarse a sus costumbres. Otros promovieron la formación de catequistas y colaboradores que les hacían de intérpretes, mientras por su parte trataban de entender su lenguaje, conocer su historia y su cultura… En esta convivencia con los indígenas muchos misioneros se hicieron labradores, carpinteros, constructores de casas y templos, maestros de escuela y aprendices de la cultura autóctona, así como promotores de una artesanía original que pronto se pondría al servicio de la fe y del culto cristiano. La Iglesia da gracias al Señor por haber suscitado tantas vocaciones misioneras en las Órdenes e Institutos religiosos, que fueron portadores de la fe cristiana y de un amor grande a los nativos”[73].

El proceso evangelizador fue desigual, tanto en el espacio como en el tiempo, en su intensidad como en la profundidad. Cuando determinados territorios estaban ya casi enteramente cristianizados, otros aún se disponían a emprender la evangelización. “Durante mucho tiempo no ha sido fácil (y no lo es todavía hoy) trazar una clara delimitación entre la Iglesia sólidamente establecida y los territorios de misión”[74].

En los territorios “así llamados de misión”, que son competencia de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, las comunidades cristianas que se forman pasan por diferentes etapas eclesiales y administrativas antes de ser elevadas a Diócesis. Se comienza, habitualmente, con la erección como “missio sui iuris”, para proseguir después como Prefectura Apostólica y sucesivamente como Prelatura terrirorial y como Vicariato Apostólico, aunque no siempre la sucesión es tan rígida (p.e. un territorio podría ser erigido Prefectura Apostólica o Vicariato Apostólico sin pasar por la etapa precedente). Llega a ser Diócesis cuando ha alcanzado cierta madurez y una suficiente autonomía en cuanto al número de católicos, el personal, las vocaciones y la condición económica. Durante las tres primeras fases y con el fin de asegurar el crecimiento y el desarrollo de modo progresivo y constante, el territorio se le confía, por lo general a un Instituto Religioso Masculino o a una Sociedad de Vida Apostólica a través de la figura del así llamado “ius commissionis”. Esta “comisión” consiste en la obligación de cuidad la nueva circunscripción eclesiástica, de proveer los agentes de pastoral y en particular de presentar los candidatos par el nombramiento del Superior, Prefecto, Prelado o Vicario (éste último por tradición con carácter episcopal).

En nuestra América existen hoy 43 vicariatos apostólicos, que representa la mitad de los 87 vicariatos existentes en todo el mundo[75].  Tenemos además 32 de las 43 Prelaturas territoriales[76], y una Prefectura Apostólica[77]. Todo esto suma 76 circunscripciones eclesiásticas que se pueden catalogar como territorios de misión ad gentes. Atendemos a grupos indígenas, afroamericanos y otras situaciones culturales no han recibido todavía el primer anuncio. Además muchas de nuestras diócesis y hasta algunas arquidiócesis cuentan con territorios específicos de misión ad gentes (como la de Maracaibo donde nos encontramos donde en la Guajira tenemos comunidades wayuu y añú).

En los últimos tiempos en este modelo está en crisis a causa de múltiples factores, entre los que destaca la disminución del número de religiosos, el aumento del promedio de edad, el hecho que ya no se reciban misioneros de los otrora países de cristiandad, la escasez de vocaciones misioneras ‘a vita’, la dificultad de nuestros jóvenes de hacer opciones de por vida, entre otros. Todo esto hace que diferentes Institutos Religiosos estén en condiciones de continuar con los compromisos asumidos “ius commissionis” y pidan retirarse. Ya no están en grado de continuar con este compromiso al que han dedicado años y siglos, haciéndose defensores de los derechos de los nativos, mostrando los músculos de su mejor creatividad en la promoción humana y social, derrochando una caridad sin límites, dando testimonio de una santidad misionera, plantando la Iglesia en medio de las culturas, organizando las estructuras de las futuras diócesis[78] que han recogido los frutos sembrados por los misioneros. La Congregación para la Evangelización de los Pueblos, en cuanto responsable de tales territorios, ha manifestado en diferentes ocasiones y ambientes esta gran preocupación por el futuro de estos territorios de misión ad gentes. ¿Qué hacer? ¿Qué nuevos modelos proponer?

No es fácil buscar respuestas, pero antes de buscarlas es conveniente plantearse algunas preguntas ¿No sería pensable en esta nueva hora de gracia proyectar un compromiso de las Conferencias Episcopales Nacionales y, en particular, de las Provincias Eclesiásticas más consolidadas que apadrinaran por ejemplo en forma de un ‘gemellaggio’ (hermanamiento) o de una sinergia estratégica algunas de estas Iglesias más jóvenes? ¿No se debe atribuir un mayor compromiso a las Provincias Eclesiásticas a las que están adscritos los Vicariatos y Prelaturas? ¿Cómo proponer con nuevo vigor la bellísima experiencia de sacerdotes diocesanos ‘fidei donum’ en tierras de misión? ¿Cómo favorecer un mayor protagonismo de los laicos en la misión ad gentes? ¿Cómo implicar a los movimientos de apostolado? ¿Cómo favorecer mayor presencia de un voluntariado laical y de otras formas de vida consagrada? ¿Cómo acompañar a nuestros inmigrantes católicos que parten al Norte (USA, Canadá y Europa) en búsqueda de mejores condiciones de vida?  ¿Qué estructuras y servicios misioneros debemos proyectar?

De la misión ad gentes pasamos a la misión inter gentes: ¿Cómo concretizar en la práctica lo pedido en el Concilio de un clero autóctono con sacerdotes, diáconos y catequistas ad hoc? Se plantea de nuevo el dilema de la primera Iglesia con respecto a la circuncisión: ¿para hacerse cristianos tienen que aceptar todo un bagaje cultural que no le es propio ni a su cultura ni a nuestra fe cristiana?

Un gran desafío tiene que ver con la promoción y formación de vocaciones específicamente misioneras. En el pasado dieron mucho fruto los Seminarios Misioneros, que favorecían una identidad y una espiritualidad misionera. El desplazamiento geográfico de las Iglesias con vocaciones, entre otras razones, ha hecho que se suprimieran tales seminarios tantos diocesanos como religiosos. Se plantea entonces con mayor fuerza ¿Qué tipo de formación necesita un misionero ad gentes? ¿Es posible crear nuevas estructuras? ¿Cómo convencer a los obispos cuyas diócesis cuentan con muchas vocaciones que promuevan vocaciones específicamente misioneras? Pero en el fondo, ¿Qué espiritualidad es necesaria para  sostener de por vida la vocación de un misionero?

Por otro lado, si es verdad que todos los bautizados somos discípulos misioneros, con mayor razón los sacerdotes estamos llamados a cultivar actitudes misioneras. La pregunta que surge es: ¿Qué formación están recibiendo los seminaristas? Más allá de los contenidos siempre importantes de una teología de la misión y de una misionología específica, ¿qué puesto ocupa la misión en la formación en los seminarios? ¿Cuáles actitudes misioneras proponemos?

La Iglesia en América está invitada  “a permanecer abierta a la misión ad gentes. El programa de una nueva evangelización en el Continente, objetivo de muchos proyectos pastorales, no puede limitarse a revitalizar la fe de los creyentes rutinarios, sino que ha de buscar también anunciar a Cristo en los ambientes donde es desconocido” (EA 74).

Todavía es mucho el camino por hacer, y como afirmó el Papa Francisco: es mejor una Iglesia accidentada, con líos, que una Iglesia dormida. ¡Que el Espíritu Santo que impulsa la misión de la Iglesia nos ayude a descubrir con valentía nuevos y más atrevidos caminos en la misión en nuestro continente!

c. ¡Sal de tus fronteras para dar desde la pobreza!

La misión ad gentes se abre a otros continentes. Nuestras Iglesias han recibido mucho de otras Iglesias de otros países. Ahora es tiempo de retribuir el bien recibido. Es mucho el bien que podemos dar. Como discípulos misioneros, queremos que Cristo llegue hasta los confines de la tierra. Como Pedro y Juan no tenemos oro, pero lo que somos lo podemos compartir: “en nombre de Jesucristo echa a andar” (Hch 3,6).

La elección del Papa Francisco, el primer Pontífice de nuestro continente, un Papa que viene del fin del mundo, puede ser también el símbolo de una Iglesia que se renueva en los albores de este tercer milenio, que comparte el fruto de lo que se ha sembrado en esta tierra de gracia. “Los frutos de la primera evangelización se han ido afianzando con el correr de los siglos y son característicos del catolicismo del pueblo latinoamericano, que brilla también por su profundo sentido comunitario, su anhelo de Justicia social, su fidelidad a la fe de la Iglesia, su profunda piedad mariana y su amor al Sucesor de Pedro”[79].

Como nos recordó Benedicto XVI: “El campo de la misión ad gentes se ha ampliado nota­blemente y no se puede definir sólo geográfica o jurídicamente. Los destinatarios no son sólo los pueblos no cristianos y las tierras lejanas sino también los ámbitos socioculturales y, sobre todo, los corazones”.[80] Sin embargo, no podemos caer en la trampa de encerrarnos en nosotros mismos, debemos formarnos como dis­cípulos misioneros sin fronteras.

Aparecida nos estimula para que muchos discípulos de nuestras Iglesias vayan y evangelicen en la “otra orilla”, aquélla en la que Cristo no es aún reconocido como Dios y Señor, y la Iglesia no está todavía presente... La fe se fortifica dándola. Somos Iglesias pobres, pero “debemos dar desde nues­tra pobreza y desde la alegría de nuestra fe”[81].

Nuestras Iglesias de América no podemos enterrar las riquezas de nuestro patrimonio cristiano. Hemos de compartirlo con el mundo entero y comunicarlo a aquéllos que todavía lo desconocen (cf. EA 74).  ¡Que la celebración de este Congreso Misionero nos ayude a extender nuestro impulso evangelizador más allá de las fronteras continentales! ¡Que proyectemos iniciativas concretas, tanto a nivel naciónal como internacional, para llevar a la práctica estos propósitos misionales! ¡Que nos impulse a una nueva primavera de la misión ad gentes!

6. Una conclusión que se torna invitación

La conversión pastoral nos exige pasar de un cristianismo ambiental (la tradición cristiana recibida) a un cristianismo “de propuesta” (evangelización – misión ad gentes). No se trata de un reclutamiento (proselitismo) sino de una pastoral de generación. Volver a activar la función generadora de la Iglesia, pasando de una pastoral de conservación, o peor, de restauración, a una pastoral eminentemente evangelizadora. Habrá que superar el miedo a la generación, la actitud de quien no cree en la posibilidad de engendrar nuevos hijos. Así lo expresaba el obispo de Erfurt, Joachim Wanke: “A nuestra Iglesia católica en Alemania le falta algo... Lo que le falta a nuestra Iglesia católica es la convicción de poder conseguir nuevos cristianos”[82].

Se trata, como nos invitó Aparecida, de tomar una “firme decisión misionera que impregne todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe” (DA 365).

Quisiera concluir con una invitación, como dice el diácono al final de la misa: “podemos ir…”, con la fuerza del “Ite”: Vayan, vayamos… Salgamos de nosotros mismos en ese dinamismo que comenzando en Dios se hace Misión (con mayúscula), Envío, Buena Noticia, Evangelio, Vida, Comunión, Alegría. Todos los bautizados, como discípulos-misioneros, estamos llamados a anunciar a Cristo, a dar vida, en la atención pastoral de nuestras comunidades cristianas, en la nueva evangelización y en la misión ad gentes.

- ¡Que María, estrella de la nueva evangelización, nos enseñe a ser discípulos misioneros como La Chinita en Maracaibo y la Coromoto en los Llanos!
- ¡Que la Divina Pastora en Barquisimeto nos enseñe a caminar con nuestro pueblo!
- ¡Que la Virgen de El Valle nos enseñe a remar mar adentro, a echar las redes y a encontrar en nuestro mar caribeño perlas de Evangelio!
- ¡Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de las Américas, ayúdanos y acompáñanos en el camino de la misión!

 

 

P. Raúl Biord Castillo, sdb
 

[1] CONCILIO  VATICANO II, Decreto Ad gentes divinitus, sobre la actividad misionera de la Iglesia, (8 de diciembre de 1965), AAS 58 (1966), n. 6. (De ahora en adelante citaremos con la abreviatura AG).

[2] PABLO VI, Exhortación apostólica post-sinodal Evangelii Nuntiandi, (8 de diciembre de 1975),  AAS 68 (1976), n 4. De ahora en adelante citaremos con la abreviatura EN).

[3] JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la Esperanza, Barcelona 1994, 126.

[4] Cf. BLÁSQUEZ R., Del Vaticano II a la nueva evangelización, Santander 2013, 69.

[5] JUAN PABLO II, Carta Apostólica Novo millennio ineunte (6 de enero de 2001), 40: AAS 93 (2001), 294. (De ahora en adelante citaremos con la abreviatura NMI). Cf. Lineamenta para la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana, (2011), n. 24.

[6] III CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO, Documento de Puebla: La evangelización en el presente y futuro de América Latina, 1979, 364. (De ahora en adelante citaremos con la abreviatura DP).

[7] Cf. FISICHELLA R., La nueva evangelización, Santander  2012, 25-26.

[8] JUAN PABLO II, Homilía durante la Misa en el Santuario de la Santa Cruz (Mogila –Polonia) el 9 de junio de 1979, 1; AAS 71 (1979), 865. Citado en Lineamenta al Sínodo 2012, n. 5.

[9] JUAN PABLO II, Discurso a la XIX Asamblea del CELAM (9 de marzo de 1983), 3: AAS 75 (1983), 778.

[10] JUAN PABLO II, Discurso a  los participantes en el VI Simposio del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (11 de octubre de 1985), 1.3; AAS 78 (1986) 178-189.

[11] Cf. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Redemptoris Missio (7 de diciembre de 1990), n. 33: AAS 83 (1991), 276. (De ahora en adelante citaremos con la abreviatura RM).

[12] JUAN PABLO II, Carta apostólica Novo millennio ineunte al concluir el Gran Jubileo del año 2000 (6 de enero de 2001).

[13] JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la Esperanza, 119-128. El Capítulo 18 lleva por título “El reto de la nueva evangelización”

[14] Ibid, 123.

[15] Cf. Ibid, 128.

[16] Cf. FISICHELLA R., La nueva evangelización, 11-19.

[17] BENEDICTO XVI, Carta apostólica Ubicumque et Semper con la cual se instituye el Consejo Pontificio
para la Promoción de la Nueva Evangelización  (21 de septiembre de 2010). Entre las profundas transformaciones ocurridas, el Papa Benedicto XVI se manifiestan en la modificación de la percepción de nuestro mundo, los gigantescos avances de la ciencia y de la técnica, la ampliación de las posibilidades de vida y de los espacios de libertad individual, los profundos cambios en campo económico, el proceso de mezcla de etnias y culturas causado por fenómenos migratorios de masas y la creciente interdependencia entre los pueblos.

[18] Lineamenta para la  XIII Asamblea General Ordinaria del sínodo. La nueva evangelización para la Transmisión de la Fe Cristiana, n. 24.

[19] L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, Año XLV, n. 39 (2.333), viernes 27 de septiembre de 2013. Cf. http://www.vatican.va/holy_father/francesco/speeches/2013/september/documents/papa-francesco_20130921_intervista-spadaro_sp.html

[20] FRANCISCO,  Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2013, 19 de mayo de 2013, n.2. http://www.vatican.va/holy_father/francesco/messages/missions/documents/papa-francesco_20130519_giornata-missionaria2013_sp.html

[21] Es importante recordar un principio fundamental de todo evangelizador: no se puede anunciar a Cristo sin la Iglesia. Evangelizar nunca es un acto aislado, individual, privado, sino que es siempre eclesial. Pablo VI escribía que «cuando el más humilde predicador, catequista o Pastor, en el lugar más apartado, predica el Evangelio, reúne su pequeña comunidad o administra un sacramento, aun cuando se encuentra solo, ejerce un acto de Iglesia»; no actúa «por una misión que él se atribuye o por inspiración personal, sino en unión con la misión de la Iglesia y en su nombre». Y esto da fuerza a la misión y hace sentir a cada misionero y evangelizador que nunca está solo, que forma parte de un solo Cuerpo animado por el Espíritu Santo. Ibid, n. 3.

[22] FRANCISCO, Homilía del Papa Francisco en Santa Marta el 8 de mayo de 2013.

[23] Este es el tema de la conferencia del Cardenal Kasper en el simposio sobre el tema “El Evangelio de Jesucristo. Impulsos para la nueva evangelización” organizado por el Instituto Cardenal Walter Kasper celebrado en marzo de 2011. Cf. KASPER W., La nueva evangelización como desafío pastoral, teológico y espiritual, en AUGUSTIN G. (ed. por), El desafío de la nueva evangelización. Impulsos para la revitalización de la fe, Santander 2012, 19-37.

[24] Los límites de la presente exposición impiden hacer una historia de la misión, denunciando sus errores y resaltando sus luces y contribuciones a pueblos y culturas. Cf.  MARTINEZ ESTEBAN A., “Historia de la misión” en CARVAJAL BLANCO J.C., La misión de la Iglesia, Apuntes para su estudio, Madrid 2011, 79-105.

[25] Cf. AUGUSTIN G., “Caminos hacia el éxito de la nueva evangelización” en AUGUSTIN G. (ed. por), El desafío de la nueva evangelización. Impulsos para la revitalización de la fe, Santander 2012, 137-138.

[26] Sobre la misión específica ad gentes el texto latino dice “relaxari videtur’; en italiano: “sembra in fase di rallentamento”; en inglés: “appears to be waning”; en portugués: “parece estar numa fase de afrouxamento”; en francés: “devienne moins active”;  en español: “parece que se va parando”. RM  2.

[27] KASPER W., La nueva evangelización como desafío pastoral, teológico y espiritual, 32.

[28] Ibid, 26.

[29] Cf. AUGUSTIN G., “Caminos hacia el éxito de la nueva evangelización”, 138.

[30] En efecto, las teorías corporativas nos dicen que toda organización tiene una misión que define su propósito y que, en esencia, pretende contestar esta pregunta ¿En qué negocio estamos?  La misión obliga a la gerencia a definir con cuidado el espacio de su servicio. En este sentido, la misión consiste en la razón de ser de una empresa, lo que resulta esencial para determinar objetivos y formular estrategias. Algunos se atreven a denominar la misión como la  “declaración del credo, de propósito, de filosofía, de principios estratégicos”.

[31] BOSCH D., Transforming Mission: Paradigm Shifts in Theology of Mission, Maryknoll 1991, 389-390.

[32] MOLTMANN J., The Church in the Power of the Spirit: A Contribution to Messianic Ecclesiology, London 1977, 64. Trad. española: La Iglesia, fuerza del Espíritu, Sígueme, Salamanca 1978. Véase el punto “La Iglesia en la historia trinitaria de Dios”, 73s.

[33] Cf. RAHNER K., Curso fundamental sobre la fe, Introducción al concepto de cristianismo, Barcelona 1979, 169-171.

[34] MOLTMANN J., La Iglesiafuerza del Espíritu, 76.

[35] BALTHASAR H.U. von, Teodramática, Madrid 1990-1997. Se compone de cuatro volúmenes: vol. I: Prolegómenos, 1990; vol. II: Las Personas del Drama: El hombre en Dios, 1992; vol. III: Las Personas del Drama: El hombre en Cristo, 1993; vol. IV: La Acción, 1995; vol. V: El último acto, 1997.

[36] “Lo que aquí interesa es todo ese complejo que es el ‘teatro’: que hay algo de este estilo, cómo está estructurado en cuanto proceso y en cuanto escena, y, finalmente qué representa. El todo debe hacerse aplicable de cara la teología y todos sus elementos aplicables en ella”. BALTHASAR H.U. von, Teodramática, vol. I: Prolegómenos, 14.

[37] La inversión trinitaria, precisa von Balthasar, “no es en definitiva más que la ‘traslación’ de la Trinidad inmanente al ámbito de la ‘económico’, en el que la correspondencia del Hijo en relación al Padre se articula como ‘obediencia’. BALTHASAR H.U. von, Teodramática, vol. III: Las Personas del Drama: El hombre en Cristo, 180.

[38]  “La afirmación del credo apostólico et incarnatus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine indica con exactitud la relación del Hijo y el Espíritu Santo en la encarnación”. BALTHASAR H.U. von, Teodramática, vol. III: Las Personas del Drama: El hombre en Cristo, 173. El Espíritu se muestra activo en la encarnación, “mientras que el Hijo, que es concebido y que nace, deja que se disponga de él y que se haga en él, lo cual se expresa gramaticalmente en pasiva”.  Ibid, 173-174.  El Hijo es todo don del Padre y del Espíritu. La inversión trinitaria será re‑invertida a su vez después de la resurrección, cuando el Cristo, Vivificado por el poder del Espíritu, inspira el Espíritu sobre los discípulos, pasando así de la misión del Hijo a la del Espíritu Santo, y de la de éste a la de la Iglesia.

[39] BALTHASAR H.U. von, El Misterio Pascualen FEINER J. - LÖHRER M. (ed. por), Mysterium salutis. Manual de toelogía como historia de la salvación, III/2,  Cristo, Madrid 1971, 287.

[40] Ibid, 288.

[41] “Y esa misión tiene ahora las dimensiones que desarrolla el cuádruple ‘todos’ del epílogo de Mateo, de acuerdo con las dimensiones que alcanza el poder del Kyrios: la base es que Jesús tiene ‘todo poder en el cielo y en la tierra’; la extensión  es ‘todos los pueblos’ a lo largo del espacio y del tiempo; la catolicidad de la misión pide ‘guardar todo lo que les he enseñado’; y la garantía es ‘yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo’. Una misión así sólo puede producirse después de la resurrección”. Ibid, 297.

[42] Cf. BIORD CASTILLO R., Teología de la Resurrección como Plenitud, Universidad Central de Venezuela, Caracas 1999.

[43] IV CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO, Documento de Santo Domingo: Nueva evangelización. Promoción humana. Cultura cristiana, 1992, n. 230. (De ahora en adelante citaremos con la abreviatura SD).

[44] Cf. BIORD CASTILLO R., Evangelización de la Cultura en Venezuela, Caracas 2008. Seguiré en este punto lo ahí desarrollado como  Comentario al documento correspondiente del Concilio Plenario: Evangelización de la cultura en Venezuela

[45] CONCILIO PLENARIO DE VENEZUELA, Evangelización de la cultura en Venezuela, n. 62.

[46] San Agustín habla de este misterio con bellísimas palabras: “¿A quién hizo morir la muerte? La muerte dio muerte a la vida, para que la vida diese muerte a la muerte” (“Quid occidit? Occidit vitam mors, ut a vita occideretur mors”, Sermón 279, 3).

[47] V CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO Y EL CARIBE, Documento conclusivo de Aparecida, 2007, 185. (De ahora en adelante citaremos con la abreviatura DA).

[48] Se trata de encarar la deshumanización provocada por la anticultura de la muerte que se expresa en la pobreza, la injustica, la violencia, el poco valor atribuido a la vida humana, los problemas del alcoholismo, el consumo y tráfico de drogas, los fenómenos del secuestro y del sicariato, la corrupción, la impunidad y la manipulación de cosas, servicios y personas.

[49] Cf. BENEDICTO XVI, Discurso en sesión inaugural de los trabajos de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Santuario de Aparecida, 13 de mayo de 2007, n. 4.

[50] Cf. KESSLER H., La resurrección de Jesús. Aspecto bíblico, teológico y sistemático, Madrid 1989, 246-341.

[51] CAM 4 – COMLA 9, Instrumento de participación , nn. 77-78.

[52] Cf. Ibid, nn. 83-84.

[53] JUAN PABLO II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in America, (22 de enero de 1999), n. 55. (De ahora en adelante citaremos con la abreviatura EA)

[54] Seguiré el esquema propuesto por el Cardenal KOCH  K., “¿Misión o des-misión de la Iglesia?” en AUGUSTIN G. (ed. por), El desafío de la nueva evangelización. Impulsos para la revitalización de la fe, Santander, 2012, 57-77.

[55] Cf. Tomás de Aquino, Catena aurea.

[56] FRANCISCO, Homilía del 17 de abril de 2013 en Santa Marta.

[57] RATZINGER J., El Dios de Jesucristo, Salamanca 1980, 66.

[58] KASPER W., Nueva evangelización como desafío teológico, pastoral y espiritual, 289. Cit. por KOCH  K., “¿Misión o des-misión de la Iglesia?”, 65.

[59] Cf. RAHNER H., “Pompa diaboli” en Zeitschrift für katholische Theologie 55 (1931), 53-108.  Cit. Por KOCH  K., “¿Misión o des-misión de la Iglesia?”, 68.

[60] Cf. RATZINGER J., Caminos de Jesucristo, Madrid 20052, 49-50.

[61] Cf. Ibid, 46-48. Cf. también RATZINGER J., Nuevos recorridos para la Evangelización en el Tercer Milenio, Intervención en el Congreso sobre Comunicación y Cultura, del 9 de noviembre de 2002.

[62] RATZINGER J., “La nuova evangelizzazione” en RUSSO A. – COFFELE G., Divinarum rerum Notitia. La teologia tra filosofia e storia. Studi in onore del Cardinale Walter Kasper, Roma 2001, 510.

[63] KOCH  K., “¿Misión o des-misión de la Iglesia?”, 69.

[64] Cf. DE LUBAC H., Meditación sobre la Iglesia, Madrid 1980, 107-132. En especial el cap. cuarto: “el corazón de la Iglesia”.

[65] En relación a las celebraciones de bendiciones solmenes y otras celebraciones Cf. CONFERENCIA EPISCOPAL ALEMANA, Comisión de pastoral 12, Sakramentenpastoral in Wande, Bonn 1993.

[66] Cf. GRÜN A., El orden sacerdotal: vida sacerdotal, Madrid, 40-47. Véase el primer punto del capítulo III: El sacerdocio de todos los fieles.

[67] Así calificó Juan Pablo II  a la primera evangelización de América: “una nueva y gran oleada”. JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la esperanza, 122.

[68] BENEDICTO XVI, Carta Apostólica en forma de "Motu Proprio" Fides per doctrinam con la que se modifica la Constitución apostólica Pastor bonus y se traspasa la competencia sobre la catequesis de la Congregación para el Clero al Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización (16 de enero de 2013).

[69] JUAN PABLO II, Redemptoris missio, 1.

[70] Cf. CARVAJAL BLANCO J.C., La misión de la Iglesia, Apuntes para su estudio, en especial los siguientes aportes: GIL GARCÍA A., “Responsables y ámbitos de la acción misionera”, 261-285; HERNANDO GARCIA M.J., “La vocación misionera”, 287-310; CALDERÓN CASTRO J.M., “La espiritualidad misionera”, 311-332; MARTÍNEZ SÁEZ H., “La animación, formación y cooperación misioneras”, 333-359.

[71] Cf. las palabras del Papa a su regreso de Aparecida. BENEDICTO XVI, Audiencia General, miércoles 23 de mayo de 2007. “Ciertamente el recuerdo de un pasado glorioso no puede ignorar las sombras que acompañaron la obra de evangelización del continente latinoamericano: no es posible olvidar los sufrimientos y las injusticias que infligieron los colonizadores a las poblaciones indígenas, a menudo pisoteadas en sus derechos humanos fundamentales. Pero la obligatoria mención de esos crímenes injustificables –por lo demás condenados ya entonces por misioneros como Bartolomé de las Casas y por teólogos como Francisco de Vitoria, de la Universidad de Salamanca– no debe impedir reconocer con gratitud la admirable obra que ha llevado a cabo la gracia divina entre esas poblaciones a lo largo de estos siglos”.

[72] JUAN PABLO II, Carta Apostólica del Sumo Pontífice a los religiosos y religiosas de América Latina con motivo del V centenario de la evangelización del nuevo mundo del 29 de junio de 1990, 4.

[73] Ibid, 7.

[74] Cf. Ibid, 4.

[75] En América Latina existen 42 vicariatos apostólicos repartidos en 7 países: (Bolivia 5); Chile (1); Colombia (11); Ecuador (8); Paraguay (2); Perú (8); Venezuela (3); Nicaragua (1); Guatemala (2); Panamá (1). América del Norte cuenta con 1. En África, existen 22 vicariatos apostólicos, de los cuales más de la tercia parte se encuentra en Etiopía. En Asia existen 20 vicariatos apostólicos, de los cuales la tercera parte en Filipinas. En Europa hay 1 vicariato apostólico (Grecia). Para un total de 87 vicariatos en el mundo.

[76] Brasil (11); Perú (10); México (5); Guatemala (1); Panamá (1); Argentina (1); Bolivia (2); Chile (1).

[77] En el mundo hay 40 Prefecturas Apostólicas, de las cuales 29 en China.

[78] Cf. JUAN PABLO II, Carta Apostólica del Sumo Pontífice a los religiosos y religiosas de América Latina con motivo del V centenario de la evangelización del nuevo mundo del 29 de junio de 1990.

[79] Cf. Ibid, 8.

[80] BENEDICTO XVI, Discurso a los miembros del Consejo Superior de las Obras Misionales Pontificias, 5 de mayo de 2007. Cit. por Documento de Aparecida, 374.

[81] DP  368, cit. por DA 379.

[82] Cf. ALBERICH Emilio, “Un nuevo planteamiento pastoral” en El nuevo paradigma de la catequesis, http://www.marana-tha.net/wp/?p=1236. El Simposio sobre los estímulos para la Nueva Evangelización en el área lingüística alemana, intitulado: “El Evangelio de Jesucristo” se ponía las siguientes preguntas: “Las Iglesias en Europa, y en particular modo, se encuentran ante un gran desafío: el número de los fieles está en disminución, cada vez menos creyente frecuentan regularmente la Misa dominical y también por cuanto se refiere al voluntariado en las parroquias las cifras están en bajada”, subrayan los organizadores del Simposio, que se ponen las siguientes preguntas: “¿Cómo se puede despertar de nuevo en las personas el entusiasmo por la fe? ¿Con qué tipo de testimonio se logra transmitir la fe y reforzar las comunidades cristianas? ¿Cómo puede tener éxito la nueva evangelización y la misión cristiana?”.

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